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Sanchez, Juan Guillermo, 1980
Diarios de nada , Juan Guillermo Sanchez M.
Ottawa, Canada. 2011
138 paginas.
ISBN: 9¯8-1-895006-09-4





















ISBN: 9¯8-1-895006-09-4
DIARIOS DL NADA
© Juan Guillermo Sanchez M.
Lditorial Letras Sueltas , Lditorial Split Quotation
Diseno de cubierta: I·onne Zarza , Juan Da·id Laserna
Corrección de estilo: Aura lorero de \alker
Impresión: Gau·in Press
Impreso en Ottawa, Canada.






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Diarios de Nada




/10/


llegó la imagen, ¡por íin la imagen, Juan!, clara como nunca,
el argumento períecto para el cuento... Imagínese un tipo de
unos 30 o 35 anos, no importa el país o la ciudad ni cómo es
el tipo o qué come o cómo se ·iste, no tiene íorma, es un
hombre, es sólo eso, un hombre promedio hacia íinales del
siglo XX, obsesionado con la íísica y con la teoría del Big-
Bang. Pero..., claro, como es muy jodido construir un
argumento sin un espacio especííico o sin detalles que
ayuden a construir los personajes, la idea es... cómo decirlo...
armar el relato a partir de las conclusiones que el propio
personaje ·a conjeturando. Ahí toda·ía tengo que pensar un
poco porque la idea es que no ocurra nada o..., mejor
dicho..., que ocurra nada y que el cuento sea una cadena de
probabilidades, ,me entiende...· Algo así como el recuento
de circunstancias posibles que rondan la cabeza de un preso
la noche anterior a su íuga... \ ahí es donde comienza la
cosa porque imagínese que el tipo, obsesionado con su
cuento de la íísica y el Big-Bang, una noche cualquiera,
digamos un lunes, esta junto a su esposa tremendamente
decidido a dormirse, las luces estan apagadas y aíuera,
aunque también podría ser en la cabeza del personaje,
suenan algunas sirenas y el motor desenírenado de una
moto..., tal ·ez un tipo que rompió con su mujer y sólo
quiere irse rapido de esa calle o cuadra o mundo..., no sé... Ll
caso es que el tipo nada que se puede dormir y esta dando
Diarios de Nada




/11/


·ueltas mientras su esposa ronca. \ entonces..., en la noche
de un lunes cualquiera, de pronto se le re·ela una ecuación,
una respuesta, una luz después de días, anos, siglos, digamos
desde el Big-Bang, haciéndose la misma pregunta. Ls el
instante de la existencia en que un hombre ·islumbra el
sentido de la existencia misma, de esa existencia que.
digamos. también preocupa al lector., ,me entiende· Mejor
dicho, de esa existencia que nos jode a todos, Juan..., ,si
·e...· Lse es el juego del cuento, el tipo da con el misterio, lo
rodea, lo huele, lo palpa, y así como esta, tirado en la cama
como un perro o una piedra, siente por unos segundos que
sí, que claro, que cómo no iba a haber un sentido detras de
toda esta mierda. \ es en este punto, Juan, cuando comienza
el juego de asociaciones del que le hablaba, pero el lector
nada que entiende porque toda·ía el escritor no ha podido
explicarle cual es el íamoso secreto que ha logrado
mantenerlo... digamos durante 10 minutos... sentado en el
metro o en la biblioteca o en la silla alta de la cocina,
esperando a que pase algo en el relato, pero nada. \
bueno..., ahí también estoy un poco coníundido... 1engo ya
algunas cosas, sí, pero... No sé. Al comienzo... era una bola
de luz o algo así, llena de energía y atomos de hidrógeno.
Imagínese esa cosa inconmensurable palpitando en un
espacio sin límites, la gran nebulosa sin tiempo cuyos atomos
luchan por no quebrarse en medio de la nada. Lntonces.,
Diarios de Nada




/12/


como si los atomos supieran de antemano el destino iníinito
que les pertenece, estan danzando ahí, en el origen,
emocionados por íecundar cuanto antes la oscuridad que los
rodea. Impacientes, casi sin mirarse, de un momento a otro
acuerdan la hecatombe. La gran explosión, Juan. ,Se
imagina· Pero el personaje tiene claro el Big-Bang y el lector
ensimismado, encor·ado, somnoliento, a punto de
le·antarse por el encendedor o un ·aso con agua, ya ha
escuchado este cuento iníinidad de ·eces, y a causa de la
repetición no le dice nada, nada... O sea que en el íondo, el
problema del cuento no es el Big-Bang, el problema son las
consecuencias de la explosión. Imagínese que después del
punto 0, los atomos de hidrógeno, zigzagueando por el
espacio como grillos diminutos, empiezan a agruparse en
nue·as estrellas, miles de jó·enes estrellas, nudos abrasados
de hidrógeno y de luz. Pero las estrellas como los hombres,
así suele repetirse el personaje, como nacen mueren para que
otras sigan perpetuando la existencia. \ esa es la idea, ,sabe·
Que en el íondo, nadie lle·e la cuenta porque el personaje es
sólo un hombre, ¡sólo eso!, y tiene derecho a joderse la
cabeza jugando a atrapar lo inasible mientras su cuerpo yace
como una laguna o un írailejón un lunes cualquiera en un
lugar cualquiera de la existencia. ,1iene aían...· No, todo
bien, ya casi termino. Ll tipo sabe, en últimas, que de las
cenizas que se producen en la combustión de esas primeras
Diarios de Nada




/13/


estrellas, se crean nue·os atomos como el carbono, el
nitrógeno, el calcio, el íósíoro, el potasio, el sulíuro, en íin...,
y moléculas como el oxígeno. \ aunque eso resulta ob·io
para un íísico, esa noche nuestro personaje no puede dormir,
nada, ¡no puede!, porque se ha dado cuenta, y es que hay
muchas íormas de darse cuenta, Juan, que aunque él lo sabía,
no se había dado cuenta de ·erdad, y entonces esa noche
esta espantado porque algo se esta quebrando, algo no
concuerda, y esta que hace cuentas, números, estadísticas,
repasa la tabla periódica, ·a y ·uel·e de la biblioteca, hasta
que íinalmente llega a la sentencia... \ ahí esta la cosa...,
Juan, porque pronunciarla sería pronunciar el nombre de
Dios o algo así... Ademas, en este punto del relato el lector
tiene que espantarse también. Pero., ,cómo· Miky, la
noche en que se me ocurrió el argumento, me dijo algo que
podría ser·ir... Si nuestro cuerpo esta compuesto de un 65°
de oxígeno, 18° de carbono, 10° de hidrógeno y ¯° de
otros elementos como el nitrógeno, el calcio, el íósíoro...,
esto signiíica que los bloques íundamentales de nuestra
composición ·ienen 10° del Big-Bang y 90° de las íusiones
nucleares de las hermosas estrellas... Suena bien, ,no· \ es
gracias a estos porcentajes que el personaje acaba de
entender con toda claridad que nosotros, o sea el lector, el
escritor, ¡todo el mundo!, somos nada menos y nada mas que
el Big-Bang o. si se quiere. la naturaleza tratando de
Diarios de Nada




/14/


entenderse a sí misma. Pero como le decía ahora, el asunto
que enceguece al personaje es eso, pero también otra cosa, y
es que si somos restos del Big-Bang, si somos la naturaleza
tratando de entenderse a sí misma, por qué, entonces, nos
aíana tanto la muerte o el recibo del agua o la bicicleta que
dejamos sin cadena a la entrada del centro comercial... \
aquí el lector tiene que saber que el personaje ha pasado de
la re·elación mística a la lucidez racional mientras se rasca la
cabeza con la almohada, porque aunque ahora tiene claro
que todos los hombres han tenido todo el tiempo del
uni·erso y lo tendran para seguir construyendo y
destruyendo la existencia como dioses ebrios o locos, qué
sentido, se dice el personaje mientras hala la cobija de
cuadros que su esposa no quiere soltar..., qué sentido tiene
le·antarse a la oíicina, preparar los hue·os íritos o re·ueltos,
culparse por desear a la secretaria, suicidarse o seguir
·i·iendo. \ el problema es que a esta altura el lector puede
haber abandonado el relato o puede estar pensando que la
cosa iba por otro lado y que a la larga el escritor no quería
hablar del Big-Bang sino de otra cosa distinta, digamos... mas
tri·ial, mas común, mas simple... Aunque también es
probable que el personaje esté tan coníundido que no le
haya dado respiro al lector, coníundido a su ·ez por el
problema que el personaje o el escritor o el Big-Bang le han
propuesto... Si realmente somos restos de esa primera
Diarios de Nada




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explosión, entonces... ,qué sentido tiene la existencia...· A
punto de nauíragar en su monólogo, de repente el personaje,
aunque. en este punto también podría ser el lector, recibe
una nue·a chispa..., una nue·a ruta para solucionar el
laberinto, y es que. su esposa, después de todo, también es
pol·o del Big-Bang y, según eso, todas las mujeres lo son. O
sea que... entre su esposa y su secretaria hay... si acaso un
acido nucleico de diíerencia. ,Se da cuenta, Juan.· Desde
este punto de ·ista, el personaje esta dilucidando que no es
posible la condena ni la libertad, no es posible la tentación o
la beatitud, no es posible la traición ni la íidelidad. \ entre
conclusión y conjetura, ya ·an siendo las 3 de la manana y el
personaje esta ahora radiante, Juan, dichoso, decidido a
mandarlo todo al carajo, ¡absolutamente todo! Porque somos
el Big-Bang balbuceante, titubeante, asesino, laico, ateo,
comunista, ·iolador, poeta, cocinero, Juan... Mejor dicho, a
las 5 de la manana de una madrugada cualquiera en cualquier
lugar de la existencia, el personaje quiere, necesita, le urge
despertar a su mujer para decirle que no se preocupe, que
todo esta bien, que la ·ida a pesar de todo tiene sentido
porque los atomos y las moléculas implacables que somos
habran de sobre·i·irnos por los siglos de los siglos..., pero
en medio del éxtasis, de la conmoción, nuestro personaje, a
punto de zarandear a su mujer, ·islumbra una nue·a
zancadilla, un obstaculo, Juan..., una minúscula pestana que
Diarios de Nada




/16/


oscurece el lente... Si no existe íinal, piensa el tipo, no existe
tampoco ninguna posibilidad de huir, y si el sentido,
¡maldición!, es que nada tiene sentido mas que durar, cómo
diablos íugarse, Juan, cómo.

\ ahí ·oy..., porque cuando llegué a ese punto de la
narración, la ·erdad me dieron ganas de abandonar la
historia, de ol·idarme de ese tipo, de ese personaje, un
hombre, Juan, sólo eso...











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QUÉ MALA SUERTE LA SUYA"
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Directorios, direcciones, nadie se encuentra. 1ú ·as para la
exposición. Ls tu primera exposición indi·idual. La calle es
un mantel con manchas y tú ·as como derramandote con
ganas. lumo, chorizos, cigarrillos. La galería esta al íinal de
la calle. Con tu buíanda, caminas seguro. Andén concurrido,
cachi·aches, íuego. Ll ·iernes se delata la ciudad, el asesino.
Ríes detallando rostros, narices, sanguijuelas. 1anto períume
emborracha, tantos tacones marean. Quieres ·er tus cuadros
ya, ahí, tras el ·idrio de la galería, cargados de ojos,
empapados de tarde.

De pronto la ·es. 1anto humo y encontrartela de írente.

- Qué mala suerte la suya... - te dira, ¡segura!

Indeíenso, querras mirarla con balas, pero no puedes, nunca
cargas.

- Quiubo, ,en qué anda...· - diras desconcertado.

Diarios de Nada




/20/


- Vi·o por aca., si no se acuerda.

- Ahh, sí...

- ,\ usted·

1ienes que apro·echar el momento, debes sorprenderla.

- Voy allí, a... mi exposición...

Por su gesto comprenderas que no le importa. 1enía que
llamarse L·a. L·a en un instante arrancandote los ojos.
Manos de cine, de nostalgias, de relampago: ,cómo no
in·itarla a una cer·eza...· La miras de períil, arrepentido,
mientras caminan en silencio hasta una tienda, una mesa, un
parasol. Dos anos sin ·erla es un suspiro cuando no quisiste
tú dejar de rozarle las pestanas. Porque íuiste tú quien no
quiso que se íuera, y ella en cambio se íue despelucada,
inmó·il. Ahora sonríe, prende un cigarro, te mira sin
memoria. 1u mano esta húmeda por la cer·eza helada.
Mientras lle·as la botella hasta tu boca, buscas las palabras,
el momento para preguntarle. 1ratas de lle·ar la
con·ersación:

Diarios de Nada




/21/


- \ qué ha hecho este tiempo... \o la busqué, pero...
Necesitaba hablarle...

- Sí, ya sé, el celador del ediíicio me contó sus
borracheras... Pero para qué... \a estaba todo dicho,
,no·...

- ...

1u ·oz ·encida y su íalda tan ligera. Sandalias, le·edad, otro
cigarro. L·a te dejara hablar imperturbable. Cigarro tras
cigarro te dejara deshacerte entre razones trasnochadas de lo
que ya no íue. Pero esta tarde ya no puedes parar, qué mas
da, y ahora estas rodando entre palabras, desbocado por
tanto silencio y sorbos de cer·eza. labras pedido seis con
esta, ella, una. Comienza a llo·iznar sobre la tarde. Andén
deshabitado y líquido. Gluc, gluc, gluc: te estas
emborrachando. L·a se ríe de tu parlamento, estira el cuello,
se constela, juega con el collar de conchas que la en·uel·e.
Sus manos son serpientes oceanicas. Blusa blanca, escote,
senos íirmes. ¡Diablos!, cómo no pensar en eso...

Ln la cer·eza nue·e llegaras al ·órtice. Caminaran, tú
tambaleandote y ella le·itando, hasta la galería. Reira al ·er
tus cuadros y no sabras si de emoción o burla.
Diarios de Nada




/22/



- No estan mal, loco.

- Gracias...

Ll óleo es un rincón tranquilo, la tela es un reílejo, un
simulacro. No se ensaya el amor, no la ·ida. 1odo tiene su
íinal.
!
!
5(!6'7#8,!
!
Acababamos de llegar de Cuba. Son, ron, sal... L·a era
explosi·a, impredecible. 1eníamos planes para irnos a
Luropa. \a habíamos a·eriguado unas becas. 1odo hacía
parecer que había encontrado a alguien. ¡Bukowski tendría
que comerse sus palabras!

Pero... luego íue el grito una noche, el silencio. ¡Por qué
estu·iste con ese tipo...! ¡Por qué justo con ese tipo...! No
importa, Juan, íue sólo esa noche... Al diablo, L·a, ¡la
cagaste...! \ un laberinto se armó así de pronto. Después es
como caminar por azoteas y no encontrar mas que juguetes
·iejos, con desgano pintar la inundación, hasta terminar
Diarios de Nada




/23/


sumido en el pantano. Ahora sólo recuerdo sus crespos
contra el ·iento.

Una semana después nos encontramos en la Uni·ersidad.
Dos tintos, por ía·or, dos cigarrillos. Cómo estas... Bien, ,y
tú...· Mirar con la ·erdad y mentir con las palabras.
1erminamos caminando hasta mi casa. No éramos nosotros,
eran nuestros cuerpos los que querían rapido mirarse. Con
aían nos encerramos en el cuarto. Desterradas las palabras,
sólo íue piel la tarde. Obeliscos, túneles, sali·a. Gemir hasta
la asíixia, olernos entre ruinas. Ambos sabíamos que éramos
la última ola, la última caída en la tormenta, antes de
despedirnos con espuma, deshechos en la arena, solos. Un
último gesto quedaba por hacer. Mientras me íumaba un
cigarro mas, L·a se durmió desnuda. De inmediato tomé
cualquier cuaderno y la dibujé una y otra ·ez. Ll carboncillo
íue agua, muslos, pelos, montanas. \o sabía que el mundo
era ese cuerpo húmedo, por un instante, entendí.

Antes que despertara, guardé el mejor dibujo en su mochila.
Después de esa ·ez nunca mas nos ·imos. 1oda·ía hoy no
sé si lo habra ·isto.
!
!
!
Diarios de Nada




/24/


5(!/,+')%1,!
!
Al salir de la galería, creeras que no ha pasado el tiempo.

- \... qué ·a a hacer ahora...- te insinuara L·a,
instalada ya en la noche.

- No sé..., tal ·ez hacer algo con usted...

- ,Mmm.·

- Por qué no.

Desde que se encontraron, has estado buscando el momento
para preguntarle por el dibujo. Ls diíícil, nombrarlo habría
sido recordar ol·idos. Lntender la soledad es un comienzo
siempre. L·a te propone que ·ayan a su casa. 1ú la miras
porque quieres estar seguro de que ella esta segura. Viernes
en la noche: cer·eza, estrellas íermentadas, una mujer
hermosa sosteniendo el tiempo, maja desnuda, bano turco,
una tristeza antigua sin calzones.

Caminaran tranquilos, no como la última ·ez. Ll tiempo los
ha hecho cautelosos, la distancia, extranjeros. Así, como dos
desconocidos, caminaran entre bares y borrachos. La calle
Diarios de Nada




/25/


sera entonces un oraculo, L·a, la pitonisa. Ln una
encrucijada del camino, le diras que un momento, que
necesitas otra cer·eza. Llla te esperara en el andén y,
entonces, cuando regreses de la tienda, no aguantaras mas:

- L·a, qué pasó con el dibujo...

Sabras que la exposición y todo eso es menos que un ·ómito
de aceite, un logro inútil. Aquel dibujo, en cambio, es una
isla, una encarnación, un palpito.

- Ahh..., el dibujo - repetira sospechosa -. Ahí lo tengo
en la casa... ,Quiere ·erlo...·

Su cuerpo: el dibujo. Ll dibujo: su cuerpo.

- Sí, claro. \a... no me acuerdo.

Ln la portería del ediíicio, un montón de imagenes te
aturden. Cuantas noches repitiendo ese mismo episodio.
Lscaleras, puertas, barandas, números. Los lugares
conser·an los acentos, cada escalón es un segundo que ha
quedado intacto. Allí estu·iste hace un tiempo, allí la besaste,
le gritaste, le escupiste secretos. Por íin llegan: 301. Suena
música adentro. No entiendes. Llla saca las lla·es, se sonroja.
Diarios de Nada




/26/


Lntra y tú no sabes qué hacer. Ahí, en el umbral, ·uel·es a
pintar su cuerpo.

L·a regresara de pronto:

- ,Quiere entrar· - Por un momento duda para decirte
lo peor...-: Ahí esta él...

L·a transparente, tú, perdido. No te lo esperabas. Un
disparo lamentable. 1ener que bajar los ojos y pensar...

- ¡Muérase! - diras con rabia.

Daras la ·uelta como el remolino. Recogeras tus pasos
·encidos ya desde el comienzo. Cuanto pesan los hombros,
la buíanda, esa portería, esa calle despreciable. Miras a un
lado, miras al otro, no ·es a nadie. \ tropezando te iras
cantando desaíinado...
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ML lABÍA DIClO QUL IBA A IR donde Mariana, así
que me extranó ·erlo esa tarde. Lntró silencioso y se enterró
en el soía. Como es diíícil pasar la tarde de un domingo en
esas circunstancias, después de unos minutos, Juan, que era
mi amigo, me contó esto que ahora recuerdo con los anos
encima sacandome los dientes:

1odo iba bien, Compadre, se lo juro. Mariana estaba
hermosa. Dijo que me quería ·er. Preciso hoy, domingo,
,me entiende· Lntonces me preparé porque hoy era el día.
1enía que decírselo. No podía esperar otra semana. ¡No
podía! Usted sabe que estoy harto de intentarlo. 1enía que
decírselo hoy, pasara lo que pasara. Al mediodía le escribí
una carta. La escribí porque Usted sabe que es muy tenaz
decir las ·ainas así, de írente. Ls como esa canción que canta
su ·iejo cuando toma, ,se acuerda.· Que no alcanzan las
palabras, yo no sé. Ll cuento es que todo estaba planeado
hasta hace cinco horas, ¡todo! 1odo menos las
circunstancias, Compadre. ¡Qué mierda! Después de esta
tarde que se jodan todas, ¡todas.! Baa. Pero no le he
contado... Me íui caminando, ,puede creerlo· No podía
quedarme en mi casa mirando la maldita carta como un
Diarios de Nada




/30/


estúpido. Arranqué como cualquier tarde..., esquinas,
semaíoros, canciones, la certeza de que la ·ida depende de
un momento. Ln alguna calle intenté íumar, pero no me
acordé muy bien cómo era la cosa. Lstaba ansioso,
Compadre. Pero a pesar de todo, llegué. Pensé que no iba a
alcanzar. \ lo extrano es que uno siempre sabe lo que ·a a
pasar, pero uno es terco, terco... linalmente me ·i ahí, írente
a su casa. Ll parque estaba solo, completamente solo. Buena
cosa, era períecto. Usted sabe lo que uno planea esas ·ainas.
1imbré. Apareció. Vestido de ílores y gaíitas. Gaíitas y
·estido de ílores. Me dijo de una que saliéramos. lasta ahí
yo no había dicho nada. Lstaba hermosa. La seguí hasta el
columpio con cautela, con miedo. Marica, ¡estaba cagado del
susto! Ahora que lo pienso, de día es mas diíícil, ,no cree·
Llla se sentó en el columpio. \o no sabía si besarla,
quedarme de pie o. sacarme los mocos. No se ría, güe·ón.
A lo bien uno no sabe. Ll caso es que me quedé ahí,
simplemente ahí. \o no escuchaba lo que me decía, estaba
sordo. \o sólo sabía que tenía que entregarle la carta y salir
corriendo. 1al ·ez me habló del colegio, del proíesor de
íilosoíía, no sé..., de un poema de Baudelaire o algo así que
habla sobre los lunaticos condenados a amar a las doncellas
de labios ·erdes. Marica, casi me enloquezco. Vestido de
ílores y gaíitas. \ la puta tarde, tenía que estar períecta con
esas nubes... Mejor dicho, la cosa es que me empecé a
Diarios de Nada




/31/


ol·idar de la carta y me empecé a concentrar en sus labios. \
la ·ieja se columpiaba, Compadre, se columpiaba. \ yo ahí
parado como un güe·ón. \ la ·eía ·enir y la ·eía irse. \ la
·eía ·enir y la ·eía irse. Cualquiera se enmudece. Por un
momento llegué a pensar que ella quería algo, que la
estrangulara o la tumbara o la besara. Pero igual daba,
porque yo qué iba a hacer. Como siempre, nada. Orinarme si
acaso... Créame, es serio arriesgarse así no mas, un domingo,
,me entiende· Un domingo así de ílores y de parque. Ah,
¡que se joda! Sí, ¡ya sé que no le he contado! Lo único que se
me ocurrió en esa circunstancia íue hablar. \o creo que
parecía borracho. Le hablé hasta de lo que no tenía que
hablarle. Le conté que estaba mamado del colegio, que no
entendía muchas cosas de la ·ida, que ·eía ahí a mis padres
tan tranquilos, aceptando sus anos y sus días. Mejor dicho, le
hablé de todo... linalmente, no sé si por callarme o porque
de ·erdad quería, de un momento a otro le dio por
abrazarme. Maldita sea, era el típico abrazo de amigos, te
comprendo, no te preocupes, todo ·a a estar bien. Baa, pura
mierda. \ en esas se nos íueron cuatro horas, o no sé bien.
\ el cuento es que al íinal de la tarde ocurrió lo que no tenía
que ocurrir. Pensé. si no es aquí no es nunca. O sea, ya se
imagina. Me puse de ·aliente, mucho güe·ón. No
estabamos abrazados ya, pero yo hubiera querido que ella
nunca me soltara. Lstaba condenado, no había otra sino
Diarios de Nada




/32/


arriesgarme... ,\ sabe lo que hice· Ll columpio, la ·ieja, el
·estido de ílores, las nubes, el parque abandonado, las
gaíitas, sus labios, y yo en el otro extremo de sus ojos. La
·ieja se columpiaba. \o la ·eía ·enir y la ·eía irse. \o la ·eía
·enir y la ·eía irse. \o la ·eía ·enir y la ·eía irse. \a estaba
borracho. Pero no me importó porque, entonces, apunté a
sus labios, se lo juro que apunté a sus labios. Pero yo la ·eía
·enir y la ·eía irse. \ me íui acercando con cuidado,
despacito. Lra la tarde períecta. \ no sé en qué momento,
¡tas!, se resbaló con el puto columpio, y nos dimos,
¡hijueputa!, el mas amoroso cabezazo que me he dado con
alguien en la ·ida. Un cabezazo., Compadre, un
cabezazo., un cabezazo. Después de eso, qué mas
podíamos decir.

\ en ese momento Juan se quedó callado y permaneció
enterrado en el soía toda la tarde. Después íue lo de
siempre, los anos, la rutina, los adioses. Ahora él no sabe que
yo me acuerdo de sus palabras. De hecho, él esta lejos, muy
lejos e igual no importa. Un cabezazo tras otro y otro y otro,
ha seguido siendo esto, lo otro, lo quién sabe.
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Diarios de Nada




/36/


tarde no quiero morir, sólo comer algo, algo, un platano
maduro, un maracuya magullado, un caldo de pescado en la
galería. 1an lejos de casa como estoy, ya ol·idé el camino de
regreso y aquí nunca he tenido a quién pedirle sobras.
Después de días sin sentarme a la mesa, el hambre es ahora
íamiliar. Mientras los ojos se cierran lentamente, la ·oz no
sale del pecho, los pies no se animan a mo·erse, y así, sin
íuerzas para tomar de nue·o la a·enida, de pronto la mente
se adi·ina inmó·il, sentada o recostada sobre el mundo.
Lntonces, sólo entonces, dos platos de lentejas con arroz
pueden ser las lindas trenzas de Circe.

loy no sabría decir cuando perdí las botas o los libros, ni
hace cuanto íue la última partida o el último trago.
Desmemoriado, tengo claro, eso sí, que estoy cansado y que
de pronto hoy podría comer platanos. ¡Mejor el platano que
el maracuya! Ayer nomas, pasé toda la manana sentado en el
muro del depósito mientras las írutas llegaban en camiones
destartalados. Lstaba allí porque unos días antes había
obser·ado cómo los camiones se balanceaban de un lado
para otro cuando atra·esaban el portón. Como los
remolques iban llenos de írutas y las lonas que aseguraban el
trailer no alcanzaban a retener la íuria de los maracuyas y los
zapotes tambaleandose, entonces justo cuando el camión
trastabillaba, las írutas se caían y rodaban contentas por el
Diarios de Nada




/37/


suelo. \ yo estaba ahí, claro, esperando ansioso que los
maracuyas rodaran íelices por la tierra.

Pero hoy no es día de maracuya sino de platano, y tengo que
animarme como sea a agarrar este racimo. Creo que tendré
que golpearlo con un palo y esperar a que la arana salte, y
aunque podría alcanzarme con sus patas, también podría
íracturarse en la caída y comenzar entonces su propia odisea,
así no mas, coja y herida. 1endré que sacar ·alor, sí, y halar
uno por uno los platanos hasta llenar este costal raído, antes
que suelten a los perros y la noche se lo trague todo.

Así ha sido siempre desde que partí, una encrucijada en cada
esquina. Sumergirme en el mar para no salir nunca o
sumergirme y salir con algas en los ojos, cruzar la a·enida
para atra·esar o cruzar para morir bajo las llantas, partir de la
casa para regresar sin botas o partir para perderme comiendo
írutos dulces al íilo de la noche, esperar como hoy írente a
un océano de platanos para lanzar el arma o esperar
hambriento írente al platanal hasta morir de hambre. Así ha
sido siempre desde que partí. Ls como si cada uno estu·iera
a punto de doblar la esquina y justo en el momento de girar,
un hombre o una mujer o una arana interrumpiera el giro
oíreciéndonos un íruto, así no mas, sin haber doblado
Diarios de Nada




/38/


toda·ía, sin haber terminado de partir o de llegar, y entonces
uno no sabe si iba o si ·enía, perdido el rumbo para siempre.

Así ha sido desde que partí. Diego, mi amigo, se detu·o en
su esquina cuando le oírecieron una zanahoria. Chiqui, mi
otro amigo, desistió del giro cuando probó el cacaito. Cada
uno se íue escapando a su manera. Una tarde, Diego y yo
nos encontramos a Chiqui en el parque mientras susurraba
disparates írente al columpio. Diego me explicó que lle·aba
dos días en esas, desde el ·iernes pasado que se íue a probar
cacaíto... ,Cacaíto...· Sí, cacaíto, y hay gente que no regresa
de esa. Unos meses después, encontré a Diego en un
concierto y me preguntó serio, tremendamente serio, si había
·isto unas zanahorias que había dejado ahí, y me senaló con
su brazo de marinero la muchedumbre en el centro de la
plaza. ,Zanahorias, Diego...· ¡Sí! Dejé ahí unas zanahorias y
ahora no aparecen... Recuerdo que no supe qué decirle, le
colgué la cantimplora al hombro, y lo dejé hablando solo
como a un cíclope ciego írente al mar.

Como cada uno se íue escapando a su manera, me amarré
bien íuerte las botas y también me íui. Ln cada esquina hice
tiempo a ·er si alguien me oírecía algo, una íeijoa, un bejuco,
una cer·eza, pero nada, sólo empujones. linalmente llegué a
este pueblo y por mas que he intentado continuar o regresar,
Diarios de Nada




/39/


el sonido del río y de las ranas ha terminado por arruinar mi
tra·esía. Ahh, ya esta muy tarde y no pude ·encer este temor
a las aranas. Por esta noche, tendré que saltar las rejas de la
hacienda y al otro lado del cableado hacerles muecas terribles
a los perros. Después tendré que caminar por la carretera
hasta el río y tal ·ez allí me asomaré a la playa como se
asoman los marineros en la ga·ia, buscaré las libélulas
nocturnas y seguro ahí, ahí no mas, me posaré como ellas
sobre los lotos dulces mecidos por el agua.
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Diarios de Nada




/44/


casarme ni tener hijos. Compadre..., conocí a alguien. En una
frase de esas se nos va la vida. Los treinta bajo el agua, los
treinta como una ola que lo borra todo y limpia la playa de
cangrejos. La vida, el azar, el destino, saber reír cuando la
noche llega. Pero siempre lo inesperado. Conocer a la mona,
por ejemplo. Y conocerla justo en un bar, sonriendo y
sirviéndome un trago doble detrás de la barra.

Era lunes treinta y uno. Me desperté y dije no, esta vez no,
para qué, por qué, ¡no quiero! Entonces sin bañarme caminé
como sonámbulo hasta el bar de la esquina. Era mediodía y
por supuesto estaba cerrado, pero alcancé a ver una mujer
adentro arreglando las mesas. Me quedé detallándola por una
de las ventanas circulares. Un poco ojerosa, recogía el
reguero de la noche anterior. Golpeé varias veces la ventana
y la puerta de madera. Finalmente, cansada de mi bulla,
abrió. No encontré otra razón para persuadirla más que
decirle lo harto que estaba: “Los treinta son horribles,
mujer… Hoy no quiero ir a trabajar y necesito urgente un
trago”.

Debajo de la cama se llamaba el bar. Entrar era ingresar en el
conjunto de cosas olvidadas que se amontonan debajo de la
cama. Beber debajo de la cama era confundir los recuerdos
hasta llorar polvo y tornillos y pilas oxidadas. Después de
Diarios de Nada




/45/


todo, debajo de la cama puede que nadie te encuentre y
termines por compartir tu tristeza con polillas, baúles sucios,
timones, carteles trasnochados, juguetes tuertos, dibujos en
las ser·illetas, zapatos ·olcados, ceniceros, sillas enanas,
corbatas sucias.

Como no hay dialogos posibles en este esíuerzo por tejer o
enredar el pasado, bastara decir que después de aquel
mediodía debajo de la cama, una misma íuerza me hacía
girar todas las noches como un autómata las mismas
esquinas en busca de esos ojos que me esperaban. Ll amor
como una anestesia, como una pausa, como una nube que
habla. Llegar a la oíicina con los ojos en la nuca y el eco de
una sonrisa en el bolsillo. Salir de la oíicina con los ojos en la
nuca y dispuesto a continuar la noche debajo de la cama.
Sexo sonambulo, laberinto de días que concluían siempre en
unos ojos lisos. Con el tiempo íui ol·idando que debajo de la
cama siempre habitan íantasmas y risas diííciles de precisar.
Una noche entendí que allí también nos acechaba el miedo,
nos perseguían los temores de otra noche borrachos,
esperando que el amanecer desocupara las mesas, las
·entanas, el mundo.

Diarios de Nada




/46/


Un día cualquiera, simplemente, no regresé a la oíicina. De
eso hace ya diez anos. Dentro de poco es treinta y uno. Ojala
íuera lunes.
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Diarios de Nada




/50/


Una botella de ron. 1erminé bailando sola y en pijama.
Domingo. 8 pm. No quiero ir a trabajar. No me gusta el
domingo. 1omo y pienso en sexo. 1oda·ía esta muy
temprano para dormirse. ,Otro ron· ¡Vale! Clin, clin, clin.
Ahh, eso íue hace mucho tiempo, yo estaba enamorada de
Juan. La otra ·ez lo ·i en corbata con su esposa y su hijo.
Baa, ¡qué mierda! \o no quiero tener hijos.
Sola, borracha y en pijama.
Lunes. 8 am. lalda, tacones.
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A FEW DAYS AGO WAS MY BIRTHDAY. An
improvised party: Saturday, rum, old friends, memories,
jokes, music, boredom. Because yes, we were bored, that’s
the truth. At 11, everybody was gone. There were a lot of
bottles left over in the fridge. The next day, I was gonna take
the milk out and I saw them. Sunday, 8 A.M. Too early for
rum! It doesn’t matter. Breakfast with rum! Little ice cubes,
good music. I searched for the cigarettes. Alejandro was
traveling. Nothing to do. I fell asleep again. Sunday is silent
in the neighbourhood, the worst shows are on TV, the video
store is too far. No-one to call.
I woke up at 2 in the afternoon. I didn’t want to take a
shower. Ahh, I had to do laundry, make lunch, and call my
mom— like every Sunday. A little more rum…? Little ice
cubes, another cigarette. A tango wouldn’t be bad! Ahh, I
always wanted to dance the tango. Little ice cubes. Clin, clin,
clin. I thought about calling someone. Mmm…but who?
Read poetry, read the sunset. A little rum…? Little ice cubes:
why has Alejandro changed that much? Ahh, this is boring,
it is almost Monday and nobody is going to invite me to
dinner, or to dance, or to do anything tonight.
Diarios de Nada




/52/


A bottle oí rum. I íinished the day in pyjamas dancing with
myselí. Sunday, 8 P.M. I don`t wanna go to work. I don`t
like Sunday. I drink and think about sex. Damn it! It is too
early to íall asleep. Another rum· Let`s do it! Clin, clin,
clin. Ahh, that was a long time ago. I was in lo·e with
Juan. 1he other day, I saw him in his suit with his wiíe and
his son. Baa., that`s bullshit! I don`t wanna ha·e kids.
Alone, in pyjamas, drunk.
Monday, 8 A.M. Skirt, leels.



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Diarios de Nada




/56/


baratos. Me sentía entrando al mismísimo iníierno, una ola
de calor cerraba el paso.

lablar y nada mas, una botella de ron, una mueca, la ·oz del
padre muerto, mesas, putas, botellas, una pista de baile con
espejos y todos los ojos sobre mí. Dos putas aburridas aun
estaban solas en una de las últimas mesas. Mientras nos
tomabamos la botella de ron que me tocó ordenar ,era la
única íorma de quedarse,, me contaron que tenían dieciocho
,desde luego tenían menos,, y me coníesaron que tenían
hambre ,,hambre·,, que por qué no me compraba algo de
comer mas bien. No entendí esa parte, pero igual pedimos
salchichas ,extranamente era lo único que había,. Ron,
salchichas, putas y me íueron cuestionando así no mas, me
íueron exprimiendo la barriga, me íueron estrujando estos
anos de angustia en el mismo apartamento, en la misma
oíicina, en la misma mierda. Los espejos, el humo, la tortura.
Respondí a todo con la ·erdad. Que era contador, que
trabajaba en el centro, que no tenía hijos ni esposa, que me
sentía jodidamente solo y que, por supuesto, yo no estaba
buscando nada ,lo de siempre, me imagino,.

Cansadas de mi bigote, a ·eces sonreían entre sí y hablaban
de no·ios, clientes, penes, droga, en las escasas pausas de mi
monólogo. 1odo iba bien hasta que una de ellas decidió
Diarios de Nada




/57/


seducirme. Se in·entó que le dolía la pierna justo debajo de
las nalgas. Después insinuó que necesitaba un masaje.
Preocupado en principio hice mi mejor esíuerzo, pero en
·ez de mejorar la mujer agra·aba, se sentía peor, al punto
que, súbitamente, le dio dolor de espalda. ¡Mierda! \o ya me
estaba emocionando con tanta piel y tanto ron. Ademas, era
imposible no pensar en eso, pues justo al lado de nuestra
mesa ,la última, quedaban las piezas. ¡Qué horrible! Desde el
comienzo, había ·isto por ese corredor oscuro entrar cientos
de parejas aceleradas y salir cientos de hombres
desilusionados. Aunque ya estaba borracho., alcancé a
escuchar encantado los chistes de las putas. Se burlaban de
todos los hombres, por supuesto, de los musculosos con
pipisito, de los borrachos que solían quedarse dormidos
antes de ·enirse, de los esposos íieles que tenían mujeres
blancas con pezones rozados y que buscaban ansiosos
negras esponjadas, en íin... Ln medio del mareo y de la risa,
de pronto íui aceptando que sí, que tal ·ez sí estaba
buscando algo. Lra, tal ·ez ,no sé cómo decirlo...,, sentirme
así de mierda como me estaba sintiendo.

\ claro., a esa altura me animé a bailar. Lmocionado,
pensé en quitarme la chaqueta como lo había ·isto hacía
poco en una de esas películas de tangos, pero por poco boto
la botella con el codo. Me paré titubeante, heroico,
Diarios de Nada




/58/


memorable, pero lle·aba tanto tiempo sentado que las mesas
giraron de repente y las luces se me ·inieron encima. La
temperatura subía, subía la temperatura. Pura salsa
deslizandose entre calzoncillos y sombreros, tremendos
timbales repiqueteando en los recuerdos, cosa seria esas
congas retumbando en los espejos, bongoes y sexo
desplegados a lo largo y ancho de caderas y pelos buscando
algo, ¡algo!, antes de morir. Antes de morir, sí, ¡o de caer!
Qué mezcla tan horrible: ·odka y ron, putas y cansancio,
salsa, tango y borrachera. No sé qué pasó. Supongo que caí
como una torre o un adiós, supongo que cerré los ojos y me
sacaron alzado y sin chaqueta, supongo que esa íue la peor
parte: sin chaqueta ¡y sin billetera! Por poco y me congelo.
¡Qué rico, pero qué bajo!
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- ´o, after 1ó five ,ear., rb, vor airorce.!
- ít. ve, í`v... í`v... í`v covfv.ea. í veav, í ravt a aifferevt
tife. í ravva go a aifferevt ra,.
- Covfv.ea. ´ee a aoctor.
- í`re aove tbat.
- !ett, tbat`. ver.. !bat... !bat... !bat otber .vr¡ri.e. aia
,ov get iv .tore for ve.
!
D=E=!<79E5?9!L39!@9B2!Cetebrit,0!9<2!;2?89!12!9<A9:2!P7:21!E9!
H2>B2!89M28=!A=:P3:878=C!'9:;?=!89!12!591BA3120!3:!;92;?=!;2:!
F?2:89!A=E=!91!I9;!252?9AB2!713E7:28=!5=?!12!134!561782!89!12!
Diarios de Nada




/62/


última escena. La camara hacía un bre·e barrido por el
público y alcanzaba a detenerse en los ojos concentrados de
algunas parejas y en la mirada pusilanime de Lee Simon, el
protagonista, quien a esas alturas de su historia había
quedado solo. Ln este punto, la trama obligaba al espectador
a juzgar sus desaciertos, al mismo tiempo que a consentir sus
decisiones:

- 1bi. ra.v`t av ea., aeci.iov.
- Ob, ,ov`re vet .oveove. ^o·ove ;v.t v¡. ava goe..
- Yov /vor, re got varriea .o ,ovvg..., ,ov /vor, ava re
verer baa tive for tirivg.
- Cbavge ,ovr tife..., bor!
- ´bit, att re /vor i. eacb otber!

Justo en el momento en que la camara hacía un pequeno
cto.e·v¡ al rostro de Simon, éste desaparecía y la película al
interior de la película se tomaba toda la pantalla. Por un
instante, el protagonista-espectador y el espectador-real se
coníundían, ambos quedaban inmó·iles escarbando en la
escena íinal una respuesta. La escena íinal de la película
dentro de la película era la de un bimotor escribiendo con el
humo de las turbinas una palabra ,lLLP, en el cielo azul
,aunque el espectador-real lo ·iera en grises, de una ciudad
atiborrada de celebridades. De pronto, una mujer salía
Diarios de Nada




/63/


corriendo por la calle con un panuelo sobre la cabeza y unas
gaías oscuras. Ln ese momento, todos sospechabamos que
el mensaje en el cielo tenía algo que ·er con ese rostro
escondido y, entonces, justo cuando el protagonista-
espectador y el espectador-real entendían aquello con
claridad, la mujer se detenía y giraba su rostro hacia el cielo
para apreciar el gigantesco lLLP. lLLP, lLLP, lLLP. Ll
teatro de Lee Simon estaba lleno, incluso su ex-esposa,
Robin, y su nue·a pareja estaban íelices unas sillas atras, el
Jet, en cambio, era un desierto de cuero y lata habitado por
la luz palida de la pantalla y mis aburridas ·acaciones. lLLP.
linalmente, la pantalla con el íondo negro no tardaba en
reproducir la lista de créditos mientras Dia í revevber de
Billie loliday terminaba por entristecernos.

Después de un mes de ·acaciones gastando tardes enteras en
el Jet ,sólo así se puede comprender lo que sigue,, había
empezado a esperar impaciente el momento cumbre de los
créditos: la música, el silencio, las letras ininteligibles a los
ojos del espectador, atascado toda·ía en la película y en las
íugaces escenas que habían logrado enírentarlo a su ·ida
común. Dia í revevber to .a, ,ov í`v to.t ritbovt ,ov. lLLP.
Por eso, sólo hasta que se extinguió la triste ·oz de loliday,
decidí le·antarme. Sin ningún plan en especial para el resto
del día, como me lo había propuesto desde el comienzo de
Diarios de Nada




/64/


las ·acaciones, salí desconcertado del Jet. Justo en íebrero, el
periódico me había dado este receso inútil. Día tras día,
durante un mes entero, había jugado a la deri·a. ,Qué ·as a
hacer hoy, mi amor·`, íue la primera pregunta de Sara.
Nada, Sara, nada, absolutamente nada, ,sabes· De hecho,
·amos a hacer una cosa: durante un mes, todos los días ·an a
ser lunes, ,qué dices·`. Gracias al extenuante trabajo en el
periódico, ahora odiaba escribir, odiaba tomar íotos y, si
acaso había algo que toda·ía no odiara, era el cine:

- ´o rbo et.e ao ,ov ravt to e·¡tore. .tti.ov.
- !b, .tti.ov.
- ßecav.e ,ovr bava. rere tovcbivg ber iv tbe car.
- |av..., í aov`t betiere tbi..
- .va ,ov aiav`t ¡vtt ,ovr. ara,! Yov baa av affair ritb
.tti.ov! Ovr veigbbor!
- ^ot av affair!
- Yov .te¡t ritb ber!
- 1bat`. rb, í ravt a airorce.
- 1o varr, .tti.ov.
- ^o! ßecav... becav... becav.e í cav`t be ai.bove.t ava í bare
beev... ava í aov`t ravva ao it.

Ln esas estaba ese lunes, repitiendo los libretos que me sabía
de memoria, cuando me dieron ganas de ·isitar al tío. lLLP.
Diarios de Nada




/65/


lacía poco me había dado su nue·a dirección y estaba tan
sólo a unas cuadras del Jet. Después de todo, eso eran los
días sin itinerario: una sucesión de segundos sin coordenadas
pre·isibles.

Una manana, por ejemplo, me había concentrado en pelar 30
tomates para preparar una deliciosa salsa con albahaca que
había encontrado en Internet. A la noche, Sara había llegado
demasiado tarde y yo me había quedado dormido en el soía.
Como estaba oscuro cuando llegó, no se dio cuenta que en la
mesa del comedor había ·elas, ·ino y una reíractaria
adornada con cilantro en la que na·egaba mi pasta inundada
de tomates. Claro, a la manana siguiente me despertó a besos
y me dijo que tal ·ez podíamos cenar al desayuno, por qué
no me esperaste anoche, mi amor.`, pero apenas nos
sentamos a la mesa y tratamos de probar la complicada
receta, los 30 tomates se habían con·ertido en un remedio
horrible. La risa de Sara esa manana, mientras pasabamos los
hue·os íritos con un ca·ernet-sau·ignon, justiíicó las
cortadas en los dedos del día anterior.

Sorprendido por la cantidad de cosas que se podían hacer en
una sola manana, otro día me demoré en la ducha todo lo
que pude, cantando cada una de las canciones que el modo
aleatorio del reproductor me proponía. Un concierto
Diarios de Nada




/66/


desnudo y desaíinado tu·ieron que aguantarse durante dos
horas los ·ecinos. Cuando conseguí que los dedos se
arrugaran, me di por satisíecho y me dirigí a la cama. Ln
realidad, quería hacer un ejercicio de relajación que había
aprendido la noche anterior en un canal especializado.
Siguiendo los consejos del presentador, apagué el
reproductor y me acosté desnudo en la cama con las
persianas cerradas y las luces apagadas. lue diíícil al
principio concentrarme en el cielo raso. Motores, pitos,
ambulancias, gritos, golpes, tacones, me hacían regresar a la
ciudad y alejarme de mi único objeti·o: el techo. Después de
20 minutos intentandolo, de pronto pude concentrarme en
una mancha. Al minuto 25, la mancha continuaba siendo
una mancha, pero al mismo tiempo era algo mas, acaso una
quemadura. Al minuto 35, mis ojos se aislaron de repente y
entablaron ,digamos, una con·ersación personal con ese
caracol caoba tirado en el uni·erso de mi cuarto. Como no
tenía ni idea de lo que estaba haciendo, al minuto 45 tu·e
írío y creo que hubo un instante en que ol·idé el mundo
¡Genial!

loy, uno de los últimos días antes de regresar a la rutina,
estaba por ·isitar al tío-abuelo. Caminé sin aían por el
centro. Iba pensando en Cetebrit,, desde luego:

Diarios de Nada




/67/


- !bo et.e.
- ^oboa, et.e.
- O/a,.., íee, tett ve... ^or tbat re are ctearivg tbe air. í
rov`t get avgr,. íee, cove ov. íet`. ;v.t ctear tbe air. í rov`t
get avgr,.
- .rev`t ,ov cota.
- !e`re ctearivg tbe air. í`v vot govva get avgr,.
- Mv... ´beita...
- ´beita.... ´beita! Yov tortife votber fvc/er! M, be.t frieva
´beita! Obb...
- í cav`t tat/ ,ov. í cav`t tat/ ,ov. ít`. vot abovt rovev. í`v
ae¡re..ea abovt v, rbote tife.

De pronto dí con el ediíicio, era una de esas moles antiguas
que na·egaban en el centro desde hacía siglos. Su
arquitectura republicana contrastaba con la caca de paloma
en las cornisas, con las paredes percudidas por el humo y
con el ascensor, cuyas puertas se abrían y se cerraban con
una palanca negra. Piso 8, por ía·or`, le dije a la
ascensorista mientras le miraba las piernas de reojo. Ll
ascensor, sin embargo, sólo tenía 8 botones: ¯ para los pisos
y 1 para la alarma. Al llegar al séptimo, la senorita me
preguntó: ,\a sabe por dónde es...·`. No`. De inmediato
bajó la palanca y me dijo que la siguiera. Lra un corredor
oscuro con puertas macizas a ambos lados, las cuales, por
Diarios de Nada




/68/


cierto, parecían no haber sido abiertas desde la construcción
del ediíicio. A quién esta buscando...`, se a·enturó. Al
doctor Laserna, es mi tío-abuelo`. Un poco mas tranquila
ahora, la ascensorista me guió a la terraza del ediíicio por
unas pequenas escaleras empinadas: el piso 8. La pequena
puerta en la que desembocamos dejó íiltrar con rabia la luz
·etada al interior y, por un segundo, mientras apreciaba los
ojos azules de la ascensorista, imaginé la luz palida de la
pantalla del Jet incrustada en el techo de mi apartamento y a
Sara cantando en la penumbra Dia í revevber to tett ,ov. La
oíicina de su tío es al íondo`.

Ll tío tenía mas de 85 y seguía litigando en los juzgados.
Alto, ílaco, enjuto, pasaba de largo sin almorzar con tal de
atender a sus clientes, una cater·a de pillos que
acostumbraban a desaparecer con los honorarios y a dejarlo
en aprietos. Con los anos, el negocio del derecho había
dejado de ser un asunto de indi·iduos y se había con·ertido
en un andamiaje de íirmas y renombres. Ll tío, poco a poco,
había ido perdiendo clientes hasta acabar arrinconado en
esta mísera oíicina atestada de papeles, maquinas de escribir
y archi·os amarillos con procesos que bien podían lle·ar
décadas burocraticas atascados en demandas,
contrademandas y notiíicaciones. Ll tío, pues, con su
semblante imperturbable y su humor a prueba de balas,
Diarios de Nada




/69/


había ·isto morir no sólo a sus mas importantes clientes,
sino a su esposa, sus hermanas y gran parte de sus amigos.
Soltero, sin hijos, ahora estaba solo. Buenas o malas
decisiones, ya no importaba, importaba que la muerte no
tenía ganas de mirarlo.

Después de un último silencio incómodo, la ascensorista
regresó por el mismo túnel que acababamos de atra·esar y el
eco de sus tacones íue una escena bellísima. Conmo·ido por
las circunstancias de la tarde, decidí sentarme un rato en la
terraza antes de golpear en la oíicina. Lran justo las seis de la
tarde, esa hora en que el sol pega sobre el ladrillo de los
ediíicios y cualquier director quisiera terminar una película
con el plano de las terrazas sucesi·as y la montana pelada al
íondo. Obsesionado como estaba con el cine, encontré
similitudes entre la terraza y el Jet: el cielo palido tras los
cerros orientales era la pantalla gigante, en bre·e, la noche
llegaría con sus créditos.

Después de quince minutos, golpeé. La siguiente media hora
,no mas, el tío estaba demasiado ocupado con una sucesión,
estu·e hablando con él sobre nada y sobre todo. Con sus
dientes postizos bailandole en la boca me preguntó por Sara,
por el íuturo, por mi aprensión a tener hijos, por mi primer
libro ,salía en unos meses,, por mi padre y su alcoholismo,
Diarios de Nada




/70/


en íin, no alcancé a responderle ninguna de las preguntas ni
mucho menos a preguntarle por su ·ida. Pero el tío estaba
tan ocupado y hablaba tan rapido que, claramente, el ·iejo
era yo. Como del Jet, hacía unas horas, salí desencajado
también de esa oíicina. Los cerros habían desaparecido y en
su lugar solo quedaba una pantalla muda. Ln los lunes
sucesi·os de mis ·acaciones, continuaría repitiendo el libreto
que conocía de memoria:

- í bate v, ror/, í bate tbe.e .tv¡ia traret ¡iece., í`re triea to
tat/ to ,ov before, bvt ,ov are .o bigb·.trvvg. í veav, re cav`t
tat/. ít`. orer. í`v vot ba¡¡,, í`v vot ba¡¡,...

lLLP.!
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AlORA LS1ABA PASANDO. lacía una hora nos
habíamos bajado la pepa en el bano. labía que esperar,
comprar cer·ezas, íumar, bailar, mirarnos con cara de hasta
cuando. La espera trajo la risa. La había conocido en la
agencia: una mujer de pocos anos con ojos de ya lo ·i·í
todo. Me íascinaba. La espera comenzó a aburrirnos. ,\a·
Nada. ,\a· Nada. Lse era el dialogo. De pronto me íui a la
barra por otra cer·eza y a la ·uelta, ¡mierda!, ya estaba
pasando. Jjjjjjjjjjjjj. 1odo despacio, la música sube, miro los
ojos de Muriel y entonces se encienden. Una risa estúpida
pero al íin y al cabo risa, unas ganas de bailar y de mo·er los
pies. Jjjjjjjjjjjjjj. Cada centímetro de la piel un callejón de
resonancias. Ll grupo de al lado, ninas lindas, hombres
amigables. Muriel saltaba. 1odo high, todo cool. La mente
en blanco de problemas. Ll cansancio de la semana un ancla
enorme y ol·idada. Jjjjjjjjjjjjjj. Ll tipo que me había ·endido
las pepas, me lo había ad·ertido: Usted siente todo al cien y
necesita música, man. Pero lo bacano es que esta lúcido, no
hay problema con nadie`.

labía gastado parte de mi sueldo en esa cosa. Lra el
cumpleanos de Muriel y ella me había dicho que le gustaban.
Sobraban las palabras, Muriel estaba allí hablando con su
cuerpo. No importaba qué estu·iera sonando, ahí estabamos
celebrando lo que íuera. Mil noches igual el sueno de
Diarios de Nada




/74/


cualquiera. Un ol·ido perpetuo sin abismos. Lra la íelicidad
en una pepa roja y sin escrúpulos.

De pronto, el ampliíicador de la esquina me llamó. Un
jjjjjjjjjjjjjj intermitente, ·ibrando hasta el alma si es que existe.
Lra irremediable no ir a buscarlo entre la noche, que me
tocara esa música de nadie, jjjjjjjjjjjjjjjjj, mi cuerpo perdido en
el silencio de escuchar todos los timbres. Nada de ·ueltas,
nada de borrachera, de me siento mal, me bebí todas las
copas. ¡No! 1odo high y los labios de Muriel sonrientes.

1anta cer·eza me acordó del bano. Ll bano..., dónde estaba
el bano. Ln el camino, todos eran hermanos, ombligos,
hombros, ojos cansados, jjjjjjjjjjjjjjjj, anclados en las sillas,
jjjjjjjjjjjjj, perdiéndose del baile, jjjjjjjjjjjjjj. Lncerrado en el
bano, el espejo me atajó y no alcancé a llegar al inodoro.
Durante ·arios minutos, no pude dejar de mirarme en mis
propios ojos. ¡No joda.! Ll tipo que me las había ·endido,
no me había hablado de esto. Sentí desconíianza de esos
ojos que ·eía reílejados. Lse tipo que estaba al írente no era
yo, o lo que era yo nunca lo había ·isto. No podía parpadear.
Alguien aíanado estaba a punto de tumbar la puerta.
Jjjjjjjjjjjjjjjjj, ¡mierda!, no podía entender qué estaba ·iendo.

Diarios de Nada




/75/


Salí asustado del bano. 1enía que contarle a Muriel, y seguro
no había parpadeado desde el momento en que entré al
bano, porque cuando la tomé del hombro me ·io aterrada
con sus crespos. Jjjjjjjjjjjjjjjjj, justo en el momento en que se
encontraron nuestros ojos, la música regresó como las olas.
Jjjjjjjjjjjjjjjjj: el uni·erso pletórico de escotes. No me acuerdo
muy bien cómo llegamos a mi apartamento, pero sí que
íollamos toda la noche. Lncendimos el reproductor y no
paramos hasta el amanecer. Luego íue el desayuno, el
silencio incómodo, me tengo que ir, nos ·emos otro día.
¡labía que repetirlo!

Un mes después exactamente, pues no tenía billete para mas,
la in·ité a salir como esa noche. Lra un mes mas ·ieja, pero
seguía igual de hermosa. Antes de la cita, había buscado al
tipo en el centro y le había contado la íortuna de sus pepas:
el blanco místico, la re·elación, el jjjjjjjjjjjjjjjj. 1antos siglos y
nos habíamos perdido de esto. luxley había sonado una
pepita para estúpidos, pero esto era distinto, este no era el
.ova del Apocalipsis.

luimos al mismo bar para e·itar errores con la música. Ll
tipo me había pre·enido: Pilas, man, sólo íunciona con
cierta música...`. Lsta bien, no había problema. Llegamos,
pagamos el co·er, los cigarros, nos dimos una cuota de
Diarios de Nada




/76/


besos ansiosos y íuimos rapido al bano para bajarnos en
silencio las pepitas. Lra ·iernes, pero el bar estaba
desocupado y el loco de la barra había sido mudado por una
rubia metalica. No pedimos cer·ezas. Muriel me había dicho:
Cada ·ez quieres mas...`. Ordenamos martinis y ocupamos
juiciosos nuestros puestos. Lsta noche iba a ser oscura y
blanca.

Una hora y nada. ,\a· Nada. ,\a· Nada. \a conocíamos esa
con·ersación. ,Otro martini· Viernes y el cansancio iba
encor·andome los ojos. ,\a· Nada. Muriel torcía la boca
insatisíecha. ,Otro martini· Bueno., sera. ,\a· Nada.
Dos horas y comenzamos a preocuparnos. Ll reloj pesaba en
mi muneca. ,Otro martini· Alguno de los dos, no recuerdo
quién, intentó reírse del intento íallido, pero ni siquiera eso
íuncionó. Nada estaba cool, nada high, nada jjjjjjjjjjjjjjjjj, sino,
al contrario, todo hot por el vartivi y yo ya había empezado a
·er dos Murieles y cuatro rubias en la barrra. Los
ampliíicadores comenzaron a aturdirme, mis piernas eran
dos masas tiesas de rutina. Muriel brillaba lejos con sus
crespos, sentada y con írío en una silla, y yo no lograba
eníocarla, pero igual le sonreía estúpido. Después no sé qué
pasó: cuatro, cinco martinis y un desierto de impre·istos, un
taxi, la ·oz de una mujer de pocos anos que lo ha ·i·ido
Diarios de Nada




/77/


todo, diciéndole al conductor senor, por ía·or lle·e a este
borracho a la casa`.

¡La madre a esa pepa equi·ocada! La calle dando ·ueltas, el
taxista me esculca justo en írente de mi casa, los postes de la
luz son una pesadilla, esta borrachera de siempre que lo jode
todo.
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Diarios de Nada




/82/


tranquilo, esto de estar entre el norte y el sur no deja de ser
interesante. Dos anos tratando de ganarme la beca, llenando
íormularios, pidiendo recomendaciones, presentando
examenes, cerrando sobres con la lengua y recibiendo las
mismas sonsas cartas de rechazo, hasta este ano en que
aposté a dos uni·ersidades, la de P... en el sur, y la de L... en
el norte. Quién iba a pensar que me iban a aceptar en las
dos.

O se queda muda o le muestra a uno los dientes la ·ida, así
es. No tienes trabajo y te mueres de sed en el desierto, de
pronto alguien te llama, te propone un mal puesto, y dices
que sí a reganadientes porque si no recibes algo en los
próximos días te ·an a embargar, te ·an a reportar, te ·an a
acosar. Apenas cuelgas, la llamada siguiente es el decano de
la íacultad donde siempre quisiste trabajar, oíreciéndote
tiempo completo con horas de in·estigación, oíicina y
tiquetes internacionales para trabajos de campo. Así es. 1res
anos esperando esa maldita beca, hasta que ¡pa!, te escriben
del sur y te escriben del norte, ambos entusiasmadísimos con
tu proyecto.

Ahí es cuando uno dice, mmm..., la ·erdad la ·erdad, si por
mí íuera, yo me quedaría tomando cer·eza roja, escuchando
a Keith Jarrett, y esperando a Karla por siempre en este
Diarios de Nada




/83/


restaurante de B..., seguro de que no tomar la decisión es
como tener el poder de detener el tiempo, sabiendo que las
encrucijadas guinan el ojo y esperan ansiosas los pasos
indecisos. Pero ¡claro!, nunca se trata de uno mismo, todos
estan esperando que decidas. \ qué si no quiero.

Ll problema es que hoy tengo que decirle algo a Karla. La
in·ité a este restaurante sólo por eso, me puse este estúpido
traje sólo por eso, y ayer traté, ¡lo juro!, traté de hacer el
ejercicio del listado hasta que me quedé dormido haciendo
las columnas, ¡odio las columnas! ,Que si me ·oy al sur
sentiré írío y me separaré de Karla· ,Que si me ·oy al norte
sentiré írío pero estaré con Karla· Las columnas siempre
simpliíican la circunstancia. Se complica el panorama si al
sur encuentro una rubia que también sabe reír en otra
lengua, se complica si al norte Karla me deja y entonces yo
me pierdo una tarde en algún bosque.

Pero ya sé que eso es lo de menos en la academia, los colegas
me sugieren bibliotecas en P..., museos en L..., incunables en
G..., como si las encrucijadas supieran algo de eso. Si me ·oy
al sur sin Karla, podría ahogarme una manana en el Quijote,
comprar aguardiente el día de mis 30 y recorrer todos los
puentes de P... hasta quedar mareado, tal ·ez a las 3 de la
manana, reducido a un en·oltorio de abrigos prestados,
Diarios de Nada




/84/


maldiciendo la noche en que le dije a Karla que P... era la
opción. Si me ·oy al norte, en cambio, podría mirar a Karla
tanto y tan de cerca que un ·erano terminaría in·entandome
un congreso en 1rapisonda con tal de no sentir su olor en
las mananas.

Son sólo dos lugares, lo sé, pero un doctorado son anos y los
anos, después de todo, son pocos. loy, por ejemplo, salí a
las 4 del trabajo y sabía que teníamos la cita. Ll traíico estaba
insoportable. Dejé el carro en el parqueadero de la
uni·ersidad y entonces me dispuse a caminar, tranquilo.
Pensé: manana no tengo clase temprano y la tarde esta ahí,
para ocuparla, dejarla ir o contemplarla. Ln esos casos uno
debería hacer el ejercicio del listado, ,no· Dos columnas
para el sur, dos columnas para el norte, y en cada columna el
listado iníinito de las posibilidades.

1arde, 4 pm, miércoles, ciudad, cinco kilos de ensayos para
caliíicar en la maleta, mil litros de cer·eza roja en las aceras.
No tu·e que pensarlo dos ·eces: caminé despacio hasta el
restaurante, escogí la mesa del íondo, pedí Keith Jarrett y
una cer·eza roja, tomé lentamente pequenos sorbos mientras
eran las ¯, las 8, las 10, hasta que Karla llamó. lola... ,·oz
tensa,, \a estoy llegando... ,estaba escuchando Jarrett
también,, 1e amo, Juan... ,algo me dice que también ella
Diarios de Nada




/85/


estaba jugando al listado,`: Juan, proíesor uni·ersitario, le da
igual emborracharse un lunes que un ·iernes, toca la guitarra
como escribe ensayos, y habla con los arboles como con los
·iejos amigos. Si no ·oy al restaurante, tal ·ez podría llamar
a unas amigas, irme a cambiar al apartamento, encontrarme
con ellas en algún bar, recordar las noches en que Juan ha
llegado al amanecer, imaginar que coquetea con todas las
meseras, maldecirlo después de unas cer·ezas por insistir en
esa cosa que no sé cómo llamar pero que lo abruma y lo
consume. Pero si ·oy al restaurante, podríamos pedir ·ino y
celebrar porque, mal que bien, los tres anos que lle·amos
intentandolo, ahora podrían multiplicarse cuando me diga,
Mi Karla, mi mona, nos ·amos para L... juntos y me
importa un pito el resto`.

Ahh, o se queda muda o le muestra a uno los dientes la ·ida,
así es. Keith Jarrett cierra los ojos y desliza sus manos por el
piano, y el piano es tan largo como sus parpados. \a son las
once y Karla no llegó, supongo que íue mas íacil para ella
tomar la decisión. Ll mesero se ha acercado diez ·eces, me
ha oírecido la carta diez ·eces, se ha retirado incómodo diez
·eces y ha regresado otras diez ·eces con pintas de cer·eza
roja. Ahora quisiera ·er a Karla, sí, pero acaso suspendida y
no dichosa, acaso inmó·il y no amandome, para seguir
bebiendo en su presencia sin tener nunca, pero nunca, que
Diarios de Nada




/86/


decidir. Porque. la ·erdad es que después de 5 anos en el
norte, podríamos casarnos y tener una íamilia, irnos a ·i·ir a
K..., comprar una pequena íinca junto al río, escribir para
una re·ista al otro del mundo mientras cosechamos arroz y
aprendemos el lenguaje de las grullas. Pero también, después
de 5 anos en el sur sin Karla, podría ·iajar al norte decidido,
pedirle matrimonio írente al lago, hacer una íamilia, irnos a
·i·ir a K..., comprar una pequena íinca junto al río y escribir
para alguna re·ista al otro lado del mundo mientras los hijos
se saludan con los sapos y nosotros jugamos a cantar como
las grullas.

Lstoy seguro que Karla llamó sólo para hacerme creer que
iba a ·enir. Llla sabe que toda·ía no quiero, que toda·ía no
estoy dispuesto a mo·erme un sólo apice de tierra. le
escuchado tantas ·eces el mismo consejo, mi tía en el
teléíono, mi abuelo en suenos, Da·id en el bar, Karla
gritando desde la ducha, que hoy debería tratar, sólo tratar.
Pero los anos son anclas, el miedo irremediable, y el listado
sólo eso: el listado, nada.
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Diarios de Nada




/90/


- Siéntese, por ía·or.
- Gracias.
- Nombre completo. - y seguía sin mirarme.
- Juan Alonso Martínez Duque.
- Ldad.
- 1reinta.
- Qué lo trae por aca.
- Un dolor de cabeza que tengo desde hace un mes.
- Dónde le duele. - y seguía sumido en sus letricas.
- Ln la parte izquierda.
- ,Ve puntos, se ha sentido mareado, ha notado algún
cambio.·
- Pues. - mi duda lo desesperaba -: tal ·ez me he
mareado un par de ·eces y de ·ez en cuando siento
que el parpado me titila, no sé cómo explicarle.
- Quítese los zapatos, por ía·or.

Lsta siempre había sido la mejor parte. Los aparatos, la boca,
los oídos, reílejos, peso, estatura, diga treinta y tres, treinta y
tres, respire hondo por la nariz y bote por la boca.

- Listo, ya se puede ·estir -, pero nunca me miró a los
ojos.

Diarios de Nada




/91/


linalmente dijo que iba a incapacitarme por dos días, que
debía tomar dos pastas cada ocho horas, que debía estar
tranquilo en casa y e·itar licor, cigarrillos, bebidas oscuras
como caíé, chocolate, gaseosa. Que si persistía el dolor,
podía atenuarlo apartandome a un lugar oscuro y silencioso,
y que estando allí cerrara los ojos y contara hasta diez.

De nue·o, parecía simple, aunque algo paradójico: la soledad
en medio de esta ciudad. ¡Ja! Mi dolor de cabeza igual a un
·aso de Coca Cola helado después de un día sal·ajemente
triste, igual a un caíé cargado a las once de la noche,
debiendo entregar al día siguiente un bulto de papeles y
rincones. Sí, parecía simple. De cualquier íorma, todos
dijeron ,porque todos dijeron., que estaba ílaco, que qué
me pasaba, que si estaba durmiendo bien, que el doctor tenía
razón, que si había algún problema. Por supuesto, qué
había que decir: nada, no, nunca, lo normal, íin de ano,
mucho trabajo, eso pasa. Sin embargo, yo sabía que mi
cuerpo estaba hablando, rasgunando mi sien con sus
reclamos. Algo de írustración rodaba por mis ·enas, algo de
ron, de bandoneón, de íuga.

No sé, las cosas pasan así sin darnos cuenta. Dos anos sin
·acaciones y preciso me tocaban ese diciembre. lin de ano
¡lejos! Lra indispensable escapar. Reuní el dinero, hablé con
Diarios de Nada




/92/


Uma, no nos dimos explicaciones, solo reser·amos los
pasajes. Si iba a morir ,yo sabía que no me iba a morir.,
debía conocer antes el Gran Lago. Lra un compromiso con
el tiempo, una de esas promesas de borracho, pero que
siempre aparecen como íantasmas cuando hay que hablar de
suenos o nostalgias.

Ahora se podía, el pretexto períecto era mi eníermedad.
¡Que buena palabra! Ol·idarme de todo, de las letras, del
humo, de la lla·e, del despertador, del abismo que crecía
cada ·ez mas entre Uma y yo. \ el Lago helado mirandome,
cantandome con sus patos y sus lunas.

Lo que sigue son algunos apartes de lo que escribí alla. No
hacen íalta comentarios. Se supone que con el tiempo uno
se sobrepone.



Dicievbre 2²

Lstamos realmente lejos. Ls mas grande de lo que pensé.
Desde la isla, no alcanzo a ·er la orilla al otro lado. No hay
luz eléctrica. Ln las noches la luna alumbra demasiado. Las
pequenas olas in·entan otro mar a cuatro mil metros. Ll
Diarios de Nada




/93/


bano es una letrina cósmica. Si en la noche me dan ganas de
orinar, debo ·encer la oscuridad. le comido plantas que no
tenía idea que existían. La comida sabe distinta por la lena.
La sopa de quinua parece cantar cuando la tomo. 1odo es
períecto, excepto por este maldito dolor de cabeza.
¡laaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!

Dicievbre 2º

loy ·isitamos los dos cerros que gobiernan la isla. Ll
camino ha sido emoti·o. Los culti·os cantan como la sopa.
Las piedras respiran con sus pulmones de anos. Uma ha
comenzado a mirarme con otros ojos. ¡Amo esos parpados
rojos! Sé que luego ·oy a odiarlos en la ciudad. No debería
pensar en eso.

Dicievbre ²1

Lsta manana he madrugado y he ido hasta la orilla a.,
cómo decirlo..., grabar el amanecer para cuando regrese a la
ciudad. Manana nos ·amos. 1oda·ía no entiendo por qué
uno se queda en la ciudad. lay algo de masoquismo en
eso. Lstoy aquí, lo sé, a miles de kilómetros de ella, a anos
luz de mi casa y, sin embargo, no puedo, ¡no pude!, ol·idarla.
No se ol·ida así no mas... 1odas las noches he sonado
Diarios de Nada




/94/


papeles, letras, ponencias, líos, jaleas, besos, írío. \ es
como un motor, ¡eso es!, lo que siento en esta puta cabeza. \
tengo rabia porque ya sé que esto nunca me lo ·oy a quitar
de encima. \ lo peor es que zumba y arde y me hace toser
así, con esta absurda resignación, con esta íuria que no
suena.

¡leliz ano!



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Diarios de Nada




/98/


encontrando la ·oz para narrar, una por una, la ·ida de todos
los pasajeros que entraban y salían de la línea A. Johnny
Carter tenía la certeza de que en el metro, en el minuto y
medio que transcurre entre estación y estación, podía pasar
un cuarto de hora en la cabeza de alguno de sus pasajeros.

Así que después de casi dos horas en silencio, yendo y
·iniendo por la línea A, íinalmente me dieron ganas de
escribir.

Ahh, Bruno, justo en la última estación estu·e
pensado en eso. Siempre pasa a esta hora, ,sabes...·
¡Ll amor es como el metro! Cada estación es un
períume, pero también la posibilidad de salir
corriendo a alguna calle. ,\ sabes cual es el
problema· Que así se nos ·a la ·ida. lasta que
llegamos a la última estación, cansados de las mismas
·entanas y registradoras y de los mismos sonidos
antes de arrancar, y solo ahí es que nos damos cuenta
que el metro no se ·a a detener, sino que ·a a
regresar por la misma línea, ,entiendes· Pero esa
tampoco es la explicación, como decía Johnny, la
·erdadera explicación sencillamente no se puede
explicar. 1endrías que tomar el metro y esperar a que
te ocurra`.
Diarios de Nada




/99/



Como ya estaba delirando después de tanto metro y
Cortazar, decidí bajarme. Lran las seis y estaba en el centro
histórico. La con·ersación con Bruno me había dejado
coníundido. No alcancé a pasar la registradora para salir de
la estación cuando tres, cuatro, cinco tipos me abordaron en
portugués, inglés y espanol, oíreciéndome garotas, ladies,
chicas, como si estu·ieran ·endiendo tuercas o cocadas. Los
políglotas proxenetas me resultaron entretenidos, así que
conser·é los ílyers como sou·enirs. Lnseguida, caminé hasta
el muelle, mas alla de la columna de ediíicios que separaba la
línea A del mar, y íue entonces cuando la espuma sobre el
atajaolas me hizo pensar en una cer·eza. Lché un ·istazo
alrededor y escogí el nombre mas íamiliar: BAR 8. Lsculqué
aíanado en el bolsillo porque algo me dijo que yo ya había
escuchado esas palabras. \ claro, ahí continuaba el papelito:
ß.R º, cabaret, to¡te.. e vvito vai..

Siguiendo el camino de luces neón, entré al BAR 8
imaginando una hamburguesa doble con cer·eza y una
garota despampanante bailando sobre la barra. Lsta ·ez no
regresaría al mismo apartamento, a·ión, hotel, escritorio, con
la película equi·ocada de mi ·iaje, esta ·ez iba a ingresar
temerario a la pantalla misma a tomar las riendas de la trama.
Aunque sabía que eran las seis de la tarde, adentro ,como en
Diarios de Nada




/100/


el metro, Johnny..., el tiempo era relati·o. Dos meninas me
recibieron en miniíalda y me guiaron hasta el íondo mientras
jugaban innecesariamente con su lengua. Como no ·eía por
ningún lado hamburguesas o cer·ezas, y en cambio sí
toneladas de whisky y ·iejos gordos y tristísimos, me
entretu·e con los cuellos de las garotas. Después de
atra·esar el establecimiento, ya acomodados en la última
mesa, les dije hambriento en mi pobre portugués: ío qvi.e..e
cover vva bavbvrgve.a e beber vva. cerre;a. cov rocê.`. La escena
les pareció graciosísima porque no paraban de reírse y de
mostrarme los calzones. Algo me dijeron ,que no pude
entender., y se íueron a llamar al administrador del
negocio, un europeo ecuatorial de dos metros de alto, quien
me explicó trasnochado y ojeroso en un pobre portugués
también, cómo en su establecimiento no sólo no se ·endían
hamburguesas sino que la cer·eza era sumamente barata
para va qvatiaaae aa. garota.. \a que las garotas seguían
sonriendo, yo también me le·anté risueno y tomé
rapidamente el camino de regreso, no sin antes responder al
tragico anuncio: ßov..., vvito obrigaao. Sin embargo, no
contaba a esas alturas que los 5 minutos con las garotas
habían signiíicado en la libreta retorcida del europeo
ecuatorial 50 euros. Por supuesto, me había ·isto la cara de
turista y había medido mi pobre juicio, arruinado de
antemano por la lectura desmesurada en los metros. Como
Diarios de Nada




/101/


yo no tenía intenciones de detenerme, el tipo llamó a dos
gorilas que esperaban camuílados tras la barra, quienes me
apretujaron contra una puerta que daba a un pequeno cuarto
junto a la salida. Allí, me sentaron a la íuerza y me
esculcaron como si se les hubiera perdido el pasaporte unos
minutos antes de salir para el aeropuerto.

Durante las dos horas que estu·e cauti·o pasé por todos los
estados de animo. Al principio, alegué indignado que eso era
un robo, un secuestro, una extorsión, que iba a ir a la policía,
por supuesto, al consulado, desde luego, al ministerio a
contarles todos los detalles de su maldita estaía, pero los
tipos me miraban indiíerentes sin entender mi torpe
portugués, y las garotas sonreían di·ertidas mientras
ordenaban coca colas y seguían mostrandome los calzones.
A la hora tu·e una íase de terror y llegué a pensar,
angustiado, que a ·eces los metros se descomponían y
entonces las ciudades colapsaban y los pasajeros decidían
suicidarse con sus maletines. Al íinal, concluí que me iban a
·iolar, a golpear y que yo iba a morir a miles de kilómetros
de mi ciudad como los barcos que nauíragan en los mares
helados y sólo después de meses o anos los puertos notiíican
su deceso.

Diarios de Nada




/102/


Aíortunadamente, dos horas íueron suíicientes para que
gorilas y garotas se aburrieran de mi cara, y optaran por
quedarse con la camara, 20 dólares que tenía en la billetera y
unos boletos arrugados para el metro:

Ahh, Bruno, justo en la última estación estu·e
pensado en eso. Siempre pasa a esta hora, ,sabes...·
¡Ll amor es como el metro! Cada estación es un
períume, pero también la posibilidad de salir
corriendo a alguna calle. ,\ sabes cual es el
problema· Que así se nos ·a la ·ida. lasta que
llegamos a la última estación, cansados de las mismas
·entanas y registradoras y de los mismos sonidos
antes de arrancar, y solo ahí es que nos damos cuenta
que el metro no se ·a a detener, sino que ·a a
regresar por la misma línea, ,entiendes· Pero esa
tampoco es la explicación, como decía Johnny, la
·erdadera explicación sencillamente no se puede
explicar. 1endrías que tomar el metro y esperar a que
te ocurra`.
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LL NINO MIRA LA VLN1ANA, luego la almohada y de
nue·o la ·entana.

- ,Mama· - Pasan unos segundos -: ,Papa·

Otra ·ez`, piensa. Asusta el silencio, la piyama le queda
grande, odia las medias, su padre lo obliga a ponérselas.
Recorre el apartamento: de un lado a otro la luz, la cama de
sus padres impecable, unas pequenas copas de plastico sobre
el comedor. Nada en la tele·isión, nada en la ne·era, el lego
de siempre sobre el escritorio. De pronto la cerradura, las
lla·es, ese olor a nicotina y sus padres cantando. No llegan
solos, dos in·itados de cuero y con bolsas en los ojos.

- Pequenín - dice el padre -, ,hace mucho te
le·antaste...·

- No...

Diarios de Nada




/106/


Lsas caras extranas, ese olor en la boca, esa sonrisa: los
ceniceros comienzan a llenarse. Su madre lo llama y le dice
en secreto que lo quiere: esa ·oz sorda, esos cachetes
inílandose de humo, esas botellas sobre la mesa de ·idrio.
Mama y papa a un lado de la sala, los otros dos en un mismo
sillón, tocandose: esas lenguas, esas chaquetas, esos
ceniceros a punto de regarse.

- Ma..., no íumes mas..., ,sí.·

- Sí, hijo, esta bien...

Otra ·ez`, piensa. La primera ·ez que no los encontró era
muy chico. No íue a la madrugada sino a la medianoche. Lsa
·ez miró la ·entana, luego la almohada y de nue·o la
·entana.

- ,Mama· - Pasaron unos segundos -: ,Papa·

\ el silencio cayó como una grieta. Lntonces caminó de
prisa hasta la ·entana ,no podía ir mas lejos que su cuarto,,
corrió el ·idrió con toda su íuerza y comenzó a gritar.
Papaaa, Mamaaa... La calle parecía amable, mejor que la
noche en el último piso de un ediíicio blanco. Después que
Diarios de Nada




/107/


el nino agotara sus quejidos, se quedó dormido con la
·entana abierta.

loy es distinto, sin embargo, sus padres estan mas ebrios,
las ·entanas estan atoradas, el humo se mece con el alba.
1engo hambre`, piensa. No quiero estar aca`, susurra.
Resignado, el nino regresa a su cuarto: mira el lego, la
·entana, las paredes, la alíombra oscura. De la sala llega el
sonido de la guitarra que toca su padre, las risas dispares, la
·oz coqueta de una mujer que no es su madre repitiendo:
No, aquí no, aquí no...`.

De un momento a otro, el nino sale con gesto decisi·o de su
cuarto. 1rae botas sin medias y las lla·es del apartamento en
el bolsillo: ese cenicero, esas colillas, esa ceniza, esa íalda
negra de esa mujer que no conoce y que se queda mirandolo.
No quiero estar aca`, piensa. Su madre tiene algo blanco en
la nariz.

- ¡Me ·oy!

La cerradura, el giro, la puerta que se abre mientras el humo
lucha con el ·iento, el portazo, ¡la re·olución! Un nino ·a
bajando las escaleras mas largas de la noche: esas lagrimas
Diarios de Nada




/108/


que no terminan de caer, esa oríandad precoz que no
termina de roerle el alma. No importa`, piensa.


99!
!
Ll nino podría cerrar los punos y correr, atra·esar los canos,
pisar íuerte las cabezas que ruedan como hojas, comprar
drogas, botellas, cigarrillos, sacarse los ojos en un callejón,
cruzar los subterraneos patinando sobre mierda íresca, reír
con dientes y sin dientes, sacar la lengua, sonar senos y risas
que se estiran, sonar heridas que se esponjan y lo llaman,
sonar gusanos creciéndole en las piernas, sonar colmillos que
se hincan en la mano. Podría dejarlo todo así en pijama,
sentarse roto a llorar en un andén, ¡cerrar la puerta otras cien
·eces! Podría tirar tele·isores contra las paredes como su
madre, romper la guitarra de su padre como su hermana,
aguantar hambre y luego comer apresuradamente con las
manos, huir a tra·és del espejo mientras los otros ninos
juegan en el parque, huir en calzoncillos con abrigo, huir de
pie de cama de costado, huir con llu·ia, con nostalgia,
despeinado, huir de todos modos sin dinero, huir en barco,
en patines, en silencio, huir sin ganas, sin dudas y sin puesto,
huir sin maleta, sin recuerdos, huir por atras, por la cocina,
huir cuando la noche llega, huir cuando se rompe el ·idrio,
Diarios de Nada




/109/


cuando suena, huir en una esquina de la niebla. Podría jurar
el ol·ido bajo el agua y luego ·omitar insectos que soplan
íuego y se retuercen, mirar atras sin rostro y puyarse con las
cercas, yacer sobre la grama atrapado por las nubes, pensar
en la nina del 302, aunque sea mas grande, aunque sea
histérica, aunque ·aya al cine sin él, aunque ronque y se
acueste temprano y tenga tan clara su ·ida como sus piernas.
Podría, simplemente, llo·er y dejarse lle·ar sobre la calle,
aprender a leer las telaranas, llenarse de odio, cerrar las
cortinas y escribir.

999!
!
Los pies del nino estan sudando, y el domingo ha
comenzado a aplastar la ciudad. Los ·ecinos salen en sus
carros: el paseo, la íamilia, los papas con bigote manejando.
Ll nino intenta jugar con un palo cualquiera en la arenera.
Dibuja íiguras sin sentido: regresar, no regresar, a dónde ir...,
tal ·ez ir mas alla del potrero que separa la a·enida de los
ediíicios. Las botas pateando piedras, el parto íinal antes del
muro. linalmente, decide dar una ·uelta por el barrio:
puertas, rejas, ·entanas cerradas, el tiempo detenido en las
esquinas, ninguna piyama es tan grande como la suya.
Mientras el nino se ·a alejando de su casa, mira hacia atras
con algo de nostalgia, pero empuja sus pasos en dirección
Diarios de Nada




/110/


opuesta. Puedo ir mas lejos, papa`, piensa. \ a medida que
se acuerda de la rabia y de todas las noches que los esperó y
de todas las mananas que los ·io llegar y de todas las ·eces
que quiso salir corriendo, el nino se ensombrece y las botas
se le pelan y las unas se le crecen. A dónde ir... Ln la última
cuadra, antes de tomar la circun·alar, el nino mira hacia atras
de nue·o: casi mediodía, lejos, sin desayuno. Deben estar
buscandome`, piensa. Acaso este gesto sea suíiciente`: el
coraje, la angustia, las piernas cansadas, el regreso
irremediable, la tarde del domingo recogiendo los pasos con
la cara endurecida, con la calle pegada a las rodillas. Debo
regresar`, se dice.

lrente al ediíicio, el nino mira otra ·ez la ·entana de su casa,
luego mira la calle y de nue·o la ·entana de su casa. Sube
con calma las escaleras. Le duele la ampolla que tiene en el
tobillo: esa puerta, ese número sobre la puerta, esa lla·e
girando entre la puerta.

- ,Papa· - Pasan unos segundos -: ,Mama·

No importan las botellas, las colillas, la alíombra ·estida de
ceniza. Ll nino camina hasta la alcoba: sus padres ebrios,
bocabajo, proíundos. Nada en la tele·isión, nada en la
ne·era, el lego de siempre sobre el escritorio.






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A VLCLS NO 1LNGO IDLA sobre qué escribir. Me
obligo a sentarme hasta que el silencio se come la manana y
ya me tengo que banar, ya tengo que almorzar, ya tengo que
ir a trabajar o a la cita con Julia, mejor dicho, ya me tengo
que dormir a ·er si manana se me ocurre algo. De pronto un
amigo llama y preíiero emborracharme que continuar este
silencio. Pero Julia me anima, Qué le asusta, loco, ¡escriba
lo que quiera!`, y luego me desnuda lentamente y me
consume con su lengua, Julia, la raptada, la de la prima·era
entre los dientes. ¡Lscriba lo que quiera!

Lsta bien, Julia, esta bien, aunque es diíícil saber lo que uno
quiere. Uno puede decir ,o escribir como estoy
escribiendo..., que quisiera pintar corales en su lengua, Julia,
o trazar círculos en las paredes del apartamento, pero Usted
sabe que en el íondo decir es otra cosa distinta a lo que uno
quiere, y escribir. mmmm. escribir, Julia, es un poco mas
diíícil que la·arse los dientes: ¡el punto íinal como un
escupitajo íresco en el ombligo del la·amanos! Mejor
emborracharse, Julia, dejar que usted se derrame así como la
prima·era sobre el lades, mejor perderse una noche con
Caronte, el de la barca oscura, a un concierto de champeta
Diarios de Nada




/114/


en el Leteo. Oye, Julia, mira que hoy quiero salir con mis
amigos, tomar todos los ríos de la noche y bailar muy cerca,
¡cerquitica!, del A·erno`.

Sabado en el Leteo, Sísiío esta por ahí alzando
ampliíicadores y nostalgias, mue·e mesas, le·anta botellas y
borrachos y después se aburre mirando cómo las botellas y
los borrachos se ·uel·en a caer. 1antalo esta bebiendo
demasiado, desocupando los cunchos de las mesas como si
íueran mares a punto de secarse. Dos botellas de río en el
Leteo y íijo uno empieza a hablar de mas. Ln una de las
mesas del íondo esta Prometeo, seguro negoció esta noche
con los buitres porque esta explicandole a una morena que
él, ¡él es el dueno legítimo del íuego!

De pronto Caronte me pregunta que si estoy bien con Julia y
yo le pregunto que si no esta aburrido de trabajar en el
metro. Sin respuesta, cada uno se ·a a dar su propio rolling
por el bar. A pesar de la champeta y los borrachos, me
quedo en silencio, en ese silencio de todas las mananas que
·uel·e ahora implacable, pero en el Leteo, mientras miro a
una mujer desconocida que. por qué no.., se me antoja
Lurídice, la mordida, la de los ojos de espanto. \a había
escuchado su historia en el oraculo una noche en que
Diarios de Nada




/115/


1iresias bebió de mas. \ ademas Julia había sido clara:
¡Lscriba lo que quiera!

Sobre aquel balcón del Leteo, un poco ebrio, un poco
angustiado como antes, empecé entonces a imaginar que esa
mujer, esa misma, no podía ser otra sino Lurídice, ¡ahí estaba
Lurídice!, se acababa de casar con Oríeo, pero el desgraciado
se había puesto a tocar el acordeón y íuera de eso a
coquetear con la mesera. Lurídice, histérica, había salido de
la íiesta golpeando la puerta y, con su traje de no·ia, había
empezado su carrera por el bosque. Oríeo nunca se dio
cuenta de la huida y, mientras brindaba y se mecía con el
·aso, Lurídice se íue acercando a la serpiente cumpliendo
los designios del hado. Dolorida, en·enenada, perseguida
por las sombras, siguió corriendo íuriosa hasta el Leteo,
hasta terminar aquí, justo en írente mío, apoyada sobre la
barra, pidiendo otro trago, columpiandose sobre la butaca
íloja. ,Dónde estara Oríeo que no ·iene, Julia· ¡Lsta ·ez no
quiere bajar! Ln esas estaba cuando Caronte, el de la barca
oscura, regresó.

Me dijo troncho que se había pegado unos plones con
Medusa, y me preguntó risueno que qué hacía ahí parado
como una güe·a. Por supuesto, se cagó de la risa cuando le
dije que ya estaba mamado de la champeta y que esa nena,
Diarios de Nada




/116/


¡esa, Caronte!, la de los ojos de espanto, era la mismísima
Lurídice, ¡Lurídice, marica!`. Caronte enroscó las cejas:
,La de los ojos de espanto...· Oiga, lades, mas bien deje de
mariquiar que ahí llegó Julia`.





























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Diarios de Nada




/120/


con·enciste como siempre, pero sólo porque eres un terco y
un egoísta. \o no quería ·iajar, yo no entendía cual era tu
razón, yo no estaba cansada de nada... ,Cansada de qué...·
¡Dime! Pero a ti lo único que te gusta es quejarte como un
nino y hacer estupideces como esa. Pero ya no mas, ya no
mas, Juan. Ahora sólo necesito tiempo para pensar, para
planear mis cosas. Si sigo contigo, sólo ·as a ilusionarme
siempre, sólo me ·oy a dejar con·encer siempre de lo que
nunca ·amos a hacer, y al íinal sólo ·oy a sentir este
cansancio de mierda.

Me ·as a hacer íalta.

Susana


5(!*):$(,!
!
Lstoy aquí tratando de comprarte algo. lace media hora que
estoy borracho de períumes. le recorrido cinco ·eces el
centro comercial: to. vaviqvíe. ve gvivav, to. .evaforo. ve varcav
tre. tvce. cete.te., , ta. varav;a. aet frvtero ae ta e.qviva ve tirav
a¸abare.. \a me quité la chaqueta, la buíanda, el saco, pero
sigo sudando entre las bolsas mientras las escaleras eléctricas
me adormecen. \ sigo aquí tratando de comprarte algo: un
Diarios de Nada




/121/


acordeón, unas botas, un aíiche mordido, una raqueta. No te
conozco, Susana, no sé quién eres, no sé qué regalarte
después de tanto tiempo: tres azucenas de Quito, un libro
erótico, una bata de seda, una luciérnaga. lace quince días
que no te miro el ombligo, hace quince días que no me gritas
¡imbécil!, hace quince días que no roncamos al tiempo. \
estoy aquí tratando de comprarte algo, tratando de tragarme
los anos sin andamios. Me he equi·ocado tanto en estos
días. \ este maldito piso que brilla demasiado. Los objetos
se repiten en este lugar, las chaquetas, los peinados. Las íilas
se retuercen, se íastidian, se sospechan. No sé qué regalarte,
Susanita. Las ·itrinas sonríen y yo no quiero risas. 1engo
nauseas de perderte. Cómo decir perdón después de tantas
·eces... ,Perdón por iluso, por inútil· \o sólo quiero
comprarte algo y ya: una sombrilla íucsia, una mascota, unos
calzones transparentes, una tuerca, un yate con champana,
unas sandalias, una bolsa de té traída de Birmania. Lntiendo
que me odies, pero déjame intentarlo. le recorrido cien
·eces el centro comercial, pero tengo que admitirlo, no sé lo
que busco. Lsta noche te busco y me perdonas. De;evve irve
qve e. vv, tarae ,a.




Diarios de Nada




/122/


;$!%,/0)!
!
\o estaba literalmente suspendido. Mis intereses
intelectuales estaban suspendidos. Mis planes de trabajo
estaban suspendidos. Ll mercado estaba suspendido. Lsa
noche la luna estaba suspendida. No había de otra: había que
íugarse. \ Susana dijo que sí: ¡·acío!

Comimos mierda, caracoles, caminamos hasta el mar
arrastrando los talones, nos internamos en el agua oscura a la
medianoche del Pacííico, bebimos litros y litros de cer·eza,
nos amamos, nos odiamos, y espiamos bajo el agua los
restos de un nauíragio. No importa, igual íue bre·e y
regresamos. Pero después del ·iaje todo, absolutamente
todo, continuó suspendido. Canas, pol·o, alaridos, íueron
las ·ariaciones sucesi·as. Por supuesto, hasta el día de la
carta. Lse día, incluida Susana, toda mi ·ida quedó
pendiente.

Después de dos semanas alcohólicas, me animé a buscarla.
Pensé: regalo, ílores, te perdono. lice lo que pude. A las
siete de la noche, luego de buscar desesperado qué regalarle,
entendí lo que debía hacer en esas circunstancias. Después
de un par de llamadas, a las ocho de la noche estaba
tomandome unas cer·ezas con un par de ·iejos amigos a
Diarios de Nada




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unas cuantas cuadras de la casa de los padres de Susana.
Animados, los tipos escuchaban la tra·esía en el mar, la carta
asesina, la estrategia. Brindamos como en los ·iejos tiempos,
urdíamos el plan, la lista, el tono, ¡la serenata!

lederico había traído la guitarra y ensayaba acordes. \o
había comprado las ílores en el camino. La senora de la
tienda inter·enía entusiasmada de ·ez en cuando, proponía
canciones y a ·eces hasta cantaba con nosotros. 1odos
estabamos seguros que iba a íuncionar: la sorpresa, el
balcón, las lagrimas. Cursi o lo que íuera, esto tenía que
surtir eíecto. Sin conocerla, lederico y Daniel se imaginaban
a Susana, la pintaban despacio entre sus parpados abriendo
·entanas en piyama. Lsto no se podía acabar así como así.
Sin Susana yo era peor de lo que ya era. Mejor la serenata,
mejor el amor que se persigue, mejor Susana tirandome
cuchillos.

Lran las doce: períecto. Pagamos y nos íuimos ensayando
hasta el parqueadero. Antes de subir al carro, sin embargo,
surgió un problema que no habíamos tenido en cuenta. La
calle de la casa de los padres de Susana era una calle cerrada
por la que sólo transitaban los padres de Susana y los
·ecinos. Lo que signiíicaba que la única íorma de conseguir
la sorpresa que esperabamos, era dejando el carro en la
Diarios de Nada




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esquina o ,y ahí íue que se me ocurrió..., empujando en
silencio el carro hasta la puerta. ¡Un mísero ruido hubiera
despertado al gato, al perro, a la suegra! 1eníamos que
esíorzarnos, esa era la única opción para que todo saliera
bien. Después de unas cuantas cer·ezas, todo parecía ob·io:
ese era el único camino antes de perdernos en el bosque. Lra
ob·ia la serenata, eran ob·ias las ílores, era ob·io empujar el
carro en el desierto, la sonrisa de Susana abrazandome.

lederico manejaba y tocaba el timón como bongoes. Dani
íumaba con la ·entana abierta cantando desaíinado. \o
ser·ía aguardiente en la silla de atras. Lra el momento
preciso de la noche en que la cer·eza ya no sabe a nada.
Cantabamos a grito herido: ¡1o, a ¡eraer ta cabe¸a ¡or tv avor!

Ln la esquina, lederico apagó el carro, lo puso en neutro y
despacio, muy despacio, a punto de morirnos de la risa,
íuimos empujando el carro hasta la casa de Susana. Creo que
paramos como mil ·eces antes de lograrlo. Sudados y
ojerosos, con el olor de la nicotina entre los ojos, sacamos la
guitarra, los cigarrillos, subimos las ·entanas, cerramos las
puertas, nos arreglamos la camisa, y planchamos la chaqueta
con la mano.

Diarios de Nada




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No había luces prendidas: parecía normal. Ni música ni
copas ni risas. Lra un domingo íúnebre a la medianoche.
Íbamos a despertar a la cuadra con nuestro concierto,
íbamos a contarle al mundo que yo era capaz de todo con tal
que Susana no me dejara. ¡Lsta noche íbamos a celebrar!

Ln el callejón que estaba junto a la casa quedaba el cuarto de
ella. Sus padres nunca lo habían reemplazado. La bugan·illa
que se enredaba en el balcón esperaba ansiosa nuestras
·oces. Mi gato .e e.ta qve;avao qve vo ¡veae racitar... Lntre los
1res diamantes, Sui Generis y Cheo leliciano, estu·imos
mas de una hora, pero nadie salía. Ll cielo estaba rojo. Ll
aguardiente estaba quemandome la sien.

A las dos de la manana, yo ya estaba ·encido, cansado del
centro comercial, de las cer·ezas, de los amigos, del mundo.
De pronto sonó un motor. Un auto plateado írenó justo
atras de nuestro carro. Ll auto brillaba con la luz de las
bombillas. Como nosotros estabamos en el callejón y
estabamos brindando una ·ez mas, no nos ·ieron. Lra
Susana y un tipo demasiado guapo, demasiado seguro,
demasiado íeliz junto a mi chica. \ Susana de sandalias,
¡maldición!, con el pelo suelto, ¡maldición!

Diarios de Nada




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lederico y Dani no dijeron nada, yo, tampoco. Susana y el
tipo se acercaron hasta la puerta y sólo por un momento los
perdí de ·ista. Lo mas rapido que pude corrí hasta el íinal del
muro para girar no·enta grados sin que me ·ieran y, como
empujando carros en neutro a la medianoche, asomarme y
espiarlos. Lntonces, en silencio, después de un día entero
persiguiendo el perdón, acepté el beso, la mirada cómplice
de Susana y ese hombre para nada iluso. Después íue la
puerta que se abre y que se cierra, y dos sombras
internandose en la que ya nunca mas sería la casa de mis
suegros.

Nosotros., nosotros nos íuimos a seguir bebiendo.

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LOS DILN1LS AMARILLOS, las cejas pintadas con
ceniza, el hielo, el whisky, los ·iejos amigos con barriga.
Acababamos de comprar el carro, cinco anos juntos y por
íin el carro. Andrea me zarandea y esta junto a mí o debajo
de mí o encima mío sobre una maquina antipatica y sin
gracia. ¡\a todos teníamos carro en la íiesta! Bien. De aquí
en adelante: presumir, hablar pausadamente de las cosas. \
de pronto la rutina íumandose los ojos, los temas de oíicina,
los recuerdos de siempre en las palabras de siempre con las
risas de siempre, ¡salud!

Sin chaqueta, sin pelo, con los cachetes rojos y los ojos
inyectados, Juan Pablo recordaba para todos:

- ,Se ha ·uelto a hablar con Carol· - casi gritaba con
el ·aso bailandole en la mano -. Usted me la quitó,
hermano - y se reía -. ,Se acuerda...·

Su esposa parecía aburrida, apenada, cansada, acostumbrada
a los libretos del whisky con amigos y barrigas. Camilo, al
otro lado de la sala, se reía de reojo mientras besaba a la
rubia de esa noche. Ll sol, el desierto, la sed. Mil camas de
Diarios de Nada




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sexo y tacones repetidos, ¡salud! \o miraba el hielo, el hielo
me miraba, Andrea me miraba y..., ¡demonios!, la esposa de
Juan Pablo me miraba también ,no debo mirarla, no quiero
mirarla,. Andrea íue un momento al bano ,no quiero mirarla,
no debo mirarla,. Ll whisky, las camisas que se desapuntan,
las íaldas que se suben, los hielos derritiéndose en los ·asos,
¡salud!

- Pero, íinalmente qué pasó con Carol... - preguntó de
pronto la esposa de Juan Pablo apro·echando la
ausencia de mi chica.

- Mmm...

No tu·e que decir nada: Andrea llegó mas rapido de lo que
esperabamos.

- ¡Nos ·amos! - dijo tomando su chaqueta. Lsa noche
sus botas brillaban demasiado.

- ¡Vamos, Juan! \a esta tarde - ·ol·ió a decirme.

\a sabía que le preocupaba su carro, su almohada y, desde
luego, mis tragos. No sé si la esposa de Juan Pablo también,
pero igual daba. Volteé a mirar a Juan Pablo y por un
Diarios de Nada




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momento pensé que el tipo había muerto brindando con el
brazo extendido. ¡Pero yo quería estar con mis amigos! ¡\o
quería regresarme brindando con los arboles mientras
gastaba mis zapatos de gamuza! ¡\o quería sentir el ·iento de
la madrugada y el cielo rojo esperando el cambio del
semaíoro! Pero no, si Andrea decía.

labíamos traído el carro y había que regresar con él, sentir
el motor arrullandome los sesos, ol·idar el metro y cantar
por la ·entana siguiendo el estúpido ·ai·én del parabrisas.
¡Maldición! Cuando Andrea decía que nos íbamos, no había
de otra. Me paré, miré a la esposa de Juan Pablo, miré a Juan
Pablo, dije adiós y seguí a Andrea sonambulo de carro. Lsta
noche no habría sexo. ,Cuantos días ya...· Por el pasillo,
antes de llegar a la puerta de entrada, alcancé a ·er a Miguel
en la cocina, toda·ía con corbata, haciendo negocios con
German. ,No tienes otra tarjeta·`, decía. 1oma la mía...`,
insistía. Llamame a cualquier hora...`, presumía. Pobres
diablos, ¡salud!

Ll parqueadero, las lla·es, luces plenas. Acababamos de
comprar el carro y yo ya estaba harto. Andrea bostezaba. Sus
manos abrían la puerta, su chaqueta ·olaba hasta el asiento
de atras, sus ojos se acostumbraban a mi ·oz. Silencio
conyugal.
Diarios de Nada




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- Pero..., por qué tengo que irme, Andrea - me
apresuré a decir. Lsas palabras que de pronto salen.

Lo dije cuando ella ya estaba acomodada en su puesto: el
copiloto que ronca. Ja..., por aquí sí, por aquí no, se esta
muriendo el amor.

- ,¡Qué dices!· - respondió gritando -. Pues si quieres
me ·oy en taxi y tú te quedas con tus putos amigos
de mierda...

- Pero... hace cuanto no los ·eía.... ,No te das
cuenta...· ¡Son mis amigos...!

Las palabras, los gusanos, las lenguas que se secan. Andrea
sale corriendo. No quiero perseguirla, me rehúso a
perseguirla. Siempre lo mismo. \ el problema es que si
regreso a la íiesta, sólo podré pensar en ella toda la noche.
¡Imposible! Vencido, me subí al carro, la recogí en la esquina,
la odié, la amé, tu·e ganas de orinar, estaba borracho.

Silencio en el auto, silencio en la acera, silencio en la esquina,
la cantaleta en la punta de la lengua. \ en el íondo sólo sexo,
sólo whisky en el timón, sólo whisky en la emisora. lrené
Diarios de Nada




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con calma en el semaíoro, prendí un cigarro, bostecé. 1enía
que irme despacio: ·iaje en primera, tango en segunda...
¡Salud!

Lstabamos tan lejos. No iba a ser capaz de parquear cuando
llegaramos. \ lo peor es que no tenía ganas de dormirme
aún, porque si de ahora en adelante ni siquiera iba a poder
·erme con mis amigos, entonces qué diablos iba a hacer...
Las a·enidas estaban bebiéndose la noche mientras este
carro abstemio se burlaba de mí. Inesperadamente, justo en
la A·enida del lerrocarril, sonó la sirena y se encendió la
bombilla roja. ¡Lo único que íaltaba!: el tren de carga como
un río.

Concentrado en mi íuria, había ol·idado a Andrea, la Andrea
de ·erdad, la que estaba a mi lado, así que la miré de reojo. \
claro, lo que ya sabía: enroscada, roncando, hermosa. Ja...,
por aquí sí, por aquí no, se esta muriendo el amor. No me
aguanté y le miré el trasero: ¡calzones morados! labía que
esperar que el tren interminable pasara largo sin anteojos,
arrastrando sus pies sin sospecharme. Me acomodé. No
había nadie sospechoso por ahí. Cinco anos y por íin el
carro. Ahorrar, endeudarse, rogar para que no me echen del
trabajo y miles de anos para pagar un pedazo de lata. Cinco,
Diarios de Nada




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seis, siete minutos un tren íantasma tarareando y
arrullandome el bigote. lue ine·itable: me quedé dormido.

1oda la noche soné con luciérnagas y con tangos y con un
escritorio atestado de papeles. Andrea bailaba sobre el
escritorio, tenía unos calzones rosados, sus senos se mecían
como lunas ebrias. Ah..., el sueno, el ol·ido. \ en medio de
esta calma, de pronto sentí la ·oz de Andrea pitando en mis
costillas:

- ¡Juan! ¡Juan! ¡Juan! ¡Juani, despiértate! ¡Nos
quedamos dormidos!

Andrea me zarandea. Sabado gris a las seis de la manana,
bostezo atroz de ropa y nicotina.

- ,Juani·

- ,Ah...·

- ,Vamos·

- ¡Aja...!







El lector que levanta la mano (BONUS)!
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Juan Guillermo Sánchez M.&
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