Libros en Acción nace como el proyecto editorial de Ecologistas en Acción.

Se plantea como un lugar de encuentro y debate, de propuesta de alternativas a los conflictos que se han ido instalando entre la naturaleza y la sociedad actual. Para Ecologistas en Acción, sigue siendo necesario el valor de la palabra impresa, de la capacidad de transmitir ideas que ayuden a transformar nuestra forma de vivir en el planeta. Y los libros son la forma más hermosa para imaginar el nuevo mundo que queremos crear. Cartografías del Vivir. Esta nueva colección te invita a un viaje profundo y largo. Un viaje trazado tanto con mapa como con brújula. Pensado para compartir, reflexionar y… hacer. ¿Hacia dónde encaminamos ese viaje? A mejorar nuestras opciones de vida desde la creatividad colectiva e individual. Cartografías del Vivir, se plantea una orientación no paternalista del pensamiento y las prácticas: ¿cómo hay que vivir para que nuestro viaje sea lo más coherente posible? Las respuestas que sugerimos desde las páginas transitan en direcciones plurales, por caminos y sendas alejados de las carreteras que nos llevan a la nada. Otros títulos de Libros en Acción:
Claves del ecologismo social (2ª edición)

Cambiar las gafas para mirar el mundo

Una vez esquilmado el planeta, a las puertas de la ruina ecológica y por lo tanto social y muy cercanos a un previsible declive energético –todo ello como resultado de la lógica económica de la sociedad industrial–, estamos obligados a revisar los conceptos fundamentales que nos han traído hasta aquí. Al igual que el elefante adulto del cuento permanece atado a un minúscula estaca porque aprendió de pequeño que no se podía mover, así permanecemos atados a las categorías culturales y mentales que aprendimos cuando la industrialización era pequeña en magnitud y todavía no era suficientemente destructora. Cambiar las gafas para mirar el mundo. Una nueva cultura de la sostenibilidad aborda una serie de conceptos y maneras de ver referidas a aspectos esenciales como son la energía, la tecnología, la información, la realidad virtual, la economía, la movilidad, el crecimiento, las necesidades humanas, el trabajo de las mujeres o la educación, entre otras, que han de ser revisadas e incluso dadas la vuelta. Propone, también, formas de mirar alternativas, construidas desde la perspectiva de una cultura de la sostenibilidad y de la justicia social.

Ecologistas en Acción es una confederación, fruto de la unificación de más de 300 grupos ecologistas. Forma parte del llamado ecologismo social, que entiende que los problemas medioambientales tienen su origen en un modelo de producción y consumo cada vez más globalizado, del que derivan también otros problemas sociales, modelo que es necesario transformar si se quiere evitar la crisis ecológica y la injusticia social. Para ello realiza campañas de sensibilización, denuncias públicas o legales contra aquellas actuaciones que dañan el medio ambiente, a la vez que elabora alternativas concretas y viables en cada uno de los múltiples ámbitos en los que desarrolla su actividad. Pero siempre con criterios de equidad, de modo que la redistribución y el reparto igualitario de la riqueza ocupen un lugar central. Y todo ello a través de la colaboración y el trabajo voluntario de muchas personas.

ISBN: 978-84-936785-5-5

Los conflictos sociales del cambio climático

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Varios autores

Yayo Herrero, Fernando Cembranos y Marta Pascual (Coords.)

Cambiar las gafas para mirar el mundo
Una nueva cultura de la sostenibilidad
www.ecologistasenaccion.org

Manual de Jardinería Ecológica (3ª edición)

Colección Cartografías del Vivir

Cambiar las gafas para mirar el mundo
Una nueva cultura de la sostenibilidad

Cambiar las gafas para mirar el mundo
Una nueva cultura de la sostenibilidad
Yayo Herrero, Fernando Cembranos y Marta Pascual (Coords.)
Título: Cambiar las gafas para mirar el mundo. Una nueva cultura de la sostenibilidad Coordinado por: Yayo Herrero, Fernando Cembranos y Marta Pascual Coautores: Fernando Cembranos, Yayo Herrero, Marta Pascual, Antonio Hernández, Charo Morán, Nerea Ramírez, Álvaro Martínez de la Vega, Beatriz Errea, José Carlos Puentes, María González, Águeda Férriz, María Gª Teruel. Agradecimientos: José Ángel Medina, Alfonso Sanz, Fernando Ballenilla, Luis Rico, Paco Segura, José Miguel Lorenzo, Ramón Fernández. Idea original, maquetación y producción: Ecologistas en Acción Cubierta: Acrílico sobre lienzo de Lofgnatanael R (Natanael Robledo) Edita: Libros en Acción La editorial de Ecologistas en Acción, C/ Marqués de Leganés 12, 28004 Madrid, Tel: 915312739, Fax: 915312611, formacion@ecologistasenaccion.org www.ecologistasenaccion.org © Ecologistas en Acción y los autores/as Primera edición: febrero 2011 Impreso en papel 100% reciclado, ecológico, sin cloro. ISBN: 978-84-936785-5-5 Depósito Legal: M-6167-2011 Colección Cartografías del Vivir nº 1

Coautores: Fernando Cembranos, Yayo Herrero, Marta Pascual, Antonio Hernández, Charo Morán, Nerea Ramírez, Álvaro Martínez de la Vega, Beatriz Errea, José Carlos Puentes, María González, Águeda Férriz, María Gª Teruel.

Este libro está bajo una licencia Reconocimiento-No comercial-Compartir bajo la misma licencia 3.0 España de Creative Commons. Para ver una copia de esta licencia, visite http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/3.0/es/

Libros

La editorial de

en accion

A Ramón Fernández Durán, nuestro querido y sabio fabricante de gafas

Índice
Prólogo: Un bar en la calle San Bernardo, 13
Por Jorge Riechmann

Nota introductoria 15 1. La necesidad de cambiar de gafas ante las señales de insostenibilidad 23

La necesidad de cambiar de gafas 19 Señales de insostenibilidad 23 Crecimiento infinito en un planeta finito. El olvido de los límites 28 Un problema de velocidad y de tiempo 31 No somos los únicos habitantes de la Tierra 33 Exportando las consecuencias del modelo de desarrollo al resto del mundo 35 ¿Por qué no somos conscientes del desastre? 37 Un sistema capitalista que verdea 38 ¿Hay esperanza? 39 La ignorancia sobre el funcionamiento básico de la vida 44 La vida como sistema 45 Un equilibrio aparente: entre la conservación y el cambio 46 La especie humana, ésa recién llegada a la aventura planetaria 68 Seguir los pasos de la naturaleza, la empresa más antigua y exitosa de la historia 68 Las características de la ciencia moderna: la pretensión de objetividad, de medida, la experimentación y el mecanicismo 82 Y la visión mecánica se extendió a la economía 84 Las consecuencias del paradigma mecanicista-reduccionista 85 La superación del paradigma de la ciencia moderna 90 Ciencia y mercado 93 La religión tecnológica 97 El paradigma tecnológico 99 El problema de la megatecnología en un sistema de mercado 106
9

2. Aprender de la vida: principios de la sostenibilidad 43

3. Hacia otro modelo de conocimiento 81

4. La fe ciega en la tecnología 97

Consecuencias casi seguras de la imposición de la tecnología 108 La importancia del punto de vista crítico y negativo 108 Algunas recomendaciones para tomar posición ante las tecnologías 109 Otra tecnología es posible 110

Las mujeres en la defensa de la naturaleza y la sociedad 196 Ecofeminismos: la rehabilitación de las invisibles 198 La sostenibilidad necesita de las mujeres 200

5. La energía. Más allá del petróleo 113

10. Pobreza y sostenibilidad 203

Historia de la humanidad y del consumo de energía 113 Entropía y velocidad. Las limitaciones físicas 115 Tasa de retorno y ley de rendimientos decrecientes 118 El pico del petróleo 120 Ilusiones, intenciones y posibilidades 122 La eficiencia de la fotosíntesis 123 Factores limitantes 124 Radiaciones y vida 125 La perspectiva tecnológica de las energías renovables 126 Reducción o muerte 129 La mitología de la economía convencional 133 La crítica ecológica a la teoría económica convencional 139 Hacia otro paradigma económico: la economía ecológica 143 Cómo se traslada la naturaleza 149 El automóvil, símbolo del desarrollo 152 Coche, capitalismo y negocios aledaños 153 La devoción por el automóvil 158 El fenómeno del turismo 161 Patologías de la hipermovilidad motorizada 162 Caminos para cambiar el rumbo 164

Interpretaciones dominantes de la pobreza 204 Mitos que relacionan el desarrollo económico y la erradicación de la pobreza 207 La exclusión en el mundo desarrollado 209 El discurso del “aquí no cabemos todos” 212 Miradas no etnocéntricas de la pobreza 212 Vieja y nueva construcción de la escasez 216 La pobreza de Gaia 219 ¿Riqueza para todos en un mundo lleno? 221 Las luchas por la tierra 224 Un cambio de modo de vida 227 La primera escapada fue del territorio natural a los entornos artificiales 235 Las diferentes clases de pantallas 236 La televisión y el deterioro del territorio 237 El fenómeno virtual en nuestros cerebros 238 El efecto de la tele en las relaciones sociales 242 La naturaleza comercial de la televisión y la concentración de poder 243 Las representaciones sociales y el pensamiento único 244 Televisión y educación para la sostenibilidad 246 Los video-juegos 247 Pérdidas de información 251 La información en la biosfera y en el cerebro humano 255 Información y distancia 258 El carácter comercial de la información 259 Abandonar un peligroso concepto de progreso 264 Recuperar lo que perdimos 271 Los pueblos indígenas: guardianes de la memoria biocultural 275 Aprender de otras culturas 281

6. El cambio de paradigma económico 133

11. La escapada virtual 233

7. Movilidad masiva en una naturaleza lenta 149

12. La denominada ‘Sociedad de la Información’ 251

8. Las necesidades humanas y las formas de resolverlas 169

La necesidad de discutir sobre las necesidades 169 Las necesidades importantes 170 Necesidades y satisfactores 172 Tipos de satisfactores 173 La dinámica de las necesidades en el actual modelo de desarrollo 175 La lógica del mercado y la lógica del cuidado 182 Una cultura que parte en dos 183 Cómo se mantiene la vida humana. Trabajos invisibles. 185 Economía feminista: la denuncia de un champiñón 188 Repensar el trabajo 190 Crisis de los cuidados 193 Deuda ecológica y deuda de los cuidados 195

13. Aprender de las culturas que han vivido en paz con su territorio 263

9. La centralidad de los cuidados, las mujeres y la sostenibilidad 181

14. Menos para vivir bien: el conflicto del crecimiento 283

Obligación de crecer 284 El crecimiento ilimitado no es posible en un planeta con límites 286 Límites, termodinámica y crecimiento: el desorden se acelera 287 Además de no ser posible, el crecimiento económico no es deseable 289 La sociedad del crecimiento crea un bienestar ilusorio 291 Intentos de conciliar lo irreconciliable 293
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10

Promesas incumplidas de la desmaterialización 293 Cómo librarnos del crecimiento: los caminos para un decrecimiento razonablemente justo 295

15. Educación para la sostenibilidad 309

Por qué nuestra escuela apunta hacia la insostenibilidad 310 Siete posibles caminos hacia una educación para la sostenibilidad 318 Mil cosas que hay que comprender antes de morir, por Jorge Riechmann

Un bar en la calle San Bernardo
Prólogo de Jorge Riechmann
Desayuno –café con leche y churros– muchas mañanas en un bar de la calle San Bernardo. Tiene una mesa amplia que suele estar libre, cerca de un ventanal con luz abundante. Ahí puedo desplegar prensa, cuaderno de apuntes, algún libro, tijeras de recortar, cola blanca para pegar recortes, bolígrafos y rotuladores para subrayar e ir tomando notas... Como se sabe, Hegel indicó que la lectura de la prensa hacía las veces de misa matinal para el hombre moderno. Me reconozco en continuidad con esa intuición, a dos siglos de distancia. Eso sí, la misa tiene que transformarse en actividad crítica: leer entre líneas es la primera habilidad que alguien necesita si quiere emplear los mass-media contemporáneos para tratar de comprender aspectos de la realidad. Los bares españoles son lugares de socialidad, ya se sabe. Socialidad distorsionada, pensará alguien, pero ¿cuál no lo está? Hay parroquianos fijos a quienes uno oye hablar (demasiadas veces a gritos: ah, la enemistad española hacia el silencio...), con los que quizá intercambia unas palabras, a los que –a partir de estos contactos mínimos– se figura casi conocer. Metonimia, la parte por el todo, aquí por allá, esto por aquello: una audacia básica de la mente humana. Cuántas veces nos desencaminamos metonímicamente. Una de las habituales del bar al que me refiero es una mujer enana. Se la ve a muchas horas por allí, mañana y tarde. Su cabeza queda muy por debajo de la barra: siempre alguien tiene que alcanzarle el café o el bocadillo, y uno se imagina fácilmente la cantidad de otras ocasiones en que necesitará ayuda para realizar actividades que para los seres “normales” (léase en este caso: estatura ordinaria, brazos completamente desarrollados, piernas no arqueadas) son sencillas. En ese conjeturar metonímicamente a los demás, cualquiera clasificaría a esta mujer como víctima de una dependencia severa, y tendería quizá a compadecerla. Pero esta mañana hubo un momento de revelación. La mujer enana estaba junto a un joven con quien a menudo la había visto (a posteriori reparé en que de hecho casi siempre los había visto juntos). De repente él emitió una especie de grito terrible y se desplomó al suelo cuan largo era, junto con el taburete: tuvo suerte de no dañarse las piernas enredadas en las patas del mueble. En el suelo, ojos perdidos, alguna convulsión, espumarajos: un ataque de epilepsia. La enana

Epílogo 335

Bibliografía 337

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cuidó de que no se ahogara en su propia saliva, pidió agua para mojarle la frente, lo acompañó hasta que se repuso y pudieron salir del bar. Yo había interpretado mal su papel hasta ese momento: ella era la protectora, no quien necesitaba protección. Hace años que propuse como consigna: todos somos minusválidos. Cada día que pasa me convenzo más de ello. Pero la cultura dominante, lejos de tomar conciencia de esa condición necesitada y dependiente del ser humano, nos induce a ensueños de omnipotencia (a menudo alimentando fantasías tecnólatras y mercadólatras). Necesitamos, sin duda, cambiar las gafas con que miramos el mundo. Pero hacerlo es muy difícil: no hay óptica suministradora de gafas prêt à porter donde podamos comprar lucidez a buen precio. No se trata de sustituir una construcción ideológica por otra, sino de emprender un laborioso trabajo de revisión crítica de los valores y creencias dadas, que hoy nos están equivocando terriblemente. Nos equivocamos tanto –en lo sociocultural, lo político, lo económico, lo ecológico– como yo erraba al juzgar la situación de la mujer enana. El libro que tienes entre las manos, curiosa lectora, amable lector, es una buena herramienta para ese difícil trabajo de puesta en entredicho, autocuestionamiento y construcción alternativa. Sabemos desde hace mucho que las catástrofes sociales pueden desencadenarse en un lapso de apenas unos años. Ahora sabemos también que las peores catástrofes ecológicas –grandes cambios climáticos, por ejemplo– pueden ocurrir en un lapso de sólo decenios. Estamos en la cuenta atrás. En cierto radical sentido, no hay buenos y malos... hay seres perdidos en un viaje proceloso. (Una parte importante de lo que adviene al mundo como maldad procede de no reconocer ese carácter de extravío que pertenece a la condición humana). Nuestra única posibilidad de llegar a buen puerto es ayudarnos unos a otros. Madrid, 7 de noviembre de 2010

Nota introductoria
El presente libro aborda una serie de categorías mentales y culturales referidas a aspectos esenciales como son la energía, la tecnología, la información, la realidad virtual, la economía, la movilidad, el crecimiento, las necesidades humanas, el trabajo de las mujeres o la educación, entre otras, que han de ser modificadas. Se proponen formas de mirar alternativas, construidas desde la perspectiva de una cultura de la sostenibilidad. Los quince capítulos de los que consta este libro están pensados para poder ser leídos, también, de forma independiente y en orden no secuencial.
f El primer capítulo plantea la necesidad de cambiar de gafas ante el panorama de insostenibilidad creciente. De seguir en la dirección actual será muy difícil la supervivencia y la vida buena de la mayor parte de los seres humanos, de numerosos seres vivos y de la gran mayoría de los ecosistemas que han permitido la vida que conocemos.

El segundo capítulo presenta algunas leyes de la sostenibilidad y del funcionamiento de la naturaleza con el fin de poder tomarlas como referencia y punto de apoyo en la reflexión que el libro propone. La naturaleza cierra los ciclos de materiales, convirtiendo los residuos de un ciclo en recursos del siguiente, usa la energía procedente del sol, se mueve en su mayor parte cerca y lentamente, justo lo opuesto a la sociedad industrial. Es imprescindible tomar como referente las dinámicas esenciales de la naturaleza, pues llevan muchos más años de ensayo y ajuste que las de nuestra sociedad basada en el combustible fósil.
f f El capítulo tercero critica parte de los supuestos con los que la ciencia al uso analiza y experimenta los fenómenos ignorando la complejidad de la vida. f El capítulo cuarto pone en duda la utilidad de la fe ciega que el pensamiento único ha puesto en la tecnología para resolver los problemas que están deteriorando la biosfera. f El capítulo quinto se refiere a la energía, un recurso cada vez más necesario para la cultura dominante. Lo que la sociedad industrial ha hecho no es otra

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Cambiar las gafas para mirar el mundo

nota introduCtoria

cosa que descubrir, extraer y dilapidar la energía que la biosfera había almacenado lentamente en sus entrañas. Tras tres siglos de consumo creciente de ésta, se plantea por primera vez de forma general la necesidad de aprender a vivir con menos energía.
f En el capítulo sexto se critica el estrecho, distorsionado e interesado campo de visión de la economía convencional, que sirve habitualmente de guía para tomar decisiones clave y orientar las políticas de los gobiernos. La economía ecológica ofrece la posibilidad de mirar en un campo más amplio, más relevante para las cuestiones clave (como es la supervivencia) y mejor fundamentado. Para decidir sobre las cosas importantes es más útil poner atención en la biodiversidad, el aire o el suelo que en los indicadores de la bolsa de Nueva York.

a las relaciones interpersonales directas y con el territorio físico próximo.
f

En el capítulo doce se pone en cuestión el concepto de sociedad de la información, presentando algunas pérdidas de información esenciales para la sostenibilidad, producidas por la sociedad tecno-industrial.

El capítulo trece dirige la mirada a las aportaciones que pueden realizar las hoy denominadas culturas atrasadas, unas culturas que además de ser menos devoradoras de energía y recursos y producir menos desorden, han mostrado una capacidad de asegurar la supervivencia mayor que las sociedades avanzadas.
f f El capítulo catorce presenta el concepto de decrecimiento como un mensaje necesario y provocador para un mundo que ha fiado al crecimiento económico la resolución de los problemas principales tanto de orden social como ecológico. Sin embargo el crecimiento está conduciendo al deterioro y a la destrucción de las condiciones esenciales de la vida. Las reflexiones en torno al decrecimiento permiten articular numerosos esfuerzos, iniciativas, visiones y movimientos que trabajan a favor de la justicia y la sostenibilidad. f El último capítulo analiza el papel de la escuela mayoritaria en la difusión del pensamiento único y propone una serie de criterios para una necesaria alfabetización ecológica y una educación para la sostenibilidad.

En el capítulo séptimo se analiza la generalización y naturalización de una movilidad creciente. Parece natural aspirar a seguir aumentando las distancias, la velocidad y el transporte de personas y mercancías sobre la corteza terrestre y la atmósfera, a pesar que ya se han sobrepasado los límites de movilidad que la biosfera puede asumir sin resquebrajarse. La cultura de la sostenibilidad valora, al igual que la naturaleza, la proximidad y la lentitud de la mayor parte de los transportes y transformaciones.
f f En el capítulo octavo se expresa la importancia de reflexionar sobre las necesidades humanas y distinguir lo que es y lo que no es necesario. Se analiza cómo el mercado no sólo da la espalda a esta discusión, sino que tiende a expandirse apoyándose en la producción cosas innecesarias.

El capítulo noveno reconceptualiza el concepto de trabajo desde la perspectiva de la economía de los cuidados (una de las aportaciones relevantes de la economía feminista). Esta propugna poner en el centro del sistema económico la resolución de las necesidades y el mantenimiento de la vida en lugar de la obtención de beneficios monetarios.
f f El capítulo décimo muestra un nuevo tipo de exclusión social, esto es, la exclusión ecológica. Más importante aún que disponer de renta es tener la base física y ecosistémica necesaria para vivir. El concepto tradicional de pobreza se muestra como un concepto insuficiente en un mundo en el que para sobrevivir con dignidad y equidad va a ser necesaria una vida más austera, menos contaminante y menos energívora. f El capítulo once analiza la coincidencia entre el crecimiento y exaltación del mundo virtual y las pantallas por un lado, y el deterioro del territorio por otro. Se problematiza el hecho de que cada vez se mire más a las pantallas (más de 5 horas al día entre TV, video-juegos y ordenador) y se dedique menos tiempo

Desde luego no basta con cambiar las gafas para modificar la realidad, pero unas buenas gafas permitirán otear mejor el horizonte para saber hacia dónde dirigirse y por qué camino.

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La necesidad de cambiar de gafas ante las señales de insostenibilidad

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La necesidad de cambiar de gafas
Hasta hace bien poco, cuando se les preguntaba a las personas mayores de los países desarrollados si creían que sus hijos e hijas vivirían mejor que ellas, la gran mayoría respondía que sí. Desde hace poco, cuando se le pregunta a la gente no tan mayor si cree que sus hijos e hijas vivirán mejor que ellos casi nadie se atreve a decir que sí. Quizá porque empiezan a intuir los daños que la civilización está causando al planeta. A pesar de las constantes alabanzas a la tecnología y al progreso, realizadas sobre todo en los medios de comunicación, existe la sospecha, cada vez más extendida, de que no se puede continuar con este modelo de producción y consumo por mucho tiempo. Comienza a atisbarse la idea de que se están superando límites que nunca tendrían que haberse ignorado ni traspasado. Las percepciones básicas sobre el deterioro de los ríos, los valles, los pozos, los suelos, las costas, el aire, los bosques, los animales, los ecosistemas, chocan con la celebración de la tecnología y el desarrollo, creando un sombra de inquietud en los países enriquecidos y un desgarro en los empobrecidos. Las soluciones que se proponen suelen ser siempre las mismas: construir más infraestructuras, desarrollar tecnologías complejas, aumentar la producción, estimular el crecimiento... Con ello tal vez se podrán resolver, según se dice, algunos de los daños. El resultado, sin embargo, es que el deterioro ecológico crece a una velocidad cada vez mayor. Quien ha tenido que caminar sobre el barro cada vez que llovía está encantado con el asfalto y verá siempre bien nuevas ampliaciones de la superficie asfaltada, porque hasta hace poco lo que sobraba era tierra. Quien ha tenido que acarrear a sus espaldas leña desde lejos todos los días, está encantado con su camión y verá con complicidad que haya cada vez más camiones acarreando objetos de acá para allá. Quien ha lavado pañales en un lavadero con temperaturas próximas a la congelación estará encantada con la caldera de gas, y no le parecerá mal que esté todo el día encendida. Las mejoras vividas o percibidas han afianzado los esquemas (las gafas) con las que miramos la realidad. Si algo es bueno, pensamos, entonces más de lo mismo será mejor. Desde esta lógica es posible ver con buenos ojos la movilidad
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Cambiar las gafas para mirar el mundo

la neCesidad de Cambiar de gafas ante las señales de insostenibilidad

creciente, la producción creciente, el consumo creciente, el comercio internacional creciente, y por supuesto el crecimiento continuado. Pero la Tierra no es creciente sino dinámicamente estable. Y ya ha enseñado sus límites. Las dificultades para extraer petróleo en las mismas cantidades que en el pasado, la fuerte reducción de la biodiversidad, el cambio climático generado por el ser humano, la contaminación de los océanos, la cementación y desertificación de una parte creciente del territorio son signos de los límites de la biosfera. Lo que quizá era bueno en pequeñas cantidades puede no serlo si las cantidades son grandes. Casi nada sigue la regla del cuanto más mejor. Hay un momento en que el exceso de lo bueno se convierte en malo. En la naturaleza muy pocas funciones son lineales. Asfaltar un poco quizá sea bueno, pero asfaltar mucho se convierte en un problema. Moverse un poco está bien, pero moverse mucho está resultando letal para la supervivencia de los ecosistemas. Cortar leña es útil para calentarse, pero si se corta demasiada tal vez desaparezca el bosque del que se sacaba la leña. Hoy la movilidad, la extracción de materiales, el exceso de producción y buena parte de la agricultura industrial están incapacitando progresivamente a la biosfera para que pueda seguir dando cobijo al ser humano. Lo que era bueno en un mundo abundante puede convertirse en malo en un mundo esquilmado y escaso. Lo que era insignificante o indiferente en un planeta sano puede ser muy perjudicial para un planeta enfermo. El cáncer es el crecimiento en exceso de determinadas células. Tal vez el llamado desarrollo sea un crecimiento en exceso. Estamos presos de nuestra propia cultura, de nuestra manera de entender el mundo, de las categorías mentales con las que organizamos la percepción. Somos hijos e hijas de los supuestos que aprendimos heredados de la primera industrialización. Al igual que el elefante adulto del circo permanece atado a un minúscula estaca porque aprendió de pequeño que no se podía mover, así permanecemos atados a las categorías culturales y mentales que aprendimos cuando la industrialización era pequeña en magnitud y todavía no era suficientemente destructora. Cuando una categoría cultural o esquema mental funciona tiende a reforzarse. Sin embargo una vez que se ha reforzado resulta muy difícil desprenderse de ella aunque en la práctica resulte incorrecta o contraproducente. Si se desprendiera de su mirada aprendida de pequeño el elefante podría darle una patada a la estaca. Nosotros y nosotras también. Se denomina efecto borde al fenómeno que nos hace incapaces de ver un cambio sustancial debido a que se ha alcanzado mediante pequeños incrementos. La rana se muere incapaz de apreciar los cambios cuando se calienta poco a poco el caldero en el que se encuentra. Una persona entra en un concesionario de coches con la idea de comprarse un modelo que, aún con esfuerzo, se ajuste a sus ingresos económicos. El vendedor, conocedor de este efecto, le va proponiendo pequeñas mejoras (llantas, climatizador, tapicería, etc.) y cuando ya la tiene convencida le dice: “claro que por un poco más puede usted llevarse un modelo superior, que
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ya es un verdadero coche”. “Un pequeño esfuerzo más y tengo un verdadero coche”, piensa la persona compradora. Finalmente sale del concesionario un poco preocupada, pero satisfecha. Acaba de comprar algo que no había previsto y que sin embargo no podrá pagar o le mantendrá atado durante los próximos cinco años. “Por un poco más”. Los pequeños incrementos han impedido ver la modificación en términos absolutos. Es posible que tenga que vender el coche para comprar la gasolina. Poco a poco, pero cada vez a mayor velocidad, se ha ido destruyendo la base biológica sobre la que poder vivir. La capacidad de carga de la Tierra ha sido traspasada, pues hemos pasado de vivir del interés a esquilmar el capital natural. Los pequeños incrementos han hecho posible que cambios enormes pasaran casi desapercibidos. El efecto borde ha dificultado ver el balance global en muchas de las variables imprescindibles para la vida. A menudo las categorías culturales y mentales alcanzan un campo de visión pequeño y nos impiden ver la totalidad. Cuentan de un borracho que buscaba desesperado las llaves perdidas alrededor de una farola. Un pareja que pasaba por allí le animó a que buscara más lejos, por ejemplo debajo de los coches aparcados o entre los contenedores y él contestó que no, pues allí no había bastante luz. En ocasiones las categorías culturales se quedan cortas. Sólo dejan ver la parte de la realidad que enfoca la farola. Se mira sólo en el campo que queda delimitado por la categoría. Por eso muchas personas piensan que las ciudades de la India son más sucias que las europeas. Simplemente contabilizan la suciedad que se ve. La basura generada en las urbes europeas, aunque es muy superior, se ve menos. Mancha y contamina más lejos, más abajo o más arriba. Lo mismo pasa con la higiene compulsiva: mientras limpias tu cuerpo ensucias el planeta con productos químicos, pero esta segunda parte no queda iluminada por la farola. En buena medida esto le pasa a la economía convencional. Sólo permite ver aquello que es comercializado y contabilizado en dinero. Lo que cae fuera de sus cuentas son externalidades: la calidad del suelo, la diversidad biológica, el orden radiactivo, el afecto, la identidad de una comunidad, la vida de quienes tienen poca renta, la de las siguientes generaciones o el trabajo de muchas mujeres, no son aspectos iluminados por la luz de la economía. Y sin embargo desde este estrecho campo de visión, materializado en el PIB o en los indicadores de la bolsa, se elaboran las políticas y se toman las decisiones más importantes de los gobiernos y las empresas. Muchas de estas categorías mentales operan como supuestos no discutibles. Configuran nuestra cultura sin ser puestas en tela de juicio. Parece fuera de toda duda que la historia siempre va de peor a mejor, que la gente común maneja cada vez más información, que el progreso tecnológico nos va a hacer vivir mejor, que es deseable aumentar la producción, que el desarrollo de los países ricos es bueno para todos los países, que el crecimiento económico nos hará tener menos dificultades. Muchos supuestos fueron instalados en la base de la cultura bastantes años atrás: “creced y multiplicaos”. Otros son más recientes: “lo más importante
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Cambiar las gafas para mirar el mundo

la neCesidad de Cambiar de gafas ante las señales de insostenibilidad

es la economía” o “el crecimiento económico es un bien”. Muchas de estas categorías mentales permanecen en nuestros cerebros por inercia aún cuando estén desadaptadas, pero otras han sido y están siendo intencionalmente implantadas. Son funcionales al mantenimiento de los privilegios del poder. Son parte de la ideología dominante. A estas alturas debería verse como un sinsentido que los gobiernos subvencionen a quienes cambian rápidamente de automóvil. Sin embargo a muchas personas les parece razonable que los fondos públicos se usen para apoyar a las empresas más grandes del planeta porque esto sirve, dicen, para mantener los puestos de trabajo. Las empresas más grandes del planeta sin embargo son las que proporcionalmente menos mano de obra acogen, por eso, entre otras cosas, son las más grandes. Puestos a subvencionar empleos, los fondos podrían destinarse por ejemplo a la recuperación de ecosistemas imprescindibles o la producción artesanal, más intensivas en mano de obra que las cadenas de montaje. Del mismo modo carece de toda lógica que cada mañana se crucen en las carreteras camiones de galletas en recorridos opuestos de muchos kilómetros. Desde un punto de vista ecológico no tiene sentido realizar estos transportes de larga distancia para poder ingerir unos pocos hidratos de carbono venidos de lejos, en la cocina de tu casa. Un automóvil todo-terreno es una máquina que mueve 2.500 kilos para transportar 90. No parece el colmo de la eficiencia. Sin embargo todas éstas son cosas que se nos antojan normales. No da igual aficionarse a correr en rallies que hacer puenting (tirarse desde un puente con una cuerda semielástica). Para la cultura normal son dos maneras de hacer deporte, dos hobbies, dos formas legítimas de entretenerse. Una cultura de la sostenibilidad, sin embargo, las ve de forma muy diferente. Si bien es cierto que ambas distraen y producen satisfacción poniendo el sistema nervioso al límite, la primera requiere una fuerte cantidad de energía, aísla los ecosistemas, ahuyenta a los animales –a algunos de forma definitiva– produce residuos y contaminación, sólo puede practicarse con una fuerte dependencia tecnológica, es incompatible con que otras personas realicen otras actividades... mientras que la segunda, el puenting, aprovecha una construcción que se ha realizado para otros fines, utiliza la energía del propio cuerpo, apenas contamina y es compatible con la vida de los ecosistemas. Un cambio de gafas hacia una cultura de la sostenibilidad permitiría ver la diferencia. Hoy este cambio cultural es ya una cuestión de supervivencia. Siguiendo con los ejemplos de gafas con las que comprendemos el mundo, no es lo mismo hablar de producción que hablar de extracción. La economía que se estudia en las universidades y se difunde en los medios de comunicación confunde ambos conceptos. Por eso utiliza denominaciones tales como “países productores de petróleo” o “producción neta de minerales”, cuando en realidad debería decirse “países extractores de petróleo” o “extracción irreversible de minerales”. Extraer lleva a la categoría mental más genérica de restar, mientras que el concepto de producción lleva a la de sumar. Esta confusión es fatal para hacer las verdaderas cuentas del progreso. Una buena parte del progreso no es otra cosa que sustraer
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los recursos de sus depósitos y esquilmarlos para siempre. El pensamiento único propone la economía como el eje central de percepción y valoración de la realidad y descarta aquello que no se traduce en beneficios monetarios, que para este reducido campo de visión son externalidades. Lo que la economía llama externalidades muchas veces son, desde el punto de vista de la cultura de la sostenibilidad, las cosas esenciales o centrales. El trabajo de reproducción de la naturaleza es marginal en la economía, excepto cuando se le puede sacar provecho comercial, sin embargo nos abre la posibilidad de seguir viviendo. El trabajo de muchas mujeres del planeta dedicado a la alimentación, crianza y cuidado de las personas, no se contabiliza, e incluso puede llegar a no considerarse trabajo o actividad. Los trabajadores asalariados, para la economía convencional, llegan a la puerta de la oficina sanos y alimentados como por arte de magia. Los indicadores de la economía neoclásica no distinguen entre producción de cosas necesarias y producción de cosas superfluas y con frecuencia dan más valor a las que, además de innecesarias, son contraproducentes desde un punto de vista ecológico. Ir y volver en avión en el día, desde París o Barcelona, para comer con los amigos en Venecia, es valorado por la economía como un signo de buena vida. Sin embargo para una cultura de la sostenibilidad es un signo de muerte. Pero todavía no hemos incorporado las categorías esenciales necesarias para darnos cuenta de ello.

Señales de insostenibilidad
No sólo se ha tocado techo en los consumos esenciales de materiales y energía, sino que hemos sobrepasado de largo la biocapacidad de nuestro planeta. La biosfera se muestra incapaz de absorber los materiales desordenados por el voraz metabolismo de la sociedad industrial. Nos encontramos ante una crisis ecológica de magnitudes hasta ahora desconocidas. Más de la mitad de las superficies cultivables del mundo están degradadas debido a la agricultura intensiva, la deforestación y la contaminación industrial. Una buena parte de las especies animales de nuestro imaginario colectivo ha reducido fuertemente sus poblaciones o están en peligro de extinción. Todo esto ocurre en unas circunstancias de fuerte desigualdad social, en las que los derechos a la tierra, la alimentación, el agua o la atención sanitaria de una parte creciente de la humanidad se ven vulnerados a causa del sobreconsumo de una minoría que necesariamente se irá reduciendo, ya que su despilfarro se apoya en unos recursos disponibles globalmente decrecientes. Examinemos un poco más de cerca tres procesos de insostenibilidad que empiezan a hacerse visibles: f El declive energético f El cambio climático f La crisis alimentaria
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El declive energético
Durante más de medio siglo se han despreciado las tesis de Hubbert, un científico que pronosticó que se reduciría la capacidad de extraer petróleo a principios del siglo XXI. A pesar del descubrimiento de yacimientos nuevos, la capacidad de extraer combustibles fósiles y de abrir nuevos pozos empieza a ser decreciente y a estar por debajo de la demanda. El nuevo petróleo es de más difícil acceso y su extracción resulta más costosa y menos rentable. El llamado pico del petróleo es el momento en el cual la extracción empieza a decaer. Parece que ese momento está llegando, si es que no estamos ya en él. Muchos de los yacimientos actuales obligan a hacer prospecciones más profundas, a crear plataformas en medio del mar o a procesos de depuración muy costosos. Ante este horizonte de declive incluso las empresas petroleras empiezan a sopesar y recurrir a fuentes de energía alternativas que permitan mantener el creciente negocio de la energía, recurriendo por ejemplo a la energía solar, la eólica o a la biomasa. Ninguna de ellas, sin embargo, parece tener el poder energético de las energías fósiles. Y además cuentan con límites físicos en los materiales necesarios para fabricar los aparatos que permiten la captación y acumulación de las llamadas energías renovables. Nuestro mundo ha crecido al abrigo de la energía barata y aparentemente inagotable que proporcionaba el petróleo. Éste ha servido para mover máquinas e impulsar vehículos de automoción, para producir electricidad, ha permitido trasportarnos a largas distancias y comer a diario alimentos baratos producidos al otro lado del mundo. Los combustibles fósiles son imprescindibles en la agricultura intensiva y en la producción de insumos agrícolas, lo son también en la fabricación de ropas, casas, muebles, carreteras, envases… Vivimos en un mundo construido con petróleo y hay quien ha llegado a decir que comemos petróleo, dado el grado de dependencia que la producción de alimentos tiene de este combustible. Pues bien, este regalo de la Tierra está empezando a mostrar su declive, y con ello se hace inviable el modo de vida que hemos construido. Se habla de la energía nuclear como alternativa, también de los biocombustibles… pero no es posible abastecer el actual nivel de voracidad energética sin contar con los combustibles fósiles. Y esto sin contar con el peligro asociado la larga vida de los residuos radiactivos que hipoteca el futuro de generaciones, o a la necesidad de suprimir tierras dedicadas a la alimentación y ocuparlas en dar de comer a los coches En todo caso no sólo el petróleo parece tener un pico de máxima producción. Lo tienen también otros materiales como el gas, el carbón o el uranio. Los cálculos realizados apuntan a que estos picos no están lejanos en el tiempo. Por todo esto estamos a las puertas de cambios importantes en la forma de estar en el mundo. Sin embargo el horizonte y la forma de transitar hacia esa nueva disponibilidad energética pueden adoptar fórmulas muy diferentes.
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El cambio climático
Se utiliza el término efecto invernadero para señalar una función esencial de la atmósfera que consiste en calentar la superficie de la Tierra. La atmósfera es casi transparente a la luz que llega del sol (la luz visible e infrarroja de onda corta). La mayor parte de la energía solar es absorbida y posteriormente devuelta a la atmósfera, donde una parte se transforma en calor al ser captada por algunos gases presentes en ella. La atmósfera, gracias a estos gases, actúa como una manta que al retener parte de la energía del sol que pretende escapar de ella, impide que la Tierra se enfríe. El efecto invernadero natural es importante, pues sin él la media de la temperatura en la superficie de la Tierra sería de -18 ºC. El problema es que las concentraciones en la atmósfera de esos gases capaces de retener los rayos infrarrojos terrestres (dióxido de carbono, metano, óxido nitroso, CFC u ozono) y mantener el calor están siendo alteradas por las dinámicas de la sociedad desarrollada. Actualmente, las concentraciones de estos gases se han disparado por lo que la cantidad de calor que atrapan es mucho mayor y este incremento está provocando una elevación de la temperatura global terrestre. El gas de mayor influencia en este proceso es el dióxido de carbono, el CO2, cuya emisión a la atmósfera ha crecido bruscamente en la sociedad industrial debido principalmente a la quema de combustibles fósiles y a la intensa deforestación. Esta emisión excesiva de CO2 crece a un ritmo tal que no es posible su regulación por medio de los mecanismos naturales que antes lo hacían: la acción de la fotosíntesis y el almacenamiento subterráneo y marino. El aumento del efecto invernadero debido a la transformación del suelo y al metabolismo de la sociedad industrial tiene como consecuencia un calentamiento significativo de la atmósfera terrestre, que está provocando un cambio del clima. Esto se traduce en la alteración global de los regímenes de precipitaciones (cantidad de lluvias y su distribución, fenómenos catastróficos), de las dinámicas de las aguas marinas (nivel, temperatura, corrientes), de las interacciones que se dan en los ecosistemas, además de un cambio importante en la distribución de tierras y mares por el ascenso del nivel del mar. Este fenómeno tiene consecuencias mucho más graves de las pueden imaginarse de forma intuitiva. Aunque los cálculos son muy complejos, se estima que en el siglo XX la temperatura media del planeta ha aumentado en más de medio grado. Una subida de temperatura así puede parecer a mucha gente un asunto perfectamente soportable. Y más aún disponiendo de aire acondicionado en casa. Pero las transformaciones asociadas van mucho más allá del termómetro. Al igual que en nuestro cuerpo la diferencia entre tener 37 y tener 38 ºC supone un desarreglo global de nuestras funciones vitales y marca la frontera entre estar sano y estar enfermo, en el planeta el mantenimiento de las temperaturas y en definitiva la regulación del clima es un fenómeno complejo y frágil del que depende no sólo nuestro bienestar climático, sino también la
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salud de la biosfera. La subida rápida de la temperatura media del planeta provoca cambios en los ciclos de vida de muchos animales y plantas que, sin tiempo para la readaptación, serán incapaces de alimentarse o de reproducirse. También supone la reaparición de enfermedades ya erradicadas en determinadas latitudes. La alteración del régimen de lluvias implica sequías y lluvias torrenciales que dificultan gravemente la supervivencia de las poblaciones que practican la agricultura y ganadería de subsistencia. La reducción de las poblaciones de determinadas especies animales y vegetales repercute en la supervivencia de otras especies dependientes de éstas, y la cadena de interdependencias arrastra a todo su ecosistema. Estos cambios necesariamente dificultan la producción de alimentos para los seres humanos (recordemos que nos seguimos alimentando de seres vivos). El deshielo de los polos derivará en la inundación progresiva de las costas y la pérdida de hábitat de sus pobladores. Con el derretimiento de los glaciares en grandes zonas montañosas como el Himalaya o los Andes, disminuirán las reservas de agua, afectando a los suministros de una gran parte de la población mundial que actualmente vive del agua producida por el deshielo en estas cordilleras. En otras zonas la elevación del mar provocará que cada año entre decenas y cientos de millones de personas se vean afectadas por las inundaciones. Una quinta parte de Bangladesh, gran parte de Vietnam y numerosas islas del Pacífico y del Caribe corren grave riesgo de desaparecer bajo las aguas. Una parte significativa de la población del planeta vive junto al mar. En muchos otros lugares, especialmente en las áreas tropicales, el calentamiento provocará o incrementará fenómenos meteorológicos regionales como el Niño o el Monzón, causantes de inundaciones. Con la intensificación de los períodos de sequía y el incremento de las temperaturas se prevé una reducción en el rendimiento de las cosechas que afectará al mundo entero. Todo ello tendrá efectos negativos en la salud y bienestar de millones de personas, sobre todo en aquellas poblaciones con mayor fragilidad. La disminución y redistribución de los recursos suele traer guerras asociadas. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés), un grupo internacional de científicos que representa al 99% de la comunidad científica, ha producido una serie de informes de evaluación en los que se acepta el carácter antropogénico (causado por la acción humana) del actual cambio climático y se valoran en detalle los efectos presentes y futuros de este fenómeno y la diferente afectación en distintas regiones de la Tierra. En dichos informes se prevé además que las regiones más pobres se verán al principio aún más afectadas. En estudios prospectivos se augura que de superarse el umbral de dos grados de subida media, las alteraciones de las condiciones ambientales serán tales que puede llegarse a un punto sin retorno en el que se desencadenen fenómenos de realimentación catastróficos, tales como la liberación del metano retenido debajo de los hielos, de consecuencias imprevisibles.
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De no reducir drásticamente y en un plazo breve las emisiones de gases de efecto invernadero la situación puede ser dramática. Una reducción significativa de emisiones en los países más ricos significa un cambio importante en los modos de producción, consumo, comercio, movilidad, y en definitiva una reducción contundente de los grandes negocios del planeta y de sus cuentas de resultados. Exige, además, una disminución clara en los consumos despilfarradores de las poblaciones enriquecidas. También hay quien atisba grandes negocios privados asociados, por ejemplo, al derretimiento de los polos y la consecuente accesibilidad de determinados yacimientos minerales. No es de extrañar, pues, que se oigan voces que discuten parcialmente las investigaciones del IPCC o que ponen en duda la misma existencia del cambio climático. Tristemente los informes de este grupo son concluyentes. De seguir en el camino del crecimiento de emisiones, hay pocos motivos para la esperanza.

Crisis alimentaria
Otro de los indicadores de la crisis ecológica es la crisis alimentaria, que pone en riesgo una de las necesidades más indiscutidas de los seres humanos. La reducción de las cosechas mundiales en los últimos años debido a la menor disponibilidad de agua, el desvío de cereales antes dedicados a la alimentación humana hacia la producción de agrocombustibles o a la cría de ganado, la subida de precios de alimentos básicos causada por la especulación sobre estos bienes, son fenómenos concluyentes que han hecho sonar la alarma incluso en el Banco Mundial. Las reservas mundiales de alimentos en 2008 se encontraban en el nivel más bajo de los últimos 30 años, según el Programa Mundial de Alimentos de la ONU. Los altos consumos de carne son otra de las causas de esta carencia alimentaria. Los animales destinados a la alimentación humana están entre los primeros consumidores de grano del planeta, grano que deja de ser consumido directamente por las personas. La dieta cárnica es mucho menos eficiente desde el punto de vista nutritivo como ser verá más adelante. Al ya elevado consumo de carne de los países enriquecidos se incorpora ahora el de China y la India. La alternativa que se propone desde los organismos defensores de la globalización es el aumento de la “productividad” agrícola. Algo que ya se ensayó sin éxito con la llamada revolución verde. La revolución verde prometía eliminar el hambre en el mundo. Sin embargo, el aumento de productividad estaba –y está– vinculado al consumo de determinados insumos –semillas, pesticidas, herbicidas, abonos sintéticos– comercializados por grandes empresas, al empleo de maquinaria agrícola muy costosa, al consumo de grandes cantidades de petróleo, al uso abusivo y la contaminación de tierras y aguas (un recurso escaso). En definitiva, la revolución verde desembocó en el crecimiento de la agricultura intensiva dirigida al comercio internacional, en la expropiación de las tierras de las poblaciones que practicaban la agricultura de subsistencia y en
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el fuerte enriquecimiento de conocidas empresas del sector agroalimentario. La transformación agrícola dejó a muchos campesinos sin posibilidades de subsistencia, obligando con ello a movimientos migratorios hacia las megaciudades-miseria del mundo entero. El aumento de productividad derivado de las mejoras tecnológicas tiene un límite, pues la corteza terrestre cuenta con minerales finitos y determinada cantidad de agua dulce disponible. Sin olvidar que ha de pagarse un alto precio por la ruptura de los ciclos de materiales y la introducción en la cadena alimentaria de insumos con componentes químicos de síntesis.

Crecimiento infinito en un planeta finito. El olvido de los límites
Los materiales que conforman el planeta Tierra forman un conjunto limitado que no es susceptible de aumentar. Puesto que los minerales no crecen en el fondo de la tierra, es preciso hacer las cuentas de acuerdo con esta realidad. Puede decirse que desde que se formó nuestro planeta no hay nada nuevo bajo el sol. Sin embargo se extraen, se alteran, se despilfarran y se abandonan materiales como si existiera un sistema permanente de reposición. El petróleo, el uranio o el gas son materiales finitos. La ignorancia de esos límites era comprensible hace unas décadas, cuando aún quedaban muchos territorios vírgenes. Sin embargo en estos momentos, explorada y colonizada toda la superficie terrestre, esa ignorancia conduce a profundos desajustes. Los límites van más allá de los materiales inertes. La vida en el planeta, forjada a lo largo de millones de años, precisa de un equilibrio dinámico entre los seres vivos y los no vivos, que se reajusta permanentemente. El ser humano ha ido produciendo una creciente ruptura en este equilibrio, provocando reajustes en el funcionamiento de los ecosistemas que intentan recuperarse de nuevo. Pero la capacidad de reajuste, amortiguación y regeneración de la naturaleza tiene límites y puede decirse que en muchos aspectos ya han sido superados. El olvido y la negación de los límites ha provocado el desarrollo de un sistema insostenible. Una de las herramientas que permite alumbrar de la magnitud de esta traslimitación es la huella ecológica. La huella ecológica mide la demanda humana sobre los ecosistemas, usando como unidad de medida la superficie de tierra que se necesita para proveerse de recursos y servicios biológicos (tales como alimentos, madera, tierra sobre la que construir), así como la superficie necesaria para absorber el dióxido de carbono liberado por el uso de combustibles fósiles. Dicho de forma simple, es la cantidad de territorio que se utiliza para extraer nuestros recursos y absorber nuestros residuos. La huella ecológica de un país es, por tanto, la suma de las tierras agrícolas y de pastoreo, los bosques, las zonas de pesca requeridas para producir los alimentos, maderas, etc. que ese país consume, a las que se añaden las necesarias para absorber
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los desechos emitidos por la generación de energía que utiliza y las ocupadas por infraestructuras, independientemente de dónde estén ubicados estos terrenos. A finales de los años ochenta, lo que se viene conociendo como huella ecológica, o demanda humana sobre los ecosistemas, superó la capacidad de regeneración de éstos, y en el 2007 (el año más reciente del que se dispone de datos), la huella excedió la biocapacidad de la Tierra, el área realmente disponible para producir recursos naturales y absorber CO2, en un 50% 1. Consumimos gran cantidad de recursos y servicios ecológicos (servicios de apoyo, como la formación de suelos; servicios de abastecimiento, como la producción de agua dulce; servicios de regulación, como la regulación del clima o el control de plagas, y servicios culturales, como los estéticos) provenientes de todo el planeta. En la actualidad se demandan más recursos de los que el planeta puede ofrecer sin degenerarse. La biosfera no puede mantenerse al ritmo de la demanda de los países enriquecidos, por lo que estamos viviendo desde hace ya varias décadas del capital de la Tierra y no de sus intereses, que nos venía brindando gratuitamente año tras año. Y esto teniendo en cuenta que la huella ecológica no incluye en sus cuentas la extracción de minerales ni el uso del agua. Puede decirse que estamos gastándonos los ahorros de la naturaleza, es decir, consumimos más de lo que la naturaleza produce en un año –la llamada biocapacidad– o dicho de otro modo, gastamos más de lo que ingresamos anualmente en la cuenta, por seguir con el símil de los ahorros. En 1961, la biocapacidad de la mayoría de los países estaba por encima de su huella ecológica y el mundo por tanto gozaba de una reserva ecológica neta. Pero ya en 2005, muchos países y la humanidad en su conjunto se habían convertido en deudores ecológicos, con huellas que en algunos casos duplican o triplican su propia biocapacidad. Así, los países deudores o con mayor huella, pasan a depender cada vez más de la capacidad biológica de otros países, normalmente los del Sur. Los países con mayor biocapacidad del mundo son Estados Unidos, Brasil, Rusia, China, Canadá, India, Argentina y Australia. Tres de ellos (Estados Unidos, China e India) han superado ya esa biocapacidad. La huella ecológica de un habitante de EE UU era en 2003 de 9,6 hectáreas, mientras que la de un habitante de Gabón apenas superaba 1 hectárea. No todas las personas y sociedades son igual de responsables de la crisis ambiental. Crisis que además está teniendo ya consecuencias más graves y negativas precisamente para aquellas poblaciones con menor responsabilidad en su génesis. En 1972 el Club de Roma publicaba su primer informe Los límites del crecimiento y concluía que de mantener las actuales tendencias de crecimiento de la industrialización, contaminación ambiental, producción de alimentos, agotamiento
1 WWF (2010), Informe Planeta Vivo 2010: Biodiversidad, biocapacidad y desarrollo. http://www.wwf.es/noticias/informes_y_publicaciones/informe_planeta_vivo_2010/

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La huella ecológica y el índice planeta vivo
El índice planeta vivo mide las tendencias en la diversidad biológica de la Tierra. Lleva el registro de la evolución de cerca de 8.000 poblaciones de especies de vertebrados de todos los lugares del mundo, terrestres, marinos y de agua dulce, de forma que su seguimiento permite hacer balance de la salud de los ecosistemas. Es bastante ilustrativo comprobar cómo ha ido aumento la huella ecológica de la humanidad según ha ido descendiendo el índice de planeta vivo (ver figuras 1 y 2).
Figura 1: Evolución dEl ÍndicE PlanEta vivo global (1970-2007)
1,6 1,41,6

de los recursos y aumento de la población, este planeta alcanzaría los límites de su crecimiento en el curso de los próximos cien años. Era la primera vez que se reconocía institucionalmente que los recursos naturales no son ilimitados, el hecho de que el crecimiento infinito es imposible y la posibilidad del colapso ante la no redefinición de nuestro modelo de sociedad. Ahora sabemos que, siguiendo con esta dinámica, para comienzos de la década de 2030, la humanidad necesitaría aproximadamente la producción anual de dos planetas para poder satisfacer su nivel de demanda de bienes y servicios. Lo que es claramente imposible una vez dilapidados los ahorros. En la actualidad los países ricos están traspasando los efectos de sus excesos al resto de la población y a las generaciones futuras.

Índice Planeta Vivo (1970=1) Índice Planeta Vivo (1970=1)

1,21,4 1,01,2 0,81,0 0,60,8 0,40,6 0,20,4 Índice Planeta Vivo Global Índice Planeta Vivo Global

Un problema de velocidad y de tiempo
Los ciclos de la vida necesitan de un tiempo para producirse. La economía del crecimiento está imprimiendo en los procesos vivos una velocidad que hace inviables muchos de ellos. La Tierra se formó hace unos 4.600 millones de años y hace más o menos 3.700 que surgió la vida. Aunque el ser humano lleva existiendo e interviniendo en ella unos pocos miles de años, un período insignificante en esta escala, el impacto de sus actividades sobre el territorio ha sido y está siendo mayor que el provocado por cualquiera de las otras especies que viven y vivieron en el planeta. Una de las principales causas de ese impacto es la forma de movilidad de la sociedad industrial. Grandes masas de materiales se desplazan horizontalmente a gran distancia y a gran velocidad. La velocidad es una de las señas de identidad de la cultura del desarrollo. Esta forma de moverse en el planeta contrasta con los desplazamientos que realiza la materia viva. Si observamos la corteza terrestre, podemos comprobar que la mayor parte de la biomasa –los vegetales– se desplaza de abajo a arriba y con mucha lentitud. La parte de la biomasa que se desplaza horizontalmente, formada por animales, supone un volumen muchísimo menor y sus desplazamientos no suelen recorrer grandes distancias, no trasladan grandes objetos tras de ellos y sus velocidades de desplazamiento no son demasiado altas, con lo que esos movimientos no suelen producir deterioros fuertes en los ecosistemas. Sin embargo, el desarrollo de una movilidad creciente y veloz impuesto por la especie humana obliga a arrasar territorios cada vez mayores. La cantidad de ecosistemas destrozados crece exponencialmente según crece la velocidad y el volumen de los móviles que se desplazan. Un tren de alta velocidad, por ejemplo, necesita aplanar territorios en mucha mayor medida que uno convencional. La velocidad es un icono de nuestra cultura. Se pretende reducir al mínimo los tiempos de espera ya sea para comer fresas (que de forma natural no están maduras hasta el mes de mayo), para curarnos de una gripe (que dura una semana), para conocer el resultado de un partido de fútbol o para construir una relación humana.
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0,0 0,2 0,0 1970 1970

1980 1980

1990 Año 1990 Año

2000 2000

2007 2007

Figura 2: Evolución dE la HuElla Ecológica global (1961-2007)
1,6 1,41,6 Número de planetas Número de planetas 1,21,4 1,01,2 0,81,0 0,60,8 0,40,6 0,20,4 1971 1971 1981 1981 Año Año 1991 1991 2001 2007 2001 2007 Huella Ecológica Global Huella Ecológica Global Biocapacidad mundial Biocapacidad mundial

0,0 0,2 1961 0,0 1961

Fuente (figuras 1 y 2): Informe Planeta Vivo 2010. WWF

Para leer mejor estas gráficas, podemos pensar que compartimos la Tierra con más de cinco millones de especies, el planeta vivo (suelen hacerse estimaciones que rondan entre los 5 y 30 millones, aunque hay expertos que hablan de más de 100 millones de especies) y que al ir apropiándonos de la biocapacidad del planeta, huella ecológica, vamos reduciendo sus posibilidades de supervivencia.
Fuente: Informe Planeta Vivo 2010. WWF

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Los sumideros de carbono
Los bosques y océanos captan el CO2 de la atmósfera y fijan el carbono en el suelo mediante el proceso de la fotosíntesis o lo precipitan en forma de carbonatos en mares y océanos. Por esta razón se les viene llamando sumideros o pozos de carbono. Se estima que los bosques tropicales contienen el 40% de todo el carbono del planeta. La deforestación de estos bosques y la desertificación (que se acentúa con el cambio climático sobre todo en zonas como el África subsahariana) reducen esta capacidad compensatoria de la biosfera. Según la FAO, el planeta pierde anualmente más de 14 millones de hectáreas de bosque, debido principalmente a la creciente demanda internacional de papel y madera, al avance de los cultivos agrícolas, a la explotación petrolífera y las infraestructuras que conlleva y a los incendios forestales. Sólo en el bosque tropical, desde 2005 han sido arrasados más de 6 millones de hectáreas para sembrar soja y crear pastos para el ganado. Según el Instituto de Investigaciones Espaciales de Brasil (INPE) esto supone un incremento de la temperatura local en 4 ºC, la reducción de las precipitaciones en un 24% y la puesta en la atmósfera de 5 años de emisiones globales de gases de efecto invernadero. Los océanos tampoco conservan su antigua capacidad como sumideros (ecosistemas que absorben CO2), ya que el aumento de las temperaturas reduce la capacidad de sedimentación del carbono en forma de carbonatos. En algunas latitudes, como en Groenlandia, incluso están desapareciendo las corrientes oceánicas responsables del depósito de sedimentos. Las mareas negras debidas al transporte marítimo de petróleo, los pesticidas agrícolas, los detergentes o los plásticos que van a parar al mar también dificultan que éste pueda seguir realizando su papel como sumidero de dióxido de carbono. Con este escenario, resulta bastante inútil contar con estos sumideros de carbono para resolver el problema del cambio climático. La única solución vendrá por la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero.
Fuente: Greenpeace

en forma de petróleo, gas o carbón, y fueron suficientes apenas unas décadas para que este carbono volviera al aire con la quema de estos combustibles con el fin de cubrir nuestra demanda energética. Los grandes encargados de fijar este carbono, los bosques y océanos, no son capaces de adaptarse a estas velocidades, lo que genera problemas a escala global como el cambio climático. Vivimos tan rápido y en un tiempo tan limitado para la escala de edad de la Tierra que hemos tenido que ampliar enormemente el espacio de actuación para que cuadrase la ecuación. Más allá de la apropiación del espacio de otras poblaciones humanas, animales o vegetales, hemos tenido que andar hacia atrás, consumiendo los recursos que la Tierra había tardado millones de años en generar y que había ido almacenando poco a poco. Hemos hipotecado el futuro próximo, pero también el lejano. Muchas de las graves consecuencias de nuestras acciones sobre el territorio superan la escala temporal de nuestra vida e incluso de la de nuestros hijos e hijas, como son las derivadas del almacenamiento en el territorio de residuos radiactivos que tardarán miles de años en desaparecer. Mientras las sociedades basaron su funcionamiento en los flujos de materiales y de energía aportados por el medio natural, el impacto sobre el territorio fue limitado y ceñido a los ritmos de la naturaleza. Con la sociedad industrial y su masiva utilización de los combustibles fósiles, su consumo desmedido, su descomunal generación de residuos… nos fuimos alejando de las claves del funcionamiento de la biosfera, como si hubiésemos dejado de ser parte de ella.

No somos los únicos habitantes de la Tierra
Compartimos planeta con más de cinco millones de especies y se estima que más de una cuarta parte podría desaparecer totalmente antes de 2050. Es más, el 50% de las plantas y el 42% de los vertebrados terrestres se encuentran en apenas el 2,3% de la superficie del planeta. Esto da idea de la situación de amenaza en la que se encuentran estas poblaciones. Precisamente es en estas regiones donde se conserva una gran diversidad de idiomas y de culturas, paradójicamente llamadas atrasadas. Estas deberían ser reconocidas como guardianas de buena parte de la biodiversidad. Actualmente, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) cifra en más de 40.000 las especies amenazadas en el planeta. A las tradicionales amenazas de origen humano sobre la biodiversidad (como la destrucción de hábitats o la sobreexplotación de recursos), ahora se le suman los efectos del cambio climático o de las invasiones biológicas. Según el IPCC la salud de millones de especies animales y vegetales se verá afectada por las subidas de temperaturas hasta el punto que entre el 20 y 30% de éstas aumentarán su riesgo de extinción a partir de un incremento de temperatura global de 1,5-2,5 ºC. El declive de la biodiversidad va en aumento desde que el ser humano apare33

La cultura de la velocidad se ha incorporado al mundo de los negocios, las finanzas o al just in time de la producción. Desde una escala temporal mayor vemos que la aceleración ha sido el signo que ha marcado la presencia humana en la Tierra. La velocidad de la sociedad industrial no tiene en cuenta las velocidades de la naturaleza, la velocidad de la vida, y en este vivir excesivamente acelerado estamos acabando con las condiciones que hacen posible nuestra supervivencia y la de otras especies. Se necesitaron por ejemplo millones de centurias para que grandes cantidades de carbono de la atmósfera quedaran fijadas (transformadas) bajo tierra
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La importancia de la biodiversidad
Ante condiciones ambientales extremas como las que se esperan debido al cambio climático, los cultivos de alimentos adaptados localmente serán imprescindibles para la supervivencia. Por eso la conservación de la biodiversidad agrícola local forma parte de las soluciones frente a los efectos del cambio climático. En los Andes de Perú y Bolivia existen más de 250 variedades de papas que pueden sobrevivir a las duras condiciones de esas regiones. La biodiversidad de este alimento básico es crucial en caso de que alguna variedad en particular falle. Las variedades de papas nativas son consumidas por quienes las cultivan, a quienes les gusta más su sabor y les parecen más fáciles de cocinar que las variedades introducidas, más grandes pero de peor calidad. En estas zonas también se ha podido comprobar que a mayores niveles de diversidad en las cosechas se reduce el riesgo de ataque de insectos. En la actualidad el 95% de la alimentación humana proviene únicamente de 19 cultivos y de 8 especies animales. La mayor parte de la leche de la UE proviene de una sola raza bovina. Nos lo jugamos todo a una sola carta.
Fuentes: - ¿Con el agua al cuello? América Latina y Caribe. Tercer informe del Grupo de Trabajo sobre el Cambio Climático y el Desarrollo. - Dies, I. (2007) “El Modelo Alimentario”. Ecologista nº 53.

Exportando las consecuencias del modelo de desarrollo al resto del mundo
Si vivimos en un planeta finito y si hace años que hemos superado la capacidad de carga de la Tierra, es fácil deducir que el modelo causante de esta situación difícilmente se podrá mantener en el tiempo ni exportar al resto del mundo. La FAO informa de que más de 900 millones de personas en el mundo pasan hambre y de que las reservas mundiales de cereales han caído a su nivel más bajo en las últimas décadas. Por otro lado se calcula que alrededor del 26% de la superficie terrestre se dedica a la producción de pasto destinado al ganado que se consume en los países del Norte. Y se estima que para producir un kilo de esta carne son necesarios 20.000 litros de agua, siendo además la ganadería una de las mayores fuentes de contaminación hídrica. Los requerimientos de espacio de este modelo de producción de alimentos a base de monocultivos hacen desaparecer la ganadería y agricultura locales y los modos de vida asociados a ellas. Unas pocas corporaciones pasan a controlar la tierra, el agua, los animales, las semillas, la producción, la transformación, la distribución… determinando qué se produce, quién, cómo, dónde, cuándo y a qué precio. De esta forma, la alimentación pasa a ser un mero negocio en lugar de un derecho básico, perdiéndose la capacidad de las comunidades y Estados de decidir sus formas de producción agrícola. A veces alternativas que se postulan como sostenibles pueden tener efectos negativos en el bienestar humano y del planeta. Es el caso de los agrocombustibles. Éstos se presentan a menudo como alternativa al petróleo, pero al competir con la alimentación humana –por su requerimiento de suelo cultivable–, pueden ser un peligro para ésta. La flota mundial de automóviles supera los 850 millones de unidades y sigue creciendo a un ritmo trepidante, a pesar de los acuerdos internacionales de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, que proceden en gran medida del transporte. Se han explotado los recursos fósiles de todos los rincones del planeta para poder mover los coches, y ahora que las reservas de petróleo se acaban y que las consecuencias del cambio climático son palpables, en lugar de parar y cambiar la movilidad, se siguen buscando alternativas a este combustible. Aunque por un lado aumenta la eficiencia energética de los automóviles, por otro cada vez hay más coches que pesan más y se mueven más, así que a fin de cuentas el desarrollo tecnológico nos viene dejando igual… o peor. Cada vez se echa más gasolina a los coches. Para salir al paso de este problema se plantea la posibilidad de desarrollar combustibles a partir de ciertos cultivos o materiales vegetales, y se presentan los agrocombustibles como alternativa sostenible para el transporte frente al cambio climático. Pero si tenemos en cuenta que cada coche necesita más de un barril de petróleo al mes y llenar sólo un depósito de 40 litros de biocombustibles equivale, en calorías, a la alimentación de una persona durante

ció y ejerció gradualmente su dominio sobre la Tierra. No sólo se está perdiendo biodiversidad, también perdemos etnodiversidad, ya que muchas comunidades y pueblos poseedores de un saber y una cultura, durante siglos bien adaptadas a su ambiente, están hoy en vías de desaparición. Con esto no sólo se elimina el derecho a la existencia a muchos seres vivos no humanos, sino que se pone en riesgo nuestra propia especie. Ante las situaciones de crisis ecológicas que se avecinan se necesita la información y los conocimientos desarrollados acerca de cómo mantener la vida, que las distintas especies –también la nuestra– se encargaron de acumular durante miles de años y que desaparece para siempre con cada animal o planta que se extingue o con cada comunidad que tiene que abandonar la tierra con la que ha convivido a lo largo de su historia. La biodiversidad y su patrimonio genético, heredado tras millones de años de evolución, es la que hace posible la autorregulación de los ecosistemas, la que genera estabilidad y la que por tanto permite a dichos ecosistemas responder a las perturbaciones y adaptarse a los cambios. Provocar la extinción masiva de especies es aproximarnos a la desaparición de nuestra propia especie.

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medio año2, no queda claro si es una medida enfocada a la sostenibilidad planetaria o más bien pensada para que los habitantes de los países ricos puedan mantener su modelo de movilidad. Además de explotar los recursos fósiles de lugares lejanos para que el modelo funcione, se han sustituido los sistemas y tipos de cultivos de otras regiones para abastecer a los países enriquecidos. Como ya no hay espacio para depositar los residuos o nos consta que éstos son peligrosos, se exportan a terceros países. Se localizan las industrias en países de la periferia con legislaciones ambientales más laxas y con condiciones laborales más precarias. Mantener nuestro modelo implica necesariamente que ciertos países tengan que sobreexplotar sus bienes ambientales y poner a la venta todo lo imaginable: recursos naturales, territoriales, hídricos, forestales, biodiversidad… generando una inmensa deuda ecológica del Norte hacia el Sur.

fuertes beneficios. El término pasivos ambientales se refiere a las actividades con alto impacto ambiental generadas in situ en los ecosistemas, ya sea por extracción de recursos, por reordenación del territorio, por introducción de especies foráneas, etc. La exportación de residuos tóxicos consiste en desplazar estos residuos generados en los países ricos a los países pobres. Esta clasificación no incluye la explotación humana, pero desde el punto de vista del ecologismo social no se puede dejar de lado el hecho de que existe una deuda contraída por la explotación de la fuerza de trabajo del tercer mundo empleada desde hace siglos, una energía no remunerada sobre la que hemos construido la sociedad occidental. Se puede denominar deuda de trabajo4.

¿Por qué no somos conscientes del desastre?
Una primera respuesta a esta pregunta apunta al hecho de que cada vez vivimos más alejados del territorio vivo, aquel en el que vegetales y animales se integran en un hábitat formando ecosistemas. Para la mitad de la humanidad, que ya vive en grandes ciudades, el conocimiento de los ecosistemas, de las vacas que dan la leche o de los cultivos donde se producen los cereales del desayuno, es esencialmente el que llega por las pantallas. Esto implica que cada vez tenemos menos contacto con las cosas realmente importantes para la vida, como los ríos o los árboles autóctonos, y perdemos la conciencia de que son imprescindibles. Es fácil pasar prácticamente toda la vida pisando únicamente suelo asfaltado o adoquinado, baldosines o la moqueta del interior de un coche. De este modo no es extraño que la tierra, que ya no mancha nuestros zapatos, no esté presente en nuestra percepción del mundo ni en nuestras prioridades. La distancia facilita la ignorancia. Vivimos tan lejos, por ejemplo, de la central térmica que produce la electricidad con la que funciona el ordenador, que nos parece que tenerlo encendido no implica estar contaminando la atmósfera. Ignoramos el origen y el recorrido de la mayor parte de lo que consumimos. En el límite de esa distancia respecto del mundo físico encontramos un hiperdesarrollado mundo virtual (esencialmente difundido a través de las pantallas de televisión, pero también de las de los ordenadores) que absorbe nuestro tiempo y nuestro pensamiento. Gran cantidad de horas al día observamos imágenes que parecen de verdad, pero no se corresponden con nuestra realidad próxima. Todo un emporio de negocios de la comunicación y el marketing se dedica a crear mundos virtuales que colonizan nuestros intereses y preocupaciones. Mientras el mundo se deteriora, las pantallas muestran imágenes cada vez más coloridas. La ficción de las pantallas tiene más presencia en nuestra vida cotidiana que las calles o la vecindad. Deslumbrados por este atractivo mundo de tecnologías punta, luces de colores y sonido de alta fidelidad, la magnitud y las causas de la crisis socioambiental se desenfocan, se desdibujan o se esconden.
4 Rico, L. (2005): Ibídem.

La deuda ecológica
Los países ricos, llamados comúnmente desarrollados, han basado su crecimiento económico en el saqueo de los países llamados subdesarrollados y en el uso intensivo de los recursos mundiales. Podríamos decir que “los países ricos han sido subvencionados energética y materialmente por los países del Sur” 3. El término deuda ecológica denuncia este hecho. El concepto surgió en Sudamérica alrededor del año 1990, impulsado por el Instituto de Ecología Política de Chile, coincidiendo con la crisis de las deudas externas de distintos países en vías de desarrollo. Con este término se quería denunciar, en contraposición con la deuda externa, que eran los países ricos quienes estaban en deuda con los países pobres, y esto por la sobreexplotación y deterioro de los recursos mundiales. El concepto fue incorporado a las discusiones de la Cumbre de la Tierra celebrada en Río de Janeiro en 1992, donde se dio a conocer internacionalmente. No es fácil definir la deuda ecológica dada la amplitud del concepto, ya que puede referirse a asuntos tan diversos como el uso del terreno, el abuso de los recursos, la apropiación de semillas y especies animales y vegetales, la explotación de la fuerza de trabajo, etc. Ha sido dividida tradicionalmente en cuatro distintas facetas: la deuda de carbono, la biopiratería, los pasivos ambientales y la exportación de residuos tóxicos. Deuda de carbono es aquella que han contraído los países más desarrollados con el resto, por ser los principales generadores de la concentración creciente de gases de efecto invernadero en la atmósfera. La biopiratería consiste en la apropiación intelectual de conocimientos ancestrales y de material genético de los pueblos del Sur que han realizado los laboratorios y las agroindustrias y con los que obtienen
2 3 Segura, P. (2007) “Transporte y cambio climático” Ecologista nº 53. Rico, L. (2005): Análisis e implicaciones del concepto de Deuda Ecológica, en www.ecologistasenaccion.org/spip.php?article3043

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Otra respuesta a la pregunta anterior apunta a la mercantilización de la vida impuesta por la economía de mercado. El precio de algo se considera la medida de su valor, de modo que lo gratuito carece de importancia mientras que lo caro nos parece especialmente valioso. Este juicio se aplica a los servicios que ofrece la naturaleza y también al trabajo de cuidados (crianza, alimentación, atención a mayores o personas enfermas) que realizan mayoritariamente las mujeres. Siguiendo esta regla dejan de tener valor y presencia actividades fundamentales para el mantenimiento de la vida como son la fotosíntesis de las plantas, la regulación climática de los grandes bosques y océanos, el papel de los insectos… o el cuidado de niños y de mayores. Son especialmente valiosos para el mercado las transacciones financieras o el comercio de armas. El hecho de medir la importancia de aquello que nos rodea con esta vara que es el dinero nos impide calibrar la trascendencia tanto de la destrucción de los ecosistemas que nos rodean (que no restan en las cuentas monetarias) como de las acciones que precisamente nos permiten vivir (pero no suman en las cuentas monetarias). Por otra parte la progresiva desaparición del espacio público (crecientemente privatizado) y de las estructuras comunitarias (con la consiguiente desarticulación social), hacen más complicado agruparse, participar, crear una visión crítica colectiva que nos permita ver nuestra realidad, proponer desde la colectividad u organizarnos para superar esos problemas. La ciencia y la tecnología, iconos de nuestra cultura, juegan un papel clave en el enmascaramiento del desastre socio-ambiental. Se nos invita a confiar ciegamente en el desarrollo de tecnologías que aportarán las soluciones a los problemas. De forma generalizada se confía en que nuevos descubrimientos saldrán al paso de los problemas que estamos creando. Esta fe tecnológica nos permite mantener prácticas que sabemos nocivas para nuestro medio, delegando en los científicos y en el futuro la reparación de los daños. Estos mecanismos de ocultamiento, inducidos por la cultura y el mercado, se traducen en ciertos lugares comunes, tan repetidos como fáciles de desmentir: “ya se encontrarán soluciones, siempre se han encontrado”, “nosotros estamos a salvo” o “no hay nada que hacer”.

Quizá no es tan difícil
Habrá sin duda muchas cosas de los años ochenta que no nos sirvan para repensar nuestro modelo, pero algunas nos pueden dar pistas si queremos imaginar cómo será vivir bien con menos, porque hace sólo 25 años que: f Vivíamos sin aire acondicionado en las casas y bajábamos las persianas para hacer sombra. f No había coches 4x4 en las ciudades. De pequeños corríamos por las aceras y pasábamos horas en el parque sin compañía adulta. f Comprábamos en el mercado del barrio o en la tienda de ultramarinos próxima. No necesitábamos macrocentros comerciales para hacer la compra o para divertirnos. f Teníamos teléfono fijo. “El teléfono es para dar un recado” decía nuestra madre y cuando veíamos a los amigos quedábamos para la siguiente cita. f Teníamos una casa (sólo una) y en vacaciones íbamos con los abuelos al pueblo. f La fruta tenía sabor y se consumía cuando era temporada. f No hacíamos uno o dos viajes largos a países extranjeros al año y en Navidad no íbamos a esquiar. Esto no nos hacía infelices. f Comprábamos la ropa crecedera y unos pantalones nos duraban más de 10 años. Y no nos creíamos pobres, ni parecíamos ser menos felices que ahora. En muchos casos lo éramos más.

Un sistema capitalista que verdea
La situación de crisis que venimos describiendo evidencia en primer lugar que el modelo de desarrollo, y en consecuencia el modelo de vida de las sociedades capitalistas avanzadas, no puede ni mantenerse en el tiempo ni extrapolarse a otros lugares. Evidencia que necesitamos un cambio radical y no un lavado de imagen, otorgando a la vida el protagonismo de nuestras decisiones en lugar de seguir dándoselo a la economía. Sin embargo, la estrategia del sistema capitalista viene siendo la de mostrarnos que todo se puede hacer sostenible con una mezcla adecuada de ciencia, tecnología, innovación, publicidad y dinero. Todo se convierte así a nuestro alrededor en bio,
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eco y sobre todo sostenible. Algo tan paradójico como un coche sostenible o una tarjeta de crédito que “cuanto más consumes, más árboles planta” son el tipo de soluciones que nos ofrece el mercado. Por eso es posible desarrollar estrategias para evitar el cambio climático cambiando los frigoríficos, mientras se subvenciona la compra de nuevos coches. Siempre es más fácil, más comercial y más lucrativo poner la palabra sostenible que ahondar en el problema, reparar lo deteriorado, reponer lo arrasado o cambiar las prioridades en el sistema de producción. Para las grandes empresas resulta más barato limpiar la imagen que limpiar el territorio. El capitalismo tiene mucha más capacidad y experiencia para hacernos creer que todo está bajo control que para reparar la parte de la biosfera que ya ha destruido.

¿Hay esperanza?
Se nos acaba el tiempo para actuar. Se nos acaba el tiempo para repensar nuestro modelo, y cuanto más insistamos en él menos posibilidades tendremos de reconstruir lo destruido. La Tierra tiene límites y no podemos seguir viviendo de espaldas
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a esta realidad confiando ciegamente en la tecnología y en la modernidad. Una buena noticia: el primer barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) sobre Medio Ambiente (noviembre de 2007) concluía que nunca una sociedad como la española ha estado tan concienciada sobre la crisis socioambiental global que soporta el planeta. Puede ser el momento de comprender esta crisis desde las causas relevantes de su origen y de proponer alternativas reales. Imaginemos otras formas de movernos en lugar de confiar en el desarrollo del coche eléctrico, pensemos en construir mejor las casas en lugar de fabricar aparatos de aire acondicionado más eficientes, busquemos otras formas de divertirnos en lugar de construir campos de golf que utilicen para el riego agua reciclada, empeñémonos en consumir menos envases en lugar de crear sistemas avanzados de reciclaje… Aún nos queda la posibilidad de aprender de nuestros abuelos, de las culturas sostenibles que todavía existen en el planeta, de la vida y de los animales y las plantas. Más allá de lo que nos puedan ofrecer la tecnología, la ciencia o las pantallas, las soluciones a esta crisis deberán basarse en una nueva forma de mirar el territorio y en un cambio estructural del sistema que nos ha llevado a esta situación. Es necesario redefinir cuáles son nuestras verdaderas necesidades, cómo vivir mejor con menos, qué nos hace falta para ser felices. Habremos de basar nuestro modelo económico en el carbono viviente y no en el petróleo, en lo local y no en lo que aunque llamemos global en el fondo sólo es de unos pocos, en lo colectivo frente a lo individual, en la lentitud frente a la rapidez… Es necesario comprender la crisis y su magnitud y reordenar nuestras prioridades.

La cultura de la sostenibilidad responde
f f

La insostenibilidad puede llevar a la desaparición de nuestra especie junto con otras muchas. Urge transformar profundamente nuestro modo de vida. Hay que parar y cambiar el rumbo.

Qué dice el pensamiento único sobre la insostenibilidad
f f f f f f f f

Ya se nos ocurrirán soluciones para enfrentar las dificultades. La tecnología resolverá los problemas. Sólo las personas expertas pueden opinar. Las soluciones dependen de cambios en nuestros comportamientos individuales, no en las soluciones estructurales. El deterioro de la naturaleza es el precio que tenemos que pagar por el bienestar. A pesar de los problemas éste es el mejor de los modelos posibles. En los países más desarrollados hay más respeto por el medio ambiente. A través de la responsabilidad social corporativa las empresas resolverán los problemas ambientales.
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La Isla de Pascua, conocida por sus impresionantes estatuas de piedra, los maois, de los que llegó a haber más de doscientos, fue reflejo de una sociedad altamente organizada. Tras haber sido habitada por la especie humana, es en la actualidad un pastizal, sin apenas árboles y arbustos, y con sólo unas pocas especies de fauna acompañante. Sin embargo, estudios científicos han demostrado que no siempre fue así. Durante miles de años, un tupido bosque subtropical de enorme biodiversidad se desarrollaba en la isla, en donde los primeros pobladores humanos, de origen polinesio, encontraron los recursos suficientes para el desarrollo de su cultura. Sólo unos siglos después de que los humanos llegasen, los bosques habían sido destruidos y progresivamente sustituidos por pastos. Los pascuences habían talado los árboles para construir canoas, para transportar los maois, para leña, para cultivar sus huertos. Los arroyos se fueron secando y muchas especies de fauna terrestre se extinguieron, los mariscos fueron sobreexplotados al haber desaparecido los otros alimentos y llegaron a no poder pescar en alta mar por falta de madera para construir canoas. La población se fue reduciendo y se generaron situaciones de violencia y canibalismo entre clanes rivales. La sociedad entró en declive y la civilización colapsó. Abusaron de los recursos que su medio natural les ofrecía. No supieron interpretar las claves que posibilitaban la vida. No comprendieron las complejas redes de interdependencia de todo lo vivo ni asumieron la existencia de límites. En la actualidad, la civilización del Homo economicus está provocando una crisis ecológica y social sin precedentes, esta vez a escala planetaria. El estilo de vida de una pequeña parte de la especie humana está causando un cambio acelerado precisamente en las dinámicas de la naturaleza que permitieron la expansión de la especie. Algunos científicos proponen que el período geológico que vivimos pase a denominarse Antropoceno, puesto que son los seres humanos quienes están promoviendo la alteración de los procesos naturales. Como veremos, los cambios que nuestra especie está provocando nos sumen en una situación de incertidumbre y riesgo, ya que no es posible predecir hacia dónde evolucionará la biosfera, ni si tendremos cabida en ese mundo cambiante. ¿Seguiremos, como los pascuences, ciegos ante lo que la naturaleza nos denuncia a gritos?

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Algunos pensamientos sobre la tierra viva
“Crear condiciones propicias para la vida no es una opción, es un rito de paso para cualquier ser vivo que consigue encajar aquí a largo plazo”.
Jeanine Benyus

Una cultura para la sostenibilidad tiene que situar como un elemento central la alfabetización ecológica5, de tal modo que las personas y las sociedades conozcan cuáles son las estrategias y los principios que han permitido una aventura, la de la vida –que dura ya 3.700 millones de años–, e identifiquen las prácticas, creencias y valores que van en contra de estos principios y, por tanto, en contra de la existencia de los seres humanos.

“El arte humano sigue cuanto puede a la naturaleza como el discípulo a su maestro [...] El usurero sigue otra vía; desprecia a la naturaleza y al arte, y coloca su esperanza en otra parte”.
Dante, Divina Comedia, canto XI

La vida como sistema
Si analizamos los diferentes niveles de organización de la materia que compone el mundo vivo, nos encontramos con que el primero de ellos está formado por las partículas subatómicas (neutrones, protones y electrones) que forman un nuevo nivel, el de los átomos. Los átomos a su vez forman moléculas. Aunque cada nivel está formado por elementos del nivel anterior, presenta propiedades nuevas que no pueden ser explicadas analizando simplemente los elementos que lo constituyen, pues se comportan de forma distinta. Por ejemplo, la molécula de agua es líquida a temperatura ambiente mientras que, en las mismas condiciones, los átomos que la componen son gases. El comportamiento de un chimpancé no puede explicarse sólo a través de los órganos que componen su cuerpo. Las propiedades que aparecen en cada nivel de organización, que son distintas a las de los elementos del nivel anterior, se denominan propiedades emergentes. Siguiendo con los niveles de organización, nos encontramos que las moléculas se organizan para formar orgánulos, éstos originan células que se especializan para formar tejidos (como por ejemplo el tejido epitelial que conforma la piel y órganos como el corazón o el pulmón). El organismo es una agrupación de órganos. Su estructura y su función están determinadas por la herencia genética y por factores ambientales y es la unidad elemental de estudio en la ecología. Esta ciencia también se ocupa del conocimiento de los siguientes niveles de organización: poblaciones, comunidades, ecosistemas y biosfera. Cuando los organismos se alimentan, crecen o se reproducen, provocan transformaciones en el entorno: transforman la energía, procesan materiales, de manera que su vida modifica el medio físico y las condiciones de vida y recursos disponibles de otros organismos. Por ello, la ecología debe estudiar tanto los factores ambientales abióticos (sin vida) constituidos por elementos del medio físico tales como el suelo, el clima o el agua, como los factores bióticos (vivos), es decir las poblaciones de seres vivos que habitan en ellos (microorganismos, hongos, vegetación o fauna) y la red de interrelaciones que se dan entre todos ellos. En la naturaleza los seres de una misma especie normalmente no viven aislados sino que se organizan en poblaciones (un campo de tréboles, un hormiguero o una
5 Capra, F. (2003) Las conexiones ocultas. Anagrama.

“Como haría una anciana a la que le tocara compartir casa con un grupo de adolescentes vandálicos, Gaia se enfadará, y si no dejamos de comportarnos como gamberros ignorantes acabará por echarnos de su casa”.
J. Lovelock, La venganza de la Tierra

La ignorancia sobre el funcionamiento básico de la vida
Parece obvio que cualquier persona debería conocer los principios ecológicos que le permiten estar viva. Lamentablemente esto no es así. Mientras se concentran recursos y energía en la alfabetización digital o en la adquisición de habilidades que nos conviertan en dignos competidores en el mundo de los negocios, el conocimiento y valoración afectiva de todo aquello que hace posible que estemos vivos no se trata con el mismo interés. Los bosques como pulmones del planeta y bibliotecas de diversidad, la fotosíntesis como tecnología central para la existencia, la cooperación y la autoorganización como estrategias de supervivencia, el funcionamiento en red en todo lo vivo, la existencia de límites, el sol como gran dinamizador de la vida... no se consideran temas de actualidad. Una colección de interpretaciones culturales instaladas en nuestro pensamiento (la visión antropocéntrica del mundo, el divorcio entre la naturaleza y el paradigma económico dominante, la idea de que la historia humana camina incuestionablemente desde un pasado oscuro y atrasado hacia un futuro mejor o la fe ciega en que la tecnociencia puede resolver cualquier problema, hasta los que ella causa) nos ha llevado a vivir de espaldas a los complejos mecanismos que rigen la vida, sin ser conscientes de nuestra pertenencia y dependencia de la biosfera, ni de los cambios catastróficos que ya está causando nuestro estilo de vida. La sociedad occidental en los últimos dos siglos, pero sobre todo en las últimas décadas, ha construido una forma de vida absolutamente incompatible con la lógica de la naturaleza. Los seres humanos no somos conscientes de la guerra que la humanidad ha declarado al planeta. La autodeclarada sociedad del conocimiento socava las bases mismas que permiten que seamos parte de esta Tierra.
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ciudad). Pero los individuos no sólo se relacionan entre ellos, sino que interactúan con otras especies con las que comparten territorio, constituyendo entonces comunidades. Las relaciones que se establecen en las comunidades pueden ser muy diferentes: de simbiosis, de depredación, de competencia... Las comunidades de especies se relacionan intensamente con su medio físico, del que dependen y al cual modifican. De esta relación surge un nuevo nivel de organización: el ecosistema6. Por tanto un ecosistema está formado por la comunidad de seres vivos que lo habitan, por el medio físico que constituye el ambiente en donde viven y se desarrollan y por las relaciones que se dan entre todos sus elementos. Son ecosistemas un charco, un bosque o un arrecife de coral. Los ecosistemas de nuestro planeta no están aislados sino que se relacionan entre sí a través de flujos de energía, de agua, de gases, de partículas y de seres vivos que constituyen la verdadera trama de la vida. Podemos por tanto hablar de un ecosistema planetario, de una biosfera7, en la que se integran y relacionan los diferentes organismos y ambientes que existen en la Tierra. Los ecosistemas y la biosfera también presentan propiedades emergentes que los caracterizan en su conjunto y que no pueden ser interpretadas por la suma de los elementos que los componen. En 1979 James Lovelock propuso la denominada hipótesis Gaia8 que defiende que la atmósfera, los océanos y los suelos están regulados por el crecimiento, la muerte, el metabolismo y las actividades de los seres vivos. Las partes vivas y no vivas forman un sistema enormemente complejo que se regula recíprocamente, como si se tratara de un solo organismo. Así, la biosfera en su totalidad constituye un enorme mecanismo dinámico que posibilita la existencia de un entorno físico y químico óptimo para la vida en la Tierra.

Un equilibrio aparente: entre la conservación y el cambio
Cuando contemplamos un desierto, un océano o un bosque (que no hayan sido invadidos por los tour-operadores), nos invade una sensación de estabilidad y de paz. La sucesión constante del día y la noche, los ciclos de las estaciones anuales, la composición estable de la atmósfera nos hacen pensar que el equilibrio es característica constitutiva de la naturaleza. Sin embargo la vida es un proceso en continuo cambio. Los ecosistemas y la biosfera en su conjunto cambian continuamente: cambia el ritmo de las lluvias, los animales migran, desaparecen especies, llegan especies invasoras, el número de individuos de una especie aumenta o disminuye influyendo en sus presas o predadores… Las condiciones ambientales están cambiando constantemente y los diferentes seres vivos intentan adaptarse a los cambios externos que se producen, respondiendo ante ellos para mantener unas condiciones internas que les permitan un
6 7 8 El concepto ecosistema fue introducido por A. G. Tansley en 1935. Vernadsky (1997) La biosfera, A. Machado Libros, S.A. Lovelock, J. (1979) Gaia: Una nueva mirada de la vida en la Tierra. Universidad de Oxford.

buen funcionamiento. Los seres vivos, mediante su metabolismo, responden a los cambios ambientales tratando de mantener sus condiciones internas dentro de un rango de funcionamiento adecuado. El proceso que permite a los seres vivos mantener sus condiciones internas constantes y dentro de un rango que les posibilite seguir vivos se denomina homeostasis. Para alcanzar el equilibrio homeostático que haga posible mantener sus funciones, necesitan intercambiar energía y materiales con el medio físico. A través de la alimentación obtienen energía y materiales y, una vez que los han metabolizado, eliminan las sustancias de desecho. Para mantener el equilibrio de las funciones que realizan los seres vivos en un entorno cambiante, tienen que existir mecanismos que primero puedan detectar las perturbaciones y después impulsar los procesos que controlen los cambios y reestablezcan el equilibrio. Este mecanismo complejo se denomina retroalimentación o realimentación negativa y actúa minimizando y amortiguando los cambios que se producen, de forma que el conjunto se estabilice y vuelva a su situación de equilibrio. Un ejemplo clásico para explicar este proceso es el de un termostato de calefacción. Cuando la temperatura de la habitación alcanza un determinado valor, el termostato detecta este valor límite y actúa apagando la calefacción. Si la temperatura desciende por debajo de un umbral, el termostato contrarresta la desviación volviendo a conectar el calefactor. Como vemos, este mecanismo de realimentación actúa sobre el factor que causa la perturbación ejerciendo una acción contraria que reestablezca el equilibrio, por ello se denomina realimentación negativa, porque actúa en dirección contraria a la naturaleza de la perturbación. Tiende a contrarrestar los cambios volviendo a la situación de equilibrio inicial. Algunos ejemplos de realimentación negativa en la naturaleza podrían ser los retrasos en la floración vegetal cuando existen bajas temperaturas anómalas en la primavera. Pero en la naturaleza, también existe un segundo modelo de mecanismo de realimentación. Es el de realimentación positiva, que al contrario que en el caso anterior, acentúa la tendencia iniciada en el sistema a causa de una perturbación y refuerza los cambios, de forma que el sistema se aleja del funcionamiento normal. Cuando las perturbaciones que afectan a un ecosistema son muy intensas y rápidas, los mecanismos estabilizadores de la realimentación negativa pueden dejar de funcionar y, por el contrario, intensificarse los de realimentación positiva. Por ejemplo, el calentamiento global provocado por el aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero a causa de la actividad humana, está provocando la descongelación de la capa de permafrost9 de la tundra. El permafrost mantenía a buen recaudo enormes cantidades de otro gas de efecto invernadero, el metano, cuya capacidad de calentamiento es muy superior a la del CO2. La liberación de este metano a la atmósfera agrava de forma muy significativa el calentamiento
9 Capa de hielo permanentemente congelado en los niveles superficiales del suelo de las regiones muy frías o periglaciares como la tundra. Puede encontrarse en las regiones alrededor del polo de Canadá, Alaska, Rusia y Norte de Europa.

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global. Vemos aquí cómo la consecuencia de una perturbación (el calentamiento) termina realimentando positivamente la causa (incremento de las emisiones de gases de efecto invernadero). Los ecosistemas regulados por sus propios mecanismos suelen ser muy conservadores y su ritmo de evolución es lento. Los cambios temporales, como puede ser una superpoblación de pequeños mamíferos, son rápidamente reajustados, en este caso por sus predadores. La mayoría de los cambios en los ecosistemas son graduales. Sin embargo, si las perturbaciones son muy significativas y sobre todo muy rápidas, tal y como sucede en la actualidad a causa de la actividad humana, se producen fluctuaciones que no pueden ser controladas mediante los mecanismos de realimentación negativa. Si las perturbaciones sobrepasan un cierto umbral (umbral ecológico), pueden originarse una serie de cambios drásticos y en cadena, en los cuales el azar y la influencia de pequeños sucesos juegan un papel importante, que conducen a la desorganización y colapso del equilibrio inicial y a la configuración de una nueva situación. La magnitud y velocidad de los cambios actuales en los ecosistemas (cambio climático, pérdida de biodiversidad, adelgazamiento de la capa de ozono, liberación de organismos genéticamente modificados, proliferación nuclear o bombardeo de productos químicos ajenos a la biosfera) pueden forzar el colapso de los sistemas naturales, propiciando que los ecosistemas y la biosfera en su conjunto se vean obligados a innovar y configurar nuevos equilibrios para los que la especie humana, y todas aquellas otras de las que dependemos, quizás no se encuentren adaptadas, poniéndose en riesgo la propia existencia de estas especies. Paradójicamente el Homo sapiens, por una combinación de ignorancia y avaricia, parece empeñado en variar las condiciones ambientales que le han permitido existir. Para no forzar una innovación de la biosfera que resulte peligrosa e incierta, es urgente conocer y respetar las reglas que organizan el mundo vivo, de modo que articulemos sistemas socioeconómicos y culturales que las respeten, tal y como algunas sociedades indígenas, habitualmente despreciadas y tildadas de atrasadas y primitivas, vienen haciendo desde hace miles de años. La consideración del planeta como un sistema con límites, el carácter complejo e interconectado de todo lo vivo, los papeles centrales del sol y la fotosíntesis como motor el uno y tecnología vital la otra, la movilización de la materia en ciclos, la lucha contra la degradación entrópica o la apuesta por la diversidad y la cooperación, son algunos de estos principios que las personas, las sociedades, los gobiernos o las empresas no deben ignorar, pues hacerlo sería suicida. En los epígrafes siguientes vamos a tratar de repasar de una forma muy sucinta las pautas con las que se organiza lo vivo, y que deberíamos adoptar si queremos seguir formando parte de este planeta.

desechos y residuos que genera cualquier actividad, también presentan límites. Llamamos recursos naturales a los bienes, servicios o funciones útiles del medio ambiente biofísico que satisfacen necesidades humanas (o en muchos casos, deseos). Son recursos tanto las fuentes de energía libre y los materiales ordenados, como los sumideros (vertederos) de energía disipada y materiales degradados10. Los recursos no renovables (o renovables sólo en tiempo geológico) están limitados por la cantidad total disponible. Los renovables no están limitados en cantidad si el uso es prudente y respeta sus ritmos de regeneración. Es el caso de la madera de los bosques o la pesca de los ríos. La energía solar no está limitada por la cantidad total ni por la tasa de uso, pero sí lo está por el hecho de que la estructura de captación (los seres que realizan la fotosíntesis o las placas solares) es finita. Si el planeta está sujeto a límites, tanto desde el punto de vista de las fuentes de recursos como de las posibilidades de asimilar residuos, entonces en su seno nada puede crecer indefinidamente, ya sea una persona, un encinar o un arrecife coralino. El ineludible hecho de que el sistema económico se encuentre dentro del sistema de la biosfera, de que requiera materiales y energía y emita residuos y calor, implica que no puede plantearse en términos de crecimiento ilimitado. En la naturaleza nada crece ilimitadamente. Una persona, un bosque o una población, antes o después, encuentran factores que limitan su desarrollo continuo. A lo largo de la historia diversas civilizaciones humanas, como la de la Isla de Pascua que mencionábamos al comienzo de este capítulo, han decaído al sobrepasar los límites físicos de sus territorios. El uso actual de recursos no renovables (petróleo, minerales, etc.) es lesivo para las generaciones futuras y refleja la práctica absurda de entender como riqueza la desaparición irreversible del patrimonio natural.

Todo está relacionado
En un ecosistema se producen interacciones continuas entre las diferentes especies y entre éstas y su medio. Los ecólogos, al centrar su atención en la organización de las poblaciones de seres vivos, articularon entre otros el concepto de red, señalando que el patrón común a todo lo vivo sigue siempre una estructura reticular. “Imaginemos una planta, un diente de león. Transportada por el viento, sus semillas se implantan y germinan en una isla en la que no existía esa especie. Para desarrollarse y establecer una población duradera, las jóvenes plántulas deberán insertarse en una red de especies ya instaladas; otras especies que les darán sombra o les disputarán los escasos recursos de agua o nitratos; insectos o mamíferos herbívoros que se las comerán; y muchas otras especies, como las aves que se alimentan de insectos o los carnívoros que se alimentan de los mamíferos herbívoros, que provocarán que éstas últimas vean limitada su capacidad de daño. Una red así de
10 García E. (2004) Medio ambiente, y sociedad: la civilización y los límites del planeta. Alianza Ensayo.

Nada puede crecer indefinidamente en un planeta con límites
El planeta Tierra cuenta con una cantidad finita de materiales y por tanto la extracción y uso de los mismos no puede ser ilimitada. Los sumideros que degradan los
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especies en interacción es lo que los ecólogos denominan red trófica”11. Lo que una especie desecha es el alimento de otra o bien entra a formar parte de los ciclos biogeoquímicos fundamentales (nitrógeno, fósforo, agua); la diversidad, tanto natural como social, asegura la recuperación, la vida humana se mantiene gracias a redes de cuidados que nos alimentan en la infancia y nos apoyan en la vejez... La vida, desde sus inicios, hace varios miles de millones de años, se ha extendido por el planeta, no tanto por la fuerza, sino por su capacidad de crear una red12. Los ecosistemas y la biosfera en su conjunto son sistemas complejos que se articulan relacionándose con todo lo que les rodea. Sus componentes básicos son en primer lugar los llamados productores primarios (organismos capaces de realizar la fotosíntesis y por tanto de sintetizar sus propios tejidos a partir de minerales). En segundo lugar los consumidores (herbívoros y carnívoros) y por último los descomponedores. Pero éstos necesitan entradas de energía (que proviene del sol) y de materia, estableciéndose determinados flujos de energía y ciclos de materiales. Los productores, consumidores y descomponedores regulan los ciclos cerrados en los que se recicla la materia y pasa la energía. Todo este complejo proceso a su vez, está condicionado y cambia en función de variables abióticas como la temperatura, la humedad, el relieve, la altura, etc. Muchas intervenciones humanas sobre los sistemas naturales ignoran y desprecian su funcionamiento en red. Con frecuencia se actúa sobre unas partes del sistema sin tener en cuenta las inevitables perturbaciones que va a sufrir en conjunto. Por ejemplo, muchas veces se intenta reintroducir una especie desaparecida en un ecosistema, esperando que el hecho de liberarla de nuevo en su hábitat anterior, conduzca a su recuperación. Si la especie desapareció por alteraciones en su hábitat (desaparición de su alimento, deterioro del territorio, contaminación, estrés hídrico…) y éstas condiciones se mantienen, lo más probable es que la reintroducción fracase, ya que la existencia de cualquier ser vivo se deriva de las conexiones que establece con todo lo que le rodea.

es continuo, presenta límites en su aprovechamiento13. La ciencia ecológica también describe la vida en términos de materia, energía y organización14. El mantenimiento de las funciones de los sistemas ecológicos depende de los intercambios de energía, biomasa, nutrientes o agua con el entorno. Pensemos en la unidad de vida más sencilla: una célula. Para mantenerse precisa de la entrada de agua y nutrientes a través de su membrana, así como de la expulsión de sus desechos. Si este constante fluir de energía y materiales se interrumpe, en muy poco tiempo la célula se desorganiza y alcanza una situación de equilibrio estático (muerte). Por ello, y aunque parezca un contrasentido, se dice que los seres vivos y los ecosistemas son estructuras alejadas del equilibrio, porque deben intercambiar constantemente con el exterior para poder mantenerse. Si nos miramos en un espejo durante una semana no notaremos cambios significativos, pero en nuestro organismo millones de células habrán muerto, habrán nacido muchas otras nuevas, habremos incorporado varios kilos de nutrientes y varios litros de agua y habremos expulsado otros tantos kilos de sustancias de desecho. Nuestros órganos habrán respirado y digerido aire y nutrientes y habrán tenido que trabajar con los contaminantes y productos químicos que les acompañaban, para minimizar los daños en nuestro organismo. Es decir, que el equilibrio que se construye alrededor de todo lo vivo está basado en un cambio constante y en un fluir de materia y energía. Si no es así, si nada cambia, será simplemente porque estemos muertos. Esta dinámica de incorporación de energía y materiales y de expulsión de residuos se da en todos los niveles de organización de la vida. En los ecosistemas y en la biosfera en su conjunto la vida se basa en los flujos de energía y en la movilización de materiales en ciclos cerrados.

El intento de retrasar la degradación entrópica de la energía
La segunda ley de la termodinámica (ley de la entropía) pone de manifiesto que en un determinado proceso que absorbe energía para realizar un trabajo se produce una transformación cualitativa de dicha energía hacia un estado de mayor desorden. La termodinámica muestra que la energía misma no desaparece, pero en cada proceso en el que realiza un trabajo resulta irreversiblemente transformada. La energía de alta calidad y baja entropía, la que es capaz de desarrollar un trabajo, se transforma con el tiempo. Es más fácil que un vaso se rompa a que los cristales rotos se vuelvan a juntar, más sencillo desordenar una mesa que ordenarla. Del mismo modo, la energía se degrada y las cosas se desmoronan para no recomponerse más. Éste es un hecho insoslayable, una ley de la naturaleza.
13 14 Como veremos más adelante, sólo una pequeña parte de la energía solar puede ser aprovechada por las plantas en la fotosíntesis, ya que hay otros factores limitantes como son los minerales del suelo o el agua. Margalef, R. (1993) Teoría de los sistemas ecológicos. Universidad de Barcelona.

La vida: una trama ligada por flujos de energía y materiales
La Tierra es un sistema que intercambia energía con el exterior pero no materiales (a excepción de irrelevantes aportaciones desde el espacio tales como los meteoritos). Se dice por ello que constituye un sistema cerrado. Cualquier sistema vivo –un ecosistema, una ciudad o un organismo– intercambia energía y materiales con el exterior y por ello constituye un sistema abierto. Esto supone que los seres vivos absorben energía y materiales y los expulsan degradados en el marco físico de un planeta que cuenta con materiales limitados y con un flujo de energía que, aunque

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Barbault, R. (2008) El elefante en la cacharrería. El hombre en la biodiversidad. Laetoli, Pamplona. Ver Capra, F.(2003) Las conexiones ocultas. Anagrama.

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Un trozo de carbón constituye una fuente de energía ordenada capaz de realizar un trabajo. Después de quemarlo en una máquina, esta energía desarrolla un trabajo y se disipa en forma de calor. El calor disipado constituye una forma de energía degradada, que ya nunca más podrá ser utilizada para desarrollar trabajo. Se dice que el trozo de carbón inicial presenta una baja entropía, mientras que el calor tiene alta entropía. El proceso de degradación entrópica de la energía es irreversible. Si unimos un cuerpo frío con uno caliente, se produce un flujo de calor del segundo al primero. Una vez alcanzada una temperatura igual no es posible reinvertir el proceso. De la misma forma, a partir del calor que genera la combustión de un trozo de carbón no es posible regenerar el trozo original, como no es posible resucitar una célula o una persona que ha muerto. La vida también está sujeta a la ley de la entropía, pero ha desarrollado imaginativas y curiosas fórmulas para retener al máximo la energía del sol antes de dejarla escapar en forma de calor disipado. La biosfera utiliza el flujo de energía entrante para construir formas complejas de retener la energía antes de que se haga inútil. Esto se consigue, por ejemplo, a partir de las cadenas tróficas. Una planta (primer nivel trófico) acumula energía en sus tejidos y es comida por un animal (segundo nivel trófico), que a su vez es comido por otro (tercer nivel trófico). Y todos ellos aprovechan esa energía para trasmitir información (código genético), crecer, reproducirse y seguir creando estructuras progresivamente más complejas. La energía por unidad de tiempo utilizada por un nivel trófico determinado, es siempre menor de la utilizada por un nivel trófico anterior. Fluirá más energía por el primer nivel trófico (plantas) que por el segundo (herbívoros), disminuyendo en el tercero y así sucesivamente. Aproximadamente se considera que la producción neta o energía que fluye por un nivel trófico determinado viene a ser la décima parte de la que fluye por el nivel precedente. Como la energía disponible va disminuyendo, el número de niveles tróficos posibles no supera los cinco o seis, y esto en los casos de ecosistemas más complejos. Por ello, en los organismos y los ecosistemas, se observa un progresivo incremento de complejidad, de organización, de diversidad y de información como triquiñuela para retrasar la desorganización entrópica. La principal característica que define la vida es precisamente la capacidad de los sistemas vivos de aprovechar parte de la energía captada para generar orden. La vida “es una estrategia de conservación química en un universo que tiende a la pérdida de calor y a la muerte térmica”15. Edwin Schrödinger, en su libro ¿Qué es la vida?16, basaba el funcionamiento de la misma en dos cuestiones: la información contenida en un código químico17, y su capacidad para frenar la tendencia universal al desorden, es decir a la disipación de energía. De forma que sólo cuando el ser vivo muere, o se produce una destrucción
15 16 17 Margalef, R. (1993) Ibídem. Schrödinger, E. (1947) ¿Qué es la vida? Espasa Calpe. Predicción de la información genética contenida en los seres vivos, el ADN, los genes…

total del ecosistema, se da esta degradación entrópica dentro de él. Así, cualquier ser vivo o ecosistema tiene como principal propósito la supervivencia, evitando su desorganización a través del metabolismo. La diversidad de estructuras vivas que ha creado la naturaleza para retener energía y para retrasar la disipación es impresionante y motivo suficiente para sentir orgullo de ser parte de esta dinámica de la biosfera. Prigogine denominó a estas formas vivas estructuras disipativas18. Una estructura disipativa es cualquier sistema que mantiene su función mediante la asimilación de energía útil y la disipación de energía inútil (normalmente calor). El sistema económico actual ignora los principios de la termodinámica y constituye un verdadero acelerador entrópico. Consume cantidades ingentes de energía fósil de baja entropía que ya nunca más estará disponible; desordena las complejas estructuras de los suelos y de los ecosistemas, destruyendo la arquitectura natural que asegura la reproducción de la vida; simplifica las cadenas tróficas que aseguran el flujo de la energía solar antes de que se pierda irremediablemente por disipación; rompe los grandes ciclos biogeoquímicos impidiendo el reciclado de los materiales finitos y alterando las bases reguladoras del clima… En buena parte, la crisis ecológica y social de nuestro tiempo viene dada por el incremento de entropía en la biosfera, causado por un sistema tecnoindustrial que opera a espaldas de las leyes de funcionamiento de la termodinámica y además debilita o destruye los mecanismos de reducción de la entropía de la propia vida, tal como ocurre con la pérdida de biodiversidad, la erosión de suelos o las deforestaciones.

La materia se moviliza en ciclos cerrados
¿Cómo ha resuelto la naturaleza el problema de la finitud de materiales? La solución encontrada a lo largo de la evolución ha sido la articulación de un poderoso sistema de reciclaje que recupera los materiales degradados y los reincorpora a los ciclos naturales, de tal forma que cada uno de los átomos de nuestro cuerpo tiene una larga historia en este planeta, y podemos estar seguros que, con la especie humana o sin ella, cada átomo seguirá formando parte de este planeta: en una planta, una roca o en la arena de una playa o, a lo peor, en la basura de un vertedero. Esta circulación constante de los materiales está regulada por los grandes ciclos biogeoquímicos como pueden ser el del carbono, el del fósforo o el del nitrógeno. En el funcionamiento de estos ciclos intervienen los seres vivos y las dinámicas físico-químicas planetarias. Si la materia circula constantemente a través de la trama de la vida, podemos intuir sin mucho esfuerzo el enorme problema que suponen las formas de producción, distribución y consumo que pone práctica nuestra sociedad. El sistema de producción industrial extrae recursos finitos en un lugar, los transporta a otro en donde los transforma, vuelve a trasladarlos a otro lugar en donde esperan a ser
18 Prigogine I. y Stengers I. (1983) La nueva alianza. Metamorfosis de la Ciencia, Alianza.

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vendidos y pueden terminar en un vertedero en otro lugar lejano. De esta forma se imposibilita la reincorporación de los recursos extraídos a los ciclos de materiales, alterando las dinámicas naturales y la composición química de los suelos, el agua y el aire. La magnitud de la extracción y transformación de materiales en la actualidad es enorme, absolutamente desproporcionada para la capacidad que tienen los sistemas naturales de volver a incorporarlos a los ciclos naturales. La quema en apenas unas décadas de enormes cantidades de petróleo, ha arrojado a la atmósfera cantidades ingentes de carbono que permanecía secuestrado en el subsuelo o en los fondos marinos, de forma que el ciclo que regula el carbono ha sido profundamente transformado. El cambio climático es una de las consecuencias de la alteración de esta dinámica cíclica. El sistema productivo industrial celebra cada artefacto que construye porque ignora los principios que organizan la vida. No es consciente de que cada coche que se fabrica hoy se hace a costa de materiales finitos y, por tanto “a costa de vidas en el futuro”19. Todo proceso económico supone irremediablemente un cierto deterioro ecológico, que suele constituir la cara oculta del sistema productivo. Por ello es fundamental pensar muy bien qué cosas se fabrican, cuáles se necesitan realmente y cómo se distribuyen. El despilfarro de las últimas décadas por una pequeña parte de la humanidad ha creado ya unos problemas gravísimos. Es obvio que no se va a poder mantener mucho tiempo y es posible que en unas décadas la dinámica y compleja estructura de la biosfera que durante los últimos miles de años ha sido favorable para la vida de la especie humana, deje de serlo.

El sol, combustible de lo vivo, y la fotosíntesis, su tecnología
El planeta Tierra reúne una serie de características que hacen posible la vida tal y como la conocemos. En primer lugar recibe una cantidad inagotable (a escala humana) de energía externa, procedente del sol. Posee una atmósfera protectora de las radiaciones perjudiciales gracias a la capa de ozono y está compuesta, entre otros gases, por el oxígeno y el dióxido de carbono necesarios a los seres vivos. Concurre además otra circunstancia fundamental para la vida: la presencia de agua en estado líquido. Todas ellas son características únicas dentro del sistema solar. En la naturaleza prácticamente toda la energía consumida o transformada proviene del sol, entrando en los ecosistemas a través de los productores primarios, esto es, las plantas verdes, las algas y algunas bacterias (los seres autótrofos). La producción primaria se realiza a través de la fotosíntesis. Los productores secundarios, esto es, los animales (heterótrofos), realizan procesos de síntesis sin usar directamente la energía solar, sino a través de la energía proporcionada en forma de dieta por otros seres vivos. En una época relativamente temprana de la evolución de la vida, hace ya miles
19 Georgescu-Roegen, N. (1971) La ley de la entropía y el proceso económico. Fundación Argentaria.

de millones de años, se seleccionaron los tipos de moléculas que harían posible la captación de energía solar por los sistemas vivos y, por tanto, el funcionamiento de toda la biosfera. La molécula más importante en la captación de energía luminosa es la clorofila que poseen algas y plantas20. El funcionamiento de esta molécula genera las condiciones esenciales para nuestra existencia y para el resto de la compleja trama de la vida. Gracias a ella, durante el día, los organismos que realizan la fotosíntesis, convierten la energía lumínica en energía bioquímica, la energía necesaria para la producción primaria (masa vegetal). Ahora bien, sólo una pequeña parte de la energía lumínica puede convertirse en bioquímica. Existe un límite a la producción primaria. Cabe pensar que la selección natural que ha configurado la evolución del reino vegetal no se ha dirigido a maximizar la conversión de energía lumínica (productividad), sino a asegurar el uso de la cantidad suficiente de energía para consolidar la autoorganización de la biosfera, la generación de biomasa y su persistencia en el tiempo. La seguridad ha primado sobre la productividad. De la radiación que absorbe la planta, que ya constituye un bajo porcentaje de la que ha incidido sobre los tejidos vegetales, sólo un 2% como máximo se convierte en biomasa vegetal, cerca de un 15% se refleja, el 18% se convierte en calor y aproximadamente el resto es empleado para bombear agua desde el suelo hasta sus hojas, donde se evapora, favoreciendo a su vez la regulación climática de la biosfera y del ciclo del agua. Por otro lado, en la fase oscura de la fotosíntesis se producen los azúcares, es decir, se sintetiza materia orgánica y también se genera el oxígeno que utilizarán los animales en la respiración. Gracias a este proceso, la vegetación actúa capturando el dióxido de carbono atmosférico, transformándolo en biomasa, por lo que es de enorme importancia como sumidero de este gas. La vegetación (ignorada en buena medida por el sistema económico) resulta fundamental para el mantenimiento de la vida y más aún en un contexto de incremento del efecto invernadero y calentamiento global generado por el propio sistema económico e industrial. Las plantas resultan ser imprescindibles tanto como fuentes de oxígeno y materia orgánica como por ser sumideros de dióxido de carbono, entre otras funciones. La fotosíntesis varía en función de diferentes factores. En un principio a medida que la intensidad de luz se incrementa, también lo hace la producción primaria, pero pronto se llega a un umbral de saturación, de forma que los incrementos de producción son mucho menores que la energía que entra. Entonces se dice que la eficiencia, la razón entre lo que entra y lo que sale, disminuye. Otros factores limitantes para la producción de materia orgánica, además de la luz, el dióxido de carbono y el agua, son el nitrógeno y el fósforo. La biosfera es especialmente dependiente de este último ya que el nitrógeno se encuentra en abundancia en sus variadas formas (nitrógeno atmosférico, nitratos, amonio…). Como hemos visto, las plantas son las grandes productoras de biomasa, y base
20 Aunque existen otras moléculas fotosintetizadoras tales como las ficobilinas de las cianofíceas y los carotenoides.

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Consumo de carne e impacto en los ecosistemas
La agricultura, basada en la fotosíntesis, generará diez veces más alimentos por unidad de superficie que la ganadería. Es decir, un kilogramo de carne, biomasa animal, necesita, como promedio, diez kilogramos de biomasa vegetal. Los sistemas agropecuarios sostenibles se basan en la alimentación del ganado de forma extensiva en los pastos (no digeribles por el estómago de las personas). Actualmente, la alimentación de la mayor parte del ganado se basa en los piensos a base de cereales, soja o colza, y por tanto compite directamente con la alimentación de las personas. Una alimentación basada en ganadería intensiva necesita vastas extensiones de terreno para el cultivo de piensos. Además de los problemas ambientales y de salud asociados (deforestación, uso de hormonas de engorde, uso de transgénicos, cambio climático…) en medio de una crisis alimentaria en la que muchas personas no pueden satisfacer una dieta mínima, no resulta razonable utilizar grandes extensiones de tierra para alimentar un ganado que luego comeremos (hemos visto como en la transformación en carne que el animal hace a través de su digestión se pierde un 90% de la energía que contienen los vegetales) en lugar de alimentarnos con una dieta esencialmente vegetal. La producción de pescado y marismo en piscifactorías, que también utiliza piensos de engorde, lleva asociados parecidos impactos ecológicos y sociales. Apostar por una dieta con menor aporte de proteínas animales, lácteos y huevos será una buena medida para la salud del planeta y de las personas que viven en el mismo y no comen lo suficiente.

fotosíntesis que la diferencian de la utilización energética de los combustibles fósiles en nuestro actual sistema productivo: f La energía necesaria para generar el proceso fotosintético procede de una fuente inagotable a escala humana, el sol, asegurando así la continuidad del proceso en la biosfera. f La utilización de energía de la fotosíntesis no supone un incremento adicional de entropía de la Tierra, sino la desviación hacia otros circuitos de la vida (las cadenas de alimentación) de una energía que si no se degradaría. f El proceso productivo fotosintético se basa en sustancias muy abundantes en la Tierra: agua, carbono, nitrógeno y oxígeno (además de pequeñas cantidades de otros nutrientes). Realmente es el único proceso verdaderamente productivo existente. f Los convertidores que permiten la transformación de energía solar, mayoritariamente las plantas verdes, se reproducen utilizando la misma fuente renovable, sin necesidad de recurrir a otro tipo de energía que agote recursos

Historia de dos tomates
Un tomate cultivado tradicionalmente crece según su ritmo natural, se asocia con otras especies hortícolas, utiliza para su crecimiento la energía procedente del sol y abonos orgánicos. El agricultor se ayuda de estrategias naturales para el control de enfermedades y plagas y conseguirá, como mucho, dos cosechas al año. Será vendido, mayoritariamente, en mercados locales o directamente al consumidor. Un tomate moderno de invernadero, será de la variedad long-life que dura mucho tras la recolección pero habrá perdido su sabor. Crece rápidamente gracias al aporte de fertilizantes y pesticidas químicos, vive sin compañía de otros seres vivos, pero rodeado de productos tóxicos. El dueño del invernadero conseguirá de tres a cuatro cosechas al año. Será transportado (muchas veces a largas distancias), metido en cámaras, envasado y distribuido en grandes cadenas de alimentación. Los plásticos del invernadero no se degradan fácilmente y la mano de obra estará formada probablemente por personas migrantes y explotadas. La sociedad industrial considera más productivo el proceso del tomate moderno, a la vez que más adecuado para los intereses lucrativos de las grandes empresas. Sin embargo desde el punto de vista social y ecológico obtiene un balance energético muy deficitario. Necesita de grandes insumos y tiene una serie de efectos perniciosos no contabilizados, como la contaminación por tóxicos persistentes, la pérdida de biodiversidad, la generación de residuos, la pérdida de soberanía alimentaria o afecciones a la salud de las personas. Hechas estas consideraciones no parece que la agricultura industrial basada en el petróleo sea sostenible.
Peiron, M. (2001) “Historia de dos tomates”. Revista Integral nº 256.

de las cadenas tróficas o de alimentación de los ecosistemas. Los organismos que realizan la fotosíntesis constituyen el 99% de la biomasa total terrestre. Puede decirse que estos organismos, tanto por su cantidad como por sus funciones, sostienen la vida en el planeta. La agricultura industrial ha convertido a la fotosíntesis en una esclava a su servicio, forzando su ritmo natural con fertilizantes, productos químicos de síntesis, maquinaria y riego. De este modo, obtener las calorías que proporciona un vegetal (que es al final lo que necesita nuestro organismo) requiere la inyección de muchas kilocalorías de origen fósil. Lo que nuestra cultura denomina agricultura moderna y desarrollada es en realidad una ruina desde el punto de vista de los balances energéticos. Mucho gasto para poco rendimiento. La fotosíntesis, realizada por los productores primarios, resulta ser un modelo de referencia a seguir por todo proceso productivo económico que apueste por la sostenibilidad. José Manuel Naredo21 destaca las siguientes características de la
21 Naredo, J.M. (1993) Energía para el mañana. Conferencia sobre energía y equidad en un mundo sostenible. AEDENAT y Los libros de La Catarata.

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existentes y no generan problemas de contaminación, sino efectos positivos como la regulación del clima y del ciclo del agua, además de aumentar los sumideros de carbono. f Los desechos vegetales, tras un proceso de descomposición natural se convierten en recursos de fertilidad, al incorporarse al suelo en forma de humus, cerrándose el ciclo de materiales vinculados al proceso.

La diversidad: el mejor seguro de vida
La biodiversidad es el conjunto que forman la variedad de poblaciones y especies diferenciadas genéticamente que habitan en el planeta y el entramado de relaciones que se establecen entre ellas, y que se plasman en los servicios que los ecosistemas prestan para que se pueda mantener la vida: reciclaje de materiales, abastecimiento de alimentos, etc. Ecologistas, científicos e incluso organismos como Naciones Unidas, consideran que, en el momento actual, el planeta atraviesa una crisis global de extinción de especies. Algunos la denominan la sexta gran extinción. Junto con el cambio climático, el mayor problema ecológico de la época industrial es la pérdida de la diversidad biológica. Las causas directas de la “hecatombe de la diversidad”22 son, entre otras, la sobreexplotación, los monocultivos intensivos, la deforestación, la alteración de los ciclos hidrológicos, la contaminación de las aguas subterráneas y superficiales, la liberación de organismos genéticamente modificados, en definitiva la destrucción de los hábitat naturales. La disminución de la biodiversidad se encuentra ligada inseparablemente a la pérdida de diversidad cultural, ya que la destrucción de los territorios también provoca el deterioro de los espacios comunitarios en los que los seres vivos se relacionan y organizan y, por tanto, de los modos de vida de muchas sociedades que a través de milenios se han desenvuelto sin necesidad de poner en peligro la supervivencia de la especie humana. La biodiversidad es la estrategia que la Naturaleza ha descubierto para proteger la vida y el problema es que éste mecanismo, puesto a punto después de millones de años de historia natural, no es compatible con un sistema económico que se basa en la homogeneización y en la expansión continua. Un ecosistema, desde su formación hasta su fase más estable, que se denomina clímax, pasa por diferentes etapas. La diferencia de estadios en los ecosistemas se llama sucesión. Por ejemplo, en el caso de un bosque, las diferentes etapas de la sucesión podrían ser: roca desnuda, aparición de líquenes, aparición de musgos, formación del suelo, nacimiento de la hierba, crecimiento de arbustos y aparición de los árboles. El camino desde la roca desnuda hasta llegar a los árboles es la sucesión de ese ecosistema. El motor que mueve todo este proceso es la energía del sol. Existen muchas variantes sucesionales, pero todas ellas parten de la colonización de un área por especies de crecimiento rápido, como las plantas herbáceas
22 Riechmann, J. (2004) Gente que no quiere viajar a Marte. Los libros de La Catarata.

de ciclos anuales, que son seguidas de otras especies, necesitadas de las primeras, aumentando progresivamente la diversidad biológica en el sistema y ralentizando la tasa de crecimiento, como en el caso de los bosques maduros. Así, pese a que existe una enorme variedad de ecosistemas, todos manifiestan una tendencia de crecimiento hasta un límite. De esta forma, un ecosistema maduro o climácico, es un sistema que tiende a la estabilización en situaciones óptimas de captación y degradación de energía, en el que se cierran los ciclos y se conservan nutrientes, se mantiene un máximo de biomasa y presenta un alto contenido de diversidad e información. Durante las primeras etapas de la sucesión, una gran parte de la energía absorbida se emplea en aumentar la cantidad neta de materia orgánica, es decir la biomasa. Los ecosistemas en estos momentos juveniles son muy productivos, es decir el incremento neto de materia orgánica por unidad de energía es muy grande. Cuando el ecosistema alcanza la fase clímax, la producción primaria de biomasa es muy pequeña. Sin embargo el sistema tiene una gran biodiversidad. En la etapa clímax el ecosistema tiende al equilibrio metabólico y la energía captada se invierte en respiración y generación de diversidad, además de una parte de energía que se pierde por disipación. En este momento, el ecosistema es muy estable y la biodiversidad creada, es decir la gran cantidad de especies diferenciadas genéticamente y la compleja red de relaciones que se establecen entre ellas, le confieren cierta capacidad para la autoprotección. Los ecosistemas se comportan como sistemas termodinámicos. Crecen, reciclan materiales y se desarrollan de forma relativamente predecible en respuesta a los flujos de energía del entorno medioambiental. También experimentan regresiones cuando se ven sometidos a restricciones de energía o debido a su deterioro por erosión de suelos, contaminación o deforestación. De esta forma los ecosistemas estresados, por ejemplo alterados por las actividades industriales o urbanas, vuelven a estados estacionarios previos de la sucesión ecológica, caracterizados por una menor complejidad de sus relaciones y redes, y pierden diversidad. Los sistemas económicos industriales prefieren sistemas en fases iniciales de sucesión ecológica como son los monocultivos, caracterizados por una alta productividad de masa vegetal y una baja diversidad. A lo largo de la sucesión la biodiversidad crece, se produce una diversificación de funciones, aparecen fenómenos de coevolución o evolución conjunta de varios elementos del sistema (simbiosis, mimetismo, parasitismo…), aumenta la cooperación sistémica, se desarrolla una mayor complejidad y se incrementan los procesos de autorregulación del conjunto. Cuando se llega a la situación de clímax, que se produce tanto en ecosistemas terrestres como acuáticos, no debe entenderse que se alcance una situación fija, sino que se produce un equilibrio dinámico vinculado a las condiciones externas, que pueden sufrir oscilaciones temporales, de forma que se van produciendo continuas autorregulaciones. La tendencia predominante en la evolución, a lo largo de millones de años, ha sido producir un gran número de especies diferentes. Se puede considerar a cada
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ecosistema como la expresión de un proceso histórico evolutivo durante el cual nuevas especies han accedido a éste, manifestando múltiples interacciones con todos los otros elementos del sistema, tanto abióticos como bióticos. Estas interacciones conducen, siempre provisionalmente, a la admisión o rechazo del nuevo elemento. Todo ello ajustándose a las imposiciones de los ciclos de materiales y del flujo energético. A lo largo de la historia de la vida se han producido hasta 20 episodios de extinción masiva de especies, cinco de ellos de enorme magnitud y de los que no se conocen con certeza las causas. La más conocida fue la que supuso la extinción de los dinosaurios. En la actualidad, por motivos relacionados con las actividades económicas de las sociedades industriales, se extinguen unas 30.000 especies al año, mientras que durante periodos considerados de extinción normal, sin cataclismos o crisis graves, se pierde una sola especie cada cuatro años. Por eso se habla de la sexta gran extinción. La reserva de variabilidad genética de todas las especies de un ecosistema y de la biosfera en su conjunto, así como sus interrelaciones, resulta imprescindible para poder adaptarse a los posibles cambios que se produzcan en el futuro. Son una garantía ante la incertidumbre, ante lo que el futuro pueda deparar. Dilapidando la biodiversidad, dilapidamos también las probabilidades de supervivencia. Mientras que las modificaciones geológicas y biológicas de la superficie terrestre han sido muy lentas, prolongándose miles de millones de años, los cambios introducidos o estimulados por el sistema tecnoindustrial se han producido con extremada rapidez desde el periodo histórico de la revolución industrial, sin el tiempo necesario para que los sistemas vitales se puedan adaptar. En ecosistemas de menor diversidad en especies y en redes de interdependencia, existe una mayor vulnerabilidad ante las posibles alteraciones. Son ecosistemas más frágiles y la pérdida de algún elemento puede desencadenar grandes cambios en el sistema. Es el caso de los monocultivos agrícolas o forestales. La consolidación de ecosistemas maduros, se produce a lo largo de cientos de años. Ya se ha dicho que estos plazos contrastan con la gran rapidez con la que en muchas ocasiones se producen las alteraciones de los ecosistemas originadas por las actividades productivas. Los tiempos de la vida, por tanto, chocan con los tiempos del sistema económico actual, que promueve la velocidad y el rendimiento monetario inmediato. Las biopatentes suponen el derecho de propiedad sobre plantas, animales y material genético de seres humanos, de forma que quien ostenta su título tiene derecho a cobrar royalties cada vez que alguien las comercialice o utilice. Además de la inquietud que produce la comercialización del acervo genético del planeta, preocupa que se estén liberando a los ecosistemas organismos procedentes de la manipulación genética sin las adecuadas investigaciones de evaluación sobre las consecuencias ecológicas, económicas, sociales y éticas que esto conlleva. La mayor parte de estas decisiones sólo se toman de acuerdo a los intereses de las compañías privadas del sector de la biotecnología. Los efectos son imprevisibles, la introducción
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de organismos transgénicos23 sintetizados en los laboratorios desprecia la compleja red de interrelaciones sistémicas, que son producto de la selección natural a lo largo de la evolución ecológica de la biosfera durante cientos de millones de años. El genoma, humano o no, constituye un sistema complejo en sí mismo, y hasta donde el conocimiento científico actual permite los posibles efectos de la biotecnología en el mismo sólo se pueden predecir de una forma muy limitada. Así que no existe garantía de que las modificaciones introducidas en un ser vivo expresen los resultados previstos, en el tiempo y en las nuevas interrelaciones sistémicas creadas. Estudios científicos ya han demostrado efectos nocivos sobre la salud de las personas, como toxicidad, alergias o resistencia a los antibióticos, y sobre el medio ambiente, como pérdida de biodiversidad, proliferación de plantas invasoras, contaminación de cultivos por polinizaciones de transgénicos o toxicidad en suelo y aguas.

La cooperación, una estrategia para la supervivencia
Tradicionalmente, las relaciones de competencia entre individuos y especies han sido destacadas en una buena parte de la literatura científica tanto en las ciencias naturales como en las sociales, quizás porque argumentaban en favor del sistema económico occidental que ha convertido en valores el individualismo y la competitividad. Indudablemente la naturaleza es lugar de tensiones y conflictos, pero eso no significa que no encontremos en ella muchas expresiones de cooperación y ayuda mutua que han desembocado en incrementos importantes de la diversidad. Tal y como señala Midgley: “Rasgos sociales como el cuidado parental, el aprovisionamiento de alimentos en cooperación y las atenciones recíprocas muestran claramente que los animales no son egoístas brutos y excluyentes, sino seres que han desarrollado las fuertes y especiales motivaciones necesarias para formar y mantener una sociedad sencilla”24. La cooperación ha predominado en el curso de la evolución porque sus ventajas son superiores a los costes que supone. Se ha visto favorecida al proporcionar a los individuos una mejor adaptación a las imposiciones del medio que las estrategias individuales. El acceso a la socialidad es una etapa clave en la evolución de la vida. Puede decirse que hay verdadera socialidad cuando existe cooperación entre los individuos en los cuidados dedicados a los jóvenes y cuando hay división del trabajo25.
23 Organismos modificados genéticamente (OMG). Son fundamentalmente variedades de soja (60%), maíz (23%), algodón (11%) y colza (6%), se utilizan para piensos para la ganadería intensiva. En España, pionera en la Unión Europea a pesar de la oposición de la opinión pública, se cultivan una serie de variedades de maíz transgénico. Ver: Ecologistas en Acción (2005) Alimentos Transgénicos. www.ecologistasenaccion.org/rubrique184.html Midgley, M. (1995) “El origen de la ética” En Peter Singer (comp.) Compendio de la ética. Alianza. Barbault, R. (2008) El elefante en la cacharrería. El hombre en la biodiversidad. Laetoli, Pamplona.

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La probabilidad de que una paloma torcaz sea capturada es del 80% cuando está aislada; sin embargo disminuye al 10% si está en una bandada de unos 50 individuos. La caza colectiva es frecuente en chacales, lobos, leones y hienas. Los vampiros de Azara (murciélago de América Central) practican la donación de sangre entre ellos, si alguno no encuentra algún caballo o asno para alimentarse… La cooperación no se da sólo dentro de una misma especie. La bióloga Lynn Margulis sugiere que la simbiosis o las relaciones de ayuda mutua entre especies son el principal resultado forzado por la evolución biológica, y que la mayoría de las adquisiciones de caracteres de los seres vivos pluricelulares son producto de la incorporación simbiótica de, principalmente, bacterias de vida libre. Así, considera que las ideas Darwin y las teorías neodarwinistas sobre la evolución, basadas mayoritariamente en la competencia entre especies, están incompletas, y propone una evolución biológica que está basada esencialmente en la interacción, la cooperación y la dependencia mutua entre organismos. “La vida no se hizo con el planeta por combatir, sino por trabajar unidos”26. La humanidad también consiguió evolucionar y adaptarse a su entorno gracias a estrategias de cooperación, tanto con personas como con muchas de las especies animales y vegetales, de tal modo que no ha seguido su proceso evolutivo en soledad, sino que hombres y mujeres hemos ido construyendo nuestra propia especie en compañía de otras muchas, en un proceso de coevolución27. “Homo sapiens ha sabido desarrollar vínculos privilegiados con muchas de las especies de su ámbito familiar, una especie de simbiosis multiasociada que ha desempeñado un importante cometido en su éxito ecológico, social, cultural y económico. Por un lado, perros, gatos, gallinas, vacas, ovejas y cabras; por otro, trigo, arroz, maíz, frutos, flores y legumbres, son la expresión actual del mejor ejemplo de mutualismo múltiple en el que participa nuestra especie”28. Los seres humanos, miembros de esta comunidad planetaria, presentan una tendencia a la socialidad incluso más intensa que la que muestran los demás animales. Ésta ha jugado un papel capital en la evolución sociocultural. La cooperación y la construcción colectiva son los pilares básicos para construir alternativas complejas y viables en cualquier ámbito de la actividad humana y son la gran esperanza para virar el rumbo que conduce al colapso.

de adaptarse a las diferentes circunstancias29. La autoorganización en los sistemas vivos supone que éstos son capaces de aprender, de guardar información que les permite cambiar y adaptarse de forma constante. En la misma línea Margalef apunta: “En esta organización van ya implícitos cambios previsibles en el ambiente y la misma organización es capaz de controlar parcialmente este ambiente […] Es la propia organización, el ecosistema, el que conduce mucha información a lo largo del tiempo […] Puede decirse figurativamente que el ecosistema ha aprendido los cambios en el ambiente y que se anticipa a ellos”30. La hipótesis Gaia, citada más arriba31, considera al planeta Tierra como un gran sistema vivo que se autorregula mediante complejos mecanismos de autocontrol y regulación, y que trata de mantener las condiciones de vida de los distintos ecosistemas que la componen. De esta manera, ante un cambio en las condiciones ambientales, la Tierra en su conjunto actuaría para contrarrestarlo. La biosfera sabe lo que se hace. El objetivo es el mantenimiento de las condiciones apropiadas para la vida y la supervivencia del sistema32. Por ello la biosfera no fabrica compuestos que la dañan. Después de un recorrido de ensayos y errores que viene durando miles de millones de años, en la naturaleza sólo se forma una parte muy pequeña de todos los compuestos que serían susceptibles de crearse. A cada uno de los productos químicos sintetizados por un ser vivo le corresponde una enzima capaz de descomponerlo. Ésta es una regla inquebrantable en el mundo vivo (al menos hasta que la tecnociencia al servicio del mercado lo ha hecho): aquello que no se puede descomponer no se sintetiza. Dado que los sistemas vivos han tenido la posibilidad de experimentar, aceptar y desechar resultados durante miles de millones de años, la ausencia de una sustancia en la naturaleza suele ser indicativo de su incompatibilidad con la química de la vida. Muchos de los componentes de nuestra industria química fueron probablemente desechados previamente por la evolución natural.

El planeta convertido en un laboratorio de alto riesgo
Ya en 1962 la bióloga Rachel L. Carson33 alertó sobre la importancia de los impactos de los pesticidas en las reglas de funcionamiento de la naturaleza, en los seres vivos y en la salud de las personas. Demostró que el DDT, un insecticida utilizado de forma generalizada, junto con otros compuestos de síntesis química, habían ido contaminando los ecosistemas. Éstos se iban acumulando progresivamente en los tejidos de los seres vivos e iban pasando, a través de las cadenas tróficas, hacia los animales de la zona alta de la pirámide alimenticia –y para los que no existían rutas metabólicas de degradación natural– causando serios daños en la salud. Aún en
29 30 31 32 33 Capra, F. (2005) El Tao de la Física. Málaga, Editorial Sirio. Margalef, R. (1998) Ecología. Omega. Ver nota 8. Margulis, L. y Sagan, C. (1995) (ver nota 26). Carson, R. L (1962). La primavera silenciosa. Editorial Crítica. Barcelona, 2005.

La naturaleza se autoorganiza para cumplir su fin: la supervivencia
Las redes vivientes se regeneran constantemente. A través de sus intercambios con su entorno, los seres vivos se mantienen y renuevan a sí mismos utilizando para ello energía y recursos del medio. La autogeneración incluye también la habilidad para formar nuevas estructuras y patrones de comportamiento con la finalidad
26 27 28 Margulis, L. y Sagan, C. (1995) Microcosmos: Cuatro mil millones de años de evolución desde nuestros ancestros microbianos. Tusquets Editores. Ramírez Goicoechea, E. (2005) Evolución, cultura y complejidad. La humanidad que se hace a sí misma.. Editorial Universitaria Ramón Areces, Madrid. Barbault, R. (2008) (ver nota 25).

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la actualidad, mucho tiempo después de haberse prohibido el uso del DDT en la década de los 70, estos compuestos siguen detectándose en el torrente sanguíneo de las personas y siguen estando presentes en los ecosistemas. A pesar de estas evidencias científicas, se ha seguido produciendo una imparable entrada de productos de síntesis química a gran escala, generando un fuerte impacto sobre el funcionamiento de la vida, sin que se hayan llevado a cabo las oportunas valoraciones previas. Los intereses de la industria química han primado sobre el interés común de las personas, de los ecosistemas y de la biosfera. Existen cerca de cien mil sustancias químicas de síntesis presentes en todo lo que nos rodea: alimentos, medicamentos, productos de limpieza, vestidos o tecnología. No se conocen los efectos de la mayoría de ellas en la salud de las personas o en el medio ambiente. La producción mundial de sustancias químicas ha pasado de un millón de toneladas en 1930 a 400 millones en la actualidad, siendo la Unión Europea la productora del 31% de estas sustancias34, sin embargo apenas se sabe nada sobre la toxicidad del 75% de ellas y muy poco sobre el resto35. Con los fondos disponibles para evaluación toxicológica sólo se pueden analizar unas decenas de sustancias al año, por lo que ¡se tardaría un siglo en evaluar únicamente los doscientos productos químicos de mayor producción!36 Los expertos en toxicología ambiental han demostrado ampliamente que hay una gran cantidad de productos químicos con efectos perniciosos sobre la salud de las personas y de los ecosistemas. Especialmente en las sociedades opulentas se vive en un medio artificial, con exigentes condiciones de higiene en apariencia, pero rodeados de infinidad de compuestos extraños a nuestra biología. De forma que hemos incorporado más de quinientas sustancias químicas en nuestro cuerpo que no existían en las personas hace cincuenta años, muchas de ellas con efectos cancerígenos, alergénicos o generadores de anomalías hormonales, inmunológicas o neuronales37. Se trata de procesos acumulativos lentos, de efectos a largo plazo, en los que es difícil demostrar la causalidad. A esto se suman los efectos sinérgicos que se pueden dar tras exposición combinada de diversos componentes. Son especialmente inquietantes los compuestos que tienen efectos como disruptores hormonales38, dado que su composición química resulta ser parecida a la de las hormonas naturales y llegan a suplantarlas, provocando graves alteraciones sobre la fertilidad de los vertebrados, entre ellos las personas. La disminución de tasas de reproducción de muchas especies puede poner en peligro la supervivencia
34 35 “Salud y calidad ambiental”. Ecologista nº 51 marzo 2007. El reglamento REACH, sobre seguridad química de la Unión Europea, en vigor desde 2007, supone un modesto avance para el control del riesgo químico, pero tiene deficiencias debido a la presión de los lobbies de la industria química y la escasez de medios para ponerlo en marcha. En Romano, D. y Ferrer A. (2008). “Un año de REACH”. Ecologista nº 58 otoño 2008. Riechmann, J. (2005). Un mundo vulnerable. Los libros de La Catarata, Madrid. Colborn, T., Meyers, J.P. & Dumanoski, D. (1997) Nuestro futuro robado: amenazan las sustancias químicas artificiales nuestra fertilidad, inteligencia y supervivencia. Ecoespaña editorial. Tales como los PCB, DES (dietilestilbestrol), dioxinas, etc.

Algunos efectos de la introducción no controlada de sustancias químicas
Efectos en la salud de las personas: f Incrementos de cáncer, alteraciones hormonales y alergias. f Fuerte disminución de la cantidad y movilidad de espermatozoides. De continuar la tendencia actual, dentro de 50 años los hombres podrían perder la reproducción natural. f Incremento en el número de abortos, embarazos ectópicos y endometriosis. Efectos sobre los ecosistemas: f En animales, disminución de la fertilidad, del éxito en la incubación de los huevos, deformidades en las crías, feminización en machos y masculinización de hembras, lo que supone una pérdida de capacidad de procreación de esas especies. f Procesos de bioacumulación en las cadenas de alimentación. f Contaminación de suelos, acuíferos, ríos, etc.

de poblaciones enteras y, por tanto, los equilibrios en los ecosistemas. Todavía no hay nociones claras sobre el transporte, tiempo de permanencia, destino y efectos a largo plazo de los contaminantes en cada ecosistema específico, pero podemos encontrar muchos de estos compuestos en lugares donde nunca se utilizaron, desde los polos al ecuador, esparcidos por toda la Tierra. No existe una experiencia evolutiva sobre el comportamiento de la vida con estos compuestos, ya que una adaptación a ellos supondría la creación de nuevas rutas metabólicas, diferentes a aquéllas a las que nuestra especie está adaptada. Un ejemplo de falta de precaución en la incorporación de sustancias artificiales es la investigación en nanotecnología. La nanotecnología39 es un conjunto de técnicas que manipulan la materia a nivel de átomos y moléculas, cambiando sus propiedades físicas y químicas a escala nanométrica, tales como la conductividad eléctrica, el color, la resistencia, la elasticidad, etc. Existen ya en el mercado cientos de productos que utilizan nanotecnología, especialmente en protectores solares, cosméticos, medicamentos, plaguicidas, barnices, chips electrónicos, aditivos alimentarios, sensores o recubrimientos. Pese a que la nanotecnología está ampliamente presente en nuestra vida cotidiana, resulta ser bastante desconocida para la población y existen pocas investigaciones sobre sus posibles efectos, tanto en la salud y como en el medio ambiente. Sin embargo algunos estudios han demostrado que, debido a su pequeñísima
39 Un nanómetro es la millonésima parte de un milímetro. Se utilizan en forma de nanopartículas, nanotubos y nanocápsulas mediante las que se consigue una liberación controlada.

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escala, las nanopartículas pueden pasar las membranas de las células, las barreras de la piel o incorporarse al torrente sanguíneo sin ser reconocidas por el sistema inmunológico, y sin embargo causar alteraciones en el ADN y crear depósitos en el cerebro, hígado, pulmones y otros órganos, con efectos cancerígenos. En definitiva, se está produciendo una liberación masiva de nanopartículas, que pueden incorporarse al cuerpo humano y al de otras especies por ingestión, inhalación o exposición cutánea, de efectos impredecibles sobre la salud. Algunas de estas partículas se disuelven en agua o pueden ser absorbidas del suelo por lombrices y así entrar en las cadenas alimenticias. Todas estas sustancias y compuestos no creados por los procesos evolutivos a lo largo de la historia de la vida pueden tener diferentes consecuencias: f Perturbaciones en el cierre de ciclos de materiales, impidiendo que puedan convertirse en nuevos recursos para la vida, pues son productos no biodegradables. f Desequilibrios en los ciclos biogeoquímicos de la biosfera, tal como ocurre con la utilización de los combustibles fósiles, responsables en gran medida del efecto invernadero que conduce al cambio climático, o los CFC (clorofluorocarbonos), causantes de la formación del agujero de la capa de ozono. f Incompatibilidad con la bioquímica de la vida, dado que no existen rutas metabólicas diseñadas para ellos, como ya ocurre con los pesticidas de síntesis, las dioxinas o los asbestos. Estamos convirtiendo la biosfera en un laboratorio de alto riesgo. El uso de la energía nuclear, los transgénicos, las clonaciones, la nanotecnología, los productos químicos tóxicos persistentes, etc. abren suficientes frentes de incertidumbre sobre los posibles efectos en la salud de las personas, los ecosistemas y la economía. Hasta ahora el sistema productivo ha seguido el camino rápido impuesto por los criterios del mercado y los intereses de las grandes multinacionales, sin prever los posibles efectos tóxicos, sin experimentar su inocuidad para los sistemas vivos y sin analizar los efectos sinérgicos que puedan tener en el conjunto de la biosfera. Se hace necesario establecer el principio de precaución de forma que no se comprometa el futuro de la especie humana y de la biosfera, dada la incertidumbre que llevan asociados los sistemas complejos. Una mirada sistémica de los procesos de la vida nos dará las pautas para una industria de química biocompatible, una biotecnología sostenible, una agroecología o una producción limpia en los sistemas productivos. Sin embargo, vivimos en la cultura ciega al riesgo, que defiende la libertad del mercado en la introducción de nuevos elementos químicos, físicos y biológicos sintetizados en el laboratorio, sin apenas control y sin haber demostrado que no son peligrosos para los ecosistemas.

La resiliencia o capacidad de recuperación ante las perturbaciones
La palabra resiliencia –según el diccionario– puede ser sinónimo de “elasticidad”. También existe una definición que procede del campo de la física: “la capacidad
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de un material de recobrar su forma original tras haber estado sometido a altas presiones” y otra del campo de las ciencias sociales: “la facultad que permite a las personas, en situaciones adversas, lograr sobreponerse a las dificultades y ser transformadas por la experiencia, aprendiendo de los errores”. Desde el punto de vista de los ecosistemas podría definirse como “el grado en el cual un sistema se recupera y retorna al estado anterior a la acción de un estímulo perturbador”. Para ello se producirán complejos procesos físicos, químicos y biológicos hasta equilibrar el efecto producido por el factor externo y por tanto recuperar un estado similar a las condiciones del equilibrio dinámico. Por ejemplo, un vertido de aguas residuales en un río desencadena unas reacciones de autodepuración natural en el seno del mismo, que lograrán la recuperación la situación anterior, siempre y cuando no se superen la capacidad de carga del mismo o determinados umbrales ecológicos. El ecólogo de sistemas C. Holling, introdujo el concepto de resiliencia como “la capacidad de un sistema de autoorganizarse o reconstruirse después de una perturbación” o “la cantidad de cambio que un sistema puede aceptar sin pasar a un estado de colapso”. Pero además, y no menos importante, lo definió como “la capacidad de incrementar su capacidad de aprender y adaptarse”. Como ya es sabido en los sistemas vivos no existe equilibrio, sino múltiples estados dinámicos, lo que supone estar abiertos a la incertidumbre y a los imprevistos, ya que en la naturaleza las interacciones que se producen dentro del sistema no son lineales. Los ecosistemas son el resultado de la información acumulada a lo largo de su historia de vida y se dirigen hacia un futuro con múltiples posibilidades poco previsibles. En este sentido, se pueden producir cambios en la autoorganización o sucesión ecológica que provoquen modificaciones en los procesos evolutivos que se desarrollan en el ecosistema. Los ecosistemas más complejos y diversificados tienen mayor estabilidad, capacidad de regeneración y mecanismos dinámicos próximos al equilibrio, en comparación con los ecosistemas más simples como los monocultivos agrícolas y forestales generados por el sistema productivo. Se podría decir, por tanto, que la resiliencia de un ecosistema es tanto mayor cuanto mayor sea su complejidad, diversidad sistémica e interconexiones y menor su grado de antropización (transformaciones realizadas por los seres humanos). Así, la sostenibilidad ecológica no es un estado que pueda ser definido por simples reglas aplicables como recetas genéricas. Se podría relacionar más bien con la resiliencia del sistema, que debe ser mantenida en el tiempo, de forma que las alteraciones e impactos provocados por las personas en los ecosistemas no superen está capacidad de recuperación intrínseca. Si se mantiene la resiliencia del sistema, basada en la complejidad, diversidad e información del mismo, disminuirá la vulnerabilidad ante posibles alteraciones, ante la incertidumbre. También las personas y las sociedades humanas pueden llegar a aumentar su resiliencia si llevan a cabo estrategias colectivas para no colapsar, tales como el cuidado de la diversidad, la obtención de recursos en el territorio próximo o el respeto
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al cierre de ciclos de los materiales de la vida, también si mantienen y practican los conocimientos necesarios para la sostenibilidad de la vida, si son conscientes de que el sistema económico es un subsistema de la biosfera. Muchas otras culturas, consideradas incultas y salvajes, han sabido mantener los saberes necesarios para la gestión sostenible de sus ecosistemas, atesorados a lo largo de generaciones. Favorecer la resiliencia requiere todo un cambio de paradigma cultural. Se hace necesario aprender de las reglas de la vida y buscar estrategias que nos preparen para un futuro con menor consumo de energía y materiales, organizado de forma autosuficiente y autogestionada, centrado en los territorios locales y que priorice la colectividad y la cooperación frente al individualismo.

Seguir los pasos de la naturaleza, la empresa más antigua y exitosa de la historia
Las sociedades humanas (fundamentalmente las occidentales), bajo las gafas distorsionadas del progreso y el crecimiento, han crecido, a veces como un tumor, a costa de la extracción de materiales finitos y de la degradación de la compleja dinámica planetaria que permite la existencia de la vida (tal y como la conocemos). El funcionamiento de las fábricas, los bancos, los laboratorios, la construcción o el transporte, entre otras muchas actividades humanas, ha alterado gravemente el metabolismo planetario, y está a punto de no poder garantizar la vida de las próximas generaciones ni la salud de los ecosistemas. Esta realidad obliga a cambiar la lógica con la que los seres humanos, fundamentalmente aquellos beneficiarios de la sobreproducción y el sobreconsumo, han venido abordando la resolución de las necesidades –y caprichos– en las últimas décadas. Considerando el desastre que se ha producido en apenas unas cuantas décadas, puede ser oportuno plantearse imitar la lógica que ha permitido a la naturaleza mantener la existencia de la vida durante miles de millones de años. Dentro de este enfoque se encuadra la propuesta de la biomímesis, una estrategia de imitación de la estructura de la naturaleza y de los procesos que organizan los ecosistemas desde el origen de la vida. “Se tratará, entonces, de comprender los principios de funcionamiento de la vida en sus diferentes niveles (y en particular en el nivel ecosistémico) con el objetivo de reconstruir los sistemas humanos de manera que encajen armoniosamente en los ecosistemas naturales”43. Las reglas a tener en cuenta se basan en el funcionamiento de los sistemas vivos explicadas en las páginas anteriores. Un sistema humano que funcione bajo las directrices de la biomímesis será aquel que: f Se someta a la existencia de límites físicos. f Cierre los ciclos de materiales. f Se dinamice con la energía que proviene del sol. f Mantenga los factores esenciales en equilibrio. f Se base en la cercanía. f Favorezca la diversidad. f Se ajuste a los tiempos lentos que requiere la vida natural y comunitaria. f Estimule la cooperación. f Aumente la ecoeficiencia en términos absolutos.

La especie humana, ésa recién llegada a la aventura planetaria
El concepto de progreso humano se asienta sobre la idea de superioridad ante la naturaleza. Las sociedades occidentales han construido sus estilos de vida de espaldas a los límites y dinámicas del medio natural y se consideran el exponente más avanzado de la evolución. La ignorancia de las bases biogeofísicas de las que dependemos nos han convertido en una especie que pasa por la trama de la vida como un elefante por cacharrería destruyendo lo que nos mantiene con vida de forma inconsciente, como si fuésemos el centro incuestionable de este planeta. La realidad es que de los 3.700 millones de años que viene durando la vida40, los seres humanos no ocupan más que el último instante de la historia geológica de la Tierra. No digamos ya la sociedad industrial que comenzó hace menos de tres siglos. Si la humanidad surgió sólo ayer como un pequeño brote de una rama del árbol floreciente de la evolución, entonces la vida no puede en ningún sentido genuino existir para nosotros y nosotros no podemos ser su centro41. Las personas no somos más necesarias que el resto de nuestros compañeros vivos del planeta. No podemos acabar con la naturaleza; sólo representamos una amenaza para nosotros mismos. “La idea de que podemos destruir toda la vida, incluyendo a las bacterias que progresan en los tanques de agua de las centrales nucleares o en las fumarolas hirvientes, es ridícula”42. En todo caso destruiremos nuestra propia posibilidad de continuar en el planeta como especie. Las personas tenemos que aceptar nuestro papel de seres ecodependientes y buscar el significado de la vida humana en armonía con este maravilloso y complejo entramado que es la naturaleza. No nos queda tiempo para seguir leyendo la historia de la vida bajo una luz que la distorsiona.
40 41 42 La vida apareció en la Tierra en un rango que va entre los 3.900 millones de años, cuando cesó la lluvia de meteoritos y el calor de sus impactos sobre la superficie terrestre, y los 3.500 millones de años, que es la edad de los fósiles más antiguos encontrados. Gould S. J. (1999) La vida maravillosa. Ed. Crítica, Barcelona. Margulis, L (1995) (ver nota 26).

Promover el principio de suficiencia para ajustarse a la existencia de límites
Ya hemos visto que un robledal, un ave o un arrecife coralino no crecen indefinidamente ya que su crecimiento está regulado por mecanismos de retroalimentación
43 Riechmann, J. (2006) Biomímesis. Ensayos sobre imitación de la naturaleza, ecosocialismo y autocontención. Libros de La Catarata.

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que operan dentro de unos márgenes en función de los factores ecológicos del medio. La biosfera en su conjunto, como un sistema de ecosistemas, tampoco crece indefinidamente. Por tanto, el sistema económico, subsistema a su vez de la biosfera, no podrá desarrollarse creciendo sin límite. Debemos rediseñar el sistema económico teniendo en cuenta esta premisa fundamental. El actual modelo económico promueve el sobreconsumo de bienes y servicios. La población es bombardeada con unos 3.000 mensajes publicitarios diarios que tratan de provocar una insatisfacción continua para fomentar la compra compulsiva. En los países del Norte se posee una media de 10.000 objetos frente a los 236 de los indios Navajos44. Hemos creado un “mundo lleno”, un mundo saturado de cosas, ya sean coches, pantallas, centros comerciales o urbanizaciones, creando un problema de escala ante el cual sólo cabe una cultura de suficiencia o de autocontención45. En este contexto, el freno al modelo de crecimiento económico insostenible se hace imprescindible y debería convertirse en una prioridad de los gobiernos y la sociedad civil, promoviendo un cambio de paradigma que lleve a repensar las necesidades básicas y la forma de satisfacerlas. Una reducción de lo material, de lo superfluo, de lo ostentoso, de lo efímero, una apuesta por la disminución de los despilfarradores consumos de materiales y energía, así como la minimización de residuos. Se hace precisa una cultura de la suficiencia que conlleve una fuerte reducción de los bienes materiales y apueste por el incremento de los bienes relacionales, basados en la articulación comunitaria. Es necesario analizar el metabolismo económico en su conjunto e integrarlo dentro de los límites de funcionamiento de la biosfera. Todo un cambio de modelo que implica una acción que va desde lo local a lo global, colectiva, social y política, que promueva cambios en la forma de producir, distribuir, consumir, divertirse, alimentarse o transportarse, fundamentalmente en los países más depredadores. Es necesaria una cultura de la austeridad que potencie una vida buena para todas las personas y seres vivos del planeta.

reparto. Un modelo de suficiencia energética, de producción local y descentralizada, abastecido con fuentes energéticas renovables –solar, eólica, hidráulica a pequeña escala y algunos combustibles locales (madera, excrementos…)–. Para la transición tecnológica hacia las energías renovables a gran escala se necesitará utilizar inicialmente cantidades significativas de combustible fósil que ahora, sin embargo, se está despilfarrando en una excesiva movilidad horizontal. Existen proyectos como las Ciudades pos-Carbono en Estados Unidos46 o las Ciudades en Transición47, en el mundo anglosajón, que promueven la reducción progresiva del uso de los combustibles fósiles, con cambios tales como la potenciación de la producción y el consumo local, la reducción en la importación de materiales y las distancias de desplazamientos, la minimización de residuos, el fomento de las energías renovables, la eficiencia en el uso de energía y materiales o la agroecología, entre otros objetivos. Todo ello potenciando procesos de participación ciudadana para la toma de decisiones comunitarias.

Cerrar los ciclos de materiales
En la naturaleza, como hemos visto, cada residuo de un proceso es utilizado como materia prima de otro posterior. Por el contrario, el metabolismo de la economía industrial se considera lineal, pues se desentiende tanto de la extracción como de los crecientes residuos que genera, bien sean basuras domésticas, gases de efecto invernadero o vertidos líquidos. Uno de los principales problemas de la sociedad industrial, dada la capacidad limitada de asimilación de los residuos por parte de la biosfera, es el caso de los desechos tóxicos y otros compuestos de síntesis química y biológica, para los que no existen rutas metabólicas de degradación biológica, impidiendo con ello el cierre del ciclo de materiales. Por tanto, será necesario diseñar un metabolismo económico que tenga en cuenta todo el ciclo de vida de los productos y de los procesos industriales, tanto en la fase de extracción de las materias primas, como en las etapas de manufactura y transporte, para concluir con el retorno de los posibles residuos como nutrientes técnicos de otros procesos industriales. Se trata de evaluar el metabolismo completo, incluyendo los flujos energéticos y de materiales (generalmente ocultos o invisibilizados en vertederos, en vertidos incontrolados, en tejidos vegetales, suelos, atmósfera u océanos). Es preciso desarrollar una ecología industrial48, que promueva el cierre de ciclos y el ahorro y eficiencia energética, insertando el funcionamiento de los sistemas industriales en los naturales. El reciclaje de los residuos domésticos como única apuesta dirigida al cierre de ciclos resulta insignificante si lo comparamos con el grave problema de las basuras.
46 47 48 http//postcarbocities.net www.transitiontowns.org La Sociedad Internacional de Ecología Industrial (ISIE) organiza cada dos años un Congreso Internacional de Ecología Industrial.

Un modelo energético basado en el sol
Un sistema económico biomimético ha de promover la reconversión del modelo energético actual, muy dependiente de los combustibles fósiles y de la energía nuclear, en un modelo basado en las energías renovables. Sin embargo, sería bastante ilusorio pensar que un nuevo sistema basado en energías alternativas bastaría para mantener una sociedad altamente energívora que sigue aumentando su demanda energética. Por todo ello, un modelo energético que quiera apoyarse en fuentes limpias y renovables deberá incluir, además de medidas de eficiencia, la disminución de los consumos energéticos absolutos a escala planetaria, con criterios de justicia en el
44 45 Latouche, S. (2008) La apuesta por el decrecimiento. Icaria. Riechmann, J. (2006) (ver nota 43).

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La mochila ecológica
La mochila ecológica, es la suma de todos los materiales que han sido necesarios para la elaboración de un determinado producto, durante todo su ciclo de vida (extracción de materias primas, transporte, producción y vertido). Así, por ejemplo, para fabricar un cepillo de dientes se necesitan 1,5 kg de materiales, 75 para un teléfono móvil, 1,5 toneladas para un ordenador y 14 toneladas para un automóvil. Un chip electrónico, que pesa 0,09 gramos tan sólo, requiere 20 kilogramos, ¡más de 220.000 veces su peso!
Schmidt Bleek, F. (2004) El petate ecológico. Economía por un futuro con futuro.

demandas de agua dulce, cambios en los usos de la tierra, reducción de la capa de ozono y aerosoles en la atmósfera. Pues bien, los tres primeros límites se han superado ya según los datos de la investigación, lo que supone un grave riesgo para el mantenimiento de los factores de equilibrio necesarios para el desarrollo de la vida, en el estado de complejidad y armonía que se dan en la Tierra, amenazando su capacidad de autorregulación. La biosfera, tal como la conocemos, depende de una serie de factores que han de mantenerse en equilibrio, tales como la temperatura o la composición de los gases. No sólo se están alterando estos factores sino que se están degradando las formas en que la naturaleza mantenía estos factores en equilibrio. Un cambio significativo de la temperatura media del planeta puede provocar una deriva hacia el colapso. Se hace necesario conocer estos factores y favorecer políticas que impidan su quebranto. Mientras tanto ha de aplicarse el principio de precaución.

Una política correcta de gestión de residuos domésticos deberá hacer hincapié en la reducción en origen, es decir, en la disminución de envases y embalajes y de bienes poco duraderos. Sin embargo, los intereses económicos y empresariales son contrarios a la idea de reducción y reutilización. Los envases y embalajes permiten el transporte a larga distancia que requieren los mercados globalizados. Los mercados locales necesitan menos envases y permiten más fácilmente la retornabilidad y la reutilización49. El mejor residuo es el que no se produce. Como aporta Nicholas GeorgescuRoegen50, “la creencia en una actividad industrial libre de contaminación es un mito tan tentador como la creencia en que algo va a durar eternamente”. El reciclaje perfecto no puede existir debido a la degradación entrópica de la materia o la tendencia natural de los compuestos a deteriorarse, a envejecer, pero cabe minimizar este deterioro. Son necesarias políticas que promuevan la prolongación de la vida útil de los productos al margen de modas pasajeras, que eviten obsolescencias programadas (que conducen a la rápida sustitución de unos bienes por otros y que sólo atienden a intereses monetarios), que fomenten el mantenimiento y la reparación de los mismos, potenciando el uso compartido y comunitario y que utilicen componentes de fácil reciclaje en la fase final de vida útil del producto.

Combatir la necesidad de transporte con cercanía
El incremento incesante del transporte de personas y mercancías es una característica de la sociedad moderna. Este transporte se basa en el uso generalizado de los combustibles fósiles. Los recorridos realizados a larga distancia constituyen una rareza en la naturaleza, especialmente considerando que gran parte de la biomasa terrestre la constituyen los vegetales, sujetos al suelo. Es necesario que los sistemas humanos se recentren sobre su territorio. Una sociedad sostenible deberá apostar por la proximidad, reduciendo significativamente la movilidad motorizada, relocalizando la extracción de recursos y energía, así como la producción industrial, los servicios y el consumo. Será necesario promover el autoabastecimiento y la autogestión de la comunidad en la medida de lo posible a nivel local y regional, evitando el trasiego de materiales y energía a escala planetaria. Han de desarrollarse estrategias de planificación territorial que apuesten por ciudades de menor tamaño, que fomenten la vida en unos barrios bien dotados de servicios, donde los desplazamientos diarios puedan realizarse a pie, en bicicleta o en transporte público. Ha de ponerse fin al éxodo rural e invertir la dirección, pues una sociedad sostenible es sin duda más rural que urbana.

Mantener los factores esenciales en equilibrio
Un estudio realizado en la Universidad de Estocolmo51, en el que han participado un grupo de 28 prestigiosos científicos, identifica los procesos y umbrales biofísicos de nueve líneas rojas que no se deberían sobrepasar sin riesgo de provocar graves alteraciones del sistema Tierra. Éstos son: emisiones de CO2, diversidad biológica, ciclo del nitrógeno, exceso de fósforo en los mares, acidificación de océanos,
49 50 51 Fairlie, S. (1993). “Por qué las grandes industrias favorecen el reciclaje”. Gaia, junio 1993. Geogescu-Roedgen, N. (1975) Energía y mitos económicos. ICE. Disponible en: http://stockholmresilence.org/planetary-boundaries

Favorecer la diversidad como garantía ante la incertidumbre
Compartimos la nave Tierra con entre 5 y 30 millones de especies de seres vivos, de las que los científicos sólo han identificado unos dos millones. Pero, como sabemos, la biodiversidad es mucho más que un listado de especies a conservar. Se trata de toda una serie de distintas estrategias, una compleja red de interrelaciones que, en su conjunto, hacen posible que las condiciones ecológicas del planeta sean las adecuadas para el desarrollo de la vida. Somos biodependientes, la biosfera nos proporciona las condiciones vitales necesarias, como el oxígeno que respiramos, la polinización que hace posible la formación de los frutos que comemos, el agua que bebemos o la regulación de nuestro clima.
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Al contrario que la naturaleza, el sistema productivo industrial fomenta la homogeneización, promoviendo bienes y servicios fáciles de producir masivamente, ya sean móviles, hamburguesas o formas de divertirse. Pueden encontrarse entornos artificiales iguales en todo el mundo: urbanizaciones, aeropuertos, centros comerciales o monocultivos para la alimentación son prácticamente idénticos en lugares muy distantes. Se ha desarrollado una cultura homogénea (el llamado pensamiento único) al margen de las peculiaridades de los distintos territorios. Según la FAO, el 75% de la diversidad genética de los cultivos se ha perdido en el último siglo. En la actualidad el 95% de la alimentación de las personas proviene únicamente de ¡19 cultivos y de 8 especies animales!52, en contraposición con las miles de especies diferentes que nos han nutrido a lo largo de la historia de la humanidad. Mientras se reduce la diversidad de alimentos, que estaban adaptados a las condiciones ecológicas de cada territorio y eran resultado de la selección cultural a lo largo de generaciones, se ha incrementado la cantidad de conservantes, colorantes o estabilizantes en nuestra alimentación. Una economía biomimética favorecerá el mantenimiento de las diversidades cultural, económica y ecológica, recuperando las variedades de cultivos y ganados, promoviendo la arquitectura vernácula adaptada a los recursos y condiciones ecológicas locales, recuperando los mercados tradicionales o favoreciendo la conservación de lenguas y culturas indígenas portadoras de información valiosa desde el punto de vista de la sostenibilidad.

convierte directamente en insostenibilidad. La velocidad requiere un uso creciente de energía, materiales, mecanización e infraestructuras y emisión de residuos contaminantes que se traducen en agresiones directas al territorio. Sin embargo la sociedad tecnoindustrial, y en especial las grandes empresas que se enriquecen con la movilidad, interpretan la velocidad como desarrollo y no como deterioro. Muchas personas no se sienten cómodas en este modo de vida rápido, y buscan formas de vida más acordes con el cuidado, las relaciones, el ocio creativo o la percepción de las estaciones del año. En este sentido, surge el movimiento slow (lento), corriente cultural que apuesta por la reconquista del control de los tiempos para dedicarlos a cuestiones vitalmente importantes. Empezaron con la alimentación slow food54 y posteriormente han ido incorporando proyectos más ambiciosos de recuperación de los ritmos lentos como las slow cities, que cuentan ya con una red mundial de ciudades de tamaño medio que promueven la lentitud en los ritmos cotidianos, las relaciones de proximidad, la creación de espacios de uso comunitario –zonas verdes y peatonales– y los procesos de participación ciudadana. El sistema productivo no parece dejar tiempo para la vida. Modas efímeras, obsolescencia tecnológica, productos de usar y tirar, viajes de unos pocos días a la otra parte del planeta, insatisfacciones creadas, estrés y ataques de ansiedad, todo ello a costa de los tiempos necesarios para una vida más plena, más armónica con el planeta, una buena vida.

Ajustarse a los tiempos lentos
Los ritmos de la naturaleza suelen ser reposados. Se necesitaron 300 millones de años para la formación de los combustibles fósiles a partir de carbono orgánico, mientras que el sistema industrial y de transporte los está agotando en tan sólo unos 300 años, devolviéndolos a la atmósfera en forma de dióxido de carbono, sin que la biosfera esté preparada para ello. Los tiempos biogeoquímicos y los económicos han resultado ser bien distintos, más de un millón de veces más rápidos los segundos que los primeros53. Será indispensable conocer los tiempos necesarios para que los ciclos de la naturaleza degraden los residuos orgánicos y la capacidad de los sumideros del planeta, mientras se minimiza la utilización de productos de síntesis para los que no existen vías metabólicas naturales y que pueden inducir alteraciones en los ciclos de la vida. La explotación de recursos tendrá que contemplar su tasa de renovación, los tiempos de regeneración necesarios para evitar su agotamiento. Es evidente que, para el caso los recursos no renovables como son los combustibles fósiles, el uranio o el oro, la extracción de los mismos conducirá irremediablemente a su agotamiento, por lo que habrá que procurar ralentizar al máximo su uso. En la cultura actual puede decirse, en términos generales, que la velocidad se
52 53 Montagut, X. y Vivas, E. (coords.) (2007). Supermercados, no gracias. Icaria. Riechmann, J. (2004) Gente que no quiere viajar a Marte. Los libros de La Catarata.

Reinventando lo colectivo: las posibilidades de la cooperación
La especie humana y el resto de los seres vivos del planeta evolucionaron conjuntamente con la biosfera, generándose en esta evolución una vasta red de interrelaciones basadas mayoritariamente en la cooperación y la simbiosis. Así, nuestra digestión se realiza gracias a la colaboración de la flora bacteriana, miles de pequeños organismos favorecen la generación de un suelo fértil, la formación de muchos frutos y semillas requiere de los insectos polinizadores… Son procesos de coevolución gestados desde tiempos inmemoriales. Las modernas sociedades de la opulencia y el sobreconsumo, potencian la competitividad y el individualismo frente a las formas de relación más comunitarias y participativas. En una situación de enorme desigualdad social en la que la miseria avanza cada año, con unas sociedades enriquecidas que constituyen el 20% de la población pero que se apropian de hasta el 80% de los recursos, la redistribución equitativa del acceso a los recursos se hace ineludible. Sin embargo, puesto que vivimos en un planeta de recursos finitos, los niveles de consumo de las sociedades de la opulencia no son generalizables a todas las personas del planeta. Ha de imponerse una fuerte reducción
54 Carlo Petrini fundó en 1986 la iniciativa Arcigola, posteriormente bautizada como Slow Food. Ya en 2001 contaba con 70.000 afiliados en 70 países. Defiende el regreso a los cultivos naturales, las variedades y recetas de cocina locales, rescatando los saberes tradicionales para adaptarlos a la vida contemporánea.

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en los consumos del Norte, “una democracia de la Tierra” que fomente la cooperación y la solidaridad, en su triple vertiente de justicia, sostenibilidad y paz55. Muchas personas están cuestionando su forma de vida, buscan alternativas cooperativas autosuficientes, tejen articulación comunitaria en barrios o ciudades de menor tamaño. Lo hacen fomentando la economía del intercambio no monetarizado, los bienes relacionales, poniendo en el centro la vida y los cuidados, tradicionalmente desempeñados por mujeres. Existen numerosas alternativas comunitarias que “reinventan lo colectivo”56: los proyectos de ecoaldeas, las ciudades en transición, los movimientos de campesinos e indígenas por la soberanía alimentaria, los grupos de consumo de productos ecológicos, las redes de trueque o los bancos de tiempo, fórmulas que potencian el apoyo mutuo, las relaciones de vecindad y la participación en la toma de decisiones que afectan a la comunidad. “Cooperar y no competir, nos hizo humanos. La intensa socialidad de todos los primates, todavía mucho más desarrollada en nuestra propia especie, es uno de los rasgos de nuestra naturaleza”57.

factor 459, que supone la duplicación de la satisfacción de las necesidades humanas reduciendo a la mitad el consumo de recursos naturales y el consiguiente impacto ecológico. Una economía podría ser cada vez más ecoeficiente (por unidad de producto) y a la vez más insostenible si no se contempla el principio de ahorro integral, que exige una reducción, en términos absolutos, del uso de materiales, energía y generación de residuos a nivel global. Por lo tanto, la ecoeficiencia es un aspecto necesario pero no suficiente para alcanzar la sostenibilidad.

Justicia social: solidaridad con todas las personas
Un plan efectivo de reducción de las desigualdades sociales ha de formar parte de cualquier estrategia de sostenibilidad ecológica. Un resultado evidente de la economía capitalista ha sido la generación de nuevos e ilimitados deseos de consumo especialmente entre las personas con mayor poder adquisitivo. Estas elites acaparan la mayor parte de los recursos mientras que, en el otro extremo, una gran mayoría de la humanidad tiene dificultades para resolver las necesidades más básicas. Nuestro sistema excluye además, a las futuras generaciones y al resto de los seres vivos con quienes compartimos el planeta. En 2004 las 200 multinacionales más grandes del planeta concentraban el 29% de la actividad económica mundial. Las diez mayores industrias controlaban en 2003 la mitad del sector de la comercialización de semillas, más del 80% de las ventas globales de agrotóxicos. Las diez farmacéuticas más grandes controlan el 59% del mercado. En procesado de alimentos y bebidas, Nestlé tiene la primacía triplicando en ventas a sus competidores… Los grandes del sistema controlan el mercado global, desde lo que se extrae/produce, hasta lo que llega al consumidor (incluida su calidad y precio), pasando por el procesamiento y distribución. Las multinacionales condicionan diariamente nuestras vidas y el futuro del planeta, promoviendo guerras reales y de mercado, en connivencia con gobiernos y medios de comunicación. El sistema económico dominante privilegia el presente, el corto plazo, la concentración de poder y la privatización de los beneficios. Frente a él es necesario vislumbrar un futuro sostenible y equitativo, que contemple el largo plazo, la distribución justa de los recursos para todas las personas y la sostenibilidad ecológica. Casi la mitad de la población está mal nutrida por defecto o exceso. Mientras unos mil doscientos millones de personas padecen desnutrición o carencias alimentarias severas, otra cantidad similar se alimenta con exceso de calorías, proteínas y grasas, lo que conlleva el padecimiento de enfermedades cardiovasculares, obesidad o diabetes. Sin embargo, mientras todo esto ocurre, se invierten ingentes cantidades de dinero en armamento cada vez más letal y sofisticado, se potencian monopolios
59 E. Ulrich von Weiszäcker, L. Hunter Lovins & A.B. Lovins, realizaron el informe a mediados de los noventa.

Ecoeficiencia, producir con menos materiales y energía
El uso de materiales y energía no ha hecho sino incrementarse, en términos absolutos, a escala global año a año. El sistema económico se ha ido haciendo cada vez menos ecoeficiente a la hora de satisfacer las necesidades humanas. Cuanto menor es la eficiencia de los procesos productivos, mayor será el trasiego biofísico de materiales y energía y en consecuencia el deterioro de la biosfera. A modo de ejemplo, en España se ha duplicado el consumo de energía en las dos últimas décadas, creciendo un 6% anual. Sin embargo el bienestar social no se ha incrementado en igual medida, ni tampoco la calidad de vida. Se podrían aportar datos en la misma línea en cuanto al consumo de agua, de suelo o de otros recursos. Algunos de ellos pueden resultan alarmantes: en Estados Unidos sólo el 6% de los materiales se convierte en producto, y la relación entre producto y desperdicio puede llegar a ser de uno a cien, tanto mayor cuanto más complejo y sofisticado sea el bien de consumo. Para mantenerse dentro de los límites de la biosfera, Friederich Schmidt-Bleek58 propuso la Estrategia factor 10, que propone una disminución del consumo de materiales y energía a la décima parte, para los sistemas productivos de los países enriquecidos, de forma que se pueda avanzar también en la equidad social para los pueblos empobrecidos de la Tierra. Otros investigadores, en un informe al Club de Roma, propusieron la estrategia
55 56 57 58 Shiva, V. (2006) Manifiesto para una democracia de la Tierra. Paidós. Riechmann. J. (2006). Biomímesis. Ensayos sobre imitación de la naturaleza, ecosocialismo y autocontención. La Catarata. Riechmann J. (Coord.) (2008) ¿En qué estamos fallando? Sobre socialidad humana y sostenibilidad. Icaria. F. Schmidt-Bleek fundó el Club Factor 10 en 1994.

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comerciales, se privatizan recursos básicos o se patentan las semillas y los saberes tradicionales atesorados por culturas desde hace mucho tiempo, que conducen a la pobreza extrema de comunidades enteras. Es evidente la imposibilidad de generalizar los insostenibles niveles de consumo propios de los países enriquecidos al resto de las personas con las que compartimos Gaia. Por lo tanto, se deberá limitar el consumo de los privilegiados del planeta, promoviendo un modo de vida de suficiencia, a la vez que una equitativa redistribución de los recursos fomentando el uso público y colectivo de los mismos. En palabras de Gandhi, “vivir sencillamente para que los demás, sencillamente, puedan vivir”. Será necesaria la potenciación de un verdadero principio democrático, orientado por valores como la sostenibilidad ecológica y los derechos humanos, haciendo prevalecer el interés común y de la naturaleza frente al individual y el de los mercados competitivos. Todo esto promoviendo un cambio en las leyes, acuerdos y tratados internacionales, con criterios de justicia social que restituyan la deuda ecológica, es decir, el expolio ecológico y social al que los países enriquecidos han sometido a los países del Sur durante siglos. Un principio de justicia social, basado en la rearticulación comunitaria, el desarrollo de valores colectivos frente a los individuales y promoviendo procesos de participación en la toma de decisiones. Un modelo social que conlleve una “vida buena, que suponga una solidaridad sincrónica, con todas las personas que habitan en la biosfera, y diacrónica, con las generaciones actuales y futuras. Además, de una solidaridad con ‘todo lo vivo’, una democracia de la Tierra”60.

Qué plantea el pensamiento único sobre el funcionamiento de la vida
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Concibe la naturaleza como un gran almacén de recursos al servicio de la economía. Ignora y desprecia los límites de la biosfera. Los seres humanos no forman parte de la naturaleza y están por encima de ella. La cultura es superior a la naturaleza. Se despreocupa de las interdependencias de todo lo vivo. Es un logro humano vencer las reglas de la naturaleza. Olvida con excesiva frecuencia que todo lo vivo arranca de la fotosíntesis. La búsqueda de la rentabilidad monetaria impide valorar a la naturaleza como maestra en el uso eficiente de energía y materiales. Presenta al sistema económico como independiente del sistema de la biosfera. El sistema económico no cuenta con la degradación entrópica inherente a todo sistema abierto y teoriza al margen de las leyes de la termodinámica y de la naturaleza en general. Se aportan soluciones de fin de tubería, es decir, medidas curativas en vez de preventivas. No tiene en cuenta el principio de precaución. Pone en manos de algunas personas expertas la tecnología y el mismo futuro del planeta. El pensamiento único desarrolla una cultura que ha dejado de mirar a la naturaleza, que percibe la realidad a través de pantallas de ordenador y televisores.

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Shiva, V. (2006) (ver nota 55).

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Las propuestas de una cultura de la sostenibilidad
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Es necesaria una cultura que ponga en el centro la vida y que aprenda a convivir en paz con el planeta. Una cultura que se ajuste a los límites materiales impuestos por la biosfera, dado que no puede existir un crecimiento ilimitado dentro de unos recursos finitos. Un enfoque holístico que contemple la totalidad, integrando las distintas disciplinas que explican el funcionamiento de la vida y del subsistema económico. Una articulación social que repiense las necesidades básicas de las personas, de forma que se minimice el uso de recursos. Una cultura que premie la austeridad y la suficiencia, y que fomente la riqueza de las relaciones sociales. Un sistema social que siga las enseñanzas del funcionamiento de la biosfera, tales como vivir del sol, cerrar los ciclos de materiales, la minimización del transporte horizontal, los ritmos lentos y la cooperación. Ha de respetarse el principio de precaución. Una cultura que promueva la diversidad en todas sus facetas: ecosistemas, biodiversidad, saberes autóctonos, formas de pensamiento, culturas, lenguas, etc. Una sociedad verdaderamente democrática y justa, que organice la toma de decisiones a través de procesos participativos y que fomente las relaciones de las personas en su entorno próximo.

Hacia otro modelo de conocimiento

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Es una creencia generalizada que nunca la humanidad ha sabido tanto como en la actualidad. El conocimiento denominado científico ha avanzado en los últimos siglos de una forma vertiginosa. En todas las áreas del pensamiento: física, matemáticas, química, biología o ciencias sociales han sido descubiertas nuevas leyes y postulados que, aplicados a través de la tecnología y la ingeniería, han permitido crear una enorme variedad de artefactos, máquinas, compuestos químicos, medicamentos, instituciones y nuevos negocios que han cambiado aspectos sustanciales de la vida.

“Con cada invento o cada organización, con cada nueva propuesta política o económica, hemos de atrevernos a preguntar: ¿se ha concebido con amor y va a perseguir fines de amor? “Muchas de las cosas que hacemos ahora no resistirían esa pregunta. Para nuestro futuro desarrollo, no necesitamos poder alguno excepto el dirigido por el amor hacia formas de belleza y verdad. Únicamente cuando el amor se ponga a la cabeza, la Tierra, y la vida sobre ella, volverán a ser seguras. Y no lo serán hasta entonces”.
Lewis Mundford (1955) Perspectivas61

La fe y la confianza en la ciencia como llave del progreso y bienestar se han convertido en una creencia universal. La comunidad científica tiene un prestigio tal que casi basta con que alguien con una bata blanca afirme en la televisión que un detergente, una crema, un yogur o una medicina están científicamente probados para que la población parezca sentirse segura y desee consumir esos productos. Sin embargo, de forma paralela a la generación de todos estos conocimientos, a la vez que se han ido descubriendo tantas cosas que antes permanecían ocultas, y al tiempo que nacían más y más universidades, laboratorios o centros de investigación, los factores que posibilitan la vida se han ido deteriorando progresivamente. El agua, el aire, los territorios, la fertilidad del suelo, los mares, la biodiversidad o
61 Mumford, L. (1955) “Perspectivas” en Naredo, J.M. y Gutiérrez, L. eds (2005). La incidencia de la especie humana sobre la faz de la tierra. Universidad de Granada.

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la vida comunitaria se han ido destruyendo al mismo ritmo acelerado con que aparentemente aprendíamos sobre ellas, y muchos de los inventos y artefactos creados, que en su momento recibieron el aval de la ciencia, han provocado daños irreparables. La solución a los problemas causados por el deterioro ambiental se delega en los remedios que los científicos puedan encontrar. Teniendo en cuenta que conocimiento científico y deterioro ecológico parecen haber tenido un recorrido paralelo, resulta obligado preguntarse si el modo de aproximarse a este conocimiento que ha desarrollado la sociedad occidental y la forma de aplicarlo pueden tener algo que ver con el deterioro ambiental. En primer lugar es necesario recordar de dónde venimos y cómo se ha construido el pensamiento científico relacionado con la naturaleza para entender las relaciones que hombres y mujeres occidentales han establecido con el planeta que les sustenta.

Las características de la ciencia moderna: la pretensión de objetividad, de medida, la experimentación y el mecanicismo
Puede decirse que la ciencia moderna arranca en el siglo XVII. Descartes y Bacon son los dos filósofos que proporcionan las bases que apoyan el pensamiento científico moderno: el racionalismo y el empirismo. El pensamiento cartesiano, basado en el racionalismo, plantea una visión matemática del mundo físico. Las matemáticas constituyen para Descartes la representación del orden total. Para él los animales y plantas constituyen una especie de autómatas que funcionan a partir de reacciones ante los estímulos externos, al igual que lo hace una máquina. El conocimiento matemático de las leyes que gobiernan estas reacciones daría a los seres humanos la posibilidad de manejar el mundo vivo a su conveniencia. En sus propias palabras: “Es posible encontrar una práctica por medio de la cual conocer la fuerza y las acciones del fuego, del agua, del aire y de los astros […] y de esta suerte convertirnos en dueños y señores de la naturaleza” 62. El problema más importante de la ciencia para Descartes era encontrar un método de pensamiento claro y riguroso que se pudiese aplicar a cualquier fenómeno, obteniendo principios distintos y ciertos que explicasen el mundo de forma clara y convincente. Francis Bacon, poco tiempo antes, había propuesto el avance de la ciencia por el terreno de la experiencia. Según Bacon, era preciso encontrar un método que permitiese ver la realidad sin deformaciones. Su intento era organizar un sistema de experimentación, de tal modo que se pudieran obtener leyes generales de la observación precisa de los hechos. Se trataba de observar de forma sistemática los
62 Descartes, R. (1637), El Discurso del Método, Alianza, Madrid (1979).

efectos de la presencia o ausencia de un factor. Con estos planteamientos Bacon reduce el conocimiento científico a la observación, el cálculo (al igual que planteaba Descartes) y la experimentación. En su modelo las verdades generales serían siempre fruto de la observación de muchos casos particulares. Al decir de Bacon, el saber científico otorga poder: “La ciencia es el poder y tiene como finalidad extender el poder y el dominio de la humanidad sobre el universo. La nueva ciencia proporciona un enorme poder sobre la Naturaleza a fin de conquistarla, someterla y estremecerla en sus fundamentos”63. Aunque existían muchas diferencias entre Descartes, cuyo planteamiento se fundamentaba en la razón como criterio fundamental para encontrar la verdad, y Bacon que se apoyaba en la observación, el cálculo y la experimentación, estas diferencias se fueron encajando sin que se dieran grandes enfrentamientos entre ambas concepciones. Los dos filósofos tuvieron una enorme importancia en la génesis del pensamiento científico occidental. Con ellos se instaló una sobrevaloración de las interpretaciones racionales y científicas sobre cualquier otra forma de explicación y se llegó al convencimiento de que sólo mediante la observación, la experimentación y la matematización era posible alcanzar un conocimiento objetivo de la realidad. El enorme peso de las matemáticas, la medida y el cálculo, condujo a la invisibilización progresiva y al desprecio de los aspectos cualitativos que, por no poder expresarse en forma de números, dejaron de ser tenidos en cuenta. El llamado método científico, a partir de las reflexiones de estos filósofos, se basa en el supuesto de la separación absoluta entre el científico-observador y aquello que observa, de modo que el nuevo conocimiento generado aparece como una realidad objetiva, que no depende de la persona que observa ni del objeto con el que se observa. Este principio disyuntor entre el investigador y su campo de investigación ha contribuido a alimentar el mito del científico como persona neutral, generadora de conocimiento imparcial, objetivo y universal. Unos años antes de que se hiciesen públicas las ideas de Bacon, Galileo era conocido por sus investigaciones sobre el movimiento. Según su esquema de pensamiento en el universo sólo hay materia y movimiento que se pueden observar y medir. Para él, lo importante no es conocer por qué cae un objeto, sino saber qué distancia recorre y en cuánto tiempo. En línea de continuidad con el utilitarismo de la ciencia baconiano, Galileo sostiene que el conocimiento y la transformación de la naturaleza son dos realidades inseparables. Esta relación fundamental daría pie a la constitución de la tecnociencia occidental actual. A la vez que muere Galileo, nace otro científico cuya obra instaura el paradigma mecanicista y consolida los cimientos de la ciencia moderna. Isaac Newton encarna la síntesis del racionalismo cartesiano y el empirismo baconiano. Su trabajo muestra al mundo, a partir del movimiento de los astros, que lo más grande y lo más pequeño del universo obedecen a unas leyes inmutables y universales. Newton plantea fórmulas matemáticas que permiten predecir las trayectorias
63 Bacon, Novum Organum.

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de los cuerpos en cualquier momento y con total certeza. Aunque los críticos de Newton argumentaban que no había sido capaz de explicar por qué existía la gravedad, sino que había establecido sus efectos, el se defendió explicando que lo importante era fijarse en el cómo y no en el por qué. Para él era irrelevante que no se pudiese explicar la fuerza de la gravedad, comparado con el hecho de que se pudiese medir y hacer predicciones basadas en ella. Como vemos, Newton continúa apuntalando la visión ingenieril y utilitaria del conocimiento científico. Las leyes de Newton fueron esenciales en el desarrollo de la física de los siglos siguientes. Junto con la confianza en encontrar las leyes que regulan el orden en la naturaleza, se extiende el convencimiento de que el universo se puede describir en términos matemáticos y mecánicos. Se empieza a pensar en la naturaleza como si fuese un gigantesco reloj, una enorme maquinaria que puede ser diseccionada y estudiada por partes. La naturaleza pasa así a ser considerada como un autómata sujeto a leyes matemáticas que determinan su futuro y explican su pasado. Las leyes de Newton permiten calcular, por ejemplo, la distancia que recorre un punto material y el tiempo que tarda en hacerlo tanto hacia el futuro como hacia el pasado. La ciencia newtoniana, además, comparte la visión de Galileo en cuanto a su vocación de aplicación práctica. Una de sus principales fuentes es el saber de los artesanos medievales que construían máquinas. Esta concepción orienta la ciencia a la búsqueda de los medios para actuar sobre el mundo, para prever y modificar el curso de ciertos procesos, concebir dispositivos, poner en marcha y explotar los recursos y fuerzas de la naturaleza.

Y la visión mecánica se extendió a la economía
Las ideas científicas de Descartes, Bacon, Galileo, Newton y sus seguidores llegaron a ser centrales en la interpretación general del mundo, gracias a que fueron acogidas favorablemente en las instancias sociales y políticas. Su extensión fue global cuando, superando las arenas de las ciencias del mundo físico, fueron especialmente bien acogidas dentro de la economía. Desde la Ilustración muchos pensadores comenzaron a asociar las leyes mecánicas que explicaban el mundo natural con las leyes naturales y universales que organizaban las sociedades. El llamado progreso permitía a las sociedades emanciparse de la naturaleza, concibiendo ambas como máquinas simples y previsibles. Los pensadores ilustrados consideraban que el progreso de las sociedades humanas recorría una trayectoria lineal que, partiendo de un pasado primitivo y ligado al medio natural, se encaminaba hacia un futuro en el que los seres humanos se habrían emancipado de su contexto natural y terrestre. El pensamiento occidental asoció el progreso con la superación de la naturaleza, una enorme máquina que funcionaba según leyes inmutables. De igual modo la economía de mercado se consolidó como una forma superior de organización que permitía desligar los procesos económicos de las fluctuaciones del medio
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ambiente. En efecto, la ciencia económica asumió rápidamente los modelos que provenían de la física newtoniana. Su incorporación al pensamiento de las clases dominantes fue decisiva para el desarrollo de las diferentes revoluciones industriales. Así, Adam Smith asumió con entusiasmo la visión mecanicista del mundo y se planteó el reto de aplicarla a la búsqueda de leyes económicas. Otros economistas como Jevons o Walras manifestaban que no tenían otra aspiración sino la de crear una ciencia de acuerdo con el modelo exacto de la mecánica, e Irving Fisher, uno de los constructores primitivos de la economía, a finales del siglo XIX, trataba de demostrar el carácter esencialmente mecánico del comportamiento del consumidor. El predominio de este enfoque mecánico y causal condujo a una consideración reduccionista de los objetivos económicos. Sólo se consideraban como tales aquellos objetos útiles para el ser humano en sus actividades industriales y que podían ser cuantificados en términos monetarios. Fuera, en el campo de lo no económico, quedaron asuntos esenciales, como los trabajos gratuitos de las mujeres y los procesos de la naturaleza para la generación de nueva vida. Se apuntaló entonces un concepto de producción que visibilizaba únicamente la creación de valor en términos monetarios, y “cerraba los ojos a los deterioros sociales o ambientales que dicha gestión origina”.64 La mecánica, aplicada a la economía, resultó ser muy útil al capitalismo, que encontró en ella argumentaciones supuestamente objetivas para defenderse, y permitió conferir a la disciplina económica un estatus científico aislado que le permitía estudiar y enunciar leyes al margen del mundo físico en el que se asentaban, arrinconando otros paradigmas económicos que integraban la economía y los procesos de la biosfera.

Las consecuencias del paradigma mecanicista-reduccionista
El modelo de pensamiento científico gestado durante la época moderna comenzó a ser aplicado a la mayor parte de las áreas de conocimiento. Aunque son indudables las aportaciones que este modelo de pensamiento ha realizado, sobre todo en la transformación industrial, la utilización desmedida del principio de objetivación, la experimentación inadecuada y la aplicación de la lógica de la mecánica a los sistemas vivos, han tenido importantes consecuencias que permiten comprender algunos aspectos que se encuentran en la raíz de la crisis ambiental.

El desprecio a otras formas de conocimiento
En primer lugar, como ya hemos visto, el paradigma clásico de la ciencia se apoyaba en el principio de objetivación. Dicho principio considera que la persona que
64 Naredo, J.M. (2006) Raíces económicas del deterioro ecológico y social. Siglo XXI.

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piensa puede sustraerse del mundo y contemplarlo como algo independiente de sí misma, por lo que el conocimiento generado por ésta representa una realidad objetiva, que no se halla sujeta a condicionantes culturales. Este modo de concebir la ciencia como saber objetivo y universal, la convierte en el principal sistema de conocimiento que ha tenido la humanidad. De este modo se olvida que han habido y hay otras muchas formas de aproximarse al conocimiento que han demostrado su utilidad y cuya validez es equiparable a la de la ciencia. Por ejemplo, la arquitectura vernácula, que se basa en un conocimiento por ensayo, error e imitación, ha mostrado ser tan certera en la construcción de pallozas como la arquitectura actual, sin necesidad de realizar complejos cálculos de estructuras. Muchas de las edificaciones tradicionales han mostrado ser sensiblemente más eficaces que la moderna arquitectura a la hora de conservar el calor o refrescar las casas con un escaso uso de energía fósil. Otras muchas áreas del conocimiento se han desarrollado por vías diferentes al método científico. La humanidad ha aprendido cosas tan básicas como qué se puede o no comer, cómo relacionarse con diferentes personas, cómo navegar, cultivar o resguardarse, y ha desarrollado diferentes lenguas, utilizando fórmulas de conocimiento que no han tenido mucho que ver con la concepción de la ciencia moderna. Descubrimientos importantes, como por ejemplo la rueda, no han aplicado el método científico, y se relacionan más con el ensayo y error, las aproximaciones sucesivas o la casualidad, sin por eso dejar de ser válidos y trascendentes. Así por ejemplo se ha demostrado que el grosor y la resistencia de la viga central de una palloza (construcción tradicional) es el óptimo. Después de muchas construcciones, si la viga era más delgada la casa se caía, si era muy gruesa costaba excesivamente transportarla. El resultado después de muchos intentos, imitaciones y mejoras ha resultado ser idóneo dados los materiales disponibles. Esta supuesta universalidad de la ciencia occidental hace que se desprecien otros formas de conocimiento. Curiosamente Occidente es percibido como el principal creador de información, mientras que en sus territorios se han perdido en muy poco tiempo cantidades ingentes de biodiversidad y numerosas lenguas, verdaderos depósitos de información para la vida. Muy al contrario, en el momento actual, existe una fuerte correlación entre los lugares en los que reside la mayor diversidad, tanto biológica como lingüística, y los lugares en los que se mantiene la vida indígena. Estas sociedades, muchas veces consideradas sin historia y sin ciencia, cuyo conocimiento se percibe como atrasado, son las que han conservado el saber ancestral que se acumula en la naturaleza o en las lenguas. Pero además, esta consideración de objetividad alimenta la ilusión de neutralidad, tanto del proceso de conocimiento como de la figura de la persona científica, que queda exenta de análisis éticos. El sujeto, la ética, las emociones o la estética suponen estorbos para un modelo de pensamiento que genera conocimiento objetivo, certero, universal e inmutable. La realidad es que la ciencia dista mucho de ser neutra. Por ejemplo, en la década de los noventa en Estados Unidos, más del 50% de los matemáticos contratados
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lo eran para hacer estudios militares o económicos. Basta con analizar qué investigaciones se financian (ya sea en las universidades públicas o en las privadas) para ver que son las multinacionales las que dictan qué cosas se investigan y cuáles no. De forma mayoritaria se financian investigaciones capaces de producir importantes beneficios en sus aplicaciones industriales. Del mismo modo, muchas veces se frenan investigaciones sobre asuntos que podrían afectar negativamente a las cuentas de alguna de estas grandes compañías. Sólo así se explica que existan tantas investigaciones en torno a la producción de nuevos transgénicos o a las telecomunicaciones, pero no haya apenas estudios sobre las repercusiones que el consumo de alimentos transgénicos puede tener sobre la salud de las personas y los ecosistemas o sobre los efectos de las ondas electromagnéticas en los seres vivos. En el caso de existir, suelen ser estudios realizados a posteriori, cuando el daño ya se ha verificado.

Una realidad fragmentada e ininteligible
El paradigma clásico de la ciencia se basa en tomar la realidad, diseccionarla en partes y estudiarla, sin necesidad de realizar una recomposición integradora de dicha realidad como un todo. Así, podemos ver cómo nuestros niños y niñas estudian el cuerpo humano sin ninguna vinculación con la calidad del aire que se respira o con el estado del agua de los ríos. A su vez, el aparato circulatorio, el reproductor o el excretor, se estudian de forma aislada, en capítulos distintos y la mayor parte de las veces sin mostrar que forman parte de un sistema mucho más complejo, el cuerpo humano, cuyo funcionamiento no se puede entender mostrando las partes por separado. Del mismo modo, la economía se estudia desvinculada de los territorios o de los fenómenos naturales en los que opera, induciendo a pensar que la Bolsa de Nueva York no tiene nada que ver con la destrucción de las selvas tropicales. Los procesos no se entienden en interrelación, sino como partes aisladas que apenas tienen que ver unas con otras. Este modelo diseccionador, muy útil para resolver problemas relacionados con las máquinas, ha resultado enormemente dañino para el conjunto del mundo vivo en el planeta. El mundo vivo no se compone de piezas separadas sino que está absolutamente interrelacionado entre sí. En un ecosistema, vegetales, animales y microorganismos cooperan en una intensa red de relaciones que no se puede comprender estudiando cada especie por separado. La interdependencia es una clave esencial de la vida. Sin embargo, del mismo modo que veinte familias que viven en un bloque no constituyen una comunidad a menos que existan relaciones entre ellas, un banco de semillas no es suficiente para garantizar que no se pierda biodiversidad, pues para que ésta exista importa tanto el número de especies como las interdependencias que se establecen entre todas ellas. Muchas decisiones relativas a la ordenación del territorio, a la creación de infraestructuras o al lanzamiento de productos químicos o transgénicos al medio, ignoran que pueden alterar una compleja maraña de relaciones y derivar en mutaciones imprevisibles.
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La ignorancia sobre los productos químicos
Desconocemos los potenciales efectos dañinos de los más de 100.000 productos químicos comercializados. Cada año se comercializan en torno a otros 1.000 productos nuevos. La capacidad del organismo público estadounidense encargado de analizar la toxicología de los productos es de 25 al año, estudiando sólo cada producto aislado. Se ha encontrado que la nocividad puede incrementarse hasta 1.600 veces cuando estos productos se combinan en grupos de dos o tres. Un estudio publicado en la revista Science ha determinado que para analizar las repercusiones de las combinaciones de 1.000 productos en grupos de tres, y sólo dedicando una hora a cada combinación, se necesitaría el trabajo de 100 laboratorios durante 24 horas al día y 180 años.
Bermejo, R. (1994) Manual para una economía ecológica. Los Libros de la Catarata.

El mundo convertido en un laboratorio
La experimentación consiste en seleccionar un subconjunto de objetos a observar dentro del conjunto total que compone el mundo, y a partir de este subconjunto elaborar conclusiones generales y abstractas. El mundo, en el experimento, deja de ser una totalidad y se divide en partes simplificadas. La experimentación desprecia una gran cantidad de variables para dirigir su atención solamente hacia aquellas que le interesan. La experimentación es un procedimiento adecuado para analizar sistemas simples, aislados y en equilibrio, en los cuales funciona la reversibilidad, como por ejemplo el comportamiento de una cantidad determinada de agua dentro de un cazo cuando se le aplica determinado calor. El gran problema de la experimentación son sus excesos al aplicarse a sistemas vivos, alejados del equilibrio, en los que intervienen una enorme cantidad de variables que además no operan sólo en términos de causa-efecto, pues existen procesos complejos que no pueden ser comprendidos desde una lógica mecánica. La experimentación, necesariamente, desprecia muchas variables ocultas y supone una enorme simplificación de lo que existe en la realidad. Por poner un ejemplo, los genetistas que investigan el genoma de los diferentes seres vivos denominan ADN basura al 90% del material genético, simplemente por que no es explicado en el marco de su investigación. A partir de aproximadamente un 5% de la carga genética sacan conclusiones que pretenden explicar el funcionamiento de ese ser vivo completo. Pero además, tal y como hemos visto, la ciencia clásica prácticamente desde su nacimiento se encuentra al servicio de una industria y una economía que no aceptan límites en la producción y el crecimiento. Esta vocación utilitaria ha provocado un desarrollo de la tecnociencia que ha crecido por encima de los límites
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del sistema, sin tener en cuenta condicionantes éticos. Se puede mejorar la experimentación a partir de artefactos que multiplican la capacidad de crear observaciones. Sin embargo, tanto en la observación como en la experimentación existen límites, y ambas resultan muy discutibles a la hora de estudiar lo infinitamente grande, lo infinitamente pequeño o lo infinitamente complejo. La mayor irracionalidad de la experimentación en la naturaleza consiste en aplicar al estudio de la vida la misma lógica que se aplica al estudio de una máquina. Cuando se arrojan al medio productos químicos, organismos modificados genéticamente, gases, etc. sin aplicar el principio de precaución, lo que se hace es convertir el planeta en un inmenso laboratorio. Los seres vivos, y entre ellos los seres humanos, somos las cobayas. En este planeta-laboratorio la reversibilidad no es posible, por ello los cambios que introducimos no tienen marcha atrás y sus consecuencias son impredecibles. Por ejemplo, la liberación de organismos genéticamente modificados al medio puede provocar procesos de recombinación e hibridación entre plantas que no tengan vuelta atrás. Los productos químicos orgánicos pueden interferir con las propias reacciones metabólicas de nuestro cuerpo originando procesos cuyo resultado no se conoce.

El hombre (que no la mujer) como dueño de la naturaleza
Galileo, Newton y sus sucesores pensaban que la ciencia era capaz de descubrir la verdad de la naturaleza. Creían no sólo que la naturaleza estaba escrita en un lenguaje matemático, descifrable a través de la experimentación, sino que este lenguaje era único. Para ellos los fenómenos simples que estudia la ciencia podían proporcionar las claves del conjunto del medio natural. En su visión de la naturaleza la complejidad sólo es aparente y la diversidad se somete a la verdad única de las leyes matemáticas del movimiento. La ciencia newtoniana descubrió una ley universal que presentaba a la naturaleza como una sumisa autómata. Gran cantidad de fenómenos (el movimiento de los planetas alrededor del sol, la caída de una piedra, etc.) obedecen a leyes sencillas y matematizables. La ciencia clásica parecía sacar como conclusión la estupidez de la biosfera. La consideración de una naturaleza autómata y un hombre (en masculino)

Desechos espaciales
En órbita alrededor de la Tierra, producto de los desechos espaciales, hay partículas equivalentes a unas 100.000 minas antipersona. No hay ningún sistema razonable de limpieza de todos los desechos. Estamos creando una cárcel planetaria.
Manuel Bautista (INTA. Director de la base Robledo Chavela) (2000) En las puertas del espacio. McGraw-Hill.

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dominador, apuntaló una concepción antropocéntrica que justificaba el ejercicio del control, la manipulación y el expolio. Desde hace siglos el ser humano, especialmente el occidental, se autopercibe como dueño y señor de la naturaleza por derecho natural. El conocimiento dominante es también androcéntrico ya que considera a las mujeres, sus trabajos, sus saberes y su manera de entender la realidad de menor categoría. Naturaleza y mujer han de ser, por tanto, subordinadas. El androcentrismo también encuentra, entre otros factores de sostén, el apoyo del pensamiento de la ciencia clásica. Se pueden encontrar múltiples manifestaciones misóginas de Descartes, Bacon o Newton. Resultan reveladoras las afirmaciones de Robert Boyle, uno de los fundadores de la Royal Society de Londres, institución de gran reconocimiento en el desarrollo de la ciencia occidental: “En mis investigaciones pretendo superar la aprehensión femenina que hasta el momento ha mermado la capacidad de investigación”65. Afirmaciones que son superadas por las de W. Charleston, miembro fundador de la misma institución, al referirse a las mujeres de este modo: “Nos habéis puesto al alcance de la locura, saltáis encima nuestro y nos devoráis. Sois las traidoras del saber, el obstáculo para la industria, las barreras de la virtud y el aguijón que nos conduce al vicio, la maldad y la ruina. Sois el paraíso de los locos, la plaga de los sabios y el gran error de la naturaleza”66. Como podemos ver, la cultura patriarcal también se encontraba presente en la gestación del modelo científico clásico.

La superación del paradigma de la ciencia moderna
En el siglo XX el desarrollo de la física cuántica, de la teoría de la relatividad, de los Principios de la Termodinámica, la formulación del Principio de Incertidumbre de Heisenberg, el planteamiento del fin de las certidumbres de Ilia Prigogine, la teoría del caos, etc. obligan a superar el paradigma mecanicista y, en palabras de Popper, a cambiar la atención “de los relojes a las nubes”. La cosmología actual muestra una historia del universo que camina hacia una complejidad creciente; sabemos que las partículas elementales constituyen realidades que no pueden ser reducidas a sistemas simples y que los fenómenos estudiados por la física, la química, la biología, la sociología, el arte o la economía no son tan simples y predecibles como se pretendía y presentan componentes decisivos de aleatoriedad e irreversibilidad. No puede comprenderse la complejidad con un modelo de pensamiento científico que la ha excluido previamente. Deben, por tanto, considerarse y rehabilitarse conceptos como azar, probabilidad, fluctuación, cambio, incertidumbre, etc. para comprender una realidad que funciona de una forma infinitamente más compleja que una máquina. Heisenberg demuestra que en la física de partículas, la observación altera el
65 66 Noble, D. (1997) La religión de la tecnología. Paidós, Barcelona. Noble, D. (1997) Íbidem.

comportamiento de lo observado, por lo que no es posible seguir manteniendo que el Principio de Objetivación es universal. Una de las nuevas ciencias del siglo XX, la ciencia de la termodinámica, constituye un elemento clave para la comprensión y descripción general del cambio, revolucionando el estudio de la vida desde sus cimientos. A pesar de que supone una cierta complejidad conceptual, es esencial entender sus aportaciones esenciales. En primer lugar, la termodinámica rompe con la pretensión de poder estudiar la realidad en disciplinas aisladas, constituyendo un puente que liga de forma indiscutible campos como la física, la biología y la química. Su primer principio afirma que la energía total de un sistema se conserva en el transcurso de todas sus transformaciones. El segundo principio de la termodinámica formula una ley sobre la desorganización progresiva de los sistemas, la ley de la entropía, que describe la evolución de los sistemas aislados. Define para ello una magnitud llamada entropía –en lenguaje coloquial podríamos decir que es una medida del desorden molecular–, que sólo puede aumentar durante el desarrollo de cualquier transformación de energía, de tal manera que, transcurrido un tiempo suficientemente largo, alcanza su valor máximo –el máximo desorden molecular–. Este valor caracteriza el estado final de equilibrio termodinámico, estado en el que ya no es posible ninguna transformación que altere el valor de la entropía. Los sistemas que obedecen este principio se apartan progresivamente de sus condiciones iniciales y evolucionan hacia estados más desordenados en procesos irreversibles. Por ejemplo, un trozo de carbón que se quema nunca podrá ser carbón de nuevo, y por tanto volver a calentar, aunque la cantidad de energía durante todo el proceso se haya mantenido. En el momento inicial, el carbón tenía baja entropía y era una estructura ordenada; durante la combustión se transforma en calor y se disipa en una estructura desordenada, es decir de alta entropía. Este proceso es irreversible. Aunque la cantidad de energía no cambia, su cualidad sí lo hace. En cierto modo esta ley nos aporta un indicador que describe la evolución de un sistema hacia el futuro: la medida del desorden molecular. Los sistemas vivos, de los que formamos parte, están sujetos a esta ley inexorable del deterioro. Los seres humanos, con nuestras intervenciones, podemos acelerar este aumento de entropía o ralentizar su avance. El segundo principio de la termodinámica, la ley de la entropía, supone una ruptura con otras dos ideas básicas de la modernidad. La primera ruptura consiste en la valoración esencial de lo cualitativo en el conocimiento científico, en contraposición a la valoración única de la medida y el cálculo. La segunda idea que se contrapone al pensamiento moderno es la irreversibilidad de muchos fenómenos del universo. Fijémonos en un fenómeno del medio vivo que se comprende fácilmente de forma intuitiva: cuando un ecosistema vive una perturbación, si ésta no es demasiado grande, la incorpora y continúa su funcionamiento, pero por encima de cierto
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grado o tipo de alteración, el ecosistema no puede mantener su funcionamiento, se desorganiza y puede reaccionar de forma imprevisible. Ya no hay marcha atrás. Cuando los sistemas vivos se alejan mucho del equilibrio termodinámico, abandonan el régimen previsible y lineal de la termodinámica para entrar en un estado en el que los cambios presentan unas altas cotas de aleatoriedad. Surgen cambios que pueden amplificarse y arrastrar a los sistemas a estados nuevos e imprevistos. Por ejemplo, la aparición, hace millones de años, de oxígeno en grandes cantidades en la atmósfera tuvo como consecuencia la extinción de muchos seres vivos que no estaban adaptados a la nueva composición de la atmósfera y la adaptación de otros muchos a vivir en el fondo de los pantanos o en el interior de los sistemas digestivos de los mamíferos. El azar en estos procesos de cambio rápido puede conducir a la autoorganización, un fenómeno que aparece en los procesos de la vida. Vemos así que en el mundo vivo coexisten procesos lineales que pueden ser explicados mediante leyes generales, y otros procesos no lineales, en los que el azar y la autoorganización juegan un papel fundamental. Tal y como plantea Kaufmann “la vida es un compromiso entre la estructura y la sorpresa”. Si en el mundo vivo se dan en ocasiones procesos de cambio impredecible, una ciencia basada en la búsqueda de certezas universales y predecibles no puede servir para explicar lo vivo. Y las aplicaciones tecnológicas que no contemplen estos fenómenos inesperados de autoorganización se convierten en aceleradoras de la entropía, ya que provocan la innovación y el cambio imprevisible en los sistemas vivos. La termodinámica, y sobre todo su segunda ley, la ley de la entropía, tiene un importante efecto en las ciencias económicas. Los seres humanos, como todo lo vivo, dependemos de la energía y materiales que tomamos de la naturaleza. Cuando los usamos se encuentran en un estado de alta calidad para satisfacer nuestras necesidades, pero cuando los devolvemos en forma de residuos, aunque su cantidad no haya variado, se encuentran en un estado disperso y caótico que impide que vuelvan a ser usados por los humanos. Una ciencia económica construida al margen de la naturaleza, que ignora el funcionamiento del mundo físico y la irreversibilidad de los procesos asociados a lo vivo, no puede conducir más que a un colapso, como el que ya se vislumbra, al superar los límites del mundo material en el que se sustenta. El desarrollo práctico de una ciencia de la mecánica basada en la “lógica de las cosas muertas”67, y colocada al servicio del mercado, ha producido en algunos casos una “inteligencia ciega”68 cuya aplicación, desvinculada de la ética y sin control social, se ha convertido en una amenaza para la supervivencia.

Frankenstein
En 1818 Mary Shelley publicaba la novela Frankenstein, un libro que trataba de llamar la atención sobre los desastres que podrían ocasionar los excesos de la investigación y sus aplicaciones tecnológicas. Este relato es una metáfora de los peligros que amenazan a la humanidad en el camino hacia el progreso sin límites, de la mano de una razón científica exenta de criterios éticos.

Ciencia y mercado
Hemos visto que la mecánica cuántica, el principio de incertidumbre o la ley de la entropía, han hecho tambalearse a la ciencia clásica hasta el punto de que ya se admite de forma generalizada su incapacidad para explicar aspectos importantes de la realidad. Sin embargo, a pesar de haber sido cuestionada y superada en el ámbito científico, la visión mecanicista sigue siendo dominante en la sociedad y en los círculos de poder hasta el punto de que en muchos espacios académicos y educativos, y sin ninguna duda en la mayor parte de libros de texto que estudian niños y niñas, sigue predominando la visión antigua, llamada ciencia moderna69. La utilidad que esa mirada obsoleta tiene para el productivismo tecnológico puede explicar en gran medida las resistencias a realizar un cambio real de paradigma. La relación entre ciencia y mercado es cada vez más estrecha. Se investiga sobre todo aquello que tiene rentabilidad económica. Siguiendo esta lógica, la ciencia está contribuyendo a la privatización del conocimiento y con ello favoreciendo las desigualdades en el planeta. El tema de las patentes de la vida es un claro ejemplo de esto. Numerosos etnobotánicos contratados por compañías multinacionales se sientan al lado de las campesinas que durante cientos de años aprendieron a distinguir y seleccionar simientes, aprenden de ellas y luego ponen precio a las semillas que aprendieron a distinguir. No sólo se les usurpa el conocimiento a aquellas poblaciones que lo originaron y que durante siglos han sabido mantenerse en equilibrio con la naturaleza, sino que después se les obliga a pagar por lo que les pertenece. Para colmo se les acusa de mantener un sistema de conocimiento atrasado. A pesar de la gravedad de estos hechos, el conocimiento de los mismos es escaso y apenas existe un control social. Las sociedades no tienen posibilidad de opinar, y mucho menos decidir sobre lo que se investiga. Se continúa manteniendo la antigua creencia de que la comunidad científica es neutral y objetiva, y que su
69 Ver Cembranos, F. y otros (2007), Ecología y educación. El curriculum oculto antiecológico de los libros de texto. Editorial Popular.

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Passet, R. (1996): Principios de bioeconomía. Fundación Argentaria. Morin, E. (2005) Introducción al pensamiento complejo. Gedisa.

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único objetivo es el progreso. Habrá que interrogarse sobre los efectos medioambientales y sociales de una gran parte de las aplicaciones de la ciencia ya que, como hemos visto, el aparato tecno-científico es idóneo para materializar el crecimiento económico, pero no así el mantenimiento de la vida. La ciencia es un sistema de conocimiento muy reciente si pensamos en los miles de años que la humanidad lleva pisando sobre la Tierra. Una gran parte de la ciencia que se ha venido desarrollando y aplicando ha olvidado el riesgo de poner en práctica sus descubrimientos sin tener en cuenta el principio de precaución. Ante el escenario actual de crisis ambiental y social (cambio climático, pérdida de biodiversidad, hambrunas...) estamos haciendo poco caso a las alarmas y confiando irresponsablemente en el conocimiento científico. Paralelamente se están olvidando aquellos saberes tradicionales que nos han permitido y nos permiten subsistir en el planeta como especie. Por último, hay que señalar que la creciente concentración de poder a nivel mundial –rasgo central de la globalización– está muy vinculada a la tecnociencia. Si se observan las tecnologías estrella del futuro (comunicaciones, biotecnología, espacial, nanotecnología, etc.) observamos que todas ellas están sostenidas por un puñado de grandes compañías. Requieren ingentes inversiones, necesitan de un control central y exigen nuevas ampliaciones del consumo y los mercados para ser viables. La ciencia es útil. Permite avanzar en el conocimiento y responder a algunas preguntas importantes. El problema es que su objetivo actual está íntimamente ligado al beneficio económico. Para que la ciencia resulte beneficiosa a los seres humanos y la vida es imprescindible que no sean las empresas sino la sociedad, ejerciendo un control democrático y ligado a la ética, quien decida qué, para qué y para quién se debe investigar.

Una ciencia para la sostenibilidad
Como ya se ha comentado, desde finales del siglo XIX la visión de la ciencia mecanicista, de vocación eminentemente utilitaria, ha sido superada en el campo teórico. Los seres humanos debemos comprender que la ciencia, al igual que el planeta, tiene límites. Descartes planteaba: “Si puede hacerse, hágase”. Siguiendo a Descartes, la sociedad occidental ignora que existen fronteras que no podamos traspasar y califica de cavernícolas e ignorantes las propuestas de controlar la actividad científica y tecnológica. Curiosamente, para la sociedad del crecimiento sólo cabe este control si las intervenciones científicas y tecnológicas amenazan al mercado. Prueba de ello son, por ejemplo, las dificultades que encuentran las investigaciones sobre posibles daños de las ondas electromagnéticas de los móviles en el organismo humano. La naturaleza siempre pone límites y sabe dónde detenerse. Sin embargo la tecnociencia, sin más control que la obtención de beneficios, es incapaz de ello y ha sobrepasado, al servicio del mercado, los límites de la naturaleza poniendo en peligro la estabilidad de esos sistemas complejos que mantienen la vida. Aferrarse a este principio ilusorio de ausencia de límites tanto en la actividad científica como en la tecnológica y económica pone en peligro nuestra supervivencia. Por eso resulta fundamental exigir la aplicación del principio de precaución. Actualmente, la tecnociencia lanza al mercado y al ambiente numerosos productos que han sido escasa o nulamente testados. Solamente se ha prohibido su uso y se han retirado del mercado cuando los hechos han demostrado de forma irrefutable que estos productos eran dañinos. Un ejemplo lo tenemos en la ya comentada denuncia que la científica Rachel Carson hizo de los efectos nocivos del DDT. Después de aguantar insultos, descalificaciones e intentos de censura por parte del mundo empresarial, la evidencia y rigor de su estudio concluyó en la prohibición de su uso en 1972, eso sí, después de que el DDT hubiese contaminado, incluso, a los peces de las zonas abisales. El caso del cambio climático es similar y se están perdiendo años muy valiosos para ponerle remedio. Aunque muchas de estas denuncias se basan en el trabajo de personas que pertenecen a la comunidad científica, los trabajos de los científicos y científicas que chocan con los intereses del mercado tienen enormes dificultades para salir a la luz pública. El principio de precaución plantea que se invierta la responsabilidad a la hora de demostrar la inocuidad. Quien lanza al mercado un producto potencialmente peligroso debe ser quien asegure previamente que éste no va a causar daño, y no esperar a retirarlo una vez que lo haya causado irreversiblemente. Desde hace más de un siglo existe cuerpo teórico científico más que suficiente para materializar el cambio de paradigma en la ciencia y su aplicación. La ecología, la economía ecológica, la sociología, la pedagogía, la física, la química, y una gran parte de los conocimientos tradicionales de las culturas originarias y de las

Qué plantea el pensamiento único sobre la ciencia
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La ciencia es neutral. El saber científico es objetivo. La ciencia es siempre beneficiosa para la humanidad. Lo que la ciencia estudia es importante. La ciencia debe seguir su camino. No tiene sentido poner trabas a su avance. El conocimiento que no procede de la ciencia tiene menos valor para la humanidad. Las soluciones de los problemas importantes vendrán de mano de expertos y científicos. Fragmenta la realidad en disciplinas. Se oculta el origen y la aplicación militar y mercantil de buena parte de la investigación científica. Los problemas no los trae la ciencia sino la forma de aplicarla.

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mujeres (en los dos últimos casos desde hace mucho más tiempo) reúnen todos los elementos para poder dar la vuelta a un artefacto tecnocientífico que se ha convertido en el brazo ejecutor del crecimiento económico, un crecimiento que ha resultado tremendamente destructor. En este momento más que nunca es necesaria una ciencia cuyo principal objetivo sea la sostenibilidad. El pensamiento científico tiene que cambiar sus preguntas. La humanidad necesita una ciencia que intente responder a los interrogantes más urgentes a los que ésta se enfrenta. ¿Cómo podemos vivir respetando los límites? ¿Cómo podemos afrontar la crisis ambiental con justicia y equidad?

La fe ciega en la tecnología

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La religión tecnológica
Al tiempo que la gravedad del deterioro ambiental empieza a hacerse evidente para muchas personas, instituciones e incluso gobiernos, y al tiempo que empieza a hacerse patente la necesidad de hacer algo para frenarla, se desarrolla una nueva religión que calma la angustia y permite dejar las cosas como están: la religión de la tecnología. La religión de la tecnología promete resolver los problemas que se presenten en el momento en el que sea necesario. Esta creencia se basa en un pronóstico simple pero difícilmente demostrable: “ya surgirá algo”. Contra toda racionalidad, esta fe infiere que como la tecnología ha resuelto algunos problemas en el pasado, entonces resolverá los problemas esenciales en el futuro. El imaginario colectivo está lleno de soluciones sobre la formación artificial de nubes para evitar las sequías, la proliferación de frondosos jardines en zonas desérticas, la captura de CO2, cementerios nucleares a prueba de catástrofes, coches que se mueven con agua y no contaminan o barritas energéticas que suprimirán el hambre en el mundo. Como dice un libro de texto de Física y Química de primero de Bachillerato “En el futuro viviremos rodeados de millones de minúsculas máquinas que realizarán todo tipo de tareas sin que nos percatemos siquiera de su existencia […] Recorrerán ríos eliminando contaminación, vivirán en tubos de ensayo fabricando moléculas a voluntad o navegarán por las arterias para controlar nuestro estado de salud y reparar cualquier problema que suframos”. El hecho de que se hayan descubierto algunas soluciones no significa que se vayan a conseguir aquellas que se necesiten. Sin embargo confiamos irracionalmente en que será así. La tecnología, lejos de ser percibida como causante de una buena parte de los problemas, es propuesta como solución de los mismos. Cuantos más problemas son causados por los entramados tecno-industriales, más soluciones se atribuyen o se esperan de estos mismos entramados. La tecnología de las telecomunicaciones traerá las soluciones al problema de la incomunicación. La tecnología genética resolverá el desorden genético que está provocando. La industria química resolverá los problemas de contaminación. La tecnología de la muerte servirá para instaurar la paz. Los problemas de insostenibilidad provocados por la tecnología serán re96 97

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sueltos por ella misma… Quizá en este momento quien lee estas páginas esté repasando las ayudas que la tecnología le ha proporcionado y esté preparando su defensa. La sociedad en general defiende con entusiasmo una valoración sesgada de la tecnología que subraya las ventajas y omite los inconvenientes. Esta religión tiene sus sacerdotes. Como las tecnologías son cada vez más complejas sólo los especialistas las conocen. Las expertas y expertos técnicos y científicos juegan cada vez un papel más preponderante en la formulación de las leyes que regulan estas tecnologías. Son ellos quienes definen los riesgos y los peligros que pudieran ocasionar. El propio lenguaje de la tecnología viene predefinido por ellos y por lo tanto la manera de mirarla y entenderla. Estos especialistas son pagados en su mayor parte por las grandes compañías que se benefician de estas tecnologías y en ocasiones (menos) por el Estado, que a su vez firma convenios con esas compañías. La fe en la tecnología puede derivar en fe en las grandes corporaciones. Pero como es ciega, todo esto no lo ve. Algunas personas piensan que no es un problema que la tecnología esté al servicio del negocio, pues cuando la solución de los grandes problemas se convierta en un negocio allí estará la tecnología para resolverlos. Estas personas no parecen percatarse de que provocar problemas también puede dar beneficios y por lo tanto la tecnología puede trabajar al servicio de la generación de problemas. Veamos un ejemplo. Cuando los recursos se convierten en escasos se pueden mercantilizar más fácilmente que cuando son abundantes y por lo tanto hacer negocio con ello. La tecnología puede trabajar al servicio de convertir en escaso lo abundante, tal como ocurre con el agua, el aire o el suelo fértil. Todos ellos han sido contaminados gracias a la tecnología. No es necesaria una conspiración tecnológica para contaminar el agua, simplemente debido al uso de la tecnología el agua se llena de productos químicos desordenados que dificultan o impiden la vida en ella. Con el agua contaminada crecen mucho las compañías embotelladoras, que ahora pertenecen a las empresas más grandes del mundo. El futuro se concibe siempre en clave tecnológica. Aunque la tecnología se está comiendo literalmente a la biosfera, se predica lo contrario. En las exposiciones universales, verdaderas catedrales de la tecnología, se celebra el paraíso tecnológico. Pero obsérvese cómo son las marcas comerciales las que ofician la liturgia principal. El futuro tecnológico es un futuro comercial. Si no reporta beneficios, la tecnología tendrá escasas oportunidades para desarrollarse. La fe tecnológica nos obliga a aceptarla como destino sin rechistar. “Es imparable”, “no se puede evitar”, “no te puedes oponer al progreso”. No se puede detener la tecnología –se dice– como no se puede detener el tiempo. Los más devotos son siempre entusiastas de cada innovación tecnológica. La mayor parte la considera buena en sí misma. Se le presupone vocación por el bienestar de las personas y de la sociedad. Se espera que nos libre de las penas, de las dificultades e incluso de las catástrofes. Se le atribuye la capacidad de proporcionarnos unas mejores condiciones de vida y hasta en ocasiones se plantea
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como un requisito de la felicidad. Y además, desde un plano práctico, se considera necesaria como motor del crecimiento económico. El avance tecnológico se convierte en un fin. Los milagros de la técnica, fuertemente publicitados, la han santificado. La idea de que la tecnología nos salvará funciona como un dogma y como tal no ha de ponerse en cuestión. La fe no se lleva bien con la razón, ni con el debate. Creer o sentir los valores que dicta la publicidad, ésa es la propuesta del pensamiento único. Sin embargo una megamáquina (formada por autopistas, canales, cemento, fibras ópticas, pantallas, grúas, compuestos químicos, etc.) crece y crece como producto de una maraña de tecnologías (aerospacial, genética, informática, telecomunicaciones, química, espectáculo, etc.) y se alimenta a base de esquilmar los recursos naturales, generando un fuerte desorden biológico a su paso. Esta gran máquina viva necesita ser analizada, comprendida, controlada y cambiada de rumbo si se piensa en la sostenibilidad de la vida futura.

El paradigma tecnológico
Sin duda uno de los análisis más certeros sobre la maraña tecnológica es el realizado por Jerry Mander70, magníficamente expuesto en su imprescindible texto En ausencia de lo sagrado. Para Mander el paradigma tecnológico tiene, entre otras, las siguientes características: f Predominio de los pronósticos óptimos. f Ocultación de las consecuencias negativas. f Omnipresencia e invisibilidad de la tecnología. f Mirada individual, parcial e inmediata. f Confusión entre lo atractivo y lo beneficioso. f Atribución de neutralidad.

Predominio de los pronósticos óptimos
Las tecnologías cuando nacen suelen hacer promesas deslumbrantes como curar enfermedades, suprimir el hambre en el mundo, aumentar la libertad de movimientos, comunicar sin límites. En general la tecnología promete aumentar el bienestar humano, construir una sociedad de la abundancia, sin carencias y para todos (países y personas). Todo ello a pesar de la degradación ambiental, del agotamiento de los recursos, el recorte de derechos laborales y la enorme concentración de poder al servicio de la cual está la tecnología. Es cierto que la biotecnología puede aportar alguna mejora en ciertos cultivos de alimentos, pero también lo es que puede provocar la esterilización de las semillas de los alimentos más importantes. Es cierto que algunos cultivos pueden hacerse resistentes a los herbicidas y con ello facilitar las tareas de fumigación, pero también
70 Mander, J. (1996) En ausencia de lo sagrado. José J. de Olañeta Editor.

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lo es que con estas técnicas aumenta la dependencia de la agricultura respecto de unas pocas grandes compañías. La tecnología genética puede (dicen) resolver el hambre en el mundo, pero también podría aumentarla al dejar a la mayor parte de la población sin los conocimientos necesarios sobre el proceso de producción de alimentos. ¿Por qué, entonces, los que más se difunden son los pronósticos óptimos? Porque los formulan las empresas que se van a beneficiar de estas tecnologías. De forma directa e indirecta (medios de comunicación de masas, revistas científicas, congresos, ferias) difunden con todo tipo de medios las muchas ventajas que tiene la tecnología con la cual se van a beneficiar. Con poco esfuerzo también se podrían visualizar pronósticos negativos, pero éstos no suelen tener la misma capacidad ser publicitados. Cuando aparecieron los automóviles se habló de la libertad que éstos proporcionarían, de la movilidad que facilitarían, se dijo que pondrían todo al alcance y que no sería necesario hacer esfuerzo para acarrear mercancías. Y todavía hoy se dice. Pero no se habló de que retirarían a los niños y niñas de la calle, que habría que dedicar al coche una parte importante del tiempo de la vida, que se desencadenarían guerras por apropiarse del combustible fósil, que por muchos lugares ya no se podría caminar más, que en el suelo asfaltado ya no nacería la vida, que se convertirían en la primera causa de mortalidad juvenil, que serían responsables principales del calentamiento global, que las compañías crecerían tanto que tendrían capacidad de presionar a los gobiernos para que emplearan el dinero público en subvencionar la producción de más coches de los que el planeta puede soportar y de los que se necesitan. Sin embargo una maquinaria publicitaria constante durante más de medio siglo sigue ocultando las consecuencias negativas que los automóviles han traído. Examinar un registro más amplio de pronósticos hubiera inducido a una mayor prudencia en la implantación generalizada de esta tecnología. Que la tecnología aporte ventajas no impide que produzca también inconvenientes y problemas, incluso que éstos puedan ser superiores. Por otra parte, muchas de las ventajas que se le atribuyen realmente se derivan de haber acertado con la localización de las bolsas de combustible fósil que la Tierra almacenó en sus entrañas. En buena medida el paradigma de la tecnología actual no es otro que el de la excavadora, que utiliza una palanca, mucha energía y poca información. A la vez que mueve la tierra, destruye el suelo formado durante cientos de años. Existe el hábito entre tecnólogos y economistas de confundir el incremento de la energía y de la maquinaria utilizada con la mejora real de la eficiencia del trabajo. ¿Se puede considerar eficiente un sistema industrial que usa el 40% de los recursos del planeta para abastecer a menos del 6% de la población? La sociedad tecnológica actual mide el nivel de vida en términos de consumo. Una concepción más equilibrada buscaría adquirir el mayor bienestar posible con el mínimo consumo.

Ocultación de las consecuencias negativas
Se dice que los ordenadores interconectados han facilitado la circulación de infor100

mación al mundo entero, que permiten librarnos de pesadas cargas como realizar extensos y aburridos cálculos, que aumentan las posibilidades de crear y tratar de imágenes, que facilitan la observación y el control de los experimentos científicos. La lista de ventajas que aportan los ordenadores interconectados sería interminable y cada día son comentadas nuevas posibilidades. Es, sin embargo, poco frecuente encontrar una lista con sus inconvenientes en una valla publicitaria, en una feria tecnológica o en la cabecera de un telediario, a pesar de que estos inconvenientes tienen suma importancia para el futuro de la humanidad. Veamos algunos: f La creciente agilidad en el tratamiento de la información cuantitativa ha permitido crecer enormemente al sistema financiero en comparación con el de la economía real, hasta convertirlo en un sistema inflamado, peligroso y podríamos decir que loco en relación con la gestión de los recursos del territorio. El cálculo automático junto con las facilidades de transmisión de la información ha aumentado la velocidad de los procesos económicos, dinámica de la que –en la mayor parte de las ocasiones– sólo se benefician las compañías más grandes del planeta. Este monstruo financiero no sería posible sin la interconexión de ordenadores. f Permiten una hipervigilancia del puesto de trabajo, de los centros de enseñanza, de las calles, y con ello una pérdida de la autonomía de la población, pudiendo ejercer una supervisión abusiva y atentar incluso contra de la dignidad de las personas. f Los millones de ordenadores encendidos y conectados durante las 24 horas al día emiten una cantidad muy significativa de CO2 a la atmósfera. f Las compañías multinacionales han crecido en detrimento de la producción descentralizada, artesanal –y además sostenible– entre otras cosas gracias a los ordenadores y a los sistemas de gestión que éstos posibilitan. Estas compañías tienen en ocasiones más poder que los propios Estados en los que radican. f Se han automatizado muchos de los procesos que desencadenan y mantienen la guerra y especialmente la guerra nuclear, disminuyendo con ello el tiempo de reacción para tomar decisiones o negociar ante una amenaza o una señal errónea de alarma. f Son perjudiciales para la salud. Además de emitir radiaciones, buena parte de los residuos tóxicos generados en su producción, durante su uso y cuando son desechados siguen extendiéndose de forma incontrolada por el planeta. f Se imponen en las escuelas compitiendo con la relación interpersonal y en detrimento del aprendizaje directo en el territorio. Han hecho crecer el mundo virtual a menudo en oposición al mundo real. f La facilidad para tener contacto con personas muy distantes está desordenando las relaciones en el espacio, con el fuerte coste ecológico y social que ello conlleva. Están favoreciendo el mantenimiento de una red de relaciones lejana, y con frecuencia de baja intensidad, frente a las relaciones de proximidad, cara a cara, de las que se obtiene la mayor parte de la ayuda mutua. f Han favorecido un cambio conceptual en la percepción del mundo reducién101

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dolo a dimensiones cuantitativas. La mayor parte de las decisiones importantes que afectan al territorio y a los seres vivos se realizan mirando números que aparecen en los ordenadores. f Se han convertido en imprescindibles para la mayor parte de las restantes tecnologías e incluso para numerosas actividades diarias, hasta alcanzar un dependencia tal de ellos que en caso de error, agotamiento de recursos claves o hipercrecimiento disminuyen la capacidad de adaptación de la especie humana a las nuevas situaciones, al haber eliminado las restantes alternativas no dependientes de los ordenadores. Nos han hecho incapaces de vivir sin ordenadores. Es cierto que los ordenadores interconectados aportan muchas ventajas, pero tal vez cambiaría la percepción que tenemos de ellos si se reflexionara también sobre sus desventajas. Puede reflexionarse de igual manera (siguiendo el análisis de Mander) sobre la tecnología genética. El primer problema es que de esta tecnología sólo pueden hablar quienes se benefician de ella. Se pronostica, gracias a ella, la consecución de un mundo futuro sin enfermedades. Sin embargo lo más probable es que a la hora de desarrollar investigaciones se haga una selección de los asuntos genéticos que mejor funcionen en el mercado, es decir, aquellos que faciliten negocios más ventajosos. Así está ocurriendo ya con la tecnología farmacéutica en el campo de la salud y la belleza. Utilizando los pronósticos pésimos en lugar de los óptimos podemos visualizar virus puestos deliberadamente en libertad si esto ofreciera una fuerte oportunidad de negocio. Así mismo podemos visualizar el examen genético de la población y la posterior discriminación en función de los resultados. No es difícil prever la creación de nuevas especies animales patentadas y privatizadas. De la misma manera que podrían encargarse bebés de diseño en un mercado con públicos diferenciados. ¿Se diseñarán unos bebés más sencillos para la clase trabajadora y otros de mayor calidad para las elites que puedan asumir costes más altos? La pérdida de la diversidad genética a manos de los monocultivos y los intereses de mercado ya está ocurriendo. ¿Cómo afectará la clonación a la evolución de la vida? ¿Qué ocurrirá cuando queden muy pocas semillas y todas estén patentadas? ¿Cómo se desarrollarán las armas biológicas? ¿Quién controlará las armas biológicas con alto poder devastador? En el capítulo de la escapada virtual se examinan algunas consecuencias negativas de la tecnología de las pantallas y en especial de la televisión. ¿Qué consecuencias tiene para la diversidad cultural la clonación mental que supone la distribución de señales iguales a tantas personas de lugares tan diferentes del mundo? ¿Y para la evolución de las lenguas? ¿Y para la idea que las sociedades tienen de sí mismas? ¿Cómo afecta la tecnología de la televisión a la percepción que el mundo tiene de la tecnología? ¿Alguien había previsto que sería muy difícil encontrar espacios sin televisión y que si alguien quisiera no verla, no oírla o apagarla le resultaría casi imposible, como ocurre en los medios de transporte o en las salas de espera de
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los ambulatorios? ¿Qué decir de una tecnología que se ha convertido en la tribuna de las multinacionales? Sólo se ha predicado la negatividad de la tecnología nuclear, porque se dio a conocer a través de sus aplicaciones bélicas. Sin embargo, en la actualidad la maquinaria publicitaria del lobby nuclear ya comienza a trabajar para convencer –con adjetivos y sin argumentos– de sus bondades (segura, limpia, verde). Con el agravante de ofrecer además una energía supuestamente ilimitada que impide poner freno al desatino ecológico del desarrollo.

Omnipresencia e invisibilidad de la tecnología
Vivimos una parte importante de nuestras vidas en entornos artificiales, es decir entornos diseñados y construidos por mentes humanas. La alimentación, la higiene, el descanso, la comunicación, la distracción, el conocimiento, el nacimiento, la narración, la obtención de energía, el afrontamiento de la muerte, todo ello está impregnado de procesos tecnológicos. Tan omnipresente es, que nos cuesta imaginarnos viviendo en el mundo que preexistió a la mayor parte de las tecnologías. ¿Cómo sería un mundo sin televisión, sin automóviles o sin cables? La omnipresencia es tal que para muchas personas los entornos tecnológicos son más reales que los naturales. La conocida anécdota del escolar que pensaba que la leche viene del tetrabrik, lejos de ser un error curioso es el signo de una civilización que ha desaprendido de dónde viene la vida. La industria, las políticas gubernamentales, la educación, los medios de comunicación, confían más en la tecnología que en la naturaleza para resolver la supervivencia. La naturaleza ocupa un espacio residual en la mente y de ello se deriva su olvido y abandono. Valga como ejemplo que el currículum oficial del sistema educativo del Estado español del año 2006 mencionaba más de 180 veces el término tecnología, mientras que dedicaba sólo 6 menciones a la palabra árbol (4 de las cuales se referían a los árboles lógicos). No aparece ninguna mención al término madre, semilla o montaña. Aparece 124 veces el término digital. Los currículos oficiales tienen la finalidad de ordenar el saber necesario para las generaciones que van a habitar y gestionar el futuro. Pero al tiempo que la tecnología se hace omnipresente en la mayor parte de los procesos de la vida cotidiana, se invisibiliza y se deja de percibir. Apenas vemos la megamáquina, ni de qué se alimenta, ni cuál es su metabolismo. No entendemos cómo configura la sociedad, cómo afecta a las relaciones de poder, qué relaciones de dependencia tienen entre sí las diferentes tecnologías, cuánto suministro de energía requieren en su ciclo completo, cuál es su impacto sobre la biodiversidad o sobre la corteza terrestre. Incluso cuál es su papel en la configuración de nuestra propia mente individual y colectiva. No conocemos nuestra propia dependencia de la tecnología. No entendemos la lógica de la maraña tecnológica en expansión, ni que tal vez nos estemos convirtiéndonos en una pieza de su funcionamiento. No vemos que la máquina crece y crece comiéndose la biosfera y las probabilidades de supervivencia en el futuro.
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Mirada individual, parcial e inmediata
Tendemos a plantearnos lo que nos sirve o nos atrae de una tecnología aislándola en el aquí y ahora y pensando en su uso directo e individual. “El ordenador me sirve para hacer cálculos rápidos y para almacenar las fotos del viaje a Italia, me permite consultar el callejero y mandar un mensaje a mi sobrina”. “La televisión me distrae en la hora de la comida y me informa del tiempo”. “El plástico me resulta cómodo porque pesa poco y no se oxida”. “Menos mal que puedo comer naranjas en julio, ¡con lo que me gustan!”. “Qué fresquita estoy con mi aire acondicionado, ¡no me digas que no es un adelanto!”. No resulta frecuente preguntarse cómo afectará esta nueva tecnología al agotamiento del combustible fósil, a la evolución del sistema financiero internacional, al clima del futuro, a la forma de hacer las guerras o a la manera de alimentarse. No es común preguntarse quién saldrá perdiendo con la implantación de esa tecnología, cómo afectará a las aguas subterráneas o a la masa vegetal, qué repercusiones tendrá en la infancia o en la composición de la sociedad. Los ordenadores, además de servir para grabar música y diseñar tarjetas de bodas, han posibilitado los transgénicos, han desterritorializado las relaciones interpersonales, han contribuido a la elaboración de materiales altamente contaminantes –incluso están siendo construidos, como ya hemos visto, con ellos–, permiten controlar las disidencias, incluidas las que se realizan con los propios ordenadores, han sobreengordado a las empresas más grandes del planeta, han permitido y desbocado el actual sistema financiero y desconocemos cómo están contribuyendo a la transformación de virus y bacterias con fines bélicos. Qué decir de la tecnología del automóvil, de la nuclear o de la nanotecnología. Como balance puede afirmarse que han favorecido más a los ya enriquecidos que a los empobrecidos, a las empresas que a la biosfera. Más al capital que a las personas. Más al poder establecido que a las alternativas necesarias. No se suelen plantear sus consecuencias a medio o largo plazo, ni a larga distancia, ni mucho menos el impacto que las tecnologías tienen en las relaciones sistémicas que configuran la vida.

y útil, y después como necesaria, cualquier propuesta tecnológica susceptible de ser comercializada.

La atribución de neutralidad
Se dice con frecuencia que la tecnología es neutral y que el problema está en su uso. Esta afirmación, cuya intención es que no se pueda cuestionar una tecnología por sí misma, ignora que la mayor parte de la tecnología actual requiere una fuerte especialización y por lo tanto es comprendida y controlada por muy pocas personas y organizaciones. En general necesita de grandes concentraciones de poder y capital para poder funcionar en su totalidad, y por lo tanto tiende a configurarse de modo que beneficie a las corporaciones que la hacen posible. Si se contempla la televisión como un aparato rectangular que está en el salón de la casa, pues es cierto que se puede apagar y encender según le parezca a quien la usa. Pero si se considera como un sistema tecnológico, institucional, mercantil, con sus empresas, con sus consejeros delegados, sus satélites en órbita, sus camiones de filmación, sus acciones en bolsa, pues ya no resulta tan fácil atribuirle neutralidad. Es bien cierto que la tecnología de la televisión es más un sistema complejo que un aparato al que casi por casualidad le llegan unas señales determinadas. La tecnología de la televisión permite que un grupo muy pequeño de personas pueda dirigirse a 3.000 millones de seres humanos. Por eso es una tecnología que está en manos de las empresas más grandes. Es una tecnología que no puede hablar mal de sus dueños. No es frecuente ver campesinos, gitanas, o al personal de limpieza controlando la televisión. El usuario puede elegir entre verla y no verla, pero no los canales que se ofrecen, ni lo que se filma, ni lo que se anuncia. Sobre todo no decide lo que se anuncia. La tecnología de la televisión en la mayor parte del mundo está al servicio de enriquecer a los que ya son ricos. La tecnología nuclear es tan peligrosa que siempre requiere de un ejército para controlarla y es tan costosa que sólo puede ser poseída por emporios económicos o Estados centralizados, es por lo tanto muy poco probable que sea una tecnología democratizada. A su vez implica una hipoteca para generaciones futuras, sin que estas puedan participar en la decisión sobre su uso, y exige vigilancia de sus residuos durante miles de años, incluso aunque se decidiera prescindir de ella. Es tal el peligro que entrañan, que las empresas de seguros no se atreven a asegurarlas si no es por cantidades astronómicas. La tecnología genética nunca podrá ser manejada por una comunidad de vecinos o por una tribu del Amazonas. Por su propia naturaleza está en manos de las grandes empresas que se benefician de ella. En consecuencia no puede ser una tecnología neutral. Las tecnologías siempre se insertan en estructuras de poder y a la vez las configuran. Puede que algunas nos dejen márgenes de maniobra para utilizarlas de otras maneras y con otros objetivos, pero lo más probable es que su diseño y características den ventaja a sus creadores para consolidar el poder de éstos. Aunque algunas tecnologías hayan servido momentáneamente a sectores más débiles
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Confusión entre lo que es atractivo y lo que es beneficioso
Los seres humanos así como muchos otros animales tendemos a responder con curiosidad y excitación ante los estímulos novedosos. Al igual que se decía de los indios en la conquista de América, nos siguen atrayendo los espejitos de colores, nos gustan los cachivaches, los mecanismos desconocidos, las formas y funciones novedosas. En general nos atraen los estímulos nuevos, variados, intensos y no totalmente controlados. Pero que algo sea atractivo no significa que sea beneficioso, que algo pueda ser deseado no implica necesariamente que sea conveniente. Igual que podríamos quedarnos extasiados mirando el hongo provocado por una explosión nuclear que inmediatamente nos mataría, así permanecemos entusiasmados ante una tecnología que está socavando gravemente las bases de la vida. El mercado utiliza esa atracción original para predicar primero como beneficiosa
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o alternativos, no es razonable mantener la idea de que la tecnología es neutral. En este sentido puede resultar útil investigar a quién pertenecen la mayor parte de las patentes. Si nos fijamos en las tecnologías estrella consideradas como tecnologías del futuro –tales como las telecomunicaciones, la biotecnología, la tecnología aerospacial o la nanotecnología– se observa que todas ellas requieren ingentes inversiones y necesitan de control central y de nuevas ampliaciones del consumo y los mercados para ser viables. En definitiva, actualmente la decisión sobre la aplicación de una tecnología la tiene fundamentalmente el poder empresarial.

La megamáquina tecnológica
Para Jerry Mander la megamáquina tecnológica tiene las siguientes características: f Las tecnologías se han entrelazado unas con otras para crear una nueva generación de máquinas, lo que convierte su desenmarañamiento en una tarea casi imposible f Los seres humanos no se han propuesto crear semejante entidad tecnológica internacional interconectada. No es una conspiración humana pero funcionalmente actúa como una conspiración de tipo técnico. Hemos creado la máquina a la que ahora también servimos de alimento. f La megamáquina dispone de los ordenadores como sistema nervioso y de las televisiones como medio de hacer compatibles las mentes humanas con ella. Por eso no nos parece extraña ni peligrosa. f El objetivo aparente de la telaraña tecnológica es nuestro bienestar y la supresión de los problemas y enfermedades, pero el real es la transformación de la naturaleza en producto comercial. f El sacrificio de la Tierra para alimentar la megamáquina es la deforestación, los vertidos del petróleo, el recalentamiento del planeta, la disminución de la capa de ozono… f Muchas personas afirman (generalmente para defender la tecnología) que no es posible detener el progreso. Muchas de ellas no se dan cuenta de que eso es igual que afirmar que hemos creado una máquina tan poderosa que ya no somos capaces de controlarla. f No tenemos un lenguaje que nos permita ser conscientes del problema tal vez porque estamos demasiado metidos dentro de la máquina. Pero hay otras sociedades que sí pueden hacerlo. Las sociedades sostenibles, algunos pueblos indígenas, muchas personas mayores y algunas personas en los márgenes del sistema son capaces de mirar la megamáquina con la extrañeza necesaria.

El problema de la megatecnología en un sistema de mercado
Si el consejero delegado de la Volkswagen quisiera eliminar la tecnología que es perjudicial para el buen funcionamiento de la biosfera, sería relevado inmediatamente de su cargo. Si por una casualidad consiguiera convencer al resto personas del consejo de administración, entonces la que sería barrida de un plumazo sería la totalidad de la empresa a manos de otras empresas del sector. Cada vez hay más máquinas y máquinas que producen máquinas, tecnologías que producen nuevas tecnologías que a su vez se entrelazan entre sí. Las decisiones son tomadas a partir de números que proporcionan las pantallas de las máquinas y un número creciente de esas decisiones las toman las máquinas mismas. El conjunto de artefactos y construcciones para que funcionen los artefactos (carreteras, antenas, factorías, aeropuertos, etc.) crece y crece, ocupando una parte cada vez mayor de la corteza (e incluso el espacio) terrestre. Y mientras crecen, ensucian y se comen la biosfera. Por el momento en la mayor parte de los rincones del planeta no ha sido posible –y en general no se ha intentado– detener la expansión de máquinas y tecnologías. Podemos aventurar que no es sencillo el control de éstas por la mayor parte de los seres humanos, y menos aún el control de las organizaciones que las configuran. Imaginemos que un virus eliminara a la especie humana. En cuestión de unos minutos buena parte de las máquinas se pararía, otras tal vez tardarían horas en hacerlo y sólo algunas estarían meses (o años) funcionando. Lo cierto es que la megamáquina, esa maraña de grúas, cables, túneles, robots, tuberías, probetas, hormigón armado, ondas electromagnéticas, dejaría de crecer y expandirse. De alguna manera esto indica que todos estos aparatos necesitan por el momento a los seres humanos, tal vez como interfaces entre máquinas y tecnologías, tal vez como memorias auxiliares, o incluso como procesadores complejos (heurísticos, semi-holísticos y emocionales) de información. El hecho de que la tensión entre sociedad y tecnología haya sido tratada sobre todo por la ciencia ficción, unido a la ya citada fe tecnológica, ha marginado este problema dejándolo fuera de programas políticos, científicos y sociales. La tecnología empieza ofreciéndose como una opción para mejorar, pero acaba
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transformándose en algo único y obligatorio de lo que no resulta fácil sustraerse. La supuesta mejora que ofrece, junto con las dinámicas del mercado, acaba suprimiendo el resto de opciones (generalmente más sostenibles) y al final se impone como la única opción. Sin duda el automóvil ha aportado ventajas como son el llegar más lejos o acarrear mercancías pesadas, pero por él se han ido suprimiendo las otras maneras de transportarse. En la ciudad de Los Ángeles no es posible moverse andando. El automóvil, en palabras de Ivan Illich, se ha convertido en un monopolio radical. La reducción de las diferentes maneras de hacer las cosas a soluciones únicas (monopolios radicales) dependientes de la maraña tecno-industrial en manos de unas pocas compañías, es una de las tendencias del llamado desarrollo. En un sistema de mercado el motor principal de la tecnología, y en buena me107

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dida su razón de ser, es capturar los recursos naturales y con ellos hacer crecer las grandes empresas que dominan el mundo. En ocasiones sirven a las necesidades humanas, pero cuando tienen que elegir entre las necesidades humanas y de otros seres vivos o los intereses de las grandes compañías, la tecnología siempre elige los intereses de sus dueños. Puede afirmarse que la evolución de la tecnología es la evolución de las necesidades del capital.

Cuál es su impacto en las relaciones interpersonales. Cómo afecta a la salud humana y a la de otras criaturas vivas. Cómo repercute en los ecosistemas y en su equilibrio. Cuál es su impacto en la dinámica global de la biosfera.

Consecuencias casi seguras de la imposición de la tecnología
Prácticamente con el sentido común y con un poco de observación y reflexión pueden pronosticarse las siguientes consecuencias negativas de la imposición de la tecnología (para las positivas basta mirar cualquier folleto publicitario): f Contaminación, deterioro y eliminación de entornos naturales. f Concentración de poder: menos personas controlarán las decisiones sobre los procesos importantes. f Externalización de costes por parte de las empresas (tales como el trabajo en casa y la consecuente precarización). f Monitorización de la realidad, es decir mirar la realidad a través de números (no siempre válidos) y pérdida consiguiente de una mirada holística. f Aceleración de los procesos y consecuente descontrol (como el caso de la biotecnología). f Vigilancia y supresión de alternativas peligrosas para el sistema económico dominante. f Riesgos genéticos, bacteriológicos, químicos y nucleares. f Mejora de las técnicas de falseamiento: tecnologías de la representación de la realidad y desarrollo del marketing. f Guerra progresivamente automatizada. f Dependencia tecnológica y pérdida de autonomía de los territorios. f Impotencia social frente a la tecnología.

Recordamos que cuando aparece una tecnología son las empresas que se benefician de ella las que suelen predicar sus bondades y posibilidades. Las empresas suelen estar más interesadas en la cuenta de resultados y en los beneficios económicos que en las consecuencias sociales y ecosistémicas que sus productos tengan a largo plazo. Cómo afectará esa tecnología a las próximas siete generaciones no suele ser un punto en el orden del día de sus reuniones.

Algunas recomendaciones para tomar posición ante las tecnologías71
Frente a la aceptación incondicional y acrítica que propone el pensamiento único, y dada la precaria salud del planeta, conviene: f Practicar el escepticismo de partida frente a los magníficos pronósticos que suelen difundir las empresas que van a beneficiarse de la comercialización de esa tecnología. f Declararla culpable de entrada –en lugar de presuponer su inocencia– hasta que no se demuestre su inocencia. f Saber que ninguna es neutral, todas tienen efectos políticos, sociales y ambientales identificables. f Ser conscientes de que los aspectos negativos pueden tardar en manifestarse y no hay quien hable de ellos. f Es preciso realizar un análisis holístico que tenga en cuenta las tecnologías desde una perspectiva global, así como sus numerosas interrelaciones. f Comprender que cada tecnología es una pieza de la megatecnología. f Realizar un análisis de las dependencias que puede suponer y contrastar con el control que el individuo o la pequeña comunidad podrán tener sobre esa tecnología. f Indagar cual puede a ser el desarrollo de esa tecnología en manos de la dinámica del mercado. f Conocer la posible pérdida de control del Estado sobre esa tecnología, teniendo en cuenta que las medidas de control a posteriori son a veces muy costosas. f Dada la aceleración y las fuertes implicaciones de cada imposición tecnológica, considerar su freno como algo positivo. También puede llamarse principio de precaución, que se traduce en no lanzar un producto para su uso mientras no se haya demostrado su inocuidad ambiental y social.
71 Realizadas en su mayor parte por Jerry Mander en su libro ya citado En ausencia de lo sagrado.

La importancia del punto de vista crítico y negativo
A la vista de lo sucedido resulta por lo tanto necesario poner bajo sospecha y hacerse preguntas sobre las innovaciones tecnológicas: f Quién gana y quién pierde con la imposición de esa tecnología. f Qué sectores se benefician. f Concentra o distribuye poder. f Sirve o no a la democracia, a la participación de las personas en los asuntos que le son claves. f Cómo influye en la estructura conceptual humana, en la manera de percibir el planeta, en la manera de percibir la propia tecnología. f Cómo influye en la idea que tenemos de nosotros y nosotras mismas.
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Dado el enorme impacto que la tecnología tiene sobre la sociedad y sobre la biosfera ¿qué menos que poder mantener un debate sobre sus aportaciones y sus problemas? Es necesario así mismo disponer de un lenguaje para evaluar el impacto tecnológico, y de unos instrumentos sociales con capacidad para detener una tecnología si esta no demuestra su inocuidad. Las decisiones tecnocientíficas implican opciones de sociedad. Responden a preguntas esenciales como son en qué tipo de sociedad vamos a vivir, dentro de qué biosfera, con qué cuerpos humanos, acompañados por qué seres vivos. Esas decisiones no deberían estar en manos de ningún grupo de presión o camarilla de especialistas. No pueden dejarse proyectos gigantescos con repercusiones definitivas en manos exclusivas de la elite tecnocrática y comercial72.

Están al servicio de la resolución de necesidades humanas. No concentran poder. Se manejan en pequeña escala. Son accesibles para quien las necesita. No emiten residuos que no sean asumibles por la biosfera. Permiten la creatividad humana y no la alienación. Se les aplica el principio de precaución.

Otra tecnología es posible
El ser humano va a seguir realizando operaciones de transformación de la naturaleza para satisfacer sus necesidades. Por lo tanto va a mantener, cambiar, desarrollar e inventar tecnologías que le permitan sobrevivir y vivir una vida que merezca la pena ser vivida. Pero necesariamente ha de cambiar de rumbo, pues con la tecnología actual el deterioro y agotamiento de los ecosistemas y recursos necesarios para la supervivencia está asegurado. De alguna manera ya se da un cambio de rumbo en algunas tecnologías: la arquitectura bioclimática, la agricultura ecológica, las energías renovables, la medicina natural entre otras. Aunque no son suficientes para la transformación que se necesita, apuntan direcciones por donde reformular la tecnología. También puede ser muy útil tomar como referencia lo que hacen las culturas sostenibles (la mayor parte indígenas) para sobrevivir, o a veces mirar sin más cómo se vivía 30 o 40 años atrás, cuando no se había sobrepasado el límite de la capacidad de carga de la biosfera. En otras ocasiones habrá que inventar por completo las tecnologías, pues las del pasado podrán no ser viables al haberse agotado o deteriorado los recursos en los que se sustentaban. Muchas tendrán que alimentarse de los restos de la producción tecno-industrial. A lo largo de la historia se han buscado criterios para construir tecnologías que no deterioren la biosfera y favorezcan la equidad. Mundford, Schumacher, Illich, Mander y otros han propuesto lo que han llamado tecnologías intermedias o tecnologías blandas, siempre buscando fórmulas que permitan la sostenibilidad. Algunos de estos criterios son: f Utilizan poca energía. f Son comprendidas y controladas por la comunidad que las utiliza y que es afectada por ellas. f No generan dependencia.
72 J. Riechmann (2001) Un mundo vulnerable. Los libros de la Catarata.

Quizá la bicicleta sea un buen ejemplo de tecnología necesaria en un mundo sostenible. Consume poca energía, no requiere de grandes infraestructuras, es un bien accesible para muchas personas, pueden repararse y mantenerse por la comunidad que las utiliza, emiten pocos residuos y permiten un sistema de movilidad sostenible.

Qué dice el pensamiento único sobre la tecnología
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Que es beneficiosa, salvo que se demuestre lo contrario. Que es neutral. Que no se puede parar. Que gracias a la tecnología la historia va de peor a mejor. Que traerá las soluciones adecuadas a los problemas. Que es la principal suministradora de bienestar.

Qué dice la cultura de la sostenibilidad sobre la tecnología
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Que existen tecnologías que favorecen la sostenibilidad y tecnologías que la impiden. Que la tecnología debe estar controlada por la comunidad antes que por el mercado. Que no han de causar deterioros en la naturaleza y en la estructura social. Que es necesaria una prudencia estructural. La tecnología tiene que demostrar su bondad y ausencia de perjuicios antes de ponerse en marcha. Que las tecnologías hay que juzgarlas holísticamente.

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Nuestra experiencia cotidiana nos muestra cómo el sol proporciona energía día tras día, sin riesgo de agotamiento. Puesto que aún dispondremos durante miles de millones de años de la inmensa fuente de energía que éste representa, hemos llegado a creer que el problema de abastecimiento energético, del que oímos hablar cada vez con más frecuencia, se resolverá simplemente con dotarnos de los métodos técnicos adecuados para aprovechar la energía solar. Tampoco parece estar en duda el enorme interés que tiene manejar grandes cantidades de energía. Es más, la historia que se enseña en las escuelas suele destacar la creciente utilización de energía por parte de los seres humanos –posibilitada por el continuo avance de la capacidad técnica– como un indicador indiscutible de progreso. Pero la propia historia por una parte y la mejor comprensión del funcionamiento global de nuestro planeta por otra, ponen sobre la mesa bastantes elementos que deberían hacernos ser más prudentes en este juicio. La degradación del medio ambiente, la crisis social latente o explícita y la creciente existencia de entramados técnico-sociales totalmente dependientes de unas energías fósiles, cada vez menos disponibles a medida que se hace más difícil su extracción (hasta que resulte prácticamente imposible), nos obligan a replantear hacia dónde queremos dirigirnos y qué energías deberemos y podremos utilizar realmente.

Historia de la humanidad y del consumo de energía
Desde el punto de vista energético, la diferencia fundamental entre la especie humana y el resto de las especies animales proviene de nuestra capacidad de apropiarnos de un extra de energía externa, llamada exosomática, que viene a ampliar las capacidades de la energía endosomática, propia del metabolismo animal y que se consigue gracias a la alimentación. Si para mover una bicicleta usamos energía endosomática (la que nuestro cuerpo obtiene a partir de la alimentación), para mover un coche usamos energía exosomática (que proviene del petróleo que la naturaleza ha producido durante millones de años). La energía endosomática es limitada (auque haya personas muy fuertes) y se utiliza en magnitudes pequeñas. Sin embargo la energía exosomática que el ser
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la energía. más allá del petróleo

humano utiliza es comparativamente muchísimo mayor (pensemos en la fuerza que desarrolla, por ejemplo, una tuneladora). En los últimos años esa energía exosomática o externa, que ha movido grúas, tractores o aviones y ha permitido agujerear montañas o desplazar ríos, se ha obtenido fundamentalmente a partir de los combustibles fósiles (carbón, petróleo, gas) y ha producido enormes transformaciones en la faz de la Tierra, muchas de ellas dañinas para ecosistemas y comunidades humanas. Sin embargo sabemos que los impactos negativos derivados de esta búsqueda de energía vienen de atrás. El exterminio de una parte muy importante de los grandes herbívoros durante el Paleolítico, cuando el Homo sapiens era esencialmente cazador; la deforestación de muchas zonas con el objeto de utilizar la madera como fuente energética o material de construcción en casas, barcos... (en la Atenas clásica); la desertización por agotamiento de las tierras de cultivo debido a la intensificación agrícola (en el Creciente Fértil). Todos ellos son ejemplos históricos de malas prácticas por parte de la especie humana, que no obstante conviven con otros muchos ejemplos de buenas prácticas, normalmente menos conocidas al no estar protagonizados por las grandes civilizaciones que solemos estudiar en la escuela. A lo largo de la historia los distintos pueblos e imperios que se expandieron utilizaron cantidades importantes de recursos energéticos. La diferencia respecto de tiempos recientes es que aquéllos eran en su mayoría locales y esencialmente renovables. La biomasa, sobre todo la madera, proporcionaba la energía más versátil y manejable de esas épocas. El aprovechamiento de los ríos, del viento y de otros recursos energéticos primordiales y más fácilmente accesibles configuraron la expansión de la especie humana y el perfeccionamiento de los medios técnicos intensificó ese aprovechamiento. Si situamos en los inicios del Neolítico –hace unos 10.000 años– la historia de la civilización, vemos que hasta hace 200 años, es decir durante el 98% de esa historia, nos hemos dedicado a mejorar las técnicas para obtener energías renovables. Importantes civilizaciones con grandes eruditos y técnicos durante cientos, cuando no miles de años, se fueron topando sin embargo con los límites propios de la naturaleza. Muchas de esas culturas colapsaron, entre otros factores, cuando en su afán expansionista habían arrasado con toda la capacidad de regeneración arbórea en que habían basado sus necesidades energéticas. El ejemplo mas paradigmático es el ya comentado del colapso de la Isla de Pascua, pero muchas referencias a la desertificación y el colapso de las civilizaciones del Oriente Medio y el Mediterráneo también apuntan a esa causa. En cualquier caso en épocas preindustriales la destrucción de la base material energética era de carácter local. La magnitud del deterioro aún en territorios grandes podía ser asumida por un planeta con una escala mucho mayor a la de esos impactos más locales. Con la actual civilización industrial basada en los combustibles fósiles se tuvo acceso a una enorme reserva de energía que se había creado y almacenado a lo largo de cientos de millones de años en forma de carbón, petróleo y gas. Por eso
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Figura 3: Evolución dEl consumo dE EnErgÍa En las sociEdadEs Humanas (consumo diario Por PErsona En 1.000 kcal)
Hombre primitivo Hombre cazador del año 3000 a.c. Época medieval Hombre agrícola avanzado del siglo XVIII Revolución industrial. Principios del XIX Hombre occidental de finales del s. XX 0 50 100 150 200 250 Alimentación Vivienda y Comercio Industria y Agricultura Transporte

Fuente: El flujo de energía en una sociedad industrial. De Cook, Earl (1971) The flow of Energy in an Industrial Society. Scientific American. 9/1971,136

lo que se está produciendo en la actual fase de derroche energético es un saqueo de carácter temporal: estamos destruyendo a una velocidad increíble una parte muy importante del pasado de la Tierra, que había acumulado un gran capital de energía útil del que ya no volveremos a disponer nunca más. El petróleo tardó hasta 300 millones de años en formarse y la civilización industrial lo va a consumir en unos 150 años, comparativamente apenas un suspiro. Sería como si la vida de una persona de 70 años se terminara en solamente 18 minutos. Ante la previsible escasez de recursos fósiles existen propuestas de retomar el uso intensivo de la biomasa. Sin embargo en una sociedad tan voraz energéticamente como es la actual, la propuesta de volver a la biomasa, esta vez en forma de biocombustibles, viene a suponer la profundización del saqueo de la naturaleza, tal y como hicieron las grandes civilizaciones antiguas, pero en este caso a nivel planetario, de modo mucho más intensivo y para beneficio de unas pocas personas y corporaciones.

Entropía y velocidad. Las limitaciones físicas
A pesar de haber estudiado muchas fórmulas que tienen que ver con la energía, cuesta llegar a entender las implicaciones de las mismas en nuestra vida cotidiana. Y es que conceptos como entropía, energía, Einstein, velocidad o masa, por regla general sólo han supuesto quebraderos de cabeza para poder aprobar algunas asignaturas.
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Sin embargo ser capaces de entender y explicar estos conceptos en relación con la actual crisis ambiental es un reto educativo de enorme importancia, pues son piezas esenciales para diseñar estructuras sociales y económicas sostenibles. Si reparamos con algún detenimiento en el significado de aquellas fórmulas físicas que relacionan el gasto de energía con la masa del objeto que se mueve y su velocidad al cuadrado (E = ½ m·v2) podremos entender por qué el consumo de materiales y el modo de vida actual, basado en una movilidad generalizada, continua y veloz, es energéticamente desastroso. Esta fórmula nos indica que cuanto más rápido queramos hacer algo, más energía necesitaremos y que este requerimiento energético no crecerá de forma lineal, sino exponencial. Esto es algo que comprobamos personalmente cuando recorremos un kilómetro andando o corriendo. En el segundo caso el gasto energético nos exigirá reponer antes nuestras fuerzas ingiriendo algún alimento. Imaginemos la demanda energética si la velocidad no es ya la de la carrera a pie sino la de un AVE. No es difícil intuir las consecuencias de este fenómeno en una cultura que rinde culto a la velocidad creciente. Por eso la velocidad como valor y aspiración es claramente incompatible con una disponibilidad energética que no puede crecer al mismo ritmo. Es insostenible. También lo son la construcción de grandes estructuras o los movimientos de grandes masas, que requieren enormes aplicaciones puntuales de energía concentrada para llegar a ser desplazadas o transformadas. Algunas veces las equivocaciones con respecto al gasto energético provienen de su supuesta inmaterialidad –la electricidad es algo que no se puede ver ni tocar– o de la confusión entre coste monetario y coste energético, presuponiendo que si pagamos menos dinero por la energía estamos ahorrándola. Se suele ignorar que muchos costes físicos no están incluidos en los costes del mercado. Hay quien cree, por ejemplo, que Internet o el teléfono móvil apenas suponen gasto energético, incluso aunque estemos todo el día conectados gracias a una tarifa plana de precio fijo. En el nivel conceptual esto supone ignorar las propias leyes físicas, que como hemos visto relacionan de forma directa el consumo con la cantidad puesta en circulación, ya sea masa, ondas electromagnéticas o información. Si además nos fijamos en todo el entramado tecnológico que hace falta mantener continuamente funcionando –y que nosotros no vemos– para que funcionen dichos aparatos, no nos resultarán extraños los resultados de un estudio que venía a señalar que cada 2Mb de información que circulan por la red suponen un consumo de energía equivalente al contenido en medio kilogramo de carbón73. El segundo principio de la termodinámica, el principio de entropía, como ya vimos, nos informa sobre la calidad de la energía y nos indica las limitaciones a las transformaciones de la misma. Una energía tiene más calidad cuanta más cantidad de ella puede convertirse en trabajo. El calor es la energía de menor calidad. El calor disipado que se desprende en diferentes actividades no es aprovechable en
73 Carpintero, Óscar. El metabolismo de la economía española. Fundación César Manrique, 2006.

la mayor parte de las circunstancias Todos los procesos físicos disipan energía en forma de calor, que se degrada y pasa a ser de menor calidad. Se pasa así de tener menor a mayor entropía. La energía requiere de algún soporte material (leña, carbón…) que al utilizarse se degrada. Si quisiéramos devolver ese cuerpo al estado inicial, tendríamos que emplear más energía de la que obtuvimos en el primer proceso, algo que casi siempre es imposible. Al utilizar la energía química contenida en determinados materiales (alcohol, carbón, petróleo…) obtenemos menos de la que seria necesaria para devolverlos a su estado original. A esto se le llama irreversibilidad. Por ejemplo disolver un azucarillo en agua apenas requiere gasto energético, pero si quisiéramos volver el azucarillo a su estado inicial sería necesario emplear una cantidad de energía muy superior para separar las moléculas de azúcar de las de agua. El hecho de que existan gran cantidad de procesos unidireccionales, irreversibles, explica la necesidad de cuidar todos los recursos planetarios y no degradarlos en forma de residuos que no puedan ser reciclados por los procesos naturales de la biosfera. En teoría para que un proceso no genere entropía (degradación de la energía) se requiere que sea reversible, es decir, que pueda volver a su estado inicial sin ningún coste energético extra. Esto sólo sería posible en procesos que se realizaran a una lentitud infinita, algo imposible en la práctica. Lo que significa, según la termodinámica, que cuanto más rápido es un proceso, más entropía genera. Por tanto la velocidad es un factor que genera irreversibilidad y acelera la degradación de la energía y de los recursos naturales. La Tierra recibe de forma continua un flujo de energía de calidad (luminosa) y emite la misma cantidad de energía de baja calidad (térmica). Ese flujo natural de energía de calidad que nos ofrece el sol entra de forma continua aunque muy dispersa, pero en ocasiones se concentra de forma natural, permitiendo su aprovechamiento como energía renovable (leña, saltos de agua, viento). Bien distinto es el caso de la energía fósil, de alta densidad energética, que tiene el mismo origen pero se formó hace millones de años y que estamos dilapidando en un tiempo récord.

Tasa de retorno y ley de rendimientos decrecientes
A la hora de tomar decisiones energéticas una variable a tener en cuenta es la eficiencia. Será muy eficiente un proceso en el que la proporción utilizable de un recurso se acerque al 100% de éste. Normalmente se entiende la eficiencia de un proceso de transformación energética como el porcentaje de energía útil que obtenemos de una fuente energética. Sabemos por la segunda ley de la termodinámica –la ley de la entropía– que éste siempre será inferior al 100%, ya que es imposible obtener más energía que la que tiene la fuente original. Cuando se dispone de grandes reservas de energía, como ocurría hasta hace poco con las grandes bolsas de petróleo, se puede actuar sin preocuparse demasiado de esas pérdidas inevitables, pero hoy esa actitud resulta irresponsable a medio plazo74.
74 Ballenilla, M. y Ballenilla, F.(2007) “La Tasa de Retorno Energético”. Ecologista, nº 55.

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la energía. más allá del petróleo

Desde una perspectiva técnica o económica existe otro concepto cercano a la eficiencia que no se puede ignorar: la tasa de retorno. Ésta es la relación entre la energía que se invierte y la que se obtiene. Si invierto 20 kilocalorías en obtener un petróleo del que consigo 1.000 kcal, la tasa de retorno es de 50. En términos más precisos es la relación entre la energía útil que va a aportar un determinado proceso de transformación de energía y la energía que ha sido necesario aportar para poner en marcha y mantener dicho proceso de transformación. Este valor siempre ha de ser superior a uno ya que no tendría sentido gastar más energía útil que la que vamos a obtener.
Figura 4: EsquEma dEl Flujo EnErgético En un ProcEso cualquiEra.

Energía útil invertida

Fuente energética

PROCESO

Energía útil retornada

Pérdidas por calor
Si analizamos las tasas de retorno de las actividades necesarias para proveerse de alimentos que la especie humana ha desarrollado a lo largo de sus etapas históricas como caza y recolección, agricultura tradicional y sociedad industrial (ver cuadro), se observa que dicha tasa de retorno disminuye en cada nueva etapa, de modo que se ha necesitado usar cada vez más energía para cubrir similares necesidades. Esto ha sido constatado en numerosos estudios antropológicos, independientemente de que dentro de una misma etapa histórica haya podido haber variaciones en algunos momentos. Tasa de Retorno Energético Cazadores Agricultura tradicional Sociedad industrial 135 8 -10

ocupados están sus empleados, y los estudiantes de hoy saben más cosas que los de hace 50 años, pero están mucho más atareados, a pesar de que la mayoría dispone de un ordenador personal en su cuarto” 75. Parece que esta tendencia se cumple de forma repetida. Las tasas de retorno en la obtención del petróleo también la confirman: los primeros pozos de EE UU conseguían cien barriles dedicando solamente la energía de uno para su extracción; hoy los pozos convencionales obtienen una tasa de retorno de 30, y los no convencionales76 apenas llegan a 5. Y se entiende que puede haber reservas de petróleo que nunca serán extraídas ya que su extracción supondría gastar más energía de la que se va a obtener de ellos. De hecho se suelen contabilizar en las estadísticas mundiales reservas de petróleo que posiblemente estén en esta situación. Lo que viene ocurriendo es que nuestra sociedad confunde la productividad o rendimiento en la obtención de beneficios monetarios (que obvia y oculta muchos aspectos físico-ecológicos), con la productividad real en el manejo de los recursos materiales y energéticos. Es clarificadora la siguiente cita del ecólogo H.T. Odum en relación a la agricultura industrial: “Toda una generación de ciudadanos pensaba que la capacidad de sustentación de la tierra era proporcional a la cantidad de tierra que está bajo cultivo y que habían conseguido más altas eficiencias en el uso de la energía del sol. Esto es un triste engaño: el hombre industrial ya no come patatas hechas de energía solar; ahora come patatas hechas de petróleo”.77 Con estos criterios nuestra sociedad se permite decir que es rentable y productiva una calabaza cuya producción gasta cien veces más energía de la que obtenemos al comérnosla. Y esto ocurre en general con una gran cantidad de inventos y tecnologías modernas que supuestamente mejoran el rendimiento. El análisis del ciclo de vida de un producto es el estudio de la totalidad de costes materiales y energéticos de su proceso de producción completo, de su vida útil y su reciclaje posterior. Pues bien, numerosos estudios del análisis del ciclo de vida de diferentes productos vienen a demostrar que si se tuvieran en cuenta todos esos gastos en energía y materiales, en muchas ocasiones los balances serían negativos, y por tanto desde un criterio de sostenibilidad y de cuidado de la Tierra habría que dejar de producirlos.

Un ordenador pesa lo mismo que un coche: 1,8 toneladas
La fabricación de un ordenador con una pantalla plana de 17 pulgadas necesita de al menos 240 kilogramos de combustibles, 22 kilogramos de productos químicos y 1.500 kilogramos de agua.

Según algunos autores a medida que las sociedades van complejizando su estructura social, es necesario dedicar cada vez más esfuerzos para obtener lo mismo. Este fenómeno tiene el nombre de Ley de Rendimientos Decrecientes. “Paradójicamente, cuanto más avanzada es la tecnología de una empresa, más
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75 76 77

Lorenzo, E. (2006) Sobre el papel de la energía en la historia. Progensa. Fernández Durán, R. (2008) La historia trágica del petróleo. Virus y Libros en Acción. Citada en Lorenzo, E. (2006) Ibídem.

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la energía. más allá del petróleo

El pico del petróleo
No se podría entender el estado y funcionamiento de las sociedades industriales actuales sin los combustibles fósiles. Primero el carbón y en el último medio siglo el petróleo han sido de forma mayoritaria los vectores energéticos que han posibilitado el espectacular incremento de la población y de los consumos en el mundo. Estos recursos fósiles se formaron a lo largo de cientos de millones de años y por tanto no son renovables a escala humana, es decir, son agotables. Se estima que la humanidad emplea cada día el petróleo que tardó 400 años en formarse.78 Desde hace varias décadas se descubren cada vez menos yacimientos nuevos y la cantidad de petróleo que se consume es cuatro veces mayor que la que se descubre. Esto significa que las reservas van disminuyendo cada vez más. Normalmente se considera que cuando se explota la mitad de las existencias de un recurso comienza el agotamiento del mismo. En el caso del petróleo, en la década de 1950 un geólogo llamado Hubbert, que trabajaba para una compañía petrolera, predijo para unos años después la llegada a esa situación en los pozos estadounidenses. Su hipótesis fue ignorada. Cuando a principios de la década de 1970 se comprobó que sus previsiones eran correctas, el pico del petróleo –llamado así por la forma de campana que tiene la curva de extracción prevista– pasó a ser considerado como algo serio por gran cantidad de personas dedicadas a la geología y la ingeniería. La mayoría de los estudios coinciden en que el pico del petróleo a nivel mundial está a punto de alcanzarse, si es que no se ha alcanzado ya como plantean muchos geólogos. Esto significa que cada vez se va a poder extraer menos energía del petróleo por unidad de tiempo (incluso aunque se aumentara la capacidad tecnológica, ya que cada vez estará más profundo y será de peor calidad)79. Cinco o diez años arriba o abajo no cambian mucho las perspectivas de futuro para las personas que ahora vivimos. Sin sustitutos claros que ofrezcan las ventajas del petróleo (versatilidad, concentración energética, facilidad de transporte) y con unas sociedades crecientemente energívoras, los escenarios de futuro no son nada halagüeños. No se trata sólo del transporte (algo que sería bueno reducir de forma drástica por muchas razones), sino de otros muchos sectores y actividades que dependen de los derivados fósiles: la agricultura –y por tanto la alimentación de la población–, una parte importante de productos y servicios relacionados con la salud –desde medicamentos a prótesis–, buena parte de los procesos industriales, materiales de construcción, la mayoría de la ropa que se fabrica actualmente, los plásticos, los servicios de una ciudad dependientes del flujo energético constante... Todos estos
78 79 Dukes, J.S. (2003) “Burning Buried Sunshine: Human Consumption Of Ancient Solar Energy”. Climatic Change 61. Algunos autores plantean la posibilidad de mantener el flujo de extracción durante más tiempo, ya que el aumento del precio haría más rentable las extracciones de las capas profundas y de menor calidad. No obstante, esto llevaría a una curva en forma de meseta que colapsaría abruptamente en el tramo final, provocando situaciones mucho más difíciles de manejar.
Miles de millones de barriles por año (escenario 2004)

disPonibilidad dE EstE combustiblE a lo largo dEl tiEmPo.

Figura 5: Pico dEl PEtrólEo:
Gas natural licuado

30

25

Reservas bajo aguas marinas profundas Regiones polares Petróleos pesados

20

Oriente Próximo

15

10

Otros

5

Rusia Europa

0 1930 1940 1950 1960 1970 1980 1990 2000 2010 2020 2030 2040 2050

EE UU (sin Alaska)

Fuente: ASPO (Association for the Study of Peak Oil and Gas)

aspectos de nuestra intendencia se van a ver afectados de forma importante por el pico del petróleo y del resto de combustibles fósiles. En los últimos años la tendencia imparable al aumento del precio del petróleo parece constatar la evidencia de que cada vez es un recurso más escaso. En la década de 1970 también se produjo una subida de precios del petróleo, resultado de una crisis energética que luego se superó, pero aquella situación se debió a razones políticas80. Sin embargo cada vez hay más consenso en que la subida actual no es algo coyuntural sino que responde al hecho de estar alcanzado unos límites físicos insalvables en cuanto a la disponibilidad de combustibles fósiles. Las consecuencias económicas y sociales de esa más que probable reducción del flujo energético no pueden ser previstas con mucho detalle, pero es razonable pensar que, a menos que se tomen medidas para reorientar y reducir todo el entramado industrial y urbano, no se va a poder garantizar el funcionamiento de la mayoría de los servicios. Es evidente que esto choca con una cultura que se basa en el crecimiento económico continuo, algo físicamente absurdo, pues resulta imposible en un planeta finito, máxime cuando ese crecimiento lleva un siglo basándose en el aumento del consumo de recursos físicos. Nuestra sociedad tiene hoy dos opciones. Una es empezar a pensar en una reducción del consumo de recursos por las buenas, de forma consensuada y a un
80 Fernández Durán, R. (2008) (ver nota 76).

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la energía. más allá del petróleo

ritmo no muy lento. La otra nos aboca a una situación catastrófica, gobernada por el criterio del sálvese quien pueda, perspectiva en la que con seguridad perderemos la inmensa mayoría de los habitantes del planeta. Las sociedades suelen colapsar en el momento de máximo dinamismo y riqueza, cuando su demanda de recursos es mayor 81. Y justamente en el momento previo al colapso, la actividad es máxima como muestran, por ejemplo, los muy documentados estudios sobre los agotamientos de las pesquerías. Sin embargo, cuando las cosas parecen que van muy bien es especialmente difícil darse cuenta de lo cerca que se encuentra el precipicio.

para continuar con un tipo de sociedad de alto consumo y derroche de energía. Sin embargo, la Tierra, esa pelotita que flota en un inmenso espacio vacío, se mantiene estable energéticamente. Esto quiere decir que la Tierra emite al espacio exterior tanta energía térmica en forma de radiación como la que recibe durante el día82, y esto desde hace miles de millones de años.

La eficiencia de la fotosíntesis
Como se apuntaba antes, la fotosíntesis es un mecanismo complejo y maravilloso que transforma la energía luminosa en energía química, almacenada en la materia. La eficiencia de la fotosíntesis, entendida como la relación entre la energía solar que incide sobre una planta y la biomasa producida por ésta, es del orden del 1%. En los ambientes relacionados con la energía solar se suele decir que es más bien baja. El rendimiento energético de muchas máquinas es muy superior. Por ejemplo los paneles solares actuales convierten en electricidad una media del 17% de la energía solar que reciben. No es de extrañar pues que nos inunde la fe tecnológica, la confianza en la capacidad humana de mejorar los procesos de la naturaleza. Pero esta interpretación pasa por alto muchos elementos que no deberían ignorarse. Por una parte, las plantas verdes absorben energía no sólo para mantener su metabolismo, sino también para su reparación y propagación. Para que este proceso fuera totalmente comparable con un automóvil o una placa solar, la energía consumida por éstos debería servir también para su auto-reparación y para la fabricación de nuevos automóviles y placas. Además las máquinas humanas utilizan por regla general energía de alta calidad de la que antes se habló83. Además, la visión que sólo tiene en cuenta el elemento energético de la fotosíntesis es reduccionista, pues no considera otros requerimientos de este mecanismo generador de materia viva. Para producir biomasa, además de energía se necesitan también nutrientes diversos, lluvia, viento y calor, todos ellos a su vez necesitados de la energía solar para producirse. También hace falta un espacio físico, el suelo fértil, que es cada vez más escaso. La energía solar que llega a la Tierra no sólo sirve para producir biomasa, sino que se emplea además en diferentes procesos planetarios. El 1% sirve para producir el viento y las olas, el 23% para la evaporación del agua, el 42% para el calentamiento de la atmósfera y la superficie terrestre y el 34% se refleja al exterior directamente por las nubes, el polvo y la superficie terrestre84. Por todo ello es absurdo imaginar que el funcionamiento de la biosfera, basado en la fotosíntesis y perfeccionado a lo largo de miles de millones de años, pueda ser mejorado. La idea de que compartimos con toda la biosfera la energía solar y lo que
82 83 84 Margalef, R.(1998) Ecología. Omega. Bermejo, R. (2001). Economía sostenible. Principios, conceptos e instrumentos. Bakeaz. Valero, A. Termoeconomía: El punto de encuentro de la Termodinámica, la Economía y la Ecología, http://habitat.aq.upm.es/boletin/n5/aaval.html

El crecimiento exponencial en un planeta limitado
En una charca repleta de recursos y sin ningún otro ser vivo introducimos una bacteria. Como no tiene enemigos, la bacteria comienza a reproducirse de forma tal que cada minuto su población se duplica. La charca es de tales dimensiones, que las bacterias habrán ocupado todo el volumen en un día, consumiendo en ese momento todos los recursos y quedándose sin espacio ni recursos para seguir sobreviviendo. ¿Cómo está la charca un minuto antes de las 12 de la noche?¿Y dos minutos antes? ¿Tendrán en esos instantes la sensación de que están al borde del colapso o más bien de que todo está más animado y activo que nunca? ¿Qué porcentaje del tiempo total han vivido con la sensación de estar en un mundo en el que se podía seguir creciendo ilimitadamente?

Ilusiones, intenciones y posibilidades
Si intentamos imaginarnos cómo debería ser el abastecimiento energético en un mundo sostenible, seguramente pensemos en el aprovechamiento del inmenso flujo de energía solar que diariamente llega a nuestro planeta. Las informaciones, mensajes y discursos mayoritarios nos inducen a creer que un adecuado desarrollo de las modernas tecnologías renovables permitirá a nuestra especie cubrir todas sus necesidades actuales y mejorar la calidad de vida de mucha gente que hoy apenas dispone de acceso a los recursos energéticos. De hecho una parte importante del esfuerzo de personas y sectores realmente preocupados por encontrar una alternativa energética ecológicamente viable, va en esa dirección. La energía que llega diariamente a la Tierra es unas 7.000 veces mayor que nuestro consumo actual. A primera vista parece que tenemos margen suficiente
81 Terradas, J. (2006) Biografía del mundo, Del origen de la vida al colapso ecológico. Destino.

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la energía. más allá del petróleo

ésta produce no está presente en la cultura desarrollista. Un estudio85 dirigido a determinar en qué medida la especie humana se apropia de la producción fotosintética de la Tierra afirma que dicha apropiación se mueve en torno al 40% de esa Producción Primaria Neta. Y esto a expensas del resto de seres vivos que son, desde luego, mucho más numerosos. Aquí radica una de las causas de la continua extinción masiva de especies. Si a esto le añadimos la creciente urbanización del territorio y la erosión de los suelos, vemos que las pretensiones de aumentar de forma significativa el nivel de captación solar para exclusivo aprovechamiento humano, en detrimento de la fotosíntesis, no hará más que aumentar el desequilibrio. Todo esto conducirá a agravar la pérdida de especies y el deterioro de los ecosistemas naturales de los que, queramos o no, dependemos.

Los renos en la isla de San Mateo
En la isla de San Mateo, en el estrecho de Bering, se introdujeron 29 renos en 1944. Las condiciones de vida ideales hicieron aumentar la población a 1.300 ejemplares en 1957. Los científicos habían calculado que esa cifra correspondía a los efectivos óptimos para la isla. Pero en 1963 la población alcanzó los 6.000 animales y se empezó a pensar que tal vez los cálculos estaban equivocados. En 1966 la población cayó bruscamente a 42 renos. Se había sobrepasado la capacidad de la isla, se había agotado la hierba y los renos habían muerto de hambre. Este colapso no se debió a la falta de energía solar sino a que la capacidad del ecosistema para producir alimento se vio limitada por la falta de suelo y otros nutrientes necesarios.

Factores limitantes
Aunque pensemos que aún tenemos mucho margen para captar y utilizar nuevas formas de energía, la ecología muestra que existen factores limitantes que restringen los procesos de la vida. Por ejemplo, en zonas secas el agua es factor limitante, y en suelos pobres será el aporte de ciertos nutrientes el que ponga techo a la fotosíntesis. La Ley del Factor Limitante (Liebig, 1840) dice que el elemento más escaso es el que determina el funcionamiento y la adaptación de las especies, dirigida a optimizar el aprovechamiento de dicho factor escaso. La energía solar no ha sido ni es por regla general ese factor limitante para la evolución de las especies, ni lo ha sido hasta ahora ni parece que lo vaya a ser durante todavía miles de millones de años. Sin embargo, los materiales de que dispone la Tierra no son más que los que quedaron atrapados en el proceso de formación del sistema planetario solar, y desde entonces no se han visto incrementados, exceptuando pequeños impactos de meteoritos irrelevantes como aporte de materiales nuevos. La actividad humana, especialmente desde la revolución industrial, ha ido extrayendo, modificando y degradando paulatina y exponencialmente esos recursos materiales, haciendo cada vez más difícil disponer de todos los elementos imprescindibles para el mantenimiento de la vida. Los procesos de formación de sistemas solares y planetas, con los minerales y sustancias más complejas que les componen, son producto de acontecimientos astronómicos catastróficos en los que se ponen en juego enormes energías inalcanzables para la especie humana, ya que la vida no es posible en esas condiciones. No parece viable –ni deseable a pesar de la aportación de materiales que podría suponer– que fenómenos similares se desencadenen de nuevo.

Radiaciones y vida
En general todos los procesos naturales que manejan una alta concentración de energía suelen estar asociados con catástrofes naturales y humanas (rayos, incendios, inundaciones...). Alta energía y ecosistemas maduros son dos entes incompatibles. Gracias a la capa de ozono la superficie de la Tierra está defendida frente a la radiación de onda corta, que es altamente energética y perjudicial para las células vivas. También sabemos, después de Einstein y su famosa ecuación (E = mc2), que la energía y la masa están íntimamente relacionadas y que las sustancias radiactivas, al desintegrarse parte de su masa, emiten partículas de onda corta de alta energía que tienen muchas posibilidades de interferir rápidamente en las moléculas de los seres vivos y producir mutaciones cuando afectan a aquellas moléculas que tienen una especial misión organizadora, como es el caso del ADN. Las radiaciones de onda corta pudieron tener importancia en la prehistoria de la vida, induciendo la formación de muchas moléculas variadas. Pero una vez se dieron las bases para la organización de la vida, los efectos de dicha radiación se convirtieron en negativos al desbaratar dicha organización. Por eso es probable que la vida quedara confinada al agua, que estaba mejor protegida contra la radiación, hasta que se formó la capa de ozono86. La vida pudo entonces desarrollarse en la Tierra, directamente bajo la radiación solar. Ahora que la especie humana ha introducido de nuevo la radiactividad en la biosfera, es como si estuviéramos volviendo a los momentos iniciales de la formación de la vida, en una especie de regresión a aquella situación planetaria en la
86 Margalef, R. (1998) (ver nota 82).

85

Vitousek, P.M; Ehrlich, P.R; Ehrlich, A.H; y Matson, P.A. (1986) “Human apppropiation of the product of photosynthesis”. BopSciencie, vol 34, nº 6, pp. 368-374.

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la energía. más allá del petróleo

que sólo sobrevivían los sistemas vivos más simples. La energía nuclear de fisión (la existente actualmente en las centrales nucleares) no puede por tanto jugar ningún papel en un mundo sostenible ya que el problema de los residuos no tiene solución efectiva posible. Por otra parte, los promotores de ampliar las plantas de energía nuclear suelen obviar que los minerales radiactivos presentes en la Tierra son muy limitados y durarían muy poco si se utilizaran como sustitutos del petróleo para producir electricidad. En todo caso nada puede garantizar una seguridad razonable de las centrales nucleares, como lo demuestra el hecho de que ninguna compañía de seguros esté dispuesta a asumir los riesgos que éstas suponen. La energía nuclear de fusión (el proceso que se da en el sol) no evita algunas de las dificultades planteadas. Por otra parte este tipo de energía no deja de ser la gran promesa incumplida desde hace décadas. Ingentes cantidades de dinero dedicadas a intentar obtenerla no han acercado en ningún momento el horizonte de 50 años vista para hacerla viable. Como dicen los carteles de algunos bares: “hoy no se fía, mañana sí”. Muchos científicos plantean serias dudas sobre el hecho de que vaya a ser posible garantizar las condiciones necesarias para que se produzca la fusión controlada, y en caso de que se consiguiera, parece que los costes para mantenerla no serían fácilmente asumibles. El coste económico, la centralización necesaria para su implantación y mantenimiento y otros aspectos sociales, económicos y políticos87 indican que estamos ante una de esas tecnologías pensadas (y pagadas) desde la perspectiva de la concentración del poder y del control militar y no ante un intento serio de garantizar una energía adecuada para satisfacer las necesidades de la humanidad.

Vehículos eléctricos y de hidrógeno
Se han puesto de moda en muchas ciudades los denominados autobuses limpios que utilizan para moverse baterías o hidrógeno. Pero la electricidad y el hidrógeno no son tipos de energía sino vectores energéticos. Esto quiere decir que para obtenerlos hace falta previamente una fuente de energía (solar, petróleo, nuclear...) que rellene las pilas. Con la actual estructura energética esas pilas no sólo no se recargan con energía limpia sino que al necesitar de procesos intermedios incrementan las pérdidas. Es verdad que con esos vehículos las ciudades se vuelven más respirables, pero es como esconder la basura debajo de la alfombra, pues se exportan los impactos a otros lugares.

La perspectiva tecnológica de las energías renovables
No es posible imaginar actualmente una sociedad sostenible sin el uso de las energías renovables que se realimentan del sol. En este sentido todo aquello que suponga mejorar las formas de captación y uso de los excedentes de energía solar de la biosfera debe ser apoyado. Y es importante tener en cuenta la palabra excedentes, porque si no corremos el riesgo de elaborar proyectos miopes. Nos referimos a aquellos basados en ideas del tipo “todo el agua de río que llega al mar es agua que se pierde”. Éste es un ejemplo de idea miope que ha provocado problemas ecológicos y económicos, en este caso al no tener en cuenta que uno de los muchos papeles del río es el arrastre de nutrientes al mar, proceso que convierte los deltas de los ríos en los ecosistemas más productivos del planeta. De igual modo, pensar que es posible aprovechar toda la energía solar que incide en la Tierra para usos humanos es olvidar sus otras muchas funciones. La sostenibilidad, a escala de energía solar, significa disponer de una energía limitada al día por unidad de superficie, lo que obliga a descartar gran parte de los componentes de nuestro sistema de transporte, industria y agricultura que necesitan
87 Para más información: Castejón, F. (2004) ¿Vuelven las nucleares? Talasa.

una altísima concentración de energía. No es posible entender la sostenibilidad ambiental y social al margen de quién la controla y cómo se distribuye. Precisamente la dispersión de la energía solar es una buena razón para promover sistemas locales mucho más eficientes (se pierde mucha energía debido a la distancia en la distribución) y que no estén controlados por grandes emporios económicos que han demostrado un escaso respeto por mantener las condiciones básicas para el mantenimiento de la vida y la cohesión y equidad social. Con otro modelo de sociedad es posible crear y mantener un sistema energético sostenible. No hay duda de que las tecnologías renovables serán necesarias en esa sociedad. Pero el discurso actual de las renovables entraña riesgos. El problema es que, tal y como se plantean actualmente, responden a la pretensión inviable de mantener unos consumos energéticos insoportables para el planeta. Paradójicamente, el pequeño porcentaje que representan las energías renovables en el consumo energético está sirviendo más para sostener el crecimiento del consumo durante unos pocos años que para reducir los impactos ecológicos. Por otro lado las renovables, desde el punto de vista cultural y psicológico, afianzan la idea de que la crisis energética tiene solución en un futuro cercano y, por tanto, relajan la toma de conciencia y de medidas efectivas tanto a nivel individual como institucional. Las referencias al potencial ilimitado de las energías renovables rompen con el principio ecológico básico de los límites y permiten teorizar el crecimiento continuo. Al igual que muchas promesas tecnológicas, pueden servir de freno a propuestas más radicales de cambios sociales, económicos y políticos que van a ser necesarios para sobrevivir. Desde la fe tecnológica tampoco parece fácil plantear el debate de las necesidades, del modelo de consumo irracional y de la justicia ambiental y social. Este sueño se refuerza con la fe en una técnica que va a ser capaz de mejorar la eficacia de la naturaleza en la utilización de la energía solar, captando toda la
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energía que se pierde, sin entender que la Tierra ya aprovecha de alguna manera el flujo solar para mantener el equilibrio dinámico de la biosfera. Cualquier perspectiva de enmendar de forma sustancial los ciclos básicos de nuestro planeta no puede dejar de pasar factura en el futuro. Por otra parte el despliegue de las renovables en la intensidad y capacidad que necesita el actual modelo industrial-urbano presenta algunas dificultades que están más allá de la energía que nos llega del sol y que tienen que ver con otros factores físicos, técnicos y sociales. Entre otros se plantean los siguientes problemas88: f El carácter no renovable de los sistemas de captación y transformación de la energía. Los artefactos para captar la energía necesitan para fabricarse y mantenerse un consumo importante de recursos materiales finitos y por tanto no puede asegurarse su permanencia en el tiempo. f La vulnerabilidad a la caída de la civilización industrial y de su gran combustible. ¿Cómo reparar la turbina de una gran presa de varios edificios de altura sin disponer de un combustible de la capacidad energética del petróleo para moverla? ¿Será posible el costoso proceso industrial de las placas fotovoltaicas? f La transición hacia esas nuevas tecnologías. Si se pretende cubrir el consumo actual y el previsto en el futuro, haría falta reservar muchos recursos energéticos fósiles actuales para facilitar la transición hacia un nuevo modelo energético. Eso no parece sencillo con los esquemas de pensamiento y poder dominantes. f La tasa de retorno energético es muy inferior a la del petróleo. Como vemos en el gráfico, va a ser prácticamente imposible volver a disponer de algún sistema energético con la misma tasa de retorno del petróleo, y eso va a implicar necesariamente que habrá que dedicar mucho más esfuerzo para obtener el mismo resultado final. En definitiva, la posibilidad de que determinados flujos de energía sean renovables no quiere decir que en la práctica real lleguen a serlo si los sistemas de captación y procesamiento no lo son. A los problemas anteriores se suma el relativo a la cantidad o escala. Por poner un ejemplo actual: los biocombustibles, en cantidades pequeñas, podrían jugar un papel importante para garantizar las necesidades de movilidad en unas sociedades que limitaran de forma severa su transporte, pero en un marco como el actual no es posible físicamente que jueguen ningún papel importante, y de pretender jugarlo (produciéndose en grandes cantidades), sus implicaciones ecológicas y sociales (deforestación, hambre) pueden ser mucho más desastrosas que sus pretendidos beneficios, como ya estamos viendo con los alimentos. Los problemas de cantidad o escala, que resultan evidentes en el ejemplo citado, deben ser tenidos en cuenta, por simples matemáticas y posibilidades físicas, para cualquier intento de despliegue masivo de energías potencialmente renovables. A lo largo de la historia el ser humano ha buscado la máquina del perpetuo movimiento, la transmutación de los metales abundantes en oro, el control de la
88 Ballenilla, M. y Ballenilla, F. (2007) (ver nota 74).

Figura 6: tasas dE rEtorno EnErgético (trE) dE diFErEntEs FuEntEs EnErgéticas.

0

20

40

60

80

100

120

Petróleo USA 1930 Petróleo importado USA 1970 Petróleo USA 1970 Petróleo importado USA 2005 Petróleo nacional USA 2005 Arenas asfálticas Gas natural Carbón USA 2005 Nuclear Hidroeléctrica Aerogeneradores Fotovoltaica Leña Gashol (etanol de Brasil) Willow biomass (hierbas de pradera)

Revisión 2007 biocombustles Ballenilla

Fuente: Ballenilla, M. y Ballenilla, F.(2007) “La Tasa de Retorno Energético”. Ecologista, nº 55.

mente humana, la creación de vida y fuentes ilimitadas de energía que le permitiesen el dominio completo sobre todo lo existente. A pesar de los repetidos fracasos y las desastrosas consecuencias en la mayoría de esas búsquedas, sigue siendo una característica de las culturas del exceso el estar auto-convencidas de las propias capacidades técnicas y científicas para vencer las constricciones del mundo físico. Son posturas arrogantes y posiblemente suicidas. Una perspectiva de sostenibilidad no puede asumir ni educar en la posibilidad de conseguir energía ilimitada para todo, por más que ello choque con supuestos anhelos profundos o inherentes a la especie humana.

Reducción o muerte
Suele ser un tópico acusar a quienes plantean la reducción del consumo actual de querer retrotraer la sociedad a la época de las cavernas. Sin embargo, es el actual modelo de desarrollo el que está colocando muchas variables ambientales en estado
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la energía. más allá del petróleo

crítico, es decir, en una situación peor que en la prehistoria. Por otra parte no está de más llamar la atención sobre los enormes márgenes de reducción del consumo energético que tenemos en países como España. Si echamos mano de las estadísticas de consumo de energía, vemos que una reducción de este concepto a la mitad sólo supondría volver a la situación de hace menos de dos décadas.89 Como ya se ha comentado, cualquier persona que tuviera uso de razón hace 20 años podrá convenir sin mucha dificultad que no vivíamos en un estado de penuria, e incluso habrá muchas que consideren que en muchos aspectos teníamos más necesidades cubiertas y mejor calidad de vida. En las estadísticas económicas suele haber una correlación bastante contrastada entre consumo de energía y crecimiento económico al uso, a pesar de los intentos y promesas de desacoplar o distanciar de manera sustancial esas dos variables. Por eso podemos concluir que la única manera seria de disminuir el impacto ambiental asociado al consumo energético implica el decrecimiento del consumo material. Hablamos de sociedades consumistas como puede ser la española. Si el consumo de energía es un indicador del impacto sobre el medio, podemos decir que en la historia de la civilización humana se ha cumplido esta ley: la utilización de más energía ha implicado mayor modificación y degradación de la naturaleza. En este sentido, el sueño de la energía infinita y barata es más bien una pesadilla ya que supondría una mayor capacidad de transformación90: máquinas más grandes, más productivas y más consumidoras de recursos implican más contaminación, según la segunda ley de la termodinámica. Hay más motivos para no desear esa energía ilimitada. Si el flujo de energía que atraviesa una determinada estructura es muy grande, esa estructura es destruida. Esto lo vemos asociado a los llamados desastres naturales (incendios, huracanes...) en los que entran en juego enormes cantidades de energía. De manera especial las células y los seres vivos son incapaces de soportar aplicaciones de energía muy severas. De la misma manera nuestra sociedad actual, basada en el paradigma de la excavadora (caracterizado por destruir rápidamente con alta energía puntual lo que a la naturaleza le costó mucho tiempo construir), es lo más parecido a los acontecimientos naturales catastróficos. No es de extrañar, por tanto, que si no desistimos en el uso creciente de energía, los seres humanos terminaremos jugando el mismo papel del meteorito que hace 60 millones de años acabó con el 95% de las especies, entre ellas las que entonces dominaban la Tierra, los grandes reptiles. Hoy, seguir creciendo significa seguir por el mismo camino que ha llevado a la extinción de multitud de especies, significa destruir el delicado equilibrio que permite la existencia de nuestra especie y de muchas otras.

Qué plantea el pensamiento único sobre la energía
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La energía es ilimitada. Se puede utilizar energía de forma ilimitada. La tecnología nos dará acceso a nuevas fuentes de energía. No se puede disminuir el consumo de energía sin provocar graves problemas sociales. La posibilidad de aumentar la velocidad es positiva. La eficiencia energética ha mejorado en las sociedades tecnificadas. Las renovables son la solución a nuestros problemas energéticos. Ante el agotamiento del petróleo no queda otra salida que recurrir a la energía nuclear. El problema de los residuos nucleares está prácticamente resuelto.

Qué plantea la cultura de la sostenibilidad sobre la energía
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El consumo energético per cápita es el mayor de la historia en las sociedades tecnificadas. No hay solución dentro de un modelo que aspira al crecimiento continuo. El avance tecnológico ha servido para agotar más rápidamente las reservas energéticas de la Tierra. El aumento del consumo de energía ha creado enormes problemas ecológicos y es causante de guerras y graves deterioros sociales. Los efectos de su transformación y uso ponen un límite ecológico a su utilización. La velocidad acelera, entre otras cosas, los procesos destructivos tanto ecológicos como sociales. La energía nuclear requiere combustible nuclear, aún más escaso y difícil de producir que los fósiles. Además presenta riesgos que después de siete décadas de industria nuclear no parece viable eliminar. Los daños que puede causar son altos y muy duraderos. Las fuentes renovables han estado disponibles desde el comienzo de la historia del planeta. La energía del sol puede ser ilimitada pero la disponibilidad de energía de fuentes naturales renovables está limitada por unos sistemas de captación que no lo son. El pico del petróleo nos obligará a cambiar nuestra forma de vida. Conviene hacerlo de la mejor forma posible.

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Aunque, la población ha crecido algo menos del 20% en este período, el consumo de energía lo ha hecho en un 100%. Terradas, J. (2006) (ver nota 81).

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El cambio de paradigma económico91

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La mitología de la economía convencional
La economía convencional ha alcanzado el siglo XXI con la mirada fija en el mundo virtual de los valores monetarios. Ha construido y mantenido su aparente rigor científico y su prestigio como disciplina a pesar de ignorar el funcionamiento del mundo físico del que, sin embargo, depende la supervivencia de las personas y la satisfacción de sus necesidades reales. La economía convencional, tal como se estudia en las universidades actuales, empezó a construirse como disciplina teórica hace más de dos siglos, y hoy en día no cabe duda de que tanto los conceptos que maneja como los métodos que la articulan se han gestado en las estructuras de los sistemas políticos capitalistas. La economía convencional ha conseguido instaurarse como doctrina hegemónica de las políticas económicas y sociales que regulan tanto las relaciones entre las personas como las de éstas con la naturaleza. En definitiva, decide la manera en que miramos, valoramos y tratamos el mundo que nos rodea. Al mismo tiempo que la producción y el crecimiento se han convertido en el objetivo último de la economía, la propia economía se ha erigido como el objetivo central de la política general. Todos los asuntos, también los ecológicos y los sociales, son tratados a la luz de las reglas del juego económico. Cabe entonces preguntarse cómo se ha llegado a construir esta ciencia económica tan alejada de la realidad material y ecológica, aislada en un mundo de fantasía ocupado por los valores monetarios y la riqueza virtual (acciones, hipotecas, inversiones de riesgo...) El dogma económico, radicalmente opuesto al de los procesos y dinámicas que organizan el mundo vivo, se construyó sobre una serie de mitos fuertemente asentados en el imaginario colectivo occidental. En primer lugar, el mito de la producción desplazó el pensamiento económico desde la adquisición y la distribución de los productos de la naturaleza hacia una economía cuyo objeto era producir lo que fuera, cuanto más mejor, sin cuestionar las características de dichas producciones (da igual producir armas o pimientos, si da beneficios). En segundo lugar, la invisibilidad de los efectos negativos de la
91 Este capítulo es especialmente deudor de las reflexiones del economista José Manuel Naredo.

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producción industrial y la dificultad para ver límites físicos, asentó el mito del crecimiento, que consideraba deseable el incremento ilimitado de la producción y del consumo. Por último, el mito del desarrollo equiparaba crecimiento económico con bienestar y calidad de vida, y prometía su extensión a todos los países que aceptasen las reglas del juego de la economía occidental. La profunda crisis ecológica, económica y financiera, así cómo las obscenas desigualdades socioeconómicas que hoy vivimos en el mundo, ponen de manifiesto la necesidad de desembarazarse de la mirada y los dictámenes de la economía neoclásica que rige hoy los destinos de la humanidad.

Los mitos de la producción y del crecimiento
Es a los economistas franceses del siglo XVIII, conocidos como los Fisiócratas, a quienes debemos el concepto originario de producción. La visión económica propia de los Fisiócratas se basaba en el funcionamiento del mundo físico. En aquel momento, se pensaba que en el planeta, minerales, animales y plantas aumentaban de forma continua siguiendo un proceso de generación y crecimiento ilimitado. La Tierra era el motor de la producción. La idea de que los materiales de la corteza terrestre se reproducían igual que los seres vivos, condujo a los Fisiócratas a considerar que el crecimiento económico ligado a la producción podía ser ilimitado, mientras no se degradasen o disminuyesen los bienes fondo que permitían que minerales, plantas y animales continuasen reproduciéndose. Se instauró así la idea de sistema económico formado por un conjunto de procesos (producción, consumo y crecimiento), y se dio paso a desterrar la idea antigua de que la actividad mercantil era un juego de suma cero, en el que sólo era posible que alguien adquiera riqueza a costa de que otro la perdiera. A comienzos del siglo XIX, con la economía constituida ya como la disciplina encargada de fomentar el crecimiento económico, los descubrimientos de la física y la química se encargaron de desmontar la idea del crecimiento físico perpetuo de los materiales de la biosfera. Esto obligó a que los economistas de la época (los economistas clásicos) aceptaran, aunque fuese de mala gana, la existencia de límites. Para los economistas clásicos, el aumento perpetuo de la producción y de los consumos de materias y recursos se convirtió en algo imposible a largo plazo si los recursos abióticos no aumentaban. Paralelamente, los economistas clásicos comenzaron a dar un peso creciente al trabajo como factor de producción, en detrimento del factor tierra. Con la preponderancia del trabajo, la naturaleza fue perdiendo relevancia dentro del sistema económico, a pesar de que representaba tanto los recursos materiales disponibles, como las funciones que realizan los ecosistemas (producción de la fotosíntesis, regulación del ciclo del agua, dinámica de las cadenas tróficas, etc.) Pero finalmente serían los economistas de finales del XIX y principios del XX, los economistas neoclásicos, cuyas ideas continúan plenamente vigentes y son dominantes en la actualidad, los que se encargarán de completar el mito de la producción, desvinculándola del mundo material.
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El cambio que promueven los economistas neoclásicos se produce por la convergencia de tres diferentes fenómenos. En primer lugar, se traslada la idea de sistema económico (con sus piezas: producción, consumo y crecimiento) al campo del mero valor monetario. En segundo lugar se impone la idea de que tierra y trabajo son sustituibles por capital, lo que permite ignorar el mundo físico. En tercer lugar, se recorta el concepto de objeto económico. Únicamente merece la consideración de objeto económico el subconjunto de la realidad susceptible de apropiación efectiva por parte de los agentes económicos, que tiene un valor monetario de cambio asociado y puede ser producible, es decir, se puede operar sobre él alguna transformación que justifica su comercialización. Por ejemplo, el agua de un manantial al cual se pudiera acceder libremente no sería un objeto económico para los neoclásicos. Sin embargo, si alguien obtiene la concesión del manantial (apropiación), embotella el agua (productibilidad) y la vende en el mercado (valoración monetaria), el mismo manantial se habría convertido en un objeto económico. Se da la paradoja de que el agua abundante y limpia no es considerada riqueza, mientras que cuando escasea, se contamina y ha de embotellarse, entonces se contabiliza como riqueza económica. La transformación en la idea de sistema económico que propugnan y defienden los economistas neoclásicos supone la reducción de riqueza social al escenario en el que interactúan el valor de cambio, industria y propiedad. Con los neoclásicos el capital se convirtió en el factor determinante de la producción y el foco de atención se situó en el incremento permanente de la producción (en realidad extracción). Al no ser valoradas económicamente, las implicaciones sobre el deterioro de la corteza terrestre que iban aparejadas a los aumentos crecientes de la mal denominada producción, quedaban ocultas. De este modo, el concepto original de producción de los Fisiócratas que permitía incrementar las riquezas que se renuevan sin destruir los bienes fondo que posibilitan esa renovación, se convierte en la extracción de materiales que se transforman y se revenden con beneficio. Al vender una tuneladora, por ejemplo, el beneficio monetario que genera suma como riqueza, pero la extracción de materiales y energía no renovables necesarios para su construcción, la contaminación que genera el proceso de fabricación, la que genera su uso durante toda su vida útil, el suelo que se horada y las toneladas de tierra que habrá que desplazar, los incrementos del tráfico que supondrá ese nuevo túnel, las emisiones de gases de efecto invernadero o el consumo de energía fósil que realizará, no resta en ningún indicador de riqueza. Estos efectos negativos que conlleva la producción de la tuneladora no tienen valor monetario y por tanto son invisibles. El concepto de producción, distorsionado por los economistas neoclásicos respecto al sentido inicial que le dieron los Fisiócratas, cuenta sólo la parte que crea valor monetario y no cuenta los deterioros que el proceso causa en el entorno físico y social. El hecho de resaltar sólo la dimensión creadora de valor e ignorar los deterio135

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ros y pérdidas de riqueza natural que inevitablemente acompañan a la extracción y transformación, justifica el empeño en acrecentar permanentemente ese valor económico. De este modo se consolida el mito del crecimiento económico como motor de riqueza y bienestar social. Sin crecimiento estamos abocados al atraso y a la miseria.

El cambio de metabolismo planetario de la sociedad industrial
Hasta la Revolución Industrial las personas se habían organizado en sociedades que sobrevivían imitando los procesos de la biosfera. Vivían aprovechando el trabajo de la fotosíntesis (leña, recolección, caza, agricultura o pesca) y obtenían los materiales que necesitaban para satisfacer sus necesidades de su entorno cercano. El motor de la vida era la energía solar en todas sus formas (la fotosíntesis, el viento, los saltos de agua, el calor del sol, etc.) Los residuos de cada proceso eran objeto de un uso posterior, de modo que los ciclos de materiales se cerraban en el proceso económico. El desplazamiento de materiales a largas distancia era muy costoso en energía por lo que se trataba de evitar al máximo. Así, el metabolismo de las sociedades agrícolas se ajustaba, más o menos, a los procesos de la vida. Los seres humanos abandonaron este funcionamiento debido a la disponibilidad de energía fósil. La utilización del carbón inicialmente posibilitó el despegue de la industria, basada en la extracción y transformación de los materiales de la corteza terrestre, así como el transporte de materiales, personas y mercancías a larga distancia mediante los medios de transporte motorizados que se desarrollaron a un ritmo vertiginoso. Con la aparición de la máquina de vapor la especie humana aumentó exponencialmente el consumo de energía fósil y extendió el transporte horizontal tanto de los productos de la fotosíntesis como de los minerales. Estos últimos se convierten en las materias primas esenciales en los procesos de fabricación de máquinas, provocando una espiral de crecimiento basada en el uso de materiales a gran escala, cuyos residuos no son devueltos al estado original, rompiendo con el necesario cierre de los ciclos que garantiza la renovación de la biosfera. Se ponen así las bases del actual modelo de producción industrial, basado en la extracción creciente de minerales y energías no renovables, que vierte al entorno cantidades cada vez mayores de residuos no aprovechables. En la actualidad, los estudios de la economía ecológica92 revelan que la intervención humana sobre la corteza de la Tierra supera en importancia a la de cualquier agente geológico, habiéndose convertido nuestra especie en el principal agente modelador del relieve de la superficie terrestre. La sostenibilidad de la agricultura tradicional se mantenía gracias a que las extracciones de minerales del suelo se ajustaban a los ritmos de recuperación, a que los cultivos respetaban las vocaciones productivas de cada suelo y cada clima.
92 Naredo, J.M. y Gutiérrez, L. (eds.) (2006). La incidencia de la especie humana sobre la faz de la tierra (1955-2005). Universidad de Granada. Fundación César Manrique.

Pero hoy las producciones que tradicionalmente han sido renovables, como la agricultura, la pesca y la explotación forestal, están dejando de serlo, ya que las técnicas modernas y la inyección de energía fósil, agua y fertilizantes han conseguido acelerar los ritmos de producción a costa del deterioro de los recursos naturales que habían posibilitado el desarrollo de la fotosíntesis93 La irracionalidad del metabolismo económico de la sociedad industrial llega a contabilizar como riqueza el propio deterioro ecológico, al sumar en los indicadores de riqueza (en forma de Renta o Producto Nacional Bruto) los beneficios derivados de paliar la destrucción (aumenta la riqueza al descontaminar una playa, invertir en los mercados de carbono o limpiar ríos). La celebración del crecimiento económico va a servir para ocultar la realidad de los deterioros físicos y sociales, resaltando tan sólo la parte positiva creadora de valor monetario y justificando la necesidad cada vez mayor de hacerlo. La lógica del crecimiento se extendió entre los países capitalistas. Partiendo de una situación privilegiada gracias a los procesos de colonización, se fueron apropiando de los recursos naturales y minerales necesarios para el desarrollo económico industrial, y consiguieron imponer, muchas veces por la vía militar, su ideología de la producción y del crecimiento.

El mito del desarrollo
Como hemos visto, el cambio en el metabolismo de la economía a nivel global tiene importantes repercusiones sobre los territorios, pero también sobre las sociedades y sobre el bienestar y la felicidad de las personas. En el marco de la globalización económica basada en el crecimiento, el progreso se mide por la capacidad que tiene un país de aplicar políticas que acrecienten la escala de su actividad económica en el mercado, mejoren la eficiencia de la producción, se especialicen y se extiendan. Este concepto de progreso, equiparado a crecimiento económico, se encuentra en la base de lo que se conoce como desarrollo. Tal y como señala Naredo (2006), el término desarrollo se aplicó inicialmente en el campo de la biología. Darwin lo utilizó en 1759 para denominar el proceso de evolución que experimentan animales y plantas desde su nacimiento hasta que alcanzan su madurez. A finales del siglo XVIII el uso del término se comenzó a transferir al campo sociocultural, equiparándolo a la idea de progreso. La palabra progreso daba carta de legitimidad moral a ciertas tendencias de la evolución sociocultural. Se consideró que todas las sociedades evolucionaban de una forma lineal de unos estadios de mayor atraso –caza y recolección o ausencia de propiedad privada– hacia nuevas etapas más avanzadas y racionales –civilización industrial o economía de mercado– y que en esta evolución, tan inexorable y universal como las leyes de la mecánica, las sociedades europeas se encontraban en el punto más evolucionado.
93 Naredo, J.M. (2006) (ver nota 64).

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Al concebir la historia de los pueblos como un camino que transitaba del salvajismo y la barbarie hasta la civilización, los europeos, guiados por la convicción etnocéntrica de constituir la civilización por excelencia, expoliaron los recursos de los territorios colonizados para alimentar su sistema económico. Sometieron mediante el dominio cultural y la violencia (posible gracias a la tecnología militar) a los pueblos colonizados, a los que se consideraba salvajes por su estado cercano a la naturaleza. Fue un presidente de Estados Unidos, Truman, quien empleó por primera vez la palabra desarrollo para referirse a la situación que ocupaban los países en relación al crecimiento económico. Después de la 2ª Guerra Mundial, en 1949, Truman anunciaba un programa internacional de desarrollo que iba a contribuir a la mejora y crecimiento económico de las áreas subdesarrolladas. Por primera vez se calificaba como desarrollados a los países que habían abrazado la fe en el crecimiento económico y, por el contrario, subdesarrollados al resto de los Estados. De pronto miles de millones de personas se convertían en subdesarrolladas (con la carga peyorativa que el término supone) y dejaban de ser pueblos diversos, con otras lógicas económicas, para convertirse en el contrario de los otros que se autodenominaban desarrollados. La ignorancia de los límites físicos del planeta permite que una buena parte de las teorías del desarrollo propongan políticas que lo promueven. Se aconsejan o imponen a los países empobrecidos medidas para que sigan la senda de los países ya desarrollados, llegando a denominarles en ciertos casos, cuando algunos de sus indicadores económicos crecen, países en vías de desarrollo. Sin embargo, esta vía es una vía muerta. Cada vez es más evidente la imposibilidad de que el conjunto de la población mundial pueda seguir los estilos de vida y sobreconsumo de los países enriquecidos, ya que las exigencias en recursos o territorio y la generación de residuos desbordarían las posibilidades físicas del planeta. Si se analizan las características de un país desarrollado se concluye que la riqueza de unos sólo es posible a costa de la pobreza (de acceso y disponibilidad de recursos) de otros. Un país desarrollado es aquel que compra materias primas baratas o alimentos, realiza fundamentalmente tareas de comercialización y venta que tienen poco impacto en sus territorios, atrae capital y mano de obra y tiene reglas comerciales y financieras que le protegen. Para que ese país desarrollado exista, obviamente otros países deben estar dispuestos a vender los productos de extracción o los alimentos baratos, tienen que operar reglas comerciales y financieras que les obliguen a vender en estas condiciones y deben exportar capital y mano de obra. Es decir, el subdesarrollo no es más que la expresión del desarrollo en los países empobrecidos. La situación privilegiada de los países ricos pone de relieve un modelo de dominación que se sustenta en mecanismos económicos que les otorgan capacidad de compra de recursos y uso de sumideros (para la absorción de residuos). Favo138

recidos por el abaratamiento del transporte y las comunicaciones, la relación de desequilibrio económico ha desembocado en la explotación económica de países abastecedores de productos primarios (subdesarrollados) por parte de otros que estratégicamente se han especializado en la etapas finales de transformación y comercialización (desarrollados). La capacidad de compra infinitamente superior de los países desarrollados, gracias a unas reglas de juego económico que manejan a su voluntad, y fruto de los condicionantes ideológicos e institucionales impuestos por sus elites, ha crecido mucho durante las últimas décadas gracias a las dinámicas del mundo financiero. El dinero ha servido para establecer una relación de desigualdad económica entre países y generar un modelo de desarrollo basado en la extracción y apropiación de los recursos no renovables de la corteza terrestre. El sistema financiero ha ido más lejos convirtiéndose en una nueva fuente de desigualdad que otorga capacidad de compra a empresas transnacionales cada vez más ajenas a los Estados. Estas empresas, a base de emitir títulos y acciones aceptados como moneda de cambio, se apoderan de las materias primas y la mano de obra para acrecentar las desigualdades sociales y perpetuar el modelo de desarrollo. El desarrollo crece a costa de agotar los recursos naturales (finitos) y generar residuos no aprovechables. Su resultado es la aceleración de la degradación ambiental del planeta y la desigualdad social.

La crítica ecológica a la teoría económica convencional
Desde la perspectiva ecológica las principales críticas a la teoría económica tienen que ver con su divorcio del mundo físico, con su reducción al ámbito de lo monetario y con la ética de sus fines, ya que el beneficio económico no es equitativo ni bueno para todas las personas, y el crecimiento económico no es inocente en la generación de deterioro ecológico y social. La economía convencional esquiva una de las leyes físicas más elementales, la de la entropía, según la cual cualquier actividad de transformación de energía o materiales lleva asociada una pérdida incondicional de recursos no aprovechables que quedan irreversiblemente inutilizados para su uso posterior. La ley de la entropía pone de relieve las limitaciones de la economía convencional a la hora de dar una solución ecológica, entre otros, al problema de los residuos. Los residuos son parte de cualquier actividad económica, por lo que requieren una especial atención, sobre todo en las culturas que se rodean de gran cantidad de objetos y consumen mucha energía. Se producen durante la extracción de las materias primas, la producción agraria, la transformación de bienes intermedios en productos finales, y durante el consumo final de éstos. Representan un enorme peligro para el medio ambiente, la salud y las generaciones futuras (como es el caso de los residuos radiactivos propios de la generación energética nuclear). Por ser generados en cantidades superiores a la capacidad de asimilación de los ecosistemas, los residuos suponen uno de los principales problemas de las sociedades indus139

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trializadas, hasta el punto de que muchos países exportan millones de toneladas de residuos anualmente a países empobrecidos, aprovechándose de unos tratados comerciales injustos y de la complicidad de gobiernos corruptos94. Lejos de entender la acumulación creciente de residuos como un problema insalvable, estrictamente dependiente del volumen de materiales y energía utilizados, el imaginario económico otorga a la tecnología y al reciclado la capacidad de resolver el problema, reintroduciendo perpetuamente los residuos en forma de insumos. Con esto se promueve la utilización descontrolada de los recursos naturales, hasta el punto de que hemos que sobrepasado la tasa de regeneración de recursos naturales hace tiempo, y hemos pasado a saquear los bienes fondo, es decir, aquellos bienes que suponen una reserva permanente de recursos a largo plazo (como los bosques, los bancos de peces o las reservas minerales). Las mejoras tecnológicas y el reciclaje de materiales ayudan a reducir el ritmo de utilización de los recursos, pero al crecer la extracción, transformación y consumo de forma constante, esos pequeños ahorros no tienen efecto a nivel global. En muchas ocasiones son utilizados para desviar la atención del agotamiento de los recursos básicos. La clave está en no sobrepasar la capacidad de los ecosistemas para absorber los residuos y la de la biosfera para reponer los recursos. Así por ejemplo, en términos energéticos, la tasa de utilización de las energías fósiles (formadas durante millones de años y consumidas en dos siglos) debe ser aquella que permita ir sustituyéndolas por energías renovables. Otro aspecto muy cuestionable de la economía convencional es el del reduccionismo monetario. En la economía al uso para que algo exista debe poder ser traducido a términos monetarios, es decir, debe tener un precio. De esto se deriva que ante un planeta cada día más deteriorado la economía convencional proponga tratar el daño ambiental de forma homogénea, principalmente como externalidades. Una externalidad negativa de una actividad es un efecto no deseado, para el cual no existe un mercado. Ejemplos de externalidades conocidas son la contaminación del aire y el ruido provocados por el tráfico urbano, la contaminación de los ríos por las actividades industriales o la sobresalinización de las costas a causa de las desaladoras. La operativa de funcionamiento de la externalidad es la siguiente: una vez definida la externalidad se aplican técnicas para calcular el valor monetario del daño causado, que se calcula según lo que habría que pagar para compensar a los afectados, arreglar lo estropeado o regresar a la situación anterior, dando por supuesto que esto es posible. Atribuir una valoración monetaria que sea convincente no es tarea fácil, y a
94 “La Directiva Marco de Residuos de la UE dará pie a que los residuos peligrosos puedan ser transportados a países del tercer mundo”. http://www.ecologistasenaccion.org/spip.php?article11602

menudo imposible (¿es posible contabilizar con dinero la calidad del aire?). Algunos economistas (los más liberales) proponen asignar derechos de propiedad sobre los recursos y los servicios ambientales y dejar que sean el mercado y los precios quienes regulen el nivel óptimo de contaminación. Pero, ¿es posible saber cuánto dinero vale la función de sumidero de CO2 que realizan los bosques tropicales? ¿Es posible apropiarse de la protección que nos da la capa de ozono? ¿Cómo se valora la temperatura de equilibrio de la biosfera? Lo que se pone aquí en evidencia es el problema de inconmensurabilidad de muchos aspectos de la realidad que la economía neoclásica olvida, ya que los valores y procesos ambientales no pueden traducirse a precios del mercado. No encajan en los códigos del capital. La economía convencional introduce ciertos bienes y servicios en el mercado y deja, intencionadamente, otros fuera. De esta forma realiza dos funciones básicas contrarias a la sostenibilidad. Por un lado atribuye valor a los recursos que están dentro de la esfera económica y se lo quita a los que quedan fuera. Por el otro, condiciona la satisfacción de las necesidades a la existencia de mercados, equiparando mercado con riqueza. Si no tiene precio se puede deteriorar sin problema, hasta que su escasez haga necesario que lo tenga. En ese momento generará beneficios y aumentará la riqueza. Algunos ejemplos de recursos naturales y servicios ambientales privatizados por el mercado son el del agua embotellada, la información genética o el acceso al aire limpio. Esta forma de funcionar deja sin valor a servicios ambientales y sociales que, en muchos casos, hacen posible el mantenimiento de la vida y que son clave en la búsqueda de la sostenibilidad. El proceso reduccionista de mercantilización de la vida ha favorecido el ocultar “los trabajos no mercantilizados que realizan las mujeres y los servicios gratuitos que presta la naturaleza”95. Otro rasgo característico de este funcionamiento económico consiste en el convencimiento generalizado de que cuanto más mejor, y que los individuos (personas que consumen) prefieren siempre más a menos. Para consumir más hay que producir más, de manera que, al menos en términos monetarios, el tamaño de la economía tenderá a hacerse cada vez mayor.

La confusión entre la producción y la simple extracción.
A diferencia de la verdadera producción que tiene lugar en los sistemas naturales a través de la fotosíntesis, donde se transforma la energía del sol, el agua y los minerales en materia (biomasa), la mal denominada producción económica consiste en realidad en la extracción de materiales a base de arrancarlos de la tierra (carbón, hierro, etc.) y prepararlos para ser introducidos en el mercado. El hecho de llamar comúnmente producción de petróleo a lo que realmente debería llamarse extracción de petróleo es un ejemplo de esta confusión. Interpretar la extracción (resta) como producción (suma) nos permite creer que
95 Cembranos, F. y otros (2007). Ecología y educación. El curriculum oculto antiecológico de los libros de texto. Madrid. Editorial Popular.

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se crean nuevos bienes y riqueza, cuando en realidad lo que sucede es que se acelera el ritmo de saqueo de los recursos que la naturaleza guardaba en la despensa. Esta suplantación de términos es útil a la economía ordinaria, pero es evidente que cualquier comunidad de seres vivos que trate de crecer en sus consumos a costa de reducir la base natural que los sostienen está condenada a desaparecer. El sistema económico convencional calcula cuánto cuesta producir, por ejemplo un exprime-limones, contabilizando los costes de extracción de materiales que se necesitan y la mano de obra que va a intervenir en la fabricación. Sin embargo, no incluye en sus cuentas lo que costaría reponer los materiales que se han extraído (costes de reposición), como si la fabricación del objeto no se realizara a costa de la merma de los bienes fondo. Al ignorar estos costes de reposición se invisibiliza el proceso de degradación de los materiales de la corteza terrestre. De este modo se oculta la urgente necesidad de detener el saqueo de materiales y el colapso de los sumideros de residuos, ambos fruto del llamado proceso productivo. La economía convencional suma como riqueza cualquier actividad generadora de valor económico y llega a contabilizar como producción (riqueza) lo que significa deterioro. Las tareas de limpieza del bosque quemado o el derribo de un rascacielos se contabilizan en positivo, engordando las cifras las cuentas nacionales. Al considerar la extracción de materiales no renovables como producción y al contabilizar de forma absurda lo que se gasta en reparar el deterioro ecológico como riqueza, se contribuye a crear el mito del crecimiento, un mito muy extendido que equipara crecimiento económico a bienestar y desarrollo, obviando que este crecimiento –basado en la extracción y generación de residuos– se convierte en generador de destrucción ecológica.

capital natural. Así, igual que las empresas incluyen en sus cuentas una cantidad de dinero (amortización) que servirá para reponer las máquinas que se desgastan o quedan obsoletas, se piensa que es posible hacer lo mismo con los recursos naturales y se trata de calcular la amortización del capital natural. Sobra decir que el error es muy grave y se basa en la falacia de suponer que las bases físicas sobre las que se asientan nuestros sistemas de producción y consumo son inagotables, y que los deterioros naturales son siempre reversibles.

La producción va indisociablemente unida al consumo
En la economía convencional la noción de producción no tendría sentido si no fuese asociada a la de consumo. Los objetos y los servicios se producen para ser consumidos. Y para mantener el crecimiento económico la economía necesita producir mucho y consumir mucho. La relación del consumo con la crisis ambiental tiene que ver principalmente con el volumen desmedido de bienes y servicios que se emplean para satisfacer los hábitos de las sociedades del Norte. Pese a que los límites físicos de la biosfera plantean la inviabilidad de extender la desmesura consumista del Norte al resto del planeta, la globalización económica sigue insistiendo en que es posible y estimulando un modelo universal de consumo a base de crear necesidades crecientes a escala mundial. Tras las necesidades creadas llega –para quienes pueden permitírselo– la resolución a través de la compra en un mercado saturado de objetos superfluos. Esta ilusión de abundancia se consigue manteniendo bajos los costes, acelerando la extracción y la transformación de recursos que, literalmente, han sido expoliados a otras comunidades o a las generaciones futuras. El consumo en una cultura de la sostenibilidad debe pasar de ser un fin en sí mismo, a ser un instrumento al servicio de la satisfacción racional de las necesidades, la conservación de recursos naturales y el buen estado de los ecosistemas. Por otra parte así como la noción de producción no parece ser muy rigurosa tampoco lo es la de consumo, pues éste, lejos de consumir los objetos, va abandonando por todas partes materiales degradados, contaminando y desregulando los difíciles equilibrios de la biosfera.

La falacia del capital natural
En los años 60, y principalmente los 70 con la publicación del Informe Meadows, o la de La ley de la entropía y el proceso económico de Nicholas Georgescu-Roegen, se demuestra la imposibilidad de mantener un sistema basado en la extracción creciente de materiales en un planeta que, por el contrario, tiene límites. Esta crítica a la economía convencional posibilitó el desarrollo del pensamiento ecologista y la generación de propuestas que permitían conciliar la ciencia económica y las ciencias de la naturaleza. Sin embargo, las fuerzas económicas interesadas en perpetuar la lógica del crecimiento continúan tratando de imponer el concepto del desarrollo, mediante la estratagema de añadir adjetivos como verde o sostenible, sin variar sustancialmente la dinámica y velocidad de extracción o la forma de contabilizar los flujos físicos de los materiales. Para la economía neoclásica el capital es el factor de producción limitante en la generación de bienes y servicios, y no la tierra y el trabajo. Los economistas consolidaron la extraña y acientífica creencia de que el gasto de los recursos naturales (tierra) puede ser compensado por capital y resuelto con tecnología. Para llegar a tal conclusión la teoría económica ha inventado el concepto de
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Hacia otro paradigma económico: la economía ecológica
La vida en la Tierra es consecuencia de la capacidad que ésta tiene de intercambiar energía con el exterior. Gracias a la energía solar las plantas realizan la fotosíntesis produciendo materia y construyendo el primer eslabón de la cadena trófica. El mantenimiento de la vida y los ecosistemas se caracteriza por la existencia de numerosas interrelaciones entre organismos y entre éstos y el medio en el que habitan, así como por la existencia de servicios ambientales que la naturaleza presta tales como el ciclo del agua, el mantenimiento de la capa de ozono o la polinización. El mantenimiento de la vida humana (y también de la no humana) es posible
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bajo un modelo que base su funcionamiento en el aprovechamiento de los recursos renovables a un ritmo que permita su regeneración, y de forma que se cierren los ciclos de los materiales (biológicos, físicos y químicos). Cualquier forma de organización social que no respete estas reglas estará poniendo en peligro tanto su supervivencia como la de las especies con las que comparte el territorio. Hemos visto cómo, al tiempo que las economías industriales conformaban su funcionamiento a partir de la extracción de recursos de la corteza terrestre, se apropiaban de los trabajos de la biosfera y extendían el transporte lejano de materiales, personas y mercancías, la teoría económica convencional se separaba voluntariamente de las ciencias naturales, dejando fuera de su campo teórico las enseñanzas de disciplinas como la biología o la termodinámica, que explican el funcionamiento de los sistemas naturales y el conjunto de la biosfera. El resultado ha sido la configuración de una visión simple y errónea que considera el mundo como una despensa inagotable de recursos, capaces de satisfacer deseos ilimitados en cantidades y tiempo, gracias al apoyo incondicional del mercado y la tecnología. Frente a la economía convencional, la economía ecológica es una corriente interdisciplinar que trata de recomponer los lazos rotos entre economía y naturaleza. Nace de la inquietud, reflexión y estudio de un sector de economistas conscientes de la inviabilidad del sistema económico convencional y de la inadecuación de los instrumentos que utilizan a la hora de solucionar los problemas ambientales. La economía ecológica no tiene como finalidad el crecimiento económico, pues considera que cualquier actividad económica lleva asociado el uso de materiales y energía y la generación de residuos y, por tanto, la degradación del entorno. Pretende adaptar el proceso económico al funcionamiento de los sistemas naturales, cerrando los ciclos y abasteciéndose de recursos renovables. La economía ecológica parte de que el sistema económico es un subsistema integrado y limitado por el sistema que representa la biosfera.
Figura 7: rElacionEs EconomÍa-naturalEza: una cuEstión dE EnFoquE.

BIOSFERA

ECONOMÍA

ECONOMÍA

BIOSFERA

Economía ambiental
Fuente: CIP Ecosocial.

Economía ecológica

Las capacidades de los ecosistemas como regeneradores de recursos y como asimiladores de los residuos que el subsistema económico necesita y produce son limitadas. El requisito, desde la economía ecológica, es mantener el tamaño global de la economía dentro de la capacidad de los ecosistemas. La economía ecológica trata dos aspectos relacionados con la sostenibilidad. En primer lugar se interesa por el metabolismo de la economía (desde la cuna a la tumba), es decir, cómo se contempla el ciclo de los materiales y la energía desde que son recursos hasta que son residuos. En segundo lugar, tiene en cuenta el tamaño del sistema económico, es decir, la cantidad total de recursos consumidos en relación con el tamaño de la biosfera. Los avances científico-técnicos han permitido mejorar la ecoeficiencia de muchos procesos industriales. Es indudable que hoy un coche consume menos gasolina cada cien kilómetros que consumía hace treinta años. Los avances en la disminución del consumo de energía y materiales y la menor generación de residuos por cada unidad de producto, llevaron a defender a muchos partidarios de la economía convencional que la economía se estaba desligando del mundo físico, es decir desmaterializando, de modo que se podría continuar creciendo económicamente a la vez que paulatinamente se iría disminuyendo la presión sobre el medio físico. La realidad no ha acompañado a estos augurios optimistas. Para la economía ecológica lo relevante no es la contaminación generada o la cantidad de materiales y energía consumidos por unidad de producto, sino la cantidad total de recursos utilizados en todos los procesos productivos y la capacidad de los ecosistemas para volver a regenerarlos, así como la cantidad de residuos totales y la capacidad de los ecosistemas para absorberlos. Mejoras unitarias en los procesos no tienen por qué suponer mejoras ambientales en el conjunto de la economía. En efecto, tomando el ejemplo anterior, el ahorro de energía por cada coche ha sido irrelevante ante el enorme incremento del número de coches en circulación, o el aumento de las distancias que estos deben recorrer de forma diaria. El crecimiento continuo de la producción no es el camino para alcanzar la sostenibilidad, pues el ecosistema global, entendido como el conjunto de ecosistemas, es finito. En el tratamiento de las cuestiones ambientales, las principales dificultades de la economía convencional aparecen al prescindir sistemáticamente de las estadísticas ambientales y materiales que registran el estado de los cimientos físicos sobre los que se asientan las economías del planeta, restringiendo el análisis al mundo reduccionista de los valores monetarios. Como ya se ha mencionado, los agregados monetarios utilizados para medir el crecimiento económico, como son la Renta Nacional o el PIB, tienen graves carencias ambientales ya que registran como renta y riqueza lo que, en buena medida, es destrucción. Puesto que los seres humanos somos absolutamente dependientes de la naturaleza, es más lógico utilizar como indicadores los de la realidad física y ecológica que las estimaciones monetarias del deterioro ambiental, que no permiten entender pérdidas irrecuperables.
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el Cambio de paradigma eConómiCo

Es importante aclarar que la economía ecológica es plural en cuanto al uso de metodologías, por lo que puede aceptar enseñanzas de la economía convencional. Sin embargo, existen diferencias entre estas dos categorías de pensamiento y en los supuestos que les sirven de fundamento. Frente a los economistas neoclásicos, convencidos de que los avances tecnológicos compensan la escasez de recursos a largo plazo y que los trabajos de la naturaleza pueden ser sustituidos por nuevas tecnologías, los economistas ecológicos asumen que los límites ecológicos y la escasez de recursos son los aspectos críticos insalvables sobre los que debe girar la ciencia económica. La postura convencional de los economistas neoclásicos es que el crecimiento económico debe crear las condiciones para resolver las desigualdades. Sin embargo, tras dos generaciones de crecimiento económico, desde que los programas de desarrollo internacional fueran establecidos después de la Segunda Guerra Mundial, la desigualdad sigue aumentado. La economía convencional no puede determinar si una distribución de recursos es mejor que otra para las personas. No incluye criterios éticos. Si la sostenibilidad implica la redistribución intergeneracional e intrageneracional, se necesita de estos criterios éticos y de unas políticas profundamente democráticas. Seguir manteniendo el dinero como la única vara de medir y proponer la cura del crecimiento, no solucionará el deterioro ambiental y social. Muy al contrario, seguirá manteniendo ocultas las verdaderas causas de los riesgos ecológicos y las desigualdades entre los seres humanos, desviando la atención hacia un terreno ignorante del funcionamiento de la naturaleza. En toda la literatura económica convencional no hay una sola mención a lo nocivo que es utilizar los recursos naturales por encima de su capacidad de regeneración, o generar residuos más allá de la capacidad de absorción de los ecosistemas. Por el contrario, la economía ecológica propone atender a la realidad física antes que a unos números (los económico-monetarios) que no representan nada más que una parte reducida y distorsionada del campo del valor. Las cuentas que realmente importan, y las que han de hacerse, son las relativas a la fotosíntesis, los bosques, la calidad del aire, la disponibilidad de materiales organizados, la producción y mantenimiento de la biomasa, la cantidad de suelo fértil, etc. El nuevo paradigma económico rechaza reducir la complejidad de la experiencia a una sola dimensión cuantitativa y monetaria, pues la realidad es multidimensional y sigue distintas lógicas según la dimensión que se examine. En cualquier caso a la hora de elegir dimensiones centrales para hacer las grandes cuentas, habrá que mirar antes la energía retenida en los enlaces del carbono, la huella ecológica o la biodiversidad que los indicadores monetarios al uso. La economía ecológica no sólo replantea el concepto de riqueza, que podría consistir en la capacidad de una comunidad para mantener un medio vivo, sino que vuelve a poner sobre la mesa la discusión sobre las necesidades humanas, el
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problema de la distribución en un mundo de suma cero (o decreciente) y el acceso de las comunidades a los servicios de los ecosistemas. La economía para la sostenibilidad ha de recordar que el sistema económico es un subsistema de la biosfera y no al revés. Una nueva economía con los pies en la tierra habrá de plantearse cómo sobrevivir y vivir dignamente con una huella ecológica que pueda ser asumible por la biosfera.

Qué plantea el pensamiento único sobre el sistema económico
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La naturaleza y los recursos naturales forman parte de un sistema económico más amplio. El objetivo de la sociedad es que la economía funcione de forma eficiente. El crecimiento es la máxima aspiración del sistema económico, y es una condición necesaria para la mejora social y ambiental. Las economías más desarrolladas han sabido aprovechar los recursos naturales de forma más eficiente que aquellas no desarrolladas. Todas las sociedades aspiran a ocupar los niveles más altos de desarrollo, es decir a crecer de forma permanente y sostenida. La búsqueda de beneficio económico es inherente a cualquier actividad empresarial, y justifica la relación entre productor y consumidor. Las mejoras tecnológicas reducen los daños ambientales y, al mismo tiempo, hacen que se pueda disponer de los recursos finitos de forma ilimitada. La existencia de mercados facilita la conservación de los recursos naturales y hace posible la satisfacción de las necesidades.

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Qué plantea la cultura de la sostenibilidad sobre el sistema económico
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La naturaleza y los recursos de la biosfera forman parte del sistema natural que hace posible las actividades económicas. El planeta Tierra es un sistema finito, con capacidades limitadas para generar recursos y absorber residuos. La escala de la actividad económica cuenta. Las actividades económicas llevan asociadas la generación de residuos no aprovechables, por lo que provocan incondicionalmente daños ambientales. El crecimiento (monetario) no deber ser la máxima aspiración del sistema económico, pues implica el aumento del uso de energía y materiales. Crecimiento económico no es sinónimo de desarrollo. Una característica común de las economías que más han crecido es que consumen cantidades muy superiores de recursos y generan ingentes volúmenes de residuos. No todas las sociedades aspiran a ocupar los niveles más altos de desarrollo, pero las denominadas desarrolladas pretenden que su modelo económico sea el único deseable. Existen múltiples formas de organización social distintas de aquellas que buscan el beneficio económico. El intercambio de bienes y servicios no tiene por qué estar guiado por el beneficio. Las mejoras tecnológicas pueden reducir los daños ambientales, pero también pueden hacerlos crecer, pues lo que cuenta es la cantidad de energía y materiales que finalmente son consumidas. En la gestión de los recursos naturales debemos guiarnos por las leyes de la termodinámica antes que por las leyes económicas. -En muchas ocasiones el crecimiento de los mercados es el resultado de la privatización de los recursos, limitando su acceso a una parte reducida de los habitantes de nuestro planeta. La privatización suele tener por objetivo un beneficio económico y no la conservación de los recursos y servicios ambientales.

Movilidad masiva en una naturaleza lenta

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Cómo se traslada la naturaleza
En medio de la carrera generalizada en la que vive nuestro mundo, ante un escenario de aviones despegando, de automóviles colapsando carreteras, trenes que circulan a alta velocidad y camiones y barcos desplazando mercancías de una a otra parte del globo, cuesta ser consciente de que la mayor parte de la naturaleza está, en esencia, bastante quieta. Los movimientos tan masivos y veloces son una novedad muy reciente en la evolución de la vida en la Tierra. En la corteza terrestre la naturaleza se organiza en estructuras que mayoritariamente se desplazan en dirección vertical y lo hacen además en un espacio próximo, mientras que las sociedades humanas se organizan en estructuras que se valen del transporte horizontal a largas distancias. ¿Qué quiere decir esto? Los ecosistemas naturales están formados en su mayor parte por masa vegetal. Las plantas desplazan nutrientes de abajo a arriba para formar materia viva, y cuando mueren caen hacia el suelo. Este desplazamiento es muy lento. Algunas semillas viajan con el viento pequeñas distancias. Otras se valen de animales para su transporte (aves, insectos…). Los animales constituyen una proporción despreciable (una diezmilésima parte) de la biomasa terrestre y economizan sus movimientos, evitando en general desplazamientos innecesarios. Se podría decir que el desplazamiento en la naturaleza –si excluimos a los seres humanos– es en esencia vertical y de baja velocidad (el de la materia vegetal) y en una pequeña medida horizontal y ajustado a las condiciones del terreno (el de los animales no humanos). La mayor parte de estos últimos –a excepción de las especies migratorias– vive en un territorio limitado y se mueve ajustándose a las características de su hábitat, sin dañar éste más allá de lo imprescindible para su supervivencia. Sus desplazamientos se organizan en función de sus necesidades de supervivencia. Los animales migratorios, desplazándose incluso miles de kilómetros, lo hacen sin alterar los terrenos que recorren. La energía utilizada para ello es la energía endosomática, provinente de la alimentación. Los habitantes de la sabana, por ejemplo, grandes corredores del reino animal, lo hacen en un espacio abierto que permite una movilidad veloz sin necesidad de producir deterioros significativos en los suelos. Las sociedades tradicionales han participado en mayor o menor medida de
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estos criterios de economía y adaptación al territorio en sus desplazamientos. Pero las sociedades industriales modernas, sin embargo, han prescindido de ellos y han multiplicado no sólo su movilidad (la de personas y la de mercancías) sino también la velocidad de ésta, sin atender al efecto que producían sobre la corteza terrestre y el equilibrio de los ecosistemas. Pero el medio natural, esencialmente inmóvil, no está preparado para esta movilidad horizontal desmedida. Cuando se desplazan grandes masas de materiales, como ocurre en la sociedad industrial, lo hacen erosionando fuertemente los suelos, fraccionando y empobreciendo los ecosistemas y produciendo residuos extraños a ese medio. “Si el transporte masivo es en sí mismo un elemento extraño al ecosistema natural, la capacidad de carga, o cantidad total de transporte que éste podrá asimilar sin superar un cierto umbral de deterioro, estará forzosamente limitada”96. Pero no sólo importa el volumen de los desplazamientos sino también la velocidad con la que se producen. La sociedad industrial y post industrial se mueve a una velocidad creciente. La energía necesaria para desplazar un objeto crece exponencialmente con la velocidad que se le imprima. A medida que aumenta la velocidad de los transportes, el consumo de energía se multiplica. También lo hacen los materiales empleados (para la construcción de vehículos, de infraestructuras…) y los residuos. Cuanto mayor es la velocidad mayor será también el territorio que hace falta devastar para alojarla. Se calcula que si una persona camina, necesita una superficie de al menos 0,8 m2 libres ante ella, que puede ser de firme irregular. Si lo hace una bicicleta necesitará de 3 m2, a ser posible de superficie más o menos allanada. Esta superficie se multiplica en tamaño (60 m2) y en exigencias sobre el firme si queremos movernos en automóvil a sólo 40 kilómetros por hora, y aumenta de nuevo exponencialmente para soportar una velocidad de 120 km/h, exigiendo en este caso eliminar obstáculos como bosques o montañas y cubrir de una gruesa capa de grava y asfalto. El peligro que supone un objeto a tal velocidad obligará, además, a destinarle espacios de seguridad laterales. Las imágenes de las autovías y los nudos de carreteras son suficientemente esclarecedoras. Los seres humanos no sólo empleamos los desplazamientos para trasladarnos. El movimiento es –en la cantidad adecuada– una actividad que nos produce disfrute. En la infancia buena parte del juego implica movimiento. Los paseos o la práctica de los deportes son otras pruebas de este disfrute. La pérdida de movilidad física está relacionada con la vejez, con la discapacidad o con la enfermedad. La actividad no sólo sirve al desarrollo y mantenimiento de nuestras aptitudes físicas (una persona sin actividad reduce su fuerza y su resistencia y aumenta el riesgo de determinadas enfermedades) sino que también proporciona cambios estimulares que nuestro cerebro requiere. Una vida sin cambios estimulares no ofrecería ocasiones para el aprendizaje y el desarrollo intelectual. La actividad y el desplazamiento nos ofrecen imágenes, sonidos, sensaciones táctiles y propioceptivas nuevas que activan nuestro
96 Estevan, A. (1994) “Contra transporte cercanía”, Archipiélago nº 18-19.

sistema nervioso, además de proporcionarnos experiencias globales y aprendizajes que nos producen placer. A lo largo de la historia la mayor parte de los seres humanos han realizado trabajos que les obligaban a practicar el ejercicio físico y proporcionaban –no siempre– ese necesario cambio estimular. El trabajo en el campo, los oficios o los trabajos de cuidados exigían utilizar el aparato locomotor de forma intensiva, con mayor o menor desplazamiento en el espacio. También eran relativamente frecuentes los viajes a pie, a caballo o más tarde en bicicleta: las visitas a pueblos vecinos para celebraciones especiales, las romerías, las peregrinaciones, las visitas de juglares o buhoneros, la trashumancia, los desplazamientos en busca de trabajo de los temporeros e incluso las grandes migraciones en casos de fuerte carencia. Los desplazamientos en el espacio se apoyaban esencialmente en la energía endosomática (aquella realizada por el cuerpo) o bien en la energía animal. El esfuerzo que requerían servía de regulador, primando la movilidad próxima pero sin impedir, de forma excepcional, los grandes recorridos. El esfuerzo físico y el ejercicio de la movilidad utilizando pequeñas cantidades de energía eran condición natural de la vida. A medida que la sociedad industrial se fue desarrollando, la creación de máquinas que sustituían esa energía endosomática del cuerpo por la energía exosomática –que proviene primero del carbón y más tarde del petróleo o del gas–, cambia las condiciones laborales de una parte de la población humana. La maquinización primero y la deslocalización de parte de los trabajos físicos después (agricultura, industria), así como el crecimiento de sectores económicos relacionados con la gestión –que resuelven buena parte de las tareas delante de una mesa– sedentariza a este sector de la población. La movilidad que el cuerpo busca de forma natural va quedando progresivamente reducida. El uso masivo del automóvil para realizar desplazamientos (incluido el turismo) y el ocio televisivo como modo de entretenimiento, contribuyen de forma esencial a esa pérdida de movimiento generado por el cuerpo, al que se añade el aumento de desplazamientos motorizados que no implican esfuerzo. A medida que disminuye el movimiento físico realizado con energía endosomática, se reducen los estímulos nuevos. Los viajes motorizados pueden ser un sustituto para resolver esta búsqueda estimular, restringida por el sedentarismo. Quizá el fenómeno del turismo haya podido crecer también al calor de esta necesidad de novedades perceptivas y constituya un sucedáneo de la actividad física perdida. Pero el hecho es que el modelo de movilidad masiva y creciente que rige las sociedades desarrolladas choca de frente con las estrategias de movilidad que la naturaleza ha ido organizando a lo largo de la evolución. El problema de este choque es que estamos topando con los límites físicos que el territorio impone. No es posible practicar una movilidad tan masiva y veloz sin dañar seriamente ecosistemas, detrayendo grandes cantidades de materiales y energía y aportando residuos de difícil reciclaje. Corremos a gran velocidad en una carretera cortada.

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El automóvil, símbolo del desarrollo
Si hubiera que buscar un icono que representara nuestra sociedad desarrollada éste podría ser el automóvil, un objeto que se ha generalizado, al menos como deseo, en todo el planeta y que ha conducido a profundos cambios en los paisajes terrestres y en los modos de vida humana. El nacimiento y el crecimiento de la movilidad motorizada están profundamente relacionados con el desarrollo del capitalismo moderno, con sus modos de producción, distribución y consumo. También están relacionados con la estructura de las ciudades o con la industria del ocio, en definitiva con nuestra forma de estar en el mundo. El automóvil es un invento de finales del siglo XIX. En pocas décadas se convirtió en un artículo de consumo de muchas personas debido a su producción masiva y automatizada en cadenas de montaje. La empresa Ford pasó a la historia por poner en marcha una nueva filosofía de mercado: producción en masa para consumo en masa. El Ford T, creado en 1908, un automóvil resistente y barato, accesible incluso a parte de la clase trabajadora, se convirtió en el símbolo de una nueva sociedad y dio nombre a un nuevo modo de abordar la producción industrial: el fordismo. El desarrollo de la movilidad motorizada, individual o colectiva, ha transformado el modelo de urbanización, especialmente en los países del Norte. De la ciudad compacta, nuclear y heterogénea, de un tamaño caminable a pie, en la que conviven comercios, servicios y se mezclan diferentes clases sociales, se evoluciona progresivamente por un lado hacia las megalópolis, enormes aglomeraciones urbanas en las que se hacinan millones de personas en condiciones muy diversas, por otro a ciudades dispersas. Estos dos modelos coinciden en la segregación de funciones: existen zonas industriales, de recreo, de servicios, de alojamiento... En la mayor parte de los casos serán las personas quienes se desplacen al comercio, al trabajo o al lugar de ocio, en lugar de que éste se sitúe en la proximidad de sus viviendas. Completan el escenario las autovías de circunvalación de las ciudades, que facilitan –fuera de las crecientes horas de congestión– el acceso a todos estos servicios a costa de multiplicar, con cargo al consumidor o consumidora, el coste en kilómetros, tiempo y recursos. Estas estructuras urbanas habrían sido inviables sin el protagonismo de una movilidad motorizada barata que permite no sólo los desplazamientos de personas, sino también el abastecimiento masivo de mercancías (alimentos, energía, artículos de consumo) y la evacuación masiva de residuos que producen las conurbaciones. Al urbanismo disperso (viviendas distantes de los centros urbanos y de negocios) se ha añadido el fenómeno de la segunda residencia. En 2004 el 20,7% de los hogares españoles disponía de al menos una segunda residencia, siendo ésta casi en la mitad de los casos una vivienda unifamiliar aislada.97 Esta forma dispersa e ineficiente de habitar el territorio exige no sólo nuevas construcciones sino también
97 OSE (Observatorio de la Sostenibilidad en España): Sostenibilidad en España 2006.

nuevos desarrollos de las infraestructuras de transporte. En el Estado español asistimos en los últimos años a la desaparición o reducción del ferrocarril convencional (un servicio público de amplia cobertura) en beneficio de las líneas de alta velocidad (servicio privativo por su precio y de cobertura esencialmente urbana). La llamada Triple A (automóvil, avión, AVE) se impone, con fuertes ayudas de los sucesivos gobiernos –en especial para la construcción de las infraestructuras necesarias–, sobre otras modalidades de transporte menos exigentes en energía y menos costosas para el medio ambiente (tranvía, ferrocarril convencional, bicicleta…). A este fenómeno se suma otro de reciente aparición: la proliferación de líneas aéreas de bajo coste que han disparado el número de vuelos y los kilómetros recorridos en avión, especialmente destinados al ocio. Ya en 2005 cincuenta millones de pasajeros (casi un tercio del total) llegaron a España por compañías de bajo coste98. A partir de los años 90 vivimos en un contexto de hipermovilidad en el que la resolución de la mayor parte de nuestras necesidades básicas y de nuestros deseos se vale de productos que han recorrido miles de kilómetros, o nos empuja a recorrerlos nosotros mismos. Las infraestructuras han de seguir creciendo sin límite para dar cabida a una velocidad creciente, a un comercio creciente, a una dispersión residencial creciente y a un deseo creciente de viajar a lugares cada vez más lejanos. Sobre un medio natural que se desplaza escasa y lentamente hemos contrapuesto una tecnosfera que no cesa de aumentar su movilidad.

Coche, capitalismo y negocios aledaños
Ya hemos visto cómo el transporte motorizado y el capitalismo avanzado tienen historias interdependientes. El desplazamiento intensivo de mercancías es un requerimiento de los mercados en expansión, que promueve el comercio masivo a largas distancias. La llamada globalización no habría sido posible sin el desarrollo de infraestructuras para el transporte y sin los apoyos fiscales y las desregulaciones del comercio promovidos por los gobiernos. En buena parte del mundo el principal despliegue de las infraestructuras viarias (carreteras, autovías, ferrocarriles, puertos, aeropuertos) se dio en la segunda mitad del siglo XX. Tras la Segunda Guerra Mundial, el capitalismo se centró en la producción industrial, producción que necesitaba de sistemas de transporte. Fueron años de fuerte intervencionismo estatal en los que se intensificó la explotación de materias primas y fuentes de energía y se catapultó la agricultura de exportación. Todas estas actividades económicas requerían de un sistema de transporte de mercancías de alta frecuencia y capacidad. La alta eficiencia del petróleo, su bajo precio y el desarrollo de potentes tecnologías de transporte permitió este proceso. En los años 70 tras la crisis energética y la ruptura del patrón dólar-oro, los negocios dieron un salto hacia la Periferia, y se puso en marcha el proceso de
98 OSE. Ibídem.

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globalización económica y deslocalización industrial. Las infraestructuras de gran capacidad han facilitado a las empresas descentralizar la producción con el consiguiente deterioro de los empleos locales. “Entre 1991 y 1996 el tráfico de mercancías creció un 30% en la UE, al tiempo que el paro sufría un incremento similar”99. Con las nuevas infraestructuras, el desarrollo de tecnologías del transporte más sofisticadas y el control del precio del petróleo, la producción se descentraliza y crece el comercio a muy larga distancia. En un primer momento las materias primas se transportaban de la Periferia al Centro, donde tenían lugar las transformaciones industriales. La novedad industrial de las últimas décadas consiste en descentralizar las diferentes fases de la producción en los enclaves que permitan un mayor ahorro de costes (laborales, fiscales, ambientales…) y reunir después cada una de las partes para terminar el ensamblaje en la casa madre. Una forma de fábrica difusa inimaginable sin la concurrencia de la red de infraestructuras, las tecnologías de transporte y el petróleo barato. Un automóvil puede reunir piezas fabricadas en Polonia, Túnez y Taiwán, y exhibir una marca alemana. De este modo se ha ido consolidando una nueva división internacional del trabajo en la que la producción se dispersa. Al tiempo, las grandes empresas han forzado a eliminar progresivamente las restricciones estatales a la expansión del libre mercado mundial en todos los ámbitos, proceso amparado por organismos internacionales como el GATT (más tarde OMC). “De esta forma, naranjas que antes llegaban a los mercados europeos desde Valencia, procederán cada vez más de Marruecos o Israel. Los plátanos de Canarias serán progresivamente sustituidos por los de Colombia y Centroamérica. Muchos productos manufacturados o agrícolas provendrán de los espacios del Este o del Sur del Mediterráneo –o de mucho más allá–, donde su producción será más barata”100. Simultáneamente los excedentes no consumidos en el Norte (por ejemplo las ropas de segunda mano o las piezas de pollo con más huesos) son exportados al Sur a precios que compiten con la producción local, debilitando así su ya frágil sistema productivo. La movilidad motorizada –salvo en los últimos años, por la crisis– está creciendo a un ritmo mayor que el PIB y por supuesto mucho mayor que la población. La variedad y rentabilidad de los negocios asociados a la movilidad permite entender el tremendo poder de las empresas relacionadas directa o indirectamente con ésta. El sector del automóvil, motor de muchos negocios de gran envergadura y grandes beneficios, se convierte en un sector productivo privilegiado y apoyado como pocos. En aras de su prosperidad se han sacrificado otras industrias y se le ha ayudado repetidamente a través de planes de subvención en la compra de turismos.
99 Hoedeman, O. (1997) “TEN´s Highspeed Job-Killers”, en Spectre nº 1. UK. 100 Fernández Durán, R. (1998) “Globalización económica y proyecto europeo”, Ekintza Zuzena nº 24.

Para comprender las magnitudes del transporte
Aunque una sencilla mirada a nuestro alrededor permite intuir la magnitud del fenómeno del transporte, añadiremos algunos datos para cuantificar este fenómeno: f Desde 1950 hasta 1990 la población mundial se duplicó, mientras que los vehículos se multiplicaron por 7. f De 1970 a 1992 la población española aumentó un 13%, el PIB un 94% y el tráfico por avión y carretera un 380%, el tráfico en autobús y tren un 250% y el parque automovilístico un 600%101. f El parque automovilístico español estaba compuesto, a 31 de diciembre de 2008, por 30.969.224 vehículos, de los cuales un 71,5% eran turismos. Como consecuencia disponemos de cerca de 7 automóviles por cada diez personas, incluyendo a bebés, niñas y niños, personas ancianas… 102 f El transporte por avión ha visto también fuertes incrementos en un periodo aún más reciente. En España cerca de 163 millones de personas viajaron por este medio en 2009. Esto significa entre tres y cuatro viajes por persona y año103. f La prioridad de unas modalidades sobre otras queda patente en estos datos comparativos entre cuatro zonas metropolitanas europeas: en 2003 el número de kilómetros de autopistas y autovías por cada millón de habitantes era de 174 en Madrid, 137 en Berlín, 71 en París y 43 en Londres. El número de kilómetros de carriles bici por cada millón de habitantes era de 319 en Berlín, 281 en Londres, 87 en París y 21 en Madrid104. Pero al desplazamiento de personas, el primero que se nos representa cuando hablamos del transporte, hay que añadir los desplazamientos de materiales requeridos por nuestra actividad diaria. Nos referimos a los recursos bióticos (como son los alimentos) y también a los recursos abióticos como son los minerales (hierro, cobre, bauxita…), los recursos energéticos (carbón, petróleo, gas) o el enorme volumen de productos de cantera (arena, gravas, caliza…) destinados a la construcción. Según cálculos recientes el requerimiento total de materiales de la economía española era de 1.508 millones de toneladas a finales de los 90 (5,6 veces más que en los años 50). En 2000 el requerimiento de materiales por persona y año era de 37 toneladas105. Es obvio que estas toneladas de materiales han sufrido
101 Sanz A. y Estevan, A. (1996), Hacia la reconversión ecológica del transporte en España. La Catarata y Bakeaz. 102 OSE (Observatorio de la sostenibilidad), 2009. 103 OSE (2009): Ibídem. 104 Datos de IAURIF (Institut d’Aménagement et d’Urbanisme île-de-France), citados por Tomassino Puzzilli, “Masa crítica”. Rebelión. 105 Carpintero, Ó. (2005) El metabolismo de la economía española. Recursos naturales y huella ecológica (1955-2000), Fundación César Manrique.

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variados desplazamientos a lo largo de su proceso de extracción, procesamiento y comercialización, en muchos casos de miles de kilómetros. Dichos materiales se desplazan por carretera, por mar (en un monto muy importante), pero también por tubería o por cable. Los transportes derivados del transporte suponen una aportación central a este volumen. Nos referimos a los desplazamientos de materiales necesarios para crear infraestructuras de transporte, para fabricar automóviles, para el abastecimiento energético de estas redes... El transporte que vemos por las carreteras arrastra tras de sí una pesada caravana de materiales que raramente se incluye en las cuentas de la movilidad. Basta un ejemplo: una tonelada de mineral permite la obtención de entre 4,7 y 6 kg de cobre. Aunque esta proporción es muy diversa en función del material del que hablemos, del lugar o de las condiciones de extracción, podemos hacernos una idea de la relación entre los movimientos de materiales directos y los movimientos ocultos o indirectos. Si los primeros son más o menos visibles y ya desmedidos, los segundos, que multiplican largamente a los anteriores, no suelen estar presentes en nuestras valoraciones.

La fabricación –y el uso– de automóviles lleva de la mano sectores económicos directamente relacionados, entre los que destaca la construcción de infraestructuras para el transporte. El turismo es otro sector directamente vinculado a la movilidad que proporciona fuertes beneficios monetarios. Como grandes negocios indirectos podemos señalar los de la energía, los de la construcción, y todos los derivados del comercio de materias primas y productos manufacturados. También encontramos los negocios de seguros, los relacionados con la publicidad, la industria de armamentos, la ingeniería de caminos, la ingeniería electrónica, las carreras de Fórmula 1... El sector de la construcción es uno de los principales beneficiarios del sistema de movilidad. Los nuevos recorridos viarios convierten en muy accesibles espacios antes de difícil acceso. Con la connivencia de las administraciones que desregulan los usos del suelo y reclasifican terrenos, la construcción se expande en forma de urbanizaciones, de nuevos barrios e incluso de auténticas nuevas ciudades, que posteriormente necesitarán de una red de servicios públicos (agua, red eléctrica, escuelas, centros sanitarios, comunicaciones…). Estas estructuras urbanas no planificadas y desgajadas de los núcleos preexistentes aumentan los requerimientos en transporte. No menos importantes son los negocios de la energía. Muy especialmente los relacionados con el petróleo. A pesar de los recientes intentos de sustituir éste por agrocarburantes o de mover los coches con energía eléctrica, el petróleo es la pieza clave en nuestro actual modelo de movilidad, pues más de un 97% del transporte depende del petróleo. Esto explica la inmensa flota de petroleros que surcan los océanos dejando, catástrofes aparte, una estela de residuos tóxicos de
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difícil eliminación. El control del crudo será irrenunciable para las grandes potencias si quieren seguir siéndolo, como lo muestran los ingentes recursos destinados a las últimas guerras del petróleo. En los primeros puestos de los rankings de facturación de empresas no financieras figuran nombres como Exxon, Shell, BP, Toyota… Les siguen de cerca las empresas constructoras y las de fabricación de automóviles. El caso europeo puede ejemplificar el apoyo a los negocios asociados a la movilidad: en 1990, en un informe encargado por la Comisión Europea se alertaba de que “desde hace algunos años, Europa parece haber sobrepasado el punto más allá del cual cualquier incremento del tráfico es contraproducente. La suma de efectos negativos parece cancelar los incrementos de riqueza, eficiencia, confort y facilidad de transportarse que deberían resultar del crecimiento del volumen de tráfico”106. Además, se señalaba que el crecimiento de las necesidades de transporte motorizado duplicaba prácticamente la evolución del crecimiento del PIB. Y se pronosticaban unos crecimientos del tráfico de mercancías de más del 40% para el conjunto de la UE para 2010, en relación con 1990, y de nada menos que del 300% para el sur de Europa. Más tarde, estas previsiones han sido modificadas aún más al alza, señalándose una duplicación del tráfico en todo el espacio comunitario para ese horizonte, y una cuadruplicación o quintuplicación del transporte en las relaciones con la Europa del Este107. Ante este estado de cosas la UE, en lugar de acometer políticas para reconducir el incremento de la movilidad motorizada, ha dirigido sus esfuerzos a estimularla. Esta situación, por otro lado, es lógica pues la profundización y ampliación del proyecto europeo, su incidencia en los espacios limítrofes y la paralela globalización económica necesitan de la expansión incontenida del transporte motorizado a todos los niveles. En Europa, los principales grupos económicos de presión han forzado este camino. Así, la European Round Table of Industrialists, un importante grupo de presión de empresas europeas del sector, ha visto recogidas buena parte de sus peticiones en el propio Tratado de Maastricht, a través de la creación de las llamadas TEN (Trans European Networks). Las TEN son un conjunto de infraestructuras comunitarias –de transporte, energéticas y de telecomunicaciones– consideradas necesarias para garantizar el funcionamiento de un mercado europeo progresivamente ampliado y unificado bajo la hegemonía del euro. En otras palabras, resultan imprescindibles para que el capital transnacional productivo y financiero europeo pueda prosperar, en mejores condiciones, en una economía mundial hasta el momento cada día más globalizada. El petróleo mueve los coches y éstos requieren de amplias autovías que a su vez
106 Group de Travail 2000 Plus (1990) Transport in a Fast Changing Europe, European Commission, Brussels. Citado en Fernández Durán, R. “Transporte versus sostenibilidad”, Ecologista, nº 28. 107 Sanz, A. (1996): “Transporte y Sostenibilidad en la Unión Europea. La Cuadratura del Círculo”, en Quercus nº 123, mayo 1996.

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facilitan los grandes negocios constructores de la urbanización dispersa, además del comercio intensivo. El capitalismo actual no habría sido posible sin estas tres patas. Las empresas de automóviles, las grandes constructoras y las empresas energéticas son puntales de nuestro sistema económico no financiero. Conviene recordar –o quizá aclarar– que resulta absolutamente impensable la posibilidad de generalizar este modelo de movilidad motorizada del Norte (masiva, privada, intensiva en kilómetros) al conjunto del planeta. “Más del 40% de los coches [existentes en el mundo] están en EE UU, casi una tercera parte en Europa occidental, un 7% en Japón y otro 7% en Canadá, Oceanía y Sudáfrica […] Y tan sólo el 7% de la población mundial posee automóviles […] ¿Qué pasará en el siglo XXI cuando el resto del mundo aspire también a estos privilegios?”108.

La devoción por el automóvil
La incorporación de este complejo modelo de movilidad no se ha vivido como una imposición del sistema económico, necesitado de hacer negocios. La motorización y la movilidad son percibidas indiscutiblemente como bienes. De algún modo la posibilidad de romper las barreras que impone la realidad física y desplazarse a gran velocidad ha conectado con un sueño humano. La ciencia ficción ha recreado tecnologías capaces de materializarnos en unos segundos en lugares muy distantes de aquel en el que estamos, ha mostrado naves espaciales recorriendo distancias interestelares, vehículos flotantes que se mueven por las ciudades... El sueño se ha acercado a la realidad con los aviones supersónicos o los coches Fórmula 1. Pero el automóvil es mucho más que la posibilidad de estar en otro lugar en muy poco tiempo. El automóvil está fuertemente asociado a valores de la modernidad como son la independencia, la autonomía o la libertad individual. Poder ir cuando quieras a donde quieras, sin estar sujeto a horarios de líneas de autobuses o a combinaciones complejas de transportes públicos, sin caminar desde la parada hasta la casa, la tienda o el trabajo, en soledad o acompañado de los tuyos. De puerta a puerta, sentada en una pequeña butaca mullida y sin necesitar más movimiento que un leve giro de tobillo o un desplazamiento del antebrazo. El automóvil es también confort y bienestar. Nuestro coche es una pequeña fortaleza desde la que contemplamos las inclemencias e irregularidades del exterior a una temperatura estable, desplazándonos suavemente por una superficie sin rugosidades, posiblemente escuchando una música agradable. Lo más próximo a la sensación de quietud, combinado con un constante cambio estimular exterior y con la necesaria alerta que necesita la conducción. El coche se vincula también con el estatus, el poder, la libertad, el éxito, la seducción… Toda una colección de valores que desfilan por la publicidad de automóviles. No ha sido difícil implantar esta imagen en el escenario de nuestros deseos, menos aún con la colaboración de los anuncios televisivos o de las secciones
108 Ward, C. (1996): “La Libertad de Circular después de la Era del Motor”, en VV. AA.: Contra el Automóvil. Virus. Barcelona.

de motor de la prensa. También representa el desarrollo y la modernidad. El aumento de la movilidad motorizada se asocia al progreso social. Una ciudad a la que no llegan una o varias autovías es una ciudad atrasada. Un parque automovilístico envejecido es señal de falta de progreso y pobreza. Un gobierno con inquietudes sociales se ocupará de ofrecer a sus votantes infraestructuras para el transporte motorizado. El automóvil no se libra de la lógica de la obsolescencia. El mercado necesita de una cultura de la sustitución que en el caso del turismo privado representa un fuerte gasto familiar al tiempo que una importante fuente ingresos para las industrias de la movilidad. Escasas personas esperan a que su vehículo no pueda ya moverse para comprar uno nuevo. Aires acondicionados, elevalunas eléctricos, airbags, sensores electrónicos de temperatura y otras mínimas novedades, unidas a subvenciones públicas, justifican la constante renovación del parque automovilístico. Para comprar el coche pensamos en los costes fijos. Una vez comprado, cuando lo usamos, sólo reparamos en los gastos variables. “La fuerza gigantesca del automóvil reside en su perfecta sintonía con el entramado cultural e ideológico que sustenta a las sociedades industrializadas”109. El ejemplo de EE UU, pionero en estos desarrollos, puede ser revelador. “El modo de vida americano está basado no tanto en el transporte motorizado como en la religión del automóvil, y los sacrificios que la gente está dispuesta a hacer por esta religión van más allá del dominio de la racionalidad. Quizás lo único que podría devolver el sentido a los americanos sería una clara demostración del hecho de que su programa de autopistas conseguirá, finalmente, cancelar el espacio de libertad que el automóvil privado les promete”110. La velocidad es demasiado cara para ser compartida, decía Ivan Illich. Más allá de cierta velocidad (la del ciclista o casi la del caminante) el transporte gasta más que lo que ahorra. Es profundamente ineficiente a la hora de moverse. Para desplazar nuestros 70 kg de peso, por poner un ejemplo, ha de mover otros 1.000 o 2.000 de nuestro vehículo. Pero ésta no es su única paradoja. “El varón americano típico consagra más de 1.500 horas por año a su automóvil: sentado dentro de él, en marcha o parado, trabajando para pagarlo, para pagar la gasolina, los neumáticos, los peajes, los seguros, las infracciones y los impuestos para la construcción de las carreteras y los aparcamientos. Le consagra cuatro horas al día en las que se sirve de él o trabaja para él. Sin contar con el tiempo que pasa en el hospital, en el tribunal, en el taller o viendo publicidad automovilística ante el televisor... Estas 1.500 horas anuales le sirven para recorrer 10.000 kilómetros, es decir, 6 kilómetros por hora. Exactamente la misma velocidad que alcanzan las personas en los países que no tienen industria del transporte. Con la salvedad de que el americano medio destina a la circulación la cuarta parte del tiempo social
109 Sanz, A. (1994), “Un recorrido por el pensamiento crítico del transporte”, Archipiélago nº 18-19. 110 Munford, L. (1958) The Highway and the City, Mentor, Nueva York; y Secker and Warburg, Londres, 1964. Citado en Sanz, A. (ver nota 107).

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disponible, mientras que en las sociedades no motorizadas se destina a este fin sólo entre el 3 y el 8 por ciento”111. Esta cita de Ivan Illich muestra la ineficiencia de nuestro modelo de movilidad. Otro cálculo que redunda en la ineficiencia de la circulación apunta que alrededor del 25% de las personas que circulan por el centro de la ciudad de Madrid lo hacen buscando un aparcamiento112. Una paradoja más del automóvil fue formulada por Dean bajo el nombre de hipótesis de la compensación del riesgo: “Todo lo que se supone que produce más peligro de hecho produce más seguridad y [...] todo lo que se supone produce mayor seguridad produce más peligro [...] Carreteras mejores, mejores ángulos de visibilidad, menor número de curvas y de esquinas ciegas, menos tráfico, mejor iluminación, mejor visibilidad, mejores condiciones climáticas –todo lo que se supone que favorece la seguridad, de hecho favorece el peligro. Peores carreteras, peores superficies, curvas menos abiertas, etc. [...] favorecen la seguridad [...] porque cada medida de seguridad no restrictiva, a pesar de ser admirable por sí misma, es asumida por los conductores como una oportunidad para incrementar la velocidad, de manera que la cantidad neta de peligro aumenta [...]. Al tratar de acabar con la matanza del tráfico estamos atrapando perpetuamente un factor que nunca alcanzamos. Es un problema que no podemos resolver porque cambia con cada intento de solución”113. Dicho de forma escueta, si un conductor entiende que por alguna medida de seguridad el riesgo es menor, sus conductas temerarias aumentarán. “El incremento de los dispositivos para asegurar a los ocupantes de los automóviles se traduce en comportamientos más arriesgados durante la conducción, generándose con ello mayor peligrosidad y riesgos para los usuarios externos a esos coches seguros. De nuevo los grandes perdedores del proceso de motorización vuelven a ser los usuarios y usuarias vulnerables de las vías, los peatones y los ciclistas principalmente”114. Un mundo pensado y construido para quienes poseen y conducen un automóvil es inadecuado para una mayoría que aún camina por las calles y ve reducirse progresivamente sus espacios de encuentro, su libertad de movimientos y su seguridad. De forma paradójica el automóvil crea distancias que sólo él puede salvar. Nadie compraría una vivienda a 50 kilómetros de su trabajo o de una red de conexiones de transporte público si no existiese la posibilidad de desplazarse en un vehículo privado que se convierte de este modo en imprescindible. El automóvil es al tiempo la herida y el bálsamo. En aras de apuntalar una visión positiva del transporte motorizado, se contabilizan sus costes con criterios engañosos: se dedica mayor gasto público a favorecer
111 Illich, I. (1974), Energía y equidad, Barral Editores. 112 Palermo, D. “Coches: 17 milllones de fascistas al volante”. Rebelión. 113 Dean, J. S. Murder Most Foul. Allen & Unwin, Londres, 1947. Citado en Sanz, A. (1994) (ver nota 107). 114 Sanz, A. (1994) (ver nota 107).

la circulación motorizada autónoma que a otras formas de transporte público, se usan criterios de rentabilidad estrictos para el tren convencional y laxos para el automóvil (por ejemplo en los costes del transporte ferroviario se hace repercutir la construcción y mantenimiento de infraestructuras mientras que en los costes de transporte por carretera no se contabilizan los descomunales gastos en infraestructuras creadas para él). Si los cálculos fueran completos, coger un coche o enviar una mercancía en camión supondría un gasto absolutamente disuasorio. Si hablamos de costes no podemos olvidar las pérdidas de vidas humanas y las lesiones irreversibles producidas por el automóvil privado, durante años primera causa de muerte no natural y de mortalidad juvenil.

El fenómeno del turismo
Un ejemplo paradigmático de la desmesura y los efectos colaterales del transporte es el fenómeno del turismo. A principios del siglo XX el turismo era un fenómeno residual, del que sólo disfrutaban las clases acomodadas. La costumbre de viajar en vacaciones fue instalándose progresivamente en la segunda mitad del siglo XX hasta llegar a ser una práctica normalizada de las clases medias en los países con mayores rentas. En un principio los destinos turísticos no estaban demasiado alejados y se ubicaban en playas, balnearios o residencias. Pero el radio de los desplazamientos se ha ido ampliando progresivamente hasta sobrepasar continentes y océanos. La Organización Mundial del Turismo señalaba el record de turistas en 2007, ascendiendo su número a 898 millones, la mitad de ellos en Europa, siendo España, Francia e Italia los más visitados. En 2009, después de desencadenarse la crisis, viajaron 880 millones de turistas. A diferencia de los movimientos migratorios, las estancias turísticas son más breves (muchos visados estipulan que un viaje turístico ha de tener una duración menor de 6 meses) y su finalidad es el ocio y no la búsqueda de un trabajo o de un lugar donde establecerse. En las últimas décadas el turismo se ha convertido en un negocio de gran magnitud. En el año 2008 en España la facturación por turismo alcanzó los 61.000 millones de dólares. Compañías aéreas, agencias de viajes, empresas de transporte, cadenas hoteleras, restaurantes, centros de atracciones diversos son beneficiarios de esta nueva cultura. El deseo de viajar unido al bajo coste –en dinero y en tiempo– de los desplazamientos generó el llamado turismo de masas, que supuso –y supone– el traslado masivo de personas a diferentes espacios turísticos dispuestos a tal efecto. Una vez asentado el turismo de masas éste ha ido diversificando sus destinos. Si hace unas décadas se aspiraba a pasar unos días en una playa de la costa más próxima o en una casa en la montaña, en la actualidad una pretensión nada descabellada puede consistir en hacer un viaje a Petra, acercarse a Egipto para recorrer el Nilo en un crucero, pasar un fin de semana en Viena, vivir la aventura de un
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trekking por los Andes o quizá acercarse simplemente a cenar a París transportándose en un vuelo de bajo coste. El vertiginoso desarrollo de los viajes por avión está normalizando (en las poblaciones ricas) desplazamientos a larga distancia que en muchos casos se están convirtiendo en hábito. El fenómeno del turismo ha creado espacios preparados específicamente para turistas, libres de los riesgos y molestias que produciría un acercamiento a la auténtica cultura del lugar. En otros casos esa cultura autóctona está cercana a la desaparición y lo que se ofrece al turismo es una recreación estereotipada de elementos pintorescos que fueron eliminados por el desarrollo (trajes, comidas, danzas...). Al viaje se le otorgan múltiples virtudes, como la capacidad de vacunar contra el racismo, de abrir la mente, de hacernos solidarios o de convertirnos en ciudadanos y ciudadanas del mundo. Esto puede ser cierto en algunos casos (la solidaridad internacional se origina a veces en experiencias viajeras, la ciudadanía europea –que no mediterránea o ibérica– se ve fortalecida por las becas Erasmus), pero en muchos otros casos los viajes rápidos a destinos exóticos del Sur, convenientemente adaptados a nuestra condición de turistas, no facilitan entrar en relación ni comprender las culturas visitadas, a las que con frecuencia el visitante desarrollado considera inferiores. El turista consume una colección de imágenes que enseñará cuando vuelva a su lugar de residencia, una representación de la cultura local creada muchas veces para su consumo. Al tiempo, ese viajero o viajera proveniente del mundo rico ofrece una imagen muy atractiva a la población autóctona (la imagen de la opulencia), que modifica las percepciones que los pueblos visitados tienen sobre sí mismos. La presencia de turistas exhibiendo cámaras de fotos complejas, equipos electrónicos de orientación o prendas sofisticadas, es un reclamo publicitario más del desarrollo. El turismo facilita que las culturas locales se consideren menos valiosas. Es una herramienta de aculturación. Pero viajar lejos es uno de esos sueños que la tecnología de la movilidad ha hecho realidad para unos pocos y a los que cuesta renunciar por más que sean patentes sus efectos devastadores en el clima, en los ecosistemas y en las culturas visitadas.

Patologías de la hipermovilidad motorizada
Una forma diferente de entender la movilidad consiste en mirarla como una enfermedad con serias consecuencias para la salud humana y ecosistémica. Esta mirada no sólo cuestiona la bondad del transporte per se, sino que desgrana los impactos negativos que su expansión ha tenido en el medio ambiente. Son patologías del hiper-desplazamiento motorizado los problemas de contaminación atmosférica, la cementación del territorio, la fragmentación de ecosistemas, los accidentes de tráfico, la ocupación del espacio público, la ocupación del tiempo libre… La colección de consecuencias va mucho más allá de lo que una sencilla
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observación sugeriría. Haremos un repaso breve y no exhaustivo en primer lugar de los costes sociales que nacen del automóvil. La ciudad dispersa, exigente en desplazamientos, dificulta los lazos de vecindad y en muchos casos los rompe. Crea dependencia del automóvil (y de los gastos que conlleva), aumentando las diferencias sociales derivadas del poder adquisitivo. Produce una alta ocupación del espacio público que se privatiza y se convierte en espacio peligroso (el automóvil es un bien privado que difícilmente convive con las personas viandantes y disfruta de derechos de uso del suelo público –el aparcamiento– que son negados a otros objetos privados), conduce a la pérdida de movilidad en los desplazamientos infantiles y retrasa la edad de autonomía de la población más joven, al tiempo que dificulta la de colectivos más frágiles como son las personas mayores. La contaminación que produce tiene efectos perjudiciales en la salud. El tiempo de trabajo dedicado al transporte (a utilizarlo y a ganar dinero para costearlo) reduce nuestro tiempo social. Por último, pero esencial, está el coste de la accidentalidad. El número de víctimas mortales en accidentes de circulación, si bien se viene reduciendo mucho cada año, se situó en 2.600 en 2009. Su valor emocional no es contabilizable. Otra colección de daños conforman el grupo de los costes ambientales del transporte. De nuevo haremos un repaso somero y no exhaustivo. La mitad de la energía que consumimos se dirige directa o indirectamente al transporte. Buena parte de ella es energía fósil, que desprende en su combustión gases causantes de contaminación atmosférica y alteración del clima. La aportación del transporte motorizado al cambio climático es innegable y esencial, como también lo es la contaminación acústica que produce. Ha propiciado cambios radicales en el uso de los suelos, con la consiguiente eliminación de terrenos fértiles. Según datos de hace unas décadas en la ciudad de Los Ángeles un 60% del territorio urbano se dedica a los automóviles. El territorio interurbano ocupado por las autovías era del 1% y el afectado alcanzaba el 5%. Aunque pueden parecer cantidades pequeñas, hay que tener en cuenta que estos suelos suelen ser los de más calidad, pues están próximos a los asentamientos de población. Las infraestructuras de transporte han provocado la fragmentación de los ecosistemas ya que las autovías o vías de tren funcionan como barreras al desplazamiento de la fauna, dificultando la reproducción de numerosas especies. Los suelos cementados son espacios en los que la vida ya no crece. A esto habrá que sumar los daños derivados de la extracción de materiales (minas a cielo abierto, lavado de minerales…) o la imposibilidad de cerrar el ciclo productivo, abandonando al final de su uso un alto volumen de residuos no reciclables (pensemos en los cementerios de coches, desguaces, aceites contaminantes…). La aportación del transporte al cambio climático es esencial. En el Estado español ya representa el 25,9% de los gases de efecto invernadero provocados por la actividad humana, siendo el sector de actividad que genera más emisiones de estos gases.
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Contaminantes oficiales. Contaminantes desconocidos
“Al desconocimiento sobre los procesos ambientales de escala planetaria se une la gran oscuridad que rodea a los millones de sustancias químicas que introducimos con nuestra actividad cotidiana. Cuando circulamos con un automóvil expulsamos a la atmósfera más de un millar de sustancias diferentes de cuyos efectos individuales o combinados no tenemos ni siquiera una idea aproximada. Sólo unos cuantos de dichos elementos o compuestos químicos tienen una etiqueta clara como tóxicos, cancerígenos o dañinos para la salud humana o el medio ambiente. Sólo unos cuantos de ellos son medidos y controlados con un cierto rigor. “Sabemos que el monóxido de carbono (CO) es tóxico y agrava los desórdenes cardiacos; que los óxidos de nitrógeno (NOx) y el ozono (O3) irritan el aparato respiratorio; que el dióxido de azufre (SO2) afecta también al sistema respiratorio; que los aldehídos irritan ojos y vías respiratorias, además de ser sospechosos como carcinógenos; que el plomo y otros metales pesados son tóxicos para los seres humanos, los animales y las plantas; que el benceno (C6H6) y muchos de los hidrocarburos aromáticos polinucleares son carcinogenéticos. Pero ¿qué ocurre con los centenares y centenares de otras moléculas que provienen del uso de los vehículos y de la sopa de sustancias que respiramos cada día?” Alfonso Sanz, Nuestra portada. La contaminación atmosférica en zonas urbanas, donde la mayor parte de los gases tóxicos proviene de los tubos de escape de los vehículos, causa cada año la muerte prematura de 2,3 millones de personas en el mundo, 400.000 de ellas en Europa, según estudios de la Organización Meteorológica Mundial y la Comisión Europea.

PEIT (el Plan Estratégico de Infraestructuras y Transporte 2005-2020, que prevé la construcción de 6.000 km de autovías y 9.000 km de líneas de alta velocidad ferroviaria, bastantes de ellos ya ejecutados). Otras son luchas más locales (contra el puerto de Granadilla en Tenerife, contra el Cuarto Cinturón en Barcelona…). Existen denuncias más institucionales de los efectos nocivos del transporte como la que supone el Día Europeo sin Coches y otras de carácter autónomo como es la Masa Crítica. Esta última consiste en un paseo colectivo en bicicleta que se celebra en más de 400 ciudades del mundo. Nació en San Francisco en

Manifiesto de A pie
“La libertad elemental de andar, de elegir el rumbo de nuestros pasos, la libertad de ir al encuentro de los otros es el fundamento de la vida en común. Las ciudades y los pueblos se han fundado sobre esta libertad. Necesitamos la calle, los caminos, las plazas, el espacio público, para que nos permitan no olvidar que los demás también existen, que los demás no son faros en dirección opuesta, ni protagonistas de una noticia, sino cuerpos y vidas semejantes, esos cuerpos y esas vidas que dan sentido a todos nuestros actos. “Cada hombre, cada mujer, cada anciano y cada niño que sale a la calle está decidiendo no sólo la calidad de su vida, sino también la calidad de la vida de su entorno. Está afirmando que no cree en el aislamiento ni en el individualismo. Está eligiendo un mundo donde haya espacios comunes. Por el contrario, una existencia únicamente vivida en cajas privadas, en pisos, en coches, en ordenadores y televisores fomenta la ilusión de que es posible ser feliz en medio de la muerte, en soledad. Ninguna situación humana es gratuita: cuando se obliga a una mujer mayor a quedarse en su casa porque no puede sortear las aceras altas, los coches mal aparcados, la prisa de los semáforos, se está eligiendo una sociedad injusta con los más débiles. Cuando se convierte la calle en un lugar de grave riesgo físico para los niños y se les fuerza a permanecer aislados a la vuelta del colegio, se está negando el aprendizaje de lo comunitario. Los peatones no estamos dispuestos a aceptarlo. No nos parece justo ni bueno que no haya espacios públicos para la calma, que sea imposible caminar con tranquilidad en unas calles invadidas por el estruendo, por la hostilidad. “Hoy la situación de acoso que viven los peatones está llegando al límite. Y acosar al peatón significa poner en peligro la última oportunidad que tienen las ciudades de ser lugares de intercambio y de contacto, lugares donde no parezca una locura querer vivir una vida buena, lugares donde aún tenga sentido el proyecto de construir una comunidad justa y prudente […]. La libertad de andar es el punto de partida irrenunciable de nuestro derecho a elegir por qué camino y hacia dónde vamos”.
Fragmento del Manifiesto de la Asociación de Viandantes A pie

Caminos para cambiar el rumbo
La lógica de la circulación por autopistas (la lógica circulatorio-económica) choca con la lógica socio-ambiental. Por este choque han surgido y están surgiendo muchas denuncias ciudadanas en diferentes contextos. El sueño de descubrir un combustible limpio, de organizar un tráfico inteligente y el pronóstico de la reducción del transporte gracias a las telecomunicaciones no se ha cumplido y algunos sectores de la población empiezan a cambiar la mirada sobre nuestro sistema de movilidad. Ya en 1955, en San Francisco se organizó una movilización contra la construcción de la autopista del Oeste. Desde entonces muchas otras movilizaciones se han enfrentado a desarrollos de infraestructuras, especialmente autovías, pero también carreteras, líneas de alta velocidad ferroviaria, puertos o aeropuertos. Algunas son denuncias más globales como las que se dirigen en el estado español contra el
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1992 cuando un grupo de ciclistas se reunió para denunciar los abusos del tráfico motorizado. Desde entonces tiene la capacidad de convocar un número creciente de ciclistas que durante su recorrido muestran otra forma de trasladarse y cambian la correlación de fuerzas con respecto del coche. Existen grupos, como la asociación A pie (un colectivo de viandantes que promueve transformaciones en los espacios urbanos en beneficio de quienes caminan) o como el movimiento slow que desarrolla propuestas globales con la lentitud como eje central. El movimiento slow nacía en 1986 en Roma, como protesta contra un establecimiento de comida rápida. Pronto la propuesta de la lentitud se extendió más allá de la alimentación alcanzando a todo el ordenamiento de la ciudad. Así nació el movimiento de las slow cities. Las denuncias ambientales han generado una nueva política publicitaria de las compañías promotoras de la hipermovilidad que coloca el apellido de verde a todo vehículo que ha reducido en la fracción que sea el gasto en carburante, no importa si finalmente su recorrido se ha multiplicado eliminando las ventajas de esta reducción. Los automóviles aumentan el peso, la potencia, los kilómetros, son más exigentes en espacio y en autovías, más sofisticados en tecnologías, se renuevan cada vez con más frecuencia… pero según nos cuentan, los coches nuevos son cada vez más ecológicos. Es obvio que no incluyen en sus cuentas los verdaderos costes ambientales del ciclo completo. El apellido ecológico parece desculpabilizar las conductas de compra. Tampoco los coches eléctricos y de hidrógeno suponen un avance desde un punto de vista ecológico, pues aunque apenas emiten gases en los lugares en los que circulan, sí lo hacen en las centrales en las que se genera la electricidad y el combustible que los mueven. Igual ocurre con los vehículos accionados por un motor de gas natural, que dilapidan un combustible no renovable de gran calidad cuyas reservas estimadas alcanzan únicamente medio siglo de consumo en los niveles de utilización actual. Estas aparentes salidas no remueven los principios insostenibles del transporte. Una nueva economía ecológica de la movilidad deberá contar con los límites ecológicos del planeta, reconocer la titularidad colectiva de los recursos naturales (y en consecuencia ofrecer una garantía de equidad en la movilidad en condiciones de sostenibilidad ecológica) y asumir la globalidad de los procesos físico-económicos, considerando los ciclos productivos completos115. Si hubiera que definir de forma escueta la alternativa sostenible a nuestro modelo de transporte bastaría con dos palabras: crear proximidad. En medio de tantos autobuses, camiones y carreteras hemos olvidado que el objetivo del transporte no es la movilidad sino el acceso a los servicios. La accesibilidad se puede conseguir aumentando la movilidad, pero también acercando los servicios. Las propuestas clásicas ponen el acento en la primera fórmula, demandando un aumento de las infraestructuras y recursos para el transporte (ya sea privado o público). La segunda
115 Sanz, A. y Estevan, A. (1996) Hacia la reconversión ecológica del transporte en España. La Catarata y Bakeaz. Bilbao.

fórmula propone una red de recursos próximos que evite o reduzca los desplazamientos y es, lógicamente, más cercana a la sostenibilidad. La accesibilidad que se alcanza por la proximidad de los recursos facilita la vida y es menos absorbente en tiempo y esfuerzo y recursos. Si queremos reducir la movilidad tendremos que trabajar en la creación de cercanía adaptándonos a nuestro propio sustrato físico. Hay muchas tareas pendientes: desmitificar el automóvil, calmar el tráfico, detener la construcción de autovías, repensar las ciudades e incluso desmontar las grandes megalópolis.

Qué plantea el pensamiento único sobre la movilidad y el transporte
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La movilidad favorece el desarrollo y el desarrollo favorece la movilidad. El transporte ha de seguir creciendo. La solución de los problemas de la excesiva movilidad, como la congestión, se resuelven con la construcción de nuevas infraestructuras. La movilidad es un signo de progreso y de riqueza. Ya se nos ocurrirán las soluciones a los problemas que causa la movilidad, con tecnologías innovadoras. Se descubrirán nuevas fuentes de energía que resolverán los supuestos problemas de agotamiento de las actuales. Los problemas de la movilidad como la contaminación, las guerras, las muertes son errores que pueden ser subsanables. Hay que ayudar a la industria automovilística porque da puestos de trabajo.

Qué plantea la cultura de la sostenibilidad sobre la movilidad y el transporte
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El modelo de hipermovilidad está provocando problemas muy graves de sostenibilidad. Es necesario reducir fuertemente la movilidad motorizada para mantener la supervivencia de los ecosistemas que nos permiten la vida. Es necesario cambiar la gestión del espacio y la configuración de las ciudades para acercar y hacer más accesibles los servicios esenciales para vivir. Una buena parte de los movimientos para la supervivencia habrán de hacerse con energía endosomática (andando, en bicicleta…). Es necesaria una ética de la movilidad.

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Las necesidades humanas y las formas de resolverlas

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Resultaría muy sorprendente que un anuncio de televisión sugiriera que te compres algo sólo en el caso de que lo necesites. O que te animara a desear menos aparatos para vivir. O que te convenciera de que es mejor reír en compañía de tus amistades que comprar una serie de psicofármacos. El actual modelo de desarrollo considera un éxito producir muchas cosas independientemente de si éstas son necesarias o no. El Producto Interior Bruto, como indicador, no distingue lo que es superfluo, lo que es importante, incluso lo que es contraproducente. Cuando el país se ve amenazado por una crisis económica el gobierno llega a invitar a la población a consumir, pero no se plantea dejar de producir cosas innecesarias. Los libros actuales de economía apenas hablan de las necesidades humanas, aunque no siempre fue así. Parece, pues, que el modelo económico actual vive de espaldas a la pregunta de qué es o no necesario para vivir.

La necesidad de discutir sobre las necesidades
Al suprimirse la discusión algunos economistas han llegado a decir que será considerado necesario aquello que es demandado, obviando que una parte importante de la demanda es provocada a su vez por las compañías que se van a beneficiar de las ventas incentivadas gracias a la inversión publicitaria. Se cierra así un bucle en el que la distinción de lo que es o no importante para vivir queda fuera. En otros casos se plantea que las necesidades son infinitas. Basta que algo sea deseado de forma persistente para que se convierta en necesario. Por otra parte es sabido que cuantas más cosas se tienen mayor ha de ser el incremento de nuevos objetos para que estos produzcan satisfacción adicional. Si una persona posee cuatro coches, puede encontrar satisfacción en tener dos más, pero si tiene veintisiete, habrá de aumentar al menos en diez para obtener una satisfacción nueva y significativa. Muchos economistas y asesores gubernamentales defienden incluso que el despilfarro de los ricos hará menos pobres a los pobres. Mantienen que si crece la economía de los países más ricos, entonces comprarán más cosas a los países empobrecidos y éstos a su vez se desarrollarán más. Según esta idea no es pertinente hacerse la pregunta de qué es necesario, porque si a los ricos les diera por reducir su despilfarro podrían crear serios problemas a las clases desfavorecidas. Rizando
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las neCesidades Humanas y las formas de resolverlas

el rizo se puede llegar a mantener la idea de que, cuanto más se consume, más solidario se puede llegar a ser. Esta idea ya está siendo aprovechada por muchas grandes corporaciones: “Si fumas eres solidario”, “Si bebes refrescos ayudas al desarrollo del tercer mundo”, “Si compras coches creas puestos de trabajo”. La ilusión de un planeta con recursos ilimitados podía permitir la consecución de deseos y necesidades infinitas. Pero, una vez constatado que vivimos en un planeta limitado, cuando un recurso se utiliza en una cosa deja de poder utilizarse para otra. Si las hectáreas aptas para el cultivo son limitadas (no parece que la superficie del planeta vaya a crecer) habrá que preguntarse si se van a utilizar para alimentar a las personas o a los coches. Si se emplean de forma masiva para sintetizar biocombustibles destinados a los coches privados puede que entre 3.000 y 5.000 millones de personas dejen de tener qué comer. Parece pues relevante volver a preguntarse qué es lo necesario y qué no lo es. La necesidad de crecer a toda costa ha ido suprimiendo la discusión sobre qué es necesario producir y qué es necesario consumir. Esto no siempre ha sido así, ni tampoco lo es hoy en todas las partes del mundo. A lo largo de los siglos muchas culturas se han preocupado de dirimir qué es importante, han intentado sobrevivir y buscar la felicidad deseando y consumiendo la menor cantidad de cosas posible.

Las necesidades importantes
Es cierto que delimitar con exactitud matemática qué son necesidades y qué no resultaría muy difícil. Cuando los especialistas se han puesto a ello no han llegado a ningún acuerdo absoluto. Pero no resulta difícil coincidir en una mayoría. Aun a riesgo de no ser totalmente precisos, podemos decir que son necesarias aquellas cosas cuya carencia haría imposible una vida digna. A diferencia de lo que plantean aquellos economistas que defienden la producción y por lo tanto las necesidades sin límites, las necesidades no son infinitas sino un grupo razonablemente delimitable. No así los deseos o los caprichos, que sí pueden llegar a ser mucho más numerosos, especialmente si son promovidos desde la ciencia publicitaria con grandes inversiones de capital económico, humano y material. Siguiendo a Max Neef116 puede decirse que necesidades importantes son aquellas a las que todas las culturas o la mayor parte de ellas le tienen que dar respuesta. Frente a un relativismo absoluto (en el que están interesados quienes no quieren discutir qué es necesario y qué no) puede afirmarse que las necesidades claves de los seres humanos vienen a ser comunes a todas las culturas. Lo que varía de unas culturas a otras no son tanto las necesidades como las formas de resolverlas, en general dependientes de los recursos y posibilidades de cada territorio. Todas las sociedades necesitan educación y entendimiento de la realidad, pero la manera en que esto se hace varía mucho de unas sociedades a otras. Lo mismo pasa con la alimentación o con el cobijo. Algunas formas a su vez son más eficientes (en términos ecológicos y sociales) que otras. No es lo mismo
116 Neef, M. (1994) Desarrollo a escala humana, Icaria.

resolver el aporte energético básico de la dieta con hidratos de carbono cultivados cerca que traerlos de más allá de 3.000 kilómetros de distancia. En buena medida lo que diferencia a unas culturas de otras es la forma en la que resuelven sus necesidades. Si bien cuando comenzaron las discusiones sobre las necesidades humanas solían centrarse en cosas como el alimento o la protección del frío, hoy se sabe que también son importantes las necesidades relacionales y comunitarias. Por ejemplo un niño o una niña al que nadie llama por su nombre o no resulta nunca acariciado puede desarrollar patologías que le impidan llevar una vida digna. Aunque Maslow las jerarquizó poniendo unas por encima de otras, (las necesidades físicas estarían antes que las relacionales, y éstas antes que las de autorrealización) hoy parece que esta jerarquía también puede ser discutida. Puede ser útil también referirse a las necesidades no sólo como carencia de algo sino como potencialidades desarrollables sin las cuales la vida no es digna. Se incluyen por lo tanto necesidades como el entendimiento o la libertad y autonomía personal básica. Este aspecto introduce un matiz político del que nunca ha estado exenta la discusión sobre las necesidades. Observando las diferentes culturas desde la mirada de la antropología, con un poco de sentido común y un cierto afán de consenso podríamos obtener una lista de necesidades fundamentales parecida a la que se presenta a continuación: f Subsistencia: que incluye tanto las necesidades de alimento como las de abrigo térmico. f Protección y seguridad: capacidad de poder ser cuidado, disminución de la incertidumbre de subsistencia, reducción del riesgo de enfermedades, mantenimiento de cierta seguridad personal y comunitaria. f Afecto: compañía, relaciones sociales. f Entendimiento: conocimientos básicos para desenvolverse en el medio y en la comunidad. f Participación: poder influir en el curso de las cosas que suceden, en las decisiones que afectan a uno mismo y a la comunidad de referencia. f Entretenimiento: recepción de unos rangos de estimulación, ocupación. f Creación: capacidad para crear algo, producir variaciones, llevar a cabo realizaciones. f Identidad y pertenencia: a algún grupo (o varios) de referencia y reconocimiento básico personal. f Libertad: capacidad para elegir entre opciones disponibles, control personal, autonomía. f Equidad y justicia: no vivir en un medio injusto. f Vivir en un medio vivo: que nos permita sobrevivir y albergar la posibilidad de que vivan las generaciones futuras. Sin duda se pueden introducir matices, reordenamientos diferentes, delimitar los alcances, pero no sería difícil converger en una lista como ésta o parecida a ésta.

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Necesidades y satisfactores
Las necesidades son comunes a todas las culturas pero éstas varían en la forma de resolverlas. A estas diferentes formas de resolver las necesidades Max Neef las denomina satisfactores. Las necesidades alimenticias pueden resolverse a través de la recolección, la caza, la agricultura ecológica o la agricultura industrial. Igual que la protección térmica (el abrigo) puede resolverse en pisos, en cabañas, con calefacción central, alrededor del fuego, con aire acondicionado o a la sombra de un algarrobo. Las necesidades de protección pueden resolverse con diferentes satisfactores: algunas culturas reciben protección comunitaria, conocen a la gente que habita en su medio, otras pagan a centinelas y compañías privadas de seguridad, la mayor parte almacena el grano, muchas sociedades se hacen favores mutuos o se ayudan cuando les sobreviene una desgracia. La curación de la enfermedad puede realizarse con prácticas chamánicas o a través de la Seguridad Social. Las necesidades de afecto y relación pueden resolverse utilizando Internet, con la ayuda de casamenteras o haciendo fiestas comarcales. En unas culturas se abrazan, en otras se dan regalos. Algunas culturas recurren a las familias extensas, otras a los viajes organizados. Las necesidades de entendimiento pueden ser abordadas a través de la escuela, la tertulia, la lectura, las historias al anochecer, aprendiendo oficios o con masters universitarios. La participación puede desarrollarse votando a través de sms, perteneciendo a asociaciones, saliendo en la televisión, realizando asambleas alrededor de una hoguera o a través del movimiento de okupación. El entretenimiento ha encontrado fórmulas muy variadas a lo largo de la historia, unas culturas tocan el tambor, otras van a ver películas de la Warner, casi todas cuentan chistes, también se puede pasear, hacer largos viajes o dedicarse a la escalada, se puede jugar a la wii o hacer solitarios, hay quien se dedica al cultivo de plantas aromáticas, a observar a las hormigas o a bordar y quien prefiere coleccionar sellos. La creación también toma diferentes fórmulas a través de la invención de historias, incorporaciones novedosas en la construcción de las casas o en la agricultura, también pueden realizarse esculturas, páginas web, bailes, dibujos, juegos, recetas de cocina, etc. La identidad puede resolverse con la pertenencia a la tierra de los antepasados, a un partido político, al club de motoristas, pintándose para la fiesta, con la colonia L´Oreal o con la bufanda del Atlético de Madrid. La libertad, el control personal y la autonomía se expresa luchando contra la censura, tirándose en parapente, decidiendo con quién te casas o de quién te separas, o saludando al sol. La equidad y la necesidad de vivir en un medio justo se afrontan desde la ayuda mutua, la caridad, las prácticas de comercio justo, disfrutando de la propiedad comunal o con la nacionalización de los recursos petroleros.
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Finalmente vivir en un medio vivo se puede resolver pasando los domingos en un chalet de la montaña, rehabilitando un pueblo abandonado, creando parques naturales, poniendo plantas en la terraza, prohibiendo la emisión de sustancias tóxicas o sobreviviendo en una cabaña en mitad de la jungla.

Tipos de satisfactores
¿Da igual resolver las necesidades con unas fórmulas que con otras? ¿Da igual el tipo de satisfactor que una cultura emplee para resolver sus necesidades? Distraerse es una necesidad, pero no es lo mismo tocar la armónica que dedicarse a cazar elefantes para pasar el rato. Hay quien es ávido de estimulaciones fuertes, pero no es lo mismo practicar funambulismo que prender fuego para ver qué pasa o hacer rallies en zonas protegidas. Hacer funambulismo proporciona al aficionado una fuerte estimulación, pero es una actividad que no contamina, no produce residuos, no destruye ecosistemas y utiliza muy poca energía procedente de combustibles fósiles. Tirarse ladera abajo con un todoterreno, proporciona una fuerte estimulación al aficionado pero destroza el ecosistema, requiere mucha energía de origen fósil, contamina. Por lo tanto no da igual. En un mundo en el que se consideraba que los recursos eran ilimitados, tal vez importara menos la fórmula, es decir el satisfactor, que se empleaba para resolver las necesidades. Pero en un mundo frágil en el que sabemos que los recursos son limitados y escasos, es clave escoger los satisfactores adecuados. Max Neef establece una clasificación de satisfactores sumamente interesante desde el punto de vista de la sostenibilidad. Los satisfactores son diferentes según satisfagan una o varias necesidades y según se relacionen con la resolución de las otras necesidades. Satisfactores singulares: satisfacen una necesidad. El pan satisface la necesidad de alimentarse, al igual que el biberón. El voto satisface la necesidad de participación en algunas sociedades. Los espectáculos satisfacen la necesidad de entretenimiento. Satisfactores sinérgicos: satisfacen varias necesidades a la vez: es el caso de una tertulia que satisface la necesidad de entendimiento, pero también la de relación. La madre que amamanta a su bebé le proporciona alimento, afecto, calor y protección. La medicina preventiva trabaja las necesidades de alimentación, la seguridad y el cuidado. Un coro satisface la necesidad de entretenimiento, pero también la de creación y la de relación. El fuego en el hogar satisfacía la necesidad de abrigo, pero también de relación y de entendimiento (al juntarse las personas a charlar en torno a un punto de calor). Satisfactores inhibidores: satisfacen una necesidad pero imposibilitan la satisfacción de otras necesidades: la televisión satisface la de entretenimiento, pero dificulta la de relación (y en buena medida la de entendimiento). El turismo masivo a larga distancia, satisface la necesidad de distracción y de conocimiento, pero emite CO2 y por lo tanto impide la de respirar, destruye las costas y los lugares ricos en biodiversidad, poniendo difícil habitar en un medio vivo.
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Satisfactores violadores o destructores tienen o parecen tener la intención de satisfacer una necesidad pero en realidad lo que hacen es dificultar o imposibilitar la satisfacción de esa necesidad en el medio plazo, además de destruir la posibilidad de resolver otras. Sería el caso del armamento nuclear. Otro ejemplo serían las necesidades sobresatisfechas: el comer es necesario, pero comer demasiado puede traer problemas de salud. El coche aumenta la autonomía de algunas personas adultas pero disminuye la libertad en el territorio de los niños y de las niñas, también altera el clima y las posibilidades de autonomía adulta en el futuro. Desde el punto de vista de la sostenibilidad conviene distinguir dos tipos de satisfactores: los satisfactores ecológicos y los antiecológicos. Se hace preciso discutir de qué manera han de resolverse las necesidades si se pretende construir un mundo sostenible desde el punto de vista ecológico y social. No es lo mismo un quad que un monopatín. No es lo mismo un viaje en tren de

alta velocidad para cenar con los amigos que un paseo por el puerto. Al igual que no es lo mismo la plaza del pueblo que la plaza del centro comercial. Desde el punto de vista de la sostenibilidad es muy diferente la maratón que la Fórmula 1, los alimentos transgénicos que la agricultura ecológica, el aire acondicionado que la ventilación natural.

La dinámica de las necesidades en el actual modelo de desarrollo
La necesidad del mercado de expandirse a toda costa, la codicia estructural de las grandes compañías y la fuerte centralización del poder sobre los recursos de la Tierra han ido creando una serie de dinámicas que dificultan la satisfacción de las necesidades importantes de una manera sostenible y justa. Algunas de estas dinámicas son: f Se evita hablar sobre las necesidades117. f Se estimula la producción de lo menos necesario. f Se monetarizan los satisfactores y se destruyen los que no dan oportunidades de negocio privado. f Se intenta convertir cada capricho en un deseo y cada deseo en una necesidad. f Se promueve la insatisfacción crónica. f Se convierten las necesidades limitadas en infinitas a través de las comparaciones que producen las desigualdades creadas. f Se individualizan los satisfactores destruyendo los colectivos. f Se alejan los recursos para satisfacer las necesidades. f Se priman los satisfactores que se nutren de recursos escasos, pues son más fáciles de comercializar que los abundantes. f Se suprime la diversidad de fórmulas y se establecen monopolios radicales. En la actualidad las llamadas sociedades desarrolladas no discuten sobre las necesidades. Se discute acerca de la producción, de las inversiones, de las subvenciones, pero no de las necesidades. Valga como ejemplo decir que han sido eliminadas de los manuales clásicos de economía. Tampoco se habla de las necesidades en los estudios que se realizan en la escuela. No es un tema en los telediarios o en las tertulias de los medios de comunicación. Las necesidades de las personas y de la sociedad no son algo que ocupe ningún punto en las reuniones de los consejos de administración de las empresas. La producción no se realiza de acuerdo a lo necesario, sino de acuerdo a las oportunidades de beneficio monetario. Puede decirse que es contraproducente preocuparse de las necesidades. El primer paso para suprimir la discusión fue decir que sería muy difícil ponerse de acuerdo pues “eso de las necesidades es muy subjetivo”. El segundo paso con117 Riechmann, J. (coord.) (1998) Necesitar, desear, vivir. Los libros de la Catarata.

Satisfactores ecológicos y sostenibles
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Son aquellos que consumen poca energía y pocos materiales. Esto es, crean poca entropía. Utilizan recursos renovables sin consumirlos a más velocidad que su tasa de renovación. No emiten residuos, o los residuos que emiten pueden incorporarse para alimentar los ciclos biológicos. Articulan la comunidad y crean equidad social. Mantienen el poder repartido entre las personas que los utilizan. Son sinérgicos, sirven para resolver varias necesidades. Tienden a ser duraderos. Permiten la vida de otros pueblos, de las próximas generaciones y de otras especies.

Los satisfactores antiecológicos e insostenibles
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Consumen mucha energía y materiales. Utilizan recursos no renovables o si son renovables se usan a más velocidad que su capacidad de reposición. Emiten residuos y estos residuos no pueden ser absorbidos por los ciclos biológicos. Fragmentan y desarticulan la comunidad. Concentran poder y favorecen la injusticia y desigualdad social. Son satisfactores inhibidores y violadores. Son efímeros, entre otras razones, debido a la obsolescencia programada. Dificultan o imposibilitan la satisfacción de las necesidades básicas de otras personas, de las próximas generaciones y de otras formas de vida.

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sistió en decir que ya que no hay necesidades objetivas, “se considerará necesario aquello que sea demandado”. El tercer paso fue invisibilizar el hecho de que una buena parte de la demanda está provocada por la manipulación publicitaria. La discusión política y social ha sido sustituida por las dinámicas del mercado. Desaparecía así la discusión de las necesidades y de las maneras de resolverlas. Dice Galbraith que “se publicita lo que no se necesita”, basándose en el hecho probable de que si algo es necesario no es preciso que sea recordado a cada instante. “Hágase un amigo” o “Coma a diario” no son propuestas que necesiten publicidad. Sin embargo aquello innecesario que es publicitado tiende a ser demandado. Según los economistas convencionales no hay más forma de conocer la necesidad que a través de la demanda. Se llega por lo tanto a la paradoja de que en el actual modelo de desarrollo, lo que se considera necesario es lo menos necesario. Es por esta razón que a pesar de que ya hay más automóviles de los que caben en las ciudades, y buena parte van semivacíos, aún teniendo en cuenta que se producen más de los que puede asumir la biosfera, sin embargo se subvenciona el cambiar de coche, práctica que en las sociedades del Norte se hace cada vez más a menudo. El sector del automóvil es uno de los que más aparece en la publicidad. El mercado monetariza los satisfactores. ¿Qué quiere decir esto? Pues que si existe una forma gratuita de resolver una necesidad, el mercado tenderá a boicotear esta fórmula hasta conseguir que pueda satisfacerse a través de un bien o servicio monetarizado. Si el agua es un bien accesible y no monetarizado entonces el negocio es deteriorar el agua accesible hasta hacerla escasa y conseguir con ello que tenga que ser comprada en el supermercado. La agricultura de subsistencia está poco monetarizada, entonces el mercado, que la considera obsoleta y atrasada, va cambiando las normas hasta que ésta se hace imposible. De ese modo la alimentación ya sólo puede resolverse a través del mercado, que es un satisfactor monetarizado. La seguridad de un pueblo o de un barrio puede resolverse a través de la cohesión social (la gente está en la calle) o a través de policías privados, puertas blindadas y alambradas. El mercado prefiere esta segunda fórmula pues abre fuertes oportunidades de negocio. Las necesidades comparativas convierten a cualquiera en persona necesitada. Cabe imaginarse al propietario de un yate, que tras muchos años ha conseguido uno de tamaño medio, cómo puede considerarse ya un desgraciado (y por lo tanto en estado de necesidad) al contemplar en el muelle que el yate de al lado le supera en longitud y comodidades. Las necesidades comparativas en sociedades desiguales e injustas aumentan mucho más, ya que unos pocos exhiben sus bienes escasos convirtiendo a los demás en seres necesitados de los bienes exhibidos. La pobreza, con frecuencia se estima en función de las necesidades comparativas. Sólo los muy pobres tienen un solo televisor en el hogar. La desigualdad genera una dinámica de insatisfacción y necesidad estructural sin fin, en un planeta con recursos limitados. En las sociedades igualitarias las necesidades creadas por la desigualdad desaparecen. El mercado convierte cada capricho en un deseo y cada deseo en una necesidad.
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En nuestra sociedad es relativamente fácil escuchar la expresión necesito prácticamente para cada capricho o deseo: “necesito un coche más grande”, “necesito cambiar de móvil”, “necesito una chaqueta que combine con esta falda”, “necesito irme lejos para relajarme”. En general la capacidad humana de desear es muy elevada, y más si el deseo es sobreestimulado. No es difícil disfrazar de necesidad aquellos deseos que, al ser constantemente espoleados, generan frustración por no ser satisfechos. La frustración se convierte en la prueba de que es una necesidad. Es fácil por lo tanto convertirse en un necesitado (que es como antes se denominaba a una persona pobre). Una sociedad deseante es una sociedad necesitada. Se llega por esta vía a la paradoja de que las sociedades ricas (en las que más se invierte en estimular el deseo) se piensan más pobres. La insatisfacción crónica provocada es el motor del desarrollo, del mercado, de una buena parte de la producción y del consumo. En lugar de buscar la felicidad, el mercado trata de provocar la carencia y la insatisfacción. Veamos un ejemplo en el campo de la percepción de la belleza: hoy, al abrigo de las gigantes compañías de cosmética, de la pujante industria quirúrgica de la belleza y otros muchos sectores de la estética, va creciendo el convencimiento en muchas personas de que son feas (que si “tengo los muslos más anchos”, que si “la nariz es más saliente que la media”, que si “estoy flaco”, que si “estoy gorda”). Para producir más beneficios monetarios es necesario que la población se perciba a sí misma como indeseable. Puede afirmarse que nunca una sociedad con tantos recursos al servicio de la

Hay un cuento de Tony de Mello que dice así
“Un rico comerciante visita a las comunidades indígenas del alto Orinoco y se horroriza cuando ve a uno de los indígenas tumbado tranquilamente en su hamaca mascando tabaco. –¿Por qué no sales a pescar? – le pregunta. –Porque ya he pescado bastante hoy – contesta el indígena. –¿Y por qué no pescas más de lo que necesitas? –insiste el comerciante. –¿Y qué iba a hacer con ello? – pregunta a su vez el indio. –Ganarías más dinero. De ese modo podrías poner un motor fueraborda en tu canoa. Entonces podrías llegar lejos en el río y pescar más peces. Y así ganarías lo suficiente para comprar una red de nylon, con lo que obtendrías más pescado y más dinero. Pronto ganarías para tener dos canoas y hasta dos motores y más rápidos… Entonces serías rico como yo. –¿Y qué haría entonces? – preguntó de nuevo el indígena. –Podrías sentarte y disfrutar de la vida – respondió el comerciante. –¿Y qué crees que estoy haciendo en este momento? – respondió satisfecho el indio”.
Anthony de Mello (1982). El Canto del pájaro. Sal Terrae.

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belleza se ha visto a sí misma tan fea. El actual modelo de desarrollo individualiza los satisfactores. Tiende a romper y fragmentar las fórmulas colectivas y comunitarias que en general son mucho más eficientes desde el punto de vista ecológico y social. Al individualizar la resolución de necesidades obliga a los individuos a conectarse al mercado. Favorece los satisfactores que enriquecen a las grandes compañías, tratando de convertir en obsoletos o atrasados a aquellos que mantienen el poder de la comunidad frente al poder global. De esta manera se han ido destruyendo (la mayor parte de las veces por la fuerza) las formas de organización de la supervivencia de los pueblos indígenas, sus terrenos comunales, su forma de agricultura, sus modos de resolver la salud, la educación o las maneras de distraerse. Como el mercado se mueve mejor sobre lo escaso (no tiene sentido comercializar lo abundante y accesible), traslada los satisfactores basados en lo abundante a los basados en lo escaso. Hablar y comunicarse en el cara a cara (que es un recurso abundante) no permite comercializar bien el satisfactor, de ahí que el mercado trate de convencer a las personas de que es mejor comunicarse a través de aparatos electrónicos o a través de servidores que necesitan de materiales escasos pero que, sin embargo, se prestan más a ser comercializados que la conversación libre y directa. El patrón de comunicación que pretende imponerse a los adolescentes está basado en soportes electromagnéticos. Se les restringe el acceso al espacio (que es un bien todavía abundante) y en el que pueden hablar y tocarse sin dar a nadie oportunidades de negocio y se sustituye por una promoción del Messenger o de Facebook. En general, la lejanía dificulta los satisfactores sinérgicos y ecológicos. El mercado, a través de la globalización, ha alejado los recursos para satisfacer las necesidades. Los hidratos de carbono necesarios para una merienda pueden venir de más de 3.000 kilómetros de distancia o el pintalabios para estar más atractiva puede estar fabricado en la otra parte del mundo. La distancia favorece que las grandes compañías controlen los satisfactores. Se suprime la diversidad de opciones y se sustituye ésta por monopolios radicales. El concepto de monopolio radical propuesto por Ivan Illich118 alude a cómo una fórmula, que en principio se ofrecía como una opción entre otras, llega a convertirse en la única. Al principio se ofrece como una ventaja que puede ser elegida, pero finalmente es la única opción. En la ciudad de Los Ángeles el automóvil se ofreció como una mejora, se podía ir al supermercado en coche y el esfuerzo de acarreo disminuía. En la actualidad no es posible (para la mayor parte de la gente) sobrevivir sin automóvil (andar por las calles se considera de personas marginales, y en cualquier caso no se puede ir andando a la panadería). Te guste o no ya no es posible acceder a los productos básicos sin utilizar un automóvil privado. Cuando aparecieron los zapatos se ofrecieron como una mejora respecto a ir descalzo (hasta hace muy poco una parte importante de la humanidad iba descalza) se podía elegir según los gustos y necesidades. Si una persona quisiera ir
118 Iván, I. (2006) Obras Reunidas I y II, FCE, México.

hoy descalza sería expulsada de la mayor parte de los sitios. Lo mismo pasa con las cuentas bancarias, con la escuela, con los móviles, en algunas ciudades y regiones con el agua embotellada. En breve va a pasar con Internet, con las tarjetas de crédito, con el correo electrónico, etc. Se invisibilizan o minusvaloran las aportaciones de las mujeres a la satisfacción de las necesidades importantes. Mientras ellas han aportado (y aportan) su tiempo y esfuerzo a cuidar ancianos, preparar los alimentos, educar a los niños y niñas, a cuidar a las personas enfermas, esto es, a mantener lo necesario para la vida, estos trabajos han sido considerados tareas secundarias frente a, por ejemplo, la actividad de un publicista o un broker, mucho menos necesarios para la sociedad. Además las soluciones que han encontrado las mujeres para cubrir las necesidades de la sociedad han sido en muchos casos más sostenibles que las de los hombres, han estado más próximas a la cooperación, la proximidad, el afecto y han supuesto un menor gasto energético (obsérvese la tendencia masculina a las actividades motorizadas, especialmente las que no son necesarias). Abandonados al mercado, los nuevos satisfactores aumentan la energía que necesitan, aumentan los residuos, incrementan las distancias, destruyen o fragmentan las relaciones, disminuyen el poder local y comunitario y crean desorden biológico. Dada la magnitud de la crisis ecológica y la necesidad de autolimitarse se hace preciso distinguir qué formulas nos van a permitir seguir viviendo y cuáles no. Qué cosas pueden seguirse produciendo y cuáles hay que dejar de hacerlo. Cuáles satisfacen realmente una necesidad y cuáles sólo el capricho o el lucro de unas pocas personas, o si ponen en peligro la satisfacción de las necesidades de otras. Es preciso reflexionar sobre qué es realmente el bienestar, qué satisfactores son universalizables, cuáles tienen menor impacto ecológico y social, cuáles son sinérgicos y cuáles son destructores. Es necesario desarrollar los satisfactores que permitan la sostenibilidad.

Qué plantea el pensamiento único sobre las necesidades
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Las necesidades son subjetivas y no se pueden discutir. Necesario es aquello que es demandado. Las necesidades son ilimitadas. Cada vez se resuelven mejor las necesidades. Confunde (intencionalmente) deseos con necesidades. El libre mercado es el mejor sistema para resolver las necesidades humanas.

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Qué plantea la cultura de la sostenibilidad sobre las necesidades
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No se puede dejar al mercado la decisión de lo que es o no necesario. Entre las diferentes formas de resolver las necesidades hay que escoger las que menos huella ecológica producen: las que necesitan menos materiales y energía y generan menos residuos. La forma en que un grupo social resuelve sus necesidades afecta al resto de grupos sociales.

La centralidad de los cuidados, las mujeres y la sostenibilidad

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Cuando la humanidad se contempla a sí misma se admira de logros relacionados con el avance, la superación de límites, la victoria, el cambio, la construcción… e incluso la destrucción. Ésa es, nos dicen, la esencia del ser humano: la capacidad de trascender, de vencer aquello que está ante él, de someter a la realidad. Sin embargo las intervenciones que tienen el objeto de mantener, atender, reequilibrar o cuidar, gozan de escasa valoración, al menos si escuchamos los relatos de la historia, ésa que merece ser estudiada en los libros. Hemos sobrevalorado la historia de la colonización, la guerra y el poder, a pesar de que la existencia de la vida en nuestro mundo se explica mucho mejor desde la práctica de trabajos cotidianos de mantenimiento (la alimentación, la creación de vínculos afectivos o el ciclo del agua) que desde las luchas de poder. El pensamiento de la modernidad encumbra esta jerarquía de valores que coloca la guerra por encima de la paz, la construcción por encima de la reparación y la transformación por encima de la estabilidad. Abraza con entusiasmo el mandato bíblico de “llenar la Tierra y someterla”. A este proceso de dominio se le llama progreso. El progreso consiste en el alejamiento y sometimiento de la naturaleza, en la superación de sus reglas. Es progreso torcer el rumbo de un río u horadar una montaña. La cultura occidental alaba las grandes gestas de la humanidad que llevan al ser humano más allá de la existencia cotidiana. Sin embargo, cuando la gesta termina, se olvida de narrar lo que ocurre el día después. Apenas sabemos nada sobre los acontecimientos de la vida diaria. A nuestra cultura (la escrita con mayúsculas) no parece importarle demasiado el devenir de los pueblos, la historia del territorio, la de la enfermedad, la de la producción de alimentos, la de la artesanía, la experiencia del dolor humano y su consuelo, la de la crianza y tantas otras. En definitiva, la historia de la recreación y mantenimiento de la vida, en la que las mujeres han sido y son protagonistas indiscutibles. La supervivencia de las sociedades humanas y de la vida es más dependiente de estas tareas oscuras que procuran la permanencia que de esas otras más deslumbrantes señaladas como hitos. Batir el récord de los 100 metros lisos o poner un pie en la luna han tenido bastante menos importancia práctica para la mayor parte de la humanidad que cultivar determinadas plantas medicinales, alimentar bebés o mediar en situaciones de violencia.
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la Centralidad de los Cuidados, las mujeres y la sostenibilidad

Los trabajos de crianza, de mantenimiento de la capacidad productiva de un terreno, de mediación en conflictos, de regeneración de un territorio devastado, de transmisión de saberes sobre salud o sobre alimentos, los trabajos de cuidados... son puntales de la vida y, por tanto, claves para la sostenibilidad. El hecho llamativo de que los seres humanos hayamos despreciado aparentemente nuestra propia supervivencia como asunto digno de atención tiene que ver con dos elementos nucleares de nuestra cultura: la desvalorización del trabajo de las mujeres promovido por el orden social patriarcal y el tratamiento que la cultura occidental y el capitalismo dan a la naturaleza como recurso susceptible de apropiación. La apropiación, el desprecio y la invisibilización de los trabajos en los que se asienta la supervivencia y la vida buena son herramientas que tanto el patriarcado como el capitalismo moderno (dos sistemas que actúan de forma sinérgica) usan en su provecho con éxito.

mercado, sin las cortapisas que supone atender al hogar y a la prole. Si observamos las prácticas cotidianas de nuestra sociedad podemos comprobar que ni los mercados, ni los Estados, ni los hombres como colectivo se consideran responsables primeros del mantenimiento de la vida. Son en su mayoría las mujeres, organizadas en torno a redes femeninas, en los hogares más o menos extensos (abuelas, madres, tías, hermanas, etc.) o en solitario, las que dan respuesta a esta necesidad imperiosa y hacen posible que el sistema funcione. Soportando un sistema que aparenta mantenerse por sí solo, encontramos un batallón de madres, abuelas, empleadas de hogar, amigas, que hacen posible que los seres humanos –fuerza de trabajo y fuerza de consumo– cumplan cotidianamente sus funciones en el mercado. Aunque el mercado se desresponsabiliza de los cuidados, necesita de ellos de forma imperiosa. Requiere que el engranaje de la división sexual del trabajo y el pacto social que lo mantiene sigan funcionando. Para ello se vale no sólo de una estructura de poder e imposición, sino también de una estructura de pensamiento.

La lógica del mercado y la lógica del cuidado
¿Qué es más valioso, ser feliz o tener una pantalla de plasma? ¿Importa más respirar sin dificultad o la nueva línea del AVE? Ante preguntas como éstas el mercado no duda en la respuesta. Aquello que produce beneficio al capital es prioritario frente a lo que beneficia a las personas. Y pocas veces ambas cosas coinciden. El AVE y la pantalla de plasma son relevantes, a diferencia de la respiración saludable o la felicidad. La lógica de la acumulación y el crecimiento permanente choca con la lógica de la vida. La una busca la concentración de poder y el beneficio, al margen de criterios éticos. La otra pretende el mantenimiento de los procesos vitales y busca la resolución de las necesidades y el bienestar humano. Hay una honda contradicción entre el proceso de reproducción de personas y el proceso de acumulación de capital119. Los objetivos de ambos procesos y las estrategias para lograrlos no son sólo diferentes, sino casi siempre irreconciliables. Imaginemos que los objetivos de productividad de una empresa son incompatibles con las responsabilidades de cuidado de una trabajadora. En este caso, puesto que prima la productividad, la trabajadora se verá obligada a abandonar el empleo. Si hay contradicción, gana el mercado. Puesto que la lógica de la acumulación manda y las personas no son prioridad de la economía de mercado, el cuidado de la vida humana pasa a ser una responsabilidad que se delega en los hogares, y hasta el presente, mayoritariamente en las mujeres. Los trabajos de crianza y mantenimiento doméstico han sido considerados por el patriarcado una responsabilidad femenina. Esta asignación ha permitido a los hombres ocuparse a tiempo completo de otros trabajos, normalmente en el
119 Piccio (1992) Social Reproduction: the political economy of Labour Market. Cambridge University Press.

Una cultura que parte en dos
Los sistemas de pensamiento sirven para organizar, interpretar y justificar el mundo y la vida social. Permiten naturalizar lo que son construcciones humanas. Nuestro sistema de pensamiento se ha construido despreciando los trabajos de cuidado. Nuestra cultura es una útil herramienta que organiza, interpreta y justifica un sistema de valores que apuntala la supremacía del hombre y la subordinación de las mujeres y de la naturaleza. Veamos cómo lo hace. El pensamiento de occidente está marcado por la Modernidad. Durante este período se crearon las concepciones sobre el mundo y sobre el progreso que aún hoy se mantienen, se estableció el modo de relación entre los seres humanos y la naturaleza y se creó un sistema tecnocientífico que creció sin considerar límites y a unas velocidades incompatibles con los procesos de la biosfera. Este modo de pensamiento se extendió a casi todo el planeta. Uno de los instrumentos más efectivos en esta construcción interpretativa fue el pensamiento dicotómico. Éste estructura el mundo en una serie de dualismos o pares de opuestos que separan y dividen la realidad. Bueno o malo, salud o enfermedad, ganar o perder, conmigo o contra mí, son opuestos que organizan nuestros juicios cotidianos. La relación entre estos pretendidos opuestos apenas considera espacios intermedios, interacciones mutuas, polivalencias o dobles causalidades. Según esta forma de pensamiento, la afirmación de algo siempre requiere de la negación de lo contrario. Dicotomías que han resultado especialmente relevantes para ordenar nuestro mundo occidental son aquellas referidas a la división hombre-mujer, culturanaturaleza y economía-no economía. Pero además de su carácter dicotómico se puede destacar otro rasgo esencial de esta forma de ordenar la realidad: su carácter jerárquico. Dentro de cada pareja,
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una posición es jerárquicamente más valiosa o superior que la otra. El hombre es superior a la mujer, la cultura supera a la naturaleza y el espacio económico tiene más trascendencia que el no-económico. En muchas ocasiones, además, el término considerado superior se erige en universal, se convierte en la representación del todo. Así, se invisibiliza la existencia de lo otro, que deja de constituir una parte de la realidad para pasar a ser, en todo caso, una excepción. Como ejemplo podemos recordar ese cuerpo humano que vemos en los atlas de anatomía. Cuerpo humano es el cuerpo de un varón, cuerpo normativo, que tiene su excepción o variante en el cuerpo de una mujer (que suele aparecer, por cierto, cuando se nombra el aparato reproductor). Otro ejemplo: se habla de la construcción de una presa pero se invisibiliza –no se nombra– la inundación de una comarca. La primera imagen apantalla a la segunda. Y un tercer ejemplo curioso: las investigaciones sobre el desarrollo moral más reconocidas se hicieron sobre una muestra exclusivamente masculina –que por cierto, permitió evaluar después como inferior la evolución moral de las mujeres120–. Y podríamos seguir con una larga colección de situaciones ilustrativas. Cada par de pretendidos opuestos, en los que la relación es jerárquica y el término normativo encarna la universalidad, se denomina dicotomía. Estas son algunas dicotomías centrales para nuestro pensamiento moderno. Hombre Cultura Mente Razón Libertad Autonomía Producción Público Mujer Naturaleza Cuerpo Emoción Necesidad Dependencia Reproducción Privado

económica, surgió en un periodo relativamente reciente, con la Ilustración y la creación de los Estados. Una vez más la jerarquización de esta dicotomía (el mundo público es superior al privado) ha resultado funcional al mercado, pues permite el aislamiento del espacio doméstico, no monetarizado, respecto del espacio de los mercados. El mundo público es el del mercado y la economía, el privado el de las relaciones no económicas. El espacio público es el espacio de la producción y el privado el de la reproducción. Este último, según el mecanismo explicado, pasa a considerarse residual, secundario o simplemente invisible. El resto de las oposiciones jerárquicas, cultura-naturaleza, razón-emoción, producción-reproducción, etc. no son menos trascendentes. Esta colección de ocultaciones, en parte simbólica (pues no es posible vivir sin reproducción, sin naturaleza o sin afecto) facilita la explotación de la mitad negada. El sometimiento de las mujeres y el deterioro de la naturaleza son posibles, entre otras cosas, gracias al sistema de pensamiento dicotómico.

Cómo se mantiene la vida humana. Trabajos invisibles.
Parece sensato colocar la supervivencia individual y la colectiva en el centro de nuestra mirada y de nuestra hoja de ruta. Y para tomar partido por la supervivencia es imprescindible reconocer y valorar todos esos trabajos que el mercado ignora. La larga concatenación de procesos complejos necesarios para que exista la vida humana se ha dado en llamar trabajos reproductivos, trabajo doméstico, trabajo de cuidados, sus labores… Usaremos prioritariamente la expresión trabajo de cuidados para nombrar la nebulosa de tareas asociadas a la reproducción humana, la crianza, la resolución de las necesidades básicas, la promoción de la salud, el apoyo emocional, la facilitación de la participación social… Esta batería difusa de ocupaciones a la que nos referimos incluye asuntos tan dispares como cocinar (tres veces al día, siete días en semana, doce meses al año), velar a las personas enfermas, hacer camas, supervisar constantemente los movimientos de un bebé que ya camina, decidir la dieta de las personas de la casa, acarrear productos para el abastecimiento (leña, alimentos, agua…), amamantar, remendar o fabricar ropa, escuchar a una vecina, hablar con la tutora de la niña, fregar los cacharros, parir, acompañar en traslados, limpiar el váter, calmar una discusión, ordenar armarios, consolar… La lista de trabajos que se realizan cotidianamente a lo largo de todo el planeta y sin embargo son inexistentes para el mercado podría alargarse hasta el aburrimiento. A pesar de considerarse separados del entorno productivo, son los trabajos que producen la fuerza de trabajo. Pero participan de ciertos rasgos que los distinguen del empleo al uso: f En primer lugar producen bienes y servicios para el autoconsumo, no para el intercambio mercantil (no se cobra por el servicio de traslado al colegio), es decir, generan valores de uso pero no valores de cambio. f Por otra parte en ellos no tiene sentido la sobreespecialización (dedicarse a
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Estas díadas se asocian unas con otras, estableciendo algo así como dos trincheras diferentes: a un lado el hombre, próximo a la cultura, la libertad, la razón, la autonomía, el espacio público… Del lado de la mujer, la naturaleza, el cuerpo, la emoción, la dependencia, el espacio privado… Sin necesidad de identificarlos explícitamente, se establecen nebulosas semánticas que asocian los términos de cada lado entre sí, construyendo mundos separados. Son los llamados encabalgamientos que cita Celia Amorós. Aunque nadie mantendría en público que los hombres son independientes de su cuerpo o que las mujeres no son capaces de razonar, lo cierto es que estas asociaciones están enraizadas en muestro cerebro y afloran en los rincones más inesperados de nuestra práctica diaria. La oposición público-privado, otro de estos pares esenciales a nuestra mirada
120 Esta crítica fue desarrollada por Carol Gilligan (1982). In a different voice: Psychological theory and women's development. Cambridge, MA: Harvard University Press.

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hacer exclusivamente bizcocho de limón y pasas de mucha calidad). Son trabajos más globales que comprenden procesos productivos amplios (abastecimiento, transformación, distribución, gestión de residuos…). f No pretenden un aumento de productividad (hacer la cama el mayor número posible de veces al día), ni operan según el mecanismo de la competitividad (si no cuento los cuentos mejor que mi vecina, mis hijos se marcharán a su casa). f Existe en ellos un cierto control sobre los ritmos de trabajo y horarios (sólo un cierto control). f Frente a la homogeneidad de la producción industrial, protegen la diversidad y se ajustan a las variaciones del contexto (la abuela come sin sal, Jose está a régimen, a Chus no le gusta la cebolla…). f Se desarrollan esencialmente en el espacio privado, aunque necesitan de mercancías obtenidas en el espacio público, generalmente en el mercado. f Conllevan una fuerte carga emocional, sea cual sea el signo de ésta (si no existiera ningún vínculo personal no se realizarían). f También, a diferencia de buena parte del empleo remunerado, son trabajos dotados de sentido vital, trabajos que se saben necesarios. De los que se conoce el para qué. f Por último, a diferencia del mercado, responden a una ética centrada en las relaciones y en las necesidades humanas. También, por estar realizados normalmente en condiciones de gratuidad y exclusividad (es muy costoso cambiar de empleador), se acercan a las condiciones del trabajo servil. Parecen tareas de Sísifo, repetitivas, circulares, reparadoras. Se podría decir que, igual que los servicios de la naturaleza se enfrentan de forma constante a la degradación y luchan contra el aumento de la entropía, los trabajos de cuidados, realizados esencialmente por las mujeres, nadan incansablemente contra la corriente del desorden, la suciedad, el desabastecimiento de la despensa y el abandono afectivo. Sin ellas la entropía doméstica alcanzaría en poco tiempo cotas inhabitables. El tiempo de los cuidados no encaja fácilmente en los tiempos del reloj ni en los del mercado. Se ajusta a ciclos que varían a lo largo del año y del tiempo de vida. En buena parte sus ritmos son impronosticables, pues están muy expuestos a sucesos imprevistos. Requieren simultaneidad y adaptación a situaciones nuevas. Son tiempos necesarios. El mercado no contempla el envejecimiento, los cambios de ánimo o de estado de salud, la crianza. El tiempo de la vida y el tiempo del mercado están desajustados, por eso las políticas de conciliación, que buscan cuadrar los tiempos de la primera con las necesidades del segundo, no son capaces de hacerlo. Ya vimos que si mercado y vida no encajan, ganará el primero. Si pensamos en nuestro ciclo vital completo, queda patente la falsedad de la dicotomía autonomía-dependencia a la que antes hacíamos referencia. No existen personas totalmente autónomas. Todos los seres humanos necesitamos cuidados a lo largo de nuestra vida, más especialmente en la infancia, la vejez y la enfermedad
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La CUIdadanía en grado de tentativa
El concepto de CUIdadanía apuesta por poner los cuidados en el centro e inventar una nueva forma de reconocernos sujetos que construyen derechos sociales:
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Reivindica la interdependencia (frente a la dualidad dependencia/independencia) para reconocer que la división entre activos e inactivos (y sobre todo, inactivas) es falsa y peligrosa. Hace una propuesta ética para cambiar las reglas que rigen ahora mismo esa interdependencia, que inhiben la reciprocidad. Teje una Cuidadanía inclusiva de todas las formas de vida, que multiplique las maneras de estar en el mundo, valore las diferencias y se enriquezca de ellas. Denuncia los derechos creados desde la superestructura, desde una maquinaria institucional ajena a las necesidades y deseos. Propone la autogestión de los derechos que día a día son inventados y construidos. Defiende una democracia en lo político y en lo económico. Exige que haya una auténtica responsabilidad social en la sostenibilidad de la vida.
Reflexiones de Amaia Pérez Orozco

(por las que todos probablemente pasemos) pero no sólo en esos momentos. Por eso, más que seres dependientes debemos considerarnos seres interdependientes. Únicamente en casos muy extremos se puede hablar de dependencia absoluta, y jamás de autonomía absoluta. Por otra parte y debido a la división sexual del trabajo, a las dependencias citadas se unen los que podrían llamarse dependientes sociales, es decir, personas adultas y sanas, mayoritariamente hombres, que no tienen ni la formación ni la intención de resolver el trabajo de cuidados que detraen121. La atención de estos dependientes sociales también supone una importante carga que asumen las mujeres, normalmente en forma de trabajo gratuito. Cuidar la vida, cuando la vida no es un objetivo social ni un fin, sino un medio para la disponibilidad de fuerza de trabajo y de consumo, se convierte en una tarea escasamente reconocida y para muchas personas poco deseable. El disfrute del cuidado –que algunas personas encuentran en ciertas tareas de acompañamiento o apoyo– se puede quebrar, por ejemplo, cuando este implica trabajos penosos –como puede ser la limpieza diaria del váter–, cuando se realiza en condiciones
121 Reflejado en trabajos de Sira del Río, como del Río, S (2004), La crisis de los cuidados: precariedad a flor de piel. CGT-Comisión Confederal contra la Precariedad.

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de dificultad personal, o cuando exige un alto porcentaje de nuestro tiempo. Sin embargo el cuidado, como requisito para el mantenimiento de la vida, es un requerimiento de la sostenibilidad. La visibilización, politización y dignificación del cuidado es una tarea necesaria para la sostenibilidad y al tiempo antipatriarcal y anticapitalista. Es antipatriarcal porque se enfrenta al orden y jerarquía de valores que impone la división sexual del trabajo, pilar del dominio masculino. Es anticapitalista porque socava el valor y el concepto que el mercado da al trabajo (reducido a trabajo asalariado) y denuncia la dependencia que éste tiene de los trabajos de cuidados. El cuidado es uno de los ejes centrales en los que habrá de apoyarse una cultura sostenible.

Economía feminista: la denuncia de un champiñón
Si en el espacio del trabajo de cuidados comprobamos que hombres y mujeres asumen responsabilidades muy diferentes, también es posible encontrar profundas diferencias en el territorio de la economía de mercado. El acceso al empleo y las condiciones laborales de mujeres y hombres difieren en mucho, normalmente en perjuicio de las primeras. Ésta ha sido la preocupación y el campo de denuncia de algunas economistas. A ellas debemos conceptos como doble jornada, conciliación de la vida laboral y familiar, discriminación positiva o techo de cristal (aquel que dificulta a mujeres acceder a responsabilidades laborales o políticas a las que acceden los hombres, teniendo méritos similares). Estas reflexiones se enmarcan dentro de lo que podría llamarse economía con enfoque de género. Pero esta denuncia, aún siendo necesaria, resulta insuficiente, pues se ciñe al marco de la economía convencional y no llega a remover categorías económicas esenciales como pueden ser el concepto de trabajo, el de valor o la división económico-no económico. Las economistas feministas pretenden subvertir las premisas económicas establecidas. Partiendo del estudio de las relaciones entre trabajo doméstico y mercado, redefinen el marco del lo económico y ponen bajo sospecha las dicotomías que permiten su delimitación: trabajo/no trabajo, público/privado, mercado/gratuidad. Entre otras muchas investigaciones han hecho el esfuerzo de asignar valor económico (en un sentido no necesariamente monetario del término) a las actividades tradicionalmente realizadas por las mujeres para hacer visible la magnitud de su olvido. Los mercados, espacios públicos y racionales gobernados por el Homo economicus, se consideran independientes del ámbito doméstico. El Homo economicus es ese ser que brota cada mañana como un champiñón en el puesto de trabajo, alimentado, lavado, planchado, escuchado y descansado. El mercado parece ignorar que esa regeneración (pues el día anterior salió de la oficina cansado y hambriento) se ha producido en el espacio privado, ese pequeño reino gobernado por la reina de la casa, en el que el Homo economicus recupera la energía física y emocional perdida durante el día. A la mañana siguiente, libre de toda responsa188

bilidad doméstica, de nuevo el champiñón reaparecerá en la oficina, el taller o el mostrador. El hogar es un “trampolín invisible, flexible, elástico, que se recupera después de cada caída”122. En estas condiciones se hace posible el trabajo de mercado y se naturaliza la apropiación del trabajo doméstico. Salvo que el Homo economicus sea una mujer, en cuyo caso se hacen más complejas las condiciones de participación en ese espacio del mercado. “Para conciliar la vida familiar y la laboral las mujeres necesitan… una esposa. Por eso lo tienen tan difícil” ironiza una economista feminista123. El mercado se nos presenta como protagonista de la actividad humana, aunque su aportación a nuestra supervivencia es mucho menor de la que tiene el trabajo doméstico. Para ejemplificar esta desproporción, Mies y Durán usan la metáfora del iceberg. Flotando en la superficie visible está el mercado. Debajo, haciéndolo flotar, con un tamaño mucho mayor, el trabajo de mantenimiento de la vida. Dos partes bien diferenciadas, la principal escondida a la vista, pero ambas formando una unidad indivisible. Sobre el hielo sumergido del trabajo doméstico se apoya y asoma el bloque del empleo asalariado y la economía convencional.
la mayor PartE (los dE mantEnimiEnto dE la vida) quEdan Escondidos a la vista.

Figura 8: El icEbErg dEl trabajo

Mercado

Cuidados

Naturaleza

Según Vandana Shiva, las sociedades humanas se mueven dentro de tres esferas económicas: la economía de la naturaleza, la economía de la supervivencia y la economía de mercado. Ésta última ha crecido exponencialmente a costa de las otras dos, que no han hecho más que disminuir y deteriorarse. El problema es que éstas son esenciales, pues conforman la economía de la vida. Ocultar la dependencia que las sociedades humanas tienen respecto de las
122 Pérez Orozco, A. (2006) Perspectivas feministas en torno a la economía: el caso de los cuidados. Consejo Económico y Social. Madrid. 123 Esta frase corresponde a Cristina Carrasco. Para saber más sobre este enfoque de la economía feminista recomendamos, entre otras, la lectura de la obra de Cristina Carrasco, Cristina Borderías, Amaia Pérez Orozco, Sira del Río, etc.

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producciones de las mujeres y de la naturaleza, permite a la economía de mercado aprovecharse de las economías no monetarizadas, tratándolas como recursos inagotables, sin respetar sus ciclos, tiempos y límites. Esto ha conducido a dos grandes problemas que afrontan los seres humanos: la crisis ambiental y la crisis de los cuidados. La economía de mercado se desentiende de las necesidades básicas de la sociedad. “Entre la sostenibilidad de la vida humana y el beneficio económico, nuestras sociedades patriarcales capitalistas han optado por este último. Esto significa que las personas no son el objetivo social prioritario, sino que están al servicio de la producción” 124. Puesto que los mercados no tienen como objetivo satisfacer las necesidades humanas, no tiene sentido que se conviertan en centro privilegiado de la organización de las sociedades humanas. Como señala la economía ecológica hay gran cantidad de procesos mercantiles que son dañinos para la vida, consumiendo muchos recursos sin producir bienestar, o incluso creando malestar (pensemos en los negocios derivados de la guerra). No parece que el paradigma económico y la experiencia de los hombres en el mercado sean ejemplos a seguir. A la hora de resolver los procesos que permitan la supervivencia humana y no humana, sería más adecuado pensar en otros modelos económicos más cercanos a la interdependencia, la reciprocidad y responsabilidad mutua, dirigidos a la resolución de las necesidades.

Repensar el trabajo
Si ponemos atención al trabajo que vienen realizando las mujeres desde hace siglos, no podemos por menos que sorprendernos del reduccionismo y parcialidad del concepto de trabajo que se manifiesta en las ofertas de empleo de las agencias, en las páginas de economía de los periódicos, en los sindicatos o en la teoría económica que se estudia en la universidad. Las culturas primitivas no disponen de términos para nombrar el trabajo. Posiblemente porque no es fácil diferenciarlo de las tareas de la vida en general. En el mundo grecorromano lo más cercano a nuestra idea de trabajo eran las tareas dependientes o penosas, que en buena parte realizaban los esclavos y esclavas. Hace poco más de dos siglos la teoría económica desarrolló este concepto asociándolo al de producción de bienes. Trabajo es desde entonces esencialmente trabajo productivo. Los trabajos reproductivos por tanto quedaron fuera de esta categoría. Este interesado reduccionismo encaja bien dentro de un paradigma económico que responde a la lógica de la acumulación indefinida. La producción es acumulable. La reproducción humana y el mantenimiento de los ciclos naturales sólo permiten volver al punto de inicio.
124 Carrasco, C. (2001) “La sostenibilidad de la vida humana ¿un asunto de mujeres?” Mientras Tanto nº 82.

Si las retribuciones de los trabajos van reduciéndose según éstos aumentan en penosidad125, en el límite de la baja retribución y de la penosidad están los trabajos imprescindibles para la sostenibilidad de la vida, inexplicablemente ignorados y gratuitos para el mercado. En esta historia del trabajo, la prioridad asignada a la productividad se fue restringiendo a la productividad monetarizable, y finalmente al dinero, de modo que hoy se llama trabajo al empleo asalariado o productor de beneficio monetario. Esto explica que preparar una papilla para el propio hijo no se entienda como trabajo, pero sí prepararla como empleada de una escuela infantil. “Pon tu dinero a trabajar” decía el anuncio de algún banco, pues según esta lógica, el dinero es bastante más trabajador –más productivo en la economía convencional– que la improductiva ama de casa. Muchos de los trabajos que históricamente han venido desarrollando las mujeres y muchas de las tareas que realiza la naturaleza no tienen valor monetario y sería muy difícil asignárselo. Trabajos imprescindibles para la vida (parir, alimentar, cuidar, sanar, mejorar semillas y plantas, buscar leña, conseguir agua, mantener la limpieza, apoyar emocionalmente, atender, escuchar y animar a personas ancianas, asistir a personas con diversidad funcional, gestionar el presupuesto y los recursos de la casa en el corto y largo plazo, etc.) no están pagados y por tanto no figuran en ninguna cuenta de resultados. Son invisibles para la economía, como las mujeres que los realizan. La división secular de tareas por sexo es uno de los instrumentos que el patriarcado utiliza para someter a las mujeres. Esta división de tareas abarca desde asuntos más evidentes como la crianza de hijos e hijas y el mantenimiento doméstico, hasta la distribución de trabajos productivos, llegando a delimitaciones muy precisas y mantenidas en el tiempo (por ejemplo, en el mundo de la pesca es común que las tareas de playa estén realizadas por mujeres, mientras que las de mar adentro las realicen los hombres). La división sexual del trabajo que promueve el patriarcado implica la jerarquización de las ocupaciones: las masculinas tienen más valor cultural que las femeninas. El marxismo llamó la atención sobre esta división sexual del trabajo y definió el modo de producción doméstico, que se fundamenta en el trabajo gratuito de las mujeres para la unidad familiar, incluida la atención al varón, que a su vez trabaja para el mercado. El trabajo gratuito y no reconocido de las mujeres es puntal de nuestro modo de producción. Algo similar sucede con los trabajos que realiza la naturaleza. La fotosíntesis, el ciclo del carbono, el ciclo del agua, la regeneración de la capa de ozono, la regulación del clima, la creación de biomasa, los vientos o los rayos del sol son gratis y, aunque son imprescindibles para vivir, no pueden ser contabilizados. Puesto que no tienen asignado un valor monetario, también son invisibles para el mercado. La vida, y la actividad económica como parte de ella, no es posible sin los bienes
125 Naredo, J.M. (2006) Raíces económicas del deterioro ambiental. Siglo XXI, Madrid.

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y servicios que presta el planeta (bienes limitados y en progresivo deterioro) y sin los trabajos de las mujeres, en las que se delega “la responsabilidad de traer cada día al mercado a los agentes económicos lavados y planchados”126. El orden social se ha estructurado en torno a los mercados como epicentro, mientras la cotidiana, crucial y difícil responsabilidad de mantener la vida reside en la esfera de lo gratuito, de lo invisible, en el espacio de las mujeres y de la naturaleza. Gracias al reduccionismo económico, trabajo ha llegado a significar trabajo remunerado y las personas que se ocupan exclusivamente de tareas domésticas son catalogadas como población inactiva por las estadísticas laborales. Por otro lado, una buena parte de la población que es considera activa (pues recibe un salario), está empleada en trabajos que no le gustan o no le importan en absoluto y les dedica mucho más tiempo del que quisiera. El modelo competitivo de muchas empresas produce ansiedad e infelicidad, úlceras y estrés. El hombre de éxito modélico no dispone de tiempo para despertar sin despertador, atender a su madre o a su hija ante una enfermedad o pasear con tranquilidad sin un móvil en el bolsillo. El empleo remunerado suele consistir en un trabajo alienado al que no se encuentra sentido más allá de la obtención de un salario. Cuanto más especializado, más valor monetario se le otorga y, curiosamente, también aumenta su valor dinerario a medida que disminuye su penosidad.127 Una vez más la mirada desde las gafas de la sostenibilidad nos ofrece un panorama bien distinto. Si intentáramos clasificar los trabajos en relación con su aportación a la supervivencia humana y a la sostenibilidad, el ranking de valoración se invertiría. A la cabeza estarían la crianza, la alimentación, los trabajos dirigidos a la salud… y en los últimos puestos quedarían seguramente los que realizan los ejecutivos de empresas financieras, los fabricantes de armas e incluso muchos gobernantes. Podríamos hablar con más propiedad de trabajos constructores de la vida y trabajos destructores de la vida. La denominación que distingue entre trabajo remunerado y no remunerado, haciendo visible este último, no basta para trastocar el orden de cosas. La centralidad de la vida exige un cambio de criterio que permita hacer juicios sobre cuáles son los trabajos realmente valiosos. Si nos dirigimos a un modelo de sociedad más sobria y más equitativa, no podemos eludir la reflexión sobre cuáles y cómo serán los trabajos social y ambientalmente necesarios, y cuáles aquellos de los que conviene prescindir desde un criterio de sostenibilidad. La pregunta clave para enjuiciarlos es en qué medida facilitan el mantenimiento de la vida en equidad. Los trabajos de cuidados, que históricamente han realizado las mujeres, los que sirven para mantener o regene126 Pérez Orozco, A. (2006) (ver nota 122). 127 La regla del notario, enunciada por J. M. Naredo, demuestra cómo las retribuciones laborales aumentan a medida que disminuye la penosidad de los trabajos, culminando en el del notario, que apenas gasta unas calorías en firmar el documento que le proporcionará importantes ingresos.

rar el medio natural, así como los que consolidan comunidades integradas en su territorio, facilitan el mantenimiento de la vida en equidad y por ello son trabajos deseables. También lo serán los que sirven para detener un desarrollo devastador de territorios. Los trabajos dirigidos a la sostenibilidad son en general más absorbentes en mano de obra que los destructores. La agricultura ecológica, el cuidado de personas enfermas, la crianza, la reparación de objetos, la rehabilitación de espacios dañados, las tareas asociativas… necesitan de muchas manos. La soberanía alimentaria, la soberanía energética, el apoyo emocional, son actividades intensivas en mano de obra. No ocurre así con los empleos altamente mecanizados o los que implican el uso de tecnologías complejas. De ahí que el problema de la falta de trabajo con el que se amenaza desde el sistema, especialmente en momentos de crisis, sea ficticio. En cualquier caso, la sostenibilidad social necesita de un cambio revolucionario en el espacio doméstico: la corresponsabilidad de hombres y mujeres en el reparto del trabajo. La participación de hombres y mujeres en las tareas de mantenimiento de la vida, realizada en equidad y mantenida en el tiempo, no sólo permitirá que éstos se hagan conscientes de la magnitud, centralidad y a menudo penosidad de estos trabajos, sino que seguramente pondrá en marcha uno de los cambios culturales más grandes de la historia. La cadena de transformaciones que un cambio así puede desencadenar es inimaginable. Variaciones en los usos de los tiempos de vida, en el aprecio por el mantenimiento y la conservación, en la comunicación, en las formas de relación comunitaria, en la vinculación entre el espacio público y privado, en la consideración de los espacios no monetarizados…

Crisis de los cuidados
Por el momento el cambio social de la corresponsabilidad en el espacio doméstico no se ha dado. Más aún, las contradicciones se han agudizado con el acceso de muchas mujeres al espacio laboral mercantilizado. Por eso en el Norte se comienza a hablar de crisis de los cuidados. La crisis de los cuidados es el resultado de un cúmulo de factores entre los que destaca el acceso de las mujeres al mercado laboral remunerado dentro de un sistema patriarcal. El cambio en los usos del tiempo les dificulta ocuparse con igual intensidad a las tareas de cuidados que antes hacían gratuitamente en el entorno familiar, mientras que los hombres siguen desentendiéndose de estos trabajos. Mirando más despacio los factores implicados en esta crisis vemos que en los últimos años se han dado transformaciones sociales que modifican de forma importante la gestión de los cuidados. Ha aumentado la población mayor dependiente, al tiempo que se ha prolongado la esperanza de vida. La infancia, aún reduciendo su número, aumenta su grado de dependencia en los hábitats urbanos. La necesidad de cuidados en nuestra sociedad es cada vez mayor. Por otra parte las mujeres participan de forma progresiva en los mercados como
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asalariadas y disminuye su disponibilidad para estas tareas. La precariedad laboral dificulta aún más la asignación de tiempos al cuidado. Las familias unipersonales se hacen más frecuentes, disminuye el tamaño medio de los hogares, las nuevas organizaciones domésticas también apuntan a cambios en las estructuras del cuidado, normalmente centradas en fórmulas individualizadas del mismo. El modelo urbano a su vez complejiza la gestión de los tiempos y las prácticas comunitarias. Por si esto no bastara, se mantienen los ya mencionados dependientes sociales, hombres sanos y adultos que no se ocupan de las tareas de autocuidado y las hacen recaer en otras personas, que suponen el 80% de la población masculina128. El antiguo sistema que permitía resolver los trabajos de cuidados se ha resquebrajado. La paz social que se apoyaba en la división sexual del trabajo se ha roto y aparecen tensiones sociales, a veces dramáticas. Las respuestas a esta crisis han sido diversas. El Estado ha organizado sistemas de prestaciones y ha definido derechos de conciliación, pero estas medidas se ofrecen como salidas de emergencia y alimentan la mercantilización y privatización (monetarización) de los cuidados. Como era de esperar, el mercado ha entendido los cuidados como fuente de negocios. Este área de actividad se contempla como un yacimiento de mercado que permitirá obtener grandes beneficios. La empresa privada (que no la sociedad) ya se ha incorporado a él con el apoyo de la administración, que delega en ella las que antes consideraba (al menos en parte) sus responsabilidades. Esta mercantilización cubre sólo parcialmente los requerimientos a los que supuestamente responde, pues no proporciona vínculos afectivos y relaciones, ayuda estratégica o apoyo en problemas concretos que sí ofrecen los cuidados no mercantilizados. Los hogares también han reaccionado ante esta crisis de los cuidados. La distribución del trabajo de cuidados se está reorganizando en el seno del colectivo femenino, una vez más sin participación de los hombres. Esta reorganización toma diferentes direcciones. Una es la conciliación, trasladando a otras personas, vía mercado o apoyo informal, algunas responsabilidades y recurriendo a estrategias diversas para ir resolviendo el día a día. Otra es la redistribución intergeneracional, haciendo recaer responsabilidades en la familia extensa. Las abuelas son el blanco más común de esta estrategia. En tercer lugar se da una redistribución por clase o etnia, comprando en el mercado servicios domésticos. Las cadenas globales de cuidados (mujeres inmigrantes que cuidan a personas del Norte y a su vez encargan a sus familiares del Sur el cuidado de quienes dependen de ellas) son efecto de este desplazamiento de trabajo, siempre entre mujeres. Como se observa, la crisis se ha cerrado en falso, perpetuando las diferencias de sexo (los hombres apenas se han incorporado al trabajo de cuidados) y ahondando en los sesgos de clase (que se manifiestan en la población migrante que trabaja en el servicio doméstico).
128 Del Río, S. (2004) “La crisis de los cuidados: precariedad a flor de piel”, Rebelión, Marzo 2004.

Una gestión equitativa de los cuidados, pendiente de diseñar y más aún de poner en marcha, incluiría la defensa de derechos esenciales –cuidar en condiciones dignas, no cuidar en determinadas condiciones, ser cuidado o cuidada…– y por supuesto la responsabilidad en su ejercicio. Nuestra realidad está muy lejos de esto. Puesto que el colectivo masculino se mantiene al margen del problema y el femenino ha sobrepasado su límite de disponibilidad temporal, el trabajo de cuidado se está mercantilizando en condiciones de fuerte precariedad. Resulta curioso el paralelismo entre la crisis ambiental y la crisis de los cuidados. Ambas son resultado de una traslimitación, en un caso de los tiempos vitales disponibles para el cuidado, en el otro de los recursos que la Tierra puede ofrecer. Ambas exportan sus efectos indeseables a territorios lejanos, en un caso en forma de deuda ecológica y en otro en forma de cadenas globales de cuidados. Quizá son cercanas porque ambas se gestan en el seno de una cultura que desprecia los límites y vive de espaldas al cuidado de la vida.

Deuda ecológica y deuda de los cuidados
Desde una perspectiva de género, se pueden establecer paralelismos interesantes entre las problemáticas y propuestas feministas y las ecologistas. El ecofeminismo avanza en esta dirección, explicando las vinculaciones entre el desprecio por la naturaleza y el desprecio por las mujeres, y restituyendo a ambas su dignidad. También es posible valernos de algunas herramientas creadas por el ecologismo para visualizar estos procesos paralelos de insostenibilidad. La huella ecológica es un indicador que traduce a unidades de superficie lo que un Estado, una comunidad o una persona consume, y los residuos que genera. La deuda ecológica muestra el desigual uso de los recursos y bienes naturales, así como la desigual responsabilidad en el deterioro y destrucción del medio físico de los países ricos con respecto al resto del mundo. Paralelamente, cabría hablar de la huella de los cuidados como indicador que evidencia el desigual impacto que tiene la división sexual del trabajo sobre el mantenimiento y calidad de la vida humana. La huella de los cuidados es la relación entre el tiempo, el afecto y la energía amorosa que las personas necesitan para atender sus necesidades humanas (cuidados, seguridad emocional, preparación de los alimentos, tareas asociadas a la reproducción, etc.) y la que aportan a lo largo de su vida para resolver necesidades ajenas. El balance de esa huella de los cuidados sería negativo para la mayor parte de los hombres pues consumen más energías amorosas y cuidadoras para sostener su forma de vida que las que aportan. Para la mayor parte de las mujeres el balance sería altamente positivo. Siguiendo con el paralelismo, desde el feminismo podría hablarse de deuda de los cuidados como la deuda que el patriarcado ha contraído con las mujeres de todo el mundo por el trabajo que realizan y han realizado gratuitamente a lo largo de siglos.
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Estos indicadores, que son esencialmente elementos de visibilización, podrían analizarse e incluso intentar cuantificarse. La reflexión es compleja, pues no puede valorarse de igual forma la huella de una persona sana que la de una enferma, los tiempos de los trabajos disfrutables de acompañamiento en el ocio, de aquellos ocupados por tareas penosas de limpieza. Pero sí es importante constatar que existe un desequilibrio profundo que convierte en injusto y socialmente insostenible el modo de reparto de trabajos de cuidado, como es injusto y socialmente insostenible el desplazamiento de cargas ambientales a aquellos y aquellas que no las causaron. La huella de los cuidados y la deuda de los cuidados pueden ser, como ya lo son la huella ecológica y la deuda ecológica, elementos de denuncia de un orden social basado en la explotación de las mujeres.

Por qué el papel de las mujeres es importante en la defensa de la naturaleza, según Bina Agarwal
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Las mujeres en la defensa de la naturaleza y la sociedad
Pero la aportación de las mujeres al mantenimiento de la vida va más allá del espacio doméstico. En muchos lugares del mundo a lo largo de la historia, parte de la producción para la subsistencia ha dependido de ellas. Se han ocupado de mantener la productividad en los terrenos comunales, han organizado la vida colectiva y los sistemas de protección ante el abandono o la orfandad, y han defendido su tierra y la supervivencia de sus familias y su comunidad. Las mujeres han tenido y tienen un papel protagonista en movimientos de defensa del territorio, en luchas pacifistas, en movimientos de barrio. Si los recursos naturales se degradan o se ven amenazados, a menudo encontramos a grupos de mujeres organizados en su defensa. Las mujeres son protagonistas

Las mujeres se preocupan por el aprovisionamiento material y energético, no porque les guste particularmente esa tarea ni por predisposición genética, sino por un papel social que así lo determina. Si no hay agua, si no hay combustible para cocinar, las mujeres deben buscar la solución. Las mujeres poseen –en algunas culturas más que en otras– una parte más pequeña de la propiedad privada. Dependen más, por tanto, de los recursos de propiedad y de gestión comunitaria, y suelen defenderlos. Las mujeres tienen con frecuencia un conocimiento particular en la agricultura y en la medicina popular, que queda devaluado con la irrupción del mercado o, a veces, del Estado.

Las mujeres de Tapuc
“Los antropólogos Enrique Mayer y César Fonseca narran que, en la comunidad peruana de Tapuc, un grupo de mujeres sostenía intransigentemente que los eucaliptos transplantados en las parcelas del Manay debían ser retirados de inmediato. Manay es la zona agrícola de barbecho sectorial destinada al cultivo de tubérculos ‘por turnos’ y con varios años de descanso. “Las mujeres insistían en que habían heredado dichas parcelas de sus abuelos para abastecerse de tubérculos, y que no iban a alimentar a sus hijos con las hojas del eucalipto. Además, donde crece el eucalipto, ‘el suelo se empobrece y no sirve ni para sembrar cebollas’. “Sin negar la contribución del eucalipto a la economía andina desde el siglo XIX, me pregunto si estas mujeres tenían más razón que los ingenieros forestales que promovían la plantación de la especie”.
Joan Martínez Allier (2009). ¿Ecologismo feminista?

de muchas de las prácticas del llamado ecologismo de los pobres. La conservación de semillas, la denuncia de las tecnologías de la reproducción agresivas con las mujeres, las luchas como consumidoras, la protección de los bosques, la contestación ante la violencia y ante la guerra, son conflictos en los que la presencia femenina es muy significativa. Es bien conocida la intervención del movimiento Chipko, un grupo de mujeres campesinas que se abrazaron a los árboles de los bosques de Garhwal en los Himalayas indios. Consiguieron defenderlos de las modernas prácticas forestales de una empresa privada. Las mujeres sabían que la defensa de los bosques comunales de robles y rododendros de Garhwal era imprescindible para resistir a las multinacionales extranjeras que amenazaban su forma de vida. Para ellas, el bosque era mucho más que miles de metros cúbicos de madera. El bosque era la leña para calentarse y cocinar, el forraje para sus animales, el material para las camas del ganado, la sombra, la manifestación de la abundancia de la vida. En Estados Unidos se pueden citar dos pioneras del ecologismo actual. Una de ellas, Lois Gibbs, participó en el conflicto de los años 70 contra el vertido de residuos tóxicos en Love Canal y animó la creación de un grupo de amas de casa en defensa de la salud de sus familias. Unos años antes, en 1962, Rachel Carson, la autora de La primavera silenciosa denunció con rigor los efectos de los pesticidas agrícolas en un libro que se considera precursor de la literatura ecologista. Un grupo de mujeres víctimas de la catástrofe de Bhopal, en la India (donde un escape brutal de gases tóxicos acabó en minutos con la vida de miles de personas y provocó secuelas graves y persistentes en la salud de otras muchas), han seguido luchando durante años para obtener justicia de la empresa responsable, Union Carbide. Otras formas de defender la vida protagonizadas por mujeres son las arriesgadas
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luchas pacifistas de las Mujeres de Negro o las denuncias de los feminicidios en el norte de Méjico. En la costa de la provincia ecuatoriana de Esmeraldas, se da la participación de líderes espontáneas, madres y abuelas, en la disputa actual entre la comunidad y los camaroneros. La población pobre y negra que vive de los recursos del manglar se ha organizado –a instancias de las mujeres– para defender ese ecosistema vital arrasado por las industrias de cría de camarón. En todos estos ejemplos las mujeres protegen aquello que, de forma directa, les permite la supervivencia. Los bosques, el agua, las parcelas comunitarias o la vida humana. Son conscientes de que el deterioro de estos recursos significa el deterioro de su vida y la de los suyos. Las experiencias diversas de mujeres en defensa de la salud, la supervivencia y el territorio, hicieron nacer la conciencia de que existen vínculos sólidos entre el género y el medio ambiente, entre las mujeres y el ambientalismo, en definitiva entre el feminismo y el ecologismo.

Ecofeminismos: la rehabilitación de las invisibles
El ecofeminismo es una filosofía y una práctica feminista que nace de la cercanía de mujeres y naturaleza, y de la convicción de que nuestro sistema “se constituyó, se ha constituido y se mantiene por medio de la colonización de las mujeres, de los pueblos extranjeros y de sus tierras, y de la naturaleza”129. Mujeres del Norte, preocupadas por la violencia y los atentados contra la salud llevados a cabo por las huestes empresariales y militares, mujeres del Sur, indignadas por los atentados contra sus posibilidades de subsistencia, mujeres de todo el mundo que reconocen que existe una tercera vía entre el enfrentamiento y el sometimiento, conforman el movimiento ecofeminista. Todos los ecofeminismos comparten la visión de que la subordinación de las mujeres a los hombres y la explotación de la naturaleza son dos caras de una misma moneda y responden a una lógica común: la lógica de la dominación y del desprecio a la vida. El capitalismo patriarcal ha manejado todo tipo de estrategias para someter a ambas y relegarlas al terreno de lo invisible. Por ello las diferentes corrientes ecofeministas buscan una profunda transformación en los modos en que las personas nos relacionamos entre nosotras y con la naturaleza, sustituyendo las fórmulas de opresión, imposición y apropiación por fórmulas de cooperación, reciprocidad, compasión y ayuda mutua. El ecofeminismo somete a revisión conceptos clave de nuestra cultura: modernidad, razón, ciencia… Éstos han mostrado su incapacidad para conducir a los pueblos a una vida digna. El horizonte de guerras, destrucción, enfermedad, violencia e incertidumbre es buena prueba de ello. Por eso es necesario dirigir la vista a un paradigma nuevo que debe inspirarse en las formas de relación practicadas por las mujeres.
129 Shiva, V. y Mies, M. (1997), Ecofeminismo. Icaria.

Simplificando mucho la variedad de propuestas ecofeministas, se podría hablar de dos corrientes: ecofeminismos espiritualistas y ecofeminismos constructivistas. Los primeros identifican mujer y naturaleza, y entienden que hay un vínculo esencial y natural entre ellas. Los segundos creen que la estrecha relación entre mujeres y naturaleza se sustenta en una construcción social. Los orígenes teóricos de esta corriente del feminismo se pueden situar en los años 70 con la publicación del libro Feminismo o la muerte de Francoise D´Eaubourne, donde aparece por primera vez el término. En esa misma década tienen lugar en el Sur varias manifestaciones públicas de mujeres en defensa de la vida, como el mencionado movimiento Chipko. Y una década después en Argentina, un grupo de unas 14 mujeres se organizaban en Buenos Aires. Madres de personas desaparecidas convirtieron en público su dolor privado. Durante décadas, las Madres de la Plaza de Mayo representaron un ritual semanal de resistencia basado en el papel que la ideología patriarcal, tan funcional a la dictadura militar, había asignado a las mujeres. Ellas asumieron este discurso para darle la vuelta y convertirlo en arma política. Desde su papel de madres convirtieron su pérdida personal en política y resistieron, invirtiendo las formas tradicionales de activismo social y político, frente a la durísima represión y violencia militar. El eje central de las políticas de las Madres era la defensa de la vida y el derecho al amor. A finales de los años 70 el primer ecofeminismo pone en duda las jerarquías que establece el pensamiento dicotómico occidental, revalorizando los términos del dualismo antes despreciados: mujer y naturaleza. La cultura, protagonizada por los hombres, había desencadenado guerras genocidas, devastamiento y envenenamiento de territorios, gobiernos despóticos. Las primeras ecofeministas denunciaron los efectos de la tecnociencia en la salud de las mujeres y se enfrentaron al militarismo, a la nuclearización y a la degradación ambiental, interpretando éstos como manifestaciones de una cultura sexista. Petra Kelly es una de las figuras que lo representan. A este primer ecofeminismo, crítico de la masculinidad, siguieron otros propuestos principalmente desde el Sur. Algunos de ellos consideran a las mujeres portadoras del respeto a la vida. Acusan al mal desarrollo occidental de provocar la pobreza de las mujeres y de las poblaciones indígenas, víctimas primeras de la destrucción de la naturaleza. Este es quizá el ecofeminismo más conocido. En esta amplia corriente encontramos a Vandana Shiva, María Mies o a Ivone Guevara. Superando el esencialismo de estas posiciones, otros ecofeminismos constructivistas (Bina Agarwal, Val Plumwood) ven en la interacción con el medio ambiente el origen de esa especial conciencia ecológica de las mujeres. Es la división sexual del trabajo y la distribución del poder y la propiedad la que ha sometido a las mujeres y al medio natural del que todas y todos formamos parte. Las dicotomías reduccionistas de nuestra cultura occidental han de romperse para construir una convivencia más respetuosa y libre. Posiblemente todos los ecofeminismos estén de acuerdo con esta afirmación de
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I. King: “Desafiar al patriarcado actual es un acto de lealtad hacia las generaciones futuras y la vida, y hacia el propio planeta”.130 Desde parte del movimiento feminista, el ecofeminismo se ha percibido como un posible riesgo, dado el mal uso histórico que el patriarcado ha hecho de los vínculos entre mujer y naturaleza. Esta relación impuesta se ha usado como argumento para mantener la división sexual del trabajo, tan útil al orden patriarcal. Puesto que el riesgo existe, conviene acotarlo. No se trataría de exaltar lo interiorizado como femenino, de encerrar de nuevo a las mujeres en un espacio reproductivo, negándoles el acceso a la cultura, ni de responsabilizarles, por si les faltaban ocupaciones, de la ingente tarea de rescate del planeta y la vida. Se trata de hacer visible el sometimiento, señalar las responsabilidades y corresponsabilizar a hombres y mujeres en el trabajo de la supervivencia. Si el feminismo se dio bien pronto cuenta de cómo la naturalización de la mujer era una herramienta para legitimar el patriarcado, el ecofeminismo comprende que la alternativa no consiste en desnaturalizar a la mujer, sino en renaturalizar al hombre, ajustando la organización política, relacional, doméstica y económica a las condiciones de la vida, que naturaleza y mujeres conocen bien. Una renaturalización que es al tiempo reculturización (construcción de una nueva cultura) que convierte en visible la ecodependencia para mujeres y hombres. No hay reino de la libertad que no deba atravesar el reino de la necesidad. No hay reino de la sostenibilidad si no se asume la equidad de género. Mujeres y naturaleza comparten el mismo lado de las dicotomías del pensamiento moderno y también han compartido destinos cercanos en la cultura patriarcal y capitalista. La invisibilidad, el desprecio, el sometimiento, la explotación, tanto de las mujeres como de la naturaleza han ido a la par en las sociedades industriales. La sostenibilidad de la vida es incompatible con estas relaciones de dominio.

Su posición de sometimiento también ha sido al tiempo una posición en cierto modo singular para poder construir conocimientos relativos a la crianza, la alimentación, la salud, la agricultura, la protección, los afectos, la compañía, la ética, la cohesión comunitaria, la educación y la defensa del medio natural que permite la vida. Sus conocimientos han demostrado ser más acordes con la pervivencia de la especie que los construidos y practicados por la cultura patriarcal y por el mercado. Por eso la sostenibilidad debe mirar, preguntar y aprender de las mujeres. La cultura del cuidado tendrá que ser rescatada y servir de inspiración central a una sociedad social y ecológicamente sostenible.

Qué dice el pensamiento único de las mujeres y los cuidados
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Las mujeres ya gozan de derechos y han accedido al mercado laboral y el espacio público. El problema de la igualdad está prácticamente resuelto en nuestras sociedades. Los trabajos de cuidado de la vida que realizan las mujeres y los que realiza la naturaleza ocurren de forma natural y por tanto no tienen un valor especial. Los trabajos valiosos son aquellos sobreespecializados (que suelen aumentan las cuentas de resultados de las empresas). El mercado no incluye en sus cuentas los trabajos de cuidado, puesto que ya son realizados por las mujeres de forma gratuita. Trabajo es lo mismo que trabajo remunerado. El mercado puede resolver la crisis de los cuidados incorporando estos trabajos al mercado laboral.

La sostenibilidad necesita de las mujeres
Cabe terminar defendiendo la necesidad de las mujeres para el cambio hacia la sostenibilidad. La historia de las mujeres las ha abocado a realizar aprendizajes, recreados y mejorados generación tras generación, que sirven para enfrentarse a la destrucción y hacer posible la vida. Las mujeres –gran parte de las mujeres– se han visto obligadas a vivir más cerca de la tierra, del barrio y del huerto, de la casa. Se han hecho responsables de sus hijos e hijas y por ellos han aprendido a prever el futuro y mantener el abastecimiento de la familia. No han caído fácilmente en las promesas de enriquecimiento rápido que les ofrecían con la venta de tierras o los negocios arriesgados. Han mantenido la previsión que impone la responsabilidad sobre el cuidado de otras personas, y por eso han desarrollado habilidades de supervivencia que la cultura masculina ha despreciado.
130 King, I. (1983) The eco-feminist Perspectiva, Leland, L. y S. Recalim the earth: Women Speak out for life on Earth. The women Press.

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Qué dice la cultura de la sostenibilidad sobre las mujeres y los cuidados
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Sin los trabajos esenciales de cuidado de la vida humana nuestra especie no existiría, como no existiría sin los bienes que la naturaleza nos proporciona. Las mujeres vienen realizando los trabajos esenciales de crianza y cuidado de la vida humana forzadas por la división sexual del trabajo que impone la cultura patriarcal. Todos estos trabajos, muy absorbentes en tiempo y energías, se desprecian e invisibilizan en el marco de la economía monetaria, hasta el punto de llamarse población inactiva a las personas (mujeres) que los realizan. Las estrategias implicadas en los trabajos de mantenimiento de la vida (no competitividad, precaución, comprensión holística, sentido vital…) son necesarias para crear un modelo de trabajo sostenible. La crisis de los cuidados sólo puede resolverse en condiciones de equidad si se da la corresponsabilidad de los hombres y de toda la sociedad. La sostenibilidad social necesita que toda la sociedad participe de estrategias y conocimientos que las mujeres han desarrollado en la defensa de la reproducción humana, la vida comunitaria y el territorio en el que viven.

Pobreza y sostenibilidad

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Una niña de seis años, visitando una casa en la que no había televisión, ni microondas, ni teléfono móvil, preguntó a la dueña: ¿tú eres pobre? Esta niña no conocía aún los criterios estadísticos ni sociológicos que marcan el umbral de la pobreza. Posiblemente hubiera visto imágenes de personas en situación de extrema necesidad. Sin embargo, con sólo seis años, ya había comprendido a grandes rasgos lo que nuestra cultura occidental entiende como pobreza: el bajo nivel de consumos, incluidos los superfluos. La pobreza es un hecho dramático para millones de personas. Desde nuestra perspectiva, avanzamos hacia un mundo cada vez más polarizado e injusto, y por tanto, más productor de pobreza. Pero la pobreza no es sólo un hecho material para una enorme parte de la población, es también una construcción cultural que nos lleva a interpretar nuestra vida y a construir expectativas sobre ella. Según cómo juzguemos la pobreza y dónde coloquemos sus fronteras, perseguiremos uno u otro modo de estar en el mundo. Si la cultura del desarrollo hace crecer su umbral, nuestros consumos crecerán detrás de él. En principio no parece fácil delimitar de qué hablamos cuando nombramos la pobreza. Los Objetivos del Milenio de la ONU se proponen en su primer punto reducir la pobreza.131 Hacen referencia a las personas que viven con menos de un dólar al día, pero no especifican si son propietarias o no de una parcela suficiente de tierra fértil o si viven en un suburbio urbano. Las estadísticas hablan de países pobres o ricos en función de su Producto Interior Bruto, no en función de los recursos naturales que éstos poseen o aquellos que poseyeron y de los que fueron expoliados. Hace no muchos años una encuesta sociológica que puntuaba la percepción de pobreza en el Estado español, nos descubría que la población de las Islas Baleares –una de las que disfruta de mayor renta– era una de las que se consideraba más pobres, quizá a causa de la comparación con sus nuevos vecinos, llegados del norte de Europa. En el saco del término pobreza se mezcla la población sub-alimentada con aquella que no viaja en vacaciones, la que no dispone de una renta monetaria junto a la que, viviendo entre vecinos acomodados, no puede permitirse comprar ropa de marca.
131 Objetivo 1: Erradicar la pobreza extrema y el hambre. Meta 1A Reducir a la mitad, entre 1990 y 2015, la proporción de personas con ingresos inferiores a 1 dólar por día. (Objetivos del milenio, ONU, 2000).

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Sin embargo, bajo todas las interpretaciones que se barajan en nuestra cultura, la cultura occidental, subyace el rechazo y el desprecio de la pobreza y la presunción de que, en líneas generales, tener más es, sin duda, mejor.

Interpretaciones dominantes de la pobreza
El modo de entender qué es la pobreza, cuál es su alcance, su valor, su origen y cuáles sus consecuencias, así como las connotaciones de este término, son asuntos clave a la hora de darle respuesta política y económica. La amenaza de la pobreza por un lado y la imagen de la riqueza, su supuesto contrario, por otro, justifican muchos juicios y decisiones políticas. Perfilan también nuestras expectativas vitales y nuestra particular búsqueda de la felicidad, tanto individual como colectiva. La principal acepción de la palabra pobreza nos remite a la falta de dinero. Es la explicación más sencilla y ajustada en una cultura que ha convertido las medidas monetarias en patrón esencial del valor, distanciándose de variables físicas o relacionales. No es extraño que indicadores como la renta o el PIB sean hoy herramientas centrales para medir la riqueza y la pobreza. Estas medidas cuantitativas han permitido delimitar los umbrales por debajo de los cuales sería deseable, moral y legalmente (en los cada vez más frágiles Estados del Bienestar), una intervención del sistema público de protección social. El parámetro absoluto de nivel de renta y de patrimonio se combina con criterios comparativos. Una definición ampliamente admitida compara la renta individual con la renta media del Estado. Se considera pobre a la población que dispone de una renta inferior al 50% de la renta media estatal. Si se baja el umbral del 25% se habla de pobreza severa.132 El uso de este criterio hizo aparecer una importante cantidad de pobres invisibles, especialmente en el mundo desarrollado. Sirvió para sacar a la luz los profundos desequilibrios monetarios existentes en sociedades del bienestar que se consideraban razonablemente redistributivas y solidarias y, al menos en términos generales, al margen del riesgo de indigencia. La existencia, por ejemplo, de ocho millones de pobres en España, que uno de los Informes FOESSA denunció en los años 90, fue todo un revulsivo para una sociedad que situaba la carencia en escenarios lejanos. Este estudio desenmascaró especialmente los profundos desequilibrios de rentas
132 Utilizando el criterio más comúnmente admitido en la UE, se consideran pobres todas aquellas familias y personas que se sitúan económicamente por debajo del umbral del 50% de la Renta media disponible neta (Rdn) en el conjunto del Estado. Se han establecido cuatro estratos de pobreza aplicados a la totalidad de las familias y las personas que viven por debajo de ese 50% de los ingresos disponibles netos: 1. Pobreza extrema menos del 15% de la Rdn 2. Pobreza grave entre el 15 y 25% de la Rdn 3. Pobreza moderada entre el 25 y el 35% de la Rdn 4. Precariedad social entre el 35 y el 50% de la Rdn A los niveles 1 y 2 se les llama Pobreza severa, y a los niveles 3 y 4 Pobreza relativa. Colectivo IOÉ (2008) Informe FOESSA, La pobreza en España.

en la población de nuestro país. Políticas de pensiones, salarios mínimos, programas de subvenciones a proyectos de integración o desarrollo de servicios sociales, fueron entonces las respuestas parciales a esta situación –bien diferente de la que existe en estos momentos de regresión de políticas sociales–. El eje de estas políticas se centró en el acceso al dinero, y no en el control o el acceso a los recursos o a los medios de producción. Los criterios economicistas también se usan a la hora de evaluar la pobreza comparativa de los diferentes Estados. Para organizar el ranking de la pobreza –de la riqueza– se echa cuenta de los consumos monetarizados de un país. Todo aquello con lo que se ha comerciado en el mercado se mezcla en esa gran batidora que es el PIB, que no toma nota de los recursos provenientes de las economías de subsistencia, de las redes informales de comercio y de ayuda mutua o de la salud ambiental de los territorios. El dinero como vara de medir comporta la aparente ventaja de que es universalmente admitido (en la medida que es universalmente admitida la economía clásica). Tiene como gran inconveniente su escasa capacidad de reflejar la mayor parte de las realidades vitales. Considera consumos únicamente aquellos bienes o servicios que se compran con dinero. La compañía, la red social, la posesión de la tierra, la autosuficiencia en el ocio o la salud son invisibles para él. Por eso sus medidas y las propuestas que se derivan de ellas son engañosas. Veamos un ejemplo de la torpeza de estas evaluaciones monetarias. Puesto que la riqueza se mide a través de la renta dineraria, se da la paradoja de que el Banco Mundial encuentra menos pobres en las ciudades africanas (urbes del Sur rodeadas de enormes cinturones de población que vive en la indigencia) que en el campo133, (donde aún se mantiene cierta capacidad de autoabastecimiento). La explicación es bien sencilla. El dinero que utiliza una familia urbana, por ejemplo para comer, por escasa y precaria que sea su alimentación, es mayor que el que emplea una familia rural que pueda disponer de unas gallinas y una pequeña huerta. El Banco Mundial entenderá que esta familia urbana, que apenas consigue abastecerse de lo mínimo, es menos pobre que la familia rural, que se alimenta sin pasar por el mercado. Las prácticas de subsistencia, más viables en el medio rural, se escapan a las medidas monetarias. Por eso se considerará más pobre a un campesino que vive con su familia en su tierra y practica una economía de subsistencia que al habitante de una favela en las afueras de una ciudad, que no tiene acceso a ningún servicio ni recurso si no es por intermediación del mercado, y en consecuencia maneja, aunque sea poco, más dinero que el campesino. Otra grieta de la definición de pobreza que enfrenta la renta individual con el PIB del país, es su carácter comparativo. Los criterios comparativos nos colocan en umbrales de pobreza móviles, normalmente crecientes, que promueven consumos y estándares de vida también crecientes. En la comarca de Laddak, en el Himalaya, Helena Norberg- Hedge relata cómo la población pasó en 20 años
133 Latouche, S. (2007) La otra África: autogestión y apaño frente al mercado global. Icaria.

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de considerar su vida como buena a percibirse pobre, después de la llegada de grupos de turistas occidentales que exhibían sofisticados bienes de consumo134. Este cambio de percepción ocurrió sin disminuir su acceso a los recursos e incluso habiendo aumentado la tenencia de dinero. La que en los años 70 se consideraba a sí misma una comunidad sin pobres, pasó en poco tiempo a verse carente, especialmente por parte de algunos jóvenes del lugar, más cercanos a los grupos de montañeros y montañeras que llegaban de los países ricos pertrechados de modernos materiales deportivos. Las medidas comparativas, que desde luego explican buena parte de la pobreza percibida subjetivamente, son muy dependientes del marco de comparación. Salvo en el caso de una sociedad igualitaria, en la que nadie estaría por debajo de ese 50% de la renta media que se toma como umbral, en un imaginario contexto de consumos desaforados, un consumidor medio será catalogado como pobre. La comparación subjetiva no sólo se establece con otras situaciones presentes, sino también con el óptimo vivido a lo largo del tiempo, de modo que si volviéramos hoy a los consumos de hace veinte o treinta años (cuando seguramente creíamos vivir bien) nos percibiríamos como pobres. Nos colocamos así en una línea ascendente imposible de mantener, y menos aún de generalizar en un planeta limitado. También se encuentran a veces otros indicadores que hacen referencia a determinados consumos: número de teléfonos por cada mil habitantes, camas hospitalarias, automóviles, escuelas, espectáculos, electrodomésticos... De estas mediciones de la pobreza se deducen los caminos para su hipotética erradicación: más teléfonos, más coches, más kilómetros de carretera por habitante o más terminales con acceso a Internet. Como resultado de algunas de estas críticas se han creado otros índices más amplios como el IDH (Índice de Desarrollo Humano) que combina el PIB con otras variables como la esperanza de vida, el analfabetismo o la nutrición. Aunque se acercan un poco más a la realidad de algunos pueblos, su dependencia del PIB, su dificultad para medir variables relacionales, de dependencia o de deterioro ecológico y el carácter etnocéntrico de sus mediciones (¿qué educación se considera, qué alimentación?) siguen escondiendo buena parte de la realidad. Una economía crecientemente mercantilizada y sustentada en el uso ilimitado de los recursos de la Tierra no está interesada en incorporar la dependencia del mercado o el deterioro ambiental como indicadores esenciales de pobreza, pero sí el nivel de desarrollo. Por eso su propuesta de solución es ésta: más dinero y más consumos de bienes y servicios ofrecidos por el mercado. El argumento de la lucha contra la pobreza ha amparado planes de desarrollo a menudo devastadores para las poblaciones que supuestamente pretendían defender, y ha hecho posibles grandes negocios inversores de los países del Norte. Los créditos FAD (Fondos de Ayuda al Desarrollo) son buen ejemplo de estas prácticas. Aunque consisten en préstamos de los países del Norte destinados a
134 Citado en VV AA (1992) Vivir ligeramente sobre la tierra. Premios Nobel Alternativos, Integral.

reducir la pobreza en el Sur, su efecto es con frecuencia contrario. El donante, al ligar su ayuda a la compra de bienes y servicios producidos por él mismo obliga a aceptar condiciones no competitivas de libre mercado al receptor, con lo que sale beneficiado. Por el contrario, el receptor ve cómo los bienes y servicios nacionales pierden competitividad al estar obligados a importar la proporción comprometida en el préstamo. En la mayor parte de los casos esos créditos se emplean en sectores no ligados a necesidades básicas sino a negocios relacionados, por ejemplo, con la aeronáutica, sistemas de control del tráfico…135 Este efecto de los créditos FAD se ha dado en llamar la “paradoja del enriquecimiento del donante y del empobrecimiento del receptor”136.

Mitos que relacionan el desarrollo económico y la erradicación de la pobreza
La asociación entre desarrollo económico y erradicación de la pobreza ha servido para construir algunos axiomas que se han mostrado falsos, pero en los que aún parecemos creer y que repasamos a continuación:

“El crecimiento del PIB reducirá la pobreza”
Cifras oficiales, del propio BID y del Banco Mundial, entre otros organismos, evidencian que durante la última década, al tiempo que aumentaba el PIB, se ha producido un aumento sostenido de la pobreza global, una reducción del patrimonio y capital natural y una degradación de los sistemas democráticos137. Entre 1990 y 2000 el IDH –Índice de Desarrollo Humano– descendía en 21 países, mientras la renta media mundial aumentaba alrededor del 25%138. En cuanto a la distribución de la riqueza en España, el crecimiento general de la renta y del patrimonio no se ha traducido en un incremento correlativo del poder adquisitivo de los salarios, las prestaciones de desempleo o las pensiones, que son las principales fuentes de renta para la mayoría de las familias. Entre 1994 y 2006 el salario medio, en cómputo anual, perdió un 2,4% de poder adquisitivo, la prestación media de desempleo un 16% mientras que la pensión media se revalorizó un 18%; una evolución positiva en este caso, pero muy moderada a la vista del crecimiento del PIB (62%) y de los principales componentes de la riqueza: el patrimonio inmobiliario (162% entre 1994 y 2006) y el valor patrimonial de los

135 González, M. y Larrú, J.M. (2004) ¿A quién benefician los créditos FAD? Los efectos de la ayuda ligada sobre la economía española. Documento de Trabajo Serie Desarrollo y Cooperación (DT-DC-04-07). 136 Kemp, M. y Kojima, S. (1985) “Tied Aid and the Paradoxes of Donor-Enrichment and Recipient-Impoverishment", International Economic Review nº 26. 137 Larrain, S. (2001) Globalización y Sustentabilidad: los desafíos después del 11 M. Programa Chile Sustentable. 138 El Atlas de Le Monde Diplomatique Edición española, 2004 p.44.

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activos financieros de los hogares (116% en el mismo periodo).139

“El aumento de la productividad eliminará la pobreza”
La revolución verde, un ambicioso proyecto de desarrollo de la agricultura industrial y de incorporación de nuevas tecnologías agrícolas, expulsó a los campesinos de sus tierras y las empobreció y envenenó, sin que los frutos lograran otra cosa más que rebajar los precios de los alimentos en los mercados del Norte. El aumento de los suicidios entre los campesinos indios provocado por la desesperación al no poder hacer frente al precio creciente de los insumos agrícolas, es una muestra dramática de los efectos de este supuesto aumento de productividad.

¿Dinero o recursos?
“La gente no muere por falta de ingresos. La gente muere por falta de acceso a los recursos… Los indígenas en la Amazonía, las comunidades montañesas en el Himalaya, los campesinos cuyas tierras no han sido expropiadas y cuyas aguas y biodiversidad no ha sido destruida por la deuda para crear una agricultura industrial poseen riqueza ecológica, incluso aunque no ganen un dólar al día. Por otra parte, incluso con cinco dólares al día la gente es pobre si tiene que comprar los productos más básicos a precios elevados. Los campesinos indios convertidos en pobres y empujados hacia la deuda durante las pasadas décadas para crear mercados para las costosas semillas y productos agroquímicos a través de la globalización económica, están poniendo fin a sus vidas por millares”.
Vandana Shiva, (2005) “Cómo poner fin a la pobreza”. En Hacer que la pobreza sea historia la historia de la pobreza, ZNet; 11 mayo

“El dinero nos sacará de la pobreza”
Ya se ha hablado sobre la desvinculación entre PIB y riqueza monetaria de la población. Sirven de ejemplo los numerosos casos de pagos ofrecidos por multinacionales a comunidades rurales (que se vieron deslumbradas por el dinero efectivo), a cambio de hacerse con sus tierras. Al cabo de unos años estos fondos habían sido consumidos, convirtiéndose estas comunidades en población frágil de las periferias urbanas. A medio y largo plazo es la falta de capacidad de autogestión de los recursos necesarios para la vida la que empobrece a las poblaciones.

“El problema es falta de habilidad en la búsqueda de empleo o falta de titulación”
Mientras se multiplican los programas de inserción laboral, el empleo se ha precarizado, se ha abaratado el despido y se han flexibilizado las condiciones laborales.

“Muchos países pobres lo son por su falta de desarrollo tecnológico”
El desarrollo tecnológico ha servido de herramienta para mantener la situación de hegemonía de los países del Norte, mientras que los del Sur han sido saqueados y suministran buena parte de las materias primas imprescindibles para la supervivencia de los países del Norte y para el mismo desarrollo tecnológico. Valga como ejemplo el caso del coltán, un componente escaso e imprescindible en la fabricación de móviles, cuya apropiación, encubierta bajo supuestas guerras tribales, ha causado millones de muertos en el Congo.

la inexistencia de este libre comercio. Y podríamos seguir con la lista. Todos estos axiomas tienen un elemento en común: aprovechan el miedo a la pobreza para apuntalar la confianza ciega en el desarrollo económico, en lugar de señalarlo como principal causante del problema. Como ya hemos visto, ni el PIB, ni el IDH, ni otros indicadores más sofisticados incorporan en sus contabilidades algunas variables esenciales que el desarrollo dañó, y que marcan la frontera entre la posibilidad o la imposibilidad de una vida digna. Entre estas variables podemos señalar la existencia de una red próxima de apoyo afectivo y material, la relación con la tierra, el grado de deterioro del medio en el que se pretende vivir, la existencia de bienes comunales o servicios públicos de calidad, la organización colectiva, la propiedad y el poder sobre los medios de producción, las reglas sociales relativas al apoyo mutuo, o el riesgo de perder los bienes o la vida. En cualquier caso parece innegable que existen millones de personas (aunque sea difícil decidir con qué criterio se cuentan) que han sido expropiadas de la posibilidad de resolver sus necesidades esenciales, de vivir con dignidad, y en muchos casos, de sobrevivir.

“El libre comercio conducirá a la larga a un reparto equilibrado de la riqueza”
Más allá de la evidente crítica a la supuesta libertad de un comercio realizado en condiciones de profundos desequilibrios de poder, los acontecimientos financieros recientes han mostrado, con la intervención de los Estados a favor de los bancos,
139 Colectivo IOÉ (2008), Barómetro social de España. Traficantes de sueños.

La exclusión en el mundo desarrollado
Ivan Illich describe el desarrollo “como una ráfaga de viento que arranca a un pueblo de sus pies, lejos de su espacio familiar, para situarlo en una plataforma artificial, con una nueva estructura de vida. Para sobrevivir en este expuesto y arriesgado lugar la gente se ve obligada a alcanzar nuevos niveles de consumo, por ejemplo

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la educación formal, la sanidad hospitalaria...” 140 En las ciudades (esa plataforma artificial en la que ya vive más de la mitad de la población mundial) la economía de mercado es prácticamente la única vía para resolver las necesidades básicas. La fuerte dependencia de los ingresos monetarios que se da en las ciudades coloca a un gran número de personas en situación de precariedad. En la segunda mitad del siglo XX, muchas personas que en los países del Norte emigraron a la ciudad empujadas por la mecanización del mundo rural, consiguieron aumentar sus niveles de confort y determinados consumos prescindibles. Pero muchas otras, más especialmente las inmigrantes de otros países y las habitantes de metrópolis del Sur, se encontraron en las grandes urbes desposeídas de los escasos medios de subsistencia con los que contaban en sus pueblos y con enormes dificultades de acceso a una renta monetaria. A pesar de que muchas personas piensan lo contrario, la pobreza urbana es más desoladora que la rural por la mayor distancia de los recursos básicos y la frecuente falta de redes naturales de apoyo. Desarmados los sistemas de ayuda mutua y eliminado el acceso a la tierra, crece la dependencia del sistema económico, la incertidumbre y el riesgo de indigencia. El acceso y la dependencia de la economía de mercado abren la puerta al mismo tiempo a un proceso de empobrecimiento. Sean cuales sean los datos del Banco Mundial (que como ya se dijo encuentra menos pobres en las ciudades africanas que en el campo), las periferias de las ciudades del Sur, pero también las del Norte, están llenas de personas que nuestro sistema llama marginadas o excluidas. En buena parte fueron expulsadas del medio rural con la mecanización de la agricultura, con la apropiación de tierras para la explotación minera, forestal, energética, y obligadas a vender su fuerza de trabajo como único medio de supervivencia. También forman parte de este grupo las expulsadas del mercado laboral (mujeres ocupadas del trabajo doméstico, personas paradas, jubiladas, enfermas…) e incluso de forma creciente personas que, teniendo empleo en los países del Norte, obtienen por él rentas muy escasas141. El miedo a la marginación o la exclusión forzosa, a quedarse al margen del sistema de consumo, empuja a quienes se ven en riesgo, a someterse a las duras normas del estar dentro. El orden económico se vale de la exclusión como un fantasma que atemoriza a los de dentro y como una realidad que mantiene a sus puertas una bolsa de trabajadores disponible. No podría prescindir de ella a riesgo de perder un mercado laboral plenamente adaptable a cualquier tipo de condiciones. La exclusión es una externalidad, es decir, un daño inevitable y no contabilizado de nuestro sistema económico. El trabajo se presenta como un elemento de integración, aunque ésta sea frágil en el caso del trabajo precario.
140 Illich, I. citado en Naredo (2008), “Necesidades y pobreza: reflexiones y algunas cautelas estadísticas”. Papeles nº 102 . 141 Se habla de un 10% de técnicamente pobres dentro de la fuerza de trabajo española. Isidro López, “La pobreza alcanza el 20% entre la población española” Diagonal, 2-15 octubre 2008.

No es nuevo repetir que, a nivel mundial, los países del Sur se han convertido en pozos de extracción y sumideros de vertidos para el Norte poderoso. El hurto de recursos toma diferentes formas: apropiación directa de la producción de alimentos y otras materias primas, expulsión de las poblaciones de sus territorios, destrucción de ecosistemas y desaparición de especies, uso como basurero con el consiguiente envenenamiento de suelos, aire y agua, biopiratería… hurtos estos que se hacen visibles bajo el término de deuda ecológica142. Esta apropiación explica que el fenómeno de la pobreza en los países del Sur tenga rasgos específicos. Las migraciones hacia el Norte son uno de ellos. El término refugiados ambientales nombra esa realidad creciente. Un estudio de Naciones Unidas estima que dentro de cinco años habrá por lo menos 50 millones de refugiados en el mundo, pero no huyendo de la violencia, sino del deterioro del medio ambiente. Según algunos cálculos, hacia 2020 unos 135 millones de personas corren peligro de tener que abandonar sus tierras por la continua desertificación, 60 millones de ellas en el África subsahariana. El cambio climático aumentará los desplazamientos forzados hasta 200 millones de refugiados ambientales en los próximos 30 años. Las zonas degradadas sufren una merma importante de población laboralmente activa, que se desplaza a las zonas urbanas donde se dispara la situación de vulnerabilidad en los cinturones de miseria. Pero en vez de acoger a los refugiados, miles de inmigrantes mueren cada año en las rutas migratorias por las políticas restrictivas de los países del Norte y la militarización cada vez mayor de las fronteras. La población migrante que consigue llegar a su destino, sufre con más intensidad el efecto desarraigo del desarrollo. Los conocimientos que adquirió en su cultura de origen, con sentido y utilidad en ese territorio, no son reconocidos e incluso son despreciados en el lugar de destino. Existe así una gran cantidad de saberes que son desperdiciados por los países de acogida. Parece que el sistema económico, también en los países del Norte, se encuentra cada vez con más personas sobrantes o excluidas. No estaría muy lejos de la realidad decir que para el mercado laboral estas personas son de usar y tirar. Podríamos usar la metáfora del tratamiento de residuos para expresar de qué modo se interviene con estas poblaciones excedentarias, que nadie quiere en su patio trasero. Existen grupos de población que podríamos llamar reciclables, capaces de incorporarse al sistema productivo y de consumo –aunque sea a través de créditos e hipotecas–, que pueden ser empleados de nuevo con programas de formación y reciclaje profesional. También cabe la alternativa de reducir (a veces sólo localmente) la cantidad de población excedentaria, por ejemplo con políticas de restricción de los movimientos migratorios, políticas de control de natalidad o con guerras. Y existe también una población excedentaria que no es útil al sistema productivo y de consumo. Para ella, en el mejor de los casos, se pueden aplicar políticas sociales
142 Desarrollado en diferentes documentos, entre ellos el boletín de la Alianza de los Pueblos del Sur acreedores de la deuda ecológica América Latina y el Caribe, 2008.

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en forma de comedores, albergues o ayudas económicas, que no alcanzan ni con mucho a toda la población excluida. Siguiendo con la metáfora podríamos hablar de diferentes vertederos sociales como pueden ser las cárceles, los centros de internamiento para extranjeros (CIE) o los poblados chabolistas de las periferias. “En una situación de aguda escasez, los excluidos pasan a ser un estorbo para los privilegiados. Es lo que técnicamente se llama una situación de dominación. Mientras en una situación de explotación el privilegiado está interesado en que el explotado exista, en una situación de dominación prefiere que desaparezca”143.

Residuos del bienestar
“Habrá que eliminar a ese ochenta por ciento de ‘residuos del bienestar’ porque amenaza la pervivencia de la especie (Hitler lo llamó ‘mantenimiento de la especie’) y una minoría (a la que naturalmente perteneceremos) habrá de asumir la responsabilidad, habrá de cargar con el fardo más pesado del hombre blanco [alusión al white man’s burden del famoso poema de Kipling], no sólo el de tutelar un mundo lleno de ‘medio niños, medio diablos’, sino además de responsabilizarse de la biosfera, conservando, eso sí, ese nivel de vida propio tan merecido y empleando todos los medios que ofrecen la ciencia y la técnica. Para resumirlo: la nueva tarea, la nueva consigna es el planet management”.
Amery, C. (2002) Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI? Hitler como precursor, Turner/ FCE, Madrid, p. 169.

El discurso del “aquí no cabemos todos”
En las condiciones actuales de creciente escasez de recursos, no sería inimaginable pensar en un nuevo nazismo en el que se defendiera abiertamente la desaparición de esas poblaciones excedentarias. Si los recursos finitos son escasos ¿por qué no pensar en que un grupo elegido, una raza superior sobreviva a costa del resto de seres humanos? Puesto que los recursos (al ritmo al que los consumimos en el Norte) no alcanzan para toda la población mundial, salvar el planeta puede consistir en regular drásticamente la población, de modo que no se resientan ni los ecosistemas ni nuestro nivel de vida. El discurso ecologista de la defensa de la vida y de los ecosistemas naturales, puede ser tergiversado y utilizado para argumentar la exterminación de millones de seres humanos, si no se vincula la sostenibilidad con la inapelable exigencia de equidad. El “aquí no cabemos todos” es un slogan pronunciado por quienes viven en la opulencia y quieren mantener sus privilegios a cualquier precio. “Cuando una sociedad empieza a considerar el atiborrarse de langostinos en Navidad como un derecho adquirido irrenunciable, el camino al fascismo está expedito”144. Partidos de extrema derecha (por ejemplo en Gran Bretaña) atisban este escenario de aguda escasez como una posibilidad de alcanzar el poder. La cultura occidental, defensora del desarrollo, se ha mostrado incapaz de construir un mundo éticamente defendible. No parece que este horizonte se ajuste en absoluto a las promesas de riqueza y bienestar que sus defensores ofrecieron a toda la población mundial. La amenaza de que estas políticas de corte neofascista calen en la población acomodada no es despreciable. Un panorama que atenta contra la dignidad de nuestra especie.

Miradas no etnocéntricas de la pobreza
Pensemos en cuáles son las representaciones cotidianas que nuestra cultura del desarrollo ha construido de la pobreza próxima. Éstas nos remiten, por ejemplo,
143 Ovejero. F. en Gargarella, R. y Ovejero, F. (comps.) (2001) Razones para el socialismo, Paidos, Barcelona. 144 Riechmann, J. (2009) La habitación de Pascal, Ediciones La Catarata.

a personas que llevan ropas reutilizadas o remendadas, viven en calles sin asfaltar, tienen coches de más de 15 años, quizá un poco abollados, practican ocio en la calle con la silla de tijera y la tartera, o recogen y aprovechan los objetos que otras personas tiran a los contenedores. Un imaginario que, curiosamente, tiene mucho que ver con los modos de vida más ahorradores, sobrios y, en definitiva, sostenibles. Subdesarrollo, incultura, pobreza forman parte de una constelación de términos que se asocian entre sí, dotándolos de una fuerte connotación negativa. Si miramos hacia otros lugares o hacia otros momentos en la historia vemos que el fenómeno de la exclusión no es nuevo. Muchos grupos humanos han utilizado este mecanismo. La exclusión solía ser el castigo impuesto a aquellas personas que no acataban y cumplían con determinadas normas sociales de especial trascendencia. Desde esta interpretación de la exclusión, podríamos pensar que la norma social que nuestros excluidos modernos no asumen –normalmente muy a su pesar– es el consumo mercantilizado, en primer lugar el consumo vital (vivienda, alimento), pero también el conspicuo o prescindible (turismo, comunicaciones…). No ser pobre en nuestra sociedad significa disponer de una vivienda –no una vivienda de autoconstrucción sino probablemente una hipoteca a treinta años–, tener un empleo reconocido por el mercado –sea cual sea el horario laboral o las condiciones de estabilidad–, disfrutar de un ocio normalizado –tener televisión, ser propietario de equipo de sonido, viajar en vacaciones–, comprar en grandes superficies –mejor que en mercadillos irregulares–, o consumir tecnología de transportes y comunicaciones. Lo que el sistema llama inclusión consiste, entre otras cosas, en vivir entrampado en gastos presentes y futuros. La escasez de consumos mercantilizados es uno de los indicadores de exclusión. Quien subconsume está fuera de un sistema que va restringiendo progresivamente las posibilidades de autoabastecimiento, de autoconstrucción, de comercio
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autónomo, en definitiva, que está ilegalizando por diferentes vías (entre ellas la reglamentación y normalización) los últimos restos de economías de subsistencia que perviven en las zonas rurales o que se articularon en comunidades urbanas. Ésta es la situación de aquellas personas que, voluntaria o involuntariamente, viven con un menor grado de dependencia del mercado y que nuestra cultura enseña a despreciar. Como ejemplo se pueden citar las normativas sanitarias de muchos países que han prohibido y persiguen la venta de alimentos de producción local que no superen exigentes y costosos controles (que los pequeños productores no se pueden permitir), con el supuesto fin de proteger la salud de los consumidores. No han sido igualmente rigurosas con la presencia de pesticidas, metales pesados, transgénicos u otros tóxicos en los alimentos procedentes de las grandes empresas comercializadoras de alimentos. Si nos distanciamos de esta mirada moderna, etnocéntrica o desarrollocéntrica de la pobreza encontraremos otras interpretaciones. En las principales lenguas del África subsahariana no existe una palabra para designar al pobre en el sentido económico del término. Las palabras que se utilizan para traducir esta palabra a menudo significan huérfano145. Es decir, no carente de dinero sino de apoyo social. No existe término que signifique carente de lo necesario. En Malí el término más cercano a pobreza es faantanya es decir, sin poder. Para las culturas de lo colectivo (buena parte de las culturas centradas en lo local) no es posible que exista una pobreza sufrida de forma individual. Aunque de forma excepcional puedan pasarse periodos de penuria debidos, por ejemplo, a una mala cosecha, no es imaginable que una familia sufra hambre si a su lado vive otra que dispone de recursos excedentes. La penuria tiene en estas culturas una dimensión grupal. Por tanto es menos frecuente que en las culturas individualistas. En muchas sociedades tradicionales existen diferentes sistemas o círculos de intercambio. Los círculos de donación son relaciones basadas en el regalo, tienen un significado ritual y en ellos se intercambian bienes ceremoniales o simbólicos, destinados a circular y cambiar de manos. Por otra parte, los círculos de intercambio de bienes de subsistencia tienen un sentido práctico y en ellos se da una reciprocidad difusa dentro de la comunidad. No hay trasvase de uno a otro círculo pues tienen funciones distintas. La subsistencia no puede estar a expensas de la posesión de bienes ceremoniales. Los pueblos nómadas rechazaban la acumulación de objetos, que se convertían en una carga (nunca mejor dicho) en los momentos de cambio de asentamiento. Otras sociedades tribales sedentarias acumulaban y acumulan bienes con el fin de afrontar periodos de escasez. En muchas de ellas la autoridad moral del jefe se demostraba a través de la generosidad con su pueblo. Para éste la acumulación era también una herramienta que le permitía mantener su estatus. A más acumulación y más capacidad de acudir en ayuda de las familias necesitadas, más poder. Se comprueba cómo a lo ancho de la geografía y a lo largo de la historia exis145 Latouche, S. (2007) (ver nota 133).

ten formas muy diversas de posesión y de redistribución. En general se podría decir también que si la riqueza no se destina a la acumulación, y es autolimitada y colectiva, no tiene sentido hablar de pobreza. La verdadera pobreza, en la acepción económica occidental, requiere de una sociedad individualista, insolidaria y jerárquica. Tradicionalmente se ha honrado la pobreza entendida como carencia de lo superfluo. La historia y la antropología enseñan que la pobreza voluntaria, la vida humilde, la sobriedad en los consumos, no fueron siempre despreciadas o temidas; antes bien, podrían considerarse en muchas religiones y culturas como un estado de equilibrio o de virtud. La desposesión y la pobreza voluntaria han sido y son condiciones para el acercamiento a la divinidad y a la pureza. El cristianismo, el islam o el budismo incluyen la pobreza entre sus valores y preceptos, aunque especialmente el cristianismo haya perdido mucha credibilidad a este respecto. La limitación y el riesgo de carencia han sido sin duda condiciones naturales de la vida humana. Las culturas de subsistencia, conocedoras de los procesos de la vida, eran conscientes de ello y asumían estos límites. “La población más primitiva del mundo tenía escasas posesiones, pero no era pobre. La pobreza no es una determinada y pequeña cantidad de cosas, ni es solo una relación entre medios y fines, es sobre todo una relación entre personas. La pobreza es un estado social y como tal es un invento de la civilización” 146. Aunque el recorrido de la pobreza es muy complejo y variado según el área geográfica, en los países del Norte la revolución industrial permitió que tierra y trabajo se convirtieran en materia-mercancía y se comercializaran. Buena parte de la población mundial fue expulsada de su territorio y se vio obligada a vender su fuerza de trabajo. Necesitó abrazar el modo de vida urbano y en consecuencia valerse del mercado para la resolución de necesidades. Su grado de dependencia y su incertidumbre vital aumentó enormemente. Por eso podemos decir que la pauperización se extiende con la industrialización y la inmersión en la economía de mercado. Mientras que las economías del sustento están centradas en la necesidad y producen para resolver esta necesidad, las economías de mercado se centran en la producción para la demanda, que se construye sobre el deseo insatisfecho. En ellas es más importante, por ejemplo, fabricar productos contra la caída del cabello que medicamentos contra la malaria. “La pobreza económica es una invención occidental, no sólo porque ha creado nuevas necesidades materiales sin poderlas satisfacer, sino también porque la intrusión de occidente ha afectado a un sistema de valores que sustentaba ciertas prácticas sociales desde la antigüedad”147. Este nuevo sistema de valores occidental ha trastocado el modo de entender y vivir la escasez.

146 Sahlins, M. (1977) Economía de la edad de piedra, Akal, Madrid. 147 Latouche, S. (2007) (ver nota 133).

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Vieja y nueva construcción de la escasez
El antropólogo Marshal Sahlins defiende que la escasez no es una propiedad intrínseca de los recursos técnicos y monetarios, sino de la relación entre medios y fines. No existe una línea absoluta que delimite la escasez. Si se persiguen fines humildes es sencillo vivir en la abundancia. Los fines ambiciosos aumentan nuestro riesgo de escasez. La escasez es hija de un mundo que desea de forma desmedida. El mercado necesita del motor de la escasez para promover el consumo. Es consciente de ello desde hace siglos, aunque esta necesidad se explicite ahora con bastante claridad entre los teóricos de la mercadotecnia. “El nómada, que no está acostumbrado a las cosas que los pueblos más evolucionados consideran esenciales (la radio, la nevera, el ventilador e incluso la bicicleta), no tiene la necesidad de acumular dinero para comprarlas. Para solventar la primera etapa de la transición, deberíamos inducir el deseo de las pequeñas ventajas de la vida moderna”148. Esta pretensión del marketing de inducir deseos se ha logrado en buena medida. En el mundo occidental y buena parte del resto la lista de consumos deseados e inalcanzables crece sin límite, y con ella, la frustración y la percepción de pobreza. Ante el modelo de la opulencia, quien se piensa pobre se considera, en consecuencia, desgraciado. Quien no aspira a la riqueza pasa a ser una persona extraña, falta de ambiciones o simplemente tonta; quien aprecia la subsistencia, la vida simple y sostenible es un personaje, puede que hasta simpático, pero en todo caso marginal. El camino para llegar a esta colección de expectativas ha sido complejo y tiene mucho que ver con la construcción objetiva y subjetiva de la escasez. Los mecanismos que producen la escasez son diversos149. El primero de ellos es el acaparamiento, por el que algunas personas se apropian de un bien que antes era colectivo, en una proporción mayor a la que les correspondería, haciéndolo más inaccesible a otra parte de la población. Este bien ha de ser considerado imprescindible para la vida o para el prestigio social. Se puede llamar también privatización. Los procesos por los que se han privatizado y privatizan propiedades comunales son ejemplos de acaparamiento y, por tanto, creadores de escasez. Los ejidos o propiedades colectivas constituyeron en buena parte del mundo y durante siglos un seguro de supervivencia para poblaciones menos favorecidas. En muchos casos era la única forma de propiedad a la que tenían acceso las mujeres y les permitía alimentarse y alimentar a su prole. La privatización de éstos, en ocasiones con argumentos engañosos relativos a su baja productividad, excluyó de la producción comunal a familias campesinas que empezaron a sufrir escasez crónica. La propiedad privada, hoy curiosamente indiscutida y paradójicamente alabada como productora de riqueza, es uno de los mecanismos más elementales que permite
148 Latouche, S. (2007) (ver nota 133). 149 Alonso, L. E. (1998) “La producción social de la necesidad y la modernización de la pobreza: una reflexión desde lo político”. En Riechman, J. (1998) (ver nota 117).

crear escasez y la crea. Otro mecanismo para la institucionalización de la escasez consiste en recortar el acceso a determinados recursos poniéndoles un precio en el mercado. El mercado es la vía objetiva que limita el acceso a ciertos bienes. Para obtener beneficios necesita que aquello que vende no se pueda obtener por otra vía. Por eso al mercado le horroriza la gratuidad, el regalo, la ayuda mutua o el trueque recíproco. La monetarización de bienes y servicios, junto con la restricción en el acceso al dinero, es una herramienta creadora de escasez. Si todo lo que necesitas ha de ser comprado, y no es fácil conseguir dinero (en realidad es cada vez más difícil en el mercado laboral), entonces será complicado para una parte de la población acceder a lo necesario. Aunque existan excedentes de determinados materiales, muchas personas sufrirán escasez si no tienen dinero. El mercado es capaz de tirar estos excedentes (que las personas necesitan) para evitar la bajada de precios y la reducción de sus beneficios. Un tercer mecanismo, generalizado en el capitalismo de la posguerra, consiste en asignar un valor distintivo, creador de estatus, a ciertos consumos, a condición de que sean escasos (da categoría ser propietaria de un reloj marca Rolex). En el momento en que alguno de estos consumos se generaliza, pierde el valor distintivo (si todo el mundo tiene un Rolex, éste deja de importarnos). Entonces se busca otro bien que produzca una nueva insatisfacción y por tanto que estimule de nuevo el consumo (posiblemente la marca Rolex cree un modelo especial, quizá con ciertas prestaciones tecnológicas). Es necesario que exista siempre en nuestro horizonte una colección de deseos frustrados de consumo que mantengan la tensión de los consumidores y consumidoras. Se trata de crear más necesidades de las que se colman. Para eso sirven también los mecanismos de la obsolescencia, que se manifiestan en la necesidad de renovar un ordenador de hace cinco años, en el cambio anual del pantalón para variar la anchura de la pernera, o en la consideración de un coche en perfecto estado como un peligro ecológico por haber superado los 10 años. Al MP3 le sucede el MP4 o la Blackberry, que serán pronto sustituidas por otro artefacto con ciertas funciones nuevas. Por eso el mercado ha desarrollado minuciosamente la ingeniería de la reconstrucción de los deseos. Éstos deben desviarse de su base natural y dirigirse a aquello susceptible de ser comercializado. El paisaje de los deseos va elevándose y homogeneizándose. Elevándose porque aumenta en número e intensidad. Homogeneizándose porque se reduce progresivamente a un abanico muy poco variado de productos y servicios que abarata así sus costes de producción. Como ejemplo emblemático se puede citar la empresa McDonald’s, que atiende diariamente a 45 millones de personas en 30.000 establecimientos de 120 países. En Japón donde hay más de 3.500 McDonald’s, la gran mayoría de los niños creen que los Big Mac son un invento de su patria150. La motivación al consumo se fuerza en la mayor parte de los casos por encima
150 Tomado de Verdú, V. (2003). El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción. Anagrama.

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del poder adquisitivo. La escasez vivida, la sensación de carencia –de determinadas zapatillas, de determinado modelo de teléfono–, aumenta de forma constante. Este sistema de creación de insatisfacción permite que el aumento de producción nunca elimine la escasez. El mercado pone a nuestro alcance teórico todo tipo de objetos y nos escatima, simultáneamente, los medios para conseguirlos. De esta forma el umbral de la pobreza (marcado por el deseo creciente de posesión) se eleva, y mientras aumentamos nuestros consumos, nos seguimos considerando pobres. Antes, pobre y necesitado eran sinónimos. La sociedad de consumo nos ha convertido a todos y todas, pobres o no, en necesitados. “En una hábil confusión de términos hemos pasado de ser sujetos deseantes a ser sujetos necesitados por obra del aparato publicitario. Y como seres necesitados no tenemos expectativas sino demandas, pasamos de tener ilusiones a tener aspiraciones legítimas. No defendemos nuestros caprichos sino nuestro derecho al despilfarro”151. La mecánica del sistema económico, por tanto, no puede conducir a la igualdad y la abundancia generalizada. Al contrario, su pretensión de crecimiento permanente de los consumos necesita imperiosamente del motor de la desigualdad y la escasez. Con este mecanismo de producción de deseos, pocas personas se reconocen como ricas. La pobreza subjetiva se acrecienta, lo que no impide que lo haga también la objetiva, aumentando la dificultad de acceso a consumos de primera necesidad, mientras se facilitan los superfluos. De este modo se ha consolidado el mito de la riqueza o más bien la glorificación del lujo. Un lujo es aquel bien que es superfluo y escaso. Nos coloca en una posición distinguida con respecto a quienes no lo poseen. Los símbolos del lujo han variado a lo largo de la historia. Tristemente el deterioro y la destrucción de recursos planetarios van convirtiendo en lujo (inaccesible para casi todo el mundo) bienes que antes eran colectivos y accesibles. Un paisaje natural cerca de casa, un río limpio, espacio público para pasear son bienes que se vuelven cada vez más restrictivos y distintivos. Pero existe un cuarto mecanismo de creación de escasez de aparición reciente en nuestra historia. Consiste en reducir, deteriorar, envenenar o consumir los recursos en los que se apoya la vida y en consecuencia que resuelven nuestras necesidades más elementales. Hablamos del agua potable, del aire limpio, de la tierra fértil, de los bosques, de los mares vivos o de la biodiversidad. Sabemos que, desde los años 80, la población humana está consumiendo por encima de la producción neta de la naturaleza que le correspondería. En algunas partes del planeta ya se está poniendo de manifiesto la reducción de la capacidad productiva. En consecuencia se está generando escasez objetiva, es decir, carencia de recursos materiales, para poblaciones presentes y para las poblaciones futuras. Por eso se podría decir que vivimos en un mundo lleno, ocupado y explotado más allá de sus límites, en el que no existen tierras ignotas, ni inagotables yacimientos de minerales no explotados, ni agua dulce sin fin. En algunas regiones cementadas
151 Illich, I. (1994) (ver nota 111).

no existen ni siquiera superficies donde puedan crecer los bosques. La escasez de energía se presenta como una amenaza muy próxima, pero no es menos acuciante la escasez de alimentos que el calentamiento global puede producir con el cambio de régimen de lluvias y la consecuente reducción de productividad agraria. La falta de agua, la desertificación, la extinción de especies, son otras manifestaciones de esta nueva escasez que afecta ya a la humanidad. El deterioro ambiental también provoca la expulsión del territorio de diferentes especies, incluida la humana. Las migraciones responden en muchas ocasiones a esa dificultad para la vida, unida a la búsqueda de los niveles de consumo que se exhiben desde los países ricos. Al lado de esta amenaza planetaria resultan grotescas alternativas que pretenden solucionar la pobreza con subvenciones o créditos blandos, con implantación de tecnologías en países subdesarrollados o con nuevas explotaciones intensivas de la tierra.

La pobreza de Gaia
Si preguntáramos a Gaia, la Tierra, y ella pudiera explicarnos qué significa la pobreza, probablemente nos mostraría vastos territorios deforestados, animales huyendo, cauces secos, poblaciones humanas desplazándose en busca de agua, montañas de alimentos alterados con plaguicidas, culturas y conocimientos que servían en el lugar en el que se crearon pero que han perdido su sentido en la gran urbe. Posiblemente señalara también vastos territorios asfaltados y urbanizados. Quizá considerara también como pobres (sin vida) muchos lugares que nosotros llamamos ricos. Encontraría miseria en los nudos de autopistas, en las minas a cielo abierto y en las centrales térmicas. Nos ofrecería seguramente una explicación encadenada de todas las pobrezas: la pobreza ambiental, las tierras arrasadas, los ecosistemas rotos, arrastrando tras de sí pobrezas humanas colectivas e individuos pobres excluidos. Los actuales sistemas humanos actúan de espaldas al funcionamiento de los sistemas naturales, pero no pueden evitar depender de ellos. La pobreza es una de las consecuencias de este profundo desajuste. La especie humana, o más bien un grupo minoritario de la especie humana, se ha apropiado de la producción de la naturaleza y de los bienes fondo de ésta. Ha empobrecido al medio natural y a sus congéneres, y en consecuencia ha reducido sus propias posibilidades de futuro. La huella ecológica (el territorio que empleamos en mantener nuestro modo de vida) en algunos países es cinco veces mayor que su superficie. Ésta es una medida del uso y abuso de los recursos del planeta. Un ecosistema pobre, en desequilibrio, es más dependiente y vulnerable. La destrucción de ecosistemas genera pobreza ecosistémica, vulnerabilidad de la vida y en consecuencia vulnerabilidad de cada una de las especies que lo habitan. Los seres humanos hemos pretendido distanciarnos de la red biótica a la que pertenecemos. La hemos utilizado sin respetar sus reglas. El resultado ha sido una pobreza
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ecosistémica que nos pone a todos y todas en riesgo, aunque la distribución de éste sea profundamente desigual. Desde esta mirada sostenible podríamos aventurar algunas definiciones de la pobreza: “Es la dificultad para acceder de forma autónoma a los recursos que nos permiten vivir”. “El hurto de los recursos naturales que permiten la supervivencia”. Otra definición posible, cercana a la faantanya de Malí: “la imposibilidad de organizar la vida comunitaria sobre la tierra”. Pero conviene tener en cuenta un matiz fundamental. Si dirigimos la mirada a las interpretaciones que se hacen desde otras culturas, podemos encontrar una distinción que probablemente es clave. La pobreza extrema es bien diferente de la falta de ciertos medios. El binomio pobre-miserable se representa, por ejemplo, con palabras diferentes en lengua wolof y recibe una valoración muy distinta en cada una de sus acepciones. La pobreza es bien diferente de la miseria. Si la primera no pone en riesgo la vida, pero sí ciertos consumos deseables, la segunda amenaza la dignidad y la supervivencia. En las economías de subsistencia la pobreza, es decir la dificultad para el acceso a bienes superfluos, no era una desgracia, sino una expresión de la vida en un mundo que tenía sus reglas y sus límites. Las personas pobres llevaban una vida sencilla en la que el acceso a lo más necesario era fácil, pero no así el disfrute de otros bienes excedentarios. El despilfarro no era posible en ellas. La vida de las economías de subsistencia podía considerarse pobre, pero no indigna. Este modo de vida sin embargo ha sido denigrado y despreciado por la cultura desarrollista. La miseria, sin embargo, podría definirse como la carencia de lo básico para vivir,

Un paradigma económico creador de pobreza
“La subsistencia percibida culturalmente como pobreza no implica necesariamente una baja calidad de vida física. Por el contrario, como las economías de subsistencia contribuyen al crecimiento de la economía de la naturaleza y de la economía social, aseguran una elevada calidad de vida en términos de alimentos y agua, sostenibilidad de los medios de vida, y una robusta identidad y significado social y cultural. “Por otro lado, la pobreza de 1.000 millones de personas hambrientas y de 1.000 millones de personas deficientemente alimentadas, víctimas de la obesidad, adolece tanto de pobreza material como cultural. Un sistema que crea la negación y la enfermedad, mientras acumula billones de dólares de megabeneficios para los agronegocios, es un sistema diseñado para crear pobreza para la gente. “La pobreza es el estado final, no el estado inicial, derivado de un paradigma económico que destruye los sistemas ecológicos y sociales que mantienen la vida, la salud y la sostenibilidad del planeta y de la gente”.
Vandana Shiva, (2005) “Cómo poner fin a la pobreza” Time Magazine y Rebelion.org

a veces coexistiendo con la propiedad de bienes superfluos, paradójicamente más accesibles. En nuestro medio es mucho más fácil y común poseer un automóvil, un ordenador portátil y una colección de artilugios sofisticados de comunicación, que una vivienda para refugiarse de la intemperie. Esta paradoja se manifiesta con mucha mayor violencia fuera del mundo desarrollado. Las economías de subsistencia han estado, salvo excepciones, a salvo de la miseria. Han dispuesto de casa, alimento y compañía, aunque no de lavadora o aire acondicionado. La miseria se extendió cuando el desarrollo expulsó a las personas del medio vivo que les permitía la supervivencia. Vandana Shiva explica cómo los planes de desarrollo acabaron con la pobreza en buena parte de los países pobres. Eliminaron efectivamente los modos de vida sencilla rural para enviar a la miseria a gran parte de la población, a menudo desposeída del control sobre su pequeña hacienda y hacinada en los suburbios de las ciudades. Las categorías opuestas no serían entonces pobre-rico, sino mísero-rico, siendo la miseria un modo de vida en situación de carencia, dañino para los seres humanos, y la riqueza un modo de vida en situación de despilfarro, dañino para el planeta, para el colectivo y a veces también para los individuos. Podríamos aludir a esta idea de la riqueza con una máxima “el exceso es excremento”152. Estamos indisolublemente ligados a nuestro planeta. Es imposible entender un modo de pobreza ambiental que no repercuta en nuestra vida colectiva o en la de las generaciones futuras. Es imposible por otra parte imaginar un modo de organización social que no repercuta en los ecosistemas vivos. Los problemas ambientales son problemas socio-ecológicos. Los problemas sociales son también socio-ambientales153 Ecología de los pobres, justicia ambiental, refugiados ecológicos o conflictos ecológicodistributivos, son nombres de luchas que comprenden la interdependencia de los seres humanos y el medio del que forman parte. Luchas que demuestran que nuestras miserias están encadenadas y no podremos librarnos de ellas si no lo hacemos como una comunidad viva.

¿Riqueza para todos en un mundo lleno?
En el Norte rico nos resistimos a transformar nuestro modo de vida y cambiarlo por un modelo de vida sencilla. La ambición y el deseo de acumulación individual muy por encima de las necesidades nunca fueron tan generalizadas ni gozaron de una valoración ética tan positiva como ahora. Las acciones contra la pobreza que se ponen en marcha parten de un mito difícilmente sostenible: es posible aumentar la riqueza de las personas ahora pobres sin reducir la riqueza de quienes ya son ricos. Dicho de otra forma, desde las acciones más bienintencionadas se persigue el sueño de riqueza para todos y todas.
152 Le Guin, U. (2002). Los desposeidos. Minotauro. 153 Ver Martínez Allier, J. (2004) El ecologismo de los pobres. Icaria.

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pobreza y sostenibilidad

Curiosamente, las reflexiones sobre la pobreza no suelen vincularse a las reflexiones sobre la riqueza. Las medidas comparativas que se usan para delimitar sus umbrales no conducen en ningún caso a reflexiones interdependientes. Muchas personas, grupos e incluso administraciones locales con buena voluntad mantienen la pretensión, o al menos el deseo, de acabar con la pobreza pero sin intervenir, salvo excepciones sangrantes, en los niveles de riqueza. La pobreza parece tener vida propia, al margen de su compañera la riqueza. En las interpretaciones al uso, ambas caminan por senderos separados, unidas únicamente por ser una punto de partida y la otra de llegada. Máxima accesibilidad a un máximo de bienes para el máximo de población, parece ser el sueño ingenuo de algunas pretensiones igualitarias. Sin límites. Ésta ha sido y sigue siendo la cínica promesa del desarrollo a pesar de las crecientes muestras de su inviabilidad. La pobreza, entendida como un fenómeno aislado de la riqueza, requerirá en consecuencia soluciones independientes y localizadas, centradas normalmente en el aumento de ciertas rentas o el disfrute de determinados consumos. Quizá también en el acceso a la formación que supuestamente permita participar del mercado laboral. Los sistemas de protección social, desarrollados en diferente medida en los países ricos, han adoptado este enfoque y han pretendido paliar las carencias que en cada sociedad se consideraban más graves, sin intervenir en patrimonios o rentas altas, protegiendo las grandes fortunas y las grandes empresas con normativas y reducciones fiscales. Pobreza es una palabra que no incluye la connotación de interdependencia. Es adecuada en un mundo en el que, en teoría, sólo cabe ir a más. No le ocurre así al término justicia o al término equidad, mucho menos presentes en las políticas sociales o en las declaraciones internacionales, en los libros de texto o en la prensa. Hablar de justicia supondría reconocer que lo que es carencia en un lado es opulencia o exceso en el contrario y nos enviaría a soluciones de limitación a quienes practican la acumulación indebida. Desde este enfoque de igualar sólo hacia arriba, la lucha contra a pobreza ha adoptado estrategias de mínimos (salario mínimo, prestaciones básicas en servicios

Teletransportar el daño
“Ramón Margalef ha evocado alguna vez uno de los Pensées de Pascal, en que el filósofo y matemático de Port-Royal se pregunta si, sufriendo un intenso dolor de muelas y en posesión de una capacidad para transmitirlo a otra persona desconocida y lejana, lo haría o no. Hoy, poderosos mecanismos financieros, económicos y tecnológicos posibilitan ese ‘teletransporte’ del dolor y del daño (social y ecológico) desde los privilegiados de este mundo hacia sus víctimas. Y los primeros se niegan tenazmente a asumir responsabilidades”.
Riechmann, Jorge (2009) La habitación de Pascal. La Catarata.

sociales, rentas mínimas, cobertura sanitaria, pensiones mínimas), con la pretensión de situar a toda la población del país o la comunidad por encima de la línea umbral de la pobreza. En el caso de que esta pretensión de extender la riqueza de modo universal fuera honrada –y en muchos casos lo es–, adolecería de una enorme ingenuidad: la presunción de vivir en un mundo de recursos infinitos, con una tecnología omnipotente –sólo hay que esperar a que se invente algo– y cargado de buena voluntad, en el que todos los seres humanos podremos alcanzar niveles semejantes en los consumos que nos hacen felices. La revolución verde fue un ejemplo, entre muchos, del optimismo ingenuo de unos –de la codicia de otros– y del fracaso de su supuesto objetivo de reducir el hambre. En un mundo lleno e interdependiente, en el que la capacidad de carga del planeta ha sido superada hace ya años, y en el que los recursos más elementales como el aire o el agua empiezan a escasear, no es admisible mantener esta ceguera. Más por un lado significa menos por otro. La globalización ha permitido que los recursos se detraigan cada vez de territorios más lejanos y esta interdependencia pueda ser en parte invisible a las poblaciones depredadoras. Aún así, la superación de esos límites es cada vez más patente también en el Norte. Desde un análisis ecologista y desde la consideración de un mundo limitado es irresponsable pretender un aumento de consumo generalizado en una parte del planeta, sin abordar una disminución de consumos en aquella capa de la población que extiende su huella ecológica mucho más allá de sus fronteras. No es posible el control de la pobreza sin abordar el control de la riqueza, especialmente si hablamos del uso de recursos finitos. No es posible la eliminación de la miseria sin atajar drásticamente los altos niveles de consumo y propiedad de buena parte de la población del Norte y una pequeña parte de la del Sur, que pueden llamarse despilfarro o riqueza. La lucha contra la riqueza, entendida ésta como acumulación y despilfarro, es probablemente mucho más urgente y será más eficaz en la erradicación de la miseria que la pretendida lucha contra la pobreza. Dicho de otro modo, es necesario sustituir las estrategias de mínimos por estrategias de máximos. Si hasta ahora se ha hablado de salario mínimo o de rentas mínimas, será necesario limitar la propiedad, hablar de rentas máximas o de consumos máximos. Consumo máximo de agua, de gasolina, emisiones máximas de CO2, producción máxima de residuos inorgánicos... Imaginemos unas políticas que asuman la limitación y definan estos umbrales superiores. No es fácil imaginarlas en un sistema económico que ve con horror cualquier regulación que dificulte la acumulación del capital, pero la pregunta ¿a cuánto tocamos? es especialmente pertinente y necesaria (aunque a algunos les parezca incómoda) en este momento de la historia. Según pasan los años y en el contexto de reducción de bienes fondo de la biosfera en que nos encontramos, esta cifra se va reduciendo. Cada vez tocamos a menos y en algunos lugares devoramos más. Las cuentan no cuadran. Por eso, por
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pobreza y sostenibilidad

encima del nivel necesario de consumos –ya sabemos que difícil de definir con precisión en la frontera, pero fácil de reconocer en la mayor parte de los casos–, todo consumo pasa a ser inmoral y socialmente indeseable. Cierto que la reducción de la riqueza económica no asegura por sí misma la equidad en la distribución de los recursos, pero la hace posible, cosa que la riqueza incontrolada no permite. La tarea que sigue a ésta es la lucha por la suficiencia y la equidad. Podemos pensar en dos vías para enfrentarnos a esta patología que es la riqueza y encaminarnos hacia un mundo más justo y libre de miseria: las luchas colectivas en defensa de la Tierra y la transformación de los modos de vida destructores de la sostenibilidad.

Conflictos en la extracción de materiales y energía
1.- Conflictos mineros, evidenciados por las quejas sobre minas y fundiciones a causa de la contaminación del suelo, del aire y del agua, y por la ocupación de tierras por la minería a cielo abierto y las escorias. Puede ser minería de carbón, de cobre, de oro… Puede ser también extracción de materiales de cantera (como en la lucha en la isla de Harris en Escocia hace algunos años). Hay una nueva red internacional de resistencia, Mines, Minerals and People. 2.- Conflictos por la extracción de petróleo. Nacen de la contaminación del aire, del suelo y de las aguas (al echar el agua salada y contaminada de extracción en cuerpos de agua locales, y al quemar gases). La red Oilwatch nació en 1995. 3.- Degradación y erosión de las tierras, causada por la desigual distribución de la propiedad sobre la tierra o por la presión de la producción exportadora. La distinción entre la presión de la población sobre los recursos y la presión de la producción sobre los recursos fue señalada por Blaikie y Brookfield (1987) en un libro pionero de la ecología política, que mostró las relaciones entre estructuras sociales y el uso y degradación de la tierra. Así, en algunos lugares de los Andes de Ecuador hay una explotación intensa de las laderas por población indígena mientras los valles son aún propiedades mayores (que tal vez se dedican a la exportación de flores). 4.- Las plantaciones no son bosques. Con este nombre existe un movimiento internacional contra las plantaciones de eucaliptos, pinos, acacias, melinas destinadas a producir astillas o pasta de papel para exportación. (Carrere y Lohman, 1996, www. wrm.org.uy). 5.- Biopiratería. Este conflicto (cuyo nombre fue puesto por Pat Money de RAFI-ETC en 1993) nace de la apropiación de los recursos biológicos, tanto silvestres como medicinales y agrícolas, sin reconocimiento del conocimiento y propiedad de los indígenas y campesinos sobre ellos y sin pago alguno. Incluye el caso extremo del proyecto Genoma Humano. El conflicto se agudiza por las patentes sobre plantas medicinales o agrícolas, o sobre genes humanos. 6.- Defensa de los manglares contra la industria camaronera de exportación. Un conflicto que se extiende desde Ecuador y Honduras a Tailandia, Filipinas, Bangladesh, India… para defender los manglares y a las poblaciones locales cuya subsistencia depende de estos ecosistemas. 7.- Conflictos sobre el agua. La defensa de los ríos, con movimientos contra las grandes represas para hidroelectricidad e irrigación (como el Narmada Bachao Andolan en la India). También los conflictos por el uso y contaminación de acuíferos (Plachimada en Kerala en India en 2004, contra Coca-Cola) y los conflictos por trasvases de ríos (el Ebro en España, el proyecto Interlinking of the Rivers en la India). Existe la Internacional Rivers Network que difunde información sobre tales conflictos. 8.- Derechos nacionales o locales de pesca. Se refiere a los intentos de evitar la sobrepesca imponiendo reglas que eviten el acceso libre. En el plano internacional, la reglamentación de las 200 millas (demandada desde los años 1940 por Perú, Chile, Ecuador), usando el lenguaje del derecho internacional público. Internamente, en muchos lugares hay conflictos entre la pesca artesanal y la pesca industrial, con intentos de conservar o introducir los derechos comunitarios exclusivos sobre la pesca (por ejemplo, en el bajo Amazonas o en India). 225

Las luchas por la tierra
Las alteraciones del ambiente natural debidas a la intervención humana no afectan por igual a todos las personas. Unas se benefician más que otras, y unas sufren sus consecuencias negativas más que otras. Desde hace tiempo han existido movimientos de respuesta a la injusticia ambiental. Estas respuestas se han dado especialmente en el Sur, pero también en el Norte. Son prácticas que se han agrupado bajo el nombre de ecologismo de los pobres y tienen formas diversas, lenguajes diferentes, pero en común la sabiduría de defender los recursos naturales como requisitos imprescindibles para la salud y para la vida. La ecología política ha recogido y estudiado muchas de estas prácticas. Joan Martínez-Allier ha hecho una clasificación (no exhaustiva) de los “conflictos ecológico-distributivos”. Además de esta lista existen otros muchos espacios de denuncia y reivindicación. La exigencia de soberanía alimentaria es una de ellas. Consiste en el control de las poblaciones locales de la producción y consumo de sus propios alimentos. Propone que los alimentos dejen de ser considerados una mercancía más en los circuitos del mercado internacional y sometidos a la especulación, y se conviertan en un derecho. El desmedido crecimiento de cultivos dedicados a la exportación y la expropiación de las poblaciones autóctonas de los terrenos con los que se abastecían, ha desembocado en situaciones de emergencia alimentaria. Según Veterinarios sin Fronteras, en el año 2008, 854 millones de personas pasaban hambre. Tres de cada cuatro personas que pasa hambre son campesinos y campesinas que han perdido su soberanía alimentaria. La soberanía alimentaria es una propuesta con una base social sólida, pues surge del campesinado y las organizaciones sociales de los países empobrecidos. Es una alternativa que propugna la combinación de las capacidades productivas de la agricultura campesina, con una gestión sostenible de los recursos productivos y con políticas gubernamentales que garanticen la alimentación adecuada de la ciudadanía
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pobreza y sostenibilidad

Conflictos sobre el transporte
9.- Esos conflictos nacen del trasiego cada vez mayor de materiales y energía. Por ejemplo, los derrames petroleros en el mar, tanto los normales como los debidos a accidentes (como el Prestige). También los conflictos sobre oleoductos o gasoductos (como el construido por Unocal desde Birmania a Tailandia, que dio lugar a un juicio bajo la ATCA en Estados Unidos). Asimismo los conflictos sobre hidrovías (Paraguay-Paraná y otras), sobre ampliación de puertos y aeropuertos, sobre nuevas autopistas (como los conflictos en Suiza y Austria contra el tráfico de camiones).

Conflictos sobre los residuos y la contaminación
10.- Luchas tóxicas. Éste es el nombre dado en Estados Unidos hace ya 20 años a los conflictos sobre los riesgos de los metales pesados, dioxinas, etc. a raíz del accidente de Love Canal. Se han expresado en el lenguaje de la justicia ambiental cuando los perjudicados pertenecen a minorías raciales. 11.- La seguridad de los consumidores y ciudadanos. Se refiere a los conflictos sobre la incidencia y distribución social de los riesgos inciertos de las tecnologías a medida que han ido apareciendo (asbesto, DDT, DBCP, otros pesticidas, energía nuclear, transgénicos) tanto en países ricos como pobres. Estos conflictos han sido estudiados por Ulrich Beck (1992), entre otros. Pueden afectar a productores también (como son los agricultores). Así hay una red mundial que se llama Pesticides Action Network y en América Latina, RAP-AL, contra los agro-tóxicos. 12.- Exportación de residuos tóxicos, sólidos o líquidos. Hay muchos conflictos alrededor del planeta por la exportación de tales residuos. Un caso célebre es el desguace de barcos extranjeros en Alang, Gujarat, India, con su carga de metales pesados. La expresión imperialismo tóxico ha sido usada por Greenpeace (1988) en sus campañas para lograr que se respete el Convenio de Basilea de 1989 y sus protocolos adicionales que prohíben tales exportaciones. 13.- Contaminación transfronteriza. Se ha aplicado en Europa en los años 1970 y 1980 a las emisiones de dióxido de azufre que cruzaban fronteras y producían lluvia ácida, como también ocurre ahora dentro de Estados Unidos. Se puede aplicar también a contaminaciones radioactivas por ensayos de armas nucleares en el Pacífico, por ejemplo. También a las emisiones de CFC que han dañado la capa de ozono. 14.- Derechos iguales a los sumideros de carbono. Ésta fue la propuesta de Anil Agarwal y Sunita Narain en 1991, para remediar la injusticia de que los ricos del mundo hayan estado usando y usen de manera desproporcionada y excluyente los sumideros de carbono (océanos, nueva vegetación, suelos) y la atmósfera como un depósito temporal. Esa situación da lugar a una deuda de carbono del Norte hacia el Sur, como la ha llamado Andrew Simms.
Martínez Allier, Joan, (2005) El ecologismo de los pobres. Los conflictos ecológico-distributivos. Icaria, Barcelona.

con independencia de las leyes que rigen el comercio internacional. 154 Otras luchas de carácter central son las dirigidas a la denuncia de las estructuras económicas y financieras, por ejemplo las que se organizan contra del comercio desigual (concretado en la denuncia de las políticas de la OMC o de los acuerdos de liberalización comercial), en contra de las políticas de los organismos internacionales y otras estructuras sustentadoras del sistema económico (de oposición al FMI, Banco mundial, G-8…), en contra de las prácticas de las transnacionales (por ejemplo las que se enfrentan a intervenciones de Repsol en Latinoamérica), de denuncia de la deuda externa o a favor del reconocimiento de la deuda ecológica… Quienes más sufren su pérdida, protagonizan buena parte de esas luchas. Como ya han mostrado los trabajos de las ecofeministas, las mujeres son protagonistas en no pocas de esas acciones de defensa y denuncia, así como en la organización comunitaria de alternativas. Cada ver es más patente que las luchas esenciales contra la pobreza están necesariamente unidas a la defensa de la tierra. Otros caminos para enfrentar el problema se dirigen a cambios culturales y de valores. La cultura desarrollista, que se ha mostrado ética y materialmente inviable, puede ser respondida con formas alternativas de vida.

Un cambio de modo de vida
“Tanto en Oriente como en Occidente, el hilo dorado de la búsqueda de la felicidad a través de la autolimitación, ha atravesado todas las épocas y todas las culturas… El ecologismo está al final de ese hilo dorado. Desde sus inicios ha predicado la moderación no sólo como un principio ético, sino como una actitud práctica y de salvaguardia del destino colectivo. Solo el autocontrol de los seres humanos en la explotación de la naturaleza podría superar la incapacidad del planeta para satisfacer los deseos ilimitados de una especie que se ha reproducido de un modo explosivo, dominando técnicas que le permiten transformar cualquier elemento de la naturaleza en riqueza, fortuna y poder”.155 La inviabilidad del modelo y la producción de la miseria tienen su foco en los modos de vida del Norte rico. Es en él donde es necesaria una mayor y más radical transformación humana y material. Aunque quienes han crecido en la abundancia contemplan con disgusto la reducción de consumos, y posiblemente se resistirán a la sobriedad que imponen los límites del planeta, a algunos de ellos y ellas puede resultarles éticamente inaceptable un mundo injusto en el que no quepamos todos y todas, un mundo en el que una minoría, acaparando los últimos frutos de la Tierra, se atrinchere para defenderse de una creciente población mísera. Y para que quepamos todas y todos es imprescindible aceptar los límites y cambiar nuestro modo de vida por otro que nos permita “pisar ligeramente sobre la tierra”. Transformar nuestros modos de producción y consumo. Este modo de vida
154 Idea desarrollada por Xavier García en García, X. (2003) La Soberanía Alimentaria: un nuevo paradigma. Colección Soberanía alimentaria, Veterinarios sin Fronteras. 155 Estevan, A. (2007), El hilo dorado. Ediciones del Genal.

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pobreza y sostenibilidad

El principio de la esperanza
“Pero quizá pueda ocurrir algo distinto, lo contrario. La solidaridad humana se consuma habitualmente bajo la amenaza del peligro común percibido por todos como tal [...] Hasta ahora los grandes peligros, hayan sido causados por la naturaleza o por otros seres humanos, afectaron sólo a una parte de la humanidad. Pero si se llegase al punto de que la humanidad completa se encontrara toda ella frente a un mismo peligro habría que meditar sobre cómo podremos sobrevivir juntos […] entonces quizás resucite el espíritu de solidaridad, aunque sea impuesto por las circunstancias. Esperemos que el principio de la esperanza no esté muerto, sea o no una esperanza reaccionaria; una esperanza dentro de la miseria, una esperanza en la supervivencia, no en la plenitud total o en la felicidad”.
Leszek Kolakowski, “Utopía y futuro”, El País, 19 abril 1993, p. 13-14.

habrá de ser necesariamente más sobrio, pero no necesariamente menos feliz. El mercado no cesa de exhibir y prometer la felicidad, situándola en espacios de consumo parcialmente inaccesibles, pero se niega a medirla o a explicarla. La felicidad según el mercado es lo que no tenemos (un cuerpo muy delgado, una casa muy grande y luminosa, una familia muy feliz). Nuestra infelicidad es necesaria para su negocio. Se nos ha enseñado a asociar felicidad a niveles de consumo. Sin embargo, la insatisfacción de gran parte de la población llamada rica nos permite revisar esta suposición. Se constata que los niveles de felicidad percibida no aumentan en paralelo a los niveles de renta. A partir de cierta seguridad económica, la percepción de felicidad no sólo no sube sino que, con frecuencia, baja. Parece que la percepción de felicidad mayor, en el caso de la población de EE UU, se dio en los años 50, para bajar posteriormente, a pesar del fuerte aumento del PIB156. Esta tendencia se repite en estudios realizados en diferentes países del Norte. Es posible pensar en nuevas condiciones de vida en las que no renunciemos a vivir bien, e incluso podamos mejorar nuestra percepción de felicidad. Imaginemos que en lugar de centrarnos en nuestros deseos, decidimos releer nuestras necesidades. Desplazar el foco del análisis y de la atención: del satisfactor, es decir, la forma de resolver las necesidades a la necesidad misma. Imaginemos también que la expectativa de riqueza fuera sustituida por la expectativa de felicidad. ¿Qué es una vida suficientemente buena? Alimentarse de forma suficiente, beber agua limpia, no pasar un frío que pueda enfermarnos, que alguien te conozca y te aprecie, no vivir en alto riesgo de quedarse sin alimento, calor o afecto. Las variables centrales en las que se asienta la felicidad tienen mucho que ver con la resolución de las necesidades de supervivencia y con las relaciones afectivas. Las
156 Citado por Annie Leonard en el corto La historia de las cosas.

primeras exigen recursos, pero no recursos infinitos. Las segundas pueden desarrollarse con muchos satisfactores que no detraen recursos materiales y pueden ampliarse casi sin límite157. Un mundo sin miseria habrá de ser un mundo de suficiencia y autocontención, libre de riqueza. La suficiencia, la autocontención o la frugalidad son imposiciones de la Tierra que seguramente supondrán cambios trabajosos y difíciles a corto plazo. Existen ciertas claves que son al tiempo imprescindibles para la sostenibilidad y para la buena vida. Una primera condición es la colectivización. Como nos han enseñado muchas culturas tradicionales, la colectivización es un modo de protección frente a la pobreza. La resolución colectiva de las necesidades reduce la pobreza (transporte colectivo, comedores comunitarios...) Los modos de propiedad individual aumentan el riesgo de precariedad. Es bien diferente ser anciana sola en un piso, o en un pueblo cerca de la familia. El poder colectivo y la propiedad colectiva reducen el riesgo de carencia. El aprecio y uso de lo local es otra condición de buena vida y al tiempo de sostenibilidad planetaria. Consumos locales, desplazamientos locales, proximidad de recursos y servicios, proximidad en las relaciones y en el disfrute del ocio, nos hacen la vida más sencilla y se la hacen al planeta. La salud ambiental es factor de eliminación de la pobreza y también de bienestar (alimentos sanos, paisaje, aire limpio…). Para enfrentarse a la miseria es necesario –entre otras cosas– repensar en qué consiste el bienestar y construir una nueva cultura de la felicidad. Apuntar a otros estándares de comportamiento y de relación que están por discutir y ensayar, pero tendrán que ser necesariamente respetuosos con los límites de la Tierra. Habrá que pensar en formas de bienestar sostenible, lejos del confort del aire acondicionado o del automóvil a la puerta de casa. Reírse, contar o escuchar historias, reconocer cantos de pájaros, bailar, cantar en un coro o ligar son fórmulas muy eficaces de disfrute que respetan los recursos naturales. Podríamos decir que ejemplifican fórmulas de felicidad sostenible. La felicidad sostenible puede ser al tiempo una felicidad individual, comunitaria y ambiental. Muchas de las experiencias esenciales de felicidad no se producen en solitario, sino en situaciones colectivas. Si además nuestra felicidad genera poca entropía, será una felicidad respetuosa ambientalmente. Puede resultar interesante repasar en grupo esa colección de pequeñas y grandes felicidades que no dificultan la vida del planeta. Y junto a la reflexión sobre lo que nos hace felices, habrá que ahondar en una ética y una cultura que avalen esos modos de disfrute, que demonicen el despilfarro, que nos liberen del modelo de riqueza, del deseo desmedido de acumulación. No es posible olvidar el componente subjetivo de la pobreza como no lo es el de la felicidad. Pero tampoco se puede dejar en manos de cada individuo decidir cuáles son sus aspiraciones legítimas. Construir una definición colectiva, un
157 Ver capítulo “Las necesidades humanas y las formas de resolverlas”, en este mismo libro.

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pobreza y sostenibilidad

Gobierno y sostenibilidad
“La sustentabilidad requiere coherencia entre las necesidades humanas y la política, razón por la cual resulta fundamental la participación directa de los diferentes sectores de la población en las decisiones que afectan o condicionan su futuro, el de sus comunidades, sus recursos, su entorno y su cultura. “La gobernabilidad de las sociedades humanas requiere el reconocimiento y ejercicio del derecho de todas las personas a ser actores en la definición de su propio desarrollo. Esto significa, por ejemplo, asegurar el poder de decisión de las comunidades locales y todos/as sus integrantes sobre su territorio, sus actividades productivas y reproductivas, el uso de sus recursos, el modelo de desarrollo al cual quieren poner en servicio esos recursos, etc. “Además, la gobernabilidad requiere reconocer el derecho de las futuras generaciones a subsistir en condiciones de dignidad, a disfrutar de los recursos presentes y de un ambiente saludable. Por ello es necesario que los proyectos de desarrollo locales, nacionales y regionales, integren en su base criterios de solidaridad y reciprocidad, y sean capaces de asegurar en el largo plazo la productividad y equilibrio de los ecosistemas. “Por otra parte, resulta evidente que la construcción de sociedades sustentables no puede llevarse a cabo a través de un programa global impuesto desde organizaciones globales, como Naciones Unidas. Por el contrario, este es un proceso que debe apoyarse desde lo local, adoptando un paradigma de desarrollo cuyas raíces fundamentales están en los territorios. Por tanto, se requiere un nuevo modelo de gobernabilidad y cambios en la escala de los sistemas”.
Larrain, S. (2001) Globalización y Sustentabilidad: los desafíos después del 11 M. Programa Chile Sustentable.

Qué dice el pensamiento único sobre la pobreza
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La riqueza es buena. Todos y todas podemos llegar a ser ricos. El crecimiento del PIB y el aumento de la productividad reducirán la pobreza. El problema es falta de habilidad en la búsqueda de empleo o falta de titulación. Muchos países pobres lo son por su falta de desarrollo tecnológico. El libre comercio conducirá a la larga a un reparto equilibrado de la riqueza. El deterioro ecológico no se considera pobreza. Alguien que construye su propia casa, produce sus alimentos y teje sus vestidos es pobre. Es pobre quien no tiene coche o consume poca energía La riqueza relacional no es considerada por el pensamiento único.

Qué dice la cultura de la sostenibilidad sobre la pobreza
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acuerdo de consenso acerca de los mínimos y los máximos consumos de una vida suficiente, será una práctica esencial de democracia, esa condición necesaria a la sostenibilidad social. Los seres humanos hemos mostrado que dentro de nuestras capacidades está la del altruismo y la generosidad, y entre nuestros deseos el de socialidad. La unión de ambos puede ser esencial para superar en equidad y libres de miseria la crisis socioambiental que ya se ha desencadenado. Y hacerlo de modo que sintamos el orgullo de pertenecer a nuestra especie.

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El problema central es no tener acceso a los recursos que permiten una vida digna. La riqueza alimenta la pobreza. El desarrollo del Norte trae la pobreza del Sur. La pobreza ecológica es la que sufren las personas que no pueden acceder a recursos naturales esenciales para la supervivencia (alimentación sana, agua limpia, aire puro, cohesión social. Una sociedad sostenible erradicaría la miseria, aunque exigiría a las sociedades ricas del Norte vivir con menor consumo de energía, materiales y emisión de residuos. Las sociedades igualitarias y comunitarias hacen difícil la existencia de pobres (justo al contrario de las sociedades individualistas y jerárquicas), y no detraen recursos de otros territorios.

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La escapada virtual

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No resulta difícil imaginarse a un niño o una niña comenzando el día pegado a una pantalla viendo los dibujos animados, mientras sus papás le preparan el desayuno con prisa. De camino a la escuela, sin apenas mirar por la ventanilla del coche, posiblemente estará viendo una película en el DVD del cabezal del asiento del coche mientras permanece inmovilizado (por seguridad) en la parte trasera del automóvil. Una vez en la escuela se entretendrá en el rincón virtual aprendiendo formas en un programa interactivo. Sin apenas hacer caso de su merienda, intentará jugar con la Game Boy. De vuelta a casa tratará de ver su serie preferida en el televisor de su habitación. Sus padres, temerosos de dejarle fuera de la competición del futuro, le compraron muy pronto un ordenador en el que ahora explorará nuevos juegos. El día que finalmente vaya al campo pasará una buena parte de la mañana en el centro de interpretación en el que hay unos buenos simuladores del bosque y los animales que lo habitaban, antes de que lo devorara la nueva urbanización. La escapada virtual consiste en relacionarse, percibir, preocuparse, sentir emociones y ocuparse más de las pantallas que del territorio, mientras éste va siendo progresivamente devastado. Aunque hay muchos tipos de pantallas, en este texto nos centraremos en aquellas que producen realidad virtual, que son fundamentalmente la televisión y los video-juegos (y los ordenadores utilizados en los mismos), excluyendo las pantallas dedicadas a la comunicación bidireccional o multidireccional, más conectadas con el mundo físico. A las tres horas y tres cuartos diarias que la población dedica como media a ver la televisión, se le han sumado (pues ese tiempo apenas ha disminuido) casi otras tantas de video-juegos y ordenador. Estas horas se han sustraído al tiempo en el territorio y a las relaciones cara a cara. Una buena parte de la experiencia mental y emocional está siendo ya configurada por las pantallas, y en especial, por las de la televisión. La experiencia directa del territorio empieza a ser residual, mientras éste es saqueado, desordenado (químicamente), simplificado (biológicamente), cementado y destruido. Alejarse tanto del medio natural borra la noción de ecodependencia. Deja paso a decisiones, políticas, sistemas de producción y formas de vida que lo aniquilan sin que sea adecuadamente comprendido y sin que resulte una preocupación esencial. En buena medida el tiempo con las pantallas es un tiempo manipulado por quienes las financian, las controlan, las poseen, se enriquecen con ellas o aumentan
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la esCapada virtual

poder con su ayuda. En el caso de la televisión se ve más claro. La televisión es un medio por el cual las compañías más grandes del planeta se hacen aún más grandes. La televisión y los video-juegos convierten a la mayor parte de la población del planeta en espectadores o falsos protagonistas. Si se mirara el planeta desde un satélite se observaría que las llamadas zonas desarrolladas de éste son manchas grises y borrosas que se expanden del mismo modo que una enfermedad (las dos costas de EE UU, una amplia zona de centroeuropa, las costas mediterráneas, Japón y las nuevas economías asiáticas). También se observaría cómo las zonas áridas han ido creciendo en detrimento de las zonas boscosas, aumentando con ello el color parduzco. La atmósfera, en general, se ha hecho más gris. Pues bien, a la vez que el planeta se ha hecho más borroso y descolorido, las tecnologías de producción de realidad virtual, como si fuera una estudiada correlación inversa, han ido adquiriendo más colores y una mayor definición. Las ventanas han ido siendo sustituidas por pantallas y se ha ido dejando de mirar la realidad de forma directa, prefiriendo ver lo que de ella se filma o se recrea. La referencia de la realidad ya no es la observación directa de millones de ojos, sino lo que la pantalla dice. Y lo que la pantalla dice es diseñado sólo por unos pocos, que sirven a los fines de quienes la controlan. Por eso la riqueza se muestra en términos de ventas o en los indicadores de la bolsa, y no en la calidad del aire, el suelo, el agua, las relaciones humanas, la igualdad de oportunidades o la biodiversidad. La menor interacción con el territorio hace desconfiar a la gente de su propia observación, y la pantalla misma se convierte en la referencia más valiosa. Los mass-media han ido creciendo hasta convertirse en una especie de nuevo medio ambiente, creando una inversión de estatus que consigue que para muchas personas ya no haya otra realidad relevante que la que se produce en la pantalla. “Lo ha dicho la televisión”. Por eso en la actual situación de grave crisis ecológica, esa función de escapada que facilita el desarrollo de la industria virtual se convierte en un problema de primera magnitud. Incluso el propio currículum educativo oficial apuesta más por la competencia digital como la clave de la adaptación al futuro que por la adaptación al territorio físico. Las máquinas y pantallas median de forma creciente entre las personas y el territorio, hasta el punto de que este último tiende a desaparecer en las representaciones mentales. Cabría imaginar una sociedad cayendo por el abismo de la destrucción de su propio sustento, mientras mira emocionada la última serie adaptada, en esta ocasión a la pantalla del móvil. Cuanto más destrozado el planeta, más distraídos estamos. Y si en algún momento se cuela una noticia de la degradación irreversible del territorio es probable que miremos de nuevo las pantallas para olvidar el desagrado que nos produce esa destrucción. La inversión de prioridades entre el mundo real y el mundo virtual tiene nefastas consecuencias para la conservación de las condiciones de la vida. Esto obliga a que una educación para la sostenibilidad tenga que poner el énfasis en una educación en el territorio y entre personas.
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La primera escapada fue del territorio natural a los entornos artificiales158
Mucho antes de la escapada a las pantallas se produjo ya la escapada de la naturaleza a los entornos artificiales (ciudades, edificios, carreteras, despachos, etc.). Los seres humanos fueron configurando entornos creados por ellos mismos y llegaron a pensar que éstos eran más valiosos que los entornos naturales. Un edificio moderno de oficinas no contiene apenas nada que no haya existido previamente en la mente humana. Lo mismo ocurre con otros espacios de nuestros contextos vitales. En entornos urbanos (que ya alojan a más de la mitad de la humanidad) es posible vivir durante semanas o meses sin pisar directamente sobre la tierra ni una sola vez. De esta manera podemos llegar a pensar que lo que existe ha de ser diseñado por la mente humana. Aquello que cae fuera del diseño humano (como el río, los insectos o las rocas) tiene un valor residual. Las decisiones importantes, las que afectan a todo un territorio, se toman normalmente dentro de edificios en los que la naturaleza no resulta significativa. La comprensión del mundo se hace en clave de las cosas inventadas por los humanos. El planeta es ahora menos significativo que los ingenios artificiales. La muerte del planeta se desdibuja porque los ingenios son cada vez más grandes, más atractivos o más complejos. El agua aparece en el grifo, las pilas desaparecen en el contenedor, la leche viene del tetrabrik, la riqueza son números en un ordenador, la información es la que se transmite por medios electrónicos. El medio artificial ha suplantado en nuestra mente al medio natural, a pesar de que nuestra vida, aunque no lo parezca, sea medio natural. Nuestro lenguaje y nuestra cultura reflejan el alejamiento de la naturaleza: las metáforas, las canciones, los apodos, los cuentos basados en la naturaleza159 han ido siendo sustituidos por metáforas del mundo artificial (las metáforas antiguas están fuera de onda). Los seres humanos confiamos menos en nuestra capacidad de observación y conocimiento directo. Cuanto más alejados estamos de la experiencia directa más delegamos en las jerarquías tecnocientíficas. Cuanto más altas son las jerarquías tecnocientíficas, más dependen de los intereses comerciales de las grandes compañías. La comprensión de mundo se hace cada vez más en clave comercial. En la actualidad la representación misma del medio ambiente está cada vez más en manos de las compañías que lo destruyen. Por eso hay coches ecológicos o empresas energéticas verdes. No es una casualidad que los programas de televisión del tiempo y del medio ambiente estén patrocinados por las compañías más contaminantes.
158 Los análisis realizados en este capítulo tienen como base el imprescindible texto de Mander, J. (2004) Cuatro razones para eliminar la televisión. Gedisa, Barcelona. 159 Aunque tanto ayer como hoy siempre ha habido cuentos y narraciones que servían para la naturalización y el mantenimiento del poder.

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Hasta hace bien poco las diferentes culturas contaban con numerosos referentes en la naturaleza, incluso se la tenía como maestra y portadora de información y sabiduría. Al dejar de tener ésta como referente, la mente humana sólo mira lo inventado por ella misma y llega a creerse que sólo depende de sí (de ahí la fe ciega en la tecnología). La pérdida de referencias con el territorio supone un golpe muy fuerte a la sostenibilidad, porque significa alejarse de las reglas de la naturaleza tales como cerrar los ciclos, vivir del sol, transportarse con esfuerzo, ir lento, etc. No resulta extraño el éxito de las pantallas en un entorno peligroso y hostil ocupado por el cemento y los coches. Lugares originalmente tan diversos como bosques, valles, colinas, ciénagas, lagunas o barrancos han sido unificados en trazados metropolitanos. Cada vez más los animales que se ven son en realidad animales virtuales porque la mayor parte de los animales han sido expulsados de los entornos humanos (con excepción de los perros y gatos, gorriones, moscas, palomas, ratas y cucarachas). Recluidos en los espacios domésticos, con dificultades para la movilidad autónoma que permite pasear o corretear, sin apenas asuntos sobre los que decidir (más allá de las opciones de consumo, en su mayoría triviales) y con restricciones en el acceso a otras personas, una pantalla llega a resultar bastante más atractiva que la realidad misma.

La televisión y el deterioro del territorio
¿Qué relación tiene la televisión con el deterioro ecológico? Para muchas personas la televisión ha contribuido a la conciencia ecológica, ya que ocasionalmente han visto que en la programación se incluye un documental sobre el calentamiento global. Con frecuencia se invisibiliza la naturaleza comercial de la televisión, se olvida que es una máquina de crear deseos sobre cosas que no se necesitan o que no podemos permitirnos desde el punto de vista ecológico. De hecho, cuando algo es necesario no suele hacer falta que los anuncios de la televisión te lo digan insistentemente y de manera seductora. La televisión se financia, existe y tiene su razón de ser precisamente por este mecanismo. La pequeña pantalla (que ya está dejando de serlo) dedica mucho más esfuerzo a hacer deseables los coches (publicidad del automóvil, carreras, películas en las que los coches marcan quién es quién) y a fomentar la movilidad motorizada que a hablar de las emisiones de CO2, y en cualquier caso nunca dirían que General Motors, Renault y BMW son, junto con otras compañías, responsables del cambio climático. En buena medida, lo que propone la televisión es un estilo de vida insostenible. Los modelos que propone suelen necesitar más energía, emiten más residuos y están más mercantilizados. En realidad promueve la dependencia del mercado y de las grandes compañías para conseguir la supervivencia y la felicidad. La televisión es un aparato especialmente eficaz para suprimir millones de interacciones entre las personas y todo lo que estas interacciones producen: conocimiento, lenguaje, comunicación, estructuras de relación, afecto, contacto, conflicto, creación, organización social y poder. Es igualmente eficaz (en interacción con otros factores como el proceso de urbanización o el sistema de movilidad) retirando a las personas del territorio próximo, perdiéndose con ello la observación directa, el conocimiento, las representaciones locales, las referencias físicas, la responsabilidad y el cuidado del mismo. Para entender la televisión puede ser útil tomar distancia momentáneamente de la cajita o pantalla y contemplar su trastienda: un sistema de camiones que van a filmar a un lugar concreto, satélites que repiten la señal, acuerdos con los gobiernos para saber qué canales pueden emitir y cuáles no, flujos financieros que la acompañan, condiciones laborales de las personas que trabajan en ellas, criterios de decisión acerca de las programaciones, investigaciones de envergadura que las grandes compañías hacen sobre cada uno de sus spots publicitarios, etc. Todo eso que no vemos, es parte esencial del fenómeno televisivo. Una buena parte de la tecnología de la televisión no es otra cosa que tecnología para captar la atención y mantenerla fiel a la pantalla. La programación, la estructura de los programas, la manera de ensamblar unos con otros responde a esta necesidad. Lo que en realidad hace la televisión es enganchar miradas para vendérselas a los anunciantes. De ahí que tenga más interés el tamaño de las audiencias que los contenidos televisados, a excepción de los publicitarios.
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Las diferentes clases de pantallas
Aun cuando su aspecto es muy parecido hay diferentes clases de pantallas. Bajo una apariencia similar se esconden actividades y consecuencias de muy diferente naturaleza. Mirar una web de Renault es semejante a mirar un folleto o un anuncio, buscar un término en Google se parece a mirar un diccionario, rebuscar en una biblioteca o preguntar a alguien por teléfono. Según lo que se mire en You Tube se está haciendo una actividad de igual naturaleza que mirar la televisión o que ver el vídeo de la primera comunión de una prima. Se puede estar haciendo la compra, pagando, enviando cartas, consultando un mapa, o escribiendo con una máquina de escribir con memoria y tipex. Hablar con personas conocidas y cercanas con el messenger comporta consecuencias muy diferentes a hablar con personas desconocidas y distantes en un chat o un blog. Comprar casas por Internet comporta consecuencias muy diferentes a jugar con la videoconsola. Aunque en casi todas las pantallas tiende a menospreciarse o ignorarse la distancia física (que un ecosistema nunca ignoraría), puede decirse que las actividades antes mencionadas son de diferente naturaleza. Si bien es cierto que cualquier clasificación es simplificadora, en nuestro caso distinguiremos las pantallas esencialmente unidireccionales, de difusión y no interactivas (la televisión o el ordenador utilizado como monitor de televisión), de las multidireccionales, de comunicación o interactivas. Y dentro de éstas últimas las que se mueven en el espacio irrelevante (video-juegos) y las que tienen conexiones significativas con el territorio o con las personas reales.
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La televisión dificulta las interacciones de las personas entre sí y con su entorno físico, y las sustituye por la contemplación de un espacio virtual en continuo movimiento, cuyas imágenes han sido seleccionadas y manipuladas intencionalmente por unas pocas personas, al servicio en última instancia, de la comercialización a gran escala. La televisión desplaza las preocupaciones al espacio virtual y esconde el deterioro del espacio real. A su vez consigue, con una eficacia desmesurada y sin que apenas se note, acelerar la concentración de poder sobre la realidad misma.

El fenómeno virtual en nuestros cerebros
El punto de partida en el análisis de la simulación que se da en las pantallas es la dificultad que el sistema nervioso en su conjunto tiene para distinguir las imágenes de la realidad de las imágenes virtuales o de representación de la realidad. Por esta razón lloramos viendo una serie de ficción o nos emocionamos con los anuncios de turrones. El cerebro ha ido evolucionando en los organismos más complejos, incluida la especie humana, basándose en la credulidad de lo que ve. Todo el mundo sabe que añadir una imagen a una noticia cualquiera le confiere un carácter de más veracidad. Las informaciones icónicas producen en el cerebro la sensación de que son algo intrínsecamente creíble. A lo largo de la evolución no ha sido necesario desarrollar la capacidad de discriminar las imágenes virtuales de las reales, puesto que estas primeras no existían o eran poco relevantes (espejismos, reflejos en el agua, o dibujos estáticos poco precisos). La dificultad para distinguir las imágenes de la realidad de las virtuales hace que cuando el locutor de TV mira a la cámara, millones de personas se sientan miradas, a pesar de que nadie las mira. “Me pongo la televisión porque me siento acompañada”, dicen muchas personas desde su soledad. La realidad se desplaza del territorio a la pantalla. Millones de personas han dejado de cotillear sobre sus vecinos y vecinas y cotillean ahora sobre los famosos (en muchas ocasiones auténticos personajes virtuales). El cotilleo sobre los vecinos, además de enfadar a unos cuantos, tiene otras funciones como son transmitir la información local o mantener ciertas reglas que permiten una articulación comunitaria. El cotilleo sobre los famosos o personas lejanas es fundamentalmente espectáculo, ya no sirve para la articulación social. Muchas personas tienen miedo ahora de que secuestren a sus hijos, incluso aunque vivan en hábitats tranquilos, por el mero hecho de que han visto cientos de relatos amenazantes en los programas de telerrealidad. La fuerza de las imágenes de la pantalla hace que a menudo reciban un estatus de realidad superior a la realidad misma. Al estar más aislados de los demás y más desconectados del territorio, entre otras causas por la televisión misma, y al mirar todos las mismas imágenes, la televisión consigue ser el referente más potente de
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validación de la realidad. Lo que no sale en televisión no existe. La TV inventa y legitima la realidad. Incluso las conversaciones que tenemos en el tiempo en que no vemos la televisión son dirigidas por las propuestas televisivas. “Si no veo la tele luego no tengo de que hablar con mis amigos”. Los niños y las niñas juegan a lo que sale en ella (y compran los juguetes de acuerdo a lo que en ella se proyecta). Se pierde así una de las funciones principales del juego, la adaptación a la realidad, creándose un bucle loco y autorreferente que flota en el vacío virtual. Millones de personas han dejado de hablar de la llegada del otoño, la supresión del paso de peatones, la procedencia de las semillas, porque están más interesadas en lo que sucede en la pantalla que en lo que le ocurre al territorio del cual viven. La imagen del mundo, del bienestar, de las necesidades, del fracaso, de los valles o de las cosechas, deja de ser construida por las relaciones de millones de personas con el mundo y entre sí y pasa a ser diseñada por un selecto grupo de personas que controlan lo que aparece y lo que no aparece en las pantallas. La dificultad para distinguir entre imágenes reales y virtuales, junto con el aislamiento social y la cantidad de tiempo dedicado a ver la televisión, borra las fronteras entre realidad y ficción e invierte el referente para conocer quiénes somos, cómo es la realidad, y cuál es el mundo deseable. El sistema nervioso necesita una estimulación mínima para no desorganizarse. Por eso miramos el fuego de la chimenea, la mosca que vuela, el conejito en movimiento de la esquina de la pantalla del power point. En un salón de objetos familiares y estáticos, en ausencia de otros estímulos, miramos antes la TV que la pared o la estantería. No es necesaria una propuesta televisiva muy interesante. Como una bombilla de colores en movimiento que es, capta nuestra atención con más poder que el marrón del armario o las sillas inmóviles de la esquina. Para mantener la atención que tan poco cuesta captar, la televisión utiliza los acontecimientos técnicos, esto es una interrupción del flujo estimular habitual: un cambio de plano, un sonido fuerte, un personaje que entra en escena, una ralentización inesperada, etc. Estos acontecimientos técnicos se producen cada pocos segundos, y en los anuncios casi cada segundo. En los últimos años este fenómeno se ha acelerado, pues el cerebro se acostumbra y ya no tienen tanta capacidad de mantener la atención. Por la misma razón ha sido necesario ir aumentando el impacto emocional de las propuestas televisivas. Así se ha ido incrementando el valor provocativo de los estímulos: lo que antes era un debate tranquilo, ahora tiene que ser necesariamente acalorado, no es difícil ver todo tipo de accidentes y persecuciones, operaciones quirúrgicas o sucesos delictivos anecdóticos. El repertorio de extravagancias empieza, a su vez, a ser habitual. Todo aquello que pueda mantener sentados a los espectadores para que vean, entre uno y otro programa o en el interior de los mismos, unos cuantos mensajes de carácter comercial o ideológico. Para mantener la atención, la televisión transforma en espectáculo todo lo que trata. El discurso político, el conocimiento, el conflicto, el terror, la guerra, la destrucción, la muerte, son fundamentalmente espectáculo y audiencia para la televisión.
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La situación de privación sensorial en la que normalmente se visualiza la pantalla de la televisión (prolongadamente quietos, en una habitación en semipenumbra, sin hablar y sin relacionarse) produce en el espectador un estado parecido al de la ensoñación, dejando camino libre a la implantación de imágenes en nuestro cerebro. Imágenes que han sido previamente seleccionadas, tratadas, aceleradas, cortadas y combinadas por otras personas. La ensoñación, vivida como propia, en realidad es la de otras personas lejanas, que tienen unos objetivos muy diferentes a los nuestros. Quienes practican la conversación, la lectura o realizan una acción, marcan su velocidad de procesamiento de la información. En estas acciones se puede interrumpir, preguntar, releer, subrayar, volver a mirar, manipular. Las imágenes de la televisión, sin embargo, entran directamente en los bancos de la memoria sin apenas poder ser filtradas, ni procesadas. Ante el flujo de imágenes la mente actúa sólo como receptáculo. Por otra parte, la secuencia de imágenes del rato en el que vemos la televisión, lejos de construir un discurso con una sintaxis más o menos coherente, carece de estructura narrativa. En conjunto, no es otra cosa que una superposición atropellada de imágenes e informaciones breves y descontextualizadas, ahora ficción, ahora noticias, ahora publicidad, ahora telerrealidad, ahora cambio de canal. Al mezclarse realidad con ficción, publicidad con noticias cortas, al cambiar de lugares, temas y canales con tanta facilidad, al descontextualizar y manipular las imágenes, al tratar muchos temas lejanos y pocos cercanos, y al estar el cerebro que lo mira a bajo rendimiento, se crea una especie de caleidoscopio o sopa en la que uno no sabe a qué atenerse, debilitándose las fronteras entre la verdad y la falsedad. Una característica esencial de la televisión es su capacidad someter al espectador a informaciones, acontecimientos reales o ficticios que provocan respuestas emocionales sin permitir en el momento reacciones conductuales (más allá de un parpadeo o alguna exclamación). Enseña a no moverse mientras pasa algo. La televisión no tiene por qué dar mucha satisfacción para acceder a ser mirada, pero, eso sí, la da de forma inmediata, lo que no hace casi ninguna otra actividad humana. Esta particularidad, junto con el hecho de que también requiere un ligero esfuerzo dejar de mirarla para dedicarse a otra cosa, podría dar razón de que sea la segunda actividad en orden de importancia después del trabajo asalariado o doméstico. Este sencillo mecanismo es también el causante de los cientos de millones de interacciones, reflexiones y experiencias que han dejado de ocurrir en las personas desde que se popularizó el uso de la televisión. Los mapas cognitivos se desarrollan en el cerebro a partir de las actividades que realizamos. La televisión se convierte en uno de los mayores campos de experiencia mental, desplazando las vivencias con otras personas en la realidad, y dificultando la elaboración propia de nuestro cerebro. Una buena parte de nuestros mapas cognitivos están implantados por la televisión. Estos mapas están gravemente distorsionados, sesgados y desordenados con respecto a la realidad, pues son introducidos con la sola finalidad de mantener nuestra atención en la pantalla (para
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La lógica de la televisión
Es más fácil televisar... Lo simple Los efectos Lo concreto Lo individual La competición Lo extravagante Los hechos Lo que se tira Los sucesos Los datos Las conductas La tensión Las relaciones mecánicas Los líderes Los excluidos La fuerza Los productos La jerarquía El consumo Que... Lo complejo Las causas Lo abstracto Lo colectivo La cooperación Lo común Las relaciones Lo que dura Los procesos El significado de los datos Los motivos de las conductas La articulación Las relaciones orgánicas Los pueblos La exclusión La razón La contaminación que producen La democracia participativa El no consumo

Adaptación a partir de Mander, J. (2004) Cuatro razones para eliminar la televisión. Gedisa, Barcelona.

este fin, vale todo). Y mientras va transmitiendo mensajes de naturaleza comercial. La televisión marca la agenda de los temas a tratar y pensar. La televisión tiene que convertir todos sus contenidos en espectáculo visual para su propia supervivencia. De acuerdo a esta regla, determinadas informaciones, asuntos o sucesos son más televisables que otras. Es más televisable la guerra que la paz, el conflicto que la cooperación, lo rápido que lo lento, la destrucción que la construcción. Se puede televisar a los excluidos sociales pero resulta más difícil televisar las causas de la exclusión. La naturaleza tecnológica de la TV predetermina los límites de su contenido. Un tipo de información puede ser difundido con facilidad, otro sólo parcialmente y otro no puede serlo en absoluto. La televisión es como un telescopio que selecciona un puñado de acontecimientos entre billones de ellos, y los envía a millones de personas que dejan de atender el resto de los acontecimientos. Este telescopio no selecciona la subida de la marea, ni la gente común que tiende la ropa, ni los cientos de reuniones de las personas que desarrollan alternativas vitales viables. Al perderse muchos referentes directos de la realidad próxima, se crean las
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condiciones adecuadas para implantar imágenes y convertirlas en el referente más potente. El espectador es acostumbrado a ver el mundo sin actuar sobre él, a sentir sin tener vivencias propias. Al separar la información de la ejecución, al contemplar un mundo-mosaico en el que no se perciben las relaciones, se crea un estado de aturdimiento, indefensión y modorra en el que crece con facilidad la parálisis social.

por igual. Dejan de ser conocidas las realidades o los comportamientos que no han sido seleccionados, sin que por otra parte se echen de menos. Al ser las pantallas nuestro principal referente y no aparecer en ellas otras realidades, lo lógico es pensar que no existen.

El efecto de la tele en las relaciones sociales
La esencia de este mal autodenominado medio de comunicación masivo es que unas pocas personas hablan a muchas, que a su vez están calladas, quietas y progresivamente aisladas. La comunicación social, articulación de innumerables interacciones entre personas cercanas, que entre otras cosas ha producido las lenguas con las que nos comunicamos e incluso pensamos, ha sido sustituida por unas pocas personas lejanas que hablan con destellos de imágenes semicreíbles al resto, que no puede contestar excepto con sus conductas de compra. El desplazamiento de las formas de distracción al espacio virtual afecta de forma grave al sistema de relaciones interpersonales. La televisión estimula la separación de la gente entre sí, desalienta la vida organizativa, y desarticula la comunidad. La memoria empieza a grabar informaciones sobre relaciones virtuales en detrimento de las relaciones reales. Los intereses también se trasladan al espacio virtual. Pueden interesar más las noticias sobre los famosos (incluso desconocidos que aparecen en la pantalla) que sobre los vecinos, familiares y compañeros o compañeras de trabajo. Las relaciones de verdad se sustituyen por la ilusión de relaciones, debilitándose gravemente el sistema de vínculos interpersonales. Cada vez más personas viven, enferman y mueren solas. Muchas veces apetece más ver la televisión que ver a las personas conocidas, o que establecer nuevas amistades. El resultado es una fragmentación de las relaciones y una disminución de las agrupaciones, asociaciones y estructuras comunitarias territoriales, y por lo tanto, del poder y la cohesión que éstas tenían. La competencia de la pantalla de televisión con la realidad social acarrea numerosas consecuencias: f De entrada suprime o debilita la conversación inmediata, la de las comidas y las cenas, recorta la conversación con las personas más próximas, dificultando su conocimiento, y convierte lo cercano en extraño. f El aislamiento que provoca permite adaptarse a los vínculos sociales de baja intensidad, de ahí el éxito de las relaciones en el ciberespacio. La soledad que produce se resuelve a su vez viendo aún más horas de televisión. La televisión calma el dolor que ella misma provoca. f Disminuye la información local sobre las realidades y las personas más próximas, y por lo tanto disminuye las posibilidades de articular relaciones. f Homogeneiza las cabezas y suprime la sociodiversidad, al seleccionar la pantalla un trozo muy pequeño de realidad y repartirlo a todos los cerebros
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La naturaleza comercial de la televisión y la concentración de poder
La razón última de la TV es anunciar. La razón última de anunciar es obtener beneficios monetarios. La razón última de acumular beneficios monetarios es concentrar poder. El medio televisivo es bastante torpe para transmitir argumentos, debates científicos, representaciones culturales complejas, pero es absolutamente idóneo para introducir mensajes publicitarios cortos y mensajes con poder emocional. Los productos se presentan aislados, sin relaciones y sin consecuencias. Los breves mensajes comerciales se presentan sin razonamientos, con asociaciones emocionales simples, y en un momento en el que el cerebro, además, tiene difícil utilizar potencialidades como la reflexión, la imaginación o la crítica. La mente de las personas está siendo cada vez más ocupada con información puramente comercial. Aunque no lo queramos, reconocemos la sintonía televisiva de los anuncios de cientos o miles de marcas y otros tantos logos. Es prácticamente imposible oír hablar mal de las grandes empresas en televisión, incluso a pesar de que la mayor parte de los problemas de la sostenibilidad del planeta están causados por su acción depredadora. Con una variedad de ingeniosas triquiñuelas, la publicidad consigue suprimir las numerosas maneras que las personas y las comunidades tienen para desarrollar su bienestar (entre otras relacionándose), y las reduce a un pequeño espectro de soluciones que ofrecen las grandes compañías. Como tecnología de implantación de imágenes en el cerebro, la TV permite hablar directamente al interior de la mente de millones de personas y depositar en ella imágenes (que difícilmente se pueden modificar) capaces de lograr que la gente haga lo que de otra manera nunca hubiera pensado hacer (no hay que olvidar la ley de Galbraith: se publicita lo que no se necesita). Ha conseguido suprimir las numerosas maneras diferentes de estar frescos, de desayunar o de percibir la belleza que había en los diferentes territorios y culturas, y sustituirlas por el aire acondicionado de Fuji, los potitos de Nestlé o la cabellera al aire de L´Oreal. La idea finalmente es bien simple: la televisión es un medio en manos de los ricos, que lo controlan adecuadamente para hacerse aún más ricos. No hay obreras, okupas, ecuatorianos o ecologistas controlando la programación. Junto con el sistema financiero, la televisión es el acelerador más eficiente del proceso de globalización, en el que la producción y los residuos se crean a escala mundial, y los beneficios y el control de los recursos suelen concentrarse en los mismos sitios. Las televisiones más importantes del mundo son propiedad de las 100 compañías más grandes, que a su vez son las que más se anuncian en televisión. Las cadenas
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públicas o se privatizan o se mimetizan con las privadas, y en cualquier caso las que las financian son, en buena parte, las mismas compañías. En la actualidad existen unos conglomerados industrial-financiero-mediático-políticos (véase el caso Berlusconi) en los que resulta muy difícil saber quién controla a quién pues son todo uno, o hacia ello se encaminan. Se esperan además nuevas alianzas en los sectores de la energía, las telecomunicaciones, la industria del entretenimiento, la biotecnología, la aeronáutica, etc. En sólo dos generaciones, la enorme variedad de producciones locales en los diferentes sectores de la economía (alimentación, movilidad, energía, comunicaciones, entretenimiento, finanzas, etc.) está controlada por un reducido espectro de macrocompañías, que controlan la televisión o son parte de ella. Las grandes corporaciones pueden extraer beneficios de todos los rincones del planeta y de todos los rincones de nuestra conciencia. Para ello es necesaria una tecnología que cambie las cabezas y las relaciones en todos los lugares del mundo. Es necesaria una tecnología que legitime la enorme concentración de poder y elimine paulatinamente cualquier otro sistema o alternativa en los cerebros. Esa tecnología es la televisión.

Las representaciones sociales y el pensamiento único
La televisión suprime la diversidad cultural. Con la ayuda de los satélites y las parabólicas, envía los mismos mensajes a una parte importante de la población del planeta. Aunque estos mensajes caen en lugares con condiciones muy distintas. Por eso pueden verse casas victorianas y campos de golf en Almería. La televisión rompe el delicado sistema cultura-territorio que buscaba la adaptación de las soluciones a las características de cada situación y lo sustituye por una propuesta única o trivialmente diferenciada en detrimento de la diversificación de la producción y de los beneficios. La televisión, sembrando lo mismo en millones de cerebros, practica algo así como un monocultivo cultural. De la misma manera que las lenguas con las que nos comunicamos y pensamos han sido producto de innumerables interacciones entre las personas a lo largo de muchas generaciones, también las representaciones sociales y los diferentes relatos con los que se entiende el mundo han sido producto de la interacción de las personas entre sí y con el territorio. Si bien es cierto que los relatos culturales también han sido promocionados (cuando no impuestos) desde los diferentes núcleos de poder, nunca había existido una tecnología capaz de introducir masivamente imágenes y mensajes cortos directamente en el interior de los cerebros, mientras se mantienen éstos a bajo rendimiento y aislados entre sí. Hasta hace dos generaciones las representaciones sociales tenían que propagarse despacio, y a través de una maraña de interacciones y distancias, siendo matizadas aquí y allá según las circunstancias y recursos de cada lugar. La diversidad de representaciones sociales ha permitido a las diferentes comunidades relacionarse con su territorio. A la vez, éstas se iban modificando de acuerdo
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a los nuevos problemas (y también pugnas de poder) que se iban presentando. En la actualidad, las representaciones sociales (la mayor parte de ellas comerciales, aunque también políticas) son diseñadas por un pequeño número de personas al servicio de los intereses de quienes las producen y son difundidas simultáneamente y sin apenas resistencia cognitiva a millones de personas que las reciben quietas en su sofá, probablemente calladas, en su habitación medio a oscuras. No hay que olvidar que un sector importante de la población tiene la TV como fuente casi exclusiva de información, y que incluso el resto de medios de información, ya en buena parte en manos de las propias cadenas de televisión, desarrollan una fuerte servidumbre con ella. El discurso y las representaciones sociales difundidas a través de la televisión muestran una serie de características: f Es, en buena parte, un discurso comercial desarrollado de forma directa a través de la publicidad (la mayoría de los programas son una excusa para ver la publicidad) o indirectamente a través de programas esponsorizados, películas, concursos, deportes que introducen la publicidad, publirreportajes camuflados (por ejemplo los que promocionan tecnologías), noticiarios que hablan de las grandes compañías (en sus cabeceras160 o en la sección económica), etc. f Es un discurso del poder, en el que se identifican los intereses de unos pocos con los de la generalidad de la humanidad. Por ejemplo, se da como una cosa buena en sí misma que hayan aumentado las ventas de coches o el consumo de energía, independientemente de que sean necesarios o que causen problemas ecológicos. Los países no occidentales que aparecen son sobre todo aquellos con los que EE UU ha establecido algún conflicto. Las formas culturales mayoritarias que se muestran son las de una pequeña parte de la humanidad (en numerosos países 9 de cada 10 películas son norteamericanas). Es prácticamente imposible que aparezca una crítica relevante a una de las grandes compañías. Es imposible que aparezca una crítica a las compañías propietarias de la propia televisión. A pesar de ser uno de los fenómenos más relevantes de nuestro tiempo, no aparece nada que se parezca a una reflexión o crítica remota de la publicidad en televisión. f Es un discurso simple, con muchos adjetivos y pocos argumentos. No se analizan en general las causas de los problemas (¿Alguien recuerda más de tres programas que hayan hablado de las causas que producen la exclusión social?). f La televisión no soporta la construcción racional del discurso, sólo le interesa la confrontación emocional. El debate es extravagante (los polos están cuidadosamente seleccionados) y tiene la función de crear espectáculo, para mantener mirando y sin pensar al espectador. f Adula al espectador (“Nos importas”, “Usted elige”, “Muestre su inteligencia”,
160 Cuando vino Bill Gates a Madrid para promocionar Windows fue cabecera en todos los telediarios.

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“Su personalidad es única”) mientras le propone gratificaciones inmediatas, triviales, masivas y pueriles. f Celebra el sistema que la hace posible (la modernidad, el crecimiento, el progreso, la tecnología, la sociedad de la información, la globalización, las armas inteligentes, etc.). Mientras ignora o reduce a sucesos o accidentes los destrozos que el sistema proporciona. f Elimina, ignora, silencia, esoteriza, convierte en espectáculo, ridiculiza o distorsiona cualquier tipo de alternativa al modelo de desarrollo que ella propone, haciendo ver que sólo hay un camino posible y el resto es el caos, la superstición, la ingenuidad, la violencia o el fanatismo. La propia naturaleza de la televisión y sus servidumbres (sin las cuales no sería posible) impiden desde ella iniciar una alternativa, pues se le cortarían las alas de forma inmediata. La televisión se convierte en el principal productor de representaciones sociales, en el difusor por excelencia del discurso dominante. Desde unos pocos centros de diseño se seleccionan las informaciones, programas y mensajes comerciales y se distribuyen con una inmensa eficacia al interior del cerebro de millones de espectadores, a los que se les dice qué estilo de vida es el deseable, qué valores defender, cómo entender la economía, cómo entender la tecnología, qué es el terror, cómo construir las sociedades y cómo mirar el planeta. Cuando las personas reciben el discurso icónico dejan de interaccionar y pensar, por lo que este discurso se convierte en el principal referente en la construcción de la visión del mundo. Desde la tecnología de la televisión el concepto de pensamiento único adquiere toda su significación. Para entender la TV como sistema de información podríamos imaginarnos unas abejas que tienen en su cerebro una parte importante de su limitado banco de datos ocupado con información de flores de un valle lejano en el que nunca vivirán. Esta información ha eliminado otra gran cantidad de la que tenían sobre las flores de su propio valle. Además todas las abejas de los diferentes valles tienen la misma información de ese valle remoto. Y para colmo la información sobre ese valle es incompleta e incorrecta. Las abejas piensan a su vez que esa información es la más adecuada, por lo que empiezan a tener comportamientos desordenados y dificultades para reconocer y adaptarse a su valle. Tampoco les sirve la información para trasladarse a otros valles. La cantidad de información que cabe en un cerebro humano no ha aumentado significativamente, pero el contenido ha sido desplazado en una buena parte por información remota, homogeneizada, sesgada y poco relevante para sus necesidades. Como la abeja de nuestra historia, acumulamos información parcial y equívoca sobre valles que no habitamos ni habitaremos.

en la transformación. En la televisión no suelen aparecer las alternativas sostenibles si éstas no favorecen los intereses de sus dueños. La televisión promueve una conciencia ecológica que no ponga en cuestión el sistema que favorece a las grandes empresas. En realidad sirve como instrumento para que las compañías más contaminantes del mundo laven su imagen con un barniz verde. La televisión canaliza la conciencia ecológica provocada por la percepción de desastres imposibles de ocultar y la utiliza al servicio de las compañías que la financian. En la actualidad ya se puede ver en el discurso publicitario todo tipo de invitación a compras que favorecen el medio ambiente: “Reforesta mientras conduces”. Por otra parte la televisión puede llegar a funcionar como un potente somnífero ante el dolor y la ansiedad que puede provocar el advenimiento de la catástrofe ecológica.

Los video-juegos
A diferencia de la televisión, los video-juegos permiten la interacción fundamentalmente con la máquina, aunque también con otros participantes. Permiten también una cierta actividad psicomotora e intelectual (resolución de problemas). A diferencia de la televisión, en ellos ocurren cosas (aunque virtuales) como consecuencia de las acciones que la persona realiza. Así como con la televisión se aprende la pasividad, con el vídeo-juego se aprende la irrelevancia de la acción. La persona actuante recibe una retroalimentación precisa sobre las consecuencias virtuales de sus acciones y con ellas sufre una ilusión de contingencia, una ilusión de poder. Sin embargo no es más que una ilusión porque en el espacio real no ocurre nada como consecuencia de sus acciones. En el espacio real cada vez son menos personas las que deciden lo que ocurre (qué se produce, qué se come, qué se siembra, qué se ve). Cabe relacionar el éxito de los video-juegos (además de por razones de mercado y de su precisión estimular) con la progresiva dificultad de acceso a la interacción con las personas y con el territorio. La participación en el espacio virtual se hace en buena medida en detrimento de las posibilidades de participación en el espacio real. Se aprende a ser protagonistas de la nada. Los video-juegos comparten características con muchos juegos tradicionales –desde el parchís al voleibol–, tales como la competición, el reto, la capacidad de entretener, la ausencia de consecuencias relevantes, el ser consumidores de tiempo, etc. Sin embargo, presentan algunas novedades o acentos diferenciales: f Son dependientes tecnológicamente de un reducido número de compañías. f Nacen, se desarrollan y mueren como mercancía. Además en mercados gigantes y globales. Disminuyen por tanto las posibilidades de evolucionar y desarrollarse colectivamente, localmente y al margen de intereses de negocio.
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Televisión y educación para la sostenibilidad
A pesar de la necesidad de un cambio drástico para permitir la sostenibilidad en el planeta, no es previsible que la televisión trabaje por ese cambio, pues como tecnología de poder que es, siempre estará más interesada en la continuidad que
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La gran mayoría de los juegos clásicos dependen fuertemente de la interacción entre personas para poder ser llevados a cabo (con la excepción de los llamados solitarios, que nunca llegaron a consumir tanto tiempo en la población general). Muchos de los video-juegos en realidad sustituyen la interacción entre personas por la interacción entre máquina y persona, produciendo con ello un fuerte aislamiento en los tiempos que eran propicios para establecer relaciones interpersonales. f El fuerte desarrollo de la capacidad de simulación les hace competir (en lugar de complementar) con la realidad misma, llegando a crear realidades paralelas a veces más estimulantes que la propia realidad. f Esta última característica puede llegar a invertir la relación tradicional entre juego y realidad. El juego ha tenido entre otras la función de ensayar y desarrollar capacidades que luego permitirán adaptarse a la realidad –como el perro que persigue una pelota, consolidando destrezas psicomotrices que le servirían para la caza–. En la actualidad muchas de las habilidades que los video-juegos desarrollan sólo permiten ya adaptarse a ellos mismos… o a otros similares.
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Qué hace la cultura de la sostenibilidad
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Rechaza las pantallas cuyo motor es esencialmente comercial. Invita a reducir el uso de las pantallas, sobre todo las de interacción irrelevante. Se plantea una educación en el territorio. Trabaja más con información local sobre la que puede tener poder de decisión. Sospecha que los medios de comunicación son medios de incomunicación. Estimula tener vivencias propias, no importadas, con otras personas y con el territorio. Desarrolla una cultura del territorio.

El interés preferente por estos espacios virtuales (a menudo construíbles, desarrollables y mejorables) puede ser muy peligroso para el espacio real (destruido, simplificado –ecológicamente–, deteriorado y empeorado). El éxito de los video-juegos debe analizarse siempre en relación con el deterioro del territorio –que antes era también territorio para el juego– y la desarticulación de la red de relaciones interpersonales próximas.

Qué plantea el pensamiento único sobre las pantallas
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Considera más importante la alfabetización digital que el conocimiento de las claves de la vida. El futuro está más en Internet que en la biosfera. Las pantallas son el futuro. Gracias a la televisión podemos conocer el mundo. Para no ser excluido tienes que invertir en pantallas. Las pantallas te permiten acceder a toda la información que necesitas. Las pantallas son neutrales. El problema es cómo las usas. La televisión es un medio de comunicación. Para salir de la pobreza hay que salvar la brecha digital. Lo que no sale en la pantalla no existe. Invita a mirar las pantallas antes que las ventanas. Se valora más aquello que muestra una pantalla que los que nos dicen nuestros propios ojos.

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La denominada ‘Sociedad de la Información’

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Resulta sorprendente la escasa discusión que ha suscitado el término Sociedad de la Información. La seducción producida por algunos nuevos sistemas de almacenamiento, procesamiento y transmisión de la información ha llevado a considerar esta novedad como el eje central que estructura la sociedad. La denominación no sólo da por hecho que en el momento actual hay más información que nunca, sino que otorga a la producción y a los sistemas de funcionamiento de la sociedad un cierto carácter inmaterial (y por lo tanto la posibilidad de salvar los límites físicos y biológicos que constriñen el desarrollo económico). Con frecuencia se exalta la velocidad de acarreo de la información, sin considerar la velocidad de procesamiento, asimilación y uso razonable. La sociedad de la información da por buena la información en sí misma, aislándola de sus usos y funciones reales, y promete una información abundante y al alcance de todos. Sin embargo, el desplazamiento de la atención desde la biosfera a la infosfera (ciberespacio, realidad virtual) puede tener graves consecuencias para el funcionamiento de los sistemas naturales y sociales. Desde el punto de vista de la sostenibilidad conviene realizar una revisión crítica, así como poner al descubierto algunos inconvenientes que suelen pasar inadvertidos ante las supuestas bondades de la sociedad de la información. Una buena parte del mundo educativo ha abrazado con entusiasmo casi incondicional la apuesta por las tecnologías de la información –aún en mayor medida que la información misma– como clave de la respuesta de la sociedad a los problemas futuros. La denominación Sociedad de la Información ha sido promovida entre otras posibles, quizás más ciertas (Sociedad de la Crisis Ambiental, Sociedad del Control Electrónico, Sociedad de los Residuos, Sociedad de la Devastación Natural, Sociedad de la Concentración de Poder o Sociedad de la Pérdida de Información de la Sostenibilidad), tal vez porque sirva mejor para legitimar el modo de desarrollo actual.

Pérdidas de información
En esta revisión crítica, puede ser útil dirigir la mirada a la información que se pierde para poder discutir si es verdad que hoy en día hay más información que nunca. En la actualidad hay menos información en forma de variedades de semillas
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la denominada ‘soCiedad de la informaCión’

disponibles para ser sembradas. Están disminuyendo drásticamente las diferentes fórmulas y soluciones que permiten la supervivencia humana con bajo consumo energético (por ejemplo, las diferentes maneras de calentar o enfriar una casa con poco gasto de energía fósil). Existen fuertes pérdidas de información cultural ligada al territorio (los cientos de miles de leyendas y cuentos locales –con valiosa información sobre normas para utilizar los recursos próximos– son sustituidos por unos pocos de Disney y de la Warner). Aún cuando se sabe más sobre el genoma humano, se ha perdido y se sigue perdiendo gran cantidad de información genética de las especies extinguidas por la acción depredadora de la sociedad industrial y urbana. También se pierde la información retenida en las variedades locales de las lenguas161. Desde el punto de vista de la sostenibilidad esto significa perder el conocimiento que las sociedades tenían sobre las peculiaridades locales, especies, recursos y características del territorio. Se pierde también la información de la complejidad asociada a los ecosistemas más organizados, una buena parte de ellos en proceso de destrucción, o destruidos ya de forma irreversible. Sorprende, por tanto, que junto a la repetida alabanza del incremento de la información, no aparezca en una proporción razonable el recuento de la información que se pierde. La mayor parte de la población de los países industrializados no tiene la más remota idea de la procedencia de los alimentos que come cada día, ni de los procesos de extracción y fabricación de una buena parte de los objetos que usa y que ve. La mayoría de las personas tiene menos información que hace años sobre el territorio próximo que habita, incluso sobre la gente cercana a su lugar de residencia. No resulta fácil (en especial en las metrópolis) saber quién ha decidido abrir una zanja cerca del portal de casa o por qué ha cerrado el comercio de enfrente. Una buena parte de la información de la que dispone la población para resolver las necesidades principales es de carácter comercial, esto es, información escrupulosamente tratada y sesgada en función los intereses de los propietarios de las compañías que se benefician de la comercialización. Si bien ha aumentado exponencialmente la información que se almacena en las bibliotecas y en los servidores de Internet, no parece haber aumentado de forma significativa la información que puede penetrar en el cerebro a través de los diferentes receptores del sistema nervioso central. El número de unidades de información (caracteres, palabras, datos) que una persona puede introducir en su cerebro a lo largo de la vida no se ha modificado de forma significativa, si lo comparamos con los dos últimos siglos. Con frecuencia se olvida que en el pasado, durante el tiempo que ahora se dedica a la información (televisión, Internet, prensa, etc.) los sistemas nerviosos de la población incorporaban algún tipo de información relativa, por ejemplo, a los árboles que miraban, a una sobrina que se habían encontrado, o la forma de perseguir conejos. La información icónica,
161 Las sociedades tropicales mantienen el 80% de la biodiversidad mundial y el 50% de las lenguas locales.

olfativa, propioceptiva (la procedente de los órganos del cuerpo) y vivencial era también información, aunque local. Por otra parte, como novedad respecto al pasado, un montón de cerebros tienen la misma información, pues les llegan las mismas noticias, los mismos anuncios, las mismas películas. La parte de cerebro en la que se aloja esta información repetida en otros cerebros, es una parte que ha dejado de procesar información diversa asociada a experiencias propias y cercanas. Se ignora el impacto que puede tener para las sociedades y los ecosistemas el que una gran parte de la población mundial tenga la misma información (distribuida a través de las antenas parabólicas y las autopistas de la información). La información de calidad, esto es, la que se utiliza para decidir lo que ocurre en la corteza terrestre, es accesible a muy pocos cerebros, organizaciones y empresas. Dónde se construye, qué se siembra el próximo año, cómo se almacena la información, dónde se coloca este enorme flujo de capital, qué se ve en la pantalla, por qué ha empezado esta guerra, cómo se fabrica este aparato, cómo se disimula el riesgo de los materiales peligrosos o qué puede pasar con este fármaco a 20 años vista, son informaciones al alcance de muy pocas personas, pero las consecuencias de su uso afectan a mucha gente, a muchas especies de la naturaleza y a la propia configuración del territorio. Se ignora que aquella información que no puede ser utilizada por las personas que la reciben se convierte la mayor parte de las veces en ruido. La información suele tener sentido en la medida en la que de hecho se hace algo con ella. No basta con tener la ilusión de que se podría hacer algo con ella. La sociedad de la información tiende a ensalzar la información y sus posibilidades, aislándola de los usos que de hecho se hacen de ella. Una buena parte de la información que se recibe no puede ser aplicada a la modificación de realidades concretas. Por lo tanto una de las características de la sociedad de la información es que cada cerebro dispone de una cantidad cada vez mayor de información que, paradójicamente, no puede ser aplicada. Sin embargo, las organizaciones con capacidad para tener delegaciones lejanas y una pequeña parte de la población que mantiene el poder muy concentrado, sí que utilizan esa información, que para el resto de la humanidad es ruido o espectáculo. “En la India los niños trabajan en factorías antes de cumplir los seis años”. “En el sur de Inglaterra se elevará la temperatura 2 grados de media en los próximos años”. “Ronaldo no ira finalmente a La Roma”. “El huracán pasará a 30 millas al norte de Florida”. Todo el mundo oye estas informaciones pero, ¿quién las utiliza de hecho? La información local utilizable (“se ha secado la fuente de la colina”, “van a cerrar el estanco”, “ha cambiado el viento que entra por el valle”, “mañana vendrá una excavadora”, “María se ha caído y no puede salir de casa”, “ya han llegado los vencejos”, “alguien se ha dejado una bolsa en la orilla del río”), ha ido siendo sustituida en los cerebros por información global, borrosa, y no utilizable por la mayor parte de las personas que la reciben (“los países de la OCDE han crecido un 0,7% en el último trimestre”, “Kate Winslet se separa”, “Estados Unidos lanza
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un nuevo satélite”, “El Chelsea atraviesa un bache”). Somos una especie que llena su cabeza de informaciones que corresponden a hábitats diferentes al nuestro, a cambio de no saber de nuestro propio entorno. Se desconoce la medida de este fenómeno pues no hay estudios sobre él, a pesar la relevancia que tiene para la sostenibilidad. Si se tiene en cuenta el conjunto de informaciones que hay en los cerebros y se contemplan los conocimientos especializados, podría decirse que la información sí ha aumentado, ya que mientras unos saben de matemáticas, otros saben de aperos de labranza y otros de conexiones neuronales. Sin embargo si se contempla la especialización territorial, no podría decirse que ha aumentado, ya que ahora muchos cerebros saben las mismas cosas (conocimientos derivados de la globalización) y han dejado de saber las propias de cada territorio (las comidas, las lenguas, los recursos, las plantas y las canciones locales). Para que la información sea útil en la toma de decisiones tiene que haber diversidad de opciones. Ya hemos visto en capítulos anteriores cómo la globalización, y en especial el crecimiento desmesurado de unas pocas empresas, suprime la diversidad de opciones en la resolución de las necesidades importantes (alimento, calor o frío, entretenimiento, control sobre las condiciones de vida, etc.) Al suprimirse la diversidad de opciones la información deja de ser útil y sólo sirve como espectáculo. La información sin opciones suele dejar de tener sentido. El incremento de información utilizable está en buena medida en manos de grandes corporaciones que la utilizan para hacerse aún más grandes, incluso si las consecuencias del uso de esa información son contraproducentes para las comunidades humanas y los ecosistemas (informaciones sobre vertidos al océano, monocultivos, mutaciones genéticas, residuos radiactivos, alteraciones en el sistema nervioso por fármacos con éxito en el mercado, etc.) Aunque es dudoso que haya mejorado la información necesaria, lo que parece menos cuestionable es que ha mejorado la tecnología y el conocimiento para concebir y distribuir eficazmente información falsa y fuertemente emocionalizada (discurso publicitario) “Salva los bosques comprando esta pantalla de plasma”. La ingeniería semántica al servicio de las grandes corporaciones ha llegado a convencernos emocionalmente de binomios imposibles como: ahorra gastando, limpia ensuciando, construye destruyendo, sanea contaminando, etc. Existe mucha información sobre lo que no tenemos (pero que sería interesante comprar) y muy poca sobre lo que tenemos. A pesar de todo, actualmente el problema más grave es que la información relativa a la sostenibilidad (cómo vivir con la mínima energía, cómo cerrar los ciclos de materiales, la relativa a las relaciones de interdependencia entre especies, etc.) no está regulando los flujos energéticos ni de materiales de la biosfera, sino que éstos están siendo regulados por una información muy simple, incompleta y sesgada como es la referida a los beneficios monetarios de unas pocas compañías. Por qué se trasladan las semillas de comarca, se cambia el curso del río, se tala un bosque, suele depender más de las oportunidades de beneficio monetario que de
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la lógica de la vida que hasta hace poco regulaba estas cosas. Los indicadores monetarios macro-económicos, esto es información errónea (desde el punto de vista ecológico), son los nuevos reguladores de los movimientos de energía y materiales. Ya hemos visto cómo, por ejemplo, contaminar un río, o que más personas vivan solas, puede incrementar los indicadores de riqueza de un país. La mirada sobre la vida del planeta Tierra está fuertemente distorsionada basándose en una información escasa y equivocada.

La información en la biosfera y en el cerebro humano
Puede ser interesante reflexionar sobre la distinción entre información y conocimiento. La diferencia principal reside en el lugar donde ésta se procesa. La información se procesa en el conjunto de la biosfera, y el conocimiento es la parte de la información que se procesa en el cerebro humano, una pequeña parte de la biosfera. Gran cantidad de la información que regula la vida no se procesa en el cerebro humano. La información acumulada en la biosfera regula los ciclos de materiales del planeta (que es un sistema cerrado desde la perspectiva de los materiales) y se encarga de retener momentáneamente162 la energía que se obtiene del sol en la biosfera, en forma de biomasa. La biosfera ha ido acumulando información y con ella se han ido incrementando las posibilidades de retener energía permitiendo la vida en todas sus manifestaciones. La diversidad genética y las relaciones sistémicas entre los diferentes elementos son la forma en que se plasma la información en el territorio. La información permite disminuir momentáneamente la entropía de la biosfera (si bien no la del universo) Las sociedades humanas han ido adquiriendo parte de la información de la biosfera. Una fracción se ha ido incorporando a las bibliotecas, museos, ordenadores y servidores de Internet, y otra parte se ha perdido (sobre todo la que se transmitía oralmente). La información que el cerebro humano ha ido incorporando (el conocimiento) le ha permitido ir tomando decisiones sobre los ciclos de materiales y sobre los sistemas de retención de la energía. Así pues, la regulación de los ciclos y flujos de material, energía e información ha ido desplazándose desde la información que residía en el territorio (variedades de especies interrelacionándose entre sí según las condiciones de cada hábitat) a la información que reside en el cerebro. En otras palabras: si antes la supervivencia de un bosque dependía de millones de variables sistémicas, ahora depende de un plan urbano, una directriz de Bruselas o unos pocos paseos de una excavadora. Metafóricamente puede decirse que el cerebro de Gaia (de la biosfera) ha sido reemplazado (parcialmente) por el cerebro humano, en el que sólo se puede
162 Momentáneamente se entiende desde el punto de vista cósmico, la energía se retiene desde unos minutos (calentamiento de una planta) hasta miles de años (petróleo).

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procesar una cantidad pequeña de la información (comparado con el de Gaia). Los seres humanos, con sus jardines botánicos, sus universidades, sus consejos de administración, sus oleoductos, no han conseguido mantener la cantidad de biomasa e información (biodiversidad) que era capaz de coexistir en el planeta Tierra antes de que la acción humana y especialmente el desarrollo tecnoindustrial fuera significativo. Con la escasa información que puede procesar el cerebro humano (y los sistemas sociales y tecnológicos a través de los cuales se relacionan los cerebros), la biosfera ha ido perdiendo capacidad para retener la energía del sol, para incrementar la biodiversidad, para regular los ciclos de materiales de forma sostenible y, por lo tanto, ha aumentado la entropía, esto es, el desorden químico, biológico y radiactivo. Las sociedades tecnoindustriales saben extraer materiales, pero no saben cerrar los ciclos (convertir en recursos los residuos), tienen capacidad para alterar los factores de equilibrio de la biosfera, pero no tienen capacidad para reestablecer el equilibrio (véase el incremento de la temperatura media del planeta). Es probable que la confusión entre conocimiento e información haya generado la ilusión del incremento de esta última. Esta ilusión ha sido alimentada invisibilizando la información que se pierde, tanto genética como cultural. Se contabiliza la información que se gana (en forma de números de revistas científicas acumuladas en bibliotecas y servidores) pero se ignora la que se pierde en forma de costumbres (uso de determinadas combinaciones de cultivos para enriquecer los suelos) o de códigos genéticos de especies extinguidas. Mientras se degrada la información en la biosfera aumenta el conocimiento centralizado y esto ha llevado a creer que aumenta la información. Realmente sólo ha habido un trasvase de los sistemas y depósitos de información de la biosfera a los del cerebro humano, produciéndose probablemente una pérdida neta de información. La fuerte concentración de poder reduce aún más la información utilizada en regular los ciclos de materiales y energía. Sólo unos pocos cerebros humanos deciden lo que ocurre en vastas extensiones de territorio e incluso lo que ha de ocurrir en el resto de los cerebros (qué pensar, qué imaginar, qué inventar). Se pierde por tanto una buena parte de la biodiversidad y de la diversidad cultural (información distribuida) que tan importante ha sido para adaptarse a las diferentes condiciones de los territorios. Construir el mismo tipo de casa, recurrir al mismo sistema de calefacción y plantar el mismo cereal en una buena parte del mundo supone reducir la información y disminuir la eficiencia ecológica de las soluciones. La utilización grosera de la energía acumulada en la Tierra durante miles de años, y dilapidada en muy poco tiempo por el complejo tecnoindustrial, ha podido también contribuir a la idea de que hemos aumentado la información. El uso intensivo de energía (sin reparar en sus costes –contaminación, desertificación, calentamiento global–) ha permitido transportarse lejos con una rapidez muy superior a la acostumbrada y, por tanto, cambiar el radio de alcance de la información que se procesaba. El manejo de gran cantidad de energía gestionada con poca información puede
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provocar mucho desorden. Ya se ha mencionado el paradigma de la excavadora: con muy pocas instrucciones una máquina excavadora impulsada con energía fósil puede destrozar –y destroza– en media hora lo que a la biosfera le ha costado concebir y crear cientos de años. Igualmente, la instrucción de apretar un botón tomada apresuradamente bajo la presión de una señal de alarma borrosa puede devastar en unos minutos toda la naturaleza y cultura reunida en un territorio (podríamos llamarle el paradigma de la bomba atómica). Poca información y mucha energía pudiera ser uno de los signos característicos del llamado desarrollo. El ser humano ha confundido el conocimiento escrito y transportado electrónicamente con la información de la biosfera y por eso mantiene la ilusión de la sociedad de la información. Los almacenes de información electrónica sobre las especies en extinción, los museos etnológicos o los bancos de semillas pueden tranquilizarnos momentáneamente sobre la conservación de la información, pero se olvida con facilidad que la información sistémica y compleja no es fácil de almacenar en los bancos de datos de soporte magnético. Los mejores almacenes de información de la sostenibilidad residen en los códigos genéticos de las especies en interacción y dejan la huella de sus relaciones sistémicas en su configuración en el territorio. Estos almacenes están desapareciendo bajo el asfalto y el monocultivo de la sociedad tecnoindustrial. Un ejemplo podría valer para entenderlo. Algunas variantes de la agricultura tradicional tenían la costumbre de dejar espacio entre los cultivos para los setos. Los setos, además de servir para regular el viento y proporcionar comida a los animales, eran despensas de información genética de las especies autóctonas y de la configuración ecosistémica del territorio. Una vez abandonado el cultivo podían volver a reproducirse en ese territorio. Para ello se habían adaptado con todas sus peculiaridades a través de mutaciones genéticas y de relaciones entre diferentes especies en el transcurso de miles de años. Estos setos han desaparecido sin que conste en ningún lugar como una pérdida. Es poco conocido el coste ecológico del actual sistema de transmisión y almacenamiento de la información, pero no parece ser tan inocuo como suele imaginarse. El soporte magnético no sólo no substituyó al papel (como se había dicho) sino que provocó un incremento del uso de este material. Para fabricar un ordenador se necesita extraer materiales de la corteza terrestre aproximadamente por un valor equivalente a 1.000 veces el ordenador fabricado (en peso). Una de las bases materiales de Internet hay que buscarla en el carbón quemado en las centrales térmicas para producir electricidad. La lectura de un periódico on-line durante 20 minutos gasta tanta energía como un periódico convencional. Mantener toda la red de ordenadores y servidores encendidos y conectados requiere un coste creciente de energía, ya que cada vez son más, más veloces y con más capacidad. Algunos de los metales utilizados son recursos muy escasos que originan guerras de apropiación del subsuelo, como es el caso del coltán en África. Los residuos vertidos contienen materiales excepcionalmente tóxicos, y en la actualidad apenas hay un control sobre los mismos. Si bien el coste diferencial de enviar un mensaje lejos a enviarlo cerca, una vez encendida la red,
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la denominada ‘soCiedad de la informaCión’

es poco significativo, el coste físico del mantenimiento de la red es todo menos intangible163.

El carácter comercial de la información
Cada vez más, la información que circula es de carácter comercial y con fines de negocio. No se trata sólo de la cantidad de información de carácter publicitario que vemos y oímos a lo largo del día. Hay mucha información aparentemente no comercial que obedece de fondo a la lógica del mercado. Hay menos información sobre el efecto de la risa o el caminar rápido en el sistema endocrino que sobre el efecto de determinados medicamentos, por la simple razón de que estos últimos crean más oportunidades de negocio y acumulación de capital. Las empresas que comercializan los medicamentos, organizan y subvencionan los congresos a los que los médicos asisten y obviamente no los organizan sobre las propiedades terapéuticas de la risa. Si una información reduce los índices de audiencia de un gran medio de difusión tiende a ser eliminada. Si una información no favorece los intereses de los propietarios de los medios de comunicación también es eliminada. Como la información que circula procede de forma creciente de los medios controlados por las grandes compañías (con excepciones) y de forma decreciente de la propia experiencia o de la experiencia de las personas cercanas, crece la información del cerebro que es de carácter comercial (telediarios, grandes acontecimientos deportivos, congresos, eventos patrocinados, publicaciones, etc.). Ni que decir tiene que los intereses comerciales y los de la sostenibilidad son difícilmente convergentes. Por eso sobreviven con facilidad ideas y conceptos claramente insostenibles pero favorecedores de beneficios económicos. (“Gasta menos mantener la calefacción encendida que apagarla y encenderla”, “son más ecológicos los coches nuevos que los viejos”, “las empresas energéticas trabajan por la sostenibilidad”, “el coche te da libertad”, “es malo para el conjunto de la sociedad que se vendan menos coches este trimestre”). Por el momento se desconoce el efecto de la monetarización de la información en los buscadores de Internet (aparecen más las páginas que más pagan) pues el fenómeno es demasiado reciente y hasta el presente no es exclusivo, pero presumiblemente, si el mercado continúa monetarizando cada vez más aspectos de la realidad, también lo hará a gran escala y de forma contundente con la información. Para juzgar el carácter comercial de la información basta con hacer un pequeño examen de la cantidad de ésta que recibe la mayor parte de la población alabando las excelencias de los productos y propuestas de las grandes compañías y la escasa o nula sobre las consecuencias sociales y ambientales de estas mismas propuestas. Una cultura de la sostenibilidad debe redefinir el concepto de información incluyendo la de la biosfera y, desde ahí, analizar los procesos de creación, elaboración, distribución, recepción, uso e impacto y destrucción de la información. Igualmente, precisa distinguir la información que favorece la sostenibilidad de aquella que la disminuye, y analizar los límites y el sustrato físico de la misma. Por último, resulta imprescindible relacionar el concepto de información con los de equidad, control y mantenimiento de las condiciones de la vida.

Información y distancia
Para la sostenibilidad es clave relacionar información y territorio, así como información y distancia. Hasta el momento se festeja de forma sistemática el acceso a la información lejana, pero no suele reflexionarse si ello puede comportar algún inconveniente. El hecho de que se pueda acarrear con cierta facilidad un tipo de información a largas distancias, significa también que pueden tomarse decisiones alejadas de los lugares donde se producen las consecuencias de éstas. Cuando se alejan en el espacio (y en el tiempo) las consecuencias de las decisiones, aumentan las conductas irresponsables, ya que es más sencillo no recibir la retroinformación adecuada. La distancia suele ocasionar una pérdida de la información sistémica y compleja. Si se decide en Bruselas lo que se siembra en Galicia, aumentan las posibilidades de producir desorden biológico y social. La información monitorizada (la que se ve a través de monitores) es más fácil de transportar lejos que la información sistémica, por lo que las decisiones tienden a tomarse sobre la base de aquella información fácilmente monitorizable. Se pierde así el peso de la información compleja, más difícil de manejar. Una buena parte de las decisiones con mayores consecuencias se toma a partir de la información monitorizada que ofrecen las cuentas monetarias. Al reducirse toda la complejidad a una sola dimensión, que además es cuantitativa, se toman las decisiones sin una buena parte de la información necesaria para que éstas produzcan un menor desorden. Decisiones como la de las Azores164 se toman a distancia, con una buena parte de la información monitorizada (estudios de rentabilidades, informes sintéticos). Algunas tribus indias mantenían la norma de que quien declaraba la guerra tenía que ir luego a ella. Cuando las consecuencias se acercan en el tiempo y en el espacio suelen tomarse decisiones distintas. En el caso de los indios está claro que introducían además una información emocional y vivencial, más difícil de monitorizar, que les llevaba a conclusiones muy sopesadas. La globalización aleja la información de las consecuencias de lo que se hace, dificulta la retroalimentación, y todo el sistema se vuelve más desordenado. Si la basura cae cerca de tu casa te preocupas de qué hacer con ella, pero si dejas de verla y va a parar muy lejos, entonces te despreocupas de su destino. La basura cerca huele, se pudre y puede ser desagradable, la lejana es sólo un dato fácil de olvidar.

163 Carpintero, O. (2003) “Los costes ambientales del sector servicios y la nueva economía”, Rev Economía Industrial nº 352. 164 Información manejada por los presidentes de los gobiernos que decidieron la invasión de Iraq en la reunión en las islas Azores.

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la denominada ‘soCiedad de la informaCión’

Qué plantea el pensamiento único sobre la información
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Da por sentado que en la actualidad hay más información. Reduce con frecuencia el concepto de información a aquello que es transmitido por medios electrónicos. Propugna que la sociedad post-industrial depende especialmente de los sistemas de información minusvalorando o ignorando la base física y biológica en la que se asienta. Sueña con una economía desmaterializada (producción de intangibles). A menudo ensalza los soportes (satélites, electrónica, informática) ignorando los contenidos y la relevancia de la información. Asocia e incluso hace intercambiables los términos nuevas tecnologías e información. Ensalza la velocidad y la distancia a la que se transmite la información, dejando de lado la información lenta, aquella que tarda tiempo en elaborarse y entenderse. Queda por lo tanto fuera casi toda la información de la complejidad. No habla de los límites de la información: por ejemplo, el hecho de que se mantenga más o menos inalterable el número de palabras que una persona puede leer a lo largo de la vida o la dificultad de selección de la información cuando disminuye el coste del acarreo. La exaltación que hace de los nuevos soportes impide ver que la información esculpida en una roca dura más que la grabada en un disco duro. La información electrónica es considerada inmaterial, ignorando los costes materiales necesarios para mantener todo el sistema de almacenaje y acarreo de ésta. Se pasan por alto los costes ecológicos de extracción de los materiales, de la contaminación provocada y de la energía necesaria para mantener todo el sistema electrónico, muy superior a la que suele pensarse. Utiliza como sinónimos los términos de comunicación e información ignorando el análisis de la direccionalidad de la información, el grado de la interactividad real de la misma, la proporción entre número de emisores y número de receptores. Ensalza la objetividad de la información basándose en la credulidad cultural que dan los datos o las imágenes ocultando los procesos de creación, elaboración, manipulación, emocionalización, censura y falseamiento de una buena parte de la información clave (por ejemplo, las estrategias de las grandes empresas). La información acumulada en las lenguas, en los códigos genéticos de las especies o en la biodiversidad no es mencionada como tal. La información que se transmite de forma oral y sin medios electrónicos no es considerada como tal o es infravalorada. Por lo tanto, queda fuera una buena parte de la información que ha permitido la sostenibilidad de muchas comunidades humanas.

Qué plantea una cultura de la sostenibilidad sobre la información
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Ampliar la mirada sobre la información más allá de aquella que es almacenada y acarreada en soporte electrónico. Distinguir entre información facilitadora de la sostenibilidad e información destructora de la sostenibilidad. Identificar y diagnosticar la información tóxica. Examinar la información para la sostenibilidad que se pierde y tratar de recuperarla o frenar las pérdidas. Relacionar la información con su uso de hecho. ¿Qué información hay? ¿Cuál de la que hay se usa? ¿Quién la utiliza y quién no? ¿Para qué se usa la información? Relacionar información con energía y circulación de materiales. Vincular información y poder: Distinguir la información que concentra poder y la que lo distribuye o no lo concentra. Considerar la información que utiliza la naturaleza para autorreproducirse y la incidencia que el ser humano está teniendo en estos flujos de información. Analizar el carácter comercial de la información. Conocer el verdadero coste ecológico de la circulación de la información en soporte electrónico. Distinguir cuál es la información que permite nuestra supervivencia. Conocer y desarrollar la información que favorece la equidad. Conocer y desarrollar la información que facilita nuestra felicidad.

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Aprender de las culturas que han vivido en paz con su territorio

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Hemos visto como una buena parte de aquello que sustenta la vida se encuentra profundamente deteriorado, en muchos casos de forma irreversible. Lo que hemos venido denominando progreso y desarrollo ha supuesto, a nivel ecológico, el saqueo de las despensas del planeta y la alteración de las condiciones ambientales que permiten la vida humana. La solución a esta difícil situación no es volver al pasado. En primer lugar porque no es posible dar marcha atrás y regresar a un punto en el que los yacimientos de minerales o petróleo no estuviesen sobreexplotados, o los sumideros que degradan la contaminación no se encontrasen saturados. En segundo lugar porque no es deseable volver a situaciones en las que el patriarcado subordinaba (aún más) a las mujeres, las relaciones sociales que primaban eran feudales, la violencia era herramienta común de dominación o se utilizaban ciertas prácticas religiosas para someter a la población. Sin embargo, cuando buscamos claves para salir de este atolladero, resulta

Cultura y sabiduría
“¿Dónde está el conocimiento que perdemos con la información?, ¿dónde la sabiduría que perdemos con el conocimiento?”
T.S. Eliot

“Sabemos plantar, sabemos criar y con mucho cuidado. Sabemos también preservar la naturaleza. La tierra para nosotros es nuestra madre. Nunca murió aquí un indio de hambre”.
Orlando Pérez, dirigente indígena

“Las economías indígenas de subsistencia contribuyen al crecimiento de la economía de la naturaleza y de la economía social, aseguran una elevada calidad de vida en términos de alimentos y agua, sostenibilidad de los medios de vida, y una robusta identidad y significado social y cultural”.
Vandana Shiva

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aprender de las Culturas que Han vivido en paz Con su territorio

imprescindible mirar hacia atrás y revisar cuáles de aquellas cosas que perdimos interesa recuperar: valores, prácticas, relaciones, espacios... que permitían a nuestros antepasados desarrollar su vida sin destruir sus mismos fundamentos. Además, en nuestro presente existen millones de personas, articuladas en culturas que han sabido mantenerse en armonía con las limitaciones que les impone el entorno. Muchos de estos pueblos, las culturas originarias, han desarrollado estilos de vida comunitarios compatibles con el funcionamiento de la naturaleza. Paradójicamente, aquellas culturas que han sabido resolver sus necesidades mediante una relación de equilibrio con el entorno y no de explotación, y que se han mantenido durante cientos de años viviendo de este modo, son despreciadas. Una y otra vez se las califica de atrasadas, supersticiosas e ineficientes. Sin idealizar ingenuamente la vida del pasado o la de los pueblos indígenas, hoy en una situación de calentamiento global incontrolado, de agotamiento de minerales y energía fósil, con los sumideros incapaces de degradar tanta contaminación, viviendo enormes desigualdades entre personas y pueblos, con una biodiversidad en rápido retroceso... resulta obligado mantener, proteger y aprender de estas prácticas culturales que han sido arrasadas en nuestros propios territorios y que están amenazadas en el resto del planeta.

¿Qué vemos aquí?
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Abandonar un peligroso concepto de progreso
La cultura no es un conjunto de saberes normativos fijados de antemano que unos individuos aprenden y otros no (sentido que se le da coloquialmente cuando se habla de lo importante que es adquirir una cultura). Cultura es la característica de todo ser humano de aprender e innovar, recombinando la información obtenida a partir de otras personas, o del medio, y así adaptarse rápidamente al entorno (en comparación con la lentitud de las adaptaciones genéticas). Otros animales también la tienen, aunque ni dependen tanto de ella ni la han desarrollado tanto como el Homo sapiens. No existe una cultura superior: lo que algunos han dado en llamar la alta cultura es una cultura más. Hay culturas muy diversas que se distribuyen a lo largo del mundo, pero incluso en una misma sociedad jerarquizada coexisten y se interpenetran varias: la cultura dominante, promovida desde el poder, y también culturas de resistencia, que combaten al poder o tratan de evadirlo. Sus diferencias dependen de la variedad de entornos, de la relación dinámica de esos contextos con los grupos humanos y de las relaciones que puedan tener los distintos grupos humanos entre sí. Tampoco las culturas son estáticas, pues cambian con las transformaciones del entorno, con las interrelaciones, e incluso pueden generar ellas mismas factores de cambio. Esta diversidad y esta adaptabilidad, íntimamente relacionadas, han permitido a la especie humana extenderse más que ninguna otra en el planeta. Sin embargo, la noción de progreso que se acuñó en Europa otorgó superioridad moral a la evolución sociocultural de occidente. Se interpretó que todos los pueblos evolucionaban linealmente desde unas etapas primitivas –organización económica
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Normalmente sólo veremos una mujer de una aldea africana que está bañando a un niño. Una escena sencilla. Y puede ser peor: guiados por prejuicios comunes, podemos verla como un ejemplo de miseria (“¡esa pobre gente con tan poca ropa y cacharros de madera!”). Pero cuando nos la muestra alguien que ha profundizado en la mirada, esta escena nos enseña toda una lección de geografía, historia y cultura: 1. Calabaza ancha y llana en la que se carga la leña o el ñame que se trae del campo. 2. Dentro de un recipiente de plástico rojo hay un cuenco con el jabón, que ha sido fabricado con aceite de karité y extractos de ceniza de paja de mijo; el jabón es siempre personal. 3. Aquí se han cocido cortezas para preparar una tisana caliente, que se cuela en la calabaza pequeña que es el nº 4. De aquí la mujer echa agua sobre el niño, con el cuenco de la mano. 5. Esponja vegetal con la que la madre frota y enjabona abundantemente al niño; terminará haciéndole masajes con la esponja, manos, y agua clara. También le da a beber la tisana. 6. El chico está en traje de faena. Acaba de volver del campo, y se duchará al atardecer, antes de salir con sus amigos. 7. Aquí se cuece el ñame, la pasta de maíz o de mijo. Ese trabajo corresponde a las nueras o a las mujeres jóvenes de la casa. 8. Estas gentes son baribas, de Benin; la mujer viste telas estampadas muy colo265

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ristas, como es usual en el Golfo de Guinea. 9. Este tronco es el mortero donde se muele el grano u otros productos, pero ahora han metido dentro una cazuela, seguramente para que cabras o gallinas no se coman su contenido. 10. Apoyados en la pared hay tres pilones de mortero. Además, vemos una cazuela en la que la señora mayor de la casa prepara la salsa de la comida. En el suelo, tres piedras de laterita que sirven de cocina; en ella hay piezas de leña. Pero aún podemos aprender más si miramos con ojos orientados a la sostenibilidad: Vemos que han traído del campo ñame, otros vegetales, acaso maíz o mijo, que tienen cabras o gallinas... Estos agricultores siguen siendo autónomos a la hora de conseguir el grueso de su alimentación y de la energía que necesitan. Esto no significa que vivan en el país de Jauja, pero les libra de un peligro que sí corren los campesinos que han abandonado sus cultivos tradicionales en favor de aquellos que obtienen fácil venta en el mercado internacional, y es que cuando el precio de esos monocultivos se hunde (una situación recurrente) no obtienen ni siquiera el dinero imprescindible para subsistir. También son autónomos para obtener otras cosas. La fabricación de jabón casero ha sido una tradición generalizada a lo largo del mundo y un ejemplo perfecto de cómo el aceite usado, que en nuestra civilización industrial es un molesto residuo, en culturas más sostenibles es un útil recurso. En cuanto al karité, es uno de los muchos productos que quizá los jóvenes de las ciudades de África considerarán una antigualla, mientras en las tiendas de Occidente se vende hoy como producto de lujo. Tanto el karité como otros productos tropicales son ejemplo de cómo las grandes corporaciones se han reservado la producción y el comercio de valiosos recursos, convirtiéndolos en problemas ecológicos y agentes de desigualdad (otros ejemplos son el café, el cacao...). El baño, la cocina, la molienda, cuando el tiempo lo permite se hacen al aire libre, abiertos a la relación con familiares, vecinos, vecinas o quien esté de paso. Así se facilita obtener informaciones interesantes y forjar lazos, lejos de la experiencia cada vez más individualista y segmentada que nos parece normal a quienes vivimos en ciudades occidentales. No hay un único pilón de mortero sino tres, porque la molienda es una de las muchas tareas que en estas culturas se prefiere hacer de forma colectiva, aunque no resulte imprescindible. Trabajar en grupo llega a ser un juego, y un arte, refuerza los vínculos sociales y permite intercambiar información y aprender combinando instrucciones, observación y práctica. La tisana nos recuerda que el conocimiento de las propiedades nutritivas o medicinales de la vegetación local permite resolver necesidades esenciales con recursos muy accesibles. El detalle de que la comida esté protegida de cabras y gallinas no es banal: en esa comunidad la gente consume ciertos recursos, y los animales otros diferentes, de modo que se complementan. Hasta que se dio la ruptura sistemática de los ciclos naturales que caracteriza a la civilización industrial, lo propio de cualquier cultura era criar ganado a partir de recursos que las personas no aprovecharan
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directamente, o lo hacían con mucha menor eficacia. Fundamentalmente los ganados son especies capaces de convertir la celulosa, abundante en los vegetales e indigerible para el ser humano, en proteínas valiosas para la alimentación humana, en gran medida en forma de lácteos o huevos. Su consumo tiene más sentido que el consumo directo de carne animal, que se agota una vez consumida. Además el ganado suele proporcionar otros recursos (cuero, lana...) y servicios (transporte, carga, tiro...). Cuando nuestra civilización alimenta ese mismo ganado con alimentos perfectamente aprovechables para el ser humano: cereal, soja, harina de pescado... ha creado problemas sociales y ecológicos nuevos y graves. La base de la alimentación en el caso estudiado será el fufu de ñame, gachas de maíz y de mijo (ya hemos visto que también hay huevos, leche, carne de gallina o chivo para ocasiones especiales, y otros vegetales recolectados o cultivados). Las salsas aumentan la variedad e integran otros nutrientes. Estos saberes gastronómicos se han conservado en parte en nuestra cultura, pero aún así debemos recuperar una cocina sana, variada y, sobre todo, readaptada al uso de productos locales. Y una última observación no menos importante: en la imagen analizada la mujer se ocupa de la limpieza del niño, mientras el hombre que está inmóvil tras ella se cruza de brazos. Nada nuevo respecto de la cultura occidental. En este aspecto queremos insistir en que no tiene sentido la recuperación de estas culturas si no se revisa el carácter patriarcal que buena parte de ellas ha mantenido y mantiene.
Elaboración propia, a partir de la foto y explicación de J. Ramón Carballada, de la Sociedad de Misiones Africanas.

basada en la caza y recolección o ausencia de propiedad privada– hacia otras más racionales y modernas –civilización industrial o economía capitalista– y que en esta evolución, universal e inevitable, las sociedades occidentales se encontraban en el punto más avanzado. Esta concepción de progreso condujo a que los Estados europeos, convencidos de constituir la civilización por excelencia, no tuviesen reparos para expoliar los recursos de los territorios que colonizaban. Sometieron mediante la violencia y la dictadura cultural a los pueblos colonizados, a los que se consideraba atrasados y en un estado muy cercano a la naturaleza. Esta concepción de progreso, que continúa vigente hoy, ha sido enormemente negativa para los pueblos más pobres y para la naturaleza. Lejos de lo que se intenta publicitar a los países de la Periferia, la imposición del progreso y el crecimiento económico, no les ha traído mayor felicidad. Al contrario, a mayor crecimiento económico mayor polarización entre desiguales. Por ejemplo, India a finales del siglo XVIII era una sociedad con agricultura sostenible en la que el hambre se desconocía, los bosques se consideraban bienes comunales y permanentes, y los productos eran recolectados sin expoliar el medio. Además, la madera para el fuego era abundante, había un sistema educativo eficiente, la astronomía, las matemáticas y la medicina estaban muy desarrolladas y la industria textil era floreciente y sostenible. La interdependencia entre el suelo, las plantas y
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la humanidad se reconocía y se protegía, y la tierra se consideraba sagrada.165 En el siglo XIX en el Sahel, hoy una de las zonas más empobrecidas del mundo, se guardaba una cosecha en reserva para prevenir desastres naturales y estaba mal visto consumir el grano nuevo. El desprecio con el que se suele tratar a otras culturas se corresponde con el desprecio a la hora de considerar el medio rural de Occidente (y de cualquier otro sitio). ¿Cuántas veces habremos oído o leído dar como explicación de las migraciones masivas del campo a la ciudad la falta de oportunidades para los jóvenes en el medio rural, su pobreza, su atraso...? En cambio raramente encontraremos el argumento de que la nueva sociedad industrial, dominada por la burguesía, volvió tan difícil ganarse la vida en el campo que el éxodo rural ha sido la resultante, en muchas ocasiones una verdadera expulsión. La idea de que más es siempre mejor, el desprecio por los saberes tradicionales, la concepción de la naturaleza como un enorme almacén de recursos al servicio del sistema económico o la convicción de que la tecnociencia será capaz siempre de resolver todos los problemas, suponen un enorme lastre en un momento en el que resulta urgente abandonar muchos de estos mitos. Sobre todo para aquellos países utilizados como áreas de abastecimiento o vertederos de las economías ricas, y a los que se intenta transmitir la esperanza en un desarrollo futuro. En ocasiones puede darse cierta confusión entre cultura y sistema político. (Y más en estos tiempos en que se hace lema del supuesto choque de civilizaciones). Un sistema político es solamente una parte de un sistema cultural, y muchas veces una de las que menos se integran en el conjunto, siendo frecuente que un sistema político desaparezca o sea sustituido por otro, mientras el resto de la cultura permanece en principio con pocos cambios. Es más, sistemas políticos similares, incluso presentados como idénticos por sus dirigentes, pueden aparecer en culturas muy distintas entre sí en muchos otros aspectos. Pero en cuanto a las relaciones entre cultura y régimen político, lo que nos interesa aquí resaltar es que las instituciones que detentan el poder han mostrado históricamente la tendencia a tratar de modelar muchos otros aspectos de la cultura de acuerdo con sus intereses. Las culturas agrícolas tradicionales son prueba de que nuestra vida se sostiene gracias a cosas humildes, y no a las grandes obras de gobernantes, a las hazañas de héroes, o a las invenciones de personas expertas. Una triada medieval irlandesa reza así: “Las 3 cosas delgadas que mejor sirven de soporte al mundo: el delgado hilo de leche que cae en el balde desde la ubre de la vaca; la delgada espiga del trigo verde sobre la tierra; el ovillo delgado que maneja una mujer habilidosa”.166

¡Pobre mundo rico!
Dice Tuviavii de Tiavea sobre los hombres blancos (los Papalagi): “Es signo de gran pobreza que alguien necesite muchas cosas, porque de ese modo demuestra que carece de las cosas del Gran Espíritu. Los Papalagi son pobres porque persiguen las cosas como locos. Sin cosas no pueden vivir. Cuando han hecho del caparazón de una tortuga un objeto para arreglar su cabello, hacen un pellejo para esa herramienta, y para el pellejo hacen una caja, y para la caja, una caja más grande. Todo lo envuelven en pellejos y cajas. Hay cajas para taparrabos, para telas de arriba y para telas de abajo, para las telas de la colada, para las telas de la boca y otras clases de telas. Cajas para las pieles de las manos y las pieles de los pies, para el metal redondo y el papel tosco, para su comida y para su libro sagrado, para todo lo que podáis imaginar. Cuando una cosa sería suficiente, hacen dos. Si entras en una cabaña europea para cocinar, ves tantos recipientes para la comida y herramientas que es imposible usarlos todos a la vez. Y por cada plato hay un tanoa1 distinto: uno para el agua y otro para el kaua europeo, uno para los cocos y otro para las uvas. “Hay tantas cosas dentro de una choza europea, que si cada hombre de un pueblo samoano se llevase un brazado, la gente que vive en ella no sería capaz de llevarse el resto. En cada choza hay tantos objetos que los caballeros blancos emplean muchas personas sólo para ponerlos en el sitio que les corresponde y para limpiarles la arena. Incluso las taopou de alta cuna emplean gran cantidad de su tiempo en contar, rearreglar y limpiar todas sus cosas. “Todos vosotros sabéis, hermanos, que cuento la verdad que he visto con mis propios ojos, sin añadir a mi historia ninguna opinión. Por eso creedme cuando os cuento que hay gente en Europa que presionan un palo de fuego en sus frentes y se matan, porque prefieren no vivir a vivir sin cosas. Los Papalagi turban de todos los modos posibles sus mentes y enloquecen pensando que el hombre no puede vivir sin cosas, como no puede vivir sin comida. “También por eso, nunca he sido capaz de encontrar una choza en Europa donde pudiera descansar del modo apropiado en mi estera, sin nada que estorbara mis miembros cuando quería estirarme. Todas aquellas cosas lanzan destellos de luz o gritan chillonamente con las voces de sus colores, de tal modo que no podía cerrar mis ojos en paz. Nunca hallé el verdadero reposo allí ni fue mayor mi nostalgia por mi cabaña samoana; esa cabaña en la que no hay nada más que una estera para dormir y un envuelve-cama, y donde nada te turba salvo la suave brisa del mar. “Los que tienen pocas cosas se llaman a sí mismos pobres o infelices. Ningún Papalagi canta o va por la vida con un destello en su mirada cuando su única posesión es un recipiente de comida como hacemos nosotros. Si los hombres y mujeres del mundo de los blancos residieran en nuestras cabañas, se lamentarían y afligirían, e irían a buscar rápidamente madera de los bosques y caparazones de tortuga, vidrios, fuerte alambre y llamativas piedras y mucho, mucho más. Y moverían sus manos de la mañana hasta la noche, hasta que la choza samoana estuviese llena
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165 Bermejo, R. (1994) Manual para una economía ecológica. Los Libros de la Catarata. 166 En Crosby, A. W. (1986) Imperialismo ecológico. Crítica, Barcelona. Los irlandeses, antes de ser alfabetizados, usaban para transmitir enseñanzas importantes las llamadas triadas, pequeños poemas que agrupaban las realidades de 3 en 3, para que pudieran recordarse mejor.

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de objetos enormes y pequeños que se rompen fácilmente y son destructibles por el fuego y la lluvia, y que por esto deben sustituirse todo el tiempo. “Cuantas más cosas necesitas, mejor europeo eres. Por esto las manos de los Papalagi nunca están quietas, siempre hacen cosas. Ésta es la razón por la que los rostros de la gente blanca parecen a menudo cansados y tristes y la causa de que pocos de ellos puedan hallar un momento para mirar las cosas del Gran Espíritu o jugar en la plaza del pueblo, componer canciones felices o danzar en la luz de una fiesta y obtener placer de sus cuerpos saludables, como es posible para todos nosotros2. “Tienen que hacer cosas. Tienen que seguir con sus cosas. Las cosas se cierran y reptan sobre ellos, como un ejército de diminutas hormigas de arena. Ellos cometen los más horribles crímenes a sangre fría, sólo para obtener más cosas. “Ahora el hombre blanco quiere hacemos ricos trayéndonos todos sus tesoros, sus cosas. Pero esas cosas son como flechas envenenadas, que matan a aquellos en cuyo pecho se han introducido. Una vez oí, por casualidad, decir a un hombre que conoce bien nuestras islas: “Vamos a forzar nuevas necesidades en ellos”. ¡Las necesidades son cosas! Y aquel sabio dijo más: “Entonces podemos ponerles a trabajar también fácilmente”. Quería decir que tendríamos que usar la fuerza de nuestras manos para hacer cosas, cosas para nosotros mismos, pero principalmente cosas para los Papalagi. Debemos estar también cansados, encorvados y grises. “Hermanos de muchas islas, debemos mantener nuestros ojos muy abiertos, porque las palabras de los Papalagi saben como los dulces plátanos, pero están llenas de flechas escondidas que saldrán para matar toda la luz y alegría que hay en nosotros. No olvidemos nunca eso. Aparte de lo que nos ha dado el Gran Espíritu, precisamos muy poco. Él nos dio ojos para ver las cosas, pero necesitáis más que todo el tiempo de nuestra vida para verlas todas. Y nunca pasó mayor mentira por los labios de un ser humano como cuando el hombre blanco nos dice que las cosas del Gran Espíritu tienen muy poco valor, pero que las cosas que ellos producen son más útiles y valiosas. Sus propios objetos, son numerosos, resplandecientes y brillantes, lanzan miradas seductoras a nuestro sistema de vida y se nos imponen, pero nunca hacen el cuerpo de un Papalagi más bello, sus ojos más brillantes o sus mentes más agudas. Ésta es otra razón por la que sus cosas tienen poco valor y las palabras que pronuncian y fuerzan violentamente nuestra consciencia, son pensamientos empapados de veneno, las eyaculaciones de un espíritu maligno”.
(1) Recipiente de madera de 3 o 4 patas, usado para la preparación de la bebida nativa. (2) Muy a menudo, los samoanos van a jugar y bailar juntos. Aprenden a bailar a muy temprana edad. Cada pueblo tiene sus canciones y poetas. Por la noche se puede oír cantar dentro de cada cabaña. El canto es melodioso, principalmente porque el idioma es muy rico en vocales, pero también a causa del delicado buen oído de los isleños.

Recuperar lo que perdimos
En nuestra sociedad todavía podemos encontrar prácticas y rasgos culturales antiguos que es necesario no sólo no perder, sino a veces recuperar, porque pueden permitirnos cambiar una trayectoria cultural que podría conducirnos a la desaparición del medio que nos sostiene. Las personas mayores son verdaderas bibliotecas de conocimiento práctico para la sostenibilidad, y esto por poco tiempo. El sentido común de quienes vivieron con mucho menos, ajustándose a los límites que les imponía la realidad física en la que se desenvolvían, es necesario para reconducir nuestras fórmulas basadas en el despilfarro de bienes limitados. Aunque en Europa las zonas rurales han sido profundamente transformadas por los modelos industriales, aún es posible encontrar algunos lugares en los que ciertas poblaciones, esencialmente campesinas, usan los recursos al modo tradicional, por ejemplo en zonas aisladas de Grecia, Portugal, España, Francia, Suiza o Polonia. Un ejemplo podría ser el de los Alpes suizos, en donde algunas comunidades locales realizan todavía un manejo diversificado de los recursos próximos. Los estudios realizados en la comunidad de Törbel167, permiten apreciar el conjunto de prácticas seguidas por una comunidad de familias al menos desde el siglo XI. Esta comunidad vive en un área de 1.500 hectáreas con unas alturas comprendidas entre los 800 y los 3.000 m. Obtiene de sus territorios casi todo lo que necesita para subsistir: carne, leche, queso, verduras, cereales, patatas, uvas, frutos, lana y abundante madera y leña. Las claves de su éxito han sido el manejo del agua, el mantenimiento de la fertilidad de los suelos y la integración entre zona de pastos y cereales con la ganadería. Sin embargo, estas prácticas no hubieran sido posibles si no existiera detrás de su funcionamiento una compleja organización social y productiva. Su sofisticado sistema de regadío es mantenido, regulado y mejorado por una agrupación de regantes, sincronizada y eficiente, que involucra a todas las unidades familiares. Estas asociaciones de regantes existían hasta hace muy poco en España, y en algunos lugares aún permanecen como institución. Si hacemos repaso de las prácticas culturales de diferentes sociedades rurales, encontraremos algunas constantes que merece la pena rescatar.

Ritmo solar
Las personas, hasta hace no demasiado, extraían su energía y recursos directa o indirectamente a partir del sol, y así lo reconocían y celebraban explícitamente. Nuestro año aún está pautado por el solsticio de invierno (Navidad y final del año), y por el solsticio de verano (San Juan y comienzo de los descansos del verano). Tareas y fiestas se ajustaban en el campo a los ciclos de la naturaleza (y continúan
167 Estudios realizados por Netting en 1984, 1990 y 1993 y recogidos por Toledo, V y BarreraBassols, N. (2008) La memoria biocultural. La importancia ecológica de las sabidurías tradicionales. Icaria, Barcelona.

Scheurmaun, E (1977) Los papalagi (los hombres blancos). Discursos de Tuiavii de Tiavea, jefe samoano. Barcelona. Integral

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marcando en parte la organización del trabajo y descanso en el modelo de vida urbana), sobre los que se superpuso un calendario religioso que apenas se molestó en ocultar su raíz precristiana (o preislámica), y es que la cultura tradicional, sabiamente, ha procurado ajustarse al resto de la naturaleza (“Era fiesta de San Juan / en que moros y cristianos hacen gran solemnidad / los moros esparcen juncia / los cristianos arrayán / y los judíos aneas / por el día mejor honrar”).

Organización en ciclos
La cultura campesina, que obtiene casi todo de la tierra, después de aprovecharlo de forma muy austera, devolvía a la tierra de nuevo casi todo lo que tomaba. Los cuentos y la tradición oral recogen este conocimiento: “Una mujer casó a sus dos hijos. Celebradas las bodas, tuvo una conversación con sus nueras, y les dijo que al cabo de un año volvería a visitarlas, y que hasta entonces guardaran la ceniza del hogar, la ‘esllava’ (el agua con restos de alimentos que resulta de fregar en un barreño los platos y cacharros de cocina), y los tronchos de las berzas. Pasado el año fue a visitar a una de sus nueras, y le preguntó por las cosas que dijo que guardara. Su nuera le enseñó un gran montón de ceniza tras la casa, quejándose de que aquello no servía más que para ensuciar, mostró luego una charca maloliente donde se iba pudriendo la esllava y que según ella sólo servía para dar mal olor y atraer bichos, y luego la llevó al huerto, donde había una pila de restos de berza, protestando de que le quitaba terreno para cultivar. Fue luego la mujer a ver a su otra nuera, y cuando le preguntó por la ceniza, la moza le enseñó un arcón de ropa limpia, explicándole que usó la ceniza para hacer jabón; al preguntarle por la esllava le enseñó dos cerdos bien gordos, explicándole que allí guardaba ella la esllava, dándosela a comer a los animales; y al pedirle los tronchos de berza le enseñó un estante con quesos, explicando que los restos de berza se los dio a una cabra que así daba leche abundante de la que ella sacaba para aquel queso”.168 El comportamiento de las dos nueras del cuento ejemplifica muy bien la distancia entre las culturas biocéntricas y aquellas que viven de espaldas a los ciclos de la naturaleza.

recogido también en el refranero popular y que es expresión de una conciencia colectiva del valor de la autolimitación. Las personas que hoy son mayores sabían vivir con un consumo significativamente menor de energía. No requerían de un consumo de carne tan grande como nosotros para estar perfectamente sanos: ciertamente que, si no estaban en la miseria, contaban con un aporte habitual de proteínas animales, pero salvo festejos, se solía reducir a unos huevos, quesos y otros lácteos, y algo de cerdo o pollo, mezclado en los diversos pucheros de cada comarca. La sobriedad en el consumo que caracteriza a los pueblos dedicados a la agricultura o al pastoreo puede alcanzar matices difíciles de comprender hoy en día. El autor árabe medieval Algazel recogía el siguiente comentario atribuido a Jesús de Nazaret: “Os recomiendo el agua pura, las hierbas silvestres y el pan de cebada. Y tened cuidado con el pan de trigo, pues nunca podréis dar a Dios cumplidas gracias por él”.169 ¿Por qué había que tener tanto cuidado, por qué tanto agradecimiento por el pan de trigo? Pues porque el trigo, excelente alimento, extrae muchos nutrientes de la tierra, y por eso se vuelve alimento de lujo, poco rentable energéticamente en relación con los recursos minerales que desgasta: esto fue notado por nuestros antepasados, que entendían que el pan blanco era un alimento que difícilmente podía permitirse la gente humilde.

Ocios de bajo impacto e integrados con el trabajo
Los campesinos tradicionales solían combinar trabajo y diversión: desde ajustar sus movimientos en las tareas del campo mediante el ritmo de canciones, a convertir las reuniones de trabajo en ocasiones festivas donde se canta, se relatan cuentos, adivinanzas... (esfoyazas, filandones...). O bien se celebraban fiestas para aprovechar la abundancia de un recurso estacional (amagüestu de la castaña, fiestas de la avellana...) Incluso los festejos más grandes, como las romerías de la Virgen en verano, tenían además de su función lúdica y religiosa una función de redistribución de recursos y optimización de la ocasión de realizar intercambios comerciales y otras relaciones sociales (como la búsqueda de pareja fuera de los grupos más cercanos, una pauta cultural que de por sí favorecía la diversidad).

Autolimitación y austeridad
Las personas mayores (no hace falta remontarse a muchos años atrás) tienen una sólida cultura de la sobriedad. La reparación de aquello que se rompe, el aprovechamiento de cualquier resto y el hacer durar las cosas forma parte inseparable de su forma de estar en el mundo. Para ellos y ellas, la eficacia a la hora de aprovechar la energía u otros recursos no reside en utilizar máquinas ecoeficientes de última generación, sino en adoptar usos y prácticas que limiten su gasto. Esto se expresa claramente en la máxima del filósofo Epicuro: “no es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita”,
168 Cuento tradicional asturiano.

Poco tiempo de trabajo asalariado (o redefinición del concepto trabajo)
En contra del mito que presenta nuestra sociedad como sociedad del ocio, sabemos que las horas de trabajo humano productivo han aumentado globalmente con el paso de los siglos, con excepción de parte del siglo XIX en occidente, donde se trabajaba aún más que ahora. En la mayor parte de los pueblos de la Europa cristiana medieval, las fiestas religiosas llegaron a ocupar casi la mitad de los días del año. Hoy, si tomamos como festivos los sábados y domingos y 22 días de vacaciones al año llegamos a un total
169 Algazel: “Epítome del renacimiento de las ciencias religiosas”, citado en De Santos, A. (2005) Los evangelios apócrifos. BAC, Madrid.

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de 126 feriados al año170. Además, las horas dedicadas diariamente a las tareas del campo, exceptuando los esfuerzos temporales de la recolección o la siembra, eran inferiores a la jornada laboral actual (sobre todo si añadimos los tiempos de transporte hasta el lugar de trabajo). No ha sido tanta la variación en los trabajos gratuitos, especialmente en los reproductivos realizados por las mujeres, en los que la injusta división sexual del trabajo era en las zonas rurales aún más marcada que en las urbanas. Las horas que exigen los trabajos de cuidados son esencialmente las mismas desde hace siglos.

ni carne como la de cordero, ni leña como el acebo, ni cama como el suelo”.

Los pueblos indígenas: guardianes de la memoria biocultural171
La población indígena del mundo actual asciende a más de 300 millones de personas. Se asienta en 75 de los 184 países del planeta y es habitante de prácticamente cada uno de los principales biomas172 de la Tierra, especialmente de los ecosistemas terrestres y acuáticos menos deteriorados. Toledo y Barrera-Bassols plantean que los pueblos indígenas se pueden caracterizar en función de los siguientes criterios: f Son descendientes de los habitantes originales de un territorio sometido por conquista. f Son pueblos ligados a la naturaleza a través de sus cosmovisiones, conocimientos y actividades productivas. Son agricultores permanentes o nómadas, pastores, cazadores-recolectores, pescadores o artesanos que adoptan una estrategia de uso múltiple de los bienes y servicios naturales. f Practican una forma de producción rural a pequeña escala, e intensiva en trabajo que produce pocos excedentes, requieren de pocos o ningún insumo externo y presentan un bajo uso de energía. f No mantienen instituciones políticas centralizadas, organizan su vida a nivel comunitario y toman decisiones consensuadas. f Comparten lenguaje, creencias, valores morales, y otros criterios de identidad étnica, así como una relación profunda (espiritual y material) con un cierto territorio. f Tienen una visión del mundo diferente, incluso opuesta, a la que prevalece en el mundo moderno (urbano e industrial) que consiste en una actitud de custodia de la Tierra, a la que consideran sagrada. Por ello, los recursos naturales son apropiados mediante un intercambio simbólico. f Generalmente viven explotados, marginados y subyugados por las sociedades dominantes. f Se componen de personas que se consideran a sí mismas como indígenas.

Utilización de materiales y alimentos cercanos
No hace tanto tiempo que la vida de nuestros mayores se apoyaba en el uso de materiales extraídos y transformados cerca de donde vivían. Las diferentes muestras de la arquitectura vernácula reflejan el uso de la piedra o la madera que había más próxima y su adaptación al clima o a la humedad. Comer los vegetales que se cultivan cerca, vestirse de ropas cosidas localmente y autoconstruir la vivienda con materiales próximos ha sido lo habitual hasta hace pocas décadas. En estos años de locura inmobiliaria podemos observar que un apartamento en la costa levantina es exactamente igual que otro en el Pirineo, a pie de pista de esquí. La adaptación a los diferentes climas hoy se basa en la inyección de cantidades ingentes de energía para calentar o para refrigerar y no en la aplicación de la inteligencia y el conocimiento para satisfacer las necesidades sin destruir lo que nos sustenta. Los campesinos de Somiedo (Asturias) enseñaban a sus hijos, sin introducir valoraciones peyorativas, cómo cada grupo se adapta a sus posibilidades: “Dice el somedano: no hay pan como el de escanda, ni bebida como el agua, ni carne como la de cabra, ni leña como la de haya, ni cama como la de lana. Dice el castellano: no hay pan como el de trigo, ni bebida como el vino, ni carne como la de cochino, ni leña como el pino, ni cama como la de lino. Y dice el vaqueiro: No hay pan como el de centeno, ni bebida como el suero,
170 Naredo, J.M. (2006): Raíces económicas del deterioro ecológico y social. Siglo XXI

Pueblos indígenas y biodiversidad.
Muchas de las últimas regiones silvestres que quedan en el planeta están habitadas desde hace milenios por grupos humanos. Los pueblos indígenas viven en territorios
171 Este apartado está basado fundamentalmente en los trabajos de Víctor Toledo y Narciso Barrera-Bassols. Se aconseja consultar la obra de ambos autores: La memoria biocultural. La importancia ecológica de las sabidurías tradicionales. Icaria, Barcelona. 172 Bioma es una determinada parte del planeta que comparte clima, vegetación y fauna.

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que, en muchos casos, albergan niveles excepcionalmente altos de biodiversidad. En general, la diversidad cultural humana está asociada a los principales focos de biodiversidad que quedan. Los pueblos indígenas ocupan una importante porción de bosques tropicales y boreales, montañas, pastizales, sabanas, tundras y desiertos de los menos deteriorados del planeta, junto con grandes áreas de costas y riberas del mundo (incluyendo manglares y arrecifes de coral). La importancia que han jugado los pueblos indígenas en la conservación de la biodiversidad de sus ecosistemas es, por tanto, evidente. De hecho, los pueblos indígenas son responsables, legalmente o no, de la conservación de grandes áreas de recursos naturales. Por ejemplo, los Inuit (denominados peyorativamente esquimales) gobiernan y protegen una región que ocupa la quinta parte de Canadá. Las comunidades de Papúa Nueva Guinea viven en unas tierras que representan el 97% de la superficie nacional. Las poblaciones indias de Brasil habitan un área de más de 100 millones de hectáreas, principalmente en la cuenca amazónica. El mejor ejemplo de la correlación que existe entre pueblos indígenas y territorios biológicamente ricos es el de los bosques tropicales húmedos. Hay una clara correspondencia entre los bosques tropicales que quedan y la presencia de pueblos indígenas en América Latina, la cuenca del Congo en África, y los bosques de Filipinas, Indonesia y Nueva Guinea. Es notable la fuerte presencia de indígenas en Brasil, Zaire e Indonesia, países que albergan el 60% de los bosques tropicales del mundo. Esta alta correspondencia ha llevado a formular un axioma biocultural denominado concepto de conservación simbiótica173 según el cual la diversidad biológica y la cultural son recíprocamente dependientes y geográficamente coterráneas. Éste es un principio clave de la teoría de la conservación y es la expresión de una nueva línea integradora e interdisciplinaria, que poco a poco, va ganando terreno en la ciencia contemporánea. De modo que las culturas atrasadas, primitivas o ignorantes cuentan con un conocimiento y unos saberes que les permiten vivir sin destruir lo que les rodea. Parece inevitable contar con estos conocimientos que la moderna sociedad occidental perdió en el camino del progreso.

del uso y manejo de los recursos naturales. El antropólogo Ramón Sarró cuenta que aprendió entre los baga de Guinea Conakry a mirar los paisajes con una doble visión: “a mirar un campo de mandioca y ver una selva sagrada, a ver el presente y vislumbrar el pasado […] Pero cuidado: no se trata de hacer el esfuerzo por no ver el campo de mandioca y buscar sólo la selva sagrada invisible a nuestros ojos. No, el truco consiste, de hecho, en saber ver las dos cosas, mirar con un ojo y ver a la otra con el otro, tejer el hilo del presente con el hilo del pasado”.174 Los seres humanos en estas sociedades se autoperciben como una forma de vida particular que participa de la comunidad más amplia de los seres vivientes y se organiza regulada por el mismo código de conducta: la lógica que organiza el mundo vivo. Las sociedades indígenas albergan todo un repertorio de conocimientos ecológicos que son locales, colectivos e integrales. Poseen una larga práctica en el uso de los recursos y han generado sobre ellos sistemas de conocimiento que son transmitidos de generación en generación. La transmisión suele ser oral, mediante el lenguaje, por ello la memoria es el recurso intelectual más importante en las culturas indígenas o tradicionales.

Sabiduría del pueblo inca
“Cuzco se fundó intencionadamente en el límite de donde se llega a producir maíz, combinando el emplazamiento defensivo en altura con la autosuficiencia alimentaria. Las siembras se iban espaciando intencionadamente a lo largo del tiempo para que las tormentas encontraran plantas en distintos estadios de desarrollo, minimizándose las pérdidas. Los incas continuaron estos procedimientos y los perfeccionaron e intensificaron usando más abonos orgánicos, distintos de acuerdo con las posibilidades locales (algas, guano, cabezas de pescado, excremento humano...). Al cultivar desde la costa a las cumbres aprovecharon los diferentes pisos ecológicos para desarrollar una enorme diversidad de productos. Aunque los españoles destrozaron gran parte de este sistema, quedan comarcas donde la población sigue viviendo de los terrenos preparados por sus antepasados hace más de 1.500 años, y con sus mismas técnicas, precisamente en zonas que la agricultura moderna no se ve capaz de poner en explotación”.
Brailovsky, A. E. (2006), Historia Ecológica de Iberoamérica. Kaicron.

La visión y el conocimiento de los pueblos indígenas sobre la Tierra
Para estos pueblos la tierra y la naturaleza tienen una cualidad sagrada, prácticamente ausente en el modelo de pensamiento occidental. La tierra es venerada y respetada. En sus cosmovisiones la naturaleza es fuente primaria de la vida que nutre, sostiene y enseña. Por tanto no sólo es generadora de recursos vitales, sino el centro del universo, el núcleo de la cultura y de la identidad étnica. Bajo su cosmovisión subyace la percepción de que el mundo vivo y el no vivo y los mundos social y natural están intrínsecamente unidos. La forma indígena de comprender el mundo juega un importante papel como mecanismo de regulación
173 Nietschmann (1992) en Toledo y Barrera-Bassols (2008) (ver nota 171).

El conocimiento indígena es holístico pues, aunque maneja un territorio limitado, recoge información detallada de todo el escenario geográfico en el que se desa174 Sarró, Ramón, “Campos de mandioca, selvas sagradas”, en Iniesta, F. (ed.) (2007) La frontera ambigua. (Tradición y democracia en África). Ediciones Bellaterra.

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rrolla su actividad. En consecuencia, no sólo maneja información detallada sobre especies animales y vegetales, hongos o microorganismos, sino que reconoce tipos de minerales, suelos, aguas, nieves, topografías, vegetación y paisaje. Además, no se limita al conocimiento de los objetos anteriores aislados, sino que abarcan las dimensiones dinámicas que los relacionan, comprendiendo los procesos y patrones que ligan los diversos elementos y la utilidad de los recursos.

La estrategia de la diversificación
La supervivencia de los pueblos indígenas se basa en la apropiación de diversos recursos biológicos de su entorno más cercano. Su subsistencia está, por tanto, más basada en intercambios ecológicos (con la naturaleza) que en intercambios económicos (con los mercados). Al depender de la naturaleza y no del mercado están obligados a adoptar prácticas que garanticen un flujo ininterrumpido de bienes materia y energía. Para asegurar este aprovisionamiento han desarrollado una producción no especializada basada en la diversidad de recursos y de prácticas productivas. Esta estrategia opera igual para una unidad doméstica, una comunidad o una región entera. La producción implica entonces una gran cantidad de productos: alimentos, medicinas, materiales de construcción, utensilios para la casa, combustible, fibras, forraje para los animales, colorantes, estimulantes... Aquellos productores que se organizan alrededor de una producción más limitada en variedad son más frágiles y vulnerables a los intercambios económicos, tecnológicos y culturales que aquéllos que viven en territorios más ricos en diversidad de opciones. En el contexto de la racionalidad económica indígena, en la que prima el valor de uso, los productores están obligados a desarrollar estrategias que maximicen la variedad de productos generados, para abastecer la unidad doméstica a lo largo del año. Por ello se promueve al máximo la diversidad biológica, porque es un seguro de vida. La agricultura tiende a ser la actividad productiva central, pero es complementada (y a veces completamente sustituida) por la recolección, la caza, la pesca, la extracción forestal, la ganadería o la artesanía. La combinación de estas prácticas protege a la familia de los vaivenes del mercado y de los cambios medioambientales. A la lógica indígena no se le ocurriría dejar la economía en manos de la construcción de promociones urbanísticas, destruyendo cualquier otra forma de actividad económica, simplemente porque su objetivo central es la supervivencia y el bienestar de las personas y no las cuentas de resultados de unas pocas empresas.

productivas acordes con las potencialidades de sus paisajes. La variedad de las producciones permite y favorece las interacciones biológicas, los mecanismos de regulación de las poblaciones, la estructura de las cadenas tróficas y el reciclaje de los nutrientes. Facilita la diversidad biológica y genética expresada en la riqueza de especies animales y vegetales. El mantenimiento de los policultivos agrícolas, pesqueros y forestales favorece sistemas de mayor productividad y reduce la acción de plagas y malas hierbas. Nuestra civilización, basada en el consumo de energía fósil a gran escala, ha conseguido una producción enorme de alimento y bienes de consumo pero, en contra de lo que se cree, resulta muy ineficiente si consideramos la relación entre la energía que se invierte y la que se obtiene para otra utilidad. Las culturas agricultoras, que dependen casi exclusivamente de la energía procedente del sol, obtienen en algunos aspectos (por no hablar de la sostenibilidad), mejores resultados. Podemos decir que los sistemas tradicionales de producción presentan unos altos índices de eficiencia energética. Dichos sistemas permiten la restauración del equilibrio ecológico en los procesos productivos, la recuperación de las poblaciones de diferentes especies, la fertilidad de los suelos o la renovación de los recursos hidráulicos.

La eficiencia de diferentes modelos agrícolas
“Los tsembaga de Nueva Guinea […] cultivan taro, ñames, batatas, mandioca, caña de azúcar y pequeños huertos desbrozados y fertilizados por el método de tala y quema […] produciendo 18 calorías de output por cada caloría de input […] “Entre los agricultores de regadío, los chinos han destacado durante milenios. En la aldea de Luts’un, provincia de Yunnan, se obtenían en los campos más de 50 calorías por caloría de esfuerzo […] “En 1970 se necesitaban ya 8 calorías en forma de combustibles fósiles para producir una sola caloría de alimentos”.
Harris, M. (2004) Introducción a la Antropología General. Alianza.

Implicaciones ecológicas de la estrategia indígena
Después de haber repasado las reglas que organizan los ecosistemas y los criterios que pueden hacernos llegar a la sostenibilidad es evidente que las sociedades indígenas están mucho más avanzadas, saben más y pueden ayudarnos a dar los pasos necesarios. En primer lugar sus modelos productivos constituyen una muestra de adaptación a la heterogeneidad geográfica. La producción indígena tiende a mantener unidades
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Pero la productividad se manifiesta no sólo en el volumen extraído desde los ecosistemas, sino también en la variedad de productos y en su permanencia a lo largo del ciclo anual (estos dos últimos rasgos no suelen ser considerados en las mediciones de corte estrictamente monetario). El tercer atributo de la productividad es su permanencia en el tiempo. La sostenibilidad de la mayor parte de los sistemas productivos campesinos indígenas, materializada en el uso de los recursos durante períodos de cientos y hasta miles de años, constituye otro rasgo ecológico fundamental. En último lugar el uso mínimo o nulo de insumos externos favorece la autosuficiencia (a escala de unidad doméstica, de comunidad e incluso en regiones completas) en varias dimensiones: alimentaria, tecnológica, energética, en materiales
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aprender de las Culturas que Han vivido en paz Con su territorio

de construcción, etc. Muchos pueblos indígenas, como los Moru y los Zande de Sudán, rechazan el uso de fertilizantes químicos y aplican técnicas agroecológicas como la rotación de cultivos, el descanso de las parcelas o la dispersión de residuos orgánicos para mantener la fertilidad de los suelos. Esta autosuficiencia hace a los pueblos menos vulnerables ante las imposiciones de los mercados y sus beneficios, y sobre todo ante la presión de las industrias agroindustriales que viven de vender y hacer dependientes a los campesinos de los insumos que ellas fabrican.

para sostenerse y mantenerse vivos sin destruir lo que les rodea. La sociedad industrial ha olvidado buena parte de su patrimonio biocultural. La inyección ingente de energía y materiales, la tecnología y el alejamiento de la naturaleza tienen como consecuencia que mucho de este conocimiento ya sólo perviva en las personas mayores y en algunos habitantes del medio rural. Continuar intentando homogeneizar la cultura y sacralizar una forma pretendidamente superior de organización socioeconómica y cultural, (lo que propone el capitalismo neoliberal) nos coloca ante la amenaza de extinción.

La memoria biocultural
Para afrontar el futuro, amenazado por los conflictos sociales y por las insostenibles relaciones con la naturaleza, la humanidad necesita comprender su pasado, especialmente su larga historia de biomímesis (imitación de la naturaleza), adaptaciones y cooperación con el mundo natural. La memoria de todo este conocimiento es la fuente. La especie humana guarda esta memoria que al menos presenta tres dimensiones: la genética (en la multitud de especies y formas vivas de las que dependemos), la lingüística (por ser las lenguas la vía de expresión y canalización de la experiencia humana) y la cognitiva (la multitud de conocimientos, procesos, prácticas y saberes imprescindibles para adaptarnos y sobrevivir). En el presente, las tres dimensiones de la memoria residen fundamentalmente en los pueblos indígenas, que a lo largo de cientos de años de historia han sabido conservar sus lenguas, la biodiversidad de sus territorios y conservan el saber hacer

Aprender de otras culturas
Para superar esta situación de amnesia colectiva, tendremos que aprender de aquellos y aquellas que sí recuerdan para poder desarrollar y poner en práctica todo el repertorio de aprendizajes y experiencias acumulados a través del tiempo que se han mostrado eficaces para la supervivencia. Por eso resulta obligado mirar a las culturas social y ecológicamente sostenibles, es decir, aquellas que han sabido desenvolverse en equilibrio con su territorio y con un grado suficiente de equidad social. Aprender de otras culturas no es ninguna novedad sino que ha constituido uno de los componentes de la evolución histórica. El palestino Edward Said dice: “Más que en el choque prefabricado de civilizaciones, debemos concentrarnos en la lenta colaboración de culturas que se solapan, que toman prestados elementos unas de otras, y que conviven...”175 Occidente sigue presentándose como el modelo de desarrollo ideal al que deben imitar el resto de los pueblos, cuya inferioridad científica y tecnológica les mantiene en la pobreza, la ignorancia y el atraso. Sin embargo los síntomas que señalan esta estrategia como biocida son cada vez más patentes. Necesitamos mirar más allá de los paisajes artificializados y las relaciones mercantilizadas y explotadoras para proteger lo que nos queda de un mundo más natural, y recuperar incluso parte de lo que parece perdido, pero se conserva en algún rincón de nuestra memoria cultural y en la información contenida en la naturaleza. En la ciudad de Madrid mujeres y hombres organizados en el proyecto ¡Bajo el asfalto está la huerta!176 tratan de rescatar esos saberes. No ya la misma huerta que existió (en calles como la de Huertas) y cuyo suelo fue desarraigado para siempre, pero sí una que la reproduzca en lo posible para permitirnos una alimentación más sana en el marco de unas relaciones más justas.

La reivindicación de la naturaleza
“La reivindicación de la naturaleza forma parte de un proceso de recuperación de las más antiguas tradiciones de Ecuador y de América toda. Se propone que el Estado reconozca y garantice el derecho a mantener y regenerar los ciclos vitales naturales, y no es por casualidad que la Asamblea Constituyente ha empezado por identificar sus objetivos de renacimiento nacional con el ideal de vida del ‘sumak kausai’. Eso significa, en lengua quechua, vida armoniosa: armonía entre nosotros y armonía con la naturaleza, que nos engendra, nos alimenta y nos abriga y que tiene vida propia, y valores propios, más allá de nosotros. “Esas tradiciones siguen milagrosamente vivas, a pesar de la pesada herencia del racismo que en Ecuador, como en toda América, continúa mutilando la realidad y la memoria. Y no son sólo el patrimonio de su numerosa población indígena, que supo perpetuarlas a lo largo de cinco siglos de prohibición y desprecio. Pertenecen a todo el país, y al mundo entero, estas voces del pasado que ayudan a adivinar otro futuro posible”.
De Eduardo Galeano en: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=66335

175 Said, E. W. (2002) Orientalismo. Debate. 176 http://bah.ourproject.org/sommaire.php3. Experiencias parecidas en www.asociaciongrama.org o www.lapiluka.org/el-huerto-del-barrio

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Las culturas tradicionales según el pensamiento único:
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Las culturas que utilizan poca energía y emiten pocos residuos para sobrevivir son atrasadas. Sería deseable que las culturas atrasadas llegaran a tener nuestros niveles de consumo. Para salir de su atraso tendrían que tener nuestro desarrollo tecnológico. Los conocimientos de las culturas atrasadas son en buena medida erróneos y supersticiosos. El pensamiento único no valora la pervivencia secular de estas culturas en equilibrio con su territorio (cosa que no se puede decir de la civilización tecnoindustrial). Valen más los intereses de Repsol que los de 20.000 indígenas asentados en un territorio. La conciencia ecológica es resultado del desarrollo.

Menos para vivir bien: el conflicto del crecimiento

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Las culturas tradicionales según la cultura de la sostenibilidad
f f f

Muchas de ellas son más eficientes desde el punto de vista ecológico. Depositan un saber digno de tener en cuenta en un momento en el que se ha sobrepasado la capacidad de carga de la biosfera. Tienen capacidad para mirar nuestra civilización desde fuera, libres de los supuestos que nos impiden mirarnos críticamente a nosotros mismos.

Paradójicamente en nuestra sociedad, guiada por el crecimiento, la mayor parte de las cosas imprescindibles va a menos. Las reservas pesqueras en todo el mundo disminuyen de forma alarmante debido al exceso de pesca; el petróleo, base de nuestra organización productiva y económica, empieza a agotarse a causa de la extracción excesiva; el equilibrio térmico del clima se quiebra debido al exceso de transporte motorizado; los ecosistemas se fraccionan y deterioran debido al exceso de cemento y hormigón; el agua, el aire y el suelo se envenenan debido al uso excesivo de productos químicos; las desigualdades sociales se profundizan porque existe una apropiación y consumo excesivo de recursos por parte de una minoría; la articulación social que permite los cuidados en la infancia, en la vejez o a personas enfermas se está destruyendo, entre otras cosas, porque hombres y mujeres deben dedicar un tiempo excesivo a trabajar para el mercado; la diversidad social y cultural desaparece ante los excesos de un modelo homogeneizador que dispone de medios de difusión masivos y una enorme maquinaria tecno-militar capaces de manipular o forzar cualquier tipo de desviación o resistencia. Podríamos llamar a nuestra sociedad Sociedad del Exceso. Afrontamos serios problemas causados por una extracción desmedida de recursos, por la ingente generación de residuos, por la incautación creciente de los tiempos para la vida por parte del mercado y por la acumulación obscena de riqueza por una parte de la humanidad. Si los problemas que ponen en riesgo la vida, tal y como la conocemos, vienen dados por la extralimitación y el exceso, es fácil imaginar por dónde tendrán que ir las soluciones. No hace falta ser una persona experta en ninguna disciplina científica para intuir que es urgente limitar estos excesos y ajustar los procesos socioeconómicos a las posibilidades materiales del planeta y de la biosfera. Esta obviedad tropieza con el hecho de que en la economía de mercado el capital debe ser constantemente ampliado. Su lógica es contraria a la limitación o al equilibrio. La idea de que el bienestar se relaciona de forma directa con el aumento de la producción y el consumo está profundamente inoculada en el esquema de pensamiento occidental. La ecología se convierte en este contexto en una ciencia de la denuncia, ya que evidencia la inviabilidad del crecimiento continuo en un planeta limitado y muestra el impacto catastrófico de la ideología del “más es mejor” sobre el medio ambiente y sobre la vida de los seres humanos.
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menos para vivir bien: el ConfliCto del CreCimiento

Obligación de crecer
Desvelar el carácter ilusorio y mítico del crecimiento continuo ha sido desde hace décadas uno de los empeños de las sensibilidades ecologistas y empieza ya a ser asumido por otros grupos y sectores de pensamiento crítico. Desde la convicción de que no hay otra opción más razonable y ética que la de organizarse para sobrevivir y vivir bien con menos, muchos hombres y mujeres están tratando de poner al descubierto la falacia del crecimiento sin fin, llamando la atención sobre el desastre que las últimas décadas de despilfarro están provocando, y articulando propuestas que permitan resituar armónicamente la vida humana como parte de la biosfera.

“Sólo tenemos una cantidad limitada de bosques, de agua y de tierra. Si los transformamos todos en aires acondicionados, en patatas fritas, en coches, llegará un momento en que las generaciones futuras no tendrán nada”.
Arundathy Roy (2001) “Défaire le développement, sauver le climat”, L'Écologiste, nº 6 invierno.

“Confieso que no me fascina el ideal de vida mantenido por quienes piensan que el estado normal de los seres humanos es luchar para medrar; que atropellar, machacar, darse codazos y pisarse unos a otros, comportamientos que constituyen el tipo de vida social hoy existente, son el destino más deseable para el género humano”.
John Stuart Mill

La economía de mercado tiene por objetivo sacar la máxima rentabilidad económica a partir de los factores que permiten la producción (tierra, trabajo y capital), obteniendo a partir de ellos beneficios monetarios que incrementan el capital. La mayor parte de las empresas se endeudan para llevar a cabo sus estrategias de supervivencia o expansión. El incremento de capital es clave para poder devolver los préstamos con sus intereses y además obtener beneficios. Tanto a gran escala como a pequeña, nuestro sistema económico funciona a partir del crédito. Casi nadie paga al contado gastos importantes sino que lo hace a partir de préstamos que, en realidad, muchas veces son préstamos sobre préstamos que llevan siempre aparejado el pago de intereses. Veamos un ejemplo: el banco A presta dinero a otro banco B para que éste se lo preste a una empresa C, que a su vez tiene la intención de comprar el 20% de otra empresa D. En cada uno de estos préstamos se añade un nuevo interés para que cada entidad que interviene tenga un beneficio. De este modo, para que se puedan ejecutar las devoluciones con todos sus intereses a A, B y C, la empresa D tiene que aumentar sus beneficios, normalmente a costa de reducir costes laborales, abusar de las condiciones ambientales, o incrementar la venta del producto que fabrique.
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Para maximizar el beneficio y acrecentar el capital se intenta producir cada vez más, a la vez que se trata de disminuir los costes de la producción (salarios, materias primas, impuestos, tasas, etc.). En las últimas décadas este proceso de crecimiento se ha acelerado, en ocasiones de forma exponencial. Los empresarios mantienen líneas de crédito con los bancos para afrontar problemas de liquidez, con el fin de poder pagar a sus empleados y cubrir sus gastos, confiando en que en el futuro van a obtener ingresos que cubran la cantidad prestada y el correspondiente interés. A partir de recibir el préstamo se verán obligados a ganar más, por ejemplo fabricando aquello que produzcan en mayor medida que antes, ya que además de los gastos habituales tienen que afrontar ese interés. Y a ser posible, quedarse también con un margen de beneficios. De igual modo en la esfera doméstica las personas recurren a hipotecas para pagar las casas que habitan y solicitan préstamos a los bancos para poder consumir bienes y servicios que se hallan fuera del alcance de sus ingresos. Se promueve que las compras, el transporte, el ocio y en general la satisfacción de las necesidades se apoyen en el crédito. Esta espiral de crédito, que permite consumir e invertir (eufemismo que se emplea para denominar al endeudamiento) sin disponer del capital requerido para ello, se convierte en un poderoso dictador del crecimiento económico177. La relación de crédito obliga a devolver la deuda con interés y, por tanto, a ganar más. La devolución con interés introduce así la necesidad del crecimiento continuo del beneficio para poder cumplir con los compromisos que supone el préstamo. La maquinaria del crecimiento no sólo no puede parar, sino que debe acelerar constantemente, ya que si no se da respuesta a las obligaciones contraídas (la devolución del préstamo y el interés) todo el sistema se colapsa y aparece la temida recesión. Desde esta perspectiva, la economía basada en el crecimiento es un gigante con los pies de barro que sólo puede mantenerse en pie gracias a una huida hacia adelante perpetua, que destruye todo lo que encuentra a su paso. La obligación de crecer fuerza a las sociedades ricas a producir y consumir fuera de toda necesidad razonable y deriva “en producir más, sin que importe la naturaleza de las producciones”178. Para evitar las crisis los gobiernos instan a las poblaciones a comprar objetos o servicios, independientemente de sus necesidades y de las posibilidades de una biosfera saturada. El crecimiento económico continuo, como veremos, es directamente proporcional al incremento de la presión sobre los recursos naturales y a la generación de contaminantes. Así, esta desmesura de la economía está provocando una serie de impactos graves y con frecuencia irreversibles. El cambio climático avanza sin que los aparentes esfuerzos institucionales desemboquen en una reducción real de las emisiones de CO2. La biodiversidad se reduce de forma significativa, desapareciendo con ello una información clave para la formación de los ecosistemas que han permitido la vida compleja. Muchos recursos se agotan sin encontrarse sustitutos. El acceso al agua
177 Latouche, S. (2009) La apuesta por el decrecimiento. Icaria. 178 Schumacher, E.F. (1973) Lo pequeño es hermoso. Blume (2001).

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menos para vivir bien: el ConfliCto del CreCimiento

no contaminada es cada vez más difícil. Una parte de la humanidad se enriquece a costa de devastar los territorios de los que depende la supervivencia de la otra. Sin embargo, se persiste en la pretensión de mantener un sistema que exige el crecimiento constante.
y la utilización dE rEcursos naturalEs,

Figura 9: Evolución ParalEla dEl crEcimiEnto Económico 1995-2000 (1995=100)
700 600 500 400 300 200 100 0

700 600 500 400 300 200 100 0 1955 1960 RTM 1965 1970 1975 1980 1985 1990 1995 2000

PIB c.f (pesetas de 1986)

Consumo directo

Inputs Directos

Fuente: Carpintero, O. (2005) El metabolismo de la economía española. Recursos naturales y huella ecológica (1995-2000), 636 p. Colección Economía vs Naturaleza. Fundación César Manrique, Madrid. Consultable en: http://www.fcmanrique.org/recursos/publicacion/elmetabolismo.pdf

El crecimiento ilimitado no es posible en un planeta con límites
Para entender esto conviene recordar el funcionamiento esencial de la vida en nuestro planeta. La Tierra recibe la energía del sol, la utiliza en los diferentes procesos vitales y la devuelve al exterior en forma de calor disipado. Desde el punto de vista de la energía, la Tierra es un sistema abierto. Desde el punto de vista de los materiales, sin embargo, la Tierra es un sistema cerrado. Con la insignificante excepción de lo aportado por la caída de meteoritos, puede decirse que los materiales del planeta no aumentan. Los seres vivos necesitan que los materiales que usan para su aprovisionamiento estén adecuadamente preparados. La naturaleza con sus ciclos los va preparando de forma parsimoniosa (en comparación con los ritmos que requiere la economía global). Esta última se dedica a extraer materiales de la corteza terrestre a un ritmo creciente y a desperdigar estos materiales por la corteza y por la atmósfera una vez desordenados (contaminados). Los recursos que se renuevan a partir de los trabajos de la biosfera, como por ejemplo el agua, presentan límites en los tiempos que necesitan para regenerarse. Los sumideros que absorben los residuos también requieren sus propios tiempos
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para hacerlo. Al igual que una alcantarilla, por ejemplo, deja de funcionar cuando la tromba de agua que ha caído es tan grande que supera su capacidad de tragar agua, los sumideros naturales ya no pueden degradar los contaminantes, dada la velocidad y cantidad en que los generamos. La existencia de límites es especialmente relevante en el caso de los recursos no renovables (a escala humana) como es la energía de origen fósil y los minerales en general, ya que al extraerlos no se consume riqueza excedentaria de la biosfera que ésta pueda regenerar, sino directamente sus bienes raíz o bienes fondo. Aunque la consideración del planeta como un sistema con límites tiene una importancia central para la configuración de la vida y condiciona sustancialmente los procesos de aprovisionamiento material que se dan en la economía, este asunto no suele formar parte del análisis económico, hasta el extremo de que en los manuales de economía muchas veces ni siquiera se menciona. Cualquier persona, aunque no sea ecóloga o economista, es capaz de intuir el conflicto esencial que existe entre un sistema económico que para mantenerse necesita crecer, extraer materiales, fabricar cosas y generar residuos de forma constante y creciente, y un planeta con límites materiales a la hora de proveer de materias primas y de absorber residuos. Incluso en el caso de la apropiación de los bienes que sí son renovables, el extraordinario proceso espontáneo de regeneración de la biosfera no puede funcionar al ritmo forzado que exige el modelo tecno-industrial-financiero. La crisis que sufre nuestro modelo de desarrollo a causa del desajuste entre el sistema económico y el funcionamiento de los procesos naturales es cada vez más visible: el cambio climático, el final del petróleo barato, el agotamiento y la extinción de recursos y especies, la pérdida de capacidad de los suelos en los que se producen alimentos, las migraciones forzosas de personas o los numerosos conflictos violentos por el control de los recursos, son algunos de los principales efectos de este desacoplamiento entre naturaleza y economía.

Límites, termodinámica y crecimiento: el desorden se acelera
Desde un punto de vista antropocéntrico la energía existe bajo dos formas: energía disponible para satisfacer las exigencias de la humanidad (energía con alto nivel de organización) y energía que la humanidad no puede utilizar de ninguna manera (energía desordenada o disipada). Un barril de petróleo o un trozo de carbón, por ejemplo, pueden ser utilizados en múltiples procesos económicos humanos y constituyen una fuente de energía organizada y útil para las personas. Sin embargo, una vez que este petróleo se ha quemado en el motor de un coche o el carbón ha calentado el salón de una casa, aunque la energía que contenían sigue existiendo, se ha disipado caóticamente en forma de calor y ya no se encontrará disponible nunca más para los seres humanos.
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menos para vivir bien: el ConfliCto del CreCimiento

Como ya se ha dicho, la segunda ley de la termodinámica o ley de la entropía explica físicamente esta transformación cualitativa de la energía y formula que dicha energía se degrada constante e irrevocablemente hacia un nuevo estado desordenado y, en consecuencia, no susceptible de uso en los procesos económicos. Georgescu-Roegen179 amplía el campo de análisis y explica que la materia también se encuentra sujeta a procesos de degradación irrevocable, ya que si bien puede ser parcialmente reciclada, nunca lo puede ser totalmente. A esto hay que añadir que para el reciclaje parcial son necesarias grandes cantidades de energía, posteriormente irrecuperable. Como vimos con anterioridad, todos los organismos vivos aceleran el proceso de degradación entrópica al tomar energía y materiales altamente organizados de su entorno para satisfacer sus procesos metabólicos, pero el modelo económico occidental, basado en el uso creciente y desmedido de energía y materiales, ha imprimido una excesiva velocidad a este proceso, especialmente en las últimas décadas, situando a la humanidad en una carrera desenfrenada y ciega hacia el agotamiento de los recursos del planeta, la saturación de los sumideros por los residuos y la alteración de los procesos cíclicos que mantienen la renovación de la vida. Nuestro estilo de vida, que se autodenomina avanzado y se postula como modelo de progreso y conocimiento, se basa en destruir la capacidad de captar energía y materia finitas e irrecuperables. Cuanto más desarrollo económico y mejores balances de resultados más rápido es el agotamiento. La velocidad de la economía no sólo destruye los recursos minerales que se extraen sin recuperación posible a escala humana. Las verdaderas producciones renovables, como lo han sido históricamente las derivadas de la actividad agropecuaria y pesquera, se han transformado en actividades insostenibles y dañinas para los ecosistemas por la aceleración de los ritmos productivos. Así, la agricultura tradicional basada en la energía solar (un flujo infinito mientras haya sol), en la fotosíntesis y en el trabajo humano, se ha transformado en un sistema industrial dependiente de la explotación de recursos finitos como son el petróleo y los minerales. Al sustituir el trabajo de las personas y la tracción animal por maquinaria, el abono natural por productos químicos, el autoconsumo y los mercados locales por sistemas de transporte de alimentos que cruzan el planeta de un extremo al otro, nuestro modelo de producción de alimentos ha pasado a depender del petróleo en todos sus componentes, y no puede mantenerse de ninguna manera a partir del flujo solar. Esta transformación, además, provoca fuertes pérdidas de información relevante para la vida. Desaparecen los animales y vegetales ligados a los sistemas de producción tradicionales, así como los saberes construidos por las diferentes culturas, por ejemplo para cultivar con poca agua, o para regenerar los minerales en los suelos, mediante prácticas agronómicas como la rotación de cultivos.
179 Georgescu-Roegen, N. (1971) La ley de la entropía y el proceso económico Fundación Argentaria (1996).

Cuando se acabe el almacén de materiales de la corteza terrestre de baja entropía (sobre todo el petróleo, pero también el resto de combustibles fósiles u otros minerales) la aventura industrial de la especie humana habrá terminado. Pero si cuando esto suceda ya han desaparecido las semillas o los animales adaptados al sistema de producción tradicional y se han perdido los conocimientos agronómicos necesarios, puede que no haya vuelta atrás.

Además de no ser posible, el crecimiento económico no es deseable
La sociedad del crecimiento no solo es inviable físicamente, sino que además no supone mejoras evidentes para la sociedad en su conjunto, incluyendo las generaciones venideras, y esto por varios motivos. En primer lugar agota y destruye los recursos naturales, tanto los no renovables como los renovables, que se explotan en condiciones de extralimitación, lo que desemboca en un profundo deterioro de las bases materiales de la existencia. Los recursos que los seres humanos utilizamos cada año como fuentes de materiales y energía y como sumideros de residuos superan hace tiempo la producción anual de la Tierra. La huella ecológica es un indicador que traduce a unidades de superficie terrestre los recursos que un país, una comunidad o una persona utilizan para satisfacer sus necesidades, así como el impacto de los residuos que ese país, esa comunidad o esa persona generan. Prácticamente todos los países denominados desarrollados han superado las capacidades de su superficie ecológica, tal y como muestra el gráfico siguiente para el caso de España. El déficit ecológico se compensa expoliando los recursos de otras partes del planeta y expulsando los residuos a otros lugares. Pero a nivel global, también se están superando las capacidades ecológicas. Según el informe Planeta Vivo180, se calcula que en el planeta a cada persona le corresponden alrededor 1,8 hectáreas de terrenos productivos por persona y que, sin embargo, la media de consumo mundial supera las 2,7 hectáreas. Uno podría preguntarse cómo es posible consumir más de lo que se produce. Pues es posible gracias a incautarse, no las producciones que se renuevan, sino los propios bienes fondo que las sustentan. Imaginemos un corredor de fondo que mantiene una dieta adecuada para correr cada día 10 kilómetros. Si empieza a correr 20 km y no incrementa la alimentación, lo que sucede es que el exceso de esfuerzo se realiza a costa de consumir su propio cuerpo, es decir sus bienes fondo. Obviamente no podrá mantener mucho tiempo este sobreesfuerzo, que lejos de constituir un logro o un beneficio, estará minando su organismo. Los estudios de la economía ecológica181 revelan que la intervención humana
180 WWF (2010). Informe planeta vivo 2010. 181 Naredo, J.M. y Gutiérrez, L. eds (2006). La incidencia de la especie humana sobre la faz de la tierra (1955-2005). Universidad de Granada. Fundación César Manrique.

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Figura 10: HuElla Ecológica, suPErFiciE disPoniblE y déFicit Ecológico dE la EconomÍa EsPañola, 1995-2000.
6,0 5,0 4,0 Hectáreas por habitante 3,0 2,0 1,0 0,0 -1,0 -2,0 -3,0 -4,0 -5,0
DÉFICIT ECOLÓGICO 1955 1960 1965 1970 1975 1980 1985 1990 1995 HUELLA ECOLÓGICA TOTAL SUPERFICIE ECOLÓGICA DISPONIBLE

6,0 5,0 4,0 3,0 2,0 1,0 0,0
2000 -1,0

(sin huella energética)

DÉFICIT ECOLÓGICO

-2,0 -3,0 -4,0 -5,0 -6,0

Fuente: Carpintero, O. (2005) El metabolismo de la economía española. Recursos naturales y huella ecológica (1995-2000), 636 p. Colección Economía vs Naturaleza. Fundación César Manrique, Madrid. Consultable en: http://www.fcmanrique.org/recursos/publicacion/elmetabolismo.pdf

sobre la corteza de la Tierra orientada a la extracción de rocas y minerales, supera en importancia a la de cualquier otro agente geológico, habiéndose convertido nuestra especie en el principal agente modelador del relieve de la superficie terrestre. El crecimiento masivo e ilimitado, que se apoya en el manejo a gran escala de los stocks de materiales contenidos en la corteza terrestre, sin devolverlos a su condición inicial de recursos, conduce sin remedio a profundizar el deterioro del patrimonio natural que ha legado la evolución, tanto por la extracción de recursos no renovables como por la generación de residuos no asimilables. En segundo lugar, el crecimiento deteriora irreversiblemente la biosfera. La biosfera es el resultado de cuatro mil millones de años de evolución, durante los cuales sobrevivieron los seres vivos capaces de adaptarse a los nichos ecológicos que ocupan. La naturaleza, teniendo posibilidad de sintetizar una enorme variedad de compuestos orgánicos, solamente ha producido un pequeño número de ellos, los que son susceptibles de ser degradados por enzimas. Ha evitado la producción de sustancias dañinas para la vida como son los compuestos orgánico-clorados o también la presencia de mercurio en las células vivas. Lejos de respetar estas decisiones que la naturaleza adoptó para proteger la vida después de miles de millones de años de ensayos, la economía del crecimiento ha lanzado al medio cientos de miles de productos químicos. Apenas se cuenta con datos sobre la toxicidad del 75% de las aproximadamente 100.000 sustancias químicas que se comercializan en la Unión Europea. Al ritmo actual de las eva290

luaciones en la UE, se tardaría un siglo en evaluar nada más que 2.000 de estos productos cuya toxicidad se desconoce. Algunas consecuencias de esta ducha química sobre la biosfera y de la acumulación de residuos tóxicos son la lluvia ácida, la muerte de los bosques, la degradación del suelo, la contaminación del agua, la destrucción de la capa de ozono o el cambio climático, así como un número creciente de nuevas enfermedades sin tratamiento provocadas por productos químicos. En tercer lugar la economía basada en el crecimiento ilimitado es incapaz de satisfacer las necesidades vitales de la mayoría de la población a la vez que genera una enorme desigualdad. Esta polarización económica se manifiesta en todos los indicadores al uso. La relación entre la riqueza de la quinta parte más pobre y la quinta parte más rica era de 1 a 30 en 1970, pero aumentó de 1 a 74 en 2004. En 1960 el 70% de los ingresos globales beneficiaban al 20% de los habitantes más ricos. Treinta años más tarde esta cifra ha aumentado al 83%, mientras que la del 20% más pobre ha retrocedido del 2,3% al 1,4%.182 La cantidad de cereales destinados al ganado y a la ganadería en los países del Norte es superior en un 25% a los consumidos por las personas en los países del Sur. Las vacas que sobrealimentan a los habitantes ricos del planeta reciben 2 euros diarios de subvenciones, lo cual supone más de lo que reciben 2.700 millones de seres humanos. La sexta parte de la población mundial, principalmente ubicada en los países enriquecidos, consume el 80% de los recursos disponibles, mientras que los otros cinco sextos utilizan el 20% de los recursos restantes. Después de dos siglos de propaganda del crecimiento económico, las promesas del bienestar asociado al mismo no se han cumplido. El crecimiento de la huella ecológica derivado de los patrones de consumo occidentales pone en evidencia que la mundialización del modelo occidental (energívoro y consumista) no es viable. Éste ha sido posible en determinados países a costa de depredar los recursos de los territorios del Sur. En ausencia de más sures, su mantenimiento y expansión requeriría de la existencia de varios planetas que depredar para poder sostenerse.

Hectáreas por habitante

La sociedad del crecimiento crea un bienestar ilusorio
En nuestro sistema cultural el progreso se suele medir por la cantidad de actividad económica mercantil que un país tiene, ignorando los costes reales de la producción. Concebido de esta forma, el crecimiento económico se equipara al bienestar y a la calidad de vida y se mide a través del indicador de riqueza por excelencia, el Producto Interior Bruto (PIB). Es la fórmula más reconocida para evaluar el comportamiento económico y se obtiene sumando simplemente agregados monetarios. Esta forma de contabilizar la riqueza hace que se sume en el lado positivo y cuente como riqueza cualquier producción y gasto, incluso los que son perjudiciales y los que se producen para paliar el deterioro, mientras que se ocultan muchas
182 PNUD (2004). Informe Mundial sobre el Desarrollo Humano.

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producciones valiosas pero no monetizadas. Aquello que se destruye no resta del PIB. Por ejemplo, los desastres naturales y humanitarios más trágicos de los últimos años han pasado desapercibidos en las cifras del PIB. En Sudán el PIB per cápita ha subido un 23% en la última década, a pesar de que 600.000 personas sufrieron hambre en 2001, 400.000 personas han muerto y 2,5 millones han sido desplazadas entre 2003 y 2007 por la tragedia de Darfur. También en Sri Lanka el tsunami que provocó la muerte en 2004 de 36.000 personas y devastó las infraestructuras litorales, expulsando de sus territorios a millones de personas, no ha afectado a la constante subida del PIB.183 Las guerras, las enfermedades o el incremento de tráfico motorizado –independientemente de su necesidad–, suman en el PIB, un indicador que sólo considera intercambios monetarios y que está ciego a la destrucción asociada a estos procesos. Sin embargo, la paz, el aire limpio, los trabajos relacionados con los cuidados y la reproducción social, el trabajo de la fotosíntesis que realizan las plantas o los servicios del regulación del clima que realiza la naturaleza, siendo imprescindibles para el mantenimiento la vida, no cuentan y en los indicadores de riqueza no sólo no resta su destrucción sino que hace crecer el PIB. Se podría esperar que esa sexta parte de la población mundial que vive a costa de depredar recursos lejanos disfrutara de la máxima calidad de vida. Sin embargo, después de algunas décadas de fuerte derroche de energía y materiales, se observan numerosos efectos colaterales: cementación del territorio, ciudades contaminadas, fuerte retroceso de los ecosistemas complejos, retirada de personas mayores e infancia del espacio público y reclusión frente a las pantallas, agua contaminada, empobrecimiento de los suelos, residuos tóxicos y radiactivos dispersos por el territorio, creciente número de horas en atascos entre automóviles semi-vacíos, dificultad de acceso a la vivienda en ciudades con un mayor número de casas sin habitar, deshielo de los casquetes polares y la idea de que para resolver los problemas económicos es necesario consumir más, remover más materiales y utilizar más energía. El economista Irving Fisher acuñó hace varias décadas el término renta psíquica para describir el verdadero beneficio de toda actividad económica. Según Fisher los bienes y los servicios no presentan valor en sí mismos, sino en función del bienestar psíquico y felicidad que producen, de modo que unos niveles más altos de consumo pueden no producir una mejora en la calidad de vida si van acompañados de un mayor deterioro ambiental o de un impacto negativo sobre la salud personal o de los demás184. Éste es el caso de nuestra sociedad desarrollista. La renta monetaria no correlaciona con la renta psíquica.
183 Talberth, J. (2008) “Una nueva línea de partida para el progreso” en Worldwatch Institute (2008) La situación del mundo. Icaria. 184 Fisher citado en Lawn, P. (2006) Sustainable Development: Concepts and Indicators in Ecological Economics. Edward Elgar.

Intentos de conciliar lo irreconciliable
Hemos visto que el incremento del consumo de recursos y su inseparable generación de residuos se encuentra directamente acoplado al incremento del PIB. A pesar de esta evidencia, los defensores incondicionales del crecimiento han intentado hacer propuestas en las que se pretende sortear el agotamiento y el deterioro del soporte físico de la vida. Para poder seguir acumulando capital proponen un crecimiento que no se apoye en nada físico y que no deteriore o contamine. Estas soluciones propuestas se basan en dos supuestos ya desarrollados en el capítulo “el cambio de paradigma ecológico”: la idea de que aquello que proporciona la Tierra puede ser sustituido por trabajo y capital, y la convicción de que la ecoeficiencia puede dar lugar a procesos productivos cada vez menos dependientes de materiales y energía. Según estos supuestos, se podría avanzar hacia la desmaterialización de nuestras economías mediante la innovación tecnológica y el incremento del capital. A través de estas soluciones los sectores hegemónicos de la política, la ciencia y la economía, pretenden continuar sin afrontar la raíz de la crisis: el conflicto básico entre un planeta Tierra con recursos limitados y finitos y un sistema socioeconómico impulsado por la acumulación del capital en continua expansión.

Promesas incumplidas de la desmaterialización
A finales de los años 80, en pleno debate sobre las bases materiales de la economía mundial, irrumpe la idea de que es posible lograr una progresiva independencia del crecimiento económico respecto al consumo de energía y recursos naturales. Esto se conseguiría gracias a nuevas tecnologías, que aumentarían la eficiencia en el uso de los recursos, reducirían la generación de residuos, y permitirían la sustitución de las materias primas por otras más eficaces. Este proceso, que desliga crecimiento y límites, fue denominado desmaterialización de la economía185. Este mito se construye sobre una idea de la economía neoclásica ya comentada: los recursos naturales y el capital, además del trabajo, son perfectamente sustituibles. Según esto una cantidad creciente de equipamientos, conocimientos y competencias podría conseguir mantener en el tiempo las capacidades de producción con cantidades significativamente menores de bienes naturales. Lamentablemente, tal y como plantea Carpintero186, la realidad no ha acompañado estos augurios optimistas y los costes ambientales de los nuevos procesos de fabricación, así como el aumento de consumo global muestran que la necesidad de considerar los límites es cada vez más perentoria. La tecnología del automóvil, por ejemplo, ha conseguido motores mucho más eficientes en el gasto de combustible, pero ha multiplicado el mismo al vender185 Carpintero, O. (2005). El metabolismo de la economía española. Recursos naturales y huella ecológica (1955-2000). Fundación César Manrique, Madrid. 186 Carpintero, O. (2005). Ibídem.

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se muchos más coches y ser éstos de mayor peso. Los esfuerzos tecnológicos para mejorar la eficiencia en el uso de recursos naturales y en la reducción de la contaminación son muy valiosos. Sin embargo no sirven para minimizar el deterioro ecológico, ya que conllevan enormes costes ambientales respecto de los productos a los que sustituyen y compensan los ahorros con el aumento del consumo de los productos fabricados. En esta misma dirección también podemos observar cómo, aunque la potencia instalada de energías limpias (eólica, solar, geotérmica, etc.) aumenta, no cesa de incrementarse también el consumo de energía fósil. Aunque se pueda discutir caso por caso el impacto en el consumo de recursos por unidad de producto, lo que se constata con una claridad meridiana es el incremento del consumo en términos absolutos187. La economía ecológica denomina a este fenómeno efecto rebote. Aunque en algunos países industrializados se han conseguido mejorar algunos indicadores ambientales locales, sus economías, las más eficientes y avanzadas tecnológicamente, son las que gastan más materia y energía per cápita y esta evolución sigue una línea ascendente. La mejora de las condiciones ambientales en casa se ha conseguido a costa de deslocalizar las actividades más energívoras y contaminantes a terceros países que son los que se encargan de hacer el trabajo sucio. Así, a pesar de que los países industrializados han ido disminuyendo el consumo de muchos recursos utilizados en cada unidad de producto fabricado, en términos absolutos éste se sigue incrementando, demostrando que las nuevas tecnologías no son sustitutivas sino complementarias a las tecnologías anteriores, aparte de que también dependan de flujos continuados de recursos naturales. El efecto rebote desautoriza el supuesto papel prioritario de la ecoeficiencia (tomada en cuenta de forma aislada) en la resolución de problemas ambientales, y pone de manifiesto que, en contra de lo que se podría pensar, la eficiencia y el progreso tecnológico están estrechamente vinculados al incremento del consumo de materia y energía. Esto ocurre porque el progreso tecnológico obedece al objetivo del crecimiento de la economía, en lugar de responder a la búsqueda de la sostenibilidad y la equidad. El fracaso de las promesas de la desmaterialización no deja otro camino que plantearse la vida de otro modo si no se quiere desembocar en un más que probable colapso. Se hace por lo tanto imprescindible una sociedad que abandone la lógica del crecimiento de modo que se consiga una reducción neta de la presión sobre los recursos naturales y los servicios ambientales, a la vez que se avance hacia condiciones de justicia social y equidad. Oponerse al crecimiento y aprender a vivir con menos es la única opción razonable desde el punto de vista de la sostenibilidad.

Requerimientos de materiales
La fabricación de un anillo de oro de 10 gramos requiere extraer 3.500 kg de materiales. 1 litro de zumo de naranja concentrado requiere: f 22 l de agua f 0,4 l de combustible f 1 m2 de tierra Si nos fijamos en la cantidad de agua que hace falta para elaborar, empaquetar y transportar determinados productos vemos que: f 1 bolsa de patatas fritas requiere 185 l de agua f 1 huevo en granja industrial requiere 185 l de agua f 1 hamburguesa requiere 2.400 l de agua

Cómo librarnos del crecimiento: los caminos para un decrecimiento razonablemente justo
El sistema capitalista ha sido capaz de generar un enorme desarrollo industrial y abundancia de mercancías, pero ello a costa de poner en peligro nuestro futuro y de generar situaciones de miseria en gran parte del planeta. “Se puede decir que este sistema, a pesar de sus avances industriales, es el único de la historia que ha creado hambre masiva y persistente, el único que ha puesto en peligro en futuro de la humanidad y ha comprometido la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus necesidades”.188 A lo largo de estos capítulos hemos podido ver que la lógica que se esconde detrás del mito del crecimiento es incapaz de satisfacer las necesidades vitales de la mayoría de la población, deteriora de forma irreversible la naturaleza, agota y destruye los recursos naturales, genera violencia e inseguridad, dificulta las relaciones comunitarias, destruye los saberes tradicionales más sostenibles, provoca la quiebra del sistema de cuidados que posibilita la reproducción social y construye un concepto de riqueza y de bienestar ajeno a todo lo que no sea acumular dinero. Hemos constatado que crecimiento económico e incremento del PIB avanzan a la par del aumento de la extracción y los residuos, y que tratar de desacoplarlos mediante la ecoeficiencia no solamente no funciona, sino que causa el efecto rebote. Se ha visto también que las tecnologías salvadoras no sólo no han disminuido la presión sobre la naturaleza sino que ésta ha aumentado. La imposibilidad del crecimiento desbocado en un planeta con límites, deja
188 Bermejo, R. (1994). Íbidem.

187 Existen numerosos estudios al respecto. Ver, p. ej. los trabajos de J.M. Naredo, O. Carpintero o I. Murray.

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como única opción la reducción radical de la extracción de energía y materiales, así como la fuerte restricción en la generación de residuos, y esto hasta ajustarse a los límites de la biosfera. El crecimiento económico, por tanto, es más bien un enorme problema a solucionar con urgencia y no algo que deba celebrarse. Mientras no salgamos del paradigma económico del crecimiento, economía, sostenibilidad y equidad seguirán siendo incompatibles. Reducir el tamaño de la esfera económica no es una opción voluntaria. El agotamiento del petróleo y de los minerales, el cambio climático y los desórdenes en los ciclos naturales van a obligar a ello. La humanidad va a tener que adaptarse en cualquier caso a vivir extrayendo menos de la Tierra y generando menos residuos. Esta adaptación puede producirse por la vía de la pelea feroz por la apropiación de los recursos decrecientes o mediante un proceso de reajuste decidido y anticipado con criterios de equidad. La propuesta del decrecimiento constituye una corriente de pensamiento con orígenes muy diversos y procedentes de distintas disciplinas que defiende la necesidad de abandonar la lógica que sostiene el modelo de vida occidental. Pretende denunciar la inviabilidad de la sociedad del crecimiento y apunta a una disminución radical y equitativa de la extracción de materiales y generación de residuos, con todos los efectos sociales, económicos, ecológicos y culturales que ello conlleva. Cuestiona el objetivo de crecer por crecer, ignorando la naturaleza de las producciones y sus consecuencias. Fundamentalmente, se nutre de la crítica social y ecológica a la economía convencional, aunque también es deudor de numerosos análisis feministas y de reflexiones procedentes de los países del Sur. El reto del decrecimiento es aprender a producir valor y felicidad reduciendo progresivamente la utilización de materia y energía. No hay recetas, pero sí un conjunto de criterios claros, de caminos posibles para superar muchas de las contradicciones. Más que construir una sociedad alternativa concreta, el decrecimiento implica desaprender, cambiar la mirada sobre la realidad y desprenderse de un modo de vida equivocado, incompatible con la salud del planeta y en consecuencia con la salud humana. Se trata de buscar nuevas formas de socialización, de organización social y económica que permitan “librarse de un modelo de desarrollo”189 que antepone la obtención de beneficios monetarios al mantenimiento de la vida. En el Norte el decrecimiento supondrá desacoplar el bienestar de las personas del incremento de la producción material. En el Sur se tratará de eliminar las imposiciones que obligan a imitar el mal desarrollo del Norte, superando las trabas a la construcción de sociedades autónomas. Una saludable reducción de las extracciones de la biosfera obliga a plantear un cambio radical de dirección. Descolonizar el imaginario económico190 y cambiar la mirada sobre la realidad, promover una cultura de la suficiencia y la autocontención, cambiar los patrones de consumo, reducir drásticamente la extracción de
189 Shiva V. (1995) Abrazar la vida: mujer, ecología y desarrollo Madrid Horas y Horas. 190 Latouche, S. (2009) (ver nota 177).

materiales y el consumo de energía, controlar la publicidad, apostar por la organización local y las redes de intercambio de proximidad, restaurar una buena parte de la agricultura campesina, disminuir el transporte y la velocidad y aprender de la sabiduría acumulada en las culturas sostenibles y los trabajos que históricamente han realizado las mujeres, son algunas de las líneas directrices para transitar de la sociedad del crecimiento a una sociedad humana equitativa que se reconozca como parte de la biosfera.

Imitar la organización de la naturaleza
Naredo191 pone de manifiesto cómo hasta la llegada de la revolución industrial los hombres y las mujeres, al igual que el resto del mundo vivo, vivieron de los recursos que proporcionaba la fotosíntesis y de los materiales que encontraban en su entorno más próximo. Los seres humanos aseguraban su sostenibilidad (por esto han llegado hasta la actualidad) imitando a los sistemas naturales. La vida se basaba en el mantenimiento de la diversidad existente. Todo era objeto de un uso posterior en un ciclo que normalmente aseguraba la renovación de los materiales empleados. Los ritmos de vida eran por lo común los marcados por los ciclos de la naturaleza y éstos eran dinamizados por la energía del sol. Los seres humanos se alejaron del funcionamiento de la biosfera al comenzar a utilizar la energía de origen fósil con el fin de acelerar las extracciones y las producciones, y también para posibilitar su transporte a larga distancia. La disponibilidad, primero de carbón, y luego de gas natural y petróleo, posibilitó la extensión del transporte horizontal por todo el planeta. Los bosques enterrados 300 millones de años antes permitieron abastecer máquinas con las que se podían extraer minerales y combustible para, a su vez, alimentar nuevas máquinas, comenzando así la espiral de crecimiento que ha configurado la actual civilización. Georgescu-Roegen desarrolla la bioeconomía, una ciencia que sitúa la economía en el lugar que siempre debió ocupar: el de un subsistema de la biosfera, afectado por las leyes y límites físicos de ésta. El economista rumano expone en su trabajo que la humanidad debe rectificar su camino y vivir dentro de los límites del planeta, ajustando su metabolismo a las posibilidades que éste ofrece. Adaptarse a lo que la Tierra puede proporcionar significa vivir de los intereses naturales y no consumir el capital natural. Nuestro modelo de desarrollo se sustenta actualmente en el desgaste de recursos no renovables (a escala temporal humana), un verdadero crimen bioeconómico192 que condena la supervivencia de las poblaciones humanas y en buena medida también la de la biosfera. Las reglas de la bioeconomía explican que es necesario hacer las cuentas teniendo en consideración los procesos fotosintéticos y los ritmos con que la naturaleza fabrica continuamente las materias forestales y agrícolas, que son las que determinan las posibilidades de extracción y recolección.
191 Naredo, J.M. (2006) (ver nota 170). 192 Georgescu-Roegen, N (1971). (ver nota 179).

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Georgescu-Roegen propone una economía sustentada en los ciclos de la agricultura y de los bosques, descentralizada y difusa en el territorio, en la que los flujos de bienes materiales humanos –tanto en su entrada como en su salida en forma de residuos– están ajustados a los grandes ciclos biológicos. En este sentido el concepto de biomímesis (ya desarrollado en este libro) propone imitar la naturaleza a la hora de reconstruir los sistemas productivos humanos, con el propósito de hacerlos compatibles con el funcionamiento de los sistemas naturales. Janine M. Benyus, una de las primeras investigadoras que escribió sobre este concepto, destaca que los sistemas naturales tienen las siguientes propiedades, muy sugerentes a la hora de pensar en una guía para la reformulación de los procesos productivos: f Funcionan a partir de la luz solar. f Usan solamente la energía imprescindible. f Lo reciclan todo. f Recompensan la cooperación. f Acumulan diversidad. f Contrarrestan los excesos desde el interior. f Se ajustan a los límites f Cuidan de las generaciones futuras. J. Riechmann coincide en sugerir que la naturaleza nos proporciona un modelo de economía sostenible y de alta productividad. La economía de la naturaleza es “cíclica, totalmente renovable y autorreproductiva, sin residuos, y cuya fuente de energía es inagotable en términos humanos: la energía solar en sus diversas manifestaciones (que incluye, por ejemplo, el viento y las olas). En esta economía cíclica natural cada residuo de un proceso se convierte en la materia prima de otro: los ciclos se cierran”.193 Para poder construir una sociedad que no esté basada en la acumulación y en la obtención de beneficios monetarios, hay que defender la conservación de la biosfera y el respeto de los grandes equilibrios ecológicos como principios rectores que moldeen todo el sistema productivo y social. En última instancia, nuestros modelos de economía y sociedad tienen que volver a respetar la capacidad de carga de la Tierra y reconocerse como lo que son: subsistemas dependientes de la biosfera.

un marco de consumo creciente. La polémica apuesta por el despliegue de cultivos energéticos, mal llamados biocombustibles, muestra de forma descarnada la lógica del crecimiento, que con tal de perpetuarse, elige alimentar coches, aunque sea a costa de poner en riesgo la alimentación de las personas. En una economía sana la energía fósil deberá tender a desaparecer. Para alcanzar la sostenibilidad ecológica tendremos que apoyarnos en las energías disponibles como ingreso, es decir: la solar, la eólica y en una pequeña parte la hidráulica y la biomasa (madera). Estos dos últimos recursos –debiendo ser compartidos con otros usos distintos a la producción de energía como es la alimentación– necesariamente tienen que ser utilizados a escala muy limitada. La mera energía del sol no puede mantener el modelo de producción agrícola e industrial que conocemos hoy y menos en un marco de crecimiento. El sol es la verdadera fuente de energía del futuro, pero no para los usos a los que están acostumbradas las sociedades opulentas, “no para la cantidad de energía que las sociedades industriales piden para que avancen sus automóviles, para que funcionen las neveras y las lavadoras, para que vuelen aviones supersónicos y para construir rascacielos”194.

Menor producción y local
El ajuste de los sistemas productivos a la biosfera se ha de apoyar en pautas de autolimitación, suficiencia y modelos basados en la cercanía. En la naturaleza prácticamente nada crece ilimitadamente. Un niño o una niña en sus primeros meses de vida incrementa su peso rápidamente. En la infancia y adolescencia continúa creciendo, aunque no al mismo ritmo, y una vez pasadas estas etapas, el crecimiento tiende a detenerse. Si doblamos nuestro peso en la edad adulta casi nadie lo celebrará o nos dará la enhorabuena y muy probablemente nuestro médico tratará de que tomemos medidas para adelgazar. Los ecosistemas también practican la autolimitación. En la historia de un ecosistema, podemos observar cómo en las etapas más jóvenes la productividad es muy alta. Sin embargo, según el ecosistema se aproxima a la madurez, prefiere frenar la productividad y dedicar sus esfuerzos al mantenimiento de la diversidad y las relaciones entre todos sus componentes. En un mundo limitado y lleno la autocontención es inevitable para poder avanzar hacia la sostenibilidad. Vivir bien con mucho menos es uno de los grandes retos para la supervivencia. Hemos repasado algunos de los problemas que genera vivir instalados en el despilfarro y la desmesura. Librarse de gran parte de los objetos que arrastramos, así como de las horas de trabajo que invertimos para acumularlos, posibilita otra forma de vivir en la que la creación o las relaciones con el resto de personas ocupen el lugar central que siempre debieron ocupar. Ante la pregunta de qué puede hacer la humanidad frente a la crisis actual,
194 Monsangini, G. “Decrecimiento y cooperación internacional” http://www.rebelion.org/noticia.php?id=56547

Vivir del sol y reducir drásticamente el consumo de energía
Ser conscientes del fin de la era del petróleo barato es clave para enfocar las crisis ecológicas y sociales del planeta de cara al futuro. La eliminación de la dependencia de la energía fósil sólo puede alcanzarse mediante una reducción contundente del consumo energético. Resulta imposible cubrir el actual nivel de demanda con energías renovables y limpias, sobre todo en
193 Riechmann, J. (2004) Gente que no quiere viajar a Marte. Los libros de La Catarata.

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Georgescu-Roegen destaca “la necesidad de reducir el consumo para reducir el agotamiento de nuestros recursos vitales al mínimo compatible con una supervivencia razonable de la especie [...] No cabe duda de que debemos adoptar un programa de austeridad [...] Además de renunciar a todo tipo de instrumentos para matarnos los unos a los otros, también deberíamos dejar de calentar, enfriar, iluminar, correr en exceso, y así sucesivamente”195. La naturaleza también apuesta por la cercanía. En los ecosistemas terrestres el desplazamiento horizontal de seres vivos o sus materiales asociados es algo relativamente minoritario, pues es energéticamente muy costoso.196 Los vegetales aprovechan una parte pequeña del sol que reciben para fabricar biomasa vegetal que los animales sólo pueden utilizar con un rendimiento relativamente bajo. Esto explica por qué la mayor parte de la vida está fija sobre el territorio y la biomasa vegetal es muy superior a la animal. Los animales (y muchas personas organizadas en economías sostenibles) economizan los movimientos inútiles o gratuitos. Las sociedades industriales, gracias a la energía fósil, se han organizado a espaldas de estos principios básicos y en lugar de perfeccionar los intercambios, las relaciones y los ciclos productivos cercanos y reducir al mínimo los movimientos de materiales, se han apoyado en el desplazamiento horizontal de personas y mercancías, cada vez más rápido y a lugares más lejanos. Esto ha posibilitado que, por ejemplo, un yogur de fresa recorra 8.900 km antes de llegar a nuestra mesa, que los espárragos que se cultivan en Navarra se coman en Noruega y que los que se comen en Navarra vengan de Chile, que nos marchemos de vacaciones una semana a una isla del Caribe o que vivamos a 50 km del lugar en el que trabajamos. Los ecosistemas naturales están mal adaptados para soportar movimientos horizontales masivos, y sus estructuras primordiales (suelo, comunidades vegetales e interconexiones ecológicas) son muy frágiles ante el incremento de los transportes horizontales, de la extracción de materiales y energía, y de la emisión de contaminantes que este transporte genera. La sociedad del decrecimiento apuesta por un modelo local, en el que el transporte sea mínimo, mayoritariamente basado en el esfuerzo de los músculos (a pie o en bicicleta) y en el que los recursos que se utilicen procedan de territorios cercanos. Esto conduce a pensar en la necesaria reconfiguración de los modelos urbanos y en el abandono de las megalópolis enormemente consumidoras y generadoras de residuos, así como de exclusión social y miseria. Una economía basada en la proximidad hace que las comunidades humanas sean menos vulnerables y que tengan un mayor control de sus condiciones de vida. La sociedad objetora del crecimiento deberá construirse recuperando en buena medida el mundo rural, con las salvedades culturales que ya se han citado referi195 Georgescu-Roegen (1971) (ver nota 179). 196 Estevan, A. y Sanz, A. (1996) Hacia la reconversión ecológica del transporte en España. Catarata y Bakeaz.

das al carácter patriarcal y jerárquico de muchas de ellas. Habrá de articularse en núcleos más pequeños y tendentes a la autosuficiencia, orientándose a sistemas de producción local para el consumo local, que hagan uso de la fuerza de trabajo y de materiales cercanos. Las economías locales que operan de este modo necesitan menos del transporte y de suministros de recursos a larga distancia, y por tanto son menos dependientes de decisiones lejanas, además de reducir su impacto negativo sobre el planeta.

Distribuir la riqueza
Si sobrepasamos la capacidad de carga de la biosfera, el proceso productivo está destinado a acabar con la vida y con el planeta. No tiene sentido hablar de producción si ésta no es sostenible ecológica y socialmente. Para la economía neoclásica la distribución está supeditada a la producción. En la sociedad del decrecimiento, la distribución –tanto económica como ecológica– prima sobre la producción. Actualmente la distribución de la producción genera desigualdad creciente y la injusticia social convierte en insostenible cualquier sociedad. Para sortear esta evidencia sin modificar las reglas del reparto, la economía neoclásica presentó la receta mágica que permitiría generalizar el bienestar: incrementar el tamaño de la tarta, es decir, crecer para, supuestamente repartir en alguna medida. Sin embargo, hemos mostrado que el crecimiento ilimitado contradice las leyes fundamentales de la naturaleza. La receta mágica del neoliberalismo también hacía aguas en su voluntad de redistribución. El decrecimiento se sustenta en el reparto de los recursos (naturales, bienes y servicios, etc.) de la manera más igualitaria posible, para que todas las personas tengan lo suficiente. El bienestar se relaciona directamente con la práctica política de la distribución. Redistribuir supone repartir las riquezas y el acceso a los recursos naturales que posibilitan el mantenimiento de la vida, tanto entre el Norte y el Sur, como en el interior de cada sociedad. Para que el decrecimiento produzca bienestar humano ha de darse en condiciones de equidad, en el marco de una cultura de la redistribución. Esta redistribución concierne al conjunto de todos los elementos del sistema: la tierra, el empleo, la renta, el poder, etc. El reparto de la tierra será en el futuro un asunto central. La tarea consistirá en sustraer tierra a la agricultura industrial, a la especulación urbanística, a la expansión del asfalto y el cemento, y ponerla a disposición de sistemas agroecológicos locales. Esta reruralización de los sistemas humanos puede ayudar no sólo a mejorar el sistema alimentario sino también a frenar el éxodo hacia las grandes ciudades y solventar problemas de paro. Para que el decrecimiento sea justo es preciso repartir el empleo y el trabajo, reparto que probablemente produzca una reducción del tiempo de trabajo remunerado y en muchos casos un aumento del no remunerado (trabajo de cuidados). Habrán de atenderse propuestas como la de la renta básica de ciudadanía, así como considerar la posibilidad de establecer una renta máxima autorizada, que tendría
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como objetivo fijar simbólica y realmente los límites de la desmesura197. En esta línea reguladora de excesos sería fundamental regular la dimensión de los bancos y de los intermediarios financieros, así como imposibilitar la existencia de empresas gigantes, que no tendrían sentido en una organización económica basada en la suficiencia y la organización local.

Vivir más despacio
Al comienzo de este libro se ponía de manifiesto la esencial oposición que existe entre la vertiginosa velocidad de la destrucción y los larguísimos tiempos que hacen falta para la regeneración. La crisis global puede ser entendida también en clave de choque temporal198 entre los tiempos de la naturaleza y los tiempos del productivismo de la economía de mercado. Detrás de los grandes problemas ambientales (desaparición de la capa de ozono, cambio climático, contaminación de agua, aire y suelo, pérdida de biodiversidad o destrucción de las masas forestales y el suelo fértil) apreciamos la existencia de un conflicto temporal. Los tiempos largos de la biosfera, los tiempos cíclicos del cuerpo o los tiempos lentos de la construcción colectiva, de la democracia y de la búsqueda de consensos, chocan con el tiempo veloz y lineal de los mercados financieros. Basta con pensar que frente a los trescientos millones de años que fueron necesarios para capturar el carbono atmosférico que quedó depositado en los combustibles fósiles, a las sociedades industriales les han bastado doscientos años para devolverlo a la atmósfera tras quemar estos combustibles para obtener energía. Es también aterradora la desproporción entre la velocidad con que introducimos en la biosfera sustancias químicas de síntesis, u organismos transgénicos, y la velocidad con la que evaluamos los posibles daños que pueden causar199. En el caso del transporte motorizado, causante de una parte enorme de los problemas ambientales, la obsesión por la velocidad acrecienta la destrucción ecológica. La máxima eficiencia energética de los vehículos se alcanza a la velocidad moderada de 80-90 km/h. A partir de ahí los motores consumen cantidades crecientes de combustible con rendimientos decrecientes, hasta el punto de que, según datos del antiguo Ministerio de Industria y Energía español, bajar de 120 km/h a 90 km/h supondría un ahorro del 25% en el consumo de combustible. Algo similar sucede con la construcción de carreteras, cuyo impacto ambiental es directamente proporcional a la velocidad de circulación para la que se diseñan. Si se pretende que en las autovías se circule a 120 km/h entonces la anchura de la vía será de 23,5 m, en vez de los 15 m necesarios para circular a 100 km/h; los radios de curva mínimos, en lugar de medir 450-600 m, pasarán a ser de 650-900 m200.
197 198 199 200 Latouche, S. (2009) (ver nota 177). Riechmann, J. (2004) (ver nota 193). Riechmann, J. (2004) (ver nota 193). Díaz, E. (2000) “Deprisa, deprisa” Ecologista nº 19 p.25.

“La falta de tiempo (por el culto a la velocidad, la aceleración de los ritmos, la compartimentación de la vida cotidiana, la dilatación de los trayectos que se recorren cada día en las aglomeraciones urbanas, la centralidad del trabajo asalariado y de un ocio mercantilizado, etc.) se ha convertido, en los países del Norte rico del planeta, en algo así como una enfermedad cultural, que tiende a contagiarse al mundo entero”.201 Una sociedad sostenible se habrá de apoyar en una cultura ecológica de la lentitud. Conservar, restaurar y cuidar requiere dedicación de tiempo. Reajustar los procesos socioeconómicos dentro de la biosfera exige acatar los ciclos de la naturaleza y por tanto frenar el estilo de vida veloz y destructor. La única prisa real debe ser la de virar el rumbo hacia el colapso, ya que cada vez queda menos tiempo para poder corregir el camino a la destrucción.

Recuperar la dimensión comunitaria
Según J. Riechmann el ser humano presenta tres pulsiones básicas: el deseo primario de placer corporal, el deseo de vínculo social y el deseo de multiplicación de las posibilidades. El sistema económico dominante engrana con el primero y con el tercero (la búsqueda del placer y la multiplicación de posibilidades). Una sociedad del decrecimiento tendrá que desarrollar el segundo de los deseos básicos a partir de las relaciones personales y los procesos comunitarios. Se trata de estimular la producción de lo que Mauro Bonaiuti ha llamado bienes relacionales. Por bienes relacionales se entiende ese tipo de bienes de los que no se puede disfrutar aisladamente, pues sólo se dan en el marco de una relación entre el que ofrece y el que demanda, como por ejemplo los servicios a las personas (cuidados, bienestar, asistencia) pero también los servicios culturales, artísticos o espirituales. Según J. Riechmann, podría afirmarse que el Estado produce bienes públicos, el mercado bienes privados y el tercer sector (incluyendo la producción doméstica garantizada sobre todo por las mujeres) bienes relacionales colectivos propios de una “economía del compartir”202. Es necesario favorecer el desplazamiento de la demanda de la producción de bienes materiales tradicionales –de alto impacto ambiental– a los bienes relacionales, para los cuales la economía solidaria dispone de una ventaja comparativa específica. Las consecuencias de un cambio de ese tipo son muy deseables en términos ecológicos ya que la producción social utiliza cantidades sensiblemente menores de materia y energía respecto a la producción material. Produce un desgaste muy limitado de recursos que se traduce en niveles elevados de valor y bienestar. Por otro lado se sustenta en la actividad humana y no es sustituible por la tecnología tal
201 Riechmann, J. (2004) (ver nota 193). 202 Riechmann J. (Coord.) (2008) ¿En qué estamos fallando? Sobre socialidad humana y sostenibilidad. Icaria.

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y como ocurre con las industrias tradicionales. Se trataría, por lo tanto, de reducir drásticamente la producción de bienes de consumo a favor de bienes durables y relacionales, superando la ceguera de la economía neoclásica, que de forma interesada vincula directamente bienestar y aumento del consumo. La expansión de la economía solidaria, a través de la producción de bienes relacionales, no sólo crea valor económico sin aumentar la degradación de la materia/energía, sino que constituye una vía potente para la realización de una economía justa, reequilibrando el proceso de concentración de la riqueza al que estamos asistiendo actualmente. Muchos de los bienes y servicios podrían en un futuro ser producidos e intercambiados de acuerdo a los criterios de la economía solidaria, entre otros la producción agrícola y alimentaria de calidad, la producción de energía sobre una base local, la artesanía, los servicios, sólo por citar algunos ejemplos203. La sostenibilidad ecológica y la sostenibilidad social se muestran claramente sinérgicas. Es necesario, en resumidas cuentas, favorecer el desplazamiento de la demanda de bienes tradicionales con un elevado impacto ecológico hacia unos bienes para “los que la economía civil tiene una ventaja comparativa específica, es decir, los bienes relacionales. En las sociedades avanzadas hay una demanda específica de calidad de vida. Pero esta demanda no se puede satisfacer a través de la producción de una cantidad mayor de bienes tradicionales”204. Es más bien una demanda de atención, de cuidados, de conocimientos, de participación. La producción de este tipo de bienes implica una degradación de cantidades muy modestas de materia y energía. Los bienes relacionales pueden en todo caso representar una parte importante de la futura producción de valor. En los países empobrecidos esto significa, ante todo, que es preciso evitar la destrucción de los vínculos sociales, las redes familiares, en nombre de un desarrollo que nunca podrá, por razones ecológicas y económicas, asumir las características del desarrollo occidental.

La sociedad del decrecimiento necesita los saberes de las mujeres
La sustitución de bienes tradicionales por bienes relacionales nos acerca a planteamientos ya desarrollados por el feminismo. Para el decrecimiento, el feminismo constituye tanto un antecedente teórico de algunas de sus reflexiones como un aliado muy valioso en la defensa de sus planteamientos. El pensamiento feminista muestra cómo la economía dominante convierte en invisible gran parte del trabajo de las mujeres, al no ser traducido al mundo reduccionista de los valores monetarios. Muchas de las tareas que históricamente han venido desarrollando las mujeres no tienen valor monetario ni pueden tenerlo. Los trabajos imprescindibles para la vida (parir, alimentar, cuidar, sanar, mejorar semillas
203 Bonaiuti, M. (2006) “A la conquista de los bienes relacionales”, en Colectivo Revista Silence: Objetivo decrecimiento, Leqtor, Barcelona. 204 Bonaiuti, M. (2006) Ibídem.

y plantas, buscar leña, conseguir agua, apoyar emocionalmente, atender personas ancianas, asistir a personas con discapacidad o diversidad funcional, gestionar el presupuesto y los recursos de la casa en el corto y largo plazo, etc.) no figuran en ningún balance empresarial. En un sistema económico hipertrofiado la cultura vuelve invisibles estos trabajos. Del mismo modo que el decrecimiento evidencia cómo la economía no toma en consideración y convierte en invisible el aporte del medio ambiente (tanto respecto a su explotación como a su capacidad de absorber los residuos) el feminismo muestra cómo la economía oculta el trabajo de reproducción social realizado por las mujeres. Como ya se ha comentado, la vida y la actividad económica como parte de ella, no es posible sin los bienes y servicios que presta el planeta y sin los trabajos de las mujeres, en las que se delega “la responsabilidad de traer cada día al mercado a los agentes económicos alimentados, lavados y planchados”205. Sin embargo, la organización social se ha estructurado en torno a los mercados como epicentro mientras que la cotidiana y crucial tarea de mantener la vida se ha invisibilizado y arrinconado en la esfera de lo gratuito, del espacio de las mujeres y de la naturaleza. Siguiendo a Pérez Orozco, desde el punto de vista de la sostenibilidad la economía debe ser el proceso de satisfacción de las necesidades de mantenimiento de la vida. Sin embargo, si prima la lógica de la acumulación, las personas no son la prioridad de la economía y el cuidado de la vida pasa a ser una responsabilidad que se delega en los hogares, y dado el orden de cosas, mayoritariamente en las mujeres. Ellas son el colchón del sistema económico, frente a todos los cambios en el sector público o privado, ellas reajustan los trabajos no remunerados para seguir garantizando la satisfacción de las necesidades y el mantenimiento de la vida206. En el modelo económico dominante sólo parece importante la producción de bienes materiales y de servicios mercantiles. Las propuestas del decrecimiento, junto con la economía feminista, vuelven a situar la reproducción social y natural en primer plano, abogando por una economía que respete las capacidades de regeneración de la biosfera y se sustente en la producción de bienes relacionales. Esta perspectiva obliga a un urgente debate social en torno a las necesidades humanas y la forma de satisfacerlas. Para construir las alternativas al crecimiento, el feminismo y las mujeres tendrán que jugar un papel determinante. El patriarcado ha asignado a las mujeres el rol de cuidadoras de la familia. En la práctica de estas tareas han desarrollado estrategias, construido conocimientos, elaborado herramientas útiles para la mejora de la vida humana. Esta experiencia acumulada es imprescindible para recorrer los caminos del decrecimiento. El rol social de las mujeres las hace más proclives a la solidaridad, a defender y valorar lo colectivo o a tener en cuenta el medio ambiente cuando es base del sustento de la familia. En unas sociedades de decrecimiento, volcadas
205 Pérez Orozco, A. (2006) Perspectivas feministas en torno a la economía: el caso de los cuidados. Consejo Económico y Social. Madrid. 206 Pérez Orozco, A. (2006) Ibídem.

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en garantizar la reproducción y la sostenibilidad natural y social, serán necesarias las capacidades de las mujeres y los conocimientos acumulados por el movimiento feminista. Habrá que universalizar prácticas y valores hoy en día considerados femeninos, con la consiguiente reorganización esencial de los trabajos gratuitos de la esfera doméstica. Esta reorganización desembocará necesariamente en un cambio cultural y material profundo. La puesta en valor de lo tradicionalmente asociado a lo femenino permite trascender los cimientos patriarcales del mal desarrollo y transformarlos. Permite redefinir la productividad como categoría vinculada a la producción, y no a la destrucción de la vida. Los trabajos de reproducción social están orientados a la satisfacción de necesidades sin que medie ningún otro objetivo, mientras que en el mercado de trabajo lo central es la producción de beneficios monetarios. El trabajo monetarizado busca la obtención de resultados, sin embargo la vida es un proceso continuo de autogeneración, en el que la necesidad de nutrición, higiene, caricias y atención no termina nunca. Por ello en los trabajos de la naturaleza y de las mujeres, los procesos son tan importantes como los resultados, y este hecho constituye una de las características diferenciadoras respecto al empleo. El trabajo que las mujeres han realizado históricamente les ha obligado a anteponer los intereses familiares colectivos a sus intereses personales, al contrario del Homo economicus que compite con el resto de individuos para obtener lo que desea. El sujeto protagonista del trabajo femenino no es individual sino colectivo. No son mujeres individuales, sino mujeres integradas en redes de cuidados. Las mujeres han adquirido una gran capacidad de trabajo en red con otras mujeres de la familia, del vecindario o amigas que se han apoyado mutuamente para cuidar, atender la casa, prestarse dinero, objetos o alimentos, etc. Esa capacidad de generar trabajo en red y satisfacer necesidades colectivas es central para construir una sociedad basada en la vida. Las mujeres, además, tienen una gran capacidad para simultanear y cambiar de actividades frente al criterio más masculino de la especialización. El trabajo afectivo y emocional se caracteriza por la realización de múltiples tareas al mismo tiempo, una gestión constante de los tiempos y espacios y por la polivalencia de los conocimientos necesarios. Son tareas cíclicas, interdependientes, que no buscan la máxima productividad pues están interesadas en los procesos, dotadas de valor emocional y de sentido humano… La humanización de los trabajos, condición de una sociedad del decrecimiento, tiene mucho que aprender de las tareas de cuidado de la vida que desde hace siglos realizan esencialmente las mujeres.

utilizar energía fósil. Si observamos en el mapa los lugares del planeta en los que se conserva la mayor biodiversidad, podemos comprobar cómo curiosamente coinciden con aquéllos en los que se han conservado más lenguas y más técnicas agroecológicas y productivas sostenibles. Existen, por tanto, vínculos que relacionan la diversidad genética, paisajística y cultural. ¿Quiénes son los artífices del mantenimiento de esta diversidad? Son sociedades rurales, indígenas y no occidentales: los llamados pueblos sin historia. 17 países albergan entre el 70% y 80% de la biodiversidad. 9 países conservan el 54% de las lenguas. Mientras tanto, el 95% de la población del planeta habla 5 idiomas. Estos pueblos, mal llamados atrasados, son guardianes de la memoria biocultural. Sus cosmovisiones son ecocéntricas, tienen una visión integral de la naturaleza y basan su organización en la diversidad, lo que les otorga mayor capacidad de enfrentarse a las perturbaciones externas El estudio de las sociedades autoorganizadas de muchos pueblos del Sur excluidos del hiperconsumo occidental es imprescindible para comprender que se puede resistir a la destrucción del modelo de desarrollo, y que es posible vivir bien en condiciones de pobreza material (que no miseria) y riqueza relacional y comunitaria. Como se ha visto, las vías para librarnos del crecimiento son diversas. De todas ellas existen ensayos parciales, propuestas concretas, ejemplos locales, utopías. Unas y otras van entretejiéndose buscando la transformación social y ambiental que necesita un planeta traslimitado e injusto. Disponemos de las pautas necesarias para poder reorganizar la vida, reorientando el camino hacia la sostenibilidad. La construcción de la cultura y la educación pueden ser parte del problema si se empeñan en reproducir el actual sistema, o parte de las soluciones si ayudan a configurar un nuevo imaginario que permita mirar el mundo con otras gafas y conformar mayorías que impulsen cambios.

Aprender de los saberes de las sociedades sostenibles
Como ya hemos visto, la llamada sociedad de la información ha perdido gran cantidad de información compleja vinculada a los ecosistemas, a las lenguas locales, así como saberes que permitían adaptarse a las condiciones físicas del entorno sin
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Qué plantea el pensamiento único sobre el crecimiento
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El crecimiento es incuestionable. Cualquier cosa que no sea crecer es mala para la sociedad. Más es mejor. El propio crecimiento se encargará de ir resolviendo los problemas colaterales del mismo. Los avances tecnológicos permitirán que la economía siga creciendo sin causar impactos en la naturaleza. Sólo con el crecimiento económico se puede alcanzar el bienestar. Los problemas ambientales pueden servir para seguir creciendo. Todas las sociedades pueden y deben crecer. El crecimiento de las economías más ricas arrastra el crecimiento de las economías más pobres. Con el crecimiento se reducen las desigualdades. Los recursos que se agotan pueden ser sustituidos por otros. Cuando algún recurso clave se agote o se estropee se encontrarán soluciones. El mayor desastre en nuestra sociedad es que no haya crecimiento económico.

Educación para la sostenibilidad

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Qué plantea la cultura de la sostenibilidad sobre el crecimiento
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El crecimiento ilimitado no es posible ni deseable. Muchas veces el crecimiento económico no es otra cosa que la apropiación y comercialización de recursos preexistentes. La escasez genera crecimiento. La destrucción de los recursos naturales y comunitarios genera crecimiento económico. Muchos de los hechos que aumentan el crecimiento económico no son más que pérdidas desde el punto de vista de los recursos para mantener la vida. El bienestar no aumenta necesariamente con el crecimiento. Una economía basada en el crecimiento produce desigualdades sociales. Es imprescindible aprender a vivir bien con menos.

Las colectividades humanas han intentado desde siempre transmitir a sus miembros las maneras de comprender y de intervenir en la realidad que han creído importantes. Ya sea a través de relatos contados al calor de la lumbre, de reglas y tabúes que se recuerdan una y otra vez, de modos de conducta o prácticas artesanales que se imitan… Así se han ido transmitiendo a lo largo de las generaciones diferentes formas de cultivar, de comunicarse, de relacionarse, de representar el mundo… en definitiva, herramientas para vivir en ese tiempo y en ese lugar. A medida que las sociedades humanas han crecido y sus sistemas organizativos se han ido volviendo más complejos, algunas de estas enseñanzas especialmente valoradas se han comenzado a transmitir de forma más ordenada y selectiva, controlando sus contenidos y su alcance. Este intento consciente de transmitir y reproducir de forma sistemática aquellos elementos que una cultura consideraba valiosos (hablamos aquí de la cultura del grupo dominante) se llama hoy educación formal. Y la principal institución que se ocupa desde el siglo pasado de la educación formal es la escuela. No es la única, pero es probablemente la de más alcance en el número de personas que acoge y en el número de horas que emplea. La educación de los y las menores se considera uno de los brazos esenciales de todo sistema sociopolítico. En la escuela se han formado y se forman los cuadros que las sociedades complejas necesitan para ejercer su administración. En ella se construye una cultura común que facilita el gobierno de la ciudadanía y se prepara la incorporación al sistema productivo. La propuesta escolar, antes más diversa y ajustada a las realidades locales, ha ido unificándose hasta constituir en este momento de la historia una fórmula bastante homogénea en geografías alejadas. La escuela es aquí, en El Salvador o en Vietnam, un lugar (un pequeño recinto) al que muchos niños y una cantidad menor de niñas acuden un día tras otro para aprender las enseñanzas (el saber culto) que personas adultas capacitadas (maestros y maestras) les transmiten. Pizarras, libros escolares, lapiceros, libretas, pupitres, son instrumentos de esa forma generalizada de escuela igualmente familiares en latitudes distantes. Otras fórmulas diversas de educación intencional han ido perdiendo peso y presencia a favor de la institución escolar: los talleres donde se aprenden oficios, las enseñanzas de hermanos y hermanas mayores, las escuelas en la fábrica o en el campo, las tertulias en ateneos, las asambleas, los consejos de personas ancianas... Hasta el punto que si hoy hablamos de educación pensamos indefectiblemente
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en la escuela. La escuela, tal y como la conocemos hoy, nace de una serie de elecciones que han dejado fuera (desautorizando unas veces y prohibiendo otras) propuestas educativas que solían estar más cercanas a la tierra, a la familia, a la comunidad, al trabajo o al mantenimiento de la vida. Ha quedado recluida en un espacio cerrado en el que se enseñan aquellos saberes considerados cultos, regentada por un cuerpo de especialistas y dedicada a moldear conocimientos y comportamientos en los primeros años de vida. Si en lugar de mirar a la escuela ponemos atención en lo que ésta deja fuera, veremos hasta qué punto reduce las experiencias de aprendizaje que ofrecen el territorio y la vida social. En primer lugar el espacio real, aquél donde ocurren las cosas importantes (de los mayores) se queda fuera de su terreno acotado. Por otra parte, una cantidad considerable de los conocimientos que las personas mayores usan cada día para alimentarse, para relacionarse, para tomar decisiones o hacer frente a las dificultades, no se estudian en la escuela. Y por último, las personas de edades diferentes a la propia, y que pueden saber de árboles, de música, de malabares, de juegos, de navegación… han de estar autorizadas –tituladas– para entrar en ella y ejercer la docencia. La escuela restringe fuertemente o deja de lado el papel del territorio, de los conocimientos locales y de la comunidad, tres grandes maestros de la sostenibilidad. El territorio es el suelo en el que crece la vida que nos permite sobrevivir, donde se aprende su complejidad, sus ritmos, y sus deterioros. Los conocimientos locales son aquellos que se han construido y aprendido a lo largo de los años, adaptándose a las posibilidades y límites de un hábitat determinado. La comunidad es el grupo diverso en edades, género, conocimientos, estatus, que reúne experiencias y aprendizajes muy variados y que funciona en interdependencia, una especie de biodiversidad social que nos permite adaptarnos a situaciones cambiantes. La sostenibilidad necesita de la tierra, de la comunidad humana y de sus saberes vernáculos. La educación para la sostenibilidad también.

Por qué nuestra escuela apunta hacia la insostenibilidad
La escuela actual es un hecho tan normalizado en nuestras vidas, tan vivido desde la infancia, que no nos paramos a pensar si serían posibles otras formas de resolver los propósitos educativos de una comunidad. Al menos desde los seis a los dieciséis años, ha ocupado la mayor parte de nuestro tiempo, inmovilizándonos en un espacio restringido escasamente conectado con el territorio exterior. Una rápida mirada a su proceso de construcción nos permite, sin embargo, desnaturalizar esta escuela y entender sus rasgos esenciales como opciones históricas intencionadas. La escuela primaria, como recurso de socialización y enseñanza obligatoria para las clases populares –especialmente de los países ricos– tiene sólo un siglo de vida. Nació a comienzos del siglo XX. Su pretendida generalización tardó muchos
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años en hacerse realidad en los países del Norte, y sigue siendo teórica en muchos otros, pero ha conseguido que las distintas administraciones unifiquen y controlen la mayor parte de las intervenciones educativas. La educación se ha considerado desde siempre una herramienta útil para el control social. La Iglesia y el Estado, conscientes de este hecho, han pugnado por imponer su primacía en el sistema educativo. Por eso la escuela resultante no es producto del azar. Existían y existen muy diversas formas de organizar procesos educativos, pero finalmente una de ellas se ha impuesto sobre el resto. Las opciones por las que se ha ido decantando (políticas, didácticas, curriculares, organizativas) responden al modelo de sociedad, de producción, de poder, en el que se inserta. Como cabría esperar, responden también a la cultura imperante, ajena a las exigencias de la sostenibilidad, y esto por diferentes motivos. En primer lugar, nuestra escuela de hoy se sitúa en un espacio físico delimitado y especializado (normalmente vallado y cerrado) destinado de modo exclusivo a la educación. No siempre fue así. La comunidad, el taller, la casa, la granja, la plaza, el huerto, el bosque o el mercado, han sido espacios educativos privilegiados. No ocurre así en la escuela, que dificulta cada vez más el atravesar sus puertas para vivir experiencias fuera de ellas. Todo un entramado de miedo al exterior, de burocracia, normativa legal y distancias, convierte las expresivamente llamadas actividades extraescolares en experiencias infrecuentes. El territorio real, aquel en el que se decide y organiza la producción, los cuidados, la organización social o el poder, queda fuera de esta escuela cerrada. Por otra parte los espacios escolares son, en el mejor de los casos, lugares de simulación o representación de realidades en los que casi nada ocurre de verdad (pensemos en cómo se estudia el crecimiento de las plantas, el ciclo del agua, la industria o la gallina). En general se renuncia al conocimiento directo y a la experiencia directa, aun de realidades próximas o accesibles (como los arreglos domésticos, que raramente se aprenderán a hacer en la asignatura de trabajos manuales, o las tareas de mantenimiento del espacio escolar, como limpieza, pintura o cuidado del patio y el jardín, de las que el alumnado está excluido). La historia de la educación muestra que existían otras alternativas. No sólo han existido innumerables experiencias cercanas a la vida natural, practicadas en la familia o el pueblo, en los gremios o en la vecindad, sino también elaboraciones más sistematizadas. La propuesta de educación sin escuelas de Ivan Illich renegaba de esa barrera que encierra la escuela y proponía encuentros libres en lugares diversos entre las personas interesadas en intercambiar saberes. Las escuelas itinerantes del Movimiento de los Sin Tierra se ajustan a la realidad itinerante de las ocupaciones… Estas propuestas, aunque inspiradoras de experiencias muy valiosas, quedan en los márgenes del sistema educativo. La escuela como espacio vallado, física y metafóricamente, aísla del territorio en sentido amplio, y eclipsa su protagonismo en la educación. Ésta es una de sus limitaciones, la negación del territorio. Si crecemos sin tierra bajo nuestros pies no comprenderemos sus procesos, su fragilidad, sus interdependencias y sus límites,
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y no lograremos el vínculo que nos lleva, si es necesario, a defenderla. El conocimiento del hábitat al que pertenecemos –o al que pertenecimos pero hemos destruido– nos permite vincularnos cognitiva y emocionalmente a él, reconocernos parte de éste. Vincularse y hacerse responsables del territorio próximo nos acerca a comportamientos sostenibles, nos convierte en habitantes, es decir, pertenecientes a un hábitat. La defensa de la sostenibilidad necesita de esta conciencia de ecodependencia. Otro rasgo esencial de la escuela que la aleja de la sostenibilidad es la delimitación que hace de sus destinatarios y destinatarias y el papel que les atribuye. Si la educación se va restringiendo a la escuela, su público se va restringiendo a la infancia, o la minoría de edad. El objeto central de la escuela es la educación de la infancia. La educación de personas adultas es una práctica marginal, recibe escasa atención y se dirige a quienes no pudieron asistir a la escuela en los primeros años, con el fin de suplir esta carencia. Y la infancia se define en alguna medida como débil, dependiente, menor de edad, inmadura, carente de criterio y, en consecuencia, necesitada de un trato específico y diferenciado. Esta percepción, en buena parte ajustada y defendible, pero en otra profundamente restrictiva, ha conducido a su protección y supervisión. El reconocimiento de las necesidades y derechos de la infancia –no en todos los países– sirvió para reducir parcialmente los abusos de poder de las personas adultas contra ésta (infanticidio, castigos corporales, esclavitud…) o al menos para desautorizarlos. El desarrollo de la psicología infantil –a menudo entendida como una psicología de la carencia– dio a niñas y niños especificidad y presencia. Pero también dio argumentos para la segregación y consagró la barrera entre el mundo infantil, un mundo de ficción y control, y el mundo adulto, aquel en el que se toman las decisiones y se juegan los asuntos realmente trascendentes. La escuela asume, en la práctica, que el mundo adulto y el comunitario no competen a la infancia, y por tanto ésta no tiene nada que decir sobre él. Se la desconecta del trabajo, de la tierra, de la vida política y social, incluso de las decisiones domésticas importantes. En esta situación de aislamiento y banalización podríamos decir que se infantiliza a la infancia207 El concepto de minoría de edad, asociado al de incapacidad, se intensifica en el caso de las niñas, que hasta hace no mucho (en algunos casos aún) aprendían, separadas de los niños, a ser mujeres del futuro, y en tanto que mujeres, dependientes del hombre y menores de edad económica, social y administrativamente. Su educación, en todo caso será secundaria (queremos decir menos importante) y se dejará en buena parte en manos de las personas que forman el hogar, esencialmente de la madre. Para culminar la segregación, se ha generalizando la separación en grupos de edad, de la que se espera una homogeneidad en conocimientos y madurez que facilite la transmisión de saberes, adecuada al nivel evolutivo. En la actual escuela el
207 Varela, J. y Álvarez-Uría, F. (1991) Arqueología de la escuela. Las Ediciones de La Piqueta.

criterio de edad prevalece sobre otros como la afinidad personal, los intereses, la compañía de hermanos o el mismo criterio de diversidad. Menores con menores, de igual edad y, durante mucho tiempo, del mismo sexo. Frecuentemente de igual clase social. Lo igual con lo igual. Cierto que la homogeneidad de tareas facilita en algunos casos las labores docentes (un grupo que aprende a leer al tiempo, una explicación que es igualmente comprendida por toda la clase), pero como fórmula exclusiva desperdicia el potencial de la diversidad. Se suprimen, por ejemplo, los aprendizajes entre niños y niñas de diferentes edades, y con ello uno de los procesos clave en el desarrollo de la responsabilidad y en la integración gradual en las tareas de la comunidad. El concepto de diversidad aparece recientemente en la escuela como una fórmula para tratar anomalías, equiparando prácticamente diversidad con patología. El aprendizaje en interlocución con compañeras y compañeros mayores y pequeños, la ayuda mutua, la diversidad de capacidades, responsabilidades o tareas es muy infrecuente en esta escuela, que reserva el tratamiento de la diversidad a

Invariantes pedagógicos de Freinet
Freinet adopta treinta principios que deben operar en toda situación educativa. Los denomina invariantes pedagógicos, en los que defiende la consideración de niños y niñas esencialmente como seres humanos. Algunos de ellos son: f Solamente puede educarse dentro de la dignidad. Respetar a los niños, debiendo éstos respetar a sus maestros, es una de las primeras condiciones de renovación de la escuela. f A nadie le gusta que le manden autoritariamente; en esto el niño no es distinto del adulto. f A cada uno le gusta escoger su trabajo, aunque la selección no sea la mejor. f A nadie le gusta alinearse, ponerse en fila, porque hacerlo es obedecer pasivamente a un orden externo. f A nadie le gusta trabajar sin objetivos, actuar como un robot, es decir plegarse a pensamientos inscritos en rutinas en las que no participa. f El trabajo debe ser siempre motivado. f Las notas y las calificaciones constituyen siempre un error. f A nadie, niño o adulto, le gustan el control ni la sanción, que siempre se consideran una ofensa a la dignidad, sobre todo si se ejercen en público. f El maestro debe hablar más bien poco. f La vía normal de la adquisición no debe ser la explicación y la demostración, proceso predominante en la escuela, sino el tanteo experimental, vía natural y universal. f El comportamiento escolar de un niño depende de su estado fisiológico, orgánico y constitucional.

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los programas especiales, dirigidos a compensar carencias individuales –en muchos casos en intervenciones individuales–, y casi nunca a servirse de la complementariedad o de la interacción multiplicadora de la diversidad. Existían y existen otras propuestas educativas más integradoras y heterogéneas: Consejos de la Infancia, sindicatos de niños y niñas trabajadoras (en Perú, India…) o escuelas libertarias son experiencias que dan valor a la palabra y al criterio de los y las menores de edad. Francesco Tonucci, desde Italia, lleva años trabajando en pro del reconocimiento y autoridad infantil. Las Escuelas Mutuas, un sistema para generalizar la educación en la Inglaterra de la revolución industrial con la ayuda del alumnado más aventajado, la Escuela Moderna con las invariantes pedagógicas de Freinet (que propone entender a la infancia desde sus similitudes con la edad adulta antes que desde sus diferencias), la escuela de O Pelouro, en Pontevedra, con la diversidad como fórmula pedagógica, caminan en esta dirección. Cierto que las dificultades individuales necesitan de apoyos específicos, pero también el tratamiento diverso es una necesidad universal. Hablamos de una diversidad no jerárquica, que no delimite la normalidad y condene la anormalidad. La diversidad acoge a lo diverso, mientras que la pretensión de homogeneidad deja fuera a una gran mayoría desigual. Valorando la diversidad trabajamos por la inclusión y nos dirigimos hacia la equidad. Desde una mirada ecosistémica, la diversidad es una condición no sólo portadora de dificultades y complejidad sino también de opciones. La vida es producto de la diversidad. Sin biodiversidad, estamos en riesgo de desaparecer. Igual que ocurre en un monocultivo, en el que una sencilla enfermedad puede acabar en poco tiempo con toda una cosecha, sin diversidad cultural, humana, reducimos el abanico de nuestros aprendizajes, nuestra capacidad de adaptación a situaciones cambiantes, nuestra capacidad de reconstruir lo dañado, nuestra práctica de la complementariedad. La homogeneidad que la escuela pretende (con sus agrupamientos por edades, sus libros, la uniformidad de sus programas…) no apunta hacia la complementariedad ni al ejercicio de la interdependencia, condiciones ambas para la creación y el mantenimiento de la vida. Otra pieza sin duda central en la construcción de la escuela es la delimitación y transmisión de un cuerpo de saberes reconocido como valioso, considerado el saber culto. En la elección de contenidos de nuevo la escuela da la espalda a la sostenibilidad. Esta selección fue perfilándose a lo largo de la historia y se consolidó con el trabajo de la Enciclopedia. La obra ambiciosa del enciclopedismo discriminó los conocimientos cultos de los populares. La Enciclopedia consagró la modernidad, la ciencia y el progreso. Fue el gran proyecto intelectual de la Ilustración. Se enfrentó al oscurantismo religioso de su tiempo. Al tiempo que consagró el progreso y la modernidad, despreció los conocimientos populares, tratándolos como ignorancia o superstición. La enciclopedia, en su versión resumida, fue adoptada por la escuela. Hasta no hace mucho la Enciclopedia Escolar ha sido el libro de texto esencial. Al tiempo que se afianzaba la Enciclopedia y se extendía la escolarización, se
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homogeneizaban los conocimientos de niños y niñas y se hacía posible, en un momento de consolidación de los Estados, enseñar un sistema único de medidas, el sistema métrico decimal (en medio de la jungla de arrobas, pies o celemines) que permitiera el comercio, una geografía unificadora que cimentara la idea de patria (frente a las diferentes identidades culturales), y una lengua común que permitiera el gobierno del Estado. Las culturas locales y el conocimiento popular, construidos a lo largo de la historia por las comunidades humanas, adaptados a sus condiciones de vida y a su territorio, se asociaron a la ingenuidad y la superstición y se excluyeron de las escuelas. Las clases populares fueron consideras ignorantes, es decir, carentes de conocimiento, en lugar de poseedoras de saberes distintos y más apegados a la resolución de la supervivencia. Esto explica por qué las asignaturas en las que se estructura actualmente la enseñanza tienen mucho que ver con la organización del conocimiento nacida de las ciencias y la Enciclopedia y poco que ver con la vida. En la escuela hemos aprendido conocimientos que no nos sirven para producir alimentos, arreglar el grifo o resolver conflictos, pero se presentan como necesarios para conseguir un buen trabajo y ascender en la escala social. Según algunos sociólogos de la educación en buena medida ha sido así. Una parte de la población ha conseguido desclasarse gracias a la escolarización y realizar trabajos mejor valorados que los que realizaron sus padres. Según otros, los teóricos de la reproducción social, la escuela ha consolidado la diferencia entre clases sociales, ha naturalizado las diferencias de estatus entre los hijos e hijas de clases altas y los hijos e hijas de las clases populares. Se podría decir que la escuela enseña que el fracaso de estos últimos no se deriva de la diferencia de oportunidades, sino que es su responsabilidad individual. Han existido y existen experiencias que dignifican los saberes comunitarios. Pestalozzi, un pedagogo de comienzos del siglo XIX, propone incorporarse a la vida social a través del aprendizaje de un oficio. Sus escuelas son concebidas como talleres en los que también se enseña cálculo, lectura y escritura. En su escuela hubo un taller de hilado y otro de tareas agrícolas. También se puede encontrar todo un abanico de experiencias en esta dirección dentro del movimiento de la Educación Popular del que Paulo Freire es el teórico más conocido208. La universidad Madres Plaza de Mayo, las Escuelas del Movimiento de Trabajadores Desocupados en Argentina, las Escuelas Bolivarianas o las Escuelas Autónomas Zapatistas responden a otra selección de contenidos, cercana a la realidad y comprometida con su transformación209. Pero sólo son casos aislados. Los saberes que nos hacen más conscientes y capaces de vivir en interdepen208 Aunque toda su producción bibliográfica es interesante su libro más emblemático es Freire, P. (1994). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI. 209 El movimiento de la Educación Popular se ha desarrollado de modo especial en Latinoamérica, al abrigo de los diferentes movimientos populares.

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dencia con la tierra, los saberes vernáculos, los conocimientos populares, es decir, los más próximos a la sostenibilidad, quedan fuera del currículum escolar oficial, que se ocupa de transmitir contenidos favorecedores de la insostenibilidad. Se aprende la historia del poder y de los ejércitos, pero no la historia verde del mundo o la de las mujeres, se estudian las posibilidades de la investigación agroquímica, pero no los métodos de la agroecología, se estudia en matemáticas el cálculo del interés y de los porcentajes de ganancia, pero no la desproporción en el reparto de la propiedad. De modo general podemos decir que en esta escuela se aprende una cultura de la insostenibilidad que oculta un futuro más que previsible, venera la tecnociencia sin advertir de sus riesgos, es insensible a los límites sobrepasados del planeta, considera al ser humano –en este caso podríamos decir al hombre– dueño de la creación, y al planeta como un recurso inacabable a nuestra disposición210. La consolidación de unos conocimientos que sirven al mal desarrollo en términos de Vandana Shiva, y la deslegitimación de los saberes populares no son opciones que faciliten la sostenibilidad. Para proteger y supervisar la práctica educativa se necesita controlar la formación de quienes la ejercen. Por ello se crea un cuerpo de especialistas, los maestros y maestras, y unos métodos específicos que se aprenden en la formación docente y se reflejan en los libros de texto. Sólo una mínima parte de la población está acreditada para ser enseñante. El resto queda fuera de este grupo y por tanto no participará, al menos de forma explícita, en los procesos de enseñanza. Hasta tal punto alcanza la especialización de la docencia, que en ocasiones las familias llegan a percibirse a sí mismas como incapaces de ofrecer una educación, e incluso cuidados básicos adecuados a sus hijos e hijas. También ocurre con frecuencia que el sistema productivo absorbe la mayor parte del tiempo que madres y padres necesitarían para la crianza. Deslegitimada a menudo como educadora, y a veces sin condiciones para ejercer esta labor, la familia se convierte en apoyo (más o menos entregado) de este grupo experto de psicólogos, pedagogas y educadores. Prueba de ello es la pujanza de los libros de psicología práctica o de las revistas especializadas que enseñan cómo estimular a bebés, comunicarse con adolescentes o soportar la inmovilidad en los viajes en coche. Si se considera que únicamente los y las especialistas están capacitados para desarrollar la educación, se está deslegitimando la capacidad educativa no sólo de madres y padres, sino del resto de la comunidad y con ello desperdiciando un cuerpo inmenso de conocimientos construidos en la vida doméstica, en el trabajo o en la vida comunitaria. Las prácticas no formales de educación desarrolladas en la comunidad se desprecian progresivamente e incluso se ilegalizan. Se llega al punto de perseguir a las familias cuyos niños y niñas no están escolarizados en el sistema formal. Los ateneos o las tertulias no forman parte de ese sistema reconocido. La educación
210 VV AA, Ecologistas en Acción (2006). Educación y Ecología. El currículum oculto antiecológico de los libros de texto. Editorial Popular.

en la casa, en la fábrica o en la granja no se consideran legítimas. Las vecinas, el tendero del barrio o las asociaciones de vecinos, pierden protagonismo en la educación o en la supervisión de las conductas de los y las menores. Con frecuencia ni se les conoce. La educación legítima es únicamente la que se imparte en la escuela. Así la infancia de clases populares se separa de su grupo social. La educación de los hijos e hijas de las clases trabajadoras ya no está gestionada o decidida por los trabajadores y trabajadoras. Los modelos educativos más colectivizadores se convierten en experiencias residuales. Este arrinconamiento de lo colectivo se apoya en un proceso de psicologización e individualización de los objetivos y prácticas escolares, proceso avalado por una teoría psicológica en auge. El fin declarado de la escuela es el desarrollo individual del alumnado. Los objetivos de los currículos oficiales tienen como destinatario directo o indirecto este sujeto individual. No se formulan objetivos para el grupo de aula, para el centro educativo o para el barrio al que pertenece la escuela. La eliminación del banco corrido en beneficio del pupitre individual puede ser la metáfora que ilustra este proceso. El siguiente paso en este recorrido puede estar representado por el puesto informático en el que la mirada se dirige de forma casi exclusiva a la pantalla, en lugar de al profesorado o a los compañeros y compañeras. La individualización de objetivos y competencias permite individualizar las responsabilidades. Cada sujeto es responsable de sus resultados académicos, nacidos del mérito individual y del esfuerzo, y no de su extracción social, su condición económica o su entorno cultural. La respuesta a los fracasos –lógicamente individuales- consiste en correcciones técnicas también individuales (adaptaciones curriculares, programas de desarrollo individual…). Usando el símil del modelo taylorista de producción, podemos ver al profesor como un mecánico que fabrica personas formadas, con las herramientas y técnicas adecuadas. La escuela adopta un lenguaje técnico acorde con este modelo (se refiere a fichas de trabajo, controles, manuales, módulos formativos…). Las Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación (las TIC y las enseñanzas on-line) dan una nueva vuelta de tuerca hacia ese mecanicismo individualista y permiten convertir al maestro o maestra e incluso al grupo de compañeros y compañeras en prescindibles, sustituibles por determinados paquetes informáticos. Las relaciones humanas, la interacción, la organización y la toma de decisiones en grupo, base de cualquier construcción colectiva, pierden protagonismo. Sin embargo, a pesar de esta exclusión de la comunidad de origen, dentro de la escuela han existido y aún existen valiosas oportunidades para crear comunidad. También a partir de ella. Hablamos, por ejemplo, de las escuelas autogestionadas, las AMPAS, las asociaciones de estudiantes, los grupos que se organizan para hacer teatro, deporte… La escuela opta, cada vez con más claridad, por modelos que individualizan y no que colectivizan. Sin construcción de comunidad humana y sin poder comunitario no es posible una sostenibilidad equitativa. Y menos aún sin la presencia reconocida y la defensa de la comunidad biótica que nos sostiene.
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La escuela, tal y como la conocemos hoy, deja fuera no sólo las comunidades humanas, sino también esa comunidad biótica de la que formamos parte y hace posible nuestra existencia. Esta comunidad biótica, formada por una red de animales y vegetales interdependientes, está presente en los aprendizajes y decisiones de las culturas sostenibles. En nuestra cultura y en nuestra escuela, el antropocentrismo imperante apenas ofrece más aproximación a esta realidad esencial que la maceta colocada junto a la ventana del aula, el hamster que una niña lleva un día de visita o –en muy pocos casos- la experiencia del huerto. Los ecosistemas que se explican en la clase de ciencias son lejanos y modélicos, pero nuestro propio ecosistema o los restos deteriorados que quedan de él no son objeto de estudio. La educación está monopolizada por la escuela. Ha conseguido ocultar los miles de formas diferentes de aprender que se han practicado a lo largo del tiempo y aún hoy se practican. El modelo escolar que hoy conocemos, extendido por prácticamente todo el planeta, vive de espaldas al territorio, a la comunidad, a la diversidad y a los conocimientos cercanos a la vida. Podemos concluir que no parece nada fácil llevar a cabo una educación para construir un futuro sostenible, sin poner la escuela del revés. Sin embargo, en este momento, la hipotética desaparición de la escuela sin haber desarrollado en su lugar alternativas educativas fuertes, podría desembocar en una mayor entrega al mundo virtual individual, en la monetarización de las certificaciones (ya en marcha), en una mercantilización de los tiempos ahora ocupados por la escuela (más mercado de extraescolares), en un creciente aislamiento doméstico y en el abandono de los grupos menos favorecidos. Por eso es necesario imaginar y ensayar propuestas educativas conscientes de nuestra ecodependencia y comprometidas con un futuro sostenible en equidad.

que sus concreciones podrían estar en uno u otro apartado, pues todas caminan en una misma dirección. Éstos son los siete caminos de los que hablaremos: f Colocar la vida en el centro de la reflexión y de la experiencia. f Vincularse al territorio próximo. f Alentar la diversidad. f Tejer comunidad y poder comunitario. f Hacer acopio de saberes que acercan a la sostenibilidad. f Desenmascarar y denunciar el actual modelo de desarrollo. f Experimentar alternativas.

Colocar la vida en el centro de la reflexión y de la experiencia
Quien ha crecido en una gran metrópoli, entre construcciones y asfalto, consumiendo comida envasada comprada en grandes cadenas de alimentación, quien ha resuelto buena parte de sus necesidades materiales e incluso su ocio acudiendo a una gran superficie y se transporta casi siempre en medios motorizados, no tiene nada fácil ser consciente de la interdependencia que exige la vida. Ya más de la mitad de la población humana vive en ciudades. Los sistemas educativos están diseñados desde las grandes urbes. Sin embargo, la conciencia de ser vida, en nuestro caso animal, y todo lo que esto supone, es el primer requisito para releer el mundo de un modo sostenible. Creer que la tecnosfera, ese conjunto de máquinas que nos rodean, es la protagonista de nuestra sociedad, e incluso pensar que ésta podía llegar a permitirnos superar la dependencia del medio natural, nos ha conducido a comportamientos desajustados y a una comprensión parcial y errónea del mundo que nos mantiene. Nos corresponde reaprender qué es la biosfera y por qué se sostiene. Nos referimos aquí a conocer, comprender, valorar y querer las diferentes formas de vida y reconocernos como seres vivos interdependientes, partes de una frágil red formada por clima, agua, plantas, aire... que está en serio peligro. Alimentarnos, crecer, enfermar, son procesos que nos hacen conscientes de existir como seres vivos, necesitados de un medio vivo y en equilibrio. La escuela puede partir de estas experiencias, y también de la presencia de otras formas de vida que aún se conservan cerca de ella, para ayudar a entender en qué consisten y cómo se tejen esas interdependencias. Al colocar la vida en el centro de la reflexión y de la práctica se consigue una comprensión del mundo más acorde con nuestra realidad: somos seres vivos antes que usuarios de telefonía móvil o conductores de automóvil, dependemos de los tomates y del trigo en mucha mayor medida que de un reproductor de música. Esta comprensión nos conducirá a tomar decisiones más sensatas y sostenibles. Los caminos para colocar la vida en el centro pueden ser múltiples. Aquí se ofrece una larga lista de ideas. El sol está en el comienzo de la vida. Será importante reconocer al sol como origen de toda la energía que utilizamos, comprender cómo se ha almacenado ésta
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Siete posibles caminos hacia una educación para la sostenibilidad
Aquí presentamos algunas ideas abiertas para educar en un mundo sostenible, o al menos para acercarnos a él. Están inspiradas en los criterios de sostenibilidad que requiere el mantenimiento de la vida, en la naturaleza, al fin y al cabo la escuela mejor organizada y más estable del planeta y a la que debemos la vida. Pero también se inspiran en cientos de experiencias que muchas personas preocupadas por la enseñanza han puesto en marcha. Es una propuesta en construcción. Esta construcción es tarea colectiva que habrá que ir ensayando sin esperar mucho. Una tarea en la que habrá que aunar las aportaciones de diferentes grupos. Los ejes de los que hablamos, uno a uno, son incapaces de cambiar el rumbo insostenible por el que avanzamos, pero trenzados entre sí y unidos a transformaciones de los modos de habitar, de producir, de consumir, de distribuir, de ejercer el poder, en definitiva de vivir, podrían arrojar alguna luz en el futuro. Son claves sugeridas sobre las que seguir definiendo propuestas. No son líneas de trabajo independientes entre sí. En realidad se entrelazan unas con otras hasta el punto
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y cuál es la situación actual de esos depósitos. Preguntarnos cómo y para qué usamos esta energía, hablar de su mal uso, de su despilfarro y de los grandes negocios de su extracción. Distinguir entre la energía endosomática (la que producimos con nuestro cuerpo) y la exosomática (la que obtenemos por otros medios) y saber cómo ha evolucionado el uso de una y otra. Entender en qué medida somos agua y cuál es el papel del agua en la creación de comunidades humanas, en la geopolítica o en la economía. Conocer los recorridos superficiales y subterráneos de las aguas, los usos que se hacen de ellas y la magnitud de cada uno de estos usos. Aterrizar en conflictos próximos como la pugna por trasvases que alimenten el turismo o los regadíos. Conocer los volúmenes de agua que se emplean en procesos ocultos (refrigeración de centrales nucleares, lavado de minerales…). Estudiar el aire, conocer las partículas tóxicas que contiene en las ciudades, saber cómo se miden esos niveles y las consecuencias de esta insalubridad que ya afectan a nuestra salud. Conocer los vientos de la zona, los movimientos de la boina de contaminación sobre nuestras cabezas… Trabajar la tierra, distinguir lo que nace y crece en ella, saber en qué época fructifica cada planta y qué consecuencias tiene forzar la producción con pesticidas y abonos químicos. Distinguir la agricultura tradicional y la industrial. Conocer las consecuencias de la producción industrial de alimentos (en la insalubridad de los alimentos, en el empobrecimiento y envenenamiento de los suelos, en el desecamiento de acuíferos, en el coste energético y la dependencia del petróleo, en la dependencia de los agricultores de los suministros de semillas, abonos y pesticidas, en el despoblamiento del campo…). Ser conscientes del nacimiento, el crecimiento o la muerte, hablar de ellos. No ocultar esta realidad tampoco a niñas y niños. Como animales que somos, aprender el respeto a los animales de otras especies, reconocer parecidos y diferencias con estos compañeros de viaje. Denunciar la violencia injustificada contra ellos. Seguir el recorrido de las hormigas, de las golondrinas o de las moscas y saber algo de sus necesidades y su vida. Desentrañar las relaciones y la interdependencia de los ecosistemas es otro de los aprendizajes esenciales derivados de colocar la vida en el centro de nuestros aprendizajes. Esto quiere decir, más allá del estudio de los ecosistemas, hacer visibles las relaciones causa-efecto, o la complejidad de las relaciones multicausales. Saber, por ejemplo, que la incorporación artificial de una especie de pescado (la perca) en un lago (el Victoria) de cara a su comercialización, ha acabado con las especies autóctonas de las que vivía la población de sus orillas y está produciendo la hambruna en esta población de pescadores. O conocer el deterioro de la producción agrícola tradicional por efecto del cambio de régimen de lluvias derivado del cambio climático. Hacer estudios de los ciclos de vida completos de aquello que utilizamos (sus costes materiales y energéticos desde el origen de su producción hasta su abandono –análisis de la cuna a la tumba– e incluso los costes de su hipotético reciclaje –análisis de la cuna a la cuna–). Entender cómo habrían de
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cerrarse los ciclos (la fruta cae, se pudre en el suelo y vuelve a formar parte de la tierra que alimentará al frutal) y de qué modo nuestra actividad industrial los deja abiertos, abandonando a la naturaleza residuos longevos y tóxicos. Cabe aquí fabricar compost o visitar los campos de los que comeremos (si es que comemos alimentos de producción local). Buscar cadenas de interdependencias próximas y descubrir qué ha ocurrido o puede ocurrir con el deterioro de alguno de los eslabones de la cadena. Hacer visibles los residuos y su magnitud. Los propios y los ajenos. Conocer su origen, su composición y sus efectos. Conocer las normativas que promueven el uso de envases en beneficio del mercado. También los residuos en los procesos de producción, los que sólo conocen y controlan las empresas. Desenmascarar la trampa que supone poner el foco de los residuos en su reciclaje y no en su reducción. Conocer los vertederos de basuras que el Norte tiene en el Sur. Comprender el metabolismo del propio pueblo o ciudad, es decir, de qué modo y en qué magnitud es dependiente –y devastador– de territorios próximos y lejanos. Cuántas toneladas de materiales entran y salen cada día de ella. Cuánta energía emplea de modo directo e indirecto. Conocer nuestra huella ecológica, la de nuestro pueblo o la de la cementera próxima. También en necesario estudiar las redes de interdependencia más allá de nuestras fronteras, los grandes desplazamientos de materiales, energía y residuos. El cuidado es otra experiencia práctica esencial para la valoración de la vida y para la comprensión de la interdependencia. Otorgar sentido educativo a los cuidados básicos es un ejercicio central en la sostenibilidad. Desde prácticas sencillas como puede ser cuidar con mimo una semilla, consolar a una amiga que sufre o mediar en una disputa, hasta experiencias más complejas como es descubrir los trabajos invisibles que se realizan en la casa o en el espacio educativo. Rehabilitar espacios vivos deteriorados, cuidar y rehabilitar relaciones humanas, son formas complejas de aprender a atender esa red viva. Entender que sin cuidados no existiría nuestra especie y cuál es la magnitud de tiempo, energía y dedicación que suponen. Denunciar el trabajo de cuidados que algunas personas capaces de autocuidado –hombres adultos en su mayoría– detraen de otras –generalmente mujeres adultas–. Conocer la deuda de cuidados entre géneros, clases sociales, y Norte-Sur. Exigir el reconocimiento social y el reparto equitativo y solidario del trabajo de cuidados. Valorar los efectos de la desaparición de estos trabajos. Sacar a la luz todos los trabajos invisibles, las tareas invisibles de cuidados, a menudo hechas por mujeres, y hacernos capaces de realizarlas corresponsablemente. Y organizarse para repartir con equidad tareas oscuras de limpieza, recogida, montaje… Estar atenta o atento a la fragilidad, a la dificultad, a la necesidad o al abuso, y responder con firmeza ante ellas. Comprender la vida significa aceptar sus ritmos. Los ritmos de la vida son a menudo lentos, pero esta lentitud es necesaria para que las transformaciones ocurran y los ciclos se cierren. El crecimiento lento, los cambios pequeños, los matices, nos
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acercan más a los modos de la vida sostenible que los ritmos rápidos y los fuertes contrastes estimulares, comunes en nuestro entorno urbano y virtual. La educación puede enseñar a esperar y a distinguir pequeñas transformaciones. La experiencia de vivir en lentitud, inusual en esta cultura de la inmediatez, puede traer aprendizajes inesperados. Entre otros el aprendizaje de la complejidad. Muchas de estas prácticas que colocan la vida en el centro de la reflexión y de la experiencia no son extrañas a la pedagogía. La Institución Libre de Enseñanza, un avanzado movimiento pedagógico del siglo XIX, incorporaba las excursiones campestres como elemento esencial de su enseñanza. El escultismo aprovecha el potencial educativo del medio natural. Las Escuelas del Bosque de los países escandinavos (que en la primera infancia ocupan buena parte del tiempo en el entorno natural próximo) o la pedagogía Waldorf211, bastante difundida en Europa, son sólo algunos ejemplos. Las granjas escuela, las aulas de naturaleza, los pueblos escuela, los laboratorios de biodiversidad, son pruebas del reconocimiento de la naturaleza como maestra. Pero suelen estar alejados y convertirse en experiencias puntuales o infrecuentes. No es fácil en el entorno de las grandes urbes provocar situaciones de descubrimiento y convivencia con la naturaleza, pero quizá no sea imposible. Los estudios de bichos en pequeñas plazas aún no adoquinadas, el descubrimiento de malas hierbas que aparecen en las grietas y alcorques, los omnipresentes gorriones, nos ofrecen esta posibilidad. Quien es consciente del valor de la vida se contagia de esa conciencia. La curiosidad, el respeto, la admiración y el cariño hacia el perro que tiene mal la pata o el garbanzo que germina son fáciles de transmitir para quien las vive. No han sido tan comunes dentro de los centros educativos las experiencias conscientes o sistematizadas de valoración de los cuidados entre los seres humanos. Siendo éstos la base de la vida, la cultura patriarcal los ha oscurecido. Aquí tenemos la tarea urgente de inventar fórmulas no ensayadas que coloquen esta práctica imprescindible en el centro de la escuela. No hay equidad posible, ni sostenibilidad, sin participar todas y todos en los trabajos de cuidado. Queda pendiente también el esfuerzo de encontrar narraciones orales que nos hablen de esta interdependencia, de nuestro futuro común con la Tierra, que nos acerquen a plantas y animales. Buscar o crear una literatura para la sostenibilidad. Trabajar la centralidad de la vida tiene por objeto descolgarnos del fuerte antropocentrismo de nuestra cultura y asomarnos a la democracia de lo viviente, en términos de Vandana Shiva, un sistema de gobierno de la Tierra en el que el interés de todos los seres vivos (plantas y animales incluidos) importa a la hora de tomar decisiones.

Vincularse al territorio próximo
Las formas de habitar, de producir o de consumir que producen lejanía obligan a un modelo de vida altamente contaminante y devorador de energía, además de producir aislamiento e inequidad. Una economía sostenible es una economía centrada en el territorio próximo, el que nos ha de servir para habitar y para resolver las necesidades cotidianas. La vida se construye en cercanía. Los desplazamientos de las plantas son verticales y los animales, en su gran mayoría, no se desplazan mucho ni muy deprisa. El movimiento horizontal masivo le está costando muy caro a la naturaleza. Los ecosistemas se organizan en buena medida en proximidad y viven de lo próximo. La cercanía devuelve al mundo humano medidas humanas. Un mundo que puede recorrerse a pie es más habitable. Una escuela para la sostenibilidad es una escuela que existe como territorio y en el territorio próximo, que se relaciona sobre todo con lo cercano, que intenta abastecerse de recursos producidos en proximidad, que es responsable de sí misma y mantiene vivo su hábitat. Una escuela cerca de la casa y próxima al espacio de juego, de compras, de salud, de ocio. Vincularse al territorio próximo significa por un lado vivir el territorio próximo como escuela. Desdibujar los límites que forman sus vallas aumenta la riqueza de experiencias y la diversidad. Cambiar la relación jerárquica que prioriza lo que está dentro sobre lo que está fuera y dar protagonismo al espacio exterior. Más allá de las vallas está el mundo adulto, el mundo del barrio, del trabajo, el mercado, las plazas... Hablamos de salir y colaborar en estos espacios. Apropiarse del territorio, conocerlo, y ganarlo de modo que se convierta en un espacio seguro. Paseando las calles aprendemos que un peatón vale más que un coche. En la defensa del territorio físico de las calles y plazas nos jugamos el juego al aire libre y también el derecho al espacio público para todas las personas. En muchas calles y barrios quizá ya lo hemos perdido. La mayor parte del suelo común está destinado a los automóviles. Los espacios naturales, cuando están próximos, ofrecen estímulos muy diversos: colores, luces, tactos, olores, sonidos, sabores... matices. También hablan del orden y enseñan a orientarse, pero al tiempo muestran y permiten transformaciones. Son espacios de reflexión, experimentación e indagación. A través de los ciclos vitales que se dan en ellos aprendemos a medir el tiempo, con sus elementos vivos aprendemos la complejidad que supone crecer y nos acercamos a la diversidad de los seres vivos. Dan ocasión de experimentar desplazamientos y manipulaciones muy diferentes y asumir pequeños riesgos –y grandes– así como a protegernos de esos peligros. En ellos no se necesitan materiales didácticos específicos ni demasiadas normas. La tierra en la que crecemos (jugando e investigando) se convierte en una referencia afectiva. Si está en peligro saldremos en su defensa. Por otro lado vincularse al territorio significa apropiarse del territorio mismo de la escuela. Olvidamos a menudo que ésta es un espacio físico (con superficies asfaltadas y de tierra, con calderas de calefacción, contenedores de basura, bocas de riego…) en el que es posible poner en marcha tareas de mantenimiento y de
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211 La pedagogía Waldorf (que incluye una particular propuesta metodológica) defiende la educación en armonía con la naturaleza. Está basada en la filosofía antoposófica y fue creada por Rudolph Steiner.

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transformación. Limpiar el jardín, decorar vallas, reparar averías, construir, hacerse responsables del mantenimiento. Antes que una escuela de la simulación y la virtualidad, es necesaria una escuela del territorio físico real, una escuela con suelo, con tierra donde plantar y con paredes que pintar. También hablamos aquí de abrir las puertas de la escuela y hacerla permeable. Invitar a entrar a la luz, las familias, los conocimientos de tenderos, madres, estudiantes... y los objetos y noticias del mundo. Intercambios de correspondencia escolar, experiencias conjuntas con otras comunidades escolares o clases-paseo son prácticas que ya desarrolló Celestin Freinet a comienzos del siglo XX212. La construcción de las escuelas ha sido ocasión de utilizar ciertos criterios de ecoconstrucción que atienden a materiales, color, luz, temperaturas... o de construir espacios comunes que promuevan la incorporación comunitaria. También es importante que quienes usan esas escuelas a diario sepan cómo se construye de forma respetuosa con el territorio. Pasear por suelos sin cementar, jugar en solares, aprender sin techo, usar la bici como medio de transporte, exponerse al frío y al calor, o recorrer suelos irregulares con plantas que pinchan son experiencias infrecuentes y cada vez más necesarias. Por último, ser conscientes de que el territorio del que vivimos y sus frutos tienen límites. Límites en los recursos, en la energía y en los sumideros. Esta evidencia, a la que la escuela y la cultura del desarrollo dan la espalda, es un aprendizaje imprescindible: qué es limitado y qué es ilimitado. Cómo desarrollar lo ilimitado que de verdad nos importa (afectos, risa, aprendizaje…) Saber cuánto hay de cada qué, cuánto queda, a cuánto tocamos, cuánto quedará si seguimos como vamos, quién se queda con cuánto de cada qué… Cuantificar esos límites y comprender sus magnitudes, traducir los grandes números a realidades comprensibles. Necesitamos hacer ya estos cálculos en la escuela y fuera de ella. Hacernos responsables de un territorio, hacer compost con las hojas de nuestro patio, cuidar un trozo de la ribera de un río, apropiarnos y ocupar nuestra acera o defender los árboles que quieren cortar junto a nuestra escuela, son prácticas sostenibles que protegen nuestra casa del futuro. Se trata de restablecer el vínculo afectivo y funcional con nuestra tierra próxima, y vivir en equidad, sin saquear otros territorios.

Todo lo contrario de lo que hace el mercado, que busca la homogeneidad. El modelo único repetido por miles de unidades de producto, la talla única, la normalización de medidas, de envases, de aspecto... son estrategias para abaratar la producción y controlar el consumo, pero no para desarrollar nuestra diversidad. Hablamos de una diversidad que no signifique jerarquía sino complementariedad (la necesidad de lo diverso). Si usamos esta ley de la naturaleza como metáfora, podemos valorar las ventajas de la diversidad en la escuela. En un colectivo que busca y aprecia la heterogeneidad nadie se siente fuera, ni es menos que el resto, cada cual encuentra el lugar donde es capaz de aprender y enseñar. La ya citada escuela de O Pelouro, en Pontevedra, un espacio de aprendizaje interdependiente con la máxima heterogeneidad de edades, capacidades e intereses, es buena muestra de esa diversidad fructífera.

Escuela de O Pelouro
La escuela de O Pelouro, en Galicia (Caldelas de Tuy, Pontevedra), desarrolla desde hace años un proyecto de enseñanza en el que niñas y niños de edades y capacidades muy diversas, junto con educadoras y educadores adultos, eligen y desarrollan su itinerario de aprendizaje, investigando colectivamente a partir de sus intereses. La máxima diversidad en los grupos de aprendizaje conduce a magníficos resultados poco comunes en la escuela tradicional. La integración que aquí se realiza es radical, constituyendo un ejemplo de las posibilidades de la diversidad.

Alentar la diversidad
La diversidad es condición de la vida. Un organismo se construye por la conjunción de sistemas diversos. Los ecosistemas son resultado del equilibrio, constantemente perdido y nuevamente reencontrado, de elementos vivos y no vivos. La diversidad asegura la complementariedad, permite el reajuste y, en momentos de crisis, la supervivencia. Esta es la esencia de su valor. La pérdida de especies reduce nuestras posibilidades de adaptación a desajustes en un futuro.
212 Celestin Freinet, cuya obra se recomienda, es el principal promotor de la Educación Popular en Europa.

Alentar la diversidad significa no sólo aceptar el hecho indiscutible de las diferentes necesidades funcionales y tener presentes las variadas culturas y formas de pensar que integran nuestra comunidad. Significa también no organizar los grupos por edades homogéneas, no separar a la infancia de la vida comunitaria, animar el encuentro de abuelas, barrenderos, estudiantes de secundaria e infantil... y hacer del aula también un lugar de encuentro de diferentes especies (animales, vegetales y, por supuesto, la humana). Aceptar como maestros y maestras no sólo a profesorado titulado, sino a todo tipo de seres que puedan enseñarnos. Otra traducción de este principio de diversidad consistirá en tratar con naturalidad las diferentes formas de familia, los diferentes modos de ser mujeres u hombres, las diferentes opciones sexuales. Diversificar tareas, diversificar responsabilidades, diversificar los ritmos y recorridos de aprendizaje son otras expresiones de esta búsqueda. Hacer a cada cual necesario en su pequeño ecosistema. Enfrentándonos al imperativo de la homogeneidad (que propone la globalización) y educando en el disfrute de lo diverso, creando espacios de convivencia inter (intergeneracionales, interculturales, interprofesionales, interespecies...) mejoramos las condiciones para un futuro sostenible.
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Tejer comunidad y poder comunitario
Ese territorio próximo y diverso donde comprendemos y aprendemos a querer las redes de la vida, necesita de un cuarto eje: la articulación y la responsabilidad comunitaria. Las comunidades humanas han sido capaces de organizar complejos modos de supervivencia y de organización social. La organización comunitaria ha creado y crea posibilidades nuevas de intervenir en el mundo y ejercer el poder, un poder del que muchos grupos humanos han sido expropiados. Desde la escuela es posible ayudar a retejer esa malla comunitaria. El primer paso consiste en considerar a niños y niñas actores sociales inteligentes, capaces de proponer y elegir, y darles su espacio de poder. Practicar la conversación, el uso de la palabra, la argumentación y la escucha, la gestión de la discrepancia, la toma de decisiones colectivas, la corresponsabilidad, los proyectos grupales, el reparto de las tareas cotidianas, el cuidado de otras personas, la acogida de quien llega nuevo, son experiencias que facilitan la construcción de una comunidad capaz de hacerse poderosa y de usar con respeto ese poder. Francesco Tonucci con su libro La ciudad de los niños ha realizado un trabajo muy sugerente en esta dirección.

La ciudad de los niños
Francesco Tonucci, un pedagogo italiano contemporáneo, ensaya y promueve experiencias de participación de niños y niñas en la construcción de la ciudad (Consejos de Infancia en los Ayuntamientos). Es el inspirador del proyecto Ciudad de los niños, nacido en la ciudad de Fano, al que están adheridas ya muchas otras ciudades del mundo. Defiende la participación protagonista de niñas y niños en los espacios urbanos, en la vida pública y en su comunidad. Su libro La ciudad de los niños expone esta propuesta.
Tonucci, F. (1997) La ciudad de los niños, Fundación Germán Sánchez Ruipérez.

secundaria por equipos mixtos (alumnado, profesorado, familias) o las experiencias de alumnos-ayudantes (que acogen a quienes llegan nuevos o apoyan a quienes lo están pasando mal) son experiencias de aprendizaje de la interdependencia. El movimiento de la Educación Popular ha hecho realidad las experiencias educativas de poder comunitario más integrales y radicales, vinculadas siempre a la transformación de la realidad social. Otras experiencias más humildes y fácilmente practicables –ya probadas– en esta dirección, son los grupos espontáneos de autoayuda de madres y padres, las tertulias o grupos de aprendizaje, los procesos de participación en el diseño de los espacios por parte de niños y mayores, los presupuestos participativos, las tareas compartidas de limpieza y mantenimiento de la propia escuela, las cooperativas que se organizan para la compra de materiales educativos, los libros colectivos, los desayunos colectivos, los noticieros o revistas de elaboración local, la autogestión del viaje de estudios, las decisiones en asamblea... La asamblea es la herramienta esencial de funcionamiento en el movimiento de las Escuelas Libertarias213 como es el caso de la Escuela Libre Paideia, en Mérida, con más de 20 años de existencia. También cabe aprender de los movimientos sociales, del feminismo, de las cooperativas de trabajo o de las revoluciones. En los entornos donde se ha perdido el tejido asociativo y no abundan las redes familiares y sociales, las escuelas son con frecuencia la única referencia que le resta al encuentro comunitario. Conviene no desperdiciar este posible germen de articulación colectiva. Sin construir redes entre comunidades y grupos será muy difícil resolver las dificultades –entre otras la gestión de la crisis ecológica– con equidad.

Hacer acopio de saberes que acercan a la sostenibilidad
En toda la historia los pueblos han desarrollado una gran cantidad de conocimientos útiles para la vida, validados con la experiencia repetida de los años. Modos de construir de manera que se aprovecharan materiales próximos y se maximizara el aprovechamiento energético, técnicas de preparación o conservación de alimentos, habilidades para reparar y prolongar la vida útil de los objetos, formas de cuidar a las personas enfermas para curarlas o reducir su sufrimiento, modos de educar, de dirimir conflictos... En su mayoría son tecnologías de bajo impacto que hacen posible y más fácil la vida. Son saberes funcionales, adaptados al territorio en el que se vive y que a menudo responden a una lógica holística. Nuestra cultura despreció estos saberes por no científicos, aunque en ocasiones se apropió previamente de ellos (como muestra la industria farmacéutica). Las personas expertas se convirtieron en portadoras del conocimiento. El pedagogo pasó a decidir cómo se educa, el médico cómo se cura, el arquitecto cómo se construye y
213 El movimiento de la Educación Libertaria arranca de las propuestas de pedagogos anarquistas. Francisco Ferrer y Guardia es uno de sus representantes más significativos.

Los sujetos de aprendizaje a los que aquí nos referimos no son sólo los niños y niñas, sino toda la comunidad educativa. La comunidad educativa, entendida en sentido amplio, se extiende al barrio, los comercios, el vecindario, las asociaciones, los empleados públicos o las empresas. En este contexto la infancia puede ser motor de relaciones y proyectos conjuntos que superen con mucho los objetivos de una escuela autocentrada. Esta comunidad necesita también del aprendizaje de la organización, la comunicación, del manejo de los conflictos, la investigación participativa o la autogestión. Los ya mencionados Comités de Infancia y Ciudad, en Regio Emilia, son buenos ejemplos de participación e intervención comunitaria en torno a la educación infantil. Los proyectos de mediación escolar desarrollados en algunos centros de
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el trabajador social cómo se ayuda, expropiando de estos saberes a la población. Hacernos cargo de nuevo de los procesos de la vida y encaminarnos hacia algún grado de autosuficiencia local hace necesario recuperar aquellos saberes y modos de hacer de bajo impacto ecológico que poseían personas no tituladas. Son a menudo conocimientos que las mujeres desarrollaron y transmitieron. No todos nos sirven: no nos valen los modos jerárquicos de familia, el reparto desigual del trabajo doméstico... Pero en la memoria de nuestros mayores y en otras culturas existen claves útiles a la sostenibilidad. La escuela puede colaborar en mantener vivos estos conocimientos que quizá sean necesarios en un mundo que habrá de vivir de forma más sobria. Será útil y motivador recuperar habilidades para producir y preparar alimentos –aquí cabe el huerto, el cuidado de animales de granja– para conservar y preparar la comida, para remendar la ropa, para arreglar un mueble roto o para divertirse sin consumir grandes cantidades de energía. Las culturas tradicionales han desarrollado mitos y ritos que nos hablan de este uso respetuoso de los recursos próximos. Existen otros aprendizajes útiles a transmitir: desatascar una tubería, arreglar un enchufe o atornillar una estantería. También podemos descubrir el funcionamiento de máquinas sencillas o aprender a fabricar pequeños ingenios como cocinas solares, serpentines para calentar el agua, invernaderos... Estas prácticas nos acercan a la sostenibilidad siempre que cumplan el requisito de, a medio plazo, reducir el consumo de materiales y energía. Pensar si es necesario, reducir el consumo, cuidar, conservar, reutilizar y arreglar, en este orden, y si no hay más remedio, reciclar. Reglas que van más allá de las tres R. Se trata de desarrollar una cultura de la suficiencia, ajustada a un mundo de recursos limitados. El principio de minimizar nuestro impacto ecológico tiene implicaciones en la marcha cotidiana de la escuela y debe orientar nuestras decisiones a la hora de calentarnos, refrescarnos, alimentarnos, aprender, jugar o festejar. Los conocimientos sobre cómo cuidar a quienes lo necesitan (como atender a niños y niñas, a personas enfermas, cómo animar a quienes están tristes...) forman parte imprescindible de este bagaje cultural –especialmente desarrollado por mujeres– necesario para que el mundo futuro sea habitable. Las abuelas, o quizá ya las bisabuelas, podrían darnos buenas pistas para investigar. Los saberes también pueden ser fruto de la construcción colectiva. El grupo puede construir conocimiento, investigar o elaborar ideas. Existen libros de texto creados colectivamente o programas de radio realizados por niños y niñas que se convierten en materia de estudio para sus compañeros del grupo de clase. Una vez más es necesario citar al movimiento de la Educación Popular desarrollado en contextos rurales. Una de sus apuestas centrales es la puesta en valor de las culturas autóctonas. Otro ejemplo de esta revalorización, aunque también de educación en el territorio, de poder comunitario o de denuncia del modelo de desarrollo, es la propuesta de las escuelas zapatistas.
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Las escuelas zapatistas
Las comunidades zapatistas han creado nuevas escuelas, entrenado maestros de sus propias filas y ampliado el alcance del tipo de educación que reciben sus hijos. Y lo hicieron sin aceptar ni un peso del gobierno. La idea central detrás de la creación de la Otra Educación es enseñar a los jóvenes la historia, el lenguaje y la cultura del pueblo, así como prepararlos para proveer a su comunidad, algo que el gobierno nunca logró hacer. Ellos quieren un modelo educativo que mantenga a sus jóvenes cerca de sus comunidades y que sean productivos para el bien común. La creación de una educación autónoma trae sus retos, se forma desde abajo, por la gente de las comunidades. “Aprendemos mientras caminamos, codo con codo con nuestra educación”, explica Concepción del Caracol V, con sede en Roberto Barrios. “Empezamos a pensar, ¿cómo sería una educación propia?”. Uno de los aspectos más importantes de la Otra Educación es recuperar los valores culturales, las formas de hablar y entender a los demás dentro de las comunidades. Según explica Lucio, graduado local de 18 años: “Hablamos nuestra propia lengua. Estamos en resistencia. Nuestra educación nos enseña qué es el neoliberalismo, qué significa ser autónomo”. Las cuatro áreas de estudio principales en la Otra Educación son: f Historia: de la región local, la lucha zapatista, México y el mundo f Lenguas: lenguas locales y español f Matemáticas f Agro-ecología: como cuidar el medio ambiente mediante prácticas de agricultura orgánicas y el rechazo de las semillas transgénicas, entre otros métodos. Los estudiantes también aprenden modos para proveer a sus comunidades mientras asisten a la escuela, tales como el mantenimiento de jardines, producir granos, problemas con la tierra y como criar pollos, ovejas y cerdos. De esta manera aprenden conocimiento práctico y obtienen un ingreso para apoyar a los promotores de la educación (así llaman los zapatistas a los maestros), que son locales, no reciben salario y hacen su trabajo por su deseo de elevar la conciencia de sus comunidades. Los promotores son nativos de las comunidades en las que enseñan. Por tanto entienden la cultura, la lengua nativa y la historia, y pueden impartirlos a sus estudiantes, en lugar de que alguien de fuera traiga sus modos de ser y perspectivas culturales. Dentro de las escuelas, los estudiantes no están organizados por grados, ni son evaluados por exámenes ni se les dan calificaciones finales, la práctica típica en las escuelas del gobierno. En lugar de eso, si hay muchos promotores en una

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Desenmascarar y denunciar el actual modelo de desarrollo
comunidad en particular, los niños son divididos por edad y nivel de conocimiento. Pero en muchos casos hay solamente un promotor por comunidad y no hay división de estudiantes, sino un solo salón multi-nivel en el que los estudiantes mas viejos también le enseñan a los más jóvenes. Esto es muy diferente a las escuelas del gobierno, donde en muchas ocasiones se margina a los niños indígenas, se burlaban de ellos y eran castigados por hablar su lengua nativa. No había ninguna apreciación de la riqueza de las diferencias de las personas y sus diferentes formas de ser. El concepto de trabajo colectivo es uno de los principios más importantes de la vida zapatista. Cada miembro de la comunidad hace un trabajo y los resultados son compartidos, incluyendo la siembra, el transporte, la educación, etc., describe Jesús del Caracol IV. “En lo que nosotros creemos es en el colectivismo, en apoyar nuestra comunidad como un todo. Queremos que nuestros niños sepan esto y que despierten al valor de la vida, y al lugar que ocupan en el mundo. Los niños pierden su cultura cuando van a la escuela y aprenden cosas que no van con su forma de vida […] Nuestros niños no van a la ciudad a seguir trabajando en sus trabajos individuales, sino que empiezan a apoyar a la comunidad cuando se gradúan”, insiste un representante del Caracol IV. Para los zapatistas, esto quiere decir que los estudiantes, cuando terminan la secundaria, se enfocan en las necesidades urgentes de la comunidad y ayudan a educar a otros. Aunque las comunidades han continuado proveyendo la Otra Educación a sus niños con pasión, no han faltado las luchas. Muchos adultos no saben leer ni escribir. Por esta razón es difícil encontrar promotores de las mismas comunidades. También en muchas ocasiones los promotores no pueden seguir enseñando o entrenando a otros. Debido a la necesidad de mirar por sus familias, comprar ropa o comida, pocos completan el entrenamiento, dejando a muchos sin educación consistente. El compromiso de la comunidad es en realidad la base de la Otra Educación. Los padres mandan raciones de frijol, maíz y leña con sus niños para que puedan tener la comida que necesitan mientras están en la escuela. Muchos grupos internacionales han apoyado al movimiento zapatista. La Otra Educación está basada en la construcción de un nuevo mundo, que valore el ser y no el tener. Los zapatistas creen en ser realistas: averiguar lo que la comunidad realmente necesita para su propia liberación, educando a los estudiantes sobre este descubrimiento. Gustavo, un zapatista local, expuso: “No hay ningún estándar, ningún libro que pueda ser escrito sobre la manera correcta de enseñar en todo el mundo. Cada comunidad es diferente. Nosotros seguiremos aprendiendo, para compartir nuestro modo con los que vengan a escuchar”.
Amber Howard, The Narco News Bulletin

Aunque existen experiencias como la recién citada, la mayor parte de la población del planeta participa de la cultura del desarrollo y vive de espaldas a los límites, confiando en el espejismo del crecimiento constante y la tecnología omnipotente. Y esto a pesar de que el consumo creciente de objetos, transporte u ocio no parecen habernos convertido en una civilización satisfecha y mucho menos feliz. No hay sostenibilidad posible dentro de este modelo de organización social y económica. Por eso es ineludible comprender sus mecánicas y hacerles frente. Es posible en educación hacer crítica a este modelo de desarrollo. En imprescindible comprender y explicar ideas como la globalización económica, el metabolismo loco de la gran ciudad, la huella ecológica, la deuda ecológica, la monetarización, la cultura patriarcal, el capitalismo, el engaño de la publicidad, quiénes mandan en el mundo, los intereses de las transnacionales, la falta de equidad en el reparto de los recursos... Nos referimos a la lectura crítica de la realidad de la que hablaba Paulo Freire y que propone hacer junto con la lectura de la palabra escrita. Una lectura que él experimentó con personas adultas pero puede hacerse comprensible a diferentes edades, como ya ha comprobado la educación popular. Desenmascarar la cultura insostenible es desenmascarar los engaños sobre el futuro, las falsas metas del desarrollo, el auténtico significado del PIB, el mal reparto de las tareas domésticas, las restas que nos origina este modelo (tales como la muerte de la vida en los océanos, la disminución drástica del manto vegetal, la longeva contaminación radiactiva o la pobreza genética). Denunciar, transgredir, no delegar, organizar una campaña, denunciar las transnacionales y las patentes de semillas, reclamar un espacio, hacer boicot a ciertos productos, entender como malo el despilfarro, ocupar las calles, hacer contrapublicidad, pacificar el tráfico, hacer pancartas, desobedecer y argumentar la desobediencia, denunciar a la televisión, tirarla, usar medios de comunicación alternativa, crear medios de comunicación propios. Todas éstas son prácticas que se pueden aprender en la experiencia cotidiana y preparan para luchar contra un sistema injusto y ecológicamente inviable. Hay quienes piensan que los niños y niñas deben vivir apartados de estos problemas, que es muy duro plantearles ciertas realidades. Aceptando que su comprensión de determinadas informaciones no es igual que la de las personas adultas, entendemos que no se les puede mantener en la ignorancia. Se trata de su mundo, del presente y del futuro. No podemos negarles estos conocimientos, aunque dejando claro que somos las personas mayores –y algunas más que otras– las principales responsables del desastre. Los movimientos sociales alternativos, las pedagogías libertarias o el movimiento altermundista pueden servir de inspiración en esta tarea de denuncia. Desde la comprensión de un sistema contrario a la equidad y a la naturaleza, la escuela puede convertirse en una bolsa de resistencia y denuncia, y proporcionar así una esperanza de cambio.
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Experimentar alternativas
No juzgamos si es deseable la marcha atrás en la historia, pero en todo caso es imposible, así que está por inventar cómo podrá ser ese mundo sostenible que nos toca construir en el futuro y pensarlo en todos los aspectos de la vida. Aunque tenemos algunas intuiciones: vivir bien con menos podría ser una de sus máximas. Pisar ligeramente sobre la tierra la esencia de su modo de vida. La equidad, el equilibrio ecológico y la buena vida, algunas de sus condiciones. Urge parar el crecimiento económico reduciendo nuestros consumos exagerados de materiales y energía, pero no de otros bienes que se han mostrado centrales en el logro de la felicidad, como pueden ser las relaciones, la conversación o la creatividad. Nuestra cultura elude la reflexión sobre la felicidad. Únicamente el discurso publicitario nos habla de ella asociándola a consumos ostentosos. Pero los seres humanos y más aún las niñas y niños, saben que el núcleo de la felicidad no reside en la marca del juguete que les regalan, incluso ni siquiera en los gigas del MP3, sino en el afecto y la seguridad que experimentan en su mundo. Los grandes placeres de la vida suelen ser ilimitados y gratuitos: tener amigos, cantar, dar y recibir caricias, saltar a ambos lados de un río limpio, resolver enigmas... La imagen de

La escuela de Summerhill
“El único cuidado que habría necesidad de practicar en la escuela es la cura de la infelicidad. El niño difícil es el niño infeliz. Está en guerra consigo mismo, y por tanto está en guerra con el mundo. El adulto difícil va en la misma barca. Las personas verdaderamente felices no suelen perturbar las reuniones, ni predicar las guerras, ni se dedican a linchar negros. Las mujeres verdaderamente felices no suelen regañar permanentemente a sus maridos o a sus hijos. Las personas felices no suelen asesinar, o aterrorizar a sus subordinados. Los crímenes, los odios, las guerras, se pueden reducir a una sola palabra: infelicidad. “¿A qué se asemeja Summerhill? Bien, para decir sólo una característica, las clases son optativas. Los niños pueden ir o quedarse una hora lejos, por el tiempo que quieran si éste es su deseo. Hay un horario, pero sólo para los maestros. En general, los alumnos tienen clases con arreglo a la edad, pero a veces con arreglo a sus intereses. No tenemos nuevos sistemas de enseñanza, porque no consideramos que la enseñanza sea muy importante en sí misma. El hecho de que la escuela tenga o no un método específico para enseñar a dividir por muchas cifras no tiene ninguna importancia, porque esta operación sólo tiene interés para aquéllos que la quieren aprender. Y el niño que quiere aprender a dividir por muchas cifras, aprenderá tanto si le enseñemos de una forma como de otra”.
Neill, A. S. (1986), Summerhill, Barcelona, Eumo (p. 3-7)

una vida sencilla no tiene por qué ser una imagen apagada y triste, más bien al contrario, puede ser luminosa, tranquila y desde luego, en compañía. Para dibujar el futuro habrá que repensar cómo sería una vida buena que pueda ser generalizada a toda la humanidad. Algunas propuestas educativas como la de Summerhill o las escuelas Waldorf trabajan explícitamente en pro de la felicidad y la citan como uno de sus objetivos esenciales. Proponemos también reconocer y ampliar el catálogo de placeres de baja entropía (poco costosos en materiales y energía). Narrar y escuchar cuentos, jugar con una pelota, investigar, hacerse cosquillas, ver brotar una semilla, construirse una cabaña, jugar al escondite, hacer dibujos... En este asunto la infancia tiene una gran experiencia y podría dar magníficas pistas al mundo adulto. También cabe en la escuela, a partir de la escuela o fuera de la escuela, poner en marcha pequeñas alternativas locales que ya se están experimentando en diferentes lugares: participar en cooperativas de consumo que aproximan a productores y consumidores para resolver la alimentación diaria, bajar la velocidad como recomienda el movimiento de ciudades lentas, facilitar el acceso al centro en bicicleta, usar el sol para todo lo que podamos, apoyar y promover leyes contra el despilfarro, montar un huerto y a ser posible comer algo de él, comprender el efecto del consumo masivo de carne y del sistema agroalimentario, vivir con menos electricidad, organizar mercadillos o sistemas de trueque que favorezcan la ayuda mutua y la reutilización, hacer proyectos de micropolítica para transformar el espacio próximo... La lista puede extenderse hasta donde alcance nuestra fuerza y nuestra imaginación. El movimiento por el decrecimiento y otros muchos están comenzando a desarrollar propuestas para vivir de modo más austero, más armónico con el medio, y pueden servirnos de inspiración. En definitiva, se trata de reducir nuestra huella ecológica, aumentando la equidad del planeta y nuestra felicidad. Nada más. Y nada menos. Después de este largo recorrido de propuestas, muchas de ellas enlazadas entre sí, pendientes de experimentación y contraste, queda al fin un interrogante esencial: ¿Se pueden construir fragmentos de sostenibilidad? ¿Es posible una educación sostenible en un planeta insostenible? ¿Podría la educación remover un mundo asentado estructuralmente en la insostenibilidad? No tenemos certezas. Sólo una: tenemos la responsabilidad de intentarlo, cambiar el rumbo suicida de la historia y reinventar un mundo social y ecológicamente sostenible.

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Qué dice el pensamiento único sobre la educación
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Educación es lo que se obtiene en la escuela. La escuela ha seleccionado los conocimientos que es importante conocer, que están organizados en disciplinas o asignaturas. El resto de conocimientos, por lo tanto, no son tan importantes. La escuela protege a la infancia. Por eso debe mantener cerradas sus puertas. Los maestros y maestras saben de educación. El resto no. Las personas sin estudios no tienen cultura. Las clases populares no tienen educación o tienen poca educación. A los pueblos indígenas habría que educarles. Su salvación está precisamente en adquirir los conocimientos que se imparten en las escuelas, preferiblemente occidentales. Los animales transmiten enfermedades y han de estar fuera de la escuela. Tampoco son muy necesarias las plantas y los árboles. Mejor unas buenas instalaciones tecnológicas y con cemento. La escuela obligatoria nos iguala a todos. Si alguien no tiene éxito es su responsabilidad. Las niñas y niños no son capaces de tomar decisiones de cierta importancia sobre sus vidas y sus aprendizajes. La escuela sirve a los individuos, no a los grupos. Atender a la diversidad consiste en ayudar a quienes tienen dificultades para que sean como los demás. La escuela sirve para tener éxito en la vida. Si hablamos de éxito nos referimos a éxito económico. No se puede hablar de ideología (refiriéndose a ideología contra el sistema) en la escuela, pues esto se considera manipulación. No es ideológico (ni se entiende como manipulación) transmitir la cultura desarrollista, el aprecio por el dinero, la defensa de la propiedad privada, el gusto por la velocidad, la competitividad o el desprecio por las personas sin estudios.

Epílogo
por Jorge Riechmann
MIL COSAS QUE HAY QUE COMPRENDER ANTES DE MORIR 1 Me voy a limitar a recordarles amigos y enemigos sólo las siete primeras: la primera es cómo los bancos crean el dinero a partir del crédito (ya saben, el viejo truco del coeficiente de caja) La segunda es cómo funciona la emisión de bonos del Tesoro y lo que se puede hacer con ella La tercera es cómo ganar sumas astronómicas de dinero especulando contra las monedas débiles (o las fuertes, es la destreza inversa) La cuarta son los mercados de futuros El quinto enigma es el funcionamiento de la balanza de pagos La sexta gran cuestión en cuya comprensión nos va la vida son los famosos derivados financieros

Qué dice la cultura de la sostenibilidad sobre la educación
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La educación no se reduce a la escuela. Hay muchas formas de educación, una de ellas es la escuela. Muchos pueblos indígenas, considerados salvajes, tienen mejores conocimientos sobre la sostenibilidad que la sociedad occidental. Es necesaria una educación más cercana a la tierra de la que dependemos para sobrevivir. Es preciso modificar el currículum y poner los saberes necesarios para la sostenibilidad en el centro. Una educación para la sostenibilidad tendría en cuenta y promocionaría los saberes que articulan la comunidad y las soluciones colectivas. Una educación para la sostenibilidad debe desarrollar una crítica al modelo económico actual y trabajar las alternativas.

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La séptima es otra vez la primera: cómo los bancos privados crean dinero de curso legal y se apropian de la riqueza de todos (gracias al juego de manos del coeficiente de caja) 2 No te olvides de vivir decía Goethe No te olvides de cómo el capital financiero domina el mundo y lo destruye hemos de completar
f Aglietta, f Alonso,

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