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John Berger: El sentido de la vista

Notas sobre la pasión que aparecen en el capítulo Una noche en Estrasburgo


La persona amada representa el potencial de uno mismo. El potencial de uno mismo para
la acción es ser amado una y otra vez por la persona amada. La activa y la pasiva se
vuelven reversibles. El amor crea el espacio para el amor. El amor de la persona amada
“completa”—como si estuviéramos hablando de una sola acción en lugar de dos—el amor
de quien la ama.
Con todas las personas de quienes no estamos enamorados tenemos demasiado en
común para estar enamorados. Sólo se siente pasión por lo opuesto. No existe
camaradería en la pasión. Pero la pasión puede dar el mismo grado de libertad a los dos
amantes. Y la experiencia compartida de esta libertad—una libertad que en sí misma es
astral y fría—puede dar lugar a que surja entre ellos una ternura incomparable. Una vez
tras otra, el despertar de la pasión supone la reconstitución de lo opuesto.
Una tercera persona no acierta a ver claramente las modalidades de la oposición. Y lo
que es más, éstas resultan continuamente transformadas en la relación subjetiva de los
amantes. Cada nueva experiencia, cada nuevo aspecto del caracter del otro que queda
desvelado, hace necesario el volver a definir las líneas de la oposición. Es un proceso de
imaginación que no tiene fin. Cuando cesa se acaba la pasión. Concebir al ser querido
como todo lo que no es uno mismo significa que los amantes forman juntos una totalidad.
Juntos pueden ser cualquier cosa, pueden serlo todo. Esto es lo que la pasión promete a
la imaginación. Y es en virtud de esta promesa por lo que la imaginación trabaja sin
descanso trazando y volviendo a trazar las líneas de la oposición.
Los amantes incorporan el mundo entero a su totalidad. Todas las imágenes clásicas de
la poesía amorosa lo confirman. El río, el bosque, el cielo, los minerales de la tierra, el
gusano de seda, las estrellas, la rana, el búho, la luna, “demuestran” el amor del poeta.
La poesía expresa la aspiración a esa “correspondencia”, pero es la pasión la que la crea.
La pasión aspira a incluir el mundo entero en el acto de amar. El hecho de querer hacer el
amor en el mar, volando por el cielo, en esta ciudad, en aquel campo, sobre la arena,
entre las hojas caidas, con sal, con aceite, con frutas, en la nieve, etc., no significa que se
precisen nuevos estímulos, sino que expresa una verdad que es inseparable de la pasión.
La totalidad de los amantes se extiende, de manera diferente, a fin de incluir el mundo
social. Todos los actos, cuando son voluntarios, se llevan a cabo en nombre de la
persona amada. Lo que el amante cambia entonces en el mundo es una expresión de su
pasión. Y, sin embargo, la pasión es un privilegio. Un privilegio económico y cultural.
Ciertas actitudes son incompatibles con la pasión. No es una cuestión de temperamento.
Un hombre precavido, un hombre ruin, una mujer deshonesta, una mujer letárgica, una
pareja siempre malhumorada pueden sentir pasión.
Cuando una persona rechaza la pasión en general—o se siente incapaz de seguir una
pasión ya nacida, transformándola así en una mera obsesión—es porque se niega a
aceptar la totalidad de ésta. En la totalidad del amante—como en cualquier otra—se
incluye también lo desconocido; ese elemento de lo desconocido que aparece asimismo
evocado por la muerte, el caos, las situaciones extremas. Quienes están condicionados a
tratar lo desconocido como algo exterior a ellos mismos, como algo contra lo que tienen
que estar continuamente tomando medidas, vigilantes, pueden rechazar la pasión. No se
trata de que teman lo desconocido. Todo el mundo lo teme. La cuestión es saber en
dónde se sitúa lo desconocido. Nuestra cultura nos anima a localizarlo fuera de nosotros.
Siempre. Incluso se considera que la enfermedad es algo que viene de fuera. El localizar
lo desconocido como algo que existe ahí fuera es incompatible con la pasión.
La totalidad de la pasión oprime (o socava) al mundo. Los amantes se aman con el
mundo. (Al igual se podría decir que con todo su corazon o con sus caricias.) El mundo
es la forma de su pasión, y todos los sucesos que experimentan o imaginan constituyen
la iconografía de su pasión. Por eso la pasión está dispuesta a arriesgar la vida. Se diría
que la vida es tan sólo la forma de la pasión.