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CUENTOS, RELATOS, HISTORIAS PARA INICIAR O CERRAR LOS ENCUENTROS

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LOS DOS SABIOS + DOS CARAS DE LA MISMA MONEDA
PROF.DR. JORGE EDUARDO NORO

norojor@cablenet.com.ar

El pueblo estaba recostado contra la montaña y rodeado por un río torrentoso y cristalino que le iba dando la forma definitiva al valle. Lejos de los centros urbanos. Lejos de todo. Sólo un camino zigzagueante y peligroso y de mano única conducía hacia el pueblo, lo atravesaba cortándolo simétricamente y se perdía rumbo a la cordillera. Todos sabían que para emprender el camino de regreso había que rodear las montañas o atravesar el río y tomar otra carretera. En este pueblo, desde hacía mucho tiempo, vivían dos personajes ilustres, dos sabios, dos amantes del saber, dos filósofos. El azar o la geografía los habían distribuido en dos puntos antagónicos, aunque en cabañas de estructuras similares. Uno vivía en el Norte y a la entrada del pueblo; el otro, en el Sur, a la salida, cuando el camino se perdía en el paisaje. Nadie, ni siquiera los habitantes más viejos e informados, sabían precisar desde cuándo estaban allí y por qué habían elegido vivir en un lugar tan alejado de todo. Pero nadie ignoraba su presencia. Los dos sabios vivían prácticamente sumergidos en sus propias actividades, sin mayor contacto con la comunidad. No se comunicaban entre si. Es obvio que cada uno sabía de la presencia del otro, pero por razones o circunstancias desconocidas no habían establecido nunca un diálogo. Algunos memoriosos recordaban un par de encuentros casuales, fugaces, ínfimos... y nada más. Los vecinos del lugar conocían perfectamente la ubicación de uno y de otro. Lo sabían y lo tomaban como referencia para ubicar, a su vez, algunos lugares del pueblo. Pero sobre todo, lo demostraban con orgullo cuando numerosos visitantes venían a buscarlos, a conocerlos, a hablar con ellos. Entonces, solían repetir: “¿A cuál de ellos busca?”. Cuando el visitante los miraba sorpr endido, los vecinos solían marcar los dos rumbos (Norte y Sur, Entrada y Salida)... para luego entrar a detallar los caracteres de cada uno de ellos. Los sabios no tenían nombres conocidos. La geografía había sustituido su identidad, y sus caracteres habían permitido diferenciarlos claramente. Ambos practicaban la filosofía, pero eran

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completamente distintos. El sabio del Norte -- el de la Entrada del pueblo, con su cabaña totalmente de madera y los añosos árboles cobijando el acceso -- era seguro, firme, convincente; su voz clara, pausada y sonora acompañaba la perfección de sus enunciados y de sus respuestas. No admitía dudas, no asomaba ninguna conjetura, solo expresaba la verdad y lo hacía con la certeza que provenía del conocimiento trabajosamente adquirido, archivado, retrabajado y sistematizado. La multitud de libros y de papeles que rodeaban cada una de las habitaciones de su cabaña eran la prueba de todo este esfuerzo. Cuando alguien lo interrogaba, él escuchaba atentamente la inquietud, se tomaba el tiempo para volver a formular la pregunta (certificando si la había entendido correctamente) y luego daba a conocer la respuesta necesaria y precisa. Los interlocutores enmudecían, tomaban nota, lo reverenciaban. Cada palabra era una producción de valor trascendental e histórico. En cada encuentro se estaba produciendo una revelación. El Sabio del Sur -- el de la Salida, con su cabaña blanca y matizada de una vegetación de variados colores -- tenía otras características. También en sus habitaciones abundaban – desordenados - los libros y los papeles. Lo curioso es que muchos de ellos estaban abiertos, con referencias, marcas, señaladores, escritos. Al ingresar a la vivienda un tenía la sensación de encontrarse con un laboratorio de trabajo, sorpendiendo al filósofo en plena tarea. Se mostraba con una admirable sencillez asociada a una contextura física más frágil. El tono de su voz era sereno pero por momento titubeante, incierta. Combinaba sus palabras con largos silencios y profundas miradas. No le temía a las dudas sino que muchas veces se sumaba a ellas. Era común que respondiera a una pregunta con otra pregunta o a una de sus respuestas con varias conjeturas que la invalidaban o la relativizaban. Cuando venían a visitarlo, él los recibía con entusiasmo y gozaban escuchando a los recién llegados; formulaba observaciones, los interrogaban, les pedía que dijeran lo que ellos mismos pensaban... y al final, cuando el sol comenzaba a desarmarse entre los huecos de la montaña, expresaba algunas opiniones recordándoles que no las tomaran como definitiva, que debían seguir discutiéndolas en el camino de regreso. “¿A cuál de los dos buscan? “, era la pregunta natural de los vecinos del pueblo a los visitantes. Pero ellos no recomendaban, sino que simplemente indicaban. Los visitantes -- misteriosamente -- venían sabiendo qué tipo de sabio querían encontrar. Al sabio del Sur le causaba placer recibir grupos reducidos, informales. No distinguía en ellos niveles, antecedentes, estudios o lecturas. Estaba convencido de que la verdad -- como búsqueda permanente -- moraba en todo ser humano pero que debía despertarla y que a él le correspondía la tarea de resucitarla. No era raro que después de horas de diálogos animados, en un juego interminable de preguntas y respuestas, la conclusión emergiera de la boca de un hombre simple o de un joven inexperto. Casi siempre -- cuando esto se producía -el Filósofo de la Salida sonreía satisfecho y ya no hablaba más. Todos interpretaban el silencio como despedida y se retiraban más ricos interiormente aunque no llevaran consigo ningún documento, ninguna respuesta. Al sabio del Norte le agradaban las entrevistas personales o los grandes grupos. En la primeras parecía encontrar en el interlocutor (generalmente, grabador en mano) el registro histórico de sus verdades y lo comprobaba por el interés que despertaba con sus monólogos y por el brillo de sus ojos al descubrir en sus palabras los reflejos de la verdad. Con los grupos gozaba porque sabía que podía llegar a más gente y que -- a través de ellos -- la verdad se podían volver expansiva, casi universal. Ellos también sabían por el tono de la voz cuando el encuentro finalizaba y partían orgulloso por el caudal de anotaciones, conocimientos, mensajes y verdades (casi sagradas) que habían atesorado. Curiosamente, ni los vecinos del pueblo ni los visitantes solían recurrir a los dos filósofos a la vez. Partidarios ocasionales o deliberados de uno o de otro, preferían mantenerse fieles a su estilo. No generaban bandos o antipatías sino tolerancia y respeto.

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El paso del tiempo, con implacable persistencia, fue diluyendo las noches y los días. En un breve período murieron los dos sabios. El filósofo del Norte murió en un tibio amanecer de octubre, rodeado por sus seguidores más consecuentes. El sabio del Sur murió en una plácida tarde estival, cuando un grupo de visitantes abandonaba la casa. A partir de entonces el pueblo, el río, la montaña, el camino se quedaron un poco huérfanos, añorando tiempos pasados. Uno y otro, prolongando una mágica simetría fueron sepultados en sendos valles: cada uno en la suave ladera de las montañas, las mismas que servían de marco a cada una de las viviendas. La casa del Filósofo de la Entrada (Norte) se convirtió rápidamente en un Centro Cultural y académicos de prestigio, al que acudían desde remotos lugares para estudiar los libros del sabios, hacer las interpretaciones, ordenar sus escritos, publicar sus obras, divulgar sus ideas, repetir sus enseñanzas. La sencilla casa del Sabio de la salida (Sur) se convirtió en una escuela. Sus libros, sus escritos y sus pertenencias fueron utilizados para continuar con el espíritu de búsqueda de su antiguo morador. Entre aquellas sabias paredes se respiraba la necesidad de no detenerse en ningún conocimiento definitivo, en multiplicar las preguntas, en relativizar el valor de las respuestas. Junto a la tumba del Sabio del Norte nació un árbol sólido y frondoso: se convirtió en un lugar de referencia para tantos visitantes que acudían a recordarlo y venerarlo; encontraban bajos sus ramas sombra, seguridad y protección. En el otro extremo, en el valle del Sur, junto a la tumba nació un árbol cargado de frutas que, sin reparar en las estaciones, se prodigaban en alimento para los visitantes. A veces, en ciertas noches de verano y en algunas frías mañanas de otoño, sobrevuela de un extremo a otro del pueblo, un espíritu inquieto preguntando y preguntando. “¿Cuál de los dos era realmente sabio? ¿Quién era realmente el filósofo y tenía la habilidad para proponer el ingreso en el terreno del pensamiento? ¿En cuál de ellos moraba el tesoro de la verdad?

PROPUESTA DE REFLEXION Y TRABAJO
01. Seleccionar y marcar al menos 10 palabras o frases que puedan resultar significativas. 02. En un cuadro de doble entrada caracterizar a cada uno de los sabios y a sus seguidores. 03. Si fuera uno de los visitantes del pueblo mencionado en la historia, ¿qué sabio visitaría y por qué? 04. La filosofía, el pensamiento, la sabiduría, ¿con cuál de los dos sabios se identifica? ¿Por qué? 05. En el propio trabajo, en la formación previa, ¿se han encontrado con ambos modelos? Describirlos.

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SOBREVIVIENTES DE LA ESCUELA PROF. DR. JORGE EDUARDO NORO

Yo los vi llegar un mediodía de verano. Confiaron en la tierra firme, aunque presumieron que esa costa rocosa y escarpada era el continente. Nunca imaginaron que se trataba de una isla. Una de esas islas que se van consolidando, desarmando y desplazándose con el paso de los años, cambiando de forma y de estructura, jugando a ser y no ser en un devenir permanente. Nunca recorremos las mismas aguas, nunca pisamos la misma isla. Venían de navegar mares tormentosos y no podían resistirse a la tentación de depositar sus pies seguros en la orilla insobornable. Pero era una tierra olvidada y desconocida. Tal vez yo solamente existía en la afiebrada imaginación de algunos y necesitaba de la presencia de esos intrusos que me dieron vida: apareciendo en sus vidas yo misma adquiría verdaderamente el ser. Creo que me despertaron de un largo letargo y todos ganamos con el encuentro. Yo era, frente al mar cargado de riesgos e incertidumbres, la tierra prometida. Ellos eran, ante la soledad y la arbitraria desprotección de siglos, una tabla de salvación. Hasta ese día nunca supe a ciencia cierta que importancia real tenía. Lentamente fueron reparando en mi presencia y fueron descubriéndome: me recorrieron con la misma pasión con que desembarcaron y tuve la serena impresión de que creía haber resucitado el paraíso original: paisajes, vegetación, arroyuelos, cascadas, claros en el territorio eran vistos por primera vez, aclamados y bautizados con un envidiable sentido del asombro y de la admiración. Al desembarcar y tomar posesión del territorio se creyeron fundadores de una nueva realidad pero yo había estado allí desde siempre: generosa, consentía en dejarme atravesar con cierta indiferencia, pero sólo toleraba algunos vestigios de apropiación. Y yo me sentía bien. Por primera vez alguien – en nombre de la civilización - me daba la bienvenida, me abría las puertas y me hacía pasar a la sociedad. Había en mi un curioso juego de contradicciones: existía desde siempre, pero sentía que recuperaba el ser con esas presencias. Ellos se asomaban a mi mundo, con la total seguridad de sentirse descubridores y conquistadores; yo me asomaba a un nuevo universo para certificar mis valores y descubrir – con mi natural astucia – qué destino me cabría en el nuevo orden Porque quedaba claro que no se adaptarían a mi estructura, sino que había un orden previo que se me impondría. Recuerdo paso a paso los rituales de ingreso, de conquista, de bautismos y de apropiación. Pasó el tiempo y con él, imperceptiblemente, me di cuenta de que fueron explotando de mí todas las riquezas, me fueron cambiando, se adueñaron de cada uno de los rincones, me hicieron suya. Y yo

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aprendí a vivir solamente para ellos. Basta una acumulación de vida, aunque sea neutra y gris, para que nuestras esperanzas más firmes y nuestros deseos más intensos se desmoronen... Y llegó un momento en el que mi vida ya no soñaba, abierta, con ninguna diversidad. 1 Todos vivimos en el mismo engaño: había sido un encuentro fortuito, casual, valioso, provisorio... y habíamos imaginado que sería eterno. Ellos porque se sentían cómodos en el territorio conquistado y racionalmente organizado; yo porque disfrutaba de una vida gloriosa y de una importancia desmesurada. La estructura de mi geografía se fue modificando con el paso del tiempo: en algunos lugares se fueron adicionando territorios y en otros, el paso del agua fue robando importantes sectores. El mar mismo vivía en un cambio permanente y era muy difícil percibir esas modificaciones que nos alteraba mutuamente. No hubo un momento determinado. No fue un fría mañana de invierno o un sereno atardecer de otoño: sino que fueron la suma de los días. Se fueron alejando, descuidaron algunos sectores, silenciaron algunas voces, dejando caer resguardo, protecciones, sectores. Tuve la impresión – pobre, porque yo nuevamente me había adormecido confiada en una inconsistente fantasía – de que algo pasaba, pero que no podía ser demasiado grave. Y un día se fueron. Dejaron las instalaciones intactas, los artefactos en funcionamiento, la geografía cambiada, los árboles y la vegetación domesticados según su gusto y parecer... No se llevaron nada: otras naves vinieron a buscarlos y desaparecieron sin reconocimientos y sin explicaciones. Volví a quedarme sola. A veces creo que están deambulando de un lugar a otro, con el bullicio y la creatividad de antes, pero no es cierto: el sueño me deposita irremediablemente en la realidad. Cuando los sueños pasan, como los recuerdos, se vuelven indemostrables y remotos. Recuerdos y sueños están hechos de la misma materia... todo es recuerdo. A veces creo que nunca estuvieron. Estoy nueva y definitivamente sola. Han partido. Yo sigo sin despertar de mi desconcierto. ¡Tantos años viviendo de lo que ellos hacían y pregonaban de mí! Creo que fui perdiendo mi identidad y se me fue diluyendo en los proyectos ajenos. Tal vez sea la hora de convertirme en tierra definitivamente firme, en constituirme en una fortaleza, en encontrar vida propia, de no depender de nadie... de convertirme sencillamente en la ESCUELA que se ha atrevido a alcanzar la mayoría de edad, a hacer lo que quiere y lo que debe con una identidad definitivamente propia. Tal vez he vivido en una cómoda y segura minoría de edad sin atreverme a utilizar mis propias capacidades, carente de decisión y de ánimo para servirme creativamente de mis propias potencialidades. 2 Ahora definitivamente lo he comprendido: la mera presencia de ciertas cosas y de determinados rituales no garantiza su existencia: estoy sumergida en la precariedad y mi universo presente y futuro es una construcción permanente. Alguien – antes de partir – se atrevió a escribir en una de las rocas de la playa: “Los sobrevivientes de la que escuela del pasado deben convertirse en los constructores de la escuela que vendrá”.

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Cfr. SAER J.J., EL ENTENADO. Algunas otras expresiones del relato han sido tomadas libremente del libro, aunque recreándolas y asociándolas a otros contextos. 2 Cfr. KANT, Filosofía de la Historia. Respuesta a la pregunta ¿qué es la ilustración? (Nova). ¡Sapere aude! ¡Ten el valor de servirte de tu propio entendimiento!

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DISCUSIONES SOBRE EL CAMBIO PROF. DR. JORGE EDUARDO NORO

Todos entendieron que había que cambiar el pueblo. Nunca pudieron precisar de dónde vino la idea original. No fue la voz de uno de los candidatos de las próximas elecciones. Tampoco surgió de los artículos de opinión del periódico local, ni de los encendidos discursos del Intendente que no desaprovechaba celebración alguna para pronunciarlos. La idea del cambio se instaló entre los vecinos que comenzaron a imaginar un pueblo diferente. No faltaban razones para proponerlo: una prolongada historia los había sostenido desde siempre, pero en los últimos tiempos la partida de muchos jóvenes, la ausencia de fuentes productivas, el trabajo escaso, el debilitamiento de los comercios tradicionales y el agotamiento de las instituciones, fueron sumando argumentos para pensar que el pueblo no tenía futuro. Todos se apropiaron de la idea pero cada uno fue construyendo con ella su propio mundo: para algunos el cambio debía venir de las autoridades municipales porque para eso habían sido elegidas y era una de las incumplidas problemas electorales; para otros, los cambios debían producirse por la directa intervención del gobierno provincial, ya que no solamente manejaba los recursos, sino que además disponía de mayor información y podía transferir alguna experiencia favorable de otras poblaciones; no faltaban los que reclamaban la intervención de técnicos de la cercana universidad ya que abundaban los especialistas y podían diseñar un pormenorizado estudio de factibilidad de transformación estructural del pueblo; algunos atrevidos comenzaron a hacer circular algunos proyectos que ellos mismos habían diseñado o que había copiado de pueblos vecinos, afirmando que estaban dispuestos a convocar a los que habían diseñados otros cambios (aunque no podían confirmar si habían tenido algún resultado favorable); algunos pensaron que lo importante era cambiar el nombre y la dirección de las calles, modificar el trazado de la plaza principal, rediseñar el arco de ingreso al pueblo, crear un himno, un escudo y una bandera que los identificara o imaginar una fiesta que convocara anualmente a los habitantes de los pueblos vecinos; finalmente hubo un grupo que en una espontánea asamblea de vecinos proclamó un cambio anárquico que cada uno lo interpretaba según su entender y conveniencia, y que debía tener como consecuencia el beneficio de todos. Sobraban palabras y faltaban acciones, mientras el tiempo se iba llevando las buenas intenciones y comenzaba a aparecer el juego de los intereses: unos querían fortalecer los vínculos con sus políticos amigos, otros pretendían darle oxígeno a las autoridades locales ahogadas por la escasez de recursos y la abundancia de problemas, algunos aspiraban a incorporarse como funcionarios de los nuevos organismos de cambio y transformación (con despacho, sellos, presupuestos y firmas autorizadas), otros imaginaban que podían brindarles oportunidades a los técnicos conocidos de otras localidades, a los que habían fracasado en otros intentos, a los teóricos que dibujaban cambios desde las cátedras de la universidad… y hasta no faltaban los que suponían que si se producía un cambio exitoso se les allanaría el camino hacia una banca en el congreso.

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El pueblo seguía igual, envuelto en la niebla de un invierno riguroso. El único cambio real era el discurso sobre el cambio: un nuevo entretenimiento que no impedía que muchos se fueran, que los negocios trabajaran poco y mal, que escaseara el trabajo y que cada uno se refugiara en la defensa de sus propios intereses. Y la discusión sobre el cambio se fue llevando el cambio mismo y casi hace naufragar al pueblo perdido y olvidado. Milagrosamente se produjo una lenta resurrección: buenos vecinos, gente de buena voluntad, ciudadanos honrados – desprovistos de cualquier interés particular y sólo interesados en el bien de todos – se convocaron, se reunieron y fueron definiendo un cambio a la medida de sus posibilidades: sustituyeron con iniciativas reales y con acciones concretas los discursos huecos; supieron que se trataba de un largo camino y de un prolongado esfuerzo … pero lentamente el pueblo entró en un cambio efectivo del que fueron contagiándose los vecinos de todos los sectores y de las más variadas clases sociales… El cambio que había partido del lugar exacto y sostenido por el consenso necesario, finalmente llegó hasta las autoridades que observaron sorprendidas las acciones de los sencillos habitantes del pueblo, capaces de hacer tanto con tan poco. Y el atrevimiento los llevó a muchos a imaginar que el cambio, en ese pueblo, podía conducir también a la transformación de las formas de representación y de gobierno, y de las prácticas políticas…

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RITUALES Y TRANSFORMACIONES PROF. DR. JORGE EDUARDO NORO

Era una tribu extraña y perdida en el corazón de la selva y recostada contra un río caudaloso y viboreante. Pocos son los detalles que nos han quedado de ella y escasos los restos de su cultura. Su historia se reduce a algunos cientos de años, pero con inicio y final precisos. Milagrosamente lo que ha sobrevivido a la destrucción y al olvido es el testimonio de uno de sus rituales. De tiempo en tiempo, los miembros de la comunidad reparaban en sus imperfecciones: la impericia en las batallas, la ineficiencia en las cacería, el fracaso en las cosechas, el deterioro en las plantaciones, los desbordes inesperados del río, las peleas y las desinteligencias en las relaciones... y convocaban rápidamente a una reunión general. Ningún miembro faltaba a la misma y ninguno podía estar ausente al ritual de la purificación y el cambio. Alguien – autoridad religiosa y política – recordaba los pasos de la purificación, exponía claramente los motivos de la misma, hacía la historia de las crisis precedentes y de los efectos obtenidos... los alentaba con sus gritos e iniciaba el proceso de conversión. Una larga caminata los llevaba al interior de la selva, a un claro natural que oficiaba del sitial sagrado: el duro esfuerzo del desplazamiento imponía una ascesis necesaria para reconquistar fuerzas y fortalecer músculos... y al mismo tiempo representaba un compromiso solidario, porque todos – con capacidades y condiciones diferentes – debían llegar. En el corazón del monte, apenas atravesado

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por la luz del sol – resguardando un secreto que les otorgaba identidad – se producían los siguientes pasos: por diversos medios primitivos todos comenzaban a despojarse de la “existencia vieja”, del “hombre viejo” para darle lugar a la “vida nueva”. La puntillosa observación de algunos animales los había contagiado de la necesidad de buscar y producir en cada uno de los cuerpos una realidad diferente. El recurso consistía – luego de desprenderse de la ropa - en utilizar algunos instrumentos y algunas piedras para rasurarse la barba, eliminar sus cabellos, desprenderse de sectores de la piel... El dolor que producía (y que todos soportaban con admirable solidaridad) se traducía en una especie de lamento armónico y se transformaba en canto. Cuando todos había concluido esta etapa de purificación, se postraban exhaustos y algunos encargados reunían los restos que, en el centro de la asamblea, se convertían en una inmensa hoguera. Pacientemente aguardaban que la misma se agotara y que el suelo se poblara de cenizas... Cada uno recogía con sus dos manos las tibias cenizas y con ellas regaban el suelo de la selva. Creía que solamente con los vestigios y de la vieja historia y las reliquias de la existencias viejas se podían abonar el crecimiento y el futuro. Una alegre carrera los conducía al río: todos ingresaban en sus aguas para que la fuerza de las aguas operara como cicatrizante y purificatorio. Una nueva reunión – que se prolongaba sin tiempo - en el seno de las mismas aguas le otorgaba el sentido definitivo al proceso. Las palabras de quienes dirigían el grupo permitía determinar cuáles serían los propósitos que los guiarían de allí en más. Finalmente retornaban a la aldea, se reunían con las nuevas vestimentas, cambiaban de chozas y reasignaban las funciones... Se iniciaba lo que ellos designaban como “una nueva etapa de la historia del pueblo”, con una vitalidad contagiosa e invencible. El ritual se repitió tantas veces como repararon que algo los estaba carcomiendo y les estaban restando fuerzas. Entre ellos algunos tenían la particular sensibilidad de entrever los síntomas, otros exhibían la capacidad de proclamar la necesidad del ritual, varios conducían el proceso... y todos se involucraban en el mismo. Un día la tribu desapareció: algunos suponen que – cansados de los conflictos – fueron emigrando hacia otros pueblos; hay investigadores que prueban que fueron constituyendo nuevas tribus, con la mística original de la primera; las últimas investigaciones prefieren otra explicación: comenzaron a desaparecer los atrevidos que se animaban a desnudar los problemas y la interpretar los signos, luego desaparecieron los líderes que convencían a la población y convocaban a la purificación y finalmente desaparecieron los jefes que debían conducir el ritual. Se mantuvieron las ceremonias, pero desapareció su contenido... y cuando la tribu convirtió su historia en una cíclica repetición de sí misma, desapareció.

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TRANSFORMACION EN LAS PROFUNDIDADES
PROF. DR. JORGE EDUARDO NORO

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En el fondo del río, alejados del ruido del torrente impetuoso que recorría la superficie, sin prestarle atención a las crecidas o a las bajantes vivía una COLONIA DE PECES. Era una vida apacible, una comunidad organizada, una sociedad respetada por las otras colonias que habitaban diversos sectores del caudaloso río. Alguien -- en un pasado remoto -- había elegido ese lugar, alejándose de los ruidos de la superficie, restándole valor al entretenimiento de los grandes barcos de ultramar o de las lanchas de los fines de semana. Sabían que para muchos esa colonia estaba demasiado en el fondo del río, que no llegaba a ser suficientemente conocida o que por momentos parecía despreciar el contacto con las restantes asociaciones de peces. Les parecía, sin embargo, que algún precio había que pagar al decidirse por una estructura social medianamente organizada, una corresponsable distribución de las tareas y cierto interés en hacer las cosas serenamente bien, sin esquivar los conflictos, aunque sin alimentarse con ellos. Una vez alguien del COMANDO REGIONAL DE PECES DE LA ZONA LITORAL (C.R.P.Z.L.) convocó a una reunión a todos los Coordinadores de Colonias para discutir y bajar una serie de Directivas. Como la reunión se realizó en una zona también profunda, realmente las directivas bajaron a las profundidades para que los Líderes dispusieran de la información necesaria. A todos los sorprendió que el VOCERO del CRPZL les entregara una serie de Borradores de Trabajo y Documentos -- obviamente los peces disponían de un código de registro de las informaciones -- que decidían una serie de reestructuraciones a partir del año siguiente. Les llamaba la atención que esas disposiciones fueran obligatorias y que tuvieran el mismo valor para todos. Había sucedido en tiempos pretéritos cuando el otros tipos de peces (gordos y autoritarios) los que manejaban el Comando. Cada uno de los representantes de las colonias fueron recibiendo el material, lo leyeron., escucharon comentarios y agregaron otros, discutieron lo que pudieron y luego regresaron a sus acuáticas geografías. Con la misma sensación de sorpresa, primero, y de desconfianza, después, el Coordinador reunió a los peces de la Colonia de la profundidad para brindarles información. Es cierto que algunos peces -imitando a los seres humanos -- lograban informaciones anticipadas y trascendidos... pero a todos les pareció necesario escuchar la versión original. Discutieron, opinaron, dieron a conocer sus puntos de vistas, pidieron mas precisiones, algunos pensaron en organizarse y conectarse con otros peces de diversas latitudes y profundidades... pero en suma cada uno regresó a sus sector de agua (la sociedad tenía una curiosa manera de manejar la propiedad privada) y dejó literalmente que las aguas corrieran con la secreta esperanza de que se llevara consigo la información, los borradores de trabajo, los escritos, las decisiones, la transformación. De alguna manera -- lo prometía con mucha seguridad el Coordinador -- cada uno se salvaría haciéndose cargo de tareas alternativas. El tiempo, insaciable, se fue llevando los días... y cuando regresaron para una nueva convocatoria, el CRPZL ya había dispuesto como se debía funcionar de allí en más... La mayoría mantuvo su función específica que consistía en purificar y preparar el agua para la comunidad de peces, pero otros tuvieron que disponer de su tiempo para clasificar diversos sectores del territorio (tarea que alguna vez habían realizado) y otros debía estudiar las profundidades y la composición química del agua (tarea que nunca habían abordado y para la que se debieron preparar apresuradamente). Algunos le discutieron al Coordinador la habilidad acuática para armar los argumentos y convencerlos... pero entendieron que todos debían subordinarse al COMANDO REGIONAL. Cuando ya se habían acostumbrado a las diversas tareas, las aguas bajaron turbias, se produjeron diversas contaminaciones y desajustes en los niveles del río y de manera sorpresiva cambiaron nuevamente las reglas de juego de la pacífica Colonia. Nuevamente bajaron directivas y cada uno

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debía reubicarse en la única tarea que tradicionalmente había caracterizado a la Colonia. No había lugares ni funciones para todos. Como algunos tenían más derechos, títulos, honores, antecedentes, antigüedad que otros pudieron elegir lugares y puestos de trabajo. Los que fueron quedando debieron adaptarse a las posibilidades que les ofrecían los ayudantes del Coordinador (que consultaban de manera obsesiva los documentos y los nuevos borradores de trabajo). Sorpresivamente dejaron de tener interés los estudios y las funciones que por un tiempo habían concentrado la atención y el esfuerzo de muchos miembros de la comunidad. Algunos (los más informados) decían que se podían producir cambios en el cúpula del Comando Regional. A muchos les llamó la atención una serie de cosas que los peces nunca habían padecido : ningún miembro del mentado COMANDO acostumbraba a bajar a las profundidades para dar explicaciones y justificar los ajustes; al Coordinador, el paso del tiempo o el cambio en las aguas le habían quitado las ganas de justificar las nuevas determinaciones; los peces de la Colonia comenzaron a sufrir una curiosa enfermedad hasta ese momento desconocida (aunque detectada en otras comunidades) : enfrentamientos, discusiones, luchas y estrategias para esgrimir derechos. Lo curioso llegó al final. Cuando la situación se hizo insoportable los peces hicieron reaparecer una conducta ancestral que culturalmente habían logrado eliminar. Los peces no utilizaron los salvajes recursos de los humanos para enfrentar situaciones de conflicto, prefirieron emplear su propio método: eliminarse mutuamente, comiéndose los unos a los otros.

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AUTORIDAD: ELECCION O C ONSTRUCCION
PROF. DR. JORGE EDUARDO NORO

Aquel pueblo, en una remota geografía y en un tiempo inmemorial, pretendía tener al frente de su comunidad a personas con verdadera autoridad, pero no siempre lograban acordar lo que esperaban de cada una de ellas. Como habían decidido que los gobernantes estuvieran un tiempo predeterminado (sin poder prolongar su gobierno o regresar a él) tenían la posibilidad de juzgar diversas prácticas y criterios para poder vivir mejor. Eran muchos, por ejemplo, los que ponderaban la gestión del CARPINTERO porque se mostraba duro e intransigente y había logrado disciplinar a la comunidad, principalmente logrando un clima de equidad y justicia. No era una figura simpática pero imponía respeto a todos y nadie podía discutir que lo que decidía beneficiaba no sólo a la comunidad, sino a cada uno de sus miembros. Para otros había sido fundamental el mandato del joven HERRERO porque tenía la rara habilidad de no hacerse notar y de sembrar en cada lugar y en cada persona las convicciones para obrar de manera correcta. Estaba siempre y hacía lo necesario y oportuno, pasando generalmente desapercibido. Finalmente, no faltaban los que apreciaban principalmente la labor del anciano AGRICULTOR porque había logrado unir a su experiencia y a su sabiduría la capacidad de relacionarse con todos y con cada uno para despertar en ellos la responsabilidad y el sentido de pertenencia la comunidad; prefería gobernar en contacto directo con la gente, escuchando, respondiendo y dando todas las explicaciones, pero – sobre todo – estableciendo contactos cargados de afecto y de respeto por cada uno.

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Próximos a la designación del nuevo gobernante, cada uno de los miembros de la sociedad soñaba con alguien que reprodujera las virtudes del modelo de autoridad preferido. A pesar de la armonía que reinaba, la comunidad entraba en ebullición cuando todos los habitantes debían elegir al responsable de la sociedad, coordinados por los antiguos gobernantes que ordenaban los mecanismos de elección. En aquella oportunidad las dificultades parecían ser mayores porque observando el desempeño y las virtudes de los antecesores costaba imaginar y decidir quién podía ser el sucesor. Fue allí cuando un hombre sabio y prudente hizo oír sus palabras: “No debemos buscar alguien que reproduzca la figura de aquellos que ya han gobernando en nuestra comunidad porque todos nos parecerán indignos o imperfectos. El elegido ha de ser alguien que deberá crecer con nuestra determinación y nuestra elección, somos nosotros los que le otorgaremos el lugar y él deberá construir su autoridad. Así ha sucedido siempre, porque en la medida en que nos construimos mutuamente, nos fortalecemos de manera recíproca”. A ninguno le extrañó, entonces, que el pueblo reunido designara al MAESTRO de la comunidad - alguien a quienes todos conocían en una tarea importante pero menor - porque entendieron que nadie nacía con las condiciones para mandar, sino con la vocación y la posibilidad de aprender de los demás y con el oído atento a las demandas de cada uno de los miembros de la comunidad y del bien de todos.

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INVITADO O INTRUSO PROF.DR. JORGE EDUARDO NORO

Supo, apenas llegó y saludó a todos, que lo consideraban un intruso. No se sorprendió porque todos – en algunas circunstancias – nos convertimos en intrusos: en una fiesta, en un lugar que no nos pertenece, en los trabajos, en la vida de las personas. Hasta la presencia de los educadores en la vida de sus alumnos es – en cierto modo – la presencia de un intruso. Pero él no había sido quien había decidido esta presencia: lo habían convocado y requirieron sus servicios. Pensó en otras circunstancias en las que hasta había escuchado esa palabra que por un momento lo paralizaba. “Intruso”, es decir, que se ha metido sin permiso, que frecuenta un ambiente que no le es propio, que ocupa – sin derechos - un puesto que no le pertenece. No dejó de sonreír en su interior porque siempre las historias habían terminado bien, pero a pesar de su seguridad no eludió el temor que le provocaban esos primeros minutos de encuentro. Pensó por un momento en una película que lo había golpeado mucho, DOGVILLE y en los padecimientos de la protagonista, una intrusa. Recordaba también los detalles de la venganza final. Y pensó en los mapas y en los territorios: un intruso es quien merodea un territorio que no le pertenece. Lo mejor era ponerse a trabajar para que la extraña sensación que les provocaba se diluyera. Y así lo hizo: era una fórmula que siempre funcionaba. Palabras, indicaciones, trabajos fueron creando un clima paulatinamente favorable. Al terminar la primera jornada logró que lo despidieran

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amablemente y no le llamó la atención al regresar – a la mañana siguiente – que ya lo llamaran por su nombre. Los intrusos nunca dejan de serlo, no bajó la guardia, pero supo que ya estaba entre ellos, que podía confiar y ellos confiarían. El esfuerzo por no defraudarlos era una determinación esencial. Por eso hizo más esfuerzo que el acostumbrado y trabajó para hacerse uno más de ellos en el limitado tiempo que habían programado. El intruso se convirtió en un compañero más: lo trataban con absoluta confianza y lo hacían partícipe de todas las actividades. A pesar del poco tiempo transcurrido ya nadie se acordaba de su condición anterior. Sólo algunos risueños comentarios daban cuenta de las impresiones iniciales. Tal vez por eso le costó tanto partir. Prefirió no anunciarlo con anticipación. Simplemente se los comunicó la última vez que cenaron juntos, celebrando la conclusión de una de las etapas del trabajo. Se quedaron un rato en silencio pero luego reaccionaron lamentando su alejamiento. Algunos le pidieron que se quedara un tiempo más, que lo necesitaban, que era una pena perderlo. Otros programaron algunos reencuentros futuros. Muchos permanecieron en silencio. El aprovechó ese momento para decirles todo lo que sentía. Era verdad que estaba cómodo entre ellos, pero había ido descubriendo todas las riquezas que había en cada uno. Precisamente entendió que debía partir, porque su presencia ocasional y provisoria era sólo una excusa para producir el cambio, para renovar el entusiasmo, para lograr cosas nuevas. El era habitante de otro territorio y, aunque en algún momento pudo compartir con ellos la confección de algunos mapas, era consciente de que cada uno es el único rey habilitado de su propia geografía. El ritual de los saludos y de las despedidas lo depositó en la terminal de ómnibus y subió al micro que lo llevaría de regreso a su lugar. Y mientras viajaba – entre-dormido, con un libro en la mano y muchas imágenes en su memoria – meditaba qué era mejor: si seguir siendo un intruso del que todos desconfiaban o ese ritual repetido que lo obligaba a circular de lugar en lugar perdiendo a los amigos ganados con cada encuentro. Cerró definitivamente el libro: era preferible no pensar.

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LOS SUEÑOS DE LA ESCUELA PROF. DR. NORO JORGE EDUARDO NORO

"Es tarde. Ya se han ido todos y he quedado sola. Me espera un largo fin de semana. Hace frío, llueve y es posible que me ponga melancólica. Pero esta noche, cuando las sombras han invadido cada sector de mi estructura, cuando ha quedado flotando en el aire el eco de las conversaciones y los gritos de una semana intensa... quiero bajar al corazón de mi misma para recorrerme y revisar mi pasado y mi presente.

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Pienso en mis orígenes, en la construcción que me permitió convertirme en una entidad real, en una presencia familiar en la comunidad. No voy a entrar en los detalles de los planos, los movimientos de tierra, la acumulación de materiales, el laborioso trabajo de los constructores y los obreros. Fue un estreno glorioso encontrarme con las paredes nuevas, los pisos brillosos, los techos seguros, los fundamentos sólidos, las aberturas aceitadas, el mobiliario reluciente... Me resulta difícil ver en las paredes de hoy los muros de entonces: estas paredes - descascaradas, manchadas, escritas, mil veces pintadas – son todavía sólidas pero necesitan cada vez más de cimientos confiables. Es cierto que en algunos sectores – comprobados ciertos riesgos -- hubo que rellenar grietas, agregar columnas, construir encadenados... pero en el corazón de la tierra, en un fondo oscuro y húmedo, resiste el corazón del hierro y el cemento. Las paredes protectoras no pueden arreglarse por sí mismas; no lo pudieron nunca... y menos en estos tiempos de movimientos frecuentes. Levanto la vista. Allá está techo: nadie discute su necesidad, porque es realmente lo que protege y cubre... Pero nada es para siempre... y es el que más ha sufrido cambios y transformaciones: no pudo aguantar tantas modificaciones producidas. ¿A cuántos especialistas tuvieron que llamar a lo largo de todos estos años para resolver su estado crítico? Cuando aparecí en el horizonte de la ciudad era una de las construcciones más sólidas y mi fortaleza se imponía en un paisaje de casas bajas y de construcciones sencillas. A mi alrededor el escenario fue cambiando y las casitas de entonces se transformaron en las suntuosas casas de hoy, los terrenos baldíos se convirtieron en imponentes edificios de departamentos y la tranquilidad de las calles, en el infierno de la gran ciudad. Ustedes pensarán que estoy hablando de las cosas materiales. En parte sí, en parte no. Una escuela es mucho más que una construcción. Es una de esos significantes que remiten a un significado material y a “otra cosa”... La casa es la casa, el estadio es el estadio, el banco es el banco, la cárcel es la cárcel, pero la Escuela3 es algo más: “la escuela festeja años”, “la escuela está en crisis”, “ la escuela se está renovando”... todas estas frases reflejan mucho más que lo material. Cuando me observo a mi misma y miro los pisos, los cimientos, las paredes y los techos... estoy pensando además en otras cosas; en quienes diariamente me habitan , en los que comprometen por años su existencia y su labor profesional, en los educandos a quienes acompaño en sus crecimientos. Y pienso también en los quehaceres, que imaginariamente ubico en mi estructura: allá en el techo, los conocimientos4; aquí, en mis paredes, los contenidos procedimentales5; y abajo, en los cimientos, las actitudes y los valores6
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¿Sucede lo mismo con las Iglesias, los Tribunales, las Empresas? ¿Los lugares remiten a realidades que los contienen y los desbordan? ¿Sus usuarios utilizan la denominación para designar de manera indistinta a lo material y a lo institucional? 4 Los conocimientos(como el techo) son el paraguas protector y la razón de ser de la escuela... pero tienen una difícil tarea: proteger (hacia abajo) y afrontar (hacia arriba) todas las inclemencias del tiempo; no le podemos pedir una fortaleza y una eternidad para la que no fueron preparados; 5 Los contenidos procedimentales exhiben una consistencia que se afianza con los años y sobre su estructura – sólida o endeble – descansa el techo. A veces se desdibujan y parecen ocultarse, como si no existieran... pero las paredes que cumplen la función de delimitar y contener, también deben brindar protección, sino, ¿qué sería de la escuela? 6 En los cimientos moran los contenidos actitudinales: es lo que originalmente me dio origen y deberían seguir allí – en la oscuridad y el silencio -- dando consistencia al resto. ¿Cómo comprobarlo en el fragor de la lucha diaria y del bombardeo de problemas? Sin su acerada presencia es fácil que la pared se agriete y que los techos se desplomen. Sobran experiencias al respecto. Los hábitos y las actitudes están allí abriendo las puertas, marcando el camino, tramando las condiciones de posibilidad de todo... porque sin ellas no hay forma de construir. Esa ha sido la razón de ser de mi histórica presencia. Los hierros firmes y eternos que encadenan

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Soy la escuela. La escuela de hoy y de siempre. La escuela material que refleja la otra escuela. Una estructura exterior que permite reconocer los secretos de mi cara oculta. La noche se ha tornado más fría. Tengo ganas de volver al interior de mí misma. Recorro los rincones de este cuerpo... y veo en las aulas, en los patios, en las amplias galerías, en los huecos de las ventanas, las historias más dispares. Las de ayer, las de hoy, las de siempre... ¡Cuántos esfuerzos para llevar adelante lo imposible! ¡Qué mezquinas y lejanas las recompensas! Casi no duermo, pero ciertas noches me sobresaltan algunos sueños. Hoy es una de esas noches. Mis pesadillas son terribles y curiosas. Me veo a mi misma como una construcción y tengo miedo de proyectar allí lo que me sucede como institución de la sociedad. Contemplo una película de escenas fugaces y sucesivas, con implacables saltos en el tiempo7... y observo un proceso paulatino y devastador sobre la escuela: un deterioro progresivo, implacable, inhumano. De pronto veo que se caen los techos a pedazos, un viento huracanado arrebata las chapas, se agrietan las lozas, una lluvia intensa perfora los cielorrasos. En medio del sueño, levanto mi mirada temerosa y veo un cielo impecable, lejano, perfecto y una escuela totalmente desprotegida. El sueño va y viene: primero aparecen, silenciosas, algunas grietas, pequeñas fisuras... y luego van cayendo los históricos ladrillos en un caos destructivo...Sobreviene una furiosa implosión o el juego de topadoras alocadas destruyendo todos los muros... Al final algo – terremoto seguramente – remueve, con sonido de película, los cimientos y dejan al desnudo los grandes abismos... Parece curioso, pero nada hace prever el desenlace: los controles en orden, las planillas correctas, los registros perfectos... y hasta las previsiones de los constructores que en sus diseños me habían imaginado para siempre. Corro de la realidad a los papeles, y de las certificaciones al desastre y no puedo reaccionar. Entonces, despierto enloquecida, me levanto de mi letargo y voy apresurada a mirarme: toco las paredes, observo la quietud y la firmeza del piso, la aparente seguridad del techo... y respiro tranquila. Todo ha sido un sueño. Pero el sobresalto llega siempre a la mañana siguiente. Recorro la estructura material, acerco mis oídos al imperceptible murmullo de los rincones, y observo que hay otra escuela, un espejo en el que necesariamente me reflejo, otra realidad en la que yo misma estoy padeciendo mi demolición.
mi estructura en las bases, se proyectan en forma de columnas en las paredes y terminan en las vigas del techo. Hay una red (oculta) que me recorre y enlaza todo... pero yo no podría sostenerme sin los cimientos. Las actitudes claramente definidas y consolidadas se proyectan en contenidos procedimentales y se cierran en la apertura hacia los siempre dinámicos contenidos conceptuales. El universo de los valores recorre y sostiene desde la base; los muros del saber hacer (y transferir) otorgan las estructuras, y la vastedad del conocimiento (cambiante pero sistemático, variado pero organizado, expansivo pero nucleado en torno a grandes ejes, alternante pero capaz de soportar cualquier crítica) permite constituirme definitivamente en escuela. 7 La idea de este paso del tiempo reflejado en las cosas cotidianas ha sido magistral y obsesivamente presentado por el Director británico Peter Greenaway en varias de sus películas (El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante, Zoo, El Vientre del Arquitecto y otras) : el deterioro de las frutas y los vegetales, los cambios en los alimentos y las inevitables transformaciones en los cuerpos, principalmente en los cuerpos humanos. Su imaginación se aprecia en la meticulosa puesta en escena y en la coreografía, las tomas largas y a veces en las imágenes impenetrables. Los juegos matemáticos y las alusiones metafóricas que abundan en sus películas tienen un atractivo especial para el público de arte y ensayo. Una sucesión de fotos o filmaciones sucesivas podría reflejar estas mismas situaciones en los edificios, en las construcciones, en las personas y en las instituciones (principalmente las educativas). Esa misma idea del paso generacional del tiempo puede observarse en una memorable escena de la película La sociedad de los Poetas muertos acompañada de la frase Carpe diem!

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El proceso destructivo sigue los mismos pasos: primero me roban los conocimientos: los cambios tormentosos van desnaturalizando su presencia y terminan por hacerlos volar; las sustituciones son pasajeras e inservibles: un techo lejano e infinito se alza sobre la escuela, definitivamente desprotegida. Luego van perdiendo valor los contenidos procedimentales, los van carcomiendo la repetición y el aburrimiento y los desploman la inutilidad y la falta de imaginación. Finalmente se produce el perjuicio mayor: se deshacen las actitudes y los valores. Un estadillo y miles de acciones me van quitando lo poco que me queda, la única, definitiva posibilidad de reiniciar el proceso de reconstrucción... Y como escuela, siento que quedo vacía. Y una escuela vacía, hueca, vieja, fría no tiene ningún atractivo. A menos que me vuelvan obligatoria, me disfracen de superficiales intereses o me sostengan con otras intenciones, manifiestas u ocultas. Tal vez solamente se trate de un sueño, de una pesadilla de fin de semana o de noche de lluvia. ¡Ayúdenme a despertar por favor, ayúdenme a conocer la realidad o regálenme otro sueño: la posibilidad de llegar a ser la que era... y para siempre!.”

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PRESENTE Y PASADO DE LA ESCUELA
PROF. NORO JORGE EDUARDO

“No me pidan que les cuente la historia completa de mi existencia. Soy demasiado vieja y estimo que los pormenores de mi origen y de mis primeros pasos no pueden despertar demasiado interés para ustedes. Son datos conocidos y el consabido juegos de etimologías y de palabras que no creo que representen un atractivo para esta declaración. Quisiera iniciar este relato en el justo momento en que la sociedad y el estado (o los “poderes vigentes”, si ustedes prefieren hablar así...)me descubren y se apropian de mis funciones. Es verdad que yo había recorrido con más pena que gloria las variadas etapas de la historia misma de la humanidad occidental y que en manos de algunas instituciones había podido brindar un real servicio primero a lo sectores privilegiados(que son siempre los pudientes) y, luego, a los necesitados de las diversas clases sociales... pero hubo un momento en que repararon en mi presencia y comenzaron a tramar la manera de apropiarse de mí, de mis actividades y de los individuos que con diversas funciones me frecuentaban... A mí me llamó poderosamente la atención que después de un prolongado tiempo en que vivía en los suburbios de la sociedad y que solamente era objeto de reflexión por parte de algunos autores (criticaban mis prácticas y me imaginaban distinta, pero difícilmente se ensuciaban sus manos entre mis muros) y satíricamente representada por algunos pintores, la historia me trasladara paulatinamente al centro de la escena.

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Tardé en entender las razones de tanto interés. Primero me ilusioné pensando que la humanidad entera había reparado en mi valor y en mi importancia; después me alegré pensando en quienes me habitaban y pensé que se trataba de un reconocimiento a su sacrificado trabajo y a su vocacional entrega... pero finalmente la verdadera razón apareció cuando descubrí que el interés no estaba específicamente en mí, sino en la instrumentalización que de mí pudieran hacer. Yo no desconocía que desde diversas confesiones religiosas habían asociado mi presencia y las actividades con estrategias de evangelización, pero realmente la promoción realizada entre las clases sociales más desposeídas había sido un logro civilizatorio indiscutible. El estado, los gobernantes, los procesos revolucionarios, el juego de los poderes que lentamente se habían hecho cargo de diversas instituciones hermanas me descubrieron e imaginaron la manera de ponerme a su servicio. Por más de un siglo multiplicaron sus discusiones para redactar las leyes, poblaron de escritos los medios intelectuales, entablaron diversas polémicas para definir mi estructura, mis prácticas, los agentes responsables, los usuarios... y finalmente de la mano de un siglo que brillaba por sus luces, confiaba en el omnipotente poder de la razón, imaginaba un progreso social y económico indefinido, ensayaba numerosas obras de ingeniería social...se trazó el perfil de lo que representaría para la modernidad. Desde aquel momento aparecí asociada a las prácticas sociales más respetadas y formé parte de los discursos principistas más encendidos. Desde aquel momento, los astutos e ilustrados reyes de un absolutismo en decadencia, los revolucionarios desesperados por darle profundidad y trascendencia al movimiento social innovador y las nacientes democracias del siglo XIX fueron proclamando mi presencia, el valor de mis actividades, la preparación vocacional de mis responsables, la creciente universalidad de mis usuarios. No es extraño que a partir de allí las leyes fueran sumando caracteres que se volvieron connatural a mi presencia: gratuidad, universalidad, obligatoriedad. Me diseminaron en cada sector del territorio, me hicieron avanzada de civilización y progreso en cada rincón, me hicieron objeto de disputas ideológicas y religiosas, me convirtieron en una institución irremplazable, reiteradamente invocada y nombrada (aunque no siempre debidamente atendida) y me convertí en un símbolo y una garantía del progreso, la moralización y la lucha contra la barbarie. Con mi presencia, el estado pudo reafirmar sus estrategias de poder y ejercer un real control a partir de una inteligente organización de las estructuras sociales y de las ideas. Yo fui indirectamente la creadora de la identidad de las naciones, la que amalgamó las diversidades étnicas o que contribuyó a incorporar las oleadas inmigratorias, la que en los diversos rincones ayudó a crear a las comunidades moralmente esclarecidas, abiertas a las demandas del progreso y dispuestas a convertirse en mano de obra en la construcción del mundo presente y futuro. Es cierto que – en manos de los gobiernos y de sus funcionarios (principalmente de éstos, que muchas veces pretenden convertirse en voceros de la historia)-- fui quien plasmó las prácticas participativas de las democracias, quien divulgó los principios de las revoluciones y, (me avergüenza reconocerlo) quien sostuvo y legitimó gobiernos totalitarios e ilegítimos, contagiando a los ciudadanos de imaginarias virtudes sociales que posteriormente todos criticaron y lamentaron... Yo me sentía una reina y ejercía mi reinado... porque no se imaginaba una actividad transformadora del individuo y de los grupos sociales que no pasara por mí. Es verdad que a veces esos mismos gobiernos y los burócratas, caracterizados por la contingencia de los cargos públicos y de las palabras huecas, me utilizaban sin darme la debida atención presupuestaria o que con una práctica demasiado difundida, construían con palabras lo que no

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sostenían con recursos... pero quienes me habitaban y yo misma sobrevivíamos con una carga inmensurable de vocación y fuego interior... No faltaron ideas y autores que denunciando el uso sutil o descaradamente ideológico que de mi actividad hacían los poderes vigentes proponían mi absoluta eliminación con el ánimo de generar diversas estrategias de concientización de la población. Los ataques renovaron mi fortaleza... aunque en el fondo anticipaban un futuro que yo no me atreví a vislumbrar. Nada es para siempre. Aunque la historia me había concedido el honor de expresar cabalmente a la educación, el tiempo fue horadando mis cimientos. Yo comencé a ver signos imperceptibles en algunas manifestaciones, pero confieso que no les asigné valor. Lentamente la escena que yo ocupaba era invadida por otros y mi reinado se iba eclipsando. Nadie lo discutía, pero mi poder era cada vez más formal que real. Los mismos que durante dos siglos habían ido entregándose la posta para utilizarme fueron prescindiendo de mis servicios. Nunca me echaron, nunca me ofrecieron un retiro voluntario o me obligaron a una jubilación anticipada... pero lentamente me fueron silenciando, quitando de la pantalla, desplazando interés e inversiones, señalando mis errores y mis fracasos, discutiendo los alcances de mis esfuerzos, sobrevalorando otros medios. Fue allí cuando comprendí que podía temer por mi supervivencia; principalmente cuando me fui convirtiendo en un dique de la sociedad al que iban a parar las aguas de todos los conflictos para que mágicamente los transformara en soluciones personales y sociales. Cargada de historia, orgullosa de mis glorias antiguas, dudando de mi presente, desorientada ante tantos discursos que me cruzan, me atacan y me pretende refundar... quiero imaginar un futuro distinto. Precisamente en el momento en que el poder puede desprotegerme (¡libre, al fin!) yo quisiera encontrar refugio entre quienes realmente me han sido fieles desde siempre: los que creen en la educación, los que necesitan de ella, los que la llevan adelante con el esfuerzo de directivos y docente en el esfuerzo de todos los días... Aunque a esta altura de este monólogo parezca obvio, déjenme que me presente: Soy la Escuela. Quiero proponerles algunas pistas que puedan ayudar a convertirme realmente en una ESCUELA NUEVA, en la ESCUELA DE SIEMPRE, o simplemente en la ESCUELA... Si no recurro a Ustedes, ¿a quién voy a recurrir? ¿Acaso ustedes no están aquí precisamente porque creen en mí y quieren contribuir a re-crearme?”