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EL SÍNTOMA

GENNY ALEJANDRA RODRÍGUEZ VELÁSQUEZ


CC. 43’991.667

TEORÍA PSICOANALÍTICA: POSTFREUDIANOS II

LUIS FERNANDO PALACIO.

19 DE NOVIEMBRE

UNIVERSIDAD DE ANTIOQUIA
FACULTAD DE CIENCIAS SOCIALES Y HUMANAS
DEPARTAMENTO DE PSICOLOGÍA
MEDELLÍN
2007
EL SÍNTOMA

“El síntoma, como el sueño,


es un cumplimiento de deseo.”
Freud, Manuscrito N.

La noción de síntoma no es particular al psicoanálisis. Si bien este la toma


prestada del campo médico, introduce cambios significativos que le dan una
dimensión totalmente contraria a la que tradicionalmente se conoce. Desde la
perspectiva médica, el síntoma es signo de enfermedad y, por ende, es labor
del galeno descubrir sus causas, velar por su desaparición y así, restaurar el
bienestar del paciente. De esta manera, vemos como el síntoma adquiere un
carácter universal, objetivo y, en última instancia, generalizador. Para el
psicoanálisis, por su parte, el síntoma también es signo, pero es signo de un
conflicto inconsciente y, por lo tanto, define lo más particular del sujeto. Así
pues, el síntoma analítico es de carácter singular, nunca compartido. Aunque
se puede hablar de síntoma histérico u obsesivo, este nunca será el mismo en
dos sujetos diferentes, ya que la elaboración sintomática está relacionada a la
historia personal de cada uno. Finalmente, el psicoanálisis marca una
diferencia fundamental con el saber médico, ubicando el saber acerca del
síntoma de lado del paciente y no del analista. Así, es el sujeto quien, durante
el análisis, construye un saber acerca del síntoma.

En El nacimiento de la clínica Michel Foucault da cuenta de cómo la


experiencia clínica se fue constituyendo como forma de conocimiento. Así,
afirma “la clínica es probablemente el primer intento desde el Renacimiento, de
formar una ciencia únicamente sobre el campo perceptivo y una práctica sólo
sobre el ejercicio de la mirada” (Foucault: 1966, p. 130). Plantea, además, que
la clínica, como hecho histórico, ha sufrido varias reorganizaciones. El cambio
ínfimo y decisivo que ha sustituido la pregunta: ¿Qué tiene usted?, con la cual
se iniciaba en el siglo XVIII el diálogo del médico y del enfermo con su
gramática y su estilo propios, por esta otra en la cual reconocemos el juego de
la clínica y el principios de todo su discurso: ¿Dónde le duele a usted?
(Foucault: p. 14).

Nos dice Foucault, además, que es la mirada médica la que abre el secreto de
la enfermedad y esta visibilidad es la que hace a la enfermedad penetrable a la
percepción. Así, para la tradición médica del siglo XVIII, la enfermedad se
mostraba al observador bajo dos formas, síntomas y signos. Así, el síntoma es
todo aquello que deja transparentar la figura invariable, un poco retirada, visible
e invisible, de la enfermedad. La primera transcripción de la naturaleza
inaccesible de esta. El signo, por su parte, anuncia: pronostica lo que va a
ocurrir; anamnesia lo que ha ocurrido; diagnostica lo que se desarrolla
actualmente. No da a reconocer; a lo más, a partir de él se puede esbozar un
reconocimiento. (Foucault: p. 131-132).

No obstante, Foucault, critica el privilegio otorgado a la mirada, a la percepción


y a la conciencia porque esto favoreció la confusión del síntoma con el signo.
Así, nos dice que la formación del método clínico está vinculada a la
emergencia de la mirada del médico en el campo de los signos y de los
síntomas. El reconocimiento de sus derechos constituyentes acarrea la
desaparición de su distinción absoluta y el postulado de que, en lo sucesivo el
significante (signo y síntoma) será enteramente transparente para el significado
que aparece, sin ocultación ni residuo, en su realidad más maquinal, y que el
ser del significado – el corazón de la enfermedad – se agotará entero en la
sintaxis inteligible del significante (Foucault: p. 132)

Finalmente, Foucault establece que el síntoma es el soporte morfológico


indispensable del signo. Pero, lo que hace que el signo sea tal no pertenece al
síntoma sino a una actividad que viene de otra parte, es su verdad de origen.
Por esto la totalidad de los síntomas no llegaran jamás a agotar la realidad del
signo (Foucault: p. 139). Así, el orden médico instaura el valor de verdad en la
exactitud del signo, al establecer una correlación entre cada sector de lo visible
y el elemento enunciable que le corresponda con justeza. Pero el elemento
enunciable, en el interior de su descripción, también cumple una función
denominadora, que por su articulación en un vocabulario constante y fijo, es
decir, a una clasificación nosológica, da paso a la comparación y a la
generalización. (Foucault: p. 175)

En el psicoanálisis el síntoma se ubica, como diría Lacan "descentrado con


respecto a la experiencia individual”, es decir, se presenta como un enigma
sobre el cual el sujeto no sabe nada y sobre el cual hay un extrañamiento. Esto
es lo que hace que el sujeto demande un análisis, que acuda a un analista con
la pregunta “¿qué es lo que me pasa? o ¿por qué lo hago lo que hago?”. No
obstante, el analista no opera desde un saber del síntoma del otro, sino que es
quien posibilita que el sujeto construya un saber sobre eso que le pasa.

La noción de síntoma es ampliamente elaborada por Freud a lo largo de su


obra. Así, nos encontramos con múltiples definiciones y diversos matices
alrededor de este concepto. En sus primeras elaboraciones, que se basaron en
su trabajo con Breuer, Freud concibe el síntoma histérico como una
reproducción mnémica de sucesos vividos como traumáticos. Freud
conceptualiza, pues, el síntoma a partir de lo que llama estado hipnoide (estado
anormal de conciencia) donde la representación y el afecto relacionados con el
episodio traumático, se hallan disociados. (Freud: Estudios sobre la histeria,
1893). Esta disociación tendría como consecuencia que la representación se
aislara de la conciencia y el afecto se descargara en una inervación somática,
es decir, en el síntoma histérico. Se habló, entonces, de síntoma conversivo,
puesto que el afecto o excitación era convertido en un fenómeno corporal.

Freud relaciona, pues, un hecho traumático real, de carácter sexual, con la


posterior aparición del síntoma histérico. No obstante, en posteriores
elaboraciones, abandona esta concepción debido a su descubrimiento de la
realidad psíquica. Freud se da cuenta de que detrás de las fantasías de
seducción de las histéricas, lo que hay es una aspiración de amor al padre y,
así, introduce el deseo y la fantasía, como elementos a tener en cuenta en la
etiología del síntoma. Como es bien sabido, Freud le otorga un papel principal
a la sexualidad en la génesis de las neurosis. De allí que suponga que el
encuentro con lo sexual conlleve algo inasimilable para el sujeto y que lo obliga
a llevar a cabo un movimiento de defensa frente a ello.

Más adelante, Freud conceptualiza el síntoma como formación de compromiso,


es decir, que en él se satisfacen dos deseos opuestos. Entonces, el síntoma es
asumido como la satisfacción simultánea de fuerzas opuestas (las reprimidas y
las represoras), a manera de transacción y formación de compromiso entre
ellas. El síntoma supone, además, una satisfacción que es desconocida por el
sujeto, así Freud afirma que “la modalidad de satisfacción que el síntoma
aporta tiene mucho en sí de extraño (...) es irreconocible para la persona que
siente la presunta satisfacción más bien como sufrimiento y como tal se queja
de ella” (Freud, Conferencias de introducción al psicoanálisis, p. 333)

En La interpretación de los sueños Freud propone que tanto el síntoma como el


sueño son cumplimientos de deseo, es decir, que ambos funcionan como
satisfacción de un deseo que ha sido reprimido. De allí, que Freud suponga un
mecanismo similar (condensación y desplazamiento) en la producción de lo
que él llama formaciones del inconsciente (síntoma, chiste, sueño, lapsus).
Afirma pues, que hay una plena identidad entre las peculiaridades del trabajo
del sueño y las de la actividad psíquica que desemboca en los síntomas de los
psiconeuróticos (Freud: 1900, p. 587). De otro lado, Freud propone que estas
formaciones del inconciente esconden un sentido que puede ser develado a
través de la interpretación y que, además, este sentido oculto (del síntoma) no
tendría una única causa. De allí que Freud lo proponga como
sobredeterminado, multicausal y, de ninguna manera, unívoco.

Por otro lado, su elaboración sobre La represión, Freud (1915) define los
síntomas neuróticos como retoños de lo reprimido, que pueden burlar la
censura de lo inconsciente, por su distanciamiento y su desconfiguración
respecto a lo reprimido primordial. La desfiguración y el distanciamiento de los
retoños de lo reprimido, van encaminadas hacia el intento de lo inconsciente
por evitar que puedan volver a la conciencia, puesto que tienen la imperiosa
dirección e intención de satisfacción de lo reprimido. Así pues, los síntomas son
concebidos como secuela de la represión, como producto del retorno de lo
reprimido. (Freud: 1915)

Finalmente, en Inhibición, síntoma y angustia, Freud relaciona síntoma y


pulsión, puesto que descubre que hay una parte del síntoma que se resiste a la
interpretación. Así, afirma que “el síntoma es indicio y sustituto de una
satisfacción pulsional interceptada, es un resultado del proceso represivo”
(Freud: 1926, p. 87). Habla, pues, de la ganancia secundaria del síntoma
cuando afirma que hay un tipo de resistencia, “la que parte de la ventaja de la
enfermedad y se basa en la incorporación del síntoma al yo. Esta resistencia
corresponde a la rebelión contra la renuncia a una satisfacción o un alivio.”
Freud concluye, también en este texto, que en las neurosis, el punto de partida
de la formación de los síntomas es el sepultamiento del complejo de Edipo y
que la angustia de castración es la que impulsa al yo a defenderse contra los
embates del ello.

Vemos pues, como el síntoma está constituido por una envoltura formal,
enmarcada en la dimensión significante y que es interpretable, pero también
tiene un núcleo, que no pasaría por la palabra, es decir, un núcleo de goce, un
polo pulsional que no cede a la interpretación. Este planteamiento será
ampliamente desarrollado por Jacques Lacan, para quien el psicoanálisis es un
tratamiento del sin-sentido.

Si bien Lacan acepta las elucidaciones freudianas acerca del síntoma como
formación del inconsciente, no se queda allí y, así, avanza con sus propios
planteamientos alrededor del concepto. Como bien sabemos, es Lacan quien
plantea que el inconsciente está estructurado como un lenguaje, de esta
manera, el síntoma, como formación del inconsciente, estaría regido por las
mismas leyes.

Así, afirma (Lacan: 1953, p. 258) que el síntoma puede resolverse “por entero
en un análisis del lenguaje, porque el mismo está estructurado como un
lenguaje, porque es lenguaje cuya palabra debe ser librada.” De igual manera,
Lacan supone que el síntoma esconde un mensaje, un sentido que puede ser
descifrado y así un síntoma no sería más que “el significante de un significado
reprimido de la conciencia del sujeto.” Siguiendo con esta perspectiva, Lacan
señalará también la relación entre la metáfora y el síntoma. Así, propone que el
mecanismo de doble gatillo de la metáfora es el mismo donde se determina el
síntoma en el sentido analítico. Entre el significante enigmático del trauma
sexual y el término al que viene a sustituirse en una cadena significante actual,
pasa la chispa, que fija en un síntoma -metáfora donde la carne o bien la
función están tomadas cómo elementos significantes- la significación
inaccesible para el sujeto consciente en la que puede resolverse (Lacan, La
instancia de la letra, p. 498)

Lacan retomará también el asunto freudiano del cumplimiento de deseo y dirá


“en el sueño por ejemplo, no nos habla simplemente de deseo, sino de
cumplimiento de deseo, y esto no debe dejar de asombrarnos, a saber, que es
precisamente en el sueño que habla de satisfacción de deseo. Indica, por otra
parte, que en el síntoma mismo, hay algo que se asemeja a esta satisfacción,
pero esta satisfacción, creo que ya es remarcar demasiado su carácter
problemático, puesto que es también una satisfacción al revés.” (Lacan,
Seminario 5, 1958)

Finalmente, Lacan hablará del síntoma desde su dimensión real, es decir, como
conflicto del sujeto con su posición de goce. Al respecto Miller va a decir que “el
síntoma no es todo significante y lo negativo evocado por esa envoltura formal
es que él envuelve goce, materia gozante”. Así, si para Lacan el síntoma visto
en su dimensión de goce implica una irreductibilidad del mismo, pero además,
un mensaje cifrado cuyo destinatario sería el sujeto mismo, entonces la cura
psicoanalítica no puede estar orientada a deshacer el síntoma. Tendrá que ver,
entonces, con la construcción de un saber acerca de ese síntoma que es
irreductible. “En efecto, el síntoma así concebido es un monólogo autista del
goce que podría, una vez puesto bajo la transferencia producir una elucidación
acerca del como se goza de esa cifra” (Posada: 2000, p. 49).

Por otro lado, los representantes de la teoría de las relaciones objetales hablan
de correlación entre el desarrollo del yo del bebé, el medio ambiente facilitador
y su vínculo con las patologías más severas. Para Winnicott, por ejemplo, el
falso self es una organización defensiva, equivalente para las patologías más
severas a los síntomas en la neurosis. En la neurosis, no está en peligro el ser
o su continuidad, mientras que en el falso self patológico, predomina un
sentimiento de futilidad.

Winnicott desarrolla la idea de que el trastorno del carácter depende de la


etapa evolutiva en la que se produjo la falla. Así, las formaciones sintomáticas
que afectan al yo proceden del complejo de Edipo y suponen la existencia de
un conflicto inconsciente. Mientras que en las formaciones sintomáticas
psicóticas, que ocultan el yo con mecanismos de defensa primitivos, como la
escisión, el conflicto reside en la estructura del yo. El lugar intermedio de los
trastornos de carácter parece estar indicado en su concepto de trastorno
fronterizo. “Con el término “caso fronterizo” me refiero a aquel en el cual en
núcleo de la perturbación del paciente es psicótico, pero este posee una
suficiente organización psiconeurótica, siempre capaz de presentar
alteraciones psiconeuróticas o psicosomáticas cuando la ansiedad psicótica
central amenaza con irrumpir de forma grosera” (Winnicott: 1969, p.118).

Por su parte, Melanie Klein propone una explicación de las patologías del
carácter basada en su experiencia clínica. (Klein: 1958, p. 28). Esta le sugiere
que los deterioros de carácter surgen, sobre todo, en aquellos sujetos que no
han podido establecer con seguridad su primer objeto y son incapaces de
mantener gratitud hacia él. La no consecución de este establecimiento del
objeto se comprende como una incapacidad para alcanzar la posición
depresiva, pues el trastorno del carácter supone el retorno a mecanismos de
defensa primitivos, como la escisión y otros, propios de la posición esquizo-
paranoide o de la depresiva. Estas posiciones son unas estructuras psíquicas
internas que, una vez formadas, siguen funcionando en cualquier estadio
subsecuente.

Klein plantea la hipótesis de que para el desarrollo normal es esencial que en la


más temprana infancia tenga lugar la división entre el objeto bueno y el malo,
entre el amor y el odio. Cuando tal división no es demasiado severa, pero si lo
suficiente como para diferenciar entre bueno y malo, forma uno de los
elementos básicos para la estabilidad y salud mental. Esto significa que el yo
es suficientemente fuerte como para no ser abrumado por la ansiedad y que
junto con la disociación se está llevando a cabo cierta integración (aunque en
forma rudimentaria) que sólo es posible si en la fusión el instinto de vida
predomina sobre el de muerte. Como resultado, la integración y síntesis de los
objetos puede ser eventualmente mejor lograda. Así, las personas estables en
general (que han establecido firmemente a su objeto bueno y están, por lo
mismo, estrechamente identificadas con él) pueden superar la intrusión de las
profundidades del inconsciente dentro de su yo y recuperar su estabilidad.
Sostiene, además, que en los individuos neuróticos, y aun más en los
psicóticos, la lucha contra tales peligros, que amenazan desde las capas
profundas del inconsciente, es en cierta medida constante y parte de su
inestabilidad o enfermedad. (Klein: 1958)
BIBLIOGRAFÍA

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II. Buenos Aires: Ed. Amorrortu, 1979.

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___________. Conferencias de introducción al psicoanálisis (1917). En: Obras


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FOUCAULT, Michel. El nacimiento de la clínica: una arqueología de la mirada


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KLEIN, Melanie. Sobre el desarrollo del funcionamiento mental (1958). En:


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LACAN, Jacques. Escritos. México: Ed. Siglo XXI, 1989.

________. Seminario 5: Las formaciones del inconsciente. Buenos Aires: Ed.


Paidós, 1997.
LAPLANCHE, J., y PONTALIS, J.B. Diccionario de psicoanálisis. Buenos Aires:
Ed. Paidós, 1996

POSADA, Pilar. Las caras del síntoma. Tesis para optar al título de magíster en
ciencias sociales. 2000.