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ESCUCHAR Y ENTENDER (Nuestro mayor problema)

Para continuar con el artículo anterior (ver el del 22 de mayo de


2007) relacionado con el autocontrol emocional, he estado preparando y
haciendo muchos borradores para poder llegar a explicar qué aspectos
importantes podían contribuir (además de otros) a estabilizar mi yo
perdido, el yo interior de cada uno, ante situaciones que quiebran nuestro
sentido homeostático (de equilibrio. Pero nada ha sido tan válido como el
fragmento que describe con rotundidad y realidad los fenómenos en las
relaciones entre los humanos, de uno consigo mismo, y, por supuesto, en
las del terapeuta con su cliente, basados en la escucha y el entendimiento.
Os propongo, pues, que leáis (y os aconsejo que lo hagáis varias
veces hasta que lo interioricéis) lo que a continuación sigue.

Escuchar al otro sin adueñarse de su palabra es difícil, porque supone


disponibilidad y discernimiento de sí.

Escuchar es acoger, sin juzgarlo, al que se expresa, intentando


comprender el mundo interior del otro en su propio sistema de referencias.

Escuchar activamente es permitir al otro que se exprese más


ampliamente y se entienda a sí mismo cuando yo retomo o resumo lo que él
acaba de decir, lo que yo he entendido o, al menos, lo que he comprendido
de todo lo que ha dicho. Es también hacer preguntas abiertas : de esas que
no pueden responderse con un sí o un no; de esas que inquieren el cómo y
no el por qué; de esas que remiten al otro a sí mismo: <<¿ Y tú cómo lo has
vivido? ¿Qué has sentido?>>

Estamos acostumbrados, sin embargo, a hacer preguntas que inducen


la respuesta: <<¿No te parece que eso es injusto?>>; <<¿Por qué no le
dejas?>>...

- Mi jefe me ha hecho una observación desagradable...


- Bueno, ya sabes cómo es...No cambiará nunca.

- Me siento desanimado y cansado esta tarde...


- Normal: hace tanto calor...

Para escuchar, lo primero que debo hacer es callarme, silenciar mi


reactividad, que es el principal obstáculo a la escucha. Si lo que el otro me
dice me afecta, voy a sentirme urgido por la necesidad de expresarme, de
explicar, de convencer, de juzgar, de decir mis propios sentimientos o ideas.
Cuanto más cercano me resulte el otro, más vivas serán las emociones que
susciten en mí sus palabras. Y si de lo que habla es de su relación conmigo,
entonces mi escucha se verá aún más dificultada por mis miedos, por mis
deseos, por la resonancia que sus palabras producen en mí y por mis
proyecciones. Esto es lo que hace que la comunicación íntima sea tan
difícil y tan frágil. Cada palabra del otro puede reactivar en mí el miedo a
no estar a la altura, a ser rechazado, a no ser amado.

Escuchar es renunciar (al menos por un tiempo) a responder y a


adueñarse de lo que dice el otro para imponer el propio parecer.

Él me dice que no le ha gustado ese libro, y antes de oír de él


lo que no le ha gustado, lo que tal vez le ha molestado, me
entran ganas de adueñarme del tema para expresar largo y
tendido mi entusiasmo por ese libro.
¿Soy capaz, ante todo, de permitirle expresar su
sentir antes de expresar yo el mío?

La simultaneidad de la expresión es imposible, por lo que hay que


alternarse en la escucha. Pero muchos diálogos se asemejan a un combate
para captar la escucha de otro.

- En los últimos años, he conseguido volver a dialogar con mi


padre...
- ¡Pues a mí me resulta imposible: mi madre no me escucha nunca!
- Ayer estuve con ella, y hablamos de nuestras creencias...
- Con mi padre me resulta más fácil...

En este juego de frases cruzadas, cada cual espera ganarse la escucha y la


atención del otro.

Cuando yo me siento no escuchado, no entendido, tengo también mi


parte de responsabilidad. Quizá me haya expresado de una manera poco
clara, demasiado indirecta, esperando que el otro adivinara. Quizá no me he
atrevido a expresar mi deseo: <<Me gustaría hablarte>>; <<Me gustaría
que me escucharas>>; <<Me gustaría decirte cómo he vivido yo tal
cosa>>...

En el fondo, todos tenemos un enorme deseo, más o menos oculto, de


poder expresarnos sin ser juzgados, ni interpretados, ni tranquilizados, ni
rechazados, ni etiquetados. Sencillamente deseamos ser entendidos para
entendernos mejor a nosotros mismos.
La escucha es un hermoso regalo que podemos
ofrecer, pedir y recibir.

Entender es llegar al otro en su propia realidad


captando sus diversos lenguajes

Entender lo que el otro dice, pero también sus sonrisas, sus miradas, sus
gestos, su respiración, sus acciones, sus malestares, sus energías...
Entender es cuestión de atención, de “atentividad”. Lo que da calidad
a una relación, por lo demás, es sentir la disponibilidad activa del otro, que
se manifiesta a través de una serie de signos mínimos: una mirada
acogedora, una respiración distendida, un gesto de complicidad, un silencio
que invita a seguir...

Entender es ir más allá de la mera escucha para


captar lo esencial

• ¿En qué registro está hablando el otro?


• ¿Es un registro realista, simbólico, imaginario?
• ¿En el nivel intelectual, afectivo, anecdótico?

Lo paradójico de un buen “entendedor” es que trata de entender al otro en


el registro en el que éste habla, pero trata también de comprender que a
veces ese registro puede estar ocultando otro registro distinto. Se trata de ir
más allá de las palabras-pantalla, hacia la palabra que se resiste dejarse
encontrar, como un manantial que tiene que recorrer largos y silenciosos
meandros subterráneos hasta salir a la luz. Se trata de entender desde dónde
se dice lo que se dice.

Si el otro habla desde su fantasía, y yo lo reduzco al nivel realista,


habré entendido mal; y ese malentendido suele ser fuente de frustraciones y
sufrimientos.

Cuando yo le digo que tengo ganas de tomarme un año


sabático, y ella me responde: <<¿Y con qué vamos a pagar el
alquiler?>>, no me siento entendido en mi fantasía.
Cuando una mujer, cuyo marido fue vasectomizado hace
varios años, le dice tiernamente al oído: <<Me gustaría que me
hicieras un bebé...>>, lo que ella quiere que él entienda es su
deseo de tener un bebé y toda su fantasía en relación a las
tareas propias de la maternidad. Por eso, no se sentirá
entendida si él le contesta: <<Sabes perfectamente que no
puedo tener hijos...>>

La fantasía sirve para negociar la distorsión entre la realidad exterior y


nuestro mundo interior de deseos e ideales.

Los padres se empeñan con frecuencia en reducir la fantasía de


sus hijos:
- ¡Si encuentro el tesoro en la cueva, me compraré un avión!
- Sabes perfectamente que no hay tal tesoro; y, además, ¿qué ibas a
hacer tú con un avión?
Los niños ( y los ex niños) presos de sus emociones no entienden los
discursos realistas. Lo único que entienden es que no son entendidos.

Si el otro habla en un registro racional, si trata de aclarar una idea o un


concepto, y yo sólo soy capaz de ver un aspecto afectivo del asunto, es que
no le he entendido. Pero también puede ser que él esté intentando expresar
su vivencia afectiva bajo la apariencia de una generalización; y si yo,
entonces, empalmo con la idea, con el plano intelectual, tampoco habré
entendido. Si él me habla de sus males físicos, ¿debo entenderle en el
registro en que me habla? ¿Debo comprender que las somatizaciones son
un lenguaje simbólico, e interesarme por el sentido que tiene en la historia
personal de mi interlocutor? <<Me duele la espalda>>, dice él, y yo creo
entender que lo que en ese momento quiere decir es: ¡Estoy hasta la
coronilla! ¿Tengo que incitarle a cambiar de nivel o debo conformarme con
el que él ha escogido?

Porque “entender” significa también entender, por una parte, la


resonancia que tiene en mí lo que se dice y, por otra, el sentido que le doy
al mensaje que me llega. Si él me dice: <<Me duele la espalda>>, tal vez
mi resonancia sea: <<A mí también>>, o <<No tengo ganas de oír sus
quejas>>; y el sentido que yo dé al mensaje puede centrarse en mí (<<Me
está reprochando algo, soy una carga para él>>) o en él (<<Está demasiado
tenso; ¿querría un masaje?>>)
Entender no es responder; y sin embargo, será mi respuesta la que
muestre lo que he entendido o he dejado de entender. Más que mi
respuesta, será la calidad de mi presencia la que dé fuerza a mi escucha. Si
deseo mejorar mi comunicación, (no solamente con el otro, sino conmigo
mismo) es primordial que sepa entender una petición, un deseo, una
necesidad, sin sentirme obligado a satisfacerlo; que sepa entender un
problema sin creerme en el deber de encontrar una solución. Se trata,
simplemente, (no creo que tenga nada de simple) de entender y mostrar que
he entendido.

Me gustaría que se me entendiera lo que digo


en este preciso momento, sin ser identificado
con lo que digo ni ser reducido a ello o al
producto de lo último que estoy diciendo o
haciendo

(Fragmento del libro “SI ME ESCUCHARA, ME ENTENDERÍA, de


Jacques Salomé y Sylvie Galland, altamente recomendado)

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