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EN FAMILIA

EL CINE, NUESTRO MAESTRO

EMOCIONAL
Desde su aparición, el cine ha transmitido patrones culturales, mitos y formas de comportamiento, pero también formas de seducir e incluso gestos y expresiones. Su influencia, hoy heredada por la televisión, es, simplemente, enorme
Texto Luis Muiño, psicoterapeuta El antropólogo Michael Wood es autor de un divertido estudio acerca de los mitos de los kamula, aborígenes del desierto central de Australia. El legendario héroe de estas gentes resultó ser el protagonista de una película que algunos de ellos habían visto. El personaje en cuestión era un representante del tercer mundo que luchaba contra la jerarquía de los oficiales (todos blancos y, por lo tanto, colonizadores). Por lo que habían entendido de la historia, el actor era indígena como ellos y se rebelaba contra la opresión de su pueblo. Al final, utilizando la increíble resistencia física de los kamula y algunas de sus armas tradicionales, conseguía triunfar. Incluso lograba liberar a los presos, que eran casi todos aborígenes –algo que ocurre en Australia en la vida real–. A la luz de la hoguera, los kamula que habían visto la película contaban las proezas de su héroe mítico. Eso les daba fuerzas para resistir sus penalidades. Gran parte de los nativos australianos viven en la miseria y muchos han caído en adicciones desconocidas para su pueblo hace una década. Pero habían descubierto en el filme (que creían que narraba hechos reales) a su paladín. Por sus rasgos faciales habían deducido que el semidios era también kamula, que estaba en otros lugares liberando a otros indígenas y que lo único que tenían que hacer era esperar a que viniera a salvar a su pueblo. El antropólogo descubrió, al poco tiempo, que el legendario aborigen que los iba a redimir era Rambo. Todos los mitos kamula se basaban en lo que ellos habían entendido de la primera película de la serie. La historia de estos indígenas nos recuerda tres cuestiones acerca de la influencia del cine en los seres humanos. La primera es que, en muchos lugares del mundo, el séptimo arte se ha constituido en la principal fuente de educación emocional y mítica de los últimos cien años. La segunda: reinterpretamos según nuestras necesidades las ideas y emociones que trasmiten las películas. Y la tercera: la influencia que ejerce el cine (y, últimamente, la televisión) es mítica y, como tal, tiene sus aspectos positivos y su lado negativo. “El cine es un espejo pintado”, decía Ettore Scola. Los seres humanos, cuando nos encontramos delante de la gran pantalla, creemos encontrarnos ante un reflejo de la realidad. De hecho, el cine nos resulta mucho más verdadero que la vida cotidiana. La música que dota a la historia de intensidad emocional, la fotografía que proporciona imágenes que se nos quedan grabadas, el hilo argumental que hace que todos los acontecimientos cuadren… Todo hace que sintamos más el cine que la realidad que tenemos alrededor. Una persona que permanece impasible ante los problemas de su hijo puede llorar delante de una pantalla que le narra la historia de un adolescente incomprendido por sus padres. Alguien que reprime sus sentimientos amorosos deja que se le acelere el corazón por un romance de película. Y un individuo de vida rutinaria que no viaja por miedo a lo nuevo se mete en una sala de proyección y vive aventuras demostrando un gusto por nuevas experiencias que ni él mismo sabe que tiene. Todo se vive en el cine con mayor intensidad. Por eso influye tanto. Jean-Luc Godard decía que “la fotografía es la verdad”. El cine es la verdad 24 veces por segundo. Tendemos a creernos lo que vemos en la pantalla (tanto en la grande como en la pequeña). Y el impacto que tiene sobre nuestras vidas es mucho mayor de lo que suponemos. Un ejemplo clásico: después del éxito de Mejor… imposible, la película en la que Jack Nicholson interpretaba a un intratable escritor de novelas románticas, las consultas de psicólogos y psiquiatras se llenaron de personas que creían padecer, como el protagonista, trastorno obsesivo compulsivo (TOC). De hecho, la prevalencia de ese desorden ha aumentado desde entonces. Se diría que el cine puede dirigir nuestra salud mental. Incluso se puede afirmar que el séptimo arte puede hacernos creer que hemos tenido experiencias completas que, en realidad, no hemos vivido. En los últimos tiempos están surgiendo estudios por parte de diversos investigadores que nos hablan de la curiosísima relación que existe entre la iconografía tradicional del fenómeno ovni (platillos volantes, abducciones y criaturas de otros planetas) y la ciencia–ficción de los años cincuenta. Martin Kottmeyer, por ejemplo, nos recuerda que películas como Asesinos del espacio, El pueblo de los malditos o Invasores de Marte inventaron toda la parafernalia extraterrestre. Antes de esas cintas nadie veía individuos con mirada reptiliana que venían en platillos (forma, por cierto, poco aerodinámica pero muy estética cinematográficamente hablando). Después de esos filmes, un gran número de personas empezaron a ver ese tipo de alienígenas que, además –al igual que en aquellas películas–, venían de un planeta moribundo y buscaban inseminar mujeres para conseguir niños híbridos, es decir, empezaron a meterse en el increíble y farragoso œ argumento de las películas que habían visto.

UNA TRIBU ABORIGEN IDENTIFICÓ A RAMBO CON SU SEMIDIÓS LIBERADOR

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APRENDIZAJE POR IMITACIÓN

El aprendizaje por imitación no es únicamente un proceso infantil que deja de ocurrir cuando nos hacemos adultos. Los productores de las películas lo saben y por eso se utiliza, cada vez más, el cine como medio publicitario. Si nos atrae un personaje, tendemos a imitarle. Y eso significa, también, que tenderemos a comprar lo que él usa. Cada vez hay mas películas que son, en el fondo, una sucesión de anuncios de productos. De hecho, parte del

dinero que generan se consigue a través de lo que pagan los anunciantes por salir en la película. El guión se encarga de crear un personaje y una estética. Gracias a eso, los espectadores se identifican con el protagonista y desean imitarlo. A partir de ahí, los productos que usa se convierten en mágicos: si un espectador quiere llegar a ser como él, tiene que poseerlos. Las películas de James Bond son un ejemplo de esta estrategia. Cada escena de

estos filmes funciona como un anuncio publicitario. El hierático Bond consulta un reloj de una determinada marca. Salta desde una azotea y cae encima de un camión de cerveza. Obviamente, el director aprovecha para mostrarnos cuál es la cerveza. 007 tiene que hacer una llamada: la cámara enfoca la marca del móvil. Los malos le persiguen y Bond huye veloz... en un coche que todos distinguimos. El realizador se preocupa también de

1 1 Un fotograma de Mars attacks! (1996) 2 La última entrega de James Bond, estrenada este año 3 El pueblo de los malditos (1960) 4 Un joven Silvester Stallone en Rambo (1982)

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De hecho, la influencia de aquellos inverosímiles pero impactantes guiones continúa en la actualidad. En Invasores de Marte, una mujer es abducida por mutantes de aquel planeta y llevada a una habitación dentro de un platillo. Allí es colocada sobre una mesa rectangular que se desliza. Lucha brevemente hasta que una luz brilla sobre su rostro, lo que hace que se relaje y pierda el sentido. Una aguja, enmangada en plástico transparente, se dirige hacia la parte trasera de su cuello. En la punta, hay un artilugio que va a serle implantado. A partir de ahí pierde el sentido, que sólo recupera cuando se encuentra fuera de la nave. Pues bien: eso es básicamente lo mismo que creen haber vivido un diez por ciento de estadounidenses (según una reciente estadística), Nina Hagen y algún otro famoso más. Creen haber experimentado una abducción con estética retro porque así eran en las películas que inventaron la iconografía. Le han añadido, eso sí, algo de color al asunto (“La vida es en color, pero la realidad es en blanco y negro”, afirmaba Wim Wenders). Sobre todo, sexo: los orgasmos interestelares se insinuaban pero no se explicitaban porque no estaban bien vistos en los años cincuenta.
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de las galaxias o El señor de los anillos pueden ser vistos como correligionarios que comparten ritos, mitos y ceremonias de trascendencia. Pero no debemos olvidar el tamiz por el que los seres humanos pasamos todas las historias que nos cuentan. El director de cine Fernando Trueba decía que “la vida es una película mal montada”. Los espectadores de su cine (y de todo lo que se ha hecho en la gran y en la pequeña pantalla) saben también lo contrario: que el cine cuenta una historia que cada uno puede editar a su gusto. Los seres humanos no vemos los acontecimientos de forma objetiva. Nuestras expectativas, nuestros prejuicios, influyen decisivamente en la forma en que interpretamos una película. Y una vez que tenemos nuestra versión, nos asimos de tal manera a ella que incluso los argumentos en contra son tomados como prueba de su veracidad. Probablemente, los nativos del desierto australiano seguirían con su interpretación de Rambo aunque el mismo Silvester Stallone les dijera que nunca pretendió decir eso. Siempre podrían argumentar que hay una censura que impide decir la verdad o que el autor fue inspirado, inconscientemente, por los dioses nativos y por eso ignora el alcance de su argumento. La interpretación que hacemos de las películas pone de relieve nuestra forma de ver el mundo y nos hace vernos a nosotros mismos. Hace unos años Khyentse Norbu –lama de tradición budista y director de cine– resumía esa capacidad de autoconocimiento que tiene el séptimo arte: una noche un hombre tiene una pesadilla. Un monstruo entra en su pecho intentando ahogarle. El hombre se despierta angustiado y el monstruo sigue encima de él. Grita: ¿Qué me va a pasar? El monstruo le responde: “¡Yo qué sé, es tu sueño, no el mío!”. No debemos olvidar esta subjetividad de la interpretación cuando hablamos de la influencia del cine. En muchos comentarios se tiende a hablar de los espectadores como receptores pasivos de información. Se analiza, por ejemplo, la influencia de la violencia en los niños como si no tuviera

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Si el cine puede dirigir el tipo de alucinaciones que tenemos los seres humanos, podemos imaginar la influencia que ha tenido en el resto de nuestra psique. Poco a poco, hay estudios que van desvelando cómo el séptimo arte ha creado una sentimentalidad que tiene el amor pasional como centro vital. También ha influido en nuestros hábitos de vida: ha conseguido que fumemos… y ahora está logrando que dejemos de fumar. El cine ha creado formas de seducción (el tira y afloja intelectual que ha sustituido a procesos rituales anteriores), relaciones padres-hijos (la rebelión adolescente ha sido, en gran parte, inventada por el cine) y estrategias de comunicación no verbal (los gestos, miradas y rictus faciales actuales, más contenidos, han sido difundidos por el cine sonoro). Incluso hay estudiosos que dicen que ha creado religiones: los seguidores de series como La guerra

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que sepamos en qué empresa se alquiló el automóvil; con qué tipo de tarjeta de crédito se pagó y quién es el diseñador del traje del hombre que le persigue… De hecho, se contratan cámaras dedicados exclusivamente a hacer visibles las marcas patrocinadoras. Su labor es difícil. El técnico, junto con el director y el montador, tiene que conseguir que cada vez que James Bond desnuda a una mujer, los espectadores nos

enteremos de quién diseñó la ropa que el incansable espía va a quitarle, quién la peinó y cuál es el champán que han bebido y ha servido para crear el ambiente adecuado. James Bond ya no está al servicio de Su Majestad. Ahora trabaja para los últimos productos del mercado. Mientras tanto, los espectadores, supuestamente adultos, nos dedicamos a ver sus gustos e imitarlos. Lo dicho, que somos como niños.

5 La guerra de las galaxias (1977)

6 El señor de los anillos (2001-2003)

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importancia el tipo de narrativa en la que ellos la insertan, la capacidad del chaval para diferenciar realidad y ficción o las resonancias (recuerdos de emociones) que esa violencia hace aflorar en ese chico en particular. Recordemos a los kamula y su interpretación de Rambo: el guión de una película puede convertirse en muchas películas distintas en la mente del espectador. Cine y televisión son míticos. Crean ideales porque no pretenden ser un trozo de vida, sino más bien un pedazo de pastel. Y esa capacidad de inventar mitos puede causar problemas cuando nos olvidamos de diferenciar realidad y ficción y nos creamos expectativas utópicas. La psiquiatra Anne Becker comprobó, por ejemplo, el efecto de la introducción de la pequeña pantalla en una remota región del Pacífico Sur. A finales de los noventa, los habitantes empezaron a tener televisión. A los tres años, el porcentaje de las adolescentes que vomitaban a menudo para controlar su peso se multiplicó por cinco. Las que veían la televisión eran más proclives a describirse como obesas. Y la tercera parte de las que la tenían empezó a hacer dieta. El utópico ideal estético se había introducido en sus mentes. Pero esa irrealidad del séptimo arte tiene también sus compensaciones. Una de ellas es que causa un sano distanciamiento emocional que permite ver los problemas con claridad. Hay estudios que sugieren que la sana idea de que podemos reírnos de todo y de todos ha surgido de la comedia cinematográfica. El actor Peter Ustinov, víctima de un tiroteo, decía que “gracias a las películas, el fuego de pistola siempre me ha sonado irreal, incluso cuando me han disparado”. Quitar melodrama a la vida puede ser un buen uso del cine. El otro potencial que podemos encontrar en lo legendario es la capacidad de proporcionarnos objetivos. Si tenemos claro que el cine es una utopía, usar sus ficciones como objetivo puede darnos fuerza en nuestras vidas. Aunque nunca lleguemos a Itaca, el viaje habrá merecido la pena porque estaremos más allá de donde empezamos. s

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