Del encuentro de dos mundos al encuentro con el otro mundo Eloy Reverón El Estado venezolano delegó en la Iglesia católica

su responsabilidad con respecto a los asuntos indígenas, regulando esa relación a través de la Ley de Misiones promulgada en 1915 Cada 12 de Octubre nuestros niños escuchan el mismo relato que los maestros nos repitieron cada año: la imagen del Nuevo Mundo que vendió Colón a sus patrocinadores cuando describió al indio emplumado recibiéndolo en las playas con jugosas frutas y los brazos abiertos. La eterna pintura, con prismacolor o guache, pero siempre el 'buen salvaje', aquel que lo acompañó a buscar oro y perlas durante una luna de miel que duró poco tiempo, como todo amor a primera vista. Pero el proceso del encuentro entre dos mundos fue tornando la visión de ese ser paradisíaco descrito por el genovés en un tipo suspicaz y alevoso, luego rebelde y violento cuando el idilio llegó a la fase de despertar y los testimonios comienzan a ofrecernos a unos seres descritos como 'infieles', 'viciosos', 'sodomitas' y 'paganos'. Cuando Cristóbal Colón regresó a Europa con un grupo de indios encadenados, la reacción de la reina Isabel no se hizo esperar: '¿Quién ha dado autorización al Almirante para esclavizar a mis súbditos?'. De viva voz de Su Majestad parte el primer destello de la conciencia protectora de los indios, al incluirlos, en términos de igualdad, bajo la misma condición de vasallos que se hace presente durante la historia de la colonización. Una contradicción constante entre la conciencia defensora que ampara al indígena y la ambición de los aventureros que buscaban fortuna al precio de lo que encontraran a su paso. Ese antagonismo engendró una vasta legislación que se conoce como las Leyes de Indias, las Leyes Nuevas de 1552 y la Recopilación de Indias de 1680, reimpresa en 1791, y desde sus 19 títulos nos hablan de la libertad de los indios, de repartimientos y encomiendas y de una serie de formalismos jurídicos, que de nada sirvieron a la hora de minimizar o disminuir el proceso de exterminio de millones de seres humanos y de sus culturas. La nueva nación le otorgó al indio un sentido liberal y romántico. Simón Bolívar en su célebre Carta de Jamaica ya había apuntado: no somos indios ni europeos, sino una especie intermedia entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles; en suma, siendo nosotros americanos por nacimiento y nuestros derechos los de Europa, tenemos que disputar éstos a los del país y mantenernos en él contra la invasión de los invasores; así nos encontramos en el caso más extraordinario y complicado. Dentro de semejante ambigüedad los criollos adoptaron modelos europeos que proponían la reducción e incorporación de los indígenas en virtud de la gracia civilizadora. El Estado venezolano delegó en la Iglesia católica su responsabilidad con respecto a los asuntos indígenas, regulando esta relación a través de la Ley de Misiones promulgada en 1915. En su articulado se establecen las Misiones con el fin de reducir y atraer a la vida ciudadana a las tribus y parcialidades indígenas no civilizadas que aún existen en el país. A pesar de los avances que en esta materia presenta nuestra Constitución Bolivariana, esta arcaica ley aún no ha sido derogada. De la obligatoria instrucción primaria y el idioma castellano llegamos a la educación bilingüe, el respeto a su cultura y a sus derechos. En el plano constitucional está presente,

de igual manera que hace cinco siglos, la conciencia tuitiva para continuar protegiéndolos, pero medio milenio de leyes no evitaron su exterminio, ni pudieron borrarlos completamente del planeta; y aunque lo expresado luzca contradictorio, en esencia la situación ha cambiado poco. El sentimiento que inspira al desarrollo económico tampoco incluye en su inventario a los aportes culturales, ni a la conservación del medio ambiente, porque los valores humanos carecen de valor agregado. Insistimos con nuestra mentalidad, en no asegurar la vida futura en el planeta, porque no nos ocupamos por cerrar el hueco superlativo de la capa de ozono para detener los desajustes climatológicos que ya han cobrado tantas víctimas, y nos empeñamos en no relacionar las inundaciones y catástrofes, cada vez más frecuentes, con la actitud irresponsable que nuestra civilización mantiene con el planeta, e insistimos en no interpretar en estos síntomas a la voz de la naturaleza, porque estos gritos no han servido hasta ahora para detener el paso que nos conduce hacia el encuentro definitivo de nuestra civilización entera con el otro mundo. El Universal, Caracas, 12 de octubre de 2000 erivem@cantv.net

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful