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IV CONGRESO INTERNACIONAL DE EDUCACION LOS DESAFIOS ACTUALES DE LA FAMILIA Santa Fe, Agosto 2005

DESCUBRIR Y LEGITIMAR LOS LIMITES: APORTES DE LA FAMILIA A LA EDUCACION NECESARIA
JORGE EDUARDO NORO  norojor@cablenet.com.ar

RESUMEN
Se aborda la cuestión de los límites desde un cruce de interpretaciones filosóficas y educativas, asignándoles una función clave en el desarrollo y definición de la personalidad y del proyecto de vida. Se acentúa la función de los educadores en su proceso de legitimación y reconocimiento, y de la familia, como institución responsable de la primera educación. La educación formal y escolarizada supone ese aporte familiar para contribuir a fortalecer los procesos formativos, a través de su función específica. No se desconoce el papel de la escuela cuando la crisis y la ausencia familiar generan una situación de riesgosa desprotección y desigualdad. El tema de los límites – bajo variadas y multívocas expresiones - forma parte de las agendas y las demandas de la educación de nuestros días y atraviesan como un común denominador los problemas que afrontan las prácticas educativas familiares y escolares. Las quejas reiteradas y el cruce de los discursos, han desdibujado el tema y los límites, envueltos en un debate que multiplica discursos y elude responsabilidades, confiados más en el poder de las palabras que en las aplicaciones efectivas, depositan en las escuelas las consecuencias de una orfandad en expansión creciente. Nuestra intención es ubicar en el campo teórico el debate y articular las responsabilidades ineludibles de la familia con las exigencias de la sociedad y las posibilidades de trabajo de la educación escolarizada.1

NORO Jorge Eduardo. Instituto Superior de Formación Docente nº 127. Provincia de Buenos Aires. UTN. Ameghino 432. San Nicolás. norojor@cablenet.com.ar 1 Hay una rica tradición religiosa, filosófica y educativa que aborda el tema de los límites: (1) PLATON lo hace al abordar en LAS LEYES las organizaciones de una sociedad real que debe ordenar la vida de ciudadanos sometidos a diversas influencias. (2) HESIODO ante Perses, su hermano, que ha desconocido todos sus límites, le señala - en LOS TRABAJOS Y LOS DIAS - a qué debe atenerse si quiere poder disfrutar de una vida digna. (3) Las cartas de PABLO a los cristianos de las comunidades es una suma de recomendaciones, marcando los límites que caracterizan a la vida cristiana (especialmente CARTA A LOS ROMANOS, en donde reconocen los impulsos y las contradicciones que moran en nuestro interior y en la necesidad de encontrar y hacer el bien; el código está en el capítulo 12º). COMENIO, en el capítulo XVII de su DIDACTICA MAGNA, presenta numerosos ejemplos de la presencia del educador asumiendo diversas analogía, especialmente la del cuidado de las plantas, ser el tutor que guía el crecimiento.

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LOS LÍMITES
La experiencia antropológica del descubrimiento progresivo de la propia existencia nos conduce a una inevitable conclusión: no viviré para siempre, no puedo tenerlo todo, no todo es para mí, no puedo estar en todos los lugares al mismo tiempo, hay muchas que no debo hacer y palabras que no puedo pronunciar, no puedo pretender que todo sea placentero y gratificante, no puedo creer que el mundo está a mi disposición o gira en torno a mi. Para poder asumir mi existencia debo limitarme, circunscribirme, tomar conciencia de mis propios límites y respetarlos. Los límites antropológicos y existenciales, convertidos en las situaciones límites, se han transformado en uno de los orígenes del filosofar, “porque son un llamado a la verdad profunda de la existencia, un llamado a la búsqueda de una congruente filosofía de vida”. (Jaspers, 1970; Equipo Episcopal, 1985) Tan relevantes son que no sólo su presencia es irremediable sino que se transforma en una situación gnoseológica y existencialmente privilegiada, porque al tiempo que descubro quién y qué soy habilito mi capacidad para interrogarme y pensar. Los sentidos originales de los vocablos “Límite / Limitar” (y el léxico asociado) remiten a “establecer fronteras, acotar, acortar, ceñir, fijar la extensión de una jurisdicción o los derechos y la facultades de cada uno, establecer los lindes entre dos territorios o terrenos, cercenar, reducir, confín o lindero, término”. La interpretación de esta variedad de acepciones remite a dos aspectos diferenciados y complementarios: uno positivo que refiere a la construcción de un ámbito o de un territorio, al otorgamiento de seguridades, a la demarcación de las posibilidades para el desplazamiento o también para ejercicio del poder o la autoridad, al establecimiento de lo que es propio e indiscutido. El sentido negativo menciona las imposibilidades, las prohibiciones, las restricciones, lo que no nos pertenece o no nos corresponde (porque es público y común o porque es de otro), lo que debo respetar como ajeno, como algo sobre lo que no tengo jurisdicción, autoridad y poder. Los límites son parte de la misma vida porque constituyen los cercos necesarios para protegernos y orientarnos. Los límites del campo de juego no nos impiden jugar, sino que determinan en dónde debemos hacerlo. Necesitamos caminos para transitar, sendas para atravesar el bosque, y un trayecto para demarcar el interior y el exterior, el adentro y el afuera, lo transitable y lo peligroso, lo que nos conduce a la meta y lo que nos desorienta y nos pierde. No podemos crecer ni vivir sin límites, porque transformaríamos la existencia en un laberinto o en desierto (que son el anverso y el reverso de una misma realidad). En el laberinto sobran los límites, ya que la sobreabundancia de divisiones termina por desorientarnos en un complejo interior que sólo domina quien lo ha construido, en el segundo no podemos orientarnos y sucumbimos tratando de definir el rumbo y el camino. Algo similar podría decirse del mar, como un espacio abierto, i-limitado, casi infinito en el que de nada nos sirve disponer de todo, si finalmente no sabemos hacia donde podemos navegar. 2 En consecuencia, La expresión “establecer límites”- como una práctica natural de la familia o de la educación - pueden ser leído desde ambas perspectivas porque en realidad no sólo restringe, sino
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¿Cuántas veces en calidad de educadores encerramos a nuestros educandos en verdaderos laberintos, encierros psicológicos de los que no pueden salir? Jorge Luis Borges ha sido un especialista en diversos tipos de laberintos: “No esperes que el rigor de tu camino/ que tercamente se bifurca en otro/ tendrá fin” (Borges. 1969) “Lo hizo penetrar en el laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación de la tarde”. (Borges, 1949) “En Babilonia me quisiste perder en un laberinto (…) : ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que te veden el paso. Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en mitad del desierto, donde murió de hambre y sed”. (Borges, 1949)

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que otorga seguridad; no sólo prohíbe, sino que construye un sector habilitado para manejar la propia autonomía. Disponemos de dos maneras (antagónicas, complementarias o dialécticas) de ver e interpretar los límites como algo que determina lo que me pertenece y puedo hacer, o como aquello que restringe mis posibilidades y me señala lo que no puedo atravesar, como un cerco que me protege o un cerco que me encierra. De un modo análogo al proceder de quienes padecen o aceptan los límites, los que ejercen la función educativa de establecerlos – en su carácter de educadores (padre, madre, docente, autoridad o referente social) - pueden proponerlos o determinarlos como restricción o como seguridad, como garantía o como condena, generando las respuestas que tales posiciones suelen provocar: agradecimiento, rebelión, enojo o reconocimiento. Todos recordamos la conocida canción Esos locos bajitos. El oído atento nos permite detenernos en algunas frases: “Sin respeto al horario ni a las costumbres/ y a los que, por su bien, hay que domesticar. (…) que eso no se dice/ que eso no se hace/ que eso no se toca. (…) Nada ni nadie puede impedir que sufran/ que las agujas avancen en el reloj/ que decidan por ellos, que se equivoquen/ que crezcan y que un día/ nos digan adiós.” (Serrat,1981): en pocas palabras se concentran y sintetizan los componentes de las prácticas educativas ancestrales, casi connaturales a la misma humanidad: la indisciplina espontánea, la necesidad de moderar, refrenar, acostumbrar, establecer normas, permitir el paso desde lo natural a lo cultural (domesticar, cultivar, humanizar), prohibir, aconsejar, preparar el vuelo, dejar partir, habilitar la pérdida necesaria que conlleva todo crecimiento. Aunque las analogías siempre tienen sus limitaciones, el crecimiento de todo ser humano es semejante al de las plantas: los árboles necesitan de una guía o de un tutor que limite y oriente el desarrollo, y lo obligue a crecer de la mejor manera; algo similar sucede con la hiedra que se apoya en la columna o en pared y que encuentra en ellas, al mismo tiempo apoyo y resistencia. Al limitar el crecimiento, se asegura el orden que le permite ascender, mostrarse y no arrastrarse desordenadamente (SAVATER F., 1997). Los árboles y las plantas necesitan además de la poda periódica que les da forma, les otorga sentido, le quita los brotes y las ramas parásitas y le aligeran la carga para poder desarrollarse. Los adultos son la guía, los tutores, los muros, las columnas, los jardineros que a través de los límites habilitan un crecimiento verdaderamente humano.

LA FAMILIA Y LOS LÍMITES NECESARIOS
Los adultos – y especialmente los adultos que han asumido a responsabilidad de tener hijos, de transmitir la vida, o de hacerse cargo de los hijos ajenos – debemos paulatinamente transformarnos en expertos en límites, no sólo en los límites infantiles, iniciales, sino en límites existenciales. Los límites son los sectores que no queremos, no podemos o no debemos atravesar o invadir. Somos expertos porque lo hemos descubierto por experiencia o hemos atendido a la enseñanza de quienes nos lo supieron transmitir. Son los cercos necesarios que nos protegen. Por esto, establecer límites es saber vivir, permitir vivir y enseñar a vivir. Somos los encargados de legarlo a los que se inician en el camino de la vida: lo que se dice y lo que no se dice, lo que se hace y lo que no se hace, lo que se toca y lo que no se toca… porque nosotros mismos podemos hacer, decir y tocar algunas cosas y no todas. La verdadera libertad del hombre crece al calor de la maduración en la auto-conciencia y en el autogobierno. Llegar a ser dueño de sí mismo se transforma en una conquista, la conquista del propio territorio interior y el reconocimiento de las propias posibilidades. Y es una conquista porque implica el necesario ordenamiento y la canalización de las propias fuerzas y capacidades.

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Los padres que no ejercen esa obligación (mucho más que un derecho o un ejercicio arbitrario de la autoridad) les otorgan a sus hijos un poder mayor que el que ellos mismos poseen, le habilitan un dominio superior al territorio que como adulto habitan. A veces puede operar un injustificado mecanismo de equilibrio y compensación: le consienten a los hijos lo que nunca tuvieron, como una forma bastarda de alterar la historia personal. Lo cierto es que deberían cambiar la modalidad, el estilo, los niveles de imposición, arbitrariedad o exigencia con que fueron tratados, pero no negociar el fondo de la cuestión, sobre todo porque – vaya paradoja - sólo la ubicación limitada y responsable de esos padres concesivos (obligados a sujetarse a los mandatos arbitrarios e ilimitados de sus hijos) puede soportar descontrol de los hijos. Los límites representan la puerta de ingreso a la sociedad. Mas allá de que el ser humano – aun en la mayor soledad – descubre y acepta sus límites, los límites socializan. La firmeza con que los padres hacen respetar a sus hijos las normas que regulan las actividades cotidianas hace que ellos comprendan que existen estructuras, y marcos regulatorios, que no todo está permitido, que todo tiene una razón y un sentido. De esta manera, los hijos van internalizando, subjetivando, las "reglas de juego" de la sociedad, la posibilidad de subsistir y de incorporarse a ella. Una sociedad se sostiene por el consenso de sus miembros sujetos a límites. Es la lección de los pactos y acuerdos sociales del siglo XVIII y de la experiencia de todas las culturas. Podemos convivir porque limitamos nuestras exigencias personales y admitimos los derechos y los requerimientos de los que nos rodean. (ROUSSEAU J.J., 1984) Muchos de los des-bordes sociales, no sólo en el campo del delito y la ilegalidad, sino en la trasgresión espontánea y agresiva de todas las normas, son la consecuencia necesaria de la ausencia de límites o de un traumático proceso de elaboración. Ciertos sujetos sociales se salen del cauce habitual de la sociedad porque no hay orillas o bardas que limiten el fluir de sus proyectos, de sus expectativas arbitrarias, de sus deseos descontrolados. Cuando nadie se ha encargado de definir en su interior los límites, es la realidad la que se encarga de volcar sobre ellos sus mandatos o es la sociedad la que padece los excesos y las ilegalidades. Es difícil superar la frustración cuando en el pensamiento sigue primando una mentalidad primitiva que proclama: “lo quiero todo, lo quiero ya, lo quiero para mí, lo quiero para siempre”. Este ejercicio arbitrario, al que nos tienen acostumbrados las sociedades actuales, ignora pactos y legislaciones, acuerdos y consensos y se convierte en una forma de suicidio, porque se proyecta en todas las formas de delito y en numerosas conductas autodestructivas. Una correcta interpretación se transforma en verdadera práctica educativa: es necesario rescatar y potenciar el sentido positivo y beneficioso del límite, porque es allí donde se constituye en un cerco protector que cobija, otorga seguridad, facilita y garantiza el caminar y el camino. Aunque los educandos o los hijos suelen ver los límites como restricciones, deben aprender a verlos como una fuente de certezas, que les hace sentir que nada peligroso les puede pasar. Los límites claros y conocidos permiten generar una sensación de protección y seguridad, extensión de la presencia paternal, educativa de los responsables. Si les decimos: “no puedes salir”, “no te conviene ese lugar”, “no veo oportuna esa amistad”, “no me parece bien esa actitud o esa respuesta”, “ese no es el mejor horario” es porque indirectamente estamos recomendando lugares, salidas, amigos, respuestas, actitudes, horarios más convenientes y beneficioso. Todo límite es educativo si marca el rumbo para seguir caminando y no es una excusa para la sobreprotección que inmoviliza e inhabilita cualquier forma de autonomía o de equivocación. Por su parte, recuperar el sentido negativo del límite implica reconquistar la “pedagogía del no razonable y razonado”: transforma la presencia educadora en un control heterónomo que frena, quita, impide, limita y construye el ejercicio de la libertad. Esta intervención educativa es menos simpática pero más fuerte, porque en realidad permite construir subjetivamente - a partir de las

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prescripciones heterónomas y objetivas - los futuros “no razonables” que deberán autoimponerse desde la autonomía. Padres y educadores se construyen como tales – habida cuenta que son siempre el resultado de una relación intersubjetiva – pronunciando armónicamente los SI y los NO que recorren los discursos formativos. El adulto sabe que hay salidas, horarios, amistades, actitudes, respuestas, compañías, acciones que no son lo conveniente para el hijo o el sujeto en crecimiento. Con el paso del tiempo, dependerá de él y del manejo autónomo de los principios universales aceptar, arriesgar, equivocarse, fracasar, arrepentirse y rectificarse. Su función al educar es transferir esta capacidad de juicio y esta posibilidad de tomar decisiones humanizantes. Los SI y los NO serán siempre razonables, pero de manera progresiva se deberán volver razonados y consensuados hasta lograr descubrir en el otro que crece criterios subjetivos de autodeterminación. Si la función y presencia de los padres y de los hijos son una construcción constante y un descubrimiento progresivo, los límites mutuos constituyen materiales esenciales para esta producción. Ser padre y ser hijo en las distintas etapas de la vida conlleva un esfuerzo de aprendizaje y renuncias a partir de las relaciones que establecen los unos con respecto a los otros. El marco de una familia en pleno ejercicio de sus funciones es la de crear el territorio del crecimiento, demarcar los andariveles posibles, crear las condiciones para el presente y el futuro. Cuando los hijos logran descubrir la verdadera estatura y dimensión de sus padres, es porque ha logrado percibir cuáles son sus límites. El grado de autocontrol que adquieren los hijos depende, en gran medida, de la actitud de los padres. El autocontrol - como la tolerancia al dolor, al fracaso y a la frustración - es también el resultado de la educación. Sucede lo mismo con la capacidad para tolerar frustraciones y controlar las expresiones de desagrado y desilusión. En todos los casos está muy relacionado con la capacidad de la familia para establecer límites y hacer respetar la autoridad y las determinaciones asumidas. En estos temas, no buscamos la simpatía o el aplauso, sino ejercer nuestra función como educadores. No podemos, por lo tanto, hacer elecciones parciales: ser buenos para conceder y titubeantes para prohibir, ser generosos a la hora de los sí y ser pusilánimes a la hora del NO, porque tampoco podemos negociar arbitrariamente las respuestas de los hijos o educandos para que nos demuestren amor cuando somos generosos y nos muestren su fastidio, su rebeldía o su enojo cuando coartamos o restringimos posibilidades. Son las dos caras necesarias de la educación y de la vida: la pedagogía del SI y la pedagogía del NO, la sociedad de los derechos y la sociedad de los deberes, la moral de la acción elegida y de las acciones censuradas o postergadas, de las cosas que en la vida podemos hacer y las que no debemos o no podremos hacer o elegir Los límites son responsabilidad de quienes están a cargo de los sujetos que crecen: no se negocian al calor de las presiones de los demás, ni se modifican al calor de las demandas de ocasión. Poner límites no siempre es simpático, pero tampoco la tarea de educar es siempre una labor envuelta en sonrisas: los verdaderos crecimientos son conflictivos, generan situaciones crisis y desorientación, y se traducen en acuerdos duraderos. Muchas veces las palabras de los padres exigen de los hijos cerrar los ojos y aceptar; frecuentemente se trata de entender razones y en otras oportunidades, de construir acuerdos. El paso progresivo de la heteronomía a la autonomía en el plano de lo moral es también el paso progresivo de los límites impuestos a los límites auto-asignados y reconocidos como tales. Volverse adulto es saber ponerse los propios límites y dar cuenta (responsable, responder) de nuestras determinaciones: pagar las consecuencias o hacernos cargo. No se puede ser y no ser adultos: ser

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grandes y permanecer pequeños… Los límites ayudan a reconocer las propias fuerzas y las debilidades. Determinan qué es lo que cada uno puede conseguir con su esfuerzo y su voluntad, y qué es lo que debe evitar (porque no sabe o no puede soportar, tolerar o afrontar) Crecer y alcanzar la adultez consiste en darse cuenta de que el mundo, en el que intentamos hacer real todos nuestros proyectos, no siempre se amolda ni se amoldará a nuestros planes y deseos. El mundo entendido como el conjunto de realidades en torno a las cuales configuramos nuestra historia particular, ésa que no es igual a ninguna otra. Con el paso del tiempo, el presente y el futuro aparecen más como una barrera que como un horizonte abierto. No se trata de ausencia de posibilidades objetivas, ni de renuncia al espíritu de lucha o al vuelo de los ideales, sino sobre todo ausencia de posibilidades objetivas y subjetivas: sabemos qué es lo que estamos dispuesto a jugar y a ofrecer: quiénes somos y qué podemos construir con lo que somos y en dónde vivimos. Las verdaderas utopías generan energías para seguir caminando, no engañosos espejismo. Los padres – adultos o en su rol de adultos – al establecer los límites contribuyen a elaborar sin conflictos los futuros duelos entre el deseo y la realidad, entre la imaginación y las posibilidades, entre los proyectos y los resultados, entre la plenitud y la limitación, entre la omnipotencia y la finitud. (GARRIDO Javier, 1989) Para los adultos los límites se construyen también por el cruce de las relaciones intersubjetivas que tejen: la familia, el trabajo, la sociedad, el estado otorgan referencia, sentido y diversas formas de pertenencia, pero limitan y cargan de responsabilidades, se constituyen en las circunstancias que amplían y contextualizan la existencia, son también verdaderos cercos que comprometen y circunscriben. 3 En las ajustadas palabras de Mario Benedetti (1993): “Usted por fin aprende y usa lo aprendido, para saber que el mundo es como un laberinto, en sus momentos claves, infierno o paraíso, y siempre, siempre un lío”. Si en los inicios del crecimiento se marcan las conductas básicas y censuramos las situaciones peligrosas que atentan contra la integridad física, a medida que los hijos crecen vamos ampliando los ámbitos de control, hacia los recorridos interiores. Y ése es, también, un ejercicio legítimo de la paternidad : saber dónde están, qué hacen, cómo manejan su tiempo, con quiénes están, se juntan o se divierten, qué lugares frecuentan, dónde depositan sus afectos. Se supone que son las cosas que existencialmente nos preocupan: el hacer, el tiempo, los lugares, el futuro, las compañías, los vínculos. Desde la sobreprotección inicial al consejo paternal de la etapa final, hay un largo camino hacia la autodeterminación que reconoce una etapa en la que los hijos ya se desplazan libres y solos, mientras los padres observan desde lejos, pero atentos, sus movimientos. El propósito de poner límites no es tratar de cambiar ni controlar a la otra persona, sino cuidar del otro, cuidar de su integridad. Por eso los límites son sanos. Deben ser firmes, respetuosos y consecuentes, huyendo – en principio – de toda actitud hiriente, controladora, manipuladora. No son muros que encierran, son caminos que facilitan el andar. Educar bien es enseñar a conocer las propias posibilidades, enseñar a crecer, a aceptar nuestras limitaciones y nuestras virtudes, es
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Es curioso y aleccionador comprobar cómo en una obra universalmente conocida, José Hernández presenta – sobre el final - los Consejos finales del MARTIN FIERRO mostrando un padre – en su función específica – que recuerda a los hijos cuáles son los límites impuestos por la vida y por la vida en sociedad(“estas cosas y otras muchas medité en mis soledades porque no basta la ciencia sino que hace falta la prudencia”) (1) aprender cosas buenas; (2) no se puede decir cualquier; (3) no confiar en muchos; (4) disimilar los defectos de los demás; (5) disponer de lo necesario; (5) ser prudente, cauto y moderado; (6) ganarse la vida trabajando;(7) tener confianza en uno mismo; (8) aprovechar las oportunidades; (9) tener vergüenza: (10) obrar con cautela (11) no ofender a nadie; (12) vencer el orgullo y saber obedecer; (13) cuidarse de los vicios y de los malos hábitos. Los atrevidos son los que no respetan límites, los que producen diversos tipos de excesos.

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enseñar a vivir. Todos estos principios se pueden resumir en el siguiente pensamiento: “Sé que puedes. Por eso te enseño y te exijo. Y como sé que te cuesta esfuerzo, te lo reconozco pero estoy para exigirte y acompañarte”. Establecer los límites exige crear un clima de relación en el que prime el amor (que es el estado natural de las relaciones familiares). En el contexto del amor que mutuamente nos profesamos aparecen el diálogo, la razonabilidad, la palabra justa, la exigencia, la prohibición, las explicaciones, el consuelo, la paciencia. Este marco familiar entiende el amor como una vocación a la construcción conjunta: “quiero lo mejor de ti y soy mejor yo mismo al proponerlo o recordártelo”. Seguramente hay situaciones que admiten un consejo, otros una propuesta y otros una imposición, así como la variedad discursiva genera la palabra amigable y sonriente, la advertencia severa, el tono imperativo. Y por su parte, es natural que las respuestas sean variadas, dependiendo de las personas, del carácter, de las circunstancias, de las expectativas de los hijos: aceptación, resignación, insistencia, discusión, rebelión, debate, grito, enojo, encierros, desafíos, portazos, miradas ásperas, palabras fuertes.

LÍMITES Y ESCUELA
La educación escolarizada no es el momento en el que los límites se descubren (como tampoco es el ámbito de la formación de los hábitos primarios), sino que la escuela supone los límites re-conocidos y trabaja con ellos en la adquisición de su ejercicio en el contexto de un proceso mas acelerado de socialización y de adquisición sistemática y crítica de la cultura. La escuela somete a tamiz los límites, los criba, los pone a prueba, certifica si están. En realidad el poder derivado de las escuelas y de los educadores escolares (de la familia y de la sociedad / estado) supone límites adquiridos y en ejercicio para poder llevar adelante la tarea. Ciertas situaciones de crisis vividas por las escuelas radican en esta ausencia inicial: la escuela pareciera que se transforma en uno de los últimos fortines que defiende a una sociedad en retirada y que debe re-construir a la familia inexistente, reemplazando sus mandatos imprescindibles. Ni los educadores ni la institución escolar deberían aceptar esos insólitos pedidos de padres ausentes que le demandan control, presencia, disciplina, exigencia, rigor, porque ellos no tienen ni tiempo, ni condiciones, ni ganas de hacerlo. La escuela no puede ejercer su función como escuela, si los límites no están ya establecido y funcionando… pero le corresponde mantenerlos y ampliarlos en el ámbito de su rol específico, como otro puente hacia la vida y la sociedad. En muchos sentidos, la escuela representa un escenario con mayores límites y exigencias: quien los reconoce puede sobrevivir en ella y quien los ignora termina abandonándola. La familia responde a una estructura más personal e informal, adaptada a los tiempos y a la regularidad de los aprendizajes individuales; la escuela impone un ritmo homogenizador y estándar que pretende soslayar las diferencias y las excepciones. La escuela debe procesar, trabajar y potenciar la experiencia familiar. Estudiar, aprender, convivir, ubicarse, preguntar, esperar, responder, aceptar, demandar, promoverse, repetir, compensar, competir, consensuar implican el reconocimiento de reglas de juegos, el reconocimiento de límites, de acciones habilitadas y acciones prohibidas, de códigos establecidos y conductas censuradas. Los idearios, los reglamentos o los códigos de convivencia no son más que un enunciado articulado de los límites necesarios. Lo que en la familia funciona como un orden espontáneo, en las instituciones escolares se transforma en un ordenamiento acordado y formulado.

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Desconoceríamos la realidad si universalizamos esta presencia y experiencia de la familia y de su compromiso educativo. El ejercicio de este derecho y de este deber, en muchos sectores es algo que se desconoce o cuyo cumplimiento se soslaya. Para muchas escuelas, la familia no es una realidad a la que se puede recurrir sino un referente que institucionalmente se debe construir. En estos casos, la tarea de la educación formal escolarizada debe hacerse cargo de las funciones primitivas y sembrar en los educandos los límites que debieron fecundarse en otros contextos y con otros agentes. Para estas funciones se requieren otro tipo de escuelas y otro tipo de educadores, distintos de los que ha consagrado la tradición vigente. En el tema de los límites las escuelas no son los instrumentos primordiales y toda operación de sustitución debe ser vista como excepción y no como obligación. Si la escuela asume naturalmente esa función terminará traicionando su misión específica y vaciándose de otros contenidos genuinos. La necesaria complementariedad educativa entre las familias y las escuelas supone y exige de ambas instituciones:  Articular y compartir los mismos mensajes en todo el trayecto formativo, evitando los discursos contradictorios.  Habilitar un real clima de confianza y de diálogo en torno al sujeto en crecimiento, superando diversas formas de desconfianza e imputaciones mutuas.  Aunar criterios y esfuerzos para encontrar las razones genuinas de las deficiencias y problemas que pudieran observarse.  Transformar en verdaderos encuentros, pleno de contenidos, las oportunidades reglamentarias o formales que unen a las familias con los educadores y la escuela.  Potenciar la presencia profesional de los agentes educativos de la escuela y la función formativa de los padres.  Crecer progresiva y armónicamente en el nivel de exigencias acompañando el crecimiento de cada uno de los educandos  Incorporar paulatinamente razones y motivos, convencimientos y explicaciones, para facilitar el camino hacia la autonomía moral y existencial. Como señalábamos al comienzo de la exposición, la vida misma es un descubrimiento y un avance hacia nuestros límites. La muerte – segura, en un horizonte mediato – es el límite definitivo, pero el camino es también un recorrido “limitado”: las propias capacidades, el propio cuerpo, los límites del espacio y del tiempo, las propias energías, el declinar de las fuerzas y aún las circunstancias que determinan filosóficamente los límites de nuestro conocimiento, de nuestra razón, de nuestra fe. ¿Para qué imaginar una vida i-limitada y omnipotente si sólo tenemos la certeza de poder construir una existencia limitada y finita, aunque abierta a todos nuestros ideales y a nuestra capacidad de lucha? ¿Cómo podemos procesar psicológicamente la frustración cuando vivimos creyéndonos ilimitados, en lugar de reconocernos simplemente humanos? De la misma manera que Alberto Cortez en su Parábola de uno mismo (1986) nos señala que, en definitiva, “uno es una isla desierta, un médano en el mar, un espejismo, empieza a abrir todas las puertas y termina a sola con sí mismo”, Borges nos recuerda los límites finales : “Hay una línea de Verlaine que no volveré a recordar. /Hay una calle próxima que está vedada a mis pasos. /Hay un espejo que me ha visto por última vez. /Hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo. / Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos) / Hay alguno que ya nunca abriré. / Este verano cumpliré cincuenta años: / La muerte me desgasta, incesante. (Borges J.L.,1960)4
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Borges (1964) vuelve nuevamente sobre el tema de los Límites, repitiendo el ritual de la despedida: las calles, los libros, las puertas y portones, el espejo, la memoria, las voces.

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BIBLIOGRAFIA
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ANEXO: UN TRABAJO CON PADRES
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LA FAMILIA, LA ESCUELA y LA EDUCACION NECESARIA DESCUBRIR Y LEGITIMAR LOS LÍMITES

UN RELATO PARA COMENZAR: EL JARDINERO
Hay momentos que son claves en la vida de una planta: el primero es el ritual de la siembra, el nacimiento, el trasplante, el milagro de la vida, a través de los diversos medios: es hermoso ver cómo – de un día para otro – en la tierra debidamente preparada va surgiendo la vida nueva. Pero hay un segundo momento importante: cuando la planta – especialmente los futuros árboles – ya se ha afirmado y comienza el camino de su crecimiento, no basta con remover la tierra y abonarla, regarla en su justa proporción, sino que es necesario sostener su crecimiento con una guía o un tutor que asegure que avanza como corresponde. Uno sabe que la planta interiormente se resiste y protesta: quisiera crecer libremente, sin tutelas, hacia cualquier lado porque el milagro de la vida le permite explotar en brotes y en ramas… pero el tutor es quien le pone la dirección indicada. Con suavidad pero con firmeza es imprescindible sujetar y atar. Esa es la fórmula del crecimiento: darle forma y orientar el desarrollo. A la presencia del tutor se le agrega la tarea de la poda: es quitar para fortalecer, provocar dolor y privaciones para garantizar que la planta tenga mayor fuerza en su tronco y en sus ramas. La permite obedecer mejor a la forma y dirección que le otorga el tutor. En ciertas etapas del crecimiento – cuando las plantas son más grandes, más fuertes, más altas – los tutores deben también crecer en fortaleza. Y cuando el tronco pueda mantener la copa por si mismo, se eliminan los tutores y las ligaduras. Un caso especial lo constituyen las enredaderas o trepadoras porque frecuentemente se cree que son plantas libres, que crecen sin control. Sin embargo, si la trepadora no se agarra sola, tendremos que ir atándola sobre un soporte de madera y alambres a medida que crezca. Es la única manera de asegurar que puedan trepar, enredarse, adquirir formas. Algunas especies encuentran en las paredes o en otras plantas la forma de sostenerse: construyen ellas mismas el tutor y el límite con sus pequeñas raíces. Al hallar resistencia y límites pueden elevarse y crecer. Cuando observamos el crecimiento de los chicos de diversas edades los asociamos naturalmente al crecimiento de las plantas. Un buen padre, una buena madre no son mas que buenos jardineros que con buenos y estratégicos tutores, con la poda necesaria aseguran el crecimiento hasta que los hijos tengan las alas necesarias para sostenerse solos en el aire y volar el vuelo propio.

LOS LÍMITES Y LA VIDA: 10 REFLEXIONES 01. Los límites no gozan de buena prensa en los últimos tiempos, y ciertas corrientes de
pensamiento han tratado de borrarlos aunque sin reparar en las consecuencias. Cuando la sociedad “despierta” reclama la presencia de límites… pero los encargados de ponerlos (autoridades, padres, escuela, educadores) ya han perdido la costumbre.

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02. Los límites están relacionado con la misma condición humana de la existencia: aprender a vivir
es aprender a reconocer límites. Las situaciones límites son las que nos sirven para probar nuestras convicciones, al mismo tiempo que despiertan numerosos interrogantes.

03. Hay un lado positivo de los límites: acotar, construir un ámbito o un territorio, demarcar las
posibilidades, establecer fronteras. Es una manera de otorgar seguridades, porque cuando nos limitan, nos señalan la línea que divide la protección y el riesgo. Lo negativo del límite son las prohibiciones, las imposibilidades, las restricciones, lo que nos advierte que algo no nos pertenece, no nos corresponde, no nos conviene.

04. Las dos caras son necesarias y tienen su valor, tanto para el que educa como para los que están
en crecimiento: cercos necesarios que nos protegen y orientan o un cerco que nos encierra. Crecer o vivir sin límites es avanzar sin rumbo, y la vida necesita siempre un camino. La astucia del educador consiste en saber en qué proporción sabe manejar y presentar lo positivo y lo negativo.

05. Los límites no sólo están para restringir sino también para construir y crear seguridades ; no
sólo prohíben, sino que erigen un sector habilitado para manejar la propia autonomía, delimitan el campo de juego. Como la autonomía se va conformando a través del crecimiento, cuanto más claros y racionales sean los límites, mejor será la autoconstrucción como persona. La función de la educación consiste es hacer descubrir, proponer o determinar los límites como restricción o como seguridad, como garantía o como condena.

06. Los adultos – mucho más si desempeñamos alguna función educativa en la familia o en la
escuela - debemos ser expertos en límites, no sólo en los límites infantiles, iniciales, sino en los límites existenciales. Los adultos establecemos límites porque nosotros mismos aceptamos limitarnos. No hacemos lo que queremos, no decimos lo que se nos ocurre, no manejamos totalmente nuestro tiempo, tenemos compromisos adquiridos (por los afectos, el trabajo, la vida social y ciudadana, lo económico), porque establecer límites es saber vivir, permitir vivir y enseñar a vivir. Si los adultos renunciamos a limitarnos ignorando sus compromisos y obligaciones, nada podremos hacer por los límites de los hijos. Para poder educar debemos ejercer como verdaderos adultos, desplazando ciertas tentaciones propias de los tiempos que corren. No tenemos alternativa, porque fracasaremos como padres o como docentes.  SERRAT: “Sin respeto al horario ni a las costumbres/ y a los que, por su bien, hay que domesticar. (…) que eso no se dice/ que eso no se hace/ que eso no se toca. (…) Nada ni nadie puede impedir que sufran/ que las agujas avancen en el reloj/ que decidan por ellos, que se equivoquen/ que crezcan y que un día/ nos digan adiós.” Esos Locos Bajitos. (Domesticar = cultivar = educar = humanizar (prohibir, aconsejar, restringir, dejar partir)  MARTÍN FIERRO: Sobre el fina, los Consejos finales del MARTIN FIERRO muestran a un padre – en su función específica – que recuerda a los hijos cuáles son los límites impuestos por la vida y por la vida en sociedad: “estas cosas y otras muchas medité en mis soledades porque no basta la ciencia sino que hace falta la prudencia”: (1) aprender cosas buenas; (2) no se puede decir cualquier cosa; (3) no confiar en muchos; (4) disimilar los defectos de los demás; (5) disponer de lo necesario; (5) ser prudente, cauto y moderado; (6) ganarse la vida trabajando;(7) tener confianza en uno mismo; (8) aprovechar las oportunidades; (9) tener vergüenza: (10) obrar con cautela (11) no ofender a nadie; (12) vencer el orgullo y

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saber obedecer; (13) cuidarse de los vicios y de los malos hábitos. Los atrevidos son los que no respetan límites, los que producen diversos tipos de excesos.

07. Si los adultos (padres o educadores) no ejercemos la función de limitar , convertimos a la
educación en una engañosa fantasía: le otorgamos a nuestros hijos mayor libertad que la que nosotros mismos tenemos y debemos hacernos cargo de su des-control (de las inesperadas consecuencias). Especialmente en el seno de la familia todos debemos aprender el oficio de educar. Y hacerlo correctamente consiste encontrar el “justo medio” entre la protección y el ahogo, entre la prevención, el seguimiento y la capacidad de reprender, corregir y castigar. El cuidado de las plantas nos vuelve a regalar ciertas enseñanzas:  La colocación de guías o tutores puede realizarse los dos o tres primeros años desde su plantación. Sin embargo hay que tener en cuenta algunas cosas: las ramas crecen en grosor con el tiempo, por lo tanto, al realizar el atado de una rama sobre el tutor, debemos tener la precaución de dejar una pequeña holgura entre la rama y este. Si la planta queda aprisionada al tutor termina ahogándose. Sin tutor crece desordenada y sin fuerza.  Hay un justo medio entre la sobreprotección que ahoga y el descontrol que termina en abandono y descuido. Conforme van creciendo las ramas no sufrirán ningún tipo de estrangulamiento. De todas formas, periódicamente conviene revisar estas ataduras y en caso de ver peligro se aconseja desatar y volver a atar dejando más holgura. Tanto el tutor como la podan deben servir para dar mas vida, no para matar.

08. La verdadera libertad significa llegar a ser dueño de sí mismo, una tarea paulatina que se
transforma en una conquista, la conquista del propio territorio interior y el reconocimiento de las propias posibilidades. Volverse adulto es aprender a reconocer los propios límites y a respetarlos.

09. Es necesario descubrir y conquistar la “pedagogía de un NO razonable y razonado”: esta
actitud transforma la presencia educadora en un control heterónomo que frena, quita, impide, limita para conquistar el ejercicio de la libertad. Es necesario pasar de los reclamos infantiles y adolescentes que reclaman: “lo quiero todo, lo quiero ya, lo quiero para mí y lo quiero para siempre” a la razonabilidad de las elecciones y a la conciencia de las renuncias. Y para poder hacerlo necesitamos tiempo, atención, buen humor, clima de encuentro y de diálogo.

10. Los límites representan la puerta de ingreso a la sociedad. Una sociedad se sostiene por el
consenso de sus miembros, sujetos a límites compartidos. No todo se puede decir, no todo se puede hacer, no todo se pueda pretender, alcanzar o poseer. El problema de los des-bordes sociales es trágica y simplemente vivir sin límites, es vivir sin sentido, matar sin sentido y morir sin sentido. Los límites no son sólo las leyes o reglas que se imponen, sino las que UNO se autoimpone desde el interior.

LOS LÍMITES, ENTRE LA FAMILIA Y LA ESCUELA:

10 CRITERIOS

01. Padres y docentes se construyen como educadores pronunciando armónicamente los SI y los
NO que recorren las diversas prácticas formativas. Pero no podemos hacer elecciones parciales y hacernos trampas: ser buenos para conceder y titubeantes para prohibir, ser generosos a la hora de los SI y ser pusilánimes a la hora del NO. Los límites no se negocian al calor de las

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presiones de los demás, ni se modifican al calor de las demandas de ocasión (los límites no son fruto de una votación o de la opinión presunta de otros padres).

02. Es necesario potenciar el sentido positivo y beneficioso del límite, porque es allí donde se
constituye en un cerco protector que cobija, otorga seguridad, facilita y garantiza el caminar y el camino. Aunque los educandos o los hijos suelen ver los límites como restricciones, deben aprender a verlos como una fuente de certezas. Es legítimo el uso de restricciones que al prohibir sanamente protegen. Pero es importante encontrar el equilibrio justo entre la protección y el ahogo.

03. Si les decimos: “no puedes salir”, “no te conviene ese lugar”, “no veo oportuna esa amistad”,
“no me parece bien esa actitud o esa respuesta”, “ese no es el mejor horario” es porque indirectamente estamos también recomendando lugares, salidas, amigos, respuestas, actitudes, horarios más convenientes y beneficiosos. Todo límite es educativo si marca el rumbo para seguir caminando y no es una excusa para una sobreprotección que inmoviliza e inhabilita cualquier forma de autonomía o de equivocación.

04. Crecer y alcanzar la adultez consiste en darse cuenta de que el mundo no siempre se amolda ni
se amoldará a nuestros proyectos, planes y deseos. Es necesario pasar de los límites impuestos por otros a los límites auto-impuestos.  En este sentido hay un justo sentido del límite en la administración del tiempo, del dinero, de las salidas, de las diversiones; en los consumos de alimentos, bebida, ropa, fiestas, viajes, novedades (nuevas tecnologías); en los permisos, en las autorizaciones, en las amistades; en lo que ven (a través de diversos soportes), en los videojuegos, en el chateo o en la presencia frente a la computadora, en los esfuerzos que realizan, en el tiempo de descanso, en la colaboración familiar, en la dedicación a los estudios.  Es preferible parecer pesados, antipáticos, molestos, pero nunca ser cómplices, inconscientes, ingenuos, crédulos, sabiendo que los hijos pertenecen a otra generación y que se manejan con otros códigos. Debemos aprender a manejarnos con esa cuota necesaria de prevención vigilante y confianza afectuosa que permite que los hijos crezcan, se equivoquen, reflexionen, reconozcan los errores, se corrijan, vuelvan a empezar.

05. El propósito y el deber de poner límites es responsabilidad primaria e ineludible de la familia ,
porque los padres son básicamente los responsables de sus hijos y porque acompañan su camino desde los primeros pasos. Es un derecho y es un deber de los padres, aunque encuentren en sus hijos aceptación o resistencia, resignación o rebelión. Lo que la familia no hace – por ignorancia, por incapacidad o por desidia – lo paga cada uno de los sujetos en su propia existencia y la sociedad en sus efectos.

06. La educación en la escuela no es el momento ni el lugar en el que los alumnos deben descubrir
o construir los límites. La escuela somete a tamiz los límites, los criba, los pone a prueba, certifica si ya están todos los que deben estar. La escuela es responsable de establecer sus propios límites, respaldada (y no discutida) siempre por las familias. Sucede lo mismo que con los hábitos y los valores: no es la escuela la que los descubre y los cultiva: surgen y crecen en la familia y se fortalecen en el contexto de la educación escolar.

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07. En la escuela aparecen los nuevos límites: estudiar, aprender, convivir, ubicarse, preguntar,
esperar, responder, aceptar, demandar, promoverse, repetir, compensar, competir, consensuar. Todo esto implica el reconocimiento de las reglas de juegos, el reconocimiento de límites, de acciones habilitadas y acciones prohibidas, de códigos establecidos y conductas censuradas. Y en ese marco debe crecer los alumnos. Ese es también el pasaporte a la vida adulta.

08. Cuando la escuela, sus directivos y sus docentes – en cada una de las edades y en una actitud
abierta y de diálogo con los padres - ponen en funcionamiento todos estos límites debe ser respetada y valorada en su rol específico, porque ése es el mandado social que cumple. Si la defensa de los hijos somete las razonables determinaciones de la escuela se inhabilita la educación y se pone el riesgo el futuro de los hijos.

09. No corresponde pedirle a la escuela todo, como si se tratara de una fuente de salvación en
medio de una catástrofe. Pero tampoco corresponde negarle valor suponiendo que todo puede ser discutido o menospreciado, para ponerse al servicio de los gustos y de los intereses de cada una de las familias o de los usuarios.

10. Por la ausencia de las familias, por la “desaparición” de los adultos en su función específica
como padres, por el cruce de discursos contradictorios en la sociedad, la escuela de nuestros días pareciera transformarse en uno de los últimos fortines que preserva y defiende las generaciones futuras y que – muchas veces - debe re-construir las funciones de numerosas familias inexistentes y padres ausentes.

LOS LÌMITES: 5 PROPUESTAS 01. Tanto en las familias como en las escuelas, los mensajes que circulan en su interior deben ser
coincidentes y redundantes y no contradictorios y cambiantes. Los verdaderos mensajes surgen de un clima de encuentro y de diálogo, con sinceridad y ejercicio de un auténtico sentido de la autoridad. No pueden cambiar según los estados de ánimo, las circunstancias o el tono de las demandas que nos formulan. Los mismos criterios deben ser defendidos y aplicados por todos: el papá y la mamá, los docentes y los directivos. Y es necesario mantener la palabra, cumplir con lo que uno anuncia.

02. Familia y escuelan deben articular y compartir los mismos mensajes evitando los discursos
contrapuestos, tironeando del mismo sujeto que es hijo y alumno. El tema de los límites deber ser un motivo de encuentro y de acuerdos y no de conflictos: debe ser un territorio compartido con demandas y aprendizajes mutuos. La escuela debe habilitar un real clima de confianza y de diálogo en torno a los hijos convertidos en alumnos.

03. Las reuniones que vinculan a las familias con los educadores y la escuela deben ser verdaderos
encuentros, plenos de contenidos, para potenciar las estrategias de intervención educativa y compartir sus experiencias. Todos tenemos riquezas y la suma voluntades fortalece la labor educativa.

04. Resulta conveniente darle la debida importancia a la presencia profesional de los educadores
de la escuela y a la función formativa de los padres, respetando los roles diferenciados y complementarios que cada uno debe cumplir. Si la presencia de la familia en la institución

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educativa se extiende por muchos años es aconsejable crear las condiciones para reforzar los verdaderos mensajes educativos.  Los padres no lo saben todo. Los docentes no lo saben todo. Pero los padres tienen, sobre sus hijos, una responsabilidad mayor que la que tienen los maestros y profesores. A su vez, los educadores tienen saberes específicos, mayor objetividad, una visión más general que complementa la visión de las familias. Cada cual en lo suyo pero construyendo el mismo edificio es la mejor fórmula: allí se potencia el papel de los directivos que sirven para articular los dos discursos.

05. Planificar un crecimiento progresivo y armónico en el nivel de las exigencias acompañando el
desarrollo de cada uno de los educandos. Para esto es conveniente incorporar paulatinamente razones y motivos, convencimientos y explicaciones, para facilitar el camino hacia la autonomía moral y existencial.

CONCLUSION: ¿DESIERTO O LABERINTO? 5

En un remoto país y en épocas extrañas, dos padres, preocupados por la educación de sus hijos, decidieron encontrar el mejor lugar en donde pudieran llegar con el paso del tiempo a ser hombres honorables y respetados por la sociedad. Uno de ellos hizo construir un laberinto, cuyo diseño le pertenecía y del que solamente él (y la gente de su confianza) tenían el plano y conocían efectivamente la forma de moverse y salir, sin quedar aprisionados por sus paredes. El otro hizo un largo viaje y llegó hasta los límites del desierto: estaba seguro que dejando a su hijo en la absoluta libertad y en la inmensidad de un paisaje sin referencias iba asegurar el crecimiento. El padre que encerró a su hijo en el laberinto le otorgó una seguridad absoluta pero lo ahogó entre sus muros, lo hizo tan dependiente de é, de sus planos y de sus conocimientos que en lugar de ayudarlo a madurar y a crecer le impidió cualquier movimiento, porque cada vez que intentaba desplazarse o salir chocaba con el juego eterno de las bifurcaciones y paredes, y debía recurrir a su padre o a los ayudantes. El padre que confió en la sabiduría del desierto lo expuso a demasiados peligros y, sobre todo, no tuvo en cuenta que sin referencias ni oposiciones es imposible construir la libertad. El hijo inició varios recorridos pero perdió toda orientación, desconoció el rumbo, luchó en vano por encontrar el camino de regreso y terminó perdiéndose para siempre.

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Recreación libre del texto de BORGES: Los dos reyes y los dos laberintos.

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La historia dice que – tiempo después - hubo un tercer padre que tomó conocimiento de lo acontecido y entendió que para llegar a destino es necesario elegir un camino que al mismo tiempo funcione como límite y dirección. Le enseñó a su hijo a caminar y a interpretar las diversas señales del camino. Y para asegurar su crecimiento, como padre fue alternando diversas posiciones: primero marchó adelante para que el hijo supiera que la mejor opción era seguirlo y confiar en su experiencia, luego se le puso a la par y fueron compartiendo el paso y las decisiones, y finalmente lo dejó avanzar y – desde atrás, con una mirada protectora pero distante – fue alegrándose cuando supo que su hijo iba razonablemente eligiendo su propio camino. Y observó cómo emprendía el vuelo propio.

Y UN MENSAJE PARA PENSAR: SE COSECHA LO QUE SE SIEMBRA 6
Algún día, cuando nuestros hijos hayan crecido, cuando lleguen a la edad justa en la que ya no nos admiren tanto como para perdonarnos todo, ni nos critiquen tanto como para culparnos de todo, en el momento justo en que se vuelvan adultos y dispongan de la lógica justa para entendernos como padres nos gustaría pasarles a limpio todo lo que hicimos para ayudarlos en el camino del crecimiento. Es por eso que sería bueno que supieran que los amamos lo suficiente como para:    Habernos puesto siempre de acuerdo con respecto a la educación y el crecimiento de cada uno de nuestros hijos. Podíamos tener otros desacuerdos pero nunca con respecto al bien de ellos. Haberles preguntado siempre a donde iban, con quienes salían y a que horas regresarían, y en cada caso dar nuestro parecer al respecto. Preocupamos por marcarles un camino, un criterio y señalarles lo que estaba bien y lo que no debían hacer. Y también para hacerles reconocer las culpas y tratar de arrepentirse de las cosas que no eran las adecuadas y para reparar el daño producido. No quedarnos callados y hacerles saber – aunque no les gustara – que ciertos lugares o ciertos amigos no eran convenientes, que ciertas expresiones eran incorrectas, que algunas conductas debían corregirse. Aguantarnos las protestas, las contestaciones, los llantos, los enojos, el malhumor, los silencios, los portazos cuando recibían de nosotros una respuesta que no era la que ellos aguardaban. Muchas veces aconsejarlos, decir o decidir precisamente lo contrario de los que sus compañeros y amigos pensaban, argumentando que sus padres los respaldaban. Quererlos no sólo cuando les entregábamos regalos también cuando les pedíamos cosas difíciles, esfuerzos o renuncias, trabajos u obligaciones y les dábamos razones para exigirles. Confiar en ellos pero al mismo tiempo estar vigilantes ayudándolos a crecer. No hacer nosotros lo que los hijos debían hacer, ni quitarles las responsabilidades porque hubiéramos traicionado el crecimiento de cada uno.

    

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El original de este mensaje ha circulado como mail, como respuesta de padres preocupados frente a los desbordes de hijos sin control. Hemos utilizado libremente las ideas. Con algunas modificaciones el texto puede ser utilizado pensando en la labor educativa que desempeñan los docentes y la forma de “querer” a sus alumnos.

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Cumplir siempre la palabra y las promesas, tanto cuando los premiábamos como cuando los teníamos que reprender o castigar.

Muchas veces nos costaba hacer todo esto, alguno de nosotros dos se desanimaba o quería dar vuelta atrás… pero seguimos convencidos hasta el final que era lo mejor para ellos. No nos resultaba fácil como padres que nos compararan con otros padres que parecían mas simpáticos, compañeros, complacientes, generosos, pero estábamos convencidos de que nuestra tarea, aunque difícil, a la larga traería todas las recompensas. Porque no éramos nosotros los que debíamos triunfar sino nuestros hijos, acostumbrándose a caminar por la senda correcta. No hay ningún secreto: uno siempre cosecha lo que en algún momento ha sembrado, y en la vida de los padres la educación de los hijos es siempre la mejor siembra.

Prof. Dr. Jorge Eduardo Noro Octubre, 2006 norojor@cablenet.com.ar

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