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VIOLENCIA Y SOCIEDAD: ENTRE LA RAZON Y EL DESAMPARO SAPFI. JORNADA DE FILOSOFIA.

SETIEMBRE 2006

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VIOLENCIA Y SOCIEDAD: ENTRE LA RAZON Y EL DESAMPARO
PROF. DR. JORGE EDUARDO NORO norojor@cablenet.com.ar

“Por eso es tan terrible ver la sangre de los hijos derramada en el suelo. Una fuente que corre en un minuto y a nosotros nos ha costado tantos años” GARCIA LORCA, BODAS DE SANGRE

VIOLENCIA – VIOLACIONES – AGRESIONES – ASESINATOS – ABUSOS – INSULTOS – ATROPELLOS – INJUSTICIAS – ARBITRARIEDADES – ENOJOS – ACOSOS – VIOLENCIA DE GÉNERO – VIOLENCIA DE CLASE – VIOLENCIA DE PAÍSES – INVASIONES – GUERRAS SANTAS – GRITO DE GUERRA – ATAQUE – DEFENSA – INDIFERENCIA – DESPRECIO - DESIGUALDADES – ROBOS – SAQUEOS – APROPIACIONES DESTRUCCIONES – VIOLENCIA SIMBOLICA – VIOLENCIA DE LOS DE ARRIBA – VIOLENCIA DE LOS DE ABAJO – FAMILIAS VIOLENTAS – VIDAS VIOLENTAS – AMORES VIOLENTOS – MUERTES VIOLENTAS – SOCIEDAD DE VIOLENCIA – DIOSES VIOLENTOS – ODIO – DEPORTES VIOLENTOS – GOLPES – ARMAS –

01. SOCIEDAD VIOLENTA. Si la vida en la sociedad implica una lucha permanente por la subsistencia, una guerra de todos contra todos; si el trabajo es objeto de disputas, si los lugares de privilegios debe conquistarse de cualquier modo; si el poder es objeto de apropiación y de defensa despiadada, si el mundo económico y político ha instalado un paradigma eficientista que opera fiel a la ley de supervivencia de los más apto y de los más fuertes (por edad, por condiciones, por astucia, por capacidad de lucha, por mecanismos acomodación a las situaciones) asociada a las estrategias arbitrarias de los especialistas en recursos humanos, si los incluidos sobreviven y los excluidos son dejados a la deriva y sin embarcaciones en un mar tormentoso, si ingresar y reingresar al mercado laboral es una lucha inhumana, es posible que uno se pregunte hasta qué punto no hemos retornado a las luchas tribales y a las sociedades primitivas, reinstalando en nuestras decisiones atávicas costumbres. Esta violencia legitimada en las compulsas electorales, en los avisos clasificados, en los consejos para conseguir trabajo o conservar empleos, en los cursos para empresarios, gerentes o personal subordinado, en el mundo de la política y el poder, en los planes de estudio de ciertos circuitos educativos, se asocian a la violencia descarada, obscena, manifiesta que nos entregan los medios o que percibimos en nuestras prácticas cotidianas. La lucha de todos contra todos, con la estratégica presencia de mediadores sociales que saben amortiguar los golpes y las agresiones garantizando nuestra supervivencia ha explotado de mil maneras: es el muerto impúdico tirado en la calle en un enfrentamiento, es la familia aterrorizada por el asalto, son los familiares de las víctimas reclamando

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por los suyos, son los cuerpos sin vida que se abrazan a los restos retorcidos de un accidente, es la guerra lejana, es la explosión inesperada, es la manifestación que avanza y la represión que frena, es el puente o las rutas que se cortan, el rostro ocultos de diversos tipos de violaciones, los golpes, las heridas, la sangre, la muerte en toda su desnudez. Nunca se diluyó, siempre ha estado a nuestro lado. La violencia, nunca ha desaparecido. Ha permanecido allí orgullosa o agazapada, triunfante o combativa, generalizada o focalizada, compartida o discutida, en manos de todos o como patrimonio de algunos. Nos alimenta, nos incentiva, nos moviliza, nos inhibe, nos frena, nos pone de pie. Surge de nuestro interior, asoma en nuestros gritos, se dibuja en nuestro rostro, se arma de palabras, gestos, insinuaciones. De pronto la sociedad despierta huérfana, desprotegida, en un mundo demasiado ancho y demasiado ajeno, insensible, inhumano, como si de improviso – cuando mejor hemos humanizado la naturaleza, preparándola para nuestro disfrute 1 – hubiéramos perdido nuestra casa, obligados nuevamente a regresar a la intemperie, ajenos a toda razón, sumergidos en el desamparo. Como nunca en estos tiempos nos mostramos menesterosos de un mundo más nuestro, disciplinado por la razón y con una protección real que lo transforme en el refugio protector que imaginamos. “La modernidad exhibe – señala GIDDENS (2001: 21- 23) – un lado sombrío que se ha puesto de manifiesto en los últimos tiempos. (…) El mundo en que vivimos es espantoso y peligroso. Estos ha obligado a algo mas que suavizar o matizar la suposición de que el surgimiento de la modernidad nos conduciría a la formación de un mundo mas feliz y mas seguro”. 02. UNA MIRADA ANTROPOLÓGICA. La violencia se construye sobre la negación del otro, sobre la imposibilidad de reconocerlo, sobre su anulación y des-conocimiento. Para agredir, pegar, insultar, violentar, burlar, necesitamos suprimirlo, romper una relación, negarlo como otro igual que nosotros. La violencia clausura la palabra e instaura el grito, sustituye la confianza por el miedo, la igualdad por la subordinación, rompe con la mirada inter-subjetiva, invalida las perspectivas, quiebra todo diálogo posible, se sumerge en la irracionalidad. La violencia genera una extraña forma de alienación (FROMM, 1970) porque los sujetos se experimentan como extraños, como ajenos, como sustancialmente diferentes, como objetos, como cosas: se vive al mismo tiempo un auto y un heteroextrañamiento (“no me reconozco en el violento que soy, no reconozco a las ocasionales víctimas”.). “El rostro del prójimo significa una responsabilidad irrecusable que antecede a todo consentimiento libre, a todo pacto, a todo contrato”, afirma Levinas. Toda relación de alteridad es una relación con el otro, es una palabra que viene de fuera, que habla en imperativo y que demanda una responsabilidad mas allá de todo pacto o contrato: el otro (BARCENA - MELICH, 2000: 126) nos impone hospitalidad, amparo, cuidado y responsabilidad. Pero la violencia en lugar de generar encuentros personales, opta por cosificar al otro, por ignorar su rostro, por esquivar su mirada, por crear relaciones artificiales que rápidamente se quiebran y se rompen. Los otros dejan de ser para nosotros aquellos con los que construimos o co-habitamos un mundo común para convertirse en los que se nos interponen en nuestros proyectos, los que roban nuestras posibilidades o los que arruinan nuestra felicidad o nuestro goce. Los otros se transforman en el infierno que se pretende evitar y eliminar.2 Ajenos a un sentido del valor que jerarquice a quienes nos rodean, terminamos haciendo un uso funcional de cada uno de ellos y generando relaciones agresivas en la medida en que no satisfacen lo que esperamos de ellas o no se subordinan a nuestros mandatos.

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Cabría preguntarse si el hombre – deudor de la modernidad – no ha ejercido la violencia arbitraria y despiadada sobre el medio natural, convirtiendo la cultura es un proceso de avasallamiento de la naturaleza y sus recursos. 2 La película de COSTA GAVRAS, La Corporación, desnuda esta situación de infierno que en su momentos creara la filosofía existencialista de Sastre. Si la posibilidad de ser, de sobrevivir, de tener presencia social depende del trabajo, y si el trabajo es un bien escaso, es necesario literalmente “eliminar” a quienes real o potencialmente se interponen en el camino hacia el objeto prefijado.

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03. LOS NOMBRES DE LA VIOLENCIA. La violencia es proteica, cambia de formas y de representantes, gusta mutarse para establecerse. Se parece a esos virus que en el campo de la biología y la salud (y, por analogía, en el campo de la informática) van transformándose permanentemente, de manera tal que nunca se los puede aislar y combatir. La violencia se manifiesta como agresión física, peleas, insultos, desprecios, apelativos agraviantes, discriminación, aislamiento, amenazas, extorsiones, robos, violaciones, ocultamientos, persecuciones, temores, placer en el sufrimiento ajeno, juego que se va de las manos, broma que se sale de los cauces normales. Es una red compleja y mutante que se expresa con mayor crudeza y objetividad en las agresiones físicas (donde se dejan rastros, heridas, dolores expuestos, pruebas), en las agresiones psicológicas (que trabajan desde y para la subjetividad, y operan con las palabras, los tonos, las miradas, los silencios, los enojos, las rupturas) y en las agresiones simbólicas 3 (que emergen en las relaciones de poder y subordinación).

Sabemos, empero, que sobre el común denominador de la violencia, los actos violentos, las responsabilidades de los victimarios y los efectos sobre las víctimas los diferencia, los clasifica, los distingue. En algunos casos la violencia destruye todo, elimina, impide cualquier tipo de reconstitución; en otros la violencia inflige un daño lamentable y cruel que permite sin embargo construir sobre los restos y las cenizas; a veces se trata de gestos, hechos, episodios que admiten un
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Según Bourdieu, “La violencia simbólica solo se realiza a través del acto de conocimiento y de reconocimiento práctico que se produce sin llegar al conocimiento y a la voluntad y que confiere su «poder hipnótico» a todas sus manifestaciones, conminaciones, sugerencias, seducciones, amenazas, reproches, órdenes o llamamientos al orden. Los actos de conocimiento y de reconocimiento prácticos de la frontera mágica entre los dominadores y los dominados que la magia del poder simbólico desencadena, y gracias a las cuales los dominados contribuyen, unas veces sin saberlo y otras a pesar suyo, a su propia dominación al aceptar tácitamente los límites impuestos, adoptan a menudo la forma de emociones corporales -vergüenza, humillación, timidez, ansiedad, culpabilidad- o de pasiones y de sentimientos -amor, admiración, respeto-, emociones a veces aún más dolorosas cuando se traducen en unas manifestaciones visibles, como el rubor, la confusión verbal, la torpeza, el temblor, la ira o la rabia impotente, maneras todas ellas de someterse, aunque sea a pesar de uno mismo y como de mala gana, a la opinión dominante.”

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retroceso, una vuelta atrás, un volver arrepentido sobre los pasos y recrear la trama desarmada. La muerte, la pérdida, la violación. Las heridas, los golpes, las sustracciones. Los enojos, los gritos, los insultos, los calumnias. No se trata de cuantificar o de medir, sino de distinguir: hay actos violentos que caen bajo el control de la ley y la justicia; muchos otros escapan a los códigos, a las pruebas, a los veredictos y encuentran su juicio y su condena sólo en el ámbito de la ética y de las pautas morales. Curiosamente esta violencia instalada en la sociedad, difundida a diario por los medios no es un producto de la ficción, de los videojuegos, de extraños directores de cine o de creativos de la televisión; no se trata de realidades virtuales, sino de producciones reales. Está allí cayendo sorpresivamente sobre una familia, niños inocentes, un grupo de adolescentes, un peatón distraído, desprevenidos simpatizantes de un equipo deportivo, un conductor sorprendido, ingenuos inmigrantes estafados, fanáticos seguidores de un grupo musical. No es una problemática virtual, es una explosión de realidad y muchas veces los periodistas cumplen el rol de los alucinados guionistas de la ficción. La sociedad vive la disolución de los contratos y la in-seguridad que provoca la violencia es una de sus manifestaciones. “El mas fuerte no es nunca lo bastante fuerte para ser siempre el amo, si no transforma su fuerza en derecho y la obediencia en deber. (…)La fuerza no hace el derecho y no estamos obligados a obedecer más que a los poderes legítimos”. (ROUSSEAU, 1984: 168) 04. EL LENGUAJE DE LA VIOLENCIA. La violencia es, generalmente, una respuesta sustituta a la inseguridad, a la impotencia, a la imposibilidad de encontrar o definir otros canales de expresión, de comunicación o de reclamo. Hay necesidad consciente de decir algo, pero hay una clausura de las vías habilitadas: la agresión, el insulto, el golpe, la destrucción innecesaria no hacen más que construir un código nuevo pero ilegítimo, que frecuentemente no encuentra quien lo de-codifique. Muchas veces, al descubrir los resultados de actos violentos, quedan flotando algunos interrogantes: ¿qué pretendían hacer?, ¿qué ganaron con esto?, ¿a quiénes beneficiaron? 4 Y nunca encontraremos las respuestas porque es un mensaje cifrado, un código secreto, una respuesta clausurada. Sin palabras a la mano, desprovistos de una vía de comunicación efectiva, como si se tratara de un río caudaloso que imprevistamente se ha quedado sin cauce, se producen los desbordes: no hay ya nada que los contenga y la violencia termina creando márgenes inexistentes. Esto es aplicable a los vínculos afectivos (a menudo atravesados por contradictorias asociaciones de amor y agresiones), a ciertas relaciones familiares (en donde los verdaderos problemas nunca se pueden hablar o desnudar) y a los vínculos sociales. Los problemas – obstruidos los canales habilitados – estallan en mil pedazos, envueltos en violencia inexplicable. Con indiscutible sabiduría, afirma el clásico: “Habla corazón, pon en palabras tu dolor. No sea que te quiebres en mil pedazos”. Esta impotencia se multiplica de manera exponencial cuando se trata de conseguirlo todo y de conseguirlo ya. Lo que denominamos existencial normal consiste en sabernos despojar de un estado de deseo permanente y vivir la sensación de una pérdida, para que el retorno a lo que nos gratifica y nos recompensa sea un regreso satisfactorio. Si los adultos y, especialmente los adolescentes, de hoy se instalan en el placer, en la desgana, en el no – esfuerzo, en el deleite permanente, no hay forma de lograr gratificaciones alternativas. Entonces se necesitan saltos de otro tipo, experiencias innovadoras. Vivir un proceso de sustitución permanente en cantidad (siempre más) y en variedad (siempre nuevo). La violencia suele ser uno de esos canales por los que muchos pueden mantenerse en un clima de goce eterno y conseguirlo todo por la vía de acciones que violentan a los que se les oponen, a los que les ofrecen resistencia. Un texto de Schopenhauer que alude a esta co-relación entre ausencia de esfuerzo y la violencia: “El trabajo, las preocupaciones, las faenas y los agobios es ciertamente lo que les toca en suerte a casi todos durante la vida. Pero si los deseos se colmaran apenas afloran, ¿en qué ocuparía la vida
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Puede aludirse a ciertas agresiones gratuitas a compañeros que no persiguen fines de robo o de presunta revancha, sino de mero ejercicio del poder (individual o grupal), o a la invasión a las escuelas con el ánimo de robar, pero sobre todo de desordenar quemar, ensuciar, destruir. O los hechos conocidos en los que la violencia llega a las expresiones máximas y se intenta destruir a quienes están a su alrededor.

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y emplearía su tiempo la gente? Supongamos que la raza humana se trasladara a un reino de Utopía, donde todo creciera espontáneamente, donde todos encontraran su amor de inmediato y no tuvieran dificultad en conservarlo; allí los seres humanos morirían de hastío o se ahorcarían o, de lo contrario, la emprenderían unos contra otros, se estrangularían y asesinarían infligiéndose así más dolor que el que ahora les impone la naturaleza”. 05. VIOLENCIA ENTRE LOS JÓVENES. Particularmente a partir de la adolescencia (aunque no solamente en esa edad) los rituales violentos forman parte de los excesos que se observan principalmente en el ámbito de los consumos y de determinadas adicciones: fuerzan al cuerpo a un rendimiento o a un esfuerzo que desborda los límites humanamente establecidos. Con variados formatos, según las clases sociales, se crean refugios necesarios para este tipo de prácticas y expresiones, barriendo con cualquier control. Los pobres se divierten como pobres y los ricos como ricos: cada sector construye su identidad, la sociedad y las condiciones económicas los separa y legitima sus nichos… pero la violencia los asocia en sus reacciones y frecuentemente el azar los cruza en bandos antagónicos. No nos resultan extrañas las manifestaciones sociales de juego y descontrol que suelen caracterizar a variadas tribus urbanas - de diversas procedencias sociales – que encuentran en la gratuidad de la violencia la manera de generar nuevas sensaciones y experiencias. Vivencias que están más allá de la violencia instrumentada para conseguir algo y que sólo persiguen diversas formas de un goce efímero e inexplicable. Violencia porque sí, violencia sin otro sentido ni alcance que la violencia misma. Aunque la violencia no tiene lógica alguna, se supone que hay parámetros que pueden medirla, circunscribirla, acotarla para que responda a los objetivos que se persiguen.5 No hay peor victimario que el que hace sentir a su víctima que no tiene ninguna razón para amenazarlo y provocarle dolor, que no hay ninguna transacción posible, que nada le puede ofrecer a cambio para negociar, con nada se lo puede comprar. Suele ser el comportamiento de cierta violencia individual o grupal, que goza con la desprotección absoluta de las víctimas. La tienen a su merced, oyen sus ruegos, pero no escucharán sus súplicas ni atenderán a sus promesas porque pueden gozar patológicamente con su sufrimiento. 06. INSTITUCIONES VIOLENTAS. La violencia en las instituciones sociales reproduce la violencia de la sociedad, pero se agrava porque en ellas los gestos, los tiempos, los mensajes deberían tener mayor grado de significatividad. Las instituciones y las organizaciones operan como lugares de protección, de hospitalidad, de amparo, de acogimiento. La sociedad es – en cierto modo – una lucha por la supervivencia y aunque nunca pueda ser justificada, toda lucha implica cierta violencia sobre los otros: conseguir trabajo, mantener el empleo, ganar dinero, tener o acrecentar el poder, ampliar el propio territorio y el dominio, lograr reconocimientos suelen ser, también, fruto de enfrentamientos directos o indirectos. Pero también esta violencia social brota en las estructuras familiares, en las relaciones de pareja, en las diversiones nocturnas, en encuentros deportivos, en los festivales populares. La sociedad muestra signos de violencia, se instala como un ámbito en el que los fines se consiguen utilizando los medios disponibles. Y allí las contradicciones son más evidentes, porque las instituciones son traducciones en término de organizaciones de los propósitos de una sociedad. Lugares de crecimiento, de racionalidad y de cuidado. Por eso son ámbitos elegidos, protegidos, seguros y no deberían ser violentas, sino espacios privilegiados para crear las condiciones de construcción de la propia existencia, la inserción en la sociedad, el logro de los objetivos, la realización personal utilizando otros criterios y parámetros. Si la violencia logra romper los muros protectores invadiendo los lugares más insospechados, es la supervivencia social la que se pone en juego. Las relaciones interpersonales, el trato funcional, el ejercicio de la autoridad pueden convertirse en expresiones violentas (de violencia física, psicológica o simbólica) contaminando de
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Sobrevivientes o testigos de algunas tragedias exclaman: “ Si le robaron, si ya tenían lo que buscaban, ¿por qué los mataron?”. La razón pide que la violencia se detenga en el robo, pero ésa no es la lógica de la violencia: puede haber (1) robo sin muerte, (2) muerte seguida de robo o (3) muerte sin robo, porque sí.

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malestar los lugares sociales, especialmente aquellos pensando especialmente para la protección, la racionalidad y el cuidado. 07. NOSOTROS Y LOS MIEDOS. Miedo y violencia se asocian.6 El miedo que normalmente mueve a quien agrede (aunque logre camuflarlo detrás de sus amenazas y de su valentía) y, sobre todo, el miedo de los agredidos. No se pueden silenciar diversos rasgos psicopáticos que opera en el gratificarse con el terror de las víctimas, en la destrucción y en la agresividad. Hay un razonamiento implícito, un discurso nunca pronunciado pero que opera implícitamente: “Aunque te lo implore nunca me lo darás lo que quiero, pero me entregará todo si te impongo miedo”: violaciones, robos, destrucciones… “Si te amenazo y ejerzo violencia logro construir un camino mas directo para conseguir los fines que persigo. No necesito tu respuesta o tu asentimiento: todo depende de mi determinación”. Y es verdad: las respuestas humanas a las necesidades, a los deseos, a los impulsos están cultural y simbólicamente recubiertas de transiciones, límites, permisos, autorizaciones. Por eso son respuestas humanas; están ensambladas con rituales y costumbres, prohibiciones y habilitaciones, leyes y autorizaciones, que imponen criterios, tiempo, esfuerzo, pedidos, negativas, etc. Si salto por encima de estas restricciones puedo llegar más directo al final propuesto y, tal vez por eso, la violencia sea elegida por muchos, a pesar de los riesgos que comporta. Este juego de apropiaciones habita el cuerpo social y tiene particular relevancia en las acciones violentas relacionadas con las agresiones y el delito contra las personas y la propiedad. En estos casos, los ciudadanos inseguros manifiestan su temor y demandan a los poderes públicos intervención y soluciones. Pero remitirse al miedo (y al miedo a los otros) es también táctica y estrategia en las relaciones laborales, de género o en el manejo de oportunidades. El temor se instala como recurso y se roban (o se conceden) los asentimientos, los respaldos, las renuncias, los silencios y hasta se negocia la subordinación y la indignidad. El rostro del otro es el rostro del miedo, rostro que se ve y se escucha, porque el rostro es la huella, es la expresión viva del otro. El rostro del miedo nos priva de cualquier ropaje social, de cualquier referencia funcional, del personaje en su contexto. El rostro es la emergencia del tú que se oye y se lee, ya no hay mediación, sino absoluta exposición: dolor, piedad, súplica, odio, imposibilidad, entrega. El rostro y el miedo son expresión de la vulnerabilidad y fragilidad del otro: está a mi merced, depende de mi voluntad, hará o padecerá lo que decida. (BARCENA – MELICH, 2000: 138) La violencia siempre deja algún tipo de marca: no sólo en las víctimas, que pierden la vida, los bienes, la salud, el futuro, la tranquilidad, la integridad, su autoestima. La violencia deja también marcas en el que la ejerce. Mas allá de los procesos justificatorios que subjetivamente puedan acallar las conciencia y legitimar las peores aberraciones, los actos violentos producen quiebres y rupturas difíciles de restaurar. Aunque el peso de los hábitos y las costumbres terminen por borra todos los rastros, siempre hay un quebranto profundo en el ejercicio de la violencia. En palabras de Borges que magistralmente ha dado cuenta de esta situación en varios de sus escritos - recordamos la conclusión de su cuento EL FIN: “Cumplida su tarea de justiciero, ahora era nadie. Mejor dicho era el otro: no tenía destino sobre la tierra y había matado a un hombre”. (BORGES, 1961) 08. LEGITIMIDAD DE LA VIOLENCIA. ¿Hay alguna violencia legítima en la sociedad? Parece que es violencia legítima la que ejerce el Estado para exigir el cumplimiento de la ley. En todos los países civilizados el Estado tiene el poder coactivo para determinar o impedir ciertas conductas (violentas) de los ciudadanos. La violencia ilícita o ilegítima sería la que actúa fuera de ese contexto. Sin embargo ninguna violencia tiene justificación. El Estado mismo – en una situación ideal – debería
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Dice ANTHONY DE MELLO: “Liberarte del odio es lo mismo que liberarte de tu miedo, pues el miedo es lo que produce el odio. Y si el miedo es por ti mismo, es que te estás odiando, y si anida el odio en ti, odiarás a todo el mundo. El enemigo del amor no es el odio, sino el miedo. El odio es sólo una consecuencia del miedo.”

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imponerse por el valor de los principios comunes (bien común) y el convencimiento de sus ciudadanos. Los discursos legitimantes del pasado, aquellos que justificaban cierto tipo de violencia y condenaban otra, no tienen un sustento en el plano de las ideas, aunque se puedan seguir defendiendo en el campo de las estrategias o de las reivindicaciones. En esta línea resuenan las controvertidas palabras de Oscar del Barco (Intemperie: 2005) como parte de una conocida polémica con respecto a esta cuestión “Ningún justificativo nos vuelve inocentes. No hay "causas" ni "ideales" que sirvan para eximirnos de culpa. Se trata, por lo tanto, de asumir ese acto esencialmente irredimible, la responsabilidad inaudita de haber causado intencionalmente la muerte de un ser humano. Responsabilidad ante los seres queridos, responsabilidad ante los otros hombres, responsabilidad sin sentido y sin concepto ante lo que titubeantes podríamos llamar "absolutamente otro". Más allá de todo y de todos, incluso hasta de un posible dios, hay el no matarás. Frente a una sociedad que asesina a millones de seres humanos mediante guerras, genocidios, hambrunas, enfermedades y toda clase de suplicios, en el fondo de cada uno se oye débil o imperioso el no matarás. Un mandato que no puede fundarse o explicarse, y que sin embargo está aquí, en mí y en todos, como presencia sin presencia, como fuerza sin fuerza, como ser sin ser. No un mandato que viene de afuera, desde otra parte, sino que constituye nuestra inconcebible e inaudita inmanencia. (…)El principio que funda toda comunidad es el no matarás. No matarás al hombre porque todo hombre es sagrado y cada hombre es todos los hombres. La maldad, como dice Levinas, consiste en excluirse de las consecuencias de los razonamientos, el decir una cosa y hacer otra, el apoyar la muerte de los hijos de los otros y levantar el no matarás cuando se trata de nuestros propios hijos”. Es verdad que muchas expresiones de la violencia – en nuestros días - son síntomas de una situación social que exhibe con una descarada impudicia altos índices de exclusión. Quienes se saben fuera del circuito, quienes nunca podrán sentarse a la mesa o participar de la fiesta, entienden que hay algunos medios – que no discuten ni evalúan – que les permiten alcanzar mágicamente alguna de las migajas. Concientizar, ayudar a abrir los ojos, despertar, acompañar, entusiasmar son formas variadas y diversas de poner en marcha los procesos de verdadera liberación. Porque no se trata de construirse a sí mismo desde la omnipotencia artificial de la violencia, sino desde la fortaleza de una subjetividad armada de conocimientos, recursos, ideas, perspectivas. La dignidad o la indignidad del hombre se definen siempre por su capacidad de construir mejores niveles de humanidad y el mejor de los mundos posibles a través de recursos signados por la ética y respetuosos del valor insobornable de la existencia humana. El respeto a los derechos y a la dignidad de las persona dignifica. Vulnerarlos representa en sí mismo una condena. La violencia no sólo engendra violencia, sino que obliga a implicarse en otro nivel ontológico; dejar de ser, cambiar el estatus ontológico humano. Somos menos hombres cuando debemos recurrir a la violencia para defender nuestras razones, nuestros derechos, nuestros proyectos, nuestros reclamos. Puede sonar a utopía, pero son precisamente las ideas posibles, lo no-lugares ideales los que movilizan, “traccionan”, motivan. 09. VIOLENCIA Y FILOSOFÍA. Al pedir una intervención mas explícita de la filosofía, podría argumentarse, con algunos autores en la mano que hubo procesos de legitimación o de control social de la violencia (principalmente de la violencia espontánea de los individuos). Pensemos, por ejemplo, en Maquiavelo, en Hobbes, en Rousseau, en Marx, en algunos textos de Nieschte 7 o de
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Nietzsche, por ejemplo, pensaba que la violencia era un gran estimulante de la vida histórica. Es decir, que la violencia hacía vivir más intensamente al ser humano. El ser humano se expresa a través de la violencia, decía el filósofo; manifiesta toda su vitalidad a través de la violencia. ya que la violencia existe, vamos a emplearla, a usarla bien. Nietzsche decía: usémos la violencia para vivir, para darle un sentido profundo a nuestra vitalidad.

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Shopenhauer. Estas construcciones teóricas acerca de la violencia acompañaron (1) los procesos de instauración de un orden original, (2) la constitución del poder de un Estado, (3) las estrategias para conservar o imponer cambios en un orden dado, o (4) la supervivencia de determinados modelos sociales. Los fenómenos mas crueles del siglo XX y las reivindicaciones mas extremas tuvieron siempre a la mano páginas, sistemas y autores de filosofía – clásicos y contemporáneos contratados para la ocasión – como respaldo necesario para la producción de sus discursos y proclamas, y la tranquilidad de las conciencias. El pragmatismo de ciertas decisiones y el vuelo utópico de otras crecieron alimentados por el juego dialéctico del pensamiento. Precisamente ha sido esa violencia, gota a gota elaborada y sustentada por un pensamiento puesto al servicio legitimador de las determinaciones más crueles, lo que pone en cuestión el valor de la filosofía y de la cultura. Ciertas barbaries son hijas de la civilización y del juego creativo de las ideas. “La barbarie que hemos experimentado en ciertos momentos refleja en numerosos aspectos la cultura de la que procede y a la que al mismo tiempo profana”. (BARCENA – MELICH, 2000: 45) Hasta se podría hablar de violencia en los conocimientos y en la enseñanza, afirmando que todo el esfuerzo de transmisión es – en suma – hacer violencia sobre los saberes propios y previos para instalar los saberes extraños y nuevos. Sin embargo La presencia de tales producciones y el pensamiento de muchos de los filósofos no inhabilitan una propuesta articulada de ideas que elige otros caminos y construye con otros criterios. Muchos de los representantes de la filosofía contemporánea – espectadores, protagonistas, sobrevivientes o herederos de la historia de la humanidad en el siglo XX – tienen páginas antológicas reafirmando las vías de la racionalidad, la vigencia de principios éticos o la defensa de la humanidad como valor de referencia; y son discursos al que no son ajenos numerosos filósofos del pasado. Adorno, Ricoeur, Levinas, Fromm, Arendt, Popper, Sastre, Russel son un ejemplo de ello. La mirada interrogante de un pensamiento contemporáneo, desconcertado ante los síntomas de una enfermedad de la época, en palabras de Jean Baudrillard (1985), intenta explicar lo inexplicable. “Nos hallamos en un estado social secundario: ausentes, borrosos, sin significación ante nuestros propios ojos. Distraídos, irresponsables, enervados. (…) ¿Qué nos enerva? Todo, por definición. El enervamiento es una forma alérgica sin objeto definido, una horripilación profusa y difusa, un afecto que mira de lado. Los problemas mecánicos, los tics de los demás, los tics propios, los niños, los objetos nos enervan, sus fallos, sus astucias, su resistencia clandestina. Todo lo que nos acosa, todo lo que afecta al estorbo fútil de la existencia y que tiene la función expresa de enervarnos. Todas estas pasiones indiferentes, o nacidas de la indiferencia, todas estas pasiones negativas, culminan en el odio. Una expresión extraña: «Siento odio.» Sin objeto. Es como «Me manifiesto», pero ¿para quién?, ¿para qué? (…) «Siento odio» significa al mismo tiempo: ese odio que siento carece de objeto, no tiene ningún sentido. En efecto, el odio es sin duda algo que sobrevive a cualquier objeto definible, y que se alimenta de la desaparición de ese objeto. (…) Ya no es el odio de clase, que seguía siendo paradójicamente una pasión burguesa. Ése tenía un objetivo, impulsaba una acción histórica. No es portador de violencia histórica, sino, al contrario, de una virulencia nacida de la desafección de la política y de la historia. En tal sentido, es la pasión característica no del final de la historia, sino de una historia a la vez sin final y sin salida, ya que no ha resuelto todos los problemas que había planteado.”

Marx, por su parte, proponía: ya que la violencia existe, utilicémosla para cambiar el mundo, para hacer un mundo más justo, para hacer un mundo más noble, para hacer un mundo equitativo y no un mundo desigual e injusto.

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10. OBSERVACIÓN

NECESARIA. Estamos analizando y combatiendo los numerosos hechos de violencia irracional con las categorías de la modernidad y los hechos del presente no tienen el mismo encuadre disciplinario moderno. La versión del sujeto como responsable de sus acciones y con posibilidades de rearmar su vida a través de un mecanismo de ortopedia social no parece ser en nuestros días una posición universalmente aceptada. La violencia asume formatos innovadores y desiguales, y las formas de combatirla mantienen los criterios y las estrategias del pasado. La idea de bajar la edad de imputabilidad y de habilitar formatos actualizados de cárceles no es más que una receta moderna para un contexto radicalmente diferente. En el pasado las respuestas institucionalizadas de la sociedad parecían operar como mecanismo redentor, pero en el presente no producen los efectos esperados. Hasta la administración de la justicia, la forma de litigar y defender a los acusados, el mecanismo de las pruebas y de las condenas han sufrido las transformaciones propias de la puesta en vigencia de las diversas generaciones de derechos humanos. Son otras las estructuras - tal vez no disciplinarias sino de control - las que deberían habilitarse para que los que no logran insertarse en la sociedad, o no logran conocer, comprender, aceptar y adaptarse a los códigos compartidos que sostienen el contrato social, encuentren la manera de ser sometido a un seguimiento preventivo y persuasivo. 8 Cuando Foucault (1989: 11) abre una de sus obras clásicas con la insoportable y minuciosa descripción de la condena de Damiens el 2 de marzo de 1757, la presenta como una muestra de la desaparición de los suplicios y la paulatina sustitución “por castigos menos inmediatamente físicos, cierta discreción en el arte de hacer sufrir, un juego de dolores mas sutiles, mas silenciosos y despojado de su fasto visible”. Sin embargo, después de dos siglos, la humanidad - en diversas manifestaciones sociales - suele exhibir públicamente sus ancestrales raíces: grupos enajenados claman por los responsables de los delitos, intentan pasar por sobre la fuerza pública para apropiarse de los responsables y hacer justicia por mano propia o desgranan el rosario de sus deseos con respecto al futuro de los inculpados. Muy lejos ha quedado la sutileza y discreción proclamadas: la violencia reclama – en nuestros días – nueva violencia.

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OTRA VERSIÓN DE LA SOCIEDAD. Las diversas estructuras de hospitalidad y cuidado (“estructura de acogida” según DUCH, 1997: 21) deben convertirse en ámbitos en los que se re – construye la sociedad, se civilizan las relaciones, se humanizan las respuestas. En este sentido, aportes como los de Scheler (1971) y de Cassirer (1980) - y otras voces de la filosofía - pueden resultar útiles para avanzar en esta dirección. Al respecto debemos recordar que los seres humanos vivimos una serie de estímulos y agresiones de formatos variados, pero lo que identifica ontológicamente al ser humano es la calidad de sus respuestas. Existe una serie de llamados exteriores que generan de manera casi automática un movimiento interior que fuerza a la respuesta y a la satisfacción. En el caso de las agresiones, el sujeto agredido recibe el estímulo, siente la conmoción por lo sucedido, puede (o no) tomarse un tiempo para meditar la respuesta o, de manera casi automática, dispara la respuesta. Ojo por ojo, diente por diente. Estímulo, respuesta. Me pegan, no pego. Me amenazan, me defiendo. Me insulta, salto inmediatamente e insulto. Las respuestas verdaderamente humanas son la que se mediatizan a través de una construcción cultural y simbólica.
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No podemos silenciar las afirmaciones de CESARE BECARIA que en 1764 señalaba: “Es mejor prevenir los delitos que punirlos. Este es el fin principal de toda buena legislación, que es el arte de conducir a los hombres al máximo de felicidad o al mínimo de infelicidad posible. (…) ¿Queréis prevenir los delitos? Hace que las luces acompañen a la libertad. Los males que nacen de los conocimientos están en razón inversa a su difusión, y los bienes lo están en razón directa.” (1984: 111) El fin de la pena no es castigar al delincuente porque obró mal, sino que se le aplique una pena para evitar que él u otros cometan delitos. Por eso mas que la pena merecida es necesario buscar la pena eficaz: “Para que la pena consiga su efecto basta con que el mal de la pena exceda el bien que nace del delito, y en este exceso de mal debe calcularse la infalibilidad de la pena y la posible pérdida del bien que el delito produciría”. (1984: 69) “Uno de los mayores frenos de delitos no es la crueldad de las penas, sino su infalibilidad. (…) La certeza de un castigo, aunque éste sea moderado, hará siempre mayor impresión que el temor de otro mas terrible, pero unido a la esperanza de l a impunidad”- (1984: 83)

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Ese proceso de construcción humana de las respuestas es objeto de un aprendizaje permanente, en estructuras que se rijan por la racionalidad: nos hacemos hombres en la medida en que somos capaces de procesar y elaborar nuestras mejores respuestas. Las respuestas que nos humanizan y nos dignifican son las que tienen mayores niveles éticos en la medida en que se resuelven, se transforman se expresan en términos que la cultura y las pautas morales consideran como mejores: pedimos explicaciones, advertimos, protestamos, reaccionamos con una mayor carga de racionalidad, detenemos la respuesta automática y la revestimos de contenidos culturales y simbólicos. Estos procesos surgen originalmente como mandatos heterónomos a través de la educación (los preceptos religiosos, las prescripciones morales, las imposiciones sociales, las recomendaciones familiares, los acuerdos propios de una comunidad) y se siembran como criterios que van creciendo con los sujetos. Necesitan depositarse en la subjetividad y generar convicciones, para lograr que – con el paso del tiempo y fuera de la mirada de quienes nos disciplinan y nos circunscriben en nuestro obrar, ajenos por edad a las imposiciones - logremos con autonomía, sacar de nuestro propio interior los principios que guían nuestro obrar (y que deberían ser acordes a un obrar universal). Si no ha habido normas ni ley (anomia), si no se han producido los procesos de construcción heterónoma y el necesario paso desde la imposición exterior a la creación de convencimiento interior, si no se ha tendido un puente hacia la autonomía, es posible que los sujetos en crecimiento, socialmente desprendidos de las vigilancia institucionales mucho tiempo antes de lo deseable, construyan sus propias respuestas, obedeciendo a un proceso de involución. Hay retorno a respuestas primitivas, atávicas, bárbaras, ya que no se logra un “cultivo de la humanidad”, sino una regreso hacia estadios anteriores. En este sentido, la re-creación de tribus urbanas y de conductas tribales puede ser interpretada como un verdadero proceso regresivo.

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IDENTIFICACIÓN Y SUBJETIVIDAD. Se torna necesario reconstituir procesos de identificación positiva. Los individuos construyen su subjetividad por identificación social y no por la imitación o el consumo de los productos de los medios de comunicación. No se puede concluir – por ejemplo - que las muertes de la televisión o de las películas guardan relación causal con la violencia de los adolescentes o de los jóvenes. Por lo menos, no es seguro que así sea… y hasta podemos af irmar que puede funcionar como una verdadera catarsis (como en la antigua tragedia griega), como un lugar en el que depositan las agresiones y procesos instintivos, desarmando los intentos de convertirlas en parte de la realidad. Educativamente nos deben preocupar más las identificaciones con los adultos, con la violencia adulta, con la violencia social, la real, la indirecta o la simbólica. Si el lenguaje del reclamo, de la discusión, del malhumor, de las respuestas, del poder es un lenguaje que pega, avasalla, insulta, menosprecia, ironiza, discrimina, amenaza, impone miedo, goza con el dolor ajeno… es posible que el individuo se apropie de esas maneras para la resolución de los conflictos o para la adquisición de sus objetivos. Aquí se impone una revisión racional, crítica, sincera de los lugares ocultos de nuestra sociedad: las relaciones familiares, el tipo de vínculos que se entreteje al calor (y el ocultamiento) de las familias, y también las relaciones en las escuelas, en las instituciones públicas y privadas, en los tratos sociales, en la formas de diversión, en los rituales de los espectáculos, en la forma de reclamar por los propios de derechos, en la manera de controlar el orden público… Si hay una violencia latente, impune y finalmente efectiva, que logra sus fines, se está sembrando con imágenes y palabras, con vivencias y consignas lo que los sujetos en crecimiento terminarán por cosechar.

13.

AMPARO, CONCIENCIA Y RACIONALIDAD. En algún lugar de la sociedad debe haber un ámbito para crear condiciones distintas para superar los estados de barbarie, anomia y desintegración. Allí los sujetos debe ir apropiándose de los principios que ordenan su obrar, de la responsabilidad que acompaña su libertad, de la conciencia que acompaña sus decisiones, de la racionalidad que rige sus palabras, sus acciones, sus determinaciones. Es necesario reincorporar los

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conceptos de error, equivocación, culpa, arrepentimiento, reconciliación, perdón. No se trata de un simple retorno a principios religiosos (aunque en sí mismo no los inhabilita) sino la verdadera recuperación de los principios éticos que están por encima de la lógica de la justicia, de la legítima defensa, de la justificación, del ser descubierto y condenado, de las pruebas. Es una renovada forma de ser humano, definitivamente humano. En medio de tantos desencuentros, ¿cuáles son los lugares de encuentros, de protección, de racionalidad, de amparo? ¿En qué lugar podemos ejercer la palabra y hacer emerger lo que nos aqueja? Las instituciones son el espacio en el que se educa en el conocimiento, el descubrimiento, el re-conocimiento del otro, el otro como mi igual, como un lugar de encuentro plural. No sólo nos encontramos con los propios, con los que ya nos pertenecen, los que forman parte de nuestro entorno, sino también con los ajenos, con los extraños. Los otros no son una amenaza, sino una oportunidad; no son una estorbo sino una posibilidad de complementación. El otro no es alguien a quien tenemos que atacar y destruir, sino alguien a quien podemos develar e integrar. Descubrir y aceptar al otro, es aprender a descubrir y aceptar a todos los otros que la vida nos entregará. Y es un proceso que exige aprendizaje y renunciamiento porque toda relación es compleja y porque la aceptación de los demás no es siempre fácil. Es necesario crear otro tipo de relaciones, en el que se habilita la palabra, el mensaje, la comunicación. Estos nuevos lugares deberían ser una fuente de “empalabramiento” (DUCH), ámbitos en que se descubre, conquista o recupera el nombre de las cosas, en nombre de los problemas, del nombre de los conflictos. Para eso es necesario que se construyan ambientes de confianza, de diálogo, de encuentros.

14. FUTURO NECESARIO. “Nuestra generación vive la recaída de la humanidad en la barbarie, en el
sentido literal, indescriptible y verdadero del término. (…) Si la barbarie, esa sombra terrible que se abate sobre nuestra existencia, es lo opuesto a la formación cultural, entonces lo esencial depende también de que los individuos sean ayudados a salir de la barbarie, a superarla. La superación de la barbarie por parte de la humanidad es el presupuesto inmediato de su supervivencia.“ (ADORNO T., 1998 78) La resistencia frente a la violencia no proviene de la multiplicación de la violencia, sino de una explosión de humanidad. La educación asociada a la cultura, como verdadero cultivo de la humanidad que mora en nuestro interior, con la posibilidad de desencadenar en cada uno los niveles de com-pasión y de reconocimiento del otro, armados de autonomía y no de sujeción y complicidad. Los discursos del pasado proclamaban: “la violencia engendra violencia”, “violencia desde abajo para responder a la violencia desde arriba”. Se intentaba encontrar un criterio clasificador y legitimador de los diversos tipos de violencias. Pero este criterio operaba de manera ambigua, porque disparaba diversos tipos de justificaciones en los bandos en pugna. Lo que interesa es crear otro circuito de reacción y de construcción 9 : la violencia irracional necesita trabajar sobre las causas que la provocan (hasta eliminarlas) más que disparar todas las baterías para intentar responder irracionalmente a las agresiones. “A la vista de tan tremendos reproches y tergiversaciones, era necesario replantear la pregunta por el fundamento de la domesticación del hombre y de la educación del hombre;(…) ¿qué amansará al ser humano, si fracasa el humanismo como escuela de la domesticación del hombre? ¿Qué amansará al ser humano, si hasta ahora sus esfuerzos para auto-domesticarse a lo único que en realidad y sobre todo lo han llevado es a la conquista del poder sobre todo lo existente? ¿Qué amansará al ser humano, si, después de todos los experimentos que se han hecho con la educación del género humano, sigue siendo incierto a quién, a qué o para qué educa el educador? ¿O es que la pregunta por el cuidado y el modelado del hombre ya no se puede plantear de manera competente en el marco de unas
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“No se puede vivir bajo la sombra del pasado: porque cuando la culpa y la violencia sólo pueden ser pagadas por nuevas culpas y nueva violencia, el terror no tiene fin. (…) Es oportuno generalizar la convicción de que mejor que golpear hacia fuera es siempre reflexionar sobre uno mismo y sobre la relación de uno con aquellos a los que la conciencia endurecida acostumbra a convertir en blanco de sus agresiones.” (ADORNO, 1998: 15 y 27)

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simples teorías de la domesticación y de la educación? La domesticación del hombre es el gran tema olvidado ante el cual el humanismo, desde la Antigüedad hasta el presente, ha querido volver los ojos: basta darse cuenta de esto para hundirnos en aguas profundas .“ (SLOTERDIJK Peter, 2003) PROF. DR. JORGE EDUARDO NORO BUENOS AIRES, SETIEMBRE 2006 norojor@cablenet.com.ar

 ADORNO Thedor (1998), Educación para la emancipación. Morata.  ARENDT Ana, Orígenes de totalitarismo. Taurus.  ARENT Hannah, La condición humana. Paidós.  BAUMAN Zygmunt, La globalización. Consecuencias humanas. Fondo Cultura Económica.  BARCENA – MELICH (2000), La educación como acontecimiento ético. Paidos.  BECARIA Cesare (1984), De los delitos y las penas. Orbis - Hyspamérica  BRAUDILLARD Jean, El crimen perfecto. Anagrama.  CASSIRER Ernest, Antropología filosófica. Fondo de Cultura Económica.  DUCH Lluis, La educación y la crisis de la modernidad. Paidós.  FINKIELKRAUT Alain, La derrota del pensamiento. Anagrama  FOUCAULT Michel, Vigilar y castigar. Siglo XXI  FROMM y otros, Sociedad de razón o sociedad de violencia. Edit. Tiempo Nuevo.  GIDDENS Anthony, Consecuencias de la modernidad. Alianza  HOBBES Thomas, Leviatán.  KANT Inmanuel, La paz perpetua  LARROSA Jorge, SKILAR Carlos, Habitantes de Babel. Políticas y poéticas de la diferencia. Laertes  LÉVY, Bernard-Henri, Reflexiones sobre la guerra, el mal y el fin de la historia. Ediciones B  MAQUIAVELO Nicolás, El príncipe.  ROUSSEAU J.J., Contrato social. Discursos sobre el origen de la desigualdad entre los hombres.  SCHELER Max, El puesto del Hombre en el cosmos. Losada  SLOTERDIJK Peter, Reglas para el parque humano. Una respuesta a “carta sobre el humanismo”.