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Gabriel Cebrián

© STALKER, 2001.
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Fotografía de tapa: Mario Ruiz

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Exú

GABRIEL CEBRIÁN

Exú

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Gabriel Cebrián

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Exú

“Sólo quedaba un camino para en-


gañar a Adán y Eva: introducir el sufri-
miento en su vida y obligarlos a creer
en la realidad de la materia.”

P. D. Ouspensky
Talks with a devil

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Exú

PRIMERA PARTE
INTERIORES

Mariel

“Hace casi tres horas que le vengo dando


vueltas a este garabato verdinegro y no le puedo en-
contrar ningún sentido, ningún asidero sobre el cual
desarrollar la más mínima idea. ¿Habré cagado otro
lienzo más? Esta semana ya tiré dos. No sé quién
carajo me dijo que podía pintar bien. Lo que en un
principio creí que constituía una válvula hacia la
creatividad, tal parece que ahora se cierra sobre sí
misma y tengo más ganas de picar un par de rayas y
de tomármelas que de seguir fatigando pinceles en-
durecidos. Todo tiene un fin. La buena vida tiene un
fin, o mejor dicho, sea buena o mala, igualmente ter-
mina. El talento tiene un fin, se seca, se va evaporan-
do como un manantial en tiempos de sequía, o como
los pozos de petróleo. Mi veta plástica parece ha-
berse agotado, y solamente me queda hoy elaborar
algunos señuelos multicolores que se valen del sedal
de un prestigio que supe conseguir, y que ha deveni-
do infundado por crecientes incapacidades que no sé
muy bien a qué atribuir, si a los aires fatuos que tra-
jeron consigo algunas taras autodestructivas como la
cocaína o al propio desencadenamiento cíclico del
yin en el yang y viceversa. Hoy pródiga, mañana es-
téril. Hoy puta pasional, mañana transida por una fri-

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Gabriel Cebrián

gidez maníaco-depresiva, fulgurando intermitente-


mente en una especie de ciclo menstrual psicológico
que finalmente parece arrojarme a una menopausia
creativa y la reputa que me parió. Nadie espera que
piense, no. Nadie espera que sienta algo que no sea
fervores de técnica mixta sobre un lienzo. Hay una
cabeza detrás de todo esto, pero sólo parecen contar
las pinceladas mecánicas que inerva a través de mi
miembro superior derecho. Odio que celebren lo que
yo odio. Odio que adulen esos infecundos mamarra-
chos producto de una insuficiencia anímica tal vez
terminal. Odio ser tan conciente de todas mis bajezas
y de todo en general. Uno puede tirar del carro cuan-
do tiene a donde ir, no sé, algo que sea nuevo pero
que todavía esté a su alcance. Algo que no sea un su-
cedáneo sugerido por el analista, o en su caso esas a-
pelaciones fraudulentas por anacrónicas a valorar lo
que se tiene, en lugar de decir lo que se tuvo. Es pro-
bable que la droga me deprima, pero por eso no dejo
de ver las cosas como son, y lo que soy, una cua-
rentona borracha y adicta que huele mal y pinta pe-
or. Que ha perdido la capacidad de asombro -entre
otras- y ve escorar su nave, asida con desesperación
a los desguazados bastidores de lo que fue su gloria.
Mano de plomo. Cuerpo de plomo. Piernas
de plomo. Párpados helados. Vaso de whisky arroja-
do contra la mancha verdinegra. Oia... ¿a ver? Sí, se
corrió un poco la plasta esa, ehhh... mirá vos, queda
bastante mejor. Es asqueroso, pero ahora es real-
mente asqueroso. Parece una matriz hinchada y pu-
trefacta. Lo llamaré así, “matriz en estado de des-
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composición”, y los muy bastardos van a celebrarlo.


Sólo me queda esbozar un feto violáceo por acá...”

Waldo

“Hoy le emboqué esa porquería que pintó


Mariel el mes pasado a la gorda de Barrio Jardín, en
tres lucas. La gorda seguro que se va a jactar ante
sus gordas amigas y con suerte todas van a querer un
cuadro de Mariel para su living. Si pudiera conseguir
que la conchuda ésta pinte aunque sea tres porque-
rías al mes... sacá la cuenta... aparte en donde mueva
un par, suben de precio. Vuelve la buena. Eso, siem-
pre y cuando la loca ésta sobreviva. Está aspirando
como una Yelmo, chupa y la bardea. Antes por lo
menos le echaba un polvo de vez en cuando y la
mantenía más o menos tranqui... pero ahora... y me-
nos mal que no le da para ese lado, porque la verdad
es que está venida abajo, la pobre. No da para tocar-
la ni con una caña. Sin embargo, me demanda tiem-
po para verla decaer, para tratar de arrastrarme en su
depresión, apelando a un supuesto compromiso sen-
timental que trasciende la carne y qué sé yo qué
patraña femenina. A mí lo único que me va es el me-
tálico, así que si tengo que hacer de terapeuta un par
de veces por semana, qué va’ hacer. Hay laburos pe-
ores. Aparte, con lo depreciado que está todo en este
país, tener una marca así, aunque sea medio vencida,
te garantiza luquear de frente y no andar promocio-
nando desconocidos, por mejor que pinten.

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Gabriel Cebrián

Pero la loca se está poniendo imbancable.


Los otros días me salió a cuento con eso de echarme
en cara la vez que la hice abortar. Yo no la hice a-
bortar. Fue de común acuerdo. Yo solamente le dije
que no quería un hijo en ese momento, y ella se des-
pechó y fue al cuchillo. O a la cuchara, qué sé yo. La
cosa que insinuó que quizás si “Fermín” (así lo lla-
mó) hubiera nacido, ella tal vez tendría algo por qué
vivir, o donde proyectar ilusiones. Por un momento
me puse algo triste, pero enseguida me di cuenta que
había tropezado con la zancadilla y me repuse y me
fui a la mierda. Tampoco la boludez, ¿no? Es un ro-
llo. Tal vez si consiguiera más guita por los cuadros
de los otros podría mandar a la mierda a Mariel. Pe-
ro sólo consigo obras de gente tan presuntuosa como
rudimentaria. Es muy loco, este país. Cualquiera a-
garra y se hace el freak, comete un par de desmanes,
se pone una gorra, toma un pincel y una paleta o qué
sé yo... el clarinete, o lo que sea, y proclama su ge-
nialidad. Y después cuando encontrás uno que pare-
ce que tiene lo que tiene que tener, resulta que está
chafado en serio. Pero el grado de zafe de Mariel
está meticulosamente ceñido al ámbito suficiente de
cordura como para seguir sicopateando al prójimo,
especialmente a mí. Lo que hace descreer de su
presunta insanía. Y por lo tanto, de su “genialidad”.
Ella sabe que yo lo sé. Por eso me odia. Pero me
necesita para descargar su veneno. Aunque observo
que me estoy poniendo obsesivo, y mucho me ha
costado estar medianamente bien. Aparte la neuro-
sis es contagiosa, así que no voy a dispensar más
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tiempo a este tema y tratar de ocuparme de otros


asuntos más sanos.”

Samantha

“Fue muy fuerte lo que sentí al ver esta pin-


tura. Ahora sé que el Merodeador estuvo detrás de
ello. Fue algo increíble. No más entré con el cuadro
irrumpieron a todo volumen los grillos ¡a pleno me-
diodía! Lo colgué en un lugar central de la sala, me
serví un White Horse para festejar y aquí estoy, de-
gustando mi copa y saboreando los colores dispues-
tos así por una hasta ahora ignota para mí Mariel
Duchamps. ¿Será realmente de ascendencia francesa
o se tratará sólo de un seudónimo desagradablemen-
te snob? En todo caso, supongo que no me corres-
ponde marcar la presa. No es por mí precisamente
que lo compré, ya que no me dice mucho. ¿Cómo
explicarlo? Tuve algo así como un pensamiento re-
flejo, como cuando el Merodeador me habla en tran-
ce, o en sueños, para que piense sus ideas. Que pien-
se ideas, no palabras. Pienso sus ideas, y son difu-
sas, complicadas, como arabescos de sentimientos
que configuran paisajes, espejismos de sensaciones
anímicas que pueden recorrerse con algo parecido a
una vista de otros mundos pero que opera en el cam-
po emocional. Eso sentí, allí, ante este cuadro, a pe-
sar de que en términos de estética no me dice gran
cosa, como ya dije; me resulta oscuro y con escaso
grado de dificultad en su ejecución, sin un sustento
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conceptual que justifique tanta parquedad. Mas ese


desdoblamiento perceptual que tan directamente me
remitió a mi huésped astral, fue una señal clara e i-
nequívoca que era él quien necesitaba hacerse del
lienzo. En vano el patán ése se esforzaba por acla-
rarme las virtudes técnicas de la tal Duchamps, o co-
mo quiera que se llame. Yo no prestaba la más míni-
ma atención a sus ditirambos. Estaba completamente
alelada a causa de ese feedback que por primera vez
había tenido lugar en vigilia. Ahora, mientras sabo-
reo mi whisky, observo una inquietante (al menos e-
so debo reconocer) técnica mixta en tonos fríos con
un motivo como de pichones masacrados, pisotea-
dos. Los grillos siguen interpretando su Concerto di
Mezzogiorno, de modo que tomo la guía telefónica y
allí está: Duchamps, Mariel Alcira.

Mariel

Sensación de fluir como entre tenues algas


que acarician un cuerpo que burbujea con una espe-
cie de angustia que se experimenta en forma de as-
fixia. Anclaje de plomo disturbado por un desconec-
te energético, umbrales de muerte entre sedas que
como un etéreo bálsamo recorren la superficie del
último vuelo de mi ánima. Y velocidad, velocidad or-
bital centrípeta. Mi solidez se vuelve saturninas re-
gurgitaciones allá abajo. Recuerdo un atardecer
violáceo, como vítreo, una escollera y el viento ca-
racoleando en luces. Cómo pintar algo así, sin con-
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gelarlo... todo se funde y yo también en un torbelli-


no multicolor. Alguien me toma de la mano, no pue-
do verlo pero su contacto parece agradable. A poco
advierto que ya no tengo siquiera mi mano. Es sólo
un muñón cicatrizado hace tiempo, ya.
Inspiración profunda. Tos desesperante por
fluídos digestivos que ingresan a los bronquios.

ALGUNOS HECHOS

Periko se apeó de su Ford Fiesta azul y se en-


jugó la transpiración de la frente con un pañuelo de
papel, que luego arrojó en un cesto de residuos justo
al frente de Frávega. Revisó la caída de sus bucles
rebosantes de gel en el tenue reflejo de la vidriera, y
entró. Un vendedor joven y rubio, con una especie
de tardío acné se le acercó y le preguntó qué andaba
buscando. “Cómo me lo cogería a este pendejo”,
pensó Periko, entre cruentas descargas endócrinas.
-Ando buscando un equipo de DVD –articuló final-
mente.
-Bueno, por favor, moléstese por acá.
-A donde vos digas.
Mientras el joven se esforzaba por explicar
características y conveniencias de cada uno de los
modelos, Periko se lo devoraba con la mirada y pres-
taba casi nula atención a lo que le decía. Finalmente
escogió uno casi al azar.
-Me llevo éste.
-Sí, éste está bien. Es buena elección.
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-Yo generalmente elijo muy bien, querido.


-No lo dudo.
-Che, tenés buena onda, vos. ¿Te gustaría que tomá-
ramos un café? ¿A que hora salís?
-No, señor, acá solamente me permiten entablar diá-
logos de índole comercial, no sé si me explico.
-Dale, no me digas señor. Me llamo Periko, con k.
-Está bien, señor Periko. Me temo que no estoy inte-
resado.
-Si cambiás de idea, dejo mi teléfono en el cupón de
la tarjeta, pillín.
-Buenos días, señor Periko.

Subió de nuevo al Fiesta maldiciendo al calor


que le pegaba la camisa al cuerpo. Puso el aire a full
y respiró profundamente, aún pensando en el pende-
jo de Frávega. Qué tipo enamoradizo que era. Era
capaz de llevarse al pibe a vivir con él con sólo ver-
lo. Años de análisis no le habían permitido siquiera
discernir si esa compulsión desesperada hacia los jo-
vencitos se debía a una carencia afectiva o era mera
carnalidad exacerbada. De repente cayó en la cuenta
que, hoy por hoy, le daba lo mismo que fuera una
cosa u otra. Los traumas parecen tener fecha de ven-
cimiento, entonces.
Puso en marcha el auto y salió sin mirar.
-¡QUE HACÉS, LA RECONCHA DE TU MA-
DRE! Le gritó un taxista, que gracias a sus aceita-
dos reflejos consiguió evitar la colisión.
-¡Qué boquita, nene! ¿No ves que hay damas?

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Enfiló para la casa de Mariel. Lo tenía bas-


tante preocupado. La veía decaer física y moralmen-
te, irse degradando de una manera voluntaria que de
tan conciente exasperaba. No iba a permitir que se
suicidara. No iba a permitirlo aunque tuviera que in-
ternarla de las mechas.

Mariel vino a abrir la puerta. Estaba en esa


especie de batón oriental tan desagradable que últi-
mamente no se sacaba ni para cagar, y el vaso de
whisky y el cigarrillo en una mano.
-Qué hacés, Periko.
-Che, Maru, mirá cómo estás. ¿No tenés calor?
-No, tengo el aire prendido. Pasá, pasá, tomate un
whiscardo.
-No, estás loca, vos. Es mediodía.
-¿Y?
-¿No tenés una cerveza?
-Fijate en la heladera.
Periko abrió el refrigerador y encontró una
botella de Heineken. La abrió, tomó un chopp de los
seis que pendían de sendos ganchos sobre la mesada
y mientras se servía, dijo:
-¿Por qué no te fijás si te gusta lo que te traje?
-¿Ésto es para mí?
-Claro, diosa, para quién va a ser.
-Oia. ¿Y qué coño es esto? –Preguntó, mientras con
manos temblorosas terminaba de romper el envol-
torio.
-Un reproductor de DVD.

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-Pero estás loco, Periko, dejáte de joder, para qué te


ponés en gastos, nene.
-Y, mirá, yo pensé lo siguiente: si cada vez que ven-
go solamente te veo esnifar, y esnifar, y darle al chu-
pi, y de repente escuchar toda una sarta de disparates
autodestructivos, me dije que era mejor traer un apa-
rato de éstos y distraernos un poco viendo películas.
-Bueno, tampoco es tan así. Si te molesta no te
cuento más nada.
-Maru, querida, si no hace falta que me cuentes las
cosas mil veces. Tratá de entenderme una vez vos,
tenés que levantar, tenés que salir de ese cuadro por-
que si no la cosa se te va a poner muy fea, ¿me en-
tendés?
-¿Peor, te parece?
-¿Ves? ¡Las cosas no están tan mal, Maru! Sos vos
la que está deprimida, y eso te lleva a ver las cosas
así. Haceme caso, volvé.
-Ojalá pudiera.
-Andá, date un baño y ponete algo más fresco. Tenés
que tener consideración con las visitas, mirá como
me recibís.
-Vos no sos visita, amor mío. Vos sos mi hermana
favorita.
-Soy la única. Y que no me entere que tenés otra.
-Hablando de eso, hoy me llamó una mujer.
-¿Qué quería?
-No sé, me dijo cosas muy raras. Parece que le com-
pró un cuadro mío a Waldo.
-Seguro que el muy cabrón la estafó.

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-No, eso se descuenta. Como me caga a mí también,


viste.
-No sé cómo lo dejás. Jodete.
-¿Y qué querés que haga? ¿Qué me ponga a mer-
cachifle, encima?
-¿Encima de qué? Si el boludo ése es capaz de ven-
der tu obra...
-Qué obra, eso ya fue.
-No empecemos con pelotudeces, Maru. Si el boludo
ése es capaz de venderte, imaginate lo que podría-
mos hacer vos y yo con un local en alguna galería
paqueta.
-No, gracias, te agradezco.
-No, ma qué gracias. Te lo ofrezco por mí. En vez de
darle de comer al chulo ése nos podemos parar,
pendeja. Somos socios. Yo pongo el local y vos pin-
tás y venís a vender conmigo. Ya veo la firma: Du-
champs-Laserre / Atelier et Art Dèco.
-Qué loco que sos.
-Ningún loco. Soy una loca, pero una loca que se
cuida a sí misma y a su amiga, que está más loca que
ella. Dále, pongamos el negocio, ¿sí? Pero primero
tenés que pensar en dejar de tomar tantas porquerías
y someterte a una dieta y a un gimnasio. Variar la
pauta, como dicen los terapeutas. Ya saqué turno pa-
ra los dos en el gimnasio de Coco. Coco, ¿te acor-
dás?, el patovica que me volteaba el año pasado.
-Te lo querés voltear de nuevo, por lo que veo, y me
involucrás en tu estrategia de abordaje.
-Tampoco seas así de bruja, conchuda de mierda.

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-No, Periko, te digo en joda. Mirá: te prometo tratar


de aflojarle a los tóxicos, pero no te aseguro nada.
Vos sabés como es, entro en crisis y...
-Ninguna crisis, vos sabés muy bien que esas son
excusas.
-Y por ahora nada de gimnasio, eh. Cuando me en-
cuentre en condiciones yo te hago acordar. Me voy a
dar una ducha. ¿Por qué no conectás el aparato ése,
mientras?
-Andá. Ponete linda. Traje para ver una de Kurosa-
wa y otra con William Hurt, que es malísima, pero a
quién le importa.

Mariel abrió la ducha y se quitó la bata. Que-


dó frente al espejo oval y observó su decadencia fí-
sica con un suspiro que tuvo menos de frustración
que de fatalismo. Las ojeras eran algo patético. Pare-
cía la Meijide. Los rasgos se habían endurecido y la
expresión de ansiedad resultaba casi demoníaca, am-
bas irregularidades producto seguramente de la co-
caína. Hablando de eso, sacó un tubito del botiquín y
se metió dos palas en cada fosa nasal. Parar. Eso se
dice muy fácilmente. De repente tenía energía, el
plomo se volvía más dúctil y hasta quizás se mas-
turbara en la ducha. Era la única cuota de sexo que
se podía permitir sin sentirse sucia, y ahí se iban sus
fuerzas. Periko tenía razón, ya estaba doblando el
codo. Se metió bajo el agua y la sensación en la piel
fue exquisita. Abrió la boca y la dejó rebalsar de a-
gua tibia. Tuvo un espasmo cosquilleante en la cor-
teza cerebral. Sintió que se iba deshaciendo con el a-
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Exú

gua como si su cuerpo hubiera sido moldeado en ba-


rro blando. La no forma. El agua bautismal. El agua
que gira y se resume en un remolino hacia el abis-
mo. Como ella. Quizá se masturbara, de todos mo-
dos. El jabón cremoso siempre ayudaba. Encontró
plásticas las contracciones de su clítoris engrasado;
se sintió sexy, tanto más cuanto podía entregarse al
placer sin retaceos ni pruritos de atractivos corpo-
rales. Se excitó salvajemente, debido al estímulo que
le producía la coca, y tuvo una descarga frenética en
su mano, en su mano derecha que parecía más capa-
citada para ello que para empuñar pinceles. Cuando
dejó de estremecerse, notó que su nariz sangraba.
Todo estaba como entonces, otra vez.

* * *
Samantha encendió un hornillo con la fragan-
cia que más parecía agradarle al Huésped. Ahora que
le había dado el gusto comprándole aquel cuadro,
sentía que la relación entre ambos iba a estrecharse,
y quién sabe adónde la llevaría o qué cosas iba a en-
señarle. Encendió una vela negra, apagó la luz y ob-
servó los fluidos movimientos que ejecutaban las
manchas de aceite en la superficie del agua que des-
cansaba en un cuenco frente a ella, sobre la mesa.
Los grillos rompieron de repente con sus rítmicos
chirridos, y si bien la hora esta vez era congruente,
le llamaron la atención tanto la oportunidad como la
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intensidad. Concentró su pensamiento y casi inme-


diatamente, de modo mucho más ostensible que en
las anteriores ocasiones, sintió un jalón en lo profun-
do de su ser y de pronto se vio a sí misma caminan-
do por un suburbio florido. Una casa baja, humilde,
de construcción tradicional y paredes blanqueadas
con pintura a la cal le produjo una atracción podero-
sa. Se acercó presurosamente, asió el picaporte y lo
accionó. La puerta se abrió hacia adentro. Una
especie de niebla muy espesa impedía aún la más
leve vislumbre del interior, mas lo curioso del caso
es que, si bien parecía ocupar todo el espacio de la
vivienda, ni una mínima partícula trasponía el mar-
co. Samantha estiró su mano, atravesó el extraño
cuerpo gaseoso y sintió una fresca y agradable hu-
medad. Obedeciendo al mismo impulso que la había
conducido hasta allí, ingresó y se vio envuelta por
esa especie de nubosidad circunscripta. Entonces la
totalidad de sus sentidos pareció agitarse. Se sintió
sofocada cuando una sensación agridulce muy fuerte
hizo presa de su vehículo astral. Se debatió unos mo-
mentos, en el conocimiento que cualquier perjuicio
que sufriera allí repercutiría de modo inevitable en
su cuerpo físico, y una angustia sin precedentes hizo
presa de su ánimo. ¿Acaso el Merodeador había
conseguido ya lo que quería y ahora la sacaba del
medio de una manera tan aciaga? La niebla agridul-
ce parecía corroerla por dentro y sintió que se iba
fundiendo en aquella substancia sin forma. Entonces
oyó la voz:

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Exú

“Estás sufriendo, cómo no, pero has de saber


que esta agonía es lo mínimo que tengo preparado
para ti si es que decides hacer caso omiso de mi co-
mando. Nada me impide ser la quintaesencia de la
maldad, ya que todo me impide ser a ciertos respec-
tos. Mas aquí, en mi campo, donde todos quedamos
igualados por el rasero de lo inmaterial, soy un pe-
rro de presa de alcance infinito. En ningún lugar del
cielo o de la tierra permanecerás a salvo de mis ar-
bitrarias capacidades. Soy cada una de tus bajezas,
soy la mugre de tus retretes, soy el humo que emana
de tus malhabidos alimentos, soy el cáncer que co-
rroe tus tejidos, el estallido del pánico, la mueca de
dolor diluyéndose en el espacio."

Samantha sintió entonces que era brutalmen-


te penetrada por algo o alguien que estaba en esa
niebla, o que era, esa niebla; el dolor del desgarra-
miento se sumó a la corrosión ambiental que parecía
licuarla, y se dispuso a morir. Fue entonces que vol-
vió en sí, hizo unas cuantas arcadas y sintió la hume-
dad en su vagina. Hurgueteó con los dedos y los
sacó cubiertos por sangre muy oscura. Estaba san-
grando profusamente. Volvió a contraerse e hizo es-
fuerzos para llegar al baño. Vomitó otro líquido i-
gualmente negruzco. Luego se higienizó y comprobó
aliviada que la sangría había cesado. Volvió al li-
ving, revisó la silla y cuando se dispuso a observar el
cuadro de la Duchamps, las paredes y el techo se
combaron abruptamente. Pensó que era un vahído y
sin advertirlo se bebió el agua con aceite. Tras leves
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Gabriel Cebrián

correcciones, el entorno se normalizó, como si al-


guien hubiera estado formateándolo con una consola
digital. Alisó sus ensortijados cabellos y terminó el
agua, aún a sabiendas del aceite. Salvo una ligera ta-
quicardia, su organismo parecía guardar un equili-
brio bastante cercano a la normalidad.
El silencio ahora era absoluto. Incluso los
grillos habían cesado su cantinela.

* * *
Mariel iba por una botella de whisky y frac-
ción cuando terminaban de ver Altered states. Mien-
tras Periko distribuía breves comentarios acerca de
lo fantasioso del guión o de lo fuerte que estaba Wi-
lliam Hurt, Mariel sintió que la historia tocaba una
fibra muy íntima en su ser. Por un lado, la enternecía
la obsesión del científico que era capaz de exponer
su propia integridad con generoso y desapegado ma-
quiavelismo, ya que de algún modo le hacía recordar
la suya propia, que estaba vinculada a las artes plás-
ticas, cuando cosas como esa aún le interesaban. Pe-
ro, en un grado más sutil, entendía que ese sumer-
girse en la no forma que el personaje alcanzaba me-
diante la combinación de alucinógenos y aislamiento
tocaba tangencialmente el nudo de su problemática
personal. Ella misma había relegado su salud bus-
cando otra visión de las cosas para plasmar luego en
su arte. Ella misma, aún a su pesar –igual que el per-
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Exú

sonaje- también había aprendido que sobrepasando


ciertos límites el regreso era prácticamente impo-
sible. La tenacidad de lo informe, el vacío de senti-
do, cuando se experimenta de modo profundo, difí-
cilmente deja resquicios para una eventual reinser-
ción. Sin embargo, a William Hurt lo había vuelto a
consolidar en el mundo de los organismos vivientes
el Amor, y ése sí que es un final inadecuado para un
film medianamente inteligente. Si los intereses de un
científico eran cartón pintado, entonces que que-
daría para ella. Al menos tenía claro que una bús-
queda, científica o estética, nada valía si era acotada
por la ilusoria sublimación de un bajo instinto. Se lo
comentó a Periko. Éste meneó la cabeza y dijo como
al acaso:
-Vos sí que hilás fino, eh. Mirá con lo que me salís.
¿Qué querés decir con eso de bajos instintos, che?
-¿Vos oíste hablar de un tal Confucio?
-Ah, bueno... largá la botella que ya estás empezan-
do a hablar boludeces.
-Ningún largá la botella, cotorro. Estoy bien en mis
cabales.
-Yo no dije lo contrario. Estás en tus cabales, sólo
que un poquito ebria.
-Oíme, pendejo, no me vengas a faltar el respeto a
mi propia casa, viste.
-Encima te ponés guarra. Dále, arañame, ahora tam-
bién, bruja.
-Bueno, vamos a cortarla. Qué, ¿te gustó esa pajería?
-Y, ya te dije, la encontré algo fantasiosa. Pero me
gustó la ternura al final, no sé...
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Gabriel Cebrián

-Pero entonces le hubieran puesto Lo que el cactus


se llevó, o algo así. Entonces te podés hacer a la idea
previamente que la cosa puede tener un final de te-
lenovela. Ahí, está la fantasía, Periquín. Las meta-
morfosis y la disolución final son la parte realista del
film.
-Por Dios, qué disparate.
-Es mi interpretación, querido, respetá. Tampoco yo
me agravio con tus lecturas de Susanita.
-Tá bien, tenés razón, y todo lo que vos quieras. Pero
dejá de chupar.
-Chupame la concha.
-Sí, más te quisieras vos... pero... ¡estás hecha una
enferma, nena! ¿Qué te pasa?
-Yo decido cuando tengo suficiente, baby. Y no te
hagás la pacata. Vení, sentate acá y dame un beso.
-Sabés cuanto te quiero, bruja.
-Yo también. Lástima que no soy William Hurt.
-Pero te podés poner una prótesis.
-Andá a la puta que te parió. Sexo infecundo... tal
vez por eso seamos tan amigos.
-Ya vas a empezar de nuevo... oíme, Maru, ¿qué me
dijiste hoy, que te llamó una mujer?
-Sí, te dije que era una que le compró un cuadro mío
a Waldo.
-¿Y qué quería?
-No sé, me pareció algo confusa. Como aturullada,
viste. Me dijo lo del cuadro y me dijo que había teni-
do unas experiencias extrañas ni bien lo vio.
-¿Qué?

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Exú

-Bueno, no sé, era algo incoherente. Lo que saqué en


claro que era una especie de médium, o algo así.
-Dejáte de joder...
-Como te digo. Parece ser que agité a alguno de sus
fantasmas.
-Por un lado, parece divertido, pero por el otro, me-
jor rajále. Hay cada loco suelto, hoy día. Andá a sa-
ber en qué anda.
-No me dio impresión como que fuera una persona
peligrosa. Más bien parecía pirada.
-A eso me refiero.
-No, pero no pirada mal; pirada, nada más. Capaz
que en una de esas hasta me da ideas para pintar,
¿Vos qué opinás?
-No, no me parece. No me parece que tengas que
verla.
-¿Estás celoso, o es la impresión que me da?
-Pero no seas boluda, querés. Cuidate un poco. Dis-
culpame que te lo diga, pero me parece que no estás
en condiciones psicofísicas para andar hablando con
esquizos.
-Está bien, doctor.
-Permiso. Voy a preparar algo para comer... ya que
en esta casa no se come.
-Prepará algo rico. El whisky me dio hambre.

* * *

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Gabriel Cebrián

El Volkswagen Gol mod. 98 recorría el ca-


mino casi desierto hacia la urbe a 120 km/h. En su
interior, Waldo se congratulaba de haber optado por
no utilizar la autopista, dado que en un domingo por
la noche habría resultado un gasto superfluo, en vir-
tud de la casi nula circulación de vehículos. Encen-
dió un cigarrillo y también la radio. Annie Lennox
cantaba No more “I love you’s”.
Exhaló el humo, que vertiginosamente se es-
cabulló por la ventanilla abierta. Era de lo más extra-
ño. La vieja esa Samantha le había telefoneado para
comentarle que un amigo suyo estaba interesado en
adquirir varios cuadros de Mariel, y hasta se había
permitido insinuar que pagaría un muy buen precio
por ellos. Pero el fulano, un tal Marauder, o Marau-
dér, como buen pez gordo, era una persona muy ocu-
pada y excéntrica, y además viajaba permanente-
mente, así que sus horarios para entrevista eran
estrictos y breves. Domingo por la noche... todo el
mundo viendo el fútbol y él laburando.
La canción concluyó y ganó el éter el rotati-
vo de noticias. La Argentina acababa de adjudicarse
el campeonato del mundo en lavado de dinero. Si-
guen produciéndose fallos judiciales que aceptan el
aborto de fetos que padecen anencefalia, ante una
fuerte presión pública y mediática. Resultados del
fútbol argentino, italiano, español. Sorteos de quinie-
la. De repente un neumático delantero comenzó a
golpear. Redujo instintivamente la velocidad. No
experimentaba ninguna tensión en el volante, por lo
que supuso que no había pérdida de aire. Decidió no
26
Exú

parar, ya que la zona ofrecía pocas garantías de se-


guridad. Apagó la radio para estar al tanto de cual-
quier otro sonido extraño que se produjese. Sola-
mente ese golpeteo que parecía indicar que las
tuercas de la rueda delantera derecha estaban flojas.
Concentrado en el sonido y aferrado al volante con
un alto grado de tensión, advirtió que en el horizonte
frente a él comenzaban a producirse algunos relám-
pagos. Lo único que faltaba era eso, y por supuesto,
que la rueda no aguantara hasta alguna zona más o
menos civilizada. La tormenta ganó terreno de una
manera inusual, ya que en breves instantes unas
fuertes rachas de viento hacían oscilar espasmódica-
mente la carrocería del auto. Y rayos y centellas
parecían acercarse como si hubiesen sido los cuatro
jinetes del apocalipsis. Una angustia tan profunda
que se traducía físicamente le atenazó la garganta y
la boca del estómago. Tuvo que refrenar el impulso
instintivo que lo compelía a arrojarse de cabeza de-
bajo del tablero de su auto. Y ello no era debido a la
tormenta, no. Era que mientras el fragor y la lumino-
sidad arreciaban, se produjo la activación de un viejo
reflejo defensivo, que había adquirido sobre todo en
las noches de trinchera en las cercanías de Goose
Green, en Malvinas. Claro que la tensión nerviosa
previa ayudaba. La conciencia de tan desagradable
regresión le causó un sabor muy amargo, el que fue
procesado y convertido –en orden a extrañas y prác-
ticamente insondables asociaciones- en una rabia
sorda mezclada con desazón (y éste no era un cuadro
del todo distinto al que ofrecía la frustración consti-
27
Gabriel Cebrián

tutiva de Mariel); es más, esta misma comparación


no hacía más que encender un nuevo foco de angus-
tia. “¡Basta ya! ¡Basta!”, gritó a voz en cuello, como
queriendo acallar a la vez tanto sus explosiones in-
ternas como los truenos.
Finalmente, consiguió recobrar una mínima
presencia de ánimo mediante una argucia psicológi-
ca que consistía en ofrecer la menor respuesta orgá-
nica posible a las agresivas percepciones que lo asal-
taban. Poco después, apenas pestañeaba ante los re-
fucilos, y su diafragma apenas si se contraía cuando
el suelo parecía ceder ante las descargas eléctricas.
Pero no tuvo mucho tiempo para jactancias o al me-
nos autocomplacencias, ya que de repente oyó un si-
seo y... ¡BUM!, un golpe tremendo, y a continuación
la perspectiva que en forma abrupta se inclinó como
45º. Vio como su propio neumático cruzaba rodando
adelante, a la luz de los faros delanteros, sobre un e-
je ligeramente excéntrico. Se aferró al volante como
a su vida mientras el Volkswagen se arrastraba ya
fuera de la cinta asfáltica, hasta dar contra un cartel
de publicidad que anunciaba un motel a 200 mts..
No fue un gran impacto, dado que circulaba a escasa
velocidad y la fricción del chasis había operado casi
como un freno convencional. Los truenos y relám-
pagos habían menguado, mas la lluvia aún arreciaba.
Estaba furioso, el miedo ahora era fuego en su inte-
rior, era alta presión que pulsaba en sus sienes, era
mano temblorosa que buscaba la llave adecuada para
abrir la gaveta que contenía, entre otras cosas, una
linterna.
28
Exú

* * *
Samantha caminaba entre las tiendas de una
feria artesanal. De repente unos collares multicolores
llamaron su atención. Tomó uno y sin quitarlo del
soporte se dispuso a observarlo, cuando se percató
que el ruido que producían las cuentas sonaba a
campanillas de modo incongruente, dado que pare-
cían cuentas de cerámica pintada. Conmovida por lo
que le parecía un prodigio, y ligeramente boquia-
bierta, dirigió su mirada a la persona encargada del
puesto, una negra gorda enfundada en una ceñida so-
lera púrpura. La negra entonces comenzó a instarla a
comprar esos collares, dijo que ella los necesitaba, y
los llamó ifá. ‘¿Cómo, que los necesito?’ Preguntó.
Entonces la gorda sonrió y le mostró una dentadura
de metal blanco pulido, como acero de excelente ca-
lidad. Samantha vaciló un momento y dejó caer los
collares, balbuceó una disculpa y se fue entre la gen-
te. Unos cuantos pasos adelante se volvió para ver la
actitud de la negra, y observó que había permaneci-
do inmutable, con todo y acerada sonrisa. Habló en
español, pensó, y luego se dijo a sí misma que no
había razón que impidiera a una negra gorda con
dientes de acero hablar el español. Era cierto, necesi-
taba un ifá. El Merodeador había conseguido preo-
cuparla mucho, ya que, habiendo sido en un princi-
pio dócil y hasta desvalido, de modo repentino –jus-
to después de haber tomado contacto con la pintura
29
Gabriel Cebrián

de Mariel- su comando había devenido compulsivo y


su mensaje virulento. No sabía qué hacer, y su
experiencia tanto teórica como práctica le indicaba
que una presencia así difícilmente abandonaría al
canal que la había contactado, el que de un momento
a otro se convertía en una suerte de presa, o de rehén
al que destruiría sin más una vez conseguido su ob-
jetivo, cualquiera que este fuese. Iba a llenarse de
collares, fetiches, imágenes, ungüentos, de todo
cuanto resultara necesario para protegerse del oscuro
huésped de sus trances. A poco recobró algo de cal-
ma, y se decidió a seguir disfrutando el paseo, a dis-
traer su mirada en los escaparates. Tomó por uno de
los pasadizos que tenía media sombra, se enjugó la
frente y miró las gotas de sudor sobre el dorso de su
índice. Tuvo una sensación como de electricidad en
la epidermis de sus manos, que se transmitía suave-
mente hacia los tejidos internos, y recordó que el á-
cido lisérgico solía producirle similares percepcio-
nes. Sin embargo, no recordaba haber tomado uno
en muchos años.
De pronto se encontró frente a un stand de
cuadros. Algunos que parecían ser obra del mismo
artista mostraban distintos motivos del puerto, otros
parecían meramente esas mélanges de simbolismos
místicos de culturas varias. Pero como suele ocurrir
en estos casos, la excepción a la regla es lo que re-
salta y llama la atención: una tela oscura, de tinte
verdinegro, dejaba traslucir la imagen de un niño pe-
queño, de rasgos deformes y ligeramente morado,
con expresión suplicante, palma extendida y rodeado
30
Exú

de alimañas y presencias sombrías. Si la pertinencia


de una pintura se demuestra por la capacidad de
transmitir un determinado sentimiento al observador,
ésa era una obra maestra. Estaba sopesando la con-
veniencia de adquirirla –teniendo en cuenta lo que
había pasado la última vez-, cuando los grillos rom-
pieron con su chirrido obsesionante. Samantha se a-
gitó, y lo hizo aún más cuando descubrió al pie de la
pintura la firma de Mariel Duchamps, en sutiles tra-
zos que apenas si contrastaban con el fondo. Aban-
donó el stand como lo había hecho hacía momentos
con el de los collares, atravesando el parque con el
propósito de salir cuanto antes de aquella feria, que
más parecía un tren fantasma, ignorando olímpica-
mente el letrero que decía não pise a grama, ator-
mentada por las circunstancias y por los grillos, que
según todo indicaba, eran los farautes del maligno.
Llegó hasta el lindero de una avenida muy concu-
rrida y se sentó en un banco de madera pintada de
blanco para recobrar el aliento. Le costaba mucho
respirar, el calor era sofocante y ella estaba al borde
del colapso nervioso. Un gatito blanco se acercó, se
frotó contra sus piernas y de un salto ganó un lugar
en el banco, a su izquierda. Le dio la espalda y mau-
lló quedamente. Samantha, algo más contenida, pasó
la mano por el lomo del animal y entonces la sen-
sación de campo eléctrico se produjo de nuevo. Se
alarmó y lo hizo mucho más cuando el gato se con-
trajo y soltó un maullido repentino, agudo y fortí-
simo, espantosamente lastimero, como si una garra
lo hubiese lacerado a muerte. La sangre del felino
31
Gabriel Cebrián

resaltaba sobre el albo del pelaje y del banco, mien-


tras se convulsionaba en sus últimos alientos, ¿Ella
había hecho eso? Se miró la mano y sintió que la
energía que liberaba era tan fuerte que ardía. El gato
contrajo sus músculos y, entre estertores, mostró a
Samantha sus dientes, tan acerados como sus garras,
pulido y brillante metal que en un casi póstumo arre-
bato hirió su mano izquierda.

“¿Se siente bien, señora? Pero, mire lo que


se hizo en la mano. Fue un pequeño frente de turbu-
lencia, quédese tranquila. En veinte minutos esta-
mos aterrizando en Recife. Voy a buscar un boti-
quín. No se preocupe.”

Una vez que la azafata se hubo retirado, Sa-


mantha sumó al desconcierto causado por el sueño
pesadillesco el bochorno consecuente de su exterio-
rización. Desde varias filas adelante muchos se vol-
vían y la observaban, con expresión de sorpresa o
desagrado. Miró su mano. Como presumía, los cor-
tes eran demasiado finos para haber sido provocados
por sus propias uñas.

* * *
Periko puso un disco de Talking Heads y a-
brió el diario. Miró a Mariel, que había acomodado
el caballete junto a la ventana y comenzaba a apron-
tar la paleta. Buen síntoma. Era menester que ella es-
32
Exú

tuviera bien, y se iba a encargar personalmente de


que así fuera.
-¿Querés que te cebe unos mates?
-Preferiría un café, ya que sos tan amable.
-¿Arreglamos en un chocolate caliente?
-Está bien, está bien. Che, Periko...
-¿Qué, mi amor?
-¿Te parece que pinto bien, en serio?
Periko se acercó a ella con expresión de sor-
presa.
-¿Qué me preguntás?
-No, en serio, vos sos mi amigo y por ahí, tan preo-
cupado por que me sienta bien como parecés estar,
podrías incurrir en toda una gama de falacias, desde
eufemismos a mentiras flagrantes. Los dos sabemos
que es así. Decime nada más el grado de falsedad
que empleás y yo saco mis conclusiones.
-¿Me estás tratando de falso?
-No, no te hagás el susceptible, sabés de lo que te es-
toy hablando.
-Bueno, pues entonces, te voy a responder con des-
carnada sinceridad: me encanta tu pintura, pero co-
mo te conozco, me da una rabia terrible ver como ti-
rás tu potencial a la mierda. Podrías hacer cosas mu-
chísimo más importantes si te concentrás en eso y en
otras cosas positivas. Y te dejás de joder con el forro
ése de Waldo y nos hacemos cargo del negocio. Eso
es lo que pienso. ¿Está bien?
-Está bien, vale –respondió Mariel, un tanto envane-
cida, ya que respetaba mucho el criterio de Periko, al
menos en ese tema.
33
Gabriel Cebrián

-¿Puedo hacer el chocolate, ahora?


Mariel comenzó a esbozar un fondo disemi-
nando verdes, ocres y negros a puros manotazos. O-
tra vez estaba allí, en su mundo, haciendo aquello
para lo que había llegado a este mundo, al suyo, al o-
tro, al mismo. El chocolate se enfrió en la taza, Pe-
riko ni siquiera se planteó advertírselo, dada la evi-
dente concentración que había alcanzado. Un par de
horas después habían cobrado vida mágicamente so-
bre la tela una especie de dragón y un hombre cuyas
piernas estaban siendo devoradas por el primero. To-
do aquello emergiendo desde la oscuridad y con una
especie de gótica pero macabra ornamentación. Peri-
ko estaba fascinado. Mariel, aún con cierta sensación
de incomodidad consigo misma, también.
-Maru, la rompiste.
-Vos sabés que me gusta, che.
-¡Y cómo no te va a gustar! -Exclamó, mientras vol-
vía a sacudir la cabeza, levemente boquiabierto, im-
presionado por la intensidad dramática y la expresi-
vidad plena, tanto del devorador y del devorado co-
mo del conjunto. Cuando pudo desasirse del embele-
samiento, continuó –Ésto hay que festejarlo. Voy a
buscar un par de botellas de champagne. Enseguida
vuelvo.
Tomó su chaqueta de cabritilla y salió. Ma-
riel, en tanto, aprovechó y sacó de su cartera un tu-
bito de rollo fotográfico, lo destapó y arrojó un pe-
queño montículo de cocaína sobre el vidrio de la me-
sa.

34
Exú

* * *
El aguacero arreciaba de modo tal que resul-
taba imposible distinguir algo fuera del vehículo, in-
cluso donde los faros, que habían permanecido en-
cendidos, proyectaban su luz sobre imágenes que de-
venían acuosas en su dinámica torrencial descenden-
te sobre los cristales. Waldo, linterna en mano, per-
maneció unos instantes sentado en la butaca, aguar-
dando que el tumulto de sus palpitaciones menguara
aunque fuese un poco. Cerró los ojos e intentó des-
prenderse de las imágenes apocalípticas que la tor-
menta había despertado. A poco dirigió sus pensa-
mientos a la transacción comercial que, encima de
verse frustrada al menos en lo inmediato, lo había a-
rrojado a aquel desgraciado avatar. La rabia enton-
ces dejó lugar a una sensación de angustia que, en
todo caso, parecía ser menos apremiante. Mas de
pronto se sobresaltó al oír un golpeteo en la ventani-
lla. Se volvió abruptamente para encontrarse con la
silueta de un niño de unos cinco o seis años que con
la palma de la mano derecha extendida hacia arriba
parecía estar pidiéndole una limosna, o algo así. Lo
insólito de esa situación lo alarmó de modo tal que
un escalofrío subió por su columna hasta la nuca.
Encendió la linterna y proyectó el haz de luz sobre el
rostro del infante, solamente para agregar elementos
tétricos a la ya de por sí inquietante escena: una
buena parte de la frente y el pómulo derecho del
niño mostraban signos como de gangrena, o lepra, o
quién sabe qué; lo que sí, los tejidos estaban carco-
35
Gabriel Cebrián

midos por una necrosis evidente. Agitado y confun-


dido, sólo atinó a gritarle que se fuera de allí, una y
otra vez, como intentando conjurar lo que de modo
palmario parecía una alucinación, producto de la si-
tuación en que se encontraba y de las experiencias
traumáticas que ilusamente, por lo visto, había su-
puesto sepultadas tiempo atrás. El niño sin embargo
permanecía inmutable en su mendicante actitud.
Waldo sintió que la saliva de su boca se volvía a-
marga y apretando los párpados lloró quedamente,
sintió cómo las lágrimas corrían en torrente por sus
mejillas como lo hacía el agua en todo su derredor.
Mientras intentaba sobreponerse, se dijo a sí mismo
que tal vez el niño provenía de alguna de las villas
de emergencia circundantes, y fiel a su esencial
mendicidad, a la que era constitutivamente arrojado
por la miseria, nada le impedía desarrollar su im-
pronta, ni siquiera una tormenta como aquella. Pero
sin embargo esta línea argumental lo derivó inme-
diatamente a otra: tal vez no estuviera solo, ello era
por demás probable; como también lo era que quie-
nes estuvieran con él fueran a asaltarlo e incluso
asesinarlo. Abrió los ojos entonces como en un refle-
jo defensivo sólo para comprobar que el niño, fuese
lo que hubiere sido, ya no estaba allí. Todas esas vi-
cisitudes, realidad o visión, lo arrojaron en la cuenta
que no era aconsejable en términos de seguridad per-
sonal permanecer allí dentro, así que apagó las luces,
abrió la puerta y salió a enfrentarse con el temporal.
Dirigió la linterna hacia el cartel contra el cual había
colisionado, y decidió no ponerse a buscar el neumá-
36
Exú

tico en la oscuridad, sino dirigirse lo más rápida-


mente posible al motel, del que según la leyenda lo
separaban "200 mts.". De allí intentaría telefonear en
busca de un servicio de auxilio no demasiado
expensivo; o en su defecto pernoctaría allí y al día
siguiente se preocuparía por ver cómo superar la
coyuntura. Si no le robaban la rueda de recambio, o
las otras, tal vez pudiera regresar a casa con un par
de abolladuras, nada más.
Caminó unos cuantos pasos alumbrando al
frente y tratando de poner la mente en blanco. Si
bien la lluvia aún caía intensamente -tanto que lo o-
bligaba a parpadear de continuo-, los grillos canta-
ban de una manera tan ruidosa como impropia en tal
situación, haciendo que sus nervios agitados vol-
vieran a crisparse. Más aún lo hicieron cuando oyó
la voz de un niño a sus espaldas que lo llamaba por
su nombre. Ni loco iba a volverse, pensó, mientras
apretaba el paso. Mas de pronto una luz impre-
sionante iluminó el marco de fronda que bordeaba el
camino y un estallido ensordecedor lo sumió de
nuevo en el llanto. Las descargas se multiplicaron en
derredor. Waldo comenzó a correr ahora, y era como
que las explosiones iban pisándole los talones. Cada
vez más frenético, no tardó en perder pie sobre el as-
falto mojado y estrelló la linterna, quedando así cir-
cunscripta su visual a los flashes de los relámpagos.
Tanto la crudeza de la tormenta como la letanía de
los grillos crecía, y fue entonces que la voz que lo
llamaba dejó de ser la de un niño para convertirse en
la de un hombre adulto. "¡Waldo, acá, acá, por
37
Gabriel Cebrián

favor, no me dejes!" oía con total nitidez, a pesar de


la conflagración celeste que arreciaba. Las lágrimas
se mezclaban con la lluvia y la transpiración de su
cara. Esa voz... era la voz de Paco, que había que-
dado retrasado en el repliegue de las tropas luego de
una batalla, por no haberse animado a abandonar el
pozo de zorro. Pero Paco había muerto allí, víctima
de las bombas de fragmentación que arteramente ha-
bían utilizado los ingleses. Sin embargo la voz conti-
nuaba "¡Waldo, acá, acá, por favor, no me dejes!" y
sintió que quizás ahora tendría oportunidad de resar-
cirse de la ocasión en que tal situación se había pro-
ducido y en la que él, presa del pánico, había hecho
caso omiso de las súplicas de su camarada. Obede-
ciendo a un impulso irracional, a todas luces pro-
ducto del estado de enajenación al que lo habían a-
rrojado las nefastas circunstancias, volvió sobre sus
pasos, fusil en mano, y se dirigió hacia el lugar des-
de donde los gritos parecían provenir. Iba orientán-
dose cuando una bomba estalló a unos metros a su
izquierda. Se arrojó cuerpo a tierra y observó el en-
torno. En la bahía podían divisarse los fuegos de los
misiles alargándose hacia arriba en cantidades ate-
rradoras. El piso temblaba por la crudeza del bom-
bardeo. Waldo temblaba a su vez por la inminencia
de la muerte. Volvió a oír a Paco suplicando su ayu-
da, y esta vez pudo discernir perfectamente la ubica-
ción de su amigo. Lo separaban de él escasos veinte
o treinta metros, del otro lado de un terraplén que
parapetaba una extensa trinchera, la que minutos
antes él y el resto de la tropa habían abandonado,
38
Exú

cuando aún no habían sido rodeados por pelotones


de británicos y gurkhas. Tomó coraje, se incorporó y
corrió hacia allí, en medio del fuego cruzado de fu-
siles con mira infrarroja y de las explosiones.

* * *
Samantha revolvía distraídamente la taza de
café que le ayudaría a terminar de empujar el sand-
wich tostado que había conseguido embuchar. Aún
conmocionada por lo vívido de la pesadilla que ha-
bía sufrido en el avión, cavilaba acerca del derrotero
causal que podía haber tomado otra de ellas, ocurri-
da –no es en vano que lo pensaba así- pocas noches
antes. Si bien el sueño no había tenido connotacio-
nes macabras, la resolución del mismo y su incardi-
nación en el mundo cotidiano sí que las tenían. Sim-
plemente le pareció que, estando en su living, toma-
ba la agenda y llamaba a Waldo Leonetti para darle
una dirección de la Capital en la que podría concre-
tar ventas de pinturas con un tal Marauder; y si bien
la cita debía efectuarse en un horario extravagante,
le aseguraba que valía la pena el esfuerzo, auguran-
do todo tipo de ventajas financieras para él en dicho
encuentro. Luego despertó abruptamente, encendió
el velador y observó que había luz en el living, aun-
que recordaba muy bien haberla apagado antes de ir
al dormitorio. Se sobresaltó, aún más teniendo en
cuenta las últimas experiencias, pero decidió vencer
39
Gabriel Cebrián

la inercia a que la compelía el miedo y levantarse a


ver qué estaba sucediendo allí. Entró con el corazón
queriendo escapársele de la boca, y aflojó un tanto
los músculos al advertir que la estancia estaba de-
sierta. Pero enseguida observó su agenda, abierta so-
bre la mesa del teléfono. Tampoco recordaba haberla
dejado allí. Se acercó, la tomó y comprobó que esta-
ba abierta en la L-M. Leonetti, Waldo. Otra vez pre-
sa de la agitación, levantó el tubo y presionó el bo-
tón de recall. Oyó el discado digital y luego el pulso
de llamado. Al cabo de unos cuantos bips intermi-
tentes, se accionó un contestador: “Usted se ha co-
municado con Waldo Leonetti. En este momento no
puedo...” . Samantha colgó abruptamente y quitó la
mano como si algo en el artefacto hubiera podido
contaminarla quién sabe de qué malignos efluvios.
Ahora, en pleno corazón del Xangó –denomi-
nación pernambucana de los ritos afrobrasileños que
se sintetizaron popularmente en el concepto de Um-
banda-, hacía tiempo, e intentaba recobrar energías,
antes de encontrarse con el Pai Nelson, a quien acu-
día con la certeza de que cuanto le ocurría tenía que
ver con algún encantamiento o maleficio realizado a
través del Quimbanda, vertiente negra de la magia
bantú en América. Alimentaba una sospecha en su
interior, una tan inquietante que casi ni se atrevía a
analizarla en profundidad, temerosa de que los cabos
comenzaran a atarse y se encontrara de pronto frente
a un enemigo tan demoníaco como obsesivo. Llamó
al mesero y pagó la cuenta, algo molesta consigo
misma por no saber decir prácticamente palabra al-
40
Exú

guna en portugués. Afortunadamente, el Pai Nelson


había vivido un tiempo en Argentina y era capaz de
manejarse en un modo de expresión que le resultaba
accesible. Salió a la calle y contrató un auto de al-
quiler para que la conduzca al terreiro del Pai Nel-
son, en Olinda.
Poco después, algo entrada la noche, el auto
se detuvo frente a una edificación colonial de pro-
porciones, enclavada en medio de una profusa vege-
tación tropical. Samantha pagó no muy conciente de
los valores del dinero que estaba entregando, y se
dirigió a la puerta con paso ansioso. Llamó y a poco
una mujer de color con aspecto de criada abrió la
puerta y la escudriñó con cara de pocos amigos. Sa-
mantha se anunció con tono que se le antojó supli-
cante a su pesar, e incluso se animó a agregar que el
Pai Nelson la estaba esperando. La preta la hizo
pasar sin más trámite, la guió a través de un pasillo
oscuro hasta una habitación cerrada. Una luz tenue
emanaba por las hendijas de la puerta. La mujer
entonces anunció: “Pai Nelson, aqui está a senhora
Samantha que quer falar com você”. Se oyeron unos
pasos apresurados y a poco se abrió la puerta y se
recortó contra la luz de numerosas velas la silueta
voluminosa del Pai, quien a contrario de lo que Sa-
mantha había supuesto, no la recibió con efusivida-
des ni afectaciones, sino que simplemente estiró su
mano y la saludó con frialdad y expresión preocupa-
da.
-¿Cómo está, Pai, tanto tiempo? –Preguntó, más que
nada para atravesar el chubasco que le provocaba a-
41
Gabriel Cebrián

quella equívoca -al menos desde su perspectiva- re-


cepción.
-Não muito bem, Samantha, não muito bem. Adian-
te, faz favor. Temos que falar. Temos que falar
quanto antes.
-Por favor, Pai, está consiguiendo alarmarme.
-Não é pra menos –concedió el Pai mientras cerraba
la puerta y le indicaba una silla frente al suntuoso
congá (altar) presidido por una primorosa imagen de
Oxalá. -Depois que você chamou tenho lído o ifá e
não mostrou nada bonito. E o que têm estado oco-
rrendo depois é motivo de grande preocupação no
terreiro. Mais como não sei quánto tempo temos, e
tudo me dize que é muito pouco, não vou perde-lo
relatando coisas que poderíam resultar secundárias;
vamos direitamente ao assunto, assim que você têm
que ser forte. A tudo evento, você é perceptiva y já
fica sabendo tanto da gravidade do assunto que nos
ocupa.
-Pai, estoy aterrorizada realmente, primero por las
cosas que me vienen sucediendo y ahora por este de-
solador exordio suyo.
-No é bom que você perca a calma. Vai precisar de
toda a sua lucidez e um espírito forte si quer salvar
este mau trago. Mais como é a situação, debo de lhe-
dizer o antes possível quanto me foi dado conhecer
ao respeito dela. Olha, ha já muitos anos, quando o
terreiro estaba recém se-estabelecéndo, junto-se á
nos um mulato jovem. No aquel então seu nome era
Edson. As suas qualidades físicas e inteletuais como
também o seu fervor e entrega pelo bem da comuni-
42
Exú

dade me levarão a faze-lo meu Ogán∗. Tal vez não


tinha naquela època suficiente sabedoría para adver-
tir a clase de pessoa a coal tenha investido do poder
que emana pra mí do benamado Oxalá, que espero
não me-abandone neste trance. Logo depois come-
çóu a desenvolver traiçoeramente rituais de magía
negra, com o fim de se-voltar rico e de satisfazer
seus baixos astrais. Duas o três pessoas me avisarão
sobre esas atividades, e aõ principio não acreditéi,
taõ eficaz era a máscara que o ruim tinha logrado
impor aos meus sentidos. Não mais comecéi a con-
siderar essa posibilidade quando sufrí uma serie de
estranhas doenças, enquanto meus canais com os sa-
grados Orixás fechavaõ-se em forma evidente. Então
teve em claro que tratava-se de uma manobra ma-
ligna para me-quitar da frente e tomar pra sí o co-
mando do terreiro. Foi necessária aquí toda a energía
espiritual possível e muitas giras∗∗ para re-estabele-
cer os encontros normais com os astrais superiores e
expulsar do noso terreiro ao fruto apodrecido. Mais
o mal que fêz, foi muito difícil de curar. Por uma
parte, e a conseqüência das mãs artes que usou em
nosso nome, a perseguição por parte das autoridades
locais ao culto cobrou uma violência enorme, como
ha tempo não acontecía. Mais o pior foi que apro-
veitándo-se da nossa espiritualidade chegou a tran-
çar laços quase indestrutíveis, ao menos até agora,


Ayudante del Babalaorixá o Pai de Santo, segundo en la
jerarquía del terreiro.
∗∗
Ceremonias
43
Gabriel Cebrián

com o Orixá Obalaué, senhor das pestes, logrando


uma ascendência total sob o seu Exú∗. Expulso do
nosso terreiro, e consciente que não lhe-sería possí-
vel deixar para tráis a sua funesta fama no território
brasileiro, emigrou clandestinamente pra Argentina,
onde sentou as suas bases num subúrbio da capital,
uma populosa vizinhança que resultou ótima pra se-
ocultar e continuar pra frente con as suas funestas
atividades.
Samantha oyó la historia como congelada, a-
penas si podía respirar. El Pai Nelson sirvió dos co-
pas de cachaça y le alcanzó una. Ella la bebió con a-
videz, sin tener en cuenta en lo más mínimo el tenor
alcohólico del licor. Luego dijo, como pensando en
voz alta:
-Mauro De Alagoas
-Efetivamente, ése foi um dos tantos nomes que u-
sou na Argentina. Quando pelos ecessos e desman-
dos próprios do seu caráter, tornou-se evidente a sua
presencia até em méio da grande população, ele de-
saparecía sem deixar rastro nenhum. Até agora, que
quem sabe por meio de quais sacrílegas artes se ma-
nifesta perante nos na sua forma pior.
La última frase formulada por el Pai pareció
funcionar como una suerte de invocación, ya que las
palabras finales se vieron subrayadas por el chirrido


Servidor de los Orixás (seres sobrenaturales, divinidades del
culto gege-nagó, primera generación del supremo Obatalá), in-
temediario entre éstos y el mundo humano

44
Exú

de los grillos. Ambos abrieron desmesuradamente


los ojos, resultaba evidente que Nelson había expe-
rimentado idénticas infestaciones. Sirvió dos aguar-
dientes más, que fueron empinados en forma sincro-
nizada y con manos temblorosas. Samantha sintió o-
tra vez esa especie de campo eléctrico en sus manos.
Las frotó, tratando de tomar plena conciencia de su
materialidad, mientras decía:
-Pai, últimamente he tenido unas pesadillas tan
vívidas que me cuesta, sinceramente, discernir los
estados de sueño y los de vigilia. Por favor, dígame
que ahora no estoy soñando. O mejor dígame, si
puede, que esto no es más que otra pesadilla y que
de un momento a otro despertaré y olvidaré todo este
desquiciante asunto.
-Nada gostaría-me mais que poder dizer isso último,
mais tanto vocé como eu sabemos e tivemos com-
provado que nesta terra existen sujeitos e poderes
que estão mais pra lá de toda a compreensão huma-
na, y que a realidade é tão determinante em qualquer
um dos planos astrais que alcançe a nossa mente.
Por desgraça, eu tenho que agregar que nem o ifá
nem os búzios anuncíam nada agradável.
-¿Pero entonces qué he de hacer? ¿Cómo enfrentar-
me a semejante maldición, que se ha cernido sobre
nosotros? Planteado así, es casi como que estoy sien-
do empujada al suicidio -inquirió con tono desespe-
rado, al borde de las lágrimas, mientras tanto la sen-
sación en su mano como el chirrido de los grillos
crecían.

45
Gabriel Cebrián

-Eu só posso lhe-dizer, minha filha, que possivel-


mente tenha pra você um amanhã. Y tal vez esse
amanhã, se você éis firmes e procura a senda que
sinhalou para nôs o Altísimo Oxalá, tal vez poudesse
alcançar os estrados superiois da consciencia e sentir
a felicidade de ter servido a os seus inesquadrinhá-
veis designos. Mas agora, é tudo quanto eu posso
dizer sem influir negativamente no roteiro da sua
existência e da sua missão. O destino está chamando
a nossa porta, é tempo de enfrenta-lo da melhor ma-
neira possível. Agora têm que ir embora. Já disse
quanto eu sei para te ajudar a procurar o teu inimigo;
porém suspeito que no interior sempre você foi
consciente de quêm se tratáva.
-Al principio lo experimenté como una entidad apa-
cible. Cuando cambió sí, comencé a sospechar que
podría tratarse de algo vinculado a ese degenerado
de Mauro. Y ese cambio se produjo cuando tomé
contacto con un cuadro de una plástica llamada
Mariel Duchamps.
-Pois bêm, a tua obigação é averiguar cual é a vin-
culação que existe entre elles. Mais temo que eu es-
tou falando de mais. É imperióso, pela nossa segu-
rança, nos-separar agora mesmo.

El Pai se incorporó, visiblemente sobresalta-


do ante el inusitado volumen que el canto de los gri-
llos iba cobrando, con expresión de estar esperando
una hecatombe inminente. No obstante, haciendo ga-
la de una gentileza inconciente por los largos años
de ejercicio, tendió su mano para ayudarla a incor-
46
Exú

porarse. Samantha la aceptó a pesar de la sensación


energética. Y cuando tomaron contacto, el Pai Nel-
son se estremeció de pies a cabeza, como si hubiese
sido atravesado por una fuerte descarga eléctrica.
Samantha recogió rápidamente su brazo, mas el da-
ño ya había sido hecho. Dos cascadas de sangre ma-
naban de los orificios nasales del Pai, goteando pro-
fusamente desde su bigote, mientras sus ojos se abrí-
an en una mueca trágica que conjugaba dolor físico
y terror. Samantha llevó su mano a la boca para re-
primir un grito, y entonces advirtió que la sensación
energética había cesado, no así el chirrido de los gri-
llos. Lloró quedamente mientras el Pai Nelson caía,
primero sobre sus rodillas, y después el resto de su
cuerpo ya exánime.

* * *
Mariel tomó un par de sorbos de whisky, a-
gregó un poco de ocre al verde y jugueteó un rato
con el pincel sobre el lienzo, libremente, con la acti-
tud lúdica propia de un infante. La magia estaba de
vuelta. Podía sentir cómo todo le pesaba un poco
menos; cada trazo, cada pincelada, abrían infinitas
vertientes creativas, todo estaba allí, sólo había que
descubrirlo, que conectarlo y luego dejarse llevar. Su
mano de plomo ahora era una mariposa tropical en la
selva de lo plásticamente posible, y ello surgía a la
vista en cada uno de sus últimos trabajos, desarro-
47
Gabriel Cebrián

llados tan compulsiva como gozosamente, y de una


manera muy cercana a la perfección. Y lo mejor del
caso que ese bienestar, esa sensación de plenitud
artística, bastaba por sí sola para hacer que suspen-
diera su adicción a la coca. Sentía, cómo no, de
cuando en cuando, tremendos pedidos de su orga-
nismo acostumbrado a la sustancia, pero la pintura y
el alcohol –que por el momento ni se le ocurría de-
jar, ya que de lo contrario el shock de abstinencia se-
ría terrible- la compensaban y de a poco le iban de-
volviendo el amor propio. Aparte, Periko no se mo-
vía de su lado. Algunas noches se iba a dormir a su
casa –Mariel suponía que lo hacía cuando conseguía
alguna relación ocasional de ésas a las que era tan
dado-, pero la mayoría pernoctaba, ora en el sillón
del living, ora en el cuarto de huéspedes. Por suerte
era un tipo alegre y divertido, además de inteligente;
de otra manera lo habría echado sin miramientos. Y
además, pensándolo bien, él había sido un poco el
artífice de ese nuevo estado de ánimo positivo y de
esa suerte de euforia creativa, así que tenía motivos
más que sobrados para estar agradecida, aún a pesar
del apelmazamiento.
Bueno, el hecho es que era una de esas no-
ches en las que Periko debía haber ligado, ya que la
llamó para ver si estaba bien y se excusó por no po-
der ir a verla, a lo que Mariel respondió que no se hi-
ciera problema, que estaba bárbara, feliz y trabajan-
do.
Una vez terminada la breve comunicación,
volvió al caballete y observó el fondo que había ti-
48
Exú

rado sobre el lienzo. No estaba mal, la pintura iba a-


bultándose, ganando relieve a medida que se acer-
caba a los bordes, ese verdinoso putrefacto que tanto
utilizaba, arte cloacal, fundiéndose hacia el centro
más en los vértices que a los lados, de modo que se
veía como una especie de marco oval negruzco. El
centro. El problema era el centro. Las olas de mias-
ma exigían un sujeto poderoso, mas no iba a preo-
cuparse. Últimamente le bastaba con esbozar azaro-
samente algunos trazos y visualizar con su brazo, co-
sa difícil de explicar pero que constituía la base me-
tódica de sus últimas creaciones. El cerebro, en tan-
to, brilla de whiskies y de Wild horses de los Stones
en el estéreo. Qué lo parió, este Jagger, a veces has-
ta es capaz de cantar con cierto criterio. Los grises
insinúan una cara. ¿Una cara? Qué extraño, la mano
vidente le estaba componiendo una especie de retra-
to. Ahora es Out of time, y ya es más que suficiente.
Todos creímos en esa pavada adolescente, pero en
nombre de la música... por favor... tal vez Vivaldi
ayude más a fluir. Ah, sí, esto, necesitaba.
Encendió un cigarrillo, bebió un par de sor-
bos más y le dio un leve mareo. Ello provocó la pro-
pia hilaridad, que sonó seca entre las cuerdas que a-
malgamaban tan gloriosamente el espacio acústico.
Tomó la paleta con la mano izquierda, entre cuyos
dedos índice y mayor también sostenía el cigarrillo;
se munió del pincel y sintió una sensación como de
electricidad estática. Volvió a reír. Era impresionan-
te la energía que la pasión le insuflaba. Dejémosla
salir, pues.
49
Gabriel Cebrián

El pincel se agitaba meciéndose entre violi-


nes, violas y cellos. Un par de horas y de whiskies
más, y con un relieve aún superior al del escatológi-
co entorno, había surgido desde el centro de la ne-
grura oval el rostro de un anciano moreno, de cabe-
llo y barbas blancas, con expresión de pánico y el
morro chorreando una sangre que asqueaba de rea-
lista. Atípico, pero no por ello menos impactante.
Tal vez pudiera resultar algo efectista, desde cierto
punto, mas la experiencia le indicaba que -dejando
de lado pruritos esteticistas- un síntoma así general-
mente arrojaba buenos dividendos.

* * *
Waldo saltó, ileso, en medio de la trinchera.
Corrió agazapado, lloroso, implorando por que no
cayera justo allí otra bomba. En la oscuridad tropezó
con un cuerpo.
-Waldo, por favor, sacame de acá.
-¿Podés caminar? –Preguntó con tono desesperado,
casi a voz en cuello debido a las explosiones y sin
poder ver poco más que una mera silueta entre luces
titilantes.
-No siento las piernas, Waldo, sacame de acá –supli-
caba Paco, entre sollozos.
-No te puedo cargar, loco, con voz cargado y a paso
de hombre somos boleta, no puedo, ¿entendés? No
puedo, Paco, qué querés que haga... –trataba de jus-
50
Exú

tificarse Waldo, con la voz quebrada y al borde de


una risa-llanto totalmente histérica. Un estallido vio-
lento y demasiado cercano provocó una columna de
fuego que perduró unos segundos, suficientes para
ver a Paco bañado en sangre del estómago para a-
bajo. Tanto el uniforme como los tejidos estaban he-
chos jirones, sobre todo en las piernas.
-Me estoy desangrando, Waldo, ¿me voy a morir?
¡La puta que lo parió, mirá vos, hijo de puta, donde
me vengo a morir y la remilputa que lo parió, Wal-
do! ¡Mirá dónde me voy a morir!
Waldo lloraba y no sabía qué responder.
Tanta lluvia y tanta sed desesperada, la sed del que
es presa, del que tiene a la muerte plantada enfrente
y agitando la guadaña.
-Yo tampoco creo que pueda salir de acá, ya. Así
que aguantá. Voy a armar una bandera con lo que
sea y nos entregamos. Alguna vez tienen que parar
de tirar bombas. Por ahí no nos matan. Y aparte no
queda otra.
-Me muero, Waldo y la concha de tu madre. Me es-
toy muriendo, ¿me oís?
Waldo quedó demudado cuando entre los re-
flejos del bombardeo apareció el pibe con la cabeza
medio podrida que había visto poco antes. Tal vez
hubiera estado allí todo el tiempo. Le apuntó con el
fal y le preguntó:
-¿Quién sos vos? ¿Qué hacés acá?
-No, le venía a avisar que ahí viene un camión de
heridos. Hágale señas.

51
Gabriel Cebrián

Waldo vio venir, desde el sudeste, las luces


del vehículo. Tal vez finalmente los sacaran de allí.
Frenético, y casi desaprensivo de los cohetes y la
metralla, subió el talud y pidió auxilio a gritos, ha-
ciendo señas desesperadas.

* * *
Samantha había salido de la Casa de Santo
sin siquiera advertir a nadie de la desgracia, aterrori-
zada tanto por la ejecución, por la cruenta demostra-
ción de poder, que había tenido lugar justo frente a
sus ojos, como por la interpretación que pudieren
haber hecho los demás habitantes del terreiro de los
sucesos. Tal vez fueran capaces de ver que su con-
tacto había matado al Pai. Caminó por calles desco-
nocidas en medio de la noche, como en un trance
mortuorio, con esa especie de desapego que nos de-
muestra que algo ya murió dentro nuestro y que de
alguna forma conforta, porque el final ya no parece
demasiada pérdida. Su esfera conciente era una par-
tícula indivisible que denotaba una angustia de ani-
mal acosado, temerosa al extremo de alucinar en to-
dos lados signos del predador. Y en esos términos la
muerte llega a hacerse, si se quiere, algo deseable. O
mejor, piadoso.
Pero de pronto las calles fueron cada vez más
iluminadas, y no tardó en arribar a algo que parecía
un centro comercial. Luego que se recompuso un po-
52
Exú

co y consiguió neutralizar en algo su expresión de-


sencajada, entró en una fonda un tanto rústica pero
iluminada y bastante concurrida, como convenía a su
ánimo. Pidió un vodka con abacaxi. Mientras se con-
tenía para no sorberlo de un saque, lo revolvía con la
bombilla plástica y trataba de pensar qué cuernos iba
a hacer con semejante asunto. Lo primero era retor-
nar a Argentina cuanto antes, ya que temía ser citada
por las autoridades locales en referencia a la muerte
del Pai Nelson. Ella simplemente había huido de allí,
como si hubiera sido la propia asesina, y eso no la
ponía en situación muy cómoda. Y ni pensar en de-
cir lo que suponía que había pasado, so riesgo de
terminar sus días en un asilo para dementes o algo a-
ún peor. Indicó por señas otro trago.
-¿Mais um? –Inquirió, como sorprendido el barman.
-Sí, mais um –confirmó Samantha, algo irritada.
Cuando la sirvieron, aprovechó para averi-
guar cómo volver a Recife. Le indicaron una parada
de combis a una calle de allí, desde donde salían ve-
hículos hasta la medianoche.

* * *
Mariel se levantó a las 11.15 con un ligero
dolor en la nuca por la ingesta de whisky de la noche
anterior y algo enfurruñada, opaca, ligeramente plo-
miza pero ni comparación con lo de antes; era la re-
saca, nomás, por suerte. Exprimió unas naranjas, se
53
Gabriel Cebrián

sirvió un café y encendió el primer cigarrillo del día.


De pronto se encontró con el retrato de alguien igno-
to que había plasmado la noche anterior, y su rego-
cijo fue tal que todo, malos ánimos y dolencias, de-
saparecieron de inmediato. Si vendía aquel stock en
los valores que pensaba, tal vez podría, en caso de
que la magia continuase, pagarse un viaje e intentar
meter sus obras en el mercado parisino. Soñar, no
cuesta nada. Y hablando de vender, ¿qué sería de la
vida de Waldo? Tanto que jodía para que pinte, aho-
ra que tenía un montón de material había desapareci-
do. Tal vez tuviera razón Periko, tal vez se estaba
malgastando por un viejo afecto que hoy día sólo le
representaba motivos de reproches amargos e irre-
mediables.
Sonó el timbre. Mariel observó la mirilla y,
tal lo previsto, Periko, con una bandeja de masas. Lo
hizo pasar.
-Hola, diosa mía.
-Más diosa serás vos, che. ¿Cómo te fue, anoche?
-¿Por qué preguntás?
-Intuición femenina.
-No, nada inusual. Más de lo mismo, viste, pero algo
hay que hacer, de vez en cuando.
-Decime, ¿me parece a mí o estás preocupado por al-
go?
-¡Pero mirá vos qué maravilla! ¿Cuándo pintaste e-
so?
-Anoche. ¿Te gusta?
-¿Qué si me gusta? ¡Estás cada vez mejor, Mariel, es
fantástico!
54
Exú

-¿Te parece? No sé, es medio loco, yo jamás pinté


algo así. No sé qué es lo que pasa, es como si al-
guien que no soy yo toma mi mano y la dirige.
-Bueno, los genios suelen describir así sus raptos de
inspiración.
-Ni tanto, Periko, ni tanto.
-Es magnífico.
-Bueno, gracias. Y sabés qué... estuve pensando eso
que me dijiste acerca de hacernos cargo nosotros de
la cuestión comercial... aparte el boludo ése de Wal-
do ni apareció más, qué se yo...
El gesto de Periko se ensombreció.
-Oíme, Periko, ¿te sentís bien?
-Maru, querida, me temo que no estoy nada bien.
-¿Pero qué te pasa?
-A mí no, nada... es que justo ahora que estás bár-
bara, que está todo bien, que estás pintando como los
dioses...
-Qué pasa, Periko, por favor, hablá.
-Nada, que recién me llamó al celular Graciela, la
hermana de Waldo, y me dijo que había sufrido un
accidente.
-¿Está...?
-No, no. Se está recuperando. Tuvo un accidente con
el auto, en el Centenario. Un golpe, nomás.
-Ah, entonces está bien...
-No, esperá. Parece que se bajó del auto y no sé por
que se le dio por ir para las vías...
-¿Y qué le pasó? ¡Por favor, hablá!
-Lo embistió un tren. Pero no te enloquezcas, está
compensado. Casi se muere, perdió mucha sangre...
55
Gabriel Cebrián

-Pero zafó, ya, ¿no?


-Parece que sí. Lo único que... tuvieron que ampu-
tarle las piernas.
Mariel se incorporó con expresión totalmente
inexpresiva. Fue hasta el bargueño, tomó la botella
de whisky y se sirvió un buen vaso. Bebió varios
sorbos, sintió el licor quemándole las vías digestivas.
Luego rompió a llorar desconsoladamente. Periko se
acercó, la rodeó con sus brazos y le palmeó suave-
mente la espalda. Ella se sirvió otro tanto, volvió a
beber entre sollozos y luego arrojó el vaso estrepito-
samente contra el lienzo en el cual un dragón devo-
raba las piernas de un hombre.

56
Exú

SEGUNDA PARTE
UN ENEMIGO INVISIBLE

Samantha regresó a su casa tan raudamente


como le fue posible. Por suerte durante el viaje de
vuelta, el Merodeador -ahora identificado expresa-
mente como Mauro de Alagoas o alguna entidad de-
moníaca manipulada por él- no se había manifestado
en ninguna de sus aviesas maneras. Seguramente
sabía incluso lo que ella pensaba, en todo momento.
Debía elaborar un plan de acción y no veía cómo
hacerlo en esas condiciones, frente a un enemigo
sombrío y poderoso que era capaz de anticiparse a
cada movimiento. Lo primero que hizo fue ponerse
un par de guantes de goma, descolgar el cuadro de
Mariel, llevarlo hasta el fondo con cuidado de si-
quiera soslayar la pintura y depositarlo en el suelo de
cara a la pared. Luego entró en el lavadero y buscó
una lata de solvente. Volvió, roció el cuadro con mu-
cho cuidado, tomó los fósforos del bolsillo de la ca-
misa y lo encendió. Los grillos cantaban quedamen-
te, tal vez consideraban que eso era suficiente para
angustiarla, cosa que lo era.
¿Qué ligazón podía tener esa Duchamps con
Mauro? ¿Acaso era el vehículo, a través de sus en-
fermizas composiciones? ¿Una más en su cohorte de
maníacos? Lamentablemente, ya se había dado a co-
nocer cuando la llamó para comentarle las primeras
experiencias que sufrió después de adquirir aquel
cuadro que se estaba incinerando frente a sus ojos.
Lo mejor sería enfrentarla cara a cara, allí podría sa-
57
Gabriel Cebrián

ber si respondía al maligno o era inconciente de su


rol en el drama. Pero debía andarse con pies de plo-
mo y echar mano de todas sus capacidades psíqui-
cas, tanto para evitar que la paranoia la condujera a
un homicidio injustificado como para no caer en las
sutiles telarañas que estos místicos degenerados eran
capaces de tejer.
Las volutas de humo oscuro menguaban, y
tenaces llamitas corroían lentamente el maderamen.
Samantha pensó en descansar, ya que la falta de sue-
ño acentuaba la tendencia a ponerse frenética. Desde
el pesadillesco vuelo a Recife no había conseguido
pegar un ojo. Aparte todo había sido viajes y cafés.
Por primera vez en mucho tiempo estaba sola, y por
cierto que no le resultaba agradable en lo más mí-
nimo. El corazón fatigado se le sobresaltaba debido
a figuras que se movían en las sombras, que eran fi-
nalmente percepciones falsas provocadas por el mie-
do, el cansancio y la ansiedad. ¿Eran eso? ¿O eran
los ojos invisibles del Exú? Los grillos ahora chirria-
ban más fuerte, o simplemente era que los decibeles
crecían junto con el miedo. La pendiente hacia un
paroxismo que no quería volver a experimentar. Se
agitó, volvió a estremecerse cuando le pareció ver
una sombra cruzar rápidamente a su izquierda, tomó
la chaqueta y la cartera del sillón del living, donde la
había dejado sólo unos cuantos minutos antes, y sa-
lió a la calle.

* * *
58
Exú

Waldo miraba un punto fijo en el cielorraso


de la habitación 203 de un Hospital del Conurbano.
Su mente, ahora ajustada a parámetros que la ciencia
considera "de normalidad", se debatía tratando de
hallar una explicación que menguara al menos un
poco la agonía en que se había visto inmerso de bue-
nas a primeras; cuando creía haber superado las se-
cuelas psicológicas que le habían quedado de la gue-
rra, todos los fantasmas habían emergido de repente
y lo habían arrojado a esa miserable situación. Lisia-
do por completo física y mentalmente. Alguien de-
bía pagar por ello. El Estado argentino, la Corona
Británica, ambos responsables de su accidente, debe-
rían pagar por ello. Este daño, tal vez extemporáneo,
no por ello dejaba de ser consecuencia directa de a-
quel conflicto al que fue arrojado siendo casi un a-
dolescente. Estaba pagando con su propia sangre y
con sufrimientos y mutilación las desmesuradas am-
biciones de poder de un general alcohólico y de
Margaret Thatcher. Y eso no era justo desde ninguna
perspectiva. No iba a rumiar odios sordos por el res-
to de su vida, ni a conformarse con la sordidez a la
que lo habían condenado. Iba a litigar con todos los
medios a su alcance, y si ello no era suficiente, trata-
ría como fuera de cobrar venganza. El vengador tu-
llido. De alguna manera se las ingeniaría. En el pasi-
llo podía oírse a unos niños que jugaban:

¡Uno, dos y tres: el que se ríe se va al cuartel!

59
Gabriel Cebrián

Hacía un rato se habían ido Mariel y el trolo


asqueroso ése de Periko. No alcanzaba a darse cuen-
ta por qué Mariel le rendía tanta pleitesía a la marica
ésa, que encima había tenido el tupé de hacerse el
piadoso con él y hasta de asegurarle que el negocio
seguiría adelante, que ellos iban a tomar cartas en el
asunto y que se despreocupara de toda contingencia
material, ya que él sería el encargado de atender al
público y que todo iba a ir muy bien, en virtud de la
calidad y cantidad de las obras que Mariel estaba
desarrollando. Él le devolvió una mirada glacial y
despreciativa, como la que le dirigían los oficiales
ingleses a bordo del Canberra. Mariel, en cambio,
permaneció casi muda, mientras le acariciaba la ma-
no en la cual tenía incrustada la aguja del suero. Pu-
diera ser que finalmente lo hubiera entendido, a fuer-
za de desgracias, y que se dejara de acosarlo con re-
proches acerca de esa circunstancia de la cual él no
se sentía responsable en modo alguno. Casi no pudo
dar voz a nada de ello, pero sentía que todos eran tá-
citamente contestes en cuanto a su inocencia respec-
to de cualquier cosa. Era una lástima, en todo caso,
que el precio de ello hubiese sido tan alto.

¡Uno, dos y tres: el que se ríe se va al cuartel!

Al cuartel, qué ironía. Rumió una leve carca-


jada, y pensó que muy difícilmente volvería a reír
alguna vez. A una secuela psicológica que creía en
mucho superada ya, pero que había retornado en una
forma tan violenta como nunca antes, se sumaba
60
Exú

ahora una mutilación tal que directamente lo excluía,


desde su perspectiva, de una mínima condición hu-
mana. Y encima de todo, el miedo. El miedo a que
volvieran a aparecer esas presencias alucinatorias
tan vívidas y tenebrosas que lo habían reducido a su
amarga condición actual, la que revestía, a más de la
cruel disminución de sus capacidades, una desventa-
ja crucial: la de ver dramáticamente acotada su mo-
vilidad en instancias en las que intuía -no sabía muy
bien por qué- iba a verse involucrado a futuro. Aun-
que debía evitar ese tipo de anticipaciones paranoi-
des, por su propio bien. Ya había cavilado, en los en-
tresueños provocados por la medicación, la eventua-
lidad del suicidio. Y esa nefasta idea cobraría fuer-
zas en tanto los cuadros psicóticos recrudecieran.
Lloraba quedamente cuando sintió un cosqui-
lleo en uno de sus pies fantasmas. Otro fantasma
más, en este caso de las partes de él que iban mu-
riendo. Lástima que su mundo fantasma estaba tan
teñido de sangre y de pánico.

* * *
Caminó compulsivamente, agotada y al bor-
de del colapso. Sin embargo, una partícula de luci-
dez permanecía incólume, para recordarle que todo
cuanto pudiere hacer a continuación, es más, su mis-
ma supervivencia, estaba atada al plan del demonio

61
Gabriel Cebrián

de Alagoas, quien cuando dejara de necesitarla la sa-


caría del medio ya sea en vigilia, como lo había he-
cho en el caso del Pai Nelson, o en sueños, donde ya
había sido ultrajada física y mentalmente en dos o-
portunidades. En esa situación le resultaba evidente
que debía recomponer defensas, para lo cual necesi-
taría de sus mejores dotes psíquicas, por el momento
soterradas en un ánimo de angustia terminal. Sacu-
dió la cabeza. Se dirigió a un kiosco y compró dos
barras de cereal acaramelado y una botellita de agua
mineral. Luego se dirigió hasta una plazoleta presi-
dida por un inmenso jacarandá, que se elevaba desde
un gran cantero de piedra de forma circular. Se sentó
en la piedra y comió, con manos temblequeantes.
Sin embargo, la ingestión del alimento sirvió casi in-
mediatamente para amacizarla, para hacer volver u-
na mínima solidez que traía consigo un dejo de vo-
luntad desde el cual podría articular una recomposi-
ción de fuerzas y de amor propio para enfrentarse a
lo que la estaba acechando. Fue tal la euforia que le
produjo comprobar que algo tan simple como una
barra de cereales con caramelo podía provocar que
hasta llegó a inferir que tal vez no fuera todo tan
nefasto y terminal. Tal vez la cosa había concluido
con la muerte del Pai Nelson, de la cual ella había
sido agente involuntario. Aunque siendo éste el caso,
¿para qué había involucrado a la Duchamps y a su
agente Leonetti? No, seguramente la cosa no termi-
naba allí. Ella misma, mínimamente, también era un
blanco. Ella misma había sido quien lo había denun-
ciado a las autoridades policiales, en ocasión de des-
62
Exú

cubrir que el entonces Pai Mauro drogaba a las más


lindas de las muchachas que caían en su Casa de
Santo y luego, en muchos casos, las violaba. Pero
nunca lo atraparon, y si bien al principio tuvo algu-
nos temores respecto de su seguridad personal, con
el tiempo menguaron hasta convertirse en un mal re-
cuerdo. Jamás se le hubiera ocurrido pensar, durante
los primeros y gozosos viajes astrales que emprendió
de la mano del Merodeador, que tras él estaba la
venganza de Mauro de Alagoas, aliado a un poder
tan grande y extravagante como el mismísimo men-
sajero de Obalaué, señor de las pestes, uno de los
más temidos y venerados Exús, dadas sus especiales
inclinaciones a la sexualidad y a la violencia. Estaba
terminando la segunda barra de cereal cuando varias
palomas se acercaron revoloteando y luego caminan-
do, con ese torpe cabeceo característico. Desgranó el
poco cereal que le quedaba y se los arrojó, provo-
cando un frenesí alimenticio que incluyó varios pi-
cotazos y corridas. Seguramente necesitarían más.
Seguramente, ella también. Volvió al kiosco, com-
pró un par más y se dirigió de vuelta a la plazoleta.
Cuando iba llegando le pareció ver algo extraño. A-
puró el paso y se encontró con varias de las palomas
pisoteadas, masacradas; idéntica imagen a la de la
pintura que había incinerado un par de horas antes.
Evidentemente, de alguna forma la Duchamps estaba
detrás de todo esto. Continuó su camino alelada, pe-
ro sin embargo la mínima voluntad irreductible que
había conseguido seguía intentando hallar una estra-
tegia viable. Aunque sentía verdadero temor de co-
63
Gabriel Cebrián

nocer lo que pudiera haberle ocurrido a Waldo Leo-


netti a causa de la extraña llamada telefónica a la
que había sido inducida en sueños a ejecutar, inten-
taría tomar contacto con él primero.

* * *
-Viste la cara que tenía... –dijo Mariel, mientras Pe-
riko detenía la marcha de su Ford Fiesta azul en una
estación de peaje.
-Ay, Mariel, mirá las cosas que decís. ¿Qué cara
querés que tenga, el pobre?
-No, pelotudo, ya sé, no me refiero a eso. Es como
si... como algo muy trágico, una especie de brillo de
locura en los ojos que hacía mucho que no le veía.
-Y, pobre, también, con la experiencia de vida que
tiene y encima ahora viene y le pasa esto.
-Loco, hasta ayer lo despreciabas y ahora...
-Bueno, pero tampoco soy un hijo de puta, qué que-
rés. ¿Vos tenés derecho a sentirte mal y yo no? Una
cosa era cuando estaba bien y se pasaba de listo, otra
es ahora, que el pobre no sirve más para nada, viste.
-No digas eso, no seas cruel.
-Mariel, dejate de joder, es cierto. Hasta ahora te pa-
rasitó. Ahora, hoy día, si no es por vos, ¿qué tiene?
¿Una pensión del Gobierno de este país de mierda,
ciento cincuenta dólares? Yo me comprometo a ayu-
darlo porque me da lástima, que querés que te diga.

64
Exú

Llegó a las cabinas, pagó el importe, se le-


vantó la barrera y siguió adelante con el auto y con
el discurso:
-Ya sé lo que estás pensando, y no es que opine que
has sido una boluda calentona que mantenía al ru-
fián.
-¿Quién te dijo que pienso eso?
-Vos. Me lo dijiste cincuenta mil veces. Y yo te co-
nozco demasiado bien como para saber cómo son las
cosas y la clase de persona que sos. Así que cortala y
no me cuestiones cuando me conduelo del boludo é-
se. Andá a saber que carajo andaba haciendo ahí,
con una tormenta de la gran puta, por las vías del
tren.
-Me gustaría saberlo. Pero no daba para preguntarle,
¿no? Seguramente tiene que ver con algún rebrote de
las viarazas ésas que le quedaron de la guerra, pobre.
-Seguro. Por ahí en vez de tirarle una fuerza, lo
mandás de nuevo al lugar del que debe estar tratando
de salir. Otra vez.
-Loco, qué garrón. Qué hijos de puta, esos milicos,
¿no?
Periko se quedó unos momentos en silencio,
con la vista absorta en el camino atestado de autos.
Después tomó el atado de cigarrillos, encendió uno,
aspiró el humo, lo exhaló y luego repitió, como un e-
co cargado de empatía:
-Qué hijos de puta...
-Sabés qué, y ahora sí siento que vas a pensar que
soy una pelotuda por lo que te quería comentar...
-A ver con qué salís, ahora.
65
Gabriel Cebrián

-Con la locura ésa de pintar y pintar sin plan pre-


concebido y como poseída...
-¡¿Poseída?! ¿De qué carajo estás hablando?
-Bueno, boludo, es una manera de decir, y que me
salga eso del dragón comiéndose las piernas de un
tipo y después...
-Tampoco exageres. Lo que pintaste fue un dragón,
y no un tren. Tampoco la pavada, si te vas a poner a
interpretar símbolos te podés llegar a llevar una sor-
presa, querida. No nos pongamos lacanianos, tampo-
co, viste.
-Está bien, pero fijate, también estuvo la llamada de
la mina ésa Samantha, justo, qué sé yo...
-¿Otra vez? ¿Otra vez vamos a hablar de eso? Así,
vamos a terminar todos, locos. ¿Querés volver al es-
piritismo, a esas huevadas?
-Te confundís. Yo nunca fui espiritista. Si me ligué
con alguna cosa parecida alguna vez fue para buscar
material que pintar, vos sabés cuál es mi estilo, ¿no?
-No, yo me refería genéricamente. Volver al pensa-
miento tribal, al curanderismo, a la humanidad pri-
mitiva, el tabú y toda esa perorata, nena. No seas tan
susceptible. Ya sé que sos una reina, diosa de las ar-
tes.
-No me tomés el pe... -¡cuidado!
Periko clavó los frenos para evitar llevarse
por delante a un pequeño que atravesó corriendo la
autopista. El auto se deslizó con el bloqueo de las
ruedas y casi golpean contra la banda de cemento
que divide los carriles. Finalmente retomó el control
y dijo:
66
Exú

-Pendejo de mierda, casi me mata de un infarto.


-Y casi nos hacemos mierda, boludo, la concha de la
lora.
-Decí que tengo muñeca, como Ayrton, casi. ¿Viste
que dicen que él también era gay?
Mariel no lo escuchaba, simplemente porque
le había parecido ver en un soslayo que una parte del
rostro del niño que se les atravesó estaba como in-
fecto, y no se atrevería a jurarlo, seguramente sería
su imaginación, pero tuvo la sensación de haberlo
visto antes, muy poco antes, sobre el lienzo, al ter-
minar una de esas extrañas pinturas automáticas. No
dijo nada a Periko, temía que le diera otro estallido
de carácter. Además, iba a pensar que estaba loca.

* * *
¡Uno, dos y tres: el que se ríe se va al cuartel!

Waldo caminó nerviosamente al frente del e-


norme galpón depósito de arsenales que estaba a su
custodia. Era extraño, pero sabía que estaba soñando
y no despertaba. Tal vez fuera cierto que las discapa-
cidades abrían camino a nuevas y sutiles aptitudes; a
él le gustaba tanto caminar, sentir sus piernas...
Por eso no le parecía tan raro que allí, en las
afueras de Puerto Argentino, algunos niños cantaran
sus juegos en español. La quietud de la noche oscura
y fría lo invitaron a caminar hacia las barrancas ro-
67
Gabriel Cebrián

cosas de la costa. Si bien sabía que era ocioso que


continuara cuidando aquel polvorín -dada la condi-
ción onírica de la experiencia que no obstante insis-
tía en entornarse con la guerra-, no pudo evitar sentir
esa sensación como de quien está incumpliendo con
un deber, o desafiando a un tabú, tal el adoctrina-
miento del que había sido objeto no solamente en el
ejército, sino también, y de modo primordial, duran-
te el proceso educativo, a través de su culto a los va-
lores patrióticos y a los héroes que marcharon gozo-
samente al sacrificio. Puaj. El hecho es que quería
sentir sus pies sobre la nieve, o acaso también sobre
las tenaces malezas cenicientas que enfrentaban te-
soneramente las inclemencias del tiempo. El sonido
del mar era delicioso, tan delicioso como el taconeo
que tan bien repercutía hacia arriba por su columna
espinal hasta el encéfalo. Quizá fuera simplemente
una especie de sensación refleja, recordada, pero a
quién le importaba. Ya tendría tiempo de despertar y
de tener que arrastrar al penoso resto de su humani-
dad. A lo lejos vio una fogata, cerca de un embarca-
dero que al penetrar en tierra firme se asentaba sobre
un talud no muy alto, y daba buen reparo a la ventis-
ca helada que soplaba del sudoeste. Seguro que era
Paco, y Waldo se dijo a sí mismo que si eso no hu-
biera sido un sueño, encender una fogata allí habría
constituido lisa y llanamente un suicidio; mas en es-
tas condiciones, simplemente le parecía un excelente
lugar donde calentar los pies.

¡Uno, dos y tres: el que se ríe se va al cuartel!


68
Exú

Él había reído mucho, había sido un niño ri-


sueño y despreocupado, vital, alegre. Un adolescente
muy seguro de sí mismo e igualmente dado a preco-
ces francachelas. Había reído mucho, y tal vez por e-
so lo mandaron al cuartel. Ahora, había que apechu-
gar. Descendió una cuesta redondeada patinando so-
bre la suela gruesa de los borceguíes. Cuando lo
separaban unos cincuenta metros de la hoguera pudo
distinguir perfectamente a Paco, que estaba expo-
niendo las palmas de las manos al fuego y de vez en
cuando exhalaba su aliento en ellas para luego vol-
verlas nuevamente hacia las llamas. Estando ya a
pocos metros, y habida cuenta que su camarada pa-
recía tan absorto en sus maniobras térmicas, le gritó,
socarronamente:
-¡Alto! ¿Quién vive?
-El choto -respondió Paco, sin quitar la vista de la
fogata.
-¿Qué es lo que estás haciendo, pendejo? ¿No te das
cuenta que estás delatando tu posición? El fuego éste
se debe ver desde Southampton, más o menos.
-Qué me importa.
-No, boludo, te van a meter un confite que vas a que-
dar calentito en serio.
-Está todo tranquilo, Waldo, no seas paranoico.
-Parece, que está todo tranquilo. Pero nos están mi-
rando. Siempre, nos están mirando. Tienen miras lá-
ser, satélites, y qué se yo cuantas cosas más, estos
ingleses hijos de puta.

69
Gabriel Cebrián

-Callate un poco, no digas más giladas. Los ingleses


no existen.
-¿Qué decís?
-Que los ingleses no existen. Que este fuego no exis-
te. Que estas islas, el sonido del mar, yo mismo, no
existimos. Y hasta aquí te trajeron tus piernas, que
tampoco existen, y que están esperando por el resto
de vos.
-Querés decir que esto es un sueño, ¿no?
-¿A vos qué te parece?
-No, no me parece. Estoy seguro.
-Mirá que hay sueños y sueños, eh. Eso lo descubrí
después de muerto.
-La muerte, ¿es algo parecido a ésto?
-¿Sentís el calor del fuego?
-Sí. Siento el calor del fuego, el olor del humo, el
viento, el sonido del mar, tu voz...
-Las piernas...
-...las piernas, sí. Creo, sinceramente, que a partir de
la mutilación se me abrió una nueva forma de per-
cepción que me permite mantener la conciencia de
vigilia en los sueños, lo que hace que parezcan mu-
cho más reales.
-No parecen. Lo son. ¿Acaso tus piernas existieron
alguna vez? ¿Qué es lo que te hace pensar que algu-
na vez fueron reales? Más reales que ahora, digo. Si
fueras un poco más avispado, te darías cuenta inme-
diatamente que lo mejor, para vos, sería el suicidio.
Vendrías acá, o a cualquier otro lugar, y estarías en
comando de un cuerpo al que jamás se le podrá cer-
cenar parte alguna. Y para quien el fuego y las bom-
70
Exú

bas de la Task Force serán simplemente como un es-


pectáculo de pirotecnia.
Waldo tragó saliva, una saliva tan fluida y
consistente como siempre había sido. Luego se sen-
tó, dejó el fusil a un lado, se quitó los guantes y ex-
puso la piel de sus manos entumecidas al fuego que,
como atizado por su energía, comenzó a arder con
más intensidad. Estiró las recuperadas piernas, acer-
có las suelas de los borceguíes a los rescoldos y go-
zó de un calor cercano a la quemadura en la planta
de sus pies. Tal vez Paco tuviera razón, tal vez era
mejor terminar con todo y refugiarse allí, en el lugar
mismo en el cual se había desarrollado su pesadilla
bélica, y gozar del calor y la inmunidad eternas. Na-
da que temer, nada que desear; el fuego, el mar, el
viento, las rocas, el aire frío de la noche fluyendo al-
rededor de la burbuja calórica, el canto de los gri-
llos... ¿chirriar de grillos con temperaturas bajo ce-
ro? Bueno, era un sueño, y por lo tanto ello no era
más extraño al fin de cuentas que la milagrosa recu-
peración de la totalidad de su forma física. Y que la
cantinela infantil que lo había seguido desde el hos-
pital:

¡Uno, dos y tres: el que se ríe se va al cuartel!

Las llamas amainaron y pudo entonces ver a


su través a Paco que sonreía, mostrando unos dientes
de metal pulidos a punto de espejo. El cuadro se vol-
vía inquietante, y Waldo sopesó por primera vez la
idea de que tal vez fuera mejor despertar, aunque
71
Gabriel Cebrián

fuera en el cuarto de hospital, aunque fuera en su


cuerpo mutilado, aunque fuera en el ámbito del dolor
y el sufrimiento, en el plano de lo efímero cuya
existencia o eventualmente su conveniencia, al me-
nos, se habían visto cuestionadas tan fuertemente
momentos antes. Las llamas volvieron a encabritarse
y a ocultar la diabólica sonrisa de Paco, quien, como
parapetado tras ellas, comenzó a decir:
-Sé que estás pensando en volver, y no creo que esa
sea una buena idea. Estás pensando en volver al te-
rritorio en el que inmediatamente te convertirás otra
vez en presa, una presa ahora disminuida en su capa-
cidad de movimiento y por ello expuesta casi por
completo al arbitrio de los predadores -Waldo se
conmocionó internamente al oír a su camarada dar
voz a sus temores más recónditos; pero era un sueño,
y tal vez esa imagen de Paco con dentadura metálica
no era otra cosa que una proyección mental suya, -en
un lugar –continuó Paco- donde existen los ingleses,
Mariel, Periko, los niños que nacieron alguna vez y
también los que fueron abortados antes del tercer
mes de embarazo.
-¿Cómo decís? -Preguntó, sumido de pronto en una
angustia tal que no excluía una buena dosis de páni-
co, con la vista fija en unas llamas que, sujetas a una
clave para él indescifrable, volvían a menguar, de-
jando ante su vista, en lugar de Paco, la figura del
niño con la cabeza medio podrida que lo había con-
ducido al desastre en las vías del tren. Mediante un
acto reflejo tomó el fusil y se incorporó, apuntándo-

72
Exú

le. El niño sonreía aviesamente, mostrando la pulcri-


tud acerada de sus dientes.
-¡¿Quién sos, hijo de mil putas, quién sos?!
-Cómo, ¿no me reconocés? Soy yo, papá, Fermín.
-No, vos no existís, es nada más que un sueño, una
pesadilla, vos mismo lo dijiste -respondió entre so-
llozos, con el dedo tenso sobre el gatillo.
-Ya dejaste morir a Paco en la trinchera, ya intentas-
te ultimarme antes de nacer, y sin embargo, ambos
estamos acá, esperándote. Ya tenemos tus piernas, y
ellas te conducirán aquí cada vez que queramos. No
somos tan malos ni tan desagradables, ¿sabés? Ni
tanto, y mucho menos que vos mismo. Pero bueno,
los parientes no se eligen, aunque hayas pretendido
lo contrario, y aquí estamos esperándote, no importa
el tiempo que te lleve decidirlo. Aquí estaremos.
También vendrá la reventada ésa de Mariel, algún
día, y por fin seremos una familia.
Waldo abrió fuego y vio el cuerpo del niño
sacudiéndose a cada impacto del poderoso calibre
7.62, desgarrándose en estallidos de sangre correlati-
vos a cada explosión. Quedó unos cuantos metros a-
trás, impulsado por la potencia de los proyectiles, un
guiñapo humeante y sanguinolento.

¡Uno, dos y tres: el que se ríe se va al cuartel!

Abrió los ojos, mientras respiraba muy agita-


damente, y en esta oportunidad, por primera vez
desde que estaba allí, se congratuló de ver el cielo-
rraso de la habitación 203. Volvió a cerrarlos, mien-
73
Gabriel Cebrián

tras cavilaba en lo vívida que había sido aquella ex-


periencia onírica y de cómo sus traumas y sus cargos
de conciencia habían articulado un universo tan pa-
recido a lo que suponía debía ser el infierno. ¿O era
que simplemente sufrió una pesadilla común y co-
rriente? Varios puntos conspiraban contra dicha su-
posición. Primero, el hecho de la plena conciencia
que había mantenido durante todo el episodio. Se-
gundo, la asimismo palmaria identidad de lo ocurri-
do allí con la presunta alucinación que lo había con-
ducido al desastre en el cual había perdido sus pier-
nas. Tal vez estaba loco, loco de atar, loco de la
guerra, como bien define el lugar común. Lástima
que su locura haya resultado tan autodestructiva. ¿O
quizás había algo más detrás de todo esto, una mal-
dición, o algo así?

¡Uno, dos y tres: el que se ríe se va al cuartel!

La mano derecha le dolía bastante, así que ir-


guió un tanto la cabeza y se quedó congelado: el ni-
ño diabólico ése, que se había presentado como Fer-
mín, estaba parado al lado suyo haciendo algo con el
recipiente del suero. Se incorporó hasta donde pudo,
miró la mano dolorida en la que se incrustaba la a-
guja, y la encontró amoratada, con ostensibles sínto-
mas de gangrena. Se arrancó la sonda y gritó; gritó
hasta el paroxismo.

74
Exú

* * *
Sintió que iba a vomitar los cereales, pero
tragó saliva y respiró profundo para apaciguar la
náusea. Una columna como de lava hirviente subió
por su esófago y tuvo una ácida regurgitación. Se a-
poyó en el paredoncito externo de una casa con jar-
dín adelante. Ceñida al plan de reconstitución psico-
física y con gran esfuerzo, consiguió deglutirla otra
vez.

No soy otra cosa que tu propio miedo.

En la avenida habría un locutorio, podría a-


veriguar el domicilio de Waldo e ir a verlo personal-
mente, preguntarle de dónde podía venir su relación
con la maldición que estaba consumiéndola en vida,
o tal vez a morir en compañía de otro condenado,
vaya a saber. Lo único que pretendía era no volver a
oír a los grillos nunca más, que todo no fuera sino
una grotesca pesadilla, una más de ésas que se mez-
claban tan aviesamente con la realidad. No oír más
aquella voz que había oído en sueños y que ahora
parecía estarle diciendo que el propio miedo, y no
otra cosa, era el factor que estaba aniquilándola. Y
claro que podía ser, una psicosis debida quién sabe a
qué; tal vez lo mejor sería dejar todo aquello y bus-
car ayuda profesional, internarse unos días, estar cui-
dada y asistida, cosa que parecía ya no poder hacer
por sí misma.
75
Gabriel Cebrián

Finalmente halló un locutorio. Entró, tomó la


guía telefónica de un estante e ingresó en la cabina
tres. Rebuscó en su bolso de mano y extrajo la bi-
lletera donde guardaba sus documentos personales.
Chequeó que tenía consigo la credencial de medicina
prepaga. Luego hizo correr las hojas de la guía y se
detuvo en la hoja de clínicas. Escogió una neuropsi-
quiátrica, y luego discó.

* * *
Mariel se sentó al borde de la cama y observó
por la ventana del dormitorio la mañana lluviosa y
destemplada de principios de mayo. A pesar del frío
y de la humedad, se sintió bien. Hacía ya casi veinte
días que no se drogaba y había bajado ostensible-
mente el consumo de alcohol. Fue al baño y observó
en el espejo su rostro alargado y anguloso, que había
comenzado a mejorar no sólo en aspecto, sino tam-
bién en expresividad y lozanía. Tal vez, si se arregla-
ba un poco, hasta podría recobrar algo de esa rara
belleza que había insinuado en su juventud.
Luego de higienizarse y orinar, se envolvió
en una bata de tweed color café con solapas de raso
y fue hasta el living. Mientras se preparaba el desa-
yuno -que a pesar de lo frugal suponía un banquete
en relación a los de antes, cuando no podía siquiera
imaginarse empezar el día sin un tiro-, miró sus
elementos de pintura y se dijo a sí misma que ya era
hora de dejarse de pavadas y retomar la actividad.
76
Exú

Todo iba viento en popa. El pobre de Waldo le había


pedido, en una de sus esporádicas visitas al hospital,
que ella y Periko tomaran las riendas del negocio, y
así lo habían hecho. Así lo había hecho Periko, bah,
que de buenas a primeras había conseguido unas
ventas extraordinariamente ventajosas, tanto en lo
exclusivamente monetario como en la repercusión
que tuvieron en el mundillo capitalino de las artes
plásticas. Tan fue así que el principal diario del país
había dedicado una nota al "Retorno de una grande:
Mariel Duchamps", y habían venido de un semana-
rio a hacerle una nota en su propio hogar-atelier. La
bola de nieve estaba nuevamente en marcha, estas
cosas funcionan así, el teléfono sonaba sin parar tan-
to en su domicilio como en el negocio, y grupos em-
presarios y particulares de la high society reclama-
ban telas para engalanar oficinas o residencias. Así
que, por una cosa u otra, debía arremangarse y se-
guir embadurnando telas, aunque más no fuese para
darle alguna alegría o al menos seguridad al pobre
de Waldo, que la tenía soberanamente preocupada.
Encima de la locura que parecía haber recrudecido al
punto de volverlo totalmente taciturno y casi autista,
y también de la pérdida absurda de sus piernas, ha-
bía contraído una rara infección hospitalaria que casi
le cuesta además su mano derecha. Es increíble,
cuando la desgracia se la toma con alguien... quería
suponer que sus visitas le hacían bien, aunque du-
rante las mismas Waldo permanecía absorto y con
expresión de condenado a muerte. Claro que, como
observaba Periko cada vez que ella lo mencionaba,
77
Gabriel Cebrián

era natural que así fuese en su situación. Pero creía


adivinar algo más en su dolor, algo que no era el
dolor mismo, ni depresión, ni resignación, ni ira; era
un dejo como de pánico, como que estaba esperan-
do que las fuerzas que lo habían destrozado parcial-
mente estuvieran en alguna parte de su mente espe-
rando el momento de emerger, completar la tarea y
aniquilarlo totalmente. ¿O tal vez sería una interpre-
tación particular, tendenciosa y depresiva prove-
niente de las fragmentaciones de su propia persona-
lidad? Era claro que ella misma, sin alcanzar los ni-
veles de delirio que parecía alcanzar Waldo a veces,
tampoco era un dechado de salud mental. Pero bue-
no, la cosa era que cuando iba a visitarlo, él sim-
plemente se dejaba acariciar con aire ausente, y
cuando hablaba, su discurso parecía estar dirigido
más a arreglar la situación de Mariel que la suya
propia, como haría, en todo caso, un esposo amante
con su cónyuge en breve supérstite. ¿Estaría pensan-
do en suicidarse? Si así fuera, en todo caso, no pa-
recía en modo alguno una idea descabellada. Ella, en
su lugar, hubiera pensado exactamente lo mismo; lo
habría pensado, y seguramente lo habría llegado a
ejecutar, en caso de poseer el coraje suficiente. Pero
no era pensando en forma tan negativa que lo ayu-
daría a superar semejante coyuntura, ni que se ayu-
daría a sí misma en esta especie de rentrée espec-
tacular en el art bussines. Dejó tazas y platillos a-
montonados en la mesa, encendió un Dunhill y se
dispuso a pintar. La pauta mental que había inten-
tado imponerse en esos días de inactividad consistía
78
Exú

en tratar de mantener en forma total el control de su


estética, no dejar nada librado a esa especie de furor
extático que tan bien le había hecho en términos ar-
tísticos; pero del que desconfiaba desde el momento
que identificó el dragón devorador de piernas con el
tren, y a la víctima con el propio Waldo. Dispuso los
elementos, acercó el caballete a la ventana y corrió
las cortinas para aprovechar la escasa y grisácea luz
de la mañana otoñal.
Pues bien, para evitar interferencias y de-
mostrarse a sí misma que era ella y no otra cosa o
entidad el artífice de sus logros pictóricos, entendía
que debía tener una idea previa y desarrollarla de a-
cuerdo a líneas previstas de antemano. Pero existía
un problema. En mayor o menor medida, colisionaba
con toda su historia creativa, dado que siempre, des-
de que era una niña que deslumbraba a propios y
extraños con sus virtudes, había partido de manchas
y pinceladas fortuitas de las que iba desentrañando
toda suerte de formas veladas para cualquiera que no
fuese ella misma. Luego de devanarse los sesos du-
rante un buen rato sin llegar a establecer proyecto al-
guno, caviló que tal vez un whisky ayudaría.
Una vez terminado el primer vaso y pro-
mediando el segundo se dijo a sí misma que ya era
suficiente de supercherías, embadurnó las manos en
la paleta y acometió el lienzo con un furor casi iné-
dito, aún considerando el salvajismo que usualmente
empleaba en esa fase de apertura. El resultado fue
una especie de vorágine de color de uva tinta, por
partes un poco más claro, como el feijão, en partes
79
Gabriel Cebrián

fundiendo en negro, con una rara reflexión orgánica.


No estaba mal, podía ser un buen fondo. Acabó el
whisky y se sirvió más. Tal vez si lograba terminar
felizmente el proyecto, podría después dormir la mo-
na tranquilamente. Fue hasta el estéreo y puso un
CD de Egberto Gismonti, Dança das cabeças. Hacía
rato que no lo escuchaba, y no supo explicarse bien
el porqué de la selección de esa música tribal ama-
zónica tan cargada de resonancias africanas; mas pa-
recía adecuada, su sistema nervioso reaccionaba fan-
tásticamente al estímulo auditivo. Envalentonada a
causa del alcohol y ya ausente de su esfera de preo-
cupación el tema de la eventual inspiración foránea,
sus sentidos y sus manos se imbuyeron de nuevo,
gozosamente en el frenesí cromático; del que salía
ocasionalmente para arrojar unos hielos en el vaso,
servir más whisky y encender cigarrillos, sin prestar
mayor atención al desarrollo de la imagen que iba
cobrando forma sobre el lienzo y que una vez fina-
lizada, juntamente con su pasión creativa, dejó ver
un mancebo desnudo con el torso cruzado de cade-
nas, cerrojos y candados, con una calabaza en su ma-
no derecha y enarbolando un enorme pene en la iz-
quierda. Su mirada rezumaba crueldad y lujuria, y
estaba dirigida de pleno al observador. Era tremen-
damente potente aquella presencia, que surgía de u-
na nube tenuemente luminosa que se iba fundiendo
con el fondo borravino. Y, lo más inquietante, era la
lejana familiaridad que encontraba en los rasgos del
sujeto. Era como que le recordaba a alguien que su
memoria no podía situar en tiempo y espacio. Mien-
80
Exú

tras analizaba técnicamente la obra, ocupada en en-


contrar en ella esos leves indicios que denotan para
los entendidos síntomas de crecimiento o decaden-
cia, sonó el teléfono y se sobresaltó. Bajó el volu-
men del estéreo, tomó el vaso y atendió.
-Diga.
-Hola, Mariel, soy yo, Waldo.
-¡Hola, Wal, qué onda! ¿De dónde hablás?
-De acá, de casa. Me dieron el alta.
-Huy, qué buena noticia me das. ¿Y cómo estás,
che?
-Y, como voy a estar... tullido, estoy, pero eso ya lo
sabés.
-Bueno, hombre, quiero decir si necesitás algo...
-No, no te hagás problema. Graciela viene dos veces
por día, me hace de comer, me da una mano,
-No, no me hago problema, pero teneme en cuenta
para cualquier cosa que necesites, ¿me entendés?
¿No querés que me dé una vuelta, tomamos un café,
charlamos un rato?
-No, mirá, lo que quiero es que te despreocupes de
este trasto inútil y que te dediques a lo tuyo, que ten-
go entendido, marcha muy bien, ahora.
-Y, sí, como marchar, marcha, vos viste cómo es
esto. Hoy te putean, mañana te endiosan.
-No, pero por lo que me dijo Periko y por lo que pu-
de ver en una revista, estás pintando muy bien. Vos
te lo merecés. ¿Viste que tenía razón yo, que te te-
nías que dedicar a full y dejarte de joder? Aparte, la
cuestión negocial parece que está en mejores manos,
ahora. No hay mal que por bien no venga.
81
Gabriel Cebrián

-Pará un poco, che, no hables así.


-Seamos realistas, Mariel. Las cosas son como son.
Aparte, podrías putearme un poco, ¿no? Si no, es
como que siento demasiado tu lástima.
-Basta, Waldo, no empecés a hacerte el boludo.
-¿Ves? Así está mejor.
-Voy para allá.
-No, negra, ahora voy a dormir un poco. Si querés,
llamá más tarde y vemos. Pero no te hagás proble-
ma. Seguí en lo tuyo, que vas bárbaro.
-¿Vas a estar bien?
-Y, dentro de lo que puedo. Pero aparte de anoti-
ciarte que ya estoy en mi búnker, llamé para agra-
decerte.
-¿Por?
-Por todo lo que están haciendo vos y Periko por mí.
Por que no me tiraron a la calle, como creo que me
hubiera merecido.
-No hables así.
-Si querés hacer honor a mi sufrimiento, te pido que
no endulces las cosas. Todos sabemos cómo son.
-¿Y cómo son, a ver?
-Ahorrame saliva. Todos sabemos cómo son.
-Si te vas a poner en villano...
-No, en serio. Gracias por todo. Quedamos al habla.
-Mirá, Waldo, te voy a decir la verdad... a mí me pa-
rece, me da la impresión que tenés algún entripado
que no querés largar, ya sé que por ahí son cosas
tuyas, pero viste... por ahí querés hablar...
-Mariel, no quiero jugar al demente ni al conflictua-
do. Tengo muchas cosas que resolver, ahora más, y
82
Exú

ya tengo dos médicos y un terapeuta. Ahorrate la


molestia. En todo caso, te lo agradezco y cuento con
vos.
-Sí. Te mando un beso.
La última frase de Mariel fue formulada en
forma maquinal, casi inconciente. Quedó atónita y
algo en su interior se revolvió. Lo que pasó fue que
mientras hablaba, observó de soslayo su reciente
creación. A la luz difuminada que entraba por la
ventana, y quizá influenciada por la música de Gis-
monti, creyó reconocer al sujeto del lienzo. Estaba
más joven, y quizá también embellecido; sin embar-
go, el parecido se le presentó como incontestable: e-
ra, ni más ni menos, una versión idealizada de Mau-
ro de Alagoas.

* * *
Waldo colgó el auricular, miró el living des-
de la perspectiva que ahora alcanzaba escasamente
el metro cincuenta de altura sobre la silla de ruedas,
y la visión se le empañó a causa de las lágrimas. Du-
rante los días que había visto a Mariel en sus visitas
al hospital, la había encontrado cada vez mejor, fí-
sica y anímicamente, aunque ella se esforzara en de-
mostrar gravedad frente a él, enmascarada tras una
pátina de contenido optimismo transitivo. Lo que era
él, no tenía tiempo ni disposición mental para tales
diplomacias psicológicas. Él había estado cara a cara
con la muerte siendo poco más que un niño. Él había
83
Gabriel Cebrián

cargado sobre sus hombros los fantasmas que al-


guien más le había impuesto para siempre. Él había
enloquecido al punto tal de alucinar guerra en una
tormenta y luego arrojarse inicuamente bajo las rue-
das del tren. Y eso lo ponía automáticamente más a-
llá de todas esas estupideces de colmena. Aunque tal
vez Mariel antes, cuando le restregaba su amargura
por la cara, haya tenido razón. Si no hubiera sido tan
egocéntrico, si hubiera tomado aquella vez con be-
neplácito la gravidez de ella, si su hijo hubiera naci-
do, tal vez las cosas habrían sido distintas, y tendría
algo por qué vivir. Pero era en vano pensar en cómo
hubieran sido las cosas si... como le había dicho a
Mariel, las cosas son como son. Y son lo que son. Si
hubiera sido capaz de esta simple lectura de la rea-
lidad días atrás, la calamidad no lo habría golpeado
tan brutalmente. Si tal cosa, si tal otra, maldito con-
dicional. Examinó su mano derecha y encontró que
las tonalidades violáceas, por suerte, estaban desapa-
reciendo. El consuelo del sobreviviente a toda costa.
Aún a costa de una supervivencia amarga y preñada
de miedos. Aún la de un tipo tan escaldado por las
parcas que casi como que las busca. No iba a poder.
No iba a poder seguir adelante con todo aquello.
Con ese niño medio podrido que seguía agitando en
sueños cantinelas de grillos y de puniciones cuar-
telarias, al tiempo que le reprochaba la criminal desi-
dia con la que había determinado su aborto. Con Pa-
co desgañitándose al gritar que no quiere morir.
Bueno, pensándolo así, tal vez sus traumas estaban
lo suficientemente circunscriptos como para encap-
84
Exú

sularlos y arrojarlos fuera, tal y como dicen los psi-


coanalistas que hay que hacer. Tal vez no todo es-
taba perdido y podría salir adelante, al menos lo que
quedaba de él. Y por sobre todo, no quería parasitar
a Mariel. Iba a hacer lo imposible por lograr los re-
sarcimientos económicos que a todas luces le corres-
pondían. Aunque en este país de mierda... ahora des-
cansaría unos días, trataría de acostumbrarse de al-
gún modo al estado de las cosas, y luego se encarga-
ría de contratar el mejor bufete de abogados que le
fuera posible pagar. Fue hasta la heladera, empujan-
do las ruedas en un movimiento que se le antojó de-
nigrante, se preparó un tentempié (vaya ironía, pen-
só, y masculló una amarga risa), encendió el televi-
sor con el control remoto y se dispuso a comer y a
ver el canal de noticias. Tal vez las trapisondas de
los sucesivos ministros de economía lo sacaran un
poco de la realidad, como pretendían hacerlo en cada
pronunciamiento público, aún pretendiendo que uno
crea en el enclave real y patriótico de sus enjuagues
con los zares del mercado y con los grupos finan-
cieros internacionales. Qué país, éste. Todo estaba
en venta, incluso la sangre inocente. Y otra vez la
mula al trigo. Bebió un sorbo de café e intentó con-
centrarse en el televisor, pero su mente se había
puesto volátil, como susceptible de oníricas somno-
lencias. Tuvo pánico, pero no le fue posible salir de
ese estado intermedio a pesar de la impresión y del
esfuerzo. Sintió ganas de vomitar, y con un dejo de
lástima por sí mismo evaluó lo grotesco de su situa-
ción, lo difícil que le resultaría todo, limpiar las ex-
85
Gabriel Cebrián

crecencias y todo otro tipo de humores con los que


iba a embadurnarse, si seguía así. ¿Es que se podía
caer más bajo, aún?
Desde atrás de la puerta corrediza de madera
que daba a la cocina asomó primero la cabeza lepro-
sa, y luego la insidiosa expresión del niño demonía-
co que decía ser el aborto de un hijo suyo.
-Hola, papá –saludó desenfadadamente, como quien
se sabe dueño absoluto de la situación.
-Te estaba esperando, sabés –respondió Waldo, que
a estas alturas había alcanzado cierto relax, a causa
de algo así como un ánimo premoriente a su propia
persona.
-Sí, sabía. –Caminó y se sentó a la mesa, frente a
Waldo. Los movimientos del cuerpo mostraban a las
claras que el niño columpiaba fuertemente los pies
entre las patas de la silla, en algo que parecía ser un
alarde para mortificarlo. –Sabía. Y sé lo que estás
pensando, además. Es lindo, tener piernas, ¿no? A-
hora estás acá, pero no te empujo tan lejos como pa-
ra que puedas valerte de tus prótesis mentales. El
próximo paso, si querés, lo tenés que dar vos.
-No existís. Sos mi locura, nada más –Waldo co-
menzó a sentir que lo agudo de su cuadro amenazaba
con no dar respiro. Estaba pirado. Pero... ¿y si fuera
cierto? ¿Y si hubiera allí un espíritu, o algo así? Des-
pués de todo, ¿quién mierda sabe, de estas cosas?
El chico rió como si hubiera oído un chiste
formidable. Luego se detuvo de pronto, le clavó una
mirada gélida con ojos amarillo-rojizos mientras sa-
caba y metía en su boca en forma espasmódica una
86
Exú

lengua bífida. Waldo dejó de lado la teoría espiritista


y concluyó que no era sino el propio Lucifer quien
había venido a buscarlo. Trató entonces de evitar la
mirada diabólica, pero por más que su voluntad se lo
imponía, no pudo apartar la vista de esos ojos inyec-
tados que transmitían la esencia misma de la malig-
nidad. Se sintió verdaderamente mal, comenzó a su-
dar profusamente y su mente se extravió entre sen-
deros difusos que se entrecruzaban permanentemen-
te, y cuyo entorno era lo más parecido a los desqui-
cios ominosos que Mariel solía pintar. De nuevo so-
bre sus piernas, corrió a través del carrousel de selva
e imágenes espantosas, entre grillos y voces de niños
y algo así como una letanía que rezaba ¡Laro iê!
¡Laro iê!

No soy otra cosa que tu propio miedo.

De pronto Waldo comprendió que tal vez el


único sentido que tenía correr como lo estaba ha-
ciendo, era el de sentir sus musculosas piernas ati-
zando la tierra roja, así que amainó la marcha y ca-
minó, con los pelos de la nuca erizados y una sen-
sación como de ahogo cardíaco. ¡Laro iê! También
se dio cuenta que aquello, fuera lo que fuese, sueño,
locura o demonios, estaba jugando con él antes de
disponerse a aniquilarlo. Pero todo lo que le pasaba
tenía que tener un sentido. No podía creer que estu-
viese pasando por todo eso gratuitamente, no podía
ser que el universo fuera algo tan erróneo. Llegó a
otra encrucijada –en las cuales la barahúnda visual y
87
Gabriel Cebrián

auditiva arreciaba con mayor fuerza-, se hincó de


rodillas, elevó sus manos a un cielo oculto por la
fronda y clamó:
-¡Dios, por favor, ¿qué sentido tiene todo esto?!

¡Laro iê!

No soy otra cosa que tu propio miedo.

* * *
Revisó la cartera, hizo lo propio con su vesti-
menta frente al espejo del cuarto de la clínica, des-
pués de quince días de internación -término éste que
más obedecía a los vencimientos de la cobertura so-
cial que a su realidad psicofísica. Se encontró dema-
crada, con la mirada vidriosa propia de la medica-
ción, débil, demasiado vulnerable para enfrentarse
con lo que sabía la estaba aguardando allí fuera. Po-
co y nada recordaba de su estancia en la clínica. La
habían inducido a una especie de sueño negro, algo
parecido a lo que suponía debía ser la muerte incluso
espiritual. De los últimos días recordaba solamente
algunos diálogos con un terapeuta al parecer psiquia-
tra, empañadas las reminiscencias a causa del cóctel
de fármacos que ingería diariamente. El médico a-
quel le hablaba de fatiga del sistema nervioso, de ob-
sesiones, de todas cosas que intentaban acotar el fe-
nómeno a puras anomalías de su organismo y de su
88
Exú

mente. En vano intentó Samantha que prestara la


más mínima atención a sus argumentos acerca del
poder espiritual que se cernía sobre ella. A poco ad-
virtió que el facultativo aquel estaría dispuesto a a-
postar la vida de sus hijos en favor de su tesis cien-
tificista, así que lo dejó hacer y decir sin decir esta
boca es mía y escudándose en su permanente som-
nolencia.
Salió por fin de la habitación como quien a-
bandona un capullo protector, caminó por los pasi-
llos que daban a un cuidado jardín de invierno, pasó
por la recepción, firmó unos formularios, se despidió
de la empleada y de pronto se encontró fuera, en el
lluvioso mediodía. Tenía verdaderamente pánico de
volver a su casa, sentía la certeza de que era ya te-
rritorio de Mauro por completo, y que allí sus emba-
tes serían más devastadores. Aunque por otra parte,
y habiendo sido testigo directo de la aniquilación del
Pai Nelson, sabía que en ningún lugar estaría a salvo
y que su miedo, que a pesar de la internación no
había mermado en lo más mínimo, confería más y
más poder al maldito. Caminó dubitativamente unas
cuadras bajo la pertinaz llovizna y llegó a un parque
de dos manzanas, repleto de árboles añosos y con un
pequeño lago en medio. Totalmente indiferente a las
condiciones climáticas, caminó por los rústicos sen-
deros hacia el lago, embarrándose los zapatos con un
lodo granizado de conchilla. Llegó a la orilla y se
sentó en una especie de glorieta. Trató de calmar su
mente en el movimiento fluido del agua, como tantas
otras veces lo había hecho, en momentos en que algo
89
Gabriel Cebrián

así podía ofrecerle resultados. Dejó jugar su visión


en los detritus de vegetales putrefactos y basuras que
flotaban en la superficie cenagosa, trató de hallar un
mínimo estado de paz acallando la marea de pen-
samientos macabros, deteniendo su diálogo interno
como aconsejaban tanto toltecas como budistas zen,
intentando en el fondo ganar algún poder que le per-
mitiera rearmarse. Tan absorta estaba en esa manio-
bra que no se percató de alguien que se acercaba ro-
deando el lago, a su izquierda, hasta que estuvo a
pocos metros de ella. Sobresaltada, giró de pronto su
cabeza para ver a una mujer negra de unos cincuenta
años, con un pañuelo rojo en la cabeza. Le sonreía, y
le pareció ver un brillo metálico. No obstante la im-
presión, pudo reconocer a la morena como la criada
que hacía casi un mes la había atendido en la Casa
de Santo de Olinda, en el terreiro del Pai Nelson.
¿Qué significaba aquello? La mujer se acercó, en
tanto Samantha volvía la mirada a la superficie del
lago, tensa y espectante, concentrándose en sus oí-
dos y en lo que la extraña visitante tuviera para de-
cirle. El hecho de no mirarla era como que la ponía a
resguardo; eso, según su interpretación, que la im-
pulsaba a creer que escondiendo la cabeza como un
avestruz evitaría entrar en otro de esos mecanismos
alucinatorios que últimamente, de modo fatal, ingre-
saban en instancias reales con nefastas consecuen-
cias. La morena, desde un lugar cercano -detrás su-
yo, según oía,- comenzó un discurso que fue breve y
que habría resultado críptico si no hubiese sido por

90
Exú

las inferencias angustiantes que podían desprenderse


de él:
-Senhora Samantha, vocé não deve continuar desres-
peitando o ewo do Imole Eshú. O Pai Nelson dize
que talvez uma grande oferenda da sua parte possa-
lo acalmar um pouco.
Mientras cerraba apretadamente los ojos e
intentaba hilar alguna pregunta que pudiera arrojar
alguna luz al extraño mensaje que parecía provenir
del más allá, oyó algo asi como un chapoteo y al a-
brir los ojos vio a la negra entrar al lago y caminar a-
guas adentro hasta desaparacer en lo profundo. So-
llozó quedamente. Luego se incorporó y caminó con
paso vacilante en una lluvia que ahora había cobrado
cierta intensidad. Un trueno subrayó la oscuridad de
sus pensamientos.
Salió del parque y tomó una calle comercial.
La gente que cruzaba, guarecida por paraguas, pilo-
tos y capuchas, lucía ante sus ojos como piezas de
un museo de cera, como superficies plásticas sin
contenido, inconciencias más patéticas y menos
comprensivas que los mismos perros que se acurru-
caban debajo de salientes y marquesinas. Una huma-
nidad en franca involución espiritual. Aunque tal vez
ése fuera el secreto de la paz mental, la inconciencia,
la mera referencia a problemas relativos a cubrir sus
necesidades básicas o, en el mejor de los casos, a
cuestiones económico-materiales. Así estaba ella por
prestar oído a las voces que venían desde los mun-
dos sutiles.

91
Gabriel Cebrián

Entró en un locutorio y pidió una computa-


dora. Ingresó en la red y al cabo de un rato halló un
artículo acerca del umbandismo en el que se aclara-
ba el concepto de "ewo", que no era otra cosa que
una especie de tabú que debía ser respetado a todo
evento, si no quería uno hacerse pasible del tremen-
do castigo del Orixá ofendido, el que indefectible-
mente era ejecutado por un Exú. ¿Habría sido esa
presencia, tal como había dicho, emisaria del espíritu
del Pai Nelson? ¿O simplemente era otra argucia del
maldito? De cualquier modo, se sintió como uno de
esos enfermos terminales que no vacilan en probar
toda eventual posibilidad de cura, por descabellada
que pudiere parecer. Siguió investigando y halló la
receta de un buen sacrificio para el Imole Exu, Señor
de los caminos y de las encrucijadas, lugares éstos
últimos en los cuales las ofrendas eran mejor reci-
bidas. Anotó todo cuidadosamente, incluso el saludo
ritual: ¡Laro iê! Dio por terminada la sesión, y antes
de abonar la tarifa correspondiente, se tomó el traba-
jo de buscar en la guía telefónica y anotar también
los domicilios de Waldo Leonetti y de Mariel Du-
champs. Luego siguió una ronda de compras que in-
cluyó una dietética, una licorería-tabaquería y una
santería, todo ello a efectos de adquirir lo mejor para
gratificar al ofendido mensajero de los Orixás. El si-
guiente problema consistía en hallar una encrucijada
de caminos lo suficientemente poco concurrida para
no llamar la atención con el despliegue de mercade-
rías, velas, fogatas y cigarros que pensaba ejecutar.
Por más que se devanó los sesos pensando en un
92
Exú

lugar apropiado -léase la selva marginal en las ribe-


ras del río, localidades rurales aledañas, etc.,- no
logró definir ninguna posibilidad, menos con seme-
jante clima; así que optó, a regañadientes, por volver
a su casa. En el jardín del fondo, poblado de árboles
frutales y plantas y flores ornamentales, había algu-
nos senderos de piedra entre canteros que, hacia la
parte trasera, formaban algo que podía ser conside-
rado técnicamente como un cruce de caminos. Espe-
raba que el Exú no fuera demasiado rígido a estos
respectos, faltaría que siguiera metiendo la pata y
enardeciéndolo aún más.
Al ingresar en su hogar con la sensación de
estar entrando en el cubil de las fieras, observó que
todo estaba igual que cuando lo había abandonado
de modo tan intempestivo. Dejó la cartera y las
bolsas de mercadería sobre la mesa del living, se sir-
vió un White Horse y observó el fondo húmedo des-
de la ventana de la cocina. Sobre la pared que daba
al este se veía claramente la mancha de hollín que
había dejado la incineración de la pintura de Mariel,
y debajo, unos trozos de madera chamuscada y a-
lambres retorcidos. ¿Habría consistido en ese hecho
la transgersión al ewo? No, seguramente se había
tratado de la delación a las autoridades de las andan-
zas del perverso Mauro de Alagoas. Aunque nunca
se sabía.
Estaba temblando de frío, y el whisky le ha-
bía producido una severa acidez estomacal, por lo
que fue hasta una alacena y tomó un sobre de sopa
disecada. Mientras lo preparaba, advirtió que la llo-
93
Gabriel Cebrián

vizna cesaba, si bien el color plomizo del cielo per-


manecía inalterable. Tal vez podría realizar la ofren-
da sin necesidad de improvisar una cubierta. Por lo
pronto, ni grillos ni sombras de movimiento repen-
tino la atosigaban como antes, pensamiento éste tras
el cual, casi instintivamente, se persignó. Revolvió
el jarro, cuyo contenido comenzaba a hervir, lo pasó
a un tazón y lo bebió lo más caliente que pudo, sin-
tiendo el escozor de su esófago irritado por el alco-
hol. No obstante, cuando terminó el frugal alimento,
agregó un poco de hielo en el vaso y fue por más
whisky. Todo seguía en calma, tal vez la mera inten-
ción de realizar la ofrenda ya había apaciguado en
algo al Exú, aunque sabía por experiencia que no
debía sujetarse a tan endebles indicios; mas en di-
cho orden de cosas, concluyó que sería conveniente
poner manos a la obra cuanto antes, no fuera cosa
que comenzaran nuevamente las infestaciones, por
impaciencia del Exú o por lo que fuere. Improvisó
un altarcito con una pequeña escalera de metal de
poco más de medio metro de alto, la que cubrió del
paño más blanco y limpio que pudo hallar. Lo
colocó prolijamente en la encrucijada de senderos de
baldosas grises más lejana de la edificación hacia los
fondos, a pocos metros de la alta pared de ladrillo
que delimitaba su terreno. Desde allí, tanto los cirue-
los como los limoneros, las Santa Ritas, los laureles
y hasta un bananero dificultaban la visión de la vi-
vienda propiamente dicha. Mientras volvía por los
elementos para la ofrenda, se esforzó por distinguir

94
Exú

entre la fronda cualquier indicio de anomalía, pero


todo parecía estar en calma. Mejor así.
Ya de vuelta frente al modesto altar, munida
de todas las delicatessen al efecto, se percató de que
no tenía ninguna imagen alusiva a la entidad espiri-
tual que necesitaba agasajar, tal como había visto se
estilaba en este tipo de actividades. Sabía, también, a
pesar de no ser muy entendida en esta tradición, que
esta clase de defecciones eran generalmente motivo
de rechazo de los sacrificios por parte del Exú, y que
los favores que en todo caso se estaban solicitando
se trocaban inevitablemente en su contrario. Apelan-
do al remanido refrán que asegura que lo que vale es
la intención, y tratando de demostrar entonces la me-
jor, fue hasta su biblioteca repleta de obras relacio-
nadas con esoterismo, espiritualidad, etc., y luego de
una búsqueda ansiosa y superficial, arrancó una lá-
mina de una enciclopedia de religiones en la que un
joven de fisonomía y estampa apolínea exhibía orgu-
llosamente su cuerpo desnudo, en tanto pisaba la ca-
beza de un ofidio. Le pareció lo suficientemente se-
ductor como para halagar a la entidad, sobre todo si
ésta se encontraba bajo el dominio, o al menos in-
fluenciada, por el arrogante y narcisista Mauro de A-
lagoas. Con la misma disposición febril tomó un
portarretratos del mueble-biblioteca, extrajo la ima-
gen de Maharashi y luego de los dobleces necesarios
para ajustar las medidas, colocó la lámina recién a-
rrancada y casi corrió hacia el fondo. La colocó de
modo que presidiera el sacrificio, encendió varias
velas rojas y negras y las fijó con la propia subs-
95
Gabriel Cebrián

tancia derretida al fondo de unos recipientes al efec-


to. A continuación fue hasta el lavadero a buscar
maderas secas y, no sin cierta dificultad debido a la
humedad del ambiente, las encendió. Se sentó en la
grava en posición de meditación y, sobrecogida por
un sentimiento que conjugaba elevación interior y
pánico, intentó establecer el mejor nexo posible con
el Exú. Quién sabe debido a qué extrañas vicisitu-
des, se sintió plena, segura de sí misma y de la efec-
tividad del ritual que estaba intentando llevar a cabo.
Envalentonada por tal circunstancia, arrojó a las lla-
mas una buena cantidad de frijoles negros y unos
apetitosos trozos de carne de cabra, que produjeron
un humo denso y gris que combinaba el aroma de
legumbres tostadas con el de la ardiente grasa ani-
mal. Permaneció unos momentos en estado de medi-
tación profunda; luego arrojó asimismo unos cuantos
chorros de cachaça en la fogata, y el tenor alcohólico
de la misma hizo que las llamas cobraran fuerza.
Antes de dejar de lado la botella, sirvió una generosa
copa y la depositó sobre el paño blanco, justo ade-
lante de la imagen. Tomó un puro cubano de gran ta-
maño y lo encendió con un rescoldo. Pitó con fuerza
hasta lograr una brasa considerable, arrojando el hu-
mo hacia el improvisado ícono, y luego lo depositó
junto a la cachaça, sobre un cenicero de porcelana.
Tras lo cual se relajó, y su mente, liberada final-
mente de las tensiones que desde mucho tiempo a-
trás la atosigaban, se solazó en un remanso psicodé-
lico muy parecido al que había alcanzado años atrás,
cuando investigaba en forma experimental los efec-
96
Exú

tos del LSD. Todo un marco de sensualidad formal y


cromática la fundía en un periplo impregnado de go-
zosa gratitud, y llegó a la conclusión de que el Exú
no era, definitivamente, una entidad espiritual malig-
na, sino que simplemente ejecutaba los castigos de
modo implacable y siguiendo el insoslayable man-
dato de los Orixás superiores. Tal vez ella, impru-
dentemente, había alterado aunque más no fuese mí-
nimamente un plan que no tenía oportunidad de co-
nocer a fondo desde su humana contingencia. Tal
vez, y ojalá así fuese, ya había purgado sus pecados,
y el Exú, a partir de su sincero arrepentimiento y de
su ofrenda, volvía a mostrarle el lado mágico de la
conciencia y su derrotero evolutivo, tal como lo ha-
bía hecho al comienzo de su relación. Tan emocio-
nada estaba por estas conclusiones, que se encontró
gritando ¡Laro iê!, una y otra vez, mientras las lá-
grimas surcaban el lugar donde su rostro debía estar
anclado, en el mundo material.
Por todo aquello fue que su caída resultó más
dolorosa. No sabía cuánto tiempo había estado así,
viajando en el placentero caleidoscopio de su mente,
saludando a voz en cuello al generoso Exú. Cuando
la sensación de su cuerpo cobró una cierta solidez,
abrió los ojos y se encontró en una nueva encruci-
jada, en la cual esta vez la selva circundante lucía
impenetrable, ominosa, repleta de ojos al acecho.
Sintió que su corazón fibrilaba por la impresión y,
como contrapartida de su estado anterior, una angus-
tia terminal ganó su espíritu. El paño blanco había
tomado fuego, y todo el altar e inclusive la imagen,
97
Gabriel Cebrián

ardían inexorablemente. Esto parecía indicar que el


sacrificio había sido rechazado, y nada peor podía
ocurrirle: ya había jugado su última carta, y había
perdido. Del mismo modo que instantes atrás las i-
mágenes que se sugerían en el entorno le inspiraban
regocijo y placer, ahora le producían un temor pro-
fundo hacia algo indefinible, como la sensación que
producían las pinturas de Mariel Duchamps, pero
exacerbada hasta niveles intolerables. Se incorporó,
entre jadeos, y cuál no fue su sorpresa cuando vio
venir por uno de los senderos a Waldo Leonetti, con
expresión confusa, sucio y desgastado. Su mirada
perdida indicaba que no era dueño en absoluto de
sus facultades mentales. Tan era así que un niño, de
aspecto enfermizo y con algo parecido a lepra en
parte de la cabeza y el rostro, lo conducía al modo
de un lazarillo. Ella recordó inmediatamente al suje-
to del cuadro que soñó en el avión, cuando se dirigía
a Pernambuco a solicitar la ayuda y el consejo del
extinto Pai Nelson. Se trataba, sin lugar a dudas, del
mismo desagradable ente.
No tuvo duda alguna de que algo grave esta-
ba a punto de suceder. A pesar del estado de shock
por lo incongruente de su situación, anclada en una
suerte de mundo fantasma, trató de hilvanar los re-
tazos de una trama aún plagada de zonas oscuras.
Resultaba evidente que tanto Waldo como ella mis-
ma eran pasibles de la punición del Exú, y el teatro
de su sufrimiento parecía deber la escenografía a los
pinceles abyectos de la Duchamps, por lo que todo
indicaba que ésta era, al menos, su colaboradora. Pa-
98
Exú

saron junto a ella y siguieron andando cansinamente


en dirección a una casa camino abajo. Antes de salir
del compulsivo sopor y advertir que el altar sí se es-
taba quemando realmente, Samantha reconoció la
casa como la misma en la que había sido ultrajada y
casi aniquilada en sueños por el Exú.

99
Gabriel Cebrián

TERCERA PARTE
MASCARADA

Desde el momento que llamó a la puerta en la


casa de Mariel, Periko supo que algo no andaba
bien. Y eso que se había esforzado tanto en mante-
nerla vital y activa, que había dispuesto las cosas pa-
ra que su trabajo volviera a los primeros planos de
repercusión pública, que en cuestión de días había
levantado el negocio a niveles inéditos de rentabili-
dad, en fin... . En un todo acorde a su premonición,
Mariel acudió a abrirle con expresión abatida.
-Hola, Periko, buen día.
-Hola, reina, mirá, traje comida china y un par de
botellas de un pinot noir que no sabés.
-Pasá. Tenemos que hablar.
-Sí, ya me di cuenta. Por dios, ¿qué pasa, ahora?
-No, dame un poco de tiempo. No es muy fácil de
explicar. Servite un vino y después hablamos.
Entraron al living y Periko vio al Adonis en-
cadenado en el lienzo aún fresco.
-¡Mariel, pero es fabuloso! ¿Cuándo pintaste esto?
-Recién; hace un rato, bah. Y es precisamente éso lo
que me preocupa. ¿Vas a servir el vino, o no?
-Ya va, ya va, estoy admirando la obra. Mirá, since-
ramente, no sé que carajo te preocupa, si está bárba-
ra. Y mejor está todavía que sigas produciendo, sa-
bés que nos están volviendo locos con los pedidos.
-Me parece que no captás el punto, y bueno, es natu-
ral, hay detalles que no conocés. Dejá, nomás, que
yo sirvo las copas.
100
Exú

-Mejor, así me quedo un poco más admirando esta


belleza. Sabés que me va a dar no sé qué venderla,
¿no?
-Quedátela. Te la regalo.
-No, señorita, en este momento no nos podemos dar
ese lujo. Ya vamos a tener la vaca atada y me vas a
pintar mejores cosas para mí. Mariel, siempre te lo
digo, vos sos mi seguro para la vejez.
-Gracias, pero paso. Yo únicamente sé pintar, y eso
con reservas...
-¿Me parece a mí, o estamos entrando de nuevo en
estados depresivos y esas tonterías?
-Tomá -le alcanzó la copa. -Che, está bueno este tin-
to, eh.
-Claro, Mariel. Es de lo mejor, lo que te merecés.
Vamos a brindar por... ¿cómo se llama, este guacho,
que está tan fuerte?
-Mauro de Alagoas.
-¿Mauro de Alagoas? Qué extraño nombre. Y deci-
me la verdad, te pusiste cachonda mientras lo pinta-
bas, ¿no?
-Yo no lo pinté.
-Ah, ¿no? ¿Y quién lo pintó, entonces?
-No sé. Supongo que el propio Mauro de Alagoas.
-Estás de joda.
-No, boludo, te dije que es como si alguien se llevara
mi mente a otro lado, tomara mi mano y pintara por
mí. Ya te lo dije, pero por lo visto no me das bola.
-No esperarás que tome semejante patraña en serio...
dejáte de joder.
-¿Ves? Si te cerrás, cómo querés que hable.
101
Gabriel Cebrián

-¿Es que acaso existe un Mauro de Alagoas? Deci-


me, que si es así, me encantaría conocerlo.
-Se ve que no sabés lo que estás diciendo. Mauro de
Alagoas existe, o existió, no sé, y creeme que es la
última persona en el mundo que te gustaría conocer.
-¿Qué, es brasilero?
-Si, creo que sí, al menos eso decía. Era un Pai de
Santo.
-¿Umbandista?
-Si. Parece que tuvo quilombos con las autoridades
de su país. Él acusó persecución religiosa, cuando se
estableció acá en Argentina. Pero como se desarro-
llaron luego los acontecimientos, me parece que la
persecución se debió más a sus múltiples trapisondas
que a lo que argumentaba, ya que tuvo que desapa-
recer de acá también, después de ser denunciado por
varias jóvenes por abuso deshonesto y no sé cuántos
cargos más, que incluían un muestrario de delitos de
lo más variado.
-¿Y por qué se te dio por pintarlo?
-¿No te dije, pedazo de boludo, que no se me dio a
mí? ¿Cómo carajo querés que te lo diga?
-Bueno, no me tratés así, tampoco, che. Dejame re-
formular la pregunta. A ver... sí: ¿por qué suponés
que él te impulsó a retratarlo? O sino mejor, ¿por
qué creés que es él quien está pintando por vos?
-No lo suponía hasta no ver su cara en este lienzo.
Sentía, sí, lo que ya te he comentado antes. Cuando
lo vi, se me cayó el culo. No tuve dudas de que era
él quien estaba detrás de mis arrebatos creativos.

102
Exú

-Disculpame que te diga, no, y desde ya te invito a


que dejes de lado esa reactividad agresiva que me
estás tirando encima: todo esto me parece un delirio,
está bien que parece haber circunstancias que desco-
nozco, como por ejemplo, la clase de relación que
mantuviste con él, pero así y todo me parece, te rei-
tero, que estás meando fuera del tarro. Las cosas no
son así.
-¿Vos también venís ahora con ese pragmatismo?
-¿Por qué decís eso?
-Porque ya esta mañana hablé por teléfono con Wal-
do (que entre paréntesis, ya le dieron el alta y está en
la casa) y me dio una clase magistral de "como son
las cosas". No, si ustedes los hombres la saben lun-
ga.
-Eso de "hombre" se te habrá escapado...
-Ves, pelotudo, ya me hiciste reír.
-Claro, Maru, dejate de joder. Yo sé que lo de Waldo
es un bajón, pero sacando eso la vida te sonríe. Dis-
frutá, no seas necia, no te cuelgues con boludeces.
-No sé, tal vez tengas razón. Pero es muy raro, ¿sa-
bés? Después de tantos años... Y encima la mujer
esa que me llamó, hace unos días...
-Vamos por partes: primero, de la loca ésa no hable-
mos porque ya sabés lo que pienso. Aparte, qué cosa
es extraña, si ahora todas las señoras gordas que no
tienen nada que hacer se dedican a la new age, espi-
ritismo, flores de Bach y no sé cuántas otras pava-
das, che. Lo que me gustaría oír, sí, es la experiencia
que tuviste con ese tal Mauro de Alagoas, si no es
entrar demasiado en tu intimidad.
103
Gabriel Cebrián

-Mirá, si es un chiste, me parece de mal gusto. Vos


sabés que no tengo secretos para vos, y si no te hablé
del tema es porque creí que se trataba de una bolu-
dez de pendeja sin la menor importancia. Eso, hasta
hoy.
-Mirá, yo no sé lo que habrá pasado, supongo que un
asunto groso, por lo que decís, pero me imagino que
algo de cierto debe haber en las teorías de Freud y
esos tipos del psicoanálisis, viste, y me inclino a
pensar que si algo de eso aflora, se debe más a con-
tenidos del inconciente que pugnan por salir que a
fenómenos de posesión, y cosas así onda "el exorcis-
ta", o alguna otra patraña por el estilo.
-Mirá. Periko, no me voy a poner a discutir con vos
sobre cosas que ninguno de los dos conocemos lo
suficiente. ¿Querés o no querés que te cuente la his-
toria?
-Dale. Soy todo oídos.
-Bueno. No sé muy bien por donde empezar...
-¿Qué te parece empezar por el principio?
-Bueno, si te vas a hacer el canchero...
-Dale, dale, desembuchá.
-Vos sabés que con Waldo nos conocemos de chi-
cos, del barrio. Después que empezamos a salir más
o menos en serio, lo incorporaron a la milicia y des-
pués lo mandaron a esa puta guerra. La pasamos
bastante mal; él, por razones más que obvias, y yo, i-
maginate, a esa edad, bastante enamorada y en esas
circunstancias. Recuerdo las noches en vela, la ten-
sión frente al televisor y la radio, esperando que la

104
Exú

pesadilla terminara y que mi amor sobreviviera. So-


brevivió, Periko, pero no sabés como volvió.
-Me imagino.
-No, no te imaginás. Pobrecito, tenía el espanto gra-
bado a fuego en su mirada. Se comportaba como una
rata asustada, todo el tiempo echando vistazos de
golpe al entorno, como si de un momento a otro pu-
diera surgir de cualquier rincón un enemigo. Y si por
casualidad se desataba una tormenta eléctrica, el lo-
co temblaba como una hoja, entraba en pánico. Creo
que en esos momentos entablaba una lucha consigo
mismo para sostener la visión del entorno, para no
volver en estado alucinatorio a las islas. A veces
conseguía que se durmiera recostado en mi falda, a-
cariciándole la cabeza.
-Qué tierno.
-Sí, aunque parezca mentira, así era. Pero por ahí se
despertaba de golpe, jadeando, tirando manotazos
para agarrar un fusil imaginario. No sabés, era paté-
tico.
-Sí, puedo figurármelo, pobre Waldo, al final. Pero
lo que no encuentro es qué tiene que ver eso con el
tal Mauro de Alagoas.
-Bueno, lo veía tan mal, sobre todo al ver que el apo-
yo profesional que recibía no le servía de un carajo,
que presté oídos a una amiga de mi vieja que parti-
cipaba de un culto umbanda. Según ella, el daño es-
piritual solamente podía ser subsanado mediante cu-
raciones del mismo carácter, y me recomendó que
fuera a hablar con el Babalaorixá Mauro...
-¿El qué?
105
Gabriel Cebrián

-El Babalaorixá; así llaman a los Pai de santo, los lí-


deres espirituales de cada comunidad, a la que deno-
minan terreiro. El Pai era el tal Mauro de Alagoas,
cuya figura (creo que un poco mejorada) está en esa
pintura que ves ahí.
-Y vos, la misma casquivana ya de chiquita, fuiste.
-Claro que fui. ¿Qué esperabas?
-No sé, supongo que esperaba que hubieras sido más
razonable y hubieras encarado el tema por carriles
más normales, qué sé yo.
-¿No te dije que por los carriles normales no se con-
seguía nada?
-Decime, por curiosidad, ¿tenés la certeza de haber
agotado las posibilidades de tratamientos convencio-
nales?
-Bueno, pendejo, tenía poco más de veinte años, qué
querés. Aparte era la primer cosa jodida que me pa-
saba en la vida. Ahora es fácil, decirlo. Me imagino
las cagadas que te habrás mandado vos, a los veinte
años.
-Che, bruja, que muchos más no tengo. Además me
las sigo mandando, pero ése no es el tema.
-Bueno, la cuestión que fui, y me encontré con un
hombre joven, de mirada tan intensa que mareaba.
Muy seguro de sí mismo y con una autoridad evi-
dente. Primero que nada, una vez que le hube rela-
tado el nudo de la situación, me dijo que ellos no
prestaban servicios a personas ajenas al terreiro, y
que si tanto yo como Waldo necesitábamos ayuda,
debíamos iniciarnos y participar de su culto.
-Típico.
106
Exú

-Sí, eso pensé yo. Pero inmediatamente argumenté


que en las condiciones psíquicas que se encontraba
el pobre, no iba a querer oír hablar siquiera de ello.
En el fondo, pensaba que lo único que conseguiría
llevándolo allí sería exacerbar su delirio.
-Bien pensado, supongo. ¿Y qué pasó?
-Pasó que entonces él dijo que había una posibilidad
de hacerle llegar la bendición de los Orixás en forma
transitiva, pero para eso yo tenía que aceptarlo a él
como mi Pai y acatar a pie juntillas cuanto él me
ordenara. Me pareció excesivo, más aún tratándose
de un culto generalmente mal visto y del que no co-
nocía casi absolutamente nada, salvo que sacrifica-
ban animales, se embriagaban, y esas cosas. Me hice
la siguiente composición de lugar: primero, quizás
hubiera una posibilidad de ayudar a Waldo en un
campo en el que las terapias tradicionales no opera-
ban; segundo, las características de un culto afroa-
mericano extravagante bien podían aportarme mate-
riales e ideas para desarrollar plásticamente, y terce-
ro, el magnetismo de aquel fulano poco mayor que
yo y al que debía llamar padre, era tal que mi vo-
luntad pareció fundirse casi por completo.
-Te cachondeó, decí la verdad.
-Bueno, puede ser que un poco, pero no era momen-
to para andar pensando cosas así.
-La que te dije no piensa, Maru.
-Qué sabrás vos. La cuestión que asumí como pro-
pias todas las cuestiones relativas al culto, sin pesta-
ñear ni cuestionar absolutamente nada.
-¿Entonces practicaste el umbanda?
107
Gabriel Cebrián

-Sí, sin comprometerme mucho espiritualmente, por


supuesto. Es decir, practiqué los rituales que condu-
cía Mauro. Después, a través de lecturas particula-
res, descubrí que la suya era una forma muy peculiar
de interpretar esas creencias. Por ejemplo, según la
tradición más difundida, antes de cada sacrificio de-
be darse una ofrenda al Exú, que es una entidad in-
termedia entre hombres y Orixás, muy dada a entor-
pecer y a molestar durante la ceremonia si no se lo
aplaca antes. Su carácter festivo y sensual hace que
se lo considere un niño travieso, aunque de acuerdo
a algunas vertientes, llega a identificarse con el mis-
mo demonio. Te digo todo esto porque Mauro de A-
lagoas, en lugar de sacarlo del medio, alentaba su
presencia e incluso era poseído por él, o al menos e-
so fingía. Ello al punto que alguno de los fieles lo
llamaban, lisa y llanamente, el Exú.
-Mirá en las cosas que te has metido, Mariel. Está
bien que son todos cuentos, pero los locos esos son
capaces de cualquier cosa.
-Bueno, la cosa es que no dije nada respecto de mis
investigaciones y seguí concurriendo porque notaba
una leve mejoría en el estado mental de Waldo. Ya
sé, vos me dirás que es obvio que pasando el tiempo
y contenido por su terapeuta, el paciente mejore, y
puede ser que haya sido así. Pero te sigo contando.
La expresiva mirada del Pai parecía decirme que es-
taba al tanto de todas y cada una de mis maquinacio-
nes. A esta altura, y preocupada por el cariz que la
situación iba cobrando, tuve noticias de ciertas prác-
ticas que utilizaban esa espiritualidad con fines ba-
108
Exú

jos, a través de hechizos, de maleficios; una especie


de magia negra que parte de la misma tradición, y
sospeché inmediatamente que el Pai obedecía a ella.
No sé cómo, pero se convirtió en una certeza. Como
también crecía la certidumbre acerca de la capacidad
de Mauro de leer en mi mente como en un libro a-
bierto. Comencé a tratar de tomar distancia, ya que
lo que había sido una inquietud iba transformándose
en miedo. Paralelamente, Mauro parecía prestarme
más y más atención. Hasta llegó a insinuarme que yo
era su Pomba-Gira, algo así como la versión femeni-
na del Exú, dada mi inclinación a las artes plásticas.
-¿Cómo?
-Sí, parece ser que tanto Exús como Pomba-Giras,
son muy dados a las actividades bohemias, a la des-
mesura festiva; a la poesía, pintura, música, esas co-
sas. Como la cuestión estaba pasando de castaño os-
curo, decidí abandonar todo aquello mientras podía.
Entonces participé de la que iba a ser la última cere-
monia para mí, por propia decisión. Pero pasó algo
de lo que no puedo dar muchos detalles.
-Me imagino.
-No, no es lo que vos te imaginás. Sucedió que, entre
posesiones convulsivas, batir de parches, y toda esa
actividad que ya debés haber visto en algún lado,
perdí el conocimiento. Tiempo después sospeché
que había sido drogada. La cuestión es que desperté
en la propia cama de Mauro de Alagoas.
-Sí, conozco la rutina. Despertarse y no saber hasta
dónde llegaron las cosas. Algunas veces me ha pasa-
do.
109
Gabriel Cebrián

-No te hagás el boludo, estoy hablando en serio.


-Yo también, dulce. ¿O acaso no fue así?
-Bueno, supongo que fue así. Más, tratándose de ese
sujeto.
-Qué lástima, un bocadillo tan rico y no acordarse de
la degustación.
-¿Te podés dejar de hablar boludeces? Yo te comen-
to todo esto, estoy preocupada, y vos dále que te dá-
le con la libido. Por supuesto, ésa fue la última vez
que fui a la supuesta Casa de Santo.
-Por lo que parece, supongo que fue lo correcto.
-Y después vino el tema ése del embarazo...
-¿Me parece a mí, o estás insinuando que tal vez tu
embarazo fue provocado por ese tal Mauro?
-Mirá, no sé. Con Waldo, pese a todo, hacíamos el a-
mor frecuentemente. Ponete en mi lugar: ni siquiera
me constaba que Mauro hubiese abusado de mí, en
estado de inconciencia. En cambio con Waldo estaba
segura de haberlo hecho en varias oportunidades, así
que preferí pensar lógicamente y atribuirle a él la
paternidad.
-Pero hoy por hoy, no estás segura.
-Ni siquiera me lo planteo. Vos mismo me decís
siempre que no hay que darle vueltas a los pensa-
mientos negativos.
-Sí, por supuesto, tenés razón. No le hace.
-Lo que ahora, después del accidente, me atormenta,
son todos los reproches y las actitudes de mierda que
tuve para con Waldo, dando por sentado que él era el
padre sin siquiera estar absolutamente segura.
-Maru, no podés.
110
Exú

-No, sí que puedo. Tal vez era una forma de sacarme


el peso de encima, de apaciguar un poco mi concien-
cia. En el fondo siempre debo haber tenido la duda,
y el mecanismo de defensa era acusarlo a él, a su su-
puesta desidia. Eso, sin siquiera tener en cuenta que
probablemente, y después del infierno que pasó, era
bastante razonable que no estuviera preparado en-
tonces para tener un hijo.
-Bueno, así y todo, tenés que considerar que haya si-
do uno u otro, lo que hiciste en todo caso fue para a-
yudar a Waldo.
-Sí, eso también lo pensé, y en algo me consuela,
aunque hay que ver la forma que tengo de ayudar a
la gente, ¿no te parece?
-Maru, querida, cada uno ayuda como puede. No po-
dés seguir cargando todo sobre tus hombros. Las co-
sas fueron como fueron, vos no iniciaste la guerra,
vos no quedaste embarazada a propósito, vos trataste
de ayudarlo como pudiste, eso es todo. Ahora mirá,
si no fuese por vos, a Waldo encima se lo estarían
comiendo los piojos.
-Eso es incomprobable. En tren de suponer, tal vez si
no fuera por mí estaría caminando feliz y contento
por la vida.
-Ves, ya empezás a ponerte negativa.
-Puede ser. Puede ser. Ahora, servime más vino. La
Pomba-Gira tiene sed -dijo, con tono amargo, mien-
tras observaba de soslayo el retrato de Mauro, cuya
mirada pareció brillar de satisfacción.

111
Gabriel Cebrián

* * *
Desconcertado hasta por la propia materiali-
dad de su experiencia en aquel mundo fantasma, o
soñado, o lo que fuere, Waldo se dejó conducir de la
mano por el niño infernal, cuya familiaridad al me-
nos servía para atenuar un espanto que ciertas certe-
zas, que le llegaban en un plano más anímico que ra-
cional, le advertían que algo devastador iba a ocu-
rrirle. Todo era primario, grotescamente directo, allí.
Sus sentimientos, ardiendo, parecían plantarse en la
certidumbre que cualquier intento de racionalización
lo arrojaría de nuevo al escarnio de su invalidez. En
esa pesadilla emocional al menos tenía piernas, en la
otra... pensó que quizás todo esto era producto de su
estragado inconciente, que aunque tétrico, lo so-
metía a una crueldad generosa con su totalidad. Tal
vez éso propiamente era lo que quería decir la voz
en su cabeza que de tanto en tanto le recordaba que
no era otra cosa que su propio miedo. El propio mie-
do a la propia miseria, a una existencia absurda en la
cual había sufrido toda clase de humillaciones sin
haber dicho jamás esta boca es mía; a caer en la
cuenta que había desperdiciado sus días corriendo
detrás del dinero, esa abstracción que no cumplía o-
tro rol que el de sublimar sus debilidades, miedos e
inseguridades en una falsa isla de aplomo que se de-
sintegró ante la primer marejada de traumas provi-
nientes de una situación que él nunca había buscado

112
Exú

y sobre la que no había tenido responsabilidad algu-


na. Si había un dios, tal vez pudiera entender alguna
vez por qué el destino se había ensañado con él al
punto de considerar aquella caminata por mundos in-
fernales, de la mano de un demonio con cara de niño
leproso, como una cosa preferible a su cotidianidad.
Llegando a otra de esas encrucijadas en las
cuales los cánticos e invocaciones arreciaban, y don-
de el batir de parches había crecido casi hasta un pri-
mer plano, vio a una mujer frente a una especie de
altar en llamas, que lo miraba desencajada. La reco-
noció como una cliente del negocio de pinturas.
¿Qué demonios estaba haciendo allí? Quiso pregun-
tarle, y su angustia creció al advertir que no podía
dar voz a palabra alguna ni detener sus pasos. Sintió
que a la mujer, a su vez, experimentaba la misma
impotencia. ¡Laro iê!, repetía cíclicamente, mientras
las lágrimas recorrían su desesperada fisonomía. El
niño lo condujo por el camino que atravesaba al que
venían, hacia la izquierda. Cuesta abajo, a la vera del
sendero que habían tomado, se divisaba una finca
medio oculta por los árboles. Waldo, del mismo mo-
do inexplicable para su razón, supo que allí se deve-
laría la clave de toda su amarga existencia.
A medida que se acercaban, el batir de par-
ches y las invocaciones se hacían más y más esten-
tóreos, al igual que el corazón de Waldo, que redo-
blaba aún cuando lo sentía sólido como una piedra.
Algo dentro, muy dentro suyo, quería despertar, aún
a pesar del tullido que aguardaba, además del miedo,
con su miseria a cuestas. Pero sabía que tal decisión
113
Gabriel Cebrián

no era resorte de su voluntad. Llegaron a la casa, de


la que salía un humo aromático cuya fragancia le re-
sultaba desconocida. Ingresaron, y lo que parecía u-
na celebración orgiástica recrudeció de tambores y
de ajetreos carnales. Todos los oficiantes saludaban
al pequeño con la reiterada fórmula de ¡Laro iê!, be-
bían licores, fumaban charutos, se restregaban unos
contra otros, se convulsionaban en goces o posesio-
nes de espíritus, vaya a saber. Los pocos que le diri-
gían la mirada a él lo hacían con desprecio. El niño
soltó su mano y se sumó a la barahúnda que parecía,
según lo que había visto en televisión, un ritual de
candomblé, o macumba, o algo así. ¿Qué demonios
significaba todo eso? Mientras asistía, alelado, al
grotesco espectáculo, comenzó a sentir una angustia
profunda que le venía por algo o alguien que estaba
en una habitación contigua. Miró al niño que, senta-
do unos metros más allá, acariciaba con una mano
los rojos labios de la vagina de una negra en estado
de trance -ambos con todo el rostro babeado,- mien-
tras con la otra empinaba una botella. Luego de be-
ber, le hizo un gesto con la cabeza, mediante el cual
lo instaba a ingresar en la habitación en la que pare-
cía concentrarse toda la malevolencia del entorno.
Apabullado por una tormenta interior que se
debía fundamentalmente a la incertidumbre provoca-
da por un criterio de realidad tan bombardeado últi-
mamente, vaciló un instante antes de enfrentarse con
lo que había allí dentro, no muy seguro de sí mismo
pero a sabiendas que esa sería quizá la última opor-
tunidad de descubrir qué había detrás de todo aque-
114
Exú

llo. Tragó una saliva amarga y espesa, con la con-


ciencia cabal de que su materialidad corpórea estaba
allí, consigo, y recorrió con paso trémulo los metros
que lo separaban del marco de la puerta. Cuando
accedió, quedó estupefacto: allí estaba Mariel, una
Mariel hermosa, joven y vital como lo había sido
veinte años atrás, subida a horcajadas sobre un mo-
reno musculoso, fornicando de un modo que le pare-
ció brutal y dando señales de un placer tan intenso
como jamás él le había proporcionado. Por detrás de
ellos, un par de ojos amarillentos y feroces, casi fun-
didos con el entorno, observaban el cuadro con avi-
dez animal. Sintió que alguien se acercaba por de-
trás, y supo que era el niño infernal. Supo también,
antes que se lo dijera, que ese engendro por el que
había sufrido y había sido cuestionado tanto tiempo,
no era el aborto de un hijo suyo, sino producto de u-
na infidelidad de Mariel con el individuo ése que la
estaba haciendo temblar de excitación allí mismo,
frente a sus ojos, con una sensualidad tal que la es-
tancia entera parecía vibrar en su lujuria. Sus senti-
mientos estaban en carne viva, una mezcla de lesión
en su masculinidad, celos, ira, rebelión ante la injus-
ticia de que había sido objeto durante años, lástima
de sí mismo, y terror, el terror perenne que amalga-
maba todos y cada uno de ellos. Si hubiera poseído
entonces una mínima presencia de ánimo, habría to-
mado a golpes a todos los habitantes de la finca, pe-
ro sólo pudo llorar silenciosamente. Así, lloroso y a-
batido hasta lo indecible, se encontró de nuevo fren-
te a la mesa del comedor de su casa, sentado en la
115
Gabriel Cebrián

maldita silla de ruedas y con el asqueroso niño bri-


llando de malicia.
-Quién iba a decirlo, ¿no? -Le preguntó insidiosa-
mente, sacudiendo sus piernas como lo había hecho
antes y jugueteando con su dedo índice en la super-
ficie de un trozo de queso fresco, que había quedado
del refrigerio que otra vez pugnaba en el esófago de
Waldo por ser expulsado. Éste seguía llorando. Si
antes odiaba a ese niño, ahora su encono era sólido
como el acero. Cerró apretadamente los ojos, lu-
chando contra la náusea y tratando de recomponer
algo que le permitiera al menos superar ese trance.
Estaba loco, y la locura lo llevaba a enfrentar las es-
cenas más dolientes que su inconciente fuera capaz
de proyectar. Quiso pensar que era éso, nada más
que un estado de enajenación producto del cúmulo
de tremendas experiencias que tenía en su haber. Tal
vez las ortopedias físicas y mentales que la ciencia
podía acercarle le servirían, al menos, para tener u-
na vida digna, a pesar de todo. Pero no podía quitar-
se de las retinas la imagen de Mariel gozando sobre
el moreno, la fulgurante vividez de cuanto había a-
testiguado. Si hubiese sido una pesadilla, el niño é-
se no habría estado aún allí, recordándole el escar-
nio y la afrenta de los que había sido objeto. Una
cuestión que en otro contexto le hubiera parecido, si
bien no algo trivial, tampoco tan dramática, era el
síntoma, la punta del iceberg que lo hacía caer en la
cuenta del sinsentido que había signado su vida, lo
fútil de sus sufrimientos y la horfandad de esperan-
zas que padecería a partir de allí. Se sintió ahogado,
116
Exú

abrió los ojos y descubrió que la presencia se había


ido, o al menos no era visible ahora. Respirando con
dificultad y al borde de un vahído, impulsó las rue-
das alrededor de la mesa y revisó la silla. No halló
vestigio alguno de su supuesto ocupante. Tomó el
trozo de queso y un escarceo negruzco en su super-
ficie lo sobresaltó. Se quedó mirándolo, y pudo ob-
servar un insecto pugnando por emerger. Al cabo lo
hizo, era una mosca, que ni bien pudo emprendió un
vuelo directo hacia su cara. Impactó en su labio in-
ferior, de modo que por poco se la traga. Asqueado,
y sacudiendo las manos para espantarla, no pudo im-
pedir que un oscuro vómito embadurnara su vientre
y los muñones de sus piernas. Recuperó el aliento, y
condujo la silla de ruedas hasta su dormitorio. En el
camino, la mosca lo siguió, efectuando de tanto en
tanto vuelos rasantes que a veces impactaban en su
rostro. Waldo sacudía la cabeza, a veces agitaba una
mano, como si el pequeño insecto aquél fuera capaz
de matarlo por el mero contacto, y tal vez así era.
Entró finalmente en el cuarto, fue hasta la mesa de
luz, abrió el cajón y extrajo un viejo portarretratos
con una asimismo vieja foto de Mariel, que lucía
exactamente igual a como la había visto instantes
antes. El único afecto que había podido cosechar en
su amarga vida, y lo había traicionado e inculpado
de una manera aviesa e injustificada. La puso frente
a sí, al lado del velador. La mosca seguía pululando,
pero ya casi la ignoraba. Estaba a un paso de la li-
beración final. A continuación volvió a meter la ma-
no en el cajón y esta vez sacó su pistola 9mm. Com-
117
Gabriel Cebrián

probó el cargador, tiró de la corredera, quitó el segu-


ro y la metió dentro de su boca. Lloró, esta vez rui-
dosamente y con espasmos. Percibió el desagradable
olor del vómito, el zumbido de la mosca, el frío ca-
ño en su lengua, el testigo de metal punzando su pa-
ladar, la mosca caminando con suaves patas por su
cara. ¡Laro iê! No soy otra cosa que tu propio
miedo.
Tomó aire lo más profundamente que pudo, y
se ahogó con mocos y restos de comida. Luego, jaló
del gatillo.

* * *
El veterano médico chupó el cigarrillo, dejó
salir parte del humo y el resto lo inhaló, lo retuvo u-
nos segundos y depués lo dejó salir por la nariz en
dos columnas descendentes que luego se elevaron y
se diluyeron en el aire. Todo ello mientras observaba
los estudios que de urgencia, a pedido de la propia
Samantha, le habían efectuado en una clínica del
centro. Luego del incendio del improvisado altar con
el que había querido homenajear al Exú, había vuel-
to a salir a la calle a deambular sin rumbo, como ida,
esperando de un momento a otro el zarpazo mortal
del enemigo invisible. Mientras caminaba en estas
pésimas condiciones anímicas, un ahogo pronuncia-
do, agravado quizás por el pánico subsecuente, la
había obligado a sentarse en el marco inferior de una
vidriera, donde una vez recobrado el aliento experi-
118
Exú

mentó una punzada feroz en el pecho y un cosquilleo


en el brazo izquierdo. El facultativo frunció el ceño,
se acomodó los anteojos con el índice, volvió a pitar
y repitió la pauta. Luego le dijo:
-Mire, señora, lo primero que tiene que hacer es
tranquilizarse. La noto muy alterada, ¿sabe?, y eso
para su dolencia no es bueno.
-Gracias, doctor, pero eso se dice muy fácilmente.
Estoy pasando por un momento terrible, ¿sabe?
-Bueno, como quiera que sea, pero esto no es broma.
Digamos que no tiene muchas alternativas. O se
tranquiliza, o tal vez el daño a su salud resulte irre-
parable.
-¿Es tan grave, doctor? ¿Qué es lo que tengo?
-De acuerdo a estos estudios preliminares, se le ha
detectado una fibrilación auricular extrasistólica fre-
cuente. Ya sé, suena horrible, pero si me hace caso y
se cuida, va a andar bien. Me gustaría efectuar algu-
nos estudios más exhaustivos, pero para eso tiene
que quedar internada un par de días.
-No, doctor, si me disculpa, me resulta imposible, en
este momento. Aparte, vengo de una internación de
casi un mes, así que...
-¿Por este motivo?
-No, por motivos psicológicos, creo.
-¿Cómo es eso de que "cree"?
-Verá, doctor, esto no es nada fácil de comentar, ya
que corro el riesgo de que me tome por loca. Estoy
segura que una maldición pesa sobre mí. Que un es-
píritu o algo así se dispone a hacerme la vida impo-

119
Gabriel Cebrián

sible al punto que usted acaba de comprobar con e-


sos estudios.
El médico tuvo en claro que, a más de la a-
fección cardíaca, aquella paciente sí que estaba loca.
Dudó unos momentos. Luego le preguntó quién ha-
bía sido el profesional que la había estado atendien-
do.
-El Doctor Pagés.
-El Doctor Pagés, eh. Es muy bueno, en su campo.
-Mire, doctor, no voy a hablar mal de un colega su-
yo, pero me parece que no tuvo en cuenta el proble-
ma de fondo. En ningún momento le dio importancia
a mi historia, que le aseguro, es real.
-Mire, Samantha, voy a ser franco con usted. Si hay
una historia a la que es necesario prestar importancia
en lo inmediato, es la que cuenta el estudio que ve a-
cá. El resto, sin emitir juicio previo, puede atenderse
una vez que estos síntomas se reviertan. Créame, es
vital para usted, ante todo, recuperar la calma y ha-
cer estrictamente lo que voy a indicarle.
Mientras el médico estrujaba la colilla en un
cenicero de metal y luego redactaba prescripciones
de medicamentos y pautas alimentarias y de conduc-
ta, Samantha, ya algo repuesta si no en lo anímico,
en lo físico, caviló que la única cura posible para ella
no dependía de todo aquello sino del curso de acción
que debía desplegar urgentemente. Casi ausente oyó
la retahíla de recomendaciones y advertencias fina-
les y abandonó el consultorio externo, dejando al
médico algo confuso y convencido de su insanía. Por

120
Exú

un momento se le ocurrió pensar que tal vez tuviese


razón. No era otra cosa que su propio miedo.
Otra vez en la calle, decidió no adquirir los
medicamentos ni iniciar tratamiento alguno. Nada
podía esperar de aquellos "médicos del cuerpo", co-
mo tan bien los había definido Artaud. Sólo podía
contar con ella misma, tal vez con Waldo Leonetti, a
quien había visto padeciendo un infierno semejante
al suyo en el ensueño que tuvo lugar durante el falli-
do sacrificio. Si bien no tenía un plan determinado,
la urgencia condujo sus pasos al negocio de pinturas
donde le había comprado aquella tela que fue cata-
lizadora de su desastre personal. Decidió volver allí
aún a riesgo de tener que enfrentarse de nuevo con
alguna tela de Mariel Duchamps.
Ingresó al negocio desierto evitando fijar la
mirada en las pinturas. Un ding dong electrónico a-
nunció su presencia y de inmediato acudió desde el
interior un hombre joven, vestido de manera elegan-
te pero informal, bucles engrasados y sonrisa plena
de vendedor simpático.
-Buenas tardes, señora. ¿En qué puedo ayudarla?
-Mire, hace unos días estuve por acá e hice un trato
con el señor Waldo Leonetti. ¿No estaría él?
-No, él no está, pero en todo caso, puede tratar con-
migo. Yo estoy a cargo, ahora.
-Sepa disculpar, pero es un asunto personal. ¿En qué
momento podría encontrarlo?
-No, mire, no va a ser fácil, ¿sabe? El señor Leonetti
sufrió un accidente...
-¡Oh, Dios! ¿Es que acaso él está...
121
Gabriel Cebrián

-No, ahora está bien. Lo único que quedó bastante


imposibilitado. Así que se da una vuelta cuando pue-
de, el pobre.
Samantha experimentó súbitamente una repe-
tición de los síntomas que la habían arrojado a la clí-
nica, se aferró al mostrador y cerró los ojos intentan-
do mantener el pie. Periko, aceleradamente, dio la
vuelta y le acercó una silla.
-Señora, ¿se siente bien?
-Si, ya me pasa.
-¿Quiere algo, un vaso de agua?
-Sí, por favor.
-Quédese sentada. Enseguida se lo traigo.
Periko fue por el agua y mientras ella respi-
raba profundamente, sintiendo a cada bocanada có-
mo la presión en su pecho, afortunadamente, dismi-
nuía. Temía abrir los ojos, ver alguna de aquellas
pinturas en exhibición y que su estado volviera a a-
gravarse. El vendedor volvió, le acercó el vaso y se
quedó de pie junto a ella. Luego le preguntó:
-¿Quiere que llame a alguien?
-No, está bien, muchas gracias.
-¿Es familiar de Waldo?
-No. Ni siquiera lo conozco bien. Disculpe, es que
estoy algo enferma. Dígame, por favor, ¿qué tan gra-
ve fue el accidente?
-Bastante grave. Pero no sé si es momento para us-
ted de hablar de ello.
-No, dígame, dígame -insistió, entre agitadas inhala-
ciones.

122
Exú

-Bueno, tuvo un accidente algo extraño. Fue arrolla-


do por un tren. Tuvieron que amputarle las piernas.
Pero no se preocupe, está bien, incluso anímicamen-
te.
-Oh, Dios...
-Bueno, no se preocupe. Ya le dije que está bien.
-¿Qué tan bien puede estar, el pobre?
-Y, es obvio que tan bien como puede estar luego de
una desgracia semejante. Pero qué se le va a hacer.
¿Se siente bien, en serio?
-Sí, ya. Y dígame, joven, ¿puede facilitarme el do-
micilio del señor Leonetti?
-Ahí sí que voy a fallarle. Vea, en orden a lo ocurri-
do, y por indicación de Waldo y también de su médi-
co, tenemos la expresa orden de no enviar gente a
verlo, fuera de su círculo íntimo. Usted lo entiende,
¿verdad?
-Sí, claro, claro, es muy razonable. Está bien, joven,
voy a dejar de incomodarlo.
-En todo caso, puede dejarle un mensaje, si desea.
-No, no hace falta. Ya estoy bien. Muchas gracias
por todo.
-¿En serio que no quiere que llame a alguien, o a un
taxi, en todo caso?
-No, no se preocupe. Ya está, ya pasó.
-Bueno, como usted diga. Cuídese, eh.
-Claro. Muchas gracias.
Samantha salió del negocio felicitándose a sí
misma por haber tomado en su oportunidad el recau-
do de buscar en la guía telefónica el domicilio de
Waldo. En tanto Periko, mientras la veía salir, no tu-
123
Gabriel Cebrián

vo duda alguna que la mujer aquella era la médium


que se había comunicado por teléfono con Mariel.
Ni bien hubo abandonado el local, rebuscó en
su cartera y encontró el papel en donde había con-
signado los domicilios de Waldo y de Mariel Du-
champs. La casa de Waldo no quedaba demasiado
lejos, afortunadamente. Apretó el paso y mientras se
dirigía hacia allí pensó que seguramente el malvado
Exú había estado detrás del terrible accidente que le
acababan de referir. Una fina llovizna y el cielo plo-
mizo daban marco a su ánimo igualmente gris y car-
gado de nimbos tenebrosos.
Llegó a una casa baja y modesta, ubicada en
la periferia del centro comercial. En un terreno con-
tiguo, un grupo de niños y niñas jugaba, repitiendo
cíclicamente uno de ellos: ¡Uno, dos y tres, el que se
ríe se va al cuartel! Miró de soslayo y pudo ver que
el niño que llevaba la voz cantante tenía una extraña
y por demás desagradable afección cutánea en la ca-
beza y parte del rostro. Su estómago se retorció de
repulsión, tanto más cuanto esa fisonomía degradada
le resultó familiar. Tocó a la puerta y no obtuvo res-
puesta. Con ansiedad creciente, volvió a tocar con i-
déntico resultado. Tomó coraje, aspiró hondo y com-
probó, accionando el picaporte, que estaba sin llave.
Asomó su cabeza y gritó: ¡Señor Leonetti! ¿Está us-
ted en casa? Silencio absoluto. Atravesó un vestíbu-
lo y se encontró en el comedor, cuya mesa dejaba
ver algunos alimentos y vajilla sucia. Un olor acre
condujo su mirada hacia abajo y descubrió un vómi-
to en el piso. Le dio vértigo y náusea. En el pesado
124
Exú

silencio de aquella estancia podía oírse de tanto en


tanto la voz del pequeño deforme: ¡Uno, dos y tres,
el que se ríe se va al cuartel! Samantha prosiguió su
requisa e ingresó en el cuarto, donde su pecho se
estrujó y esta vez tuvo la certeza que que iba a morir
allí, infartada, frente al cuadro que a contraluz de la
ventana ofrecía el pobre Waldo, con el brazo dere-
cho colgando inerte al costado, la cabeza inclinada
hacia atrás, la pistola sobre el piso y el goteo de
sangre que rítmicamente iba formando un charco
rojo oscuro bajo las ruedas de la silla. Frente a él,
sobre la mesa de luz, la foto de una mujer que
seguramente debía ser Mariel Duchamps.

* * *
La mañana se presentaba, como hacía varios
días ya, fría y gris, además de algo neblinosa. Periko
estacionó su auto cerca de la capilla del cementerio,
se apeó y ayudó a Mariel a hacer lo propio. Luego
caminaron del brazo, ella afirmando el peso de un
cuerpo laxo a fuerza de calmantes y whisky, él so-
portándolo y haciendo esfuerzos para conservar la lí-
nea de marcha. Entraron. En aquella estancia estaban
solamente Graciela, la hermana de Waldo, con los o-
jos irritados y restregándose un pañuelo por la nariz;
un sacerdote anciano, y el ataúd cerrado por razones
obvias. Mariel y Graciela se fundieron en un abrazo
y se dijeron esas cosas que se dicen sin esperar que
125
Gabriel Cebrián

el significado de las palabras agote en modo alguno


la enormidad de los hechos. Periko, en tanto, trató de
contenerlas a las dos en un abrazo inclusivo. La si-
tuación era de una sordidez tal que parecía extrac-
tada de una pesadilla. El cura dijo algunas palabras
de consolación o resignación, fuera del protocolo, y
cuando las mujeres se tranquilizaron en algo, dio co-
mienzo a una ceremonia que tanto a Mariel como a
Graciela les pareció simplemente un trámite desa-
gradable y meramente formal que había que atrave-
sar. El oficiante, luego de las fórmulas que a los oí-
dos de los escasos participantes resultaron hueras y
vacías de contenido, se despachó, como no podía ser
de otro modo, con el discurso estereotipado acerca
de la visión refractaria que el culto católico tenía so-
bre el suicidio. Mariel sintió ganas de golpear al vie-
jo reaccionario, quien seguramente no estaba en
condiciones de evaluar la experiencia sufriente de
Waldo desde la rubicunda saciedad que tan ostensi-
ble se hacía en su rostro. Pero qué más daba. Para e-
vitar rispideces se puso a pensar en otra cosa, ha-
ciendo caso omiso del profesional del espíritu. Miró
una imagen del sagrado corazón de Jesús, e inmedia-
tamente, como un reflejo automático de ésos que
tanto agradan a los psicoanalistas, pensó Oxalá, que
es el nombre que asignan al Orixá que se ha sincre-
tizado con Jesucristo. No hizo más que desconcer-
tarse a sí misma con tal reminiscencia. Tal vez aho-
ra, a pesar de todo, después de todo, podría quedarse
un poco más tranquila e intentar dejar atrás todos e-
sos pesos de conciencia que casi la habían arrojado a
126
Exú

la autodestrucción. Oyó sollozar a Graciela, y cuan-


do pareció que el cura había justificado mínimamen-
te la bendición que debía dar a un sacrílego que
había tomado en sus manos el don de Dios que es la
vida, y se aprestaba a dar los últimos toques a aque-
lla parodia ceremonial, algo así como un crescendo
de chirriar de grillos ganó el espacio auditivo. En e-
so se abrió la puerta y entró una mujer de unos cin-
cuenta años, demacrada, llorosa, que se plantó allí,
con expresión desencajada, presa de una profunda
ansiedad. Tan inquietante fue su irrupción que todos
se volvieron hacia ella y el cura quedó en medio de
una frase. Periko la reconoció como la mujer que el
día anterior se había presentado en el negocio pre-
guntando por Waldo. Pero ella ni lo miró. Tenía los
ojos fijos en Mariel, como escudriñándola lo más
profundamente posible.
-Señora, ¿se siente bien? -Preguntó Mariel. Periko se
acercó y la tomó de un brazo, como había hecho ya
el día anterior.
-Está bien, gracias. Por favor continúen -respondió,
con voz quebrada. Todos sintieron curiosidad por
saber qué lazos unían a aquella mujer con Waldo,
pero las formalidades pesan y el inocuo ritual prosi-
guió hasta cumplir con el escaso protocolo restante.
Luego, unos empleados del cementerio acudieron a
ayudar a cargar con el féretro hacia la fosa que se
había abierto a unos doscientos metros de allí. Peri-
ko cogió una de las manijas de metal y caminó ade-
lante. El magro cortejo los siguió: Mariel y Graciela,
apuntalándose una a otra; el cura, abstraído, pensan-
127
Gabriel Cebrián

do en quién sabe qué, y la misteriosa recién llegada.


Graciela le preguntó:
-¿De dónde lo conocía usted a Waldo?
-Del negocio. Fui cliente suyo. Creo que teníamos
muchas cosas en común, sabe. Lástima que no tuve
tiempo de hablar con él en profundidad.
-Bueno, ya dejó de sufrir.
-Sí, señorita, ojalá tenga usted razón.
-Gracias por venir, en todo caso.
-Por favor, no diga eso.
Una vez que llegaron al lugar donde los res-
tos de Waldo intentarían hallar descanso, se desarro-
lló la última parte de esa macabra puesta en escena
que corresponde a las formalidades mortuorias de
nuestra cultura. El ataúd fue depositado en la fosa a-
tado de unas cuerdas que luego fueron retiradas, el
cura repitió mecánicamente los versículos indicados
al efecto y arrojó unas gotas de agua supuestamente
bendita sobre el sarcófago. Luego los deudos fueron
invitados a hacer lo propio con terrones y arreglos
florales. Mariel cayó sobre sus rodillas y lloró pro-
fusa y ruidosamente, por Waldo, por ella, por el hijo
que nunca había visto la luz, cuya paternidad tenía
en duda y que constituía quizá la máxima presión
sobre su conciencia; y por todas las frustraciones
que había sufrido en su vida, que ahora aprovecha-
ban la ruptura de su dique emocional para desbor-
darse como nunca antes lo habían hecho. Sintió la
mano de Periko en su hombro, la tomó y la tormenta
anímica amainó un poco. Samantha, en tanto, con-
movida por la situación y aún más por la algarabía
128
Exú

de los grillos, pensó -a raíz de lo que estaba presen-


ciando,- que tal vez pudiera confiar en Mariel Du-
champs.
Cuando salían, y luego de que Mariel y Peri-
ko se despidieran de Graciela, Samantha tomó coraje
y se les acercó.
-Usted es la señora Mariel Duchamps, ¿verdad?
-Sí, soy yo. ¿La conozco de algún lado?
-No, es decir, creo que no. Yo fui quien la llamó ha-
ce unos cuantos días por teléfono. Soy Samantha A-
ranciaga, no sé si recuerda mi llamado.
-Pues sí, cómo habría de olvidarlo. Fue de lo más
inusual, ¿sabe? Digo, eso de que llame una médium
y me diga que una de mis pinturas le produjo... ¿qué
eran? Visiones, contactos, o algo así.
-Bueno, señora Duchamps...
-Llámeme Mariel, ¿quiere?
-Está bien, Mariel, ojalá eso hubiera sido todo.
La angustia reflejada en su rostro alarmó vi-
siblemente a Mariel, quien en su fuero íntimo alber-
gaba severas dudas en cuanto al desarrollo natural de
los acontecimientos en los cuales se veía involucra-
da. Periko, en tanto, intervino de modo cortante:
-Mire, señora, todo bien, pero me parece que no es
momento para venir con este tipo de cosas, ¿no le
parece?
-Tal vez no sea el momento, joven, pero me consta
que si espero el momento adecuado ya será demasia-
do tarde.

129
Gabriel Cebrián

-¿Tarde para qué? -Reaccionó Periko. -¿Quiere dejar


de expresarse en esos términos alarmistas, por fa-
vor? Vamos, Mariel, dejémonos de estas cosas.
-No, esperá un cachito. ¿A qué se refiere?
-Mire, no sé por qué, pero me temo que ambas es-
tamos involucradas en una nefasta manipulación a
cargo de un personaje siniestro.
Periko encendió el motor y conminó a Mariel
a abandonar todo aquello y marcharse de una vez.
Mariel, esta vez fue tajante:
-Periko, por favor, si querés andáte vos. Yo me voy
en taxi.
-Está bien, está bien. Sigámonos enajenando.
-No crea que no lo entiendo, señor Periko. Todo el
mundo piensa que estoy loca.
-¿Y no se le ocurrió pensar que por ahí es cierto? –
Preguntó con sarcasmo evidente.
-Sí, se me ocurrió pensar. Es más, no hay nada en el
mundo que desearía más que fuera cierto y que todo
esto no fuera más que un delirio. Pero me temo que
esa esperanza hace ya rato que no me asiste. Discúl-
penme, yo sé que esto puede parecer muy extraño,
pero antes que nada me gustaría saber, Mariel, si
usted conoce o conoció a Mauro de Alagoas.
Mariel y Periko se cruzaron una mirada de
sorpresa. Luego ella, sin siquiera mirar a Samantha,
le indicó:
-Suba al auto. -Samantha obedeció de buen grado.
Una vez dentro, Periko puso primera y echó a andar.
-Por lo que veo, lo conoció.

130
Exú

-Sí, lo conocí, y créame que no querría hablar de él,


siquiera recordarlo, si no es por un motivo que real-
mente valga la pena.
-¿La muerte de Waldo le parece motivo suficiente?
-Señora, -terció Periko- le pido encarecidamente que
no arroje especies que no pueda sostener con prue-
bas, ¿me explico? Mariel no está para juegos detecti-
vescos y mucho menos para exorcismos, o cosas por
el estilo, ¿entiende?
-Periko, por favor, ¿te querés dejar de hablar por mí?
Te lo agradezco, viste, pero cortala. Me interesa mu-
cho lo que la señora tiene para decirme.
-En mi caso, Mariel, más que una cuestión de interés
resulta de vida o muerte -dijo Samantha. -Sepa dis-
culpar, señor Periko, le aseguro que no me atrevería
a molestarlos con un asunto semejante si no fuera
que estoy completamente segura de sus alcances.
Usted me vio ayer. El maldito ése, con su continuo
asedio, me ha provocado una crisis cardíaca y no me
cabe duda que quiere matarme a sustos.
-Viste, Periko, que no era casual todo lo que venía
pasando...
-¡Por favor...! Mariel, no podés.
-Y dígame, Samantha, ¿adónde iba, ahora?
-No lo sé. Hace días que deambulo por las calles. No
me atrevo a regresar a mi casa. Dudé mucho en ha-
blar con usted, ¿sabe? Tenía miedo de que fuera us-
ted aliada de Mauro.
-¡Eso sí que tiene gracia! Años de sufrimiento, le
debo, al hijo de mil putas ése. ¿Qué le parece si vie-
ne a mi casa, tomamos un café y charlamos un poco?
131
Gabriel Cebrián

-Sí, creo que es lo mejor. Y disculpe que le haya te-


nido desconfianza, ¿vio?, pero la pesadilla para mí
comenzó cuando llevé a casa una pintura suya, que
me vendió Waldo. Pero eso ya se lo dije por teléfo-
no, ¿no?
-Bueno, me dijo que había tenido experiencias raras
a partir de la pintura, no que la misma fuera tan pe-
sadillesca. Yo sé que pinto mal, pero supongo que
no es para tanto.
-No, no es eso. Usted sabe a qué me refiero. ¿Acaso
no oyeron los grillos durante la ceremonia?
-Sí, la verdad que fue algo raro, a esta hora.
-Bueno, el Pai Nelson, en Olinda, me dijo que eran
los heraldos del maldito. Créanme, estaba allí. Y
sospecho que ahora mismo, quien sabe por qué me-
dios diabólicos, nos está escuchando.
-Señora... Samantha, dijo, ¿no? Samantha, ¿no le pa-
rece que está un poquito paranoica? -Preguntó Pe-
riko.
-Che, loco, hoy estás insufrible, vos.
-No, está bien, déjelo, déjelo. Estoy acostumbrada a
ese tipo de apreciaciones. Sobre todo últimamente.
Mariel, no sabe hasta que punto me reconforta saber
que usted al menos va a escucharme, sin prejuicios.
Necesito imperiosamente hablar con una persona
que no dé previamente por sentada mi locura.
Periko encendió la radio. Luego dijo a Sa-
mantha, con cierta connivencia hacia Mariel:
-Señora, ahora relájese. Ya casi llegamos. Frente a
una taza de café, en un ambiente acogedor, ya va a
ver cómo las cosas lucen distintas.
132
Exú

-Dios lo oiga, Periko. Dios lo oiga.

Entraron en la casa. Mariel colgó su imper-


meable gris en un perchero. Periko permaneció ex-
pectante en cuanto a la actitud de Samantha, espe-
rando ciertos resultados o falta de ellos que le darían
pautas para argumentar frente a su amiga. Y estos
resultados no se hicieron esperar. Ni bien la visitante
divisó el último lienzo pintado por Mariel, empalide-
ció de un modo tal que sus labios llegaron a adquirir
un color violáceo.
-Oh, no, por favor, si es... -se desplomó sobre un si-
llón- dígame, Mariel , por favor, que no me ha traído
a una trampa.
-No, por favor, cómo piensa eso. Periko, por favor,
traele agua -ordenó, mientras le echaba aire con una
revista.
-No, por favor, primero cubra ese cuadro, por el a-
mor de Dios -indicó Samantha. Periko tomó el caba-
llete que aún sostenía la imagen de Mauro de Ala-
goas y se lo llevó.
-Discúlpeme, ya me pasa, ya me pasa.
-Quédese tranquila, mujer, es solamente una pintura.
-Ojalá pudiera estar segura de ello. Sabe. Mariel,
sentí que esos ojos realmente me estaban mirando.
-Bueno, no deja de ser un cumplido. ¿Se siente bien?
-Sí, ya. Fue una sorpresa por demás desagradable. Y
créame que no me refiero a sus cualidades artísticas.
-En todo caso, no me ofendería. Si está mejor, a-
guarde un segundo. Voy a preparar café.

133
Gabriel Cebrián

Mientras Samantha cerraba los ojos y se que-


daba dormida por primera vez en días con la celeri-
dad que da el agotamiento profundo, Mariel puso
una cafetera al fuego, llenó un filtro de café y cuan-
do salía a ver cómo estaba su invitada, casi se choca
con Periko.
-Dejá, está bien, se durmió.
-Boludo, ¿no se habrá muerto?
-No, escuchá como ronca. Pobre, debe estar agotada,
la loca ésa.
-Oíme, ¿podés dejar de comportarte como un ener-
gúmeno?¿Qué mierda te hizo, la pobre?
-Nada, Maru, a mí no me hizo nada. Lo que no quie-
ro es que te haga algo a vos.
-¿Y a mí qué me va a hacer?
-No sé, toda esta historia de Mauro, y qué se yo
cuánto delirio...
-No me vas a decir que no resulta sorprendente. Di-
go, tantas "casualidades", entre comillas.
-La verdad, tengo que reconocer que sí. Y tal vez es
por eso que me da mala espina.
-Bueno, tal vez sea ésta la posibilidad de develar u-
nos cuantos misterios que tengo respecto de mí mis-
ma.
-¿Te parece? ¿No te estarás metiendo en un berenje-
nal?
-Sea como sea, lo prefiero. Prefiero meterme en
cualquier cosa antes que quedarme con la incerti-
dumbre acerca de la identidad del padre del feto que
aborté, acerca de los raptos que me impulsan a pintar

134
Exú

cosas completamente ajenas a mi voluntad... qué se


yo, el extraño accidente de Waldo, tantas cosas.
-No sé qué decirte. Supongo que estás en tu derecho,
y supongo también que yo en tu lugar probablemen-
te tomaría la misma actitud. Sólo quiero pedirte una
cosa.
-Qué cosa?
-Que me permitas estar con vos en todo momento, y
que si ocurren cosas, o te enterás de algo en mi au-
sencia, por favor, me lo comuniques. Para quedarme
tranquilo, sabés.
-Está bien. Contá con eso. De todos modos, estás
más tiempo acá que en cualquier otro lado.
-Bruja, mirá lo que me decís. Si querés, no vengo
más.
-Dale, dale, agarrá las galletitas y llevalas para allá.
El café ya sale.
-A la orden.
Ingresaron al living y despertaron a Saman-
tha, que pidió disculpas otra vez, en esta ocasión por
haberse quedado dormida. Las mujeres se quedaron
mirándose una a la otra. Periko parecía cumplir el
rol de atestiguar el diálogo que vendría, que prome-
tía ser tan esclarecedor como inquietante. Durante
un momento le pareció que era como que ambas es-
peraban que la primer pieza fuera movida por la o-
tra. Finalmente, fue Samantha la que rompió el si-
lencio:
-Miren, yo sé, o al menos así lo siento, que esto pue-
de ser considerado como una invasión, y no de las
más sanas, por cierto. Pero les voy a pedir encareci-
135
Gabriel Cebrián

damente, sobre todo a usted, Periko, que tenga a


bien oírme con paciencia. Ya verá que finalmente la
historia que voy a referirles no resultará tan descabe-
llada.
-Hable tranquila. Somos todo oídos -aseguró Mariel,
con intención de dejar sentadas las bases para una
exposición sin interrupciones por parte de su amigo.
-Bueno, la cosa para mí comenzó... ustedes saben
que yo soy, o era, una médium. Creo que ya se lo di-
je cuando me comuniqué por teléfono, en tiempos en
los que aún el maligno no se había manifestado en
su real forma. Bueno, en mi vida profesional he to-
mado contacto con todo tipo de entidades, desde es-
píritus benéficos hasta esos que suelen caracterizarse
como traviesos, que suelen hacer pequeñas maldades
o provocar sustos aquí y allá. En cierto momento,
hace ya algunos meses, apareció ante mi campo e-
nergético una presencia significativamente atractiva,
una entidad que me llevaba de viaje por mundos in-
creíblemente bellos, que despertaron en mí resabios
de un goce estético y de una sensualidad tal que no
conocía parangones en mis experiencias anteriores,
sea en estados de conciencia ordinaria o en trances.
Lo llamé el Merodeador, simplemente porque sentía
su presencia escarceando alrededor en casi todo mo-
mento. Pero como lo que creía su legado era tan gra-
tificante para mí, lo tomé con beneplácito, y me a-
costumbré a esa especie de contacto permanente y a
esa plena disponibilidad que semejante benefactor
observaba para conmigo. Lamentablemente, no tuve
el suficiente poder, o el señuelo estaba tan bien pre-
136
Exú

parado, que no advertí al lobo debajo de la piel de


cordero.
-Y por lo que dijo -se anticipó Mariel,- el hecho de
haber adquirido mi pintura hizo que la cosa tomara
otro cariz, ¿verdad?
-Así es. Es más, fue precisamente él quien me indujo
a adquirirla. Sabe, francamente, a mí no me parecía
particularmente interesante, no lo tome a mal. No es
que me parezca mala, es simplemente que ese estilo
suyo tan...
-Oscuro...
-Sí, con una especie de toque siniestro, que puede
estar muy bien, sólo que yo prefiero otros géneros...
-Siga, la comprendo perfectamente. No tiene por qué
excusarse.
-No, es que quiero dejar claro cada detalle. Les decía
que entré al negocio, vi la pintura ésa que tenía unos
pichones apachurrados y sentí que el Merodeador
bullía de entusiasmo. Con todos los momentos mági-
cos que me había permitido atestiguar, pensé que lo
menos que podía hacer por él era comprarla y lle-
varla a casa.
-Y hoy supone que fue un error.
-Sí, eso precisamente supongo, que fue un error
nefasto. Pero quién sabe, como se han sucedido los
acontecimientos, tengo hoy cierta tendencia a pensar
que no dependió de eso y que la calamidad hubiera
ocurrido de todos modos, por algún motivo que des-
conozco. Por eso he venido a verla.
-Bueno, no se adelante. ¿Qué fue lo que pasó, en-
tonces?
137
Gabriel Cebrián

-No, déjeme aclararle que en lo que a mí respecta,


tengo la certeza de por qué el muy ruin quiere ven-
garse. Lo que me resta averiguar es qué tienen que
ver usted y Waldo en la historia. Y eventualmente, el
señor Periko.
-No, mire, a mí por favor no me meta en esto. Cré-
ame que si le estoy prestando atención es por Mariel.
-Bueno, como sea -dijo ésta,- sigamos adelante antes
de precipitarnos en conclusiones que puedan resultar
erróneas.
Samantha bebió un trago de café, dejó la taza
sobre la mesa, tomó un atado de cigarrillos y con
mano temblorosa, encendió uno. Eso motivó el co-
mentario de Periko:
-¿No le parece que debería dejar de fumar, en su es-
tado?
-Mire, hijo, si hay algo que no le temo, hoy por hoy,
es a la muerte. Y eso gracias al hijo de mil putas ése
de Mauro.
-Bueno, Samantha, va a conseguir alarmarme.
-¿Ves? ¿Ves? Te dije, Mariel, terminemos con esta
farsa.
-Periko, por favor, ya te dije que...
-Pero eso es precisamente lo que quiero -interrumpió
Samantha. -Alarmarla. Que tome conciencia ahora
mismo del peligro que nos acecha y que podamos,
de algún modo, articular una defensa. Fíjense que al-
go debe estar ocurriendo, ya que es la primera vez en
mucho tiempo que paso tanto rato sin recibir algún
golpe o infestación. Bueno, la cosa es que no más
colgué ese cuadro en mi living, comenzaron los gri-
138
Exú

llos a chirriar en pleno día. Yo, aún ajena a lo que


vendría, entré en trance y de pronto me vi en una ca-
sa dominada por unas miasmas espesas que a poco
parecían estar derritiendo mis pulmones. Recibí en-
tonces su primer mensaje diabólico, y cuando creí
morir, sentí que era ultrajada sexualmente con una
violencia desgarradora.
-Por Dios... -dijo Mariel.
-Lo peor que cuando salí de esa macabra y vívida
ensoñación, mi vientre sangraba profusamente. Y e-
so que hace años ya que dejé de menstruar. Discul-
pen los detalles de mal gusto, pero no quiero omitir
nada que pueda ser significativo.
-No, está muy bien. Continúe, por favor. ¿Qué fue lo
que le dijo?
-Exactamente, no recuerdo las palabras, usted sabe
cómo en esas situaciones muchas veces el lenguaje
pierde rigor. Lo cierto era que me estaba mostrando
su poder, su capacidad de disponer de mi vida y de
mi muerte, y a la vez me compelía a la obediencia
total y absoluta de sus designios.
-Y usted, por supuesto, prefirió no tomar en cuenta
la advertencia -arriesgó Periko.
-¿Y qué se suponía que podía hacer? ¿Convertirme
en algo que siempre detesté? ¿En una bruja maligna?
No, Periko, nada más lejano a mi intención. Aparte,
usted por ahí no tiene mi perspectiva. Esta clase de
espíritus utiliza a las personas para sus bajos objeti-
vos y después la saca del medio de manera atroz.
Preferí no hacer el mal y ahorrarme al menos eso, si

139
Gabriel Cebrián

es que tenía que morir. Tomé esa determinación y


aún hoy la mantengo.
-Me parece muy bien -observó Mariel.- Y dígame,
¿cómo llegó a la conclusión de que Mauro de Ala-
goas estaba detrás de ésto?
-Al principio lo supuse, nada más. Fue el Pai Nelson
quien me confirmó lo que mi razón se negaba a
aceptar El Pai Nelson era el Pai de Santo más respe-
tado de Pernambuco. Lo conocí en un congreso de
médiums en Rio de Janeiro, enseguida congeniamos
e iniciamos una relación que, si bien fue mayor-
mente epistolar, cada vez que el Pai venía a Buenos
Aires por algún asunto, paraba en mi casa. Una per-
sona muy sabia, amena y despojada de toda malicia.
Yo nunca practiqué el Umbanda, pero a través de él
comprendí que no se trataba de un culto aberrante y
sanguinario, como pretenden hacerlo ver por ahí.
Bueno, el caso es que, aterida por los embates de
que era objeto tanto en sueños como en vigilia, y con
la sospecha ya instalada en mi subconciente, fui a
verlo y me confirmó que Mauro estaba detrás de to-
do aquello.
-¿Y él como lo sabía? -Inquirió Mariel.
-Bueno, lo sabía porque también estaba detrás de él.
Lamentablemente, estaba más aterrorizado aún que
yo misma, supongo que porque estaba ya en conoci-
miento de cosas que ahora mismo desconozco. Ah,
me dijo también que había conseguido controlar al
Exú del Orixá señor de las pestes y las catástrofes,
que no me acuerdo ahora cómo se llama. Mauro ha-
bía comenzado sus prácticas religiosas como miem-
140
Exú

bro de su terreiro, y a poco el Pai advirtió su ruindad


lo expulsó. Ya en esa época el pérfido se valía de sus
malas artes para sacar ventajas económicas y, sobre
todo, para aprovecharse de las mujeres jóvenes y be-
llas que se acercaran al culto.
Mariel fijó su mirada en Periko, quien se en-
cogió de hombros. Luego preguntó:
-¿Y qué fue lo que le recomendó hacer ese Pai Nel-
son?
-Casi ni tuvimos tiempo de hablar. Apenas tuvo mar-
gen para imponerme las circunstancias que conocía
acerca de Mauro cuando los grillos rompieron a chi-
rriar y su rostro se transfiguró en pánico, supongo
que el mío también. Y casi inmediatamente comenzó
a sangrar por nariz y boca, y cayó muerto ahí mis-
mo, frente a mis ojos. A partir de allí lo único que he
hecho es huir. Mejor dicho, intentar huir de lo que
siempre estará dándome alcance.
-Espere un momento -Mariel se incorporó, abrió el
cajón de un modular y extrajo un manojo de fotos
que reproducían sus pinturas. Buscó una y se la ten-
dió a Samantha. -Por casualidad, ¿éste es el Pai Nel-
son?
-Dios mío, es él. ¿Es que acaso lo conoció, también?
-No, la verdad es que no.
-Discúlpeme, Mariel, estoy tan conmocionada... ¿no
se ofende si le pregunto cuál es su relación con el
Exú? Me parece imposible que pueda pintar tales co-
sas sin su ayuda, no lo tome a mal.
-Me parece obvio su temor, mas poco puedo decirle
al respecto. Quédese tranquila, estamos para ayudar-
141
Gabriel Cebrián

nos mutuamente. No tengo ningún inconveniente en


contarle todo cuanto sé, pero primero quiero que ter-
mine, ya que no me quedó claro cuál fue el motivo
que determinó a Mauro a tomársela con usted de este
modo.
-Bueno, fue una actitud de mi parte que si hubiera
conocido las consecuencias, jamás habría asumido.
Sucedió simplemente que, cuando estaba desarro-
llando sus tropelías acá en el conurbano, una de las
jóvenes embaucadas y sometidas por él resultó ser la
hija de una amiga mía. Como esta amiga era una
persona débil de carácter y muy asustadiza, se negó
a dar traslado del hecho a las autoridades. De la jo-
vencita ni hablar, quedó shockeada y le llevó años
superar el trauma. Decidí tomar cartas en el asunto y
fui yo misma quien lo denunció. Ya en aquel enton-
ces Mauro debía tener algún demonio bajo su férula,
dado que cuando la policía se hizo presente en la su-
puesta Casa de Santo, había desaparecido. Fue bus-
cado durante algún tiempo. Pero nunca más volví a
tener noticias de él, hasta ahora.
-Bueno, esta sí que es una historia -comentó Periko.
-Sí, yo sé que es muy difícil de digerir, señor Periko.
Y le digo más, ojalá que sea todo un delirio mío y no
tengamos que enfrentarnos a lo que está por venir.
Dios quiera que me equivoque, pero no terdarán en
ocurrir cosas que harán que dé usted por cierto, co-
mo lamentablemente lo es, todo y cuanto les he con-
tado.
-Voy a preparar más café -dijo Mariel. -Y me voy a
servir un whisky. ¿Ustedes quieren?
142
Exú

-Sí, por favor -respondieron ambos casi a coro.


Mientras preparaba el café y servía las bebi-
das, Mariel sopesaba ansiosamente la nueva infor-
mación y trataba de apresurar conclusiones. Encon-
tró algunos puntos que no le habían quedado claros,
así que ni bien retornó al living descerrajó la pregun-
ta:
-Dígame, Samantha, ¿por qué está tan segura que
fue Mauro quien causó el tormento y la muerte de
Waldo?
-Porque lo hizo con mi colaboración. Involuntaria,
por supuesto.
-Cómo es eso? -Inquirió Periko, inclinando el torso
hacia delante.
-Si, me apena mucho tener que decirlo, pero así fue.
Verá, una noche soñé que lo llamaba por teléfono y
le daba la dirección de un tal Marauder (saben lo que
significa en inglés, ¿no?) y le indicaba ir a verlo ha-
cia la medianoche a un domicilio en el gran Buenos
Aires. Desperté, fui hasta la mesita del teléfono y en-
contré la agenda abierta en la hoja de Waldo. Accio-
né el botón de rellamar y me dio con su casa. Lo sé
porque me atendió su contestador. Estoy segura que
fue en ese viaje cuando el pobre sufrió el accidente.
-Sí, eso explicaría que era lo que estaba haciendo
por allí un día domingo, con semejante tormenta.
Era capaz de cualquier cosa por una venta -observó
Periko, mostrándose cada vez más propenso a dar
crédito a la historia. Mariel estuvo tentada a presen-
tar a Samantha la reproducción de la pintura del dra-

143
Gabriel Cebrián

gón devorador de piernas, pero a estas alturas le pa-


reció anecdótico.
Bebieron en silencio unos momentos. Luego
Samantha, inducida por el licor que se potenciaba
por su debilidad y falta de alimentación adecuada, se
aventuró a decir:
-Es evidente que es de interés de Mauro el que inter-
cambiemos información. De otro modo, ya hubiera
intervenido.
-¿Y qué tal si todo, sueño, realidad, o alucinación, ya
pasó? -Arriesgó Periko, con intenciones de insuflar
optimismo al ánimo grave de las mujeres.
-Tratándose de Mauro, ni lo sueñes -respondió Ma-
riel.
-¿Qué es lo que sabe usted de él?
-Tranquila, tranquila, tomemos el whisky y déjeme
juntar coraje para referirle mi experiencia con ese
brujo maligno que era llamado por sus acólitos "el
Exú".
Momentos después, Mariel contó a Samantha
su experiencia, con pelos y señales. Samantha oyó el
relato conmocionada, a veces con lágrimas en los
ojos. Cuando acabó, los tres estaban convencidos de
que el padre del niño abortado hacía ya dos décadas,
era Mauro de Alagoas.

* * *
Luego de un diálogo que resultó esclarecedor
aún a pesar de la oscuridad que suponía a futuro, y
144
Exú

considerando esa especie de tregua que había conse-


guido Samantha al tomar contacto con Mariel y Pe-
riko, aquella aceptó de buen grado la invitación de
éstos a quedarse allí hasta que el asunto se resolviera
de una forma u otra o, en el mejor de los casos, que
las irrupciones del Exú cesaran por un tiempo sufi-
ciente como para suponer que la pesadilla había ter-
minado. Exhausta por la intensidad y el dramatismo
en que se había visto envuelta, se dejó conducir por
Mariel hasta el cuarto de huéspedes. Una vez allí, ya
en soledad, se arrodilló, apoyó los codos en la cama
y rezó fervorosamente, pidió a dios que fuera lo que
fuese que el destino le deparara, no la dejara sufrir y
se apiadara de su alma, ya que cuanto había hecho
en su vida, correcto o no, lo había hecho según có-
digos de bonhomía y de servicio. Por supuesto, na-
die, y menos ella, era perfecto. Pero no le parecía
que sus faltas hubieran sido tan graves como para
hacerla pasible del calvario que había atravesado úl-
timamente. Luego se recostó, dejó vagar su mirada
por las reproducciones de obras de Xul Solar y de
Kandinski que adornaban las paredes, y se durmió
profundamente.
Aún en el living, Mariel y Periko evaluaban
la situación a la luz de la información que habían ob-
tenido de parte de la extraña y conmocionada visi-
tante. Por supuesto, sus interpretaciones diferían en
mucho, ya que a la tendencia de Mariel a dar todo
por cierto, se oponía la de Periko, quien si bien tenía
que reconocer la importante cohesión que las expe-
riencias de ambas poseían entre sí y con el im-
145
Gabriel Cebrián

presionante fin de la vida de Waldo, sostenía como


podía la hipótesis de enajenación y coincidencia aza-
rosa de circunstancias. Luego de un buen rato de es-
tériles discusiones, Periko miró el reloj y comentó:
-Bueno, más vale que vaya a abrir el negocio.
-¿Te parece? ¿No quedará mal? Digo, no cerrar por
duelo aunque sea un día, viste. Yo me cago en eso,
pero viste cómo es la gente.
-Primero, quién va a saber. Segundo, la experiencia
indica que los lunes se labura más, y la cosa está
funcionando de modo que no conviene parar. Y ter-
cero, Waldo hubiera estado de acuerdo conmigo.
-Sí, eso me consta. Está bien, andá.
-Lo que no me gusta nada es dejarte sola.
-No estoy sola. Está Samantha.
-Bueno, a eso me refería. No me gusta dejarte sola
con Samantha.
-¿Y qué me va ha hacer?¿Otra vez con lo mismo?
-No tengo miedo de ella, directamente, sino de las
cosas que parece estar provocando. Mirá sino lo que
le pasó a Waldo. Ella misma se hizo cargo de ha-
berlo mandado al matadero.
-Bueno, mirá, hacé lo que quieras. Yo, por mi parte,
me voy a dormir un rato. Entre la tensión y el whis-
ky quedé hecha polvo.
-¿Estás segura que vas a estar bien?
-Sí, Periquín. Descanso un rato y luego tal vez me
dedique a ver qué es lo que quiere pintar el Exú a
través mío.
-Ves, no jodas.

146
Exú

-Bueno, si te parece joda, está bien. Tomalo como


quieras. De todos modos, está dándonos buenos divi-
dendos, ¿no?
-Sos vos, Mariel -dijo, mientras se ponía la campera
y se dirigía a la puerta de calle. -Lo único que te fal-
ta es no hacerte cargo de tus méritos, encima. Y por
la cena no te preocupes. Yo traigo algo.
-Para los tres, eh.
-Sí, ya sé, para los tres. Y si querés traigo algún otro
homeless a contar historias de fantasmas.
-¡Já! ¡Ésa sí fue buena! Anotate una.
Una vez que quedó sola, en lugar de irse a
dormir se sirvió otra copa. Tenía mucho en qué pen-
sar, tenía cosas que resolver y que dilucidar a partir
de la conciencia del esquema de situación. Pero para
ello necesitaba una energía extra. Tomó el teléfono,
discó y esperó.
-Hola -dijo una voz masculina al otro lado de la lí-
nea.
-Hola, Juanjo. Habla Mariel.
-¡Mariel! Qué hacés, tanto tiempo. ¿Estuviste de via-
je?
-Mirá, Juanjo, no te llamé para conversar. ¿Podés
venir ahora?
-En... media hora, ¿puede ser?
-Sí, está bien. Traeme diez.
-¡Epa!
-Te espero -y colgó.
Unos cuarenta minutos después se oyó el ru-
gido de una moto de alta cilindrada que se detenía en
la puerta. Mariel, alados sus pies por la ansiedad, fue
147
Gabriel Cebrián

a abrir, tomó la bolsita de diez gramos, pagó y vol-


vió al living. Oyó la moto de Juanjo acelerar ampu-
losamente. Tres cambios más tarde dejó de oírla. Pa-
só una franela sobre el vidrio de la mesa, volcó una
buena dosis, la picó fina y cuidadosamente con un
bisturí y la aspiró utilizando el cuerpo de una vieja
lapicera de oro. Se sintió exultante, los efectos de la
droga en su organismo ahora algo depurado le die-
ron aires de omnipotencia. Se figuró que podía en-
frentar a Mauro de Alagoas y ejecutarle una cruenta
vivisección allí mismo, con ese bisturí que descansa-
ba sobre el vidrio. El sopor del whisky desapareció
de inmediato, y se congratuló en saber que podía se-
guir bebiendo sin entorpecimiento alguno de sus
sentidos. A partir de allí, si la bebida servía para al-
go, solamente sería para estabilizar la euforia ésa
que tanto le apetecía. Sintió el gusto de la sustancia
que se escurría por detrás de su campanilla, y la tra-
gó con fruición, como si se tratase de un manjar deli-
cado. Repitió la operación, justificándose intelec-
tualmente con el argumento que tal vez en breve es-
taría muerta, y no precisamente por causas naturales.
Pensando una sucesión de imágenes que por
la profusión cíclica se le antojó como de carrousel,
de pronto caviló que tal vez el Exú, ahora que ella
estaba plantada en un conocimiento mayor del tema,
podía tener cuestiones cruciales que develar; así que
puso una tela en el caballete y se dispuso a oficiar de
esa suerte de médium plástico en la que al parecer
había devenido. Nada. Puso el CD de Egberto Gis-
monti como la otra vez. Nada. Se sirvió otro whisky.
148
Exú

Aspiró otro par de líneas. Volvió a intentarlo y esta


vez, tan mágicamente como en las otras ocasiones o
quizá más, el pincel jugó sobre la paleta y el lienzo
alternativamente con una fluidez y soltura tales que
apabullaban. Su mente se fue, de la mano de las imá-
genes, a una especie de limbo en el cual una voz, en-
tremezclada con visualizaciones pictóricas y con
música tribal, le decía frases que no era capaz de in-
terpretar, siquiera de discernir en qué idioma o dia-
lecto eran pronunciadas; mas esa voz, aunque sucia
y susurrada, que producía una especie de efervescen-
cia en su médula espinal, era, sin lugar a dudas, la
voz de Mauro de Alagoas.
Cuando la profusión de imágenes y sonido
amainó, percibió como fundiéndose sobre el reman-
so la imagen que había ejecutado, a instancias del E-
xú. Era su misma mano sosteniendo el pincel, que
acababa de pintar otra prácticamente igual y que a su
vez plasmaba su propia imagen danzando, evidente-
mente en éxtasis, entre un grupo de morenos senta-
dos que batían parches. Quedó desconcertada, aun-
que a poco supuso que era, ni más ni menos, lo que
Mauro había esperado de ella, que abrazara su sacrí-
lego credo; y su deserción, el motivo por el cual iba
a aniquilarla. Volvió a los tóxicos, mientras aguarda-
ba que la tela secara para ocultarla de la vista de
Samantha.

* * *
149
Gabriel Cebrián

Rato después oyó unos leves ruidos y al cabo


de unos momentos vio venir a Samantha, que había
concluido su siesta.
-Bueno, parece que por fin pudo descansar.
-Si, Mariel, gracias a Dios. Créame que lo necesita-
ba.
-Por supuesto que lo creo. ¿Quiere un café?
-Sí, por favor. Pero deje que yo misma me lo sirvo.
¿Usted desea uno?
-Que sean dos.
Mientras servía los cafés, Samantha se esfor-
zaba por discernir si estaba volviendo a su paranoia
o había un cierto brillo nuevo en la mirada de Ma-
riel. El temblor de su pulso hizo tintinear la vajilla.
-Aquí tiene -le tendió la taza. Mariel la tomó, mi-
rándola con risueña curiosidad. Luego dijo:
-Oiga, no va a decir que otra vez me tiene miedo,
¿no?
-Bueno, Mariel, no se ofenda, pero tiene usted un no
sé qué en la mirada que me resulta profundamente
inquietante. Quiero decir, algo que no tenía hoy tem-
prano.
-Bueno, para dejarla tranquila, me veo obligada a
hacerle una confesión. El Exú estuvo aquí.
-¡Por el Amor de Dios! ¿Acaso piensa usted que
diciéndome eso me va a dejar tranquila?
-Espere, espere... ufa, vieja, con usted no se puede
hablar, afloje un poco. Digo que estuvo aquí, de un
modo figurado. Imagínese, de otro modo no se lo
hubiera dicho tan suelta de cuerpo. Digo eso porque
estuve pintando.
150
Exú

-¿Se sintió poseída, como las otras veces?


-Sí. Tal vez más.
-¿Y qué fue lo que pintó?
-Algo muy raro. Mi mano, sosteniendo el pincel que
a su vez pintaba otra mano idéntica.
-¿También suya?
-Supongo, en cuanto puede serlo una imagen.
-Es raro, en serio.
-Sí. Aunque se corresponde con un sueño recurrente
que experimenté un tiempo atrás. En él, iba tomada
de la mano de alguien y luego mi mano desaparecía,
como si la hubieran amputado.
-Bastante chocante, ¿no es así?
-Sí, qué quiere que le diga. Pero eso sucedía en tiem-
pos en los que no me importaba mucho de nada, así
que la impresión era relativa, ¿me explico?
-Es usted una mujer muy rara, Mariel.
-Puede ser. Pero si lo soy, es a pesar mío, créame.
Toda mi vida he tratado de ser una mujer normal, y
no sólo parece que no lo he conseguido, sino que mi-
re, encima, en el intríngulis que termino metida.
-Supongo que son cosas que pasan, aunque la mayo-
ría de las personas entienda que cosas así son sólo
desviaciones de la mente que nada tienen que ver
con lo que llaman realidad.
-Bueno, a mí me parece que eso constituye a la vez
su resguardo y su perdición.
-¿Cómo es eso?
-Usted debe saberlo muy bien, dada su profesión.
Cuanto más encerrados estamos en cuestiones de ín-
dole material, cuanto más bloqueados tenemos nues-
151
Gabriel Cebrián

tros sentidos respecto de otros modos del ser, más a


salvo estamos de sus embates, que por lo visto mu-
chas veces resultan devastadores. Pero a la vez, des-
perdiciamos la ocasión de conocer lo que puede
constituir la puerta para huir de este círculo.
-Es cierto, hasta donde yo sé, lo que usted dice. Pero
si hubiera sabido el precio que iba a tener que pagar,
probablemente hubiera visto las cosas de otra mane-
ra.
-Digamos que se hubiera conformado con la chatura
y el confort.
-Se nota, por lo que dice, que no ha sufrido lo mismo
que yo.
-¿Qué sabe usted?
-No, oiga, no lo tome así. No me refería nada más
que a las torturas psicológicas que he venido sufrien-
do en los últimos días.
-Ah, estamos. Pero no me va a decir que toda una vi-
da dedicada a los espiritualismos no merecía un e-
vento como el que parece estaría por producirse. Si
no fuera así, permítame observar que tal vez -y no se
ofenda, es solamente una apreciación- su vocación
no era tan firme y hay un gran contenido de sno-
bismo en sus actividades.
-Mire, Mariel, puede ser que esté en lo cierto, a esta
altura no estoy segura de nada. En otro momento hu-
biera disentido abiertamente. Ahora, todas mis con-
vicciones no valdrían nada para mí si tuviera opor-
tunidad de trocarlas por una mínima paz espiritual.

152
Exú

-No sé, tal vez sea así, tal vez el Exú esté esperando
un gesto de firmeza de su parte para volver a ser el
cicerone de otros mundos que conoció al principio.
-¿Me parece a mí o está abogando por el degenerado
de Mauro?
-Samantha, yo solamente estoy, como creo que está
usted, intentando hallar un sentido a todo esto. Mire,
de muy joven me manejé obsesivamente en lo que
constituye mi vocación; ello al punto que estoy se-
gura que hubiera sido capaz de vender mi alma al
diablo con tal de ver plasmada la obra con la que so-
ñaba. Y creo que el Exú lo sabe. Por eso me corre
por ese lado.
-O sea que es susceptible de morder el anzuelo, por
lo que dice.
-Si vamos a lo que dice usted, no habría modo de
evitarlo, de todos modos. Aunque no voy a dejar de
reconocer un dejo de frustración que me produce el
hecho de pensar que mi obra, o la mejor parte de la
misma, no es producto de mis capacidades sino que
simplemente se realiza a través mío, o sea que no
encuentro mucha diferencia entre mí y un simple
pincel.
-Querida, me temo que son nuestras vidas las que
están en juego, por lo que cualquier disquisición co-
mo ésa pasa a ser superflua.
-Puede ser que sea así para usted. Lo que es para mí,
no sé si por las circunstancias o por lo que fuere, me
imagino que los cuadros son más caros a mi preo-
cupación que la propia vida. Vea, yo he de morir, a-
hora, el mes que viene, o cuando sea; pero mis cua-
153
Gabriel Cebrián

dros quedarán, no sé si para siempre, pero bastante


más que este cuerpo castigado por el tiempo, por es-
tados de ánimo de mierda, por los tóxicos que ingie-
ro para inspirarme o simplemente para sobrellevar u-
na condición humana que me rebela...
-Evidentemente, usted es una artista con todas las de
la ley. Y una persona extraordinariamente fuerte. Yo
también, cómo no, he sido perfeccionista hasta la
obsesión en lo mío, pero parece ser que no tengo su
madera. Hoy día lamento haber tomado este camino,
este camino que me ha hecho cruzar con ese sinies-
tro personaje al que tan ingenuamente abrí la puerta.
Me siento débil, vieja, y no creo estar a la altura de
lo que se supone debo enfrentar. Tal vez a su edad,
Mariel, me hubiera rebelado y me hubiera plantado
ante el maldito para utilizar todo cuanto aprendí para
sacarlo del medio, y si es posible, destruirlo para
siempre. Mas ahora sé que cada bocanada de aire es
simplemente una dádiva más que tiene a bien conce-
derme antes de terminar conmigo, física y espiritual-
mente. Ya ni siquiera me asiste la esperanza de libe-
rar mi espíritu luego de la muerte.
-¿Acaso supone que él destruirá también lo que lla-
ma espíritu?
-Supongo que, mínimamente, lo esclavizará de mo-
do que pueda utilizarlo para sus fines. Nada en el u-
niverso se desperdicia, y él menos que nadie resigna-
rá una gota de energía que pueda ser empleada en
sus designios.

154
Exú

-Está muy segura, por lo visto, y lamentablemente


no tengo capacidad de argumentar algo en contra.
¿Quiere un whisky?
-No, gracias. Ya bebí bastante hoy temprano.
-Bueno, supongo que no le molestará si tomo un po-
co de cocaína...
-No, no me molesta. Yo misma tuve experiencias
con el LSD, ...de joven.
-Sí, pero no es lo mismo -observó, mientras prepa-
raba la dosis. -Esta porquería es menos psicodélica y
más adictiva.
-¿Y entonces por qué la utiliza?
-No sé, supongo que comencé buscando, como siem-
pre, inspiración. Luego se convirtió en un hábito y
más luego una suerte de muleta existencial. No crea
que estoy intelectualizando una boludez, en realidad
creo que fue así. Hágame un favor, ¿quiere? No le
comente nada de esto a Periko. Se enoja mucho, vio.
Aparte él cree que dejé, y lo hice por un tiempo.
Precisamente hasta hoy.
-¿Y por qué volvió?
-No sé, tenía ganas. Toda esta cuestión, la muerte de
Waldo, la presencia de Mauro de Alagoas y usted
que irrumpe con tantas precisiones acerca de algo
que parece haber signado de un modo u otro mi vida,
no sé, todo eso es como que me movilizó profunda-
mente y de pronto necesité un empuje extra. Usted
sabe, los adictos seguimos siéndolo siempre. Sólo
hace falta un catalizador. Y creo -no es por justifi-
carme- que hoy lo tuve de sobra.

155
Gabriel Cebrián

-Mire, en circunstancias normales le pediría que se


cuidara, pero realmente, con toda sinceridad, no sé si
como están las cosas tiene sentido.
-¿Tan mal las ve?
-¿Acaso usted no?
-Caemos en lo mismo. A mí no me ha atosigado co-
mo a usted. Simplemente, parece que me ayuda a
pintar. Y no crea que estoy argumentando a favor de
él. Trato de poner las cosas en su justa medida.
-Está bien, y no es que me guste recordárselo, pero
tenga en cuenta que abusó de usted y la sometió a un
cargo de conciencia que la ensombreció durante mu-
chísimo tiempo. Me imagino que eso cuenta.
-¡Pero claro que cuenta! Aunque ¿sabe?, estas cosas
a mí suelen ocurrirme. Digo, cuando algún problema
me perturba, y luego se resuelve, para bien o para
mal, tiendo a restarle importancia. Tal vez sea un
mecanismo de defensa. El caso es que es así. Si algo
me queda como sinsabor de toda esta experiencia, es
el hecho de haber fustigado al pobre de Waldo por
algo sobre lo cual no tuvo responsabilidad alguna.
Pero ya no tiene caso que me preocupe por eso. Ya
está. Cuando un problema no tiene solución, deja de
ser un problema, y pasa a ser karma.
-Me gustaría ser así, como usted.
-Creo, con todo respeto, que no sabe lo que dice. Pe-
ro me halaga.
Tocaron a la puerta.
-Debe ser Periko -dijo Mariel, mientras ocultaba rá-
pidamente las evidencias de su vicio. Al cabo hizo

156
Exú

pasar a Periko, que llegaba cargado de vituallas y de


muy buen talante.
-Hola, diosas, ¿cómo han pasado la tarde? Parece
que bien, por la cara. Sobre todo usted, Samantha. A
vos, Maru, parece que se te fue un poco la mano con
el whiskardo, ¿no es así?
-No, me tomé un par, nada más.
-Sí, un par de botellas, me imagino. A ver, miren lo
que les traje... espero que les guste... carré de cerdo
con puré de manzanas... pavita en salsa agridulce...
tres botellas, así no nos peleamos, del internacional-
mente célebre Caballero de las Cepas tinto... y un
sofisticado postre de la confitería París.
-Te jugaste.
-Ah, me olvidaba. También traje champagne francés,
para festejar.
-¿Para festejar qué? -Preguntó Mariel, algo incómo-
da a causa del ánimo festivo de su amigo justo el día
en que habían sepultado a Waldo.
-Para festejar las ventas que realicé hoy mismo. Fac-
turé veinte mil. ¿Qué te parece? ¿Viste que tenía que
abrir el negocio?
-Bueno, parece que el Exú nos está dando una mano
bárbara -aventuró Mariel, y Samantha hizo un rictus
de desagrado.
-Seguimos con esa historia, parece.
-Y, es la historia excluyente, por el momento.
-Me imagino que se habrán puesto al día, en mi au-
sencia.
-Y, viste cómo somos las mujeres.

157
Gabriel Cebrián

-Bueno, ahora estamos las tres. Vamos a chusmear


de lo lindo, ¿no les parece? Samantha, mi amor, la
verdad es que la encuentro mucho mejor de cómo la
dejé.
-Sí, me siento mejor, es cierto. Por fin pude pegar
los ojos un rato. La verdad, con ustedes dos me sien-
to más contenida. Era terrible la situación cuando es-
taba sola. Acá somos tres, y si bien el número frente
a nuestro enemigo no cuenta mucho que digamos, al
menos es más llevadero.
-Mire, Samantha, no es que quiera sembrar dudas
sobre sus percepciones, y mucho menos delante de
Mariel que ya me está mirando con furia, pero... ¿no
cree que en una de ésas se alucinó? ¿No le parece
sintomático que el demonio aparezca solamente
cuando se encuentra sola?
-No lo tiente, Periko. Por favor, no lo tiente.
-¿Querés dejar de hacerte el escéptico? La verdad,
no te queda muy bien que digamos.
-Déjelo, Mariel, no quiero que vayan a tener un pro-
blema a causa mía.
-¿Problemas, con éste? Jamás. Si no lo tuvimos has-
ta ahora...
-¿Qué tenés que decir? Dale, hablá.
Mariel lo abrazó, en gesto componedor. Peri-
ko le hizo un guiño a Samantha. Luego dijo:
-Bueno, deberíamos comer antes de que se enfríe del
todo.
-¿Tienen mucho apetito? ¿Qué apuro hay? Después
calentamos todo en el microondas, che. Vamos a to-
mar un aperitivo, primero.
158
Exú

-Como no, mi reina.


-Haceme el favor, Periko, servite un par de Martinis.
Yo mientras voy al baño.

* * *
Se miró en el espejo. Las pequeñas bolsas
violáceas debajo de sus ojos habían vuelto, y junto
con y sobre ellas, la mirada gélida y ansiosa del co-
cainómano. Le gustaba el escrache. Le gustaba verse
demacrada, la hacía sentirse más acorde con lo que
entendía era su esencia de bohemia dispuesta a sa-
crificarlo todo por un albur estético. Desparramó un
buen montículo sobre un espejo de mano, lo desme-
nuzó con el bisturí, chupó la hoja con cuidado de no
cortarse lengua o labios y aspiró con avidez por ca-
da fosa nasal. Guardó los elementos y volvió a en-
frentarse al espejo, esta vez para cotejar que no hu-
bieran quedado residuos delatores en los bordes de
la nariz. Mas no tuvo oportunidad de hacerlo, ya que
dos ojos negros de mirada salvaje y profunda, como
fundidos en el aire pero perfectamente visibles, apa-
recieron detrás de su hombro izquierdo. El Exú esta-
ba ahí, y por primera vez se manifestaba frente a su
vista. Se quedó congelada. Sus ojos clavados en el
reflejo que a su vez se clavaba en el reflejo de los
suyos. Reflejos, imágenes que se producen unas a
otras, tal vez la misma metáfora que surgía de su úl-
tima pintura. La droga cosquilleaba en sus meninges,
sintió calor, mucho calor, en tanto el sobresalto daba
159
Gabriel Cebrián

lugar a una urgencia sexual desesperante. Él debía


estar provocándola. Se rebeló y se volvió de cara al
fantasma. Ya no estaba allí. Mejor dicho, ya no era
visible, pero ella sentía su presencia, aún más osten-
sible que mientras lo veía en el espejo. Se volvió
otra vez, y allí estaba. Eso quería decir algo, se-
guramente. La visión de esos ojos que parecían tras-
pasarla, devorarla, la excitó sobremanera. Se quitó la
ropa con desesperación y ofreció su desnudez al
espejo. Los ojos parecieron contrastar más, y el bri-
llo lujurioso en ellos se incrementó sensiblemente.
Mariel ardía, y comenzó a acariciarse frente al vo-
yeur metafìsico. Casi sin aliento, abrió la ducha y se
introdujo en el agua tibia. Inmediatamente comenzó
a masturbarse, si es que puede llamarse así a una ac-
tividad que llevaba a cabo con una mano que no era
suya en modo alguno. Era el Exú quien lo hacía, del
mismo modo que ejecutaba su arte a través de ella.
Ella supo que jamás podría haberlo hecho tan bien
por sus propios medios. Casi enseguida tuvo un
orgasmo que le hizo temer por sus coronarias. Luego
tuvo otro, y a continuación se tendió en la bañera. El
agua caía sobre su vientre y se llevaba todas las
formas y los pensamientos en su dinámica torrencial
hacia los mundos inferiores.
Volvió al living y encontró a Samantha y a
Periko conversando animadamente. Bebió un sorbo
del vaso de Martini que le habían preparado e inten-
tó prestar atención al diálogo, que versaba sobre las
diversas escuelas de pintura y los gustos personales
de cada uno; pero se encontraba como ida, shockea-
160
Exú

da por lo que había resultado de su breve excursión


al toillette. Periko lo advirtió:
-Mariel, ¿estás bien?
-Sí, estoy bien. ¿Por?
-No sé, me pareció.
-Quedate tranquilo. A veces me deliro, pienso en el
pobre Waldo, vos sabés.
-Está bien, pero no te deprimas. Pensá en cómo es-
taba, tal vez sea mejor así.
-Sí, ya sé, ya sé. Pero no lo puedo evitar.
-Es cuestión de tiempo, Mariel -dijo Samantha. -Uno
no deja de querer a sus muertos, pero el tiempo ayu-
da a que el dolor se atenúe.
-Por supuesto. Ahora, si me quieren hacer un favor,
no se concentren en mí, ¿saben? Realmente estaba
disfrutando de su diálogo sobre pintura. Continúen,
please. Yo voy a poner la comida en el horno.
Entre Rembrandts, Klees, Vermeers, Klimts
y hasta el propio casi homónimo de la anfitriona,
Marcel Duchamp, Periko y Samantha arreglaron una
mesa digna de una recepción diplomática, con todo y
candelabros. Mariel en tanto parecía vigilar el co-
rrecto calentamiento de los manjares, cuando en rea-
lidad estaba repasando mentalmente la experiencia
que acababa de atravesar y la intensidad de las sen-
saciones que el Exú le había producido. No podía
desentrañar la clave del enigma mayor, cual lo eran
las intenciones que la entidad guardaba para con e-
llos. Mas algo dentro o fuera de sí le decía que los
acontecimientos iban a precipitarse. Finalmente se
sentaron a la mesa. Samantha y Periko continuaban
161
Gabriel Cebrián

confrontando sus gustos acerca de escuelas, técnicas


y artistas, mientras daban buena cuenta de los man-
jares y del vino. Mariel, en tanto, apenas probó bo-
cado, aunque le hizo buenos honores a la bebida. Ya
en la sobremesa, mientras fumaban cigarrillos y be-
bían champagne, algo achispados por los recurrentes
brindis dedicados al talento de Mariel y a su inser-
ción comercial; cuando las sombras parecían haberse
alejado al menos por esa noche, un sonido exterior
los retrotrajo, sobre todo a Samantha, a la pesadilla.
Era el chirriar de grillos en crescendo, la inequívoca
carta de presentación del malvado Exú.
-Está aquí -dijo Samantha, con el pánico reflejado en
su expresión.
-Ya lo creo -asintió, con cierta ironía involuntaria,
Mariel.
-No esperarán que unos simples grillos cantando a la
luna sean algo maligno, ¿no?
-No necesariamente. Pero he de llamar su atención
acerca de la intensidad con que lo hacen. ¿Acaso los
ha escuchado anteriormente, desde aquí, con puertas
y ventanas cerradas?
-Bueno, supongo que, en todo caso, no les presté a-
tención.
-No, señor Periko, no hubiera podido hacerlo, en cir-
cunstancias normales. -Se levantó y fue hasta el si-
llón. -Discúlpenme, me encuentro algo mareada...
-Samantha, ¿quiere que llamemos a un médico? -
Preguntó Mariel, mientras se incorporaba para asis-
tirla. Inmediatamente se sintió ella también vacía,

162
Exú

presa de un vértigo violento, y se desplomó junto a


quien intentaba socorrer.

* * *
¡Laro iê! ¡Laro iê! Oyó lejanamente Mariel,
mientras su psiquis volvía a recomponer sus frag-
mentos. Estaba en una posición incómoda. Intentó
mover los brazos y se percató de que tenía atadas sus
muñecas al respaldo de la silla. Abrió los ojos y vio
primero a Samantha, en idéntica situación. Junto a la
ventana en donde solía pintar, se había levantado un
Peji, esa especie de altar de sacrificios o santuario
característico de los cultos Umbanda. Repleto de
velas, de vajilla, de alimentos, cigarros, bebidas, et-
cétera. La imagen que lo presidía no era otra que la
de Mauro de Alagoas, pintada por ella tan sólo unos
días antes. Momentos después ingresó dramática-
mente Periko, como representando un rol para el que
había estado preparándose durante mucho tiempo;
desnudo, con algunas delgadas tiras de cuero ceñidas
en su torso y miembros y cargando un cabrito vivo,
con sus patas atadas y sus ojos reflejando el temor
que su instinto inequívocamente azuzaba. Las miró a
ambas, y un encono visceral quedó expresado en su
fisonomía.
-Hijo de puta -masculló Mariel. Samantha,
mientras, lloraba quedamente. Haciendo caso omiso
tanto del insulto de una como de la angustia de la o-
tra, Periko elevó con energía los brazos y, cual si o-
163
Gabriel Cebrián

bedeciera a dicho comando, un batir de parches de


procedencia misteriosa comenzó a hacerse oír. El rit-
mo encajaba metronómicamente con el sonido de los
grillos. La estancia entera parecía dilatarse y contra-
erse según los tópicos respiratorios de una presencia
que lo imbuía todo. Con una frialdad y una determi-
nación propias del fanatismo, el oficiante tomó la
cuchilla que descansaba en uno de los estantes cu-
biertos de sedas blancas y degolló limpiamente al
cabrito, que sólo emitió unos cuantos berridos agóni-
cos, y drenó la oscura y caliente sangre en un cuenco
de barro cocido dispuesto al efecto, mientras excla-
maba ¡Agba Exú, mo ju iba! ¡Iba se o!∗
Luego de posar el cuerpo exánime del animal
sobre el piso, se volvió a las mujeres. Samantha con-
tinuaba sollozando, convencida que su fin había lle-
gado. Mariel, a su vez, lo miraba desafiante, iracun-
da, con una intensidad tal que hubiera asustado a
cualquier persona normal, pero obviamente, ése no
era el caso. Periko mantuvo la vista sin resquemor
alguno, con una leve sonrisa de satisfacción que se
debía fundamentalmente al beneplácito que le causa-
ba el haber representado el rol del amigo incondicio-
nal y afectuoso durante tanto tiempo de manera im-
pecable. Parecía estar gozando a pleno de la sorpresa
y el odio subsecuente que le profesaba Mariel. Lue-
go de unos instantes de esta confrontación visual, y
entre canto de grillos y percusiones, Periko habló:


Exú ancestral, presto-le minha homenagem. ¡Oh! Que esta
homenagem se cumpra.
164
Exú

-Mi nombre verdadero es Remigio de Alagoas. Al


menos ése es mi nombre desde los siete años, cuan-
do el Exú me rescató del infierno en que vivía. No
conocí a mis padres, ya que desde que tuve uso de
razón viví en esos internados que tan propiamente se
conocen bajo la denominación de "tumbas". Fui so-
metido a todo tipo de vejámenes y de abusos, de mo-
do que un buen día vi la oportunidad y huí. Sobre-
viví como pude, vagabundeando por las calles, hasta
que el Exú me halló y se preocupó por mí, cosa que
nadie había hecho hasta entonces. Se imaginarán
cuán grande es mi gratitud y mi devoción hacia esa
persona que ustedes, en su profunda ignorancia, des-
precian. Más, tratándose del hechicero más poderoso
que ha pisado la tierra, que incluso condescendió a
enseñarme su conocimiento ancestral y a imbuirme
de su Axé∗. Él fue quien me dio una identidad, jun-
tamente con un sentido para mi vida, y quien me en-
señó el sagrado culto de los Orixás; el Senhor dos
Caminhos, que me instruyó acerca del modo de con-
ducir a sus enemigos, que son los míos, por los Ona
Buruku∗∗, hasta la propia perdición que ellos mismos
generaron.
-Periko, no podés ser tan hijo de puta y tan imbécil.
-Creíste todo este tiempo que tenías poder sobre mí,
¿no? Pues lamento comunicarte que una de las mejo-
res argucias de un buen Exú es su histrionismo. Re-


Fuerza mágica.
∗∗
Caminos maléficos.

165
Gabriel Cebrián

cuerdo nuestras veladas, allá, en El Dorado, cuando


el Exú me mostraba la maravilla de la creación del
Supremo Olorún, mientras me imponía de todo
cuanto debía saber para vengar sus afrentas y con-
vertirme en Exú, a mi vez –dirigió su vista por pri-
mera vez a Samantha, que se estremeció visiblemen-
te. –Usted, vieja buchona, lo denunció sin advertir
siquiera la milésima parte del valor que tenían sus
actividades, por supuesto definidas por los astrales
superiores.
-Señor Periko, usted lo dijo –murmuró casi, con la
respiración entrecortada, -no sabía lo que hacía.
-Ah, y cree que con eso es suficiente. Una mera a-
prendiz que ni siquiera es capaz de advertir el tenor
del espíritu que se le manifiesta, decide ejercer el de-
do acusador de la sociedad para con una persona
verdaderamente esclarecida. Para con un espíritu tan
elevado que el sufrimiento merecido de una metiche
presuntuosa ni siquiera llega a entretenerlo. Quisi-
mos sacar algo plástico, de su sufrimiento, sabe, pe-
ro usted se empeñó en lloriquear como el trasto de-
cadente que en realidad es. Y eso disgustó sobrema-
nera al Exú. Eso, sin tener en cuenta el infame Padé∗
que le ofreció los otros días. Fue algo patético.
-Yo no sabía –casi gruñó entre sollozos.
-Sabía dos cosas: una, superflua si quiere, que oyó
del Pai Nelson, que el culto nos conecta con entida-
des para las cuales no somos sino meras fantasma-
gorías. La segunda, y más determinante, es que de


Ofrenda para Exú en el Candomblé.
166
Exú

igual fuente, usted sabía que los pasos del ritual de-
ben ser impecables en forma y fondo. Usted no hizo
otra cosa que violentarlos. En cambio Mariel...
-Yo no voy a rogarte, sucio. Sabés, que sos un im-
bécil, ¿no?
-Mariel, la pintora intelectual, la que teme que los
imbéciles no adviertan los sutiles significados de sus
mamarrachos, la que sin la guía del Exú estaría aho-
ra embadurnando lienzos que hablan de su miseria,
de su maternidad frustrada, de la tortura que ejerció
contra un pobre enajenado, al que endilgó las culpas
de un crimen que ella misma cometió, temerosa de
enfrentar la incertidumbre acerca del macho que la
había fecundado.
-Vos no sabés nada, imbécil.
-Sé que estás muerta. Y no de ahora.
-Ah, y vos estás vivo.
-No. Estoy a punto de nacer. Como un nuevo Exú, el
Exú del Orixá Mauro –tomó una lanza de hierro que
estaba apoyada junto al cuadro. -Una vez que se po-
sesione de mí, para acabar con ustedes, él culminará
sus asuntos en estos astrales. Yo, seré su mensajero.
Mariel soltó una ruidosa carcajada. Remigio
de Alagoas pensó que era histeria. Samantha, ahora
convencida totalmente de la inminencia de la muer-
te, rompió en un llanto convulsivo que arrastraba
ruegos de piedad.
-¡Cállense!
-¿Quién lo dice? ¿El Exú? ¿El que repite hasta el
cansancio no soy otra cosa que tu propio miedo?

167
Gabriel Cebrián

Pues bien, putito, no te temo. No tenés poder sobre


mí.
Entonces él sintió hervir su sangre y hubiera
atravesado de inmediato la flaca humanidad de la
presuntuosa, si no hubiera temido desrespeitar aos
Ewos al no seguir la estrategia establecida por el E-
xú. Mariel, extrañamente divertida en una situación
semejante, lo azuzó:
-Dale, matame. ¿Qué te pasa? No soy otra cosa que
tu propio miedo, Perikín. Decí la verdad, un poquito
de miedo me tenés. Sabés que yo también soy bruja,
¿verdad?
Algo turbado, se enfrentó al Peji y clamó:
¡Laro iê! A estas alturas, los grillos ganaban inten-
sidad y frecuencia, en tanto los parches atronaban.
Mariel prosiguó:-¿Qué te hace pensar que el Exú se
va a quedar con vos, pedazo de carne pervertida, an-
tes que conmigo, toda una artista?
-¡Já! ¡Mirá el tupé de la reventada!
-Qué lástima, parece que no vas a poder concentrarte
en la invocación. Te haría falta un poco más de mie-
do de mi parte, ¿no es así?
Entonces Remigio se volvió echando chispas
por los ojos. La señaló con el índice mientras la a-
menazaba:
-Callate, puta, o vas a sufrir más de lo que sos capaz
de imaginar.
-Claro, vos, quisiste ser puta, pero acá la única puta
soy yo, mal que te pese. –Volvió distraídamente la
cabeza hacia Samantha, y dijo: -con perdón de la se-
ñora puta aquí presente. ¿Qué tal si nos soltás,
168
Exú

payasito? Puede ser que así el Exú te deje vivir un


rato más. Claro que no puedo asegurarte nada en
cuanto a las condiciones...
-Estás delirando.
-Por supuesto, ¿acaso no es éso lo que le gusta al
Exú? ¿Acaso no lo conocés lo suficientemente bien
como para saber qué es lo que opina él acerca de la
cordura y el sentido común? ¿Acaso no dijiste vos
mismo, hace un momento, que es el mayor brinca-
lhão∗ que existe? Sos una mariquita patética, y tan
obtusa como para no haberte dado cuenta que Mauro
estuvo jugando con todos nosotros, incluido vos, y
creo que en primer lugar.
Periko, o Remigio de Alagoas, sintió que se
clavaba en su ánimo el agudo filo de la incertidum-
bre. No podía ser cierto cuanto decía aquella mise-
rable embustera, aunque no obstante parecía muy se-
gura de sí misma, en circunstancias en las que él ha-
bría descontado su odio, su desesperación y funda-
mentalmente, al menos un poco de miedo.
-Dale, llamá a tu Exú. Contale a tu papá que no soy
otra cosa que tu propio miedo.
-Mariel, por favor –masculló Samantha.
-Quédese tranquila, mi amiga, si este mequetrefe es-
tá más asustado que usted.
-¡Basta! Voy a terminar con esta farsa –se volvió o-
tra vez hacia el Peji.
-El Exú siempre estuvo y está acá, pendejo. Yo, mu-
jer y artista, pude percibir su interioridad en un día


Bromista.
169
Gabriel Cebrián

más que vos en años. No olvides que quería que fue-


se su Pomba-Gira, ¿o eso no te lo contó?
Se volvió otra vez y la enfrentó con una mez-
cla de odio y temor. Samantha pensó que allí termi-
naba todo; en tanto Mariel prosiguió hablando, con
el mismo interés que hubiese demostrado en una
charla de peluquería:
-Mirá, además no sería una mise en scène digna de
Mauro si no te contara los detalles de los dos en-
cuentros esclarecedores que tuvimos hoy. En el pri-
mero, a través de la magia cromática que proyecta-
mos juntos, me reveló que lo que es no es. Claro, eso
es sólo una fórmula, ¿no? Supongo que te gustará,
esta especie de Parménides invertido –rió desenfada-
damente de su propia ocurrencia, sacudiendo la ca-
beza. –Bueno, Periko, esa tierra prometida a la que
quisiste dirigir tu carnalidad masculina, para vos no
existe.
-Qué buen condimento ha puesto el Exú, para devo-
rarte más sabrosa.
-Hablando de eso, me hacés acordar al segundo en-
cuentro que tuvimos. Casi me devora. Sabe llevar-
me hasta el límite, no olvides las cosas que hacemos
juntos. A propósito, ¿tuviste sexo alguna vez con él?
Ah, no, cierto que sos el hijo.
Aquella mujer le estaba pegando demasiado
duro, y pensó que tal vez no fuera mala idea desafiar
el tabú y eliminarla sin más trámite.
-Huy huy huy –continuó Mariel. –Parece que a Mau-
ro no le gustan tus flaquezas. Una mujer atada te o-

170
Exú

bliga a desrespeitar aos Ewos. Quién lo diría, de un


aspirante a Exú.
En tanto, los grillos y los parches configura-
ban un frenesí tal que hizo que Samantha, aunque
mareada y completamente superada por la situación,
no obstante pensara que solamente ellos debían oír-
los, ya que de otro modo alguien hubiese llamado a
la policía.
-Aunque que raro, el hijo que yo conocí e incluso
pinté, tenía la cabeza medio podrida –Remigio sintió
un profundo mareo. –A ver... ahora sí –continuó Ma-
riel, mientras él llevaba la mano a su rostro y sentía
la rugosidad de las escaras, y a la vez percibía el a-
cre olor de la gangrena.
-¡No! ¡Esto no está ocurriendo!
-¿Ves? Estás empezando a aprender. Tal vez sea al-
go tarde, pero siempre fuiste un poco imbécil.
Remigio sacudió la cabeza con desesperación
y tras un esfuerzo visible, su fisonomía volvió a la
forma habitual.
-¿Ves? –Le dijo a Mariel, todavía agitado pero ahora
con una luz de confianza. –No va a hacerme nada, es
sólo otra de sus brincadeiras.
-Admiremos, entonces, su arte. Relajate. Me gustaría
fumar uno de esos cigarros.
-¿Es tu último deseo?
-En todo caso, no vas a ser vos quien me lo conceda,
Perikín –le respondió, mientras extendía sus brazos
hacia delante y los estiraba con felina plasticidad.
Luego, ante la mirada atónita de quien había con-
siderado su amigo hasta hacía horas nomás, se incor-
171
Gabriel Cebrián

poró, fue hasta el Peji, tomó uno de los cigarros de la


ofrenda y lo encendió con una vela roja. Dejando
tras de sí estelas de humo, volvió a la silla.
-¿Cómo te soltaste?
-No hagas preguntas absurdas, imbécil. Sabés que yo
sola no hubiera podido. Che, qué lastima, no eras feo
pibe, al fin y al cabo. Claro que con esa infección...
Otra vez sintió los estragos de la peste. Otra
vez el vahído, junto con la certeza que el Exú había
optado por ella. Obnubilado, vio como un grillo de i-
nusuales proporciones saltaba sobre el Peji y se po-
saba delante del cuadro de Mauro. Los tres supieron
de algún modo que el árbitro supremo daría su vere-
dicto de inmediato.
-Maestro, has venido por fin a dar castigo a las trai-
doras ¡Laro iê! –saludó, hincándose de rodillas y e-
levando sus brazos. Se volvió hacia Mariel: -¿Lo
ves? Ahora puedo matarte.
Iba a tomar nuevamente la lanza de hierro
cuando observó a Mariel, que con gesto absoluta-
mente despreocupado, tendía su mano derecha hacia
adelante, con la palma hacia arriba. El portentoso
grillo entonces brincó de manera precisa y se posó
sobre ella.
-No lo creo –respondió ella, mientras observaba al
insecto restregar sus alas, y exhalaba columnas de
humo azulado. –Me dice el Exú que te dé las gracias
por todo, y que te pudras en los baixos astrais.
-¡No puede ser! ¡Maestro! ¿Qué hay de todos los a-
ños de amor y lealtad que le he dispensado? ¿Por
qué me hace esto a mí? –Clamaba, mientras observa-
172
Exú

ba a sus tejidos pudrirse paulatina e implacablemen-


te.
-Gracias por todo, Periko, también de parte mía,
fuiste un excelente amigo -ironizó Mariel, en tanto
posaba al grillo en una mesita y se servía una cacha-
ça. –Mire para otro lado, Samantha, es un poco
fuerte.
Samantha, aterida y sin capacidad volitiva de
hacer lo que se le decía, vio como el cuerpo putre-
facto se contorsionaba en un sufrimiento atroz; y vio
también algo así como azotes o estocadas de vacío
que lo iban desguazando, para luego macerarlo y fi-
nalmente hacerlo desaparecer en un borbotón san-
guíneo que se volatilizó en el aire. Tras semejante
visión, volvió el estómago.
-Samantha, querida, mire lo que me hizo con la al-
fombra –le recriminó Mariel mientras se inclinaba
detrás de ella para quitarle las amarras. –Vaya a lim-
piarse, ¿quiere?
-Espere, espere, déjeme respirar –le respondió, ja-
deando y con fatiga residual. –No lo puedo creer.
-¡Usted no lo puede creer! ¡Tan luego usted!
-¡No puedo creer lo que hizo, Mariel! ¡Nos estuvo
engañando a todos! ¡No pretenderá decirme que sus
tratos con Mauro comenzaron tan sólo hoy!
-Cuanto dije es verdad. Y no adopte ese aire lastime-
ro, ya sabe por boca del imbécil lo que el Exú opina
de usted.
Mariel acabó su vaso y fue por el grillo. Ex-
tendió su mano y el portentoso insecto se restregó
contra ella. Samantha, a su vez, cobró fuerzas y fue
173
Gabriel Cebrián

hasta el baño a higienizarse. Mariel, una vez a solas,


vio al visitante saltar y fundirse en la tela desde la
que Mauro la miraba, total y definitivamente. Era un
hombre hermoso, y tal vez si ella hubiera sabido en-
tonces... pero no tenía caso pensar en ello. Aparte a-
ún podía tener un hijo, y el Exú seguramente hallaría
el modo, si es que esa era su voluntad. Y si no, un
mundo de creativa lujuria tal vez eterno se abría ante
ella, más allá del cuerpo, ese anclaje irreal que sin
embargo le permitía conectarse con la verdadera
existencia.
Samantha volvió. La escudriñó con descon-
fianza, como por otra parte siempre había hecho. Al
cabo dijo:
-¿Usted cree que su Exú me va a dejar tranquila, a-
hora?
Mariel miró la pintura unos momentos. Lue-
go respondió:
-Me dice el Exú que si se deja de ser tan timorata tal
vez la vuelva a llevar a esos mundos que tanto le
gustaban. Usted sabe cómo es, más vale que obedez-
ca. Caso contrario...
-Sí, ya sé, yo también lo conozco. No tengo opción.
-Es muy probable que nunca la haya tenido, sólo que
recién ahora se da cuenta. Ah, y también me dice
que con eso no basta.
-Creo que eso también lo entiendo. Venga, sírvame
una copa a mí también.
-¡De eso se trata, mujer!
Se miraron profundamente una a otra durante
un buen rato. Y a continuación brindaron, alegres
174
Exú

como nunca antes lo habían estado, con la pasión


por lo desconocido devorando sus entrañas, elabora-
da como sólo pueden hacerlo las mujeres visiona-
rias.

175
Gabriel Cebrián

176
Exú

ÍNDICE

Primera parte/ Interiores.................................. 7


Segunda parte/ Un enemigo invisible............ 57
Tercera parte/ Mascarada............................ 100

177