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NOMBRES Y EXISTENCIA DR.

AlEjANDRO TOMASINI BASSOlS
TOMASINI Bassols, Alejandro, Enigmas Filosóficos y Filosofía Wittgensteiniana, México, Edere, 2002, pp. 62 A 79.
(Le invitamos a visitar la página del profesor Alejandro Tomasini Bassols en: http://www.filosoficas.unam.mx/~tomasini/home.html

Los folletos "Scholaris - Filosofía Lecturas" son un intento por acercar pequeños textos de difícil acceso, que puedan ser útiles a estudiantes de Filosofía y autodidactas de la Web. Este material es educativo y sin fines de lucro. Algunos folletos no tienen su ficha bibliográfica por tratarse de hojas rescatadas del traspapeleo casero. En esos especiales casos, la portada avisará la falta y se recomendará tomarlo como un folleto informal del tema. Muchas gracias por acercarse a la Filosofía. Si un detalle logra ser útil para la lectura sincera y razonada de alguna tarea escolar o ensayo, entonces el esfuerzo de digitalización habrá cumplido su meta. Visita mi estante virtual en: http://es.scribd.com/tucidides2000 Saludos. Joel Tucídides Madrigal Bailón. "IN CALLI IXCAHUICOPA"

CONSEJO EDITORIAL |osé Ángel Quintanilla D'Acosta Mónica Lobatón Díaz Alejandro Abarca Reyna

editor: José Ángel Quintanilla D'Acosta

Agradecimientos

PRIMERA EDICIÓN, 2002
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En la producción de este libro convergen diversos factores que me parecería injusto o desleal no mencionar. En primer lugar, deseo señalar que mi investigación en torno a diversos aspectos de la filosofía de Wittgenstein se vio beneficiada por el trabajo de exégesis, de reconstrucción y de discusión realizado en cursos y seminarios que durante varios años impartí en la Facultad de Filosofía y Letras de la U N A M . La interacción con mis alumnos me resultó, pues, sumamente estimulante. En segundo lugar, debo decir que constituyó una gran ayuda (y un honor) la Cátedra de Excelencia de Nivel III que me fue conferida por el C O N A C Y T para la redacción del texto. Por último, está el apoyo -alegre y decidido en los buenos momentos, firme y solidario en los malos- que recibí de Nydia Lara Zavala. Es la única persona que revisó conmigo todo el texto y de quien nunca recibí más que comentarios pertinentes y útiles. Del contenido último, naturalmente, soy yo el único responsable.

ISBN 968 7903 38 4
Formación: Héctor L. Olvera Montoya Cubierta: Édere

Impreso y encuadernado en M é x i c o - Printed and bound in M é x i c o

conocimiento y la filosofía de la mente, pues una vez encontrados sus c o m ponentes podemos pasar a investigar a qué aluden, cómo conocemos eso a que aluden y qué pasa en nuestras mentes en esos casos. En este apartado reconstruiremos lo que en dos influyentes teorías semánticas se sostiene respecto a los nombres y la existencia. N O M B R E S Y EXISTENCIA

Mili No fue sino hasta la segunda mitad del siglo XX que las doctrinas de J o h n Stuart M i l i acerca de los nombres recibieron la atención que merecían, ya que de hecho pasaron desapercibidas cuando fueron puestas en circulación. A u n q u e , como veremos, son altamente originales, de todos modos conforman un sistema filosófico que, como cualquier otro, no está exento de tensiones. Por ejemplo, en tanto que heredero y continuador del empirismo, M i l i admite que el lenguaje es ante todo u n instrumento del pensar: " E l lenguaje es, evidentemente, (...) uno de los principales instrumentos o ayudas del pensamiento".' Empero, en tanto que lógico y filósofo de la ciencia reconoce que si nuestras consideraciones de lógica no versaran directamente sobre los signos y sus combinaciones, la lógica, e.g., sería de hecho imposible. La razón es obvia: la lógica sólo puede decirnos algo interesante acerca de la estructura de nuestro pensamiento y sus modos de operar vía el estudio de las palabras, las cuales reflejan lo que sucede en el ámbito más abstracto del pensar y sus productos. Así, el lenguaje recibe defacto u n status que se le niega de jure. Otro ejemplo de "tensión" en el sistema de M i l i es el siguiente: él sostiene que las palabras son nombres de cosas, no de ideas. Cuando hablamos, lo que nos importa son los hechos de los que hablamos, no nuestros pensamientos acerca de dichos hechos. Empero, cuando pasa a examinar la naturaleza de los fenómenos, M i l i termina identificándolos con estados de conciencia. De este modo, es defendible la tesis de que su teoría del conocimiento no es del todo consistente c o n su lógica filosófica. No obstante, su teoría del lenguaje puede ser examinada con independencia de otras partes del sistema y evaluada por sus méritos o deméritos propios. Y es justamente de ella de lo que a continuación nos ocuparemos. U n a proposición es para M i l i una unidad lógico-lingüística compuesta por dos nombres y una cópula. Salta a la vista que el término 'nombre' es usado aquí de manera especial, o sea, técnica. Tanto el sujeto como el
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Por razones más bien obvias, el estudio del lenguaje en tanto que estudio propedéutico inevitable muy rápidamente desemboca en el escrutinio de las partes de la proposición. Sin hundirnos por el momento en la discusión concerniente a qué clase de entidades son los auténticos portadores de verdad (oraciones, pensamientos, representaciones), asumiremos, en aras de la exposición, que aquello de lo que en primer lugar decimos que es verdadero o falso son eso que se denomina 'proposiciones', independientemente de cómo se les caracterice. Desde este punto de vista, cada vez que nosotros afirmamos o negamos algo, traducimos de un idioma a otro, aprehendemos lo que otros nos dicen, aquello que construimos y expresamos cuando hablamos, etc., lo que está en cuestión son proposiciones. A h o r a bien, las proposiciones no'pueden ser entidades simples, por la sencilla razón (expuesta con toda claridad en el Tractatus) de que conectadas con cada proposición hay siempre dos posibilidades: la de ser verdadera y la de ser falsa. Si se optara por ver en las proposiciones unidades simples, entonces podría sostenerse que un sujeto o una mente mantiene una relación cognitiva con un objeto lógico, aprehendido como una u n i d a d , pero, ¿qué sería, por ejemplo, entrar en un contacto cognitivo con una proposición falsa? Esta opción acarrea demasiados problemas, por lo que es más sugerente la idea de ver en las proposiciones entidades complejas o compuestas. Así, el que una proposición pueda ser verdadera o falsa dependería, en parte, de cómo estuvieran articulados sus componentes y es dicha c o m b i nación lo que sería importante en relación con la verdad y la falsedad. Por otra parte, la idea misma de combinación parece comprometernos con el pensamiento de que no se puede asumir que a su vez los componentes de una proposición sean analizables, las partes de las partes analizables, y así ad infinítum. Por lo tanto, no está fuera de lugar sostener que, independientemente de cómo se les caracterice, las proposiciones más simples de un lenguaje tienen que estar compuestas de partes que ya no son analizables. Y esto muestra, dicho sea en passant, que el análisis de las proposiciones prepara admirablemente bien el terreno para la metafísica, la teoría del
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J S . M i l i , A System o/ Logic (Toronto and Buffalo: University of Toronto Press/Routledge and Kegan Paul, 1973), Books [-111, p. 19.

predicado de una proposición están indicados por "nombres", en tanto que la cópula es "el signo que denota que hay una afirmación o una negación y que, de este modo, le permite al oyente o al lector distinguir a la proposición de cualquier otra clase de discurso". No estará de más señalar que en este punto puede rastrearse una interesante convergencia en el uso de 'nombre' entre la teoría de M i l i y el Tractatus, en una de sus interpretaciones.
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Teniendo en mente ante todo a los sujetos gramaticales, M i l i distingue entre nombres en sentido estricto y expresiones que son partes de n o m bres. Ilustremos esto. Podemos, en primer lugar, hablar de Napoleón y decir que Napoleón era corso. En este caso 'Napoleón' es un auténtico nombre. Pero podemos también afirmar que el vencedor de Eylau era corso. En este caso 'el vencedor de Eylau' es el sujeto gramatical y, considerado como una unidad, es el nombre de un objeto. Sin embargo, es obvio que hay una diferencia entre términos como 'Napoleón' y expresiones como 'el vencedor de Eylau'. La diferencia consiste en que el nombre complejo 'el vencedor de Eylau' se compone de partes (en este caso 'el', 'vencedor' y 'de') que por sí mismas no son nombres. Es el todo lo que es un "nombre". Esta diferencia, reconocida de manera casi puramente intuitiva por M i l i , es, como veremos, de primera importancia. Un nombre es siempre el n o m bre de algo y este algo puede ser, como ya se indicó, tanto una cosa como una propiedad. Ahora bien, a reserva de presentar más abajo lo que pasa por la explicación estándar generalmente aceptada, esto es, la Teoría de las Descripciones de Russell, nos ayudará a comprender esta distinción de M i l i , así como sus implicaciones, el que presentemos la clasificación general de los nombres que él propone. Dos son las distinciones primordiales de los nombres, a saber, la distinción " n o m b r e s i n g u l a r - n o m b r e general" y la dicotomía " n o m b r e connotativo-nombre no connotativo". El caso paradigmático de nombre singular es el de nombre propio el cual es, de acuerdo c o n M i l i , no connotativo. Lo que esto quiere decir es simplemente que no tiene ningún significado lingüístico y que su función no es otra que la de indicar que se quiere hablar de un objeto particular. No podríamos, por ejemplo, intentar buscar su significado en un diccionario. Un nombre propio es el n o m bre de un objeto, pero no dice absolutamente nada acerca de él. Su función es otra, viz., la de meramente indicar que se quiere hablar del objeto del

cual es nombre y nada más. Por su parle, los nombres generales, esto es, palabras como 'perro', 'naranja', etc., son nombres de una clase indeterminada de objetos, pero circunscriben dicha clase sólo gracias a alguna propiedad designada implícitamente por la palabra en cuestión. De esta manera, si decimos que 'el hombre es mortal', lo que queremos decir es que César, Napoleón. Alejandro, etc., es decir, todos y cada una de los seres racionales existentes (del pasado, del presente o del futuro) son mortales. La cualidad o propiedad implícita en el nombre es, en este caso, "animal racional". De esto se infiere ipso jacto que los nombres generales son connotativos, es decir, sí tienen algún significado genuino. Los términos de las así llamadas 'clases naturales' (león, mango, esmeralda, etc.) son, pues, connotativos. Otra distinción que M i l i traza es la distinción "nombres concretosnombres abstractos". " U n nombre concreto es un nombre que está en l u gar de una cosa; un nombre abstracto es un nombre que está en lugar de un atributo de una cosa".'' Aquí se presenta una ligera complicación en la teoría de M i l i . En general, se tiende a clasificar a los adjetivos como 'largo' y 'amarillo' como nombres abstractos, esto es, como nombres de propiedades. M i l i rechaza esta posición. Para él, si un término forma parte de una proposición y no es una cópula entonces es un nombre, puesto que (como vimos) las proposiciones se componen de nombres unidos por cópulas. Un nombre sirve para nombrar una cosa o una clase de cosas o bien para nombrar un atribulo, pero esto último es el caso sólo si se trata de un n o m b r e abstracto. Ahora bien, un adjetivo no es un nombre abstracto. De ahí que palabras como 'blanco' no puedan ser nombres de nada. El n o m bre abstracto correspondiente a 'blanco' es 'blancura'. Por lo tanto, para M i l i 'blanco' no puede ser otra cosa que el nombre de todos los objetos que tienen blancura. Es por ello que, según él, "todos los nombres de los cuales puede decirse que tienen alguna significación, todos los nombres por medio de cuya aplicación a un i n d i v i d u o damos cualquier información con respecto a ese i n d i v i d u o , (...) implican un atributo de alguna especie; pero ellos no son nombres del atributo; éste tiene su propio nombre abstracto". Junto con alguna otra tesis que consideraremos más abajo, se puede inferir que el universo milleano es muy parecido al de Frege, pues se compone de objetos o cosas, entidades abstractas y estados mentales.
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Podemos retomar ahora nuestra distinción entre dos clases de sujetos gramaticales, la de los nombres propios, como 'Stalin', y la de expresiones complejas, esto es, expresiones como 'el primer secretario del partido en

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Ibiá.p. 21.
Véase, por ejemplo, el espléndido articulo de BE McGuinness, "The So-called Realism of the Tractatus", en Perspectives on thc Phílosophy oj Wittgenste'm, edited by 1 Block (Oxford: Basil Blackwell, 1991), pp. 60-73.
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J.S. MUI, op. cií., p. 29. ífaid.. p. 30.

1931'. En ambos casos nos las habernos con nombres concretos y singulares, usando la palabra 'nombre' en el sentido técnico de M i l i , sólo que en el primer caso el nombre es no connotativo, en tanto que en el segundo el nombre es connotativo. El segundo nombre implica una propiedad, una cualidad por medio de la cual extraemos del m u n d o de los objetos a uno de ellos. Empleando terminología más reciente, podríamos decir que para M i l i las descripciones "fijan la referencia" de los nombres propios. Lo que no fijan, sin embargo, es su significado, puesto que los nombres propios carecen de él. M i l i resume con estas palabras su posición general: "siempre que los nombres dados a los objetos transmitan alguna información, esto es, siempre que tengan un significado propiamente hablando, el significado reside no en lo que denotan, sino en lo que connotan. Los únicos n o m bres de objetos que no connotan nada son los nombres propios; y éstos, estrictamente hablando, no tienen ninguna significación". Esto, como veremos, lleva directamente a un conflicto serio c o n las posiciones russelliano-fregeanas.
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Toda teoría acerca de la naturaleza y la composición de las proposiciones acarrea, de uno u otro modo, una teoría de la existencia. La de M i l i no es una excepción. Su teoría es una teoría típicamente empirista. Para él, hablar de la existencia de objetos es aludir a fenómenos, esto es, a objetos de los cuales se tiene experiencia, a cosas nombradas. Esto introduce un elemento mentalista o idealista en la teoría milleana de la lógica. " L a existencia, en lo que a la lógica atañe, tiene referencia sólo a los fenómenos; a los estados actuales o posibles de la conciencia, externa o interna, en nosotros mismos o en otros. Sentimientos de seres sensibles, o posibilidades de tener tales sentimientos, son las únicas cosas cuya existencia puede ser un objeto de inducción lógica, porque son las únicas cosas de cuya existencia en casos individuales pueden ser objetos de experiencia". El que de m o d o tan estrecho queden vinculadas la lógica, la noción de existencia y las percepciones sensibles hace que la teoría de la existencia propuesta por M i l i se torne en verdad m u y sospechosa.
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que un objeto existe sólo pueda significar que dicho objeto es percibido (por mí o por algo relacionado conmigo por series de inducciones). " L a existencia de un fenómeno, por lo tanto, no es sino otra palabra para su ser percibido, o para la posibilidad inferida de percibirlo". La posibilidad de la que se habla está, c o m o dije, ligada a i n d u c c i o n e s posibles. Las inducciones en cuestión operan sobre experiencias, recurriendo a las relaciones de contigüidad o "coexistencia". "La simple existencia, por lo tanto, de un fenómeno i n d i v i d u a l , cuando no es percibido directamente, es inferida a partir de alguna ley inductiva de sucesión o coexistencia: por consiguiente, no está sujeta a ningún principio inductivo peculiar. Probamos la existencia de una cosa al probar que está conectada por sucesión o coexistencia con alguna cosa conocida".''Si el uso de la noción de coexistencia para explicar la noción de existencia vuelve incoherente o circular la explicación de M i l i o no es discutible. Lo único que por el momento podemos señalar es que, en franca oposición a la tradición iniciada por Aristóteles, la lógica se convierte en manos de Mili en una ciencia empírica, es ante todo lógica inductiva, no una ciencia deductiva puramente formal y, por consiguiente, independiente por completo de la experiencia. C o n esta doctrina como trasfondo, podemos pasar a examinar ahora otra posición altamente representativa, esto es, la defendida por Gottlob Frege y Bertrand Russell.
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Frege-Russell Quizá lo más apropiado sea empezar por indicar que las posiciones de Frege y de Russell con respecto a la naturaleza y estructura de las proposiciones, aunque muy parecidas, no son idénticas. En cambio, en donde ellos plenamente coinciden es en relación con el importante concepto de existencia. Pero antes de enfatizar la concordancia de ambos pensadores, presentaré sus respectivas tesis en torno a los nombres, en relación con los cuales el acuerdo es de hecho imposible. Independientemente de si los intereses del gran lógico alemán, Gottlob Frege, eran (como quieren a l g u n o s ) fundamentalmente matemáticos y lógicos y no filosóficos, lo cierto es que hallamos en sus escritos no sólo teorías m u y acabadas del lenguaje, sino m u l t i t u d de intuiciones y tesis que sólo pueden pertenecer a eso que se conoce c o m o 'filosofía del len10

Puesto que, dado el empirismo radical de M i l i (en el cual la noción de inducción se convierte en la columna vertebral), las inducciones relevantes tienen como base a las experiencias individuales de los sujetos, es relativamente claro por qué la noción de existencia tiene que quedar, en su sistema, vinculado de manera esencial a la de percepción sensorial o la de dato del sentido interno. No podrá, pues, extrañarnos que para él decir

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Ibid.. p. 34.
¡bid.. p. 604.

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Ibid., p. 605. loe. cit. Véase, e.g., el libro de G. Baker y P. Hacker, Frege. Lógica! Excavations (London: Routledge and Kegan Paul, 1984).

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guaje'. U n a cosa en todo caso es cierta: lo que le sirve a Frege de modelo para la elaboración de su "notación conceptual" y de guía para sus reflexiones en torno a la naturaleza del lenguaje es el s i m b o l i s m o exacto de las matemáticas. En particular, Frege ofrecerá una simbolización de las proposiciones del lenguaje natural tomando como paradigma a ciertas expresiones matemáticas (especialmente del análisis). Así, una oración del lenguaje natural será vista básicamente como una función completada por u n argumento. Es debatible si las nociones de función y argumento fueron a su vez extraídas de las de sujeto y predicado o no. En todo caso, ello no parece preocupar mayormente a Frege. Independientemente de ello, es claro que es la inspiración matemática lo que está en la raíz de la gran riqueza y sutileza de las doctrinas fregeanas. ' N o m b r e ' para Frege es un término técnico y puede significar dos cosas: lo que conocemos como sujeto de la oración y la oración misma. Un nombre es un signo, simple o complejo, que tiene tanto un sentido como una referencia. El sentido es el "modo de presentación" de la referencia, el m o d o c o m o el objeto es iluminado desde un punto de vista dado, el m o d o como es conocido por el usuario del nombre. Es, por consiguiente, una noción cognitiva y no meramente lingüística. La referencia de un nombre es siempre un objeto. Frege no distingue, como Russell formalmente y M i l i intuitivamente sí lo hacen, entre los nombres que aparecen como sujetos y que son simples ('Fidel') y los nombres que aparecen como sujetos, pero que son compuestos (descripciones como 'el amigo del pueblo'). Para él, tanto nombres como descripciones, si aparecen como sujetos de la oración, son nombres. Un objeto es una entidad para cuya identidad disponemos de criterios. Las nociones de objeto y nombre son c o m o dos caras de una misma moneda y son, por ello, interdefinibles. C o m o podremos apreciar posteriormente, a diferencia de lo sostenido por Russell, en la teoría de Frege el sentido y referencia son sistemáticamente inidentificables y, en oposición a la teoría de M i l i , para Frege también los nombres propios tienen un sentido. A Frege, por ejemplo, le habría parecido absurda la idea de que un signo que no tiene ningún significado pudiera formar parte de oraciones significativas. No obstante, la posición de Frege a este respecto no es, como veremos, del todo clara. Todo sujeto de una oración es un nombre, al que podemos calificar de 'simple'. En contraposición a los nombres simples están los "nombres c o m plejos", es decir, las oraciones. C o m o todo nombre, las oraciones también tienen tanto un sentido como una referencia. El sentido de una oración es lo que expresa, es decir, una proposición. A las proposiciones las llama Frege 'pensamientos'. Los pensamientos no son procesos o entidades mentales, sino entidades abstractas y perfectamente objetivas, de carácter lógi-

co, esto es, ni material ni mental. La referencia de una oración, es decir, lo que la oración denota es, en cambio, un valor de verdad. Dado que no hay más que dos valores de verdad, verdad y falsedad, se sigue que la referencia de las oraciones sólo puede ser Lo Verdadero o Lo Falso. Qué sean Lo Verdadero y Lo Falso es algo que Frege nunca explica. En verdad, puede sostenerse con plausibilidad que la oscura reificación de Lo Verdadero y Lo Falso, requisito ineludible de su teoría, irremisiblemente debilita la posición general de Frege. U n a oración comporta nombres, pero no únicamente. Esto es evidente: por medio de un nombre no se afirma ni se niega nada. Se requiere algo más, algo diferente. Lo que le hace falta a un nombre para dar lugar a una oración es algo como una función: un predicado. El predicado es un signo más, pero no es un nombre. También los predicados tienen tanto un sentido como una referencia. Aquí, empero, empiezan a aflorar las complicaciones y las oscuridades de la teoría fregeana. Por ejemplo, acerca del sentido de los predicados Frege no dice prácticamente nada, aunque quizá se pueda construir un punto de vista fregeano al respecto. La referencia de un predicado, en cambio, es no un objeto, puesto que en ese caso un predicado y un nombre serían lo mismo, sino un concepto Un concepto es una entidad de la misma clase que una proposición. Parte de la dificultad de esta teoría reside en que afirma algo que ella misma prohibe. En efecto, si nosotros hablamos de "la referencia de una función", por ejemplo para decir algo acerca de ella, estamos automáticamente c o n v i n i e n d o a la expresión que necesitamos en el sujeto de la oración y, por consiguiente, eo ipso transformamos a la pretendida referencia en un objeto, que es la referencia de un nombre y no de una función, que era lo que queríamos. Frege acepta heroicamente esta consecuencia de su doctrina. Según él, hay cosas que no se pueden decir en el lenguaje. Por lo pronto hay que señalar que'tenemos aquí el único antecedente que registra la historia de las ideas de la doctrina wittgensteiniana de los límites de la significatividad y de lo que sólo se muestra pero no puede ser puesto en palabras. Las nociones de argumento y función le permiten a Frege dar cuenta de manera prístina de la noción de existencia. La superioridad de la doctrina fregeano-russelliana de la existencia sobre la de M i l i se finca en que ellos manejan u n simbolismo lógico al que M i l i no tuvo acceso. Según Frege, la noción de función es la de una expresión "insaturada", es decir, la de una expresión incompleta, a la que algo le falta. Simbólicamente, es una expresión que contiene un hueco, un lugar vacío. Este lugar vacío aparece cuando de la oración eliminamos el nombre. Tenemos entonces expresiones como jx o / _ . A h o r a bien, este procedimiento que consiste en construir una expresión con un hueco puede repetirse sobre expresiones como

jx. Se tiene entonces que recurrir a la crucial noción lógica de cuantificación. Relevante para nuestros propósitos es la cuantificación existencial. Puede decirse entonces que tenemos un predicado para un predicado. En signos, lo que tenemos es una expresión como (3x)_x. Ahora bien, es precisamente c o n el cuantificador existencial que aparece en lógica la noción de existencia. Frege infiere que la existencia no es un predicado más, como cualquier otro. Para él, la existencia es un predicado de segundo orden. C o m o ya dije, Russell sostendrá exactamente lo mismo que Frege en relación con la existencia, sólo que en una terminología completamente diferente. Antes de presentar su versión de la importante tesis compartida por él y Frege será conveniente, sin embargo, hacer una sucinta presentación de su teoría de los nombres. La filosofía del lenguaje de Russell brota de la aplicación del simbolismo de la lógica cuantificacional al lenguaje natural. La teoría de la cuantificación permite la formalización del lenguaje usando tan sólo unas cuantas nociones. La cuantificación de las expresiones representa — l a expresión misma lo d i c e — una clasificación básica desde el punto de vista de la cantidad. Las nociones más elementales de cantidad son todo 0, ningún <|), algún 0 y el (f>, cuando de lo que queremos hablar es de uno y sólo un objeto que es (j>. El lenguaje de la teoría de la cuantificación se compone, fundamentalmente, de los cuantificadores universal y existencial, las conectivas lógicas, variables y signos para indicar predicados o relaciones entre los objetos del universo de discurso que se tome como marco de referencia. Así, si hablamos de los hombres en términos de la teoría de la cuantificación, es decir, sin nombrar a ninguno específicamente, entonces podremos construir oraciones que afirmen algo acerca de todos los hombres que hicieron o son tal o cual cosa, de algunos hombres que tienen tal o cual propiedad (en el sentido de por lo menos uno de ellos la tiene) o d e l hombre que se caracteriza por tal o cual atributo. Desde el punto de vista de la cantidad, no hay nada más general que pueda decirse. Ahora bien, si recurrimos al lenguaje de la cuantificación hablamos de los objetos de nuestra ontología sin referirnos a ninguno de ellos en especial. Si queremos hacerlo, tenemos que nombrarlos y, para ello, tenemos que introducir nombres. Los nombres son signos simples, cuya función es precisamente la que M i l i les había asignado: indicar que se quiere hablar de u n objeto para decir algo de él. La diferencia entre M i l i y Russell en este punto es que para Russell los nombres propios, que para M i l i eran genuinos nombres, no son auténticos nombres. Las razones de esta aparente inconsistencia (que no lo es) aparecerán a medida que avancemos. Hasta aquí hemos hablado acerca del lenguaje de la lógica, pero lo que ahora nos importa es hablar de su aplicación al lenguaje natural. Tenemos

entonces que hacer intervenir nociones básicas como las de sujeto y predicado. Lo interesante es hacer ver cómo se pueden aplicar el vocabulario y las formaciones de signos lógicos a las palabras y secuencias de palabras del lenguaje natural. Por lo pronto, podemos decir que los sujetos gramaticales de nuestro lenguaje pueden ser nombres, por una parte, y expresiones generales, esto es, cuantificadas, por la otra. Los primeros quedan ejemplificados en términos como 'Homero', 'Jesús', etc., en tanto que los otros en expresiones como 'todos los mexicanos', 'algunos marcianos', 'el león que se comió a su domador'. Para todas estas expresiones complejas hay una formulación equivalente en el lenguaje de la lógica cuantificacional. No así, en p r i n c i p i o , para los nombres propios, los cuales sólo pueden quedar representados por signos simples, como a, b, c, etc. A las expresiones complejas Russell las llama 'expresiones denotativas' o, también, 'descripciones'. Las descripciones son indefinidas cuando de lo que se habla es de todo o de todos, de ninguno, de algunos o de por lo menos algún objeto. Cuando de lo que se quiere hablar es de un objeto particular, identificado a través de una propiedad que sólo él tiene, Russell emplea la expresión 'descripción definida'. Por lo pronto, es de primera importancia notar que el que una expresión sea una descripción, definida o indefinida, es algo que decide su f o r m a lógica. Si bien hay una coincidencia formal entre M i l i y Russell en relación con los nombres, también es cierto que el acuerdo no va más allá de eso. C o m o vimos, para M i l i los nombres propios son nombres genuinos, es decir, no connotativos y parecería que para Russell también. Desafortunadamente, el asunto no es tan sencillo, porque Russell va a sentirse forzado a recurrir a consideraciones de orden epistemológico y ello lo llevará a una conclusión diferente. Para Russell, si un signo es un nombre entonces debe efectivamente nombrar algo. Eso no pasa con las descripciones: en algunas ocasiones éstas pueden atrapar un objeto, pero nada implica que tengan que hacerlo siempre. Por ejemplo, podemos hablar de los marcianos y decir que son seres racionales, pero si desaparecieran por completo debido a la destrucción de su planeta habría que inferir que la expresión 'los marcianos' habría dejado de ser un nombre: ya no permitiría que nos refiriéramos a nadie, puesto que ya no habría marcianos. Es un hecho, no obstante, que podríamos seguir hablando significativamente de ellos. La razón es, obviamente, que la expresión 'los marcianos' no es un nombre. En cambio si uno nombra un objeto, el objeto tiene que estar allí, pues de lo contrario no podría ser nombrado. Esto i m p l i c a , siguiendo con nuestro ejemplo, que no hay objetos tales que sean "los marcianos". Más importante aún es, sin embargo, la implicación de que si al usar un nombre se puede plantear legítimamente el asunto de si existe o no existe el objeto en

cuestión, entonces la expresión de que se trate en el fondo (esto es, desde un punto de vista lógico) no es un nombre, sino que sólo lo es aparentemente. "Si realmente fuera un nombre, la cuestión de la existencia no podría surgir, porque un nombre tiene que nombrar algo o no es un nombre". Cuando se usa un nombre uno tiene que mantener una relación cognitiva peculiar con el objeto nombrado. A esta relación Russell la llama 'conocimiento directo' (acquaintance). A h o r a bien, uno siempre puede cuestionar si el portador de un nombre propio usual existió o no. Por ejemplo, siempre será significativo preguntar si Homero existió o si Shakespeare existió. La conclusión se sigue por sí misma: aunque los nombres propios del lenguaje son signos simples y satisfacen los requerimientos de la lógica (i.e., no son complejos, como las descripciones, definidas o no definidas), de todos modos no son nombres en el sentido fuerte requerido por la teoría del conocimiento. Los nombres genuinos son los nombres propios en sentido lógico (logically propcr ñames). ¿Cómo se conforma esa clase de signos? Russell identificará como los verdaderos nombres propios a los deícticos (sobre todo a los demostrativos como 'esto') y a sus denotaciones las llamará 'particulares egocéntricos'.
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moraleja es obvia: la existencia se puede predicar únicamente de descripciones, encubiertas o no. Veamos cómo formula Russell este resultado en el lenguaje de la cuantificación. El análisis russelliano es un análisis de proposiciones, no de partes separadas de una proposición. Es dentro de una proposición que se examina el status y el funcionamiento de descripciones y de nombres propios. Concentrémonos en el caso de una descripción definida, es decir, de una expresión que afirma que algo tiene una cierta propiedad y que sólo ese algo la tiene. En el lenguaje natural eso es lo que indican los artículos definidos 'el' y 'la'. Así, si decimos de alguien que es "el príncipe feliz", se predica de alguien la propiedad conjugada de ser príncipe y ser feliz. En el lenguaje metafísico convencional, podemos parafrasear esto diciendo que d i cha propiedad está de hecho instanciada una vez. Si no lo estuviera, no habría tal príncipe feliz y si estuviera instanciada más de una vez, entonces habría más de un príncipe feliz. Ahora bien, la propiedad de la que se habla está representada por letras predicativas y el "alguien" en cuestión por una variable, es decir, por un signo que no nombra a nadie en particular. Lo que tenemos en un caso así es una función proposicional, esto es, una expresión que en sí misma no es ni verdadera ni falsa porque contiene un elemento indeterminado, una variable. Pero entonces se puede afirmar que la existencia, predicable únicamente de descripciones, es precisamente una propiedad de funciones preposicionales. Decir que algo o alguien existe es decir que una función proposicional está instanciada por lo menos una vez, y cuando m u c h o una vez si la descripción correspondiente es definida. Pero obsérvese que decir que la existencia es una propiedad de funciones proposicionales es lo mismo que decir que la existencia es un predicado de segundo orden. Vemos, pues, que con teorías de los nombres distintas, Frege y Russell mantienen de hecho un mismo punto de vista respecto a la existencia. Son muchas las implicaciones (y las complicaciones) de las teorías de Frege y de Russell en esta área,'' pero no es ni mucho menos nuestro propósito examinarlos todos y en detalle. Ello rebasaría los objetivos y los límites fijados para este texto. Lo que tenemos que hacer ahora es más bien confrontar las posiciones expuestas con lo que Wittgenstem sostiene sobre los mismos temas.

Lo dicho hasta aquí tiene consecuencias nada desdeñables. Ya vimos que los nombres propios usuales tienen con las descripciones ciertos rasgos en común. Por ejemplo, en ambos casos es perfectamente legítimo predicar la existencia o la no existencia. Russell infiere de esto que los nombres propios usuales de hecho son descripciones, sólo que "encubiertas". La idea es simple: siempre que se use un nombre propio, el pensamiento en la mente del usuario del nombre sólo podrá hacerse explícito si se reemplaza el nombre por una descripción. Supongamos, por ejemplo, que alguien afirma que Jesucristo sí existió. Si lo interrogamos acerca de lo que q u i s o decir, él tendrá que reemplazar 'Jesucristo' por una descripción como 'el hombre que fue cruciticado', el hombre interrogado por Pilatos', etc., y decir que Jesús fue el hombre crucificado o el hombre interrogado por Pilatos o... A un nombre en una oración le corresponde, por lo tanto, u n a descripción, la cual puede variar de ocasión en ocasión o de usuario en usuario.' En cambio, cuando se emplea un nombre propio en sentido lógico, la cuestión de la existencia no puede lógicamente plantearse. La
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' B. Russell, Logic and KoowUjgc (London: Alien and ü n w i n , 1971), p. 243. Es este otro punto de importante convergencia en los pensamientos de Frege y Russell: ambos parecen defender lo que se conoce como la 'teoría descriptivista de los nombres'. En el caso de Russell. la a d o p c i ó n de esta tesis s e m á n t i c a es evidente, no así en el de Frege. De hecho, él explicítamente la promueve, pero no es del todo claro si ello es compatible con su concepto de sentido CSinn) como "modo de p r e s e n t a c i ó n " de un objeto.

A guisa de ejemplo, véase el libro Significado y Denotación: la Polémica Russcll-Frege, editado por Alejandro Tomasini Bassols ( M é x i c o : Grupo Editorial Interlínea, 1996).

Investigaciones Filosóficas C o m o ya se dijo y era de esperarse, son muchos los problemas que suscitan las teorías filosóficas de los nombres y no los pasaremos aquí en revista a todos. Me voy a limitar a enunciar algunas de las tesis asociadas en general con dichas teorías para, acto seguido, presentar el núcleo del pensamiento de Wittgenstein, de manera que resalte con más contundencia su carácter elucidatorio. En muchas de las teorías clásicas, la nominación ocupa un lugar p r i v i legiado y ello por una sencilla razón: se supone que al nombrar un objeto, el sujeto cognoscente tiene acceso, gracias a un acto mental particular, a un objeto real, un elemento último de la realidad. Se tiende, pues, a pensar que al usar un nombre uno establece una conexión especial entre un signo y un objeto. Nombrar es despertar en la mente del sujeto una imagen particular, viz., la del objeto nombrado. La opinión generalizada es que n o m brar algo es ya, en alguna medida o en algún sentido, decir algo. Frege fue el primero en rebelarse en contra de esta pretensión y lo hizo poniendo como condición para la significatividad su famoso 'principio contextuar. Lo que este principio afirma es que sólo en el contexto de una oración tiene un nombre sentido. Es, pues, sólo en la medida en que forma parte de una estructura lingüística compleja que los nombres pueden c u m plir con su función semántica propia. Ésta, empero, la logra el signo via su sentido, esto es, el modo de presentación del objeto nombrado. Por otra parte, podría decirse que Russell acepta por completo la posición fregeana salvo en un caso: el de los nombres propios en sentido lógico. Para él, cuando uno usa un nombre así uno conoce directamente un objeto y esto puede lograrlo independientemente de que diga algo suplementario al respecto. Al usar un nombre propio en sentido lógico uno ya sabría que uno está apuntando, mental o físicamente, a un objeto determinado y que es ese el objeto al que se está refiriendo. Es ciertamente mucho lo que Wittgenstein tiene que decir en relación c o n los nombres, pero aquí nos limitaremos a lo que parecen ser los p r i n cipales lineamientos de su posición. En primer lugar, él defiende la idea de que nombrar no es en ningún sentido equiparable a decir. N o m b r a r algo, ya lo vimos, es simplemente bautizar un objeto. O sea, cuando se nombra algo lo que se hace es introducir una nueva palabra en el lenguaje, pero esto no nos dice absolutamente nada acerca de su uso futuro, por la sencilla razón de que nombrar no es más que parte de los preparativos para el ulterior uso del lenguaje y 'servirse del lenguaje' puede significar toda una variedad de actividades. No se puede adivinar cuál es el significado del nombre por el simple hecho de conocer a su portador, el objeto nombra-

do, puesto que son múltiples los juegos de lenguaje en los que el nombre en cuestión puede entrar. Pero esto hace ver que la mera conexión de un signo con un objeto no permite inferir nada acerca del significado, pues para ello tendría uno que adivinar con qué actividades ulteriores estará entremezclado el nombre. Nombrar, por lo tanto, no es decir, sino preparar el terreno para decir algo y lo que sea decir algo puede ser de lo más variado. El nombrar, por consiguiente, no tiene las implicaciones metafísicas que a menudo se le atribuyen. En este punto, Wittgenstein se distancia de Russell. Por otra parte, Wittgenstein choca con Frege debido a que éste, al adoptar una concepción formal del lenguaje, se ve conducido a negar hechos palpables o tangibles concernientes al lenguaje de todos los días. Para Frege, una oración tiene que ser formalmente diferente de un nombre: además de otras diferencias que se pudieran señalar, la primera es necesariamente compleja, en tanto que el segundo es necesariamente simple. Un punto de vista así, sin embargo, es para Wittgenstein una manifestación inequívoca de parroquialismo lingüístico. Es cierto que en general así ocurre, pero ciertamente no tiene por qué ser así. En primer lugar, hay muchas palabras que son significativas, pero que no son "nombres", como por ejemplo '¡socorro!', '¡fuera!', '¡ay!' o '¡llueve!'. Y, en segundo lugar, no es la mera forma gramatical, el orden superficial de los signos, lo que determina si una expresión dada es un nombre o un nombre complejo, i.e., una oración. Lo que diferencia a un nombre de una oración es la clase de utilización involucrada. En juegos de lenguaje rudimientarios, por ejemplo, la emisión de una palabra sola podría tener que transcribirse bajo la forma de una oración compleja de nuestro lenguaje. Y así como Wittgenstein desplaza el concepto tradicional de nombre, caracterizado por su conexión con un objeto y con un estado mental particular, en favor del concepto de nombre como acto preparatorio para decir algo, así a la noción usual de emitir, transmitir, construir, etc., una proposición, caracterizada esta última formalmente por las clases de signos que la conforman, (nombre, función y demás), Wittgenstein la reemplaza por la noción de movimiento en el juego de lenguaje. E l que algo sea u n nombre o un movimiento en el juego de lenguaje depende no de su ubicación en una expresión más compleja o de su pertenencia a tal o cual clase de expresiones, sino de la función lingüística que desempeñe. Así, un mismo signo puede en ocasiones aparecer como nombre y en ocasiones func i o n a r c o m o "proposición". C o m o puede fácilmente apreciarse, las caracterizaciones puramente formales ceden su lugar, en la filosofía wittgensteiniana, a nociones que, por involucrar a otras como las de actividad, entrenamiento o práctica, pueden dar cuenta del carácter vivo de

nuestro lenguaje y de lo que es el permanente cambio de status de nuestras "proposiciones". Ya vimos que Wittgenstein cuestiona la pretensión russelliana según la cual demostrativos como 'esto' son los auténticos nombres, los nombres propios en sentido fuerte, en sentido lógico. Él está preparado para aceptar mucho de lo que Russell dice, mas no su conclusión. "Es perfectamente cierto que, al dar por ejemplo una definición ostensiva, a menudo apuntamos al objeto nombrado y decimos el nombre. Y, de manera similar, al dar una definición ostensiva, por ejemplo, decimos la palabra 'esto' mientras apuntamos a una cosa. Y, asimismo, que la palabra 'esto' y un nombre a menudo ocupan la misma posición en una oración. Pero precisamente es característico de un nombre que sea definido mediante la expresión demostrativa 'Este es N' (o 'Este es llamado " N " ' ) " . Lo que sucede es que el significado del nombre es explicado por medio del demostrativo y el gesto de apuntar a un objeto. Es para que dicha explicación sea exitosa que sirven los demostrativos. En cambio, nunca explicamos un demostrativo por medio únicamente del gesto de apuntar y del objeto apuntado. Si lo hiciéramos, lo que haríamos serían afirmaciones como 'esto es esto', las cuales son perfectamente ociosas. Esto nos lleva a otro problema serio. Implícita las más de las veces en múltiples posiciones y tendencias filosóficas está la tesis de que nombrar es efectuar un acto mental especial, gracias al cual se capta un objeto real del m u n d o . Desde esta perspectiva, inevitablemente se confunde el significado del nombre con el portador del nombre. Pero, como ya vimos, no son lo mismo. El portador del nombre puede desaparecer, ser destruido, etc., pero ello no significa o implica que el significado del nombre desaparezca, sea destruido y demás. Esta "observación" es fatal, en particular para la doctrina russelliana de los nombres propios en sentido lógico, más que para la de M i l i (según el cual los nombres propios no tienen significado) o para la de Frege (para quien el sentido y la referencia no son nunca identiíicables). Por otra parte, sería un error pensar, con base en las críticas a teorías formales y convencionales del lenguaje que se han expuesto, que Wittgenstein no acepta absolutamente nada de lo que otros han dicho. Veremos ahora que hay mucho en relación con la teoría de Russell acerca de la forma lógica de los enunciados existenciales negativos que es no sólo razonable, sino imposible de rechazar. La Teoría de las Descripciones de Russell es una teoría tan bien articulada y poderosa que permite dar cuenta de muchos de los enigmas filosóficos que se encuentran en la raíz de las más variadas metafísicas. Un caso m u y
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L. W i t t g e n s t e i n . Philosophical Investigations, sec. 38.

ilustrativo de esto es el de los problemáticos enunciados existenciales singulares negativos, como 'Pegaso no existe'. La respuesta de Russell de hecho ya la conocemos: 'Pegaso' es un nombre propio y es por ende una descripción encubierta, lo cual quiere decir que cada vez que un hablante use esa oración estará haciendo intervenir subrepticiamente alguna descripción asociada con el nombre 'Pegaso'. Al hacer explícita la descripción podemos predicar la existencia y, por medio del lenguaje de la lógica cuantificacional, podemos proporcionar la expresión formal correcta de lo que es la genuina forma lógica del enunciado. Re-traducido al lenguaje coloquial veríamos que lo que realmente se dijo fue, reemplazando 'Pegaso' por, e.g., 'caballo con alas', que no hay tal cosa que sea un caballo con alas Impedimos así interpretaciones del enunciado original como "hay un caballo con alas, pero que no existe". La teoría fregeano-russelliana impide esta clase de construcción. No obstante, lo que Russell no dice es cuántos reemplazos de nombres por descripciones nos autorizan a deducir que, efectivamente, Pegaso no existe. En el caso de Pegaso, que de entrada sabemos que es una construcción mitológica, no hay mayores reticencias para aceptar la verdad del enunciado, pero ¿qué pasa cuando nos las habernos con personajes pretendidamente históricos? Supongamos que hablamos de Aristóteles y que se demostrara que el autor de la Metafísica, la Ética Nicomaquea, etc., fue otra persona; que Platón no tuvo ningún alumno llamado Aristóteles', etc., etc. ¿Cuántos hechos tienen que tomarse en cuenta para poder concluir que Aristóteles no existió? En marcado contraste con teorías que pretenden dar una respuesta "matemática" a esta pregunta, la respuesta de Wittgenstein, que podrá parecemos vaga y dejarnos al p r i n c i p i o un tanto insatisfechos, es: no hay un número determinado. Por otra parte, si se acepta que, efectivamente, no hubo nadie que se llamara 'Aristóteles', ¿que significa entonces la palabra Aristóteles', desprovista ya de toda conexión histórica? Russell no dice nada al respecto y la razón es que su teoría de los nombres y la existencia es puramente formal. Formalmente, dicha teoría es impecable, sólo que no es la varita mágica que él creía que era y por medio de la cual se resuelven todos los problemas. Por su parte, Wittgenstein acepta plenamente el tratamiento formal de Russell. La forma lógica de los enunciados singulares existenciales negativos es lo que Russell dice que es. Empero, las preguntas planteadas más arriba muestran que Russell dejó pasar algo que, naturalmente, iba en contra de su concepción del lenguaje como una especie de cálculo, pero que es lo realmente importante: su teoría funciona sólo bajo el supuesto de que hay un stock denumerable y a la mano de nombres y un número finito de descripciones. El problema es que en el lenguaje natural no hay tal cosa. En realidad, los nombres propios no tie-

ríen un significado único. En palabras de Wittgenstein: "Uso el nombre ' N ' sin un significado fijo".''' No hay, pues, un mecanismo iormal que permita atrapar a "todas" las descripciones asociadas con un nombre dado, porque no hay dicha totalidad. Es por eso que no es como se opera con los n o m bres en los cálculos lógicos como funcionan los nombres en el lenguaje natural. Por lo tanto, la teoría formal de Russell, útil como es, se erige implícitamente sobre consideraciones un tanto frágiles, de otra índole y que son más básicas, a saber, de filosofía del lenguaje. Y es una observación de esta clase lo que Wittgenstein proporciona cuando nos recuerda que no hay un número determinado, ni chico ni grande, de descripciones para cada nombre propio. En verdad, lo que habría que decir en relación con el número de descripciones asociadas con un nombre propio es (si hubiera tal número) que es indeterminado. La aceptación de la explicación russelliana de los enunciados singulares existenciales negativos no compromete a Wittgenstein c o n la doctrina de la existencia común a Frege y Russell. Al contrario: Wittgenstein la repudia. Para Frege y para Russell, no hay ni puede haber más que un único concepto de existencia, a saber, el que queda recogido por la noción de cuantificación existencial. Esto, empero, equivale a limitar excesivamente los usos de la palabra 'existir' y sus derivados en el lenguaje natural. De ahí que Wittgenstein promueva más bien una concepción liberadora de la existencia: 'existencia' tiene varios significados, puesto que tiene diversas (irreducibles entre sí) aplicaciones. Son éstas las que deben guiarnos en el esfuerzo de comprensión o aprehensión del concepto y no consideraciones a priori, meramente formales. Es claro, por ejemplo, lo que hacemos cuando aplicamos el concepto de existencia a los objetos materiales. Si digo que "existe" el perro de mi vecino, afirmo implícitamente que hay un animal, clasificado por los biólogos de tal y cual m o d o , que tiene la apariencia que todos conocemos, que ladra, que es susceptible de morder a quien no conoce, etc. Pero si afirmo que "existe" el número primo que satisface la ecuación x = 49 hago afirmaciones implícitas de otra clase. E n realidad, lo que quiero decir en este segundo caso es que se puede ofrecer una prueba tal que permite conferir el valor de verdad a la expresión una vez que la variable ha sido reemplazada por una cifra determinada. Y si digo que hay entidades teóricas digo algo sumamente complicado concerniente a construcciones lingüísticas, expresadas en un lenguaje que funde o reúne enunciados de percepción con proposiciones teóricas y matemáticas y que tiene aplicaciones prácticas comprobables. A s i m i s m o , para de1

terminar lo que se quiere decir cuando se afirma que Dios "existe", lo que se tiene que hacer es examinar la conducta, lingüística y extra-lingüística, del hablante. Se puede, si uno se empeña en ello, reunir todos estos usos bajo el concepto de cuantificador existencial '(3x)', pero ello no tiene realmente mayor valor cognitivo. Ésa tiene que ser la posición de Frege y de Russell, porque ellos adoptan un enfoque formal del lenguaje. Pero nada nos fuerza a aceptar dicha perspectiva, la cual tiene consecuencias benéficas en el trabajo formal pero desastrosos resultados en filosofía. En todo caso, la explicación del funcionamiento del lenguaje en términos de conceptos como los de juego de lenguaje, semejanzas de familia, formas de vida, ver como, etc., sirve ínter alia para poner de relieve las limitaciones y las debilidades de los programas alternativos.

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Ibid., sec. 79.