Domingo IV Tiempo Ordinario 29 enero 2012

Evangelio de Marcos 1, 21-28
Llegó Jesús a Cafarnaúm, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su enseñanza, porque no enseñaba como los letrados, sino con autoridad. Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar:  ¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios. Jesús lo increpó:  Cállate y sal de él. El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos:  ¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y lo obedecen. Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea. ****** RUTINA O NOVEDAD Ante el modo de enseñar de Jesús, la gente quedaba “asombrada”. Y el autor del evangelio lo atribuye al hecho de que “enseñaba, no como los letrados, sino con autoridad”. Generalmente, la gente queda asombrada cuando el mensaje que oye le suena a “nuevo” y, al mismo tiempo, encuentra “eco” en su interior. Y eso ocurre porque quien habla “conecta” con la realidad que, aunque quizás dormida, habita ya en los oyentes. Si no hay novedad, no es fácil que se produzca asombro; la rutina provoca sólo, según los casos, sueño, autosatisfacción o enardecimiento (cuando los eslóganes conocidos fomentan el fanatismo). Pero si es sólo “novedad”, el asombro será superficial y pasará tan rápidamente como llegó. Y ése no parece que fue el caso de Jesús. La gente que lo escucha queda “asombrada”, porque se ha sentido “tocada” por lo que dice el maestro: éste ha sabido “poner palabras” a lo que ellos ya sentían o intuían, aun sin haberlo hecho consciente. A este modo de hablar, Marcos lo llama “enseñar con autoridad”. “Autoridad” es lo opuesto a imposición. Del latín “augere”, significa “aumentar” y, en cierto sentido, aupar.

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Más allá de los términos, cuyo valor es siempre limitado, en sociología suele distinguirse entre “autoridad” y “poder”: este último se basa en la fuerza; aquélla, en el carisma personal o en el reconocimiento merecido por el propio comportamiento. Uno busca la sumisión; la otra no tiene más objetivo que el bien de la persona y su crecimiento. Ante el poder, el oyente puede sentir miedo; ante la autoridad, confianza y ánimo. El propio evangelista contrapone el modo de enseñar de Jesús con el de los letrados. Estos eran los “teólogos oficiales” del judaísmo. Al parecer, su enseñanza no provocaba asombro. Probablemente, lo que hacían era repetir las palabras de la Torah y las interpretaciones recibidas de doctores anteriores a ellos. Eso es un ejercicio de erudición, que suele dejar fríos los corazones de los oyentes. Se transmite doctrina, pero no hay vida; no se sale de la ortodoxia, pero falta experiencia personal de lo que se habla y “novedad” que nace de la hondura. Los “letrados” de todos los tiempos y latitudes tienden a ofrecer “doctrina enlatada”, a la que asienten cansinamente los fieles, pero que no aporta nada nuevo. Suele ser un recitado de conceptos aprendidos, adornados con opiniones de letrados anteriores o de superiores jerárquicos, como si la falta de experiencia de lo que se dice se quisiera compensar con la multitud de citas de otras “autoridades”. En un trabajo reciente, el teólogo jesuita Aloysius Pieris afirma que el enfoque escolástico, para hablar de la espiritualidad, no es más que la propia timidez escondiéndose tras la autoridad de fuentes secundarias. Y comenta que Ignacio de Loyola se lamentaba de que el estudio de la teología escolástica había secado su corazón, por lo que recomendaba el estudio de la teología positiva o afectiva de los Padres de la Iglesia. En cualquier caso, el verdadero maestro habla de lo que ha visto y experimentado. Por eso, se atreve a hacerlo en primera persona. Ha pasado por un proceso en el que ha experimentado la prueba, aprendiendo a “poner nombre” a lo que iba viviendo. En ese recorrido, ha sido llevado a honduras que, sin pretenderlo, le permiten conectar con las vivencias más profundas de las personas que, a su vez, se sienten reconocidas y “leídas” en su interior. Es comprensible: en lo hondo, todos estamos ya conectados; como los islotes que aparecen separados en la superficie, pero que en realidad comparten la misma tierra común en niveles subterráneos; como los pozos que vemos igualmente separados, pero que no son sino portadores de la misma agua que, subterráneamente, los “une” a todos. Javier Melloni habla de las “tres etapas” por las que pasan las religiones: la chamánica, la sacerdotal y la de sabiduría. La primera está caracterizada por la novedad, que aporta el “iniciador” de la misma. La segunda, por la repetición que busca conservar lo recibido: 2

es la tarea del clero. La tercera, finalmente, por la interiorización del mensaje, que hace superflua tanto la rigidez de la etapa anterior como el rol del “clero” como una clase separada. Según este esquema, parece claro que en la segunda de esas etapas no puede haber novedad; más aún, todo lo que suene a nuevo será visto como peligroso y, con frecuencia, perseguido. La prioridad, en esa etapa, consiste precisamente en no alterar nada de lo recibido de la tradición anterior. Indudablemente, esta rigidez otorga seguridad –“siempre se ha hecho así”-, a la vez que poder a la clase sacerdotal, encargada de la vigilancia doctrinal u ortodoxia. Pero conlleva el riesgo de esclerotizarse, alejándose cada vez más de la vida y de las preocupaciones de las personas. El contraste, por tanto, es patente: el maestro espiritual –en nuestro caso, Jesús- es alguien que crea algo nuevo; la clase sacerdotal, por el contrario –incluso siendo sucesora de ese mismo maestro-, busca por encima de todo conservar. El mensaje de ésta tiende a ser, por su propio papel, reiterativo y rutinario; el del maestro, sin embargo, por más veces que se le escuche, siempre sabe a nuevo. Se comprende también que, precisamente por enseñar algo “nuevo”, Jesús fuera acusado de “blasfemo” por la autoridad sacerdotal, que no cejó hasta conseguir que fuera ejecutado. Parece que nos encontramos en un momento en el que podemos superar la segunda etapa –de la rigidez doctrinal-, gracias a la interiorización del mensaje de Jesús. Si lo hacemos, conectaremos con aquella misma novedad del maestro –expresada hoy, lógicamente, en nuestro propio lenguaje o “idioma cultural”-, y podremos llevar algo de luz y de calor a tanta gente que busca, porque se sentirá “alcanzada” en su corazón. Esto requiere que, siguiendo a nuestro “maestro interior”, pasemos por la experiencia, recorriendo nuestro propio camino espiritual. Ese camino nos conducirá más y más a nuestro “centro”, ese centro que compartimos con todos los seres. Por eso, cuando hablemos desde él, notaremos vibrar los corazones de quienes nos escuchan. El evangelista escenifica el “enseñar con autoridad” de Jesús en un relato de exorcismo. Más allá de las explicaciones que se puedan dar de este fenómeno (he intentado resumirlas en el libro Sabiduría para despertar. Una lectura transpersonal del evangelio de Marcos, Desclée de Brouwer, Bilbao 2011, pp. 57-58), parece claro que “habla con autoridad” quien es capaz de domeñar sus propios “demonios interiores”, todo aquello que tiende a arrebatarnos la libertad interior: nuestros miedos, necesidades, mecanismos o funcionamientos que nacen del ego y giran en torno a él. Por eso, “hablar con autoridad” implica una desapropiación del propio ego. Y así comprendemos las tres características básicas de un maestro espiritual: la experiencia personal, la humildad y la 3

coherencia o integridad. Tres rasgos que caracterizaron también al maestro de Nazaret, tal como se recoge en los textos:
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“Doy testimonio de lo que he visto” (Juan 3,32). “Aprended de mí, que soy sencillo y humilde de corazón” (Mateo 11,29). “Sabemos que eres sincero… y muestras con verdad el camino” (Marcos 12,14). www.enriquemartinezlozano.com

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