El Guardián de la Vida

Juan Luis Santos Noviembre de 2004

A Marta y a todos los que, como ella, se hubieran reído si su pareja les comunica por teléfono, llorando, que su perra se ha suicidado.

El texto que se ofrece tras estas líneas es una continuación de “El Guardián entre el centeno” en la que se intenta dar respuesta a si la experiencia traumática vivida por Holden repercutió en su vida y si aquella encrucijada vital le sirvió para saber cómo entrar a formar parte del mundo adulto. La historia de este anexo se desarrolla del mismo modo que el relato de J.D. Salinger. Es una especie de diario contado al lector en el que se combina el tiempo de la narración en pasado con digresiones propias de la memoria que nos informan de hechos que han sucedido en estos más de cincuenta años que separan al texto original del epílogo. Holden, ya anciano, descubre la falsedad de su mentira vital y se da cuenta de que preservar la inocencia infantil es una labor irrealizable. Al entender que nunca será “El Guardián” se plantea ante él la posibilidad del suicidio, al igual que en el hotel de Nueva York donde se refugió tras escapar del Internado de Pencey. Finalmente, decide salvarse a sí mismo y a su compañero de habitación. Así preserva la vida y se convierte de nuevo en un guardián, esta vez de la existencia. Por este motivo la pequeña continuación del libro se llama “El Guardián de la Vida”. Holden usa un léxico similar al de su adolescencia debido a que no ha madurado, esto es aparente en su persistencia por el “¡Jo!” característico de este personaje. Es reflejo de que Holden no es un adulto equilibrado y sigue siendo un joven inseguro y soñador. Su fascinación por el enigma de la ausencia de los patos del lago en invierno continúa en el tiempo, Holden, mediante la figura de los ánades, se pregunta sobre la vida y la muerte, la trascendencia del ser humano, el retorno de la vida y sus transformaciones cíclicas. Es por eso un tema que no desaparece con tras el paso de los años; aunque descubre su explicación, Holden continúa sirviéndose de él para plantearse cuestiones trascendentes.

Capítulo 1
Supongo que recordarán lo que hace algún tiempo les relaté desde el lugar donde me encontraba recuperándome, porque cuando volví a casa me puse enfermo. Ahora han pasado cincuenta y cuatro años y estoy otra vez en este maldito antro reponiéndome un poco. De nuevo les voy a hablar de lo que pasó hace poco y que me trajo aquí. A Phoebe no le he contado nada y eso que antes compartíamos todo. Ahora está casada con un tío rico que se graduó en Pencey. El día de la boda me contó que era el único hombre apellidado Weatherfield que conocía y además era muy bueno. Lo más seguro es que ella también supiera lo cretino que era.

Antes, Phoebe escribía en cuadernos historias para ella, ahora como D.B., mi otro hermano vivo, escribe libros para los demás, es decir, para nadie. Sus editores les aconsejan sobre lo que tienen que poner y el resultado es falsísimo. Por lo menos, Phoebe no se prostituyó como D.B. haciendo guiones en Hollywood.

Empezaré por el día en que salí a dar un paseo por Central Park, era un día de finales de febrero y hacía un frío que pelaba, el lago estaba desierto y los patos habían desaparecido como hacen todos los inviernos. Aún sigo sin saber dónde van, sólo sé que un día al final del otoño levantan el vuelo y desaparecen en el horizonte salpicado de rascacielos. Cuando acaba el invierno traen otros en una camioneta del ayuntamiento. Todas las primaveras espero ver regresar a los patos del lago. Supongo que soy un sentimental, pero toda mi vida lo he sido y sería hipócrita cambiar ahora, siendo ya un anciano. Cuando llegué a un bar reconocí entre las personas sentadas en la barra a un tío mayor con unos dientes horribles que mostraba al sorber una cerveza, unas uñas espantosas y marcas de granos reventados por toda la cara. Era Ackley.

Recordé que roncaba en la habitación de al lado en Pencey y que los sábados por la noche se quedaba sólo en su cuarto mientras los demás salían a divertirse. Sentí revivir mi huida de la penúltima escuela a la que fui. La última fue Chiltond, allí los tíos eran menos estúpidos, también tenían menos dinero y por supuesto menos hipocresía que en Pencey. Siendo así no tuve ningún inconveniente en aprobar.

Fui a saludarle pero no se acordaba de mí, le hice saber quién era y luego nos pusimos al día delante de dos cervezas: los dos estábamos solteros, sin hijos, viejos y enfermos.

- Ackley- le pregunté- ¿Esperas a alguien? -Quizás.

Aquella respuesta sólo podía haber salido de la boca de aquel anciano que desde joven tenía unos modales exquisitos. - Eres encantador, Ackley. Lo sabes, ¿no? -Joder, Holden, sigues tan pesado como siempre. - Entonces... ¿Va a venir alguien o no? - No lo sé- respondió impasible. Vaya tío.

Me despedí confuso al comprender que el tiempo nos cambia por fuera pero interiormente seguimos siendo nosotros. A Ackley el tiempo le había hecho la faena de conservar sus dudosos atributos físicos y su gran amabilidad.

Caminando por las desoladas calles del centro de Nueva York pensé en el sueño en el que tenía que evitar que los niños cayeran por un precipicio. Había desaparecido varios meses antes, cuando un psicoanalista me convenció de que era eso, un sueño. Aquél había sido, pensaba yo, el cometido de mi vida. No les he contado que trabajé como educador social y después me gradué en magisterio para convertirme en profesor de colegio. Mi tarea fue conservar la inocencia de los niños, ahora sabía que era imposible y estaba destrozado.

Desanduve el camino hasta el bar sabiendo perfectamente que mi vida había sido una farsa. Ahora pensaba, Holden “el Guardián” de la inocencia. ¡Jo! ¡Estaba hecho polvo! - No cambiamosme dije- somos los mismos. El paso de niño a adulto no es un salto al vacío. Es más, no hay saltos al vacío en la vida, desde que nacemos hasta que morimos la vida es un cambio continuo que no se puede evitar.

Capítulo 2
Pasó el invierno y llegó la primavera. Como casi todas las mañanas fui a Central Park por la calle 42 para andar un poco. Iba reflexionando sobre el sentido de la vida. Cuando sabemos que antes o después vamos a morir, ¿cómo es posible no preocuparse? No sabía cómo la gente corriente no se desesperaba ante esa idea. Yo no lo hacía, pues deseaba la muerte para encontrarme con Allie, mi hermano fallecido. Deberían haberle conocido, era la mejor persona del mundo. Cada vez tengo más ganas de verle de nuevo.

Con estos pensamientos rondando en mi cabeza llegué al lago del parque y me entretuve unos minutos dando de comer a los patos cuando, sin previo aviso, una bandada de ellos vino volando hasta el lago. Eran los que en el invierno anterior habían huido buscando un refugio más cálido en el que pasar la estación fría. ¡Jo! ¡Cómo me puse de contento! Empecé a saltar de alegría y sin pensarlo dos veces me zambullí en el lago. Dos policías que pasaban por allí me detuvieron y después de juzgarme por escándalo público y teniendo en cuenta mis antecedentes- les he de contar que siempre que hago alguna locura hay un policía cerca- me enviaron a un lugar de reposo, el mismo al que fui hace ya cincuenta y cuatro años.

En la otra cama de mi habitación dormía, cuando llegué, un tipo bastante sincero, un poco simple, pero rebosaba sencillez. Cuando se despertó me contó la historia de su vida. Había nacido en un pequeño pueblo del sur de Texas y, por casualidad, decidió venir a la Gran Manzana; le gustó y se quedó. Tuvo una mujer que le dio dos hijos: a uno le mató la velocidad, al otro la heroína. Tras la muerte de su mujer se convirtió en vagabundo y un día se despertó aquí. Acabó su plática con el propósito de acabar de una vez con su amarga existencia.

Nos hicimos grandes compañeros de habitación, porque amigos, según él, no existen de verdad. Un día de finales de agosto al levantarse exclamó sonriente: -¡Hoy es un día perfecto! ¿No Holden? ¿A qué esperamos para dejar libre la habitación? Cogiéndome del brazo nos dirigimos a la ventana de nuestro cuarto en el séptimo piso a la que alguien olvidó poner rejas y cuando ya estábamos a punto de descubrir si en verdad existe el más allá le cogí de la mano y dije: -¿Por qué? -¿Y por qué no?-contestó malhumorado George, que así se llamaba aquél hombre. -Por los hombres buenos, por todos los seres que no han perdido la inocencia, por la vida, George, por nuestra vida. Todo no se puede cambiar, pero algo de lo que no nos gusta sí.- Llorando, sabiendo que había perdido las fuerzas para quitarse la vida, me miró a los ojos y le ayudé a levantarse para empezar a vivir de nuevo.

Ahora vuelvo a tener un sueño en el que hay muchas personas tristes mirando al fondo de un precipicio. Yo me acerco a ellas y les susurro algo por lo que aferrarse a la vida y entonces, se alejan para mirar a los campos de centeno, dorados por el sol de la primavera.

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