La Asociación de Escritores de Aragón ofreció a Tauste la celebración de unas jornadas que ocuparían una semana –del 17 al 21 de octubre- y que

, bajo el título genérico de LITERATURA Y POLÍTICA, se brindó a compartirla con nosotros, gracias a la presencia, cada día, de una figura, uno de sus socios, que hablaría de temas concretos. Eso durante los cuatro primeros, que el viernes la sesión versaba sobre la lectura de algunos poemas por sus autores. Así pues, el lunes, día 17 de octubre –día en el que parece que murió Ernesto Guevara Serna-, apareció el primer ponente, que se llama JUAN LUIS SALDAÑA. El tema del día llevaba por título DICCIONARIO DE LA ESTAFA POLÍTICA. Se presentó el autor, dijo algunos de los libros que tiene escritos y alguno que iba a presentarse en un futuro cercano a aquel momento. Antes de entrar de lleno en su exposición, y puesto que al hilo de la parte central iba, nos comunicó que está creando un Diccionario, de la Estafa Política nos ha dicho que va y que tiene colgado en su página web, cuya dirección aprovechamos para decir aquí: http://www.juanluissaldana.com/. En ella pueden encontrarse reseñas de sus obras y otras cosas, por ejemplo, en la columna de la derecha, donde dice “categorías”, en el lugar sexto aparece el diccionario mencionado. Nos dio pautas, mediante autores, de algunas de las maneras que han servido de explicación en lo que a la relación de la literatura con la política concierne, y en lo que a la historia de aquélla nos es dado concebir y conocer. Así pues, empezó mencionando el libro “El Conde Lucanor”, del insigne Don Juan Manuel. En esa obra, que se basa en numerosos cuentos y sus apólogos, resaltó uno, Doña Truhana, que sirvió de base al famoso Cuento de La Lechera. En él, y hace siglos desde que se escribiera, aparece la tan utilizada expresión “Castillos en el aire”, que tan moderna creemos que es. Juan Luis da en calificar, o enfatizar, por mejor decir, este libro –quizá también a su autor- como CÍNICO. A continuación, como por cronología se está realizando la exposición, habló de Cervantes. Por supuesto, nos señaló y nos remitió a “El Quijote”. A Cervantes le dio el tratamiento de ELEGANTE. También menciona una frase que, luego, ha quedado marcada y, en fin, en política se ha usado en muchas ocasiones: “Ladran, luego caminamos”. José Cadalso fue el que citó a continuación, y al que también tildó de CÍNICO. Nos hizo ver que le tenía mucho aprecio y resaltó su obra “Cartas Marruecas”, calificándola de sublime, expresando una interrogación, en lo que al autor concierne: ¿La Guerra Civil le importa un bledo? Parece ser que es lo que viene a dar a entender en esa obra y, sin embargo, no entiende que sea así. A Mariano José de Larra le pone el calificativo de INDEPENDIENTE. Lo elogia y menciona que no se acomoda a la mediocridad. Trata de hacer ver que es

digno de encomio, que es una persona –no sólo como escritor o, sobre todo para él, puesto que también lo es, como periodista- que hay que reivindicar, conocer y reputar con los merecimientos que tuvo, y que vilipendiar menos de lo que se ha venido haciendo, quizá. Como cosa curiosa, está enterrado, en el cementerio de San Justo, junto a Ramón Gómez de la Serna. De Larra, como de Cervantes, nos dice que, si nos es posible, leamos todo. Unamuno. De él resalta la INTELIGENCIA. Recuerdo una anécdota, que se cuenta por ahí, que dice que, en cierta ocasión –quizá habría unas elecciones en ciernes o se habrían celebrado recientemente-, su asistenta le preguntó que, siendo tan inteligente como él era, ¿por qué no se presentaba para político? Y él le contestó que por eso, precisamente. Volviendo a nuestro asunto y a nuestro ponente, no quiere resaltar una obra, nos dice que todo vale, aunque puntualizo que, a buen seguro, se refiere a la novela, pues que los ensayos filosóficos ya vemos qué son y por dónde han de ir, por lo que pienso que huelgan como -velada e intencionadamente o no- relación con la política. Señala respecto a don Miguel, como una característica personal, que no se miente a sí mismo. De Baroja, aunque también nos aconseja leer lo máximo que se pueda –hay alguno, sobre todo los tratados antropológicos, que hemos de tener en cuenta, lo mismo que con Unamuno, que, como ensayos que son, nos remiten más explícitamente, sin metáforas, a aquello en lo que cree y demuestra-. Por cierto, que no quiso dejar en el tintero aquella frase que se le atribuye de que “los nacionalismos se curan viajando mucho”. En fin, su literatura es de mucha sencillez pero de las que dejan poso. El otro de los de la generación del 98 al que hace mención es Azorín. No dice de él más que que leamos todo lo que caiga en nuestras manos de él… o, si no, que lo busquemos. De los tres autores quiere resaltar la cuestión de la TOLERANCIA de la que hacen gala. Nos había dicho que iba a mencionar a diez autores, pero la cosa ha quedado en siete. Sigue su disertación diciendo que los periodistas hacen eco a las, por así decir, pachuchadas o insensateces inventadas por los políticos, o por sus asesores, de modo que, como eco, se repite hasta el infinito, incrementando, si es que lo tenía, el valor de lo dicho, o adquiriéndolo, sólo por ese hecho. Según él, que los periodistas enfaticen y den por buenas muchas de las cosas que dicen los políticos obedece a un sucedáneo de respeto hacia ellos. Y eso de que eso se llame respeto, según dice, es “absolutamente relativo” (¡sic!) Luego saca a colación algunas de las palabras que él ha incluido en su ya varias veces citado Diccionario de la Estafa Política, haciéndonos pasar un ratico divertido, ridiculizando ciertas cosas o usos: multidisciplinar, territorio, poner

en valor, frentista… en fin, en su web, de la que ya hemos dicho antes la dirección, se pueden ver, tanto los términos y sus usos como las opiniones que el autor tiene de los mismos. Esto, en cuanto a algunos, no significa que estemos de acuerdo, al menos, no denostaríamos nosotros el vocablo sostenible, pues tiene sentido y significación, está admitido en el diccionario de la Real Academia de la Lengua española y su definición es muy apropiada y ajustada. Lo del uso es como suelo decir: me encanta cortar cebolla con el mismo artilugio que otros usan para matar. El martes, el 18 –día de San Lucas, ¿qué quieres que te diga?: yo siento que ése es mi patrón, de tener alguno… más que nada por la de veces que lo celebré, por lo bien que me lo pasé y porque no acabé medicina por otras cosas, no por el patrón ni por mí mismo, ea-, el interviniente fue ENRIQUE CEBRIÁN. Un chaval bien majico. Y un breve currículo se puede ver en la web, en una breve reseña biográfica, en un portal en el que, parece ser, dan cabida a escritores noveles: http://www.yoescribo.com/publica/comunidad/autor.aspx?cod=41528. Éste nos iba a hablar acerca de EL LENGUAJE AL SERVICIO DEL PODER. Y nos dijo que el lenguaje y la política no sólo están relacionados sino que ha de ser así: a ver, si no, cómo podrá comunicarse quien tenga el poder y quiera. Menciona a Aristóteles, diciendo que dijo, acerca del hombre, que es un animal político y que es un animal que habla. La democracia también ha de ir unida a la palabra. Sería imposible, si no, comunicarla. En el Renacimiento se retoma el concepto de hombre y, por ende, el concepto de que se ha de hablar. Hoy en día (desde la Revolución Francesa, en 1789), los Parlamentos, como su nombre indica –un parlamento es donde se va a parlamentar, es decir, a hablar, a conversar-, tienen que ver, y no poco, con la “Opinión Pública”. Por cómo ha expresado la unión, el paralelismo o la correspondencia de ambos conceptos, podríamos concluir que la política y el lenguaje mantienen una relación simbiótica. Lo que hasta este momento se ha dicho hace referencia a la parte positiva del asunto. Sin embargo, esta relación también ha tenido su contrapartida… esta moneda también tiene su reverso: siempre ha existido la tentación de usar el lenguaje como arma de manipulación, lo cual, como es de cajón, es negativo, por cuanto, controlando el lenguaje, se controlaba el pensamiento –según conviniese a quien ostentaba el poder o, añadimos nosotros algo aún peor, a quien lo detentaba-. Esta manipulación se hace creando términos nuevos, uniendo de forma novedosa palabras existentes, rescatando palabras olvidadas o, también –y parece

la forma perfecta de manipulación-, modificando términos cotidianos. Esto lo estudió Victor Klemperer, un judío alemán y filólogo, en su obra “La Lengua del Tercer Reich”. El uso de esos términos a los que antes se alude, cotidianos o normales, hace que cambien su valor social las connotaciones que hubieran tenido anteriormente. Se emplea la sutileza de manera encomiable, técnicamente hablando. Orwell también trabajó en esto, en su obra “La política y la lengua inglesa”. Es, en realidad, aplicable a cualquier lengua el asunto del que hablamos. Se dice que quienes deben vigilar la manipulación han de procurar que se trate de huir de las metáforas muy comunes (pertinaz sequía, por ejemplo), de los verbos complicados, de una forma de hablar pretenciosa, de las palabras grandilocuentes, de los eufemismos, es decir, de la perorata, de la charlatanería. Da seis normas para poder seguir estos consejos: 1) Nunca uses una metáfora que hayas visto escrita antes (se trata de ser original). 2) Nunca ha de usarse una palabra larga, si se puede decir lo que se pretende con una corta. 3) Si se puede, hay que eliminar palabras: si lo logramos, eso quiere decir que sobran. 4) Si se puede usar la voz activa, mejor que la pasiva (con ella se observan rodeos, circunloquios). 5) Nunca se usarán palabras extranjeras, científicas o de jerga, si existen en la propia lengua. 6) Rompe todas estas reglas si, al final, por usarlas, cambia lo que se quiere decir (o lo que conviene decir o viene al caso), que es lo que no pretendían las anteriores cinco reglas. En la democracia ocurre también -¡y más a menudo!- y es más grave que ocurra, pues contradice el espíritu que definiría ese sistema: los manipuladores no son muy demócratas, la verdad. Si nos damos cuenta, por propia definición. En Italia, Gustavo Zagrebelsky, un juez que lo fue de la Corte Constitucional y actualmente es profesor en la facultad de Derecho de Turín, ha publicado un libro que habla de la lengua actual Sulla lingua del tempo presente, siguiendo al de Klemperer, en el que critica a Berlusconi y, en fin, los políticos de hoy en día en ese país, por el uso sesgado y claramente manipulador que hacen de la lengua, con pocos escrúpulos a la hora de usarla para que sirva a sus intereses. Como vemos, podemos extrapolar los conocimientos y estudios de un sitio a otro, pues en todos los lugares en los que el sistema se parece los métodos también. Y vamos, por ejemplo, a lo que se ha dado en llamar “Lo políticamente correcto”, poniendo sólo el ejemplo de decir, muy a menudo hoy en día, reajuste, cuando, realmente, lo que se hace es un recorte. Farenheit 451 es una obra escrita

por Ray Bradbury –y que fue posteriormente adaptada, magistralmente, al cine por Jean François Truffaut-, en la que se habla de que la tendencia de la civilización occidental es a ser esclavizada por los medios de comunicación de masas… el título alude a que, puesto que ésa es la temperatura a la que arde el papel, no quedarán libros cuando se desarrolla la acción porque se habrán quemado. Tiene mucho que ver, en cuanto a lo que significa de la visión futurista de la decadencia de la civilización por haber sido manipulada por los poderes mediáticos, con las obras de Aldous Huxley –Un mundo feliz- y de George Orwell -1984-. Acabó diciendo que Internet puede ser útil para lo contrario, para no sucumbir, pues no uniforma, al ser tan amplia la red –global, como término últimamente muy usado- y, a la vez, tan asequible. Contra lo que muchos piensan o manifiestan. Al fin y al cabo, el uso que se hace de las herramientas es el que puede dar a entender para qué sirven -los cuchillos, por ejemplo, como hemos referido al final del resumen del día de ayer-. El miércoles, día 19, LUISA MIÑANA nos propuso el tema cuyo título era Política – ficción: el gran teatro de la política. Empezó su conversación diciendo que aquello, el tema, planteaba una diatriba… cosa que no me quedó claro a qué venía, salvo que quisiera decir que el asunto lo que planteaba era una disyuntiva, por cuanto esto último nos hace pensar que la cosa va de optar por alguna de las alternativas presentadas y aquello, en cambio, como discurso violento o injurioso no lo veo planteado yo. Pero bien, luego se ajustó y empezó diciendo, al mencionar a Benito Pérez Galdós, que pudiera ser considerado un anarquista, por cuanto no era proclive a aplaudir el sistema, cualquiera de ellos, de los hasta el momento existentes, ni a supeditarse a un estilo de organización jerárquica de los pueblos o naciones, en fin, sociedades. Y dice que dijo este hombre que el fin de la política es la manipulación, mediante la oratoria, de los deseos y de las conveniencias. Y sí, es verdad: fue muy contundente, a la par que, quizá, clarividente. Observando las cotidianidades, observamos casos en los que les falta –a los políticos- formación y –o, quién sabe en cada momento- serenidad o sosiego para comunicar al personal. Algo que está fuera de toda duda es que la escenografía, a todos los niveles, es algo fundamental y decisivo. Palabras e imagen han de ir de la mano, pero han de cuidarse con mimo y exquisitez, con prudencia y de forma minuciosa, entre otras cosas para no mostrar equivocaciones o gazapos que acarreen el efecto contrario del que se pretende. Puede, incluso, ser la noticia la propia imagen (en el caso de un vídeo en cierta campaña electoral, la noticia fue que Rajoy no llevaba puesto el cinturón de

seguridad mientras hablaba, montado en un coche en marcha) y olvidarse el receptor de lo que se trata de decir o manifestar o el “leitmotiv” de la aparición del político. A continuación, trató de que la charla tuviera una línea argumental, una base, para lo que nos hizo la referencia a la obra “Escenografía política en 20 tragos” (http://www.slideshare.net/ACOP/escenografa-poltica-en-20-tragos), de manera que pudiéramos regirnos por datos y llevarnos de la mano en una exposición que, como consecuencia de que tenía un tiempo limitado este día, consiguiera ceñirnos a un guión que nos mostrara qué quería decirse con que las cosas han de estar bien cuidadas, en este caso con el afán de mostrarse para conseguir convencer cara a unas elecciones. El primero de esos tragos se tituló “Busquemos a los persuadibles”. Se refiere a los más afines, aunque en principio estaría definido el grupo como aquella minoría decisiva que puede moverse o no, o que incluso puede cambiar de un bando a otro. Y eso, en realidad, es para empezar. La manera es usar un buen relato, que ha de tener, además, buenas ideas y bien expresadas, enganchando, recurriendo a las emociones y con un enemigo que sea bien evidente y lo más contundente que pueda encontrarse. Por ejemplo, antes, con Franco, todos juntos en su contra. Hoy, por poner otro ejemplo, el enemigo puede ser el trasvase. Estos dos conceptos, el de apelar a las emociones y el de buscar un enemigo contra el que ir, son los tragos quinto y sexto, a los que pretendía llegar cuando tocara. Pronto se suscitó un debate, que lanzó la primera persona que habló, al manifestar que se encontraba desilusionada por encontrar confusas y, probablemente, vacías, las manifestaciones que proporcionan –aquel día aún no se estaba, de lleno, en la campaña electoral- los que principalmente se manifiestan en público, en referencia al mundo actual, y principalmente, quizás, a la crisis. La cosa se alargó porque, a continuación, alguien lanzó sus soflamas, de manera desconcertante por lo intempestivo, por lo menos por eso, y ya no hubo lugar a continuar con la charla. Así que, cuando salíamos, aún pude comentar con Luisa que, quizá, una conclusión, no de la exposición, en cuanto a explicar la cuestión “puesta en escena”, sino a la primera interrupción o comentario, podría ser que el descontento y el desánimo son los principales acompañantes, los principales ladrillos que conforman nuestro estado de ánimo, o el más general, o el de la interviniente, al menos. Ambos convinimos en que era lo más probable como conclusión. Y, finalmente para mí, pues no pude acudir el viernes, día 21, el día 20 asistió MIGUEL BAYÓN, que traía como tema bajo el brazo La Odisea de Orwell.

Comenzó diciendo que, que se sepa, desde hace más de cincuenta siglos, la literatura anda, discurre o transcurre, al servicio del poder. O la escritura, quizá más bien. Y luego se va haciendo menos elitista. En la Grecia clásica, el personal ya es más independiente. Llegó la literatura a altas cotas, con la narrativa, la poesía, el teatro… (Platón dice que el hombre es animal político, lo mismo que Cebrián dijo anteayer que hubo dicho Aristóteles). El asunto era organizarse en “Polis”, o, para definir la Política –el Arte de la Política-, podría decirse que es la manera de organizar la convivencia. Y de esto hace 25 siglos más o menos. La interacción es clara pues nacen, literatura y política, simultáneamente. Hoy en día nos preguntamos si han de ir de la mano la realidad político social y la literatura… o hay que fabular, abstraerse de la realidad (Borges sería un ejemplo). Esto sirve al ponente, a Miguel, para ir al meollo, a hablar de George Orwell, que es el pseudónimo de Eric Arthur Blair. Sería el paradigma de los escritores comprometidos. Y su obra, “Rebelión en la granja”, el exponente de la expresión de unas ideas y de un compromiso. Para hacernos una idea de cómo surge el libro, hemos de pensar en que nació el escritor a finales del siglo XIX, en Bengala, en la India, que era una de las colonias inglesas, que perteneció a la policía imperial, que trabajó como maestro de escuela en Londres y en una librería, una vez que volvió de París, que le tocó vivir 3 guerras y a ninguna se sustrajo, incluso en la asonada de Franco tuvo que soportar desplantes por parte de los que creyó correligionarios, el Partido Comunista oficial, el prosoviético, desplantes que se convirtieron en rechazo, hasta el punto de que se tuvo que volver de España. El hervidero de ideas y de búsqueda de identidad, pues que lo que anteriormente había estado funcionando no servía en el mundo o en la sociedad en la que le tocó vivir, fue, amén de tumultuoso, constante. Hubo en todo ese tiempo una ebullición de pensadores que apuntaban novedades, propuestas para poder sustituir lo caduco o lo extinto. Además, como parece ley de vida, de la naturaleza, la época convulsa costó muchas vidas y la crisis se pudo tomar, por no pocos pensadores, como una hecatombe. Fue socialista, pero siempre crítico. A continuación nos hace un esbozo del argumento del libro. Es una fábula, al estilo de las de Esopo, por poner un ejemplo, en el sentido de que da a los animales características de personas. Constituye un análisis sencillo de la corrupción que engendra el poder, en cualquier nivel, poniendo como ejemplo el régimen soviético, que es el que más fácilmente se puede criticar en esos momentos, por estar tan clara, sólida y férreamente establecido y consolidado. Menciona a alguno de los críticos de la obra de la que se habla (no estamos seguros de si fue a Bernard Crick, del Birkbeck College de Londres) y dice que el cerdo Mayor fue identificado

con Marx. Nosotros no estamos de acuerdo. Con respecto a que representara a Lenin, sí. Tal como se ve en el libro, el ejercicio del poder es lo que ha ido modificando los comportamientos del cerdo respecto al ideario prístino, decantándolo hacia una deriva de corrupción. Pero Marx no puede ser comparado porque fue un teórico, no ostentó el poder, por lo tanto, nunca pudo corromperse. Al menos, no por esos motivos. Pero, por otro lado, Marx murió incluso antes de que acabara siquiera de redactarse el primero de los cuatro libros que componen la que dicen su obra fundamental, El Capital. De hecho, se nota bien diferente a los otros tres. Engels fue quien acabó de escribir esa obra, y su tendencia era más de economista que la de Marx (éste figura entre los llamados “Padres fundadores” de las Ciencias Sociales, junto a Weber o Durkheim, por mencionar a dos). En todo caso, insisto, Engels tampoco mandó. Por otra parte, y se acaba aquí, la disertación ha ido derivando, de modo que, de explicar la relación entre política como arte de organizar la convivencia y cuyo nacimiento es simultáneo al de la literatura, y de cuya simbiosis –válgase el término, pues ya se usó en otro momento de las jornadas- apenas se ha hablado, se ha pasado a decir que de esa relación no podía surgir arte, o algo bello que potenciara los dos componentes –política y literatura-, porque se ha hablado del poder, que trata de servirse de ésta usando cualquier modo del que disponga, aunque sea “destrozarla”. Así ha dicho respondiendo a una pregunta expresa refiriéndose a ello: ¿cuando habla de política, está refiriéndose al poder? Porque, si a la definición primigenia nos referimos, Lisístrata, de Aristófanes, en lo que respecta a 25 siglos atrás, es un ejemplo de que se puede hacer política con arte literario, como Miguel Hernández, recientemente, y que no están al servicio del poder, pero sí que son manifiestamente políticas sus obras.

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