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Tesoro: ¿Por qué permite Dios que haya pecado y sufrimiento?

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El otro día estaba hablando con una linda joven agente de viajes, y en el curso de nuestra
conversación nos pusimos a hablar de Dios.
"¡Bah, yo no creo en Dios!", dijo. "Si existe Dios, ¿por qué hay tanto sufrimiento en el mundo
actual? ¿Por qué se mueren de hambre miles de personas todos los días en Africa? ¿Qué clase de
Dios puede permitir que una enfermedad tan terrible como el SIDA esté propagándose tanto? ¿Por
qué se quedó inválida mi mejor amiga en un accidente de automóvil?"
"Le respondí: "¡No se le puede echar la culpa a Dios de todos los males que hay en el mundo!
¡El no es ningún sádico que disfruta haciendo sufrir a la gente. Quien causa todas esas cosas no
es Dios. ¡Muchas de ellas son la obra malvada de un ser poderoso llamado Satanás o el Diablo, al
que le encanta hacer daño al hombre y verlo sufrir! De hecho, ésa es una de sus tácticas
principales para apartarlo de Dios. ¡Trata de echarle a Dios la culpa de todas las fechorías que él
mismo hace!"
¡La jovencita se quedó callada un momento mientras lo pensaba, y a continuación soltó la
pregunta que siempre utilizan los ateos para tratar de callar a los cristianos en forma efectiva!
"Entonces, si Dios existe y es todopoderoso, ¿por qué no para al Diablo y le prohibe que cause
tanto sufrimiento? ¿Por qué permite que haya males en el mundo? Por ejemplo, ¿por qué no
detuvo a Hitler?"
"¡Es una pregunta muy interesante!", le dije. "Pero como comprenderá, si Dios hubiera detenido
a Hitler, ¡también tendría que detenerla a usted! Porque usted también es pecadora, ¿verdad?
Estoy seguro de que no es tan mala como Hitler, pero, ¿verdad que todos somos malos alguna que
otra vez? La Biblia dice: 'Todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios.' (Romanos 3:23)
¡En ese caso, tendría que haber detenido a todo el mundo para que no hiciera nada malo! Desde el
mismo principio Dios habría tenido que intervenir haciendo uso de la fuerza para evitar que Adán y
Eva comieran el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal en el Paraíso. ¡Habría tenido que
entrometerse en nuestro libre albedrío y la facultad que nos ha dado a cada uno de escoger entre
obrar el bien o el mal!"
"Pero, ¿no habría sido mejor que nos hubiera obligado a todos a ser buenos?", me preguntó
provocándome.
"Si el Señor hubiera querido que fuéramos unos robots, claro, habría hecho a todos de forma
que fuéramos buenos y lo amáramos. ¡Pero nos creó con libre albedrío y libertad para escoger,
para que lo amáramos por iniciativa propia! ¿Verdad que usted no querría mucho a sus hijos si la
quisieran porque estuvieran obligados?", le pregunté.
Desconcertada, me respondió: "No, claro, pero, ¿qué tiene que ver eso con el sufrimiento?"
Le expliqué: "Porque Dios creó al hombre para que escogiera entre el bien y el mal, entre hacer
las cosas como Dios y como él mismo quiere, y ésa es la razón de que haya tanto sufrimiento,
dolor, penas, enfermedades, guerras, problemas económicos y otras cosas por el estilo en el
mundo actual. ¡Porque en vez de preferir amar y obedecer a Dios, el hombre ha escogido rebelarse
contra las amorosas reglas que Dios fijó únicamente para su salud y felicidad, y debió hacer las
cosas a su manera, y por eso la humanidad está pagando las consecuencias de haber escogido
mal! '¡Hay camino que al hombre le parece derecho, pero al final conduce a la muerte!'"
(Proverbios 14:12)
En ese momento la llamaron para que atendiera a un cliente, y ahí terminó nuestra
conversación. Pero más tarde pensé que una buena parte del sufrimiento que hay en el mundo ni
siquiera está causada por el Diablo, y no es ni mucho menos porque Dios quiera fastidiar a la
gente, sino que el propio hombre en su estupidez se lo ocasiona a sí mismo. ¡El peor enemigo del
hombre es el propio hombre!
¡Fíjate en la cantidad tan grande de sufrimiento que el hombre se ha infligido a sí mismo
librando constantemente horrendas guerras en las que millones de personas han muerto o sufrido
mutilaciones! Lutero describió así la guerra: "Es la peor plaga que pueda azotar a la humanidad;
destruye la religión, destruye los estados y destruye las familias. ¡Cualquier otra plaga es preferible
a la guerra!" Pero, ¿tiene Dios la culpa de las guerras humanas? La Biblia dice: "¿De dónde vienen
las guerras y enfrentamientos entre vosotros? ¿Acaso no vienen de vuestras pasiones, las cuales
combaten en vuestro interior?" (Santiago 4:1) Dios no tiene la culpa de los sufrimientos causados
por las guerras, sino por el contrario, la tiene el egoísmo, codicia, orgullo y espíritu competitivo del
hombre, que mata a los demás por su codicia o afán de ganancias egoístas; ¡ésa es la causa de
las guerras!
¡Pero, aunque parezca mentira, el sufrimiento que el hombre se produce a sí mismo en
accidentes de automóvil es más mortífero todavía que las guerras! ¡Por ejemplo, los automóviles
han matado a más norteamericanos que los que han muerto en todas sus guerras juntas! ¡Nada
más en los EE.UU., cada año mueren 56 mil personas en accidentes de circulación, la mitad por
conducir bebidos!
Una cantidad abrumadora de inventos del hombre, como por ejemplo armamento, medios de
transporte demasiado veloces, grandes rascacielos, pesticidas, productos químicos mortíferos,
drogas, etc., son mortales y destructivos y causan toda clase de sufrimiento. Cuando el hombre
hace tercamente lo que le da la gana y construye cosas que Dios nunca quiso, ¿qué se puede
esperar?
Si no existieran los automóviles, prácticamente se evitarían las muertes y las heridas
producidas por los accidentes de circulación. El aire no estaría contaminado con el humo de las
fábricas y los escapes de los automóviles, si no hubiera autos y fábricas. ¡La forma de vida actual
contribuye en gran medida a una buena parte del sufrimiento que hay en el mundo! Hasta hace
unos ciento cincuenta años, el medio de transporte terrestre más normal era el caballo y la carreta.
Y como resultado, casi todo el mundo andaba a un paso más tranquilo, pausado y saludable.
La fatiga, prisa, ansiedad y tensión innecesarias de la vida actual son lo que produce tantas
dolencias psicosomáticas, como fuertes dolores de cabeza, úlceras estomacales, problemas del
corazón, etc. No hemos aprendido a echar todas nuestras ansiedades sobre Dios como se nos
aconseja que hagamos en 1a de Pedro 5:7. Por eso dejamos que nuestras mentes preocupadas y
apuradas nos hagan enfermar!
Además, una gran parte del sufrimiento causado por enfermedades es obra del hombre y se
debe a sus malos hábitos alimenticios. Dios nos dio el azúcar natural, pero la blanqueamos
destruyendo sus agentes nutritivos y volvíendola mala para la salud. Comemos pan blanco, cuando
el integral es mucho más saludable. Desobedecemos las leyes divinas de salud comiendo toda
clase de porquerías, dulces azucarados, conservantes químicos, etc., en vez de las deliciosas
frutas, verduras y alimentos naturales que Dios ha provisto con tanta abundancia. También nos
enfermamos voluntariamente fumando, bebiendo alcohol y tomando drogas perjudiciales para la
mente y el cuerpo. ¿Tiene Dios la culpa de que nos maltratemos a nosotros mismos de esa
manera? ¡Por supuesto que no!
Otro ejemplo de que el hombre se produce sufrimiento a sí mismo: fíjate en los millones de
personas que se mueren de hambre en países como el Sudán y Etiopía. Hubo un tiempo en que
los desiertos del norte de Africa eran una extensión hermosa, fértil y cubierta de árboles. ¡Pero a lo
largo de los siglos, el hombre fue talando todos los árboles! ¡El resultado es que la erosión arrastró
la tierra vegetal y no quedó más que desierto. ¡A medida que la gente se fue trasladando al sur en
busca de tierra fértil, siguió talando árboles, con lo que naturalmente el desierto se fue extendiendo
hacia el sur!
Hoy en día hay nueve millones de kilómetros cuadrados de desierto en el norte de Africa
porque el hombre ha trastornado el equilibrio ecológico. ¡A consecuencia de ello, una cantidad
innumerable de personas muere de hambre allí todos los días!
¿Se le puede echar a Dios la culpa de ello? ¡Esos problemas están causados por la necedad
del propio hombre a lo largo de los años, y con frecuencia siglos! Son problemas que han ido
aumentando en forma constante con las sucesivas generaciones.
Además, en otras partes del mundo existen excedentes excesivos de alimentos -millones y
millones de toneladas anuales-, o sea, que Dios ha provisto más que suficiente para que nadie
tenga que pasar hambre! ¡Pero mientras el mundo occidental gasta cientos de millones de dólares
en almacenar o destruir dichos excedentes, en ejercicios y regímenes para adelgazar, y les paga a
los agricultores para que no produzcan, los países pobres del mundo se mueren de hambre!
Hay otras formas de sufrimiento que el hombre se produce a sí mismo. Por ejemplo el SIDA,
que está extendidísimo sobre todo entre los homosexuales. ¡La homosexualidad, o sodomía, como
la llama Dios en la Biblia, está terminantemente prohibida por Dios, ya que es insalubre, insana,
antinatural y maldita! "Hombres que cometen hechos indecentes unos con otros y reciben en sí
mismos el castigo merecido por su perversión." (Romanos 1:27) El SIDA, así como muchas otras
enfermedades, es causado y se propaga cuando se maltrata el cuerpo en una forma contraria a la
Palabra de Dios y sus leyes de salud. Entonces, ¿tiene Dios la culpa de que el hombre pague las
consecuencias de sus pecados? ¡No! como dice su Palabra, reciben "el castigo merecido por la
perversión de ellos". ¡La Ley de Moisés mandaba apedrearlos!
Otra causa de sufrimiento y dolor es la miseria y extrema pobreza de los pobres en las grandes
ciudades del Tercer Mundo. ¡Grandes cantidades de barriadas de chozas han surgido en los
alrededores de las ciudades, desde Bombay a El Cairo pasando por Río de Janeiro y Manila,
donde millones de familias viven asentadas en chozas y chabolas en medio de agua sucia, basura,
aguas residuales, suciedad y las circunstancias más insalubres que se puedan imaginar!
¡Pero no es el plan de Dios que la gente viva de esa manera! ¡Para empezar, nunca tenían que
haberse ido a vivir a la ciudad! Habría sido mucho mejor que se hubieran quedado en el campo,
donde hay aire puro, comida, mucho trabajo arduo y ejercicio, menos aglomeración de personas,
hermosos arroyos cristalinos y sitio de sobra para que jueguen los niños, y donde pueden tener
animales y disfrutar de todas las demás ventajas de la vida sana del campo. ¡La vida sana y
saludable del campo es la que Dios dispuso para el hombre!
¡Pero los pobres ven los lujosos automóviles, hermosas casas y todos los lujos materiales
sofisticados y trastos inútiles que tienen los ricos en las ciudades y creen que esas cosas los van a
hacer felices! ¡Les parece que en la ciudad van a poder trabajar menos, ganar más dinero y vivir en
medio de lujos!
Por eso acuden en tropel a las ciudades, y al poco tiempo sus familias se desmoronan, sus
hijos se dedican a las drogas y la delincuencia, no encuentran trabajo y sufren graves
enfermedades y desnutrición. En muchos casos, terminan viviendo prácticamente en su propio
excremento: ¡lavan, cocinan con un agua terriblemente contaminada y asquerosa, y hasta la
beben!
¿Es de extrañar entonces que miles de personas mueran de tifus, cólera y toda clase de
enfermedades? "Las ciudades", dijo el gran historiador Toynbee, "son las llagas infectadas del
mundo." ¡Pero la culpa no es de Dios! ¡Son una maldición creada por el hombre!
En algunos países, los pobres se apiñan en las ciudades huyendo de guerras civiles, acciones
guerrilleras o bandas de ladrones y bandidos del campo, por lo que a veces su sufrimiento es culpa
de la codicia, la opresión y la inhumanidad de otros hombres hacia la propia humanidad en las
guerras.
Por supuesto, una buena parte de la causa de que millones de personas sufran en todo el
mundo privación, necesidad y miseria es el egoísmo de los ricos. La mayoría de los ricos
sencillamente no comparte sus riquezas o tierras como debería, ni las invierte en puestos de
trabajo e industrias para dar empleo a los pobres. O no les pagan unos sueldos decentes, o los
precios justos por lo que han trabajado y producido para que se puedan ganar la vida como Dios
manda. Si lo hicieran, no cabe duda de que habría suficiente para todos, que es lo que el Señor
quiere. ¡Nos aconseja una y otra vez en su Palabra, y hasta nos ordena, que compartamos con los
pobres porque no quiere que sufran!
¡Así pues, la mayoría de los sufrimientos del hombre no son culpa de Dios ni mucho menos,
sino culpa del hombre, porque desobedece las leyes que el propio Dios nos ha fijado en amor! ¡Y
aunque parezca mentira, los ricos también sufren! ¡En algunos sentidos, más que los pobres! Los
pobres al menos tienen esperanzas de llegar a encontrar la felicidad haciéndose ricos. Pero los
ricos lo tienen todo y todavía no son felices. Es más, muchos obtuvieron sus riquezas robando y
engañando a los pobres, lo cual es contrario a las leyes que ha fijado Dios para nuestra felicidad y
prosperidad espiritual, según las cuales debemos mostrar amor y preocupación y dar y compartir
con nuestros semejantes.
A consecuencia de ello, los ricos tienen generalmente remordimiento, además de temor de que
alguien les quite sus riquezas. ¡Por eso, tienen que vivir prisioneros en su propia casa, tras altos
muros y rejas que construyen para que no entren los ladrones ni sus enemigos! ¡Pero los demonios
del infierno sí pueden atravesar dichos muros y rejas para entrar a sus casas llevando temor,
enfermedad, preocupación y muerte!
Otra clase muy dura de sufrimiento es la persecución que Dios permite que sufran sus
seguidores por parte de los impíos ateos que rechazan el Evangelio. ¡Durante miles de años, los
justos han sufrido dolor, persecución y privaciones a manos de un mundo impío! No sólo eso: es
inevitable que todo cristiano que dé la cara valerosamente para combatir activamente los males de
este mundo sufra persecución. "¡Porque todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús
padecerán persecución!" (2a a Timoteo 3:12)
¡Seguramente se necesitaría escribir todo un libro para hablar de todas las causas del
sufrimiento que hay en el mundo! Pero esperamos haberte dado al menos algunas respuestas a
uno de los mayores interrogantes de esta vida: "¿Por qué permite Dios que haya sufrimiento?"
¡Porque nos lo originamos nosotros mismos! Aunque leyendo la Palabra de Dios y mediante la
oración podemos entender muchas de las razones, seguramente no conoceremos todas las
respuestas a dicha pregunta hasta que lleguemos al Cielo, pues hay algunas cosas que no las
entenderemos hasta que las veamos tal como las ve Dios.
Un ejemplo muy apropiado es la siguiente anécdota de cuando el doctor Handley Moule visitó
una mina de carbón inmediatamente después de una terrible explosión subterránea. En la boca del
pozo estaba congregada una inmensa multitud en la que se encontraban los familiares de los
mineros que estaban sufriendo atrapados.
"Para nosotros es muy difícil", dijo, "entender por qué ha permitido Dios que suceda una
tragedia tan horrorosa. Pero tengo en mi casa una señal para libros que me regaló mi madre. Está
bordada en seda, y cuando la miro por el revés no veo sino una masa informe de hilos. ¡Parece
una equivocación tremenda! Cualquiera diría que la que lo hizo no sabía lo que hacía. ¡Pero
cuando le doy la vuelta y la miro por el derecho, veo hermosamente bordada la frase: 'DIOS ES
AMOR'! ¡Esto lo estamos viendo hoy por el revés! Algún día lo veremos desde otra perspectiva y lo
entenderemos."
¡Dios siempre tiene un propósito y un plan en nuestro sufrimiento, aunque no siempre lo
veamos enseguida! ¡A veces "sus caminos son inescrutables (Romanos 11:33) y lo único que
podemos que hacer es confiar en Dios, porque sabemos que todo lo que haga, lo hace por amor, y
que si ahora no entendemos, ya lo entenderemos algún día!
Por último, nos gustaría hablar también de las ventajas del sufrimiento. ¡Muchas veces el
sufrimiento es beneficioso! Los antiguos griegos lo creían, y por eso se veía tanto dolor y
sufrimiento en sus tragedias. Lo llamaban "catarsis", que quiere decir purgación o purificación.
Creían que las emociones profundas y el llanto lavaban las impurezas, la necedad y la estupidez
de uno, volviéndolo íntegro y puro. Como dice un antiguo poema:
Salí a pasear con la necedad,
> y no paró de conversar;
> ¡pero no aprendí nada de ella
> a pesar de que habló sin cesar!
> Salí a pasear con la tristeza
> y ni una palabra me habló;
> ¡mas cuántas cosas aprendí aquel día
> en que la tristeza me acompañó!
¡Hay que ver con cuánta frecuencia el sufrimiento estimula la ternura y la bondad en las
personas! ¡El dolor, el sufrimiento, el sacrificio y la tristeza suscitan los mejores sentimientos, la
compasión, el amor, la ternura, el quebrantamiento, el amor y la preocupación por los demás! El
objeto del sufrimiento es fortalecerte y prepararte para que puedas fortalecer a otros. La Biblia dice:
"¡Nosotros consolamos a los demás con el consuelo con que nosotros mismos somos consolados
por Dios!" (2a a los Corintios 1:4) Y a nosotros los cristianos, nos da el deseo de darles a los
demás la solución que hemos encontrado nosotros y que puede solucionar todos sus problemas y
sufrimiento: ¡Jesús!
Muchas veces el sufrimiento hace que la gente se vuelva hacia Dios y la inspira a implorarle
perdón, arrepentirse y a pedirle a Dios que la salve. Se da cuenta de que Dios la está castigando y
le pregunta: "Señor, ¿qué mal he hecho? ¿Por qué necesito esto?" Como dijo el rey David: "¡Antes
de ser afligido andaba descarriado, pero en mi angustia clamé al Señor y libró a este pobre de
todas sus angustias!" (Salmo 18:6; 34:6; 119:67) ¡El sufrimiento y la aflicción nos unen más al
Señor!
Finalmente, no olvidemos jamás que "no tenemos un sumo sacerdote que no pueda
compadecerse de nuestras debilidades, sino que fue tentado en todo según nuestra semejanza."
(Hebreos 4:15) ¡Jesús mismo conoce el sufrimiento! ¡Sufrió más que ninguno de nosotros! ¡Pagó
por todos los pecados de todo el mundo, y uno de estos días, la Palabra de Dios nos promete que,
para los que amamos a Dios, todo sufrimiento llegará a su fin y "enjugará toda lágrima de nuestros
ojos, y ya no habrá muerte, ni llanto, ni clamor ni dolor, porque las cosas anteriores pasaron"!
(Apocalipsis 21:4)
Hasta que llegue ese día de perfección, tendremos que soportar ciertos sufrimientos, pero la
compensación, el premio que nos espera en el Cielo, supera con mucho el dolor y sufrimiento
temporales que podamos experimentar aquí abajo. Pablo dijo: "Pues considero que las aflicciones
del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de
manifestarse." (Romanos 8:18)
> ¿Y tú? ¿Estás salvado y listo para ese día?
(c) La Familia, 1999

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