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EL LIBRO Y LOS BUENOS MOMENTOS DE LA VIDA
PROF. DR. JORGE EDUARDO NORO norojor@cablenet.com.ar
“El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales(…) Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací.(…) El hombre, imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles y de tomos enigmáticos, sólo puede ser obra de un dios” Borges: La Biblioteca de Babel.

Este lugar y esta invitación me traen gratos recuerdos. Gracias a quienes me la han formulado. Pero más placer me provoca el tema para el que me han invitado. Para un hombre de libros, hablar de libros es hablar aquello que mas le gusta. Hay algo que relaciona curiosamente mi presencia actual con la anterior: el Sarmiento que todos los conocemos y recordamos por sus esfuerzos por declarar la importancia de la educación y por garantizar la organización del sistema educativo en el siglo XIX, partía de sus convicciones acerca de la formación básica que todos los ciudadanos del país, para garantizar una situación universal de civilización y moralización, pero era consciente de la necesidad de una educación permanente. No podía – en su tiempo y con los recursos disponibles – pensar en los medios que hoy tenemos para ofrecer diversas instancias de capacitación periódica a todos los habitantes. Fue entonces cuando propuso que fueran las bibliotecas los lugares que contribuyeran desde todas las geografías a alimentar a quienes habían pasado por la escuela y deseaban mantener vivos sus saberes y acrecentar su cultura. Casi de la misma manera en que multiplicó sus escritos a favor de la educación, diseminó su prédica a favor de las bibliotecas y de la presencia de los libros en la población. Quisiera sin embargo compartir hoy con ustedes otras ideas relacionadas con el libro, principalmente asociado a una fuente inagotable de crecimiento personal y de verdadero goce y placer. Los libros forman parte de los buenos momentos de la vida, y uno tiene derecho a darse buenos momentos. Demasiado condenado – especialmente en el medio educativo – como un instrumento de imposición y de cumplimiento, quiero rescatar la otra cara del libro: el placer que se siente frente al libro y frente a la lectura. Como todos los placeres, su satisfacción depende del conocimiento y de la propia experiencia: no se puede gustar, valorar o disfrutar lo que nunca hemos descubierto. Y es posible que muchos se vean privado de un gran placer, simplemente porque el paso por la escuela no les ha permitido ingresar al

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territorio vasto y misterioso de los libros y de la lectura, al juego infinito de las palabras que se leen, se leen, se repiten, se atesoran en secreto. Dice Roberto Juarroz: Toda palabra llama a otra palabra. Toda palabra es un imán verbal, un polo de atracción variable que inaugura siempre nuevas constelaciones. Una palabra es todo el lenguaje, pero es también la fundación de todas las transgresiones del lenguaje. Una palabra es todavía el hombre. Dos palabras son ya el abismo. Una palabra puede abrir una puerta. Dos palabras la borran.

01. El placer de leer: la lectura es esencialmente un ejercicio personal que nos permite ingresar en un cosmos construido por el autor. Las páginas de un libro son los pasillos de un laberinto que vamos desandando en búsqueda de un centro o de una salida desconocida. Es un juego y una apuesta. Cada una de las páginas es este territorio delimitado por los márgenes y finamente trazados por cada uno los renglones: la lectura nos permite ir decodificando paso a paso, fieles a un ritual - del que casi ya no podemos dar cuenta - toda la información, el conocimiento, los interrogantes, los saberes que el escritor ha sembrado en cada surco. De alguna manera el lector hace en cada lectura una cosecha gozosa de la siembra depositada por el lejano escritor. Con cada cosecha somos mas ricos, disponemos de más instrumentos, nos cultivamos a nosotros mismos porque un interior que se puebla y desborda de imágenes, personas, historias, certezas, interrogantes, inquietudes, verdades. No somos los mismos al comenzar y concluir un libro: hay algo de nosotros que cambia y se transforma en el proceso. Por eso la lectura humaniza, perfecciona, nos hace poseedores de nuestros mundos, navegantes solitarios del campo simbólico. Y ese gesto es totalmente desinteresado, placentero. Es verdad que hay un importante número de libros que prestan utilidad concreta para la organización o la transformación del mundo, de los hombres o de la sociedad. Pero la verdadera lectura es otra, la absolutamente gratuita. Y allí no hay nada que podamos conseguir con el libro leído: todo lo que – utilitariamente - podemos lograr, es casualmente disfrutar y hacernos mejores.

02. El placer de descubrir los libros: hay algo mágico en el recorrido que efectuamos a una librería o la visita a una biblioteca saturada de libros, desbordante de textos. “Yo que me figuraba el paraíso bajo la especie de una biblioteca” dirá Borges en el Poema de los Dones, al tiempo que designa a la Biblioteca como “ciudad de libros”. Y es verdad: hay un placer en la abundancia, en la saturación, en la desmesura, cuando nos encontramos con todos los libros posibles, con su silenciosa presencia o la amable invitación a la elección y a la lectura. Están allí todos disponibles y todos para nosotros, esperando nuestra elección. Ingresar a una biblioteca es un placentero ingreso a la búsqueda y también a la satisfacción de un deseo, como lo es – sobre todo en estos días – recorrer las grandes librerías que desde los estantes exhiben los libros relucientes de los autores noveles o consagrados, antiguos o de ocasión, clásicos o efímeros. Invadidas por las leyes del mercado y del consumo, esas librerías postmodernas no pueden ignorar sus orígenes, y aunque suman los atractivos de otros centros de compra, siguen teniendo el encanto de los anaqueles repletos, los libros ordenados, el juego de los colores, los estantes desbordantes de objetos de deseo. No importa que no podamos adquirirlos, que su valor exceda nuestras posibilidades: los libros están allí, disponibles, para

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que los tomemos, para hojearlos, acariciarlos y tener con algunos de ellos un mínimo contacto, un necesario encuentro, un primer romance. Por eso creo que tanto las bibliotecas como las librerías debería ser nuevamente mostradas, exhibidas, dadas a conocer a quienes las desconocen o las ignoran, creyendo que se trata de aburridos reductos de elegidos: el placer es contagioso y compartirlo es una manera de gozar más. 03. El placer de comprar libros: hay un ritual también atractivo y placentero en la adquisición del objeto-libro, del libro como objeto. Comprar significa que los recursos se vuelcan en algo que tiene continuidad y presencia en el tiempo. Nos libros tienen una misteriosa supervivencia. Miro mi biblioteca y puedo recordar en qué extraño lugar, curiosa circunstancia y años olvidados he comprado cada uno de los compañeros que – desde hace muchos años todos los días acompañan la actividad en mi escritorio. He olvidado detalles de cada uno de los rituales, pero sé que al quitarle la protección o la envoltura, depositarlos en esa sala de espera que representa el escritorio, el maletín o portafolio, los estoy incorporando a mi mundo, los estoy convirtiendo en parte mía. El suave olor de las tintas que emanan de sus páginas, el colorido de las tapas, el lento desplazarse de los ojos sobre el índice, las solapas, las páginas abiertas al azar, y el mismo juego de las manos delatan el sentido y el valor de cada encuentro. Con cada libro mantenemos una relación especial independiente del precio o del esfuerzo que realizamos: significan algo porque remiten a alguna experiencia en particular y acrecienta nuestro placer: una compra accidental, un regalo inesperado, una espera demasiado larga, un pedido reiteradamente formulado, una adquisición compartida, un desborde inesperado. El placer de tenerlos es la contra-cara del sufrimiento que significan una pérdida, un préstamo que no ha tenido retorno, un deterioro que los ha sometido a la destrucción. Después de la compra, después de la lectura, los libros están allí y estarán para siempre, como fieles testigos de lo que somos y de lo que fuimos.

04. El placer de recorrer el territorio del libro: la lectura es un simple movimiento de los ojos y también un complejo sistema que pone en movimiento en nuestro interior nuestro sistema neurosíquico. Pero el acto de leer un libro es mucho más que el recorrido por un diario o una revista o la pagina de un sitio de Internet. Implica una disposición diferente, otro tipo de hábitos. El placer de leer un libro es recorrer, paso a paso, un territorio que se nos vuelve conocido y en el que podemos dejar rastros de nuestra presencia: los papeles que van quedando, los subrayados, las anotaciones, las prolijas observaciones o las referencias de ocasionales, o los rastros de nuestra propia vida: un boleto, un billete viejo, una tarjeta, un saludo. Allí hemos estado, por allí pasamos. Así el libro es lo que leemos y lo que descubrimos en él, lo que aprehendemos y lo que allí dejamos. Parte de nuestras vidas están en sus páginas porque se asocian a todo lo que somos y vivimos: un viaje, un paisaje, un momento, una experiencia, una compañía. Volver a ellos es regresar a momentos olvidados, a verdades incorporadas, a historias que nos gustan recordar releyendo párrafos, menciones, páginas. Ese es el placer que descubro en mi propia biblioteca: un pequeño territorio del que sé sus dimensiones, sus caminos, sus secretos y sobre todo un espacio habitado por viejos conocidos a quienes retornos de vez en cuando, por múltiples motivos, para seguir disfrutando de cada uno de ellos.

05. El placer de escribir un libro: Borges decía que uno escribe un libro cuando no logra encontrar el que busca en las bibliotecas. Cansado de buscarlo, uno termina por escribirlo. Tengo pretensiones y placeres más modestos. Uno escribe libros porque tiene ideas que quiere compartir. Nunca se está seguro de que sean ideas originales o innovadoras. Son simplemente ideas que necesitan un nuevo envión para seguir circulando. Escribir es un vicio placentero que desoye el consejo platónico que señalaba que "lo más prudente es no escribir

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sino aprender y enseñar de viva voz, porque lo escrito queda". El largo ejercicio de la escritura amortiguado por estos instrumentos que nos ayudan a procesar las palabras, los discursos y los pensamientos es una larga paciencia que acumula la horas y las letras, pero es también el placer de la página concluida, del capítulo cerrado, de las palabras finales. No sabemos si hay ideas nuevas: es posible que haya un único banco de ideas que nos va prestando un número limitado de ellas para seguir trabajando y facilitar la movimiento de las mismas. Pero quién puede dejar de reconocer hay un placer es escribir, armar, preparar, contribuir a la edición de un libro. Verlo reproducido, saber que ya no podemos cambiar nada, que todo está allí y que está publicado, disponible para todos. Y entonces es el placer de las ideas que regresan, de los contenidos que se estudian, de las nuevas representaciones que surgen a partir de las enunciadas. Uno descubre también el valor y placer de la trascendencia: la propia palabra sale del círculo de los que nos ven y nos escuchan, y se interna por otras geografías a la búsqueda de interlocutores que nunca habrán de conocernos y que hasta desconocerán el origen de esas mismas ideas. Y al mismo tiempo, rodeado de libros, admirando libros, frecuentando bibliotecas y librerías uno descubre el relativo valor de los libros que uno puede escribir y el valor que tiene ser un lector, un buen lector, un lector que pueda disfrutar principalmente de sus lecturas.

06. El placer de asociar el gusto por los libros con otros recursos: en estos tiempos – a diferencia de otras épocas en que los libros reinaban en el mundo de la cultura – los libros compiten con otros medios igualmente valiosos y placenteros. No se trata de elegir o de condenar. Se trata de integrar. No se cierran puertas o ventanas, sino que se abren todas las disponibles. Una buena biblioteca no es ajena una buena videoteca o una colección de CD o una colección de libros y de escritos prolijamente alojados entre los favoritos de las computadoras, entre sus documentos o en grabado en varios CD. Todo suma. Son placeres distintos, porque se trata de medios distintos: escuchar buena música, ver una excelente película, leer las últimas novedades bibliográficas en un sitio, archivar – para poder trabajar – clásicos o modernos en un soporte digital, mirar los programas de televisión que nos recrean historias. Lo importante es integrar, dosificar, alternar, sin descartar. Y para ello es necesario descubrir, de todos ellos, los verdaderos atractivos y placeres. No puede plantearse disyuntivas tales como Internet o bibliotecas, libros o televisión, lectura o películas. Es como haberles planteados a los europeos del siglo XVI si preferían los relatos o recitados orales de los juglares, las obras de teatro o los libros impresos que recién se comenzaban a divulgarse. La verdadera educación debería integrar todos los medios, todos los soportes, hacerles descubrir a los que van creciendo todos los valores, pero sustituyendo paulatinamente la obligación por el placer, para que luego uno se haga tiempo para todo y descubra el placer en todod. Es mi propia experiencia al respecto, porque hay un momento y un lugar para cada cosa, y lo importante es saberlo.

07. El placer de contagiar a otros del gusto por libros: los docentes deberíamos ser expertos en libros, frecuentadores de librerías, usuarios de biblioteca. No podemos vivir sin libros. No hablo de manuales, de promociones editoriales, sino de libros elegidos, adquirido, solicitado. No sólo los docentes, pero especialmente nosotros. Por somos los encargados de iniciar, de enseñar, de contagiar, y para ello no bastan las palabras, los sermones, las recomendaciones, sino que es necesario el ejemplo, las pruebas. Los libros son nuestros instrumentos de trabajo, con ellos debemos enseñar y nuestros alumnos deben reconciliarse con los libros para poder aprender. Porque el libro debe despertar admiración, interés, deseo, placer… y para ello es necesario que circule como un instrumento conocido en manos de los estudiantes y en las nuestras. Es mucho lo que debemos hacer en este sentido y es mucho más que lo que puedan disponer las autoridades en campañas o vanas recomendaciones reglamentarias.

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08. Los libros que me han dado placeres. Quiero finalmente compartir con ustedes algunos libros. Pero no quiero hablar en general. Dejo de lado los libros que profesionalmente debo leer, consultar o utilizar. Quiero destacar algunas lecturas – principalmente literarias – que han quedado en mi memoria, entre mis cosas mas apreciadas. Los buenos libros son aquellos que uno querría que nunca se terminaran, que ser volvieran eternos. O también aquellos que – con sana envidia y con concientes de nuestras imposibilidades – hubiésemos querido escribir nosotros. Pienso, por ejemplo en la escena final que le otorga la palabra al relator en el NOMBRE DE LA ROSA, en el final abierto amenazador de LA PESTE de Camus, en la página con que se despide de los sobreviviente de SORIANO en su novela NO HABRA MAS PENAS NI OLVIDO, o en esa antológica partida de SEGUNDO SOMBRA en la escena final. Son los finales que nos dejan con el libro abierto en la última página sin saber cómo retornar a la realidad. Pero entre los libros que no puedo dejar de mencionar señalo: EL ENTENADO de Juan José Saer, el EVANGELIO SEGÚN VAN HUTTEN de Aberlardo Castillo, muchas páginas de las OBRAS COMPLETAS de BORGES, las mejores historias del QUIJOTE, la trabajosa lectura de ULYSES de Joyce, POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS de Hemingway, algunas páginas SABATO, la trabajosa CRONICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA de García Marquez, LA GESTA DEL MARRANO de Marcos Aguinis, LAS MEMORIAS DE ADRIANO de YOURSENAR, EL AÑO DE LA MUERTE DE RICARDO REIS de José Saramago, LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SER de Milan Kundera o JUEGOS ABALORIO de Herman Hesse. Como siempre, uno termina haciendo una selección injusta porque sabe que desde los estantes de la biblioteca los libros y los autores nos están mirando esperando la elección. Decidir y elegir se convierte en una forma de injustificada renuncia. Así como – para ser equilibrado - debería hacer un elenco de los libros que he comenzado a leer y he abandonado, de aquellos que nunca me llamaron la atención o de aquellos que se resistieron una y otra vez – como sucede en otros órdenes de la vida – hasta dejarse conquistar. Y allí están también los últimos que he comprado y estoy leyendo, robando tiempo a mis obligaciones: las tres novelas de Guillermo Martínez, especialmente sus CRIMENES IMPERCEPTIBLES (y su curioso cruce entre la matemática y la narrativa), EL TURNO DEL ESCRIBA de Montes y Wolf, LA CRITICA DE LAS ARMAS de José Pablo Feinmann (a quien envidio su capacidad de asociar las letras y la filosofía) y hasta un libro de Eduardo Sacheri que juega con la pasión popular de fútbol. Los libros se convierten en esos amigos a los que uno se acostumbra para siempre y es demasiado doloroso no tenerlos siempre a mano.

No quiero cerrar esta exposición sin leer algo del escritor que – a mi juicio – fue el más prolífico y mejor lector, que supo dar cuenta de sus conocimientos infinitos en casi todas sus obras, ya que casi todas ellas eran construcciones sobre referencias literarias reales o verosímiles. Aunque en alguna de sus poesías se arrepintió de haberse dedicado a la literatura o al arte que entreteje nadería, sin embargo disfrutó como ninguno del placer de los libros y de la lectura, atesorando subjetivamente tanto que pudo destilar sabiduría y producciones a pesar de su prolongada e injusta ceguera. Esto dice Borges, en el poema Un lector

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Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído. No habré sido un filólogo, no habré inquirido las declinaciones, los modos, la laboriosa mutación de las letras, pero a lo largo de mis años he profesado la pasión del lenguaje. Mis noches están llenas de Virgilio; haber sabido y haber olvidado el latín es una posesión, porque el olvido es una de las formas de la memoria, su vago sótano, la otra cara secreta de la moneda. Cuando en mis ojos se borraron las vanas apariencias queridas, los rostros y la página, me di al estudio del lenguaje de hierro que usaron mis mayores para cantar espadas y soledades, El joven, ante el libro, se impone una disciplina precisa y lo hace en pos de un conocimiento preciso; a mis años, toda empresa es una aventura que linda con la noche. No acabaré de descifrar las antiguas lenguas del Norte, no hundiré las manos ansiosas en el oro de Sigurd; la tarea que emprendo es ilimitada y ha de acompañarme hasta el fin, no menos misteriosa que el universo y que yo, el aprendiz.

Jorge Eduardo Noro San Nicolás, junio 2005