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FOUCAULT Y MARX: UN DIÁLOGO APLAZADO SOBRE EL PODER

Sergio De Zubiría Samper. Departamento de Filo- sofía. Universidad de los Andes.

L as relaciones entre estos dos pensadores son muy difíciles de nominar, clasificar o caracterizar. Por momentos podría hablarse de un “comba- te”, pero también de cierta “complementariedad” y en otras ocasiones

de ciertos “desplazamientos”. Además que las continuas referencias y mez- clas, realizadas por M. Foucault, a Marx y ciertos marxismos (marxismo insípido, estrecho, estalinista, post-estalinista, discurso marxista, el mar- xismo académico) dificultan aún más esas relaciones. Inspirados en los trabajos de dos grandes marxistas franceses, Etien- ne Balibar y Pierre Bourdieu, partimos de una tesis que consideramos posibilita mayor riqueza para abordar este diálogo: en formas constante- mente renovadas, un verdadero combate o tensión irresuelta con Marx se extiende por toda la obra de Foucault y ese es uno de los resortes principa- les de su productividad. Este “combate” expresa también la idea del pen- sador francés, de que la única manera de testimoniar el pensamiento que uno ama es precisamente “utilizarlo, deformarlo, hacerlo chirriar, gritar” y no la estéril tarea de los comentaristas que se dedican a decir si se es o no fiel. Tanto la reconstrucción de ese combate productivo como las teorías

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del poder de estos dos insustituibles teóricos de la sociedad, están aún por analizarse, contrastarse

del poder de estos dos insustituibles teóricos de la sociedad, están aún por analizarse, contrastarse e interpretarse. Por esto, cuando remitimos a sus teorías, somos concientes de que nuestras referencias son demasiado frag- mentarias y buscan tan sólo llamar la atención sobre la relevancia de este diálogo aplazado o incompleto. En su condición de “intelectual específico” (no universalista), como prefería autodenominarse Foucault, ese tenso combate con y contra Marx, está necesariamente condicionado por el campo intelectual francés en que adquirió su formación. “Hace ya bastantes años que no se le pide al intelec- tual que juegue este papel. Un nuevo modo de ligazón entre la teoría y la práctica se ha constituido. Los intelectuales se han habituado a trabajar no en el <universal>, en el <ejemplar>, en el <justo y verdadero para todos>, sino en sectores específicos, en puntos precisos, en los que los situaban sus condiciones de trabajo o sus condiciones de vida (la vivienda, el hospital, el manicomio, el laboratorio, la universidad, las relaciones familiares o sexuales). Han adquirido así una conciencia mucho más inmediata y con- creta de las luchas” 1 .

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La mediación francesa

Los primeros referentes de Foucault en el inicio de su transcurrir filosó- fico son los intentos de Sartre y Althusser de realizar una síntesis teórica del marxismo, en el primero, muy ligada a las preocupaciones del existen- cialismo, en el segundo, a los temas del estructuralismo francés. Tal vez, por estas mediaciones, sus primeras polémicas serán anti-existencialistas:

contra el humanismo y las nociones de totalidad y dialéctica, mientras la segunda disputa florecerá contra la noción de ideología y los coqueteos “cientifistas” del estructuralismo marxista. “Cuando yo hice mis estudios hacia los años 50-55, uno de los grandes problemas que se planteaba era el

del estatuto político de la ciencia y las funciones ideológicas que ella po- día vehicular. No era exactamente el problema Lyssenko el que dominaba, pero creo que alrededor de este ruin asunto, que ha estado durante mucho tiempo disimulado y cuidadosamente oculto, todo un conjunto de cues- tiones interesantes han sido removidas. Se resumen en dos palabras: poder

y

saber” 2 .

1 M. Foucault, Microfísica del Poder, Ediciones de la Piqueta, Madrid, 1979, p. 183.

2 Ibídem, p. 175.

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El momento emblemático del primer debate será la condena que hace

al final de “Las palabras y las cosas” (1966) del humanismo existencialista:

“Una cosa es cierta: que el hombre no es el problema más antiguo ni el más

constante que se haya planteado el saber humano

tarse a que el hombre se borraría, como en los límites del mar un rastro en la arena” 3 , la cual tendrá fuertes respuestas de Sartre, al caracterizar este

texto como la “última carta de la burguesía contra el marxismo”, tal vez, aludiendo a aquella afirmación en el texto foucaultiano sobre el marxismo como no representativo de un corte real en el saber occidental. Y su polé- mica con el estructuralismo francés se evidencia en su clara distancia del concepto de ideología, postulado por Althusser, por tres razones princi- pales: la primera, se quiera o no, está la ideología siempre en oposición virtual a algo que sería la verdadera realidad; la segunda, su inevitable re- ferencia a algo como un sujeto; la tercera, la tentación de ubicar la ideolo- gía en una posición secundaria respecto a algo que debe funcionar como primario, ya sea la infraestructura o la economía. Afirmaciones suyas como “no veo quién pueda ser más anti-estructuralista que yo”, ratifican su enorme oposición a un marxismo de cuño estructuralista. Aunque no es posible olvidar que Althusser fue su profesor en la Ecole Normale y siempre su amigo personal. Uno de los textos emblemáticos de aquellas polémicas del contex- to francés es su conferencia de 1964, “Nietzsche, Marx, Freud”; donde plantea una relación muy próxima a la obra teórica de Marx y de lejanía de ciertos “marxismos”. Para ello elabora tres tesis relevantes: la prime- ra, diferencia a Marx de esos “marxismos”, porque el pensador alemán habría inaugurado una hermenéutica abierta a la diversidad de inter- pretaciones, mientras que el “marxismo” se habría replegado sobre una semiología que cree en la existencia absoluta de los signos; la segunda, caracteriza las reflexiones de Freud, Nietzsche y Marx como tres grandes heridas al narcisismo de la cultura occidental, al contribuir al proceso de descentramiento del sujeto cartesiano; y, la tercera, estos tres filósofos revolucionaron el concepto de verdad vigente en la tradición occidental hasta el siglo XIX. “El primer libro de El Capital, textos como El naci- miento de la tragedia y La genealogía de la moral, la Traumdeutung, nos ponen en presencia de técnicas interpretativas. El efecto de choque, la es- pecie de herida provocada en el pensamiento occidental por estas obras, viene de que ellas han reconstituido ante nuestros ojos algo que Marx

entonces podría apos-

3 M. Foucault, Las palabras y las cosas, Siglo XXI Editores, México, 1968 (1966), p. 375.

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llamaba hieroglifos. Esto nos ha puesto en una situación incómoda de- bido a que estas

llamaba hieroglifos. Esto nos ha puesto en una situación incómoda de-

bido a que estas técnicas de interpretación nos conciernen a nosotros mismos, ya que nosotros, intérpretes, nos hemos puesto a interpretarnos

mediante estas técnicas

importante; en el comienzo de El Capital él explica cómo, a diferencia de Perseo, debe sumergirse en la bruma para mostrar con hechos que no hay monstruos ni enigmas profundos, porque todo lo que hay de profun- didad en la concepción que la burguesía tiene de la moneda, del capital, del valor, etc., no es en realidad sino superficialidad” 4 .

El concepto de superficialidad en Marx es muy

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Otro de los avatares ineludibles del contexto intelectual francés es la irrupción de las masas y su proximidad al poder en el conocido mayo pa-

risino de 1968. Este fenómeno histórico ha dejado una huella indeleble en

el pensamiento y la política francesa. Algunos de los motivos centrales que

lo convierten en referencia son: se presenta un desplazamiento en el plano de la insurrección que se manifiesta en un ataque no sólo a las instancias económicas de la explotación económica, sino se apunta de modo primor- dial a los mecanismos de poder; en Europa central, nunca el poder estuvo tan cerca, pero al mismo tiempo se desvaneció también demasiado rápido;

el momento en el siglo XX en que coinciden las críticas más radicales a los

dos regímenes sociales existentes es mayo del 68 –el capitalismo en su for- ma de sociedad industrial avanzada y el socialismo de tipo burocratizado del este, son sometidos en los años sesenta a una crítica radical, como en

ningún momento del siglo. Para Foucault, el periodo representa los siguientes signos intelec- tuales: una mayor preocupación por la problemática de la política; el fin de cualquier confianza en la propuesta marxista althusseriana; su pro-

funda desconfianza ante la política práctica de los comunistas franceses;

y el comienzo de interrogaciones de nuevo tipo que colocan los temas

del poder, la subjetivación y la política como ejes principales de toda in- vestigación social. Podríamos aseverar que en la biografía intelectual de Foucault se inicia lo que él va a llamar la crítica a la concepción tradicio- nal del poder.

Al final de su vida, entre 1975 y 1984, podemos encontrar una rica producción polémica con aquellos marxistas occidentales que intentan un

renovado desarrollo sobre los estudios en el ámbito del Estado, la política y

el poder. Un “combate” con ellos y también con Marx, pero que no renun-

4 M. Foucault, Nietzsche, Freud, Marx; Pérez Mantilla, R. Nietzsche: 125 Años, Editorial Temis, Bogotá, 1977, p. 214.

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cia nunca, como sí lo hicieron muchos intelectuales franceses, a la nece- sidad de su herencia y horizonte. Esa sensación colectiva de “duelo por el intelectual crítico” que P. Bourdieu caracterizó como el tránsito de muchos intelectuales franceses de la extrema izquierda hacia la derecha. Tal vez, la

frase más emblemática de la actitud de Foucault en su relación con Marx, hasta el final de sus días, es aquella pronunciada en una entrevista en 1978:

“Me sucede con frecuencia citar frases, conceptos, textos de Marx, pero sin sentirme obligado a adjuntar la pequeña pieza identificatoria que consiste en hacer una cita de Marx, en poner cuidadosamente la referencia a pie de

página y acompañar la cita de una reflexión elogiosa

historia actualmente sin utilizar una serie interminable de conceptos liga- dos directa o indirectamente al pensamiento de Marx y sin situarse en un horizonte que ha sido descrito y definido por Marx. En caso límite se po- dría uno preguntar qué diferencia podría haber entre ser historiador y ser marxista” 5 : en Francia, con autores tan representativos como N. Poulant- zas, E. Balibar, M. Godelier, P. Bourdieu y D. Lecourt; en Italia, con aquella tradición post gramsciana, representada por teóricos como M. Cassiari y V. Cotesta; en Alemania, con la llamada Escuela Lógica del Capital y la se - gunda generación de Frankfurt, especialmente con J. Habermas (a quien conoce en 1983, un año antes de su muerte) y C. Offe; con el marxismo anglosajón, a través de representantes tan significativos como P. Anderson, J. O’Connor y E. Wright.

Es imposible hacer

El poder como núcleo de tensión

En ese constantemente renovado combate con Marx, existen muchos campos y tesis en disputa. Acusa al marxismo (¿Marx?) de variadas incon- sistencias: considerar que las condiciones económicas de la existencia se reflejan en la conciencia de los hombres; no dar una respuesta convincen- te a la problemática de la relación estructura y sujeto; no comprender los entrecruzamientos entre discursos y prácticas sociales; no contener una teoría sólida de la construcción social de la subjetividad; insistir en las re- laciones de producción y explotación, pero descuidar el poder; no brindar un aporte definitivo sobre cómo opera el poder; etc. En “La verdad y las formas jurídicas” (1978) le adjudica al marxismo universitario europeo un “defecto muy grave: el de suponer, en el fondo, que el sujeto humano, el sujeto de conocimiento, las mismas formas del conocimiento, se dan en

5 M. Foucault, Microfísica del Poder, Op. cit., p. 100.

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48 cierto modo previa y definitivamente, y que las condiciones económicas, sociales y políticas de

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cierto modo previa y definitivamente, y que las condiciones económicas, sociales y políticas de la existencia no hacen sino depositarse o imprimirse en este sujeto que se da de manera definitiva” 6 . En “Microfísica del poder” (1978) reitera nuestro desconocimien- to sobre en qué consiste el poder y cuáles son las prácticas de su ejercicio. Marx y Freud han contribuido a desenmascarar la explotación, pero no son “suficientes para ayudarnos a conocer esta cosa tan enigmática, a la vez visible e invisible, presente y oculta, investida en todas partes, que se llama poder. La teoría del Estado, el análisis tradicional de los aparatos de Estado no agotan sin duda el campo del ejercicio y del funcionamiento del poder” 7 ; para Foucault, saber quién explota y las nociones de <clase diri- gente, grupo en poder, aparato de Estado>, no resuelven la incógnita de ¿quién ejerce el poder y dónde lo ejerce? Siempre es necesario responder hasta dónde se ejerce el poder, por qué conexiones y hasta qué instancias –ínfimas con frecuencia– jerarquía, control, vigilancia, prohibiciones y sujeciones. El marxismo podría supuestamente aludir al tema del poder simplemente como un asunto de intereses; el poder como posesión de una clase dominante definida por sus intereses. Es bastante notorio que las re- laciones entre deseo, poder e interés son mucho más complejas de lo que ordinariamente se piensa; puede suceder que aquellos que ejercen el po- der no tienen por fuerza interés en ejercerlo, aquellos que tienen interés en ejercerlo no lo ejercen, y el deseo de poder juega en relaciones muy peculia- res entre el poder y el interés. Al final de su vida, en “El sujeto y el poder” (1982), para evitar cier- tos equívocos en la divulgación de su obra, señala que no es el poder el único tema de sus investigaciones, sino las formas de subjetivación, el su- jeto, su gran preocupación. Además reitera en relación con el poder tres categóricas advertencias: reconocer un cierto privilegio a la pregunta so- bre el “cómo se ejerce”, sin eliminar los interrogantes sobre el qué y el por qué; la conveniencia de distinguir tres tipo de relaciones, que aunque no separadas, son diferenciables –<relaciones de poder>, <relaciones de comunicación> y <capacidades objetivas>; el análisis complejo de las re- laciones de poder nunca se puede limitar a una enumeración de institu- ciones, siempre exige que se tengan en cuenta algunos puntos como: 1. el sistema de diferenciación que permite actuar sobre la acción de los de- más (jurídicas, tradicionales, estatus, privilegios, apropiación de rique-

6 M. Foucault, La verdad y las formas jurídicas, Editorial Gedisa, México, 1984, p. 14.

7 M. Foucault, Op. cit., p. 83.

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za, puestos de producción, diferencias lingüísticas o culturales, etc.); 2. el tipo de objetivos perseguidos por aquellos que actúan sobre la acción de los demás (mantenimiento de privilegios, acumulación de ganancias, autoridad estatutaria, etc.); 3. las modalidades instrumentales (amena- za de las armas, efectos de la palabra, disparidades económicas, sistemas de vigilancia, etc.); 4. las formas de institucionalización (disposiciones tradicionales, estructuras jurídicas, dispositivos cerrados, estructuras jerárquicas, relativa autonomía funcional, etc.); 5. grados de racionaliza- ción (certitud de resultados, costos eventuales, costo reaccional, etc.). “El análisis de las relaciones de poder en una sociedad no puede remitirse al estudio de una serie de instituciones, ni siquiera al de todas aquellas que merecerían en nombre de <políticas>. Las relaciones de poder tienen su raíz en el conjunto del tejido social. Esto no quiere decir por tanto que existe un principio de poder primero y fundamental que domina hasta el más mínimo elemento de la sociedad; sino que, a partir de esta po- sibilidad de acción sobre la acción de otros que es coextensión de toda relación social, formas múltiples de disparidad individual, de objetivos, de instrumentaciones proporcionadas a nosotros y a los demás, de ins- titucionalización más o menos sectorial o global, de organización más o menos reflexionada definen formas diferentes de poder” 8 . El estado de ánimo de esta última etapa productiva de Foucault se manifiesta en que el cambio de los postulados sobre el poder conlle- va el cambio de las preguntas. De aquellas interpelaciones por el sujeto (¿Quién detenta el poder?) y su esencia (¿Qué es el poder?) se transita ne- cesariamente a su especificidad (¿Cómo funciona?) y sus efectos (¿Qué produce el poder?). Los anteriores focos de tensión frente al marxismo (¿Marx?) han pro- movido una interpretación de las teorías del poder de estos dos pensadores que los separan y escinden. Apoyada en ciertas aseveraciones de su amigo y compañero de estudio, G. Deleuze, se postula una versión sistemática, pero que tal vez no capta la complejidad de aquello que hemos denomina- do el combate productivo o tensión irresuelta. “Por eso las grandes tesis de Foucault sobre el poder, tal y como las hemos visto precedentemente, se de- sarrollan en tres apartados: el poder no es esencialmente represivo (puesto que incita, suscita, produce); se ejerce más que se posee (puesto que sólo se posee bajo una forma determinable, clase, y determinada, Estado); pasa

8 M. Foucault, “El sujeto y el poder”, en Revista Texto y Contexto, Traducción Camilo Restrepo, Universidad de los Andes, 1998, p. 24.

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por los dominados tanto como por los dominantes (puesto que pasa por todas las fuerzas

por los dominados tanto como por los dominantes (puesto que pasa por todas las fuerzas en relación). Un profundo nietzscheísmo” 9 . Aludiendo a Deleuze, sin ser él necesariamente responsable, ésta in- terpretación ubica el marxismo como parte de las concepciones tradiciona- les del poder, al no poder superar seis postulados que impiden una ruptura con esa visión tradicional. Estos postulados son: propiedad (el poder como propiedad de una clase que lo ha conquistado), localización (estaría locali- zado sólo en el Estado), subordinación (el poder estatal subordinado a un modo de producción), atributo (el poder tendría una esencia y es un atri- buto que distingue a los que lo poseen y los que lo sufren), modalidad (el poder actúa por represión e ideología) y legalidad (el poder del Estado se expresa en la ley). Para esta interpretación, el diálogo con Foucault sería inviable porque este pensador no estaría de acuerdo con ninguno de los anteriores postulados. Por ejemplo, para él, el poder no es una propiedad sino una estrategia, o la represión y la ideología son sólo estrategias extre- mas, pero el poder ejerce otras formas de actuación. Consideramos que la explicación anterior simplifica un asunto más complejo y cierra las puertas de ese diálogo o combate siempre renovado entre Foucault y Marx.

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La pertinencia del diálogo

Los caminos y escenarios que hacen posible ese diálogo son princi- palmente tres: el primero, es el reconocimiento explícito de Foucault de representar y continuar el legado de la herencia marxista en su teoría del poder; el segundo, es la posible atribución de los seis postulados a ciertos tipos de marxismo, pero en ningún caso a la tradición de Marx, Engels, Lenin y Gramsci; el tercero, está constituido por la posible existencia de divergencias efectivas en las concepciones del poder de estos dos autores, pero no partiendo necesariamente de las destacadas por la interpretación inspirada en Deleuze (de la cual posiblemente Deleuze no es responsable; recordemos que él reitera que Foucault está cerca de Nietzsche y también de Marx, para quienes las relaciones de fuerzas exceden la violencia y no pueden definirse por ella). En relación con el primer escenario, es destacable la afirmación de Foucault en 1981, según la cual “para analizar las relaciones de poder ape- nas si disponemos de dos modelos: el que nos propone el derecho (el poder

9 Gilles Deleuze, Foucault, Editorial Paidós, Barcelona, 1987, p. 100.

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como institución, ley, prohibición) y el modelo guerrero o estratégico, en términos de relación de fuerzas”. La primera vía de tematización tal vez está representada por el sendero recorrido de Locke a Bobbio; la segunda, por aquella búsqueda que va de Maquiavelo a Marx y luego a Foucault. Si bien algunos marxismos le han prestado atención sólo a la “clase en sí” y han descuidado a la “lucha como constitutiva de las clases”, la segunda tra- dición se ubica en el acento en las relaciones de fuerza y que, nos lo advierte Foucault, los textos no teóricos de Marx siempre se caracterizan por des- tacar las relaciones concretas de fuerza y de lucha. Dos textos de Marx son de gran lucidez analítica para comprender estos fenómenos históricos: “El dieciocho brumario de Luis Bonaparte” (1852) y “La guerra civil en Fran- cia” (1871). En cuanto al segundo ámbito, la atribución de los seis postulados mencionados podría ser adjudicada a ciertas vertientes del marxismo, pero en ningún caso a la obra teórica de Marx. Marx nunca concibe el poder lo- calizado exclusivamente en el Estado, ni tampoco como si el poder fuera la propiedad de una sola clase que lo ha conquistado. El ejercicio del poder es la reproducción de una hegemonía de clase a lo largo de todo el entramado del tejido social y, por esto, es una categoría omnipresente en las relacio- nes económicas, políticas, culturales, etc., entre las clases de cada sociedad concreta. El nudo de su problemática es analizar ese “proceso oculto”, por el cual las relaciones sociales toman la forma – Estado. La instancia ins- titucional del Estado es sólo uno de los componentes en la institucionali- zación práctica del poder real, que se intenta lograr bajo una imposición más o menos homogénea de ciertas normas, principios, valores y fines. El poder del Estado es una relación entre clases y no una cosa o instrumento en sí. “La clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal y como está y servirse de ella para sus propios

La civilización y la justicia del orden burgués aparecen en todo su

fines

siniestro esplendor dondequiera que los esclavos y los parias de este orden osan rebelarse contra sus señores. En tales momentos, esa civilización y esa justicia se muestran como lo que son: salvajismo descarado y venganza sin ley. Cada nueva crisis que se produce en la lucha de clases entre los produc- tores y los apropiadores hace resaltar este hecho con mayor claridad” 10 .

El marxismo crítico no reduce el poder a mecanismos de represión y uso de la ideología; el poder no puede ser reducido a la simplista formula

10 C. Marx, “La guerra civil en Francia”, en Obras Escogidas, Editorial Progreso, Moscú, 1970, p. 313.

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52 <represión más ideología>, porque el ejercicio mismo del poder produce relaciones sociales creativas y

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<represión más ideología>, porque el ejercicio mismo del poder produce relaciones sociales creativas y al mismo tiempo transformadoras del or-

den social. “A partir de la obra de Marx la categoría de poder pertenece

a un campo semántico en el que coexisten términos como <potencia>,

<fuerza> y <violencia>, pero también <convicción>, <convencimien- to>, <conciencia>. Es necesario un esfuerzo de mayor precisión analítica para cada uno de esos términos, pero por ahora importa subrayar que, en

la tradición abierta por Marx, se afirma que las condiciones en las que se

ejerce el poder no son unívocas. En la historia del régimen capitalista no hay ni incompatibilidad ni combinación simple entre el uso institucional de la legalidad y el uso monopólico de la violencia. La legalidad y la coer- ción se mezclan y se combinan para mantener las relaciones de fuerza desigual entre las clases” 11 .

Anticipándose a Foucault, Marx en el análisis del mundo fabril, habla de las fábricas como “presidios atenuados”. “La tendencia a economizar los medios sociales de producción, tendencia que bajo el sistema fabril, madu- ra como planta de estufa, se convierte en manos del capital, en un saqueo sistemático contra las condiciones de vida del obrero durante el trabajo, en un robo organizado de espacio, de luz, de aire y de medios personales de protección contra los procesos de producción malsanos o insalubres, y no hablemos de los aparatos e instalaciones para comodidad del obrero. ¿Tiene

o no razón Fourier cuando llama a las fábricas <presidios atenuados>?” 12 . El poder del Estado no sólo reprime sino procura producir y reprodu- cir los límites impuestos por su propia forma y las condiciones necesarias de la producción capitalista. La propia diferenciación entre formas econó- micas, jurídicas, políticas y burocráticas es un producto de las relaciones sociales propias de las relaciones capitalistas. Por tanto no hay una visión

estadocéntrica o legalista del poder, para él, el Estado no es ni la única for- ma del poder, ni la ley el único instrumento de su ejercicio. Anota expresa- mente la importancia de la autoridad del capitalista sobre sus trabajadores,

el poder de las corporaciones, la dominación del padre sobre la mujer y su

familia, coexistiendo con la autoridad “impersonal” del Estado y los fo- cos de lucha y resistencia a las distintas formas del poder. La insistencia del marxismo en el uso de la violencia directa y la fuerza, parte de la con- vicción teórica de que cualquier análisis sobre el poder político no puede omitir estos componentes.

11 Sergio Pérez Cortés, “El poder: del poder político al análisis sociológico”, en Fernando Quesada, (Editor), Filosofía Política I, Editorial Trotta, Madrid, 1997, p. 100.

12 C. Marx, El Capital, Tomo I, Fondo de Cultura Económica, México, 1971, p. 353.

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En el impactante pasaje de la acumulación originaria del capital muestra con agudeza la complejidad del ejercicio y efectos del poder: “des- pués de ser violentamente expropiados y expulsados de sus tierras y con- vertidos en vagabundos, se encajaba a los antiguos campesinos, mediante leyes grotescamente terroristas, a fuerza de palos, de marcas a fuego y de tormentos, en la disciplina que exigía el sistema del trabajo asalariado. No basta con que las condiciones de trabajo cristalicen en uno de los po- los como capital y en el polo contrario como hombres que no tienen nada que vender más que su fuerza de trabajo. En el transcurso de la producción capitalista, se va formando una clase obrera que, a fuerza de educación, de

tradición, de costumbre, se somete a las exigencias de este régimen de pro-

ducción como a las más lógicas leyes naturales

en cuando, la violencia directa, extraeconómica; pero sólo en casos excep-

La burguesía, que va ascendiendo, pero que aún no ha triunfado

del todo, necesita y emplea el poder del estado para <regular> los salarios, es decir, para sujetarlos dentro de los límites que convienen a los fabrican- tes de plusvalía, y para alargar la jornada de trabajo y mantener al mismo obrero en el grado normal de subordinación” 13 .

En relación con el tercer escenario sobre las divergencias efectivas en sus concepciones sobre el poder, sería bastante fértil el diálogo iniciado en el seno del marxismo contemporáneo. Hitos de estas fértiles querellas, simplemente como ejemplos ilustrativos, son las polémicas con Poulant- zas, Anderson y Habermas, entre otros. Para Poulantzas 14 , las discrepancias se sitúan en tres órdenes. La pri- mera, que su concepción del poder toma como blanco de oposición un marxismo “caricaturizado” o “estalinista”, cuando dicha concepción hace mucho tiempo ya ha sido severamente criticada por el marxismo occiden- tal. La segunda, aceptar que Foucault logra contribuir a una perspectiva relacional del poder, pero su límite estaría en la ausencia de un fundamen- to material de ese poder. La tercera, existe una clara tentación en su obra a absolutizar el poder (Amo-Poder), llegando a considerar que toda lucha o resistencia resultaría inevitablemente pervertida por el poder. Según Perry Anderson, quien sitúa al filósofo francés en el clima es- tructuralista del París de los sesenta del siglo XX, cuyos exponentes sólo rindieron un homenaje exclusivamente formal al marxismo, considera que

Todavía se emplea, de vez

cionales

13 Ibídem, p. 628.

14 Nicos Poulantzas, Estado, poder, socialismo, Siglo XXI Editores, Madrid, 1979.

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54 la objeción más fuerte a Foucault es que no logra resolver lo que promete.

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la objeción más fuerte a Foucault es que no logra resolver lo que promete. Uno de los síntomas más notorios de esta encrucijada es la escasa resolu- ción de la estructura de la subjetividad, a expensas de una teoría del poder. Tal vez por ello varios de los últimos trabajos del filósofo francés estuvie- ron dedicados a las relaciones entre el sujeto y el poder. En otro, relativo a su teoría del poder, es cómo su esfuerzo por evitar jerarquías y centralida- des del poder, culmina en una voluntad de poder sin determinación histó- rica: sin detentadores específicos del poder, ni metas específicas a las que sirve su ejercicio 15 . Para Habermas, existen dos complejas ambivalencias en el discurso filosófico de Foucault. La primera, su doble actitud entre positivista y crí- tico; considera que la historia que él cuenta es la verdadera historia de la verdad, pero al mismo tiempo cree que no existe verdad. La segunda, su obsesión por el poder culmina definitivamente en un concepto al mismo tiempo trascendentalista e historicista del poder; una situación paradojal donde el poder, al mismo tiempo, está colmado de una profunda historia, pero culmina siendo transhistórico por su eternización 16 . Bod Fine considera que su progresiva caracterización y seducción por el <poder disciplinario> lo va llevando a dos nudos ciegos de su teoría del poder: el primero, el rechazo o abandono foucaultiano del análisis marxis- ta de clase que culmina es una especie de concepción sobrenatural del po- der (“lo lleva a olvidarse de que las disciplinas son impuestas sobre sujetos cuya conexión con la naturaleza está mediada por relaciones de produc- ción históricas y sociales”); el segundo, el rechazo a todo tipo de entidad o instancia organizadora, porque siempre termina conformando relaciones disciplinares; una especie de <antiautoritarismo> que termina en una me- tafísica de la rebelión (“en la medida en que es el poder el que crea su pro- pia resistencia, ésta nunca puede ser subversiva. Es sólo la contraparte del poder que la genera”) 17 . Sólo un diálogo, distante de supuestos, lugares comunes y presupues- tos, nos sumergirá en la riqueza productiva del combate siempre renovado de la relación entre Foucault y Marx. La reciprocidad creadora entre estos

15 Perry Anderson, Tras las huellas del materialismo histórico, Siglo XXI Editores, Ma- drid, 1986.

16 Jürgen Habermas, El discurso filosófico de la modernidad, Editorial Taurus, Ma- drid, 1989.

17 B. Fine, “Las luchas contra la disciplina: la teoría y la política de Foucault”, en Varios Autores, Disparen contra Foucault, Ediciones El cielo por asalto, Argentina, 1993.

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dos pensadores, como lo ha intentado mostrar este escrito, nos puede abrir muchos de los enigmas que contiene esta noción, que ha ido adquiriendo en el proyecto de la modernidad una ambigüedad desesperante. Un diálo- go urgente con Marx y el marxismo crítico contemporáneo.

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