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Gabriel Cebrián

© Stalker, 2004
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Ilustración de tapa: Detalle de los ojos del sarcó-


fago interior del Canciller Najti, Museo del Louvre.

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Calamo currente

Gabriel Cebrián

Calamo currente

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Gabriel Cebrián

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Calamo currente

PRIMERA PARTE

Convertir la experiencia en discurso –es decir,


clasificar, categorizar, conceptualizar, garantizar, sin-
tetizar- es siempre una traición a la experiencia, una
falsificación; pero la experiencia sólo puede ser trata-
da cuando ha sido traicionada y sólo al tratarla así yo
me he sentido como un hombre vivo, que patea. Por
eso, cuando tenía motivos para pensar en la cosa, res-
pondía a esta precisa falsificación, a esta hábil y cui-
dadosa fabricación de mitos con la turbadora exalta-
ción de cualquier artista que realiza su obra. Cuando
mis navajas mitoplásticas estaban afiladas, era una di-
versión incomparable usarlas, atacar la realidad.

John Barth

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Gabriel Cebrián

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Calamo currente

Todas las impresiones, inducciones, intuiciones


y proyecciones convergían en un punto, el que de ese
modo y ante tal profusión co-incidental, estallaba, sa-
turado de algo que bien podría ser definido como mag-
netismo vicisitudinario o quizá voracidad entitativa
centrípeta, todos los excesos son malos... lo lamentable
del caso es precisamente esa demasía propia de una
mórbida autorreflexión, signada por derroteros tan fata-
les como a ultranza detonantes. Toda complicación re-
sulta simplificadora finalmente, cuando el radar infor-
ma las coordenadas correctas, cuando la cuerda mental
afina con las reales teofanías, que si no existiesen debe-
rían hacerlo, pues de lo contrario se vería obligado a
proferir estupefactas onomatopeyas de suyo intraduci-
bles, a la manera que Artaud solía hacerlo; exterioriza-
ciones de una angustia sin sentido pero incapaz de evi-
tar su manía expresiva, la que en este caso, además, se
vería viciada de una apabullante extemporaneidad en
términos de recursiva estilística.
Allí estaban, sobre el block de hojas lisas de ofi-
cio, arracimándose en cursiva torpe e irregular, las pala-
bras. Torpes e irregulares análogamente en el fondo,
que si no lo aclaráramos, los calificativos quedarían
acotados a lo formal, y vaya que no era así. Amasijo de
ideas infecundas, presas de su propia ambición signi-
ficante, fonemas articulados según tradiciones tan vas-
tas y volátiles como el propio viento que comenzó a in-
suflarlas a través de vibratorias membranas y que, so-
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Gabriel Cebrián

plando a lo largo de distintos corredores cada vez más


laberínticos, llegó a configurar arquitecturas cuyo ba-
rroquismo tendía ya a desplomar el recargado conjunto.
Y ningún otro alma cerca para desearse recíprocamente
las buenas tardes, siquiera un perro para compartir
mendrugos y miradas de estólida tristeza, sólo aquel
hato de palabras que como siempre pugnaba por liar,
cuidándose muy bien de sostener la punta del ovillo
para que no se vaya, para que no lo abandone luego de
haberlo alejado de todo lo demás, en su tiránica profu-
sión, en su exclusiva y excluyente demanda de interio-
ridades, en espejismos que habían llegado a entornarlo
de modo tal que cualquier expresión de afecto real
refractaba inevitablemente contra las filosas aristas de
esos gramáticos albures, de esa búsqueda constante de
lejanas nebulosas, atisbando a través de un telescopio
invertido; el cosmos y él, una misma e ingente soledad
a distintas escalas cósmicas que quizá fuesen la misma,
soledad e incertidumbres, aciago caldo de cultivo dilu-
yéndose en la fría llovizna invernal que allí afuera
enmarcaba todos esos esplines que jamás podrían redi-
mirlo de nada, pero que constituían la única manija de
un pasamanos existencial que estaba a punto de dejarlo
flotando en el vacío, situación harto desagradable te-
niendo en cuenta que aún debía cargar con su cuerpo
algunos años más. No se puede entablar diálogo con
diplomas y medallas, ni con viejas críticas que pre-
tendieron adivinar ciertas geniales entrelíneas que ja-
más habían pasado por su mente y aledaños. Tampoco
era grato hablar con periodistas que solamente espera-
ban la frase genial que dé un sentido a sus estúpidos
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Calamo currente

reportajes. No puede hablar siquiera consigo mismo


alguien que ha devenido en una suerte de momia de
papel impreso mal apelmazado y a punto de apolillarse
definitivamente. Collages de monstruos shelleynianos
pésimamente cosidos y exhibidores de cuanta tara había
desarrollado eran su única compañía, y para colmo se
veía obligado a dotarlos en forma permanente de nue-
vas voces y personalidades para que las recurrencias no
hicieran de su rutina algo aún más siniestro.

Revolvió el café recién servido y humeante, en-


cendió un cigarrillo y bebió un par de tragos de cognac,
mientras dejaba descansar la vista en los naranjas y
rojizos ígneos que surgían de los leños en la estufa. La
vida le había tendido una trampa, y no fue hasta que
estuvo atrapado de pies y manos en ella que lo había
advertido. Siquiera le quedaban fuerzas para debatirse,
había entrado quizá anticipada y voluntariamente en
una cierta senectud, tributaria de las grandes desazones.
Sus mismos escritos lo trasuntaban, habían perdido la
chispa y el vigor de antaño, sólo quedaba en ellos aquel
arrevesado floreo que si en alguna medida seguía sien-
do considerado, lo era por la simple inercia que parecía
consustancial con el prestigio, dado que de otro modo
hubiese sido imposible que continuaran resultando po-
tables a cierto sector del establishment intelectual, des-
de su discurso tan pretencioso como inconsistente.
Hojeó distraídamente el diario, nada de lo que
informaba le parecía adecuado para distraer al menos
por unos instantes esa melancolía que experimentaba
físicamente como una presión en el estómago y un nu-
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Gabriel Cebrián

do a la altura de la tráquea. Los diarios no conseguían


derivar su pensamiento hacia otro destino menos trau-
mático, tampoco los libros, la televisión o lo que fuere
que sirviera a tales fines a la mayoría de las personas. A
poco de intentar desviarlo (al pensamiento, decíamos),
se encontraba nuevamente rumiando aquel sinsabor pla-
gado de reproches a sí mismo y a la forma en la que el
personaje que había aprendido a actuar había fagocita-
do la escasa humanidad con la que la naturaleza lo
había dotado. Menudo problema. Estaba confinado a
esa personalísima y ominosa Torre de Babel que tan
ufano y desprevenido había construido a lo largo de los
años, dejando entretanto que la vida pasase a su lado
como la sortija de una calesita tan lejana como las de la
propia infancia, obnubilado por la circular cabalgata
sobre ese corcel desbocado de fantasías ajustadas a
parámetros de estética literaria.
Terminados el café y el cigarrillo, apuró la copa
y comenzó a caminar de un lado al otro, a la vera del
fuego, hasta sentir la tela del pantalón caliente sobre sus
piernas. Los recuerdos acudían como puñales sobre su
ánimo, todo lo que podía recordar valorativamente ha-
bía sido perdido para siempre. Se había ido, a resultas
de las sucesivas colisiones con esa obsesión que no le
había reportado otra cosa que el residuo de un vicio
compulsivo cada vez más intoxicante y menos placen-
tero, del que ni siquiera podía librarse so riesgo de
perder el único compañero de celda asequible a esas
alturas. Era su única posesión y a la vez el causante de
todas las pérdidas, foco de su odio y objeto de absoluta
necesidad por el mismo defecto que le había generado.
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Calamo currente

Alguna vez había tenido familia, rutinas burguesas,


pequeñas y grandes gratificaciones emocionales, reco-
nocimiento público a su producción literaria (lo que
acicateaba su natural graforrea), un buen pasar en lo
económico, etcétera; ahora le quedaban solamente los
dos últimos ítems, inquietante el consignado primero,
en cierto modo tranquilizador el segundo, dado que al
menos tenía un elemento angustiante menos en su
magra ecuación. Miró sus manos vacías, encendió otro
cigarrillo, se sirvió más cognac, tomó el cigarrillo entre
el índice y el mayor de la mano izquierda, sosteniendo
la copa con los restantes, hizo lo propio con su mano
derecha apresando mecánicamente el bolígrafo, y asi-
mismo mecánicamente, se dispuso a continuar la frase
que había dejado trunca justo en el momento en el que
nos inmiscuimos en su subjetividad: Todas las impre-
siones, inducciones, intuiciones y proyecciones conver-
gían en un punto, el que de ese modo y ante tal profu-
sión coincidental, estallaba, saturado de algo que bien
podría ser definido como magnetismo vicisitudinario o
quizá voracidad entitativa centrípeta, todos los excesos
son malos...

Permaneció sumido en esas singulares estructu-


ras idiomáticas que tomaban forma en el block, luego
de ser procesadas en su mente como fligranas etéreas,
que iban cobrando consistencia en tanto se entretejían
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Gabriel Cebrián

en una malla cuya textura redundaría, según las instan-


cias, en mejores o peores secciones de un tapiz, que iría
definiendo de este modo paulatino la calidad total del
conjunto hasta su expresión final, una vez acabado.
Telarañas mentales que pugnaban por atrapar ignotos
insectos desavisados con los que alimentar su ego y sus
regalías. Algunos quizá serían lo suficientemente
hábiles y fuertes como para zafar de la condena a
infundadas admiraciones y despacharse con diatribas
hartamente merecidas, otros no. Otros serían tan ilusos
como para emocionarse con los pergeños de un autor
que ya no podía hacerlo, con los trucos de prestidi-
gitación propios de un timador que con su oficio hacía
aparecer cosas donde no había, ilusionista de senti-
mientos calcinados una y otra vez en la misma retorta,
calentada por un fuego tan permanente como incapaz
de deflagrar en el más mínimo atisbo de originalidad, ni
qué hablar de legitimidades.
Ya caían trozos de ascuas cenicientas de los
leños casi agotados de la estufa, iba por media botella
de cognac y al menos diez cigarrillos, cuando sonó el
teléfono.
-Hola.
-Hola, señor Pearson. Habla Daphne –era la encargada
de relaciones públicas del Grupo Editorial Caligrama,
titular de los derechos de la mayor parte de su obra. –
Lo molestaba para recordarle que a las 20 tiene que dar
la charla sobre Cortázar en la SADE1.
-Lo había olvidado por completo.

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Sociedad Argentina de Escritores.
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-Lo suponíamos, por eso llamamos.


-Maldita sea... quiero decir, gracias.
-Entiendo. Pero tenga en cuenta que es un rato, nada
más.
-Sí, está bien. Gracias de nuevo.
Luego de un rápido baño -que más que a cues-
tiones higiénicas obedeció a la necesidad de despabi-
larse un poco, luego de tanto cognac-, de enfundarse en
un traje clásico color gris perla y ceñirse una molesta
corbata al tono, recorrió las pocas calles que lo sepa-
raban de la SADE; ingresó, saludó al encargado y tomó
el ascensor que lo depositó en el tercer piso. Si bien
había llegado veinte minutos tarde, y la pequeña sala
estaba repleta de esos consumidores de literatura que
aprovechaban tales eventos para mostrar trajes, joyas y
sensibilidad, se detuvo en el buffet para munirse de una
copa más de cognac, que seguro necesitaría para en-
frentarse al veleidoso y emperifollado público. Ingresó
en la sala, respondiendo a los saludos con inclinaciones
de cabeza; esperó que el que oficiaba de maestro de
ceremonias –vaya una expresión desmadrada para tal
situación- lo presentase, agradeció, encendió un cigarri-
llo, bebió un trago de cognac y se quedó viendo a la
concurrencia, que expectante, aguardaba por sus sesu-
dos e ilustrativos comentarios, y tal vez alguna anéc-
dota inédita acerca del autor cuya celebridad ganaba
terreno a caballo del fortuito hecho de cumplirse veinte
años de su desaparición física, rara e infundada motiva-
ción para revalorizar sus imaginerías, en fin... como fue
dicho, se quedó viendo al público, que le resultaba
particularmente desagradable esa noche, y no tuvo
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Gabriel Cebrián

ganas de hablar, ni de Cortázar, ni de nada. Sintió un


gran fastidio y un sentido de futilidad tales que estuvo a
punto de levantarse e irse, cosa que seguramente fue
notada por la gente allí reunida, dado que no se había
preocupado por disimular en lo más mínimo. A poco
fue notando la creciente incomodidad en la sala, y lejos
de sumarse a ella, ganó en desparpajo lo suficiente co-
mo para alterar, unilateralmente y sin consulta previa,
las actividades programadas.
-Supongo que todos quienes estamos acá –comenzó a
decir de pronto, y el aflojamiento de la tensión psicoló-
gica en el ambiente se hizo ostensible- hemos leído,
quien más quien menos, la obra de Cortázar, ¿verdad? -
Un murmullo de asentimiento dejó sentado lo que era
obvio. –Pues bien, siendo así, hablemos de otra cosa –
concluyó, generando estupor.
-No, pero nosotros vinimos a oír una charla suya acerca
de Cortázar... –aventuró a reclamar una de las tres seño-
ras con aspecto class up que ocupaban sillas en la pri-
mera fila.
-¿Pagaron entrada? –Preguntó insidiosamente Pearson,
a sabiendas que el acceso era libre y gratuito.
-No, pero no se trata de eso...
-Entonces deje de molestar con estupideces y permita
que alguien con intereses más apropiados a la situación
sugiera un tema –la interrumpió, de mala manera, lo
que redundó en el abandono de la sala por parte de las
tres ofendidas damas y de unas cuantas personas más,
entre expresiones de agravio y comentarios en voz alta
acerca del proceder descomedido del disertante. Obser-
vó que la cara del coordinador, presentador, o lo que
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Calamo currente

fuera, sentado a su lado, exhibía un rictus de incomo-


didad y estupor que se traducía finalmente en una
sonrisa patética. De igual modo, pero no tan ostensi-
blemente, las expresiones de los concurrentes que no
habían optado por agraviarse y hacer abandono del lu-
gar, denotaban análogas sensaciones. Solamente un jo-
venzuelo pelilargo, vestido con esa suerte de cuidada
desprolijidad propia de los rockeros contemporáneos,
parecía disfrutar de la situación. Era evidente que el
marco de hipocresía que hacía de un supuesto hecho
cultural una reunión social de características ostentosas
lo molestaba tanto como a él; sintió una espontánea
corriente de simpatía hacia ese muchacho.
-Ya que hemos despejado un poco el panorama –reto-
mó-, y que se han retirado, en no muy buenos términos,
quienes querían oír toda esa clase de obviedades que
suelen decirse en eventos como éste, les diré cuanto me
parece es legítimo decir de Cortázar. Cortázar fue sólo
un hombre, ni más ni menos que eso. Que haya sido
bueno para inventar historias, y que haya tenido un don
natural para dar forma a sus parrafadas, no lo hace
mejor ni peor que cualquier otro. Y cuando la parca le
tocó el hombro con su fría y fina falange distal, halló al
hombre, no al escritor. Si lo que ese hombre tuvo de
notable fue su habilidad con la pluma, pues bien,
remitámonos a ello, o sea, a sus escritos. Interpretar tal
obra en el contexto de su experiencia vital, engrandecer
las magnitudes de sus narraciones trayendo a cuento tal
o cual experiencia de vida, comporta no solamente un
craso error de perspectiva sino además una contribu-
ción absoluta al engorro de la intelección cabal de su
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Gabriel Cebrián

mensaje. Pero creo que ya estoy desobedeciendo mis


propias pautas, hablando de más. Así que les pido, si se
me permite pecar de megalomanía: si alguna vez, ya
extinto, alguien organiza una reunión como ésta en mi
honor, por favor, disparen en mi nombre al disertante.
Hubo un murmullo, entonces el joven prolija-
mente desaliñado comenzó a aplaudir, y poco a poco
los demás fueron sumándose hasta que el aplauso fue
cerrado. Si bien Pearson no esperaba tal cosa, es justo
decir que no lo emocionó en lo más mínimo.
-Entonces –dijo una cuarentona rubia desde debajo de
un extravagante sombrero azul cuando el aplauso hubo
culminado, -¿usted piensa que todo estudio biográfico
acerca de cualquier autor es ocioso e irrelevante?
-No, no pienso eso. Una cosa es un trabajo biográfico
serio e inteligente, y otra cosa son las estupideces que
suelen decirse en reuniones como ésta. Es claro que hay
una diferencia mayúscula entre ambos supuestos.
-Siendo así –continuó la mujer, sintiendo en su fuero
interno que había dado con una flagrante contradicción
en el discurso de Pearson, -bien podría haber dado una
referencia biográfica seria e inteligente sobre Cortázar,
y nos hubiésemos evitado el mal momento.
-Primero, no sé a qué mal momento se refiere. Yo al
menos no he pasado por ninguno. Por el contrario, sentí
un gran regocijo al haber forzado a abandonar la sala a
los más lineales e inconsistentes de entre ustedes. Y en
lo que hace a su sugerencia, mal podría dar una
referencia biográfica seria e inteligente de cualquier
persona que se le ocurra, más que nada porque me
expreso mejor escribiendo que hablando; y si voy a
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Calamo currente

escribir, voy a buscar territorios nuevos, no a reseñar


biografías. Es una lástima que distintos editores me
hayan arrojado a demasiadas situaciones como ésta,
pero ya ven, hoy he decidido sincerarme y dejar de
hacer el pelele de fulanos a quienes lo único que les
interesa de los escritores es el aporte que pueden hacer
a sus cuentas bancarias. Y sin embargo se llenan la
boca hablando de arte, y promueven actos que sola-
mente sirven para que nos miremos unos a otros
tratando de ser admirados tanto por nuestra sensibilidad
artística como por el buen gusto en las indumentarias.
¿Quieren saber algo de Cortázar? Lean sus libros.
¿Quieren saber algo de Pearson? Es un viejo cascarra-
bias harto de hacer su propio personaje; es un pobre
diablo que perdió todo en la vida, tan sólo para acuñar
un miserable puñado de historias ficticias. ¿Quieren
saber algo de la vida de Pearson? No hagan caso de
ningún ensayo biográfico, lean sus libros, que ésa es su
vida, ya que su vida real es nada más que una sumatoria
de pérdidas en función de esas fantásticas naderías.

Esta especie de confesión, que había operado


desde la frustración y el fastidio, sensibilizó a la au-
diencia, la que a partir de allí se mostró muy interesada
en saber más de lo que les había sonado como la des-
cripción de una entrega mayúscula en pos de la magna
tarea artística. Una cosa es el artista arrogante y orgu-
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Gabriel Cebrián

lloso y otra muy distinta el que por abnegación es capaz


de sacrificarse a sí mismo; así fue que generó, sin
proponérselo en modo alguno, una corriente de empatía
con aquellas personas, aún a pesar del pésimo talante y
la desconsideración que había mostrado al principio.
Después de hablar un buen rato de sí mismo (intentan-
do ilustrar de la forma más elíptica aquel arrebato de
sinceramiento, algo molesto por el derrotero que la cosa
había tomado -y que si hubiese previsto tal vez no
habría abandonado el plan original de hablar unas cuan-
tas estupideces acerca de Cortázar-, de firmar algunos
de sus títulos que le fueron alcanzados, saludar, y etcé-
teras), volvió al buffet por otro cognac. La gente que
iba abandonando lentamente la sala comentaba el extra-
ño cariz que la disertación había tomado, y le dirigían
miradas que mostraban desde admiración hasta piedad,
lisa y llana. Y bueno. Uno era lo que era, aunque a ve-
ces se confundiera y creyese que era lo que escribía.
Las escasas mesas ubicadas entre el mostrador y
la sala que acababan de abandonar fueron ocupadas,
como era de rigor, por los concurrentes, cuyo programa
completo incluía comentarios y/o debates acerca de lo
que fuese que hubieren presenciado. Todos hablarían de
él, de su transgresión a un protocolo tan sacrosanto co-
mo el observado en ámbitos diplomáticos, a los rasgos
de debilidad tan humana que había mostrado y que
justificaron aún sin proponérselo la actitud petulante y
el intempestivo cambio de consigna; en fin, miscelá-
neas tan pretensiosas como banales, que lo incomoda-
ban de tal modo que se acodó en el mostrador dándoles
la espalda, encendió un cigarrillo y mientras bebía el
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Calamo currente

confortante licor dejó pasear su mirada por las botellas


sobre los estantes en la pared que daba a la cocina,
tratando de abstraerse. Oyó entonces que a su lado
alguien solicitaba un whisky nacional. Se volvió y pudo
ver al joven de indumentaria estratégicamente despro-
lija, quien, con expresión divertida, lo miraba a su vez.
-¿Qué pasa, nene? –Preguntó, casi refunfuñando.
-¿A mí? Nada, hombre. Todo sobre ruedas, ya ve. Aca-
bo de presenciar una anécdota que seguramente pasará
a formar parte de los anales de la literatura nacional.
-Disculpame, no estoy para ironías, y menos si son
estúpidas.
-Bueno, el hecho que mi observación sea o no estúpida,
no depende de mí. Lo que puedo asegurarle es que no
pretendió ser irónica en modo alguno. Esa interpreta-
ción corre por su exclusiva cuenta.
-Está bien, lo que sea. Quiero beber esta copa en paz y
marcharme, así que si tenés a bien...
-¿Va a ir a seguir echándose sal sobre las heridas?
-Oíme, pendejo, ¿quién carajo te dio calce para venir a
hacer el impertinente?
-El horóscopo.
-¿Qué decís?
-Nada, que el horóscopo de hoy me dijo que iba a hacer
una buena obra, que redundaría en beneficios karmá-
ticos para mi persona. Y no fue más que oírlo hablar
como acaba de hacerlo ahí en la sala para darme cuenta
de que ésa era mi oportunidad.
-No tengo tiempo ni ganas de seguir escuchando ton-
teras, así que haceme el favor, atendé lo tuyo y dejame
en paz.
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Gabriel Cebrián

-Lo que pasa es que no está en paz, usted.


-Mirá, pendejo...
-Me llamo Germán, pero me dicen Gerry.
-Bueno, Germán, Gerry, o como sea... si hay algo que
no necesito en este momento, es entablar diálogo con
un atrevido que encima da crédito a astrologías de baja
estofa; así que como te he dicho, haceme el favor, tomá
tu copa tranquilo, calladito, y dejate de molestar, ¿qué-
rés?
-Está bien, lo comprendo –soltó, asumiendo una actitud
tan connivente que molestó a Pearson, quien no
obstante y precisamente a raíz de ella sintió una punza-
da de curiosidad respecto de los motivos que lo lleva-
ban a manifestar esa suerte de suficiencia.
-Una afirmación muy temeraria, viniendo de un púber
que termina de rasgar los jeans importados que le com-
pró su mami... –el joven sonrió, echó un trago de whis-
ky y le pidió un cigarrillo. Pearson accedió a convi-
darle. Jamás en su vida había negado un tabaco a nadie.
El joven lo tomó, lo encendió, dio una profunda calada,
exhaló el humo y con gran aplomo, dijo:
-Mi mami murió la semana pasada.
-Lo siento, no debí haber dicho eso.
-No, no lo haga. Ya bastantes cosas parecen estar ator-
mentándolo para que encima vaya a preocuparse por tal
nimiedad. Aparte, usted qué sabía...
-La prudencia no es mi fuerte, ya ves.
-En eso nos parecemos.
-Puede que sea lo único.
-Puede que sí, puede que no. Es muy difícil saber algo
así de antemano.
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Calamo currente

-En todo caso, no tengo ganas de averiguarlo. No lo to-


mes a mal, y disculpame la poco oportuna referencia a
tu madre que acabo de hacer. Saludémonos, quedémo-
nos con esta anécdota tan prosaica y sigamos cada cual
por su camino, ¿vale?
-Si persisto en la intención de mantener un diálogo más
extenso, sólo lograría que usted se cerrara más y no
ganaría nada.
-No sé qué pretendés ganar...
-Usted, no ganaría nada. Ve, está partiendo de una pre-
misa falsa. Supone que me he acercado a usted con el
afán de lograr algo, cuando en realidad es exactamente
al revés. Está enfermo de importancia, hombre, tantas
adulaciones le han hecho creer vaya a saber qué.
Pearson sintió que la ira encendía su rostro.
¿Quién era el jovenzuelo irreverente aquél que con tan-
to desparpajo se presentaba ante él y le formulaba se-
mejantes despropósitos? ¿Era que iba a permitir tales
insolencias sin ponerlo en su lugar? Bebió un buen
trago de cognac y encendió otro cigarrillo; no quiso en
lo inmediato dar rienda suelta a su reacción para no
generar una nueva situación escandalosa en el mismo
contexto. Aparte el mocoso no lo merecía, no era digno
siquiera de su ira. Decidió entonces tomarlo a la ligera,
y hasta burlarse un poco de él, más allá del chubasco
que le había provocado la inoportuna referencia a su
madre; aunque pensándolo bien, quizá el tal Gerry le
había mentido al respecto.
-La verdad –dijo, finalmente, -sos de lo más parecido a
los mormones que suelen golpear a mi puerta para
ofrecerme la salvación eterna.
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Gabriel Cebrián

Gerry sonrió, y aventuró:


-Desde luego, jamás se tomó el trabajo de escucharlos...
-¡Claro que no! Detesto sus trajes negros y sus corbatas
angostas, sus aires sacrosantos, su aspecto aséptico, su
irritante sentido del deber que pretende rebajar a las
personas al nivel de su credulidad liviana e infundada...
realmente, tenés suerte que de algún modo prefiera a
los jóvenes andrajosos como vos.
-Eso, eso, muestre las uñas.
-¿Qué cosa decís?
-Nada, no importa.
-Estoy empezando a aburrirme con todos esos aires de
suficiencia, ¿sabés?
-¿Por qué supone que esos aires son de su exclusivi-
dad? ¿Acaso cree que la edad por sí misma le confiere
el privilegio?
-No me parece un mal parámetro, ya que lo traés a
colación.
-Un amigo mío, mayor incluso que usted, solía recor-
darme que las baldosas del Teatro Colón tienen más de
cien años y aún no han aprendido a tocar el violín.
-Muy agudo, tu amigo.
-Bueno, al menos hasta que murió, jamás lo oí quejarse
de haber desperdiciado su vida en actividades que no
convenían a su esencia.
Otra vez la sangre fue impulsada a torrentes ha-
cia la piel del rostro de Pearson, otra vez la lucha para
contenerse. La estrategia no estaba funcionando. Iba
por lana y salía trasquilado, como dice el refrán. Quizá
lo más coherente y recomendable sería acabar la copa y
marcharse de allí. Sin embargo, la táctica del joven sí
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Calamo currente

parecía ser eficaz, dado que le provocaba cada vez más


curiosidad por conocer los móviles que lo llevaban a
comportarse de la manera en la que lo estaba haciendo.
Como las inercias mentales encontradas suelen inmovi-
lizar al sujeto, permaneció incólume hacia afuera, aun-
que por dentro estuviese tratando de pilotear la turbu-
lencia. Haría prevalecer la experiencia, entonces. Si el
pibe se mantenía calmo mientras él entraba en cuadros
de ansiedad, la partida comenzaría con una ventaja es-
tratégica rotunda a favor del primero. Así que terminó
la copa y sacó unos billetes, mientras hacía señas a la
mujer que le había servido para que le cobrase. Si el tal
Gerry tenía algo importante acerca de qué hablar, o al
menos así lo creía, no iba a dejarlo irse sin insistir. La
falta de insistencia, en todo caso, daría la medida de lo
insustancial de la demanda.
-Ya está pago, lo suyo –le informó la mujer.
-¿Ah, sí? ¿Y quién pagó?
-El joven.
-Pero yo no...
-Ah, no sé, arréglense entre ustedes.
El joven lo miraba sonriente, denotando que se
había anticipado una vez más. Pearson finalmente le di-
jo:
-Podrías haber conservado el dinero para comprar unos
parches para esos pantalones...
-No se haga problema, me gustan así como están. Apar-
te, considero que he hecho una muy buena inversión.
-Presiento que a pesar de no haberlos pagado, serán los
tragos más caros de mi vida.

23
Gabriel Cebrián

-Deje de refunfuñar, y no me haga pensar que es un


viejo hucha. Fíjese en el estado que se encuentra por no
darle de comer a los psicólogos...
-Mirá, pibe, puedo consentir en que conversemos un
rato, pero únicamente si abandonás esa ironía que tan
mal te cuadra. Que yo haya dado alguna impresión per-
sonal en el diálogo allá adentro, no quiere decir que es-
té habilitando a cualquier pazguato juvenil a venir a
darse aires de psicólogo. Es patético ver lo grande que
te queda ese sayo. Por favor, ahorrame estas situaciones
de pésimo gusto, ¿querés?
-No me doy aires de nada, pero si usted lo interpreta
así... véalo de esta forma: yo solamente hago aprecia-
ciones que pueden ser atinadas o no; usted, reacciona
de manera ríspida, y si no lo hace en peores términos es
sencillamente debido a que no le parece conveniente
seguir sumando escándalos por esta noche. Estoy en lo
cierto, ¿verdad? Pues bien, vamos a sentar las bases de
un diálogo un poco más fluido, o mejor diría más a-
meno, si le parece bien. Yo me dejaré de chucearlo y
usted dejará de lado esa actitud reactiva para conmigo.
-No lo tomes a mal, pero no encuentro ninguna razón
que me genere el menor interés en seguir con este
diálogo. Creo que lo he continuado más que nada por
curiosidad respecto de lo que te traés bajo el poncho.
-Sí, me dí cuenta.
-Tal vez tengas dotes de psicólogo, entonces.
-Tal vez. Entonces hagamos algo. Lo invito a un par de
copas más, pero en un bar como la gente; y antes que
nada, despejo esa incógnita para poder seguir dialogan-
do sin desconfianzas ni tapujos.
24
Calamo currente

-Está bien, no tengo nada que hacer en lo inmediato.


-Pero le adelanto, y ello para que después no se decep-
cione, que no me traigo gran cosa bajo el poncho, como
dice usted. Es solamente un pálpito, la certidumbre que
el intercambio de nuestras experiencias puede resultar
altamente positivo para ambos.
-Vamos, pues. Si sos de verdad bueno para bucear en
las psiquis ajenas, no escapará a tu criterio que con-
siento nada más que porque no tengo nada mejor que
hacer. Y en lo que a vos respecta, más vale que tengas
algo interesante que ofrecer. Como bien dice el apoteg-
ma, el movimiento se demuestra andando.

Gerry lo había conducido a través de la húmeda


y destemplada noche hasta un bar en San Telmo, frente
a la Plaza Dorrego, en un Booggie destartalado en cuyo
interior daba la impresión que llovía más que afuera.
Poco y nada habían dialogado durante el viaje, más
bien parecían atentos a sus pensamientos y a cómo se
desarrollaría el siguiente acto. Ahora estaban, el joven
frente a su pizzeta con picante extra, y él, frente a un
especial de crudo y queso en pan negro, compartiendo
una cerveza de litro. Había que ingerir algún sólido
para hacer baza, en vistas a lo que parecía iba a ser una
larga noche de alcoholes. Casi como cualquier otra,
pero esta vez en exteriores y acompañado de un joven
25
Gabriel Cebrián

que, a caballo de una muestra de debilidad de su parte,


se había montado en una empresa difusa y hasta cierto
punto inquietante, esto último en virtud del aplomo y la
solvencia que observaba en términos relacionales.
-Dijiste que ibas a decirme los motivos de tu interés en
mi persona, previo a todo trámite –le recordó Pearson,
cuando hubo despachado la primer mitad del sandwich
y la empujaba con unos cuantos tragos de cerveza.
-Ahá –concedió, y continuó hablando con un amasijo
de masa, mozzarella y salsas dando vueltas en el inte-
rior de su boca; -no recuerdo haber sido tan específico,
pero algo así le dije, sí.
-Te escucho, entonces.
-Y usted dijo algo así como que quería saber qué me
traigo bajo el poncho, en una muy expresiva locución
criolla. Pues bien, en esos términos, me limito a lo
evidente, que es que no uso poncho.
-Obviamente, hablaba en sentido figurado.
-Yo también. No he colocado ningún elemento bajo
cubierta, sencillamente porque no he puesto ninguna.
Es usted quien ha imaginado intenciones subrepticias
donde no las hay. Parece ser efecto de ese componente
melindroso que aún no alcanzo a discernir si es parte
constitutiva de su personalidad o lo ha desarrollado a lo
largo de todas esas que considera frustraciones.
-Pareciera que lo que pretendés finalmente es jugar al
psicoanalista, nomás.
-No lo tome como jactancia, pero ése es un juego que
puedo jugar mejor que muchos profesionales de presti-
gio. De cualquier modo, es algo que todos hacemos
cada vez que hablamos seriamente temas personales
26
Calamo currente

con un amigo, confidente, cura, progenitor, o con el


borracho de al lado en el mostrador de un boliche. Para
dar en el clavo solamente hace falta objetividad, sentido
común y un poco de agudeza, ¿no lo cree?
-Puede ser, pero me estoy aburriendo. Si hubiese sabido
que ibas a salir con esta clase de análisis elementales,
me habría ido con las viejas que se retiraron de la sala,
a hablar de Cortázar y de bricolage.
-Espere, espere. Tal vez tenga algo interesante para
proponerle, pero primero deje que hablemos un poco de
bueyes perdidos.
Pearson, que había terminado su sandwich, en-
cendió un cigarrillo, bebió unos cuantos tragos de cer-
veza y al cabo dijo:
-Vamos a aclarar un poco el asunto. Primero, acabás de
mentir cuando dijiste que no tenías nada bajo cubierta;
o en todo caso lo hacés ahora, tal vez tomándote tiempo
para improvisar alguna patraña. Segundo, tengo la im-
presión de que, en todo caso, me estás poniendo a prue-
ba, y eso es algo que no pienso permitirte. Dejá de lado
esos aires petulantes y hablá en forma clara y directa si
querés que te siga prestando atención.
-Bueno, como quiera. Si pretende que le ruegue para
que permanezca conversando amigablemente conmigo,
pues no voy a darle el gusto. Su contumacia lo hará per-
derse algo muy interesante, de veras que sí. Algo que
bien podría arrancarlo de ese estado melancólico que,
por lo que acabo de oír en la SADE, no se limita sola-
mente a su escritura.
-La estrategia de acicatear mi curiosidad ya no es tan
efectiva, sabés. Yo que vos iría buscando una variante.
27
Gabriel Cebrián

-Es un tipo muy difícil, usted. No es raro que ande por


la vida en la forma que lo hace.
-Lo que resulta raro es que vos, manejándote con la
imprudencia que lo hacés, andés todavía por la vida.
-En eso estamos de acuerdo, ¿ve? Y es precisamente e-
so lo que la hace muchísimo más atractiva, puede estar
seguro de ello.
-Nomás falta que me salgas con la consigna ésa tan re-
manida de sexo, droga y rock & roll...
-No parece mala propuesta, para lo que resta de esta
noche.
-No cuentes conmigo.
-Desde luego que no lo hago. Ahora el punto es...
¿puede usted acaso contar con usted mismo?
-¿A qué te referís?
-Tengo la impresión de que es su peor enemigo, y tal
vez no sea el peor, sino el único.
-Bueno, suficiente. Basta para mí. Si la cuestión va a
continuar por estos carriles, voy a tomar un taxi y me
iré a dormir, reprochándome por haber perdido buena
parte de mi tiempo prestándole oídos a un mocoso im-
pertinente sin nada interesante que decir, y que tantalea
buscando un punto de apoyo para demostrar suficiencia
ante una persona de prestigio.
-¿Se da cuenta que el único que lleva las cosas a un pla-
no de competencia es usted? Yo no tantaleo en procura
de nada, ni me parece particularmente relevante estar
compartiendo una mesa de bar con un sujeto deprimido
y a punto de evaluar la posibilidad de autoeliminarse.

28
Calamo currente

-Eso que acabás de decir es muy temerario, pero... de


cualquier modo, si no lo considerás relevante, ¿por qué
lo estás haciendo?
-Ya le dije, por una cuestión de solidaridad.
-Yo no te pedí nada, ni creo que necesite algo de vos,
sinceramente.
-No es solidaridad para con usted. Es evidente que us-
ted no la merece. Es por alguien más que me estoy
tomando el trabajo de soportar a un viejo cascarrabias y
desagradecido con la vida. Y guárdese sus reacciones,
sus recurrentes referencias a una supuesta insolencia de
mi parte. Ni imagina las cosas que tendría para decirle
si fuera realmente insolente.
-¿Y qué te hace pensar que tendrías algún derecho a
decirlas? ¿Qué te hace pensar que yo debería oírlas?
-Precisamente la misma razón que lo hizo escucharme
primero, luego venir acá y aguantar todo lo que supone
una grosera falta de consideración y respeto. La misma
razón a la que dio voz en su exposición pública, y que
solamente puede expresar de la boca para afuera en el
contexto de estar jugando al héroe, cuando en realidad
es un pobre sujeto gris y destemplado que se arrepiente
de haber hecho lo que hizo y de no haber hecho lo que
no hizo, en una tardía manifestación de pruritos adoles-
centes. La única y sencilla razón consiste en que puedo
ofrecerle algo que dé sentido a su vida más allá de
todas sus jactancias intelectuales.
-¿Terminaste?
-Puedo seguir, si quiere.
-No, gracias. Faltaría que me digas que sos un genio
árabe que ha venido a salvarme de mí mismo.
29
Gabriel Cebrián

-Bueno, ya no hace falta. Ya lo ha dicho usted. No soy


un genio árabe, pero creo que dispongo de los elemen-
tos necesarios para producir un vuelco en su estado
anímico, por lo menos.
-Entonces abreviemos esta enojosa situación. Decime
de qué se trata y listo.
-Sabe, me gustaría conocerlo un poco más antes de de-
círselo, pero es usted tan lineal, su carácter tan recor-
tado, que no hace falta profundizar mucho, así que voy
a proceder: se trata de una mujer.
-Ah, bueno... hubieras empezado por ahí, y nos habrías
evitado la molestia a ambos. No quiero saber nada con
mujeres. Ya bastante he sufrido sus tropelías.
-Por supuesto, no esperaba que dijese otra cosa. Pero
estoy hablando de una muy especial, ¿sabe?
-Ésas son las peores, pibe, y lamento decirte que en esta
cuestión, es evidente que tengo mucha más experiencia
que vos.
-Ya le dije, muchas veces no importan tanto los datos
como la forma en que son procesados. Y usted parece
ser una especie de Midas al revés.
-¿Te das cuenta que estás hablando como si me
conocieras?
-¡Pero claro que lo conozco! Usted mismo lo dijo hoy,
¿Quieren saber algo de Cortázar? Lean sus libros. Y
yo no solamente he leído sus libros, sino que presencié
uno de los seguramente contados episodios en los que
se dignó a abrir un poco la válvula, a hacer una pequeña
catarsis coloquial. Y resulta que cuando le ofrezco pre-
sentarle a una mujer que eventualmente podría destro-
zar la fortaleza de tristeza y soledad en la que se ha
30
Calamo currente

encerrado, reacciona desde la mezquindad que le han


provocado tantos años de resentimiento y misantropía.
No le pido que sea agradecido, ni siquiera cortés. Lo
único que le pido es que al menos me escuche. Igual,
no pierde nada. ¿O sí?

Pearson llamó al mozo para pedirle cognac, ya


estaba bien de cerveza. De paso aprovechó para sopesar
las palabras del tal Gerry, que habían calado hondo en
su ánimo. Al margen de lo intempestivo de su discurso
-además de cuestionable en cuanto a la no observancia
de los debidos respetos-, el cacumen no dejaba de ser
cierto. Sobre todo la parte final, en la que había senten-
ciado algo incontestable: no tenía nada que perder. Qui-
zá tuviera oportunidad de arrojar los dados por última
vez, antes de quedarse definitivamente sin créditos.
Toda su vida había renegado por algo, o algo lo había
preocupado sobremanera, se tratase de cuestiones de
fondo o caprichos baladíes; siempre había despreciado
lo que tenía y añorado lo que no, y ello hasta conse-
guirlo, para arrojarlo inmediatamente al desdén en pro-
cura de algo más, y así sucesivamente. Su inconformis-
mo, paradójicamente, lo había llevado a tener que con-
formarse con prácticamente nada, con esa existencia
entre fantasías expresadas en cuidadosas construcciones
gramaticales que no conseguían erigirse en el mínimo
31
Gabriel Cebrián

sucedáneo de una gratificación más real, de algo tan


simple y tan necesario como por ejemplo, una caricia.
Cuando el mozo regresó con la copa, decidió dejar de
lado esas cavilaciones, por cuanto la emocionalidad en
carne viva lo iba a hacer evidenciar sus inequívocos
signos. En tanto Gerry, quizá conciente de lo que pasa-
ba por su mente, había respetado su ensimismamiento,
guardando silencio y mirando por la vidriera, en direc-
ción a la Plaza. Había dícho que tenía intención de
presentarle una mujer, una muy especial. Con probar no
perdería nada; o sí, pero en estas circunstancias proba-
blemente valiera la pena correr el riesgo. Esa misma
tarde había sentido que estaba tocando fondo, y ahora
aparecía el muchacho desfachatado ése a mostrarle una
puerta que tenía el atractivo de lo desconocido, el sabor
de la aventura vivencial, y no fraguada en fantasías. Tal
vez todo esto no ha ocurrido porque sí, se dijo, a resul-
tas de esa tendencia atávica del ser humano a adivinar
providencias trascendentales, aunque operativas en el
nivel individual; más allá de eso, sintió que sería un
perfecto imbécil si dejaba pasar una oportunidad como
aquella para volver a casa, como había dicho Gerry, a
continuar echándose sal sobre las heridas.
-¿Quién es esa mujer? –Preguntó al fin, y en su tono se
hizo evidente lo que le pareció una claudicación, un in-
greso al terreno en el que el joven proponía desarrollar
el juego, donde todas las circunstancias lo favorecerían.
Mientras bebía apaciblemente su cerveza y se daba un
tiempo para responder –cosa que Pearson percibió
como un burdo recurso de pausa dramática-, Gerry se
esforzaba para no trasuntar el regocijo que le producía
32
Calamo currente

advertir cómo su arrogante interlocutor estaba mor-


diendo el anzuelo. Luego de unos cuantos segundos,
que consolidaron la supremacía del aplomo de uno so-
bre la ansiedad del otro, respondió:
-Cuando le dije que prefería conocerlo un poco más
antes de decírselo, lo hice tratando de preservar de
eventuales daños a una mujer excepcional, llena de vir-
tudes poco comunes; usted sabe, las personas como ella
suelen ser muy sensibles. Espero que sepa comprender
mi prudencia en este sentido.
-No te entiendo muy bien. O mejor dicho, no te expli-
cás muy bien. Que seas prudente, me parece bárbaro; lo
que no alcanzo a darme cuenta es por qué, si es así,
tenés tanto interés en presentarnos.
-No es que tenga tanto interés. Es simplemente que se
me ocurrió que sería bueno para ambos. Pero tengo que
asegurarme de no meter la pata.
-¿Y por qué suponés que sería bueno para ambos?
-Porque ambos manifiestan la misma sintomatología.
-Después decís que el arrogante soy yo, con esos aires
de terapeuta honoris causa...
-Los dos tienen más o menos la misma edad, los mis-
mos vicios, el mismo cuadro depresivo provocado por
una idea de futilidad y una falta de sentido que ni el
propio Frankl redivivo luciría como capaz de hacer algo
por ustedes.
-Decí que vos sos mejor que Frankl, que si no... –iro-
nizó.
-Tal vez, pero para no irnos de tema le comento que
esta mujer es mi amiga, y que si pienso en una ma-
niobra tan arriesgada como lo es presentarle a un sujeto
33
Gabriel Cebrián

como usted, lo hago solamente porque su cuadro se


agrava y se hace necesario apelar a terapias de shock.
-Muy gracioso.
-Le agradezco, pero no es chiste. Aparte, ella ha leído
todos sus libros y supongo que le resultará interesante
conocerlo en persona. Además, es escritora.
-Ah, ésos son los vicios que decías que compartimos...
lo siento, pero acabás de dar dos datos que juegan
absolutamente en contra de la posibilidad de llegar a tal
encuentro. No necesito sumar depresiones o neurosis de
ningún tipo, y mucho menos, enredarme con una escri-
tora.
-Tiene razón, hablemos de otra cosa. Me imagino que
no tengo derecho a andar enredando gente, ni enredán-
dome yo mismo con la gente mucho más allá de lo que
me recomendaría un terapeuta, ¿no lo cree?

Ése fue precisamente el momento en el que


Pearson abandonó sus recaudos y por primera vez sintió
que el joven a su frente no era un pelmazo. Había in-
sinuado un reclamo sutil pero a la vez contundente,
aunque suene paradójico. Quizá esa demanda interior
disfrazada de filantrópicas intenciones lo había puesto
en guardia. La gente solía esperar algo de él, y él
muchas veces odiaba a la gente lo suficiente como para
no querer darle nada, siquiera un guiño. Era en cierta
parte anímico, y en gran parte dependía de quién se le
acercaba y lo que le decía, algo así como un índice de
pinet intelectual, por feo o elitista que pudiese sonar.
No quería comportarse como un prócer, pero cierta-
mente había muchos más boludos que los que su capa-
34
Calamo currente

cidad de tolerancia podía soportar. Éste muchacho a su


frente no parecía ser el caso, por lo menos uno fla-
grante, de esos especímenes.
-Sí, ya lo creo. Me alegra que pienses así. Querer ma-
nipular el futuro es tan ridículo como pretender hacerlo
con el pasado.
-Está bien, Pearson, pero no olvide el presente.
-El presente no existe, pibe. Es un continuum entre esos
dos únicos elementos.
-¿Dos únicos no es una contradicción?
-¡Claro! Eso es precisamente lo que lo hace un conti-
nuum.
-¡Qué bárbaro! Con razón usted es conocido y yo no...
-Que, ¿vos escribís?
-Sí, por supuesto. ¿Qué iba a estar haciendo un bicho de
mi género y especie en una charla de Pearson sobre
Cortázar, si no se le ha ocurrido escribir al menos una
poesía?
-Eso no te hace escritor.
-No, ya sé. Falta que alguno ponga el billete, y que
unos cuantos vejetes honorables tengan a bien otorgar
su bendición.
-No estaba hablando de eso, pero puede que tengas ra-
zón. De todos modos no me importa, no es mi proble-
ma, a no ser que hayas montado todo este circo pre-
tendiendo que lea tu porquería.
-No pretendo nada de eso, pero tampoco prejuzgue. Si
quiere denigrarse a usted mismo, pues hágalo; pero si
quiere hacer tal cosa conmigo, primero lea, y luego
estaré muy agradecido por sus vilipendios. Y no vaya a
tomar esto como una demanda, tómelo como una apela-
35
Gabriel Cebrián

ción al sentido común. No quiero que lea nada, ni que


me apadrine, ni que me consiga nada, si eso lo tranqui-
liza en algo. Lo único que quiero decir es que segura-
mente mi trabajo será una sarta de insensateces pésima-
mente articuladas; pero antes de calificarlo, debería al
menos echarle un vistazo. Después, como le dije, todo
lo que quiera.
-Pareciera que te tenés fe.
-Me alegro, pero no es eso. Es simplemente una mí-
nima pauta de objetividad.
-Deberías ser vendedor, te va a ir mejor que escri-
biendo. Me atrevería a jurarlo antes incluso de leer lo
que escribís.
-Bueno, con eso me gano la vida, soy vendedor.
-Claro, viste. ¿Y qué vendés?
-Drogas
-¿Cómo decís?
-Drogas, estupefacientes, alcaloides, alucinógenos, o
como quiera llamarle. Ahora sí que está en un lío,
¿verdad? Todos esos tipos duros que suelen ser sus
personajes no hallarían motivo de alarma al advertir
que su ocasional compañero de tragos resultó ser un
dealer. Pero el propio Pearson puede que sí, y no lo
culpo. Tal vez lo decepcione, y eso aún a pesar de sus
probablemente nulas expectativas; pero puede que us-
ted me defraude en un grado mayor aún, si es que su
amplitud mental está absolutamente acotada a la pala-
brería escrita.
-A pesar de lo que haya parecido, no estoy alarmado.
Me sorprendí, eso es todo. Pero está bien, es asunto
tuyo.
36
Calamo currente

-Allá afuera hay pobres, sabe.


-Sí, lo sé.
-Hay pobres y no hay trabajo. O sea, uno tiene que ele-
gir entre mendigar, robar o vender merca. Para mendi-
gar no me da; y si afano, por ahí me matan, o me meten
preso. Con la falopa tengo más garantías.
-Sí, me imagino.
-Y, hay que saber jugar, vio. Conocer el oficio, trabajar
para la gente adecuada, no cagar para abajo y, muchísi-
mo menos, escupir para arriba. Es la manera de mante-
ner a todos contentos.
-Sobre todo a los infelices que se intoxican.
-Y, vio... cada uno sabe lo suyo. Yo no me voy a poner
a juzgar ni mucho menos a condenar a determinada
gente porque le guste tomarse unos chifles. La ética es-
tá bien, pero sería bueno que los que detentan el poder
lo tuviesen en cuenta, antes que los que nos las vemos
negras a la hora de parar la olla. Aparte, Don Pearson,
sería como condenar al mozo por traerle tanto cognac, o
al kiosquero que le vende el tabaco. Ahora, si nos
vamos a dejar llevar por los convencionalismos del po-
der que discrimina por uno cuál tóxico es legal y cuál
no, bueno, estamos jodidos. Fíjese que la real injusticia
del sistema está, para mí, en que nosotros no podemos
pagar monotributo ni tener seguridad social...
-Carajo, no lo había mirado desde ese punto de vista,
pero ahora que lo decís... mientras no le vendas a los
pibes...
-Por supuesto que no, hombre. Mi clientela es de veinte
años para arriba. Está bien que no ando pidiéndoles los
documentos, pero son todos grandes.
37
Gabriel Cebrián

-Boludos viejos...
-Sí, boludos viejos que no saben qué hacer con su vida.

Pearson, a pesar de la grosera insinuación que le


había sido dirigida, mantuvo la compostura sin esfuer-
zo, tan es así que incluso se permitió bromear:
-¿Y a cuánto decís que vendés el gramo?

Continuaron bebiendo hasta que el alcohol los


arrojó a esas instancias emocionales en las cuales uno
es capaz de confraternizar con personas que, estando
sobrio, le resultarían del todo indeseables. Ya clareaba
cuando Gerry lo dejó en la puerta de su edificio. Ingre-
só al departamento, miró las cenizas del fuego que le
había dado calor durante la tarde y supo que eran una
suerte de metáfora del largo período de desazón que
había atravesado; sintió que las llamas que habían abra-
sado su talante en ardores de futilidad y solipsismo se
iban extinguiendo, e hizo votos para que aquello no
fuera solamente una ilusión, causada por esa euforia
propia de la beodez. Había conocido un joven bastante
interesante, al menos en cuanto a lo dialogal. Sus acti-
vidades clandestinas no le importaban en absoluto. Y
además tenía la perspectiva de conocer una mujer al
parecer tan atractiva como misteriosa. Se arrojó en su
cama y continuó pensando -si bien en forma ligera-
38
Calamo currente

mente caótica, a resultas del embotamiento de su sis-


tema nervioso- en el encuentro que había tenido esa no-
che, y hasta se permitió fantasear acerca de la enig-
mática mujer. A poco se durmió, con todo y zapatos.
Tuvo algunos sueños de los que, entre los contenidos
que su memoria interdimensional podía rescatar, recor-
daba vivencias de fiestas al sol, desenfadadas y creati-
vas, muy onda flower power. Claro que al despertar su-
frió otra clase de acideces no tan lisérgicas.
En ese estado de decaimiento propio de la ma-
ñana siguiente a la juerga, y mientras se preparaba un
té, repasó –en una secuela digna del mejor montaje
alternado con fundidos de uno a otro segmento-: a) con
real afán psicoanalítico, los fragmentos de sueños ya
referidos; y b) con real preocupación y algo de bo-
chorno, su interacción de la noche anterior con el tal
Gerry. Recordaba haberle dado su tarjeta personal, y se
había dejado entusiasmar tanto por la euforia etílica que
hasta se había comprometido a realizar con él una co-
producción poética. Y eso era solamente lo que podía
recordar. Entre las muchas cosas que hablaron, bien
podía haber grageas aún más difíciles de tragar. Pero no
valía la pena perder mucho tiempo pensando en tales
cosas, por cuanto había sólo una forma de solucionar-
las: hacerle entender a Gerry que todos aquellos no
habían sido más que arrebatos producto del alcohol, y
que nadie en su sano juicio haría responsable de sus
dichos a un individuo con un litro y medio de cognac
en las tripas, sin contar la cerveza. En cuanto a los
sueños, por suerte no era devoto de interpretaciones
simbólicas, más allá de ejecutar por reflejo ese tipo de
39
Gabriel Cebrián

análisis antes que cualquier otro, lo que seguramente


provenía de su enclave cultural. Y si decimos por
suerte, es a cuento de que menudos problemas le daría a
la percepción de sí mismo cuanto pudiera desentrañar
de mensajes tan directamente críticos, y que quizá tam-
bién en gran medida comportaban expresión de deseos,
a tenor de aquellas deliciosas y jocundas distensiones
sociales.
El block de hojas a medio acabar estaba allí, y el
bolígrafo también. Que lo colgaran si tenía ganas de
usarlos. Ni bien advirtió el rechazo visceral que de
buenas a primeras experimentaba por sus compañeros
de celda, cayó en la cuenta que mucho tenían que ver
en ello las nuevas circunstancias. Y siguiendo razona-
bles inferencias, no estuvo tan seguro ya de correr al
muchacho como acababa de decidir, tal vez motivado
por el temor a cualquier agente caótico que pudiera
debaratar su sistema, que era gris y ceniciento, pero
estable. Entonces llegó a una conclusión, más anímica
que basada en severas reflexiones: estaba en un punto
de inflexión de su vida. Tenía una especie de certeza
emocional, según la cual toda su existencia futura podía
depender de la forma en la que fuera a manejar un
asunto aparentemente tan nimio como era dar cabida o
no a un muchachito veleidoso -y a una presencia feme-
nina aún no develada, que compensaba esa falta de
entidad física con un determinante influjo subrepticio
(qué ésta es una cualidad femenina si las hay)-. En todo
caso, estaba demasiado aburrido de tanta escritura mo-
nótona e insustancial, como estos mismos pensamien-

40
Calamo currente

tos, aún ágrafos, lo eran, cosa que resultó gravitante


para inclinar la balanza a favor de la “aventura”.
Durante los dos días siguientes no escribió pala-
bra, y esta vez ni siquiera pensó en su agente o sus
editores, cosa que hacía cada vez que entraba en algún
breve período de inactividad. Solamente esperaba la
llamada de Gerry. A poco comenzó a pensar que tal vez
el joven habría tenido, respecto de aquella noche, una
percepción análoga a la que él mismo tuvo en el primer
análisis a posteriori, y debido a ello era el propio Gerry
quien, aún a pesar de la insistencia que había mostrado
en esa ocasión, ahora rehuía un nuevo encuentro. De
todas maneras no era una cuestión muy obsesionante,
había servido aunque más no fuera para sacarlo un poco
de ese constante autorreproche y de todas las insatis-
facciones que canalizaba a través de un oficio inerte y
ya casi podría decirse despreciable, al menos ante sus
ojos, ahora dotados de una nueva perspectiva.

El miércoles por la tarde salió a hacer compras.


Caminó dos cuadras hasta el supermercado. Tomó un
carrito y comenzó a llenarlo con ese abigarrado conjun-
to de objetos -tan absolutamente disímiles en cuanto a
formato, utilidad, composición, reino natural, etcétera-
que solemos hacer acopio en lugares tales como ése, y
que no vendría al caso determinar. Se detuvo en la gón-
dola de bebidas y vio un jerez español tan añejo como
caro. Seguidamente, programó la configuración lógica
que, caprichosa o no, utilizaba siempre que quería darse
un lujo extra. Se dijo a sí mismo una vez más que el
dinero que no gastara, pronto iría a manos de esos hijos
41
Gabriel Cebrián

ingratos que habían dejado de hablarle ya hacía más


años de los que podía llevar cuenta. O vaya a saber de
que otro pícaro. Ya estaba sopesando la fina garrafa,
paladeando por anticipado aquel néctar, cuando oyó
que le decían:
-Déle, Pearson, llévesela e invíteme unos tragos.

-Podés sentirte honrado -dijo, mientras le alcanzaba la


copa de jerez-, no cualquiera es recibido en esta sala, y
mucho menos convidado con un trago como éste.
-Me sentiría muchísimo más honrado si deja de discri-
minarme con comentarios como ése, aunque tuviera
que beber vino de cajita. Nadie duda que usted es el
héroe de la película, haga el favor de disimular su pe-
dantería, que puede resultar molesta. ¿Nunca se lo ha-
bían dicho?
-Probablemente unas mil quinientas veces.
-Y eso nunca le dio que pensar, ¿no?
-Eso es lo que haría una persona cuyo centro de grave-
dad está en los demás. Yo sólo me escucho a mí mis-
mo, y eso simplemente porque soy la persona más razo-
nable que conozco. Y respecto de sentirte discriminado,
nada más por el señalamiento de las circunstancias de
privilegio que tengo a bien brindarte, me parece, a más
de irreverente, ingrato. Ya ves, todo depende del cristal
con que se mire. Yo tengo el mío, y no ando prestán-
dole atención a los reflejos. Tal vez eso solo me ponga
en situación de poder llamarte la atención respecto de
una magnífica oportunidad que la vida pone frente a
vos.

42
Calamo currente

-Eh, que no es David Bowie, tampoco. Deje de pavo-


nearse, no me impresiona. Si es usted mismo quien da a
los demás los argumentos para que nadie pueda llegar a
considerarlo capaz de dar lecciones de vida. ¿Qué cosa
supone que lo hace digno de reverencias? ¿Qué un
montón de viejas emperifolladas vaya a verlo hablar
una sarta de estupideces acerca de Cortázar? ¿O que lo
hayan llamado para hacer un especial en el canal
cultural del cable? Disculpe, pero no soy de la clase de
tipos que se dejan impresionar por esas paparruchadas.
-Parece que nos llevamos mejor después de la cuarta o
quinta copa.
-No, en serio le digo, demuéstreme que detrás de sus
escudos hay un hombre, uno cabal, si es posible, y
después veremos si acepto o no los privilegios que su-
pone me está otorgando.
-Yo no tengo nada que demostrarte.
-Claro, eso es exactamente así. No tiene nada que de-
mostrarme, sencillamente porque aún no se ha demos-
trado nada siquiera a usted mismo.
-¿Y qué es lo que vos creés que debería demostrarme a
mí mismo?
-Que no es solamente unos cuantos volúmenes ajados
en una biblioteca polvorienta. Que no es la suma de
unos cuantos personajes que se licúan en la fábula, sino
un hombre capaz de reír hasta reventar y de arriesgar
todo, pero en la realidad, no en la sombra de retorcidas
y pretenciosas lucubraciones. Hága eso, y después am-
bos tendremos fe en usted.
-¿Ambos?

43
Gabriel Cebrián

-Si, usted, y yo. ¿Quién más creía? –Agregó la pregunta


con aire picaresco, hiriendo profundamente la sensibi-
lidad de Pearson, pillado en la ansiosa inclusión mental
de la mujer misteriosa en un contexto tal vez erróneo,
tal vez inducido por Gerry precisamente a efectos de
provocarle ese bochorno.

-Sabés –dijo Pearson, con cierta solemnidad-, no creo


que sea buena idea que sigamos conversando. Es evi-
dente que te tomás demasiada confianza, venís y me
juzgás, me chicaneás, en función y a cuento de nada, y
la verdad, no veo por qué tengo que seguir soportán-
dote. El hecho de que me hayas visto la otra noche en
una situación en que me expuse un tanto... incluso de
desborde emocional, si querés, no te da derecho a venir
a comportarte como si fueras el chico malo que ha
resuelto todo y que viene a decirle al viejo frustrado
qué debe hacer con su vida.
-Oiga, no plantee todo en términos de competencia,
¿quiere? Porque así se perderá mucho de lo que puede
aprender de los demás. Y no digo específicamente de
mí, sino de todo el mundo que no es usted, si es que
hay un lugar para algo como eso en su cabeza.
-Como sea, ése parece el tránsito de nuestros diálogos
antes de esborregar en los pantanos del alcohol.
-¿Trata de imponer distancias de orden lexical, ahora?
44
Calamo currente

-No, ¿por?
-¿Qué corno es, borregar, o lo que carajo dijo?
Pearson apenas si reprimió una risa que no por
sutil (ya que fue un simple soplido por la nariz) resultó
menos irónica. Luego respondió:
-Podrías preguntar de un modo menos insolente, pero
igual no importa. La próxima vez traete el diccionario y
listo. –Encendió otro cigarrillo, y paladeó tranquila-
mente el jerez, poniendo luego la copa entre ojos y lám-
para para apreciar visualmente el precioso licor, como
corresponde al buen sibarita.
-La verdad, me encanta hablar con usted, de cualquier
manera. Creo que si dejara de tomarse todo como un a-
taque personal, su relación con el prójimo podría cam-
biar en forma más que positiva.
-No tomo nada en forma personal. Pasa que no me
gustan los superados, de ningún orden.
-Eso de ser superado, supongo que se refiere a quienes
ponen una máscara de suficiencia para ocultar debili-
dades y complejos, ¿no es así?
-¿Vas a seguir pidiéndome definiciones?
-No, digo porque esa acepción no está en el diccionario;
y usted es muy purista en este sentido, así que cuando
se sale de libreto no sé muy bien de dónde agarrarme.
-Así me gusta. Que te fijés muy bien adónde estás pi-
sando. Es la única manera de mantener una conversa-
ción mínimamente digna.
-Claro, si depende de mí que esto no se convierta en un
monólogo emocionalmente patético y formalmente in-
maculado... no sea perro viejo, Pearson, deje de alar-
marse frente a cualquier macho joven que se atreve a
45
Gabriel Cebrián

orinar en su árbol. No he venido a agitar sus insegu-


ridades personales, sino a sus casi atrofiadas ínfulas,
que seguro las tiene ahí debajo de la toga académica.
Sabe que hay algo erróneo en esa permanente paráfrasis
en la cual ha caído su escritura, y que hace que esa
monomanía -para colmo autorreferencial, a partir de su
egocentrismo-, dé como resultado un artesano quizá ge-
nial, pero que repite una y otra vez el mismo prototipo.
-¿Me estás tratando de paranoico?
-Sólo estoy diciéndole la impresión que tengo de sus
libros, sobre todo de los últimos. Y espero que no le
moleste que no me saque el sombrero y lo lisonjee,
como las viejas de la SADE y los popes de los medios
literarios. ¿Ve que es usted el que personaliza?
-Estabas hablando de mí, no de mis libros.
-Según usted, eso no hace mucha diferencia.
-Eso, en la interpretación lineal de un principiante.
-Ante tal contradicción, prefiero creerle cuando hace
“explosiones anímicas”, como usted dice, y no cuando
anda de pavoneos.
-¿En serio te creés digno de ser objeto de pavoneos de
mi parte? Creo que eso es lo más insultante que me has
dicho, y no es poca cosa.
-Dejémonos de esgrima, no da para más. Empiezo a
sentirme aburrido.
-Bienvenido al club.
-Bueno, en ese caso, no sé cuál es su idea de diversión,
y dudo que la tenga, pero lo que es yo...
-Vos de payaso la jugás bien; si querés seguí, nomás.
-Okay –dijo Gerry, y a continuación extrajo una peque-
ña bolsita de polietileno. Con un cortaplumas arrojó un
46
Calamo currente

montículo de polvo blanco sobre el vidrio de la mesita a


su frente, y se dedicó a picar los pequeños terroncitos
con destreza y aplicación. Luego de ello, con la hoja de
acero, estiró la substancia en una línea que procedió a
aspirar con un cañito de metal que traía en el bolsillo de
la camisa. Pearson observó la maniobra en silencio, sin
el menor ánimo de reprimirlo; y dadas las circunstan-
cias, le resultó imposible soslayar la intriga que le gene-
raba la posibilidad de acceso inmediato a una experien-
cia nueva, la de inhalar cocaína. Había probado años
atrás algunas drogas psicodélicas, como la marihuana y
el ácido. También había consumido anfetaminas alguna
vez, a instancias de una de las mujeres con las que se
había relacionado, pero nunca había experimentado con
coca. Sabía en teoría que era más adictiva y peligrosa,
pero en todo caso la adicción a la escritura últimamente
había cedido, y quizá quedara algún lugar vacante en su
interioridad para nuevas tiranías, como por ejemplo de
orden bioquímico, tal la que se le presentaba ahora;
aunque quizás la anterior de algún modo también lo era.
Tal vez hubiese sido alguna anomalía orgánica o endó-
crina lo que le había provocado esa compulsión a en-
cerrarse en sus fantasías literarias. O quizá su obsesiva
dedicación a tales menesteres había modificado de al-
gún modo específico sus procesos fisiológicos al punto
de generar corrientes de endorfinas que retroalimenta-
ban el circuito cerrado de frustraciones, imaginerías de
corte escapista, depresiones, sucedáneos ficticios, para-
noias, báculos imaginarios y así. Al fin y al cabo todo
era cuestión de equilibrios electroquímicos a partir de
estimulaciones o inhibiciones de los elementos que
47
Gabriel Cebrián

ejecutan finalmente la neurotransmisión, y poco impor-


taba entonces que su inducción se diera por medio de la
propia homeostasis orgánica y mental o por agentes
externos. Estos pensamientos lo llevaron a sorprenderse
a sí mismo por la extravagancia analítica que operaba
en él cada vez que debía enfrentarse a una decisión; la
parafernalia de justificaciones provinientes de un racio-
nalismo que por exacerbado desembocaba en su extre-
mo contrario, o sea, en el delirio. Fue entonces cuando
una estentórea declamación de Gerry lo sobresaltó:

No puede pretenderse equilibrar


el grácil e implacable cálamo de Anubis
con pueriles pretextos de calamo currente.
Necesitas pintar tus paisajes desde adentro
o serán sólo la sombra de una sombra
a la sombra de la sombra de un espectro.

-Muy interesante –observó Pearson, cuando la histrióni-


ca interpretación hubo cesado-, aunque un poco reitera-
tivo. A mi juicio, ése es un recurso remanido, y ni si-
quiera lo sombrío de la metáfora final es suficiente para
salvarlo. ¿De quién es?
-Acabo de improvisarlo, qué quiere, también. Aparte, e-
sa cuestión que usted dice le da como un aire de letanía,
que es lo que específicamente estaba tratando de lograr.
-¿Aire de letanía? ¿Sabés, lo que es una letanía?
-Ufa, viejo, despegue un poco de los cánones clásicos
que va a terminar celebrando a Bécquer. Lo que debería
importarle, en este caso, es la alusión que hice a las
circunstancias personales de una persona que conozco.
48
Calamo currente

-A ver, analicémoslo.
-Bueno, ya no recuerdo cómo lo dije, pero más allá de
su observación formal, me pareció bastante adecuado,
al menos en términos estéticos. De todos modos la idea
era clara, ¿no?
-Creo que interpreté que el alma descarnada no puede
enfrentar el juicio de Anubis con apenas unos esbozos
de lo que debería ser una vida plena en términos evolu-
tivos, ¿es eso?
-Exactamente, yo no podría haberlo explicado mejor.
Por lo visto es bueno, usted, en esto de interpretar. No
ha llegado adonde llegó de chapucero, eso es obvio.
-¿Ésta es la forma en que encontrás inspiración?
-¿A qué se refiere?
-Te pregunto si hallás inspiración inhalando tóxicos.
-No lo creo. Seguramente hallo estímulo, sí; la inspira-
ción va por otro lado, según me parece. Ahora, no va a
caer en el prejuicio de suponer que la droga crea ta-
lento. A lo sumo es un catalizador más, un agente mo-
tivador. O sea, consumir mucho fósforo, magnesio o
sustancias como ésas puede dar una mayor capacidad
para la ejecución material de una obra, mas de ningún
modo la haría más inspirada o bella. Eso está en uno.
Quiero decir, usted no podría ir y ganar un torneo de
Serie Master de tenis nada más que por dóping. Es
preciso que sea un gran jugador, primero. La droga no
pone capacidades donde no las hay. Es más, a veces
hasta puede entorpecerlas. Recuerde la anécdota aque-
lla de Louis Aragón... una vez, cuando explicaba la
metodología del automatismo psíquico, alguien le dijo
que entonces cualquiera podía ser surrealista , a lo que
49
Gabriel Cebrián

respondió que por cierto, pero que un estúpido sola-


mente sería un surrealista estúpido. Creo que es básico,
don Pearson. Y disculpe la verborragia; eso sí es indu-
cido por la merca.
-Sí, mejor dejame probar, que si no te vas a pasar la
noche hablando vos.
-Entonces –dijo, mientras volvía a extraer la bolsita-
vamos a tener un nuevo motivo de disputa. Ahora
vamos a pelearnos por hablar, y hasta quizá hablemos
uno encima del otro sin prestarnos la menor atención y
ofuscándonos por ello.

Pearson se puso de rodillas, metió un extremo


del tubito en su nariz y cuando buscaba el inicio de la
línea de polvo blanco, la inexperiencia le hizo exhalar
sin darse cuenta y parte de la sustancia voló, formando
una pequeña y efímera nubecita blanca, lo que le valió
una jocosa reprimenda del convidante.
-No se haga problema –dijo al cabo-, es algo que suele
ocurrir la primera vez. Hay que exhalar lejos, y luego,
solamente inspirar cuando corresponde.
Así lo hizo, y sintió que aquello ardía en sus
mucosas nasales. Hizo un parate por la mitad, e inhaló
el resto con la otra fosa. Volvió a tomar asiento, bebió
un buen trago de jerez y encendió un cigarrillo. Gerry
lo miraba con gesto expectante, pero más lo estaba él
mismo. Pocos segundos después una especie de euforia
50
Calamo currente

ganó su ánimo, mientras un regusto a medicina bajaba


desde detrás de su paladar hacia la garganta. Se sintió
poderoso. Todo cuanto había sido motivo de frustracio-
nes y arrepentimientos apareció ante él como cabal
fundamento de un legítimo orgullo. Era Pearson, el de-
miurgo de mundos sibilinos, el que convocaba a miles y
miles de personas a embadurnarse en sus excelsas heces
mentales. Era el hacedor de historias tan profundas y
tan exquisitamente construidas que serían celebradas
incluso mucho después de su deceso. Había hecho bien
en probar esa medicina, le había devuelto la fe en sí
mismo y la autoestima. Y eso, como primer efecto evi-
dente.
-¿Y? ¿Qué le parece? –Preguntó al fin Gerry.
-Me encanta –le respondió, sin tapujos ni reservas de
ninguna índole.
-Bueno, tenga cuidado que esto no engorda, eh. No me
agradaría pasar a la historia como el villano que arrojó
al gran Pearson a las garras del vicio. Vigile, que con
éste en particular la barranca queda mucho más cerca
de lo que uno cree, y se llega a ella a una gran veloci-
dad.
-No me trates como a un ignorante.
-Mire, en esta milonga, una advertencia a tiempo nunca
está de más. En serio, la blanca es una mujer perversa;
si uno la trata con consideración y respeto, puede llegar
a serle útil, e incluso puede ayudarlo a elevarse. Caso
contrario, ya debe saber qué pasa si uno es descomedi-
do con una mujer perversa.
-Creo que entiendo la idea. Te valiste de un ejemplo
muy gráfico.
51
Gabriel Cebrián

-Tanto, que casi ni me atrevería a considerarlo como un


ejemplo de orden analógico. Si no estuviese seguro de
que su tendencia canónica me censuraría de plano por
animista, le diría que es, efectivamente, una mujer; una
que despierta pasiones apremiantes y compulsivas.
-¿Acaso es ésta la misteriosa y extraordinaria mujer que
ibas a presentarme?
-Casualmente no, pero bien podría haber sido. No se
desilusione, Pearson, existe una alternativa de carne,
hueso y fluidos corporales, si eso era lo que estaba
esperando. Ahora, si la droga lo tira para ese lado,
podemos llamar a un par de chicas de alquiler para el
entretanto.
-¡Qué propuesta más soez!
-Por supuesto, debí adivinar que una persona como
usted no tiene relaciones de tipo ocasional, y mucho
menos obteniéndolas a cambio de dinero. Y sin embar-
go, cómo son las cosas, ¿no? Tan bien que describió la
psiquis de las prostitutas en Autómatas del sexo. Parece
mentira que no haya mantenido comercio carnal con
ellas alguna vez.
-Primero, estás presuponiendo cosas, y segundo, pare-
cería que la única forma de relacionarte con mujeres y
saber lo que piensan o dejan de pensar, es a través de tu
pene.
-Bueno, pongámoslo así: si hay algo que no hago es
sublimar, eso es cierto; y segundo, más allá de toda
idealización, me es muy claro que para conocer a las
mujeres hay que trabajarles el coño. Sucede simple-
mente que no tienen mayor punto de anclaje con la
realidad que ése.
52
Calamo currente

-Buena tunda recibirías de gran parte del género si te


oyeran argumentar en esa vena...
-Probablemente tenga razón, pero serían esas mujeres
inconsistentes e insatisfechas que pululan por ahí. Una
mujer lúcida, y que ha asumido cabalmente su sexuali-
dad, estaría totalmente de acuerdo conmigo. Y no es
cuestión de género, don Pearson, usted sabe... la mayo-
ría de los humanos macho son igual de estúpidos que la
mayoría de las hembras.
-Suelo pensar eso, sí.
-Ya lo sé. Está expresado en cada una de sus historias.
Y bueno, hablando de sus historias, me temo que esta-
mos en una disyuntiva: o llamamos un par de mujeres,
como me gustaría hacer a mí, o forzosamente acabare-
mos hablando de literatura, como supongo preferirá ha-
cer usted.
-Ni una cosa ni la otra. En lo inmediato, me gustaría
tomar un poco más de esa bolsita.
Repitieron la ceremonia, lo que redundó en que
esta vez Pearson, menos ansioso por cuanto ya conocía
los efectos, pudo gozar de ellos de modo más inmedia-
to.
-Es maravilloso. –Dijo, imposibilitado de ir contra una
corriente de gloriosa autoafirmación. –Todo cuanto he
hecho o dejado de hacer en mi vida, cobra sentido.
-Yo le diría que no haga mucho caso de esas certezas
que le aparecen ahora, sencillamente porque son de
orden anímico. Recuerde que todo lo que sube tiene que
bajar, y no me gustaría estar en sus zapatos cuando
empiecen las maniobras de aterrizaje.

53
Gabriel Cebrián

-Vos podés conocer la substancia, yo conozco la mente


humana. Nada de eso va a sucederme. Tal vez me
sienta mal, me duela la cabeza, o cosas por el estilo, no
lo sé; lo que sí sé es que algunas de esas certezas que
vos decís, se refieren a ciertos nexos entre aconteci-
mientos y circunstancias de mi vida que no había
observado hasta ahora, y que recordaré aún en la peor
condición física que a cambio pueda provocarme.
-Me suena algo presuntuoso, qué quiere que le diga.
Aunque tratándose de usted, eso no tiene mucho de
novedad.
-¿Alguna vez te pasó?
-¿Qué cosa?
-Encontrar, a partir de la cocaína, relaciones entre epi-
sodios determinantes en tu vida personal que antes
habían estado velados para tu plano conciente.
-Mire, no entiendo muy bien a lo que se refiere, pero de
todos modos creo que es oportuno decirle que las
peores decisiones operativas que he tomado en mi vida,
las tomé “gracias” a la cocaína, no sé si me explico. Así
que si me veo obligado de cualquier modo que fuese a
tomar una decisión importante, me cuido muy bien de
no consumir antes.
-Bueno, en todo caso, todos somos distintos. La sus-
tancia es la misma, lo que cambia son los sujetos que la
experimentan.
-En eso tiene razón, claro. Pero por un momento preste
atención a alguien que no sea usted mismo, ¿quiere?
Aunque sea tómelo en consideración por las dudas,
luego haga lo que quiera. Recuerde que este asunto lo
conozco mejor que usted, así que hágase un favor, no
54
Calamo currente

digo que me haga caso, le pido solamente que tenga en


cuenta lo que le digo.

Claro que a estas alturas Pearson no lo escucha-


ba. Su mente se focalizaba en un episodio del pasado,
que había acudido sin la menor volición de su parte, y
que lo sorprendía por la fulgurante significación que
hallaba respecto de todo cuanto le había sucedido des-
pués. Como presa de un trance, volvió a oír los ladridos
desaforados de los perros de caza de su padre, y los
broncos gruñidos del animal salvaje.
Hasta que tuvo diez años recién cumplidos, su
padre (en correspondencia temporal con la historia que
a continuación se relatará lo más detalladamente posi-
ble, dado que se trata, por supuesto, de la que acaba de
asaltar de modo tan repercusivo su interioridad), había
sido para él un ejemplo de ecuanimidad y templanza, de
valor e invencibilidad. Y sobrados motivos de orgullo
tenía el niño Pearson aquel domingo de verano. Su pa-
dre le había regalado una carabina de un solo tiro –por
cuanto aún consideraba peligroso que manejara una a
repetición-, e iba a llevarlo con él a una de sus usuales
excursiones de caza por la estancia familiar. Por su-
puesto, irían detrás de piezas grandes, las que quedarían
a cargo de la poderosa escopeta 12.70 del padre, en
tanto él se encargaría de cualquier liebre, perdiz o
ñandú que pudiera salir a su paso mientras iban en
busca de cerdos salvajes, o quizá de algún jabalí. Luego
de una media hora de caminata llegaron hasta el
montecito a través del cual pasaba un arroyuelo, al que
debían ir a beber todos los baguales y por ello era el
55
Gabriel Cebrián

lugar indicado para acecharlos. Los perros, dos masti-


nes excepcionalmente corpulentos llamados Aquiles y
Áyax, adiestrados desde cachorros, sabían que no de-
bían emitir el menor sonido en aquella zona, y cami-
naban agazapados y silenciosos a la par del avezado
cazador y del debutante. La autoridad y el dominio de
sí mismo que trasuntaba el primero hacían que el niño
que fue Pearson se sintiera interiormente comprometi-
do; un alto sentido de la responsabilidad lo imbuía,
todos sus sentidos estaban alerta en pos de desempeñar
un papel adecuado en aquella excursión fundacional.
Pocas veces los adultos son concientes de la presión
que generan en los niños al mostrarse tan capaces y
suficientes, tan dueños de sí mismos y controladores de
temperamentos y entornos, para constituirse en para-
digma de su desarrollo, como si esto fuera sano y, para
colmo de absurdidad, como si fuera cierto. El hecho es
que si aquél era el plan de su padre, iba a fracasar
estrepitosamente.
Todo comenzó como si la diosa fortuna hubiera
estado guiando sus pasos, ya que, agazapados en la
espesura, pudieron ver un portentoso jabalí abrevando a
la vera del arroyo. No tardó el cazador en dar la orden
de ataque a los mastines, que se lanzaron sobre la pieza
sin darle mayor oportunidad que la de respingar. Ense-
guida quedó claro que la bestia podía resultar letal a los
perros, aunque fueran especialmente fornidos y adies-
trados en el arte de atacar en yunta. Uno de ellos aulló
de modo lastimero y, pese a no abandonar la contienda,
se lo vio sangrar profusamente. La cosa había dejado de
tener gracia para el niño Pearson en cuestión de unos
56
Calamo currente

pocos segundos. Su padre en tanto apuntaba la esco-


peta, pero el tumulto le impedía disparar sin correr
grandes riesgos de darle a los perros; más, con la carga
de postas que había puesto a los cartuchos, que se
abriría nomás salir del cañón. Debía esperar a que los
perros sujetaran la presa de modo que ofreciera un
blanco seguro, pero tal situación parecía difícil de
producirse, tanto por la bravura del jabalí como por la
disminución de uno de los canes, que se mantenía en
combate por instinto, dado que la sangría hacía dudosa
su supervivencia aún sin recibir nuevas heridas.
Mas un nuevo elemento, que tal vez no habría
tomado por sorpresa a un cazador más atento a los
tropismos de la naturaleza que a los afanes de futuras
jactancias, llegó para determinar rotundamente su desti-
no -independientemente de la esencia fatal o aleatoria
de éste último, que para el caso da igual-. No habían
sido ellos los únicos que habían estado acechando al
jabalí. Un gruñido a su derecha, tan aterrador como
inesperado, los hizo volverse de golpe para ver un pu-
ma que, frustradas sus intenciones de cenar jabalí, se
agazapaba en posición de acometida. Tal fue la sorpre-
sa y el espanto que la aparición del felino causó a su
padre, que la escopeta se le soltó de las manos y cayó
deslizándose por la pendiente del terreno hacia el arro-
yo. Fue entonces que el niño Pearson asistió al penoso
espectáculo de ver al parámetro de la hombría y el do-
minio de sí mismo correr como loco y trepar a un árbol,
dejándolo allí con su endeble carabina calibre 22, para
colmo de un solo tiro. El puma estaba listo, tanto su
instinto como el del niño sabían que siempre habría de
57
Gabriel Cebrián

preferir la presa más pequeña. Oyó los ruidos de la


pelea de perros y jabalí, oyó los gritos de su padre que
lo instaba desesperadamente a que hiciera lo mismo que
él había hecho, el tiempo dejó de correr al ritmo usual,
de modo que cada segundo parecía extenderse y así
darle tiempo para que, con una frialdad tan ostensible
como inesperada en tales circunstancias, sopesase cui-
dadosamente qué actitud tomar. Una mezcla exacta de
análisis objetivos y respuestas atávicas y por ende in-
mediatas lo llevaron a la conclusión que intentar huir
sólo precipitaría el desastre, y que la puntería desarro-
llada con su rifle de aire comprimido era el único pasa-
porte que tenía para salir vivo de esa dramática situa-
ción. Levantó la carabina hacia el puma, y éste pareció
advertir una maniobra agresiva en la actitud, dado que
emitió un feroz rugido, exhibiendo sus terribles colmi-
llos y echándose levemente hacia atrás para tomar en-
vión. Todo seguía allí, el monte, la espesura, los gritos
destemplados de su padre, el pandemónium de perros y
jabalí en confrontación mortal; pero en la conciencia
del niño Pearson solamente había lugar para el puma
que estaba a punto de abalanzarse sobre él, y él mismo.
En pleno rugido presionó por vez primera el gatillo de
aquella carabina flamante. El pequeño proyectil ingresó
por las fauces abiertas del felino y salió limpiamente
por el occipital; pero como la inervación muscular ha-
bía sido ordenada una fracción de segundo antes, la fie-
ra alcanzó a saltar, mas cayó sobre él como un guiñapo
desmañado e inerte. Luego de la módica explosión del
disparo (un casi insignificante ¡pap!), todo quedó en si-
lencio. Se quitó de encima al predador con repulsión, y
58
Calamo currente

sólo entonces se dio cuenta que estaba temblando como


una hoja. Tal vez recién había comenzado a hacerlo,
pero eso es algo de lo que nunca podrá estar seguro.
Probablemente haya sido así, ya que su pulso no lo
había traicionado en una instancia tan crucial. Se
incorporó, miró en dirección al arroyo y pudo ver los
cadáveres de los perros, su sangre deslizándose y
tiñendo de rojo las aguas fluyentes. No había ni rastros
del jabalí. La presa que había constituido el primer
eslabón en la cadena de predaciones fue finalmente el
único animal no humano que había sobrevivido. Oyó
que su padre se acercaba, y no tuvo el coraje de enfren-
tarlo. Lo que parecía haber sido una hazaña de su parte
se veía empañado por un sentimiento de bochorno, a
resultas de la evidente fatuidad que acababa de ponerse
en evidencia respecto de toda aquella ostentación viril
que su padre se había empeñado en mostrarle desde que
tenía uso de razón. Debiste obedecerme, oyó que le de-
cía. Dios sabe qué habría sucedido si fallabas el dispa-
ro. Por supuesto, no se tomó el trabajo de responderle.

Tal vez haya sido la intensidad con la que aquel


recuerdo había ganado su plano conciente, tal vez el
haberle dado una significación mayor de la que le había
dado antes (que no es poco decir), tal vez la compulsión
a hablar que parecía provocarle la cocaína; el hecho es
59
Gabriel Cebrián

que se encontró a sí mismo relatándole el episodio a


Gerry con lujo de detalles. Éste mostró gran interés, y
hasta se permitió extraer algunas conclusiones de orden
psicológico que a Pearson le parecieron de perogrullo,
aunque no dijo nada. Al menos el muchacho denotaba
buena disposición, y su tono era cordial. Se quedaron
viendo directamente a los ojos por unos momentos.
-Vio qué tipo dócil que soy cuando no me anda ningu-
neando... –observó, como si hubiese podido inmiscuirse
en los distraídos análisis que el anfitrión hacía respecto
de sus modales.
-No recuerdo haber hecho algo como eso. Aparte, tu
entidad no depende de mí.
-Lo sé, lo sé. Lo único, que ahora me explico esa manía
que lo lleva a decir que solamente confía en usted. Ver
derrumbarse el paradigma de un modo tan patético a
una edad tan temprana, y para colmo en una situación
límite como aquella, debe resultar bastante determinan-
te, ya lo creo que sí.
-Yo no he dicho que confío solamente en mí mismo.
-Cómo no, lo dijo nomás hace un rato.
-Bueno, como fuera; habré querido decir otra cosa. En
todo caso, no me consta.
-Ve, si empieza a terquear, aguántese las piedras, des-
pués. Sabe, en aquella charla que tuvimos, muy a su pe-
sar, en la SADE, le hablé de eventuales parecidos que
podíamos tener, ¿recuerda?
-Parece que te ha dado por revisar la data... puede ser,
qué sé yo, muchas veces cuando me hablan estoy pen-
sando en otra cosa. ¿Y con eso qué?

60
Calamo currente

-Nada, no empiece otra vez con las cabronadas, ¿o sola-


mente se muestra humano cuando está muy abrumado o
cuando cuenta sus anécdotas? –Habiendo dicho esto,
una luz de sarcástica duda relampaguéo en su mirada, y
añadió: -A no ser que haya inventado esa historia, digna
de Horacio Quiroga...
-No la inventé. Y por si no te diste cuenta, quiero re-
marcar que no cualquiera a los diez años es capaz de
plantarse ante una fiera hambrienta, y acabar con ella.
-Claro. Iba a decirle que teníamos otros puntos en co-
mún, como por ejemplo que ambos parecemos ser tipos
básicamente solitarios. Pero ahora no estoy tan seguro.
Usted se ha enfrentado a la muerte como el mocito
hiju’el patrón, sorprendido en el ejercicio del aristocrá-
tico deporte de la caza; en tanto que yo me he enfren-
tado a muchas cosas durante mucho más tiempo, pero
en condiciones de horfandad a veces absoluta.
-Dijiste la otra noche que tu madre acababa de morir.
-Pues claro, pero la pobre tenía que deslomarse traba-
jando de mucama para mantenernos. Recuerdo que una
vez hasta me llevó al zoológico. Hacía lo que podía, la
pobre. Por cierto, una mujer de su condición no repre-
sentaba una gran carta de presentación para eventuales
inserciones sociales del hijo, por eso le digo lo de la or-
fandad.
-Tengo derecho a dudar de esa información, del mismo
modo que vos lo hiciste con la que yo te di.
-Por supuesto que tiene derecho. Pero de algún modo
me da por pensar que, o yo soy demasiado crédulo, o
los dos sabemos que ambas son ciertas. Pero la historia
que usted contó es vital, tiene suspenso, pueden sacarse
61
Gabriel Cebrián

innumerables conclusiones de todo orden, en cambio lo


que yo le dije es simplemente una observación compa-
rativa de nuestras experiencias, no una historia en sí.
Encima sonó más lacrimógena y autoindulgente de lo
que me hubiese gustado.
-Las cosas son como son, nos guste o no nos guste.
-Y sin embargo fíjese cómo las cosas a veces no son lo
que parecen, o lo que deberían ser. Hemos incurrido en
una especie de cambio de roles; usted contó una his-
toria que probablemente tenga más que ver con mi tem-
peramento que con el suyo, y viceversa.
-No me parece.
-Es evidente. La calle es mi territorio, usted sabe, la
jungla de cemento. En cambio, usted se ha refugiado en
la soledad de esta especie de bóveda antes de tiempo.
Cuando se muera, simplemente tendrán que trasladarlo
de ésta a otra, seguramente en Recoleta. Y la única di-
ferencia la harán unos cuantos papeles impresos menos,
o tal vez no. Tal vez ya no los escribirá usted, pero o-
tros, como es de rigor en casos como el suyo, atiborra-
rán las librerías con estudios o ensayos acerca de usted,
sin contar textos inéditos, epistolario, etcétera, etcétera,
etcétera.
-Así que esto es una bóveda...
-Dígame usted si no lo es.
-No me interesa. Podés pensar lo que quieras.
-Oiga, Pearson, no se ofenda. Es una observación críti-
ca, que nada más surge de la idea que debe salirse un
poco de este aislamiento. La vida real está ahí afuera,
hombre.

62
Calamo currente

-No voy a discutir con vos cuál vida es real y cuál no, y
mucho menos la pertinencia de tus comparaciones.
-Vamos, no doble las rodillas, maestro. Todavía es ca-
paz de algunas embestidas más.
-Por cierto, no hace falta que la jugués de motivador.
Pero volviendo al tema, de algún modo mis ideas han
cobrado una forma de existencia que perdurará mucho
más allá de mi muerte, y también de la tuya; cosa que a
menos que empieces a hacer algo en tal sentido, me
garantiza una permanencia en el mundo real mucho
mayor. A no ser que pienses que conservar tu miembro
es más importante que trascender en un nivel más
perespiritualizado, por así decir.
-Es notable cómo esa especie de orgullo egotista lo lle-
va a reivindicar en tal forma un albur semejante. Aquí
yace el gran Pearson, cuyo fallecimiento ha sido frau-
dulentamente antedatado sólo a resultas de su propia
vanidad. No me diga que no le estoy sugiriendo un
buen epitafio; es más, ya podría ir encargando uno de
bronce, para colocar en la puerta de esta bóveda.
-Te estás pasando de la raya...
-Hablando de eso, ¿quiere otra?

10

Una vez más Pearson sintió los dientes dormi-


dos, y, como luego de cada dosis, la casi inmediata
excitación violenta que sobrevenía; la que si bien resul-
63
Gabriel Cebrián

taba bastante efímera, lo dejaba al cabo de un par de


minutos en una meseta anímica desde la cual podía ver
su historia personal no sólo ya sin pesar, sino con or-
gullo. Las mucosas nasales ya no le ardían; por el
contrario, sentía una cierta frescura como de mentol ca-
da vez que respiraba el aire frío del ambiente. Si en
algún momento pasó por su cabeza la idea de que
estaba incorporando un hábito malsano y destructivo,
fue relativizada de modo rotundo y sepultada en el in-
conciente por el entusiasmo casi extático que le produ-
cía enfrentarse consigo mismo y con su historia perso-
nal desde esa nueva perspectiva. Estaba regodeándose
en estos sentimientos y sensaciones, como en otro or-
den lo hacía con el jerez y el tabaco, cuando Gerry dijo:
-Bueno, en vistas a que parece que nos vamos a quedar
acá, me gustaría subsanar una falencia que quedó en el
diálogo anterior. Es respecto a la comparación que hici-
mos de la historia que contó cada uno.
-¿A qué clase de falencia te referís?
-A que la suya estuvo más estructurada, es decir: se co-
rrespondió con los cánones del relato clásico, oral o
escrito, en el sentido que tuvo todos los ingredientes
formales y recursivos propios de esa modalidad de
expresión. En cambio, yo solamente describí un estado
de cosas, de lo más general, y sobre todo, despojado de
esos elementos tan genuinos.
-Está bien, puede ser –concedió Pearson, mientras in-
tentaba dilucidar a qué apuntaba el joven con tal señala-
miento-. Sin embargo creo que fuiste vos quien las uti-
lizó para establecer comparaciones, así que no veo a

64
Calamo currente

qué viene la salvedad, y no me imagino de qué modo se


podría subsanar.
-Muy sencillo. Voy a contarle una historia quizá menos
dramática, pero ciertamente determinante en el curso
que tomó mi vida a partir de allí. Mucho más adecuada
a los efectos de establecer paralelismos, los que, en
rigor, no tienen por qué ser comparativos en un sentido
de competencia. Fue en diciembre del ‘99 que gané un
certamen de poesía y me dieron como premio mil pe-
sos.
-Mirá vos qué bien...
-Sí, bárbaro, desde luego que no tanto por los pinches
honores como por los mil pesos. Nunca en mi vida ha-
bía visto tanto dinero junto. No era una fortuna ni mu-
cho menos, pero para mí sí que lo era. Así que decidí
pasar el fin del milenio en Viñas del Mar, allá en Chile.
-Ya sé adónde queda.
-Bueno, claro, pero haga el favor de omitir esa clase de
observaciones tan inconducentes. Éste es mi relato y ya
bastante estoy esforzándome para darle una hilación
medianamente coherente. La cosa fue que una noche
compré una botella de pisco y me fui a beberla sobre
unas rocas altas, desde las cuales se podía ver el mar, o
mejor dicho, lo que se podía ver del mar en una noche
clara como aquella. Quizá debiera omitir, porque me
causa una especie de bochorno retrospectivo, que lleva-
ba también cuaderno y birome, o sea: ya que la poesía
había hecho posible aquella excursión, sentía que de
algún modo debía retribuirle al menos con unos cantos
dignos de tal privilegio; y en alguna medida, también,
debía estar algo envanecido por el éxito que habían te-
65
Gabriel Cebrián

nido aquellas pomposidades, seguramente sobrevalua-


das por el jurado. El hecho es que estaba tratando de
arrancar al Océano Pacífico lo que quiera que tuviese
para inspirarme cuando vi venir a dos muchachos de mi
edad (tenía por entonces dieciocho años). Zas, me dije,
cagaste. Por suerte había dejado en el albergue docu-
mentación y casi todo el dinero. Se iban a llevar la bo-
tella y unos cuantos pesos, nada más. Sin embargo, me
saludaron amablemente, venían sólo por unos tragos de
pisco. Tomamos unos cuantos, hablando generalidades,
sobre todo esa cháchara comparativa de las distintas
realidades de ambos países, casi inevitable en estas cir-
cunstancias de encuentro entre vecinos. Eran unos pibes
interesantes; quiero decir, no eran opas ni mucho me-
nos, y tenían ese aire insurgente de algunos chilenos, en
la tradición de la Violeta Parra y eso, ¿no?

(Pearson lo oía y sentía el flujo sanguíneo a rit-


mo de tropel, seguramente tendría la presión bastante
alta; el cuerpo le pedía movimiento, pero apenas si po-
día fumar. Quería intervenir, interrumpir al muchacho,
cortarle el ritmo narrativo con alguna que otra refuta-
ción o pulla, pero la energía se negaba a proyectarse
fuera de aquella irresoluta tormenta interior, la que,
pese a todo seguía siendo infinitamente placentera,
incluso con un dejo sensual incuestionable. Bebió un
buen trago de jerez para equilibrar algo la pujanza coro-
naria; luego cambió de posición de manera tan mecá-
nica que resultó un solo movimiento preciso y armó-
nico entre dos perfectas inmovilidades, y se predispuso
a seguir oyendo la historia.)
66
Calamo currente

-Luego de terminar con la botella fuimos a buscar otra,


y ellos colaboraron con el dinero que tenían, que no era
mucho, pero era como que constituía una prenda de ho-
nestidad, vio. Debido a ello, y a que el ánimo generado
parecía lo suficientemente distendido, me atreví a pre-
guntarles si sabían cómo se podía conseguir un poco de
marihuana. Claro que sí, contestó uno de ellos. Mi tía
la Paca tiene pa’vender. Reí, pensando que había ha-
blado en broma, pero era cierto. Luego de casi media
hora de caminata arribamos a una casa plantada sobre
una alta loma cubierta de césped. Los esperé mientras
subían y tocaban a la puerta. Salió una señora gorda, de
alrededor de cincuenta años, con delantal y todo. Tomó
los billetes, fue adentro y volvió con un pequeño bulto
envuelto en diario. Es decir, vi que era eso cuando me
lo dieron. Toda la maniobra había sido efectuada ante
mi vista, así que no tenía motivos para pensar mal. Sin
embargo, lo abrí y me cercioré de que se trataba de u-
nas ramitas floridas a medio secar, muy fragantes. De-
berían ser de allí mismo, quién sabe, mas lucían y olían
muy, pero muy bien. Lo cerré y lo metí en el bolsillo
superior izquierdo de mi campera de jean.
-Ya sé; como andás con toda la ropa deshilachada, se-
guro que lo perdiste...
-No, espere. Sucedió que los pibes me dijeron que ellos
no habían sacado nada, ni guita ni yerba, pero que les
gustaría fumar a ellos también, medio como echándome
en cara una actitud egoísta. Les dije que con todo gusto
los convidaría, pero no tenía papeles de fumar. Enton-
ces, el sobrino de la Paca no, el otro, sacó una pipa del
bolsillo. Caminando de vuelta al punto frente al mar del
67
Gabriel Cebrián

cual habíamos partido, bebimos gran parte de la segun-


da botella de pisco y fumamos un par de pipas que nos
hicieron toser bastante; y ni hablar que, combinadas
con el alcohol, nos arrojaron a un estado de ebriedad tal
que el desparpajo en nuestras actitudes y expresiones
seguramente dejaba traslucir más de lo que resultaba
saludable en aquellas circunstancias. Caminábanos por
la costanera con paso torpe, con ese ostentoso desen-
fado tan usual en la ebriedad adolescente, cuando como
salidos de la nada nos abordaron dos carabineros. Cla-
ro, si parecíamos portar carteles luminosos que denun-
ciaban nuestra condición. Le juro, mire, Pearson, que
nunca un pedo se me pasó tan rápido. De pronto una
lucidez implacable apareció nada más que para darme
la cabal medida del embrollo en el que me había meti-
do. No era la idea, pasar las vacaciones en una cárcel
chilena, vio. Uno de los policías arrancó de las manos
al sobrino de la Paca la botella de pisco casi vacía,
mientras nos insultaba y nos prometía toda clase de
calamidades. El otro abrió de golpe el bolsillo de mi
campera (se nota que el bulto le llamó la atención);
unas ramitas asomaron y quedaron las flores expuestas,
colgando hacia afuera onda accesorio fashion. Nos que-
damos mirando una fracción de segundo, y todo lo que
pude hacer, que fue lo que me salvó, fue una sencilla
operación matemática: Carabineros: uno, dos. Chile-
nos, uno, dos; éstos van a tener que agarrar uno a cada
uno. Yo, argentino. Rajo primero. Entonces corrí, corrí,
corrí –contó, mientras acompañaba el relato con una
parodia de carrera desenfrenada-, sin obedecer a las
voces de ¡alto! e implorando para que no fueran tan
68
Calamo currente

asesinos como para balearme por la espalda. Ya había


dado lo máximo de mí sin siquiera volverme un se-
gundo para mirar hacia atrás, y me estaba quedando sin
resuello, cuando vi a mi derecha una loma como la de
la casa de Doña Paca, pero que en su cima, en lugar de
una casa, tenía un montecito bastante tupido. Sin pen-
sarlo un segundo corrí ladera arriba y me arrojé en el
matorral. El corazón parecía que iba a salírseme; la ca-
rrera, rematada con ese sprint en subida, me había
llevado al límite. De repente fue como si se me acalam-
brara todo el cuerpo; un dolor agónico que parecía ve-
nir del centro mismo de mi ser, de todos lados y a la
vez de ninguno, me hizo pensar que, con toda certeza,
estaba muriendo. Por suerte la agonía cesó, de a poco el
dolor fue cediendo y fui volviendo a ser yo mismo, y no
una criatura horrorizada por la dolorosa irrupción del
más allá, en circunstancias tan penosas y a tan temprana
edad. Apenas si había conseguido atravesar aquella iné-
dita experiencia de agotamiento físico casi letal, cuando
oí sirenas y a poco vi pasar unos cuantos vehículos po-
liciales, los que seguramente andarían en mi búsqueda.
Aquí no me van a encontrar, pensé, dispuesto a perma-
necer escondido en la espesura el tiempo que fuera ne-
cesario. Pero esa seguridad se hizo añicos un momento
después, cuando comencé a oír ladridos. ¿Serían capa-
ces estos carabineros de desplegar semejante cacería
por un simple muchachito con un poco de grass en el
bolsillo? ¿Serían tan implacables y obtusos como para
perseguirme como si fuera un asesino o un espía en el
peor momento de la guerra? Francamente, me resistía a
creer que me dieran tanta importancia; y el sesgo cine-
69
Gabriel Cebrián

matográfico que había tomado la secuencia provocaba


en mí un sentido de irrealidad tal que ponía en crisis la
certeza de que en verdad estuviera ocurriendo. Pero así
era. Durante un buen rato hasta contuve la respiración,
mire lo que le digo, pensando que fácilmente los sa-
buesos podían llegar a olfatear mi aliento saturado de
pisco y marihuana. Pensaba en las vejaciones de las que
podía ser objeto un mozalbete argentino como yo en
una cárcel chilena, pero a poco desistí por lo escabroso
de esas proyecciones y su deprimente incidencia en mi
ánimo, ya de por sí devastado. Por suerte, el volumen
de los ladridos pasó del angustioso crescendo al tran-
quilizador diminuendo, y la frenética actividad de ras-
trillaje fue mermando hasta que pareció cesar por com-
pleto, luego de que algunos móviles regresaran calle
abajo. No obstante lo cual permanecí casi inmóvil en
mi escondrijo hasta bien entrada la mañana. Ni decir
que lo abandoné con una cautela quizá más puntillosa
que lo que las circunstancias, a esa altura, podían
requerir.

11

-Una historia bastante peculiar –observó Pearson. –Sin


embargo, no deja de ser una travesura casi infantil en
un contexto equivocado, una leve transgresión que casi
resulta en desastre por necedades propias de la edad y

70
Calamo currente

de un determinado temperamento, en concurrencia con


el celo desmesurado de los policías chilenos.
-Estoy totalmente de acuerdo con eso, pero la cosa es
que mi historia casi no ha comenzado, aún.
-Yo pensé que ya había terminado.
-Eso fue sólo un abordaje de corte isagógico. Espero
que mis recursos no le resulten demasiado agobiantes,
lo que pasa es que me doy cuenta de que nuestros
estilos en cuanto a la narración oral son básicamente
diferentes.
-Parece que vas a hablar todo el rato vos, entonces...
-Claro, me imagino las ganas que debe tener de meter
un bocadillo -comentó con cierta sorna. -Pero aguante
un poco, tal vez valga la pena.
-¿Tenés más de eso?
-Sí, por eso no se preocupe.
-Bueno, esperá que llamo al mercado y les pido que
manden un cadete con otra botella de esto –dijo, mien-
tras sacudía la botella de jerez para mostrar su escaso
contenido. Así lo hizo, volvió a sentarse frente a la me-
sita, tomó la línea que Gerry había dejado preparada (o-
peración que ya ejecutaba con cierta solvencia) y se
recostó, dispuesto a seguir oyendo un relato que había
dado por concluido y que al parecer, no había hecho
sino comenzar.
-Si lo de los perros ya parecía excesivo, ni le cuento
cuando volví a la posada. Había un móvil policial en el
frente, y la puerta de mi apartamento estaba abierta de
par en par. Adiós equipaje, dinero, documento de iden-
tidad, etcétera. Ya sabían quién era. Tal vez había me-
nospreciado las capacidades de la inteligencia chilena;
71
Gabriel Cebrián

bien puede haber sido eso, acostumbrados como esta-


mos nosotros a investigadores que bien pueden seguir
el rastro de la coima y de unas buenas pizzas, y no así
de los presuntos delincuentes. Pero lo más probable es
que hayan sido los jóvenes chilenos quienes se lo ha-
bían señalado. Yo no recordaba haberles dicho adónde
estaba alojado, pero quién podría dar fe de lo contrario,
en el estado en el que estaba. En todo caso, era anec-
dótico. Seguí caminando por la calle transversal hacien-
do un esfuerzo por contrariar a mis pies, que querían
correr a toda prisa, y continué calle abajo sin saber qué
hacer, con apenas un puñado de dinero, en un lugar
hostil, perseguido por la ley, la que, además de la trans-
gresión a las normativas en cuestión de estupefacientes,
sumaba ahora la afrenta que seguramente le había infli-
gido con mi huída, exitosa al menos en primera instan-
cia.
Llegué a la zona periférica, y sentí que andando
por allí era una especie cartel luminoso, sobre todo si
los carabineros persistían en su celo profesional tan
hipertrofiado. Vi una especie de café-bar bastante rústi-
co y decidí entrar. Allí resultaría menos visible y podría
tomar un café caliente, que necesitaba sobremanera,
luego de una noche como la que había pasado.
Ocupé una mesa al lado de una gran ventana
que daba a la calle. Era un suburbio típico, como el de
la mayoría de las ciudades ribereñas. En la esquina, la
calle transversal a la del café ya no estaba asfaltada, y
se podía ver cómo a partir de allí la edificación
comenzaba a ralear. Pedí un café doble bien cargado al
hombre que vino a atenderme, y mientras lo traía me
72
Calamo currente

quedé pensando cómo hacer para volver a Buenos Ai-


res, dadas las condiciones en las que me hallaba. Lo
más parecido a un plan de acción que pude articular, al
menos mentalmente, fue lo siguiente: me instalaría en
una parada de camiones y rogaría a cualquier conductor
que tuviera que cruzar la frontera que me llevase, con el
pretexto de que había extraviado la documentación.
Viajaría oculto en la carga, de ser necesario. Claro que
tenía pocas posibilidades de conseguir el tan anhelado
aventón, por no decir nulas. ¿Quién iba a arriesgarse a
burlar los controles de migraciones por un desconoci-
do? En fin, de todos modos, no se me ocurría ningún
plan alternativo.
Debí haber manifestado una expresión de an-
gustia devastadora mientras cavilaba en tales asuntos,
porque de pronto un hombre que estaba sentado en otra
mesa y al cual no había prestado yo la menor atención,
se incorporó, se dirigió hacia mí y dijo Buen día, joven.
Tenía un extraño acento, que no atiné a dilucidar a qué
lengua original podía corresponder. Igualmente su
aspecto. Era muy alto y corpulento, calvo y con barba y
bigotes espesos y oscuros, al igual que su tez y sus ojos.
Un llamativo pendiente de oro con incrustaciones de
piedras seguramente preciosas colgaba del lóbulo de su
oreja derecha. Su expresión era neutra, ni sonreía ni pa-
recía agresivo. Respondí al saludo y permanecí expec-
tante. No parecía policía, pero nunca se sabe, especial-
mente en temas de narcóticos. Tomó asiento frente a mí
sin ser convidado. Luego de que me fuera servido el
café, se presentó como “Salomón”, no me quedó claro
entonces si era nombre o apellido. Se disculpó extensa-
73
Gabriel Cebrián

mente por la intromisión, excusándose en cierta forma


con el argumento de que me había visto muy preocu-
pado, por lo que pensó que tal vez podríamos, en todo
caso, ayudarnos mutuamente. Bien sabe usted, Pearson,
que ante una situación semejante lo primero que uno
hace es desconfiar, y eso fue lo que hice. Revolví el
café, bebí unos tragos y permanecí en silencio, esperan-
do la próxima movida de aquel interlocutor espontáneo,
ya que si había tomado la iniciativa del modo en que lo
había hecho, le correspondía mostrar sus cartas prime-
ro. Parece que advirtió mi táctica, por cuanto sin pre-
ámbulo alguno comenzó a hablar de esta suerte: Espero
poder hacerme entender en mi modesto español, ya que
hacía muchos años que no lo hablaba, hasta que me vi
forzado a viajar a este país. No sé qué cosa te preocu-
pa, pero mi instinto me dice que es algo que puede
solucionarse con dinero. Si es así, me encantaría ayu-
darte a cambio de que hagas lo mismo. La propuesta
me interesó, máxime teniendo en cuenta que ya estaba
embarrado hasta la coronilla, razón por la cual, por
criminal que fuese, no agregaría mayor complicación a
mi ya de por sí insostenible situación legal. De todos
modos, el atrevimiento mostrado por aquel individuo
me hizo pensar que el asunto que lo compelía a actuar
de esa forma debía ser bastante grave. Era cuestión de
oírlo y actuar en consecuencia. Pero él ya había hecho
su ponenda, por lo que debía yo bajar algún juego, lo
más prudentemente posible, para continuar con la parti-
da. Le comenté entonces que me habían robado todo,
equipaje, documentación y dinero, y que tanto la policía
local como la delegación diplomática de mi país se ha-
74
Calamo currente

bían burlado de mí cuando fui a pedir ayuda. Estaba


varado, sin poder volver a Argentina y con sólo unos
miserables pesos. Es notable –observó, luego de oír mi
relativa mentira-, yo también debo ir a Argentina, y
dinero es lo que me sobra. El único problema es que
tampoco puedo exhibir documentación, y no es porque
no la tenga. Es sólo que necesito salir como entré, en
forma clandestina. Claro que aquí en Sudamérica, co-
mo en el resto del mundo, el dinero suele abrir puertas
que permanecen selladas a quienes no lo tienen, ¿no es
verdad? Asentí, ya totalmente convencido de la condi-
ción de delincuente del tal Salomón, pero dispuesto a
no dejar pasar la única posibilidad de sortear las gran-
des dificultades que me aquejaban. Luego le dije que no
entendía de qué manera podía ayudarlo, o mejor dicho,
para qué me necesitaba, ya que ahí estaba para mí el
quid de la cuestión. Si era cuestión de sobornar a los
gendarmes y pasar tranquilamente, no hallaba razón vá-
lida que hiciese necesaria mi presencia, a no ser que
quisiera eventualmente endosarme algo. Claro que esto
último no se lo dije, pero tratándose de un individuo de
sus características, imagino que habrá advertido la
preocupación real debajo de la pregunta. Comenzó
entonces a hablar de algo que parecía no guardar rela-
ción con mi inquietud: He vivido toda mi vida como un
rey, rodeado de lujos y de servidumbre. Según mis
mayores, provengo en línea directa de Subbiliuma, Rey
de los Hititas hacia el 1350 antes de Cristo. Nomás
dijo tal cosa, pensé que el tipo estaba loco.
-Qué bueno –acotó Pearson,- porque ya estaba pensan-
do que el loco eras vos. Te aclaro que no creo absoluta-
75
Gabriel Cebrián

mente nada de lo que estás contando, pero aún en tér-


minos de ficción, me resulta interesante. Adelante, con-
tinuá, por favor.
-No se apresure a sacar conclusiones, y tenga en cuenta
que tengo en mi poder algunos elementos que no le
digo que probarán taxativamente la totalidad de la
historia, pero que pueden darle una verosimilitud tal
que ya no podrá tomarla tan a la ligera como lo está
haciendo ahora. El hecho es que, loco o no, y como ya
le dije, aquel individuo parecía constituir mi único sal-
voconducto para volver a mi país. La referencia que
había hecho de su ilustre genealogía venía a cuento,
según continuó diciendo, para justificar que era un pési-
mo conductor, dado que siempre, desde su más tierna
infancia, había tenido choferes. No se sentía capacitado
para manejar en caminos de montaña, por más que en
esa época del año casi no había nieve o hielo. Dijo que
esperaba que yo fuese un buen conductor, a lo que
asentí, aún sin haber manejado nunca en esa clase de
carreteras. Tanto mejor, dijo con evidente satisfacción,
así servirás a un doble propósito: el de conducir, y el
de dar al cuadro un aspecto más familiar, ya que ire-
mos tú, yo y mi esposa. Por la diferencia de edad, po-
demos pasar perfectamente por tus padres. Entonces le
pregunté si su plan era algo tan básico como ir hasta la
frontera, ofrecer dinero y pasar, cuando en realidad debí
preguntar antes a qué se debía la necesidad de entrar y
salir ilegalmente de Chile. Me respondió que el asunto,
desde luego, no era tan simple; que tenía un contacto en
la oficina chilena de migraciones, el que eventualmente
haría contacto con la de Argentina para que pudiésemos
76
Calamo currente

pasar tranquilos por ambas. Y como si hubiera estado al


tanto de la inversión de prioridades que me había repro-
chado a mí mismo antes de dar voz a la pregunta, pri-
mero me hizo notar que aún no sabía mi nombre; y
cuando se lo hube dicho, se encargó de presentar las
circunstancias que lo habían arrojado a esa azarosa si-
tuación: Como te dije, soy descendiente de una legen-
daria dinastía de reyes de la Tierra de Hatti. Si hace un
momento me referí específicamente al Rey Subbiliuma,
fue porque durante su reinado ocurrieron los episodios
que desembocan aquí precisamente. Te parezco un lo-
co, ¿no es verdad? Bueno, pues las cosas son así, y las
entenderás mejor si tienes un rato para oír la historia
y, sobre todo, si aceptas conducir nuestro automóvil
hasta Argentina. Puede incluso que tengas una ganan-
cia en metálico, si nos satisface tu desempeño y, funda-
mentalmente, tu lealtad. Yo estaba casi anonadado, y si
bien no tenía alternativa, algo dentro de mí me decía
que haría muy mal si aceptaba la propuesta. De todos
modos, aún faltaba oír su historia. Seguramente hallaría
en ella algún indicio que echara un poco de luz sobre el
dilema de asociarme o no a la empresa, o de si aquel
hombre estaba realmente loco o podía sustentar su atre-
vida presunción genealógica.

12

(En este punto, y de modo tan oportuno que po-


dría despertar suspicacias -en el sentido de ser traído a
77
Gabriel Cebrián

cuento justo aquí más que nada debido a exigencias de


una óptima dinámica narrativa-, sonó el timbre. Era el
cadete del supermercado que traía la segunda botella de
jerez. Luego de pagar y dejar una buena propina, ha-
cerse cargo de la nueva línea de coca que aprovechando
el impasse Gerry le había preparado, y recuperar su lu-
gar en el sillón, Pearson dijo:)
-Está bien que el personaje ése que te has inventado
venga del oriente. Tu historia ya se parece a las de Las
mil y una noches, incluyendo cuentos que parten de
otros, y así sucesivamente. Yo accedí a oír una historia,
y no todas las que no sabía que iban a surgir de ésta.
-Bueno, como quiera. Veo que su atención ya flaquea.
-No es eso. –Corrigió Pearson, reactivo a lo que parecía
ser un señalamiento de flojera en cualquiera de sus
aspectos, fueran éstos físicos, mentales o mixtos (era
novedosa la forma en que esta clase de emociones
irruptas se manifestaban fisiológicamente bajo los efec-
tos de la droga; antes siquiera de tomar forma concien-
te, la resultante del presunto agravio u ofuscación era
experimentada como un cosquilleo que subía desde la
espina dorsal hasta la coronilla). –Pasa que me parece
que estás traicionando el espíritu mismo de tu propues-
ta. Según entendí, ibas a contar una historia real, no una
ficticia.
-¿Qué le hace pensar que es ficticia? Que yo sepa, no
he incluido elementos de dudosa existencia. Ni espíri-
tus, vampiros, alienígenas, esoterismos o cosas por el
estilo.

78
Calamo currente

-Mirá, pibe, con los años he desarrollado una intuición


muy especial respecto de la veracidad o no de las histo-
rias que leo, o como en este caso, escucho.
-Eso tiene que ver, más que nada, por el ejercicio de la
escritura, supongo.
-Efectivamente. Por lo general reconozco en otros auto-
res mis propios tics a la hora de incluir una historia ba-
sada en hechos reales. Una simple transpolación, que o-
pera en forma automática, sin proponérmelo.
-Pero disculpe, ¿no?... eso para mí presupone una alta
dosis de egocentrismo. ¿Por qué los demás autores
responderían a los mismos tics? ¿Qué le hace pensar
que lo que para usted es una anécdota que de algún
modo ocurrió, no es en cambio el producto de una ac-
tiva imaginación, una elaboración tendiente precisa-
mente a darle verosimilitud, elemento éste que final-
mente constituye el quid de toda narración que pretenda
atrapar al lector?
-Ya te dije, es intuición, y eso es algo que no se consi-
gue mediante procesos racionales. Seguramente, como
bien decís, la práctica de la escritura me ha vuelto más
conciente de esos mecanismos, del mismo modo que un
músico puede advertir técnicas y recursos de composi-
ción que permanecerían velados incluso al más excelso
melómano, si es que no ha sido formado en teoría. Pero
eso por sí solo no daría una pauta tan clara en este
sentido, como lo es para mí, sin el componente intui-
tivo, respecto del cual es muy difícil predicar algo.
-Bueno, siendo así, sólo puedo decirle una cosa: evi-
dentemente, sea por la causa que fuere, su método,
tanto como su intuición, no son infalibles, por cuanto
79
Gabriel Cebrián

acaba de equivocarse de medio a medio en lo que hace


al carácter de la historia que estoy intentando transmi-
tirle.
-O sea, insistís en que lo que me estás contando verda-
deramente ocurrió...
-Sí, o sea. Es más, no está dramatizado, ni distorsio-
nado, ni agrandado ni dismuinuido. Es nada más que la
crónica objetiva de lo que me sucedió hace algo más de
cuatro años. Tampoco le estoy diciendo que maté bes-
tias salvajes, onda infancia de Sandokán, como lo que
usted me contó, y sin embargo en ningún momento
puse en tela de juicio la veracidad de su reporte. En-
cuentro algo antideportiva su chicana, a no ser que las
reglas del juego no sean las mismas para ambos, cosa
que habría que haber aclarado desde el comienzo, en
todo caso.
-Bueno, dale, continuá, a ver...
-Tampoco lleve las cosas al punto de que parezca que
estoy rindiendo un examen, o que necesito demostrar
que mi testimonio es verdadero como si se tratara de un
proceso penal. Yo oí su historia partiendo de la buena
fe, y espero que tenga la gentileza de hacer lo propio, al
menos hasta que aparezca un licántropo, o un zombie.
-Contá tranquilo, pibe. Ya sabés lo que pienso acerca
de realidades y ficciones. Me da exactamente lo mismo
si es cierto o te lo estás inventando, en tanto me resulte
entretenido. Caso contrario, no me interesaría, fuese pa-
to o gallareta.
-En cierto modo lo entiendo, claro que desde la pers-
pectiva que entonces tenía yo mismo del asunto. Fue
precisamente ese mismo sentimiento de duda el que me
80
Calamo currente

llevó a manifestarle a aquel extranjero mi dificultad pa-


ra entender que pudiesen establecerse lazos genealógi-
cos tan concretos como para determinar inequívoca-
mente una ascendencia tan lejana. Por supuesto, era una
forma eufemística de decirle que no creía una palabra
de tal invocación, para colmo referida a un lejano Rey
hitita cuyo nombre jamás había oído, un nombre por
demás extraño, y que por ende ya había olvidado.
-Subbiliuma –dijo Pearson.
-Exacto. ¿Oyó hablar de él?
-Cuando lo dijiste, recién. Solamente quería demostrar-
te que aún puedo recordar un nombre extraño, que vos
no pudiste retener siquiera un par de minutos, incluso
teniendo menos de veinte años.
-Qué fenómeno... mire que es resentido, eh.
-En realidad te estaba gastando una broma. Casi no lo
recordaba, pero cuando lo mencionaste me vino a la
mente el recuerdo de haber leído algo sobre él, más que
nada en su relación con el Egipto faraónico.
-Me imaginé, sí.
-Mentís. No te imaginaste una mierda; te pillé, y no
querés reconocerlo.
-No, decía que me imaginé que era lógico que lo cono-
ciera, tratándose de una vieja rata de biblioteca como
usted...
-Bueno, seguí con el cuento, porque por lo visto, si no
te escudás tras el agravio, en este contrapunto no tenés
ni para empezar.
-Ya ni sé por dónde iba...
-Ves lo que te digo... decías que le planteaste al tipo
ése...
81
Gabriel Cebrián

-Ah, sí, sí, ya. Ahora tengo que contarle la historia que
a su vez me contó ese tipo que se hacía llamar Sa-
lomón. Cuando le manifesté mis dudas se sonrió con
suficiencia, y me dijo que tenía pruebas objetivas que
podían demostrar su aserto, aunque en cierta forma, le
ofendía un tanto que no aceptara su palabra de caba-
llero. Entonces me excusé, más que nada por no perder
el providencial salvoconducto que parecía haber halla-
do, y le aclaré que en modo alguno ponía en duda su
palabra, que lo que sucedía era que no había entendido
cómo podía llegar a acreditarse una filiación tan remo-
ta, y que si él decía tener pruebas objetivas, pues bien,
no era necesario que me las mostrase.
-¿No fue eso un poco pusilánime de tu parte?
-Claro, usted lo dice porque está acá cómodamente sen-
tado, calentándose las tripas con un jerez de puta ma-
dre, sabiendo que lo más azaroso que puede pasarle es
que el cajero automático de planta baja le diga que está
momentáneamente fuera de servicio. Lo quiero ver en
la situación en la que estaba yo, a ver si se hacía el
gallito. Fíjese que a pesar de esa actitud, acerca de cuya
gallardía acaba de sentar duda, Salomón me dijo que
precisamente esa reliquia que demostraba su ascenden-
cia real era el motivo por el que estaba allí, habiendo
entrado y tratando de salir de Chile en forma clandes-
tina. Y prosiguió, sin necesidad de requerimiento algu-
no de mi parte: La reliquia de la que hablo, no sola-
mente demuestra mi ascendencia real -por cuanto ha
pasado de generación en generación, y cada uno de los
herederos dejó consignada su identidad-, sino que tam-
bién comprueba que el Faraón Tutankamón fue asesi-
82
Calamo currente

nado; y es más, revela sin sombra de duda la identidad


de los conspiradores que lo hicieron. Pero me estoy a-
presurando, y advierto que con lo que acabo de decir
estoy generando más dudas que certezas, y no te culpo
por ello. Sé perfectamente que un asunto semejante
resulta muy difícil de digerir. Mas hechos son hechos; y
para no complicar más las cosas, te diré sintéticamente
que la reliquia fue robada de mi casa de Tblisi por un
arqueólogo chileno que ganó primero mi confianza y
después huyó con el tesoro milenario que era el orgullo
de mi linaje. Entonces le pregunté si no habría sido más
sencillo y menos azaroso hacer la denuncia correspon-
diente, para que Interpol detuviese al ladrón y le resti-
tuyera la reliquia, a lo que respondió que dos razones
hacían imposible tal operatoria: la primera estaba dada
por el estricto hermetismo que había sido consustancial
con el milenario documento, en un principio por razo-
nes políticas y religiosas, que por aquellos lejanos días
estaban íntimamente ligadas, luego por distintas razo-
nes de seguridad y precaución, y finalmente para evitar
que al gobierno egipcio o a cualquier organismo vincu-
lado a la arqueología se le ocurriera reclamar tan sin-
gular objeto, basándose en su condición de patrimonio
cultural de la humanidad, o alguna otra patraña por el
estilo. Ese maldito traidor, continuó Salomón, había
volado miles de millas, me había maravillado con su
conocimiento de la existencia de aquellos papiros –que
de eso se trata, finalmente-, había ganado de ese modo
mi confianza, para luego drogarme y arrebatármelos
del modo más artero. Él vino y me despojó, a mí y a mi
descendencia, del tesoro familiar. Ello ameritó la se-
83
Gabriel Cebrián

gunda razón por la cual me he visto obligado a man-


tenerme de incógnito en este lejano país: una afrenta
como la que me había sido infligida, según los códigos
éticos de mi gente, sólo puede ser lavado con la muerte
del ofensor. Entonces le comenté, bastante alarmado,
que podía deducir que si ya planeaba salir del país, era
porque había recuperado el tesoro y asesinado al la-
drón, a lo que respondió que efectivamente, así había
sido, y que su buena estrella le había enviado un joven-
zuelo lo suficientemente atosigado por las circunstan-
cias como para acceder a ayudarlo. No sé en qué clase
de problemas te has metido, añadió, seguramente no
serán tan graves como los que acabo de reseñarte, pero
sí lo suficiente como para que accedas a mi pedido de
ayuda mutua. Eso al menos es lo que creí percibir a
partir de tu mirada, cargada de angustia, y lo que me
llevó a proponértelo. No me interesan los problemas en
los que puedas haberte involucrado, ya ves que los
míos sí son graves. Claro que si quieres contármelos,
los oiré con gusto. Pero una cosa me permito advertir-
te, y espero que me entiendas y no lo tomes a mal: si
decides no acompañarnos, haz de cuenta que nunca te
he dicho nada. No es una amenaza, pero comprenderás
que frente a problemas tan acuciantes, no podría an-
darme con medias tintas ante una traición.

84
Calamo currente

13

Pearson bebió unos tragos de jerez, encendió


otro cigarrillo más e inhaló y exhaló por la nariz repe-
tida y rápidamente unas cuantas veces, dado que sentía
algo inflamadas sus mucosas y su respiración, por ende,
se veía algo dificultada. No obstante estaba ansioso por
recibir una nueva dosis, aunque a estas alturas le daba
cierto pudor reclamarla; y por otra parte, en un nivel
casi in-conciente, comenzaba a respetar la portentosa
virtud adictiva de aquella sustancia. Claro que cuando
Gerry procedió a picar y distribuir dos nuevas líneas, no
rehusó el convite. A caballo de la renovación de enjun-
dia inducida químicamente, volvió a manifestar su cer-
teza acerca del carácter ficticio del relato, sin reservarse
un dejo de ironía:
-A no ser –dijo- que lo tengas bien elaborado de ante-
mano, te aconsejaría que te tomes tu tiempo para desa-
rrollar atributos inusuales con los que dotar a la reliquia
ésa. Creo que ahí está la clave para dar brillo a tu his-
toria, o para hacerla decaer al nivel de una inconsistente
fantasía más.
-Insiste en considerarla una fantasía, ¿verdad?
-No se trata de una lectura caprichosa. Hay elementos
que lo demuestran palmariamente.
-¿Cuáles, por ejemplo?
-Y, por ejemplo, el personaje ése, Salomón. Dijiste que
hablaba con un fuerte acento oriental, y eso no se con-
dice con la capacidad de verbalización puesta de mani-
fiesto en los segmentos en los que cuenta su historia.
85
Gabriel Cebrián

-Ah, pero usted no puede incurrir en una descon-


textualización semejante. Claro es que el que hablaba
era yo, con mis propias palabras, aunque pretendiese
que era él quien lo hacía. ¿O acaso espera que haga una
dramatización de la escena, incluyendo todo y acento?
Tan liviana observación formal valdría para un texto
escrito, quizá, pero no para este plano coloquial. ¿Es
que no puede salirse siquiera un momento de su estruc-
tura, de su configuración literaria de aproximación a la
realidad?
-Las pautas las pusiste vos mismo, en la propia articu-
lación que diste al relato. No podés responsabilizarme
de eso, y mucho menos minimizar mi crítica desde esa
perspectiva.
-Estamos entrando en discusiones bizantinas que poco
y nada tienen que ver con la cuestión de fondo. Mire,
Pearson, la cuestión central es que usted no cree en la
veracidad de lo que le cuento, ¿verdad?
-Verdad. Y me parece que estoy adivinando que a
continuación, del mismo modo que lo hizo (o que decís
que lo hizo el tal Salomón), la movida siguiente será la
exhibición de un cuerpo probatorio, ¿no es así? Si es
así, te digo que la única prueba que aceptaría que me
muestres son los papiros ésos que mencionaste. Claro
que me imagino que eso es imposible, porque segura-
mente no están en tu poder –agregó con sarcasmo.
-Imagina bien. No están en mi poder.
-Caso cerrado, entonces. Pero no te aflijas, podés seguir
con el relato. Es bastante interesante, y te confieso que
siento una gran curiosidad por ver cómo te las arreglás
para mantener la tensión dramática, y para llegar a buen
86
Calamo currente

puerto. El planteo, los elementos desplegados, todo ello


parece constituir un basamento sólido y pletórico de
potenciales líneas de desarrollo.
-Dije que no están en mi poder, no que no pudiera po-
nerlos a su disposición. Pasa que no quiero que sea una
prenda de credibilidad. Usted debería creer lo que le
estoy contando sin necesidad de requerir constataciones
de esta índole.
-Ante cualquier prodigio, soy esencialmente parecido a
Tomás, el discípulo de Cristo que tenía que ver para
creer. Si podés ponerlos a mi disposición, y los consi-
dero auténticos, puede que crea tu historia. Lo que no
significa, como ya te dije, que no puedas seguir contán-
domela. Tal vez encuentre situaciones y circunstancias
que inclinen la balanza desde un prudente escepticismo
hasta una ingenua credulidad, quién sabe. Ello hablaría
muy bien de tus méritos como fabulador. En todo caso,
habrá tiempo para cotejar las pruebas más adelante, si
es que realmente existen.
-¿Quiere cotejarlas ahora mismo?
-Dijiste que no las tenías en tu poder.
-Puedo llevarlo con la persona que sí las tiene.
-Preferiría que vayas a buscarlas y las traigas.
-Sabe que eso no es posible.
-No, no sé ni veo por qué sería imposible.
-Vamos, Pearson, si usted tuviera en su poder un docu-
mento semejante, de un valor histórico e intrínseco tal,
no se lo daría a cualquiera para que vaya a mostrarlo a
un desconocido. Y mucho menos si ese desconocido es,
paradójicamente, famoso, como en este caso.

87
Gabriel Cebrián

-Puede ser que sea así, seguramente. ¿Y quién lo tiene?


¿El tal Salomón?
-No. Lo tiene la mujer que, ese día que le contaba cuan-
do usted me interrumpió, me fue presentada como la
esposa.
-Y que se trata de la misteriosa mujer que habías pro-
metido presentarme, supongo.
-Es una persona muy aguda, usted, eh. No por nada es
el gran Pearson. ¿O es quizá que la tenía tan presente
que a la primer referencia femenina la tiró al ruedo?

Pearson se incorporó y se dirigió al baño. Mien-


tras orinaba en el lavabo, mirándose al espejo, analizó
la sensación de amenaza que ahora volvía a experi-
mentar con respecto a Gerry, no obstante haber creído
que había quedado superada, al menos en lo aparente,
durante el diálogo que habían mantenido en el bar de
Plaza Dorrego. Por supuesto que no daba crédito a una
sola palabra acerca de descendientes de reyes hititas,
antiguos papiros o resoluciones secretas de magnicidios
históricos. Tal vez la mujer tampoco existiera; o tal vez
sí, y estaba involucrada en un intento de manipulación
de su persona. Era obvio que se trataba de una manio-
bra de ese tipo, pero no podía discernir a qué motivos o
causas respondía. Tal vez el muchacho sólo estaba bur-
lándose de él. Tal vez quería sacarle dinero, o utilizar
sus influencias para progresar en el mundillo literario
vernáculo. O tal vez tenía instintos torcidos, del orden
que fuesen, y estaba intentando involucrarse con él
vaya a saber para qué aberraciones. Al fin y al cabo, era
un drogadicto, y muy probablemente padeciera otros
88
Calamo currente

desórdenes mentales sobrevinientes a esa condición.


Terminó de vaciar la vejiga, hizo correr el agua, se lavó
la cara y tomó razón de que su corazón estaba latiendo
en tempo allegro molto vivacce. La preocupación, adu-
nada a la cocaína, parecía ser pésima combinación, al
menos en lo concerniente a riesgos coronarios. Aunque
pensándolo bien, quizá fuera precisamente esa excita-
ción neurológica la que lo estaba llevando a cuadros de
paranoia injustificados. El chico solamente había conta-
do una historia algo delirante, y ofrecido presentarle a
una mujer que poseía elementos probatorios acerca de
la misma. Lo más grave podía ser que estuvieran to-
mándolo por estúpido, cosa absolutamente inocua, so-
bre todo si se mantenía en un plano de escepticismo crí-
tico. Estas oscilaciones anímicas también parecían ser,
por lo inédito de su veloz alternancia, producto del
tóxico. Volvió al living, y dijo con voz firme: -Está
bien. Vayamos a ver esos papiros y a esa misteriosa
hembra, si es que existen.
-Espere, espere, no se haga el loco. Tomemos un par de
líneas más, terminemos el jerez y déjeme concertar la
cita por teléfono, primero. No es cuestión de soplar y
hacer botellas, ¿sabe? Y antes que diga nada, le aclaro
que muy probablemente hoy mismo conozca a la mujer
y vea los papiros. No estoy ganado tiempo ni inven-
tando nada, sólo tiene que entender que un asunto así
no se da a conocer a cualquiera, a tontas y a locas. Y
celebro que quiera tomar contacto con la realidad de u-
na historia semejante. Demuestra que tiene agallas. Que
aún no ha doblado las rodillas. Muchos huirían como de
la peste de un asunto que está teñido de sangre desde
89
Gabriel Cebrián

hace más de tres milenios, y que sigue cobrando


víctimas hasta el día de hoy. No se arrepentirá, Pearson,
créame, aunque difícilmente pueda sacarse de esto ma-
terial publicable. Y no porque no lo merezca, sino por-
que la seguridad de todos depende de la discreción más
absoluta.
-No es cuestión de agallas, sino de simple curiosidad
ante un asunto que parece mera leyenda.
-Como quiera que sea, ya está avisado. Y en atención
de que para mí la cosa es muy real, y contiene aristas de
peligrosidad, voy a proponerle que me deje organizar
las cosas de manera de minimizar probables márgenes
de error. Aprovecharé el tiempo para adelantarle la in-
formación que considero debe usted poseer antes de co-
nocer a Fátima.

14

-Veo que te tomás muy en serio los eventuales riesgos


que suponés que una fantasía como ésa puede traer
aparejados –observó Pearson, manteniendo el dedo en
el renglón, más que nada debido a que una mínima par-
te de su mente parecía comenzar a dar crédito a la deli-
rante historia. Gerry no perdió la calma al replicar:
-No voy a repetirle todo el tiempo lo mismo, Pearson,
no sea pesado. Aparte, quién mejor que usted podría
saber que infinidad de crímenes hallan motivo en his-
torias ficticias. El hecho de que lo que le estoy contan-
90
Calamo currente

do sea verídico o no, no empece en absoluto la posibi-


lidad de crímenes pasados o futuros, que podrían haber-
se cometido o que podrán cometerse en función de ella.
-No, eso sí es cierto, claro.
-Por eso, conténgase un poco, entonces. Déle tiempo al
tiempo. Y mire, voy a abreviar, porque de lo contrario
temo que en cualquier momento vaya a mandarme a
paseo.
-Hacé como gustes, pero procurá no dejar datos impor-
tantes en el tintero, o demasiados cabos sueltos.
-La cosa fue que luego de manifestarle mi lealtad -aún a
pesar del miedo que me causaba la posibilidad de que-
dar involucrado, a más de los cargos que había sabido
granjearme ya, en un asesinato-, Salomón me dijo que
siendo así no había tiempo que perder, y se dirigió a
buscar auto, esposa y reliquia. Lo esperé en el bar un
cuarto de hora, quizá un poco más, no podría precisarlo
por cuanto el nerviosismo hizo que el lapso me parecie-
ra extremadamente largo. Detuvo su Toyota Corolla
frente al bar, me hizo señas sin apearse y yo subí al a-
siento de atrás. Me presentó a Fátima, y al momento
quedé prendado de su hermosura. Claro que me lleva
bastante más de veinte años, mas así y todo no pude de-
jar de fantasear con aquella densa cabellera rubia atada
en una especie de rodete sobre su coronilla, los pro-
fundos ojos verdosos, los finos y nobles rasgos, la alti-
vez inteligente de su mirada, el delicado perfume...
-Oíme, pará un poco que ya me estoy excitando.
-Lo bien que hace, quizá sea una buena propedéutica
para afrontar la emoción de contemplarla personalmen-
te, créame. Pero he de decirle que a más de lo que sus
91
Gabriel Cebrián

ojos trasuntaban, había otra cosa. Una profunda angus-


tia, un oscuro aunque ostensible temor latente.
-Está bien, hagamos de cuenta que una sola mirada pue-
de generar connotaciones tan diferentes.
-Pueden ser diferentes, quizá, pero no son excluyentes,
siquiera encontradas en modo alguno, así que no veo la
imposibilidad.
-Era un comentario, seguí, nomás.
-Al instante supe que esa mujer estaba atormentada,
quizá por el hecho de haber participado en una empresa
criminal como la que Salomón, tan desaprensivamente,
me había transmitido. Y lo que parecía evidente, si es
que ésa era la razón, era que estaba involucrada en ella
en contra de su voluntad. Tal percepción sólo coadyuvó
a azuzar un poco más mi agitación interior, si bien toda
mi determinación estaba puesta en volver a Buenos Ai-
res a como sea, y eso dejaba poco espacio en mi con-
ciencia para consideraciones secundarias. Unos pocos
kilómetros adelante, Salomón se detuvo e intercambia-
mos posiciones. Me hice cargo del volante con todas las
torpezas propias de la situación, usted vio que el ner-
viosismo juega en contra de la pericia en este orden de
actividades. Y a ello súmele que no tenía casi experien-
cia en la conducción de automóviles tan nuevos y so-
fisticados. Acostumbrado como estaba a coches anti-
guos y desvencijados, que me obligaban a doblar a
fuerza de ampulosos volantazos, en la primera curva
giré de más y casi me salgo del asfalto. Debo haberme
sonrojado al máximo, y por cierto que temí dar por
tierra con mis esperanzas ante tales muestras de inep-
titud, pero Salomón lo tomó a la broma y me indicó
92
Calamo currente

sosegarme e irle agarrando la mano al vehículo con


tranquilidad, que era cosa que llevaría unos pocos kiló-
metros. Así lo hice y así fue, dado que cuando uno se
acostumbra, estas máquinas las encuentra incluso más
fáciles de conducir que los trastos a los que yo había
tenido acceso por entonces.
-Te pedí detalles que hicieran a la cuestión, no un ma-
nual de conducción del Toyota.
-Le estoy explicando que a poco, no le digo que era un
experimentado corredor de rally, pero casi, modestia
aparte.
-La necesidad tiene cara de hereje...
-Puede que haya habido algo de eso, sí. La cuestión es
que hasta llegar al primer puesto fronterizo casi no in-
tercambiamos frase alguna. La atmósfera en el interior
de aquel auto era casi sólida, se respiraba inquietud y,
en el caso de Fátima, también desazón. Yo solamente
deseaba para mis adentros que todo aquello terminara,
y de la mejor manera posible. Claro que todo este
tiempo en silencio me permitió considerar aspectos de
la situación que hasta ese momento no había evaluado,
pese a las tenebrosas implicancias que a partir de ellos
podían llegar a inducirse. Si conseguíamos atravesar la
frontera, a base de sobornos o de lo que fuere, ¿qué
actitud asumiría frente a mí el tal Salomón, siendo que
me había confiado su crimen? ¿Me daría la mano, las
gracias y quizá algún dinero y me dejaría partir en paz?
O por el contrario, ¿intentaría deshacerse de mí, garan-
tizando de tal modo tanto el secreto del homicidio per-
petrado como de la reliquia que arrojaba luz sobre el
misterioso deceso del Faraón Tut?
93
Gabriel Cebrián

-Tal vez habría sido menos peligroso que te entregaras


a los carabineros, del modo en que lo estás planteando.
-No vaya a creer que no lo pensé, pero bueno, la suerte
estaba echada, y Los Andes me parecían más impre-
sionantes que el propio Rubicón, desde cualquier punto
de vista, qué quiere que le diga. Ya me veía implorando
por mi vida, de rodillas y con un arma apuntándome a
la nuca. Deduje, ya bañado en transpiración, que Fáti-
ma sabía que la cuestión iba a terminar de ese modo, y
llegué a no abrigar dudas acerca de que ése, y ningún
otro, era el motivo de su angustia. Pero bien dicen que
para conocer el camino es necesario recorrerlo. Y el
hecho de plantearlo de antemano, se me antojaba, podía
sugerir vías de acción que tal vez no habían sido eva-
luadas, por difícil que pudiera parecerme eso entonces.
La idea de ser detenido por los gendarmes ya no me
parecía la peor perspectiva posible, a tenor de estas
lucubraciones. Me fustigué, reprochándome el haber
sido tan torpe como para embarcarme en semejante
empresa sin haberlo casi meditado; aunque ello, por
supuesto, había sido efecto de la total ausencia de
alternativas.
Llegado que hubimos por fin a la frontera, la
inmediatez de la resolución de ese punto crucial hizo
que dejara de lado, momentáneamente, las preocupa-
ciones acerca de esos eventuales dramas ulteriores que
mi inseguridad había alentado. Salomón me indicó esta-
cionar unos cuantos metros antes del edificio de control
migratorio, se apeó y se dirigió a efectuar los trámites o
lo que fuera que iba a hacer. Ni bien salió del auto,
Fátima me dijo Germán, no sabés en el lío que te has
94
Calamo currente

metido. Pese a que la frase, aunque escueta, contenía


sin embargo todos los elementos necesarios para agra-
var mi cuadro de alarma, en aquel momento solamente
pude pensar que hablaba un castellano rioplatense típi-
co. No se preocupe, le respondí, tal parece que eso es
mi especialidad, últimamente. Meneó la cabeza, y yo
sentí que estaba a punto de quebrarse. No es broma,
remarcó, este individuo es un asesino demente. Dudo
que salgamos con vida de ésta. ¿Qué cosa dice? La
verdad que se me cruzó pensar que podía ultimarme
para salvaguardar sus secretos, pero usted es su
esposa. ¡Su esposa, y una mierda! Exclamó, y ví cómo
una lágrima se desprendía del extremo de su ojo
izquierdo. Este hijo de puta me tiene poco menos que
secuestrada. Lo conocí en Buenos Aires, y me embarcó
en este asunto del papiro aprovechándose de mi curio-
sidad en esos temas. Maldita sea la hora en la que le
presté oídos. ¿No es cierto el asunto ése del papiro?
Pregunté entonces, advirtiendo que mis temores se
estaban materializando, aún cuando el contexto parecía
no ser el previsto. Lo del papiro es cierto, lo que no es
cierto es que pertenecía a su familia. Vino aquí a
robarlo, luego de asesinar por mi intermedio al experto
que yo misma había contratado tiempo antes para cer-
tificar su autenticidad. ¿Cómo dice? ¡Digo que me o-
bligó a mí a ejecutar el crimen, para involucrarme de
modo tal que no fuera ya capaz de denunciarlo! Usted
comprenderá, Pearson, que ante el giro de la situación
provocado por los dichos de Fátima, quedé más estu-
pefacto de lo que ya estaba. Y cuando las circunstancias
y la información acerca de las mismas son a la vez
95
Gabriel Cebrián

profusas y difusas, suelo bloquearme, qué sé yo, parece


ser mi respuesta a ello, medio parecida a la de las com-
putadoras. Zas. Me cuelgo. Luché por superar esa espe-
cie de stand by con el que mi sistema nervioso trataba
de evitar colapsos sobrevinientes, pero ninguna palabra
o concepto venía a articular de nuevo mi discurso in-
tramental, a la sazón desertor y abandónico.
-Casi has dado voz a la sintomatología que estoy
experimentando en este mismo momento.
-Si quiere seguimos otro día.
-No, nada de eso. Sólo que me hace falta una escala
técnica –aclaró, y se incorporó para ir al baño. Un par
de minutos después regresó, y sus expectativas no
expresadas se vieron satisfechas al observar a Gerry
que, muy aplicado, preparaba dos líneas más.

15

-Bueno, ya vamos llegando a un punto de inflexión en


la historia, no afloje.
-No aflojo, sucede que el jerez y esta menesunda me
dan ganas de mear. Ahora, estaba pensando... linda a-
miga, me querés presentar. Por lo que decís, es escrito-
ra, asesina... y quién sabe cuántas miserias humanas
más.
-Usted plantea esos remilgos porque aún no la ha visto.
Cuando la tenga frente a frente me va a decir si esos
que usted considera disvalores pierden o no pertinencia.
96
Calamo currente

-Mucha propaganda, sí; pero respecto de eso, como de


cualquier otra cosa que puedas haber dicho, hasta que
no vea, no creo.
-Ya lo sé, hombre de poca fe.
-Dale, continuá, veamos en qué consiste ese punto de
inflexión –indicó Pearson, gozando internamente de la
euforia del clorhidrato, estabilizada por las etílicas lasi-
tudes.
-Bueno, a partir de allí los hechos se precipitaron. An-
tes de que Salomón regresara, acompañado por un uni-
formado, Fátima me pidió que ante cualquier cosa que
fuera a ocurrir, me pusiese de su lado. Apeló a mi ca-
pacidad de discernimiento para que viera con claridad
en quién podía confiar y en quién no. Tal vez lo único
que podrá salvarnos será asumir vías de hecho desa-
gradables. Te ruego que no me juzgues hasta que pue-
da explicarte por qué estoy diciéndote ésto, y por qué
en todo caso haré cosas que podrán parecerte brutales.
Pero no hubo más tiempo para comentarios o explica-
ciones. Cuando Salomón y el gendarme llegaron, yo
estaba más duro que ahora, fíjese lo que le digo, pero
no a causa de una droga sino por el peso de las
circunstancias. Imagínese: tratar de atravesar la frontera
sin documentación y tal vez con la policía chilena tras
mi pista, ya era una situación por demás azarosa, y a
eso súmele la incertidumbre que me provocaba ese
quién es quién macabro, y la posibilidad de quedar
involucrado en un crimen, o quizá varios...
-Ya está bien de exordios dramáticos –lo conminó, a-
provechando el hiato en el correntoso discurso.- Por fa-
vor, dale gas.
97
Gabriel Cebrián

-Dígame una cosa, ¿siempre es tan ansioso, o es la


merca, que lo pone así?
-Mirá, pibe, la verdad es que cuanto más tiempo in-
vierto en prestar atención a algo que creo finalmente no
satisfará mis expectativas, mi ansiedad se eleva en for-
ma directamente proporcional.
-No me genera mayor presión con esos comentarios,
¿sabe? Estoy muy seguro de mi producto.
-¿Viste que tenía razón, las otras noches, cuando te dije
que probablemente fueras mejor vendedor que cual-
quier otra cosa?
-No voy a abundar en esa clase de tonterías. ¿Quiere
que siga con la historia o prefiere dejarlo para otro
momento? –Pearson lo instó por señas a continuar. –
Como le decía, Salomón, acompañado por el gendarme,
se detuvo frente a mi ventanilla y requirió a Fátima le
alcanzase la documentación de la guantera. Cuando
abrió la portezuela, un objeto metálico y pesado cayó al
piso del auto, y aún a pesar del apresuramiento con el
que la mujer procedió a esconderlo pude advertir que se
trataba de un revólver de grueso calibre. Luego le ten-
dió una carpeta de plástico. Salomón la tomó y se alejó
unos pasos con el gendarme. Este hizo lo que pareció
ser una pantomima de chequeo de papeles, mientras el
autoproclamado descendiente de la realeza hitita extraía
algo del bolsillo de su campera y se lo entregaba con
cierto disimulo, seguramente se trataba de los honora-
rios acordados. Al menos eso, por el momento, parecía
estar saliendo bien. Pero claro, la newtoniana aparición
del arma agregó un elemento caótico mayúsculo a la

98
Calamo currente

entropía ya de por sí escalofriante del cuadro de situa-


ción.
-¡Muy bien! Tu formulación metafórico-epistemológica
me conmueve –celebró Pearson, con aire socarrón.
-Me alegro. La cuestión que el gendarme saludó y se
fue, en tanto Salomón ingresaba al auto e increpaba du-
ramente a Fátima, acusándola de torpe, en muy malos
términos, y enrostrándole un error que bien podía ha-
berlo arruinado todo. Ella oyó la dura reprimenda sin
articular sonido alguno. Tal vez siquiera lo haya escu-
chado. ¿Qué esperas? Vámonos de aquí, me ordenó Sa-
lomón, y fue la primera vez que se refirió a mi persona
en términos imperativos y destemplados, lo que arrimó
unos cuantos porotos a la cuenta de Fátima. En el
puesto de Argentina directamente ni nos detuvimos. Un
uniformado salió simplemente a darnos la venia, se no-
taba que el dinero entregado momentos antes había
cubierto los dos peajes.
-Je je je –rió quedamente Pearson del tragicómico
folklore sudamericano, aunque la sonrisa se redujera a
un mero rictus desagradable, dada la rigidez de sus
músculos faciales.
-¡Estábamos otra vez en Argentina! Sólo había que ter-
minar de atravesar la zona montañosa, y ya iba a estar
en condiciones de escabullirme de ese par de locos para
regresar por las mías, a dedo o como me fuera posible.
Recé para mis adentros suplicando que, ya prestado el
servicio para el cual parecían haberme convocado, no
fueran a resolver ejecutarme en cualquier recodo del
oscuro camino. El silencio y la tensión volvieron a ga-
nar el habitáculo del Toyota (al que dicho sea de paso,
99
Gabriel Cebrián

ya conducía con singular pericia). Si no iba más rápido


era solamente porque no conocía el camino y temía sor-
presas tales como curvas que se cerraran de golpe, o
deterioros en el pavimento. Supongo que de no haber
sido por eso, la ansiedad me habría compelido a pisar el
acelerador sin contemplaciones. En un momento obser-
vé por el retrovisor que Salomón se movía en el asiento
trasero y me alarmé, sólo hasta darme cuenta que lo que
había hecho era extraer del bolsillo de su campera una
petaca con un licor anisado muy fuerte y muy fragante,
cosa que pude comprobar aún antes de que me la
pasase, debido propiamente a esa virtud odorífera que
le digo. Luego de beber me la pasó, y mientras yo hacía
lo propio pude observar, dada la inclinación de la cabe-
za hacia atrás (que favorecía la visión del espejo, ¿no?)
–aclaración ésta que incluyó una mímica reforzada por
la copa de jerez-, que continuaba hurgando en sus bol-
sillos, y mi inquietud se vio renovada. Mas esta vez se
trataba de cigarros puros. Todo indicaba que era una es-
pecie de celebración por la exitosa empresa del cruce
de Los Andes.
-Tu historia tiene ciertas resonancias de épicas sanmar-
tinianas, eh.
-Sabía que iba a acotar alguna estupidez semejante ni
bien dije lo que dije. Podrá ser un hombre talentoso,
Pearson, pero a veces es burdo; y lineal, también.
-Pasa que vos me la dejás picando y no puedo evitar
recaer en cierto humorismo fácil, más que nada para
cortar la gravedad insustancial de tu reporte.
-Gravedad insustancial, eh. Que pueda ser grave, sobre
todo el último segmento, no voy a discutírselo. Lo que
100
Calamo currente

sí, de ninguna manera es insustancial. Hay sustancia de


la que quiera buscar, ya va a ver.
-¿Cuántos kilómetros faltan?
-A bordo de ese Toyota, muy pocos. Tal lo previsto,
Salomón brindó por el éxito del cruce de fronteras y
procedió a encender dos cigarros, uno de los cuales me
pasó. Yo rogaba que detrás de la cubierta de celebra-
ción no se ocultara esa suerte de agasajos que suelen
brindarse a los condenados antes de la ejecución. Aun-
que hoy día sospecho que se trataba de esto último, ja-
más tendré ocasión de saberlo a ciencia cierta. Después
de que nos hubimos pasado un par de veces la petaca, y
que el humo de los cigarros fuera nublando el interior
del vehículo, Salomón le pidió a Fátima que le diera el
revólver, y juro que se me erizaron todos los pelos del
cuerpo. No sé si seré pesimista, pero entonces estaba
convencido de que mi fin había llegado. ¿Para qué lo
querés? Preguntó la mujer, evidenciando la resistencia
que sentía a cumplir con lo requerido. ¡Dame ese mal-
dito revólver, ya! La conminó, con un tono tan violento
que no admitía réplicas; al menos de tipo excusatorio,
porque la réplica en sí no se hizo esperar, y luego pude
colegir que precisamente lo amenazador del comando
no le había dejado lugar a la asustada Fátima para otra
modalidad de respuesta. Levantó el revolver del piso
del auto y vació el cargador sobre el cuerpo de Salo-
món. Casi me salgo del asfalto con la sorpresa, y fui a-
minorando la marcha y gritando ¡Por dios, qué carajo
pasa! Y cosas por el estilo que si le digo le miento,
mientras los estampidos seguían a intervalos regulares
en una secuencia de seis. Cuando por fin detuve el auto,
101
Gabriel Cebrián

estupefacto como puede imaginarse, vi girar el revólver


con el índice de Fátima en el gatillo como eje, según
gravitacionales tropismos, y luego caer al piso debido a
las mismas causas y a la flacidez creciente de los mús-
culos de la victimaria, quien prorrumpió en sollozos.
-Ahora sí, lo que contás tiene sustancia.
-Claro, si no hay un hecho de sangre, la cosa no le
funciona, ¿no es así?
-Me refería a que tiene consistencia en términos litera-
rios, solamente. Gravitacionales tropismos, vaya una
locución para ser utilizada en contexto coloquial... está
bien, pero supongo que de todos modos deberías gra-
barte mientras improvisás esta clase de reportes. Tal
vez no consigas rematarlos de manera adecuada, pero al
menos así te quedarán sintagmas exóticos para aplicar a
una nueva intentona.

16

-Mire, Pearson, la verdad es que me hace acordar a esos


niños que pretenden conjurar a los fantasmas repitién-
dose a sí mismos que no existen, o que creen ocultarse
a la vista de los monstruos tapándose los propios ojos.
Sé que hay elementos muy inquietantes en esta historia,
que usted se empeña en reducir a meras imaginerías, y
más ante la ciertamente próxima posibilidad de conocer
a alguno de sus protagonistas y elementos probatorios,

102
Calamo currente

pero haga el favor de no mostrar tanto sus inseguri-


dades, che.
-No se trata de expresión de inseguridades en modo
alguno, yo diría más bien que todo lo contratrio. Pero si
mis certezas conspiran contra las motivaciones que te
permiten acuñar glosas tan acabadas y hasta rimbom-
bantes, pues bien, me privaré de formularlas en lo suce-
sivo.
-Y lo bien que hará. Usted tiene una baza insuficiente
para competir en esta mesa. Recuerde que mis mejores
cartas aún no entraron en juego. Y que un verdadero
tahúr no necesita de trampas. La cosa que allí estaba yo,
conmocionado, con un cadáver en el asiento trasero y
una mujer absolutamente desbordada anímicamente en
el del acompañante. Miré alrededor, y no vi autos ni
personas que pudiesen haber visto u oído algo de lo tan
tremendo que había ocurrido en el interior de aquel
Toyota. ¿Por qué hiciste eso? Pregunté, una vez que
hubo amainado un poco el huracán plañidero. Iba a
matarnos, me respondió entre sollozos. Iba a matarnos
a ambos y a hacernos desaparecer en algún escondrijo
entre las piedras. ¿O acaso por qué creés que se preo-
cupó tanto por no dejar consignadas las salidas y en-
tradas del país? Yo me esforzaba por encontrar el real
sentido de lo que estaba pasando, mas no podía hallar el
menor hilo conductor que me permitiese comprender
mínimamente la dramática situación a la que el destino
me había arrojado. Sentía que un desmoronamiento
traía consigo otro aún peor, y así sucesivamente. El
alud de circunstancias azarosas parecía arrastrarme a
estados de precariedad cada vez mayores, y mi angustia
103
Gabriel Cebrián

crecía en igual proporción. En esa vena fue que le pre-


gunté por qué no había aprovechado el paso de la fron-
tera para pedir auxilio a los gendarmes, y me dio un par
de razones de las cuales una me pareció al menos ines-
crupulosa, en aquel contexto. Dijo que no quería ser
juzgada en Chile por el homicidio que se había visto
forzada a cometer, primero porque era una sociedad
retrógrada y machista y segundo porque el dinero podía
comprar a la justicia, y era Salomón quien lo poseía en
cantidades insospechadas. Y a continuación expresó la
otra razón, la que había agitado mis escrúpulos: Ade-
más, de ese modo –puntualizó-, los gendarmes halla-
rían la reliquia escondida detrás de uno de los paneles
de las puertas del auto, y perdería, además de mi
libertad, el tesoro por el que he llegado a estos niveles
de ignominia. No voy a negarle que en ese momento
pensé que Fátima era una persona tan abyecta como el
propio Salomón; así que recogí el arma homicida con
mucho cuidado de no dejar mis huellas dactilares
impresas y la coloqué lejos del alcance de ella. Está
bien que ya no tenía balas en el tambor, pero así me
sentí un poco más tranquilo. Quien mata dos, mata tres,
¿no le parece? La mina estaba jugada, y yo sabía que si
la mínima ventaja que pudiera tomar requería me asesi-
nase, no le iba a temblar el pulso, a estas alturas. ¿Qué
hacemos, con el fiambre? Consulté, dado que la inac-
ción me estaba arrojando a instancias de desesperación.
Casi ni advertí que de ese modo me estaba colocando
en posición de cómplice. No sé, lo que creo es que de-
bemos sacarlo antes de que embadurne todo el tapiza-
do de sangre, dijo, con un aplomo que encontré incon-
104
Calamo currente

gruente con su situación anímica. Y como si el pensa-


miento hubiera dado cabal consecuencia a la acción, se
bajó del auto, abrió la puerta trasera derecha, arrastró el
cuerpo hacia ese lado (dado que se encontraba junto a
la ventanilla opuesta) y lo dejó caer sobre el pasto de la
banquina. Tal vez haya sido el escaso tiempo que trans-
currió desde el fusilamiento hasta esta maniobra, tal vez
debido a la gruesa campera cerrada que el ahora extinto
llevaba puesta, la cosa es que sólo unas cuantas gotas
de sangre eran visibles sobre el tapizado, y tres o cuatro
agujeros de bala en el respaldo, ligeramente teñidos por
sangre, podían revelar el luctuoso hecho. Estábamos
limpiando y disimulando evidencias cuando vi venir los
faros de un automóvil, desde el lado de Chile. Se me
pusieron los pelos de punta, usted se imagina. Si tan só-
lo se les ocurría parar para asistirnos, suponiendo que
habíamos sufrido percances mecánicos, el desaguisado
iba a quedar absolutamente expuesto. No obstante, las
continuas secreciones adrenalínicas me estaban afectan-
do, seguramente, toda vez que procedí a una estrategia
precipitada pero altamente efectiva. A patadas, prácti-
camente, hice rodar el cuerpo de Salomón para ocultar-
lo detrás del Toyota; y acto seguido, tomé a Fátima de
la cintura y prácticamente la arrojé sobre el capot, de
espaldas a la ruta, me bajé los pantalones y me coloqué
entre sus piernas, fingiendo una salvaje actividad se-
xual. La maniobra resultó efectiva, dado que unos cuan-
tos bocinazos y gritos festejaron nuestro pretendido fre-
nesí erótico. Tan convincente fue la representación que
llegó a afectarnos incluso a nosotros, por cuanto termi-

105
Gabriel Cebrián

namos fornicando de un modo aún más expansivo que


el que habíamos intentado representar.

Esta última información resultó por demás urti-


cante para el sistema nervioso estimulado de Pearson.
Técnicamente, no podían ser celos lo que sintió ante el
reporte de la compulsiva relación carnal relatada; fun-
damentalmente porque no había tenido relación alguna
con la tal Fátima, y además, ni siquiera tenía certeza de
su existencia real. Y si llegaba a dar voz a algún pru-
rito, que bien podía ser producto de la oferta de presen-
tación de un objeto sexual por descarte, estaría recono-
ciendo la veracidad de una historia que tercamente pre-
tendía acotar a ámbitos ficticios. Mas en su fuero
interno sentía de modo inequívoco los efectos de una
afrenta que por infundada no resultaba menos hiriente.
Como tantas otras veces, cuando por alguna circuns-
tancia se veía abrumado y no quería dar traslado de e-
llo, apeló a una especie de broma que no era sino sar-
casmo mal camuflado:
-Claro, ahora no sabés cómo sacarte a la veterana de
encima y pretendés endosármela a mí, ¿es eso?
-Mire, Pearson, ya le estoy tomando cierto aprecio, ¿sa-
be? Y sé perfectamente que una persona en su situa-
ción, a la que le prometen una cita tan interesante, pue-
de alentar expectativas y encontrar en cierta manera una
desilusión a partir de lo que acabo de contarle...
-¿De qué estás hablando? –Lo interrumpió, mientras un
cosquilleo se hacía ostensible en su corteza cerebral. -
¿Una cita tan interesante, te parece, tratándose de una
persona enferma, asesina, y encima, escritora? No sé
106
Calamo currente

cuál es tu idea de una “cita interesante”, o mejor dicho,


a tenor de lo que me estás contando, sí puedo adivinar
cuál es. Pero ni se te ocurra pensar que yo la comparto
en modo alguno. Aparte, ¿qué es eso de “mi situación”?
Gerry, pendejo, avivate. No estoy en una situación tan
precaria o amarga como la que te empeñás en colocar-
me. De veras que no.
-Como sea. Lo que quería decirle es que estábamos allí
los dos, con la emocionalidad al rojo vivo, se me ocu-
rrió esa estrategia para ocultar el cadáver y fue algo ab-
solutamente instintivo, algo que nos llevó a canalizar la
desesperación en la única actividad cuyo furor nos po-
día contener, en semejante trance. Es difícil de explicar,
vea, si nunca le ha ocurrido. Si no fuese por eso lo hu-
biera considerado un error, y uno garrafal, en orden a lo
que sucedió después; a la gran amistad que consegui-
mos cimentar aún después de esta primera y aciaga
experiencia, a esta primera y única incursión sexual que
no tuvo más finalidad que descomprimir la soledad
infinita que parece asaltar a quienes transponen ciertos
límites. Es desde el mayor de los cariños y del más
absoluto respeto por esa mujer que me permito contarle
las cosas tal cual como sucedieron, y espero que no sea
tan enano mental como para juzgar de plano y tan
ligeramente a una persona en una situación límite como
la que pasaba Fátima entonces. Y otra cosa, si vuelve a
llamarla veterana pasible de endoso, le bajo todos los
dientes. No es nada personal, vio.
-Voy a pasar por alto esa amenaza, eventualmente tan
difícil de ejecutar.

107
Gabriel Cebrián

-Y yo voy a hacer lo propio con las sandeces que dice


sin el menor fundamento. Le conté lo que le conté por-
que la gravedad del asunto hace necesario que no que-
den cabos sueltos que pudieren poner en riesgo la cohe-
sión que deberemos mantener si queremos que todo lle-
gue finalmente a feliz término.

17

-¿Gravedad del asunto? ¿De qué asunto estás hablando?


Yo accedí a oír tu historia, no a involucrarme en cual-
quier asunto en el que pueda estar implicado un joven-
zuelo traficante de estupefacientes. Ni aunque detrás de
todo ese asunto estuviese la propia Sharon Stone, ni ha-
blar de un sosia criminal, fetichista y con veleidades li-
terarias.
-Sabe qué pasa, Pearson –comentó con aplomo, mien-
tras procedía a preparar un par de rayas más-, ésa es
precisamente la diferencia entre la vida real y las his-
torias ficticias, línea que usted parece con frecuencia no
tomar en consideración. Las historias ficticias, uno pue-
de llevarlas para un lado y para el otro; o, para decirlo
en términos más precisos, puede involucrarse o no en
ellas. Por el contrario, en la vida real uno muchas veces
se ve involucrado en determinados asuntos sin la menor
intención, e incluso a contrario de su voluntad más ma-
nifiesta. Es algo tan, pero tan perogrullesco, que hasta
un niño pequeño es capaz de advertirlo. Pero no me
108
Calamo currente

defraude, ¿quiere? Yo sé que ante la menor dificultad


es muy grande para usted la tentación de olvidar todo y
encerrarse en éste, su castillo de melancolía. Pero igual
no se preocupe, ya es muy tarde para arrepentirse, y sé
que dará lo mejor, aunque reniegue y se deshaga en
quejas e imprecaciones.
-No me gusta el tenor de lo que estás diciendo –dijo
Pearson, mientras ponía rodilla en tierra para aspirar la
droga.
-Ya lo sé. No le gusta nada el asunto después que le
conté mi inocente affaire sexual con Fátima, y menos a-
ún desde que empezó a considerar la posibilidad de que
todo cuanto le he contado es rigurosamente cierto –ase-
veró Gerry, mientras daba cuenta de su dosis. –Pero
bueno, las cosas están así; tal vez debido a la carga gra-
vitacional del documento, obviamente la masa crítica
del asunto, que absorbe a cuantos pasan cerca de su ór-
bita como si se tratase del mayor de los dark-holes.
-Esto ya parece un asqueroso híbrido entre pulp-fiction
de baja estofa y divulgación científica onda Carl Sagan.
Dejate de joder, Gerry, no ofendas mi inteligencia.
-Usted es el que la está ofendiendo; igual no importa
mucho, porque las circunstancias pronto demostrarán
palmariamente todo cuanto le he contado. Pero no nos
apresuremos, ni aún yendo, como vamos, a caballo de
la merca. Sucedió que superada la cuestión del inopor-
tuno automóvil que nos impulsó indirectamente al acto
carnal, y terminado éste con un sentido más propio de
liberación mental que fisiológica, nos abocamos al o-
cultamiento del cadáver. Apenas si podíamos cargarlo,
ya que el tipo era grandote y a la vez sólido. Lo tomé de
109
Gabriel Cebrián

las axilas, haciendo palanca con mis brazos, y ella lo


cargaba de las piernas. La oscuridad y el terreno pedre-
goso dificultaron mucho la maniobra; de hecho, tropecé
varias veces y caí sentado en muchas de ellas. Aparte,
el contacto con el cuerpo recién despenado me tenía en
estado de náusea permanente. Al final lo arrojamos por
ahí, detrás de unos arbustos, sin mayores cuidados ni
posibilidad de implementar un escondrijo más apropia-
do, dadas las circunstancias ambientales y psicológi-
cas. Y físicas, porque el esfuerzo de cargar con el hom-
bretón por más de cien metros me había agotado.
-Y el sexo también, por cierto.
-No lo sé, supongo que habrá incidido, sí. Pero no me
lo hacía tan morboso, a usted. Una persona normal se
hubiese preocupado por otra clase de circunstancias,
como por ejemplo saber si el cadáver fue hallado, y las
consecuencias de esa eventualidad, ¿no lo cree?
-Una persona normal tomaría tu relato como lo que es;
pero está bien, tenés razón, yo mismo me estoy abu-
rriendo de esta polémica.
-Ya no hay mucho más que contar, así que no tendrá
que aburrirse más. Volvimos al Toyota, y afortunada-
mente, no tuvimos más contratiempos. Lo máximo que
tuve que aguantar fueron los llantos de Fátima, y su
cantinela tendiente a convencerme primero de que no
era una asesina, y luego, que tampoco era una mujer-
zuela que se entregaba al sexo en la forma en que
acababa de hacerlo. De nada sirvió que le dijera que la
entendía, y que mi propia reacción en ese sentido no
dejaba de sorprenderme; ella seguía y seguía excusán-
dose, bañada en lágrimas.
110
Calamo currente

-Te la hubieras cogido de nuevo...


-Claro, eso es exactamente lo que hubiese hecho un
animal como usted.
-Si es cierto lo que contás, ustedes no parecen ser me-
nos animales que yo, al menos en cuanto a dar rienda
suelta a los instintos.
-Realmente, no creo que sea digno de conocer a Fátima,
de acuerdo al costado chabacano tan desagradable que
está exhibiendo.
-Bueno, al menos, la tal Fátima existe, en verdad.
-Todo lo que le dije no sé si existe, como tampoco sé si
efectivamente existe el pasado; lo que puedo asegurarle
es que, ciertamente, ocurrió. Con el tiempo pude com-
probar cada una de las cosas que tanto se esforzó aque-
lla noche por dejarme bien claras. Es una gran mujer,
Pearson; mire, póngalo así: si en vez de su padre, aquel
día en el que mató usted al puma, hubiese estado... no
sé, la hija del puestero... dada la edad, tal vez se hu-
bieran manoseado un poco y después no le habrían da-
do la menor trascendencia, de frente a la enormidad que
supone la experiencia tan cercana a ese enigma abso-
luto que rodea a la muerte...
-Mirá, no sé, me parece un poco rebuscado, viste. En e-
sas circunstancias, he oído de gente que se caga, o que
se mea, o incluso que vomita... pero ese tipo de eflu-
vios, es la primera vez que escucho.
-Bueno, si encima de burdo se va a poner en necio... es
al pedo, para seguir con su línea escatológica.
Pearson rió todo lo que le permitían sus tensio-
nados músculos faciales. Luego dijo:

111
Gabriel Cebrián

-Gerry, no lo tomes a mal, la verdad es que hacía siglos


que no me divertía tanto.
-Ya lo creo, y lo celebro; ahora... ¿por qué no busca un
motivo de jolgorio que no sean esos comentarios bur-
lescos dignos de una más que tardía edad del pavo?
Pearson ahora parecía al borde de descomponer-
se, a causa del caudal de risas que se veía restringido
por la rigidez. Gerry se sumó, si bien mucho menos
compulsivamente, más que nada por empatía, y pensó:
a veces los tóxicos parecen ayudar, sí señor. Si el valor
de la vida de una persona se midiera de modo más cua-
litativo que cuantitativo, dejaría de ser un miserable
puntero en la cadena del narcotráfico para elevarme a
la categoría de los más calificados trabajadores socia-
les.

18

Gerry miró su reloj y dijo a Pearson:


-Bueno, tiene más o menos cuarenta y cinco minutos
para tomar una ducha, afeitarse y acicalarse. Eso, si no
quiere presentarse ante Fátima con esa pinta de andrajo
humano.
-¿Cómo decís?
-Que nos espera a cenar. Y entonces me va a tocar a mí
divertirme con las caras que va a poner, cuando se vea
frente a cada una de las corroboraciones de ese relato
“taaan” fantástico que acaba de oír. Claro que espero
112
Calamo currente

que no vaya a ser tan animal como para hablar de cier-


tas cosas que son propias de ser habladas por personas
del mismo sexo, al menos en esta situación dada, ¿me
explico?
-No mucho.
-Digo que espero que sea reservado con las partes del
relato que le conté en confianza, y que podrían pertur-
bar el pudor de mi amiga.
-Claro, boludo. Lo que no sé es si voy a ir.
-¿Por?
-Podrías haberme avisado antes. Ahora no sé si estoy en
condiciones psicofísicas, después de tantas vueltas de
esa menesunda y del jerez...
-Déle, déjese de joder. Primero, está perfectamente es-
tabilizado, ya que una substancia equilibra los efectos
de la otra...
-Mirá vos qué cosa, che –observó con un dejo de
ironía-.
-Y, fíjese... si no fuera por la merca, estaría hablando
babosadas de borracho. Es decir, babosadas siempre
habla... -Fue entonces que Pearson advirtió que en
efecto, si hubiese tomado la misma cantidad de jerez
sin la cocaína, no estaría quizá tan ebrio como el mu-
chacho decía, pero sí lo suficiente como para advertirlo.
En cambio, y a pesar de esa sensación física de ener-
vamiento general que resultaba tan paradójicamente
placentera, su lucidez y despabilo eran más ostensibles
aún que en la mayor sobriedad. –Bueno -prosiguió, lue-
go de observar el breve estupor que su revelación había
provocado en Pearson-, ¿viene o se queda?

113
Gabriel Cebrián

-Está bien, voy. –Respondió, mientras se incorporaba y


se dirigía al baño, a hacer precisamente lo que Gerry a-
cababa de sugerirle. Antes de cerrar la puerta, oyó que
le decía algo así como Está bien, nada; venga si quiere,
no se lo estoy pidiendo.

El plazo de cuarenta y cinco minutos que le ha-


bía sido otorgado para higiene y emperifollamientos va-
rios resultó insuficiente, toda vez que Pearson, más en-
tusiasmado con el programa de lo que se atrevía a con-
fesarse a sí mismo, tardó poco más de una hora; cir-
cunstancia que motivó varios reclamos de parte de Ge-
rry, los que en realidad eran cubierta de la verdadera in-
tención, que no era otra que burlarse del aparente cui-
dado que Pearson observaba respecto de su apariencia
para esa inusual cita a ciegas. Cuando estuvo satisfecho
con los resultados, y mientras los cotejaba frente al es-
pejo de la puerta interna del placard, se detuvo un mo-
mento a comprobar mentalmente lo que le había señala-
do rato antes el muchacho, esto es, la total lucidez y
diafanidad anímica que mantenía, a pesar del jerez y de
la coca.
Luego de otro viaje a bordo del Booggie, se
estacionaron frente a una vivienda de estilo señorial,
elegante y sobria, en el barrio de Villa Urquiza. Gerry
presionó el timbre y pudieron oír un melodioso ding-
dong que se repitió después de un par de segundos. El
corazón de Pearson, en ese momento, batía aún más de
lo que lo había hecho en su primera cita, más de cua-
renta años atrás. Respiró profundamente, tratando de a-
quietar en lo posible aquel arrebato anímico que se tra-
114
Calamo currente

ducía en tales inequívocos síntomas fisiológicos. Fáti-


ma no se hizo esperar. Luego de unos breves instantes,
y haciendo caso omiso del intercomunicador, abrió la
puerta. Un exquisito aroma a comida casera emanó del
interior. Pero eso no era lo más exquisito, no señor.
Aquella mujer madura era hermosa, en el más amplio
alcance que pueda darse a este calificativo acotado a
una fémina. Su cabello largo y lacio, con toda seguir-
dad originalmente rubio, estaba teñido de un delicado
tono ceniciento; y mostraba un corte prolijamente reba-
jado, de modo que los mechones que crecían sobre su
frente caían a los lados, formando una especie de marco
oval que resaltaba la belleza casi agresiva de sus rasgos
y la profundidad soñadora de unos ojos claros subyu-
gantes. La cálida sonrisa con la que se presentó a
Pearson fue el corolario de una emoción estética tan po-
derosa que lo dejó prácticamente pasmado, tal vez
boquiabierto. Tanto que cuando ella estiró la mano para
estrechar la suya, y presa del estupor (pero absoluta-
mente conciente del mismo y de la necesidad de sacu-
dírselo un poco para no demostrar tanto la conmoción
interior), en lugar de estrecharla como se le ofrecía, la
giró noventa grados, se inclinó casi devotamente y le
plantó un beso en el dorso, que exudaba una mezcla de
aromas que, según Pearson sintió entonces, resumían en
cierta y metafórica manera el sueño de todo hombre
sensible y a la vez carnal: un sugerente perfume francés
y el dejo del contacto con ajos y cebollas.
-Estoy encantada de conocerlo en persona, señor Pear-
son.

115
Gabriel Cebrián

-Imagínese lo que queda para mí, entonces. Gerry me


había dicho que era usted una mujer muy atractiva, pero
sinceramente, jamás pensé que podía serlo tanto.
-Bueno, le agradezco el cumplido, pero no exagere, eh.
Hay espejos, en esta casa.
-En ese caso, cada vez que usted los enfrenta deben
transformarse en efímeras obras maestras de la plástica
universal –se apresuró a lisonjear, provocando una so-
nora exclamación admirativa de parte del muchacho y
las risas de la mujer, que los invitó a pasar a un living
amplio y finamente amueblado y decorado; la estancia
era presidida por una réplica de la máscara mortuoria
del Faraón Tutankamón, tan perfectamente fidedigna en
el mínimo detalle que si no hubiese sido por la obvia
imposibilidad, cualquiera hubiese jurado que se trataba
del original. Diseminados por las paredes, muebles y
repisas, cuadros y demás objetos de arte, todos ellos de
inequívoca pertenencia a la tradición estética del Egipto
imperial. Por supuesto, Pearson asoció inmediatamente
tal ornamentación con el relato que poco antes había
oído de boca de Gerry, cosa que lo inquietó aún a pesar
del embelesamiento que le provocaba la gracia y her-
mosura de la anfitriona. Y respecto de este estado, que
casi podría describirse ya como de súbito enamora-
miento, puede decirse que hacía las delicias de Gerry,
quien arrojándose sobre un sillón (y sin abandonar ni
por un momento la sonrisa sarcástica que había queda-
do dibujada en sus labios luego de la interjección con
que había subrayado la galantería de Pearson), advirtió
jocosamente a su amiga:

116
Calamo currente

-Ojo con este viejo, que es mucho más puerco que sus
propios personajes, y eso no es decir poco. -A Pearson
le molestó muchísimo más el calificativo de viejo que
el de puerco, por supuesto. Por su parte, Fátima sonrió,
e invitó a Gerry a no ser desfachatado con el ilustre au-
tor que los honraba con su visita.
-Probablemente sea un ilustre y hasta un gran autor, lo
que no lo hace menos viejo puerco –insistió Gerry. Si
bien mantenía la misma impronta descarada que había
observado desde el momento en el que se habían cono-
cido, el contexto llevó a Pearson a pensar que en reali-
dad ahora lo hacía en función de motivaciones atinentes
a los celos; cosa que no explicaba el porqué los había
presentado, si así era. Mas los asuntos sentimentales,
puestos a interactuar con mecanismos de orden racio-
nal, inevitablemente generan interrelaciones tan caóti-
cas que hacen imprevisible toda eventual resolución.
-Parece que se ha tomado confianza rápidamente, este
bribón –observó Fátima, mientras hacía unas rápidas
caricias agitando la mano sobre el pelo de Gerry, en
una actitud que automática e involuntariamente Pearson
sopesó, tratando de dilucidar si correspondía a tropis-
mos instintivos de índole maternal o sexuales, a secas.
Luego de este rápido e infructuoso análisis, acordó:
-Es un muchacho básicamente imprudente. Su lengua
debería darle oportunidad al cerebro de funcionar antes,
alguna vez. En fin, celebro haberlo tolerado, pues de o-
tro modo me hubiese perdido la oportunidad de cono-
cerla a usted.
-Eh, Pearson, pare de avanzar. No hace un par de mi-
nutos que se conocen y ya está tirando toda esa melaza
117
Gabriel Cebrián

encima de mi amiga. No me haga quedar mal, compór-


tese un poco, ¿quiere?
-Estás empezando a ponerte un poquito desagradable,
¿sabés? –Le recriminó Fátima, no tan en broma como
pretendió que sonase.
-Que, ¿acaso usted le conoce otra faceta?
Ni bien Pearson terminó de formular tal pregun-
ta, se quedó helado al advertir que había pisado terrenos
semióticos muy equívocos, a cuento del affaire de la
ruta acerca del cual Gerry le había pedido discreción, y
que ahora parecía agitar sus propios celos.
-Voy a servirles un trago, puede ser que así se dejen de
escarceos verbales. –Anunció la dama, y se dirigió ha-
cia lo que Pearson supuso debía ser la cocina.

19

Ni bien la mujer hubo transpuesto el umbral,


Pearson iba a plantearle al muchacho una suerte de tre-
gua, con el argumento que recién conocía a la dama y
que, con la actitud que estaba asumiendo, lo obligaba a
adoptar otras que bien podían llevarlo a dar una imagen
pésima, al exhibir lo peor de su temperamento. Pero no
llegó a hacerlo, por cuanto quedó anonadado al verlo
extraer la bolsita de coca.
-¿Qué estás haciendo? –Le preguntó, alarmado.

118
Calamo currente

-Está todo bien, Pearson. Fátima conoce perfectamente


mis inclinaciones personales. Ahora, si usted la quiere
caretear, es asunto suyo. ¿Quiere un chifle, o no?
-¿Te parece que no lo va a tomar a mal?
-Escuche, hombre, ¿le parece que lo estaría haciendo si
fuera así? Por supuesto que no lo va a tomar a mal... –y
se interrumpió, por cuanto Fátima regresaba cargando
una bandeja con tres Martini secos, en copa clásica y
hasta con aceituna en mondadientes incluida.
-Veo que ya empezamos con las mañas –comentó, con
una escueta sonrisa dibujada en sus finos labios.
-Un par de tiros, nada más –se excusó Gerry, con análo-
ga expresión y cierta malicia infantil.
-Nada de un par; uno solo, que si no después no comen.
Y preparame uno para mí, también.
Pearson quedó ciertamente desconcertado ante
esa indicación de sesgo maternal en un contexto tan
transgresor. Por un momento pensó que debía pasar por
un arduo proceso de transculturalización, para acomo-
darse a los códigos de sus nuevos amigos sin verse es-
tremecido por esa clase de jaleos entre su psicología -
que no por amplia dejaba de sufrir las cristalizaciones
de moralinas seculares- y las prácticas presuntamente
pecaminosas que ellos desarrollaban con total naturali-
dad. Mas fue la propia sustancia la que lo llevó, en su
encrespada gestalt de sensaciones, a asimilarse rápida-
mente a esa atmósfera mental, en virtud de la fulgurante
pulverización de sus resguardos. Cumplido el ritual in-
halatorio, ocurrió lo previsible: apoltronados en los si-
llones, y copas en mano, comenzaron a hablar los tres a

119
Gabriel Cebrián

la vez, interrumpiéndose ante la colisión fonética así


producida y riendo de la propia circunstancia.
-Sería bueno que cerráramos la boca y escucháramos –
recomendó Fátima a sí misma y a Gerry. –No todos los
días contamos con la concurrencia de un intelectual de
semejante fuste –añadió.
-Espero que no sea una ironía.
-Jamás me permitiría tal cosa, y me extraña sobrema-
nera que abrigue dudas respecto de mi comentario,
dados su prestigio y una obra que habla por sí misma.
-Está bien, pasa que en realidad estaba manifestando
mis propias dudas respecto de tales cosas. No estoy pa-
ra nada seguro de mi prestigio, y mucho menos de la
validez o calidad de mi obra.
-Lo bien que hace, Pearson –afirmó Gerry
-Sí, lo bien que hago; pero voy a ser gentil y no voy a
contestar a tus pullas con otras, dado que sería demasia-
do fácil acertar en flancos tan vulnerables como los que
dejás expuestos.
-Es una buena actitud –observó la mujer. –Este chico ve
una persona mayor y necesita reaccionar. Evidentemen-
te, tiene un problema con la autoridad, así que me pa-
rece bárbaro que asuma usted esa postura, que demues-
tra comprensión y a la vez templanza de ánimo. –Y
añadió, dirigiéndose a Gerry: -Hacé el favor de contro-
lar esa actitud de rebeldía adolescente, ¿querés? Me
gustaría departir con el señor Pearson en un plano cor-
dial y distendido. Por favor, no interfieras con esas ma-
jaderías de borrego caprichoso, al menos por esta no-
che, ¿puede ser?

120
Calamo currente

-Déjelo, mi querida Fátima. Por mí está bien, ya estoy


acostumbrado a esa actitud que usted dice. A estas altu-
ras, es como que escucho llover.
-Es usted un hombre muy paciente, por lo que veo...
-Ni tanto. Es simplemente que el mocoso me cae sim-
pático, por eso tolero sus insolencias. Aparte creo que
me ha tomado una especie de cariño, y usted sabe, las
personas suelen desarrollar extrañas maneras de formu-
lar sus reclamos afectivos –Gerry oía la argumentación
con una sonrisa sarcástica, en tanto Fátima exhibía una
franca, que parecía celebrar la paciente bonhomía de-
mostrada por el maduro intelectual. Mas luego de este
casi aleatorio segmento de interacción verbal, se produ-
jo un bache, durante el cual las agitadas sinapsis de los
tres se esforzaron por reencauzar el diálogo hacia cual-
quier vertiente que les permitiera explayar su atención,
en ese tejido conectivo con lo real que intenta ser el
lenguaje hablado, máxime en circunstancias como a-
quella. Mas todos sabemos que muchas veces la com-
pulsión juega en contra de toda fluidez, trátese de lo
que se trate, así que el silencio se prolongó lo suficiente
como para resultar molesto. Entonces Fátima lo resol-
vió con un comentario de lo más obvio:
-He leído prácticamente toda su obra, ¿sabe?
-En ese caso, pienso que debería excusarme ante usted,
o al menos celebrar su paciencia como se merece.
-No siga argumentando en esa vena, o pensaré que es
usted mucho más lúcido escribiendo que hablando.
-De eso, que no te quepa ninguna duda –acotó Gerry.
-Estoy hablando con Pearson; por favor, basta de co-
mentarios irónicos, no seas cansador.
121
Gabriel Cebrián

-Déjelo, es sólo su manera de llamar la atención. Y dí-


game, entonces, que opinión le merece lo que usted lla-
ma “mi obra”.
-Deslumbrante. Ese estilo tan dinámico, tan despojado
de circunloquios descriptivos, tan acotado a la acción,
ha hecho que lea la mayoría de sus historias sentada
aquí, en la punta de este sillón, vorazmente, casi sin le-
vantarme hasta alcanzar el punto final. Y lo extraño del
caso es que ni siquiera en las relecturas he podido evitar
que eso suceda. Realmente, sabe usted cómo atrapar al
lector, y eso no es algo que pueda decirse de la mayoría
de los escritores, hoy por hoy, dados como están a in-
miscuirse en lucubraciones de orden filosófico o psico-
lógico tan pretenciosas como infundadas, y, la mayor
parte de las veces, traídas de los pelos.
-¿Puede repetir eso? Me encantaría ponerlo en la solapa
de mi próxima novela –dijo en broma Pearson, tratando
con ello de destacar la capacidad crítica de la hermosa
anfitriona, aunque algo temeroso de que el modo y la o-
portunidad de su formulación dieran lugar a interpreta-
ciones en un sentido más irónico que festejante. Por
suerte, parece que el metamensaje fue decodificado en
forma adecuada. Así las cosas, se vio animado a in-
vocar la propia condición de escritora que, según le ha-
bía informado Gerry oportunamente, también corres-
pondía a ella: –Pero encuentro que no estamos en pari-
dad de condiciones. Usted ha leído, como dice, prácti-
camente toda mi obra. En cambio yo no he leído una
sola palabra escrita por usted.
-Oh, no, no voy a someterlo a semejante infortunio,
créame.
122
Calamo currente

-Debería juzgarlo yo, en todo caso, ¿no le parece?


-Pearson, ya he tomado razón de su nobleza y de su
buena predisposición, no vaya a arruinarlo todo en for-
ma tan incipiente. Tengo una imagen que cuidar, yo.
-No se aflija. Su imagen es capaz de sobrellevar incluso
el peor texto que jamás haya sido escrito.
-¿Puedo poner algo de música? Francamente, estoy al-
go saturado de este arrullo de palomas en celo.

20

Ante la insistencia de Pearson, Fátima trajo un


libro publicado por esas editoriales que ahora proliferan
y que aceptan cualquier porquería en tanto el autor pa-
gue todos los costos y una buena suma adicional. Por
supuesto, la temática era acorde a la ornamentación de
la sala; ya la ilustración de tapa no era otra que una i-
magen fotográfica de la máscara mortuoria del Rey
Tutankamón. El legado de Anubis – Resurrecciones,
transmigraciones y otras avenidas hacia la inmortali-
dad, rezaba el pomposo título, y la autoría correspondía
a Fátima Al-Resisz. Sorprendido, ya que parecía tratar-
se más de un ensayo que de poesía o narrativa, y algo
inquieto por la tendencia de aproximación a la escabro-
sa historia que le había relatado Gerry, Pearson leyó la
contratapa:

123
Gabriel Cebrián

“A pesar de los numerosos estudios


científicos, ensayos, hipótesis e interpretacio-
nes, el cacumen del pensamiento escatológico
del Egipto imperial aún nos resulta más esquivo
de lo que la mayor parte de los eruditos estaría
dispuesto a conceder. De más está señalar el
cúmulo de testimonios que parecen colisionar
con las posibilidades de orden intelectual o tec-
nológico que su magnificencia cultural ostenta,
haciendo más que verosímil el planteo de que
aún no hemos sido capaces de analizar objeti-
vamente siquiera la punta del iceberg que su
sutileza y refinamiento nos permiten soslayar.
La presente obra de Fátima Al-Resisz,
producto de largos estudios y peregrinajes por
el Valle del Nilo, abandona los cánones ortodo-
xos de investigación, principalmente arqueoló-
gicos, y abreva fundamentalmente en aquellos
testimonios que la metodología aplicada hasta
el presente ha desechado, por considerarlos po-
co significativos o incluso respondientes a tra-
diciones apócrifas o a fetichismos anacrónicos.
Sin la pretensión de dar a su reporte el rigor
metodológico propio de las tesis tradicionales,
Al-Resisz nos pone en contacto con ideas revo-
lucionarias acerca de corrientes esotéricas que
han coexistido con los cultos oficiales, y abre un
espacio de discusión tán inédito como sugestivo,
el que probablemente echará luz respecto de va-
rios aspectos que han permanecido crípticos

124
Calamo currente

hasta el presente, en función de su parcializada


y arbitraria configuración del objeto en estudio.

-Esto es fascinante –dijo Pearson, cuando en realidad


pensaba en lo fatuo e insostenible del enfoque formula-
do por quienquiera que hubiese sido el que escribió ese
texto. Y ni quería pensar lo que sería el contenido. Sin
embargo, continuó, con aire adulatorio: -Yo pensé que
escribía usted fantasías insustanciales como las que yo
escribo, jamás pensé que se trataba de investigaciones
ensayísticas de tal seriedad...
-Puede ahorrarse sus lisonjas, al menos hasta que haya
leído lo suficiente para denostarlo, cosa que inevitable-
mente sucederá –se apresuró a anticipar Fátima, provo-
cando descomedidos visajes de negación por parte de
Pearson. A continuación, les indicó sentarse a la mesa y
fue a buscar la cena. Volvió cargando una aromática
fuente de pollo a la portuguesa, y procedió a servirlo,
en tanto Gerry descorchaba un fino vino tinto y servía
las copas. A pesar de la anorexia producto de la droga
comieron bastante; otro ítem a ser consignado en el ha-
ber emocional de Pearson: aquella mujer podía ser una
pésima asesina y tal vez peor ensayista, pero era hermo-
sa y cocinaba excelentemente.
La cena transcurrió apaciblemente. Pearson se
despachó disertando casi monológicamente sobre lo
que suponía Fátima esperaba y que, mal que le pesara,
era su métier, o sea, la literatura y el lenguaje. (Aún a
pesar del prosaísmo enervante del corriente segmento
narrativo, quizá no sea del todo irrelevante referir aquí
algunas grageas conceptuales vertidas por él entonces,
125
Gabriel Cebrián

y ello en función de eventuales interconexiones más o


menos sutiles con el desarrollo de la empirie en cier-
nes:)

“Yo creo que si consideramos a las culturas en


función dinámica, o sea en los procesos evolutivos e in-
volutivos que determinan incidencias ocasionales –acá
no estoy hablando de comienzos ni finales, de apogeos
o caídas, toda vez que cosas por el estilo no ocurren
recortadas del contexto y no hay una delimitación real
de tales exremos, ésa es una sintaxis propia del pensa-
miento monádico y de sistemas causales ya obsoletos,
¿no?-, vemos que en un primer momento los conceptos
hallan formulación a caballo de un sentido idílico, ro-
mántico, heroico... es como que se establecen conven-
ciones semánticas desde el entusiasmo que genera el
campo virgen a conquistar, y así comienza a definirse
una tendencia significante que será la que expresará no
solamente sus valores e ideologías, sino que además
configurará su cosmovisión, estrechándola al campo de
lo posible en esos términos, y acotándola de modo tal
que cualquier transgresión será considerada liminar-
mente como una mera enajenación insustancial. En es-
tos períodos si se quiere formativos, la literatura, por
necesidad, reviste un tono épico. Constituye un plexo
de lo más unívoco, cuyos axiomas quedan fuera de toda
crítica o cuestionamiento. Mas luego, debido a un tro-
pismo ineludible y que bien describiera Spengler, el
derrotero de la realidad sociopolítica lleva a los indivi-
duos a colisionar cada vez más violentamente contra
los parámetros establecidos; la propia tendencia críti-
126
Calamo currente

ca del intelecto humano se resiste a ser encorsetada en


continentes que resultaban aptos para los estadíos fun-
dacionales, pero que devienen tanto más coercitivos
cuanto el sistema, en principio estable por imperio de
necesidades tutelares generadas por las debilidades de
su incipiencia, va adquiriendo cada vez mayor entro-
pía, de acuerdo al grado de la complejización que, en
términos relacionales, sobreviene con el desarrollo. E-
llo da lugar entonces a todos esos movimientos van-
guardistas que pretenden destruir los arquetipos, a su-
perarlos y así excluirlos para ser reemplazados por o-
tros más sofisticados, más abstractos, si se quiere. Es
allí cuando el vocablo deja de tener esa identidad rai-
gal con el objeto que intentaba designar para enre-
darse en la vorágine de interrelaciones con otros vehí-
culo-señales, y el lenguaje se vuelve sobre sí mismo, se
inmiscuye en una suerte de proceso algebraico que de-
riva en galimatías metalingüísticos y formulaciones
metalógicas cerradas y autorrespectivas. Está listo en-
tonces el caldo de cultivo para el mayor error episte-
mológico posible: la dicotomía entre el lenguaje coti-
diano, de supervivencia, de referencia objetiva a ele-
mentos de necesidad experiencial, y la sintaxis explica-
tiva de problemáticas filosóficas o de sesgo cientificista
que, al perder su apoyatura substancial, no tardan en
caer en hipérboles teoréticas cada vez más abstrusas y
volátiles; el hilo conductor que les permitiría acceder a
una pauta metodológica mínimamente seria, se pierde
en una madeja imposible de desembrozar. El pensa-
miento científico, e incluso el teológico, dejan de dar
sustento a individuos de todas las extracciones, los que
127
Gabriel Cebrián

reaccionan o bien a través de improntas iconoclastas, o


bien mediante aperturas de orden esotérico, ambas mo-
dalidades reñidas esencialmente con el hipertrofiado
corpus axiomático. Barroquismos y cultos aberrantes
por confrontación abonan el terreno de la decadencia,
el sistema cultural gana en inestabilidad de análoga
manera que la psique del individuo al envejecer, y
finalmente todo se licúa en un mare mágnum sobre el
cual deberán volverse a trazar firmes líneas fundacio-
nales; y el proceso, en una mecánica... yo diría... tao-
ísta, se repite indefinidamente.
“De más está aclarar que estamos en las ins-
tancias terminales de este proceso que acabo de descri-
bir, aún permitiéndome secuenciarlo de un modo artifi-
cial, por cuanto estoy superfetando segmentos lineales
en un continuum circular, pero ello es para graficar la
idea según las propias abstacciones espurias que insu-
flan el germen de ruptura sujeto-objeto, carozo de la
dicotomía que pretendo denostar, la alegórica serpien-
te que muerde su propia cola. En definitiva, creo que
toda esta palabrería es nada más que un intento de
explicación de lo que usted, Fátima, pareció reclamar-
me rato antes. Lo que yo hago, y creo que es lo que con
mayor grado de conciencia hacen los escritores hoy
día, al menos los cabales, e independientemente de sus
formalidades de rigor metodológico o sus transgresio-
nes vanguardistas en términos de estética, es proferir
los últimos ecos de una cultura que se está cayendo a
pedazos.”

128
Calamo currente

21

-¡Este hombre es un prodigio! –Exclamó Fátima, luego


de la ponderada disertación de Pearson. -Prácticamente
ha formulado un ensayo, durante la cena. Un lujo, ver-
daderamente.
-La verdad, lo prefiero cuando cuenta cuentos de la sel-
va.
-Yo solamente estaba tratando de dar una idea del mar-
co conceptual en el que pretendo desarrollar mi activi-
dad creativa, nada más.
-Sí, Pearson, usted es capaz de convertirse en el propio
Demóstenes con tal de pavonearse frente a una mujer
hermosa.
-Puede ser. Y vos sos capaz de convertirte en el más
ácido de los detractores de todo prójimo que muestre
alguna facultad, demostrando la tendencia a nivelar ha-
cia abajo propia de los acomplejados.
-Díganme –terció Fátima-, ustedes han desarrollado es-
ta relación tan confrontativa de manera adrede, ¿no?
Hay algo deportivo en la forma en que establecen esta
suerte de competencia.
-Efectivamente –concedió Pearson-. Es cierto eso que
usted dice. Hallo bastante placer en poner en su lugar al
mocoso cada vez que pretende que le marque los lími-
tes.
Fátimá rió del comentario burlesco, en tanto Ge-
rry sonrió levemente y no pudo o no quiso argumentar
al respecto. En eso sonó un teléfono celular, ejecutando
en su lenguaje electrónico la melodía que compuso La-
129
Gabriel Cebrián

lo Schifrin para la serie Misión imposible. Gerry lo ex-


trajo del bolsillo de la campera, que pendía del respaldo
de su silla, y contestó:
-Hable... sí, ¿cómo está? ... sí... sí, está bien... ¡qué bue-
no! ... Ahá... sí... ¿ahora? ... Bueno, está bien... sí... en
un rato estoy por... sí, lo que tarde en llegar. Okay,
gracias... hasta luego. –Presionó el botón que clasuraba
la comunicación, y comentó; -Bueno, parece que los
tórtolos se van a quedar solos. Pórtense bien, eh. No
hagan macanas, que no están en edad, ya.
-¿Qué pasa? –Preguntó Fátima.
-Su Señoría me ha convocado. Llegó una remesa de
cristal peruano. Caro, pero el mejor, como decía el slo-
gan de aquella marca de televisores.
-¿Cristal peruano? –Preguntó Pearson.
-Sí, don. Es una merca tan cristalina y sutil que si la
frota un poquito con el dedo, desaparece. Claro que si
la aspira, lo que estuvimos tomando queda a la altura de
un juego de niños.
-Mirá vos.
-Pero no se asusten –agregó, mientras hurgaba en el
bolsillo. –No los voy a dejar rengos, menos con la pers-
pectiva de lo que voy a tomar en un rato –y dejó la bol-
sita sobre la mesa. –Les va a hacer falta, sobre todo a
usted –terminó de decir, con implicancias no explícitas
que seguramente se referían a una potencial actividad
sexual en ciernes. Antes que cerrara la puerta de calle
tras de sí, Fátima le pidió que se cuidara.
Cuando quedaron a solas, se hizo evidente que
la mecánica relacional planteada desde un comienzo
entre ambos se había modificado. Obviamente, el con-
130
Calamo currente

junto de psiquis en interacción había disminuido, gene-


rando al propio tiempo un espacio de libertad potencial
tan amplio como impredecible, y por ende azaroso, tan-
to en términos de probabilidad como anímicos. La pér-
dida de fluidez en el diálogo y una cierta incomodidad
sobreviniente fueron los síntomas evidentes de tal va-
riación contextual. Pearson dio voz entonces a ciertos
vericuetos ideológicos más, que según él teñían a su
obra literaria, pero había perdido la enjundia demostra-
da momentos antes y se hacía ostensible que tales argu-
mentaciones obedecían a salvar el bache comunicacio-
nal antes que a cualquier otro motivo. Entonces Fátima,
por demás conciente de la atmósfera mental, y con la
practicidad propia de su género ante circunstancias co-
mo esa, llevó el diálogo a instancias más terrenales, en
el sentido que dan a este calificativo las hembras huma-
nas:
-Sabe qué, Pearson... he leído sino toda, la mayor parte
de su obra, y pese a mi bastedad intelectual, puedo tam-
bién tener mis propias interpretaciones...
-Por cierto que sí; vea, no quería atosigarla, es sólo
que...
-No se lo estoy diciendo para interrumpir sus conside-
raciones. En realidad, lo hago para aprovechar este
tiempo que tenemos para conocer al hombre, no al es-
critor. Sucede que Gerry me contó las circunstancias en
las que se conocieron, sobre todo el agobio que pareció
trasuntar aquella noche en la SADE. Me gustaría saber,
por ejemplo, cómo una persona tan lúcida y valiosa ha
llegado a una situación vital de hastío y desesperanza.

131
Gabriel Cebrián

-Bueno, tal vez el chico haya exagerado un poco, o tal


vez yo mismo lo haya hecho, luego de varias jornadas
de labor fatigosa y unos cuantos tragos en el estómago.
Pero en todo caso es cierto, no le quiero mentir. Me vi
atosigado esa noche, o mejor dicho, ya lo estaba desde
hacía algún tiempo. No lo tengo muy claro, y tampoco
parezco ser muy solvente en mis intentos de autoaná-
lisis, pero el nudo del problema parece ser que en algún
momento abracé la tarea literaria para huir de mí mis-
mo, y cuando esa actividad se me mostró como lo que
era, castillos de arena en una tempestad, me quedé sin
refugio alguno en el que resguardar mi osamenta.
-Si, me imagino, y creo que comprendo cómo se siente,
o se sintió. Pero usted demuestra una cierta tendencia a
focalizarse en líneas ideológicas...
-Probablemente se trate de una tara profesional.
-Independientemente de eso, lo que quiero decirle es
que me gustaría mucho que me cuente episodios de su
vida, ¿sabe? Si es posible, de índole afectiva. Usted
sabe cómo somos las mujeres...
-¡Que me cuelguen si lo sé! Buena parte de mi vida he
malgastado mis energías tratando de entenderlas, y ya
ve que no lo he logrado.
-Hábleme de eso, de ese largo camino de desencuentros
que parece ser su experiencia romántica.
-Mire, Fátima, no voy a explayarme en ese tema, pri-
mero porque no creo que haya mucho que contar que
realmente valga la pena; y, si me permite la franqueza e
incluso el atrevimiento, preferiría no hacerlo además
porque es inevitable que frente a una mujer tan hermosa
como usted genere yo ciertas expectativas, por descabe-
132
Calamo currente

lladas que sean. Y si le cuento las aberraciones que he


vivido en este sentido, arrojaré por la borda buena parte
de las ya de por sí escasas posibilidades que tengo de
entablar con usted una relación de ese tipo.
-Bueno, parece que no es hombre de andarse con ro-
deos...
-Supongo que se trata de mera practicidad. No tengo ya
tanto tiempo para andarlo desperdiciando en prolegó-
menos. Sólo puedo decirle que mis anteriores enredos
con mujeres fueron lo suficientemente sórdidos como
para hacerme desistir, ya hace algunos años, de cual-
quier intentona en este sentido. Eso, hasta hace sólo un
par de horas, hasta que la vi a usted.
-No deja de ser halagador lo que dice, pero me parece
que, aún teniendo como válida su idea de que ya no so-
mos chicos para andar en esa clase de escarceos pre-
vios, supongo que se está precipitando. Sé que no soy
desagradable, tanto en apariencia como en el trato, pero
tenga en cuenta que pueden existir en mí, y de hecho
existen, elementos o circunstancias que podrían hacer
que sus anteriores experiencias lleguen a parecerle
idílicas.
-Algo me contó Gerry –aventuró, no muy seguro de
estar incurriendo en infidencia.
-No debe tomar muy en cuenta cualquier cosa que le
haya dicho Gerry. Es un chico absolutamente confiable,
cómo no, pero carece de información crucial, y maneja
otros datos que no son ciertos. Usted sabe, de alguna
forma he canalizado mi instinto maternal en él, y si me
he permitido esta leve manipulación y le he ocultado

133
Gabriel Cebrián

cosas, ha sido solamente por el afán de preservarlo de


ciertos peligros.
-Si su intención es disuadirme a base de la sugerencia
de que existen misteriosos peligros, recuerde que está
hablando con un fabulador profesional. Tal vez no
consiga otra cosa que asegurar el pez en el anzuelo.
-Ha sido muy buena su analogía. Recuerde, Pearson,
que el pez por la boca muere.
-Lo tengo presente cada vez que escribo algo, que es
como hablar pero mucho más comprometido, tanto por
la cantidad de receptores como por lo patente de una
formulación fija e invariable.
-Tal vez necesite ayuda, Pearson.
-¿Se refiere a que puedo necesitar asistencia psicológi-
ca?
-No, me refiero a mí. Puede que yo, necesite ayuda.
-Disculpe, he estado tanto tiempo encerrado en mí mis-
mo que me cuesta un poco socializar las referencias.
Me encantaría, en todo caso, poder serle útil en algo.
-Tal vez se arrepienta, más tarde. Tenga en cuenta que
mis problemas pueden tener aristas de lo más peli-
grosas.
-Está bien, lo tendré en cuenta. Pero le aclaro que tal
vez me parezca una buena idea, luego de tanta medianía
existencial, el involucrarme en un asunto con aristas
peligrosas, como usted dice.
-Es su decisión. Por cierto que no le pido, en todo caso,
una lealtad eterna. Basta que las cuestiones le caigan lo
suficientemente gruesas para que lo abandone todo sin
más trámite. Créame, no voy a tratar de obligarlo a ha-
cer nada que no esté dispuesto a hacer.
134
Calamo currente

-Le agradezco por concederme facultades que, de cual-


quier modo, ya tenía.
-Claro, claro. Simplemente quiero asegurarle que jamás
recibirá de mi parte demandas, reclamos o simplemente
reproches. Le reitero que es un honor tenerlo sentado
aquí, a mi mesa. Eso sólo ya me ayuda sobremanera, y
si me he permitido darle traslado de la existencia de
ciertos asuntos por demás problemáticos, ello ha sido
únicamente debido a que usted, con gran sinceridad, me
alertó acerca de las expectativas que alentaba respecto
de mi persona. Es precisamente para alertarlo a mi vez
de las complicaciones que vienen con el paquete. ¿Le
sirvo el postre?
-Preferiría tomar un poco más de vino y algo más de
ésto –respondió, mientras tomaba entre el índice y el
pulgar de su mano izquierda la bolsita que había dejado
el muchacho. Claro que debido a su inexperiencia en la
preparación de las líneas, fue Fátima quien la ejecutó,
con pericia tal que demostraba que su afición no era
episódica, ni tampoco reciente. No fue más que aspirar
sendas dosis que se miraron fijamente, se besaron y a
poco estaban tendidos en el sillón, desnudándose el uno
al otro, cayendo en el furor del sexo exacerbado por la
droga, deleitándose Pearson en la tersura de la piel de
Fátima, en la suave opulencia de sus formas, en el de-
licioso rostro tanto más bello cuanto expresivo de inten-
sa excitación... la mujer, en tanto, también se entregaba
al goce, pero varios repliegues mentales oscurecían sus
sentimientos, contrastando de modo absoluto con el
ingenuo frenesí romántico de su partenaire.

135
Gabriel Cebrián

22

Pearson bebió unos cuantos tragos de vino y


encendió un cigarrillo, mientras luchaba por recobrar el
aliento luego de un esfuerzo físico tal como no había e-
fectuado en varios años; pero ciertamente, había valido
la pena. La cocaína lo había estimulado de modo que la
inmediatez de su erección, adunada al estado de embe-
lesamiento por el físico de su compañera de coito, le
habían hecho temer la frustrante eventualidad de una
eyaculación precoz; mas a contrario, y aún a pesar del
brioso comienzo, la sustancia parecía retrasarla, hasta el
punto que, sin merma alguna de sus facultades, por un
momento llegó a pensar que no conseguiría el orgasmo.
Que llegó, luego de varios de ella, con una intensidad
inédita. Cada vez tenía más motivos para celebrar el
momento en el que aceptó el convite de Gerry.
Fátima salió del baño envuelta en una bata de
raso color caqui, o algo por el estilo. Se tendió a su lado
y encendió otro cigarrillo. Pearson no supo qué decir,
demasiadas cosas estaban ocurriendo en su vida, dema-
siadas cosas y demasiado rápido. Un poco por azar, cre-
ía entonces, aún ajeno a ciertos trasfondos, como asi-
mismo a esa especie de velocidad que imprime la coca-
ína a la mente y por ende a los sucesos de la vida de
quien la toma, fundamentalmente en las primeras etapas
de la adicción.
Tal vez resulte difícil de creer, pero a estas
alturas la figuración mental que se hacía de Gerry man-
136
Calamo currente

teniendo sexo con ella sobre el capó del auto en la no-


che cordillerana, ya comenzaba a provocarle un prurito
muy molesto, que si aún no eran celos declarados, muy
pronto lo serían; o sea, pasarían de potencia a acto ni
bien la incipiente relación estuviera en vías de encarri-
larse en sentido positivo. Nunca había sido celoso, y
mucho menos en retrospectiva, pero estaba visto que
había muchas cosas que experimentaba por primera
vez. A instancias de tales preocupaciones, y aprove-
chando el estado de languidez que parecía imbuir a su
compañera –que jugaba tiernamente con el vello de su
pecho-, se refirió a la historia que le había contado
Gerry, centrada su intención más que nada en el affaire
sexual en que había desembocado y que resultaba tan
urticante para sus sentimientos en llamas; por supuesto,
sin aludir directamente a él:
-No quiero presionarte –comenzó a decirle, iniciando
un tuteo que entendía natural luego de la intimidad a la
que habían accedido tan intempestivamente, tanto quizá
como aquella que era motivo de sus inéditos escrúpu-
los-. Podés contarme o mantener las reservas que quie-
ras, pero... creo que voy a sentirme mucho mejor si me
comentás todas esas cuestiones o circunstancias que
podrían, eventualmente, ponerme en riesgo. Que estoy
seguro, tienen que ver con el viaje a Chile, donde cono-
ciste a Gerry.
-Veo que han estado hablando bastante, ustedes dos. Y
si bien tienen que ver, como decís, ese viaje es nada
más que una mínima parte del cuadro general. Así que
no te anticipes ni te precipites a extraer conclusiones.

137
Gabriel Cebrián

-Sí, hemos estado hablando bastante, sobre secuestro de


personas, asesinatos, unos extraños papiros... con tanta
decoración de estilo egipcio antiguo, me figuro que mu-
chas de las cosas que dijo el muchacho deben ser cier-
tas.
-Ya te he dicho, Gerry no tiene toda la información, y
parte de la que tiene no se ajusta a la realidad. Ahora,
no sé si después de una aproximación tan explosiva co-
mo la que hemos tenido, es conveniente que hablemos
de cosas como ésas, sobre todo teniendo en cuenta que
no me perdonaría perder una oportunidad como la que
me está dando la vida en este momento, y menos por e-
se oscuro pasado que se niega a dejar de atormentarme.
-No temas; si es así como decís, no hay fuerza en este
mundo que sea capaz de hacer que me aleje de vos.
-Sí, tal vez sea lo mejor, que te diga todo de una vez y
que sea lo que el destino disponga. Tampoco parece
muy conducente que digamos mantener una zona oscu-
ra semejante, con la carga de morbo que puede generar.
Digamos que la historia en sí comienza con mi padre.
De muy joven se vio atraído por la egiptología. Hizo
varios viajes, y estableció contactos en El Cairo con
bribones de toda calaña, vos sabés, profanadores de
tumbas y huaqueros en general. Fue uno de ellos que lo
puso en contacto con esos malditos papiros. Ni siquiera
sé el nombre, pero no importa, porque según parece ser,
es capaz de burlar a la muerte y presentarse en diversos
cuerpos.
-No pretenderás que crea semejante cosa, ¿verdad?
-No pretendo que creas nada. Simplemente voy a decir-
te las cosas como yo las he experimentado, y sacarás
138
Calamo currente

tus propias conclusiones. Ves, eso era precisamente lo


que temía. Que pienses que estoy loca y abortes esta
relación en su incipiencia.
-Pero debés entender que nadie en sus cabales podría
dar crédito a una historia semejante...
-La verdad, envidio esa estructura mental que alguna
vez tuve y que, lamentable y desafortunadamente, he
perdido para siempre, a causa de ésto que te estoy tra-
tando de contar. Pero te entiendo, y sé que estoy pidien-
do demasiado, que no tengo derecho a involucrarte en
un asunto tan tenebroso.
-Ya estoy involucrado, se trate de una mera psicosis o
de la maldición de la momia. Me comprometo a seguir
oyéndote sin interrumpir, y espero que tengas la sufi-
ciente amplitud como para comprender mis reservas.
-Por supuesto que las comprendo; es más, te agradezco
que no estés riéndote de mí como probablemente lo hu-
biese hecho yo si los roles fueran inversos. La cuestión
que el hombre ése dijo a mi padre que había participado
del grupo que acompañó a Howard Carter el veintitrés
de febrero de 1923 al interior de la cámara funeraria de
Tutankamón, hollada por pies humanos después de mi-
lenios. Tan embelesados estaban Carter y los demás por
la magnificente opulencia de lo que se presentaba a sus
ojos (hay que tener en cuenta que se tardaron seis lar-
gos años en extraer y catalogar todos los objetos), que
este sujeto supo que ése era el momento para hacerse de
alguna pieza, y la suerte o quién sabe que sino extraño,
hizo que advirtiera una caja de madera estucada junto a
la pared de la antecámara, que había quedado detrás de
él de modo que la ocultaba de la vista de los demás. No
139
Gabriel Cebrián

parecía gran cosa, sobre todo en comparación con el


oro, piedras preciosas, objetos suntuosos y artesanías
que abundaban allí, pero el pillo bien sabía que por mo-
desta que fuese la pieza, por el mero hecho de provenir
de ese lugar, valdría fortunas. Y como te dije, aprove-
chando el estupor y la concentración de las veinte per-
sonas que participaban del histórico evento, entre ellas
Howard Carter, el financista Lord Carnarvon y su hija,
Sir Charles Trust, el Ministro de Obras Públicas de
Egipto, en fin, varios más, y los obreros de excavación,
entre los cuales se encontraba éste que te digo, que
aprovechó y escondió la caja entre sus ropas sin que
nadie lo advirtiese, maravillados unos, cegados por la
codicia otros, temerosos de eventuales maldiciones los
más incultos e ingenuos... fijate qué ironía, que fueran
estos últimos los que se aproximaran a una lectura más
objetiva del asunto, ¿verdad?
-Si vos lo decís...
-Porque sabés la historia de lo que presuntamente suce-
dió después de este evento, ¿no? Es de conocimiento
público...
-Sí, algo oí, pero no creo mucho en ese tipo de mito-
logías. Son emergentes casi inevitables a partir de epi-
sodios como ése.
-La cosa es que, creas o no, una retahíla de muertes du-
dosas hizo presa de los participantes de aquella profa-
nación, lo que hizo que la tablilla de cerámica que Car-
ter se cuidó muy bien en ocultar para que no cundiera el
pánico entre los trabajadores, y que rezaba La muerte
abatirá sus alas sobre aquél que interrumpa el sueño
del faraón, pareciera mucho más que un vacuo elemen-
140
Calamo currente

to de disuasión. Más de treinta decesos de personas que


participaron de la apertura de la tumba o que penetraron
más tarde en ella dan bastante que pensar. No voy a ha-
blarte de ello, seguro que habrás oído acerca del tema.
-Sí, he oído, pero ya te digo, no me parece muy serio
que digamos.
-Al margen de lo que te parezca, y como bien dijiste, de
las extravagancias que suelen inventarse en circunstan-
cias como ésa, probablemente haya un hilo conductor
que une todas esas muertes, y muchas otras más que no
han trascendido pero que, a mi juicio, están vinculadas
con el mismo asunto.

23

-Supongo que entre ellas estarán incluidas las muertes


que operaron a través tuyo –aventuró Pearson, provo-
cando un respingo de Fátima, quien quitó al instante la
mano de su pecho y adoptó una actitud defensiva.
-Están incluidas. –Dijo finalmente, y añadió: -Tal vez
Gerry haya hablado de más, o al menos, anticipadamen-
te. Mas advierto que la sangre que tiñe mis manos no ha
sido obstáculo para que te acerques a mí.
-Claro que no, al contrario. Nunca antes había tenido
sexo con una asesina –dijo, apresurándose a estrecharla
contra su cuerpo, anticipándose a la reacción que segu-
ramente hubiese sobrevenido.

141
Gabriel Cebrián

-Preferiría que dejáramos esa cuestión entre paréntesis


hasta que conozcas otros detalles; caso contrario, po-
drías formarte una idea distorsionada tanto de mi perso-
na como de los hechos.
-Todo este asunto se me figura como una sola y desco-
munal distorsión, vos sabés...
-Sí, ya lo sé, y también te he dicho que te comprendo.
Pero bueno, voy a empezar a sintetizar un poco el asun-
to. Probablemente mi padre haya hecho efectivo el ada-
ggio que reza quien roba a otro ladrón, tiene cien años
de perdón, por cuanto trajo de ese viaje la reliquia que
mencioné, y que se constituyó en su desgracia y en la
mía propia. Nunca volvió a ser el mismo luego de aquel
viaje. Vivíamos en Mendoza, pero poco después nos
mudamos acá a Capital y cambiamos nuestro apellido.
Él se volvió cada vez más taciturno, comenzó a adelga-
zar y se fue consumiendo en vida. A medida que su
cuerpo se iba debilitando, su interés por los folklores
menos conocidos del antiguo Egipto crecía, y me invo-
lucró a mí en larguísimos y exhaustivos estudios sobre
esa materia...
-Lo que dio sustento teórico a tu libro.
-Sí, en buena parte. Yo seguí estudiando e hice mis pro-
pios viajes e investigaciones por aquellas tierras. Final-
mente, antes de morir, me informó del tesoro que había
robado, y puso en mi conocimiento la caja de seguridad
en la que lo había guardado, de la cual también yo, sin
saberlo, era titular. Y me alertó acerca de los graves
peligros que enfrentaría si no mantenía la mayor discre-
ción al respecto. Allí están esos papiros. He tenido la
milenaria caja en mis manos, y he echado un vistazo a
142
Calamo currente

su contenido. Hasta ahora, no me he permitido nada


más. Si querés, podría mostrarte la traducción que hizo
mi padre, y, eventualmente, los propios papiros, si es
que no has salido disparado luego de oír semejante
historia.
-Me encantaría, en lo inmediato, leer esa traducción.
Después te digo si quiero o no ver el resto.
Fátima se incorporó, fue hasta una habitación
interna y volvió con una carpeta. Se sentó a la mesa,
sirvió las copas, encendió un cigarrillo y se colocó unos
anteojos de media caña que le sentaban increíbles; tal
era su belleza, que hasta hacía relucir aditamentos que
afearían a personas menos agraciadas. Pearson se sintió
un poco grotesco en su desnudez, así que se colocó
calzoncillos y remera y ocupó la silla enfrentada a la
mujer.
-¿Preferís que lea yo, o lo querés leer vos?
-Prefiero oír el mensaje milenario de tus dulces labios,
si no es mucha molestia.
-Está bien. Esto es lo que decía el papiro de la caja ha-
llada en la antecámara de la tumba del Rey Tutanka-
món –dijo ella, con solemnidad, y comenzó la lectura:

¡Larga vida, salud y riquezas para el Rey de


Reyes, Amo y Señor de los Señores, el Faraón del Sur y
del Norte, Hijo de Atón, glorioso y eterno Tut! Yo,
Senmut, Maestro Artesano y encargado de los talleres
del Templo de Karnak, te saludo. Héme aquí, sepultado
en vida en tu casa para la eternidad, originalmente
construida para el traidor Ai, indigna de tu origen divi-
no. Aquí estamos, juntos, a bordo de la nave de Atón,
143
Gabriel Cebrián

navegando hacia el oeste. Esos perros creen que me


castigaron al encerrarme aquí, cuando en realidad lo
que hicieron fue investirme de un privilegio del cual
nunca creí ser digno. A pesar del escarnio, de la vil
conspiración criminal que acabó tan tempranamente
con tu reinado, la luz del único Dios nos cubrirá por
siempre, aún encerrados en este improvisado sepulcro,
indigno de Vuestra Altiva Majestad. De nada ha servi-
do, dignísimo Faraón Tut-Ank-Atón (tal tu verdadero
nombre, del que debiste adjurar en lo externo) mos-
trarte devoto de Amón Ra y de la multitud de falsos
ídolos. Ya ves que los pérfidos Ai y Horemheb han
insuflado veneno en tu sangre divina hasta tronchar la
vitalidad de tu cuerpo. Sospeché que eso estaban tra-
mando cuando me fue encargada tan tempranamente
ésta, tu máscara funeraria, en la que extremé todas mis
habilidades y mi devoción para hacerla mínimamente
digna de expresar tu gloria eterna. Fue nada más reci-
bir el pedido de parte de esas hienas, con la premura
marcada a fuego en sus ojos y lenguas, que supe que
iban a intentar sacarte del medio para establecer en
todo el Imperio la locura,la multitud de dioses falsos e
íconos vacíos, la matanza de Nubios, Hititas y también
de los fieles hijos del único Dios, como lo eres tú, Rey
de Reyes, y como este humilde siervo de tu Gracia.
Hénos aquí pues, hacinados en esta tumba propia de
un plebeyo, en cuya cámara apenas cabe tu magnifi-
cente ataúd, y casi no hay lugar para el aire entre to-
das tus valiosísimas pertenencias. Allí fuera, en la
antecámara, tus carros de combate, que con tanta ga-
llardía conducías en tiempos de paz; tu mobiliario, es-
144
Calamo currente

tatuas, vestuario y joyería, a las que echarás mano en


cuanto vuelvas a la vida, oh Divino Señor.
Mas he de confesarte, como si ello te hiciese
falta a ti, que todo lo ves, el peor de los sacrilegios que
un hombre puede cometer; mas ello ha sido debido a
un plan que asegurará tu Reinado hasta el final de los
tiempos. De buen grado hubiese muerto de hambre y
sed antes de tocar los alimentos y la cerveza dispuestos
para el momento de la resurrección de tu amado
cuerpo, si no hubiese llegado aquí, subrepticiamente,
sin ser visto por los guardias de los conspiradores, el
buen Principe Hattli, hijo de Subbiliuma, Rey de los
Hititas, y dos de sus guerreros. Estaba yo desfalle-
ciendo a causa de la falta de aire cuando oí que rom-
pían el sello de la cámara y abrían un orificio en la
piedra, que trajo bocanadas de vida que aspiré con
frenesí. A través de él también llegaron sus palabras.
Me dijo que había sido llamado por la pobre Reina
Ankesnatón, tu mujer ante el Dios Sol, para que se
desposase con ella y así evitar que el trono del Faraón
sea ocupado por los impíos que te dieron muerte. Ella
misma les dijo que había sido yo sepultado en vida
junto a ti, Divino Señor, y sabe Atón cómo fue que ella
se enteró de eso. Tal vez haya sido el propio Dios quien
se lo dijo. Hattli me instó a mantenerme vivo como
fuese, si quería que tu memoria, Oh Señor del Nilo, fue-
se preservada como corresponde, y prometió volver pa-
ra sacarnos de aquí y darte el lugar y la Casa de la
Eternidad que corresponde a tu Divinidad. Es por eso
que me he atrevido a usar los alimentos que habían
sido depositados para tu regreso.
145
Gabriel Cebrián

Antes de irse, el buen Hattli pasó por el orificio


una pócima que, según dijo, había sido elaborada por
los Magos Caldeos. Tal elixir permite a quien lo beba
disponer a voluntad de la transmigración de su Ka, al
individuo que desee, para facilitar de este modo que
designios tan importantes como los tuyos, que ahora
me atañen tan directamente, se cumplan según la vo-
luntad de Atón. Me advirtió que lo bebiese solamente si
él no volvía, mientras aún tuviese yo fuerzas para
hacerlo. Luego volvió a sellar la cámara, dejando un
resquicio suficiente para renovar en algo el aire, y pro-
metió regresar cuando la vigilancia no fuese tan estre-
cha, y derruir el aciago muro que te separa de los de-
bidos tributos funerarios.
Así me he mantenido, oh Hijo del Sol, durante
días y noches que no puedo discernir en la oscuridad
de esta cámara. Los pérfidos deben haber apresado a
Hattli y a sus guerreros, ya que no he vuelto a saber de
ellos. Apenas si puedo sostener el cálamo, y el aceite de
las lámparas casi se ha agotado, aún a pesar del celo
que he puesto para que durase más. Es hora de beber
la poción y entregarme a mi destino, que por gracia de
Atón ha sido ligado al de Vuestra Divina Persona.
¡Larga vida, salud y riquezas para el Rey de
Reyes, Amo y Señor de los Señores, el Faraón del Sur y
del Norte, Hijo de Atón, glorioso y eterno Tut! Yo,
Senmut, Maestro Artesano y encargado de los talleres
del Templo de Karnak, te saludo.

-Muy interesante –dijo Pearson.


-Sin duda lo es, ¿no?
146
Calamo currente

-Sí, claro. No se puede negar que el estilo arcaico está


muy bien fraguado.
-Sin faltar al debido respeto que un experto en estilos
merece, me gustaría saber qué es lo que está fraguado,
según vos. ¿Te referís al estilo, o al documento en sí?
-A ambos, me parece.
-Bueno, puede haber expresiones anacrónicas y cosas
por el estilo, pero seguramente obedecen al talante de
mi padre y a su interpretación. Tenés que conceder que
toda traducción es problemática, cuánto más lo será una
tan lejana en tiempo y forma...
-Claro, claro, por cierto. En tal caso, quizá sería bueno
que me mostraras los papiros originales.
-Sabés qué, me duele que no creas en mi palabra. Si-
guiendo una línea de pensamiento como la tuya, esen-
cialmente desconfiada, bien podría yo pensar que no es
simple curiosidad, sino algún otro interés subrepticio, el
que alienta tu pedido.
-Sinceramente, me interesás mucho más vos que todos
esos dislates faraónicos.

Volvieron a besarse, volvieron a esnifar, y vol-


vieron a hacer el amor, esta vez en la cama de Fátima,
donde luego se quedaron, sino dormidos –por efecto de
la droga-, sumidos en placenteras ensoñaciones, que
hubieran sido perfectas sin los nubarrones que, en el
caso de Pearson, suponían figuraciones mentales de an-
tiguas maldiciones y de relampagueantes imágenes de
Gerry sacudiendo a Fátima a golpes de cadera sobre el
capó de un Toyota Corolla en la noche andina.

147
Gabriel Cebrián

148
Calamo currente

SEGUNDA PARTE

Existe, ciertamente, mucha conexión entre ver-


dad científica, por una parte, y la belleza y moralidad,
por la otra, y esta conexión es la siguiente: si un hom-
bre alberga opiniones falsas respecto de su propia na-
turaleza, será llevado por ellas a acciones que en algún
sentido profundo serán inmorales o feas.

Gregory Bateson

149
Gabriel Cebrián

150
Calamo currente

Todas las impresiones, inducciones, intuiciones


y proyecciones convergían en un punto, el que de ese
modo y ante tal profusión co-incidental, estallaba, sa-
turado de algo que bien podría ser definido como
magnetismo vicisitudinario o quizá voracidad entitativa
centrípeta, todos los excesos son malos... mi historia
parece replegarse sobre sí misma, encuentro que mi yo
viene y me solapea, haciéndome zumbar sobre mí mis-
mo, girando vertiginosamente sobre un eje que sin em-
bargo, dada su posición central, permanece inmóvil.
Un solo paso en cualquier dirección de la infinidad de
diámetros posibles equivale a una debacle, y estoy a
punto de darlo. Toda proyección axial derrumbará el
ómphalos que tanto tiempo y esfuerzo me llevó consti-
tuir, y esta especie de novela que pretendía desarrollar
ha devenido en una especie de bitácora correspondien-
te a aleatorias travesías espaciotemporales, una cróni-
ca del big-bang solipsista, plagado de agujeros negros
que se me antojan feliz metáfora de la vagina cósmica
que hace perder todo sentido a conglomeraciones ener-
géticas amoldadas episódicamente en masculinas pro-
yecciones, pasibles de interpretación materialista se-
gún códigos relativos a esa abstracción mayúscula que
paradójicamente asumimos como empirie.

(¿Qué es esto? ¿Filosofía? ¿Física? ¿Qué carajo


me tengo que meter en estos bretes? ¿Quién me manda?
Debería estar tirando de la piola narrativa, anclando en
151
Gabriel Cebrián

situaciones existenciales comunes, problemáticas socia-


les, políticas, eróticas, románticas, heroicas, todo ello
junto, si fuera posible; y héme aquí glosando estupefac-
tas consideraciones como un griego incoherente y tran-
sido por anacronismos semánticos, ocultando detrás de
esa espuria fachada conceptual pruritos adolescentes...
tal vez lo mejor será que deje de escribir mientras se
resuelva esta cuestión con Fátima. Parece haber enlo-
quecido, esa obsesión -para colmo relativa a un tema
tan trillado como lo es la egiptología- la ha llevado a
desvariar. Encima con la concurrencia de Gerry. Tal
vez haya sido la droga lo que los ha llevado a este tipo
de excesos, y quizá a otros, en los que no quiero pensar,
por cuanto esta mujer, delirante o no, me ha sacudido
de modo que no lo habían hecho todas las anteriores
juntas o puestas en fila.) pensaba Pearson, al día si-
guiente -en esa especie de análisis tan parecido a un ar-
queo que inevitablemente opera luego de la concreción
de un romance nuevo-, después de intentar proseguir
con lo que fuera que estaba pergeñando, o, mejor dicho,
intentando pergeñar. Sobre el escritorio, una taza de ca-
fé, la bolsita de cocaína que Fátima había insistido que
se llevase (amén de las recomendaciones propias acerca
de evitar abusos), el block de hojas que ahora sí sentía
totalmente ajeno a su espectro de consideración mental,
la pluma que parecía dispuesta sólo para escribir poe-
mas de amor de una estofa indigna, o digna del Neruda
más pelotudo... en fin.
Tal vez fuera que el estado depresivo volvía
exacerbado, a causa del bajón que el propio Gerry le
había anticipado que sobrevendría, tal vez la entrega
152
Calamo currente

emocional espontánea y plena a la hermosa mujer, tal


vez el halo de vericuetos fantásticos -aunque probable-
mente tanto o más peligrosos que los reales- que la ro-
deaba, tal vez los incuestionables escozores celopáticos
que experimentaba cada vez que se figuraba la cópula
entre ella y el muchacho, tal vez todo ello junto, cons-
tituía la causa de su estado melancólico (advirtió, al
pensar esta integración final, que su cabeza tendía cada
vez más a realizar análisis de tipo sistémico). A grandes
males, grandes remedios, se dijo, y desparramó un po-
co de coca sobre el vidrio del escritorio. Luego la picó
con un cortaplumas, siguiendo el procedimiento que ha-
bía observado ejecutar a sus nuevos amigos. Luego de-
sarmó un bolígrafo y con el cilindro hueco aspiró una
buena dosis. Ah, así era otra cosa. Se sintió mejor casi
de inmediato. Evidentemente, había algo en su organis-
mo que cerraba los caminos hacia una euforia natural,
que se le aparecía como necesaria a todas luces para e-
quilibrar su ánimo tan tendiente a depresiones y crisis
de sentido. Una simple sustancia era capaz de devolver-
le los ímpetus sin los cuales su experiencia vital nau-
fragaba en grises borrascas, en fatídicas y rutinarias
lamentaciones, en coqueteos liminares con patologías
que a poco andar se tornarían severas. Tal vez la
cocaína fuera adecuada, terapéuticamente hablando, en
muchos casos; el suyo, estaba seguro, era uno de ellos.
A la segunda dosis, sintió la necesidad de mo-
verse, así que tomó de su biblioteca –luego de buscar
un buen par de minutos- un libro que versaba sobre
pensamiento y místicas del Antiguo Egipto, y salió a
dar un paseo a pie. Caminó unas cuantas cuadras; el sol
153
Gabriel Cebrián

estaba a pleno, el invierno rioplatense regalaba otro de


esos días primaverales tan usuales en los últimos años,
que parecen demostrar en la práctica el calentamiento
del planeta. Tan así que su saco oscuro a poco comenzó
a picarle en los hombros, y una transpiración por demás
profusa hizo que su camisa se empapara. Aún no sabía
que, a más de la temperatura ambiente, tal exceso de
sudoración obedecía al abuso de la droga. Entró en un
bar, se quitó el saco, lo dejó sobre una silla y se sentó
en otra, pellizcando la pechera de su camisa con índice
y pulgar de ambas manos para separar la tela de la piel
y agitarla, con el objeto de hacer circular aire entrambas
y propiciar un secado más rápido. Fue allí que intuyó
que la causa de tan profusa exudación no era tan di-
rectamente atribuible nada más que a las condiciones
climáticas. Se enjugó la frente con los dedos y los secó
con una servilleta de papel. Pidió un agua mineral con
gas, miró hacia la transitada calle unos instantes y se
enfrascó en la lectura. Así estaría en condiciones de
incluir en sus futuros diálogos con Fátima elementos
pertinentes a su obsesivo interés, sin intención de exa-
cerbarlo aún más, pero muniéndose del mínimo bagaje
para no parecer del todo lego en esos aspectos. Así to-
mó contacto con conceptos vagos pero sugerentes, so-
bre todo en su aparente ligazón con esa fantástica his-
toria en la que, más allá de pequeñas o grandes dife-
rencias entre la formulación de uno y otro, en el fondo
habían sido contestes. Conceptos como el Ba y el Ka, el
primero correspondiente a nuestra noción de alma, o e-
sencia personal, representado como un pájaro con cabe-
za humana, el que en caso de cumplirse correctamente
154
Calamo currente

los rituales funerarios volvería a reunirse con el cuerpo


del difunto para devolverle la vida; el segundo, una es-
pecie de cuerpo energético perfectamente analogable al
Doble de tantas y tantas místicas arcaicas. Toda la fan-
farria de cultos, toda la profusión politeísta y la sofis-
ticación del tratamiento post-mortem parecían apuntar a
la reunión de estos dos elementos con el cuerpo físico
en una futura resurrección. Está bien que ninguna fe,
por su propio carácter esencial, encuentra sólidos basa-
mentos de orden racional; pero estos ajetreos de los “O-
siris” (dios de los muertos, y por carácter transitivo to-
do muerto ilustre, ya que por serlo devenía en un “Osi-
ris”) parecían más descabellados que los de la mayoría
de las teorías escatológicas. No pudo evitar detenerse a
extraer conclusiones de índole personal al ingresar en el
capítulo de la psicostasia, o pesaje del corazón. Esta o-
peración, como es bien sabido, es realizada bajo la guía
de Anubis y la supervisión del propio Osiris, y consiste
en el recitado de la llamada “confesión negativa”, en la
que el difunto asegura no haber cometido determinados
pecados contra dioses y hombres, y luego se contrapesa
su corazón con una pluma, símbolo de Maat, custodio
de la verdad y la justicia. Una pluma, tan luego. La plu-
ma, para él, tenía connotaciones tan pesadas que úni-
camente un corazón de buey sería capaz de superarla en
peso. Y tal vez ni siquiera sería suficiente. Después, la
hoja de ruta de los ultramundos... puffff. Ya había te-
nido bastante. Apenas si podía asumir los códigos de la
cultura en la que se veía obligado a interactuar, como
para venir a atosigarse con semejantes aberraciones
propias de una humanidad pretérita tan sofisticada co-
155
Gabriel Cebrián

mo delirante. Aparte, tenía ganas de aspirar un poco


más, y carecía de la pericia de quienes lo hacían en los
baños públicos, así que decidió pagar la cuenta y volver
a su casa. Esa casa que Gerry había analogado a una
bóveda. Probablemente una mastaba, si se ajustaba al
influjo metafórico de sus nuevas y extenuantes investi-
gaciones.

A poco andar de vuelta hacia su casa, las cavila-


ciones sobre culturas milenarias dejaron lugar en su
mente a otras más prácticas, como por ejemplo, el he-
cho de haberse enredado de pronto y de manera tan in-
trincada con un joven vendedor de estupefacientes y u-
na hermosa mujer con veleidades de revisionismo his-
tórico, ambos aparentemente afectados por una psicosis
paranoide relacionada con un extraño folklore egipcio.
Está bien que seguramente, en algún lugar de ese reser-
vóreo de misterios insondables que se ha dado en de-
finir como “inconsciente”, estaba predispuesto a mez-
clarse en un asunto semejante, o en cualquier otro asun-
to que fuera capaz de arrancarlo, aunque sea de mo-
mento, de esa tirria que crecía en su interior contra sí
mismo y sobre todo contra la actividad que le permitía
ganarse el puchero, aún a costa de la merma directa-
mente proporcional que le generaba en esas pequeñas
circunstancias de la vida cotidiana, ese mínimo inter-
156
Calamo currente

cambio afectivo que resulta, ahora podía sentirlo, tan


imprescindible para equilibrar las cosas en un sentido a
su vez proyectivo respecto de las demás actividades.
Estaba todo patas arriba, y quizá eso mismo era lo que
constituía la clave de su entusiasmo. Las estructuras
que lo angustiaban habían colapsado de golpe y para
siempre. La estructura sobreviniente, aunque absoluta-
mente inestable aún, tenía para él el sabor agreste de la
incursión en territorios tan inexplorados como peligro-
sos. De buenas a primeras se había transformado en una
suerte de personaje literario, uno de tantos y tantos que
había cosido a partir de retazos de sí mismo a lo largo
de su obra; claro que esta vez era su culo, entitativa-
mente hablando, el que estaba en el gancho.
La visión de una pantalla gigante en el escapa-
rate de un comercio, que proyectaba juegos de video, le
mostró una perfecta alegoría de lo que estaba pensando,
graficó en cierto modo ese cruce existencial que su
mente intentaba delinear. La literatura era una suerte de
videogame, en el cual podía inmolarse a sí mismo en
virtuales sacrificios y luego volver a desayunar tranqui-
lamente y fantasear cuantas debacles le vinieran en ga-
na. Sin embargo, el monstruo de papel había encarnado
y lo impulsaba a jugar las fichas en un juego mortal, del
que no podría volver sino a través de la reunión de su
Ka y su Ba con el maltrecho cuerpo físico, pero ésa era
harina de otro costal y neurosis de otras mientes. No
pensaba tomar en serio tales consideraciones, solamen-
te las tendría a mano para elaborar ironías o jocundi-
dades que utilizaría, tal vez terapéuticamente, en favor
de Fátima y del propio Gerry.
157
Gabriel Cebrián

Cuando dobló en la esquina de su edificio pudo


ver el Booggie estacionado enfrente, y al propio Gerry
aguardándolo en la puerta. No pudo evitar que un refle-
jo celopático procesara la impresión sensible en desa-
gradable transducción. Aunque en realidad, para hacer
justicia sino de la totalidad, de buena parte de su sentir,
es menester consignar que se alegró al verlo; sobre todo
porque, urticante o no, era el agente de su contacto con
la mujer que lo había cautivado.
-¡No me diga que recién vuelve de la casa de Fátima! –
Le espetó, con ironía.
-No, salí a tomar algo por ahí.
-Sí, sabía que no estaba con ella. Me llamó y me contó
todo. Entre nosotros no hay secretos, ¿sabe?
-No le pedí que guardara secreto alguno, que yo re-
cuerde.
-Entiendo. Uno no se voltea una mujer tan agraciada es-
perando que nadie se entere, sino más bien todo lo con-
trario, ¿no es así?
-Puede ser que sea así entre las personas que no tienen
muchas cualidades que mostrar, o que padecen de terri-
bles complejos. Tal vez ése sea tu caso, pero ciertamen-
te, no es el mío. ¿Qué te trae por acá?
-¿No va a invitarme a pasar?
-¿Acaso tengo alternativa?
-Me temo que no, pero ante el hecho consumado, po-
dría mostrar un poco de cortesía, ¿no? Aunque fuese
falsa. Me conformo con eso.

Ingresaron al departamento-bóveda de Pearson.


Por alguna razón, esquiva a la suya propia, se sintió
158
Calamo currente

tenso, como si la presencia del joven hubiese traído


consigo algún oscuro peligro. Así que se dirigió a la co-
cina, con la excusa de preparar café, a evaluar el porqué
de esa sensación de alarma que tan repentinamente y
con tanta fuerza había ganado su plano conciente. Nada
había en la apariencia ni en la actitud de Gerry que
sustentara el menor indicio de amenaza. Se trataba de
otra cosa, de suyo indefinible, lo que lo llevó a pensar
que esa característica, la intangibilidad, la ininteligibili-
dad, la imposibilidad de traducción a palabra o pensa-
miento de tipo conceptual, era precisamente lo que ha-
cía de cualquier fenómeno de su clase la fuente quintae-
sencial de elementales pavuras. Algo nuevo había in-
gresado a su hogar junto con aquel muchacho, y espe-
raba que no fuera el Ka o el Ba de algún trasnochado
faraón enceguecido por milenarios furores y sed de
venganza indiscriminada. Por las dudas, y aún dicién-
dose a sí mismo que era sólo sugestión, dejó la cuchilla
de tronchar al alcance de la mano. Oyó que Gerry le
decía:
-Oiga, Pearson, mire... yo no soy de andar pasando
facturas, y mucho menos de enrostrar mis aciertos a
quienes no creen en mí, pero creo que usted merece que
le diga un par de cosas en este sentido.
-Ah, ¿sí? ¿Qué cosas?
-No... solamente recordarle que se comportó como un
boludo cada vez que puso en duda mi palabra, acá mis-
mo, en este living.
-Vamos a tratar de ser justos, ya que me da la impresión
que primero te arrogaste la función de banca y después

159
Gabriel Cebrián

cantaste cero. Ni vos estuviste tan acertado, ni yo, por


carácter transitivo, me comporté tan boludamente.
-¡Ah, pero qué tipo tan necio! ¿Qué va a argumentar,
ahora? ¿Va a negar la realidad, como un nene capricho-
so? ¿O acaso entró en la etapa de la chochera?
-Primero, no me faltés el respeto, pendejo de mierda. Y
te estoy hablando en serio.
-¡Encima se enoja!
-Hacé el favor de guardar mínimamente las formas. El
hecho de que te haya dejado entrar a mi casa, y que te
haya prestado un poco de atención, no te habilita a de-
cirme cualquier cosa. Respetá, porque si no voy a tener
que cagarte a trompadas.
-Bueno, parece que voy a tener que apelar a mi prover-
bial ecuanimidad para que semejante disparate no lle-
gue a mayores. ¿Qué le pasa? ¿Tanto lo desestabilizó
Fátima?
-Ése no es asunto tuyo –respondió Pearson, mientras
depositaba la bandeja con los cafés en la mesita.
-Probablemente lo sea, pero no voy a discutirle. No me
gustaría que sufriera un accidente, como por ejemplo,
chocar varias veces contra mis puños –Pearson rió, so-
bre todo después de verlo ejecutar la parodia de una se-
guidilla de uppercuts arrojados al aire con un histrio-
nismo de lo más hilarante. -Mire, tranquilícese, ¿quie-
re? A pesar de lo que parezca, soy su amigo... ya sé, ya
sé, no se apresure, soy unilateralmente su amigo, así
me considero yo al menos, y obviamente, no le pido
que usted lo haga; igual, me tiene sin cuidado. Yo pue-
do ser leal o desleal, y reprocharme moralmente lo que

160
Calamo currente

sea, llegado el caso. Usted solamente puede ser desleal,


y no empiece a ofenderse otra vez.
-¿Por qué decís eso?
-Es muy simple. Cuando alguien no puede ser leal con-
sigo mismo, es casi imposible que pueda serlo con cual-
quiera.
-Eso que acabás de decir es una estupidez. No resiste el
menor análisis lógico; y ello, dejando de lado su evi-
dente falacia.
-Me importan un carajo sus formalismos silogísticos o
lo que quiera que se le antoje invocar para distraer la
partida. Las cosas, en la realidad, son así, más allá de
cualquier tamiz fraudulento de esos que gentes como
usted utilizan para escoger arbitrariamente los elemen-
tos funcionales a sus prejuicios. Todo muy lindo y muy
acomodadito, hasta que un día llega el agente caótico,
abre una ínfima escotilla y allá van a parar todos sus
resguardos tesoneramente ajustados a patrón, como ab-
sorbidos por un agujero negro. ¿O no?
-Sinceramente, considero que te faltan elementos para
mantener una discusión conmigo respecto de asuntos
como este que insinuás. En serio, no es que esté mar-
cándote un nivel, sucede simplemente que con una pata
más corta no se puede caminar armónicamente. Si que-
rés, te puedo dar un curso de carácter propedéutico, y
después vemos.
-¡Qué tipo...! La verdad, me cae simpático, en serio.
Tiene una altura para decir gansadas... el tema es... ve,
ya me olvidé de qué estábamos hablando.

161
Gabriel Cebrián

-Es como yo te digo. Sos muy imaginativo, y por ende,


volátil. No sabés adónde estás parado y encima tenés el
tupé de bajar línea a quienes están muy por encima.
-Ah, ya sé; más allá de toda esta digresión inconducente
promovida por sus vacuas presunciones, que no mere-
cen el menor comentario de mi parte, le decía que quien
no puede ser leal consigo mismo, jamás podría serlo
con alguien más. Y ésa es una verdad de a puño, digan
lo que digan sus teorizaciones logicistas. Estoy hablan-
do en un sentido práctico, no desde el Topos Uranos, o
desde abstracciones de Principia Mathematica.
-¿Por qué suponés que no puedo ser leal conmigo mis-
mo?
-Pues porque no lo es. Y porque cualquier persona, de
poder serlo, lo sería. O sea, sino lo es, es porque no
puede.
-Es notable que no tengas en cuenta que si una persona
se comporta de manera diferente a la que su esencia le
dicta, bien puede ser porque su lealtad está focalizada
en intereses superiores a los comandos de un yo que
puede ser ruin y rastrero. O sea, transitivamente, es más
leal a sí mismo al obligarse a mejorar, al no permitirse
la permanencia en una condición egoísta y miserable.
-Palabrería, Pearson, un poco sutil y no demasiado ba-
rata, pero palabrería al fin. Usted lo sabe, claro que no
voy a pretender que lo reconozca. Pero en todo caso,
esa cuestión está en vías de solucionarse. De a poco ha
aceptado mi influencia, y de golpe ha aceptado la de
Fátima. Claro que sus mecanismos de abordaje son mu-
cho más interesantes que los míos...

162
Calamo currente

-Hombre, dicho así, parece que estuvieran manipulán-


dome.
-En cierta forma, así es. En cierta forma, todas las per-
sonas que interactúan con uno, conciente o inconciente-
mente, lo hacen.
-No, una cosa es la interacción simple, que desde luego,
modifica a los términos interactuantes, y otra muy dife-
rente es la manipulación, que conlleva una intencionali-
dad; una intencionalidad de plano dolosa, por cuanto su
eficacia muchas veces requiere que el sujeto que la
padece permanezca inconciente a dicha operatoria.
-Por eso le dije, “en cierta forma”, Pearson. Me extraña
que un experto tan apegado a los formalismos como lo
es usted pase por alto las relativizaciones. Aparte, exis-
ten condicionamientos de orden ético, además.
-Ah, ¿sí? ¿Cuáles, por ejemplo?
-Por ejemplo, la madre que manipula al hijo pequeño
para que coma todo su pastiche. ¿Es acaso doloso pro-
curar en estos términos una alimentación adecuada, en
función de la salud del crío?
-Espero que esa analogía se limite a relaciones funcio-
nales de sesgo algebraico. No voy a admitir que me
pongas en el lugar del párvulo, frente a la omnisciente
relación parental que arrogás para ustedes. Fátima es
una mujer inteligente, y hasta me resultaría atractivo
que adoptase una cierta actitud maternal hacia mi per-
sona. Pero vos, pibe... bueno, dejémoslo ahí. La verdad
es que me estoy fatigando de tanta discusión estéril. Si
esto fuese una novela, intentaría variar la pauta para no
caer una y otra vez en estos frustrantes círculos vicio-
sos. Y si fuese una partida de ajedrez, ofrecería tablas,
163
Gabriel Cebrián

y estaría incluso dispuesto a abandonar, antes que con-


tinuar con esta especie de repetición indefinida de juga-
das.
-Es increíble –acotó Gerry, meneando la cabeza.
-¿Qué cosa es increíble?
-Usted. Cuando lo hallé en su frustrada conferencia de
la SADE, su problema era que ninguna cosa nueva, fue-
ra de sus menguantes lucubraciones fantásticas, ocurría
en su vida. Ahora se queja de círculos viciosos, luego
de que mi querida amiga y yo le sacudimos un poco el
polvo, sobre todo ella.
-Hablando de polvo –dijo Pearson, y extrajo la bolsita.
-Deje eso, guárdelo para más tarde, en un lugar seco.
Traje el cristal que le dije anoche. Va a ver lo que es
esto.

Cuando Gerry arrojó sobre el vidrio de la mesita


un poco de aquella substancia, Pearson advirtió dos co-
sas. Una, que la cantidad era visiblemente menor que la
que había dispuesto en las ocasiones anteriores; la otra,
que parecía rielar. Y cuando la inhaló, sintió básica-
mente lo mismo, sólo que en grado superlativo. Casi in-
mediatamente le dio una especie de taquicardia y se a-
larmó, aunque se cuidó mucho de dar traslado al joven
de dicha circunstancia. Con pesar advirtió que tal acti-
tud en mucho se debía a una necesidad que venía de-
164
Calamo currente

sarrollándose en él desde la noche anterior, y que era la


de no manifestar debilidad alguna frente al joven, a
quien veía, en esa nebulosa franja entre el plano con-
ciente y el inconciente, como un potencial adversario
en la consecución de los favores carnales de Fátima. El
instinto prevalece, y para colmo, cuando es filtrado por
un cedazo tan impropio como es la razón, los resultados
suelen ser imprevisibles, caóticos en el peor sentido que
pueda darse a esta palabra. El joven sentado allí a su
frente no había hecho otra cosa que atiborrarlo de tóxi-
cos, fustigarlo intelectualmente (o al menos intentado
hacer tal cosa), contarle historietas extravagantes y po-
nerlo en contacto con una mujer que, según había di-
cho, había sido su amante al menos una vez. Aunque
podrían haber sido varias, o ninguna. No era confiable.
Ella tampoco, a pesar de la angustia que le costaba
reconocerlo. Y en el trasfondo, como marco ominoso
de un cuadro ya de por sí apremiante, los crímenes
aparentemente relacionados con un folklore que no por
trillado resultaba menos amenazador.
-¿Y? ¿Qué le parece?
-Muy buena, che. Y rendidora, por lo que veo.
-Más o menos. Pasa que ésta es más cara, como podrá
colegir. En realidad, Pearson, he venido por dos razo-
nes. La primera y fundamental, felicitarlo por la pronti-
tud para ganarse los favores de Fátima que ha demos-
trado; y la segunda, que tengo que comercializar urgen-
te una buena cantidad de este prodigio. ¡Lo tengo que
liquidar hoy mismo! Y pensé que tal vez usted estaría
interesado en adquirir un poco, antes que desaparezca.

165
Gabriel Cebrián

No vaya a tomarlo como una presión, o como una exi-


gencia de devolución de atenciones...
-¿Acaso dije algo como eso?
-No, pero como lo conozco... digo, que como se mostró
interesado en experimentar con cocaína, supuse que le
agradaría tener un poco de la mejor. Nada más.
-Muy deferente.
-Para qué son los amigos...
-¿Realmente te considerás mi amigo?
-Claro que sí. No tan cercano como Fátima, por supues-
to, pero amigo al fin.
-A propósito, ¿qué tan cercanos son?
-¡Ahí está! ¿Ve, cómo le salta la ficha? No lo puedo
creer... mire, Pearson, la verdad, ni bien nos encontra-
mos hace un rato pude percibir algo, como una cierta ti-
rria que no sabía muy bien por dónde podía venir. Aho-
ra lo entiendo. Con razón no le han durado mucho sus
mujeres, es un celópata irredimible. Tal vez no debí
sincerarme del todo con usted, tal vez habría sido mejor
callarme un detalle que de nimio resulta casi inexisten-
te. Salvo para una psiquis tan morbosa y con tendencias
autodestructivas como la suya, claro. Relájese, hombre,
y disfrute de lo que le brinda la vida. No puedo creer
que sea tan adolescente, para algunas cosas.
-Además de haberte extralimitado en la interpretación
que das a mi pregunta, advierto que no la has respon-
dido –replicó, con aplomo y autoridad.
-No voy a engancharme en sus patrañas, y lo invito a no
enredarse en pensamientos enfermizos. Claro que so-
mos cercanos, sobre todo en el afecto, pero no mante-
nemos comercio sexual, si eso es lo que tanto le preo-
166
Calamo currente

cupa. Y espero que ésta sea la última vez que hablamos


de ello.
-¿Qué quisiste decir cuando dijiste “con razón no le han
durado mucho sus mujeres”? ¿Qué sabés de eso?
-Lo que me contó usted. Parece que cuando empina el
codo se transforma en un bocafloja, y resulta que des-
pués no recuerda los alcances de su incontinencia ver-
bal...
Pearson tuvo otro episodio de sudoración, y sin-
tió una sed abrasadora, además de una especie de esta-
do nauseoso leve que seguramente era provocado por la
tensión involuntaria de sus músculos; y siguiendo esta
cadena de causas y efectos, deberíamos agregar que
dicha tensión obedecía tanto al tenor de la conversación
como a los efectos de la droga, aunque esto último no le
fuera claro en un nivel conciente. Por una parte se ofus-
có, a resultas del giro que había tomado la conversación
de modo repentino, y que había dejado al descubierto lo
que parecía ser una tara ácidamente enrostrada por el
joven ni bien quedó expuesta. Pero por otra parte, sintió
un gran alivio ante la confirmación de que el avatar
sexual entre éste último y Fátima había sido episódico,
fugaz y fuera de todo contexto. Si bien no creía a pie
juntillas la declaración de Gerry en este sentido, quería
creerle, y bien podía ser cierto. Eso sólo bastaba para
estabilizar un poco la ansiedad que le causaba pensar
en la posibilidad de que ambos estuvieran riéndose de
él. O engatusándolo del algún modo. Como quiera que
fuese, se instó a sí mismo a permanecer alerta,.
-Bueno –dijo Gerry, -¿Me va a comprar o no, un poco
de esta merca? Mire que no aparece todos los días, eh.
167
Gabriel Cebrián

-Sí, te voy a comprar. Probablemente me dedique a a-


vanzar en la novela que estoy escribiendo, y necesitaré
un estímulo. ¿Cuánto vale?
-Y, por ser usted, le puedo dejar los diez gramos en
quinientos pesos. Una ganga.
-¿Una ganga?
-Más bien, Pearson, y si no fijesé, que por la misma
guita lo único que va a conseguir por ahí es una por-
quería toda mezclada vaya a saber con qué. Si le dan
cuarenta por ciento de merca, es mucho.
Una vez perfeccionada la transacción, Gerry di-
jo que le encantaría quedarse un rato a conversar, pero
que, como le había anticipado, tenía que vender el lote
lo antes posible para saldar la deuda con su proveedor.
-Antes de irme, permítame dejar bien en claro un a-
sunto –dijo. –Ante todo -y puede que lo que voy a de-
cirle le moleste aún más que cuanto le he dicho hasta
ahora- la verdad es que a pesar de cualquier cosa que
pueda parecer, le he tomado bastante afecto. Y en
función de eso es que le pido por lo que más quiera que
no sea imbécil, que viva con Fátima lo que tenga que
vivir y se deje de pensar estupideces. Ya le he dicho
como han sido y cómo son las cosas entre ella y yo. Por
favor, no enturbie una oportunidad como la que se le
presenta en función de circunstancias que serían nimias
aún para el más inmaduro de los veinteañeros.
-No le he dado tanta trascendencia como la que creés...
-Quisiera creerle; en todo caso, mejor así. Mire, para
serle franco, voy a contarle cómo digerimos aquella
experiencia que tanto le preocupa a usted. Siempre nos
causó gracia (una gracia por demás amarga, ciertamen-
168
Calamo currente

te) el modo en que se resolvió aquella dramática situa-


ción. No olvide que estábamos ambos bajo los efectos
del shock nervioso propio de la secuencia siguiente a
un violento homicidio. Cuando transcurrió el tiempo
suficiente como para que nos conociéramos el uno al o-
tro y pudiéramos hablar de lo ocurrido sin mayores ta-
pujos, Fátima aventuró la posibilidad de que el espíritu
de Salomón me había poseído por un momento, y que
por eso hice lo que hice.
-Ése es uno de los disparates más grotescos que he oído
en mi vida.
-Bueno, eso es lo que dijo, claro que se refirió al es-
píritu en su denominación egipcia.
-Lo hubiera jurado.
-Sí, pero no lo tome tan a la ligera. Ese demonio bien
puede haber hecho algo así; más, habiendo tenido ac-
ceso a arcanos que superan cualquiera de nuestras fan-
tasías más aberrantes.
-No voy a polemizar. Yo creo que aquí se justifica apli-
car “la navaja de Ockham”, o sea, no fantasear innu-
merables y descabelladas hipótesis, por cuanto la expli-
cación más clara, sencilla y directa -y por ende, la más
plausible- debe buscarse por el lado hormonal, y ya. No
soy tan troglodita como para escandalizarme por ello y
no entenderlo, ni necesito apelar a argumentos tan traí-
dos de los pelos para aquietar mi conciencia, ya ves que
no me altera en lo más mínimo. Sinceramente, y si las
cosas son tal cual me las referís, me inclino a pensar
que el argumento de la posesión estuvo causado más
que nada por una necesidad interna de justificación, por
parte de ella o de ambos.
169
Gabriel Cebrián

-Nadie necesitaba justificar nada, Pearson.


-La necesidad de justificar eventos de esa clase opera
inconcientemente, la mayor parte de las veces.
-Bueno, puede que tenga razón; y si la tiene, mejor. Fue
un acto indebido, algo que no debió ocurrir nunca, muy
parecido en sus implicancias psicológicas a las que po-
dría provocar un incesto. Si a partir de eso elaboramos
esta explicación fantasiosa, quedaría demostrada nues-
tra inocencia, nuestra necesidad de justificar un hecho
que consideramos pecaminoso. Pero no deje de tener en
cuenta la hipótesis macabra. Ya sé que parece delirante,
pero sin embargo, explica mejor lo sucedido.
-Con ese tipo de argumentos puede explicarse perfecta-
mente todo, lo que no quiere decir que sean verdaderos.
-Mire, se ha liado con Fátima, y probablemente pronto
tenga que atestiguar eventos que darán por tierra con e-
se racionalismo cínico detrás del cual le agrada tanto
parapetarse.

Ni bien quedó solo, Pearson preparó más café,


se sirvió una taza, encendió un cigarrillo y mientras be-
bía y fumaba trataba de articular las últimas informa-
ciones, de clasificarlas en el cuadro general de su nueva
experiencia de vida, tan sacudida por novedades de or-
den químico, afectivo, etcétera. Se tentó, y tomó otra
pequeña línea de la cocaína peruana, con lo que consi-
170
Calamo currente

guió enardecer más sus ya de por sí estragados nervios.


Sintió náuseas otra vez, otra vez le sobrevino una pro-
fusa sudoración, y sintió que las tripas iban a estallarle.
Apenas si llegó a sentarse en el inodoro. Luego de a-
quella urgida deposición, volvió a la mesa y encendió
otro cigarrillo más, advirtiendo que la mano que lo sos-
tenía temblaba ostensiblemente. Tal vez el tóxico estu-
viera afectándolo en un nivel más profundo del que su-
ponía, o que había querido suponer. Tal vez la acción
de la cocaína –que según había leído, atacaba principal-
mente las sustancias químicas que hacían posible la
neurotransmisión-, lo acercaba al Parkinson de manera
vertiginosa. Coligió que la merca nueva era demasiado
potente, así que la mezcló con la anterior, suponiendo
que el término medio entre ambas le sentaría mejor.
Apenas había terminado de hacerlo cuando sonó el tim-
bre. Algo fastidiado, tomó el intercomunicador y pre-
guntó:
-¿Quién es?
-¿Señor Pearson?
-Sí.
-Soy el Detective Ramon, de la Policía Federal. Necesi-
taría hablar unas palabras con usted.
-Oiga, ¿de qué se trata? –Preguntó, alarmado, sintiendo
cómo las palpitaciones en su pecho crecían en veloci-
dad e intensidad.
-Es un minuto, nada más. Necesito alertarlo acerca de
ciertas situaciones que parecen estarlo involucrando.
-¿A mí?
-Sí, a usted. Créame que le conviene oír lo que he veni-
do a decirle.
171
Gabriel Cebrián

-Okay, pase –dijo, y presionó el botón que destrababa la


puerta de calle. Luego corrió, guardó la bolsa de coca y
todo elemento que pudiese guardar relación con ese
vicio. Unos instantes más tarde, el policía tocaba a la
puerta del departamento. Pearson se enjugó el sudor
que había vuelto a brotar, tanto por el nerviosismo co-
mo por la compulsiva actividad de ocultamiento de sus-
tancias ilegales y artículos vinculados (cortaplumas pa-
ra picar y canuto para esnifar). Corrió la tapa de la miri-
lla y pidió al oficial que exhiba su identificación. Un
momento después pudo ver la placa que el visitante
ofrecía a su vista, así que se enjugó la transpiración con
las manos, las secó sobre la pernera del pantalón, des-
corrió el cerrojo y dio paso al inesperado visitante.
-Disculpe, pero como están las cosas hoy día, vio...
-Hace muy bien, señor Pearson. Hay que tener mucho
cuidado con las personas que uno deja entrar a su casa.
Precisamente de eso venía a hablarle.
Haciendo caso omiso de una indicación que ob-
viamente aludía a Gerry, Pearson ofreció café, y el poli
aceptó el convite. Eso parecía darle a Pearson unos
cuantos segundos para sopesar el cariz que las cosas es-
taban tomando. Sin embargo, el detective comenzó a
hablarle desde el living:
-Es realmente increíble. El mío es un trabajo delezna-
ble, por cierto, pero algunas veces suele dar maravillo-
sas compensaciones.
-¿A qué se refiere?
-A que estoy aquí, a punto de compartir un café con u-
no de los más célebres escritores argentinos contempo-
ráneos.
172
Calamo currente

-Oh, por favor... no hace falta que diga cosas como ésa.
Seguramente tendrá oportunidad de tomar café con per-
sonas más interesantes que yo. Simplemente debe salir
a la calle e invitar al primero que se le cruce.
-Está bien, no voy a discutir eso con usted. Solamente
me gustaría remarcar que esa modestia es un indicador
más de su excelencia como artista. Detesto a esos tipe-
jos pedantes que escriben dos o tres paparruchadas y
luego andan por ahí dándose aires.
-Yo también los detesto, pero no estoy muy seguro de
no ser yo mismo uno de ellos.
-Puede estar bien seguro de que no lo es. Basta con leer
un par de novelas suyas para advertir que está fuera de
esa clase. Eso resulta evidente incluso para un lector
mediocre como yo.
Pearson regresó cargando una bandeja con dos
tazas humeantes, la azucarera y un cenicero limpio.
-No creo, sin embargo, que haya venido a verme para
hablar de literatura, ¿o sí?
-Oh, no, jamás incurriría en semejante falta de ubicui-
dad. ¿A poco cree que soy tan osado como para preten-
der presentarme ante usted para hablar de literatura?
¿Un lego como yo?
-Bueno, en todo caso, no me parece tan osado. No suelo
elegir a mis interlocutores en orden a sus méritos aca-
démicos, o intelectuales, a secas –aseveró, al tiempo
que advertía la flagrante falacia que tal juicio conlleva-
ba. Como venían las cosas, tal vez ésa fuera a ser la pri-
mera de una larga retahíla de patrañas; y menos ino-
cuas, con toda seguridad.

173
Gabriel Cebrián

-Es lo que le decía, ve. Los verdaderos artistas no sólo


no se pavonean, sino que son generosos con los bestias.
-Mire, le agradezco todos sus conceptos, pero ¿sabe?,
me gustaría saber qué asunto es el que lo trae por acá.
El hecho de que venga a verme un oficial de policía,
insinuando que debo tener cuidado con las personas que
dejo ingresar a mi casa, me genera una cierta ansiedad
respecto de qué es lo que va a decirme a continuación,
así que le pido que dejemos los temas de estética y
sociología para luego, ¿le parece bien?
-Si, claro, y sepa disculpar, por favor. Es que no todos
los días... bueno, ve, ya estaba a punto de incurrir nue-
vamente en actitudes esnobistas.
-Está bien; en todo caso, celebro que signifique algo
para usted el conversar un rato con un viejo y mediocre
contador de historias.
-Diciendo tal cosa, casi como que me obliga a ser con-
tumaz; pero bueno, voy a ir al punto nada más que por
respeto a su tiempo. Ha estado usted frecuentando a un
joven llamado Arquímedes Idiart.
-No, no lo creo.
-Sin embargo, se encontró con él aquí mismo, en la
puerta, hace un par de horas, más o menos, e ingresaron
juntos. Lo ví salir hace solamente unos cuantos minu-
tos.
-¿Acaso ha estado vigilándome?
-No, Pearson. En realidad, lo estaba vigilando a él. In-
diqué a mi compañero que lo siguiese, y yo me permití
venir a alertarlo. Si no fuera porque usted lo reconocí,
no habría venido. Simplemente lo habría agregado a la
lista de posibles cómplices.
174
Calamo currente

-¿Ha venido a alertarme? ¿Acerca de qué?


-De la peligrosidad de ese individuo, nada más ni nada
menos.
-Oiga, espere un poco, se está precipitando. Me da la
impresión que no sabe de qué está hablando. Evidente-
mente, se trata de un error. El joven que acaba de irse
no se llama Arquímedes no sé cuánto.
-Ah, ¿no? ¿Cómo se ha presentado ante usted? ¿Cómo
Silvio Ultrech? ¿O como Germán Lencina? Tiene va-
rios alias, no vaya a creer.
Cuando el oficial dio voz a la segunda denomi-
nación, Pearson sintió un espasmo cardíaco y dificultad
respiratoria. Mas se cuidó muy bien de exteriorizarlo, a-
ún a pesar de la aguda mirada que el polizonte le diri-
gía. Superado el trance, respondió, con voz algo vaci-
lante:
-Dijo que se llama Germán, sí. Eso es prácticamente to-
do lo que sé de él.
-Espere, ahora el que se está precipitando es usted. En-
tienda que cualquier detalle que consiga recordar podría
resultar sumamente útil.
-¿Recordar detalles? ¿De qué estamos hablando?
-Mire, en primera instancia, lo único que me movió a
entablar este diálogo fue el sentido del deber. En este
caso, evitar que un ciudadano de bien reciba daño fisi-
co, o sea timado, por un malviviente. Eso, ya lo estoy
haciendo: por favor, no se fíe de ese individuo. En se-
gunda instancia, me gustaría que me dijese todo cuanto
sepa sobre él.
-Ante todo, me gustaría saber qué clase de delincuente
se supone que es.
175
Gabriel Cebrián

-No se supone, mi querido amigo. Es, positivamente, un


delincuente. Y peligroso.
-¿Y por qué no lo arrestan y ya?
-Me gustaría poder decirle las razones, y probablemente
lo haga, una vez que esté seguro de que puedo confiar
en usted.
-¿Cómo dice?
-Epa, no lo tome a mal. Sucede simplemente que un
paso en falso de mi parte echaría por tierra años de
esforzada investigación. Póngalo de este modo: usted
sólo sabe de mí que soy un polizonte, y yo sólo sé de
usted que es escritor. Si alguno de los dos, aparte de los
roles referidos fuera, por ejemplo (y por decir, ¿no?)
homosexual, una lealtad de índole romántica probable-
mente nos podría llevar a hablar más de la cuenta con la
persona menos indicada, ¿me entiende?
-¿Acaso está sugiriendo...?
-Yo no estoy sugiriendo absolutamente nada, solamente
quiero que tenga en cuenta las razones que por el mo-
mento me llevan a ser cuidadoso. Si no le gusta, piense
las variantes que quiera; y por favor, trate de ser razo-
nable. No he venido a faltarle el respeto, he venido a
tratar de evitarle problemas, que pueden llegar a ser
muy graves, eventualmente. Tampoco quiero alarmarlo,
simplemente quiero que tome conciencia de que alguna
de las personas que se acercan a usted puede tener in-
tenciones veladas, o simplemente, no convenirle.
-Le agradezco su preocupación, mas creo que debería
aclararle que desde que falleció mi padre he aprendido
a escoger por mí mismo las compañías. No lo tome co-
mo una ingratitud, en serio que le agradezco la inten-
176
Calamo currente

ción, pero no creo que Germán represente un peligro


para mí.
-En ese caso, y desde luego, respetando absolutamente
su criterio, voy a darle traslado de lo que tanto mi
función como los condicionamientos judiciales me per-
miten comunicarle, por el momento. Ése bribón que se
ha presentado ante usted como Germán, está implicado
en delitos que van desde tráfico de estupefacientes, an-
tigüedades y objetos de arte, hasta robos y homicidios.
Le aseguro que se trata de una persona muy peligrosa y
con un prontuario tan frondoso que parece mentira, tra-
tándose de una persona joven como es.
-¿Está seguro que estamos hablando de la misma perso-
na?
-Lamentablemente, no existe margen de error al respec-
to. ¿Puede decirme cómo lo conoció?
-Se acercó a mí en una conferencia.
-O sea, fue él quien propició el contacto...
-Sí, fue él. Tiene una fuerte vocación literaria, y ése fue
el tema que hizo que nos reuniéramos a conversar un
par de veces. Sinceramente, creo que está detrás de la
persona equivocada.
-Ojalá fuera cierto, pero me temo que no es así. Eviden-
temente, usted tiene algo, o el acceso a algo que es de
su interés, lo que automáticamente lo coloca en situa-
ción de riesgo. No estoy bromeando, Pearson, y créame
que me cuesta horrores hablar de cuestiones semejantes
una vez que tengo la oportunidad de departir con un in-
telectual de sus quilates. Y dígame, así no lo molesto
más; de esos diálogos que mantuvieron, ¿usted recuerda

177
Gabriel Cebrián

alguna cosa que pudiera resultar de interés para la pes-


quisa que estamos desarrollando?
-¿De qué habla? ¿Pesquisa? Si ya sabe quién es, adónde
hallarlo, etcétera, etcétera...
-Ya le dije que no es un asunto tan sencillo, hay varios
vericuetos que complican las cosas. Cuando uno ha de-
dicado su vida al delito, por corta que ésta sea, no da
puntada sin nudo, ¿entiende? Hay corrupción y conni-
vencia en niveles que ni se imagina. ¿Pero ve cómo es?
Ya invirtió los roles y soy yo el que le está respon-
diendo, comprometiéndome cada vez más. Por favor,
Pearson, no se aproveche de mi medianía intelectual y
respóndame, por favor.
-Hablamos de literatura, eso es todo. No existe entre
nosotros ningún otro tipo de relación, y muchísimo me-
nos de índole homosexual. No sé si le interesa mucho
saberlo; lo cierto es que a mí me interesa sobremanera
despejar por completo esa hipótesis. Pertenezco a una
generación para la cual el pundonor no es moco de
pavo, vio.
-Estuve poco feliz en traer a colación ese ejemplo. Tal
vez debí decir cualquier otra cosa. En todo caso, vale.
En fin, le pediría que recuerde cualquier comentario o
actitud, por nimia que le parezca, que pueda darme una
pista acerca de lo que puede estar haciendo o tramando.
-De momento, no se me ocurre nada que sugiera dar el
menor indicio respecto de cosas que puedan llegar a
orientarlo en ese sentido. En todo caso déjeme su nú-
mero de teléfono, y cualquier cosa que recuerde o que
pueda surgir con posterioridad, se la haré saber, no lo
dude.
178
Calamo currente

-Respecto de las cosas que puedan surgir con posterio-


ridad, permítame el atrevimiento de darle un consejo:
en todo caso, que surjan espontáneamente y sin que us-
ted intervenga. Quiero decir, lo mejor que puede hacer
es alejarse de ese joven tanto como pueda. Resolver to-
do tipo de vínculos con él, ya mismo si es posible. Cré-
ame, le repito, que eso es lo mejor que puede hacer, en
aras de su seguridad personal. Ahora debo irme. Gra-
cias por su tiempo, y por el café.
-En todo caso el que debería estar agradecido soy yo,
supongo.
-Nada de eso, solamente estoy cumpliendo con mi tra-
bajo –dijo, mientras se incorporaba. –Ah, casi me olvi-
do... Arquímedes Idiart trabaja en combinación con una
mujer –otra vez sintió Pearson el amago de colapso co-
ronario y el ahogo. -Lo supimos por declaraciones de
algunos damnificados, pero aún no tenemos su identi-
dad. Por casualidad, no tiene usted conocimiento de
ninguna mujer vinculada a él, ¿no?
-No. Jamás hablamos de mujeres. De algún personaje
femenino de la literatura, puede ser, pero de mujeres
reales, de carne y hueso, no.
Entonces el visitante se mostró algo turbado,
probablemente a cuento de lo que iba a inquirir a conti-
nuación: –Otra cosa... –dijo al cabo, y se detuvo, como
indeciso.
-¿Sí?
Ramon metió la mano al bolsillo de su perramus
y extrajo, no sin dificultad, un flamante ejemplar de Au-
tómatas del sexo.
-¿Sería tan amable de dedicármelo?
179
Gabriel Cebrián

Luego de acompañar al detective hasta la puerta


se arrojó sobre el sofá; conmocionado, exhausto, tan a-
gitado como si hubiese corrido desaforadamente varios
kilómetros. Celebró que el ataque de transpiración le
hubiera dado después que el polizonte se había mar-
chado, ya que de lo contrario podría haber advertido ese
síntoma de ingesta de cocaína (el que seguramente de-
bía ser más que conocido por un investigador policial),
y obtener a partir de esa evidencia una información que
aún no estaba seguro de querer brindarle.
Quería pensar en las implicancias que tenía la
nueva y desquiciante data que el tal Ramon había pues-
to en su conocimiento, pero su dinámica mental discu-
rría en forma aleatoria; era incapaz de concentrarse en
la más mínima hipótesis de desarrollo, de asirse de
cualquiera de las imágenes que se sucedían en un tropel
tan profuso como escalofriante. ¿Era acaso Gerry un
farsante? Y lo peor, ¿era Fátima una traidora? Lo mira-
ra desde el punto de vista que lo mirase, todas las extra-
vagancias que contenían las historias que le habían con-
tado parecían abonar los dichos del policía. De hecho,
Gerry vendía drogas, o sea que, al menos en ese punto,
el oficial tenía razón. Lo que no significaba que a partir
de ese dato, y dada la estructura mental propia de su
corporación, no pudiera estar cargando las tintas en un
sentido negativo. Seguramente algo de eso había. O tal
vez estaba él mismo arreando el ganado para el corral
180
Calamo currente

que mejor le convenía, teniendo en cuenta la parte afec-


tiva antes que la racional, forzando argumentos que
más luego quizá le impedirían formarse un cuadro obje-
tivo de ese asunto, tan oscuro y que lo había involucra-
do tan íntimamente.
Sintió una sed abrasadora, así que fue hasta la
heladera y tomó una lata de Heineken de medio litro.
La abrió y bebió unos cuantos tragos, con tal avidez
que buena parte de la cerveza se derramó por las comi-
suras hasta su cuello. Realmente la necesitaba, ya que
le sentó bien de modo casi inmediato, no solamente en
cuanto a la saciedad de su sed sino también al aquieta-
miento de su mente. Le proporcionó el aplomo necesa-
rio para ver el cuadro de situación en forma más gene-
ral, le posibilitó el acceso a un nivel de abstracción ma-
yor, desde el cual podía al menos articular en algo las
piezas del rompecabezas y tentar algo así como una
manera estratégica de comportamiento futuro. Procura-
ría, si su temperamento no se desbordaba, no ya com-
portarse como si nada, pero sí mostrar las cartas lo me-
nos posible, con el objeto hallarse en óptima posición
para advertir las fisuras en un discurso de por sí endeble
como lo era el de ellos, y así descubrir si de hecho
estaban burlándose de él y llevándolo a una trampa, o
lo estaban usando de algún modo para continuar con
sus actividades delictivas; o bien, como había colegido
unos instantes atrás, se trataba de puras imaginerías y/o
comentarios tendenciosos de parte del poli. A pesar de
lo que le decía su corazón, obnubilado de apasiona-
miento, ésta última eventualidad le pareció la más im-
probable. Sin necesidad de analizarlo mucho, todos los
181
Gabriel Cebrián

elementos a considerar parecían cohesionar en configu-


raciones más o menos tenebrosas.
Echó mano a la bolsita y a los elementos que
había ocultado del detective y aspiró una buena dosis,
la suficiente como para otra vez sentirse oprimido en su
departamento-bóveda, así que salió nuevamente a la
calle, sin saber qué hacer. Claro que a poco andar se
percató de que no iba a poder evitar que la misma
ansiedad que lo había impulsado a caminar, procesada
en términos psicológicos más finos, pronto lo impulsa-
ría a establecer contacto con los presuntos delincuentes;
y el único lugar en donde hallarlos que conocía era la
casa de Fátima, así que decidió ganar tiempo. Tomó un
taxi y rato después llamaba a la puerta de la casa en la
que la noche anterior había entregado sus sentimientos
y su energía erótica a esa mujer que, si bien había
aparecido en su vida haciéndole creer que era capaz de
redimir a todas las de su género, que tan mal lo habían
tratado, ahora todo parecía indicar que probablemente
fuera a ser precisamente ella la que mayor daño iba a
infligirle. Mientras aguardaba tomó conciencia de su a-
gitación; y tal vez fue una suerte que no encontrara a
nadie en casa, toda vez que de haberse encontrado cara
a cara con Fátima en ese momento, es muy probable
que hubiese incurrido en actitudes intempestivas, las
que sin duda habrían ido en detrimento de cualquier
movimiento táctico.
Extrajo un pañuelo del bolsillo y se secó la
transpiración de la frente y el cuello. Luego advirtió
que enfrente, a unos veinticinco o treinta metros, había
un café de esos tradicionales de los barrios porteños. Si
182
Calamo currente

ocupaba una mesa frente a la vidriera que daba a la ca-


lle, podría tener a la vista la casa de Fátima, y esa sí que
le pareció una acción estratégica válida. Observaría los
movimientos, y tal vez podría ser testigo de visitas o
circunstancias que arrojaran luz sobre las oscuridades
que nublaban su juicio.
Así lo hizo. Poco después bebía una cerveza con
la vista fija en la vivienda de enfrente. Pasó una hora
sin novedad. La actitud vigilante, aunque imbuida de
toda la concentración esperable en esa situación, le dejó
no obstante el espacio mental necesario para intentar a-
tar cabos en orden a obtener certezas, pero éstas le re-
sultaban esquivas. Toda tesis tenía su antítesis, y toda
síntesis se ramificaba en nuevos procesos dialécticos de
segundo, tercer, quincuagésimo orden, en arborescen-
cias tan frondosas como fantasmáticas en términos de
probable adecuación a la realidad. Recordó entonces la
crítica que le había formulado Gerry en ese sentido, en
la configuración logico-formal de su modo de pensar, la
que según el muchacho no hacía más que ensanchar las
brechas entre lo real y sus interpretaciones.
A la segunda botella de cerveza sintió un poco
de acidez estomacal, y cayó en la cuenta de que lo razo-
nable sería comer algo, mas no sentía apetito, sino más
bien una especie de repulsión visceral ante el mero pen-
samiento acerca de cualquier comida que fuese. En
cambio, sintió que necesitaba otra dosis. Recordó haber
visto en películas que algunos adictos esnifaban sin tu-
bito, simplemente poniendo la sustancia al alcance de
las fosas nasales con una cucharilla, o la punta de un
cortaplumas. Eso, tenía un cortaplumas. Así que se diri-
183
Gabriel Cebrián

gió al baño y procedió. No le resultó tan difícil, aunque


dejó caer un poco. Ya iba a perfeccionar las técnicas.
Luego de meterse dos paladitas en cada fosa se sintió
nuevamente en condiciones energéticas para continuar
la vigilancia. Vuelto a su mesa, pensó Ojalá Fátima no
haya vuelto a casa mientras estuve en el baño.
Pasaron las horas, las botellas, los cigarrillos y
los narigazos. Estaba por abandonar el puesto de guar-
dia cuando alguien a sus espaldas le inquirió estentórea-
mente ¿Qué está haciendo acá?, provocándole tal so-
bresalto que volcó el vaso y la cerveza se derramó, aun-
que eso no fue lo peor. Lo peor fue que se le erizaron
los pelos y a continuación experimentó una fuerte opre-
sión en el pecho, y dificultades respiratorias tales que le
fue imposible disimularlas ante Gerry.
-La reconcha de tu puta madre, pendejo –le espetó, en-
tre aspiraciones profundas y ruidosas, las que sin em-
bargo dejaban mucho oxígeno que desear. –Me vas a
matar de un infarto.
-Eh, jefe, tenga mano, solamente quería sorprenderlo,
nada más. Mire cómo está... le dije, viejo, cuidado con
la menesunda, que no engorda. Al final me va a hacer
sentir culpable.
-Seguramente tendrás muchos motivos para sentir cul-
pa, y no todos deben ser tan nimios como el que traés a
colación –replicó, con tono insidioso.
-Puede ser –reconoció, mientras ocupaba la silla frente
a Pearson-, pero seguro que no los proceso tan morbo-
samente como usted. –Mostró la botella de Quilmes ca-
si vacía al barman, indicándole que pusiera otra. –Fui a
su casa, y al no encontrarlo supuse que podía estar don-
184
Calamo currente

de Fátima. Antes de llegar lo vi aquí, y se me ocurrió


darle una sorpresa. No pensé que fuera a estar tan tenso.
¿Qué hace? ¿Vigilando a Fátima? ¿No le convendría
contratar un detective privado?
-No estoy de ánimo para estupideces. Me agradaría
saber para qué fuiste a verme.
-Fui a verlo porque fue ella quien me pidió que lo hicie-
ra. Me llamó al celular manifestándose preocupada por-
que se había cansado de llamarlo y no obtuvo respuesta.
Dijo que pensó que podía haberle pasado algo, luego de
una noche de excesos como parece haber sido la de
anoche para ustedes. Aunque, entre nosotros, me parece
que la preocupación era otra, de esas clásicas de las
psicología femeninas, usted sabe...
-¿A qué te referís?
-Me refiero a que creo que en realidad, lo que teme es
no haber estado a la altura de la situación. O que de al-
gún modo pueda haberlo disgustado, ya sabe, cuestio-
nes eróticas, o relacionadas con ciertas circunstancias
turbias de su pasado. En síntesis, creo que teme que us-
ted haya clausurado la incipiente relación debido a co-
sas como ésa, o vaya a saber a qué otra cosa por el es-
tilo, que puede haber elucubrado.
-Estoy algo confuso, a decir verdad.
-Eh, ¿qué le pasa, hombre? Una mujer como esa no
aparece todos los días. Déjese de remilgos, no sea ca-
gón, carajo.
-Te dije que no estoy de ánimo para estupideces, lo que
incluye toda esa suerte de agresividad que tan mal te
cuadra y que te pone a la altura de un perrito faldero la-
drándole a un mastín.
185
Gabriel Cebrián

-Si no se cuida un poco, física y psicológicamente, ese


mastín va a terminar derribado por sus propias pulgas.
Y dígame, ¿es a causa de esa confusión que dice que
está acá oteando la casa de Fátima?
-No; simplemente vine a verla, y como no estaba en ca-
sa, decidí esperarla acá.
-¿No está en casa?
-No. Al menos no respondió a mi llamada.
-Qué raro. Cuando hablamos me dijo que iba a perma-
necer allí.
-¿Le habrá pasado algo?
-Huy, cómo están los tórtolos... una vez que les ocurre
algo bueno se empeñan en entrever todo tipo de tor-
mentas y desgracias. Venga, vamos, apure esa cerveza
y vayamos a casa de Fátima. Yo tengo llave, y espero
que eso no arroje más nubarrones sobre su paranoia.

Tocaron a la puerta y no obtuvieron respuesta,


así que Gerry procedió a abrir. Ingresaron al living y
encendieron la luz. Todo parecía indicar que la dueña
de casa no estaba, pero tal presunción se desvirtuó
cuando la hallaron tendida en su cama, vestida, en
posición que sugería que más que acostarse, había caí-
do. Para colmo su palidez cadavérica hacía temer lo
peor. Intentaron reanimarla con movimientos torpes y
desesperados, dado que aún respiraba. Gerry le daba
186
Calamo currente

suaves bofetadas, en tanto Pearson le frotaba el brazo


izquierdo (mientras en un lugar recóndito de su con-
ciencia tomaba razón de que su propio estado físico lo
ponía en un riesgo de vida comparable al que temía es-
tuviese afectando a su amada). Fue entonces cuando
Fátima mostró leves señales de estar reaccionando. A-
brió casi imperceptiblemente sus ojos y balbuceó, como
borracha agua, por favor. Gerry corrió hacia la cocina,
en tanto Pearson trataba de contenerla, toda vez que una
especie de súbita certeza la arrojaba a querer incorpo-
rarse.
-Por favor –le decía-, estate quieta. Ya viene Gerry con
el agua.
-¡Ese maldito bastardo me lo ha robado! –Gritaba, recu-
perando vitalidad y coloratura en la tez de manera verti-
ginosa. Se sacudió de encima a Pearson, frustrándolo en
su intención de mantenerla recostada, y se incorporó
con tal energía que arrojó el vaso con agua que le ten-
día Gerry, quien, presa de la estupefacción que le cau-
saba el portentoso viraje fisiológico, había quedado
inmóvil, incapacitado para apartarse y evitar el derra-
mamiento. Fátima se abalanzó sobre el placard, entre
los airados reproches y conminaciones que los socorris-
tas le formulaban; revolvió un poco en su interior y se
dejó caer sobre sus rodillas, laxa otra vez, mas deshe-
cha en llantos e imprecaciones.
-¡Ese hijo de mil putas lo ha conseguido al fin! ¡Se ha
robado mi tesoro, maldita sea! ¡Se ha apoderado de la
reliquia que costó la vida a mi padre y arruinado la mía!
¡Maldito sea, maldito por toda la eternidad!

187
Gabriel Cebrián

Finalmente, y a raíz del hecho tan aciago cuya


consumación la había vuelto a aflojar, consiguieron
volver a depositarla sobre la cama. Ardían en deseos de
preguntarle lo que ya sabían, dado que la reliquia roba-
da no podía ser otra que la caja con los papiros. Pero la
situación no era propicia para hacerlo. Fátima plañía de
modo tal que cualquier observador desavisado no ha-
bría podido considerar otra presunción que la de que a-
quella mujer había perdido un hijo, no menos que eso.
Que estaba padeciendo la mayor desgracia imaginable.
Y evidentemente así era, al menos en su subjetividad.
Una vez que se aquietó un poco –no puede decirse aquí
que se tranquilizó-, Gerry recogió el vaso y fue a por
más agua. Pearson intentó tomar la mano de la sufriente
mujer, pero ella la apartó y le dijo, en un tono tan hi-
riente que lo afectó sobremanera:
-Dejame. Si hubieras estado en tu casa hoy al mediodía,
probablemente no hubiese pasado esta desgracia.
-No entiendo a qué te referís...
-Dejame, dejame, no importa, ya.
-¿Querés que me vaya?
-Hacé lo que quieras.
Pearson se sintió a la vez agraviado por la evi-
dente injusticia y dolido por la crudeza con la que era
tratado, y más aún por la posibilidad de ver truncada e-
sa relación de una manera tan inesperada como intem-
pestiva. Volvió Gerry con el agua, que esta vez fue be-
bida con avidez. La visión de Fátima empinándose el
vaso fue la última que tuvo Pearson antes de retirarse
hacia el living, visiblemente agobiado. Se sentó a la
mesa, se sirvió un trago y encendió un cigarrillo. Las
188
Calamo currente

cosas se volvían cada vez más confusas. Ahora resulta-


ba ser que era responsable de una pérdida irreparable
por el solo hecho de haber salido de su casa al medio-
día. No bastaban las excentricidades, los delitos (algu-
nos de ellos muy graves, por cierto), las complicaciones
afectivas, las eventuales implicaciones criminales en las
que parecía estar involucrándose. Encima era culpable
por omisión de vaya a saber qué cosa. ¿Sería de dios
que cada vez que se enredaba con mujeres la cosa debe-
nía en conflictos, a la sazón cada vez más graves? Nue-
vamente apeló a la bolsita, y esta vez se sirvió una dosis
extra.
Luego de aspirarla, la rudeza con que había sido
tratado y la truculencia de cuanto le estaba ocurriendo
hicieron eclosión en su ánimo, y se enfureció. Para
colmo, luego de agraviarlo del modo que lo había he-
cho, la pérfida prefirió quedarse allí a solas con Gerry,
expulsándolo a él como a una peste por causas inciertas
e indudablemente injustas. Pensó en dejar correr todo a-
quel asunto y largarse de allí sin más trámite, mas no lo
hizo. No iba a irse así nomás, sin siquiera averiguar
hasta qué punto habían abusado de su confianza, hasta
qué punto era víctima de una procaz iniquidad. Los mi-
nutos se le hacían horas. Pero no debía llamarse a en-
gaño. A pesar del disgusto, de la confusión mental y e-
mocional, de los síntomas físicos que no obstante su in-
tento de negación ya no podía ignorarlos, por cuanto se
trataba de inequívocos avisos de debacle; a pesar de to-
do ello, podía advertir que detrás del estado de ansiedad
puntual de ese momento se ocultaban, muy deficiente-
mente por cierto, los celos, que en un contexto seme-
189
Gabriel Cebrián

jante revelaban algo así como un cierto afán adolescen-


te, como la persistencia de una necedad afectiva, pro-
bablemente a cuenta de su historia de irresoluciones en
tal sentido.
Pensó que tal vez debiera volver a su living, a su
fuego, a su cognac y a sus historias. Le ayudarían a
mantener el corazón en su sitio. Su pensamiento rebo-
taba, no ya entre circunstancias, sino entre los senti-
mientos vinculados a las mismas. Su raciocinio y su
ánimo tomaban aleatoriamente el comando, entropizan-
do el funcionamiento de un mecanismo sobre el cual en
otros tiempos solía tener mayor injerencia. Para colmo
la decoración egiptoide de la sala en la que discurrían
sus fuegos interiores se mezclaba con el rigor de la per-
cepción actualizada. Sintió que eso que entendía por
“yo” era la urna que contenía el corazón de una momia;
y el figurado living de su propio departamento-bóveda,
la antecámara mortuoria de la casa de la eternidad de un
banal y corrupto escriba cortesano. Se sirvió otro trago.
Intentó calmarse, detener un poco el temblor de las ma-
nos, aquietar la mente al menos lo suficiente como para
que le permitiese pensar con atisbos de coherencia. Lo
necesitaba. Estaba a punto de quedar involucrado en
vaya a saber qué calamidades y allí estaba, atiborrán-
dose de tóxicos como un pendejo desavisado de la vida.
Antes era la lapicera, dale que te dale, escribiendo apre-
suradamente, huyendo de materias y de fantasmas, e-
chándolos todos hacia el mismo plano, sublimando hos-
quedades calamo currente. Aunque ese cálamo ahora
había dado lugar a otro: el que le servía para absorber
cocaína. Tal vez fuera que permaneció quieto durante
190
Calamo currente

etapas en las que debía haberse movilizado, en cual-


quier sentido que hubiese sido. Ahora que al parecer (al
menos desde lo fisiológico) debía serenarse, su tempe-
ramento compulsivo no admitía disuasiones, y aplicaba
a un sí mismo peligrosamente cercano al colapso la
misma incapacidad de refrenamiento con la que dotaba
a sus personajes. Aunque pensándolo bien, había algo
épico en todo aquello. Terminar su vida de una manera
novelesca parecía tanto más interesante que estirar la
pata en medio de heces físicas y esclerósicas en una
clínica privada de Barrio Norte. Se preparó otra línea y
la tomó. Supuso entonces que fue el levantón sobrevi-
niente lo que le dio la lucidez necesaria para darse
cuenta de que -si quería que su épica no resultara final-
mente en un fiasco, en la crónica del timo de un inge-
nuo que de tanto rayaba en la oligofrenia- debía perma-
necer implacablemente conciente de los detalles en los
sucesos que sobrevendrían.

Incapaz de ajustarse a una línea de pensamiento,


incapaz de metodizar estratégicamente la profusión de
imágenes y conceptualizaciones emergentes (que en di-
námica browniana se asían y desasían sin código algu-
no que unificara cadenas mínimamente significantes),
se halló pensando en la pertinencia de cuestiones tales
como la transmigración, o la posibilidad de que gentes
191
Gabriel Cebrián

antiguas conocieran arcanos perfectamente operativos


que habían sido desechados o ignorados desde, precisa-
mente, la arrogante necedad propia de nuestra cultura.
Tal vez una conglomeración energética fuera suscepti-
ble de ser transmitida integralmente de un procesador a
otro, cosa perfectamente plausible teniendo en cuenta la
característica tan homologable existente entre el cere-
bro humano y su epifenómeno tecnológico, el hardwa-
re. Más aún en momentos en los cuales el mundillo
científico asistía atónito a los primeros experimentos
exitosos en teletransportación, al menos de conocimien-
to público. Y eso lo llevó a cavilar en esas tan mentadas
conexiones sutiles con instancias cósmicas ignotas, acé-
rrimamente desacreditadas por toda una tradición lógi-
co-materialista que incluye toda nuestra filosofía y casi
toda nuestra epistemología, por más alardosas preten-
siones de radicalidad que hayan querido ostentar. Todo
era posible, y se le antojaba que seguramente conseguía
experiencias más eidéticamente reales un moreno vapo-
rizando ron con su boca al orixá, que la mayoría de los
psicólogos occidentales, para graficar con un ejemplo
grotesco.
Un sonido a sus espaldas lo sacó del abismo
conceptual al que se había visto arrojado, y que, ahora
lo advertía, lo había apartado momentáneamente de la
focalización morbosa en su exclusión de la habitación
contigua y la permanencia a solas de Fátima y Gerry en
la misma (ya estaba visto lo que hacían aquellos dos en
instancias post-conmoción...).
Era el joven quien salía con cara de preocupa-
ción, y cerraba cuidadosamente la puerta detrás de sí.
192
Calamo currente

-¿Cómo está?
-Y, ahora se durmió. Dice que le duele mucho la cabe-
za, que seguramente el ladrón la intoxicó de algún mo-
do.
-¿Quiere decir que se trata de alguien a quien ella dejó
ingresar voluntariamente?
-¡Pero no, hombre! ¿De dónde saca semejante cosa?
Supone que insufló un gas, o algo así. Si es quien dice
ella que es, seguramente tiene acceso a substancias cu-
yos efectos desconocemos en lo absoluto. No solamente
nosotros, los peritos de la policía también.
-¿De qué clase de cosas estamos hablando? O mejor,
decime quién es el que se supone que maneja esas po-
sibilidades tan extravagantes.
-Ya debería haberlo adivinado. Se trata del mismísimo
Salomón.
-¿Acaso no me has dicho que lo mató?
-Sí, eso le he dicho porque eso es lo que hemos creído;
hasta hoy, claro.
-A veces tengo la impresión de que están burlándose de
mí –dijo Pearson, desconcertado.
-Es lógico. Ya se lo he dicho, tiene el ego tan inflado
que supone que el universo gira en torno suyo. Ahí en
la habitación está postrada, física y anímicamente, una
mujer a la que han robado una reliquia que costó la vida
a su padre y que a punto estuvo de cobrarse la de ella
también. Aquí, yo sufriendo por ella, porque la quiero
como a mi finada madre. Y el gran Pearson, muy ufano,
pretendiendo que estamos confabulando para burlarnos
de él... –terminó de decir, meneando la cabeza, mien-
tras se servía una copa.
193
Gabriel Cebrián

-Mirá, no te ofendas, pero lo único que faltaba para


completar el sainete era un muerto redivivo.
-Muy gracioso. Evidentemente Fátima lo ha conocido
muy bien en el poco tiempo que han compartido. Es
precisamente por esa actitud escéptica y suficiente que
lo ha corrido de su dormitorio. No se hallaba en condi-
ciones anímicas de tolerar esos comentarios tan ramplo-
nes, aunque pretendidamente sesudos, que suelen ser
característicos en usted de cara a algunos hechos.
-Estamos muy reactivos. La situación es desestabilizan-
te para todos, pero hay que tener en cuenta que única-
mente yo no estoy en manejo de los hechos. Según pa-
rece, que un fulano, presuntamente muerto pero no tan-
to, presuntamente durmió a la dueña de casa con una
presunta substancia desconocida y se llevó unos papiros
presuntamente escritos hace milenios en la tumba del
Faraón Tut; papiros que presuntamente debían estar en
la caja de seguridad de un presunto banco.
-Deje de hacerse el estúpido –lo conminó Gerry, mien-
tras desparramaba un poco de coca sobre el vidrio de la
mesa y peinaba una línea. Ante tal actitud, Pearson le
preguntó si iba a tomar solo.
-Usted ya está lo suficientemente deschavetado. ¿En se-
rio que quiere?
-Claro.
Entonces Gerry repitió la operación, y esnifa-
ron.
-Es más o menos así como usted dice, a pesar del tono
irónico –comenzó a explicar, mientras presionaba con
su índice la narina derecha, agitándolo al mismo tiem-
po, en tanto inspiraba profundamente por la otra, para
194
Calamo currente

que el polvo penetrase. –Para su gobierno, le comunico


que la insistencia que observó Fátima al tratar de ubi-
carlo hoy temprano, estuvo motivada en su deseo de pe-
dirle que la acompañase al banco a retirar los papiros.
-¿A mí?
-¿A quién si no? Le recuerdo, mi querido amigo, que si
es cierto lo que tengo entendido, usted asumió algunos
compromisos, anoche. Claro que no han sido formaliza-
dos legalmente, ni siquiera socialmente, pero ella ha da-
do mucho valor a las promesas que le ha hecho sobre el
lecho caliente.
-No recuerdo haberme comprometido a custodiar trasla-
do de reliquias.
-Espero que esa pobre mujer no esté oyéndolo. Puede
ser verdaderamente desagradable, a veces. O tal vez lo
sea siempre, salvo cuando quiere sacar tajada de al-
guien y disimula.
-Estás empezando a ponerte impertinente otra vez.
-En vez de fijarse en esas pajerías formales, cuídese de
seguir haciéndose el atrevido con mi amiga, esté ella o
no presente. Caso contrario, le parezca pertinente o no,
voy a romperle las narices. Y esta vez hablo en serio.
-Está bien, Arquímedes, no te ofusques.
El muchacho lo escudriñó. No parecía descon-
certado al punto que hubiese sido esperable en caso que
le espetaran su nombre oculto en forma sorpresiva, sino
más bien intrigado por una denominación extraña. Pare-
cía cavilar en los eventuales perfiles homologables que
pudiesen existir, socarronamente relacionados, entre el
célebre matemático griego y él mismo. Al cabo de unos
instantes inquirió:
195
Gabriel Cebrián

-¿Por qué me dice Arquímedes?


-Alguien me dijo que ése es tu verdadero nombre. Ar-
químedes Idiart.
-Bueno pues, quienquiera que le haya dicho eso, estaba
delirando, o miente por alguna razón específica. Es la
primera vez que escucho ese nombre, al menos referido
a mi persona. Pero lo que en realidad me preocupa es
que haya andado hablando de mí. Usted sabe, mi profe-
sión no se lleva bien con los corrillos. A propósito,
¿quién fue que le dijo tal cosa?
-Un detective de la policía, que vino a casa momentos
después que te retiraste vos. Dijo que andaba detrás de
tu pista, y me sometió, aunque sutilmente, a un interro-
gatorio. Claro que no le dije absolutamente nada.
-¿Un policía detrás de mi pista? ¿Está seguro de que no
le dijo nada?
-Estoy seguro. Le dije que nos habíamos conocido en u-
na conferencia, y que solamente nos unía la cháchara li-
teraria. Es obvio que no podía decirle que no te cono-
cía, ya que nos había visto juntos. Alegué lo mínimo
necesario para no despertar mayores sospechas de las
que ya estaba levantando, al pretender que nuestra rela-
ción se acotaba sólo a eso.
-¿Cómo era? Digo, físicamente.
-Era un individuo alto, moreno, bastante calvo. Pero e-
so no importa ahora.
Iba a decirle que lo que le interesaba en lo inme-
diato era saber si era cierto que tenía varios alias, y que
era un peligroso delincuente, mucho peor que un mise-
rable dealer de poca monta, cuando la voz de Fátima a
sus espaldas lo sobresaltó; otra vez las palpitaciones, la
196
Calamo currente

dificultad respiratoria, el dolor que parecía correr a tra-


vés de las venas de su brazo izquierdo. Fátima había di-
cho:
-Es él. ¿Ves, Gerry? Es él, que ha estado observándo-
nos. Es él quien ha intentado convencer al personal del
banco que era co-titular de la cuenta. Es él, que cuando
vio que Pearson se nos unía creyó entrever el eslabón
débil en la cadena, sobre el cual tironear.
-¿Es él, quién? –Preguntó Pearson, fastidiado además
por la forma en que era ignorado en el plano coloquial.
-¿Cómo te dijo que se llamaba? -Preguntó ella a su vez.
-Se presentó como el Detective Ramon. Así, sin acento.
Palabra grave.
Fátima y Gerry intercambiaron miradas por de-
más expresivas. Al cabo, el muchacho dijo:
-Tenés razón. Es él. Maldita sea, debí haberlo cortado
en pedacitos aquella noche en las montañas.
-¿Conocían el nombre?
-Claro que no, se trata a la vez de una humorada y de u-
na señal, una tan obvia que únicamente un orate no ha-
bría advertido. Se trata de la simple inversión fonética
de Amon-Ra, el vencedor de la muerte.

Gerry fue a la cocina a preparar té y tostadas.


Por unos minutos Fátima y Pearson volvieron a encon-
trarse a solas, aunque seguramente el muchacho podía
197
Gabriel Cebrián

oírlos desde donde se encontraba manufacturando esa


muy tardía merienda; mas eso no parecía importarles
demasiado.
-Tal vez estuve un poco brusca, te ruego que me dis-
culpes.
-No tengo nada que disculparte. Creo que te entiendo.
-¿Creés?
-Claro. Creo. La verdad, Fátima, a esta altura de los a-
contecimientos, no estoy seguro de nada –no más dio
voz a tal juicio, advirtió un rictus de frustración en el
rostro de la mujer (que a pesar de lo demacrado seguía
luciendo hermoso), así que se apresuró a limitar expre-
samente los alcances de su confusión. –Claro que me
refiero a todo esto que está pasando, y no a los senti-
mientos que has despertado en mí.
-Es precisamente en base a ellos, a lo que me trans-
mitiste, que sentí la necesidad de que me acompañaras
esta mañana.
-Hay algo que no puedo entender. ¿Cómo se le ocurrió,
a ese Salomón, Ramon, o como sea, ir al banco y decir
quiero retirar elementos de tal caja de seguridad, supo-
niendo que le iban a responder sí, señor, cómo no, pase
y sírvase?
-Hizo algo menos torpe que eso. Presentó documenta-
ción, tan bien fraguada que el personal del banco casi
llegó a pensar que se trataba de un error administrativo
de ellos. Probablemente haya ofrecido dinero a alguno,
con esa capacidad tan especial que tiene para penetrar
las psiquis de las personas, sobre todo en cuanto a ba-
jezas morales tales como la venalidad, o corrupción,
que le serían muy útiles en este caso. De este modo,
198
Calamo currente

mediante el soborno, digo, seguramente consiguió que


alguno de ellos le dijera adónde hallarme.
-Andaba tras la pista de Gerry. Tal vez lo siguió hasta
aquí, como lo hizo antes de entrevistarme.
-Como sea, ahora la reliquia está en su poder. Proba-
blemente ya esté en vuelo hacia África, o Europa –las
lágrimas inundaron sus ojos.
-No des todo por perdido, aún.
-No trates de consolarme, tengo que ser realista –en ese
momento ingresaba Gerry, cargando una bandeja sobre
la cual había tres tazas de té, la azucarera, un plato con
tostadas, manteca y mermelada de frutillas. –Aparte un
solo asunto lo mantendría en el país, y no creo que vaya
a agradarte mucho saber cuál es.
-Creo que lo adivino –terció Gerry.
-Es obvio, claro.
-¿Venganza? –Aventuró Pearson.
-Por supuesto, ¿qué otra cosa? –Confirmó Fátima, y fue
como si una sombra se posara sobre ellos, dejándolos
en silencio durante unos momentos. Al cabo, la sangre
joven de Gerry lo impulsó a una suerte de rebelión in-
terna, que le impedía aceptar mansamente que el villa-
no no solamente se quedara con el tesoro sino que en-
cima viniese a cargárselos, así que sentenció:
-No voy a quedarme aquí de brazos cruzados viendo
cómo el hijo de mil putas ése se lleva los papiros y ela-
bora estrategias para ultimarnos. Voy a salir a buscarlo,
y juro que esta vez voy a asegurarme de que no vuelva
a levantarse. –Tras lo cual se marchó, sin haber bebido
un solo trago de té, y a pesar de los intentos de Fátima
por convencerlo de que no se precipite.
199
Gabriel Cebrián

-¿Qué es lo que pensará hacer este chico? –Preguntó e-


lla.
-Lo que piensa hacer, ya lo dijo. El asunto más bien se-
ría cómo piensa hacerlo.
-Temo que le facilite las cosas al asesino, al salirle al
encuentro así, a lo loco.
-Lamentablemente, no puedo tranquilizarte. Si las cosas
son como ustedes dicen, me temo que hacés bien en
tener miedo. Pero no nos precipitemos nosotros, al me-
nos por ahora. En lo inmediato, sería bueno que comas
algo...
-No tengo apetito.
-Yo tampoco, pero si seguimos así no va a hacer falta la
mano ejecutora. Vamos a morir de inanición. Voy a
preparar dos tostadas y comeremos una cada uno, aun-
que nos veamos en figurillas para hacerlo. Lo necesita-
mos. Y luego iremos a ver a un médico.
-¿A un médico? ¿De qué estás hablando?
-Has sido intoxicada vaya a saber con qué substancia.
No voy a quedarme aquí para ver como sucumbís a e-
ventuales efectos colaterales.
-Ni lo sueñes. Acepto esa tostada, y todas las caricias
que seas capaz de hacerme. El tema del médico, queda
fuera de toda discusión.

Bebieron el té y tragaron cada uno su tostada,


con verdadera dificultad, dada la anorexia debida a fac-
tores químicos en el caso de él, y emocionales, en el de
ella. Mientras lo hacían, permanecieron en silencio,
mirándose fijamente a los ojos, como si trataran de des-
cubrir falsías o flojeras. Pearson sentía que su amor era
200
Calamo currente

tan grande como las dudas y los riesgos que parecía


conllevar, y su ánimo fluctuaba entre la euforia y la
desazón en secuencias alternadas tan breves como in-
tensas. Ella, a pesar del sufrimiento que le había infligi-
do la pérdida de un objeto tan considerado, parecía más
estable, claro que dentro de un cuadro casi exclusiva-
mente depresivo. A pesar de ello, extendió su mano con
la palma abierta hacia arriba, solicitando la de él. El
puso la suya sobre la que se le ofrecía, y sintió que una
fuerte oleada de energía se liberaba al contacto, mucho
más allá de lo que habría hecho suponer la mera suges-
tión, tan patente era.
-Estoy exhausta. Voy a ir un rato a la cama, y espero
que me acompañes.
-¿En verdad no querés que te revise un médico? –
Insistió Pearson, ante la declaración de debilidad.
-No, ya te dije que no. Pero muchas gracias por tu
preocupación, de todos modos. Quedate tranquilo, lo
que me afecta no es lo que ese mal parido haya podido
usar para drogarme, sino la pérdida que sobrevino des-
pués.
-Está bien, entiendo. Andá, recostate. En un momento
te sigo.
Ni bien Fátima fue a la habitación, Pearson
procedió a servirse otra buena dosis. Probablemente i-
ban a inmiscuirse en prácticas sexuales, y quería estar
preparado. La aspiró, fue al baño, se lavó las áreas en
las cuales la transpiración provoca las peores fetideces,
y fue a la cama en la cual lo esperaba su amada, tan
subyugante y peligrosa como la propia Pandora. Cuan-
do se recostó a su lado, pensó que el corazón iba a
201
Gabriel Cebrián

salírsele del pecho, tal la forma en que batía. También


sintió la presión latiéndole en las sienes, y por el dolor
advirtió que estaba apretando fuertemente los dientes.
Pero no tuvo tiempo para analizar mucho que digamos
el propio cuadro clínico, ya que Fátima comenzó de in-
mediato, casi agresivamente, el lúdico preludio de la
cópula. Pearson no pudo dejar de pensar en la elabo-
ración erótica que aquella mujer parecía hacer de las
experiencias angustiosas, lo que lo llevó a dudar de la
calidad de los sentimientos que en realidad abrigaba
hacia él. Mas los condicionamientos culturales exigían
que el macho, puesto en situación de baile, tenía que
bailar, así que despejó todo pensamiento distractivo y
se dedicó a ejecutar el acto, tesonera y apasionadamen-
te.

-No estamos a salvo, aquí –señaló Fátima, en el reman-


so posterior a los agitados rápidos del sexo.
-¿A qué te referís?
-Me refiero a que si el bastardo ése decide ultimarnos,
nada le impediría volver a insuflar en la casa la substan-
cia que utilizó hoy temprano, dormirnos y degollarnos,
que es el modo que prefiere para acabar con sus vícti-
mas.
-No me tranquiliza mucho esa clase de detalles, así que
preferiría que los obvies.

202
Calamo currente

-Prefiero, si me lo permitís, no guardarme nada. No


quiero que me reproches luego el haber ocultado cosas
que podrían resultar determinantes en una situación de
vida o muerte. Lamento haberte involucrado en esto,
pero nunca pensé que las cosas iban a tomar este curso.
Está bien que de por sí no soy una persona cuyo trato
sea garantía de solaz y tranquilidad, pero nada hacía
prever que ese fantasma se levantaría de la tumba. Justo
cuando pensé que mi vida podía encarrilarse, cuando
hallé a la persona con la cual soñé para pasar el resto de
mi vida, sucede lo que sucede. Tal vez no sea porque sí,
tal vez el maldito esperó la oportunidad para cobrar
venganza de modo que me afecte muchísimo más. Pero
bueno, no vamos a quedarnos aquí a esperar si se le
ocurre venir a asesinarnos.
-No lo tomés a mal, pero me parece una actitud un poco
paranoica –observó, desde la grata somnoliencia subse-
cuente al coito, que lo motivaba a permanecer allí, en la
calidez de esa cama, en la intensidad de sus sentimien-
tos, en la plácida resaca de la droga que aflojaba las te-
nazas de sus músculos a resultas del frenesí sexual sub-
secuente.
-Sí, cualquiera que no conozca a Salomón podría pen-
sar eso, así que no te culpo. Pero yo, por desgracia, lo
conozco muy bien, y sé perfectamente de lo que estoy
hablando. No se trata de paranoia ni nada por el estilo.
Es simplemente una fuerte probabilidad. Y si no estoy
degollada aún, es porque debe tener buenas razones
para no haberlo hecho. Me gustaría saber cuáles son.
-¿Querés que vayamos a mi departamento?

203
Gabriel Cebrián

-No nos serviría de nada, en este sentido, Él bien sabe


que puede hallarnos allí.
-¿Entonces?
-Vayámonos a un hotel –propuso, y sin esperar respues-
ta, saltó de la cama y comenzó a arrojar descuidada-
mente unas cuantas prendas al interior de un bolso.

Rato después ocupaban una habitación de un


hotel en el microcentro, a instancias de Fátima y de su
axioma que apuntaba a que, para ocultarse, había que
permanecer en medio del bullicio y el gentío. Pero el
suyo era un ocultamiento activo, en el sentido que no se
escondían solamente para evitar un eventual ataque,
sino para contraatacar. De la situación se desprendía
que era sumamente difícil elaborar un plan de acción,
dadas las casi nulas pistas que podían seguir, pero
también quedaba expresada la determinación de no
quedarse de brazos cruzados, de que iban a dedicar su
mayor esfuerzo para arbitrar los medios que les per-
mitieran arrebatar al arrebatador. Lamentablemente, Fá-
tima no tenía la menor idea siquiera de dónde comenzar
la búsqueda, y temían que lanzarse a deambular por las
calles tratando de propiciar un encuentro fortuito, como
parecía que había hecho Gerry, constituiría un dispen-
dio injustificado de energías. De todos modos ya era
tarde, y el día pasado había sido, aparte de nefasto, ago-
tador. Volvieron a desvestirse y a acostarse. Encendie-
ron el televisor y sintonizaron un canal de noticias. El
país apestaba. El mundo apestaba. No había mucho allí
para levantar los ánimos, ya de por sí decaídos. Fátima
tomó el control remoto y pasó un canal tras otro hasta
204
Calamo currente

que se detuvo en uno de divulgación científica, que


estaba emitiendo un documental sobre los testimonios
de las llamadas “esposas divinas” del Faraón, tema que,
como era de suponer, conocía al dedillo; lo que le per-
mitía hacer interesantes acotaciones complementarias al
locutor que doblaba el audio en inglés del original -que
podía oírse en segundo plano- y hasta señalar algunos
errores de concepto o interpretación en los que, según
ella, incurrían realizadores y comentaristas. Así, Pear-
son se enteró de la función complaciente de esas her-
mosas mujeres cuidadosamente seleccionadas para
mantener relaciones íntimas con el Dios Sol, para lo
que oficiaba de feliz intermediario su representante en
la tierra, el susodicho Faraón. Y también, de la más que
significativa cota de poder que habían alcanzado esas
mujeres, las que al parecer eran tan atractivas como
ambiciosas.
Cuando ya estaban pasando los créditos tocaron
a la puerta, y Fátima miró a su compañero con expre-
sión de pánico; mas éste la tranquilizó y fue a atender al
empleado que traía una botella de champagne francés y
un exquisito arreglo floral.
-¿Qué es esto? –Preguntó, sorprendida, una vez que el
camarero se hubo retirado.
-Es una simple atención de mi parte. Yo sé que no es
momento, y que nada podrá paliar la pérdida que aca-
bás de sufrir, pero me dije que nada de eso empecía esta
humilde muestra de consideración.
-Está bien, es el momento perfecto. –Dijo, a manera de
agradecimiento, mientras aspiraba el aroma de las flo-
res, y añadió: -Sos tan dulce...
205
Gabriel Cebrián

-No creas, soy un viejo amargo. Y si soy capaz de tener


una actitud que pueda inspirarte aunque sea un poco de
dulzura, es mérito tuyo y no mío, creéme.
Pearson se dispuso a destapar la botella, pero el
corcho estaba demasiado apretado. Tuvo un arrebato de
orgullo y se esforzó al punto que sintió una feroz pun-
zada en el pecho, y se agitó. Quiso creer que el dolor
era debido a una distensión muscular de sus pectorales,
aunque sospechaba que se trataba de otra cosa. Así que
abandonó la empresa, al menos en sus procedimientos
tradicionales; sujetó fuertemente la parte saliente del
corcho entre el borde de una puerta y el marco, hizo
girar la botella y sintió que se despegaba. Continuó
girándola, ejerciendo presión hacia sí, y finalmente lo
logró. Apenas si tuvo tiempo de colocar una copa para
que la espuma no se virtiera sobre la alfombra. Entre
risas, Fátima observó:
-Sos un hombre de recursos, eh. Esa técnica no la
conocía. Estando sola, lo único que se me ocurría hacer
en casos como éste era cortar la parte de arriba del
corcho y sacar el resto con un tirabuzón.
-Es una técnica bastante más racional que la que acabo
de emplear –respondió él, sumándose al regocijo. Pero
había llegado el momento del brindis, y eso los arrojaba
a una situación conflictiva. No tenían, en rigor, motivos
válidos para tal cosa. Fue Fátima sin embargo quien,
conciente del dilema, se apresuró a hacerlo:
-Brindo por nuestro amor.
Pearson sintió que se ruborizaba y que las lágri-
mas acudían, incontenibles, a sus ojos. Se apresuró a
besarla, más que nada para no darle una perspectiva que
206
Calamo currente

le permitiera observar detalladamente esos claros indi-


cios de su emocionalidad desbordada. Luego bebieron a
grandes tragos, hasta vaciar las copas, espontáneamen-
te, como si de ello dependiera el éxito de la empresa
amorosa que, pese a todas las contrariedades externas,
estaban montando. Una copa trajo otra, un beso trajo
otro, y ya otra vez la rutina de la excitación. Antes de
volver a la cama, Pearson entró al cuarto de baño e
inhaló una buena cantidad. Regresó más que dispuesto,
exultante, sintiéndose la versión vernácula del mismísi-
mo Giovanni Giacomo Casanova.

10

Poco y nada pudo dormir Pearson aquella no-


che, en aquella suerte de luna de miel macabra adereza-
da con cocaína. Cuando Fátima, exhausta, se quedó
dormida, él, asimismo exhausto pero prisionero de un
férreo estado de vigilia mental, intentó relajarse e inter-
pretar el sentido del carrusel de imágenes casi oníricas
que discurría vertiginoso en su plano conciente. Aun-
que a poco consideró que muy poco convenía aplicar
hermenéuticas de orden psicoanalítico a esas ensoña-
ciones provocadas por la droga, y se constriñó al papel
de mero observador de un flujo que iba mostrando, sin
solución de continuidad ni orden aparente, configura-
ciones gratas, angustiantes e incluso devastadoras. Las
primeras luces de una mañana gris comenzaban a entrar
207
Gabriel Cebrián

por las hendijas de la persiana, y ésa fue la señal que


aguardaba para levantarse, tomar una ducha, vestirse y
pedir que les trajeran el desayuno a la habitación. Los
golpes a la puerta del servicio despertaron a Fátima,
que pocos minutos después se le unía a la pequeña
mesa servida junto a la ventana.
-¿Cómo pasaste la noche? –Preguntó él.
-Muy bien, gracias a vos.
-Me alegra poder serte útil, al menos en lo que está a mi
alcance.
-Creo que nunca voy a poder agradecerte como corres-
ponde lo que estás haciendo por mí.
-Ni falta que hace. Todo cuanto pueda representar una
ayuda, o un apoyo, es mi placer poder brindártelo.
-Sos una persona muy especial, sabés... lamento que te
hayas enredado con un desastre como yo.
-Por favor, no digas eso.
-Lo diga o no, las cosas son así.
-Yo no lo creo. Mi vida no tenía mayor sentido cuando
te conocí. Las complicaciones pueden ser algo insigni-
ficante, en comparación con todo lo que me das.
-Sos un hombre guapo, sensible, inteligente, y encima
generoso. Tal vez sea la ley de las compensaciones, que
ha hecho que a una gran pérdida le siga un encuentro
tan formidable.
-No creo ser tan así como decís, pero en todo caso, me
alegra que lo pienses.
-Necesito hablar con Gerry. Me gustaría saber qué está
haciendo.
-Ahí está el teléfono. Llamalo.

208
Calamo currente

Fátima marcó el número, esperó unos instantes


y luego cortó.
-El celular está apagado o fuera del alcance. Espero que
no se haya metido en problemas graves.
-Es un muchacho muy despierto, y creo que se las
rebusca bastante bien ante la adversidad. Al menos eso
parece, según lo que me ha contado.
-Qué mala suerte. Necesitaba hablar con él.
Esta última frase provocó resonancias ambiguas
y nada tranquilizadoras en Pearson, quien sintió nueva-
mente, y en un nivel irracional, el estigma de los celos.
Se apresuró a preguntar si esa necesidad se debía mera-
mente a la preocupación por su seguridad o a otros fac-
tores, dejando entrever a su pesar el conflicto interno.
-Estoy preocupada por su seguridad, cómo no. Pero a-
demás existen otros “factores”, como vos decís. Hay al-
gunas circunstancias de las que no te hablé –respondió,
acrecentando la zozobra y la ansiedad de su interlocu-
tor, que la instó a transmitirle lo que fuera.
-Me da un poco de vergüenza.
-Mirá, la verdad, y como viene barajada la mano, no es-
toy para quedarme así nomás con el entripado de “cir-
cunstancias” misteriosas, así que, sea lo que sea, confiá
en mi capacidad de comprensión y decime lo que ten-
gas que decir, de una vez.
-Está bien. La cuestión es que no tengo un peso partido
a la mitad. Desde hace casi dos años es Gerry quien ha
pagado el alquiler de mi casa y me ha proporcionado
alimentos. Harta ya de esa situación, y tras una larga
lucha contra mis principios, decidí poner en venta los
papiros, y ya casi estaba acordado su traspaso a poder
209
Gabriel Cebrián

de un coleccionista norteamericano en un millón y me-


dio de dólares. Fue por eso, más que nada, que los retiré
de la caja de seguridad, y maldito sea el momento en el
que se me ocurrió. Ahora estoy en la calle.
-No digas eso. No es así. Estás conmigo, y no voy a de-
jar que pases necesidades. Está bien que no tengo un
millón y medio de dólares, pero al menos tengo lo sufi-
ciente como para que tengas un buen pasar.
-Jamás permitiría que hicieras algo como eso por lásti-
ma.
-¿Por lástima? ¿Tan insensible sos que no te das cuenta
que en todo caso lo haría por amor?
-No, no soy tan insensible. Pero no son cuestiones que
una persona, por más bienintencionada que sea, deba
asumir de plano al mero inicio de una relación. Al me-
nos eso es lo que me parece. Sería mezclar las cosas en
un sentido oprobioso. Ya bastante con la carga anímica,
no me encontraría cómoda si a eso le agregamos la car-
ga económica.
-Disculpame, pero con todo respeto, me veo obligado a
señalarte que estás hablando estupideces. Aparte, ¿qué
diferencia habría en que aceptaras mi ayuda en lugar de
la de Gerry?
-La que acabo de decirte. Es esencialmente distinto.
Gerry es mi amigo, lo considero prácticamente un hijo.
A vos, te amo.
-Bueno, más a mi favor, entonces.
-Ya te dije. Son elementos que suelen mezclarse mal.
-Vamos a hacer una cosa. Como prenda de confianza,
te conmino a que aceptes mi ayuda. Caso contrario, me

210
Calamo currente

inclinaré a pensar que no tomás demasiado en serio


nuestra relación.
-No me parece justo que lo plantees en esos términos.
-Tendríamos que ponernos de acuerdo en qué entende-
mos por “justicia”, entonces. Para mí no es justo que re-
chaces mi ayuda siendo que me siento íntimamente li-
gado a vos, con un compromiso afectivo tal que no en-
cuentro antecedentes en mis experiencias pasadas.
Siento que al ayudarte estoy ayudándome a mí mismo,
porque me gustaría que fuéramos uno.
-Me encanta lo que decís. Aceptaré tus términos, pero
con reservas.
-En cambio yo no acepto reservas de ningún tipo.
-Las tendré, de todos modos. Es algo que no puedo evi-
tar.
-Entonces, espero que sean referidas exclusivamente a
estos asuntos.
-¡Por supuesto! ¿A qué otra cosa podrían referirse?
-Siendo así, no tardarás en dejarlas atrás.
-Puede ser. Creo que eso depende de los dos, y de lo
que hagamos con esto que nos une.
-Por cierto. Por eso mismo es que estoy tan seguro.
Ahora debo irme.
-¿Adónde?
-A mi casa. Tengo algunos asuntos que atender. Me
encantaría que me acompañaras, pero como están las
cosas temo que sea peligroso.
-No es justo que corras los riesgos solo, y mucho me-
nos cuando te llegan a través mío.
-Si seguimos fatigando el concepto de justicia, vamos a
quedarnos glosando diálogos platónicos mientras todo
211
Gabriel Cebrián

nuestro mundo se desploma. Aparte, allí es donde pue-


de hallarme el Salomón ése, o como quiera que se lla-
me. Me agradaría mucho volver a encontrarlo. O el pro-
pio Gerry, que ahora no tiene otro punto de referencia
para unírsenos.
-En cuanto a Salomón, parecería que tenés intenciones
de exponerte como carnada...
-Puede ser, pero en ese caso debo decirte que no conoz-
co otra manera de atrapar peces gordos.
-Voy a morir aquí cada minuto que no estés conmigo.
-No hace falta que eso pase. Estaré por aquí nuevamen-
te en unas cuantas horas.

11

Momentos después caminaba hacia su departa-


mento, estimulado por la primera línea del día. Eligió
caminar por cuanto tal actividad lo ayudaba a pensar.
Eso era lo que solía hacer cuando quedaba atascado en
alguna de las historias que estaba escribiendo; y siem-
pre, indefectiblemente, kilómetro más, kilómetro me-
nos, la variante salvadora aparecía. Pero ahora no se
trataba de personajes ficticios en contextos fantasmas,
sino de su propio culo a punto de ser empalado según
antiguas liturgias africanas, o algo por el estilo. Pero
más allá de la cuestión relativa a la reliquia robada y la
eventual venganza del extraño brujo capaz de volver de
la muerte, transmigrar, o lo que fuere que se suponía
212
Calamo currente

podía hacer, lo que ocupaba su pensamiento era la


declaración de Fátima en el sentido de que había sido
mantenida durante largo tiempo por Gerry. Por más que
se esforzaba, no podía considerar que tal contribución
hubiese podido responder únicamente a una relación a-
mical, sin condicionamientos sexuales. Se trataba de un
muchacho cuya edad presuponía ebullición sanguínea y
de una mujer que, aunque mucho mayor que él, con-
servaba encantos y atributos físicos que eran capaces de
hacer languidecer de envidia a muchas agraciadas jo-
vencitas. No encontraba mayor asidero para justificar
tales dispendios sin una contraprestación que, por otra
parte, hubiera resultado natural en términos de necesi-
dad y absolutamente legítima, dada la condición de li-
bertad que en ese sentido ambos ostentaban. Pero se
tranquilizó un poco fustigándose a sí mismo, diciéndose
que probablemente fuera un viejo soez y mal pensado
que creía que todos los demás eran como él.
Aunque más allá de estas disquisiciones, atinen-
tes a una problemática romántica -si se quiere algo in-
sustancial en relación a otras de las cuales bien podía
depender su supervivencia-, comenzó a pensar que era
harto probable que anduviera por allí un individuo ines-
crupuloso, un asesino natural, dispuesto a cargárselo; y
él, muy ufano, lucubrando variables de un posible enre-
do sentimental pertenenciente al pasado de la mujer a-
mada y que, precisamente por su característica pretéri-
ta, no tenía por qué incidir en lo más mínimo en la
actual situación. Así que, antes que nada, ingresó en un
comercio cuya vidriera exhibía cuchillería y armas de
fuego. Adquirió un revólver calibre 38 de caño corto,
213
Gabriel Cebrián

muy pequeño en relación a su poder de fuego, veinti-


cuatro proyectiles y una sobaquera. Gracias a que el co-
merciante lo había reconocido y se había mostrado de
lo más diligente hacia su persona –quizá sea más acer-
tado decir su “personaje”-, consiguió obviar los trámi-
tes correspondientes al Registro Nacional de Armamen-
to, bajo promesa que más luego los haría.
Cuando arribaba a su edificio oyó que lo llama-
ban. Era su agente, que se apeaba del automóvil en el
que al parecer había estado esperándolo.
-¡Hey! ¿Adónde te habías metido? –Le preguntó a boca
de jarro.
-Disculpame, no sabía que tenía que darte cuenta de to-
dos mis movimientos. No sabía que estaba en libertad
condicional –ironizó, mientras introducía la llave y a-
bría la puerta del edificio.
-No hace falta que adoptes ese tono. Encima que me
preocupé por vos...
-Te preocupaste por mí, eh. Qué, ¿tengo que agradecér-
telo?
-No, no tenés que agradecerme nada. Pero tampoco me
tratés como si el que estuviera en falta fuera yo.
-¿Acaso insinuás que estoy en falta?
-Y, no llamás, no aparecés... peor, encima desaparecés.
-Yo no desaparecí. Ya ves que acá estoy.
-Muy gracioso, pero con esos chistecitos no creo que
vayamos a conformar a la empresa.
-Sabés qué pasa, últimamente no me viene en gana con-
formar a nadie –aclaró, mientras introducía la llave y a-
bría la puerta, esta vez del departamento. Una vaharada
de olor a humo rancio los envolvió.
214
Calamo currente

-Ves, lo que te digo. Este departamento huele peor que


la jaula de los osos. ¿Hace cuánto que no venís por acá?
-No tanto. Un poco más de veinticuatro horas.
-Entonces podrías ventilar, de vez en cuando, ¿no?
-Mirá, no tengo tiempo ni ánimo para pelotudeces; si
viniste a hacer comentarios dignos de un programa de
TV para amas de casa, ya te podés retirar, nomás.
-Qué mala onda, che... y decime, ¿cómo es eso de que
no querés conformar a nadie?
-¿Tan difícil es, que te lo tengo que explicar?
-Dale, no te hagas el boludo...
-Es claro. No me interesa conformar más a nadie. He
vivido toda mi vida tratando de conformar a alguien.
Primero, al pusilánime de mi padre que se escudaba
detrás de una pátina de Clint Eastwood criollo; después,
a unas cuantas locas que se aprovecharon de mi libido
para tratar de esclavizarme; más luego de mis hijos, que
siempre pensaron en qué podían sacarme sin deternerse
a preguntar, ni por joda, si era yo quien necesitaba algo,
y que cuando lo señalé, me dieron vuelta la cara; y fi-
nalmente, a editores o gente de la caterva literaria. Ya
basta. Me cansé. Voy a tratar, en lo que resta de mi vi-
da, de conformarme a mí mismo, y de modo excluyen-
te. Tal vez no sea demasiado tarde.
-Ah, entonces es eso. Estamos en crisis, ¿no?
-Hablá por vos. Y si estás en crisis, buscate un psicólo-
go. Ya ves que no me queda espacio mental para tratar
de conformarte.
-¿Será posible? Podría haber sido agente de seguros, de
bolsa, de una fábrica de gomas de mascar, de cualquier
cosa, pero no. Tenía que escoger ser agente literario,
215
Gabriel Cebrián

para tratar con individuos inestables y conflictuados


que a la primera de cambio te dejan pedaleando en el
aire...
-Y bueno, tal vez sea karmático. Si vivís del dinero que
le sacás a esos pobres enajenados, es justo que con las
prebendas te dejen algo de sus psicosis. Una especie de
detritus patológico transmitido a través del flujo mone-
tario producto de sus afiebrados cerebros.
-Qué barbaridad... yo que vos me pondría a escribir esa
clase de pelotudeces, en lugar de decirlas. Tenemos un
contrato que cumplir, no sé si te acordás, o por ahí
sucede que eso también entra en la volteada de tus re-
beliones adolescentes. Ya me contaron el escándalo que
promoviste en la SADE, la otra noche.
-¿Qué escándalo? Yo no promoví ningún escándalo.
Simplemente me negué a jugar al pelele según determi-
naron voluntades ajenas a mi persona.
-Resulta que te comprometiste por escrito a cumplir con
esas voluntades. No sos un negado, sabés muy bien lo
que eso significa.
-Me importa un carajo lo que eso significa, y lo que
cualquier otra cosa relacionada con el tema pueda signi-
ficar. ¿Para qué estás vos? Andá y deciles que estoy en-
fermo, que no puedo cumplir, que me den más tiempo...
o lo que se te ocurra. En este momento estoy ocupado
en otra cosa. Lamentablemente, no puedo dedicarme a
escribir.
-No me podés decir eso...
-Ya ves que puedo. Y no está sujeto a discusión.
-Sos conciente del agujero que nos pueden hacer, ¿no?

216
Calamo currente

-Estoy preocupado por otra clase de agujeros que me


pueden llegar a hacer.
-¿Acaso te metiste en algún problema?
-Algo de eso puede haber. Pero por ahora no me pre-
guntes nada, ya que nada puedo decirte. Lo único que te
pido es que hables con la gente de la editorial y me
consigas el mayor plazo de gracia que puedas. En serio,
sabés que siempre cumplí y que nunca pedí nada. Creo
que merezco una mínima consideración.
-No, sí, está bien, pero esperá un poco. ¿Me querés de-
cir en qué clase de lío te metiste?
-No me atosigues. Dame una semana y después habla-
mos largo y tendido. No es un asunto que pueda resu-
mir en cinco minutos de charla, y lamentablemente, no
dispongo de tiempo. Te prometo que cuando pase la
tormenta vas a enterarte de todo.
-¿Qué tormenta? Me estás alarmando. No me pienso ir
hasta que no me digas de qué se trata, al menos.
-Me vas a obligar a echarte, entonces.
-No, pero no podés soltar una bomba semejante y des-
pués encerrarte en un halo de misterio. No conmigo.
Sabés que me voy a quedar preocupado.
-No te preocupes más de la cuenta. No se trata de nada
que no pueda superar. Por eso te pido, dame un tiempo
vos y conseguí aplazar un poco los tiempos del contra-
to, o de lo que sea. Si es posible amenazalos con cual-
quier eventual daño psicológico que puedan causarme,
o no sé, inventá cualquier cosa. No voy a decirte cómo
manejar tu laburo...
-Por cierto, ya que es evidente que no sabés siquiera
cómo manejar el tuyo.
217
Gabriel Cebrián

-Che, la puta que te parió, si no me entendés vos, qué


queda para los demás... ah, y otra cosa, antes de que te
vayas...
-Yo no me quiero ir. Sos vos el que me está corriendo.
-Como sea, averiguá cómo puedo hacer para ceder los
derechos de mi obra a otra persona lo antes posible.
-¿Cómo decís?
-No te preocupes, vas a seguir siendo mi agente, de to-
dos modos.
-No me preocupo por eso. Pará de tomar decisiones a
tontas y a locas, máxime en una situación de inestabili-
dad como la que insinuás que estás pasando.
-Todavía no tomé ninguna decisión. Lo único que te pe-
dí es que averigües cómo hacerlo.
-Ya van como tres cosas diferentes que me pedís argu-
mentando que es lo único.
-Ese sí que es un comentario inoficioso. Andá, por fa-
vor, y ayudame un poco, querés.
-Es lo único que me pedís...
-Claro. Vos lo dijiste.
-Y no me servís ni un café...
-Ya habrá tiempo. Al menos eso espero.

12

Ni bien quedó sólo volvió al ritual cocaínico,


considerando casi subliminalmente la propiedad adicti-
va que correspondía a la sustancia y concluyendo que
218
Calamo currente

ni bien las aguas se aquietaran iba a dejarla. Por ahora


le proporcionaba una cota de lucidez de la que no podía
darse el lujo de prescindir. A continuación se sirvió un
buen trago de escocés -que lo ayudaba a estabilizarse
luego del levantón- y encendió un cigarrillo; se percató
que la secuencia constituía el círculo vicioso más pro-
piamente dicho que pudiera ocurrírsele. A poco advirtió
que lo único que podía hacer allí era esperar a que algo
pasase, a que alguien que tuviera que ver con la historia
viniese, especialmente el falso policía, a quien iba a
encañonar y obligar a confesarlo todo, antes que tuviera
oportunidad de pestanear. En el fondo albergaba la es-
peranza de recuperar la reliquia, y ganar así la consi-
deración de Fátima de por vida. Pero no iba a ser fácil,
ni siquiera iba a ser fácil simplemente esperar, a tenor
del grado de excitación que lo compulsaba a actuar, a
moverse en algún sentido sin importar mayormente
cuál.
Sonó el timbre y se le erizaron todos los pelos
del cuerpo. Comenzó a transpirar, y la real posibilidad
de verse obligado a disparar y matar a otro ser humano,
por más basura que fuese, le generó un nerviosismo i-
nédito. Su corazón se desbocaba cuando levantó el in-
tercomunicador, mas la tensión cedió cuando oyó la
voz de Gerry.

-No se lo ve muy bien que digamos –dijo el muchacho,


ni bien traspuso el umbral de la puerta del departamen-
to.
-Vos tampoco estás para modelo de tapa de Health Re-
view.
219
Gabriel Cebrián

-No son buenos tiempos.


-Tampoco son tan malos, che.
-Claro, para usted, que anda noviando.
-Estaba tratando de levantarte el ánimo.
-Deje, ocúpese de mantener alto el suyo. Yo puedo con
el mío. ¿Sabe adónde está Fátima?
-En un hotel, acá a unas cuadras. Decidió abandonar su
casa porque temía un intento de venganza por parte del
tal Salomón.
-Y lo bien que hizo.
-Intentó comunicarse a tu celular. Estaba realmente pre-
ocupada.
-Pasa que adonde estuve no tenía cómo cargar la bate-
ría.
-¿Adónde estuviste?
-En el Aeropuerto de Ezeiza.
-La verdad, fue una buena idea.
-No tanto. No tuve ni noticias de él. O piensa permane-
cer en el país, o quizá tenga pasajes para más adelante.
O tal vez viaje por otros medios, vaya uno a saber. Eso
es lo que me fastidia, la ausencia total de pistas firmes,
la incapacidad para desarrollar la más mínima estrate-
gia.
-Parecería que sólo nos resta aguardar a que se presen-
te, si es que quiere hacerlo.
-Lamentablemente así parece ser, sí. Lo que nos arroja
a una posición de lo más endeble. Tratándose de al-
guien como él, si se digna a aparecer no tendremos o-
portunidad, ya que lo hará en el momento exacto y en el
lugar preciso que le permitan barrernos del mapa sin
que podamos articular la menor defensa.
220
Calamo currente

-¿De qué clase de persona estamos hablando? Pregunto,


no, porque de lo que he podido deducir de cuanto me
han dicho acerca de él, no puedo dilucidar si se trata de
un ladrón y un asesino, un practicante de magia negra,
un zombie, un nigromante o vaya a saber qué cosa.
-Yo tampoco lo tengo muy claro. Tal vez sea todas esas
cosas juntas, y aún algunas más. Yo solo sé que fui
testigo del momento en el cual Fátima le vació el
cargador y luego oculté su cuerpo inerte entre las rocas.
-¿Estás seguro que estaba muerto?
-Hombre, ¿quién habría podido sobrevivir con seis plo-
mos en el cuerpo y arrojado al medio de la nada, sin
ningún tipo de asistencia? Únicamente un demonio en-
carnado.
-No sé cómo están tan seguros de que ha sido él quien
robó los pergaminos. Seguramente murió allí, y el la-
drón es otra persona.
-Se trata de él, sin duda. Vino aquí mismo, haciéndose
pasar por policía, y se cuidó muy bien de dejar las pis-
tas suficientes para que lo sepamos. Y eso, mal que nos
pese, refuerza la hipótesis de que permanecerá por acá,
intentando darnos caza y así consumar su venganza.
Tenemos que despabilarnos, y aún así nuestras posibi-
lidades de evitar la catástrofe siguen siendo casi nulas.
-Yo no estoy tan convencido de eso.
-Esto no es una de sus novelas, Pearson. No puede ma-
nejar a voluntad el derrotero de las acciones. En el
mundo real suelen ganar los villanos. Y si no, fíjese en
la historia reciente de este país.
-Puede ser, pero no estoy dispuesto a hacérsela fácil.
-Yo tampoco, puede contar con eso.
221
Gabriel Cebrián

-Voy a telefonear a Fátima para decirle que estás acá,


así se queda tranquila.
Marcó el número del hotel y pidió con la habita-
ción. Oyó la señal de llamada unas diez veces, con los
nervios más alterados a cada beep, hasta que el telefo-
nista volvió a tomar la línea y le dijo que aparentemente
no había nadie. Pearson le pidió que insistiese, y la si-
tuación se reprodujo. Esta vez cortó la comunicación
antes de que el telefonista volviera a levantarla.
-No está en la habitación –comunicó a Gerry, con ex-
presión de angustia.
-Sí, ya me di cuenta. Pero no se preocupe tanto, tal vez
salió a dar una vuelta por ahí, a estirar las piernas.
-¿Qué no me preocupe? ¿Acaso no son ustedes quienes
me han llevado a suponer que corre un gran peligro ex-
poniéndose de esta manera?
-Puede ser, pero no lo tome así. Parece que ya la estu-
viera dando por muerta...
-Tenemos que actuar coordinadamente, si no queremos
ofrecer demasiados flancos.
-Quién sabe. Actuar coordinadamente implica seguir
pautas. Seguir pautas implica una cierta rigidez, y mo-
verse con cierta rigidez implica dar mayores elementos
de previsión para el cazador. Me extraña que una per-
sona que ha practicado la caza desde su infancia no lo
tenga en cuenta.
-O sea, estás proponiendo que actuemos a tontas y a
locas, para no ser previsibles...
-No sé si a tontas y a locas, pero no veo nada malo en
actuar espontáneamente, en darle una oportunidad a la
intuición. Sobre todo si se trata de Fátima, que es la
222
Calamo currente

persona más intuitiva que he conocido en mi vida. Tal


vez de esta manera alguno de nosotros pueda evitar la
guadaña. Si nos movemos en bloque y pautadamente, lo
más probable es que nos siegue a los tres de un saque.
-¿Qué sugerís que hagamos, entonces?
-Esperar noticias de ella. Si salimos corriendo hacia el
hotel, lo más factible es que le marquemos el nido. Él
ya conoce esta casa; probablemente me haya visto lle-
gar, si anda tras nuestra pista como parece ser que está
haciendo. Si salimos como los bomberos hacia lo que
se supone es la base de operaciones desconocida para el
enemigo, lo único que conseguiremos es revelársela.
-En eso tenés razón. Pasa que me cuesta permanecer
aquí, sin hacer nada, pensando que algo pudo haberle
sucedido.
-Cálmese, es una mujer muy inteligente y aguerrida, y
sabe perfectamente cómo cuidarse -a Pearson le moles-
tó bastante esa declaración, que denotaba a las claras el
mayor conocimiento que tenía Gerry de los vericuetos
de la personalidad de Fátima. Iba a decir algo al respec-
to, pero se contuvo. Y esa represión lo llevó a reaccio-
nar desde la ansiedad; así es que extrajo la bolsita de
cocaína, provocando el acerbo comentario del joven:
-Ve, si sabía no le convidaba nada, aquella primera vez.
Se va a intoxicar, hombre, y cargará sobre mi concien-
cia un peso más, cuando quede duro como una estaca.
La verdad, jamás pensé que iba a desarrollar semejante
berretín. Es la persona más compulsiva que he conoci-
do en mi vida, y mire que no es poco decir, teniendo en
cuenta el ambiente en el que me muevo.

223
Gabriel Cebrián

-Tenés razón, no te voy a discutir nada. Pero por ahora


lo necesito. Mirá, te prometo que cuando todo esto pa-
se, voy a dejar de tomar esta porquería, pero por ahora,
te repito, no puedo prescindir de ella. Me ayuda a pen-
sar con más claridad y me da energía.
-Eso que dice es muy subjetivo. Ambos extremos son,
prima facie, discutibles. Pero no lo voy a sermonear, un
poco porque puede ser que tenga razón y mucho porque
sé por experiencia lo estéril que es tratar de convencer
con palabras a un adicto. Máxime a uno que ha desarro-
llado la adicción de una manera tan veloz y contunden-
te. Espero, por su bien, que todo esto pase rápido. De lo
contrario va a conocer el infierno, cuando trate de salir.
-Soy una persona mayor, y me hago cargo de los ries-
gos. No necesitás hacerte cargo vos. De todos modos, te
agradezco la actitud.
Procedieron a esnifar, y Pearson, advirtiendo
que el contenido de la bolsita menguaba ostensiblemen-
te, le pidió diez gramos más.
-Oiga, ¿qué le acabo de decir?
-Espero que sea la última remesa que te pido. Espero
que todo esto termine cuanto antes y podamos vivir en
paz. Aparte, quinientos mangos cada dos días... es un
vicio caro, no es “pa’cualquiera”.
-Menos si le da como Salamanca al piano. Tome, mire,
ésta va gratis, pero desde ya que es la última, se solu-
cionen las cosas o no. Así que dosifíquela mejor, ¿quie-
re?
-No me pongas restricciones.

224
Calamo currente

-Y otra cosa, ya puede ir llamando al cadete ése del otro


día para que traiga un par de botellas del jerez ése que
tomamos.
-Me va a salir más barato pagarte la merca.
-Bueno, como quiera. Déme los quinientos y el escabio
lo pago yo.
-No, está bien. Ya llamo.
Mientras se comunicaba para efectuar el pedido,
con cuya pertinencia acordaba desde lo fisiológico y
también desde la mera cuestión deleitosa, sintió que la
actitud distendida de Gerry atizaba sus dudas respecto a
posibles maniobras conspirativas que podían estar sien-
do urdidas en su contra por el propio joven, Fátima, tal
vez el que llamaban Salomón, y vaya a saber quiénes
más. Pero rechazó la idea ante los evidentes rasgos pa-
ranoides que comportaba. No obstante, luego de efec-
tuar el encargue y recomendar la premura en la entrega,
volvió a sentarse frente al joven y le consultó:
-¿Te parece bien que nos quedemos acá, tan ufanos,
tomando unos tragos, mientras Fátima vaya a saber a-
dónde anda o en qué problemas puede haberse metido?
-Por el momento, me parece que es lo mejor que po-
demos hacer. Y ya le di los motivos que me llevan a
pensar eso. Pero si tiene alguna idea mejor, pues díga-
mela.
-Ojalá la tuviera. Pero la verdad, no tenemos mucho de
qué agarrarnos.
-Si quiere que le diga la verdad, pienso que nunca vol-
veremos a ver esos papiros. A pesar del disgusto que
pueda causarle eso a Fátima, creo que deberíamos dar-

225
Gabriel Cebrián

nos por contentos si el desgraciado ése desaparece con


ellos y nos deja en paz.
-¿Alguna vez viste esos papiros?
-No, ¿por?
-Porque dijiste “pienso que nunca volveremos a ver e-
sos papiros”.
-Es una forma de decir. ¿Qué le pasa? ¿Aún piensa que
esos papiros no existen? Yo tampoco los he visto, ni
siquiera aquella noche en la que pensamos que Fátima
había matado al bastardo. Pero todo cuanto ha sucedido
después demuestra a las claras que no se trata de una
invención. Al menos a mí, que no soy escéptico al pun-
to de no creer sino en lo que se adapta a mis códigos.
-Sin embargo, la primera noche creo que me dijiste que
sí los habías visto...
-Yo jamás dije eso. Si usted lo interpretó así, es cosa
suya. Ve, la merca lo está poniendo paranoico. Lo invi-
to a que deje de interrogarme como si fuera de los ser-
vicios de inteligencia, ¿quiere? Si continúa en esa tesi-
tura no harán falta asesinos externos, vamos a terminar
matándonos entre nosotros.
-Bueno, hablemos de otra cosa.
-No, hablemos de esto. Dígame qué supone, a ver. Y le
pido que sea claro, porque ya hemos pasado por cir-
cunstancias idénticas. Zanjemos esto de una buena vez.
Ésta es la parte en la que yo le digo que usted piensa
que es tan importante que todo el mundo se toma el tra-
bajo de conspirar en su contra. Es una especie de mega-
lomanía paranoide, lo que padece.
-Y la parte en la que yo te respondo que tus aires de
psicólogo son bastante berretas.
226
Calamo currente

-Se lo concedo, si usted me da la derecha en cuanto a


mi diagnóstico.
-Si hago tal cosa, seguramente sería un psicótico.
-Bueno, pero dígame qué piensa. Y sea sincero, por fa-
vor.
-No sé a qué te referís, específicamente.
-Está bien, abuelo, voy a ayudarlo a establecer las si-
napsis indicadas.
-No te pases de la raya.
-No, el que está pasado de rayas es usted. ¿Usted pien-
sa, por acaso, que Fátima y yo estamos inventando se-
mejante historia para sacar una tajada de su fiambre? Si
es eso, dígamelo a mí, que no me va a afectar demasia-
do. Pero por favor, no vaya siquiera a insinuárselo a
ella, porque la descorazonará. Vea, para que se deje de
joder con esas ideas tan peregrinas, le diré lo siguiente,
aunque no me hace muy feliz tener que decírselo: desde
que la conozco, jamás la he visto ilusionada como aho-
ra, desde que lo conoció a usted.
-¿Y por qué no te hace feliz decírmelo?
-Ah, bueno –dijo, airado. –Mire, dejémoslo así, mejor
me voy, y listo –añadió, mientras se incorporaba y to-
maba su campera.
-¿Por qué esta actitud tan destemplada?
-Porque nunca tuve mucha fe en usted, y está terminan-
do con la poca que me podía quedar. No tiene remedio,
Pearson. No hay forma de que entienda datos elementa-
les de la realidad. Mejor siga escribiendo fantasías aquí,
en su tumba, ya que no hay modo de sacarlo de ella. No
puedo creer que siga haciendo lucubraciones morbosas
e injustificadas desde los celos. Parece que tendremos
227
Gabriel Cebrián

que pasar el resto de nuestras vidas dándole explicacio-


nes. No sé Fátima, pero yo no estoy dispuesto a eso. De
ningún modo.
-Estás forzando la interpretación de lo que pregunté.
-No se haga el boludo, sabe muy bien que el trasfondo
de su pregunta es ése.
Sonó el timbre. Era el cadete del supermercado,
que traía las botellas de jerez. Este factor, adunado a las
disculpas que ofreció Pearson, finalmente lo disuadie-
ron de marcharse.

13

A partir de aquello que bien podría ser conside-


rado como una “parada de carro” por parte del joven,
aparentemente herido en su sensibilidad por la pertinaz
recurrencia a una situación harto explicada y, en todo
caso, inoperante respecto de la actual situación, comen-
zaron a dialogar según improntas más casuales y menos
confrontativas. Claro que la concurrencia del jerez tuvo
bastante que ver en esta suerte de remanso anímico, tal
vez el último que tendrían a tenor de cómo iban a desa-
rrollarse los acontecimientos más tarde. De cualquier
modo, algo en el ánimo del muchacho había cambiado,
ya que no mostró mayor entusiasmo en el diálogo pos-
terior al exabrupto. Y Pearson pareció entrever en sus
actitudes que quería decirle algo y se reprimía, cosa
inusual en Gerry, que siempre boqueaba de la peor ma-
228
Calamo currente

nera y sin ninguna clase de pruritos. La cuestión que al


cabo de unos cuantos tragos y de algunas proyecciones
respecto de la problemática que los involucraba, no
muy firmes ni consistentes, Gerry se fue, luego de acor-
dar que cualquier noticia que tuvieran de Fátima se la
harían saber el uno al otro.
Otra vez solo, Pearson acabó la botella, fumó u-
nos cuantos cigarrillos y tomó un par de líneas más. No
podía dejar de rumiar los vericuetos de la situación por
demás azarosa en la que había caído. Para colmo, nada
lo ayudaba. Analizando una y otra vez los detalles del
discurso de Fátima y de Gerry, no podía pasar por alto
groseras contradicciones, y a poco cayó en la cuenta de
que la hipótesis que mejor se sostenía era la que indi-
caba que estaba siendo objeto de una manipulación obs-
cena, de la que participaban los nombrados, seguramen-
te en concurrencia con el misterioso Salomón. Por más
que le doliera profundamente, por más que la pasión
que sentía por aquella mujer se agitara como un cáncer
corrosivo en su interior, por más necedades que inten-
tara interponer entre él y la evidencia, ésta era lo sufi-
cientemente clara como para soslayarla. Ya no se repro-
chaba a sí mismo actitudes paranoides, dado que de ha-
cerlo caería peligrosamente en sú única contrapartida, o
sea la más estúpida de las ingenuidades. Debía perma-
necer alerta, aún con el corazón destrozado, para no te-
ner luego que sufrir aún más.
Decidió ir al hotel. Si Fátima no había tenido in-
convenientes graves, volvería por allí. Caminó unas
cuantas cuadras al azar, cosa de despistar a cualquiera
que pudiese estar siguiéndolo. Finalmente dobló en la
229
Gabriel Cebrián

esquina del hotel, se cercioró en lo posible de que nadie


estuviera fijándose en él, e ingresó. La llave de la habi-
tación estaba en la consejería, lo que indicaba que Fáti-
ma no había regresado aún. No había mucho que hacer,
más que seguir dándole vueltas a un asunto que cuanto
más examinaba peor se veía. Alcanzó grados de ansie-
dad inéditos en su vida, colgado de esas maquinaciones.
Tanto que se agitó al punto de quedar casi sin respira-
ción. Comenzó a toser violentamente, expulsando hacia
su boca acres mucosidades con regusto a nicotina y al-
quitrán, y apenas si consiguió llegar al baño a vomitar.
Luego de ello, y presa de ingentes palpitaciones, fue re-
cuperando cierto ritmo respiratorio. Comenzaba a rela-
jarse cuando oyó unos golpes en la puerta y la voz de
Fátima que se identificaba.
-¿Dónde estuviste? –Le preguntó ni bien abrió la puer-
ta.
-Eh, qué pasa... ¿acaso sos el único que puede salir?
-Convinimos que era peligroso.
-Sí, y así y todo, te fuiste.
-Claro, pero yo tenía asuntos que atender.
-¿Y qué te hace pensar que yo no?
-No sé, me pareció que habíamos quedado en que me
esperarías aquí.
-Eso pensaba hacer, hasta que se me ocurrió una cosa
que podía resultar, en el sentido de recuperar los papi-
ros. Y fue una buena corazonada, no vayas a creer.
-Estuve con Gerry.
-¿Sí? ¿Cómo está?

230
Calamo currente

-Bien, como siempre. Resulta que se fue al Aeropuerto,


pensando que el ladrón podía salir disparado del país,
ya que tenía lo que buscaba.
-¡Este Gerry! No había forma de que lo hallara allí.
-¿Por qué decís eso?
-Porque Amón jamás volaría. Siempre, histórica, tradi-
cionalmente, se trasladó en barco. Si hubiese elegido
ser Horus, el halcón, podría haber sido que lo hallara.
-Sabés, me parece una explicación delirante. Creo que
estás exagerando, con todas esas cosas.
-Y un carajo. No estoy exagerando nada. Yo lo conoz-
co, ustedes no.
-¿Y por qué decís que te fue bien?
-No dije que me fue bien. Dije que tuve una corazona-
da, y que resultó ser buena.
-A ver, contame.
-Siguiendo la línea de razonamiento que te acabo de de-
cir, fui al puerto. Luego de vagar durante horas y de re-
cibir todo tipo de piropos de los marinos, conseguí ha-
blar con los menos atrevidos y así me enteré que pasado
mañana zarpa un barco hacia Marruecos. Estoy segura
de que intentará abordarlo.
-¿Por qué estás tan segura?
-Por lo que te dije de sus veleidades faraónicas, y por-
que tenía, y supongo que aún tiene, su base de opera-
ciones allí.
-Tal vez tengas razón, no puedo argumentar a favor o
en contra, ya ves que no tengo elementos. ¿Y cuáles se
supone que son entonces las vías de hecho a tomar?
¿Hacer guardia cerca de la nave y esperar que el pájaro
caiga en la trampera?
231
Gabriel Cebrián

-Creo que no hay alternativa. Deberíamos turnarnos, ya


que el bastardo puede estar embarcando ahora y ocul-
tándose para siempre de nuestra vista. Intentaré comu-
nicarme con Gerry y le pediré que cubra el primer tur-
no. Después lo relevaremos.
Tomó el teléfono, discó e hizo señas de que es-
taba llamando. ¡Hola! Hola, sí, querido, ¿cómo es-
tás?... bueno, bueno, corazón, me alegro... sí, sí, yo
también estoy... sí, está acá, conmigo... sí... no me di-
gas que pasaste la noche en el Aeropuerto. Qué boludo
que sos... Claro, no, se mueve en barco. A propósito, fi-
jate en la Dársena sur, cerca de ahí de... ¡exacto, sí!
Hay atracado un barco que se llama “Star of Marra-
kesh”... sí. Zarpa pasado mañana, a la noche, creo...
ahá... sí. Decime una cosa, ¿podés ir ahora? Sí, hasta
esta noche, que Pearson o yo te relevemos... bárbaro,
sí. Gracias, Gerry querido... sí, ojalá todo salga bien, y
pueda pagarte todo lo que has estado haciendo por mi.
Chau, chau, querido, chau. Te mando un besote. –Bue-
no, Gerry va para allá.
-Sí, ya oí.
-Estoy segura que va a aparecer. Espero que Gerry no
vaya a precipitarse solo a tratar de agarrarlo. Es un indi-
viduo muy peligroso. Tendría que haberle dicho que
cualquier cosa nos llamara ¿no? –Preguntó, con eviden-
te preocupación, la que unida al trato tan afectivo que le
había dado jugó bastante en el sentido de agitar los re-
sentimientos de Pearson.
-Es grande, ya –respondió mosqueado. –Aparte es trafi-
cante; más vale que va a saber qué hacer en esas circun-
stancias.
232
Calamo currente

-¿Por qué hablás así?


-¿Así cómo?
-Así, como fastidiado, como si el chico te jodiera...
-No me jode; el tema es que no es un chico, ya, y que se
dedica a actividades que no se condicen con un nene de
mamá que no sepa manejarse en circunstancias peligro-
sas. Es eso.
-Como sea, yo me preocupo igual. Y más por cuanto he
sido yo la que lo he arrojado a una situación de peligro.
-Hablando de eso, ¿no sería mejor si olvidáramos el
asunto y nos conformáramos con lo que tenemos? No
será la fortuna que vale la reliquia ésa, pero es suficien-
te para vivir con dignidad, casi holgadamente, diría yo.
-La verdad que no te reconozco. ¿De veras podés estar
pensando que hago todo esto nada más que por dinero?
¿Creíste que bromeaba cuando dije que esta cuestión
había costado la vida a mi padre? ¿Creés que eso no
significa nada para mí?
-No quise decir eso, no te pongas así. Es sólo que pen-
sé...
-Está bien, basta. No digas más nada. Te relevo de toda
obligación. Gerry y yo nos las arreglaremos para poner
las cosas en su lugar.
-No podés ser tan reactiva. Yo simplemente dije...
-Está bien. Tenés razón, disculpame. Pero es que...
-Dejémonos de excusas –propuso, y la besó en los la-
bios. Aquellos labios de miel que podían ser venenosos.
Aquellos labios que seguiría disfrutando hasta que la
máscara cayera o, en el mejor de los casos, demostrara
ser real, posibilidad que se le antojaba cada vez más
improbable. Ella comenzó a masajearle la entrepierna.
233
Gabriel Cebrián

Entonces, pidió una breve tregua y fue al baño a esni-


far.

14

Durante toda la relación sexual, Pearson se ha-


bía afanado por hallar en las acciones y expresiones de
Fátima un mínimo indicio de algo que pudiera definirse
como “amor”, mas solamente encontró exteriorizacio-
nes de frenesí carnal, según los códigos que él podía
interpretar. Tan analítica había sido su aproximación
erótica, que de no haber sido por la cocaína, difícilmen-
te hubiese conseguido mantenerse en condiciones de
seguir ejecutándola. Era como si el estímulo de la droga
hubiese mantenido activo al cuerpo, aún a pesar de que
la mente había permanecido divagando sobre aspectos
que, en circunstancias normales, lo habrían alejado de
todo clima e impedido de tal modo la resolución corres-
pondiente. Se sintió afiebrado, probablemente a causa
de la intoxicación, de la vigilia casi permanente, del
agotamiento de un físico que hallaba en el estimulante
una manera de seguir funcionando, mas ello a cuenta de
una reserva de energías que parecía estarse agotando
definitivamente. A ello, y a la certidumbre de que Fáti-
ma estaba fraguando frente a él sus verdaderos senti-
mientos e intenciones, se debió el mal humor que mos-
tró a continuación, ya sentados a la mesa junto a la
ventana. Fátima había comenzado otra vez con su chá-

234
Calamo currente

chara pretensiosa sobre la cultura egipcia; y Pearson,


casi fuera de quicio, la interrumpió destempladamente:
-Oh, basta ya de esos mamarrachos pretensiosos, borra-
chos y delirantes. No puedo creer que siendo, como lo
sos, una mujer inteligente, te hayas tragado la patraña
de esas presuntuosas sofisticaciones que está bien que
se hayan tragado los autores clásicos, y hasta la Europa
de Napoleón, pero a estas alturas...
-¿Qué decís?
-Estoy diciendo algo que, si sos erudita, tenés que co-
nocer mucho mejor que yo. Estoy diciendo que un
montón de fulanos, engañados por pitos y flautas
herméticos, pretendieron ver sofisticaciones esotéricas
en donde no había más que una oprobiosa mezcla de
incapacidad para sistematizar y conservadurismo pri-
mario, aplicados sobre un grosero animismo pésima-
mente disimulado –era totalmente conciente de la pata-
da al tablero que con tal discurso estaba asestando. Pero
sucedía que su resentimiento interior, agitado sobre to-
do por la caída de las ilusiones que tan ingenuamente
había alentado, producía ecos somáticos en las desboca-
das palpitaciones que la situación generaba en su siste-
ma. Sabía que estaba a punto de ahogarse, pero la ne-
cesidad imperiosa que comandaba su psique, en el sen-
tido de no mostrar flaquezas tales en ese preciso mo-
mento, le dio un aire extra, el que seguramente iba más
luego a resolverse en incontenibles toses y bocanadas
casi infructíferas.
–Claro –prosiguió- que me refiero a todos los mamarra-
chos esos que hablaban de tipos con cabeza de pájaro,
minas con cola de pescado, que adoraban felinos, man-
235
Gabriel Cebrián

driles, hipopótamos, o lo que sea... –tuvo que parar a


tomar un poco de aire. Aprovechó para pedir que le su-
ban una botella de escocés, y hielo.
-¿De qué estás hablando, Pearson?
-Del culto a los animales, de eso estoy hablando. Como
cualquier mataco de mala muerte, y ni hablar de com-
pararlos con cualquier gran civilización americana, o
euroasiática, de su misma época.
-Estás delirando.
-No, no estoy delirando un carajo. Los que deliraban
eran ellos, que la iban de virtuosos, y qué sé yo cuánto,
pero en realidad eran tan bastos que se mantenían
borrachos en una doble moral que si consiguió perdurar
por tanto tiempo se debió, más que nada, a su falta de
ductilidad en un sentido y a su excesiva maleabilidad
en otro, de lo que se aprovecharon unos cuantos ines-
crupulosos que si pudieron arrear a la tropa con siste-
mas tan inconsistentes, ello fue precisamente gracias a
esa mezcla de idiotez y conservadurismo –en rigor, no
estaba muy seguro de la tesis que estaba formulando,
pero en ese contexto cualquier argumento era bueno. La
cuestión era ofender, lastimar, devolver un poco de la
hiel que estaba tragando y que no tenía aún intenciones
de escupir directamente. –Encima, mercachifles. ¿Sa-
bías, no, que en esos grandiosos templos había venta de
“comidas sagradas”, cerveza, narcóticos, amuletos y
cosas así para la gilada?
Llegó el whisky. Fátima lo miraba, entre alelada
y triste. Seguía siendo hermosa, a pesar de ello; y más
aún, seguía siéndolo aún a pesar de ser una perra menti-
rosa o quizá, en su caso, un chacal. Pearson se sirvió un
236
Calamo currente

whisky con hielo y apuró el primer trago para servirse


otra vez. Ni siquiera preguntó a Fátima si quería uno.
-En todos los períodos de esa larga historia periclitaron
las mismas sandeces paleolíticas, tratando de dar cohe-
rencia a cualquier cosa que a fuerza de antigüedad pu-
diera parecerles útil en términos animistas. Rígidos, tor-
pes y miedosos, aparte de venales y lascivos. Es real-
mente un milagro que en algún punto hayan dejado de
ser caníbales, como lo fueron sus ancestros más cerca-
nos.
-¿Terminaste?
-Puedo continuar, si querés.
-No, no hace falta –lo excusó, amargamente, mientras
se incorporaba y comenzaba a vestirse. –Ya has dicho
todo lo que tenías que decir. Soy una imbécil, debí co-
nocerte mejor antes de involucrarme en la forma que lo
hice.
-Creo que ése ha sido un error que hemos cometido am-
bos.
-La única diferencia consiste en que yo te advertí de
mis zonas oscuras. Traté de ser absolutamente leal, para
no darte sorpresas desagradables como la que me estás
provocando ahora.
-Tales sinceramientos se me hace que fueron motivados
para asegurar la presa.
-No voy a continuar con esto. No sé qué cuernos querés
decir, pero ya no importa. Ahorrémonos situaciones de
mal gusto –dijo, mientras recogía su bolso y se dirigía
hacia la puerta de la habitación. Antes de salir, se vol-
vió como si hubiese recordado algo, hurgó en el interior
del bolso y extrajo una imagen tallada en madera. Era,
237
Gabriel Cebrián

evidentemente, una diosa egipcia. –Tomá, te había traí-


do este regalo –lo dejó sobre la mesita. Pearson lo ob-
servó, bebió un trago de whisky y aún a pesar del ahogo
encendió un cigarrillo. Fátima, ya desde la puerta, con-
cluyó: -Tal vez sea ocioso decirle a quien tan profunda-
mente conoce la cultura egipcia, que se trata de Sehahit,
la diosa de la escritura. No creo que vaya a servirte de
mucho, ya que proviene de individuos tan ignorantes y
primitivos. Pero yo no la quiero. Me traería recuerdos
muy amargos de un episodio de mi vida que procuraré
olvidar cuanto antes.
No bien quedó solo, pareció que los diques de
homeostasis, que tan trabajosamente había erigido para
contener los desequilibrios orgánicos durante la dispu-
ta, cedieron. Un acceso de tos lo impulsó a apagar el ci-
garrillo recién encendido, y tras la secuencia de toses
cada vez más grotescamente carraspeadas, el aire iba
negándose más y más a ingresar a sus pulmones; y si lo
hacía, su organismo parecía ser incapaz de metabolizar
el oxígeno. Se halló emitiendo toda suerte de ruidos
desagradables, y le costó horrores volver a una mínima
instancia de superación de la urgencia sin tomar el te-
léfono y solicitar asistencia médica. Intentó tranquili-
zarse diciéndose que seguramente la tensión nerviosa
provocada por la acre discusión lo había enervado al
punto de provocarle la crisis. Su barbilla y pecho esta-
ban cubiertos de una desagradable secreción mucosa.
Fue al baño a higienizarse, tuvo otro acceso de tos que
pareció que iba a partirle el pecho, y comtinuó especto-
rando aquella substancia viscosa y pestífera. Incluso
vomitó lo poco que tenía en el estómago, sintiendo las
238
Calamo currente

ásperas acideces del whisky regurgitado. Se enjuagó la


boca, hizo gárgaras, se higienizó. El agua fría lo recons-
tituyó un poco. Respiró profundamente y por fin consi-
guió capitalizar algo. Decidió entonces tomar una du-
cha. Bajo el agua apenas tibia, de pronto se le cruzó la
idea de que tal vez había forzado la nota, y evaluó la
posibilidad de haber tratado injustamente a Fátima. La
dignidad que había mantenido durante el ataque a lo
que se suponía era su leitmotiv, de alguna manera pa-
recía indicio de inocencia. Pero por otra parte todas las
contradicciones demostradas por ella y por Gerry se-
guían inclinando el fiel de la balanza hacia la teoría
conspirativa. Súbitamente tuvo una idea. No era tarde
aún, y tenía tiempo de hacer una averiguación que con-
trastaría los claroscuros de forma que haría evidente la
dolosidad de sus intenciones. Reanimado por el baño,
se vistió prolijamente, tomó un par de líneas y salió a la
calle. El sol estaba comenzando a caer.

15

-¡Señor Pearson! ¡Qué gusto tenerlo por aquí! –Dijo el


Director de Editorial Lumpen, ni bien su secretaria hizo
pasar al célebre autor.
-El gusto es mío –respondió, por mera formalidad,
mientras estrechaba la mano del ávido editor, el que
preveía pingües negocios a tenor de tan sorpresiva co-
mo ilustre visita.
239
Gabriel Cebrián

-¿Qué lo trae por acá? –Preguntó, revelando en la infle-


xión la impaciencia subyacente, detalle que no escapó
al criterio de Pearson, quien había previsto la posibili-
dad de que tal circunstancia fuera a ocurrir; así que pre-
tendió haber concurrido en vistas a la importancia que
aquella editorial estaba cobrando, aunque cuidándose
muy bien de referir que ello era merced a la edición de
cualquier porquería que fuera debidamente pagada.
-Vine, más que nada, a felicitarlo por el protagonismo
que está alcanzando esta casa editorial; usted sabe, yo
ya vengo doblando el codo...
-No diga eso.
-Sí lo digo. El hecho es que quiero empezar a promover
algunos autores jóvenes, dignos de ser conocidos, y
pensé que tal vez le interesaría a usted tenerlos en su
catálogo.
-Bueno, si no podemos tenerlo a Pearson, nos confor-
maremos con su semillero, vea. Todo es cuestión de ha-
blar y hacer números.
-Claro, por supuesto.
-¿Y de qué se trata? ¿Narrativa? ¿Poesía?
-Un poco de todo, vio. Por ahí no ha trascendido, pero
la cosa es que he nucleado a varios autores jóvenes,
luego de una cuidadosa selección y, modestia aparte,
creo tener en mis filas a lo mejor de lo mejor que está
apareciendo en la Ciudad de Buenos Aires.
-Quién mejor que usted para evaluarlo, ¿no?
-No sé si será así en la realidad; pero de acuerdo a mi
criterio, creo que es así, sí.
-Bueno, será cuestión de ver el material y hacer los pre-
supuestos. Por cierto que voy a procurar afinar el lápiz
240
Calamo currente

y darle las mayores facilidades que pueda. En este sen-


tido, ayudaría mucho que autorizara a poner una faja en
la que saliera usted como recomendante de las obras.
-Claro, lo entiendo.
-O tal vez hacer una colección aparte, de autores reco-
mendados por usted.
-Yo no tengo ningún problema. Déjeme revisar mis
cuestiones contractuales previas, y si no hay inconve-
niente, pues descuéntelo. Es más, realmente me seduce
la idea, más que nada por saber la calidad de lo que es-
toy ofreciendo –comenzó a sufrir otro episodio de sudo-
ración. Sacó el pañuelo y se secó la frente.
-¿Se siente bien?
-Sí, estoy un poco acalorado, ¿sabe? Decidí caminar, y
por lo visto no estoy muy en forma.
-¿Quiere tomar algo?
-Un poco de agua estaría bien.
El editor presionó un timbre y la jovencita que
oficiaba de secretaria tomó el pedido.
-Si el caminar le provoca semejante sofocación, o debe-
ría hacerlo más a menudo o de lo contrario consultar al
médico; digo, si me permite la intromisión.
-Está muy bien, gracias. Y tiene razón. Estaba pensan-
do en hacerme un chequeo, y de acuerdo a los resulta-
dos, comenzar alguna rutina de ejercicios físicos.
-Claro, es un hombre joven, no hace falta que se maltra-
te, más con el genio que tiene, usted sabe.
-No lo sé muy bien, pero le agradezco de todos modos.
La secretaria entró y dejó sendos vasos con agua
sobre el escritorio. Echó una curiosa mirada de soslayo
a Pearson antes de retirarse. Éste tuvo que contenerse
241
Gabriel Cebrián

para no arrojar al coleto el vaso íntegro en sólo dos o


tres tragos.
-Entonces, ¿cómo haríamos?
-Yo reúno y sistematizo un poco el material y después
lo someto a su consideración. Eso no va a llevarme más
de una o dos semanas.
-Perfecto. Y yo, en unos pocos días, estaría en condi-
ciones de darle los presupuestos, en los términos que le
decía.
-No creo que tengamos inconvenientes.
-Espero que no. Y recuerde chequear si podemos o no
lanzar una colección de textos recomendados por Pear-
son.
-Desde luego. Respecto de eso, ya le podría dar una res-
puesta mañana o pasado, nomás.
-Tanto mejor, porque así nos dará tiempo para ir dibu-
jando una estética determinada para individualizar la
colección.
-Realmente, me gusta la impronta ejecutiva de esta edi-
torial. Hay veces que los grandes grupos dan tantas
vueltas...
-Puede ser, pero nosotros tampoco somos de ir tan rápi-
do, por lo general. Tenga en cuenta que si este proyecto
nos resulta interesante desde el vamos, es porque es us-
ted quien lo propone.
-Sí, he advertido el cuidado que observan en mantener
el nivel de las cosas que publican –mintió Pearson.
-Ah, ¿sí? ¿Ha leído nuestras publicaciones?
-¡Claro! Es obvio, si no, no hubiese venido. En particu-
lar, me motivó una obra a la que tuve acceso de modo
ocasional y que después no he podido hallar.
242
Calamo currente

-¿De qué obra se trata?


-El legado de Anubis, y algo más que no recuerdo, que
tenía que ver con la transmigración, o no sé qué cosa –
la expresión del editor cambió al oír aquel título, como
si hubiera existido algo extraño respecto de aquella o-
bra. –Me pareció que daba una perspectiva novedosa y
no muy conocida de la cultura egipcia. El nombre de la
autora sí lo he retenido, una tal Fátima Al-Resisz, o al-
go por el estilo.
-No es raro que no lo haya hallado.
-¿Por qué dice eso?
-Porque ha tenido acceso a uno de los dos ejemplares
que, según creo, andan dando vueltas.
-¿Dos ejemplares?
-Sí, el resto, unos doscientos ochenta y ocho, están es-
perando aquí a que esa Fátima los pague y los venga a
buscar.
-¿Cómo es eso?
-Muy simple. Pagó una seña, no muy grande, pidió un
par de libros de prueba para cotejar texto y característi-
cas de edición, y luego no apareció más. Había quedado
en pasar hace unos diez días. Aquí, según yo veo las
cosas, operó un principio de tercero excluido: o le pasó
algo, o nos timó. Espere que le hago traer uno.
Pearson, alelado, estuvo a punto de decirle que
no se molestara, pero eso habría puesto de manifiesto
su ardid. Esperó que le trajeran su ejemplar del libro
quizá más fraudulento que se haya editado, lo tomó, lo
observó unos instantes y luego dijo:
-Sí, es éste. ¿Cuánto es?

243
Gabriel Cebrián

-Por favor, señor Pearson, es un obsequio. Semejante


pérdida en términos empresariales por lo menos ha ser-
vido para gratificarlo en algo a usted. Y si dice que vale
la pena, tal vez procedamos a su distribución, finalmen-
te.
-Creo que no sería mala idea. Bueno, no le robo más
tiempo.
-Al contrario, es un placer.
-Entonces, mañana o pasado le doy vía libre para que
vaya viendo la estética de la colección, si no hay obstá-
culos de índole legal.
-Perfecto. Lo estaré esperando.
-Permanecemos en contacto, entonces.
-Muy bien, y a sus órdenes.
Se estrecharon la mano, y el editor le dijo:
-Mire, Pearson, tiene unas costras blancuzcas alrededor
de los orificios nasales... –Pearson se precipitaba a qui-
tarlas con las yemas del índice y el pulgar de su mano
derecha, completamente abochornado, cuando el editor
añadió: -No se apure, yo también he pasado por eso, pe-
ro al fin lo pude dejar. Es bravo, vio. Más que ya esta-
mos en edad de cuidarnos un poco...
-Claro, claro. Muchas gracias. Me alegro que me com-
prenda.
-No sólo eso, si necesita algún soporte, o ayuda, no du-
de un instante en pedírmela. Para mí, sería un honor.
-Gracias otra vez, le prometo que voy a hacerle caso.
-Será mejor para usted, y para mí también, desde luego.
Haremos grandes cosas juntos.
-No tenga dudas.

244
Calamo currente

16

Durante varias cuadras rumió un odio sordo,


visceral. Resultaba evidente que había sido objeto de u-
na triquiñuela burda e inmoral, sobre todo teniendo en
cuenta que esos miserables habían especulado con sus
más nobles sentimientos. Debían morir, iba a matarlos
aunque tuviera que desarrollar el resto de su obra en
una celda. Mientras pensaba eso, acariciaba la culata
del revólver que descansaba delante de su sobaco iz-
quierdo. Tenía una bala para cada uno de ellos. El petu-
lante Gerry, ofreciéndole drogas y erotismo con el pre-
texto de estar tratando de rescatarlo de sí mismo; la sen-
sual y hermosa Fátima, jugando el viejo juego de la
prostituta de Babilonia, entusiasmándolo y jugando con
sus sentimientos para esquilmarlo; y el misterioso Salo-
món, o Ramon, o como fuese que se llamara –siendo
que ninguno de ellos debía llamarse como había dicho-,
completando un triángulo de impostores tan diabólico
que ni en sus más enfermizas fantasías literarias habría
conseguido plasmar... finalmente, habían conseguido
dar un sentido a su vida, cómo no: iba a vivir para ma-
tarlos. No había lugar para medias tintas. Iba a matar-
los, e iba a hacerlos sufrir todo lo que fuera posible.

Llegó al hotel, y cuando pidió la llave, el con-


serje le dijo que alguien había dejado una carta para él.
Ante la pregunta de quién había sido, respondió que el
sobre solamente tenía consignado su nombre, y que ha-
245
Gabriel Cebrián

bía sido entregado por un muchacho, seguramente al


servicio de una mensajería. Se dirigió a su habitación,
se sirvió un whisky, abrió el sobre y leyó:

Tenemos a Fátima. No acuda a la policía ni ha-


ga nada que pueda dar a conocer a nadie la situación.
Tiene 24 horas para reunir doscientos mil dólares, ca-
so contrario iremos enviándole sus dedos, uno a uno, o
directamente su cabeza, si la cosa se pone jodida. Ma-
ñana por la noche nos comunicaremos nuevamente pa-
ra decirle cómo y dónde se realizará el intercambio.
No estamos jugando. Sepa que cualquier movi-
miento en falso redundará en la muerte inmediata de
esta bella mujer. No podemos prometerle que no abu-
saremos de ella, pero igual, eso no se gasta. Más vale
recuperarla con un poco de uso y no mutilada. Usted
nos entiende, ¿verdad?

Malditos hijos de puta. Así eran las cosas. Por


supuesto que la estarían usando, probablemente los dos
a la vez, y con su consentimiento. Se sintió mal por,
precisamente, haberse sentido mal ante la figuración de
Fátima manteniendo sexo con ellos en forma simultá-
nea, un reflejo instintivo de celos que no eran pertinen-
tes ya para su razón pero sí lo eran aún, por lo visto,
para sus sentimientos. Bueno, nada lo ataba a ellos aho-
ra, más que la necesidad de una venganza que rápida-
mente iba adquiriendo características de obsesión. An-
helaba tenerlos enfrente, rogando inútilmente por sus
vidas, tomando súbita conciencia de que se habían me-
tido con la persona equivocada. El asunto era qué ha-
246
Calamo currente

cer, cómo alcanzar lo antes posible esa situación. Era e-


vidente que Fátima no aparecería, y tampoco Salomón.
Pero Gerry podía ser el encargado de efectuar el próxi-
mo movimiento. Seguramente se presentaría, haciéndo-
se el desavisado, y al enterarse de la supuesta situación
intentaría arrearlo para el lado que pretendían, esto es,
instándolo a conseguir el dinero y a hacer caso de todas
las indicaciones de los supuestos captores. Si ello era a-
sí, Gerry iría a su casa, dado que teóricamente descono-
cía el hotel en el que se estaban alojando.
Se sirvió un par de líneas generosas, las inhaló,
apuró el whisky y, cuando iba a abandonar la habita-
ción, tuvo un vahído que lo obligó a permanecer unos
minutos sentado. Pasada la contingencia, salió rauda-
mente a la calle, sin siquiera dejar la llave en la conser-
jería. Caminó a paso vivo unas cuadras hacia su depar-
tamento, aún a pesar de la ruidosa fatiga que resonaba
en su pecho. Pero luego cambió de planes. Obedecien-
do a una corazonada, y a la necesidad de saldar cuentas
con Fátima antes que con ningún otro, subió a un taxi e
hizo que lo condujera a la esquina de la casa de Villa
Urquiza, en donde la había conocido. A Gerry bien po-
día arreglarlo más luego. Entró en el bar en el que ya
había montado guardia, con un propósito casi idéntico,
que difería de la ocasión anterior solamente en la acti-
tud que asumiría en caso que apareciese. Ocupó la mis-
ma mesa. Pidió una cerveza, la que le fue alcanzada con
un plato de maníes, que le hicieron pensar que no recor-
daba cuándo había comido decentemente por última
vez. Se esforzó por echar unos cuantos al buche, y be-
bió con verdadera sed.
247
Gabriel Cebrián

En cuestión de unos cuantos días, su vida había


dado un vuelco de campana. Tal vez todo había comen-
zado a partir de que abrió la escotilla en la conferencia
de la SADE, quizá había sido allí que mostró el flanco
débil para que el cretino ése de Gerry viera la oportuni-
dad de acercarse a él y aprovecharse de su estado para
aplicar toda esa parafernalia tan sofisticada que habían
montado para esquilmarlo. Y eso también hería su auto-
estima, el hecho de que hubieran pensado que era torpe
al grado de caer en una trampa tan burda. Claro que
contaban con buenas armas, sea un discurso mediana-
mente interesante para un escritor, sea una mujer tan
bella como no recordaba haber visto muchas. Bella y
receptiva, combinación muy adecuada para obnubilar el
juicio del hombre más ecuánime. Seguramente la fór-
mula les había resultado con anterioridad en numerosos
episodios análogos; pero con él, habían encontrado la
horma de sus zapatos.
En unos cuantos días (continuó, en esa suerte de
evaluación de los acontecimientos que estaba haciendo)
había conocido el éxtasis del amor y el de la cocaína,
había experimentado la más profunda decepción y aho-
ra la tensión dramática que lo llevaría al homicidio, a la
elaboración de estrategias para ultimar a quienes lo ha-
bían ofendido, quizá a alcanzar una apoteosis digna de
devenir en el broche de oro existencial de un autor que,
a partir del raid de violencia que pensaba desatar, esca-
laría al tope de la celebridad posible. Disfrutaría de ella
en el penal, daría notas, explicaría cómo las vicisitudes
de la vida lo habían llevado a protagonizar en el mundo
real una orgía de pasión y sangre dignas del mejor pulp
248
Calamo currente

fiction. Ni siquiera tenía que escribir la historia, ya que


ríos de tinta la reseñarían en todos los detalles, detalles
que él mismo se encargaría de proporcionar en cuanto
reportaje le fuera propuesto. Se erigiría como factótum
de un nuevo género, el que tal vez en rudimentos ya
existiese, pero él iba a desarrollarlo de manera expresa
y sistemática: el asesinato como esencia y motor de
misceláneas literarias de configuración mediática. Pero
qué va, estaba delirando, la propuesta, colocada en
perspectiva, pasó en un tris de la pretensa vanguardia
estilística a una burda y simplificada tesis de la idea ya
desarrollada por Tomas De Quincey. Su mente no esta-
ba funcionando bien, así que decidió ir al baño a jalar
un poco.

17

Otra vez a su mesa, con la nariz empolvada por


dentro y la sangre en ebullición, advirtió que era el últi-
mo cliente, lo que hacía prever que poco tiempo le res-
taría para acechar, al menos desde una posición cómo-
da. Unos minutos después, como corroborando tal su-
puesto, el encargado del bar se acercó sin haber sido
convocado; y cuando Pearson esperaba que le dijese
que ya era hora de cerrar, sorpresivamente se sentó a la
mesa frente a él.
-Bueno, compadre, parece que estamos solos –le dijo, y
tanto en la confianza que espontáneamente se había to-
249
Gabriel Cebrián

mado, como en cierta somnolencia evidenciada en el


modo de hablar, Pearson advirtió al punto que aquel
hombre había bebido de más.
-Así parece. Ya es hora de cerrar, ¿no es así?
-Probablemente lo sea, lo que no quita que podamos
quedarnos otro rato bebiendo unas copas y conversan-
do, si es que tiene voluntad.
-Sí, la verdad que me vendría bien permanecer un rato
acá, si no le incomoda.
El hombre, como revelando inconcientemente
que conocía los motivos de Pearson para permanecer a-
llí, giró su cabeza poco más de noventa grados y miró
fijamente la casa de Fátima. Pasados unos pocos se-
gundos volvió nuevamente su mirada hacia él, y aclaró:
-Pues claro, hombre, que no me incomoda. De lo con-
trario lo habría invitado a marcharse, no a conversar un
rato.
-Bueno, pues entonces tráigase otra cerveza y un vaso.
-Traigo cerveza para usted. Yo me voy a tomar un
whiskycito.
-Si tiene hielo, deje la cerveza y tráigame uno para mí
también.
-Sale.
Volvió con una botella de Teacher’s, dos vasos
y el baldecito con hielo. Sirvió medidas generosas y pi-
dió un cigarrillo. Pearson indicó que se sirviera cuando
gustase, y probó el whisky, que no estaba tan mal.
-No nos hemos presentado –observó el barman. –Yo
soy Ireneo Juárez, de Chivilcoy.
-Mucho gusto, Juárez. Yo soy Pearson.

250
Calamo currente

-Pearson, Pearson... ¿no hay una estancia que tiene una


laguna, adonde se va la gente a pescar?
-Sí, así he oído, pero no soy nada de esa gente. Creo,
bah.
-Ahá. Sí, acá se reúnen unos pescadores que dos por
tres hablan de esa laguna.
-Mire usted –soltó, por mero formalismo, algo fastidia-
do ya por la vacuidad del diálogo que debería soportar
en lo sucesivo.
-Es apellido inglés, ¿no?
-Mi abuelo paterno era inglés, sí. Pero todos los demás
son italianos. O sea, soy un “tano irrazionale” con cu-
bierta anglosajona.
La risa que provocó tan magra ocurrencia fue
visceral y estentórea, de modo que Pearson advirtió que
el tipo aquél, además de ser sanguíneo y de buen talan-
te, estaba probablemente más ebrio de lo que le había
parecido.
-Eso sí que está bueno –comentó, cuando paró de reír
casi a gritos. -Un “tano irrazionale” con cubierta anglo-
sajona.... vaya por dios, salud –dijo, y ofreció el vaso en
un brindis. –Por los tanos y los gallegos, que en conjun-
to somos lo que por allá llaman “Europedos” –y esta
vez fue Pearson quien celebró (más módicamente, por
supuesto, quizá a cuenta de verdaderos efectos provoca-
dos por la mentada cubierta anglosajona). La cosa quizá
no fuera a ser tan prosaica como le había parecido en
un principio. –Y dígame, Pearson, ¿a qué se dedica?
-Soy estafador.
-Ah, bueno, pues hombre, lo felicito.
-¿Sí?
251
Gabriel Cebrián

-Sí, más que nada por su honestidad. No todos los esta-


fadores andan por ahí diciendo que lo son. Y dígame, si
no estoy pecando de curioso, ¿cuál es su especialidad?
-Escribo libros malos pretendiendo que son buenos, pa-
ra que unos cuantos esnobistas y desavisados en general
me den su dinero.
-Ah, pero entonces usted no es estafador. Es escritor, el
problema es de los que lo compran.
-Sí, supongo que puede decirse así.
-Claro, Pearson, sí... también he oído, acá en el bar, al-
gunos que lo han nombrado. Yo no leo ni revistas, vio,
ni diarios, ni nada. Ni siquiera miro la televisión, que a
veces la pongo para los clientes, o cuando dan algún
partido, para hacer más caja, vio. Así que lo poco que
sé es de oír hablar a la gente que viene.
-No es poca cosa. Los medios en general son la mejor
manera de desinformar que conozco.
-Vea qué notable. Si usted lo dice, debe tener razón. Yo
muchas veces pienso lo mismo. No tengo gran funda-
mento, pero me parece que es así, pues.
-El fundamento es algo que viene con la lucidez y el
sentido común, y eso es algo que no se aprende. Se tie-
ne o no se tiene.
-Algo así decía mi padre. Decía que en la escuela no lo
hacían a uno inteligente, sino que lo adoctrinaban. Que
junto con las letras y los números metían el molde para
que salgan todos iguales.
-Un tipo muy agudo, su padre.
-Y, era bruto, vio, pero tenía un par de vueltas en la ca-
beza.
-Se nota, sí.
252
Calamo currente

Juárez sirvió dos buenas medidas más, agregó


hielo y propuso un brindis por su finado padre. A conti-
nuación se quedó mirando fijamente a Pearson, y luego
preguntó:
-Es linda la casa de enfrente, ¿no?
-¿A qué se refiere?
-No, me refiero a que la ha estado mirando muy atenta-
mente, se nota que le gusta.
-Mire, Juárez, usted me ha caído bien, y es por eso que
me veo obligado a aclararle que no me gustan las insi-
nuaciones.
-Vea –respondió con gran parsimonia-, en eso estamos
a mano. Por eso es que me he atrevido no solamente a
sentarme a beber unas copas con usted, sino a invitarlo
a hablar de un tema que parece preocuparle y que,
según yo veo las cosas, tiene suficientes motivos para
ello.
Ante la atrevida proposición que acababa de for-
mularle aquel desconocido, y que parecía abrir más
puertas hacia la corroboración total de la falsía de Fáti-
ma y Gerry, su emocionalidad exacerbada se tradujo en
palpitaciones, y otra punzada atravesó su brazo izquier-
do, desde la parte interior del hombro hasta el codo,
donde la irradiación del dolor parecía focalizarse.
-¿Conoce a la gente que vive ahí?
-Por suerte, bastante poco. Al pibe lo conozco un poco
más. Ése pibe que estuvo sentado acá mismo con us-
ted...
-¿Gerry?
-No sé, sí, Germán, creo que dijo que se llamaba. Pare-
ce buen pibe, pero tiene mañas raras.
253
Gabriel Cebrián

-¿A qué se refiere?


-Digo, que me parece que anda en la droga. Cuando ha
venido acá, ha ido muy seguido al baño, vio, y eso en
un boliche no se nos escapa. Aparte es muy joven para
“andar con la próstata”. Esas cosas se saben, vio. Uno
se da cuenta.
-Ahá, es un problema que tiene, sí. Ahora debo ir al ba-
ño. Espero que no piense que...
-Vaya, vaya, déjese de joder.

18

Pearson había desarrollado ya la suficiente des-


treza como para, mientras orinaba, proceder a la aspira-
ción, extrayendo paladitas de la bolsa y acercándolas
cuidadosamente a cada fosa. Casi no perdía sustancia.
Sólo unos cuantos pedruscos minúsculos que, por el he-
cho de no haber sido picados finamente antes, caían
luego de la inhalación.

-Lo escucho –dijo imperativamente cuando hubo regre-


sado, a caballo de las ínfulas recientemente adquiridas
por vía química. –Dígame todo lo que sabe de esta gen-
te.
-Espere, espere, no sé gran cosa. De ese pibe, Germán,
sé que toma cerveza y seguramente otras cosas, que es
hincha de Atlanta y que escucha música rock. Eso es lo
que me quedó de un par de conversaciones que oí al a-
254
Calamo currente

caso, sin prestar mayor atención. Y de la fulana de en-


frente, me parece que anda con un tipo morocho, bas-
tante alto, pelado...
-Creo que sé de quién se trata.
-Y el pibe ése que le decía, que me parece que se cruza-
ba acá para hacer tiempo cuando no la encontraba en
casa. O capaz que estaban ocupados y no lo atendían,
vio como son esas cosas. Claro que tampoco me pasaba
el día espiándolos.
-Ahá. ¿Y por qué supone que son maleantes?
-Bueno, un poco, por una especie de ojo clínico, diría
yo. Reconozco un tránsfuga cuando lo veo. Tal vez sea
el oficio, ver día a día tanta gente. Pero creo que lo traía
de antes, pues. Y también por una cosa que sucedió una
noche.
-Cuénteme.
-Estaba por cerrar, ya se había ido todo el mundo, y yo
me había entusiasmado con ver por televisión la crónica
de los desastres de Plaza de Mayo, cuando cayó De La
Rúa. Escuché un griterío que venía de la calle y me
asusté. Pensé que eran ladrones (que ésa era la palabra
que gritaban) y temí que se metieran al bar y me toma-
ran como rehén, vio cómo andan pasando esas cosas úl-
timamente. Así que me apresuré a poner la tranca y fue
allí que pude ver que era un tipo solo, que gritaba a los
presuntos ladrones que abrieran la puerta. Los supuest-
os ladrones estaban adentro de esa casa, vio. Se refería
a la mujer y al pelado, que todo hacía ver que le habían
robado algo. Me quedé más tranquilo, pero la tranca la
puse igual. Por supuesto que me quedé a ver en qué
resultaba todo aquel escándalo. Pero la secuencia fue
255
Gabriel Cebrián

muy breve. Salió el pelado y no alcancé a ver si estaba


armado, pero debió estarlo, por la forma en que el otro
se dejó de gritar y quedó de una pieza. Se subieron a un
auto, que debía ser del que gritaba, porque se ubicó en
el asiento del conductor. Tal cambio de actitud y el he-
cho que subieran al auto así, casi sin mediar palabra,
hacía pensar que sí traía un arma. Cuando se iban pude
ver a la mujer, que se había quedado de pie, en la puer-
ta, mirando cómo se iban.
-Evidentemente, se trataba de alguien a quien habían
despojado de alguna forma, ¿no?
-Sí, eso parecía, al menos. Y puede que me equivoque,
pero creo que a este hombre lo despojaron también de
su vida.
-¿Por qué dice eso?
-Porque si bien no lo alcancé a ver muy en detalle, por
la hora y por la distancia a la que estaba, creí recono-
cerlo unos días después en una foto del diario. Como le
dije, no acostumbro a leerlos, pero por aquellos días,
con todo ese lío institucional, con el país más a la deri-
va que de costumbre, uno sentía la necesidad de infor-
marse, de ver qué pasaba, vio. Claro que no estoy muy
seguro, pero tanto el parecido como la rara escena que
había atestiguado, hicieron que me convenciera de que
era él.
-¿Apareció asesinado?
-Sí, y si el hecho no tuvo mucha repercusión fue sola-
mente por la convulsión social del momento, que aca-
paraba la atención en forma casi exclusiva. El titular
decía, más o menos, Reconocido arqueólogo mexicano
es hallado muerto flotando en el Riachuelo. La nota
256
Calamo currente

luego consignaba que, si bien el cuerpo no mostraba


ninguna herida visible, lo más probable era que se trata-
ra de un asesinato, por el lugar donde había aparecido
el cuerpo, muy lejos de su lugar de residencia, y por el
hecho de que una valiosísima pieza egipcia que la Uni-
versidad de La Plata le había confiado para que estudia-
se, había desaparecido.
-Sin duda fueron ellos, entonces. Y dígame, ¿no se le o-
currió dar parte a la policía?
-Claro que se me ocurrió. Pero sabe qué pasa, Pearson,
esta clase de delincuentes nunca trabajan solos, general-
mente integran organizaciones de varias personas. Qui-
zá les echarían el guante a ellos dos, pero eventualmen-
te unos cuantos quedarían afuera, y por consiguiente,
yo jamás iba a volver a vivir tranquilo. Ni siquiera pen-
sé en esa cuestión de ofrecerme como testigo de identi-
dad reservada, ni nada de eso, mire. Estamos en la Ar-
gentina, vio.
-Lo entiendo perfectamente.
-Y si le digo a usted lo que le digo, es porque, como ya
le dije, me cae muy bien. Desde ya que debe hacer de
cuenta que jamás le he dicho lo que acabo de decirle,
¿comprende? No quiero líos de ningún tipo. Le he di-
cho lo que sé para ponerlo sobre aviso, y para que se
maneje con pies de plomo con esa gentuza. Sé que no
es uno de ellos, basta hablar unas cuantas palabras con
usted para darse cuenta. Y si está acá, y no es uno de e-
llos, entonces es una víctima potencial.
-Ni que lo diga. Mire, no sabe cuánto se lo agradezco.
-No tiene nada que agradecer, y si quiere hacer algo por
mí, olvídese que he sido yo el que le ha informado esto.
257
Gabriel Cebrián

-Por supuesto, puede quedarse totalmente tranquilo al


respecto. Pero así y todo, me gustaría saber por qué es
que ha depositado espontáneamente tanta confianza en
mi persona.
-Ya le dije, hombre, ojo clínico. Si hay algo que usted
no es, es un criminal.
-En eso tiene razón, hasta el día de hoy no he sido un
criminal, pero no puedo prometerle que no lo seré en lo
sucesivo.
-Parece que lo han hecho enojar, esos tránsfugas.
-Sí, demasiado. Y como usted es un hombre parco, y no
busca problemas, le diré que voy a buscarlos donde
quiera que se hayan escondido, y voy a matarlos como
ratas.
-¿Se esfumaron? En todo caso, me alegro que se hayan
marchado del barrio. Es obvio que no me simpatizan.
-Sí, se esfumaron, porque su plan, que era esquilmarme,
así se los exigía.
-¿Iban a esquilmarlo?
-Sí, la perra esa me sedujo y ahora fingen un secuestro -
por un momento Pearson tuvo la certeza de estar ha-
blando de más, pero ya estaba desbocado, fuera de sí, y
aparte Juárez parecía ser cien por ciento confiable.
-Y, mire, no se sienta mal, a cualquiera puede pasarle,
sobre todo tratándose de una perra (como dice usted,
¿no?) tan fina y tan atractiva como ésa. Pero piénselo
bien, hombre, no haga macanas. Tiene prestigio, proba-
blemente dinero también, no rife todo por una calentu-
ra. Mándelos a pasear, o denúncielos si quiere, pero no
se cague la vida, no vale la pena.

258
Calamo currente

-Mire, Juárez, tal vez en otras circunstancias tengamos


oportunidad de conversar de nuevo: y si bien no me
gusta atosigar a los demás con mis desgracias persona-
les, puedo asegurarle algo: la vida, como usted dice, ya
la tengo cagada. Y si hay una razón que me impulsa a
seguir adelante, es la idea de ver a esas porquerías su-
plicando en vano por su vida.
-¡Epa, hombre, si hasta le ha cambiado la mirada! Aho-
ra sí que da el tipo de un asesino.
-¿Vio? Le dije.
-Piénselo, déjese de joder. Ya verá cómo con el tiempo
tomaremos aquí mismo unos tragos y brindaremos por
esos infelices pudriéndose en la cárcel.
-Puede que vaya a ser yo quien se pudra en la cárcel.
Pero si de algo estoy seguro es de que, mientras tanto,
esos infelices van a estar pudriéndose en sus tumbas. Y
no tendrán los servicios de ningún embalsamador que
pueda evitarlo.
-¿Qué dice? Ah, claro, por esa cosa de los egipcios.
-Sí, por eso lo digo. Y por otra parte, quédese tranquilo.
La cárcel es un lugar tan bueno para pudrirse como
cualquier otro.
-Siendo así, y si es que está tan determinado, pues ade-
lante, hombre, hágalo. Además, ¿quién es uno para an-
dar interfiriendo en el destino del prójimo?
-Es la persona más razonable que recuerdo haber trata-
do. De veras que me encantaría cultivar una amistad
con usted.
-Me parece que la gratitud y el whisky lo están llevando
a decir cosas sin mayor fundamento, pero igual se lo a-
gradezco –acotó, mientras servía más. A Pearson ya le
259
Gabriel Cebrián

resultaba evidente que la locuacidad de aquel individuo


era resultado casi exclusivo del nivel de alcohol en san-
gre. Probablemente mañana se arrepentiría de ello. Mas
por lo pronto, Juárez prosiguió en la misma vena: -Y si
está tan determinado, como parece ser, pues bien, creo
que puedo ayudarlo.
Otra vez Pearson sintió taquicardia y comenzó a
transpirar, pero ello no le impidió alentar a Juárez a que
le diera esa ayuda, prometiéndole efusivamente que ja-
más traicionaría su confianza.

19

Juárez permaneció algo dubitativo, lo que deja-


ba entrever que estaba a punto de dar un paso del cual
no estaba para nada seguro, y que esa duda no tenía o-
tro fundamento que el temor a eventuales problemas de
seguridad personal, tal lo había manifestado momentos
antes. Pearson se desesperó, agitado, y la propia inercia
de su obsesión hizo que se le encendieran algunas luces
de alerta. Si se ponía frenético, era probable que fuera a
hacer más desastres que los planeados, que no eran po-
cos. Se llamó a sosiego, no hizo nada más por forzar la
asistencia que Juárez había insinuado y que ahora al pa-
recer no estaba tan seguro de brindar, de dar ese paso
que equivaldría a involucrarse ya directamente en un
caso cuya peligrosidad era evidente. Se dio entonces u-
na especie de reflujo psicológico en el que tanto la pa-
260
Calamo currente

sión de uno, desbordada por los avatares del destino y


la cocaína, como la locuacidad y camaradería del otro,
exacerbadas por el alcohol, se llamaron a una instancia
más reflexiva y menos emocional. En cierto punto de
cada conciencia, seguramente no equivalentes en cuan-
to a su tipología lógica, advirtieron esa especie de refre-
namiento, esos cambios de actitud que ambos observa-
ban y que no dejaban de comportar motivaciones estra-
tégicas, de esas que operan en niveles sutiles, tanto así
que suelen obligarnos a improvisar sin saber muy bien
en qué escala se está tocando.
-Bueno –dijo por fin Juárez–, me siento como un perro
de caza, vea. Sólo me resta marcarle el nido para que
usted vaya y los mate. Se imagina que eso no es algo
que uno hace como ir a comprar fruta y verdura para el
boliche.
-Lo entiendo.
-Sí, me entiende, pero tiene ganas de agarrarme del co-
gote y apretarme para que hable; diga si no...
-No, Juárez, le aseguro que lo entiendo. Estoy un poco
exaltado, es eso. Pero no le voy a mentir, claro que
quiero que me diga lo que sabe.
-Tal vez nos hayan visto conversar, acá –aventuró Juá-
rez, con el miedo ya pintado en el semblante. La verbo-
rragia amical había devenido en paranoia, en una transi-
ción tan rápida como las que venía experimentando el
propio Pearson desde que había aceptado el convite de
merca. La coca hacía todo más rápido, dentro y fuera de
quien la tomaba; tal parecía que, de alguna manera di-
fusa, hacía desbarrancar incluso a quienes interactuaban
con él.
261
Gabriel Cebrián

-No lo creo.
-Pues sí, tiene lógica. Si piensan que anda detrás de e-
llos, darán por descontado que éste es el mejor lugar
para el acecho.
-Qué ironía. Lo primero que le conté de mí mismo a es-
ta gentuza fue un incidente de caza de mi infancia. Y a-
hora estamos hablando en estos términos –Juárez lo mi-
ró entonces con los ojos bien abiertos, como no enten-
diendo, como no abarcando mentalmente la profundi-
dad de una digresión semejante, en instancias en las que
evaluaba la azarosa situación en la que el destino, en
concurrencia con su larga lengua alcoholizada, lo ha-
bían colocado. –Pero bueno, hombre, no se desespere,
no se preocupe tanto. ¡Me va a hacer sentir culpable!
-No, ya sé que no es para tanto, pero he visto tantas co-
sas, ya. Figúrese que esos tipos, que boletearon a uno y
lo arrojaron al Riachuelo (y quién sabe a cuántos más
pueden haber boleteado, ¿no?...) no tendrían muchos
inconvenientes en tirar un par más. Sobre todo si ven
que la mano se les pone fea. Aparte, ya le dije, el cuida-
do es más que nada por los que puedan trabajar en com-
plicidad con ellos y uno no conoce.
-Lo entiendo perfectamente, y me excuso en la razón de
que no fui yo quien inició este diálogo. Por eso le digo,
si no quiere, no diga más nada. No soy tan necio ni tan
ingrato como para presionar a una persona que me ha a-
yudado. Quédese tranquilo, Juárez, le aseguro que se-
gún yo lo veo, esos miserables deben estar bien escon-
didos; no creo que tengan muchas ganas de hacerse ver,
sería pésimo en términos de estrategia. Y por otra parte,
véalo de este modo: si ya nos vieron acá, sentados, dia-
262
Calamo currente

logando, y quieren sospechar de usted, es tarde para re-


milgos. En nada cambia que me diga o no lo que resta
de la información, que por lo que veo, es de lo más cru-
cial. –Sintió que había remachado un buen clavo, y para
rematar dramáticamente el punto, aprovechó y se fue
para el baño. Cuando regresó, sacudiéndose levemente
el tabique de la nariz con la punta del índice y el pulgar
de la mano derecha, advirtió que Juárez había bajado
las persianas y había servido un par de whiskies más.
Juárez no habló; lucía agobiado, ligeramente boquia-
bierto, a punto de babearse, los ojos entrecerrados. Era
la imagen arquetípica del borracho. Pearson bebió, con
todos sus sentidos alerta a pesar de la casi continua in-
gesta de alcohol. En circunstancias normales probable-
mente habría estado aún peor que su contertulio.
-Tengo un nieto –empezó a decir Juárez, arrastrando las
palabras, rindiéndose ante la evidencia de su ebriedad. -
Se llama Eric, y vive por allá por Escobar. Todos los
domingos lo voy a ver. Claro, voy a ver a mi hijo, tam-
bién, y a mi nuera. Pero voy por mi nieto, no sé si me
explico...
-Claro, hombre. Perfectamente.
-Y cuando voy aprovecho a ir a una quinta por ahí y
traerme la fruta y la verdura para la semana, vio, para el
boliche. Por eso dije hoy eso de ir a comprar fruta y
verdura, vio...
-Veo, sí. No era un ejemplo tomado al azar.
-La cosa que fui a la quinta y cuando iba a salir con las
bolsas los vi. A la mujer ésa y al pelado que le decía.
Fíjese usted qué casualidad. No, si cuando las cosas pa-
san, por algo es.
263
Gabriel Cebrián

-Ahá.
-Se subieron a un auto importado, un Toyota azul oscu-
ro, creo... metalizado, vio, y salieron como para la Pa-
namericana.
-Al menos eso era cierto.
-¿Qué cosa?
-Lo del Toyota, pero no me haga caso. Yo me entiendo.
-No me vieron, y si me hubieran visto, capaz ni me co-
nocían. Pero mejor que no me vieron, sino creo que no
le estaría contando nada. Sobre todo porque venía con
el Eric.
-Por supuesto, claro que sí. Pero no lo vieron.
-No. Venían muy concentrados en su conversación, y
yo caminé para el lado que me tapaba el ligustro.
-¿Y por qué se ocultó?
-El hombre es un asesino. Al menos eso creía, hasta que
usted me lo confirmó. No tenía ningún interés en que
supiera que había visto adónde paraba. Uno nunca sabe.
Y menos viniendo con el pibe.
-Sí, fue muy prudente.
-Es una casaquinta de ladrillo a la vista, con tejas ne-
gras, en Idiart al fondo, justo donde termina el asfalto.
-Idiart, eh.
-¿Qué pasa? ¿Le dice algo?
-Sí, quizá otra coincidencia. Pero no importa, hombre.
Ya no es su problema. Ha dejado de tener problemas.
Yo desaparezco de su vida, a no ser que las cosas sal-
gan del todo bien y pueda venir a beber unos tragos con
usted sin comprometerlo. Olvidaré que he estado aquí y
seré una tumba. Una tumba que antes de cerrarse abrirá
otras tres.
264
Calamo currente

-No siga con eso.


-Un exterminador de ratas es más asesino que yo, si es
que se tiene en cuenta quiénes son mis futuras víctimas,
le aseguro.
-Piénselo bien, Pearson. Usted es un buen hombre.
-Le aseguro que usted también. Le estaré agradecido
para siempre.

20

Todas las impresiones, inducciones, intuiciones


y proyecciones convergían en un punto, el que de ese
modo y ante tal profusión co-incidental, estallaba, sa-
turado de algo que bien podría ser definido como mag-
netismo vicisitudinario o quizá voracidad entitativa
centrípeta, todos los excesos son malos...

Pearson estaba apostado en un auto de alquiler,


con vidrios polarizados, a una cuadra de donde termina-
ba el asfalto; a la vueltita, como para no llamar la aten-
ción. Había pasado por la casa de ladrillo a la vista y te-
jas negras, y no había visto el Toyota ni señal alguna de
que hubiera alguien, aunque lo avanzado de la hora ha-
cía factible que estuviesen durmiendo.
La noche era clara y fría. Pensó en encender la
radio, pero caviló que necesitaba poner todos sus senti-
dos en función de que no fueran a invertirse los térmi-
nos de la emboscada. A ello se ayudaba periódicamente
265
Gabriel Cebrián

con pequeñas pero reiteradas punteras de cortaplumas.


La cabeza por momentos, no obstante, se le iba en diva-
gues de los que poco podía rescatar como pertinente al
estado de las cosas. La vigilia sostenida a fuerza del es-
timulante, la tensión nerviosa, las tormentas anímicas,
todo ello, evidentemente, iba socavando su equilibrio
psicofísico. De pronto se concentró en la asociación de
forajidos que pretendía burlarse de él y quedarse con su
dinero. Aparentemente, se especializaban en objetos an-
tiguos, en piezas de colección de gran valor arqueológi-
co. Pero eso no les impedía efectuar el paso hacia lo
que está a punto de convertirse en la principal industria
de la América tercermundista, esto es, el secuestro. So-
bre todo cuando eran capaces de conseguir a un inge-
nuo como él. Pero esta vez habían calculado mal la a-
puesta. Había entrado, cómo no, de pies y manos a la
trampa. Pero no habían atrapado a un cervatillo, sino a
una peligrosa alimaña cebada de la ponzoña que ellos
mismos habían generado.
Ya el cielo comenzaba a clarear cuando oyó un
motor y vio venir al Toyota, aunque no pudo discernir
con claridad su color; mas era oscuro, y fue a ingresar
en la entrada de coches de la casa de ladrillo a la vista y
tejas negras. El dato de Juárez había resultado bueno.
Sólo esperaba que no hubiera llamado la atención su
propio vehículo, aunque pocas posibilidades había. Era
simplemente un auto más, estacionado en una zona bas-
tante poblada. Decidió que lo mejor era sorprenderlos
antes que entraran a la casa. Así que abrió la puerta, sa-
lió del auto y corrió en puntas de pie, aunque los ace-
chados, con el motor de su auto aún encendido, no po-
266
Calamo currente

drían oírlo. Se agazapó junto a la pared. Oyó que al-


guien abría y cerraba la puerta de un golpe, y el motor
que se detenía. Luego, un ruido de llaves, la otra porte-
zuela y la activación de la alarma. Supo que era tiempo.
Salió de su parapeto, revólver en mano, y dijo:
-No podía esperar hasta esta noche para cumplir con
ustedes. Por eso me permití venir aquí antes, a darles lo
que merecen.
A pesar de la penumbra pudo ver la sorpresa y
el pánico reflejado en los ojos de ambos. Entonces el
hombre calvo, que por supuesto no era otro que el que
se había presentado en su departamento-bóveda como
el Detective Ramon, reacciónó echando mano a su cin-
tura; a lo que Pearson, veloz y certero por sus nervios
estimulados, le metió una bala por el centro de la frente.
Tuvo una sensación en un todo analogable a la que sin-
tió aquel día en que había acertado al puma, el mismo
día en que su imagen paterna se había derrumbado. En
tanto Fátima, aterrorizada, llorosa, decía a gritos:
-¡Suerte que viniste! ¡Este hijo de puta me secuestró!
¡Iba a matarme!
Pearson, sin dejar de apuntarle ni por un instan-
te, se agachó sobre el cadáver, tomó las llaves del auto
y se las arrojó a Fátima.
-Dale, subí al auto y manejá.
-Sí, Pearson, lo que vos digas. ¿Vamos a ir a hacer la
denuncia? ¿Por qué me estás apuntando?
-¡Subí al auto, puta de mierda, o te quemo acá nomás,
igual que a tu amiguito!

267
Gabriel Cebrián

Fátima, deshecha en lágrimas, obedeció. Pear-


son ocupó el lugar del acompañante, y vio que en las
casas contiguas se habían encendido algunas luces.
-Vámonos rápido de aquí –ordenó. –Ya vas a tener
tiempo para explicar lo inexplicable.
Tomaron por la Panamericana de vuelta para la
Capital. Cuando Fátima alcanzó a recuperar una míni-
ma presencia de ánimo, volvió a preguntar:
-Pearson, querido, ¿por qué me estás apuntando?
-Porque no me gusta dar a las serpientes ponzoñosas la
oportunidad de morderme.
-¿Por qué me tratás así? Desde ayer, que empezaste con
eso de los egipcios...
-¿Yo, empecé con lo de los egipcios? Mirá, si vas a ha-
blar pavadas, mejor callate.
-Sí, me fui enojada... tal vez debí haber tratado de en-
tenderte.
-No finjas más, arrastrada. Ya están todas las cartas da-
das vuelta.
-No, pero estás cometiendo un grave error...
-En todo caso, estoy subsanando un grave error que co-
metí.
-No fue más salir del hotel que me interceptó el maldito
ése y me capturó.
-No parecías muy “capturada”, cuando bajaste de este
auto, hace unos minutos.
-¿Y qué querías que hiciera? Estaba armado, vos lo
viste.
-Sí, claro, por eso. Te sacaba a pasear para que no te a-
burras durante el cautiverio.

268
Calamo currente

-En realidad, me llevó hasta un cajero para retirar dine-


ro, ya que no tenía ni para comer.
-¿Te llevó al cajero para retirar dinero del que te pasa
Gerry? ¿O Arquímedes Idiart?
Fátima no pudo reprimir un sollozo, ante la evi-
dencia que se barajaba en su contra.
-¿Arquímedes Idiart? ¿Quién es, Arquímedes Idiart?
Pearson, haciendo caso omiso de la pregunta,
continuó:
-Aparte, ese cajero debía quedar más o menos por
Chascomús, dado que hacía horas que yo estaba allí, es-
perándolos.
La respuesta de la mujer se demoró, evidente-
mente a falta de excusas potables que pudieran sostener
un engaño que ya resultaba imposible. Finalmente bal-
buceó:
-El maldito ése quería ver el amanecer en el río.
-Hubiesen tardado más, en ese caso.
-Sí, pero qué sé yo, está loco.
-Estaba.
-Sí, estaba, y no sabés el peso que me sacaste de enci-
ma al matarlo.
-Dejá de fingir, por favor. No vaya a ser cosa que me
enoje más, todavía.
-Por favor, Pearson, vos sabés que yo te amo...
-¡CALLATE, HIJA DE PUTA, O TE MORÍS AHORA
MISMO!
-Calmate, por favor, calmate, ¿sí?
-Entonces callate la boca.
-Está bien como quieras. Decime, ¿para dónde vamos?
-Agarrá para la zona del Dock Sud.
269
Gabriel Cebrián

21

Bajaban por la Avenida Figueroa Alcorta. La


mañana era apacible, y poca gente circulaba por las ca-
lles a esa hora tan temprana. Pearson encendió la radio,
despreocupadamente, mientras Fátima dejaba escapar
de vez en cuando sollozos ahogados y se enjugaba los
mocos con el dorso de la mano. Una brasileña cantaba
una canción cuyo estribillo parecía perfectamente ade-
cuado a las circunstancias:

Ela quer me ver bem mal


Vá morar com o diabo que é imortal
Ela quer me ver bem mal
Va morar con sete pele que é imortal

-De cualquier manera –comenzó a decir Pearson-, me


ha hecho muy bien el haberte conocido.
-A mí también, te lo aseguro.
-No sabés lo que estás diciendo, aunque mientas. Y pa-
ra tu gobierno, te informo que me estoy refiriendo a una
manera muy diferente de hacer bien. No tiene nada que
ver con el romanticismo, ni con todas esas aberraciones
que a partir del sexo algunos ilusos podemos llegar a
sublimar. Digo que me hiciste bien en otro sentido, por
cierto muy distinto.
-¿Me podés decir en qué sentido, entonces?
-En el sentido que viniste a corroborar palmariamente
uno de los supuestos básicos en mi vida, que estuve a
270
Calamo currente

un tris de dejar de lado. O sea, siempre pensé que las


mujeres eran una lacra, y cuando creí haber hallado la
excepción que dicen confirma la regla, advertí que no
solamente no eras eso, sino que eras la más abyecta de
todas cuantas he conocido, y te aseguro que no es decir
poco.
-No podés decir eso. Vos estuviste allí, conmigo, y me
sentiste. Tenés que saber, preguntártelo en lo más ínti-
mo y aceptar que te amé, y que te amo.
Por alguna razón, seguramente de orden psico-
lógico, esa expresión falsa de sentimientos enervaba a
Pearson de manera especial. Simplemente amartilló el
revólver y lo apoyo en la sien de la mujer, quien ahora
moqueaba sin pruritos.
-Dale, repetí eso. Dale, dame el gusto.
Fátima gimió, y Pearson halló que la situación
le provocaba un inmenso placer, tan morboso y sádico
que llegaba a conmoverlo aún en el plano sexual, ya
que tuvo una erección inesperada. Nada le impedía dar-
se el gusto, así que tomó la mano de Fátima y la llevó a
su entrepierna. La forma en que a partir de allí la mujer
se esforzó por complacerlo dejó entrever que veía en tal
acción un posible salvoconducto. Terminó masturbán-
dolo salvajemente, y Pearson encontró más placer del
que se permitió exteriorizar cuando eyaculó sobre el
dorso de la mano de la mujer. Ella simplemente la fregó
sobre su propio pantalón y siguió conduciendo, conmo-
cionada, sin ser capaz de dilucidar si ello había incli-
nado un poco la balanza, en el sentido de su supervi-
vencia. Él volvió a meter su miembro en la bragueta
con la mano libre, sin dejar de apuntarle ni por un mo-
271
Gabriel Cebrián

mento. A continuación sacó la bolsita del bolsillo del


saco, con una sola mano, lo que complicaba mucho el
asunto. La apoyó en su pierna e intentó abrirla con gran
dificultad, en tanto la mujer le decía que probablemente
fuera esa cosa la que le estaba empañando el juicio, que
no le dejaba ver lo evidente, o sea, su inocencia.
-Al contrario –replicó Pearson-. Si no fuera por ella,
probablemente me hubieran embaucado mucho más fá-
cilmente.
Se detuvieron en un semáforo y ella, muy come-
didamente, le ayudó a abrir la bolsa, tratando de argu-
mentar que no tenía absolutamente ningún sentido que
la estuviese encañonando. Pearson hizo caso omiso del
comentario, extrajo el cortaplumas y se sirvió a discre-
ción, con cuidado de que los movimientos del auto no
arrojaran la substancia de las punteras, ni la bolsa que
sostenía sobre la pierna. En el próximo semáforo indicó
a Fátima que cerrara la bolsita. Luego la echó nueva-
mente al bolsillo, y se repantigó en la butaca, sin dejar
de apuntar. Se sentía espléndidamente ahora, y conside-
ró con cierta sorpresa los vaivenes de su sensación cor-
poral, tan oscilantes, que lo llevaban desde ahogos an-
gustiosos a momentos de bienestar y hasta de exulta-
ción, como entonces era el caso.
Ya llegaban a la zona sur de la Capital, y Fátima
le preguntó qué era lo que tenía en mente. Él respondió
que quería mostrarle un lugar, y comenzó a guiarla cua-
dra a cuadra, hasta que arribaron a una calleja de tierra,
a la vera del Riachuelo, en una zona poco edificada y
con característica de zona fabril. Le indicó detenerse.
No había ningún ser humano a la vista, sólo unos cuan-
272
Calamo currente

tos perros callejeros, seguramente arracimados detrás


de una hembra en celo, corrían, jugueteaban y peleaban
entre ellos a unos cincuenta metros.
-¿Qué estamos haciendo, acá? –Preguntó Fátima, y su
voz temblorosa parecía indicar que la pregunta era retó-
rica; o más bien, formulada a efectos de que si obtenía
la declaración directa de que iba a ser ejecutada, pudie-
se discernir qué actitud cuadraría mejor para disuadirlo
de semejante decisión.
-Vine a ver esta zona –respondió, como al acaso- por-
que me enteré de que por aquí vino a dar con sus hue-
sos una eminencia mexicana en arqueología, por allá
por diciembre de 2001. Un tipo que había sido contrata-
do por la Universidad de La Plata para que efectúe unos
estudios respecto de una pieza muy valiosa de la sala e-
gipcia. ¿No te suena?
-No, la verdad que no.
-Qué raro, siendo experta como sos en esta clase de a-
suntos... la cuestión es que el pobre diablo apareció flo-
tando en estas aguas pestilentes; lo que nunca apareció
fue esa pieza que le habían dado para un estudio, o algo
por el estilo.
-¿Acaso estás insinuando...?
-No estoy insinuando nada. Fue ese porquería que maté
hace un rato quien lo liquidó; y vos lo sabés muy bien,
porque estaban en tu casa cuando lo obligó a subir a su
auto y lo trajo acá para matarlo.
-Te juro por lo que más quiera que no sé de qué estás
hablando.
-Lo que más me molesta es esa clase de mosquita muer-
ta que resultaste ser. La verdad, pensé que podía haber
273
Gabriel Cebrián

existido algo legítimo, una mínima cosa real, en el per-


sonaje que me vendiste. Pensé que podías ser la más
inescrupulosa, la más artera de las embaucadoras, pero
que al menos la dignidad que ostentabas era genuina.
Pero no, sos una rata miserable y asesina que ahora que
le toca perder se caga en los calzones. La verdad, no sé
si me das más odio que lástima.
-Por favor, Pearson, estás por cometer el error más gra-
ve de tu vida. No podés hacer algo así. Y ni siquiera
puedo hablar de mis sentimientos porque te ponés peor.
La droga te ha obnubilado, te ha puesto paranoico, vas
a hacer lo que iba a hacer el degenerado ése una vez co-
brado el rescate.
-No me digas...
-¡Sí te digo! Yo sé que las circunstancias no me favore-
cen mucho, pero qué querés que haga. Muchas veces se
ha ajusticiado erróneamente a personas inocentes, no
hagas algo que va a terminar con mi vida y va a joder la
tuya para siempre. Hasta ahora las cosas no están tan
mal, vos liquidaste a ese hijo de puta en defensa propia,
y para rescatarme. Nadie te juzgará mal, en todo caso
vas a quedar como un héroe. Pero si me matás a mí...
-Antes que sigas, te aclaro una cosa. La vida ya la tenía
jodida antes de que aparecieran ustedes, así que no hace
mucha diferencia. Aparte, lo único que hacía antes era
estar encerrado, beber, fumar y escribir. Nada que no
pueda hacer en una celda, sobre todo teniendo en cuen-
ta mi status social. Y ni te imagines lo que se van a a-
crecentar mis ingresos con la publicidad para mis libros
que esta historia generará. Sin contar las regalías que

274
Calamo currente

me darán por ella, encima escrita por un profesional


destacado.
-Estás delirando, Pearson. Yo pensé que en vos había
encontrado finalmente la felicidad y la paz, y mirá de lo
que estás hablando...
-Tal vez la encuentres, finalmente, si es que hay de eso
en el infierno.
-Esto no es una de tus novelas, Pearson. Acá los errores
no se subsanan con un capítulo adicional, o con una sa-
ga que siempre recomienza a partir de vueltas capricho-
sas en la trama. Pensá muy bien lo que estás por hacer.
-Parece que se han puesto bastante de acuerdo con Ge-
rry, al menos en esas estúpidas argumentaciones. A ver,
decime: ¿qué sos capaz de hacer para que no te mate a-
cá mismo, como a una rata, y te arroje a la misma po-
dredumbre que al mexicano desdichado ése?
-Yo sería capaz de hacer cualquier cosa por vos, incluso
sin esa alternativa desquiciada que estás proponiendo.
-Bueno, vamos a empezar, entonces –dijo, mientras le
giraba con violencia la cabeza hacia él y le apuntaba a
la cara, con gesto fiero y desencajado.
-¿Qué hacés? -Preguntó, horrorizada.
-Metete el caño en la boca.
-¿Cómo decís?
-Está bien, es un poco corto, pero es lo que hay. Dale,
¡metételo en la boca!
La mujer cerró fuertemente los ojos y abrió la
boca, temblando como una hoja. Pearson metió el corto
caño en la escasa apertura que se le ofrecía, mientras
gritaba:
-¡Dale, abrí esa boca de letrina, puta de mierda!
275
Gabriel Cebrián

-No me hablej a’í, te ‘o guego, pog favog –decía ella,


dificultada la pronunciación por el objeto que presiona-
ba sobre la punta de su lengua. Pearson, excitado otra
vez, continuaba gritando:
-¡Dale, basura! ¡Sacá esa lengua! ¡Lamela, hija de puta,
como lamías la de uno de esos degenerados mientras el
otro te la daba por atrás!
-Pog favog, pog favog –suplicaba, mientras intentaba
sacar la lengua y complacer al desbocado Pearson, que
mientras tanto respiraba ruidosamente.
-Callate y chupá porque si no te voy a romper todos los
dientes.
-¡No me hagaj e’to, pog favog, é ‘o sup’ico!
Desesperada, intentó pedir clemencia, pedirle
que acabara con esa situación que ya le resultaba inso-
portable. Para ello hizo un ademán brusco, que el agi-
tado Pearson interpretó como que quería arrebatarle el
arma y disparó. La cabeza de Fátima se sacudió hacia
atrás, y el vidrio de la ventanilla en parte voló en peda-
zos, y lo que no, quedó embadurnado de sangre y otros
tejidos orgánicos. Pearson, ante la enormidad del suce-
so, boqueó un par de veces, sin conseguir respirar, y se
desvaneció.

22

Cuando volvió en sí sintió un terrible dolor de


cabeza, como los que suelen ser provocados por las
276
Calamo currente

grandes borracheras. Tal vez había estado desvanecido


unos pocos minutos, tal vez más, pero afortunadamente
nadie parecía haberlos visto. La quietud en torno era
absoluta, ni siquiera estaban los perros que había visto
por allí cuando llegaron. Miró a Fátima que yacía con
la cabeza apoyada entre el borde de la butaca y el pa-
rante. Un manchón de sangre viscosa color bordó se ha-
bía derramado sobre el panel de la puerta. Aquellos o-
jos vacíos, que a pesar de la masacre seguían siendo
hermosos, estaban fijos mirando hacia arriba, hacia el
cenit del vacío; la boca, levemente abierta en un rictus
final, el que seguramente iba a permanecer hasta que
las enzimas descompusieran los tejidos blandos, dejan-
do una calavera que con toda seguridad no haría jamás
justicia a tanta belleza. Una belleza que, a pesar de todo
cuanto cualquiera habría podido suponer, no se conde-
cía con su modo de ser rastrero y criminal. Aunque
pensándolo bien, la historia estaba plagada de sujetos
femeninos de estas características, especímenes cuya
hermosura les proporcionaba un arma del todo eficaz
para desarrollar ambiciones desmesuradas y muchas ve-
ces ignominiosas. La vieja historia de las beldades insa-
tisfechas, que crecen suponiendo que siempre y a todo
evento merecen más de lo que tienen., y terminan como
víctimas de ese inconformismo crónico.
La miraba por última vez. De pronto comenzó a
llorar, aunque nunca iba a saber si lo hacía por Fátima,
por el sentimiento que lo había ligado a ella, o por sí
mismo. Probablemente fuera una mezcla de todos esos
elementos, y quizá alguno más, soterrado en su incon-
ciente. Pero el sonido de una algarabía infantil lo sacó
277
Gabriel Cebrián

de esa rara suerte de duelo que parecía estar elaboran-


do. Vió a través del vidrio trasero unos cuatro o cinco
chicuelos bastante andrajosos, que comenzaban a orga-
nizar un partido de fútbol sobre la calle de tierra en la
que se habían estacionado. Tomó el 38 que había caído
al lado del freno de mano, repuso las dos balas que ha-
bía utilizado y metió los casquillos servidos en el bolsi-
llo del saco. Luego enfundó el arma en la sobaquera y
se apeó del auto, tratando de llamar la atención lo me-
nos posible; apenas si apoyó la puerta, y comenzó a ca-
minar rápidamente hacia el final del paredón de lo que
parecía ser una fábrica. Cuando llegó, vio que la trans-
versal estaba asfaltada, apuró el paso aún más, y en la
siguiente esquina echó a correr, claro que recorrió poco
más de media cuadra antes de que retornaran los aho-
gos. Aparte, corriendo despertaría más sospechas y a-
lertaría a eventuales testigos. Si bien no le importaba
mucho que fueran a detenerlo, lo cierto era que aún te-
nía cosas que hacer antes de que ello sucediera.
Una vez que se hubo alejado bastante del lugar
del aciago suceso, caminó un poco más lentamente, y
comenzó a serenarse. Sólo restaba ajustar cuentas con
Gerry, si no era atinado lo que le había dicho Juárez en
el sentido de que probablemente los integrantes de la
banda fuesen más. En todo caso, ya vería cómo se pre-
sentaban las circunstancias.
No disponía de mucho tiempo, toda vez que no
había adoptado los mínimos recaudos tendientes a dis-
traer cualquier prueba en su contra que pudiera haber
quedado; con toda seguridad había dejado rastros que
hasta el más obtuso de los investigadores podría seguir
278
Calamo currente

con facilidad. Y ello en función de que poco y nada le


importaba lo que fuese a ocurrirle luego de ejecutar lo
que parecía ser una venganza, pero que en su fuero ínti-
mo reivindicaba como un acto de estricta justicia, ni
más ni menos.
Caminó al azar, rumbeando para el microcentro,
pensando que lo último que había sabido de Gerry era
que iba a apostarse en una dársena, pero ello era evi-
dentemente tan sólo un ardid más; era probable que ni
siquiera se hubiese dado una vuelta por allí. Y siguien-
do esa lógica, también era evidente que no había sido
casual que el muchacho no le hubiese dado nunca una
referencia concreta de dónde hallarlo. Ni siquiera sabía
el número de su celular. Ahora las cosas estaban dadas
de modo que andarían cazándose el uno al otro, y la
gran urbe sería el gigantesco escenario de una batalla
personal, la que habría de cambiar, a partir de allí, de
los inocuos escarceos verbales de los comienzos a una
confrontación de vida o muerte. Seguramente los móvi-
les de las cadenas de noticias ya estarían mostrando es-
cenas en vivo de la quinta de Escobar y aventurando las
primeras hipótesis acerca del asesinato de un hombre
que había recibido un certero disparo de 38 en medio de
la frente. Y el abandonado auto de alquiler les daría a
poco la identidad del principal sospechoso, nada menos
que Pearson. Sería la comidilla de los medios de prensa
durante un largo tiempo, con toda seguridad.
Pero ahora nada de eso le importaba demasiado.
Hasta hacía unos pocos días su vida había sido tan solo
una crisálida orgánica saturada de alcoholes y tabaco,
que refugiaba en arquitecturas virtuales la mariposa
279
Gabriel Cebrián

mutante de su proyección idealizada, demiurgo e intér-


prete de sus imaginarios dramas. Había entrevisto, o
mejor dicho, le habían hecho entrever un pasaje real
hacia sueños muy parecidos a aquellos a los que daba
expresión literaria. Un pasaporte para huir del letargo
angustioso de todas esas miserias físicas y mentales
consuetudinarias, cuya perspectiva no prometía otra co-
sa que la profundización de esos flagelos, en función de
la etapa declinante que ya hacía algunos años había co-
menzado a atravesar.
De pronto dejó de parecerle buena idea ir hacia
el centro; mucha gente podría reconocerlo, y eso tal vez
a estas alturas no era lo más adecuado para conservar su
libertad. Así que desvió sus pasos en dirección a la
Costanera del Río de la Plata. Tal vez por allí anduviera
Gerry, incluso. Otro que podía vérselas en figurillas si
llegaba a ser individualizado por las fuerzas policiales.
Y este pensamiento lo arrojó a otro: si él, Pearson, era
aprehendido antes de consumar totalmente su vengan-
za, bien podía denunciarlo por sus actividades ilegales
y promover investigaciones que pudieran implicarlo en
delitos aún más graves que la venta de drogas. Claro
que no tenía datos muy ciertos, ni siquiera estaba segu-
ro de cuál era su verdadero nombre y cuáles sus alias,
pero si las cosas se daban de ese modo haría lo imposi-
ble para que lo atraparan. No sería la revancha ideal
que esperaba cobrar, pero al menos era algo.
Cuando fue a encender un cigarrillo notó que
sus manos temblaban de modo alarmante. No era para
menos, teniendo en cuenta la forma en que se habían
venido desarrollando los acontecimientos. Pasó un pa-
280
Calamo currente

trullero. Los policías lo observaron detenidamente, y le


costó no revelar con su actitud la zozobra que la situa-
ción le provocaba, tal vez prematuramente, tal vez no
tanto. Si lo detenían y descubrían que portaba un arma
de grueso calibre sin permiso para ello, poco tardarían
en identificarla como la que había sido utilizada para
perpetrar dos homicidios en el breve lapso que iba des-
de el amanecer hasta esa hora de media mañana. Afor-
tunadamente nada de eso ocurrió. Un par de cuadras
más adelante pasó por un local de venta de ropa de tra-
bajo y tuvo una idea. Entró, adquirió un overol, una
chaqueta rústica y un par de zapatones del tipo borce-
guí. Pagó con su tarjeta de crédito y salió, dispuesto a
buscar un lugar en el que pudiera cambiarse cuanto an-
tes sin despertar mayores sospechas. Nadie anda por ahí
cambiándose un traje de mil pesos por ropa de obrero.
Continuó caminando, bolsón de papel en mano.
Unos nubarrones comenzaban a formarse en el horizon-
te, hacia el sudeste. Mal pronóstico, aunque en realidad
a él podría resultarle bueno, toda vez que, de desatarse
una tormenta, habría menos gente en las calles, y eso lo
relevaría de andar asumiendo actitudes tan huidizas. A
poco andar llegó a un predio en el que se amontonaban
contenedores vacíos, formando una especie de pequeño
barrio, incluso con lo que podría analogarse a callejas
entre ellos. Caminó lentamente, y cuando no hubo a la
vista automóviles ni transeúntes, se filtró hacia el inte-
rior de esa configuración casi laberíntica, esperando
que no anduviera nadie por allí dentro. Tal vez fuera
prematuro tomar tantas precauciones, pero ciertamente,
no estaban de más. En un punto bastante ciego respec-
281
Gabriel Cebrián

to de eventuales observadores, se quitó el traje presuro-


samente, luego la sobaquera y la camisa. Vació el bol-
són en la mera tierra reseca y pisoteó el contenido, de
modo que no pareciera de estreno; luego se vistió de o-
brero y metió traje, camisa y zapatos en el bolsón. A-
provechó la privacidad para inhalar una buena cantidad
de coca, y advirtió que ya había tomado más de la mi-
tad de la bolsa. Debía apresurarse a hallar al muchacho
si quería enfrentarlo con la energía extra que la sustan-
cia le proporcionaba. Cuando iba saliendo, al doblar en
uno de aquellos remedos de esquina, se dio de bruces
con un individuo desarrapado y sucio. Se trataba de un
indigente que con toda seguridad hallaba allí, entre las
pilas de contenedores, un refugio contra la intemperie a
la que la sociedad o quizá él mismo habían arrojado. Se
miraron durante breves instantes. Luego Pearson, fin-
giendo ser trabajador de alguna empresa que tuviera
que ver con esa suerte de depósito, le dijo:
-Mire, don, alguien dejó esta ropa por allí. A mí no me
va, así que si quiere aprovecharla...
-Muchas gracias –dijo el hombre, y tomó la bolsa. Pear-
son siguió su camino, y unos pasos más adelante oyó
que le decía:
-Allí, a veinte metros a su derecha, hay unas maquina-
rias que todavía están algo engrasadas. Digo, pueden
servirle para terminar de camuflarse.

282
Calamo currente

23

A eso de la una pasó frente a una fonda bien


rústica, la que evidentemente apuntaba a atender las ne-
cesidades gastronómicas de estibadores y otros obreros
portuarios. Daba el perfil de lo que andaba buscando: e-
ra oscura, estaba en un barrio con poco movimiento y
sobre todo, no tenía televisor. A eso agregó otro ali-
ciente el escuchar, ni bien ingresó, que la radio emitía
música de cumbia villera.
Se sentó a una mesa pequeña, cubierta por un
mantel de hule cuya mugre daba la impresión de estar
percudida. No atinaba a darse cuenta si lo habían pega-
do a la mesa a propósito, o lo estaba en función de esa
especie de detritus que, a fuerza de suciedades osmóti-
cas, adhería a todo en una especie de melaza pestífera.
Así se sentía propiamente él, quien días antes había e-
jercitado incluso cierto dandismo y ahora se veía en-
vuelto en ropajes bastos, ensuciados adrede, engrasados
por consejo de la peor lacra social, la que ya se permitía
incluso aconsejarle... se miró al espejo, y advirtió que
las reiteradas sudoraciones le habían engrasado bastante
el pelo, cosa que a tenor de su intención de mimetizarse
con esa gente, ayudaba bastante. También la barba to-
biana que comenzaba a crecer favorecía en igual senti-
do.
Un tipo grandote, de unos sesenta años quizá,
parloteaba en cocoliche con el de la barra, y dos hom-
bres jóvenes comían sandwichs de chorizo y bebían
cerveza en una mesa frente a él. Todo parecía muy tran-
283
Gabriel Cebrián

quilo, y era lo que necesitaba después del shock propio


de haber dado muerte a dos semejantes, por abyectos
que fuesen. Al cabo de unos minutos se dio cuenta que
los códigos allí eran distintos, y que el de la barra no
acudiría a tomar el pedido, sino que debía acercarse él y
pedir en el mostrador. Se acercó y pidió una botella de
cerveza.
-Ya se la alcanzo, don, tome asiento nomás –le respon-
dió, ahora condescendiente, ante la aceptación tácita de
las reglas del juego.
Pearson volvió a la mesa olvidándose de inme-
diato de esas consideraciones de orden sociológico. De-
bía encontrar qué hacer, concentrarse en hallar alguna
pauta de acción coherente antes de caer en el delirio
absoluto. Tenía la sensación de haberse embarcado en
el furor más ciego sin prever las consecuencias. O quizá
las había previsto como algo lejano, discontinuo, y que
por el hecho de pertenecer a un ciclo diferente no reves-
tirían importancia, teniendo en cuenta la trascendencia
del quiebre que iba a separarlas. Ahora estaba casi del
otro lado, y el puente tras de sí se había roto. Sólo podía
huir hacia delante. Las idílicas circunstancias de la cel-
da creativa no le parecían tan románticas ahora, cuando
estaba a punto de caer en ella. ¿Habría sido la droga la
que lo había arrojado a esa situación tan grave y a la
vez casi absurda? Seguramente había contribuido, sí.
Seguramente había sido uno de los elementos que aque-
llos traidores habían intentado poner en juego para a-
blandarle las mientes y así propiciar un lavado de cere-
bro más profundo. Y él había quedado a mitad de cami-
no entre el personaje formal y rutinario y el ingenuo pa-
284
Calamo currente

lurdo, y para colmo había sido tan imbécil como para


reaccionar desde el orgullo y llevar las cosas a un extre-
mo psicopático tal. Recordó el cadáver de Fátima, con
un tiro en la boca, y a punto estuvo de echarse a llorar,
conteniéndose más que nada porque ya venía el de la
barra con una botella de Quilmes, un vaso y un pequeño
bowl de maníes dentro de otro vacío para arrojar las
cáscaras.
Pero no era cuestión entonces de hacer análisis
sobre lo ya rumiado tantas veces sino tentar vías de ac-
ción que lo ayudaran a encontrar a Gerry, más que nada
para no dejar un potencial asesino detrás de sí, y des-
pués entregarse, argumentando que había actuado en
defensa propia; la carta pidiendo rescate había quedado
en el hotel, y no tardarían en encontrarla. Pearson diría
que el arma era de la mujer, que había ultimado a su so-
cio y luego lo había llevado allí para matarlo igual que
al experto mexicano, y él le había arrebatado el arma,
había pretendido humillarla y fue entonces cuando en
un movimiento brusco el arma se disparó. Habría mu-
chos baches en su declaración, claro; pero ellos eran u-
nos vulgares asesinos, y él era Pearson. El establish-
ment y un buen bufete de abogados lo sacarían bastante
indemne. La celda tal vez fuera una opción breve y ro-
mántica, finalmente. Quizá no todo estuviera tan mal
como su agitado cerebro le hacía ver.
Debía profundizar esa hipótesis. Para ello, se fi-
guró, era imprescindible despachar a Gerry cuanto an-
tes, más allá de las ganas o no que tuviera de hacerlo.
Él sabía cosas y conocía detalles que de alguna manera
podían llegar a incriminarlo. ¿Pero cómo justificar el
285
Gabriel Cebrián

tiempo que mediaría entre esa mañana trágica y la


muerte del muchacho horas o días más tarde, si es que
alguna vez conseguía matarlo? Ése no era un problema
muy fácil de resolver. Se sirvió la cerveza, peló unos
maníes y los masticó, del mismo modo en que masti-
caba coartadas que ni siquiera acababa de formular por
su evidente disloque. Podía decir que se había asustado
y que ello lo había impulsado a huir sin saber muy bien
adónde; que luego había caminado al azar, incoherente
en sus pensamientos, superado psicológicamente por lo
que había ocurrido, hasta que Gerry lo había encontra-
do y él había disparado primero, en caso que estuviese
armado, y que eso efectivamente ocurriera, y no la vi-
ceversa, o sea, que fuera él quien se viese sorprendido y
baleado por Gerry. Y en el caso de que no estuviera ar-
mado, le plantaría una botella rota, o lo que encontrara
a mano. Sí, no estaba tan mal, a pesar de las anticipa-
ciones tentativas. Al menos tenía una línea general, la
que podría ir perfeccionando a medida que las circuns-
tancias fueran definiéndose.
Estaba comenzando a pensar metódicamente, y
eso, más que buenas noticias, parecía lo único que po-
día sacarlo más o menos bien parado de semejante ato-
lladero. El paso siguiente se le antojó que era aplicar
esa lucidez y rigor para descubrir la manera más rápida
y conveniente de encontrar al muchacho. Estar en ese
barrio, con aspecto algo distractivo, era un buen co-
mienzo. Era uno de los pocos puntos a los cuales Gerry
iría a buscarlo, sobre todo si suponía que no iba a vol-
ver a su departamento-bóveda. Otro era la casa en la
cual le había presentado a Fátima. Y siguiendo esa lógi-
286
Calamo currente

ca, que consistía en evaluar lugares que los habían reu-


nido -y que seguramente manejaría Gerry en esa tácita
cacería mutua que era muy probable que estuviera ya o-
perando-, otro sitio posible era el bar de San Telmo. Y
la sede de la SADE, donde se habían conocido... no, e-
so quedaba descartado; el chico ya sabía que detestaba
andar por allí, y aparte prefería encontrarlo en un lugar
menos concurrido. En definitiva, aquél era el mejor lu-
gar. No deambularía con su personaje proletario a cues-
tas por barrios cuyo contexto no ayudara a la mímesis.
Gerry tarde o temprano aparecería por allí. Teniendo en
cuenta la situación, iba a resultar harto conveniente que
lo hiciera más temprano que tarde.
Permaneció en la fonda hasta que anocheció,
consumiendo cerveza y maníes, y haciendo periódicas
visitas al baño. Al salir pudo ver que la noche era clara
y estrellada. La tormenta al fin no había llegado, y aho-
ra corría una fría brisa del oeste. Bajó a los muelles y
caminó tranquilamente, sintiendo el aroma del río. Ge-
rry podía andar por ahí, acechándolo, pero necesitaba
distenderse un poco, respirar el aire de remanso que el
momento parecía brindarle. Unos pocos trabajadores
estaban retirándose o apurando las últimas labores para
hacerlo. Sintió que no desentonaba para nada con el en-
torno, y eso contribuyó a proporcionarle unos cuantos
segundos más de relax. Continuó caminando, yendo y
viniendo, esperando que todo se aquietase totalmente y
de paso buscando algún lugar en el cual guarecerse de
la intemperie y desde el que pudiera tener una buena
perspectiva de la dársena.

287
Gabriel Cebrián

24

Finalmente, cuando todo se hubo calmado por


completo, fue a guarecerse contra un paredón, de frente
al río, entre dos pilas de enseres diversos que formaban
una suerte de covacha cuya techumbre estaba constitui-
da por gruesas sogas que habían sido apoyadas sobre e-
sos improvisados pilares de modo que no se enredasen.
Inclusive se munió de un pequeño tanque de aceite va-
cío para utilizarlo como asiento. Desde allí podía obser-
var en detalle casi ciento ochenta grados de esa zona
portuaria, parapetado en una posición que lo hacía prác-
ticamente invisible, dadas sus características y la oscu-
ridad de la zona en que estaba emplazada. Ni bien se
sentó allí e intentó relajarse un poco, recibió la primera
oleada de un elemento que conspiraba contra toda posi-
bilidad de relajación y que a poco podría convertirse en
un problema muy serio: el frío. La tormenta había cedi-
do paso, como suele ocurrir, a temperaturas especial-
mente rigurosas. A pesar de los gruesos borceguíes sen-
tía que sus pies se estaban congelando. Igualmente sus
manos. Intentó fumar, y advirtió que el pulso, que se
había debilitado tanto en los últimos días, ahora alcan-
zaba mecánicas convulsivas; tanto que le costó pegar
fuego a la punta del cigarrillo, entre movimientos brus-
cos parecidos a estertores. Cuando finalmente lo consi-
guió, dio una profunda calada, pretendiendo que el ca-
lor del humo templase un poco su organismo, pero sólo
consiguió provocarse un acceso de tos que de tan vio-
288
Calamo currente

lento trajo como consecuencia otra punzada ardiente en


el costado izquierdo, que enseguida se irradió por todo
el brazo. Pero eso no fue todo, quizá ni siquiera fue lo
peor, ya que una figura humana, que caminaba cerca de
los embarcaderos, dio un respingo y dirigió la mirada
hacia el improvisado puesto de guardia. Podía ser Ge-
rry, de acuerdo a la silueta, pero la distancia y la oscu-
ridad le impedían precisarlo. Y probablemente fuera él,
pues luego de escudriñar su posición durante unos ins-
tantes comenzó a caminar, lentamente y con la atención
fija en su dirección. Claro, el cigarrillo aún estaba en-
cendido, y debía ofrecer un ostensible puntito de luz ro-
ja en medio de tanta oscuridad. Lo tiró al suelo y lo pi-
só, mientras extraía el 38 de la sobaquera. Intentó apun-
tar al hombre que se aproximaba, pero el pulso temble-
queante y las toses reprimidas que bullían por salir de
su pecho dificultaban esa acción, que en otras condicio-
nes hubiese sido de lo más sencilla. El revólver se sacu-
día de arriba abajo, por cuanto el estómago se le con-
traía provocándole movimientos de hipos espasmódicos
-tal vez por el frío, o por la angustia causada por su
menguante impulso asesino frente a la secuencia de
muertes, o por el abuso que venía haciendo de su físico,
aunque seguramente era por todo aquello junto. De to-
os modos no pensaba disparar hasta no estar completa-
mente seguro de que era Gerry quien se acercaba, y así
las cosas, para cuando tuviese esa certidumbre el tiro
iba a ser fácil, aún a pesar de su trémula puntería.
A medida que el hombre aquél se iba acercando,
el crescendo de detalles lo asimilaba a Gerry más y
más; aparte, si era un trabajador o un vigilante del puer-
289
Gabriel Cebrián

to, ya estaba en la distancia apropiada para gritarle al-


go, que quién era, qué hacía allí, o en todo caso orde-
narle que fuera él quien se acercase. Ya estaba a esca-
sos veinte metros cuando pudo al fin reconocerlo casi
sin sombra de dudas, las que de cualquier manera se ha-
brían visto despejadas cuando el muchacho preguntó:
-¿Pearson?
Y el bramido del 38 en el silencio de la noche
fue la certera y mortal respuesta. Al parecer, le había a-
certado en pleno pecho, ya que las circunstancias lo ha-
bían obligado a tirar al bulto. Pero sucedió que en el
momento en que el cuerpo de Gerry caía hacia atrás a
resultas del impacto, Pearson sintió un dolor profundo y
desgarrador en el centro de su propio pecho, y la peor
crisis de ahogo que había padecido hasta entonces. Tar-
dó unos cuantos segundos en meter la mínima bocanada
de aire en sus pulmones, mientras oía quejarse al mu-
chacho:
-Pearson, imbécil de mierda, mire lo que ha hecho.
Se acercó con paso tambaleante, revólver en
mano, sin dejar de apuntar ni por un instante. Si no se
aseguró, vaciándole el cargador, fue sólo porque quería
hablar algunas palabras con él, tratar de entender un po-
co el sinsentido y la enormidad de todo cuanto había o-
currido, por qué lo habían obligado a desatar ese aque-
larre de sangre y muerte, que parecía incluir la suya
propia, en vistas a la severa deficiencia cardíaca que es-
taba experimentando. Observó que Gerry no estaba ar-
mado, y prácticamente se desplomó a su lado, aunque
sin dejar de tenerlo en la mira. El muchacho seguía di-
ciendo, como incrédulo:
290
Calamo currente

-Mire, mire lo que me ha hecho... está loco, viejo, mire


lo que me hizo...
-Esto te pasa... por meterte con quien no debías –res-
pondió Pearson, entre ahogos e inspiraciones que com-
portaban una fatiga sibilante. –Por querer... engañarme
y estafarme... afectiva... y económicamente –y fue pre-
sa de violentas arcadas.
-Es un imbécil, Pearson... se lo dije el día... que lo co-
nocí... y no me... voy a cansar de decírselo. Yo tam...
bién fui engañado por esa... hija... de puta.
-Sí, y yo soy Groucho Marx –respondió Pearson, con la
correa de ahorque de sus coronarias algo menos tensa.
-Fui... anoche... a lo de Fátima... y encontré... pasajes a-
éreos a París, de una mujer y... un hombre cuyos nom-
bres no... conocía –escupió un grotesco gargajo sangui-
nolento.– Pero vi las fotos de los... pasaportes... y eran
ellos... Fátima... y un hombre calvo que... debe ser ese
Salomón... ahí entendí.
-¿Ahí entendiste qué?
-Por qué hacía... tres años... que me insistía para que...
fuera a verlo.
-¿A mí?
-Sí, a usted, imbécil... ¿a quién más?
-No te entiendo.
-Para que lo... contactara... y lo involucrara... con ella.
-¿Cómo?
-La historia... del asesinato en... la cordillera... fue su i-
dea... decía... que... dado su temperamento... iba a... re-
sultarle más atractivo.
-¿Todo eso para estafarme?

291
Gabriel Cebrián

-No... decía que era para que... se acercara más... a no-


sotros... –Se notaba que cada vez le costaba más hablar.
Un charco de sangre se estaba formando debajo suyo, y
Pearson rogaba para que no muriese antes de decirle al-
go concreto, algo que demostrara que no había, como
todo parecía indicar, baleado a un inocente.
-¿Que me acercara? ¿Hacía falta tanta mise en scène,
con toda esa estupidez egipcia?
-Decía que... era muy rígido... que había que ablandar-
lo... para eso tam...bién me dijo... que le... diera... mer-
ca... - la voz de Gerry sonaba cada vez más apagada.
Tosió y volvió a esputar sangre, la que ya se vertía a
borbotones por su barbilla.
-¡Qué locura! Ellos querían estafarme, y decís que te u-
saron. ¿Qué ibas a sacar vos, de todo esto? Estás min-
tiendo, basura. Vas a morir, no hace falta que sigas con
esta farsa.
-Sos un imbécil... Pearson... un perfecto imbécil... ya lo
decía mi madre...
-¿Qué decís?
-Silvina Mondragón... probablemente ni la... recuerdes.
No fue hasta que... murió... que tuve nece... sidad de...
verte.
Pearson sintió un estallido en su pecho y volvió
a ahogase, a boquear agónicamente. Sin embargo, la
desesperación le dio fuerzas para articular:
-Entonces vos sos...
-Tu hijo... imbécil.
De pronto vio todo claro. El modo que el mu-
chacho se había acercado a él, la demanda afectiva que
discurría detrás de sus críticas, su a veces mal disimula-
292
Calamo currente

do resentimiento; la interesada amistad de Fátima por el


chico... tuvo el impulso de tratar de incorporarse, de pe-
dir ayuda, pero no pudo.
-No te gastes... –dijo Gerry, al observar sus vanos es-
fuerzos- me diste ...en el medio... del pecho... Creo
que... aguanté sólo para... decirte...
Y ya no pudo hablar más. Pearson, por su parte,
comenzó a gritar tan fuerte como le permitían los aho-
gos y las náuseas, suplicando ayuda por dios y por to-
dos los demonios del averno; con cada alarido sentía
que algo dentro suyo se rompía más y más. Hasta que
perdió definitivamente el aliento; pero determinado a
conseguir socorro -sobre todo para ese hijo que se había
presentado ante él tan extemporáneamente- disparó al
aire los cinco tiros que habían quedado en el tambor.

Unos minutos después la policía halló los dos


cadáveres. Por cierto que iban a quedar muchas zonas
oscuras para el gran público, en referencia a lo que real-
mente había ocurrido; pero el caso, al menos en la faz
judicial, iba a quedar cerrado sumariamente.

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