La hija del Sr.

Pérez (por Catalina Sevení)
Aquella tarde de verano, de esos veranos largos y calurosos de Madrid, cuando pasar de treinta y nueve grados a las cinco de la tarde no se consideraba una ola de calor sino la rutina lógica en una época lógica del año, mi madre tiraba de mí para ir a visitar a Ricardita. Cuando las tardes tórridas de verano se combatían echando la persiana de madera por la barandilla del balcón, a modo de toldillo para dar sombra, entreabriendo las puertas para dejar pasar el poco aire que se movía, hacer visitas a la familia, a los amigos o a los vecinos era un acto tan cotidiano como recibir postales de Torremolinos o de las puestas de sol sobre las kilométricas playas onubenses, donde éste o aquel amigo habían ido a pasar el mes, el largo mes de vacaciones. Visitar a Ricardita era una rutina más, un hecho cotidiano, porque Ricardita pertenecía a la familia, sin serlo, desde que mi abuelo sentenció que mi familia tendría que cuidar de Ricardita y de la tía Meme, las dos mujeres solteras a nuestro alrededor, en los tiempos en que todas las familias tenían a su alrededor mujeres viudas sin serlo, novias sin serlo, amantes sin serlo de todos los hombres que desaparecieron, que murieron en la guerra de sus abuelos y de sus padres y hermanos, en aquella guerra que dejó yerma la vida de muchas mujeres que no tuvieron la ocasión de ser esposas, madres, novias, amantes de hombres que acabaron su vida antes de consumirla. Ricardita era como su nombre: diminutiva. A sus más de sesenta años, posiblemente el paso del tiempo le restó algún que otro centímetro a su ya diminuta estatura, haciendo de esta mujer, ahora ya tan mayor, una personita a la que para saludar había que ejercitar posturas tan incómodas para ella como para el que hacía la genuflexión exagerada por alcanzar y depositar dos besos en su carita, ahora ya arrugada, de muñeca. Bien proporcionada, todo en ella era pequeño: sus bolsos, su calzado, que de tan menudo siempre tendría el aspecto pueril de los zapatitos que sólo encontraba en las tiendas para niños, sus abrigos, sus pulseras, sus pendientes… hasta su casa era pequeña. Ricardita vivía en un piso interior de 28 metros cuadrados, cerca de Atocha, enfrente de mi colegio, con el olor rancio que deja el tiempo que se fue, con las sillitas, el aparador, la cocinita, la mesita camilla y la ventanita que daba al patio interior por el que hacía esfuerzos la luz del día para colarse con permiso, por compasión, en aquel saloncito-recibidor-comedor-sala de estar. Desde mis once o doce años, visitar a Ricardita aquella tarde calurosa de verano, era tan tedioso y letárgico como las tantas otras ocasiones, en tantas otras estaciones del año en que íbamos a visitar a Ricardita. Aquel piso oscuro, añejo, exiguo, me parecía, a mis once o doce años, como me pareció a los trece o catorce, como lo sentí a los quince o dieciséis, como lo viví a los dieciocho o veinte años: un piso triste, un casa mustia, un hogar afligido y doliente como reflejo de lo que yo veía en aquella muñequita, cada día más mayor, y de la que adivinaba una vida triste, mustia, afligida y doliente, estéril y baldía, como aquellas paredes sin color, aquellos rincones sin luz, aquel baño sin bañera o aquel salón sin una flor… podía interpretar lo que veía, podía adivinar lo que sabía de su vida y ya había decidido que la vida de Ricardita había pasado como la de todas aquellas viudas imposibles, novias o amantes impracticables, en la esterilidad emocional de una España triste, oscura, llena de prevención y de miedos, pletórica de confusión por lo perdido, exultante de desconcierto por lo logrado. Las conversaciones entre Ricardita y mi madre, y a veces también mi abuela, carecían de todo interés para mí a los once o doce años, cuando, escondida bajo la timidez que siempre me escudó en situaciones incómodas, apenas abría la boca para contestar con una sonrisa a las ternuras que siempre me dedicaba aquella mujercita cuando me veía. Y mientras las oía hablar de esto y de aquello, cotidianeidades que ocupaban sus inercias en aquellos días, yo miraba a mi alrededor, en aquella casa pequeñita, sintiendo en mi aún novato corazón toda la soledad que desprendía la muñequita y su entorno. Sobre el aparador, la foto más que antigua de su madrastra y de su padre. Al lado, con un gesto adusto de matrona en sepia, su tía Magdalena –otra viuda sin serlo-, con la que convivió durante años y a la que

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cuidó hasta que una larga enfermedad, como sólo antes eran las enfermedades, acabó con el único familiar que dejaría el escenario de Ricardita aún más vacío. Los vínculos de Ricardita con mi familia se remontaban a la época de mi bisabuelo materno, cuando el Sr. Pérez trabajaba con él en una importante empresa metalúrgica con las oficinas enfrente del Congreso. Mi bisabuelo colocó a su hijo como oficinista y el Sr. Pérez hizo lo propio con su hija Ricardita, una jovencísima criatura, porcelana de catorce años que entró de aprendiza a las órdenes de Don Leandro. Yo conocía esa historia de cuando mi madre, y a veces también mi abuela, me contaban cómo el Sr. Pérez y su hija Ricardita fueron a parar al mismísimo pueblo almeriense huyendo del frente de Madrid durante la guerra. En aquella época, cuando la República fue traicionada, el Gobierno autorizó a las personas mayores y a los niños a abandonar el Madrid asediado por las tropas golpistas. Entonces, mi bisabuelo, que ya dejaba a su hijo oficinista en la capital de la resistencia, cogió un mapa de la península y trazó un círculo con un compás; de los puntos más alejados que salieron eligió Pulpí, fronterizo entre Murcia y Almería, un destino remoto donde llevó a su mujer, su nuera y su nieta. Fue entonces, después de comprobar la apacibilidad de su destino, cuando el papaíco, mi bisabuelo Ángel, llamó al Sr. Pérez para decirle que había encontrado un sitio tranquilo donde pasar, con paciencia y dignidad, con resignación y esperanza, aquellos convulsos tiempos. Allí llegó Ricardita con su padre, el Sr. Pérez, para pasar los convulsos tiempos en un pueblo que recibió a los madrileños con la curiosidad propia de quienes apenas compartían suerte con los que vivían en capitales, y el asombro, modesto ya en aquellos días poco propicios para la turbación, por observar maneras, ropas y acentos tan distintos a los que les fajaban en su condición. Como había previsto el papaíco, aquel pueblo sirvió de sosegado lugar de espera hasta poder volver al Madrid sucumbido, claudicado y rendido, que afrontaba años de paz hambrienta, de racionamiento silencioso, donde el hijo del papaíco, mi abuelo Ángel como su padre, se quejaba de no poder comerse un buen bocadillo con el pan blanco que vendían las estraperlistas que siempre salían corriendo al confundirle con el policía de la secreta que no era… así era mi abuelo, Ángel como el papaíco, con aquella planta de señorito que calaba su sombrero como sólo los señoritos sabían hacerlo y cuya facha le impedía disfrutar de uno de los tantos placeres perdidos en aquellos días. De aquellos tiempos de guerra en la retaguardia y de posguerra en el frente, venía la amistad de Ricardita con mi familia. De aquellos días en Pulpí, donde el Sr. Pérez y el papaíco entrelazaban y reforzaban su amistad más allá de la simple coincidencia en espacios y en tiempos, cuando las mocitas de aquella trouppe improvisada en el exilio de la retaguardia, salían de paseo por el pueblo. Salían para que la niña Carmencita, que empezaba a dar sus primeros pasos, tomara el aire y para que, tanto la madre de la niña como su amiga en el exilio, recibieran los piropos y lisonjas de los paisanos encandilados con el desparpajo y el primor de la nieta del papaíco. Aquella niña fue para Ricardita, ya en aquellos tiempos, como la hija que no tuvo. Aquella hija de mi abuela hizo las delicias de la hija del Sr. Pérez no sólo en Pulpí sino durante el resto de años en que su historia personal quedó vinculada con la de mi familia hasta su muerte. Yo recuerdo a Ricardita en las fotos de mi comunión, cuando ya entonces resultaba pequeña al lado de una chiquilla de siete años que vestía “de corto”, aún en ese ceremonioso día, como único acto de rebeldía y diferenciación, en aquellos años setenta donde las ganas de cambio empezaban a asomar en actos tan simples como renunciar al vestido de princesa y a las grandes celebraciones, tan en contradicción con la liturgia que se oficiaba. Ricardita también estaba en las fotos de boda de mi madre, que no de mi padre, en ese enlace donde la novia con vestido prestado celebraba otra liturgia tan diferente a las habituales, con el novio a 9.135 kilómetros de distancia y con más de doscientos asistentes al casorio, entre familiares, amigos y curiosos ante esos esponsales por poderes. En 1961, la viuda del hijo del papaíco, contaba con los recursos básicos
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para ir tirando en la España del Plan de Estabilización y del incipiente “milagro español”, cuando la apertura económica atrajo la lluvia de inversiones extranjeras, seducidas por los bajos salarios de los españoles en paz. Mi abuela, viuda de Ángel, como su padre, había pasado aquellos años difíciles, tras la muerte de su marido y de sus suegros, con tres niñas, dos más que cuando llegaron a Pulpí hacía veinticinco años, con los pocos recursos que su habilidad le permitió y la poca ayuda que recibió. De los doscientos asistentes a aquella boda, sólo los familiares más cercanos y Ricardita pudieron pasar la tarde en una cafetería de la Plaza de España para festejar el acontecimiento. Durante los años en que mi madre, la hija de Ángel, como el papaíco, se marchó a 9.135 kilómetros para reunirse con su ya marido esposado en la distancia, Ricardita estuvo también presente en las cartas, los recuerdos y las fotos que iban y venían de un lado al otro del Atlántico. A la vuelta del centro de América, mi madre, y entonces también mi padre, continuaron la amistad, la familiaridad con la hija del Sr. Pérez, tanto que aún hoy día hay una foto de Ricardita junto a la de mi boda, en el aparador de la nieta mayor del papaíco. Ricardita estuvo presente en nuestras vidas y aún lo está porque, intentando agradecer esas ayudas que no se pagan con dinero, ese apoyo y esos cuidados que el corazón y la conciencia no habían hecho más que revalidar la sentencia de mi abuelo, la hija del Sr. Pérez testó a favor de mi madre, la nieta del papaíco, todos sus esforzados bienes: su minúscula casita de 28 metros cuadrados y su exiguos ahorros, en un empeño de reconocimiento y cariño hacia la hija que nunca tuvo y a su familia que nunca fue. Fue después de su muerte, a finales de los ochenta, cuando descubrí la verdadera historia de Ricardita. Fue en aquel momento cuando me alegré tantísimo de mi error, de mis juicios y prejuicios sobre la vida que adivinaba estéril y baldía, cuando supe que esa historia debió de ser una de las tantas, de las miles que pudieron fraguarse durante los pasados cincuenta años. Era una historia triste, como las miles que pudieron vivirse, en coincidencia temporal, por tantas mujeres presas de las circunstancias y de sus sinos marcados a fuego por el fuego, por la historia, por la irreverencia del destino que no repara en ajustar sus caprichos a los postulantes apropiados. Sin embargo, siendo una historia triste, aún se anteponía a lo que yo adivinaba de aquella vida vacía, seca y posiblemente sedienta de apegos y pasiones, se anteponía tanto que me alegré y me alivié más que si me hubieran dicho que mi abuelo, Ángel como el papaíco, en realidad no había muerto lejos de los suyos, buscando un futuro mejor, huyendo de un presente peor, y sin tiempo para conocer a la prole que le sucedió, que todo fue un cúmulo de circunstancias que le hicieron perder el contacto con su familia, por la que había luchado en la distancia, y que al cabo del tiempo, se apareció a su viuda, a sus tres huérfanas, para aclarar y poner en su sitio los últimos treinta años de su vida. La historia de Ricardita se me antojaba tan imposible como la sorpresa de descubrir un abuelo vivo, enterrado en la distancia treinta años atrás. Tan inverosímil como pretender que un día el abuelo Ángel llamara a la puerta para reencontrarse con mi abuela, con mis tías, con mi madre, para conocer a sus dos nietos y cuatro nietas. La evidencia de la historia triste de Ricardita se desveló aquella mañana en que llamó a casa por teléfono y pidió, en el tono que sólo la angustia y el ahogo por el tiempo que corre pueden entonar, un enorme favor, un incondicional favor: que mi padre la acompañara al hospital Clínico. Fue entonces cuando, con la fatiga en su voz por el nuevo revés del destino, la desazón por la inquietud, la congoja menor que el arrepentimiento, la pesadumbre en lidia con la culpabilidad y el sufrimiento por lo sufrido, Ricardita confesó “Leandro se muere”. Mi padre la acompañó al hospital, sin hacer preguntas, sin juzgar, en la benevolencia de quien cree que todo el mundo cumple su destino de la mejor manera y como el propio destino te permite. Mi padre la acompañó y tuvo la discreción de dejar a Ricardita y a Leandro solos en aquella afligida habitación, cuando se cogieron las manos y todo a su alrededor hedía a despedida.
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Cuando Ricardita abandonó aquella estancia, con el rostro descompuesto por la resignación, la amargura, el dolor y la pena, mi padre la acompañó como un escudero fiel, como el noble esbirro que salvó con bien una de las situaciones más embarazosas de su vida. Recorrían los intrincados pasillos del hospital en busca de la salida cuando una voz de mujer joven les perseguía por detrás. Cuando les alcanzó a la puerta de los ascensores, la muchacha les detuvo en su afán de saber quién era aquella pareja tan dispar que había salido de la habitación de su padre agonizante. El marido de la niña Carmencita se presentó como el acompañante de la hija del Sr. Pérez, que había sido antigua compañera de oficina de don Leandro y que, habiendo sabido de su triste enfermedad, había querido ir a visitarle al hospital. La muchacha agradeció la deferencia y les dejó marchar, mientras Ricardita enmudecía, mientras mi padre respetaba, mientras el mundo se acababa una vez más. El mundo se había acabado tantas y tantas veces antes de aquella tarde que Ricardita apenas tenía fuerzas, ya entonces, para mantener la entereza y la cabeza erguida en aquel cuerpo de muñeca. El mundo se acabó cuando estalló la guerra, el mundo se terminó cuando su padre la llevó consigo a Pulpí, alejándola de Madrid y de la oficina de enfrente del Congreso, donde los republicanos resistentes hacían noche, hacían día, arrebujados en los pasillos y en los despachos, a diecisiete minutos de las balas. El mundo no tuvo continuidad cuando regresaron a Madrid y, durante más de cuarenta y cinco años, el mundo se hacía añicos cada día, cada tarde, cada mañana en que la hija del Sr. Pérez se resistía, se entregaba, se rendía, se negaba, accedía, renunciaba, se aflojaba, consentía, renegaba, aceptaba, capitulaba, convenía y se resignaba, aguantando, año tras año, los designios de la vida que ninguna mujer hubiera elegido para sí. Cuando don Leandro Muñoz vio por primera vez la porcelana que incorporó a la oficina el Sr. Pérez ya sintió la avidez de la aprehensión, el deseo de la posesión de aquel tesoro inmaduro, anticipo de la mujer, pequeña siempre, que sería aquella criatura nacarada. Cuando Ricardita vio por primera vez a don Leandro ya sintió, desde su juventud acelerada en cuesta ascendente hacia la madurez que le exigía el entorno, el temblor y el vértigo que aquel hombre diez años mayor le imponía sólo con su presencia, sólo con su mirada de perdiguero al acecho. Habían sido años de flirteo, de juegos, engatusamiento y seducción, mientras la porcelana crecía, mientras el ojeador aguardaba. Años distraídos en el regocijo de saberse deseada, en el regodeo de sentir el trofeo casi conquistado. Aquel bochornoso viernes de julio, la radio en casa de Ricardita relataba la insurrección militar en Melilla, desde donde se extendió con rapidez al protectorado de Marruecos. Para ese sábado y domingo, 18 y 19, el golpe ya se había extendido a la península, donde lealtades y deslealtades mal y bien entendidas, la dejarían dividida irremediablemente en dos mitades, las dos porciones de un todo que guerrearon contra la otra durante los siguientes tres largos años. Ya durante aquel fin de semana, la hija del Sr. Pérez sintió la punzada en el estómago que todos sintieron durante el transcurrir de los días venideros: había estallado una guerra, el destino había dejado de estar en manos propias para pasar a las despiadadas garras de aquel funesto trance. Con los primeros fríos de octubre, las tropas del General Varela llegaron a las afueras de Madrid, con las primeras lluvias de noviembre, ocuparon Leganés, Getafe y Cuatro Vientos. Con los primeros brotes primaverales, Madrid expiró tres años después de haber resistido a los bombardeos de los aviones Junker alemanes y a los combates cuerpo a cuerpo en la Casa de Campo, la Ciudad Universitaria o el Puente de los Franceses, donde ni la columna del anarquista Durriti ni la ayuda de las Brigadas Internacionales impidieron que siete días después de que entrara la primavera en la ciudad deshecha, hicieran lo propio las tropas antirrepublicanas pisoteando la capital del “No pasarán”. Fue entonces cuando Ricardita, junto con muchas orejas más pegadas al transistor de la pensión de Pulpí, escuchó el mensaje del general: “En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”
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La guerra había terminado y sería el momento del regreso, del reencuentro. Habían sido tres difusos años en el exilio andaluz, en los que la hija del Sr. Pérez había manejado algún que otro pretendiente en la retaguardia como aquel muchacho tan alto, tan desgarbado, tan buen partido, dueño de una fábrica de harinas, que bebía los vientos por la muñequita madrileña y que tan sólo consiguió el inconsciente desdén de quien no daría nunca una oportunidad a provocar comentarios del estilo “ahí van el punto y la i”… con esa facilidad se deshizo Ricardita del harinero Esteban; y es que además en su ánimo estaba la vuelta y en su voluntad revoloteaba el reencuentro. En el desconcierto de la ciudad desmoronada y decaída, costó cerca de dos años más la reunión. Y fue precisamente cuando don Leandro, que había pasado la guerra en su pueblo de la sierra turolense de Gúdar, volvió a esa oficina, con los cuatro años pasados cargándose en sus hombros y en su corazón, con el anillo de esposado y una criatura, la primera de un extenso linaje, entre las sorpresas a descubrir en aquellos tiempos, ya de poco pasmo. La hija del Sr. Pérez con el asombro justo para asimilar la sorpresa, asumió resignada la pérdida y esperó, como esperaron tantas mujeres, la llegada del que habría de ser su novio y marido, aquel hombre que probablemente yacería en alguna fosa, aquel joven que estaría en algún campo de refugiados en Francia o aquel otro que, con más suerte, consiguió hacerse con un pasaje para el México de Cárdenas. La hija del Sr. Pérez esperó, aguantó, hizo tiempo… pero sucumbió. La que fantaseó con ser la Sra. Muñoz perdió la batalla del asedio del que, aún teniendo ya el título concedido, pretendía reconquistar el corazón y el cuerpo de la muñequita, en una insoportable doble vida, donde la segunda Sra. Muñoz, la primera por derecho y la segunda por destino, le tocó hacer el papel más ingrato en uno de los tantos folletines que se desarrollaban por entonces en la ciudad. Ricardita hubiera querido tener la vida que se esperaba que tendría; sin embargo, la hija del Sr. Pérez aparentó tener la vida que parecía llevar; sin embargo, la malograda segunda Sra. Muñoz llevó la vida que realmente llevó, a escondidas, de tapadillo, con las visitas veladas, con los encuentros ocultos, con los deseos disimulados en público y desatados en privado, con los anhelos por cumplir y las esperanzas por lograr. Cuarenta y cinco años de tumultuosa vida en común, en la parte oscura del común, que dos años atrás parecían llegar a su fin: la primera Sra. Muñoz había fallecido de una trombosis cerebral, dos de los cinco hijos de don Leandro habían dejado la casa paterna y los otros tres ya se habían casado, cada uno en tres años consecutivos. Después de cuarenta y cinco años de compartir la parte oscura, estaban en disposición de compartir, de manera visible en el otro lado, al menos la última etapa de sus vidas. “Leandro se muere”… y mi madre, que ya sabía por la suya quién era Leandro en la vida claroscura de Ricardita, sintió cómo la desazón por el nuevo revés arrastraba a la hija del Sr. Pérez al borde de la impotencia. Habían calculado el retiro conjunto, en aquella residencia de la zona norte donde aparentarían coincidir por primera vez y donde nadie habría sospechado de la nueva asignación del título de Sra. Muñoz para la muñequita, ya tan mayor. Leandro murió en el hospital dos días después de la primera y última visita de la futura Sra. Muñoz, rodeado de los suyos y con una falta grave en el alma. La nunca bien condecorada como Sra. de don Leandro, también murió en el hospital un año después que él, rodeada de los suyos que, sin serlo, formaron parte de su familia hasta su desaparición. Ricardita desapareció y con ella todas las palabras que hubieran dado mejor literatura a su historia. La hija del Sr. Pérez, la porcelana nacarada, la posible esposa de tantos hombres, la imposible madre de tantos hijos, la mejor abuela que muchos hubieran disfrutado, se marchó, cumplió su ciclo, y, sin embargo, su imagen siempre presente en el aparador de mi madre, hace de su recuerdo el homenaje a tantas vidas que pudieron ser, sin serlo o a las que, aún siendo, hubieran podido no ser. Como el propio destino decide, como la propia vida exige, como el libre albedrío resuelve y como cada uno consigue hacer.

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