Monólogo de la espada

Viajero o paseante, que has entrado en esta tienda de anticuario y pasas distraído, ¡escúchame! Tus ojos no se han posado en mí, tal vez porque me ves oxidada, sin filo, sin la guardia que me adornada y con la que tantas veces me empuñaron. Escúchame, porque no soy una antigualla cualquiera; soy una espada, y tampoco una espada cualquiera: soy la espada de un héroe de tiempos pasados. Un héroe de tierras lejanas que anduvo de la brumosa Irlanda a Cornualles para morir por culpa de un amor adúltero nacido de un brebaje, en Bretaña. Soy su espada: la espada de Tristán. Los juglares de otros tiempos han contado mil veces la historia de Tristán e Iseo. No se olvidaron de mí, ciertamente, pero nunca me dieron la palabra. Por un extraño sortilegio alguien hoy me la ha dado. Y haciendo uso de ella quiero contarte lo que una vez me ocurrió y, tras siglos y siglos, sigo sin entender. Serví con gozo y alegría a mi señor Tristán desde su más tierna juventud. Envainada, el roce de mi frío hierro con su pierna le deba prestancia y aplomo al héroe. Pues en cualquier momento estaba yo dispuesta a salir y morder si él me lo pedía. Nunca le fallé. Déjame contarte algunas hazañas antes de llegar a la extraña historia que sigo sin entender ahora que soy un trozo de hierro oxidado, que alguien comprará algún día por unas monedas y se llevará a casa sin saber lo que ha comprado. Yo maté al Morholt, el caballero más temible de los irlandeses, ese que los juglares describen a veces como una mezcla de hombre y monstruo. Cada año los irlandeses venían a Cornualles a cobrar un antiquísimo tributo: veinte jóvenes, de ambos sexos, que se llevaban como esclavos. El Morlhot iba con ellos desafiando a quien se resistiera. Y así ocurrió años y años porque nadie en Cornualles, donde reinaba a la sazón el rey Marke, tío de Tristán, se atrevía a desafiar al Morholt. Hasta que mi joven señor, pese a los temores de su tío que tanto le quería, lo hizo. No os contaré el combate pues son muchos los aedas que lo refieren en sus versos. Yo maté al Morholt empuñada por Tristán, liberando los irlandeses de ese injusto tributo que pagaban. Le di el beso de la muerte en el cráneo con tanta fuerza que un trozo de mí se quedó incrustado en él. Desde entonces todo el mundo me reconoce por la inequívoca mella que me distingue. Las costumbres eran crueles por aquellos tiempos y, para burla y escarnio de los irlandeses, cortaron la cabeza del Morholt y la enviaron a su prometida, que no era otra sino una hermosa doncella, rubia como el oro, hija de la reina de Irlanda: Iseo. Cuando esta recibió el elegante regalo, una vez que hubo aplacado su llanto y su furia, sacó el trozo de metal del cráneo y lo guardó como oro en paño. Esperando así reconocer algún día la espada que le trajo esa desgracia y vengar su amado con la muerte de quien la empuñara. He soñado muchas veces con ese trozo de metal que perdí en la refriega. ¿No lo tendrás tú, viajero, por casualidad? Unos años después, Tristán me clavó en el corazón del dragón que asolaba Irlanda. Mi hierro reía atravesando las entrañas de aquella bestia y bañándose en su

sangre. Curiosamente, el premio de aquella hazaña era la mano de Iseo. El rey de aquel país, desesperado, había prometido su hermosa hija a quien librara Irlanda de aquella alimaña. Mas mi señor cometió un terrible error que a punto estuvo de costarnos la vida: cortó la lengua de dragón y la metió en sus calzas para llevarla como prueba de su hazaña. ¡Nunca hagas tal cosa joven caballero que me estás escuchando, sorprendido de que un trozo de metal pueda hablar! Palabra de espada: las lenguas de dragón exhalan un veneno mortal… Déjame proseguir, porque no tengo tiempo para contarte los detalles, que a bien seguro oirás o, como hacéis ahora, leerás algún día. Iseo, por un cúmulo de coincidencias, recogió poco después a mi moribundo señor y nos llevó a su casa. La rubia doncella no había reconocido que era Tristán, el autor de su desgracia al haber dado muerte a su prometido el Morholt. Unos juglares dicen que en ese momento Amor encendió ya una chispa en su corazón, otros sin embargo dicen que eso no ocurrió hasta que ambos por error bebieron el infausto brebaje que los ataría hasta la muerte. Iseo pues desnudó al héroe maltrecho e inconsciente y extendió por su cuerpo un ungüento mágico que ella sola conocía para curarlo. Y a mí, sus suaves manos me dejaron junto al lecho. Yo callaba sabiendo en manos de quién estaba mi señor por el peligro que suponía. Acallaba mi brillo mortecino en la vaina para no llamar la atención. Y de súbito, una repentina intuición hizo que Iseo me desenvainara y me llevara al cuarto donde guardaba en un paño el trozo de metal que dejé clavada en el cráneo del Morholt. Yo encajaba con mi astilla, por lo que, furiosa, la rubia irlandesa me empuñó y al instante me blandió sobre mi señor que, por el efecto de los ungüentos, estaba recobrando sus sentidos. Los juglares se preguntan por qué Iseo no consumó su venganza y acabó entregándose al héroe que la había ganado matando el dragón pero también la había agraviado antaño matando a su prometido. No saben que mientras me blandía yo le susurraba: “Iseo: el que venció noblemente al Morholt te merece más que el Morholt. La hija del rey de Irlanda tiene el deber de respetar la voluntad de su padre y entregarse al héroe que ha liberado su pueblo del temible dragón”. Hundirme en las carnes de mi amado señor habría sido el más triste destino para mí que yo pudiera imaginar. Pero mis palabras hicieron efecto y la rubia doncella me envainó. No os referiré cuantas veces desde entonces serví al héroe. Yo le corté la cabeza al noble felón que quería delatar a mi señor e Iseo cuando huyeron al bosque para protegerse de la ira de Marke. Yo corté las ligaduras de Iseo cuando el celoso Marke –y con motivo, pues mi señor Tristán pasaba las noches con su esposa Iseo– la entregó a una banda de leprosos que la llevaban a sus aposentos para humillar su belleza y dignidad. Yo corté las ramas con que Tristán hizo una choza para resguardarse en el bosque junto a Iseo. Cuando mi señor se disfrazó de vagabundo para que le dejaran pasar a ver a su amada, yo iba escondida en sus ropas, preparada para salir como el rayo si fuera necesario. He dado la muerte mil veces, sonriente y luminosa. También he brillado suavemente junto al fuego de los amantes. Mis hazañas son incontables. Pero aquí estoy, ahora que solo soy un hierro oxidado, haciéndome preguntas que no consigo entender por un suceso que me ocurrió.

Tristán mi señor y su dama Iseo llevaban ya largo tiempo viviendo en el bosque, desde que el rey pusiera precio a su cabeza por adúlteros. Aquel día hacía calor, entraron en la choza y se tumbaron confiando en resguardarse así del sol. ¿Por qué no se desnudaron como tantas veces hacían en los juegos del amor? ¿Por qué no se abrazaron estrechamente como solían? ¿Y por qué ese día mi señor me desenvainó y me puso entre sus cuerpos tumbados? La suave piel de la doncella entibiaba un lado de mi filo, el noble pulso del héroe hacía levemente vibrar el otro. Yo permanecía quieta, alerta y orgullosa al mismo tiempo de la confianza que depositaba en mí mi señor. De pronto, una mano abre la cortina y una forma se dibuja en la penumbra. Lancé el más agudo de mis reflejos al darme cuenta que ese intruso no era sino el propio rey Marke. Pero mi señor no despertó y tampoco Iseo. Seguí resplandeciendo sin resultado mientras el rey se iba acercando y su resuello emponzoñaba el aire fresco que respiraban los amantes. ¿Por qué no se despertaba mi señor y me empuñaba para dar su merecido a ese viejo celoso empeñado en luchar contra la fuerza del amor que unía su joven esposa a Tristán? No lo entendía y sigo sin entenderlo, pues muchas veces había comprobado lo fino que eran su sueño y la agudeza de su oído para escapar de los peligros. Marke ya estaba frente a los amantes, sudando y tembloroso y yo me esperaba lo peor. Desenvainó y blandió su espada sobre los amantes, dispuesto a consumar su venganza. Yo, tristemente, ya me despedía de mi señor pensando en lo triste que sería me vida cuando otro me empuñara. Ya iba a bajar el hierro dando muerte cuando, inesperadamente, el brazo de Marke se detuvo. Escucha viajero el extraño suceso. La mano que iba a dejar caer la muerte se detuvo. Y el rey suavemente me cambió por su espada, sin que Tristán se despertara. ¿Por qué el rey ultrajado no descargó su furia? ¿Qué pasó por su mente? ¿Por qué no despertó mi señor y empuñándome le dimos muerte al viejo? Yo que he sido forjada para matar no entiendo la actitud del rey ni tampoco que mi señor no se despertara. Y para colmo, una vez que Marke me envainó sacó el anillo con que desposara Iseo de su dedo –bien delgado que estaba de tantas privaciones- y se lo cambió por el suyo. Y antes de salir tapó con su guante el agujero por el que un rayo de sol hería la blanca faz de su esposa. Desde entonces la vida no me ha interesado. Me han empuñado unos y otros, poco a poco se ha olvidado la mella que me distingue y ahora estoy aquí entre otras reliquias del pasado indignas de mí. Viajero, dime por qué el rey no abatió su espada, dime por qué Tristán no se despertó my me empuñó. Pero claro ya es mucha casualidad que una espada hable para que además un extraño le conteste.

Husdent

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