La masa y la lengua

Artículos sobre Internet, literatura y redes sociales

Juan Terranova

—Buenos Aires, 2011—

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Índice Prólogo /4 El comment como género /6 Catorce puntos sobre Facebook /10 La visión conservadora de Neuman /12 Moderno, posmoderno y digital /14 Sobre otra división posible /16 Las otras 120 jornadas /18 Literatura masiva /20 Sobre Twitter /22 Una novela ácida /25 Sobre La revolución electrónica de William Burroughs /27 Los nuevos conservadores /30 Internet y literatura /33

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Quienes critican hoy Internet repiten ese lamento, atribulados porque el uso desregulado de la red permite que “cualquiera” coloque sus escritos en el dominio público. Desde el siglo XVIII en adelante y durante todo el siglo XIX, se hicieron oír muchas advertencias sobre la nueva cultura masiva de la lectura producto de la imprenta y de los crecientes niveles de alfabetización, que se había difundido tan rápidamente como una epidemia. En la prensa periódica, pero también en los tratados filosóficos y en las obras de ficción, los escritores advertían sobre el exceso de impresos, el exceso de escritura, el exceso de lectura. La bibliomanía había infectado las sociedades de Occidente y se había transformado, según decía un diccionario francés de 1740 en une des maladies de ce siècle.

Karin Littau, Teorías de la lectura.

Para @nmavrakis

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Prólogo
La hipótesis central de La cena de los notables, del ensayista español Constantino Bértolo, es simple: la mayoría de los escritores actuales refuerzan la máquina de dominación del capital. El saber, dice Bértolo, excluye, cae sobre el desprotegido, lo margina. El conocimiento, entonces, segrega, defiende el statu quo, funciona como un artefacto que sostiene un sistema de clases determinado. La manera en que La cena de los notables ubica y describe el hábito de la lectura va en contra de nuestro deshilachado humanismo cuyo lema “los libros nos harán libres” condena por ingenuo. Al cuestionar la centralidad de este discurso positivo –algo que no es nuevo, pero que hoy se ve poco–, Bértolo reordena nuestra idea demasiado borgeana de los libros. Por eso llama la atención que sea tan duro con el entusiasmo que despierta el uso de Internet como herramienta democratizadora. Para Bértolo “dadas las relaciones de producción actuantes, el capital acabará controlando y jerarquizando” a la web. Bértolo no es un Abelardo Castillo que, embrutecido por sus propias convicciones tanto como por sus limitaciones, hace poco en una entrevista dijo que Internet “no pertenece al conocimiento, a la cultura o al saber, pertenece a la información”. Bértolo acierta cuando denuncia el conservadurismo en el que ha caído hoy el arte narrativo. El mismo Castillo es un ejemplo claro de eso. Pero se equivoca con Internet. El capital, y para el caso la modernidad, no afectan a todas las mercancías y a todos los individuos por igual. Hay bordes, lugares que son periféricos, residuos de las dinámicas contradictorias de comunicación. Parece tonto señalarlo pero no es lo mismo Linux que Microsoft, no es lo mismo Cuevana que Google. Se le podría responder a Bértolo con Gramsci. No importa cuál sea el sistema de gobierno, siempre va a haber una clase dominada y otra dominante. En el medio, tironeada, hoy encontramos Internet. De su uso y sus usuarios dependerán sus características. Pero el tema no es soporte versus contenido. Ni siquiera es la vieja discusión sobre la escritura que tuvieron Sócrates y Fedro en el conocido diálogo platónico. Más bien atañe de forma directa al famoso “modelo”. Si queremos un país productivo, no podemos ser conservadores en relación a las tecnologías digitales. Este libro recoge artículos escritos para mi columna semanal en hipercrítico.com. El más viejo, “El comment como género”, es de julio del 2008. Se lo nota ya un poco ajado, demasiado ligado a los blogs que comenzaban en ese momento un período de desaceleración. Sin embargo, sus ideas centrales, consecuencias de estudiar la relación entre escritura digital y violencia, pueden aplicarse a otros soportes web y siguen vigentes en los portales de los diarios y periódicos. El más reciente es “Los nuevos conservadores” de noviembre de este año. Por
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otra parte, “Internet y literatura”, que se publicó en hipecritico.com entre mayo y junio, quizás resista un poco más que el resto el añejamiento inexorable al que somete la web todas nuestras reflexiones sobre la cultura digital. Mi espacio semanal en hipercrítico.com es una columna sobre libros. Por eso estas piezas periodísticas quizás sean consideradas como desviaciones de mi constante actividad como crítico literario. Quiero creer que no y que aquí dejo constancia del por qué. En la década del 80, las madres y las maestras decían que la televisión te quemaba los ojos y que “la juventud” ya no leía. Dos décadas más tarde apareció la web promoviendo una revolución industrial completa. El Logos se instaló en las pantallas. La cultura audiovisual que tan mal le hacía a nuestra corteza cerebral mutó y una buena parte del agorero oscurantismo del siglo XX se terminó de clausurar. Me importa el destino del libro, pero no el fetiche del libro. Mi presente está en una gozosa y muy palpable mezcla de materiales impresos y pantallas. Hoy no puedo escribir sin conexión porque me siento desnudo. Y la verdad es que paso más tiempo frente a la pantalla que en cualquier otra parte. Ahí es donde el futuro está ocurriendo.

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El comment como género
1. El comment ya es un género literario. Un verdadero género menor. Sus frágiles límites resultan cada vez más reconocibles. Siempre breve, ligero, a veces ingenuo, de salutación. El subgénero “comentario anónimo”, muy difundido, se vuelve rápidamente intimidatorio, punzante, incómodo y se carga de una “mala leche” que, en un principio, desconcierta. 2. “Cualquier pelotudo tiene un bloc” (sic). La respuesta desorbitada y narcisista de José Pablo Feinmann es de una agresividad torpe, tanto como la que se encuentra a diario en los blogs, pero, al mismo tiempo, más comprensible. Si nos atacan, nos cuestionan, nos insultan, es esperable una reacción. Ahora bien, ¿dónde nace el espiral de violencia escrita de los comments? ¿Es defensivo? ¿Quién se defiende? ¿De qué? ¿Es parte del potlach general de la web? 3. El potlach era una forma de intercambio material y simbólica practicada en sociedades no capitalistas. Los antropólogos y los escritores inconformistas la descubrieron fascinados. ¿Fascinados por qué? 4. En el comentario anónimo a veces hay lucidez, a veces no. La situación se parece al ring-raje. ¿Quién puede resistirse al placer de tocar y salir corriendo? Pero hay algo más, hay escritura, hay sentido. Las llamadas anónimas implican poner la voz y la voz es parte del cuerpo, evanescente, pero parte al fin. La práctica medieval de los anónimos en la puerta de la iglesia nos acerca apenas un poco más. También el mensaje de secuestro armado con letras recortadas del diario. Nada supera, en todo caso, al anónimo escrito desde la comodidad de una computadora personal. Indignación en la lectura y descargo. ¿Qué pone en juego uno cuando insulta desde esa tribuna instantánea, tumultuosa, donde es muy simple esconderse? La prepotencia parece algo universal, ecuménico. Más aun con la posibilidad de ocultarse en el anónimo o firmar con un seudónimo de guerra. 5. ¿Influye la calidad intelectual de los actores? No creo. En todos los medios hay una cuota asegurada de indisciplina, ira, distracción y equívoco. El crítico de cine tradicional escribe en su columna tradicional del suplemento tradicional contra una película porque su mujer le mete los cuernos. Se ensaña. ¿Es por la cantidad de los que escriben, entonces, que se generan estos roces? ¿Cuáles son las consecuencias necesarias del libre intercambio de la web? “Es posible que la esquizofrenia sea una consecuencia necesaria de la
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alfabetización” dijo McLuhan. Lo que es innegable es que existe un costado oscuro, residual, pringoso. En el fascinante y en apariencia positivo mundo de la comunicación digital también vive la cobardía, la sorna, la disconformidad histérica, la envidia y la cizaña. 6. Un mail mal escrito o mal leído detona una pelea. La ironía porteña se pierde en los mensajes de la web que generan así resquemores, suspicacias, dudas y fricción. 7. De golpe, navegar por los blogs y los foros de la web se empieza a parecer cada vez más a manejar un Dodge 1500 modelo ´82 con la caja de cambios rota por el microcentro porteño un viernes a las seis de la tarde. 8. Hay blogs donde los posts copian el estilo del comment injurioso, reivindicador, destructor, que quiere ser lúcido pero se pierde en su propia violencia. Son los blogs del libertinaje intelectual donde todo es objeto de burla, donde se revuelven las heridas con la ignorancia, se desmitifica, se declara y se amenaza sin otros resultados que la siguiente andanada de intercambios. Esos blogs, ¿descomprimen o comprimen? ¿Válvula de escape o clausura y acumulamiento? 9. ¿La instantaneidad empieza a borrar los lazos humanos de la comunicación? Sin el roce de la cara y el cuerpo del otro, sin la traba del papel, sin la instancia del kiosquero o el bibliotecario, nos comunicamos vía electricidad y cables, lugares veloces donde las normas básicas de la educación se disuelven. El beneficio de la duda queda aplazado. Todo se vuelve agresivamente epidérmico. 10. Otra frase de McLuhan: “Los medios son extensiones artificiales de la existencia sensorial”. (Y acá Diego Vecino me acota: “Los Estados democráticos también”.) 11. La “democracia en el acceso a la publicación” parecería tener, entonces, un lado oscuro, pulsional, incontinente. La baba de los locos. Los sueños de la razón. En esa línea se desenvuelve el comment agresivo. 12. Todas las utopías esconden un matadero y todas las revoluciones construyen en algún momento su patíbulo. La web se queda en el chisme y el sarcasmo. 13. La web como un abrasivo pantano de gruñidos. Insultos en la trasnoche de los blogs y los foros de discusión, en los mails entre amigos y en las cadenas de mails. 14. Hace unos años escribí que los hombres se dicen muchas más cosas por chat que en cualquier otra situación. Antes de la invención del Gmail, ¿dónde iban esas confesiones? No surgían en los vestuarios, después del partido de fútbol. No aparecían en los viajes nocturnos a la
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costa, los faros del auto iluminando la ruta vacía. No se escuchaban al lado de la máquina de café. ¿O sí? Es probable que no existieran. Con los insultadores quizás pase lo mismo. Un tipo leía una nota en una revista y solamente podía marcar el desacuerdo en su cabeza, anotar al margen sus injurias, discutirlas con un colega, y solo una parte muy pequeña pedía el derecho a réplica o escribía una carta de lectores. No podía, en todo caso, ponerlas a rivalizar con el autor del artículo en los comments. Ni denigrarlo automáticamente. 15. Las posibilidades de la web nos vuelven también más intolerantes y agresivos. 16. El narcisismo trascendental de Miguel de Unamuno puede desglosarse en dos afanes radicales. Por un lado, ansia de inmortalidad. Por otro, ansia de conflicto polémico. Los dos constituyen, como es obvio, propósitos de autoafirmación, incluso de regodeo en el propio yo. Unamuno era un blogger sin blog. 17. Baruch de Spinoza fue un pensador estimulante y positivo que nunca dejó de promover la luz, la armonía y la amistad. Al poco tiempo de haber muerto, una rencorosa mano anónima escribió sobre su lápida: “Escupe sobre esta tumba: aquí yace Spinoza. ¡Ojalá su doctrina también quede sepultada y no se propague su pestilencia!”. 18. El comment como género del prejuicio y el resentimiento. Algo de literatura tiene que haber ahí entonces. 19. Hace unos años, la peor forma de conocer a un poeta, narrador o ensayista era una entrevista hecha por un suplemento cultural. Hoy, la peor forma es por los comentarios dejados al pasar en un blog ajeno. 20. Lo peor siempre es atractivo. 21. Otra cita de McLuhan, sacada de su libro Contraexplosión: “El hombre electrónico como el hombre prealfabético, extrae por ablación o externaliza al hombre total. Su ambiente de información es su propio sistema nervioso.” 22. Contraexplosión, publicado originalmente en 1969, es un sitio web avant la lettre. La versión en español se puede descargar de Internet. 23. A principio de los 50, Leo Fender piensa y construye sus primeras guitarras. Eran animales experimentales hoy muy buscados por los coleccionistas. Del lanzamiento original en enero de 1951, Fender vendió ochenta y siete instrumentos con el nombre “Broadcaster”. Gretsch, un competidor natural, se quejó diciendo que era una copia de su línea “Broadkaster”. Fender tuvo que cambiar el nombre a “Telecaster”. Cientos de folletos, cajas y publicidades ya impresas fueron destruidos. Durante un tiempo las guitarras salieron de la fábrica apenas con el nombre de “Fender”. Los coleccionistas llaman a
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estas rarezas “no-casters”. Hoy todos los guitarristas del mundo usan diseños ya serializados y convertidos en una marca global y se sienten, mientras hacen su música, parte de la historia. 24. El poder de la negatividad nunca puede ser sobreestimado.

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Catorce puntos sobre Facebook
1. Facebook es el nuevo porno. 2. Facebook no se limita a la cara. El equívoco del nombre, sin embargo, sustenta algo. Es un soporte. Una estructura. Una ética. Se muestran cuerpos. Los cuerpos domésticos hechos públicos hablan un idioma crossover. Pueden ser leídos. ¿Y qué es lo que dicen? “Somos la clase media universal. Necesitamos ser reconocidos. Quizás usted encuentre aquí otra cosa. No se confíe.” 3. Pablo Gianera hace poco dijo que Facebook es “promiscuo”. La palabra no puede ser más exacta. Promiscuo y seco. Las fotos pasan en las pantallas desprovistas de humedad. 4. Una leyenda urbana: más de la mitad de los blogs que alguna vez se abrieron ahora están abandonados. Esto convertiría a la web en una especie de gran basurero del Logos y la desidia. ¿Facebook también se abandona? 5. Circula un manual para dar de baja tu espacio de Facebook. Parece que esta vez no es tan sencillo como apretar un botón. El manual está escrito con humor, pero es un humor paranoico. 6. La privacidad-pública de Facebook es una devaluación de las primeras ideas psicoanalíticas. Ya no somos héroes de nuestra pequeña épica. Ahora somos uno más de los que espían y se dejan espiar. Un punto en el entramado digital. Muy rápido la ligera amistad sin compromisos de Facebook se transforma en moneda de cambio del voyeur. 7. El narcisismo sigue funcionando, no se anula. El yo vive y encuentra en la narrativa de las fotos, los comentarios y las frases sueltas de los “muros” su mejor expresión. Los parcos ponen poco. Los expansivos ponen todo. Fotos de vacaciones, de casamientos, de cumpleaños, de reuniones, de tu cara y de la mía. El masaje cultural, el combustible de Facebook, es la exposición, no, como muchos piensan, el contacto social. Está lejos de ser lo mismo. Warhol dijo, hace unos años, que hoy cada uno de nosotros tendría su momento, apenas quince minutos, de fama. La idea es precisa y bella. Pero se equivocó y lo que tenemos es una porción de quince minutos diarios de actualización. Quince minutos que se pueden transformar en cinco horas. 8. Juan Manuel Strassburguer: “Las redes sociales digitales ayudan a pensar más y mejor, aunque el que se envicia, pierde”.
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9. ¿Y el panóptico? Leyenda urbana: Facebook es controlado por la CIA. O por Coca-cola. O por una empresa anónima que hace negocios con tus datos. El panóptico global, ¿llegará? ¿Vivimos hoy una prehistoria conceptual donde la libertad es la primera libertad primitiva? ¿Somos humanoides subidos a los árboles, perversos polimorfos que se tiran caca y frutas podridas y se ríen de todo? ¿Facebook es la quinceañera que piensa que el alquiler de su salón de fiestas será eterno? ¿Llegará la represión y el desencanto? ¿La web es un territorio virgen, apenas colonizado, un Nuevo Mundo con salvajes buenos, México antes de Cortéz, las calles isabelinas del Londres shakesperiano que esperan la acritud de la época victoriana? 10. Eso nos reenvía a una gran pregunta: ¿La web se va a detener? ¿Se va a estabilizar? ¿O va a seguir lanzando nuevas interfaces, nuevos géneros, nuevas redes sociales, nueva mercadotecnia al ciberespacio? Otra forma de expresar esa incógnita: ¿Facebook se va a convertir en parte de nuestro paisaje habitual o en poco tiempo, muy poco, envejecerá? Después del boom, los blogs aguantan. Pero ya nadie se acuerda de Second Life. 11. “Facebook’s taking things to a whole other level” leemos en thechive.com. ¿A qué se refiere? La frase prologa fotos de chicas tomadas de sus cuentas de Facebook. El “whole other level” indica cantidad y calidad, pero sobre todo privacidad. Ahora el masturbador tiene un ojo en cada una de nuestras pantallas, filtradas cada tanto por un pestañeo que no es de pudor. Facebook usa la potencia de tu autoestima para ampliar su telescopio. 12. Otro uso: Facebook como túnel del tiempo. El efecto es devastador, pero se agota. Las nuevas generaciones nacen conectadas. No se van a reencontrar. Eso quedará como la marca generacional de los pioneros. 13. Se dice que en Estados Unidos, Facebook logró más tráfico que el sitio Google. Con sus 400 millones de perfiles, 45 millones son activados desde América Latina. México, Argentina, Chile y Colombia concentran el mayor número de usuarios. 14. Desdoblamientos ficcionales, entonces. Construcciones del yo. Una chica dice “salí bien, esta es para Facebook” o también “ni se te ocurra subir esta foto”. Facebook no es transparente. Crea una hybris. El próximo salto, el verdadero salto, si es que se da, será biológico. Muy vaticinado por casi todos los tipos de ciencia ficción, esa sí será la Gran Bisagra Digital.

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La visión conservadora de Neuman

El 18 de abril, la versión digital de la revista Ñ puso a disposición de sus lectores un relato de Andrés Neuman titulado “La ciudad sin libros”. Su trama es simple. Probablemente el lector la recuerde de algún otro relato aleccionador del siglo XX. En un futuro distante en que todas las palabras son digitales, un corte masivo de energía deja a la humanidad sin material de lectura. Este es el punto de partida y casi el punto de llegada del cuento. Neuman elabora el corte, sus efectos y consecuencias como una enumeración, no del todo errada, aunque quizás demasiado poética. Las pantallas se apagan, los juegos en línea se suspenden, las redes de comunicación desaparecen. Se trata de una situación bastante trillada, un mecanismo narrativo clásico. Es posible resumir la enumeración en una frase: “La civilización entera quedó temblando al aire, igual que ropa limpia”. ¿No contiene la frase una errata? Donde se lee “limpia”, ¿no debería leerse “sucia”? “La civilización entera quedó temblando al aire, igual que ropa sucia…” Pido disculpas por la arrogancia de esta corrección, pero si hay algo a lo que no me remite la civilización es al concepto de limpio. Aunque, a favor de Neuman hay que decir que no es la ropa sucia la que se ventila. En el final de la historia, un grupo de hombres “valientes” y ansiosos por volver a leer construye una imprenta, suponemos, de tipos móviles. Neuman opone así la nobleza opaca del libro material a la vaporosa energía de las pantallas, a las que varias veces describe como sistemas vacíos de contenido. El relato podría llegar a recordar a Ray Bradbury, por poner un nombre, si Neuman no escribiera frases tan ripiosas como “Los monitores anochecieron” o “Aquella mañana transcurría conforme a lo previsto, si es que la transcurrencia (sic) puede preverse”. Por otra parte, la idea general resulta un lugar común tardío, casi un insulto a la inteligencia del lector medianamente informado. Así, nada en el relato sorprende ni seduce. Como la mayoría de las cosas que escribe Neuman, este texto –que leo en una pantalla– juega con recursos ya probados, incluso probadísimos, incluso rancios. Hay escritores que logran mucho reciclando y reutilizando. No es el caso de Neuman. Wikipedia dice que “statu quo” proviene de “in statu quo ante bellum”, literalmente “en el estado en el que se estaba antes de la guerra”, o sea “recuperar la situación de poder y liderazgo que había antes de una guerra”. La guerra del futuro pese a todo, no va a ser entre terminators y seres humanos, o entre la Matrix y los que queden afuera. De hecho, en Irak y Afganistán se sigue peleando con armas mecánicas. Nada parece poder reemplazar la manualidad de las balas. Ni siquiera los
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misiles guiados por código binario. Sin embargo, existe un antes de la guerra digital, cuando el saber se disponía de una manera bien jerarquizada y la tecnología era herramienta habitual de dominación de la elite. Desde esta perspectiva, el relato “La ciudad sin libros” es, entonces, doblemente conservador. Por un lado, desarrolla una forma fabulesca, generalizadora, primitiva, que abusa de la hipérbole: “la humanidad” es la que protagoniza la acción. Luego, la idea del cuento, su moraleja, resulta reaccionaria. Que los autores norteamericanos de la posguerra advirtieran sobre la mecanización de la vida cotidiana es una cosa. Que ese mismo recurso se use sesenta años después, con el siglo XXI ya tan avanzado, es muy diferente. Hoy que en todas partes se habla del “modelo”, en referencia al modelo productivo, social y político, sería bueno revisar cómo se construyen los imaginarios tecnológicos. Necesitamos que los escritores dejen de vendernos nostalgia, el paraíso perdido, la década del 50, Amélie y el boom de la natalidad, para empezar a comprometerse con las contradictorias dinámicas del presente. “La ciudad sin libros” no ocurre en el futuro, más bien es un agujero negro conceptual, un atolladero que nos devuelve, como en El día de la marmota, siempre al mismo punto. Algo más sobre Andrés Neuman. De a poco se fue transformando en el “escritor joven argentino” en España. Desde ahí consiguió ubicarse, ganó el premio Alfaguara y otros reconocimientos. Esto confirma que en las grandes ligas de la narración ser conservador paga bien. Desde luego, hay otros costos no asumidos. Por ejemplo, someter a los lectores porteños a este tipo de fallidos. Curiosamente la crítica argentina todavía no se expidió sobre la obra de Neuman. Creo que es una deuda.

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Moderno, posmoderno y digital
Cuando empecé mis estudios universitarios el muro de Berlín ya había caído hacía algunos años. Podía ser mucho o muy poco tiempo, dependiendo de cómo se midiera su impacto político y social. En relación a los planes de estudios, la idea de que una de las formas más acabadas y dicotómicas de la modernidad había terminado era innegable. La abulia, el escepticismo, los lofts de Blade Runner, la música tecno, y el final de las ideologías y los grandes relatos, entre otras muchas prácticas culturales, habían encontrado una fecha para proyectarse hacia el futuro. Con la gran utopía soviética desarmada, terminaba la guerra fría y la dicotomía del pensamiento, grosso modo, ya no parecía ser derecha/izquierda sino moderno/posmoderno. No quiero llenar esta columna con trucos de viejo articulista, sí quiero dejar bien en claro que eso que hoy parece un lejano y alucinado pasado centralizaba los planteos de muchos papers universitarios e innumerables intervenciones críticas. Desde luego, los astutos desconfiaban. Un poco porque siempre desconfían, un poco porque los conceptos daban para desconfiar. Nicolás Rosa en sus clases de teoría literaria en la UBA avisaba que la posmodernidad era parte de la modernidad, y evidenciaba ya desde su nombre una dependencia. Rosa proponía hablar de “transmodernidad”. La dependencia era casi la misma pero no se generaba esa continuidad lineal que exhibía una evidente falta de análisis y elegancia crítica. Después de la modernidad, venía la posmodernidad. ¿Y después? La primera noticia del vencimiento de la dicotomía –que, insisto, ya todos sospechábamos espuria pero que funcionaba a nivel académico y derramaba a los medios, un verbo muy en boga por esas fechas– fue la formación sólida y definitiva de la Unión Europea en 1998. Para esa época las universidades de las potencias centrales comenzaron a darse cuenta de que no tenía mucho sentido seguir debatiendo si posmo o no posmo. Europa debía unirse con la menor cantidad de diferencias posibles. Sin embargo, la lenta maquinaria del pensamiento abstracto tardó en actualizarse, con visible dificultad en zonas periféricas. En Buenos Aires podríamos haber seguido con ese tema muchísimo tiempo más, pero modificaciones de orden factual corrieron con violencia nuestros ejes. La lista es larga. La espectacular caída de las torres, el 2001 y el helicóptero de De La Rúa en Argentina, con sus réplicas o eventos similares en otros países de la región. Vladimir Putin en su lucha contra el terrorismo checheno. Chávez y sus discursos. China entrando en el mercado mundial. Sí, la lista es larga, y siempre incompleta y desprolija. Pero lo que termina de cortar de cuajo la discusión
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modernidad vs/y/o posmodernidad es la llegada y el aterrizaje definitivo de la cultura digital. Ahora estoy viendo por segunda o tercera vez una muy breve entrevista a Andreas Huyssen que produjo el Museo Reina Sofía de Madrid. Hay muchas partes interesantes. La que más me gusta es cuando dice que adorando el pasado y los problemas de la memoria hay riesgo de que se “olvide el futuro”. En un momento habla del “debate de la posmodernidad”. Y lo dice muy simple: “Se acabó. Ya nadie habla de posmodernismo seriamente”. De alguna forma, creo, intenta decir que la mirada volvió a la modernidad, a sus fallas y a sus partes incompletas. El título de su nuevo libro resulta elocuente: El modernismo después de la posmodernidad. Cuando lo presenta usa la palabra “globalizado”, que es otro concepto que ya se hizo rutina y por eso no sirve. En su momento quizás ayudó a señalar un quiebre, pero hoy forma parte de una cotidianeidad que se instaló definitivamente. Nadie piensa en “globalización” cuando usa el correo electrónico o busca un dato en Wikipedia. Huyssen dice también que “modernidad y Guerra Fría compartían códigos que ya no son dominantes”. Me hubiera gustado que hablara o que le preguntaran sobre la cultura digital y cómo tensiona la idea de modernidad y termina de cerrar la discusión sobre la validez de la posmodernidad. Así, en mi hipótesis, nada original, pienso la posmodernidad como un recreo entre siglos, un tiempo muerto de académicos que se dejaron llevar por la marea de la indeterminación. La cultura digital cortó ese movimiento. Hoy vivimos plenamente el siglo XXI. Eric Hobsbawm no se equivocaba con el yeite de las periodizaciones aproximativas que no calcan los años cronológicos del calendario. La Primera Guerra abriendo el siglo XX, el siglo corto, los ciclos más largos, etcétera. ¿Con que periodización vamos a leer este presente? ¿Quién la construye y cómo? “No hay otra forma de estudiar el pasado que no sea políticamente, el pasado siempre está en disputa” dice Andreas Huyssen. Lo más importante de la frase, entiendo, es que la diga en You Tube.

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Sobre otra división posible
En Mientras escribo, Stephen King cuenta que en su infancia y primera adolescencia clasificaba las películas que iba a ver como “de motos” o “de Poe”. Estas nomenclaturas fijaban o creaban categorías para los géneros que ya empezaban a formar al narrador. En el campo intelectual, con los libros se pueden hacer divisiones parecidas. “¿De qué va esta novela?” preguntan. Y se podría responder “es una de lenguaje”, “una de desaparecidos”, “una de travestis”, “una de pop miserabilista” y así. En artículos, papers e intervenciones varias es posible reconocer un hit: la película “del mercado y la academia”. Ya casi se transformó en un ritornello, el estribillo de una música simple y directa, que puede seducir, conformar o defraudar, pero, por lo general, resulta previsible. No quiero condenar este subgénero. Me interesa más que “una de Foucault” o “una de Walter Benjamin”, por ejemplo. Pero el núcleo de esta división, con sus filtraciones hacia el periodismo más o menos especializado, a veces fatiga. Sus lugares comunes muchas veces obturan avances en vez de generarlos. Digamos, así, que cada una de estas esferas, que están lejos de ser estancas, tiene sus representantes. Martín Kohan se identifica, aunque él intente a veces negar o relativizar esa pertenencia, con la academia de visos frankfurtianos. Pablo Ramos es el antiacadémico borracho y vitalista. Guillermo Martínez escribe novelas que son best-seller y luego se filman. Las listas se desglosan con facilidad. Al mismo tiempo los préstamos y los pases son evidentes. Beatriz Sarlo escribe en Viva. Los periodistas de Ñ enseñan en TEA. Otros periodistas dan un taller de periodismo o un taller literario. Y así, las carreras sensibles de humanidades de la UBA cargan el léxico de las agendas con conceptos que pueden ser “texto”, “contexto”, “devenir”, “rizoma”, largo etcétera. En una sociedad donde el conocimiento tiene una nutrida tradición en el ascenso social y la movilidad de clases, el aula y los medios siguen estando conectados. El contraejemplo más claro son los campus universitarios de Estados Unidos. Cuando un estudiante egresa tiene dos opciones, quedarse y recluirse, o salir al mercado laboral. De hecho, en los Estados Unidos el discurso universitario no impacta de la misma forma en la sociedad como en la Argentina. Dicho esto, la división entre mercado y academia me parece hoy menos productiva que otra división, más palpable, menos tematizada, pero probablemente más tajante. Si “el mercado y los medios” tienen y reclutan para sí un grupo de intelectuales, si lo mismo hace la academia, si estas “instituciones” modelan un perfil de lecto-escritura,
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una forma de relacionarse con el conocimiento y el poder, ahora la gran división, creo, gira alrededor de la web. Suponemos que hoy incluso el más conservador de los escribas usa la tecnología de e-mail. Pero ¿cuántos escritores tienen blog, twitter, escriben para revistas o medios virtuales? Podríamos hacer otras preguntas, menos productivas. ¿Cuántos dicen que siguen escribiendo a mano? Pero no entremos en chicanas. El relevamiento resulta simple. La bisagra está planteada entre fines de 1960 y mediados de 1970. Grosso modo, los nacidos antes siguen atrincherados en las prácticas de producción y distribución del siglo XX, mientras los nacidos después se acercan, a veces con desborde, a veces de forma mesurada a la web. Que los blogs hayan caído en una semi-desgracia no implica un retroceso. Twitter continúa, acentuando las diferencias, extremándolas, con la cultura textual del siglo XX. Digo “Twitter” como podría decir otra red social. Hay tantas plataformas como ejemplos. Y desde luego arrecian las excepciones, pero en calidad de tales. ¿Podemos pensar un día mítico en que empezaron a nacer los escritores digitales y dejaron de nacer los que escribían a mano? Como fuere, entre el papel y la pantalla la división es mucho más clara que entre “mercado y academia”, y pensarla es productivo y necesario. Por supuesto, como en el universal “mercado y academia”, entre los que usan la web y los que no la usan o la resisten no hay pureza ni paradigmas absolutos. Insisto, tampoco se trata de una división exclusivamente generacional, o de una cuestión “racial”. No veo un dilema hamletiano, el tema no pasa por “ser o no ser nativo digital”. Aunque todos estos factores pesen, señalar sólo uno y generalizar es reducir la complejidad del tema. Se trata, creo, de necesidades y pertenencias. Señalarlas y darles una respuesta crítica sería empezar a poner en práctica las herramientas teóricas para pensar el futuro, pero también una buena parte del presente.

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Las otras 120 jornadas
Ya hace unos meses, acompañando o dejándose acompañar por la proyección de Noticias de la Antigüedad ideológica en la ya mítica sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín, la Editorial Caja Negra publicó 120 historias de cine de Alexander Kluge. La película es un trabajo expansivo y ambicioso que intenta dar una respuesta fílmica a El Capital de Karl Marx. La versión abreviada es de 84 minutos. La original está dividida en diez partes y su duración es de 570 minutos. Quien haya tenido algún tipo de formación humanista en la Argentina sabe del lugar central que ocupa Marx en los estudios de la sociedad y la economía, y probablemente disfrute algunas partes de la película de Kluge. Aunque mantienen cierta relación megalómana y formal, 120 historias de cine es diferente. Extenso pero sintético, fragmentado pero rítmico, las ciento veinte historias del libro reeditan los mejores gestos del alto modernismo, revalidando una de las grandes épicas intelectuales del siglo XX, la del cine, y proponiendo al mismo tiempo una cronología lateral. “Las historias de este libro son subjetivas” dice Kluge en la primera línea de su “nota preliminar” y ya desde ese punto comienzan las anécdotas y los detalles. Mientras avanza y retrocede, mientras describe experimentos y tramas, el libro va hilando una cronología de curiosidades que puestas en perspectiva dan un retrato inteligente y vivo. Aunque los actores y directores aparecen todo el tiempo como protagonistas –también productores, iluminadores, fotógrafos– su material, el Gran Personaje de Kluge, anterior a casi todo, es la luz. En este sentido, 120 historias también es una monografía sobre las desviaciones y capturas de la luz. Contando la ceguera de Fritz Lang, las escenas perdidas de Fassbinder, los inicios del cine japonés, o la relación del cine con la guerra y la posguerra (El capítulo 4 se llama “Filmar en la guerra, la lucha por el cine”), comentando la vida y obra de personajes como Erich Von Stroheim o Murnau, tematizando los malentendidos entre los creadores y los productores, o descubriendo detalles técnicos curiosos, Kluge repasa, y va y viene y en ningún momento se vuelve opaco o tedioso. Quizás en “Catorce maneras de describir la lluvia”, una larga lista donde el director habla de diferentes experiencias con lluvia, parecería que el libro se empantana un poco, no por falta de precisión en su prosa, sino por el previsible gesto experimental. Lo que más me llama la atención, sin embargo, es cómo Kluge retrata los inicios del cine. Sus apuntes sobre “Las tres máquinas que constituyen el cine” me recordaron algo muy preciso. Ese aire inaugural de las primeras proyecciones, esa sensación de que algo empieza y avanza rápido, ganando terreno, sufriendo transformaciones radicales
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en corto tiempo, me resultaba conocido. Pero, ¿de dónde? Kluge escribe: “Recién la tercera máquina, inventada en las urbes del este de los Estados Unidos, permitió la “irrupción del cine”. Se trató del principio “penny arcade”, que no fue inventado por empresarios sino que se desarrolló a partir de casualidades y del deseo acumulado de peatones que se sentían perdidos en Nueva York y podían gastar más de un centavo. Su deseo de apartarse, aunque fuera por un instante de la vida real, de echar una mirada a un mundo extraño a través de una mirilla, favoreció el surgimiento de una serie de máquinas automáticas en las que se pasaban cintas cinematográficas.” Citando una conferencia del arquitecto y teórico Rem Koolhaas, Kluge cuenta que Máximo Gorki fue a Coney Island y deambuló por las atracciones para terminar definiendo esos entretenimientos como “lugares del sinsentido y el olvido”, donde “se perdía el tiempo y no se ganaba nada”. Luego, dice que las masas “magnetizan atracciones” de dos formas. Por un lado, una demanda generalizada que no producía nada por sí misma, y esta demanda podía destruir la innovación, lo que desestima el mito tan repetido como tedioso de “la masa siempre tiene razón”. Pero por el otro lado, y eso se veía en esa Costa Este, había una demanda espontánea y duradera. Kluge afirma con sensualidad: “Empresarios parásitos podrían sacar provecho de ella, aunque no podían cambiar la dirección del deseo. Esta clase de iniciativas buscaba la dicha irreflexiva”. Deseo acumulado. Pérdida de tiempo. Mirillas. Espontaneidad. Masividad. “Dicha irreflexiva.” Hay en estos primeros inicios del cine algo que me recuerda, no sin salvedades ni torsiones en las analogías, el despertar digital que vivimos a principios de siglo y que ahora atravesamos como una forma más de nuestra vida cotidiana. Kluge escribe sobre la relación de este nuevo público y la calidad de lo que demanda: “No se requiere el juicio de gusto de los espectadores sino su hábito. Si se sienten cómodos, es decir, si surgen espacios abiertos, da lo mismo que reine el kitsch o el arte”. El juicio se suspende o es prescindible, pero nace un hábito. La comparación entre las “penny arcade” y Youtube es muy fácil de hacer. Los primeros cortos y las primeras proyecciones primitivas encontrarían una duplicación en los primeros pasos de este mini-cine global. Sin embargo, por las características enunciadas –deseo acumulado, acusaciones de pérdida de tiempo y sinsentido, espontaneidad, masividad, suspensión del juicio estético a favor del hábito, cierta idea de adicción–, el “medio” que parecería más solidario con esta descripción no es Youtube sino las redes sociales que hoy viven un auge innegable. En Argentina, llamativamente Twitter y Facebook. ¿Se desarrollará una forma estética nueva y autónoma a partir de estos nuevos experimentos sociales como pasó con la novela moderna y la imprenta, con la fotografía, y también con el cine? Mi respuesta hoy no puede ser más que un desconfiado entusiasmo, si se me permite, en tiempos de ironía y expansión, la construcción oximorónica.
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Literatura masiva
Hace muy poco se cumplieron cinco años del primer mensaje en Twitter, producido el 15 de julio de 2006. En marzo del 2011, la cantidad de usuarios eran 200 millones. Ahora bien, ¿cuánto va a durar Twitter? ¿Le llegará una rápida madurez, ese súbito deslizarse hacia una ligera intrascendencia, como a los blogs, que se estancaron hacia el 2008? Me interesa, sin embargo, discutir otra cosa. Se sabe: cada avance tecnológico genera nuevos soportes, cada soporte produce nuevos géneros y a su vez los géneros transforman o educan lectores. La historia es conocida. En el siglo XVIII, la imprenta se democratiza y hace que Europa viva una revolución lectora. La novela, entonces, emerge como género y Cervantes antes y Flaubert después construyen lectores paradigmáticos. Adoptado ese primer furor de papel impreso, llegan los diarios y periódicos a gran escala. Musil se queja y se deja fascinar por su proliferación. Tanto las novelas, leídas por “diletantes y consumidores”, como los diarios, cuya asimilación vertiginosa y poco reposada genera desconfianza, tienen sus detractores. Muchos creen que eso “no es literatura”. Lo mismo ocurre con la fotografía un poco después. Baudelaire, aunque se deja retratar por Nadar, la desestima. Eso “no es arte”. Y el cine es bien recibido por los revolucionarios soviéticos, pero los intelectuales de Europa occidental lo ven banal, dañinamente distractivo. Mucho tiempo después, John Irving todavía lo considera “el enemigo del escritor”. De la televisión sabemos, por experiencia personal, que sus rayos catódicos idiotizan y pueden quemar la retina de los ojos. Es así. Cada uno de estos desplazamientos implica nuevos tabúes, desconfianzas y sospechas. Las diferentes formas de la Reacción ven en las nuevas tecnologías, en sus géneros y soportes, una amenaza al status quo. Mientras tanto los creadores menos conservadores las reciben como una posibilidad de ampliar sus horizontes creativos, de llegar a más lectores, de instalar su producto en el mercado y de hacer oír su voz política, todo al mismo tiempo y a veces no de una forma del todo discernible. Lejos estoy acá de decretar la muerte de la novela, ni de la muerte de ningún género, aunque quizás la palabra “género” resulte en este contexto la clave. Lo que sí hay es un desplazamiento en la lectura a escala mundial. Millones de personas todos los días leen con una voracidad innegable. El teórico de los nuevos medios @nmavrakis definió Twitter como “entretenimiento filosófico de calidad”. Se trata de una formulación irónica –hablando de Twitter difícilmente podía ser de otra manera– pero también de una descripción acertada.

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Posiblemente Twitter y Facebook sean equiparables a los diarios y panfletos que inundaron las capitales europeas cuando la imprenta se popularizó. Pero me gusta pensar que también pueden ser leídos como neo-folletines digitales de escala global. “¿Es Twitter parte del corpus literario?” no me parece, aunque se haga con honestidad, una pregunta tan buena. Mejor sería especular sobre nuestras prácticas lectoras y sobre cómo van a ser leídos en el futuro próximo los textos de las redes sociales. No es secreto que ahí reside el futuro de esa masa amorfa y tentacular que llamamos literatura.

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Sobre Twitter
En su edición del 24 de diciembre del 2010, la revista Noticias saca en tapa al pajarito de Twitter y lo declara personaje del año. Por una vez, la portada de este medio se continúa en una nota más a menos a la altura de lo prometido. Darío Gallo recopila datos, amolda estadísticas, y analiza, sin mucho esfuerzo, los usos de la red social. También habla de políticos y famosos sin discriminar, como si fueran dos versiones muy contiguas, casi homologables, de lo público. Se suman algunos columnistas escribiendo gansadas. (El más conspicuo es Guillermo Jaim Etcheverry que se pregunta, desde la ignorancia: “¿Qué llevará a las personas a pensar que detalles intrascendentes de su vida y entorno pueden interesar a alguien?”) Gallo también habla de los negocios que se pueden hacer usando la red social y propone un recuento de las peleas mediáticas que se dieron este año. ¿Se olvida algo? Algo importante. Las cifras no alcanzan para que el lector sienta que está tocando el núcleo duro, la vida de Twitter, esa intersección tan particular entre la masa y la lengua. Si se lo mira retomando cierta tradición literaria, Twitter tiene menos secretos. El soporte produce y condiciona un género, y el género siempre tiene tradición y filiaciones. La primera instancia de lectura crítica implicaría buscar la voz privada que se hace pública de una forma rudimentaria y directa. El archivo registra la pintada, el grafiti y la poesía de pared. Desde Pompeya y su erotismo hasta los aerosoles de la década del 80. Más sofisticada, la definición de la poeta Belén Iannuzzi marca una diferencia con Facebook: “Tuiter es como un Anna Livia Plurabelle de las redes sociales, donde el lenguaje y la comunicación se tensan al extremo”. Una pared breve pero continua, entonces, donde todos pueden escribir los saltos de su neurosis. Pero el pajarito también tiene otras aspiraciones. No sólo se trata de la comunicación rudimentaria y accidental, de la consigna política, de la agresión verbal y la libido. El Logos está demasiado presente y lo hace, como decíamos, de forma inapelable. En Twitter se escribe. No hay ni hubo ningún medio, ninguno, donde la escritura se haga presente de forma tan permanente y masiva. Y pese al planteo general del sitio –los 140 caracteres, los colores pastel, la estética arty– Twitter no es un medio minimalista. Mejor le calzaría, si entramos en el siempre riesgoso juego de las analogías, la vieja máscara barroca. Me imagino mucha gente en un estadio, en un mercado, en una venta o plaza pública, hablando con amplificadores distorsionados, todos tocados con la careta de su avatar. Y pese a todo, pese a su propio ruido, entendiéndose, encontrándose y agrupándose. De hecho solamente un observador externo y ajeno presencia homogeneidad. Lo que sí hay es
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un ligero autismo. Pero ni siquiera. Como en todas las largas conversaciones, puede haber participantes mejor dispuestos a oír, y otros, a hablar. Lo que más impresiona a estos observadores externos, por lo general cocidos en el fuego lento de la modernidad, es el poco peso que se le da a un enunciado, la desjerarquización casi completa, la desestimación propia y del otro. En Twitter, como en Bach, las líneas son al mismo tiempo sólidas, livianas y relativas. Quizás un libro útil para entender Twitter sea El pliegue, Leibniz y el barroco de Gilles Deleuze. Pero también podríamos invertir los usos y decir que la primera frase del libro es un tuit: "El barroco no remite a una esencia, sino más bien a una función operatoria, a un rasgo. No cesa de haber pliegues". En Twitter todo está esencialmente plegado. Los nombres tienen otra cara, la información circula con otro nombre, la mentira se hace verdad, y la verdad se borronea. Se realizan acusaciones serias, se intentan chantajes, se argumentan defensas, pero sobre todo se acusa y se insulta, la mayoría de las veces con ironía. El lenguaje abandona su aspiración de sentido último y fijo, y se dobla, muchas veces más de lo que puede soportar un sujeto formado en el siglo XX. Volviéndose un rasgo, una raya más en el entramado, las frases se recomponen en filigranas azarosas que imitan el dripping de Pollock. A nivel “lengua”, el registro puede ser oral pero siempre en el detalle. No hay espacio para más. Improductiva, ociosa, con abundancia de seudónimos, heterónimos, sarcasmo y cinismo la red se para muy cerca de los medios y la política pero al mismo tiempo nunca es “la política” o “los medios”. De hecho, el tuit parece una evolución del comentario del blog, su hijo astuto, aceitado. La escena de nacimiento podría ser así: “El lector mira la pantalla y dice: ¿para qué voy a leer la nota o el posteo, si lo mejor está en los comentarios?”. El gesto, esa mirada que escrolea y llega hasta lo dulce, ya es un descubrimiento viejo. Otra bibliografía posible para entender el fenómeno Twitter es la biografía esquiva y la producción blanda del poeta bahiano Gregorio de Matos y Guerra. Aunque sus fechas de nacimiento y muerte no están claras, Gregorio de Matos y Guerra existió físicamente entre 1630 y 1700 en San Salvador de Bahía, en ese momento uno de los centros comerciales más importantes de América. Su obra estaba compuesta de sonetos satíricos que no firmaba y que desarrollan una especie de mirada mordaz sobre la vida y la política de su ciudad. La acidez y violencia de sus comentarios hicieron que se ganara el apodo de “Boca do infierno”. Muchos de los poemas que se le atribuyen circulaban manuscritos en páginas sueltas. Los problemas de autoría, producción, circulación y el despliegue del factor “aquello que pensamos todos pero nadie dice” hacen de la crítica especializada en Gregorio de Matos una gran cantera de insumos para comprender o al menos intentar pensar los diferentes contorsiones de nuestro timeline. Ý finalmente habría que decir que Twitter es un virus. Como los viejos gusanos que viajaban por la web, llegaban con la conexión, se instalaba
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en una computadora para infectarla. Pero este nuevo virus no afecta al software ni al hardware de tu clon sino que entra en tu cerebro. Como todo lo que nos interpela, nos modifica, y la gran pregunta es cuál es su capacidad real de daño. Desde luego, lo digo con un poco de ironía, y por supuesto también con algo de resignación.

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Una novela ácida
Cuando Twitter se popularizó fueron muchos los que se preguntaron cuál podía ser el “uso literario” de ese nuevo soporte. ¿Una novela en micro entregas? ¿Poemas de ciento cuarenta caracteres? Las referencias al haiku y al aforismo se escucharon como filiaciones inevitables. Pero la pregunta “literaria” por Twitter, en la que todos hemos caído, suena torpe. Twitter, en tanto que restricción y soporte, es un género en sí mismo. Su existencia y su uso –como toda formulación del Logos, sea digital o analógica– implican la fundación o el acatamiento de una poética. Pero, ¿todas las redes sociales producen un género? La restricción, aquí fundamental y fundante, resulta especialmente lírica. Y como diría Ítalo Calvino, también la presión –o la compresión– genera sentido estético. Al mismo tiempo, hoy muchas cuentas proponen momentos de interesante tardo-folletinismo, mientras remixan viejos modelos. Una de las cuentas más complejas, por las tensiones que involucra, quizás sea @HEMagnetto. Su “valor literario”, y acá se juega qué entiendo por “literario”, es evidente. Ahora bien, habiendo tantas parodias y fakes de usuarios, ¿por qué éste me llama mucho más la atención? Para empezar, se puede leer @HEmagnetto como una extensión, en el siglo XXI, de Diario de la Argentina, la novela de Jorge Asís. Sus inflexiones e historias, desde luego, son otras. Pero, aunque la forma varía, hay algo en cada una de sus entregas que repone, de forma asordinada, la operación de lectoescritura de Asís. Remitiéndonos al famoso escándalo que produjo la novela, nada nos impide pensar que el escritor detrás de @HEmagnetto es empleado, redactor, diseñador, técnico o editor del diario. Mientras tanto el personaje central, la voz narradora en primera persona, ocupa en ambas expresiones un lugar central. “Espero ser claro: así como no acepto comisiones gremiales en mis empresas, tampoco pienso repartir ganancias con mis empleados” escribe el 16 de septiembre @HEmagnetto. “El Doctor Duhalde es un estadista de tanto nivel que, si al menos farfullara algo de inglés, tranquilamente podría presidir el mundo” anota un día antes. Novela por entregas, entonces, cínico y anónimo ejercicio de estilo, ensayo fragmentario sobre el poder mediático y sus relaciones con el poder político, @HEmagnetto se construye como una apuesta “literaria” intensa y rara. Es verdad que no siempre acierta. Los breves capítulos pueden sonar burdos o tendenciosos, a veces incluso monocordes y repetitivos. Pero cuando acierta, es difícil solapar el poder de sus ambientes y lo incisivo de sus chistes. Como todo buen usuario del soporte, logra penetrantes climas con muy poca
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información. “En casa. Bebo un whisky en el living sombrío, enorme y desierto. El silencio absoluto se altera, cada tanto, por los pasos de un sirviente” dice el 14 de septiembre. Y enseguida: “Me pone violento ver la miseria que cunde en mi amado país. Y, cuando me pongo violento, me da por golpear -medio en broma- a mis sirvientes”. El trabajo con la paranoia, sus recursivas hipérboles (“Dejo en claro que estamos frente a la peor dictadura de la historia argentina”), la seriedad para enunciar alucinadas contradicciones, su apoyo obsesivo y descarado a políticos con los que acuerda, son elementos fundamentales de esta historia. Pero sobre todo, @HEmagnetto señala de forma despiadada los abusos de un monopolio y personaliza, cita con nombre y apellido, le da cara a una entidad periodística que parecía vivir sin dirección ni autoridad final. Como hermano exitoso y heredero del polémico comment de los portales de noticias, Twitter ya se instaló definitivamente en el universo digital. Hoy su mejor micro-novela política por entregas es @HEMagnetto. Si estudiás en TEA y querés hacer carrera en Clarín, no lo visites y seguí leyendo y reivindicando a Rodolfo Walsh y Osvaldo Bayer. Si te interesa ser contemporáneo de vos mismo, lo tenés que seguir sí o sí.

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Sobre La revolución electrónica de Burroughs
1. La editorial Caja Negra acaba de sacar La revolución electrónica, un libro breve de William Burroughs que permanecía inédito en español y que el autor dio a conocer en 1970. La edición es cuidada y su presentación en amarillo y negro propone el libro como una aventura analógica. Cintas de audio, viejas cámaras de Super 8 y hombres manipulando máquinas con grabadores tipo Geloso de cabeza crean un ambiente adecuado para el texto. La traducción de Mariano Dupont es acertada y el texto del autor norteamericano se completa con un prólogo de Carlos Gamerro. Una entrevista final que Tamara Kamenszain le hizo en la década del 70 cierra el libro. Aquí, algunos apuntes de lectura. 2. Como es previsible, el tema central de La revolución electrónica es la técnica y su relación con la sociedad. La tesis de Burroughs parece simple. Rememorando el viejo adagio, donde los indios no se dejaban retratar por el tema del alma en la superficie de la foto, el autor narra cómo fundió un café, el Moka Bar, solamente con filmarlo. Antes de la anécdota está el ingenioso y ya conocido tema del lenguaje como una entidad viral. Esta parte, de cuño ensayístico, también resulta creativamente infalible. 3. Sus infantiles y potentes ideas sobre el lenguaje, muy protolacanianas, su semiología a lo bestia, el tentador poder de lo subliminal –muy de moda en los años 50 y 60–, las hilachas de un falso conductismo, la poética de la deyección enumerada, la facilidad con la que afirma lo inverosímil, hacen de Burroughs y de La revolución electrónica una lectura estrepitosa y placentera. Ahora bien, este libro –y no es la excepción en el corpus del autor– está lleno de tics y tópicos abusivamente románticos. Para empezar, podría señalarse la unión propuesta entre arte y ciencia, viejo caballo de batalla superyóico. Hay muchos más: la contracultura, el ataque a los poderes constituidos, la liberación de esos poderes, el lenguaje como reducto de lo místico. Burroughs es un viejo esteticista, un funámbulo de la novela. Y acá, como en tantos otros libros, lo que hace es armarse un ethos mecánico, una afectación ensayística y hasta científica que deriva en una forma de narrar. 4. Lo que resulta altamente llamativo es cómo, en su universo de desquicio simbólico, Burroughs siempre se las ingenia para profetizar con una exactitud increíble. Cáustico, complejo, insobornable, cuando dice: “La reproducción es el ingrediente fundamental”, cuando mezcla
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sexualidad con transmisiones electromagnéticas, cuando describe pantallas y audios, cuando une reproductibilidad, entretenimiento, pudor, privacidad y paranoia, cuando plantea la posibilidad de la copia y la fragmentación como recurso estético y bélico, ¿qué es finalmente lo que hace? ¿A qué alude? Todo el libro parece estar describiendo, cuarenta años en el pasado, el funcionamiento de las nuevas tecnologías digitales. “Como un arma de largo alcance para mezclar y anular líneas asociativas establecidas por los medios masivos” escribe Burroughs. Su imaginación y su poder deductivo, queda claro, son poderosos. 5. ¿Se describe sorprendentemente bien el uso actual de los celulares con cámaras de fotos y reproductores de audio en La revolución electrónica? Burroughs habla de “grabadores” y se refiere a los grabadores de cinta al uso en 1970. Pero el concepto –“miles de personas con grabadores portátiles y fijos, mensajes transmitidos como señales de humo”– es el de las actuales terminales nerviosas de la web y sus aledaños, llámense Blackberrys, smartphones u otros. Y si bien es verdad que extrema y exagera su responsabilidad en nuestra confusión y su opresión sobre la humanidad, la sensación que queda es que uno nunca puede estar seguro del todo. La carta del apocalipsis por derecha es un juego conocido pero eficiente a la hora de contar historias. 6. El prólogo de Carlos Gamerro al libro es malo. Incluso malísimo. ¿Cuántas veces más vamos a explicar el cut-up? ¿A quién se lo explicamos? El mismo autor lo describe en el libro. Por otra parte, aproximar el nombre de Joyce al de Burroughs es, a primera vista, una operación arbitraria y un poco inepta. Joyce es símbolo de infinitas destrezas pero asimismo de infinitos escrúpulos; Burroughs, de una casi incoherente pero titánica vocación de quilombo; Joyce guarangamente personifica los laberintos del espíritu: Burroughs, las inyecciones y deyecciones del cuerpo. Joyce es símbolo de Europa y de su no tan delicado crepúsculo; Burroughs, de la mañana con resaca en América (que presenta un lado oscuro del american way of life). Entonces, ¿para qué ponerlos juntos? ¿“Arte puro”? ¿Todo para citar a Joyce? Es muy posible que haya algo que conecte a estos dos autores. Pero ese algo no se descubre en este prólogo. Y no fue buena idea arrancar con lo de “literatura y política”. Burroughs ya no necesita panegíricos ni apologetas. No necesita que se lo compare con Beckett. Y sobre todo no es un escritor del silencio como señala Gamerro. Al contrario, es un escritor del ruido. 7. Gamerro escribe: “Las múltiples actividades de Burroughs, más que construir una obra, construyen una serie de intervenciones en el campo de la cultura y de la sociedad en general (…) Pero el arte de Burroughs es impuro de manera aún más radical. No sólo quiere borrar, o cruzar, las fronteras entre las artes, o entre arte y vida; también quiere salvar la
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distancia entre la palabra-representación y la palabra-acción (…)”. No hay que leer El espejo y la lámpara de M. H. Abrams para darse cuenta de este tipo de enunciados categóricos que hablan del “arte que no es arte” tienen una larga cola de pretensiones incumplidas en la historia. Por otra parte, las intervenciones son una obra, una obra clara y definida, y Burroughs es un narrador. ¿Uno más, uno menos? Un narrador al fin. Quizás habría que decir también que algunas zonas de su obra pueden ser tediosas. Pero que Gamerro no logre construir una lisonja a la altura de su prologado me parece tan duro como lo que se pierde de ganar. El prólogo era el lugar para trazar el puente crítico, simple, evidente, que se cae de maduro, entre la cultura analógica con la que se lidiaba en 1970 y nuestros abrasivamente contemporáneos chats nocturnos de la revolución digital. La entrevista noble y sobria de Tamara Kamenszain habría sido una introducción más digna. 8. Cerca de estas diferencias críticas, entonces, hay un Burroughs antes civil que civilizado. Un Burroughs Anagrama, que se lee a los veinte años con sorpresa. Un Burroughs limpio, sino clásico al menos canonizado. Es el destino, triste o feliz, de muchos autores. Pero también hay otro Burroughs, uno que sospecha la violencia de las nuevas tecnologías, uno que dice que podés cogerte a tu mejor amigo y a tu mejor amiga al mismo tiempo. O que deberías, por lo menos, intentarlo. (Y después deberías contarle a la gente lo que no quiere escuchar. Por ejemplo, como los editores son vejados por sus propias limitaciones, cómo el virus del dinero dobla y estira a la gente, y como nadie plantea cosas nuevas por miedo a los conservadores que detentan el poder, y así.) 9. No soy clasista. No me interesan, acá, en este momento, las diferencias entre alta burguesía, baja burguesía, proletariado urbano o rural. Yo también limpio a Burroughs, aunque me ensucie en otras partes. Pero las formas de leer pueden diferir. ¿A la larga siempre resultan astringentes? Quizás. Entonces, de la misma manera que alguna vez se dijo, no sin evidente esquizofrenia, que para estar con Perón había que estar contra Perón, hoy para estar con Burroughs hay que estar contra Burroughs. De allí que la gran pregunta no tenga muchas vueltas. ¿Quién de nosotros escribirá El almuerzo desnudo kirchnerista?

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Los nuevos conservadores
En una entrevista con el suplemento Cultura del diario Perfil aparecida en agosto del 2006, Alan Pauls dice que no lee blogs. Después agrega: “Me despierta interés, pero no deseo. Me despierta un interés de civilización. Quizás para que me despierten deseo alguien tendría que poner ese corpus en un libro”. En una amarga contratapa de Página/12 titulada “Pantallas” y publicada el 24 de abril del 2008, Rodrigo Fresán compara los blogs con cloacas y cita una frase de Philip Roth: “La clave no es trasladar libros a pantallas electrónicas. No es eso. No. El problema es que el hábito de la lectura se ha esfumado”. Más adelante agrega: “a mí todo eso del Kindle –el libro apantallado al que no se le puede voltear las páginas– no me emociona en absoluto”. En una breve entrevista de diciembre del 2010, publicada en La Nación con el título “la épica del olvido”, Martín Kohan cuenta que escribe “a mano en cuadernos Rivadavia” y que para su nueva novela eligió “cuadernos forrados en rojo”. Pablo Ramos también, más de una vez, dijo que escribía a mano dándole una sentida importancia a este gesto. El 12 de febrero del 2011, Fabián Casas daba una entrevista al diario La Razón cuyo titular era un textual del poeta que decía así: “El Facebook es uno de los peores inventos que existen”. En una columna aparecida en la revista Ñ el sábado 27 de febrero del mismo año, hablaba de un amigo que es editor: “Lo que decía mi amigo era que la llegada del libro digital es inevitable y su poder va a ser devastador. Donde él ve promesas de futuro yo veo y siento sólo distopía.” Más delante agrega: “Si el libro digital triunfa por sobre los libros materiales –algo improbable, es cierto– toda una forma de escribir va a sucumbir con ello. Todo un mundo. No sé si es necesario decirlo o no pero yo siento que el confort que prometen estas nuevas tecnologías, te debilita.” Sergio Olguín, Damián Tabarovsky y el ya más veterano Marcelo Cohen han afirmado en público y en privado que no leían blogs. Ninguno de los citados aquí mantiene tampoco una cuenta de Twitter, ni actividad constante en la web más allá de sus colaboraciones de los medios tradicionales que tienen versiones digitales. Las citas podrían seguir. No me interesa tanto analizar los malentendidos que conllevan y albergan estas declaraciones, sino solamente señalar una posición, una dirección que resulta, ella sí, unívoca. Es sabido que en el siglo XVIII el escenario de la lectura en las potencias centrales cambió. Cuando se describen estos cambios, que la democratización de la imprenta trajo en esa Europa que se abría paso con vértigo hacia la modernidad, se suele hablar de “fiebre”, una “fiebre lectora y femenina”. También se dice que nació un género literario, el género paradigmático de la modernidad, la novela. Hoy la novela es
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casi sinónimo de “literatura”. Su vocación y su confirmación canónicas son difíciles de cuestionar. Sin embargo, en el siglo XVIII sus detractores, también detractores de la proliferación del material impreso en general, fueron muchos. Describiendo la “promiscua circulación de libros” que trajeron las innovaciones mecánicas en las imprentas, Samuel Taylor Coleridge insistió en 1818 con “el daño que causa la lectura inconexa y promiscua”. Antes, en 1800, con treinta años recién cumplidos, William Wordsworth denigraba “la sed de escandalosos estímulos”, uno de cuyos indicios más importantes era el olvido de las “invalorables obras de nuestros grandes escritores” como Shakespeare y Milton “desplazados por novelas exaltadas, enfermizas, por estúpidas tragedias alemanas y aluviones de vanas historias extravagantes”. En ese momento, la mujer que leía novelas era un personaje tan vívido como denostado. La pasión íntima que acompañaba esas lecturas es indisociable de la historia del género. En 1870, C.H. Butterworth preguntó “¿Qué mente no es propensa a caer en un estado de pesadilla y efervescencia ante esta danza de fragmentos inconexos de información transitoria?”. Las citas podrían ser muchas más y sobre todo acompañar década a década, casi año a año, las inflexiones del Logos. Así, cada cambio tecnológico –digo “cambio” por pudor, la palabra “revolución” sería más justa– implica la construcción o aparición de nuevas subjetividades. La fotografía, el cine, hasta hace muy poco la televisión, sufrieron diatribas similares a las de Coleridge y Wordsworth, a quienes no podemos tildar de pensadores intrascendentes. Menos ampuloso, más preciso, mucho más cerca en el tiempo, Siegfried Kracauer describió el cine que nacía y ganaba terreno en las ciudades de principios del siglo XX como un generador de “adictos a la distracción”. Y no era el único ni el primero en hablar de la velocidad: “Los estímulos a los sentidos se suceden los unos a otros con tal rapidez que no queda resquicio entre ellos para la mínima contemplación siquiera”. Creo que la similitud entre la reacción de los viejos poetas románticos a la imprenta popular y la distancia que los nuevos escritores argentinos ponen con la cultura digital se podría tejer con más precisión. No son reacciones idénticas, pero el parecido genera sorpresa. Señalo que en el caso de los argentinos no se trata de escritores “viejos”. La mayoría de estos narradores, algunos talentosos, nacieron en la década del 60. ¿Llama la atención esta “juventud” en relación a este descrédito que practican y hacen público, transformándolo casi en una ética? No. En los bordes y las fronteras están los marginales, pero también los fundamentalistas. No es difícil comprobar que estos nuevos conservadores reniegan y condenan el cambio del estado del Logos, y aparte lo hacen repitiendo posturas que ya tienen una variada y amplia tradición. ¿Se trata, en realidad, de un único movimiento? Creo que no. El rechazo a lo nuevo no necesariamente debe repetir argumentos de lo viejo. El rechazo de las tecnologías digitales podría tener otros clivajes y asideros. Se podrían alegar otros motivos para cuestionar la evolución,
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más radicales, más políticos. Podrían tematizarse los movimientos del capital dentro de esta supuesta democratización. Sin embargo, a la hora de oponerse, estos nuevos conservadores son doblemente conservadores porque respetan una tradición y la reproducen, muchas veces, supongo, ignorando que lo hacen, mientras atacan las nuevas tecnologías y sus transformaciones. Nuevos conservadores es una construcción de visos oximorónicos. Pero estos no son, después de todo, tan nuevos. Termino con una frase oscura y lúcida de Carlos Correa: “Contra la técnica no hay combate. Ya o después el mero humano resulta vencido. Sin embargo, los intelectuales, de ordinario y en el interín se abroquelan con lo que genéricamente se llama cultura”.

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Internet y literatura
1. Catalogando los abusos analíticos a los que se sometió la web, me sorprende no haber tropezado con ninguno cuyo título o subtítulo sea “Internet y literatura”. Esa ausencia es un síntoma. ¿Pero un síntoma de qué? Quizás la yuxtaposición de términos, ese dejo taxonómico del siglo XVIII, funcionó hasta el final del siglo XX y ahí se detuvo. Tal vez el siglo XXI quede exento de libros, artículos y papers cuyas bajadas continúen los ya famosos “psicoanálisis y literatura”, “literatura y marxismo”, “arte y literatura”, “cine y literatura”, etcétera. Lo dudo. El funcionamiento del cuadro de doble entrada para avanzar por sobre los casilleros del conocimiento es una garantía académica. A lo sumo será lento o incluso, dada la rapidez con la que se mueve este nuevo objeto de estudio, muy lento. Lo que sí resulta fácil de hallar es una larga serie de especulaciones sobre el futuro del libro, los libros digitales, las “autopistas de la información”, las “autopistas del conocimiento”, la “comunicación instantánea” y sus “angustias”, las redes sociales y su “sociabilidad”, y así. Sabemos que el soporte determina géneros, condiciones, lecturas y escrituras. Pero ¿hasta qué punto, cómo, de qué manera? Mientras pienso eso, confirmo: La modificación radical que la web operó sobre el Logos no tiene que ver con el futuro sino directamente con el presente. 2. Esa forma de escritura, que llamamos de una forma holgada y pomposa “literatura”, es hoy indisociable de la web. Decirlo así, categórica y casi groseramente, ¿implica respetar opacidades y supuestos que el crítico debería cuestionar? Es muy posible. Pero mientras afirmar que Internet afecta directamente a la práctica periodística parece una obviedad, ¿qué pasa con esa zona no del todo diferenciada que a veces también se llama “narrativa”, “ficción”, “arte de la novela”, “cuento”, “escritura creativa”, entre otras definiciones esquivas? El acercamiento sociológico y comunicacional está hecho. Irá mutando, arrobándose y desplegando sus tejidos en la medida de que el artefacto y las prácticas cambien. Los detractores –¿de qué? ¿por qué? ¿para qué?– ya trabajan sin parar mientras las masas anónimas se vuelcan, desafiando el concepto de brecha cultural, a los nuevos y amenazantes juguetes de la comunicación. Pero ¿dónde está “el arte”? Insisto, el anti-arte, la injuria, la queja conservadora, los escritores analógicos que reivindican su derecho a seguir pensando en tipos móviles llegan primero y le dan a la ruidosa matraca de la melancolía desde hace rato. Es muy probable que los críticos se queden empantanados en sus mañosas idas y vueltas; y entonces no terminen de acertar con el objeto que tienen adelante como esos esquimales que
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no ven y no pueden nombrar la nieve, o mejor, tienen dieciséis formas diferentes de nombrarla pero no entienden cuando un occidental les pide opinión o consejo. 3. Mi primera hipótesis: la web vulnera de forma grosera los pocos vestigios de autonomía, o quizás deberíamos decir las pocas pretensiones de autonomía, que le quedaban a la “literatura”. Pero atención que esto ya ha ocurrido, muchas veces, hay incluso una gran tradición de operaciones similares, y el arte de contar historias y hacer versos siguió su camino. No digo nada original. La modernidad parece fundarse y continuarse en el ataque de esa misma autonomía que pregona. ¿Cuántas veces y con cuánto énfasis se declaró ya la muerte de la novela? La voluntad de algunos escritores por pertenecer a los restos, nunca del todo fríos, del Imperio Austrohúngaro es un recurso trillado, aunque no por eso menos eficiente. La pregunta resulta entonces algo chirle: ¿Es posible leer la relación entre la web y las expresiones de la escritura autónoma –o pretendidamente autónoma- más allá de los afeites sociales que tan mal y al mismo tiempo tanto han hecho por el arte de escribir? Con una rara aunque no del todo inédita nostalgia por el futuro podríamos demandar un nuevo formalismo ruso que se haga cargo de estas recientes inflexiones del Logos. Pero si empezamos por el principio, el problema de escribir sobre “Internet y literatura” comienza a la hora de definir qué es, o mejor, qué entendemos por “literatura”. La palabra parece un colador infinito. Al menos hoy, todo lo que se sirve en ella se termina derramando hacia afuera o cayendo hacia abajo para volver a subir y repetir el proceso. Hay muchas cosas que pueden ser definidas como “literatura”: Shakespeare, Joyce, el género novela, la poesía, un soneto, Borges, una parte del nombre de una materia dictada en la Universidad de Buenos Aires, Cervantes, la ficción, una página escaneada de un libro viejo. Cualquier definición suena imprecisa. En los bordes hay dudas. Cómo afecta la web a este ya de por sí enrarecido paisaje sería una segunda instancia de análisis. Por lo tanto esta serie de reflexiones ingenuamente ordenadas que propongo bajo el rótulo “Internet y literatura” será también una definición de cómo y qué se lee hoy. 4. Cuando entré en la universidad en 1994 los programas de estudios terminaban con la vuelta de la democracia. Hasta ahí se estiraban las periodizaciones académicas y los alumnos las acataban al pie de la letra. Era posible pescar bibliografía actualizada en muchas cátedras, casi siempre como insumo para la construcción de un aparato crítico. Pero la periodización, la idea de historia como un bloque que avanza y tiene conciencia de sí, se detenía en 1983. Había desde luego honrosas excepciones. Lectores que intentaban “estar al día”. Después de todo habían pasado más de diez años, el país había cambiado, la manera de ver el país y de vernos a nosotros –y el dinero, y las relaciones de poder y la política– habían cambiado. Pero por lo general, la academia como
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responsable de fabricar un corpus de lecturas atrasaba. Era difícil pedirle que se moviera más rápido porque el presente se había congelado, y ella misma, como institución, había participado de ese proceso de congelamiento. 5. Hacia los primeros años del siglo XXI eso cambió. Casi se podría decir que el cambio se dio hacia los primeros meses, días, momentos del siglo XXI. Internet ya tenía una vida útil y un recorrido cuando el gobierno de la Alianza expiró de la peor manera. Por eso, quizás, ese lapso de tiempo, que podríamos situar entre 1995 y el año 2000, posee desde nuestro presente acelerado un aire prehistórico. 6. En el 2003, año marcado por sucesos determinantes, Norma editó Cómo se lee y otras intervenciones críticas de Daniel Link, uno de los primeros esfuerzos válidos por entender qué estaba ocurriendo con la milenaria actividad de escribir y leer. En ese momento, sirvió para avanzar sobre muchas cosas que hoy comprendemos mejor, pero pasó –como tantos libros importantes– ligeramente desapercibido. Para la cantidad y calidad de lecturas y respuestas que proponía estimo que se lo leyó poco. Libro fundante, entonces, primer libro sobre un tema reciente, Cómo se lee enseguida fabricó una tradición en la que insertarse, un contexto de enunciación. Por eso, aunque es pionero y avanza, insisto, sobre temas tratados a medias o nunca pensados antes, Link se las arregla para organizar un paisaje que parece lleno de reflexiones y nutrido de ideas sobre, por ejemplo, una plataforma tan joven como Internet. 7. Todas las intervenciones críticas de Cómo se lee valen la pena. Me voy a detener aquí en una titulada Historias de cartas (políticas del campo). El ensayo pone en tensión la idea de campo de Bourdieu con uno de los géneros más antiguos, la carta. Link dice que de las “nuevas tecnologías”, el correo electrónico “es la más difundida”. Vale recordar que el texto fue leído en unas jornadas en Rio de Janeiro a principios de noviembre del 2002, en lo que todavía era un mundo sin blogs ni redes sociales. 8. Más allá del arsenal clásico para pensar las relaciones entre el escribir y el interactuar con el mundo, que incluye a Barthes, Bourdieu, Foucault y Habermas, aquí la diferencia Link la hace con una idea de Peter Sloterdijk que le permite releer toda o buena parte de la tradición intelectual que atañe a estos temas. Sloterdijk dice que vivimos en sociedades pos-epistolares y por lo tanto pos-humanísticas. Retomando esto, Link escribe: “Un largo proceso de humanización se mantuvo activo, en el campo literario, gracias a la correspondencia. Sin ella, la filosofía occidental no existiría, al punto que podemos definir el pensamiento crítico de nuestra tradición cultural como una carta cuyo destinatario se desconoce”. Las cartas son, entonces, un punto de
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partida ideal para pensar cualquier problema literario. Desde el affaire Dreyfus y el J´acusse de Zola, publicado como carta en el periódico L´Aurore hasta la Carta Abierta de un Escritor a la Junta Militar de Rodolfo Walsh, pasando por las cartas de Pablo a los cristianos primitivos, las Cartas filosóficas de Voltaire y las Cartas a la opinión ilustrada de Jacques Alain Miller. De ahí a desarrollar lo que Link llama “el correo en la época de distribución digital” hay un paso. 9. Más allá de las consecuencias que el uso del correo electrónico tenga para el pensamiento universal y el área “humanísticas del mundo”, filosofía, sociología y derecho incluidos, con este simple y elegante cruce de bibliografías, Link logra fijar el primer problema de forma a la hora de pensar las relaciones entre literatura e Internet. Historias de cartas (políticas del campo) lo demuestra con claridad: el primer género afectado por la llegada de la web es el género epistolar. Siguiendo ese razonamiento podemos preguntarnos: ¿Cómo es un “mail”? ¿En qué se diferencia a una carta manuscrita o impresa en una hoja de papel y enviada por correo? ¿Hay algo más allá del soporte? ¿Qué elementos componen los cambios? ¿Cuáles son sus constantes? Si podemos identificar lo que se pierde y lo que se gana entre un mail y una carta en papel, las modificaciones que le imprime la web a esa escritura, podremos inferir cómo transformó la revolución digital a este, el primer género afectado. 10. La escritura manual de cartas en el siglo XX continuó con una rutina muy similar a la que había tenido en el siglo XIX, y también antes. El sistema del correo cambió, se mecanizó, controló sus márgenes de error, se expandió y dio más garantías, pero cuando se metía una carta en el buzón a principios de 1990 todavía existía una cuota de incertidumbre. El sobre, que debía ser estampillado o sellado, que debía viajar físicamente y ser transportado por seres humanos, podía perderse o dañarse, podía no llegar. De los efímeros telegramas hasta las largas cartas literarias firmadas por autores y, casi desde su redacción, destinadas a ser recopiladas en algún libro, la escritura epistolar preservó cierta forma durante todo el siglo XX. O para decirlo de otro modo, en este plano, el siglo XX fue fiel a sí mismo hasta el final. 11. La tecnología del correo electrónico llega y cambia esta situación de forma radical. De un día para otro primero sorprende y luego, muy rápido, se hace imprescindible. No es un detalle menor que, encerrado en su nombre, haya un equívoco. El adjetivo miente, es fallido. La materialidad del e-mail no es “electrónica” sino “digital”. ¿De qué nos habla este dejo arcaico, esta atadura al siglo que lo vio nacer? El correo electrónico es el umbral de la revolución digital en el área de las comunicaciones, su gran preámbulo y al mismo tiempo su eje central. Pero “electrónico” suena todavía demasiado cerca de “analógico”. Así,
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volvemos a formular ahora nuestra pregunta: ¿cómo afectan los correos electrónicos a la forma de la escritura? 12. La primera tentación cuando se compara la práctica de la carta en papel con el correo electrónico es hablar de brevedad. Escribimos más y de forma más breve. Esto es relativizable. En 1980 con el teléfono ya desarrollado es posible que se escribieran menos cartas que en 1950, pero no deberíamos acotar la mirada a una escena íntima y cerrada donde un ama de casa, tomándose un respiro de la rutina diaria, redacta una larga misiva llena de dudas existenciales con alguna ocasional falta de ortografía y mucho potencial literario. Las cartas manuscritas no sólo las escribieron los personajes de Manuel Puig. La carta institucional o amatoria, la citación, la carta documento o de compromiso, el telegrama comercial, el memo, entre otros géneros y soportes, funcionaron hasta que llegó Internet con el breve intermezzo del fax, cuya combinación de tecnologías hoy parece más vieja –y ridícula- de lo que en realidad era. 13. Mucho más fácil de comprobar es que en la inmediatez del correo electrónico, el lenguaje se hace más laxo. Sus normas, sus reglas ortográficas y sintácticas, incluso su vocabulario, se tensan. La administración y disponibilidad constante, rutinaria, laboral, cotidiana, le hacen perder peso. Con Internet, puedo mandar un mail con errores, o apreciaciones sin meditar, porque es instantáneo. No hay borradores. No hay reescritura. Se pierde el cuidado que se podía tener en una carta manuscrita. Que la tecnología se encargue de fechar y firmar nuestros mensajes hace que esto se acentúe. No hay necesidad de enmarcar nuestras palabras. A veces ni siquiera las firmamos. La escritura fluye. Mando un mensaje a un amigo y al mismo tiempo sé que enseguida puedo mandar un segundo mail corrigiendo mis primeras apreciaciones. Sin darme cuenta, entablo un diálogo escrito. Escribimos y respondemos, entonces, con un uso del lenguaje que se parece al teléfono. La frase que se empezó a escuchar, al mismo que se empezó a popularizar e incorporar el uso del correo electrónico, fue “no escribas un mail enojado”. El lenguaje escrito se volvía todavía más rutinario. 14. Al mismo tiempo, toda comunicación incuba, conlleva y propone el equívoco. La distensión del mail trajo enseguida problemas con la práctica de la ironía. Por eso otra cosa que se escuchaba al principio y que todavía se dice: “Cuidado, si escribimos como hablamos, es posible que las inflexiones de la ironía no se sientan”. Con los insultos pasaba algo similar. Si se pierde la voz, su contexto de enunciación oral, las “malas palabras”, por ejemplo, se endurecen, pierden su humor, dejan de ser muletillas para ser lisa y llanamente insultos. 15. El lenguaje escrito se empieza así a deformar, a acelerar, intentando, de alguna forma, ponerse al día. La desjerarquización del
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soporte, su pluralización, sus ilimitados recursos de espacio y emisión, hacen que se caiga rápido en una desjerarquización del lenguaje. Este trastoque permanente de valores heredados va a ser una de las grandes modificaciones que la web va a ejercer sobre los géneros literarios. La otra, la puesta en cuestión de la autonomía del lenguaje literario. 16. Estos aprendizajes básicos de lo que podría llamarse –pomposa pero no por eso menos acertadamente– una “vuelta a la escritura masiva” va a encontrar su gran lección inaugural en la tecnología pública del blog. 17. La tecnología del blog da vuelta, como una media, la escritura privada de los correos electrónicos. Este paso a lo público no constreñirá ni regularizará los usos escritos, muy por el contrario, terminará de relativizar las normas, incluso las más básicas. Escrituras sin mayúsculas, sin correcciones, sin comas, excentricidad en la construcción sintáctica y ortográfica, largo etcétera. La proliferación de plataformas de la mano de Blogger, comprado por Google en agosto del 2003, y la consecuente popularización de los dominios blogspot, implica, entonces, un segundo paso en esta pérdida de jerarquías del lenguaje escrito. 18. ¿Cuál es la forma de un blog? Si el blog es una larga cadena continua, inasible del todo, un work in progress que no se detiene, sus eslabones son los posts. Los posts parecerían a priori no tener una forma definida. Como los textos que contienen los mails pueden variar en extensión desde varias páginas hasta una línea, y como en los mails la fecha se imprime de forma automática. Pero la gran diferencia es que aquí se escribe para todo aquel que quiera leer. Hay una idea constructiva. Repito, cada post es un eslabón, un ladrillo, una piedra. Se escribe todos los días, se lee todos los días. La escritura se regulariza, se arma, se va acomodando. El blog parece una alcancía, un tamagochi del Logos al que hay que alimentar. La interactividad es permanente. Los blogs comienzan la época de la hiperconectividad más allá de la intimidad del e-mail. Percusivo, continuo, rítmico, el entramado selvático de los blogs hace vibrar la ya bastante cuestionada torre de cristal. Ya no es posible ignorar con tanta facilidad. De hecho, ignorar empieza a ser una militancia, una conciencia. Hay que hacer esfuerzo para desconocer cómo escribe el otro. La gran contradicción de un diario privado que es público no resulta tan dura como que la tecnología comienza a crear y a confirmar autores. La primera persona arrecia. La subjetividad se inflama. 19. El libro entonces sigue siendo el libro y una revista o un diario siguen siendo una revista o un diario. Pero la idea de autor cambia. ¿Por qué? Porque se puede ser reconocido como autor por fuera del

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papel impreso. Sin embargo, el blog no termina de afectar al lenguaje como lo hacen los comments. 20. Si con el blog, el diario privado salta del escritorio, el estudio o el living a la calle, el comment por lo general viene corriendo desde la cocina o el baño. Se parece a un grito de alerta, entusiasmo, confirmación o insulto. El comment es los fondos, el patio de atrás, lo que se puede mostrar o se puede esconder, de alguna forma la contracara de esa exhibición permanente que es el blog. Tiende a ser breve, y sobre todo sintético, pero lo más importante es que opera de forma crítica, como un texto necesariamente segundo. El comment inaugura así otra etapa de la pluralización de la opinión. Puede ser anónimo, puede estar enmascarado. Aparece firmado con seudónimos y se le leen en él bajezas de todo tipo, acusaciones, desacreditaciones, mientras inicia discusiones que se disuelven y se vuelven a armar. El comment es irónico, festivo, degradante, veloz, y no se limita al blog. Los diarios instalan la posibilidad de que sus noticias y sus protagonistas –periodistas, entrevistados y entrevistadores– puedan ser comentados. Llegan las acusaciones, las sospechas, los cuestionamientos. La autoridad de la letra se desdibuja. Las operaciones de lectura se complejizan. El comment es el género de la paranoia digital y su fantasma. 21. Con los comentarios de blogs y noticias, la desjerarquización del lenguaje vive un momento de explosión. Todo lo que permite comentarios puede ser denigrado, enaltecido, apostrofado, editorializado. La oralidad gana contra la norma. Los reflejos anticipan a la reflexión. Los comments, antes que los blogs, anuncian el pliegue barroco y el intercambio de las redes sociales. 22. ¿Cómo sería una novela escrita, construida, a partir del género comment? Sería una novela ácida, con una trama de equívocos y malentendidos, una novela de tesis muy cercana al aforismo negativo y a la crítica literaria. También una novela del ruido. 23. Mientras los blogs y los comments se popularizan, el chat se afianza. Gmail lo incorpora en línea a su plataforma de correo electrónico superando al Messenger de Microsoft, un programa invasivo que era necesario descargar y ejecutar, y que rápidamente se vuelve obsoleto y persiste en base a usos residuales. Bastante más tarde, pero de forma similar al Gmail y con el mismo espíritu de centralización, Facebook también incluye el chat entre sus servicios. 24. Cuando se describió por primera vez el chat se dijo “un sistema de mensajes instantáneos”. Pero, ¿más instantáneos que el mail? Sí. El protocolo de comunicación es diferente. Las presiones y operaciones que ejerce el chat sobre la lengua son más duras y exigentes que en el
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mail. En el chat aparecen aun con más contundencia y claridad los vectores de condensación y oralidad. Podríamos incluso decir que aparecen con brutalidad. Los usuarios retuercen la lengua. Prima lo utilitario en su fase más arrebatada. Pero condensación no significa necesariamente síntesis. La condensación también es la reducción, el apelmazamiento, la compresión de un gas y su transformación en líquido. Así, lejos de un destilado, el chat contiene en sí mismo, comprimido, en las pocas palabras que lo pueden componer, un mapa para leer todas las fracturas y recomposiciones que la cultura digital genera cuando avanza sobre el lenguaje. 25. Más. Si la autonomía de las piezas literarias se vulnera en cada post que se escribe, el chat opera como una puesta en valor y relectura de toda la tradición literaria que realizó experimentos con la oralidad y lo coloquial. Cada lengua tiene sus paradigmas ya canonizados. En la novela reciente, desde James Joyce hasta Manuel Puig, desde Faulkner hasta el boom de la novela latinoamericana. En poesía los ejemplos son todavía más pregnantes. 26. Entonces, desjerarquización, pluralidad, reblandecimiento de los géneros y las normas y puesta en cuestión de la autonomía. Se escribe cada vez más “como se habla”, “casi sin pensar”. La escritura, con toda su carga de afectación y artificialidad ¿empieza a tener una velocidad parecida a la de la televisión y la radio? ¿El principio de estos intercambios digitales puede remontarse a los diálogos platónicos? Frente a este proceso de repluralización del uso a partir de algo tan contundente como una tecnología imprescindible para la comunicación, el arte de escribir –o uno de sus más conspicuos representantes, el arte de la novela– puede optar por dos posiciones. Una, replegarse sobre un estilo que continúe la tradición y afianzar, continuar, evitar el roce con estas operaciones, o, dos, incorporarlas, darles un lugar, integrarlas o al menos intentar hacerlo. Esto demuestra que incluso aquellos que optan por seguir adelante sin mirar lo que ocurre en sus casillas de mails se ven modificados, comprimidos, cercados, por la web. No escuchar, desentenderse, también es una forma de responder al llamado digital. Quizás la más evidente y llamativa, la que más resalta por contraste. 27. Siguiendo la segunda opción, nacen entonces algunas novelas que intentan “sintonizar” el pulso formal de estos nuevos soportes. Elijo dos casos, quizás los primeros. La ansiedad de Daniel Link publicada en el 2004 y Keres coger?:Guan tu fak de Alejandro López publicada en el 2005. Ambas novelas son primeros intentos de abordar las nuevas tecnologías de la comunicación desde la literatura. Sin embargo, esa pretensión y su realización concreta no se ven privadas, como se dijo, de una importante y nutrida tradición literaria. Tanto La ansiedad como Keres coger? revelan una relación, tanto en operaciones como en
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intereses, con los procedimientos de cierta zona ya bien trabajada y conocida por la crítica e incorporada al canon de lecturas argentino. Más allá de los resultados puntuales, la pregunta es: ¿Cuánto se pierde y cuánto se gana en este pasaje de la energía de la pantalla a la autonomía –pretendida o real– de un género que se consume desde el papel? O quizás, más específicamente, ¿qué implica este desdoblamiento? ¿Es un avance sobre el presente de la realidad literaria o un retroceso de los géneros de la web a un lugar de prestigio –el libro– relacionado con el siglo XX? Para responder a esto el primer paso es preguntarse cómo, de qué manera, y con qué elementos y herramientas están construidas estas novelas. 28. La ansiedad y Keres coger? muestran muchos puntos de contacto, similitudes formales y temáticas que es difícil pasar por alto. Mientras desarrollan una mímesis del lenguaje desjerarquizado que circula por la web, narran diferentes tipos de perversiones. En ambas novelas la clase media, si aparece, es retratada en pose de desconfianza, proletarizada, incluso cuestionada en su moral y en su relación con el dinero. Al mismo tiempo, las dos novelas desarrollan historias de marginados y marginales en lo que puede leerse como el alargamiento de la tradición argentina de Boedo. Así, mientras el lenguaje por fuera de la norma retrata situaciones que se tensan con las reglas sociales –aparece el coito anal, el travestismo, la violencia sexual, la sumisión– la mayoría de las veces esto surge atravesado por una deformación de las normas del lenguaje. 29. Sin embargo, también es posible percibir diferencias. ¿Cómo se resuelve ese intento de mímesis, esa idea de retomar los nuevos soportes de la comunicación para narrar? López se decanta por el collage y ubica en las páginas de su libro los marcos y las marcas de la web. Así encontramos signos y simbolitos de todo tipo, horas de salida y entrada, remitentes, los dibujos que acompañan los mails y sobre todo mucha diversidad tipográfica. El procedimiento de captura –ese cortar y pegar– tiene un efecto literario, produce un extrañamiento, pero al mismo tiempo compite con la linealidad de la escritura, modificándola por afuera, y poniendo a la novela cerca de un libro objeto. Link opta por minimizar este recurso gráfico. Más allá de los emoticones, aunque conserve por ejemplo las faltas de ortografía y tipeo de los chats, realiza una operación menos “gráfica” y “concreta” – en el sentido de la “poesía concreta”– que la de López. No por eso apuesta más a la construcción de sus personajes y sus psicologías, ni tampoco diseña grandes tramas con vueltas imprevisibles. Pero sí su estilo resulta ligeramente más reflexivo, menos cerrado. La inclusión de prosas eruditas, fragmentos de obras de la cultura universal, refuerza la idea de deriva en la que nos sumerge la web de manera más eficiente que el miserabilismo, a veces duro e intransigente, de Keres coger?

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30. Ambos intentos, sin embargo, ocupan un lugar especial dentro de la historia estética argentina. Lugar que posiblemente se vaya afianzando con el tiempo y a medida que avance la reconstrucción del principio de siglo literario por parte de los historiadores de la literatura. Los pioneros son pioneros más allá de sus resultados, y en este caso se trata de novelas que ponen en escena situaciones conceptuales complejas. 31. Otro experimento, contemporáneo de estos libros pero diferente en su concepción y sobre todo en relación a la construcción de su figura autoral, es la publicación en el 2006 de Buena Leche - Diarios de una Joven no Tan Formal de Lola Copacabana. El libro reproduce sin grandes modificaciones formales el blog www.justlola.blogspot.com. Se trata de un libro de escritura fresca y sensual, curioso y desbordante, parecido en su forma a El libro de la Almohada, un diario escrito por Sei Shōnagon, dama de la corte de la emperatriz Sadako, hacia el año 1000. Como dice Wikipedia, “posiblemente sea el nikki o diario íntimo más famoso de la literatura japonesa”. Ambas escrituras, la de Lola Copacabana y la de Sei Shōnagon se presentan no del todo asibles o abordables. Su lectura, parecería, no puede hacerse de corrido, sino que impone cierta idea de consumo fragmentario. Soy más puntual. Por más significativas que sean, la publicación de un grupo de cartas no necesariamente da un buen libro. De la misma manera el paso del blog al libro sin mediaciones desacomoda la lectura. Si el blog imprime un ritmo a la lectura, un post por vez, espaciado por un tiempo, el libro ofrece todo para que sea el lector el que lo administre. Algo se pierde ahí, algo que podríamos definir como cierta tensión de la lectura pautada y diaria. En el libro, hay un ritmo alterado, aplanado. Lo que se narra en Buena Leche - Diarios de una Joven no Tan Formal, por otra parte, es previsible y aunque no es aburrido, se apelmaza enseguida. Una gacetilla lo presentaba así: “Impresiones y caprichos de esta chica de veintitantos con relatos de aventuras de la vida cotidiana: clases en la facultad de derecho, su vida junto a su pequeña hija, amores que van y vienen, cigarrillos, fernet con coca y sexo”. 32. Retomando pregunto: ¿Se puede producir una literatura, escritura, novela canónica con estos procedimientos? Al parecer, trabajar con estas formas jalona las historias que se narran hacia los bordes, lo informe, lo mal formado, la transgresión, el capricho, cierto costumbrismo trash que incluye la posibilidad de la decadencia y el descenso. Lo digital entonces, ¿también podría ser entendido como una categoría estética? 33. Para avanzar cito fechas. En el año 2006 se inaugura Twitter y Google compra You Tube. En el 2007, Facebook lanza su versión en español. Antes, la expresión “redes sociales digitales” significaba muy poco. Sin embargo, los blogs eran, de hecho, redes sociales digitales. ¿A
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qué se debe que Twitter y Facebook sean identificados rápidamente como las únicas, o al menos, las más importantes redes sociales de la Argentina y los blogs pertenezcan a otra especie y a otro momento de la historia? 34. Más allá de toda normativa, si se genera escritura, se genera la posibilidad de una literaturnost. Esa es, en la euforia o la disforia, en el triunfo o la decepción, la lección que nos dejan los corpus nacionales narrativos, poéticos y dramáticos de la modernidad. Si optamos por negar esta posibilidad, o complejizarla –es válido–, entonces nuestro camino será largo y de espinas, y es muy probable que también sea seco y haya que esperar cincuenta años para empezar a recorrerlo. Acosado por la ansiedad y un mal disimulado entusiasmo crítico, que en algún momento puede ser vitalidad, elijo leer las redes sociales dentro del corpus literario. 35. Twitter y Facebook son máquinas literarias complejas. Al mismo tiempo que digo esto, y sin negarlo como posibilidad de análisis, voy a ahorrarme y a ahorrarle al lector el sondeo sobre los límites de lo privado y lo público ya que considero ese acercamiento algo trillado. Toda escritura, por mínima e irrelevante que sea, vulnera esa frontera siempre difusa, siempre en cuestión. Y ya dentro de la forma, que siempre es también un poco afuera de la forma, me pregunto: ¿Llegó el momento en que la poesía está siendo hecha por todos? ¿Suena la hora de la democratización del ineludible monólogo final del Ulises, donde Molly Bloom entra en un proceso bulímico lingüístico? ¿Son esas páginas centrales de la modernidad un viejo antepasado, el “homo erectus”, del timeline de Twitter? ¿Ana Karenina vive fragmentada en Facebook, travestida en una heroína sentimental que se fotografía a sí misma en el baño de su casa y lee literalmente todos los comentarios que le hacen en su muro? El espiral de estas comparaciones, que unen retóricamente el alto modernismo y los experimentos de las redes sociales digitales, podría ser largo, fascinante o tedioso, pero sobre todo improductivo. Si se trata de hacer analogías, entonces, preferiría volver a los pliegues, y decretar la existencia, el regreso o la supervivencia, de un barroco contemporáneo. 36. Twitter y Facebook, entonces, como los dos nuevos pliegues de un barroco contemporáneo. Facebook, más groncho, más popular y populachero, puede ser leído en relación con la literatura de cordel, con la imagen y el epígrafe, con un relato plano del yo, grasa, inclusive porno. La narración continua de nuestros cuerpos exhibidos. Tiene comercio simbólico con otros gestos de firuletes recargados y excesivos, como tunear un auto, ponerse brillo en la cara, maquillarse, tatuarse, usar minifalda plateada y ostentosa ropa de marca. Twitter es más arty, más falsamente humilde. La erótica social y el pacto de diálogo se presentan aquí indefectiblemente atravesados por el Logos. El discurso
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etiqueta palabras claves con forma de hashtag y remite a la comunicación fluida y hermética de los albañiles y los arquitectos premodernos, recuerda a las sectas, a los guiños, a las identificaciones secretas. Twitter es una cinta violeta prendida en el saco, el domingo mientras se da misa. Entonces, si las redes sociales son una catedral gótica, en Facebook se purgan los pecados y al mismo tiempo se los socializa porque no es posible dejar de pecar, mientras Twitter queda para los silenciosos constructores del Gran Logos. Ambos hablan de la medida y la exageración de nuestra época. 37. Desde luego también están, continuando el proceso de desafío a las normas del lenguaje, la picaresca, la denuncia, la acusación, la chicana y sobre todo las máscaras y el anónimo. Y ya no se trata tanto de la brevedad, como de la fragmentación, la continuidad y la superposición. En este sentido, las redes sociales son una experiencia de multiplicación exponencial de la navegación en la web. Rige la yuxtaposición y el choque. La curiosidad, un poco vertiginosa, de la metonimia desplazando a la metáfora como gran figura del lenguaje, acicateada por el ego y la perenne máquina del narcisismo. Así, en este caos de símbolos acelerados, insisto, el gran tema parece ser admitir que la producción escritural de la web ya es “literatura” en sí misma, y de ahí ver cómo se soluciona la ecuación soporte-legibilidad, o mejor, soporte-prestigio. (Entendiendo “prestigio” como el lugar de administración de un bien, un punto de concentración en el campo intelectual.) 38. La última palabra la tendrán los críticos. En ellos, en esa figura siempre opaca -y hoy incluso maldita– recaerá a futuro, aunque ya podríamos pensar en el presente, la separación de lo que vale la pena ser leído y preservado de este marasmo pegajoso. Su trabajo deberá ir en la dirección de marcar una autonomía, por un lado, y de reponer un contexto, por el otro. Este movimiento de pinzas podría dar antologías de cuentas de Twitter leídas como diarios íntimos, debidamente anotados para el estudiante o entregados depurados de ripios para una lectura sin trabas. No otra cosa que un Twitter prehistórico parece ser, por ejemplo, el Diario de Gastos de Sarmiento en Europa. 39. Una digresión final. El Quijote parodia las novelas de caballería pero, al mismo tiempo, es una novela de caballería. La pregunta entonces no resulta tanto quién volverá a escribir el Facundo, sino quién logrará ironizar a los grandes y multitudinarios ironistas de la web. Twitter, en este sentido, parece un campo cerrado y complejo, una serie de líneas que pueden ser leídas como versos de un poema o capítulos de un relato atómico. Facebook, con su ingenuidad sensual, se me antoja más fértil como objeto de la ironía y la parodia. ¿Recortaría hoy Mallarmé puntillosas uniones crípticas de palabras en Twitter? No lo sé. Pero Madame Bovary tendría, seguro, una expeditiva y rendidora
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cuenta de Facebook; lo cual no garantizaría su éxito en el adulterio pero tal vez sí evitaría su suicidio. No olvidemos que de resignar caminos también está hecha la evolución.

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Quiero agradecer a Celia Dosio, María Belén Pepe, Francisco Marzioni, Hernán Vanoli, Facundo Falduto, Joaquín Linne, Diego Vecino y Mariano Canal por la ayuda que me prestaron en la producción y corrección de este libro. Muchas de estas ideas nacieron de discusiones con ellos, así como también de discusiones y charlas, más o menos formales, más o menos ocasionales, con Patricio Erb y Javier Fuente. A Alejandro Boverio, quiero agradecerle su generosidad y haber publicado una versión de “Internet y Literatura” en la edición primavera/verano-2011 de El ojo mocho. Y no puedo olvidarme de Sebastián Di Domenica y Luis Majul, mis editores en Hipercrítico.com. Sin ellos este libro simplemente no existiría. Gracias a todos.

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El autor Juan Terranova nació en Buenos Aires a fines de 1975. Publicó, entre otras, las novelas El Caníbal, Mi nombre es Rufus, Los amigos soviéticos, Hiroshima y El Vampiro Argentino. También las crónicas La Virgen del Cerro, Peregrinaciones, Diario de Alcalá, Unos días en Córdoba y un libro de poemas, El Ignorante. Su único libro de relatos, Música para rinocerontes, es parte del prestigioso catálogo de la editorial boliviana El Cuervo. Enseña escritura creativa y edición digital en el Centro de Estudios Contemporáneos (CEC). Escribe todos los días en su twitter @juanterranova y a veces en su blog www.elconejodelasuerte.blogspot.com.

Otros títulos Otros títulos de libre circulación publicados por el Centro de Estudios Contemporáneos: #FINDELPERIODISMO y otras autopsias en la morgue digital, de Nicolás Mavrakis VIENEN BAJANDO, primera antología argentina del cuento zombie. AA.VV. Descargas: https://sites.google.com/site/centrodeestudioscontemporaneos/ Más información sobre el CEC: http://centrodeestudios.tumblr.com/

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Este libro se terminó de diseñar y se publicó de forma digital y gratuita en diciembre del año 2011. Todos los derechos de los artículos y ensayos pertenecen a Juan Terranova, pero su difusión y circulación es libre.

Centro de Estudios Contemporáneos,
Buenos Aires, Argentina.

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