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Lo a priori Dr.

aLejanDro Tomasini BassoLs
TOMASINI Bassols, Alejandro, Enigmas Filosóficos y Filosofía Wittgensteiniana, México, Edere, 2002, pp. 80 a 95.
(Le invitamos a visitar la página del profesor Alejandro Tomasini Bassols en: http://www.filosoficas.unam.mx/~tomasini/home.html

Los folletos "Scholaris - Filosofía Lecturas" son un intento por acercar pequeños textos de difícil acceso, que puedan ser útiles a estudiantes de Filosofía y autodidactas de la Web. Este material es educativo y sin fines de lucro. Algunos folletos no tienen su ficha bibliográfica por tratarse de hojas rescatadas del traspapeleo casero. En esos especiales casos, la portada avisará la falta y se recomendará tomarlo como un folleto informal del tema. Muchas gracias por acercarse a la Filosofía. Si un detalle logra ser útil para la lectura sincera y razonada de alguna tarea escolar o ensayo, entonces el esfuerzo de digitalización habrá cumplido su meta. Visita mi estante virtual en: http://es.scribd.com/tucidides2000 Saludos. Joel Tucídides Madrigal Bailón. "IN CALLI IXCAHUICOPA"

CONSEJO EDITORIAL |osé Ángel Quintanilla D'Acosta Mónica Lobatón Díaz Alejandro Abarca Reyna

editor: José Ángel Quintanilla D'Acosta

Agradecimientos

PRIMERA EDICIÓN, 2002
© edere, sa de cv Mérida 65 colonia Roma Norte delegación Cuauhtémoc CP 06700 • México, DF teléfonos: 55 14 77 69 / 55 14 77 70 fax.: 55 14 77 70 e-mail: edit_edere@yahoo.com CANIEM 2876 Reservados todos los derechos. Ni la totalidad ni parte de Enigmas filosóficos y filosofía wittgensteiniana deben reproducirse, registrarse o transmitirse por n i n g ú n sistema de recuperación de información, en ninguna forma, ni por ningún medio, ya sea electrónico, mecánico, fotoquímico, magnético o electroóptico, por fotocopia, grabación o cualquier otro sin permiso previo por escrito del editor. El préstamo, alquiler o cualquier otra forma de cesión de uso de este ejemplar requerirá también de la autorización del editor.

En la producción de este libro convergen diversos factores que me parecería injusto o desleal no mencionar. En primer lugar, deseo señalar que mi investigación en torno a diversos aspectos de la filosofía de Wittgenstein se vio beneficiada por el trabajo de exégesis, de reconstrucción y de discusión realizado en cursos y seminarios que durante varios años impartí en la Facultad de Filosofía y Letras de la U N A M . La interacción con mis alumnos me resultó, pues, sumamente estimulante. En segundo lugar, debo decir que constituyó una gran ayuda (y un honor) la Cátedra de Excelencia de Nivel III que me fue conferida por el C O N A C Y T para la redacción del texto. Por último, está el apoyo -alegre y decidido en los buenos momentos, firme y solidario en los malos- que recibí de Nydia Lara Zavala. Es la única persona que revisó conmigo todo el texto y de quien nunca recibí más que comentarios pertinentes y útiles. Del contenido último, naturalmente, soy yo el único responsable.

ISBN 968 7903 38 4
Formación: Héctor L. Olvera Montoya Cubierta: Édere

Impreso y encuadernado en M é x i c o - Printed and bound in M é x i c o

LO A PRIORI

El gran filósofo francés Rene Descartes dijo: " E l sentido común es la cosa mejor repartida del m u n d o " . ' El argumento que él ofrece en favor de este punto de vista es m u y simple pero, al mismo tiempo, m u y convincente: de hecho nadie está a disgusto con la dosis de sentido común con que la vida lo dotó. A h o r a bien, algo similar podría decirse de lodos los sistemas filosóficos clásicos: todos ellos (materialistas, existencialistas, racionalistas, trascendentalistas, empiristas, idealistas) pretenden haber sido elaborados en aras del sentido común, esto es, para salvaguardar o satisfacer una o varias de sus "intuiciones" y todos pretenden, de uno u otro m o d o , ser acorde c o n él y dar cuenta de ellas. Sin embargo, en este caso este sometimiento al sentido común es abiertamente contraproducente, puesto que el que todos los sistemas filosóficos de uno u otro modo den razón de puntos de vista acordes con él o que se deriven de él lo único que muestra es que el sentido común no apoya a ninguno en especial. Peor aún: lo que esto muestra es que el sentido común es consistente con todos ellos y, por consiguiente, que el sentido común es incoherente. Y lo que esto a su vez implica es en realidad que el sentido común no puede servir de base para ningún sistema filosófico en absoluto. U n a de las "intuiciones" motrices del empirismo y que éste pretendería que está enraizada en el sentido común es la idea de que ni la realidad se deja conocer por completo ni estamos nosotros capacitados para así conocerla. Nuestro conocimiento del m u n d o es no sólo incompleto o fragmentario, sino esencialmente de carácter probabilístico. Dicho en otras palabras: nada de lo que conozcamos o digamos conocer es cierto, en el sentido de proporcionar certeza, verdad total. Hasta en la región de lo que nos parece como lo más obvio o evidente se puede infiltrar el demonio del error posible, el veneno de la duda. Pero lo que esto implica es sencillamente que no podemos hablar con toda seriedad, en rigor o en sentido estricto, de c o n o c i m i e n t o humano. La razón es evidente: el análisis del

concepto de conocimiento hace ver que no se puede conocer lo que es falso o, inclusive, lo que es meramente probable. Por lo tanto, si lo que pasa por conocimiento no tiene ninguna garantía de i n m u n i d a d frente a la posibilidad del error, entonces no podemos en sentido estricto hablar de conocimiento. Así, el empirismo, cuando es desarrollado de manera coherente y hasta sus últimas consecuencias, desemboca en el escepticismo filosófico y se vuelve por consiguiente enteramente increíble y, por ende, imposible de aceptar. Esto es justamente lo que afirma Bertrand Russell de la filosofía de D a v i d H u m e : "él desarrolló hasta su conclusión lógica la filosofía empírica de Locke y Berkeley y, al hacerla consistente, la volvió increíble. En cierto sentido, él representa un punto muerto: en su dirección, es imposible ir más allá". Lo sorprendente en este caso es que el propio Russell, esto es, el gran empirista del siglo X X , no se haya aplicado a sí m i s m o su p r o p i o y, según pienso, correcto comentario.
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Si se acepta la concepción tradicional del conocimiento (creencia verdadera más justificación), resulta obvio que uno no puede aceptar tranquilamente el cuadro que los empiristas nos pintan de la mente humana, el conocimiento y la realidad. Si algo tiene que ser cierto, si algo debe tener fundamentos sólidos, firmes, ese algo es el conocimiento humano. De paso, vale la pena notar que el problema que plantea el escepticismo no es ubicable en el tiempo, como si se tratara de un problema generado por ignorancia de hechos y que, con el tiempo y gracias al avance de la ciencia, podría quedar definitivamente resuelto. El problema es mucho más sutil y difícil que eso. En el caso del escepticismo que en general se le achaca a Descartes (y que quizá habría más bien que achacárselo a pensadores como Berkeley o H u m e ) , la necesidad de eludirlo era clara. La filosofía moderna, inaugurada por Descartes, surgió teniendo como coyuntura histórica la confluencia de m u y diversas fuerzas intelectuales. En particular, surgió cuando empezaron a florecer las ciencias empíricas, cuando el estudio de la naturaleza, por así decirlo, se dispersó y cada científico no quería otra cosa que ocuparse de su pequeño sector de realidad. La ciencia del Renacimiento es una refutación práctica de los grandes sistemas y síntesis de la Edad M e dia. Los nuevos resultados eran tantos que los antiguos moldes de organización de ideas y principios de investigación mostraban de manera palpable ser totalmente insuficientes y estrechos. No obstante, la exaltación y la proliferación de las diversas ciencias naturales acarreaba un problema, porque puede admitirse que cada ciencia tiene su ámbito y objetos de investigación y, por ende, sus verdades, pero entonces, ¿cómo se conectan

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R. Descartes. Discours de la Mi'thode (París: G a r n i e - F l a m m a r i o n , 1 9 6 6 ) , p. 3 3 .

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B. R u s s e l l , History oj Western Phüosophy ( L o n d o n : A l i e n a n d U n w i n , 1 9 7 5 ) , p . 6 3 4 .

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dichas verdades, digamos las verdades de la biología con las de la psicología o con las de la química? Y si no se pueden establecer conexiones de ninguna índole ¿qué pasa con sus respectivos sectores de realidad? ¿Está la realidad fragmentada? ¿Hay huecos de ser en el mundo? ¿No es entonces el conocimiento humano otra cosa que un cúmulo de datos inconexos y no podremos acaso nunca acceder a una concepción organizada, estructurada, unificada de la realidad? Inquietudes como las mencionadas llevaron a muchos pensadores a rechazar por principio el programa empirista (si bien seguían compartiendo con ellos muchos de sus prejuicios e incomprensiones) y se lanzaron a la búsqueda de verdades de otra clase, por medio de las cuales se pudiera fundar el conocimiento. Este esfuerzo revistió en muchos casos la forma de una búsqueda de proposiciones que permitieran expresar un conocimiento como el que se requería para eludir el escepticismo. Examinaremos ahora un par de importantes intentos en esta dirección.

Kant Para nuestros intereses y propósitos, tal vez el término clave para entender cabalmente la propuesta kantiana sea 'a príorf. Kant usa dicha expresión de m u y diverso modo, esto es, lo aplica en conexión con m u y variadas "cosas": categorías, principios, intuiciones y conocimiento, entre otras. Sin embargo, no sería del todo errado sostener que hay en sus usos de 'a priorí usos primitivos y usos derivados y que, por lo tanto, lo importante es establecer una jerarquía de usos y ocuparse de los primeros. Ahora bien, es plausible afirmar que un caso de aplicación primitiva de la expresión mencionada es su aplicación a proposiciones o juicios. Sobre la base de la c o m prensión de lo que Kant afirma respecto al grupo de los juicios que él clasifica como 'a priorí' y, muy especialmente, a un subconjunto propio de dicho grupo, a saber, los juicios sintéticos a priorí, se puede reconstruir mucho del sistema kantiano. No obstante, no estará de más, antes de ocuparnos de los juicios a priorí, dar cuenta previamente de otra clasificación de Kant. Posteriormente veremos por qué esta estrategia es acertada. La distinción que es conveniente considerar, aunque sea brevemente, es la distinción entre conocimiento empírico o conocimiento genuino y conocimiento trascendental. El primero es el que se genera o produce cuando se aplican las categorías de nuestro entendimiento a nuestras intuiciones, esto es, a los datos sensoriales, y desemboca en oraciones o enunciados como 'esto es una mesa roja', 'allá está la pelota amarilla', 'allí está el coche de mi tía'. Si los empiristas tuvieran razón, el conocimiento expresado por

medio de proposiciones como ésas no pasaría de ser meramente hipotético y dubitable. Kant se opone a dicha propuesta, pero la razón por la que lo hace es que, de acuerdo con él, eso que llamamos 'conocimiento humano', el cual efectivamente brota de la experiencia, está validado o se funda en otro que no brota o surge de la experiencia. La orientación del pensamiento kantiano es clara: de acuerdo c o n él, la concepción empirista del conoc i m i e n t o no se sostiene, porque las categorías y los p r i n c i p i o s que necesitamos para organizar el m u n d o caótico del flujo de la experiencia son tales que no pueden ellos mismos haber sido extraídos de la experiencia o construidos a partir de ella. La experiencia no explica a la experiencia. Tiene, pues, que haber algo más, en este caso otra forma de conocer, que sirva de apoyo al conocimiento empírico. Esta otra forma de conocer toma cuerpo en lo que Kant llama 'conocimiento trascendental'. "Llamo trascendental a todo conocimiento que se ocupa no tanto de los objetos como de nuestro modo de conocerlos, por cuanto este conocimiento debe ser posible a priorí" O sea: hablar de conocimiento del m u n do circundante (externo y/o interno al sujeto) presupone una forma particular de conocer, de organizar los fluctuantes data de la experiencia. La descripción del sistema cognitivo sin el cual no se puede hablar de conocimiento es filosofía trascendental, en el sentido especificado más arriba, y critica, por formar parte del estudio de una facultad de conocimiento.
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U n a pregunta que cualquier persona podría con todo derecho plantearse es la siguiente: ¿cómo determinar, cómo saber cuándo me las veo con conocimiento "empírico" y cuándo con conocimiento "trascendental"? ¿Acaso no hay confusión posible entre ellos? U n a respuesta admisible y simple es la siguiente: podemos diferenciar entre clases de conocimientos porque podemos diferenciar entre clases de proposiciones. Las proposiciones por medio de las cuales expresamos el conocimiento adquirido en la experiencia tienen ciertas características; a su vez, el conocimiento trascendental requiere de juicios peculiares. Luego, efectivamente, la clave para entender la teoría del conocimiento kantiana estará en las aclaraciones que con respecto al lenguaje el mismo Kant haga. Dos son las dicotomías fundamentales de lo que podría llamarse la 'filosofía del lenguaje de Kant'. En primer lugar, está la distinción "analítico-sintético". Un juicio analítico es juicio de la forma "sujeto-predicado" y que se caracteriza por el hecho de que en él el concepto del predicado ya está contenido en el concepto del sujeto. Así, si digo 'todo soltero es una

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I. K a n t , C r i t i q u e o/ Puré Peason, T r a n s l a t e d by N o r m a n K e m p S m i t h ( H o n g K o n g : T h e M a c M i l l a n Press, LTD, 1 9 8 2 ) , p . 5 9 .

persona', el juicio construido es claramente analítico, puesto que el contenido del predicado "ser una persona" ya pertenece o está incluido dentro del contenido del sujeto: sólo una persona puede ser soltero (casado, tailandés, etc.). Decir eso, por lo tanto, no nos avanza en nada en nuestro conocimiento de la realidad. La gran ventaja de los juicios analíticos es que sabemos que son verdaderos independientemente de la experiencia, de los experimentos o las investigaciones que se hagan: una vez que conocemos los significados de las palabras empleadas sabemos eo ipso que los juicios en cuestión son verdaderos. Esto es importante, porque es otro modo de decir que los juicios analíticos son a priori. Un juicio es a priori si su verdad no es algo que dependa de la experiencia. U n a proposición analítica transmite un conocimiento a priorí y esto lo convierte en una proposición necesaria. En efecto, nosotros sabemos de antemano que no hay experiencia posible que lo refute. Luego no podría ser falso y si no puede ser falso es porque es necesariamente verdadero. Siguiendo con el ejemplo, podemos afirmar que no hay ningún m u n d o posible en el que un soltero no sea una persona. Esto, empero, no es un descubrimiento empírico sino semántico y esto a su vez pone de manifiesto la gran desventaja de los juicios analíticos: son verdaderos en todo m u n d o posible precisamente porque son vacuos desde el punto de vista de la información, del conocimiento real. De ahí que para Kant el criterio para decidir si una proposición es analítica o no sea simplemente el principio de no contradicción: una proposición es analítica si el mero examen de la proposición revela que es verdadera. Lo que la negación de una proposición analítica da como resultado es una contradicción. Por contraposición a los juicios analíticos, los juicios sintéticos son aquellos en los que el predicado añade algo a lo contenido en el sujeto. Kant llama a esos juicios 'sintéticos' porque en ellos se realiza una "síntesis", una especie de fusión o de suma conceptual, que es lo que nos permite avanzar en el conocimiento. La síntesis, en el sentido kantiano, es algo que no puede adivinarse. Por ejemplo, al afirmar que la mesa es cuadrada fusionamos, por así decirlo, dos conceptos: el de mesa y el de ser cuadrada. Pero la mesa habría podido ser redonda o rectangular. Cómo sea la mesa es algo que sólo la experiencia permite determinar. Otro modo de decir lo mismo es afirmar que los juicios sintéticos, a diferencia de lo que acontece con los juicios analíticos, pueden ser tanto verdaderos como falsos. No contienen o incorporan ningún elemento de necesidad y, por c o n siguiente, no hay un mecanismo formal que permita determinar a priori su valor de verdad. Los juicios sintéticos son, pues, contingentes y a posteriori. Lo que esto significa es simplemente que sin el recurso a la verificación o comprobación empírica, no se puede establecer el valor de verdad del j u i -

cio de que se trata. "Los juicios de experiencia, en cuanto tales, son sintéticos". Obviamente, los juicios analíticos no son "juicios de experiencia". C o n lo que hemos dicho un empirista podría estar totalmente de acuerdo, sólo que Kant va a defender una tesis que lo separa tajantemente del empirismo. Para él, no todos los juicios a priori son analíticos: hay también juicios sintéticos a priori. O sea, hay proposiciones que transmiten un conocimiento a priori (esto es, independiente de la experiencia pero que no obstante de alguna manera tiene que ver con el mundo), es decir, no son vacuas sino que dicen algo "sustancial", con contenido, y ello sin ser casualmente verdaderas. Lo que esto significa es que, según Kant, algo se puede conocer de manera tal que la duda y el escepticismo asociados con el empirismo quedan bloqueados. Este conocimiento primordial, empero, no es acerca de la realidad conocida, del m u n d o , sino única y exclusivamente de nuestro m o d o de pensarla, de conocerla, de nuestra estructura conceptual. Lo que con carácter apodíctico conocemos es la estructura y el funcionamiento de nuestra propia mente. El conocimiento a priori tiene dos rasgos definitorios: las proposiciones que lo expresan son universalmente válidas y necesarias. "Necesidad y estricta universalidad son pues marcas seguras de un conocimiento a priori, y están inseparablemente unidas". Sabemos ya que los trivialidades, las tautologías, las definiciones, las identidades, son "universalmente válidas" y "necesarias". Ya es tiempo entonces de que nos preguntemos qué juicios, desde la perspectiva de Kant, son simultáneamente necesarios y al mismo tiempo no triviales, es decir, informativos. La respuesta kantiana puede estar expuesta a objeciones decisivas, pero tiene el mérito de ser clara. El conocimiento humano se funda en las proposiciones de las matemáticas, de la geometría y en algunos principios m u y abstractos de la ciencia (concretamente, de la física newtoniana). Considérese, por ejemplo, el juicio '2 + 2 = 4'. Es evidente que es verdadero. Es también necesariamente verdadero, puesto que su negación es una contradicción (presupondría, por ejemplo, que 1 * 1 ) . Pero es también válido universalmente: no hay circunstancia pensable o m u n d o posible en el que resultara falso. C u m p l e , por lo tanto, con las condiciones que Kant impone para la aprioricidad. El conocimiento expresado a través de '2 + 2 = 4' es conocimiento a priori en sentido estricto: una vez conocidos los significados de los signos usados, "vemos" que tiene que ser así. No necesitamos corroborar en cada ocasión si es cierto que 2 sillas más 2 sillas son 4 sillas, 2 perros más 2 perros son 4
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4

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¡bid., B 1 1 . ¡bid, B 4 .

perros, y así sucesivamente. En este sentido, el conocimiento transmitido es por completo independiente de la experiencia. Por otra parte, el conocimiento en cuestión es sintético, puesto que nada en el concepto de '2 + 2' nos permite extraer el concepto de 4. Los juicios de la aritmética, por lo tanto, son, según Kant, sintéticos a pión. Es incuestionable que las tesis kantianas constituyeron la mejor filosofía de su época, la más avanzada. Empero, se trataba de una filosofía en muchos aspectos dependiente de la novedosa física de N e w t o n . Su concepción de la geometría pone esto último de relieve. Esta vinculación con la ciencia de su época, por consiguiente, sirvió tanto para darle auge a la filosofía kantiana como para sentar las bases de su declive. En efecto, puede sostenerse con un alto grado de plausibilidad que tanto el desarrollo de las matemáticas, y en particular de las geometrías no euclidianas, como la física relativista, dieron al traste con la filosofía kantiana de la naturaleza. Ello es debatible, pero lo que en todo caso no parece debatible es que en la raíz de su fracaso se encuentra una arquitectura proporcional estática, clasificaciones de proposiciones (para emplear una expresión de Wittgenstein) "fosilizadas", que difícilmente podrían haber servido para dar cuenta de manera satisfactoria de los usos de las expresiones en el lenguaje vivo, natural o científico. Antes de intentar hacer ver que otro enfoque, más efectivo o exitoso, es posible, haremos una veloz revisión de algunas de las ideas relevantes para nuestro tema de un pensador sumamente original: Saúl K r i p k e .

Kripke Parte del interés que revisten los puntos de vista de K r i p k e es que, aparte de ser sumamente originales, combinan la teoría de los nombres con la teoría del conocimiento y la metafísica. C o m o en muchos otros casos i m portantes, el trasfondo de la posición labrada por K r i p k e es de orden técnico. En este caso, el marco de las doctrinas filosóficas propuestas lo constituye su trabajo en lógica modal. K r i p k e empieza por hacer ciertas estipulaciones. En relación con la noción de analiticidad, él se limita a anunciar que un enunciado será considerado como analítico si es verdadero en virtud del significado asignado a los signos. O sea, un enunciado es analítico si, una vez que comprendemos los significados de las diversas palabras empleadas, comprendemos eo ipso que el enunciado en cuestión es verdadero y que, mientras no se alteren dichos significados, el enunciado en cuestión no podrá ser falso. Si los enunciados analíticos lo son en última instancia en v i r t u d de su forma lógica o por alguna otra razón es algo que él no discute. Por ejemplo, tanto

'todo soltero es no casado' como 'todo animal peligroso es peligroso' son enunciados analíticos. C o m o dice K r i p k e , "un enunciado analítico es de algún modo verdadero en virtud de su significado y es verdadero en todos los mundos posibles en v i r t u d de su significado". Si no cuestionamos, como lo haría por ejemplo Q u i n e , la legitimidad de nociones como las de significado e identidad de significado, la caracterización kripkeana es perfectamente aceptable. En segundo lugar, tenemos la noción de a priori. C o m o vimos, en Kant ésta tiene diversas acepciones. K r i p k e va a delimitar con mucha mayor precisión su área de aplicación. A pñoñ\ para K r i p k e , tendrá un uso estrictamente epistemológico: se tiene un conocimiento a priori si eso que se conoce se p u e d e conocer independientemente de la experiencia. En otras palabras, K r i p k e deja de lado los rasgos kantianos de lo a priori, a saber, la estricta universalidad y la necesidad. La noción de necesidad, en tercer lugar, es una noción de orden estrictamente metafísico. Sobre esta última regresaremos. Por el momento, empero, deseo señalar que ya aquí presenta K r i p k e una tesis filosófica nueva. C o m o es bien sabido, quienes quizá hayan sido los últimos descendientes filosóficos de empiristas como H u m e , viz., los positivistas lógicos, gustaban de sostener que las nociones d e ' analiticidad, necesidad y aprioricidad se implicaban unas a otras. En su esfuerzo por rechazar la metafísica in toto, los empiristas lógicos sostenían que si algo era necesario ello únicamente podía serlo una construcción lingüística, un enunciado, y que si un enunciado era necesario era simplemente porque era analítico. Por otra parte, sólo los enunciados necesarios, esto es, los analíticos, podían ser conocidos a priori. No hay, desde la perspectiva neo-empirista, ningún conocimiento acerca del m u n d o que sea, en algún sentido interesante o filosóficamente importante, independiente de la experiencia.
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K r i p k e tiene ya entonces los elementos para poner en crisis la posición empirista. "Los términos 'necesario' y a priori (...), en tanto que se les aplica a enunciados, no son sinónimos obvios". Su argumentación es nítida: frente a lo que era una serie de tesis generales ("todo lo a priori es analítico", "todo lo necesario es a priori" y "todo lo necesario es analítico"), K r i p k e no solamente exige un argumento que conecte a las nociones metafísica de necesidad, semántica de analiticidad y epistemológica de aprioricidad, sino
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S.

Kripke,

" N a m i n g and

Necessity",

en Semantícs of Natural Language,

edited

by

D.

D a v i d s o n a n d G . H a r m a n ( D o r d r e c h t , H o l l a n d / B o s t o n , USA: R e i d e l P u b l i s h i n g C o m p a n y , 1 9 7 2 ) , p . 2 6 4 . H a y t r a d u c c i ó n a l español d e M . Valdés ( M é x i c o : I n s t i t u t o d e I n v e s t i g a c i o n e s F i l o s ó f i c a s , UNAM).
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í!nd.,p. 263.

que va más allá y ofrece contra-ejemplos a dichas tesis. Lo que él va a proponer es precisamente que hay enunciados contingentes a priori y necesarios aposterion. Antes de ilustrar esto mediante algunos ejemplos, sin embargo, será imprescindible introducir algunos términos con los que K r i p k e enriqueció la literatura filosófica. K r i p k e distingue, al igual que M i l i y (en cierto sentido) que Russell, si bien p o r razones propias, entre un nombre propio y una descripción. U n a descripción sirve para extraer de un conglomerado de objetos al referente del nombre o, como él dice, sirve para "fijar la referencia". Por ejemplo, mediante 'el vencedor de Marengo' no damos el significado del nombre 'Napoleón', sino que extraemos su referente. A u n q u e podemos estar c o m pletamente equivocados respecto a la referencia del nombre, el significado debemos conocerlo, sea éste el que sea, puesto que usamos el nombre en oraciones significativas. Ahora bien, es obvio que de ninguna manera era necesario que Napoleón fuera el vencedor en la batalla de Marengo. O sea, podemos construir una situación contrafáctica en la que Napoleón hubiera sido el vencido y no el vencedor. Esto puede expresarse como sigue: hay un m u n d o posible en el que 'Napoleón es el vencedor de Marengo' es falso. Lo que a su vez esto significa es que el enunciado mencionado no es necesario o, c o n mayor precisión, no es necesariamente verdadero. A h o r a bien, lo que se dijo de 'el vencedor de Marengo' de hecho vale para todas y cada una de las descripciones verdaderas de, en este caso, Napoleón. Napoleón pudo no haber sido o no haber hecho nada de lo que se sabe que fue e hizo. Por lo menos no hay ninguna contradicción en decir tal cosa. H a y algo, sin embargo, que no podría haber sucedido y es que Napoleón no hubiera sido Napoleón. No hay ningún m u n d o posible en el que Napoleón no fuera Napoleón o, alternativamente, en todo m u n do posible 'Napoleón' denota a Napoleón. A los términos que denotan al m i s m o objeto en todo m u n d o posible en el que existen K r i p k e los llama 'designadores rígidos'. Los nombres propios son designadorers rígidos, en contraposición a las descripciones. Aquí tenemos una sorprendente prop i e d a d de Napoleón, puesta de manifiesto p o r el designador rígido 'Napoleón'. C u a n d o decimos cosas como 'Napoleón es Bonaparte' expresamos un pensamiento sobre el objeto mismo, independientemente de sus propiedades. Se trata de una verdad esencial, de una verdad que conocemos a priori. Por otra parte, que hay proposiciones necesarias que no son conocidas a piioñ es, piensa KriDke, fácil de demostrar. Considérese, por ejemplo, la conjetura de Goldbach, según la cual todo número par es la suma de dos primos. No se ha p o d i d o hasta ahora ofrecer una prueba de dicha proposición, pero una cosa es clara: si es verdadera es necesariamente verdadera y lo m i s m o si es falsa. Pero nosotros sólo podríamos saberlo si

dispusiéramos de una prueba. C o m o no la tenemos, no podemos afirmar que "sabemos" que es verdadera o falsa y, a jortiori, que sabemos a priori que es verdadera (o falsa). Si esto es acertado, entonces los empiristas estaban equivocados al pensar que todo lo necesario es a priori. La noción kripkeana de designador rígido es un poco más amplia que la de nombre propio, puesto que incluye a las constantes no lógicas. Esto puede parecer trivial, pero tiene su importancia. Podemos, desde luego, estipular que una constante como 'S' es un nombre propio, pero ello es una decisión, una convención. Al permitirse i n c l u i r dentro de la categoría de nombre propio a las constantes no lógicas, Kripke puede construir ejemplos que le permiten concluir que hay verdades contingentes a priori (y necesarias a posteriori). Un ejemplo famoso es el del metro estándar. C o n sideremos la expresión '5 mide un metro de largo' (siendo S el "nombre", esto es, el designador rígido, de la barra que de hecho está en París). De acuerdo con K r i p k e , la oración en cuestión no es una definición, esto es, por medio de ella no se intenta dar cuenta del significado de 'un metro': de lo que se trata es más bien de fijar su referencia. Pero si, como querían los empiristas, es con estipulaciones semánticas que surge la necesidad de una oración, entonces puede ya inferirse que la expresión en cuestión no permite enunciar una verdad necesaria. Otra razón por la que el enunciado mencionado no podría ser calificado de 'necesario' es que la barra S de la cual se dice que mide un metro de largo podría alterarse con cambios de temperatura, el paso del tiempo, etc. Además, es evidente que en lugar de la barra S otra barra, digamos S', habría podido servir de paradigma. Por esas razones por lo menos, se puede sostener que 'S mide un metro de largo' no puede enunciar una verdad necesaria, una proposición verdadera bajo cualquier circunstancia, en todo m u n d o posible. Por otra parte, sin embargo, ' u n metro' denota algo, a saber, una cierta longitud que de modo contingente es idéntica a la longitud de la barra S. El nombre 'un metro' es un designador rígido, cuyo significado ya debemos conocer si es que vamos a comprender enunciados en los que es usado. De ahí que descripciones como 'la medida de S' sirvan no tanto para dar el significado de 'un metro' c o m o para, una vez más, fijar su referencia, que es una cierta medida. Dado que antes de que se introdujera la noción de un metro no existía la institución de medir lomando como patrón a esa medida, la introducción de la expresión 'un metro' para dar la longitud de la barra 5 tuvo que haber dado lugar a un conocimiento a priori (se supone que 'S mide un metro de largo' es verdadero), puesto que no había ni podía haber ninguna experiencia previa a la conformación de la institución del metro que validara nuestras afirmaciones. La proposición a que da lugar la oración 'la barra S mide un metro de largo' es, pues, una verdad contingente y a priori.

De este modo, K r i p k e pone en crisis venerables tradiciones referentes al significado y al conocimiento. Por otra parte, Kripke argumenta que hay verdades necesarias conocidas a posteriori. Por ejemplo, una computadora puede hacer ciertos cálculos que, por largos y enredosos, nosotros los humanos no podríamos efectuar. Supongamos que aceptamos un resultado así. ¿Sobre qué bases lo hacemos? Lo aceptamos p o r q u e creemos que la máquina está b i e n construida, porque funciona debidamente (o sea, da los resultados "correctos")- En otras palabras, aceptamos un resultado matemático, al que ciertamente consideramos como necesariamente verdadero, pero por consideraciones derivadas de la experiencia, esto es, a posteriori. Así, es razonable pensar que Kripke refuta las tesis empiristas según las cuales lo a priori y lo necesario son coextensivos y todo lo necesario (y por consiguiente todo lo a priori) es analítico. K r i p k e pone sus resultados al servicio de un nuevo esencialismo. Él piensa que los objetos tienen propiedades esenciales. Éstas están asociadas con los designadores rígidos y con los enunciados a que éstos dan lugar. Sobre la base de lo dicho anteriormente, es claro que 'Héspero es Fósforo' es un enunciado necesario, puesto que 'Héspero' y 'Fósforo' son designadores rígidos y designan al mismo individuo en todos los mundos posibles, i n dependientemente de que sea conocido a posteriori, esto es, sobre la base de evidencias astronómicas. Independientemente de las descripciones que se usen para atrapar la referencia de los nombres e, inclusive, de que resultaran posteriormente ser todas ellas falsas, de todos modos nos habríamos estado refiriendo a un objeto. Aquí K r i p k e hace intervenir su m u y discutible (por no decir endeble) teoría causal de los nombres. Su posición general se complica, asimismo, por el hecho de que él reconocerá que hay descripciones especiales, esto es, descripciones que tienen una "referencia rígida" (algunas descripciones de la ciencia). Si el todo de la doctrina kripkeana es coherente o no es algo que no es nuestro propósito examinar en este trabajo. Debemos ahora más bien intentar extraer de los escritos de Wittgenstein lo que sería el punto de vista de este último en torno al intrincado tema que aquí nos ha ocupado.

si ello no se hace con mucho cuidado se corre el riesgo de tergiversar su pensamiento y, segundo, cuando se logra hacerlo uno se percata de que el intento fue inútil o fallido, porque las antiguas categorías resultan prácticamente inservibles para el nuevo m o d o de pensar desarrollado p o r Wittgenstein. Naturalmente, la clave para entender su pensamiento es la utilización de su terminología. Las nociones wittgensteinianas fundamentales en este contexto son las nociones de gramática y de proposición gramatical. Wittgenstein las emplea m u y a menudo, si bien nunca ofrece una definición de ellas. La razón de esto último es, empero, obvia: una definición (de las que en la tradición se conocían como 'definiciones nominales', en contraposición a las así l l a madas 'definiciones reales') no pasa de ser una abreviación simbólica, un expediente para facilitar la expresión. Tiene, además, un cierto carácter restrictivo, puesto que excluye cosas que, por otras razones, podríamos hacer pertenecer a su extensión. Por ejemplo, si ya definimos 'araña' como 'invertebrado de 8 patas' y nos topamos posteriormente con un animal que tiene todas las características de las arañas salvo que tiene 6 patas, ya no podremos decir de dicho animal que es una araña y esto puede ser perjudicial para el desarrollo conceptual y la investigación zoológica. Ésta es la clase de delimitación, f u n d a d a en estipulaciones lingüísticas, que Wittgenstein intentar evitar y en la que se cae cuando se es víctima de la obsesión por las definiciones. En la medida en que de lo que nos ocupamos es del lenguaje natural, del lenguaje en uso y no de un mero cálculo formal, caracterizaciones que excluyan ciertas aplicaciones de palabras no podrán ser aceptables. Y, por otra parte, es obvio que el rechazo de ver en las definiciones el método lógicamente correcto de proceder no quiere ni m u c h o menos decir que el caos impere en nuestra investigación. Intentemos, pues, caracterizar, que no definir, la gramática wittgensteiniana. Para empezar, habría que decir que ésta no tiene nada que ver con la gramática escolar o usual. Esta última consiste en una serie de estipulaciones, categorías, reglas de formación, etc., básicamente de carácter sintáctico. Por ejemplo, desde el punto de vista de la gramática convencional expresiones como 'la vida blanquiazul cabalga en la estratosfera' es perfectamente correcta y no se podría, tomándola como plataforma, objetar nada: es una expresión bien formada y se ajusta a sus reglas. Es, por ejemplo, una oración de la forma sujeto-predicado, tiene un sujeto, un verbo, un complemento, etc. No es como, digamos, 'que y fue mañana adverbio la'. Esto último no tiene absolutamente ningún sentido. Hay, pues, absurdos de dos clases distintas y lo que estoy afirmando es que la gramática usual es por completo impotente para descalificar a los del primer grupo, si bien es relevante para los del segundo. Es en cambio para detec-

investigaciones Filosó/icas Parte de la dificultad para exponer lo que Wittgenstein tiene que decir sobre el tema de esta sección es que él prácticamente no se sirve de las categorías tradicionales, ni aspira a construir un punto de vista articulado por medio de ellas. Eso no quiere decir, desde luego, que no se pueda intentar expresar sus resultados en la jerga filosófica usual pero, primero,

tar los absurdos del primer grupo, esto es, los sinsentidos que son formalmente respetables, que es útil la investigación gramatical de Wittgenstein. Es ella lo que permite determinar, mediante un examen de usos, si una cierta expresión es en el fondo inteligible o no y, por consiguiente, es ella la suprema corte a la que hay que apelar para decidir si, pace sus apariencias de respetabilidad, una oración dada es absurda o no y si, por lo tanto, amerita que se le descarte o proscriba. La gramática de la que Wittgenstein habla es más que de carácter sintáctico de carácter semántico, es decir, versa sobre el significado de los signos. Debería tenerse presente, sin embargo, que el significado de las palabras es una función de su uso y éste, desafortunadamente, no está presente ante nosotros de manera permanente. En palabras de Wittgenstein, de las reglas de aplicación o de uso de nuestras palabras no tenemos una representación perspicua. Esto nos obliga, cuando estamos frente a un enigma filosófico, a indagar los usos de las palabras. Es por eso que Wittgenstein usa la expresión 'gramática en p r o f u n d i d a d ' (Tiefengrammatík). Otro m o d o de distinguir entre la gramática usual y la gramática wittgensteiniana es decir que desde el punto de vista de la primera ciertamente podemos hablar de "el lenguaje", puesto que parte de su función es justamente la de uniformizar o reglamentar a las palabras, en tanto que desde la perspectiva de la gramática wittgensteiniana sólo podemos hablar en términos de juegos de lenguaje, de aplicaciones de palabras, de su utilidad en situaciones concretas. A h o r a bien, desde este punto de vista sencillamente no hay tal cosa como "el lenguaje". Los juegos de lenguaje, ya lo vimos, se caracterizan por las prácticas con las que estén asociados. Aquí hay una relación que va en las dos direcciones: las palabras permiten que una nueva práctica cobre vida o se institucionalice y una nueva actividad fuerza a que se acuñen nuevas palabras o nuevos usos de palabras. A l g o que puede decididamente afirmarse es que los juegos de lenguaje no son arbitrarios, no los crea una persona por un diktat o un úkase, sino que responden a una práctica socializada, que ayudan a perfeccionar. Por lo tanto, están en algún sentido regulados. Es este sistema de reglas, que más que el esqueleto sería como la musculatura del lenguaje, la gramática wittgensteiniana. La gramática es, pues, el sistema de reglas de uso, de significación de los términos en los múltiples juegos de lenguaje que constituyen eso que, para otros efectos, llamamos 'lenguaje'. Quizá sea conveniente, antes de seguir adelante, dar un ejemplo de proposición gramatical, en el sentido wittgensteiniano de la expresión. Tomemos por caso la experiencia inmediata, los datos de la conciencia, los datos de los sentidos, las sensaciones. Sabemos que todo niño normal aprende a dar expresión verbal a sus deseos, temores, dolores y demás. Supon-

gamos que lo que el niño está aprendiendo a emplear (no meramente a conjugar: esa sería una tarea de gramática escolar o superficial) es el concepto de dolor en conexión con verbos como 'sentir', 'tener', etc. El niño aprenderá que se puede decir de dos personas que tienen el mismo dolor, mas no que sienten el mismo dolor; o, por ejemplo, aprenderá que 'cada quien tiene su propio dolor'. A h o r a bien, es en función de esta regla básica que posteriormente él sabrá auto-adscribirse y adscribir a otros, iníer alia, dolores. Pero la oración 'cada quien tiene su propio dolor' no expresa un descubrimiento empírico, una generalización, tampoco el resultado de una inducción, sino que es más bien una regla que fija lo que tiene sentido decir y lo que no tiene sentido decir en relación con el dolor. Por razones evidentes de suyo, la gramática superficial no tiene nada que objetar a expresiones como 'yo siento tu dolor' o 'él siente mi dolor'. Es la gramática en profundidad la que hace ver por qué construcciones así no podrían ser permitidas. U n a vez dicho esto, podemos pasar a enumerar algunos de los rasgos más importantes de dichas reglas. Por lo pronto, podemos inferir que el sistema de reglas gramaticales no es ni puede ser estático, puesto que los usos cambian. Nótese, además, que la formulación lingüística de dichas reglas tendrá que ajustarse a lo dictaminado por las reglas de la gramática usual o superficial. Es claro que, así contemplado el asunto, ninguna regla de gramática (en el sentido que aquí nos incumbe) puede ser a priori: dichas reglas son formulables sólo si ya se conoce un lenguaje, si (en lenguaje filosófico) ya se aprehenden significados; además, los usos no están estipulados en ningún "lugar celeste", antes de toda experiencia posible. En el sentido epistemológico de la expresión, las proposiciones de la gramática no son, pues, a priori. Y, sin embargo, hay un sentido en el que las reglas de la gramática sí son a priori. El sentido es el siguiente: si una regla de gramática fija el modo de aplicación de un determinado concepto (el de dolor, e.g.), entonces nosotros sabemos a priori que así es. En este punto, lo dicho por Kripke parece coincidir con lo afirmado por Wittgenstein. Yo sé a priori, por ejemplo, que nadie puede tener mis dolores: no tuve que ir verificando en cada caso si alguien se había llevado mi dolor, si lo había confundido con el suyo, etc. U n a diferencia decisiva c o n K r i p k e , sin embargo, es que para W i t t g e n s t e i n f i n a l m e n t e lo ú n i c o que está i n v o l u c r a d o aquí es la interiorización de ciertas convenciones, el aprendizaje de una técnica lingüística particular y no el conocimiento de ninguna "propiedad esencial" de algo. De la misma manera, puede sostenerse que hay un sentido en el que reglas como "cada quien tiene su dolor" o "no hay un verde rojizo" son, para los usuarios normales del lenguaje, necesarias. Ello es así sencilla-

mente porque no sabríamos qué decir que las tornara falsas. Consideradas de manera superficial, parecería que se trata de proposiciones que, aún reconociendo que son verdaderas, podrían también ser falsas. O sea, su negación no es una contradicción formal. En este sentido, por lo tanto, no son necesarias. Empero, es evidente que, en otro sentido, la negación de una proposición gramatical como las mencionadas da lugar a sinsentidos patentes. No hay, podría decirse, ningún m u n d o posible en el que los dolores fueran compartidos o en el que hubiera un objeto que fuera verde y rojo a la vez. Decir que sí lo hay es decir, aquí y ahora, algo totalmente ininteligible. En relación con esto, es importante observar que no es en virtud de alguna propiedad especial que el enunciado es necesario. Lo que frente a nosotros tenemos es una oración más de las infinitamente muchas que podemos construir con las palabras de nuestro lenguaje. Es, pues, lo que con dicha oración (i.e., c o n dicho instrumento lingüístico) se puede hacer lo que convierte a su aplicación en la emisión de un enunciado necesario. Dicho de otro modo, lo que hace al enunciado en cuestión "necesar i o " y a priori no son consideraciones formales, sino su ubicación en el juego de lenguaje y el papel que dentro de él desempeñan. Y, por otra parte, cuando hay algo que es ineludible, necesario, esencial, c o n lo que nos las habernos es con una regla gramatical, c o n un "instrumento del lenguaje". "Lo que parece como si tuviera que existir es parte del lenguaje. Es un paradigma en nuestro juego de lenguaje; algo c o n lo que se hacen comparaciones. Y esto puede ser una observación importante, pero es de todos modos una observación concerniente a nuestro juego de lenguaje —a nuestro método de representación".* Es así como se explica y se elimina la necesidad metafísica. Por último, aunque es cierto que, a primera vista por lo menos, las proposiciones gramaticales no son analíticas, pues difícilmente podría rehusarse uno a admitir que por medio de ellas se dice algo, que se transmite información de alguna clase cuando se les enuncia, también es cierto que son casi triviales, que lo que enseñan es m u y poco. En verdad, no le enseñamos nada acerca del m u n d o a un usuario normal del lenguaje si le recordamos que cada quien tiene sus dolores. En este sentido, es decir, desde el punto de vista de la información que contienen y permiten transmitir, las proposiciones gramaticales son realmente como tautologías, como enunciados analíticos, por más que formalmente no lo sean ni podrían ser así clasificadas. Si le prometemos a un usuario normal del lenguaje una

verdad profunda y lo que le damos es una proposición gramatical, lo más probable es (en el mejor de los casos) que lo decepcionemos. O sea, generaríamos en él la misma reacción que si le recitáramos una tautología o un enunciado analítico. Así vistas, las reglas de la gramática no son efectivamente más que recordatorios de lo que todo usuario normal del lenguaje ya sabe. Si ahora intentamos resumir lo que se ha dicho, nos encontramos con una sorpresa. En efecto, las proposiciones de la gramática en profundidad resultan ser a priori, necesarias y sintéticas en un sentido y a posteriori, contigentes y analíticas en otro. U n a moraleja importante de esto es que, en una visión dinámica del lenguaje, las caracterizaciones formales no sirven; se tiene que recurrir a otras, so pena de exponerse permanentemente a toda clase de contra-ejemplos y contra-argumentos. Lo que esta discusión muestra es, pues, que lo que es de primera importancia para la clasificación de las proposiciones es el papel que éstas desempeñan en los juegos de lenguaje. Y esto, por modesto que parezca como resultado, representa un avance de primera importancia frente a los rezagos en los se mantiene la filosofía tradicional.

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L. W i t t g e n s t e i n , Philosopfiical Invesligaüons, sec. 50.