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“La Hacienda del Buen Suceso”

Pilar Ortega Pereiro

“Este conjunto de relatos está dedicado a mi abuela,

Cristina Rodríguez Lis, por haber llenado mi infancia


con sus historias fantásticas”

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“El Buen Suceso”

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“El Buen Suceso”

No bien ha salido de prisión, el hombre: alto, negro y fornido, comete de

nuevo el allanamiento. Sin embargo y aunque viene siendo encarcelado un

día de cada tres, el negro Muza nunca ha dejado de amarla de esta forma

obstinada. Yo no lo vi por el momento, pero muchos cuentan que es real. Y

el otro día, cuando los descubrió mi amigo el noctámbulo, me vino a

despertar con sus ojos de loco: “Philip, Philip, ya lo vi, allí estaba el negro

Muza llenando de rosas a Lara”.

Y la niña Lara se levanta por las mañanas con el jardín lleno de flores,

aunque su Hacienda está nevada, pero las rosas lo llenan todo. Y de rosas

y sangre despierta, una de cada tres mañanas.

Luego al negro Muza lo apresan y la mujer del comisario también llora:

-¿Por qué encierran al negro Muza?, ¡que es un negro enamorado!.

Y la niña Lara tiene el pelo rizado. Son unos bucles castaños, lindos, muy

bien colocados, que le cuelgan sobre los hombros y también tiene la sonrisa

clara y los ojos azules, azulísimos. Y el negro está enamorado. Algunas

veces, cuando es verano, la niña Lara se levanta y va al balcón, en mitad de

la noche, con el cielo estrellado y permanece de pie, hierática, como una

estatua. El negro Muza no sabe que la niña es sonámbula, así que el pobre

negrazo, ebrio de tanta belleza, se trepa hasta donde Lara y, cargado con

sus rosas rojas, adorna su pelo rizado, su camisón de tela clara y la llena

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toda de flores. Apenas abiertas. Túrgidas y mojadas. Como los pechos de la

niña Lara. Y la niña Lara permanece quieta en su camisón de franela

mientras el negro Muza ya trepó por la balconada y la mira como a una diosa

y con los dedos llenos de sangre le coloca una y otra rosa y no se cansa de

mirarla.

Todo esto me contó mi amigo el noctámbulo, que lo vio con sus propios ojos

y dijo que era como ver un poema y me rogó que no lo apresara. Que era la

historia más linda. Que el amor se tiñó de negro y después se enamoró de la

infancia. Y ella no lo mira a él y él apenas ve nada. Los dedos pinchados de

rosas para adornar a la niña Lara. Que se dio la media vuelta, que se cerró la

cortina, que atravesó el mosquitero, que ya se duerme en su cama. Y el

negro Muza sonríe, con los ojos llenos de lágrimas.

¡ Que no le quiten los ojos, que no es negra su calaña!.

Y el negro Muza desciende muy atrevido por los balcones y con las flores

que le sobraron le decora todo el jardín. Es una primavera nevada. Y, cuando

la niña Lara despierta, el negro ya no está en la casa, pero ve más linda la

Hacienda y sonríe sonrosada. Mi amigo el noctámbulo, que es medio enano,

ya no lo vio, pero cuando la niña atraviesa la Hacienda ve el jardín lleno de

flores y la nieve desangrada. Por esto la niña llora:

- ¡Que no encierren al negrito, que es hermosa su calaña!.

- ¡Apresen al negro loco!- Aurora está desquiciada.

Y ya al negro Muza lo encierran: ¿y qué ha hecho?, ¡si no ha hecho nada!,

grita mi amigo noctámbulo llorando en la balconada. ¡Y qué ha hecho el

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negro Muza, si es que no ha hecho nada!. Y la mujer de comisario, que es mi

propia esposa, también llora, mientras el negro Muza me espera dócil a la

entrada de prisión. Alto, fornido, desangrado, con su sonrisa de nieve me

espera en la madrugada. Y dos noches de cada tres, yo encarcelo su calaña.

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“La voz de la niña Edelia”

Mi nombre es Edelia y si no fuera porque esta historia merece ser contada,

yo no estaría haciendo un esfuerzo hercúleo para escribirla.

Yo soy retrasada mental y hace casi un año, cuando mi madre murió

durante un almuerzo familiar, mi hermana Aurora me bajó a este sótano y me

dijo que no hiciese ruido durante el velatorio, que vendría mucha gente a la

Hacienda.

De aquel día también recuerdo las sombras alargadas por la luz de las velas

que se dibujaban en las escaleras del sótano y los lamentos de Aurora,

plañendo: ¡Qué buena que era!.

Sin embargo Aurora nunca volvió para sacarme de aquí tal como me había

prometido aquella primera tarde. Ella cree que yo no me acuerdo. Como

tampoco creía que aprendiese de oído las canciones que repicaban las

campanas de la iglesia. “Cántale Edelia”, decía mamá. Y a mí no me salía la

voz y Aurora se quedaba mirándome, como quien mira a un muñeco de trapo

y después miraba a mamá y por fin me miraba a mí, y había en su mirada

algo que insultaba. No sólo a mí, sino a las dos: a mamá y a mí.

Después del velatorio, cuando las sombras alargadas pasaron de vuelta

hacia la puerta y el féretro de mamá también pasó, yo pensé que ya no

volvería a verla, por eso seguí llorando durante varias semanas, pero al fin

me he acostumbrado a esto. Porque cuando en la Hacienda comenzó a

acontecer el Buen Suceso, la sombra de mamá se apareció en aquel rincón

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de la esquina, el que está lleno de musgo y humedad. Su fantasma se

levantaba poco a poco, como si fuese el humo de una pipa a ras de suelo y

luego se plantaba enfrente de mí, delante de este espejo de luna donde yo

paso los días estudiando mi reflejo.

Mamá siempre se colocaba delante del óvalo de cristal y yo giraba un poco la

cabeza para ver el reflejo de su nuca desnuda, con tres o cuatro rizos

desordenados sobre la espalda, donde también le colgaba la toquilla color

malva que siempre se echaba para sacarme al jardín. Y después me sonreía,

como sólo sonreía mamá, con la dentadura pequeñísima y las arrugas

plegándole un poco la comisura de los labios. Y me acariciaba el flequillo, los

ojos redondos y enormes, y luego me tomaba de la mano y me empezaba a

hablar del Suceso, con su cadencia desafinada de ascendencia nórdica y

esa suavidad con que arrastraba las palabras hasta el final de la frase.

“Es una poesía verlos”.

Y mamá me contaba cómo cada noche ella misma lo esperaba dormitando

en el rododendro hasta que a eso de la medianoche, el negrito, con su

cuerpazo gigante, entraba en la Hacienda por el muro del jardín. Y a veces

caía de espaldas sobre el suelo helado y se levantaba quejumbroso, con los

ojos blanquísimos y brillantes. Y luego recogía el saco que había dejado

escondido entre las magnolias y se dirigía al fondo de la Hacienda, donde el

padre de Álvaro había colocado los veinte barriles con rosales a su regreso

de Namibia.

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Mamá también me aclaró que aquel conjunto inconexo de barriles con rosas

marchitas que había el día que llegamos para la boda de Aurora se había

convertido de pronto un grupo de rosales gigantescos, debidamente

plantados en tierra firme, que permanecían en flor durante todo el invierno. Y

el negro Muza quedaba mirándolas, con sus ojos blanquísimos. “Rosas de

Namibia”, repetía el negro. Espléndidas y lozanas, como las que nunca había

visto en su país. Y, mientras las cortaba, susurraba canciones de niño que,

en medio de la nieve, a mamá le recordaban al lamento de las focas que nos

visitaban por Navidad, cuando aún vivíamos en los fiordos.

Mamá a menudo tenía que usar la punta de la toquilla mientras se apartaba

las lágrimas y decía que al negro Muza lo quería mucho, porque luego

arrastraba el saco cargado con flores hasta el balcón de la niña Lara y allá se

sentaba, al lado del rododendro donde mamá lo observaba todo, hasta que a

cualquier hora de la madrugada la niña Lara abría la puerta de cristal y se

asomaba con su camisón de franela marcándole los pechos tibios y la

redondez del ombligo y entonces el negro Muza la miraba desde abajo, como

si contemplase el cuadro más bello del mundo. Y sus manos negras estaban

sudorosas mientras se ataba el saco al hombro y trepaba a duras penas por

la enredadera de la pared. Y era curioso, porque a pesar del esfuerzo, el

negro Muza casi ni se atrevía a mirarla cuando ya la tenía cerca y se

arrodillaba a su lado y le colocaba todas las rosas por el cuerpo. Primero los

pies prístinos y por último el pelo, lleno de bucles y rosas, y a veces la niña

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Lara sonreía dormida cuando el negro apoyaba una rosa roja en su oreja

izquierda y a mamá le parecía ver cómo al negrito se le asomaban las

lágrimas.

Y es hasta aquí hasta donde los hechos ya eran conocidos. Sombras de ese

sumario inconcluso por el que le insultan “depravado” .Y mientras me lo

contaba, mamá se estiraba los cuatro rizos canosos que le caían por la

espalda, como siempre que estaba nerviosa, y repetía con su cadencia triste:

“Depravado”.

Y era ella la que me insistía una y otra vez, sobre todo cuando veía llegar a

Lara con los cuadernos donde me enseña caligrafía, en que era importante

que yo hiciera cualquier tipo de esfuerzo para dejar constancia de los

hechos.

Parecía alarmada, porque, mientras dormitaba en el rododendro mamá había

visto cómo en los últimos días, tras la puerta semiabierta de la alcoba de la

niña Lara, se aparecía la silueta de Aurora, mirándolo fijamente, con su rictus

severo recortado por la luz de la vela.

-Lo va matar-me dijo y ahora recuerdo que mientras me decía esto, mamá

escondía un poco los ojos para que yo no viese su propia rabia.

Y fue luego, cuando me reveló la verdad más dolorosa, que de veras entendí

la necesidad de dejar constancia de toda su investigación. Aunque a veces lo

hago agotada, porque no hay claridad en este sótano y porque a mí desde

siempre me ha costado pensar. Pero sé que esta vez no puedo quedarme en

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silencio, como cuando mamá me decía delante de Aurora que le enseñase

cómo cantaba, cuando aún vivíamos en los fiordos.

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“El negro Muza”

La mañana que el negro Muza bajó del barco en que el había viajado como

polizón desde Namibia y fue conducido hasta la comisaría, la mujer del

comisario pasó a su lado de camino a la lonja, pero iba tan preocupada

pensando en los calamares que cocinaría para la cena del gobernador, que

ni siquiera lo vio pasar a dos palmos de su nariz. Y no fue hasta un par de

horas más tarde, cuando entró crispada en la comisaría y le comunicó al

marido que aquella mañana no había llegado calamar, que se fijó en sus ojos

blanquísimos brillando en la penumbra.

La del comisario era una de esas mujeres que, ataviada de diario, ya tenía el

porte de gran dama. Era alta y espigada, con los ojos azules y el pelo rubio

recogido en un moño a la altura de la nuca. Tocaba el violín y la pianola,

porque procedía de una familia refinada, y, como había sido educada en la

religión evangélica, todos los viernes acudía con varias compañeras de la

iglesia al ropero de la caridad.

Pero la mujer del comisario, quien en su papel de gran dama vivía

principalmente preocupada por las apariencias, también poseía un corazón

generoso. Y mientras el resto del las mujeres del ropero a veces hacían un

mohín de disgusto y se quejaban de que la pobreza era un mal endémico en

el tercer mundo, a la mujer del comisario se le ocurrían varias ideas

novedosas que nunca se atrevió a pronunciar.

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Por eso aquella mañana, quizá indignada mientras imaginaba cómo el

gobernador torcería los labios por no encontrar en el plato sus calamares

preferidos y apartaría su cubierto con un desdén antes de comenzar su

disertación sobre el crecimiento innegable de la inmigración en Europa; la

mujer del comisario sintió un arrebato de rebeldía que le apretaba el moño de

la nuca y anunció que vendría tres días a la semana para atender al negro

Muza, que tampoco era culpable de nada.

Durante los tres meses siguientes, antes de que el negro Muza fuese

enviado a juicio, la mujer del comisario acudió puntual todos los martes,

jueves y domingos a recogerlo en prisión. Los martes le enseñaba gramática

y corregía su inglés, los domingos lo acompañaba a la escuela dominical

para que estudiase la Biblia y los jueves por la tarde, si el tiempo lo permitía,

lo llevaba al jardín de su casa y le daba al negro Muza algunas clases de

botánica.

Fue de ese modo cómo la mujer del comisario se enteró de que Muza era un

experto en flora puesto que su abuelo, un negro bantú criado en el desierto

de Namib, había trabajado treinta años como jardinero oficial en la hacienda

de un tal afrikaneer llamado Henrich.

Y mientras ella lo escuchaba con los ojos muy atentos, el negro Muza

gesticulaba con las manos y pronunciaba el inglés lo mejor posible mientras

le hablaba de su país natal. De aquel abuelo bantú que fue despedido de su

trabajo de un día para otro porque la crisis de los diamantes hizo que Sir

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Henrich se esfumase sin dejar rastro de su paso por África. Y de cómo

después había regresado al poblado con la cabeza gacha para localizar de

nuevo entre la arena del desierto las raíces enterradas que eran su principal

alimento.

El abuelo bantú murió cuando Muza tenía tan sólo ocho años, pero aún así

se dio tiempo de enseñarle las danzas tribales, la tradición ancestral de

contar historias bajo la luz de la luna y también el libro de botánica que le

había regalado Sir Henrich, cuyo capítulo final disertaba que la flora más

bella no es la que se riega en los jardines, sino la que brota en las fronteras

del desierto de Namib, donde las jirafas alzan su cuello increíble para divisar

a lo lejos el mar verde de África.

Y por fin, cuando terminó de decir todo lo que sabía, el abuelo bantú dejó a

un lado la pipa de madera y partió rumbo al sur. Se marchó para morir solo y

sin lamentos, como hacen los sabios en África, y Muza dijo que esto también

había sido un acierto, porque el abuelo tuvo la suerte de no estar allí cuando

al poblado llegó la malaria.

Durante aquellos tres meses la mujer del comisario recopiló en su cuaderno

personal todas las historias que el negro Muza le había contado: los festejos

africanos del melón pinchoso, la ocupación anglo alemana y los agujeros de

tierra que levantaban un polvo tremendo por todo el sur de África mientras

los colonos europeos introducían sus narices en los túneles subterráneos

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para localizar los diamantes. También los asesinatos, las mentiras, la lucha

por el poder en aquellas tierras inhóspitas y luego las hordas de negros que

llegaron del otro lado del desierto y de más allá de la selva y de las costas

verdes del sur de Namibia para ayudar a los colonos cuando construyeron

sus ciudades de ensueño, réplicas exactas e insólitas de los cuentos

nórdicos, con sus tejados en forma de pico para deslizar la nieve que nunca

cayó sobre África.

Y la mujer del comisario también recogió con todo detalle cómo a mediados

de siglo, cuando los colonos del norte de Europa ya habían conciliado una

convivencia feliz en el interior del país, los vecinos de Sudáfrica siguieron

escarbando en el suelo, mucho más avariciosos que nadie, y aparecieron al

otro lado del túnel, en el sur de Namibia, sobre un valle desértico inundado

de diamantes y riquezas incalculables.

Fue entonces cuando el nombre de Namibia pegó un salto increíble desde el

sur del planeta y se colocó en boca de todos los avaros y cazafortunas del

mundo. Y en tal sólo un par de meses, aquel país en el que la colonización

no había dejado de ser un proceso discreto, se convirtió en el pastel de

bodas de otros muchos extranjeros.

Allí tomaron parte los afrikaneers de Sudáfrica, los primeros colonos

anglosajones que bajaron de vuelta desde el norte de Europa para

comprobar con su ojos azules lo que se habían dejado atrás, las

organizaciones de consenso internacional que intentaban orquestar aquel

vals de invitados a los que nadie llamó y otros muchos que, en medio de la

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confusión general, metieron su equipaje de diamantes en el primer sitio que

se les ocurrió y los traficaron de un lado a otro, hasta que la lupa de los más

codiciosos les perdió el rastro entre las dunas del desierto.

Y finalmente, en un rapto de inspiración y porque venía muy a propósito de la

propia historia de Muza, la mujer del comisario también añadió un anexo a su

volumen con el caso concreto de Sir Henrich, quien según el testimonio del

abuelo bantú, había salido pitando con su colección de diamantes apretada

al fondo de los barriles caña, donde trasladaba rosales.

Y después de ponerle el punto final a aquella declaración de injusticias, justo

la mañana en que se celebraba el juicio de Muza, la mujer del comisario

irrumpió en la sala de lo penal con el mamotreto debajo del brazo y durante

su declaración levantó el dedo varias veces y señaló algunas ideas

novedosas que nunca antes se había atrevido a pronunciar y que algunas

compañeras del ropero escucharon con escándalo, llevándose la mano a la

boca y pensando que en absoluto eso era propio de ella.

El caso es que la mujer del comisario estuvo tan precisa en los datos que les

proporcionó, que muchos sintieron el aguijón de la culpa molestándoles en la

conciencia y levantaron la mano para que al negro Muza se le concediese la

libertad condicional. Tan sólo el gobernador, grueso e intransigente, no se

dejó convencer por su discurso apasionado y pensó si aquella descarada no

se habría enamorado del negro. Pero a pesar de su voto en contra, el negro

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Muza fue puesto en libertad condicional y por la intercesión de la mujer del

comisario, un par de meses después fue incorporado como personal de

apoyo en una fábrica de calzado, primero llevando los carros de desperdicios

hasta el patio de atrás, un pabellón enorme donde las gaviotas picoteaban

los excrementos tiernos y donde se veía a unos doscientos metros un mar

grisáceo y triste que no se parecía al de África, y después, un año más tarde,

descargando los camiones de piel que llegaban a la fábrica y conduciéndolos

a la sección de repujado, hasta que por fin llegó la firma de un contrato

temporal, con un plus cada hora extra, y al negro Muza ya lo conocían todos

en la empresa por su talante apacible y, para cuando vio a la niña Lara

paseando sola por el puerto, cinco años después del juicio, el negro Muza ya

había ascendido a la sección de pegado de tacones.

El caso es que de once a once y cuarto la sección de pegado, tenía un

descanso de media mañana. Muchos salían a la cantina y a veces invitaban

a Muza, pero Muza casi siempre prefería salir al pabellón exterior, donde

revoloteaban las gaviotas, y allí se sentaba en una esquina, mientras comía

su bocadillo y miraba hacia el mar.

Fue una de esas mañanas grises cuando Muza vio por primera vez a la niña

Lara.

La niña Lara apareció antes sus ojos vestida con un moderno traje vaquero

que se sujetaba a la cintura con un lazo verde azulado y que al negro Muza

le recordó de pronto el mar de Namibia. Por eso no dejó de mirarla mientras

la niña Lara lanzaba una piedrita un par de metros más allá y luego daba un

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salto y se colocaba encima de ella y luego otros dos saltos más hacia

delante.

Era un juego sencillo que al negro Muza también le recordó a la tardes

aburridas de su poblado, por eso siguió observándola, mientras divagaba

recuerdos que ya no recordaba. Y por fin, cuando la niña Lara alcanzó la

piedra por segunda vez y descubrió al negro Muza, mudo en su esquina de

la fábrica, ella levantó un poco la mano y lo saludó con su sonrisa verde

azuladísima desde el otro lado del patio, pero el negro Muza quedó parado,

como si una bala le hubiese atravesado los sesos y no pudo siquiera

devolverle el saludo. Por eso Lara tan sólo se dio la media vuelta y siguió con

su juego mientras su risa se deslizaba alegre entre las farolas, y rebasaba

las gaviotas rapaces del pabellón de la fábrica y resonaba por fin en mil ecos

dentro de la cabeza del negro Muza, quien aquella noche, por primera vez,

cometió el allanamiento.

“La niña Lara”

La niña Lara tiene una alcoba enorme, mucho más grande que cualquier otra

de la casa, allí murió su madre. Murió poco después de que la niña Lara

naciera y algunos comentan que ya había vuelto de África infectada de

malaria. Y aunque su padre, don Álvaro Osorio, también murió hace tres

años, Lara es una niña alegre, sociable y espabilada.

Su hermano Álvaro, casi veinte años mayor que ella, a quienes sus padres

embarcaron a rastras cuando la familia regresó de África, tiene a menudo

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que citarse con la profesora de la escuela de secundaria y la encuentra muy

aburrida y europea y piensa que aunque la niña Lara no sea aplicada, lo

importante es que viva feliz. De manera que cuando ella llega del colegio y

se va al puerto a jugar o al cine con otros compañeros, Álvaro no presenta

ninguna objeción.

Claro que desde que Aurora ha llegado a la Hacienda, las cosas han

cambiado bastante.

Aurora es mucho más exigente y, si bien reconoce que Lara no tiene la más

mínima necesidad de ser aplicada porque ha heredado tan enorme fortuna

que no tendrá que trabajar en su vida, piensa que la disciplina y la instrucción

son valores imprescindibles para una chica de su edad.

Por eso cuando la niña se levanta los domingos a las doce del mediodía y

después del desayuno se tumba en el sofá para ver las fotografías del álbum

familiar, Aurora la mira crispada y piensa que se está malcriando.

Álvaro también goza de un talante conciliador y tranquilo, y por eso ahora se

ha resignado al carácter agrio de Aurora, en nada parecido al de la chica

dicharachera que conoció en los fiordos y de quien se enamoró en el primer

momento porque la encontró muy exótica cuando ella le contó que las focas

acudían en Navidad hasta la puerta de su casa y que luego lo llevó de la

mano hasta un restaurante del puerto y que lo agarró para bailar un rock y

luego se le apretó contra las piernas porque dijo lo quería mucho.

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Dos meses después de aquel encuentro casual, Álvaro y Aurora se casaron

en una ceremonia a la que tan sólo asistieron la madre de Aurora, su

hermana retrasada y la niña Lara, quien desde el principio supo que Aurora

había venido a la Hacienda por la inmensa fortuna de Álvaro. Por lo mismo

nunca se han puesto de acuerdo. La una es rica e irresponsable y la otra

pobre y usurera.

De modo que los domingos por la mañana, mientras Aurora rezonga por lo

bajo y mira a Álvaro de soslayo, Lara se estira todavía más en el sofá y se

entretiene horas y horas con las fotografías:

- Estás mal criando a Lara- y a veces Álvaro cede ante su insistencia y va

hasta el sofá y se sienta al lado de la niña, quien, con su melena revuelta y el

camisón de franela, se parece tanto a su madre muerta que Álvaro se

acuerda otra vez de cuando vivía en África, y también de cuando la madre

quedó embarazada y decidieron volver todos a Europa porque en Namibia la

malaria se extendía por los rincones como un ladrón de guante blanco. Y

entonces Álvaro comienza a contar y se distrae él también con fotografías y

le habla a Lara de su pasado. De la enorme Hacienda en que vivían -idéntica

a la que reconstruyeron a su vuelta en Europa-, de las noches de luna llena,

de la selva africana que visitaban todos los veranos y del mar. El mar

verdísimo de África que se parece mucho a tus ojos, le dice Álvaro con un

resto de melancolía en la voz.

Y por eso aquella tarde en que la niña Lara descubrió al negro Muza en el

patio de la fábrica, le sonrió con la naturalidad con que se sonríe a un viejo

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conocido de la familia y en realidad tampoco se sorprendió de aquel

allanamiento inocente, porque la niña Lara, espabilada y madura, supo

desde el primer momento que en aquella manera de mirarla había un pasmo

de devoción.

Por supuesto que después de aquel primer allanamiento Lara podría haber

reaccionado como cualquier otra chica de trece años manoseada por un

negro en mitad de la noche. Debería haberse abominado, piensa Aurora y

otras vecinas de la Hacienda. Podría haberse cerrado con candado la puerta

que da a la terraza, como le recomiendan todas las noches y no acudir a la

comisaría donde repite que el negro Muza no le había hecho daño alguno.

La niña Lara podría haber hecho todo esto sin que nadie se lo aconsejara,

porque su orfandad prematura la ha convertido en una joven resuelta y

decidida, pero si no lo hace y se mantiene en sus trece mientras el negro

Muza aún trepa a su balconada una noche de cada tres, es por el gusto de

contrariar Aurora.

Y es que a la niña Lara le produce una satisfacción inigualable ver cómo

cada noche la otra revisa una vez tras otra todas las puertas de la casa,

cómo coloca pequeños trozos de cristal puntiagudo en el muro de la

Hacienda que a la mañana siguiente Lara retira con sus guantes de cuero y

cómo la mira con reproche cuando ella vuelve de comisaría.

Disfruta con las preguntas suspicaces con que busca información, mientras

ella finge no haberla oído o le contesta con mentiras insolentes. Y por todo

esto es comprensible que la niña Lara ha llegado a tal punto a repugnarla,

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que alguna noche utilice su condición de sonámbula para darle unos sustos

de muerte. Por eso sale de su cama en medio de la penumbra y pulula de un

lado a otro de la Hacienda, subiendo y bajando las escaleras, hasta que

Aurora se levanta con una vela en la mano porque cree que hay ladrones en

la casa.

Y de esta manera, hará unos cinco de meses, la niña Lara encontró a Aurora

cerrando a cal y canto la puerta del sótano y un par de horas más tarde,

escamada por la mirada odiosa de la otra, Lara bajó otra hasta allí sin hacer

el más mínimo ruido y descubrió a la deficiente Edelia con la pierna atada a

una silla y el cuerpo cubierto líquenes y de humedad.

Nuestra madre, la mía y de Aurora murió hace un año, un martes a la hora

de comer. En aquella ocasión la niña Lara también quedó paralizada, con el

tenedor a medio camino entre el estofado y la boca y el doctor le diagnosticó

estado de shock y dijo que lo mejor sería que se alejase de la Hacienda por

una buena temporada. Así que, cuando se terminaron los sepelios y el

pésame, fue enviada en autobús a un campamento de verano. Allí pasó los

dos meses siguientes y para cuando se bajó de vuelta en la parada del

autobús, la niña encontró la Hacienda mucho más triste y desolada que

antes.

En primer lugar echó en falta los veinte barriles de madera donde dormitaban

los rosales que su padre había traído de África y después, habitación por

habitación, hizo inventario de todos los detalles ausentes que antes la hacían

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feliz: la gramola todo el día encendida, los dulces y los botes con

chocolatinas desperdigados por todas partes, la luz que entraba por los

inmensos ventanales de la casa y también me echó de menos a mí. ¿Dónde

está la niña Edelia?.

Y cuando le preguntó al hermano que dónde estaba yo, Álvaro le explicó que

Edelia había sido enviada a un hospital con otros deficientes mentales donde

me enseñarían a leer y a escribir.

Por eso aquella noche de hace cinco meses, cuando Lara me encontró en el

sótano y subió a toda prisa las escaleras de la Hacienda, apestada por el

hedor y por la visión de mis ojos enormes y redondísimos observándola en

medio de la oscuridad, lo miró como si lo odiase:

- Te has convertido en un monstruo- le gritó a los pies de su cama.

Y cuando Aurora ya levantaba la mano para plantarle una bofetada en los

labios, Álvaro tomó a Lara en brazos y la llevó hasta su alcoba, como el día

en que murió su padre y ella no paraba de llorar. Y también esta vez le

acarició el pelo rizado y experimentó un cierto alivio cuando le dijo la verdad.

Le explicó que pronto me sacarían del sótano, que era cuestión de un par de

meses, que debía confiar en él. Y Lara, quien además de resuelta y decidida,

no dejaba de ser una niña de trece años que soñaba sonámbula con buscar

a su padre vivo, se dejó acariciar por el hermano y cayó luego en un sueño

profundo. Dulce y profundo. Pero a la mañana siguiente, cuando bajó recién

levantada hasta el comedor de la Hacienda, la niña Lara no se tumbó en el

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diván para ver las fotografías de siempre, sino que se quedó en la mesa, con

el café sujeto entre las manos y la miró muy fijo a través del humo:

-Le he prometido a Álvaro que no diré nada de momento, pero bajaré desde

hoy para hacerle compañía.

Y fue así cómo la niña Lara retomó sus cuadernos de parvulario, y cada

tarde, sin faltar a una sola cita, ha bajado hasta el sótano para enseñarme a

escribir.

“La eme con la a hace ma, de mamá”, y sus ojos de sirena se iluminan

cuando yo voy uniendo las palabras, y luego, cuando Lara se va, sigo

uniendo más y más palabras en el papel de estraza que ella ha dejado aquí,

y luego también uno la vida. No se me da del todo mal y a veces recuerdo

cómo mamá se deslizaba en la penumbra, se colocaba detrás del hombro y

decía con orgullo: ¡Qué linda caligrafía!

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“La duermevela del noctámbulo”

La noche que Sir Henrich se cruzó con don Álvaro Osorio en el desierto de

Namib, supo que después de tantos días sufriendo sed y penurias en la

arena, por fin podría dejar sus diamantes a buen recaudo.

Sir Henrich era un tipo delgado, rubio, con la nariz afilada y los ojos azules

pegados al tabique al nasal, y si no fuera porque don Álvaro Osorio lo

conocía lo suficiente y sabía de buena tinta que era demasiado honrado

como para robar lo que no era suyo, es probable que lo hubiese tomado por

cualquier afrikaneer codicioso que traficaba su mercancía al otro lado de la

frontera.

Pero aquella noche en el desierto, en cuanto Sir Henrich reconoció el rostro

bonachón de don Álvaro, bajó de la caravana con una pirueta alegre y, con

los anteojos manchados de arena, le explicó que él y su esposa habían

tenido que salir en estampida una noche sin luna porque corrían rumores de

que los vecinos de Sudáfrica lo buscaban para saquear sus diamantes.

- No pretendo hacerme poderoso, pero no soporto la idea de que le roben

Namibia lo que a Namibia le pertenece. Al fin y al cabo sabes que ahora éste

es mi país.

Y Álvaro Osorio se sintió aún más conmovido cuando del otro lado de la

caravana, una mujer, una negra minúscula con la cabeza cubierta con un

hermoso pañuelo bordado en oro, se inclinó hacia delante y les sonrió. Era la

esposa de Sir Henrich, una nativa inteligente y algo profeta, que calculó

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antes que nadie la necesidad de refugiarse en el interior del país y que,

cuando se inclinó para saludarlos y descubrió a aquella otra mujer

embarazada sentada en la parte de atrás de la caravana con su hijo Álvaro,

pensó con tristeza que era demasiado hermosa y afortunada para morir tan

pronto por la malaria.

El caso es que con la familia de Osorio viajaba también un ayudante medio

enano que los seguía a todas partes y que fue el primero en saltar de la

caravana para ayudarles mientras arrastraban aquellos barriles de rosales

bajo el cielo estrellado. Y luego, fascinado por el espectáculo y porque sabía

que ya le quedaban pocos días en Namibia, también saltó Álvaro, el joven

Álvaro Osorio, que nunca se olvidaría de África.

El joven Álvaro que tampoco olvidaría el color del aire iluminado por el brillo

tibio en la arena, ni del olor de los rosales mezclado con el del sudor de su

propia madre embarazada, bellísima, apartándose a veces los mechones de

pelo que le caían sobre la frente.

De vuelta en Europa, a Álvaro todas las noches felices le recordarían a

aquélla. A su madre arrastrando barriles con rosales y diamantes bajo un

manto de estrellas y sus ojos verdeazules sonriendo a la esposa de Sir

Henrich que se despediría de ella con un abrazo entrañable y que le

susurraría al oído algo que su madre jamás reveló.

Y por eso aquella noche en los fiordos, cuando después de llevarlo hasta la

mejor marisquería del puerto, Aurora lo tomó de la mano y le contó bajo la

26
luz de la luna cómo las focas patinaban en Navidad hasta la puerta de su

casa, por contar algo, porque su vida de pobre tampoco tenía nada de

interesante, Álvaro Osorio se sintió de repente un poco embriagado y triste y,

sin haberlo premeditado, le habló del padre que había muerto hacía tres

años, y de su hermana Lara, y de su madre , de sus ojos, que se parecían a

las joyas. Y así aterrizó sobre la historia de los diamantes, bajo la mirada

audaz de Aurora, quien lo invitó a otra copa y lo sacó a bailar un twist, y

luego también una lenta y por fin se le apretó contra las piernas y le dijo sin

venir a cuento que ya lo quería mucho.

-¿Y qué pasó con los diamantes?- le preguntó Aurora acurrucada contra su

pecho. Y Álvaro, confundido por aquel calor hospitalario, le explicó cómo un

par de días después la familia se había embarcado con los veinte barriles en

su viaje a Europa y, cómo ya en puerto, las autoridades habían elogiado la

delicadeza de su padre por haber traído rosas de Namibia y por fin le relató

cómo, por aquella peripecia casual, la mercancía prohibida se había colado

sin problema hasta el interior de la Hacienda.

-¿Y tu padre no hizo nada con ellos?

-No, la noche del desierto Sir Henrich se despidió de mi padre con un

apretón de manos y le prometió que en cuanto volviese a Europa iría a la

Hacienda para recogerlos.

- ¿Y no volvieron a por ellos?

Entonces Álvaro la apartó hacia una esquina del baile, se encogió de

hombros, aún bastante confuso y embriagado y le sonrió bobalicón:

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-No, todavía siguen allí, en los barriles donde la esposa de Sir Henrich los

colocó.

Y durante aquella noche en los fiordos, mientras una canción empalagosa

decía cosas del amor, Aurora lo miró al fondo de los ojos, pensando si no le

estaría tomando el pelo, y después levantó su mentón hacia la boca de él y

lo besó muy despacio. Muy despacio y muy bien besado, mezclando un poco

de saliva y un poco más de intención y se le apretó aún más contra sus

piernas heladas y solitarias y le dijo que estaba segura, que lo quería mucho.

Después de conocer esta historia, que me la contó mamá estirándose los

cuatros rizos que le caían sobre la nuca, con más ansiedad y premura que

nunca, ella me aclaró que aquel viejo ayudante de la familia, el medio enano

que los seguía todas partes y que también había viajado hasta Europa para

ayudarles con la Hacienda, es el noctámbulo que pulula por el jardín todas

las noches en que el negro Muza entra aquí para cometer el allanamiento.

“Esto también anótalo”, me apuntó con el índice al cuaderno de notas.

Y luego me siguió contado que el medio enano noctámbulo no dice nada, por

si acaso, porque con sus propios ojos, ahora insomnes, ha visto cómo

después de que mamá muriese aquel martes durante la comida, y de que la

niña Lara saliese cargada con su bolsón hacia la parada del autobús y de

que yo misma desapareciese al fondo del sótano, el medio enano ha

descubierto cómo doña Aurora y Álvaro Osorio salían una madrugada helada

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al fondo del jardín de la Hacienda, transplantaban luego los rosales a tierra

firme y trasladaban por fin la mercancía hasta el sótano.

“Edelia los asustará y cualquiera que entre aquí correrá como un animal

perseguido al ver su aspecto de monstruo”, le explicó Aurora a Álvaro

mientras introducían los sacos con diamantes en una falsa pared del sótano.

“Los iremos vendiendo poco a poco, para que no se levanten sospechas y

luego pondremos el dinero a renta fija en una cuenta de Suiza” y Álvaro la

miró pasmado y la otra le explicó con aire eficaz que eso era lo mejor que

podían hacer, invertir aquel dinero podrido de raíces y que cuando Sir

Henrich volviese, si es que a estas alturas no le habían volado los sesos

mientras vagaba por el desierto, siempre podrían devolverle lo que era suyo

y con las rentas obtenidas tendrían dinero suficiente para el resto de sus

vidas. “Hazme caso, que tú no sabes lo que es ser pobre” y Aurora arrastró

los baúles durante toda la noche con los ojos brillantes y usureros.

El caso es que el medio enano, el noctámbulo, ya no duerme nunca y a

veces se apoya agotado en el tronco del rododendro donde mamá dormitaba

y en duermevela describe cada una de estas escenas secretas que sólo él

conoce y que luego mamá me contaba a mí, porque por lo visto, en medio de

su duermevela, el medio enano levanta la voz hasta las ramas donde ella lo

escuchaba todo y tiembla cuando menciona a Aurora y luego dice que tiene

miedo, que cree que ella lo va a matar por culpa de su vigilancia ineficiente.

Pero cuando el medio enano ve otra vez al negro Muza que se trepa a través

del muro y trepa la balconada y adora a la niña Lara, tan linda en su camisón

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de franela, se queda como alelado, con la mirada fija en tanta belleza, y no

se atreve a avisar a nadie, porque él sabe que no es cierto, que el negro no

les cometerá un robo, como grita Aurora a la mañana siguiente y, sin que

nadie lo sepa, el medio enano noctámbulo corre a la comisaría, con su

cuerpo minúsculo que casi no alcanza la mirilla de la oficina, a través de la

cual sólo lo reconocen por su mata rizos despeinados y luego, sentado

enfrente del comisario, el medio enano llora, llora a moco tendido y le ruega

que no lo encierren.

“No encierren al negro Muza, que no es negra su calaña”.

“La niña Ashira”

El día que el abuelo bantú dejó a un lado la pipa de madera y dio el primer

paso hacia el sur, el negro Muza lo miró desconcertado, pensando que

nunca se sentiría tan triste en el resto de su vida. Por eso, cuando casi

quince años más tarde su hermano Abul bajó hasta la estación del tren con

la mala noticia, el negro supo que la tristeza siempre se puede hacer más

grande y más profunda, sobre todo cuando ese dolor está relacionado con

uno mismo.

El caso es que aquella noche, la que emprendió su camino hacia la muerte,

después que los hubo besado y despedido a cada uno con gesto digno y

consumado, el abuelo bantú miró, a su hija primogénita, la madre de Muza, y

antes de besarla, le sonrió:“Llámala Ashira”.

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Ashira nació nueve meses más tarde, nunca supo Muza si la madre ya la

llevaba en el vientre el día que el abuelo partió o tuvo el cuajo de engendrarla

aquella noche, pero lo cierto es podría ser de cualquier manera, porque todo

lo relacionado con Ashira tendría para siempre algún fenómeno de magia.

Ashira era menuda, suave como el sabor de las raíces enterradas en la

arena y hermosamente alegre, vivaz, y aunque todos en el poblado la

venerasen como a una diosa y algunos contaran bajo la luz de la luna que su

espíritu tenía algo de su abuelo bantú, la mayoría coincidían en que en

realidad ella se parecía más a una especie submarina que se habría perdido

en el desierto, porque más allá de su piel tersa y achocolatada, de su pelo

rizado y su boca gruesa, Ashira poseía unos ojos verdeazules que no se

parecían a los de ninguna mujer en África y algunos la llamaban “mar”.

Cuando Ashira se hizo mayor y sus ojos se convirtieron en dos joyas

enormes, más hermosas que la esmeralda, algunos tomaron la costumbre de

acudir donde ella, sobre todo cuando anochecía - sus ojos brillaban aún más

a la luz de la hoguera- y le pagaban con cualquier obsequio sólo porque

Ashira les dejara mirar un rato adentro de sus pupilas. Allí estaba, el océano.

-¡Parece que estoy buceando con los delfines!- exclamó aquella noche un

joven del poblado. Y ella rió a carcajadas.

Era la de Ashira una risa feliz que se colaba por todos los rincones y que

hacía que vibrase cada cosa, también los pequeños pucheros de lata

amontonados en el rincón, y a veces algunos se despertaban de un sueño

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profundo y decían: “¡Ah! Es Ashira riéndose”, y simplemente se daban media

vuelta para continuar con el sueño.

El caso es que aquella noche una mujer del poblado, una que vivía en la

choza más apartada con sus padres ancianos y que se quejaba a menudo

porque la niña Ashira revoloteaba y jugaba a cualquier hora del día, a veces

molestando, acudió aquella noche hasta la hoguera mientras el joven seguía

mirando adentro de sus pupilas, y bromeando: “¡Vaya, sí, los delfines me

tienen rodeado en el fondo del mar!”, y la niña Ashira se moría de la risa, y le

costaba mucho mantener los ojos abiertos para que aquel joven soñase aún

más.

Pero la mujer que vivía en una esquina del poblado, siempre tímida y

distante, se plantó aquella noche justo al lado de la hoguera, donde todos

podían verla claramente. Parecía cansada, ojerosa, como si hubiese pasado

muchas noches sin dormir y aquella risa sonase más ajena que nunca a su

propio aislamiento.

“Necesito que vengas a mi choza”, le dijo. Y entonces la madre de Ashira, se

levantó de entre el grupo y con la mirada fija en la otra, sujetó a la niña de la

mano.

La madre de Ashira estaba muy orgullosa de su hija. En especial lo estaba

de sus ojos, porque nunca nadie había visto por allí nada similar. “Creo que

mi abuela tenía unos ojos parecidos”, decía a veces, con el cuello muy

estirado cuando el resto de las mujeres se interesaban por aquellos ojos de

esmeralda. Y por eso durante los últimos meses, en los que Ashira se había

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convertido en una jovencita de pechos tiernos, su madre la seguía a

escondidas cuando la niña iba a jugar más allá de las dunas y aún hoy la

acompañaba hasta la puerta de la escuela. Y a veces Ashira pasaba casi

una hora sólo haciendo carantoñas para que la dejase sola y a menudo lo

conseguía, porque a pesar de su empeño en protegerla, la madre aún no

había aprendido decirle que no.

Sólo aquella noche, cuando la mujer ojerosa se acercó al poblado para que

Ashira la acompañase hasta su choza, la madre se puso con los ojos

iluminados de fuego al lado de la hoguera y dijo: “No”.

Todo el poblado quedó en silencio. Después de las risas y de la música de

las piedras chocándose unas con otras a modo de concierto, nadie dijo una

sola palabra, nadie tosió casualmente. No carraspearon siquiera. Y entonces

la mujer ojerosa se arrodilló en la arena, agotada, rendida de tanto no dormir,

y lloró.

Era un llanto oscuro y desgarrado, un llanto que no tenía que ver el capricho

o el orgullo y que ni siquiera se parecía a la pena de sí misma. No se parecía

a nada de esto porque era un llanto tan cercano a la rendición, a la tremenda

desdicha de saberse impotente, que no se relacionaba con nada que no

fuese consigo mismo, con aquel gemido solitario e inescrutable.

Uno a uno se fueron. Primero los jóvenes alegres, incomodados por aquella

escena tristísima, luego las mujeres, ponzoñosas, resabiadas, mirándola de

soslayo mientas se alejaban, más tarde los hombres, incluso los amigos

íntimos del abuelo bantú que no deberían de haberlo hecho, después les

33
siguió Muza, el hermano mayor de Ashira, que tardaría un par de días más

en entender que alguien llorase de esa manera, como si el alma se hubiese

roto y luego se escupiese en lágrimas y por fin la madre, quien tomó a Ashira

de la mano y simplemente la metió al interior de la choza.

Y allí quedó la mujer, llorando y de rodillas, terriblemente huérfana en aquella

noche de luna.

El caso es que Ashira pasó más de dos horas en vela, abrumada por aquella

escena brutal que se repetía una y otra vez en su cabeza como una pesadilla

delirante y en un momento concreto, se arrimó hasta el oído de Muza:

“Tengo que ir”, le dijo.

Y Muza se incorporó muy deprisa y también la agarró de la mano, como

antes había hecho la madre, pero cuando la niña lo miró al fondo de los ojos,

con el gesto digno y consumado, al otro lado de sus pupilas de esmeralda

Muza intuyó la mirada sabia del abuelo. Así que tan sólo se arrebujó entre

las sábanas y fingió como para sí que nunca se había despertado.

Ashira volvió antes del amanecer, caminando liviana y feliz, como siempre, y

agachada en su oído, le explicó cómo había llegado justo a tiempo para que

aquella anciana moribunda, la madre de la mujer ojerosa, pudiera escuchar

de cerca su risa de sirena y soñase, como sueña un bendito, que se iba

muriendo hacia el mar, el mar verde azul que nunca vio, el que divisan las

jirafas increíbles de África.

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Pasaron casi dos días y dos noches hasta que Ashira presentó los primeros

síntomas de la malaria. Al principio confundieron aquel brillo en sus ojos con

el fenómeno singular que los magnetizaba a todos y sólo madre, con aire

desconfiado le puso la mano en la frente y dijo que no era nada. Pero a la

mañana siguiente Ashira ya no se levantó y la madre limpiaba frenética cada

rastro de polvo, cada insecto de la choza y repetía una y otra vez: “Puede

que sólo sea una alergia”, porque la quería tanto, la había protegido tanto,

que no soportaba la posibilidad de que Ashira cayese enferma. De modo que

todos guardaron un silencio compacto y esperaron otro día más. Pero

cuando al amanecer del día siguiente fue obvio que la niña no mejoraría con

los ungüentos que le aplicaba el primo del abuelo el bantú, Muza cogió la

vieja bicicleta de barro, la que utilizaban para desplazamientos

excepcionales, y le dijo a la madre que llegaría a tiempo para recoger las

medicinas del tren que llegaba a la mañana siguiente y que compraría la

medicación necesaria contra la malaria: “No pasa nada por prevenirnos”.

Y la madre se tapó la cara con un paño de color azul cuando Muza pronunció

la palabra malaria y entonces él la arrimó contra su hombro y le dijo que

estuviera tranquila, que se trataría de un resfriado casual, pero que de todas

formas estaría bien tener los medicamentos a mano, por si algún día los

necesitaban. De manera que la madre se recompuso lo mejor que pudo y

sonrió un poco mientras le decía adiós en la distancia.

Muza pedaleó más de dos horas seguidas sin descanso. Pedaleaba en

dirección al sur, hacia donde el abuelo, y hasta que no se hizo de noche y los

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primeros luceros se encendieron sobre el cielo negro del desierto, Muza no

notó los primeros indicios de cansancio. Entonces se detuvo un solo instante,

calculó la hora por la posición de los astros y sacó cuenta de que podría

descansar durante un par de horas.

El caso es que Muza no dormía desde hacía tres días. La primera noche, la

que Ashira se había escapado de la tienda bajo su mirada cómplice, la pasó

desvelado porque se sentía responsable y las dos posteriores, porque

despertaba cada dos horas y mojaba los paños que le luego le colocaba a

Ashira sobre la frente. De manera que antes de que los párpados le cayeran

agotados sobre la luz de los ojos, Muza apenas tuvo tiempo para recordarse

que sólo le sería posible un descanso ligero, dos, tres horas, como mucho y

en el instante posterior, se sumergió en un sueño denso, profundo. Allí

estaba la niña Ashira, navegando en el fondo del océano, con una hermosa

cola de sirena y riéndose a carcajadas, con el pelo rizado y voluminoso

incluso debajo del agua.

Ashira jugaba con otras sirenas más y en un momento dado se giraba, como

si notase la mirada de Muza clavada en su espalda y le sonreía. “Ven”, le

decía la niña Ashira, pero Muza era incapaz de moverse. Los pies no le iban.

De alguna manera estaba clavado en la arena y Ashira aún le decía: “Ven,

Muza, ven, ya verás qué bien te lo pasas”. Y Muza escuchaba su risa,

resonando mil veces por entre las caracolas marinas y entonces, cuando

creía que por fin podría levantar los pies de la arena, Muza notó un breve

golpecito en su espalda, y vio cómo el abuelo bantú, con su enorme máscara

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de cazador y una lanza en la mano, le sonreía con todos los dientes

podridos, como si en el sueño también estuviese muerto, y le aconsejaba:

“Regálale rosas, a una chica regálale siempre rosas”. Después el abuelo

tomó su pipa de madera y comenzó a contar, como cuando aún estaba vivo.

Le habló de la Hacienda de Sir Henrich, de cuando vivía allí y leía toda clase

de libros de botánica, y también de las fiestas con salchichas y cerveza que

se prolongaban hasta altas horas de la madrugada, y de la noche en que la

esposa de Sir Henrich se le había abrazado muy triste y se había despedido

en su oído: “No conocerás a tu nieta, pero llámala Ashira”, y mientras el

abuelo decía el nombre Ashira, su voz se convertía en mil ecos de agua

salada y la niña, con su cola de sirena, miró hacia atrás, hacia ambos, y les

sonrió, como si supiera de lo que estaban hablando. Muza también quiso reír

pero ahora sus labios eran incapaces de moverse y cuando miró de nuevo

hacia Ashira que abría la boca y se reía aún más alegre, vio que todos los

dientes los tenía podridos, como si en realidad estuviese muerta.

Muza despertó cinco horas más tarde, agitado por aquel sueño infeliz, y en

cuanto se dio cuenta de que había dormido mucho más de lo imprescindible,

se incorporó de un salto y calculó que apenas le quedaba tiempo, que por

mucho que pedaleara, sería un milagro que llegase a la estación a tiempo.

Y entonces Muza pensó en Ashira, en la dentadura podrida del sueño y en la

tristeza de su madre. Luego ya no pensó más y decidió intentarlo. Así que

pedaleó a fondo, pedaleó como ningún negro del desierto había pedaleado

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en toda su vida, hasta que a los primeros rayos de sol, descubrió a lo lejos el

tren que llegaba en la distancia, llenando de humo toda la llanura.

Muza pensó optimista que le quedarían unos dos kilómetros cuesta abajo

hasta el pueblo y que si conseguía no echar el freno antes de tiempo, llegaría

antes de que el tren saliese otra vez. Así que comenzó el descenso. Era un

descenso pedregoso y veloz. Muza conducía con los ojos puestos en la

estación, donde dos o tres nativos también esperaban las medicinas y deseó

que alguno se entretuviera lo suficiente, que no encontrara las monedas de

cambio o que se torciera el tobillo al subir al vagón, cuando de pronto la

bicicleta se tambaleó como si una piedra le hubiese golpeado la llanta y el

cuadro se partió en dos.

La de Muza fue una caída limpia y sin fracturas, pero su bicicleta quedó

inservible, de modo que Muza la dejó a un lado y supo que de todas formas

él llegaría a tiempo a la estación, así que hizo lo que mejor sabía hacer en el

mundo: correr. Correr delante de los elefantes, de los dromedarios, de las

jirafas, incluso delante de las balas de los vecinos de Sudáfrica que de vez

en cuando venían por allí y arrasaban el campamento. Y corrió Muza tan

seguro de que al fin llegaría, que por fin alcanzó el andén en el justo

momento en que el jefe de estación pitaba a los pasajeros y una mujer que lo

vio, gritó a tiempo para que el maquinista abortase la operación.

Allí estaba el negro Muza: sudoroso, agotado, con la piernas a punto de

doblársele, pero feliz, como su abuelo. Y cuando Muza ya se adelantaba

hasta el vagón de las medicinas y buscaba en el bolsillo el dinero de su

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madre, notó una mano que le tocaba por detrás y al girarse sobre sí mismo,

Muza se encontró con el rostro bañado de lágrimas de su hermano Abul.

“Ashira murió anoche, un par de horas después de que te fueses tú, te busco

desde entonces”. Y el negro Muza cayó en el andén de la estación y

desparramó todas la monedas que rodaron por el suelo y la mujer que le

vendía las medicinas quedó con la caja en la mano, confusa, y el maquinista

convino arrancar otra vez, mientras el negro Muza seguía allí llorando, de

rodillas, con un dolor que no se parecía a ningún otro, que no se parecía

siquiera a la compasión o al capricho, un dolor que nunca antes había

imaginado que existiera y que no comprendió hasta aquel preciso instante,

cuando en su propio llanto cayó en la cuenta que aquél dolía más que

cualquier otro porque tenía que ver consigo mismo. Con la otra noche,

cuando dejó escapar a Ashira.

La mujer del comisario no escuchó esta parte de la historia hasta que el

negro Muza fue detenido por primera vez después del allanamiento.

Aquella noche salió despeinada y descalza en cuanto el marido le comunicó

la noticia, y caminó sola por las callejuelas del pueblo hasta que por fin llegó

a la comisaría.

Allí estaba el negro Muza, con su mirada brillante y solitaria que se

destacaba otra vez, como aquella primera mañana en que llegó a puerto, y

la mujer se sentó otra vez a su lado, con los ojos muy abiertos, mientras él

gesticulaba con los brazos y hablaba de su país natal.

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“Deberías haberlo visto, Edelia”, me dijo mamá aquella noche, la que

descubrió al negro Muza relatando a la mujer del comisario la historia de la

niña Ashira. La misma noche que luego se me apareció por primera vez

como un rastro de humo a ras de suelo.

Aquella noche quedó plantada delante del espejo de luna mientras me

contaba cómo el negro lo había explicado todo: que no había tenido el valor

de volver al poblado para asumir su parte de culpa y que después de la mala

noticia había caminado sin rumbo un par de días más, sin comida ni bebida

nada hasta que había llegado al puerto, donde había descubierto a unos

mozos que cargaban la despensa de un barco que partiría hacia el Norte y el

negro Muza, quien estaba de veras hambriento y desolado, se había

escondido allí mientras abría una lata de melocotones en conserva. Poco

después, cuando ya no había solución, Muza había escuchado la bocina del

barco, mil pasajeros blancos ocupando toda la cubierta, y media hora

después ya estaba perdido en medio del océano. También le relató cómo

había pasado allí el resto de la travesía. Acurrucado entre latas de conserva

y bacalao en salazón, con la mirada fija en el mar, como si buscase a Ashira.

Mientras me lo relataba mamá paseaba nerviosa, y tan sólo se paró delante

de mi espejo ovalado un breve instante, cuando me explicó que, cuando

hubo terminado su historia, el negro Muza le había dicho a la mujer del

comisario con los ojos muy brillantes: “¡Se parecía tanto a Lara!”.

Después mamá quedó pensativa durante unos segundos, mirando a la

oscuridad de la despensa, como conmovida por la escena, y luego volvió a

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mirarme a mí, y apuntó con el índice hacia el papel de estraza: “Esto tienes

que anotarlo”.

“Mis últimas declaraciones”

El martes pasado - casi tres meses después de aquella primera noche en

que me contó la historia de Ashira delante del espejo de luna- mamá se

apareció con su rastro de humo por última vez. Parecía más crispada que

nunca y se paseaba de un lado a otro de la despensa sin dejar de hablar, sin

dar tregua a mi caligrafía difícil y lenta.

“La he visto. A Aurora. La he visto cómo atravesaba las calles del pueblo y

entraba a oscuras en la comisaría mientras el negro Muza la miraba desde el

otro lado de los barrotes. ¡Con qué odio lo ha mirado!¡Con qué odio nos

miraba a nosotras, ¿no lo recuerdas Edelia?!”, y yo levanté un poco la

cabeza mientras lo recogía por escrito en mi papel de estraza.

Yo trataba de transcribir dato a dato todas las pesquisas de mamá, tomando

nota lo más rápido posible, a pesar de mi retraso mental, pero mamá nunca

parecía darse cuenta de mi condición deficiente. Ni siquiera cuando me subía

en lo alto de la silla, en la casa de los fiordos, y llamaba a Aurora con ese

orgullo en la voz que a mí ya me ponía nerviosa: “Mira cómo canta la niña

Edelia” y yo me quedaba callada, y Aurora nos miraba otra vez con ese

41
desprecio suyo. Con esa forma silenciosa que tenía de insultarnos, no sólo a

mí. Sino a las dos. A mamá y a mí. Después Aurora cogía la puerta y se iba,

mientras apartaba con el pie las focas que venían hasta la casa.

“Aurora ha rebuscado entre los papeles hasta dar con el anexo en que la

mujer del comisario ha redactado la historia de Sir Henrich. Y después que lo

hubo leído, con ese dedo enjuto persiguiendo las líneas, lo ha mirado aún

con más odio al descubrir la relación entre el abuelo de Muza y los

diamantes que ha escondido en el sótano. Entonces ha salido a toda prisa de

la comisaría y ha comprado el cuchillo. A él también lo va a matar”. Y

después de decir aquello mamá se quedó un breve instante en silencio, con

la mano apoyada en los labios, como si hubiera dicho alguna mentira y me

miró otra vez.

Claro que ni siquiera entonces yo comprendí la verdadera historia. Y un

minuto después, mamá se recolocó la toquilla malva alrededor de los

hombros y retomó su historia mientras paseaba de un lado a otro del sótano

y repasaba cada uno de los escenarios, cada uno de los personajes.

“Esto también anótalo”, decía de vez en cuando mientras me relataba cómo

había visto a la mujer del comisario plantándole al gobernador su plato de

calamares con una sonrisa forzada y cómo él la miraba de soslayo y le hacía

preguntas capciosas acerca de su amistad con el negro.

“Deberías haberlo visto, Edelia”, y luego mamá se paraba un momento, como

hacía en los momentos de mayor poesía y me observaba desde el espejo de

42
luna, con su sonrisa lejana, como si aún pudiese adivinar el sonido de las

focas que nos visitaban en los fiordos y entonces ya hablaba de corrido,

arrastrando con su acento nórdico el final de las frases. Y me describía con

la voz quebrada cómo, poco después de haber servido la cena, la mujer del

comisario subía las escaleras afectada de jaqueca y, mientras el gobernador

y los otros hablaban del crecimiento innegable de la inmigración, ella se

desnudaba delante del espejo y se recogía los pechos caídos con la cuenca

de las manos y luego sonreía con un poco de tristeza mientras apoyaba una

rosa roja en su oreja izquierda. Y a mí se me llenaban los ojos de lágrimas

mientras imaginaba tanta belleza, mientras recordaba sobre mi papel de

estraza al negro Muza trepando la balconada, llenando de rosas a Lara, y

mientras pensaba también en los ojos bellísimos de la niña Ashira, tan

hermosos como los de Lara cuando me enseña caligrafía. “La eme con la a

hace ma”.

Y en esos momentos yo me olvidaba de todo, de este sótano inmundo y sin

luz, y se me ocurría que el mundo debe de ser hermoso, como las canciones

en los fiordos. Y era entonces cuando más deseaba estar con mamá, para

ver todo eso. Era en esos momentos de mayor poesía en que ella me

observaba desde el espejo de luna cuando yo convertía la cadencia suave

de sus frases en los deseos horrendos de mi mente atrasada. Garabatos

ilegibles sobre la cuartilla de estraza.

Y fue aquella misma noche, la última que mamá pasó aquí, mientras ella

seguía contándome y yo fingía comprender con esta mente de pensamientos

43
oscuros, sucedió que ella se arrastró hasta mi pupitre, de pronto interesada

en supervisar mi caligrafía, y descubrió la única frase que había escrito en

toda la noche: “Yo también quiero estar muerta”.

Entonces mamá se agachó ante mí con toda la rabia acumulada y recogió

entre sus manos mi rostro redondo, mis enormes ojos abandonados, y me

dijo con la mirada clavada en mi caligrafía insolente: “Aurora fue quien me

mató a mí. Tienes que dejarlo escrito antes de que sea tarde”.

Y antes de desaparecer, como también desaparece el humo de las pipas que

se desliza a ras suelo, mamá golpeó con una ira incalculable el espejo

ovalado donde yo observaba su reflejo. Donde ahora observo este collage

desquiciado y huérfano en que me he convertido.

Y he de confesar que es sólo por eso, porque mamá me lo rogó antes de

irse, que yo estoy haciendo un esfuerzo hercúleo para escribirlo, porque muy

pronto me iré. Cuando lo haya terminado me iré. Desapareceré para siempre

de la oscuridad de este sótano. Me desprenderé de una vez de estos ecos

agónicos que pululan por mi memoria y que me recuerdan a las focas tristes

que nos visitaban en los fiordos, las canciones que yo cantaba encima de la

silla mientas seguía el dedo de mamá mientras dirigía mi concierto. “Ya verás

cuando te escuche Aurora”.

Tal vez. Tal vez lo haga algún día. Pero no estaré aquí para verlo. Así que

hoy terminaré este testimonio de espantos y lo dejaré encima de mi pupitre

para que lo encuentre Lara cuando baje con sus cuadernos.

44
Espero haber terminado para entonces y espero no volver jamás a este

mundo. Espero ni siquiera regresar convertida en el humo discreto de una

pipa cuando la niña Lara abra de par en par sus ojos y descubra la verdad.

Tampoco apareceré para ver cómo la apresan, para ver cómo Aurora grita

con sus ojillos odiosos mientras la llevan a comisaría. No, no quiero volver a

estar viva, ni siquiera cuando ella espere en el calabozo, sentada al lado del

el negro Muza. Ni siquiera entonces volveré para verlo.

Eso sí, en la oscuridad de este sótano, mientras pienso en el negro Muza

llenando de rosas a Lara, la Hacienda del Bueno Suceso, he repasado

varias veces el eco de mi canción. Y por si le cupo alguna duda, por si algún

día pensó que yo no sería capaz de hacerlo, mientras ella espere su

sentencia en el calabozo, aborrecida por la presencia del negro a su lado, el

sonido de mi voz se filtrará por entre esta cortina de sombras y, siguiendo el

dedo de mamá en un concierto póstumo, me acercaré muy despacio hasta

su oído, atravesaré sinuosa la oscuridad de la muerte y le diré con mucho

desprecio: “Escúchalo Aurora, así canta la niña Edelia”

45
“El hombre enamorado,

el suicida,

el que siempre espera,

el desesperado”

46
“Escrito está en mi alma vuestro gesto”

De entre todos los poetas Metáfora prefería a Soneto, no por su condición de

romántico desfasado ni por su aire culto y distinguido, sino porque lo había

perseguido en cada verso hasta enamorarse de él y convertirlo en el objeto

único de su obsesión. Un buen día, mientras observaba disgustada el efecto

grávido de sus pechos, rondaría ella los cincuenta años, Metáfora se

encontró exhausta de soñarlo, le envió una carta breve y sincera

exponiéndole que lo amaba sin reservas y solicitó conocerlo.

Tampoco fue menos directa la respuesta de él, quien la citó en su Florencia

natal y aceptó ese amor inesperado con el mejor de los talantes, sin

prejuicios de edad ni de cordura, así que aquella mañana de mayo, cuando

Metáfora se apeó en el andén de la estación, la ciudad de Florencia se

presentó ante sus ojos como un universo lleno de expectativas. Apuntó

entonces sus senos agotados hacia el Norte de la ciudad, donde él la había

citado, y encaró con paso firme el trayecto que la separaba de su encuentro

con Soneto, en el punto medio del puente Vecchio.

Así vestida, con el traje azul cielo, vaporoso y atrevido, suelta la melena riza

por sobre la espalda angulosa, Metáfora resultaba espectacularmente bella,

como recién salida de un poema medieval y por eso, no por otra cosa, a

quienes se la cruzaban por las calles de adoquines se les ocurría la idea de

que Florencia se había convertido de nuevo en la sede de romances

47
increíbles de los siglos anteriores. Pero Metáfora, del todo ajena a aquellas

sensaciones, tan sólo repetía obstinada para sus adentros:

“Escrito está en mi alma vuestro gesto

y cuanto yo escribir de vos deseo;

vos sola lo escribiste yo lo leo

tan solo, que aun de vos me guardo en esto”.

Al otro lado de la ciudad, Soneto, quien no parecía menos ansioso que ella,

se colocaba con decoro sus rizos, endecasílabos y negros en un tupé

anticuado mientras tarareaba estrofas enteras de corrido. Entre tanto que se

acicalaba como una novia inexperta, retocaba de puro nerviosismo la

decoración de su viejo ático. Un jarrón con flores aquí, las tazas del café allá.

Y es que después de tantos años escribiéndole versos al amor, aquella

mañana de mayo Soneto aparecía por completo alterado con una sensación

nueva e inquietante. Devolvió ahora el jarrón a su alacena inicial y colocó la

taza invertida, sello infalible de pulcritud, que pensó atareado. Se abalanzó

después sobre el teléfono que sonaba y despidió a su editor con un cuarteto

que más bien debiera haber reservado para ella:

“En esto estoy y estaré siempre puesto;

Que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,

De tanto bien lo que no entiendo creo,

tomando ya la fe por presupuesto”.

Metáfora comprobó que todavía faltaban unos minutos para las doce del

mediodía y, a pocas manzanas del Puente, cuando ya se divisaban las

48
casitas diminutas y coloridas que lo atravesaban, sonrió complacida y se

sentó a esperar en una cafetería cercana.

Removía el azúcar dentro de la taza, olfateando el humo sugerente del café

negro, cuando el mismo Indalecio Novela se presentó ante ella con una

sonrisa socarrona, tan prosaica como sólo podía ser la de Indalecio, y se

sentó sin preámbulos en su misma mesa. Metáfora, cansada ya de inventar

excusas para aquel pretendiente obstinado, quien durante años la había

perseguido con el argumento de que ella no estaba hecha para un verso,

bebió el café humeante de un solo trago y con la voz quemada de

indignación, mientras se encaraba de nuevo calle abajo, le zampó

desconsiderada:

“Yo no nací sino para quererle,

Mi alma lo ha cortado a su medida;

Por hábito del alma misma yo le quiero.”

La historia de Indalecio Novela y Metáfora es otra bien distinta. Provista de la

trama realista e intrincada de una prosa respetable se resume en que él,

elocuente como ninguno, la deseó desde siempre, mientras que ella, que

desde niña profesaba por Soneto un amor ciego y exclusivo, lo había

rechazado una y otra vez sin dilaciones, por eso en este día fatídico para él,

Indalecio cometió la grosería de colarse en esta historia, la que tan sólo

pertenecía a ambos, para jugar desesperado su última carta en el amor.

Pero sin ánimo de entretenerme más con el imprevisto, os referiré que

Metáfora lo despachó de nuevo con un palmo de narices y mientras bajaba

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por la calles de Florencia, a punto de alcanzar el puente Vecchio, allá al

fondo el sonido de un viejo acordeón, le vinieron a la memoria las muchas

veces que había soñado con aquel momento. Se visualizó a sí misma, con

un par de trenzas y la cara pecosa recitando los versos endecasílabos,

siempre agrupados en dos cuartetos y dos tercetos del joven Soneto que ya

componía.

Luego vinieron sus años de facultad y se supo con la mirada brillante

mientras repetía las poesías de él y soñaba luego con el día en que ambos

formarían un hogar, Soneto siempre solícito y romántico abriéndole la puerta,

regalándole flores, declamando para ella. Así descubrió por primera vez en

su vida que se había acostumbrado tanto a esa imagen inventada de él que

ésta no era sino su mejor amiga y confidente, había soportado a través de

ella el peso de la soledad y el tedio de la rutina, comprobó que había sido su

confesora y su mejor compañía y así, maravillada, sacó cuenta de cómo a lo

largo de los años todas estas pequeñas sutilezas habían sido el origen su

felicidad intacta.

Mientras Metáfora bajaba lenta y solemne hacia el punto de encuentro,

Soneto, pobre diablo, aún sorteaba los coches y los taxis de la ciudad.

Desencajado, temía llegar tarde a la cita, pero entonces, un minuto antes de

las doce, cuando su vista ya alcanzaba el puente de los Suspiros, se detuvo

en seco, como frenado por un infarto repentino y concibió la revelación

insólita de que toda su vida había sido feliz simplemente soñando quién lo

leería.

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Y en el preciso momento que sonaron las doce del mediodía en el reloj de la

catedral, ese instante mágico que pertenece al Ángelus, cada uno a punto de

tropezar con el otro que ya llegaba por el extremo opuesto del puente,

sufrieron esos dos la misma revelación insólita, la certeza absoluta de que la

felicidad no reside en ningún otro sitio que en el camino mismo que lleva

hasta los sueños imposibles y por eso, también al tiempo, ambos sintieron la

necesidad de volverse hacia atrás y, mientras regresaban sobre sus propios

pasos de ideales e ilusiones, aún con la mirada húmeda por el acierto,

rezaron a un mismo tiempo la letanía antigua y sagrada con que concluía su

soneto favorito :

“Cuanto tengo confieso yo deberos;

Por vos nací, por vos tengo la vida,

Por vos he de morir y por vos muero”.

A lo lejos, la imagen de Indalecio Novela que lo había observado todo,

confuso y frustrado, mesándose la barba con su actitud detectivesca y

pensando en lo estúpido que le había parecido siempre Soneto, me hizo

sonreír divertida, así que yo, que toda la vida he estado más cercana a las

tramas de la prosa que a los misterios insondables del verso, atravesé el

puente a zancadas y, subiendo de prisa la calle de adoquines, me acerqué

hasta él, rodeé con su mano mis caderas atrevidas y en un arrebato de

ternura me acerqué hasta su rostro enjuto de prosa y le dije muy bajito y al

oído:

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“Me alegro tanto de conocerte..., a mí me llaman Paradoja”

52
“Y la podredumbre en el jardín”

A las siete en punto, cuando Gerino ya estaba encaramado a la silla

midiendo la caída de la cuerda, lo llamaron del hospital. La enfermera, con

una voz aséptica y del todo ajena a las circunstancias, le comunicó que todos

los papeles de la niña Edelia estaban en regla pero que había olvidado

adjuntar una carta que justificase su ingreso.

- Antes de las ocho, o la solicitud quedará pospuesta hasta el próximo

semestre- añadió la voz antes de colgarle.

Gerino quedó entonces perplejo por el contratiempo y se preguntó con

estupor si la mala suerte no vendría a birlarle también el suicidio.

El caso es que Gerino atravesó a toda prisa el pasillo, recogió la silla de en

medio de la habitación y se sentó delante del escritorio donde desplegó una

cuartilla limpia, hasta que a las siete y ocho minutos (aún no había

encontrado la primera frase con que justificar la orfandad prematura de la

niña Edelia), oyó su grito furioso al otro lado de las rejas. Esperó entonces un

minuto más de reloj y, cuando el grito resonó de nuevo por toda la casa,

supo Gerino que ya no pararía. Así que recorrió todo el pasillo de vuelta y la

encontró, tal y como había supuesto, mordiéndose los brazos y con la misma

expresión de horror que cuando había descubierto a la madre muerta en el

reflejo que hacía su espejo de luna con el del otro lado del pasillo.

Por un momento Gerino se sintió abrumado por aquel dolor reciente pero, en

un último gesto de voluntad, deshizo las dos vueltas de llave de la habitación

53
enrejada y colocó la mordaza en la boca de su propia hija. Le desinfectó

después los brazos llenos de sangre y aún tardó cinco minutos más en

deshacerse del cuerpo obstinado de ella, que, con la falda levantada, se

frotaba obscena contra el padre.

Eran las siete y diecinueve cuando Gerino se sentó de nuevo en la silla final

y se preguntó cómo sería posible redactar tanta miseria. Se mesó el cabello

encanecido y de pronto, en algún espejo imaginario colgado de su propia

memoria, se proyectaron, una a una, todas las minucias de aquel dolor

inexplicable. El profundo espanto cuando encontró a su segunda esposa

muerta atravesada por el espejo en mitad del salón, los gritos de la niña

Edelia con la cabeza atrapada entre las rejas y el horror en sus ojos

redondos que descubrieron a la madre muerta reflejada en el vil juego de

espejos y el asco en la cara del padre de ella, de la esposa muerta, cuando

descendía el ataúd de pino que él mismo, su padre, había tenido que pagar y

la niña Edelia con los brazos supurando en el día del entierro y el vestido

nuevo barruntando, y el padre de ella mirándolos a ambos, a él y a la nieta

subnormal, con su gesto implacable de asco. Y después la soledad en la

casa, su despido, las canas prematuras, la miseria, la propia locura, el

insomnio y el gemido de la primera esposa muerta que por las noches venía

a cantarle réquiems con una sonrisa endemoniada. El olor repugnante de las

lilas y la podredumbre del jardín.

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Por todo esto y algo más Gerino no encontró una primera frase a la altura,

así que, con la mano temblorosa, comenzó la carta igual que la segunda

esposa le comenzaba a la niña subnormal las canciones de cuna: “Edelia es

una niñita adorable”. Pero después que la releyó, Gerino se reconoció de

veras desquiciado, la tachó varias veces por insulsa y se preguntó con una

frialdad pasajera si no se habría precipitado con el suicidio.

A las siete y veintitrés, cuando Gerino consultó de nuevo el reloj de mano

con que tenía pensado morir, sonó otra vez el teléfono.

-¿Edelia con E de Epitafio?- preguntó la voz aséptica, más ajena que nunca

a sus circunstancias. Y allí, de pie y con el auricular en la mano, Gerino

recordó que debía llamar al padre de ella, de la segunda esposa muerta,

para que después del suicidio se hiciese cargo del traslado de Edelia hasta el

hospital.

“Anda y no me toques los cojones”, le contestó el viejo.

No repuesto del desprecio Gerino calculó que apenas le quedaban diez

minutos para terminar la carta, de manera que volvió a toda prisa a la

habitación y en el camino torció el gesto para no encontrarse con el reflejo de

Edelia en el juego de espejos diseñado por la segunda esposa muerta y lo

torció también cuando pasó delante del salón, donde hacía un par de meses

la había encontrado flotando en su propia sangre. Y vio la soga abandonada

sobre la cama y la primera frase mil veces tachada sobre la cuartilla limpia y

vio en la cuartilla inescrita toda una vida de tormentos y se quiso morir otra

vez. De manera que, por completo fuera de sí, Gerino consultó otra vez más

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el reloj con que tenía pensado morir y concluyó que nunca llegaría con la

carta de ingreso hasta el hospital. Así que, del todo empeñado en matarse,

vertió el tarro de tinta sobre la cuartilla vacía y arrastró la silla hasta el centro

de la habitación.

Pensó por un momento Gerino en dar una última visita a la hija subnormal,

pero no quiso ponerse blando antes de la muerte, así que cogió la soga, la

pasó, no sin claras dificultades, a través de la argolla que había fijado en el

techo y la colocó a la altura de sus hombros. Hizo luego el nudo corredizo

que venía ensayando desde hacía una semana y lo deslizó hacia arriba,

hasta que el lazo de la cuerda dibujó un perímetro poco mayor que el de su

cuello y, mientras el teléfono sonaba de nuevo al otro lado del pasillo, y

desde lo alto de la silla Gerino comprobaba cómo a la niña Edelia se la veía

reflejada en un tercer espejo que la segunda esposa muerta habría colocado

allí antes de morir, el fantasma de su primera esposa muerta se le apareció

sentado al borde de la cama, sonriente y en silencio. Así que, convencido

como nunca de desear su muerte, Gerino se aupó solemne en las puntas de

los pies, se inclinó hacia delante y comprobó con horror que la soga con que

tenía pensado morir no le alcanzaba hasta el cuello.

El fantasma de la primera esposa estalló entonces en unas carcajadas

histriónicas y se trepó luego, con una rabia muy calculada, por todo el cuerpo

con vida de Gerino para desafinarle, ponzoñoso y satisfecho, un réquiem

irónico al oído.

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EL VIAJE DE ALFARO

Aquella mañana amaneció nublada y triste, como las pesadillas. Sin embargo

Alfaro, quien a pesar de todo tenía un humor envidiable, se despertó alegre tres

horas antes de lo previsto y se acercó al alféizar de la ventana para ver aquel sol

mortecino trepar entre los cerezos, rebasar luego la estación del tren, a sólo veinte

metros de su ventana, y colocarse en el centro de la habitación, iluminando a

medias el retrato en sepia de su madre. Sólo entonces se le torció la sonrisa y

pensó que ella nunca lo habría consentido.

Pero si no hubiera sido por Aquilina, su esposa, quien lo esperaba sentada junto a

la lumbre con el dedo índice en alto para apostillarle: “tu madre nunca lo habría

consentido”, tal vez Alfaro no habría vuelto a pensar de ello. En la mañana nublada

y triste y en el retrato sepia de la madre destacándose en la penumbra.

Por eso Alfaro entró desairado en la cocina, se sentó de espaldas a la esposa

mirando por la ventana cómo llegaban los pasajeros del tren de Irún y pensó que

en realidad era como si no se hubiera muerto. La madre, por supuesto. La que

también le señalaba con su dedo lleno de verrugas desde el otro lado de la lumbre

y que, al final, cuando estaba ciega y pasaba el día describiendo a gritos los

engendros pavorosos que le desfilaban por la cabeza, a menudo adivinaba la

presencia de él por el olor que desde siempre había desprendido a mar y después

levantaba su dedo índice para apuntar a ninguna parte.

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“No sé como puedes tener ese olor tan remoto”, solía decirle ya desde niño. “Será

para recordarme a tu padre”, y también entonces lo miraba con reproche, mientras

lanzaba un racimo de cerezas sobre el cesto. Y el niño Alfaro agachaba la cabeza e

imaginaba a ese padre que nunca regresaría despidiéndose del vientre preñado de

la madre en la estación de Irún, cuando al pueblo todavía no había llegado el tren,

prometiéndole que volvería rico y luego, zarpando desde el puerto de Bilbao, para

hacer las Américas. Atravesando el mar.

Por eso en las noches de verano, mientras jugaban al escondite con el resto de los

niños del pueblo, Alfaro y Jeremías se escondían entre los zarzales, al otro lado del

riachuelo, y se imaginaban navegando en la vieja proa de un barco imaginario

sobre lo alto del valle. Entonces Alfaro señalaba más allá de los cerezos, donde a

Jeremías nunca se le había ocurrido que existiese el mundo, y le decía con aire

experto: “Más allá, está el mar”.

Y a Alfaro le brillaban los ojos azules y ambos sabían que algún día él también

cogería un tren, y luego un barco, y luego se iría lejos, muy lejos, más allá de los

cerezos, hasta donde estuviese el mar.

Por eso aquella tarde, tendría Alfaro unos diez años, cuando el ingeniero de

caminos se presentó en la pequeña finca con su patrón de galgas y les explicó

sobre el mapa cómo la vía del tren partiría su casa por la mitad, Alfaro confirmó su

certeza de que algún día, no muy lejano, cogería aquel tren y abandonaría para

siempre el valle de los cerezos.

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Sin embargo a Águeda, su madre, le salieron pústulas en la boca de tanto maldecir,

y luego se enfrentó con el resto de pueblo - que se había congregado en la plaza

para celebrar la llegada del tren - y los volvió a maldecir en público y algunas

mujeres se rieron de ella a media voz y se dieron codazos en la esquina de la

plaza. Más tarde Águeda también se negó a que los técnicos civiles se encargasen

de la reconstrucción gratuita de su casa en el pedazo de terreno que les fue cedido

a unos veinte metros de la estación. Así que, mientras el resto se preparaba para el

progreso y concursaba por los puestos más suculentos: yo, jefe de estación, yo,

guardagujas, tú, guardesa; Alfaro y su madre trabajaban hasta la noche, marcando

con tiza cada una de las piedras de la vieja casa, y se levantaban en la madrugada

para colocarlas de nuevo en el sitio adecuado, a veinte metros contados de la

estación. Por eso tal vez, y porque ya no se le volvió a ver jugando al escondite en

las noches de verano, Alfaro se ganó las caricias cómplices de las madres de otros

que le dejaron para siempre el talante afable y la sonrisa agradecida, con dos

hoyuelos en las mejillas.

Los mismos hoyuelos que todavía conservaba ahora, a punto como estaba de

cumplir los sesenta, y que Aquilina había sorprendido aquella misma mañana

mientras Alfaro extraía del cajón de la mesa el pasaje de tren con la nota de

Jeremías: “Espero que no faltes a la boda de mi hija”.

Había recibido el billete a vuelta de correo hacía más de un mes y, en cuanto había

leído la nota, Alfaro había salido corriendo hasta la casa de la vecina- quien en

casos de mayor importancia les prestaba el teléfono- y la voz cálida de Jeremías lo

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había recibido tan optimista como siempre: “No te asustes viejo, yo te espero en la

estación”. Y a Alfaro se le habían llenado los ojos de lágrimas cuando sacó cuenta,

ahora que ya nunca soñaba con ello, que por fin vería el mar.

Aquella mañana Aquilina salió excepcionalmente de casa para acompañarlo hasta

la estación. Iba vestida de luto, con el mismo traje negro y los zapatos de cuña alta

con que hacía tres meses había acudido al funeral de Águeda, y mientras rezaba

en voz baja sus oraciones de media mañana, de vez en cuando también repasaba

en alto la ropa que le había metido en la maleta. “Los calcetines de rombos no lo

pongas para la boda”, su voz se le elevó estentórea en el cuarto misterio e hizo

saltar de un respingo a Alfaro, quien esperaba a su lado sentado en el mismo

banco de la estación donde desde niño los despedía a todos. Los primeros el

ingeniero de caminos y su equipo de técnicos civiles, quienes además de construir

la estación distribuyeron los puestos de trabajo y les repartieron unas instrucciones

básicas. “El café se vende a dos pesos. Los vagones de primera clase son los que

llevan en su placa la letra A y el libro de telefonemas ha de estar siempre al día,

dispuesto para ser revisado por el inspector”. Y el resto del pueblo también levantó

la mano cuando el equipo se despidió de ellos para siempre y allí quedó Águeda,

sola, transportando las últimas piedras a veinte metros de la estación.

Pero a medida que transcurrieron los años sólo Alfaro siguió yendo a la estación

para despedirlos a todos. Corriendo con la mano en alto hasta que el andén se

precipitaba de pronto en una mar de piedras de balasto. A todos los amigos, que se

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marcharon poco a poco. Sobre todo Jeremías, quien se fue el primero para estudiar

Filología en Bilbao. Y muchos años más tarde Alfaro seguiría acudiendo a la

estación del tren para recibirlos de vuelta. Casi siempre más gordos, más listos,

más evidentes en sus trajes de domingo, con esa manera angulosa de caminar.

Más extraños, pensaba Alfaro, quien seguía viviendo con su madre en la casita de

piedra a veinte metros de la estación y que caminaba a trancos cuando los

ayudaba a llevar a la maleta a casa. Sin embargo, con el tiempo, aquellas visitas

también se irían distanciando y sólo algunos se acercaban hasta el pueblo en el día

del patrón.

Nunca hubo aquella dejadez en Jeremías, quien volvía principalmente en

primavera, para ver florecer los almendros, y que, ya desde la primera curva del

risco, asomaba su mata de pelo rizo por la ventanilla y saludaba a Alfaro

blandiendo en la mano algún libro de poemas.

Jeremías se había alistado en las juventudes socialistas poco después de llegar a

Bilbao y, cuando todavía estaba en la facultad de Filología, escribía octavillas

revolucionarias que luego le leía a Alfaro con su cadencia exaltada de poeta

anónimo y que el otro no siempre entendía, pero permanecía igual de atento para

ver cómo a su amigo se le hinchaba la vena del cuello cuando decía la palabra

“libertad”.

Sin embargo, Jeremías escribía sus poemas más hermosos en el pueblo, cuando

se estiraba debajo de los almendros y contemplaba todo el valle como si estuviera

navegando en la proa de un barco imaginario, en un mar de cerezos. Y una tarde

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de aquellas, Jeremías quedó con la mirada fija en el infinito, agarró con decisión la

libreta y zampó de golpe todo el poema: “Alfaro y el mar”.

Sería aquél el primero de un poemario ilustre que fue elogiado desde el principio y

que proyectó sobre Jeremías un esplendor modesto que le permitió darse a

conocer en un círculo escogido y que varios meses después, ahora que ya había

perdido toda esperanza, lo impulsó en una pirueta inesperada hasta el mundo de la

editorial.

Por aquel entonces Jeremías tenía treinta y seis años y Alfaro recién cumplía

cuarenta. Y, mientras el primero mal que bien vivía en la ciudad acomodado como

profesor de literatura en un colegio de pago, el segundo todavía no había tenido

oportunidad de salir del pueblo.

- Ya ve lo que son las cosas- y, mientras se lo relataba a su editor, a Jeremías se le

hinchó la vena del cuello, como si estuviese diciendo la palabra libertad. Por eso el

otro, un tipo orondo y generoso, escuchó aquella coincidencia triste con una

innegable visión comercial y le propuso traer a Alfaro como invitado de honor para

la presentación de su libro. “Todo iría a cargo de la editorial, por supuesto. Y

además, podríamos incluir su fotografía en los titulares”. Y Jeremías pegó un salto

feliz y le plantó un beso en la calva antes de salir corriendo a correos.

En aquella primera nota, Alfaro encontró un suculento cheque al portador y una

carta que acababa con el mismo sonido poético con que Jeremías leía versos bajo

los almendros: “Esta vez verás el mar”.

Con el dinero del cheque Alfaro adquirió una maleta, un traje negro, un par de

zapatos y un marco de plata en el que colocó el retrato sepia de la madre, con la

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expresión soberbia de siempre y que se lo entregó luego, el día antes de irse,

envuelto en papel de regalo. Pero ella, quien conservaba intacto su odio visceral al

tren, lo dejó a un lado y murmuró por lo bajo: “Igualito a tu padre”.

Por aquel entonces Águeda todavía era una mujer esbelta, con una osamenta

enorme que parecía mantenerla por encima de todos los demás, y los ojos azules,

como los de Alfaro. Pero, mientras los de él miraban directos al frente, confiados y

amables, los de ella a menudo permanecían torvos y miraban de refilón mientras

recogía cerezas, para espiar si algún vecino le sisaba la fruta. Por eso a Alfaro

tampoco le sorprendió que aquella mañana en que él iba a coger el tren para acudir

a la presentación del libro, Águeda se levantase con la mirada más torva que nunca

y saliera hacia las fincas del valle sin tan siquiera despedirlo.

Aquella misma mañana de hacía veinte años también había amanecido nublada y

triste, como las pesadillas. Y hacia de las doce del mediodía, mientras Alfaro

esperaba impaciente en el banco del andén, un viento del sur se levantó de la nada

para sacudir todo el valle con ráfagas de más de cien kilómetros por hora. Así que

Águeda se colocó la cesta en la cadera y volvió a casa con las pocas cerezas que

había recogido.

Águeda caminaba ligera, maldiciendo aquel mal verano que no había traído

cosecha, y con los ojos medio cerrados para evitar el polvo que le venía sobre la

cara y para no ver el tren que llegaba, con su bocanada de humo imponente. Y sólo

ella llegó a saber que por eso mismo no descubrió la teja que ya se asomaba por

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el alero de la casa del alcalde, y que se tambaleaba a su paso hacia la vertiente del

tejado y que cedía por su propio peso para caerle a ella en todo el ceño fruncido,

en mitad de la cara.

Todo lo demás se sucedió con suma naturalidad. Como si en realidad fuesen las

secuencias de un plan perfectamente diseñado: los gritos de Águeda llamando la

atención de tres o cuatro que se apuraron en llegar a tiempo a la estación del tren y

que avisaron al jefe de máquinas, un viejo conocido que había saludado a Alfaro al

subir a su vagón, quien en una maniobra excepcional echó el freno del tren que ya

arrancaba.

De vuelta en andén vacío, Alfaro pensó con pesadumbre que ya aquella mañana

había amanecido extraña y gris, como las pesadillas.

Aquilina se había presentado en la casa un par de semanas más tarde,

recomendada por el doctor quien, revisando con el oftalmoscopio las pupilas rotas

de Águeda, auguró que perdería la vista paulatinamente hasta quedar ciega del

todo.

- Será mejor traer a alguien para que le haga las curas y le cambie los apósitos de

los ojos- le adelantó.

Y allí apareció Aquilina, recién bajada del páramo donde se había titulado por

correo como auxiliar de enfermería mientras que cuidaba de su abuela enferma.

Llegó a la casa una mañana de otoño. Con la bata de blanca, las bambas de goma

y aquella expresión asustadiza y cohibida que le hacía parecer invisible. Aquel

primer día extendió un catre portátil al lado de la lumbre y, para cuando Alfaro se

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quiso dar cuenta, Aquilina se había instalado del todo y Águeda despertaba con

pesadillas en mitad de la noche, imaginando a todas las vecinas dándose codazos

ante aquella situación depravada. Criticándola. Murmurando cómo ella permitía que

aquellos dos viviesen juntos sin que ella pudiese ver nada. Y no paró hasta que se

casaron. Y luego también insistió en que la foto de la boda permaneciese expuesta

en el centro de la habitación principal al lado del retrato sepia de ella. Aquilina

vestida con un traje de color rosa palo que le había prestado su prima y Alfaro con

el traje negro que no había tenido oportunidad de estrenar. Sólo Águeda aparecía

sonriente, en centro de la imagen, una mano sobre el hombro de Alfaro, otra sobre

el de Aquilina y los ojos azules dispersos, mirando a ninguna parte.

Fue así como Alfaro tuvo esposa. Y, aunque en un principio se sintió más imbécil

que nunca con el traje nuevo de camino al iglesia, con el tiempo acabó

acomodándose a la presencia suave de Aquilina. Y algunas veces, cuando su

madre la aterraba con sus alucinaciones pavorosas y le describía a gritos aquel

tren enorme que se tragaba a los hombres, Alfaro sentía hacia aquella criatura

insomne una ternura de hermano.

“Parece que fuese más hija ella que Alfaro”, comentaron las mujeres el día del

funeral cuando Aquilina se presentó en la iglesia rota por el llanto, con el traje negro

(el primero que se había comprado en su vida) y los zapatos de cuña (también los

primeros, porque ella sólo caminaba con bambas) y en el sopor de la homilía las

mujeres también inventaron algunas historias horrendas que luego dijeron que en

las noches de insomnio Águeda relataba a Aquilina.

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Por eso aquella mañana en que Aquilina lo había acompañado hasta la estación,

mientras ella se acercaba a las escaleras del vagón para ayudarle a que aupase la

maleta, Alfaro descubrió las manos menudas de ella temblando del miedo,

horrorizada por las historias que su madre le había contado acerca del tren .De

manera que, en un arrebato de compasión, Alfaro consultó el reloj y le tendió la

mano con su sonrisa de siempre:

- Ven, ya verás cómo te gusta.

Y así fue como Aquilina aprovechó los últimos diez minutos antes de la partida de

Alfaro para subir por primera vez en un tren.

Con la ayuda del jefe de estación acomodaron la maleta en lo alto y luego él mismo

les fue ilustrando con los últimos adelantos:

- Aquí está el mando para abatir el asiento. Aquí el posavasos, el cenicero- y, en un

gesto singular antes de salir aprisa hacia los vagones restantes, el jefe de la

estación sacó el folleto y se lo extendió muy satisfecho:

-Es por el quincuagésimo aniversario de la estación- añadió.

Era uno de esos trípticos a todo color, con fotografías de toda una época y letras

góticas, en el que se recogían imágenes de los cincuenta años desde la llegada del

tren al pueblo y que Alfaro fue revisando con la mirada brillante de niño.

Allí estaba la primera cantina, con sus cuatro chucherías y el café retinto, allí el

viejo telégrafo, el primer jefe de estación, el pueblo antes de la llegada del tren y la

fiesta en la plaza cuando se recibió la noticia.

Alfaro las fue pasando una a una, con las manos temblando por la emoción, bajo la

mirada atenta de Aquilina. Y en la última página, justo después de la imagen del

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ingeniero de caminos, Alfaro se tropezó con aquella foto de grupo: todo el pueblo

con la mano en alto, despidiéndose del equipo de técnicos el día de la inauguración

y allá a los lejos, corriendo por el andén hacia un mar de balasto, un niño, los ojos

azulísimos, los pantalones cortos, los mismos hoyuelos al sonreír.

Era Alfaro. El niño Alfaro que nunca había visto el mar.

Y a Aquilina también se le llenaron los ojos de lágrimas, y se sintió terriblemente

arrepentida de haberlo esperado aquella mañana junto a la lumbre para agobiarlo

con el recuerdo de Águeda. Y en aquel preciso instante, justo cuando ella se sentía

tan turbada por la culpa que ya consideraba el pedirle perdón, el silbato anunció la

partida inminente y Aquilina no encontró tiempo más que para recomponerse un

poco de la emoción y recordarle que los calcetines de rombos no los pusiera en la

boda. Entonces Alfaro la miró como impaciente y ella comprendió que se tenía que

ir. Así que Aquilina, quien a pesar de todo aún seguía de veras conmovida por la

fotografía, caminó indecisa hasta la puerta del vagón. Caminó con pasos cortos y

torpes, por los zapatos de cuña que no se acostumbraba a utilizar. Y ya a lo último,

giró la cabeza para al menos dedicarle una sonrisa. Pero en aquel mismo

momento, la locomotora comenzó con el traqueteo y Aquilina se encontró

calculando a toda prisa el salto necesario para aterrizar en la vía.

El caso es que Aquilina no estaba acostumbrada a los zapatos de cuña, de manera

que, cuando cogió impulso, la maniobra se le torció en el aire y, en un traspiés

inevitable, cayó de bruces en el suelo del andén describiendo una pirueta que,

deformada luego en boca de todos, pasó a ser relatada como un salto mortal que le

golpeó en la nuca y le partió en dos la médula.

68
Todo lo demás se sucedió con suma naturalidad. Como si fuesen las secuencias de

un plan perfectamente diseñado: el rostro horrorizado de Aquilina unido a un

cuerpo que jamás movería, el jefe se estación que corrió al verla como alma que

lleva el diablo y que llegó a tiempo para avisar al jefe de máquinas, hijo de un viejo

amigo de Alfaro, quien, en una maniobra excepcional, consiguió echar el freno de la

locomotora.

De vuelta por segunda vez en el andén, Alfaro se acordó de aquella mañana,

nublada y triste, como la de una pesadilla y del retrato en sepia de la madre

mirándolo con rencor. Y en aquel mismo momento, fruto tal vez de un estado de

locura pasajera o porque a pesar de todo tenía un humor envidiable, el viejo Alfaro

sintió un vértigo horrendo subiéndole por todo el cuerpo y se planteó muy en serio

si no dar la media vuelta, reírse en la cara de su mala suerte y montarse a ver si es

que existe el mar.

69
“El regreso de Marilina”

Cuando ella salió del televisor y se sentó a mi lado, me dio la impresión de

que estaba más delgada que nunca. Desde luego no se lo comenté a ella.

No venía al caso dadas las circunstancias. Por eso oprimí el botón del

mando a distancia con la mayor displicencia y paseé por todo el dial, para

encontrarme, como siempre sucedía, con la misma imagen repetida: el plató

vacío y la mesa de ella todavía en cámara. Tampoco entonces me alarmé en

absoluto. Así que me recosté con fastidio en el sofá y me dispuse a abordar

otra noche sin ella.

Sin embargo aquella noche, mientras recorría el dial de arriba a abajo y

esperaba paciente a que la paranoia cediese hasta el límite de lo

“probablemente normal” (como lo había definido Fita, mi psiquiatra), me

llamó la atención su inesperada calidez a mi lado. Entonces ella se inclinó

hacia delante e introdujo su mano en el cuenco de cacahuetes. Después,

mientras masticaba con la mirada aún fija el monitor, masculló como

ausente: “Que se jodan”. Y esto sí que me dejó helado. No porque ella jamás

hubiese pronunciado palabra en las anteriores ocasiones, sino porque

aquella expresión no me pareció en absoluto propia de Marilina.

Sin embargo yo reaccioné con serenidad. Sabía que una vez superadas las

primeras semanas de crisis la paranoia regresaría en versiones más

sofisticadas. Me lo había advertido Fita. Por eso respiré hondo. Dos, tres,

cuatro veces e hice un esfuerzo sobrehumano por no mirarle a la cara.

70
Recordaba perfectamente cómo iba vestida, acababa de verla en los

informativos con el traje pantalón de cachemira y los pendientes de plata que

yo le había regalado en nuestro décimo aniversario. Por eso se me hizo aún

más complicado no mirarle a los ojos, porque me sentía casi obligado a

preguntarle cómo tenía el atrevimiento de lucirlos, ahora que al fin me había

dejado. Me pareció una ruindad por su parte. Pero ni siquiera así cedí al

deseo brutal de hacerlo y a pesar del sudor frío que ya me recorría la

espalda conseguí concentrarme en la imagen del Fita, voluntariosa y tenaz,

mientras repetía con determinación: “Recuerda, no debes mirarla. En caso

de que fuese real, tendría que mirarte ella a ti, ¿no es cierto, Rolando? “.

Cierto. Por supuesto que era cierto. Es más, era un asunto meridiano. Por

tanto si Marilina había decidido que lo nuestro aún no había terminado y

volvía arrepentida, tendría ella que hablar conmigo. Tanto más. Debería,

Marilina, presentarme sus disculpas.

Las veces anteriores la paranoia había durado de cinco a diez minutos.

Dependiendo de la dosis de ansiolítico que yo hubiese ingerido durante la

cena. Pero siempre había sido cuestión de esperar. Luego la imagen se

restablecía y Marilina aparecía de nuevo, perfectamente maquillada y más

delgada que nunca en la mesa de informativos. Entonces movía sus labios al

ritmo de la actualidad y se despedía hasta mañana, a la misma hora, con esa

sonrisa dulce del día en que la conocí.

Sin embargo aquella noche tuve la impresión de que Marilina demoraba en

irse. De manera que comencé de nuevo las respiraciones. “Dos, tres, cuatro,

71
con calma Rolando. Así, desde el diafragma, y luego imagina cómo una luz

azul se te presenta en el cerebro. Marilina ya no está, ¿no es cierto,

Rolando? “.

A Fita le gustaba combinar la medicación con sesiones de psicoanálisis y

prácticas regresivas. La psiquiatría de vanguardia, que me había anunciado

el primer día de consulta. Sin embargo y a pesar del esfuerzo, todavía sentía

a Marilina allí, masticando cacahuetes. Y luego, cuando miré el cuenco,

descubrí alarmado que casi lo había vaciado.

Aquella vez me había excedido, ni siquiera había sido consciente de aquel

acceso de ansiedad y después, más alarmado que nunca, todo me pareció

absolutamente real. Su calidez de chocolate y su bochorno. Su ineludible

humillación a mi lado. Y luego aquella sed insoportable que me quemaba en

la garganta. “Accesos inconscientes de ansiedad”, como si la estuviese

oyendo. Pero Fita había sido tajante en este aspecto. “Tú como si nada, pase

lo que pase, miras el televisor y te mantienes al margen de cualquier

producto de tu imaginación, con calma y respirando muy profundo, así hasta

que la paranoia acabe. La cosa mejorará en un par de meses. No te

preocupes. Rolando”, repetía.

Sin embargo y puesto que me había comido el cuenco entero de cacahuetes,

no era de extrañar aquella sed, que me estaba matando. De manera que me

planteé ir hasta la cocina, beber uno o dos vasos y volver al sofá. Todo esto

sin mirarla, por supuesto.

72
De manera que respiré hondo un par de veces más. Me levanté con el cuello

enhiesto hacia la cocina y una vez allí me conduje directo hasta la alacena y,

ya fuera del ángulo del salón, relajé un tanto las cervicales, bebí y volví sin

mirar ni una vez a donde estaba Marilina, más delgada que nunca y

hermosísima con aquel traje pantalón de cachemira. Entonces tuve la

impresión de que, en tanto yo me sentaba, Marilina se apretaba levemente

contra mí, de una manera tan delicada e imperceptible que se le podría decir

“probablemente normal”. Pero no me pareció motivo de alarma. Porque si

Marilina estaba en verdad contrita, si estaba de veras arrepentida por su

abandono, debería dirigirse ella a mí primero. Fita me lo había repetido hasta

el infinito. “¿No es cierto, Rolando?”. Su cadena de oro se balanceaba frente

a mi nariz.

Claro que, aunque Fita no lo pudiese tolerar, Marilina siempre había sido así

de orgullosa. Y por esto, seis meses de terapia más tarde y puesto que ella

se había prestado tan milagrosamente a traspasar el televisor, yo comencé a

dudar en serio si Marilina no necesitaría mi ayuda. Estaba claro que ella, con

su calor insoportable y su voracidad de frutos secos me lo pedía a gritos. Y

pienso que si no fuera porque en el último momento la imagen del televisor

volvió a animarse casi doy al traste con los seis meses de terapia. Una

verdadera fortuna, así son los psiquiatras de vanguardia.

Claro que esta vez la imagen restituida no fue la de la propia Marilina dando

las noticias, como era lo habitual. Por eso y para mi mayor confusión, la

percepción de lo “probablemente normal” se me hizo tan absurda como

73
aquella tarde de enero en que Marilina me comunicó su abandono. Porque

de pronto y juraría que esto es verdad, una mujer, una cincuentona caoba de

bote, saltó al plató vacío con pantalones elásticos y comenzó a gritar por el

espacio de informativos:” ¿Dónde coño se metió Marilina?”.

El sudor frío que me recorría la espalda se me agolpó de pronto en la nuca y

me creí morir cuando la mujer de elásticos estampados y acento argentino

acercó su rostro hasta ocupar toda la pantalla de mi televisor y gritó

alborotada: “No lo puedo creer Marilina,¿volviste donde tu marido?. Después

me miró como quien examina a una pulga y sentenció: “Por fin acabaste más

loca que él”.

Y entonces yo, arruinado de terapias y no sé si más trastornado que nunca,

sentí un escalofrío que me recorría los seis meses de espalda relajada,

cuando Marilina acercó su olor de bombones hasta mi solapa húmeda, me

besó con su delgadez en los labios y luego masculló muy bajito y en mi oído:

“ Que se jodan”

74
“La niña barquera,

la que fue olvidada,

la que se jugó sola,

la que camina descalza”

75
“Porque le contaré a usted, ahora y en confianza”

El caso es que cuando Martina se acercó hasta mí y me saludó alegre, como

inspirada por la confianza de los años, yo me froté los ojos con espanto y

después, al comprobar que ella aún seguía allí, casi me muero del infarto. La

verdad es que el tío Emilio siempre dice que soy una fantasiosa, por eso yo

la ignoré durante tanto tiempo. Pero aquella noche, cuando ya me volvía a

casa y Martina descendió con una elegancia increíble hasta la altura de mi

cara no pude obviarlo por más tiempo.

El mío es un oficio sencillo, de ésos sin pena ni gloria. Voy todos los días al

embarcadero y antes de que amanezca desamarro la barquita con cuidado.

Luego le quito el frío de la noche, engraso los remos y me siento a esperar

que aparezca algún cliente. No tengo clientela fija, pero eso me es

indiferente, porque siempre hay quien tenga que cruzar el río y todos me

llaman la niña barquera. A veces es Adolfito quien aparece más temprano.

Me divierte verlo llegar con su smoking y su corbata y, cuando llegamos a la

otra orilla tengo que darle un golpe suave para que se baje. Entonces él me

mira como con susto, me paga y se va. Nunca deja propina. Por supuesto no

es así toda la clientela. Hay muchas personas que me dan conversación pero

yo nunca, jamás, entro en confianza con un cliente. Para mí el trabajo es lo

primero, porque yo, aunque usted no lo sepa, soy una persona seria. Por eso

siempre que pasábamos cerca de Martina y en la mitad del río alguno de mis

76
clientes la sorprendía sonriente allá arriba, suspendida en el cielo, yo seguía

con lo mío, como si no pasase nada.

La mayoría fingían que no estaba allí, o a lo mejor ni siquiera llegaban a

verla, abstraídos con sus ocupaciones, pero la verdad es que por una cosa u

otra nadie mencionó el tema. Sólo un día, hará un par de semanas, después

de descubrir a Martina describiendo piruetas en el cielo, Joaquín, el marido

de la Cele, exclamó para sí con mucho disgusto:

“¡Carajo!. Tengo que dejar la bebida”.

Luego miró a la botella, se fijó de nuevo en Martina y por último me miró a

mí. Claro que yo esquivé su mirada, en parte por desaire, y seguí remando a

duras penas, con las rodillas casi en las orejas. Al fin lo aparqué en la otra

orilla y me quedé para verlo tambalearse mientras que se alejaba por el

camino y repetía una y otra vez que aquel mismo día dejaba la bebida. Y

fíjese bien lo que le digo, ahora y en confianza, que yo nunca traiciono a un

cliente, pero es que Joaquín, el marido de la Cele, bebe. Y por eso a mí ya

me escamó la visita del cura, porque la Cele, todos lo saben y se lo digo

porque tampoco hay que callárselo todo, la Cele es una monjita, una monjita

pero de las peores. Si ya me la imagino yo, de rodillas, muy modosa, a pie de

confesionario, sisándoselo todo: “Y mire usted don Eusebio, que esa

barquera está loca. Que a mi marido, a mi pobre Joaquinito, casi lo mata del

susto. Fíjese que después de tantos años borracho perdido se ha empeñado

en dejar de beber. Vaya usted a ver qué pasa, que eso tiene que ser

pecado”.

77
Y a mí nadie me saca de la cabeza, por mucho que lo niegue tío Emilio, que

don Eusebio se presentó en la orilla, mirándome tan fijo que por poco me

asfixio, porque fue la Cele quien le metió en la cabeza esas pamplinas. Bien

mirado y se lo digo a usted, ahora y en confianza, casi hasta me da pena su

Joaquinito, porque casado con un bicho de esa categoría, figúrese usted. Y

si no, ¿a qué vino don Eusebio, con ese gesto desconfiado a que lo pasase a

la otra orilla? Como con mucha indiferencia acomodó su sotana gigante en la

barca, mirándome de reojo y luego se puso a ojear una revista de

motocicletas, aunque yo sé y nadie me lo quita de la cabeza, que por encima

de sus lentes bifocales, no me quitaba ojo. Luego llegamos hasta la mitad del

río y allí estaba Martina, que la veía yo más sonriente que de costumbre, y

entonces don Eusebio miró hacia arriba y se quedó como paralizado, con la

vista fija en el cielo durante todo el tiempo que me llevó acabar el trayecto.

Luego se persignó por lo menos tres veces y me dijo muy en serio que

vendría al día siguiente, para bendecir mi barca, que me saldría bastante

barato y que me iba a merecer la pena, no fuese a ser el demonio. Pero yo,

que a pesar de lo que diga tío Emilio, a mi modo creo en Dios, me eché a reír

a carcajada limpia y de tanto que me dio la risa, en una de éstas, casi hago

que volquemos los dos en mi barquita. Don Eusebio, con el susto de verse

con la sotana ensopada, saltó escandalizado hasta la otra orilla y a voz en

cuello me gritó muy con muchos humos que yo tenía a Satanás dentro y que

las iba a pagar todas juntas y en las pailas infierno. Y entonces yo, que

reconozco que a veces tengo el genio de un león, le contesté que si algún

78
día me aparcaba en el infierno, sería para saludarlo a él. Entonces Don

Eusebio se ajustó los oculares en su rostro sudoroso y me miró con un odio

tan terrible que no se lo puedo explicar. Así que yo, me di la vuelta, muy

ufana de haberle cortado el aire con mi elocuencia y volví a remar hasta la

otra esquina del río. Fue entonces, justo en ese momento, cuando todo

sucedió.

Porque a mí no me daba susto ver a Martina allá en lo alto. Al fin y al cabo

me había acostumbrado a su sonrisa de vaca feliz. Pero cuando de pronto

comenzó a descender con esa gracia vacuna metros y metros hasta

quedarse levitando a la altura de mi nariz, lo que le vengo a decir: casi me

muero del susto. Yo, tan quieta me quedé por la impresión y ella tan

complacida con su vaporosidad, que permanecimos mucho tiempo así, la

una frente a la otra, y si le digo la verdad creo Martina fue para mí lo más

agradable que he visto desde que me profesionalicé como barquera: sus

orejas negras caídas hacia delante, su cuerpo ancho, casi redondo,

manchado con si le hubiese caído por encima un bote de pintura negra; el

fleco de su rabo moviéndose en la oscuridad de la noche y sobre todo su

sonrisa. De Martina recuerdo más que nada sus dientes enormes y amarillos

sonriéndome con un vaho alegre a hierba fresca. ¿Sabe? Me han dicho que

las vacas apenas ven, por eso me explico que, cuando se acercó hasta mí,

Martina casi me atropella, pero en el momento en que nos detuvimos la una

frente a la otra, y más que nada por su sonrisa, supe Martina era una vaca

diferente, bueno, por supuesto, porque ella era una vaca volante, pero

79
además de eso Martina era de la clase de vacas con las que uno puede

contar. Y le diré que fue ella, que a mí jamás se me habría ocurrido, quien

enroscó la cuerda de mi barquita todo alrededor de sus pezuñas y luego le

ayudé yo, porque aunque Martina era una vaca flexible no llegaba para

atarse el nudo marinero en las patas. Y luego nos empezamos a elevar. Al

principio, según cogíamos altura, era un cosquilleo que me subía por la

barriga y me daba la misma náusea alegre de los días de verbena. Esa

emoción me dio el verme elevándome por encima del río, en mi barquita

sideral. Luego, cuando ya me acostumbré a la altura asomé la cabeza fuera

de la barca y pude ver, tan reducido que podría cogerlo en la palma de la

mano, todo el tamaño del pueblo. Allá abajo estaba el tío Emilio rezando en

su reclinatorio y luego, cuando pasamos a la altura de la casa de la Cele,

juraría que Martina disminuyó un tanto la velocidad para que yo pudiese ver

muy a gusto cómo ella le servía a su pobre Joaquinito otra copa de licor.

Pude también ver cómo después de esto la Cele dejaba en la casa a su

marido, borracho como una cuba y ella corría igual que un alma que lleva el

diablo por todos los callejones oscuros del barrio antiguo. Entonces Martina

viró inesperadamente y me sonrió con tanta complicidad que sentí por un

momento que aunque ella fuese una vaca, era casi como mi hermana y por

fin, sin más motivo ni explicación, Martina comenzó a volar por todo el

firmamento a una velocidad supersónica. Nos elevamos entonces en espiral

hasta muy cerca de la luna y al fin, con una mirada que a mí me dio

verdadero respeto, Martina comenzó un descenso rápido, en picado, como si

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todo aquel paseo galáctico no tuviese ningún otro objetivo que aquel

aterrizaje temerario. Y así sucedió que mi vaca volante y yo fuimos a dar al

dormitorio del cura. Y fíjese señor obispo, y se lo digo a usted y en confianza,

porque tampoco hay que callárselo todo, que ni en los sueños más remotos

hubiera imaginado que iba a encontrarme allí con la Cele. Ni tampoco a

suponer por un instante que don Eusebio iba a sacarse aquel revólver del

cuarenta y siete de debajo de la almohada y de un cuajo matar a mi vaca

Martina, con lo feliz que estaba ella después de aquel vuelo espectacular.

Sinceramente yo salvé el tipo por pura casualidad, gracias a que soy

pequeña y ágil como una ardilla. Sí, y fue poco después y no sé por orden de

quién, que me enviaron aquí, a comisaría, a contar una y otra vez esta

historia que le acabo de referir, pero ¿sabe una cosa?, sospecho que en el

fondo nadie me cree. Muchos dicen que soy una pirada, la barquera loca, me

llaman. Fíjese cómo será, que de todas las personas con quien he hablado

sólo usted parece me comprende, que puede creer sin lugar a dudas esta

historia que le acabo de contar. Y lo que son las cosas, que no sabía yo que

los obispos se dedicasen a escuchar las deLaraciones, ni tampoco a recoger

pruebas. Porque le diré que sí, que ese revólver del cuarenta y siete que me

está usted mostrando, es parecido al de don Eusebio , pero no me lo

acerque tanto, que le veo igual, porque le contaré a usted, ahora y en

confianza que.

81
“Debía de ser invierno”

Supongo que sería invierno, más que nada porque yo estrenaba los guantes

color rojo que me había regalado la abuela Matilde el fin de semana anterior.

Todavía guardaba el recuerdo cálido de la abuela Matilde besándome la

frente y mirándome fijamente a los ojos. Me envolvía la cara entre sus dos

manos y acercaba lentamente mi frente hasta sus labios.

He buscado esos besos muchas veces a lo largo de mi vida, pero la

bendición que me dejaban aquéllos no la he vuelto a encontrar. Luego se

volvía hacia ti, y te besaba de la misma manera, con más cuidado. Con

miedo a que te le escaparas otra vez. Y después buscaba en tus ojos, pero

tú te agitabas levemente y me mirabas a mí y me mandabas a la cocina

donde me esperaba una taza de chocolate recién hecho.

Nunca supe lo que ella te hablaba ni lo que tú te callabas, lo que sí sabía era

que tú volverías siempre irascible y taciturna de casa de la abuela. Pero

aquella tarde no me importó y ni siquiera te conté lo ilusionada que estaba

por lo de los guantes rojos que me había regalado. Estaba impaciente por

llegar al lunes y entrar en la clase de parvulario con las manos enfundadas

en aquellos guantes de lana.

Sí, ahora lo recuerdo claramente, era invierno, porque no salimos a jugar en

el patio. Cualquier día aquélla hubiera sido una buena noticia para mí, pero

aquella mañana de invierno me sentó como si me hubiesen golpeado en el

82
estómago. Había esperado dos días enteros para bajar las escaleras hasta el

patio exterior. Había calculado meter los guantes rojos en el bolsillo del

mandilón y plantarme en medio del espacio de recreo, donde todo el mundo

pudiera verlos.

Había imaginado la cara de Laura y la de toda su pandilla, rojas de la

envidia. Pensaba que en cuanto se corriera la voz de lo de mis preciosos

guantes me haría tan popular que todas se pelearían porque se los prestase.

El principio de la historia había sido siempre así, de la misma manera, pero

en la parte en que Laura llegaba suplicante hasta mí, con los ojos puestos en

mis guantes nuevos, había planificado diferentes versiones. Lo primero que

pensé fue que me mantendría firme, con un rotundo "no" hasta que se

hincase de rodillas en el suelo y después, con aire de condescendencia, yo

negociaría un puesto fijo para participar en los juegos del recreo. Barajé

también la posibilidad de exigirle disculpas por pregonar en alto que mi

madre no era más que una fulana de ocasión y que todos en el barrio sabían

que comíamos de lo que te dejaban en la cama y de la limosna de la abuela.

Yo no sabía qué significaba exactamente todo aquello que Laura me escupía

a gritos - supongo que ella tampoco sabía a qué se refería- pero por la cara

desencajada con que doña Mercedes la zarandeaba del brazo mientras se la

llevaba al despacho de la directora, ambas adivinábamos que debía ser algo

verdaderamente malo.

83
Sí, Laura era una niña cruel y, mientras doña Mercedes la amarraba por el

brazo, ella se giraba rebelde y me decía que mi madre ni siquiera se

preocupaba de quitarme los piojos de la cabeza, y eso sí que lo

entendíamos, tanto ella como yo, porque en el código preescolar nada hay

tan humillante como contagiar de piojos las cabezas de sus compañeros.

Eran las dos versiones sobre las que más había elucubrado y ahora no iba a

poder ni siquiera bajar al patio de recreo. Me sentí tremendamente

decepcionada. Entonces saqué los guantes del bolsillo del abrigo y me los

enfundé con cuidado. Todos mis compañeros se habían reunido para mirar

por la ventana del aula el ir y venir de aquel temporal que llevaba y volvía a

traer trozos de mundo.

Los vendavales me recordaban a ti en los días que llegabas tarde a casa.

Empezabas a desordenarlo todo, a ponerlo aquí y devolverlo allá, también

batías con fuerza todas las puertas y silbabas entre dientes, mascullabas un

rosario de maldiciones y luego alzabas la voz en el momento más

inesperado, y volvías a batir una puerta. Después de un rato de vendaval te

sentabas, te acurrucabas en el borde la cama y me mandabas sentarme a tu

lado. Entonces me envolvías con tus brazos, tan delgados y débiles que me

recordaban a uno de esos arbustos pequeños, imperceptibles, suaves, ni

siquiera bellos o tiernos, sólo arbustos, apenas unas cuantas ramas mal

nacidas al borde de un camino, la presa fácil de un vendaval. A eso me

recordabas tú las noches de invierno que llegabas tarde a casa y que me

traías por nana un rosario de lágrimas y por sueño el sabor a culpabilidad.

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Pero durante todo el tiempo que fui una niña, el corto espacio que me dejaste

de inocencia, yo te quise. Tal vez porque todos llevamos por dentro la

necesidad de amar y tú eras la única persona a la que realmente yo conocía.

Tal vez si hubiese vivido con la abuela, o definitivamente me hubiese ido a

vivir a casa de la tía Genara hubiera dejado de quererte muchísimo antes o

hubiese decidido no empezar a quererte nunca, y tal vez hubiese sido tan

feliz que no habría escrito una carta como ésta jamás. Pero en verdad te

quería. Sí te quería. Por eso, mientras aquella mañana de invierno yo me

enfundaba los guantes de la abuela y aquel vendaval me recordó a ti, pensé

que me vengaría de Laura y le haría escupir cada una de las porquerías que

había soltado en tu nombre, aunque por eso me quedase sin un puesto fijo

en los juegos del recreo. Me daba igual. Además había llegado el invierno y

tal vez el temporal durase mucho, tal vez durase para siempre, porque con

los vendavales uno nunca sabe.

A veces amainabas y me recogías en tus brazos, y a mí me gustaba, pero

luego parecía que tomaras impulso, que mi presencia te devolviera las

fuerzas con un dolor visceral, con ese odio a la vida que era lo único que

habías podido engendrar después de engendrarme a mí , y me apartabas a

un lado y volvías a batir las puertas, y yo prefería los días en que dormía en

casa de la tía Genara, aunque allí también llorase porque quería estar a tu

lado y dejarte aprender a quererme un poco y a llevarme el bocadillo, como

la madre de Laura, y a recogerme la cara para besarme la frente, como la

abuela Matilde. Sí, supongo que te quise demasiado más tiempo del

85
necesario, por eso cuando me lo preguntaron, yo dije que prefería vivir con

mi madre en vez de quedarme para siempre con la tía Genara.

En el aula de parvulario los niños jugaban a perseguir la trayectoria de las

gotas de lluvia con sus dedos sobre la superficie del cristal. En aquel

momento Laura se giró, se volvió hace donde yo estaba y nos quedamos ella

y yo, a solas con nuestro odio en aquel aula del preescolar. Nos miramos a la

cara durante un segundo, quizá menos, y luego ella fijó la vista en los

guantes rojos de la abuela. Creo que le brillaron los ojos, aunque tal vez eso

sólo sea el recuerdo de las muchas veces que lo había imaginado durante

aquel fin de semana.

-Ésos son mis guantes-me dijo ella.

En mi imaginación había trazado escenas terribles, pero siempre con esa

manera infantil de llegar a las cosas, por el camino más corto. Así que,

cuando al descubrir lo de mis guantes nuevos Laura no se abalanzó hacia mí

ni se dejó llevar por la envidia, no supe reaccionar.

-Devuélveme mis guantes rojos- Laura se acercaba hacia mí, y yo me quedé

paralizada en el centro del aula, pálida por la sorpresa, sin saber qué hacer

ni qué decir.

Afuera el vendaval gritaba más poderoso que nunca y una rama golpeó en la

ventana. Yo aún estaba paralizaba y tan acostumbrada a tus vendavales que

aquello no me impresionó. No fue más que un estrépito, un episodio normal

en mi vida. Pero a Laura su madre le traía bocadillos a la salida del colegio y

en la cama le cantaba nanas. La madre de Laura no silbaba, ni batía las

86
puertas, y criticaba a los que lo hacían y luego Laura me criticaba a mí. Pero

ella no sabía lo que eran en verdad los vendavales, por eso se volvió

asustada hacia la ventana.

Ahora que hago memoria, no creo que naciese de un pensamiento, ni

tampoco del resentimiento acumulado. Supongo que fue algo como aquel

vendaval de invierno. Algo de no se sabe dónde, algo imprevisto y nacido en

medio de la nada más absoluta; cuando aquella rama dio un golpe seco

sobre el ventanal del aula, al girarse Laura, yo le golpeé por la espalda. Otro

golpe seco. Nada más.

Entonces apareció Doña Mercedes y dijo que llamaría a mi madre para

solucionar todo aquel asunto. Mientras, los niños de la clase ya hacían un

corro a nuestro alrededor. En medio de aquel revuelo yo trataba de explicarle

a doña Mercedes que aquellos guantes eran un regalo de la abuela Matilde.

Pero Laura lloraba y me gritaba que se los devolviese.

Yo no lloré, mamá, sólo esperaba a que llegases tú para aLarar todo aquel

asunto y demostrarle a doña Mercedes que yo no era una ladrona y que ésos

eran los guantes que me había regalado la abuela Matilde en nuestra visita

del viernes.

Doña Mercedes nos envió a Laura y a mí al despacho de la directora. Yo

estaba furiosa por tener los guantes rojos allí enfrente, encima de la mesa de

la directora, como si realmente no me perteneciesen, mientras que Laura

moqueaba en la silla de al lado. Ni en mil años podría yo haberme imaginado

87
que acabaría metida en aquel despacho, frente a los guantes de la abuela y

deseando que tú llegases para aclararlo todo.

Y al fin apareciste mamá, con aspecto de madre, el pelo limpio y suelto sobre

los hombros, subida en los zapatos de tacón y con la falda larga de color

marino que te ponías para ir a la oficina del paro. Tenías ojeras. Seguro que

después de la llamada de doña Mercedes tuviste que apurar en sacudirte la

resaca debajo de la ducha. Casi me sentí contenta otra vez, porque con

aquel aspecto de madre que tenías y con el pelo tan limpio y brillante Laura

no volvería a decirme nada malo de ti.

Mientras doña Mercedes te contaba lo sucedido, tú la mirabas aturdida,

como preguntándote qué tenía que ver todo aquello contigo. Yo quería

acercarme hasta ti y zarandearte, lo mismo que a un arbusto estúpido al

borde de un camino y decirte:" ¡Eh, mamá! Mírame, estoy aquí, estaba

esperando a que llegaras. Ayúdame, mamá."

Cuando la profesora de párvulos acabó con la historia, tú miraste hacia

afuera, con los ojos llenos de pesadumbre, y luego los volviste lentamente

hacia mí:

-Cariño, ¿ por qué le has robado los guantes a Laura?.

Jamás en mi vida he vuelto a creer en nadie, no he encontrado la manera de

amar y tampoco he querido hacerlo, y cuando en los besos buscaba la

bendición de la abuela Matilde lo hice para escupir encima de ella y de sus

guantes rojos y de ti, lo hice para robar la ternura que tú no me diste y

aprendí a odiar, pero no con las vísceras, aprendí del odio que crece

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lentamente por dentro, en cada vendaval, en los arbustos que gimen al borde

del camino y en los ojos de Laura aquella mañana que supongo debía ser

invierno.

Podría haberte dejado una carta de adiós perdonándote por la infancia que

nunca tuve, tal vez mañana me sentiría mejor si hoy te digo que me voy sin

rencor, pero no puedo. Tal vez debiera probar a hacerlo y entonces podría

empezar a nunca convertirme en alguien como tú, pero realmente, ya no

puedo. O podría irme en silencio y dejarte la duda de cuánto te llegué a

odiar, pero no quiero. He escogido una página en blanco y se me ha ocurrido

que tal vez algún día yo también fue así, un papel en blanco, y que si todo

hubiese sido diferente hoy habría llenado esta página con otra vida, la de

otra persona, pero no ha sido así, y sólo he podido llenar mi página con todo

el odio que me llevo.

Por favor, no me perdones nunca por esto. No quiero tener que perdonarte

luego yo a ti.

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“Oda y yo”

De la niñez se recuerdan cosas nimias, anécdotas que de puro

insignificantes trastornan desde entonces nuestra manera de asumir el

mundo. Es así, de esa manera amable y nostálgica, como permanecen en mi

memoria los veranos de cuando niña.

Eran aquéllos espacios infinitos y llenos de claridad en el pueblo de mi padre,

un grupo de casas hundidas en un valle, que en las jotas le decían “el valle

de las cerezas”. De allí conservo intacto el sonido de las verbenas, el sabor

de los helados y la mezcla de excitación y misterio que siempre me trajeron

las noches de verano. Y es de entre estas sensaciones antiguas, donde a

veces me sorprende el recuerdo de Oda, solitaria y extraña, como un

fantasma sin nombre.

Al caer la noche los niños acudíamos a la plaza, contábamos hasta cien y

nos escondíamos entre los matorrales, tras del riachuelo, para pasar toda la

noche jugando al escondite. Después llegaba ese momento glorioso, ése en

que te salvas a ti y a todos tus compañeros y entonces, una fracción de

segundo antes de salir corriendo como un cohete hasta el pando de partida,

yo miraba la amalgama de negro y estrellas en el cielo y se me hinchaba el

pecho de una emoción sublime. Luego, a la mañana siguiente, todavía

excitadas por la victoria, mi prima Ruth y yo pedaleábamos hasta el bar de la

Milagros, y nos cobrábamos el trofeo del vencedor: un fabuloso cono de

vainilla canjeado con la recaudación del escondite.

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Oda, que era la única niña que vivía en el pueblo durante todo el año, nunca

venía con nosotros a comprar el helado. Confeccionaba los suyos propios -

tradición añeja en las noches frías de Castilla- con naranja, miel y un poco de

azúcar, que, en el alféizar de la ventana la despertaban cada mañana con

una golosina de lujo. Y a veces, cuando llegábamos del bar de Milagros y

nos cruzábamos con ella, que volvía cargada con el azadón por la carretera

de Cantabrana, nos miraba de soslayo y de refilón, pero bien clarito, decía:

“Las niñas de la ciudad tienen los dientes fanados, como la vieja Nicolasa”.

Mi prima Ruth y yo éramos siempre las primeras en llegar al pueblo, durante

la primera quincena de Julio. Mi tío hacía sonar el claxon del dos caballos

cuando nos acercábamos por la fuente de abajo a la plaza del ayuntamiento,

y entonces, la mayoría de los vecinos- que ya eran bien pocos-, se

congregaban a nuestro alrededor como si nuestra llegada fuera la institución

oficial del verano y nos pellizcaban la mejilla. “¡Qué guapa estás, maja, que

hay que ver cómo te has crecido!”.

Oda siempre esperaba en la parte de arriba de las escaleras del

ayuntamiento, medio escondida, por eso Ruth, se acercaba hasta ella y la

saludaba con un abrazo: “Hola Oda, ya tenía ganas de verte”. Oda, que era

tan menuda y blanquita como un grano de haba, se encogía como si aquella

expresión de cariño le trajese una zozobra muy grande y recogía ávida la

bolsa de golosinas que le brindaba mi prima. Yo, en cambio, sólo conseguía

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acercarme un poco después y le dedicaba un escueto: “Hola Oda”, que me

sonaba muy insulso al lado del abrazo de mi prima.

Sin embargo, cuando llegaba la noche, yo me escondía muy silenciosa al

otro lado del riachuelo y me salvaba a mí y a todos mis compañeros. Y

entonces miraba a Oda, que vibraba con la alegría de ser una más entre

nosotros y quería que Oda supiera que la niña de ciudad se había jugado el

tipo por salvarla también a ella. Luego, a la mañana siguiente, Ruth y yo

pedaleábamos hasta el pueblo de al lado para saborear el helado de la

victoria y a veces nos cruzábamos con Oda, que, azadón en mano, iba al

huerto para cuidar los tomates y volvía a mirarnos de soslayo, y nos soltaba

lo de la vieja Nicolasa.

Pero sucedió que una noche de aquellos veranos eternos, llevaríamos casi

una hora esperando a que, a golpe de cuentagotas, salieran todos del

escondite: primero las niñas remilgadas, las de la saga de los Guarnis, que

siempre se presentaban lloriqueando con algún pincho en el brazo, luego los

niños, más veloces, “ por Manolito, por Juan, por Jorgito el de Aurori” decía

con mucho arrobo Miguel que vigilaba desde el pando; al poco tiempo Ruth y

yo , que nos pillaron las últimas cuando hacíamos malabarismos para

sostenernos sobre la rueda del molino, hasta que salimos todos de nuestro

escondite y sólo quedó por aparecer Oda.

Al principio todos los niños vigilábamos atentos, dando por hecho que Miguel

la descubriría como había hecho con los demás, pero al cabo de un rato, las

de los Guarnis, con mucha discreción y siempre entre susurros, propusieron

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un complot comunitario: buscaríamos a Oda entre todos y el primero que la

viese le daría el chivatazo a Miguel.

Ruth y yo nos opusimos firmemente al principio, pero Juan, el de la Cele, que

era dos años mayor que nosotros y guapísimo, se acercó hasta nosotras y

nos canturreó por lo bajini: “Las niñas de ciudad tienen los dientes fanados,

como la vieja Nicolasa...”. Y aunque hoy no logro explicármelo, Ruth y yo, sin

tan siquiera mirarnos, seguimos al resto, buscando en silencio a Oda.

Al poco rato, y tampoco me entiendo cómo pudo suceder así, en el silencio

de la noche resonó por todos los rincones del pueblo una voz chillona e

infantil: “Por mí y por todos mis compañeros”.

Ruth y yo llegamos corriendo desde el cementerio hasta la plaza, donde Oda

nos miraba con los ojos brillantes, llenos de excitación. Sin embargo, y a

pesar de que ella se había escondido en la oscuridad durante una hora y nos

había salvado a todos, no sucedió lo habitual.

Nadie formó una piña alrededor de Oda y la aclamó como ocurría con los

demás chicos cuando rara vez lográbamos tal hazaña. Simplemente el grupo

se dispersó sin más ceremonias, todos con la cabeza gacha. Tampoco se

puso dinero para el helado de recompensa.

Mientras nos alejábamos, Ruth sofocada y con los ojos llenos de lágrimas y

yo tan llena de vergüenza ajena que apenas si pude respirar en el trayecto a

casa, Elisa, una Guarnis con pelo de princesa, nos susurró a modo de

disculpa: “Total, Oda no puede ir a donde la Milagros. Trabaja todo el día en

el huerto”, y se encogió de hombros brevemente.

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A lo lejos, yo miré a la plaza. Allí estaba Oda, totalmente estática, con el

tiempo detenido en sus ojos de niña pobre aún brillantes, de la rabia, pensé

yo. De la tristeza, me dijo Ruth.

Debería decir que estuve conmocionada durante toda la noche, sin embargo

no es cierto. Dormí con la tranquilidad de los niños. Pero a la mañana

siguiente, en cuanto cantó el gallo, me vestí y salí volando hasta el bar de la

Milagros. Después de pedalear frenética durante cuatro kilómetros desperté

a la vieja tabernera, quien rezongó con medio pecho fuera del canesú. “No

me lo cuentes niña, que si me despierto del todo te largo una ostia de no te

menees”. Y yo le sonreí feliz, porque aquella mañana, antes de salir al

huerto, al lado del vaso con naranja, azúcar y miel, Oda encontró en su

alféizar un magnífico cilindro de vainilla con su mazacote de chocolate negro.

Muy helado. Y más ancho al final. En la parte que va unida al plástico.

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“Desde aquel día, el de su fuga”

Supongo que aquella tarde, antes de precipitarme sobre la primera pastelería

y señalar temblorosa dos docenas de pasteles, tampoco quise escucharla. Y

estoy segura de que por eso y porque se había agotado de repetirse a sí

misma, por fin planeó su fuga.

Lo cierto es que yo también la odiaba. Sobre todo en aquellas tardes de

invierno. Entonces ella solía esperarme en las esquinas, y allí me agobiaba

con sus tristezas insulsas. Yo la encontraba estúpida. Me parecía inútil llorar.

De manera que cuando ella me saludaba en su esquina de lluvia y se

quejaba porque hoy no le dijeron hola, yo la miraba con asco, y con una

vergüenza tan ajena y acalorada que al fin parecía la mía, me escapaba de

su rostro entre el tráfico, para encontrármela de nuevo en la otra esquina,

quejumbrosa y lamentable, en una pesadilla espiral.

Por eso me acostumbré a entrar en las pastelerías. Porque allí había más

luz, y su voz sonaba lejana, sofocada en la frivolidad de los mostradores.

Entonces yo apuntaba con mi dedo tembloroso los pasteles que nunca supe

decidir y rebuscaba abochornada entre la calderilla. Casi nunca recogía la

vuelta, porque la noche se hacía cada vez más oscura y son demasiado

peligrosas las esquinas a solas.

A veces tenía suerte y era capaz de llegar a casa antes de llenarme la boca.

Otras no. Porque su voz aún persistía en el eco de mi memoria, y la angustia

de aquel hola que no le dijeron me daba una repugnancia tan grande que

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tenía que meter la mano en la bolsa de plástico y llenarme la boca de crema,

mientras cruzaba la calle sin mirar. Entonces su voz comenzaba a diluirse

como el canto de una sirena ahogada y por eso yo prefería el sabor de la

crema fresca ocultándome el eco absurdo de su voz.

Me ocupaba luego una extraña serenidad y no me importaba el invierno. De

manera que cuando llegaba a casa seguía comiendo y después, tan pronto

terminaba de atracarme con los dulces, las manos aún sucias y los dedos

barruntados de crema, abría de par en par la despensa y arrancaba con

violencia el envoltorio de las galletas. A veces la boca se me quedaba seca

como el cartón y entonces el aceite lascivo de las conservas resultaba un

buen remedio.

Y al fin, cuando no quedaba espacio para más comida, el silencio se volvía

tan absoluto y compacto que mi vida entera desaparecía como absorbida por

un nuevo juego espiral. Y así me deslizaba sin saberlo por un laberinto sin

tiempo y soñaba ser feliz, hasta que por fin, en el otro lado de las sombras, la

bulimia se arrancaba a carcajadas su antifaz de cada noche y me ofrecía

histriónica un gran abrazo de puta. Entonces yo me abandonaba a su suerte

y me dejaba acariciar por sus honorarios de una noche, hasta que más tarde,

en la madrugada, cuando deseaba haberla soñado, la descubría ruin y

vencedora en la resaca pastosa de mi boca.

Sin embargo aquella tarde, la de su fuga, todo fue diferente. Ya no escuché

su lamento desde el principio. Aunque tampoco de esto me di cuenta hasta

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mucho más tarde. Por eso supongo que de cualquier modo entré en la

pastelería y me marché sin recoger otra vez la vuelta. Llegué a casa

corriendo entre el tráfico, esquivando lo mejor que pude cada esquina e

incluso tardé más que nunca en encontrar la llave adecuada. Tampoco

entonces percibí la ausencia de su queja y sólo cuando mi puta se acercó

varios polvorones más tarde, descubrí en su sonrisa bulímica una mueca de

horror. Y fue de pronto, de un lugar que no es la conciencia, que me vino la

certeza insólita de no haberla escuchado en toda la noche. Y allí me quedé,

paralizada y sin hambre, hasta que en el silencio de la casa pude oír los

pasos en el piso de arriba. Entonces escupí repugnada los polvorones y subí

sin vacilar.

El sonido parecía venir de mi habitación y, a medida que me acercaba, con el

estómago revuelto y el corazón al galope, pude sentir los movimientos

precisos de quien abandona su hogar. Abrí entonces la puerta, y así me la

encontré. De espaldas a mí.

Al principio no llegué a reconocerla, pero su olor a lluvia en invierno y sus

harapos de mendigo me dieron la identidad al instante. Comprendí entonces

el no haberla escuchado. Y mientras la observaba hacer su maleta,

colocando una flor seca aquí y un libro roto allá, en el desorden de mil jerséis

de colores, su indecisión de niña me conmovió hasta el extremo. Por eso me

acerqué a su edredón gastado y me senté a esperar en la cama. Pero ella ni

siquiera me miró y rebuscó aún más entre los pañuelos del armario, donde a

veces se encerraba a llorar. Miró después una foto de mesilla que no se

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decidió a no recoger, y le hizo un hueco en la bolsa a cien alhajas de

nigromante. Es curioso. No guardó ningún calzado.

Y en todo el tiempo que yo la estuve observando, ella ni me miró de soslayo,

por eso supe que había adivinado mi presencia. Así que, segura de que

tampoco se iba a volver a saludarme y estremecida por su fuga sin plan, me

quise acercar hasta ella.

Y mientras ella rebuscaba en el escritorio las cartas que yo nunca leí, me

llegué hasta su altura y la tomé del brazo suavemente. Pero de pronto y con

la rabia acumulada, ella se apartó de mi lado y se sentó otra vez de espaldas

a mí. En la silla plegable donde tantas veces me había escrito. Y por fin,

cuando ella se llevó el brazo hasta la boca, y mil heridas en carne viva le

comenzaron a sangrar, yo descubrí espantada que su perfil era el mío. Por

eso, mientras la veía chupar de su sangre, la mía, y estudiaba mis labios

ondulados y finos y mis propias ojeras en su rostro de llanto, sentí hacia

aquella criatura tan ajena e idéntica a mí una compasión infinita. La sentí en

el centro de mí misma. Donde sólo estaba la comida. Y me compadecí de

ella no por su cuerpo de sangre ni su llanto desconsolado, sino porque me

hubiese tenido que esperar bajo la lluvia. Durante tantos años. En cada

esquina.

Me sentí entonces tan absurda y tan vulnerable como era ella y me acerqué

hasta su rostro escondido. Me había jurado que jamás lo haría.

- Hola - le susurré al oído.

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Ella se levantó con una decisión inesperada, recogió la maleta sin cerrar y,

por primera vez en tanto tiempo, me miró muy fijo con mis propios ojos, y,

antes de fugarse, me escupió en toda la cara:

-Te odio.

Desde entonces, hace ya demasiados meses, no la he vuelto a ver. Sin

embargo la busco en cada esquina. Le he preguntado a muchos, pero todos

se encogen de hombros, y aseguran que no han escuchado su llanto.

Yo les insisto en que es imposible confundirla. Porque camina descalza entre

la gente con cien alhajas de nigromante, entonces me miran sorprendidos y

me preguntan si no habrá sido un sueño. A veces me hacen dudar.

Sin embargo cada día la espero. Y yo sé que aún sigue viva. Con la maleta a

cuestas y buscando una silla donde escribirme. Y no tengo esta absoluta

certeza porque tal vez sólo exista en mis miedos. O porque en el fondo se

parezca tanto a mí. Sino porque en las tardes de inverno, cuando más caro

abrazan las putas, creo escuchar en las esquinas de lluvia todas sus

tristezas sin nombre.

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