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EL HOMBRE QUE LO

SABÍA CASI TODO

Autor: Pedro García García


Calle Joaquín Rodrigo, 9, 3° Iz.
28300 Aranjuez MADRID
Tfno: 676510185
PRIMAVERA DE 2002

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No tuvimos hijos.

-Señor, cuando le planché las camisas descubrí que una tiene un agujero de

quemadura en el bolsillo. La he dejado aparte por si quiere que la lleve a zurcir.

-La puedes tirar a la basura, Margarita.

-Pero...

-Pues llévatela y haz lo que quieras con ella... Y, por favor, deja de

llamarme señor. Se me remueven las tripas cada vez que lo oigo.

-Sí, s..., lo que usted diga.

Dejó a cero nuestra cuenta corriente, y también se llevó el Audi, con el

depósito lleno y recién lavado. Aunque aún no ha hecho la transferencia a su

nombre. Ni creo que la haga: todas las denuncias de sus frecuentes malos

estacionamientos acaban en mi buzón.

-Ah, por cierto, Margarita, ¿has visto el cenicero que estaba encima de la

mesa de la habitación de los libros?

-Debe estar en el lavavajillas. Ahorita mismo lo dejo en su sitio.

-No hace falta que laves el cenicero, esas cosas no se friegan.

-Eso lo dirá usted... Además ¿qué trabajo cuesta?, con estas máquinas todo

queda más requetebién.

Y lo que más me jode es que después de dos años tengo que seguir pagando

el seguro del vehículo. Tengo miedo de que por la irresponsabilidad de Joy ocurra

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alguna desgracia y al seguir, legalmente, siendo mío el coche, yo acabe pagando

una multa enorme o, lo que es peor, alguna indemnización que me lleve a la ruina.

-Bien, la ropa ya está toda planchadita y colocadita. En un momentito

termino con la cocina y ya me marcho.

-Cuando te vayas, ¿me puedes hacer el favor de llevar estas cartas a

Correos?

-Claro que sí, señor.

-Margarita, por favor..., no me llames señor.

Margarita lleva poco más de un mes trabajando en casa, viene tres horas las

mañanas de los lunes, miércoles y viernes para mantener saneado y ordenado mi

piso. Es ecuatoriana, muy diligente y demasiado sumisa. Han bastado treinta días

para yo la considere imprescindible.

-Debería usted comprar una nueva vajilla, apenas tiene tres platos del

mismo juego... y no le digo nada de los vasos. Si algún día tiene que recibir a

alguien...

-¿Por qué no te encargas tú de ello?, si me haces el favor. Toma, ¿qué puede

valer...? ¿Cien euros, ciento cincuenta, doscientos?

-No lo sé... Eso según... Las hay muy caras y muy baratas

-Toma, coge el dinero... Compra algo que veas bien, ¿de acuerdo?

-Pero esta tarde no podré...

-Bueno, pues mañana o pasado... o al otro. No creo que ocurra nada por que

yo esté una semana más sin una vajilla coherente.

Al menos ella no ha mencionado nada del piso. No es que sea una

maravilla, está algo retirado del centro, en una urbanización moderna, pero son

noventa metros muy cómodamente amueblados y puedo ir andando al trabajo.

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Yolanda, mi ex mujer..., o todavía mi esposa, se llama Yolanda, Joy para los

íntimos. ¿Pero... qué me esperaba con este sobrenombre? Joy... Joy... Joy… ¡Pero

le queda tan bien! ¡Es tan hermosa!... Estoicismo, estoicismo, me repito: fue bueno

mientras duró. Siempre fue demasiada mujer para mí. Bella, elegante, con

movimientos de cisne y con una piel que cuidaba centímetro a centímetro para que

estuviera siempre tostada y perfectamente depilada. Un cuerpo que trabajaba en el

gimnasio cada músculo de su maravillosa estructura ósea. ¡Dios, qué hermosa es!

-Me voy ya, ¿hace el favor de cerrarme la puerta?

-Sí, Margarita, ahora mismo. Que no se te olvide el correo.

-No, no se me olvida. Hasta pasado mañana.

-Adiós, Margarita.

Y se fue. Hace un año que Joy me abandonó. Desde entonces mi vida es un

tango, una rueda de horarios sin un sentido concreto, un nosequé cuando me

levanto y un nosecuántos cuando me acuesto. Jamás le dije nada que pudiera

ofenderla, nunca le recriminé ninguno de sus actos: quizá fuera por eso. Nunca fui

un experto en el trato con las mujeres. Me limité a considerarla una diosa, mi diosa.

¡Qué hermosa que era!

Nos conocimos hace seis años, uno más tarde nos fuimos a vivir juntos, al

siguiente nos casamos por el juzgado, al otro por la Iglesia y en el quinto año de

nuestra relación ella dejó una nota en la cocina, en el llavero donde colgábamos las

llaves del Audi: “Cariño, me voy, no me busques. Ya no estoy enamorada de ti. Es

mejor así, créeme”.

Aquella comunicación no la tomé muy en serio. Apenas se había llevado de

casa una maleta de ropa y la mitad de sus cremas y pócimas que abarrotaban el

cuarto de baño. Pensé que era una broma, un arrebato de algún acto femenino... Y

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así lo creí hasta seis meses después que, tras denunciar su desaparición a la policía,

un agente de una comisaría de Madrid me telefoneó a casa manifestándome que

ella había aparecido, que estaba muy, pero que muy bien, y que no quería saber

nada de mí. El mismo policía me dijo que si no iba a seguir manteniendo la

acusación por abandono del hogar, me pasara por una comisaría para retirar la

denuncia. Así hice, fui a las oficinas de la policía para que de un modo oficial lo

nuestro quedara en una separación convenida.

Todo lo bueno y lo malo de nuestra relación va ocurriendo de año en año,

de otoño en otoño. Ahora estamos en abril y aún queda tiempo para el

acontecimiento de este año: ¿papeles para la separación legal? ¿Una solicitud de

divorcio?

¡Es tan hermosa! Joy es diez años más joven que yo. Todavía me pregunto

qué fue lo que ella vio en un tipo tan vulgar. Fue bueno mientras duró. Pero los

recuerdos pesan, pesan cada vez más porque los he agrandado como a las bolas de

nieve, añadiendo situaciones ideales y momentos mágicos que quizá ni siquiera

existieron, pero que han hecho de Joy un algo tangible o intangible imposible de

sustituir en mi vida.

Hace un año que no la he visto en persona, ni siquiera he hablado con ella.

Este invierno, en un arrebato de locura, cuando la policía me trasladó las

intenciones de Joy para conmigo, quemé todas sus fotografías, todos los

testimonios gráficos de nuestra existencia en común. Todos a excepción de unas

instantáneas que tomé de ella desnuda mientras posaba ante la cámara cuando

hacíamos el amor. Estas las escaneé antes de incinerarlas y luego las colgué en un

servidor de Internet, en una de esas páginas en las que los maridos y mujeres

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agraviados exponen fotografías comprometedoras o ridículas de sus parejas como

venganza de sus afrentas.

Hoy la página web no existe. Web not found, me dice el explorador. La

página que yo más consultaba cuando me conectaba a Internet ha desaparecido y

con ella las únicas imágenes de Joy que me quedaban. Ya no veré el cuerpo

desnudo, moreno y contorsionado de Joy, ni aquella fotografía en la que fingía

masturbarse con el dedo corazón de la mano izquierda, ni la otra en la que se lamía

un pezón con la punta de su lengua... ¡Dios, qué hermosa era!

Hoy me he dado cuenta del inestimable servicio que me hacía esa página

web. Mis desahogos íntimos se verán muy perjudicados con la desaparición de esas

fotos virtuales. Una vez que conocí a Joy apenas he tenido ojos para otra mujer,

ninguna otra me ha excitado tanto sexualmente. Y ahora, desgraciado de mí, solo

me queda la imagen de sus encantos en la memoria para expulsar el venenum de mi

cuerpo.

En los últimos meses pocas cosas me habían importado que no fueran los

argumentos de mi personal tango. Lamentos y porqués, recuerdos y penas. Nada

me había sujetado a la tierra ni había conseguido distraerme de mis cuitas hasta el

día que conocí a Emiliano Mosca y a José Manuel Expósito.

Sé que ahora vive con un tipo llamado Enric, Jenri o Henry; o al menos eso

me dio a entender Paula, una de sus amigas. Creo que en el Norte de Madrid, en

unas de esas urbanizaciones que suenan a guardias de seguridad, a muros altos y

perros guardianes. Me puse enfermo cuando lo supe. Imagino cómo es en la

actualidad su forma de vida y me muero de celos. Su nueva casa, su nueva

habitación, la nueva ropa interior, el hijo de puta de Harry, Enric o Jenry

acariciando su vientre, sus nalgas, pintándole las uñas de los pies, dándole masajes

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en la espalda... O quizá ni eso, quizá yo fuese el único sobón y mimoso que le hacía

la toilette extendiéndole sus cremas, lavándole el pelo... Seguramente que ahora

ella esnife cocaína y folle salvajemente con el machoman de Enrique, Jenri o

Quique, o con los tres a la vez, mientras se insultan recíprocamente con los ojos

inyectados en sangre para excitarse aún más. ¡Madre mía qué celoso estoy!

Joy, mi dulce Joy. Ni una conversación de despedida, ni un breve espacio

para la réplica, ni un lugar a dónde enviar una carta. “Cariño, me voy, no me

busques. Ya no estoy enamorada de ti. Es mejor así, créeme”. Te creo, siempre creí

en ti, te lo juro. “No quieras hallar explicaciones para los actos de las mujeres,

quizá te sorprendas y encuentres alguna, y eso será mucho peor”: eso me dijo

Emiliano Mosca cuando se enteró que me encontraba solo, perdido y abandonado.

“Tómate otra copa, mañana nos vamos al Vicente Calderón, damos cuatro gritos al

hijo de puta del arbitro, que seguro que perjudicará al Atleti como todos los

domingos, y ya verás como el lunes te encuentras mucho mejor”.

Aquí apenas conozco a nadie, creo que el no tener amigos con los que uno

se pueda desahogar agrava mucho mis circunstancias. En los cuatro años que Joy y

yo estuvimos juntos no nos relacionamos con nadie. Ella y yo nos bastábamos para

dar sentido a nuestras vidas. Estábamos, o al menos eso creía yo, repletos el uno

del otro. Todo encajaba, el Universo era un concierto perfecto; las estrellas, las

flores, Bach, Neruda, las mañanas de verano..., cualquier cosa existía o había

existido para nosotros. No se podía pedir más.

Pero todo se rompió y con ello la perspectiva, mi única perspectiva para

mirar el mundo. Todo dejó de existir. La sólida armonía se hizo soluble como los

malos cafés. Cada vez que intento sonreír me duelen los maxilares por la falta de

uso. El alcohol, el mismo alcohol que entonces me invitaba a cantar, hoy me

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deprime y me hace llorar. Dejé de leer, de escribir y casi me olvidé de comer. Nada

en este planeta podía mantener mi atención. Si en mis buenos tiempos el

nacimiento de una humilde semilla lograba parecerme el milagro más sorprendente,

hoy podría haber un tiroteo en mi barrio que yo saldría a comprar el pan como

todos los días y no comentaría los disparos a mis compañeros de trabajo.

Y aquella tarde fuimos a ver al Atlético de Madrid, que jugaba contra el

Albacete. Ni siquiera sé cuál fue el resultado del partido. Cuando me enteré que el

árbitro del encuentro se llamaba Enric, Enric Capdevilla, me sobraron los treinta

mil espectadores, los veintidós jugadores, utilleros, empleados del campo,

asistentes y demás personal. Me volví loco. Descargué toda mi ira en el pobre

colegiado durante todo el partido, y lo hice con tanta vehemencia y usando tal

repertorio de injurias, amenazas y palabros que hasta un espectador de los del

fondo sur me llamó la atención a voces para que guardara silencio, al menos en el

intermedio del encuentro, mientras todo el estadio se comía sus bocadillos. Ni

Expósito ni Mosca dieron mucha importancia a la reprimenda. “Tú desahógate,

muchacho, que para eso hemos venido, verás que bien te encontrarás mañana”.

Al día siguiente salí en la televisión, en el Canal Plus, en uno de esos

programas de fútbol que se dedican a mostrar las imágenes curiosas de la jornada

deportiva. No toleré los jocosos comentarios del presentador a mi comportamiento

y apagué el televisor.

Mi nombre es José Félix Cadalso, tengo cuarenta y dos años y resido en

Aranjuez, donde doy clases de Historia en el instituto de enseñanza secundaria

Miguel Hernández.

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La primavera llegó porque no tuvo más cojones que hacerlo. Yo estaba en

casa, tirado en el sillón como si me hubiera caído del techo. Había adquirido un

libro de ayuda personal; era la tercera vez que lo empezaba, y la tercera vez que

abandonaba su lectura. Aquello de comprar una planta y hablarle como si fuera una

persona querida me parecía una terapia tan estúpida que me hizo recordar el precio

del dichoso libro; además de hacerme imaginar que en algún lugar de los Estados

Unidos había un psicólogo columpiándose en una mecedora, descojonándose de

risa mientras su editor le comentaba por el teléfono celular que su libro era un éxito

de ventas en España.

Regresé a corregir los exámenes. Tampoco era eso lo que necesitaba. La

cuarta gilipollez que leí sobre el Sexenio Revolucionario me hizo abandonar el

trabajo académico. Decidí bajar al bar a cenar algo, luego dar un paseíto por la

plaza de la Mariblanca y acostarme pronto.

Curiosamente el bar de abajo no tiene nombre. Cuando tomé la plaza de

profesor en Aranjuez, hace ya ocho años, el local lo regentaba un andaluz, soso

como la madre que lo parió, que tuvo que traspasarlo por falta de clientela. Ahora

es propiedad de un matrimonio chino. Aquí suelo cenar cualquier cosa sobre la

barra. El local no es gran cosa, es un bar normal y corriente, sin ningún encanto, es

estrecho y largo y su decoración vacila entre los carteles de toros y un par de

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banderillas, que en su día colocó el andaluz, y un relieve de un dragón pegado en

un espejo con un enorme cuadro de un jardín oriental lleno de lo que creo que son

grullas. A Joy no parecía gustarle mucho este bar. Yo le expliqué varias veces que

no es uno de esos bares que tengan o no que gustar, sino que era una taberna

práctica, necesaria, que no exigía una calificación. “Bueno, lo que tú digas, pero a

mí no me hace mucha gracia”.

No creo que como pareja hubiéramos pasado al bar más de cuatro veces, ni

siquiera nos sentábamos en la terraza que sacan en verano sobre la acera, pero

muchos viernes solíamos encargar a Li, la propietaria y cocinera, tallarines con

gambas o pollo al limón para cenar en casa mientras veíamos la televisión.

Paradójicamente, la comida oriental que sirven en el “bar de abajo” solamente se

cocina de encargo. Las tapas y raciones que se comen son de lo más castizo, desde

pisto manchego hasta conejo al ajillo, que es la especialidad de la casa. Y he de

reconocer que Li le ha cogido maravillosamente el punto tanto a la tortilla de

patatas como a las empanadillas de bonito. Estas últimas tienen el mismo sabor que

las que hacía mi madre: no hay más que decir.

Aquel no parecía que fuera a ser mi día. Era miércoles y por ello no me

esperaba encontrar con mucha clientela en el bar, pero para mi sorpresa se hallaba

abarrotado, treinta personas de pie bastaban para ello y ese número sería el de las

cabezas de los varones que miraban un partido de fútbol en el televisor. Me quedé

ante la puerta abierta del local, dudando si no sería mejor buscar otro lugar más

tranquilo para cenar. Estaba reflexionando sobre mi poca capacidad de decisión,

cuando Juan se dio cuenta de mi presencia, y desde el interior de la barra me hizo

una seña para que me dirigiera a la ventana que da a la calle, por donde en verano

sirven las mesas de la terraza. “Por aquí Félix, yo te sirvo por aquí, en la calle no

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hace frío hoy”: me dijo cuando abría hacia arriba la hoja de la ventana.

Efectivamente, la temperatura era muy agradable y el alféizar del ventanuco estaba

diseñado para parecer una continuación a la barra interior y poder así consumir en

la calle cuando el tiempo es bueno. Le hice caso y me acodé en el alféizar mientras

me preguntaba qué iba a tomar. Después de recorrer con la mirada la comida

expuesta sobre el mostrador pedí:

-Un botellín y... ¿Tenéis empanadillas?: no las veo en la barra.

-No sé, espera, Félix, yo preguntaré a Li.

Juan me sirvió la cerveza y se introdujo en la cocina en busca de su mujer.

Al chino lo conocí como Juan, así lo llamaban los clientes y así comencé a

llamarlo yo. Juan es una adaptación fonética de algún nombre parecido a Chuan o

Chian, o al menos eso intuyo: tiene tanta cara de llamarse Juan como yo de Chin

Lu.

-¡Oh, Félix! Lo siento mucho, Félix, de verdad -me decía Li saliendo de la

cocina, alzando la voz entre los murmullos de los futboleros como si hubiera

ocurrido una desgracia-. Hoy acabarse ya las empanadillas, pero yo encebollé

higaditos de pollo –remató la mujer con una sonrisa.

-Vale –acepté.

-¿Te hago una ensalada?

-Sí, por favor, con salsa de esa de limón.

Ahora el matrimonio sonrió a la vez, como si mi decisión hubiera salvado la

honra del local.

-Otra vez llamas tú antes por teléfono y yo te guardo las empanadillas –me

recriminó Juan con un gesto de confianza.

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Se toman demasiado en serio el acto de comer. Y eso es algo que yo admiro.

Basta una mera insinuación sobre la comida para tenerlos preocupados y

pendientes de ti hasta que otro gesto les da a entender que estás satisfecho. Cuando

se trata de complacer a los clientes he de confesar que son un matrimonio de

verdaderos profesionales. También he de reconocer que aquella deferencia conmigo

convertía a Juan y a Li en lo más parecido a una familia que yo tenía en Aranjuez.

-¿Qué tal está tu señora? –preguntó Li, que es muy atenta con esas cosas y

suele hacerlo cada vez que me ve, es decir casi a diario.

-Bien, muy bien, viajando como siempre –contesté mientras miré la hora:

las veintiuna y quince-. Seguramente en estos momentos estará follando con Enric;

y Henry y Enrique estarán desnudos, junto a la cama, esperando su turno mirando

atentamente el primer acto mientras se acarician sus enormes miembros erectos –

esto no se lo dije, por supuesto, solo lo pensé, pero... me daban muchas ganas

entonces de contárselo a todo el mundo.

Li se introdujo en su cocina y yo bebí de un trago la mitad del botellín.

-¿Cómo va el partido? –preguntó a Juan una voz procedente de mi espalda.

Emiliano Mosca. Mosca para los conocidos (no el Mosca, eso lo deja muy

claro a todo el mundo, sino Mosca, de apellido). Me miró y me saludó como

solemos saludarnos los clientes habituales de los bares, fingiendo una confianza

que no tenemos (hasta entonces no habíamos cruzado más que breves holas). Juan

sirvió una cerveza sin alcohol al recién llegado y este giró la vista para formar parte

de la treintena de los futboleros.

-Bayern de Múnich cero, Real Madrid cero. Está acabando la primera parte.

Mosca frotó las manos como si acabara de salir de una nevera antes de

tomar posesión de su lugar del alféizar. Paquete de Ducados, encendedor Bic y

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llavero de Piolín con dos llaves fueron posados sobre el mostrador con los modales

de un aristócrata.

Entre cuarenta y cinco y cincuenta años, cabello y patillas de caló, afeitado

como para el entierro de su enemigo. Tez morena y una cicatriz en la poblada ceja

izquierda. Cazadora intelectual de pana y camisa blanca de camarero de

marisquería; pantalones tejanos y zapatos negros y lustrosos con hebilla.

Le faltaba algo importante, algo de lo cual nunca lo había visto separado, y

Juan no tardo en preguntárselo:

-¿Y Pepote, donde lo has dejado?

-Ahora vendrá. Tenía asuntos importantes que tratar antes de venir.

Mi cena llegó con la sonrisa de Li. Los higaditos estaban exquisitos y la

ensalada muy sabrosa, con el agradable toque de frescor que le daba la salsa de

limón.

Mientras comía me distraje observando a la clientela. Nunca, me había

llamado la atención el fútbol, mejor dicho, ningún deporte me había hecho sentir

nada, y mucho menos en estos días que estoy narrando, en los que comía y dormía

porque no tenía otra cosa mejor que hacer. Aquello parecía una reunión ordinaria

de la junta de la parroquia del bar de abajo. Estaban los dos trabajadores de

FENOSA con sus respectivos monos: el cincuentón barrigón con bigote y el chaval

de veinte años con la cabeza rapada y un pendiente de aro en cada oreja; los cuatro

viejos a los que veo salir a pasear juntos muy de madrugada; los maridos que bajan

todos los días en chándal de los chalecitos de la calle de más arriba para tomar café

mientras pasean a los perros; El repartidor de la Mahou que vive en el mismo

bloque que el mío; Tres chavales del barrio con las camisetas de Zidane, y otra

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docena de personas más, a las que apenas puedo atribuir referencias, pero que nos

conocemos de vernos casi a diario.

El Bayern de Múnich marcó un gol. El murmullo de muchas injurias llenó

el local, siguió alguna voz más alta que otra y alguna amenaza de los fans de

Zidane a un jugador de camiseta roja que celebraba el tanto provocativamente ante

las cámaras.

Yo regresé a mojar pan en el aceite de los higaditos. Una exquisitez.

Cinco minutos más tarde el Bayern de Múnich volvió a marcar. Dos a cero.

El bullicio me hizo levantar la cabeza de lo poco que me restaba de la cena. Acabé

con mi cerveza, iba a pedir más bebida cuando al levantar el brazo para llamar la

atención de Juan golpeé con el codo el botellín de Mosca, que fue a destrozarse

sobre la acera. Yo pedía mil perdones cuando me agaché para recoger las piezas

más peligrosas del accidente para arrojarlas a la papelera.

-Lo siento..., de verdad –le dije azarado.

-Nada, compañero, no te preocupes. Ya había acabado con el contenido.

Solo destrozaste el continente.

Llamé con urgencia a Juan y pedí un nuevo botellín para el damnificado.

Juan lo sirvió de inmediato.

-Por favor, compañero, no hacía falta que... –pronunció Mosca

agradeciéndome la invitación con un simulado brindis y regresando su vista al

fútbol.

Pedí café.

José Manuel Expósito, Pepote. Cuarenta y pocos años. Redondo como un

muñeco de nieve. Peinado con raya cartesiana en su cutre corte de pelo, gafas de

pasta y mejillas de niño mimado, brazos breves de manos regordetas de dedos

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cortos, gruesos y tímidos. Rebeca azul marino de toda la vida sobre una camiseta

blanca: “DESGUACES LA MONTAÑA” con el dibujo de un turismo estampado

en azul celeste subrayado con un número de teléfono en rojo. Pantalones de vestir

azul marino de toda la vida con una raya trazada a mala leche para que los bajos

descansaran sobre unas zapatillas de tenis blancas. Portaba bajo el brazo una

mariconera negra en la que había enrollada una revista de plantas medicinales.

Saludó a todos o a nadie con una inclinación de cabeza y se mantuvo a

metro y medio de la barra con los brazos cogidos por su espalda con sus dedos de

percebes baratos entrelazados. Miraba al televisor con ademanes de dignidad.

Juan, sin esperar el pedido, puso delante del recién llegado un botellín de

cerveza sin alcohol. Pepote dio las gracias y un pequeño sorbo.

Terminó el partido. Un barullo de indignación salió del bar. Tres

cuarentones en chándal analizaban los pormenores de la falta de un defensa central

en el equipo blanco; los uatro viejos añoraban tiempos donde los testículos eran

parte fundamental del juego; los de FENOSA subieron en silencio a la furgoneta a

juego con sus monos, y los uniformados de Zidane pagaron sus consumiciones a

Juan mientras maldecían en voz alta al jugador que había metido los dos goles en la

portería del Real Madrid, un tal Alexandrei.

-Hola Mosca –Uno de los muchachos lo saludó con un golpe cariñoso en el

hombro cuando abandonaba en local. El aludido sonrió:

-Mal partido, Carlos.

-Estos cabezas cuadradas de los alemanes... Ya nos veremos en el partido de

vuelta... Por cierto, Pepote ¿Cómo se llama la madre del jodido ruso que nos ha

marcado los dos goles?

Pepote parecía desperezarse cuando oyó la pregunta:

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-No es ruso, es ucraniano –respondió como si le hubiera molestado y se

rascó la cabeza de un modo que me recordó a como lo hacen algunos animales.

-¿Qué más da?

-Danuta Volkova –dijo mirando tímidamente a los pies del chaval.

-Gracias, Pepote. Ya sé en quien me voy a estar cagando toda la puta

noche... Danuta...

-...Volkova. Vive todavía en Kiev –puntualizó quitándose las gafas y

limpiándolas con una servilleta-, aunque se ha comprado recientemente una casa en

Suiza, en Ginebra.

No escuché más de aquella conversación de futboleros ilustrados. Pagué mi

cuenta y bajé por toda la calle Valeras hasta San Antonio para acceder a la plaza de

la Mariblanca. Desde que llegué a Aranjuez la plaza de la Mariblanca (oficialmente

plaza de San Antonio) siempre me había parecido un espacio enorme y

maravilloso, un pedazo de urbanismo que irradiaba una calma extraña en cualquier

época del año. Ahora, olían los almendros. Me senté en la escalinata de acceso a la

capilla de San Antonio y perdí la vista en los árboles de los jardines intentando

olvidar por unos momentos mi idea obsesiva. Y lo conseguí. Pepote tuvo la culpa

aquel día de que pudiera hacerlo. ¡Danuta Volkova! ¿Por qué sabría aquel muñeco

de nieve con gafas que la madre del jugador se llamaba así, dónde vivía y qué casas

compraba? ¿Quién coño conoce a la madre de los jugadores de fútbol (y además de

uno ucraniano)?

El sol se había puesto, sentí algo de frío y recordé que Joy cuando se

enfriaba solía abrazarme con tanta fuerza que me cortaba la respiración, sonreí y

regresé a casa despacio, con la cabeza gacha, como un soldado que acaba de perder

una batalla sobre la nieve.

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Era una hermosa, y resacosa, mañana de domingo cuando comprendí que

no podía seguir así. Tenía que superarlo, tenía que comenzar a ser yo mismo, a no

depender de lo que era ya, sin ninguna duda, un recuerdo. Y lo debía hacer

cambiando de actitud, y la actitud se cambia con los hábitos, y los hábitos

rompiendo la pereza y contra pereza: diligencia. Y la diligencia pasaba por

levantarme del sillón donde había dormido, dar dos arcadas al ver la botella de

ginebra y sudar mientras intentaba tragar un plátano y un vaso de leche en la mesa

de la cocina. Siempre me ha costado tomar decisiones, sobre todo recién levantado

y más aún cuando el día anterior casi me había bebido una botella de alcohol. Pero

todo iba a cambiar. Félix iba a ser un hombre nuevo de aquí en adelante, iba a

renacer de mis cenizas. Comenzaría por donde se empieza todo: por el orden en el

hogar, seguiría por cuidar mi imagen y terminaría por adquirir unos hábitos

escrupulosos en mis horarios de sueño, alimentación, ejercicio, lectura...

El proyecto me ilusionó. Me gustaba aquella idea de comenzar de nuevo: El

Año Cero tras la vida con Joy. Yo era una persona culta, madura, que estaba en lo

mejor de su vida. ¡Así me gusta, con decisión! ¡Con dos cojones, Félix! Miré el

reloj: las diez cuarenta; e intenté recordar la fecha veinticuatro de marzo. Un buen

día para hacer borrón y cuenta nueva. Me levanté de la silla de la cocina como si

me hubiera acordado de algo y deambulé por el pasillo barajando el nuevo proyecto

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de vida. Mi cabeza funcionaba como nunca; todo era maravilloso: sería como

siempre he querido ser. Nada me iba a influir. Vestiría como siempre he querido

vestir, con mis tejanos viejos, mis camisetas y mis zapatillas deportivas. Colgaría

todas aquellas camisas de moda que Joy me compraba y que, además de no

sentirme cómodo dentro de ellas, ahora me las vestía bastante mal planchadas

(aunque con ellas tenía mucho éxito con las solteronas; tenía que reconocer que no

había cosa más atractiva para una solterona de mi edad que una camisa mal

planchada en un hombre). Pero no me hacía falta una mujer. No me hacía falta

nadie: me convertiría en un solitario sin compromisos, sin ideología, con escasos

valores: un nihilista. Me compraría una moto, si pudiera ser con un solo asiento,

mejor. Una Harley Davidson, ¡Sí, por qué no! Bueno, una Harley no, siempre me

ha dado miedo la velocidad; pero una Vespa es una buena opción. Pues eso, que sea

una Vespa, y que sea roja. Todavía tenía ahorros. Me cortaría el pelo al uno y me

pondría un pendiente. Siempre me había atraído eso de perforarme el lóbulo de la

oreja y nunca me había atrevido. Me miré en el espejo. Si prescindía de los siete u

ocho kilos que me sobraban… Aunque los nihilistas no debían cuidar nada su

imagen... Bueno, pues no sería un nihilista total, sería uno ecléctico. Un nihilista

que cuida su físico, sus hábitos y su vivienda.

Comencé por recorrer cada una de las habitaciones del piso. Nuestro

dormitorio conyugal. Abrí el ropero de Joy. Todavía me impresionaba la cantidad

de ropa que ella nunca tenía que ponerse. Tomé una decisión, me desharía de toda

ella: la llevaría a Cáritas, seguro que allí la darían salida. Saqué del perchero una

prenda al azar, luego otra y negué con la cabeza. ¡Qué cojones iban a hacer en

Cáritas con una chaqueta de Chanel, un top de Ungaro o una blusa de Armani! Pues

entonces lo regalaría a cualquiera, seguro que alguna de mis compañeras estará

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encantada de llevarse aquel dineral en trapos, bolsos y zapatos. Aurora, sí, Aurora

es muy coqueta, siempre le gusta ir a la última. O no. Aurora tiene lo mismo de

coqueta que de chismosa. Con la información tan manifiesta que consistía la ropa y

complementos abandonados por Joy, podía ser la prima donna de las

conversaciones de los cafés matutinos durante toda una década. Quizá es

demasiado arriesgado. La única compañera prudente que se me ocurría entonces

era Alicia, pero ella vestía de progre de los ochenta, con fulares morados y

vaqueros y usaba colonia de Nenuco. Nunca la había visto con pendientes. ¿Qué

podría hacer ella con un bolso de Gucci? Mi ánimo estaba decayendo con la

primera decisión que debía de tomar. Pero de inmediato un resurgir de ánimo me

impidió tirar la toalla: me di una semana para dar una salida digna a todo aquello;

de no ser así, iría a parar al contenedor de basura de la esquina antes del domingo.

Tenía una semana justa para que los últimos objetos de Joy dejaran de morar en mi

casa. La cosa comenzaba bien.

Eché un vistazo al resto del dormitorio. El cuadro que ella compró en la

exposición de uno de sus amigos pintores no me desagradaba. Era una abstracción

muy sugerente y con mucho carácter: la indulté con un gesto magnánimo,

permanecería en su sitio. Al igual que todos los juegos de ropa de cama, que

conservaría, no por gusto, sino por que me daba absolutamente igual. Eso sí, lo que

no estaba dispuesto a tragar, de ningún modo, era con la cortina que tapaba el

ventanal del cuarto. No solo con esa, sino con todas las puñeteras cortinas de mi

casa. Odio las cortinas. No hay cosa que más odie en el mundo que las cortinas que

tapan la calle. Que tapen las putas ventanas que dan a la calle. Intenté descolgarlas

pero era un sistema de sujeción demasiado complejo para mi resaca. Las miré

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desafiante y las sentencié a la misma suerte que todo el contenido del ropero de

Joy. Una semana les quedaba de su estirada vida. Sonreí maliciosamente.

La habitación de invitados que nunca tuvimos, ni intentamos tener; o

también llamada la habitación de los niños, que no tuvimos, ni intentamos tener, se

mantenía tal y como fue concebida, como si en aquella cama hubiera fallecido

algún familiar querido y el recuerdo la mantuviera intacta. Me dio un escalofrío y

la cerré.

Mi estudio estaba como siempre, era lo único que reflejaba relativamente

mi personalidad en aquel piso. Una habitación llena de libros hasta el techo en tres

de sus paredes y la cuarta con mis diplomas y fotografías; una mesa llena con los

trabajos de mis alumnos sin corregir y mi ordenador portátil, el cual tendría en sus

tripas mi tesis doctoral inacabada sobre el estudio de arqueología contemporánea

basada en la comparación de los contenedores de basura de dos barrios de Madrid.

Ahora tendría tiempo de acabarla. Aunque pensándolo mejor, otra vez rebuscar en

la basura restos de los productos que se encuentran de oferta en los supermercados,

o investigar cuál de aquellos barrios es el que más caso hace al reciclado de

residuos me resultaba tan repugnante que, recordando una experiencia con un pañal

de anciano, olvidé la tesis con una arcada.

El cuarto de baño, visto con aquella objetividad de reformador, me pareció

espantoso. Las dos plantas que había en él, una preciosa y enorme yuca y un tronco

del Brasil que Joy mantenía con una verdura maravillosa, se habían secado y no

sabría decir cuándo. No me había fijado en ellas hasta aquel día. Inspeccioné los

azulejos, los sanitarios y las toallas. El conjunto me recordaba mucho a otro cuarto

de baño que había visto hace tiempo en el Museo de Cera de Madrid con trozos de

una mujer descuartizada en la bañera.

21
Luego pasé al cuarto de la plancha, revolví el cúmulo de ropa, toda mía, y

me di cuenta de que en todo aquel túmulo existían camisas y pantalones que no

sabría decir si me los puse alguna vez. Los zapatos se extendían por la salita como

en las catástrofes de aviación, un montón de cintas de vídeo sin identificación,

chabacanos regalos de boda de los que no se tiran por si acaso, revistas de moda y

sociedad que donarían de inmediato su celulosa a otras publicaciones.

El cuarto de estar, sin entrar en detalles, era un verdadero desastre; y la

cocina, a pesar de que hacía más de seis meses que nadie cocinaba en ella, tenía un

olor muy desagradable al que ya me estaba acostumbrando.

La solución no eran cambios en mi vida, la respuesta era una revolución:

aquel desastre de vivienda no necesitaba entusiasmo, precisaba profesionalidad.

Buscaría de inmediato a alguien que se ocupara de mi refugio.

-Una ensalada, Juan, solo voy a cenar una ensalada, y no quiero cerveza,

ponme un vino, un riojita.

Así me gustaba a mí el bar de abajo. Los domingos no era un local muy

concurrido. Los habitantes del barrio o se quedaban en casa o bajaban al centro a

dar una vuelta. Éramos cuatro parroquianos, dos viejos que bebían sendos vinos en

silencio, un joven que tomaba un botellín y un servidor, que se disponía a tomar

una cena espartana y a cambiar los tres o cuatro botellines de cerveza por un

solitario y saludable vino con taninos y antioxidantes. Nuevos y frugales hábitos: el

Año Cero.

Tomé asiento en el taburete mientras abría el suplemento dominical de El

Mundo. Me encontraba estupendamente sabiendo que todo iba a cambiar. Había

rescatado del fondo de mi armario mis pantalones tejanos, mis zapatillas de tenis,

22
una camiseta deportiva roja con ADIDAS estampado en el pecho y una camisa de

cuadros sin abrochar. Si mi barriga no hubiera existido, en aquellos momentos me

hubiera sentido como un componente de Nirvana. Di un sorbito al vino, estaba

dispuesto a panearlo, a saborearlo, a controlar todas las ansiedades.

Primera tentación: frente a mí, por encima del dominical, la sonrisa de Li

presentándome un enorme plato.

-¡Hola, Félix! Hoy sí he frito empanadillas de bonito.

¡Mierda!... Estaban preciosas, doradas, humeantes, con esos cráteres que se

abren en la masa frita, y rodeadas de lechuga.

-Ponme... dos... nada más, Li.

-Oh, no, Félix, tú siempre comes seis o siete. No querer ofenderme.

¡Dios, ella era mi madre, que en paz descanse, mi madre oriental! Las

empanadillas, la obligación de comer: y por si acaso me sirvió ocho empanadillas,

humeantes, doradas, con esos cráteres que se abren en la masa... Y tenía hambre.

No dejé nada en los platos, pero prescindí del pan, que suelo comer incluso

con las empanadillas, algo es algo. Pero al fin y al cabo era domingo. Los

domingos no se empieza nunca nada, son los lunes los días que se usan para

comenzar. Fue el lunes el día en que el Señor eligió para la Creación.

-Ponme otro vino, Juan.

“Dos botellines sin alcohol, Juan”: oí a mis espaldas.

-Buenas tardes, compañeros.

-Buenas tardes –pronunciaron a la vez los viejos del fondo de la barra.

-Hola seniores –dijo Juan.

-Qué hay –murmuré yo.

23
Ocuparon un par de metros de barra a mi lado. Yo acabé mi segundo vino y

los miré. Mosca tenia la costumbre de frotarse con fuerza las manos como si llegara

de un lugar nevado, haciendo sonar en su muñeca una esclava de plata. Expósito

apenas gesticulaba, se limitaba a dejar su redonda humanidad quieta, firme, sin

ningún apoyo. Miré la hora: las nueve y cuarto; había que reconocer que aquellos

dos esperpentos tenían unos hábitos escrupulosos, ni les contaban los días festivos,

ni las vísperas. Juan les sirvió las cervezas sin alcohol mientras yo les escudriñaba

casi con descaro. Aparentemente no se habían mudado de ropa desde la última vez

que los describí. Expósito todavía se embutía en la camiseta de publicidad de los

DESGUACES LA MONTAÑA. Hoy la revista que enrollaba en su bolso de mano

era de armamento militar.

Expósito giró todo su cuerpo para dirigírseme:

-Perdona, ¿puedo?

Se refería al periódico que yo tenía doblado sobre la barra. Yo le di permiso

para leerlo. Él pivotó sobre sus talones para darme de nuevo la espalda y colocarse

el diario a la altura de los ojos, como si lo leyera en un vagón de metro abarrotado.

Estaba entrando en calor, ilusionado con mis proyectos. Pedí otro vino,

tomé una servilleta y solicité a Juan un bolígrafo. Escribí una lista con todas las

decisiones que había tomado a lo largo del día, que eran muchas e importantes y no

se debían de olvidar. Descubrí que lo prioritario era ordenar mi guarida, en

encontrar una asistenta para convertir mi piso en un lugar digno. Llamé a Juan para

preguntarle si sabía de alguien que trabajara como doméstica por horas. Yo seguía,

y sigo, pensando que los bares tienen la obligación de ser un servicio público total,

un lugar que sirva para proporcionar una aspirina o preparar un golpe de estado.

24
-No, Félix, no conozco a nadie, pero yo preguntaré estos días a los clientes

–me contestó mientras secaba un vaso con el mismo estilo que un tabernero

asturiano.

El muñeco de nieve vestido de azul marino giró despacio para ponerse de

frente a mí, me devolvió mi diario y, para mi sorpresa, con su rechoncho dedo

índice martilleó la servilleta en la que yo escribía mis proyectos.

-Apunta, apunta –añadió al gesto.

Yo tardé unos segundos en entender qué quería decir. Adopté ademán de

escribir. Me dictó de memoria:

-SEÑORITA RUMANA SE OFRECE PARA TAREAS DOMÉSTICAS

TELÉFONO 67632777.

Le di las gracias por la información, pero antes de preguntarle si aquella

persona que me recomendaba era de confianza me volvió a señalar la servilleta:

-Apunta, apunta: ESTUDIANTE UNIVERSITARIA SE OFRECE PARA

PLANCHAR POR HORAS 66883938.

Tomé nota de lo que me dictaba Expósito. Iba a levantar la cabeza de mi

escrito cuando volvió a decirme:

-ECUATORIANA DILIGENTE SE OFRECE PARA EL HOGAR

65569837

Esta vez observé sorprendido a mi espontáneo colaborador para comprobar

que no estaba inspeccionando en ningún apunte, apenas me dio tiempo hacerlo

cuando volvió a dictarme:

-LIMPIEZA DE VIVIENDAS POR HORAS 91892454; ESTUDIANTE SE

OFRECE PARA PLANCHAR O CUIDAR NIÑOS 645464666.

25
Tomé otra servilleta para seguir escribiendo en ella mientras miré a

Expósito de abajo arriba, desde sus zapatillas deportivas a la raya de su peinado.

-SE OFRECE PARA HOGAR, MUY LIMPIA Y DE CONFIANZA

69888484... Y... no sé más –remató Expósito.

Entonces se volvió hacia Mosca, tomó su botellín y dio un sorbito a la

cerveza.

Me había quedado atónito. No sabía si toda aquella relación de ofertas era

una broma, o si el muñeco de nieve no estaba bien de la cabeza y yo había hecho el

ridículo escribiendo toda aquella información, o si la casualidad me había llevado a

dar con un profesional de los anuncios por palabras o... Miré al resto de los

clientes, nadie parecía sorprendido de aquel acto, por lo que consideré mi segunda

opción: aquel hombre era un retrasado a quien nadie hacía caso y yo había pagado

mi desconocimiento. Me bebí el vino de un sorbo brindando por mi ridículo. Pero

aún así no me atreví a deshacerme de las servilletas escritas. Mosca y Expósito

giraron la cabeza al televisor para acabar con sus consumiciones, y como en un

acto acordado, el mismo acto convenido de cada día, Mosca dejó unas monedas

sobre la barra y se despidió de la concurrencia. Expósito le siguió con movimientos

mucho más lentos, pero antes se volvió hacia mí:

-Apunta otro: MUJER SE OFRECE PARA LABORES DEL HOGAR

68889599; pero este anuncio hace cuatro meses que lo retiraron –añadió-. Pero

inténtalo.

Yo hice como si lo escribiera, pero no había sacado la punta del bolígrafo.

Lo sonreí con lástima y le di las gracias como se hace a los niños pequeños. Le

entregué el bolígrafo a Juan y le pedí la cuenta y puse un billete sobre la barra.

-¿Has tenido suerte con Pepote?

26
-Sí –ironicé con una sonrisa-. Mañana le pediré el teléfono de Linda

Evangelista.

-Seguro que Pepote se lo sabe. Pepote sabe muchas cosas –me dijo el chino

sonriendo.

Yo arrugué las servilletas con las ofertas que me había dictado y las arrojé a

la papelera. Juan me entregaba las vueltas del importe de la cena.

-¿No quieres ya asistenta, Félix? ¿Por qué tiras los teléfonos?

Dudé y sonreí.

-¿Cómo?

-Sí, los números de teléfono que te ha dicho Pepote: he visto que los has

tirado. ¿Ya no quieres una asistenta?

-¡Pero!... ¿esos números son de verdad?

-Claro que sí, ¿por qué te iba a engañar Pepote?

-¿Quieres decir que se sabe todos esos números de memoria?

-Sí, Félix, Pepote sabe muchas, muchas cosas.

Todavía no me podía creer lo que estaba oyendo, de no conocer la seriedad

oriental de Juan hubiera pensado que todo aquello era la continuación de la broma.

-¿Y por qué? ¿Se dedica a los anuncios por palabras?

-Oh no, Pepote trabaja de conserje en el Casino... Pero se fija mucho en

todo y lo aprende enseguida... Pepote es un felómeno.

Era mucho para mi resaca. Di las buenas tardes, pero rescaté las servilletas

de la papelera, y me dirigí a dar el rutinario paseo vespertino por la plaza de la

Mariblanca.

Hacía algo más fresco que en días anteriores y no tomé asiento en los

peldaños de la iglesia. Todavía no podía creerme que alguien se aprendiera los

27
anuncios por palabras de memoria. A mí, que en diez años apenas podía recordar

media docena de números de teléfono, que apenas podía recordar dos docenas de

fechas de la Historia de la Humanidad; que no sabía la matrícula de mi coche, del

coche que Joy aparcaba mal por las calles de Madrid, me resultaba tan

sorprendente la facilidad que tiene la gente para memorizar. Recordé a un alumno

que tuve hace unos años. Él era capaz de recitar de memoria un párrafo de diez

líneas leído unos minutos antes... También recordé un espectáculo que Joy y yo

presenciamos en una sala de fiestas en Madrid. Un artista se aprendía el nombre y

apellidos de todos los que estábamos en la sala. Era verdaderamente impresionante;

todos dijimos nuestros nombres y apellidos y en cinco minutos estaba preparado

para ser cuestionado. Al principio no me lo creí, pensé que preguntaba a

compinches suyos mezclados con el público; hasta que su partenaire señaló a Joy, y

el hombrememoria pronunció su nombre: Yolanda Casas. Recuerdo la cara de

sorpresa de Joy, su boca abierta, y cómo se la tapó con su delicada mano de uñas

rosas; también recuerdo cómo iba vestida ella aquella noche, sus zapatos negros de

tacón de bruja... Y su perfume de Cacharel...

¡Mañana será otro día, Félix!: El Año Cero, Félix. Mañana lunes.

28
Ese mismo lunes después de una junta de evaluación y de mi hora de tutoría

me puse manos a la obra. Desde el despacho de Alicia, la Jefa de Estudios, con los

pies encima de su mesa, telefoneé a todos los números que Expósito me había

facilitado (todavía estaba sorprendido por su exhibición de memoria, no se había

equivocado en ningún número) y concerté cuatro entrevistas para el miércoles.

Llamé también a mi peluquera, que era la misma que atendía a Joy cuando vivía

conmigo, y me citó para aquella misma tarde. Lo de ponerme un pendiente, ahora

en frío, me dio un poco de grima, pero aquello podía esperar. En mi lista,

subrayado en rojo, aún quedaba aplazado lo de comprarme una Vespa y fijarme

unos hábitos de ejercicio físico. Esto último me preocupaba: no tenía la más

mínima idea de cómo alguien se iniciaba en el deporte a los cuarenta y dos años.

Temía comenzar haciendo un esfuerzo tal que sufriera un infarto o algo así. En toda

mi vida mi currículo deportivo se limitaba a haber jugado un poco a balonmano

cuando estudiaba en el instituto, y hacía ya de ello tal cantidad de años que cuando

intenté precisarlos un horrible escalofrío me recorrió la columna vertebral. Pero

luego recordé aquello de ¿para qué estaban los compañeros?: Eduardo, el profesor

de Educación Física. Él me asesoraría.

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Aprovechando el ordenador de Alicia me conecté a Internet para intentar

encontrar un lugar donde vendieran una Vespa de segunda o tercera mano en

buenas condiciones. Pero para mi sorpresa no hacía falta que la moto fuera usada.

Las Vespas, que yo las consideraba en proceso de extinción como el Escarabajo, de

Volkswagen, todavía se comercializaban. No hacía falta que la comprara usada. El

modelo clásico que se fabricaba era el Iris 200. Me gustaba. Llamé a una casa de

Madrid, me dijeron el precio, que me pareció asequible, y también que podía

disponer de una en color rojo en un par de días.

Alicia entró a su despacho, que era el mismo que yo ocupaba con mis

zapatillas deportivas sobre su escritorio, cosa que a ella le repateaba los ovarios.

Intenté disimular mi atrevimiento fingiendo intrascendencia, es decir sin

inmutarme de golpe, sin bajar los pies de la mesa de inmediato. Me incorporé en mi

asiento, que era el suyo, despacio y luego le cedí el sillón sin apartar la mirada de la

pantalla del ordenador. El gesto me había salido perfecto, pero para mi sorpresa

Alicia parecía no haberle dado importancia, ni siquiera me recriminó un poquito.

Me preguntó en un tono que incluso me sonó cariñoso:

-¿Qué haces, Félix?

-Nada, que quiero comprarme una Vespa y estaba mirando en Internet algún

lugar donde las vendieran.

-Vida nueva ¿eh? Ya era hora.

Así de directa y de sincera era y es Alicia. Siempre me ha caído muy bien.

Es de las pocas personas francas que conozco. Si tiene que decirte que has hecho

un buen trabajo te lo dice con un abrazo, y si piensa que eres gilipollas también te

lo dice aunque sea delante de los alumnos. No es una persona muy popular entre

los compañeros, ni cómoda para sus superiores, pero es así; puedes regañar a voces

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con ella por el cambio de un horario de clase, que cuando la discusión se acabe,

Alicia vuelve a ser la misma de siempre. Me gustan las personas que saben

diferenciar los escenarios. Alicia es la que he mencionado anteriormente, la que

viste como una progre de los ochenta, lleva una larga melena de poca peluquería,

no se maquilla y usa agua de colonia Nenuco. Es más joven que yo, rondará los

treinta y cinco, es una mujer grande con unos ojos preciosos, y si se arreglara

podría llegar a ser muy atractiva. No se le conoce pareja y se rumorea que es

lesbiana, aunque no lo es, no sé por qué lo sé pero estoy seguro.

-Pues... eso intento, Alicia, comenzar una nueva vida –me sinceré, siempre

lo he hecho con las personas que son sinceras.

-¿Y vas a comenzar por una moto?

Alicia tomó unas carpetas de encima de su escritorio y las posó sobre un

archivador. No aceptó su sillón, me dijo que volviera a sentarme y ella lo hizo en

otra silla que arrimó a mí.

-Por algo hay que empezar, Alicia.

-Quizá lo hayas empezado ya por tu ropa... ¿Dónde están tus camisas de

Adolfo Domínguez?

-Me las compraba Joy, ahora no me las puedo permitir.

-Jajaja –emitió una carcajada que me contagió- No me digas que se han

envejecido de ayer a hoy.

-Sí –contesté escuetamente para poder seguir riéndome.

Recordé que tenía un armario lleno de ropa femenina de marca que me

había propuesto deshacerme de él antes del domingo.

-Me gusta como te quedan los vaqueros –me dijo.

Ella era así.

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-Gracias... Bueno, Alicia, te dejo con tu despacho, quiero tratar unos

asuntos con Eduardo.

Me levanté y me dirigí a la puerta. Ella me espetó:

-Félix.

-Dime.

-¿Quieres que te invite a cenar este viernes?

Yo me quedé algo sorprendido, me ruboricé, pero estaba de espaldas y ella

no pudo verme la cara, además, conociéndola, siempre estabas en guardia para

cualquier eventualidad. Jamás me había hecho ninguna proposición, nunca

habíamos tenido ninguna relación extraacadémica. Me giré hacia ella despacio.

-Sí, ¿por qué no? –contesté antes de pensarlo (aunque de haberlo hecho

hubiera contestado lo mismo).

-¿Nos llamamos?

-De acuerdo.

Entonces, sin saber por qué, mi vista se extravió en su escote, tenía unos

pechos grandes, pero toda ella era grande, así que proporcionados. Ella se dio

cuenta de mi mirada perversa y soltó una carcajada que me ruborizó.

-Pero no te hagas ilusiones –añadió.

Yo no supe qué contestar, creo que hice algún gesto con pretensiones de ser

simpático y me fui.

-Pero tú lo que quieres es ponerte mazas, ¿no? -me enseñó el muestrario de

sus brazos como hacíamos de chiquillos para sacar bíceps.

-No, Eduardo, tampoco es para tanto.

32
-Mira, colega, lo que hace falta es ponerse mazas, marcar bien los músculos

de los brazos. Te juro que es lo que realmente les vuelve locas. Buenos bíceps,

buenos tríceps y buenos hombros –volvió a hacerlo.

Estábamos en el pabellón deportivo. Sonido de zapatillas chirriando, los

golpes secos de los botes del balón. El equipo femenino de baloncesto del Instituto

entrenaba en la cancha. Eduardo levantaba tanto la voz que me estaba comenzando

a poner en vergüenza. Yo bajaba el volumen para ver si él me imitaba:

-De verdad, Eduardo, solo quiero comenzar a hacer un poco de ejercicio, a

correr y esas cosas. En realidad lo que quiero es perder un poco de peso.

-Por supuesto que te puedo ayudar. Te escribiré un entrenamiento

personalizado. Pero si quieres exigirte un poco más, como marcar pectorales –me

hizo una muestra- o presumir de abdominales –otra muestra-, te vienes al gimnasio

conmigo tres veces por semana. Con una buena dieta y complejos proteínicos,

después del verano no te conoce ni Dios.

-Te lo agradezco de verdad, Eduardo, te lo juro. Pero no estoy yo para tanto

trote. Lo único que quiero es quitarme el óxido y adelgazar un poco.

-Bueno, como tú digas –me tomó del hombro y arrimó su cabeza a la mía

como si yo fuera un jugador al que fuera a explicar una jugada que en los últimos

segundos nos fuera a dar la victoria- Pero piénsatelo: te pones mazas, marcas bien

abdominales y... a follar, colega. Eso es lo importante en la vida.

-...

-¿Cuándo quieres empezar?

-Ayer.

-Mañana o pasado te traeré el entrenamiento para el primer mes. Y ya me

dirás cómo te ha ido. Según te encuentres, te cambio la rutina o seguimos igual...

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Por lo pronto lo que debes hacer es comenzar con un ejercicio suave: hay que

avisar con tiempo al corazón de nuestras intenciones –acompañó su consejo con un

golpe seco en mi pecho (supongo que así se comenzaría a acostumbrarlo)-. ¿Tienes

bicicleta?

-No..., bueno... sí –recordé que Joy tenía una en el trastero.

-Pues comienza dándote una vueltecita todos los días, algo más de una hora.

Todos los días. Rutina, colega. En esto no hay más misterio que la rutina. Buenos

hábitos... Y, claro, la alimentación que es tan importante como el ejercicio. ¿Comes

pan?

-Sí

-Fuera.

-¿Dulces?

-Sí.

-Fuera.

-¿Alcohol?

-...sí.

-Fuera.

-¿Marisco?

-No.

-¡Pues marisco puedes comer todo el que te salga de la polla, colega!

Soltó una carcajada tan grande como sus bíceps. Luego golpeó mi espalda:

-Eso es lo principal. Comienza por una buena dieta: mucha verdura y fruta,

algo de legumbres... bueno, ya te lo escribiré, y por montar en bicicleta, o en su

defecto anda una hora diaria, pero diaria, eh. En un par de meses, si eres bueno y

cumples con el entrenamiento –me amenazó con el dedo índice-, verás cómo ha

34
desaparecido esa panza –me la sacudió con el canto de la mano derecha como en

un golpe de kárate. Tosí.

-Gracias, Eduardo.

-De nada, colega, para eso estamos. Te confeccionaré una rutina de

mantenimiento en cuanto tenga un rato. A condición de que cuando te pongas en

forma y te persigan las mujeres, la noche que te acuerdes bríndame un par de

polvos.

-Lo haré, no te preocupes. Pero solo un par, porque el tercero ya me cuesta

un poco –yo también era gracioso si me lo proponía.

Cojonudo. Todo comenzaba bien. Todo funcionaba. No hay cosa mejor que

poner bien la primera piedra. Ese día almorcé una manzana de primer plato y de

segundo una maravillosa película de Fritz Lang que había grabado de la Dos unos

días atrás. Me sentía libre, ligero cuando fui hasta la peluquería. ¡Al uno, María

Teresa! ¡Al uno, sí, sí! ¡No hay peros que valgan! Ni cortes modernitos ni leches

¡AL UNO! No lo hago por estética sino por ética. Sí, por ética incluso se puede

cortar uno su cabello sin que esto fuera considerado un castigo ni un premio. ¡Al

uno, María Teresa!

Tardó tres minutos en pasarme la máquina. Me miré al espejo: ¡Dios, estaba

horrible! ¡Dios qué cara de pánfilo!... Joder, podía haber esperado a adelgazar unos

kilos. ¡Qué cara de gilipollas se me había quedado!

¡Con dos cojones, Félix, el daño ya estaba hecho!

Respiré y salí a la calle. Noté un agradable frescor en el cráneo. Sin el

espejo delante la sensación era distinta. Me pasé la mano de atrás adelante de la

cabeza, imitando un gesto muy elegante que había visto hacer al protagonista de

35
los Siete samuráis. Me sentí como él, invulnerable a la vez que sabio. No tomé el

autobús de regreso, anduve hasta el barrio a buen paso, al ritmo que me marcaban

mis tripas vacías. Miré mi reloj: las ocho y media. Algo pronto para cenar, pero...

Entré en el bar de Juan.

Ahora tenía que solucionar lo de la gula. Necesitaba obligar a mi madre

oriental a que me sirviera cenas ligeras sin que con ello llegara a ofenderla. Opté

por una mentira piadosa. Le dije que había ido al médico y que me había detectado

un principio de úlcera y que de ahora en adelante mi dieta iba a ser muy blanda y

escasa.

Casi tengo que desmentir la trola cuando vi cómo el rostro de Li se

transformaba en la Máscara Oriental de la Tragedia. Ella se había llevado el mismo

disgusto que si le hubiera confesado que tenía un tumor en el hígado. En parte creo

que pensó algo así cuando me vio con la cabeza rapada. Me pareció observar cómo

derramaba una lágrima pensando en la quimioterapia. Ahora me tendría que cuidar

como una madre, me dijo.

Y funcionó. No me puso delante de las narices las tentaciones irresistibles

que acostumbraba.

-¿Agua para beber, Félix?

-No, una copita de vino tinto me ha dicho que sí puedo, que eso no puede

hacer nada mal sino todo lo contrario.

Esa noche ensalada y arroz blanco cocido que Li me sirvió en un tazón y yo

comí con palillos para engañar al estómago prolongando la ingestión. Me quedé

con algo de hambre, pero bien, reforzado moralmente. Pedí café.

-¿Café?

-Sí, café me ha dicho que puedo, aunque dos o tres veces al día nada más.

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-¿Seguro, Félix?

-Sí, sí...

“Buenas tardes, compañeros”.

Las nueve y cuarto.

-Hola, seniores –les contestó Juan mientras servía los dos botellines sin

alcohol sin que ellos lo pidieran.

El príncipe gitano se acomodó en la barra como lo haría un italiano, pero un

italiano chulo. Dejó su llavero de Piolín sobre el mostrador y se puso un Ducados

en los labios, pero no lo encendió. Hoy vestía una camisa rosa salmón y se había

afeitado mejor que otras veces. El hombrememoria seguía con su rebeca azul

marino y haciendo publicidad en su pecho de los Desguaces la Montaña. Como

siempre, entre ellos no pronunciaron palabra alguna, se limitaron a beberse los dos

botellines sin alcohol y a comerse la tapa que Juan les servía (hoy un trozo de

tortilla de espárragos que yo miré con envidia). Si no había ninguna novedad en su

rutina permanecerían unos veinte minutos en el bar de Juan, pagarían y se

marcharían en silencio despidiéndose con algún ripio de Mosca. Aunque de vez en

cuando ellos mantenían alguna conversación con otros clientes, incluso parecían

personajes populares en el barrio.

Me preguntaba cómo sería la relación entre aquellas dos celebridades.

Recuperé por un momento mi prurito de cuando creí tener talento para escribir, e

intenté distraerme imaginando la historia de sus vidas como si fueran personajes

para mi novela. Pero no pude, nada de nada. Quizá si separara al uno del otro

podría inventarme algo, podría pensar que Mosca era un ex presidiario que se

estuviera reinsertando en la sociedad, alguien con fuerza de voluntad para olvidar

sus malas maneras de entonces, incluido el alcohol, pero que sus gestos de

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camorrista, de chuleta de barrio los conservaba por algún instinto de supervivencia,

o por algún “Si vosotros supierais”. ¿Estaría casado? No, no me lo parecía. Era un

eterno solterón que en sus tiempos mozos habría roto muchos corazones con su

empaque de gitano de raza, pero que perdió su tren. De su ocupación laboral lo

único que se me venía a la cabeza era aquella persona que trabajaba en los coches

eléctricos en las ferias.

Y de Expósito, Pepote para los amigos, qué decir. Este sí que me perdía.

Hoy traía un suplemento dominical enrollado en su bolso de mano. No podía

precisar si él era un genio o un retrasado. Miré descaradamente su perfil y seguí

pensando lo mismo. Tan pronto me parecía uno de esos gordos ingenieros

estadounidenses a los que viste su peor enemigo, pero que son doctores en Física

Cuántica en la NASA; como que si lo volvía a mirar, esta vez con otra perspectiva,

le veía como un adulto-niño de los que se ven en autobuses de la ONCE que van a

los centros ocupacionales. Bien es cierto que el tener un trabajo como el de

conserje en el Casino, como me dijo Juan, le daba cierto aire de normalidad, pero

todavía lo recordaba dictándome de memoria todos aquellos números de teléfono.

Me tenía fascinado. Aquello me recordó que tenía que agradecerle la información

que ayer me había facilitado. Llamé a Juan y le dije que les pusiera otra ronda de

botellines a la estrafalaria pareja, que yo les invitaba. Mientras, me levanté de mi

taburete y me acerqué hasta ellos.

Toqué el hombro de Expósito para dirigirme a él.

-Muchas gracias por la información de ayer, me ha servido de mucho.

-De nada –soltó sin apenas dejar de mirar al televisor, con una sequedad y

una seriedad que me hizo retroceder.

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Me quedé algo extrañado de su reacción. No supe qué hacer. Parecía que

Expósito había dado mi conversación por finalizada. Tuve la impresión de estar

molestando. Llegaron los botellines de cerveza sin alcohol. No sabía si retirarme a

mi rincón o intentarlo de nuevo. Me sentía incomodísimo. Mosca, de quién no me

acordaba, salvó la situación presentándose.

-Soy Mosca –me extendió una mano con dos anillos del tamaño de dos

nueces. Yo se la tomé con fuerza, como si aquella mano me fuera a sacar de un

pozo-. No el Mosca, puntualizó, sino Mosca, de apellido, Emiliano Mosca.

-Soy Félix, encantado.

-Discúlpale, Félix –Mosca lo decía por Expósito, que todavía miraba

embobado el televisor-, es que cuando le interesa algo...

Yo miré también al aparato, me interesaba saber qué interesaba a aquel

tonelete con gafas. Emitían un documental sobre la actividad volcánica.

-Él es Pepote, Pepote para to er mundo menos para la Administración que

se llama José Manuel Expósito.

Como si fuera un acto reflejo, Pepote al oír su nombre me ofreció su mano,

una mano flácida de dedos cortos y regordetes. No era agradable tomar aquella

mano. No dejó de mirar el programa de televisión. Ni quise molestarle y me centré

en Mosca:

-Ayer me dejó alucinado con lo de recordar tantos teléfonos...

-Pepote es un felómeno. Va leyendo por ahí todo lo que se encuentra y

luego es capaz de recordarlo.

-¿Cómo?

-Sí, que es un felómeno.

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Expósito todavía no había retirado la vista del televisor más que para

tomarse la tapa del segundo botellín, una salchichita sobre una rebanada de pan. En

su perfil miré cómo funcionaban las mandíbulas comunicando su movimiento a una

enorme papada. La curiosidad que me ofrecía aquel talento mnemotécnico me

estaba pudiendo. Me vencía la tentación de ponerlo a prueba como si se tratara de

una atracción de feria. Aunque todavía yo estaba algo escéptico (por mi cabeza se

me pasó que aquellos dos ejemplares de homo sapiens podían ser dos timadores del

famoso timo del hombrememoria, sea cual sea ese timo). Algo me decía que mi

curiosidad debía satisfacerse de un modo más discreto que abordarlo con

preguntas. Regresé a Mosca:

-¿Y cuál es su especialidad?

-¿Qué especialidad? –me preguntó Mosca extrañado mientras masticaba.

-La de Pepote –lo señalé con la barbilla. El nombrado, a pesar de estar a dos

metros de nosotros, no escuchaba, parecía abducido por la televisión-. Me refiero a

¿qué es lo que se aprende de memoria?

-Nada en concreto y todo, compañero –me dijo el ciudadano caló mientras

se llevaba un mondadientes a la boca-. Su dedicación pofesional le deja mucho

tiempo para la lectura... Pero él es un autodidacto, Pepote se dedica a aprender

cosas, desde libros asín de gordos hasta la publicidad de los supermercados.

Mira..., Félix, ¡estate atento! –se dirigió a Expósito como si fuera a comenzar el

timo del hombrememoria-. Pepote, ¿a cómo está el atún en el Ahorradescuento?

-Tres latas de cincuenta gramos a un euro con veinte –pronunció el gordo

sin apartar la vista de una simulación por ordenador de una erupción del Vesubio.

-¿Y el pollo?

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-Las alitas y los contramuslos a tres euros con noventa el kilo, el pollo

entero a dos con noventa y nueve.

Eso no me impresionó, cualquier ama de casa lo hubiera hecho tan bien

como él. Tomé el interrogatorio sin ningún recato:

-¿Quién ha ganado el Nobel de la Paz en 1999?

-Médicos sin Fronteras.

-¿Y en el 1984?

-Desmond Tutu.

Impresionante. No transcurría ni un solo segundo entre mi pregunta y su

respuesta. El Vesubio sepultaba Pompeya y Pepote no se había perdido ni un

detalle.

Volví a la carga pensando en la casualidad de que él se hubiera leído

últimamente la nómina de los premios Nobel:

-¿De dónde eran lo Beatles?

-De Liverpool.

-Capital de Uruguay.

-Montevideo.

-Altura del Teide.

-3.718 metros.

-Director de la película Milagro en Milán.

-Vittorio de Sica.

No estaba nada mal. Apreté un poco la rosca, busqué algún tema que yo

tuviera reciente en mi asignatura:

-¿Batalla de Alcolea?

-¿Qué?

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Respiré. Por un momento había sobrevalorado a aquella máquina de

responder. Me acerqué hasta la barra para apurar mi copa de vino. Fue entonces

cuando Expósito retiró la vista del televisor. El documental había terminado. Se

quitó las gafas y las limpió con una servilleta. Habían transcurrido un par de

minutos:

-¿Que qué querías de la Batalla de Alcolea? –me preguntó como si la

pregunta la hubiera escuchado anteayer.

-Me conformo con la fecha –le dije.

-1868 –respondió mientras se colocaba de nuevo sus gafotas.

Volví a interesarme.

-¿Reinado de Amadeo de Saboya?

-1870-1873.

Ahora sí estaba sorprendido. Me acerqué a un metro de él:

-¿Ministro de Defensa?

-¿Cuándo?

-¿Cómo que cuándo?... –pensé deprisa-... En... mil novecientos ochenta y

dos.

-¿De dónde?

-En... Espa... ¡No!, en Argelia.

-Chadli Benyedid.

Yo no tenía ni puta idea de lo que le había preguntado, pero algo me dijo

que la respuesta era correcta.

Me encontraba alucinado. Si otra persona le hubiera estado haciendo las

preguntas a Pepote, en aquellos momentos yo hubiera buscado una cámara oculta o

caído en el timo del hombrememoria. Por un momento perdí la noción tiempo y del

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espacio. Un golpe que Mosca me dio en el hombro se encargó de devolverme a la

realidad:

-Lo que te he dicho, Félix, que Pepote es un felómeno.

El hombrememoria tomó su segundo botellín de cerveza sin alcohol, acabó

con su contenido, miró a Mosca y los dos se hicieron el mismo gesto de todos los

días antes de irse. El príncipe caló se echó mano al bolsillo y sacó un billete

doblado por mil sitios, pero yo le impedí que pagara las consumiciones, alegué que

era por la información sobre las asistentas. “Muchas gracias, don Félix. Quédense

con Dios, compañeros” “Adiós seniores”.

Al día siguiente me desperté con una sensación extraña, a pesar de los

rugidos de mis tripas había dormido como un oso: por primera vez en un año algo

me había distraído del recuerdo de Joy.

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-¡Dios!, ¿qué te has hecho en la cabeza?

-Me he cortado el pelo.

-Si eso ya se ve. ¡Madre mía!, estás...

-Horrible, lo sé.

-Tampoco te queda tan mal, es... diferente.

-No mientas...

-No miento, de verdad... ¿Te vas a dejar barba?

Llevaba tres días sin afeitarme. Aquella mañana tampoco quise hacerlo, una

barba incipiente parecía atenuarme el tajante corte de pelo.

-No lo sé –pero pensé que aquello podía ser una buena idea.

-No te quedaría mal. Inténtalo.

-Te haré caso, Beatriz.

-Bueno, te dejo, tengo clase.

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Me quedé solo en la sala de profesores, bueno, también estaba Patricia, la

de Música, un dinosaurio que corregía trabajos en un rincón. En sesenta y tantos

años, los de ella, apenas habíamos cruzado media docena de frases. Faltaban unos

minutos para el cambio de clase y la sala volvería a ocuparse de profesores. Me

levanté y tomé dos tomos de la enciclopedia; así mataría dos pájaros de un tiro: mis

compañeros me verían ocupado y no tendría que dar explicaciones por lo de mi

pelo, mi ropa y mi posible barba, y comenzaría a realizar el trabajo que desde ayer

por la noche me había propuesto.

Me sentía descubridor de algo importante. Expósito me había absorbido

como lo hacen los amores recientes. Mi encuentro con él me parecía un sueño

lejano. Deseaba volver a verlo, volver a probar su talento. Había dado tantas

vueltas a mis preguntas y a sus respuestas que me sentía inquieto. Al igual que los

amantes, me había transmitido la ansiedad de querer que mi hallazgo fuera para mí

solo, no deseaba que nadie se acercara a él. No sé por qué, pero era así.

Me había planteado realizar una especie de test, una relación de preguntas

de todo tipo, de todos los temas que se me ocurrieran para valorar la amplitud y

profundidad de sus conocimientos. Todavía estaba incrédulo de lo que había

presenciado en el bar de Juan. Aún otorgaba a sus respuestas mucha casualidad.

Antes de nada seleccioné los temas. Tenían que ser lo más variado posible.

Me hice un esquema basado en las asignaturas del centro: Historia, Geografía, Arte,

Idiomas, Música, Biología, Química, Matemáticas, Economía, Literatura... Luego

añadí algunos temas de cultura general: deportes, música, espectáculos, aficiones,

televisión, consumo y alguno más que se me ocurriera mientras seleccionaba

alrededor de cien preguntas para fabricar el examen más espectacular que iba a

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confeccionar en mi vida... Para ello tenía sobre la mesa los dos tomos de la

enciclopedia, papel y bolígrafo.

-¿Qué estás haciendo?

-Un cuestionario, Joaquín.

Joaquín es como un oso polar, es enorme y todo en él es cabello y barba

blancos; sus movimientos también son de plantígrado. Tomó uno de mis folios con

toda la confianza que se suponía entre colegas y se sentó junto a mí mientras leía

las preguntas en voz alta:

-¿Qué es un endecágono?, Año del Tratado de Pardo, Fórmula del nitrato de

sodio, Capital de Nigeria, Fecha de nacimiento de Rafael, Actor que encarnó a

Chanquete, Ciudad donde tomó la alternativa Vicente Barrera... ¿Qué coño estás

haciendo, Félix?

-Nada.

-¿Cómo que nada?

-Nada que te importe. –y le arrebaté el papel de sus zarpas.

-Joder, Félix, te estás volviendo de un raro últimamente. Y ese corte de

pelo... Perdona si te he molestado... No fastidies, muy lejos de mis intenciones...

¡Ah!, ya sé, ¡no me digas!

-No te voy a decir nada... –gilipollas, pensé intentando transmitirle el

insulto por telepatía, y parecía haber llegado a su cerebelo.

-No te preocupes que ya te dejo en paz... ¡Hola Eduardo! Bonito chándal.

-Hola colegas. ¿Qué tal, Félix? ¡Vaya corte de pelo! ¡Joder! ¿Te vas a dejar

barba?

La diligencia de mi preparador físico no venía en buen momento. Puñetazo

en mi hombro mientras guiñaba el ojo a Carmen, la de Física.

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-No lo sé todavía...

-Toma, lo que me pediste, me voy deprisa que tengo a los de tercero

corriendo en la cancha... Ya sabes, Félix, rutina, colega. No falles que te voy a

evaluar dentro de un mes...

-Muchas gracias, Eduardo.

-De nada, colega... Adiós, corazón –esto era por Carmen.

Es visceral pero realmente solícito. Eduardo es la energía personificada. Se

marchó arrojando un beso, esta vez al dinosaurio. El profesor de Educación Física

me cae bien. Es una de las personas con las que nadie discute nunca, para todo el

mundo tiene una sonrisa y una frase. Moreno de rizos, hoyuelo en el mentón,

cachas de tebeo: es la caricatura del universal profesor de Deporte. En el Instituto

había dos prototipos que parecían haber sido elegidos por la planta (sin quitar

méritos a sus conocimientos). Eduardo, el de Educación Física, y Gabriela, la de

Literatura: treinta y cinco años, treinta y cinco kilos, tres paquetes de Habanos

diarios con su olor a tabaco impregnado en su melena negra descuidada, gafas

horizontales sobre sus ojeras y vestida de luto. Una novela suya había ganado un

premio con el nombre de una ciudad y otra había quedado finalista de otro con el

nombre de una editorial. No recuerdo ni una ni otra, pero añadí su nombre a la lista

de preguntas para realizar a Expósito, por si acaso. Una vez asistimos juntos a la

boda de un compañero, ella llevó de pareja a un poeta cubano, un mulato enorme

que se bebió dos botellas de ron antes de catar las gambas. En esa misma

celebración, a las cuatro de la mañana, Gabriela nos dijo a Joy y a mí que le

parecíamos una pareja muy atractiva, que el cubano y ella se iban a su casa a echar

un polvo, y que les encantaría que nosotros miráramos cómo lo hacían. Fue Joy la

que se disculpó por los dos, y lo hizo con el estilo de siempre, como si se pasara la

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vida eludiendo ser espectadora de las cópulas de los demás: “Nos encantaría,

¿verdad cariño?, pero mañana tenemos que madrugar, salimos muy temprano para

Barcelona”.

¡Joy, mi dulce Joy!, ¡cuánto te echo de menos!

Cuando el timbre sonó había conseguido anotar treinta preguntas que me

parecieron muy útiles para mis intenciones, y también alejar al cotillo de Joaquín.

Comenzaba mi clase con los de cuarto de la ESO.

Estaba nervioso, inquieto como se está la primera vez. Había cenado un

plato de acelgas y unas pechugas de pollo rebozadas. Li se había tomado muy en

serio mi enfermedad. En el momento en el que pisé el bar, ella salió de la cocina

preguntándome cómo había pasado la noche anterior con mi principio de úlcera,

como había transcurrido el día con mi úlcera y cómo me encontraba en aquellos

momentos con mi úlcera sangrante. También, por supuesto me preguntó por Joy.

“Bien, muy bien, viajando como siempre”. No sé por qué en esos momentos intenté

recordar el nombre del mulato que acompaño a Gabriela en la boda y tampoco sé

por qué me dio un escalofrío cuando no conseguí recordarlo. Borré de golpe

aquellos celos infundados (¿infundados?), y pedí mi café solo. Las nueve y diez.

Tomé el papel con las preguntas y repasé lo escrito como si fuera yo quien se

sometería a examen.

-Buenas tardes, compañeros.

-Hola seniores.

Las nueve y cuarto.

-¿Qué tal va la vida, Juan? –preguntó Mosca mientras se frotaba las manos

para espantar el supuesto frío siberiano del exterior.

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-Ahí vamos tirando, Mosca, que no es poco.

Era uno de los muchos ripios castellanos que Juan había aprendido de sus

clientes. Me hubiera gustado saber cómo se traduciría literalmente al Mandarín.

Les sirvió los dos botellines de cerveza sin alcohol y como tapa dos

pequeñas anchoas sobre pan y una raja de tomate. Expósito se limpió sus gafas con

una servilleta antes de comer su canapé en varios bocados. Luego se cogió, no sin

algo de esfuerzo, las manos por la espalda en su digna posición. Hoy se había

cambiado de vestimenta, ya no hacía publicidad de los desguaces, la camiseta era

blanca de ropa interior y acababa de recibir una gota del aceite de la anchoa sin que

su dueño se hubiera dado cuenta. La rebeca era de color granate años setenta con

adornos de ochos, el pantalón que le rodeaba la barriga era del mismo color, estaba

perfectamente planchado y sus bajos reposaban sobre unas zapatillas hogareñas de

pana marrón.

No veía el momento ni la forma de entrarle para mis propósitos. Me

resultaba azaroso acercarme a Expósito, así, en frío, para decirle que me gustaría

evaluar sus conocimientos y que por favor contestara a mis preguntas. Creo que

todavía vale el símil del amante: era el mismo estado de excitación que cuando

quieres establecer una conversación con la chica que te gusta; por un lado te alivia

saber que todo se puede dejar para otro día, pero por otro la ansiedad te apremiaba.

¿Qué se hacía en esos casos? Muy sencillo, el primer paso, el que aconsejaba el

manual del buen seductor, era establecer la conversación con su mejor amiga: en

este caso con Mosca.

Pasé al cuarto de baño, a nada, a disimular, me lavé las manos y salí. Tenía

que acercarme físicamente de alguna manera a ellos. Expósito no me miró; con los

brazos en la espalda, parecía estudiar las banderillas que el antiguo propietario del

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bar, el andaluz, dejó prendidas en la pared. La mirada de Mosca y la mía sí

coincidieron. Sonreí y le di un golpecito en el hombro.

-¿Qué tal va eso, Mosca? –no sé cómo me salió aquel gesto, yo nunca había

sido así de campechano, me pareció oír mis propias palabras como si fueran de

otro.

-Podemos con ello, compañero Félix –se acordaba de mi nombre, la cosa

iba bien. Pero Expósito ni siquiera me miró.

-...

-Bueno, ¿encontraste a la criada?

-Oh, no…, todavía no, mañana he citado a las aspirantes para la entrevista.

-Que tengas mucha suerte, la vas a necesitar. Ya sabes lo que es el servicio

doméstico...

Me aconsejó con un gesto de resignación, como si él hubiera crecido entre

mayordomos y ayudas de cámara. Yo miré de reojo a Pepote, pero imposible, ahora

me daba literalmente la espalda. No se me ocurría nada para continuar la

conversación con Mosca. Busqué la revista que Expósito siempre llevaba consigo

enrollada al bolso de mano a ver si podía comenzar una conversación gracias a ella,

esta vez era un panfleto religioso, El Mundo de Dios. Nada de nada, que mi cabeza

siguió en blanco. Me azaré y como el púgil derrotado busqué mi rincón de la barra;

pero me quedé en el intento porque la mano de Mosca sujetó mi brazo. Me giré de

nuevo hacia él, que me hacía un gesto clandestino para que acercara mi oreja a su

boca.

-Oye, compañero, ¿no tendrás que hacer un regalo a tu mujer?

Me quedé tan extrañado como frío. No entendía nada y él se tuvo que dar

cuenta:

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-Tengo unos maravillosos monederos de piel de cocodrilo, para tu esposa,

mira...

Del bolsillo de su cazadora de pana sacó dos monederos envueltos en

plástico y me los mostró como si estuviera vendiendo droga. Tuvo que notar mi

perplejidad porque levantó las manos mostrándome las palmas:

-Eh, compañero, que es todo legal –pronunció ofendidísimo, pero en voz

muy baja-. La mercancía es de un primo mío que tiene un comercio muy

importante en Valdemoro. Yo me quedo con las gangas y se las ofrezco a los que

son mis amigos de verdad. Pero como un chollo, no te creas que yo gano mucho en

esto. Es todo a precio de coste, para dar salida a la mercancía.

Tomé uno de los monederos, si no era auténtico lo parecía. Algo era algo, al

menos yo seguía junto al hombrememoria. Un rinconcito de mi cerebro parecía

estirar sus músculos.

-No está mal. Sí que no me importaría... pero no tienes otra cosa... es que

monederos, creo que tiene unos cuantos.

-Pues claro que tu compadre tiene... ¡lo que haga farta! –se frotó las manos

haciendo sonar su esclava de plata que serviría para amarrar un barco- ¿Qué es lo

que necesitas? ¿Joyas? ¿No? ¿Relojes?... Lo que haga farta, compañero... Si

quieres nos acercamos a mi almacén y...

-De acuerdo –contesté fingiendo una seguridad en mí mismo que no tenía

en aquellos momentos. Todo estaba ocurriendo muy deprisa.

Saqué mi paquete de cigarrillos y golpeé el fondo de mi cajetilla para que se

asomara el filtro de un par de ellos. Fue el gesto más arrabalero que se me ocurrió.

Intentaba ponerme a la bajura de Mosca. Él tomó el cigarrillo, se lo puso en la boca

y negó por Pepote. “No, no te molestes, él no fuma”. Sacó su mechero, un

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auténtico Bic de color blanco, encendió su cigarrillo primero y luego el mío. Pagó

sus consumiciones (las iba a pagar yo, pero algo me dijo que hacerlo por segundo

día consecutivo perjudicaría mi imagen y esto era malo para los negocios que se

supone que íbamos a hacer Mosca y yo). Realizó un gesto a Expósito y salimos del

bar de Juan.

Llevábamos andados cincuenta metros cuando me dijo que almacén, lo que

se dice almacén, no tenía, bueno, sí tenía, pero que no estaba en condiciones; que

no me preocupara porque las mercancías de valor no las guardaba en el

establecimiento, porque nadie lo atendía durante el horario comercial y entonces,

ya sabes cómo está la delincuencia, ¡cómo para dejar cosas de valor en un

almacén!, enseguida te... bueno qué te voy a contar... Que íbamos a casa de Pepote,

que, de momento, hasta que el negocio fuera mejor y pudiera contratar a alguien,

porque imagínate lo que es contratar a alguien. Seguridad Social, sueldos...

vacaciones, bueno, ya sabes de qué te estoy hablando..., era donde tenía guardado

todo lo de valor. Además está aquí mismo.

Miré a Expósito, que era quien me interesaba. Todavía no me había dirigido

la palabra. Caminaba con los brazos atrás. Bajo su axila derecha sujetaba su bolso

de mano con la revista religiosa. La cabeza alta, mirando por encima de las gafas.

Arrastraba sus pantuflas a un ritmo que me decía que por muy cerca que

estuviéramos de su domicilio no llegaríamos nunca. Además, que cualquier cosa

legible que Pepote se pudiera encontrar por la vía pública se detenía ante ella:

bandos del Ayuntamiento pegados en los portales, esquelas mortuorias, anuncios de

fontaneros, de carpinterías de aluminio, fiestas de camisetas mojadas. Mosca no

paraba de hablar, parecía estar nervioso, como si fuera a ocurrir algo inesperado.

Yo no veía la manera de abordar a Expósito con mis intenciones. Además que

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caminar por la vía pública junto al señor díptero hacia un almacén clandestino me

hacía sentir muy incómodo, por un lado esperaba que de un momento a otro

apareciera de repente un ejército de policías y fuéramos detenidos los tres, y por

otro que en cualquier esquina Mosca me mostrara una navaja y muy amablemente,

entre los dos esperpentos, me robaran hasta mis vísceras con más salida comercial.

Llegamos a un barrio de casitas bajas de una sola planta con un pequeño

jardincillo como recibidor. Eran viviendas antiguas, construidas seguramente por

las mismas personas que comenzaron a habitarlas. Nunca había paseado por allí a

pesar que estaba muy cerca de donde yo vivía. Parecía una zona agradable,

apartada (aunque estaba más cerca del centro que mi piso). Muchas de aquellas

viviendas estaban siendo remozadas, incluso algunas tenían terreno suficiente

como para estar construyéndose una pequeña piscina, como la que yo estaba

observando a través de una valla cuando la voz de Mosca me espetó:

-Aquí es.

-Un buen barrio, me gusta.

-Se llama Las Casas Baratas. Ahora costarán un dineral.

Pasamos a la vivienda contigua de la que estaba construyéndose la piscina.

Su jardincito estaba cuidado, pero se intuía que la puerta de entrada era la

primitiva. Aquella vivienda, como otras de la misma calle, no se había beneficiado

de ninguna reforma.

Dentro todo estaba oscuro y olía a ambientador de pote asturiano con

repollo, no mal, sino a cocina. Pepote voceó al interior de la vivienda. Me asusté:

por un momento pensé que de algún lado saldrían Los Cuarenta Ladrones.

-Soy yo, madre. Ya estoy aquí.

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Por el pasillo se oyó algo ininteligible acabado en “... cariño”. Seguimos la

voz y pasamos a un cuarto de estar con muebles antiguos y baratos como el título

del barrio, todos estaban cubiertos por piezas de ganchillo en cualquier forma que

se le pudiera dar a la confección: redonda para la mesa camilla, hexagonal para el

mueblecito de una triste lámpara, cuadrados para cualquier parte de un sofá más

triste aún, rectangular para no rayar un televisor con los marcos de las fotografías.

-¡Hola, doña Rafaela!, ¿cómo va eso? –Mosca se fue hacia un rincón donde

yo no había visto a ningún ser humano.

Era una vieja consumida, sentada en una silla en un rincón de la sala como

si estuviera olvidada. La presencia de la anciana, y que ella no tenía ninguna arma

de fuego en su regazo, me tranquilizó.

-¿Mosca? –pronunció la anciana con alegría, extendiendo los brazos como

si llevara esperándolo toda una eternidad.

Por la dirección en la que la mujer miraba me di cuenta de que estaba

completamente ciega.

-Claro que soy yo, cariño, mi amor, mi chica guapa... -pronunció el díptero

como si las palabras fueran destinadas a un bebé.

Ciudadano Mosca se puso de rodillas junto a la silla y abrazó a la anciana

besándola varias veces en la frente. Así estuvieron por más de un minuto. Me

conmoví. No podía imaginar que tanto cariño pudiera caber en aquel empaque

arrabalero.

-Es mi madre –me dijo Pepote al oído. La pobre está muy mayor y muy

ciega.

Luego oí que Mosca era regañado por la anciana:

54
-Mosca, tienes el pelo muy largo, a ver si te lo cortas... Los hombres no

pueden ir así, Mosca –la vieja lo agarraba del tupé mientras el reprendido sonreía

como si jugara con una chiquilla-. Los hombres tienen que parecer hombres, no

nenas...

-Ahora se estilan las melenas, asín es como le gustan a las chicas..., doña

Rafaela y ya sabe usted que...

-Pillín, pillín –la anciana le había cogido las manos a Mosca y las movía a

ritmo de su regañina-, no vas a cambiar nunca, Mosca.

-Doña Rafaela, mire, le presento a Félix, es un compadre mío.

Me acerqué a ella y le tomé la mano. Sonrió antes de dirigirme la vista y la

palabra hacia mi pecho:

-Encantada de conocerte, Félix... ¿A qué te dedicas?

-Soy profesor en el instituto, enseño Historia.

-Muy bien, muy bien –contestó como si ella aprobara por los pelos que

Mosca y su hijo anduvieran con gente de mi calaña.

-Hay que dar palos a la juventud, profesor –me aconsejó la anciana-. Porque

los jóvenes de ahora no tienen que ver nada con los de antes...

-Que me va usted a contar...

Mosca me hizo un gesto con la cabeza y nos despedimos momentáneamente

de la anciana. Pepote nos condujo por un pasillo hasta entrar en una habitación que

perfectamente hubiera podido ser un decorado de alguna película de ambientación

gore. Las cuatro paredes estaban ocupadas por estanterías hasta el techo, y las

estanterías estaban tan repletas de revistas y de una forma tan atestadamente

ordenadas que me parecía imposible que cupiera alguna más por mucho empeño

que se pusiera en ello. Solo quedaban libres de ser conquistadas por publicaciones

55
el vano de la puerta y el de una ventana que daba a un patio interior por el que

pasaba una pobre luz. En el centro geométrico de la sala estaba plantado un enorme

sillón de piel con una lámpara de lectura, tan tétrico conjunto como si de una silla

eléctrica se tratara. No había más mobiliario. Creo que yo no pude respirar mientras

estuve en aquella habitación.

Pepote tomó asiento muy despacio en aquel sillón como si quisiera ser

voluntariamente ejecutado, encendió la lámpara, que le dibujó unas sombras en su

figura que echaban para atrás a cualquier espectador, y, para dar mayor veracidad al

trágico momento, abrió El Mundo de Dios por las páginas centrales como si fuera

buscando el deseado póster. Y quedó quieto, leyendo en silencio, formando parte de

aquel atrezzo lúgubre. Mosca me dijo que le siguiera hasta la habitación del fondo.

Yo estaba tan ensimismado en aquel espectáculo que tuvo que repetírmelo tres

veces.

Ni almacén ni nada. Era lastimoso. Su mercancía se limitaba a media

docena de cazadoras de cuero de diez lustros atrás, camisas estampadas del mismo

año que las cazadoras, dos cajas de zapatos con bisutería y relojes de mala

imitación, y una docena de electrodomésticos. Me pidió veinte euros por unos

enormes pendientes que de puro retro me parecieron originales. Acepté pensando

en mi cita con Alicia, y cuando le fui a pagar, creo que viendo que no le iba a

regatear, él mismo me los rebajó hasta los diez euros sin que yo dijera ni una

palabra. También me ofreció con mucha insistencia una sandwichera, pero no hubo

trato.

De aquel trapicheo conseguí que el mercader de las Casas Baratas aceptara

venir al día siguiente a mi piso para echar un vistazo al vestuario de Joy.

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Antes de salir de la casa busqué de nuevo la habitación de Pepote y me

mantuve en el quicio de su puerta durante unos minutos observando cómo aquel

Buda de la memoria devoraba datos y cifras en el centro de su templo del saber,

bajo la iluminación divina que algún dios superior prestaba a su lámpara de lectura.

No me despedí de él, molestarle me pareció un sacrilegio.

Yo no la recordaba muy bien pero era rosa con una cestita blanca: una

verdadera monada de bicicleta.

Por primera vez en mucho tiempo me había despertado antes que

amaneciera. Me encontraba con energía suficiente para cualquier cosa, y la cursi

bicicleta de Joy no iba a detenerme. Estaba decidido a lo que sea, y sobre todo a

comenzar el entrenamiento que Eduardo me había fijado. Yo ni siquiera poseía un

chándal, ni recordaba haberlo tenido nunca; necesitaba comprar algo de ropa

deportiva lo antes posible. Para salir del paso me vestí con unos tejanos y un jersey

viejo. Bajé al trastero cuando todavía era de noche. Tomé la caja de herramientas y

adapté el sillín y el manillar del tamaño de Joy al mío, hinché las ruedas y limpié

con un trapo algo del polvo que la bicicleta había recogido en más de un año de

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inactividad. Las siete y media. El vehículo estaba en buen estado de revista y

dispuesto a obedecerme. Una hora de bicicleta, ducha y desayuno, y a las nueve en

punto estaría en el instituto con la satisfacción del deber cumplido: eso decidí

cuando salí a la calle pedaleando en rosa como si quisiera salir del armario.

Diez minutos y ya estaba sudando, pero al menos las personas con las que

me cruzaba no se reían de mi bicicleta con cestita blanca, ni siquiera me miraban

raro ni nada. A los veinte minutos ya parecía que había cogido el ritmo y me sentía

a gusto. Por la nariz esnifaba toda la fresca madrugada de las calles de Aranjuez y

mis pulmones lo agradecían con un subidón de ánimo. Había elegido un recorrido

cercano a mi barrio por si existía algún problema mecánico, tanto en la bici como

en mi organismo. Aunque había calculado mal, en bicicleta se recorría mucha más

distancia de lo que creí en un principio: ya había pasado tres veces por el mismo

sitio y entonces sí fue cuando me miró algo extrañado el hombre de la esquina. Me

hice el valiente y me dirigí a las afueras, tomé dirección a la Estación del

Ferrocarril. Las calles estaban preciosas, los enormes plátanos estrenaban sus

verdes vestidos y los pájaros piaban a la primavera como piamos todos los seres de

la tierra cuando el celo nos aparece en las entrañas. Todo era maravilloso menos el

desnivel para subir el puente que salva las vías del tren, pero ya estaba, otra vez

cuesta abajo. Aquí se acababa la arboleda y comenzaba la zona industrial. Ahora

iba más deprisa y decidí dar más caña aún a mis atrofiadas piernas. La bicicleta

respondía a mi antojo: me soltaba de manos, quitaba los pies de los pedales, hacía

zigzags como si estuviera en un eslalon de esquí: me sentía como un chaval de diez

años. Al menos todo iba así de bien hasta que apareció el puto pastor alemán en mi

camino. Mi ánimo se vino abajo. El puto pastor alemán decidió que, por diversión

o por instinto de territorialidad, mi bicicleta rosa y yo no éramos muy bien

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recibidos por aquella parte de Aranjuez. El bicho salió a mi encuentro ladrándome

y enseñándome sus fauces como si yo fuera su peor enemigo. Logré ponerme

momentáneamente a salvo de la fiera aprovechando la inercia de la bajada del

puente y con la obligada administración de adrenalina que me facilitó la glándula

suprarrenal para pedalear más deprisa. Pero era un puto pastor alemán demasiado

alemán y ya llevaba persiguiéndome más de cien metros, distancia suficiente para

que mis piernas me dijeran que nanai, que si quería deshacerme del perro luchara a

puñetazos con él porque ellas se rendían. Llegué a un acuerdo con mis cuartos

traseros cuando divisé una puerta abierta en un muro. Eché mi último aliento y

conseguí pasar a velocidad de vértigo por la entrada de lo que parecía una

propiedad privada. Pedaleé cincuenta eternos metros más por una calle de cipreses

dentro de la finca hasta que me pareció que los ladridos habían dejado de oírse. Me

bajé de la bicicleta. Miré atrás: al fin el puto pastor alemán había desaparecido.

Dejé la bicicleta apoyada en cualquier sitio y me senté en un banco de madera que

parecía estar puesto allí para los que huían del Infierno. Comencé a toser, mis

pulmones, como mis piernas, también se declararon en rebeldía, además que yo

estaba tan empapado de sudor como si me hubiera caído al río. Puse mi cabeza

entre las rodillas para ahogar una arcada, cuando oí una voz a mi espalda:

-Aquí no se puede entrar en bicicleta.

No contesté porque no pude: mi garganta me ardía.

-¿Me ha oído?, aquí no se puede entrar en bicicleta; además no se abre al

público hasta las nueve.

Levanté la cabeza para ver de quién eran esas palabras, pero mi vista se

nublaba, lo único que me funcionaba era la educación y ella fue la que contestó:

-Lo siento mucho, ahora mismo me voy, no se preocupe.

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Entonces aquella cara borrosa tuvo que descubrir mi trágico estado.

-¿Le ocurre algo?

-Sí, que no me encuentro bien.

El cuerpo desenfocado dejó lo que parecía una herramienta con astil junto a

mi bicicleta rosa desenfocada.

-Túmbese, voy a por una manta, hace algo de frío para estar empapado.

-No, no hace falta... Agua, ¿tiene agua?, por favor.

-Sí, un momento.

Cuando regresó mi socorrista ya tenía los contornos bien trazados. Vestía un

mono caqui de trabajo, tenía gafas, cincuenta años y perilla, pero aún hablaba como

desde dentro de un tubo.

-¿Se encuentra mejor?

-Sí, muchas gracias –era verdad. Bebí un par de sorbitos de una botella de

plástico.

Miré a mi alrededor: no me gustó nada lo que vi. Pero nada de nada.

-¿Dónde estoy? –dije poniéndome de pie de un salto.

-¿No lo sabe?

-No, se lo juro.

-En el Cementerio –se oyó del interior del tubo.

-¿Qué coño estoy haciendo aquí?

-Usted sabrá –oí. Cada vez entendía su voz con más nitidez, lo que no

eludía ni mi miedo ni mi estupefacción. Negué con la cabeza.

-¿Cómo que no lo sabe? ¿De verdad que se encuentra bien?

Parecía que un rayito de lucidez cruzaba por mi músculo de entender las

cosas complicadas. El del mono siguió hablando:

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-¿No lo recuerda? Pasó usted por la puerta pedaleando como si le

persiguiera el Diablo.

-Ya... Es... que... un puto pastor alemán...

El operario lo entendió perfectamente. Nos mantuvimos en silencio unos

segundos. Yo miré en rededor mío: lápidas, cruces y flores de muertos.

-Siento mucho haber molestado –ya era yo mismo quien hablaba-, pero el

perro me iba a atacar y me metí donde pude. No sabía que esto era el Cementerio.

No soy de aquí, y por fortuna nunca nadie me ha invitado a venir...

-Nada, no se preocupe, ¿puede andar?

Pude sin ayuda. Tomé la bicicleta y el operario me acompañó hasta la puerta

por donde yo había entrado. Pero a cincuenta metros de allí la fiera parecía

defender de nuevo su territorio, que coincidía con mi camino de regreso. No supe

dar una solución al conflicto. El encargado sí. Dijo que podía salir por la puerta del

lado viejo. Me indicó el interior del Campo Santo y anduvimos por varias calles de

edificios bajos de mármol y cruces de la muerte hasta llegar a la parte antigua,

donde las lápidas no eran tan recientes. Entramos a una zona cerrada a la vista por

una malla tupida dentro de la cual se oía el ruido de una máquina. Otro hombre

vestido de caqui, que manejaba una excavadora del tamaño de un contenedor de

basura, dejó su trabajo para atender a mi desventura contada por su compañero. Yo

permanecí a varios metros de ellos, observando lo que aquella máquina estaba

haciendo. Las lápidas de aquella zona, muy viejas de moho, y cruces de forja,

habían sido amontonadas unas encima de otras dejando un campo de sepulcros

destapados, de ataúdes baratos y viejos como la piedra de la que les habían

desnudado. Algunas de las cajas con su madera podrida estaban amontonadas como

en esos documentales en blanco y negro de horrores del Holocausto. Me dio tiempo

61
a ver cómo bajo una lona verde asomaban algunas calaveras y otros huesos que no

sabría identificar. No es que yo sea temeroso de la muerte ni de los horrores de la

descomposición del cuerpo, pero tampoco era un espectáculo para ser presenciado

con agrado. Entre los dos trabajadores me ayudaron a trasladar mi bicicleta al otro

lado de aquel paisaje de Valdés Leal y, salvando un pequeño murete, me indicaron

que rodeando la fábrica de detergente había un camino para llegar de nuevo al

casco urbano sin tener que pisar territorio canino.

Así hice y llegué a casa con mi cuerpo y mi alma heridos, pero a tiempo de

atender mi primera clase de miércoles en el Instituto.

Era la tarde de las entrevistas a las candidatas a asistenta. En la segunda que

hice lo pasé tan mal como en la primera. Violetka, la rumana, apenas hablaba

castellano, pero me comunicó que aprendía muy pronto. Desde que se sentó frente

a mí con las piernas cruzadas apenas nos dijimos seis frases, si incluyo lo de “muy

bien, muy bien…, pues aquí estamos… ¿quiere tomar algo?” que repetí dos veces y

ella me negó ambas. No tenía ti pajolera idea de cómo se elegía a una asistenta, ni

siquiera de cómo se hablaba con una aspirante a ello. Creí que las entrevistas serían

muy fáciles, que la conversación saldría fluida, que ellas se sentarían en una silla

de la cocina con la espalda muy recta y el bolso en el regazo y me contarían sus

virtudes y sus referencias mientras yo pulularía en rededor suyo fumándome un

cigarrillo y asintiendo con la cabeza cada treinta segundos. Yo lo estaba pasando

mal, de verdad, y la rumana también. Cuando llevábamos más de dos minutos

frente a frente sin hablarnos me noté tan ruborizado que pensé que me iba a dar uno

de esos ataques de tos. Me levanté: “muy bien, muy bien, pues si eso… ya la

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llamaré”. Ella me imitó, me dio la mano y yo respiré cuando la puerta del piso se

cerró. Nunca sabría si aquella mujer quería trabajar en casa o había venido a otra

cosa.

Abrí el frigorífico y tomé una cocacola light. Esa tarde todavía me

quedaban otros dos malos ratos con sendas candidatas, y lo que era peor y lo más

probable, tendría que tomar una decisión casi a ciegas. Porque a lo que no estaba

dispuesto era a que transcurriera el día y, el punto principal para el comienzo del

Año Cero, o sea, lo de ordenar mi guarida, quedara aplazado para no se sabe

cuándo. Con dos tragos acabé mi refresco. Miré la hora, quedaban diez minutos

para la próxima entrevista; lo único lúcido e importante que se me había ocurrido

como futuro patrón era que las asistentas fueran puntuales. Yo no pensaba ser muy

exigente, me conformaba con que planchara la ropa y limpiara mi casa una vez por

semana, yo me encargaría del resto. Tampoco era pedir mucho.

Le tocaba el turno a Eva, la estudiante de turismo que limpiaba y planchaba

por horas. El timbre de la puerta sonó.

No era una voz femenina, ni mucho menos.

-Hola, compadre, ábrenos, semos nosotros.

-¿Mosca?

-El mesmo.

Abrí. No me acordaba que los felómenos vendrían a limpiar mi piso de los

enseres abandonados por Joy. Lo que faltaba. Pero no hay mal que por bien no

venga, solucionaría dos cosas a la vez. Algo de ánimo me insufló esa idea.

Mosca me dio un abrazo con palmaditas en la espalda y todo. Pepote entró

sin mirarme y saludó con un movimiento de barbilla. Recorrieron el piso sin

esperar mi compañía, con el descaro y con la seguridad de ser imprescindible que

63
tienen los del control de plagas. Expósito pasó seguidamente a mi estudio como si

hubiera olfateado la letra impresa de los libros. Tomó un par de revistas de La

aventura de la Historia y sin pronunciar palabra ocupó mi sillón de lectura. Lo

miré con ilusión. Lo tenía. No se marcharía de mi casa sin realizar el cuestionario

de las ciento veinte preguntas (había añadido unas cuantas más de ayer a hoy). Me

froté las manos como si hubiera atrapado al Monstruo del Lago Ness. Pero en

aquellos momentos me preocupaba más el otro. Mosca había visitado todo el piso

añadiendo: “qué bonito, qué bonito” cada vez que entraba en una habitación. Yo

pasaba a ellas después de él y procuraba recordar el inventario de las cosas que

había antes de que el comerciante de las Casas Baratas hubiera entrado. Mosca,

después de encontrar el cuarto de baño y mear en él, halló el dormitorio de

matrimonio y abrió un armario como si supiera dónde estaba la mercancía. El

timbre volvió a sonar. Yo le dije a Mosca que por favor no tocara nada hasta que yo

regresara, que me encontraba en pleno proceso de selección para contratar a la

asistenta.

-No te preocupes por mí, compadre –me dijo mientras abría el cajón de la

lencería de Joy y olfateaba unas braguitas de seda roja.

Eva era muy joven y además atractiva. Enseguida sonreí y le dije que se

pusiera cómoda. Ella me explicaba que era una estudiante universitaria que para

ganar unas pelillas trabajaba desde hacía unos meses como planchadora en…

-Hola, qué hay, soy Mosca –salió del pasillo y se presentó a la aspirante

ofreciéndole su mano anillada mientras la miraba con descaro de arriba abajo.

La cosa se iba a complicar más de lo que podía hacerlo yo solo. Intenté

hacer llegar a Mosca un gesto para que nos dejara en paz antes de que me liara a

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darle voces, pero él ya había tomado la conversación y, para mi sorpresa, había

dado por finalizada la entrevista:

-Lo siento mucho, señorita, de verdad que lo sentimos todos mucho, pero

no pudimos avisar con antelación: el puesto ya está ocupado; le pedimos mil

perdones.

La joven se levantó sin saber que era lo que ocurría. Creo que estaba más

sorprendida por la aparición de Maquinavaja que por el contenido del discurso. Yo

reaccioné, pero como estaba haciéndolo últimamente: demasiado tarde. Mosca ya

me había pedido diez euros, se los había entregado a la estudiante para que tomara

un taxi y había cerrado la puerta del piso.

-¿Qué cojones estás haciendo, Mosca? –le pregunté levantando la voz y

soltando la furia almacenada desde mi encuentro matutino con el puto pastor

alemán.

-¿Cómo que qué hago? Ser tu jodida conciencia.

Di dos vueltas al salón apretando los dientes antes de volver a dirigirme a

él:

-¿De, qué, coño, me, estás, hablando, Mosca? ¿Qué, es, eso, de, mi, jodida,

conciencia?

-Que si no es por tu tío Mosca… -me hizo el gesto de ma chè acompañado

por una sonrisa- Tú no te has visto cómo mirabas a esa monada… Vamos, que lo

único que te podía traer esa niña es un disgusto… Además tampoco te has fijado

que esa chiquita no tiene desarrollados los genes de la disciplina.

Yo iba a explicarle algo, pero no lo hice. Tampoco le pregunté que qué era

eso de los genes de la disciplina.

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-Pero…, Félix, compadre, ¿tú ves a esa monada en el cuarto de baño de

rodillas frotando con fuerza el interior de la taza del váter?… ¿A que no?, ¿verdad?

No contesté. En parte tenía razón. O no, no solo en parte, quizá tenía toda la

razón. Él siguió con su plática, ahora, al ver que mi gesto asentía se creció:

-Tú haz caso al tío Mosca, que de esto entiende un rato –se pasó la uña del

meñique por el espacio interdental de los dos paletos-. Bueno, compadre, vamos a

lo que hemos venido…

Entramos en el dormitorio y abrí todos los armarios y cajones de Joy, es

decir todos los armarios y cajones de la alcoba con la excepción de la última puerta

que era donde estaba mi ropa. El mercader de las Casas Baratas se puso a peritar

con gestos de joyero una a una cada prenda femenina: no íbamos a acabar nunca.

-¿Todas las marcas son originales?

-Todas –afirmé desde mi asiento en la cama.

-Bueno… -hizo un poco bastante el paripé observando una carísima

cazadora de ante de Rodier-. Pero ya se sabe… son prendas usadas, y las mujeres

no son como nosotros que nos vestimos con cualquier cosa.

Lo miré y le di la razón. Mosca hoy lucía una arrugada americana de tela

vaquera sobre una camisa hawaiana y pantalones negros del conjunto de camarero

de marisquería. Calzaba los zapatos con hebilla de bruja. Un verdadero primor.

Las prendas se iban amontonando en la cama y yo las observaba con

melancolía. Casi me acordaba de cada una, de cuándo Joy se vestía con aquella

blusa, o cómo le sentaba ese pantalón. Y Mosca intentando darme la coba del buen

mercader.

-Por cierto… -me dijo como tomándose un descanso de la peritación y

como si se hubiera dado cuenta de algo importante- ¿Cuándo te dejo la mujer?

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No sé cómo podía haberse enterado, pero me di cuenta de que la situación

era demasiado evidente.

-Hace ya un año.

Mosca se acercó y me puso la mano en el hombro antes de seguir con su

trabajo.

-¿Y cómo fue?

-De repente, de un día para otro.

-Lo siento mucho, compadre.

Ahora toda la cama estaba ocupada por la ropa de Joy y Mosca seguía

masticando las palabras en voz baja como si no quisiera que le oyese.

-Además…, siendo ropa de difunta… Como se entere alguien hemos

acabado con el negocio…

-¡Oh, no por favor!… No. Ha sido un malentendido. Mi mujer no ha

muerto.

-¿Cómo?

-No… Que se fue, nada más.

-¿Quieres decir que te ha abandonado?

-Eso.

-¡Será hija de la gran puta! –Gritó indignado como si el cornudo fuera él,

como si ella, además, fuera la culpable de haberle despojado de su reino-. ¡Será hija

de la gran puta! –lo repitió varias veces.

Yo no hice ningún comentario y dejé que Mosca se desahogara. Sentí

incluso algo de pena por él y le puse la mano en el hombro para consolarlo.

-¿Y no piensa volver a por sus putas cosas? –preguntó apretando los puños.

-No, no creo.

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-Mierda de mujeres, son todas iguales. ¿Al menos la otra merecería la pena?

-¿Quién?

-Con la que te pilló.

-No hubo ninguna otra.

-¡Será hija de la gran puta!

El timbre de la puerta dio por zanjada la conversación. Me levanté a abrir.

Pero antes de llegar a la puerta eché un vistazo al Monstruo del Lago Ness. Estaba

feliz. Leía. Me fijé que con la mano que no sujetaba la revista se llevaba

continuamente galletas a la boca, y no recordaba haberle visto traerlas.

-Hola, buenas tardes, soy Margarita. Es para lo del trabajo de criada.

-Pase, pase, por favor.

Tomamos asiento en el salón, los tres. A pesar de que Mosca recibió un par

de indirectas mías y una mirada para matarle, no se fue, sino todo lo contrario;

eligió mi sillón preferido, se cruzó de piernas e hizo coincidir las yemas de los

dedos de las dos manos: era el Padrino IV. Pensé que con aquel personaje allí nadie

querría trabajar en mi casa. Intenté olvidarme de él y centrarme en la entrevista,

que no era poco.

-Bueno, bueno… ¿Y cómo ha dicho que se llama?

-Margarita, señor.

-Muy bien… muy bien… ¿y es usted?

-Ecuatoriana, señor.

-De… ¿Ecuador entonces?

-Sí, señor.

-Y… ¿ha trabajado antes en… alguna casa?

-Sí, señor. He estado incluso de interna en…

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-Muy bien, muy bien… conque de interna y todo, ¿eh? ¿En... Ecuador?

-No, no, aquí, en España, en Madrid.

-Muy bien..., muy bien.

La entrevista se realizaba con mi acostumbrada soltura. Pero yo estaba más

nervioso que nunca. Me azaré con el largo silencio. Comencé a toser y seguí

tosiendo más y más aprisa. Pedí disculpas y fui en busca de un vaso de agua.

Cuando salí de la cocina Mosca se había levantado de su asiento, se había cogido

las manos por la espalda e interrogaba a Margarita con la diligencia de un

Corleone. Yo no me atrevía a pasar de inmediato al salón, aún me sentía

ruborizado. Miré desde el quicio de la puerta. Mosca parecía hacerlo mejor que yo,

así que observé sin que supieran que lo hacía.

-Espero que disculpe al profesor, es una persona mu ocupá en sus asuntos y,

entre usted y yo –Mosca bajó la voz-, ya sabe como son estos intelectuales…

-Por supuesto, señor.

-Mosca

-Sí, señor Mosca.

-Solo Mosca, por favor. Si usted entra a trabajar en esta vivienda, seremos,

digamos, compañeros en cierto modo. Yo me encargo de muchos asuntos del

profesor.

-Sí, señor.

-En principio el trabajo consistiría en mantener esta casa limpia como el

hámster, desde la cocina hasta el cuarto de baño.

-Sí, señor.

-El profesor tiene verdadero poblema con el polvo, tiene una especie de

alergia y nos vimos obligados a largar a la anterior asistenta, no por su

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laboriosidad, porque ella era mu dirigente en su trabajo, brillante me atrevería a

decir, sino por culpa del polvo. Por poco polvo que haya…, la alergia…Bueno. Ya

ha visto usted cómo ha tosido el profesor... El polvo...

-Lo entiendo, señor Mosca, no tiene que preocuparse, soy una persona muy

meticulosa…

-¿Y el tema plancha? Planchará usted bien… El profesor atiende sus clases

como un señor dandi, Margarita. Siempre le he oído decir que quien no va bien

planchado a las aulas no merece la cátedra…

-Sí, señor, soy muy buena planchadora.

-Ya sabe usted, Margarita, cómo son los profesores de despistados, tienen la

put… la mala costumbre de ser desordenados…

-Lo entiendo, señor.

-Mosca.

-Sí, señor Mosca.

-Mosca, solo Mosca… Y veamos. ¿Está usted familiarizada con aparatos

electrodomésticos de la más última generación? Lavavajillas, lavadoras,

aspiradoras digitales, exprimidores de zumo…

-Por supuesto.

Realmente notable. Es sorprendente la especie humana; lo que a unos nos es

casi imposible otros lo hacen con una soltura innata. Me sentía muy avergonzado

de ser espía en mi propia casa. Pero Mosca hablaba de mí en una tercera persona

que sería muy vergonzoso escuchar en mi presencia, sobre todo aquellas mentiras

piadosas. Seguí escuchando clandestinamente, lamentando que Mosca no hubiera

estado conmigo en todas las entrevistas.

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-En principio no creo que la necesitemos ningún fin de semana –continuaba

il capo con mucha calma, aunque sus palabras sonaban a amenaza-, pero si hiciera

farta, y por supuesto, pagándole lo que esté estimulado…

-No hay ningún problema, señor Mosca.

-¿Sabe usted escribir bien?

-Sí…, bueno, me defiendo perfectamente, señor.

-… porque atendería el teléfono, cuando el profesor no pudiera…

-Sí, señor.

-Tendría algún inconveniente en limpiar el coche del profesor…

Mosca se estaba pasando. Quise salir de mi escondite para frenarle pero no

pude. Expósito apareció en escena, por la puerta del pasillo, pasó junto al

interrogatorio sin decir palabra, sin mirarles siquiera. Pepote había decidido

descalzarse de una zapatilla de pana y a sus andares de paquidermo agotado sumó

una leve cojera. Venía hacia la cocina, directamente hacia donde estaba yo. Sin

saber por qué me azaré. Sentí que era ridículo que Pepote me sorprendiera

escaqueado de mis obligaciones como dueño de la casa y me metí en la despensa.

Es un cuartito de uno por uno donde guardo casi todo lo que no sé dónde guardarlo.

Por el entorno de la puerta vi cómo el hombrememoria registraba los armarios de la

cocina buscando algo. De repente la puerta de mi escondite se abrió y la luz se

encendió. Pepote y yo nos encontramos nariz con nariz. Noté cómo mis mejillas

pasaban del rojo al morado. Expósito no hizo ningún gesto a mi presencia, retiró la

mirada de mi cara y, como si no me hubiera visto, buscó algo dentro del cuartucho.

Tomó una caja de cereales de una balda, se aseguró que tenía contenido haciéndola

sonar y me dio la espalda por un momento, pero inmediatamente se giró hacia mí:

-¿Te dejo la puerta como estaba, Félix?

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-Sí... por... favor –balbuceé.

Pepote entornó la puerta de la despensa conmigo dentro y se marchó

metiendo mano a los chococrispis como si fueran palomitas de sala de cine.

Cuando me atreví a salir de la despensa Mosca había dado por finalizada la

entrevista. La había contratado. Me dijo que me había estado buscando por todo el

piso para que la asistenta se despidiera de mí, pero que no me había encontrado.

Me dijo que estaba todo solucionado, que Margarita vendría lunes, miércoles y

viernes, tres horas cada día, y que comenzaría pasado mañana; que si yo no iba a

estar en casa por la mañana le dejara a ella una llave en el bar de Juan. También me

comunicó el sueldo que habían estimulado y me pareció perfecto. No obstante, el

viernes, antes de depositar la llave de mi piso en el bar, me llevé al instituto mi

ordenador personal y el dinero que guardaba en casa, por si acaso. Aún me quedaba

la duda de que Margarita fuera cómplice de los felómenos en el famoso timo de la

asistenta, fuera cual fuera ese timo. No estaba acostumbrado a que las cosas me

salieran tan bien.

-Has tenido suerte, compadre –me dijo Mosca con una palmadita en la

espalda-, esa mujer tiene muy desarrollados los genes de la decencia y del trabajo.

Se le nota a la legua.

Ah, y por fin hice el test a Pepote.

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Impresionante. Realmente impresionante. Era lo más grandioso que había

presenciado en mi vida. No podía creerlo. Solo dejó nueve preguntas sin responder.

No tenía palabras para aquello. Apenas pude dormir aquella noche.

Había acordado con Mosca que no haría falta que me pagara

inmediatamente nada de la mercancía con la condición de que se llevara todo,

absolutamente todo menos mi ropa; bueno, esas dos camisas de Ralph Lauren al

final se las regalé a pesar de que le quedaban muy grandes.

Después de que entre los tres cargáramos hasta arriba la furgoneta Renault 4

destartalada y verde billar del primo de Mosca, y después del tiempo que tuve que

emplear para explicar al policía que toda aquella ropa y todas las pócimas,

colonias, zapatos y bolsos eran de mi propiedad, bueno, de mi mujer; bueno, mejor

dicho, de mi ex mujer, porque ya no vive conmigo y por eso no puede decírselo ella

en persona; aunque tampoco nos hemos divorciado legalmente, pero ya me

entiende usted, ¿que no?, bien, tenga mi documentación… Después de aquel

73
malentendido que provocó llamando al 112 algún buen ciudadano y mal vecino

mío, propuse que subiéramos a casa y pidiéramos por teléfono unas pizzas para

celebrar los negocios. La iniciativa fue bien acogida, regresamos al piso y tomamos

posiciones en la mesa del comedor. Ahora me podía dedicar por completo a Pepote.

Entre los tres nos devoramos dos pizzas familiares, mejor dicho entre

Pepote y yo, porque Mosca apenas comió una porción, me dijo que él era de poco

jalar. Yo además me bebí cuatro latas de cerveza. Un día era un día. Hice café, para

mí nada más; Mosca me dijo que no tomaba nunca y se bebió su segundo botellín

de cerveza sin alcohol. Pepote tampoco tomaba y de postre se buscó él solito un

helado que no sé cuánto tiempo podría llevar en el congelador; pero más de un año

seguro, porque era de la marca de desnatados que tomaba Joy. Pepote,

simbólicamente estaba escurriendo la última gota de Joy en mi casa.

Había llegado el momento. Esta vez no me lo pensé. Ayudado por la energía

de todos los hidratos de carbono que con muchos remordimientos había ingerido

esa noche, miré a Expósito:

-¿Pepote, te importaría que te hiciera unas preguntas?

-¿Personales? –me dijo con la boca llena de helado.

-Oh, no. Es un cuestionario, una especie de test, como si fueras un alumno

mío, para evaluar tus conocimientos.

-No, ¿por qué me iba a molestar?

Corrí a mi estudio. Tomé los folios del interrogatorio y me senté frente a

Expósito. Ni siquiera encendí un cigarrillo. No aguardé ni un segundo para

comenzar a disparar:

-Ponteceso

-Provincia de la Coruña, Siete mil ochocientos cuarenta y cuatro habitantes.

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-¿Quién es Noemí Simonetto?

-Una atleta argentina.

-¿Qué es un sobeo?

-Correa fuerte con que se ata al yugo la lanza del carro o el timón del arado.

-¿Quién fue Agátocles?

-Un tirano de Siracusa desde el trescientos diecisiete hasta el doscientos

ochenta y nueve.

...

Impresionante.

Y seguí hasta la decimocuarta pregunta para encontrar la primera negación.

Creo que yo, sorprendido de lo que estaba escuchando, no había respirado desde

que había comenzado a cuestionar. Hice una pausa para ventilar mis pulmones.

Expósito también la aprovechó, él para seguir escudriñando el congelador en busca

de otro helado, que según él estaban exquisitos. No lo encontró, pero se hizo con

un litro de yogur de fresa de esos bebibles, tomó un vaso y regresó a la mesa.

Mosca se aburría, se sentó en el sillón y encendió el televisor. A los diez minutos

estaba roncando. Terminé el cuestionario a las once de la noche, tomé unas notas en

un cuaderno y cuando me quedé solo en el piso me parecía haber pasado la última

hora en algún lugar muy lejano.

Saqué muchas conclusiones de aquel fenómeno. La primera era que

Expósito se conocía de completa memoria muchas publicaciones, entre ellas el

Diccionario de la Real Academia, una enciclopedia de conocimientos generales que

no supe precisar cuál y otra probablemente de Historia Universal (en Historia era

infalible). También parecía saber todo, pero realmente todo, sobre Tauromaquia y

sobre el mundo del deporte, así como era impresionante en Zoología, Biología y

75
Geografía. Pero era humano, cosa que en ciertos momentos yo dudaba. Tenía

lagunas, y yo había descubierto unas cuantas. La Química no le hacía mucha

gracia, me dijo, y por ello no le gustaban las fórmulas, Las Matemáticas tampoco

porque le aburrían las operaciones, aunque se defendía muy bien memorizando

números. En lo que se refería a idiomas, ni pío. También descubrí que nunca había

leído una novela, tampoco veía películas y de la televisión solo le importaban los

documentales, los dibujos animados y las retransmisiones deportivas; ni veía series

televisivas ni siquiera atendía los telediarios. Todo lo que sabía de la literatura o del

cine lo había aprendido en catálogos o en enciclopedias. Pero nada podía empañar

su capacidad mnemotécnica, hacerlo sería como cuestionar la obra de Dostoievski,

por saltarse un par de comas.

Yo no había visto nada igual y estaba seguro de que nunca lo vería por más

años que viviera.

Aquella mañana de viernes tomé la bicicleta rosa y di unas cuantas vueltas

testimoniales, más por el remordimiento de haberme comido una pizza entera y

bebido litro y medio de cerveza que por ganas de hacer ejercicio: había pasado casi

toda la noche elaborando un cuestionario Nivel 5 (así lo titulé) y no tenía ni ganas

ni fuerzas para tomarme el entrenamiento en serio.

Desperté de la siesta casi a las ocho de la tarde. Deambulé por casa

haciendo ganas de darme una ducha. Tenía previsto elegir diez o quince preguntas

para el cuestionario Nivel 5 y bajar al bar de Juan a cenar a la hora en la que

pudiera coincidir con Expósito. En vez de hacer ganas hice pereza. Abrí la ducha

dos veces y las mismas la cerré. Me senté en el sillón y tomé la correspondencia

que yo solía dejar en una estantería del salón, introducida entre las obras completas

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de Blasco Ibáñez; precisamente entre La Barraca y Mare Nostrum. Así lo hacía

Joy. Muchas veces he pensado en cambiar ese lugar pero no se me ocurría ningún

otro. Facturas, una notificación del Ayuntamiento de Madrid y una carta de Jacques

Cassin. Este es un colega francés con el que intercambio correspondencia para que

no se me oxide mi francés. La única carta que me ilusionaba era la del

ayuntamiento. Sonreí. Efectivamente su contenido era el que sospechaba. Me llenó

de ilusión: otra nueva denuncia por mal estacionamiento de mi coche conducido

por Joy.

No es que me hubiera vuelto gilipollas, ni mucho menos. Pero las denuncias

de tráfico del Audi eran las únicas pistas para saber dónde estaba y qué hacía Joy

en un momento puntual. Por ejemplo de aquella multa obtuve mucha información.

Los datos que figuraban en el boletín de denuncia eran los siguientes: El día era el

lunes 15 de abril y la hora las diez de la mañana, el hecho denunciado era

estacionar en lugar reservado al tráfico de peatones, y el lugar era en la calle

Serrano, 123. Otro dato muy importante es que la conductora había sido

identificada pero el agente había reflejado que la denunciada no deseaba firmar el

boletín. Esos eran los datos del día de autos. Los antecedentes personales de Joy

que se le ocultan al lector son dos, bueno, tres si contamos su carácter. El primero

de ellos es que el día de su cumpleaños es el 13 de abril, en este caso el sábado

anterior a la denuncia, y el segundo es que en Serrano 123 se encuentra la joyería

favorita de Joy, un establecimiento muy pequeño con el nombre de su ególatra

orfebre en neón sobre la fachada, a lo retro. Un artista que hace que su diseño

supere mil veces el valor de la pedrería. Así, o con unas palabras parecidas, lo

definieron en un suplemento dominical después de que todo lo que tocara se

convirtiera en mil veces más que oro. Eso quiere decir que te sale más caro que el

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tío este te engaste un trozo de tiza que comprar un diamante del tamaño de una

canica. Lo sé por experiencia.

Se supone que Enric, Henry y Enrique le compraron como regalo de

cumpleaños a la delicada y dulce Joy alguno de los primores de alhajas que el tío

ese trabaja como si fuera el Jackson Pollock de la orfebrería. Luego, el sábado, Joy

recibiría el presente, supongo que en uno de los restaurantes más íntimos de

Madrid. A ella le encantaría el regalo: adoraba al tío ese de las joyas, lo conocía

personalmente y era como una especie de santo para ella. Después fue cuando

ocurriría la ruptura. Harry, Henry o Enric tuvieron que meter la pata hasta dentro,

pero no esa noche, porque si hubiera sido así Joy le hubiera devuelto a los Enriques

la obra de arte. En vez de tirar la joya al retrete, cosa que nunca haría (lo

consideraría como quemar un picasso), el lunes a primera hora lo devolvería al

artista que la concibió; seguro que sin pedirle el reintegro de su precio. Y tal bronca

con los Enriques tuvo que ser tan fuerte como para que Joy estuviera tan fuera de sí

que no quisiera firmar la multa al agente que la denunció. Porque firmarlas era

normal en ella: siempre lo hacía, con su bolígrafo Cartier, mientras pedía mil

disculpas al policía, diciendo que nunca más volvería a infringir y ofreciéndole una

maravillosa sonrisa.

Por un momento tomé ánimo para darme la ducha. Pero no me duró mucho

tiempo, porque:

¡Cabía otra posibilidad mucho más evidente!

¿Y si la joya que los Enriques le regalaron para el día de su cumpleaños

fuera una obra tan extraordinaria, tan cara, tan personal, tan inspirada en la propia

Joy? ¿Qué hubiera hecho ella en aquella maravillosa noche en la que cumplía

treinta y dos años? Por supuesto que se lo agradecería a Enric, Herri o Harry con

78
tres o seis de los mejores polvos de su vida. Quizá aquella salvaje noche de sábado

se prolongara hasta el lunes, donde ambos se despertarían con sus últimas energías

agotadas y se apartarían sus sexos flácidos de las mutuas bocas para besarse en los

labios los buenos días. Guarros y felices se levantarían del lecho para sus labores

mundanas. Si fuera así, lo que no me queda ninguna duda, no hubieran tenido

fuerzas para discutir y seguirían deseándose el uno al otro como el primer día.

Quizá fuera eso, ¿quizá?…: ¡seguro que fue así!; y Joy se levantó de la cama por

primera vez en cuarenta y ocho horas empapada hasta la raíz de su cabello de

fluidos masculinos y contemplando felizmente la maravillosa obra del rey Midas de

la orfebrería. Y lo primero que habría hecho aquel lunes 15 de abril sería correr con

sus temblorosas piernas y su escocida entrepierna a la joyería para abrazar y

felicitar al artista por haberla retratado tan fielmente en rubíes, diamantes y oro de

79 de número atómico. Pero... ¿Y la denuncia, por qué no la había firmado? Esa era

la explicación más sencilla: Joy no lo había hecho porque tendría sus manos tan

cansadas, tan agotadas de amasar sexo durante los diez días que duró aquel fin de

semana que no podría ni sujetar el bolígrafo. Y así, con esas mismas palabras, se lo

relataría al policía que le denunció, que era una especie de Richard Gere con los

pantalones muy ajustados, y este, en vez de reflejar en su denuncia los motivos por

los que la conductora no podía firmar, muy comprensivamente, y en vista de que

entre denunciante y denunciada había aparecido una química indomable que había

hecho que quedaran para verse una noche cuando ella hubiera recuperado el

aliento, habría escrito en el boletín: “la denunciada no desea firmar”. Pero todo esto

después de, por supuesto, que el policía le sugiriera a Joy que, ya que iban a ser

íntimos, lo menos que podría hacer era retirar la denuncia. Pero Joy le diría muy

ofendida que no, que el hecho de ser sancionada por un hombre tan viril, le ponía

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mucho más cachonda que si tuviera esa deferencia con ella, y que, por supuesto, la

pareja de servicio del agente Gere, un joven muy parecido a Montgomery Clift, con

el fin de que no acusara a su compañero de haber intentado prevaricación con

retirar la denuncia, también podía ir a la orgía, y no solo eso sino que...

No me duché. Por supuesto que esta última versión me convencía más que

la primera. Me hundí en la miseria. Atrapé los cojines del sillón y encendí el

televisor para ver si algo conseguía distraer mis celos.

Pero nada de nada. Era la hora en la que los programas televisivos consisten

en concursos del Saber y en los noticieros carroñeros con testimonios de mujeres

en bata y grupos de jubilados que se quitan la palabra los unos a los otros. Nada

nuevo bajo el sol. ¿Qué me esperaba? Dejé en el televisor uno de esos concursos

del Saber (pero del Saber No Mucho para que el grueso del público que lo sigue

por casa pueda seguir pensando que si no fuera por los nervios que se tienen en un

estudio, ellos, o alguien muy cercano, ganarían a todos esos pardillos que

concursaban, incluida, por supuesto, la profesora esa de instituto).

Por supuesto que yo ya había relacionado a Pepote con uno de aquellos

programas del Saber No Mucho, incluso con El Precio Justo por la facilidad y

costumbre de Expósito de aprenderse los precios, pero mi idea fue desestimada de

inmediato; eso sería, como se dice vulgarmente, pescar en una bañera; o jugar con

cartas marcadas. Y dudo incluso si Expósito pudiera responder a aquellas preguntas

de “cultura general” que trataban de la vida de las tonadilleras o de los novios

cubanos de las abuelas de menganito. Intentar que Pepote participara en uno de

esos concursos sería como apuntar con una cabeza nuclear a un avispero. También

se me había pasado por mis neuronas, además de donar su cerebro a la Ciencia,

intentar colocarle en algún archivo de la Universidad, o incluso emplear a Pepote

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en algún gran espectáculo de circo o de variedades, algo con nombre y dignidad.

Siempre y cuando él accediera, por supuesto. Pero lo cierto, y lo que más había

discutido conmigo mismo desde que conocí la virtud de Pepote, era que ese talento

tenía que darse a conocer al resto del mundo. La memoria de Expósito debía ser

Patrimonio de la Humanidad como la obra de los grandes novelistas, o las grandes

catedrales.

Tomé papel y bolígrafo por si alguna de las preguntas que la presentadora

hacía a los concursantes servía para mi cuestionario Nivel 5. Apenas conseguí una

o dos. El programa se terminaba. La presentadora se despedía invitando a los

espectadores a participar en la próxima edición de Demuestra lo que sabes,

comunicándoles que tenían un mes para enviar las solicitudes con foto y todo.

Además, anunciaba la locutora, que el ganador de la edición española de

Demuestra lo que sabes se batiría en duelo con los ganadores de ocho países

europeos para el gran premio del Euroconcurso del Saber, consistente en Un

millón de euros.

-¡Mierda! –grité mientras se me abrían los ojos como a las lechuzas.

Apunté todas las bases del concurso mientras decidí que me importaba un

huevo (el derecho, concretamente) que Joy tuviera una orgía con toda la Policía

Local de Madrid.

¡Ni siquiera hacía falta saber idiomas!; las preguntas serían traducidas a la

lengua de origen del concursante. Y lo más importante, eso significaba que serían

materias universales y aún mejor, que, por supuesto, muchos de los temas más

espinosos para Expósito quedaban excluidos, como la televisión, los devaneos de la

prensa rosa y, por supuesto: los idiomas. ¡Madre, mía! Era un concurso hecho para

Pepote. Ni siquiera yo podía haberlo diseñado mejor.

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Me levanté del sillón y me volví a sentar y me volví a levantar.

-¡Mierda! –vociferé de nuevo de alegría.

Era extraordinario. Participar en un concurso para ganar un millón de euros

(voy a ponerlo en mayúsculas), Un Millón De Euros. Eso sí era importante.

Participar contra los europeos que más conocimientos tienen entre sus neuronas eso

también era tentador. Corrí a la ducha y me introduje en ella sin dar tiempo al

calentador a realizar su trabajo. Me encontraba fuerte, animado, excitado por la

idea como hacía meses que no lo estaba. Cuando salí de la bañera me miré en el

espejo. Con mi camiseta de hombros, mi cigarrillo en la boca y con la toalla

alrededor del cuello, me sentí como un entrenador de boxeo, como el entrenador de

Rocky. Hice un poco de espejo, uno dos, uno dos, ahora gancho, ahora defensa, un

poco de baile de pies. Tenía que buscar inmediatamente a mi campeón, tenía que

buscar a Pepote.

Bajé al bar. Los felómenos ya se habían marchado. Miré la hora y maldije

sus hábitos escrupulosos. Pregunté a Juan dónde se marchaban después de sus dos

botellines.

-Van a otro bar, pero no sé cuál. ¿Vas a cenar hoy, Félix?

-Sí, pero antes debo encontrar a Pepote.

-Mira en el bar de la esquina, antes iban allí.

Corrí hacia donde me dijo Juan. Pero nada. Luego recorrí varias manzanas

mirando en los locales que conocía, pero nada de nada, ni rastro de ellos. Me

encontré muy cerca de casa de Expósito y me acerqué a ella por si acaso. Fui

atendido por su madre sin abrir la puerta.

-Doña Rafaela, soy Félix. ¿Se acuerda de mí?

-¿El profesor?

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-Sí, sí, el profesor ¿Está Pepote en casa?

-No.

-¿Y no sabrá dónde se encuentra ahora?

-Está con Mosca, siempre está con él. Estarán por los bares. Suele venir

sobre las once.

No insistí. Miré la hora: las diez y diez. Me relajé y calmé mi puñetera

ansiedad de quererlo todo siempre aquí y ahora. Esa era otra de las cosas que

tendría que cambiar.

-Doña Rafaela, cuando venga Pepote le puede decir que haga por verme,

que es importante... Aunque no hace falta que sea hoy.

-Sí, se lo diré. Ve con Dios, Félix.

Regresé a cenar al bar de Juan. Tenía hambre. Apenas había almorzado

pensando en los excesos de ayer. La ilusión del concurso me mantenía excitado.

Me acodé en la barra delante de mi rioja y esperé a que Li me pusiera la cena

mientras me preguntaba:

-¿Qué tal tu mujer, Félix?

-Bien, muy bien Li, pero está agotadísima de tanto trajín.

Me acordé que mañana viernes yo cenaría con Alicia y tampoco podría

encontrarme con Pepote en el bar. Dejé el recado a Juan que cuando viera a los

felómenos me buscaran, que era urgente. Con la vista perdida en el cuadro de las

grullas chinas, tomé el cafetito pensando en mi boxeador: Pepote “El Sabio de

Aranjuez”, no, ese apodo no me gustaba; Pepote “El Salomón de Aranjuez”, sí ese

estaba mejor, pero... ¡Ya lo tenía!, este era cojonudo: Pepote “El Salomón

Ribereño”. Mi campeón. Ya tenía el nombre del púgil, tenía entrenador y tenía

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promotor (a Mosca nadie le quitaría ese título) y ahora: a por la bolsa de Un Millón

De Euros.

Desde la oficina de Alicia, con la que había quedado para cenar aquella

misma noche, aprovechando su ausencia por encontrarse toda la mañana en un

seminario, llamé a la casa Vespa de Madrid donde me comunicaron que ya tenían

una Iris 200 roja en el almacén, que cuando quisiera podría ir a verla. Les dije que

no hacía falta que lo hiciera, que seguro que era preciosa. Por Internet hice el

ingreso que me pidió el vendedor, que me comunicó que el martes ya estaría

matriculada, que llamara antes para saber el número de placa y con él contratara un

seguro si la quería sacar conduciendo del almacén.

Más tarde, cuando pude escaparme un rato del instituto fui a ver cómo se

desenvolvía Margarita, mi nueva empleada de hogar.

Cuando entré en casa me di cuenta que mis peores temores se habían hecho

realidad. Había caído en el famoso timo de la asistenta, no había ninguna duda.

Todo el piso estaba revuelto. Incluso de las ventanas se habían llevado las cortinas,

los sillones sin cojines, las camas sin sábanas, los cacharros de la cocina en el

suelo. Me eché las manos a la cabeza y me senté en una de las sillas del salón.

Había sido robado. Aunque me di cuenta de que a los ladrones se les había

olvidado llevarse mi televisor y mi equipo de música. Al menos habían dejado eso.

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Eso y la lavadora puesta, y una mujer ecuatoriana cantando canciones de Julio

Iglesias. Bueno, dos, dos mujeres ecuatorianas cantando a la vez, pero distintas

canciones de Julio Iglesias. Margarita, cuando me vio, se dirigió a mí muy

nerviosa:

-No le esperaba, profesor.

-¿Qué es lo que están haciendo? –grité.

Las dos mujeres se observaron recíprocamente antes de mirarme.

-Señor profesor, su capataz, el señor Mosca, me dijo el miércoles que

empezara a trabajar hoy. He recogido la llave en el bar y…

-Sí, si eso ya lo sé, ¿pero qué coño están haciendo en mi piso? ¿Y quién es

esta?

-¿Qué voy a estar haciendo? Limpieza general, señor profesor, la vivienda

estaba muy abandonada… Y esta es mi cuñada. También trabaja en las casas, y

para las limpiezas generales nos ayudamos mutuamente. No tiene que preocuparse

por su jornal… Ya me dijo el señor Mosca lo de su alergia al polvo… Y no vea,

profesor, en qué condiciones se encontraba el piso… Pero no se preocupe, para el

fin de semana estará todo requetelimpito y ya no toserá usted ni nada.

-Muy bien, muy bien… -disimulé como puede mi ingratitud- sigan, yo he

venido a coger unas cosas… Ah, cuando terminen no cuelguen las cortinas, esas ya

no valen.

-Y por cierto, profesor, es que los productos de limpieza…

-¿Qué les pasa a los productos de limpieza?

-Nada… es que no los hemos encontrado.

-Sí, es que están en… –recordé que no tenía y me morí de vergüenza-… el

trastero, los guardo todos allí… con llave y todo porque ya saben ustedes que son

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muy peligrosos… Pero tomen –le di doscientos euros del dinero que llevaba

encima, parte del de las urgencias que me había llevado de casa en previsión al

famoso timo de la asistenta.

La mujer me miró raro y yo volví a sacar la cartera.

-Ah, claro..., Margarita, necesitarán escobas y fregonas nuevas y eso –y le

solté otros cien euros.

Ella y su cuñada desaparecieron después de hacer un gesto de extrañeza.

Antes de irme de casa oí tras la puerta como Margarita le decía a su cuñada

que el capataz, el señor Mosca, le había dicho a ella que no hiciera mucho caso al

profesor porque, como buen hombre de ciencias, tenía muchas manías y era

despistadísimo. Que ya ajustaría ella lo del dineral que le había dado con el señor

Mosca, porque está visto que el profesor no sabía nada de este mundo mundano

porque estaba en otras esferas. La otra le dio la razón antes de seguir vociferando a

su Julito Iglesias.

Me había duchado, me había puesto una de las camisas recién planchadas,

me había recortado la barba de explorador y me había quedado embobado

observando la lluvia a través de la ventana de mi estudio. Eso era todo lo que había

hecho desde que había encontrado la nota que la ecuatoriana había dejado escrita:

Ha llamado la señorita Alicia y ha dicho que esta noche le espere a ella en

el restaurante italiano de la calle Del Príncipe a las nueve y media.

Me levanté de mi sillón, fui al cuarto de baño a perfumarme y regresé frente

a la lluvia. Separé la cortina de la ventana. El agua caía uniforme, sin prisas, como

suele hacer en las precipitaciones primaverales. ¿Y qué coño hacían las putas

cortinas puestas? ¿No había dicho yo a Margarita que las cortinas...? Bueno, lo de

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las cortinas lo olvidé de momento, se lo perdonaría porque el piso estaba como

nunca había estado. No había nada de polvo en ningún sitio, el cuarto de baño no

parecía el del el Descuartizador de Boston y encima olía a romero, y la cocina olía

a colonia, y el salón olía a dormitorio y mi estudio a especias y el dormitorio a

coco. Había que reconocer que habían hecho un maravilloso y profesional trabajo.

Estaba muy contento con ello. E incluso Margarita había tenido tiempo de planchar

un par de camisas con vistas a la cita con Alicia. Muy, muy contento estaba con la

gestión de Mosca.

Miré el reloj: las nueve. Tomé el paraguas y bajé andando hasta la avenida

del Deleite donde se encuentra la parada del autobús. Al principio echaba algo de

menos el coche, el Audi que Joy aparcaba en Madrid donde le salía del papo, pero

pronto me acostumbre a ir a los sitios en transporte público o usando mis privadas

piernas. Hubo una época en mi vida que renegué de los automóviles (supongo que

todos hemos tenido una etapa así), ahora se estaba cumpliendo ese deseo y estaba

satisfecho con ello. La vida es más tranquila, te tomas más tiempo para todo y

conoces más sitios; aunque hay que reconocer que el turismo tiene ventajas.

Cuando Joy se llevó nuestras cuatro ruedas pensé en hacerme con otro coche

aunque fuese de segunda mano. Pero tuve pereza y, como siempre, me costó tomar

una determinación. Este titubeo me ha hecho habituarme a la vida de transportes

públicos que pregona el Gobierno en sus spots televisivos. Hasta que esta semana

me decidí, por ética o estética, a comprarme una Vespa, no había pensado en

adquirir ningún vehículo a motor.

En la plaza de la Constitución me apeé y bajé andando hasta la calle Del

Príncipe. Alicia aún no había llegado al restaurante. El camarero se presentó como

si quisiera ser amigo mío, era Carlo. Todavía era pronto incluso para los demás

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clientes y pude elegir una mesa junto a la ventana, donde seguí embobado mirando

la lluvia mientras Carlo me traía un Campari para la espera. Laura Pausini, cantaba

en italiano la banda sonora del restaurante (nunca pensé que me pudiera gustar

aquella cantante y ahora me tenía embelesado). Eché un vistazo al local. Aunque ya

había ido un par de veces a cenar allí con Joy, me pareció otro distinto, esta vez

más íntimo y la decoración como con más gusto. Entraron dos parejas antes de la

aparición de Alicia. Ella venía preciosa. Hay que ver cómo cambian las mujeres del

trabajo al placer. Llevaba un vestido largo negro y morado, algo hippioso, con un

escote fértil (no sé cómo se me ocurrió este adjetivo) en el que lucía un medallón

enorme con el signo de la Paz. Su melena era perfectamente ondulada y estaba

dividida con simetría para taparle sugerentemente las mejillas. Iba poco maquillada

pero las pestañas las había alargado y convertía su mirada en algo arrebatador.

Parecía sacada de la película de Hair, pero en higiénico, porque olía rico, muy rico,

entre limpio y dulce. Mi primera impresión fue algo así como que Alicia era

demasiada mujer, no sé para qué, pero era demasiada mujer. Me levanté, la besé

una sola mejilla y le arrimé el asiento. Cuando me acomodé frente a ella tuve que

hacer verdaderos esfuerzos por apartar mi vista de su escote. Esta vez no dijo nada.

También ella estaba algo azarada, no era la misma Alicia Jefa de Estudios del

Instituto. Sonreímos varias veces como criaturas de quince años. Yo no sabía qué

pensar de aquella cita y me puse un poco a la defensiva. Apuré el Campari de un

trago y llamé con urgencia a Carlo. Carlo, maravilloso, encantador, muy

encantador, e italiano, muy italiano, nos eligió la cena como si nos conociera de

toda la vida. Dos Camparis y un plato de olivas mientras venía el chianti y la pasta.

Hablamos, poco, pero nada del trabajo, y en voz baja para no molestar a Laura

Pausini. Después de la cena, cuando Carlo nos trajo los expresos, nuestras cabezas

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estaban tan cercanas, y yo había bebido lo suficiente como para encontrarme en la

indecisión de besarla o hacer un chiste y golpear en su hombro para elevar el

volumen de la conversación. Todo iba muy deprisa. Saqué la mano del bolsillo de

mi americana con los pendientes que me había vendido el príncipe de las Casas

Baratas. Tomé una mano de Alicia y se los introduje en ella sin que los viera. Alicia

acercó su puño cerrado a los ojos para conocer la sorpresa. Le gustaron. ¡Vaya que

si le gustaron! (había que reconocer que eran muy originales de puro antiguo), me

besó en la boca, pero sin pasión, de alegría. Le gustaron mucho, seguro, porque

cuando algo gusta a una mujer se sabe enseguida y viceversa. Fue al cuarto de baño

y en unos minutos salió con ellos puestos.

-Me encantan, Félix, te lo juro. ¿Dónde has encontrado esta reliquia?

-En un anticuario. Creo que pertenecieron a Mata Hari o a la Bella Otero.

-Son preciosos. Siempre has tenido tan buen gusto.

Ella volvió a tomar su asiento, pero acercó su silla a la mía. Y me besó en la

mejilla mientras me ponía la mano en el hombro. Y yo, bueno, y yo que llevaba un

año sin... eso, sin tocar a una mujer siquiera. Y ella olía tan rico y Carlo, que sería

seguramente su cómplice, nos trajo la puntilla, unas copitas de un licor que dejó un

olor en el aliento de Alicia tan a menta, tan a promesas celestiales, y ella estaba

medio achispada y si hay algo que me gustan son las mujeres que huelen a

promesas celestiales, que están achispadas, que se les abre el escote negro y

morado. Y todos en aquel local eran parejas contratadas por Carlo para que hicieran

manitas formando parte en el atrezzo del local. Yo caía, renunciaba a todo. Lo

siento, Joy, te voy a ser infiel por primera vez en la vida pero es que...

Iba a ello sin remedio cuando... Increíble.

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-¡Hijos de la gran puta! ¡Los mato! –Y Alicia miro también hacia la puerta

del restaurante.

-Buenas tardes, compañeros. Se saluda a la concurrencia. Que aproveche

jóvenes. Ah, Félix, compadre. No te levantes, por favor. ¡Vaya, vaya! Señorita, soy

Mosca, no el Mosca, sino Mosca, de apellido, Emiliano Mosca. Este es mi

compadre Pepote. Para servirle a usted y a sus pies también.

Le hizo un besamanos arrabalero y tomaron asiento en nuestra mesa. Yo no

hablé, Alicia no habló y Carlo se acercó a nosotros cambiando el rostro. Habíamos

pasado de ser sus clientes favoritos a que me pidiera hasta la partida de nacimiento

cuando le diera mi tarjeta de crédito.

Pepote venía en chándal, un chándal enorme y azul marino con las tres

rayas blancas Adidas en las extremidades. El mismo modelo que usó el equipo

Alemán en las Olimpiadas de Montreal. Debajo, una camisa de cuadros. De remate

unas zapatillas plateadas, que si preguntara por su procedencia seguramente Mosca

sería quien contestara, diciéndome que se habían caído de un camión. El príncipe

de los quinquis iba más arreglado, vestía la camisa salmón, una americana negra

sepelio, pantalones tejanos ajustados como de hombre rana y botines de punta muy

blancos de crema. Además Mosca olía a hoguera, y mucho. Después de que Mosca

pidiera dos licores de manzana sin alcohol, porque ya habían cenado, lo primero

que se me ocurrió fue agarrar con fuerza el brazo de Mosca por no hacerlo con su

cuello:

-¿Qué, coño, estáis, haciendo, aquí, Mosca? –esto lo pregunté apretando los

dientes tanto que luego me dolieron las encías un buen rato.

Pepote había tomado una carta del restaurante y la escudriñaba.

-¿Pero cómo que qué coño? ¿Qué me estás diciendo, compadre?

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-¡Ni compadre ni hostias!

-Pero bueno ¿qué te pasa?

-¿Qué cojones hacéis aquí? ¿Es que Aranjuez no es lo suficientemente

grande para los tres?

-¿Parece que estamos molestando?, ah, ¿lo dices por la jaca?, parece que

tiene unos güenos genes –esto lo dijo en voz baja en mi oído- si es asín, lo siento

mucho, nos abrimos enseguida. Es que cómo...

-¿Cómo qué, Mosca, cómo qué?

-Compadre, nos vas dejando recados por todo el pueblo para que te

busquemos. Que es muy importante, que es muy urgente: nos van diciendo. Y

ahora qué pasa ¿que no te conviene?, muy bien, vámonos, Pepote...

Recapacité. Mosca tenía razón. Respiré varias veces el aroma de zurrón de

pobre de Mosca. Pero aquel restaurante y los estrafalarios eran un conjunto tan

discorde.

-Lo siento, Mosca -me atuve a la razón-, pero es que... Y por cierto, ¿cómo

coño sabíais que estaba aquí?

-Me lo dijo Margarita.

Alicia atendía nuestra conversación como si yo estuviera siendo

extorsionado.

-¿Y cuándo cojones has visto a Margarita?

-Esta mañana, compadre, fui a tu casa esta mañana, ella me dijo que ya

habías estado allí y también que había llamado la señorita Alicia para quedar en

este restaurante.

-Mosca, ¿y qué coño hacías en mi casa?

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-¿Cómo que qué hacía en tu casa? No recuerdas que en tu nombre contraté

(por que no apareciste por ningún lado) a una asistenta extranjera, sin tener

referencias. Claro, como crees que Mosca es un irresponsable. Yo estaba

preocupado por mi decisión y fui a ver qué tal lo hacía la ecuatoriana esa...

-Félix estaba encerrado en la despensa –soltó Pepote para mi vergüenza, e

insistió-. Cuando lo buscabas para lo de la criada, Félix estaba ruborizado y

escondido en la despensa de su casa. Lo mismo se la estaba cascando.

Alicia me miró arrugando las cejas. Yo intenté cambiar la conversación,

pero no se me ocurría nada. A Mosca sí.

-Pues fui a eso, a inspeccionar el trabajo de la criada. ¿Y si hubieras sido

robado? ¿Es que no se te había ocurrido qué podía pasar por meter a una

desconocida en casa? Y claro... la responsabilidad, como siempre, al tío Mosca. Y

por cierto... –Maquinavaja sacó doscientos y pico euros del bolsillo de su chaqueta

y los dejó encima de la mesa-. ¿Y tú en qué estás pensando? Para una escoba y un

par de botes de lejía que tiene que comprar Margarita le das un dineral... ¿Quieres

que te tomen por tonto?

Ya no tenía palabras. Alicia me miraba muy mal. Creo que estaba

comprendiendo a Mosca y a darle la razón. Afortunadamente Carlo vino con los

licores sin alcohol. Además admitió sin pegas mi tarjeta de crédito.

Mientras esperábamos el recibo, quise recuperar ante Alicia la estima

perdida por todo lo que los felómenos habían dicho de mí (y lo que más me jodía es

que era verdad). Miré a Pepote, le pregunté si había terminado su lectura y luego le

arrebaté de sus manos la comanda. Él se quedó extrañado de mi acción. Luego

pregunté a Alicia:

-¿Quieres ver algo extraordinario?

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-Por supuesto –contestó ella pensando con toda seguridad en el más difícil

todavía.

Sonreí y le guiñé un ojo a Expósito.

-Pepote, redáctanos todos los platos del restaurante y sus precios.

Alicia me miró con los ojos entornados y yo le hice un gesto para que

prestara atención.

Expósito abrió la boca:

-¡Y yo qué coño sé!

Ella me volvió a mirar, esta vez muy raro.

-No me digas que no te lo has aprendido.

-Pues, no, no tengo ni puta idea.

Alicia nos observaba como en un partido de tenis. Yo estaba harto de hacer

tanto ridículo en tan poco tiempo. Miré lo que le había quitado a Expósito de las

manos y maldije. Era la carta de vinos. No quise arriesgar y sugerí que nos

fuéramos del restaurante. Intenté que los felómenos se despegaran de nosotros y

que Alicia y yo regresáramos al año en que yo le había regalado unos pendientes y

su boca olía a promesas celestiales.

-Bueno, ¿y qué era lo que querías con tanta prisa?

No me pareció el lugar ni el momento de expresar mi proyecto y se lo hice

saber, además de preguntarles:

-¿Cómo habéis venido, Pepote?

-En taxi, por cierto, cárgalo en la partida de productos de limpieza.

No sé muy bien cómo fue, pero por sugerencia de Alicia nos acoplamos

todos en su Ford Fiesta. Mosca y yo en los asientos de atrás para que la humanidad

de Pepote cupiera en el asiento del copiloto. Alicia, mientras conducía, introdujo su

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mano en la guantera y sacó una bolsa de marihuana. Me la pasó para que hiciera

unos porros. Yo no tenía ni puta idea de cómo se liaban, además mi experiencia con

la hierba se había estancado en la universidad. Mosca sí parecía un experto. En

cinco minutos había liado tres canutos y encendido dos de ellos. Uno bailaba en los

labios de Alicia mientras se saltaba un semáforo en ámbar. El otro yo se lo había

ofrecido a Pepote y en vistas de que él no fumaba droga me lo volví a colocar en la

boca. Al parecer a Mosca el sabor de la marihuana le trajo el recuerdo de sus años

de legionario, allá en Melilla, y se dedicó a compartirlos con nosotros. El coche se

había llenado de humo y Pepote se lo había respirado, tanto como nosotros fumado.

Expósito comenzó a reírse a carcajadas de hipopótamo sin saber muy bien de qué.

Luego fue Alicia la que se contagió de las risotadas e incluso paró el coche porque

no podía conducir. Yo también me carcajeaba. El único que no reía era Mosca que

muy serio comenzó a añorar a un compañero del Tercio que era más que un

hermano, compadre, la vida nos debíamos. Y yo soltaba carcajadas de vergüenza

por no poder parar de reír ante la circunspección de Mosca. La vida le debía a

Jacinto, ¡Dios, Jacinto! ¿Dónde estarás ahora, Jacinto? Pepote parecía que se

ahogaba, Alicia se limpiaba las lágrimas con un pañuelo antes de volver a reír

como una graja y yo llevaba un rato sin poder respirar. Y ¡Jacinto, pobre Jacinto,

cuánto le debía, más que la vida, compadre Félix!

Alguien dijo de tomar algo en los bares de copas y a mí, bueno a mí me

daba igual todo ya. Tenía la boca seca y me moría de ganas de beber una cerveza.

Estacionamos muy cerca de los locales que hay en las inmediaciones de la Plaza de

Toros. Había buen ambiente en aquella noche de viernes. Alicia tenía un lugar

predilecto y allí fuimos los cuatro esperpentos con los ojos enrojecidos.

-No, lo siento, ese no puede pasar.

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-¿Por qué? ¿Qué pasa? ¿Es que no te cae bien porque está gordo?

-Vale ya, Félix, iremos a otro sitio.

-No me da la gana, primero que me explique el jodido machaca por qué no

puede pasar Pepote al local –miré a Pepote y pensé que yo en su lugar tampoco lo

hubiera dejado entrar, ni a él ni a Mosca. Pero no estaba en su lugar.

-El caballero de gafas no puede acceder al local por dos motivos: porque

lleva ropa deportiva y porque a mí no me sale del remate de los cojones.

Mosca me convenció de que no me peleara con él porque no merecía la

pena. Pero que si su colega Jacinto hubiera estado allí otro gallo hubiera cantado,

compadre. Además somos libres de gastarnos los dineros ande quisiéramos.

Llegamos a otro local, esta vez todos miramos a Pepote antes de intentarlo.

Mosca le recriminó:

-Joder, tío. Es que mira que ponerte en chándal un viernes…

Pepote se encogió de hombros. Alicia se acercó a Expósito, lo miró varias

veces de arriba abajo como si ella tuviera ropa de calle de la talla sesenta y dos en

el maletero del coche. Luego asintió. Le revolvió el cabello para que desapareciera

la raya cartesiana, le quitó las gafas de pasta y le puso unas gafas de sol que ella

llevaba en el bolso, una de esas que tienen los cristales de colores y no tienen

montura. Luego le subió la cremallera del chándal hasta arriba para que le tapara

los cuellos de la camisa y le colgó del cuello su medallón hippie. Y para rematar el

cambio de imagen de Expósito, Alicia sacó de su bolso una sombra de ojos y con

ella pintó una perillita debajo del labio de Pepote. Impresionante. Impresionante.

Miré a Alicia y la quise para mí esa noche, e ella a su ingenio y a su escote.

Pepote pasó al bar de copas Avalon como el rappero más in de toda la noche

ribereña.

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Bebimos mil cervezas. Mosca espantó a cualquier mujer del sexo femenino

que se acercaba a bailar al centro del local y Pepote movió el esqueleto a un ritmo,

sorprendentemente, aceptable debajo de uno de los bafles.

-Hola profes, eh, también los maestros se divierten –este era Amadeo, uno

de mis alumnos de quinto que se había separado de un grupo de muchachos de su

edad para saludarnos.

-Por supuesto, y debíamos hacerlo más a menudo con lo que tragamos con

vosotros los alumnos.

-Oye, Félix –me dijo levantando la voz para superar la música del local-

¿Quién es ese que ha pasado con vosotros?, el rappero.

-DJ Pepote –se me ocurrió decir-. Es un monstruo de la música que ha

venido a Aranjuez a ver ambientes.

Pepote, emporrado como un indio, se movía en el centro de la pista con los

ojos cerrados.

-Joder, como parte el colega. Mola que te cagas.

-Eh, troncos –oí que Amadeo se dirigía a su grupo de amigos-, ¿sabéis

quién es ese? ¡Tíos!, es DJ Pepote. ¿Habéis visto como viste el hijoputa?

Diez minutos más tarde pude oír que una de las chicas del grupo de

Amadeo presumía de haber tenido la suerte de haber presenciado a DJ Pepote

pinchar ¡con tres platos! en una sesion exclusiva en una discoteca de Madrid. Y de

no ser porque Mosca se aburría como una ostra y nos sugirió que nos fuéramos a

dormir como las personas decentes, y de no ser también por el bonito detalle de

Alicia, que cuando salió del cuarto de baño me introdujo en el bolsillo de mis

pantalones sus braguitas de raso color malva, DJ Pepote hubiera firmado

autógrafos; incluso creo que ya lo reclamaban en la cabina para hacer una

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demostración de cómo se rascaban los discos. Pero yo tenía una erección muy

importante para fijarme en esos detalles.

Dejamos a los felómenos en la puerta de casa de Expósito. Tuve que sacar a

empujones a Mosca del coche porque ya me estaba tocando las narices con la

historia del Jacinto ese de los cojones. Pero cuando ya, por fin, parecía que todo iba

viento en popa (al menos mi mástil aguantaría cualquier viento), un BMW negro

descapotable nos cerró el paso. De él se apearon dos niñatos engominados. Eran los

vecinos de Expósito, los de la propiedad en la que estaban excavando el hueco de

una piscina. Iban más ciegos aún que nosotros, y todavía más faltones. Uno de

ellos, el más fuerte, llamó a voces gordo cabrón a Expósito ante la risa de su

hermano que levantaba la puerta de la cochera para meter el deportivo. Luego este

siguió haciendo chistes fáciles a voces sobre la obesidad del hombrememoria.

También comenzaron a insultar a Mosca, incluso le arrojaron alguna piedra. Me

imaginé que el príncipe gitano no aguantaría aquella afrenta y sacaría su navaja y

se arrojaría a los dos niñatos. Muertos veía yo en aquella noche. Yo iba a salir del

coche para unirme a la causa justa cuando Mosca y Pepote se introdujeron en casa

de Rafaela eludiendo el enfrentamiento como dos mandilones. Los niñatos

siguieron vociferando palabros contra los dos amigos y golpearon la puerta de la

anciana. Yo no podía comprender la pusilánime actitud de Mosca, pero recordar

que él podría estar en libertad condicional, como me había imaginado, me dio una

respuesta. Algo me dijo que no era la primera vez que ocurría aquello. Aún así,

aquel día yo estaba de putas uñas con el mundo. Me mordí el puño de rabia y Alicia

tomó dirección a mi casa cuando los vecinitos de Pepote nos dejaron paso. Perdí mi

erección. Veía injusticia impune por todos los lados.

97
-¡Frena, Alicia! –Y Alicia frenó.

-¿No pensarás…?

-¿No creerás que esto se va a quedar así?

-¿Y qué vas a hacer, Félix?

-Ve por esa calle.

Alicia giró el volante y condujo hacia las afueras de Aranjuez. Yo estaba

más calmado y ella lo notó mientras atendía a mis indicaciones, aunque parecía

extrañada. Pasamos por el puente de la vía del tren, vimos al puto pastor alemán

tumbado en la acera (si hubiera conducido yo le habría pasado el Ford Fiesta por

encima). Nos alejamos del bicho y nos metimos por una callejuela llena de baches.

-Frena, Alicia, y espérame.

-¿Dónde estamos? ¿Y qué es esto?

-Esto es la tapia del Cementerio.

-No me jodas, Félix… Qué estás haciendo… A mi no me gustan estas

perversiones, vámonos a tu casa, o la mía, y follamos como lo hace todo el mundo.

-Espera un momento, Alicia, si no tardo nada.

-No. Me voy, aquí te quedas.

-Es solo un segundo, por favor –y la besé en la boca y la miré a los ojos y le

sonreí para que viera que no estaba loco.

-Bueno, pero un momento, como tardes más de diez minutos me voy.

Subí el murete que entonces me ayudaron a salvar con la bicicleta rosa los

empleados del campo santo. Todo era oscuridad, apenas podía percibir nada y tenía

miedo de caerme en una de esas tumbas abiertas que había visto. Encendí el

mechero y poco a poco llegué a mi destino. Levanté la lona verde y allí estaban,

montones de huesos humanos. Hice un saco con mi camisa y metí en él todas las

98
calaveras y demás huesos que pude, llenos de barro y todo. Regresé al coche y

después de oír el grito de Alicia, un grito interminable, le dije que regresábamos a

casa de Pepote. Tuve que pedírselo por favor diez veces. Condujo con la cabeza

fuera de la ventanilla. Llegamos, apagamos la luz del coche y me puse en un lugar

donde nadie podría verme. Comencé a arrojar los huesos embarrados por encima

del muro de los niñatos, asegurándome que todos cayeran el vaciado de la piscina.

Una vez que terminé tuve que convencer a Alicia para que me hiciera un último

favor. Estuvo de acuerdo. Amanecía. Nos fuimos a tomar un café y cuando creí

conveniente buscamos una cabina telefónica. Llamé al 112 y pasé el teléfono a

Alicia, que tenía que poner voz de vieja asustada:

-¿El Ciento Doce?… Mire, es que estoy temblando… he visto por la ranura

de una casa que hay esqueletos en un hoyo muy grande y…. Sí, sí, esqueletos de

esos… Me he asustado… No sé… La calle es calle del Duero número 3. Sí, sí,

esqueletos… No, mi nombre no se lo doy, que luego ya se sabe…

Y colgó. Lo hizo muy bien y nos reímos bastante mientras nos duchábamos

en mi casa, recordando cómo un coche de la policía marchaba hacia la piscina de

los niñatos.

99
¿Llamaban a la puerta?, ¿al teléfono?, ¿o lo estaba soñando?

Aunque era extraño. Cuando me despertaba, toda la casa estaba en silencio,

pero cuando volvía a cerrar los ojos el timbre que fuera sonaba insistentemente.

Supe que todavía estaba borracho. La sexta o séptima vez que ocurrió mi estado

consciente y el ding dong coincidieron. Miré la hora en el Cartier de pulsera que

me regaló Joy hace dos cumpleaños: las once y cuarto. ¡Joder, acababa de meterme

en la cama! Volvieron a llamar al timbre. Esta vez me senté en el borde, me

restregué los ojos varias veces y saqué del ropero mi batín de seda Calvin Klein;

ese que me daba aire de aristócrata que me regaló Joy para los Reyes del año

pasado. Me levanté intentando guardar el equilibrio. Me calcé las babuchas árabes

que Joy me había traído de un viaje de negocios a Egipto. Miré el cuerpo desnudo

de Alicia. Por primera vez desde que conocí a Joy me había acostado con otra

mujer. Sentí algo de culpabilidad. La cubrí tiernamente con la colcha como para

olvidarme de mi adulterio. Me arrastré hasta la puerta del piso y abrí.

¡Madre mía! La había cagado, pero bien, bien cagado.

Era lo último que me hubiera gustado ver en mi puerta.

-Buenos días, ¿qué tal? –oí mientras me apretaba los ojos.

-Ho...l...a.

-¿Es usted José Félix Cadalso?

-Sí, señor agente.

100
Temblé por la presencia de los dos uniformes. Mis piernas flojearon.

¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! Entonces oí al policía cómo usaba un tono irónico para

decirme lo que yo estaba temiendo:

-Hemos venido a buscarle, ya sabe, por lo de las calaveras. Vístase con ropa

cómoda, le va a hacer falta.

¡Seré gilipollas! La puta broma de los huesos me iba a costar caro. Sabía

que aquello era una cosa bastante grave. Me cagué en la puta varias veces. ¡Qué

gilipollez hice! Todavía no daba crédito a lo que estaba ocurriendo ¡Joder!, ¡Joder!

Me puse de color verde.

-¿Puedo llamar a mi abogado?

Los dos policías sonrieron. El más alto fue el que contestó a lo que se

tomaron por una broma:

-No, jajaja, no hace falta. Pero lo que tenga que hacer hágalo con urgencia,

el juez tiene algo de prisa, creo que hoy se casa su hermana. Y está de una mala

leche por lo de las calaveras.

-Sí, señor agente, no se preocupe... Pasen, por favor –Todo eso lo

balbuceaba por la borrachera sin saber lo que estaba haciendo. Tenía ganas de

vomitar.

En treinta segundos me había vestido con los pantalones de ayer y un jersey

de ochos, también había cogido una cazadora, cuatro paquetes de tabaco, y dinero,

todo el suelto que pude para las máquinas que hay en los sitios oficiales. Y no se

me ocurrió nada más. No quise molestar a Alicia, no quería incriminarla en aquello.

Estaba dispuesto a no llevarme cómplices conmigo. Salí al cuarto de estar. Los

policías estaban curioseando toda la casa. El más alto, el que parecía ser el jefe de

los dos, volvió a dirigirme la palabra sorprendido:

101
-Sí que se ha dado usted prisa. Tampoco hacía falta tanta.

Yo no hablé. Agaché la cabeza.

-Bueno, señor Cadalso, espero que haya desayunado usted fuerte... No creo

que le sea agradable el lugar a donde le llevamos.

-No, no he desayunado...

-Pues si quiere hacerlo, por nosotros...

Yo necesitaba un buen café para estabilizarme, para que engrasara mis

neuronas y que mermara parte del alcohol de mi sangre. Quería pensar

coherentemente en algo, fuera lo que fuera. Ahora era el policía más veterano el

que se dirigió a mí y se presentó dándome la mano.

-No nos conocemos, señor Cadalso. Soy el padre de Roberto, Roberto

Montero. Usted le da clase de Historia en el Instituto.

Estupendo: Roberto “Fantasías” Montero. El que se pasa tres veces al día

por la sala de profesores para preguntarme si los egipcios vinieron de otro planeta y

si yo había encontrado restos de civilizaciones extraterrestres cuando estuve

colaborando como arqueólogo en Atapuerca. Cojonudo. Mañana el puto crío

relatará a todo el mundo cómo su padre ha detenido a su profesor de Historia por

profanar tumbas después de perseguirle en un tiroteo.

-¿Qué tal muchacho es mi hijo, profesor?

-Bueno, algo remolón...

-Sí, perezoso sí que es. Además tiene tantos pájaros en la cabeza...

El policía padre de Roberto “Fantasías” Montero me dijo magnánimamente,

quise entender, que yo podía tomar un café y desayunar a gusto, que el juez podía

esperar, que le dieran mucho por culo porque era un tío arrogante que no le caía

bien.

102
Cabizbajo hice café para los tres. Los policías tomaron asiento alrededor de

la mesa de la cocina. Yo seguía opinando que antes de nada debía llamara a un

abogado, dijeran lo que dijeran los policías. Había recobrado algo las fuerzas.

Estaba dispuesto a confesarlo todo, pero creo que tenía derecho a preguntar muchas

cosas y lo hice, interrumpiendo la conversación entre los policías sobre la mala

suerte de los dueños de la piscina:

-¿Puedo preguntar cómo dieron conmigo?

Los dos policías me miraron a la vez. El agente Montero fue quien se

explicó:

-Pues precisamente por mi hijo...

Me cagué en el Fantasías mil veces. Ese puto crío no aprobaría la ESO

mientras yo viviera. Apretando los dientes seguí atendiendo a su padre:

-Esta mañana nos avisaron del 112 que una viejecita había visto lo de los

huesos en la piscina, llamamos al juez y cuando este vino con la forense dijo que,

antes de nada, quería la opinión de un arqueólogo, y yo fui el que cayó en usted. Ya

sabe que mi hijo le admira mucho. Le encanta todo eso de los OVNIS, la

arqueología y esas cosas. Siempre nos habla en casa de las conversaciones tan

interesantes que tiene con usted. “¿Quién conoce un arqueólogo?”: preguntó el

juez. Yo contesté: “el profesor de mi Roberto es arqueólogo”. “Pues que alguien lo

busque”. Le encontramos en la guía. Fue el inspector quien le llamó personalmente

por teléfono para explicarle lo de los detalles...

-¿Qué?, qué, qué, ¿qué detalles? –ahora me explicaba lo del teléfono que

me despertaba y me volvía a dormir.

103
-Además –me añadió el policía Montero como para que le diera las gracias,

encima-, si le saca usted unas pelillas al Ministerio de Justicia como testigo

pericial...

Me salió la risa de Amadeus, varias veces además. Los policías me miraron

raro, muy raro mientras les servía el café. Luego regresé a mi estudio para respirar

profundamente y a dejar los paquetes de tabaco. Y tomé una máquina de

fotografías, para disimular.

Cuando regresé a la cocina sorprendí la conversación de los agentes. No

solo el gremio de las asistentas, sino también el de la policía pensaba que los

hombres de ciencias éramos un poco bastante extraños.

El juez me dio la mano, también la forense y también otros dos más. Fue la

médica legal la que me llamó aparte y me dio novedades.

Bajamos ella y yo al vaciado de la piscina por una escalera de mano. Todo

era barro, barro y charcos de lluvia, barro y calaveras, al menos tres,

semienterradas en el fango.

-¿Cuántos restos han encontrado? –pregunté a la forense.

-Lo que hemos hallado son tres calaveras y dos mandíbulas, un fémur, seis

o siete costillas y alguna falange, pero seguro que hay más restos; parece que la

lluvia los ha ido desenterrando. Ah, también hemos encontrado ajuar.

-¿Ajuar? –exclamé en voz alta como si ella me hubiera pisado un pie.

-Sí, sí ajuar funerario, ¿no lo llaman ustedes así?

Sacudí la cabeza y pregunté por ello.

-Allí, mire.

104
Era un jarroncito de esos de imitación al mármol que se ponen sobre las

lápidas para adornar con flores de plástico. No quise desmentir nada, por ahora, y

miré deprisa en rededor mío. Estaba preocupado por si entre la oscuridad y la

tajada de anoche, que aún me duraba, yo había arrojado algún objeto más extraño y

anacrónico aún.

-No hemos tocado mucho hasta que no supiéramos el alcance del

descubrimiento –me dijo ella sintiéndose como la Howard Carter de los forenses.

Yo no sabía cómo hacer el paripé, quedar como un verdadero profesional e

irme a la cama de nuevo.

Fingí hacer diez o doce fotografías, usando monedas como referencia y todo

(tenía el bolsillo lleno de ellas en previsión a mi encarcelamiento). Y digo fingí

porque solo me quedaban tres fotografías en el carrete, las demás las tiré como se

hace a los niños pequeños para que te dejen en paz. Luego tomé una de las

calaveras asegurándome de haber dejado una señal de su posicionamiento, la mire

muy interesado y se la pasé a la forense. También aparenté estudiar los estratos de

la excavación e hice otras dos operaciones más para que todos los que me

observaban desde arriba de la futura piscina, unas veinte personas, incluida la

Concejala de Cultura que acababa de llegar, creyeran que yo estaba allí para algo.

Di por terminado mi peritaje y me limpié las manos de barro con un pañuelo que

saqué de mi bolsillo del pantalón. La forense también necesitaba el trapo y se lo

pasé para que lo usara. Ella se dio cuenta antes que yo de que lo que nos estaba

sirviendo para limpiarnos eran unas bragas, las bragas malvas de Alicia. Me sonrió

con asco mientras me las entregaba. Me puse colorado.

Luego oí la voz del juez y le busqué con la mirada

105
-Bueno, ¿y qué dice usted, profesor? –se miraba el reloj, supuse que era el

padrino de boda de su hermana y aún tenía que afeitarse.

Hice el gesto del samurai sabio, me pasé la mano por la nuca de mi cabeza

pelada, antes de contestar.

-No sé, no sé –entonces fue cuando vi a los dos niñatos arriba, junto al juez.

La ira me devoraba de nuevo. Y pensé en decir que aquellos restos humanos

eran de alguna inclusión babilónica del siglo XVIII antes de Cristo y que en uno de

las calaveras me había parecido ver el gesto inconfundible de Hammurabi, o mejor,

el de Alejandro Magno; o mejor aún, que uno de aquellos cadáveres era de Adán y

el otro de Eva y el tercero de Groucho Marx. Con eso valdría para que pensaran en

expropiarles la casa... Pero no lo hice, empezaba a tener muy mal cuerpo.

-No llegan a los cien años, señoría. Y conservados sin el contacto con la

tierra, en alguna cámara de aire hecha o casual. De la Guerra Civil es una buena

teoría. Han revisado los descombros ¿No? Pues que lo hagan.

Entonces subí y llamé al juez y a la concejala aparte.

-Nunca se sabe, señorías, pero esta es mi teoría, si el Ministerio Fiscal

quiere encontrar pruebas de delito –dije al juez-..., si no han prescrito y esas cosas,

creo que todo estará allí abajo... Además, por parte del ayuntamiento –miré a la

concejala a la que conocía de antes de aquello- creo que debería exigir al

propietario de la obra el estudio arqueológico obligatorio para estos casos. ¿Y sabes

lo que haría yo, Avelina? –le sugerí mientras miraba a los niñatos cabrones con sus

caras de resaca y preocupación- Llamaría a periodistas y a unas cuantas revistas

especializadas.

-Buena idea, Félix –me dijo Avelina-, esta misma tarde...

106
-Gracias, profesor –el padrino de boda de su hermana me ofreció la mano-.

Entonces creo que esto es un tema más de Ciencia que de Leyes, se lo dejo en sus

manos concejala. Si encuentra algún indicio de... No dude en ponérselo en

conocimiento al Juzgado Decano.

-Sí, señoría.

El lugar se fue despejando y la concejala intentó invitarme a un café para

seguir hablando del tema, pero yo le dije que no podía, que lo sentía, porque había

venido de viaje esta misma mañana, llevaba toda la noche conduciendo y estoy que

me caigo, de verdad, bueno, haré por pasarme el lunes por el Ayuntamiento, pero

estamos con los exámenes y ya se sabe cómo estamos de tiempo.

Cuando desperté no sabía dónde me encontraba. Pero barajaba dos

posibilidades. La primera que era lunes por la mañana y me había dormido para ir

al trabajo, y la segunda que me habían operado de apendicitis y me espabilaba de la

anestesia. Por más esfuerzos que hacía no podía pensar en otras opciones. Comencé

poco a poco con el proceso de deducción. No era lunes, de eso estaba seguro

porque en mi fiable despertador de mesilla leía que era sábado. Solo quedaba la

segunda opción. Me eché mano al vientre: no encontré ni un punto de sutura, pero

claro, eso no quería decir nada, ya se sabe que últimamente hacen unas muy buenas

y bien rematadas intervenciones quirúrgicas, por lo que seguramente el dolor de

cabeza y las ganas de vomitar fueran por la incompetencia del anestesista. Invertí

diez minutos en desmentirlo todo. Recordé que estaba en casa, sobre el lecho de mi

deslealtad al Santo Sacramento del Matrimonio, era sábado y tenía una resaca de

cojones. Miré la hora: las dieciocho dos puntos cincuenta y uno. Me dolía tanto

todo el cuerpo que me giré en la cama a plazos. El vencimiento más caro fue de la

107
cabeza, que cuando pude hacerlo efectivo mil fluidos de mi estómago se

esparcieron por mis entrañas. Resistí como un machote respirando profundamente.

Se había marchado. Ya no estaba. Y no me importó mucho. Pero el hueco de

Alicia en el colchón había dejado un olor tan rico. Me levanté haciendo sonar mis

huesos de las rodillas. Yo tenía hambre, mucha hambre. Desnudo llegué a la cocina.

Me hice un sándwich con pan de molde y salchichón algo seco al que no tuve

fuerzas para quitar la hebra de plástico, y me bebí el culo de yogur líquido de fresa

que Pepote había dejado en el frigorífico. No estaba mejor. Me tumbé en el sillón, y

recordando el episodio del hallazgo arqueológico dormí casi hasta el día siguiente.

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-¿Cómo que no?

-No, Félix. Y no insistas porque siempre vas a tener la misma respuesta.

-¿Un Millón de Euros no es siquiera para pensárselo?, Pepote.

-Ni por todo el oro del mundo. Vivo muy feliz tal y como estoy.

No podía asimilar aquella negativa tan rotunda. Me parecía imposible

rechazar aquel reto.

Me había levantado bien, incluso había hecho un esfuerzo enorme y había

pedaleado en rosa durante tres cuartos de hora. Me había duchado y después del

desordenado comienzo del fin de semana estaba dispuesto a continuar con las

obligaciones de mi nueva vida. Me pesé en la báscula del baño. Cojonudo. Desde

que había comenzado mis abstinentes hábitos había engordado un kilo. Mejor

dicho, un kilo y trescientos gramos. Pero no me lo tomé mal. No estaba dispuesto a

desfallecer en el primer escollo. Recogí la botella de vodka vacía, las latas de

refresco y los dos vasos. Ver la casa tan limpia y ordenada por Margarita me había

animado incluso a hacer la cama, cosa que no había hecho desde la muerte de

Kennedy. Era domingo, bajaría al centro a dar una vuelta, compraría el periódico y

quizás algo de comida para traer a casa. Luego alejaría mis últimos escombros de la

resaca tumbado en el sillón viendo un par de películas, que incluso las dejé elegidas

para no tener que tomar decisiones con el estómago lleno. Sonó el teléfono: era

Alicia. Llamaba preguntando por la resaca. ¡Qué mayores estamos, ya nos duran

dos días! Hablamos durante un cuarto de hora. No le conté el episodio

arqueológico. Ya lo haría en el instituto. Hablaba muy dulce, como su colonia. Me

109
dijo que había pensado pasar la tarde del domingo descansando de la resaca

tumbada en el sillón, viendo un par de películas, y que en aquellos momentos

pensaba bajar al centro a comprar el periódico y algo de comida para llevar a casa.

Le dije que yo tenía otros planes.

Me pillaba de camino y no pude evitar la tentación de pasar por casa de

Pepote. Tenía que adelantarle algo del proyecto de la televisión. Pero no estaba, me

dijo doña Rafaela, se había ido como todos los domingos a jugar a la petanca al

parque de Pavía. No se encontraba muy lejos de donde yo solía comprar el

periódico así que decidí darme una vuelta por allí.

Había algo parecido a un campeonato. Unos siete u ocho grupos de

personas de diferentes edades se repartían por todo el parque discutiendo a voces y

arrojando bolas de acero hacia otra roja más pequeña. Al primero de los felómenos

que divisé fue a Mosca. Hoy era el marqués de los quinquis quien vestía en

chándal, pero calzado con los zapatos de hebilla. Voceaba con mucha técnica una

importante jugada de estrategia: “¡Vamos hijoputa! –le decía a su partenaire, un

joven larguirucho con una mella en su dentadura-, manda al jodido boliche a la

puta mierda”. Y el joven hijoputa tuvo que hacerlo bien cuando lanzó su bola,

porque Mosca dio un salto de alegría y ofreció deportivamente un corte de manga a

sus adversarios. Habían pasado a cuartos de final.

-Hola compadre Félix. Pues ya ves, haciendo algo de deporte, que siempre

es güeno para mantenerse en forma.

-Bonito chándal, Mosca.

-¿Te gusta?

Había que reconocer que no estaba mal. Era moderno sin llegar a ser

sideral.

110
-Mucho.

-Pues tuve mucha suerte, compadre, se cayeron unos cuantos chándares de

un camión, los guardé en el almacén por si alguien preguntaba por ellos. Quizás

tenga tu talla.

-Pues me harías un gran favor, Mosca. ¿Y Pepote? Tengo que hablar con él.

-Allí, en un banco, ande los columpios. No ha podido jugar el campeonato

porque está lesionado. Y le ha tenido que sustituir el hijoputa este.

El Hijoputa Éste me ofreció la mano como si hubiéramos sido presentados

formalmente y me sonrió para mostrarme su dentadura mellada. Me dijeron que

ahora tenían una gran partida en cuartos de final contra Federico y el Rasca. Asín

que, compadre, si nos perdonas a mí y al Hijoputa Éste, vamos a concletar la

táctica a seguir.

Me acerqué hasta los columpios. Pepote, sentado en un banco de madera,

daba la espalda a las partidas. Leía una revista de medicina. Le puse la mano en el

hombro y me senté. Él vestía con el chándal de la olimpiada de Montreal. Su

chaqueta tenía la cremallera desabrochada para mostrar a su patrocinador:

DESGUACES LA MONTAÑA, pero al igual que Mosca llevaba zapatos. Lo del

calzado debía ser por que aquel día era domingo

-¿Qué tal Pepote?

-Eh, Félix, no te esperaba por aquí. Bien, muy bien. Hace una mañana

cojonuda.

Me senté en el mismo banco y miré hacia los niños que jugaban en los

columpios.

-Quería hablar contigo de algo muy interesante, Pepote.

-Dime.

111
-¿Has visto en la televisión lo del Euroconcurso del Saber?

-No. Veo poca televisión. Me aburre.

-Pues, es que para la nueva temporada televisiva, en septiembre, comienza

un nuevo concurso, de esos de preguntas y respuestas.

-No, nada de eso, Félix.

-Escúchame, por favor.

-Te escucharé. Pero la respuesta sigue siendo no.

-¿Qué te dice Un Millón de Euros?

-No.

Ni siquiera había pestañeado para contestar.

-¿Cómo que no?

-No, Félix. Y no insistas porque siempre vas a tener la misma respuesta.

-¿Un Millón de Euros no es siquiera para pensárselo?, Pepote.

-Ni por todo el oro del mundo. Vivo muy feliz tal y como estoy.

No podía asimilar aquella negativa tan rotunda. Me parecía imposible

rechazar aquella proposición.

-¿Y si te olvidas del dinero? ¿Cómo reto personal?

-No me hace falta ningún reto. ¿Por qué no te presentas tú?

-No digas tonterías, Pepote, sabes que tu potencial es impresionante. No he

conocido una memoria como la tuya y además tan bien cultivada, y dudo que la

haya en todo el mundo. Para ti eso es coser y cantar.

-No insistas, Félix.

Y regresó a su lectura. Algo me dijo que aquellas negativas eran definitivas

y que lo único que podía hacer era olvidarme de ello y respetar su decisión. Pero

por otro lado no podía dejar que aquello se quedara así. Ese hombre era un

112
campeón y los campeones solo lo son si ganan. ¡Había que convencerlo de alguna

manera!

-Pepote, por favor, escúchame.

-No –me dijo, pero esta vez me miró a los ojos y pudo ver mi sonrisa.

-Pepote, no me digas que todos los puñeteros conocimientos que tienes en

tu cerebro no te queman. No me digas que llevas cuarenta años metiendo datos

entre tus neuronas gratuitamente.

-Solo me gusta aprenderlos.

-¿Y no los compartes?

-...

-Pepote, tienes que ser consciente de tu talento. Esa virtud no te pertenece

solo a ti –me miró extrañado. Yo iba a apostar fuerte-. Es parte de la Humanidad.

Ese talento necesita ser conocido. Es como... la obra de los científicos, o los

artistas, o las... modelos, eso las modelos... Son bellas y su belleza se admira

públicamente. O como los futbolistas... Qué haría una de esas estrellas de fútbol

que te gustan si dejara de jugar y se fuera a una isla desierta. ¿No sería un

desprecio a sus admiradores...?

Creo que no lo estaba haciendo bien. Pepote me ignoró y regresó a su

lectura. Me quedaba sin el Salomón Ribereño. Vinieron hacia nosotros Mosca y el

Hijoputa Éste. Acababan, como yo, de perder una batalla. Se habían quedado en

cuartos de final como el año pasado. Y encima, lo que más le jodía a Mosca es que

no se iban a llevar ni el trofeo a la deportividad, que le dieron hace dos certámenes,

porque según el presidente de la Asociación Ribereña de Petanca, este año Mosca

había dicho demasiados tacos y además fumaba en las partidas, cosa que no estaba

113
muy bien vista, y sobre todo en los campeonatos. Así nunca sería un buen ejemplo

para los jugadores más jóvenes.

Yo yacía como un machote en el bendito sillón. Mi cabeza saltaba de un

asunto a otro como lo suele hacer cuando salta de un asunto a otro. Lo primero que

me había planteado aquella tarde de resaca que ocupé el asiento era si las personas

importantes, los próceres, se tumban para ver la televisión o por lo contrario se

dejarían matar antes de hacerlo. Parece una gilipollez, pero me hubiera gustado

saber, y todavía me encantaría saberlo, si, por ejemplo, el Rey, cuando se sienta por

las noches frente al televisor, sube las piernas por encima de los brazos del sillón, o

por lo contrario mantiene una posición digna, con las piernas cruzadas y las manos

sobre las rodillas, así como si estuvieran retratándolo al óleo. No sé, parece una

solemne tontería, pero son de esos chismes que siempre me gustaría saber y soy

consciente que me voy a morir sin conocerlos. Otra de las cosas que me planteaba

mientras visionaba la segunda de las películas que había elegido para rematar la

resaca era lo bien que le quedaban a Liza Minnelli las uñas postizas en Cabaret.

Parece que hay objetos que han sido concebidos para algunos actores concretos.

Recordaba lo cojonudamente bien que le quedaba la motocicleta BMW nazi a

Steve McQueen, o lo de puta madre que le sientan los diminutos teléfonos celulares

a Morgan Freeman.

El timbre de la puerta sonó. Era Mosca. Había quedado con él para que

viniera aquella tarde a casa, solo, sin Expósito. Yo estaba intentando mover los

hilos para ayudar a Pepote a que se convenciera de que era un campeón y que lo

único que le faltaba era demostrarlo. Por supuesto Mosca era más que un hilo, era

114
la maroma principal. Regresé al salón para parar el vídeo de Cabaret. Dejé a

Michael York sacando bíceps mientras decía a Liza Minnelli algo así como es que

mi cuerpo no te vuelve loca de pasión y fui a abrir la puerta del piso.

-A las buenas tardes, compadre Félix -abrazo con palmaditas en la espalda

y todo.

-Pasa, Mosca... –iba a ofrecerle que se pusiera cómodo pero no lo dije, sabía

que él mismo se encargaría de ello- Quiero hablar de algo muy importante contigo.

-¿Negocios?

-Podría llamarse así

-... Bueno, lo de la ropa esa de tu mujer está algo parado... Ya sabes, final de

mes... y...

-No, no te preocupes por eso, Mosca. Esto es más importante, es otra cosa.

Más que negocios es una especie de reto...

Tomamos asiento. Abrimos dos de los botellines de cerveza sin alcohol que

yo había comprado para la ocasión y observé a Mosca de arriba abajo. Desde luego

era sorprendente; desde que había conocido a ese personaje me había planteado que

sus padres, más que su nombre de pila, lo que habían estado seleccionando entre

todos los santorales y catálogos entomológicos del mundo era su apellido. Me

hubiera gustado conocer a sus progenitores. Y también hubiera dado dinero por

conocerlo de adolescente.

-Usted dirá, patrón –hizo crujir sus nudillos como si yo le fuera a encargar

la muerte de alguien y se cruzó de piernas echándose hacia atrás en el sillón.

-Mosca, ¿ves la televisión?

-Oh, no, compadre, apenas lo hago... No tengo mucho tiempo... ya sabes

soy un hombre muy ocupado... Solo la veo cuando hay fútbol, y sobre todo cuando

115
juega mi Atleti, eso sí –y me enseñó su reloj de pulsera con el escudo del Atlético

de Madrid en su esfera mientras lo besaba como se hace a las estampitas de los

santos.

-Bueno, Mosca, pues si no lo sabes, en la televisión, hay muchos programas

de preguntas, de esos de a ver quién sabe más. Y... en alguno de ellos se gana

mucho dinero.

-Claro que lo sé, como en el Un, Dos, Tres... con los Súper Tacañones y

todo eso...

-Sí, pero bueno, ya más modernitos.

-Ya.

-Pues, para septiembre de este año comienza un concurso de esos en plan a

lo bruto, con grandes aspiraciones. Habrá varias eliminatorias hasta llegar a la gran

final, en que se enfrentarán los mejores concursantes entre varios países europeos.

El primer premio es... (Escucha bien Mosca): Un Millón de Euros.

-¡Madre mía! ¡Un premio cojonudo!... ¡Quién lo pillara!... ¿Y eso qué

quiere decir?

-Que quiero que me ayudes

-¿Yo? ¿Y en qué puedo ayudarte yo? Lo único que puedo desearte es que

tengas suerte con las preguntas. Seguro que llegarás muy lejos. Eres una persona

muy lustrada, eres profesor y con todos esos libros que tienes...

-Yo no voy a concursar, Mosca.

Mosca me miró muy raro antes de contestarme.

-Me he perdido, compadre.

-Pepote.

-¿Pepote?, ¿qué le pasa a Pepote, compadre?

116
-Quiero que concurse él.

-Ja, ja, ja, ja –se movió de adelante atrás como si no tuviera columna

vertebral-. ¿Qué me estás diciendo, compadre? ¿Pepote en un concurso de esos de

las personas que saben hasta las cosas que hicieron los romanos y de quién escribió

el Quijote y todo eso?

-Mosca... –levanté la voz pero no me dejó hablar y siguió riendo.

-A Pepote, como le saques de los jugadores de fútbol, de los números de

teléfono y de lo que lee en las revistas esas que le dan en el Casino...

-Mosca...

-No me digas que Pepote…, entre esos señores tan estiraos y tan listos...

¿Será una broma, compadre?

-Mosca, ¿conoces bien a Pepote?

-Mejor que naide en el mundo –dijo como si le hubiera ofendido.

-¿Tú sabes los conocimientos que tiene Pepote?

-Pos claro, sabe muchas cosas. Se aprendió de memoria hasta la guía de

teléfonos de Aranjuez, pero no tiene estudios, ni el graduado, ni nada de eso. ¿Qué

le van a preguntar en el concurso ese de los europeos más listos del mundo?, a ver

Pepote, dime el número de teléfono del bar de Pablo en la calle del Foso. Pepote es

para el Circo si acaso. ¡Vamos no me engañes, compadre!

-Mosca. Tú, no, sabes, los, conocimientos, que, tiene, Pepote.

Lo tuve que decir tan serio, tan alto y tan convencido que Mosca calló, se

quedó quieto y me clavó su mirada antes de preguntarme con el mismo tono que si

le hubieran comunicado la muerte de un familiar:

-¿No me digas que Pepote sabe tanto como para ir a la televisión?

-Y para ganar Un Millón de Euros.

117
-Vamos, compadre, no me jodas...

-No te jodo, Mosca.

Pasó un ángel durante treinta segundos.

-¿Realmente es tan bueno?

-Mejor aún, Mosca. Que concurse Pepote es como jugar con cartas

marcadas.

-¿Vamos a hacer trampas? –parece que así lo entendía él, se relajó y se frotó

las manos de alegría.

-No hace falta. Pepote es un número uno. Tiene la mejor memoria que

conozco. Y posee conocimientos para ganar mil concursos de la televisión con los

ojos cerrados.

El Delfín caló se levantó de golpe y dio varias vueltas al salón. Sonrió, y

con un peine que sacó de su cazadora vaquera se peinó varias veces el flequillo de

puro nervio. Se volvió a frotar las manos tan fuerte que pensé que destrozaría el

reloj del Atleti con los golpes de la esclava de plata. Luego sacó su paquete de

Ducados y fumamos unos minutos en silencio. Mosca aún no había dejado de

sonreír, como si estuviera soltando orina después de diez días aguantándose.

Entonces fue cuando me miró y se tuvo que dar cuenta de que algo no iba bien.

-Pero..., ¿cuál es el problema, compadre Félix?

-Pepote es el propio problema. No quiere concursar.

-¡Me cago en mi puta estampa! ¡Me cago en los chinos que venden lotería!

y ¡me cago en to!

Me preocuparon mucho las exclamaciones de Mosca.

-Entonces, compadre, no hay nada que hacer –Mosca se había derrumbado.

118
Otro largo silencio y el rostro del príncipe cambió. Ahora parecía que

llevaba diez días que no meaba:

-Pepote es la persona más cabezona del mundo, compadre Félix. Si dice que

no, es que nanai. Así que no insistamos. Ni por todo el oro que cagó el moro...

¿Pero... realmente Pepote es tan bueno?

-Buenísimo, Mosca, puede que solo haya dos o tres en el mundo como él –

esto me lo inventé, quizás hubiera muchos más, o ninguno.

-¡Me cago en toas las vías del puto tren!... Pero Pepote es de madera –dijo

Mosca golpeándose la cabeza tan fuerte con su puño que hasta pensé que se haría

daño en la mano.

-¿Y si hablaras tú con él?, Mosca, tú eres como su hermano, ¿no?

-Más que un hermano, compadre, soy como... ¡Me cago en to! ¡Me cago en

tos los turcos que trabajan en la compañía del gas!... Pero imposible, si Pepote te ha

dicho que no, es que no. ¡Menudos genes tiene Pepote!

-Díselo tú, quizás a ti...

Las afirmaciones de Mosca no eran muy alentadoras. Si la testarudez de

Expósito valía la mitad que su memoria yo estaba perdido. Adiós a mi Salomón

Ribereño. Mierda. El delfín y yo nos mantuvimos las miradas durante varios

minutos como si la solución estuviera en el espacio que nos separaba. De pronto

algo extraordinario parecía haber ocurrido. Mosca me preguntó la hora y se levantó

como un resorte. Un gesto de esperanza. Un maravilloso movimiento de ánimo.

Miré mi reloj:

-Las ocho y media, Mosca.

-¿Puedo usar el teléfono?, es que el mío no tiene cobertura económica.

-Por supuesto.

119
Tomó el aparato en la cocina y entornó la puerta para dejarme afuera. Yo

pululé en las inmediaciones como si estuviera esperando un parto. Intentaba oír las

palabras de Mosca, pero hablaba muy bajito. Yo, inquieto como no lo había estado

desde hacía años, me acerqué cada vez más a la cocina hasta que llegué a pegar el

oído descaradamente a la puerta:

-Sí, cariño... No, no es lo que piensas...

-...

-Te juro que te compensaré...

-...

-No, pichurri, de verdad... Tú ya sabes que me encanta tu culito…

-...

-Esta noche te lo voy a comer todo despacito... Como a ti te gusta...

-...

Yo no daba crédito a lo que estaba oyendo. Me parecía repugnante. Mis

valores se vinieron abajo. Sacudí la cabeza varias veces como un perro mojado.

Abrí los ojos intentando oír más de aquella conversación, aunque lo que estaba

deseando era salir corriendo de mi casa y refugiarme de mi propia vergüenza en

algún sitio oscuro. La conversación telefónica parecía llegar a su fin:

-Entonces ¿de acuerdo?

-...

-Bien, muy bien. Nos vemos donde siempre... Un besito en donde tú ya

sabes... Y con lengua.

-...

Corrí al sillón para no ser sorprendido como espía y me arrojé a sus

entrañas. Había caído en una posición bastante forzada, pero en peor situación

120
estaban mis músculos del cerebro que uso para entender las cosas complicadas. Me

acodé donde pude y puse cara como de no haber existido nunca. Algo me decía que

mis mejillas estaban dando luz roja a toda la sala. Mosca entró frotándose las

manos, haciendo el soniquete con los eslabones de plata.

-Muy bien, don Félix. Un menda se tiene que marchar.

-Mu... mu... muy bien, Mosc... a.

-¿Qué te pasa, te encuentras bien?

-Sí... ¿por qué me tendría que encontrar mal?

Mosca se encogió de hombros y se peinó hacia atrás con los dedos. Yo me

recuperaba poco a poco, lo suficiente para preguntarle:

-¿Qué ha dicho?

-¿Quién?

-Pepote.

-¿Qué ha dicho de qué?

Pensé que lo que había entre ellos era más fuerte aún que la pasión. Su

mutuo deseo había hecho olvidar a Mosca para qué le había llamado y se había

introducido en su propio mundo de fogosidad.

-¿Qué coño te pasa, Félix? A veces estás de un raro.

-Nada, nada. Entonces no ha dicho nada.

-¿Quién?

-Pepote.

-Yo qué sé.

-¿Pero no has hablado con él? El teléfono, Mosca.

-¡Qué coño voy a hablar con él! ¿Para qué? No te he dicho que no insistas,

que lo de Pepote es una causa perdida... He llamado a la Mariajo para quedar con

121
ella esta tarde. Es un bombón de mujer femenina. Las patas las tiene un poco

escuálidas y tiene poco pelo en la cabeza, la pobre, pero es muy cariñosa y tiene

güenos genes. Te gustaría conocerla. Vamos al cine. ¿Quieres venirte?, la vuelvo a

llamar y vamos a buscar a la Puri. No es muy guapa, pero es muy curta como tú y

eso, tiene conversaciones elevadas de esas de Dios y esas cosas. ¿La llamo y

salimos los cuatro?

-No, Mosca –le contesté con una sonrisa de alivio-, déjalo, te lo agradezco.

122
Ni siquiera la Vespa pudo animarme tanto como me hubiera gustado. Aquel

martes, después de hacer los papeleos que me dijo el vendedor, tomé el tren y me

presenté en Madrid ante mi motocicleta roja. Era preciosa. Me precipité a ella, me

puse el casco y bajé por la calle Atocha (sin saber que era dirección prohibida)

hasta la glorieta de Carlos V. Apenas sabía manejarla. Lo estaba pasando realmente

mal para salir de Madrid. No me acostumbraba a su peso, ni veía en los

retrovisores, las marchas eran horribles para cambiarlas y cada vez que pisaba el

freno la Vespa culeaba y un sudor frío me recorría la espalda. Paré en tres

ocasiones antes de llegar a Legazpi. Una vez en la N-IV creí que sería más fácil:

apuntaría la rueda hacia el Sur y aguantaría los cuarenta kilómetros hasta Aranjuez.

Ni de coña. Antes de llegar a Valdemoro los camiones me habían echado de la

carretera dos veces. Incluso en una de ellas llegué a rezar un Padre Nuestro

enterito, que ni siquiera supe cómo lo había recordado. Paré la motocicleta otras

tantas para tomar aire y para pensar muy seriamente si debería continuar

conduciendo o por el contrario debería dejar la Vespa en la cuneta y volver a por

ella más tarde en una furgoneta. Luego de pensarlo me hice el machote y continué

la marcha. Sudé tanto y tragué tanta saliva que llegué deshidratado a casa.

-Mala cara traes, Félix.

-Una cerveza, Juan, pero nada de botellines, una de esas jarras alemanas que

tienes llenas con las propinas.

Me la bebí de tres tragos y pedí otra. Esto era otra cosa. La vida se veía de

un modo diferente hidratado con cerveza de barril.

-Mira, Juan, sal un momentito de la barra, quiero mostrarte algo.

123
Estaba deseando enseñársela a alguien.

-¿Te gusta?

-Mucho, Félix. Es una moto muy bonita.

Juan pasó de nuevo al bar y yo me quedé fuera, sentado en el sillín de mi

Vespa, terciando mi segunda jarra de cerveza. Me sentí un poco macarra barato,

pero al fin me encontraba bien. Por un momento quise imaginar qué era lo que Joy

hubiera dicho de aquella compra. No pude precisarlo. Joy era así de imprevisible.

Podía volverse loca de ilusión y saltar de alegría, o desaprobarla con un gesto tal

que yo estaría pidiéndole perdón una semana entera. Así era Joy para esas cosas, y

lo peor es que a mí me gustaba esa incertidumbre de no saber si con ella iba a

atinar o no. Creo que tengo algo de masoquista o algo así. Nunca me he explicado

mi comportamiento al respecto.

Me pasé la mano por la cara. Ya tenía otra vez la barba tan larga como para

poderla llamar barba. Me miré en el retrovisor de la moto. No estaba mal, de

verdad. Me faltaba el pendiente para que todos los propósitos se cumplieran y,

ahora, animado por la cerveza decidí que no pasaría de esta semana cuando me

taladrara el lóbulo de la oreja. Volví a encontrarme bien, esta vez mejor. Por una

vez en mi vida todo lo que me había propuesto iba rodado. Todo, menos la puta

cabezonería de Pepote. Ayer me había vuelto a repetir Mosca que nanai, que había

estado hablando toda la tarde con él (solo para cumplir con su compadre Félix,

porque él ya sabía que no había nada que hacer), y que ni se me ocurriera mentarle

nada de lo del concurso porque ya le estábamos tocando los cojones.

Esperé una jarra más a que los estrafalarios vinieran al bar de Juan y

enseñarles la moto. Hice caso a Mosca y no mencioné nada de lo del programa a

Expósito. Todo volvió a ser igual que antes de haber hablado por primera vez con

124
ellos. Los dos entraron al bar a su hora, se bebieron sus dos botellines de cerveza

sin alcohol y se marcharon con el adiós castizo de Mosca.

Esa semana fue cuando recaí pensando en el recuerdo de Joy. Ni el

maravilloso chándal que Mosca me vendió como una ganga me animó a correr por

las calles de Aranjuez. Seguí montando en rosa, pero ni siquiera todos los días. La

única novedad de aquella semana fue que los estrafalarios me convencieron para ir

al Vicente Calderón a ver un partido de Atlético de Madrid, según ellos para que

soltara mis fantasmas. Y creo que lo hice bastante bien. El martes siguiente,

después del ataque de odio que tuve contra el colegiado Enric Capdevilla, y

después de que la jodida cámara del Canal Plus no se perdiera detalle de mi

vehemencia, tuve que dar muchas explicaciones de mi comportamiento en el

instituto. Lo pasé algo mal, sobre todo cuando fue el propio director quien me

llamó a su despacho: “Félix, reconozco que ha sido mala suerte lo de la puñetera

cámara, todos vamos al fútbol, todos nos desahogamos. Pero... qué mal ejemplo,

Félix” “Sí, Alejandro, lo reconozco. No tengo palabras” Hubo un interminable

minuto de silencio. “Mala suerte, Félix, ¿verdad?”. Yo afirmé tímidamente con la

cabeza. Él miró al suelo lamentándose mucho y continuó hablando sin mirarme.

“Si es que era para ponerte como te pusiste. Como sigamos así, los putos árbitros

nos mantienen un año más en el Infierno de la Segunda División. Y es lo que yo te

digo, Félix, es que ser del Atleti es la hostia”. Alejandro se estaba poniendo

colorado de ira, y yo, con mucha prudencia, le dije que me tenía que marchar

porque tenía clase con los de cuarto. Casi le dejé con la palabra en la boca. “Si era

un penalti claro, clarísimo, Félix. De puto libro de fútbol. El defensa derriba a

Torres olvidándose del balón... porque ¿qué intenciones tiene de jugar? Tío...,

125
ninguna, por más que hubiera estirado la pierna no hubiera llegado... va a lo que va,

a derribar al Niño...”.

-Félix.

-Dime, Alejandro –me giré desde la puerta.

-Penalti, tío, penalti.

Estaba tan desocupado que no tenía tiempo para hacer nada; ni siquiera me

animaba el impresionante orden que Margarita había aplicado a mi piso. ¡Y aún

seguían colgadas las cortinas!, las putas cortinas que me impiden ver la calle.

Margarita no obedecía mi orden alegando que hasta que no trajeran las nuevas que

tenían que reemplazarlas no se podían descolgar las viejas. “¡Cómo se van a quedar

sin vestir las ventanas, profesor, no diga esas cosas!”. Y no dije nada, no tenía

ganas de discutir y menos de asuntos domésticos. Había que reconocer que si ella

no hubiera aparecido en mi vida, en aquellos días que estoy narrando alguien en mi

vecindad hubiera llamado a los Servicios Sociales para desalojarme de allí

alegando insalubridad o algo parecido.

Por primera vez en el Año Cero las cosas comenzaron a fallar: no hacía el

deporte que me había planteado, no me puse el pendiente en el tiempo señalado y

no podía quitarme de la cabeza a Joy. No leía, atendía mis clases con desidia, ni

siquiera veía películas. El único esfuerzo mental que me permitía era el de buscar

en Pepote un punto débil. Me había hecho tantas ilusiones con el descubrimiento

del Salomón Ribereño que, como me suele pasar en estos casos, entré en una fase

importante de desgana. Pero no encontré nada que pudiera obligarle a concursar. Si

ni siquiera lo conocía suficiente como para saber qué regalarle para su cumpleaños,

126
¿qué podía ofrecerle yo a cambio de que fuera a la televisión? Tampoco es que

empleara mucho tiempo en pensar en Pepote, ni mucho menos. Creo que entonces

me di cuenta que yo era de las personas que nunca pueden estar solas. Tuve varias

tentaciones de volver a ver a Alicia, de llamarla, al menos para hablar un rato

aunque fuera por teléfono. Pero me dio miedo que fuera mi soledad la que se

agarrara a una relación que yo no deseaba.

En aquellos días apenas salí. Cenaba en el bar de Juan cada dos días; más

porque Li se preocupaba de mi salud y mi dieta que por hambre. Eso sí, perdí peso,

y Eduardo, mi entrenador personal, quiso ver en ello que su rutina deportiva

funcionaba, que me encontraba bastante más en forma y que en una semana tenía

pensado pasarme otro entrenamiento con mayor nivel de exigencia. Eso me dijo

cuando nos tomábamos unas cañas, el mismo día que nos enteramos de que él y yo

formábamos parte de la comisión para organizar la cena de jubilación de Patricia, el

Dinosaurio. Dados los problemas que siempre encontrábamos entre el personal del

instituto con el voluntariado para organizar las comidas y reuniones semioficiales,

los nombramientos para estos casos solemos hacerlos eligiendo a los miembros al

azar, mediante papelitos con nuestros nombres. Esta vez la mala suerte había

recaído en los dos prototipos de profesores, Gabriela, la de literatura y Eduardo; y

en un servidor. Teníamos que organizar aquello en dos semanas. Estuvimos

discutiendo toda la tarde en un bar sobre el sitio ideal para la celebración, sobre el

regalo, los presupuestos y demás jodiendas que se hacen en estos casos. Las ideas

de Gabriela eran bastante más fluidas que las nuestras, aunque también bastante

más disparatadas y caras. Llevábamos una hora hablando y llegamos a una especie

de acuerdo que consistía en vernos al día siguiente más despacio para seguir

aportando ideas. A mí me pareció que con aquel ritmo no íbamos a cenar nunca,

127
pero tampoco me encontraba yo para tomar las últimas decisiones y estuve de

acuerdo con todo. Cuando salimos del bar, Gabriela se agarró de mi brazo para

preguntarme atentamente que si yo había dejado de escribir, que hacía mucho que

no le llevaba manuscritos para que ella me diera su opinión. Recordó que hacía

tiempo había leído algún cuento mío bastante original que podía presentar a algún

concurso. Yo le iba a decir que estaba pensando escribir una novela sobre mi

ruptura con Joy en la que un hombrememoria iba a participar en un gran concurso

europeo de preguntas, pero que al ver que al final el hombrememoria no quiso

concursar, había pensado que a quién coño le iba a importar aquella historia y el

proyecto lo había apartado en el montón de las cosas que nunca haría. También le

iba a confesar que mis únicos esfuerzos intelectuales de aquella época los hacía en

el cuarto de baño. Todo eso estaba yo pensando cuando ocurrió aquello que me

hizo plantearme que yo era una especie de gafe, o algo así.

Íbamos a cruzar los tres por un paso de cebra cuando un Mercedes enorme,

de esos que valen tanto como un piso, nos lo impidió. No es que fuera muy deprisa,

ni peligraran nuestras vidas, ni mucho menos. Pero nos hizo esperar en el paso de

peatones. Gabriela recriminó el acto al conductor, un varón de aproximadamente

mi edad vestido de chaqueta y corbata como si fuera un representante de productos

farmacéuticos. “¡Gilipollas, a ver si miras por dónde vas!”: esas fueron las palabras

de Gabriela. El vehículo frenó. Yo me di cuanta que eran dos los representantes de

farmacia y no parecían muy contentos con las palabras de la señorita. El conductor

se asomó por la ventanilla para contestar a Gabriela con un “Vete a la mierda”.

Hubo más diálogo de ese tipo entre ellos. Todo eran gallardos insultos castellanos

hasta que yo medié entre el conductor y la profesora de literatura para calmar los

ánimos. “¡Por favor!”, les grité a los dos y así conseguí llamar su atención. Ambos

128
me miraron: “Gabriela, haz el favor de callarte”. Ella sorprendentemente acató la

orden. El conductor parecía satisfecho. Este fue el que me atendió y entonces yo le

solté: “Y usted, caballero, haga el favor de gastar menos dinero en coches y más en

su educación”.

No sé por qué aquello le sentó tan mal. Hubo pelea. Y de no ser por la

presencia de Eduardo que de dos hostias (como nunca había visto yo dar en mi

vida, verdaderamente impresionantes, lo juro) acabó rotundamente con la reyerta,

hubiéramos perdido y por mucho. Yo me llevé una patada rastrera en la boca del

estómago y Gabriela, después de arrojarse al cuello del copiloto con uñas y dientes,

recibió tal bofetón con una mano abierta que hizo que sus intelectuales gafas de

pasta acabaran a seis metros de nosotros.

Todo me estaba saliendo mal, y no solo eso, sino que las personas que se me

acercaban compartían la misma mala suerte.

Pero a veces los milagros existen y más rara vez los reciben las personas

que más los necesitan, en este caso un menda.

Yo ya estaba barajando varias opciones, como visitar a un psicólogo,

engancharme al Prozac, pedir el traslado a las Canarias, o vender todas mis

posesiones, es decir mi piso en Aranjuez y los dos de Zaragoza, herencia de mis

padres, e ingresar en alguna asociación de esas Sin Fronteras (no sé si hay

arqueólogos de ese tipo, pero seguramente haya alguna en Gran Bretaña –allí hay

cosas rarísimas). Me lo estaba planteando muy seriamente. Aunque conociendo mi

capacidad de decisión y mi canguelo por las situaciones comprometidas sabría que

me llevaría más de un año dar el primer paso. Pues eso, que los milagros existen.

129
Ya no compraba el periódico ni siquiera los domingos. Y aquel me limité a

pasear por Aranjuez con la cabeza gacha y mesándome las barbas para ponerlas a

punto en el reparto de papeles en Arqueólogos Sin Fronteras. Pasé por el parque de

Pavía donde se juega a la petanca. Allí estaban los felómenos. Mosca iba a arrojar

la bola de acero con la misma superstición que se lanzan unos dados, dando besos

al proyectil y rezando oraciones al cielo. Era un felómeno Mosca. Había

conseguido mi simpatía. Expósito recogía del suelo una de sus bolas con una

especie de cuerda con un imán en la punta para no tener que agachar su tremenda

humanidad. Yo miraba a Pepote como se hace a los amores que te han dado

calabazas, una mezcla entre rabia y mal deseo. Los contrincantes de los felómenos

no les quedaban a la zaga en lo grotesco. Uno era el Hijoputa Éste, que vestía sus

escuálidos cuartos traseros con un pantalón de chándal naranja y la parte de arriba

con una camisa tejana con flecos. Su pareja era un hombre de unos sesenta y tantos

años, grueso pero no tanto, con un traje gris marengo de raya diplomática con

coderas de puro viejo, polo rojo y zapatillas John Smith blancas; iba tocado con

una vieja gorra de béisbol verde billar con la publicidad de una distribuidora de

semillas. Me acerqué a ellos despacio, como interesándome por la partida.

-Hola, compadre Félix. Ya no se te ve el pelo –me saludó el quinqui

mientras me ofrecía un ducados, contento del cojonudo lanzamiento de bola–. Por

cierto, te iba a buscar esta misma semana, he dado salida a muchas prendas de esas

de tu mujer...

-No tengo prisa, Mosca.

-Bueno, pero lo que es tuyo es tuyo.

No contesté. No quería saber nada de aquello. Observé cómo lanzaba

Pepote. Tenía los mismos movimientos lentos y dignos que tienen las personas

130
obesas. Era curioso cómo sus deditos recortados parecían amasar la bola antes de

lanzarla, cómo después se ajustaba las gafas apretándolas a su nariz con su dedo

índice y realizaba su lanzamiento con un movimiento corto y rápido. La bola cayó

entre otras tres y yo no supe si lo había hecho bien o mal: ninguno de los cuatro

hizo ningún comentario, ni siquiera un gesto. Pero Pepote lanzaba otra vez. Allí

estuve embobado durante más de veinte minutos hasta que casi conseguí descubrir

todas las normas del juego. No se estaba mal en el parque si uno se ponía a la

sombra de los cipreses, hacía calor. La partida la ganaron los estrafalarios, los que

yo conocía, y por ello, como si consistiera en eso la derrota, el Hijoputa Éste y su

compañero tuvieron que soportar los insultos de Mosca. Cada cual recogió sus

bolas como herramientas de joyero, abrillantándolas y guardándolas en estuches

forrados. Yo pensé en irme, me despedí de todos antes de oír la voz de Pepote:

-¿Te vas ya?

-Sí –le contesté-, voy a comer pronto, tengo una tarde muy atareada.

-¿Has oído los mensajes que te dejé en el contestador?

-No.

Era verdad, en quince días apenas había descolgado un par de veces el

teléfono y no se me había pasado por la cabeza que alguien pudiera dejar mensajes

para mí.

-Te llamé ayer y anteayer. No estabas en casa. Quería hablar contigo, Félix.

¿Tienes un momento?

Nos separamos del resto y dimos un corto paseo hasta el otro extremo del

parque.

-Tú dirás, Pepote.

-¿Aún sigues queriendo que concurse?

131
Las palabras de Pepote sonaban a música de Haendel. Aunque aún no sabía

qué era lo que me quería decir con aquello. Fui prudente y no quise hacerme

ilusiones.

-Sí, por supuesto.

-¿Por qué quieres que lo haga? ¿Por dinero? ¿Quieres un porcentaje del

premio?

-No, Pepote. Si te digo la verdad no me hace falta dinero. Ni quiero. Hasta

ahora gano más de lo que gasto y ni tengo muchas necesidades ni aspiraciones.

Nos sentamos en un banco y seguí confesándome:

-Es... digamos una especie de reto... Me sentía como un productor que

hubiera encontrado una estrella de cine o algo así... Si tengo que ser sincero te diré

una cosa, si no te ríes –yo estaba seguro que no se reiría, solo se lo vi hacer dos

veces y una estaba emporrado- ¿no?... Cuando oí lo del Euroconcurso en la tele

hice una similitud con que yo era un entrenador de boxeo que había encontrado una

gran promesa, un campeón. Incluso te puse un apodo... Quizá fui muy egoísta, lo

siento, Pepote. Pero no estoy pasando una buena época.

-¿Qué nombre?

-¿Cómo?

-¿Que qué apodo me pusiste?

Me reí yo solo antes de decírselo:

-El Salomón Ribereño.

-¿El Salomón Ribereño?

-Sí, era una broma... Pensé en unos cuantos, y al final...

-Concursaré.

-¿Cómo?

132
-Lo que has oído. Iré al concurso si es lo que quieres.

Me levanté del asiento y di unos cuantos pasos, luego me planté delante de

Pepote. Yo no estaba tan contento como parecía:

-¿Por qué quieres hacerlo ahora?

-Porque sí.

-¿Te hace falta dinero, Pepote? Si es así yo...

-No, nada de eso. Estoy muy contento con mi vida, te lo dije y es verdad.

-No me engañes.

-No te engaño.

-Dime la verdad, Pepote.

Expósito me miró a los ojos para incorporarse en su asiento, cosa que hizo

con mucho esfuerzo. Luego retiró la mirada para fijarla en el suelo. Fue entonces

cuando me dirigió la palabra:

-Nadie había hecho nada por nosotros como lo que tú hiciste. A nadie le

importamos un pimiento, y tú, que apenas nos conoces...

-Perdona –interrumpí-. No sé a qué te refieres, Pepote.

-Lo de las calaveras.

-¿Qué?

-Los hijoputitas esos de mis vecinos, los niños de papá esos de la piscina. Al

fin han recibido su merecido. Se han estado riendo de nosotros toda la puta vida y...

Ahora les han denegado el permiso de la piscina, la estaban haciendo sin licencia

municipal. La concejala dio parte...

-Pepote.

-¿Qué?

-¿Cómo sabes que fui yo?

133
-Te vi como las lanzabas. Por cierto bastante mal. Una rebotó en la ventana

de mi cuarto y me despertó. Como jugador de petanca tienes que ser pésimo.

-Es que a mí los deportes...

-Ya.

Expósito miró al fondo del parque, por un momento su rostro se puso

rígido. Pensé que había cambiado de opinión. Me miró:

-Conque el Salomón Ribereño.

-¿No te gusta, Pepote?

-Algo pomposo... Pero bueno, no esta muy mal del todo.

134
Había quedado con mi campeón a las cinco y ya eran y cuarto. El retraso

era muy extraño porque los estrafalarios eran escrupulosamente puntuales. El

primer día de entrenamiento y ya llegaban tarde. Algo debía haber pasado porque

tanto Mosca como Expósito tenían los genes de la puntualidad muy desarrollados.

¡Joder, yo ya pensaba como el marqués! ¡Y joder, con las cosas que hay que hacer!

¡Y estábamos tan retrasados! Seguro que era todo culpa de Mosca. A alguien había

que culpar y me di cuenta que Mosca era de las personas a las que se acusan sin

juicio alguno. Mosca era el sospechoso por antonomasia. Si yo hubiera quedado

con él en una cafetería y yo no pudiera acudir, llamaría por teléfono y le diría al

camarero que por favor le trasladara al caballero sospechoso que la persona a la

que espera no podría reunirse con él.

Volví a tener ilusiones. La noche del domingo apenas dormí, pero tampoco

es que me hiciera mucha falta. Aquella mañana llegué al instituto montado en mi

Vespa, como un orgulloso mod. Incluso dije piropos a alguna compañera de trabajo,

aporté varias ideas geniales a Gabriela para la jubilación del Dinosaurio y las tres

horas de clase que di fueron tan humanas y amenas como mis primeras tutorías.

También tuve paciencia, además, para tener una interesante conversación con el

Fantasías sobre los continuos aterrizajes de ovnis en el Machu Picchu. Y por fin me

decidí a acercarme a Alicia. Hasta aquel día apenas habíamos hablado. Yo había

huido de ella descaradamente. Ni siquiera le había contado nada de lo ocurrido

cuando fui requerido por el juez para valorar el caso de los esqueletos, del cual ella

era cómplice. Y se lo narré en la cafetería, al oído, entre miradas bizcas y

carcajadas tan sonoras como para que nos miraran pícaramente los demás colegas.

Ella no creyó nada, hasta que le mostré un periódico local en el se mentaba mi

nombre haciendo referencia al hallazgo, al que todavía se calificaba de misterio

135
arqueológico. Ahora me gustaba más Alicia, bueno no es que no me gustara antes,

pero me sentía mucho más a gusto cuando no era la soledad lo que me empujaba

hacia ella. Quedamos en que volveríamos a cenar otro día, pero no concretamos

nada.

Decidí que mi piso sería un lugar perfecto para usarlo como base de

operaciones. Había acondicionado mi despacho acorde con lo que pensé que nos

podía ser útil. Trasladé un sillón de la sala de estar y cambié los muebles de sitio

para estar mucho más cómodos. También llevé el televisor y el vídeo al estudio y

me armé con material de oficina. Esa misma tarde había bajado al hipermercado

para llenar la despensa con aperitivos de todo tipo, desde las clásicas patatas fritas

hasta los snacks más sofisticados. También compré galletas saladas y dulces y

abarroté el frigorífico con botellines de cerveza sin alcohol, yogures y helados de

todo tipo. Creo que no faltaba un detalle y, si era así, estaba dispuesto a correr con

todos los gastos. Todo esto en cuanto a logística.

En lo referente al concurso no lo tenía muy claro. Había muchos puntos a

tratar. En primer lugar lo que más me preocupaba era el proceso de selección.

Después de visionar varias veces un par de programas había llegado a la conclusión

que Demuestra lo que sabes era un espacio televisivo serio en el que no hay

preguntas chorradas, ni de prensa del corazón, ni trucos con mala idea.

Evidentemente eso iba en perjuicio de su colocación en la franja horaria televisiva

y de los premios en metálico, que no eran muy elevados. Demuestra lo que sabes

era una especie de espacio alternativo a los magacines de media tarde, y supongo

que no era muy visitado por los televidentes. Mosqueaba bastante que una

productora hubiera apostado tan fuerte para la nueva temporada televisiva: una

gran final europea con Un Millón de Euros como premio. ¿No perjudicaría esto la

136
calidad del programa y se convertiría en un espacio vulgar para chicos y grandes?

Y si fuera así tenía dos cuestiones importantes. El primer tema era el proceso de

selección: ¿la obesidad y la imagen de Pepote no iban a ser inconvenientes? Porque

estaba claro que si pedían una fotografía reciente para la solicitud del concurso, por

algo sería. Y en segundo lugar: ¿se realizarían cambios en la forma de competir?,

¿serían estos tan notables? Y no solo tenía estas dudas, muchas más me rondaban

por las neuronas. Pero me daban vida. La incertidumbre me hacía sentir el viento

en las velas.

-A las muy güenas tardes, compadre Félix.

-¿Dónde os habíais metido? Llegáis media hora tarde.

-De entierro, compadre, hemos estado en el funeral de un compañero. Una

lástima de muchacho, Esteban. Tan joven. Bueno, ya se sabe que siempre se es

buena persona y demasiado joven para morir, pero en este caso, como en todos, es

tan cierto como que nosotros moriremos jóvenes y güenas personas, compadre

Félix.

Pepote como era costumbre no dijo nada. Les hice pasar al estudio. Hasta

llegar allí Mosca fiscalizó el trabajo de Margarita pasando el dedo por cualquier

lugar en busca de polvo mientras se lamentaba de la reciente pérdida de Esteban.

-No somos naides, compadre, rian rian, que dicen los franceses. Así se nos

marchó el compañero, una verdadera pena.

-¿Un accidente?

-Qué va, compadre, mucho peor, murió de alopecia, una tragedia… ¿Tienes

algo de beber?

Yo miré a Pepote pero ni este me devolvió la mirada ni desmintió las causas

del fallecimiento. No quise hacer más preguntas. Tampoco hizo falta que invitara a

137
Mosca a abrir el frigorífico. Nos sentamos en el estudio. Me pareció percibir mucha

seriedad en Pepote.

-¿Qué tal, Pepote? ¿Estás afectado?

-Me siento mal. Ha sido un entierro tan patético.

-Todos los entierros son tristes, Pepote, todos lo son.

-Cuando seis personas, incluido el cura, te van a dar el último adiós no es

triste, es patético.

Si de seis asistentes uno era el cura y otro Mosca, me imaginé el entierro y

di la razón a Pepote. Le sugerí comenzar al día siguiente con las sesiones, pero él lo

negó rotundo a pesar que se le veía aquejado. La preocupación del rostro de

Expósito me contagió. Me imaginé cómo sería mi entierro. Yo no tenía hermanos;

ni familiares con los que mantuviera una relación desde hacía treinta años, ni

amistades, ni siquiera conocía a mis vecinos. Si yo muriera después de tres o cuatro

años de jubilarme, el tiempo suficiente para que la generación de alumnos a los que

había dado clase se graduaran, poco más de seis compañeros asistirían. Y si

muriera en otro lugar que no fuera el de mi destino como funcionario, ni siquiera

viajarían mis compañeros de trabajo. ¿Al menos vendría Joy? Quizá ni eso, quizá

ni le gustaría verme muerto. Y si ella quisiera darme el último adiós, ¿quién le

anunciaría mi muerte? ¿Dónde la encontrarían para hacerle llegar la esquela? Si

seis asistentes era ser patético, qué sería eso de morir solo, en un funeral civil que

ni siquiera arrastrara un triste párroco… Entendí perfectamente a Pepote y

guardamos un largo silencio. Si en algún lugar de mi inconsciencia barajaba una

posibilidad de suicidio se me acababa de borrar: no prometía mucho mi entierro y

menos si Mosca iba a ser uno de los asistentes.

-Aquí viene el tío Mosca, compadres, ¡El muerto al bollo y el vivo al hoyo!

138
Mosca apareció con tres botellines de cerveza sin alcohol, los repartió y se

sentó en una silla con las piernas en ancas, como si fuera un palmero y comenzara

en breve el tablao. Dimos un trago los tres a la vez, brindando tácitamente en

silencio por el alma de Esteban, fuera este quien fuese. Aguardé cinco minutos

antes de ordenar mis notas sobre la mesa y por fin me dirigí a Expósito:

-¿Has visto alguna vez Demuestra lo que sabes?

-No.

-¿Y no tienes idea de qué va?

-¿De preguntas y respuestas?

-Bien… ¿Pero más o menos?

-Ni puta idea.

-Bueno, Pepote. En primer lugar te diré que es un espacio televisivo serio,

en el que las preguntas son de cultura general. Y también te digo que la temporada

que viene no sé si podrá haber cambios. No tengo ni idea. He grabado dos

programas y ahora los visionaremos. Te explicaré cuál es el proceso del juego,

luego qué tipo de preguntas hacen y en último lugar cómo será la competición

hasta llegar a la final europea, que se celebrará en Ámsterdam, en fechas cercanas a

las Navidades de este mismo año.

Primero: no estarás solo, existe la figura del acompañante de la cual luego

te hablaré; yo seré el tuyo. El juego es por eliminatoria y de cada día sale un solo

vencedor. Imagínate una pirámide. En la base de cada programa se comienza con

dieciséis concursantes. De estos subirán la mitad al siguiente peldaño, y así hasta

llegar al vértice, la final. Es decir, que de dieciséis pasarán a la segunda fase ocho,

luego quedarán cuatro y de estos, dos serán los finalistas. Y uno será el vencedor.

Los premios son proporcionales a la fase y se van sumando. Es algo parecido, creo,

139
al sistema open del tenis. Es decir que según vas pasando de fase ganas lo de tu

ronda, añadiendo además, que cada pregunta contestada tiene un valor en euros.

¿Comprendes?

-Perfectamente. Pero no me interesa el dinero.

-A mí sí –contestó Mosca arrimando su silla a la mía. Hoy se había echado

colonia, demasiada y muy barata, en su americana negra de solapas anchas.

-Bueno. Resumiendo. De dieciséis quedan ocho, de ocho cuatro, de cuatro a

la final y solo gana uno. Todo eso en cada programa. El premio final es de cinco

mil euros, a los que habría que sumar los anteriores… Suelen salir con unos siete

mil euros más o menos.

-Bien, compadre Félix, me gusta –Mosca se frotaba las manos nervioso de

alegría–, vamos bien por ahora… ¿Voy a por más botellines? ¿Tienes algo de

picar?

-Mira por ahí, Mosca… Bueno. Segundo. Los temas y las fases del

concurso. Hay tres tipos de preguntas: o son directas, o dan a elegir entre tres

opciones (tipo test), o son audiovisuales: fotografías, películas, sonidos etc. ¿Bien?

-Bueno.

-Existen cinco grupos de temas:

1-Arte y Literatura.

2-Ciencia y Naturaleza.

3-Cine y Espectáculos.

4-Deportes y Juegos.

5-Geografía e Historia.

“... Cualquiera de las preguntas que te hagan está englobada en uno de estos

cinco grupos.

140
-De acuerdo.

-La Primera fase es muy fácil de explicar: a los dieciséis os colocan en

sendos estrados y os hacen, alternativamente, una pregunta de cada tema, total

cinco. Así de sencillo. Es una especie de selección para pasar a las fases más

difíciles. Las preguntas no son del otro mundo. He comprobado que todo

concursante que ha fallado una de ellas ha pasado a la ronda siguiente, incluso con

dos es fácil pasar. ¿Alguna duda?

-No, ninguna. Cinco preguntas de cinco temarios y los ocho mejores suben

de peldaño.

-Efectivamente. Y a partir de la siguiente fase digamos que es en realidad el

concurso. Hay novedades importantes:

“Ahora el participante puede elegir tema. Pero con condiciones. Lo más

importante es que cada nueva pregunta del mismo grupo subirá un nivel de

dificultad. O sea, que si tú eliges siempre Geografía e Historia, la primera vez que

lo hagas pueden preguntarte la capital de Alemania, en la quinta puede ser el año de

la Batalla de Navas de Tolosa y en la décima te podrían preguntar cuántos lunares

tenía en el culo Ludovico Sforza. Por ello se recomienda cambiar de tema, mejor

dicho, casi te obligan. Creo que nadie ha superado la séptima pregunta del mismo

tema. Digamos que es como si los temarios fueran vasos comunicantes. En cuanto

tocas el quinto o sexto nivel de un tema marcharás, por su dificultad, a pasar al

otro.

“En el caso de que falles una pregunta ya no podrás usar el tema fallado en

lo que te queda de concurso y estarás obligado a cambiar a otro grupo que te

elegirá, a mala leche, el contrincante con peor puntuación. Solo existe una

141
salvación para el tema eliminado y es que tu acompañante conteste a la pregunta

que tú hayas fallado. Es como si fuera un rescate. ¿Ok?

-¿Y si te cierras los cinco temas?

-Si de ningún tema te rescata tu acompañante te quedas con lo que tengas y

no te corresponderán más preguntas, ni por supuesto pasarás a la siguiente fase ya

que no tienes temarios abiertos.

-Entiendo perfectamente.

-Pues el mismo sistema serán los tres peldaños; en cuartos de final, en

semifinal y en la final… ¿Alguna duda?

-No, no es muy complicado el sistema. Con veinticinco preguntas

respondidas ganas.

-No es tan sencillo. Eso no lo ha hecho nadie. A veces la final se ha

decidido dos aciertos por uno. Si se te van cerrando los temas te quedas sin

preguntas ¿recuerdas? El único misterio es el de cambiar a tiempo de tema para

tenerlos todos, o los más, abiertos en la fase siguiente. Además recuerda que si

pierdes un temario el concursante que te elija el siguiente te elegirá el que tengas

más usado para que la pregunta sea más difícil.

-Entiendo.

Nos tomamos un respiro. Me parecía importantísimo que Expósito

comprendiera el funcionamiento del juego. Insistí mucho que la mayoría de las

veces era más importante cambiar de tema a tiempo que acertar una pregunta. Pero

Pepote parecía nervioso, no era el mismo hombre de hielo que había conocido y

que tanto me fascinaba. Dudaba al hacerme las preguntas, incluso tartamudeaba un

poco. Pensé que aún estaba afectado por la muerte de Esteban. Pero me equivoqué:

concursar era no solo tener conocimientos.

142
Mosca preparó la merienda. Tres bolsas de Doritos, una de patatas de los

Hermanos Pintor y un canuto estilo Bob Marley que él solito se tiró para el cuerpo

mientras bailaba con una pareja imaginaria un elepé entero de Barbra Streisand. Al

menos emporrado nos dejó en paz.

-Bueno, Pepote. Antes de que veamos los programas que he grabado, te diré

cómo funciona lo de las fases del concurso hasta llegar a Ámsterdam. Los

programas comenzarán en septiembre en los ocho países europeos participantes. Se

emitirá uno por semana, cada viernes, dieciséis fines de semana. Y el ganador de

cada una de las ediciones formará parte de la final de su país, es decir, los dieciséis

campeones participaran en la final doméstica y de aquí, los dos finalistas serán

elegidos para ir a Ámsterdam. Cada país enviará a dos representantes a la gran

final... ¿Bien?

-O sea que hay que ganar dos concursos para plantarse en Ámsterdam.

-No, solo el primero, en la final nacional bastaría con quedar finalista.

-Muy difícil.

-Sí, mucho. ¿Pero es que no te atrae el reto?

-No..., bueno sí, pero es... que...

-No te preocupes, Pepote, yo también estoy muy nervioso. Pero ya verás

cómo una vez que comencemos todo irá sobre ruedas. Además tómatelo como un

juego, vamos a divertirnos.

-Sí..., mucho...

-Bueno, vamos a ver el concurso en el televisor, ya verás como no es para

tanto.

Encendí los aparatos e introduje la cinta de vídeo. Observé el rostro de

Expósito durante el primer programa grabado. Intentaba leer en sus labios las

143
respuestas de todas las preguntas que se les hacía a los concursantes televisivos,

pero para mi sorpresa él no mostraba ningún gesto, e incluso me pareció observar

que en muchas ocasiones retiraba la vista del televisor. Me preocupaba esa actitud,

aunque no mucho: en cierto modo era normal que se sintiera extraño. Cuando

comenzó el segundo programa grabado le dejé solo. Yo tenía previsto pasar a la

fase imprescindible. Sin solicitud no había admisión. Teníamos quince días aún

para enviarla. Había que hacer una especie de currículum en el que colocar la

temida fotografía de Pepote. Me puse al ordenador, bueno antes tuve que llamar la

atención a Mosca para que bajara el volumen de las canciones de la Streisand

porque yo no podía oír ni mis propios pensamientos. Escribí un currículum

estándar, buscando en su confección un efecto simpático. Puse la ocupación laboral

de Pepote, sus aficiones conocidas, mi teléfono (Pepote no tenía) y por último,

como toque de imaginación, la productora hacía la previsible pregunta de: ¿Qué

haría usted con Un Millón de Euros? No se me ocurría nada original, así que llamé

a Mosca. Que iba por su segundo o tercer porro:

-Mosca. ¿Qué harías tú si ganaras Un Millón de Euros?

Bufó. Varias veces además.

-No sé tío, me pillas asín, de golpe... no sé. Primero... no sé, compadre...

Ponerme muy nervioso... luego...

Me gustó la respuesta, escribí: ponerme muy nervioso en la solicitud y dije a

Mosca que podía continuar bailando a la Streisand, que no desaprovechara ahora

que tenía los genes de bailar calientes. Miré varias veces el escrito y me gustó.

Bien. Ahora quedaba lo más espinoso: la fotografía.

Saqué mi cámara digital, la Nikon todavía tenía en sus tripas el

sorprendente hallazgo arqueológico de la piscina. Había pensado que tras hacer un

144
buen número de retratos de Pepote y luego introducirlos en el ordenador. Muy mal

se me tenía que dar para que, después de hacer los parches necesarios con un

programa de retoque fotográfico, no hubiera alguna con cierta calidad para

agregarla a la solicitud.

Mosca sujetó la sábana que haría de fondo y Pepote posó hasta casi la hora

de cenar. Y nada. Ni retoques ni leches. No podía creer que ninguna de las

fotografías valiera una mierda. Volví a repetir sesiones fotográficas hasta la

preocupación. Afortunadamente Mosca también se daba cuenta de ello, no es que

yo estuviera obsesionado con el retrato.

-Tío, Pepote, ¿sabes lo que te pasa, compadre? Que no eres nada

fotohigiénico. No es que seas feo, tío, sino que tras la cámara no vas, eso, no vas.

Por más fotos que te hacemos rian rian. ¡Pero tengo una gran idea! Porque el tío

Mosca tiene grandes ideas –se rascó la entrepierna-. Voy ahora mesmo a buscar a

mi sobrina, la Maru, una gran peluquera, una gran esteticién. Ella sí que saca leche

de una lechuza. Una gran mujer. Trae, déjame las llaves de la Vespa, compadre

Félix. En unos minutos tenemos aquí a la reina de maquillaje, a la princesa de los

bigudíes y a la marquesa del tinte.

Quizá Mosca tenía razón. Le di las llaves de la moto. Necesitábamos a

alguien que supiera algo de imagen. Alguien en quien confiar la presencia de

Pepote. Y aunque yo estaba dispuesto a recurrir a una profesional, aquello de la

Maru no me sonaba muy bien. Mosca desapareció en busca de la ayuda y dejé a

Expósito con mi colección de revistas de La aventura de la Historia. Di varias

vueltas por la casa y, no sé si por necesidad, o por necesidad, recordé a Alicia. Y no

solo la recordé sino que la llamé por teléfono. Yo precisaba un ayudante de

producción y ella era perfecta. Se personó en casa en media hora. Saludó a DJ

145
Pepote con dos besos y aparte le expliqué todo el proyecto incluyendo el

maravillosos talento de Pepote, del que, hasta entonces ella no sabía nada.

Evidentemente a ella todo aquello le sonó a chino y yo recordé que era la hora de

cenar y que ya hacía mucha hambre. Había pasado una hora desde que el díptero se

había ido en busca de la Maru y ni rastro. Bajé al bar de Juan y encargué comida

como para una boda que él mismo nos subiría a casa. Cuando regresé, Alicia me

esperaba en la cocina con la boca abierta.

-¡Félix!, ¿eres consciente de lo que sabe Pepote? He estado preguntándole

y... ¡Madre mía!

Yo sonreí con vanidad, como si el verdadero dueño de todos los

conocimientos de Pepote fuera yo.

-Lo sé.

-Pero si es que... Le he preguntado sobre...

-Lo sé, Alicia..., de verdad que lo sé.

Ella sonrió de nervios, abrió la puerta del frigorífico y la volvió a cerrar sin

tomar nada de su interior, eso lo hizo tres o cuatro veces antes de que se introdujera

en el pasillo, pasara a mi estudio, hiciera nuevas preguntas a Expósito y saliera con

los ojos abiertos como su boca y su boca abierta como la puerta.

-¡No me lo puedo creer! ¿No será todo esto una broma?

Yo no respondí y descorché en silencio una botella de vino, tomé dos copas

de la alacena, que sorprendentemente eran parejas, y serví vino para los dos. Alicia

se bebió el suyo de un trago y me dio la copa para que volviera a llenarla.

El portero automático sonó. Era Mosca con la heredera del imperio de la

laca. Había estado esperando a que cerraran la peluquería para raptarla. La Maru

me resultaba extrañamente familiar. Era una chiquita menuda, muy mona de cara,

146
de poco más de veinte años pero maquillada como una actriz septuagenaria, pelo

morado y mil cuatrocientos treinta y siete pendientes en cada oreja. Vestía con unos

pantalones de chándal negros tan ajustados que se le notaba perfectamente el

piercing en uno de los labios del coño. La parte de arriba era un suéter con la

bandera de Los Estados Unidos en el pecho. Hablaba muy deprisa y se movía aún

más. Cuando Mosca hizo las presentaciones ella nos besó como si ya nos

conociera. A mí incluso me llamó cariño. Me resultó curiosa la presencia de la

Maru. Era como si ya nos conociéramos. Pasamos al estudio y le explicamos el

plan. Necesitábamos a un Pepote moderno, pero no tanto, simpático pero no tanto,

amable pero no tanto, intelectual pero no tanto... Creo que ella ni me escuchaba

mientras pasamos al cuarto de baño y revisaba el instrumental de su maleta.

Hicimos pasar a Pepote y lo sentamos en el centro de cuarto con el atlas histórico

de Georges Duby en su regazo para que se distrajera. La Maru empezó a rodearle

mientras lo observaba atentamente, como si Expósito fuera un bloque de mármol

de Carrara del que habría que sacar una estatua para la tumba de los Medici. Mosca

iba a comenzar a dar instrucciones. Pero me di cuenta a tiempo y le hice salir del

cuarto de baño:

-¡Mosca!, ve al bar de Juan, y ayúdale a subir la cena.

-A las órdenes de usted, ¡mi sargento! –se cuadró y todo, seguramente

recordando aquellos maravillosos días en el Tercio de Melilla donde también le

daban órdenes tajantes después de haberse fumado un cuarto de kilo de hierba.

Alicia dijo que pondría la mesa. Nos quedamos en el cuarto de baño Pepote,

la Maru y yo. Repetí de nuevo las instrucciones a la peluquera y ella me miró,

ahora más atentamente:

147
-No te preocupes, corazón mío, que yo sé perfectamente lo que quieres.

Vamos a dejar a Pepote hecho un Charles Laugthon.

¡Eso era precisamente lo que yo quería! Un Charles Laugthon. Alguien con

apariencia respetable pero que supiera llevar una comedia. Me sorprendió mucho

que la Maru conociera al actor y me preocupó que se equivocara de artista y me lo

dejara hecho una piltrafa. Pregunté para asegurarme:

-Maru, ¿sabes quién fue Charles Laugthon?

-Claro que sí, cariño mío, no te preocupes. Fue un actor inglés que dirigió

La noche del cazador –me soltó mientras mascaba chicle.

Sorprendente. Una joven con veinte años y aquellas pintas que había visto

La noche del cazador. La miré de abajo arriba de otra manera. Ella lo notó y sonrió

guiñándome un ojo. Me senté en la bañera observándola descaradamente durante

más de cuarto de hora, el tiempo que ella empleó para esbozar su trabajo. Por más

que la miraba, no me lo podía creer. Me resultaba tan familiar. Sus movimientos

rápidos y precisos, su descaro, su modo de hablar, sus piernas, su trasero, su

espalda estrecha y alargada, su rostro escondido por el maquillaje barato... Me

estaba volviendo loco o aquella criatura era una especie de Joy, la versión

arrabalera de Joy con diez años menos que la original. Tenía el mismo cuerpecito

escueto y perfecto que ella, el mismo descaro, la misma seguridad en sus gestos.

Me restregué varias veces los ojos con los puños como si quisiera despejarme de un

sueño. No, no había fumado los porros de Mosca. Ni siquiera una sola calada y aún

no había catado el vino. Intentaba disimular mi descaro al examinarla jugando con

las reflexiones de los espejos del cuarto de baño, pero, aun así, ella se dio cuenta.

¿Y qué hizo? Lo mismo que hubiera hecho Joy, la misma salida del compromiso

148
con su sutil elegancia. Se me plantó delante en un gesto más simpático que

desvergonzado, y me dijo:

-Acaso mi cuerpo no te vuelve loco de pasión -y soltó una sonrisita como

para comérsela.

Me tuve que poner tan colorado que hasta me pareció ver en el rostro de

Pepote el bosquejo de una sonrisa. Dudé entre salir corriendo o decir que sí, que era

cierto, que me recordaba tanto al único cuerpo que he amado en mis cuarenta y dos

años de vida que no podía quitar la vista de él. Pero no hice nada de eso y me

quedé parado, rígido con mi materia gris congelada y seguro de que con una cara

de gilipollas como para ganar un concurso. Ella, prudente como mi Joy, mi dulce

Joy, volvió a hablarme:

-¿No decía eso Liza Minnelli, en Cabaret?… La película que tienes encima

de la mesa del salón. Me encanta esa película, sabes que en el insti hice el número

de Mein Herr...

Yo no recordaba que aún estuviera rodando por el salón la carátula de

Cabaret. Solo me acordaba de que mi inactividad apenas me dejaba tiempo para

verla a trozos. Afirmé con la cabeza mirándola a los ojos. Me levanté despacio y

salí de la habitación de pura vergüenza. Busqué a Alicia, le dije que se encargara de

fiscalizar el trabajo de la pequeña Joy, que yo mismo prepararía la mesa para la

cena. Y conseguí hacerlo sin que se me cayera ningún plato.

Sobre las diez y media salieron las chicas del cuarto de baño, muy

satisfechas, ambas con una sonrisa de oreja a oreja. Alicia me tapó los ojos y, entre

las dos, como en un maravilloso juego barroco me condujeron al cuarto donde

Pepote me miraba con su nuevo rostro.

Bárbaro. Realmente bárbaro.

149
-Lo de las gafas ha sido idea de Alicia –me dijo la joven Joy.

No podía creer el cambio. ¡Lo que podía hacer un corte de pelo en

condiciones! Las greñas de su nuca habían desaparecido, ahora se le veían las

orejas, las patillas de caló obeso habían sido reducidas a una línea de puntos muy

modernas y le habían dejado un flequillito muy gracioso. Con el maquillaje le

habían afilado la nariz y reducido la papada. Habían sustituido sus gafotas de pasta

gris por mis lentes de leer, unas estrechitas con montura plateada. Felicité a las

mujeres y corriendo fui a por mi cámara. Creé la luz necesaria con los flexos de

lectura y bastó con diez fotografías para encontrar una perfecta. A todos nos gustó,

mucho además, incluidos Mosca y Juan cuando llegaron con la cena, que en vez de

hacer gestos raros lo miraron con aprobación.

Me embriagó el ambiente que se vivió aquella noche en casa. Me gustó la

ilusión que habíamos creado. Incluso el circunspecto Pepote, temores aparte,

parecía participar de las bromas de la cena inaugural del proyecto. Rogué a Maruxa

(para mí dejó de ser la Maru, que así era como la llamaban los familiares) que se

quedara a cenar y lo hizo. Disfruté mucho con su compañía. Sin saber muy bien por

qué (o sí que lo sabía, no vamos a engañarnos), la primera oportunidad que tuve,

me apresuré en aclararle que Alicia y yo no éramos marido y mujer como ella creía,

que ni siquiera éramos pareja, que solo era una compañera de trabajo, una más en

aquel proyecto, en el que por supuesto, ella, como encargada de la imagen de

Pepote también estaba incluida. Que la necesitaríamos y probablemente muy

pronto, ¡Ah! ¿Porque no tendrás inconveniente en venir a casa cuando fuera

necesario? Maravilloso. Además con más urgencia que maquillar a Pepote me haría

falta a mí raparme de nuevo la cabeza, o bueno, lo que ella creyera conveniente

hacer con mi pelo, con mi barba o depilarme las piernas o el pecho, o los

150
huevecillos, o lo que ella quisiera, y claro, ¿Pendientes? ¡Yo estoy deseando

ponerme uno!, o mil cuatrocientos treinta y siete pendientes en cada oreja como tú,

o un piercing, o tres, o tatuarme el Palacio de Aranjuez en la espalda, Maruxa,

porque encontrar esteticistas de tal calibre, ya se sabe, la imagen de uno es su carta

de presentación y bueno... ¿Qué te voy a decir yo que tú no sepas? Porque además,

mira, ¿has visto mi colección de películas? Llevo siete años grabando películas,

bueno, grabando y comprando, porque no siempre echan películas buenas en la

televisión. ¡Claro, por supuesto! Y llévate esa que has mirado antes, las dos de

Truffaut también, tengo muchas de él, me encanta la Nouvelle vague, me parece un

movimiento con una frescura que... que no me importa de verdad, te lo juro, llévate

las que quieras. ¿Y cuándo te aficionaste al cine? Porque no es normal que una

chica como tú... Ah, que es una historia muy, muy larga de contar. Me encantaría

oírla, porque yo también escribo historias y me han dicho que no lo hago tan mal.

¡Qué tú estuviste en la industria cinematográfica! Pero ¿cómo que en cierto modo?

¡Qué sorpresa! Me lo contarás todo algún día, ¿prometido? Bueno, las pelis me las

devuelves cuando quieras, bueno cuanto antes mejor, pero no por las cintas sino...

por verte pronto de nuevo (Me puse tan colorado que callé de golpe).

-Lo siento, no quería, bueno, sí quería... No sé... –me sentí como un viejo

verde. A veces se nos olvida la edad que tenemos.

-Ja ja ja. Eres tan gracioso... No te preocupes. Las traeré pronto. Dame dos

besos.

Me guiñó el ojo, el mismo gesto que hacía Joy cuando quería ser

tremendamente encantadora, y desapareció bajando las escaleras despacio, a

cámara lenta, moviendo las caderas a propósito, despidiéndose con las cintas de

vídeo en la mano. No quiso cobrar el trabajo, dijo que se lo había pasado tan bien

151
como hacía mucho tiempo. Que tampoco hacía falta que la llevara en la Vespa

porque no vivía muy lejos de allí y hacía una noche muy bonita para pasear.

Cuando quisiera podía llamarla para lo que fuera, me repitió dos veces.

Respiré profundamente seis veces antes de volver a pasar a casa.

Me acordé de Alicia. Desde que nos sentamos a cenar creo que no le había

hecho ni puñetero caso. No sé, me sentí culpable de golpe, como si Alicia y yo

tuviéramos algo el uno con el otro. Pasé a la cocina donde ella recogía los últimos

cacharros de la cena y Pepote los fregaba en la pila. Pregunté por Mosca. Se había

quedado durmiendo en el sofá del salón. Entre los tres dejamos todo tan limpio

como lo podía haber hecho Margarita al día siguiente. Me despedí de los

felómenos, nos veríamos mañana a la misma hora. Mosca, con los ojos colorados

como dos tomates maduros, me dijo que mañana traería él la cena, porque él, como

promotor del Salomón Ribereño, también le correspondía participar en la empresa.

Que no me preocupara de rian rian. Compadre, un abrazo.

Me quedé a solas con Alicia. Ella tomó su cazadora tejana llena de pines de

todo tipo y me dijo que había sido una buena experiencia, que si la admitía en aquel

barco ella trabajaría aunque fuera de grumete para llevar a Pepote al estrellato. Por

supuesto que le dije que sí, que contaba con ella. La miré a los ojos, no atisbé

ningún malestar, quizá mi conducta para con Maruxa no había sido tan exagerada

como para haberlo notado. Pero es que cuando bebo vino, sobre todo una botella o

más, me pongo de un gilipollas.

-¿Te gusta la peluquera?

-Por favor, Alicia, si es una niña...

152
-Ya, anda. Nunca te había visto tan baboso –pero no lo dijo con mala

intención, ni con segundas, sino como un amigo a otro comenta un ligue en la barra

del bar.

-Alicia, si quieres nos sentamos y hablamos. He bebido mucho. Yo no

pretendía...

-No estoy celosa, de verdad. Entre tú y yo no hay nada, ¿qué te crees que

me he caído de un guindo?

-No es por la peluquera, Alicia, pero es que... Vamos, siéntate un momento,

lo hablamos.

-No hay nada de qué hablar. Has sido siempre muy sincero. No tengo nada

que reprocharte.

-No teníamos que habernos acostado, ¿verdad? –le dije con tristeza.

-¿Por qué? ¿Acaso no soy buena amante?

-Alicia, por favor, eres maravillosa en la cama...

-¿Entonces por qué arrepentirse?

-No sé, me pareció que entre los dos, tú...

-Nada. Fue solo un polvo, Félix.

-¿De verdad?

Afirmó con la cabeza y me besó en los labios. Así nos despedimos. Me

pareció que sus palabras eran francas, de verdad, que todo lo que ella me había

dicho lo dijo de todo corazón. A veces soy así de gilipollas, me preocupo más por

los demás que por mí mismo. Y aquella noche no dormí bien.

153
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-Un Artista (con mayúscula) es una persona que no tiene envidia. Un Artista

no mira a los laterales, todas las seguridades y todas sus dudas le vienen de dentro.

Es alguien egocéntrico porque no tiene otra cosa que sí mismo, y nunca culpa de

nada a nadie en concreto, la culpa de lo que le ocurre es suya y solo suya. Un

Artista es pesimista por naturaleza. Pero contrariamente a lo que podemos pensar,

un Artista es confiado porque no le pueden quitar nada: sus ideas son suyas aunque

se las roben. No tiene que justificarse ante nadie, él es su propia moral, su propia

referencia.

“Para él la Envidia, el Conformismo, la Ceguera y la Vulgaridad suelen ir

juntos. Justifica la Soberbia y la Ira, porque sabe que son salidas a los conflictos

internos. La Avaricia es la Envidia y la Envidia es la falta de personalidad: la

Vulgaridad. La Gula es un invento de los pobres para condenar a los ricos y la

Lujuria es un invento tiránico de los feos contra los atractivos, que son la verdadera

selección natural. La Comodidad es la Muerte porque lo atrofia todo, incluidos las

revoluciones, el sexo, las ideas; además silencia a los genios, y estos tendrán que

visitar al psiquiatra porque no son admitidos en la sociedad sin darles ninguna

explicación. El mundo solo se cambia para bien cuando beneficia a unos pocos. El

movimiento perjudica. Lo único que hace avanzar a al Humanidad es la Cultura. La

Cultura aleja las religiones y las supercherías. La Cultura no hace soldados. La

Cultura iguala a las personas. La Cultura es sexi. Menos Cultura es igual a más

miedo y cuanto más miedo menos movimiento, más borregos y menos pastores.

-¿Y tú qué opinas, Eduardo?

-Yo estoy en que, perfectamente, podemos prescindir de los langostinos y

añadir una bandeja de jamón ibérico. ¿Los langostinos no están ya muy vistos?

Joder, hay una celebración y lo primero: los langostinos.

155
-Creo que tienes razón... Aunque siempre los langostinos visten una mesa.

-Pues podemos hacer una cosa. Que pongan unos entrantes, en vez de un

plato para cada uno. Elegimos dos platos en vez de tres.

-Sí, es buena idea. Así podemos añadir también bandejitas de ahumados.

¿Tú que opinas, Gabriela?

-Te responderé si tú me respondes antes, Félix. He hecho una pregunta.

-¿Ok?

-¿Has oído lo que estaba diciendo?

-Por supuesto, Gabriela, no me he perdido ni una palabra, ha sido muy

interesante, sobre todo lo de los Males de la Humanidad.

-¿Tú crees que la Cultura hace a las mujeres más sexis?

-Yo creo que sí, por supuesto. ¿Y tú Eduardo?

-Yo también –afirmó con la cabeza-. Siempre que estén buenas, todo lo que

venga de más... ¿no?

-¡Estoy hasta el coño!, ¿Vosotros habéis ido a la Universidad? ¿Qué carajo

tenéis en la cabeza?... No me habéis escuchado...

-Gabriela, por favor –intenté calmarla, sabía que en uno de esos arranques

se podía marchar y dejarnos solos con la organización de todo el cotarro. Eran

famosos sus rebotes que abandonaban a sus alumnos en medio de una clase-. Pero

escúchame, por favor. En todo lo que dices creo que tienes mucha razón. Bueno,

habría que discutir algunos puntos. Pero ahora no es momento. Nos queda menos

de una semana y ni siquiera hemos elegido el menú. Si quieres, otro día

organizamos una tertulia. Pero entiéndenos...

Creo que lo comprendió y se volvió a sentar. Aún así tuvo una coletilla para

mí:

156
-Parece mentira, Félix –me miró achinada-, con lo que tú eras. Siempre te

he considerado una persona con muchas inquietudes...

No dije nada. Hice un gesto para calmarla y estuvimos casi cinco minutos

en silencio soportando su cabreo. Eduardo se levantó a por tres cañas. Yo me pasé

la mano por la cabeza: el gesto del samurai sabio.

-Gabriela, ¿sabes que de nuevo estoy escribiendo? Esta vez toda una novela.

Y que todo lo que has dicho lo voy a incluir en el comienzo de un capítulo (siempre

que me des tu permiso).

-¿De verdad? Claro que lo tienes, aunque parte de esas ideas yo ya las he

escrito en alguna de mis novelas. Me alegro por ti que vuelvas a escribir, ¿De qué

va la historia?

-Han sucedido cosas extraordinarias que quiero contar. Hay más biografía

que ficción, pero ya sabes que la realidad...

-¿Por dónde vas?

-Llevo esbozado más o menos la mitad. Me encontraba ahora mismo

sentado en la mesa de un bar, organizando con vosotros dos la jubilación de

Patricia y a punto estabas de discutir con nosotros porque no hacíamos caso a lo

que decías. Por cierto, ¿has visto el Manantial de King Vidor?

-No.

-Después de todo lo que te he oído sobre el carácter del Artista te iba a

encantar.

Miramos al Mazas, que estaba en jarras y con cara de mala leche.

-Mirad los dos. O tomamos las decisiones o me voy y aquí os quedáis

hablando de vuestras cosas.

-Lo siento, Eduardo. Venga, ¿dónde estábamos?

157
Al final, ese mismo día, conseguimos concretar todos los preparativos: la

hora, el restaurante, el menú, el regalo de despedida e, incluso elegimos un lugar

donde, después de la cena, podíamos tomar una copa y bailar.

Cuando en el comité de organización dimos por terminado nuestro trabajo,

conté a Gabriela y a Eduardo que me iba a presentar a un concurso de televisión,

bueno, que pensaba ir como acompañante de un amigo. No sé porque confesé mis

intenciones, aunque tampoco sabía por qué debería esconderlas como si fuera un

secreto. Al fin y al cabo si Pepote fuera elegido como concursante, lo que era

nuestro primer objetivo, saldríamos por la televisión y todo el mundo nos vería. Me

pareció buena idea decírselo a ellos, y más que buena idea, es que yo, había que

reconocerlo, estaba muy nervioso. No mal, sino nervioso y tenía que dar salida por

algún sitio a parte de mis ansiedades. Nunca había hecho ninguna aparición en la

televisión y menos aún había participado en ningún concurso.

Eduardo me dijo que aquella experiencia le parecía fantástica y Gabriela,

después de criticar el borreguil estado de la televisión, nos deseó mucha suerte y

que no nos pasara como a David Carvajal.

-¿Qué le pasó a David Carvajal?

-¿No lo has oído?

-Pues no, ni siquiera sabía que le había ocurrido algo –contesté muy

extrañado.

-Pues que participó en uno de esos concursos hace cinco o seis años e hizo

un ridículo espantoso.

158
David Carvajal es un colega que lleva en el Miguel Hernández con nosotros

un par de años. Yo no tengo mucha relación con él. Enseña Lengua y Literatura,

como Gabriela. Al parecer, David acudió a uno de aquellos concursos, y tuvo la

mala suerte de ponerse nervioso en la pregunta más sencilla para él. Le preguntaron

de qué Generación de escritores era Azorín, y él, nervioso, repitió dos veces, la

segunda con mucho énfasis, que del Veintisiete, sí, sí por supuesto, del Veintisiete,

dijo, al parecer con unos gestos de sobrado que llamaban la atención. Creo, según

me contaron, que cuando el presentador le corrigió, comenzó a darse unos golpes

en la cabeza tales que tuvieron que cortar la emisión varias veces. Y dicen que

desde entonces David no es la misma persona, que se volvió huraño y que estuvo a

punto de dejar la docencia. Desde entonces, los alumnos, y algunos profesores, le

apodaron el Veintisiete. Y que a pesar de que desde entonces había pedido varios

destinos en diferentes ciudades, su mala estrella, como su apodo, el Veintisiete, le

perseguía como su sombra.

No sé por qué, pero cuando me contaron la experiencia de David me puse

muy nervioso, supongo que menos que él cuando contestó a la pregunta, pero yo

me agité bastante. Que un profesor de Literatura falle en una pregunta así,

equiparé, era como si yo contestara que el Descubrimiento de América fue en el mil

setecientos setenta y seis. ¡Por Dios! Pero lo peor de todo es que en una crisis

nerviosa todo puede pasar, y me creo lo que le sucedió al pobre David. Que digas

esa solemne burrada cuando cientos de miles de personas, entre los que se incluyen

una docena de alumnos cabrones, te estén viendo por la televisión, es como para

marcharse a la Polinesia sin despedirte de tus hijos para dedicarte a vender collares

a los turistas. Y lo peor es que yo me veía capaz de ello. No de vender collares, sino

de fallar en una de esas gilipolleces, porque cuando me pongo muy nervioso me

159
pongo muy nervioso y encima toso, toso mucho. Menos mal que Pepote era en

quien recaería todo el peso; y yo no tendría más que quizás aguantar una o dos

preguntas de rebote, que serían tan complicadas que hasta que uno fallara en ellas

se convertiría en un orgullo erudito. Además, ¿quién me iba a poner de mote el

Milsetecientossetentayseis? En eso tenía ventaja. Bueno… o no: hay gente con

muy, pero que muy, mala leche. Y pensando en lo peor, incluso sonaba gracioso eso

de el Milsetecientossetentayseis.

No me encontraba muy bien. Después de repartir a todos los compañeros

las cuartillas con toda la información de los actos del día de la jubilación del

Dinosaurio, busqué al Veintisiete.

Creo que me influyó demasiado todo lo que me habían contado de él y su

sino, porque mirando bien al Veintisiete me pareció ver en él una persona anodina,

sombría, envejecida prematuramente. Una de esas que nadie sabe que trabaja en la

empresa. Más que discreto era mimético. Se camuflaba con las paredes y las mesas.

Había menguado mucho desde aquello, me dijeron. Siempre vestía de gris. Era tan

nadie que seguramente algún mes se hubiera quedado sin nómina. Vamos, que yo

creía que hacía meses que ya no trabajaba en el instituto. No lo recordaba por la

sala de profesores, ni por los pasillos, ni en la cafetería. Quizá hubiera quedado

relegado a las buhardillas, así como una especie de Quasimodo. No sé, pero

enseguida que lo vi, sentí algo de afinidad con él. Si algún día mi nombre cambiara

de Félix al de Milsetecientossetentayseis, al menos tendría a alguien con quien

jugar al ajedrez.

-David, ¿tienes un momento?, por favor.

-Dime, Félix.

160
Ajusté mis pasos a los suyos por el pasillo y abrí puertas hasta que encontré

un aula completamente vacía. Pasamos y me senté un uno de los pupitres. El

Veintisiete, de pie, miraba en rededor suyo como si esperara una emboscada.

-David, me han dicho que tú concursaste una vez en un programa de

televisión.

Tardó un rato en contestarme, como si esperara el chiste y luego una

carcajada enorme que retumbara por todas las paredes.

-Sí –contestó mirando al suelo.

-Es que yo, bueno yo no, yo solo acompaño. Pero un amigo va a participar

en el Demuestra lo que sabes y me gustaría que me dieras unos consejos...

Me miró de arriba abajo. Creo que pensó que aquello de pedirle consejo era

la broma y esperó la carcajada. Yo me di cuenta de ello e intenté arreglarlo:

-… lo del proceso de selección…, lo que piden y todo eso…

-Si no lo han dicho en el programa, búscalo en Internet.

-No, no me entiendes, ya he cursado la solicitud, esta misma mañana. Me

refiero a qué ocurrirá ahora.

-Pues que te llamarán.

-¿Seguro?

-¡Yo qué sé! Te llamarán si les gustas, o si sales en algún sorteo. Me hablas

como si yo fuera el director del programa. Pues ahora, cuando lean la solicitud,

supongo que llamarán al concursante a casa…

-¿Por teléfono?

-Sí…

-Ves, a eso me refería…

161
-A mí me telefonearon, hablaron un rato conmigo y me dijeron que si eso ya

me llamarían de nuevo. Luego (en qué puta hora) lo hicieron y me dieron una fecha

para hacer una prueba que consistía en una especie de selección.

-¿Cómo?

-Sí, citaban a los aspirantes de cien en cien en una especie de estudio

televisivo, nos dieron un número y esperamos tanto que nos trajeron un bocadillo.

Luego una tía (en qué puta hora), nos hizo pasar uno a uno ante una cámara y nos

grabaron mientras nos hacían siete u ocho preguntas sencillas. Como último me

dijeron que hiciera algo espontáneo ante la cámara…

-¿Y eso?

-Yo qué sé. Serán pruebas de imagen o algo parecido, yo entoné una

cancioncilla (creo que fue la última vez en mi vida). Y cuando terminamos nos

dijeron que aguardáramos en casa, que volverían a llamarnos. Lo hicieron (en qué

puta hora) una semana más tarde y me dieron cita para grabar el programa en los

estudios centrales. Y entonces, pues eso, nos dieron las órdenes de cómo tenemos

que salir, las preguntas personales que nos van a hacer, algunos consejos y todo

eso… ¿Eso es lo que querías saber?

-Justo eso.

Yo saqué el bolígrafo del bolsillo de mi camisa e hice unas anotaciones en

un folio de mi carpeta. Cuando levanté la vista el Veintisiete había desaparecido

misteriosamente. La puerta del aula seguía cerrada, yo no había oído ni como se

abría ni cerraba… y el Veintisiete se había esfumado. Por un momento pensé que él

estaba allí, conmigo, y en un proceso camaleónico había tomado el color de la

pared con su perchero y todo. Me dio algo de miedo y salí del aula.

162
Todo el equipo fue puntual. Y lo que fue más sorprendente: Mosca cumplió

con su promesa, apareció con una caja de dos kilos de gambas, un enorme jamón

serrano que traía al hombro como si presumiera de él, y una garrafa de vino

perfecto para el tinto de verano. Nadie preguntó a Mosca de dónde había sacado

todo aquello, pero Alicia insinuó algo y él se justificó como ante la policía, dijo que

los jamones los vendía él, porque un ahijado suyo estaba de repartidor en una

carnecería y se había quedado con una partida de jamones co-jo-nu-dos, y que si

queríamos alguno nos podía hacer un favor, porque los tenía rifados. Alicia compró

uno y yo, cuando descubrí que tenía en casa un soporte jamonero, escondido en

algún lugar de la cocina que solo Mosca conocía, también le adquirí otro, a cuenta

de la venta de la ropa de Joy (empezaba a pensar que todo lo que pudiera trocar era

lo que iba a obtener de la operación). Siempre me ha gustado ver un jamón en las

cocinas de las casas. Me trae buenos recuerdos.

Pero antes de cenar teníamos unas cuatro duras horas de sesión con Pepote.

Me encerré con él en el estudio. Primero le participé todo lo que el Veintisiete me

había dicho esa mañana sobre el proceso de selección y luego comencé a evaluar

los puntos flacos en los conocimientos de Expósito, que era la misión principal de

aquellas sesiones. Teníamos más de dos meses para meter en su disco duro

cualquier saber que se le escapara, o al menos para parchear algún tema, como en

el caso del Cine. Aunque al ritmo que aprendía, en aquel espacio de tiempo sería

capaz de memorizar los guiones de las cien películas más importantes.

Pero pronto comencé a vislumbrar otras dificultades en su conocimiento,

que en aquella sesión fueron saliendo a la luz.

163
Yo sabía que Expósito apenas había visto alguna película, poca televisión y

nunca había leído una novela. O sea que si yo le preguntaba por la actriz que muere

acuchillada dentro de la ducha en Psicosis, él me respondía, después de su proceso

de deducción que duraba décimas de segundo, que o Vera Miles o Janet Leigh.

-¿Por qué, Pepote?

-Psicosis. USA, 1961, director Alfred Hitchcock. Intérpretes: Anthony

Perkins, Vera Miles, John Gavin, Janet Leigh. 104 minutos, Blanco y Negro. RCA

Columbia Pictures Video.

-¿Y?

-Joder, Félix. Hay dos tías, una tiene que ser. ¿No?

-¿No recuerdas la imagen?

-No. Te dije que no me interesa el cine. La ficción, en general, me aburre: es

mentira. ¿Por qué nos aprendemos la ficción?

-Solo la que forma parte de la Historia del Arte.

-No me jodas.

-Bueno, Pepote, no discutamos eso ahora. Vamos a ver –me levanté, busqué

en una enciclopedia de cine una fotografía de Janet Leigh y se la mostré- ¿Quién es

esta, Pepote?

-No lo sé.

-Esta mujer es real, no es ficción.

Pepote se encogió de hombros como si le importara un huevo. Yo busqué

otra fotografía, esta era de Marcelo Mastroiani. Expósito volvió a poner cara de “y

a mí qué”. Me preocupé mucho. Luego busqué algo más fácil en la enciclopedia, en

western: John Wayne. Nada de nada. Pepote se encogió de hombros y yo me eché

manos a la cabeza.

164
-¿No, conoces, a, John, Wayne?

-Sí, y si me dices el nombre de todos los que me has enseñado seguramente

que también los conozco. Este es un actor estadounidense. Su nombre real es

Marion Michael Morrison nació en Winterset, Iowa, en 1907 –hice un gesto para

que callara y él lo acató solo por unos segundos, para olvidarse de la biografía de

John Wayne-… Pero, Félix, por su retrato no le conozco... ¡Mira!, a este sí –señaló

con su rechoncho índice.

Yo miré la fotografía y él recitó:

-Reagan, Ronald. Nacido en 1911. Fue presidente de los Estados Unidos del

1981 al 1989, nació en Tampico, Ilinois...

-Vale, vale... vale.

Problema gordo. No me lo podía creer. ¡No conocía la fotografía de John

Wayne! No conocía la imagen de ningún puñetero actor. ¡Joder! Salí un rato del

estudio y deambulé por el pasillo. Alicia estaba en la cocina, cortaba el jamón y se

comía la mitad de lo que seccionaba. Había hecho sangría y se disponía a llevarme

un vaso. Le conté lo que acababa de descubrir pero ella no le dio mucha

importancia “Pepote no es un ordenador, además para eso estamos aquí, ¿no?”: me

dijo. Sí, claro. Pero yo me preocupé mucho.

-¿Y si en Cine y Espectáculos le preguntan por una foto de Mary Pickford?

-Pues si él no lo sabe, contestas tú, Félix, y le rescatas el tema. Para eso

estarás allí. ¿No?

-Yo siempre confundo a la Pickford con Lilian Gish.

-Pues fallaréis, y ya está. No hay más misterio, es un juego.

-¿Y no me llamarán el Liliangish?

-¿Qué dices?

165
-Nada, nada..., cosas muy mías –pero estaba nervioso.

Cuando regresaba al estudio, un grito que sonó a esperanza vino de la

garganta de Mosca que estaba tumbado en el sillón con un libro.

-¡Lo tengo!

-¿Qué tienes, Mosca?

-Qué hijo de la gran puta, ja, ja, ja. Mira, compadre, mira dónde estaba el

cabrón.

Me acerqué al libro donde me indicaba Mosca. El príncipe gitano había

descubierto, él solito, que Wally se escondía detrás de un arbusto.

-¿Has visto el cacho cabrón? Si no es por las rayas rojas del gorro no lo veo

ni en pintura, compadre. Me gustan estos juegos que tenéis los intelectuales. Pero

no hay que ser mu curto, compadre, para participar. Mira el tío Mosca, en menos de

veinte minutos he encontrado dos gualis. Y ahora me voy a hacer un porro y ya

verás como encuentro a tos los gualis del libro.

Dejé a Mosca con su delirio y con el ¿Dónde está Wally?, que no sé de

dónde coño había salido. Yo estaba preocupado por Pepote y por la brecha tan

importante que había encontrado en sus conocimientos. Seguramente que Expósito

se sabía un catálogo de seis o siete mil películas con su ficha técnica y no era capaz

de reconocer a John Wayne en una fotografía.

Todavía quedaba mucho más. Si nos encontramos ese problema con el cine,

aún sería peor con las series televisivas. Y ni qué contar con las tramas de las

novelas.

Pero aún había algo más.

Lo que no me esperaba, ni se me había pasado por la imaginación es que

Pepote no entendía nada de nada de Música. Era el mayor inútil escuchador de

166
música que había conocido. Impresionaba tanto su desconocimiento de los sonidos

como el portento de su memoria, no hay más que hablar. Ni siquiera era capaz de

reconocer la Quinta sinfonía, ni los conciertos de Brandeburgo, ni el Let it be de los

Beatles, ni siquiera la puñetera canción del verano.

Y lo que era peor. Que Pepote me confesó que la música no era capaz de

aprenderla porque le entraba muy mal. Además que no había nada que hacer

porque era una arte muy muy abstracto y no se le daba bien diferenciarlo. No es

que le entrara muy mal, añado yo, es que era nulo. Incluso le costaba mucho

trabajo diferenciar el himno del Atlético de Madrid de cualquier canción de Billie

Holiday.

Y se encogió de hombros. Mierda.

Cenamos. Yo sin hambre, con la cabeza agachada sobre las gambas. Había

mucho camino que recorrer para preparar al Salomón Ribereño y me encontraba

cansado. Quise dejarlo todo para la próxima sesión, para mañana. Tendría que

buscar imágenes de todos los actores conocidos, fichas de las series televisivas de

los últimos años. Y no estaría de más encontrar un catálogo de obras literarias que

incluyeran su sinopsis, aunque no sé si esto existiría. Lo consultaría con Gabriela

mañana. ¿Y la música? ¿qué hacer con ella? Esta si que era un verdadero problema.

¿Habría algún método para introducírsela en el coco?

Cuando Mosca se durmió la siesta del jilguero, que según él es un sueñecito

delicioso que se tiene justo después de cenar y que dura hasta la hora de irse a la

cama, Alicia quiso hacer su propia valoración de Expósito y aún descubrió otra

pequeña grieta. Conocía al dedillo los edificios con interés artístico, incluso los

más modernos, pero las esculturas y las pinturas solo hasta finales del siglo XIX. A

partir de los Ismos del siglo XX no estaba muy puesto. Aunque había una buena

167
noticia al respecto: las láminas las aprendía con mucha facilidad, bastaba con

mirarlas dos veces para que quedaran registradas en su cabeza. Necesitaríamos más

enciclopedias de Arte, o incluso diapositivas.

Aquella sesión la terminamos pronto. Recogimos un poco la cocina y nos

despedimos. Esta vez Alicia se fue la primera, lo que me dejó algo extrañado.

Luego los estrafalarios se despidieron hasta el día siguiente. Mosca me dio su

abrazo con palmaditas en la espalda pero Pepote se quedó algo rezagado:

-Félix, tengo que hablar contigo.

-Cuando quieras.

-Es que hay un problema.

No podía haber más problemas, al menos por hoy.

-¿Cuál es, Pepote?

-Es que no sé si podré concursar.

Otra vez las manos a la cabeza. Pero hice de entrenador psicólogo y me

sobrepuse a la adversidad. Tenía que dar confianza a mi pupilo.

-No te preocupes por todo. Aún nos queda tiempo para poder completar la

formación. Además, el concurso no es más que un juego. No es vital.

-No, no me refiero a mis conocimientos.

-¿Entonces?

Se sacó las manos del bolsillo del chándal y se las frotó varias veces.

-Los nervios, Félix. Estoy mal de los nervios.

-¿Cómo?

-Me pongo muy nervioso cuando hablo delante de más de tres personas. Me

dan ataques de ansiedad, e incluso llego a enfermar...

-Eso… se puede solucionar.

168
-No, creo que no.

169
Lo que nos faltaba.

Intenté quitar hierro al asunto y puse una mano en el hombro de Expósito

diciéndole que no se preocupara porque existen unos ansiolíticos maravillosos que

te quitan hasta el miedo a la Muerte. Y que el Ridículo, por ser algo menor que la

Muerte, aunque hay que reconocer que no mucho, estaba muy superado

farmacológicamente. No jodas, Pepote, ¡que todos los problemas sean esos! Que sí,

Pepote, que tú no me viste el día que di mi primera clase. Tenías que haber estado

allí. Creía que me iba a morir, creía que no iba a salir un sonido de mi boca, creía

hasta que confundiría la fecha del Descubrimiento de América y diría el mil

setecientos setenta y seis en vez del... Bueno, te lo juro Pepote, las piernas me

temblaban, tenía la boca tan seca que no podía ni abrirla. Las manos me sudaban...

¿Y sabes? Me tomé un ansiolítico que me dio una compañera y, joder, el mundo era

diferente. En media hora me sentía tan seguro de mí mismo como no lo había

estado nunca, Pepote, me encontraba tan, tan, ¿cómo te diría yo...? Hecho un

locutor de telediario, sí eso. Tenías que haberme visto. Ni siquiera yo me lo creía.

Lo recuerdo como si hubiera ocurrido ayer. Pasé al aula despacio, midiendo los

pasos, dejé la carpeta sobre la mesa y me giré hacia ellos, mis alumnos, los miré

fijamente a cada uno, a los ojos, y mi gesto, el de un pistolero que sabe que nadie le

va a retar porque es el más rápido del Oeste, les decía: “Yo soy el profesor,

omnipotente, el elegido, y vosotros sois aspirantes a individuos que disfrutaréis del

honor de aprender de mí, así que cuando yo diga lo que diga tenéis que asentir y

estar agradecidos; y rezad a Dios para continuar conmigo porque cada hora que

paséis dentro de un aula en mi compañía serán momentos de gloria, inefables,

irrepetibles...”. Y, Pepote, créeme, después de aquella mirada que llenó de hielo los

170
cristales, me presenté, dije mi nombre, con la misma voz que el calvo ese de la tele.

Luego, planteé los objetivos de la asignatura contando hasta cinco entre palabra y

palabra, como los buenos actores. Madre mía. Le debo la vida a ese ansiolítico,

Pepote, así que hala, descansa, no te preocupes y duerme tranquilo, que para todo

hay solución en esta vida. Y tú, Mosca, pórtate bien y cuida del ¿Dónde está

Wally? No dobles las páginas ni dibujes un círculo alrededor de los Wallys que

vayas encontrando porque no sé de quién será el cómic. Y que tengas mucha suerte

con los dos que te faltan por descubrir. Ah, que sospechas que uno está escondido

dentro de un iglú. Pues probablemente, Mosca. Sí que es un hijo de puta ese Wally.

Ja, ja, ja. Bueno, pareja. Recuerdos a doña Rafaela.

Mierda.

Si le hubiera dicho la verdad de mi primer día de clase a Pepote se le

hubieran quitado las ganas de participar hasta en la lotería.

Vaya tardecita.

-Tengo buenas noticias, Félix. He cogido todas las diapositivas de Arte que

había en el almacén y me he sorprendido de la cantidad de ellas que teníamos.

Además... ¿Sabes quién nos puede ayudar con el tema de Música?

-¿Quién?

-Patricia.

-¿El Dinosaurio?

-¿Quién es el Dinosaurio?

-Patricia… (no me hagas caso, son cosa mías).

171
-No está bien que te rías de la gente, Félix, tienes la puñetera costumbre de

poner motes a todo el mundo. Vete tú a saber cómo me llamas a mí.

-Tú no tienes apodo, Alicia.

-Ya. ¡Y hazme el favor de bajar los pies de encima de la mesa! Sabes que

me repatea los ovarios.

Y los bajé. Jugué con el bote de los bolígrafos para disimular lo de “Félix,

ya no tienes derecho a poner los pies sobre la mesa”, miré el despacho de la Jefa de

Estudios y luego a su titular que me hizo un gesto como de qué cardo eres con la

gente, no me extraña que luego te pase lo que te pase.

-Estupendo. ¿Por qué no hablas tú con ella?

-¿Y por qué no tú? Patricia puede ser muy seca, pero es una persona normal,

incluso es más sociable que algunos –miró al techo para decir esto último.

Sabía que me tocaría a mí. Porque Alicia, dijera lo que dijera, estaba, si no

dolida, al menos molesta, y quería además que yo lo supiera, haciéndomelo ver con

esa burda ironía que yo no soporto en nadie. Estaba seguro que si yo le preguntara:

“¿Qué te pasa, Alicia?”. Ella me respondería: “nada, nada qué me va a pasar”. Y

puede que añadiera una coletilla más: “Es que a estas alturas del curso estoy algo

cansada”. O añadiría esta otra: “Ya sabes lo que me pasa, Félix”. Entonces como

yo, realmente, no lo sé, diría: “pues no lo sé, Alicia”. Entonces ella me diría

mirándome a los ojos: “No te hagas el tonto”; y yo contestaría: “No, Alicia, no me

hago el tonto”. Y la conversación podía durar más de media hora, como si

fuéramos dos novios quinceañeros que han reñido y se despiden en un portal.

Joaquín, el Oso Polar, llamó a la puerta después de haber entrado en el

despacho: “Alicia, ¿tienes un minuto?, Oh…, perdón, no sabía que estabas

ocupada”. Yo me hubiera apostado mi páncreas a que el Oso Polar tenía toda la

172
certeza que yo estaba allí, con ella. Porque últimamente cada vez pienso peor de la

gente, y me preocupa bastante. No lo de pensar mal; me angustia que rara, muy

rara vez, me equivoco. Si Alicia no me hubiera matado por hacerlo, en el momento

que pasó el puto cotilla del Oso Polar, me hubiera levantado deprisa de mi silla y

hubiera simulado subirme la bragueta con pudor. ¡Pero para qué queríamos más!

-Pasa, pasa, Joaquín, si yo ya me iba.

Cuando me levanté di en la mesa unos golpecitos musicales con los nudillos

y me dirigí a Alicia:

-¿Te espero entonces?

-Sí, no te preocupes. Y esta tarde llevaré yo la cena.

-No lleves mucha comida –dije mientras pensé horrorizado en la posibilidad

de una cena vegetariana-, ayer sobró la mitad de lo que llevó Mosca.

-Bueno, ya veré lo que hago.

-Hasta luego, entonces.

-Adiós.

El Oso Polar terminó de presenciar el partido de pimpón con cara de

coreano albino y tomó asiento frente a la Jefa de Estudios.

Yo me dirigí en busca del Dinosaurio. Por el pasillo dudaba si a Mosca le

gustarían las hamburguesas de tofú y las ensaladas de brotes de soja. Recuerdo que

el primer día que cenamos en casa, cuando los felómenos se llevaron la ropa de

Joy, el ciudadano díptero se quejaba de que eso de la comida rápida había que

tomárselo con más calma. “Mira, compadre, esta pizza la han hecho con tan poco

cuidado que se les ha caído hasta el postre en ella”, dijo mientras con asco quitaba

de la pizza unos pedazos de piña. Estoy convencido que al Oso Polar sí que le

encantaría toda aquella comida alternativa que come Alicia; seguro que en las

173
conversaciones con los demás presumiría de ser vegetariano convencido, de

conocerse al dedillo todos los restaurantes raros de Madrid, y, con toda certeza, que

iría por ahí diciendo que sus ciento diez kilos en su metro noventa se nutrían de

ensaladas de algas y hojas de roble. Él era asín de pedante; aunque luego, y de eso

estoy seguro, en la intimidad se masturbara gastronómicamente con bocadillos de

chorizo pamplonica o de mortadela con aceitunas. No me cae bien el Oso Polar,

con esas barbas canas de Hemingway barato. Es de un complaciente pegajoso, de

un esnobismo cutre y finge ofrecer tanta confianza que no da ninguna. Es de esas

personas con las que no estás a gusto cuando se comparte la misma habitación, y

no me refiero concretamente a compartir un cuarto de hotel, me vale con uno de los

salones de baile del palacio de Versalles aunque sea en una abarrotada fiesta de Fin

de Año.

¡Mierda! ¡Ahora no por favor! Intenté acelerar el paso para darle esquinazo

pero me alcanzó.

-Félix, ¿puedo preguntarte una cosa?

-No, Montero, ahora estoy muy ocupado.

Pero una negativa no echaba para atrás al Fantasías y ajustó su paso al mío.

Llevaba una carpeta de recortes de periódico, tomó un artículo y me lo puso delante

de las narices. Por supuesto que no lo leí.

-¿Has visto los últimos estudios del caso de la piscina?

-No, Montero.

-Joder, Félix, no me digas que no te intriga todo eso. Tiene que ser

apasionante para un arqueólogo. Es un caso extrañísimo. Todavía no se explican el

buen estado de conservación de las calaveras, ni por qué a los cráneos les

174
corresponden tan pocos huesos del resto del cuerpo. Además han hecho el estudio

de unos tejidos que fueron hallados junto a una costilla y ¿a que no sabes?

Ya empezábamos.

-Pues que esas fibras son de una sustancia que no se conoce. Se las han

llevado a la NASA, y han comprobado que son muy similares a las de un material

que apareció adherido en el casco del Apollo XI, ¿No has oído nada de eso, Félix?

¡Madre mía! El Fantasías era horrible. Hasta tenía poca imaginación para

inventarse gilipolleces. Bueno, y no me dejó en paz hasta que casi le di con la

puerta de la sala de profesores en las narices. El puto crío llevaba una semana tan

pesado con el tema de la piscina que estuve a punto de confesarle que las calaveras

las había robado yo del Cementerio y las había puesto allí después de fumarme diez

porros y beberme no sé cuántas cervezas. A punto estuve de hacerlo para que me

dejara en paz, lo juro, pero sabía que no iba a servir de nada, porque de inmediato

se echaría las manos a la cabeza y en vez de denunciarme a su padre por profanar

restos humanos, lo que haría sería interrogarme sobre qué clase de culto satánico

era ese y que si él podía iniciarse aún siendo menor de edad, porque él creía en el

Maligno y estaba esperando una revelación que le sacara de todas las dudas

existenciales que no le dejaban dormir.

-Patricia, ¿puedo hablar contigo un momento?

Me miró raro pero me indicó con la barbilla un asiento cercano al suyo.

Patricia era mayor, de esas personas que nacen mayores, viven mayores, la

edad rebasa su físico y se conservan jóvenes en su vejez. Era delgada, muy

delgada. Su rostro, pálido finlandés, no tenía ni una arruga salvo alrededor de los

ojos. Era rubia entre cana y cana y su cabeza siempre la remataba con un horrible y

beato moño de profesora de ¿piano? ¡Es verdad!, no podía tocar otro instrumento.

175
Ojo lo raros que somos algunos profesores de instituto. Nos acostumbramos a

vernos a diario, pero…, joder.

Solté una de mis mejores sonrisas, aunque últimamente algo me decía que

no eran tan eficaces como hacía unos años. Ella me respondió bajando sus lentes un

peldaño de su nariz y mirándome por encima de los cristales.

-Patricia, ¿tú que eres profesora de música…?

-¿Sí?

-Bueno, es que me gustaría…

No solo mi sonrisa se estaba atrofiando, sino también mis recursos

imaginativos. Así que pensé ir directamente al grano, pero las palabras de ellas me

adelantaron.

-¿No tendrá nada que ver con lo de mi jubilación? Dije que no quiero

ninguna celebración y menos una de esas cenas con langostinos y chabacanerías de

esas…

-Oh, no, te aseguro que nada de nada… -pero tuve que ponerme algo

colorado-. Mira, es otro asunto. Te voy a ser sincero. Estamos preparándonos para

un concurso de la televisión, el Demuestra lo que sabes. ¿Lo has visto alguna vez?

-No, no veo la televisión.

¡Me cago en la puñeta. ¿Entonces quién coño ve la televisión en este país?!

-Bueno, es un programa de esos de preguntas y respuestas en el que va a

participar un amigo mío y yo voy a acompañarle. Pero tenemos un problema con la

música, porque este amigo, Pepote, es digamos Melófobo. No sé si existe esa

palabra, ni sé si de existir lo definiría muy bien...

-Que es duro de oído, vamos.

176
-Sí, pero que es más duro que nadie, no sé cómo explicarte. Confunde a

Rita Pavone con Plácido Domingo. No tiene, vamos, ni puñetera idea de lo que

oye. Parece increíble.

-¿Y ese es quien va a participar en un concurso?

-Sí. Te sorprendería saber los conocimientos que tiene. Pero tenemos el

problema de la música. Queremos, bueno, nos gustaría que nos ayudaras, que elijas

la música clásica más significativas, algo de jazz, y también música pop, aunque

esto último puedo encargarme yo.

-¿Y para cuándo es el programa? ¿Para dentro de cinco años?

-No, para dentro de… dos meses.

-¿Es una broma?

-No, Patricia, te lo juro. Este tío, Pepote, aprende con una facilidad

impresionante.

-¿Y no ha aprendido música?

-Nunca. Él es, digamos que, una autodidacto.

-No entiendo nada.

-Me gustaría que lo conocieras, ese tío es un fenómeno. Te ibas a quedar

con la boca abierta.

-…

-Vente a mi casa una tarde que puedas, por favor, estamos preparándonos

allí para el concurso. Nos hemos tomado la empresa con mucha seriedad.

Conseguí arrancarle un sí, más por curiosidad que por otra cosa, me dijo. Le

pasé mi dirección y la guardó en su monedero de profesora de piano y este en su

bolso de profesora de piano.

177
Ese día comí con Gabriela en la cafetería donde suelo hacerlo. Ella vive en

Madrid, en un apartamento en la zona de Lavapiés, en el barrio de la última

bohemia, como dice ella, y, muchos días, cuando hace suplencias a los de nocturno,

comemos juntos en Aranjuez. Gabriela es extraña. He de reconocer que no me cae

mal, pero es una persona incómoda de tratar. Muchas veces no sabes cómo hacerlo.

Parece que la conoces y al día siguiente está tan distante como Australia. Una cosa

que no me gusta de ella es que a todo lo tenga que dar cuatro y cinco giros de

tuerca para quedarse a gusto. No sé cómo podrá conciliar el sueño; yo le doy dos

vueltas a mis asuntos y hay muchos días que me dan las cuatro de la mañana

mirando al techo. Ella es demasiado..., ¿extrema?, ¿excesiva?, ¿profunda?

Realmente no encuentro un adjetivo para calificarla. Siempre que al cerebro se le

considere como una víscera, a ella se la puede definir como visceral. No tiene

término medio. Tan pronto come sin tino, con gula, como deja de hacerlo durante

días; fuma hasta entre cucharada y cucharada de sopa; bebe el café por litros; y el

alcohol, o no lo cata, o se la sorprende con la petaca en la sala de profesores. Tan

pronto está tan inquieta como un conejo en el campo como tan relajada como un

Buda. Es una persona muy complicada. Pero como todas las personas que conozco

tiene cosas buenas, a excepción, claro está, del calandrajo del Oso Polar. Hay que

reconocer que Gabriela es una persona que no te deja indiferente y eso, por

supuesto, me gusta; puede ser de todo menos mediocre. Parece una persona fiel a

sus amistades y a sus principios (sean cuales sean, eso es otro asunto), y hay que

reconocer que tiene un ingenio y un sentido del humor muy agudizados. Puede

estar descojonándose de alguien en su cara y este alguien pensar que está siendo

lisonjeado. Cuando está con la gracia subida es increíble comprobar la rapidez

178
mental que puede llegar a tener. Bueno, ya he dicho que escribe novelas. Una de

ellas gano el premio Ciudad de Ocaña y la otra quedó finalista en un certamen de

una editorial. Ha escrito otras dos y no ha querido publicarlas. Hace poco me dejó

leer una de estas inéditas. No la entendí muy bien; el protagonista me chirriaba

mucho, era un personaje que nunca dormía y tan pronto era varón como mujer,

Alex o Alexia. Este se dedicaba a seducir a personas del sexo contrario al que le

tocaba ser y luego, cuando estaba en la cama con el ligue, se transformaba de sexo

rápidamente y si el seducido era hombre le sacaba su lado femenino y este se

dejaba sodomizar, y si era una mujer... Bueno, era todo muy extraño; además perdí

el hilo de la narración cuando el protagonista hacía el amor con él mismo.

Había un asunto mundano en el que Gabriela y yo coincidíamos. Los dos

comíamos con una rapidez que sorprendía hasta los camareros, y yo, que solo

almorzaba ensaladas por aquello del régimen, incluso casi tenía que esperarla.

Aquel día entramos a la cafetería a las tres y cuarto y a las tres y media estábamos

pidiendo el café. Salimos los dos juntos. Era un día precioso, más veraniego que

primaveral, la gente iba buscando la sombra de los olmos de la calle Infantas, las

terrazas comenzaban a llenarse de turistas, y yo no tenía ganas de ir a casa para

continuar mi rutina diaria de ver mi película en el vídeo y luego pegar dos

cabezazos de sueño hasta que llegara el equipo del Salomón Ribereño. Miré mi

Vespa y le propuse a Gabriela dar una vuelta en moto por la Vega del Tajo. Ella no

lo dudó, saltó sobre la Vespa y se agarró a mi espalda. Tomamos la calle De la

Reina y salimos por el entramado de carreteras de la Vega. Yo no conocía muy bien

la Ribera y dudaba bastante en elegir el recorrido. Alguna vez, Joy y yo habíamos

hecho alguna comida campestre junto al río, pero yo no recordaba por dónde

179
conducíamos. Para esas cosas de la orientación ella era bastante mejor que yo. Yo

soy de los que pierden el coche en los aparcamientos de los centros comerciales.

Conduje despacio, muy despacio, por carreteras trazadas en paralelo al Tajo,

hasta que el río desapareció a nuestra derecha. Tomé un camino de tierra en su

busca y llegamos, como si yo conociera el lugar, a un paraje precioso, cubierto de

árboles, que daba acceso a una antigua presa. Paré la Vespa y anduvimos hasta el

borde de la edificación. Realmente era un espectáculo precioso. No parecía haber

nadie en kilómetros a la redonda. Nos quedamos un rato embobados, viendo cómo

el río Tajo, al bajar por el talud de hormigón, se convertía en una enorme manta de

agua brillante de sol, del grosor de cinco o seis centímetros, y se precipitaba

lentamente como en un tobogán hacia la espuma que daba continuación a la

nobleza del río. El sonido del agua aturdía para bien, daba algo así como intimidad

a la conversación. Gabriela se acercó a mí para hablarme:

-Un lugar precioso, Félix. ¿Es aquí donde te traes a todas para follártelas?

A eso me refería cuando hablaba de ella. Y eso me hacía sentirme

incómodo.

-Es la primera vez que vengo aquí.

-Eso también se lo dirás a todas.

-…

-Entonces… ¿No me vas a seducir?

-No.

-Jo.

Nos sentamos al borde de un murete, con los pies colgando a unos pocos

centímetros del agua. Yo no estaba acostumbrado a admirar lugares así de bellos sin

encontrarme con cientos de turistas. Gabriela se descalzó, se recogió su falda-

180
pantalón negra y comenzó a jugar dando patadas al agua cada vez más fuertes hasta

que los dos quedamos bastante empapados. Se agradecía el frescor del agua.

Reímos bastante con la broma, sobre todo cuando nos vimos con los cigarrillos

mojados. Todo aquello era muy melodioso. Me sentí muy bien, como más joven,

como si efectivamente me hubiera llevado un ligue al campo para seducirla. De

repente Gabriela dijo que se daría un baño. Se despojó de toda su ropa menos de

sus braguitas negras y de sus gafas de profesora de Literatura y bajó por la presa

hasta un pequeño remanso. Observé un rato su desnudez. Gabriela no era una mujer

muy agraciada físicamente, era muy delgada, excesivamente delgada, se le notaban

todas las costillas, sus piernas eran dos palos sin apenas forma y sus pechos eran

dos medios limones. Me llamaba agitando sus brazos, salpicando agua y

gritándome algo gracioso que yo no podía oír por el ruido de la cascada. Todo era

tan Jovial, tan espontáneo. Como si yo estuviera recuperando algo. De inmediato

me di cuenta que aquel momento me lo estaba concediendo algún dios para darme

una oportunidad perdida hace mucho tiempo. Respiré profundamente la primavera

y enseguida me descalcé, me quité el pantalón y arrojé la camiseta hacia atrás. Me

quedé con un slip Calvin Klein marcapaquete de los que Joy me compraba y que

me había habituado a ellos a pesar de que…, cómo decirlo... Ese tipo de

calzoncillos me hacían un poco exagerado, y yo tengo un poco bastante complejo

de eso, de un bulto exagerado. Pero una vez que el agua me cubrió el ombligo

estuve más tranquilo. Gabriela y yo luchamos hasta la extenuación para ser el rey o

la reina del centro de aquel charco. Nos empujamos, nos hicimos ahogadillas e

incluso la puñetera, en un lance ilegal me arañó el hombro con tan mala leche que

me hizo sangrar. Al final quedé yo como el dueño del centro del charco a pesar de

181
que ella se agarró a mi espalda con tanta fuerza que no pude despegarla más que

sumergiendo su cabeza casi un minuto en el río.

Salimos, empapados, agotados, resollando como corredores de fondo. Le di

la mano para salvar la altura donde estaba nuestra ropa y ahí fue donde ella hizo

que me ruborizara.

-Tío, Félix, ¡te has empalmado! –me señalaba la entrepierna con el dedo-,

ja, ja, ja. ¡Vaya erección! Joder, es de campeonato.

-No..., Gabriela..., no estoy empalmado –se me escapó, no tenía que haber

dicho la verdad.

-¿Cómo que no? ¿Te has visto? Ja, ja, ja.

Yo no contesté y seguramente del rojo pasaría al morado.

-¿No me digas que… eres así?

Del morado al verde.

-¡Madre mía! No me digas que esa polla que tienes está en relax… ¡Tío,

Félix!... Enséñamela… Enséñamela. Jo, tío…

Yo fui hacia la ropa simulando no estar oyendo nada, me senté al sol para

secarme y puse mi camiseta tapando mi entrepierna. Gabriela se estaba poniendo

muy pesada.

-Venga tío, enséñamela y yo te enseño mi coño ¿vale?

-Gabriela, por favor, deja de portarte como una cría.

-Vale, si me la enseñas.

No pensaba hacerlo y se arrojo sobre mí como una gata. Ella todavía

conservaba más fuerzas que yo. Me mordía, se movía muy rápido y logró un par de

veces bajarme parte del slip. Yo lo estaba pasando muy mal. Si quería quitármela

de encima tenía que hacerle daño o…

182
-Bueno, bueno, te la enseño. Pero déjame en paz. Quítate de encima, por

favor.

Me hizo caso. Se levantó del suelo y comenzó a dar saltitos de alegría. Yo

me retiré tres o cuatro metros. ¡Por supuesto que no pensaba enseñársela! Pero ella

fue más lista que yo, cogió toda mi ropa y fingió lanzarla al fondo de la presa

donde no la encontraría ni un hombre rana. Yo sabía que era capaz de hacerlo.

Acompañó este gesto con una sonrisa pícara.

No tuve más remedio. Me baje el slip rápidamente y me lo volví a subir.

-Oh, no, no, no he visto nada.

-Gabriela, vale ya, joder.

-No, no –e hizo de nuevo el gesto de arrojar la ropa. Y lo peor de todo es

que, para más problemas, las llaves de la Vespa estaban en el bolsillo de los

tejanos. Nos encontrábamos a unos cuantos kilómetros de Aranjuez y deberíamos

regresar andando, vestido apenas con mi slip, lo que era mucho más escandaloso.

Se lo hice saber, pero a ella le daba lo mismo.

-Bájate el slip hasta las rodillas, y cuento hasta diez.

-Hasta cinco.

-Vale.

Lo tuve que hacer, mientras yo miraba al cielo de vergüenza, pero no

aguanté más que hasta cuatro porque ella nunca acababa de contar.

-¡Madre mía que calladito te lo tenías, Félix! Verdaderamente espectacular,

sí señor… me dejas que la toque un poco…

-Ya está bien, Gabriela.

-Déjame, anda, lo mismo es de goma y la llevas para presumir, anda…

Me tuve que poner muy serio para que me devolviera la ropa.

183
Gabriela tenía varias personalidades, y con la que me tocó discutir cuando

la dejé en la puerta del instituto era algo así como la niña del Exorcista. Parecía una

persona a la que no conocía de nada. Pero tampoco estaba tan molesto con ella

como fingí. Aquel suceso de la presa tampoco fue grave, sino todo lo contrario,

aparte de la vergüenza que me hizo pasar, fueron un par de horas muy agradables.

De no haber sido así no lo hubiera escrito.

Regresé a casa más tarde de las cinco y media y me encontré en la puerta

del piso una nota firmada por Mosca en la que me comunicaba que Pepote y él se

iban a Valdemoro de negocios y que por eso no podían asistir a la sesión aquella

tarde. No me preocupó, me encontraba demasiado absorbido por el concurso y

sabía que un descanso no me vendría nada mal. Me estiré en el sillón pensando que

Alicia vendría dentro de media hora. No me apetecía estar a solas con ella, así que

la llamé diciendo que hoy se suspendía la sesión y que yo aprovecharía para buscar

en la biblioteca unas revistas de Arqueología. Me volví a tumbar en el sillón y cerré

los ojos. Me había acostumbrado a que mi piso estuviera ocupado por las tardes y

aquella soledad me provocó algo de angustia. Intenté leer algo, pero no pude

concentrarme. Decidí bajar al bar de Juan a tomarme una copa de lo que fuese.

Apenas había otro cliente, que tomaba café mientras leía el periódico.

-¿Ya estás mejor del estómago, Félix?

-¿Qué estómago?

-El tuyo, la úlcera –me preguntó Juan mientras movía la botella de Pacharán

antes de servirme la copa.

-Ah..., bueno. No, sigo jodidillo, pero...

-¿Un mal día?

184
-Sí.

Contesté a Juan sin saber lo que estaba diciendo, porque en realidad hubiera

firmado con sangre para que todos los días de mi vida fueran tan malos como ese.

Pero el momento no era muy bueno y mi estado de ánimo se guía por momentos.

Mis altibajos son demasiado pronunciados. Creo que eso es patológico y algún día

debería contárselo a un psicólogo.

-¿Una partidita?

Sonreí cuando vi el tablero de ajedrez y afirmé con la cabeza. Juan era un

buen jugador, además que era capaz de estar pensando la jugada mientras atendía la

barra. Hacía algún tiempo, cuando Joy viajaba, Juan y yo solíamos disputar unas

largas partidas sobre esa misma hora, que era cuando menos jaleo tenía el bar. Me

acomodé en el sitio que acostumbrábamos, al final de la barra, coloqué todas las

fichas y adelanté dos cuadros el peón del rey.

En una hora habíamos conseguido atraer a tres silenciosos espectadores.

Juan me atacaba continuamente con una sabia combinación de caballos, y un

servidor se defendía con una elegancia exquisita. Me había enrocado cuando menos

se lo esperaba el chino, y yo estaba dispuesto a hacer un gambito con un alfil para

comenzar mi terrorífico y demoledor ataque. Había conseguido aislarme de todo y

tenía toda mi energía vertida en pedir perdón a mi pieza que iba a ser sacrificada de

inmediato. Juan cayó en la trampa, se tragó el alfil y yo moví la torre dominando

todo el puto centro del tablero. Mi rival arrugó su entrecejo oriental y yo sonreí en

mi interior. Hasta ahí fue una partida preciosa. Hasta que vino Li de la compra:

-Hola, Félix, cuanto tiempo sin velte. ¿Qué tal está tu mujer? Viajando ¿no?

Entonces me di cuenta que me había abstraído tanto que estaba convencido

que era cierto, que Joy estaba en uno de sus viajes de negocios y en breve yo

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tendría que ir al aeropuerto a buscarla con el Audi; que ella se arrojaría en mis

brazos al salir de la terminal de Internacional y me besaría y abrazaría como solo

sabía hacerlo ella; que subiríamos al coche y que, hasta llegar a casa, no pararía de

relatarme todo lo que había hecho. Y luego, en la intimidad, me daría mi

encantador regalo antes de desnudarse por completo para meterse en la bañera

mientras yo la miraría con...

-¿Mueves o no?

Y moví, no sé qué pieza moví que en tres jugadas más Juan me metió la

reina por el culo, ante la desilusión de los espectadores.

-Jaque mate en tres movimientos. Has perdido. ¿Quieres otra copa? Invita la

casa.

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A la tarde siguiente todo en mi piso había vuelto a la normalidad de las

sesiones de entrenamiento. El Salomón Ribereño devoraba imágenes como un

machote. Alicia se encargaba de ello en el estudio, pasaba las diapositivas y leía su

texto dos veces en voz alta; con eso le bastaba a Expósito. Ya habían proyectado

toda la escultura anterior a la Segunda Guerra Mundial y todo iba sobre ruedas, los

dos parecían felices. Yo había acudido aquella tarde a la biblioteca del Centro

Isabel de Farnesio y había recolectado todas las publicaciones de Cine que pude

encontrar. Me encerré en mi dormitorio con todos aquellos libros y revistas para

buscar en sus páginas los retratos de los actores y actrices que consideraba más

significativos. Había pensado que con cuatrocientos o quinientos registros

tendríamos suficientes. Mosca estaba en el salón, al parecer había un hijo de puta

de Wally que se le estaba resistiendo y había jurado que de hoy no pasaba, que lo

encontraría aunque tuviera que fumarse mil porros para que sus cuatro sentidos

estuvieran al cien por cien.

La puerta del piso sonó varias veces. Di un grito a Mosca desde el

dormitorio para que la atendiera. Le oí quejarse y mascullar algo como: “No te

jode, ya que tengo peinada la mitad de la página... Ahora tendré que volver a

comenzar”. Pero atendió la llamada. Yo no quería moverme de entre todas aquellas

estrellas de la gran pantalla. Si he de ser sincero, estaba disfrutando como un niño

mientras buscaba los actores. Conocía muchos más de los que imaginaba. Me

entretenía en tapar la leyenda de la fotografía y jugaba a adivinar quién era el

retratado: Jean Gabin, John Barrimore, Judy Garland, Philippe Noiret, Ugo

Tognazzi... ¡Joder, estaba hecho un monstruo! ¡Un verdadero concursante! Vamos a

ver esta otra... Esta es fácil, Jessica Lange y esta... ¿Cómo se llamaba la mejicana,

la de Buñuel?... ¡Sí!, Silvia Pinal. Realmente Bárbaro. Lo que estaba haciendo me

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reforzaba tanto que olvidé que habían llamado a la puerta hacía un buen rato y aún

no sabía quién lo había hecho. Salí al pasillo y escuché una voz en la sala de estar

que me hizo correr hacia ella. ¡Madre mía! ¡Había venido el Dinosaurio a mi casa y

se había quedado a solas con Mosca! “Para servirle a sus pies y a usted misma”

llegué a oír, justo antes de pasar a la habitación.

-Patricia, bienvenida a mi casa, ¿cómo estás?

Al verla yo hubiera jurado que con acidez de estómago. Se aferraba a su

bolso de profesora de piano y miraba a Mosca de un modo extraño, como si él

acabara de enseñarle los genitales.

-Ya veo que acabas de conocer a Mosca.

-Sí.

Patricia, sin apartar la vista del príncipe caló, se vino a mí como si yo

tuviera que protegerla. Y es que era como para hacerlo. Aquella noche el delfín de

los dípteros había quedado para ir a buscar caracoles con un compadre suyo y ya

venía disfrazado para la cacería. Vestía con unos pantalones de mono de trabajo del

Ejército y una camiseta caqui del Tercio con las mangas cortadas que dejaba ver

sus desteñidos tatuajes en sus hombros: en el derecho el escudo del la Legión y en

el izquierdo, en el centro de lo que parecía más una patata que un corazón, se leía

MARITERE. Navaja en el cinto, calzaba botas de goma, no se había afeitado y

aquel día era de los que olía mucho a hoguera.

Patricia, al parecer más segura con mi compañía, miró con descaro a

Mosca:

-¿Este joven es un fenómeno? –me preguntó extrañada, señalándole con

poco disimulo.

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-... Sí, sí que es un fenómeno, y de los gordos, Patricia, pero no es el que

vienes a ver... Este es Mosca... mi... (joder, iba a decir compadre) mi... capataz.

Los dos parecían satisfechos con la respuesta. Luego, cuando dejamos a

Mosca con el cabrón del Wally, que, aunque se le resistía, lo tenía acorralado en el

castillo de los gorilas, le mentí al Dinosaurio diciéndole que hacía tiempo que yo

había comprado unas pocas tierras de labor a las afueras de Aranjuez y que Mosca

se encargaba de ellas.

-Mi capataz viene todos los días sobre esta hora a darme novedades –le dije

muy serio-. Como has visto hoy ha estado regando y... quemando unos rastrojos.

Este año los espárragos me tienen muy preocupado. No estoy teniendo una buena

cosecha y... Bueno, Patricia, no te quiero marear con mis asuntos...

Creo que mi estatus de propietario convenció a Patricia y me miró desde

entonces de otra manera, como menos calavera y más igual. Yo no tenía que olvidar

que algún día, antes de la jubilación del Dinosaurio, debería ir vestido al instituto

con un pantalón de pana verde y unos botos camperos para refrendar mi trola.

Mientras Mosca no intentara vender ninguna de sus mercancías en oferta a

Patricia la cosa no iría mal.

-Mira, pasa, aquí tenemos al campeón.

Entramos al estudio. Yo estaba ganando puntos: la presencia de Alicia en el

equipo, según pude entender, daba crédito a la empresa. Pepote, desde que se cortó

el pelo, estaba mucho más decente (y siempre que estuviera en el interior de una

vivienda, como era el caso, calzar zapatillas de pana y vestir con una bata era muy

normal). Profesora y alumno se dieron la mano como a ver quién aprieta con menos

fuerza. Guardamos los cuatro un breve silencio, hasta que Patricia se dio cuenta de

que ella había venido a mi casa para algo:

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-Bueno, bueno... señor Expósito, así que usted tiene el oído algo duro.

-Pepote, llámame Pepote, tía, nadie me llama de otra manera. Y sí, soy un

pésimo diletante.

-¿Quieres tomar algo, Patricia? –el tono de Pepote era demasiado

irreverente incluso para usarlo con una veterana profesora de instituto

acostumbrada a las insolencias de los alumnos peor educados. Intenté hacer una

pausa-: ¿Café?, ¿un té?...

-¿Tienes anisete?

-Sí... creo que sí.

-Con un poquito de hielo, por favor.

-Sí..., ahora mismo.

-¿Y tú Alicia?

-Una copita de vino.

-¿Pepote?

-No, nada.

Tardé diez segundos en regresar con el vino y esa botella terciada de anís

que todos tenemos en el mueble bar y que nadie sabe cómo ha llegado hasta allí. En

el estudio todos estaban en silencio. Patricia se había puesto cómoda. Posé la

bandeja sobre el escritorio, tardé diez minutos en desoldar el tapón del anisete y

serví las bebidas. El Dinosaurio dio un pequeño sorbo, se relamió muy fina ella y

miró al Salomón Ribereño:

-O sea, Pepote, ¿que no oyes nunca música?

-Oírla la oigo, por supuesto, por todos los lados que vayas oyes música,

pero no la escucho, no me llama la atención, no se me queda en el coco –dijo

dándose un capón en la sien-. No la entiendo... o no sé.

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-Vamos a ver, ¿habrás escuchado alguna vez a Mozart?

-Oírlo, supongo que sí.

-Pe... pote –dijo algo desesperada el Dinosaurio-, ¿sabes quién fue Mozart?

-¿Guarneri, Mozart Camargo? o ¿Mozart, Wolfgang Amadeus?

-Joder, Pepote, no te pases –le dije-. El músico, joder.

-Los dos fueron músicos –me dijo Pepote como diciéndome: no soy tan

gilipollas, tío.

-Bueno, bueno, el austriaco.

-Sí, claro que sé quién es. Johannes Chrysostomus Wolfgang Amadeus

Mozart. Nació en Salzburgo el 27 de enero de 1756. Estudió con su padre Leopold

Mozart, un conocido violinista y compositor con quien...

-¡Vale, Pepote! –me estaba mosqueando- Sabes que no nos referimos a eso.

-Pues no os entiendo entonces. Yo te dije que la música no me entra. Y no

me entra, Félix, que no, y no insistas. Por muchas de estas que me traigas… –se

refería al Dinosaurio.

-Por lo que me han dicho –Patricia se levantó con toda la serenidad del

mundo y se acercó a Expósito-, tienes una memoria prodigiosa.

-Eso dicen.

-¿Memorizas poesías?

-No. Ninguna.

-¿Qué memorizas, Pepote?

-Lo que me interesa, o lo que me sale de las narices.

-A ver, sorpréndeme.

-¿Cómo te llamas de apellido, tía?

-Shumz, Patricia Shumz.

191
-91892882.

-¿Qué es eso?

-Tu teléfono –soltó Pepote rascándose la cabeza-, ¿no es ese? 91892882.

-Sí... es cierto.

-Vives en la calle Joaquín Rodrigo, 9.

-Ci-er-to. ¿Por qué lo sabes?

-La guía de teléfonos.

-Has conseguido sorprenderme –Patricia se echó al esófago el contenido de

su copita.

-¿Por qué has memorizado la guía de telefónica?

-Porque me resultó curioso.

-Si quisieras memorizar números sin que te resulte curioso ¿lo harías?

-Sí, creo que sí, se me da bastante bien.

-Y cadenas de sonidos.

-No sé... Nunca lo he intentado... Si fuera capaz de prestar atención, quizás.

El Dinosaurio hizo unas pruebas alternando el sonido del bolígrafo contra la

botella de anís y el golpeo del escritorio con la mano. El resultado le parecía

satisfactorio. Luego fue a mi colección de discos compactos y eligió unos cuantos.

Me pidió que le explicara cómo funcionaba el equipo de música y se encerró a

solas con Expósito.

Alicia y yo ordenamos un poco el dormitorio: recogimos todas las

enciclopedias, las revistas de cine y el material de oficina de encima de la cama,

mientras nos dábamos novedades sobre los avances de la jornada.

Hoy Alicia era una verdadera tentación. Porque tenía un día tan delicioso.

Llevaba un vestido de ésos largos de gasa de colorines que le marcaban todas las

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curvas, que eran un montón y muy bien puestas. Se había dado rimel y sus ojos se

veían enormes entre aquella melena salvaje. Y hablaba suave y se movía tan bien

como los ángeles. Porque algo que no he dicho de Alicia, y creo que es importante,

es que, para ser tan grande, se mueve maravillosamente, con mucha coordinación y

mucha elegancia. Yo siempre he tenido esa virtud como uno de los mayores

atractivos físicos que puede tener una persona. Ser alguien con los movimientos

coordinados forma parte de esos encantos que no sabemos cómo definir. Me di

cuenta hace tiempo que cuando decimos de una persona aquello de que “no sé,

guapa no es, pero el caso es que tiene algo que...”, muchas veces ese “algo que...”

nos referimos, sin saberlo, a que la citada se mueve con elegancia. Al menos eso

pienso yo.

Me gusta mucho Alicia. Es una mujer muy atractiva, ordenada, culta,

inteligente, madura, con carácter, cariñosa, buena amante (muy buena, y no cuento

más porque soy un caballero), protectora, con mucha personalidad, y se mueve tan

bien y huele tan rico. Seguro que ella sería la madre perfecta. Seguro que le

encantaría tener mil hijos y marcharse a vivir al campo; comprarse una furgoneta y

todas las mañanas, entre sonrisas, regaños y bromas, cargarla hasta arriba con sus

mil criaturas de todas las edades para llevarlas a la escuela, a un pueblo a veinte

kilómetros de su floreada y hortícola residencia.

Alicia era más que una mujer, era una forma de vida. Y yo era, y sigo

siendo, un gilipollas que no he sabido nunca por dónde me ando.

-¿Vamos preparando la cena despacito?

-Bueno.

Me puse algo melancólico, como nos pasa a todos cuando nos ocupamos

del balance de nuestras vidas. Cuando pensamos en todas las cosas que no hemos

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realizado y deberíamos haber hecho. Y, a pesar de que todavía hay remedio,

justificamos nuestra cobardía con aquello de que ya somos mayores, que no

tenemos capacidad, que tenemos muchas obligaciones, que no hay tiempo

(llegamos a fabricar tantas excusas que nos las creemos). Y ni siquiera lo

intentamos. Preferimos emplear nuestros días en no hacer nada o lo que es peor, en

lamentarnos.

Pensar todo eso mientras estás cortando lechuga es muy peligroso, así que

dejé de cortar lechuga y apuré la tercera copa de vino y me di cuenta de que entre

Alicia y yo, haciendo la cena despacito, nos habíamos bebido una de las dos

botellas de Marqués de Valverde, porque, encima, ella tenía un gusto exquisito para

todo, incluido el vino; y para combinar el aguacate tan maduro con las anchoas de

La Escala, y la nata con los pimientos de piquillo y aquellas algas tan saladitas con

las gambas y la lechuga. Abrí la segunda botella y serví las copas. Me senté frente a

ella sin decir nada, solo quería mirar cómo se movía por mi cocina, cómo usaba las

manos para preparar la ensalada. Unas manos a las que se podía confiar una

familia, una aldea o un imperio.

Yo ya estaba lo suficientemente bebido como para no poder callar todo lo

que tenía en la cabeza. Necesitaba conversación porque, si no, los pensamientos me

iban a devorar la poca materia gris cuerda que me quedaba. No me importó que

Mosca interrumpiera mis cavilaciones cuando pasó a la cocina.

-Compadre, lo he conseguido, lo encontré –pero no lo dijo con alegría, sino

derrotado, como si hubiera venido de una expedición a las Fuentes del Nilo para

encontrar al último Wally.

194
En otro momento yo hubiera hecho una broma a Mosca y la hubiera escrito

aquí. Pero no estaba yo para eso. Miré cómo abría el frigorífico para tomar un

botellín de cerveza sin alcohol.

-Mosca, ¿Qué edad tienes?

-Cincuenta cumplo en agosto.

-¿Nunca te has casado?

Alicia me miró como diciendo eso no se pregunta así de esa manera, pero

atendió a la respuesta de Mosca.

-No. Una vez casi, pero no. Aunque...

-¿Aunque... qué Mosca?

-Tengo una hija, por ahí...

Una tristeza muy grande ocupó como un fluido cada rincón de la cocina.

Alicia tomó asiento a mi lado. Todos nos pusimos serios. Conocer el lado triste de

Mosca seguramente sería conocer algo muy triste, pensamos los dos a la vez. Alicia

tomó el interrogatorio:

-¿No sabes dónde está?

-Sí.

-¿Y la ves?

-De vez en cuando, con eso me conformo.

Mosca miró a su botellín como si solo su contenido supiera el secreto de su

hija.

-Pero... ella no te conoce, ¿verdad? –le dije con seguridad.

-No, compadre, bueno creo que algo sabe...

-Creí que lo gitanos teníais unas leyes...

195
-Yo no soy gitano, Félix, bueno totalmente, ni payo, tampoco. Ni de los

unos ni de los otros. No sé qué soy...

-Ella, ¿la madre de tu hija es gitana?

-No; eso fue parte del problema.

-¿Qué edad tiene tu hija?

-Veintiocho.

-¡Veintiocho!

-Sí, compadre, veintiocho ya. ¿Quién lo diría? Es ya toda una mujer,

guapísima. ¡Tendríais que ver qué genes! –exclamó con una triste sonrisa.

-¿Y por qué no te conoce...?

-No, Alicia, no puedo... Ella está muy bien casada. Mi yerno, bueno, su

marido es un hombre mu importante, bastante mayor que ella, y con mucha guita.

Carmen, que así se llama mi chica, estudió Farmacia en la Universidad y él le puso

una botica impresionante en Valdemoro, habría que verlos, son dos pinceles; bueno

tres con el pequeño.

-¿El pequeño? ¿Así que eres abuelo, Mosca?

-Bueno, mi hija tiene un niño, rubito, precioso ¡Qué genes también!

-Eso es ser abuelo, Mosca.

-Si ni siquiera soy padre..., como para ser abuelo...

Callamos unos largos minutos. Como a cualquiera que hubiera escuchado

parte de la historia de Mosca se nos ocurrían muchas preguntas, pero no hicimos

ninguna, bueno sí, Alicia hizo una más antes de que nos bebiéramos de un trago las

copas de vino.

-¿Y nunca has intentado...?

196
Mosca no la contestó y se puso triste, muy triste. Se señaló sus trazas de

buscador de caracoles y quisimos entender algo como: “miradme que pintas, mirad

mis genes, si hasta soy del Atleti”.

El alcohol que yo había bebido se me convertía en aflicción. Lo paso muy

mal con las cosas tristes.

Mosca se lamentó, murmurando para sí, de los errores del pasado y de los

genes heredados, comió un par de lonchas de jamón, bebió su botellín de cerveza

sin alcohol y se marchó. Había quedado con su compadre para eso de los caracoles

y, aunque era pronto, aún no había preparado el carburo para la lámpara.

Alicia y yo terminamos en silencio de preparar la cena. Colocábamos los

cubiertos en la mesa cuando oímos la voz de Patricia por el pasillo.

-¡Impresionante! ¡Realmente impresionante! No puedo creerlo.

Llegó a la cocina con las manos puestas sobre su moño. Alicia y yo por fin

sonreímos. Estábamos acostumbrados a ver cómo la capacidad de Pepote

sorprendía a todo el mundo.

-Tenías razón, Félix, ese Pepote es un verdadero fenómeno. Nunca he visto

nada igual.

-Te lo dije, Patricia.

-Sí que me lo dijiste. Es increíble... ¿Cómo lo llamaste? ¿Melófobo? Sí,

creo que esa es la palabra idónea. Nunca he visto nada tan negado para la música.

Es como si lo hiciera aposta. Como si quisiera reírse de mí. No retiene ni un

sonido. Nulo, de verdad.

Inmediatamente después de ella, Pepote llegó a la cocina con sus andares de

neoyorquino gordo y las manos metidas en los bolsillos de la bata. Recibiendo en

su nuca la mirada de grima del Dinosaurio se sentó con parsimonia ante la mesa de

197
la cena y se comió un par de anchoas con dos rebanadas de pan antes de colocarse

la servilleta en el cuello.

Ahora lo miramos los tres. Al parecer no había nada que hacer con el oído

de nuestro campeón. Pero Patricia nos dejó claro que no renunciaba a ello, que

después de tantos años en la docencia nunca había dejado un caso sin atender y este

no iba a ser el primero. La buena disposición del Dinosaurio no nos dio ninguna

esperanza. Ella se quedó a cenar, todos nos sentamos y, después de la cristiana

bendición de la mesa de Patricia, comimos silenciosamente en compañía de la

tristeza que la historia de Mosca había dejado en mi cocina. Yo no paré de mirar de

reojo al Dinosaurio, como intentando hacerle llegar alguna maldición. La culpaba

de toda la aflicción que aquella tarde había ocupado mi piso y que estaba seguro de

que incluso a la diligente Margarita le costaría desincrustar de los muebles.

Después de la cena Patricia y Pepote se marcharon juntos. Ella con sus

cuarenta kilos, con la blusa malva y la falda negra de profesora de piano, y Pepote

con sus ciento treinta kilos, bata verde y sus pantuflas de pana. Los dos con sus

distintos tipos de orgullo. Hacían una pareja de cojones.

Acepté la infusión que Alicia preparó. Me aseguró que no era ningún filtro

de amor. Yo lo lamenté con un mecachis. Pasamos al estudio para tomar el brebaje

de menta, anís estrellado y no sé qué más, y se hizo un porro de marihuana. Yo no

fumé, sabía que aquel día me iba a poner tonto, que iba a ser uno de esas veces en

los que la hierba me pone obsesivo y lo paso mal. Cuando me quise dar cuenta

habíamos traído el colchón de la cama de los hijos que nunca tuve, todas las

almohadas y cojines que había en casa y todo lo habíamos extendido en el suelo.

Encendimos tres o cuatro velas de olor y elegí una película de mi colección, El

general de la Rovere. Bendito Rossellini, pensé mientras avanzaba la película.

198
Cuando el falso general era encarcelado por los nazis, mientras yo

acariciaba la melena de los años setenta de Alicia, se quedó dormida con su cabeza

en mi regazo. Yo la descalcé y acomodé su sueño. Vittorio de Sica leyó en la

esquela aquello de: “Cuando no sepas cuál es el camino del deber, escoge el más

difícil” y eligió ser fusilado con sus soldados. La película terminó. Me emocioné

como siempre. Quise huir a mi cama de matrimonio pero algo me mantuvo junto a

ella en aquel delicioso lecho. Me costó mucho conciliar el sueño.

Aquella noche no hicimos el amor.

199
Yo creía que la gente estaba más ocupada, que tenía cosas más importantes

que hacer que ofrecerse a entrenar a un gordo irreverente para que concurse en un

frívolo concurso de televisión. Pero no. Lo que comenzó siendo una empresa

personal para olvidar mis cuitas se fue convirtiendo en algo demasiado serio. A los

cargos de entrenador, yo, y de manager, Mosca, se añadieron el de segundo

entrenador, Alicia, la consejera musical, Patricia, y me tuve que poner serio para

que la cosa no fuera a más, y aún así.

En la cena de despedida del Dinosaurio, que por cierto no fue tan cutre

como en un momento llegué a pensar, incluso la propia homenajeada, la misma que

odiaba los langostinos, echó un par de lagrimitas cuando recibió de Alejandro,

Herr director, un collar de perlas y una placa en la que el Ministerio agradecía sus

años dedicados a la docencia; en la cena, como iba diciendo, los comentarios de

que habíamos formado un equipo que estaba preparando a un concursante con una

memoria prodigiosa para participar en el Demuestra lo que sabes se fueron

extendiendo como una mancha de aceite. He de dar las gracias de tanta publicidad

a la botella de rioja y los tres cubatas que me eché a mi delicado sistema digestivo.

Yo hablé más de lo que me hubiera gustado. Pero también habló Alicia, y Patricia,

que siendo la homenajeada tenía el privilegio de ser atendida con más interés,

también contó a su audiencia las virtudes del Salomón Ribereño, sin eludir, por

supuesto, que su portentosa capacidad mnemotécnica era proporcional a la dureza

de su oído. Las excelencias de Pepote se fueron haciendo hueco en las

conversaciones de todo el achispado claustro de un modo tal, que incluso superaron

con mucho al obligado balance anual sobre los devaneos entre profesores.

Todos querían conocer a Pepote, a mi campeón, todos querían aportar algo a

la empresa, a excepción, por supuesto, del pobre Veintisiete, que desapareció del

200
banquete cuando el tema de los concursos televisivos ocupó las conversaciones.

Antes de que trajeran los cafés yo ya lo había echado en falta, incluso me preocupó

tanto su repentina ausencia que me levanté aposta para mirar en los lavabos, por si

al pobre, en alguna crisis seria, se le había ocurrido hacer una locura de las gordas.

Algunos de mis compañeros, por fin, se declararon seguidores de los

concursos del saber no mucho, y unos cuantos confesaron que en algún momento

se les pasó por la cabeza lo de participar en alguno. La idea de preparar a un

campeón tuvo que ser sabrosa, porque muchos ofrecieron sus servicios como

formadores, asesores o ayudantes. Pero a todos les dije con mucha diplomacia que

no, que invertir parte de un claustro de profesores en la preparación de un

concursante para la televisión me parecía una falta de ética de cojones. Al parecer

atiné con la respuesta porque todos, después de pedirme trabajo en la empresa y de

escuchar mi excusa, contestaban: “Tienes mucha razón, Félix, la formación que nos

han dado está para cosas más serias”. Además, nadie ofrecía nada nuevo al

proyecto que los del equipo no hubiéramos tenido en cuenta.

Hasta que llegó Eduardo para recordarme algo muy importante a lo que yo

ya había dado carpetazo.

-Félix, ¿de verdad ese tío es tan bueno?

-Sí, tiene el mayor talento que he visto.

-Pero ya sabes que el talento no basta para enfrentarse en una competición.

Además de poseer la virtud hacen falta otras cosas casi tan importantes. Yo he

tenido jugadores con mucho talento a los que la competición, no sé cómo decirlo…

les venía grande, les acojonaba. Muchachos que en los entrenamientos eran

maravillosos y que cuando salían a una cancha se cagaban por las patas abajo sin

dar, lo que se dice pie, con bola.

201
-Sigue… -yo estaba recordando la confesión de Pepote y noté en mis

piernas un poco de debilidad.

-¿Sabes a lo que me refiero? La concentración, el estado de ánimo…

-… Los nervios.

-A eso me refería. Un buen entrenador no solo enseña, sino que también

tiene la labor de preparar. Imagínate soldados en buena forma física, años de

entrenamiento, años de técnica, Félix, y cuando tienen el objetivo en el punto de

mira les tiembla el dedo y no son capaces de matar.

No sabía muy bien a qué venía aquello de los soldados pero lo cierto es que

Eduardo tenía razón. Pepote podía ser el mejor, pero eso no significaba que fuera el

más competitivo.

-Tomé al Mazas del brazo y lo saqué a la calle con su botellita azul de Solán

de Cabras. Paseé por delante de él durante unos minutos intentando pensar en lo

que me había dicho. No se me ocurría nada.

-¿Y qué se puede hacer, Eduardo?

-No sé... Creo que hay que ir poco a poco. Además tampoco quiere decir

que tu campeón, como tú lo llamas, sea de esos acojonados. Hay gente que se crece

ante las situaciones…

-No, este no se crece, además me confesó él mismo que le daba mucha

ansiedad cuando...

-¡Huyuyuy! Mal apaño, colega, esos jugadores son los peores… ¿Y

pensabas meterlo al Bernabeu antes de jugar en Regional?

-Yo qué sé. Lo veía tan superior -supuse que el Veintisiete también estaría

sobrado cuando fue a la televisión, además que este tendría la ventaja de estar

acostumbrado a hablar en público-... ¿Y cuál es la solución, Eduardo?

202
-No lo sé…

Pensamos en silencio durante un buen rato, hasta que al Mazas pareció

iluminársele las entendederas.

-¿Y si comienzas por llevarlo a una de tus clases para hacerle unas pruebas

con tus alumnos delante?… Así puedes ver cómo responde...

Me pareció una estupenda idea. Respiré de nuevo. Eduardo se ofreció para

enseñarle a disparar y yo le acepté en el equipo.

¿Quién me iba a decir a mí que después de toda la juerga de la jubilación

del Dinosaurio podía comenzar el concurso en serio? ¿Y quién me iba a decir que

aquello me iba a pillar, como se suele decir, con los pantalones bajados?

Bailamos tras el banquete. Hasta el Dinosaurio bailó la Macarena.

Impresionante. Qué espectáculo. ¿Y disfrutar del movimiento del Oso Polar en la

pista de baile? ¿Tenía precio aquello? Si lo llego a saber no bebo ni una gota de

alcohol y hubiera presenciado aquella fiesta sobrio, con toda la objetividad de un

científico o de alguien que va al teatro. Si hubiera podido prescindir de la

vergüenza ajena me hubiera reído diez veces más. Gabriela montó el número, era

previsible, y África, la de Francés, en cuanto me vio que yo estaba solo en la barra

del disco-bar se me arrimó, demasiado, para reprocharme que hacía mucho tiempo

que no practicábamos el francés como solíamos hacerlo, porque las cosas, me

comentó, si no se usan se atrofian o se olvidan. Todo aquello me lo dijo en el

idioma de Napoleón mientras me invitó a mi tercera copa, porque bailar era algo

aburrido y a ella, me susurró al oído, no le iba mucho. Yo le dije, también en

francés, que era verdad, que yo cada vez lo hacía menos, ya casi nada, le dije,

203
incluso que la correspondencia que mantenía con mi amigo Jacques era cada vez

más breve, y que ella tenía razón, que se me estaba atrofiando a pasos agigantados.

Ella me respondió que las compañeras estaban para eso, para que lo que tenemos

no se nos atrofie. Porque cuanto más y mejor se use la lengua más firmeza se

alcanzará para cuando haya que usarla en serio. Yo dejé de hablar francés. Me

estaba haciendo un lío de la hostia, y no estaba tan borracho. No sabía si lo que

quería África era chuparme la polla o realmente hablar un poco en galo, como

realmente hacíamos antes (África nunca me la ha mamado). Seguí hablando en

castellano con ella, alegando que había bebido demasiado para mantener la

concentración para lo del francés. África me dijo que podíamos intentarlo, que no

se perdía nada y a ella no le importaba que no fuera perfecto, que también ella

había bebido, y a veces estar algo embriagado favorecía mucho, porque cuando

estás desinhibido todo funciona mejor. ¡Dios mío! ¡Menos mal que Gabriela vino a

aclarar el malentendido!:

-¿Qué hacéis, tortolitos?

-Intento que Félix practique el francés, pero dice que nanai, que lo tiene

muy atrofiado y que no quiere esforzarse.

-Pues como Félix quiera practicarlo quien se va tener que esforzar vas a ser

tu, querida.

Yo incliné mi cubata hasta que me tragué un hielo. Ofrecí tabaco para

cambiar de conversación. Pero ni caso.

-¿Tanto has perdido, Félix? –me preguntó África con una sonrisa que yo no

supe interpretar.

-No sé qué nivel podía tener Félix antes, querida, pero creo que ahora tiene

un nivel muy, pero que muy aceptable.

204
-Ah, entonces lo hace contigo.

-No, conmigo tampoco quiere, ya me gustaría, pero pude comprobar el otro

día ¡qué francés que tiene!

-¿Con Jacques?

-Huy con Jacques... –Gabriela se puso la mano en la boca- ¿Con Jacques,

Félix?, eso si que es una novedad...

-¡Gabriela!, por favor...

-¿Con Jacques Tampoco?

-Espero, Félix, que mientras lo hagas con alguien... El peor síntoma es que

lo hagas solo. Eso es que has perdido la cabeza.

-Sí, Félix, habría que desdoblarse demasiado.

-Aunque yo lo he visto.

-¡Madre mía!

Bueno, después de aquella anécdota, La noche de viernes, cuando la fiesta

iba decayendo, Gabriela propuso marcharnos a tomar una copa a Madrid. Al

parecer unos amigos suyos tocaban aquella noche en la sala Caracol y si nos

dábamos prisa podíamos llegar al concierto. Nos dimos prisa y entramos. El local

estaba abarrotado de gente vestida de negro con la cara pintada como los Cure, e

intelectuales de cabeza afeitada y camisetas militares. Había humo como en un

vertedero, apenas había media docena de bombillas encendidas y el suelo

cimbreaba a cada salto de los espectadores, o me lo parecía a mí. Fuimos cuatro los

supervivientes de la fiesta de jubilación, contando a Gabriela, que era la única

coherente con aquel contexto. El Oso Polar, imprescindible para aquella juerga (era

el que no bebía y estaba en condiciones de conducir), iba vestido como cuando fue

padrino de la boda de su sobrina, hacía diez años de eso: traje muy estrecho de raya

205
diplomática con chaleco y todo y corbata plateada. Yo algo más modernito, pero

con ropa de mucha marca, casi peor, y el Dinosaurio vestía como siempre, como la

señorita Rottenmeyer, la de Heidi, añadiendo un rosario de perlas al cuello. Si llego

a saber aquello hubiera ido a buscar a Mosca para rematar la faena.

Pero en esta vida te llevas sorpresas, y muchas de las gordas.

Disimuladamente yo había intentado ocultar al Dinosaurio entre aquel gentío. La

arrinconaba en la pared, la tapaba con mi cuerpo para que la presencia de la

profesora de piano no fuera señalada con el dedo por la tribu de góticos que asistían

al concierto de música estridente. Yo la escondía… Y resulta que el Dinosaurio se

movía en aquella sala como pez en el agua. Antes de que tomáramos la primera

copa, ella nos presentó a un locutor de Radio 3 con el que había colaborado en uno

de sus programas hacía unos años. Un productor de la discográfica Dro también se

alegró de ver al Dinosaurio, comiéndosela a besos agradeciéndole no sé qué favor.

Y lo que más nos sorprendió es que dos de los miembros de Ratón 3006, que así se

llamaban los amigos músicos de Gabriela, habían sido alumnos de sus clases de

música, además de que eran íntimos amigos de un hijo de Patricia que estaba de

gira con los teloneros de Pearl Jam en los Estados Unidos. Era algo impresionante.

Los únicos que no pintábamos nada allí éramos el Oso Polar y yo, lo que me

deprimió bastante.

Nos dieron las ocho de la mañana en Madrid. Hacia las nueve, con un dolor

de cabeza terrible, abría la puerta de mi piso, me desnudaba por el pasillo y perdía

el conocimiento antes de que mi cabeza tocara la almohada. A las nueve y media,

cuando me encontraba junto a gacelas y cebras luchando por un trago de agua

frente unos cocodrilos en una laguna del Serengeti, alguien llamó con tanta fuerza

al teléfono que me despertó. Atrapé el auricular y me lo puse entre la cabeza y la

206
almohada sin saber si el micro coincidiría con mi boca, aunque de todas maneras

no sé si llegué a pronunciar algo. Eso sí, oí cómo desde el otro lado preguntaban

por Pepote, “José Manuel Expósito, por favor”. Y Pepote era un hipopótamo que

ocupaba la mitad de la ciénaga, entre todos los cocodrilos del Serengeti. Los demás

animales esperábamos el descuido de los reptiles para poder saciar nuestra sed.

Como Pepote me conocía yo sabía que me haría el gran favor de dejarme un hueco

para poder beber. Y me lo dejó, y a cambio yo ofrecí al hipopótamo el auricular

diciéndole:

-Toma, Pepote, que te llaman.

-¿Quién es?

-No lo sé, espera que lo averigüe.

Y yo interrogaba al auricular con voz de tener la garganta seca: “¿De parte

de quién, por favor?”, y desde el auricular salió la respuesta: “De la productora del

concurso de Demuestra lo que sabes”. Y se lo dije al hipopótamo pero no me hizo

caso y yo le dije al de la productora: “Ahora no se puede poner porque no está. Se

encuentra en el Serengeti, en el centro de una ciénaga”

Entonces me di cuenta de todo, salté de la cama y traté de centrarme.

Intentaba solucionar con urgencia aquel malentendido que había surgido entre la

realidad y el Serengeti:

-Pero no se preocupe, señor productor, que ahora mismo busco al señor

Expósito... Es que llamamos Serengeti al piso de abajo, por el calor, ya sabe, está

en la bañera, se está bañando. Tardo treinta segundos, un momento, por favor.

El corazón me latía en la garganta. Dejé el auricular sobre la cama y corrí al

cuarto de baño para lavarme la cara con agua fría. Pero del grifo no salía el agua lo

suficientemente fría como para espabilarme. Me di varias hostias en la cara con la

207
mano abierta. Una de ellas me hizo tanto daño que casi me peleo conmigo mismo.

Estaba dispuesto a hacerme pasar por Pepote y mantener esa entrevista con la

productora. Mi número de teléfono figuraba en la solicitud de Pepote por dos

motivos. El primero es que yo me sabía más amable que él para atender a alguien y

en segundo lugar porque Expósito no tenía teléfono. Aunque nunca imaginé que

tendría que hacerme pasar por él.

-Sí, dígame –pronuncié con la voz más parecida a la de un hipopótamo que

pude fingir.

-¿Don José Manuel Expósito?

-Sí, señor, un servidor.

-Vamos a ver, le llamamos de Demuestra lo que sabes, ¿Usted ha hecho una

solicitud para concursar?

-Sí, señor –contesté intentando abrir los ojos y que la sangre me llegara al

cerebro.

-Muy bien, ahora le voy a realizar un cuestionario de diez preguntas.

No me dieron más tregua. Inmediatamente, supongo que para evitar

trampas, el de producción comenzó a lanzar preguntas:

-¿Cuáles son las letras que figuraban en las antiguas matrículas de Cáceres?

-CC.

-Dos felinos.

-Gato y león.

-¿Símbolo del Oro?

-A, u.

-Fecha del Descubrimiento de América.

208
-Mil seteci… Perdón, perdón, del Descubrimiento dice: mil cuatrocientos

noventa y dos.

-¿Dónde se encuentra el Guernica?, le voy a decir tres museos…

-No, no hace falta… En el Museo de Arte Contemporáneo Reina Sofía, en

Madrid.

-¿Qué es una banasta?

-¿Un cesto?

-¿Quién es el actual entrenador del Betis?

Tardé un rato en contestar y chasqueé la lengua sonoramente, como si el

entrenador del Betis fuera primo mío y no recordara su nombre por algo

inexplicable (pero, entre nosotros, ni puta idea).

-No me acuerdo, de verdad que lo siento…

-¿Cuál es el planeta que tiene un anillo alrededor?

-Saturno.

-¿Dónde nació Vivaldi?

-En Venecia.

-¿Cómo se llama el estrecho que separa la Península Itálica de Sicilia?

-Messina, estrecho de Messina

-Muy bien, señor Expósito, ya hemos terminado. Ya le llamaremos. Adiós,

buenos días.

Yo me quedé hablando con nadie un buen rato. Intentaba saber si lo había

hecho bien o por el contrario no había dicho más que gilipolleces, porque fue mi

subconsciente quien respondió a todas las preguntas. Cuando colgué el aparato y

supe con certeza lo que había ocurrido, intenté acordarme de la totalidad de las

preguntas que le habían hecho a Expósito y yo había contestado. La única que

209
recordaba con toda claridad era la del entrenador del Betis, por supuesto. Me puse

de una mala leche terrible pensando que había fallado todo el cuestionario y

seguramente no me había dado ni cuenta. Recordé otra, la del planeta del anillito de

los cojones. ¿Era Saturno? ¿O era Neptuno? No, no. Estaba seguro que era

Saturno… ¿Pero yo había contestado Saturno o Neptuno? Madre mía qué nervios.

Traté de quitarme el cuestionario de la cabeza y acostarme. Necesitaba dormir. Pero

no pude. Me fui a andar por el barrio, intentando cansarme lo suficiente para perder

el conocimiento.

Cuando desperté tuve la sensación de que había soñado que en una laguna

del Serengeti un cocodrilo hacía preguntas a un hipopótamo, que era yo, y un

montón de animales, cebras, jirafas, monos, aplaudían los fallos de mis respuestas.

Así nunca beberás agua, me repetía el presentador cocodrilo, y todos reían y me

llamaban el hipopótamo Milsetecientossetentayseis. Por cierto, esa pregunta del

Descubrimiento me la hicieron y, con toda la broma de aquellos días, había dudado.

Joder. Y si hubiera ocurrido en la televisión. Hubiera tosido y mucho.

-Pero… ¿no habíamos quedado en que usaríamos un aula?

210
-Sí, Félix... Pero es que...

-Es que, ¿qué?, Eduardo.

-Pues que era pequeña.

-Precisamente en eso habíamos quedado, en un aula que fuera pequeña.

-Ya, pero se apuntaron varios profesores más para ver a Pepote, y... ya

sabes, se dio publicidad, luego los chicos de quinto y los de tercero. Y pensé que en

el salón de actos sería mucho más cómodo para todos.

-¿Qué?

Los dos miramos hacia atrás. Mosca masajeaba los hombros a Pepote

mientras le daba consejos para derrotar por KO al mismísimo George Foreman.

Los dos vestían de sepelio, aunque Alicia había tomado dos vistosas corbatas de mi

ropero y se las había anudado modernito. Expósito iba algo más decente, pero a

Mosca le faltaba la chistera para ser el enterrador de OK Corral. Aparentemente el

gran concursante no parecía nervioso. La ansiedad no le había dominado. Tomaba

sus manos por la espalda y leía todas las notas del pasillo del instituto.

-¿Le has dado algo?

-¿Qué?

-Dopaje...: Orfidal, Lexatín, Trankimacín...

-No, nada de nada, Félix, pero te aseguro que llevamos toda la semana con

unos maravillosos ejercicios de concentración y relajación. Lo he preparado como

si fuera a saltar pértiga en un estadio olímpico.

Eduardo y yo llegamos al salón de actos por la parte de la bambalina.

Hacíamos de avanzadilla. Me asomé desde el escenario. No solo la totalidad de las

butacas estaban ocupadas, también mucha gente de pie aguardaba la aparición de

Pepote. Había un murmullo de expectación. Estaban los alumnos del centro al

211
completo, también su claustro y parte del profesorado del instituto vecino. Además

de los camareros de la cafetería, la pareja de la Policía Local que presta su servicio

por los colegios, los jardineros del centro y varios jubilados en las primeras filas.

Mi corazón comenzó a palpitar a ritmo de samba.

-¿Qué, coño, has, hecho, Eduardo?

-Yo nada, te lo juro, pedí permiso a Alejandro para juntar dos clases porque

una me parecía poco, me preguntó para qué y se lo dije. No le iba a mentir al

director. Lo de Pepote le pareció maravilloso como actividad extraacadémica y él

lo organizó casi todo, incluso creo que lo iba a incluir en la memoria del curso

escolar.

-¡Dios mío! ¿Y si Pepote se acojona tanto que...?

-¿Y qué quieres que yo haga?, además si se acojona con esto, en cuanto le

pongan en un plató con cámaras y focos...

-Ahí tienes razón.

La idea original de aquella jornada de entrenamiento era la siguiente.

Habíamos pensado como primer objetivo que Pepote se soltara poco a poco a

hablar en público, que se fuera sintiendo a gusto delante de espectadores. Reunir

una o dos clases en solo un aula nos pareció bien como ensayo. Sentaríamos al

concursante en la mesa del profesor y elegiríamos unas cuantas preguntas sencillas

sacadas al azar de un juego de esos de mesa; luego iríamos complicando la sesión

interrogándolo con artículos de enciclopedia cada vez más rebuscados. Sería algo

leve, relajado. Además que, si en cualquier momento veíamos que su estado se

alteraba, daríamos por finalizada la clase antes de que él llegara a sentirse ansioso.

Continuaríamos otro día con una sesión más prolongada. Así iríamos

progresivamente. Y aun en el caso de que aquello no funcionara, teníamos pensado

212
hablar con una médica amiga de Eduardo para probar con ansiolíticos suaves. En

todo esto habíamos quedado.

Cuando comentamos a Pepote que prepararíamos un aula para que fuera

soltando los nervios su rostro se puso de un color verdusco, pero aceptó. Ahora, en

cuanto supiera que todo un salón de actos estaría pendiente de sus respuestas como

si se tratara de la Lotería de Navidad, yo no podía imaginar a qué color

evolucionaría el verdusco. Me volví a asomar a la platea. Algunos de los alumnos

empezaban a palmear el que empiece ya. Me inquieté mucho, me sentía el máximo

responsable de aquel espectáculo y me preocupaba tanto el ridículo de Pepote

como que yo quedara a la altura de un empresario de números de circo baratos.

Expósito esperaba en el recibidor con Mosca y Alicia. Aún no se había

enterado de nada. Yo llamé a la jefa de estudios aparte y le expliqué cómo estaba la

cosa. Alicia parecía de lo más optimista. Ella fue quien se lo expuso todo a Pepote.

Él aparentó comprenderlo, asintió lentamente, como lo hacen las personas obesas,

y sin soltarse los dedos de la espalda se dirigió hacia la entrada del salón de actos.

La cosa iba bastante mejor de lo que Eduardo y yo esperábamos.

Todo lo que habíamos pensado no nos valía. Necesitábamos improvisar,

teníamos que dar algo de pompa a lo que de un entrenamiento de rutina se había

convertido en un gran espectáculo. Patricia lo organizó en un momento. Por ser ella

la que más seriedad transmitía, saldría como maestra de ceremonias, presentaría el

acto pidiendo que durante la sesión se guardara el máximo respeto y mayor silencio

posible, y seguidamente presentaría a Pepote.

-¿Y tiene que llamarse Pepote?

-No quiere que le llamemos de otra manera.

-Pepote es poco serio.

213
-Joder, ¿y cómo lo presentamos entonces?

-Como el Salomón Ribereño.

-Eso es un nombre artístico y es menos serio aún.

-Pero a Pepote no le molesta.

-Y si... dices: José Manuel Expósito, el Salomón Ribereño.

-Mejor... ¿no?

-Bien, bien.

-Entonces quedamos en ello.

-Cojonudo, entonces sale él y...

-¿Va a permanecer de pie?

-No sé... Tampoco es para que use un pupitre, ni una silla sola como los

cantaores de flamenco.

-¿Y uno de esos sillones con orejas del atrezzo?

-No. Iba a dar poca seriedad, parecería una obra de teatro alternativo.

-¿Y una de esas banquetas altas de la barra de la cafetería? ¿Eh?

Nos miramos los tres y asentimos.

-Perfecto.

-Vale entonces, aparece Pepote a escena, recibe unos aplausos y luego

entras tú, Félix, dices en qué va a consistir la prueba y comenzamos.

-Pero Pepote no tiene que salir solo al escenario. Que lo acompañe Alicia.

-Bien. Todo perfecto, ¿algún detalle más?, ¿algún botellín de agua?

-De acuerdo, de eso me encargo yo –dijo Eduardo.

-Que Dios reparta suerte.

En cinco minutos el escenario quedó perfecto. En el lateral derecho, aunque

muy centrado en la escena, plantamos la banqueta donde se sentaría el artista. Le

214
pusimos un micrófono a su altura y una mesita con una copa y un botellín de agua,

del mismo modo que si fuera a realizar un monólogo. A la izquierda colocamos una

decente mesa de escritorio bastante grande en la que posamos los libros para la

consulta. Decidimos prescindir del juego de preguntas. Yo me sentaría en la misma

mesa de los libros de un modo informal y desde allí interrogaría al Salomón

Ribereño.

Ya teníamos todo: el artista, el decorado y el público inquieto.

Levantamos el telón. Patricia tomó el micrófono y aguantó unos segundos

de aplausos entre los que venía alguna broma. Explicó con la profesionalidad de la

entrega de un premio literario que aquello a lo que todos íbamos a asistir no era un

juego ni un espectáculo de circo, que era el trabajo de toda una vida dedicada a la

cultura de una persona que amaba el conocimiento por encima de todas las cosas y

que, aunque todos sabíamos que su intención era participar en Demuestra lo que

sabes, lo de la televisión era una mera anécdota ante su portentosa capacidad. Rogó

encarecidamente silencio y mucho respeto. Inmediatamente, entre los aplausos y

silbidos de ánimos de los asistentes, apareció el Salomón Ribereño dignamente

agarrado del brazo de Alicia. Estaba tranquilo. La cosa iba pero que muy bien.

Alicia le deseó suerte al oído y le beso en la mejilla (se oyeron silbidos). Pepote

tomó asiento en la banqueta. Seguidamente salí yo, me dirigí a él con un golpecito

en el hombro y le pregunté que si estaba bien. Después de oír que sí (aunque me

pareció que su rostro comenzaba a cambiar de color), me dispuse a hablar a la

platea. Pero me di cuenta de que si yo fuera quien realizara el interrogatorio podría

entenderse como una especie de amaño. Improvisé. Llamé a una de las alumnas de

la primera fila, le entregué el Diccionario de la RAE y le dije que eligiera un

término, el que quisiera, y lo leyera en voz alta para que todos lo pudieran oír. Ella

215
sonrió, abrió el libro por el centro y pronunció para todo el silencioso salón de

actos:

-Gamillón.

La alumna miró a Pepote. Yo miré a Pepote. Alicia, Eduardo y Patricia

miraron a Pepote. Toda la primera fila miró a Pepote. El enterrador de OK Corral

miró a Pepote con los dedos cruzados. Los de la segunda y tercera filas miraron a

Pepote. También el resto de la platea miró a Pepote, los policías, los camareros y

gente que yo no conocía de nada miraron todos a Pepote.

Nunca había habido más expectación en el salón de actos del instituto

Miguel Hernández.

Pepote miró al suelo. Pepote comenzó a respirar como si le fuera a dar un

infarto. Pepote se levantó de su silla y anduvo un par de pasos hasta el lugar por

donde había salido (por un momento pensé que huía), luego se dio la vuelta y pude

ver que sudaba como si hubiera llovido en su parte del escenario. Pepote miró a

todos, se volvió a sentar y se volvió a levantar. Un espectador de la primera fila

tosió. Al fin un sonido salió de la boca de Pepote, pero no se acercó al micrófono y

nadie, más que la alumna y yo, pudo oírle:

-No puedo…, no puedo... Lo siento.

Yo, desesperado y nervioso porque ya comenzaban a oírse murmullos entre

el público, tomé el diccionario y repetí la pregunta en voz alta:

-Vamos a ver, Pepote, qué es un gamillón.

Cerró los ojos. Realmente lo estaba pasando mal. Respiró dos veces y

acercó sus labios al micrófono:

-Es el aumentativo... de... gamella. Pila… donde se pisan las uvas.

216
De nuevo todo fue silencio. Respiré profundamente. Le guiñé un ojo a

Expósito, aunque no supe si él me pudo ver. No entendí por qué el público se

mantuvo callado. Yo esperaba de ellos una respuesta. Luego comprobé que todos

me miraban a mí. Lo comprendí. Yo tenía que dar la definición exacta. Pasé el

diccionario a la alumna y ella corroboró lo que Pepote había dicho:

-Gamillón. Aumentativo de gamella. Pila donde se pisan las uvas.

Ahora sí, todos aplaudieron. Yo comencé a respirar. Pedí a la alumna que

buscara otra palabra, y ella escudriñó el diccionario, supuse que eligiendo alguna

que consideró más complicada.

-Regojo.

Pepote aún temblaba. Incluso ahora parecía que su estado era peor, su rostro

se había desencajado y el sudor le corría por el cuello. Volvió a mirar a todos los

que le miraban, que eran todos. Resolló dos, tres veces y volvió a cerrar los ojos

para pronunciar la definición:

-Pedazo o porción de pan que queda de sobra en la mesa después de haber

comido. Figuradamente muchacho pequeño de cuerpo.

Los ojos volvieron a la alumna, que con una sonrisa asintió con la cabeza y

leyó en el diccionario lo mismo que había dicho Pepote. Más aplausos.

Yo me estaba contagiando de la ansiedad de Expósito. Pensé que si las

preguntas fueran más rápidas él se centraría más en las respuestas y no tendría

tiempo para dar vueltas a la cabeza. Creo que atiné. Después de la alumna llamé a

otro muchacho que solicitó al artista otras tres definiciones. Viendo que a Pepote,

aún pasándolo mal, su cerebro le funcionaba perfectamente llamé al Oso Polar (es

de las personas que siempre están en primera fila) y le dije que atacara con

preguntas de la enciclopedia en tres tomos que habíamos elegido para la ocasión.

217
No pudo quedar mejor. El Oso Polar rebuscó y rebuscó: “Nombre en latín de no sé

qué mamífero... Valencia de no sé qué metal... Fecha de fundación de no sé que

organización... Obras de no sé qué autor...”

Un verdadero éxito. La gente aplaudió con la boca abierta como si aquello

fuera un espectáculo del mismísimo Houdini. Pepote tenía mala cara, pero todo iba

mejor de lo que ni yo mismo hubiera deseado.

Para rizar el rizo hice que le dispararan a tres bandas. Tres voluntarios

armados con sendos tomos de la enciclopedia le atacaron con preguntas sin parar.

Eso fue lo mejor. A cada respuesta el público comenzó a hacer sonar dos aplausos

al unísono. Aquello parecía preparado. Precioso. Los del equipo del Salomón

Ribereño nos miramos y nos sonreímos varias veces. Mosca parecía llorar de

felicidad (creo que lo hacía cada vez que se giraba para mirar a la pared).

Maravilloso. No había adjetivos para calificar aquel momento. De todas las

preguntas solo dejó dos sin responder.

Diez minutos más y decidí que Pepote tenía que descansar. Entre un

chaparrón de aplausos me acerqué a Expósito para preguntarle que si estaba bien.

Él me contestó que solo regular. Por mi cabeza, caliente por aquel éxito, se me

ocurrió que podíamos continuar con el acabóse. Que el público hiciera las

preguntas que quisiera o que preguntaran los números de teléfono del listín

telefónico de Aranjuez. Aguardé a que Pepote se bebiera de un trago el botellín de

agua y que pidiera más a Eduardo. Se lo propuse. Me dijo que lo de los teléfonos

no, que se encontraba muy cansado y podía confundir los números, pero que

podían hacerle cualquier pregunta sobre Deportes. Sonreí delante de su rostro;

golpeé su hombro y me di cuenta que realmente estaba empapado. Le dije que si no

218
quería continuar dábamos por terminada la sesión y punto. Me hizo un gesto con el

dedo para que fuéramos adelante mientras se bebía el segundo botellín de agua.

Me encontré muy a gusto. Estaba lanzado, olvidé un poco las maneras y

comencé a hablar al público como si yo fuera un charlatán de feria. Pero la gente

quería más y no prestaba mucha atención a mis formas. Aquello de las consultas

deportivas llenó de admiración la sala. Pude comprobar que por las puertas del

local seguía entrando gente, y que incluso de pie costaba trabajo encontrar un sitio

para presenciar a Pepote.

Hice un gesto buscando el OK del protagonista, lo encontré y pedí que

comenzara el interrogatorio. La primera pregunta tardó en llegar, la hizo uno de los

profesores:

-Por favor, señor Salomón, podría decirme quién ganó la Copa de América

en 1988.

Pepote se rascó la cabeza. Vi cómo el sudor de su pelo salpicaba todo en un

metro a la redonda. Tardó unos segundos en hacer memoria. La cosa parecía que no

iba bien.

-El estadounidense Dennis Conner –contestó frotándose las manos- lo hizo

con un catamarán gigante y con mucha polémica.

Dos palmadas.

Ahora se levantó Mateo, uno de los alumnos más peligrosos de primero:

-Pepote, ¿Por cuantos millones fichó el Bara a Maradona?

-Mil doscientos millones de pesetas, en el año 1982.

Dos palmadas de todo el público.

-¿Qué era el Deep Blue?

219
-Una computadora programada para jugar al ajedrez. Fue derrotada por

Kasparov en 1996.

Dos palmadas.

El público se animaba, ya no valía ponerse de pie para hacer la pregunta,

ahora tenían que solicitar la intervención levantando la mano, y era yo quien

autorizaba el turno.

-¿Quién era el entrenador del Valencia cuando ganó la liga en 1971?

-Alfredo Di Stéfano.

Ahora incluso los policías palmeaban la respuesta.

Diez minutos más de preguntas y di por acabada la exhibición.

Consideré que habían tenido bastante cuando las preguntas ya se hacían de

tres en tres. Era mejor dejar al público con la miel en los labios. Creo que ese fue

mi mayor acierto. Cuando terminó la sesión me acerqué al campeón, tomé su brazo

y lo levanté como si acabara de nombrarlo candidato a la presidencia de la Nación.

Aplausos, aplausos y más aplausos. Pepote, aunque se dejaba hacer por mí, parecía

seguir incómodo. Nos fuimos tras la bambalina cuando todavía duraba la ovación.

Le volví a preguntar por enésima vez si se encontraba bien. La respuesta no me

gustó:

-Ahora, mejor. Pero ha sido el peor momento de mi vida. No cuentes

conmigo para lo del concurso.

No me dejaron responderle. Alicia se arrojó a él con abrazos y besos. Vi que

en la platea todavía la gente estaba de pie aplaudiéndole. Eduardo lo llenó de

deportivos golpes. Incluso la seca Patricia se comió a besos a su enemigo

Melófobo. Pero lo más emocionante de aquello fue la aparición de Mosca con las

220
lágrimas goteándole por la barbilla. Se agarró durante un minuto al cuerpo de su

compadre sin decir nada.

Delante de las bambalinas los aplausos se convirtieron en un Pepote,

Pepote, Pepote. El protagonista me miró preguntándome que qué tenía que hacer.

Le respondí:

-Mañana haz lo que quieras, Pepote, pero hoy debes salir otra vez al

escenario y recoger los aplausos.

Agachó la cabeza como si le hubiera reñido por jugar con la pelota en casa.

Nos hizo un gesto para que le acompañáramos pero todos le negamos con la

cabeza.

-No, Pepote, te aclaman a ti.

Volvió al escenario, lo supimos cuando los Pepotes, Pepotes y los aplausos

se hicieron más sonoros. Luego nos acercamos tras la cortina y vimos cómo

recogía el triunfo, primero con una torpe inclinación y luego con los brazos

abiertos.

Al día siguiente Eduardo me dijo, jurándomelo por su tío Martín, que

Pepote había sonreído cuando salió por segunda vez a ser aplaudido. Yo no lo vi y

no lo puedo asegurar. Pero según se desarrollaron posteriormente los

acontecimientos no pude creérmelo.

221
Todo lo que sucedió en aquel escenario fue un mero espejismo. Cuando los

del equipo nos enteramos que la decisión de Pepote no podía ir más en serio se nos

quedó la cara a cuadros.

Terminó de recoger aplausos y corrió al cuarto de baño. Al parecer vomitó y

vomitó hasta que se le tuvo que salir algún intestino por la boca. Lo llevamos

enfermo a casa y llamamos a un médico. Sufrió un estado de nervios tan grave que

estuvo dos días guardando cama, sin dormir, sin apenas comer, ni siquiera leyó

revistas. Me contó Mosca que el lunes, cuando Expósito se encontró mejor, salió a

la calle como cada mañana para ir a trabajar y le dio tal ataque de pánico que

regresó a su casa para encerrarse en su habitación otros dos días. También me dijo

que desde entonces Pepote no iba a ningún sitio solo; prefería morir antes que su

acompañante se alejara de él más de dos metros. Nos contó que incluso lo llevaba y

recogía del trabajo como si acudiera a un colegio infantil. No quiso vernos en una

temporada. Quise visitarlo, pero Mosca me dijo que ni lo intentara, que él conocía

muy bien a Pepote y que iba a ser peor; que aquello poco a poco se le pasaría, pero

que por el momento era mejor que respetáramos su soledad.

Lo hicimos. Tardé una semana en volver a ver a Pepote. Siete días que ni yo

ni nadie del equipo invertimos en nada. Mi casa se quedó vacía por las tardes y nos

dedicamos a esperar, cada mochuelo en su olivo, el desarrollo de los

acontecimientos. La única visita que tuve en aquella semana fue la de Mosca, que

sobre las nueve de la tarde se pasaba por casa para darme novedades. Por el

contrario, mi teléfono, el mismo que antes de aquello apenas sonaba un par de

veces por semana, ahora rinrineaba cada media hora porque alguien preguntaba por

Pepote. Tras su exhibición en el instituto mucha gente quería felicitarle, proponerle

222
algo o hacerle preguntas complicadas; y sabían que el único lugar para localizarle

era mi casa. Atendí más llamadas telefónicas en aquella semana que en lo que

llevaba de año. Pepote se había convertido en un tipo popular en Aranjuez. ¡Pero a

qué precio!

La corroboración de la mala noticia me la adelantó Mosca. Un sábado que

se iba de pesca llamó a mi casa a las ocho de la mañana para decirme que Pepote

había decidido muy en serio no seguir con lo del concurso, que no estaba dispuesto

a sufrir de nuevo lo que había pasado el día de la exhibición. Tenía la intención de

reunirnos a todos los del equipo para agradecernos lo que habíamos hecho por él,

por los buenos momentos y para disculparse por los trastornos que aquella decisión

podría causar. Yo lo entendí. Me entristecí bastante pero lo entendí. Comencé a

pensar que yo había sido muy egoísta, que quizá no había tratado a Pepote como

una persona sino como un monstruo de feria. Me sentí muy mal conmigo mismo.

Mosca lo notó, no quiso dejarme solo en casa y me propuso ir de pesca con él. No

tuvo que insistir mucho. Me fui. No tenía nada que hacer, ni ganas de buscarme

ocupación. Desde las ocho de la mañana que Mosca me despertó hasta la hora de

acostarme, aquel sábado podía durar un mes. Tardé un minuto en ponerme unos

tejanos y una camiseta vieja.

Acoplamos todos los aparejos de pesca en el transportador de la Vespa y

conduje por caminos cada vez más estrechos hasta donde el delfín pescador me

indicó. Aparcamos la Vespa junto al río. Aún tuvimos que andar unos quinientos

metros para llegar a su puesto preferido. Era un lugar precioso, un trozo de río con

aguas muy tranquilas y con la sombra tupidísima de unos enormes álamos. Me

senté sobre el tronco horizontal de un árbol para ver cómo Mosca extendía la caña,

ataba aparejos y arrojaba un puñado de gusanos al río antes de lanzar el anzuelo.

223
-Hay que ver cómo nos complicamos la vida, Mosca.

-Ni que lo digas, compadre. Con lo bien que se vive asín, con cuatro cosas.

Sin prisas, sin responsabilidades.

Le ofrecí un cigarrillo y recosté la cabeza en el tronco. Un maravilloso

lovely day, que dicen los ingleses. Estuvimos en el silencio del piar de los pajarillos

más de media hora hasta que Mosca se cagó en la puta madre que parió a no sé

quién porque un pez había hundido el flotador y el tirón del pescador no había

servido para clavarle el anzuelo. Volvió a lanzar la caña. Yo me quedé hipnotizado

mirando como flotaba el corcho entre los reflejos del agua. Transcurrió otra media

hora para que Mosca clavara su primer pez. No era tan fácil sacarlo del río como yo

había imaginado. El animal se defendió nadando con fuerza de un lado al otro,

dobló la caña tanto que llegó un momento que pensé que incluso podía partirla. Me

dio alegría a la vez que lástima ver cómo el pez por fin cedió ante su pescador y,

rendido, era arrastrado hacia nosotros con la cabeza fuera del agua. Atendí las

instrucciones de Mosca y use la sacadora para trasladar el pez a tierra firme.

Observé cómo coleteaba mientras Mosca lo liberaba del anzuelo con dos

movimientos diestros. Lo tomó de las agallas y lo levantó del suelo para sopesarlo.

-Un bonito barbo, no llegará a los dos kilos pero poco le falta.

-¿Te lo vas a comer?, Mosca.

-Oh, no. Ahora mismo lo dejamos donde Dios lo puso.

Se agachó y lo depositó de nuevo en el agua, con delicadeza, como si lo

hiciera con un bebé en una cesta de mimbre. Un gesto muy noble. Volvió a preparar

las herramientas y lanzó de nuevo el anzuelo donde lo había hecho anteriormente.

-¿Eres muy creyente, Mosca? ¿Crees en Dios?

224
De su macuto sacó una bolsa de pipas de girasol, tomó un puñado, me

ofreció la bolsa y me contestó:

-Pues no, compadre. Pero no te creas que es culpa mía, si no creo, es por

culpa de Él. Si realmente hay un dios no se esfuerza mucho para que le queramos.

¿No crees tú eso?

-Sí.

-Además. Las religiones no son mu de fiar. De ellas solo se pueden sacar

tres tipos de gentes: las güenas personas, los hiporcritas y los fanáticos. ¿Y si

suprimimos las religiones?, ¿qué nos queda de los tres?… Te lo voy a decir yo: solo

nos quedan las güenas personas. Porque las gentes que son güenas güenas, no les

hacen farta religiones.

-Eres un fenómeno Mosca -le dije sonriendo y escupiendo las cáscaras de la

pipa.

Regresamos al silencio. Hasta que Mosca de nuevo volvió a cagarse en la

puta. Había clavado otro pez. Este no parecía tan grande como el primero. Ya no

hizo falta que me diera las instrucciones para sacarlo del agua. Volvió a hacer la

misma operación que con el otro. Esta vez era una carpa. Me la mostró antes de

devolverla al agua. No sé por qué pero la visión de la boca del animal me trajo

unos recuerdos que yo no deseaba en aquellos momentos. ¿Me estaba volviendo

gilipollas o la boca de aquella carpa se parecía un montón a los morritos de Joy, mi

dulce Joy? ¡Manda cojones! Pero ya estaba jodido, se pareciera o no, el recuerdo de

Joy me fastidió el resto de la mañana. ¡Lo que daría por volverla a ver!, aunque

fuese furtivamente, un ratito, como hacía Mosca con su hija. Ya no estaba a gusto

en aquel paraíso. Comencé a agitarme en mi asiento de tronco como si me picaran

las hormigas, Joy, mi dulce Joy. ¿Dónde estarás ahora? Hoy, sábado por la

225
mañana… ¿En el gimnasio? ¿Arreglándote para ir de compras? ¿Abriendo el

correo que recibiste durante la semana de ausencia en alguno de tus viajes? ¿El

correo? ¡El correo! Me incorporé de golpe como si la hormiga gorda me hubiera

picado en los huevos. ¡El correo! ¿Por qué no recibo yo su correo? ¿Por, qué, no,

recibo, yo, su, correo? Por supuesto que porque ella habría dejado la orden al

cartero para que toda su correspondencia fuera desviada a otra dirección. ¡Claro!

Alguien en la oficina de Correos sabía dónde vivía Joy. ¡Joder, y no se me había

ocurrido antes! Seré gilipollas. ¡Yo necesitaba obtener esa información! ¿No era yo

todavía su marido? ¿No podría preguntar dónde cojones reenvían la

correspondencia de mi esposa? ¡Joder! Pues claro. Este mismo lunes, sin faltar.

Pepote nos citó a todos en mi casa aquel domingo por la tarde. Nos dijo

que, como solíamos hacer en las sesiones de entrenamiento, esta vez le tocaba

llevar la cena a él. Allí estuvo todo el equipo, esperando a Pepote.

-Me siento culpable, Félix. Joder.

-No tienes por qué, Eduardo, quién lo iba a imaginar.

-La culpa fue mía. En menuda puñetera encerrona le metí. No debía haber

consentido a Alejandro lo del salón de actos. Seré gilipollas.

-Vale ya. Si no hubiera ocurrido en el salón de actos hubiera sido en otro

lado y quizá hubiera sido peor aún.

Hice el gesto del samurai sabio y me fui a abrir la puerta. Eran los

felómenos con dos fuentes de barro con medio cordero asado en cada una. Todos

abrazamos a Pepote. Todavía no se había desteñido el color verdusco de su rostro.

La cena fue muy triste, como si despidiésemos un hijo que se va a la guerra.

226
Comimos todos en silencio. De las tres botellas de vino que Expósito había

comprado como tres joyas, dos se quedaron sin abrir. Ni siquiera Mosca parecía el

mismo. Eduardo parecía el más perjudicado. Su sentimiento de culpabilidad le

mantuvo la cabeza agachada durante toda la cena. En un gesto de ánimo le di

varios golpes en su musculosa espalda cuando tomábamos el café. Él quiso ver en

ellos la obligación de hacerse el simpático:

-Pepote, escúchame, te voy a contar un chiste.

No era el momento. Pero nadie hablaba y todos atendimos a Eduardo como

los domingueros al hombre del tiempo.

-¿A qué no sabes, Pepote, como se llama la parte que hay entre la vagina y

el ano?

-Periné –contestó Pepote con seguridad.

Todos miramos a Eduardo. No entendíamos mucho aquello. El Mazas

estaba defraudado.

-No, joder, Pepote, tú tenías que haber dicho que no lo sabías.

Eduardo lo estaba arreglando.

-Comenzamos de nuevo. A ver Pepote ¿A qué no sabes cómo se llama la

parte de la mujer entre la vagina y el ano?

-... No, no lo sé.

-El frontón.

-…

-El frontón..., porque es ahí donde rebotan las pelotas.

Nadie echo una sonrisa a la gorra de Eduardo. Afortunadamente el teléfono

sonó por enésima vez aquella tarde. Lo cogió Alicia y por supuesto era para Pepote,

que ya había atendido unas cuantas desde que había venido a casa.

227
-José Manuel Expósito, es para ti.

Pepote tomó el auricular y negó tres veces. La tercera parecía que su

interlocutor no entendía nada. Tuvo que gritar y decir un par de tacos.

-Sí, claro que soy José Manuel Expósito. Y atiéndame, porque no se lo voy

a decir dos veces: NO ME SALE DE LA PUNTA DE LA POLLA. ¿Verdad que me

ha entendido? Pues bueno. A tomar por culo, cabrón.

Y colgó con mala leche. Nunca lo había visto así, y presenciar como sus

ciento treinta kilos aplastaban el auricular contra el teléfono era como para no hacer

ningún comentario. Todos nos quedamos en un bloque de hielo. Yo quise romperlo

preguntando en un cursi tono cantarín que quién quería tomarse un cu-ba-ti-ta.

¿Nadie? De verdad. Nadie.

Primero se marcharon Patricia y Eduardo. Después los felómenos,

dejándome Mosca la promesa de que el próximo día que fuera a pescar me avisaría

un día antes y me llevaría una caña pequeña para que fuera aprendiendo el arte.

Alicia se quedó conmigo. Si no lo hubiera hecho, aquel día se lo habría

pedido yo. No me apetecía nada en absoluto quedarme solo.

Guardamos silencio mientras recogimos la casa. Una melancolía muy

pesada se me incrustó entre los hombros. Me encontraba muy confundido,

necesitaba hacer algo urgente que me hiciera olvidar aquel vacío. Cuando dimos

por terminadas las labores domésticas solo se me ocurrían dos cosas: o

emborracharme o pedir a Alicia que me ayudara a descolgar las putas cortinas.

Todavía estaban colgadas las cortinas en mis ventanas. Las putas cortinas que me

impiden ver la calle. Otra vez regresaba a los mismos fantasmas. No me pareció el

día, ni la hora ni la compañía para descolgarlas y sugerí a Alicia dar un paseo. Me

apetecía mucho andar, además que aquello de haberme cenado un costillar de

228
cordero y reposarlo en el sillón no me parecía muy buena idea. Ella accedió

encantada. Hacía una noche maravillosa y bajamos andando hasta el Aranjuez

barroco que tanto me gustaba. Llegamos frente al Palacio Real. Habíamos

caminado más de una hora hablando de nada, de los exámenes finales, de algún

alumno que podría dar mucho más de sí, de la posibilidad de pedir el traslado, de...:

-... ¿qué vas a hacer este verano?, Félix.

¡Era otra losa de soledad que se me cargaba entre los omóplatos! No lo

había pensado. Recordé que al finalizar el curso tenía por delante dos meses de

doscientos días cada uno antes de volver al instituto. Aquello era un verdadero

dilema, en apenas unas semanas terminaríamos las clases y yo me quedaría sin

nada, absolutamente nada que hacer, y, lo que era peor, ni jodidas ganas de

obligarme a hacer algo. Supe que aquello sería peligroso. Antes de dar una

respuesta me asomé a la reja del patio de Armas del Palacio. Alicia me imitó y

estuvimos un par de minutos admirando la fachada del edificio.

-Quizá lo pase en Atapuerca como estos últimos veranos..., o a lo mejor voy

a visitar a un familiar.

-¿A Zaragoza?

-No, a Barcelona.

Y seguimos andando hasta el final de la fachada, donde los muros lindan

con la Ría, un ramal del río Tajo construido para rodear el Jardín de la Isla. El olor

del boj de sus parterres era muy fuerte pero agradable. Junto al agua hacía algo de

fresco.

Lo último no lo había dicho por decir. En aquellos momentos me había

acordado de mi tío Melquíades, el único miembro de mi familia del que yo tenía

conocimiento. Llevaba más de veinte años sin verlo. Es primo hermano de mi

229
madre, un solterón que debería tener ahora alrededor de los setenta años. Muchas

veces había pensado en ir a visitarle, no sé por qué, supongo que algo tirará la

sangre. Pero nunca lo había realizado. La última vez que lo intenté fue en unas

Navidades antes de conocer a Joy. Entonces me dio uno de esos ataques de

sensiblería y soledad que nos suele dar cuando vemos los árboles de Navidad,

escuchamos a Frank Sinatra y nos pasan por la tele spots publicitarios de esos de

hijos que regresan a casa. Aquel diciembre, como lo estaba haciendo en aquellos

momentos, añoré que había alguien con los genes muy parecidos a los míos.

Alguien a quien recordaba con mucho cariño. Mucho, mucho cariño. Un pariente

peculiar que cuando yo era pequeño surgía en las fechas menos esperables para

traerme las mejores sorpresas de mi infancia. Aquellos regalos me volvían loco. La

aparición del primo de mi madre era toda una fiesta. Mi tío Melquíades, entonces,

era para mí, ¡joder!, como un explorador de película, alguien que siempre estaba

regresando de tierras extrañas, que luchaba contra el infiel, que capturaba fieras,

que seducía princesas con velo... Cuando me entregaba sus enormes regalos,

porque siempre eran enormes de tamaño, me decía algo como: “Ves este arco y

estas flechas, José Félix. Me las entregó el mismo Matutú de la Silidonia, como

obsequio por salvar a su hija de las garras de un enorme oso de las praderas... Y,

entre nosotros, José Félix, yo no hice nada, fue una mera casualidad, porque en

cuanto el oso me vio, la fiera se conoce que se asustó y se marchó corriendo... ”

Esto era lo que más me gustaba de sus aventuras, que nunca le daba importancia a

sus correrías, siempre solucionaba sus hazañas por suerte o sin apenas esfuerzo. El

azar era lo que daba veracidad a sus historias. Si él me hubiera dicho que para

regalarme ese arco, ese baúl o ese macuto indígena, hubiera tenido que cruzar un

río a nado, matar tres leones o luchar con una tribu entera de sanguinarios

230
caníbales, yo hubiera pensado que mi tío Melquíades era un fantasma de tres pares

de cojones; pero esa forma de explicarte que casi todo era casualidad, que sus

méritos habían sido casi ninguno, hacía que me tragara cualquier cosa que me

contara de sus viajes por África.

Más tarde me enteré que las aventuras del primo de mi madre por el

Continente Negro se habían limitado a extender el gaseoducto de Argelia hasta

España. Pero aquello no mermó mi admiración por él, sino todo lo contrario; en los

años setenta yo ya sabía que no existía un lugar en el mundo que no hubiera sido

pisoteado por el hombre blanco. Hacer una expedición para cazar leones era mucho

más turístico y menos interesante que extender un gaseoducto por el desierto entre

escorpiones, beréberes armados hasta los dientes y, sobre todo, en plena Crisis del

Petróleo. Yo imaginaba a mi tío como un esforzado trabajador, casi desnudo, con

un turbante en la cabeza, con una enorme llave inglesa en la mano y sentado sobre

un tubo de hormigón del diámetro de la rueda de un tractor. Lo suponía

limpiándose el sudor de la frente con el brazo mientras miraba cómo el horizonte

de arena se cuece a los cincuenta grados: todo un verdadero icono obrero.

Siempre admiré mucho a mi tío Melquíades.

Como iba diciendo, antes de conocer a Joy, cuando mi soledad y mis

escrúpulos no eran los de un hombre de cuarenta años, unas Navidades quise saber

qué fue de mi único familiar vivo y lo llamé por teléfono. Estuvimos hablando un

buen rato, pero de cosas muy banales, ni siquiera le dije que mi intención era

visitarlo. Se me cruzó un cable en mi ya enrevesado cerebro y pensé que él

atribuiría mi rara visita a la caza de su posible herencia. Soy así de imbécil.

-¿Qué piensas?, Félix.

231
Estábamos de nuevo en la plaza de la Mariblanca. Otra media docena de

personas había tenido la misma idea de pasear. Alicia se agarró de mi brazo,

caminamos hacia el río y nos asomamos desde el Puente Barcas al río Tajo como si

aquello fuera el balcón de nuestra casa. El agua pasaba con calma hacia la fachada

este del Palacio Real.

-Pues, en nada en concreto –mentí y continué acodado en la barandilla del

puente.

Pero sí que pensaba en algo importante en aquellos momentos. Daba mil

vueltas a la historia recién desbaratada de Pepote. La novela que estaba escribiendo

tenía que dar un giro de muchísimos grados para enderezarse después de la

puñetera fobia del protagonista. Gabriela me lo repetía muchas veces cuando

hablábamos del oficio del novelista: “Cuando te pongas a escribir ten mucho

cuidado con los personajes. Creemos que los controlamos, pero ni de coña. Los

únicos que podemos guiar por el argumento son los que tienen poca personalidad,

es decir, los, digamos, peor creados”. Tenía razón. Pepote se me había ido de las

manos, y de qué forma.

Pocas posibilidades me quedaban para dar interés a la novela. Aparte de

buscar en Correos el domicilio de Joy, que pocas aventuras para escribir ofrecía;

quedaba la historia de la hija de Mosca, que no estaba dispuesto a explotar por

parecer más el argumento de una teleserie que otra cosa. Aunque aún tenía

pendiente una nueva aparición de Maruxa, la pequeña peluquera, a la que reservaba

un capítulo lleno de erotismo para mi propia satisfacción, cosa que aunque me

agradaba no estaba muy seguro de escribir. Pero eso no era demasiado, pensaba

mientras observaba el cauce del río. No había mucho para sacar un buen argumento

hacia delante.

232
Además yo tenía que dejar bien despachado a Pepote. Necesitaba colocarlo

en algún lugar más digno a su talento que estar de conserje en el Casino. Aunque

algo me decía que Expósito era feliz donde estaba, que no necesitaba de ninguna

notoriedad, que la compañía de Mosca, sus lecturas y sus via crucis de botellines y

tapas por los bares del barrio, le bastaban para sentirse feliz.

Un segundo milagro tragable para el lector y que hiciera concursar a Pepote

no parecía que fuera a ocurrírseme en lo que restaba de novela.

-Ha sido un palo lo de Pepote.

-Sí. No sé por qué yo tenía puestas tantas esperanzas en el concurso...

-Yo también.

-¿De verdad, Alicia?

-Sí. Creo que a todos nos había sacado de nuestra monotonía. El concurso

era una ilusión añadida... Echaré de menos las tardes con Pepote en tu casa. Con

toda su insolencia y su mal carácter me he encariñado con él. Incluso creo que

Patricia terminó al final por apreciarlo.

-Es un tipo muy noble, de una nobleza peculiar pero espléndida.

Sonreímos y seguimos caminando. Regresamos a la plaza. Yo conocía un

local entrañable, entre cafetería y bar bohemio, que se encuentra muy cercano a la

iglesia de San Antonio. A ella le pareció bien tomar un café. A pesar de ser casi la

una de la noche solo quedaban dos mesas libres. Pedimos dos cafés y dimos el

primer sorbo en silencio.

-Alicia.

-¿Qué?

No sé por qué, aquel día necesitaba dejar las cosas sentadas, aclararlo todo,

y nuestra relación, la mía con Alicia, iba a ser lo primero.

233
-Me gustaría discutir contigo lo... lo nuestro –ella intentó hablar pero se

quedó en un gesto, yo se lo impedí levantando la voz-. Ya sé que no hay nada entre

nosotros, y sé que me vas a repetir que un polvo no significa nada ¿verdad?... pero,

Alicia... no te voy a decir que no me sienta atraído por ti. Me pareces una mujer

muy atractiva, y no sé cuántas cosas más... Me encanta tu compañía... Me pareces,

incluso, la mujer perfecta. Te lo juro. Si enumerara todas tus virtudes, todo lo que

veo en ti, te parecería que estoy intentando seducir. Pero... no, Alicia, No sé, creo

que...

Callé porque Alicia se estaba riendo, de un modo encantador, con el reflejo

de una cálida luz en su pelo, pero riéndose a carcajadas de mi sinceridad. Cuando

me puse serio ella correspondió pidiéndome perdón con las manos orantes.

-Félix, por favor...

-... ¿Qué?

-¿No me conoces todavía?... Creo que no. ¿Piensas que si quisiera algo

contigo no te lo hubiera dicho ya? ¡No me seas vanidoso, Félix!

Esto me ruborizó tanto que tosí. Poco, pero tosí. Realmente tenía razón. Ella

era capaz hasta de decirte en público que no te habías lavado los dientes.

-Por favor, Félix. Claro que me siento atraída por ti, pero no como tú te

crees, ¡por Dios!... No quiero nada contigo... Bueno, no es que no quiera nada

contigo, me pareces estupendo, un buen tío, pero no va por ahí la cosa. No busco

un marido...

-Por favor, Alicia... yo no he dicho...

-Ya, pero lo has insinuado.

-Tienes razón, perdóname.

234
-No tengo nada que perdonarte. Sé que lo estás pasando muy mal por lo de

Joy, ¿no es cierto?

Asentí con la cabeza. Llegaba la hora de ser más sinceros.

-Que pase mucho tiempo contigo no quiere decir nada... ¿Acaso tú no has

estado a gusto conmigo?

-Por supuesto, Alicia, y mucho.

-Y yo contigo, y ya está. Me encanta quedarme dormida en tu casa y que tú

me descalces, me encanta tu punto de vista de la vida, tu gusto por el Arte, tu

sensibilidad, tu sentido del humor. Pero no te veo como el padre de mis hijos,

porque... ¿quieres que te diga tus defectos?...

-NO –dije con mayúsculas- no hace falta, los conozco perfectamente, he

dedicado mucho tiempo a cultivarlos y están dando sus frutos ahora.

Ella me brindó una carcajadita encantadora, de esas que ofrecen las mujeres

para seducir.

-¡No sé qué coño os pasa por la cabeza a los tíos cada vez que se os acerca

una mujer!

-Tienes razón. Tienes toda la razón. He sido muy vulgar.

-¿Tomamos una copa?

Tomamos tres o cuatro y esa noche hicimos el amor sin ninguna inhibición.

Mejor dicho, follamos como dos salvajes.

235
Un, tonto, de, los, cojones. Si llego a permanecer allí un minuto más le

parto la cara al gilipollas ese. ¿Cómo que a mí que me importa?, me dice el payaso.

Si no me importa a mí a quién le va a importar, ¿no soy yo su marido? Desde

236
luego, vaya con lo que nos tenemos que topar a diario. Seguro que es un puñetero

resentido, un puto funcionario amargado, el hazmerreír de la oficina de Correos.

Me cago en diez. Volveré, lo juro que volveré. Cabrón. Además con esa cara de

memo que tenía... Vamos, ¿y a cuento de qué tiene que llamar a la policía? Menos

mal que yo no tenía ganas de armarla que si no...

“Por mucho que se ponga como se ponga no le vamos a informar dónde

reenviamos el correo a Yolanda Casas. No se lo podemos decir. Que es usted su

marido, por mí como si es su padre... O me trae una orden judicial o ya se puede

usted marchar por donde ha venido. Hay una ley que protege los datos personales

¿no lo sabía? Pues precisamente se habrá promulgado por culpa de tipos como

usted. Y deje ya de faltar o llamaremos a la policía, ¿me ha oído?, además, eso de

gilipollas lo va a ser usted... ¿Cómo? Vete ahora mismo de esta puñetera oficina o...

¡Tu padre!, eso lo va a ser tu padre... Cabrón... Claro, eso es lo que te pasa, que eres

un cornudo ¿verdad? Cornudo ♫, cornudo, ♪ cornudo, beee beee beee. Tu mujer te

ha dejado, se ha ido con otro, ¿a que sí? No creo que haya tenido muchos

problemas para elegir algo mejor... Ja ja ja. Y suéltame la camisa que... Y vosotros

no me sujetéis, ¡pues vaya unos compañeros que tengo!... Cabrón, pero ven aquí...

ven aquí si tienes cojones... Y deja de escupir como las nenas. ¿Qué pasa, que

coleccionas hostias y nunca te has llevado una de un funcionario de Correos? ¿Y

estás deseando, verdad, gilipollas? En cuanto me suelten estos... ¡Cornudo,

cornudo, que tu mujer está ¿con quién has dicho?! Ja ja ja... ¡Ay!¡Ay!¡Ay! ¿Habéis

visto? Me ha tirado una papelera el gilipollas este. Pero ven aquí, no huyas ”.

-¿Vas a comer aquí, Félix?

237
-Sí. ¿Me puedes hacer unos tallarines de esos que llevan de todo?

-Sí, claro que sí... ¿Y tú mujer, Félix? ¿Qué tal está?, hace mucho tiempo

que no la veo.

-Bien, muy bien, Li. Está estupendamente. Viajando como siempre. ¿Que

dónde? Bueno hoy casi lo averiguo... bueno, no he querido decir que no lo sepa...

Es que... Con mucha verdura, Li, que los tallarines tengan mucha verdurita, sobre

todo calabacín y brotes de soja... Gracias, Li, eres un ángel.

Me había pesado esa misma mañana después de pedalear durante una hora y

antes de ir a trabajar. La báscula me decía lo mismo de siempre, que ochenta y seis

kilos. Así que comenzaba a pensar que ese era mi peso ideal, que hiciera lo que

hiciera siempre pesaría lo mismo. Después de la clase con los de Cuarto B me

había escapado del instituto para hacer las gestiones en Correos, pero, como se ha

podido leer en la transcripción, no había tenido mucha suerte. Necesitaba animarme

y cuando regresaba de nuevo al instituto pasé por una librería para elegir una

novela entre las que me parecieron más cutres: La eterna soledad de Rosana

Cervantes, por Dana Roig. ¡Joder que si prometía! No creo que hubiera podido

elegir una mejor. Por la tarde, después de comer los soberbios tallarines de Li,

anduve hasta el Jardín de la Isla, busqué un banco a la sombra de un magnolio y me

relajé para leer a Dana Roig. Maravillosa novela en sus primeros capítulos, era

justo lo que necesitaba; una prosa cuidadísima, así como de principios del siglo

pasado, con pretensiones de frescura, algo como una mala copia de un cuadro de

Renoir. Un argumento feroz y original. Narraba la historia de una mujer que se

quedaba sola en el mundo tras un accidente de coche en el que fallecieron su

marido y su único hijo. Ella se enfrentaba de nuevo a la vida descubriendo que

nada de lo que tenía, posesiones, amistades e incluso sus ideas, era suyas. Rosana

238
había vivido a la sombra de su esposo sin darse cuenta que su personalidad no

encajaba en el club de golf, ni en las reuniones para tomar café, ni en las tiendas de

moda. Entonces, decide... Bueno, ya no contaré más por miedo a que Dana me

demande por desvelar su trabajado argumento. Realmente patético. Atiné aquel día

con una de esas novelas que hacen afición, por supuesto que no a la lectura, sino a

la escritura, porque te animan a seguir escribiendo cualquier cosa porque siempre

existen posibilidades de que lo publiquen. Y yo necesitaba muchos ánimos. Cuando

llegué a las doscientas páginas, la protagonista ya había conseguido con mucho

coraje irse a vivir a otra ciudad donde había conoció a un deportista retirado algo

mayor que ella, muy cariñoso, con el que vuelve a bailar y quien, con toda

seguridad, le daría unos masajes de pies de lo más reconfortantes. Esto último lo

añado yo, no llegué tan lejos con la historia: consideré que me encontraba lo

suficientemente reforzado como para regresar a casa y seguir escribiendo algo,

aunque fueran diez o doce líneas. Busqué una papelera para depositar el libro pero

la más cercana se encontraba en dirección opuesta, descarté arrojar la novela al río

y decidí dejarla encima del banco, seguramente alguien la aprovecharía.

Ahora sí que estábamos frente a frente. Había llegado su hora. Ahí se

encontraban ellas, provocativas, ondeando levemente con la brisa que entraba por

las ventanas, como si fueran los fantasmas de la mala hostia. Nada me frenaría.

Decidí que lo de escribir unas líneas se podía aplazar para cualquier otro momento.

Las miré con odio, esta vez no tenían a nadie que las defendiera. Ja, ja, ja, reí como

un corsario borracho. Tomé una silla de la cocina para auparme y comencé por

descolgar las putas cortinas del salón. Aquel día me di cuenta de que yo no me

239
encontraba muy bien de la cabeza: me sorprendí a mí mismo insultando a los trozos

de tela, vituperándolos en voz alta con los palabros que yo solo usaba contra mis

enemigos más serios. Pero no me achanté, ni siquiera al ser consciente de que las

cortinas eran objetos inanimados y por ello estaban exentas de culpa. Las seguí

poniendo de putas para arriba. Mientras se desplomaban de su sujeción como almas

muertas yo les arrojaba patadas y algún escupitajo. Así iban cayendo una a una mis

mayores enemigas. En media hora solo me quedaban las de la habitación de

invitados que no tuvimos. Mis ojos rojos de sangre se clavaron en ellas. Tomé la

silla y me alcé para terminar mi trabajo. Desabroché el último enganche... y aquí

vino la desgracia: la Maldición de las cortinas. Cuando descendí de la silla pisé la

tela y me escurrí. ¡Joder que hostia más a lo tonto! Golpeé con mi costado en el

armario y con la cabeza en la cama; pero lo peor se lo llevó mi tobillo derecho. En

el intento de estabilizarme me lo torcí. ¡Madre mía qué dolor! Estuve soportándolo

diez minutos en el suelo, ahogando un grito. Me repuse poco a poco, pero no pude

plantar el pie. Me senté en la cama. Miré las putas cortinas en el suelo y me las

imaginé descojonándose de risa. La Maldición de las cortinas, sí señor. Era un

maleficio, estaba completamente seguro. Pero la cosa no se iba a quedar así. Juré

venganza enseñándoles mi puño. Juré que en cuanto volviera del médico haría una

hoguera con ellas, e incluso, si hiciera falta, consultaría al Fantasías para ver de qué

modo, si sacrificando un gallo negro, con la sangre de una virgen, o cosas así,

pudiera romper la desgracia que me había caído encima con las putas cortinas.

Fui a Urgencias en la Vespa. “Un esguince, es un esguince. Tiene que

guardar reposo un par de semanas y tomarse estos antiinflamatorios”. “Y deja las

cortinas en paz, tonto de las narices, que no te han hecho nada y están muy bien en

su sitio”. Esto último no lo dijo el médico, pero seguro que lo pensó cuando le

240
conté cómo me había lastimado el tobillo. Yo ya veía una conspiración por

cualquier sitio que fuera, algo así como el argumento de una película de ciencia-

ficción de serie B donde las cortinas alienígenas invadían la Tierra.

Volví al bar de Juan sobre las nueve con el pie vendado. Me habían prestado

unas muletas y los antiinflamatorios me habían abierto un apetito del copón. No

voy a describir cómo sintió Li mi accidente. Madre mía. Le faltó tiempo para las

mil atenciones.

-¿Y tu mujer lo sabe?

-Sí, claro que lo sabe, por supuesto ¡Cómo no lo va a saber Joy! Pero no es

nada preocupante, Li, no es más que un esguince.

-Si tú necesitar cualquier cosa me lo pides por teléfono, ¿vale, Félix?, Si

necesitar comprar o algo de comida nos llamas...

-Gracias, Li, eres muy amable. Ahora lo que necesito es comer y una

cerveza enorme y fría.

-A las muy buenas tardes, compañeros.

Las nueve y cuarto.

-¡Pero coño!, compadre Félix, ¿qué te ha pasado?

-Me he caído.

-Joder. ¿Cómo?

-Una de dos, o las cortinas de mi casa están malditas o un cabrón de la

oficina de Correos me ha echado mal de ojo.

-¿No conseguiste la dirección de tu mujer?

-No, y lo que es peor, no creo que pueda regresar a Correos sin llevar un

arma de fuego...

241
-Pero, compadre Félix, ¿cómo haces esas cosas sin contar conmigo...

Yolanda Casas, me dijiste que se llama ¿no?, bueno, veremos que puede hacer el

tío Mosca. A ver, Juan, dos botellines sin alcohol.

-¿Qué tal, Pepote?

-Bien, Félix, tomando el vertiginoso ritmo de mi rutina.

-¿Bien de verdad?

-Sí.

Aquello sería cierto, le eché un vistazo. En el tiempo que nos conocíamos

nada había cambiado. Vestía con el pantalón azul marino y con una camiseta roja

de publicidad de una tienda de repuestos de automóviles, esta vez llevaba en la

cabeza una gorra blanca de béisbol y calzaba unas sandalias de piscina. A sus

gafotas había añadido unos de esos cristales verdes que las convierten en gafas

graduadas de sol con dos centímetros de grosor. La lectura de hoy era un catálogo

de cosméticos.

-Li me trajo la cena y los estrafalarios intentaron despedirse.

-Bueno, compadre, si necesitas cualquier cosa mientras estés asín, me avisas

¿vale?

-Gracias Mosca... Por cierto, ¿no tendrás que hacer nada ahora?

-¿Ahora mesmo, quieres decir?

-Sí, para que termines con la pesadilla que he dejado a medias.

Miró a Pepote y los dos se encogieron de hombros.

-Por supuesto, compadre, ¿qué quieres que hagamos?

-Mira, he dejado las cortinas de casa por el suelo y no quiero que Margarita,

cuando venga por la mañana, las vea. Es capaz de prolongar mi maldición. Si me

hicierais el favor de despacharlas como mejor podáis.

242
-Eso está hecho, compadre, nos ocuparemos de ellas. ¿Ordena alguna cosa

más, mi tiniente? –se cuadró y todo.

Les dejé las llaves de casa y cené a gusto. Sabía que con Mosca podía

contar para cualquier cosa. Era un fenómeno. Llamé a Alicia para narrarle lo de mi

accidente y para que me buscara mañana un sustituto. Solo para mañana. Si alguien

venía a por mí para llevarme al instituto yo seguiría dando clase.

Me fui a casa atolondrado, seguramente no debía ser bueno la mezcla del

antiinflamatorio con litro y medio de cerveza. Me duché, me acosté pronto y dormí

como un campeón.

Al día siguiente, antes de desperezarme, lo primero que vi se me transformó

en un nudo en la garganta. Aún estaba atolondrado y me reconfortó algo la

posibilidad de que aquello fuera una pesadilla. Una horrible pesadilla. Me restregué

los ojos varias veces. No podía creer lo que estaba viendo. Las cortinas, las mismas

putas cortinas que ayer había descolgado, ocupaban de nuevo la ventana de mi

dormitorio y no me dejaban ver la calle. Mantuve la opción de que era un mal

sueño hasta que el dolor por plantar el pie vendado me lo desmintió. Aquello de las

cortinas era la dura realidad. Pensé que había sido una broma de los felómenos, una

broma de muy mal gusto: no me atrevía aún a atribuirlo a fuerzas del Más Allá. Se

me puso una rabia de mil demonios. No me vestí, había dormido en pelota picada,

tal y como había salido ayer de la ducha y no tenía ni ganas de ponerme los

calzoncillos hasta comprobar el alcance de la broma. En la habitación de los hijos

que no tuvimos las cortinas asesinas también pendían amenazantes. No pasé.

Aquella habitación, siempre me había dado algo de respeto y ahora aún la veía más

243
siniestra. Me rasqué mi culo desnudo por el pasillo como si así se pensara mejor.

También estaban en su sitio las putas cortinas del salón. Mierda. Mi esguince no

había servido de nada. Pero... Una canción de Julio Iglesias procedente de la cocina

corrigió lo la broma de los felómenos. ¡Margarita! Aquello era algo serio.

Insubordinación. Era la guerra. La asistenta iba a saber por fin quién era quien

manda en mi casa. Ya estaba bien de aquello del profesor chalado que no sabe lo

que hace. Una cosa era una cosa y otra era acatar las órdenes del patrón. Lo de las

cortinas no se iba a quedar así. Apreté los dientes y abrí la puerta de la cocina de

golpe. Margarita estaba de espaldas a mí, limpiando los cristales de la ventana.

Tenía unos auriculares puestos y la mala pécora seguía cantando el bamboleo

bambolea. Grité fuerte para ser atendido. Necesitaba ser enérgico. Margarita se

giró. Redondeó los ojos, ahogó un grito y se quitó los auriculares en un

movimiento inconsciente. Ahora me atendía. Era mi turno. Puse los brazos en

jarras, cara de querer comerme a alguien y le dije con autoridad:

-¿Sabes quién es el que manda en esta casa, Margarita?

Funcionaba. Ella parecía muy impresionada. Incluso retrocedió hacia la

pared. Volví a poner cara de ogro:

-¿Sabes que aquí se hace lo que yo digo, verdad, Margarita?

Creo que me estaba pasando. No era normal que se asustara tanto. Rebajé

un poco el tono:

-¿A qué no sabes lo que vas a hacer ahora, pero que ahora mismo?

Entonces ella se puso a llorar y se tapó la cara:

-Señor profesor, yo no soy de esas, por favor déjeme, por favor.

Joder, tampoco era para tanto... o sí...

244
¡Mierda... Mierda... Mierda! Me acordé de mi desnudez. Miré hacia abajo, a

mi entrepierna. Vi mi palmo de polla colgando amenazante. ¡Mierda, otra vez! ¿Por

qué me pasa todo esto a mí? ¡Por Dios! Que la tierra me tragara:

-Lo siento, Margarita... Lo siento –me tapé con un paño de cocina-. No

quería... De verdad, me refería... No era mi intención... ¡Joder!

Pensé deprisa mientras veía que Margarita se armaba con una sartén. Yo

deseaba que me pegara con ella en la cabeza y que todo aquello se acabara. Que me

golpeara con todas sus fuerzas, por favor. Pero yo no podía dejarla escapar antes de

que se aclararan las cosas: así que con una mano le obstruí el acceso a la puerta

mientras que con otra sujetaba mi taparrabos.

-Por favor, Margarita. Siéntate... Escúchame un momento.

Pero comenzó a gritar, y cada vez más fuerte:

-¡Apártese, señor profesor. Apártese o le juro que... !

¡Madre mía que situación!

Después de varios gritos más y de esquivar dos sartenazos conseguí que me

atendiera durante treinta segundos. Ella decía que sí con la cabeza a todos mis

argumentos pero no dejaba de mirar de soslayo hacia la puerta del piso. Le dije que

por favor esperara a que me vistiera. Asintió muy nerviosa, pero asintió. Marché

hacia mi dormitorio, aunque cuando regresé, ya medio vestido, Margarita se había

marchado dejando la puerta del piso abierta.

-¿Mosca?

-Sí, señor. Mosca al aparato. Hola, compadre Félix, ¿cómo va ese tobillo?

-Mal, bueno... ¿Dónde estás?

245
-Cerrando un trato, compadre.

-Necesito verte. ¿Dónde comes?

-Ande tú me invites, don Félix.

-Te espero a las dos en el bar de Juan.

-Allí estaré.

Bajé a la una y media para tener el tiempo suficiente de encargar a Juan una

mesita al fondo del bar, elegir el menú y beberme media botella de rioja para tomar

fuerzas. Me encontraba realmente trastornado. Frente a mi copa de vino, con la

mirada perdida en las banderillas de adorno, yo reflexionaba sobre todo lo que me

estaba ocurriendo. En un par de meses me habían sucedido más cosas

extraordinarias que en los cuarenta y dos años de vida que llevaba arrastrándome

por los mundos de Dios. Eso no era normal. Nunca había creído en supercherías, ni

en gafes, ni en nada de todo aquello. Pero había que reconocer que no era corriente

que a alguien le sucedieran tantos acontecimientos de ese calibre y tan de seguido.

Desde que Joy me había dejado mi vida se había convertido en una parodia. Nada

de lo que me proponía tenía el desenlace lógico de una persona madura, culta y con

una buena ocupación laboral. Sería más habitual que todas esas cosas le ocurrieran

a un tipo como... Mosca, por ejemplo...

-Hola compadre, ¿qué tal?

No sé. Algo no iba bien. Desde que intenté que mi vida tomara otros

derroteros... Efectivamente, sí, había cambiado, pero a peor. Me bebí de un trago la

cuarta copa de vino pensando que todo iba a ser normal, que de un momento a otro

yo regresaría a mis lecturas, a mis películas y a llorar por Joy en los ratos libres.

Le expliqué a Mosca lo sucedido con Margarita. En principio no se creyó

nada, pero cuando se lo juré un par de veces comenzó a desternillarse, pidiéndome

246
por favor, que se lo relatara de nuevo para reírse en las escenas más cómicas. Yo

sabía que el único que me podía sacar de aquel compromiso era mi capataz y por

ello le soporté incluso varios comentarios de muy mal gusto.

-Joder, Mosca, imagínate que Margarita va a la policía...

-No irá, compadre, no les conviene tener poblemas con la pasma. Sería

como meterse en la boca del lobo... Lo peor es que venga su marido con todo el

clan de los ecuatorianos...

¡Madre mía! Aquello me acojonó. Yo veía a diez o doce ecuatorianos

esperándome en una esquina con porras y cadenas.

-¿Y qué se puede hacer?

-Hablar con ella.

-Lo intenté, pero...

-No, tú no. Yo hablaré con ella.

-¿Le ofrecerás alguna compensación?

-No. Eso nunca –sentenció Mosca como si estuviera ofendido- Eso sería

como admitir algo... ¿Y la cosa ocurrió como me has contado, no?

-Te lo juro, fue por lo de las cortinas...

-¿Seguro que no querías un poquito de rollete, compadre? Margarita tiene

güenas tetas, no me digas que no te has fijado.

-Vete a tomar por culo, Mosca...

-Bueno, dile a Alicia que quede conmigo y los dos hablaremos...

-¿Alicia?

-Sí, entre mujeres se entienden mejor. Habla con Alicia, diremos que

estabas con fiebre, o drogado...

247
Joder, qué solución. Joder qué excusas. Casi era mejor admitirlo y pagar un

soborno al clan de los ecuatorianos. Pero estaba dispuesto a que el asunto se

solucionara como fuera. No me encontraba en una buena posición para negociar.

Meter a Alicia en el fregado no me pareció buena idea, pero tenía que reconocer

que Mosca tenía razón, a ella le escucharía mejor que a nosotros.

-Por cierto, Mosca, ¿qué coño hicisteis con las putas cortinas?

-¿Que qué hicimos...? Lo que nos dijiste, las despachamos, cada una en su

ventana para que no las viera Margarita en el suelo.

Maldije el mal uso del idioma y las demasiadas acepciones que tienen

algunos verbos. Me pasé la mano por la cabeza como el samurai por no decir un

par de tacos más. Por un momento pensé que el gafe de todo lo que me estaba

sucediendo era el mismo Mosca. Con los ojos entornados le miré cómo apuró su

botellín de cerveza sin alcohol. Luego sacó de su bolsillo una servilleta muy

doblada. En ella se veía algo escrito. Me la entregó.

Avenida de Alejandro Magno, 23

Pozuelo de Alarcón. Madrid.

-¿Qué es esto Mosca?

-Es donde envían el correo de tu mujer.

-No jodas, Mosca. ¿Cómo lo has conseguido?

Hizo un gesto vanidoso y no me contestó. Leí varias veces el papel. Tener el

domicilio de Joy en la mano me hizo olvidar el suceso de Margarita. Apreté los

puños. En aquellos momentos no sabía qué hacer con la dirección. Pero mi

248
ansiedad se desató. Iría aquella misma tarde a Pozuelo. Aunque no sabía cómo lo

haría con un pie inútil.

-Mosca. ¿Qué vas a hacer esta tarde?

-Iré a Valdemoro a ver a mi hija, es miércoles y los miércoles es cuando...

-Escucha –no le dejé hablar-. ¿Tienes coche?

-No.

-Toma –saqué mi cartera y le di dinero-, ve ahora mismo a alquilar uno y

nos vemos en una hora.

-No puedo alquilarlo. No tengo carnés de conducil. Pero eso no quiere decir

que no conduzca como los de Mallami Vais.

-Mierda. Bueno, vamos con la Vespa hasta lo de los coches, pongo mi

documentación y nos vamos a ver a nuestras chicas ¿vale?

La idea le pareció buena. Alquilamos un Mercedes de ésos pequeños, de

vendedora de cosméticos, y en una hora estábamos en Pozuelo.

Nos equivocamos un par de veces pero al final dimos con la dirección que

le habían facilitado a Mosca. Era una avenida llena de muros, verjas y arizónicas. A

pesar de que estaba repleta de unas zonas ajardinadas preciosas nadie las

disfrutaba. Nadie andaba por ellas.

El número veintitrés de la avenida de Alejandro Magno era otro de esos

muros de recortados y tupidos cipreses con una enorme puerta metálica en el

centro. Se suponía que en el interior de aquel inmueble existiría alguna edificación,

pero ni siquiera, por más que me esforzara estirando el cuello, se podían apreciar

los tejados. Todo aquello me recordaba a las viviendas en las que aguardan los

periodistas de la prensa rosa a la caza de algún cantante o a la esposa de algún

banquero. Estacionamos el minúsculo Mercedes en la otra acera como dos malos

249
detectives. Éramos el único vehículo parado en la calle. En una hora de espera y de

dar vueltas a mi cabeza, ni siquiera yo sabía qué hacía allí. Como mucho podía

conseguir ver entrar a Joy con el Audi a toda velocidad por aquella puerta porque la

habría abierto con su mando a distancia a un kilómetro. Y si saliera, ¿qué iba a

hacer yo?, ¿la perseguiría? Y si pudiera verla ¿Hablaría con ella? Y si hablara con

ella ¿Qué nos diríamos?

-Tres con las que saques, compadre.

No sabía cómo lo hacía pero era la cuarta vez que el cabrón de Mosca me

acertaba mis chinos. Le debía ya dos euros.

Además, pensé, cuando ya llevábamos dos horas y el policía ya nos había

identificado, ¿y si Joy estuviera de viaje? ¿Qué narices hacía yo allí? Me podría

tirar hasta el viernes esperando. Miré a Mosca, quise comprobar la paciencia de mi

colaborador. Él se entretenía buscando en las ranuras de los sillones por si a alguien

se le hubiera perdido algo por allí. Aquel día Mosca olía mucho a gasolina.

Nada. Parecía una calle desierta. En tres horas nadie había salido ni había

entrado en ninguna de los fortines de la avenida. Ahora Mosca dormitaba. Eso sí,

me había pedido, educadamente, permiso para hacerlo. Echó el asiento hacia atrás

y cerró los ojos. Yo siempre había envidiado a las personas con esa facilidad de

sueño.

Las ocho de la tarde. Rian rian, como dice Mosca. Apenas dos coches

habían accedido a los fortines vecinos de la casa de Joy. Y lo hicieron como yo

había imaginado. La puerta brindada se abría de golpe y cuando menos te lo

esperabas un enorme coche aparecía dando la vuelta a la esquina y entraba al

inmueble a toda hostia. La puerta volvía a ser inexpugnable un par de segundos

más tarde.

250
Mosca se desperezó a las ocho y media, cuando sonó su teléfono: “no jodas,

Pepote; lo siento mucho; ¿cómo estás?; vamos de inmediato. Y colgó”.

-¿Qué ocurre Mosca?

-Era Pepote –dijo con un suspiro-. Su madre ha muerto.

-¿A qué hora es la misa? –me preguntó el Oso Polar cuando entré en la sala

de profesores.

-No, no habrá misa. Rafaela, la madre de Pepote, era una republicana

ortodoxa. No quería ceremonia religiosa. Ha sido incinerada según sus deseos y

251
esparcirán sus cenizas en un paraje llamado el Cerro de los Frailes. Al parecer, en

una de sus cimas, en la Guerra Civil, hubo un fortín antiaéreo donde murieron dos

de sus hermanos. Rafaela quiso que se esparcieran sus cenizas allí. Lo harán sobre

el mediodía. ¿Vas a ir?

-Sí. Me acercaré a acompañar a Pepote. Creo que Alejandro también quería

estar en el funeral.

-Es un bonito gesto de ambos, Joaquín.

¿Cómo se iba a perder el Oso Polar un entierro? Estaría bueno.

Las once. Me había vestido entero de negro, traje y camisa sin corbata. Me

encontraba de lo más moderno a pesar de mis muletas. Había terminado mis dos

clases y esperaba al resto del equipo para ir a dar el Último Adiós a Rafaela. Alicia

vino preciosa. Llevaba un vestido negro con flecos y portaba un enorme ramo de

rosas blancas que habíamos comprado entre los cuatro. Patricia estaba muy

elegante de riguroso luto y Eduardo vestía un traje azul marino algo ajustado a sus

músculos, parecía el guardaespaldas del grupo. Los cuatro fuimos en el Ford Fiesta

de Alicia, estacionamos en el aparcamiento del campo de fútbol del Deleite y

ascendimos despacio por un camino hacia la cima del cerro. Llegamos pronto y

algo cansados, habíamos empleado casi veinte minutos en subir hasta allí por culpa

de mi esguince. Faltaba un cuarto de hora para las doce y aún no había nadie en la

cima. Nos entretuvimos admirando la ciudad. El Cerro de los Frailes es la loma

más alta de una pequeña cordillera con la que al Sur se topa la ciudad de Aranjuez.

Joy y yo habíamos subido hasta allí un par de veces. Está relativamente cerca de mi

casa y hay un paseo muy agradable entre pinos. Además de que existen las mejores

vistas de la ciudad y de parte de la Ribera. Es un buen sitio para extender unas

cenizas. También para montar una defensa antiaérea. Era un día precioso. A pesar

252
de que hacía algo de calor una ligera brisa trasladaba los aromas de la primavera de

un lugar a otro. Y las primaveras en Aranjuez son palabras mayores.

Al rato de estar allí oímos gente. Miramos al principio del camino y

pudimos comprobar el motivo de la demora del acto. Seis tristes personas de luto

acompañaban la urna funeraria: Pepote, el Hijoputa Éste, Mosca, una anciana y

otros dos varones de mediana edad que yo no conocía. Entre las vetustas piernas de

la anciana y el caminar obeso de Pepote calculé que nos retrasaríamos más de un

cuarto de hora. La mujer, además, acababa de sentarse a descansar en una piedra

del camino. Unos minutos más tarde oteamos al Oso Polar y a Carmen, la de Física

que se habían reunido con el cortejo, habían abrazado y besado a Pepote y saludado

al resto. El Oso Polar ofreció su brazo a la anciana para ayudarla en el ascenso.

Recordé la conversación que Pepote y yo mantuvimos días atrás sobre los

patéticos entierros con cuatro gatos. Al menos a su madre la despediríamos una

docena.

Alicia y el Dinosaurio decidieron esperar sentadas a la sombra de un

pequeño almendro. Yo seguí observando al grupo, al que ahora, en el segundo

descanso que hacía, se habían sumado otros dos profesores del centro y lo que

parecía media docena de alumnos. Aún les quedaban más de doscientos metros

para llegar hasta donde nosotros estábamos. Ofrecí un cigarro a Alicia y fumé

dando pequeños paseos entre las retamas y tomillos. Realmente hacía un día

maravilloso para despedir por última vez a alguien, pensé, si realmente había algún

día bueno para ello. Aunque pareciera una estupidez, me gustaría contratar un día

así para mi funeral. En los días soleados y con el aroma de la primavera parece que

nos encontramos más cerca de que Dios exista. Sí. Lo acababa de decidir. No me

moriría si no fuera en un bonito día primaveral. Hice una pausa en mis cavilaciones

253
y miré de nuevo hacia abajo. Ahora el cortejo había adquirido unas dimensiones

considerables. El grupo había fagocitado a otro conjunto de quince o veinte

alumnos comandado por Herr director. Todos, incluidos los jóvenes, caminaban en

silencio. La estrechez del sendero hacía desfilar al cortejo en fila india, alargándolo

casi hasta la falda del cerro. Y aún apareció un nuevo grupo de alumnos, este más

numeroso, que comenzaba la ascensión despacio. Eva Torres, una de las chicas de

quinto, traía una enorme corona de flores. Más abajo aún me pareció reconocer,

entre más estudiantes, al Fantasías con otra corona. Cerraban el grupo los dos

policías locales que prestan sus servicios en los colegios.

Después de no perderme detalle de todo aquello, miré a Eduardo. El Mazas

se encogió de hombros como si yo le hubiera preguntado algo.

-A mí no me mires, Félix. Yo solo puse una esquela en la puerta del centro,

como tú me dijiste.

Alicia se levantó de su asiento y se unió a nosotros:

-Creo que Alejandro dio permiso al Club de Fans del Salomón Ribereño

para que asistiera al entierro y la mayoría de los alumnos se han unido.

-¿Club de Fans del Salomón Ribereño? ¿De qué coño estás hablando,

Alicia?

-Hablo de unos cuantos chicos que tras la exhibición de Pepote se

declararon sus incondicionales. Están dispuestos a animarle como sea cuando vaya

al concurso.

-¡Madre mía! ¿Y no saben que ya no habrá concurso?

-No.

-¿Y por qué nadie se lo ha dicho?

-¿Y por qué no se lo dices tú?, Félix.

254
-¿Quién es su presidente, o portavoz, o… lo que sea?

-Montero.

-¡El Fantasías!

Joder, ese muchacho era una pesadilla. Estaba visto que estaba muy

necesitado de líderes e ideales y se enganchaba a cualquier cosa.

La primera parte del cortejo había llegado a la cima. Los del equipo

abrazamos a Pepote después de que tomara aliento. Parecía muy entero, no así

Mosca que era quien transportaba la urna. Creo que el príncipe ni siquiera se fijó en

nosotros. Yo nunca había visto llorar a un hombre de esa manera. Había que

reconocer que Mosca estaba hecho de otra pasta. Nos presentaron a la anciana, era

la hermana de Rafaela. Los otros dos varones eran hijos de esta, es decir primos de

Pepote. El Hijoputa Éste también lloraba como Mosca, pero más feo aún; dejaba

ver sus mellas de un modo grotesco.

La gente seguía subiendo. El poco espacio que teníamos en la cima se hacía

cada vez más estrecho. Eduardo fue el primero que se dio cuenta de ello y sin alzar

la voz (no hacía falta hacerlo, a pesar de las casi cien personas que nos habíamos

reunido, se oían más los pájaros que cualquier ruido humano) nos fue organizando

por grupos. Eduardo, hay que reconocerlo, es un hombre con decisión y mucha

seguridad en sí mismo, es perfecto para todo eso del protocolo. Puso la urna sobre

el bloque de hormigón, que otrora fue parte del fortín antiaéreo y luego habló

aparte con los dos policías. Estos le asintieron y se situaron a ambos lados de las

cenizas de Rafaela, del mismo modo que si custodiaran una llama sagrada. Un poco

pretencioso, pero no estaba mal del todo. Situó a los familiares a la derecha del

pequeño templo improvisado y a los profesores nos ubicó detrás. Todos los

alumnos ocuparían una explanada algo más retirada de donde estábamos los

255
adultos. Una vez que cada uno estuvo en el sitio asignado, tras unos minutos de

silencio, Alicia depositó nuestras flores en el suelo, a los pies del recipiente,

mientras escuchábamos los sollozos de Mosca. Luego, Eva, la alumna portadora de

la corona de flores que Alejandro había encargado en nombre del centro, se abrió

paso entre sus compañeros para depositarla junto a nuestro ramo. Ella besó uno a

uno a los miembros del cortejo original y regresó a su sitio. Nadie hizo ningún

ruido cuando apareció el Fantasías con la corona en la que se leía perfectamente en

una banda azul CLUB DE FANS DEL SALOMÓN RIBEREÑO. También hizo lo

propio y abrazó a Pepote con energía. Volvimos al mutismo. Ahora la situación

tenía algo de extraña, parecía que todos esperaban algo antes de que Expósito

abriera la urna para dejar salir las cenizas de su madre. Efectivamente, sin volver a

su sitio, el Fantasías se acercó a Pepote. Le pidió permiso para leer unas palabras y

Expósito Asintió. Yo temblé. Conociendo a Montero podía soltar en el sepelio

cualquier cosa sobre los espíritus del Más Allá que nos dejara helados. Lo atrapé

del brazo cuando se dirigía hacia la urna. Todo el mundo miró en silencio nuestra

susurrada conversación. Le pedí que me dejara leer antes su discurso. Lo hice. Me

parecieron unas palabras prudentes y asentí. El Fantasías se situó entre los policías,

abrió el papel y todos le atendimos:

-Señor Pepote, y señores familiares del ángel que en breves momentos

vamos a enviar al Cielo. Hoy se ha cumplido una vida. Una vida larga y llena de

muchas experiencias… Cuando alguien muere nos ponemos muy tristes, porque

nos han enseñado a ello. Pero la muerte es algo que no nos tiene que desconsolar.

Porque... yo sé, con toda certeza, que doña Rafaela se encuentra en un lugar

maravilloso.

256
Así de breve fue Montero. Cuando dejó el altar, pasó por mi lado y lo

felicité sincero. Reconocí que había sido un acto muy hermoso. Fue de nuevo hacia

Pepote, lo volvió a abrazar y regresó al grupo del alumnado. El siguiente orador no

se hizo esperar, Alejandro hizo su papel de Herr Director, le encantaba aquello;

tomó el lugar que había dejado el Fantasías y también leyó unas breves palabras

escritas. Dijo algo así como que el instituto estaba en deuda con la difunta por

haber traído al mundo a la persona que en poco más de una hora había demostrado

a todo un centro de enseñanza que el saber no ocupaba lugar.

Gabriela no se iba a quedar atrás. Hoy había cambiado su uniforme negro.

Para el funeral se había vestido completamente de blanco. Estaba hasta guapa. Dejó

una única rosa junto al jarrón, se situó en el altar y recitó una poesía de Martín

Santos, una que trataba del un salón de baile lleno de almas blancas. Para venir de

Gabriela fue elegida con gusto y muy bien recitada. Algo me dijo que no era la

primera vez que ella hacía algo así en un funeral.

Sentí que era mi turno. Yo era el miembro del instituto más cercano a

Pepote. Además que Alicia me había golpeado dos veces con el codo para que lo

hiciera. Me apetecía despedir a la madre de Pepote con unas palabras. No hizo falta

un tercer codazo. Por supuesto que no tenía nada preparado. Nunca había asistido a

un funeral en el que los asistentes se despidieran del difunto de aquella manera. No

obstante, anduve despacio hasta el improvisado púlpito intentando buscar algunas

ideas para desarrollarlas en público. Comencé dando el pésame muy sentido a la

familia, también a Mosca, al que por primera vez lo llamé por su nombre de pila,

Emiliano. Fui breve. Recordé que todos tendríamos que morir algún día y que

había que hacerlo imitando a Rafaela, dedicando, hasta el último aliento, todo

nuestro tiempo a las personas que más nos quieren. Dije algo más y luego rogué a

257
todos los que estábamos allí que cada uno, de acuerdo con sus creencias,

empleáramos unos minutos en rezar, pedir, o pensar en Rafaela. Quedé bien con

esto último: unos miraron al cielo, otros al suelo, otros cerraron los ojos.

Transcurridos los minutos más silenciosos que he conocido, Eduardo se dirigió

hacia la urna despacio. Todos pudimos oír sus pisadas en la tierra. Tomó el

recipiente y se lo pasó a Pepote. Este se acercó a la anciana y entre los dos llegaron

al borde de la colina, destaparon la urna y las cenizas de Rafaela se mezclaron con

el polen primaveral. Tres o cuatro de los alumnos (creo que eran evangelistas o

algo así) comenzaron a cantar una canción que trataba de un pájaro que volaba

hacia Dios. Cuando ya no quedaban restos de la difunta que esparcir, se formó una

larga fila para dar el pésame a los familiares. Los evangelistas siguieron cantando,

ahora acompañaban con palmas otra canción que hablaba del amor entre padres e

hijos.

No sé por qué, después de cada funeral al que he acudido en mi vida, me

atrapa una ansiedad horrible, alguna angustia metafísica tiene que cerrarme el riego

sanguíneo de la válvula suprarrenal, o algo parecido. Sobre todo me surge un

apetito feroz de comer cualquier cosa. Aquel día me apetecía engullir carne, mucha

carne. Cuando vivía en Zaragoza, coincidí con un compañero de facultad en el

entierro del que fue un profesor de ambos. Los dos nos fuimos a comer tras el

sepelio. Le llevé a Coimbra, un restaurante ya desaparecido en el que se disfrutaba

del mejor asado de todo Aragón, además desde donde había unas maravillosas

vistas del Ebro. Emilio y yo devoramos de primero una sopa de ajo y de segundo,

tercero y cuarto platos de cordero asado. Tragamos con ansia, escondiendo muestra

258
vergüenza tácitamente, con la cabeza agachada, con tanta gula que incluso el

camarero nos avisó de que estábamos haciendo un exceso enorme. Nos pusimos

malos. Él incluso llegó a vomitar. Cuando nos preguntamos por qué habíamos

hecho aquella exageración, porque realmente fue inmoral la cantidad de carne que

pudimos engullir, Emilio me dijo que cada vez que asistía a un sepelio le entraba

una ansiedad terrible y le daba por comer. Yo le dije que curiosamente a mí me

ocurría lo mismo, que hasta aquel día no le había dado mucha importancia y por lo

visto, tras nuestra reunión, debería tenerla. Pero no profundizamos en el tema.

Dimos un paseo de más de una hora por el centro de la cuidad hablando de los

viejos tiempos y la duda quedó sin resolver.

Después del Último Adiós a Rafaela algunos profesores, tras la insistencia

de los familiares, fuimos a casa de Pepote para tomar un refresco. Yo había bebido

casi seis botellines de cerveza sin alcohol y de repente, mientras mantenía a duras

penas una banal conversación con uno de los primos de Pepote, me acechó una

ansiedad terrible. La cabeza se me fue. Imaginaba un chuletón de ternera a la brasa

de dos dedos de grueso, churruscado por fuera, con su grasa de los bordes dorada

por el carbón. Me veía a mí mismo con todo detalle, cortando la carne con un

cuchillo de sierra con el mango de madera, sin hacer apenas fuerza porque el

chuletón se partía como si fuera mantequilla dejando ver el corte la gradación de

colores del interior de la carne, del negro al rojo amoratado pasando por el rosadito

rosadito; y me lo llevaba a la boca después de salivar, sin apenas masticar porque la

carne estaba tan tierna, y ese sabor de la brizna de carbón que da tanta gracia al

paladar. ¡Me cago en diez, diez veces! Por Dios qué hambre. Y yo sufriendo una

conversación sobre ¿qué? Ni sabía de coño estaban hablando. Llevaba un cuarto de

hora asintiendo a lo que oía de todo el mundo sin escuchar, sin saber qué era de lo

259
que me decían. ¿Y las chuletas de cordero?, pero no de lechal, que esas no saben a

nada; sino de cordero mayorcito, de las que se fríen muy muy frititas y luego

mordisqueas hasta el hueso. Comencé a ver espejismos. Quizá me hubiera dado

demasiado tiempo el sol en la cabeza, pensé… Pero… ¡Joder qué hambre! Me voy,

Gabriela, no aguanto más. ¿Que dónde?, no sé, me he acordado que tengo que

comer. Mucho, tengo que comer mucha carne, problemas proteínicos, no asimilo

bien los aminoácidos de las pastillas que me recetó el médico y me ha dicho que

tengo que comer mucha carne ¿roja? Sí, sí, roja, o blanca o verde. Pero ahora

mismo. Voy a despedirme de todos. Ah, que te vienes. Bueno, pero venga, no

tardes. No, no fastidies, no le digas nada al Oso Polar… ¿Que quién es el Oso

Polar? Joaquín, el Oso Polar es Joaquín, es un mote que le puse yo, pero no le digas

nada, no jodas. Ya sé que tengo razón y que es igualito que un oso polar. Y no te

rías así, Joder, que esto es un entierro, bueno pues si no es un entierro es un

esparcimiento de cenizas o como se llame. Pero el caso es que hay que estar serio.

Vámonos, pero ya, ahora mismo, o te quedas aquí.

Se vino conmigo. No le dije a nadie más que nos íbamos por la sencilla

razón de que si me diera por engullir dos o tres chuletones, cualquier otra persona

que no fuera Gabriela me hubiera mirado muy raro. Almorzamos en un asador y,

para lo que me esperaba, fui bastante prudente. Solamente comí mi chuletón y el

solomillo de Gabriela, ella dijo que no tenía mucha hambre y suplió el almuerzo

por medio paquete de Ducados. Ni siquiera tomé postre. Eso sí, bebí vino, y

mucho, demasiado. Tras la comida fuimos a casa, mi tobillo necesitaba descanso.

Aún seguía ansioso y agarré la botella de güisqui del cuello. Tomé los dos primeros

vasos que encontré en el lavavajillas y Gabriela y yo nos sentamos frente a frente

en la mesa de la cocina. Yo servía: una copa a ella y tres para mí. Hubo un

260
momento en el que, ya borracho, levanté la cabeza de mi vaso y me di cuenta de

que no era yo quien estaba dentro de mi cuerpo. Yo estaba poseído. Es jodido

explicarlo pero era así: quien ocupaba mi cuerpo era otra persona que no me

resultaba desconocida porque con ella había compartido mi organismo desde

siempre, pero con la que nunca había hablado, nunca me había dado su opinión de

nada. Esta persona se había limitado a observarme desde mi infancia, había sido un

mero espectador en mi vida, pero que aquel día del sepelio de Rafaela, en un

momento de debilidad, había pegado un codazo a mi conciencia para tomar las

riendas de mis sentidos. Fue mi otro yo quien se dirigió a Gabriela con una voz más

grave que la mía:

-Desnúdate.

-¿Qué?

-¿No me has oído? Desnúdate.

La tercera vez que se lo repetí fue cuando ella pareció escucharlo. Yo oía mi

imperativo, en la voz del otro, retumbando en la caja de cartón que se me forma

alrededor de la cabeza cuando bebo demasiado.

-¿De verdad quieres que me desnude?, Félix.

Lo dijo mirándome a los ojos, acodada en la mesa y sujetando el humo de

un cigarrillo tan cerca de su melena que pensaba que era esta quien se quemaba.

Ella también había bebido mucho.

-Sí. Quiero que te quites la ropa, toda, y que te vuelvas a sentar.

Y lo hizo. Lo hizo con la misma importancia que si le hubiera dicho que se

quitara el abrigo porque hacía calor en casa. Dejó su cigarrillo en el cenicero, en

dos movimientos sacó su vestido por su cabeza y regresando a su asiento retomó el

pitillo. No llevaba ropa interior. Se sirvió otro güisqui. Pasaron unos minutos sin

261
que habláramos. Se había desnudado sin ningún recelo, con tanta indiferencia que

me hizo dudar sobre mis propias intenciones de borracho, que si no estaban muy

claras cuando le pedí que se quitara la ropa, ahora su acato me confundía mucho

más. Yo no tenía ganas de otra cosa que no fuera acabar mi copa y tumbarme en

algún lado a ver si con un poco de suerte me quedaba dormido un par de horas;

mucho menos me apetecía hacer el amor, y lo último con Gabriela. No sabía cómo

iba a solventar aquella situación, pero un sentimiento muy fuerte, que parecía

sobresalir de mi nueva personalidad, por encima de mis actos alcohólicos, me decía

que pasara lo que pasara me la traería floja, literalmente floja. Y no solo lo que

ocurriría aquella tarde con Gabriela sino con todo lo que acontecería en mi vida de

aquí en adelante. Apuré la copa de un sorbo, me serví otra y con ella en la mano me

levanté tambaleando y salí de la cocina. Juro que ya ni recordaba que Gabriela me

había acompañado a casa cuando oí su pregunta:

-¿Dónde vas?

Me giré y la observé. Estaba de pie, me mostraba su escuálida desnudez y

se tambaleaba.

-A dormir la siesta.

Nos quedamos un rato mirándonos como a ver quién estaba más sobrio. Al

final no sé por qué le extendí la mano. Ella la aceptó y como en un juego infantil la

conduje hasta el dormitorio. Me quité la ropa de sepelio y la arrojé a cualquier sitio.

Ya ni me acordaba de mi tobillo vendado cuando me lo golpeé con la mesilla. Me

arrojé a la cama ahogando el dolor y me tumbé boca arriba viendo cómo la

habitación comenzaba a dar vueltas. No sé dónde coño se metió Gabriela, ni me

importaba mucho, creo que pasó al cuarto de baño justo antes de que me durmiera.

262
Al cuarto de hora algo que hurgaba en mi entrepierna me despertó. Abrí un

ojo. Gabriela jugaba con mi morcillona polla. Creo que la había empolvado con

algo; no supe si con polvos de talco, con harina o con cocaína; ni me importaba. La

amasaba con las dos manos, la sacudía, sacaba todo el glande y lo sujetaba a la

altura de su boca (yo juraría que ella estaba manteniendo una conversación con mi

capullo). Me despabilé con dolor de cabeza:

-¿Qué haces, Gabriela?

-Jugando con tu polla. Me gusta mucho, es enorme y además es bellísima.

Algún día me encantaría hacerle fotografías. Artísticas, por supuesto. ¿Me dejarías?

No contesté, me desperecé y me di cuenta de que la borrachera no me había

abandonado lo más mínimo, que me encontraba tan ebrio como cuando me había

tumbado.

-¿No tienes problemas para hacer el amor? –me preguntó mientras pasó la

lengua por algún lugar de mi pene que me ofreció un escalofrío e impulsó un inicio

de erección.

-Sí, a veces...

Tuve que callar un par de segundos, el escalofrío anterior había sido

superado por otro, este era continuo y húmedo. Mi erección crecía en su boca hasta

que apenas le cupo, yo seguí contestando a la anterior pregunta:

-... Casi nunca puedo... llevar la iniciativa... Me... tengo que... dejar hacer...

Y me dejé hacer, mucho además. Me mordió y varias veces. Me hizo daño

aposta. En una de ellas, que el dolor me hizo incorporarme, no bastó que le gritara

y tuve que darle un bofetón con la mano abierta, al que siguió otro y otro más para

que dejara de morderme. El tercero la golpeó en el rostro con tanta fuerza que

pensé que me había pasado y que allí terminaría nuestro acto. Pero no. Volvió a

263
morderme, esta vez en la pierna, con tanta fuerza que me llegó a hacer sangre. Me

levanté de la cama por no darle esta vez un puñetazo. Ella soltó una carcajada y se

revolvió entre las sábanas. A la luz que dejaba pasar la persiana vi que la parte de

su rostro que yo había golpeado estaba de un rojo escandaloso. Intenté pedirle

perdón, pero ella se revolvía entre las sábanas, masturbándose, como si estuviera

también poseída de algún demonio de la misma tribu que el que había tomado mi

cuerpo y los dos intentaban copular usando nuestros físicos. En un acto de fortaleza

intenté largarme del dormitorio. Pero mi erección me dolía de concupiscencia y la

visión de un cuerpo femenino dispuesto no pudo con la templanza. Tomé los

cuarenta kilos del cuerpo de Gabriela usando la fuerza y lo adopté a mi erección.

Usé tanta energía para sujetarla como ella para defenderse. Me costó muchísimo

penetrarla, y ni siquiera supe por dónde lo hice. Pataleó y gritó sin yo saber si de

placer o de dolor, y ni me importó. Así durante casi cuarto de hora, hasta que los

dos nos quedamos sin fuerzas, ni para atacar ni para defenderse. El dolor vino con

la calma. Me incorporé como pude y usé la espalda de mi derrotada partenaire

como un trapo para limpiarme el semen, la sangre y parte de un vómito de alguno

de los dos. Me dolía todo el cuerpo. Sobre todo los testículos. El brazo lo tenía

totalmente arañado. Gabriela estaba hecha un ovillo dándome la espalda, sus

piernas temblaban. Intenté acariciarle el pelo pero no lo hice, no me salía ningún

gesto cariñoso. Y además, yo no tenía ningún remordimiento de lo que había

hecho. Tampoco sabía si debería de tenerlo. Estaba tan confundido que intentaba

asimilar si Gabriela me denunciaría o intentaría quedar otro día para volver a

repetir aquello. Me duché, curé mis heridas y me vestí con la misma ropa de luto,

ahora arrugada y en parte pisoteada. Fui a la cocina y apuré un yogur bebible

sentado en la cocina. Oí como Gabriela se levantó y encendió la ducha. Cuando

264
salió del baño le recordé que a las siete teníamos una junta en el instituto. No se me

ocurrió decirle nada más.

Medio borracho, reventado de cansancio por haberme subido un cerro a

fuerza de muletas y con los dolores que Gabriela me había inflingido en aquel

polvo, o lo que hubiera sido aquello, me senté en el lugar más discreto de la sala de

juntas. No me enteré de nada de lo que ocurrió en la reunión, y lo que era peor (o

mejor, no sé) que me importaba un huevo, el izquierdo que era el que más me

dolía, lo que se deliberara en aquella junta. Me dormí en el punto tres y me

desperté en el cinco, luego pegué otro cabezazo cuando se trataba no sé qué medida

disciplinaria que había que tomar con no sé quién, y estuve en duermevela unos

cuantos minutos más. Relacioné el final de la sesión con el sonido del arrastre de

sillas y me desperecé completamente. Me sentía horrible e inútil. Despabilé

pasándome la mano por el cogote, como el samurai sabio y salí a la calle en busca

de aire. Gabriela, muy seria, se me dirigió por fin:

-¿Me acercas a la Estación, Félix?, es que no puedo andar bien...

Le dije que sí. Subimos en la Vespa y en cinco minutos la estaba

despidiendo junto a un tren de cercanías. Me besó en la mejilla y apretó mi brazo

arañado. Aquellos gestos me dieron entender que no me denunciaría.

No supe dónde ir después de aquello. No tenía a nadie que visitar. No tenía

nada que hacer. No tenía hora a la que llegar a casa. No salí de la Estación. Tomé

asiento en la terraza de la cantina, un lugar con encanto isabelino donde muchas

veces nos habíamos sentado Joy y yo en silencio para ver pasar los trenes. Pedí una

jarra de cerveza para combatir la resaca. El último sorbo coincidió con el paso de

265
un ALARIS que, sin saber por qué, relacioné con música de saxo, con el saxo de

Johnny Griffin, con un tema que se titulaba algo así como toma mi mano, o

llévame de la mano. Una pieza muy optimista.

Me iría de Aranjuez. Estaba decidido. Pero no a Zaragoza, marcharía a la

costa, a ver el mar, a vivir cerca del Mediterráneo. Me iría con nada más que lo que

cupiera en mi petate, a la buenaventura. Al Norte de África ¿por qué no?, a la costa

Sur de Turquía, a Creta, a Egipto. Me largaría en cuanto acabara el curso. Había

que reconocer que la ausencia de Joy tenía algo favorable, mis ingresos no

mermaban con la rapidez de mis años con ella. La renta de los pisos de mi herencia

paterna me mantendrían con holgura en cualquier lugar de cualquier país menos

consumista que España. Decidido. No podía continuar con aquella insulsa y falsa

vida de profesor de instituto abandonado por su mujer que ha perdido el rumbo y

que no encuentra satisfacción en nada, la piltrafa que se siente como el hombre que

lo sabe casi todo. ¡Eso!: yo era el hombre que lo sabía casi todo. Una desgracia.

Esa no una actitud de sabio, sino todo lo contrario, es una actitud de miserable, de

mediocre, de cobarde. Me iría. Necesitaba ser de nuevo ignorante para adquirir

experiencias, necesitaba sentirme incómodo, pelear hasta por lo más mínimo,

luchar para que me entiendan en otro idioma, por un nuevo hogar, por una nueva

vida. Empezaría hoy mismo a tomar resoluciones, pero no aquellas de clase media,

escondidas en el ejercicio físico y en el orden, sino conclusiones firmes como haría

cualquiera que hubiera visto los ojos a la Muerte.

266
Anochecía cuando llegué a casa con mis nuevas ideas. No encendí la luz de

la escalera y en la penumbra pude ver como algo enorme me impedía acceder a mi

piso. Pensé en los ecuatorianos y casi me meo del susto.

-Tengo que hablar contigo, Félix.

No respondí, esquivé como pude sus ciento treinta kilos y metí la llave en la

cerradura. Él volvió a hablarme:

-Quiero concursar.

Abrí la puerta y pasé, creo que Expósito la sujetó porque yo no lo quería

dejar entrar.

-Pepote, hoy no, estoy enfadado con el mundo, y lo que es peor, conmigo

mismo y con mi cobardía.

-No me importa, quiero agradecerte...

-Yo no preparé el sepelio, Pepote –le interrumpí-. Y mucho menos para

convencerte de nada. Es más. Me importa un pepino si quieres concursar o no. Me

voy. Voy a realizar algo más importante que un concurso de televisión. Me voy a

comprobar que no soy el ombligo del mundo.

-No te entiendo. Ni te estoy culpando de montar ningún paripé. Solo quiero

decirte que nunca había recibido tanto calor de nadie, que siempre he sido una

especie de... de... monigote, y que todas las cosas más interesantes que me han

ocurrido en mi vida han sido desde que te he conocido.

-¡Madre mía, madre mía!, ahora viene la parte pastelera de la historia –

exclamé con un mal tono sarcástico.

-Tómatelo como quieras, Félix. Pero tú me conoces algo y sabes lo que me

ha tenido que ocurrir para que venga hoy a sincerarme contigo, el mismo día que

he esparcido las cenizas de mi madre.

267
Ahí tenía razón Expósito. El hombre de hielo me lo decía con la cabeza alta,

clavándome la mirada, con más soberbia que sentimentalismo, lo que daba una

enorme sinceridad a sus palabras.

-Félix –ahora su tono era más dócil-, sé que de ti no partió la película de

Frank Capra en la que se convirtió la despedida de mi madre. No te estoy culpando

de nada.

-No me importa que me culpes. Mi conciencia está muy tranquila, por

decírtelo de un modo suave.

-Quiero concursar...

-Pues concursa. Tienes todas mis bendiciones.

Pepote ocupó el sillón con los brazos y piernas abiertos.

-..., pero no es solo por ti. Es algo mucho más profundo... No sé por qué,

desde muy pequeño siempre he tenido la impresión de que yo debía algo a alguien

y nunca he sabido agradecerlo o pagarlo. Es un remordimiento al que nunca supe

dar salida. La única persona con la que podía haber contraído deudas se ha

convertido en cenizas, y ya nunca se las podré saldar. Y el sentimiento aún sigue

aquí, latente, como a la vuelta de la esquina, esperando algún día para atacarme por

sorpresa... Y cada vez es más fuerte. Necesito saldar el precio de una deuda y... creo

que la tarifa de esforzarme para ir a un concurso de la televisión, sabiendo las

calamidades que me costará, es una buena y justa tasa... Ahora soy yo quien te

suplica ayuda, Félix.

No entendía muy bien lo que quería decir, pero captaba la idea. El mundo

de los remordimientos es algo tan importante como complejo. Seguramente

cualquiera de nosotros posee algún remordimiento con el que no pasan dos días con

el que no tenga una batalla. Me arrancó una sonrisa. Y él, como si rejuveneciera

268
veinte años, también sonrió. La segunda y última sonrisa que le he visto en su

rostro. Aunque apenas duró unos segundos, luego su rictus regresó a esa escultura

entre indolencia y soberbia. Pero la semilla de lo que quería obtener estaba

enraizada ya en mi interior. Me senté junto a él y le golpeé el hombro. En aquella

conversación había surgido algo que, aunque en apariencia sin importancia, no

concordaba y me había llamado mucho la atención. Fue lo primero por lo que

pregunté:

-Pepote, ¿Tú has visto alguna película de Frank Capra?

Asintió con la cabeza antes de hablar:

-Qué bello es vivir, varias veces además. Siempre me ha parecido algo

facilona, aunque...

-Funciona ¿verdad?...

-Sí, sí, creo que esa es la expresión: funciona.

-¿Así que Pepote quiere concursar?

-Dijo que aunque fuera lo último que hiciera en esta vida.

269
Eduardo hizo un gesto de alegría con el puño cerrado, como si hubiera

enviado un revés a la línea en tercera ronda del Roland Garros:

-Estupendo, ese tío tiene madera de campeón, te lo dije yo, Félix.

¿Bueno…, y cuándo continuamos?

Los dos descubrieron a la vez el pesimismo en mi rostro.

-¿Qué ocurre Félix? ¿Cuál es el problema?

Me quedé mirándolos, pero antes de pronunciar palabra vi cómo el

Dinosaurio se acercaba a nosotros y la esperé para no tener que repetir el suceso

dos veces. Patricia se unió con disculpas por su retraso:

-¿Buenas o malas noticias?

Ahora eran seis ojos los que tenía encima.

-Malas.

-Pero, ¿quiere o no quiere concursar?

-Sí, claro que quiere, pero hay un problema.

-¿Grande?

-Enorme… ¿Os acordáis del día de la cena de despedida, tras la crisis de

Pepote? ¿Sí? ¿Recordáis una llamada telefónica que atendió en mi casa?

-Atendió muchas.

-Me refiero a una tras la cual aplastó el auricular…

-¿Mandando a tomar por culo a alguien y llamándolo…?

-Sí.

-¿No me digas que…?

-Sí. Era de la producción del Demuestra lo que sabes. Llamaron a mi casa

(es el contacto que tienen) para comunicar que había sido seleccionado y que tenía

270
que pasar las pruebas preliminares. Pepote me dijo que se le cruzaron los cables y

mandó a la mierda al ayudante de producción.

-Joder, joder… O sea que nada.

Alicia, que hasta ahora no había abierto la boca, preguntó con calma:

-¿Entonces las pruebas ya han sido?

-No. Son el veinticinco de este mes. Pero he llamado esta mañana a los del

concurso y me han dicho que su nombre no les figura en las listas, que fue borrado

por “deseo expreso del solicitante”, así han trascrito el no me sale de la polla que

les dijo Pepote; además que ya hay otro en su lugar en la lista.

-Mierda.

Nos quedamos los cuatro en un círculo, como alrededor de una hoguera

hipnotizados por sus llamas. Todos esperábamos que el de al lado se le ocurriera

alguna solución. Patricia fue la primera:

-Podemos escribir diciendo que Pepote no sabe nada, que se equivocaron de

teléfono o que alguien que le odia lo atendió en su nombre, no sé, podemos alegar

cualquier otra cosa…

-Sí –opinó Eduardo con ánimo-, no tienen la firma de Pepote en ningún

sitio, pudo ser su peor enemigo quien contestó al teléfono.

-¡Joder! –salté yo- ¿Qué coño os creéis que es la televisión? Un tribunal de

justicia o un ayuntamiento donde se pueda apelar una decisión. Aquello es el show

business –sentencié como si yo realmente supiera lo que era el show business-,

bastantes cojones les importa a ellos uno más que uno menos.

Iba a continuar hablando pero no hizo falta, todos me habían comprendido y

habían asentido con su mutismo. Alicia sacó tabaco y me ofreció, encendimos

271
nuestros cigarrillos, y como si el Fortuna de ella tuviera la solución en sus

entresijos dio una enorme calada y exhaló humo para dar su versión:

-¿Le dijeron la fecha de las pruebas?

-El veinticinco de mayo a las diez de la mañana.

-¿Y cuál es el problema?

-Que no está en las listas, ¿te parece poco?

-¿Y cómo sabemos que no está en las listas?

-Porque yo he llamado…

Yo entendí enseguida y sonreí. Al rato todos me imitaron. Efectivamente,

teníamos una fecha y una hora que le habían comunicado al concursante. Lo demás

sobraba. Pepote se presentaría donde lo habían citado y punto. La ignorancia,

muchas veces, es la mejor llave y muy buena consejera.

Bendita ignorancia.

Pocas, muy pocas cosas recuerdo de mi padre y mucho menos de los

obligados consejos que estos suelen dar a sus hijos como axiomas frutos de su

propia experiencia. Ahora me venía a la cabeza uno de ellos: “Hijo, cuanto más

sepas de todo, con más intensidad disfrutarás esta vida” No jodas, papá, que eso no

es así. También sufres con el mismo vigor. Es muy bello cultivarse, muy bueno

conocer, pero cuando realmente te das cuenta de algo importante es que lo peor que

has hecho en tu vida ha sido abandonar la ignorancia. Y cuando descubres eso ya

no puedes dar marcha atrás. Maldito Árbol de la Ciencia. Como si el Tío de la

Guadaña hiciera excepciones.

Mi infancia fue un lugar lleno de contradicciones, y de estas, la que más me

marcó, ocurrió en mis trece años. Una tarde de primavera fui a esperar a mi padre a

la salida de la fábrica. No llevaba ni cinco minutos allí cuando vi cómo el jefe de la

272
empresa abandonaba su oficina y subía a un Porsche negro descapotable

acompañado de una mujer que se parecía a Veronica Lake. Me quedé prendado de

aquel espectáculo con la boca abierta hasta que el deportivo y la melena rubia se

perdieron al fondo de la calle. ¡Yo acababa de encontrar objetivos importantes por

los que luchar en mi vida! Por supuesto se lo hice saber a mi padre, que me tenía

hasta la polla de preguntarme que qué quería ser de mayor. “Quiero ser como tú

jefe, papá”. ¡Hijo, cada día estás más imbécil! ¿Qué es lo que quieres, que nadie te

aprecie ni que te mire a la cara por tirano?, ¿quieres abandonar a tu mujer por una

víbora extranjera solo porque tenga las tetas grandes? ¿y quieres vivir en una casa a

veinte kilómetros de Zaragoza, donde no hay ni vecinos? “Sí, papá, eso es lo que

quiero”. ¡Cada día estás más gilipollas, hijo!, fíjate en tu padre, José Félix, mira

todos los amigos que tiene. El dinero no lo es todo, ya te enterarás, hijo –me decía

sonriendo en un tono conciliador pero pensando: pobrecito este hijo mío, no sabe

nada de la vida-. De lo que más presumía mi padre siempre era de su patrimonio

social, sus amigos eran lo primero. Pero yo no soportaba a casi ninguno. Recuerdo

a un tal Sebas, que iba de gracioso y su mejor número eran sus enormes eructos. De

él también me acuerdo que se ponía de muy mala leche si los niños jugábamos con

la pelota cerca de su Seat 1.430. También estaba Raúl, un obseso sexual que se

emborrachaba en las comidas campestres y magreaba a todas las mujeres menos a

la suya, cosa que no me extrañaba nada porque ella era poco agraciada, por no

decir fea como una mona y sus manos le olían siempre a detergente. También

estaba Vitoria, la mujer de Agapo, que era una de las pocas que me caían muy bien.

Era una mujer muy guapa y alegre que siempre estaba bailando y gastando bromas.

Después aquellas comidas en el campo, cuando nos subíamos en Renault 12

para regresar a casa, mi padre y mi madre daban el tradicional repaso a la jornada

273
festiva. Siempre acababan poniendo verdes a todos sus amigos: que si este era un

ordinario, que si a la otra no le daría vergüenza hacer lo que hace, que si menganito

era un resentido, que si zutanita no recoge cuando nos marchamos.

Cuando ascendieron a mi padre a encargado de producción, su jefe nos

invitó a su casa a las afueras donde no tenía vecinos (eso me tenía obsesionado).

Vente con tu hijo, Félix, para que se pegue un baño en la piscina, además estarán

los chicos de José Mari y de Moisés que tienen su misma edad. Mi padre esta vez

hizo caso a su jefe, en vez de dejarme con la abuela, me llevó a Gomorra. Yo fui

asustado, con prejuicios, con la misma obligación que aquella misma mañana de

domingo había asistido a misa. Ni que decir tiene que llevaba mil instrucciones

estrictas en el trato obligado para con aquellas personas importantes. Iba acojonado

de verdad: de usted y señor, José Félix, todo lo pides por favor, no hables si no te

dirigen la palabra, no regañes con los hijos de ellos... El lugar era precioso, sin un

ruido ajeno a nosotros, y lo que más me llamó la atención es que nadie regañaba a

nadie porque pisaran con zapatos el césped de la piscina, no como en la parcela de

Sebas que se ponía hecho una fiera. Prepararon una barbacoa, pero de verdad, con

su cocinero, nada de panceta de cerdo, platos de cerámica para servir la carne...,

vamos, que hasta el carbón que ellos usaban olía diferente. De entrada, cuando mi

padre me presentó formalmente a su jefe-demonio, lo primero que este me dijo fue

que si yo le volvía a tratar de usted me daba un puñetazo en el estómago: si yo me

llamaba Félix él se llamaba Marcos, nada de don Marcos, Marcos y de tú, chaval.

Luego, lanzado por la confianza, pero aún con algo de recelo por haber roto las

normas prometidas a mi padre, le pedí a Marcos que si me dejaba montar en el

Porsche y tocar el volante (aquel deportivo me tenía impresionado). Y no solo me

dejó, sino que él, sinceramente encantado por mi petición, nos llevó a dar una

274
vuelta a mí y a las dos hijas de Moisés, su director ejecutivo, dos verdaderos

bombones que me trataron como a un hermano. Fue la primera vez que alcancé los

doscientos kilómetros a la hora: tenía para presumir en el colegio durante un mes.

Aquello era el Paraíso: nadie regañaba a los niños, los adultos se carcajeaban sin

necesidad de pegarse pedos (ni siquiera levantaban la voz para contar los chistes), y

las mujeres vestían mejor que mi madre cuando vamos de boda. Sobre todo

Veronica Lake, que me pareció una persona increíble, con su acento extranjero, con

su forma de moverse, en el trato humilde con las demás amigas. Una verdadera

princesa. Cuando regresamos a casa en nuestro Renault 12 todo fueron halagos

para la fiesta, para los invitados y sobre todo para quien de ser una víbora se había

convertido en una señora. Pero mi padre seguía insistiendo que aquello no era una

vida para mí, que todo lo que había visto era un mundo de falsedades e hipocresía,

que las verdaderas personas están siempre cuando las necesitas, que el dinero no

era lo más importante y todo eso.

Mis padres todo lo solucionaban con esa especie de moral resentida tan de

moda en los feos, reprimidos y pobres, que va predicando Gabriela.

-Sí, José Félix, aquí en la tierra todo le ha salido bien, pero ya le castigará

Dios.

-¿Y si no hay Dios, mamá?

-¿Cómo no va a haber Dios, José Félix?¿Quién te dice esas tonterías?

-Nadie. Yo le he rezado por muchas cosas y nunca me las ha concedido.

-Si no le pidieras guarrerías… Por quien tienes que rezar es por tu tío

Manuel que está muy enfermo.

Joder, si Dios no era capaz de que me saliera el cromo de la Antorcha

Humana para terminar el álbum de Panrico, cómo iba a ser capaz de quitar al tío

275
Manuel un tumor en su cabeza del tamaño de una pelota de pimpón. Aun así recé

mucho por las dos cosas, pero mi tío espichó a la semana de aquella conversación,

el mismo día que en un Phoskito me salía por fin la Antorcha Humana. Esto me

hizo pensar muy seriamente: una de dos, o Dios era un frívolo al preferir que Los

Cuatro Fantásticos se reunieran en mi álbum, en vez de sanar a mí tío; o eso de

Dios era un poco trola.

Me gustaría volver a ser de nuevo ignorante para tener ilusiones. Ignorante

para comenzar de nuevo y borrar en mi disco duro parte de todos los prejuicios que

mi sistema operativo ha ido acumulando. Porque el ignorante sabe con certeza más

cosas que el instruido, por ejemplo: sabe que Dios existe. Eso sí es sabiduría y no

como yo, que todavía a los cuarenta y dos años pierdo el tiempo construyéndome

mi propia moral. Tener una religión es fantástico, tener una religión es como

trabajar de funcionario: los jefes te exigen mucho pero mientras no les lleves la

contraria públicamente puedes hacer lo que te salga de la polla que no tienes que

preocuparte por mantener el empleo. Porque los que trabajamos como autónomos

en nuestra deontología nos encontramos con demasiados problemas. Creamos

nuestra propia moral, perfecta, a medida, pero, eso sí, no tenemos derecho a un

dios, ni siquiera uno pequeñito. Y tener un dios es muy importante cuando

hablamos del Bien y el Mal. Yo lo intenté, quise uno y fui directamente a fábrica, a

la que se encuentra en el polígono industrial de Leganés. Me atendieron muy bien,

por supuesto, pero…: No, lo siento, para una sola persona no podemos permitirnos

elaborar dioses a medida. Tal vez si se uniera con otras que pensaran igual podría

crear tu propia secta, eso lo hace mucha gente, y a algunos les va muy bien…

Mire, tome de aquel mostrador el impreso C-402, me adjunta las firmas de todos

los que van a formar parte (por favor con el DNI muy clarito) y ya estudiaremos el

276
caso… No, ese que ha cogido es el 403, ese para líderes extraterrestres. Es que

estamos abriendo otros mercados. ¿Sabe usted que uno de cada cincuenta

estadounidenses confiesa haber sido abducido? Lo leí en Internet. Aunque ya se

sabe que estas cosas a Europa o no vienen o lo hacen muy tarde; fíjese el béisbol…

Coja el de al lado, el de color naranja, sí, ese. Bueno, llévese uno de cada si quiere

y los echa un vistazo. Sí, si ya me lo ha dicho usted varias veces, que igual igual no

pensamos todos, y que además usted no es una persona muy sociable, que eso de ir

por ahí predicando no le va, y que además no tiene tiempo. Ya, pues para

solucionar todo esto es para lo que se han creado las religiones clásicas, las que ya

conocemos, las pret a porter, digamos. Y a la gente no le va mal, de verdad se lo

digo, la gran cantidad de clientes que tienen las avalan; Ah, claro, pero que a usted

no le vale ninguna. Pues no le vamos a poder ayudar… ¿Y de verdad que con todos

los dioses que hay no se le ajusta ninguno? Los hay muy buenos, oiga… O también

puede usted hacer otra cosa: se puede afiliar a uno de los clásicos, y luego hace lo

que hacemos todos (porque, en confianza, yo también…), lo modelamos un poco,

digamos, a nuestras expectativas. Usted ya me entiende, que en su mensaje nos

dice que mientras haya pobres es pecado poseer más de lo necesario, pues nos

convencemos de que hay otros más ricos que nosotros y ya está. Que nos dice que

es pecado fumar, pues nos hacemos los tontos, como si no hubiéramos leído la

última edición de su boletín oficial… y así todo, compañero… Le digo yo a usted

que los libros sagrados son como los de leyes. Si tienes un buen abogado puedes

hacer lo que te salga del pijo. ¿Verdad que me entiende?; por eso le decía yo lo de

tomar un dios ya existente y… ¿Qué?, que no le va a usted eso… joder, es que hay

que ser especialito, cada vez queremos más y no puede ser… Figúrese que el otro

día vino una clienta, una de esas de toda la vida, exigiendo una diosa suprema: La

277
madre que parió a estas feministas… Crear el Mundo es cosa de hombres…

Vamos, vamos: una diosa suprema, dónde se ha visto eso… No les basta con tener

representantes femeninos en las carteras de Fertilidad, o de la Sabiduría…, Diosa

suprema, ja, ja, ja, vamos no me diga usted que... Bueno…, de todas maneras

llévese un catálogo de dioses, mire, mire este qué monada, no me diga que como

dios de los gays; y este, fíjese qué maravilla, qué presencia tiene, qué imagen de

solvencia; si dan ganas de… Bueno, lléveselo, es gratis, y lo estudia en casa,

además ¿ve?, debajo de la fotografía viene la dirección de cada sede central y los

números de teléfono de los comerciales. En algunas religiones incluso pasan por el

domicilio, regalan libros, deuvedés y todo eso.

Cuando llegué a casa estaba asustado. La decisión de marcharme a algún

lugar de la costa mediterránea no me había abandonado con la borrachera, como

me suele pasar cuando reflexiono ebrio y el día siguiente recuerdo que soy el

mayor de los cobardes. Porque lo soy: si me quitaran mi cama y mi tarjeta de

crédito seguro que me suicidaría, no sería capaz de enfrentarme a la vida. La

decisión era firme, al menos eso decía en mi interior la persona que violó a

Gabriela. Estaba tan nervioso que ni siquiera me di cuenta que la casa volvía a

encontrarse en orden, que los platos estaban fregados, que la cama estaba hecha,

que olía a lavanda en el cuarto de baño y que en mi mesa del despacho no había

ceniza. Miré el lugar donde solía dejar el sobre con el salario de Margarita y no

estaba: era una buena noticia para mi piso y para mi conciencia. Ella había vuelto y

había retomado su trabajo. Me sentía como si me hubiera despojado de un macuto.

Hasta aquel día yo entraba en mi piso esperando encontrarme las paredes pintadas

278
con esprai: patrón chingador te vamos rapear nosotros a ti, o cosas aún peores,

porque desde entonces, procuraba dejar la luz del recibidor encendida para evitar

que un bate de béisbol me golpeara a traición en las piernas. Pero lo cierto es que

también había previsto que Margarita regresara, porque la vida me ha enseñado que

igual que los peores problemas nos atacan sin avisar, hay desgracias que se

solucionan solas. En el sobre de su salario, además del dinero acordado por su

trabajo, yo había introducido una carta en la que había redactado con la mayor

claridad posible que el día del espectáculo me hallaba trastornado por encontrarme

muy enfermo de fiebre, y le pedía humildemente diez mil perdones y que por favor

regresara.

Llamé a Alicia para comunicarle la buena nueva y decirle que ella ya no

necesitaba hablar con Margarita para convencerla de que volviera: Ah, que ya

habías hablado tú con ella, Alicia, y que hace más de una semana ¿y qué le dijiste?

Claro, mejor que yo no lo sepa porque no me va a hacer mucha gracia lo que os

habéis inventado Mosca y tú y me iba a enfadar. Bueno, mientras funcione no te

preocupes. Ah, y me dices que no se me ocurra contarle, bajo ningún concepto, que

el día del espectáculo me encontraba enfermo con fiebre porque lo estropearía todo.

Entiendo. Perfecto. Bien. Ya… El caso es que Margarita ha regresado.

Me iría. Lo habíamos decidido mi lado oscuro y yo. Me parecía una idea

cojonuda y, más que viable, necesaria. En cuanto terminara el curso solicitaría la

excedencia y, si no había fuerzas mayores, que no tenía por qué haberlas, tomaría

mi petate con ropa y útiles de aseo y mi documentación. Ni siquiera llevaría un

libro, ni una simple revista: así aprendería el turco o lo que se hablara por allí más

rápidamente; ni música, ni mi ordenador, nada de las cosas que ahora considero

imprescindibles. Estaba atemorizado pero también excitado: aquella era la decisión

279
más importante de mi vida. Aunque mirándolo bien tampoco tenía tanta

trascendencia: partir a un lugar extraño era trascendental, pero me iba con dinero,

reservando mi empleo para la vuelta. Más que una aventura parecía un retiro

burgués… ¡Nada!, no tengo que quitarle méritos: me iba, y lo más importante es

que mi intención no era regresar. No sería un turista, es lo fundamental.

Pepote llegó puntual a mi casa día tras día. Parecía cambiado. No había

abandonado su indolencia, pero su interés por lo del concurso había crecido

enormemente. Nos dijo que si por cualquier motivo no pudiera concursar en el

Demuestra lo que sabes lo haría en cualquier otro concurso televisivo que nosotros

le eligiéramos. Ilusionado es el adjetivo. Se movía más deprisa, dentro de su

circunspección estaba más locuaz, prestaba más atención a las audiciones a las que

el Dinosaurio le sometía, e incluso no se conformaba con memorizar las

diapositivas que Alicia le proyectaba en el estudio; realizaba preguntas sobre las

obras de arte, relacionaba elementos comunes entre los estilos y lo que más le

sorprendió a su tutora es que parecía disfrutar con alguna de las obras, sobre todo

con la Pintura. No, no pases todavía la diapositiva, Alicia me decía que le decía. Y

se quedaba observando un desnudo de Ingres, comentando la triste soledad que

rezuman los cuadros de Edward Hooper, o las sugerencias de las abstracciones de

Tàpies. Alicia estaba encantada con su compañía, incluso, tengo que confesarlo, me

puse un poco celoso cuando, conocido ese incipiente interés de Expósito por la

pintura, se marchaban los dos a Madrid a ver museos.

Como Eduardo no encontró mucha ocupación con el sorprendente refuerzo

anímico de Pepote intentó ser útil buscando los puntos débiles en su conocimiento.

La verdad es que lo hizo muy bien, mucho mejor y con más meticulosidad que yo.

280
Se tomó su trabajo muy en serio. No había reunión en la cual Eduardo no saltara

sin venir a cuento con alguna de las preguntas sonda (que llamaba él) para

encontrar algún tema que nosotros habíamos considerado evidente y Pepote, con su

forma autodidacta de aprender, no lo hubiera memorizado. Así, por ejemplo, no era

raro que mientras el hombrememoria se encerraba con Patricia para descubrir el

sonido del oboe en las tripas de una sinfonía, Eduardo irrumpiera en el estudio:

“Pepote, ¿cuál era la ocupación laboral de los enanitos de Blancanieves?” Pues así,

con esa tenacidad, descubrió varios baches que apresuramos en tapar en el menor

tiempo posible: los colores de todas las banderas del planeta, el santoral de cada día

del año, el abecedario en el código Morse.

En lo referente a su relación con Patricia la cosa parecía que avanzaba,

despacio pero avanzaba. Era impresionante poder comprobar que Pepote tardaba

menos tiempo en aprenderse el vademécum de los medicamentos que en

diferenciar tres conciertos de Malher. Pero Expósito estaba lanzado y puso mucho

de su parte. El Dinosaurio le regaló un walkman y él se encasquetó sus auriculares

en su cabezota para escuchar a cualquier hora del día los casetes que ella le

grababa. La música nos dio uno de los momentos más emocionantes de los

entrenamientos. La tarde en la que todos escuchamos un concierto para dos violines

de Bach. Él, después de prestar tanta atención que parecía que se había dormido,

fue capaz de identificarlo correctamente en su catálogo: “BWV… mil… cuarenta

y… ¿tres?”, dijo, y joder que emoción, como si aquello fuera un parto. Patricia se

le abrazó, yo apreté los puños y Eduardo le golpeó en el hombro un buen puñetazo

por hacerse el machote pero yo sé que le hubiera gustado abrazarlo. Con la música

pop le pasó tres cuartos de lo mismo, ya diferenciaba a los Oasis del Último de la

Fila, sobre todo porque los primeros cantaban en extranjero, dijo. Pero poco a poco,

281
viendo que el sistema walkman funcionaba, Alicia y yo hicimos una recopilación

de música para que fuera asimilando los temas principales de la música pop.

Efectivamente lo del walkman funcionaba, sí, pero a mí me daba algo de reparo

verle por la calle. Parecía que no tenía bastante con sus camisetas de publicidad,

sus pantalones mil rayas talla sesenta y dos y sus zapatillas de andar por casa, que

le habíamos añadido unos auriculares arqueados en su cabezota. Y si al menos él

tuviera algún salero, pero no, los domingos de petanca le veías en el parque de

Pavía tan serio, tan abstraído, moviendo sus brazos al ritmo que la música le

marcaba, que… No sé, no apetecía mucho saludarle en público.

Y de Mosca, qué contar de él aquellos días. Pues que el príncipe fue algo

desplazado. Comenzó ayudándonos en lo que buenamente le pedíamos pero

paulatinamente se fue desentendiendo de nosotros. Incluso creo que pensó que le

echábamos del piso cuando al trasladar el televisor al estudio le privábamos de los

dibujos animados de Shin Chan. Mosca se acompaño cada vez más del Hijoputa

Este y los dos apenas pasaban por el piso un poco antes de comenzar los

entrenamientos, armados con sus cañas de pescar, haciendo tiempo, decían, para las

mejores horas para el black bass.

282
-¿Cómo que no está en las listas? –sorpresa, mucha sorpresa. No podía creer

lo que estaba oyendo-. Mire bien en el papel, haga el favor: José Manuel Expósito,

de Aranjuez. Ustedes lo llamaron hace un par de semanas y le citaron para hoy.

-No, no figura. ¿Seguro que no fue para otro día?, tenemos otras seis

audiciones entre mayo y junio.

-No, no, no. Lo tengo anotado, mire. Día veinticinco de mayo a las diez de

la mañana. ¿Por qué íbamos a estar aquí si no?

-Pues no le encuentro a usted.

-No, a mí no tiene por qué encontrarme. Yo me llamo Félix Cadalso, vengo

como acompañante suyo en el programa. José Manuel Expósito es aquel, el señor

grueso que está con la señorita.

-Espere un momento, por favor, voy a hablar con Gonzalo.

-Hable, hable con Gonzalo, se lo ruego.

Gonzalo tenía que ser aquel, el de las voces. Sí, efectivamente lo era. Ya no

cumpliría los cuarenta y vestía como un quinceañero, se había teñido las puntas del

pelo de un rubio verdoso y llevaba unas ridículas gafas de pasta roja. Si pusiéramos

a Pepote en un plato de la balanza y a Gonzalo en otro, las apuestas para conocer

quién pesaba más estarían muy reñidas. A mala leche seguro que ganaba el de la

tele; le estaba echando tal rapapolvo a una joven cargada de carpetas, que quien me

había atendido esperó que se pasara la bronca distanciado a varios metros del ogro,

seguramente para no ser devorado. Yo aproveché y giré la cabeza hacia Alicia, que

estaba junto al resto de los participantes y llevaba un rato haciéndome gestos y

preguntándome con los hombros. Le hice un ademán de paciencia con la mano, con

la misma que imité al samurai sabio. Pepote parecía tranquilo, había sacado un par

de kitkat de la máquina y se los rumiaba los dos a la vez mientras leía su

283
envoltorio. Nunca lo había visto tan apañado. Eduardo y Alicia se habían marchado

esa semana de tiendas y de la talla sesenta y dos habían conseguido un polo negro

de marca y un pantalón tejano modernito. Le habíamos calzado con unos náuticos

azul marino y el día antes Maruxa le había dejado de nuevo hecho un Charles

Laughton. Se le veía bien, muy tranquilo. En parte gracias a que yo no estaba

dispuesto a que sufriera otro ataque de pánico como el de la exhibición, y, como

entrenador, decidí doparle: en el vaso de leche que desayunó en mi casa le había

disuelto un Lexatín sin que él se diera cuenta, ya que su negativa a tomar

ansiolíticos era tajante.

En el viaje a Madrid Pepote nos recordó mil veces que deberíamos volver

mucho antes de las siete. Aquel día, además de las pruebas, se celebraba en

Aranjuez la corrida de toros de San Fernando. Mosca, después de semanas

trapicheando a destajo, nos había reservado un palco en la plaza para todo el

equipo, para que viéramos la corrida como señores. Mejor dicho, para que le

pudiéramos ver a él hacer el paseíllo. Mosca, como todos los años desde hacía

treinta, trabajaba como arenero en la plaza de toros, un verdadero honor para

cualquiera. Y eso le daba derecho como una alta dignidad a realizar el paseíllo.

Porque yo como arenero estoy muy bien considerado, compadre, yo he compartido

plaza con los grandes: con Paco Ojeda, con el Espartaco, con el Yiyo, que en Paz

descanse, con don Curro, con Rafael de Paula, un mostro don Rafael, y que este san

Fernando estaba muy contento porque lo haría con Julio Aparicio, un señor torero.

Pepote nunca se había perdido ni una corrida para ver a su compadre, con ese

empaque de gitano egipcio que Dios le ha dado, desfilar detrás de los maestros y

delante de las mulillas. Además, dijo Expósito, que después de todos aquellos días

sin hacer caso a Mosca necesitaba compensar a su amigo, porque tenía un poco de

284
pelusa. Y era cierto, habían sido unos días muy atareados en el que todos nos dimos

cuenta que habíamos hecho de menos al príncipe díptero.

El ogro hablaba con el de las listas y no daba síntomas de que el enfado se

le había pasado. Hacía unos aspavientos que interpreté algo así como por qué

cojones todo lo tengo que decidir yo, para cuatro cosas que tenéis que hacer, tres

las hace un menda y la cuarta, porque yo no puedo cagar por vosotros, que si no. Al

final, después de recordarle, supongo, algo muy importante, tomó la lista en la que

no estaba Pepote e hizo un ademán de qué coño quieres que haga yo, si no está,

pues no está, que se joda y punto. Negó con la cabeza varias veces y le volvió a

entregar la carpeta al mensajero de las malas noticias. Me temí lo peor. Yo ya

estaba ideando una nueva apelación cuando el ogro Gonzalo se echó las manos a la

cabeza como si se hubiera acordado de algo, giró y, con una cara que no me gustó

un pelo, volvió a llamar al de la lista. Habló algo con él usando mucha más

moderación, el subordinado me señaló a mí y cuando se me acercaba, me sentí

como Pulgarcito.

-¿Eres el acompañante de José... Manuel Expósito?

Me hubiera gustado contestarle sí, gilipollas ¿qué es lo que pasa?

-Sí, señor.

-¿Y?

-Que nos citaron para hoy y al parecer hay algún error.

-¿Estás insinuando que hacemos mal las cosas?

Madre mía.

-No, por supuesto. Es que si no es así, ya me dirá usted qué hacemos aquí.

El ogro daba evidentes signos de tener inteligencia.

-¿Dónde está ese tal Expósito?

285
Lo llamé con la mano. Pepote esquivó el cordón y vino despacio hacia

nosotros, se colocó en simetría con el ogro y le aguantó la mirada. Si ambos

vistieran con pañales, en aquellos momentos estarían arrojando sal fuera del

círculo. Peligro. Justo entonces me di cuenta que probablemente fue el ogro

Gonzalo quién en persona realizó la llamada a mi casa y que por los buenos modos

recibidos iba a invertir unos minutos de su precioso tiempo para desquitarse de la

ofensa.

-¿Eres Expósito?

-Pepote, prefiero que me llamen Pepote.

-Bien, Éx-pó-sí-tó... Me estáis diciendo que os citamos para el día de hoy...

-Veinticinco de mayo a las diez de la mañana.

-¿Y eso quién se lo dijo?

Peligro.

-Mi cuñado –contestó Pepote intentando ocultar su soberbia-. Muchas veces

es quien recoge los recados de teléfono, el pobre no sabe hacer mucho más, está

muy impedido de aquí –señaló su sien-. Puede que él se haya equivocado en anotar

la cita..., pero es extraño, las fechas y las horas las suele retener muy bien...

De puta madre, Pepote, me lo tragué hasta yo. El ogro lo miró de arriba

abajo. Pepote aprovechó para limpiarse las gafas con toda la naturalidad del

mundo.

-Bonito polo, ¿dónde encuentras tallas?, Pepote..., ¿has dicho que te llaman

Pepote?... Yo me vuelvo loco para encontrar ropa...

Uffffff.

-Bueno, Richard, incluye a este caballero en la lista.

-Pero es que ya están todos...

286
-Richard. Có-jó-nés, ¿qué es lo que no entiendes ahora? ¿Quién es tu jefe ♪?

-Tú, Gonzalo.

-Muy bien. Y ahora repite lo que he dicho yo, tú jefe.

-Que incluya a este caballero en la lista.

-Muy bien, pero que muy bien, Richard. Veo que vas prosperando.

El ogro le deseó suerte a su colega obeso y se dirigió hacia una puerta

mientras mucha gente que parecía ocupada lo esquivaba como a un oso pardo.

Richard no pareció dar importancia al tirón de orejas, se sacudió su

dignidad y le comunicó a Pepote que tenía el número cincuenta y uno, que se

pusiera en la cola, siempre que sea usted tan amable, por supuesto –esto último lo

pronunció masticando su orgullo.

Pero nada podía ser fácil en la historia del concurso. Tomamos nuestro lugar

en la cola de los candidatos a participantes. Los había de todo tipo y condición,

desde el pitagorín de veinte años hasta el macarrita de cuarenta. Algunos hablaban

por los codos y otros parecían esperar en silencio en la cola del dentista. Pepote se

tomó sus manos por la espalda y fijó su vista en algún lugar del gentío. Yo sabía

que en esa posición podía permanecer horas sin moverse lo más mínimo, y así hizo

hasta las doce, hora en la que apenas habían pasado media docena de aspirantes.

Alicia aprovechó para llamar por su teléfono a los miembros ausentes del equipo.

Me trasladó la alegría de estos al conocer que habían admitido a Pepote para las

pruebas, a la vez que disimuladamente con el dedo me indicó un lugar aparte de

Pepote.

-¿Ocurre algo, Alicia?

287
-Nada, todo va perfectamente, solo te quería comunicar una cosa. Escucha:

Eduardo me dijo que un par de horas antes de que hiciera las pruebas le diera un

valium a Pepote, para relajarle, para que no le ocurriera lo del instituto…

-¡No, no se lo des…!

-No, si ya se lo he dado, se lo introduje en pedacitos en un donut. Pepote ni

se ha enterado.

-Joder. Joder.

-Llama al Servicio de Toxicología.

-¿Por qué?

Le expliqué que era su segundo tranquilizante. Tomamos la decisión de

aguantar un poco a ver cómo reaccionaba. Confiamos en su corpulencia. Solo se

me ocurrió que bebiera mucha agua. Lo vigilábamos continuamente mientras

avanzábamos nuestro lugar en la cola. La tercera vez que le preguntamos cómo

estaba, él nos contestó:

-No os preocupéis por mí. Estoy muy tranquilo, muy bien. Nunca he estado

mejor. En previsión a lo que me ocurrió en la exhibición en el instituto Mosca me

ha dado una pastillita para los nervios y me encuentro como en una nube.

-Mierda. Alicia, llama directamente a una ambulancia.

-Espera, joder, Félix.

-Cómo voy a esperar… ¿Pepote cómo coño se llama lo que has tomado?

-No sé, ni quise saberlo. Pero es una verdadera maravilla. Estoy deseando

que me pregunten cosas.

Una hora más tarde, justo cuando nos comunicaron que se hacía un

descanso en las pruebas y que continuaríamos treinta minutos después de que nos

ofrecieran un soberbio bocadillo de ternera y una cocacola, Pepote dijo que se iba a

288
sentar un ratito porque tenía un poco de sueño. Ahora sí que llamamos al Servicio

de Toxicología. Inventamos una excusa, por supuesto algo más creíble que la

realidad. Nos dijeron que si no le había ocurrido nada cuatro horas después de la

ingestión, que lo dejáramos dormir, pero para más tranquilidad que lo

despertáramos cada treinta minutos y le preguntáramos su nombre. Así hicimos.

Después de que Expósito se zampara de dos tragos el bocadillo de ternera y de

beberse la cocacola en bocaditos pequeños, nos sentamos en las gradas y le ofrecí

mi hombro para que descansara. Aún restaban veinte personas para que nos tocara.

Durmió quince turnos. A las cinco y cinco minutos yo estaba hasta las narices de la

dichosa prueba, de soportar la cabezota de Pepote, sus ronquidos junto a mi oreja y

de “José Manuel Expósito, pero prefiero Pepote” cada media hora.

Cuando aún quedaban cinco aspirantes lo despertamos como pudimos y lo

despabilamos mojándole la cara. Acojonao, Alicia, estoy acojonao. Tambaleando

entró en el plató. Ella y yo subimos a las gradas cogidos de la mano y cruzamos los

dedos que nos quedaban libres. Una joven menuda, que después de siete horas aún

conservaba la simpatía, le condujo hasta un círculo entre cámaras y cables. Le

rodearon varias personas con distintas intenciones mientras le preguntaban su

nombre, dirección y varios datos personales más. No lo llevó mal hasta que perdió

algo el equilibrio. Lo sentaron. Sí que tiene usted razón don José Manuel, es que

tantas horas esperando baja la tensión a cualquiera. Bueno, ya terminamos. Nos

mordimos los labios a la vez mientras le hacían unas preguntas sobre Aranjuez. Al

parecer estaban contentos con las pruebas. La joven dio el ok y por último le

pusieron de pie delante de otra cámara.

-Don José Manuel, ¿puede mirar al objetivo de la cámara y cantar algo?

¿Cómo?

289
-¿Cómo?

-Sí, cantar algo.

-Es qué…

-Bueno o contar un chiste si lo prefiere.

Mierda. Mierda. Antes cantaría un cangrejo que Pepote, y antes contaría un

chiste un belga. Estábamos perdidos. Expósito pareció darse cuenta también. Era el

último de todas las pruebas y todos los técnicos, ayudantes de producción, señoras

de la limpieza y otros dos o tres indefinidos lo miraron atentos. Cuando habían

transcurrido unos segundos y parecía no tener salida para aquello, Pepote

sorprendió a todos abriendo la boca:

-¿Saben cómo se llama la parte de la mujer entre la vagina y el ano?

Lo había recitado como la misma gracia que si preguntara a todos el

logaritmo de un número primo. Además, se dedicó a señalar con el dedo a todos los

presentes para ir coleccionando negativas.

-Se llama el frontón –terminó por decir.

Y todos se miraron entre sí antes de volver a solicitar la explicación de

Pepote.

Estuvo fino. Movió sus puños y caderas en gesto de un gordo esquiador de

eslalon y soltó el enigma:

-Porque es ahí donde rebotan las pelotas.

No sé si realmente fue el chiste o la carcajada de ave amazónica que estalló

en la garganta de una de las mujeres de la limpieza. El caso es que rompimos todos

a reír, todos salvo Pepote, por supuesto, que manteniendo su gravedad, como si no

supiera lo que había dicho, hacía más graciosa aún la situación. Alicia y yo nos

besamos aprovechando el alivio.

290
Yo también hice la prueba como acompañante oficial del Salomón

Ribereño, muy relajado, muy sobrado, haciendo bromas con los espectadores de la

audición: también mucho más pedante. Fueron más breves conmigo y también

elegí contar un chiste, aquel de un enano que se liga a un pedazo de mujer enorme.

Los dos se van a la cama, se desnudan y ella se despatarra delante del hombrecito,

abre su enorme coño peludo mientras dice con voz de deseo: “Cómetelo, vamos,

vamos, cómetelo todo”. Sorprendentemente el enano comienza a llorar, junta las

manos pidiendo clemencia y dice: “No, por favor que no me coma, que no me

coma”.

Vi alguna sonrisa, pero estaba muy claro que la estrella no era yo.

¡Vamos hombre! ¿Y cargar con Pepote dormido para subirlo al palco?

Porque había que ir a los toros deprisa deprisa. Pepote, por favor, ¿no estás

cansado? Que llevas veinte años viendo cómo hace el paseíllo Mosca ¿y qué? ¿No

estarías mejor en la camita?… ¡Y que se ha dormido!, Alicia, el cabrón se ha

dormido… Pepote, Pepote, despierta.

-José Manuel Expósito, pero prefiero que me llamen Pepote.

Vamos, Vamos, no me jodas, tío. Y que está roncando... ¿Y qué hacemos,

Alicia?

-¿Que qué vamos a hacer?, pues ir a los toros.

-¿Pero no me digas que te apetece?

-Hombre a mí los toros no me disgustan... Además no le vamos a hacer un

feo a Mosca, después del detalle de las entradas...

-¿Tú?, ¿los toros?

291
-Sí, sí, no me mires de esa manera. Mi padre me llevaba de pequeñita y me

traen buenos recuerdos, el color del albero a la luz del sol, la gente vestida de

fiesta, los pasodobles...

Aguantando los ronquidos de Expósito y a Alicia tarareando Paquito el

Chocolatero buscamos aparcamiento procurando no atropellar a la concurrencia al

espectáculo. Intentamos despertar a Pepote. Anda, llama a Eduardo para que nos

ayude, debe estar dentro de la plaza. ¿Y qué llevas en el maletero? ¡Una mantilla y

todo!

-Pues sí, para una vez que voy a los toros a un palco... Además, ¿qué pasa?,

parece que te molesta que la gente disfrute. Eso es una de las cosas que no soporto

de ti, Félix.

-Bueno, vale ya. ¿Has llamado a Eduardo? Yo solo no puedo con este, y

parece que se ha dormido en serio.

-Sí, dice que ya baja. Mírale.

El Mazas salió de la plaza de toros vestido con chaqueta, un clavel en la

solapa y un puro. Maravilloso también Sonny Corleone. Abrazo y beso para ella y

puñetazos para ellos.

-¿Y a Pepote, qué le pasa?

-Que está dormido, ¿no lo ves?

-¿Y por qué no lo despertáis?

-Porque no podemos, los tranquilizantes...

-¿Lo llevamos a su casa?

-Vamos, no jodas, ¿y que se pierda el paseíllo de Mosca?, al parecer el

marqués de los areneros de las plazas de toros lleva treinta años presumiendo que

se codea con los grandes toreros.

292
-Tú verás qué hacemos.

-Pues agarrarlo y pasarlo a la plaza, y deprisa que esto va a comenzar.

Me cago en la leche cómo pesaba, y eso que entre pellizco y pellizco daba

tres o cuatro pasos el solito. Discutimos con el portero. Que no, coño que no está

borracho, ¿verdad que no? “José Manuel Expósito, pero prefiero que me llamen

Pepote”. Otro piso. Patricia, por favor, levántate, lo pasamos al fondo y le

apoyamos la cabeza en la pared. ¿Que qué le pasa? Pregúntale a Alicia, a mi no me

queda aliento. Y el Dinosaurio hasta con peineta. Joder, qué engañados me tenéis

todos. Que empieza. Aplausos de toda la plaza. Los maestros, los subalternos, los

mozos, los areneros, y entre ellos, Mosca, orgulloso, tieso como un novio gitano,

serio como un valenciano calvo, miró hacia nosotros e hizo un gesto castizo con la

mano. Eduardo incorporó la cabeza a Pepote y yo le levanté su mano a la maniera

del Generalísimo. “José Manuel Expósito, pero prefiero que me llamen Pepote”.

Mosca se dio por atendido. Respiramos. Todos le aplaudimos y él se quitó la gorra

roja para saludar a la Presidencia.

293
Terminó el curso y el verano entró al asalto, como si llevara retraso en

derretir el asfalto y desecar los hierbajos. Los profesores nos dijimos hasta después

del verano en el aperitivo-fin-de-curso en el que solíamos contarnos nuestros

proyectos vacacionales y yo cené esa noche con Gabriela. Aunque nuestra relación

después de la tarde de autos había sido tan normal como lo fue antes, ya sabéis

cómo son mis remordimientos: o los descargo, o acaban convirtiéndose en un

tumor en mi alma. Y lo que ocurrió aquel día estaba a punto de hacerlo. Nos fuimos

a cenar a un gango1 cerca del río. Hablamos de lo mismo que lo habíamos hecho en

el aperitivo con el resto del claustro. Ella se iría a Londres todo el verano, tenía

unos proyectos importantes, me dijo. Te gustaría aquello, Félix, vente una semana y

te enseño la ciudad, pero la auténtica, la que merece la pena. Le dije que no, que

tenía planes ineludibles que detallar y no podía distraerme. Se los expliqué con la

condición que no dijera nada a nadie. Le dije que me había hecho con los impresos

para solicitar la excedencia al Ministerio y marcharme al sur de Turquía por tiempo

indefinido. Lo tenía ya decidido de firme y era la primera vez que se lo contaba a

alguien. Gazipasa, la localidad donde iré se llama Gazipasa. ¿Que qué hay allí? No,

no hay ruinas romanas que estudiar, ni yacimientos... Bueno la verdad es que no lo

sé. No tengo ni puta idea, Gabriela. Te juro que no sé siquiera si habrá agua

corriente, médicos, si será una ciudad en la que vivan kurdos, sirios, o chipriotas, te

lo juro. Un día tomé un atlas y lo señalé al azar. Quizá sea una niñería lo que te voy

a contar, pero desde..., bueno, a ti te lo puedo decir, desde que Joy me abandonó me

he dado cuenta que mi vida transcurre tan deprisa y con tanta insulsez que parece

que a mi edad ya estoy esperando a que un día llame el Tío de la Guadaña a la

puerta de mi piso y me diga: vamos Cadalso, vente conmigo, chaval, que ya no

1
En Aranjuez, merendero, lugar a las afueras donde se venden comidas y bebidas para consumir en
su terraza.

294
tienes nada que hacer aquí y la Humanidad necesita de sus recursos naturales para

gente que se interesa más por la vida. Que sí, Gabriela, te lo juro que me voy. En

cuanto termine lo del concurso de Pepote que es lo único que me mantiene aquí.

Porque si hay algo que no puedo hacer es dejar las cosas a medias, me comprometí

con Pepote e intentaré estar con él hasta el final. Aunque he de reconocer que estoy

tan ilusionado con el Demuestra lo que sabes como al principio. Y de eso quería

hablarte, no, del concurso no, me refiero a lo de dejar las cosas a medias... Me da

un poco de reparo hablar de ello, y sobre todo después de que ha pasado ya casi un

mes, de lo que sucedió en casa, de lo que hicimos... Bueno, de lo que te hice. Me he

sentido fatal desde entonces. Nunca me había ocurrido nada parecido, siempre he

sido muy cariñoso haciendo el amor, además, ya sabes el problema que tengo, he

de ser muy cuidadoso, si no, ocurre eso... ¿Te hice mucho daño, verdad? ¿Qué te

dijo el médico? No fastidies, te juro que lo siento. Pero ya estás mejor... No sabes

cómo me alegro, Gabriela. Si hay algo que pueda hacer por ti, cualquier cosa,

Gabriela. No te cortes en pedírmelo.

Según el ginecólogo de Gabriela los desgarros fueron importantes aunque

no muy graves, pero ella se encontraba totalmente recuperada, o al menos eso me

dio a entender cuando me dijo que sí, que había una cosa que podía hacer por ella.

Estuve a punto de negar su petición, pero no me atreví. Me sentí rarísimo cuando

nos encontramos en mi habitación los dos desnudos de nuevo. Yo pensaba mil

cosas sobre aquella situación. Conociendo a Gabriela, o desconociéndola como yo

la desconocía, podía pedirme desde que la volviera a pegar y violar, o en un acto de

rancia represalia sacaría un cuchillo de algún sitio y me talara la polla. No ocurrió

ni lo uno ni lo otro, afortunadamente. Me pidió que la acariciara y que le hiciera el

amor como se lo podía hacer a cualquier otra. Me costó muchísimo: Gabriela no es

295
mi tipo y eso lo llevo muy mal, pero me esforcé, y como compensación he de

reconocer que no estuve mal. También ella fue muy prudente, no hizo ninguna

extravagancia de las suyas, bueno sí, una, pero no me importó mucho: estuvo más

de diez minutos chupándome la minga a la vez que hablaba por su teléfono móvil

con un tipo llamado Diego. Esto sí que me pareció una venganza, pero no iba

conmigo y no le hice ningún comentario a Gabriela.

He escrito mucho y he apretado muchas veces al supr para terminar

definiendo que mi estado interior en aquel mes de agosto era de paciencia. Me

encontraba paciente, eso era. Los del equipo pusieron tareas a Pepote y poco a poco

fueron despareciendo. Eduardo se marchó a su Soria natal, Patricia a los Estados

Unidos a pasar las vacaciones con su marido y su hijo el rockero, y Alicia

desapareció todo el mes de agosto para recorrer Vietnam con dos amigas. Yo barajé

dos opciones importantes para aquel verano: o me compraba la Play Station II o la

Nintendo 64. Me fui con Mosca a la tienda y entre los dos decidimos que la Play.

Mi apariencia física fue evolucionando, según las más estrictas leyes del

darwinismo, hasta que me convertí en una alegoría de la Comodidad. Me seguí

rapando la cabeza para no tener que peinarme y mis barbas ya se parecían a las del

profesor Bacterio. Por fin Maruxa me taladró el lóbulo de mi oreja izquierda para

clavarme un zarcillo de oro. Me vestí con unos bermudas color caqui que no me

quité en todo el verano y usé el mismo modelo de camisetas de algodón que

compré a un gitano en el Rastro, tres de cada color. Con el calzado también fui

económico, o andaba descalzo en el piso, o cuando salía me calzaba unas sandalias

que no sustituí hasta septiembre; incluso cuando por el desorden doméstico no las

296
encontraba bajaba descalzo a comer al bar de Juan. Los estrafalarios fueron mi

única compañía durante toda la canícula. E incluso Pepote se había tomado tan en

serio su participación en el Demuestra lo que sabes que apenas cruzaba algún par

de frases con nosotros cuando levantaba la cabeza de las tareas programadas por

los del equipo.

Técnicamente dejé de ser un funcionario en activo del Ministerio de

Educación para convertirme, en cuerpo y alma, en un felómeno como Mosca,

Pepote, o el Hijoputa Éste. Y no me importó en absoluto. Mis actividades eran

impresionantes. Si por la mañana no había lecciones magistrales de pesca por el

catedrático Mosca, me levantaba sobre la una, me rascaba un poco el escroto, y si

en la noche anterior daba la suerte que había escrito algunas líneas, lo revisaba, y si

no, bajaba al bar de Juan a almorzar en directo, tomar café y echar una partidita de

ajedrez hasta la hora de la siesta. Luego me daba una vuelta en Vespa por los

pueblos de la comarca hasta que anochecía, que quedaba con Mosca en la terraza

del bar para hincharme a beber cerveza. Me puse panzón, como el monigote de la

Cruzcampo. Ni que decir tiene que me olvidé de pedalear en rosa, el chándal lo

guardó Margarita en el armario de la ropa de invierno y mi dieta consistió en comer

lo que me salía de la polla.

Hubo dos hechos importantes ese verano. El primero fue una notificación

por correo de la compañía de seguros de mi Audi, el que conducía Joy. Me

trasladaban que se alegraban muchísimo de que mi mujer hubiera salido

completamente ilesa del accidente, y también me comunicaban que por el siniestro

de vehículo me ofrecían la cantidad de doce mil ochocientos euros (dos millones

ciento veintiocho mil ciento vente pesetas) siempre que renunciara a la reparación

del vehículo. Lo leí en voz alta y Mosca se frotó las manos. Por supuesto que

297
renuncié a la reparación, solicité la baja definitiva del Audi y rogué que el ingreso

lo hicieran en la cuenta corriente en la que mis dos inquilinos maños ingresaban el

alquiler de las viviendas. Joder tío, me dijo Mosca cuando una semana más tarde

me abrió todo el correo y descubrió el extracto de la cuenta, pero si eres rico. Joder,

y tú asín, tan humilde.

No sé por qué pero después de lo del accidente esperaba que Joy se pusiera

en contacto conmigo, lo dicho, no sé por qué, pero el caso es que no lo hizo. Y

tampoco me importó mucho.

El segundo suceso fue si cabe mucho más inesperado. Transcurrió un

sábado a finales de agosto. Mosca, el Hijoputa Éste y yo celebrábamos en mi piso

la Fiesta de la Cosecha. Unos meses atrás el príncipe había llenado el balcón de mi

casa con plantas de marihuana, unas plantas frondosas y con una verdura sanísima

que él mismo se encargó de regar y abonar durante su cultivo. Aquel día Mosca las

sacó de cuajo de sus macetas mientras cantaba por tarantos y era acompañado a las

palmas por el Hijoputa Éste aquello de Al fin llegó la cosecha / llegó la cosecha,

hermano, / que ya parieron sus frutos / regadíos y secanos. Según el técnico, las

plantas de casa de Pepote eran casi todas machos y la recolección no había sido tan

buena, pero la mía parecía que tenía un buqué extraordinario. Me sacó todos los

chismes del armario del pasillo y dentro me colgó bocabajo todas plantas,

indicándome que no abriera las puertas para que no entrara luz, que ya se

encargaría él de terminar el proceso. Yo aquel día no hice nada más que lo que él

me pidió, tomé una rama de una de las plantas y la metí en el microondas el tiempo

justo para secar sus hojas. Había que hacer la cata. Creo que ni Bob Marley hubiera

resistido fumar tanto porro. Nos pusimos ciegos, nos entró tanta hambre que nos

comimos todo lo que había en la nevera y mandamos al Hijoputa Éste a un asador

298
dominicano a comprar pollos asados. Mientras, Mosca y yo nos arrojamos sobre la

Play para retarnos a una partida de Tekken II. Habíamos adquirido una destreza

bastante aceptable con la consola y algunos de nuestros duelos a hostias de kárate

en la pantalla habían llegado a ser antológicos. Nos acomodamos en el suelo,

conectamos el sonido de la Play al equipo de música y elegimos nuestros

luchadores. Yo uno negro cachas que daba unas patadas de la leche y Mosca uno

calvo enorme que aplastaba cabezas como si fueran frutos secos. Nos dimos las

manos como dos deportistas de elite, pegué un buen trago de cerveza y comenzó el

espectáculo. Creo que entre el sonido de la Play, nuestros gritos, y que no solo

estábamos ciegos por la grifa, sino también sordos, no oímos la puerta del piso. Fue

Pepote quien salió de mala hostia de mi estudio para abrir, entre maldiciones

dirigidas a nosotros por haberle interrumpido el proceso de memorización de un

diccionario de rimas.

En la puerta apareció un tío de unos treinta años, guapo, con un traje y una

corbata carísimos; iba totalmente engominado y asía un portafolios negro y

brillante. Pepote dejó la puerta abierta y regresó al estudio dejando al hombre con

la mano extendida y la palabra en la boca: “Buenas tardes, disculpe que me

presente así, soy Josep Palau, abogado y me...” Yo miré de reojo al tío, pero no

podía dejar al negro sin defensa, el calvo me estaba dando unas patadas que no

sabía cómo defender, así que no presté atención al inoportuno visitante hasta que el

cabrón se puso delante de la pantalla del televisor. Mosca se enfadó muchísimo con

él, y con razón; yo también estaba muy rebotado con aquel gilipollas con traje caro.

Le dijimos varias veces que se apartara, pero el tío era un cabezota y no lo hizo.

-Les rogaría un poco de atención –nos dijo el abogado.

299
Mosca y yo le dijimos que sí, hicimos un ademán como para escucharle

pero en cuanto se apartó de la pantalla los dos regresamos a darnos hostias. Pero

parecía que estaba dispuesto a que le atendiéramos y el cabrón tiró del cable de la

Play dejándonos la partida a medias.

-¡Tú eres gilipollas o qué! –le grité y me levanté. Menos mal que Mosca me

agarró del brazo porque estaba dispuesto a darle dos leches.

El tío parecía que no entendía nada. Además, no permitía que Mosca le

arrebatara el enchufe.

-Por favor, ¿quién de ustedes es el señor Cadalso?, José Félix Cadalso.

No contesté, seguro que si yo confesaba le tendría que atender, vendría el

Hijoputa Éste y me quitaría mi joystick.

Lo que digo…, que a veces soy brujo. Ocurrió lo que me temía. El cabrón

del traje se había dejado la puerta abierta y tras él pasó el Hijoputa Éste sin avisar,

dejó los pollos en la cocina y me señaló con el dedo. “Este, este es Félix”.

-Te podías estar calladito, Hijoputa, lo has hecho aposta. Pero jódete que no

te voy a dejar el joystick.

-Puedo hablar un momento con usted, señor Cadalso.

-No –le dije mientras me peleaba con el mellado por el joystick.

Pepote salió de su cueva cuando olió la comida, pasó a la cocina, tomó una

bandeja con un plato, se sirvió un pollo entero y volvió a desaparecer. El del traje

intentó dirigirse a él para que mediara en nuestra lucha por el joystick, pero

Expósito ni le miró, al parecer estaba mosqueado con nosotros porque siempre

subíamos mucho el volumen de la Play. Y si era así, ¿qué pasa?, pues que se joda y

se vaya a leer a la puta biblioteca.

300
El que se mosqueó ahora fue un menda, el cabrón del Hijoputa Éste

consiguió arrebatarme el mando de la Play con un arañazo y Mosca pudo enchufar

la consola. De nuevo comenzaba una partida, y sin mí. Desde luego, pensé y lo

dije: “Eres un cabronazo Mosca, y a ti ya te ajustaré las cuentas por lo del arañazo.

Y córtate las uñas so cerdo. Usted, el abogado, lo ha visto bien, ¿no? Yo tenía el

mando antes”.

Me dirigí a la cocina a lavarme la herida y a pillar otra lata de cerveza. Me

encontraba de tan mala leche que llené la pila de la cocina hasta arriba de agua y

eché los pollos asados a flotar con patatas y todo. También les vertí cerveza por

encima. Que se jodan, ellos y los pollos.

-¿Y usted qué coño quiere? –el tío me había seguido hasta la cocina.

-Me gustaría que me atendiera un minuto, señor Cadalso.

-A ver. Ya lo ha conseguido. ¿Quiere una cerveza?

-No me vendría mal, he pasado un calor horrible hasta dar con su casa.

Le arrojé una lata de Cruzcampo y abrí la mía mientras el abogado me dijo

con un acento catalán muy cerrado:

-Ante todo me gustaría pedirle disculpas por no poder avisarle con

antelación, estuve llamando a su teléfono pero o no contestaban o alguien lo

descolgaba y colgaba sin preguntar –ese era Pepote-, y los mensajes no me fueron

devueltos... y es que el tema es importante. Llevo tres meses buscándole.

-¿Y?... Espere un momento, por favor –me asomé al salón-. ¡Mosca!,

¿puedes hacer el favor de poner el aire acondicionado?

-¡Y una polla!, ponlo tú, compadre, yo no suelto el lloiestin.

Qué cabrón Mosca. Se las sabía todas.

301
-Por favor, señor Cadalso... –el tipo era tenaz y educado, la combinación

perfecta para un abogado.

-¿Qué ocurre, qué ocurre, qué ocurre...?

-Es sobre su tío Melquíades.

Atendí al abogado.

-Falleció hace tres meses

Mi tío Melquíades. Fallecido. Un enorme remordimiento se me enroscó en

las tripas.

-Le acompaño en el sentimiento.

-¿Cómo fue?

-Una afección pulmonar.

-¿Qué años tenía?

-Setenta y seis.

-Mierda. Y dígame una cosa, por favor, es muy importante para mí: ¿fue

mucha gente a su entierro?

-Bueno, no sé decirle, señor Cadalso… Pero por lo que he podido saber no

creo que muchas personas fueran a despedirle…

-¿Cuántas? ¿Más de una docena o menos?

-No lo sé, señor Cadalso, de verdad que no lo sé.

Yo estaba realmente afligido. Mi tío Melquíades. Más de veinte años sin

verle y realmente sentía su pérdida. Joder, me dejaba solo y único gestor de la

genética de nuestra familia. Sentí una terrible responsabilidad. Por el camino que

yo llevaba parecía que el ADN familiar se acabaría en cuanto viniera el Tío de la

Guadaña a buscarme. Tomé asiento en la encimera:

-¿Por qué no me avisaron antes?

302
-Eso es uno de los asuntos que me han traído hasta aquí, señor Cadalso. No

tenía ningún familiar conocido, y yo, vamos, que me encargué de buscarle a usted,

y no ha sido una tarea muy fácil.

El abogado aguantó mi silencio dando varios tragos a la lata de cerveza.

Luego me siguió a la sala de estar y me imitó sentándose en el sillón, pero él sin

subir los pies descalzos a la mesita.

-Mosca, ha muerto mi tío Melquíades.

-Lo siento mucho, compadre, pero ni asín te voy a dejar el lloiestin.

-Si no se siente bien, señor Cadalso, volveré mañana a explicar el motivo de

mi visita.

-No, no. Me encuentro bien. Apenas lo llegué a conocer, es que

precisamente barajé la posibilidad de visitarle este verano…

-Señor Cadalso, estoy aquí por la herencia.

-¿Herencia?

-Sí, señor Cadalso. Sus bienes, nadie los reclamó y debería hacerlo usted.

Mosca, sin girar la cabeza hacia nosotros, gritó para que se entendiera por

encima de los sofocos electrónicos de la Play:

-El quince por ciento, señor letrado. No le vamos a dar más –y continuó

dando castañazos al muñeco del mellado.

-El veinte.

-El quince.

-No me he molestado tanto para buscar al señor Cadalso para un quince.

Además, señor Cadalso, ¿este caballero quién es?

303
-Es mi administrador. Tiene toda mi confianza –contesté a lo siciliano

mientras me arrepentía de haber ahogado a los pollos asados, ahora yo tenía mucha

hambre.

El abogado se entretuvo en observar la pinta del contestón. Mosca en

verano se había puesto moreno como un pakistaní, recientemente se había teñido

mechones rubios en su melena y se había dejado un bigote de herradura. Vestía una

camiseta del Atleti con el dorsal de Kiko, un pantalón tejano recortado a la altura

de las ingles para presumir de piernas peludas y calzaba sus chanclas andarríos. No

me puedo imaginar lo que el abogado pudo pensar de su rival.

-Mire, señor…

-Mosca, Mosca a secas.

-Señor Mosca, el veinte por ciento, lo toman o lo dejan.

-Adiós señor abogao. Y muchas gracias por la información, ya le

enviaremos unas botellitas de vino.

El abogado no sé marchó.

Me explicó muy técnicamente que la herencia consistía en el piso de la

Barceloneta en el que había vivido mi tío toda su vida y dos locales comerciales en

Hospitalet, uno ocupado en arrendamiento por un taller mecánico y otro en proceso

de expropiación por una inmobiliaria para construir un bloque de pisos. Al paso

que yo iba me convertiría en un coleccionista de pisos. Tres muertos, tres pisos. Al

contrario de lo que pudiera parecer no me alegró la herencia, al menos de

inmediato. Por un momento pensé que un demonio se había propuesto evitar mi

viaje a Turquía y convertirme en un burgués acomodado. Acerqué mi nariz al

mensajero a ver si olía a azufre. No, olía bien a colonia cara. Pero todavía me

encontraba contrariado. Mosca no lo veía así:

304
-Joder, compadre Félix, a pulga gorda to se le vuelven perros.

El de la corbata ocupó con papeles toda la mesita donde yo tenía los pies.

Explicó todo su trabajo. Aceptó el quince por ciento del valor neto de todo lo

heredable y me propuso una nueva operación para reclamar algo del nosequé de la

expropiación del local. Me dio unos impresos para firmar un contrato para poder

actuar en mi nombre y quedamos para visitar el lunes a un notario. Por supuesto

que firmé todo con la venia de Mosca, al que el abogado invitó a que revisara todas

las actas si le parecía bien. Entonces fue cuando Mosca dejó de jugar con la Play,

se dio la vuelta y con los ojos rojos como la muleta de Eugenio de Mora, sin soltar

el joystick, por si acaso, echó una sonrisa al abogado:

-¿Tiene usted hijos?

-Sí, señor Mosca, una niña que hace dos añitos en septiembre.

-Muy bien, muy bien. Entonces me fío de todo lo que le ha dado a firmar a

mi patrón.

El abogado tragó saliva, Mosca regresó a la pantalla, no así el Hijoputa Éste

que enseñando el muestrario de sus mellas comenzó a reír como un psicópata en la

cara del trajeado. Casi me asusté hasta yo.

305
Un día fui a conocer a la hija de Mosca. No era mi propósito pero no pude

evitar la tentación y acabé en su farmacia.

Aquella mañana me levanté antes que de costumbre, me vestí con la ropa

oficial del Verano 2002 y me fui a la churrería a desayunar. Monté de nuevo en la

Vespa y dudé si conducir dirección Chinchón o Toledo. Llegué a vacilar tanto que

como siempre me cabreé conmigo mismo y a mala leche elegí una solución

alternativa: enfilé la motocicleta a la carretera de la Vega del Jarama en dirección

Madrid. Conduje despacio, perdiendo la vista en los campos de maíz y parando la

moto de vez en cuando para arrancar una ramita de hinojo y ponérmela en la boca.

En ese viaje me dio por meditar sobre mi familia, mejor dicho, sobre la ausencia de

ella. Iba pensando que con el retiro a Turquía toda mi estirpe se desplazaba allí

conmigo: todas las posibilidades de mis genes se marchaban a un sitio remoto y

correrían la misma ventura que yo. ¿Y si muriera en Gazipasa? A mi puñetero

entierro sí que no vendría ni un alma. O sí, quién sabe, quizá sea una localidad tan

unida que acudan todos sus vecinos a despedir a ese español medio gilipollas que

vino a vivir aquí. Lo mismo ofician unos entierros preciosos llenos de flores, o

queman mis restos en una pila de leña de olivo y los sueltan en una barca a navegar

por el Mediterráneo mientras me despiden con velitas. ¡Qué emocionante!... Pero,

¿y mi colección de pisos?, ¿qué sería de ella?, ¿iría a parar a Joy, mi todavía

esposa? ¿Recibiría ella la visita de un abogado explorador para darle la noticia? No

sé por qué pero todo lo que pueda ocurrir después de mi muerte siempre me ha

obsesionado. Me gustaría conocer en vida los recuerdos que dejaré y lo que durarán

estos en la memoria de los demás; qué será de mis efectos personales, de mi

306
herencia, de mi Vespa. Me gustaría que alguien brindara por mí memoria una vez al

año, aunque sea por el espacio de una generación. Pero me parecía que hasta

entonces lo llevaba crudo. Mis intereses por crear una familia estaban muy lejos

para que mis deseos póstumos se hicieran realidad.

Llegué a la glorieta que da acceso a Cimpozuelos y vi el cartel indicador de

Valdemoro. Se me iluminó la curiosidad y en media hora estaba enfrente de la

farmacia de la hija de Mosca. Miré al interior. Tenía que ser ella, era tan parecida a

él, pero en guapa. El treinta por ciento de los genes gitanos de Mosca habían

pasado a su hija en forma de melena rizada color negro ala de cuervo y de ojos de

reina mora. Era muy menuda, como él, y también los movimientos nerviosos eran

de su padre. Le quedaba muy bien la bata blanca. Aparentaba menos edad que la

que Mosca me había dicho. Esperé fuera observándola entre los cristales hasta que

varios clientes se reunieran a esperar su turno para ser atendidos, así, al pasar yo al

comercio tendría más tiempo para observarla de cerca. Cuando tres personas me

parecieron una buena espera entré en la farmacia. La escuché. Era una mujer

simpatiquísima y muy agradable, un encanto, vamos. Todo era amabilidad con sus

clientes, y no solo en su atención con los medicamentos. Era de esas personas que

se interesan en serio por la salud de su parroquia, enviaba recuerdos para maridos,

hijos y “que se mejore pronto”... Ahora era una clienta la que interrogaba a la reina

mora: “¿Y tú qué tal?”. “Muy bien, pues engordando, ya estoy de tres meses”. “Ay,

hija, si no se te nota nada todavía. ¿Y sabes lo que va a ser?” “No, todavía no”

“Bueno, adiós y cuídate”. Mosca iba a ser abuelo por segunda vez. Me alegré. Ya

me llegaba mi turno cuando un hombre algo mayor que yo, trajeado, oliendo a

colonia cara, dio los buenos días a todos con voz de juez, se acercó a la reina mora

y la besó en la mejilla. La pareja se miró con una gran sonrisa y él desapareció

307
hacia la rebotica. Ella se ruborizó algo por aquel acto público de afecto. Realmente

encantador. Con las mejillas aún sonrosaditas me preguntó en qué podía ayudarme.

Yo sonreía su felicidad como un bobo, no sé por qué pero me consideraba algo así

como un tío de aquella criatura. Quizá mi reciente estado de huérfano total en el

mundo me había inculcado instinto de adoptar una familia y estaba eligiendo

candidatos. Aquella preciosidad iba de miedo como sobrina.

-En qué puedo ayudarle, señor –era la segunda vez que me lo preguntaba.

Sonriendo esta vez aún mejor.

-Oh, perdona, quiero... –Imbécil como yo no había: ni siquiera había

previsto comprar nada –... aspirinas, dos cajas.

-Ahora mismo, señor.

Cuando me envolvía el pedido estábamos los dos solos. Aquello me daba

una cierta confianza y volví a quedarme embobado. Ella me miró, pero no se asustó

como lo hubiera hecho otra mujer al verme con mis barbas, mi coco pelado y mi

pendiente. Incluso sonrió:

-¿Por qué me mira así?, ¿nos conocemos?

-No, creo que no... Lo siento. Al que... me parece conocer es a tu padre.

Ella soltó una carcajada encantadora y miró a la trastienda.

-Oh, no, no es mi padre. Es mi marido –y me susurro sin dejar de sonreír-:

que no se entere que usted le llama viejo.

-No me refería a...

Pagué, y ella recibió el billete cambiando notoriamente de gesto.

Yo no dije nada más que las gracias y me despedí. Dejé olvidadas las

aspirinas aposta y me giré. Si ella hubiera sospechado algo me dejaría salir por la

puerta para entregármelas fuera del comercio. Si no, oiría una voz antes de salir. No

308
me imaginaba con qué cara miraría mi cogote. Pero no pronunció palabra antes de

que yo cerrara la puerta a mis espaldas. Me dirigía hacia la Vespa cuando oí la voz

encantadora de mi sobrina adoptada.

-Oiga, señor, espere...

Esperé, circunspecto, con el ceño disimuladamente fruncido.

-Su casco, se olvida su casco.

Me entregó el casco sin mirarme siquiera y volvió corriendo a la farmacia.

Me había devuelto el casco pero no las aspirinas. Quise entender algo en

todo aquello, pero no sabía qué. Cuando pasé a por los medicamentos olvidados

ella despachaba unas plantillas a una señora. Dije en voz alta que yo era

doblemente un desastre, tomé las aspirinas y, tras comprobar que tampoco esta vez

me había mirado a la cara, salí del establecimiento. Quizá me estaba metiendo en

algo que no me importaba.

El bañador se me había quedado estrecho de cintura. No podía ir así a la

piscina. Además, o me colocaba bien la minga o parecía que había robado algo en

el supermercado. Pero Mosca insistió, dijo que nos invitaba a la piscina para

celebrar su cumpleaños, que nos daríamos un soberano chapuzón, comeríamos una

paellita que había encargado en el bar del Polideportivo y jugaríamos una partida

de mus.

Cuando por fin ocupamos una parcela, nuestros vecinos de césped

aseguraron sus bolsas de piscina y no sé qué coño dirían a sus hijos que estos se

marcharon a jugar lejos de nosotros. Pepote no se quitó la camiseta del Monstruo

309
de Tasmania. Tampoco se despojó de su pantalón de chándal de la selección

alemana en Montreal. Apoyó la espalda en un sauce y se dedicó a leer el Marca. El

Hijoputa Éste tiró su bolsa al centro del campamento, puso el casete con música de

los Camela e inmediatamente se arrojó a la piscina con su risita de psicópata y su

dragón patibulario tatuado en la espalda. Hoy Mosca iba de señor, estaba feliz,

seguro que era la única persona en el mundo contenta de cumplir cincuenta tacos.

Se sentía anfitrión de una boda. Solo soltó de la cintura a la Mariajo para hacer el

ma chè con las dos manos y decirme: “Compadre, que hoy no te farte de na”. La

Mariajo era otra felómena. Vestía un bikini negro tan pasado de moda que volvía a

estar a la última (siempre que fuera portado por un cuerpo de veinte años menor),

iba, como la Puri, maquillada como una cajera de hipermercado. Las dos hablaban

a gritos entre ellas. La Puri era más discreta que la chica de Mosca, llevaba un

bañador de una pieza también negro con el anagrama de Gucci mal bordado en su

pecho. Las dos olían a perfume. Mosca me invitó a un chapuzón, mientras de su

tanga amarillo se sacaba el paquete de Marlboro (hoy tocaba buen tabaco), y yo

acepté porque la Puri intentaba acercárseme peligrosamente e interrumpía

constantemente mi lectura del ABC. Llegamos al borde de la piscina.

Sorprendentemente Mosca entró en el agua con una voltereta hacia atrás. Estaba en

forma el cabrón. Por mucho que le regañara el socorrista había sido una pirueta

estupenda. Yo iba a hacer una entrada de una forma más tradicional cuando una

joven se acercó para saludarme y me dio dos besos.

-Hola, Félix.

Marta era una antigua alumna que ahora estudiaba Historia en la

Universidad. Ese año escolar me había llamado un par de veces a casa para

pedirme unos libros y algún consejo. Era una chica no muy alta, rellenita pero muy

310
proporcionada. Tenía mucho atractivo, sobre todo en su rostro donde unos ojos

enormes pero como tristes hacían de su sonrisa algo muy especial. La Universidad

había transformado la imagen que yo tenía de ella. El pelo lo llevaba muy corto, de

tres colores, pero en una mezcla sutil que no lo hacía escandaloso. Tenía un

pendiente en una fosa nasal y un piercing sobre el mentón. Llevaba un bikini

naranja que le quedaba de maravilla. Me gustó mucho aquella sorpresa. Con alegría

le dije que la encontraba estupenda y muy interesante. La tomé de la mano y le hice

dar una vuelta para observarla por la espalda. Eso le encantó, sobre todo porque así

podía presumir, sin que lo pareciera, del tatuaje en sus riñones. También tenía un

culo naranja maravilloso.

-Qué va, Félix, estoy muy gorda –aunque lo dijo en serio pero

completamente adulada por mis miradas.

-Tengo una categoría para las mujeres que se lamentan de su peso. ¿Quieres

que te trate como a ellas?

Sonrió y negó con la cabeza.

-Tú sí que estás cambiado, Félix. Desde allí no te conocía con esas barbas y

ese coco pelado. Y estás más rellenito.

-Sí, eso sí, pero ¿ves? No me quejo.

-Además... Llevas hasta un pendiente. Joder, ¿qué dice Herr Director de

ello?

-Ya no es mi director, he dejado la docencia.

-No jodas, Félix. Pero si eras mi profe preferido. ¿Y qué haces ahora?

-Poca cosa. Estoy intentando escribir una novela y tengo unos proyectos

muy interesantes, ¿quieres que te los cuente? –yo estaba deseando hacerlo-...

311
Fue hacia su grupo a excusarse y regresó con su toalla. Buenas noticias.

Nos tumbamos a unos metros de los felómenos y le relaté mis proyectos del modo

más atractivo que pude. Me sentí como un crío de su edad intentando ligar. Me

gustaba esa sensación. Creo que incluso me puse demasiado pretencioso, pero ella,

o no se enteró, o, si lo hizo, disimulaba muy bien. Entre las historias que le contaba

no podía dejar de recorrer su cuerpo con la vista, desde los dedos de los pies hasta

sus orejas, pasando por la presión que ejercía el nudo del tanguita en la cadera, su

vientre moreno y sus brazos modelados por algún dios escultor; y qué decir de su

pecho perfecto y sin límite entre lo moreno y lo escondido del sol. Yo intentaba

acercarme a ella cada vez más y ponía mis manos en aquellas zonas que, se supone,

no son dominio de la sexualidad: los tobillos, las rodillas o los hombros. Y todo iba

bien. Lo cierto es que Marta me estaba resultando encantadora, más que

encantadora, muy atractiva, más que muy atractiva, lo que yo quería era hacerla el

amor, quería emplear todos mis encantos en ella, quería hacerla feliz.

Algo de lo que ocurrió entre aquellas dos toallas me dio la mayor

satisfacción del verano. Mientras me comía a Marta con la vista no me estaba

dando cuenta del milagro que acababa de sucederme.

El Hijoputa Éste se nos acercó para preguntarnos si queríamos algo de

beber y ahí fue cuando se me iluminaron las entendederas. Eureka. Estaba curado,

pero por completo. Me incorporé para contestar al mellado que sí, pero que cerveza

no. Que se trajera una botella de champaña, la mejor. Le di cincuenta euros al

Hijoputa Éste, él se encogió de hombros y desapareció en dirección al bar.

Antes de que Marta pensara que aquello del champán era para sorprenderla,

y que creyera que soy un cuarentón ligón cutre champañero, le dije que la alegría

no era por ella, sino que yo acababa de darme cuenta de que me había librado de la

312
obsesión más grande de toda mi vida. Marta me parecía una mujer muy atractiva,

estaba deseando acostarme con ella y lo más importante era que nada de lo que ella

tenía me recordaba a Joy. Ese era el misterio. ¡Por fin me había librado del

fantasma de mi mujer! Era la primera vez en años que sin estar bajo la influencia

de ninguna droga una mujer que no me recordaba a Joy me excitaba. La libido se

había escapado de su tarro sin drogas ni recuerdos. Porque Alicia era en cierto

modo algo artificial, Gabriela no era nada, y Maruxa, yo creía que era una copia de

Joy; pero Marta era Marta, nada de ella me recordaba a mi mujer y yo estaba

deseando quitarle el bañador con los dientes y hacerla el amor sin haber bebido

antes una gota de alcohol ni fumar grifa. Eureka, de nuevo. Miré al cielo y me

tumbé boca arriba. Los Camela cantaban en falsete una canción que me pareció la

banda sonora de la entrada al Reino de los Cielos. Marta sonrió mi alegría y a mí

me entraron ganas de arrojarme al agua; y lo hice, tomé de la mano a mi salvadora

y me dirigí a la piscina. Quité las gafotas a Pepote (¡cabrón, qué coño estás

haciendo!) y me las puse. Luego pegué una patada al paquete de Marlboro de

Mosca, subí el volumen de los Camela y me arrojé al agua con Marta de la mano.

Ella estaba confundida y no parecía compartir tanta alegría. Chapoteé y me sentí

joven.

Después que le explicara a Marta que un milagro había sucedido en mi vida

y que ella me había ayudado sin saberlo, no quiso comer paella con nosotros, me

dijo que comería con sus amigas; aunque ahora sí me miró como a un cutre ligón

champañero antes de decírmelo. A mí me daba lo mismo lo que ella pensara. Yo me

sentía recién salido de la cárcel. Miré los culos de las bañistas como si fueran todos

para mí. Incluso intenté ver algo de atractivo en la Puri que tanto se me acercaba

para hablar del horóscopo o de la influencia que santa Gema había tenido en su

313
vida. Pero yo no estaba para escuchar a nadie. Tenía una sobredosis de adrenalina

tal que me apetecía hasta correr. Comimos la paella y se pusieron a jugar al mus.

Yo no podía quedarme quieto y mucho menos mantener mi concentración en los

naipes. Me marché arrojando una excusa sobre el tapete y gasté medio depósito de

la Vespa en pensar cómo coger el toro por los cuernos. Cuando regresé a casa

busqué la tarjeta del abogado catalán (yo sé que el colegio de abogados catalán no

contempla las vacaciones). Efectivamente, en dos timbrazos oí la voz de Palau. Me

identifiqué y antes de que me trasladara sus novedades le dije que ya que era mi

abogado, o al menos eso creí yo, al ser el único que conocía (nunca había tenido

ninguno de esos profesionales de los que se suele presumir posesivamente como

con psicólogos, asesores fiscales, abogados, administradores, etcétera. Bueno, lo de

Mosca era de cachondeo); bien, a lo que íbamos, le dije que necesitaba verle con

urgencia, que se trataba de solventar unos problemas conyugales, porque lo de la

herencia de mi tío Melquíades no sé si serán bienes privativos o gananciales o

habrá que declararlo en Hacienda como si los hubiera logrado en un concurso de la

tele, porque realmente no tengo ni pajolera idea de todas esas cosas, que por cierto,

señor Palau, tampoco sé si la separación en la que estoy... ¡Vale, vale, señor

Cadalso!, será mejor que vuele mañana a Madrid y nos vemos, porque así, por

teléfono, como comprenderá...

Colgué y estiré las piernas por encima del sillón. Hoy estaba orgulloso de

mí mismo, y de tener un abogado catalán que tomaba el puente aéreo cuando le

necesitaba: eso sí que era nivel.

314
Cuando Alicia se enteró que aquel curso yo no formaría parte del claustro

de profesores se le quitaron las ganas de contarme sus aventuras por Vietnam.

-¿Pero por qué?, ¿qué vas a hacer ahora?

-Lo mismo que antes pero sin dar clases, al menos hasta que... me vaya...

-¿Vuelves a Zaragoza?

-No…, me voy a… Turquía.

-¿Una expedición arqueológica? ¡Es estupendo! –pero lo dijo con la boca

pequeña.

-No, no voy a nada en concreto. Voy a perderme: me voy solo, sin compañía

y no conozco a nadie allí.

-¿Cómo que a perderte? ¿Cuánto tiempo?

-No lo sé. Indefinido. No es un cambio de aires, sino una sustitución.

-Pero… ¿lo has pensado bien?

-Sí.

Y la miré a los ojos para recordarme a mí mismo que no había vuelta atrás.

-No sé qué decirte, Félix, no es algo normal. ¿Por qué Turquía? ¿Qué vas a

hacer allí?

-¿Quieres que sea franco contigo? –pregunta absurda.

-Sí –respuesta evidente.

-No tengo ni puta idea de qué voy a hacer allí. Elegí un lugar en Turquía,

como lo pude hacer en Túnez, o en Grecia. Y no pienso llevarme ningún trabajo de

aquí. Mi ocupación saldrá de mi nuevo hogar.

Alicia sacó su paquete de cigarrillos, uno con letras orientales que supongo

que traería como souvenir para sorprenderme, me ofreció como si fuera su marca

315
de tabaco de toda la vida y encendió mi cigarrillo, pero no el suyo, que se quedó

bailando en sus labios:

-¿La decisión es firme?

-Nunca he tenido nada más claro en esta vida.

-¿Pero volverás?

-No lo sé.

-Bueno, creo que ya eres mayorcito para tomar tus propias decisiones –pero

por su tono parecía dudarlo-. Espero que todo te vaya muy bien… ¿Pero por qué lo

haces?

Miré al suelo antes de contestar, como si me avergonzara de la respuesta:

-No lo sé muy bien, Alicia, te puedo contar la sensación que tengo… Me

siento como si hubiera perdido la capacidad de sorpresa, como si yo fuera alguien

que lo supiera casi todo.

Un silencio de casi un minuto.

-¿Cuándo te vas?

-Cuando termine lo del concurso.

Lo mismo le dije a Patricia, a Eduardo y a los felómenos aquel día que nos

reunimos en casa para dar por terminadas las vacaciones. Todos me sometieron a

un interrogatorio que toreé despacio, con una copa de güisqui a palo seco en la

mano, con el fin de que, cuando alguna de las preguntas me pareciera complicada

de contestar, pudiera pegar un trago para fingir que el licor me hacía una raya en el

gaznate y tener tiempo de elegir la respuesta. Cuando se hizo el silencio total

316
cambié el rostro de entrenador de fútbol que ha perdido un partido importante y di

la buena noticia:

-Por cierto, idos poniendo guapos… Por fin concursamos.

La noticia hizo el efecto que yo esperaba: una especie de alegría, confusión

y nervios. Algunos no sabían si abrazarse o ponerse a bailar. Mosca se peinaba con

una mano su tupé de puntas rubias y golpeaba en la espalda a Pepote, quien parecía

que no había oído la noticia, aunque todos sabíamos que sí.

-¿Cuándo es el día? –preguntaron Alicia y Eduardo a la vez.

-El viernes dieciocho de octubre.

Ahora sí parecía que Pepote había escuchado bien:

-Vi-er-nes.

-Sí, Pepote, viernes.

-¿No son los viernes cuando emiten los programas?

-Sí, claro.

-O sea, que… es en directo.

-Sí, por supuesto –contesté yo, que también estaba algo acojonado-. ¿Y qué

más da? Si nos equivocáramos en alguna respuesta no nos iban a dejar rectificar

por mucha grabación previa que fuera.

-Ya, sí, pero, si, entonces…

-Nada, Pepote –el optimismo de Eduardo es impresionante- esto lo que hay

que hacer es celebrarlo… Tenemos un mes para ultimar detalles. Vas a ser el

number one, chaval. A ver, Salomón Ribereño, dime qué lleva la bandera de Tahití

en su escudo, vamos…

-No…, no lo sé.

-Vamos, Pepote.

317
Pero Pepote se había marchado a la cocina, y cuando entré a buscarle

escudriñaba el frigorífico con la cabeza dentro y no quiso hablarme. Joder, ya

empezábamos de nuevo. Mosca me hizo un gesto para que me fuera con los demás

al bar de Juan a tomar un trago que él se encargaría de animar a su compadre.

Bajaron de mi piso cuando llevábamos dos cervezas y Eduardo ya le había

contado a Juan, con el que ya tenía una confianza familiar, que Pepote pronto iba a

ser una estrella de la televisión. Que no perdiéramos de vista al chaval porque

sorprenderá a toda España. ¿Verdad que sí, colegas? ¿Verdad que Pepote es el

número uno? A mí me estaba doliendo la cabeza de oír al Mazas, pero no me

atrevía a mandarle callar por la sencilla razón que era el único que parecía

contento. Nosotros, o al menos yo me sentía como si tuviera que aprobar unas

oposiciones. Otra vez los fantasmas del Milsetecientossetentayseis volaban en

rededor mío. ¡Pero ya qué más daba! No creo que en el culo de Turquía me

encontrara con un pastor kurdo que me señalara con su cayado: mirad, mirad, el

Milsetecientossetentayseis, ja, ja, ja, ja, qué descojone, mirad lo que nos envían de

España. Seguro que viene huyendo desde allí sin saber que la final del

Euroconcurso del saber la retransmitieron por Eurovisión con la misma

expectación que el final de la Champions League. Vecinos, id preparando su lápida,

porque hasta que se escriban en mármol todas las letras de

Milsetecientossetentayseis, sobre todo en kurdo, vamos a tener que emplearnos a

fondo. Y además tendremos que buscarle un lugar discreto para darle sepultura ya

que los suicidas y los que fallan la fecha del Descubrimiento de América no los

podemos enterrar en Tierra Santa. ¡Por Dios! Juan, otra cerveza urgente, pero de las

de verdad, ve sacando las propinas de la jarra. Claro que estoy contento, Eduardo, y

si haces el favor de decirle a Montero el día en el que emitirán el concurso para que

318
vaya preparando el Club de Fans… Pero, Pepote, que esa cerveza tiene alcohol, ah,

que lo sabes. Bueno, bueno, no bebas mucho que tú no estás acostumbrado, bien,

bien, pues que Juan traiga otra, pero del mismo tamaño que la de Pepote. ¡Madre

mía!, ¿Qué?, ¿que ahora no te acuerdas de nada? No te preocupes, Pepote, que eso

son los nervios. Ya verás cómo cambia todo cuando te encuentres en el plató, con

todos los focos del mundo alumbrándote, diez cámaras, una musiquilla de película

de miedo y un presentador hijo de puta que te haga las preguntas más difíciles con

el fin de que falles y que el millón de espectadores diga: no me jodas, lo que ha

fallado el gordo ese, ¡si eso lo sabe hasta mi hijo! ¿Verdad, Santi, que eso lo dais en

la ESO?, pues vaya. Si es que eligen a cualquiera, claro, como está obeso lo hacen

para que vean que no discriminan, que todos los que concursan no tienen que ser

guapos, pero sabían muy bien que ese que se parece a Charles Laugthon no iba a

llegar a nada. Y el otro, ja ja ja, su acompañante, ja, ja, ja. Como dependa del

profesor Bacterio rescatarle los temas lo lleva crudo. Pues vaya unos esperpentos.

Ah, ¿que el barbas era profesor de instituto? Tú lo has dicho: era, por algo ya no lo

es, porque no ha atinado a rescatarle de ningún bloque. Vaya un par de ridículos.

319
-¿Cómo estás, Félix?

-Bueno…, si tengo en cuenta que me he pasado casi dos meses sin escribir

una línea, que mañana tengo que salir por la televisión y que pasado mañana estoy

citado con Joy y su abogado para negociar mi divorcio, creo que no estoy lo

suficientemente borracho.

-No exageres, que siempre has sido muy dramático. Y quita el alfil de ahí

porque te vas a quedar sin él en dos jugadas.

Tenía razón Alicia. Era la segunda partida que jugaba con Juan e iba por el

mismo camino de la derrota que con la primera. La verdad es que no prestaba

mucha atención a lo que hacía, bastante esfuerzo empleaba en olvidarme del

concurso. Tenía que reconocer que estaba nervioso, muy nervioso. Aquella tarde,

vísperas del programa de televisión, los del equipo optamos por no reunirnos. No

sé de quién fue la idea de que el día anterior no nos congregáramos (lo mismo fue

mía) pero quien fuera no estuvo muy brillante: se me estaba haciendo el día eterno.

Me había propuesto mucha actividad para espantar los temores, y lo de lavar la

Vespa, hacer limpieza en el armario, embalar los libros y las películas, se habían

quedado en meros proyectos. Me había sentado frente al televisor a las nueve y

media de la mañana y después de fumar cien gramos de grifa me había dedicado

por pasear por el jardín del Príncipe hasta que quedé reventado. Después de la

siesta del vencejo había comido en el bar de Juan, y desde entonces llevaba en

aquella silla bebiendo güisqui y perdiendo partidas de ajedrez. Alicia me dijo que

había roto el acuerdo del equipo para venir a darme ánimos y, que como ya no me

pasaba por el instituto ni a saludar a los antiguos compañeros, había tenido el

320
detalle de traer al Oso Polar para que yo le diera dos besos porque ella sabía que le

echaba mucho de menos.

-¿Y serás capaz de hacer eso, Alicia? ¿Dónde está?

-Ahí fuera, con Montero.

-¿Y qué hacen?

-Ahora lo verás.

-¡Madre mía! Juan, ponme otro güisqui.

-Te pongo otra copa con la condición de que la bebida no sea excusa de tus

derrotas al ajedrez.

Joder con el chino, cada vez se expresaba mejor. Pero no era broma, Juan

estaba esperando a mi asentimiento para servirme. Le dije que sí, por supuesto, y

que pusiera otra copa a la señorita.

Mientras Juan llenaba mi vaso la puerta del bar se abrió, y una sábana con

las letras SALOMÓN RIBEREÑO en rojo apareció desplegada en el local; Joaquín

la sujetaba por un lado y el Fantasías por el otro. Irrumpieron en el local cantando

SA-LO-MÓN SA-LO-MÓN como si estuvieran en un estadio de fútbol. Los

clientes se quedaron mirando a los hinchas con una sonrisa en los labios. Yo me

engullí el güisqui y le quité la botella a Juan para servirme otro trago aprovechando

que también sonreía. Abrazos del Oso Polar como si quisiera que me encamara con

él, también el Fantasías me abrazó. Me hicieron las preguntas más obvias que se

pueden hacer a una persona que al día siguiente va a concursar a la televisión.

Hasta que el Oso Polar, tan solícito como siempre, me dijo que si él pudiera hacer

cualquier cosa por nosotros, que contara con ello.

-¿Sabes cuál es mi piso, Joaquín?

-Sí, por supuesto.

321
-Me podríais hacer un favor muy grande. Mañana tienen que venir de la

tintorería a traer las nuevas cortinas. Seríais tan amables de descolgar las viejas y

arrojarlas al contenedor. Es que estoy de la espalda muy jodido y...

-No te preocupes –dijo el Oso Polar comprendiendo todo lo comprendible-,

entre Montero y yo podremos con la misión, ¿verdad grumete?

-Sí; señor.

Dejaron la pancarta en el bar y tomaron mis llaves. Yo agarré a Alicia del

brazo y la llevé hasta la Vespa. Desaparecimos de allí. No tenía el más mínimo

sentimiento de culpabilidad de que semanas más tarde el Oso Polar pudiera morir

de ébola y el Fantasías atropellado por una excavadora.

Hacía algo de fresco y conduje muy despacio a ningún sitio hasta que decidí

aparcar la moto en la calle De la Reina. Compramos medio kilo de pistachos y nos

sentamos en el césped.

-Ya he hecho el petate, Alicia. Si mañana no ganamos me iré el lunes. No

me despediré de nadie. He hablado con mi abogado para que administre mi

patrimonio y con Mosca para que tome las decisiones. Si tú quieres puedes ocupar

mi piso. Creo que si no me meto en problemas podré incluso prescindir de

alquilarlo y tendré la certeza de que se queda en buenas manos.

-Gracias, Félix. Pero si me mudo prefiero que venga también Carmen y

pagar alquiler a medias como hacemos ahora...

-Como quieras.

Este silencio lo dediqué a recoger las cáscaras de los pistachos y

depositarlas en un papel. Cuando terminé ofrecí tabaco y fuego.

-Veo que lo has pensado bien.

322
-Sí –contesté mirando las copas de los plátanos en los que ya amarilleaba el

otoño en sus hojas.

-¿Y?

-Excitado, estoy muy excitado.

-He de confesar que me das un poco de envidia. ¿Tienes ya el billete de

avión?

-No. Me voy en la Vespa.

-¿Te vas a recorrer Europa en la Vespa?

-Sí. Hasta donde llegue. Si llueve, hace frío o me canso pararé el tiempo

necesario. El otro día me di cuenta de que en realidad no iba a ninguna parte, ¿para

qué tener prisa en ir a ninguna parte?

-Sí, creo que en eso tienes razón.

-¿Tienes dinero?

-Más del que me hubiera gustado llevar. Nunca he andado tan bien con la

Fortuna... Aunque temo que Joy y su abogado me dejarán a dos velas. Pero si te

digo la verdad, no me importa. Creo que para mis aspiraciones cuanto menos tenga

mejor.

-Me gustaría mucho comprenderte, Félix...

-Y a mí también me gustaría comprenderme.

Sonreímos. Yo cambié de conversación.

-He estado visionando de nuevo los programas del Demuestra lo que sabes

y los he cotejando con la anterior temporada. Aunque no ha cambiado nada el

sistema del concurso, ha subido mucho el nivel de las preguntas. Solo el sevillano

aquel del segundo programa ha sido capaz de llegar a la cima de la pirámide.

Seguramente los productores no se esperaban los índices de audiencia que está

323
teniendo el concurso. Han vendido bien el producto. He de reconocer que eso de

elegir a un par de listos de cada país para luchar en una final fue una idea

estupenda. Siempre nos hemos enfrentado entre países a ver quién es que mejor

juega al fútbol, a ver quién tiene mejores empresas, mejores democracias, las

mujeres más bellas... Lo más parecido a un concurso del saber son los campeonatos

de ajedrez y tampoco es que fuera un juego muy popular, al menos en la mitad de

Europa.

“¿Y te has enterado de lo que ha ocurrido en la versión italiana? Lo vi en el

reportaje que echan después del concurso. Por primera vez un programa de

preguntas ha desbancado en audiencia a un partido de fútbol. Hay un concursante,

un tal Marco Morelli, que es ya tan famoso como cualquier futbolista, e incluso el

Presidente de la República habla del Euroconcurso del saber en sus discursos... Y

en Bélgica tres cuartos de lo mismo. Un catedrático de Biología está participando

en el concurso sin ningún pudor por su cátedra.

-Ja, ja, ja. –encantadora risita de Alicia, pero yo no estaba para risitas-. ¿Y

qué quieres decir con ello? Evidentemente, si el premio de un millón de euros fuera

para un torneo de tenis ¿no irían las mejores raquetas del mundo a participar?

-Puede que tengas razón, pero... no confío en Pepote. Mírale objetivamente.

Si él fuera capaz de superar su pánico, cosa que dudo... ¡Joder, que no tiene

ninguna base!, ninguna formación... Si apenas sabe expresarse: tres de cada cuatro

palabras que dice son tacos... Que sí, que es capaz de conocer el nombre en latín de

cualquier planta africana, pero luego no sabe... Acuérdate, no sabía en qué

trabajaban los enanitos de Blancanieves; o de reconocer en una foto a Harrison

Ford.

324
-Bueno, pero ya lo conoce, ¿no? ¿Sabes lo que te pasa? Que estás muy

nervioso, solo es eso. Te lo has tomado todo demasiado en serio y no es nada más

que un juego. Te has planteado el concurso como salida a algún tipo de

frustración...

-No te pongas freudiana. Sabes que tengo razón.

-No, no tienes razón Félix. Parece mentira que una persona como tú, que ha

hecho tantos exámenes, no sepa reconocer los síntomas del día antes. ¿Y tú qué

crees, que el catedrático ese belga, o el italiano ese que va para ministro no tienen

puntos débiles? Pues claro que tienen. Deberías haber hecho más deporte para

saber lo que es la competición...

-No me digas...

Hablar del concurso no me tranquilizó lo más mínimo. Alicia tenía mucha

razón, pero a mí no me daba la gana dársela. El que tendría que subir con Pepote a

la palestra era yo, y eso me daba derecho a patalear un poco.

Yo tenía hora con la pequeña Joy en la peluquería, tenía que apañarme un

poco. No podía ir con aquellas barbas ni con aquel pelo de pincho al concurso.

Decidí que después de solucionar lo de mi apariencia, me pasaría a visitar a Pepote.

Seguro que se encontraba como mínimo igual que yo. Necesitaba conocer los

ánimos de mi campeón. La verdad es que llevaba todo el día queriéndole ver, pero

mi estado de inseguridad no era la mejor compañía para animar a nadie. Tampoco

me apetecía estar solo aquella tarde, así que con el pretexto de que Alicia se viniera

a la peluquería como asesora de imagen le propuse invitarla a cenar.

Acudimos a casa antes de ir al restaurante, necesitaba una ducha para

quitarme los recortes de los pelos y arreglarme un poco. Cuando llegamos, aquello

que vi, días atrás me hubiera sorprendido mucho, pero tal y como estaban

325
ocurriendo las cosas no me extrañó nada, pero nada en absoluto. Las cortinas, las

putas cortinas que me quitan la vista de la calle, seguían colgadas cada una en su

sitio. Tampoco culpé de incompetentes al Oso Polar ni al Fantasías; lo cierto es que

por mi error las llaves que les había dado no eran de mi piso sino las del garaje.

Me duché enjabonándome dos veces, tomándome mi tiempo, no por mayor

higiene sino por la esperanza de que Alicia se desnudara y se metiera conmigo en la

bañera. En aquellos momentos la deseaba un montón. Incluso pensando en la

remota posibilidad de que ella lo hiciera se me puso la minga morcillona, pero muy

morcillona, lo que demoró aún más mi salida del baño. Me sequé después de

aliviarme myself. Estaba mirando mi careto en el espejo cuando oí el timbre del

piso, luego algo de murmullo y seguidamente una conversación alterada. Unas

pisadas por el pasillo y la puerta del baño que se abrió sin pedir permiso. Mosca me

miraba nervioso desde el quicio:

-¡Tío, compadre, Pepote ha desaparecido! No lo encuentro por ninguna

parte... Por cierto, compadre Félix, ¡vaya pedazo polla que tienes!

-¿Pepote? ¿Desaparecido? ¿De qué me estás hablando?

-Que no está. Se ha marchado de su casa. He ido al Casino por si hubiera

tenido que cambiar el turno a última hora e ir por la tarde, pero allí me han dicho

que ni siquiera fue a currar esta mañana; que le habían preparado una pequeña

fiesta para desearle suerte en el concurso y no se había presentado.

Mierda. Otra vez.

-No te preocupes –dije para tranquilizarle-, ya es mayorcito... ¿Y no sabes

dónde puede estar?

-Ni puta idea, compadre, sin mí nunca va a ningún sitio, se queda en casa

leyendo en su sillón.

326
-Pero sabrás algún lugar al que suela ir solo, no sé... Estará en algún bar -no

con la cabeza-, en el cine -no con la cabeza-, en el parque de Pavía dando un paseo

-no con todo el cuerpo- en casa de su tía. ¿Has mirado en casa de su tía?

-Pos claro. No me escuchas, compadre... Cuando er tío Mosca te dice que

no sabe ande buscarle, es que no sabe ande buscarle.

-¿Pepote tiene coche? –preguntó Alicia.

-No, ni siquiera sabe conducir –eso me recordó que no habíamos trabajado

sobre las señales de tráfico.

Me vestí con lo primero que pillé. Salí al salón donde Alicia y Mosca

andaban de un lado a otro.

-Lo mismo está con Patricia, o con Eduardo. Alicia, llama a sus casas. Y tú,

Mosca, piensa, eres el único que puedes saber dónde está. ¿Nunca ha desaparecido?

-No.

-No sé, Mosca, ¿alguna puta con la que se acueste?

-No tiene ninguna en especial, además sin mí no va nunca a ningún

puticlub.

-Piensa, Mosca, piensa. ¿Has llamado al Hijoputa Éste? ¿A la Puri? ¿A la

Mariajo?

-Bueno, en casa del Hijoputa Éste, no. Pero no tiene teléfono.

-Ve allí. Y con lo que sea me llamas al móvil.

-Dacuerdo, compadre.

-En casa de Patricia no está y Eduardo tampoco sabe nada, ha dicho que se

iba a pasar por la Policía, y por Urgencias... Yo me voy a buscarlo a la biblioteca

del instituto, últimamente pasaba tiempo allí, también pasaré por la Biblioteca

Municipal.

327
-Te digo lo mismo que a Mosca, llámame con lo que sea.

Cerré la puerta del piso y salí a la calle, subí a la Vespa y me di cuenta que

no tenía ni puta idea hacia dónde tirar. Encendí un cigarrillo intentando que lo que

hiciera tuviera algo de sentido. Empatía, Félix, empatía. ¿Dónde irías tú si mañana

tuvieras que participar en un concurso de televisión y estuvieras acojonado? Pensé

que en el bar de Juan emborrachándome. Pero eso no valía, Pepote no bebía. Sigue,

sigue pensando. ¿Y si pesaras ciento treinta kilos? Nada, aunque en un futuro no

muy lejano y con aquel ritmo llegaría a pesarlo. ¿Y si quisieras huir de todo el

mundo, al menos por un día? No sé, no sé. ¿Y si recientemente…? ¡Coño!... Tomé

la Vespa, conduje por toda la calle Olivas hasta el campo de fútbol del Deleite,

estacioné en su aparcamiento y subí andando hasta el Cerro de los Frailes.

Allí estaba. No me había visto subir porque se encontraba de espaldas a mí,

sentado en los restos del fortín antiaéreo, mirando hacia la puesta de sol. Hice algo

de ruido para no asustarle, pero él no se giró. No se movía. Por un momento pensé

que se había dormido. Me acerqué por la espalda y pronuncié su nombre. Nada. Me

asusté y puse la mano en su hombro. Entonces fue cuando giró la cabeza y me

miró. Yo sonreí.

-¿Has traído algo de comer?, Félix. Tengo hambre.

-¿Estás bien, Pepote?

-Te he dicho que tengo hambre. ¿No me has oído?

-Joder, Pepote, nos has asustado. Mosca lleva todo el día buscándote. ¿De

verdad que te encuentras bien?

-¿Has traído el teléfono? ¿Sí? Llama a La Pizzería. Quiero una Ranchera

con pepinillos y doble de queso. Y un helado de fresa y chocolate, bueno, dos, dos

de fresa y chocolate. Y tú pide lo que quieras que te invito.

328
Pedí una Ranchera con pepinillos y doble de queso para él y otra Cuatro

Estaciones, también con doble de queso para mí. ¡Manda cojones! Ahora me di

cuenta de algo que llevaba sospechando hacía mucho tiempo. La cosa comenzaba a

ser seria: algo no funcionaba: ¿por qué siempre que Pepote o yo pedíamos una

pizza lo hacíamos pidiendo doble de queso?, eso no encajaba, sospeché que

seguramente echaban menos queso del necesario para cobrar los extras. Enseguida

se lo comenté a Pepote.

-Tienes razón, Félix, en Valdemoro echan más queso.

Se lo dije a quien me atendió, que por cierto fue muy amable, y me trasladó

que para poner una queja formal debería presentarme allí y rellenar el formulario

de la empresa. Lo haría antes de marcharme al Más Allá, me pasaría por La

Pizzería. Le pasé el pedido, pero todavía tenía que solventar una duda:

-Pepote, ¿Qué quieres como regalo? ¿Una película de vídeo o una muñeca

de las Supernenas?

-La muñeca de Pétalo.

Tuve que hablar personalmente con el repartidor y ofrecerle una propina

cojonuda para que nos subieran las pizzas al Cerro de los Frailes. Pero no puso

mucha pega. En eso eran unos monstruos.

Después de llamar a Mosca y a Alicia y de comunicarles que Pepote estaba

conmigo, Expósito y yo nos quedamos embobados viendo cómo desaparecía el Sol

por el horizonte.

-¿Estás nervioso Pepote?

-No. Ahora no. Sorprendentemente estoy muy bien. Ya te lo diré mañana.

-¿Haciendo las paces con el pasado?

-Sí –contestó mirándome.

329
-Todos hemos dejado cosas que hacer y que nunca podremos arreglar. Solo

podemos mirar hacia delante y que no se vuelva repetir.

-Sí. En eso llevas mucha razón.

-Yo no fui un buen hijo, Pepote. No supe comprender el cariño que mis

padres me ofrecieron durante toda su vida. Lo único que pensaba era en marcharme

lejos, cuanto más mejor. No sé de qué coño me avergonzaba pero nunca estuve a

gusto con ellos. Me parecía que yo era el único motivo que ellos tenían para vivir.

Mi existencia era lo único que les mantenía unidos. Pensaba que mis padres eran

incapaces de hacer nada en absoluto que no fuera conmigo. Miraban la vida a mi

través. Creo que apenas hablaban entre ellos si no estaba yo delante; no sé cómo

explicarme: era todo como un artificio para que pareciera una familia de verdad.

Fue una responsabilidad horrible para un joven que tiene su mayor ejemplo en sus

padres y cuando los observaba en busca de alguna referencia se veía reflejado a sí

mismo.

“Cuando aprobé las oposiciones saqué un número cojonudo, tan cojonudo

que incluso podía haber pedido destino allí, cerca de ellos, en Zaragoza… Pero

¿qué hice?, me marché lo más lejos que pude, y no fue eso lo peor, sino que les

mentí. En vez de decirles que podía quedarme en Aragón, les expliqué que mi nota

no fue lo suficientemente buena como para elegir plaza en las inmediaciones de mi

casa. ¿Por qué inventé aquello? No sabría darle ninguna explicación, pero cuando

pienso en mis padres solo siento remordimientos de todo tipo. Estaba lejos y me

daba algo así como lástima de ellos; no me los imaginaba haciendo otra cosa que

no fuera esperar junto al teléfono mi llamada.

“No tuve una buena relación con mis padres. Ni siquiera sé si se puede

llamar relación al tiempo transcurrido entre mis veinticinco años hasta que ellos

330
murieron. Ahora me arrepiento de todo, creo que debería haber sido más tolerante y

más cariñoso con ellos. Saber que ya no puedes hacer nada por cambiar la Historia

es un peso muy grande. Son muy malos los remordimientos para convivir con ellos.

¿Verdad que sí Pepote?

-No has pedido las bebidas. Se te ha olvidado pedir las bebidas; yo quiero

una cocacola. Llama antes de que sea más tarde.

Llamé a la pizzería. Afortunadamente nuestro pedido aún no había sido

entregado al reparto y las bebidas llegaron a tiempo.

Aquella noche no dormí bien, di mil vueltas en la cama con un ardor de

estomago terrible. Los nervios se agarraron a mis tripas impidiendo la digestión.

Vomité el almuerzo, la pizza y la cerveza. Logré conciliar el sueño una hora

después, cuando miles de animales de todas las clases acudían en tropel a la laguna

del Serengeti. El orangután maestro de ceremonias les daba la bienvenida, y una

docena de gacelas con unas piernas preciosas les acomodaba en sus asientos. Sin

saber por qué, la ciénaga se convirtió en un enorme circo romano donde el Rey de

Todas las Españas, Felipe II, vestido con una toga blanca virginal, salió al palco

saludando. Todos lo aclamaron. Él tomó asiento en un sofá como el de mi casa, se

acomodó con los pies encima de los brazos del sillón y levantó el dedo pulgar para

que comenzaran los Juegos. El orangután se acercó el micrófono a la boca para

llamar a unas animadoras que eran todas la pequeña Joy con ropas muy ajustadas.

Ellas ocuparon toda la arena y bailaron un tema como muy espectacular que

terminó con todas de rodillas y sus brazos extendidos señalando a un paseíllo

taurino. Allí estábamos todos. Pepote andaba con garbo disfrazado de torero,

331
acompañado de otras personas que también iban vestidas de luces; unos con gafas

de intelectual, otros con barbas de sabio macedonio y dos mujeres con peplo.

Detrás caminábamos los subalternos en traje de baño. Yo me moría de vergüenza

porque mi bañador era muy pequeño y notaba una enorme erección provocada por

una de las gacelas, que me guiñaba el ojo y se acariciaba con lascivia sus pechos.

Todos llegamos a la altura de la presidencia y nos quitamos los tocados para

saludar al Rey, que nos dio el beneplácito. Entonces, cada maestro ocupó su lugar

junto a un burladero para templar su capote. El de Expósito era ridículo, color

verde pistacho por una cara y estampado por su envés con hojas de marihuana.

Mosca, su apoderado, le llamaba desde el callejón para decirle que esa capa no era

para torear, que esa era la que usaban los domingos para jugar a la petanca, pero

Pepote no le oía. Yo iba a acercarme a él para comunicárselo pero me resultó

imposible porque el Oso Polar, disfrazado de oficial nazi, me lo impedía dándome

órdenes en portugués que yo entendía perfectamente, porque de repente yo estaba

vestido de forçado, igual que Eduardo y que Gabriela. Los tres esperábamos a

portagayola que el Hijoputa Éste saliera de los toriles montado en mi Vespa. Y

salió, descojonándose del público que lo abucheaba y lo insultaba llamándolo

guapo y cariño, y él cada vez se enfurecía más, aceleraba la motocicleta y se

lanzaba contra nosotros. Pero el Mazas sujetó la Vespa de los cuernos, luego

Gabriela se agarró de la espalda de Eduardo y yo de la espalda de Gabriela (y ya

aprovechaba para culearla un poquito) y alguien se agarró de la mía y al girarme

me di cuenta que era un enorme alfil blanco, también vestido de forçado, que me

recriminaba haberlo usado para un gambito. Pero entre todos no podíamos frenar la

embestida y pedíamos ayuda a Pepote, porque sabíamos que era el único que podía

salvarnos, pero seguía sin oírnos, estaba como ausente. Entonces Mosca estuvo

332
muy listo y, asesorado por Palau, pidió al Rey el enroque. Nos lo concedió, y eligió

el enroque largo para proteger a Gabriela de mis puyazos. Los dedos de Mosca me

tomaron en volandas y me colocaron en un cuadro negro muy cercano al del Alfil,

al que yo había cogido cariño, que por cierto se llamaba Borja y había estudiado

con los Salesianos en Valladolid, y le propuse que se viniera conmigo a tomar una

cerveza. Pero algo ocurrió que cambió el proyecto: el público empezó a dar palmas

de tango y a gritar: otro toro, otro toro, porque se dieron cuenta que el Hijoputa

Éste estaba mellado y comenzaron a abuchear al ganadero. Mosca, que había

usurpado el palco, sacó un pañuelo fucsia para pedir el cambio, pero no de res, sino

de presidente. Felipe II tuvo que ceder su trono a Joaquín Sabina (un mostro don

Joaquín), que pidió a Mosca que le cantara algo. El príncipe de todos los gitanos

lloró de emoción por la petición de su Sabina y con lágrimas corriéndole por las

mejillas cantó por bulerías:

Que arda el parque de bomberos,

que atraquen la comisaría,

que alguien cante el porompompero

Y alargue más la noche que los días.

Sabina dio el visto bueno al cante de Mosca y este siguió entonando, ahora

el porompompero. Se hizo de noche y comenzaron a salir los cabestros, guiados

por un pastor kurdo que en cuanto me vio vino a saludarme dándome un fortísimo

abrazo como si quisiera darme la alternativa. Me dijo que ya tenía mi lápida

preparada y que, gracias a su influencia con el pope, había conseguido un lugar

donde enterrarme en Campo Santo, pero con la condición que debería morirme de

333
inmediato porque el cargo de pope en el sur de Turquía era electo, y solo quedaban

seis meses para las próximos comicios y con otra corporación de popes él no

respondía.

Mierda. Vomité otra vez, tomé un almax y bebí agua. Fui al salón e

introduje en el vídeo París, Texas, la película me enganchó y estuve despierto hasta

las seis de la madrugada.

334
Nos pasaron a todos a una habitación enorme, con sillas de esas de

ambulatorio y con plantas de plástico. Algunos tomaron asiento, otros no podíamos

porque las piernas tenían que andar nerviosas de un lado a otro como si de un

momento a otro nos fueran a gasear a todos, o al menos eso me pareció a mí

cuando aquella tía de gafas miraba muy preocupada hacia arriba escudriñando el

techo. Éramos treinta y dos almas, dieciséis concursantes estelares y dieciséis

acompañantes. Al cuarto de hora una azafata muy amable pidió nuestra atención

para comunicarnos que en veinte minutos pasaríamos al plató, que si

necesitábamos cualquier cosa, bebidas, alguna chocolatina, cualquier cosa, insistió,

no teníamos más que pedirlo. Se marchó dejando la sala del psiquiátrico de nuevo

en orden: un tío paliducho con cuatro pelos andaba deprisa, preocupado y cabizbajo

de un lado para otro, como si al contar las baldosas del suelo cada vez le saliera un

número diferente; un joven de unos veinticinco años jugaba en un rincón con una

maquinita de videojuegos; dos hombres y una mujer acababan de descubrir que se

conocían por haber coincidido en otros concursos de la televisión; otro tosía, tosía

y tosía; una mujer gruesa, que haría buena novia para Pepote, realizaba unos

ejercicios de voz, como si en vez de concursar en el Demuestra lo que sabes fuera a

una audición de sopranos (por un momento incluso yo llegué a pensar que Pepote y

yo nos habíamos equivocado de estudio, lo juro); otro joven treintañal, con la

cabeza afeitada y un pendiente de aro, tenía toda la pinta de que sacaría de debajo

de su jersey un revólver y se liaría a disparos con todos nosotros. Los menos de los

335
participantes hablaban con su acompañante de algo que no tenía nada que ver con

el concurso, fingiendo intrascendencia, como si aquello le sucediera todos los días.

Y la tía de gafas seguía buscando los aspersores en el techo por donde nos soltarían

el gas mostaza.

Pepote había ocupado el centro de la sala con su pose personal, con sus

dedos cogidos por la espalda y mirando a un horizonte imaginario. Yo ya había

desistido interesarme por su estado porque la quinta vez que lo hice él me dijo que

a la siguiente me daba una hostia, allí, delante de todo el mundo. Iba bien vestido,

transformado en un Charles Laugthon con sus gafitas modernas y todo. Yo también

me había arreglado bastante, más de lo que me hubiera gustado, me encontraba

algo incómodo con la ropa que Alicia me había obligado a vestir. Miré por enésima

vez mi reloj: las veintiuna y veinte; en diez minutos nos llamarían por orden

alfabético desde aquella puerta. Tendríamos que andar ligerito con nuestra pareja,

buscar la señal en el suelo delante de una cámara, decir rápidamente nuestro

nombre y procedencia y ocupar nuestro lugar en el espectáculo. Todo eso nos lo

habían explicado en maquillaje mientras nos daban dos brochazos en la cara.

Resoplé. No podía estar callado y miré a Pepote, que parecía no estar allí conmigo:

-Pepote.

-¿Qué?

-Acuérdate de todo lo que hablamos.

-Cómo quieres que se me olvide, ¿estás gilipollas o qué?, llevas una semana

repitiéndome lo mismo.

-Ya, ya.

336
Oí unas sonoras palmadas en la sala y los huevos se me subieron a la

garganta: el culpable fue un concursante gracioso que soltaba así los nervios, era la

segunda vez que lo hacía. Si lo repetía le iba a partir la cara.

-Pepote

-¿Qué, coño, quieres, ahora?

-Acuérdate de cambiar de tema, no te empecines con los Deportes o la

Historia, tres o cuatro preguntas y cambias de materia, porque si no, al subir de

nivel subirá también la dificultad de los temas que no has usado y eso complicará

mucho las cosas. Recuerda: si pasas la ronda preliminar os quedaréis ocho. Los

cuatro mejores participantes de contestar cinco preguntas subís a las semifinales y

allí os harán otras cinco, y los dos mejores de este nivel (que ya tendrá una

dificultad muy elevada) subirán a la final. Convendría que para entonces tuvieras

algún tema sin cerrar porque la complicación de la final es altísima. ¿Entiendes?

-No te estoy escuchando. Me tienes ya hasta los cojones.

-Bueno, no me escuches, pero cambia de tema cada tres o cuatro preguntas,

a partir de la sexta la dificultad es de la hostia. Tienes que asegurar varias

respuestas antes de que suba el nivel ¿ok?

-Ve-te-a-to-mar-por-cu-lo.

-Eres un verdadero encanto, Pepote.

Aunque aún quedaban cinco minutos se abrió la puerta y aparecieron seis

azafatas sonrientes con carpetas que nos repartieron unas etiquetas con nuestros

nombres para que las pegáramos en el pecho. El programa ya había comenzado.

Por la puerta se podía oír perfectamente la voz grave del presentador y los aplausos

del público. Mis piernas flojearon, me entró algo de angustia. Pensé que tenía que

haber tomado un ansiolítico yo también, pero ya era tarde. Además los tenía Alicia

337
que estaba en el público. Me entraron ganas de salir corriendo. ¿Qué necesidad

tenía yo de estar allí si me iba a perder por Turquía en breve? Tosí, tosí muchas

veces. Me encontraba muy enfermo de canguelo. Pepote interrumpió mi miedo

para pedirme que le colocara bien el distintivo porque la tía esa pedorra se lo había

puesto torcido. Le apañé. Comenzaron a llamar a las parejas. Tosí y me dio una

arcada de angustia. Miré a Pepote, joder, si parecía que estaba mejor que yo. Eso

me reforzó. Intenté pensar positivamente: yo no era el que tenía que concursar, con

un poco de mala suerte recibiría dos o tres preguntas a lo máximo, y eso no era

para tanto. Me calmé, al menos de momento, hasta que me di cuenta que mi cabeza

estaba vacía, completamente vacía: no tenía nada en ella. La fecha del

Descubrimiento no figuraba en mis registros. Me acorde, eso sí, del pastor kurdo.

¿No sería un sueño premonitorio? Mierda.

-Pepote y José Félix, por favor.

Pasamos por el pasillo, detrás de otras tres parejas que esperaban salir a la

arena. Al fondo del túnel una luz. Camina hacia la luz; camina hacia la luz, Félix.

Parte de la salida estaba ocupada por el ogro Gonzalo que era el que daba paso a

los equipos al plató. Yo ya no tenía fuerzas en la garganta, ni siquiera para toser, la

boca se me había quedado seca. Félix, te llamas Félix. Que no se te olvide al menos

eso, que te llamas Félix y vienes de Aranjuez.

Dos parejas y nosotros. Aplausos, muchos aplausos de donde salía la luz.

Camina hacia la luz, Félix.

¡Ya está, lo tenía! Confesaría a Gonzalo que fue Pepote quien le mandó a

tomar por culo por teléfono y que luego le mintió con lo de su cuñado. Seguro que

el ogro nos expulsaría del programa y yo dejaría de toser y me iría a Turquía de una

puta vez. ¡En qué coño me había metido! Joder, qué mala experiencia.

338
Nosotros éramos los siguientes.

Mierda, no veía nada con los focos. ¿Por qué coño hay tantos focos,

Pepote? Hola, Gonzalo, ¿qué tal?

-Suerte, muchachos.

-Gracias, Gonzalo (tú también la vas a necesitar, no sé si no me cagaré

encima y arruino el programa, bueno. Vamos allá).

Anduve deprisa para no notar el ritmo de mi corazón. No sé cómo logré

encontrar la marca en el suelo, Pepote se me unió un segundo más tarde y nos

giramos hacia la cámara y dijimos nuestros nombres sin equivocarnos, parecía

mentira que hubiera podido expresarme. Las dos azafatas nos dividieron. La rubia

acompañó a Pepote a la base de la pirámide y le indicó su asiento en uno de sus

dieciséis escaños. A mí me acomodaron con el resto de los acompañantes en lo que

parecía simular un aula. Creo que la gente aplaudió y se oyó algún silbido que

relacioné con Mosca, pero no puedo asegurarlo. Todo lo que estaba sucediendo me

parecía un sueño. Desde mi asiento estaba algo más tranquilo, sobre todo cuando

recorrí con la mirada el estudio. El decorado era mucho más pequeño de lo que

había imaginado, pero había más cables y luces, sobre todo luces, de los que creía

necesarios.

A nuestra derecha, la de los acompañantes, unas gradas con unas trescientas

personas, entre ellas Alicia y Mosca (solo habíamos conseguido dos invitaciones).

Frente a nosotros la Pirámide del Saber, como la llamaba el presentador. En su base

dieciséis asientos, en el segundo nivel ocho, en el tercero cuatro, en el siguiente dos

y en la cúspide un solo asiento con un montón de luces y estrellas que solo se

encenderían, acompañados de una música triunfal, si alguien llegara hasta él. La

pirámide no era tan alta como se veía en la televisión. Un escorzo en profundidad

339
simulaba que los concursantes se elevaban mucho del suelo, pero lo que hacían las

filas era retroceder más que elevarse. Me imaginé que la lente de una de esas

cámaras que se movían por encima de nosotros terminaría de fabricar el engaño

visual.

A nuestra izquierda, entre la pirámide y los acompañantes, sobre una

palestra algo elevada, se encontraba el presentador, y justo debajo de él tres

personas con unos ordenadores que se suponía que hacían de jurado. Había

técnicos por todas partes que se movían con cámaras, con cables, con carpetas.

Siguieron entrando parejas hasta que la base de la pirámide se completó con

los dieciséis concursantes. Entonces...

“Unos minutos de publicidad. Y no se vayan porque pueden perderse...

Demuestra-lo-que-sabes”.

Relax en el plató, alguien daba voces a un cámara, el presentador

desapareció dejándonos como huérfanos, otra azafata que nos preguntaba si

necesitábamos algo. Aproveché a echar una mirada a nuestros animadores. Mosca

nos hacía gestos de fortaleza con los dos puños y Alicia le tiró un besito a Pepote.

Más de un cuarto de hora de espera era indicio suficiente como para saber

que a cada edición del programa le correspondía una subida de audiencia. El gran

público español estaba deseando elegir a sus dos representantes, cuatro con sus

acompañantes, para enfrentarlos en la batalla final con los otros siete países

europeos participantes.

Alguien desde detrás de las cámaras hizo una indicación de alegría a otro

que estaba sentado en un ordenador. Parecía que de la cuota de audiencia venían

buenas noticias. El presentador regresó y se puso en su palestra como si nunca se

hubiera ido. Una voz contó hacia atrás y el protagonismo regresó al maestro de

340
ceremonias, que en breve comenzaría con las preguntas para seleccionar a los

cuarto finalistas.

En la primera fase los acompañantes no teníamos que hacer nada.

Aproveché y eché un vistazo a los rivales. Dieciséis eran muchos para que pudiera

sacar una conclusión de cada uno de ellos, así que centré mi atención en los que me

parecían más peligrosos. El calvo del pendiente, ese con pinta de asesino, ya

sabiendo que su intención no era disparar contra el público, ahora me daba unas

vibraciones como que era un tío que sabía. La novia de Pepote también parecía

ilustrada, y el tío viejo con empaque de ferroviario jubilado me parecía un erudito

de biblioteca. En esos me centré cuando comenzaron las cinco preguntas de temas

generales. Ni que decir tiene que a esta primera fase era a la que más temíamos los

del equipo por la irregularidad, si se puede llamar así, de conocimientos del

Salomón Ribereño. Aunque corríamos con una pequeña ventaja: al tener que hacer

tantas preguntas (dieciséis concursantes por cinco) no se entretenían en usar

audiovisuales.

Primer tema: Arte y Literatura. Me sorprendí haciéndome la Señal de la

Cruz.

Los dos primeros jugadores fallaron sus preguntas; el asesino en serie

contestó bien al autor de Trópico de Capricornio, otros dos resolvieron

correctamente y le tocaba el turno a Pepote:

Fácil, muy fácil, demasiado Fácil, eso era lo que nos acojonaba:

-Concursante Pepote... ¿En qué museo se encuentra la Gioconda?

Todos lo mirábamos, no solo los de allí, sino los de más allá de las cámaras,

casi dos millones de españoles. Me pareció que había comenzado a sudar y que

341
hacía gestos con los dedos que no me gustaron un pelo, pero contestó casi de

inmediato:

-Louvre, París

-Muy bien, continuamos con el concursante Luis...

Respiré. Pepote miró al cielo, ahora le veía más tranquilo. El ferroviario

falló en una gilipollez y también otros dos concursantes más no acertaron con las

respuestas. La novia de Pepote contestó con mucha seguridad quién fue el

arquitecto de Santa María Novella.

La primera tanda había pasado. Diez participantes seguían vírgenes y seis

heridos.

Segunda ronda: Ciencia y Naturaleza.

De los dos primeros concursantes uno ya se podía despedir; otros tres

contestaron correctamente; el asesino respondió con solvencia el tiburón blanco

(No me había equivocado con el killer, era bueno); otros tres participantes

acertaron y ahora le tocaba el turno a Pepote. Mi corazón empezaba a parecer un

bafle en el que sonaba Krafwerk a doscientos decibelios.

-Concursante Pepote: ¿Podría decirme a qué familia de insectos

pertenecen los ácaros?

-Sí, claro, a los arácnidos.

¡Bien! Apreté el puño aún más. Me estaba haciendo daño, pero solo me

daba cuenta de ello cuando Expósito contestaba. Esta vez no presté mucha atención

a las respuestas de los demás. Me centré en Pepote. Me pareció que estaba muy

tranquilo, miraba al techo como si intentara comprender el sistema de iluminación.

La cosa iba estupendamente. Después de esta ronda miré los marcadores luminosos

que los concursantes tenían en su frente, de los dieciséis, tres ya se podían despedir.

342
La novia de Pepote llevaba dos de dos y el ferroviario solo la mitad, pero se metía

de nuevo en la pugna. Ocho de los concursantes seguían al cien por cien.

Tercera ronda: Cine y Espectáculos. La que más temíamos.

El tercer concursante también podía decir adiós; el Killer dudó mucho para

pronunciar El Cascanueces, pero acertó. La concursante anterior a Pepote, una

cuarentona con pinta de fiscala o de jueza, hacía igualmente pleno contestando

Broadway. Habría que tenerla en cuenta a ella también.

-Concursante Pepote: podría contestarme ¿qué actor protagonizó La

muerte tenía un precio?

-Clinisgud.

Bien, Pepote, bien. Apreté puños y dientes y giré la vista hacia Alicia que

hacía los mismos gestos que yo. Mosca voceaba con la amonestación de una

azafata. ¡Qué cerca estábamos! Quedaban dos preguntas para que comenzara lo

duro y eran las de sus dos temas preferidos. Miré a Pepote a ver si podíamos cruzar

una mirada, pero lo que vi no me gustó nada. Se había levantado de su asiento y se

había vuelto a sentar. De inmediato una joven de las de carpeta se dirigió a su

encuentro, mantuvo una conversación gesticulada con él mientras se acaba la

tercera ronda de preguntas. Pepote parecía incómodo.

Resumen: seis todavía vírgenes, cinco con un fallo, tres con dos y dos con

tres fallos.

Cuarta ronda: Deportes y Juegos.

El asesino en serie falló por primera vez: no era snowboard por lo que le

preguntaron; la Jueza sabía perfectamente de qué color viste el Osasuna y Pepote,

Pepote se pasaba la mano por la cara: había roto a sudar.

343
-Concursante Pepote: Si decimos de puente a puente y tiro por que me lleva

la corriente. ¿De qué juego estamos hablando?

Era fácil. ¿Era fácil?... Pepote, joder...

Pepote se secó la frente con la manga. Parecía que iba a contestar pero... El

alma se me cayó al suelo.

-No lo sé.

Mierda. Joder.

No contaba con este fallo. Comencé a mover las piernas debajo de la mesa

como si me estuviera meando. La cosa se complicaba.

Continuó la ronda. El ferroviario se enganchó al carro de las tres acertadas,

la novia de Pepote con cuatro hacía pleno y otros dos también acababan de pasar a

cuartos de final.

Resumen de la cuarta tanda: cinco sin fallo, que ya tenían una plaza en los

cuartos; cuatro con una tacha, entre ellos Pepote, y tres con dos errores. Los demás

quedaban fuera.

Quinta ronda: Geografía e Historia.

Pepote, por Dios. No me falles, no quiero irme todavía de España. Pero lo

veía demasiado nervioso, sudaba como una esponja y sus manos no podían estarse

quietas. Conociendo la experiencia del instituto pensé en lo mal que lo pudiera

estar pasando. Me dio algo de pena. Por un momento deseé que fallara, con toda

seguridad sus fantasmas que había venido a espantar ya se habían alejado, y la

experiencia televisiva ya estaba realizada.

-Quinta y decisiva ronda –recordó el presentador-. Comenzamos… –Música

de miedo en el plató.

344
El Killer estaba clasificado al decir Manuel Azaña; otro concursante con

cara de morder limones se aseguraba también una plaza al contestar cuál era la

capital de Castilla la Mancha; la Jueza también aprobaba con nota. Y le tocaba el

turno a Pepote. Ahora sí que me miró por primera vez en todo lo que llevábamos de

concurso y apretó los dientes para escuchar su pregunta:

-Concursante Pepote: ¿Quién fue el valido de Felipe IV?

Vamos, Pepote, esta la sabes, hijo de puta, ¡vamos!

Le dio un temblor por todo el cuerpo pero aunque muy bajito y teniéndolo

que repetir, contesto:

-Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares.

¡Sí, Pepote! Pasamos de ronda. Cojonudo. Apreté los puños por enésima

vez.

Y todos nos fuimos a la publicidad.

Dejaron que nos acercáramos a los concursantes mientras los subían de

escaño y echaban del plató a los perdedores. También a los acompañantes nos

acomodaron en un nuevo lugar, más cerca de ellos, ahora sí tendríamos

protagonismo. Abracé a Expósito y para mi sorpresa él también me correspondió:

esto me lleno de emoción. Me dijo que pidiera agua, que tenía la boca muy seca.

Así hice, y luego nos separaron para acomodarle en la parte superior de la

pirámide. Disimulando llegué hasta el público. Mosca besaba su reloj del Atleti y

parecía rezar a Gil y Gil, también me besó a mí en la mejilla. Alicia lo hizo en mi

boca y me extendió una pastilla similar a las de glucosa:

-Me la dio Eduardo para Pepote, dijo que si tiene problemas con la

sudoración que la masticara antes que se deshidratara por culpa de los nervios.

345
Era un fenómeno el Mazas, estaba en todo, había que reconocer que no se le

escapaba el más mínimo detalle. Me acerqué al Salomón Ribereño cuando ya nos

ordenaban ocupar nuestros puestos. Le di la pastilla, Pepote la masticó sin hacer

ninguna objeción y se bebió de un trago el segundo botellín de agua. La parte

principal del concurso iba a comenzar en un minuto

-De nuevo bienvenidos a Demuestra-lo-que-sabes. Nuestra segunda fase

está dispuesta. Ocho de nuestros concursantes han accedido al segundo peldaño

de la Pirámide del Saber, ocho concursantes que van a luchar por una plaza en la

final que se celebrará el veintinueve de noviembre, donde solo dos tendrán el

privilegio de representar a España en el Euroconcurso del saber... Y como en cada

concurso, explicaremos que para pasar a las semifinales les haremos cinco

preguntas del tema que ellos elijan -Música de mucho miedo-... ¿Están nuestros

concursantes preparados?

Hubo un silencio y la cámara del techo, como si fuera una Vespa galáctica

conducida por un operador con coleta, se vino a toda hostia a dos metros de

nuestras cabezas. Pensé que eso se correspondería en la televisión con un

espectacular travelín o algo así. Luego volvió a hablar el presentador:

-Primera ronda del primer nivel. Recordamos a los concursantes y a los

telespectadores que cada nivel la pregunta elevará su dificultad y que todos los

temas subirán también su complicación según el escaño de la Pirámide del Saber

–Ahora el de la coleta volaba hacia atrás- Empezamos con la pregunta para el

concursante Pedro.

Tachán.

-Concursante Pedro, ¿por qué tema empieza?

-Cine y Espectáculos

346
-La pregunta es la siguiente: ¿Quién fue el director de la versión

cinematográfica de Oliver Twist que protagonizó Alec Guinness?

Tic tac tic tac tic tac

A tomar por culo, ni él ni su acompañante supieron responder, se quedaban

sin el temario de Cine.

El siguiente concursante sí supo cuál era la capital de Ucrania; el Asesino en

serie contestó con una seguridad pasmosa la fórmula del ácido acético y la Jueza,

que antes parecía una mosquita muerta, ahora se había soltado el pelo y se había

transformado en una leona que esperaba su pregunta sobre Arte y Literatura.

Contestó perfectamente Miguel Delibes. Le tocaba el turno al Salomón

Ribereño, que eligió Deportes y Juegos:

-Concursante Pepote, podría decirnos cómo se denomina en la actualidad

la antigua Copa de Europa de fútbol.

Ni puta idea... Ni puta idea yo, Pepote contestó, sudando, pero contestó con

seguridad que la Champions League.

-Correcto. Y continuamos con el concursante Luis que seguro que nos va a

decir su temario a elegir...

Todos los que restaban contestaron correctamente a las preguntas del primer

nivel. Hubo otro movimiento de la cámara de las galaxias y el presentador avisó

que elevaba al nivel dos las preguntas. El primer concursante también falló en el

nuevo tema. Aunque le rescató su acompañante del temario, no sumaría el punto: lo

llevaba difícil para subir al peldaño de semifinales. El de cara de morder limones

también acertó la suya; el Killer sabía cuál de entre dos metales que le dijeron era

el más pesado, y la Jueza-leona supo diferenciar entre cuatro obras una que no era

de Baroja. El turno era para el Salomón Ribereño, que seguía sudando y pasándose

347
las mangas de la camisa blanca por la frente. A este paso, si lograba estar media

hora en el plató, se iba a convertir en una momia desecada.

-Concursante Pepote. ¿Sigue con Deportes y Juegos?

-Sí.

-Y nos va a decir ahora mismo de qué color es la bandera de precaución en

las carreras de Fórmula Uno.

Lo supo. La cosa iba como debía. De los otros tres, el ferroviario no acertó

en reconocer a Assurbanipal en una imagen de un bajorrelieve, y la novia de

Pepote, contestaba correctamente Rembrandt a un cuadro que nos proyectaron en

el monitor. El último, que era el concursante visiblemente más joven y que como

Expósito también elegía Deportes y Juegos, contestó perfectamente que Bobby

Fischer.

-Nivel tres, señores concursantes –pero no se hizo ninguna pausa-

comenzamos:

La cosa ya era seria. El primer concursante atinó por fin con una respuesta,

pero según iba el concurso, ya podía despedirse. Él lo sabía y se le vio mucho más

relajado cuando contestó. El Killer hizo lo que tenía que hacer: cambiar de temario,

a Geografía e Historia: contestó bien que el Tratado de Versalles; la Jueza-leona

también cambió de temario, esta a Cine y Espectáculos, y contestó correctamente

Tamayo y Baus; Pepote aguantó con Deportes y Juegos.

-Concursante Pepote, podía decirnos ¿quién ganó Wimbledon en el año mil

novecientos noventa y ocho?

-Pete Sampras.

Bien, Pepote, bien.

348
Ahora le tocaba el turno al ferroviario, que cambiaba de tema y fallaba en

la capital de Zambia; la novia de Pepote nombraba perfectamente qué países que

tienen derecho a veto en las Naciones Unidas, y el Crío cambiaba de tema y supo

sin dudar en qué océano estaban las Seychelles.

La cosa estaba así: El concursante número uno y el siete ya estaban fuera de

las semifinales, el Killer, la Jueza-leona, el Crío, Pepote y su novia, los cinco con

pleno, y el ferroviario con un fallo todavía estaba enganchado al carro.

Las preguntas del cuarto nivel. Tachán. Ahora comenzaba lo jodido.

El Killer no quiso arriesgar mucho y buscó la primera pregunta de un nuevo

tema: Cine y Espectáculos:

-Concursante Fede (Killer), podría decirnos qué actor acompañaba a

Orson Welles en el protagonismo de Ciudadano Kane.

-¿Joseph Cotten?

-Joseph Cotten… ¡Sí¡

El Killer saltó de alegría. Y no era para menos, con casi toda seguridad

había pasado a semifinales. Para la Jueza-leona pusieron música, un tramo del tema

de La Muerte y la doncella, que según ella no recordó en aquellos momentos y

perdió el punto, aunque no el grupo de preguntas, que fue rescatado por su

acompañante y marido. A Pepote, antes de hacerle la pregunta, le dijeron que a qué

tema cambiaba, dando por sentado el presentador que la cuarta pregunta en el

mismo tema era bastante arriesgada. Cuando Pepote pronunció que continuaba en

Deportes y Juegos, el maestro de ceremonias hizo un gesto de exclamación que

trasladó a los miembros del público. Dejar pasar los primeros niveles de los otros

temas era algo extraño, pero ya lo habían hecho algunos concursantes en ediciones

anteriores. Aunque no estaba exento de alarma, ya que en caso de fallar Pepote yo

349
podía hacer poco por rescatarle del temario de Deportes. No dejaba de ser un

peligro no poder ser salvado de su tema preferido para el resto del concurso.

-Cuarto nivel: Deportes y Juegos... Concursante Pepote, ¿en qué Juegos

Olímpicos se usó por primera vez el estilo Fosbury?

-En los del 68, mil novecientos sesenta y ocho.

Cojonudo, Pepote, casi nos aseguramos las semifinales junto con el Killer.

Su novia no tuvo tanta suerte. Buscando la pregunta más sencilla de los

temas que restaban por comenzar, no supo reconocer dos versos de un poema.

¿Neruda? No, no es Neruda. ¿Lo sabría su acompañante? ¿Huidobro? –respondió

su partenaire, una mujer despeinada-. No, tampoco era Vicente Huidobro, lo

siento.

Ohhhhhhh... –generalizó el público que se había encariñado con la novia de

Pepote.

El ferroviario de nuevo se metía en la pugna con tres respuestas (era tenaz,

o al menos me parecía a mí); y el Crío fallaba al no reconocer un fotograma del

Acorazado Potemkin, aunque su profesora de Literatura que le acompañaba sí pudo

rescatarle el tema.

-Cuarta ronda. Les recordamos, señores concursantes, que es la última de

este peldaño de la Pirámide del Saber y el marcador está así:

-Pedro: una respuesta de cuatro... (Lo siento, Pedro)

-Fede (Killer): cuatro de cuatro.

-María Teresa (Jueza-leona): tres de cuatro, pero con todos los

temas abiertos.

-Pepote: cuatro de cuatro.

-Marcos: uno de cuatro... (lo siento Marcos)

350
-Begoña (la novia de Pepote): tres de cuatro, pero cerrado el tema

de Arte y literatura.

-Antonio (el Ferroviario): tres de cuatro, y cerrado el tema de

Geografía e Historia.

-Y Quique (el Crío): tres de cuatro y todos los temas abiertos.

Con opciones quedábamos seis, y si de los cuatro que llevaban tres

acertadas erraban dos, estábamos clasificados aun con nuestro fallo. La cosa estaba

fácil.

El Killer hizo pleno y las personas de las gradas aplaudieron a su gesto de

campeón con un sonoro aplauso. El tío sabía participar, llevaba todo el temario

desde abajo y de su, presumiblemente, tema preferido solo había usado dos

preguntas. Estaba en unas condiciones inmejorables.

La Jueza atinó en su pregunta, no dudó nada en contestar Madagascar. Sus

gestos fueron casi tan efusivos como los del Killer, y este la felicitó. Creo que se

gustaban.

Y cuando le tocaba el turno a Pepote yo temblé, lo más importante en

aquellos momentos era cambiar de tema y no pasar con el nivel seis a semifinales

(que ya sería la hostia), debía elegir un tema como el de Historia, en el que la

pregunta sería más sencilla y yo tenía buenas posibilidades de rescatarlo, era

importante pasar con todos los grupos de preguntas abiertos, y más, viendo cómo

iba el Killer. Le hice un gesto para que me viera, aunque yo sabía con toda certeza

que elegiría Geografía e Historia, lo teníamos preparado desde hacía semanas.

-A ver, concursante Pepote, me elige un tema, por favor.

-Deportes y Juegos.

Ohhhhhhh.

351
Tú estás gilipollas, tío.

-¿Seguro, concursante Pepote, que no quiere cambiar de temario?

-Sí, estoy seguro.

Ohhhhhhh.

-Allá vamos, muy atento a esas imágenes, Pepote.

Por el monitor salió una carrera de cien metros de lo que parecía una

olimpiada de los años setenta (Lo digo por la imagen y por la ropa de los atletas).

Diez segundos de carrera y la imagen terminó. La voz de nuevo del presentador:

-¿Ha visto bien la imagen?

-Sí.

-No le voy a preguntar a qué mundiales pertenecen, sino... ¿Quién era el

primer... atleta blanco que llegó a la meta?

Toma, jódete, Pepote. Te lo tienes merecido por cabrón.

Pepote se estiró el cuello de la camisa y contestó:

-El alemán Cristanmuler, en cuarto lugar.

-¿Está seguro?

-Sí.

-Co-rrecto, Christian Möller.

Espectacular Pepote. Espectacular. Y ni un gesto el hijo de puta.

Un grito de mujer berebere de Mosca en las gradas y yo que cerraba de

nuevo los puños y movía la cabeza como un poseso. Estábamos en semifinales.

Teníamos como seguro rival al Killer y de los otros tres dependía las respuestas de

Begoña y del Crío.

Se llevó el gato al agua el Crío. Begoña falló en algo sobre la velocidad de

la luz y el Crío supo que la canción que sonaba era Mr. Tambourine man. El chaval

352
era de hielo. No movió ni un músculo cuando se supo en semifinales. Ya solo

quedábamos cuatro.

Y nos fuimos de nuevo a publicidad.

Mientras despedían a los perdedores corrí hacia Pepote, también lo hizo el

acompañante del Killer con el que me crucé una mirada poco deportiva. Abracé a

mi partenaire pero esta vez él no me correspondió. Ni siquiera me habló. Le dije

que por favor no abusara de los Deportes, que aunque ahora bajarían un poco su

dificultad y subirían la de los demás temas, siempre serían más fáciles estos ya que

no los había usado. Me hizo un gesto raro y guardamos unos segundos en silencio.

Antes de marcharme le pregunté que si precisaba algo, pero una azafata ya le traía

dos botellines de agua, que al parecer era su única necesidad. Di dos golpes en su

hombro cuando todo estaba dispuesto para continuar y me empapé la mano de

sudor. Esta vez no pude acercarme a las gradas y me conformé con recibir gestos

de Alicia. Mosca parecía hablar con un foco del techo. Me situaron en otra silla

donde ahora solo éramos cuatro acompañantes. No recibí ninguna mirada ni ningún

comentario de mis contrincantes. Estaba visto que la cosa se tomaba en serio, que

no había tanta relación amable entre los concursantes como se veía por televisión.

Me acomodé lo que pude y no perdí de vista los movimientos de Pepote.

El presentador parecía estar emocionado cuando regresamos a la emisión,

recordó el marcador, los temas abiertos e hizo hincapié que todos comenzábamos

desde cero las respuestas, con la supuesta ventaja, por supuesto, de los que tenían

más temas abiertos.

El orden de los concursantes varió. Primero recibirían las cuestiones la

Jueza, luego el Crío, el Killer y por último Pepote. Todo ello por puntos, orden de

temas abiertos y en caso de igualdad quien hubiera usado menos temas.

353
-Concursante María Teresa, ¿está preparada? ¿Sí? Me dice el tema, por

favor, que no sea Arte y Literatura:

-Geografía e Historia.

-Muy bien. Atenta. ¿En qué año estalló la guerra del Chaco? Le decimos

tres: en 1587, 1598 o 1932.

Nervios. No lo sabe. Dice una a boleo. Quién hizo las preguntas la ha

engañado completamente.

-¿En 1598?

-No, lo siento. ¿Lo sabe su acompañante?

-¿En 1587?

-Tampoco.

Ohhhhhhh...

El Crío sabe sin ninguna duda qué jugador de la Selección Española de

fútbol tiene el record de goles; Y el Killer hace su primer fallo en literatura, no sabe

que Lawrence Durrell y Gerald Durrell eran hermanos.

Ohhhhhhh...

-Concursante Pepote, me dice el tema a elegir:

-Deportes y Juegos.

Aplausos del público, Expósito estaba cayendo gracioso con su testarudez.

Y a mí ya me daba lo mismo lo que hiciera: me relajé.

-Pregunta nivel seis de Deportes y Juegos para el concursante Pepote...

Vamos a ver... Me sabría decir qué nombre lleva el trofeo que se entrega al

ganador en las 500 millas de Indianápolis.

-Sí, el trofeo Borguarner

-Ef-ec-ti-vamente. Co-rre-cto. Borg-Warner

354
Ohhhhhhh

-Y vamos a por la segunda ronda de esta semifinal. Concursante María

Teresa, usted no tiene Arte y Literatura ni Geografía e Historia... Le elige el

tema... Fede (el Killer)

-Deportes y Juegos (a mala leche del Killer por supuesto. Ya no flirteaban

tanto)

-¿Quién fue el máximo goleador de la pasada Eurocopa?

-No lo sé.

-Y su acompañante.

-Tampoco lo sé.

La Jueza estaba perdida, le quedaban tres preguntas y dos temas abiertos.

El Crío volvió a acertar respondiendo Cats (Vaya un cabrón, para ser tan

joven); el Killer esta vez si contestó correctamente. El turno era para Pepote.

-Deportes y Juegos.

Ohhhhhhhh....

Me estaba tocando los cojones. Estaba perdiendo preguntas asequibles en

los otros temas por su terquedad. Miré a los nuestros en las gradas. Mosca se comía

un puño y Alicia estaba agarrada al brazo del príncipe con fuerza. Seguro que le

hacía daño, pero también seguro que Mosca ni lo sentía.

-Concursante Pepote ¿Quién fue medalla de oro en los 1500 metros en los

Juegos Olímpicos de 1924?

No tardó un segundo en contestar:

-El corredor finlandés Paavo Nurmi.

Ohhhhhhh... Aplausos.

355
Madre mía. Ahora yo lo estaba pasando mal. Pepote había perdido el

sistema del concurso. Cuando quisiera volver a otro tema como el de Historia le

iban a preguntar el número de pelos de la cabeza de Juan de Austria. Le busqué con

la mirada, pero era inútil, parecía que yo no estaba allí. Expósito jugaba con los

dedos nerviosos y miraba a algún lugar del escenario.

En la tercera ronda, la Jueza se quedaba con un solo tema y ninguna

pregunta respondida; el cabrón del Crío casi se aseguró un puesto en la final al

contestar 13 de abril de 1945; y el Killer volvió a fallar y pegó un puñetazo tan

fuerte en el atril que recibió la amonestación del presentador.

Yo ya sabía lo que iba a ocurrir con Pepote:

-Pregunta nivel ocho. Tema: Deportes y Juegos, para el concursante

Pepote.

No escuché, ni la pregunta ni la respuesta. Me tapé los oídos y me limité a

mirar el contador electrónico, porque el rostro de Pepote era el mismo cuando

respondía que cuando le pedía los botellines de cerveza sin alcohol en el bar de

Juan. El marcador se iluminó: había acertado la pregunta de no sé quién marcó un

gol en la época de Carlo Magno. El público aplaudía frenético.

No podía con él. Miré a Alicia y se dio cuenta de lo que ocurría, la final la

teníamos asegurada, pero, por su gilipollez, podíamos perder todo con el Crío, que

era su rival en la final.

Y nos fuimos a la publicidad.

Mi única alegría era la de ver marchar al Killer. Pepote había pasado con

cinco de cinco, pero no le entraba en la cabeza que de acorde con el nivel en

Deportes los otros temas iban subiendo, es decir que ya no le preguntarían solo por

los pelos de Juan de Austria, sino también por sus canas y por cuál era la

356
proporción de su alopecia respecto a otros egregios de su época. No le entraba en la

cabeza o no le salía del remate de los cojones.

-Pepote, ¡por Dios!, ¿no te das cuenta de lo que estás haciendo?

-Contestando preguntas, tío.

-Vale, haz lo que te salga de la polla, pero si fallas en Deportes y el puto

Crío te elige Ciencia te van a preguntar por la marca de tiza que usaba Einstein en

su primera pizarra. ¿Y no me digas que la conoces?

-No lo sé, ¿Cómo quieres que yo sepa eso? A veces pareces imbécil.

Era cabezota el tío. Y lo peor es que yo sabía que lo hacía aposta el cabrón.

-Y volvemos con La Gran Final... Vean, a nuestros superconcursantes, en el

penúltimo escalón de la Pirámide del Saber. José Manuel Expósito, Pepote y

Enrique Fernández, Quique. Ambos han llegado tan alto para jugarse quién de los

dos participará en la final española del Demuestra lo que sabes. Ambos con dos

tácticas muy diferentes: Quique con una sabia combinación entre táctica y talento,

aunque solo le quedan dos temas para usar, y Pepote con una arriesgada, pero

espectacular, como nunca se ha visto en la historia del programa, forma de

exprimir un tema.

-Comenzamos por la pregunta a Quique, ¿Estás preparado?¿Sí? Vamos

allá con el tema de Cine y Espectáculos.

El Crío no era tan de hielo como dije antes, ahora se movía de un lado a

otro de su asiento mientras le interrogaban. Sabía que él, con dos temas abierto lo

tenía bastante más difícil que Pepote; pero también sabía que había una posibilidad

importante.

-Concursante Quique, ¿Qué equipos españoles llegaron a la Final Four en

la Euroliga de Baloncesto en 1990?

357
Nada, ni de coña. Ni él ni su acompañante. Pepote lo tenía contra las

cuerdas.

-Concursante Pepote, ¿Deportes y Juegos?

Pepote dudó. Parecía que entraba en razón y aseguraría el punto de la

victoria. Se rascó la cabeza y habló:

-Sí, por supuesto.

Ohhhhhhhh. Aplausos. Un silbido enorme. Más aplausos.

-Nivel once para su pregunta y le recordamos que nunca se ha llegado tan

alto en un tema. La pregunta va sobre caballos. ¿Qué tal lleva el tema de los

sementales?¿Bien?

Pepote contestó encogiéndose de hombros. El presentador vio que Expósito

no daba el juego de intriga indispensable para el tramo final y me miró a mí, que

era el único acompañante que no había hablado.

-¿Y usted qué tal con los sementales, don Félix?

-Bien, bien... (Y tu puta madre, seguro que bastante mejor que yo con

ellos). Siempre he procurado tener alguno en el piso.

Ja ja ja

-Pues, concursante Pepote, la pregunta es esta: Cuáles fueron las razas

principales de los sementales equinos para las carreras de caballos.

Joder. Joder.

Pepote se rascó la cabeza y contestó:

-Bierlitur, Darleiarabian y Godolpibarb.

El presentador hizo un gesto de extrañeza, leyó su chuleta y pronunció:

Byerly Turk, Darley Arabian y Godolphin Barb.

-Correcto, concursante Pepote. Me quito el sombrero ante usted.

358
Aplausos, silbidos y el grito berebere de Mosca que iba en aumento. Yo no

salía de mi asombro y grité. Lo teníamos, solo una magna gilipollez y mucha suerte

del Crío nos lo podía impedir.

El presentador expuso las condiciones a Quique. Solo tenía un tema abierto

y tenía que bregar muy duro para obtener varias respuestas a ese nivel. De no

acertar con una, Pepote ganaba con la sola pregunta acertada sobre los sementales.

Música de miedo. Tensión.

-Concursante Quique. Tema (tatachán) Ciencia y Naturaleza. ¿Está

preparado?¿Sí? Vamos a ver: ¿Quién fue Petrus Debye?

El Crío negó con la cabeza, se levantó de su asiento como si hubiera

recibido un jaque mate y extendió la mano a Pepote. También lo hizo su

acompañante conmigo.

Dos azafatas condujeron al Salomón Ribereño a lo más alto de la pirámide,

con luces y fanfarrias.

Un grito de Mosca y otro de Alicia que saltaron desde el público hacia

Expósito. Yo intentaba guardar la compostura, pero iba a explosionar por dentro y

también me lancé. Nos juntamos los tres botando en la cúspide, alrededor del Buda

del Saber, mientras el presentador nos daba la enhorabuena y se despedía de la

audiencia hasta el próximo viernes, y de Pepote, hasta el veintinueve de noviembre,

fecha de la final española.

Fue uno de los días más felices de mi vida.

359
Aquel día no regresamos a Aranjuez. Recibimos mil felicitaciones

telefónicas para Pepote. Nos dijeron que entre el director del Miguel Hernández y

los miembros del Club de Fans del Salomón Ribereño nos habían improvisado una

recepción, en donde había incluso representación del Ayuntamiento. Pepote dijo

que no tenía muchas ganas de ver a nadie, que lo que quería era una buena comida

y después que una negra y una rubia le dieran a la vez un masaje (el eufemismo era

por que estaba Alicia delante). “Eso se puede hacer aquí en Madrid, ¿no?, Mosca. Y

ahora que tenemos dinero...”

-Compadre Pepote –contestó el catedrático en Cosas de la Vida-, aquí en el

foro, entodavía se pue hacer cualquier cosa con guita. Madrid no es el Paraíso pero

con dinero es como si lo seriese.

Respetamos todos los deseos de Expósito. Se los había merecido. Se le veía

inquieto, que era una forma de adivinarle la felicidad. Nos dijo que nos invitaba a

cenar en un buen restaurante siempre que no fuera de esos que adornan mucho los

platos.

Yo observaba a Expósito cómo sacaba la mirada del taxi y la perdía entre

los edificios. Tuve una sensación extraña, como de estar paseando un niño enfermo

o algo así. Mosca me confesó que Pepote, antes de conocernos, no había visitado

Madrid más que para ver al Atleti. La primera vez que había estado en el Paseo del

Prado fue cuando vino con Alicia a ver museos. Pepote vivía a cuarenta y siete

kilómetros de la Puerta del Sol y nunca la había pisado. El príncipe me dijo que

360
Pepote no era mucho de salir, que decía que estaba muy bien donde estaba y que él

en eso nunca había contradecido.

La euforia nos había conquistado. Después de comprar un par de botellas de

champán en un Vip de López de Hoyos, Mosca se arrancó por alegrías (y el cabrón

lo hacía muy bien, todo hay que decirlo). Alicia y yo le tocábamos las palmas hasta

que el taxista se le hincharon las narices, frenó en un semáforo de Concha Espina

para decirnos que aquello era insoportable, que dejáramos de palmear de aquel

modo porque le estábamos estropeando el arte al maestro. El taxista nos mostró

parte del misterio del güen palmero, la sutilidad de aplauso, la colocación de las

manos, el cuándo hay que ensordecer el toque. A pesar del esfuerzo docente de

nuestro chófer no le presté mucha atención, también yo estaba hambriento como

Pepote. El taxista nos dijo que por allí había un restaurante donde, a pesar de las

horas que eran, nos podían dar de cenar. Lo encontramos. Aunque el local no le

gustó mucho a Mosca. Según él, cenar tan cerca del Santiago Bernabeu no podía

sentar bien a nadie. Pepote no estaba para escrúpulos y pasó el primero. Era uno de

esos restaurantes tipo yanqui en donde los camareros van con gorros llenos de

pines y sirven costillares de cerdo con salsas dulces y ensaladas con remolacha.

Ocupamos una mesa como si fuéramos veinte, solo éramos cuatro. Por mucho que

se empeñó Mosca, el taxista, gran entendido en cante, no quiso acompañarnos al

banquete. Nos trajeron costillas de todo tipo y cerveza suficiente para apagar un

incendio en un pozo petrolífero. Todo era una maravillosa e íntima celebración

doméstica hasta que uno de los camareros reconoció a Pepote como la persona que

había triunfado aquella misma noche en el Demuestra lo que sabes. Hasta ahora,

nos dijo el encargado (y nosotros no habíamos caído en el detalle), era el primer

madrileño que había ganado uno de aquellos concursos, lo que le convertía en el

361
único participante de la Comunidad en la final española, y que, por supuesto,

contara con el apoyo de todos los que estaban allí trabajando porque su actuación

les había parecido la mejor y más espectacular de todas. Pepote fue obligado a

hacerse una fotografía con el claustro de camareros y cocineros que colocarían en

algún lugar de la ornamentación horror vacui del local, junto a una matrícula de

coche de Kentucky, un muñeco de Elvis y otra instantánea en la que en lugar de

Pepote, quien estaba entre los camareros, era una de esas cantantes de Operación

Triunfo, una bajita y cabezona. Firmó algunos autógrafos y recibió felicitaciones

como si fuera una estrella del rock, además con la misma arrogancia, lo que había

que reconocer daba más valor a todo lo que rubricaba.

Mosca y Pepote se fueron de putas. Les dejamos en una esquina discutiendo

algo sobre que en aquella zona de Madrid era importante diferenciar a los travestis

de las verdaderas mujeres bandera, porque tan cerca del estadio del Real Madrid no

había que fiarse de nada. Hazme caso compadre, que recuerdo una experiencia con

Jacinto, joder, si Jacinto estuviera aquí, compadre...

Alicia y yo nos marchamos caminando despacio por el Paseo de la

Castellana hasta que terminamos de fumarnos el porro y tomamos un taxi para ir a

Malasaña. Yo me encontraba bien, como ya no recordaba que se podía estar. Hacía

una preciosa noche de otoño en Madrid y yo no tenía ninguna prisa, ninguna en

absoluto. Me sentía con responsabilidad cero, con la satisfacción del deber

cumplido y mis remordimientos crónicos estaban flotando en cerveza y asfixiados

por el humo de la grifa. Serían casi las dos de la madrugada cuando nos metimos en

aquella cafetería y sobre las cuatro cuando nos echaron de ella para barrer.

Acabamos en el ambigú de un teatro alternativo donde nos dejaron hablar de algo

que no fuera arte, siempre que no interrumpiéramos las discusiones a voces entre

362
barbudos con coletas y tías con el pelo rojo. Se nos hizo de día caminando de la

mano por Alfonso XII; después nos morrearmos un poco, pegamos un sueñecito

abrazados de frío en un banco del Retiro y, antes de tomar el tren en Atocha para

regresar a Aranjuez, compramos un par de libros en la Cuesta Moyano mientras nos

devorábamos un bocadillo de calamares.

Me puse el mismo traje que había llevado en el concurso pero sin corbata,

respiré dos veces y salimos de casa. Había dormido muy bien pero no lo suficiente.

No descansar por falta de sueño siempre me causa inseguridad y por ello una

incomodidad extraña. Después de hablar más de una hora con Palau tomamos el

Peugeot 406 azul diplomático que él había alquilado en Barajas y pusimos rumbo a

la guerra. Apenas cruzamos un par de frases en el viaje a Madrid. Qué diferente se

veía la Capital unas horas más tarde. No era la misma ciudad, ni parecida, tampoco

era la misma compañía, esta olía bien, quizá a una colonia más cara que la de

Alicia, pero ella olía siempre tan dulce, tan rico. Por la radio sonaba Cecilia Bartoli

y en sus cuerdas vocales Vivaldi daba una dimensión fílmica a tráfico de la M-30.

Llegamos a la calle Alcalá y estacionamos en un parking subterráneo. Me hubiera

gustado que Mosca hubiera estado allí conmigo. Él tenía la virtud de tratar los

temas que a mi más me espinaban con una naturalidad increíble, como si conociera

al dedillo la dimensión del Hombre de la que yo huía, la de los intereses, la de la

ambición material y el dinero. Pero yo también confiaba en Palau, no tanto, pero él

era un profesional del lado oscuro de la Humanidad, para ello había estudiado en la

Universidad. Además, para algunas cosas la escolta de un abogado es la mejor

compañía. Es horrible pero cierto. Subimos las escaleras hasta el número dos. Una

363
chapa dorada en la puerta, con la misma seriedad que los remaches de un ataúd,

anunciaba que era el bufete de los hermanos G. Hoolvert. Una partida, señor

Cadalso, vamos a jugar una partida que quizá dure semanas, pero usted, puede

marcharse tranquilo que no le necesitaré más que para firmar tres papeles, se lo

prometo. Además estaré en contacto con su administrador como usted me dijo.

“Mosca es una persona sensata y solvente, Palau, tiene toda mi confianza”. Bueno,

vamos a conocer cuáles son las demandas de su, todavía, esposa. A ver cuál es su

disposición: ¿usted conoce bien a su mujer, señor Cadalso? Yo, ¿que si la

conozco?, la conozco tan bien como para no tener ni puta idea por qué se marchó

así, dejando dos líneas escritas en un folio; ¿que si conservo ese papel? No lo sé.

Que puede ser valioso, bueno, pues lo buscaré. Abandono de hogar. La denunció

por ello, me dijo, ¿no? Mire, Palau, no quiero más que olvidarme de Joy, no tener

nada que me una a ella, ni papeles, ni nada de nada. Pero habrá que defender su

patrimonio, señor Cadalso, no se puede ceder así.

-Pasen, por favor. ¿Quieren tomar algo?, ¿un refresco?, ¿un café? –así nos

recibió la diligente señorita.

Entramos a una sala con un enorme ventanal al fondo por el que se divisaba

la Puerta de Alcalá. No había cortinas, y no supe si aquello era por buen gusto o por

acojonar al rival: mirad, mirad, qué sala de juntas tenemos, mirad que vistas y en

qué parte de Madrid, ¿os habéis fijado? ¿Y por qué tenemos este despacho? Por

que estamos en el top 10 de los mejores abogados de Madrid y además somos los

más chulos; por ello os vamos a hacer esperar cuarto de hora, y en este tiempo os

vamos a mandar a tres secretarias distintas para que os pidan disculpas y os

pregunten que si necesitáis algo, porque ¿vosotros sabéis lo que es pagar a tres

secretarias un sábado por la tarde? Pues asín somos de matasietes. Y la mesa, ¿os

364
habéis fijado en la mesa?, ¿y las sillas? Pues claro, por supuesto que nos tenían que

encender la lucecita de los apliques para que pudiéramos ver bien los dos cuadros:

un retrato de una mujer enjoyada realizado por uno de esos pintores que retratan al

Rey y un Emilio Montoro, un paisaje árido de esos que pinta él. La verdad es que

estaba impresionado, aquello daba un poco de jindama. Pero mi abogado era

catalán, había venido en puente aéreo y me costaba un ojo de la cara. ¿Qué pasa?

Cada vez que sobre la tarima sonaban unos tacones mi corazón se detenía, y

cada vez que una de las secretarias abría la puerta y pasaba para pedir mil

disculpas, todo mi sistema cardiovascular pegaba tal zurriagazo que yo le

contestaba a las señoritas que no se preocuparan por mí, que me encontraba muy

bien; pero yo lo decía por mi salud. Llevaba mucho tiempo imaginándome qué me

ocurriría cuando volviera a ver a Joy, de qué forma nos miraríamos, cuál sería su

actitud. Esto último es lo que más me interesaba. No podía comprender que aquella

mujer había dejado de ser mía, no concebía por qué había huido, ni cual sería su

reacción después de tanto tiempo sin vernos. ¿Cómo vestiría?, ¿llevaría todavía el

pelo largo?... Siempre dijo que se lo pensaba cortar, ¿lo habría hecho?, ¿y qué tal le

quedaría?

Por fin la puerta se abrió y un tío trajeado como un banquero, con chaleco y

todo, y con la misma presencia de George Cloonie (joder, y encima era guapo,

claro que también lo era Palau ¿qué pasa?) pasó a la sala sin pedir disculpas, así

como diciendo: para eso pago a secretarias; eso sí, dio las buenas tardes, nos

extendió la mano y se sentó frente a nosotros mientras yo sacaba la cabeza como

una tortuga a ver si Joy aparecía por alguna de las tres puertas. Tuve que disimular

muy mal mis ansias porque fue el mismo George quien me dijo que la señorita

Casas no estaba allí, que ella no había creído conveniente personarse en el bufete.

365
Yo no sé si me alegré o me entristecí por ello, el caso es que me hundí en el

carísimo mobiliario como si mi línea de flotación hubiera bajado de golpe en aquel

mar de maderas nobles.

George llamó por un interfono a una cuarta secretaria para que le trajera el

divorcio de la señora Casas (ahora era señora). Por un momento intenté recordar el

nombre de pila de los abogados: ¿Enric?, ¿Enrique? No, ninguno de los hermanos

Cloonie se llamaban algo parecido, uno se llamaba Basilio y el otro Conrado.

Mamá tenía que saltar de algún modo el primer e “ignominioso” apellido de García

hasta llegar a Hoolvert.

Conrado G. Hoolvert, mejor dicho, García (que se joda cuando lea esto)

puso sobre la mesa un documento en una carpetilla monísima, con el nombre y la

rubrica del bufete en trazos negros, y la deslizó hacia Palau como si aquello fuera

una apuesta. Mi guardaespaldas legal la abrió y empleó unos minutos en leer el

documento. García se levantó de su asiento para mirar la Puerta de Alcalá. La

verdad es que al contraluz y con las manos tomadas por la espalda, García estaba

como para darle sopliditos en la oreja. Si yo hubiera tenido algo de homosexual, en

aquellos momentos me hubiera dado cuenta. Palau terminó su lectura y se me

dirigió como para chivarme un examen:

-Es un documento simple, señor Cadalso.

-¿Qué quiere decir eso?

-Que no hay ninguna demanda. Solo es un documento de divorcio legal por

mutuo acuerdo, como si los bienes estuvieran repartidos de antemano. Ella no pide

nada y usted tampoco.

García se nos acercó y bendijo un cáliz con sus manos mientras miraba a

Palau; Palau me miró, y yo, como no tenía a nadie a quien mirar y estaba

366
extrañado, miré a García que volvió a mirar a Palau, que me hizo un gesto para que

firmara. Estaba claro que si aquellos abogados cobraran por palabra pronunciada el

único que había ganado algo de pecunia era el mío y apenas tendría para comprar

tabaco. Firmé junto a la rubrica de Joy (esta sí la reconocí, e incluso me dieron

ganas de hablar con ella, con la firma. Seguro que ella estaba más viva que aquellos

dos). Los letrados también echaron sendos garrapatos, a cuál más espectacular, y

repartieron copias. Después de que la primera secretaria se llevara los documentos

y los regresara envueltos como para regalo en varias carpetillas de esas monísimas,

Palau y yo tuvimos el honor de que García nos estrechara de nuevo las manos antes

de que la segunda secretaria (bueno, la segunda o la cuarta) nos acompañara a la

puerta para despedirnos.

-Están todos en Casa Pablo, han bajado a comer jamón.

-¿Tú no te vienes, Li? Venga, te bajo en la moto.

-No, Félix, yo me quedo, tengo que tener el bar abierto... ¿Qué tal tu mujer?

-Muy bien, Li, estupendamente, no necesita nada de nada.

-Pues una mujer que no necesita nada no está muy bien.

Sonreí yo también, salí del bar y conduje la Vespa hacia el centro de

Aranjuez como lo hace un quinceañero, a toda hostia y apurando las curvas.

Cuando abrí las puertas del restaurante todavía aquel proverbio chino me

retumbaba en la cabeza haciéndome pensar mucho en Joy: ¿será verdad eso que me

acababa de decir Li? ¡Una mujer que no necesita nada no está muy bien!

-Compadre Félix, ¡me cago en tos los daneses que comen alpiste! –abrazos

con golpes en la espalda que me hicieron hasta daño.

367
Allí estaban todos, en la barra de Casa Pablo, rodeados de fotografías de

toreros, platos de jamón y botellas de vino. El Hijoputa Éste charlaba en el fondo

del mostrador con Patricia simulando el punteo de una guitarra a la vez que

masticaba un cacho de jamón que le colgaba por la barbilla. Montero y Juanjo, otro

chaval del instituto, vestían camisetas serigrafiadas con un anagrama parecido al de

Superman, pero donde se leía SALOMÓN RIBEREÑO; el Mazas atendía a Pepote

cómo, vestido con el chándal de la Olimpiada de Montreal y sus zapatos

castellanos, simulaba, bajo una fotografía de Antoñete, dar un pase de pecho largo

y templado. Oooole, Pepote, ¡ole! Expósito parecía feliz aunque el pase taurino lo

diera con la misma gravedad que si estuviera haciendo su declaración de hacienda.

Juan se partía de risa como solo lo sabe hacer un chino. Uno de los primos de

Pepote, que yo conocía del funeral de Rafaela, me vino a ofrecer la mano y a darme

la enhorabuena por todo lo que habíamos hecho. Mosca me puso en una mano un

vaso de vino y en la otra una tapa de jamón que mordí de inmediato para que no se

cayera por culpa de los meneos que el Mazas me daba como saludo.

-Buena actuación, Félix, estuviste fenómeno, no te equivocaste en nada.

-Gracias, Eduardo.

-Que era broma tío.

-Ah, ¿no crees que estuve bien?

-...

Ahora el primo de Pepote le quitó la razón al torero. No es asín como se

alarga un pase de pecho, mírame, primo. No hay que huir hacia atrás el torass, el

torass tiene que buscar al bicho, asín ¿ves? Ooooooooolé. Sí señor, gritó el

Hijoputa Éste, don Antonio, es usted un mostro tauromáquico. Un verdadero

mostro, sí señor.

368
Patricia vino a saludarme, también llevaba una camiseta del Súper Salomón

Ribereño que le quedaba de miedo con su falda tableada y sus medias negras.

-Ahí tienes a nuestro campeón, Félix, tanto estudio, tanto trabajo y resulta

que sabe más de deporte de lo que podíamos imaginar.

-Ya, no me digas nada. Me di cuenta.

-¿Sabes que han venido a buscarle de dos periódicos deportivos para

ofrecerle trabajo de inmediato?

-Me alegro mucho –y yo lo decía en serio, Pepote se merecía un buen

empleo que le reportara satisfacción pero... -. ¿Y qué ha dicho él?

-Los periodistas han hablado con Mosca, Mosca ha hablado con Pepote y

Pepote ha dicho que no, que se encuentra muy a gusto trabajando en el Casino, que

allí le aprecian mucho, que nunca le han fallado y tiene mucho tiempo libre.

-Lo sabía.

-¿Lo sabías?

-Sí. Creo que Pepote es la única persona que conozco que sabe lo que

quiere. ¿No ha venido Alicia?

-Llamó para decir que vendría más tarde.

-¿Por qué? ¿Qué tenía que hacer?

-Ah, no lo sé.

Joder, por un momento me había puesto posesivo. Y seguramente se me

habría notado bastante por la sonrisa de casamentera del Dinosaurio. Me bebí el

vino de un trago para disimular y busqué de nuevo otra botella en la barra mientras

Mosca pedía al camarero uno de esos bichos de la pecera, sí, ese mesmo, ese que

tiene los cuernos tan largos, como si fueran antenas, ¿Y está usted seguro que ese

bicho se come? Sí, señor, claro que la langosta se come. Pos ponga usted dos y una

369
de esas tortugas también. No son tortugas señor, son bueyes de mar. Pos güeno, pos

que pongan también dos con los arados marítimos y todo, y más vino para aquí mi

compadre.

-¿Qué tal, don Félix? Felómeno ¿no?

-Sí, señor administrador.

-Ah, por cierto, ya me llamó Palau anoche para darme las novedades, una

tía mu noble con la que te casaste.

-Eso creo.

-Cuando te vayas... no te preocupes, que tu patrimoño estará bien. Me ha

dicho Palau que yo vaya este invierno a Barcelona a ver lo del inmueble ese en

expropiación. Ha insinuado que podías asociarte a la constructora y sacar por él un

local pequeño y dos pisos. O si decides hacer apartamentos...

-Decídelo tú, Mosca.

-Joder, patrón, es que asín...

-Y en cuanto esté todo solucionado quédate con el arrendamiento de un

piso, o mejor quédate con el del local de Hospitalet... Tendré que darte un sueldo de

alguna manera.

-Pero, compadre, si a mí con que me dejes sembrar grifa en el balcón de tu

casa… Es que yo los sueldos fijos, ya sabes que se me ponen aquí, donde el bocado

de Adán y Eva y no me dejan tragar.

Cogió la botella y nos alejamos del grupo, que ya montaban un escándalo

notable cuando quien daba su versión sobre el perfecto pase de pecho era el Mazas,

que doblaba su torso con la misma gracia taurina como para el lanzamiento de

martillo. Nos sentamos en los dos taburetes del rincón, bajo el retrato del Yiyo con

la paloma.

370
-Gracias por todo, compadre. Nunca naide había tenido tanta confianza en

mí.

-¿Y Pepote?

-Bueno, Pepote es como mi hermano.

-No te preocupes, seguro que lo vas a hacer cojonudamente.

Sirvió vino en los vasos y Patricia nos puso sobre la mesa un plato con

medallones de una de las langostas que Mosca había elegido.

-¿Entonces te vas de verdad?

-Sí, Mosca, está decidido.

-¿Para no volver?

-Para no saber cuándo volver.

-Joder, compadre –abrazo con lagrimitas, pero de las de verdad, de las que

convierten un rostro maduro en algo grotesco.

Le puse la mano en el hombro.

-Mosca. No te lo iba a decir porque no me gusta meterme en las vidas de los

demás, pero... ¿Sabes que vas a ser abuelo por segunda vez?

Se le abrieron los ojos y la boca, primero los ojos y después la boca.

-¿Cómo lo sabes?

-Se lo oí decir a tu hija a una clienta.

-¿Has hablado con ella?, dime, cuéntame, compadre ¿qué te ha dicho?

-Nada. Solo fui a Valdemoro a comprar aspirinas –oculté todo lo demás.

-Es guapa, ¿verdad? ¿Has visto qué genes? Qué genes de reina mora...

-Es la hija más guapa del mundo, Mosca. Y parece muy feliz.

Mosca se peinó de nervios el tupé hacia atrás con los dedos, movió su

esclava de plata y me miró un buen rato.

371
-¿Tú crees compadre que debería?

-Yo no aguantaría que un familiar se me fuera. Tú, no sé.

Mosca se puso más nervioso y mandó a tomar por culo al Hijoputa Éste que

se acercaba con las buenas intenciones de dejar un plato de jamón en nuestra

mesita. “¡Joder, tío, Mosca, vale, cómo te pones!”

-¿Y cómo voy a ir asín?, compadre. Si no soy más que...

-¿Mi administrador?

-Joder, si es verdad que ahora tengo hasta título...

-Un día, Mosca, un día, arréglate y vete a Valdemoro... ¿Y a ver qué pasa?

¿No llevas queriendo hacer eso durante años? Pero antes ten en cuenta una cosa...,

Mosca. No cambies nunca. Sé tú mismo. Siempre, sé, tú, mismo. Que nadie te

obligue a nada de lo que no quieras hacer.

-¿Gracias, compadre? –otro abrazo llorón. Y ahora que se arranca por

bulerías, como el Mercé (otro mostro el Mercé), en voz baja, con un sentimiento de

lágrimas corriendo por sus mejillas, dedicándome la estrofa y golpeando a ritmo

con los nudillos en la mesa de madera vieja:

Tú eres la llave de güerta y media.

La una es la que abre,

la media es la que cierra

372
Fue un buen mes. Trabajé bastante. Realmente me encontraba concentrado

en lo que hacía: casi llevaba al día los sucesos de mi novela. Conseguí unos

horarios escrupulosos y por fin me sentí bien en una etapa de mi Año Cero.

El despertador sonaba todos los días a las seis de la mañana. Me duchaba,

desayunaba casi siempre lo mismo: fruta y un café solo, luego trabajaba en la

novela desde las siete de la mañana hasta las dos del mediodía, haciendo una pausa

de diez a once que aprovechaba para bajar al centro a comprar el periódico y

leérmelo mientras me tomaba mi segundo café en la terraza del bar del Mercado de

Abastos. A las dos y cuarto, en punto, dejaba de escribir y bajaba al bar de Juan a

comer, hablábamos él y yo de cualquier cosa que pudiera despejarme del trabajo y

regresaba a casa a visionar una película, tras la cual dormía media hora de siesta.

Sobre las cinco y media, todavía sin despejarme del todo, me ponía el chándal y

corría durante tres cuartos de hora a trote gorrinero por el jardín del Príncipe;

regresaba a casa empapado de sudor, me duchaba y, mientras esperaba al equipo

del Salomón Ribereño, revisaba mi trabajo matutino. Empecé a conocer un

maravilloso bienestar en mi vida como nunca antes lo había sentido, como si todos

los engranajes de mi cuerpo, y de mi alma, hubieran cogido su verdadero ritmo

engrasados con mi rutina. A cada momento del día cada parte de mí hacía su

trabajo a la perfección. Por la mañana mi cerebro se apareaba con un par de musas

hasta el mediodía, no siempre con el mismo éxito (a veces sufría algún gatillazo),

pero al menos, como se suele decir, cubría el expediente. Incluso la lectura de la

373
prensa, cosa de la que no había disfrutado desde hacía mucho tiempo por tener la

sensación de conocer los titulares antes de que se imprimieran, se volvió a

convertir en una tarea muy grata; volví a considerarme una persona puesta al día.

Mi sistema digestivo funcionaba como nunca: solo tenía hambre a las horas de las

comidas y visitaba el baño con la puntualidad de un tren de cercanías. Recuperé mi

interés por el séptimo arte: volví a ver las películas que tanto me habían hecho

pensar y que había enviado al ostracismo por considerarlas perniciosas para la

salud. Y mi chándal fue como un perrito faldero, sobre las cinco y media correteaba

a mi alrededor para que a diario lo sacara a pasear por los jardines.

Si en algún momento cualquier parte de la orden del día era variado o, por

supuesto, suprimido por algún imprevisto, una especie de síndrome de abstinencia

se me clavaba en la nuca y no se desprendía de ahí hasta que de nuevo la

maquinaria volvía a funcionar con las mismas y rutinarias revoluciones por minuto.

Incluso mis tres cuartos de hora de carrera continua se convirtieron en una

necesidad tal que el día que no podía hacer ejercicio tardaba casi un cuarto de hora

más en conciliar el sueño.

Nuestra labor con el campeón se había relajado mucho. Por una parte

porque en el trabajo como entrenadores nos limitábamos a ponerle lecturas que él

acataba sin ninguna protesta durante las sesiones, y por otra porque sabíamos que

Pepote cuando concursara haría lo que le saliera de la punta del pijo. Pero los

entrenamientos, aunque fueron muy distintos, no me parecieron aburridos, ni

mucho menos, sino todo lo contrario. Las reuniones en mi casa se habían

convertido en una especie de tertulias abiertas donde casi siempre había alguien o

algo nuevo, algún invitado nuestro, algún periodista local, o alguno de los

miembros del Club de Fans de Expósito, que daba a aquellas tardes de otoño un

374
cierto encanto decadente de café y anisete. Además mi piso estaba ordenado y

suministrado como nunca. Algún bicho me había picado transmitiendo la

enfermedad del Orden Categórico, el virus castrense de tenerlo todo en perfecto

estado de revista. Siempre sacaba algo de tiempo a última hora para ordenar el

trastero, ajustar el embrague de la Vespa e incluso para ir a comprarme algo de

ropa.

Mi relación con Alicia.

Mi relación con Alicia fue lo único que se desordenó. Una tarde me dijo que

había conocido a alguien en un curso, que había salido varias veces con él y que se

encontraba muy a gusto en su compañía. Evidentemente no la culpé, no podía

hacerlo. Por supuesto que en un principio me sentí algo celoso y posesivo, y se lo

oculté y le mentí cuando dije que me alegraba mucho por ella. Alicia había sido

hasta entonces el salvavidas arrojado del buque al que yo me había agarrado como

a un flotador con cabeza de pato. Muy a mi pesar, aquel encuentro era lo mejor

para ella. Aunque eso no impidió que nos viéramos a menudo, menos a menudo

que antes, en mi casa en las tertulias vespertinas.

La ruptura total con Joy me había cambiado del todo. La obligación de

mantener una vida ordenada antes de caer en el abismo me había dado una cierta

felicidad que se basaba en la comodidad y en la actividad. El único apartado de mi

biografía que se resintió notablemente por ello fue el creativo. Y he de aclarar que

no en la cantidad, porque como he dicho antes, mi producción fue mucho más

prolífica. Mi prosa se volvió más cuidada y mis ideas mucho más precisas. Ya no

tomaba el ordenador con la vehemencia de antes para escupir letras con tanta

pasión o con tan mala leche como meses atrás. Pero realmente me gustaba lo que

escribía. Aunque tenía que reconocer que temía mucho que este cambio en mis

375
costumbres fuera tan notable que hiciera que la unidad de la novela se encontrara

en peligro.

En definitiva, que mi vida dejó de ser una parodia para convertirse en una

vida normal y corriente, con algún altibajo, pero de lo más normal y corriente. En

los últimos capítulos de mi novela yo dejé de ser un bufón para convertirme en el

personaje que siempre quise ser. “Aunque eso va en perjuicio del lector”, me dijo

Gabriela, que era quien me corregía entonces lo escrito y siempre se preocupaba

casi más por mi trabajo que yo mismo. Nos ha jodio, Gabriela, pero hay que pensar

un poco en mí, ya llevaba doscientas y pico páginas hasta los cojones de que mi

mujer me abandonara, un perro me persiguiera, las cortinas me atacaran, mi

asistenta creyera que era un pervertido y que, en cierto modo, se me tratara como a

un puchinela de folletín. “Tampoco te pases, Félix, vuelve a leer lo que has escrito

con otros ojos y verás que la cosa no te ha ido tan mal, incluso te has enriquecido,

como hacen los malos guionistas con los personajes de sus series televisivas. Creo

que eres cobarde incluso en la ficción, no has sido capaz de tomar la decisión de

marcharte a la ventura con los bolsillos vacíos. Te vas a ir de viaje como un jodido

burgués”. Gabriela tenía razón, me fastidia mucho dársela, pero la tenía toda:

siempre he sido un cobarde, e incluso como personaje de novela lo seguiré siendo.

Y hablando de mi pusilanimidad, por una vez voy a ser sincero con el lector y le

confesaré algo que nunca pensé que escribiría: es tanta mi cobardía, repito, es tanta

mi cobardía, que incluso he usado un especialista para que me supliera en dos de

las escenas más arriesgadas de la novela. Sí, sí, un doble de mi personaje, como lo

oyen. La primera fue en la persecución del perro, del puto pastor alemán. En

principio intenté solventarla yo mismo. No me parecía una situación muy peligrosa,

ya que el animal que había creado nunca pensé que fuera a morderme. Trabajé yo

376
mismo en las primeras pruebas, pero no pude, joder, y lo intenté varias veces más,

pero el puto pastor alemán me dio un miedo que no pude superar, incluso una vez

casi me caigo de la bicicleta. Además, que como ya dije en su tiempo, en aquella

época era cierto que yo no hacía nada de ejercicio físico y tenía mucho canguelo

que en el esfuerzo en pedalear para escaparme del perro me diera un infarto o algo

parecido. Así que cuando yo, como protagonista, paseaba en bicicleta por las

inmediaciones del Cementerio y apareció el puto pastor alemán, me vi en la

obligación de buscar a un doble que hiciera aquello por mí. Para esa labor tomé

prestado un personaje de un cuento que escribí hace tiempo, aquel se llama Alberto

Alba y es un detective privado que creé en un relato policiaco que nunca llegó a

ninguna editorial, y, por ello, tampoco me importaba mucho si a este le ocurría algo

grave con el perro (contando que también estaba en mucha mejor forma física que

yo: es uno de esos ex policías que van al gimnasio, beben güisqui y no les duelen

los puñetazos). Fue Alberto quien me suplió en la totalidad de la escena, desde que

apareció el puto pastor alemán hasta que regresé sentado en el banco del

Cementerio para ser de nuevo Félix Cadalso. También fue Alberto Alba quien me

dobló en la escena en la que me caigo de la silla por intentar descolgar las cortinas.

Para Alberto Alba, he de aclarar, no fue vergonzoso que lo usara de este modo,

incluso su trabajo lo hizo muy agradecido, me dijo. Así, al menos, en mi novela

saldría su nombre y se le brindaba un papel con más posibilidades que aquel relato

de mal ambiente negro donde lo creé. Como él mismo me dijo: “Félix, para llegar a

ser algo tu nombre tiene que salir publicado aunque sea en las esquelas”. Gabriela

me comentó que no veía muy profesional eso de usar extras para las situaciones

difíciles de los personajes de una novela; pero que también sabía reconocer que

esas partes en las que trabajaba Alberto Alba en vez de mi personaje habían sido

377
escritas con mucha solvencia, que si no me hubiera sincerado con mis lectores,

ninguno hubiera sabido de la existencia de un especialista. También me dijo que

ella sí que había llegado a sospechar un poco del truco. No en el capítulo del perro,

sino cuando después del esguince que se supone que me había hecho al descolgar

las cortinas, se me veía muy ligero andando con las muletas. Sobre todo cuando

esparcimos las cenizas de Rafaela, porque yo había subido al Cerro de los Frailes

sin apenas quejarme del tobillo, me comentó.

Pues así marchaba mi existencia, suave y ordenada, esperando a la final de

Demuestra lo que sabes para lo que apenas quedaban dos días.

Hasta que de nuevo la cosa se torció.

La noche antes de las vísperas hicimos una pequeña reunión en casa para

resolver los últimos detalles del concurso. No se trataba de refrescar

conocimientos, ni siquiera de concretar tácticas: ya que lo primero no nos

preocupaba mucho y lo segundo nos preocupaba tanto que decidimos que Pepote

hiciera lo que le diese la gana, al fin y al cabo eso sería lo que haría. El único

problema que nos surgió fue el del vestuario del Salomón Ribereño. En un mes se

había tomado tan en serio las sesiones que mientras estaba encerrado en mi estudio

durante cuatro horas al día devoró como un animal. Invirtió parte del premio

obtenido en el primer programa (que fueron unos ocho mil euros) en comprar

chocolate suizo y sobaos pasiegos. En casi un mes engordó quince kilos y la ropa

que Eduardo y Alicia le tenían preparada para la ocasión le sentaba tan ridícula que

tuvimos que volver a ir de compras. El vestuario que lograron encontrar no era tan

moderno como el anterior, solo pudieron ponerle una camisa clásica de rayas

azules y unos pantalones también mucho más de vestir. A mí, todo aquello de la

imagen me daba un poco igual, opinaba que mientras Expósito fuera aseado la cosa

378
estaba bien. Participaría igual vestido con un polo Lacoste que con su chándal de la

olimpiada de Montreal. Pero no, la tele es la tele, me decían. Yo no opiné más y

dejé hacer. Maruxa, la pequeña Joy, vino a casa a convertir por tercera vez a Pepote

en Charles Laugthon. Terminamos dando nuestra aprobación y pudimos cenar a

gusto en el bar de Juan sabiendo que todos los cabos estaban atados. Brindamos por

la suerte en la final y mantuvimos una conversación animada hasta casi las dos de

la madrugada, en la que el Fantasías, que por supuesto estaba invitado como

presidente-fundador del Club de Fans de Pepote, mantuvo con gran rigor sus

teorías sobre la existencia del Algo que no se conoce en el Mas Allá.

-¿Por que no me digáis que todo lo que se ve es lo que existe? No creo que

profesores de Instituto sean tan cortos de entendederas.

-Montero, no me jodas. Cállate.

-¿Por qué se va a callar, Félix?

-Porque no dice más que tonterías, Alicia. ¿No me digas que tú también

crees en espíritus?

-No tienen por qué ser espíritus. Pero hay que reconocer que hay fenómenos

que no se pueden explicar.

-Todo se puede explicar.

-¿Hasta la regeneración de un órgano que fue dado por perdido por la

Medicina?

-Hasta eso.

-Esos son milagros, Félix, y la Ciencia nunca ha podido demostrar muchos

de ellos. Por eso la Iglesia los reconoce. Y en ello son muy, pero que muy

escrupulosos –esta era Patricia.

379
-Joder. Para todo hay una explicación por muy inverosímil que parezca. Me

parece más milagro que medio kilo de uranio enriquecido pueda volar una ciudad

entera; o que no seamos capaces de combatir el virus del SIDA ¿O no es un

milagro que algo tan pequeño sobreviva a todos los intentos de la Ciencia?, pero

claro, los milagros tienen que ser provechosos ¿no? ¿Y qué me decís que una

persona como Pepote pueda recordar todo lo que estudia...? Eso sí es un milagro.

Lo mismo tenemos que canonizarlo pasado mañana.

-Pero lo de Pepote es una mezcla de genética, talento y algún método de

autodisciplina.

-¿Y sus astros?

-¿Sus astros? ¿Qué, coño, es, eso, de, sus, astros, Maruxa?

-Pues eso, que depende mucho bajo que signo zodiacal nazcas. Ahí es

donde se forja parte del carácter y del talento. Hay una diferencia enorme entre ser

Libra o ser Géminis. ¿No me digas que no lo sabes?

-¡¿Que no sé qué? ¿Pero la estáis oyendo? ¿Y también estáis de acuerdo?!

-Hombre en ese caso es muy discutible...

-¿Discutible? ¿Qué coño hay que discutir?

-Ves, Félix, tú eres un verdadero Piscis... ¿verdad?

-Y yo qué coño sé si soy Piscis ni pollas... Me voy a la barra con Juan, esto

no hay quien lo soporte.

-Joder, tampoco hay que ponerse así, Félix.

-¿Tú también, Eduardo?

-No. Yo pienso como tú, por supuesto, pero he de reconocer que todos

tenemos nuestras supersticiones, que siempre creemos en algo inverosímil que no

380
sabemos cómo explicar. ¿No me digas que tú no tienes supersticiones, o algún

miedo infundado?

-Miedos, muchos, pero infundados, ninguno. Me voy con Juan a la barra.

Huí al mostrador a tomarme el café. En parte sé que fui muy intransigente.

Montero y Maruxa son dos chavales que todavía no tienen ideas formadas y podían

pensar así, pero de personas que han ido a la Universidad no podía soportarlo. Me

reboté de tal modo que pensé subir a casa sin despedirme. También estaba muy

cansado, mis hábitos escrupulosos no me permitían acostarme más allá de las once

y eran las dos de la madrugada. Me arrepentí un poco, me acerqué a la mesa donde

estaban todos e hice un gesto de perdón-por-mi-comportamiento-me-voy-a-dormir-

mañana-será-otro-día.

Cuando entré al piso allí estaban las hijas de la Gran Puta. A la expectativa

de cualquier amenaza sobre sus péndulas existencias, del mismo modo que yo

había visto en los documentales sobre animales marinos, que parecen simples

plantas y en el momento en que algún pececillo intenta acercarse, unas enormes

fauces, que la víctima nunca vería, lo devora cruelmente. Las cortinas, las putas

cortinas que tapan la calle. Me reí. Vaya una gilipollez. Ya estaba bien de

cachondeo con lo de la Maldición de las cortinas. Lo que me faltaba hoy, con eso

de las supersticiones y los miedos infundados. Hasta los cojones del Más Allá.

Hasta los cojones de los milagros, de los marcianos, de los fantasmas, espíritus...

Todo se había acabado para aquellos puñeteros trozos de tela. Fui a la cocina, tomé

la escalerita de tres peldaños para usar los altillos y, para comenzar, elegí las más

peligrosas. Huy, huy, huy, ¡qué miedo!, ja, ja, ja. Me puse en la puerta de la

habitación de los invitados que nunca tuvimos y me agarré de la entrepierna con las

dos manos para saludar así, con ese gesto gallardo, a las putas cortinas. Arrimé la

381
escalerita, estaba ya subido en el segundo peldaño, cuando un retortijón en las

tripas me decía que lo de las cortinas podía esperar, que las necesidades del cuerpo

humano son ineludibles. Pasé al baño, me senté en el trono. Evacué, pero no tanto

como la alarma me anunciaba, me vestí, pero antes de salir del cuarto de baño otro

retortijón me hizo sentar de nuevo en la taza. Joder. Qué dolor de intestinos. Y lo

peor es que apenas podía cagar. A los dolores siguieron unos sudores fríos y

angustia, mucha angustia que se convirtió en una arcada que expulsó de mi cuerpo

toda la cena, la comida y un hilito marrón muy amargo que parecía no acabar nuca.

Me encontraba fatal, seguía sudando. Comenzaron a darme temblores en la

columna y las piernas no me sujetaban. Llegué a la cama y me tumbé en posición

fetal, escuchando el sonido de la selva de mis tripas que seguramente también tenía

que estar oyendo el vecino de abajo. Tenía mucho frío, busque una manta pero no

me sirvió de nada, seguía sudando y helado. Treinta y nueve y medio de fiebre.

¿Qué coño habría comido? Tomé el teléfono, di varias arcadas antes de marcar, y

llamé a Alicia por si alguno de los de la cena había sido también intoxicado por los

caracoles que habíamos cenado en el bar de Juan. Nada de nada, al parecer todos

estaban bien. ¿Quieres que me acerque a casa, Félix? No, no hace falta... Sí..., por

favor, y llama a un médico, estoy fatal. Tengo mucha fiebre.

Alicia vino con un médico. Un virus, José Félix, es un virus, probablemente

en cuarenta y ocho horas esté usted bien. Hasta entonces dieta blanda y beba este

suero. Me pasaré mañana a medio día a ver cómo sigue. ¿Cómo que un virus?

¿Cuándo he cogido yo el virus? Pues no lo sé, José Félix, algo que haya usted

comido. ¿Las personas que han cenado con usted están todas bien? ¿Sí? Que se ha

preocupado usted en llamarlas, Alicia. Pues nada. Esto es así, José Félix, descanso

y tómese la cama con calma. ¿Quieres que me quede esta noche aquí, Félix? No, no

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hace falta, Alicia, ya parece que estoy algo mejor. Pero nanai, ni mejor ni leches, en

cuanto bebía algo inmediatamente rebotaba en las paredes de mi estómago como en

una cama elástica y volvía a salir al exterior. Bueno, Alicia, quédate, por favor, no

te voy a engañar, sé que estaré mejor si tú estás aquí.

Se acomodó en la habitación de los invitados que nunca tuvimos, encerrada

con las cortinas asesinas. Intenté persuadirla de que estaría mejor durmiendo en

cualquier otra parte de la casa, pero no se me ocurría ninguna excusa convincente.

Decirle que aquellas putas cortinas eran capaces de todo porque tenían el poder,

concedido por el mismo Maligno, suficiente como para sembrar la Tierra de

Miseria, como para que huyeran de ellas al galope los cuatro Jinetes del

Apocalipsis o como para tragarse el contenido de la Caja de Pandora sin necesidad

de tomar sal de frutas; decirle todo aquello no me pareció... ¿lógico? Incluso así, le

iba a contar todo el secreto, pero ¿qué iba a pensar de mí? Supongo que creería que

estaba delirando con la fiebre. Pero... Bueno, mientras ella no intentara hacer daño

a las cortinas diabólicas creo que la respetarían.

Dormí mal, me despertaba cada media hora para ir inútilmente al cuarto de

baño y de paso vigilaba el sueño de Alicia. Me arrimaba a su tórax para comprobar

que subía y bajaba, y escudriñaba su cuello en busca de dos pequeñas heridas que

la hubieran convertido en sierva de Nosferatu. Eso sí, sin dejar de mirar de reojo a

las cortinas, que aquella noche, sin ninguna corriente de aire en la habitación, se

movieron, ondularon, serpentearon al ritmo que Satán les marcaba desde el círculo

más profundo de sus dominios.

Por la mañana Alicia me dijo que al día siguiente yo no estaría en

condiciones de acompañar a Pepote a la televisión, que había llamado a primera

hora a la producción del programa y que le habían dicho que mientras el

383
concursante fuera el mismo no pasaba nada por que estuviera asesorado por otra

persona. Aquello me sentó un poco mal, primero pensé que Alicia había sido

poseída y que el espíritu maligno quería fastidiarme, pero inmediatamente le tuve

que dar la razón. Yo me encontraba fatal. Apenas podía mover la cabeza sin que la

madre de todas las náuseas se arrojara sobre mí para prensarme el estómago.

Quedamos en que se lo comentaríamos a Patricia para que ella tomara mi papel en

el concurso.

384
Eduardo me había convencido para que me pusiera, como él, una de las

camisetas del Súper Salomón Ribereño. No me importó en absoluto: estábamos los

dos solos en mi casa, frente al televisor, como si esperáramos la final del

Campeonato del Mundo de fútbol. Él se bebía mis cervezas de importación,

fresquitas y espumosas, en una de mis copas preferidas y se zampaba mis pistachos

a puñados con el pretexto que los frutos secos eran cojonudos para prevenir el

Alzheimer. Yo me encontraba mucho mejor, llevaba casi seis horas sin vomitar y

cuatro sin correr hacia el servicio, la fiebre había remitido y comenzaba a tener

hambre. De vez en cuando comía una cucharadita de arroz cocido y, bien, parecía

que lo asimilaba. Por televisión: anuncios y más anuncios: sí que parecía una

jodida final de fútbol. Yo me imaginé que en aquellos momentos Pepote y Patricia

estarían en el estudio, esperando en el interior de las duchas del gas mostaza, junto

a los otros quince concursantes. Ella le estaría convenciendo de que intentara ser

congruente con las pautas del juego y Expósito miraría hacia el otro lado por no

mandarla a tomar por culo. Consulté el reloj. Todavía faltaban más de diez minutos

para que comenzara la final del Demuestra lo que sabes y yo no dejaba de

revolverme de nervios en el sillón. Sobre todo, no soportaba los gritos de cowboy

que el Mazas soltaba, cada dos minutos, agitando por encima de su cabeza los

cojines del sillón.

La cosa, ¡cómo no!, se volvió a torcer.

385
El teléfono sonó y me arrojé hacia él como si ya supiera que las noticias que

venían eran malas.

-¿Sí?, dígame...

-...

-¿Patricia? ¿Qué haces llamándome por teléfono? ¿No estáis en la sala de

espera?, faltan cinco minutos para que comience el programa.

-...

-¡Que qué!… No me jodas. ¿Y Alicia, también está contigo? Pásamela.

El Mazas dejó de comer pistachos. Me tomó el brazo con el que yo sujetaba

el auricular y se lo acercó. Ahora ninguno oíamos nada de nada. Tuve que tirar con

fuerza del aparato y levantarme. Eduardo también lo hizo, pero me dejó terminar la

conversación.

-¿Y cómo que no habéis podido hacer nada?

-...

-Sí, ya sé cómo coño es Pepote, pero joder, joder...

Colgué el teléfono. Ya no me podía estar quieto. No podía quedarme en

casa. Me puse unos tejanos y un jersey y con las zapatillas de andar por casa me

bajé al bar de Juan seguido de Eduardo que me repetía siempre la misma pregunta.

Cuando por fin me alcanzó y pudo zarandearme para que confesara lo que estaba

ocurriendo ya estábamos en la puerta del bar.

-Ya lo verás, Eduardo, ya lo verás. Mira la tele.

El bar de Juan estaba hasta arriba. Me distraje unos segundos observando a

la clientela. Aquello parecía una reunión ordinaria de la junta de la parroquia del

bar de abajo. Estaban los dos trabajadores de FENOSA con sus respectivos monos:

el cincuentón barrigón con bigote y el chaval de veinte años con la cabeza rapada y

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un pendiente de aro en cada oreja; los cuatro viejos a los que veo salir a pasear

juntos muy de madrugada; los maridos que bajan todos los días en chándal de los

chalecitos de la calle de más arriba para tomar café mientras pasean a los perros; El

repartidor de la Mahou que vive en el mismo bloque que el mío; Tres chavales del

barrio con las camisetas del Súper Salomón Ribereño, y otra docena de personas

más, a las que apenas puedo atribuir referencias, pero que nos conocemos de

vernos casi a diario.

-¿Qué tal estás, Félix?

-Mal, Juan, cada vez peor.

-Poneos a este lado de la barra. Es que con lo del concurso no cabe ni un

alfiler. Mirad, ya empieza. ¿Qué queréis tomar?

-Yo güisqui, Juan.

-¿No tenías un virus?

-Sí, por eso, que se joda el virus.

-Yo una cerveza, Juan, y si tienes frutos secos...

Todos mirábamos al televisor cuando el presentador dio la bienvenida. Echó

la misma charla de cada programa, añadiendo bastantes más pausas para que la

cámara de las galaxias planeara por todo el escenario. Qué diferente se veía todo

desde el otro lado. El programa no había escatimado en medios para la última

edición. Era el mismo plató pero lo habían vestido de gala para la final española:

había más azafatas (y con menos ropa), más luces, y el presentador se había vestido

de pingüino, con fajín y pajarita rojos. Esta vez, además estaba dando mucha más

coba antes de la presentación de los equipos. Ahora recordaba lo que todos

sabíamos, que no uno, sino dos de los concursantes de aquella noche iban a ser los

que representarían a nuestro País en Ámsterdam en la tarde del día de Nochebuena,

387
ante más de quince millones de espectadores de Eurovisión. Todo un reto, decía,

para dos de las dieciséis personas y sus respectivos acompañantes que hoy esperan

llevarse una de las deseadas plazas, pasaportes para ser el Europeo más erudito del

año.

A la segunda copa yo me había dado cuenta de dos cosas; que Juan y Li

también vestían camisetas de Súper Salomón Ribereño y que el güisqui me estaba

sentando bastante mejor que el arroz cocido.

El bar se quedó en silencio cuando comenzaron a presentar a los

concursantes. Ahí estaba el primero con su acompañante, haciendo lo que yo había

hecho semanas atrás. Miraban a la cámara y decían sus nombres y procedencias.

-Francisco y...

-Mercedes, venimos de Valladolid.

Clamor en el público, o lo que quisieran hacernos ver a través de la

televisión. Las azafatas tomaron a Francisco del brazo y lo sentaron en la Pirámide

del saber. Yo pegué un trago largo de güisqui y me entró mucha hambre.

Segundo concursante:

-Inma y...

-Cristina, venimos de Cartagena.

Lo mismo. Así, cinco más, hasta que se me hizo un nudo en la garganta

cuando los vi.

-Pepote y...

-Mosca, no el Mosca, sino Mosca, de apellido. Venimos de Aranjuez.

Apuré la copa de un sorbo entre el clamor de la clientela del bar, que

gritaban Pepote Pepote. Crucé los dedos y noté que el teléfono me vibraba en el

bolsillo del pantalón. Cuando descolgué no pude saber ni quién era el que me

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llamaba ni lo que me decía por culpa del jolgorio de los que animaban al Salomón

Ribereño. Los muchachos incluso habían llevado un bombo y parecía que

intentaban ser oídos en Madrid. Tuve que salir a la calle para atender la llamada.

-¿Sí, quién es?

-Alicia, soy Alicia...

-Joder, Alicia, cómo habéis consentido eso.

-Félix, no hemos podido impedirlo. Pepote ha dicho que no estando tú, tenía

que ir Mosca de acompañante, que le da más tranquilidad que nadie.

-Pero, Alicia... y si...

-Calma, Félix, si ya sabes lo que es esto... Pepote va a concursar solo, como

lo hizo contigo.

-Ya, pero...

-No te preocupes... ¿Qué tal va tu estómago?

-Por el segundo güisqui.

-¿Estás bebiendo?

-¿Y qué quieres que haga?

-Bueno, tú verás... Me voy, que entre el público nos tienen prohibido los

teléfonos, he dicho que salía a inyectarme insulina.

-Suerte.

-Suerte.

-Y..., Alicia, gracias por todo lo que hiciste... Un... Un beso... muy fuerte.

-Vale.

Regresé al bar un poco triste, pero enseguida los golpes de tambor me

extendieron la adrenalina hasta el último rincón de mi cuerpo. Estaba casi tan

excitado como cuando acompañé a Pepote en el primer programa.

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En la televisión música de miedo. Comenzaban las preguntas y el bar se fue

calmando para oírlas.

Primera parte. Ronda general, cinco preguntas. Una de cada temario. Al

menos en esta parte del programa, en donde los acompañantes no participaban, yo

no vería a Mosca en la pantalla.

En la primera ronda todos, hasta llegar el turno al Salomón Ribereño,

habían acertado su pregunta. Ciencia y Naturaleza.

Examiné a Pepote en cuanto sacaron su imagen en el televisor. Madre mía,

sí que estaba gordo el tío jodío, además el primer plano le sorprendió hurgándose

con el dedo en la nariz. Había comenzado a sudar y se movía de un lado al otro de

su asiento como Ray Charles en su piano.

-Ciencia y Naturaleza, concursante Pepote, ¿Estás preparado?¿Sí? Allá

vamos... ¿En qué parte de nuestro cuerpo tenemos el Peritoneo?

Pepote frenó su meneo y echó su cuerpo hacia delante, como si frente a él

existiera algún micrófono:

-En la cavidad abdominal.

-Co-rrec-to.

El bombo comenzó a sonar y un estallido en el local hizo vibrar el cristal de

las ventanas. Pepote, Pepote es cojonudo, como Pepote... No hay ninguno. Pepote,

Pepote...

Eduardo se unió a la fiesta. Y con el jaleo yo no pude oír las respuestas de

sus dos siguientes contrincantes; sí la contestación del que hacía el número nueve,

un tío con camisa de cuadros, que falló algo sobre la familia de los hipopótamos.

Que te den por culo, matarilerilerile, que te den por culo matarilerilerón,

chimpón.

390
El chimpón sonaba en el bombo como si se hundiera un edificio. Eduardo

se había autoproclamado el director del cotarro, ya había comenzado a organizar

aquel desconcierto, y a sus órdenes, el bombo y las canciones de mofa a los que

fallaban, se acompasaron. Segunda ronda de preguntas:

Nadie de los que antecedían a Pepote erraba.

-Vamos a ver, concursante Pepote, Geografía e Historia:

Silencio total en el bar. Alguien iba a tirar un penalti.

-En la desembocadura de qué río se sitúa la isla de Anticosti.

Pepote se hurgó descaradamente la nariz, y una gota de sudor le resbaló por

ella. Apenas se pudo escuchar su respuesta y el presentador tuvo que pedir que la

repitiera. Pepote estaba peor que otras veces. Tuve miedo.

-El río... es el... San Lorenzo, al sudeste de la provincia de Québec..., en

Canadá.

-Cooooorreeeeecto.

Pepote, Pepote, Pepote es cojonudo, como Pepote, no hay ninguno, Pepote,

Pepote...

Comenzaba a dolerme la cabeza y tenía algo de angustia. Pedí algo de

comer a Juan, pero me dijo que nanai, que en esos momentos la cocina estaba

cerrada. Alcanzó una bandeja llena de berenjenas en vinagre y me la puso sobre la

barra. Lo que le faltaba a mi estómago. Aun así me comí siete u ocho en la tercera

ronda de preguntas.

Nadie fallaba. Había un muy buen nivel y parecía que los organizadores del

programa se habían dado cuenta a última hora que tenían que haber elevado aún

más la dificultad de las preguntas. Transcurrió la tercera ronda y solo seis fallos

entre todos, ninguno de Pepote. Solo un concursante se podía dar por despedido

391
con dos desaciertos y cuatro, de los quince restantes, tenían una sola tacha. Eso

significaba que el que errara una, incluidos a estos cuatro, tenían un pie en el a

tomar por culo matarilerilerile.

Cuarta ronda: Cine y espectáculos.

Una tía que se parecía mucho a Gabriela acababa de fallar en algo de una

película que dirigió Alain Resnais. Una pregunta jodida, yo tampoco tenía ni la

menor idea. Al parecer los de los ordenadores apretaban el cinto. Los demás, hasta

Pepote, seguían vírgenes.

-Concursante Pepote, ¿Me podría decir quiénes fueron los fundadores de la

United Artists?

-Charleschaplin, Douglasfairbanc, Maripisford y Deuvedoblegrifit.

-Coo-rrecc-tto.

Pe-po-te, Pe-po-te... Pepote, Pepote, Pepote es cojonudo, como Pepote, no

hay ninguno, Pepote, Pepote...

Esta ronda sí pasó factura al resto. Quedaron solamente enteros, para la

última ronda, siete concursantes. Eso quería decir que por primera vez en el

programa con una sola respuesta acertada te podías quedar fuera de los cuartos de

final. Los que ya habían fallado lo sabían y se les notaba en la cara. Aun así no

perdían la esperanza.

Cuarta y última ronda: Deportes y Juegos. La especialidad de Pepote. Nada

podía ir mejor. Estábamos con toda seguridad en cuartos de final.

Hasta llegar el turno a Pepote nadie falló sus preguntas, le tocaba el turno al

Salomón Ribereño. Yo no podía estar más tranquilo; me tomé otras dos berenjenas

en vinagre.

392
-Concursante Pepote, (si mal no recuerdo esta es su especialidad) ¿sí?,

bueno, pues la pregunta es la siguiente:

“¿Entre qué peso son las bolas que se usan en la petanca: de 400 a 600

gramos, de 600 a 800 gramos o de 700 a 900 gramos?

Fácil, Pepote, ¡no me digas que no lo sabes!, si es tu juego... Fácil, cabrón,

suéltalo... ¡Pepote, por Dios!

Yo empecé a sudar y el rabo de una berenjena se me cayó en los vaqueros.

-¿de 600 a 800?

Preguntaba. ¡Pepote preguntaba...!

-¿Estás seguro?

-Sí...

El presentador miró sus notas, y las volvió a mirar. En el bar de Juan solo se

oía la musiquita de la máquina tragaperras y las vibraciones de las cámaras. Quizá

por las calles de Aranjuez también eran los únicos ruidos.

-Coo-recto, concursante Pepote. Cinco de cinco.

El del bombo tardó en reaccionar. Eduardo tardó en dirigir el escándalo y yo

tardé treinta segundos en recordar que las personas, si quieren vivir, tienen que

respirar. Tomé un vaso con cerveza de encima del mostrador, no tenía ni puta idea

de quién podía ser, ni me importó que estuviera caliente.

Nos fuimos a la publicidad.

Encendí un cigarrillo que me supo a vómito. Salí del bar e intenté devolver

la llamada a Alicia, pero el teléfono al que yo llamaba estaba apagado o fuera de

cobertura. Mientras terminaba el pitillo anduve de un lado a otro como un centinela

esperando el santo y seña de cualquiera que quisiera pasar al bar de Juan. Arrojé la

colilla y volví a penetrar en el escándalo. Todavía quedaban diez minutos de spots

393
publicitarios. Para los gordos, para los flacos, para los altos, para los bajos... Que

si te gusta conducir... Que si es muy difícil explicar lo que es la regla... Y no sé qué

marca de yogures patrocinaba este programa.

-Bienvenidos de nuevo a Demuestra lo que sabes, ya tenemos cuarto

finalistas... Ocho de nuestros concursantes se juegan dos plazas para el

Euroconcurso del Saber...

Un rápido plano de todos los concursantes. También de quienes les

acompañaban. Ahí se veía a Mosca, vestido con el traje negro de enterrador de OK

Corral, con las mechas rubias en el tupé que se había empeñado en lucir desde el

verano y su bigote de herradura. Estaba sentado entre un tío que se parecía un

montón a Jorge Semprún y otro a Bryce Echenique. Sin complejos Mosca, que eres

un fenómeno. Otro travelín de la cámara galáctica paseando por encima del público

que me dejó ver por un segundo a Alicia y al Dinosaurio acomodadas en la

penúltima fila. El presentador se ajustaba la pajarita con elegancia para dar paso al

primer concursante. Pepote era el cuarto.

-Preguntas del primer nivel. Comenzamos por la concursante Merce, Merce

de Barcelona. ¿Me eliges tema, por favor?... Ciencia y Naturaleza... Pues ahí va.

Pon mucha atención en las imágenes...¿Nos dices qué árbol es el que tienes en la

pantalla?

-¿Un laurel?

-Co-rrec-to.

Otro cigarrito, este sabía como si estuviera chupando un hierro oxidado.

Pedir el tercer güisqui me pareció exagerado y seguí bebiéndome la cerveza

caliente que había encontrado huérfana. Tomé un puñado de cacahuetes de una

bandeja de detrás del mostrador. Mientras, el segundo y tercer concursante

394
solventaban con éxito su primera pregunta. Era el turno de Pepote. Escándalo en el

bar. Varios Shhhhhhhhhhhh hasta que el silencio fue total.

-Concursante Pepote, es su turno... Creo que conozco el tema que va a

elegir...: ¿Deportes y juegos? –el presentador intentaba hacerse el gracioso.

-Sí, por supuesto, Geografía e Historia.

Hay que ver la mala leche de Pepote. Pero era un buen síntoma, eso era que

se sentía cómodo.

-Muy bien..., Pepote, pues la pregunta del primer nivel de Geografía e

Historia es la siguiente... –música de miedo-: ¿Cuál de los hijos de Leonor de

Aquitania tenía apodo de víscera de felino?

Pepote para contestar se hundió las gafas en la nariz con el dedo índice:

-Ricardo I, Corazón de León.

-Co-rrec-to.

Pepote, Pepote, Pepote es cojonudo, como Pepote…(pom-pom-pom)... no

hay ninguno.

Respiré. Todavía no me fiaba del Salomón Ribereño, pero ni un pelo. El

bombo no me dejó oír al siguiente concursante, pero por su sonrisa debía haber

contestado correctamente. Nadie falló la primera tanda. Otro plano general del

plató, un poco de paripé: una tía buenorra, acompañada de un tipo que decía que

era el notario del programa, llevaba las preguntas al presentador. Pasamos al

segundo nivel.

-Concursante Merce. ¿Estás bien?

-Ahora más tranquila.

-¿Me eliges tema, por favor?

-Sí, repito Ciencias y Naturaleza.

395
-Pero esta vez será un poco más complicada, Merce.

La concursante se encogió de hombros con una sonrisa de qué remedio

queda.

-Vas a escuchar el trino de un pájaro. Por favor ponte los auriculares...

¿bien? ¿Sí?

Se oyó el sonido de un ave por los altavoces del televisor. De inmediato un

listillo en el bar sabía la respuesta. Efectivamente era un ruiseñor. Merce también lo

supo.

Nadie falló antes de que el turno llegara a Pepote. Allí estaba con su

movimiento de Ray Charles y en su frente unas gotitas de sudor.

-Concursante Pepote, ¿me eliges tema para la segunda pregunta?

-Deportes y Juegos.

-Deportes y Juegos... Pues allá va la pregunta: ¿Quién es el actual

entrenador del Atlético de Madrid?

No tardó ni un segundo en decir:

-No lo sé.

No me jodas, Pepote. No me jodas Pepote; no me jodas, no me jodas. Todos

nos quedamos helados en el bar, con la boca abierta mirando como Expósito

negaba con la cabeza.

-Pues el concursante Pepote no sabe quién es el entrenador del Atlético de

Madrid... Y si quiere tener el tema abierto para lo que queda de concurso su

acompañante deberá responder a la pregunta... Mosca, por favor, ¿Sabes quién es

el actual entrenador del Atlético de Madrid?... (No hace falta que te levantes del

asiento para contestar)

Ahora lo entendí todo.

396
Mosca se sentó mientras se peinaba con las manos su tupé de Maquinavaja

y contestó entrecruzando los dedos de las manos, como había visto hacer a uno de

los concursantes que intervino anteriormente. Se tomó su tiempo ante las cámaras.

-Sí, señor, por supuesto que lo sabe este menda. Y su pregunta va a quedar

contestada en cuanto yo diga...: don Luis, don Luis Aragonés, el Sabio de

Hortaleza, es el actual entrenador del Atlético de Madrid... A quien yo tuve el

honor de estrecharle la mano en la cena que todos los años...

-Con eso nos vale, Mosca, con eso nos vale... Has rescatado a tu

compañero del temario de Deportes y Juegos.

Mosca, Mosca, Mosca es cojonudo, como Mosca (pom-pom-pom)... no hay

ninguno.

Unos segundos de gloria para su compadre, un detalle bonito pero muy

arriesgado. Según estaba el nivel del juego, ese fallo podía dejarle fuera.

Eduardo se me acercó, estaba sudando de tanto animar con los chavales del

bombo. Me dio un golpe en la espalda y me dijo:

-Mira, Félix, Mosca ya ha hecho más que tú cuando fuiste.

-Sí que tienes razón, Eduardo (qué simpático que eres, cabroncete).

Otros dos fallaron la segunda pregunta. Y afortunadamente en la tercera y

cuarta rondas del primer escaño la cosa se había complicado lo suficiente como

para que Expósito se metiera de nuevo en la pugna. La quinta tanda de preguntas

fue definitiva y Pepote la solventó contestando quién gano el título de los pesos

pesados cuando reinaba no sé qué rey visigodo.

Estaba en semifinales.

Se le veía en forma. Parecía acostumbrado a las cámaras, había dejado de

menearse de un lado a otro, ya no respondía como si tuviera el micrófono delante

397
de sus narices, y sus dedos regordetes los había posado dignamente encima de la

repisa que soportaba el marcador electrónico.

Quedaban cuatro participantes. De nuevo anuncios publicitarios que solo

podíamos ver: era imposible oír nada en el interior del bar de Juan que no fueran

cánticos y el puñetero bombo. Salí a la calle y volví a intentar comunicarme con

Alicia. Recapacité unos segundos: ¿para qué quería hablar con ella? Me di cuenta

que para nada en concreto, quizá solamente para oír, en su voz, cómo se estaba

viviendo el concurso desde el plató; o quizás solamente para oír su voz. La echaba

de menos, la había echado mucho de menos aquellos días de orden en mi vida. Allí,

en el bar de Juan, necesitaba a alguien a quien abrazar cuando Pepote contestaba a

las preguntas, con quien compartir las alegrías y las ansiedades de aquel momento.

Nadie contestó: el teléfono seguía apagado o fuera de cobertura. Escribí en la

pantalla un mensaje: TE ECHO DE MENOS, MUCHO. ADEMÁS, ESTOS DÍAS

HE ESTADO UN POCO TONTO PENSANDO EN TI, ME GUSTARÍA MUCHO

QUE

-Tío, Félix, que ya ha empezado. ¿Pasas al bar o es que no puedes aguantar

la presión?... Tío, que nos vemos en Holanda.

-Voy, Eduardo. Voy ahora mismo.

No envié el mensaje.

Pepote era el tercero en contestar. Habían subido al peldaño de las

semifinales. Cuatro concursantes, y frente a ellos, cuatro acompañantes. Era la

parte importante del concurso. Cada respuesta valía su peso en oro. Dos

representarían a España en Europa. Dos para la Gloria y dos para el fracaso. Más

publicidad, esta vez la promocionaba el mismo presentador. Unos segundos de

efectos especiales y aplausos enlatados para comenzar con las preguntas del nivel

398
once. Acojonaba un poco. Y, no sé, algo me daba mala espina en Pepote cuando lo

enfocaron, no supe por qué, pero había malas vibraciones. O quizás solo fueran

imaginaciones mías.

El primer concursante, un tío octogenario, falló su primera pregunta. No

supo mencionar cuatro obras de Saramago, se quedó en tres y en un chasquido de

dientes. Le restaban aún tres temas abiertos.

La segunda concursante, una mujer delgadísima de unos cuarenta años que

venía desde Cantabria, sí acertó la suya. Cerró los puños como si ya hubiera

ganado. Era un buen tanto. También le quedaban tres temas abiertos. Estaba en una

posición muy buena.

Pepote.

Pepote, para mi sorpresa, cambió de tema. Arte y Literatura. Le hicieron

mirar a un monitor donde se movía Picasso en blanco y negro, en pijama y con una

brocha en la mano. Luego mostraron un cuadro, el presentador preguntó por él y el

Salomón Ribereño falló.

Ohhhhhhhhhhh.

Había errado demasiado deprisa para que fuera cierta su ignorancia. Mosca

dijo algo a boleo y por supuesto no acertó. Se quedaba en cuatro temas. Todavía

eran suficientes.

El cuarto y último concursante, uno calvo como la madre que lo parió,

también erró en una pregunta sobre no sé qué procedimiento espacial.

La única con una respuesta era la cántabra.

Tercera ronda. Ella volvió a acertar (era muy buena la tía). Dio un grito que

tuvo eco en el público. Ya se veía en Holanda.

Le tocaba el turno a Pepote.

399
-Le quedan cuatro temas abiertos, concursante Pepote..., elige... ¿Ciencias

y Naturaleza?

Pepote volvió a fallar.

Ohhhhhhhhhhh

No me gustó la actitud del Salomón Ribereño.

El octogenario esta vez sí atinó la suya. Quedaban tres preguntas y Pepote

quedaba fuera de la final, pero lo que más me preocupaba era su actitud. Estaba

tranquilo. Era como si hubiera tirado la toalla y estuviera deseando irse de allí.

En la siguiente, todos, incluido Pepote, volvieron a fallar. Restaban dos

preguntas para cada concursante y la cántabra estaba en la final. El presentador

tuvo que pedir a los acompañantes de esta que guardaran silencio en las gradas. La

cosa no estaba muy bien para Pepote, solo quedaba una plaza para tres, y de ellos,

el viejo se apuntaba una pregunta respondida, Expósito y el calvo no tenían

ninguna, y lo que era peor, los niveles eran el catorce y el quince, los más altos del

concurso:

El calvo falló.

El anciano también.

Pepote miraba para otro lado cuando le preguntaron:

-Nivel catorce para Geografía e Historia. ¿Estás preparado, concursante

Pepote? –se encogió de hombros para recibir la pregunta- ¿A quién se ha

reconocido como padre fundador de la moderna República Birmana?

No contestó de inmediato y miró con mala cara al presentador. Yo conocía

ese gesto. No solo temía que fallara aposta sino que contestara algo así como: “a tu

puta madre, cabrón” y encima le tuvieran que expulsar ignominiosamente del

programa los machacas de seguridad.

400
En el tiempo de espera para la respuesta de Pepote la cámara hacía planos

de los rivales con la música de miedo. En el rostro del viejo se dibujó una sonrisa

pícara, como diciendo. “este tío gordo qué va a saber” (o al menos eso me pareció a

mí). Con el fallo del Salomón Ribereño el carcamal tenía la final en el bolsillo.

Pepote observó el gesto poco deportivo del anciano e inmediatamente el Salomón

Ribereño le respondió un corte de mangas, allí, delante de tres millones de

espectadores. Nos echamos las manos a la cabeza. El del bombo comenzó a cantar:

Hijo-de-pu-ta. (pom-pom pom-pom-pom) Hijo-de-pu-ta.

El resto del bar nos unimos para vituperar al viejo.

El tiempo se estaba acabando cuando de nuevo apareció el plano de Pepote

en el televisor. Ordené callar a todos con dos gritos, vi un rayito de esperanza en el

corte de manga.

Pepote contesto:

-Aung San es el padre de la moderna República Birmana, y el jodido viejo

este es un gilipoll...

-Biennnnnnnn, cortamos para la publicidad.

Sí, Pepote, de puta madre.

Pepote, Pepote, Pepote es cojonudo, como Pepote, no hay ninguno.

Para los gordos, para los flacos, para los altos...

Sí, Pepote lo tenía, al menos el desempate con el viejo.

Fumé dos cigarrillos a la vez mientras conectaban de nuevo con el

programa. Me había aguantado una arcada antes de bailar un poco a lo apache con

el resto de la tribu alrededor de una servilleta ardiendo que alguien había arrojado

en el centro del bar.

401
Tardaron más de lo debido en conectar. Probablemente habría problemas

con la conducta de Pepote. Yo confiaba que el Pepito Grillo de Mosca tranquilizara

los ánimos. Volví a llamar por teléfono a Alicia, estaba preocupado. Pero nadie

contestaba.

De nuevo conectaron. No parecía que hubiera ocurrido nada. Todo eran

sonrisas maravillosas de las azafatas y del presentador. Última ronda. La cántabra

que vuelve a acertar y se arroja a las gradas donde sus familiares y amigos se la

comen a besos. Unos segundos para restablecer el orden.

El calvo, rian rian con la última pregunta, y el viejo que tampoco sabe qué

año se editó por primera vez En la vida de Ignacio Morel. Dice un año a boleo y

falla

Última pregunta para Pepote.

Tema: Geografía e Historia.

-Nivel quince concursante Pepote, ¿estás preparado? ¿sí? Vamos a ver:

Walter Ulbrich fue presidente de la República Democrática Alemana, ¿podrías

decirnos entre qué años?

Tic, tac, tic, tac…

Nadie respiraba en el bar.

-Del 1960 al 1973.

-¿Estás seguro, concursante Pepote?

-...

-Pues la respuesta es...

Seguíamos sin consumir oxígeno. Si el presentador prolongara el suspense

más de tres minutos moriríamos asfixiados como chinches.

-Correcta, Pepote, correcta.

402
Pepote, Pepote es cojonudo,

como Pepote no hay ninguno...

y al tío viejo... (pom, pom, pom)... que le den por culo.

Saltamos, nos abrazamos todos en el bar. Alguien se subió encima de la

barra y nos regó a todos con cava. Bailamos mientras veíamos por la televisión

como Mosca se había lanzado a los brazos de Pepote. Saltamos y saltamos. Un

silbato sonaba a ritmo de samba. También una botella de anís. Aquello fueron los

Carnavales.

En la pantalla Mosca abrazaba a la cántabra, la tía abrazaba a Pepote y

Pepote no abrazaba a nadie, había sacado un caramelo de menta del bolsillo y lo

desenvolvía tirando de los extremos.

403
Se volvieron a encontrar,

al regolver de una esquina

se volvieron a encontrar,

y como dos criaturas

empezaron a llorar.

Y es que el amor no tiene cura.

Impresionante Mosca. Yo nunca he comprendido el cante flamenco, pero tenía

que reconocer que muchas de sus letras son tan..., bueno, afinan tanto con el

pincel cuando el cantaor enfatiza donde tienen que enfatizar... Vamos, que en

aquel momento se me puso la piel de gallina y todos aplaudimos. A la guitarra,

el Hijoputa Éste; como palmero, uno de los primos de Pepote, y desgarrándose

la voz por tarantos, el Príncipe Caló.

Una de las chicas dijo al artista que ya estaba bien de canciones tristes. El

maestro dio un trago de fino con la delicadeza de un cortesano, dijo que sí con la

cabeza y dobló las palmas con el primo de Pepote justo antes de que el Hijoputa

Éste sacudiera las cuerdas de la guitarra con la misma energía que si se acabara de

abrasar la mano; alguien gritó un ole y el cante se fue por alegrías. Yo no sé por qué

no me sentí cómodo, tomé mi vaso, di un pellizco cariñoso a Patricia en la mejilla,

que lo estaba pasando en grande con el improvisado concierto, y salí del chamizo.

404
“Mañana no, porque es domingo, pero te prometo que, por estas, el lunes,

este lunes me corto las greñas, me pongo mi mejor traje como pa una boda y me

voy a conocer a mi hija, bueno a que ella me conozca, compadre Félix, el lunes sin

farta estoy en llegando a la farmacia y me presento asín, como un señor y esas

cosas, compadre. Por que ties tú razón. Solo hay una vida y los remordimientos

acaban con ella... que sabio eres, compadre”: eso me dijo Mosca aquel día

acompañado de un enorme abrazo de esos que ahora echo tanto de menos.

Afuera había también buen ambiente. Mientras Li hacía una de las mejores

paellas de marisco que he comido en mi vida, Eduardo, ya bastante achispado,

contaba chistes a Juan, que se partía de risa antes de conocer los desenlaces de las

historias. El Mazas me pidió que me uniera a ellos, pero hice un gesto como que

me disculpara porque iba a mear, él me dijo que aproveche y volvió a hacer de reír

al chino.

Era un maravilloso día de sol color naranja, de esos tristes de otoño.

Estábamos celebrando el éxito de Pepote en una finca a las afueras de Aranjuez,

propiedad del primo palmero del Salomón Ribereño. El lugar donde habíamos

montado la fiesta era una tierra de labor sin vallar, con un camino flanqueado de

moreras grandes y viejas que iba desde la carretera hasta el chamizo, que habíamos

adornado con banderitas, como en la Feria de Abril. Anduve por el camino

despacio, sorteando conversaciones y vi a Pepote sentado al sol, sobre uno de esos

rulos enormes de piedra que algún día habrían servido para las labores agrícolas.

Leía un número de La aventura de la Historia a un palmo de sus gafas (yo le había

cedido la colección entera en usufructo). No quise molestarle, le puse la mano en el

hombro, él no me miró, y continué a lo largo del camino. Yo reflexionaba sobre

405
muchas cosas a la vez, desde mi pronta partida hacia Turquía, hasta mi pasada

relación con Joy, una mujer que, increíblemente, ahora no necesitaba nada.

Pero una situación, en apariencia sin ninguna importancia, que yo había

vivido aquella misma mañana tenía ocupada mi cabeza. Mosca y Eduardo, que

fueron los organizadores del sarao, me pidieron que me encargara de comprar el

postre; con cuatro o cinco melones y alguna sandía gorda bastarían para todos, me

dijeron. Tomé la Vespa y fui donde Mosca me había dicho, a un puesto del

mercadillo que se celebra en Aranjuez todos los sábados por la mañana. Pedí la vez

y aguardé. Entre el jaleo del mercado oí la música de un clarinete a unos cuantos

metros de allí, pero por culpa de la riada de personas que transitaban por la calle no

pude ver quién era el intérprete de aquella composición de Benny Goodman.

Aburrido de esperar mi turno me acerqué a conocer al músico. Era un hombre

delgado, maduro, mal vestido, extranjero, probablemente un emigrante de la

Europa del Este. Tenía un radiocasete barato que emitía ritmo para su

acompañamiento y tocaba un clarinete viejo, descolorido, del que sacaba unas

notas tan limpias y alegres que no parecían proceder de aquel instrumento. Le

añadí un par de euros a la calderilla que había en el trapo y el músico me lo

agradeció con un guiño de sus ojos grises. Me mantuve frente a él, disfrutando de

su música (era realmente bueno) e imaginando las vueltas que habría dado su vida

para acabar pidiendo en el Rastro de Aranjuez. La melodía me dominó, mi pie

marcaba el ritmo sobre el asfalto, cuando una niña monísima de unos seis años,

muy bien vestida con ropa cara, se acercó al clarinetista con una moneda en la

mano, la posó delicadamente junto a las otras y se puso junto a mí a escuchar la

música, como si aquello hubiera que hacerlo así. En unos segundos se nos unió su

padre, un tío de mi edad, pero también, como su hija, vestido de caro. La

406
composición de Goodman cada vez tomaba más swing cuando la chica se dirigió a

su progenitor:

-Papá, ¿por qué pide dinero el músico? ¿Es que es pobre?

-No –le contestó su padre-, él no pide, su trabajo es hacer música y quien le

quiera pagar por ello echa dinero. Además, cariño, pobre es el que no tiene nada.

Este señor posee un clarinete y, lo que es más importante, mucho talento... ¿Ves a

toda esta gente que hay en el mercado?

La niña asintió con la cabeza sin perder detalle.

-Pues, hija, seguramente ninguno tenemos un clarinete y mucho menos

tanto talento.

El padre y la niña se marcharon. El músico dijo adiós con la mano

aprovechando un silencio en la melodía y ella le correspondió. Yo, después de

observar un rato los caretos de la gente que transitaban por el mercado y comprobar

que el padre probablemente tenía mucha razón, también me fui. El músico se

despidió de mí con un merci monsieur.

Cuando terminé con la adquisición del postre para la fiesta fui a un bar,

compré dos latas de cerveza y me acerqué al clarinetista. Yo llevaba la intención de

mantener una conversación con él, pero en cuanto el músico aceptó la bebida y me

volvió a dar las gracias en francés yo desaparecí con mi cerveza y con la cabeza

agachada. Me sentí muy extraño, como un ser inferior.

Me marchaba a Turquía. No había vuelta atrás. Lo tenía todo previsto, todo

mi escueto equipaje y toda la documentación. Había dejado mi patrimonio en

buenas manos y había dispuesto el viaje a ninguna parte como dicen los manuales

de viajes a ninguna parte: sin pensar mucho cuáles iban a ser las escalas. Lo único

que había tomado en serio era que en dos escasos meses debía haber encontrado un

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lugar para pasar el invierno. Me iba, que era lo que yo más deseaba, y aquel día de

fiesta me sentía triste.

Descarté la posibilidad de acudir a Ámsterdam a la final del Euroconcurso

del Saber, rompí la palabra que me había dado a mí mismo, pero Pepote no sabía

nada. Las únicas personas que conocían que mi partida sería inmediata eran Alicia

y Mosca, y ninguna diría nada a nadie hasta que yo no desapareciera. Aquí, en lo

que queda de capítulo, se termina mi historia en Aranjuez en el año 2002.

Encendí un cigarrillo y me acerqué con pasitos cortos a Pepote. Tomé

asiento junto a él, en el rulo de piedra.

-¿Qué tal está el Salomón Ribereño?

-Bien.

-¿Nada más que bien?

Me miró, sacudió la cabeza como si quisiera decir que vaya unas preguntas

más gilipollas que hace este tío y cerró la revista.

-Pepote, ¿por qué fallaste las preguntas?

-¿La del entrenador del Atleti?

-No, esa no, las otras dos.

-Voy a ir a la final, ¿no te vale con eso?

-A mí, ni me vale, ni me deja de valer, Pepote.

-No las sabía.

-¿Tenías miedo?

-No me jodas, Félix. Eres un tonto de la polla.

-Pero las sabías, estoy seguro. Podías haber respondido a todas.

Expósito abrió de nuevo la revista y me ignoró por unos segundos.

-No soy ningún monstruo, Félix.

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-Nadie te lo ha dicho.

Un mirlo bajó de la morera, se plantó delante y nos miró a ambos de arriba

abajo, picó algo por el suelo y voló hacia el horizonte haciendo ese ruido de

kikikikokoko que se oye por todo Aranjuez.

-Pepote, desde mañana yo no dirigiré los entrenamientos, lo hará Patricia,

yo salgo de viaje... a Zaragoza –mentí.

-Bueno.

-¿Qué tal te llevas con ella?

-Bien. Es un poco cascarrabias, pero bien.

-Me alegro.

Dejé a Pepote y regresé donde la paella. Tomé asiento en una mecedora del

tiempo de la guerra de Cuba desde donde observé a Li cómo hacía la comida.

Imaginé qué tal le sentaría a la china un traje de fallera y sonreí. Frente a mí, en un

rincón del porche, Alicia hacía manitas con su nuevo chico, un tío algo más joven

que ella, bastante agradable de cara, muy bien vestido y, por lo que pude

comprobar cuando días atrás me lo presentó, una persona muy educada y amable.

También era profesor en un instituto de Formación Profesional, en Getafe. Me

alegré mucho por Alicia. Se lo merece todo.

Nuestras miradas coincidieron y ella se levantó, puso la mano sobre la

pierna de su chico para pedir disculpas y vino hacia mí. Arrimó una silla de plástico

de esas de la Mahou y me quitó el cigarrillo, le dio dos caladas y me lo devolvió.

Vestía unos tejanos ajustados a sus maravillosas caderas, unas zapatillas blancas y

una cazadora también de tela vaquera; al cuello llevaba anudado un pañuelo rojo:

iba de lo más cowboy (o cowgirl). Estaba preciosa con su pelo rizado y sus ojos

enormes y sus labios pintados de carmín y su piel morena y los pendientes que le

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regalé y sus pulseras en las muñecas y con su olor tan rico siempre, que ni siquiera

Joy habría podido superar. Por un momento no nos dijimos nada, ni nos miramos.

Luego solapamos la misma pregunta:

-¿Qué tal te va?

Sonreímos.

-Un buen muchacho –me adelanté, señalando a su chico con la barbilla.

-Sí que lo es.

-Me alegro mucho por ti. ¿Cuánto tiempo lleváis ya?

-Va para mes y medio.

No se me ocurrió más que pensar que en ese tiempo aquel hombre ya había

gozado de sus maravillosas caderas, de aquellos pechos que yo tanto había

adorado, y habría respirado tanto su aroma que... ¡Joder! Me sentí celoso como un

crío. Más aún, porque los celos de los que maduramos son los peores. Y los míos,

tan puestos a punto por Joy, podían incluso asesinar. Odie a Alicia con la razón tan

convincente que dan las paranoias y deseé que ella se marchara de mi presencia,

que me olvidara. Pero en vistas a que mi telepatía no funcionaba fui yo quien me

levanté para darme cuenta a los dos segundos que, aunque Alicia no lo notara, me

estaba comportando como un gilipollas. Pero para disimular siempre he tenido

muchos recursos.

-¿Quieres algo de beber?, voy a por una cerveza.

Ella asintió y en un par de minutos volvimos a las mismas posiciones en las

que yo había sentido los celos, pero cada uno con una cerveza. Miré al novio de

Alicia, que ahora disfrutaba de los chistes de Eduardo y murmuré:

-Nadie es imprescindible.

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-Nadie, Félix. Fíjate que hasta Mosca contestó una pregunta que tú no

hubieras sabido.

-Joder, Alicia... –sonreí.

-Tú no hubieras conocido quién es el entrenador del Atlético de Madrid, no

presumas.

-Tienes razón.

Se nos acabó la conversación. Cuando un hombre y una mujer rompen una

relación íntima, por muy corta que sea, es como si marcharan a una época peor que

el desconocimiento. La incomodidad tapa las bocas y las ganas de sincerarse se

esconden en algún lugar muy oscuro. Alicia lo notó también. Bebimos nuestras

cervezas en silencio y ella se levantó, me hizo lo mismo que a su chico, tocó mi

pierna como para pedir disculpas. Me dio la espalda, caminó tres pasos despacio.

-Alicia.

Se dio la vuelta como si esperara mi llamada.

-¿Qué?

-¿Por qué no te vienes conmigo?

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VERANO DE 2003

412
En poco tiempo he aprendido muchas cosas. Seis meses pueden dar para

mucho, para muchísimo. Seis meses pueden ser una existencia. No me equivoqué

en nada, creo que por primera vez en la vida hice algo bien, algo que ha llenado mi

vacío. El gusanito de la insatisfacción sigue por ahí, dentro de mis intestinos, pero

parece calmado, me deja respirar a pleno pulmón como nunca lo había hecho.

He aprendido a mirar. Lo hago con este trozo del Mediterráneo cada

mañana. Madrugo mucho y bajo hasta aquí para ver, con distintos ojos cada vez, la

misma playa de piedras blancas: es impresionante lo que una mente abierta puede

hacer. No voy a detenerme a retratar este paraíso porque nunca me han gustado las

descripciones paisajistas en las novelas. Diré que no he visto a nadie bajar hasta

aquí, es como si este lugar no existiera. Es maravilloso. Un día vi un pastor a lo

lejos y me estremecí. No es que se pareciera al kurdo de mis pesadillas, pero los

fantasmas se me presentaron así, de golpe. Inmediatamente después sonreí y me fui

a conocerle, aquí la gente es muy amable y tiene pocas prisas, y encontrarse a un

bicho raro como yo es todo un acontecimiento para ellos. Nos hemos sentado

juntos cuatro o cinco veces a la sombra de un pinar. Se llama Selim, es turco, fuma

Marlboro, habla por los codos y no le importa mucho que yo no le entienda ni

papa, creo que de no echarme a mí sus parrafadas se las echaría a las cabras, y estas

no le ofrecen tabaco rubio. Y es que lo del idioma turco no lo llevo muy bien. Es

difícil aprender cuando en el pueblo no hay nadie que siquiera hable un poco de

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inglés, bueno sí, Halid se defiende, pero solo viene los fines de semana, y no todos.

Halid es quien me saca de apuros cuando no hay más remedio.

He aprendido a amar más de lo que amé. Porque amo a Joy por encima de

todas las cosas. A Joy, mi dulce Joy. Donde quiera que esté, en el Cielo, en el

Infierno o en cualquier purgatorio, limbo o reencarnación de cualquier creencia.

Todas las noches miro al cielo y busco su estrella. Porque no puede ser cualquiera,

debe ser una pequeña, presumida y con mucha luz, alguna que llame mucho la

atención. En junio di con un lucerito en la nebulosa de Orión de esas

características, y debo de haber acertado, con toda probabilidad es ella porque me

guiña su luz cuando le hablo. Te amo Joy. Por encima de todas las cosas. Te

perdono todo. Hasta morirte de la forma que lo hiciste. Porque Joy fue coqueta

hasta para perder la vida. Me ocultó la maldita enfermedad que la consumió

despacio en una clínica de Pozuelo. No quiso que yo viera como ella se moría y su

belleza se marchitaba, e inventó toda una maraña de mentiras...

Bueno. Cuando me enteré de todo lo pasé mal, muy mal. Llegué a su

entierro por los pelos y tan destrozado y tan enfadado con ella que nunca pensé que

un alma pudiera doler tanto. No estuve en España más que dos días, el tiempo

necesario para tomar fuerzas y regresar a Turquía. En dos meses no hice otra cosa

que llorar, ni siquiera me afeité, me quedé tal delgado y tan barbas que parece

mentira que no hable árabe.

Hace un mes me llegó un paquete de G. Hoolvert, abogados. Unos treinta

folios escritos de puño y letra por Joy, mi dulce Joy. No los he leído. No tengo

cojones para hacerlo.

Pero no quiero que mi historia acabe triste.

414
He aprendido también a apreciar a la gente y eso sí que ha sido un logro.

Recibo cartas, sobre todo de Montero, el Fantasías, que me pone al día de lo que

ocurre en Aranjuez. Me ha servido de mucha ayuda. El chaval no escribe mal, tiene

una sutil ironía y usa muy bien los adjetivos. Yo le contesto a todas sus cartas, y en

una de ellas le dije que con su imaginación y su prosa intentara escribir algo y se lo

enseñara a Gabriela.

Gabriela también me escribe, pero a su ritmo. En una semana recibo quince

o veinte cartas y en dos meses ninguna. En la última me daba buenas noticias sobre

mi novela, un editor parece que estaba interesado en ella, pero había un problema,

que este se había dado cuenta de que en algunos pasajes de la historia el

protagonista había sido doblado por un especialista y aquello de hacer trampas al

lector no le hacía mucha gracia.

Las últimas noticias que tengo de Mosca es que aún no ha sido capaz de que

su hija le conociera. Me lo imagino poniendo excusas, diciendo que todavía no

tiene los genes de la valentía a punto, o cosas así. Echo mucho de menos a mi

administrador. También sé, por Palau, que las cosas nos van bien con los negocios

y que Mosca es un fenómeno, incluso para sacar beneficio hasta de una empresa

constructora.

Y claro, lo de la final, la ansiada final en Ámsterdam, el Euroconcurso del

Saber, donde se elegiría el europeo más erudito del Mundo. Esto merece un

capítulo aparte que no voy a narrar, entre otras cosas porque he decidido escribir el

desenlace de mi historia hoy por mañana, frente a la parte del Mediterráneo a la

que trato de tú. Porque dentro de un rato tengo que subir a los huertos, me

comprometí a ayudar al padre de Halid con el cultivo de calabazas (que por cierto

no sé qué coño hará con tanta calabaza de esas de adorno, ni siquiera sé cómo

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preguntárselo). Bueno, lo de Pepote, si no os habéis enterado por la televisión, os

diré que terminó como debía terminar.

Fueron a Holanda Eduardo, Patricia, Mosca y el Gran Salomón Ribereño.

La expectación era como en uno de esos programas de Eurovisión, o más. El boom

de Operación Triunfo se había mitigado y los héroes nacionales eran Susana la

cántabra, y Expósito. Susana tuvo mala suerte, no pasó el primer corte, lo que le

dejaba a Pepote con toda la responsabilidad de la sabiduría nacional. La cosa fue de

maravilla, salvó la semifinal con quince respuestas de quince, impresionante, había

llegado a la final con cuatro de diferencia sobre Marco Morelli, el erudito italiano.

Pero Pepote no esperó ni a la publicidad. En pleno concurso se levantó de su

escaño, hizo un gesto a Mosca con la cabeza y los dos se despidieron de la

concurrencia como si lo hiciera del bar de Juan. Se marcharon de putas al Barrio

Rojo.

Fue un escándalo que apresuraron en atenuar los de la televisión diciendo

que Pepote no se encontraba bien, que había tenido un mareo, que si... Bueno, pero

la verdad me la contó Patricia: Expósito se levantó porque estaba hasta los cojones

de que las preguntas se repitieran en cuatro idiomas, que la azafata era una tía

pedorra que no le traía agua cuando se lo pedía y que alguien de la producción del

programa había regañado a Mosca porque fumaba en los descansos. En fin, eso son

los riesgos del directo.

Echo de menos a todos, no lo voy a negar. A todos menos a Alicia. A ella no

puedo añorarla porque la veré, como cada día, dentro de un rato en el huerto de

Halid. Ella y yo vivimos en una casa pequeña muy coqueta, de mampostería y

enjalbegada de blanco celestial; sin cortinas, por supuesto. Ella ahora pinta, me dijo

que siempre lo quiso hacer y ahora tenía tiempo, ganas y temas suficientes para

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retomar los pinceles. Está más delgada, pero aún así sigue preciosa, con su pamela

turquesa y sus vestidos largos... No me equivoqué con Alicia. Seguramente ella

conmigo sí, pero he cambiado mucho y no descarto nada. Me propuso tener hijos,

pero fue antes de lo de Joy y no lo ha vuelto a mencionar. Esta semana yo sacaré el

tema, creo que mis genes se me están revolucionando por dentro exigiendo

promocionarse. Y ya se sabe como son los genes maños.

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