© Copyright Nayra Ginory

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I

La intensa e inesperada lluvia caía implacable sobre las calles de Dublín y todo aquel que no había previsto su llegada. Abraham la miraba a través de la ventana cerrada, concentrándose en lanzar sus anillos de humo a la ya muy espesa atmósfera del local, que sólo encontraba cierto alivio cuando la puerta principal se abría para dejar pasar a algún caballero chorreante, junto a una ráfaga de aire frío y cargado de ese, tan urbano, olor a adoquines mojados. Miró su reloj con cierta impaciencia, preguntándose si sería esa lluvia la que estaba retrasando a su amigo algo más de lo habitual: Oscar solía llegar elegantemente tarde, pero para eso bastaba con diez minutos. Ahora mismo llevaba casi media hora de retraso. Oyó el tintineo de la campanilla de la entrada casi al mismo tiempo que el leve chaparrón de murmullos que cayó sobre el recién llegado. Abraham, que estaba sentado de espaldas a la puerta, apagó su cigarrillo contra un cenicero de porcelana china al tiempo que esbozaba una sonrisa de recibimiento. No necesitaba girarse para saber que el recién llegado era su amigo: ya conocía de sobra el impacto que la peculiar apariencia de Oscar provocaba en las personas que lo veían por primera vez. El sonido de pasos que se acercaban a él, intercalados por el toc-toc de un bastón de madera contra el suelo de piedra, precedieron a Oscar y al camarero que lo acompañaba. El joven, alto y de enormes ojos, se plantó ante él con toda la lánguida dignidad que tiene un dandy a los veintitantos años, manteniéndose impasible ante los murmullos que se dirigían contra él. Exhibía una cabellera castaña, lo suficientemente larga como para levantar comentarios maliciosos por sí misma, y su extravagante atuendo estaba impecable e intrigantemente seco. Algo curioso, observó Abraham divertido, porque su amigo no traía paraguas. —Diría que lamento llegar tarde —comenzó el joven como todo saludo, mientras se quitaba la capa de pelo con forro de satén, y la dejaba caer en manos del camarero que le había acompañado hasta la mesa—, si no fuera porque no es así. —Querido Oscar. —Abraham se incorporó y estrechó la mano que el otro le ofrecía—. Nunca espero de ti ni que seas puntual ni que te disculpes por tu propia naturaleza. —Quizás por eso debes ser la única persona a la que nunca he decepcionado —replicó el otro, mientras fingía estudiar con interés la carta que el camarero había dejado sobre la pequeña mesa. —Lo que sí me decepcionaría sería que no me contaras por qué llegas tarde y seco, a pesar de no haber sido lo suficientemente previsor como para traer un paraguas contigo.

—¡Ah! Pero es que sí traía un paraguas conmigo, y ese mismo paraguas me acompañó hasta esa misma puerta. —Señaló la entrada del restaurante—. Ahora estará de camino a casa de una jovencita deliciosa. —¿Y cómo es eso posible? —Abraham se recostó contra su silla y esperó la respuesta con paciencia mientras Oscar pedía el primer plato. —Pues eso es posible —contestó al terminar de ordenar la comida al camarero, como si no hubiera existido ninguna interrupción—, porque hoy he conocido a mi futura esposa. Abraham arqueó las cejas mientras encendía un nuevo cigarrillo. —¿Oh? —se limitó a decir, mientras observaba a su amigo a través de las volutas de humo, que se retorcían caprichosas frente a su cara. —Fue como una revelación. Ella salía de un comercio cuando la lluvia la sorprendió, entonces fue cuando yo la vi: caminaba absorto abriendo mi paraguas y al levantarlo sobre mi cabeza, ahí estaba ella. Naturalmente, me ofrecí a acompañarla, aunque en realidad fue ella la que me acompañó a mí, dado que el restaurante quedaba de camino a su casa y no a la inversa, y sabiendo que tenía una cita ella insistió en que no debía llegar tarde. —Cosa que al parecer he de agradecerle. Pues bien, parece que has perdido una oportunidad y un paraguas. —Au contraire, mon ami. —Levantó un dedo con cierta pedantería—. Ni una cosa ni la otra, pues le presté el paraguas con la promesa de ir a recuperarlo mañana. Oscar extrajo una pequeña tarjeta del bolsillo de su chaleco y la extendió para que su amigo pudiera verla. En ella se leía un nombre, Florence Balcombe, en elaboradas letras góticas. Que una joven te diera su tarjeta implicaba cierto atrevimiento por su parte, pero también era un desafío tácito que cualquier hombre, salvo el más pusilánime, aceptaría sin dudar. —Así que es verdad que piensas cortejarla —Abraham se sirvió de la ensalada que acababa de caer como una bendición en la mesa, antes de mirar inquisitivamente a su amigo. —Por supuesto que sí, ya tengo una edad. Abraham estalló en carcajadas. Cualquiera que no conociera bien a Oscar no comprendería el motivo de su risa, pero él había entendido la fina ironía implícita en sus palabras. —Y dime. —El inicio de la cena conllevó un cambio de tema—. ¿Qué tal el regreso a Dublín? —No lo sé. —De repente, el rostro de Oscar adoptó una melancolía que sólo se permitía mostrar ante los más íntimos amigos—. Dublín se me antoja diferente, ya no reconozco la cuidad de mi niñez. —Quizá seas tú quien ha cambiado. —Abraham se inclinó sobre la mesa y le miró con infinita comprensión—. No creas que no me he percatado de que esta es la primera vez que pisas la cuidad desde la muerte de tu padre.

—¿Lo es? —Oscar parecía sorprendido—. Sí, supongo que tienes razón —suspiró pasándose las manos por la melena castaña—. Creo que esta ciudad me trae demasiados recuerdos. —¿Recuerdos tristes? —No, tristes no. ¡Ay Abraham! Si tú supieras… Pero no. —Se cubrió el rostro con una mano, mientras que con la otra hacía un vago gesto de repulsa—. Es mejor que no lo sepas. La mano de Abraham se movió sola y asió la de su amigo. —Sé que la muerte de tu padre fue un duro golpe, sobre todo siendo tan poco después de la de tu hermana. Tienes todo el derecho del mundo a sentirte conmovido. —Lo sé, pero aun así… —Oscar agarró la mano que Abraham le había ofrecido y la estrechó entre las suyas—. Si supieras que lo que me conmueve, lo que me afecta, no es eso, ¿me llamarías desalmado? —¿Qué quieres decir? —Es cierto que he evitado Dublín. —La mirada de Oscar se clavó en la ventana y divagó por las gotas de lluvia que oscilaban en el exterior del cristal—. Aunque no lo he hecho conscientemente, no me había percatado de ello hasta que tú me lo has hecho ver. Sin embargo, no fue la muerte de mi padre lo que me ha mantenido alejado. Lo confieso. —Esbozó una triste sonrisa sin dejar de mirar a través del cristal—. Ha sido el temor y no la pena lo que me ha mantenido en Oxford más tiempo del necesario. —¿Temor? ¿A qué? —Es imposible contestar a eso sin caer en un cliché, pero lo cierto es que aunque te lo contase no me creerías. Abraham sonrió, recordando que Oscar detestaba usar frases hechas: él prefería crear las suyas propias. —Querido Oscar. —Saboreó su vino antes de posar de nuevo la copa sobre la mesa—. Soy bueno escuchando y creo que a ti no te vendría mal que te escucharan. Y si no soy capaz de creer lo que me cuentes… —Se encogió de hombros—. Bueno, supongo que me lo tomaré como una de tus encantadoras historias. —Esta historia no es encantadora, es más bien aterradora. Mira, ha dejado de llover. Abraham siguió la mirada de su amigo hasta el exterior. La noche había caído por completo, pero el cielo se había despejado, dejando ver una perfecta luna llena. Las únicas gotas que caían ahora provenían de las cornisas de los tejados, y los charcos, por fin en quietud, se habían convertido en perfectos espejos del cielo nocturno. —Está bien —continuó Oscar, posando de nuevo sus ojos en los de su amigo—, te lo contaré, aún a riesgo de que al terminar me llames loco. ¿Te apetece escuchar una historia de terror? Abraham esbozó una sonrisa de lobo.

—Ese siempre ha sido mi género favorito.

II

Si tuviera que decidir cuándo comenzó todo, tendría que confesar que fue el día que murió mi padre. Llegué a mi casa al anochecer, casi tres días después de recibir en Oxford un telegrama que me avisaba de su delicado estado de salud. Era una noche hermosa. La primavera estaba en su apogeo y en el jardín de mi madre se mezclaban el olor de lilas con el más sutil de las flores rosadas de los espinos. Al adentrarme en él, un grillo comenzó a cantar junto a la valla, acompañado del ruido confuso que provenía del interior de la casa. A pesar de la tardía hora, la casa estaba iluminada, como si fuera una noche de fiesta. Al acercarme, vi taciturnas siluetas tras las ventanas y pude distinguir el grave murmullo de conversaciones inconexas. Supongo que fue eso lo que me alertó de que mi padre ya había fallecido. El perro de mi padre, Basil, ladró atado a su estaca bajo un codeso en flor, pero lo hizo sin la alegría habitual que imprimía a los recibimientos. Me quedé junto a él un momento, sin atreverme a pisar el porche, sintiendo en mis dedos las caricias de su pesarosa lengua mientras un súbito malestar bajaba desde mi garganta hasta mis entrañas. Sabía que la casa estaba llena de gente: familiares, amigos, conocidos y enemigos irreconciliables. Supe con absoluta certeza que nada más traspasar esa puerta, recibiría el pésame de todos ellos, que tendría que soportar, como una losa, el apellido de mi padre como propio, ahora que él no estaba. La puerta de la entrada se abrió de golpe y vi a mi primo Percival mirándome desde el umbral. Estaba pálido y sus ojos estaban iluminados por las lágrimas, pero sus mejillas arreboladas traicionaban la tristeza del conjunto. —Oí a Basil ladrar, esperaba que fueras tú. Sabíamos que llegabas hoy, pero no pudimos ir a recogerte dadas las circunstancias. —Hizo una pausa y caminó hacia mí muy despacio, como quien quiere calmar a una bestia salvaje y rabiosa—. Oscar, tu padre… Reaccioné a tiempo de evitarle dar la noticia que yo ya había intuido. —Percy… —Lo siento tanto. Sus juveniles ojos volvieron a anegarse y me dejé abrazar por él, como si aún fuéramos niños, dejándole llorar a él las lágrimas que yo me sentía incapaz de derramar —Primero mi hermana y ahora esto —dije contra su oído—. ¿Cómo está mi madre? —Entera —susurro él—. Ya la conoces.

Me separé de su cuerpo fingiendo una sonrisa. —Seguro que está preocupada por agasajar a los invitados, como si fuera la anfitriona de una fiesta. Su rostro se ensombreció. —Eso ha estado fuera de lugar. —Vamos, ¿por qué? Tú y yo solíamos bromear sobre eso. —Encendí un cigarro con manos temblorosas—. Bodas, funerales… ¿Qué diferencia hay? Sólo espero que la comida sea buena, estoy famélico. —No tienes que fingir despreocupación Oscar. Al menos no conmigo. Su tono de voz era inflexible y cariñoso, como el de un padre que amonesta a un niño que ha cometido la misma travesura demasiadas veces. Asentí y me acerqué al porche, para sentarme en el banco de madera que había junto a la entrada. —¿Desde cuándo estás aquí? Percy se apoyó en la barandilla frente a mí y me miró afligido. Basil gimió lastimero, reclamando nuestra atención, pero como ninguno de los dos se la prestó, se dio la vuelta y se fue a tender bajo de codeso. —Llegué hace dos días. Me he instalado en tu habitación, por la costumbre, como cuando éramos pequeños. —Un tenue rubor tiñó sus pálidas mejillas, rebelando algo de la lozana belleza de Percy, que esa noche parecía habérsele sido arrebatada—. Espero que no te importe. Exhalé el humo lejos de él, para no molestarle. —¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Desde que murió Isola? —pregunté rememorando—. Sí… No nos veíamos desde hace casi dos años. —Ojalá nos hubiéramos reencontrado en circunstancias más propicias. —¿Y cómo estás de salud? —pregunté no sólo por genuino interés, sino para mantener mi mente ocupada. —Bien, bueno… —Se encogió de hombros—. Tan bien como puedo estar, desde luego, pero después de haber pasado los últimos inviernos en el sur mis pulmones se han fortalecido un tanto. —Se te echa de menos —confesé. —Lo sé, yo también os añoro a vosotros, pero mis pulmones se niegan a dejar Niza por mucho tiempo. —Supongo que debería entrar. —Acabé el cigarro, cogí la maleta que había dejado olivada junto a la valla, y pasé mi otro brazo alrededor de la cintura de mi primo—. Llévame a ver a mi madre.

III

—Así que ese era Percival Holmwood… —Abraham volvió a aspirar tabaco y lanzó al aire un elaborado anillo de humo—. ¿De verdad era pariente tuyo? —No. Bueno, en realidad sí, pero en un grado muy lejano. Aun así, nunca perdí la manía de llamarle primo, sólo porque nos criamos juntos y no era correcto llamarle hermano. ¿Le conocías? —preguntó Oscar. —No. No en persona, al menos —contestó, observando con orgullo poco disimulado su cada vez más extinguido anillo de humo—. Pero las circunstancias de su muerte ocuparon algunas páginas de la prensa local. —Lo sé, pero nunca quise leer lo que se escribió sobre él. Nada aparte de memeces, seguramente. ¿Qué sabes tú acerca de ello? —¿Aparte de lo que leí en prensa? Más bien poco —admitió reclinándose contra su asiento—. Habladurías de salón, rumores supersticiosos, sospechas antiguas, repentinamente recordadas… Nada a lo que yo dé un verdadero crédito. En ese momento sirvieron el plato principal: una humeante bandeja de cangrejos al vapor. Abraham saboreó su vino blanco, esperando a que el camarero se retirase. Luego continuó. —Es de dominio público que el chico murió en tu casa, pero no sabía que fueseis tan íntimos. —Pues lo éramos. El pobre era huérfano, y mi madre lo acogió en casa como uno más de la familia, sólo por el afecto que le tenía a su difunta madre. Al ser casi de la misma edad, nos hicimos amigos muy rápido. —Pobre desgraciado… He oído decir que era un joven enfermizo. —Has oído bien, Percy parecía destinado a no vivir mucho tiempo en este mundo y él lo sabía. Nació con los pulmones delicados y recuerdo que de niños, cuando corríamos por pura diversión, él tenía que parar para recuperar el aliento mucho antes que los demás. Con los años su dolencia no hizo más que empeorar. Por eso dejó Dublín. —Oscar apoyó el mentón sobre su mano y miró con melancólica actitud los adoquines mojados —. Necesitaba un aire menos frío y no tan cargado de lluvia como este. —¿Así que no fue más que su vuelta a Dublín lo que empeoró su enfermedad y propició su muerte? —Al principio pensamos que sí, pero luego nos dimos cuenta de que lo que le pasaba a Percy tenía poco que ver con su enfermedad.

—Entonces… —Abraham se inclinó con interés sobre la mesa, manteniendo en un precario equilibrio el cigarrillo entre sus labios al hablar—. ¿Qué fue lo que le pasó en realidad? Oscar esbozó una amarga sonrisa. —Eso es precisamente lo que intento contarte.

IV

—Se te ve muy pálido. —Oscar, mira al frente. —Y también ojeroso. —Si no te estás quieto, no podré dibujarte bien… —¿Dormiste mal anoche? ¿Pesadillas quizá? Percy me miró por fin, asomando su cabeza por un lateral del lienzo en el que intentaba inmortalizarme. —Temía que me hubieras oído hablar en sueños. —O sea —concluí triunfal—, que admites que tuviste una pesadilla. —No le des tanta importancia —dijo volviendo a ocultarse tras el cuadro. —Le doy la importancia que tiene. No quiero que tu salud se resienta. —Y yo no quiero que te preocupes ahora por cosas de las que no te tienes que preocupar. Tienes asuntos más importantes en los que pensar —añadió, para recordarme sin mucha sutileza la razón de que siguiera en casa. Suspiré y apoyé mi antebrazo en el alféizar de la ventana que había tras el diván en el que estaba sentado, dejando de fingir que posaba. —¿Tú crees que eso es normal? —¿El qué? —preguntó apareciendo de nuevo, esta vez de cuerpo entero y portando la paleta de colores en la mano derecha. Por mucho que habían intentado corregirle, Percy siempre dibujó con la zurda. —Que mi madre se pase los días a solas en la biblioteca, leyendo lo viejos libros de poemas de mi padre. ¿A ti eso te parece normal? —pregunté de nuevo, volviendo mis ojos a él. Dejó la paleta y el pincel cuidadosamente sobre la mesa y se acercó a mí. —No sólo me parece normal, sino curativo, que tu madre se permita un tiempo para llorar a tu padre. Se acomodó el fular que tenía al cuello como si este le molestara, manchándolo de pintura roja al hacerlo, lo cual me sacó una sonrisa.

—Quizás tengas razón —convine. Durante los funerales de mi padre, y en los días sucesivos, mi madre había hecho gala de su habitual entereza, pero en cuanto la casa de vació de invitados plañideros, se encerró en la biblioteca y apenas había salido de allí desde entonces o buscado compañía alguna. Y de eso hacía ya algo más de una semana. —De hecho —continuó él—, aún estoy esperando a que tú mismo te permitas llorarle. —Estoy bien —contesté evasivo—, sólo necesito tiempo para pensar y… ¿Qué tienes ahí? —pregunté, fijándome en una enrojecimiento en la piel de su cuello que había quedado momentáneamente al descubierto. Percy se llevó una mano a esa zona, como si quisiera ver con el tacto lo que yo le señalaba. Acarició levemente la palpitante piel de su cuello con las yemas de sus dedos y frunció el ceño mientras lo hacía. —La verdad es que me duele un poco, ¿qué es lo que tengo? Me acerqué a él para observar su nívea piel, en la que destacaba feamente una laceración circular a la izquierda de la nuez de Adán. —Parece una quemadura —dije no muy convencido, mientras pensaba en cómo era posible que él se hubiese quemado y con qué. —Una quemadura… —repitió él con un incongruente tono de diversión en su voz—, como en mi sueño. —¿Tu sueño? —Sí, mi extraño sueño de anoche. Soñé con alguien que me miraba en medio de la oscuridad. Sus ojos eran rojos y terribles, como los de un animal salvaje. Luego, alargó una mano, grande y muy blanca, y me tocó aquí, en el cuello. —Mientras hablaba seguía acariciando lánguidamente esa zona, como recordando la caricia de un amante largamente deseado—. Su mano estaba fría, pero sentí que su contacto me quemaba, luego ya no recuerdo nada más. ¿Qué locura, no? Frío y calor al mismo tiempo. —Apartó las manos de su piel y recuperó su habitual expresión, reacomodando el cuello de su camisa para tapar la extraña herida—. ¿Crees que es posible que soñara eso porque me dolía la quemadura mientras dormía? —Es posible, pero eso no explica con qué te quemaste. —Puede ser que ayer estuviera demasiado tiempo al sol, quién sabe. —Se encogió de hombros y me sonrió, como si el misterio hubiera dejado de importarle—. Bueno, ¿y cuándo piensas volver a Oxford? —Aún no lo he decidido. Pensaba quedarme un tiempo más en Dublín y tomarme unas vacaciones de primavera. —No quiero que tus estudios se resientan —dijo parafraseándome, en un pobre intento de imitar mi tono de voz.

—Ya te he dicho que necesito tiempo para pensar, y además, no quiero dejar sola a mi madre. Puede que ahora no quiera ver a nadie, pero llegará el momento en el que necesite compañía, debo estar aquí. ¿Y tú? ¿Cuándo piensas volver a casa? —Cuando dejes de necesitarme—respondió con cierta altanería, volviendo a coger sus instrumentos de pintura y ocultándose de mi vista, al ponerse de nuevo tras el lienzo—. Posa Oscar. Su tono de voz era inflexible y no admitía discusión, después de su verano pasado en París su cabeza se había llenado de pretensiones artísticas. Volví a tomar mi postura para el cuadro sin protestar, sabiendo que no serviría de nada. —¿Y no empeorará tu salud estando en Dublín más tiempo del necesario? —No seas tonto. —Le oí resoplar tras el leve sonido que hacía el roce del pincel sobre el lienzo—. ¿Qué daño puede hacerme pasar unas semanas aquí contigo?

* —Anemia, y bastante severa, he de añadir —dijo el Dr. Stewart al salir de la habitación que Percy y yo compartíamos—. Debería guardar reposo y comer adecuadamente. —Eso puede ser un problema —respondí—, últimamente parece haber perdido el apetito. —Pues entonces no es sólo un problema, sino probablemente la causa de la anemia. Razón de más para que coma bien. También he notado que no descansa. —Al parecer ha estado teniendo pesadillas. Percy padecía de ellas y de sonambulismo en su niñez —le informé—, pero ya no. No desde hace varios años. —Entonces quizá sí que sea conveniente que sigáis compartiendo habitación. Debes vigilar su sueño, y quizá cerrar la puerta con llave. Si las crisis de sonambulismo se reanudasen, eso le mantendría dentro y a salvo. En cualquier caso, quiero que me tengas informado de cualquier novedad. —Por supuesto. —Y quizás sería mejor no preocupar a tu madre con estas cosas. —No, será mejor que no. —De hecho —dijo él pensativo—, creo que iré a verla a ella también antes de irme. Por si acaso. —Se lo agradecería. El médico asintió antes de irse en dirección a la biblioteca. Sopesé la posibilidad de entrar a ver a Percy en ese momento, pero preferí primero pasar por la cocina para poder llevarle un sustancioso desayuno, que aún no había tomado.

Olga estaba allí, como siempre. Ella había sido la cocinera de mi familia desde que yo tenía memoria, y creo que no tengo ningún recuerdo de mi infancia en el que yo entrara en ese extraño santuario de las mujeres, y no viera a Olga en él. Al verme aparecer supo perfectamente lo que yo quería. —El joven Percival aún no ha desayunado —me hizo notar—. ¿Debo ordenar que le lleven algo a su dormitorio? —Prepárale lo mismo que yo he tomado esta mañana. Se lo llevaré yo —le respondí. Compuso una expresión circunspecta ante lo extraño de mi petición, pero la ignoré, habiendo decido no dejar que ningún sirviente importunara a Percy esa mañana. Para cuando llegué a la habitación ya se había dormido, y me permití unos instantes para apreciar cómo había cambiado Percy hasta convertirse en un joven extraordinariamente bien parecido. Dudé si dejarle dormir o no, pero el aspecto pálido y enflaquecido de mi amigo y la preocupación del Dr. Stewart acerca de la alimentación de Percy, me decidieron. —Percy, despierta —dije acercándome a la cama y acariciando sus rubios y rizados cabellos. Él abrió los ojos y tras enfocarlos en mí, dirigió la mirada hacia la bandeja del desayuno, que yo había dejado sobre la mesita de noche. —¿Tú también quieres obligarme a comer? —dijo en tono de reproche, como si llevarle el desayuno a la cama constituyera la peor traición posible. —El médico dice que tienes que comer, y yo opino lo mismo —dije, poniendo la bandeja sobre sus rodillas y atajando cualquier tipo de discusión. No se lo dije, por supuesto, pero su aspecto se había desmejorado considerablemente en los últimos días, a medida que sus pesadillas aumentaban y dejaba de comer a causa de las jaquecas que la falta de sueño le producía. De hecho, no era el Dr. Stewart el único que temía que sus crisis de sonambulismo se pudieran volver a producir—. Tampoco te vendría mal dormir un poco más. Quizás deberíamos pedirle al doctor que te recetara algún tipo de narcótico. —Tú tampoco has estado durmiendo bien últimamente —me hizo notar—. Y no me digas que es porque estás preocupado por mí. —En parte sí —admití—, verte dando vueltas en la cama no me ayuda a conciliar el sueño —bromeé—. Pero la verdad es que he estado escribiendo… —¿Sobre qué? Me levanté y fui hasta la ventana. —Sobre todo —confesé de espaldas a mi primo—, acerca de la poesía, de la belleza, de ti… —¿De mí? Me giré a tiempo de ver cómo una sonrisa iluminaba su macilento rostro, devolviendo a sus mejillas un rubor cercano al de la salud perdida.

—Sí de ti. Desde que llegué aquí no he dejado de estar inspirado, es por tu culpa. Eres mi musa. —¿Acaso puedo ser tu musa sin ser una mujer? —Percy… —Creo que yo mismo me ruboricé también—. Me abochornas al decir eso. Él rió de nuevo. —Eso es porque eres demasiado estirado. ¿Qué te están enseñando en Oxford? Me senté a su lado en la cama y cogí una de sus manos entre las mías. —Prefiero no decírtelo. Seguro que te reirías de mí porque me están convirtiendo en un auténtico señorito inglés. —Eso ya lo había notado, ¿te has fijado en el desayuno que me has traído? —señaló el plato de huevos fritos con salchichas, acompañados de champiñones y tomate, al estilo inglés, en vez de con pudin blanco y morcillas, como era costumbre en Irlanda. Sonrió, presagiando una nueva broma—. Así no es de extrañar que haya perdido el apetito.

V —¿El Dr. Stewart, dijiste? —Sí. —¿El Dr. John Henry Steward? ¿El director del manicomio? Oscar miró largamente a su amigo a través del humo de la taberna antes de responder. —Sí, el mismo. —¿Y qué pinta él en toda esta historia? —John era el discípulo de mi padre, se licenció unos años antes de su muerte. Por aquel entonces, era el médico de la familia, ya que mi padre estaba ya algo mayor como para hacerlo por sí mismo. Se podría decir que fue una suerte contar con alguien de tanta confianza en relación a lo que le ocurrió a Percy, al menos al principio. —Pero tu padre no estaba especializado en psiquiatría. —No, ni John tampoco lo estaba. En realidad él iba para cirujano, pero después de lo que le pasó a Percy, se interesó por las enfermedades mentales. —Entonces, ¿la enfermedad de Percy era mental? —Él siempre opinó eso, y nunca cambió de idea. —Pero tú no crees que fuera así… —No dudo que Percy tuviera algún tipo de… afección espiritual, pero no creo que fuera un enfermo mental. —¿Por qué no?

—Porque aunque así fuera, eso no sirve para explicar los extraños acontecimientos de los que fui testigo, salvo obviamente, que yo esté igual de desequilibrado. —¿Entonces era una enfermedad física? —Tampoco. Lo que ocurre, Abraham, es que Percy no murió de enfermedad alguna.

VI

Como había temido, pocas noches después me encontré a Percy caminando en sueños por la habitación. Se había vestido e intentaba abrir la puerta, que yo había cerrado con llave, como John me había sugerido. Conseguí desnudarlo y meterle de nuevo en la cama, y por esa noche pareció volver a dormir tranquilo, pero esos episodios de sonambulismo se siguieron repitiendo toda la semana. Por lo demás, Percy parecía no recordar nada de ello a la mañana siguiente y yo no consideré pertinente decírselo, en tanto en cuanto su salud parecía estar mejorando: su tez mostraba de nuevo su lozanía habitual y había recuperado el peso perdido en las semanas anteriores. Parecía que todo había pasado ya, hasta la noche en que olvidé cerrar la puerta con llave. Me desperté en mitad de la madrugada, sobresaltado, sin saber bien por qué y con la sensación de no estar solo en la habitación, pero Percy no estaba en su cama. La puerta estaba cerrada, pero no con llave y entonces recordé mi olvido de esa noche. Salí precipitadamente en busca de mi amigo, preguntándome a dónde había podido ir a parar vestido tan solo con su camisa de dormir. Di por sentado que estaría vagando por algún lugar de la casa, pero me sobresalté al ver que la puerta principal estaba entreabierta y me precipité hacia el jardín. La noche era clara, iluminada por una luna magnífica, aunque era ocultaba a ratos por espesos nubarrones, que lo dejaban todo en la oscuridad. Bajo su luz, pude distinguir que el jardín parecía vacío y en calma, sólo Basil me observaba desde la penumbra que le proporcionaba la sombra del codeso. Me acerqué hasta la verja, para constatar con cierto alivio que estaba cerrada y que Percy parecía no haber salido, pero eso no me decía dónde podía estar. Volví hacia el perro que estaba agazapado y gemía asustado. Con un vago presentimiento en mente, di la vuelta a la casa, para ir al jardín trasero. Este estaba menos cuidado que el frontal, y sus árboles y arbustos conformaban un follaje más espeso e impenetrable. Ahí, en un viejo banco de piedra en el que él y yo solíamos jugar de niños, vi a Percy. En ese instante, la luna volvió a ocultarse y durante un momento no pude distinguir nada.

Cuando la espesa nube pasó, vi vagamente su figura, protegida tan sólo por la blanca camisa y medio recostada en el banco. La siguiente nube tapó la luna demasiado pronto, dejándome de nuevo en tinieblas, pero justo antes yo había creído ver que tras la pálida figura de Percy había otra, alta y sombría, inclinándose sobre él. Aun a pesar de la oscuridad que reinaba, me pareció distinguir un rostro macilento y unos ojos llameantes. Sin esperar a que la noche aclarara de nuevo, me abalancé hacia el banco, y justo cuando llegué hasta Percy, la luna refulgió de nuevo y más intensamente que antes, revelándome que estábamos a solas. El cielo se había aclarado por completo. Las espesas nubes que un momento antes empañaban mi visión habían sido arrastradas por el intenso viento. Miré de nuevo hacia Percy, que yacía en el banco con los ojos cerrados, y bajo la argentina luz le percibí con extraña claridad: estaba profundamente dormido, pero su respiración parecía difícil y dolorosa. Sus cabellos se desparramaban sobre la piedra húmeda y mohosa; sus labios, muy rojos, estaban entreabiertos y temblaban con cada estertor que daba su cuerpo. Aun dormido como estaba, gimió y se subió el cuello de la camisa, quizás en un intento de ocultar su garganta. Tomándolo como un gesto de frío, me acerqué a él lo suficiente como para incorporarlo en el banco y estrecharlo entre mis brazos. Protegiéndole del frío de la noche todo lo que pude, intenté despertarle con suavidad. Tardó en reaccionar, y al principio se limitó a suspirar y sollozar levemente. Le llevé despacio de vuelta a la casa y conseguí meterle de nuevo en la cama, pero Percy seguía gimiendo y agarrándose la garganta al hacerlo, y yo no podía dejar de pensar en la extraña quemadura que él presentaba en el cuello días anteriores. Cuando al fin se quedó dormido, me incliné sobre él con una lámpara en la mano para examinarle. Constaté que la marca había desaparecido, y que su lugar lo ocupaba una especie de arañazo, como si su garganta hubiese sido pinchada por dos lugares diferentes, y había una mancha de sangre en su camisón. Más preocupado de lo que es propio en mí, cerré la puerta con llave, guardándola esta vez en mi apretado puño, y pasé despierto el resto de la noche.

*

He de decir, que a la mañana siguiente todo parecía producto de un mal sueño. Percy se mostraba radiante, exhibiendo toda esa juventud sin mácula de la que era propietario. Cuando quise preguntarle por la herida de su cuello, se rio con tal lozanía y descreimiento que incluso yo mismo, que aún estaba afectado por los terrores de la noche anterior, empecé a dejar de dar importancia al asunto. Pasamos la mañana caminado juntos por un parque cercano, y por la tarde volví a posar para él, con al fin de que terminara aquel retrato mío en el que ponía tanto empeño.

—Eres muy mal modelo —me amonestó, como cada vez que se ponía tras el lienzo—. Ahí estás todo enfurruñado, ¡no querrás salir en mi cuadro con esa expresión! —¿Qué más da cómo salga? —¿Cómo que qué más da? Este retrato podría ser tu imagen para la posteridad. — Resoplé ante esa idea tan peregrina y vi salir a Percy de detrás del lienzo, mirándome con desagrado. —¿Mi imagen para la posteridad? —dije con la explícita intención de burlarme de él. —Sí. ¿Es que no te importa qué imagen quedará de ti cuando hayas muerto? —La verdad es que nunca me he parado a pensar en esas cosas. Percy vino hacia mí y se sentó a mi lado. —Pues yo sí —dijo, revelando una melancolía que no conocía en él—. Me preocupa morir y que no haya nada que me recuerde. —La preocupación de todo artista —exclamé con ligereza. —No, no es sólo eso. O quizás sí que lo sea —reconsideró—. ¿No te preocupa saber si las cosas que escribes las querrá leer alguien? —A veces, pero algunas de las cosas que escribo no son para ojos ajenos. Sobre todo las que escribo últimamente —le dije, mirándole fijamente a los ojos. —¿Por qué? No pude contestarle, pensando en todos esos ridículos poemas, llenos de apasionada desesperanza, que escribía esos días. Quizás intuyendo que no pensaba decirle nada al respecto se puso de pie y volvió a coger su paleta. —Hablo en serio Oscar —dijo mientras mezclaba unos colores—. Quizás no sea apropiado decirlo, pero pienso a menudo en la muerte, aunque sólo sea porque convivo con la enfermedad desde muy pequeño. —Le contemplé con cierta compasión, antes de ver como una sonrisa se insinuaba en sus labios—. No quiero que la obra que mejor me represente sea la de un joven enfuruñado. Hazme el favor de cambiar esa cara. Intenté recomponer mi gesto sólo para satisfacerle, pero creo que no lo conseguí del todo. Aun así, él asintió satisfecho y volvió a ocultarse tras el lienzo. —Eso está mejor. —¿Cuándo me dejarás ver mi retrato? —pregunté. —Cuando lo haya terminado. ¿Me enseñarás entonces lo que escribes? ¿Quid pro quo? Dudé un momento. —Sólo si me retratas favorecido —bromeé. —Sería muy mal pintor si no lo consiguiera. El inesperado cumplido me cogió de improviso y sonreí con candidez. Fue una pena que Percy no estuviera mirando en ese momento.

*

Como esperaba, esa noche Percy se levantó varias veces en sueños e intentó abrir la puerta, mostrando su desánimo al verla cerrada. De poco servía que volviera a acostarlo, pues al rato ya estaba de nuevo intentando salir. ¡Qué bien hice al cerrar con llave! Un par de noches más tarde me desperté de madrugada sólo para verle asomado a la ventana, mirando el cielo y el vuelo de un enorme pájaro negro. Cuando le pregunté por qué estaba asomado, se limitó a negar con la cabeza y a volver a su cama, pero siguió haciéndolo las sucesivas noches. A partir de ahí, empezó a empeorar de nuevo, y esta vez yo no entendía por qué: comía adecuadamente, pasaba parte del día al aire libre y, salvo por sus crisis de sonambulismo y su reciente manía de abrir la ventana durante las noches, parecía dormir bien, pero aun así cada día estaba más pálido y débil que el anterior. Me preocupó en un principio que sus pulmones se estuvieran debilitando por el aire frío de la noche que entraba en el dormitorio cada vez que él, dormido como estaba, abría los postigos, pero su debilidad no parecía tener un origen respiratorio. Menos de una semana después de su extraña salida nocturna, me vi de nuevo obligado a llamar al Dr. Stewart. John le examinó con más detenimiento que la vez anterior, aparentemente asombrado por su súbito empeoramiento. Ese día, Percy parecía no tener fuerzas para abandonar la cama y recibió al médico con una sumisión poco acostumbrada. Mientras John le observaba, charlamos agradablemente de varias cosas triviales, pero cuando el médico y yo salimos del dormitorio, ambos nos observamos con gravedad. —Está anémico, muy anémico, Dios sabrá por qué —dijo John, muy serio—. No parece aquejado de ningún trastorno funcional, no padece una dolencia específica, ni definida, sin embargo es indudable que su estado general empeora. —¿Me estás diciendo que no sabes lo que le pasa? —Precisamente —admitió—. Quizás deberíamos consultar a otro médico, alguien más familiarizado con enfermedades de la sangre, o con enfermedades del ánimo… —¿Del ánimo? —repetí con incredulidad—. ¿Qué puede tener que ver el ánimo de Percy con su anemia? —Tú mismo lo dijiste, Oscar. Percy está inestable, es sonámbulo, tiene pesadillas… Poco sabemos aún de las enfermedades mentales y… —¡Por favor! —exclamé, entendiendo demasiado tarde el eufemismo—. Percy no está loco. —Y yo no digo tal cosa. Sólo digo que deberíamos tener en cuenta la posibilidad de que sufra algún desequilibrio mental. Resoplé con fuerza.

—¿Y qué me dices de las heridas de su cuello? —Que lo más probable es que se las haya hecho él mismo. Piénsalo Oscar —me dijo mientras yo me esforzaba por no perder los papeles—. No hay una explicación racional más lógica que esa. Primero tenía una laceración, ahora tiene pinchazos. Parece una autolesión. —Eso es imposible, Percy no haría algo así… —Sé que es duro oír esto, pero es mi obligación tener en cuenta todas las posibilidades. Es incluso posible que él no sea consciente, que se las haga cuando está dormido o sonámbulo. E insisto en pedir ayuda a algún colega con más experiencia en estos asuntos que yo. —Está bien —concedí al fin—. Pero ni se te ocurra traer a un psiquiatra.

VII

Oscar se había sumergido en un repentino mutismo y Abraham dudó un rato antes de incitarle a seguir con la historia. Se tomó el tiempo necesario para comerse dos cangrejos con cierta parsimonia antes de dirigirse hacia su amigo. —¿Qué ocurrió después? —Consentí en permitir que otros médicos viesen a Percy —dijo Oscar, hablando a media voz y en tono monocorde—, aunque no sirvió de nada. John hizo uso de todos sus contactos y amistades y una multitud de especialistas pasó por nuestra casa los siguientes días, pero ninguno de ellos encontró rastro o síntoma de enfermedad, salvo la anemia, y nadie dio con la verdadera causa de su aparente pérdida de sangre. John seguía insistiendo en que lo viera un psiquiatra y yo me volví a negar. Me vi obligado también a poner al corriente de todo a mi madre, que hasta ese momento había permanecido aislada de los demás, y aunque la preocupación inicial por Percy pareció devolverla a nosotros durante un tiempo, el fatal desenlace fue devastador para ella. Mientras tanto, Percy no hacía más que empeorar. A petición de uno de los médicos doné parte de mi sangre para hacerle una transfusión, pero eso sólo le produjo una mejoría momentánea, pues un par de días más tarde estaba de nuevo tan anémico como antes. —¿Y las heridas de su cuello? —preguntó Abraham con verdadera curiosidad mientras enarbolada en el aire el caparazón de un cangrejo ya devorado. —Eso era otro misterio, que nunca parecían sanar. Las punciones de su cuello siempre parecían recién hechas, y a menudo podían verse pequeñas manchas de sangre en la almohada o en la ropa de dormir de Percy, lo que parecía reforzar la teoría de John de que él se autolesionaba por las noches. —Pero tú sin embargo, no lo creías así.

—No. Nunca creí que él fuera el autor de sus lesiones, intencionadamente o no. —¿No crees que quizás en este caso se te pueda acusar de cierta… parcialidad? —Sí, sé que no soy objetivo en lo que a Percy se refiere, pero también sé que no es esa la razón por la que creo que Percy no hizo tal cosa. —¿Entonces por qué? Oscar suspiró pesadamente y Abraham supo que estaban cerca del desenlace de la historia. —Está bien, pero esta es la parte que no te vas a creer.

VIII

Tardaron semanas en desistir, pero al cabo de un tiempo, todos los médicos dieron a Percy por desahuciado, y no era de extrañar: presentaba un aspecto lamentable y débil, una terrible palidez y las encías se mostraban blanquecinas y retraídas, haciendo que sus dientes parecieran más largos y puntiagudos. Sus crisis de sonambulismo habían cesado por fin, pero estaba enflaquecido de nuevo y su respiración era más dificultosa que nunca, como si sus pulmones se estuviesen rindiendo al fin ante el deplorable estado del resto de su cuerpo. El único que siguió visitándolo hasta el final fue John, y sólo por el afecto que le profesaba a mi madre, pues sabía que nada podía hacer ya. Los demás médicos dejaron de venir en cuanto se vieron obligados a aceptar su fracaso. Los criados recibieron instrucciones de preparar la casa para un eventual sepelio mientras mi madre y yo dedicábamos las horas a cuidar de Percy y hacerle compañía, a pesar de que yo ya había dejado de compartir dormitorio con él. Olga, que le tenía gran aprecio, se empeñó en ser ella la que adecentara su dormitorio cada día y empezó a colocar pequeñas flores blancas por toda la habitación. Cuando le preguntábamos por qué hacía tal cosa, se limitaba a encogerse de hombros y nosotros lo tomamos como una pintoresca costumbre de las gentes del este. Supongo que este es el momento propicio para que te hable acerca de ella, con el fin de que puedas entender lo que voy a relatar a continuación. Olga tenía antepasados gitanos, y su familia venía de una zona cercana a Rumanía. Era bastante supersticiosa, y solía jactarse de que su pueblo poseía una sabiduría ancestral que el nuestro nunca había poseído. No importaba lo que dijeran los médicos, ella siempre tenía un remedio para cada dolencia, aunque nosotros no solíamos hacerle caso cuando murmuraba en contra del conocimiento de los galenos. Quizás por eso no nos sorprendieron sus continuos comentarios acerca de la incapacidad de la ciencia

médica para dar una respuesta al caso de Percy. Al final, el tiempo terminó dándole la razón, en tanto en cuanto los médicos ni pudieron salvarle, ni averiguar siquiera lo que le ocurría. Para cuando Percy yacía en su cama esperando la muerte, poco nos importaba ya que Olga pusiera en marcha alguno de sus remedios y supersticiones, aunque estos tampoco parecían surtir efecto. Pero en realidad, en aquellos momentos yo apenas pensaba en nada de eso, pues mi mente y mi conciencia estaban dedicados por entero a Percy. Los últimos días y noches las pasé con él, casi sin separarme de su lado, casi sin dormir ni comer. Ambos habíamos perdido el apetito, y yo la capacidad de dormir, en cambio, él dormitaba a menudo, incluso durante el día. Me dolía en el alma verle así, tan demacrado y consumido, pero aún hermoso y dulce. Cuando dormía, su pecho subía y bajaba con regularidad pero con esfuerzo, haciéndome recordar al niño fatigado que había sido, el que tenía que dejar de correr antes que los demás. Cuando estaba despierto, era el mismo Percy desenvuelto y casi alegre de siempre, pero tras la expresión demudada de sus ojos se veía una pena que no quería expresar, como si él conociera su desenlace tan bien como nosotros, pero se reservara su temor para no preocuparnos. La noche antes de morir, Percy se encontraba peor que nunca. Su respiración era un ronco estertor y sus encías estaban más blancas y retraídas que días anteriores, dándole a su rostro un aspecto casi cadavérico. Se despertó varias veces, ora para buscar mi compañía en esa noche oscura, ora para quejarse del olor de las flores de ajo que Olga se empeñaba en poner cerca de él, pero siempre volvía a quedarse dormido de inmediato. Cuando John llegó esa mañana, nos confirmó que el fin estaba cerca. Nos pusimos los tres alrededor de su cama y sentimos que era el momento de despedirnos. Yo sostenía su mano izquierda entre las mías mientras él intercambiaba unas últimas palabras con su médico y con mi madre. Luego me miró. —Oscar, mi amado Oscar —me dijo, mirándome con compasión—, concédeme el descanso, deja que me vaya. Esa era la primera vez que hablábamos de la muerte desde aquel día en el estudio de pintura, y me di cuenta entonces de que quizás Percy sabía que quien más le lloraría sería yo. Asentí, implorando toda la fuerza moral que me quedaba, y me incliné sobre él para besarle en la frente. Nuestros ojos se encontraron un instante, antes de que los suyos se cerraran para siempre. Mi madre empezó a sollozar, aunque aún se escuchaba su dificultosa respiración, y John se la llevó fuera. Unos instantes después, exhaló un último suspiro y murió.

IX

Oscar se inclinó sobre la mesa y se cubrió la cara con sus manos, abrumado por los recuerdos. Abraham sintió que despertaba de un desagradable sueño, como si de repente fuera consciente del entorno en el que se encontraba, de tan imbuido que estaba en la historia que su amigo le relataba. Sentía un nudo en el estómago y una inmensa nostalgia, como si él también acabara de ver morir a un ser querido, y por un instante pensó que su amigo estaba llorando, aunque cuando Oscar levantó el rostro, pudo ver que sus ojos estaban secos y serenos. —Siento hacerte recordar todo esto —dijo. Su amigo hizo un leve gesto con la mano, como para quitarle importancia a la disculpa. —He sido yo quien ha querido contártelo, no te disculpes. —Debe ser muy triste ver fallecer ver de manera tan deplorable a alguien tan joven. Tuvo que ser un duro golpe. Oscar asintió. —Percy era para mí más querido que un hermano, en muchos sentidos y sé que nunca olvidaré el momento en que murió. —Pero aún no me has dicho qué fue lo que acabó con él. —Eso es porque yo no lo supe hasta después de que falleciera. Ya te he dicho que ninguno de los médicos encontró la causa de su mal, y no fue hasta después de muerto que yo me sentí lo suficientemente desesperado para plantearme ninguna otra posibilidad que una causa médica. —¿Quieres decir que la muerte de Percy no fue natural? Por lo que me cuentas, parecía estar muy enfermo. Oscar negó. —No era enfermedad, sólo eran los síntomas de lo que le estaba pasando, de lo que le estaban haciendo. —¿Estaban? —Abraham se inclinó sobre la mesa al acecho, como un detective ante una buena pista. Su mente siempre había sido aguda en cuanto a hechos macabros se refiere—. ¿Insinúas que Percy fue asesinado? —En cierto sentido, sí. —¿Le envenenaron? —No es lo que tú crees… —¿Entonces qué fue? ¿Y quién lo hizo? —No quién, sino qué. —¿Cómo? Abraham, más perdido que nunca, frunció el ceño con malestar.

—Teníamos todas las piezas a la vista —dijo su amigo, como si hablara consigo mismo—, sólo debíamos montar el puzle, pero no lo hicimos, porque ni se nos pasó por la cabeza. —¿De qué estás hablando? —Alguien lo sabía, Abraham —continuó—, alguien sabía lo que le ocurrió a Percy, o al menos intuía la extraña naturaleza de los acontecimientos que ocurrieron delante de nuestras narices y que ninguno de nosotros supo identificar. Pero no quisimos escucharla. —¿Quién? Oscar esbozó una sonrisa irónica y carente de alegría y Abraham tuvo un escalofrío de anticipación cuando su amigo clavó sus ojos en él. —Olga.

X

Decidimos celebrar los funerales por Percy dos días más tarde, y he de confesar, que esos dos días que mediaron los pasé casi por entero durmiendo. No sólo mi cuerpo estaba agotado, mi alma también lo estaba, me sentía hastiado, cansado del mundo y de todo lo que le concernía, y sólo quería dormir y olvidar. Fue John quien se encargó de todas las luctuosas formalidades, ni mi madre ni yo hubiéramos soportado hacerlo. Los empleados de las pompas fúnebres convirtieron la estancia en la que Percy reposaba en una verdadera capilla ardiente. Los cirios y las flores blancas hacían la escena menos lúgubre, y una mortaja cubría su rostro. Cuando al fin reuní fuerzas para acercarme y levantar el paño blanco, me sorprendí de lo hermoso y lozano que lucía, y de la paradoja que suponía el hecho de que cuando estaba enfermo y dormía parecía estar muerto, pero que ahora que lo estaba en realidad, parecía dormir. Tuve un momento de incertidumbre, durante el que me pregunté si Percy realmente estaría realmente muerto o si habíamos cometido un terrible error. Acerqué mi rostro todo lo que me atreví al suyo, esperando sentir un hálito sobre mi piel, pero no lo había. Tanteé luego la piel de su cuello en busca de su pulso, pero al sentir su frialdad, desistí en el intento. En ese momento entró Olga en la estancia y repartió varias flores de ajo entre los ramos de magnolias y peonías que había por doquier. Luego, ante mi estupefacta mirada, apagó uno de los cirios y lo puso en la mano de Percy. —Hay que alejar el mal —dijo como toda explicación. —¿El mal? —musité sin entender.

Olga se puso a mi lado y miró largamente a Percy, contemplando su macabra belleza, viendo quizás algo completamente distinto a lo que yo veía. Luego puso sus manos sobre los labios de Percy y se los separó, para mirarle los dientes. Estaba a punto de apartarla de él para evitar tal profanación, cuando vi lo que ella quería mostrarme: las encías de Percy estaban completamente retraídas, y sus dientes lucían más puntiagudos que nunca, sobre todos los caninos. —¿Pero qué…? —exclamé, dando unos involuntarios pasos hacia atrás. —El mal —repitió ella, santiguándose y besando un crucifijo que llevaba siempre al cuello. —¿Tú sabes lo que le ha pasado a Percy? —aventuré. Ella asintió. —Vampiro —susurró—. Ya no hay nada que podamos hacer por él en este mundo — me dijo Olga, acercándose a mí y poniendo en mi mano un diminuto objeto—, pero podemos salvar su alma. Hay que alejar el mal. Miré hacia mi mano para ver en ella una moneda de plata de cuña antigua, en la que se distinguía la efigie de un caballero, con un tocado que recordaba a los usados en el este de Europa. —Vlad Tepes fue un gran gobernante, cruel, pero grande —remarcó, refiriéndose a la efigie—. Él protegerá a nuestro niño del mal. La miré sin entender y ella señaló la moneda primero y luego los labios del fallecido. Entendiendo, me acerqué al ataúd y miré de nuevo el cadáver de mi amigo, encontrando esta vez su belleza algo perturbadora. Introduje la moneda por la ranura que formaban los labios sellados de Percy, antes de besarlos con casta adoración. Ella asintió con gravedad.

*

Le enterramos en el mausoleo familiar, cerca de mi padre, en la tumba que me estaba reservada a mí, y que yo no tenía ninguna intención de usar, al menos por el momento. Esa noche me sentí incapaz de conciliar el sueño. Daba vueltas en la cama inquieto, confuso por la última visión del rostro de Percy. Me seguía perturbando la ridícula posibilidad de haberle enterrado vivo y me atormentaba profundamente el terror que mi desdichado amigo podría sentir de darse un caso así. Cuando al fin me dormí, tuve visiones terribles de Percy paseándose por el mausoleo de piedra fría y muerta, entre los restos de mis antepasados; sus largos y afilados dientes destacaban en la oscuridad y su boca estaba manchada de sangre. Me desperté antes del amanecer acongojado y sintiéndome profundamente miserable. Durante el desayuno, Olga rondaba a mi alrededor, como queriendo decirme algo, pero sin atreverse a hacerlo. Mi madre, sumida de nuevo en ese extraño deseo de aislamiento que la

había tomado tras la muerte de mi padre, hacía caso omiso a lo que ocurría a su alrededor, pero Olga no dijo palabra hasta que ella se hubo marchado. —¿Ha tenido malos sueños? —me preguntó, casi como si supiera la respuesta. La miré y por primera vez vi en sus ojos esa sabiduría de la que ella llevaba años hablando. Tuve un escalofrío y me sentí incapaz de mentirle. —He soñado con Percival, con que se levantaba de su tumba. —Hay que impedir que eso ocurra —me dijo, y por alguna inquietante razón no me extrañó que lo dijera—. Y es usted quien debe hacerlo. —¿Yo? —grazné, aún acongojado por la visión de la noche anterior. —Lo que vendrá ahora será una dura prueba, pero debe superarla por el afecto que le profesaba a su desventurado amigo. —Asentí, para darle a entender que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa, pero ella negó lentamente con la cabeza—. Ahora no. Esta noche será el momento idóneo para hablar de ello. Iré a su habitación.

*

Al principio, intenté convencerme a mí mismo de que no eran más que tradiciones de gitanos, y que no debía darle mayor importancia, pero en mi fuero interno sabía que lo que Olga había dicho era verdad. Sentía que mis ensoñaciones de la noche anterior había sido más una visión que una imaginación onírica, aunque sea una idea del todo absurda. Luego me congratulé por el hecho de contar con alguien que sabía qué hacer. Olga sentía verdadero aprecio por Percy, y cualquier cosa que ella dispusiera debía ser por el bien de su alma. Sin embargo, a medida que se acercaba la noche, mi ansiedad era cada vez mayor. Esperando en mi dormitorio a que la sirvienta apareciera, empecé a dar vueltas como un animal enjaulado, repasando en mi mente, una y otra vez, cada uno de los detalles del sueño de la noche anterior y de la malignidad que había visto en el semblante de Percy, antaño tan dulce y puro. Buscando algo que me ayudara a recordar a mi amigo en vida, vi el caballete recto sobre el que descansaba el lienzo en el que Percy había intentado inmortalizarme. Estaba cubierto por un paño, y yo desconocía si estaba terminado o no, aunque sabía que había estado trabajando en él hasta que estuvo demasiado enfermo para seguir. Levanté el paño para ver un retrato de mí mismo, de cuerpo entero. Mi expresión era sombría y triste, casi como una imagen especular de mi lúgubre ánimo de esa noche, y me encontré mirando profundamente a mis propios ojos, que esculpidos por el pincel de mi amigo, mostraban una suerte de desesperanza que yo no me creía capaz de sentir hasta esa noche. En ese momento, tocaron a la puerta, y volví a tapar el retrato antes de abrir. Olga entró como un susurro en mi dormitorio y cerró la puerta tras de sí. Luego se volvió hacia mí y vi que

traía consigo un maletín negro, que puso sobre el escritorio en el que yo solía sentarme a escribir. —Aquí traigo todo lo necesario, pero me temo que contemplar el contenido de esta bolsa le va a llenar de pavor —dijo como todo saludo. —¿Por qué? —Debe entender que la muerte le ha sido negada al pobre Percival, pero tampoco está vivo ya. —¿Cómo es eso posible? —Debe creer en lo que digo, porque ahora su pobre alma está condenada a vagar cada noche, a multiplicar el mal en el mundo. —¿Cómo un vampiro? —pregunté, sintiendo que me iba a atragantar con la superstición contenida en esa palabra. Ella asintió y empezó a aleccionarme. —Al amanecer deberá ir al cementerio, no antes, porque no es conveniente que se encuentre con la criatura cuando esté fuera del ataúd. —Gemí ante la visión que las palabras de Olga me produjeron, pero ella continuó—. A la luz del sol no tiene nada que temer, no le dañará, y lo verá tal y como lo vio antes del entierro, le parecerá muerto, pero debe recordar que no lo está. —¿Por qué he de ser yo quien haga esto? —me quejé con una insufrible puerilidad. —Porque él lo habría querido así, porque cuando la verdadera muerte caiga sobre él su alma será libre de nuevo, y él bendecirá la mano que se la propicie. Y esa mano debe ser la suya. Asentí. —¿Qué debo hacer? Olga abrió la bolsa y sacó unas herramientas cuya finalidad yo no entendí. —Debe clavarle una estaca en el corazón. —¿Cómo? —pregunté con creciente incredulidad. —Y luego debe cortarle la cabeza y llenarle la boca de ajos. —¡No haré tal cosa! —exclamé horrorizado. —Debe hacerse. Y si no es su mano quien lo haga será la de otros. —No permitiré que se profane el cuerpo de Percy de esa manera, ni seré yo mismo quien lo haga. —¿Y prefiere que su amigo vague durante siglos como un alma perdida y atormentada? —¡Salga de aquí! —exclamé, señalando la puerta. —Mis hijos se encargaran de todo, entonces —continuó. —¡He dicho que fuera! —rugí.

La anciana sirvienta salió de mi dormitorio, y me quedé de nuevo solo. La sangre me hervía en las venas y estaba dispuesto a informar a mi madre y a la policía de los desvaríos de Olga. Como le había dicho un momento antes, no iba a permitir que nadie mancillara el cadáver de Percy por una estúpida superstición. La policía, debidamente alertada por mí, debía impedir que al amanecer los hijos de Olga entraran en el mausoleo. “A menos que…”. La imagen de mi infeliz amigo, levantándose de su tumba y paseándose por el panteón volvió a mi mente, con más viveza que antes, y me estremecí. “¿Y si es verdad lo que Olga dice?”, me pregunté mientras iba hacia mi escritorio y examinaba las herramientas que había dejado allí olvidadas. Cogí una afilada estaca de fresno y la sopesé entre mis manos. “¿Y si Percy está condenado?”. Sólo había una manera de averiguarlo. Me encaminé hacia el cementerio mucho antes de la medianoche con el maletín de Olga en las manos. Tenía que ver con mis propios ojos si era verdad que Percy se levantaría de su tumba, tal y como se había aparecido en mi sueño, o si no eran más que tonterías declamadas por una sirvienta demasiado agorera. Si no era así, pondría todo en conocimiento de la policía y evitaría el ultraje al cuerpo de Percy, pero si era verdad… ¿Qué iba a hacer? ¿Dejar que los hijos de Olga hicieran su trabajo? Al llegar al cementerio, escalé el muro y me dirigí hacia la tumba de Percy. Me aposté en la puerta del mausoleo, y me quedé allí quieto y solo, durante un largo rato sin saber qué hacer. La noche era muy oscura, y apenas se distinguía más que la confusa silueta de las lápidas y los pequeños panteones que constituían la única población del lugar. Oía el ulular de un búho, apostado en alguna rama no muy lejos de mí, el cri-cri de los grillos y el leve susurro de las patas de pequeños roedores que se deslizaban como sombras a mis pies. Y de repente, en medio de toda esa serenata desplegada ante mis oídos por las criaturas de la noche, escuché sonidos dentro del mausoleo. Al principio pensé que mi trastornada mente me estaba jugando una mala pasada, pero a medida que los ruidos se hacían más y más intensos, me di cuenta de que algo —o alguien— estaba moviéndose ahí dentro. Oí a la piedra deslizándose sobre la piedra, el golpe sordo de algo pesado al caer, y el sonido inconfundible de unos pasos sobre el suelo de mármol. Presa del pánico, pensé que de alguna manera los hijos de Olga habían decidido ir durante la noche a violar la tumba de Percy, y me apresuré a abrir para desvelarles mi presencia. Cuando abrí lo primero que percibí fue el olor de las flores podridas. Estaba tan oscuro dentro que tuve que esperar en el umbral a que mis ojos se habituaran a la penumbra. Esperaba oír un grito o una imprecación, pero ningún sonido salió a recibirme, quienquiera que estuviese moviéndose ahí dentro, quedó estático y callado tras mi intromisión. Armándome de valor, me introduje en el mausoleo, dirigiéndome hacia la única figura que podía distinguir ahí dentro. En mi torpe caminar, tropecé con algo, y me di cuenta de que era la losa de piedra que formaba la tapa del sarcófago en el que habíamos enterrado a mi

amigo. Esa visión me resultó más espeluznante de lo que soy capaz de expresar, y volví de nuevo mis ojos hacia la figura que antes sólo podía vislumbrar, para darme cuenta de que quien estaba de pie ante mí era Percy. Cuando nuestros ojos se encontraron noté que una sensación de terror se apoderaba de mí. Sentí que mi rostro palidecía y que lo que tenía delante iba a absorber toda mi existencia si yo se lo permitía. Él por su parte, avanzó hacia mí, y yo no me moví, presa del mayor de los espantos. —Oscar, mi Oscar —dijo, y el sonido de su voz, saliendo de aquellos rojos y voluptuosos labios se me antojó perverso y lascivo—. Mi amor… Intenté dar unos pasos hacia atrás y trastabillé. Caí sobre la losa de piedra e hice un gesto de repulsa con una mano hacia el ser que se me acercaba, mientras que con la otra rebuscaba en la bolsa intentando dar con la estaca. —Aléjate —grité, al borde del pánico—, ¡aléjate de mí, demonio! Sé lo que eres, ¡sé lo que eres! ¡Y he venido a destruirte! La criatura se paró, trastocando su expresión por una de profunda pena y melancolía. Sus brazos cayeron laxos a sus costados y me miró con fijeza, como si reparara en mí por primera vez. —¿Es eso verdad, Oscar? ¿Me quieres destruir? En ese momento me recordó tanto a mi querido y dulce Percy, con sus ojos azules, llenos de franqueza y su rostro rebosante de confianza y amor, que dudé en medio de mi arrebato y no supe qué contestar. Él extendió la mano hacia mí y me ayudó a incorporarme, quedando ambos frente a frente. Aún con algo de temor, levanté la mano hacia él y acaricié su rostro, maravillado por la belleza que desprendía, pero estaba frío y muerto al tacto. Retiré la mano, asustado de nuevo. —No debes temerme —me dijo con dulzura—, por nada del mundo te dañaría. ¿Debo temerte yo a ti? —susurró, tan cerca de mi rostro que noté que su habla no producía aliento alguno. —No —dije apasionadamente, sabiendo en ese instante que, pasara lo que pasase, no sería capaz de tocar uno solo de sus cabellos. —No te apenes por mí —afirmó, provocándome una nueva sorpresa—, esto es lo que yo quería. Ya no le temo ni a la enfermedad ni a la muerte. Soy el dueño de la noche, y soy inmortal. Esto es un regalo que me ha sido concedido, una bendición. —¿Una bendición? —pregunté con genuina incredulidad—. Percy, estás condenado. —Quizás —admitió—, pero ya no le temo tampoco a Dios. Apoyó su frente sobre la mía y ambos cerramos los ojos, disfrutando de ese momento de efímera compañía. —Ahora debes dejar que me marche —dijo al fin, separándose de mí.

—No —gemí, agarrándole por las muñecas. —Oscar, tengo que irme. ¿Crees que no sé que el amanecer me traerá la muerte? —Le miré atónito—. No me preguntes cómo lo sé, pero lo sé. Tengo que irme. No opuse más resistencia y le solté. Se alejó de mí dirigiéndose a la salida del mausoleo. Un dolor sordo me atenazó el pecho al verle partir, y el conocimiento de que no volvería a verle me golpeó como una maza. —Llévame contigo —me oí susurrar a mí mismo. Percy se volvió muy despacio y me miró con seriedad. —No. —Por favor —supliqué, más consciente ahora de lo que de verdad deseaba—, quiero estar contigo. Si vas a pasar la eternidad en la noche, quiero pasarla contigo. —No —repitió. —Pero es que yo también quiero ser inmortal —exclamé. —Querido mío —dijo con cierta condescendencia—, tú no necesitas mi ayuda para ser inmortal. Era una tontería —susurró acercándose de nuevo a mí—, pintar a las personas con la idea de hacerlas inmortales, como aquel retrato que te hice. Me gustaría recordarte así — continuó acariciando mi rostro con inusitada ternura—, siempre joven y hermoso, pero tu destino no es venir conmigo ni permanecer siempre joven, como ese estúpido retrato. Tu destino es vivir. Tú conseguirás labrarte una inmortalidad que nadie podría darte de otro modo. —¿Cómo? —Consiguiendo que el nombre de Oscar Wilde sea recordado durante generaciones. —Pero… —Algún día volveré a por ti, mi amor —me prometió, agarrando mi rostro entre sus manos—. Pero no hoy. Aspiré su perfume a flores podridas antes de que posara con suavidad sus labios sobre los míos. Luego, acarició con levedad mi cuello con la yema de sus dedos. Su piel estaba fría, pero sentí que el contacto me quemaba. —Te he dejado mi marca —dijo—, ahora eres mío, ningún otro te podrá tomar. Es el mejor juramento que puedo hacerte. Puso una mano larga y blanca sobre las mías. Algo frío y duro cayó en mi palma, y él me forzó a cerrar el puño para sostener ese objeto dentro. Se alejó de mí y salió del mausoleo sin mirar hacia atrás, y se perdió en las tinieblas. Me quedé largo rato allí de pie, tanto que perdí la noción del tiempo. Vi el amanecer, asomando por entre los álamos y mientras la noche moría, abrí mi puño para ver lo que Percy había depositado en él: una moneda de plata con la efigie de un voivoda de Rumanía.

XI

La mesa había quedado en silencio. Oscar, absorto en contar su relato apenas había comido nada, mientras que en el plato de Abraham podía verse una furiosa montaña de caparazones de cangrejo, que atestiguaban que él solo había acabado con casi toda la bandeja, que yacía vacía desde hacía largo rato. Ahora, saboreaban el vino mientras Abraham se masajeaba la tripa y digería lo que acababa de escuchar. —Ciertamente tu historia es difícil de creer. —Sabía que no me creerías, pero tienes la irritante manía de no haberme ningún caso. —Y dices que te hizo la misma marca a ti, para protegerte de los demás vampiros. Oscar asintió, abriéndose levemente el cuello de la camisa para mostrarle a Abraham una pequeña laceración en la piel de su cuello, justo a la izquierda de la nuez de Adán. Su amigo palideció ante la mera vista de esa herida, impresionado por la historia que acababa de escuchar y porque uno de sus elementos acabara de materializarse ante sus ojos. Cualquier escéptico habría dicho que esa no era prueba suficiente, que Oscar podía haber inventado la historia para justificar una quemadura en su piel, que bien podía haberse hecho de cualquier otra manera. Pero Abraham ni era un escéptico, ni tenía motivos para pensar que su amigo pudiera estar inventado una historia tan estrafalaria acerca de un suceso tan traumático de su vida. Oscar se levantó, dando la velada por concluida, e hizo una seña a uno de los camareros para que le devolviera su capa de pelo del guardarropa, pero Abraham aún tenía algo que decirle. —Oscar, ¿te das cuenta de lo que tienes entre manos? —¿El qué? —¡Una historia! —dijo exaltado. Oscar negó con la cabeza, con cierta tristeza. —Sería incapaz de escribir sobre esto. Es verdad que aún hoy en día, la imagen de Percy me fascina e inspira, y puedo escribir sobre él, sobre los recuerdos de belleza y pureza que él me evoca, acerca de la extraña idolatría que sentíamos mutuamente. Pero aunque lo hiciera, quizás no podría publicar ese material. —¿Por qué? —Porque no estoy seguro de querer desnudar mi alma ante la mirada entrometida y superficial del mundo —confesó. Abraham pareció abatido un momento, como si le pesase que tan fantástica historia cayera en el olvido cuando ambos desapareciesen del mundo. Oscar le miró, como adivinando sus pensamientos, y sonrió con dulzura mientras recogía la capa de manos de un sirviente—. Pero podrías escribirla tú.

—¿Yo? —Había entusiasmo e incredulidad en su voz. —Sí, tú mismo dijiste que el terror es tu género favorito, y no confiaría en nadie más para contar la historia. ¿Te lo imaginas? —Oscar adoptó una pose despreocupada y elegante mientras elevaba el brazo frente a sí, como visualizando algo—. “El vampiro”, de Bram Stoker. Piénsalo. —Como despedida, dio una leve palmada a su amigo en el hombro, y salió acompañado del toc-toc de su bastón. Abraham se quedó quieto donde estaba, sonriendo ante una ensoñación que estaba teniendo. Su mente de escritor se había puesto en marcha rápidamente para buscar la manera ideal de adaptar la historia sin desvelar a sus verdaderos protagonistas. Al final, se levantó para irse, con una idea en mente, pero algo le detuvo: un pequeño objeto metálico que descansaba sobre la mesa. Era una moneda plateada, y en ella se observaba la efigie de un caballero, que llevaba un tocado como los usados en el este de Europa. No parecía una moneda de curso legal, sino un mero grabado realizado sobre una plaquita de plata de forma circular. A su alrededor podían verse leerse unas palabras. “Vladislavs Dracula, Wallachiæ Weywoden” —“El vampiro” —resopló mientras guardaba la moneda en su bolsillo—, ese título está muy trillado.

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