Mujeres migrantes en el trabajo doméstico en Chile. ¿Atrapadas o empoderadas?

Carolina Stefoni

Lamento mucho mi ausencia en este seminario, sin embargo, razones de carácter más bien familiar, han dificultado mi participación. Agradezco a María Luisa y Elaine por la comprensión, y por la posibilidad de participar de todos modos en este espacio, a través de la lectura de la ponencia que había preparado. Mi ponencia se titula ³Mujeres migrantes en el trabajo doméstico en Chile ¿atrapadas o empoderadas?´ y lo que expondré es parte de un artículo que hemos trabajado junto con Rosario Fernández y que está publicado en el libro ³Mujeres inmigrantes en Chile. ¿Mano de obra o trabajadoras con derechos?´. El tema que se propone en el título remite a una discusión bastante analizada por diversas autoras y autores, respecto de si el trabajo al que acceden las mujeres inmigrantes genera empoderamiento o mantiene y reproduce sistemas de dominación y discriminación. Coincido en pensar que no se trata de optar por una situación o la otra, sino más bien de comprender que se producen simultáneamente distintas situaciones, desde condiciones de explotación en donde el empoderamiento que alcanzan las mujeres es cercano a cero, pero también hay situaciones donde las mujeres efectivamente logran romper con dinámicas de dominación y su trabajo les permite desarrollar proyectos personales y familiares, de los que ellas mismas se sienten muy orgullosas. ¿Qué elementos, condiciones o factores podrían explicar estas diferentes experiencias que tienen las mujeres trabajadoras inmigrantes? Lo que quisiera plantear es que las mujeres despliegan estrategias que son resultado de la relación entre las condiciones propias del trabajo doméstico actual y factores tales como el nivel educacional de la mujer; el objetivo del proyecto migratorio; el tipo de redes sociales y de participación que tienen en Chile; el estatus migratorio (tipo de documentos que tiene o bien si se encuentra en una situación de irregularidad) y la experiencia laboral que haya tenido anteriormente. Este conjunto de factores entra en juego con las condiciones propias del trabajo doméstico, la forma en cómo

se le define culturalmente, las relaciones sociales que se establecen en su interior, determinando diversas estrategias desarrolladas por las mujeres y que en ciertos casos permiten contestar y revertir las condiciones de discriminación y dominación. En la primera parte de esta ponencia, analizaré los dos elementos que definen al trabajo domestico actual, y en la segunda parte analizaré algunas de las estrategias que desarrollan las mujeres inmigrantes de este trabajo.

Trabajo doméstico. Entre lo servil y el trabajo con derechos

Para analizar las condiciones actuales del trabajo doméstico es necesario incorporar una mirada histórica, pues permite comprender los cambios y las continuidades que ha experimentado este trabajo. Sostendré que hoy en día se produce una convivencia entre una lógica servil, propia de lo que ha sido este trabajo desde la colonia hasta avanzado el siglo XX, y una lógica de derechos, basada principalmente en los avances legislativos producidos en los últimos años y que han buscado equiparar el trabajo doméstico con las condiciones de los otros trabajos. En este sentido, el tipo de trabajo que realizaba la mujer inquilina en la casa patronal, las relaciones que se establecían con los µpatrones¶ y la posición que ocupaba en esa casa, continúan de alguna manera presentes en el trabajo doméstico actual. La reforma agraria, el proceso de industrialización, el remplazo del inquilino por el obrero, el desarrollo del movimiento sindical y los lentos avances legislativos han permitido limitar ²pero no eliminar² la condición de subordinación de la mujer en este trabajo.

El trabajo doméstico en América Latina ha sido y continúa siendo una importante fuente de empleo para las mujeres, especialmente en el caso de mujeres pobres, indígenas, rurales y desde hace algunos años, inmigrantes. En el año 2003, la participación del servicio doméstico en el empleo urbano femenino en Chile fue de 16,8%, casi un punto sobre el promedio de la región (15,5%). El lugar histórico que ha ocupado el trabajo doméstico en América Latina se caracteriza por su invisibilidad, subvaloración y una mayoritaria presencia femenina. De acuerdo con Rodgers (2009), esta actividad se ubica en la frontera que separa la economía mercantil de la no mercantil, un espacio donde confluyen lógicas

económicas y domésticas que involucran distintas racionalidades y prácticas. La ambigüedad que ello produce incide en la forma en cómo se define la actividad, en las relaciones sociales que la constituyen y en la reproducción de condiciones de vulnerabilidad que afecta a las personas que realizan este trabajo. La mano de obra disponible para este tipo de empleo ha provenido históricamente de mujeres del mundo rural y de sectores pobres. Para ellas, el trabajo doméstico ha sido la puerta de entrada al mercado laboral urbano, aunque para muchas, la movilidad ascendente que se esperaba con esta incorporación, no ha pasado de ser solo una aspiración (Gálvez y Todaro, 1987).

El trabajo doméstico cristaliza las relaciones de dominación de clase, género, raza y etnia. La forma en que se construye esta dominación, sus significados y consecuencias, tiene antecedentes en la colonización española (Chaney y García Castro, 1993), en el sistema económico social basado en la hacienda del siglo XIX y principios del XX y en el orden patriarcal de la sociedad que define entre otras cosas, una jerarquía de género a partir de una división sexual del trabajo en la que las tareas del cuidado y las labores domésticas son asignadas a la mujer. En este contexto, las relaciones de dominación que configuran el trabajo doméstico asumen la forma radical de apropiación del cuerpo femenino de una mujer inquilina, pobre, mestiza o indígena. Esta apropiación radical de µla otra mujer¶ cumple dos funciones simultáneas. Por una parte, mantiene la división sexual del trabajo, pues ellas deben cumplir con las funciones µpropias de las mujeres¶, y por otra, tal como señala Anderson (2000), permite la reproducción de los modos de vida de la familia patronal, asociados a un estatus y una clase determinada. El trabajo de ordenar, limpiar, lavar, cocinar no solo permite la recuperación de la fuerza laboral de la familia que emplea a la trabajadora, sino que mantiene un estilo de vida específico asociado a la clase social de dicha familia. Durante la Colonia y posteriormente en la hacienda, las familias de mayores recursos incorporaron a mujeres, hijas, madres y esposas de los trabajadores de la hacienda con el objeto de realizar múltiples labores de cuidado, lavar, hacer y remendar ropas, elaborar alimentos, hilar, hacer aseo, criar aves de corral, criar cerdos y cabras, ordeñar vacas, ayudar en siembras y cosechas, entregar las raciones a los inquilinos (Valdés, 1988).

Las casas señoriales eran consideradas espacios donde los indígenas podían ser educados, enseñándoles el µmodo correcto¶ de vivir (Araya, 2005). El trabajo doméstico, por tanto, implicaba también una idea de µrescate¶ de la mujer indígena para transformarla en una mujer parcialmente civilizada, ello a cambio de su obediencia y de proveer el trabajo necesario para el funcionamiento y reproducción social del hogar.

En la sociedad moderna la hacienda dejó de ser la base del orden social, político y económico. El desarrollo que comenzaron a experimentar las ciudades y la disminución del trabajo en la hacienda, llevó a que muchas mujeres decidieran buscar en las ciudades una posibilidad de empleo. En forma simultánea, el proceso de industrialización permitió que el campesino, peón e inquilino se transformara en un obrero asalariado, redefiniendo las relaciones laborales y condiciones de trabajo. Estos cambios llegaron también al trabajo doméstico, estableciendo por primera vez requisitos formales y contractuales necesarios de incorporar en la relación laboral. Sin embargo, a diferencia del trabajo obrero, el trabajo doméstico no abandonó completamente las características del trabajo servil que dominaron el período anterior. Así, el trabajo doméstico se construye en un espacio donde las mujeres debían lealtad y obediencia, marcándose una lógica de subordinación de la µtrabajadora¶ con el o la empleadora. Este antecedente histórico queda en el registro colectivo y se instala como una suerte de imagen nostálgica e ideal de lo que debiera de ser una µnana¶ hoy día. Al consultar a mujeres que hoy tienen más de 60 años y que tuvieron en sus casas a una trabajadora doméstica, se observa en sus relatos cómo recuerdan algunos de estos rasgos: mujeres sumisas, calladas, poco demandantes y esforzadas. Esta idea aparece como añoranza por aquella sirvienta obediente y leal y se transforma en un referente de la trabajadora doméstica a pesar de la mediación salarial que rompe con la relación patrón/peón patrona/sirvienta (Kuznesof, 2000), y a pesar de los avances legislativos que han tenido como objetivo regularizar contractualmente estas relaciones laborales.

Mujer migrante trabajadora doméstica

De acuerdo con los datos censales (2002) y de la Encuesta de Hogares (CASEN 2006), cerca del 70% de las mujeres inmigrantes peruanas que se encuentran trabajando, lo hacen en el servicio doméstico. La incorporación de las mujeres en este trabajo se debe, tal como han documentado diversas investigadoras, a la creciente incorporación de las mujeres al mercado laboral, a una ausencia de políticas estatales de cuidado para la población infantil y para el adulto mayor, a la disponibilidad de mujeres inmigrantes que buscan trabajo no calificado como una forma de ingresar al mercado laboral y a los procesos de estigmatización y segregación laboral que dificultan la movilidad social de las mujeres inmigrantes (Mora y Valenzuela, 2009; Stefoni, 2009; Acosta, 2011). La llegada de mujeres inmigrantes reproduce en un primer momento el polo servil al introducir la racialización y nacionalidad de la mujer como un nuevo eje de discriminación y subordinación. Como señalan Mahler y Staab (2005), la idea de que son mujeres dóciles y con una mejor µactitud de nana¶, significa representarlas como trabajadoras adecuadas para estas labores, es decir, reeditar el carácter servil como ideal de la empleada dispuesta a asumir todo el trabajo de la reproducción social del hogar. Esta representación de las mujeres peruanas se construye sobre su condición de pobreza, ciudadanías precarias y bajo conocimiento de derechos laborales, lo que las hace más vulnerable a las relaciones de dominación. Sin embargo, en determinados casos las mujeres logran contestar y reaccionar respecto de la posición a la que son impulsadas a ocupar. En estas situaciones juega un papel significativo las redes sociales que mantienen, la situación familiar, el nivel educacional, el proyecto migratorio, el estatus migratorio y las experiencias laborales anteriores. La relación de estos factores con las condiciones actuales del trabajo doméstico, posibilitan el desarrollo de diversas estrategias que las mujeres despliegan con el fin de movilizarse desde el polo del servilismo hacia el polo de derechos. Dentro de las estrategas identificadas en el estudio es posible mencionar: 1) Posicionamiento crítico de las trabajadoras domésticas frente a las condiciones laborales que les toca enfrentar. La actitud crítica frente a condiciones laborales precarias las lleva a buscar mecanismos que buscan revertir dichas condiciones. Las mujeres tienen relativamente claro cuáles son sus derechos, el nivel de sueldo al que aspirar y cuáles son las condiciones de trabajo, así como

las funciones que deben realizar. Ello las lleva a definir o visualizar el tipo de trabajo que desearían tener y en ciertos casos diseñar estrategias que les permitan alcanzarlo. Si la búsqueda de ese trabajo ideal fracasa, tendrán herramientas para intentar mejorar las condiciones laborales que tienen en su trabajo actual; por ejemplo, negociar alza de salario, exigir contrato de trabajo, redefinir y especificar funciones o bien demandar al empleador por incumplimiento de los derechos que establece el Código Laboral. En este mismo campo encontramos prácticas que les permitan acceder a ciertos beneficios dentro de su trabajo; por ejemplo, acotar horarios de salida o definir las funciones que deben desempeñar: Pero ahora no, o sea yo misma me he dado cuenta de que he cambiado mucho mi forma de ser« o sea no me dejo pasar a llevar por nadie« o siempre voy a poner mis reglas porque yo creo que yo también tengo derecho a decidir y a pensar en lo que me conviene, ellos no van a pensar por mí (Entrevistada 2). ³Ana, ¿le echaste la crema a Cristóbal?´. ³Señora, sí le eché cuando lo bañé´. ³No pues, pero ahora´. ³No, señora´. ³Uy´, ²me dijo² ³nunca había estado tan mal su piel de Cristóbal como ahora´. ³Sabe qué, señora Marcela, con eso me está dando a entender usted desde que yo entré acá a su casa, o sea no hago bien las cosas, no cuido bien al niño, si usted está disconforme con mi trabajo, señora Marcela, yo no tengo ni un problema en que usted busque otra persona, pero eso sí, dígame con tiempo para yo ver dónde ir´. Y se quedó pa¶ dentro ella (Entrevistada 2).

2) Aceptación de la condición servil. Dentro de este grupo encontramos estrategias de mujeres con alto capital social que aceptan condiciones laborales precarias, y que lo justifican planteando que se trata de una situación transitoria, por ejemplo, debido a la ausencia de documentación. Es decir, se aceptan las condiciones serviles mientras se espera regularizar la documentación. La aceptación de estas condiciones está también presente en mujeres con bajo capital social que deciden µaguantar¶ las condiciones de vulnerabilidad justificándolo en un discurso de maternidad sacrificial, es decir, ser capaces de resistir estas condiciones por el bien de la familia y de los hijos.

«uno no se debe dejar pasar a llevar, pero la necesidad de dinero hace que uno a veces se quede callada (Entrevistada 9). «a veces yo ni comía, ni comía y seguía y seguía y seguía porque decía ³Ay, no, la señora va a venir´ y a veces me retaba ella porque así era conmigo primero, era muy estricta, yo le tenía como miedo (Entrevistada 20).

Si bien esta estrategia les permite seguir en el trabajo y así conseguir la visa sujeta a contrato, existe un grado de crítica respecto a su situación. La aceptación de las condiciones más precarias de trabajo es más frecuente en mujeres que llevan poco tiempo en Chile y con poca experiencia laboral, lo que las lleva a pensar en que las cosas µson así¶. En la medida en que adquieren mayor información respecto a sus derechos ²a través de redes sociales, centros de información, medios de comunicación entre otros² es posible que puedan movilizarse hacia otros trabajos con mejores condiciones.

3) Conformidad con el trabajo. Se trata de mujeres que aceptan las condiciones de trabajo porque las consideran justas y adecuadas. Ello puede estar dado por el sueldo, los horarios, las relaciones con los empleadores o el resto de los integrantes de la familia, etc. Aquellas personas que están conformes sienten también que tienen mayor margen para solicitar mejoras en su trabajo, especialmente cuando llevan bastante tiempo con la misma familia. Tengo amigas peruanas que no tienen trabajo y tengo otras amigas que no tienen contrato. Lo señores de la casa son serios, me contrataron por dos años la primera vez y después lo renovaron por otros dos, entonces eso me sirve para tener mi visa. No sé si me gustaría cambiarme de trabajo, acá no hay tampoco muchos problemas, los señores a veces invitan a gente los sábados a casa, pero todo es tranquilo (Entrevistada 9).

Como hemos señalado, estas estrategias son constantemente usadas por las trabajadoras dependiendo de sus necesidades económicas y de sus posibilidades de acceder a otros trabajos. El trabajo doméstico es visto como el trabajo que les permite entrar al mercado laboral chileno y ganar dinero para mantenerse a ellas mismas y a sus familias en Perú. No

se concibe como un trabajo que realizarán por mucho tiempo; más bien, aceptan las condiciones pensando que eventualmente podrían regresar a su país. Las estrategias estarán en función de conciliar sus objetivos y necesidades materiales con un contexto donde las condiciones históricas del trabajo doméstico siguen intentando reproducir una noción de servidumbre en su interior. La efectividad de las estrategias dependerá de los factores señalados, en especial el capital cultural, de las redes sociales y del marco regulatorio vigente.

En resumen, la incorporación de las mujeres inmigrantes en este trabajo se ha realizado a partir de la convivencia de dos lógicas distintas: la mercantil y la servil; y si bien en ciertos momentos la condición de nacionalidad y racial ha favorecido la reproducción de la lógica servil, el nivel educacional, la presencia de redes y la presencia de instituciones que resguardan los derechos de las trabajadoras, ha permitido avanzar hacia el polo de derechos y ciudadanías. A pesar de las dificultades que ellas deben enfrentar para acceder a

información sobre sus derechos en Chile, logran desplegar una serie de estrategias que hacen uso de las redes sociales y de su capital cultural con la finalidad de mejorar sus condiciones laborales y ejercer su ciudadanía.