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DE

PARAMILITAR

A

POLICIA

LA TENEBROSA Y APASIONANTE VIDA DE UN HOMBRE QUE DE LOS GRUPOS PARAMILITARES PASO A LA POLICIA

JAIRO GUERRERO RUGE

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PROLOGO

El autor hace un recorrido minucioso por la tenebrosa vida de EGOBERTO ALDANES SIMANCA, conocido como “CACHA”. El relato es una mezcla de realidad y ficción que deja ver como influye en el desarrollo de la personalidad del protagonista el maltrato recibido desde el vientre materno y durante la infancia.

Las circunstancias de la vida llevaron a Egoberto a que desde adolescente se convirtiera en asesino. Egoberto, antes de ingresar a la policía perteneció a grupos de autodefensas y paramilitares, donde aprendió métodos crueles, siniestros e inhumanos, los cuales puso en práctica en la policía para combatir la delincuencia, violando derechos humanos y demás garantías constitucionales que tienen los ciudadanos por más delincuentes que sean.

Escudado en la policía cobró venganza sobre quienes de una u otra forma le habían hecho daño. La ambición por el dinero fácil lo llevaron a involucrarse con bandas de sicarios a sueldo y oficinas de cobro al servicio del narcotráfico, los

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cuales terminaron asesinándolo en la misma forma violenta como él masacraba a sus víctimas.

El autor también hace la narración del esclarecimiento de casos de homicidios que estaban condenados a quedar en la impunidad.

Dedicado a mis padres JORGE GUERRERO SANCHEZ Y ANA VICTORIA RUGE (Q.E.P.D.)

Capítulo I Capítulo II Capítulo III Capítulo IV Capítulo V Capítulo VI Capítulo VII Capítulo VIII Capítulo IX Capítulo X Capítulo XI Capítulo XII Capítulo XIII Capítulo XIV Capítulo XV Capítulo XVI Capítulo XVII Capítulo XVIII Capítulo IXX

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INDICE

Murió en su ley Muerte en billares Veracruz Muerte de dos médicos hermanos Investigador investigado Muerte de estudiante universitario Rescate de un secuestrado Homicidio disfrazado de suicidio Camino a la perdición Violación de Derechos Humanos El trago que rebosó la copa La infancia Relación con el Capitán Montealegre Primeros crímenes Defensa civil campesina Gato por liebre Ingreso a la Autodefensas De autodefensa a policía El funeral Sugerencias para policías activos

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CAPITULO I

MURIO EN SU LEY

Rin…Rin…Rin… sonó el teléfono. Katherine, la hija mayor de Javier Guerrero, levantó el auricular telefónico y contestó. Papi es para usted, le dijo, entregándole el teléfono, lo llama un compañero de la Sijin. Javier recibe el teléfono, cuando contesta reconoce la voz del compañero de trabajo. Te enteraste que mataron a Cacha, le dijo el compañero. A quién?, interrogó Javier preocupado. A Cacha, le repitió Cuándo?, no sé nada. Ayer, cerca al peaje de Tasajera, entre Santamarta y Barranquilla, le descargaron un proveedor de 15 tiros de pistola nueve milímetros. Donde lo tienen? interrogó Javier. En la Funeraria Jardines del Recuerdo, lo trajeron hoy al medio día de Santamarta. El funeral debe ser mañana en el transcurso del día.

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Javier se despidió del compañero dándole las gracias. Miró el reloj que colgaba de un clavo en una de las paredes de la casa, eran las seis de la tarde. Katherine estaba junto con los hermanos menores, Angélica, María y Javier José, viendo un programa de dibujos animados que a esa hora pasaban por televisión. Javier se dirigió a la cocina donde la esposa Dorina preparaba la comida. Le contó lo que el compañero le había dicho sobre la muerte de Cacha y le advirtió que no le fuera a decir nada a Katherine, que él mismo le diría cuando regresara de la funeraria. No quería preocuparla con la fatal noticia. Katherine lo estimaba y le tenía mucho cariño. Aunque últimamente Cacha y Javier se encontraban un poco distanciados, Cacha en una época lo había considerado su amigo y confidente, contándole secretos y anécdotas de su vida personal que no se las había confiado ni a sus mismos hermanos. Por la clase de personas y amistades con las que estaba relacionado y el medio en que se movía, la muerte de Cacha no fue del todo una sorpresa, pero a Javier personalmente le doliò mucho. Después de comer, Javier salió al parqueadero que estaba ubicado frente a su residencia, prendió un vehículo particular que tenía para hacer sus diligencias personales, llevar a la

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familia a pasear a las playas de Puerto Colombia, Salgar, Santamarta, El Rodadero y Cartagena, los días que estaba libre. El vehículo era un Ford Mustang, modelo antiguo, pero con un corte y acabado muy bonito, pintado de color verde, franjas rojas y amarillas; la primera vez que Cacha lo vió, en tono jocoso dijo que parecía una iguana. Camino a la funeraria, volvieron a la memoria de Javier, como una película que se rebobina y comienza de nuevo, los recuerdos del día que Cacha llegó a Barranquilla. En una de las formaciones que todos los días en la mañana hacía el jefe de la Sijin, en los patios del Cuartel Central de la Policía, se presentó un agente vestido de civil. Con una pinta de cachaco, como dicen los costeños, que no podía disimular, vestía pantalón jeans, camisa a cuadros de diferentes colores, botas texanas, un maletín de cuero, imitación carriel antioqueño, tenía unos 26 años de edad, de 1.80 cm. de estatura, cuerpo atlético, piel trigueña, cabello y ojos negros, mirada penetrante y dominante, en la mejilla derecha tenía una pequeña cicatriz. Cuando el Capitán Muñoz, jefe de la Sijín lo presentó, salió de la formación, se paró al frente de los compañeros y con marcado acento cachaco y voz firme dijo: mi nombre es Aldanés Simanca Egoberto, vengo trasladado del Departamento de Policía Santander, más exactamente de la ciudad de Bucaramanga, llevo cuatro años

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como Policía, he trabajado en vigilancia, hice curso de Policía Judicial e Inteligencia, donde he trabajado los últimos dos años. Aldanés Simanca Egoberto llegó trasladado a la ciudad de Barranquilla un mes después que asumiera como Comandante del Departamento de Policía Atlántico el señor Coronel Montealegre Rincón Ernesto, el Coronel venía de ser Comandante del Departamento de Policía Santander. El Capitán Muñoz lo asignó a trabajar en el grupo de contraatracos, encargados de combatir las bandas de atracadores de entidades bancarias, joyerías, cajas de cambio, compraventas y demás entidades comerciales que movían grandes sumas de dinero. El jefe del grupo lo nombró como tripulante de una de las patrullas. Cuando Aldanés Simanca comenzó a trabajar y los compañeros se enteraron que era amigo y protegido del Coronel Montealegre, lo miraban con desconfianza y recelo; decían que el Coronel lo había nombrado en la Sijín para que le hiciera contrainteligencia a los policías deshonestos y corruptos. A los compañeros de patrulla les decía que no gustaba de ninguna clase de delincuentes ni bandidos, que era alérgico a esa clase de sujetos, que cuando veía a un delincuente le rascaba el dedo de disparar, frotaba el dedo índice con el pulgar, haciéndolos sonar como cuando se golpean dos palos de madera. Les comentó que él si era amigo del Coronel

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Montealegre desde hacía varios años, pero que había venido

a trabajar, no a sapear a ningún compañero, que el que

andaba en malos pasos se caía solo sin que nadie lo empujara. Con los operativos y enfrentamientos con las

bandas de atracadores, donde fueron dados de baja delincuentes de reconocida trayectoria y peligrosidad, se fue ganando el aprecio y respeto de superiores y compañeros. Aldanes Simanca era alegre y dicharachero, decía conocer todo el país, se jactaba diciendo que conocía personalmente

a Gonzalo Rodríguez Gacha “el mexicano”, a los hermanos

Fidel y Carlos Castaño Gil, fundadores de autodefensas y paramilitares, los compañeros le decían que si también había sido paramilitar, con sonrisa burlona les decía que en la vida todo era posible. Los compañeros siempre sospecharon que:

Aldanés Simanca Egoberto, antes de ingresar a la Policía Nacional, había hecho parte de grupos de autodefensas y paramilitares, por los métodos excesivamente crueles y violentos que utilizaba para combatir la delincuencia. Por la forma de vestir y el acento tan marcado al hablar, los compañeros costeños, para no decirle cachaco, comenzaron a llamarlo “cacha”, se olvidaron de nombre y apellidos, todos los llamaban cacha. A él parece que no le disgustaba que lo llamaran así, porque nunca protestó. La filosofía de cacha era que los delincuentes nunca se regeneraban, decía que la

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única forma de sacarlos de circulación y acabarlos, era mandándolos a descansar al cementerio, no enviarlos a pasar vacaciones a la cárcel, de donde salen más corrompidos. Cacha utilizaba dichos un poco despectivos para referirse a los compañeros cuando se equivocaban o la embarraban en algún procedimiento, “soldado es soldado, así se vista de general, siempre seguirá siendo un soldado”, con esa mentalidad de soldado no le va a descubrir la carne a un tamal, le decía a los investigadores, siempre decía las cosas como eran, sin tapujos ni rodeos, lo que en ocasiones lo hacía ver vulgar y ordinario. Cacha trabajó un tiempo como tripulante de una patrulla del grupo de patrimonio, encargados de investigar todo lo relacionado con delitos contra el patrimonio de los ciudadanos. El comandante de la patrulla era un dragoneante a quien llamaban “policarpo”, con más de veinticinco años de antigüedad en la policía, se jactaba diciendo que en su mejor época había hecho parte de la “mano negra”, un grupo de policías fuera de la ley que aplicaban justicia por su cuenta y riesgo, eliminando delincuentes en la llamada limpieza social, decía que él era el único sobreviviente, una especie de leyenda, que él se había tejido sobre sí mismo, en cierto modo, le había servido para ser respetado por los compañeros y temido por algunos ladronzuelos de quinta categoría que le comían cuento.

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Cacha y el conductor de la patrulla se pusieron de acuerdo para saber hasta dónde era verdad la leyenda de Policarpo. Una noche que estaban de servicio patrullando el centro de la ciudad, cogieron dos ladronzuelos mal parqueados, los subieron a la patrulla, les amarraron las manos y los llevaron para la avenida circunvalar. La circunvalar es una avenida que le da la vuelta a toda la ciudad de Barranquilla, por la soledad y oscuridad fue escogida por delincuentes comunes y por los mismos policías como botadero de cadáveres. A lo largo de esa avenida se han practicado cientos de levantamientos, cuando a un delincuente lo suben a una patrulla uniformado o de civil y lo llevan con rumbo a la circunvalar, canta y confiesa hasta lo que no sabe; cuando llegaron a un lugar oscuro y solitario, el conductor orilló la patrulla cerca de una cuneta, Cacha que iba en el puesto trasero del vehículo con los delincuentes, abrió la puerta y les dijo: bájense par de ratas que hasta aquí les llegó su puta vida, los delincuentes se bajaron suplicando que por favor no los fueran a matar, Policarpo, más asustado y sudoroso que los delincuentes, llamó a Cacha y le rogó que por favor no los fuera a matar, que él no estaba acostumbrado a hacer esa clase de procedimientos. Cacha de mala gana le ordenó a los delincuentes que se subieran de nuevo a la patrulla, los devolvieron al centro de la ciudad y los dejaron en libertad,

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antes de que se bajaran cacha les dijo: malnacidos, hoy los salvó la campana, bájense a seguir robando. Al día siguiente Policarpo habló con el jefe del grupo para que lo cambiara de patrulla, se comprobó que la fama de Policarpo era eso, pura fama. Cacha habló en confianza con el capitán Muñoz, le comentó que quería trabajar con dos compañeros que no les temblaran las nalgas cuando tuvieran que hacer un procedimiento. El capitán le sugirió que averiguara en los grupos quienes eran los mejores agentes, para que escogiera los dos y conformara la patrulla, cacha escogió y seleccionó a los dos que creyó llenaban los requisitos. Uno de los agentes seleccionados era conocido como “Truman”, de descendencia gringo cruzado con raza negra, el abuelo un gringo alto, mono de ojos verdes, en una excursión que hizo a la costa pacífica colombiana, conoció a una joven mulata de raza negra, con quien tuvo una aventura amorosa, de cuya relación nació el padre de Truman. Truman tenía un aspecto y facciones raras, era alto, moreno, casi negro, de ojos verdes, cabello mono crespo, tenía fama de ser duro e implacable con los delincuentes, en procedimientos y enfrentamientos había dado de baja a varios. El segundo agente seleccionado fue un barranquillero extravagante, alto, moreno, de cabello negro ensortijado, de ojos saltones, le

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decían Mister T. porque usaba una cantidad de cadenas de oro colgadas al cuello, lo de mister T era por el negro extravagante que trabajaba en la serie de televisión Los Magníficos y tenía el cuello cubierto de gruesas cadenas de oro. Los compañeros mal intencionados comentaban que las cadenas de oro que usaba mister T se las había quitado una a una a los delincuentes que eliminaba a tiros en la avenida circunvalar. Cuando se conformó la patrulla, los compañeros los llamaban Los Magníficos o Los Vampiros, porque siempre estaban sedientos de sangre. Se formó una patrulla especial, los tres eran tal para cual, tres chiflados sin uno cuerdo que los controlara hacían y deshacían lo que querían con los delincuentes. Cacha era el Comandante, Mister T el conductor y Truman el tripulante, como todos sabían conducir, se turnaban manejando para no cansarse las 24 horas de turno. Cuando cacha llegó a Barranquilla, el único patrimonio econòmico que trajo fué una pistola 9 milímetros, con dos proveedores de 15 tiros y silenciador, más una maleta con la ropa y los objetos personales. Se instaló en los alojamientos del cuartel central de la policía como soltero, meses después los compañeros de patrulla le ayudaron a conseguir un apartamento pequeño en arriendo, en el sector sur de Barranquilla, a donde se fue a vivir solo.

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En todas las ciudades de Colombia, los sub-oficiales y agentes de la policía son de extracto humilde, desafortunadamente tienen que vivir en los barrios más pobres, en muchas ocasiones rodeados de delincuentes, a quienes tienen que salir a combatir al otro día, después de haber dormido cerca de ellos. Las comodidades son para los oficiales, quienes tienen casas y apartamentos fiscales para vivir, desde que salen de la escuela. Para que un sub-oficial o agente tenga derecho a que le adjudiquen casa o apartamento, tiene que haber trabajado durante catorce años. Con los ahorros que fue acumulando compró una moto de alto cilindraje, la cual conducía con gran habilidad y destreza. Cacha maquinando en su cerebro la mentalidad maquiavélica y criminal que poseía, puso en práctica una idea que desde hacía tiempo tenía en la cabeza, contrató un mecánico experto en motos, pacientemente le explicó la idea para que le invirtiera el sistema de acelerador, pasándolo del manubrio derecho al manubrio izquierdo y así poder tener la mano derecha libre, de esa forma, podía disparar sin tener que desacelerar la moto, corriendo el riesgo de que se apagara. El solo, sin complicidad de nadie, cometió los crímenes, en principio eliminando delincuentes comunes y más tarde,

cuando se alió a la mafia del narcotráfico, como sicario. Al comienzo, cuando cacha llegó a Barranquilla, los días

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sábados y domingos que estaba libre, se iba con compañeros solteros como él para las playas de Puerto Colombia, el Rodadero, Santamarta y Cartagena, era tanta la fiebre de bañarse en el mar, que pasaba todo el día dentro del agua, cuando salía estaba rojo como un camarón de la quemada tan cruel que se daba. No sabía que el mejor horario para bañarse en el mar sin quemarse, es en las primeras horas de la mañana, al atardecer cuando el sol ha bajado y en la noche. La sola sal de agua no quema, lo que quema es la sal que queda sobre la piel expuesta al sol. Cuando empezó a trabajar en la patrulla de los magníficos, Truman y Mister T lo llevaron a una casa de citas de una señora llamada Magaly de donde eran clientes fijos. Allí cacha daba rienda suelta a sus apetitos, aberraciones y deseos sexuales reprimidos, con jovencitas que se lo disputaban porque era muy generoso a la hora de cancelar los servicios prestados. Nunca hacía el amor con la misma mujer en más de dos ocasiones. Cuando tenía deseos de ir, llamaba a Magaly para que ella llamara por teléfono a las mujeres más jóvenes y bonitas. Los mejores clientes de Magaly eran policías, especialmente de la Sijin, que se

reunían a tomar licor y hacer con las mujeres las orgías que no podían hacer en las casas con sus esposas.

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Las únicas diversiones de cacha eran las mujeres y los paseos. En eso se gastaba la plata. En las reuniones que hacía donde Magaly con Truman, Mister T y las mujeres, les gastaba lo que quisieran tomar, whisky, aguardiente, cerveza, él se tomaba un refajo de cerveza y gaseosa Colombiana, no tomaba, no fumaba, ni gustaba de ninguna clase de juego de azar. Una de las actitudes más admirables en cacha, sin querer justificar ni avalar su conducta como justiciero y sicario, era el hecho de que el no consumía ninguna clase de sustancias narcóticas, alucinógenas o alcohólicas. Para cometer los hechos, por más repudiables que fueran, siempre actuaba en pleno uso de sus facultades mentales. Lo anterior teniendo en cuenta que la gran mayoría de criminales actúan bajo los efectos de las sustancias antes relacionadas. Javier tenía 1.70 de estatura, cabello negro azabache, ojos color café, piel trigueña, cuerpo atlético. Le gustaba hacer mucho ejercicio. Cuando tenía 16 años entró a un gimnasio en Bogotá, a practicar boxeo y lucha libre, eso le duró hasta el día que lo pusieron a practicar en serio con un joven que tenía bastante experiencia. Fue tan dura la golpiza que le

dieron que sangraba por boca y nariz, se retiró del gimnasio y siguió practicando los ejercicios que aprendió.

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Javier nació en Moniquirá, Boyacá, a los 15 años se fue de la casa a la ciudad de Bogotá en busca de un mejor futuro, trabajó en fábricas de bocadillos, donde los patrones lo explotaban en duras jornadas sin pagarle lo justo por ser menor de edad. A los 18 años ingresó a la Escuela Nacional de Carabineros de Bogotá donde hizo el curso y se graduó como Agente de Policía. Trabajó en comisión en la zona esmeraldífera de Muzo, Coscuez y Peñas Blancas, un año en el Departamento de Policía Bogotá, después fue trasladado al Departamento de Policía Atlántico. En Barranquilla trabajó en vigilancia, hizo curso de Auxiliar de Odontología o primeros auxilios, laboró varios años en la Sección de Sanidad de la Policía, por esa época se casó con una costeña de nombre Dorina. En una relación general el señor coronel, comandante del departamento ordenó que levantasen la mano quienes no habían trabajado en la Sijín y desearan trabajar, Javier por curiosidad levantó la mano y fue seleccionado, por curiosidad, porque no tenía un buen concepto de quienes trabajaban en esa sección, hizo un curso de tres meses que lo dictaban oficiales de la Sijín en las instalaciones de la policía. Cuando terminó el curso lo enviaron a la sección de

inteligencia. El oficial jefe del grupo lo nombró como escolta del señor Ross Benson, Cónsul de los Estados Unidos en Barranquilla,

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cuando cumplió un año de escolta fue nombrado en el grupo de homicidios, donde poco a poco fue aprendiendo a trabajar hasta llegar a convertirse en uno de los mejores investigadores. Javier era admirado por compañeros y superiores por su forma de investigar, no utilizaba métodos violentos ni tecnológicos, lo hacía con malicia, astucia, sagacidad, intuición y sentido común. Para un 7 de abril, fecha del cumpleaños de la ciudad, el sargento Cuadrado lo nominó para que recibiera la medalla Ciudad de Barranquilla, por los buenos servicios prestados a la comunidad, la medalla se la dieron como siempre a un agente que no tenía los méritos, pero si la lengua larga para lamerle a los superiores, Javier decía que el servía para todo menos para lambiscón. Cuando Javier llegó a Barranquilla era callado e introvertido, pero después se contagió del ambiente costeño, se volvió extrovertido, bromeador y cuenta chistes. A los investigadores que trabajaban solos no les daban ningún medio de transporte, tenían que movilizarse por su cuenta y riesgo, a pie, en bus o en bicicleta, como fuera, pero eso sí, tenían que dar resultados positivos en las

investigaciones que les asignaban de lo contrario los trasladaban a prestar servicio de vigilancia uniformados. El

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medio de transporte para Javier adelantar las investigaciones asignadas era una moto pequeña de su propiedad. Cacha y los magníficos andaban en vehículos lujosos, último modelo, que les asignaban como patrulla, eran carros recuperados o decomisados por ser traídos de contrabando de Venezuela, les daban pata hasta que los deterioraban totalmente, cuando ya no servían los enviaban a los patios de la aduana donde se terminaban de pudrir. Cuando cacha pasaba cerca de la moto donde se movilizaba Javier, en sus lujosos carros, sacaba por la ventanilla la subametralladora y le apuntaba hacia él y bromeando decía:

Paisano, no se le vaya a ocurrir investigarme porque usted da mucha papaya. Por fortuna a Javier nunca le correspondió investigar homicidios donde cacha estuviera relacionado, era muy hábil y sagaz para hacer sus trabajos, no dejaba huella ni testigos. Cuando lo investigaban era por homicidios cometidos en actos propios del servicio. Cacha en varias oportunidades buscó a Javier para suministrarle información sobre casos que estaba investigando.

Un medio día, que como de costumbre Javier se dirigía a su casa a almorzar, por el camino se le varó la moto. Cacha que

ese día estaba franco, pasó conduciendo la moto, cuando lo vió, se devolvió, lo saludó y le dijo: Un investigador tan bueno

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como usted no es para que esté andando en una huevonada como esa, voy a hablar con el capitán de la Sijín para que le asigne una moto buena, de las decomisadas y no se quede varado en cualquier parte. -Le agradezco paisano que hable por mí, le dijo Javier, yo no tengo vara ni con mi mujer, porque a cada rato me está echando de la casa, le dije bromeando. Se bajó de la moto, del carriel sacó un cordel de nylon, el mismo que utilizaba para amarrar a los delincuentes. Javier por molestarlo, le dijo: paisano, cambie de cordel porque un día de estos se va a caer, todos los chuletos que están apareciendo en la circunvalar están amarrados con el mismo cordel. Se quedó mirándolo y con sonrisa burlona le dijo:

Paisano, voy a tener en cuenta su consejo. Amarraron la moto y la llevaron halada hasta la casa, Javier le presentó a Dorina y a su hija Katherine, lo invitaron a almorzar, desde ese día la amistad entre ellos se afianzó más. Cacha hizo amistad con Katherine que tenía como 12 años de edad y comenzaba a desarrollar cuerpo de señorita, la molestaba diciéndole que se la iba a robar, de vez en cuando

pasaba por la casa, le pedía permiso a Dorina para llevarla a comer helado a un centro comercial que estaba ubicado cerca de la casa. En ocasiones cuando coincidía que los dos estaban francos el mismo día, Cacha llegaba a la casa de

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Javier, mandaba comprar cerveza y gaseosa colombiana, se sentaban bajo la sombra de un árbol de almendro que refrescaba el patio, la casa era amplia y cómoda, Javier la había mandado construír a su gusto, el patio de la casa era tan grande y agradable que se podía hacer una fiesta de 50 personas. Pasaban horas hablando, intercambiando anécdotas de trabajo y temas de actualidad, la cerveza se la tomaba Javier, él se tomaba dos cervezas en refajo con colombiana durante toda la tarde. Javier pensó que lo que Cacha le había dicho de la moto era por molestar pero no fue así, a los tres días lo llamó en la formación matutina y le dijo: paisano, hablé con el capitán Muñoz para que le den la moto de dotación, preséntesele y dígale que va de parte mía, explíquele unos dos casos buenos de los últimos que haya resuelto. Después de la formación, Javier entró a la oficina de comando, habló con el capitán, le dijo que a él le gustaba ponerle mucho interés a los casos de homicidio que le asignaban hasta lograr el esclarecimiento, pero que la moto

en que se movilizaba estaba muy deteriorada de tanto trabajo, le explicó dos casos recientes que había resuelto.

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CAPITULO II

MUERTE EN BILLARES VERACRUZ

Para que el capitán Muñoz de la Sijin le asignara la moto para el servicio, Javier le narró los siguientes casos: Tenía pendiente por investigar un caso de homicidio que le había recomendado el Sargento López Rivera Alvaro, quien había sido jefe del grupo de homicidios. El Sargento López terminó de estudiar la carrera de Derecho y pidió el retiro de la policía, un compañero de la universidad de nombre Luis Fernando Molina Elorza le había pedido el favor que le ayudara a esclarecer los hechos en los cuales había muerto su hermano de nombre Jorge Molina Elorza. Jorge Molina era propietario y administrador de una cantina y billares denominado Veracruz, que estaban situados en el barrio Chino, el cual había sido en una época zona de tolerancia, donde proliferaban casas de prostíbulos, todavía

quedan algunos, en la mayor parte de locales funcionan talleres de mecánica, latonería y pintura y de electricidad.

En los billares Veracruz, un sábado por la noche se presentó un problema entre unos clientes que estaban tomando licor en una de las mesas, el problema era con una señora que estaba trabajando como mesera atendiendo los clientes,

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cuando Jorge se acercó a la mesa a preguntar cuál era el problema fue agredido por uno de los sujetos que estaba tomando, cuando Jorge respondió a la agresión el sujeto sacó un revolver y le disparó en varias oportunidades dejándolo gravemente herido, el agresor se dio a la huída, junto con los hombres con los que estaba tomando, Jorge fue llevado a la clínica general del norte, donde murió después de ocho días de estar hospitalizado. La mesera en la declaración dijo que el agresor era joven de unos 22 años de edad, que tenía corte de cabello bajito, como el que usan los policías, que en otras oportunidades había estado tomando en compañía de los mismos compañeros con los que había estado esa noche, uno de los sujetos era un mecánico a quien apodaban el “gringo”, porque cuando se embriagaba se le enredaba la lengua al hablar, el otro era un señor moreno alto, de unos 45 años de edad, que manejaba un carrotanque pequeño en los que

venden gas, el carro era viejo, de un color verdoso, pero que no era pintura, “estaba en base para pintura”. En Barranquilla le llaman gas a lo que en el interior del país le llaman petróleo, que es utilizado como combustible para cocinar.

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Carros con esas características en Barranquilla había muchos y mecánicos había miles, localizarlos iba a ser muy difícil. Javier tenía todos los datos en la agenda, siempre estaba pendiente de las características del carrotanque, aunque nunca había parado ninguno. El doctor Molina pasaba de vez en cuando por la oficina de homicidios a averiguar como iba la investigación, en realidad el único que estaba pendiente era Javier, los otros compañeros ya no se acordaban del caso. Habían pasado más de tres meses de sucedidos los hechos, cuando un mediodía venía Javier por la calle 30 con carrera 21, en la moto, aguantando un sol de más de 40 grados de temperatura, en ese sector hay varios talleres de mecánica y de electricidad automotriz, casualmente está cerca al barrio chino.

Orillado en la vía pública donde funcionan esos talleres callejeros, vió un carrotanque pequeño que coincidía con las características que había dado la mesera en la declaración. Paró la moto a la sombra de un árbol de matarratón que era el único que refrescaba el ambiente, a la sombra del carrotanque estaba un señor alto, moreno, lavando en un tanque plástico con gasolina unos repuestos, se acercó al señor, lo saludó y le preguntó: hágame el favor, el “gringo”

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está por aquí?, el señor le contestó: no está en el momento, está comprando unos repuestos, pero no demora en llegar. Cuando el señor le contestó, Javier pensó: este es el carrotanque que estoy buscando, se retiró a la sombra del matarratón donde estaba la moto, sacó un radio de comunicaciones que cargaba en el maletín y llamó a la central para que le enviaran la patrulla de homicidios y le prestaran apoyo en el procedimiento. Se acercó de nuevo al señor que estaba lavando los repuestos, se identificó, le dijo que lo estaba buscando hacía más de tres meses porque estaba involucrado en la muerte del dueño de los billares Veracruz, el señor dejó de lavar los repuestos, se paró y se quedó mirándolo con cara de tigre, le dijo que él no sabía nada de ese problema, Javier le contestó, como usted no sabe nada, entonces lo voy a dejar retenido junto con el carrotanque, a órdenes del jefe de la Sijín, hasta que aclare el

homicidio, el señor le preguntó disgustado porqué le iba a retener el carro, Javier le contestó, porque en él se había movilizado el sujeto que le había dado muerte al dueño del billar. Se quedó pensando un momento, bajó la voz y el tono agresivo, le dijo que él iba a colaborar en la investigación, pero que no le fuera a retener el carrotanque, que en él era

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que trabajaba para conseguir la comida de la esposa y los hijos. Manifestó que él si había estado en el billar el día del problema, pero que él no había participado en la pelea, que el que conocía al joven que le había dado muerto al señor era el “gringo”, miró hacia el frente y dijo, el que viene ahí es el “gringo”, el hombre tenía de todo menos de gringo, era bajito, flaco, moreno, estaba todo sucio de grasa y tierra. Javier se acercó, le mostró el carné de la Sijin, le dijo:

conmigo no se vaya a hacer el gringo, necesito que me diga quién fue el hombre que le disparó y le dio muerte al señor de billares Veracruz, el sujeto se puso pálido, tartamudeo un poco diciendo que él no sabía de que le estaba hablando. En ese momento llegó la patrulla que había solicitado Javier, les comentó la situación a los compañeros, les pidió el favor que los condujeran a las instalaciones de la Sijín, advirtiéndoles

que los llevaran separados para que no se fueran a poner de acuerdo en lo que iban a decir en la declaración, los compañeros subieron los conducidos a la patrulla y arrancaron. Javier los siguió en la moto, el carrotanque quedó

en el taller, o mejor dicho en la calle, porque tenía la caja de velocidades desarmada. Javier llamó por el radio al Sargento Cuadrado Suárez José, quien era el jefe del grupo de homicidios, para que estuviera

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pendiente en la oficina para comentar los resultados de la investigación. Cuando llegaron el Sargento estaba esperando, Javier le comentó sobre los resultados de la investigación, subieron al dueño del carrotanque a la oficina de homicidios para tomarle la declaración, al “gringo” lo metieron al calabozo para que se le aclarara la memoria con el calor que hacía. El agente Osorio Rodríguez Jairo, quien era el secretario del grupo, le recibió la declaración al conductor del carrotanque, el sargento le hacía las preguntas, en la declaración dijo que el que conocía directamente al sujeto que había disparado era el “gringo”; cuando terminaron de tomar la declaración bajaron con el sargento a buscar al “gringo” para tomarle la declaración, el “gringo” estaba mojado en sudor, tenía la cara llena de sudor revuelta con tierra y grasa, el sargento le preguntó si ya se le había refrescado la memoria, el “gringo”

contestó que ese calabozo parecía un infierno, que hacía mucho calor, como no iba a hacer calor si el calabozo era pequeño, había como veinte retenidos sudando con ese calor tan desesperante que hacía a esa hora del día.

El sargento antes de entrar el “gringo” a la oficina le dijo que con la declaración que había dado el conductor del carrotanque se iba para la cárcel si no daba el nombre de la persona que había disparado y dado muerte al dueño del

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billar, el “gringo” tartamudeo un poco de los nervios que tenía, dijo que él no había declarado porque el que le había dado muerte al dueño de los billares era un policía. Ni el sargento ni Javier se sorprendieron, para ellos era normal que dentro de las investigaciones que adelantaban encontraran policías involucrados. Cuando Javier adelantaba una investigación de homicidio o lesiones personales donde resultara involucrado algún miembro de la policía, terminaba la investigación, después personalmente hablaba con el policía sindicado de haber cometido el hecho, le decía que estuviera preparado con un abogado, porque lo estaban sindicando del caso que fuera, que en cualquier momento lo llamarían del juzgado. Cuando se presentan estos casos, inicialmente son conocidos por la justicia ordinaria, después son remitidos a la justicia penal militar.

Les informaba para que después no fueran a tomar represalias en su contra, cuando se enteraran que él había adelantado la investigación. Javier siempre actuó en forma imparcial, sin tratar de desviar las investigaciones por el hecho que los sindicados fueran miembros de la policía. La mayoría de estos hechos eran cometidos en actos fuera de servicio. Cuando un investigador

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se parcializa o manipula una investigación y es denunciado, la Procuraduría le abre una investigación, si lo encuentra culpable, como mínimo pide la desvinculación de la Sijín, si el caso es muy grave, le solicitan el retiro de la policía. El “gringo” siguió relatando que el policía que había disparado, trabajaba en la guardia del Comando del Departamento de Policía Magdalena, en la ciudad de Santa Marta, que cada ocho días venía a Barranquilla a visitar a la mamá, el Sargento le preguntó si sabía dónde vivía la mamá, él contestó que sabía llegar pero no sabía la dirección exacta. Cuando el conductor del carrotanque terminó de rendir la declaración, el sargento mandó entrar al “gringo” para que el agente Osorio le recibiera la declaración, el sargento hacía las preguntas de rigor. Cuando el “gringo” terminó de dar su declaración, el sargento llamó por radio a la patrulla que

hacía el turno de 24 horas, para que fueran con el “gringo” a la casa de la mamá del policía. El sargento ordenó que se bajara un tripulante para que Javier pudiera ir a ubicar la casa, el sector era un poco marginal, en la parte de atrás del barrio La Luz, sobre un humedal, cerca al río Magdalena. En la casa lo atendió la

mamá del policía, Javier se identificó, le dijo que como el hijo llevaba poco tiempo en la policía, estaban haciendo un estudio de seguridad para confirmar unos datos que él había

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suministrado, le confirmó el nombre y los apellidos del policía, también le confirmó que trabajaba en la guardia de la policía de Santa Marta. Cuando regresaron, el sargento lo llamó y le dijo: Guerrero, como el conductor y el “gringo” colaboraron con la investigación, dejémoslos en libertad, Javier le dijo que sí, si los mandaban para la cárcel el juez los iba a dejar en libertad. El policía en la calle es autónomo para tomar sus propias decisiones, por eso se dice que el policía puede resolver en un minuto lo que el juez no puede resolver en años. El sargento les dijo que quedaban en libertad, pero que cuando el juzgado los llamara a declarar, se tenían que presentar. En horas de la noche, Javier llamó al doctor Luis Fernando Molina a la casa, le dijo que la muerte del hermano había sido

esclarecida, que se presentara al grupo de homicidios para darle mayores detalles.

Al otro día llegó temprano el doctor Molina a la oficina, Javier le comentó cómo había sido la investigación, eufórico lo abrazó, lo felicitó por el empeño que le había puesto al caso hasta lograr esclarecerlo. El doctor Molina habló con el sargento y con el agente Osorio para que enviaran rápido las diligencias adelantadas al juzgado que estaba adelantando la investigación, esa misma

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mañana, el estafeta llevó las diligencias al juzgado. El doctor Molina hizo todas las diligencias en el juzgado, solicitó que fuera una comisión al comando de la Policía de Santa Marta, para que realizara una inspección judicial a los libros de minuta de guardia y a los libros del armerillo, para saber si el revolver que portaba el agente el día de los hechos, era de su propiedad o pertenecía a la policía, el agente sindicado de cometer el homicidio se enteró que lo estaban buscando y desertó del Comando de la Policía. En la inspección judicial practicada, se demostró que el agente el día de los hechos estaba franco, en el libro de armerillo no figuraba la entrega del revolver que tenía de dotación, por lo que se suponía que con ese revolver había cometido el homicidio.

El doctor Molina siguió con el juzgado, recopilando las pruebas necesarias. El estudio de balística practicado al revolver que el agente tenía de dotación y el cotejo que se hizo con los proyectiles que el occiso tenía dentro de su cuerpo, dieron como resultado que habían sido disparados con el mismo revolver.

Después de practicar todas las pruebas y ratificar las declaraciones del conductor del carro tanque y del “gringo”, el juzgado procedió a expedir la orden de captura contra el agente sindicado del homicidio. El juzgado penal militar

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también le expidió orden de captura por el delito de deserción. El doctor Luis Fernando Molina optó por formular una demanda contra el estado, solicitando una indemnización millonaria para la familia, argumentando que el homicidio se había cometido con un arma de propiedad del estado. El doctor Molina le dijo a Javier que estuviera pendiente, que cuando el estado le cancelara la indemnización le daría una gratificación, que gracias a él se había logrado el esclarecimiento del homicidio que estaba condenado a quedar en la impunidad. Han pasado más de diez años, todavía Javier está esperando la gratificación, no se sabe si lograrían que el estado les pagara la indemnización, se cree que sí, porque las pruebas

eran sólidas, el doctor Molina, años después se relacionó con políticos influyentes de Barranquilla y terminó trabajando en el Senado de la República.

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CAPITULO III

MUERTE DE DOS MEDICOS HERMANOS

Después de una relación, el Sargento Cuadrado llamó a Javier y le dijo: Guerrero, necesito que se baje de la patrulla y trabaje únicamente de día, para que me colabore en la investigación de unas órdenes de trabajo que llegaron en comisión de los juzgados y no se han podido contestar. A Javier no le gustó mucho la idea de que lo bajaran de la patrulla, pero le dijo que sí tenía que demostrarle que solo o acompañado, podía adelantar las investigaciones y dar resultados positivos. La mayoría de los agentes, cuando los bajan de las patrullas, empiezan a buscar de padrinos a los superiores para que no los bajen.

El secretario Osorio le entregó unas órdenes de trabajo, Javier se las recibió de mala gana, se fue para la casa a descansar, ese día no salió a hacer ninguna diligencia investigativa. Pensó que si por ser buen investigador lo bajaban de la patrulla, lo mejor era no hacer nada, como muchos compañeros que únicamente estaban paseando en

las patrullas sin hacer nada positivo. Regresó a las 7 de la noche a formar para que los retiraran,el sargento le preguntó que diligencias había hecho durante el día, Javier le contestó que ninguna, que estaba organizando

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las órdenes de trabajo para empezar a trabajar al día siguiente.

Al otro día, ya le había pasado la rabieta y empezó a trabajar,

se movilizaba por toda la ciudad en la moto de su propiedad.

El sargento le daba toda la libertad a Javier para investigar,

formaba todos los días a las 6.30 para la relación, regresaba

a las 7 de la noche para entregar resultados, una de las

órdenes de trabajo era para investigar la muerte de un médico de nombre Rafael Pineda, que le habían dado muerte de varios impactos de arma de fuego, dos sujetos desconocidos, desde hacía varios meses, cuando entraba a un conjunto cerrado, donde residía junto con sus padres. En la oficina se llevaba un libro donde aparecen registrados todos los homicidios por orden de fecha, también se abre una

carpeta numerada para cada caso que hace las veces de expediente, en cada carpeta o expediente se va anexando

cualquier información que se obtenga sobre el caso. Javier buscó la carpeta del homicidio del médico, lo único que encontró fueron los datos biográficos y el nombre del papá que había estado presente en el momento del levantamiento, el papá respondía al nombre de Carlos Pineda, Javier le hizo una citación para que se presentara al grupo de homicidios a rendir una declaración, fué varias veces a llevar la citación pero siempre encontraba la casa cerrada, el conjunto

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residencial era pequeño, había una cabina de celaduría, pero

no había celador para preguntarle por el señor Pineda.

Una mañana llegó temprano para tratar de encontrarlo antes

de que saliera, en varias ocasiones tocó la puerta, pero nadie

le contestó, una señora que estaba barriendo el frente de una de las casas vecinas lo estaba observando sin que le

preguntara le dijo: en esa casa no hay nadie, Javier se acercó

a la señora, la saludó, le preguntó a qué hora podría

encontrar al señor Carlos Pineda, le dijo que debía entregarle una correspondencia personal y tenía que firmar el recibido, la señora le contestó que desde que le habían dado muerte al médico se habían ido de la casa, que sólo venían los días sábados en la mañana a hacer aseo, pobre señor, comentó

la señora, le mataron los dos hijos y ambos eran médicos, la señora entró a la casa y cerró la puerta. El comentario que hizo la señora dejó más intrigado y pensativo a Javier, en el expediente no había ninguna

información sobre la muerte de otro hermano y menos que fuera médico, lo cual hacía que el caso fuera más misterioso e interesante. En la formación de la noche le dijo al sargento Cuadrado lo misterioso que era el caso por la muerte de los dos hermanos jóvenes y ambos médicos, el sargento le contestó:

yo sé que usted va a resolver ese misterio.

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El día sábado siguiente Javier llegó temprano, se sentó en la silla de una refresquería que estaba al frente del conjunto residencial, pidió un refresco y se lo tomó lentamente, mientras esperaba la llegada de los misteriosos personajes. Como a las 9 de la mañana llegó un señor de unos 55 años de edad, acompañado de una señora de edad similar, entraron rápidamente a la casa y cerraron la puerta, cuando Javier llamó a la puerta, la señora entreabrió la ventana con desconfianza, Javier la saludó y por la ventana le alcanzó la orden de trabajo, el carnet de la Sijín y la citación que traía al señor Pineda, la señora entró con los papeles, al rato salió el señor con los papeles en la mano, abrió la puerta y mandó a seguir a Javier, le dijo que el era Carlos Pineda, el padre de

Rafael Pineda, lo mandó a sentar en un sofá y el se sentó en una silla frente a Javier. En la casa estaban todos los enseres domésticos, no daba la impresión que estuviera deshabitada, le comentó que el juzgado había enviado un oficio donde comisionaba a la Sijín para que adelantara la investigación por la muerte del señor Rafael Pineda, tengo entendido que a usted le mataron otro hijo que también era médico, le interrogó Javier, el señor

Pineda le respondió un poco sorprendido, es una historia muy triste para mí y para mi esposa, le contestó, eran los dos únicos hijos que teníamos, del juzgado me han citado en

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varias oportunidades pero no he querido ir, sé que con investigaciones no vamos a resucitar a nuestros hijos. Entiendo su situación señor Pineda, le dijo Javier, pero le pido el favor que me colabore para poder cumplir la orden que nos envió el juzgado. Está bien, le voy a contar a usted la historia de mis hijos, tal vez me sirva para desahogarme un poco, le dijo con tristeza. Cuando mi hijo mayor Carlos Alberto terminó de estudiar el bachillerato, la ilusión era estudiar la carrera de medicina, desafortunadamente yo no contaba con los recursos económicos suficientes para pagar una carrera tan costosa como esa, uno de los amigos le comentó que el gobierno de Cuba estaba ofreciendo unas becas para estudiar medicina,

que lo que tenía que gastar era muy poco, hizo las averiguaciones llenó todos los requisitos y se fue a estudiar medicina a Cuba con todos los gastos pagos, para él y para nosotros era maravilloso el ver que podía cumplir su sueño

de estudiar medicina. Cuando nuestro segundo hijo Rafael terminó de estudiar el bachillerato, Carlos Alberto llevaba dos años estudiando en Cuba, Rafael tomó la determinación de también irse a estudiar medicina a Cuba, para esa época todavía estaban ofreciendo las becas, llenó todos los requisitos y se fue. La ilusión de mis hijos era terminar de estudiar y venir a trabajar en cualquier clínica u hospital de

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Barranquilla. Durante los cinco años que estuvieron estudiando no vinieron a Colombia, nuestra comunicación era por carta y en ocasiones especiales por teléfono, yo de vez en cuando, les mandaba algún dinero para los gastos personales. Cuando por fín, después de cinco años, Carlos Alberto terminó de estudiar, regresó de Cuba, descansó unos días, nos contó algunas historias y anécdotas que había vivido en la isla, claro que para que no nos preocupáramos, no nos contó la verdadera historia a la que lo había sometido los ideólogos castristas. Un día dijo que tenía que irse a la Sierra Nevada de Santa Marta, que en Cuba le habían dicho que tenía que hacer el

año rural en esa región, se fue para la Sierra Nevada, regresaba cada tres meses a visitarnos, cuando supuestamente terminó el año rural, regresó y nos dijo que le habían ofrecido un puesto como médico en uno de los muchos caseríos que hay en esa región. Se fue nuevamente para la Sierra, regresaba, como de costumbre, cada tres

meses, la última vez que vino a visitarnos, notamos que estaba flaco y pálido, como si estuviera enfermo, nos dijo que estaba bien, que tal vez era por el clima que estaba así. Un mes después de la última visita que nos hizo, nos llegó una carta sin remitente donde nos decían que Carlos Alberto

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había muerto, pero no nos decían ni dónde, ni cuándo, la carta también decía que después nos informarían donde estaba enterrado el cadáver, para que lo fuéramos a traer si queríamos. Quedamos con la incertidumbre y el desespero, sin saber que hacer, ni para dónde coger, él nunca nos dijo el nombre del pueblo donde estaba trabajando, esperamos la nueva comunicación pero nunca llegó. Unos tres meses después que nos llegara la misteriosa carta, llegó Rafael de Cuba, había terminado de estudiar, Rafael ya sabía sobre la muerte de Carlos Alberto, le habíamos enviado una carta donde le contamos lo que estaba pasando. Rafael se veía muy preocupado y pensativo, no era el mismo joven alegre y entusiasta que se había ido para Cuba. Nos sorprendió a mi

esposa y a mí, cuando nos dijo que también tenía que ir a la Sierra Nevada a hacer el año rural, se limitó a decirnos que esa era la orden que tenía y que debía cumplirla, que aprovecharía para averiguar que era lo que le había pasado a Carlos Alberto. Lo noté muy preocupado cuando se fue, pero no me comentó nada, tampoco quise preguntarle. Una mañana encontramos una carta que habían introducido por debajo de la puerta, era una carta que nos había mandado Rafael, nos decía que estaba bien, que pronto vendría a visitarnos, lo extraño era que la carta no tenía remitente, ni

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nombre del pueblo de donde venía, se notaba que no había utilizado correo, porque no tenía ninguna estampilla. Una noche, después de unos cuatro meses, Rafael regresó, estaba flaco, pálido y ojeroso, se le notaba la preocupación que tenía, después que guardó la maletica que traía, en el cuarto donde dormía me dijo: papá, perdóneme por no haber hablado antes con usted, no puedo callar más, le voy a decir toda la verdad. Carlos Alberto murió en un enfrentamiento con el ejército, cuando Rafael me dijo esto, me puse frío, sentí que la sangre se me coagulaba entre las venas. En Cuba el estudio de medicina y otras carreras a las que daban las becas para estudiar, era alternado con instrucción y entrenamiento militar guerrillero y teoría del

comunismo. Por eso, cuando terminaban de estudiar, los obligaban a ir a las zonas guerrilleras a prestar servicio como médico o simplemente como combatientes guerrilleros, como ellos vivían en Barranquilla, les correspondía ir a la Sierra Nevada de Santa Marta, donde están los frentes guerrilleros, ese era el supuesto año rural que les tocaba prestar, si se negaban a ir los buscaban y les daban muerte. Rafael dijo que estaba cansado de esa situación, que en cualquier momento lo iban a matar como le había pasado a Carlos Alberto. Le dije que regresara, que hablara con los jefes para que no lo obligaran a estar allá, que les recordara

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que a su hermano Carlos Alberto le habían dado muerte por estar prestando los servicios como médico. Rafael volvió otra vez a la Sierra, regresó como a los tres meses, esta vez dijo que así lo vinieran a matar no volvería por allá. Rafael consiguió trabajo como médico en un puesto de salud de uno de los sectores marginados, donde atendía pacientes de escasos recursos económicos. Cuando tenía como cuatro meses de estar trabajando en el puesto de salud, una noche cuando regresaba al conjunto residencial, lo estaban esperando dos sujetos desconocidos, uno de los cuales le disparó en varias oportunidades, causándole la muerte en forma instantánea. La guerrilla lo mandó asesinar por no

haber querido seguir con ellos, así terminaron las ilusiones de nuestros hijos y las nuestras. Cuando el señor Pineda terminó de hacer el relato, Javier le agradeció la confianza que había tenido para contarle lo sucedido con sus hijos. Le pidió el favor que fuera el día lunes al grupo de homicidios para que rindiera una declaración por escrito, el lunes en la mañana el señor Carlos Pineda se presentó en la oficina, el agente Osorio le tomó la declaración, la envió al juzgado que había solicitado se adelantara la investigación. De esa forma se aclaró la muerte de los dos médicos, aunque no se habían identificado individualmente los autores

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materiales, se sabía que los autores intelectuales eran los jefes guerrilleros que operaban en la Sierra Nevada de Santa Marta. Así, Javier y sus superiores se enteraron de la doble intención que tenía el señor Fidel Castro y su gobierno, al otorgar esas famosas y siniestras becas. Lo mismo pasaba con las becas que daba la Unión Soviética. Después que el Capitán Muñoz escuchó pacientemente la narración que Javier le hizo sobre los dos casos resueltos, le dijo: Creo que lo que Cacha me dijo es verdad, usted es un buen investigador y merece que le asigne la moto para que trabaje mejor.

Llamó a un agente que trabajaba como secretario, le ordenó que hiciera un oficio dirigido al Sargento Jefe de Automotores para que le asignara una moto que estuviera en buenas condiciones para el servicio. En el grupo de automotores Javier le presentó la orden al sargento que se creía un general, dueño de los carros y de las motos que había en el parqueadero, de mala gana leyó la orden y dijo que en el momento no había motos disponibles, que si quería una en la calle había bastantes, que fuera y decomisara una y la llevara.

A Javier siempre le gustó ser respetuoso con los superiores, pero como el sargento le dio la pauta, le contestó con energía y sinceridad, ese trabajo le corresponde a usted y a los

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agentes que tiene bajo su mando, lo mío es investigar homicidios y eso es lo que hago. El sargento no le contestó nada, tal vez se dio cuenta que la había embarrado al contestarle de esa forma. Llamó al agente Leoncio que estaba de servicio en el parqueadero, le dijo, mire a ver si hay una moto disponible para asignarle al agente. Leoncio que era amigo de Javier le dijo: hay una moto especial para usted, es una SUZUKI 125, nuevecita, no tiene ningún problema porque todos los números están borrados y nadie la puede reclamar. Le hicieron el inventario, Javier lo firmó y se la llevó, la cuidaba mejor que si fuera de él, le hacía

mantenimiento constante y la mantenía al día con todo, le sirvió para trabajar durante varios años.

Camino a la funeraria se desplomó un aguacero descomunal, al llegar a la carrera 21 había un trancón de vehículos, Javier miró el reloj, eran las ocho de la noche, el trancón se había formado por el arroyo de agua lluvia que bajaba sobre el pavimento. En Barranquilla cuando llueve se forman varios arroyos que evacúan el agua hacia el río Magdalena, las alcantarillas no son suficientes para evacuar la cantidad de agua. Está el arroyo de la carrera 21 que desemboca en el arroyo de Rebolo, el de Felicidad, el de la carrera 43, el de la calle 84, todos caudalosos y peligrosos, por la imprudencia de los

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conductores irresponsables que tratan de atravesar las calles, ha habido grandes tragedias, los vehículos son arrastrados violentamente por las turbulentas aguas. Los arroyos también arrastran colchones viejos y toda clase de basuras que la gente, por falta de cultura y civismo, arrojan a las aguas que son evacuadas. En Barranquilla cuando llueve duro, la ciudad queda totalmente paralizada, los arroyos están por todas partes, dicen que el problema se debe a que la ciudad fue creciendo sin ninguna planeación. Un día viernes, en horas de la noche, un señor Juez de la República, de apellido Paternostro, que trabajaba con los

agentes integrantes del laboratorio móvil de la policía judicial, practicando levantamiento de cadáveres, venía de una reunión conduciendo un vehículo pequeño, tal vez por el calor de los tragos de licor que había tomado, pensó que el caudal del arroyo era muy pequeño para arrastrar el vehículo, al tratar de atravesar la calle, el carro fue llevado violentamente por las turbulentas aguas. El pequeño auto fue encontrado destruido a varias cuadras de distancia. El cadáver, lo que quedó de él, fue encontrado dos días después, enterrado bajo cantidades de arena y basura cerca al río Magdalena, por una brigada de voluntarios que se unieron a la búsqueda.

A los compañeros con quienes trabajaba les correspondió la

penosa y dura labor de practicar el levantamiento.

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Javier aceleró el motor del vehículo para recargar la batería y

lo apagó, dispuesto a esperar que el arroyo bajara para poder

continuar el recorrido hacia la funeraria. Los trancones son indefinidos en horario, pueden durar una hora, dos, tres o más, dependiendo del tiempo que dure la

lluvia. Haciendo fila, adelante del vehículo que Javier conducía, quedó un automóvil último modelo, con una pareja de enamorados, los cuales se aprovecharon del tiempo y la oscuridad para someterse a una sesión de caricias y besos, dando rienda suelta a su idilio de amor. Sin querer ser

curioso, a través del vidrio que comenzaba a empañarse por el efecto de la respiración agitada y la lluvia, se veía el movimiento de la silueta de los enamorados. En la parte de atrás quedó haciendo la fila, un vehículo modelo antiguo, conducido por un señor de avanzada edad, el cual corrió la silla hacia atrás y procedió a dormir placidamente. Aunque en el carro Javier tenía un buen equipo de radio para escuchar música, no lo prendió, seguía rodando en silencio la película sobre las vivencias de Cacha.

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CAPITULO IV INVESTIGADOR INVESTIGADO

Una de las tardes que Javier se reunió con Cacha a descansar y a refrescarse del sofocante calor barranquillero, bajo la sombra del palo de almendro que adornaba y refrescaba el patio de la casa, Cacha, tomando refajo de cerveza con gaseosa colombiana y Javier, tomando cerveza, Cacha le dijo a Javier: Paisano, me han contado que usted es el mejor investigador del grupo de homicidios, cuénteme algunos de esos casos que lo han hecho famoso.

No es que me crea el mejor, le contestó Javier, pero si me defiendo. En los años que llevo como investigador he resuelto más de 120 homicidios, algunos en asocio con los compañeros de patrulla, la mayoría los he resuelto investigando solo. Cuando hice el curso de Policía Judicial, pensé, como piensan los compañeros que trabajan en vigilancia, que para trabajar en la SIJIN, hay que ser lambiscón para tener vara con los superiores. Hay dos formas de trabajar, primero ser lambiscón, como piensan los compañeros, para que el superior lo mantenga en el puesto, así no haga nada, segundo, aprender a trabajar para resolver los casos que le

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asignen, yo opté por la segunda, así no tengo que ser lambiscón con nadie. Dentro de mis labores como investigador, continúo Javier, se me han presentado muchos problemas, pero no me he dado por vencido. Soy investigador investigado, mientras investigo homicidios para la SIJIN, la justicia penal militar y la Procuraduría me investigan a mí por el delito de homicidio. Cómo así, interrogó Cacha, usted tiene su historia, yo tengo la mía, contestó Javier, escuche para que saque sus propias conclusiones, le voy a narrar algunos de los mejores casos.

Todos los días en la relación diaria, el señor Capitán Muñoz, comandante de la SIJIN o policía judicial del Departamento

de Policía Atlántico, les recordaba que tenían que identificar y capturar la banda de atracadores de residencias y apartamentos que a diario cometían atracos a los residentes del sector del norte de la ciudad. La banda estaba integrada por hombres y mujeres, pero hasta el momento no se había logrado identificar a ninguno de sus integrantes. El modus operandi de estos delincuentes consistía en enviar una mujer joven y elegante, a timbrar o llamar a las puertas de las residencias y apartamentos, previamente seleccionados para cometer los atracos, cuando los residentes o las empleadas domésticas abrían las puertas, los demás delincuentes entraban intimidando con armas de fuego, reduciéndolos a la

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impotencia, les colocaban esparadrapo o cinta de enmascarar alrededor de la boca para silenciarlos, los ataban de pies y manos, los encerraban dentro de los baños, seguidamente procedían a seleccionar los objetos de menor volumen y de mayor valor, como joyas, dinero y electrodomésticos, cuando un residente oponía resistencia, era salvajemente golpeado y ultrajado. Cuando terminaban de cometer el atraco, un taxi que simulaba recoger una carrera, los recogía dándose a la huída sin que ningún vecino se enterara. Siempre cometían los actos delictivos en

complicidad con taxistas inescrupulosos que se prestaban a cometer estas fechorías.

Para esa época, Javier continuaba trabajando en el grupo de homicidios, la consigna para capturar la banda de los “norteños”, que así los habían denominado en la SIJIN, no era sólo para el grupo en propiedad, sino para todas las patrullas y miembros de la SIJIN que obtuvieran la información. Un sábado por la noche, amaneciendo domingo, Javier y sus dos compañeros, haciendo el turno de 24 horas, la patrulla estaba integrada por el agente Delgado Guido Washington, como Comandante, el agente Victoria Núñez, como conductor y Javier como tripulante, estaban conociendo un caso de lesiones personales en el hospital universitario,

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cuando el operador de radio de la central les informó que se trasladaran al sector de las torres del barrio Simón Bolívar, para que conocieran un caso “901” de homicidio, según las claves de la policía. Cuando llegaron al lugar de los hechos, encontraron una patrulla uniformada controlando los pocos curiosos que a esa hora estaban alrededor del cadáver, el sector era totalmente aislado y solitario, por el lugar pasaban las torres conductoras de energía de Corelca, aunque la noche había sido calurosa, el amanecer era relativamente fresco, entre la arena y el pasto humedecido por el rocío frío

de la madrugada, yacía boca arriba el cadáver de una joven de unos 22 años de edad, bien vestida, de bonitas facciones físicas, presentaba varias heridas con arma de fuego en diferentes partes del cuerpo, le habían dado muerte al parecer en el mismo lugar, hacía aproximadamente una hora, ya que de las heridas todavía manaba sangre sin coagular. En el acta de levantamiento que practicó la unidad móvil quedó registrada como NN, porque no portaba ningún

documento de identidad en los bolsillos de su vestidura, en la indagación preliminar que hicieron con los curiosos que se acercaron a mirar el cadáver manifestaron que no era conocida en el sector. No habían terminado de hacer esa diligencia, cuando nuevamente los llamó el operador de radio para informarles

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que se trasladaran a la avenida circunvalar, a la altura de los nuevos terrenos de la Escuela de Policía Antonio Nariño, donde se había presentado otro caso de homicidio. El lugar estaba ubicado cerca de donde le habían dado muerte a la joven, más o menos unas seis cuadras de distancia, salieron

junto con los integrantes del laboratorio móvil, el cadáver de

la mujer lo había recogido los “goleros” de la funeraria Juan

XXIII (Así le decían o les dicen a los operarios encargados de

recoger los cadáveres), cuando llegaron eran las 6 de la mañana del día domingo. Estaban cansados después de 24

horas continuas de trabajo, corría una brisa suave de amanecer, entre caliente y fría, como son las brisas de los amaneceres barranquilleros. Los fines de semana en Barranquilla, se presentan muchos casos de homicidio y lesiones personales, no tenían ayuda de las patrullas de los otros grupos, les tocaba conocer todos los casos, así llegaran tarde al lugar de los hechos, cuando por alguna circunstancia una patrulla diferente conocía algún caso, el informe que pasaban al grupo era incompleto, lo cual dificultaba la posterior investigación

En la orilla de la circunvalar, a la altura de los terrenos donde construían la nueva escuela Antonio Nariño y la clínica de la policía, estaba una patrulla motorizada con dos agentes uniformados, esperando que llegáran a practicar el

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levantamiento, el lugar a esa hora estaba totalmente desolado, no había nadie curioseando, en la cuneta polvorienta y seca por el verano, boca abajo, yacía el cadáver de un hombre bien vestido, presentaba varios impactos con arma de fuego en diferentes partes del cuerpo, cuando los miembros del laboratorio móvil voltearon el cadáver para practicar las diligencias, todos los que estaban presentes se llevaron una desagradable sorpresa, el occiso era un agente del DAS a quien todos conocían con el apellido de Wells, con esos datos fragmentarios se practicaron las diligencias del

levantamiento, no portaba ningún documento de identidad dentro de sus ropas, los “goleros” recogieron el cadáver y lo colocaron dentro del vehículo de la funerario al lado del cadáver de la joven, pasaron, como de costumbre, a la central, los datos de todos los casos de homicidio y lesiones personales que habían conocido durante las 24 horas de turno y se fueron a descansar. El día lunes, Javier y su patrulla regresaron con el ánimo de continuar con las investigaciones pendientes. En la relación, nuevamente el jefe de la SIJIN les recordaba sobre la captura de los “norteños”, que el fín de semana habían cometido otro atraco en el sector norte de la ciudad. Recibieron el turno y se fueron para las instalaciones de medicina legal a ver si encontraban a algún familiar de los

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occisos para que les suministraran información y así continuar con las investigaciones hasta lograr el esclarecimiento de los hechos y dar captura, o al menos, identificar a los responsables. La forma de trabajar en el grupo de homicidios era de la siguiente forma: Las dos patrullas que trabajaban 24 x 24 horas, tenían que continuar investigando los casos que conocían durante sus respectivos turnos, los demás investigadores se encargaban de adelantar las diligencias de investigaciones de órdenes de trabajo que llegaban en

comisión de investigación por homicidios que no habían sido esclarecidos de los diferentes juzgados, llegaban órdenes de trabajo por homicidios que habían ocurrido hacía muchos años, también conocían otros casos relacionados con la vida y la honra de las personas. Se entrevistaron con la viuda del agente Wells, les suministró los datos biográficos, respondía al nombre de Julio Wells Cervantes, no les aportó nada que sirviera para la investigación, se limitó a decir que desconocía los motivos por los cuales le habían dado muerte, ya que ella no le conocía ninguna clase de enemigos, ni tampoco había recibido ninguna amenaza, que la investigación la continuarían los compañeros del DAS.

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También se entrevistaron con algunos familiares de la joven encontrada en el sector de las torres, que estaban haciendo las diligencias para reclamar el cadáver, la identificaron con el nombre de Dunis Mier Murillo de 22 años de edad, trabajaba como mesera en un estadero del centro de Barranquilla, pero desconocían la dirección del establecimiento, vivía con sus familiares en el municipio de Malambo, también les informaron que Dunis había hecho vida marital con un joven de nombre Otoniel, que también residía en Malambo, pero que se habían separado por el mal trato que le daba y porque

era muy celoso. Hasta el momento, las dos muertes no parecían tener ninguna relación, parecían ser casos totalmente diferentes. Quince días después de la muerte del agente Wells, lunes en la mañana, después de la relación y el regaño por no haber capturado a los “norteños”, los compañeros que le entregaron el turno a la patrulla de Javier, le informaron que se trasladaran al municipio de Malambo, barrio Montecarlo, para que conocieran un caso de homicidio que había ocurrido en ese sector, a la vez les informaron que en horas de la

madrugada habían practicado el levantamiento del cadáver de un taxista de nombre Jorge Eliécer Castro Martínez, que le habían dado muerte dentro del taxi, propinándole varios impactos de arma de fuego, al parecer, había sido muerto por

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negarse a hacer una carrera o entrar al barrio Montecarlo, por lo peligroso que era. El barrio Montecarlo es una urbanización construída en el sector del municipio de Malambo, presentaba peligro, especialmente para los taxistas, que en varias oportunidades habían sido atracados, por lo que se negaban a entrar al barrio. En el lugar donde se encontraba el cadáver, había como siempre, una patrulla uniformada controlando los curiosos que a esa hora 8 de la mañana, eran bastantes. Era un lugar de areneras, enmontado en la parte de atrás del barrio, había

muchos excrementos humanos, por lo que el lugar apestaba y las moscas abundaban, envuelto en una sábana, encima de excrementos, se encontraba el cadáver de un joven de unos 25 años aproximadamente, con características físicas de ser del interior del país, “cachaco”, presentaba varios orificios con arma de fuego. Retirados un poco por la fetidez del sector, Javier y los compañeros esperaron unos minutos mientras llegó el Inspector de Policía de Malambo, que por jurisdicción le correspondía practicar el levantamiento, a ellos les correspondía adelantar la investigación por ser área metropolitana de Barranquilla, en uno de los bolsillos, al occiso se le encontró una denuncia de pérdida de documentos a nombre de Dufay de Jesús Castro López,

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natural de Medellín, los “goleros” recogieron el cadáver y lo llevaron para medicina legal en Barranquilla. Javier y sus compañeros se quedaron indagando en el sector, se suponía que el cadáver lo habían sacado de una de las residencias del barrio, el agente Washington y el agente Victoria se quedaron indagando con los curiosos que no se retiraron hasta que los “goleros” se llevaron el cadáver. Javier trató de seguir las huellas de unas gotas de sangre, ya secas por el sol, que habían quedado a lo largo de una de las calles, pero las gotas de sangre eran muy intermitentes, se

perdían y de pronto volvían a aparecer, siguió caminando hasta el centro del barrio, como a unas cinco cuadras de donde habían botado el cadáver. A Javier le extrañó que a esa hora una señora se encontraba lavando la entrada de la casa, se extrañó porque en ese sector es muy escaso el suministro de agua, se acercó a la señora, la saludó y le dijo:

recuerde que no hay que desperdiciar el agua, era una señora morena de cabello corto, de unos 36 a 38 años de edad, bajita, de contextura gordita, la señora miró a Javier y lo saludó con una sonrisa nerviosa, le dijo que acostumbraba

lavar la casa todos los lunes para que entraran buenas energías, de pronto en el agua que corría hacia la calle, Javier notó un hilillo de sangre, le dijo: pero aquí parece que las energías entran y salen con sangre, le mostró el hilillo de

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sangre que corría sobre el agua, el semblante de la señora cambió, se puso pálida, Javier se identificó, le dijo que trabajaba en el grupo de homicidios de la SIJIN, que estaba investigando la muerte de un joven al que le habían dado muerte dentro de una residencia y sacado el cadáver envuelto en una sábana y botado en los arenales, la señora se mostró extrañada, le preguntó que dónde habían encontrado el cadáver, ya le dije que lo encontraron en los arenales, le contestó Javier en forma de broma, le dijo que si él creía que ella fuera capaz de cometer un acto tan

espantoso como ese, Javier no le contestó, le pidió el favor que le diera permiso de entrar al patio de la casa, desde la entrada se notaba que también recientemente había sido lavado, lo mandó seguir, ella también entró, le mostró con la mano un cuarto que estaba cerrado, le dijo que tenía dos hijas que estaban durmiendo, cuando Javier entró al patio

percibió el olor característico de la sangre, revisó el bordillo de la rejilla del sifón de desague, encontró más restos de sangre lavada, todavía fresca, pero en pequeños coágulos, la señora Carmenza, que así le había dicho que se llamaba, estaba pendiente de lo que Javier estaba haciendo, sin que éste le preguntara, le dijo que esa sangre era de la menstruación de sus hijas y de ella, que lo que pasaba era que eran muy abundantes, Javier le contestó: señora, no me

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crea tan ignorante como para que le crea ese cuento tan reforzado, seguidamente le dijo: señora, aquí le dieron muerte al joven y lo sacaron para botarlo, la señora se puso a llorar, le dijo que ella era una mujer muy honorable, que cómo se le ocurría que ella pudiera hacer una cosa tan horrible. Javier le dijo: señora, tiene dos opciones para que escoja la que más le convenga. Primera opción: colabora con nosotros para el esclarecimiento de los hechos, dándonos una declaración por escrito, donde nos diga todo lo que sucedió y quién cometió el crimen, porque me imagino que no fue usted

sola. Segunda opción: si no colabora en la investigación, tomaré una muestra de sangre para cotejar con la sangre del occiso, a usted la dejaré a órdenes de la jefatura de la SIJIN hasta que se esclarezcan los hechos. Javier le dijo esto a la

señora Carmenza porque estaba seguro que dentro de esa casa se había cometido el crimen. Javier salió del patio hacia la calle, dejó sola a la señora para que pensara, en ese momento llegó el agente Washington, que estaba preocupado buscándolo, Javier le preguntó si había logrado averiguar algo, le contestó que no había podido investigar nada. Javier le comentó lo que había logrado, el agente Victoria se había quedado esperándolos dentro de la patrulla, la calle era peatonal y no podía entrar, entraron con Washington a la sala de la casa, la señora Carmenza le hizo

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la seña a Javier para que entrara a un cuarto, cerró la puerta, lo mandó sentar en una cama de madera que estaba sin tender, la ventana que daba aire a la pieza estaba cerrada, el olor era desagradable, nerviosa lo miró a la cara, le dijo que iba a colaborar con la investigación, le dijo que tenían que protegerla porque ese hombre era malo y peligroso, que cuando se enterara que lo había delatado, la buscaría para matarla a ella y a sus hijas, Javier le dijo que no se preocupara, que él la ayudaría en lo que estuviera a su alcance, las niñas continuaban dentro del cuarto contiguo, no

estaban durmiendo, se escuchaba que estaban dialogando, a esa hora era muy difícil estar durmiendo, comenzaba a hacer

un calor desesperante, antes que la señora empezara a hablar, Javier le pidió el favor que abriera la ventana, entró un poco de brisa y el ambiente se tornó más agradable, comenzó la señora Carmenza a contarle la historia de su vida, le dijo que ella era un mujer pobre, que hacía turnos de mesera en un estadero del centro de Barranquilla, que allí había conocido a Otoniel que era su amante, que le ayudaba

a pagar el arriendo de la casa y le colaboraba con otros

gastos para sus hijas. Relató que esa madrugada Otoniel había llegado borracho,

como tenía llaves de la casa, entró sin hacer ruido, encontró

al “cachaco” como ella le decía al occiso, durmiendo en el

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cuarto de ella, pero hizo la salvedad que ellos no estaban haciendo nada malo, porque ella era una mujer muy seria, cuando el “cachaco” se dio cuenta que Otoniel entró, salió corriendo, abrió la puerta del patio, pero Otoniel ya lo estaba persiguiendo, cuando el “cachaco” trataba de volar la paredilla del patio, Otoniel lo alcanzó, le disparó por la espalda dándole muerte en forma instantánea, se devolvió a darle muerte a Carmenza, le martillo el revólver, pero los tiros se le habían acabado. Pasó un rato, Otoniel se calmó, le propuso a Carmenza que tenían que sacar el cadáver de la casa antes de que amaneciera, fue así, como entre los dos

envolvieron el cadáver en una sábana, lo sacaron de la casa sin que el vecindario se diera cuenta, porque a esa hora estaban durmiendo, lo arrojaron a ese lugar solitario, sucio y pestilente. Otoniel le comentó a Carmenza que antes de llegar a la casa había matado a un HP taxista, era el taxista muerto en horas de la madrugada, Jorge Eliécer Castro Martínez. Siguió relatando como si fuesen viejos amigos, comentó que el “cachaco” y Otoniel eran amigos y compinches, que con otros sujetos conformaban una banda de atracadores. Javier le preguntó por los datos biográficos de Otoniel, le contestó que ella únicamente lo conocía con ese nombre, que era joven, de unos 24 años, bajo de estatura, moreno, que el papá tenía un taller de carpintería

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cerca del centro de Malambo, le dijo las señas de cómo llegar porque no sabía la dirección exacta. Javier le dijo que todo lo que le había dicho lo tenía que decir en una declaración escrita en la oficina del grupo de homicidios, la señora le contestó que sí, que no había ningún problema, pero que ella estaba muy preocupada por la seguridad de sus hijas y la de ella. Cuando Javier salió del cuarto de hablar con la señora Carmenza, Washington, que era un picaflor de tiempo completo, estaba sentado muy cómodamente en un sofá,

hablando amenamente con las hijas de la señora, una de las niñas tenía unos 16 años y la otra unos 14 años, muy bonitas las dos. Esperaron que la señora Carmenza se arreglara y salieron para la SIJIN, Javier llamó por radio al Sargento

Cuadrado, para que se encontraran en la oficina y darle parte de cómo iba la investigación. En la oficina le informaron al sargento, que con la declaración de la señora Carmenza quedaban esclarecidos los homicidios del señor Durfay Castro López “el cachaco” y del taxista Jorge Eliécer Castro Martínez, el Agente Osorio se quedó tomándole la declaración a la señora Carmenza, el sargento le hacía las preguntas, Javier y los compañeros se devolvieron en la patrulla para Malambo a localizar la carpintería del papá de Otoniel, Javier tenía el presentimiento que Otoniel era el

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mismo que había convivido con la joven Dunis Mier Murillo, muerta en el sector de las torres. La oficina del grupo de homicidios estaba ubicada en el segundo piso de las instalaciones de la SIJIN, en la carrera 43 con calle 47, a un costado del cuartel central de la policía, las oficinas eran pequeñas e incómodas. El municipio de Malambo está ubicado a unos 15 minutos en carro de Barranquilla, sobre la carretera oriental que conduce a las ciudades de Calamar, Carmen de Bolívar, Sincelejo y Montería, el nombre de Malambo proviene de una tribu

aborigen que poblaba esa parte del país, antes de la conquista española, cuyo jefe era el cacique Malambo. En pocos años este municipio hará parte de Barranquilla por su cercanía, en la actualidad hay muchas urbanizaciones construídas en sus predios que son área metropolitana de Barranquilla.

Cuando llegaron a Malambo, tardaron varios minutos en ubicar la carpintería por no tener la dirección exacta, tomando las medidas de seguridad, de acuerdo a la peligrosidad del sujeto que buscaban, entraron a la carpintería, los atendió un joven que dijo ser hijo del dueño de la carpintería, tenía algunos rasgos físicos que coincidían con los de Otoniel, cuando le solicitaron los documentos de identidad, manifestó que en el momento no los tenía, pero que el no era Otoniel,

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que era hermano, que el sabía que lo estaban buscando por algunos delitos que había cometido, que no sabía en donde se encontraba. Javier le dijo que tenía que acompañarlos hasta la SIJIN para establecer su verdadera identidad. En ese momento llegó un camión pequeño, modelo viejo, del cual se bajó un señor de unos 50 años de edad, se identificó como José Mortiño, Javier le explicó que estaban buscando a su hijo Otoniel, el señor manifestó que él si era el padre, pero que no sabía donde se encontraba, que por favor no se fueran a llevar al hijo que era quien le ayudaba en la

carpintería. Como forma de presionar un poco la situación, subieron al joven a la patrulla, Javier estaba seguro que él no era Otoniel, continúo hablando con el señor José Mortiño, le preguntó por el nombre completo de Otoniel, le dijo que el nombre era Otoniel Mortiño Torralba, que tenía 24 años de edad, que las malas compañías lo habían convertido en un delincuente, Javier le preguntó si conocía a una joven de nombre Dunis Mier, si sabía algo sobre la muerte de ella, el señor Mortiño le contestó que sí la conocía, que ella había vivido en unión libre algún tiempo con Otoniel, me duele

mucho lo que voy a decirle, le dijo con tristeza, pero no puedo callar más, yo soy una persona honesta y trabajadora, lo único que he hecho toda mi vida es trabajar honradamente y educar a mis hijos con buenas costumbres, no sé por qué

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Dios me castigó dándome un hijo tan malo. A mí me contaron que Otoniel había encontrado a Dunis tomando y bailando con un hombre en un estadero de Barranquilla, que no le había dicho nada a Dunis, pero más tarde regresó en compañìa de unos compinches en un taxi y se los había llevado para darles muerte, que después se habían enterado que el hombre que acompañaba a Dunis era un agente del DAS, Javier le pidió el favor que los acompañara a la SIJIN para que diera una declaración por escrito de todo lo que sabía, le hizo saber que él no estaba obligado a declarar en

contra de Otoniel por ser el padre, le contestó que declararía, que lo único que él quería era que lo capturaran para que pagara todos los delitos que había cometido. Dejaron en libertad al joven que tenían en la patrulla, el señor José Mortiño se subió a la patrulla y se regresaron para Barranquilla. Cuando llegaron a la oficina eran como las 4 de la tarde, el agente Osorio estaba terminando de recibirle la declaración a la señora Carmenza, el Sargento Cuadrado estaba pendiente, se tenía que hacer una declaración lo más clara y

convincente posible, pues sería la única prueba para judicializar a Otoniel Mortiño por la muerte del “cachaco” y el taxista, también había que tener en cuenta y dejarlo por escrito en la declaración, que la señora Carmenza, cuando

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recobrara la libertad, se marcharía con rumbo desconocido, en compañía de sus hijas, para evitar la represalia que Otoniel tomaría en contra de ella por haberlo delatado. Javier llamó al sargento a la parte de afuera de la oficina, le comentó los resultados obtenidos con el papá de Otoniel, el sargento lo felicitó porque en un solo día había logrado el esclarecimiento de cuatro homicidios, eso era bueno también para él, pues tenía como demostrarle al señor Capitán Muñoz, Comandante de la SIJIN, que el personal bajo su mando si estaba trabajando. Esto funciona en cadena, el jefe

del grupo le da parte al jefe de la SIJIN, el jefe de la SIJIN le da parte al Comandante del Departamento de Policía, el Comandante del Departamento le da parte al señor Director General de la Policía en la ciudad de Bogotá. El agente Osorio le tomó la declaración al señor José Mortiño, haciéndole las salvedades de ley, tales como que no estaba obligado a declarar en contra de su hijo, ellos cumplían con tomar la declaración, el juzgado sería quien determinaría la validez que le iban a dar. La señora Carmenza fue puesta a órdenes del juzgado, que en turno le correspondió adelantar las diligencias de investigación, para que le resolviera la situación jurídica. El sargento no podía dejarla en libertad, ya que ella había sido partícipe del homicidio del “cachaco”.

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Desafortunadamente, los cuatro homicidios de los que estaba sindicado Otoniel Mortiño, les correspondió en reparto a cuatro juzgados diferentes, lo cual hacía más dispendiosa la investigación. Los juzgados de turno llevan un libro o minuta donde aparece registrada la fecha, hora y lugar del levantamiento, nombre de la persona muerta o NN, si no fue identificada, al frente, el número del juzgado, que por reparto le corresponde adelantar la correspondiente investigación, el estafeta se encarga de averiguar en el juzgado de turno a qué juzgados les corresponde adelantar las diligencias

investigativas, para que el secretario envíe las diligencias adelantadas. Si los juzgados acogían las diligencias adelantadas por ellos o por el grupo de homicidios, le estarían liberando cuatro órdenes de captura diferentes al señor Otoniel Mortiño, sindicado de la muerte de estas cuatro personas. Estas diligencias son muy demoradas para darles trámite en los juzgados, porque tienen muchos expedientes acumulados, si no hay una persona o abogado pendiente de cada caso es muy demorado el trámite. Después de la relación donde el Capitán Muñoz los regaño a

todos por la incapacidad de capturar e identificar a la ya famosa banda de los norteños, Javier y su patrulla salieron a trabajar. Para trabajar en la SIJIN, la ciudad de Barranquilla estaba dividida en tres sectores: sector norte, sector centro y

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sector sur, todas las patrullas eran distribuídas en forma rotativa en todos los sectores, el operador de radio se encargaba de ubicar las patrullas siguiendo una lista que le enviaba el suboficial de servicio de la SIJIN. Ese día les correspondió como lugar de facción o trabajo, el sector norte de la ciudad, como conductor de la patrulla continuaba el agente Victoria, un caleño bastante observador y colaborador, como Comandante continuaba el agente Washington, un moreno de Tumaco Nariño, le gustaba mucho jugar fútbol y andar de picaflor con las peladas, le

tenía vara a los superiores, los compañeros decían que era lambiscón y comunicativo, y Javier que no le tenía vara a nadie, pero lo respaldaba la forma de trabajar. Eran como las 11 de la mañana, hacía un calor desesperante, una sed que obligaba a estar consumiendo constantemente líquidos para no deshidratarse, era tanto el calor y el sudor dentro de la patrulla, que a cada rato les tocaba orillarla debajo de un árbol de matarratón o almendro

y bajarse un rato para refrescarse. Cuando se acercaban a una venta callejera de refrescos, ubicada en la carrera 46 con calle 93, observaron que el dependiente o vendedor de refrescos, le alcanzaba vasos de tutifruti “salpicón” a cuatro hombres que se encontraban dentro de un taxi, el taxi siguió hacia la carrera 51B, les pareció sospechosa la actitud de

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cuatro hombres dentro de un taxi en un día tan caluroso. Victoria procedió a seguir el taxi, cuando llegaba a la carrera 51B con calle 93, tomando todas las medidas de seguridad, hicieron orillar el taxi para requisarlo, en ese momento llegó una patrulla motorizada y les colaboró con el procedimiento de requisa, los cuatro sujetos estaban desprevenidos, no tuvieron tiempo de reaccionar ni de despojarse de las armas que llevaban, en el puesto delantero, al lado del conductor, iba un sujeto de unos veinticinco años, moreno, bajo de estatura, de cabello crespo, usaba gafas, al parecer

recetadas, el agente Washington lo requisó, le encontró al pie de los testículos, dentro del interior, una granada de fragmentación de uso privativo de las fuerzas armadas, en el puesto trasero viajaban dos sujetos, Javier requisó a uno que

portaba en la pretina del pantalón un revólver calibre 38 largo con seis cartuchos en el tambor, el otro sujeto, bastante moreno, portaba un maletín de cuero, dentro del cual llevaba un destornillador tamaño extra largo, lo utilizaba para violentar las cerraduras de las puertas. El sujeto que portaba la granada se identificó con una cédula a nombre de José Rodríguez, el que portaba el revólver se identificó como Ricardo Duarte Monteblanco, los cuatro sujetos, el armamento y el taxi fueron puestos a òrdenes del comando de la SIJIN para la respectiva investigación, sindicados de

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porte ilegal de armas y de ser sospechosos de conformar la banda de atracadores de residencias denominada los norteños. El Capitán Muñoz los felicitó por el operativo, él también estaba seguro que los capturados hacían parte de la tan buscada banda de los norteños. En horas de la tarde el Capitán Muñoz los mandó llamar a la oficina, les dijo: a que no se imaginan a quien capturaron sin saberlo. Washington le contestó que no sabía, les dijo que el sujeto de gafas era Otoniel Mortiño Torralba, el que estaba sindicado de la muerte de las cuatro personas en Malambo,

lo que pasaba era que portaba una cédula falsa y había cambiado de aspecto físico, los que lo descubrieron fueron las dactiloscopistas cuando cotejaron las huellas y no coincidieron. Cómo lo iban a reconocer si estaba totalmente cambiado de aspecto. Con las gafas y la cédula falsa era imposible reconocerlo a simple vista. En las fichas de antecedentes, los técnicos encontraron que Ricardo Duarte Monteblanco tenía antecedentes por atraco y porte ilegal de armas, cuando fue capturado cometiendo un atraco, portaba una pistola calibre 9 milìmetros, también era conocido con los alias de “Charles Avendaño” y “el cara de piña”, este último apodo porque cuando joven le dio viruela y le quedaron los huecos y las manchas en la cara.

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Cambiaron el informe con la verdadera identidad de Otoniel Mortiño Torralba, haciendo ver que portaba una cédula falsa, la cual fue anexada al informe, también hicieron saber al juzgado que se encontraba sindicado de la muerte del señor Jorge Castro Martínez, taxista, de Durlay Castro López “el cachaco”, de Dunis Mier Murillo y del agente del DAS, Julio Wells Cervantes. Algunas de las personas que habían sido víctimas de los atracos a las residencias y apartamentos, vinieron a hacer el reconocimiento en fila de personas o por medio de vidrios

polarizados, otros por miedo a las represalias, no se presentaron. Otoniel Mortiño quedó a órdenes de la jurisdicción de orden público por porte de la granada. La jurisdicción de orden público conocía en ese tiempo los delitos de secuestro, extorsión, muerte y atentados a funcionarios del estado y porte ilegal de armas de uso privativo de las Fuerzas Armadas. Javier y sus compañeros sabían que Ricardo Duarte había participado en la muerte de la joven Dunis Mier y el agente Wells, pero desafortunadamente no tenían las pruebas para

acusarlo formalmente, los cuatro capturados fueron enviados a la cárcel municipal para varones. Después de un tiempo el primero en quedar en libertad fue el taxista, quien por intermedio de un abogado argumentó que él únicamente

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estaba haciendo una carrera, que desconocía que los sujetos fueran atracadores, Javier estaba seguro que el trabajaba en complicidad con ellos. Por la captura de la banda de los norteños, el Comandante de la SIJIN y el Comando del Departamento de Policía Atlántico, les dió una felicitación especial y los puso como ejemplo ante los demás compañeros. Después de la captura de la banda de los norteños, se normalizó la situación, se acabaron los atracos y robos a las residencias y apartamentos del norte de Barranquilla, se

acabó la cantaleta de todos los días en la relación de parte del jefe de la SIJIN. Javier recordaba los norteños únicamente cuando los juzgados lo citaban a declarar, especialmente por los homicidios que había cometido Otoniel Mortiño Torralba. Javier seguía con su rutina de siempre, conociendo casos de homicidios, de lesiones personales, esclareciendo los casos que se podía, había algunos que no se podían esclarecer por más empeño que se les dedicara. Javier salió a disfrutar de 30 días de vacaciones que tenía

pendientes, como era su costumbre todos los años, fue a las ciudades de Bogotá y Moniquirá a visitar familiares y amigos. Pidió las vacaciones porque un nuevo jefe de la SIJIN que había llegado, ordenó el cambio interno entre los grupos, a

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Javier lo habían mandado para el grupo de patrimonio, donde no le gustaba trabajar, ni rendía en positivos. Cuando se presentaban estos cambios, la operatividad de la SIJIN bajaba, hasta que el personal se adaptaba a trabajar en el nuevo grupo o volvía al mismo, el fuerte de Javier siempre fue el esclarecimiento de homicidios. Javier se presentó después de terminados los treinta días de vacaciones, formó entre los agentes del grupo de patrimonio, porque cuando salió pertenecía a ese grupo. Como jefe del grupo de

patrimonio estaba el Sargento Gómez Murillo Nelson, quien también había sido jefe del grupo de homicidios. Esa mañana, como de costumbre, formaron a las 6 horas para la relación diaria. Cuando estaban formados se acercó un informante del agente González Guergelen, quien trabajaba en el grupo de patrimonio, el agente González salió de la formación, habló un rato con el informante, anotó unos datos en la agenda, llamó al Sargento Gómez, hablaron unos

minutos, llamaron al señor Capitán Uribe Javier, quien era el jefe de inteligencia y antinarcóticos y presidía la relación por ausencia del jefe de la SIJIN, cuando los tres terminaron de hablar, el Capitán Uribe le dijo al Sargento Gómez que preparara las patrullas para que adelantara el operativo. El Sargento retiró el personal de su grupo, lo formó aparte, nombró tres patrullas para ir al operativo, como a Javier no le

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habían asignado ninguna patrulla para trabajar, el Sargento le ordenó que los acompañara, les dijo que el informante del agente González tenía ubicada la residencia donde estaban reunidos una banda de atracadores, que tenían que tener mucho cuidado porque estaban armados y eran peligrosos. Javier salió para el armerillo a reclamar armamento, no había porque los agentes que entregaban turno todavía no habían llegado a entregar, la orden era que hasta que se terminara la relación se podía entregar el armamento, no tenía

armamento, el revólver que tenía de dotación lo había entregado cuando salió a vacaciones, (el revólver únicamente se entregaba cuando se salía de vacaciones o con algún permiso), los demás agentes no tenían problema, tenían su revólver de dotación. Javier le dijo al Sargento que no podía ir porque no tenía armamento, éste le contestó: no se preocupe por eso, seguidamente le entregó una sub-ametralladora Ingra, calibre nueve milímetros, que él tenía para el servicio, el se quedó con un revólver calibre 38 largo que tenía de dotación. La verdad era que Javier no tenía deseos de ir a ese operativo, después de treinta días de vacaciones estaba desubicado. Javier tenía pensado hablar con los jefes para que lo mandaran otra vez al grupo de homicidios, después de

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terminado el operativo habló y lo mandaron otra vez para su grupo preferido. Abordaron los vehículos que les servían de patrullas, salieron para el barrio Soledad 2000, donde según el informante quedaba la casa donde estaban los bandidos. El barrio Soledad 2000 está ubicado en la parte de atrás de la Terminal de transportes interdepartamentales, su nombre se debe a que está ubicado en jurisdicción del municipio de Soledad, que también es área metropolitana de Barranquilla.

El barrio era nuevo, las casas estaban en obra negra. Cuando llegaron eran como las 7 de la mañana, todavía el vecindario estaba durmiendo. El Sargento Gómez los distribuyò tomando todas las medidas de seguridad. Como siempre en estos casos, los compañeros que se las dan de más bravucones y valientes son los primeros que sacan la mano, el Agente González que era el que debería estar al frente porque de él era la información, salió corriendo antes que el sargento los terminara de distribuír y se ubicó en la parte de atrás de las casas que circundaban a la que tenían que entrar, el sargento ubicó a Javier en la parte de atrás de la casa por el patio, para que prestara seguridad y estuviera pendiente por si se trataba de fugar o escapar alguno de los delincuentes, a los otros agentes los distribuyó alrededor de

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la casa, el sargento se fue por el frente de la casa con el agente Fontalvo Freyle José y otro agente. La casa era esquinera, tenía una paredilla bastante alta que protegía el ingreso al patio, por la altura de la paredilla Javier no pudo ingresar rápido al patio, cuando logró subir a la paredilla, al saltar al patio, cayò sobre unas materas que tenían alrededor del patio con unas matas de jardín sembradas. Se golpeó las piernas con las materas, cuando se estaba levantando escuchó varios disparos dentro de la

casa por el frente, esperó un rato, no se asomó por la reja para evitar que de pronto fuera herido con alguna de las balas que estaban disparando. Javier no disparó en ningún momento la sub-ametralladora que portaba, porque no vió que fuera necesario hacerlo. Cuando pasó un tiempo prudencial se asomó por la reja, vió el cuerpo de un hombre tirado boca abajo en la sala, como saliendo del primer cuarto, en el cuarto de atrás escuchó el llanto de una mujer, al momento entró el sargento con unos agentes, Javier no supo quién, ni cómo abrieron la puerta, uno de los agentes abrió la puerta del patio para que entrara, el sujeto que estaba muerto en la sala, tenía en la mano derecha una pistola calibre nueve milímetros, en el piso del primer cuarto, el que da hacia la calle, estaba tendido el

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cuerpo de una mujer joven, muerta, tenía un revólver en la mano derecha. El Sargento Gómez y el Agente Fontalvo dijeron que cuando ellos habían golpeado la puerta diciendo que era de parte de la policía, desde el primer cuarto les habían disparado, que en cruce de disparos habían resultado muertos el hombre y la mujer. El Agente Galárraga Rodríguez Ricardo que se encontraba como investigador del grupo de homicidios, después de

practicado el levantamiento, le dijo a Javier que el sujeto muerto era Ricardo Duarte Monteblanco, nuevo jefe de la banda de los norteños, que la joven muerta era Yolima Dinarte, amante de Ricardo. El Agente Galárraga trabajó varios años como investigador del grupo de homicidios, años después fue trasladado al departamento de policía Vichada o Vaupés, donde fue tomado como rehén en un ataque guerrillero de la FARC, después de más de dos años de cautiverio fue liberado en el intercambio de prisioneros que llevaron a cabo el gobierno del presidente Pastrana y las

FARC. Javier estaba tan desactualizado después de los treinta días de vacaciones, que no sabía que los norteños se habían vuelto a organizar. Cuando Ricardo Duarte Monteblanco recobró la libertad, reorganizó la banda de los norteños, se autonombró como

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jefe y empezaron nuevamente a cometer atracos a las residencias y apartamentos del norte de la ciudad como era su especialidad. Yolima también era integrante de la banda, los compañeros le comentaron a Javier, que ocho días antes de morir, se habían enfrentado a tiros con una patrulla de la SIJIN en el barrio La Unión, donde murió otro integrante de la banda llamado Wenceslao. La señora que Javier escuchó llorar en el cuarto de atrás, era la mamá de Ricardo Duarte.

Después del operativo donde murió el nuevo jefe de los norteños y su amante, todos los que participaron en el operativo fueron felicitados en la orden del día como de costumbre, los residentes del norte de la ciudad, nuevamente

disfrutaron de tranquilidad, unas semanas después para los que participaron en el operativo, comenzó una pesadilla de la cual todavía, parece no pueden despertar. Los familiares de Ricardo Duarte y de Yolima formularon una denuncia en el Juzgado Penal Militar y en la Procuraduría, argumentando que los delincuentes muertos, habían sido muertos en estado de indefección, después de que se habían entregado a la policía. Ese operativo se prestó para muchas irregularidades, unos policías inescrupulosos, de los que hay en todas partes, les suministraron los nombres de todos los que habían

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participado en el operativo a los familiares y compinches de los delincuentes muertos, los mismos policías se encargaron de hacer los comentarios de que los compinches de los delincuentes los estaban buscando para matarlos, por lo que se despertó una zozobra e intranquilidad entre todos los que habían participado en el operativo, otros policías de la misma calaña de los anteriores, pero más vivos, aprovecharon que algunos de los afectados por la banda de los norteños estaban ofreciendo una recompensa por la captura o muerte

de estos delincuentes, fueron a reclamar la recompensa ofrecida, diciendo que ellos habían sido los que le habían dado muerte al jefe de la banda. Comenzaron simultáneamente las dos investigaciones, una en el Juzgado Penal Militar y otra en la Procuraduría Regional. En los descargos rendidos ante las dos entidades,

Javier siempre explicó muy claramente su participación en el operativo, siempre dijo que había llegado por el patio de la casa con el fín de prestar seguridad, que en ningún momento había tenido necesidad de disparar el arma que portaba, a la vez solicitó a las dos entidades para que autorizaran el examen de balística al arma que portaba, para demostrar que no había sido disparada, también les solicitó que les practicaran el estudio correspondiente a los proyectiles encontrados dentro de los cadáveres de los delincuentes,

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para que se determinara con qué clase de arma se les había causado la muerte. Las acusaciones eran tan fuertes y los investigadores tan radicales que era mejor individualizar responsabilidad, aunque todos hubieran participado en el operativo. Los acusaban de homicidio, de violación de domicilio, por lo que en las declaraciones a Javier le preguntaban si llevaban orden de allanamiento, contestó que el Sargento Gómez, que

era el jefe del operativo, les había manifestado que el conseguía la orden de allanamiento si era necesario. Los policías responden individualmente por sus actos y procedimientos, pero en este caso, como el sargento Gómez era el jefe del operativo, era él quien tenía la obligación de tramitar la orden de allanamiento. A la pregunta de quién les había dado la orden para realizar el operativo, Javier contestó que la orden se la había dado en forma verbal el señor Capitán Uribe Uribe Javier, Sub-comandante de la SIJIN al sargento Gómez.

En la policía, especialmente en la policía judicial o SIJIN, es muy difícil cumplir al pie de la letra con el reglamento, si se quieren tener resultados positivos, las informaciones se presentan para actuar en forma inmediata, mientras se tramita una orden de allanamiento ante un juzgado o una fiscalía, se pierde mucho tiempo y el operativo fracasa.

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El Capitán Uribe Uribe Javier, era uno de los mejores hombres del servicio de inteligencia que tenía la Policía Nacional, lamentablemente murió junto con otros compañeros en un camión cargado de explosivos que explotó en la estación de policía del barrio Fontibón de Bogotá. Los meses fueron pasando, cuando todos los implicados terminaron de rendir sus descargos, la investigación fue avanzando. Los implicados cancelando de sus pocos

recursos económicos, nombraron como abogado defensor al doctor Alvaro López Rivera, quien como sargento retirado de la policía tenía mucha experiencia en estos casos. Cuando el juzgado calificó el expediente en primera instancia, todos fueron exonerados de responsabilidad, en la Procuraduría uno de los investigadores se parcializó solicitando pliego de cargos contra todos los implicados. El investigador de la Procuraduría se parcializó porque en esos días unos agentes de la SIJIN le habían encontrado unos repuestos de vehículos hurtados a un hermano y lo

habían puesto a órdenes de la justicia. El doctor López demandó el fallo ante la Procuraduría General de la Nación, demostrando los motivos que el investigador había tenido para dar un fallo parcializado. La Procuraduría General de la Nación acogió la solicitud hecha por el doctor López, ordenó una nueva investigación nombrando otros investigadores. En

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la nueva investigación la Procuraduría los exoneró de responsabilidad a todos. Cuando los familiares de los occisos se enteraron de los fallos del Juzgado Penal Militar y de la Procuraduría, demandaron los fallos ante el Tribunal Superior Militar y la Procuraduría General de la nación con sede en Bogotá. Habían pasado más de dos años cuando regresaron los expedientes de Bogotá. El Juzgado Penal Militar les notificó

que el fallo de primera instancia había sido revocado, por lo que se reabría nuevamente la investigación, nuevamente

fueron citados a declarar, Javier siempre siguió declarando lo mismo que en las declaraciones anteriores. Como esta vez el juzgado trató de individualizar responsabilidades, el Sargento Gómez dijo en la declaración que todos los que habían participado en el operativo habían disparado, en las declaraciones anteriores los únicos que aceptaron que habían disparado fueron el Sargento Gómez y

el agente Fontalvo.

La Procuraduría también reabrió la investigación tratando de individualizar responsabilidades, nuevamente todos declararon. Esta vez fue la última vez en que el Sargento Gómez declaró ante el Juzgado y la Procuraduría. El Sargento Gómez era oriundo del departamento del Chocó, tenía varios procesos pendientes en los juzgados porque era

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muy acelerado en los procedimientos, estaba sindicado de lesiones personales al conductor de un camión. Decían que un sábado por la noche, se encontraba tomando en una fiesta que había cerca de la casa donde vivía con la familia en el barrio Universal, cuando se acabó el trago, el sargento se fue en un carro que tenía de dotación para las licoreras

que quedan en la calle Murillo, cerca al estadio metropolitano

a comprar licor. En una de las calles por donde tenía que

pasar había una fiesta, un señor había dejado un camión mal estacionado, lo que impedía el paso, el sargento se fue para la fiesta a pedir que cuadraran bien el camión para poder pasar, el conductor del camión estaba borracho, salieron de discusión, los asistentes de la fiesta atacaron al sargento, quien sacó el revólver y disparó hiriendo al conductor del camión, uno de los proyectiles se alojó en la columna vertebral, dejándolo inválido de por vida. El sargento Gómez tenía más de veinte años de servicio en la policía, acosado con tantos problemas, pidió el retiro y desapareció de la ciudad de Barranquilla. Mientras Javier Guerrero hacía la narración de los casos que lo habían hecho famoso, Cacha lo escuchaba fascinado sin interrumpirlo.

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CAPITULO V

MUERTE DE UN ESTUDIANTE UNIVERSITARIO

Después de una pausa, en la que Javier se tomó una cerveza y Cacha un refajo, Javier le narró otro caso interesante. Los compañeros del turno saliente conocieron el caso de levantamiento del cadáver del joven Juan Carlos Herrera,

estudiante universitario, el cual presentaba varios impactos con arma de fuego, el levantamiento se practicó en una calle solitaria y oscura en la prolongación de la carrera 51B, antigua salida a Puerto Colombia, parte de atrás de Titos Bolos Club, le habían dado muerte para robarle un vehículo Nissan, modelo 1972, de color rojo, tipo campero. El joven residía con sus familiares en la calle 73 con carrera 42, cerca al hotel Puerta del Sol, un sector residencial de la ciudad, los compañeros, esa misma noche, fueron a la casa de los familiares y hablaron con el papá, la única pista que

tenían era que el joven había recibido una llamada telefónica como a las 7 de la noche, para que en el Nissan hiciera un acarreo, que había salido sin decir quién lo había llamado, ni para donde iba, lo cual no era extraño, teniendo en cuenta que los amigos y compañeros de estudio lo llamaban para que les hiciera acarreos, por lo cual le cancelaban

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dinero que aunque poco, le servía para las fotocopias en la universidad, los compañeros siguieron investigando pero no obtuvieron ningún resultado. Unos seis días después de haber ocurrido los hechos, el Sargento Cuadrado, Jefe de homicidios, mandó llamar a la oficina a Javier y sus dos compañeros, les pidió el favor que le ayudaran a esclarecer los hechos en los cuales había muerto el joven Juan Carlos Herrera, les dijo que el señor General, Director de la Policía, había llamado desde Bogotá

al señor Coronel Comandante del Departamento de Policía del Atlántico, para que pusiera una patrulla especial a investigar ese caso, el joven muerto era familiar de una doctora que trabajaba en el Hospital Central de la Policía en Bogotá. Javier le sugirió al Sargento que dejara que los compañeros que habían conocido inicialmente el caso, continuaran con la investigación, le contestó que tenía confianza en que ellos iban a sacar adelante el caso, que el personalmente estaría pendiente. Los únicos datos que les suministraron los compañeros

fueron biográficos y la dirección de los familiares del joven, Javier le dijo al Sargento que cuando obtuvieran alguna información concreta lo llamarían para informarle. Salieron a buscar la dirección de los padres del joven, en la sala de la casa, los atendió el papá, en una sofá estaban la mamá y una hermana llorando, Washington con sus delirios

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de grandeza, le dijo al señor que ellos eran la patrulla especializada, que el grupo de homicidios había comisionado para el esclarecimiento de los hechos en los cuales había muerto su hijo y capturar a los responsables. Washington no se tomó la molestia de decir que iban a tratar de esclarecer los hechos, sino que los iban a esclarecer. Para esos días, la patrulla de Javier tenía como conductor a un agente López Jesús María, era antioqueño, pero la mayor

parte de la vida la había vivido en Cartagena y Barranquilla, vivía con la esposa, tres hijos y la mamá. Era un viejito cascarrabias, los compañeros tenían que estarlo controlando, porque a cada rato salía peleando con la gente, especialmente con los otros conductores, no podían ni mirarlo porque enseguida les mentaba la madre y los amenazaba con el revólver, con los consejos y sugerencias que le hicieron se le quitó esa mala costumbre y después trabajaba bien. Como los móviles de la muerte del joven habían sido el robo

del vehículo que era de propiedad del señor Rafael Herrera, padre del occiso, Javier le preguntó al señor Herrera sobre el estado mecánico del automotor, le respondió que recién le había hecho la reparación del motor, que de latonería estaba en buenas condiciones, le preguntó quién era el mecánico y que relación tenía con Juan Carlos, le contestó que el

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mecánico se llamaba Rolando Pacheco, que eran bastante conocidos con Juan Carlos, que en varias oportunidades había venido a la casa, le preguntó si el mecánico había asistido al entierro, le contestó que no, Javier le pidió la dirección y el número telefónico del taller, el señor Herrera buscó en una agenda y le suministró los datos, la dirección del taller quedaba en el barrio San Isidro, un sector donde

viven marihuaneros y drogadictos o burros, como los llaman en Barranquilla, porque pasan consumiendo hierba.

Javier y sus compañeros se despidieron del señor Herrera y salieron a buscar la dirección del taller, Javier se quedó con Washington en una tienda cerca al taller tomando gaseosa, mandaron a Jesús María solo con el carro para no despertar sospechas, Jesús María habló con el dueño del taller, le dijo que estaba buscando a Rolando para que le hiciera una revisión al carro, el señor le dijo que Rolando hacía varios días que no venía a trabajar, que la esposa había llamado para informar que Rolando no podía ir a trabajar porque un familiar se había enfermado y se había tenido que ir para un pueblo del Magdalena, que no sabía cuantos días se iba a demorar, Jesús María le dijo que al otro día volvía para saber si ya había regresado. En horas de la noche se reunieron con el Sargento Cuadrado, le informaron las sospechas que tenían sobre el mecánico, se

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quedó pensando un rato y dijo: ese mecánico hay que ubicarlo como sea, el Sargento nombró otra patrulla para que los relevara haciendo el turno de las 24 horas, le dijo que se fueran a descansar que al otro día continuaran con la investigación. Al siguiente día, como Javier tenía el número telefónico, llamó al taller, le contestó el dueño, preguntó por Rolando, le dijo

que no se encontraba. Siguieron adelantando otras investigaciones que tenían pendientes. Después de la hora

del almuerzo, mandaron otra vez a Jesús María para que preguntara si había llegado el mecánico, el dueño del taller le dijo que Rolando había llamado hacía pocos minutos para decir que ya había regresado, pero que se encontraba cansado, que al otro día regresaba a trabajar, Jesús María le preguntó si sabía la dirección donde vivía Rolando, el señor le dijo que la dirección exacta no la sabía, que vivía en un barrio nuevo por la carretera de la Cordialidad, después del barrio El Bosque, que la única entrada al barrio era por una tienda llamada El Almendro, que lo preguntara, que todos en el barrio lo conocían. Javier llamó por radio al Sargento para informarle que ya tenían ubicado al mecánico, les dijo que lo recogieran en la oficina para ir con ellos, el Sargento terminó de hacer unas preguntas a un señor al que al Agente Osorio le estaba

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recibiendo una declaración, se subió a la patrulla y se fue con ellos. La carretera de La Cordialidad es la antigua vía que de Barranquilla conducía a la ciudad de Cartagena, el barrio era una invasión nueva de las muchas que proliferan en Barranquilla, la mayor parte del área metropolitana de la ciudad está compuesta por invasiones.

Llegar cuatro hombres dentro de un carro a preguntar por un hombre resultaba sospechoso, optaron porque el Sargento y

Washington se quedaran en un billar que estaba cerca de la entrada del barrio, Jesús María y Javier se fueron en el carro a preguntar por el mecánico, un joven les mostró la casa, era una casita pobre, hecha de bloques de cemento, todavía sin pañetar las paredes, los pisos estaban en tierra pura, en la entrada de la casa, en una mecedora de mimbre bastante deteriorada, estaba sentada una señora con un niño pequeño en los brazos, Javier le preguntó por Rolando, le contestó que ella era la esposa, que para que lo buscaban, Jesús María le contestó que para que le hiciera un revisión al carro, la señora dijo que si lo querían esperar, que estaba reparando un carro en el barrio El Bosque, le contestaron que sí, que lo iban a esperar, eran como las cinco de la tarde, la señora sacó una mecedora y se la ofreció a Javier para que se sentara, Jesús María abrió las puertas del carro, reclinó la silla hacia atrás y se quedó dormido, sufría de un sueño

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atrasado, se dormía cuidando un tigre, Javier se quedó sentado en la mecedora hablando con la señora, cuando eran cerca de las seis de la tarde despertó a Jesús María para que salieran del barrio, en la entrada estaban el Sargento y Washington esperándolos preocupados porque no salían, Javier les dijo que estuvieran pendientes que el

mecánico en cualquier momento llegaba, el Sargento y Washington se retiraron un poco del lugar, simulando que estaban esperando un bus, Jesús María utilizó el viejo truco del carro varado, abrió el capó, sacó unas bujías y se puso a limpiarlas, Javier se sentó en el puesto del conductor para tratar de darle arranque, estaba oscureciendo cuando se

acercó un sujeto con las características físicas del mecánico, Javier lo llamó por el nombre a lo cual respondió volteándolo a mirar, le dijo: lo estamos esperando para que nos ayude a desvarar, se acercó al capó, le preguntó a Jesús María cuál era el daño. El sector estaba desolado, oscuro, no había alumbrado público, al momento llegó el Sargento con Washington, Javier le dijo que ese era el mecánico, el Sargento se subió al puesto delantero, hizo la señal con la mano para que lo subieran, Washington y Javier lo subieron rápidamente sin que nadie se diera cuenta, Jesús María bajó el capó, se subió al carro, lo prendió y salió rumbo a la avenida Circunvalar. El Sargento sacó el carné, se lo mostró,

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le dijo que trabajaban en el grupo de homicidios de la SIJIN, que lo estaban buscando porque tenían declaraciones por escrito donde lo sindicaban de la muerte del joven Juan Carlos Herrera y del robo del campero Nissan, los investigadores siempre acostumbran a decir mentiras para sacar verdades, dijo que él si era el mecánico del vehículo,

pero que no sabía nada de la muerte del joven, ni tampoco del robo del carro, fingió mostrarse extrañado, juró por la mamá y por la esposa que el no sabía nada, cuando llegaron

a la avenida Circunvalar, Jesús María bajó la velocidad,

apagó las luces internas y siguió despacio, el mecánico empezó a ponerse nervioso, estaba sudando y se le notaba

el desespero, de pronto y sin que le tocaran un pelo, empezó

a hablar, dijo que él no era quien le había dado muerte, pero

que si delataba a quienes lo habían hecho lo iban a matar.

El

Sargento le dijo a Jesús María que se dirigiera a la SIJIN,

el

mecánico continuó haciendo el relato de los hechos, él le

arreglaba el taxi a un señor de nombre Vladimir Romero, quien le había propuesto que le ayudara a conseguir un carro Nissan modelo 1972, de color rojo, que a él se lo había

encargado un sujeto conocido como el Guajiro para llevarlo para un finca del departamento de la Guajira, que se

ganarían una plata sin ningún problema, como Vladimir vió el Nissan cuando le estaba reparando el motor, le dijo a

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Rolando que ese era el carro que estaban buscando. Rolando le dijo que ese carro era de un amigo y que él no se iba a prestar para que se lo robaran, Vladimir le dijo que lo pensara que después hablarían, al otro día Vladimir se presentó al taller en compañía del Guajiro, invitaron a Rolando a tomar cerveza, lo convencieron para que hiciera la

llamada a la casa de Juan Carlos y lo convenciera para que salieran en el carro, Rolando aceptó con la condición que no le fueran a hacer daño, el Guajiro le propuso al mecánico que el día que se acordara, lo esperaba en la salida a Santa Marta para que llevara el carro hasta la Guajira y se ganara otra plata por aparte, quedaron en que le quitarían todos los documentos del carro, por si la policía los paraba no fueran a tener problema. El Sargento le dijo a Jesús María que orillara el carro mientras rolando terminaba de relatar los hechos, el día

acordado para cometer el robo, el mecánico llamó a las 7.30 de la noche a la casa de Juan Carlos, el mismo contestó el teléfono, le puso la cita en Titos Bolos Club de la carrera 51B con calle 93, diciéndole que tenía que llevar unos repuestos por lo que le pagaría $ 2.000 pesos. El mecánico llamó a Vladimir y al Guajiro a un número telefónico determinado para informarles que a las 8 de la noche el Nissan estaría en Titos Bolos Club. A las 9 de la noche el Guajiro se presentó en la

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salida a Santa Marta manejando el Nissan, Vladimir llegó manejando el taxi, el Guajiro le recordó al mecánico donde tenía que entregar el Nissan en la Guajira, le entregó las llaves, los documentos del carro, plata para la gasolina, para los peajes y para los gastos personales, el dinero que le quedaba debiendo se lo entregaría Vladimir cuando

regresara. Para justificar la salida, el mecánico le dijo a la esposa que la mamá estaba enferma, que tenía que ir al pueblo a visitarla. El mecánico entregó el Nissan en el lugar acordado en la Guajira y se devolvió para Plato Magdalena de donde era oriundo, se quedó en el pueblo descansando seis días.

Cuando el mecánico terminó de hacer el relato, Javier le preguntó por los rasgos físico de Vladimir y las características del taxi que manejaba, describió a Vladimir como alto, bastante delgado, de unos cuarenta años de edad, moreno, cabello ensortijado, de bigote. El taxi era marca Volvo, de color amarillo, como característica especial tenía la parte delantera del lado derecho estrellada, le había puesto el bombillo o farola, pero no lo había arreglado de latonería, Javier recordó que cuando subía para la SIJIN en la moto había visto en varias oportunidades un taxi con esas características en el frente de una casa del barrio el Recreo. Jesús María entró la patrulla a los patios de la SIJIN, el

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Sargento personalmente le entregó en custodia al agente que se encontraba en control de retenidos al mecánico. Eran como las 8 de la noche, Javier le dijo al Sargento que como estaban cerca de la casa donde había visto el taxi con las características que les había dado el mecánico, pasaran a ver si lo encontraban.

Por esa época ya las instalaciones de la SIJIN estaban en la calle 74 con carrera 38, edificio de CAD (Centro Automático de Despacho), allí las instalaciones eran modernas y amplias, cada grupo tenía su propia oficina independiente, con sala de recibo y todo lo necesario. Salieron para el barrio El Recreo que estaba ubicado cerca de la SIJIN, pasaron por el frente de la casa, aunque parezca increíble, el taxi estaba estacionado al frente, tal vez el conductor estaba entregando la tarifa, Javier esperó a una media cuadra de distancia para cuando saliera pedirle que le hiciera una carrera, la patrulla estaba cerca para seguirlo, Javier espero como quince minutos, de pronto salió un hombre flaco, alto, igual al que el mecánico había descrito, se subió al taxi, lo prendió y arrancó sentido sur norte, Javier le

hizo la señal de pare, le pidió el favor que lo llevara a la calle 72 con carrera 38, el conductor le dijo, lo voy a llevar porque voy hacia ese sector, por esta noche no trabajo más, no cruzaron ninguna palabra durante el corto recorrido, la

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patrulla con los compañeros los siguió a una prudente distancia, el taxista no se dio cuenta ni sospechó nada, cuando paró en la calle 72 con carrera 38, para que Javier se bajara, la patrulla se parqueó detrás del taxi, el taxista se volteó para que le cancelara la carrera, en vez de billetes Javier le mostró el carné de la SIJIN, le dijo que estaba

detenido para una investigación, mientras se recuperaba de la sorpresa el Sargento abrió la puerta delantera y se le sentó

al lado, con que éste es el hombre, exclamó el Sargento,

hicieron que se dirigiera a los patios de la SIJIN, estaban a

dos cuadras, a esta hora ya estaban cansados para ponerse

a dar más vueltas. En los patios estaba únicamente el

centinela cuidando los carros y las instalaciones del CAD, Washington se bajó de la patrulla y se subió al lado de Javier en el puesto trasero del taxi, Jesús María reclinó la silla y como siempre se quedó dormido, el Sargento le pidió la

cédula, le preguntó si el nombre era Vladimir Romero, el taxista le contestó que sí y le entregó la cédula, el Sargento le dijo que quedaba detenido, sindicado de la muerte del joven Juan Carlos Herrera y del robo del Nissan que conducía. Vladimir replicó que él era inocente, que no sabía de que estaba hablando, el Sargento le preguntó si conocía al mecánico de nombre Rolando Pacheco, titubeó un poco diciendo que no lo conocía, Javier interrumpió diciendo, no

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diga que no lo conoce porque el mecánico está detenido y lo está sindicando a usted de la muerte del joven Juan Carlos y del robo del Nissan, como se dio cuenta que no podía seguir mintiendo, dijo que él no era quien le había dado muerte, que había sido un sujeto que el conocía como el Guajiro, comenzó a contar la historia que en parte ellos ya sabían, el

Guajiro le propuso que le ayudara a conseguir un Nissan modelo 1972, de color rojo, que a él se lo habían encargado para llevarlo a la Guajira y montarlo en los documentos de otro igual que se había acabado totalmente. Este procedimiento es muy utilizado en la costa y en algunas regiones del interior del país, consiste en que cuando cualquier tipo de vehículo se acaba o se lo roban, consiguen uno del mismo tipo, marca y modelo y proceden a hacer el

montaje, si el carro tiene grabado el número de chasis, cortan la parte donde está el número, lo retiran y lo colocan con soldadura donde previamente han cortado la otra parte del otro carro, lo soldan y pulen de tal forma que es muy difícil detectarlo a simple vista, si el motor tiene número, lo regraban o consiguen una factura por cambio de motor, si el motor tiene grabado el número en una plaqueta, colocan una denuncia por pérdida de la plaqueta, cuando montan el vehículo en los documentos de uno que haya sido robado, utilizan el mismo procedimiento.

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Cuando el Guajiro y Vladimir llegaron a Titos Bolos Club, encontraron a Juan Carlos dentro del Nissan esperando que llegara Rolando, se acercaron y le dijeron que ellos eran amigos de Rolando, que él los estaba esperando en otra parte, Juan Carlos sin sospechar lo que le iba a pasar, los mandó entrar al carro, cuando estaban dentro, el Guajiro

sacó un revólver, amenazó a Juan Carlos, le quitaron las llaves y los documentos del vehículo, Vladimir se bajó, dio la vuelta y se puso al volante, Juan Carlos quedó en medio de los dos, Vladimir arrancó como quien va para Puerto Colombia, unas dos cuadras adelante entró por una calle trocha solitaria y oscura, paró el vehículo, el Guajiro hizo bajar al joven y le propinó varios disparos por la espalda causándole la muerte en forma instantánea. Rápidamente se retiraron del lugar, llegaron a donde habían dejado el taxi, el Guajiro pasó a manejar el Nissan, Vladimir continuo manejando su taxi como si no hubiera pasado nada. Llegaron a la salida a Santa Marta, le entregaron el Nissan al mecánico, quien se lo llevó para la Guajira. El Guajiro tomó la decisión de darle muerte a Juan Carlos porque si quedaba vivo pensaba que los iba a delatar, sabiendo que el mecánico era quien había sacado o llamado a Juan Carlos para que saliera de la casa, la policía

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investigaría al mecánico, quien se vería en la obligación de denunciarlos. Hicieron el inventario del taxi, había que dejarlo a disposición del juzgado, porque en el se habían movilizado los delincuentes para cometer el delito. El Sargento entregó a Vladimir al agente control de conducidos o retenidos,

haciéndole la advertencia que no lo fuera a poner en la misma celda donde estaba el mecánico, para evitar que

pusieran de acuerdo en lo que iban a decir en la declaración. Vladimir les dijo que el Guajiro se encontraba hospedado en un hotel situado en la calle 45 con carrera 38, les dio el número de la pieza, llegaron como a las 11 de la noche al hotel, le pidieron permiso al administrador para revisar la pieza, el Guajiro se había ido en horas de la tarde. Le pidieron los datos biográficos con los cuales se había registrado, se registró con el nombre de Roberto Iguarán Fonseca, regresaron como a las 12 de la noche a las instalaciones de la SIJIN, dejaron el vehículo que les servía de patrulla, a esa hora cada uno se fue por sus propios medios para su residencia, Javier como siempre, se fue en su moto, los que no tenían medio de transporte tenían que pagar carrera de taxi. La orden del jefe de la SIJIN era que después de terminado el servicio, todos los vehículos deberían quedar en las

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instalaciones de la SIJIN, había tenido que tomar esta drástica determinación, porque cuando permitía que los conductores llevaran los vehículos después de terminado el servicio, algunos conductores irresponsables se ponían a tomar y después estrellaban los carros.

Al día siguiente, Osorio tomó las declaraciones, a los sindicados los enviaron al Juzgado que estaba investigando el caso. El mecánico y Vladimir fueron enviados a la cárcel municipal para varones. Con los datos que el mecánico suministró de la finca donde había dejado el Nissan, el jefe de la SIJIN envió una comisión de seis agentes a tratar de

localizarlo. Como a los cuatro días regresaron sin nada, esas fincas de la Guajira son inmensas, encontrarlo sería como encontrar una aguja en un pajar. El caso quedó esclarecido, el Comando del Departamento les dio una felicitación especial por la orden del día, como a los treinta días, les llegó una felicitación especial de la Dirección General de la Policía. Los abogados nombrados por los familiares de Vladimir y el mecánico, lograron que el juzgado los dejara en libertad, argumentando que no había sido capturados en flagrancia, o sea, momentos después de haber cometido el crimen, aunque los dos habían confesado el crimen, fueron puestos en libertad, desafortunadamente así opera nuestra justicia.

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Cuando el juzgado ordenó la captura para los tres sindicados, al único que capturaron fue a Rolando Pacheco “ el mecánico”, quien fue condenado a varios años de cárcel. Vladimir Romero, “el taxista”, cuando salió de la cárcel, desapareció de la ciudad. Roberto Iguarán Fonseca “el

Guajiro”, murió un año más tarde en un enfrentamiento con miembros de la Policía Nacional, en la ciudad de Santa Marta. Cuando Javier terminó de hacer el relato, Cacha le dijo:

paisano, veo que usted si se gana bien ganada la platica. Javier le contestó: ahí se hace lo que mejor se puede, hay casos que no los resuelve ni Mandrake.

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CAPITULO VI

RESCATE DE UN SECUESTRADO

Cacha se paró de la mecedora en donde estaba sentado, se tomó un trago de refajo, miró el reloj y le dijo a Javier: todavía

queda tiempo para otros dos relatos, pero corticos, Javier se tomó un trago de cerveza y continúo con el nuevo relato. Una mañana se encontraban reunidos en la oficina del grupo de homicidios con el Sargento Cuadrado que les estaba

dando algunas instrucciones. Llegó a la oficina un oficial de la SIJIN, le dijo al Sargento que alistara dos patrullas para que salieran a rescatar un secuestrado que lo tenían dentro de un hotel del norte de la ciudad. Rápidamente salieron todos para el armerillo a reclamar armamento, Javier reclamó una sub- ametralladora mini uzzi, que es una de las mejores armas para los operativos por su efectividad y comodidad. Cuando salieron los estaba esperando un juez de orden público, de la denominada en ese tiempo “justicia sin rostro”, lo acompañaba una patrulla de cuatro agentes del DAS que le servían de escolta. Con ellos iba un señor de aspecto antioqueño a quien le decían “el cachaco”, quien hacía las veces de informante. De la SIJIN iban dos patrullas compuestas por seis agentes y el Sargento Cuadrado, quien iba como jefe del operativo.

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El hotel estaba ubicado en el sector de la carrera 44 calle 76, era cómodo, pero no tan lujoso ni tan reconocido, más bien estaba escondido. Cuando ubicaron el hotel, el cachaco dijo que al secuestrado lo tenían sentado en la sala de recepción viendo televisión, custodiado por tres secuestradores. El Sargento iba a mandar a un agente para que entrara al hotel

a verificar si estaban en la recepción. Javier le dijo al Sargento que no, porque si estaban se daban cuenta y se

dañaba el operativo, que mejor entraran enseguida para sorprenderlos y no darles tiempo de reaccionar. El Sargento

le aceptó la sugerencia, nombró dos agentes en la entrada

del hotel para que prestaran seguridad, el juez se quedó afuera junto con los escoltas, Javier le quitó el seguro a la miniuzzi, la dejó lista para disparar y entró corriendo encabezando el operativo. En la sala de recepción estaban cuatro hombres sentados, tres jóvenes y un señor de unos 55 años de edad. La sorpresa fue tan efectiva que ninguno tuvo tiempo de reaccionar, los pusieron a todos contra la pared para requisarlos, a cada uno de los tres jóvenes les encontraron

en la pretina del pantalón un arma de fuego de diferente calibre, el señor de edad les dijo que él era el secuestrado, se identificó como Apolinar Morelo Carpio, natural de Bogotá. Los secuestradores fueron identificados como Julio Sanabria Morales, Mario y Rafael Suárez, éstos dos últimos eran

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hermanos, naturales del departamento del Cesar. Los secuestradores y el liberado fueron conducidos al edificio del centro cívico donde la justicia sin rostro tenía las oficinas. Las oficinas eran sofisticadas, había una cabina hecha en vidrio de seguridad ahumado, casi oscuro, donde entraban a los retenidos para interrogarlos, la cabina tenía micrófonos de

doble vía, por donde entraba y salía la voz totalmente distorsionada, la oficina del juez sin rostro también era del mismo material, tenía el equipo de comunicaciones para distorsionar la voz por donde se comunicaba con la cabina de interrogatorios. El juez mandó entrar a la oficina al señor Apolinar Morelo para recibirle la declaración. Dentro de la oficina estaban el juez, el secretario, el señor Apolinar, el Sargento Cuadrado y Javier. Para que el juez pudiera ir al operativo era necesario que hubiera una denuncia formulada por secuestro, la cual había sido formulada por el “cachaco”. El señor Apolinar en su declaración dijo que los secuestradores le estaban exigiendo una suma de trescientos millones de pesos para su liberación, como él no tenía plata había acordado que les iba a hacer los documentos de traspaso de una discoteca que él tenía en el norte de la ciudad, pero que los documentos no se habían alcanzado a hacer, el juez le hizo varias preguntas al señor Apolinar, pero en ninguna implicaba directamente a los tres secuestradores.

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Antes que el secretario diera por terminada la declaración, Javier llamó al juez a un rincón de la oficina y le dijo: doctor, con todo respeto que usted se merece, con la declaración que hasta ahora ha hecho el señor Apolinar, los tres secuestradores van a quedar en libertad, por qué?, le

preguntó, Javier le contestó: porque se ha hablado de secuestro, de exigencias, pero no se está sindicando con nombre propio a ninguno de los secuestradores. Por favor, doctor, hágale al señor Apolinar la siguiente pregunta:

Sírvase decir a este Despacho si los señores Julio Sanabria, Mario y Rafael Suárez, quienes lo tenían secuestrado dentro del hotel, fueron los mismos que lo secuestraron el día que usted iba caminando por la calle.

El señor Juez se dirigió al secretario y le ordenó que le hiciera la pregunta al pie de la letra, como Javier le había sugerido. El señor Apolinar contestó que sí, que los tres hombres que lo tenían secuestrado dentro del hotel, habían sido los mismos que lo habían secuestrado junto con otro sujeto que hacía las veces de jefe, el cual no se encontraba en el momento del rescate. Con esa pregunta tan sencilla pero contundente, los tres secuestradores fueron condenados a varios años de cárcel. Cuando el señor Apolinar terminó de rendir la declaración, salieron de la oficina. En la entrada del centro cívico estaba el

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“cachaco” esperando al señor Apolinar en un vehículo lujoso último modelo. El señor Apolinar habló con el “cachaco”, después se acercó a Javier y a los compañeros, les dijo que en agradecimiento les iba a dar una gratificación, pero que en el momento no tenía suficiente dinero en efectivo para darles

a todos, al oficial que no participó en el operativo y al Sargento les dieron un dinero en efectivo. De los agentes, el “cachaco” anotó los nombres en una agenda, el señor Apolinar quedó comprometido en que les enviaría una lavadora de las mejores de Miami, donde residía hacía varios años. El señor Apolinar se fue en el primer avión que salió de Barranquilla para Miami, los agentes que lo rescataron todavía están esperando la lavadora. Después Javier se enteró que el secuestro había sido por deudas de narcotráfico, el señor Apolinar estaba debiendo un dinero de un cargamento de drogas que le habían enviado de Barranquilla a Miami, como no canceló la deuda, los dueños de la mercancía esperaron que volviera y contrataron a los cuatro sujetos para que lo secuestraran y lo presionaran para

que cancelara la plata, la discoteca que le iban a quitar por la deuda, es una de las mejores de Barranquilla. El “cachaco” antioqueño, era el hombre de confianza y contacto que el señor Apolinar tenía en Barranquilla para realizar sus actividades ilícitas. La obligación como policías

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era rescatar al secuestrado, independiente de los motivos por los cuales lo hubieran secuestrado. Sin que se dieran cuenta fueron utilizados a favor del narcotráfico, así como los utilizaron a ellos, en las grandes ciudades donde sigue en su apogeo el narcotráfico, los seguirán utilizando los familiares o

interesados en la liberación de un secuestrado por este motivo, nunca van a decir la verdad o el motivo del secuestro. Cacha soltó una carcajada burlona y le dijo a Javier: o sea que le hicieron conejo con la lavadora y a su mujer le tocó seguir lavando a mano. Así fue, le contestó Javier, ese viejo remamao, después que lo rescatamos y le evitamos que pagará los trescientos millones, no nos dió ni un tinto.

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CAPITULO VII

HOMICIDIO DISFRAZADO DE SUICIDIO

Cacha miró de nuevo el reloj, se tomó otro trago de refajo y le dijo a Javier: ahora sí, como dijo la viejita, écheme el último que me voy. Un viernes en la noche, amaneciendo sábado, el agente operador de radio de la central, le ordenó a la patrulla de Javier, que se trasladaran al barrio Los Nogales, calle 98 con carrera 42, allí se había presentado un caso al parecer de suicidio, en el momento que el radio operador les pasó el comunicado, estaban en el Hospital de Barranquilla conociendo un caso de homicidio y lesiones personales con

arma blanca “machete”. En unas canchas de tejo y bolo criollo, ubicadas en la calle 17 del barrio Rebolo, donde se reunían los comerciantes a jugar y a tomar cerveza y guarapo, paisanos oriundos de diferentes pueblos de los departamentos de Santander del Sur y del Norte. La mayoría de tiendas en Barranquilla son de “cachacos” santandereanos, los cuales se dedican a trabajar desde las tres de la mañana, cuando salen para la plaza a comprar las

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verduras y comestibles, abren a las seis de la mañana y cierran a las diez de la noche. Los costeños no sirven para tener tienda, abren a las ocho de la mañana, cierran a las doce para almorzar y hacer la siesta, vuelven a abrir a las dos

de la tarde y cierran a las siete de la noche, ellos dicen que este trabajo es para “cachacos”. Dos de esos “cachacos” paisanos tenían una vieja rencilla desde cuando vivían en el pueblo, se encontraron esa noche, ambos estaban borrachos, decidieron saldar la rencilla en un feroz duelo a machete, utilizaron filosos machetes que sacaron de debajo de los asientos del carro que cada uno tenía estacionado frente a las canchas de tejo. Dicen los testigos que fue algo escalofriante ver como dos seres humanos se atacaban a machetazos sin piedad, sin que ninguno de los presentes se atreviera a separarlos por temor a ser heridos, el duelo a muerte se realizó en la mitad de las polvorientas canchas de tejo y bolos, al piso caían pedazos de dedos, cuero cabelludo, pedazos de orejas y nariz que eran pisoteados por los contendores, el macabro espectáculo terminó cuando uno de los contendores le

propinó un certero machetazo al otro en el cuello, destrozándole la vena aorta, por pocos centímetros no le desprendió la cabeza del tronco, por el calor de la sangre, por el licor que había ingerido el paisano que cayó muerto, no le

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quedó ni una gota de sangre dentro de las venas, la sangre de los dos contendores que tanto se odiaban, se unió en una sola, corrió sobre la arena de las canchas, buscó un desagüe que pasaba por la orilla llevando excrementos de un criadero

de cerdos, que los dueños de las canchas tenían en la parte de atrás del terreno. Al momento de practicar el levantamiento del cadáver, se le contaron más de cuarenta heridas abiertas al paisano que resultó muerto. El paisano sobreviviente que Javier y sus compañeros encontraron en el hospital de Barranquilla, tenía también más de cuarenta machetazos en diferentes partes del cuerpo, el médico que lo atendió manifestó que ninguna de las heridas era mortal, pero que tardaría más de diez horas suturándolas, tenía que coserle más de trescientos puntos de sutura. Fue

muy doloroso ver a un hijo del paisano sobreviviente buscar entre la arena y la sangre coagulada, pedazos de orejas y nariz para llevárselos al médico para que tratara de pegarlos. El sobreviviente del duelo quedó en el hospital bajo vigilancia de la policía, cuando se recuperó un poco, antes que le sanaran las heridas, fue trasladado a la cárcel a pagar la muerte del paisano. Cuando llegaron al barrio Los Nogales, eran como las dos de la madrugada, en la puerta de la casa había estacionada una moto de la policía motorizada, las calles estaban solitarias,

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como es uno de los lugares más altos de Barranquilla, corría una brisa fría, algo que no es muy común, la puerta de la casa estaba cerrada, cuando Javier timbró salió un agente de la policía a abrir, la casa era de dos pisos, bien arreglada con

todas las comodidades y lujos, en el primer piso quedaban todos los servicios, sala comedor, cocina, baño, patio con un pequeño jardín, lavadero, un cuarto pequeño donde había una caneca para depositar la basura, en el segundo piso habían cuatro alcobas grandes, en el centro una sala de recibo, con sus respectivos muebles, en el sofá estaba sentada una mujer joven llorando, un policía estaba sentado

en

una silla al frente, tratando de consolarla.

El

policía que les abrió la puerta les estaba explicando lo que

había ocurrido, los llevó a la alcoba donde habían ocurrido los

trágicos hechos, era grande, con una cama lujosa en la mitad

y los demás accesorios, el aire acondicionado estaba

prendido, lo cual opacaba un poco el olor a sangre fresca y licor, se respiraba una mezcla desagradable de las dos

sustancias, a lo largo de la impecable cama aún tendida, estaba acostado un hombre de unos 28 a 30 años de edad,

moreno, alto y corpulento, totalmente vestido, la mano derecha estaba atravesada hacia el borde de la cama, empuñando un revólver calibre 38 largo, Javier se acercó, le examinó detenidamente, el parietal derecho presentaba un

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orificio por el cual había emanado bastante sangre, que había sido absorbida por el cubrelecho, notó que no presentaba tatuaje de pólvora alrededor de la herida, lo cual era muy extraño, porque en los casos de esta modalidad de suicidio,

siempre queda el tatuaje de la pólvora que sale por la boquilla del cañón del arma, cuando salió de la alcoba, la señora entre sollozos, le estaba contando al agente Washington que

el esposo había llegado borracho como siempre llegaba, que

habían discutido y que él se había quedado solo dentro de la alcoba, ella se había ido a dormir a la otra alcoba, que al rato escuchó el ruido de un disparo y cuando entró a la alcoba lo encontró muerto. Relató que como no tenía familiares en Barranquilla, había llamado a la policía para informar lo que había pasado. Washington le estaba tomando los datos biográficos, manifestó llamarse Adriana Lucía Arregocés, natural de Santa Marta, el esposo respondía al nombre de Julio Cesar Maestre, natural de Riohacha, Guajira, comerciante. Mientras Washington terminaba de tomar los datos, Javier le preguntó

a la señora Adriana Lucía en cuál alcoba era donde estaba

durmiendo cuando escuchó el disparo, le señaló con la mano

al frente donde quedaba la alcoba.

Javier entró, era grande, muy cómoda, la luz y el aire acondicionado estaban prendidos, la cama estaba sin tender,

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notó que faltaba una de las almohadas, la buscó pero no la encontró, salió, bajó al primer piso, buscó en el cuarto de la basura, sacó todas las bolsas y periódicos que estaban dentro de la caneca, en el fondo encontró la almohada, la

revisó, en una de las orillas tenía un orificio, la tela estaba impregnada de pólvora, por el lado posterior tenía orificio de salida con una manchas de sangre, desocupó una de las bolsas que contenían basura, introdujo la almohada y la escondió entre las matas del jardín y subió al segundo piso, para ese momento todavía no habían llegado los integrantes del laboratorio móvil, Javier llamó a Adriana Lucía a la alcoba donde dijo que estaba durmiendo cuando escuchó el disparo, cerró un poco la puerta, la luz era bastante clara, le reparó bien la cara, era de rostro bellísimo, de unos 24 años de edad, tez morena, ojos claros, cabello largo castaño, en una de las mejillas tenía un moretón con una pequeña inflamación, le preguntó quien la había golpeado, le contestó que se había golpeado con la puerta, Javier le dijo: señora Adriana Lucía, usted fue quien le dio muerte a su esposo, se puso desesperada, nuevamente comenzó a llorar, le dijo que cómo se le ocurría acusarla de algo tan espantoso, Javier le preguntó en dónde estaba la otra almohada, miró desconcertada hacia la cama, dijo que tal vez la señora que venía a hacer el aseo la había guardado, la guardó dentro de

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la caneca de la basura, porque ahí la encontré le dijo Javier. Adriana Lucía se sentó en la orilla de la cama, se llevó las manos a la cara en señal de desesperación, Javier le dijo que

se tranquilizara, que le dijera la verdad de lo que había pasado. En ese momento llegó el laboratorio móvil con un juez nombrado para que practicaran las diligencias de

levantamiento y de allanamiento. Anteriormente, quienes practicaban los levantamientos eran los peritos de la SIJIN y la patrulla de homicidios que adelantaba la investigación. Adriana Lucía, como se dio cuenta que estaba descubierta y no podía seguir mintiendo, le dijo a Javier que la ayudara, que ella lo había hecho en un momento de desesperación, que el esposo siempre llegaba borracho, le pegaba y la trataba mal sin ningún motivo De la alcoba donde estaban practicando el levantamiento salían los destellos de las cámaras fotográficas que estaban tomando las impresiones para complementar las escenas del levantamiento. Adriana Lucía entró a la alcoba, esperó que Julio César se quedara dormido, lo cual no duró mucho por el estado de embriaguez en que se encontraba, cuando calculó que estaba dormido salió con la almohada en la mano, entró a la alcoba nupcial, buscó en una de las gavetas del closet, sacó

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un revólver que Julio César guardaba, se dirigió a la cama donde dormía profundamente, le colocó la almohada en la región parietal “sien”, lado derecho y le disparó, le estiró la

mano derecha y le colocó el revólver como si lo estuviera empuñando. Washington le dijo al juez que Javier estaba dentro de la alcoba, hablando con la esposa del occiso, en esas situaciones, el juez era muy respetuoso con el trabajo de los investigadores, él sabía que todo lo que investigaban se lo tenían que comunicar a él. El juez estaba esperando que Javier terminara de hablar con Adriana Lucía para interrogarla. Javier salió de la alcoba, le dijo a Washington que entrara y acompañara a la señora mientras hablaba con el juez, había que estar pendiente de la señora, para que, dentro de la desesperación en que se encontraba, no fuera a cometer una locura. Javier saludó al juez con confianza pero con respeto, eran conocidos, en varias oportunidades habían estado practicando levantamientos y adelantando investigaciones. El juez le tenía confianza, como los investigadores llegaban primero al lugar de los hechos, cuando él llegaba, ya le tenían investigado algo positivo sobre el caso, lo cual era bueno para el, porque podía rendir un informe con resultados positivos.

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Javier le preguntó al juez qué opinaba sobre el caso, le contestó que al parecer era un suicidio, que los peritos harían las pruebas necesarias para saber si se trataba de un suicidio

o de un homicidio. Javier le dijo que no era necesario hacer esas pruebas, que la esposa había confesado que ella le había causado la muerte. Javier invitó al juez y al fotógrafo para que lo acompañaran al primer piso, los llevó a la caneca donde había encontrado la almohada, el juez ordenó al fotógrafo que le tomara fotos a la caneca y a la almohada. Washington le entregó a la señora Adriana Lucía al juez para que la interrogara e hiciera las demás diligencias correspondientes. En casos donde había personas sindicadas retenidas, los investigadores tomaban los datos para los informes que tenían que rendir al grupo de homicidios, le entregaban los retenidos a órdenes del juez, quien los escuchaba en declaración y los enviaba a la cárcel municipal para varones o al centro de rehabilitación femenino. Cuando Javier terminó la narración le dijo a Cacha que se esperara un momento para terminar de narrarle lo de investigador investigado del caso de los Norteños, Cacha se tomó otro trago de refajo y siguió escuchando a Javier, quien después de terminar de tomarse una cerveza fría, continuó con el relato pendiente.

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La última vez que citaron a Javier a declarar sobre el caso de los norteños fue el día que se llevó a cabo una audiencia

pública en el centro cívico de Barranquilla, para juzgar a Otoniel Mortiño por los delitos de homicidio. Cuando Javier entró a la sala de audiencias, había muchas personas, familiares de las personas muertas, abogado

acusador, abogado defensor, estudiantes de derecho, periodistas, el juez, el fiscal, el secretario y otras personas, que estaban interesadas en la audiencia. Javier pensó: todas estas personas están aquí reunidas gracias a su labor como investigador. Otoniel Mortiño estaba parado al frente de la silla reservada para los acusados, tenía una Biblia en una de sus manos, en la cárcel se había convertido a una religión cristiana y andaba con la Biblia en la mano, predicando la palabra de Dios, los dos guardianes de la cárcel nacional modelo que lo custodiaban, le habían quitado las esposas de las manos y se habían ubicado en la parte de atrás de su silla. Javier pensó que en algo había contribuido para que este delincuente y asesino despiadado se hubiera convertido en un manso cordero como aparentaba. El juez dio comienzo a la audiencia, el secretario llenó el formato de la declaración de Javier con todas las formalidades de ley. El juez le tomó el juramento de rigor,

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Otoniel estaba a unos cinco metros de distancia de donde Javier se encontraba, el juez le hizo la primera pregunta, si

conocía al señor Otoniel Mortiño Torralba aquí presente y lo señaló con el dedo índice de la mano derecha. Javier contestó que sí lo conocía, nuevamente le preguntó, ya que dice conocerlo, haga un relato claro de las circunstancias,

modo, tiempo, lugar y fecha donde lo conoció. Javier hizo una declaración clara y detallada en cuatro originales, con sus copias de aproximadamente una hora, relató desde el momento en que fue capturado Otoniel Mortiño, siendo el jefe de la banda de atracadores denominada los Norteños, en compañía de otros delincuentes, hizo especial claridad de cómo habían muerto las cuatro personas y cómo habían sido esclarecidas sus muertes, dando los nombres de las personas que habían declarado, sindicándolo a el como responsable de haberles dado muerte. La declaración de Javier fue tan clara y contundente, que cuando el juez le dio la palabra al abogado defensor para que le interrogara, únicamente le preguntó que otras pruebas tenía para acusar a su defendido de haber cometido los cuatro homicidios. Javier le contestó que las únicas pruebas que tenía eran las declaraciones de las personas que había nombrado en la presente declaración y en las anteriores, que la señora Carmenza lo había sindicado de haberle dado

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muerte al señor Durfay López, el “cachaco” y al señor Jorge Castro, “el taxista”, que desafortunadamente la señora

Carmenza no podía venir a declarar, porque se había tenido que ir con rumbo desconocido por miedo a las represalias que Otoniel Mortiño tomaría en su contra por haberlo delatado, pero que la declaración que había dado era muy clara, por lo que no dejaba ninguna duda sobre la responsabilidad del señor Otoniel Mortiño en la muerte de estos dos señores, que de la muerte del agente del DAS, Julio Wells Cervantes y de la joven Dunis Mier, lo sindicaba su propio padre José Mortiño en declaración libre que había hecho en la SIJIN y en la fiscalía. Cuando el juez le dio la palabra al abogado acusador para que lo interrogara, manifestó que no tenía ninguna pregunta, que todo estaba muy claro. Cuando el juez le preguntó a Javier si tenía algo más que agregar, corregir o enmendar a

la presente diligencia, le contestó que sí, agregó que al señor Otoniel Mortiño lo había conocido por circunstancias de su trabajo, pero que no tenía nada personal en su contra, que las acusaciones que le estaba haciendo eran por los delitos que había cometido en contra de la sociedad a la cual el tenía que defender. El secretario cerró y dio por terminada la declaración de Javier, Otoniel Mortiño no protestó por ninguna de las

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acusaciones que le hizo, permaneció callado durante toda la declaración, Javier firmó todas las hojas donde quedó su declaración y se las entregó al secretario. En esos momento Otoniel Mortiño se levantó de la silla donde

estaba sentado con la Biblia en la mano, miró a Javier a la cara y le dijo: “que Dios lo bendiga hermano”, con un tono un poco despectivo Javier le contestó: “guárdese sus bendiciones para usted que las necesita más que yo”, más tarde Javier se puso a pensar que había hecho mal al rechazar las bendiciones de le estaba brindando, tal vez Otoniel Mortiño había reflexionado en los cinco años que llevaba preso y estaba verdaderamente arrepentido. El secretario llamó a declarar al agente Washington y al agente Victoria, eran los únicos que en el momento de la diligencia estaban declarando en contra de Otoniel Mortiño para que la muerte de esas cuatro personas no se quedara en la impunidad, aunque sabían que las investigaciones no había sido en vano porque Otoniel Mortiño tenía más de cinco años de estar detenido en la cárcel Modelo, ya que los abogados no habían conseguido argumentos creíbles para que lo dejaran en libertad. Cuando el juicio contra Otoniel Mortiño comenzó en el primer año, el abogado defensor contactó a Javier y al agente Washington para ofrecerles una considerable suma de dinero

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para que fueran más flexibles cuando el juzgado los llamara a ratificar en las declaraciones acusatorias que habían hecho, no aceptaron ninguna clase de soborno, por el contrario endurecieron más las declaraciones para que el juez no tuviera ningún argumento para dejarlo en libertad. En la SIJIN o en cualquier otra entidad investigativa se presentan mucho estas situaciones en que los abogados sobornan o tratan de sobornar a los investigadores y funcionarios para que cambien las declaraciones o al menos para que sean más flexibles en las acusaciones. Por la corrupción, la deshonestidad y el dinero fácil, han quedado muchos crímenes y delitos en la impunidad. Javier se retiró de la sala de audiencias con la satisfacción del deber cumplido, nunca se atrevió a preguntar si a Otoniel Mortiño lo habían condenado o absuelto, para qué iba a preguntar, si al fín de cuentas estaban en las mismas condiciones, Javier que era policía y estaba cumpliendo con su deber, también estaba esperando que lo juzgaran en una corte marcial como a un vulgar delincuente como lo era Otoniel Mortiño y su situación jurídica en ese momento era tan incierta como la de él. ¡Casualidades de la vida o del destino, no le parece paisano?, le dijo Javier a Cacha,

levantándose de la mecedora. Cacha se levantó de la mecedora y le agradeció a Javier por las fascinantes historias

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que le había contado, se despidió, salió a la calle, se montó en la moto y se fue para su casa.

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CAPITULO VIII

CAMINO A LA PERDICION

La perdición para Cacha comenzó cuando se relacionó con las bandas de sicarios y cobradores de cuentas al servicio del narcotráfico. Por ambición al dinero fácil, se alió con los sicarios y comenzó a asesinar gente que tenía problemas con los narcotraficantes, antes sólo eliminaba delincuentes

comunes. Conoció a Alberto Orlandes Gamboa, alias “el Caracol”, quien era jefe del cartel de la Costa, él lo relacionó con otros narcotraficantes que trabajaban para él. Cacha comenzó a recibir grandes cantidades de dinero por los servicios prestados a los narcotraficantes, el dinero que recibía se incrementaba cada día más porque también se dedicó al cobro de cuentas. Por la fama que cogió, los deudores le tenían miedo, hacían lo que fuera con el fín de pagarle y quitarse el problema. A Truman y a Mister T los compañeros de patrulla les compartía algo de dinero para obtener su complicidad y silencio. Cacha siempre trataba de hacer los trabajos y conexiones el día que estaba franco para no enlodar el nombre de la policía, aunque superiores y compañeros

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sabían que trabajaba para la mafia del narcotráfico, sólo que se hacían los de la vista gorda. Compró un automóvil Mazda último modelo, una moto marca Harley Davidson, a la que llamaba la catana. La otra moto, a la que le mandó invertir el sistema de acelerador, la dejó exclusivamente para hacer los trabajos de sicariato. Compró un reloj marca Rolex, esclavas y anillos de oro, gruesas cadenas del mismo metal, las que exhibía colgadas al cuello, dejando la camisa sin abotonar. Por la cantidad de oro que usaba últimamente le hacía la competencia a Mister T. Renovó el clóset comprando pantalones de jeans y camisas a cuadros de las mejores marcas del mercado. Hizo una colección variada de finas botas texanas. Se desquitó de cuando era niño y tenía que andar mal vestido y en ocasiones descalzo. Los narcos le regalaron un fusil R15, con mira telescópica, luz

infrarroja y visor nocturno, para que lo utilizara en los trabajos encomendados, cuando estaba de servicio cargaba el fusil en la patrulla y cuando estaba franco lo llevaba en su mazda particular. En Barranquilla se desató una guerra entre narcotraficantes de la costa, que tenían la ciudad como centro de operaciones. Los antiguos socios de Caracol, quien años más tarde fue extraditado a los Estados Unidos, le declararon la

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guerra por el control de las rutas del envío de la droga. Eran los diferentes minicarteles de los departamentos de la Guajira, Cesar y Magdalena, contra el poderoso ejército de sicarios “cachacos”, traídos de Medellín por el Caracol, quienes con la ayuda de Cacha, acabaron con los que se sublevaron y quisieron pasarse de listos. Como siempre, el pez grande se come al pequeño, Caracol no era grande estatura, pero sí grande en su organización. El Caracol no medía más de 1.50 metros de estatura, calvo, gordito, tenía pinta de todo menos de mafioso. En esa guerra murieron los famosos hermanos Alex y Jairo “el mico Durán” del departamento del Magdalena, Francisco “kiko” Valdeblanques del departamento de La Guajira, a quien un medio día los sicarios sorprendieron saliendo de la clínica del Caribe de visitar a un hermano que estaba hospitalizado. Lo subieron a un vehículo junto con un exagente de la policía que le servía de escolta, minutos después, policía y familiares emprendieron la búsqueda por todo el departamento del Atlántico, tres horas más tarde en las playas de Solinilla, localizadas en la carretera que de Barranquilla conduce a

Cartagena, lo único que encontraron fueron las cenizas, los sicarios los asesinaron a tiros, les colocaron llantas de carro encima de los cadáveres, les rociaron gasolina y les prendieron fuego quedando totalmente carbonizados.

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En esa guerra a Caracol le mataron al papá que era un señor indefenso, casi ciego, le descargaron una ráfaga de pistola cuando estaba sentado en una mecedora al frente de una compraventa que tenía en el barrio chino, le secuestraron a un hermano de nombre Carlos y semanas después lo asesinaron en el departamento del Magdalena, también murieron algunos de los sicarios que trabajaban para el. En su mejor época el Caracol fue el hombre más rico y

poderoso de Barranquilla, allí todo el mundo sabía que era narcotraficante y el jefe del cartel de la Costa, los únicos que no lo conocían ni sabían quien era, eran las autoridades, aunque había estado retenido y reseñado en la policía, cuando llegó de Bogotá una comisión de antinarcóticos a investigarlo no le encontraron ningún antecedente. Tenía más historia criminal en Bogotá y en los Estados Unidos que en Barranquilla. Cacha nunca fue vinculado a ninguna investigación por los homicidios que cometió como sicario. Las investigaciones preliminares que hacían los investigadores que llegaban al lugar donde ocurrían esa clase de homicidios los relacionaban como ajustes de cuentas entre narcotraficantes, pero sin sindicar con nombre propio a ningún sicario. Cacha se relacionó y se hizo amigo de un prestamista usurero, a quien todos conocían con el apodo de “todo mío”,

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quien era un corroncho mal hablado y ordinario, oriundo de un pueblo del departamento de Bolívar, bajo de estatura, calvo, con una barriga tan prominente que no le cabía entre la camisa, de unos 55 años de edad, de tanto andar descalzo tenía los dedos de los pies tan separados que no podía ponerse zapatos, usaba unas pantuflas que en los pueblos llaman abarcas tres puntadas. “Todo mío” para la esposa era un play boy, un príncipe azul. Se había casado con una señora que le llevaba unos 10 años de edad, la pobre mujer tenía aspecto de hipopótamo, de piel blanca, cubierta de horripilantes verrugas color café, de la misma deformidad no podía ni caminar, pasaba el día sentada en una mecedora de hierro que “todo mío” le había mandado fabricar especialmente para ella, la acompañaba una señora que le ayudaba en todas sus necesidades. Cuando “todo mío” se casó con la señora hipopótamo no tenía un peso, se sobreentiende que se casó por el cariño y el amor al dinero, la señora nunca salía de la casa, que más parecía una jaula encerrada en rejas por todas partes. “todo mío” era avaro, ambicioso, no tenía la más mínima consideración con sus semejantes y menos con quienes le debían dinero, desde cuando se casó tomó las riendas de los

negocios y el dinero de la señora, con la habilidad para hacer negocios rápidamente incrementó la fortuna, prestaba plata a

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los pequeños comerciantes con el máximo de interés, empeñaba y reducía todo lo que le llevaran, la casa estaba llena de toda clase de electrodomésticos y demás cachivaches que recibía en empeño; como sabía que las personas que empeñaban nunca reunían la plata para recuperar sus objetos, les prestaba lo mínimo que le aceptaban. Anualmente, en el mes de diciembre, hacía un remate de todo lo que reunía en el año. Los préstamos de mayor cuantía los hacía sobre hipoteca, acumulando y cobrando interés sobre interés. La pobre gente no reunía la plata para cancelar los intereses, mucho menos iban a reunir para deshipotecar sus casas y lotes, de esa forma fue acumulando más de 50 casas y lotes en barrios circunvecinos de donde residía. Cacha le compró a buen precio dos de esas casas que quedaban seguidas la una de la otra y que estaban ubicadas cerca de la residencia de Todo mío; le vendió las casas baratas pero con una doble intención, teniendo a Cacha cerca de la casa, con la fama que tenía, le servía de “coco” para asustar a los deudores que en ocasiones venían furiosos a reclamarle porque se había quedado con sus predios.

Como las casas eran viejas, Cacha las mandó demoler; en el lote hizo construir una con todas las comodidades, en el patio

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mandó hacer una piscina rodeada de palmeras verdes, mandó enchapar la casa por dentro y por fuera en mármol italiano, dejó espacio para alrededor levantar paredillas de más de tres metros de altura para darle seguridad. Quedó como una fortaleza que sobresalía y rechinaba en medio de la pobreza de los demás, parecía una mosca en un vaso de leche. Mandó instalar un aire acondicionado Centrales que refrescaba hasta la casa de dos perros pastores alemanes que tenía en el patio, mandó instalar un moderno circuito cerrado de televisión con cámaras dentro y fuera de la casa, en la terraza mandó instalar una antena parabólica que sintonizaba canales de televisión de todo el mundo, compró un moderno sistema de radio comunicaciones por medio del cual se comunicaba con narcos y sicarios. Cuando llegó a Colombia el sistema de telefonía celular fue de los primeros que compró el teléfono. La decoración era impecable, finas cortinas, cuadros de caballos y paisajes, muebles Luis XV, televisores en la sala y todos los cuartos, betamax y cámara filmadora, un moderno equipo de sonido de la mejor marca, cantidades de casetes y CDS de música norteña, ranchera y corridos prohibidos, que era su preferida, un bar lujoso, surtido con los mejores licores extranjeros, el juego de alcoba donde dormía era una cama

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electrónica que subía y bajaba el mullido colchón oprimiendo un botón. Se dio el lujo de comprar y tener todo lo que anteriormente la vida y la pobreza le habían negado. Los primeros meses después de terminar la construcción, la casa permanecía sola. Cacha salía a trabajar y únicamente quedaban los dos perros cuidando, después consiguió una joven bonita como empleada, eso decía que era, para que le hiciera mantenimiento a la casa. Javier lo molestaba diciéndole que si a él también le hacía el mantenimiento, porque en las miradas que se hacían se veía que se entendían. En varias oportunidades invitó a Javier para que fuera con la familia a la casa. Dorina quedó sorprendida con la elegancia y modernidad de la residencia, en voz baja le preguntó a Javier que Egoberto, como le decía ella, de dónde sacaba

tanto dinero, para salir del paso Javier le contestó que tenía negocios rentables de los cuales recibía dinero. En las reuniones que hacía le gustaba que los invitados bailaran, él se defendía bailando rancheras, corridos y música norteña. Catherine desde pequeña era buena bailarina y le dio algunas clases para que aprendiera a bailar música vallenata. Cuando no le cogía el paso, le decía: este cachaco baila como si estuviera pisando barro. Dorina y Javier le decían

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que se consiguiera una buena mujer y formara un hogar y una familia. Lo estoy pensando, contestaba con sonrisa maliciosa, lo que pasa es que soy alérgico al matrimonio y a esa clase de compromisos, tampoco quisiera traer barrigones a este mundo a sufrir. Una tarde que Cacha y Javier estaban francos, pasó Cacha en el mazda por la residencia de Javier y le dijo que lo acompañara a hacer una diligencia, por el camino le comentó que uno de los perros que tenía en la casa se había enfermado, que la medicina que el veterinario le había aplicado no le servía, se estaba muriendo y no quería que el pobre animalito siguiera sufriendo más. El perro estaba flaco, no tenía fuerza ni ánimo para mantenerse en pie, lo introdujeron dentro de un costal de fique, lo subieron al baúl del carro y salieron por la avenida circunvalar. Cacha paró el vehìculo en la orilla de la cuneta, bajaron el costal con el perro, le entregó la pistola 9 milímetros y le dijo: paisano, péguele un tiro, pero que sea en la cabeza para que no sufra. Javier arrastró el costal hacia unos arbustos pequeños, Cacha se quedó dentro del carro, cuando Javier regresó después de haberle dado muerte al perro, Cacha trató de evadir la mirada, tenía los ojos rojos, humedecidos de

lágrimas, era extraño, irónico, increíble, no había tenido el valor para darle muerte al perro y lloraba por el. Sin embargo,

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para asesinar a sangre fría a un ser humano, no mostraba los mismos sentimientos, Javier no le hizo ningún comentario. Cacha viajó de vacaciones en el mazda de Barranquilla a Moricuará, el pueblo donde había nacido, en las veredas todo había cambiado, los caminos de herradura fueron convertidos en carretera, una de ellas pasaba por la puerta de la casa de los padres, así pudo llegar en su lujoso vehículo, para demostrarles el progreso que había tenido. De regreso, Cacha trajo a un hermano de nombre Juan Carlos Aldanes, a pasar unos días de vacaciones. El era

quien acompañaba a los padres en la finca, lo llevó a la casa de Javier, lo presentó a Dorina y a Katherine. Cacha los invitó para que los acompañaran a Cartagena, Santa Marta y a Puerto Colombia, viajar con Cacha era muy agradable, sobre todo porque no dejaba que nadie gastara un peso, él cancelaba todos los gastos, cuando Juan Carlos conoció los principales sitios turísticos de la costa y se bañó en el mar hasta el cansancio, se fue de regreso a Moricuará. En la costa y particularmente en Barranquilla, a los hombres que trabajan como conductores y guardaespaldas de narcotraficantes y mafiosos, los llaman en forma despectiva “lavaperros”, la pinta de estos personajes es muy similar a la de Cacha y Mister T, el cuello lleno de cadenas de oro, con la camisa desabotonada, siempre haciendo alarde de lo que

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tienen. Llamar lavaperros a un personaje de estos, es la peor ofensa que se le puede hacer en la vida. Una noche ya de madrugada Cacha iba manejando su vehículo mazda de regreso a casa, después de haber terminado el servicio. El conductor de otro vehículo se voló un pare y aunque los dos vehículos frenaron fue inevitable la colisión. El mazda resultó afectado en la parte lateral, Cacha se bajó y revisó el dañó que le había ocasionado al carro, se dirigió al conductor que continuaba dentro de su vehículo y que al parecer estaba en estado de embriaguez; le dijo:

paisano, me dañó mi carrito, me lo tiene que mandar a arreglar, el conductor en tono altanero le contestó: suyo o de su patrón, porque usted tiene es cara de lavaperros. Cacha no le contestó nada, miró a lado y lado de las calles que a esas altas horas de la noche estaban totalmente vacías, dió un paso hacia atrás, se llevó la mano derecha a la pretina del pantalón, sacó la pistola con silenciador y sin hacer ruido le propinó tres tiros en la cabeza. Guardó la pistola, se subió al mazda, lo prendió y se alejó del lugar como si no hubiera pasado nada. Después que mandó reparar el mazda, lo llevó a un concesionario de vehículos, lo entregó como parte de pago y compró una camioneta Toyota, cuatro puertas, último modelo estilo burbuja.

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CAPITULO IX

VIOLACION DE DERECHOS HUMANOS

Para Cacha matar gente se había convertido en una diversión, una enfermedad o una obsesión. Una noche que estaba de servicio en la patrulla, junto con los magníficos, pasó por las instalaciones de la SIJIN, vió que los agentes que trabajan en el laboratorio móvil haciendo levantamiento de cadáveres, estaban dentro del vehículo durmiendo, se bajó de la patrulla, con la mano golpeó las latas para despertarlos, bromeando les dijo: a ustedes no les da pena robarle el sueldo al Estado así tan descaradamente, si no tienen trabajo, no más tienen que avisar, cuál es esa falta de confianza para con este humilde servidor. Una hora más tarde el radio operador de la central llamó a los tripulantes del laboratorio móvil para que se trasladaran al sector denominado la zona cachacal y practicaran el levantamiento del cadáver de un indigente. Cacha para ensayar la mira telescópica y el visor nocturno del fusil R15, a una distancia de dos cuadras, disparó contra la humanidad de un desprevenido indigente que a esa hora salía de una olla o sopladero de bazuco.

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Cacha se convirtió en el terror de la delincuencia en la ciudad de Barranquilla. En los procedimientos, prácticamente obligaba a los delincuentes a que se enfrentaran a él para poder darlos de baja legalmente, o al menos para que así pareciera. En una ocasión, la patrulla del grupo de patrimonio pidió que los apoyaran en un procedimiento. Cuando llegó la patrulla de los magníficos, los agentes de patrimonio ya tenían controlada la situación, en el momento que Cacha se bajaba de la patrulla, salía de dentro de una casa un reconocido delincuente, al cual no le cabían más antecedentes en la hoja de vida. El delincuente salió con las manos en alto llevando una escopeta recortada calibre 16 de 5 tiros, cuando Cacha lo reconoció se le fue acercando lentamente con la subametralladora Uzzi en la mano, en voz baja le dijo a los compañeros: esta rata hijueputa hoy se va de vacaciones con San Pedro. En cuestión de segundos le descargó una ráfaga de seis tiros, el delincuente cayó muerto en la entrada de la casa, al caer al piso la escopeta se disparó, por fortuna los perdigones no alcanzaron a ninguno de los agentes que participaban en el operativo, Cacha abordó el vehículo que le servía de patrulla y se alejó del lugar, los compañeros quedaron aterrados, pero justificaron la muerte del delincuente en un procedimiento legal, de lo cual no quedó la

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menor duda. La escopeta estaba disparada y con las huellas del bandido. Un medio día, los magníficos, con la colaboración de un informante, localizaron una casa donde se encontraban escondidos cuatro delincuentes que minutos antes habían atracado una entidad bancaria, llevándose una gruesa suma de dinero. Los atracadores, al verse descubiertos, se enfrentaron a tiros con los magníficos y las demás patrullas que habían llegado de refuerzo, en el cruce de disparos murieron tres delincuentes y se recuperó la totalidad del dinero. La información era que los cuatro delincuentes estaban dentro de la residencia, la cual estaba rodeada de policía por todas partes. Era imposible que el cuarto delincuente se hubiera escapado. La casa tenía un patio grande en medio del cual había sembrado un árbol frondoso de almendros. Cacha estaba bajo el árbol refrescándose del

sofocante sol del medio día, de repente, de lo alto del árbol, cayó una pepa verde de almendro, golpeándole la cabeza, al mirar hacia arriba observó que en lo más alto del árbol, entre las ramas, estaba escondido el cuarto delincuente. Levantó la subametralladora que sostenía en la mano derecha, disparó una ráfaga que impactó el cuerpo del delincuente que cayó muerto al piso cubierto de una cantidad de hojas y ramas que se desprendieron con el peso del cuerpo. Al lado cayó un

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revolver calibre 38 largo, el cual como es tan seguro, no se disparó del golpe. Cacha abrió el carriel y sacó un guante quirúrgico, se lo colocó en la mano derecha, tomó el revolver y lo disparó en varias oportunidades. Dicen que la realidad supera la ficción, en el caso de Cacha este dicho popular encajaba perfecto. Algunas o la mayoría de las acciones de Cacha parecían de película, pero eran de la vida real. Cacha nunca utilizaba el servicio de buses urbanos para movilizarse, siempre lo hacía en la moto, en el vehículo particular o en la patrulla. En los barrios del sur de la ciudad, las pandillas juveniles tenían atemorizados a los conductores de buses. En los paraderos se subían uno o dos pandilleros con armas de fuego, los intimidaban obligándolos a que les entregaran el dinero recaudado. Un día cualquier Cacha estaba en el centro de la ciudad, en

un taller, haciéndole una revisión a la caja de velocidades de la moto. Recordó que había olvidado traer un documento importante que tenía que entregar en una oficina, como en el momento no podía movilizarse en la moto, abordó un bus que pasaba por el frente del taller y que lo dejaba a media cuadra de su residencia. En el bus se ubicó y se sentó en uno de los puestos traseros. En el puesto de delante de donde el se sentó, iba un agente de la policía perteneciente a la sección

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de seguridad bancaria, en medio de las piernas el agente llevaba una carabina M1, sujetándola por el cañón con las dos manos. Por el intenso y sofocante calor se dormía por momentos y volvía a despertar, mientras llegaba a la casa a almorzar. Cuando el bus recorría las polvorientas calles del sur, en una parada que el conductor hizo para dejar y subir pasajeros, se subió un pandillero, desenfundó un revólver y amenazó al conductor para despojarlo del dinero, el bus llevaba el cupo completo, pero no iban pasajeros de pie. El delincuente por el afán, no se dio cuenta de la presencia del policía, éste se dio cuenta cuando Cacha lo despertó tocándole el hombro, el agente volteó a mirar y lo reconoció, Cacha le hizo la seña indicándole con la mano lo que estaba pasando, el policía miró pero no supo como reaccionar, en cuestión de segundos Cacha le sacó la carabina de entre las piernas, con cuidado para no hacer ruido le llevó el tiro del proveedor a la recámara, sin pararse del puesto disparó al delincuente por encima del hombro del policía y de los demás pasajeros. Con una precisión increíble le acertó el proyectil en la cabeza, la masa encefálica, sangre y huesos del cráneo

quedaron pegados en el vidrio parabrisas. El conductor frenó el bus en forma repentina y violenta, el cuerpo del delincuente cayó pesadamente sobre las piernas del asustado conductor. Los pasajeros que iban durmiendo se despertaron por el

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ruido del disparo y la frenada del bus, Cacha le entregó la carabina al aturdido policía que todavía se negaba a creer lo que había pasado, se bajó del autobús y se alejó del lugar. El agente de policía fue felicitado por el Comandante del departamento por su valerosa acción, al haber dado de baja al peligroso delincuente en momentos en que cometía el atraco. Cacha, aunque no estuviera de servicio, siempre estaba disponible para cualquier eventualidad que se le presentara. Era tan de buenas o tan de malas, que siempre se encontraba con cualquier problema en el camino. Una mañana Cacha regresaba en la moto a la casa después de haber prestado turno de 24 horas de servicio. En su recorrido observó que dos delincuentes corrían velozmente después de haber atracado y golpeado salvamente a una indefensa mujer que caminaba apresuradamente para no llegar tarde al trabajo. Los siguió por varias cuadras sin que se dieran cuenta. Cuando los dos delincuentes estaban confiados, sentados en la banca de un parque repartiéndose el mísero botín que le habían robado a la señora – qué le podían quitar a una señora que no cogía bus para ahorrarse el pasaje y comprar el pan para el desayuno de los hijos - , Cacha se acercó y sin bajarse de la moto desenfundó la

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pistola y con una ráfaga de proyectiles los dejó muertos recostados el uno junto al otro. Cacha como compañero y amigo era insuperable, daba hasta la vida si era necesario, así lo demostró cuando él y su patrulla trabajaban en comisión en el grupo de lucha contra la piratería terrestre. Las bandas estaban integradas por guajiros, samarios y vallenatos. En un enfrentamiento con una de esas bandas, fueron dados de baja tres delincuentes, dos más resultaron heridos y fueron llevados por los demás que lograron darse a la fuga. En el enfrentamiento resultó gravemente herido uno de los agentes que participó en el operativo, cuando salió de la clínica y estaba en recuperación en la casa, llegaron tres de los delincuentes sobrevivientes y lo asesinaron a tiros, como los delincuentes estaban plenamente identificados, Cacha, Truman y Mister T emprendieron la más feroz y sangrienta casería humana. En una residencia del sur de la ciudad localizaron a los dos delincuentes que habían resultado heridos y estaban en convalecencia, entraron y los masacraron a tiros en las

camas donde estaban acostados, dos más fueron capturados vivos, los llevaron en la patrulla para un sector llamado puerto mocho, cerca al mar caribe, los torturaron y después los rellenaron de plomo, con una filosa navaja que Cacha

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cargaba en el carriel, les rajaron la barriga y los lanzaron al río para que las aguas los llevaran hasta el mar, donde los esperaban los hambrientos tiburones para devorarlos, al jefe de la banda lo bajaron de un bus en el Puente Pumarejo cuando huía hacia el departamento de la Guajira, lo llevaron a una arenera, Cacha comenzó a torturarlo, quitándole uno a uno los dedos de las manos con la navaja, cuando los agentes del laboratorio móvil practicaron el levantamiento, sólo encontraron el tronco, sin brazos, sin piernas, sin cabeza, Cacha se jactaba diciendo que con la cabeza había jugado un partido de fútbol con los compañeros. Cacha como buen amigo que era, no perdonaba a quienes lo traicionaban o se pasaban de listos, quien lo hiciera pagaba con su vida. –A mí, el que me la hace orinando, me la paga cagando, decía -. Cuando descubrió que uno de los informantes que tenía se había vendido a unos atracadores que lo querían matar, le siguió la corriente, no reclamó ni le dijo nada. Cacha se enteró que el señuelo para matarlo era una cita que el informante le pondría en cierta parte de la ciudad para que se entrevistara con unos personajes que le tenían una información confidencial, concretaron la fecha, la hora y el lugar de la cita. Unas horas antes de la cita, Cacha le dijo al informante que lo acompañara a hacer una diligencia al

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balneario de Puerto Colombia, se fue conduciendo la moto, llevando como parrillero al informante, siguió la vía de la antigua carretera que era poco transitada, cuando iban a mitad de camino, comenzó a simular que la moto no le funcionaba bien el freno delantero, se orilló y le dijo al informante que se bajara y revisara el freno para saber si estaba recalentado o tenía las bandas pegadas, cuando estaba agachado haciendo la revisión, Cacha sacó la pistola

y le propinó tres tiros en la cabeza, lo haló de los pies y lo

dejó entre la maleza para que no lo encontraran tan rápido y

salió a cumplirle la cita a los personajes desconocidos. Cacha llegó una hora antes al lugar acordado, escondió la moto y se ubicó en un lugar estratégico, desde donde podía observar sin que el fuera observado, movilizándose en una

moto de alto cilindraje, llegaron dos reconocidos atracadores

a quienes Cacha y los magníficos andaban buscando para

darlos de baja, cada uno llevaba una mochila guajira donde escondían las armas para atentar contra la vida de Cacha, éste no quiso salir de su escondite, esperó que los bandidos se cansaran de esperar y se fueran, los siguió a prudente distancia, cuando llegaron a un semáforo que estaba en rojo, les llegó por la espalda, sin desacelerar la moto y los sorprendió con una ráfaga de proyectiles, dándoles muerte en

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forma instantánea. Así de esa forma tan sencilla se deshacía de sus enemigos y de quien se quisiera pasar de listo. Los barranquilleros o curramberos, como ellos mismos se autodenominan, son muy apegados a su ciudad, si por ellos fuera, nunca saldrían a vivir a otra parte. Los que por algún motivo están lejos siempre quieren volver a estar en casa la noche de las velitas y demás fiestas decembrinas, lo que no se quieren perder por nada del mundo son los carnavales. En Barranquilla siempre hay un motivo para celebrar y tomar. Se toma de alegría cuando el Junior gana, se toma de decepción

cuando pierde, así no hay para comer y una cama para dormir, lo que importa es que hay plata para el aguardiente o el ron, como lo llaman ellos y un equipo de sonido para escuchar música. Los más pudientes compran o mandan acondicionar un equipo gigantesco al que llaman “picó”, los bafles son tan grandes y escandalosos que con la vibración pueden tumbar una casa, los menos pudientes o menos escandalosos compran un equipo convencional, los más chichipatos compran una grabadora, por la competencia que forman los vecinos por demostrar cuál equipo suena más duro, les ponen el máximo de volumen formando un ruido que no se sabe cuál es el equipo que está sonando. Algunos toman de verdad y se emborrachan, otros compran una botella de ron, se reúnen tres o cuatro a escuchar

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música, pasan toda la noche tomándose unos traguitos tan pequeños que no les alcanza ni para mojarse la lengua, las velitas no se queman el día siete de diciembre en horas de la noche, como lo hacen en el interior del país, las comienzan a prender a las 01.00 horas de la madrugada, amaneciendo ocho de diciembre, la noche de las velitas es una de las

fiestas más representativas de Barranquilla. Cacha por llevarle la contraria a los costeños, el día siete de diciembre a las siete de la noche, sacó cincuenta velas y las colocó en el andén de la casa y comenzó a quemarlas. Los escándalos de los “picós” y los equipos de sonido a alto volumen son en los barrios del sur de la ciudad, los residentes del norte son más prudentes y precavidos, después de fiestas y carnavales empeñan hasta el gato de la casa para tener para la comida y demás gastos, los que hacen buen negocio son los dueños de casas de empeño y compraventas que tienen el dinero disponible para empeñar, comprar o reducir lo que les llegue. Dice un dicho popular y es verdad “el que pega se le olvida, pero al que le pegan no”. Cuatro reconocidos delincuentes, todos barranquilleros, aprovecharon la semana después de carnavales para cometer un atraco a mano armada a una de las casas de empeño, se llevaron los millones en efectivo que estaban disponibles para los préstamos y una cantidad de joyas. Los

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atracadores se movilizaban en dos motos de alto cilindraje. La patrulla de los magníficos estaba cerca al lugar cuando la central de radio pasó el comunicado, se acercaron y comenzaron la persecución de los delincuentes. Los

atracadores que se movilizaban en la moto que iba adelante llevaban la tula con el dinero y las joyas, los otros dos iban en la segunda moto cubriendo la retirada. En la persecución y en el intercambio de disparos, Cacha disparando desde la ventanilla de la patrulla, logró dar de baja a los delincuentes que cubrían la retirada. Como sabían que no llevaban nada de lo robado siguieron la persecución de la otra moto, el delincuente que conducía la moto era un experto motociclista, manejaba en zigzag para que no los impactaran con los disparos que les hacían desde la patrulla, el parrillero que llevaba la tula con el dinero y las joyas la llevaba bien sujetada a la espalda, las manos le quedaban libres, con la izquierda se sostenía para no perder el equilibrio y en la derecha llevaba una subametralladora con la que disparaba contra la patrulla, por el zigzag de la moto, ni Cacha ni el compañero que les iban disparando podrían precisar la puntería, una ráfaga que el parrillero disparó desde la moto impactó una de las llantas delanteras de la patrulla, el conductor perdió el equilibrio y se estrelló contra las rejas de una casa. Del impacto Truman, Mister T y Cacha sufrieron

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algunos golpes de consideración, los delincuentes aprovecharon la confusión del accidente para desaparecer del lugar, después del levantamiento y la identificación de los dos delincuentes muertos, los investigadores lograron la identidad de los bandidos que habían desaparecido con el botín.

En el bajo mundo de la delincuencia los atracadores eran conocidos con los alias de “currambita” y “tribilín”, los cuales al sentirse perseguidos por la policía se fueron de la ciudad, los magníficos por intermedio de un informante que conocía a los delincuentes, obtuvieron la dirección de algunos familiares a donde podían llegar los atracadores cuando regresaran. Un año después currambita y tribilín no resistieron la tentación de regresar a disfrutar de los carnavales y a terminar de gastar el dinero producto del robo a la compraventa. Para evitar ser reconocidos se disfrazaron de marimonda, uno de los disfraces más característicos del carnaval de Barranquilla. El disfraz se compone de un vestido dividido en varias partes, confeccionado con telas coloridas y variadas, pantalón, camisa, chaleco con aplicaciones, corbata y guantes y un capuchón colorido que cubre la cabeza hasta el cuello, en la cual sobresalen los labios gruesos, la nariz larga, las orejas como de elefante, la característica de este disfraz es que quien se lo pone siempre tiene que estar brincando, por eso

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los barranquilleros tienen un dicho que dice “no es tanto el disfraz de marimonda, sino los brincos que hay que dar”. El informante que estaba pendiente de la llegada de los delincuentes, llamó por teléfono a Cacha para informarle que habían llegado, le dio la dirección donde estaban y cómo estaban disfrazados. El día domingo de la gran parada del

carnaval de Barranquilla, en horas del medio día, “currambita” y “tribilín” estaban sentados en la terraza de la casa bajo la sombra de un árbol de matarratón, reunidos con algunos familiares, tomando cerveza Polar bien fría, para pasar el guayabo del whisky que se había tomado el día anterior en el desfile de la batalla de flores. Los disfraces de marimonda que tenían puestos desde el día sábado estaban blancuzcos por la maizena y polvo del carnaval que les habían echado. Cacha para poder entrar a la terraza sin ser reconocido, se colocó una peluca, se pintó y se disfrazó de mujer llevando una muñeca en los brazos. El disfraz lo utilizan para pedirle plata a los borrachos, entran a las cantinas o a las terrazas donde están tomando y le ponen la cantaleta al borracho diciéndole que él es el papá del niño o la niña que llevan en los brazos y les piden para la leche. Cacha de nuevo puso en práctica su astucia y mentalidad criminal, compró una muñeca grande, le acomodó la pistola 9 milímetros por dentro, teniendo en cuenta que no se enredara al disparar.

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Currambita y tribilín eran los únicos que estaban disfrazados de marimonda en la terraza, por lo que no era muy difícil reconocerlos, Cacha se acercó con la recocha característica del disfraz, llevando la muñeca recostada sobre el brazo

izquierdo y la mano derecha por debajo de la muñeca con el dedo en el gatillo de la pistola listo para disparar, cuando se agachó para mostrarles la muñeca, en cuestión de segundos les disparó a cada uno dos tiros en el pecho. Currambita y tribilín inclinaron la cabeza hacia adelante como si estuvieran durmiendo, por el silenciador de la pistola y el escandaloso ruido del picó, los familiares no se dieran cuenta cuando los mataron. Era tan evidente el respeto y el miedo que los delincuentes le tenían a Cacha que uno se atrevió a exigirle la forma en que quería morir. Una banda de atracadores llamada “los alacranes”, que había sido aniquilada casi en su totalidad en enfrentamientos con la policía, en un operativo donde participaron los magníficos, capturaron a dos de los sobrevivientes. Cuando estaban en los calabozos de la SIJIN, uno de los delincuentes llamado “el cagaleche”, mandó llamar a Cacha con el agente control de retenidos, con el pretexto de suministrarle una información. “Cagaleche” le dijo a Cacha que lo quería conocer, que él era el jefe de “los alacranes” y que sabía que lo estaba buscando para matarlo, -soy un

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delincuente, no lo voy a negar, sé que cuando usted y su patrulla me cojan mal parqueado, no me van a perdonar la

vida, ni les voy a suplicar que lo hagan, sólo le pido el favor que cuando lo hagan no me vayan a masacrar como han hecho con mis compañeros, péguenme un solo tiro bien pegado en la cabeza y por favor no me vayan a dejar tirado en el monte para que me devoren los perros y goleros, déjenme donde mi familia me pueda encontrar- Cacha quedó sorprendido, no sabía que contestarle, lo único que se le ocurrió decirle fue que él les daba muerte a los delincuentes cuando se enfrentaban con él en igualdad de condiciones (claro que eso no se lo creía ni él mismo). Cagaleche se fue para la cárcel un tiempo, como siempre no duraba más de tres meses detenido, lo cierto fue que un mes después de haber salido de la cárcel lo encontraron muerto en la avenida circunvalar con un solo tiro en la cabeza. Cacha decía que a los condenados a muerte había que respetarles su última voluntad. La patrulla de los magníficos trabajó en comisión casi en todos los grupos. Cuando bajaba el índice delincuencial en el grupo donde estaban trabajando, el capitán los enviaba al grupo que tuviera más problemas. Es algo que los superiores saben explotar en las cualidades individuales de los subalternos, a ellos no les importa los métodos buenos o

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malos que utilicen para combatir la delincuencia, lo que importa es que la combatan, eso si se tiene claro que si un subalterno la embarra en algún procedimiento, ellos se lavan las manos, en sus informes y descargos se limitan a decir que sus subalternos tenían la suficiente preparación e instrucción para hacer correctamente los procedimientos, si

se excedieron lo hicieron a título propio. El subalterno cuando la embarra tiene que responder individualmente por sus hechos ante la justicia penal militar, la procuraduría y la fiscalía. Hay una cantidad de policías y agentes de estado en las cárceles, pagando largas condenas por haberse excedido en los procedimientos para combatir la delincuencia. El problema surge porque los agentes quieren sobresalir ante los demás compañeros y quedar bien con los superiores, sin medir las consecuencias que sus malos procedimientos pueden traerles en el futuro. Hay otros que aunque hacen los procedimientos fuera de la ley, los hacen bien y nunca son descubiertos, si los descubren tienen la coartada perfecta para evadir responsabilidad y salir libres. Aunque dicen que no hay crimen perfecto, los hay y muchos. También dicen que no hay crimen perfecto sino malos investigadores. En las investigaciones hay de por medio muchos intereses y tráfico

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de influencias, especialmente en los casos de mayor trascendencia y resonancia. Cacha fue uno de los agentes del estado que en su corta carrera como policía más se excedió en los procedimientos, sin tener en cuenta derechos humanos y demás garantías constitucionales que tienen los ciudadanos por más delincuentes que sean, lo hacía en la clandestinidad y amparado en la complicidad y el silencio de los compañeros y superiores. En los organismos de seguridad del Estado, cada uno sabe quien es quien, pero aunque los superiores se nieguen a aceptarlo es como en las cárceles, impera la ley del silencio si se quiere seguir viviendo. Por razón de trabajo, Javier conocía en la policía a los más bravos en todos los grados (porque no son únicamente los agentes los que cometen las violaciones a los derechos humanos), a los que mataban y comían del muerto, pero ninguno que tuviera la sangre fría para proceder que tenía Cacha y después narrar en forma casi cínica lo que hacía con sus víctimas. Mientras existan las instituciones de seguridad del Estado, seguirán existiendo agentes que se toman la justicia por sus propias manos, con o sin el consentimiento de sus superiores, utilizando para ello los más degradantes métodos y procedimientos.

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Cacha le contó a Javier que en su trabajo como paramilitar y después como policía, había tenido que aprender una variedad de métodos de tortura y desaparición de cadáveres para no dejar huella ni rastro alguno. Anteriormente se utilizaban mucho los métodos de tortura para que los delincuentes confesaran los delitos cometidos. Los más comunes eran ponerle una bolsa plástica en la cabeza y quitársela cuando estuviera a punto de asfixiarse. El otro era meterle la cabeza en una caneca o recipiente con agua y cuando estaba a punto de ahogarse lo sacaban. Estos métodos, aparentemente no dejan huella, pero si el delincuente sufre del corazón o de asfixia, puede morir de un infarto o un paro respiratorio. Desde que en Colombia se pusieron de moda los derechos humanos, estos degradantes métodos han dejado de practicarse. Si torturan a un delincuente tienen que desaparecerlo, si los torturadores son denunciados pagan con cárcel el abuso cometido. Anteriormente, si el delincuente confesaba el delito, se enviaba a la cárcel, los jueces eran muy condescendientes con esa clase de procedimientos, los delincuentes no denunciaban, si lo hacían no les creían, era como un círculo vicioso entre las autoridades y los delincuentes.

Los métodos de desaparición son muchos y variados. El más simple, abrir un hueco y enterrar el cadáver, quitar la tapa de

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una alcantarilla y meterlo de cabeza, tirarlo al río con la barriga abierta, para que no salga a la superficie, tirarlo al fondo de un lago atado a un bloque de cemento, para que no salga a flote, incinerarlo colocándole llantas de carro encima, en los campos, incinerándolo dentro de la hornilla de un trapiche, meterlo en una caneca con ácido hasta que se desintegre, quedando convertido en gelatina, el más sorprendente, en complicidad con el sepulturero o el celador

del cementerio, abrir una fosa y enterrarlo, a nadie se le ocurriría ir a buscarlo allí, con la famosa motosierra picar el cadáver y arrojarlo al río. Desde luego que estos métodos no son utilizados únicamente por agentes del Estado, también son utilizados por la guerrilla, los paramilitares, secuestradores y delincuencia común. De repente en la memoria de Javier, la película se suspendió como si hubiera reventado la cinta de un proyector. El vehículo que estaba adelante con los enamorados, comenzó a estremecerse con movimientos de vaivén, la pareja dio rienda suelta a calmar sus apetitos y deseos sexuales, después de haber estado en previo calentamiento por varias horas, comenzaron a hacer el amor, los vidrios estaban completamente empañados, lo que impedía la visibilidad hacia adentro, el arroyo continuaba igual o más

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caudaloso que cuando llegaron, la lluvia continuaba cayendo sin cesar, Javier miró por el espejo retrovisor, el señor que estaba dentro del vehículo viejo, continuaba durmiendo con la boca abierta, cual si estuviera cazando moscas. Como el subconsciente es traicionero, mientras el carro estuvo en movimiento Javier no se pudo concentrar, sólo había que darle rienda suelta a la imaginación para suponer lo que estaba sucediendo adentro. Después de un rato, cuando el carro parecía desarmarse con el máximo movimiento, repentinamente quedó quieto, lo único que se movía era el agua lluvia que como culebrillas, se deslizaba por encima de las latas y los vidrios del carro.

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CAPITULO X

EL TRAGO QUE REBOSO LA COPA

Cacha, Truman y Mister T, pasaron del cinismo al descaro, no les importaba levantar a los delincuentes a plena luz del día, les daba igual que los vieran o no, los delincuentes aparecían muertos en cualquier lugar de las afueras de la ciudad o simplemente desaparecían sin que nadie se atreviera a denunciarlos. El trago que rebosó la copa llegó un día domingo, cuando la selección Colombia de fútbol jugaba un partido mundialista. De un estadero del centro de la ciudad se llevaron cuatro sujetos que presuntamente habían participado en el atraco a la residencia de un reconocido artista, esa misma tarde los cuatro sujetos aparecieron muertos a tiros y con signos de tortura en sus cuerpos, en un basurero de la vía cuarenta, cerca de la entrada del barrio Las Flores y Bocas de Ceniza. Al día siguiente amaneció un escándalo monumental por los periódicos El Heraldo y La Libertad, uno de los muertos era estudiante universitario, los familiares salieron a defender su honor a capa y espada, fue noticia nacional de prensa, radio y televisión por varios días.

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Dentro de la investigación apareció un testigo que narró con pelos y señales los hechos ocurridos ante la fiscalía. El testigo hacía parte de la presunta banda de atracadores, se salvó porque estaba al frente, en otro estadero, mirando el partido, desde donde se dio cuenta cuando los hombres que se movilizaban en una camioneta marca Chevrolet Luv, de color negro, embarcaron a sus amigos y se alejaron con rumbo desconocido. El testigo afirmó que entre los hombres que se habían llevado a sus compañeros había reconocido a un agente de la policía, hermano del artista, a quien supuestamente le habían cometido el atraco. Al artista, al que días antes de sucedidos los hechos de la muerte de los cuatro sujetos, le habían atracado la residencia, llevándose dinero en efectivo y joyas, electrodomésticos y unos congos de oro, ganados en el festival de orquestas del carnaval de Barranquilla, era el famoso artista cartagenero Joe Arroyo, él tenía un hermano de nombre Jorge Arroyo, que trabajaba en la policía, también había trabajado en la SIJIN, pero en el momento de los hechos laboraba en otras dependencias de la policía.

Una patrulla del grupo de patrimonio que investigó el caso, en allanamientos realizados a las residencias de los sujetos sindicados, encontró y recuperó algunos de los objetos robados en la casa del artista, ellos fueron los que

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identificaron a los atracadores. Después de identificarlos fue que la patrulla de los magníficos se encargó de ubicarlos. Como desde la misma noche de la muerte de los cuatro presuntos atracadores se comenzó a hablar de la camioneta negra, cada uno de los participantes comenzó a mover sus fichas para evadir la responsabilidad. Cacha y sus compañeros llevaron esa misma noche la camioneta al parqueadero de automotores de los Alpes, donde guardaban los vehículos cuando ya no servían para el servicio, convencieron al agente Leoncio, quien estaba de servicio en el parqueadero, para que enmendara el libro de minuta de entrada y salida de vehículos, haciendo una anotación donde constara que la camioneta había entrada al parqueadero en el turno anterior, cuando él estaba de servicio. La investigación siguió su turno en la fiscalía, en el juzgado penal militar y la procuraduría. El agente Jorge Arroyo negó hasta la saciedad, en todas las dependencias que lo investigaban, que él había estado en el lugar de los hechos, alegando que lo estaban confundiendo con un agente que era físicamente parecido a él. En los corrillos y comentarios que nunca faltan en la policía se decía que el testigo había confundido a Jorge Arroyo con el agente Mister T, quien era físicamente parecido al agente.

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Cuando culminó la investigación, el agente Jorge Arroyo fue destituido de la policía y condenado a varios años de prisión.

Unos días antes, cuando el testigo que estaba bajo protección de la fiscalía iba a hacer un reconocimiento en fila de personas, desapareció…. o lo desaparecieron. Cuando la fiscalía hizo la inspección ocular a los libros del parqueadero, encontró la enmendadura que el agente Leoncio había hecho en el libro, por ese motivo fue retirado de la policía y condenado a dos años de cárcel. Cacha, Truman y Mister T, fueron vinculados a la investigación, pero nunca se les pudo comprobar nada. Como el artista siempre consideró que su hermano era inocente, le compuso una canción titulada “Inocente”. Sólo Dios y la conciencia del agente saben si en realidad participó o no en los hechos por los que fue condenado, o como se dice vulgarmente le tocó pagar ganso. Días después de la muerte de los cuatro supuestos atracadores, el capitán jefe de la SIJIN tomó la determinación de desintegrar la patrulla de los magníficos. Cacha, Truman y Mister T fueron integrados en grupos diferentes. Para esa època, el coronel Montealegre terminó sus dos años como comandante del departamento de policía Atlántico y fue trasladado a la ciudad de Bogotá a ocupar un alto cargo en el

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grupo de lucha antinarcóticos, que trabajan en coordinación con los agentes de la DEA. El coronel Montealegre le dijo a Cacha que se fuera a trabajar con él en el grupo de antinarcóticos a Bogotá, Cacha le contestó que quería seguir viviendo y trabajando en Barranquilla. Cacha trabajó unos meses más en la policía y pidió el retiro en forma voluntaria. Los socios que tenía lo convencieron para que montara su propia oficina de cobro de cuentas. La casa de Cacha se convirtió en oficina, rodeada de lujosos vehículos, donde se movilizaban sus compinches, trajo a vivir a varios sicarios para que cuidaran la casa, poco a poco fue perdiendo el apoyo de los ex-compañeros de la policía, no podía andar con el fusil R15 en el carro porque lo requisaban. Para evitar problemas futuros, Javier le contó a Dorina la verdad sobre las actividades de Cacha. Un día, cuando fue a

invitar a Katherine a comer helado, no la dejó ir, por ese motivo Cacha se resintió y no volvió a la casa. Tomaron la determinación de no dejar salir a Katherine para evitar que de pronto fuera víctima de algún atentado por andar con él. Para esa época comenzó la extradición de narcos a los Estados Unidos, después de la muerte de Cacha se comentó que los mismos narcos con quieres trabajaba fueron quienes lo habían mandado asesinar. Creían que les estaba jugando

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doble, trabajando para ellos y al mismo tiempo, suministrándole información al coronel Montealegre, quien estaba en la oficina de antinarcóticos en Bogotá Todo quedó en simples comentarios, la investigación por la muerte de Cacha, por jurisdicción, le correspondió a la policía de Santamarta, donde ocurrieron los hechos. La mañana del día que lo asesinaron, Cacha recibió una llamada de la ciudad de Santamarta, al parecer la persona que lo llamó era conocido, la empleada manifestó que después que recibió la llamada, éste le había dicho que tenía que ir hasta Santamarta a una cita de negocios, que no se demoraba porque tenía que hacer otras diligencias en horas de la tarde. Cacha sacó la camioneta toyota burbuja y se fue confiado, cumplió la cita en Santamarta y cuando venía de regreso a Barranquilla, después de pasar un peaje, unos amigos que estaban dentro de un vehículo que estaba orillado en la

carretera, le hicieron la señal para que se detuviera, Cacha orilló la camioneta cerca al carro de los amigos o conocidos, se bajó con toda la confianza que les tenía, se le olvidó sacar la pistola que guardaba encima de un cojín, antes que se acercara a los amigos, uno de ellos desenfundó una pistola 9 milímetros y le descargó el proveedor de 15 tiros, causándole la muerte en forma instantánea. Quienes lo estaban esperando para asesinarlo tenían que ser muy conocidos,

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Cacha era muy desconfiado, no dejaba la pistola ni para ir al baño, de todas maneras, aunque la hubiera llevado, no hubiera podido hacer nada para defenderse por el factor sorpresa. Los compañeros de patrulla de Cacha, Truman y Mister T tampoco tuvieron un final felìz, aunque ambos siguieron trabajando en la SIJIN, cada uno tuvo una muerte trágica y en diferentes circunstancias. Truman murió de una ráfaga de disparos, cuando estaba efectuando un procedimiento y accidentalmente se le disparó la subametralladora a un compañero de servicio. A Mister T, como era muy enamorado, los enemigos lo sorprendieron haciendo el amor dentro de su carro particular con una joven mujer, en una calle oscura de la ciudad, lo masacraron a tiros junto con la

mujer, le quitaron el revólver y todas las cadenas de oro que tenía en el cuello, le rociaron gasolina al carro y le prendieron fuego. Cuando el aguacero terminó y el arroyó quedó en condiciones para que los vehículos pudieran pasar, los conductores comenzaron a pitar para despertar a los que estaban durmiendo, el conductor del carro viejo que estaba haciendo fila detrás del vehículo de Javier se despertó, cerró la boca y prendió el carro. En varias oportunidades Javier tocó el pito para despertar a los enamorados que dormían

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plácidamente en el carro que estaba delante de él, fue tan fuerte y relajante el haber hecho el amor, que no se despertaron con el sonido de los pitos, Javier bajó y les golpeó con la mano fuertemente el baúl del carro, entonces si se despertó asustado el conductor, prendió el vehículo y arrancó. Como la funeraria estaba cerca, Javier llegó en unos pocos minutos, cuadró la iguana, como le decía Cacha al carro, en el parqueadero de la funeraria y entró. La única sala de velación que estaba ocupada, de seis que habían, era en la que estaba el lujoso ataúd con los restos mortales de Cacha, encima del cajón que le habían comprado los compañeros de andanzas, tal vez los mismos que lo habían asesinado, reposaba una hermosa corona de rosas rojas. Los únicos acompañantes eran cuatro candelabros, donde flameaba la llama de la vida eterna, sobre cuatro cirios, tan pálidos como la misma muerte, estaba solo, sin nadie que rezara un padrenuestro o un responso por el perdón de sus pecados y el descanso de su alma. Era irónico, Cacha, que a tantas personas les había quitado la vida, esa noche no había ni un muerto que le hiciera compañía. El encargado de la funeraria no se dio cuenta cuando Javier

entró, dormía plácidamente recostado en la silla de la oficina, se acercó al ataúd, a través del vidrio lo observó, tenía

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aspecto de asombro en su rostro, tal vez el asombro de verse sorprendido por quienes creyó eran sus amigos, quedó reflejado en su rostro a la hora de morir. Estaba maquillado con un polvillo barato color piel, que le ocultaba la palidez de la muerte, lo único que le sobresalía era la pequeña cicatriz que tenía en la mejilla derecha, lo habían vestido con un jeans y una de sus famosas camisas vaqueras a cuadros. Con dolor y tristeza Javier le dijo: Cacha, que Dios te perdone los muchos pecados que cometiste, no rezo porque nunca fue bueno para eso. Después de acompañarlo una media hora, salió de la funeraria, el encargado seguía durmiendo; cuando trató de encender el vehículo, no encendió, insistió varias veces, pero no respondió, tal vez con el agua lluvia se había mojado el motor de arranque. Como el vehículo era automático no se podía prender empujado, ni tampoco a esa hora había quien lo ayudara a empujar, resignado, Javier se quedó dentro del vehículo tratando de conciliar el sueño, pero fue imposible. Los recuerdos de Cacha seguían acosando su memoria, eran las 12 de la noche, la película siguió rodando, Javier recordó otra tarde que a la sombra del palo que refrescaba el patio de su casa, Cacha comenzó a contarle la historia de su vida. Javier comenzó preguntándole: Cacha, es verdad como comentan

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los compañeros, que usted antes de ingresar a la policía fue autodefensa y paramilitar? -Mire paisano, le dijo, ya que usted está muy interesado, le voy a contar la historia de mi vida, pero prepárese porque es larga y tormentosa, vamos a hacer un recorrido por verdaderos senderos de violencia.

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CAPITULO XI

INFANCIA

En una casa de campo de Moricuara, uno de los tantos pueblos olvidados del centro de Colombia, en el hogar campesino conformado por don Rufino Aldanes y la señora Egoberta Simanca, nació un niño a quien un año más tarde bautizaron con el nombre de Egoberto Aldanés Simanca. Le colocaron el nombre como homenaje a la mamá que siempre quiso tener una hija para que llevara su nombre. Desafortunadamente Dios nunca se la quiso dar, el parto como en todos los hogares campesinos, fue atendido por una partera comadrona de nombre Teodolinda. En estos parajes olvidados no se conseguía un puesto de salud, el hospital quedaba en Moricuara, a más de 10 kilómetros de distancia, aunque hubiera estado más cerca, de todas formas la costumbre de los campesinos, era atender los partos en la casa, no había entidades gubernamentales que les prestaran una orientación en salud, ni nada parecido. Allí únicamente se hablaba de gobierno cuando se acercaban las elecciones, entonces sí aparecían los que se hacían

llamar caudillos políticos, a engañar a los incautos e ingenuos campesinos, que por las necesidades que pasaban les creían

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los cuentos y discursos politiqueros que les echaban, prometiéndoles la construcción de carreteras a todas las veredas y muchas promesas más, que como de costumbre, nunca las cumplían.

Después de las elecciones, los políticos desaparecían como por encanto o arte de magia, de todo lo que habían prometido

a los campesinos, escasamente les daban un plato de carne

a la llanera y una cerveza.

En esas regiones olvidadas por el gobierno y azotadas desde hacía muchos años por la violencia política, sólo existían dos partidos políticos, liberales y conservadores, los campesinos decían ser liberales o conservadores por un trapo rojo o azul, que se colgaban alrededor del cuello, pero de ideologías políticas no sabían nada, sin embargo, por defender sus colores luchaban y se hacían matar. El odio partidista malsano que despertaban en los campesinos los caudillos políticos, causó mucho daño, dolor

y muerte en los campos y ciudades del centro de Colombia.

Don Rufino decía ser liberal o cachiporro, como les decían los conservadores, y como tal, se hacía matar por cualquier godo

por defender su color rojo. Don Rufino era un hombre alto, de unos 50 años de edad, de

piel morena, curtido por las labores de campo, con su porte infundía respeto entre los demás campesino de la región.

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Vivía desde hacía muchos años con la señora Egoberta y sus cuatro hijos, en una casa de adobe y teja de barro cocido, que él mismo había construido en una pequeña finca o parcela que había comprado a un terrateniente que había decidido parcelar una finca grande para venderla a los campesinos más pobres. Al terrateniente tal vez Dios le conmovió el corazón cuando estaba cerca de la muerte, la costumbre de ellos era acumular tierra y riquezas para dejarla a sus descendientes. La familia Aldanes Simanca se dedicaba a las labores de campo, el clima de Moricuara era muy agradable, ni frío ni caliente, un término medio, cultivaban café, plátano, yuca, maíz y árboles frutales, criaban ganado y animales domésticos. En la casa había una pequeña tienda con canchas de tejo, donde los fines de semana se reunían los campesinos a jugar y a tomar cerveza y aguardiente tapetusa. Don Rufino no jugaba tejo ni ninguna otra clase de juegos, se dedicaba a tomar cerveza y aguardiente con los jugadores. Cuando se embriagaba comenzaba a gritar vivas al partido liberal y abajo al partido conservador, era muy ofensivo y peleaba con todo el que le llevara la contraria, hasta con los copartidarios, tenía una pistola calibre 22, como la munición

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era barata se daba el lujo de gastar cajas completas haciendo tiros al aire. En una ocasión, cuando doña Egoberta estaba en estado de embarazo esperando a Egoberto, se presentó una pelea entre don Rufino y unos campesinos con los que estaba tomando, cuando doña Egoberta trató de intervenir para evitar la pelea, don Rufino le pegó un empellón mandándola varios metros contra una pared, del golpe tan fuerte que recibió le dieron dolores en el vientre y una hemorragia que la tuvieron con síntomas de aborto; por fortuna la partera sabía

bien su oficio, le sobó y le fajó la barriga evitando el aborto. El problema se complicó porque con la cantidad de disparos que esa noche hizo don Rufino, el feto se asustó y quería salir antes de tiempo; debido a todas esas complicaciones, después del parto, doña Egoberta sufrió un descenso en la matriz y otras complicaciones que la inhabilitaron para tener más hijos. Por los problemas que se presentaban cada vez que don Rufino se embriagaba, doña Egoberta tomó la determinación de cerrar la tienda y las canchas de tejo. Egoberto Aldanés era el menor o el “cuba”, como le decían por ser el menor de tres hermanos mayores que había en el matrimonio, Rufino Junior, el mayor, Santiago, el segundo y Juan Carlos, el tercero. Egoberto iba creciendo al lado de sus padres y hermanos, aprendiendo las labores del campo y el

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cuidado del ganado; nunca se enfermó de nada grave, era más inquieto y rebelde que los demás hermanos; sus travesuras de niño eran fuera de lo normal; andaba con un filoso machete colgado a la cintura, descuartizando sapos,

ratones y lagartos para jugar con los pedazos y la sangre, en una ocasión que lo dejaron solo en la casa, cogió un gato y le amputó vivo una de las extremidades, cuando don Rufino se enteró le pegó una cueriza con el rejo de enlazar el ganado, esto en vez de aquietarlo lo tornó más rebelde y agresivo. Desde cuando doña Egoberta cerró la tienda y las canchas de tejo, don Rufino bajaba un domingo cada mes a Moricuara

a hacer algunas compras para la finca, al menos esa era la

disculpa, porque lo que en verdad iba era a tomar cerveza con los amigos y copartidarios, como les decía a los que como él decían ser liberales. El mercado y las demás compras para la casa las hacía doña

Egoberta los días domingos, cuando bajaba al pueblo a vender los productos de la finca, con excepción del café, que el único que lo vendía era don Rufino. Doña Egoberta hacía

el mercado, iba a misa y se regresaba para la finca.

Don Rufino andaba a caballo, siempre llevaba la pistola en la pretina del pantalón y un trapo rojo alrededor del cuello; los hijos no lo acompañaban porque se cansaban esperándolo hasta que terminara de tomar. La pistola la daba a guardar a

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don Ambrosio, el dueño de la tienda donde acostumbraba tomar, regresaba a la casa cuando ya no tenía un peso del café que había vendido para seguir tomando; por el camino lo cogía la noche, el caballo lo tumbaba, llegaba a la casa revolcado y embarrado. En ese tiempo no habían construído carreteras a las veredas, los caminos eran de herradura y trocha, llegaba borracho a pelear con doña Egoberta, le decía que ella era la culpable de lo que le estaba pasando por haber cerrado la tienda, ella le servía la comida y lo dejaba hablando solo, hasta que se quedaba dormido. La única comida que consumía don Rufino cuando estaba tomando, era una caja de sardinas y galletas saltinas Noel, que compraban y consumían los que estaban tomando. Cuando se emborrachaba amenazaba con que se iba a pegar un tiro, decía que estaba aburrido con la vida, doña Egoberta, que nunca le contestaba cuando estaba borrado, una noche que llegó con las amenazas de suicidio, le dijo: usted ya me tiene cansada, siempre con el mismo cuento, mátese si quiere y no joda más. Don Rufino sacó su pistola, se la llevó a la cabeza y se disparó; por fortuna el tiro estaba pasado y el proyectil quedó en la mitad del cañón atascado. Al día siguiente duró varias horas tratando de sacar el proyectil, empujando con una varilla.

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En una ocasión que, como de costumbre, don Rufino bajó un día domingo al pueblo y se embriagó, cuando lo hacía era muy ofensivo, salió de pelea con unos adversarios polìticos; en la riña fue agredido físicamente, no fue mucho lo que pudo hacer para defenderse por la desigualdad de fuerza y la borrachera en que estaba, le golpearon la cara y lo patearon cuando cayó en el piso. Cuando estaba en sano juicio o había igualdad de fuerzas, era una fiera para pelear. Una noche, cuando existía la tienda y las canchas de tejo, salió de pelea con un campesino de la misma contextura física que él, con quien estaba tomando. Se transaron en una pelea a mano limpia, lucharon y se revolcaron en el piso por más de dos horas sin soltarse el uno del otro, parecían dos tigres, se soltaron cuando el cansancio los venció, se pararon, siguieron tomando, siendo buenos amigos.

Cuando don Rufino le pidió la pistola que le había dado a guardar a don Ambrosio, éste se negó a entregársela para evitar que hiciera o matara a alguno de los contrincantes que lo había agredido, por este motivo, salió de discusión con don Ambrosio, quien tomó la decisión de no volverle a guardar la pistola. Don Rufino era desde joven de temperamento fuerte y rebelde, decía que primero se hacía matar que dejarse

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humillar de terratenientes y godos hijueputas, - conmigo no van a hacer lo que hicieron con mi abuelo y con mi padre – El abuelo vivía con su familia como arrendatario en una parcela y trabajaba como peón en una hacienda de propiedad de un coronel del ejército libertador de apellido Reyes, quien peleaba junto con el general Simón Bolívar por la independencia de América. Cuando el coronel Reyes terminaba las batallas y quería

regresar a la hacienda, donde lo esperaban la esposa y sus hijos, el abuelo de don Rufino “entonces joven”, tenía la tarea de llevarle un caballo ensillado para que regresara. En una travesía de más de 50 kilómetros por trocha y caminos reales, no podía montar en el caballo, tenía que llevarlo de cabestro o arriarlo a lo largo del camino, si por alguna circunstancia montaba y el coronel lo descubría, por el sudor o por el pelo que quedaba pegado en la silla, lo castigaba con el látigo de azotar el caballo, lo hacía tender en el piso, se montaba en el caballo y lo hacía pasar en varias oportunidades por encima para que lo pisoteara. Después de muchos años, cuando el coronel y el abuelo de don Rufino murieron, los hijos del coronel siguieron humillando y maltratando al papá de don Rufino, quien por necesidad seguía viviendo, junto con su familia, en los predios de la familia Reyes, donde él nació. Los

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descendientes del coronel decían ser conservadores, los trabajadores y arrendatarios, así no supieran que era ser conservador, tenían que decir que lo eran para poder seguir trabajando y viviendo en las parcelas de la hacienda. Los bisnietos del coronel Reyes, en la época de la violencia polìtica entre liberales y conservadores, andaban metiéndose dentro de las cantinas con todo y caballo, a los que protestaban y decían ser liberales, los azotaban sin bajarse del caballo con un látigo de cuero al que llamaban perrero y que tenía unos dos metros de largo. Don Rufino, cuando tenía 18 años de edad, por rebeldía y llevarle la contraria a los Reyes, aunque no sabía lo que significaba ser liberal, decía que lo era. Una tarde que estaba tomando en una cantina, llegó uno de los descendientes del coronel a tratar de azotarlo con el látigo, don Rufino logró coger el látigo por la punta, lo haló con fuerza hasta tumbar al jinete, cuando estaba en el suelo, con el mismo látigo le pegó varios azotes. Desde ese día, a don Rufino le tocó irse del pueblo por varios años, para evitar represalias de los Reyes, pero se llevó el orgullo de haber azotado a uno de los descendientes del coronel Reyes, algo que no había hecho nadie antes y vivir para contarlo.

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Antiguamente, los pobres y sus familias, se tenían que someter a humillaciones y malos tratos por los terratenientes, que eran los únicos dueños de las tierras. Cuando Egoberto Aldanés tenía unos diez años de edad, como don Ambrosio no le guardaba la pistola, don Rufino lo llevaba a Moricuara, para que dentro de una mochila de fique se la guardara, mientras él tomaba con los amigos, Egoberto se ubicaba cerca de la cantina, entraba, tomaba gaseosa o golosinas, cuando la policía entraba a requisar se alejaba. Esta estrategia le sirvió a don Rufino hasta que un día domingo, mientras tomaba con los amigos, Egoberto se alejó hacia un parque donde jugaban unos niños del pueblo. Cuando Egoberto, con su vestido de niño campesino, (pantalones cortos, camisa de dril, sombrero, ruana y alpargatas) se acercó a verlos jugar. Estos comenzaron a burlarse de él, diciéndole Campeche y otras frases que lo ofendieron, Egoberto reaccionó contestándoles con una cantidad de vulgaridades, de un buen repertorio que sabía, los niños trataron de agredirlo físicamente, de inmediato y sin pensarlo dos veces, sacó la pistola de la mochila, le quitó el seguro y les hizo varios disparos, por fortuna no hirió a ninguno. Egoberto desde niño aprendió a manejar las armas,

en su casa nunca faltaron la escopeta, el revólver o la pistola, los niños salieron asustados a darle la querella a los padres.

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Cuando regresaron al parque con la policía, Egoberto estaba lejos del pueblo. Desde ese día Egoberto duró mucho tiempo sin regresar al pueblo. Egoberto estudió hasta quinto año de primaria en la escuela rural de la vereda de Coralina, donde nació y creció. Por su comportamiento agresivo con los demás compañeros, tuvo muchos problemas en la escuela, en varias oportunidades estuvo a punto de estrangular a algunos cuando salía de pelea con ellos, los compañeros de clase le tenían más miedo que respeto.

Cuando la profesora Gladis Romero le daba las querellas a don Rufino por el mal comportamiento, éste lo castigaba azotándolo con el rejo de enlazar ganado, el castigo en vez de corregirlo, lo volvía más agresivo y violento, la profesora no lo castigaba pegándole con una vara de rosa, como lo hacía con los otros niños, desde el día en que por una pequeña falta que cometió fue castigado, Egoberto le quitó la vara de las manos y la rompió, esa acción le valió la suspensión de tres días de clase, pero nunca más trató de pegarle. En esa época, profesores y profesoras eran muy arbitrarios para castigar a los niños, les pegaban con la vara de rosa, con la regla, los arrodillaban encima de granos de maíz, los dejaban parados en un rincón del salón con dos ladrillos en

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las manos y otros castigos más que se inventaron y aplicaban con la complicidad de los padres de familia, que nunca protestaban por más severos e inhumanos que fueran los castigos. El último y más grave problema que se le presentó a Egoberto en la escuela fue cuando estaba cursando y terminando el quinto año de primaria. Egoberto estaba en plena etapa de la adolescencia, tenía 14 años, pero aparentaba tener 18 años, el duro trabajo del campo, que alternaba con el estudio, lo había hecho desarrollar

rápidamente, era alto y delgado, de piel trigueña, cabellos y ojos negros, la cara la tenía llena de lanas por la barba que le empezaba a salir, su desarrollo rápido también se debía a cuestiones genéticas, ya que don Rufino también era bastante corpulento. La profesora Gladis, algunas veces llevaba a un hermano de nombre Julián Romero para que la acompañara, la profesora vivía en el pueblo, pero durante los días de clase se quedaba a dormir en la escuela, ya que le quedaba muy lejos para todos los días subir en las horas de la mañana y regresarse en la tarde, los días viernes, después de terminar la clase, se iba para el pueblo y regresaba el día lunes en la mañana. La profesora en la escuela vivía bien, lo único que tenía era que cocinar, los padres de familia, todos los días, le enviaba

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con los alumnos, productos agrícolas, huevos y leche para su alimentación. Julián era un joven de unos 20 años de edad, algo, delgado, de piel blanca, cabello rubio, largo a la moda de la época, facciones finas y delicadas, parecía una niña bonita, era más simpático y atractivo que la profesora Gladys, quien no era físicamente bonita, estaba pasada de años y de kilos y solterona, como casi todas las profesoras. La profesora acostumbraba a hacer un paseo de integración todos los fines del año lectivo, donde participaban niños y

niñas de la escuela y Julián que ese año los acompañó. El paseo era a un río de poco caudal y aguas claras, que pasaba cerca de la vereda de Coralina; los niños y niñas llevaban los ingredientes y las ollas para hacer el almuerzo, los jóvenes conseguían la leña para el fogón y las niñas cocinaban; el pozo escogido para bañarse no era profundo, para evitar que los niños pequeños corrieran peligro, la profesora nombraba a los alumnos mayores para que vigilaran a los niños pequeños mientras se bañaban. Julián también colaboraba con la seguridad de los niños, como Egoberto era de los mayores, fue nombrado para esa labor. La profesora entró al río para bañarse y estar pendiente de los niños, cuando terminó la jornada dedicada a los menores, Julián, Egoberto y los demás que estaban

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prestando seguridad, entraron al río a bañarse, Egoberto se ubicó dentro del pozo, un poco retirado de los demás compañeros, por su modo de ser, le gustaba estar retirado de los demás, aunque con Julián no tenían confianza, él se le acercó en forma amistosa para hacerle conversación, le dijo que tenía un cuerpo muy bonito, le preguntó el por qué era

tan tímido, Egoberto se quedó callado, se sonrojó, pero no le contestó nada, de repente Julián, por debajo del agua, le mandó la mano, cogiéndole las partes nobles, al tiempo le decía palabras de halago e insinuaciones homosexuales, Egoberto reaccionó asustado, en sus 14 años de vida, nunca le habían hecho esa clase de propuestas, ni nadie le había tocada su partes nobles y mucho menos otro hombre. En varias oportunidades había escuchado a sus hermanos mayores hablar de mujeres y de sexo, pero todavía no había tenido ninguna relación, ni experiencia sexual con ninguna mujer, no sabía que hubiera hombres que le gustaran los otros hombres, aunque repetía con frecuencia la palabra marica, no sabía su verdadero significado. En ese tiempo el diálogo sobre sexo era vetado para casi todas las personas, especialmente para los niños, cuando le pasó el susto Egoberto agarró a Julián con las dos manos por el cuello, apretándolo con furia, lo hundía una y otra vez dentro del agua, cuando los compañeros de baño se dieron

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cuenta del problema, se acercaron para quitárselo, Egoberto no lo soltaba, parecía una fiera cuando agarra su presa y no la quiere soltar, después de varios minutos lo lograron dominar y quitárselo de entre las manos, que más que manos parecían garras, en el cuello de Julián quedaron los rasguños y moretones de la presión que le hacía para estrangularlo. El agua pura y cristalina del río se alcanzó a teñir de rojo, de la sangre que brotó de las heridas que con

las uñas le causó, si no es por la oportuna intervención de los compañeros, Julián hubiera muerto estrangulado o ahogado. Mientras los compañeros sacaban a Julián de las aguas del río, Egoberto se colocó la ropa y se fue para la casa sin almorzar y sin esperar a darle explicaciones a la profesora sobre lo que había pasado. Después del paseo, la profesora no hizo ningún comentario, ni tomó ninguna medida disciplinaria contra Egoberto, ella sabía de la homosexualidad de su hermano Julián y que le gustaba acosar sexualmente a los jóvenes. El año lectivo terminó, Egoberto culminó con éxito su quinto año de primaria, aunque quisiera, no podía seguir estudiando, los colegios de bachillerato quedaban en Moricuara y don Rufino no tenía dinero o mejor, no quería seguir costeándole los estudios, para él era más provechoso que se quedara ayudándole con el ganado y la finca.

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CAPITULO XII

RELACION CON EL CAPITAN MONTEALEGRE

Después de terminar de estudiar el quinto año de primaria y ante la imposibilidad de seguir estudiando, Egoberto

continuó, junto con los hermanos mayores, ayudando a sus padres en las labores de la finca, cogiendo café, sembrando y cosechando los demás productos agrícolas, lidiando y cuidando el ganado que, para entonces, había crecido el número de reses; como la finca de don Rufino era pequeña y el pasto no alcanzaba para alimentar el ganado, compraba el pasto por mensualidades en las fincas o parcelas de los vecinos que no tenían ganado. Don Rufino, como de costumbre, seguía bajando al pueblo un domingo de cada mes a desahogar sus penas tomando cerveza con los amigos. Egoberto muy poco le gustaba ir al pueblo, prefería quedarse en la finca cuidando el ganado, haciendo las labores de la casa, los demás hermanos si iban al pueblo, pero preferían hacerlo los domingos cuando don Rufino no bajaba, para evitar problemas con él. En varias oportunidades cuando lo acompañaban a tomar cerveza, salían discutiendo y trataba de agredirlos con el rejo del perrero o bordón de guayacán

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que cargaba para arrear el caballo y espantar los perros, cuando le reprochaban por ser ofensivo con los campesinos con quienes estaba tomando. Aunque el guayacán o perrero era una verdadera arma contundente, la policía no lo decomisaba en las requisas que hacían, únicamente decomisaban armas de fuego, cuchillos y machetes. Cuando dos de los hermanos mayores de Egoberto, Rufino

Junior y Santiago crecieron, se dieron cuenta que la finca era muy pequeña para todos y no había el progreso que esperaban, se fueron de la casa, se emplearon en haciendas de la región a trabajar en lo que sabían hacer, cuidar ganado y labores agrícolas. También se fueron cansando de soportar el mal trato verbal y físico que don Rufino tenía para con ellos, doña Egoberta era muy noble y comprensiva con sus hijos, nunca los trataba mal, pero tampoco podía hacer nada para impedir que don Rufino los castigara, cuando lo hacía la emprendía con ella, agrediéndola verbalmente y en ocasiones castigándola físicamente. Don Rufino se abstenía de agredirla físicamente desde un día domingo por la noche, cuando llegó borracho y sin ninguna causa ni razón, la azotó con el rejo del perrero. Esa noche hubo un gran conflicto familiar, los hijos ya grandes, intervinieron para evitar que le siguiera pegando,

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aunque no lo agredieron físicamente, le quitaron el perrero y lo echaron al fogón de la cocina para que se quemara; nunca más intentó pegarle, pero se desquitaba agrediéndole verbalmente con vulgaridades, a lo cual ella hacía oídos sordos, de todas maneras, ya el daño estaba hecho, en varias oportunidades le había pegado cuando los hijos estaban pequeños y no podían hacer nada para defenderla. Cuando los dos hermanos mayores se fueron, en la casa quedaron doña Egoberta, que como desafortunadamente no había tenido hijas, le correspondía hacer todos los oficios domésticos, Juan Carlos, el hermano mayor de Egoberto, que todavía no cumplía los 18 años y don Rufino, entre todos siguieron con las labores de la finca. Todos los hermanos Aldanés, desde niños, por obligación, les correspondió aprender a hacer las labores domésticas como cocinar, lavar, planchar, barrer, organizar la casa ordeñar las vacas, para ayudar a la señora Egoberta, cuando se enfermaba o tenía que bajar al pueblo. Santiago Aldanés, después de un tiempo de trabajar en la hacienda, se fue con un amigo para el puerto petrolero de Barrancabermeja, allí consiguió empleo como obrero raso. Egoberto creció en un ambiente hostil y agresivo por el carácter fuerte y dominante de don Rufino, aunque en su niñez no pasó hambre, porque en la casa nunca faltó la

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comida, el vestuario si era escaso, don Rufino únicamente le compraba una muda de ropa al año , para el mes de diciembre, las alpargatas de caucho de llanta y tela de lona, que era con lo que se calzaba, si le compraba cuando se le acababan, la diversión era escuchar música arrabalera y ranchera, que sintonizaba en la vieja radio grabadora que tenían en la casa, en las festividades decembrinas hacían reuniones familiares, donde degustaban abundantes comidas típicas de la región: gallina asada, chivo, cerdo, lechona, tamales, bebidas como chicha, cerveza, aguardiente, sabajón casero; la reunión incluía baile con música de carrilera, rancheras y vallenatos, que comenzaban a ponerse de moda en el interior del país. A Egoberto no le gustaba tomar licor y la timidez no lo dejaba bailar. Cuando terminó de estudiar, siguió trabajando en la casa, pero le exigió a don Ru+fino que le pagara el mismo sueldo que le pagaba a los trabajadores y recolectores de café, de mala gana accedió a pagarle los jornales. Con la poca plata que comenzó a ganar, Egoberto compraba la ropa que estaba de moda y se vestía como los jóvenes de su edad, pantalón jeans, camisa a cuadros, botas texanas, sombrero de ala ancha estilo vaquero, los harapos con que se vestía quedaron en el olvido.

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En los campos de Moricuara se desató una ola de robos en las casas de los campesinos, cuando dejaban las viviendas

solas los días domingos para ir al pueblo a hacer mercado y asistir a la santa misa, se hurtaban las gallinas, los pavos y demás aves de corral, violando las cerraduras y candados de puertas y ventanas, se llevaban los pocos elementos de valor que tenían, en los cultivos se hurtaban la yuca, el maíz y demás productos agrícolas. Lo que colmó la paciencia de los campesinos fue cuando comenzó el hurto de ganado, los cuatreros y demás bandidos eran integrantes de bandas de delincuentes que venían de veredas y pueblos vecinos de Moricuara. Aunque los campesinos afectados formulaban las correspondientes denuncias en la policía, los funcionarios no podían hacer nada para impedir que se continuaran cometiendo los delitos. La policía contaba con poco personal que no salía al campo a patrullar, sólo se desplazaban cuando tenían que hacer una captura especial o cuando acompañaban al inspector de policía a practicar un levantamiento de cadáver, algo que muy rara vez ocurría. Los agentes de policía permanecían en el pueblo, coqueteándole a las mujeres solteras o casadas, esperando que llegara el día domingo, cuando se realizaba el mercado en Maricuara, para joderle la vida a los campesino, requisàndolos en las

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cantinas, a donde llegaban a disipar las penas tomándose una cervezas, después de una semana de ardua labor en el campo. Les decomisaban machetes que tenían para sus labores del campo y los cuchillos mataganado, que ellos decían, eran para limpiarse las uñas, pero que, cuando salían de pelea con otro campesino, se lo daba a guardar en la barriga, por debajo de la ruana, las armas de fuego decomisadas, nunca las podían recuperar los campesinos, todas eran compradas en el mercado negro, por lo que no tenían salvoconducto.

Para esa época, los miembros de la policía vivían tranquilos, no había temor de tomas guerrilleras, ni nada parecido. En el pueblo sólo atendían peleas de borrachos que nunca pasaban de un arresto de 24 horas por alterar el orden público. Ante la magnitud del problema, los campesinos se organizaron en juntas de acción comunal veredales, que estaban en el olvido desde hacía varios años, nombraron los integrantes y todas las veredas enviaron comisiones para hablar con el alcalde y el comandante de policía, que por lo tranquilo del pueblo, siempre era un suboficial con el grado de sargento. Los campesinos solos eran tímidos para hablar con el alcalde o con cualquier autoridad, pero agrupados perdían el miedo.

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Comenzaron a exigir los derechos que la mayoría ignoraban que tenían. Como los resultados de la policía no se vieron y la ola de robos y abigeato continuaron, el alcalde acosado por los reclamos de los campesinos que exigían protección para sus bienes y sus familias, optó por solicitar al comandante del departamento de policía, el cambio de todos los integrantes de la policía. El comandante al ver que el alcalde y los campesinos tenían razón sobre la inseguridad que se estaba presentando, ordenó el cambio total de la policía de Moricuará.

Nombró como comandante de policía a un capitán de apellido Montealegre y como subcomandante a un sargento de apellido Suárez. Envió 18 agentes, unos carabineros y otros de vigilancia, para un total de 20 efectivos, 10 más de los que había anteriormente. El capitán Montealegre había llegado trasladado de un departamento donde la situación de orden público era complicada. Después de recibir el puesto y tomar el mando, reunió al sargento y a los 18 agentes para darles instrucciones sobre sus políticas de mando. Se reunió con el alcalde y demás autoridades civiles, incluyendo al padre Tamayo, cura párroco, quien estaba pendiente y preocupado por los problemas de inseguridad que se estaban presentando; la iglesia también se estaba viendo afectada

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económicamente, los campesinos, por cuidar sus casas y parcelas los días domingos, no venían a misa, por lo que no se recaudaban las limosnas para el sostenimiento de la iglesia; los campesinos daban las limosnas en diezmos en dinero efectivo o en especie, en productos agrícolas, donaban terneros pequeños, los cuales seguían cuidando en las fincas, cuando crecían los vendían y le entregaban el dinero al cura. Después de la reunión con las autoridades municipales, donde se expusieron todos los problemas de inseguridad, el capitán le sugirió al alcalde que citara a los líderes campesinos y representantes de las juntas de acción comunal de las veredas que estaban siendo afectadas por el Abigeato, los hurtos y robos, para analizar la situación y buscar la posible solución. Los campesinos de la vereda de Coralina, donde residía don Rufino con su familia, lo candidatizaron para que fuera el presidente de la acción comunal de la vereda, él no quiso aceptar, a cambio les sugirió que si estaban de acuerdo, nombraran a su hijo Juan Carlos, quien acababa de cumplir 18 años y estaba apto para el cargo. Don Rufino se negó a aceptar el cargo porque escasamente sabía leer y escribir, entendía que un cargo como ese debía ser desempeñado por una persona que estuviera más preparada intelectualmente

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para poder redactar los documentos dirigidos a las diferentes autoridades. Los campesinos aceptaron la sugerencia y nombraron como presidente de la acción comunal a Juan Carlos Aldanés, éste, aunque joven, era responsable, respetuoso, trabajador e inteligente, por lo que gozaba del aprecio y respeto de los campesinos, quienes no dudaron en brindarle su respaldo. Como todos sus hermanos había estudiado hasta quinto año de primaria. Con los ahorros de su trabajo había comprado un revólver calibre 38 L, sin salvoconducto. En el campo, el 98% de las armas que circulan son comercializadas entre los mismos campesinos, por lo que carecen de cualquier clase de licencia o permiso para portarlas. La costumbre de los jóvenes cuando tenían facilidades económicas, era la de comprar un revólver o una pistola. En las casas de los campesinos mantenían escopetas de fisto hechizas, los que tenían más facilidades compraban escopetas calibre 12 o 16 de cinco tiros, los cuales también usaban para la casería. Don Rufino tenía una de esas escopetas calibre 16 en la casa, en contra de la voluntad de doña Egoberta. La había cambiado por una vaca lechera a un comerciante al que llamaban el gitano. Cuando don Rufino se lamentaba porque

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las vacas no daban suficiente leche, doña Egoberta le contestaba diciendo que ordeñara la escopeta. El gitano era un señor de baja estatura, delgado, de unos cincuenta años de edad, usaba un sombrero de pelo y ala corta, ruana de lana de oveja color café, que no se quitaba así estuviera calentando el sol, compraba y vendía ganado, caballos, mulas, burros, cerdos, chivos, revólveres, pistolas, municiones y cualquier cachivache que se pudiera comercializar, no se quitaba la ruana porque debajo llevaba las armas y la munición para comercializarla. Egoberto, cuando iba a pasar revista al ganado que estaba pastando en las fincas vecinas, llevaba la escopeta y los dos perros, tintin y tarzán, los cuales cuidaban la casa, para tratar de cazar conejos, aunque los perros no cazaban ni un ratón, asustaban a los conejos para que salieran corriendo; la única vez que asustaron un conejo Egoberto le hizo el disparo desde tan cerca que el conejo quedó como colador con los perdigones y balines, la carne únicamente sirvió de banquete para tintín y tarzán. La primera reunión entre el capitán Montealegre y los representantes de las juntas de acción comunal veredales, fue en el salón social de la alcaldía. Las instalaciones donde funcionaba el puesto de policía era una casa vieja y

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deteriorada donde no había las más mínimas comodidades, por lo que no había lugar adecuado para hacer las reuniones. En la reunión estaban presentes el capitán, el alcalde, el secretario de gobierno de la alcaldía, el padre Tamayo, el sargento Suárez, quien hacía las veces de secretario para levantar las respectivas actas de la reunión. Estaban presentes los ganaderos y dueños de haciendas que también eran víctimas de los cuatreros. De la vereda de Coralina asistió Juan Carlos Aldanés, como presidente de la junta de acción comunal y dos delegados más, Egoberto los acompañaba interesado en la reunión, para saber qué temas se trataban o más bien por curiosidad. Egoberto Aldanés estaba contento, pues era la primera vez que estaba cerca del alcalde y también la primera vez que tenía cerca de un oficial de la policía, siempre había visto a los policía de lejos, con recelo y desconfianza. A Egoberto le llamó la atención el porte y la gallardía como el capitán portaba el uniforme. El capitán Montealegre era alto, delgado, de tez morena, cabello negro liso, usaba el uniforme de dacrón verde oliva, bien ceñido al cuerpo, con botas entubadas hasta las rodillas que lo hacían lucir elegante. Egoberto pensó para sus adentros que él también debería verse bien portando el uniforme de la policía, pero de

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inmediato se desilusionó pensando que eso era inalcanzable para un campesino como él. El alcalde dio comienzo a la reunión presentando al capitán Montealegre, quien en su intervención ante los asistentes, les manifestó que venía de trabajar en una región muy conflictiva de Colombia, que tenía las mejores intenciones de servirle a la comunidad y tratar en lo que estuviera a su alcance de dar solución a los problemas más apremiantes de inseguridad que se estaban presentando, que para lograr resultados positivos tendrían que trabajar todos unidos, que esperaba la colaboración de los hacendados y los campesinos que conocían la región para que guiaran a los carabineros por las diferentes veredas cuando salieran a patrullar. Los hacendados y representantes de cada una de las veredas expusieron los problemas de inseguridad que venían sufriendo, se ofrecieron para guiar a los carabineros, el capitán por último, pidió a los hacendados la colaboración para que prestaran los caballos para que los carabineros pudieran patrullar, los hacendados respondieron que contaran con el nùmero de caballos que necesitaran, un hacendado que tenía la finca cerca al pueblo, ofreció un lote de terreno, en calidad de préstamo, para la estadía y el mantenimiento de los caballos.

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El capitán les agradeció por la asistencia y colaboración, les manifestó que si de esa forma no lograban erradicar la delincuencia, pondría en práctica otra estrategia que se estaba usando en otras partes del país y que estaba dando magníficos resultados, que la daría a conocer en el momento oportuno, si era necesario. El capitán viendo la colaboración de la ciudadanía, llamó al coronel comandante del departamento de policía y le solicitó dotación de prendas de carabineros para los policías de vigilancia, ya que sólo unos pocos eran carabineros de curso, cuando llegó la dotación los

policía de vigilancia quedaron convertidos en carabineros. Para ellos fue fácil el manejo y la relación con los caballos, ya que la mayoría era de origen campesino. Los campesinos siempre han tenido más respeto y admiración por los carabineros que por los policías de vigilancia; en una semana estuvieron listos caballos y carabineros para salir a patrullar las veredas de Moricuará. Los primeros días fueron guiados por campesinos jóvenes que se ofrecieron como voluntarios, entre ellos estaban Egoberto Aldanés. El primer día acordado para salir a patrullar madrugó a llegar al puesto de policía montando un caballo de propiedad de don Rufino. Egoberto guió a los carabineros hasta la vereda de La Coralina, les enseñó caminos y trochas por donde posiblemente se movilizaban los

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cuatreros y ladrones de residencias; a la hora del mediodía los llevó a casa de sus padres, donde la señora Egoberta, muy amablemente, les ofreció guarapo y almuerzo. Los carabineros en sus patrullajes la pasaban bien, en las casas donde llegaban les ofrecían comida y bebida, algunos conquistaban a las jóvenes campesinas, quienes botaban la baba por ellos o por el “uniforme”. Como el hurto de ganado lo hacían en horas de la noche, los carabineros organizaron turnos para hacer patrullajes nocturnos. Al comienzo de la llegada de los carabineros la situación se calmó, el robo de las residencias y el abigeato disminuyeron notablemente; cuando los delincuentes se dieron cuenta que los carabineros no podían patrullar todas las veredas al mismo tiempo, comenzaron nuevamente a cometer sus fechorías, estudiaron la forma de trabajo de los carabineros, cuando estaban patrullando una vereda, ellos estaban robando en la otra.

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CAPITULO XIII

PRIMEROS CRIMENES

Un día domingo, que como era costumbre, don Rufino había bajado al pueblo a ahogar sus penas y frustraciones en el licor, Juan Carlos también había bajado a hacer compras personales y a traer el mercado que doña Egoberta encargaba; ella ese domingo se sentía cansada y se quedó en la casa haciendo las labores domésticas. Egoberto se había ído, llevando la escopeta al hombro, a pasar revista al ganado que estaba pastando en las fincas vecinas, en donde don Rufino había comprado el pasto, los perros tintín y tarzán, que ladraban cuando se acercaba algún extraño se habían ido siguiendo a Egoberto. La casa estaba aparentemente sola, no se escuchaba ningún ruido, doña Egoberta estaba callada dentro de la cocina haciendo el almuerzo, sigilosamente y sin hacer el más mínimo ruido, entraron dos delincuentes con revólveres en mano, la sorprendieron y la amenazaron, la obligaron a tenderse en el piso polvoriento de la cocina, le advirtieron que si los miraba a la cara la matarían. Uno de los sujetos tomó un lazo que estaba colgado en uno de los muros de la casa y procedió a

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atarla de pies y manos, doña Egoberta, del susto y el miedo, no se atrevió a levantar la cabeza. Con dificultad respiraba inhalando el polvillo, mezcla de tierra y ceniza de la cocina, los delincuentes entraron a los cuartos, sacaron una radiograbadora y otros elementos de poco valor, de los percheros donde colgaban la ropa, escogieron la que estaba en mejores condiciones y en un costal de fique, de los que utilizaban don Rufino para empacar el café, introdujeron los

objetos y se dieron a la huída. La casa de don Rufino quedaba a la orilla del camino real, por donde subían y bajaban los campesinos, para evitar ser vistos, los delincuentes huyeron por un atajo poco frecuentado; estos atajos son utilizados por los campesinos para acortar distancias entre los principales caminos. No habían pasado diez minutos cuando Egoberto regresó seguido por los perros a la casa, en un hombro cargaba la escopeta y en el otro un palo de leña seca para el fogón, el cual descargó cerca de la cocina cuando escuchó los quejidos de doña Egoberta que salían de la cocina, quien amoratada respiraba con dificultad. Rápidamente la desató, la levantó y la sentó en un viejo taburete de madera y cuero, donde ella se sentaba a pelar la yuca y la papa para preparar los alimentos, le ofreció una totuma con agua para que se refrescara; Egoberto le preguntó cuánto tiempo hacía que los delincuentes se habían

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ido, ella le contestó que no sabía exactamente, pero que no

era mucho, Egoberto corrió hacia el potrero, enlazó un caballo, lo trajo, le colocó la silla y se montó con la escopeta terciada a la espalda y salió a todo galope. El suponía que los bandidos no podían ir muy lejos, que no habían seguido el camino de herradura, para no encontrarse con los campesinos, hizo galopar el caballo hasta el otro extremo del camino real, donde llegaba el atajo por donde suponía saldrían los delincuentes, amarró el caballo a un árbol de la vera del camino, con la escopeta en la mano se dirigió hasta llegar a la orilla de la quebrada, por donde obligatoriamente tenían que pasar los delincuentes, se ocultó dentro de unos arbustos, apuntando el cañón de la escopeta, lista para disparar, hacia una cerca de cuerdas de alambre de púas, por donde, si pasaban los delincuentes se tendrían que agachar para poder pasar entre las cuerdas. Los cálculos no le fallaron, al momento, de entre la maleza, salieron dos sujetos jóvenes, desconocidos en la región, uno de ellos traía al hombro el costal con los objetos robados, venían hablando tal vez de su heroica hazaña de haber amarrado y humillado a una indefensa mujer, el que traía el costal lo descargó pasándolo por encima de la cerca, se agachó y se metió entre las cuerdas, el otro sujeto también se agachó para levantar con una mano la cuerda y así evitar que

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el que iba a pasar lo hiciera sin enredarse en las filosas púas. Egoberto estaba ubicado a unos diez metros de distancia, no dudó un segundo para disparar, apretó el gatillo de la escopeta y el disparo, con acción de regadera por la distancia, impactó al delincuente que estaba entre las cuerdas. Algunos perdigones o balines alcanzaron a herir al otro delincuente que trató de incorporarse, se llevó la mano derecha a la pretina del pantalón, sacó el revólver, pero Egoberto no le dio tiempo para disparar, antes que lo hiciera ya había recibido el otro impacto en el pecho, los dos quedaron muertos en forma instantánea, uno quedó entre las cuerdas atrapado como una rata en una trampa, el otro quedó haciendo balanza encima de la cerca. Egoberto se acercó para verificar que estuvieran bien muertos, se agachó y del pasto humedecido por la sangre, recogió el evólver que había alcanzado a sacar uno de los sujetos de la pretina del pantalón, al hampón que quedó entre las cuerdas le extrajo otro revólver calibre 38 largo, recogió el costal con los elementos robados que, como estaba un poco retirado, no había sido impactado por ningún perdigón, lavó los dos revólveres en el agua de la quebrada y los introdujo dentro del costal; en una mano llevó el costal con los elementos recuperados y en la otra la escopeta todavía caliente. Antes

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de retirarse del lugar, volteó a mirar sus dos víctimas, sin sentir el más mínimo remordimiento, pensó, que si no hubiera llegado a tiempo, su madre hubiera muerto asfixiada, respirando y tragando tierra y polvillo cenizoso de la cocina, por culpa de esos dos delincuentes, que sin la más mínima compasión, la habían maltratado y humillado, dejándole abandonada a su suerte. A Egoberto no le importaban los trastos viejos que los dos delincuentes se habían llevado, lo que verdaderamente le dolió fue ver a su señora madre en esa posición tan humillante. Doña Egoberta, en su juventud había sido delgada y ágil para el trabajo, pero con el paso de los años, se había engordado y tenía un abdomen bastante prominente, por lo cual había sido muy incómoda para ella la posición en la que los delincuentes la habían dejado.

Egoberto salió al camino real donde había dejado amarrado el caballo, que con apetito voraz consumía el pasto que crecía a la vera del camino, lo desamarró, montó y se alejó con toda tranquilidad, durante el recorrido hasta la casa no se encontró con ningún campesino. Cuando entró a la casa, ya doña Egoberta se había recuperado del susto, continuaba haciendo las labores de la cocina, Egoberto le mostró el costal con los elementos que los delincuentes se habían llevado, le dijo que los habían

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dejado abandonados, tal vez se habían dado cuenta que no valían mucho para llevárselos. Egoberto colocó todos los elementos de donde los delincuentes los habían sustraído, arregló lo que habían desordenado, todo quedó como si no hubiera pasado nada, se encerró en el cuarto que le servía de dormitorio, sacó una botella en donde guardaba aceite lubricado, limpió los dos revólveres y la escopeta, envolvió los revólveres en trapos viejos y los guardó en un lugar donde solo él podía

encontrarlos, salió de la pieza y entró a la cocina donde doña Egoberta estaba introduciendo unos palos de leña en el fogón, la abrazó fuertemente contra el pecho, le dio un beso en la frente y le dijo que la quería mucho. El beso puro y sincero se confundió con el humo de la leña y el delicioso aroma que salía de la olla en donde se cocinaba el almuerzo. Doña Egoberta se sintió extrañada por las sinceras manifestaciones de cariño de su hijo, éste iba a cumplir 17 años, era frío y tosco, no le gustaba manifestar externamente el cariño y el afecto que sentía por sus familiares, pero ese día no pudo contener sus emociones y sentimientos. Después del fuerte abrazo y sus inusuales manifestaciones de cariño, Egoberto le dijo a la mamá que, como los delincuentes no se habían llevado nada, no le fuera a comentar a don Rufino, ni a su hermano Juan Carlos sobre lo

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sucedido, para evitar comentarios, ella aseguró que no les diría nada. Doña Egoberta nunca se imaginó, ni se le pasó por la mente, lo que su hijo había hecho con los delincuentes, para defender su honor y castigar con sus propias manos la humillación a que la habían sometido, ella no escuchó las detonaciones de los disparos que Egoberto hizo para eliminar

a los delincuentes, el lugar donde murieron era una hondonada retirada de la casa, de donde difícilmente salía el eco de las detonaciones. Después de estar seguro de haber convencido a doña Egoberta para que no comentara nada de lo sucedido a su padre y hermano, salió al patio, llamó a los perros tintín y tarzán, les colocó a cada uno una cadena en el cuello y los amarró en diferentes partes de la entrada de la casa, para que ladraran cuando llegara algún extraño. Ocho días después de la muerte de los delincuentes, un campesino que pasó por el atajo, encontró parte de los esqueletos colgados en las cuerdas de la cerca, habían sido devorados por las aves de rapiña “goleros” y perros. El campesino dio aviso a las autoridades de Moricuará, el inspector de policía acompañado por los carabineros, llegaron hasta el lugar, a practicar el levantamientos de las dos osamentas, los huesos estaban lamidos por los perros,

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enredados en las cuerdas y esparcidos sobre el pasto quemado. Los restos mortales fueron introducidos en dos bolsas plásticas de color negro, en el lugar donde se practicaron los levantamientos no se encontró ninguna clase de documentos de identificación, los campesinos que llegaron hasta el lugar a curiosear, entre los cuales estaba Egoberto Aldanés, manifestaron que en la región nadie había hablado de personas desaparecidas, por lo que se suponía que los muertos eran de algún pueblo cercano. Los carabineros llevaron las bolsas con las osamentas a la morgue del cementerio. Después de unos días, como nadie se interesó por identificarlos, fueron sepultados en una fosa común como NN.

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CAPITULO XIV

DEFENSA CIVIL CAMPESINA

El Capitán Montealegre se reunía mensualmente con los integrantes de las juntas de acción comunal, ganaderos y autoridades municipales para evaluar la labor de los carabineros y la seguridad en la jurisdicción. En la última

reunión y de acuerdo a las estadísticas delincuenciales que se llevaron en la jefatura de la policía, los robos y el abigeato, en vez de disminuir, iban en aumento. El capitán les manifestó a los asistentes que había llegado la hora de poner en práctica la estrategia de la cual había hablado cuando asumió su mando y que se estaba llevando a cabo en algunas partes conflictivas del país. Les hizo una pequeña reseña histórica para informarles cómo habían comenzado a operar los grupos de autodefensas, manifestó que en el departamento de Antioquia se habían presentado varios casos de extorsión y secuestros contra hacendados y campesinos por miembros de la guerrilla, sin que el gobierno y las autoridades pudieran hacer nada para impedirlo. Uno de los secuestrados fue el padre de los hermanos Fidel y Carlos Castaño Gil, como los familiares no

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pudieron reunir el dinero exigido para pagar el rescate, los guerrilleros de la FARC, que eran quienes lo habían secuestrado, lo asesinaron. En el intercambio de información para adelantar los operativos en contra de la guerrilla, los hermanos Castaño comenzaron como informantes del

ejército, los afectados por la guerrilla comenzaron a exigir al Estado, representado por el ejército y la policía, seguridad para sus bienes y familiares. Debido a la incompetencia del Estado para brindarles la seguridad requerida, pidieron permiso a las autoridades y al mismo ejército, para formar sus propios grupos de seguridad privada. Se asociaron y compraron armamento a la brigada y fundaron las cooperativas de seguridad llamadas Convivir, sus integrantes fueron entrenados y supervisados por el ejército; con la licencia obtenida se podían desplazar libremente por campos y veredas en donde tienen jurisdicción, la policía y demás autoridades tienen la obligación de brindarles apoyo y colaboración, por estar legalmente conformadas, este novedoso sistema de autodefensa ha tenido tan buen resultado, que en otras regiones ganaderas afectadas por la guerrilla como Urabá, Córdoba y el Magdalena Medio ha sido puesto en práctica. Prosiguió diciendo que si estaban de acuerdo, con el diligenciamiento de algunos requisitos mínimos, él y el sargento Suárez les ayudarían a organizar

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individualmente, por veredas, los grupos de seguridad, para que ellos mismos protegieran las vidas y bienes de sus familiares.

Todos los asistentes a la reunión manifestaron estar de acuerdo, Juan Carlos Aldanés se levantó se la silla para preguntar cuáles eran los requisitos, el capitán le contestó que deberían ser mayores de 18 años, no tener antecedentes penales ni de policía, tener armamento con salvoconducto,

hacer un pequeño curso de inducción e instrucción sobre manejo de armamento y algunos conocimientos básicos para que no tuvieran problemas al hacer procedimientos; el cursillo lo dictarían el sargento Suárez y él. Todos consideraron en que llenaban los requisitos, menos el de tener revólveres o armamento con salvoconducto. La mayoría tenía pistolas y revólveres sin salvoconducto, los únicos que tenían armamento con permiso para porte eran los hacendados y dueños de fincas grandes; el capitán respondió que trataría de buscar una solución para ese inconveniente. El capitán se reunión con el coronel comandante del departamento de policía para comunicarle la intención que tenía de conformar los grupos de autodefensas y el inconveniente que tenían los campesinos aspirantes por no

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tener salvoconducto para portar armas. El coronel que no estaba muy convencido de la eficiencia de los grupos de autodefensa, le dijo que ante ese inconveniente él no podía hacer nada; el capitán le manifestó que él confiaba en la honestidad y responsabilidad de los campesinos, le sugirió que les diera un permiso especial para que pudieran portar las armas dentro de la jurisdicción; el coronel le respondió que era un riesgo y una responsabilidad muy grande esa clase de acuerdos y compromisos. Después de mucho discutir sobre el tema, el coronel lo autorizó para que, bajo su responsabilidad, les expidiera el permiso, pero le advirtió que si se presentaba algún problema, él no respondería por nada.

En la siguiente reunión, el capitán les explicó a los asistentes, que bajo su responsabilidad, el coronel lo había facultado para que les expidiera un permiso especial para portar las armas dentro de la jurisdicción municipal, les solicitó que para la próxima reunión, trajeran revólveres, pistolas y escopetas para expedirles el respectivo permiso, les dio instrucciones a los representantes de las juntas de acción comunal, para que les informaran a los campesinos que estuvieran interesados en conformar los grupos. A la reunión para presentar las armas, sólo llegaron los más arriesgado, los demás estaban retrecheros y desconfiados,

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pensando que podía ser alguna celada del capitán para decomisar las armas. A los que llegaron, el sargento Suárez les abrió una carpeta individual, una especie de hoja de vida, con todos los datos biográficos, una foto, la clase de arma, marca y número. Entre los primeros que se presentaron estaba Juan Carlos Aldanés, Egoberto, aunque quería entrar al grupo, todavía no podía hacerlo debido a que aún no había cumplido los 18 años.

El día sábado siguiente, en la reunión, el capitán les entregó los permisos a los que habían presentado el arma, el permiso era una especie de carné con membrete en letra mayúscula que decía “DEFENSA CIVIL CAMPESINA DE MORICUARA”, una foto y los datos biográficos del interesado, la clase, marca y el número de arma, el nombre de la vereda, la firma del capitán Montealegre y el sello del Comando de Policía, no tenía ni la firma ni el sello del comandante del departamento, él no había querido firmar, como le dijo al capitán, para no comprometerse en caso que se presentara algún problema, cuando los demás aspirantes se dieron cuenta que la situación era en serio, se presentaron a la siguiente reunión con el armamento que poseían. En total se presentaron unos 80 voluntarios de todas las veredas, el capitán les informó que tenían que asistir cuatro

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sábados seguidos al curso de inducción, Egoberto, que se había hecho amigo del capitán, siempre acompañaba a su hermano Juan Carlos a las reuniones. Le pidió el favor que lo dejara asistir al curso de inducción, para cuando cumpliera los 18 años poder hacer parte de los grupos. El capitán le dijo que no había problema, que podía asistir, lo felicitó por el interés y la buena voluntad que tenía para colaborar con la policía. En el curso de inducción, el sargento Suárez les dio instrucciones sobre manejos, uso, cuidado y responsabilidad con las armas, les dio nociones de orden cerrado, para que al menos se supieran parar cuando le daban parte al capitán; nombró a los reservistas, que estaban dentro de los aspirantes, como monitores de cada una de las veredas, para que respondieran por cada grupo y dieran parte en las reuniones. Como entre los diez voluntarios de la vereda de Coralina no habían reservistas, nombró como monitor de grupo a Juan Carlos Aldanés, el capitán por su parte, les hizo ver que estaba poniendo en juego su carrera como oficial de la policía al confiar en ellos y darles el permiso para el porte de las armas, les dio instrucciones sobre código de policía, código penal, recalcándoles, que si alguno de ellos hacía mal uso de las armas, tenía que responder individualmente ante la justicia.

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Terminado el curso, les hicieron entrega del permiso a los voluntarios que faltaban, les comunicaron que el armamento lo podían portar únicamente dentro de la jurisdicción municipal y en el pueblo, siempre y cuando no estuvieran ingiriendo licor. Siguiendo las instrucciones recibidas en el curso, cada uno de los monitores abrió un libro de minuta donde quedaba registrada la fecha, la hora y los nombres de los voluntarios que salían a patrullar los diferentes caminos reales. Los integrantes de los grupos se turnaban para,

después de sus labores agrícolas, salir a patrullar, lo hacían a caballo y en ocasiones a pie, a veces lucían extravagantes, compraron chapuzas largas para portar los revólveres y pistolas con cananas llenas de munición, que se colgaban con una reata a la cintura y les llegaban hasta las rodillas, luciendo botas texanas, sombrero de ala ancha, jeans y camisas a cuadros, parecían pistoleros del viejo oeste, los demás campesinos de las veredas los respetaban, ya que estaban haciendo una buena labor en beneficio de toda la comunidad. Con la creación de la defensa civil campesina, como la llamó el capitán Montealegre, la seguridad de los campesinos de Moricuará mejoró visiblemente, aunque no dejaban de presentarse algunos hurtos menores de aves de corral y productos agrícolas como la yuca y el maíz verde. En vista de

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la colaboración que tenía el capitán y los demás miembros de la policía con la ciudadanía, un hacendado que poseía un lote de terreno baldío en el pueblo, lo donó para que construyeran el puesto de policía. El capitán, con el conducto regular del coronel comandante del departamento, solicitó a la dirección general de la policía, la partida presupuestal de dinero para comenzar a construir unas modernas instalaciones.

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CAPITULO XV

GATO POR LIEBRE

Rufino Aldanés Junior, el hermano mayor de Egoberto, se casó con una joven de la región y se fue a trabajar de administrador de una finca en un pueblo del Magdalena

Medio. Santiago, el segundo hermano que trabajaba en las petroleras de Barrancabermeja, vino de vacaciones a visitar a la familia. En el trabajo le pagaban buen sueldo, por lo que estaba muy contento, les trajo regalo a los padres y a los hermanos, él personalmente andaba elegante y bien vestido. Cuando terminaron las vacaciones, invitó a Egoberto y lo llevó para que conociera la zona petrolera. En Barranca Rufino vivía en un apartamento pequeño, que le había arrendado una familia que le había tomado mucho cariño. La señora le vendía la comida y le colaboraba lavándole la ropa. Santiago le pidió permiso a los jefes para que Egoberto pudiera entrar a conocer las instalaciones y modernas plantas de refinamiento del petróleo. Una noche que estaban descansando en el apartamento, Santiago le comentó que tenía problemas con unos dirigentes sindicales de las petroleras, porque no se había afiliado al sindicato de trabajadores, a Santiago le parecía injusta la

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exigencia de los sindicalistas para con la empresa, les pagaban bien y tenían todas las garantías laborales, pero ellos nunca estaban conformes, siempre estaban exigiendo más y más, cuando la empresa no les aceptaba las exigencias, ellos mismos se encargaban de dañar y sabotear las plantas refinadoras. Aunque no era obligación afiliarse al sindicato, los dirigentes amenazaban y en ocasiones agredían físicamente a los trabajadores que se negaban a afiliarse. Egoberto no sabía ni entendía nada sobre sindicatos, pero le aconsejó que se afiliara para que no tuviera problemas, recordándole que él estaba solo y lejos de la familia. Santiago le dijo que lo iba a pensar, pero que no estaba de acuerdo con el comportamiento de los dirigentes sindicales y mucho menos con los saboteos que le hacían a la maquinaria. Un día sábado, en horas de la tarde, después de que Santiago terminó la jornada laboral, invitó a Egoberto para que fuera a la ciudad de Bucaramanga. En el camino Santiago le preguntó si ya había tenido relaciones sexuales

con alguna mujer, se sonrojó un poco, pero le contestó que no. Santiago le dijo que lo iba a llevar a un lugar donde había mujeres muy bonitas, para que escogiera la que le gustara, que por la plata no se preocupara, que no cobraban caro y que él le pagaba. Cuando llegaron a Bucaramanga

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caminaron por el centro de la ciudad para que Egoberto la conociera, después que cenaron en un buen restaurante, se fueron para la zona de tolerancia, donde estaban ubicados toda clase de bares y cantinas, burdeles y puteaderos de mala muerte, entraron a uno que Rufino escogió porque creyò que no era de tan mala categoría, Egoberto estaba nervioso, aunque aparentaba tener más edad, todavía no cumplía los 18 años, sabía que si la policía lo encontraba iba a tener problemas. Se sentaron en las sillas de una mesa que estaba desocupada y cerca de la entrada del bar, Santiago pidió dos cervezas, aunque Egoberto no tomaba licor, saboreó la cerveza y más de nervios que de sed, se la tomó, sentadas en las sillas de las mesas del fondo del bar, iluminadas por una tenue luz roja, esperando ser llamadas por los clientes, estaban las mujeres de vida alegre, rameras o prostitutas, como las llaman despectivamente. Cuando entraba uno o dos hombres se paraban y comenzaban a caminar contoneando la cola y mostrando los atributos que tenían para excitar a los posibles clientes, con

el color rojo de la luz, todas las mujeres se veían muy lindas y provocativas. Había para todos los gustos, rubias, morenas, altas, bajitas, gordas, delgadas. Egoberto, que se había tomado dos cervezas, que le empezaron a calmar los nervios, nunca en la vida había visto tantas

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mujeres juntas y menos en condiciones de escoger la que él quisiera, pero la timidez no lo dejaba llamar a ninguna. La música de rancheras y vallenatos sonaban a todo volumen en la rockola que funcionaba con monedas de 20 pesos, la cual no dejaba escuchar lo que hablaban los clientes, para hacerse oír se tenía que hablar en voz alta, casi gritando. En el intermedio de un disco, Santiago le preguntó a Egoberto si le gustaba alguna de las mujeres, a lo cual contestó que todas estaban bonitas, Santiago le insistió que

llamara la que eligiera, Egoberto se decidió y le dijo que le gustaba la rubia que estaba sentada al lado de una morena, pero le replicó que le daba pena llamarla. Santiago se levantó de la silla y se dirigió al lugar donde estaban esperando las damiselas, invitó a la rubia para que se sentara en la mesa con ellos, ésta se sentó y aceptó tomarse un trago de aguardiente, alegando que les prohibían tomar cerveza. Santiago, casi gritando para que lo escuchara, arregló el precio que cobraba por el servicio sexual de ella y el pago de la pieza, le explicó que era para su hermano, que le tuviera paciencia porque era la primera vez que iba a tener relaciones sexuales, sacó un fajo de billetes y le canceló por adelantado lo que la rubia le cobró. Sin decir una palabra, la mujerzuela se levantó, cogió a Egoberto de la mano, lo condujo al fondo del bar donde

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quedaban las habitaciones destinadas para atender a los clientes, la pieza era pequeña, con baño, un colchón tendido en un camastrón de cemento, el colchón estaba forrado en una sábana de colores estampados y encima otra sábana para taparse, una almohada con forro del mismo color, en una pequeña mesita de madera, había un rollo de papel higiénico, una toalla y un jabón de tocador pequeño, la pieza estaba iluminada por un bombillo rojo de poco voltaje, la luz era tan tenue y débil que para apreciar algo había que

tocarlo. Egoberto no le dirigió una palabra a la rubia, ella se limitó a desvestirse, quedando únicamente en provocadora ropa interior de color negro, dejando ver un cuerpo delgado y de curvas bien formadas, capaz de desatar en un hombre las más bajas pasiones y emociones, la rubia sin pronunciar palabras se acostó en la mitad de la cama, se cubrió con la sábana adicional, con un gesto y ademán, invitó a Egoberto a que se acostara junto a ella, él, muy asustado, se sentó en la orilla de la cama, se quitó las botas, la rubia se incorporó quedando sentada, comenzó a desabotonarle la camisa hasta quitársela, luego procedió a soltarle la correa que sostenía el pantalón jean, bajó la bragueta y le introdujo la mano derecha, acariciándole las partes nobles. A Egoberto le pasó un corrientazo de la cabeza a los pies, que por poco queda paralizado, su miembro viril parecía haber perdido la

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vitalidad, la rubia le susurró al oído, con una voz chillona, que se tranquilizara y siguió acariciándolo, besándolo en el cuello y la espalda, Egoberto después de un rato, se tranquilizó, dentro de su ignorancia sexual trató de responderle a las caricias, se acostó en la cama sin quitarse el pantalón, la rubia acercó el cuerpo junto al de él y lo cubrió con la sábana, más en forma accidental que intencional, Egoberto le pasó la mano derecha sobre las partes íntimas, sorprendido, palpó un miembro viril que palpitaba de la erección y la excitación en que se encontraba, del susto tan tremendo, se incorporó y quedó parado a un lado de la cama, la rubia se incorporó y se sentó en la orilla de la cama, tratando de darle una explicación, que por supuesto, él no atendió. Egoberto con rabia, apretó el puño de la mano derecha y con furia lo descargó contra la cara del homosexual, después de reaccionar del puñetazo, el marica sacó una filosa navaja de debajo de la almohada, sangrando por la boca y la nariz del golpe que había recibido, se lanzó con furia tirando cuchilladas contra la humanidad de Egoberto que se defendió como pudo. Ante la desventaja Egoberto alcanzó a ser herido en la mejilla derecha, con la agilidad de un tigre, levantó la pequeña mesa de madera que servía de tocador y la descargó en la cabeza del marica que cayó sin sentido, atravesado en la cama.

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Rápidamente Egoberto se colocó la camisa, las botas, se ajustó el pantalón, recogió el papel higiénico, sacó una porción y se limpió las gotas de sangre que le salían de la herida, extrajo el pañuelo que tenía en el bolsillo, lo colocó sobre la pequeña herida, haciéndole presión para detener la hemorragia, por fortuna el alto volumen de la música impidió que fuera de la pieza se escuchara el tropel.

Abrió la puerta, salió y la volvió a cerrar, salió a paso rápido hacia la mesa donde Santiago tomaba cerveza esperándolo, le hizo la seña para que saliera rápido, como la mesa estaba en la entrada del bar, salieron corriendo por una calle semioscura, cuando la mesera que los estaba atendiendo se dió cuenta, salió corriendo a alcanzarlos, pero ya habían desaparecido de la cuadra; sin querer, hicieron un conejo, como lo llaman en la jerga de los prostíbulos. Después de haber corrido sin descanso por varias cuadras, se dirigieron al centro de la ciudad y se alojaron en un hotel; recuperados de la fatiga producida por la carrera, Santiago le revisó la herida que no era profunda, pero que le quedaría una pequeña cicatriz por el resto de la vida. Le preguntó que era lo que le había pasado con la rubia, Egoberto le contestó que no era una mujer rubia como parecía, sino un marica, Santiago se disculpó diciendo que él lo había hecho con la mejor buena fé, que en ningún

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momento se imaginó que pudiera ser un marica, que le habían metido gato por liebre, pero que ninguno de los dos tenía la culpa. Egoberto le contó que el marica había quedado tendido en la cama del golpe que le había dado en la cabeza con la mesa, que de pronto podría estar muerto, nunca se supo si el homosexual murió o si simplemente quedó desmayado del golpe, en la mañana del domingo salieron a la Terminal de transporte y abordaron un bus rumbo a Barranca. Egoberto se quedó ocho días más en Barrancabermeja, después regresó a Moricuará, llevando la pequeña cicatriz que ya le había sanado, pero que todos los días de su vida, cuando se viera al espejo para afeitarse, le haría recordar a la hermosa rubia.

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CAPITULO XVI

INGRESO A LAS AUTODEFENSAS

Unos meses después de regresar de Barranca, Egoberto cumplió los esperados y anhelados 18 años de edad, al día siguiente buscó la caleta donde había guardado los revólveres que les había quitado, después de darles muerte a los dos delincuentes que humillaron y por poco le causan la muerte a la señora Egoberta, sacó el revólver que le pareció más bonito, le hizo una aseo impecable y lo guardó dentro de la pretina del pantalón, el otro revólver lo volvió a guardar en la caleta, se fue para Moricuará, se dirigió a la Registraduría Civil Municipal, con la tarjeta de identidad solicitó la cédula de ciudadanía, cuando le dieron el comprobante con el número de la cédula, feliz de la vida se fue para el comando de policía, buscó al sargento Suárez para que le abriera la carpeta de hoja de vida, le suministró los datos biográficos, le mostró el revólver para que quedara radicada la marca y el nùmero, el sargento le dijo que hasta que no tuviera un permiso carnet firmado por el capitán, no hacía parte legalmente de la defensa civil campesina; el capitán Montealegre no se encontraba en el momento para firmar el permiso.

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Después de salir del comando de la policía, se dirigió a la única talabartería que había en el pueblo, compró la mejor chapuza que había para portar revólver, que le colgaba hasta las rodillas, con cananas que le cabían 18 tiros, le compró una caja de munición 38 largo a don Gumersindo, el dueño de la talabartería, quien la vendía en forma clandestina. Egoberto regresó a la casa pensando como conseguir un caballo para salir a patrullar, él quería utilizar su propio caballo para no utilizar los que había en la casa, como no

tenía plata, pensó en el otro revólver que tenía guardado, llegó a la casa, lo sacó de la caleta, lo limpió y se fue para la vereda donde vivía el gitano, como el revólver estaba en buenas condiciones, acordaron el cambio por un caballo equipado con su respectiva silla y demás aparejos que, aunque no estaban nuevos, estaban en buenas condiciones. El día que Egoberto fue a reclamar el carnet, se lo entregó personalmente el capitán Montealegre, quien lo mandó entrar a la oficina del comando, le dio algunos consejos para que hiciera buen uso del carnet y el arma y no tuviera problemas, le dijo que cualquier información que tuviera, se la podía hacer saber, cuando llegó a la casa orgulloso, le mostró su carnet a sus padres, les dijo que ya hacía parte de la defensa civil campesina, le dijo a su hermano Juan Carlos que lo inscribiera en el libro de minuta para poder salir a patrullar,

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Juan Carlos lo inscribió y le dijo que reemplazaba a un voluntario que se había retirado para ir a trabajar en otro lugar del país, le informó el nombre del voluntario con quien le correspondía salir a patrullar y los días que le correspondía. Doña Egoberta, que estaba pendiente de todo, comentó que en algunas casas y fincas se continuaban hurtando las gallinas y los productos agrícolas. Don Rufino, que era una persona muy honrada y correcta en cuestiones de dinero, le preguntó a Egoberto de dónde había

sacado la plata para comprar caballo y revólver, Egoberto, sin dudarlo un momento, le contestó que el dinero se lo había prestado su hermano Santiago, cuando había ido con él a Barranca, que si tenía alguna duda le podía preguntar cuando regresara, don Rufino no quedó muy convencido, pero tampoco podía dudar de la honradez de su hijo, a quien nunca le había visto hacer nada deshonesto. Los meses siguientes Egoberto salió a patrullar con el voluntario que Juan Carlos le había nombrado, recorrían los caminos reales y los sitios que ellos consideraban que eran más críticos dentro de la vereda, se puso en la tarea de averiguar en qué turno era que se robaban las gallinas y los productos agrícolas, llegó a la conclusión que los hurtos se presentaban los días o las noches cuando estaban patrullando dos voluntarios que eran de la misma familia.

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Pensó en informarle esa novedad al capitán, pero se abstuvo de hacerlo, ya que no tenía pruebas contundentes en su contra para demostrar que ellos o los familiares, eran quienes estaban cometiendo los hurtos. Una noche que les correspondió turno a los mencionados primos, de una de las fincas se perdió una vaca, al día siguiente, cuando se les preguntó, salieron con la disculpa que ellos no estaban en el sector donde se perdió, sino por el otro extremo de la vereda.

Egoberto le comentó a Juan Carlos las sospechas que tenía en contra de los primos, le sugirió que como él era el monitor, hiciera un revolcón en el grupo y los cambiara a todos de compañero, Juan Carlos aceptó la sugerencia, los cambio a todos de compañero, incluyendo el compañero con el que él salía a patrullar, de esa forma se calmaron por un tiempo los hurtos. Egoberto, con su pinta de vaquero del oeste, había dejado un poco la timidez y se había conquistado una campesina joven y bonita, de nombre Julieta, aunque por la decencia de él, el noviazgo no había pasado de abrazos y besos. Un fín de semana que a Egoberto no le correspondería patrullar, se fue para la ciudad de Bogotá a acompañar a un amigo de nombre Ricardo, quien conducía un camión y tenía que llevar un viaje de yuca a la central de abastos. Egoberto

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estaba contento, por fín iba a cumplir el sueño de conocer Bogotá, como llegaron tarde de la noche, Ricardo entró el camión a la plaza y durmieron dentro de la cabina, en horas

de la madrugada entregaron la yuca a los clientes y salieron. Después de desayunar, Ricardo dejó el camión en un taller, para que le hicieran algunos arreglos mecánicos e invitó a Egoberto al centro de la ciudad para que conociera algunos sitios importantes como la plaza de Bolívar, el Capitolio Nacional, el Parque Santander, la Casa del Florero y otros que son importantes para ser conocidos por los visitantes. De regreso pasaron por el famoso Parque de los Mártires, en cuyos alrededores quedaba la zona de tolerancia más grande y peligrosa de la ciudad, en las esquinas y en las puertas de entrada a los hoteluchos de mala muerte, estaban paradas prostitutas de todas las edades que, aguantando el frío capitalino, exhibían sus cuerpos, casi desnudas. Sin el más mínimo pudor, cogían de la mano a los hombres que paseaban, para ofrecerles sus servicios sexuales, a cambio de unos pocos pesos. Ricardo le sugirió a Egoberto, si deseaba tener relaciones con alguna de esas mujeres, por no pasar la pena dijo que sí, enseguida recordó lo que le había pasado con la rubia en Bucaramanga, Ricardo le dijo que también estaría con una de las mujeres, se pusieron de acuerdo para encontrarse en el parque cuando salieran.

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Como era pleno día, esta vez Egoberto no quería equivocarse, miró detenidamente a las mujeres que estaban recargadas en las paredes de los hoteluchos o residencias esperando clientes, como le daba pena decirle a la que había elegido, le pasó por el frente, la mujerzuela le adivinó las intenciones, lo tomó de la mano y sin decirle nada, lo entró a uno de los hoteluchos. La pieza era desagradable, las paredes deterioradas, la pintura que alguna vez le aplicaron, estaba cubierta con afiches de mujeres y desnudos, un viejo camastrón de madera rústica, encima un colchón curtido, cubierto por una sábana desteñida, aparentemente limpia, una almohada forrada con una funda que no se sabía de qué color había sido, encima de una mesa de madera, carcomida por el comején y el gorgojo, estaba una toalla descolorida, una porción de papel higiénico, del más barato, una barra transparente de alumbre, varias revistas de dibujos animados de Kalimán, el hombre increíble y de Arandú, el príncipe de la selva, debajo del camastrón había una bacinilla de color blanco, con el esmalte escarchado, un platón pequeño con agua, no había baño interno, si se querían bañar, algo que ni las mujerzuelas ni el cliente hacían, tenían que utilizar el baño comunitario, que estaba al fondo de la casona.

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La prostituta tenía unos 30 años de edad, regordeta, el cabello largo y negro, le llegaba más abajo de los hombros, la cara pintorreteada de varios colores, que más bien parecía un payaso, vestía una minifalda tan corta, que dejaba al descubierto un panty de color rojo desteñido por el trajín, los senos se veían grandes, sostenidos por un brasier de las mismas características del panty, bajo una blusa de nylon transparente. Cuando sonrió, la mujer dejó ver la falta de los cuatro dientes frontales, era horrible, pensó Egoberto,, pero sin dura era una mujer, acordaron que por los servicios sexuales le cobraría 200 pesos y 50 pesos por la pieza, para un total de 250 pesos, le exigió que le cancelara por adelantado. La mujer hizo el plante que cerraba la puerta y le pasaba un pasador para asegurarla, le mostró un perchero que estaba cerca de la puerta para que colgara la ropa, se desvistió de la cintura para abajo, no se quitó ni la blusa ni el brasier, se acostó en la mitad del camastrón, quedo esparramada como una vaca. Egoberto se impresionó de ver esa vulva tan grande, cubierta de ordinarios pelos que parecían crin de caballo, nervioso comenzó a desvestirse, se quitó las botas, las colocó a un lado del camastrón, el pantalón jeans, la camisa a cuadros y la chaqueta de cuero que se colocaba para no aguantar frío la colocó en el

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perchero, no quiso quitarse los interiores porque le daba pena que la mujerzuela lo viera desnudo. En esa época no se sabía de SIDA, ni se hablaba de condones, lo más grave que podía pasar era que le pegaran una enfermedad venérea, que se curaba con penicilina. Egoberto se acercó nervioso, decidido a perder su virginidad con una mujer, porque con la mano la había perdido hacía varios años. Quedó balanceándose como si estuviera encima de un bulto de carne, haciendo lo que podía él solo, la prostituta se quedó quieta, de encima de la mesa tomó una de las revistas de kalimán y comenzó a leerla, por fortuna para Clemente, la cara le quedaba tapada con la revista, cuando pasó un rato, comenzó a preguntar, sin quitarse la

revista de la cara, -chino, ya terminó, chino, ya terminó?- él no le contestaba nada, de los nervios que tenía no lograba alcanzar la eyaculación, - si no termina rápido, me tiene que dar otros veinte pesos, amenazaba la mujerzuela, sin dejar de leer, para tratar de ayudarlo, comenzó a mover las caderas, después de un gran esfuerzo, Clemente logró una eyaculación más de nervios que de placer, cuando la prostituta se dio cuenta que había terminado, se lo quitó de encima. Mientras Clemente se vestía la mujerzuela se sentó en la bacinilla y comenzó a lavarse la vagina, después cogió la barra de alumbre y se la introdujo dejándola un rato, la

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sacó y se refregó en la parte exterior; esto lo hacen las prostitutas para desinfectar y para que la carne se apriete, quedando listas para atender al próximo cliente. Cuando Egoberto salió del hotelucho se dio cuenta que no tenía ni un peso en el bolsillo, mientras iba caminando esculcándose todos los bolsillos, dos delincuentes armados de filoso cuchillos se le acercaron, amenazándolo le hicieron quitar las botas texanas que estaban nuevecitas y la chaqueta de cuero; la prostituta había dejado la puerta de la pieza sin seguro, y mientras Egoberto estaba haciendo el amor, el mozo, culo o cabrón, como llaman al amante de las prostitutas entró y le sacó de los bolsillos la poca plata que le quedaba. Ricardo le prestó dinero para que comprara un par de zapatos baratos y así poder regresar a Moricuará. Esa fue la primera y más desagradable relación sexual que Egoberto Aldanés experimentó con una mujer.

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CAPITULO XVII

DE AUTODEFENSA A POLICIA

Cuando el capitán Montealegre cumplió dos años como comandante de policía en Moricuará, coincidió con el llamado a curso de ascenso al grado de mayor, por lo que debía ser trasladado, durante su mandato fueron construidas las modernas instalaciones del comando de la policía, donde funciona actualmente. Reunió a los integrantes de la defensa civil campesina para agradecerles la colaboración que habían tenido durante su mandato, les comunicó que los permisos para el porte de las armas autorizados por él, tenían validez hasta ese día, que si el capitán que recibía como nuevo comandante quería seguir con el programa, era una decisión

personal de él, por fortuna para el capitán, los voluntarios que integraron la defensa civil campesina, se habían portado bien, por lo que no hubo ninguna situación que lamentar. Después de un homenaje y despedida de parte de los hacendados y en general por toda la ciudadanía, que estaban agradecidos por su buena labor, el capitán Montealegre se marchó de Moricuará. El capitán que llegó como nuevo comandante de policía, en reunión que hizo con los integrantes de la defensa civil

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campesina y los hacendados, les comunicó su determinación de no seguir con el programa, alegando que en otras partes donde estaban funcionando estos grupos, se estaban saliendo de control del ejército y la policía, cometiendo arbitrariedades, que ya no los llamaban autodefensas sino paramilitares, les hizo saber que a partir de la fecha, la seguridad de Moricuará y sus veredas, quedaba bajo la responsabilidad de la policía. Unos meses después de haber quedado cancelada la defensa civil campesina, Egoberto se fue a la región del Magdalena Medio, donde su hermano Rufino administraba una finca ganadera. Cuando llevaba un tiempo trabajando, el dueño de la finca lo seleccionó para que hiciera un curso de autodefensa, el curso fue del más alto nivel de preparación; los aspirantes fueron entrenados por un mercenario israelí de nombre Fair Klein, quien fue traído al país contratado por el entonces respetado comerciante Gonzalo Rodríguez Gacha y otros ganaderos de la región, para que les entrenara los supuestos grupos de

autodefensa, que terminaron convertidos en ejércitos de paramilitares y sicarios al servicio del narcotráfico. Fue allí donde Egoberto conoció a Rodríguez Gacha y a otros comerciantes y ganaderos que resultaron siendo los más grandes narcotraficantes del país, también allí conoció a los

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hermanos Fidel y Carlos Castaño Gil, que terminaron como jefes y fundadores de las Autodefensas Unidas de Colombia. Para la época, la situación de las autodefensas era totalmente legal, era como hoy fundar una cooperativa de vigilancia privada, tenía el respaldo de todas las autoridades, después fue que se salieron de madre, convirtiéndose en un problema para el gobierno, así, que lo que hizo el capitán Montealegre era legal. Como premio a los aspirantes que ocuparon los tres primeros puestos, los directivos les obsequiaron a cada uno, una pistola calibre nueve milímetros, de quince tiros y dos proveedores, con su respectivo salvoconducto, a nombre de cada uno de los ganadores. Como Egoberto Aldanés ocupó uno de los tres puestos, le hicieron entrega de la pistola, para la época, todas estas actividades eran legales, avaladas por

el ejército y las autoridades. En el curso, el mercenario israelí les enseñó a los aspirantes, técnicas de combate, rescate de secuestrados, manejo, activación y desactivación de toda clase de explosivos, monte y desmonte de campos minados, técnicas de tortura y desaparición de personas, quedaron convertidos y preparados como verdaderos hombres de guerra. La pistola que le dieron a Egoberto como premio, por obvias razones, no tenía silenciador, él clandestinamente le

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consiguió uno y se lo adaptó para poder hacer en forma silenciosa los trabajos encomendados. En los años que trabajó con las autodefensas y los paramilitares, Egoberto participó en operativos e incursiones en conjunto con el ejército y la policía. En una ocasiones lo disfrazaban de camuflado, en otras de verde oliva, aunque supuestamente sólo lo llevaban como informante para señalar a los guerrilleros o sus auxiliadores, tenía que participar activamente en las masacres y demás actos

violentos, fue allí donde conoció el desprecio por la vida ajena y la degradación de los derechos humanos. Aunque el gobierno y los altos mandos de las instituciones del estado como el ejército y la policía se niegan a aceptarlo, desde que se fundaron los grupos de autodefensa y paramilitares, siempre han actuado en la lucha contra la guerrilla de la mano de las instituciones legítimamente constituídas. En una reunión con el comandante de un distrito de policía, en donde Egoberto asistió como representante del grupo de autodefensa al que pertenecía, se encontró con el mayor Montealegre, quien era el comandante del distrito, se reconocieron y hablaron por largo rato. Egoberto le contó como había ingresado a las autodefensas, a la vez le comentó que estaba cansado con la vida tan agitada y

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peligrosa que estaba viviendo, que deseaba dedicarse a otro

trabajo, el mayor le sugirió que si quería, podía ingresar a la escuela de policía a hacer el curso de carabinero, le preguntó

sí tenía antecedentes penales, Egoberto le contestó que no

tenía, que en las incursiones en las que había participado, no

lo habían capturado, ni vinculado a ninguna investigación. El

mayor le suministró el nombre y la dirección de la escuela de

policía más cercana, en donde podía hacer el curso si lo deseaba. –Cómo pasa el tiempo!- agregó el mayor, la última vez que nos vimos fue cuando iba a hacer el curso de ascenso a mayor, dentro de unos meses me llamarán a hacer

el curso de ascenso a coronel-, por último le sugirió que si

iba a hacer el curso, no fuera a decir que había pertenecido a

los grupos de autodefensa.

A Egoberto le quedó gustando la idea de hacer el curso de

carabinero, fue a la escuela de policía, se inscribió, pidió la lista de requisitos y documentos que debía presentar, viajó a Moricuará a visitar la familia y aprovechó para conseguir los documentos que le habían exigido, en esa época, a los aspirantes los recibían con certificado de estudios de quinto año de primaria, en esos días, asesinaron a Santiago Aldanés, el hermano de Egoberto, que estaba trabajando en las petroleras de Barrancabermeja, apareció muerto con signos de tortura y varios impactos de arma de fuego en

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diferentes partes del cuerpo a orillas del río Magdalena; como Egoberto conocía toda esa región, se encargó de hacer las diligencias y trámites para trasladar el cadáver hasta Moricuará, en donde fue sepultado en medio del llanto de doña Egoberta y demás familiares. Egoberto siempre creyó que lo habían asesinado dirigentes sindicales con los que Santiago nunca estuvo de acuerdo. Egoberto Aldanés hacía parte de las autodefensas, pero figuraba en la nómina de la finca ganadera como obrero. El patrón le pagaba una bonificación especial por hacer parte del grupo de autodefensas. Para retirarse no tuvo ningún problema, simplemente le dijo al patrón que no deseaba trabajar más, le dieron la liquidación correspondiente y se fue. Con la liquidación y el dinero que tenía ahorrado, compró el equipo de utensilios personales que le exigieron en la escuela de policía y le alcanzó para los demás gastos que tuvo durante los seis meses que duró el curso de carabinero. En las materias de instrucción y práctica, ocupó los primeros puestos, especialmente en equitación, técnicas de combate, armamento y polígono, en esta última, le ganó hasta a los instructores; con el uniforme de carabinero Egoberto se veía elegante, como se imaginó cuando conoció al capitán Montealegre.

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Cuando terminó el curso, lo enviaron al departamento de policía Santander, trabajó en algunos municipios y en el área metropolitana de Bucaramanga. En sus primeros meses y años en la policía, Egoberto siempre trató de mantener un bajo perfil, callado, sin hacer comentarios con los compañeros. Salía solo a altas horas de la noche a la zona de tolerancia, donde años atrás la rubia que resultó ser homosexual, le había rayado la cara con una navaja, dejándolo marcado de por vida, como sabía que era imposible encontrar al marica, tomó venganza en los que encontraba mal parqueados, con rabia decía que esas gonorreas hijueputas todas eran iguales; para consumar su venganza utilizaba la pistola nueve milímetros con silenciador, eliminaba uno o dos homosexuales por mes para no hacer tanto escándalo, decía que había perdido la cuenta de cuántos había dado de baja. En varias oportunidades viajó a Barranca, no para averiguar la muerte de Santiago, sino a tratar de identificar a los directivos sindicales que trabajaban en la sección donde laboraba su hermano cuando fue asesinado; fue poco o nada lo que logró hacer, por no tener conocidos en las petroleras, aunque podía investigar en la policía y en la SIJIN, se abstuvo de hacerlo para no despertar sospechas, desistió por

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un tiempo, pero nunca se olvidó de vengar la muerte de su hermano, quería hacer las cosas bien o mejor no hacerlas. Cuando regresó de vacaciones a Moricuará, se enteró que después de haber desactivado los grupos de defensa civil campesina, los delincuentes habían continuado cometiendo sus fechorías. Algunos de los campesinos honrados que habían pertenecido a la defensa civil campesina, formaron su pequeña autodefensa ilegal, para proteger sus intereses. A los primos que pertenecían a la defensa civil campesina y se

hacían los de la vista gorda cuando estaban patrullando para que los cuatreros se hurtaran el ganado, los masacraron a tiros a plena luz del día, en el patio de la casa, junto con la esposa de uno de ellos. Les habían seguido la pista y descubrieron que ellos y unos de sus familiares, eran quienes hurtaban las gallinas y los productos agrícolas, tenían conexiones con los cuatreros de un pueblo vecino, con quienes intercambiaban el ganado hurtado. El gitano, el que vendía ganado, caballos, armamento, munición y toda clase de cachivaches, también lo mataron, lo sindicaron de tener conexiones con cuatreros de otros pueblos, a donde llevaban el ganado, las mulas y los caballos que se hurtaban de las veredas de Moricuará. Un domingo, día de mercado, lo citaron para que llevara unas cajas de munición a una casa que estaba ubicada en la orilla

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del río, que pasaba cerca al pueblo, lo asesinaron a puñaladas, para no hacer ruido y lo lanzaron a las aguas del río, tres días después encontraron el cadáver devorado por las aves de rapiña, lo reconocieron por la ruana de lana de oveja, que ni los gallinazos se la habían podido quitar del cuello. Se enteró que Julieta, la novia que había dejado, se cansó de esperarlo, decepcionada del amor y de la vida se había casado con otro, esto no le preocupó, pues en sus planes no estaba el contraer matrimonio. Egoberto llevaba cerca de un año trabajando como policía en Bucaramanga, cuando llegó como nuevo comandante del departamento de policía Santander, el coronel Montealegre. Después del afectuoso saludo de reencuentro, el coronel lo invitó a la oficina del comando, donde dialogaron por largo

rato, el coronel le preguntó en qué puesto o dependencia deseaba trabajar, Egoberto le contestó que le gustaría trabajar en la SIJIN, pero que no había hecho curso de policía judicial, el coronel le contestó que cuando solicitaran candidatos lo enviaría a la ciudad de Bogotá, para que hiciera el curso de policía judicial e inteligencia. Desde ese día, Egoberto entraba y salía del comando como pedro por su casa, en la primera oportunidad que hubo, Egoberto fue enviado a la academia de policía judicial en

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Bogotá a hacer el curso, éste tenía una duración de tres meses, los días sábados y domingos, cuando estaba libre, como no tenía nada que hacer, ni familiares a donde ir, se iba

para el parque de los Mártires, a tratar de localizar a los dos atracadores que años antes le habían robado las botas texanas y la chaqueta de cuero, el día que tuvo por primera vez la amarga experiencia sexual con la prostituta, de la mujerzuela no se quería ni acordar, cuando lo hacía le daba repugnancia y ganas de vomitar. Como sabía que sería imposible localizarlos por el tiempo que había transcurrido, se conformó con darle muerte a tiros

a dos ladronzuelos que corrían después de haber atracado a

un desprevenido transeúnte, que pasaba por el lugar. De regreso a Bucaramanga, el coronel Montealegre lo envió

a trabajar en la SIJIN, como el jefe sabía que Egoberto era

protegido del coronel, le preguntó en qué grupo quería trabajar, Egoberto le pidió que lo dejara en el grupo de inteligencia, en ese grupo es en el que menos quieren trabajar los agentes, pero él sabía por qué lo hacía, dejó que pasaran unos días y comenzó a revisar los archivos donde estaban los datos biográficos de los líderes sindicales de las

petroleras. Con la disculpa de actualizar los archivos, solicitó por escrito a la empresa ECOPETROL, le enviaran la lista de los directivos sindicales de la sección en donde laboraba su

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hermano Santiago cuando lo asesinaron, Egoberto tenía toda la libertad de desplazamiento en las petroleras y la facultad de investigar y coordinar la seguridad de los sindicalistas que venían siendo amenazados y asesinados por grupos de extrema derecha o por los mismos agentes del estado. Un día sábado, en horas de la mañana, cuando se efectuaba una reunión en la sede principal sindical, se presentó con el fín de elaborar un plan para la seguridad y el desplazamiento de los sindicalistas; fue así, como pudo conocer personalmente a los tres directivos que laboraban en la planta donde trabajaba Santiago, disimuladamente los reparó para grabarse en su memoria las facciones físicas de cada uno de ellos; para que el plan de seguridad quedara bien diseñado había que tener una información completa, datos biográficos, dirección de residencia, sitios que más frecuentan, lugares de diversión y deportivos. Egoberto llevó todos los datos recopilados para la sección de inteligencia, elaboró el plan de seguridad, con recomendaciones y sugerencias para la seguridad de los

sindicalistas, lo firmó y le colocó el visto bueno, con la firma del oficial jefe de inteligencia. El día sábado siguiente regresó a la sede sindical para hacer entrega personal al secretario general, una copia del plan de seguridad, le informó a los asistentes, que en los lugares

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acordados, se ubicarían agentes de inteligencia para reforzar

la seguridad, el secretario pidió un aplauso de agradecimiento para Egoberto, por su desinteresada labor a favor de la seguridad de los sindicalistas. Egoberto no tenía ningún afán para llevar a cabo su plan de venganza, se tomó el tiempo necesario y dejó que pasaran unos dos meses, se dejó crecer la barba y el bigote, consiguió una peluca de acuerdo con su físico, para ocultar su identidad, comenzó a viajar los días sábados, en horas de la tarde a Barranca, poco a poco fue ubicando los sitios que frecuentaban los tres sindicalistas que estaban en su plan de venganza. Al primero que eliminó, lo esperó pacientemente a que entrara al baño de una cantina, en donde estaba tomando con unos compañeros de trabajo, lo siguió y cuando estaba orinando le propinó dos disparos por la espalda, utilizando la pistola con silenciador, por lo que no se escuchó ningún ruido delator. Dejó que pasara más de un mes para eliminar al segundo, lo encontró en una cancha de fútbol, se ubicó en la parte de atrás de donde estaba sentado, cuando emocionado celebraba cantando un gol que había hecho un jugador del equipo de los trabajadores petroleros, que jugaba la final de un campeonato, le propinó dos tiros por la espalda, el

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martilleo sobre la aguja percusora de la pistola se confundió con el grito de gol de los aficionados. Debido a la muerte de los dos compañeros, el tercero se mostraba arisco y retrechero, tomaba las medidas de seguridad necesarias, no asistía a sitios públicos donde corriera peligro su vida. Como Egoberto tenía la dirección de la casa, una mañana esperó que saliera, lo siguió a prudente distancia, cuando vió la oportunidad se le acercó, le disparó en varias oportunidades, causándole la muerte en forma instantánea, lo arrastró hasta una alcantarilla que estaba cerca, retiró la tapa y lo introdujo de cabeza; éste quedó como desaparecido, su cadáver nunca fue encontrado, aunque a Egoberto le hubiera gustado tener frente a frente a los tres sindicalistas que estaban involucrados en la muerte de Santiago, para decirles por qué los mataba, no lo hizo para evitarse riesgos innecesarios. Las tres muertes quedaron camufladas en la guerra sucia que los grupos de extrema derecha adelantaban en contra de los sindicalistas. Después que Egoberto Aldanés cobró venganza por la muerte de Santiago, se sintió tranquilo, pidió traslado del grupo de inteligencia a los grupos operativos, donde combatió contra las diferentes bandas de delincuentes que operaban en la ciudad de Bucaramanga; fueron varios los antisociales

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que murieron en enfrentamiento con la patrulla del agente Aldanés, como le decían los compañeros. Cuando el coronel lo llamaba a la oficina de comando, era para que le cumpliera alguna misión especial, pero siempre dentro de la ley. Egoberto Aldanés siempre insistió en que el coronel Montealegre no tenía conocimiento, ni patrocinaba ninguna de las actividades fuera que la ley que él efectuaba. Después que el coronel Montealegre culminó sus dos años al frente del comando de policía de Santander, fue trasladado por sus superiores a la ciudad de Barranquilla, como comandante del departamento de policía del Atlántico, con el previo consentimiento de Egoberto, le pidió el traslado ante dirección general para llevarlo como hombre de confianza.

En la policía, lo relacionado con los superiores que le piden traslado a los subalternos, para llevarlos con ellos a los lugares donde son trasladados, se da por diferentes circunstancias, a veces, por motivos no muy ortodoxos ni altruistas. De la ciudad de Bogotá llegó a Barranquilla, trasladó como comandante de departamento a un coronel soltero y disimuladamente homosexual, un mes después, llegaron trasladados de Bogotá, más de veinte agentes, todos jóvenes y bien parecidos, el que más edad tenía no pasaba de 25 años, a todos los ubicó en los mejores puestos donde podían

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conseguir dinero fácil, en la policía judicial del aeropuerto, en la policía de turismo, en la policía vial y en el tránsito, los que más rápido consiguieron dinero, en cantidades que nunca en su vida se habían imaginado, fueron los de la policía judicial del aeropuerto. Comenzaba la bonanza del narcotráfico, encontraron una maleta llena de dólares, que venía en un vuelo internacional y se quedaron con toda esa cantidad de dólares; se volvieron locos, no sabían que hacer con tanto dinero, compraron carros último modelo, se retiraron de la policía y se regresaron a Bogotá, lo último que se supo de uno de ellos, fue que se estrelló en el vehículo que compró y se mató junto con unos familiares. Para entonces no había investigaciones por enriquecimiento ilícito, ni nada parecido, el que tenía la suerte o la desgracia de conseguir dinero, pedía el retiro de la policía, nadie decía nada, sólo se escuchaban los comentarios.

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CAPITULO XVIII

EL FUNERAL

Nadie interrumpió a Javier, fue como si su mente estuviera proyectando un largometraje sin límite de duración, nadie llegò a la funeraria en horas de la madrugada, comenzaba el amanecer barranquillero, de las riberas cercanas del río Magdalena, el aire traía una brisa suave y fría que refrescaba

la espléndida mañana. En la inmensa lejanía, sin montañas a la vista, comenzaban a brillar los débiles rayos solares, que presagiaban como siempre, un caluroso día. Javier miró el reloj, eran las seis de la mañana, le dio un golpe al swiche de encendido de la iguana, como había bautizado Cacha el ford mustang, con tan buena suerte que prendió enseguida. Javier llegó a la casa, se acostó a dormir hasta el medio día, después de almorzar le contó a su hija Katherine sobre la muerte de Cacha, se sintió muy triste, los ojos se le inundaron de lágrimas, tal vez no fueron las únicas lágrimas derramadas en Barranquilla por la muerte de Cacha, pero sí las más sinceras. Egoberto, como le decía Katherine, siempre fue muy respetuoso con ella, cuando hablaban en la casa y cuando la invitaba a comer helado, aunque ella nunca se lo comentó, le

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había tomado mucho cariño, se le notaba que hasta le había despertado las primeras ilusiones de amor. Cuando Cacha dejó de frecuentar la casa de Javier, Katherine preguntaba el por qué no había regresado, al comienzo Javier le contestaba con evasivas, que estaba muy ocupado, que estaba en comisión, fuera de la ciudad, etc. Como seguía insistiendo con la preguntadera, no tuvo otra opción que decirle la verdad, le contó que se había retirado de la policía, que andaba en compañía de sicarios cobrando cuentas de narcotráfico, que por ese motivo era que Dorina y Javier habían tomado la determinación de que no volviera a salir con él. Para que Katherine no se siguiera haciendo una mala imagen más de la que comenzaba a hacerse sobre Egoberto, Javier no le quiso comentar más sobre sus oscuros antecedentes, Katherine le contestó que ella siempre lo había considerado como una persona muy querida y sobre todo respetuoso, lo que pasa es que a veces las circunstancias de la vida obligan a algunos hombres a llevar una doble vida y personalidad, le contestó Javier.

Javier llamó por teléfono a la funeraria para confirmar la hora de las exequias, la operadora le contestó que estaban programadas para las cuatro de la tarde, Dorina y Katherine lo acompañaron a la funeraria para asistir a las exequias. Los únicos familiares de Egoberto Aldanés que llegaron de

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Monicuará, para acompañarlo y despedirlo, fueron los dos hermanos mayores Rufino y Juan Carlos; don Rufino y la señora Egoberta no se encontraban en buenas condiciones de salud para resistir un viaje en bus de más de 20 horas de camino, desde el interior del país hasta Barranquilla, saludaron a Juan Carlos con quien se conocían desde la vez que Cacha lo trajo de paseo y lo llevó a la casa. Juan Carlos les presentó a su hermano Rufino, Dorina y Katherine le dieron las condolencias; a Javier, personalmente, nunca le ha gustado dar sentidos pésames ni condolencias. Ni Dorina ni Katherine se quisieron acercar al ataúd para mirar por última vez a Egoberto, ambas coincidieron en decir que querían guardar la imagen alegre y jovial, como lo habían conocido.

No llevaron el féretro a la iglesia para la misa de costumbre, el sacerdote contratado por la funeraria rezó un rosario y roció agua bendita sobre el ataúd, antes que cuatro voluntarios sacaran el féretro para acomodarlo en la carroza fúnebre. En la puerta trasera, la carroza llevaba una cinta ancha de color morado, con el nombre grabado de Egoberto Aldanés Simanca. El cortejo fúnebre condujo el féretro hasta la salida del municipio de Puerto Colombia, donde estaba ubicado el

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cementerio Jardines de la Eternidad; fue poca la gente que lo acompañó al cementerio, los compañeros de andanzas, entre los que deberían estar los que lo asesinaron, unos pocos excompañeros de la policía, vecinos del barrio donde residía y el prestamista todomío, que había dejado la tacañería a un lado para comprarle una corona de flores. Antes que los sepultureros comenzaran a bajar el féretro, el sacerdote que había acompañado el cortejo fúnebre rezó los últimos responsos, repitiendo en nombre de Egoberto Aldanés, diciendo en repetidas ocasiones la frase de siempre, quien cree en ti Señor, no morirá para siempre, y volvió a rociar por última vez el ataúd con agua bendita. De los bellos e inocentes ojos de Katherine brotaron lágrimas que se confundieron con el sudor que presuroso se deslizó por las cálidas mejillas, depositándose en la boca, para

humedecer sus rozagantes labios. El sol rojizo y débil brillaba sobre las aguas del mar Caribe, después de haber cumplido su noble misión de iluminar la tierra, también bajaba para ocultarse y desaparecer bajo las profundas aguas del inmenso mar que a lo lejos se observaba. Los ojos de Dorina también se humedecieron, al ver las lágrimas que se deslizaban por las mejillas de su hija Katherine, los hermanos de Egoberto, Rufino y Juan Carlos,

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aunque trataron de evitar el llanto, no lo pudieron contener cuando el féretro bajaba a lo profundo de la fosa, sostenido por correas y poleas que controlaban los sepultureros. Metros bajo tierra quedó el cuerpo del hombre que fue marcado por la violencia desde el vientre de la madre. Después de la muerte y de las exequias de Egoberto Aldanés, un abogado deshonesto, que trabajaba con él, haciéndole las diligencias cuando tenía problemas judiciales, se alió con los compinches que trabajaban con Cacha, falsificaron las escrituras de la casa, los documentos de la camioneta toyota burbuja, hicieron traspasos ficticios con fechas anteriores a la muerte, con los contactos que tenía el abogado en la notaría, los autenticaron y se quedaron con todo. A Juan Carlos Aldanés, el hermano de Egoberto, que se había quedado en Barranquilla para reclamar las propiedades, lo amenazaron de muerte, le tocó regresar a Moricuará sin llevar nada. El abogado tampoco pudo disfrutar nada de lo que de mala fe se robó; dos meses después de la muerte de Cacha, lo atacó un cáncer fulminante, que le causó la muerte en pocos días. Con Egoberto Aldanés se cumplió el adagio popular que dice que lo que por agua viene, por agua se va.

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Después de 21 años de servicios y 39 años de edad, Javier

Guerrero pidió el retiro de la policía a solicitud propia, aunque tenía buena experiencia y salud para continuar trabajando. Se retiró decepcionado de ver como el policía expone la vida y la libertad al servicio de la institución y a favor de la sociedad, pero cuando, en razón del servicio, se ve comprometido en problemas, como en su caso, la policía lo deja a su suerte sin ayudarle en nada, ni siquiera le nombran un abogado para que lo defienda, si lo nombran es de oficio, sin pagarle un solo peso de honorarios. Los compañeros de Javier, involucrados en el problema, nombraron como abogado defensor al doctor Edilberto Ballesteros Vargas, quien trabajó más de veinte años como agente de la policía, el doctor López Rivera Alvaro, había tenido un problema y no podía seguir con la defensa, el doctor Ballesteros les cobraba una tarifa económica por hacerles la defensa. El doctor Ballesteros actuó como defensor de todos los implicados, inclusive el sargento Gómez, la fiscalía lo había nombrado como defensor de oficio. En la sala teatro de conferencias del Comando del Departamento de Policía Atlántico, por fín, después de nueve años de haber ocurrido los hechos, el Juzgado 151 Penal Militar de primera instancia, zona doce, realizó la corte

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marcial donde juzgó como criminales a quienes únicamente estaban cumpliendo con el deber. Cuentan los que estuvieron presentes en la corte marcial, que los encargados de juzgarlos, los trataron como a los peores criminales, argumentando que no habían ido con el fín de capturar a los delincuentes, sino a darles muerte. Para los policías que participaron en el operativo, les hubiera sido fácil cometer los hechos y salir corriendo, como lo hacen los delincuentes, pero ese no era el propósito, ni su modo de proceder, que hubo fallas, las hubo, pero desde el primer momento salieron a efectuar un procedimiento legal, el sargento Gómez y el agente Foltalvo, cuando llegaron a tocar en la puerta de la residencia, se identificaron como policías y todos llevaban los chalecos y los brazaletes que los identificaban como miembros de la SIJIN. El acusador pedía condena para Javier Guerrero, argumentando que él conocía a uno de los delincuentes muertos, que supuestamente por eso les habían dado muerte. Javier si conocía a Ricardo Duarte y le sabía todos los antecedentes, por eso, desde la primera declaración ante el juzgado y ante la procuraduría, dijo que sí lo conocía, pero que se había enterado que era él, después que lo identificaron al momento de practicar el levantamiento.

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Habían pasado más de tres años, desde cuando lo habían capturado como miembro de la banda de atracadores Los Norteños, ya Javier ni se acordaba de él. La corte marcial, en ningún momento, tuvo en cuenta la peligrosidad, ni los antecedentes de los delincuentes muertos, únicamente se tuvo en cuenta el supuesto mal procedimiento de quienes participaron en el operativo, en la corte marcial no estuvieron presentes ni familiares, ni abogados de parte de los sujetos muertos. El doctor Ballesteros hizo una defensa a la altura de las circunstancias, pidiendo la absolución para todos sus defendidos, los argumentos que expuso en la defensa eran tan lógicos y convincentes, que en varias oportunidades fue interrumpido por los aplausos de las personas que asistieron a la corte marcial. El veredicto de la corte marcial solicitó sentencia condenatoria en contra del sargento Gómez Murillo Nelson y del agente Fontalvo Freile José, como responsables de los homicidios de los particulares Ricardo Duarte Monteblanco y Yolima Dinarte fueron condenados a diez años de prisión cada uno, los demás agentes fueron absueltos.

El resultado de la corte marcial fue enviado al Tribunal Militar Superior de Bogotá para su revisión y veredicto, de si era acogido o revocado. Cuando el agente Javier Guerrero fue

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citado a notificarse del fallo, le informaron que el Tribunal Militar había acogido y confirmado la sentencia condenatoria emitida por el Juzgado 151 Penal Militar de Barranquilla, las decisiones judiciales, aunque no se compartan hay que acatarlas.

Los nombres verdaderos de los protagonistas de esta historia, fueron cambiados para proteger su identidad.

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CAPITULO IXX

SUGERENCIAS PARA QUE LOS POLICIAS SE EVITEN PROBLEMAS. Los policías son los servidores públicos que están más expuestos a verse involucrados en problemas judiciales, bien sea por acción o por omisión, motivado a que el Policía es el servidor público que está en más contacto con la ciudadanía. Ningún otro miembro de las otras fuerzas armadas, tiene contacto directo con la ciudadanía como la Policía. Por eso el Policía debe ser muy prudente e inteligente en los procedimientos. Tampoco es que por miedo a los problemas no vaya a actuar y a dejar de cumplir con el deber que le corresponde. A veces el Policía por querer hacer un positivo a favor de la Policía y en bien de la ciudadanía, se ve involucrado en un

problema del cual no le va a alcanzar la vida para resolverlo, o mejor para que la justicia se lo resuelva. Las siguientes son algunas sugerencias para tener en cuenta.

1. Mírese en el espejo de los demás compañeros que han caído en desgracia, no para burlarse de ellos, sino para tratar de no cometer los mismos errores.

2. Si no está seguro del procedimiento que va a realizar, absténgase de hacerlo, pida asesoramiento de un superior competente.

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3. Tenga su propio criterio personal y hágalo respetar, a la hora de hacer los procedimientos, no se deje manipular ni por los compañeros, ni por la ciudadanía.

4. Tenga mucho cuidado con los allanamientos y la violación de domicilio, dese cuenta que a los únicos que sancionan por cometer esa falta es a los policías.

5. Cuando esté prestando seguridad en un puesto de control y un vehículo se evade, no le dispare, es preferible que se vaya a que usted tenga que irse para la cárcel a pagar la muerte de uno o más de sus ocupantes.

6. Si va persiguiendo a un delincuente donde haya más gentes, no cometa el error de dispararle, de seguro le va pegar el tiro a otra persona que no tiene nada que ver con el problema.

7. Evite hacer procedimientos cuando esté solo, a menos que sea estrictamente necesario.

8. No entre a bares, cantinas o sitios de mala reputación cuando esté solo y uniformado.

9. No ingiera bebidas alcohólicas cuando esté de servicio, absténgase de hacer procedimientos cuando esté en estado de embriaguez.

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10. Cuando intervenga en un procedimiento donde haya enfrentamiento, tenga en cuenta la equidad e igualdad de las armas.

11. Tenga siempre presente la no violación de los derechos humanos.

12. Cuando le corresponda salir con inspectores de policía a hacer diligencias de embargo y secuestro, no se deje manipular por los inspectores que quieren ponerlo a romper candados y cerraduras, recuérdeles que usted está es para prestar seguridad.

13. Cuando salga a prestar algún servicio por insignificante que parezca, siempre haga la anotación en la minuta de guardia.

14. No se deje tentar por la ambición y el dinero fácil, si trabaja honradamente la Policía le brinda bienestar y tranquilidad para usted y su familia.

15. Lo más importante tenga en cuenta que a la hora de la verdad el Policía responde individualmente por sus actos.

Si el Policía tiene en cuenta estas sugerencias, se va a evitar muchos problemas en el futuro.