El Papa y San Cristóbal

Milagros Ezquerro Université Paris-Sorbonne Paris IV Carmen Vásquez, con ocasión del Congreso
 de conmemoración del centenario del natalicio de Alejo Carpentier celebrado en La Habana en noviembre 2004, presentó un trabajo sobre la génesis de la novela El arpa y la sombra. En él aporta un testimonio muy interesante acerca de la documentación histórica sobre la cual se funda el relato, testimonio insustituible, ya que fue ella la encargada de esta documentación: El 5 de febrero de 1976, cuando Carpentier me pidió que hiciera las primeras investigaciones sobre el tema, me indicó cuál iba a ser el punto de partida generador de su nueva novela. Esta debía contar los intentos de canonización con todos sus prolegómenos, analizar los documentos defensores para lograrla, relatar un proceso de derecho canónigo para luego hacer que el tribunal dictara una sentencia negativa. Conclusión: el esfuerzo desde el comienzo se había comprobado como algo inútil. Después de todo: “¿A quién podría ocurrírsele canonizar a un marino?” se preguntaba… Y eso que había que tener en cuenta todo lo que la calidad de esta condición de marino implicaba. El fracaso de la decisión vaticana se explicaba ya desde el comienzo. Todo había sido inevitable, porque las premisas habían sido falsas y las pruebas sólo podían confirmar esta falsedad. San Cristóbal Colón no existiría jamás1. No hay que olvidar que El arpa y la sombra tiene un lugar especial en la obra de Alejo Carpentier, ya que es la última novela terminada y publicada por el cubano, que ya por entonces estaba muy enfermo y que falleció un año después de su publicación. Otro aliciente que tiene para mí El arpa y la sombra es que se puede considerar como uno de los hipotextos, o textos fuente, de Vigilia del Almirante, la novela de Augusto Roa Bastos, publicada en 1992, y dedicada también al personaje

























































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Carmen Vásquez, « De arpas y sombras, expediciones y otras aventuras : apuntes sobre la génesis de una novela », en: Alejo Carpentier: acá y allá, compilación e introducción de Luisa Campuzano, Pittsburgh, Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana, 2007, p. 273-286.

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de Cristóbal Colón2. Sería interesante comparar las dos novelas, tan diferentes desde luego, pero que comparten la misma postura ideológica que Roa expresa, en el prólogo de su novela, con estas hermosas palabras: Este es un relato de ficción impura, o mixta, oscilante entre la realidad de la fábula y la fábula de la historia. Su visión y cosmovisión son las de un mestizo de “dos mundos”, de dos historias que se contradicen y se niegan3. Éste no es mi propósito aquí. Más bien quiero tratar, partiendo del texto novelesco y de las aclaraciones que, acerca de su génesis, aporta el trabajo de Carmen Vásquez, de caracterizar el tratamiento que reciben en El arpa y la sombra el personaje de Cristóbal Colón, así como el del Papa Pío IX, el que puso todo su empeño en canonizar al Almirante. Los núcleos generadores de la postrera novela de Carpentier son variados y convergentes. Primero hallamos una obra de Paul Claudel, Le livre de Christophe Colomb, un drama lírico compuesto en 1927, cuya música Claudel encargó a Darius Milhaud. Más tarde, Carpentier hizo una adaptación radiofónica del oratorio donde descubrió una figura muy distinta de la del glorioso Descubridor: aparece desde la perspectiva de la posteridad, y el drama se abre con la agonía del hombre pobre y humillado que se desdobla para asistir a su propio destino hasta alcanzar la Vida verdadera. El otro núcleo generador fue la obra de Léon Bloy, Le Révélateur du Globe. Christophe Colomb et sa béatification future, publicado en 1884 con un prólogo de J. Barbey d’Aurévilly, y ampliamente inspirado en la biografía escrita por el Conde Roselly de Lorgues a pedido del Papa Pío IX, Christophe Colomb: Histoire de sa vie et de ses voyages, publicada en 1856. Pío IX, convencido por la edificante historia del muy católico Conde, decreta que el Descubridor merece la beatificación, paso previo a la canonización, para lo cual nombra a Roselly de Lorgues “Promotor” del proceso de beatificación de Colón. En realidad, el proceso de beatificación nunca se llevará a

























































2 Ver mi artículo : « Don Quijote de la Mar Oceana: Vigilia del Almirante de Augusto Roa Bastos», Cuadernos Hispanoamericanos 522, diciembre 1993, p.128-134.

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A.

Roa Bastos, Vigilia del Almirante, Madrid, Alfaguara Hispánica 96, 1992, p. 11.

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cabo, por múltiples razones, y el proceso que describe en la novela Carpentier es a la vez imaginario y altamente simbólico. El interés de Pío IX por la figura histórica del Almirante de la Mar Oceana no radica tan sólo en las supuestas virtudes del marino genovés, sino en la historia personal de Pío Nono, anterior a su accesión al trono de San Pedro. Leyendo a Léon Bloy, Carpentier se detuvo en un detalle muy interesante: el famoso ensayista francés calificaba a Pío Nono de “Papa americano”. Sin embargo, ninguna biografía mencionaba nada acerca de una posible experiencia americana: una vez más, le incumbió a Carmen Vásquez la tarea de aclarar el enigma: Establecer una biografía general de Pío IX no fue difícil, pero en ninguna parte se mencionaba el viaje a América referenciado por Bloy. Entonces hubo que agrandar la investigación. En los ficheros de la Biblioteca Nacional figuraban dos obras que podían ser importantes: la de Pierre Fernessole, Pie XI4 y, sobre todo la de Alberto Serafini, Pio Nono: Giovanni Maria Mastaï Ferretti5 La lectura de ambas introdujo una nueva obra sobre el tema, un documento único, de incalculable valor para nuestros propósitos: Breve relazione del viaggio fatto al Chile del Can. Giovanni-Maria MastaïFerreti di Senigallia, del propio Pío IX. Dos biografías y un relato autobiográfico fueron las fuentes que permitieron trazar el viaje de Pío Nono a América Latina. No obstante, lo hallado en éstas no era lo suficientemente explícito como para que se pudiera entrar en detalles. Entonces comenzó un largo proceso de reconstrucción histórica6. Resulta pues que Pío Nono era el único Pontífice que, cuando era todavía un joven canónigo, había viajado al Nuevo Mundo, con una misión apostólica entre junio de 1823 y julio de 1825, y que había descubierto parte del continente, Buenos Aires, la Pampa, los Andes y Chile. Compartía con Cristóbal Colón la doble condición de italiano y de descubridor del Nuevo Mundo. Conocemos la predilección de Carpentier por los héroes “entre dos mundos”. Cuando, unos veinte años más tarde, Mastaï accede al trono papal, no ha olvidado su vivencia

























































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Pierre Fernessole, Pie IX, Paris, P. Lethielleux Editeur, 1960. Alberto Serafini, Pio Nono : Giovanni Maria Mastaï Ferreti, Tipografia Poliglotta Vaticana, 1958. Carmen Vásquez, op. cit.

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americana y decide tender un puente entre ambos mundos gracias al reconocimiento solemne de la grandeza del marino genovés que tuvo el valor y la dicha de llevar la religión cristiana a esa parte desconocida de la humanidad. No por nada se llamaba Christóphoros, el portador de Cristo. Entonces se inicia la larga aventura de la canonización de Cristóbal Colón, aventura que finalmente fracasa en el umbral del Cuarto Centenario del Descubrimiento, años después de la muerte de Pío Nono y del Conde Roselly de Lorgues, Promotor de la causa. El arpa y la sombra presenta una estructura tripartita: tres partes desiguales respectivamente tituladas “El arpa”, “La mano” y “La sombra”. La primera parte narra, en tercera persona, el momento en el que Pío IX se decide, tras múltiples vacilaciones, a firmar “el decreto por el cual se autorizaba la apertura de la instrucción y proceso” de la canonización del Descubridor. La narración sigue paso a paso la meditación del Papa, que lo lleva a recordar la maravillosa aventura americana de su juventud, punto de partida de su deseo de canonizar al hombre “oscuramente genial” que abrió a los moradores del Viejo Mundo las puertas del nuevo paraíso. El íncipit de esta parte, que es también el de la novela, es un verdadero trozo de antología, totalmente carpenteriano, que nos remite a otras descripciones, como las del sublime Concierto Barroco. “El arpa” aporta, en torno de la figura del Canónigo, Giovanni Maria Mastaï Ferreti, luego Papa Pío Nono, el marco histórico de este siglo diecinueve en el cual se fomenta la visión ultracatólica del papel evangelizador y civilizador del Almirante. Volvemos a encontrar los fundamentos del relato carpenteriano: una sabia combinación de minuciosa reconstrucción histórica, de suntuosas descripciones ambientales, de introspección del protagonista y de una poderosa imaginación que hermosea las aventuras supliendo los vacíos de la Historia. La secuencia se desarrolla en un tiempo breve, el que transcurre entre la salida solemne del Papa, transportado en la silla gestatoria desde la basílica hasta sus apartamentos privados, y el momento crepuscular en el que firma porfin el decreto de beatificación. Sin embargo, gracias al desarrollo de la modalidad introspectiva, el relato nos lleva a tiempos pasados con la relación del

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largo viaje de Mastaï por tierras americanas. Esta tensión entre tiempo breve de la diégesis de primer nivel (el Papa en el Vaticano) y tiempo dilatado de la historia enmarcada (el viaje a Chile) es muy propia de la escritura de Carpentier, y vamos a volver a encontrarla en las otras secuencias. La secuencia central, “La mano”, es mucho más larga que las otras dos y está centrada en el personaje narrador de Cristóbal Colón. El título remite al epígrafe, un versículo del Antiguo Testamento (Isaías 23, 11) que permite entender que se trata de la mano todopoderosa de Dios, que guía el destino del hombre. La secuencia se abre con la frase “… Ya fueron por el confesor”, que nos sitúa abruptamente en el momento fatídico de la confesión, precursora de la muerte, y se cierra con la llegada del confesor. Dentro de ese tiempo de espera se interpola un largo monólogo en el cual el agonizante narra su vida, con la libertad que confiere el monólogo, relato cuyo narratario es el mismo narrador. Este consabido recurso narrativo permite establecer con el lector un pacto de lectura específico que supone una veracidad total de parte del narrador, ya que éste no puede ocultarse nada a si mismo. Por otra parte, el lector se identifica con el narratario que, a su vez, está identificado con el narrador: así, el lector tiene una posición privilegiada de doble identificación que, de alguna manera, le garantiza la veracidad del relato. Si se tratase de la transcripción de la confesión del moribundo Almirante al franciscano, tal como se podía esperar, el lector podría poner en tela de juicio la sinceridad del confesante, como lo sugiere el propio narrador. Veamos dos declaraciones, la primera situada en el principio de la secuencia, la segunda en el final: Como yacente en lápida de piedra espero a quien habré de hablar muy largo […] Y habrá que decirlo todo. Todo, pero todo. Entregarme en palabras y decir mucho más de lo que quisiera decir…(p. 49) Y ya me busca la cara, el confesor, en las honduras de las almohadas resudadas por la fiebre, mirándome a los ojos. Se alza la cortina sobre el desenlace. Hora de la verdad, que es hora del recuento. Pero no habrá recuento. Sólo diré lo que, acerca de mí, pueda quedar en piedra mármol. De la

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boca me sale la voz de otro que a menudo me habita. Él sabrá lo que dice… (p. 149-150)7 El cotejo de estas dos citas pone de manifiesto la postura de Colón con relación a la imagen de si mismo que quiere dejar a la posteridad. Para él, claramente, la confesión que le va a hacer al franciscano de Valladolid no quedará protegida por el secreto de la confesión, sino que será divulgada públicamente. Esto confiere un valor mucho mayor a lo que dice en el monólogo que no tiene otro destinatario que no sea el propio moribundo: el lector tiene el privilegio de recibir un relato conforme a la verdad autobiográfica. Tal recurso narrativo le permite al escritor construir una figura que no es sólo la deconstrucción/reconstrucción del personaje histórico, sino de alguien más íntimo, más secreto, que incluso puede criticarse a si mismo, reconocer sus errores y sus flaquezas, o al contrario ensalzar sus actos y sus virtudes. Es a la vez una biografía y una autobiografía noveladas, con un punto de vista fictivamente interior y contemporáneo, y realmente crítico y con cinco siglos de distancia. La tercera secuencia, “La sombra”, es la más breve y también la más peculiar. El narrador es impersonal y se focaliza en el personaje de Cristóbal Colón, que ahora tiene un estatuto bien diferente: El Invisible –sin peso, sin dimensión, sin sombra, errante transparencia para quien habían dejado de tener un sentido las vulgares nociones de frío o calor, día o noche, bueno o malo- llevaba varias horas vagando entre los brazos abiertos de las cuádruples columnatas del Bernini, cuando se abrieron las altas puertas de San Pedro. (p. 153) El tiempo de la historia narrada también ha cambiado: pronto nos enteramos de que se sitúa a finales del siglo XIX, poco antes de 1892, cuarto centenario del Descubrimiento, el día precisamente en que se va a celebrar la reunión solemne de la Congregación de Ritos, la cual tiene que decidir si se abre o no el proceso de beatificación de Colón. El invisible Almirante, procedente del más-allá, viene pues a

























































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Alejo

Carpentier, El arpa y la sombra, Madrid, Alianza Editorial, Biblioteca Carpentier, 1998 [1979].

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asistir a la ceremonia donde se va a decidir si su nombre se incluirá o no en el Santoral. Es evidente que, en esta secuencia, la narración ha tomado un cariz muy peculiar: ya no estamos ni en un relato histórico, ni siquiera en una reconstrucción novelada de un episodio histórico, sino en una modalidad onírica o fantástica, no tan fácil de caracterizar. El narrador desliza, en las primeras líneas de la secuencia, una suerte de explicación poética de esta modalidad: Encausado ausente, forma evocada, hombre de papel, voz trasladada a boca de otros para su defensa o su confusión, permanecería a casi cuatro siglos de distancia de aquellos que ahora examinarían los menores tránsitos de su vida conocida, determinando si podía ser considerado como un héroe sublime […] o como un simple ser humano […] (p. 153) Las primeras adjetivaciones (Encausado ausente, forma evocada, hombre de papel, voz trasladada a boca de otros) pueden ser consideradas sencillamente como hermosas definiciones de lo que es un personaje novelesco. Asimismo la expresión “a casi cuatro siglos de distancia” evoca el desfase temporal más o menos amplio que media entre el tiempo de la ficción y el tiempo de la lectura. También el lector va a enjuiciar, a su manera, al personaje, no para atribuirle o no una aureola, sino para sopesar, según sus propios criterios, lo bueno y lo malo de la vida que le ha sido narrada en la secuencia anterior. Como ya se adelantó, el Auto solemne de la Congregación de los Ritos que aquí se describe es puramente imaginario, sin embargo el proceso sigue las pautas de un auténtico proceso, por lo cual Carpentier le encargó a su predilecta amanuense una minuciosa pesquisa: Luego, debía precisar cuál es el procedimiento de canonización; cómo sucede éste, cómo son los debates; cuál es el papel del llamado “abogado del diablo”; poner de relieve el “aspecto espectáculo” del proceso de canonización8. A partir de la estructura canónica de la ceremonia, el novelista construye una escenografía descabellada, donde se enfrentan personajes históricos de diversas

























































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Carmen Vásquez, op.cit.

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épocas y diferentes países: Bartolomé de la Casas, Víctor Hugo, Lamartine, Julio Verne, Léon Bloy, los Impugnadores de la Leyenda Negra de la Conquista Española, que vienen, cada uno a su modo, a hablar a favor o en contra del Encausado, en calidad de testigos. Por fin se desvanecen todas las figuras testimoniales y el Presidente plantea los términos de la votación final: “De lo dicho y escuchado […], se retienen dos grandes cargos contra el Postulado Colón: uno, gravísimo, de concubinato […]; otro, no menos grave, de haber iniciado y alentado un incalificable comercio de esclavos, vendiendo, en mercados públicos, varios centenares de indios capturados en el Nuevo Mundo…” (p. 173-174) El resultado es apabullante: “Un solo voto a favor –dice-: por lo tanto, la Postulación es denegada.” Más que el resultado, que el lector conoce de antemano, lo interesante son los motivos por los cuales el tribunal rechaza la postulación: las relaciones de concubinato que Colón mantuvo con Beatriz Arana, la madre de su segundo hijo, Fernando, y sobre todo, la acusación de haber iniciado la esclavitud en el Nuevo Mundo, vendiendo en España indios raptados en las islas. Es evidente que para Carpentier la acusación de concubinato no tenía la menor importancia, tratándose además de un marino. El pecado imperdonable era el otro, formulado desde el inicio por Fray Bartolomé de las Casas, y que ningún “mestizo de dos mundos” podría olvidar. La última novela de Alejo Carpentier cumple con su estatuto de testamento literario, tanto por su estética como por su ética. Estéticamente, El arpa y la sombra es un compendio de los rasgos fundamentales de la escritura del cubano, aunque no despliegue los fastos de obras anteriores, y es también un modelo de libertad creativa. Éticamente, ideológicamente, la novela reelabora la cosmovisión del “mestizo de dos mundos, de dos historias que se contradicen y se niegan”, retomando la expresión de Roa Bastos, interpretando una figura clave de la historia de los dos mundos.

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