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Servicio médico de urgencia

Ismael Berroeta
www.tarotparatodos.com

Es baja de estatura, delgada, con la figura armoniosamente diseñada. El busto no

es prominente pero se mantiene erecto; la cintura es estrecha; los glúteos se ven

muy redondos y erguidos; las piernas, derechas y bien torneadas; los pies están en

proporción al tamaño del resto de su cuerpo. Su piel es muy blanca; la tez, pálida.

En el rostro resaltan unos enormes ojos azules, tremendamente expresivos, pero

no son alegres, pues su marco inferior son unas ojeras grabadas de manera

profunda y su marco superior son unas cejas tupidas, gruesas, pero algo caídas

hacia los costados de los ojos, lo que les da un aire de tristeza permanente. Se ve

angustiada. Su rostro trasluce la tensión que la embarga, la cual no puede

despejarse por medio de las bocanadas de humo que se disparan de su boca, cuando

ésta forma un estrecho círculo y los labios se levantan ligeramente con cada

soplido. En este instante más hondas se ven sus ojeras y más duras resaltan las

marcas de expresión trazadas en sus mejillas. Sin embargo, parece decidida a

contar la verdad, a sacar todo de adentro.

Inicia su relato diciendo que en esa época trabajaba en una empresa inmobiliaria.

Estaba encargada de mostrar las viviendas piloto, ésas que sirven de muestra para

los posibles compradores de nuevas urbanizaciones. Le iba bien, ganaba una

comisión interesante. Sus jefes le daban un trato excelente. Le tenían confianza.


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Su garganta, algo ronca, apretada, deja escapar las frases, cortas, claras. El

horario en que se desempeñaba era desde las diez de la mañana hasta las tres de la

tarde, entre martes y domingo. Llevaba en ese empleo un poco más de un año.

Estaba contenta, dispuesta a demostrar su capacidad, su responsabilidad.

Dice que ese día desgraciado - debe haber sido en el mes de marzo - salió de su

casa, encaminada hacia el trabajo, con la intención de tomar la locomoción

colectiva. Estaba vestida con un trajecito blanco, mejor dicho, de color marfil,

compuesto de una minifalda y una chaqueta larga, la cual se igualaba con el borde

inferior de la falda. Llevaba puestos unos tacones altos, de color café, y una

cartera del mismo color, haciendo juego. Su pelo, pardo muy oscuro, largo, lo

llevaba tomado en un moño redondo, del cual colgaba, a su vez, una cola pequeña.

No está segura de recordar el año. Posiblemente era 1992. Lo que sí tiene claro es

que se cumplían dos años de la muerte de su padre. Tenía junto a ella a su hijo

menor. La mayor, estaba con la abuela, es decir, con su madre.

Su voz se esfuerza por no quebrarse para contar que fue esa mañana cuando la

atropellaron. Ella transitaba en dirección a la parada de autobús y se encontraba

cruzando la calle donde corresponde, o sea, en la esquina, por sobre el “paso de

cebra”, cuando un vehículo la acometió por la parte posterior del cuerpo. Recibió un

fortísimo golpe a la altura de la cintura, el cual la lanzó al aire, cayendo de espaldas


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en el pavimento, inconsciente. Una camioneta repartidora de comestibles había

retrocedido a máxima velocidad, intentando ahorrar un giro alrededor de la

manzana, y el conductor no la vio, con las consecuencias dramáticas que acaba de

explicar.

Su mirada se endurece, … ¿es una nube de rencor?. Cuenta que, de acuerdo a la

tradición nacional, el chofer huyó, con la complicidad de la dueña del local

comercial que estaba abasteciendo, quien intentó protegerlo. Sin embargo, meses

después, el hechor fue detenido por la policía y puesto a disposición del tribunal, el

cual lo condenó, a pesar del falso testimonio de la encubridora, a pagar una

indemnización a favor de la accidentada.

Su rostro se despeja un poco cuando señala que, según supo después que recobró la

conciencia, el lugar se llenó de vecinos y conocidos, quienes avisaron a la Posta de

Urgencia y a la policía. Una vecina le sacó sus joyas y las guardó para evitar que los

buitres de siempre se las fueran a robar. El aspecto que ofrecía era desastroso,

con la cara y partes del cuerpo amoratadas y la minifalda enrollada en la cintura y

su cuerpo casi desnudo en exhibición.

Nos agrega que la ambulancia pertenecía al Servicio Policlínico local. La pusieron en

la camilla, la cual levantaron e ingresaron en el transporte y la condujeron hasta

esa unidad, donde formularon el diagnóstico preliminar. Pocos instantes después la

derivaron desde allí al Hospital, lugar en el cual la atendieron bastante bien. Le


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tomaron radiografías y aplicaron calmantes. La mantuvieron en observación unas

horas hasta despacharla a su casa en la misma ambulancia. Por la tarde, sus

patrones la ingresaron en una clínica privada. En este lugar se confirmó que no

tenía fracturas, salvo numerosas y extensas hematomas y, posiblemente, un

traumatismo encéfalo craneano, cuya gravedad no era posible determinar mientras

no se viera como evolucionaban sus síntomas. El tratamiento recomendado - menos

mal - resultó simple y barato, tan sólo reposo y desinflamatorios.

Toma un poco de aliento. Enciende otro cigarrillo. Cuenta que los tipos de la

ambulancia eran jóvenes. El chofer, de unos veintidós o veintitrés años, moreno, de

pelo negro, muy lacio y liso. El ayudante o enfermero, de unos treinta años, también

moreno, de pelo negro, crespo, más largo que el del otro, pintando algunas canas.

Vestían de blanco, como es el uniforme de costumbre en los centros de salud.

Agrega que su familia, o sea, sus hermanas, estaba muy asustada con lo ocurrido.

Su marido, impávido, incapaz de reaccionar ni de proponer alguna idea útil.

Al mencionar al esposo su voz se estrangula un poco. Una oleada de lágrimas

contenidas pugna por rebalsar los párpados inferiores de sus ojazos. Aquella misma

noche del atropello a su marido se le antojó tener relaciones sexuales. Al principio,

se negó. Era obvio para cualquiera que no estaba en condiciones de realizar aquello.

Sin embargo, el tipo insistió una y otra vez, en todos los tonos. Se daba vueltas en

la cama, impedido de dormir por la obsesión que lo acometía. Al final, accedió. Se


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puso de costado. La poseyó desde atrás, por la vagina, mientras ella estaba sumida

en un mar de dolor, debido a que los golpes justo habían sido en la pelvis y la

espalda.

¿Cómo calificar esto?, era la muda pregunta que flotaba en el ambiente y que ella

misma intentaba atreverse a contestar. Pasados casi diez años de aquellos sucesos,

pensaba que la actitud de su marido había sido la de un ser enfermo. Este hombre,

a pesar de sus palabras de amor - digamos mas bien lo que él entendía por amor -

quería usarla o quizás, simplemente, dañarla. Estima que su sospecha se comprueba

porque fue precisa y solamente un antojo de esa noche y no volvió a pedirle nada

el resto de la semana. ¿Podrá ser verdad lo que ella se imagina?. Le daba la

impresión que el macho se estimulaba o gozaba con la visión que le producía el

cuerpo enfermo, herido, de su mujer.

Agrega que pasaron los días. Estuvo, más o menos, una semana en reposo absoluto.

Vinieron a verla sus vecinos, las amistades. También llegaron sus jefes. Estos

últimos, de verdad, se portaron bastante bien. Sorprendentemente, los tipos a

cargo de la ambulancia que la transportó volvieron a aparecer. Empezaron a venir a

la casa con frecuencia, casi todos los días, y su excusa era saber del estado de su

salud. Cuando no venían, llamaban por teléfono. Ella comenzó a pensar que estaban

interesados en sus hermanas, quienes son bastante atractivas y, además, en esa

época, eran jóvenes y solteras.


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Mueve la cabeza lentamente de un lado a otro, varias veces, como intentando

borrar imágenes del pasado. Ella y sus hermanas los recibían en la casa con

amabilidad. Parecían unos muchachos tan agradables y gentiles. El más joven, el

chofer, se mostraba muy locuaz. Hablaba y hablaba, decía bromas y chistes, a

cada frase lanzaba una carcajada o, sencillamente, se sonreía. Nunca se pudo saber

si de alegría, de simpatía, de nerviosismo o de desequilibrio mental.

Pide un vaso de agua. Apaga la colilla que está extinguiéndose entre sus dedos.

Bebe, suspira. Continúa … Fue un día sábado. Se cumplía más o menos un mes del

accidente. Iba a su trabajo y eran aproximadamente las nueve de la mañana. Su

ánimo se estaba recuperando y quería demostrar su empuje y vitalidad. Se

encontraba a la espera de locomoción colectiva en el paradero cercano a su casa.

En eso estaba cuando cayó en la cuenta que se había detenido a su lado una

ambulancia. La sorpresa no dejó de ser grata por cuanto a bordo estaba la misma y

conocida pareja de enfermeros. Le preguntaron hacia dónde se dirigía.

Espontáneamente, les dijo la verdad. Le comentaron que, por razones de servicio,

tenían que ir justo hacia el mismo barrio. ¿ Qué le parecía si ellos la llevaran a su

trabajo?. No sería molestia, al contrario, lo harían con todo agrado. Decidió

aceptar.

Una extraña fuerza parece animarse en su interior. La expresión de pena o de

dolor ha sido sustituida por otra, un gesto de decisión, de voluntad de llegar con su

relato hasta el fin. Explica que después de escuchar su respuesta, en forma


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inmediata, el enfermero se bajó, la dejó pasar para que ella se subiera y él

volvió a montar al carro, quedando sentada en medio de los dos. ¿ Qué ocurrió

entonces?. Pues tomaron rumbo para donde se les antojó. No pensaban dirigirse

con destino a su oficina. Les pidió una explicación, la cual no entregaron. El corazón

le dio un vuelco, sintió algo así como que desaparecían sus fuerzas, que las energías

se disipaban de su cuerpo. A pesar de todo, fingió que no había perdido la

entereza. Les llamó la atención por el exceso de confianza que se tomaban. Al ver

que no hacían caso, intentó dialogar y les señaló que si querían salir con ella podían

haberla invitado y quizás se habrían puesto de acuerdo, pero ese día tenía

obligaciones, debía presentarse en su trabajo.

Su cabeza se mueve en dirección a nosotras y la vista recorre los rostros de las

que escuchamos. Sus labios - con vehemencia - cuentan que los bribones no

hicieron el menor caso de sus protestas. Se dirigieron a la parte alta de la ciudad,

donde prácticamente termina el sector urbano. Una área que, en ese barrio, era

una especie de tierra de nadie, ni rural ni citadina, donde habitaban algunos

marginales dispersos por aquí y por allá. Se detuvieron en un sitio eriazo. Fueron

muy claros. Pidieron “hacerlo”. Para darles en el gusto, le ordenaron que pasara a la

parte de atrás del vehículo de emergencia. Para empezar, el enfermero trató de

besarla a la fuerza. Ella lo rechazó.

Las manos acompañan con gestos y movimientos sus palabras mientras el relato se

va haciendo carne en la audiencia. Pone las palmas hacia adelante para figurar el
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breve forcejeo que se ha iniciado; coloca las manos con los dedos levemente

recogidos sobre su regazo cuando enfatiza que les rogaba que no hicieran la maldad

que habían planeado. Les enrostró si acaso no recordaban que los había atendido

amablemente en su casa y nunca les había dado motivo para que intentaran hacer lo

que pensaban. Especialmente, se dirigió al chofer, al cual le había tenido más

confianza, señalándole lo desilusionada que estaba de su actitud.

El arco de sus cejas, su mirada, el rictus de la boca, imitan la disposición física y

anímica de sus captores. Amenazaron que la dejarían tirada allí mismo si no accedía

a entregarse. Por un momento, un rayito de esperanza iluminó su corazón, vio que el

chofer vacilaba. Su creencia era vana. El enfermero comenzó a insultar a su

cómplice cuando vio que el chofer daba muestras de empezar a arrepentirse. Le

recordaba que, gracias a su astucia y decisión, la estaban “consiguiendo en

bandeja”. Poco duraron las dudas del mozalbete. Al final, más que los argumentos

pesaba el baldón de quedar como un “poco hombre” frente a su compañero. A esas

alturas de los acontecimientos, ninguno de los dos estaba dispuesto a desistirse.

Agacha la cabeza, sus dedos juegan con unas migajas que han quedado sobre la

mesa. Parece fijar la mirada sobre la pequeña colina de granitos de pan. No es así.

Está viendo dentro de sí misma, hacia el pasado. Con voz muy baja, nos dice que

decidió entregarse. El mal intencionado enfermero la amenazó que, si no cedía,

podía bajarse del vehículo de inmediato. Le dio miedo que la dejaran abandonada en

ese lugar casi deshabitado, donde podían asaltarla, violarla e, incluso, matarla.
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Además, no había forma de salir rápido de allí pues el lugar era tan apartado que no

pasaban taxis ni locomoción colectiva. Para colmo - ¡ estúpida de mí!, se insultaba -

sentía tener la responsabilidad de cumplir y presentarse en su trabajo, donde

había compromisos de atender clientes previamente citados. Sintió que la

embargaba no solamente una gran decepción de aquellos tipejos sino, de la gente en

general. La rabia y la impotencia la inundaban. El mayor desengaño fue que ella

había siempre pensado que realmente los individuos querían trabar amistad con su

familia y jamás se imaginó que su interés era tan primario como usarla

sexualmente. En definitiva, el único pensamiento claro que restaba en su cabeza -

que iba a estallar - era su aspiración de que los gamberros se fueran y no volver a

verlos nunca más.

Saca otro cigarrillo. Varias manos cercanas se aprestan a encenderlo y en cosa de

segundos la brasa del tabaco brilla como una linterna que indica peligro. Ninguna

está dispuesta a que se rompa la continuidad de la narración. Prosigue, diciendo que

volvieron a ordenarle que pasara a la parte trasera y se acostara en la camilla para

los enfermos. Iba con minifalda, así que no había necesidad de subir ni enrollar

trapo alguno. Se sacó una pierna de la panty y lo mismo hizo con el calzón.

Calla. Se nota que está agotada. Todas se miran. ¡ Ironía de la vida!. Las que nos

decimos sus amigas somos más crueles que los que iban a abusar de ella. Nuestra

curiosidad morbosa puede más que el respeto por la intimidad de su pasado y que la

angustia llevada hasta el dolor físico que la acometía en esos momentos. ¿ Qué
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pasó?, ¿ qué pasó?. El primero en abusar de ella fue el enfermero. El chofer, el que

parecía arrepentido, igual lo hizo, después que el otro.

¿Cómo lo hicieron?, ¿qué te hicieron?, ¿cómo pasó todo exactamente?, ¿cuántas

veces?. Nos cuenta que la camilla, que tiene ruedas, se movía con las embestidas de

los rufianes. Ella se limitó a abrir las piernas, colocando los pies en una barra que

tienen esos aparatos en uno de los extremos. Los dejó hacer lo que quisieran y

como pudieran. Cuando se le instalaban encima volteaba la cara para un costado

pues no era capaz de resistir sus miradas ni los gestos de sus rostros lascivos. Ni

siquiera les tocó sus cosas. Para subirse a la camilla ellos usaban una especie de

escala o piso que traen estos furgones.

¿Cuánto duró todo?, ¿cómo había quedado?, ¿la golpearon?. Nos responde que la

poseyeron varias veces, uno después del otro. El enfermero, el más perverso, para

terminar, la obligó a ponerse boca abajo sobre el camastro y le indicó al otro que

se sentara frente a la cabeza de ella. Así lo hizo el chofer y se acomodó apegado a

su cara, con las piernas abiertas colgando, como si estuviera montado a caballo.

Además, este mismo le cogió las manos y se las aplastó con sus nalgas, de manera

que no podía moverse, con la cara de la víctima incrustada justo sobre los genitales

del abusador. El enfermero, el creativo, el “malo”, inició una larga y dolorosa

penetración anal, mientras que el “bueno” le introducía su pene en la boca y le

exigía que se lo chupara. Dado que la participante no mostraba mucho entusiasmo,

el mismo que la tenía ensartada por atrás, le gritaba “¡ Chupa, huevona, chupa!”. En
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forma simultánea, el jinete de la camilla la cogió del cabello y le balanceaba la

cabeza atrás y adelante para que su boca se deslizara en profundidad sobre la

maloliente verga, mientras sus ojos brillaban de sadismo y de placer. Después que

terminaron de hacer con ella lo que se les antojó, le pasaron una pequeña toalla de

algodón con la cual se sacó parcialmente los productos ajenos y propios que le

corrían desde el ano y los genitales por entre las piernas. Una sonrisa burlona y

satisfecha se dibujó en la boca de los individuos cuando les pidió que la dejaran

salir afuera un momento para defecar y vomitar, un impulso irresistible que

satisfizo agachada a un costado de la ambulancia. Su trajecito quedó hecho una

ruina, sucio y completamente arrugado.

¿Qué pasó después?, ¿qué hicieron con ella?. Relata que, consumado el delito,

mientras ella se recuperaba, se fumaron un cigarrillo y tan pronto volvió a subir

pusieron a andar el vehículo y tomaron rumbo a la ciudad. No medió palabra durante

el trayecto. La dejaron en un paradero donde podía tomar locomoción hacia su

trabajo. Antes de separarse, el chofer le pidió disculpas.

¿Con qué impresión se quedó?, ¿qué pensaba después de haber pasado por eso?.

Lentamente, con profunda pena, expresa que pocas veces se había sentido tan mal

en su vida. Pero no era tanto un malestar físico. Se consideraba una pobre tipa,

desgraciada y miserable. ¿ Cómo cresta podían haberla confundido con una

maraca?, ¿ tenía acaso un aire de puta?, ¿ traía, de casualidad, una marca en la

frente?.
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¿ Volvió a verlos alguna vez?. Podría haber molestado porque las preguntas aún no

se agotaban. No fue así. Contó que, años después, volvió a ver al chofer, pero

conduciendo un furgón de otro servicio. Él también la vio, la saludó. Ella fingió que

por sus ojos no pasaba nada.

¿Qué hizo ese día, después que la dejaron libre?. ¿Fue al médico, al hospital?.

¿Realizó la denuncia a la policía?. La pobre tipa tomó un autobús y se dirigió a su

oficina. Entró por una puerta de servicio. Se dirigió a uno de los baños de la

vivienda en exhibición, se sacó la ropa y se dio una ducha larga, larguísima. Se puso

unos jeans y se arregló el cabello. Al poco rato, llegaron los primeros clientes, se

dejó ver el cuidador, comenzó a recibir llamadas de la oficina central y así, fue

pasando aquél memorable día sábado. ¿ Denunciarlos a la policía, ¿para qué?. ¿Para

hacer justicia?. Antes, debería haber sido condenado su marido.

¿Desearía que todo eso no hubiera ocurrido nunca? o, al contrario, ¿podía valorar

esa experiencia, de alguna forma?, ¿quizás desear que se repitiera?. Yo me limitaba

a tomar nota, pero sentía vergüenza ajena del atrevimiento de las preguntas. No

pareció molestarse. ¿Masoquismo?, ¿Catarsis?. Ahora, tranquila, nos dice que

sintió con fuerza tremenda que aquello no hubiese sucedido nunca. Sin embargo,

era imposible borrarlo. Estaba allí, grabado en su memoria y en su alma. Cuando en

la vida ha vuelto a tener problemas importantes, curiosamente, ha deseado que

ocurriera algo así. Ha tenido ganas de ser drogadicta, que la violen una y mil veces,
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vivir como una perdida sucia y hedionda en la calle o bajo los puentes del viejo río

de la ciudad. Está claro que no ha deseado eso por placer, todo lo contrario, como

una forma de mortificación por sus errores, de sentir que existe una divinidad que

a través del castigo podrá redimirla de los pecados alguna vez cometidos,

dejándola limpia, sin pasado, como nacida hoy, sin mancha.

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