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Comentario a: “Familias monoparentales: un ejercicio de clarificación conceptual y sociológica. De Sara Barrón.

Como su propio título indica, este texto me parece básico para comprender los conceptos fundamentales que derivan del hecho de la monoparentalidad en una perspectiva sociológica, sin limitarlos a cuestiones estadísticas ni estandarizarlos de manera que oculten su diversidad y sus diferentes problemáticas. La definición mínima de la monoparentalidad “toma la estructura familiar como principal elemento definitorio” lo que la reduce a un único tipo que integran “el progenitor y su progenie”. De ahí se derivan la mayor parte de definiciones institucionales y académicas, enfocadas desde la composición familiar y no por los contenidos de la monoparentalidad. Esas definiciones desatienden aspectos como las causas o rutas de acceso, la organización doméstica, los roles, la visión desde los hijos, la duración y rutas de salida... otorgando identidad común a situaciones que no la tienen. Para salvar ese problema y poder contemplar la diversidad de situaciones y procesos, Sara Barrón propone “la construcción de tipologías y un examen detallado de los ejes que las fundamentan”. Veamos esos ejes o criterios. El primero que nos refiere es el de las rutas hacia la monoparentalidad que en general son la maternidad solitaria, la viudedad y la separación o divorcio. Dentro de estos tres tipos hay que distinguir por ejemplo los casos de separación conyugal y no conyugal, así como las separaciones conyugales de facto y de iure. La importancia de esta distinción radica en que la falta de reconocimiento legal o jurídico grava aún más la monoparentalidad al no tener garantías para reclamar sus derechos, aparte de la que la falta de formalización de la ruptura conlleva un ocultamiento social, es como si no existieran con la consiguiente mayor desprotección legal y social. El segundo de los criterios que nos plantea Sara Barrón a efectos de evitar problemas con las definiciones mínimas, es el de “Hogar y familia monoparental: ¿una misma realidad?”. En la medida en que existen hogares con más de un núcleo familiar, por ejemplo una madre con sus hijos que viven también con los abuelos, se hace necesaria la distinción entre hogar y familia monoparental, de lo contrario el grupo monoparental se relega apareciendo únicamente un hogar plurinuclear. Se oculta así la monoparentalidad y más teniendo en cuenta que en hogares plurinucleares la persona de referencia suele ser el miembro de la generación de mayor edad. Esto nos lleva a otro de los ejes de identificación de la monoparentalidad, la jefatura familiar. Jefatura familiar y contenidos. La carga patriarcal de la figura de persona de referencia o cabeza de familia es evidente. Para despojarle de su simbolismo androcéntrico y establecer su contenido real, Sara Barrón establece tres dimensiones: La primera es la dimensión económica en el sentido de que es una de las principales responsabilidades que debe asumir el progenitor solo. Y esto, sin equiparar jefatura familiar con autosuficiencia económica, sino a la capacidad de gestión y distribución financiera, a la administración y toma de decisiones sobre los ingresos y gastos. La segunda dimensión serían los contenidos prácticos de la jefatura monoparental. Entre ellos podemos destacar el ya citado de la gestión y administración de los recursos de la familia, su planificación y organización así como todas las tareas domésticas. Obviamente se requiere también el ejercicio de la autoridad y supervisión, así como atender el desarrollo emocional y social y todas las tareas y cuidados cotidianos. 1

Otro de los ejes para caracterizar las familias monoparentales es la composición monoparental y las características de sus miembros. Si limitamos la definición a un progenitor y su progenie estamos excluyendo otras composiciones monoparentales que se dan muy habitualmente, dado que el 40% de los núcleos monoparentales comparten vivienda con otras personas. Son frecuentes los casos en que el padre o la madre cohabita con un compañero y según algunos estudios esto rompería la situación de monoparentalidad, pero esta situación de por sí nada cambia, en todo caso habría que comprobar en la práctica en qué medida esa cohabitación provoca el cambio de la dinámica monoparental a otra biparental. Por otra parte, dentro de este eje de la composición y características de los miembros, Sara Barrón propone el criterio del género como relevante para clasificar los tipos de monoparentalidad. Su relevancia puede encontrarse no sólo en circunstancias económicas que ponen de manifiesto la desigualdad de géneros persistente, sino también en circunstancias ideológicas y culturales que sin duda diferencian la monoparentalidad femenina de la masculina Respecto a los hijos, las exigencias para considerarles dentro de la definición al uso es la del estado civil, la dependencia y la edad. En España la edad de 18 años es la más frecuente en los estudios para ser excluidos de la definición. Obviamente esta limitación no tiene en cuenta la realidad social ni, por tanto, la de la mayoría de los casos. Y aparte de los argumentos vertidos por Sara Barrón, que comparto, podría añadirse que en ninguna familia biparental se limita la composición de sus miembros por el simple hecho de que un hijo cumpla 18 años. (Por cierto, algo que se olvida en la práctica totalidad de los estudios es observar la monoparentalidad desde el punto de vista de los hijos. Por ejemplo y ya que estamos en el tema de la composición y que la mayoría de familias monoparentales son de padre o madre separados, es probable que los hijos consideren en su familia al padre o madre que no vive con ellos, aunque no creo que eso impida entender y asumir la monoparentalidad sin problemas.) El último de los criterios que nos ofrece Sara Barrón a efectos de una definición amplia y flexible de familia monoparental es la cronología de la monoparentalidad: duración, frecuencia y rutas de salida. Frente a quienes contemplan la monoparentalidad como una fase de transición derivada de crisis familiares o como un estado crítico y excepcional, no viéndola además como un proceso dinámico, Sara Barrón argumenta que la monoparentalidad es tanto como la biparentalidad un flujo constante de procesos, con sus etapas vitales y con una duración variable. Las rutas de salida son transiciones dentro del ciclo vital de las familias monoparentales que pueden finalizar o no esta forma de convivencia. Para que la salida se consolide será necesario que los dos progenitores transformen la dinámica monoparental y los contenidos ya citados: liderazgo, jefatura, reorganización de los roles.

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Hasta aquí lo que me parece lo más importante del texto de Sara Barrón. Creo que cumple adecuadamente su cometido de clarificación conceptual observando el hecho de la monoparentalidad más allá de las estadísticas y esquemas, y, más importante aún, más allá de una concepción que tiende a estigmatizar la monoparentalidad observándola como un estado excepcional, crítico, indeseable que hay que finiquitar cuanto antes transformándolo en la convivencia ideal de pareja y familia de padre y madre con hijos. Seguro que la mayor parte de situaciones de monoparentalidad no son deseadas. La monoparentalidad se elige en relativamente pocos casos. Implica mayores dificultades generalmente para la madre que tiene que hacer frente al trabajo fuera y dentro de casa, la crianza, la educación... 2

y eso sin cejar en las necesidades afectivas con los hijos, el cariño, la protección, conjugándolos a la vez con la autoridad y la disciplina, etc. Si esta carga en vez de aligerarla volcamos sobre ella el peso de la desconsideración e incluso estigmatización social, no es raro que se convierta en muchos casos en un calvario del que se busca salir a toda costa. A lo anterior hay que añadir que, efectivamente, en muchas ocasiones la monoparentalidad deriva de conflictos familiares y de pareja que han acabado en ruptura y que frecuentemente suponen cambios traumáticos y secuelas psíquicas dolorosas, de fracaso, etc., que dificultan extraordinariamente la adaptación a las nuevas condiciones. Y sin embargo, a pesar de que la familia nuclear sigue siendo el imaginario social predominante y el referente valorativo tomado como normal o ideal, a pesar de todas las dificultades que implica la monoparentalidad, su número crece año tras año de forma que, dadas las condiciones, me atrevo a calificar de espectacular. ¿A qué se debe que lo que se considera una excepcionalidad vaya creciendo de tal manera y lo que se considera normal e ideal vaya disminuyendo? No voy a entrar aquí en algunas cosas que apunté en el comentario a Amor líquido de Bauman que me parece que están en el origen de lo que considero una crisis de las relaciones afectivas, de la pareja y de la familia. Hablar de crisis no significa -como hay gente que interpretaque la familia tienda a desaparecer ni mucho menos; significa que es necesario un cambio en las concepciones, que la forma como se ha venido entendiendo la familia ya no se sostiene. El crecimiento de la monoparentalidad es una de las manifestaciones de esta crisis, de la necesidad de cambios. La monoparentalidad no sólo se extiende sino que también se “normaliza”. Antes decía que se trata de una situación no deseada en la mayoría de los casos, y ponía el acento sobre su carga y sus dificultades, pero siendo esto cierto, no lo es menos que progresivamente aumenta el número sobre todo de mujeres que eligen ser madres solas que, como recogía un artículo de El País del 175-2010 ha cuadriplicado su número en 7 años, siendo en 2009 de 129.200 personas solteras que forman una familia monoparental. Según ese mismo artículo, seis de cada diez familias monoparentales están formadas por un separado o separada. Y, aunque no tengo estadísticas, sí tengo constancia por distintos artículos y opiniones que la separación o divorcio y la consiguiente monoparentalidad (estoy hablando de las mujeres) suponen cada vez más una liberación y una monoparentalidad deseada, y cada vez menos un calvario o un fracaso. No quiero extenderme más. Creo que queda clara con estas pinceladas mi posición al respecto que resumiría en que se impone la diversidad, la comprensión y el respeto por los distintos tipos de familia, de pareja, de relaciones que se van abriendo paso y tomando carta de naturaleza junto al tipo de familia más tradicional y que eso entraña una riqueza que debemos comprender, respetar, asimilar... porque así nos haremos mejores personas, avanzando y abriéndonos a lo nuevo y más pujante, escapando del estancamiento en que tienden a retenernos las concepciones caducas que no sirven para explicar la nueva realidad. José Antonio Peña Quesada

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