El nuevo esp´ ıritu del capitalismo

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` Luc Boltanski y Eve Chiapello

´ INTRODUCCION GENERAL: Del esp´ ıritu del capitalismo y del papel de la cr´ ıtica Este libro tiene por objeto los cambios ideol´gicos que han acompa˜ado o n a las recientes transformaciones del capitalismo. Propone una interpretaci´n o del movimiento que va de los a˜os que siguieron a los acontecimientos de n mayo de 1968, durante los cuales la cr´ ıtica del capitalismo se expres´ con o fuerza, pasando por la d´cada de 1980, donde, con el silencio de la cr´ e ıtica, las formas de organizaci´n sobre las que reposaba el funcionamiento del capitao lismo se modificaron profundamente, hasta la vacilante b´squeda de nuevas u bases cr´ ıticas en la segunda mitad de la d´cada de 1990. No se trata de e un libro meramente descriptivo, sino que pretende tambi´n, mediante este e ejemplo hist´rico, proponer un marco te´rico m´s amplio para la compreno o a si´n del modo en que se modifican las ideolog´ asociadas a las actividades o ıas econ´micas, siempre y cuando no demos al t´rmino de ideolog´ el sentido o e ıa reductor –al que lo ha reducido frecuentemente la vulgata marxista– de un discurso moralizador que tratar´ de ocultar intereses materiales que queıa dar´ ıan, no obstante, continuamente puestos en evidencia por las pr´cticas. a Preferimos acercarnos al sentido de ideolog´ desarrollado, por ejemplo, en ıa la obra de Louis Dumont, para quien la ideolog´ constituye un conjunto de ıa creencias compartidas, inscritas en instituciones, comprometidas en acciones y, de esta forma, ancladas en lo real. Tal vez se nos reprochar´ el haber abordado un cambio global a partir a de un ejemplo local: el de Francia en los ultimos treinta a˜os. No creemos, ´ n ciertamente, que el caso de Francia pueda, por s´ solo, resumir todas las ı transformaciones del capitalismo. Sin embargo, no satisfechos con las aproximaciones y descripciones esbozadas a grandes rasgos que suelen acompa˜ar, n generalmente, a los discursos sobre la globalizaci´n, dese´bamos elaborar o a un modelo del cambio que fuese presentado aqu´ a partir de un conjunto de ı an´lisis de orden pragm´tico, es decir, capaces de tomar en consideraci´n a a o las distintas maneras en las que las personas se comprometen en la acci´n, o sus justificaciones y el sentido que dan a sus actos. Ahora bien, semejante
* La obra ha sido publicada en castellano por la Editorial Akal en abril de 2002. Reproducimos la introducci´n completa con permiso de la editorial. o

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empresa es, por cuestiones de tiempo y sobre todo de medios, pr´cticamente a irrealizable a escala mundial o inclusive a escala de un continente, habida cuenta del peso que las tradiciones y las coyunturas pol´ ıticas nacionales contin´an teniendo sobre la orientaci´n de las pr´cticas econ´micas y de u o a o ´ las formas de expresi´n ideol´gica que las acompa˜an. Esta es sin lugar a o o n dudas la raz´n por la cual los enfoques globales terminan a menudo dano do una importancia preponderante a factores explicativos –con frecuencia de orden tecnol´gico, macroecon´mico o demogr´fico– que son considerados o o a como fuerzas ajenas a los seres humanos y a las naciones, que se ver´ ıan de esta forma obligadas a padecerlos del mismo modo que se soporta una tormenta. Para este neodarwinismo hist´rico, las ((mutaciones)) se nos imo pondr´ como se imponen a las especies: depende de nosotros adaptarnos o ıan morir. Sin embargo, los seres humanos no s´lo padecen la historia, tambi´n o e la hacen y nosotros quer´ ıamos verles manos a la obra. No pretendemos afirmar que lo que ha pasado en Francia sea un ejemplo para el resto del mundo, ni que los modelos que hemos elaborado a partir de la situaci´n francesa tengan, tal cuales, una validez universal.Tenemos, o sin embargo, buenas razones para pensar que procesos bastante similares al franc´s han marcado la evoluci´n de las ideolog´ que han acompa˜ado a e o ıas n la reorganizaci´n del capitalismo en otros pa´ o ıses desarrollados, seg´n mou dalidades sujetas, en cada caso, a las especificidades de la historia pol´ ıtica y social que s´lo an´lisis regionales detallados permitir´n iluminar con la o a a precisi´n suficiente. o Hemos tratado de aclarar las relaciones que se establecen entre el capitalismo y sus cr´ ıticas, de forma que podamos interpretar algunos de los fen´menos que han afectado a la esfera ideol´gica a lo largo de los ultimos o o ´ decenios: el debilitamiento de la cr´ ıtica mientras que el capitalismo conoc´ ıa una fuerte reestructuraci´n cuya incidencia social no pod´ pasar desapero ıa cibida; el nuevo entusiasmo por la empresa orquestado por los gobiernos socialistas a lo largo de la d´cada de 1980 y la reca´ depresiva de la d´cae ıda e da de 1990; las dificultades encontradas en la actualidad por las iniciativas que tratan de reconstruir la cr´ ıtica sobre nuevas bases y su escasa, por ahora, capacidad movilizadora a´n cuando no faltan motivos para la indignaci´n; u o la profunda transformaci´n del discurso de gesti´n empresarial y de las juso o tificaciones de la evoluci´n del capitalismo desde mediados de la d´cada de o e 1970; el surgimiento de nuevas representaciones de la sociedad, de formas in´ditas de poner a prueba a las personas y a las cosas y, en consecuencia, e de nuevas formas de triunfar o fracasar. Para realizar este trabajo, la noci´n de esp´ o ıritu del capitalismo se nos ha impuesto r´pidamente. Esta noci´n nos permite articular, como veremos, a o los dos conceptos centrales sobre los que reposan nuestros an´lisis –el de a capitalismo y el de cr´ ıtica– en una relaci´n din´mica. Presentamos a cono a tinuaci´n los diferentes conceptos en los que se basa nuestra construcci´n, o o as´ como los resortes del modelo que hemos elaborado para dar cuenta de ı 2

las transformaciones ideol´gicas relacionadas con el capitalismo a lo largo de o los treinta ultimos a˜os, que parecen, no obstante, tener un alcance mayor ´ n que el simple estudio de la reciente situaci´n francesa. o

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El esp´ ıritu del capitalismo

Una definici´n m´ o ınima del capitalismo
De las diferentes caracterizaciones del capitalismo (hoy por hoy quiz´ m´s a a bien capitalismos) realizadas desde hace un siglo y medio retendremos una f´rmula m´ o ınima que hace hincapi´ en la exigencia de acumulaci´n ilimitae o da de capital mediante medios formalmente pac´ ıficos. La perpetua puesta en circulaci´n del capital dentro del circuito econ´mico con el objetivo de o o extraer beneficios, es decir, de incrementar el capital que ser´ a su vez reina vertido de nuevo, ser´ lo que caracterizar´ primordialmente al capitalismo ıa ıa y lo que le conferir´ esa din´mica y esa fuerza de transformaci´n que han ıa a o fascinado a sus observadores, incluso a los m´s hostiles. a La acumulaci´n de capital no consiste en un acaparamiento de riquezas, o es decir, de objetos deseados por su valor de uso, su funci´n ostentatoria o o como signos de poder. Las formas concretas de la riqueza (inmobiliaria, bienes de equipo, mercanc´ moneda, etc.) no tienen inter´s en s´ y pueden ıas, e ı suponer incluso debido a su falta de liquidez, un obst´culo para el unico a ´ objetivo realmente importante: la transformaci´n permanente del capital, o de los bienes de equipo y de las distintas adquisiciones (materias primas, componentes, servicios. . . ) en producci´n, la producci´n en dinero y el dinero o o en nuevas inversiones (Heilbroner, 1986). Este desapego que muestra el capital por las formas materiales de la riqueza le confiere un car´cter verdaderamente abstracto que contribuye a a perpetuar la acumulaci´n. En la medida en que el enriquecimiento es evaluao do en t´rminos contables y el beneficio acumulado en un periodo se calcula e como la diferencia entre los balances de dos ´pocas diferentes1 , no existe e l´ ımite alguno, no hay saciedad posible2 , justo lo contrario de lo que ocurre cuando la riqueza se orienta a cubrir las necesidades de consumo, incluidas
1 El balance es el instrumento contable que contabiliza, en un momento dado, todas las riquezas invertidas en un negocio. La importancia fundamental de los instrumentos contables para el funcionamiento del capitalismo es un rasgo por lo general muy subrayado por los analistas, hasta el punto de que algunos han hecho de su sofisticaci´n uno de los o or´ ıgenes del capitalismo. Cf., por ejemplo, Weber (1964, p. 12) o Weber (1991, pp. 295296). 2 En efecto, como se˜ala Georg Simmel, unicamente el dinero no decepciona nunca, n ´ siempre y cuando no sea destinado al gasto, sino a la acumulaci´n como un fin en s´ mismo. o ı ((Como cosa desprovista de cualidades, [el dinero] no puede ni siquiera aportar aquello que contiene el m´s pobre de los objetos –con qu´ sorprender o con qu´ decepcionar)) (citado a e e por Hirschman, 1980, p. 54). Si la saciedad acompa˜a a la realizaci´n del deseo en el n o conocimiento ´ ıntimo de la cosa deseada, este efecto psicol´gico no puede ser provocado o por una cifra contable permanentemente abstracta.

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las de lujo. Existe sin duda otra raz´n que explicar´ el car´cter insaciable del proceso o ıa a capitalista, que ha sido se˜alada por Heilbroner (1986, p.47 s.). El capin tal, al ser constantemente reinvertido y al no poder seguir creciendo sino siendo puesto en circulaci´n, hace que la capacidad del capitalista para reo cuperar su dinero invertido incrementado con alg´n beneficio se encuentre u perpetuamente amenazada, en particular debido a las acciones de otros capitalistas con quienes se disputa el poder de compra de los consumidores. Esta din´mica genera una inquietud permanente y ofrece al capitalista un a motivo de autopreservaci´n muy poderoso para continuar sin descanso el o proceso de acumulaci´n. o Sin embargo, la rivalidad existente entre operadores que tratan de obtener beneficios no genera autom´ticamente un mercado en el sentido cl´sico, a a es decir, un mercado en el que el conflicto entre una multiplicidad de agentes que toman decisiones descentralizadas se ve resuelto gracias a la transacci´n o que hace surgir un precio de equilibrio. El capitalismo, en la definici´n m´ o ınima que manejamos, debe ser distinguido de la autorregulaci´n del mercao do que descansa sobre convenciones e instituciones –sobre todo jur´ ıdicas y estatales– que est´n encaminadas a garantizar la igualdad de fuerzas entre a los operadores (competencia pura y perfecta), la transparencia, la simetr´ ıa de la informaci´n, un banco central que garantice un tipo de cambio inalterao ble para la moneda de cr´dito, etc. El capitalismo se apoya en transacciones e y contratos, pero estos contratos pueden no amparar m´s que simples arrea glos en beneficio de las partes o no comportar m´s que cla´sulas ad hoc, sin a u publicitarlo ni someterlo a la competencia. Siguiendo a Fernand Braudel, distinguiremos, por lo tanto, el capitalismo de la econom´ de mercado. Por un lado, la econom´ de mercado se ha ıa ıa constituido ((paso a paso)) y es anterior a la aparici´n de la norma de acuo mulaci´n ilimitada del capitalismo (Braudel, 1979, Les jeux de l’´change p. o e 263). Por otro lado, la acumulaci´n capitalista s´lo se pliega a la regulaci´n o o o del mercado cuando se le cierran los caminos m´s directos para la obtenci´n a o de beneficios, de tal forma que el reconocimiento de las cualidades beneficiosas del mercado y la aceptaci´n de las reglas y las obligaciones de las que o depende su funcionamiento ((armonioso)) (libre intercambio, prohibici´n de o las alianzas y de los monopolios, etc.) pueden ser considerados como una forma de autolimitaci´n del capitalismo3 . o
Los ejemplos de las formas con las que los actores del capitalismo transgreden las reglas del mercado para obtener beneficios, que no cabe comparar con los de las actividades de intercambio ordinarias, abundan en Braudel (1979, Les jeux de l’´change) para quien ((los e grandes juegos capitalistas se sit´an en lo no habitual, en lo fuera de serie o en la conexi´n u o lejana, a meses o incluso a a˜os de distancia)) (p. 544): utilizaci´n de protecciones para n o ((introducirse por la fuerza en un circuito reticente)) o ((alejar rivales)) (p. 452); ((privilegios de informaci´n)) y circuitos de informaci´n confidenciales, ((complicidad del Estado)) que o o permite ((invertir constantemente y de la forma m´s natural del mundo [. . . ] las reglas a de la econom´ de mercado)) (p. 473), etc. Del mismo modo, la gran burgues´ del siglo ıa ıa
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El capitalista, en el marco de la definici´n m´ o ınima de capitalismo que estamos utilizando, es en teor´ cualquier persona que posea un excedente y ıa lo invierta para extraer un beneficio que supondr´ un incremento del excea dente inicial. El arquetipo ser´ el accionista que invierte su dinero en una ıa empresa y espera por ello una remuneraci´n, aunque la inversi´n no tiene o o porqu´ cobrar necesariamente esta forma jur´ e ıdica: pi´nsese, por ejemplo, en e la inversi´n dentro del sector inmobiliario de alquiler o en la compra de bonos o del Tesoro. El peque˜o inversor, el ahorrador que no quiere que ((su dinen ro duerma)) sino que ((se multiplique)) –como se dice popularmente–, forma parte, por lo tanto, del grupo de los capitalistas con tanto derecho como los grandes propietarios que solemos imaginar m´s f´cilmente bajo esta denoa a minaci´n. En su definici´n m´s amplia, el grupo de los capitalistas engloba o o a al conjunto de poseedores de un patrimonio4 , grupo ´ste que no constituye, e sin embargo, m´s que una minor´ desde el momento en que tomamos en a ıa consideraci´n la superaci´n de un cierto umbral de ahorro: aunque sea dif´ o o ıcil de estimar teniendo en cuenta las estad´ ısticas existentes, podemos pensar que no representa m´s que alrededor del 20 por 100 de los hogares en Frana cia, que es, sin embargo, uno de los pa´ m´s ricos del mundo5 . A escala ıses a mundial, el porcentaje es, como podemos imaginar, mucho m´s d´bil. a e En este ensayo reservamos, sin embargo, la denominaci´n de ((capitalistas)) o para los principales actores responsables de la acumulaci´n y crecimiento o
XIX, pese a su adhesi´n formal al ((credo liberal)), como dice Polanyi (1983), s´lo apoyaba o o verdaderamente el laisser faire [dejar hacer] en el caso del mercado de trabajo. Por lo dem´s, en la lucha que les enfrentaba, los capitalistas utilizan todos los medios a su a disposici´n y, en particular, el control pol´ o ıtico del Estado, para limitar la competencia, para obstaculizar el libre comercio cuando les es desfavorable, para ocupar y conservar posiciones de monopolio y para favorecer desequilibrios geogr´ficos y pol´ a ıticos con el fin de absorber hacia el centro el m´ximo de beneficios (Rosenvallon, 1979, pp. 208-212 ; a Wallerstein, 1985). 4 Esta noci´n [patrimoine de rapport] engloba, seg´n la definici´n del INSEE, ((al cono u o junto de las inversiones f´ ısicas y financieras que realizan los particulares cuando ponen a disposici´n de otros inmuebles, dinero o tierras en contrapartida de un pago monetario)), o excluyendo el patrimonio para el disfrute (residencia principal, dinero l´ ıquido, cheques) y el patrimonio profesional de los independientes (agricultores, profesiones liberales, artesanos, comerciantes). 5 En enero de 1996, el 80 por 100 de los hogares dispon´ de una libreta de ahorro ıan (libreta A o azul, libreta B o bancaria, Codevi, libreta de ahorro popular), pero las cantidades en ellas depositadas alcanzan pronto su techo y son destinadas prioritariamente al ahorro popular; el 38 por 100 pose´ un plan o una cuenta de ahorro vivienda (la mayor´ ıa ıa con vistas a adquirir la residencia principal). Por el contrario, las inversiones capitalistas t´ ıpicas no afectan m´s que en torno a un 20 por 100 de los hogares: el 22 por 100 pose´ a ıa valores mobiliarios (obligaciones, pr´stamos del Estado, SICAV [Sociedad de Inversi´n en e o Capital Variable] o FCP [Fondos Comunes de Inversi´n] o acciones fuera del SICAV) y o el 19 por 100 un bien inmobiliario diferente de la residencia principal. (INSEE Premi`re, e n´m. 454, mayo de 1996). Dicho esto, los hogares que pueden extraer de su patrimonio u una renta igual a la renta media de los franceses, lo que les asimilar´ a los rentistas acoıa modados, representan menos del 5 por 100 del conjunto de los hogares, estando sin duda m´s cerca del 1 por 100 que del 5 por 100 (Bihr, Pfefferkorn, 1995). a

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del capital que presionan directamente a las empresas para que obtengan el m´ximo de beneficios. Son, por supuesto, un n´mero mucho m´s reducido. a u a Reagrupan no solamente a los grandes accionistas, personas particulares que por su propio peso son susceptibles de influir en la marcha de los negocios, sino tambi´n a las personas morales (representadas por algunos individuos e influyentes, ante todo, los directores de empresa) que detentan o controlan mediante su acci´n la mayor parte del capital mundial (holdings y multinao cionales –incluidas las bancarias– a trav´s de filiales y participaciones, o fone dos de inversi´n, fondos de pensiones). Las figuras de los grandes patrones, o de los directores asalariados de las grandes empresas, de los gestores de fondos o de los grandes inversores en acciones, detentan una influencia evidente sobre el proceso capitalista, sobre las pr´cticas de las empresas y las tasas de a beneficios extra´ ıdas, a diferencia de lo que ocurre con los peque˜os inversores n evocados m´s arriba. A pesar de que constituya una poblaci´n atravesada a a o su vez por grandes desigualdades patrimoniales –partiendo siempre, no obstante, de una situaci´n favorable en general–, este grupo merece recibir el o nombre de capitalistas en la medida en que asume como propia la exigencia de maximizaci´n de los beneficios, que a su vez es trasladada a las personas, o f´ ısicas o morales, sobre las que ejercen un poder de control. Dejando por ahora de lado la cuesti´n de las limitaciones sist´micas que pesan sobre el o e capitalista y, en particular, la cuesti´n de saber si los directores de empresa o no pueden hacer otra cosa m´s que adaptarse a las reglas del capitalismo, a nos limitaremos a retener que se adaptan a estas reglas y que sus acciones est´n guiadas en gran medida por la b´squeda de beneficios sustanciales a u para su propio capital y/o para el que les han confiado6 . Otro rasgo por el que caracterizamos al capitalismo es el r´gimen salarial. e Tanto Marx como Weber sit´an esta forma de organizaci´n del trabajo en el u o centro de su definici´n de capitalismo. Nosotros consideraremos el r´gimen o e salarial con independencia de las formas jur´ ıdicas contractuales de las que pueda revestirse: lo importante es que existe una parte de la poblaci´n que o no detenta nada o muy poco capital y en cuyo beneficio no est´ orientado a naturalmente el sistema, que obtiene ingresos por la venta de su fuerza de trabajo (y no por la venta de los productos resultantes de su trabajo), que adem´s no dispone de medios de producci´n y que depende para trabajar, a o por lo tanto, de las decisiones de quienes los detentan (pues en virtud del derecho de propiedad, estos ultimos pueden negarles el uso de dichos me´ dios) y, finalmente, que abandona, en el marco de la relaci´n salarial y a o cambio de su remuneraci´n, todo derecho de propiedad sobre el resultado o de su esfuerzo, que va a parar ´ ıntegramente a manos de los detentores del
Desde los trabajos de Berle y Means (1932) sabemos que, aunque el comportamiento de los directores no consiste necesariamente en maximizar los intereses de los accionistas, s´ tratan de proporcionar a estos, al menos, una remuneraci´n satisfactoria a falta de una ı o remuneraci´n m´xima. o a
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capital7 . Un segundo rasgo importante del r´gimen salarial es que el trabae jador asalariado es te´ricamente libre de mostrar su rechazo a trabajar en o las condiciones propuestas por el capitalista, al igual que ´ste es tambi´n e e libre de no proporcionar empleos en las condiciones demandadas por el trabajador. Sin embargo, la relaci´n es desigual en la medida que el trabajador o no puede sobrevivir mucho tiempo sin trabajar. No obstante, la situaci´n o es bastante diferente de la del trabajo forzado o la esclavitud y presupone siempre por este motivo una cierta dosis de sumisi´n voluntaria. o El r´gimen salarial, a escala de Francia, as´ como a escala mundial, no ha e ı dejado de desarrollarse a lo largo de toda la historia del capitalismo, hasta el punto de que en la actualidad afecta a un porcentaje de la poblaci´n activa o a la que nunca antes hab´ alcanzado8 . Por un lado, reemplaza poco a poco ıa al trabajo aut´nomo, a la cabeza del cual encontr´bamos hist´ricamente a o a o 9 ; por otro lado, la poblaci´n activa ha aumentado considerala agricultura o blemente como consecuencia de la salarizaci´n de las mujeres, que realizan, o de forma cada vez m´s numerosa, un trabajo fuera del hogar 10 . a
7 Este ultimo aspecto es, seg´n Heilbroner (1986, pp. 35-45), el menos visible de la ´ u explotaci´n capitalista, ya que todo el margen restante obtenido del producto, sea cual o sea su montante, vuelve a manos del capitalista en virtud de las reglas de propiedad correspondientes al contrato de trabajo. 8 Seg´n las cifras citadas por Vindt (1996), el trabajo asalariado representar´ en Francia u ıa el 30 por 100 de la poblaci´n activa en 1881, el 40 por 100 en 1906, el 50 por 100 en 1931, o y m´s del 80 por 100 hoy. El INSEE (1998 b) estima que en 1993 hab´ un 76,9 por 100 a ıa de asalariados en la poblaci´n activa, a los cuales habr´ a´n que a˜adir un 11,6 por 100 o ıa u n de parados (tabla C.01-1). 9 Th´venot (1977) ha realizado, en lo que respecta a la d´cada de 1970, un an´lisis muy e e a detallado del movimiento de salarizaci´n seg´n categor´ socioprofesionales. En 1975 los o u ıas asalariados representaban el 82,7 por 100 del empleo total frente al 76,5 por 100 de 1968. La unica categor´ de no asalariados que creci´ fue la de las profesiones liberales –aunque ´ ıa o ´sta creciese lentamente debido a las barreras de entrada a estas profesiones–, todas las e dem´s categor´ (patrones de industria y de comercio, artesanos y peque˜os comerciantes, a ıas n es decir, aquellos que emplean menos de tres empleados; agricultores; asistencia familiar...) retrocedieron. El trabajo asalariado progresa igualmente entre las profesiones tradicionalmente liberales, como los m´dicos, entre quienes en 1975 son casi tan numerosos aquellos e que poseen el estatuto de asalariado (sobre todo en los hospitales) como los que ejercen libremente su profesi´n, mientras que los m´dicos asalariados constitu´ apenas poco m´s o e ıan a de la mitad de ´stos ultimos siete a˜os antes. El movimiento de salarizaci´n est´ ligado en e ´ n o a parte a la aparici´n de grandes empresas en sectores tradicionales como el comercio, que o supone una destrucci´n de los aut´nomos peque˜os. La importante reducci´n del n´mero o o n o u de asalariados en la agricultura y en los empleos del hogar confirma que la mayor parte del crecimiento del trabajo asalariado se encuentra vinculado al crecimiento de las actividades de una patronal cada vez m´s ((an´nima)) y menos ((personal)), es decir, a las sociedades a o de la industria y de los servicios, as´ como al desarrollo del servicio p´blico (en particular ı u la ense˜anza). n 10 Las mujeres representan hoy el 45 por 100 de la poblaci´n activa frente al 35 por 100 en o 1968. Su tasa de actividad (porcentaje de las mujeres mayores de 15 a˜os que pertenecen n a la poblaci´n activa) ha crecido de forma continua desde hace 30 a˜os (Jeger-Madiot, o n 1996, p. 122).

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La necesidad de un esp´ ıritu para el capitalismo
El capitalismo es, en muchos aspectos, un sistema absurdo: los asalariados pierden en ´l la propiedad sobre el resultado de su trabajo y la posie bilidad de llevar a cabo una vida activa m´s all´ de la subordinaci´n. En a a o cuanto a los capitalistas, se encuentran encadenados a un proceso sin fin e insaciable, totalmente abstracto y disociado de la satisfaci´n de necesidades o de consumo, aunque sean de lujo. Para estos dos tipos de protagonistas, la adhesi´n al proceso capitalista requiere justificaciones. o Ahora bien, la acumulaci´n capitalista, aunque en grados desiguales en o funci´n de los caminos seguidos para la obtenci´n de beneficios (por ejemplo, o o dependiendo de si se trata de extraer beneficios industriales, comerciales o financieros), exige la movilizaci´n de un gran n´mero de personas para las o u cuales las posibilidades de obtenerlos son escasas (sobre todo cuando su capital de partida es mediocre o inexistente) y a cada una de las cuales no le es atribuida m´s que una responsabilidad ´ a ınfima –que en cualquier caso es dif´ de evaluar– en el proceso global de acumulaci´n, de manera que est´n ıcil o a poco motivadas a comprometerse con las pr´cticas capitalistas, cuando no a se muestran directamente hostiles a ellas. Algunos podr´n evocar una motivaci´n de tipo material en la particia o paci´n, algo que resulta m´s evidente para el trabajador asalariado, que o a necesita de su salario para vivir, que para el gran propietario cuya actividad, superado cierto nivel, no se encuentra ya ligada a la satisfacci´n de o necesidades personales. Sin embargo, este motor resulta, por s´ s´lo, bastanı o te poco estimulante. Los psic´logos del trabajo han puesto de manifiesto con o regularidad lo insuficiente que resulta la remuneraci´n para suscitar el como promiso y avivar el entusiasmo por la tarea asignada. El salario constituir´ ıa, a lo sumo, una raz´n para permanecer en un empleo, no para implicarse en o ´l. e Del mismo modo, para vencer la hostilidad o la indiferencia de estos actores, la coacci´n no es suficiente, sobre todo cuando el compromiso exigido o de ellos supone una adhesi´n activa, iniciativas y sacrificios libremente cono sentidos, tal y como se exige, cada vez m´s a menudo, no s´lo a los cuadros, a o sino al conjunto de los asalariados. La hip´tesis de un ((compromiso por la o fuerza)) establecido bajo la amenaza del hambre y del paro no nos parece muy realista, porque si bien es probable que las f´bricas ((esclavistas)) que a a´n existen en el mundo no desaparecer´n a corto plazo, parece dif´ conu a ıcil tar unicamente con el recurso a esta forma de movilizaci´n de la fuerza de ´ o trabajo, aunque s´lo sea porque la mayor parte de las nuevas modalidades o de obtener beneficios y las nuevas profesiones, inventadas a lo largo de los ultimos treinta a˜os y que generan hoy una parte importante de los benefi´ n cios mundiales, han hecho ´nfasis en lo que la gesti´n de recursos humanos e o denomina ((la implicaci´n del personal)). o La calidad del compromiso que puede esperarse depende m´s bien de a 8

los argumentos que puedan ser invocados para justificar no s´lo los benefio cios que la participaci´n en los procesos capitalistas puede aportar a t´ o ıtulo individual, sino tambi´n las ventajas colectivas, definidas en t´rminos de e e bien com´n, que contribuye a producir para todos. Llamamos esp´ u ıritu del capitalismo a la ideolog´ que justifica el compromiso con el capitalismo. ıa Este compromiso con el capitalismo conoce en la actualidad una importante crisis de la que dan fe el desconcierto y el escepticismo social crecientes, hasta el punto de que la salvaguarda del proceso de acumulaci´n, que se eno cuentra hoy por hoy amenazada por una reducci´n de sus justificaciones a o una argumentaci´n m´ o ınima en t´rminos de necesaria sumisi´n a las leyes e o de la econom´ precisa de la formaci´n de un nuevo conjunto ideol´gico ıa, o o m´s movilizador. As´ ocurre al menos en los pa´ a ı ıses desarrollados que permanecen en el centro del proceso de acumulaci´n y que pretenden continuar o siendo los principales suministradores de un personal cualificado cuya implicaci´n positiva en el trabajo es fundamental. El capitalismo debe ser capaz o de proporcionar a estas personas la garant´ de una m´ ıa ınima seguridad en zonas salvaguardadas –donde poder vivir, formar una familia, educar a los ni˜os, etc.– como son los barrios residenciales de las ciudades de negocios del n hemisferio norte, escaparates de los ´xitos del capitalismo para los nuevos e admitidos de las regiones perif´ricas y elemento crucial para la movilizaci´n e o ideol´gica mundial de todas las fuerzas productivas. o Para Max Weber, el ((esp´ ıritu del capitalismo))11 hace referencia al conjunto de elementos ´ticos que, si bien ajenos en su finalidad a la l´gica e o capitalista, inspiran a los empresarios en sus acciones a favor de la acumulaci´n de capital. Teniendo en cuenta el car´cter especial, incluso transgresor, o a de los modos de comportamiento exigidos por el capitalismo con respecto a las formas de vida observadas en la mayor parte de las sociedades humanas12 , podemos comprender que Weber se viese obligado a postular que el surgimiento del capitalismo supuso la instauraci´n de una nueva relaci´n o o moral de los seres humanos con su trabajo, determinada en forma de vocaci´n, de tal forma que, con independencia de su inter´s y de sus cualidades o e intr´ ınsecas, cada cual pueda consagrarse a ´l con convicci´n y regularidad. e o Seg´n Max Weber, ser´ con la Reforma cuando se impondr´ la creencia en u a a
Parece ser que la expresi´n de ((esp´ o ıritu del capitalismo)) fue utilizada por primera vez por W. Sombart en la primera edici´n de su Capitalisme moderne. Sin embargo, en la obra o de Sombart, el t´rmino –que ser´ el resultado de la conjunci´n del ((esp´ e ıa o ıritu fa´stico)) y del u ((esp´ ıritu burgu´s))– tom´ un sentido muy diferente al que le otorgar´ Weber. El esp´ e o a ıritu del capitalismo se encuentra en Sombart m´s centrado en el car´cter demiurgico del hombre a a de negocios, mientras que Weber insiste m´s en la ´tica del trabajo (Bruhns, 1997, p. 105). a e 12 ((Hace apenas una generaci´n habr´ sido in´til esperar que un campesino de Sileo ıa u sia, cuya tarea contractualmente establecida hubiese consistido en segar una superficie determinada, aumentase su fuerza de trabajo dobl´ndole su salario: habr´ simplemente a ıa reducido a la mitad su prestaci´n laboral, estimando que esta mitad le bastaba para ganar o el doble de lo que ganaba precedentemente)) (Weber, 1991, p. 372). V´ase tambi´n Polanyi e e (1983) a prop´sito de la transformaci´n de la tierra y del trabajo en mercanc´ o o ıas.
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que el deber se cumple primero mediante el ejercicio de una profesi´n en o el mundo, en las actividades temporales, en contraposici´n al ´nfasis pueso e to en la vida religiosa fuera del mundo terrenal que privilegiaba el ethos cat´lico. Ser´ esta nueva concepci´n la que permitar´ esquivar, en los alo a o a bores del capitalismo, la cuesti´n de la finalidad del esfuerzo en el trabajo o (el enriquecimiento sin fin), superando de este modo el problema del compromiso que planteaban las nuevas pr´cticas econ´micas. La concepci´n del a o o trabajo como Beruf –vocaci´n religiosa que exige ser cumplida– ofrec´ un o ıa punto de apoyo normativo a los comerciantes y empresarios del capitalismo naciente y les facilitaba buenas razones –una ((motivaci´n psicol´gica)), o o en palabras de M. Weber (1964, p. 108)– para consagrarse, sin descanso y conscientemente, a su tarea; para emprender la racionalizaci´n implacable o de sus negocios, indisociablemente ligada a la b´squeda del m´ximo benefiu a cio; o para la b´squeda de ganancias, signo del ´xito en el cumplimiento de u e la vocaci´n13 . La idea de trabajo como Beruf serv´ tambi´n en la medida o ıa e en que los obreros que la compart´ se mostraban d´ciles y firmes en su ıan o tarea, al mismo tiempo que –convencidos de que el hombre debe cumplir su deber all´ donde la providencia le ha situado– no trataban de poner en ı cuesti´n la situaci´n que les era dada. o o Dejaremos de lado la importante controversia posweberiana –referida b´sicamente a la cuesti´n de la influencia efectiva del protestantismo en a o el desarrollo del capitalismo y, m´s en general, de la influencia de las creena cias religiosas sobre las pr´cticas econ´micas– para, dentro de un enfoque a o weberiano, retener sobre todo que las personas necesitan poderosas razones morales para adherirse al capitalismo14 .
((El ascetismo ve´ el summun de lo reprensible en la b´squeda de la riqueza como fin ıa u en s´ mismo y, al mismo tiempo, ten´ por un signo de la bendici´n divina la riqueza como ı ıa o fruto del trabajo profesional. M´s importante a´n, la percepci´n religiosa del trabajo sin a u o descanso, continuo, sistem´tico, en una profesi´n secular, entendido como el medio asc´tico a o e m´s elevado y, a la vez, como la prueba m´s segura y m´s evidente de la regeneraci´n y de a a a o la aut´ntica fe, ha podido constituir el m´s potente trampol´ para la expansi´n de esta e a ın o concepci´n de la vida que hemos llamado hasta ahora esp´ o ıritu del capitalismo)) (Weber, 1964, p. 211). 14 Podemos encontrar los principales elementos y la presentaci´n de estas pol´micas en o e Besnard (1970), MacKinnon (1993), Disselkamp (1994), en la introducci´n, realizada por o J.-C. Passeron, y en la presentaci´n, realizada por J.-P.Grossein, de un volumen que reune o los trabajos de M.Weber consagrados a la sociolog´ de las religiones (Weber, 1996), y en ıa la obra colectiva del ((Grupo de investigaci´n sobre la cultura de Weimar)) publicada bajo o la direcci´n de G. Raulet (1997) que proporciona tambi´n numerosa informaci´n sobre el o e o clima intelectual que rode´ a la redacci´n de La ´tica protestante. Esta controversia, sin o o e duda una de las m´s prol´ a ıficas de toda la historia de las ciencias sociales, no est´ a´n a u cerrada: se ha centrado por el momento sobre todo en la validez del v´ ınculo entre motivos de inspiraci´n religiosa y pr´cticas econ´micas. A los argumentos cr´ o a o ıticos que ponen en cuesti´n la correlaci´n entre protestantismo y capitalismo avanzado (como hacen, por o o ejemplo, K. Samuelson o J. Schumpeter), postulando que el capitalismo se ha desarrollado antes de la aparici´n del protestantismo o en regiones de Europa en las que la influencia de o la Reforma fue d´bil y, por consiguiente, bajo el efecto de una constelaci´n de fen´menos e o o
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Albert Hirschman (1980) reformula la pregunta weberiana (((¿c´mo una o actividad, a lo sumo tolerada por la moral, ha podido transformarse en vocaci´n en el sentido de Benjamin Franklin?))) de la siguiente manera: ((¿C´mo o o es posible que se llegase a considerar como honorables, en semejante momento de la ´poca moderna, actividades lucrativas como el comercio y la banca e que, durante siglos, fueron reprobadas y consideradas deshonrosas por ver en ellas la encarnaci´n de la codicia, el lucro y de la avaricia?)) (p. 13). Sin o embargo, en lugar de recurrir a m´viles de tipo psicol´gico y a una supuesta o o b´squeda, por parte de las nuevas elites, de medios con los que garantizar su u bienestar personal, A. Hirschman evoca motivos que habr´ alcanzado, en ıan primer lugar, a la esfera pol´ ıtica antes de afectar a la econom´ las activiıa: dades lucrativas fueron revalorizadas en el siglo XVIII por las elites debido a las ventajas sociopol´ ıticas que esperaban de ellas. En la interpretaci´n de o A. Hirschman, el pensamiento laico de la Ilustraci´n justifica las actividao des lucrativas en t´rminos de bien com´n para la sociedad, mostrando de e u este modo c´mo la emergencia de pr´cticas en armon´ con el desarrollo del o a ıa capitalismo fueron interpretadas como una relajaci´n de las costumbres y o un perfeccionamiento del modo de gobierno. Partiendo de la incapacidad de la moral religiosa para vencer las pasiones humanas, de la impotencia de la raz´n para gobernar a los seres humanos y de la dificultad de someter a las o pasiones simplemente mediante la represi´n, no quedaba otra soluci´n que o o utilizar una pasi´n para contrarrestar a las otras. As´ el lucro, hasta entono ı, ces situado a la cabeza en el orden de los des´rdenes, obtuvo el privilegio de o ser definido como pasi´n inofensiva en la que descansaba desde ese momento o la tarea de someter a las pasiones ofensivas15
sin relaci´n con la religi´n (sin hablar de la cr´ o o ıtica marxista que hace del capitalismo la causa de la aparici´n del protestantismo), se han opuesto argumentaciones de defensa o que hacen hincapi´ en la distinci´n entre causas y afinidades (Weber no habr´ tratado e o ıa de proporcionar una explicaci´n causal, sino simplemente mostrar las afinidades entre o la Reforma y el capitalismo, como es el caso, por ejemplo, de R. Bendix o R. Aron), as´ como sobre la diferencia entre el capitalismo y el esp´ ı ıritu del capitalismo (Weber no habr´ tomado como objeto de estudio las causas del capitalismo, sino los cambios ıa morales y cognitivos que han favorecido la aparici´n de una mentalidad provechosa para o el capitalismo, como dice, por ejemplo, G. Marshall). 15 Esta inversi´n pudo llevarse a cabo gracias a la transformaci´n de esta pasi´n en o o o ((inter´s)), amalgama de ego´ e ısmo y de racionalidad, t´rmino dotado de las virtudes de la e constancia y la previsibilidad. El comercio fue considerado capaz de provocar un cierto suavizamiento de las costumbres: el comerciante deseaba la paz para la prosperidad de sus negocios y manten´ relaciones beneficiosas, a trav´s de sus transacciones, con clientes ıa e a los que le interesaba satisfacer. La pasi´n por el dinero aparece de este modo menos o destructiva que la carrera por la gloria y las haza˜as. Era tambi´n debido a que, tradin e cionalmente, s´lo la nobleza era juzgada capaz, ((por definici´n, de virtudes heroicas y de o o pasiones violentas. Un simple plebeyo no pod´ perseguir m´s que sus propios intereses ıa a y no la gloria. Todo el mundo sabe que cuanto semejante hombre pudiese llevar a cabo, ser´ siempre algo “templado” comparado con las apasionadas diversiones y las terror´ ıa ıficas proezas de la aristocracia)) (Hirschman, 1980, p. 61). La idea de una erosi´n moderna de o las pasiones violentas y nobles en beneficio de un inter´s exclusivo por el dinero, est´ base a

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Los trabajos de Weber insisten en la necesidad percibida por el capitalismo de proporcionar justificaciones de tipo individual, mientras que los de Hirschman hacen ´nfasis en las justificaciones en t´rminos de bien com´n. e e u Nosotros retomamos estas dos dimensiones, entendiendo el t´rmino justifie caci´n en una acepci´n que permita compaginar simultaneamente las justio o ficaciones individuales (gracias a las cuales una persona encuentra motivos para adherirse a la empresa capitalista) y las justificaciones generales (seg´n u las cuales el compromiso con la empresa capitalista sirve al bien com´n). u La cuesti´n de las justificaciones morales del capitalismo no es s´lo pero o tinente desde el punto de vista hist´rico para aclarar sus or´ o ıgenes o, en la actualidad, para comprender mejor las modalidades de conversi´n al capitao lismo de los pueblos de la periferia (pa´ en v´ de desarrollo y pa´ ex ıses ıas ıses socialistas). Es tambi´n de extrema importancia en los pa´ e ıses occidentales como Francia, cuya poblaci´n se encuentra a menudo integrada –hasta un o punto jam´s alcanzado con anterioridad– en el cosmos capitalista. En efeca to, las constricciones sist´micas que pesan sobre los actores no bastan por e s´ solas para suscitar el compromiso de ´stos16 . La constricci´n en cuesti´n ı e o o debe de ser interiorizada y justificada, una funci´n que, por otro lado, la soo ciolog´ ha adjudicado tradicionalmente a la socializaci´n y a las ideolog´ ıa o ıas. ´ Estas, participando en la reproducci´n del orden social, tienen como efecto o permitir que las personas no encuentren su universo cotidiano invivible, lo cual es una de las condiciones para la permanencia de un mundo determinatante extendida, y parece tambi´n lo suficientemente consolidada como para inspirar como e reacci´n, desde finales del siglo XVIII, la cr´ o ıtica rom´ntica al orden burgu´s, que pas´ a ser a e o considerado vac´ fr´ mezquino, ((materialista)) y, precisamente, carente de todo car´cter ıo, ıo, a pasional, rasgos todos ellos juzgados anteriormente como positivos debido a sus ventajas pol´ ıticas. En cuanto a las tesis del doux commerce [dulce comercio] desarrolladas en el siglo XVIII, hoy nos parecen absolutamente caducas, pero ya en el trascurso del siglo XIX, la miseria de las ciudades obreras y de la colonizaci´n mostraba que la pasi´n burguesa no o o ten´ nada de ((atemperada)), sino que, por el contrario, produc´ estragos desconocidos ıa ıa hasta entonces. (La locuci´n doux commerce es empleada por Montesquieu en Del esp´ o ıritu de las leyes y que tuvo gran ´xito en la segunda mitad del siglo XVIII en el debate e sobre la ´tica de la sociedad comercial. Junto al t´rmino de esp´ e e ıritu de comercio (tambi´n e acu˜ado por Montesquieu), el t´rmino de doux commerce particip´ en la construcci´n de n e o o la condici´n moral del primer capitalismo y de su cat´logo de virtudes. El doux commero a ce postulaba que una caracter´ ıstica intr´ ınseca y exclusiva de las sociedades de mercado libre era la douceur, es decir, la promoci´n de una econom´ sin coacciones, opresi´n, ni o ıa o brutalidades, a la par que un apaciguamiento de las costumbres y la amabilidad como forma generalizada de sociabilidad. El debate sobre el doux commerce puede seguirse en el conocido ensayo de A. Hirschman Las pasiones y los intereses. Argumentos pol´ ıticos en favor del capitalismo antes de su triunfo, as´ como en el reciente libro de Fernando D´ ı ıez Utilidad, deseo y virtud. La formaci´n de la idea moderna de trabajo [N. del T.]). o 16 Tomamos aqu´ nuestras distancias con respecto a la posici´n weberiana que afirma ı o que ((un capitalismo asentado)) (Weber, 1964, p. 63) tiene menos necesidades de una justificaci´n moral, posici´n a la que se suscribe igualmente su contempor´neo Sombart (1928). o o a No obstante, a lo que s´ permanecemos fieles es a una sociolog´ comprensiva que haga ı ıa hincapi´ en el sentido que reviste la organizaci´n social para los actores y, en consecuencia, e o en la importancia de las justificaciones y producciones ideol´gicas. o

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do. Si el capitalismo no solo ha sobrevivido –contra todos los pron´sticos de o quienes hab´ anunciado regularmente su hundimiento–, sino que tampoco ıan ha dejado de extender su imperio, se debe a que ha podido apoyarse en un cierto n´mero de representaciones –susceptibles de guiar la acci´n– y de jusu o tificaciones compartidas, que han hecho de ´l un orden aceptable e incluso e deseable, el unico posible o, al menos, el mejor de los ´rdenes posibles. Es´ o tas justificaciones deben apoyarse en argumentos lo suficientemente robustos como para ser aceptados como evidentes por un n´mero lo suficientemente u grande de gente, de manera que pueda contenerse o superarse la desesperanza o el nihilismo que el orden capitalista no deja de inspirar igualmente, no s´lo entre quienes oprime, sino tambi´n, a veces, entre quienes tienen la o e tarea de mantenerlo y, a trav´s de la educaci´n, transmitir sus valores. e o El esp´ ıritu del capitalismo es, precisamente, este conjunto de creencias asociadas al orden capitalista que contribuyen a justificar dicho orden y a mantener, legitim´ndolos, los modos de acci´n y las disposiciones que son a o coherentes con ´l. Estas justificaciones –ya sean generales o pr´cticas, locae a les o globales, expresadas en t´rminos de virtud o en t´rminos de justicia– e e posibilitan el cumplimiento de tareas m´s o menos penosas y, de forma m´s a a general, la adhesi´n a un estilo de vida favorable al orden capitalista. Poo demos hablar en este caso, de ideolog´ dominante con la condici´n de que ıa o renunciemos a ver en ella un simple subterfugio de los dominantes para asegurarse el consentimiento de los dominados y de que reconozcamos que la mayor´ de las partes implicadas, tanto los fuertes como los d´biles, se ıa e apoyan en los mismos esquemas para representarse el funcionamiento, las ventajas y las servidumbres del orden en el cual se encuentran inmersos17 .
La cuesti´n de saber si las creencias asociadas al esp´ o ıritu del capitalismo son verdaderas o falsas, de vital importancia en numerosas teor´ de las ideolog´ sobre todo cuando ıas ıas, tratan de un objeto tan conflictivo como es el capitalismo, no es fundamental en nuestra reflexi´n, pues ´sta se limita a describir la formaci´n y la transformaci´n de las justificao e o o ciones del capitalismo, no a juzgar su verdad intr´ ınseca. A˜adamos, para temperar este n relativismo, que una ideolog´ dominante en una sociedad capitalista permanece enraizada ıa en la realidad de las cosas en la medida en que, por un lado, contribuye a orientar la acci´n o de las personas y as´ dar forma al mundo en el que act´an y, por otro, se transforma seg´n ı u u la experiencia, feliz o desgraciada, que ´stas tienen de su acci´n. Una ideolog´ dominante e o ıa puede de este modo, como se˜ala Louis Dumont, tanto ser declarada ((falsa)) –si se tiene n en cuenta su car´cter incompleto por encontrarse m´s ajustada a los intereses de ciertos a a grupos sociales que de otros, o su capacidad para agrupar producciones de or´ ıgenes y antig¨edad diferentes sin articularlos de forma coherente–, como ser declarada ((verdadera)), u en el sentido en que cada uno de los elementos que la componen ha podido ser pertinente (y puede continuar si´ndolo) en un tiempo o en un lugar dados y ello bajo determinadas e condiciones. Retomamos aqu´ la soluci´n aportada por Hirschman (1984) cuando, frente ı o a teor´ aparentemente irreconciliables, relativas al impacto del capitalismo sobre la soıas ciedad, muestra que se puede hacer que coexistan en la misma representaci´n del mundo o siempre y cuando aceptemos la idea de que el capitalismo es un fen´meno contradictorio o que tiene la capacidad de autolimitarse y de reforzarse a la vez. Hirschman sugiere que ((por incompatibles que sean estas teor´ ıas, cada una de ellas bien podr´ tener “su moıa mento de verdad” o su “pa´ de verdad”. Una y otra podr´ ser aplicables en un pa´ o ıs ıan ıs
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Si, siguiendo la tradici´n weberiana, colocamos a las ideolog´ sobre las o ıas cuales descansa el capitalismo en el centro de nuestros an´lisis, daremos un a uso a la noci´n de esp´ o ıritu del capitalismo alejado de sus usos can´nicos. En o Weber, la noci´n de esp´ o ıritu del capitalismo se inserta dentro del an´lisis de a los ((tipos de conductas racionales pr´cticas)) y de las ((incitaciones pr´ctia a 18 que, en tanto que constitutivos de un nuevo ethos, han cas a la acci´n)) o hecho posible la ruptura con las pr´cticas tradicionales, la generalizaci´n de a o la disposici´n al c´lculo, la supresi´n de las condenas morales que pesaban o a o sobre la obtenci´n de beneficios y el desarrollo del proceso de acumulaci´n o o ilimitada. Nosotros no pretendemos explicar la g´nesis del capitalismo, sino e comprender bajo qu´ condiciones puede seguir atrayendo hoy a los actores e necesarios para la obtenci´n de beneficios, raz´n por la cual nuestra ´ptica o o o ser´ diferente. Dejaremos de lado las disposiciones frente al mundo necesaa rias para participar en el capitalismo como cosmos –adecuaci´n medios-fines, o racionalidad pr´ctica, aptitud para el c´lculo, autonomizaci´n de las activia a o dades econ´micas, relaci´n instrumental con la naturaleza, etc.–, as´ como o o ı las justificaciones del capitalismo de tipo m´s general producidas princia palmente por la ciencia econ´mica y que evocaremos m´s adelante. Estas o a justificaciones y disposiciones indican en la actualidad, al menos entre los actores de la empresa en el mundo occidental, competencias comunes que, en armon´ con las limitaciones institucionales que se imponen de alguna ıa manera desde el exterior, son constantemente reproducidas a trav´s de los e ´ procesos de socializaci´n familiares y escolares. Estas constituyen el z´calo o o ideol´gico a partir del cual se pueden observar las variaciones hist´ricas a´n o o u cuando no pueda excluirse que la transformaci´n del esp´ o ıritu del capitalismo implique a veces la metamorfosis de algunos de sus aspectos m´s duraderos. a Nuestro prop´sito es el estudio de las variaciones observadas y no la deso cripci´n exhaustiva de todos los componentes del esp´ o ıritu del capitalismo. Esto nos llevar´ a desprender del concepto de esp´ a ıritu del capitalismo los contenidos sustanciales, en t´rminos de ethos, que est´n ligados a ´l en la e a e obra de Weber, para abordarlo como una forma que puede ser objeto de un contenido muy diferente seg´n los distintos momentos de la evoluci´n de los u o modos de organizaci´n de las empresas y de los procesos de extracci´n del o o beneficio capitalista. Podemos, de este modo, tratar de integrar dentro de un mismo marco expresiones hist´ricas muy distintas del esp´ o ıritu del capitalismo y plantearnos la cuesti´n de su transformaci´n. Haremos hincapi´ en la o o e forma que debe adoptar una existencia en armon´ con las exigencias de la ıa acumulaci´n para que un gran n´mero de actores estimen que vale la pena o u de ser vivida. Sin embargo, a lo largo de este recorrido hist´rico, permaneceremos fieo les al m´todo de los tipos ideales weberianos, sistematizando y destacando e
grupo de pa´ dados durante un periodo determinado)) (p. 37). ıses 18 Weber, citado por Bouretz (1996), pp. 205-206.

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cuanto nos parezca espec´ ıfico de una ´poca en oposici´n a aquellas otras e o que le han precedido, otorgando m´s importancia a las variaciones que a a las constantes, sin ignorar, no obstante, las caracter´ ısticas m´s estables del a capitalismo. La persistencia del capitalismo como modo de coordinaci´n de las accioo nes y como mundo de vida, no puede ser comprendida sin tener en cuenta las ideolog´ que, justific´ndolo y confiri´ndole un sentido, contribuyen a ıas a e generar la buena voluntad de aquellos sobre los que se levanta y a asegurar su adhesi´n, incluso cuando, como sucede en el caso de los pa´ o ıses desarrollados, el orden en el que ´stos son insertados parece descansar, casi en su e totalidad, en dispositivos que le son afines.

De qu´ est´ hecho el esp´ e a ıritu del capitalismo
Cuando se trata de reunir las razones que hablan en favor del capitalismo, de buenas a primeras se presenta un candidato, que no es otro que la ciencia econ´mica. ¿Acaso no es en la ciencia econ´mica y, en particular, en o o sus corrientes dominantes –cl´sicas y neocl´sicas–, donde los responsables a a de las instituciones del capitalismo han buscado, desde la primera mitad del siglo XIX hasta nuestros d´ ıas, todo tipo de justificaciones? La fuerza de los argumentos que encontramos en ella proviene precisamente de que se presentan como argumentos no ideol´gicos y no dictados por principios o morales, por m´s que incorporen una referencia a resultados finales globala mente conformes a un ideal de justicia, en el caso de los m´s s´lidos de entre a o ellos, as´ como a una idea de bienestar, en la mayor´ El desarrollo de la ı ıa. ciencia econ´mica, ya se trate de la econom´ cl´sica o del marxismo, ha o ıa a contribuido, como ha demostrado L. Dumont (1977), al surgimiento de una representaci´n del mundo radicalmente nueva con respecto al pensamiento o tradicional, destacando, en particular, ((la separaci´n radical de los aspectos o econ´micos del tejido social y su constituci´n como ´mbito aut´nomo)) (p. o o a o 15). Esta concepci´n permiti´ dar cuerpo a la creencia de que la econom´ o o ıa constituye una esfera aut´noma, independiente de la ideolog´ y de la moo ıa ral, que obedece a leyes positivas, dejando de lado el hecho de que semejante convicci´n es el resultado de un trabajo ideol´gico que s´lo ha podido ser lleo o o vado a cabo tras incorporar justificaciones, parcialmente recubiertas despu´s e por el discurso cient´ ıfico, seg´n las cuales las leyes positivas de la econom´ u ıa 19 . estar´ al servicio del bien com´n ıan u En particular, la idea de que la persecuci´n del inter´s individual cono e
En efecto, la econom´ cl´sica, al constituirse parad´jicamente como ((ciencia)) a partir ıa a o del modelo de las ciencias de la naturaleza del siglo XIX, y a costa del olvido de la filosof´ ıa pol´ ıtica que le hab´ servido de matriz, y de la transformaci´n de las convicciones subyaıa o centes a las formas mercantiles de los acuerdos en leyes positivas separadas de la voluntad de las personas, ha sido instrumentalizada para validar acciones (Boltanski, Th´venot, e 1991, pp. 43-46).
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tribuye al inter´s general ha sido objeto de un enorme trabajo, retomado y e profundizado continuamente a lo largo de toda la historia de la econom´ ıa cl´sica. Esta disociaci´n de la moral y de la econom´ as´ como la incorpoa o ıa, ı raci´n a la econom´ en el mismo movimiento, de una moral consecuenciao ıa, lista20 basada en el c´lculo de la utilidad, facilitaron una garant´ moral a a ıa 21 . Haciendo las actividades econ´micas por el simple hecho de ser lucrativas o un r´pido resumen que explicite un poco m´s el movimiento de la historia a a de las teor´ econ´micas que aqu´ nos interesa, podemos observar que la inıas o ı corporaci´n del utilitarismo a la econom´ ha permitido que se asuma como o ıa ((natural)) que ((todo lo que es beneficioso para el individuo lo es tambi´n e para la sociedad. Y por analog´ todo lo que engendre beneficios (y sirva, ıa, por lo tanto, al capitalismo) sirve tambi´n a la sociedad)) (Heilbroner, 1986, e p. 95). Tan s´lo el crecimiento de la riqueza, sea quien sea su beneficiario, o es, desde esta perspectiva, considerado como un criterio del bien com´n22 . u
20 Seg´n las teor´ morales consecuencialistas, los actos deben evaluarse moralmente en u ıas funci´n de sus consecuencias (un acto es bueno si produce mayor bien que mal y si el o saldo es superior a un acto alternativo que no ha podido realizarse como consecuencia de haber llevado a cabo el primer acto). Estas teor´ se oponen globalmente a las teor´ ıas ıas que podr´ ıamos llamar deontol´gicas y que permiten juzgar los actos en funci´n de su o o conformidad a una lista de reglas, de mandatos o de derechos y deberes. Las teor´ ıas consecuencialistas permiten resolver la espinosa cuesti´n del conflicto entre reglas que o existe en las teor´ deontol´gicas y evitar responder a la cuesti´n del fundamento y ıas o o origen de dichas reglas. Sin embargo, este tipo de teor´ se exponen a otras dificultades, ıas como la realizaci´n del inventario del conjunto de consecuencias o la medida y suma de o las cantidades de bien y de mal correspondientes. El utilitarismo de Jeremy Bentham (1748-1832) constituye el paradigma mismo de las teor´ consecuencialistas as´ como la ıas ı m´s conocida, ya que funda la evaluaci´n de una acci´n sobre el c´lculo de la utilidad a o o a producida por este acto. 21 Este consistente ensamblaje es el resultado de la alianza, en un primer momento marginal y no necesaria, pero posteriormente ampliamente admitida, de la econom´ cl´sica y ıa a del utilitarismo, respaldada por un ((materialismo evolucionista)), rico en referencias a Darwin, Condorcet o Comte (Schumpeter, 1983, vol. 2, pp. 47-50). Esta mezcla de creencias liberales en las virtudes del ((laisser fairer )) [dejar hacer], de darwinismo social y de utilitarismo vulgar ha constituido, seg´n Schumpeter, el mantillo sobre el que ha descansado la u visi´n del mundo de la burgues´ empresarial. De este modo, el utilitarismo, asociado con o ıa el liberalismo econ´mico y el darwinismo social, ha podido convertirse, bajo una forma o vulgarizada, en el principal instrumento capaz de lograr, en un solo movimiento, liberarse de la moral com´n y dar una dimensi´n moral a las acciones orientadas a la obtenci´n de u o o beneficios. 22 Una de las razones por las cuales todo incremento en la riqueza de cualquier miembro de la sociedad debe, supuestamente, constituir una mejora del bienestar global de la sociedad en su conjunto, consiste en que esta riqueza no es el resultado de privar a otro de dicha riqueza mediante el robo, como presupone, por ejemplo, la idea de una suma total de la riqueza estable, sino que ha sido creada en su integridad, de manera que la suma total de la riqueza de la sociedad se ve incrementada. Los trabajos de Pareto en el a ´mbito de la econom´ prolongando y renovando la aproximaci´n walrasiana, conducen a ıa, o una redefinici´n del ´ptimo econ´mico e ilustran c´mo se fue haciendo cada vez m´s vana o o o o a en el seno de la econom´ cl´sica la cuesti´n de saber qui´n resulta enriquecido por este ıa a o e crecimiento de la riqueza. Una de las consecuencias pr´cticas del abandono, en la obra de a Pareto, de una utilidad medible, en el tr´nsito del siglo XIX al XX, es que a partir de ese a

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En los usos m´s cotidianos y en los discursos p´blicos de los principales aca u tores que se encargan de realizar la ex´gesis de los actos econ´micos –jefes e o de empresa, pol´ ıticos, periodistas, etc.–, el recurso a esta vulgata permite vincular, de forma ´ ıntima y a la vez lo suficientemente vaga, beneficio individual (o local) y beneficio global, resolviendo de este modo la exigencia de justificaci´n de las acciones que concurren en la acumulaci´n. Para este tipo o o de justificaciones resulta evidente que el coste moral espec´ ıfico (entregarse a la pasi´n por el lucro) de la puesta en marcha de una sociedad adquisitiva o (coste que preocupaba a´n a Adam Smith), dif´ u ıcilmente cuantificable, se encuentra ampliamente compensado por las ventajas cuantificables (bienes materiales, salud,. . . ) de la acumulaci´n. Permiten tambi´n sostener que el o e crecimiento global de la riqueza, sea quien sea el beneficiario, es un criterio de determinaci´n del bien com´n, de lo cual da fe todos los d´ el hecho de o u ıas presentar la salud de las empresas de un pa´ –medida por sus tasas de beneıs ficio, su nivel de actividad y de crecimiento– como un criterio de medida del bienestar social23 . Este inmenso trabajo social llevado a cabo para instaurar el progreso material individual como un –si no el – criterio del bienestar
momento resultaba imposible comparar las utilidades de dos elementos diferentes y, por lo tanto, de responder a la cuesti´n de saber si el crecimiento en un aspecto determinado era o m´s beneficioso para la sociedad que el crecimiento en otro aspecto. La teor´ del equilia ıa brio paretiana permite tambi´n sostener que es imposible juzgar en t´rminos de bienestar e e global el efecto de un desplazamiento de la riqueza de un punto a otro, ya que la p´rdida e de utilidad de ciertos miembros no se puede compensar con la ganancia de utilidad de otros. Vemos pues que hay dos usos posibles de la teor´ del equilibrio de Pareto: o bien ıa reconocemos que no existe ning´n reparto de riquezas bueno en s´ mismo que pueda deteru ı minarse cient´ ıficamente gracias a la econom´ acept´ndose de este modo los repartos tal ıa, a y como se hacen; o bien constatamos la incapacidad de la ciencia econ´mica para resolver o semejante cuesti´n y la transferimos al plano pol´ o ıtico sin demasiado entusiasmo. De este modo Pareto proporcionar´ argumentos, sin pretenderlo realmente, a los defensores del a Estado del bienestar. 23 Lo que conduce a considerar globalmente al pa´ como una ((empresa)), met´fora reıs a ductora pero frecuente. O. Giarini (1981, 1983) muestra cu´nto se aleja la noci´n de PNB a o de la de bienestar social, a´n cuando se acepte reducir este bienestar al simple aumento u del nivel de vida. Al incorporar los valores a˜adidos de todas las empresas, el PNB no n se˜ala, por ejemplo, que algunos de estos valores a˜adidos se encuentran vinculados a n n mercados de reparaci´n de da˜os producidos por otros sectores a la econom´ La suma o n ıa. de los valores a˜adidos de aquellos que destruyen el entorno y de aquellos que lo protegen n no puede en ning´n caso pretender expresar una verdadera mejora para el ciudadano por u m´s que se incremente el indicador del PNB. ((Lo que hay m´s bien es una transferencia de a a gastos, que tiene como efecto un crecimiento real neto de la riqueza y del bienestar [. . . ], a otro tipo de gastos que son esenciales para el mantenimiento del sistema de mercado)) (1983, p. 308). Otros valores a˜adidos que vienen a agregarse est´n simplemente ligados a n a la mercantilizaci´n de actividades que permanec´ anteriormente fuera de la esfera moneo ıan taria (como el desarrollo de los platos precocinados que est´n reemplazando en parte a la a cocina familiar, un mercado que, ciertamente crea beneficios monetarios pero no aumenta necesariamente los niveles de vida). Giarini (1983) llega a afirmar : ((Se produce muy a menudo un crecimiento cero o un crecimiento negativo en la riqueza y el bienestar real incluso cuando los indicadores econ´micos del producto nacional bruto son positivos )) (p. o 310).

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social, ha permitido al capitalismo adquirir una legitimidad sin precedentes, logrando legitimar al mismo tiempo sus objetivos y su motor. Los trabajos realizados por la ciencia econ´mica permiten tambi´n soso e tener que, entre dos organizaciones econ´micas diferentes, orientadas ambas o hacia el bienestar material, la organizaci´n capitalista es siempre m´s eficaz. o a La libertad de empresa y la propiedad privada de los medios de producci´n o ´ introducen en el sistema la competencia o su posibilidad. Esta, desde el momento en que existe, aunque no sea pura y perfecta, es el medio m´s a seguro para que los clientes se beneficien del mejor servicio al menor coste. Aunque su principal preocupaci´n sea la acumulaci´n de capital, los capio o talistas tambi´n est´n obligados a satisfacer a los consumidores para lograr e a sus objetivos. Es as´ como, extensivamente, la empresa privada competitiı va es juzgada siempre como m´s eficaz y eficiente que la organizaci´n no a o lucrativa (pero lo es pagando el precio, siempre olvidado, de una mutaci´n o del aficionado al arte, del ciudadano, del estudiante, del ni˜o con respecto n a sus profesores, del beneficiario de la ayuda social. . . en consumidor). La privatizaci´n y la mercantilizaci´n m´xima de todos los servicios son, de o o a este modo, vistas socialmente como las mejores soluciones, ya que reducen el despilfarro de recursos y obligan a anticiparse a lo que esperan los clientes 24 . A los t´picos de la utilidad, del bienestar global o del progreso –movilizados o de forma casi inmutable desde hace dos siglos–, a la justificaci´n en t´rminos o e de eficacia sin igual a la hora de ofrecer bienes y servicios, hay que a˜adir, n por supuesto, la referencia a los poderes liberadores del capitalismo y a la libertad pol´ ıtica como efecto colateral de la libertad econ´mica. Los tipos de o argumentos que se presentan a este respecto evocan la liberaci´n que supone o el r´gimen salarial con respecto a la servidumbre, el espacio de libertad que e permite la propiedad privada o, incluso, el hecho de que las libertades pol´ ıticas en la ´poca moderna no han existido nunca, salvo de forma epis´dica, e o en ning´n pa´ abierta y fundamentalmente anticapitalista, a pesar tamu ıs bi´n de que tampoco todos los pa´ capitalistas conozcan dichas libertades e ıses 25 . pol´ ıticas
24 Esta posici´n, seg´n la cual la organizaci´n mercantil es siempre m´s eficaz, ha sido o u o a desarrollada recientemente por te´ricos de la econom´ de la burocracia (V´ase Greffe o ıa e [1979] y Terny [1980] para una introducci´n a la cuesti´n). o o 25 Milton Friedman (1962), en su c´lebre ensayo Capitalism and freedom, es uno de los e m´s ardientes defensores de la t´sis seg´n la cual las libertades pol´ a e u ıticas no son posibles m´s a que en el marco de las relaciones capitalistas: ((Los acuerdos econ´micos desempe˜an un o n doble papel en la promoci´n de una sociedad libre. Por un lado, la libertad de establecer o acuerdos econ´micos es un componente de la libertad entendida en un sentido amplio, o a pesar de que la libertad econ´mica es un fin en s´ misma; por otro lado, la libertad o ı econ´mica es un medio indispensable para la realizaci´n de la libertad pol´ o o ıtica)) (p. 8). Pero admite tambi´n que el capitalismo, por s´ mismo, no asegura la libertad: ((La historia e ı sugiere tan s´lo que el capitalismo es una condici´n necesaria para la libertad pol´ o o ıtica. Claramente, no es una condici´n suficiente. La Italia y la Espa˜a fascistas, la Alemania o n en distintos momentos de los ultimos 70 a˜os, Jap´n antes de ambas guerras mundiales, ´ n o

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Evidentemente, ser´ poco realista no tener en cuenta estos tres pilares ıa justificativos centrales del capitalismo –progreso material, eficacia y eficiencia en la satisfaci´n de las necesidades, modo de organizaci´n social favorable o o al ejercicio de las libertades econ´micas y compatible con reg´ o ımenes pol´ ıticos liberales– en el esp´ ıritu del capitalismo. Pero precisamente a causa de su car´cter excesivamente general y estaa ble en el tiempo, estos elementos26 no bastan para obtener el compromiso de las personas ordinarias en las circunstancias concretas de la vida y, en particular, de la vida en el trabajo, para facilitarles recursos argumentativos que les permitan hacer frente a las denuncias o a las cr´ ıticas que puedan serles dirigidas personalmente. Es poco probable que un trabajador asalariado se regocije verdaderamente de que su trabajo sirva para incrementar el PIB de la naci´n, de que permita mejorar el bienestar de los consumidores, o o de que est´ inserto en un sistema que garantiza la libertad de empresa, e de venta y de compra, porque posiblemente le cueste establecer un v´ ınculo entre estas ventajas generales y las condiciones de vida y de trabajo propias y de sus allegados. A menos que se haya enriquecido directamente sacando partido de la libre empresa –algo que est´ reservado a un reducido n´mero a u de personas– o de que haya obtenido, gracias al trabajo elegido libremente, una holgura financiera suficiente como para aprovecharse plenamente de las posibilidades de consumo que ofrece el capitalismo, le faltar´n demasiadas a mediaciones para que la propuesta de adhesi´n que le es hecha pueda alimeno tar su imaginaci´n27 y encarnarse en hechos y gestos en la vida cotidiana. o Frente a lo que podr´ ıamos denominar –parafraseando a M.Weber– el capitalismo de c´tedra, un capitalismo que repite desde arriba el dogma a liberal, las expresiones del esp´ ıritu del capitalismo que nos interesan deben incorporarse en descripciones lo suficientemente consistentes y detalladas, as´ como comportar los suficientes asideros, como para sensibilizar a aquellos ı a los que se dirige, es decir, ser capaces, simultaneamente, de aproximarse a su experiencia moral de la vida cotidiana y proponerles modelos de acci´n en o los que puedan apoyarse. Veremos c´mo el discurso de la gesti´n empresarial, o o discurso que pretende ser a la vez formal e hist´rico, global y situado, que o
la Rusia zarista antes de la Primera Guerra Mundial, son todas ellas sociedades que no podemos describir como pol´ ıticamente libres. Sin embargo, en cada una de ellas, la empresa privada era la forma predominante de organizaci´n econ´mica. Por lo tanto, es posible que o o se produzcan simultaneamente acuerdos econ´micos de tipo capitalista y acuerdos pol´ o ıticos contrarios a la libertad)) (p. 10). 26 Es probable que este aparato justificativo baste para implicar a los capitalistas y sea movilizado cada vez que la discusi´n alcance un nivel de generalidad muy alto (el o porqu´ del sistema y no el porqu´ de tal o cual acci´n o decisi´n), as´ como cuando no e e o o ı se encuentra ninguna justificaci´n m´s pr´xima a la disputa, lo que suele ocurrir, desde o a o nuestro punto de vista, cuando el esp´ ıritu del capitalismo es d´bil. e 27 Las ideolog´ ıas, para poder servir a la acci´n, han de estar incorporadas en formas o discursivas que comprendan mediaciones lo suficientemente numerosas y lo suficientemente diversas como para alimentar la imaginaci´n frente a las situaciones concretas de la vida; o en este sentido, v´ase Boltanski (1993), pp. 76-87. e

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mezcla preceptos generales y ejemplos paradigm´ticos, constituye hoy la a forma por excelencia en la que el esp´ ıritu del capitalismo se materializa y se comparte. Este tipo de discurso se dirige ante todo a los cuadros, cuya adhesi´n al o capitalismo es particularmente indispensable para la buena marcha de las empresas y para la formaci´n de beneficios. El problema, sin embargo, es que o el alto nivel de compromiso exigido no puede obtenerse por pura coacci´n, a o la vez que, en la medida en que est´n menos sometidos a la necesidad que los a obreros, pueden oponer una resistencia pasiva, comprometerse con reticencias, o incluso minar el orden capitalista critic´ndolo desde dentro. Existe a tambi´n el peligro con los hijos de la burgues´ que constituyen el vivero e ıa, casi natural de reclutamiento de los cuadros y pueden iniciar un movimiento de defecci´n, por emplear la expresi´n de A. Hirschman (1972), dirigi´ndose o o e hacia profesiones menos integradas en el juego capitalista (profesiones liberales, arte y ciencia, servicio p´blico) o incluso retirarse parcialmente del u mercado de trabajo, posibilidades todas ellas tanto m´s probables cuanto a m´s numerosa sea su posesi´n de recursos diversificados (escolares, patrimoa o niales y sociales). As´ pues, el capitalismo debe complementar su aparato justificativo, en ı un primer momento, en direcci´n a los cuadros o de los futuros cuadros. o Si, en el transcurso normal de su vida profesional, ´stos son convencidos en e su mayor´ de adherirse al sistema capitalista, ya sea por razones financieıa ras (miedo al paro principalmente, sobre todo si est´n endeudados y con a cargas familiares) o por dispositivos cl´sicos de sanciones y recompensas a (dinero, ventajas diversas, esperanzas de promoci´n. . . ), podemos pensar o que las exigencias de justificaci´n se desarrollar´n particularmente en los o a periodos caracterizados, como ocurre en la actualidad, por un lado, por un fuerte crecimiento num´rico de los cuadros, con la llegada a las empresas e de numerosos cuadros j´venes provenientes del sistema educativo, escasao mente motivados y en b´squeda de incitaciones normativas28 y, por otro, u
El n´mero de cuadros ha crecido de forma importante entre el censo de 1982 y el u de 1990. La categor´ de ((cuadros administrativos y comerciales)) ha ganado m´s de ıa a 189.000 personas, la de ((ingenieros y cuadros t´cnicos de empresa)) m´s de 220.000, la e a de ((profesiones intermedias administrativas y comerciales de empresa)) m´s de 423.000. a Una parte de los efectivos que aseguran el crecimiento de estas subcategor´ provienen ıas de capas sociales tradicionalemente m´s distantes, inclusive hostiles al capitalismo, como a es el caso de los hijos del profesorado que est´n particularmente bien preparados para a superar las pruebas escolares que abren las puertas a la ense˜anza superior y a las grandes n escuelas, pero peor preparados normativamente que los hijos de la burgues´ de negocios ıa para el ejercicio de un poder jer´rquico o econ´mico. Como demuestran numerosos estua o dios, el crecimiento del n´mero de diplomados no s´lo tiene consecuencias num´ricas, sino u o e que modifica tambi´n las caracter´ e ısticas de aquellos que poseen tales t´ ıtulos, a resultas de un cambio en su origen social por el efecto de la democratizaci´n del acceso a la ense˜anza o n superior. El efecto de ((se˜alizaci´n)) de los diplomas (Spence, 1973) se ve perturbado. En n o realidad, el diploma no aporta tan s´lo informaci´n sobre el tipo de conocimientos supueso o tamente adquiridos, sino tambi´n sobre el tipo de cultura, en el sentido antropol´gico del e o
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por profundas transformaciones que obligan a los cuadros m´s veteranos a a reciclarse, algo que les resultar´ m´s sencillo si logran dar un sentido a los a a cambios de orientaci´n que les son impuestos y vivirlos como fruto de la o libre elecci´n. o Los cuadros, en la medida en que son al mismo tiempo asalariados y portavoces del capitalismo, constituyen, por su posici´n –sobre todo si los o comparamos con otros miembros de las empresas–, un objetivo prioritario de la cr´ ıtica –en particular de la efectuada por sus subordinados–, una cr´ ıtica a la que a menudo ellos mismos est´n dispuestos tambi´n a prestar un o´ a e ıdo atento. No les basta tan s´lo con las ventajas materiales que se les conceden, o sino que deben tambi´n disponer de argumentos para justificar su posici´n e o y, de forma m´s general, los procedimientos de selecci´n de los que son proa o ducto o que ellos mismos han puesto en marcha. Una de sus necesidades de justificaci´n es el mantenimiento de una separaci´n culturalmente tolerable o o entre su propia condici´n y la de los trabajadores que tienen a sus ´rdenes o o (como muestran, por ejemplo, en el punto de inflexi´n hist´rico de la d´cada o o e de 1970, las reticencias de numerosos j´venes ingenieros de las grandes eso cuelas, formados de manera m´s permisiva que las generaciones anteriores, a a mandar sobre los O.S. [obrero descualificado]29 , asignados a tareas muy repetitivas y sometidos a una severa disciplina de f´brica). a Las justificaciones del capitalismo que aqu´ nos interesan no ser´n, por lo ı a tanto, aquellas que los capitalistas o los economistas universitarios puedan desarrollar de cara al exterior y, en particular, de cara al mundo pol´ ıtico, sino las justificaciones destinadas prioritariamente a los cuadros e ingenieros. Ahora bien, las justificaciones en t´rminos de bien com´n que necesitan dee u ben apoyarse en espacios de c´lculo locales para poder ser eficaces. Sus juicios a hacen referencia, en primer lugar, a la empresa en la que trabajan y al grado en que las decisiones tomadas en su nombre son defendibles en cuanto a sus consecuencias sobre el bien com´n de los asalariados empleadas en la misma u y, secundariamente, respecto al bien com´n de la colectividad geogr´fica y u a pol´ ıtica en la cual est´ inserta. A diferencia de los dogmas liberales, estas a justificaciones situadas est´n sujetas al cambio, debiendo vincular las preoa
t´rmino y, finalmente, sobre el tipo de seres humanos. El mero conocimiento de la posesi´n e o de un diploma ya no proporciona las informaciones t´citas y laterales que permit´ a ıan, en una etapa anterior, ((hacerse una idea)) intuitiva –es decir, fundada sobre la experiencia social ordinaria– del tipo de persona ((a la que nos enfrent´bamos)), porque los titulares de a un mismo diploma pueden diferir fuertemente unos de otros en el resto de aspectos (sobre todo con respecto a las generaciones anteriores poseedoras del mismo diploma). 29 Ouvrier Sp´cialis´: obrero descualificado. T´rmino acu˜ado en la sociolog´ del trabajo e e e n ıa francesa, figura caracter´ ıstica del capitalismo de la producci´n en cadena de la gran f´brica o a fordista. El O.S. conformaba un trabajador asignado a una tarea repetitiva dentro de la cadena de montaje en la que se insertaba como una simple extensi´n de la m´quina. o a Los O.S., durante mucho tiempo la fuerza hegem´nica del movimiento obrero, fueron los o protagonistas del importante ciclo de luchas que tuvo su momento ´lgido a lo largo de la a d´cada de 1960 [N. del T.]. e

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cupaciones expresadas en t´rminos de justicia con las pr´cticas ligadas a e a las diferentes etapas hist´ricas del capitalismo y con las formas espec´ o ıficas de obtener beneficios caracter´ ısticas de una ´poca. Al mismo tiempo, estas e justificaciones deben suscitar disposiciones a la acci´n y proporcionar la seo guridad de que las acciones emprendidas son moralmente aceptables. De este modo, en cada momento hist´rico, el esp´ o ıritu del capitalismo se manifiesta indisociablemente en las evidencias de las que disponen los cuadros en lo que respecta a las ((buenas)) acciones que han de realizar para obtener beneficios y a la legitimidad de estas acciones. Adem´s de las justificaciones en t´rminos de bien com´n, necesarias a e u para responder a la cr´ ıtica y explicarse frente a los dem´s, los cuadros, a en particular los cuadros j´venes, necesitan tambi´n, como los empresarios o e weberianos, encontrar motivos personales para el compromiso. Para que el compromiso valga la pena, para que les resulte atractivo, el capitalismo debe presentarse ante ellos en actividades que, en comparaci´n con oportunidades o alternativas, pueden ser calificadas de ((excitantes)), es decir, portadoras, con variaciones seg´n las ´pocas, de posibilidades de autorrealizaci´n y de u e o espacios de libertad para la acci´n. o Sin embargo, como veremos a continuaci´n con mayor detalle, este anhelo o de autonom´ suele encontrarse con otra demanda con la que suele entrar en ıa tensi´n: la b´squeda de seguridad.. En efecto, el capitalismo debe ser capaz o u de inspirar a los cuadros la confianza en la posibilidad de beneficiarse del bienestar que les promete de forma duradera para ellos mismos (de forma al menos tan duradera, si no m´s, que en las situaciones sociales alternativas a a las cuales han renunciado con su adhesi´n al capitalismo) y de garantizar o a sus hijos el acceso a posiciones que les permitan conservar los mismos privilegios. El esp´ ıritu del capitalismo propio de cada ´poca debe proporcionar, en e t´rminos hist´ricamente variables, elementos capaces de apaciguar la inquiee o tud suscitada por las tres siguientes cuestiones: ¿De qu´ manera puede el compromiso con el proceso de acumulaci´n e o capitalista ser una fuente de entusiasmo incluso para aquellos que no ser´n los primeros en aprovecharse de los beneficios realizados? a ¿Hasta qu´ punto aquellos que se implican en el cosmos capitalista e pueden tener la garant´ de una seguridad m´ ıa ınima para ellos y para sus hijos? ¿C´mo justificar, en t´rminos de bien com´n, la participaci´n en la o e u o empresa capitalista y defender, frente a las acusaciones de injusticia, la forma en que es animada y gestionada?

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Las diferentes etapas hist´ricas del esp´ o ıritu del capitalismo
Las transformaciones del esp´ ıritu del capitalismo que se perfilan en la actualidad –y a las cuales est´ consagrado este libro– no son, desde luea go, las primeras que ha conocido. Adem´s de esa especie de reconstrucci´n a o arqueol´gica del ethos inspirador del capitalismo original que encontramos o en la obra de Weber, disponemos al menos de dos descripciones estilizadas o tipificadas del esp´ ıritu del capitalismo. Cada una de ellas especifica los diferentes componentes se˜alados m´s arriba e indica, para su momento n a hist´rico, el tipo de gran aventura dinamizadora que pudo representar el o capitalismo, los s´lidos cimientos que eran necesarios de cara al futuro y las o respuestas al ansia de una sociedad justa que el capitalismo pudo representar. Son estas diferentes combinaciones entre autonom´ seguridad y bien ıa, com´n las que recordaremos ahora de forma muy esquem´tica. u a La primera descripci´n, llevada a cabo a finales del siglo XIX –tanto o en la novela como en las ciencias sociales propiamente dichas– coloca su epicentro en la figura del burgu´s emprendedor y en la descripci´n de los e o valores burgueses. La figura del emprendedor, del capit´n de industria, del a conquistador (Sombart, 1928, p. 55), concentra los elementos heroicos de la descripci´n30 , haciendo ´nfasis en el juego, la especulaci´n, el riesgo y la o e o innovaci´n. A un nivel m´s general, para categor´ m´s numerosas, la aveno a ıas a tura capitalista significa en primer lugar la liberaci´n, ante todo espacial o o geogr´fica, posibilitada por el desarrollo de los medios de comunicaci´n y a o el avance del trabajo asalariado, que permiten a los j´venes emanciparse de o las comunidades locales, del sometimiento a la tierra y del arraigo familiar, y posibilitan la huida del pueblo, del gueto y de las formas tradicionales de dependencia personal. En contrapartida, la figura del burgu´s y de la moral e burguesa aportan los elementos de seguridad gracias a una combinaci´n orio ginal que a˜ade a las disposiciones econ´micas innovadoras (avaricia, esp´ n o ıritu de ahorro, tendencia a racionalizar la vida cotidiana en todos sus aspectos, desarrollo de las capacidades necesarias para la contabilidad, el c´lculo y la a previsi´n), disposiciones dom´sticas tradicionales: la importancia otorgada o e a la familia, al linaje, al patrimonio, a la castidad de las hijas para evitar las uniones desafortunadas y la dilapidaci´n del capital; el car´cter familiar o a o patriarcal de las relaciones mantenidas con los empleados (Braudel, 1979, pp. 526-527) –que ser´ denunciado como paternalismo– donde las formas a de subordinaci´n contin´an siendo de tipo personal, en el seno de empresas o u generalmente de reducido tama˜o; el papel concedido a la caridad como alin vio del sufrimiento de los pobres, etc. (Procacchi, 1993). Las justificaciones de mayor generalidad que hacen referencia a formulaciones del bien com´n, u tendr´ menos que ver con la referencia al liberalismo econ´mico, al merıan o
30 V´ase, por ejemplo, el libro de Charles Moraz´ (1957), Les Bourgeois conqu´rants, e e e sobre todo el pr´logo y la parte consagrada a los ferrocarriles (pp. 205-216). o

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cado31 o a la econom´ cient´ ıa ıfica –cuya difusi´n continuaba siendo bastante o limitada– que con la creencia en el progreso, en el futuro, en la ciencia, en la t´cnica o en las ventajas de la industria. Se trataba de un utilitarismo vulgar e que pretend´ justificar los sacrificios que exig´ el avance del progreso. Preıa ıa cisamente esta amalgama de disposiciones y valores muy diferentes e incluso incompatibles –sed de beneficios y moralismo, avaricia y caridad, cientificismo y tradicionalismo familiar– que constituye el eje principal de la divisi´n o de los burgueses entre s´ mismos de la que habla Fran¸ois Furet (1995, pp. ı c 19-35), explica lo que ser´ denunciado m´s un´nime y duraderamente en el a a a esp´ ıritu burgu´s: su hipocres´ e ıa. Una segunda caracterizaci´n del esp´ o ıritu del capitalismo encuentra su pleno desarrollo entre la d´cada de 1930 y la de 1960. En este caso el ´nfae e sis apunta no tanto al empresario individual, sino a la organizaci´n. Esta o segunda caracterizaci´n gira en torno al desarrollo –a principios del siglo o XX– de la gran empresa industrial centralizada y burocratizada, fascinada por el gigantismo. Este segundo esp´ ıritu del capitalismo tiene como figura heroica al director32 quien, a diferencia del accionista que busca aumentar su riqueza personal, se encuentra atravesado por la voluntad de hacer crecer sin l´ ımites el tama˜o de la empresa que tiene a su cargo, de manera que n pueda llevarse a cabo una producci´n en masa que encontrar´ su raz´n de o ıa o ser en las econom´ de escala, en la estandarizaci´n de los productos, en la ıas o organizaci´n racional del trabajo y en las nuevas t´cnicas de extensi´n de o e o los mercados (marketing). Para los j´venes diplomados resultaban particuo larmente ((excitantes)) las oportunidades que ofrec´ las organizaciones de ıan acceder a posiciones de poder desde las que poder cambiar el mundo y, para la gran mayor´ de conseguir liberarse del reino de la necesidad, logrando ıa, la realizaci´n de los deseos gracias a la producci´n en masa y a su corolario, o o el consumo de masas. En esta versi´n, la dimensi´n securitaria queda garantizada por la fe o o puesta en la racionalidad y la planificaci´n a largo plazo –tarea prioritaria o de los dirigentes– y, sobre todo, por el gigantismo mismo de las organizaciones, las cuales se convierten en ambientes protectores que ofrecen no s´lo o oportunidades de hacer carrera, sino que tambi´n intervienen en la vida coe tidiana (vivienda oficial, centros de vacaciones, organismos de formaci´n...) o siguiendo el modelo del ej´rcito (tipo de organizaci´n del que IBM fue el e o paradigma durante los a˜os 1950-1960). n La referencia al bien com´n est´ asegurada no s´lo por su imbricaci´n u a o o
31 Hablando del liberalismo econ´mico, tal y como lo encontramos en la econom´ pol´ o ıa ıtica inglesa del siglo XIX, en particular en Adam Smith, P. Rosanvallon escribe : ((La sociedad industrial del siglo XIX dio forma a un mundo opuesto por completo a esta representaci´n)) o (Rosanvallon, 1979, p. 222). 32 V´ase Bearl and Means (1932) y Burnham (1941) para una primera descripci´n, e o Chandler (1977) para un trabajo hist´rico m´s reciente sobre el advenimiento de los dio a rectivos empresariales asalariados.

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con un ideal de orden industrial encarnado por los ingenieros –creencia en el progreso, esperanza puesta en la ciencia y la t´cnica, la productividad e y la eficacia– m´s rico de significados a´n que en la anterior versi´n, sino a u o tambi´n a trav´s de un ideal que podr´ e e ıamos calificar de c´ ıvico, en la medida en que hace hincapi´ en la solidaridad institucional, la socializaci´n de la e o producci´n, de la distribuci´n y del consumo, as´ como en la colaboraci´n o o ı o entre las grandes firmas y del Estado en una perspectiva de justicia social. La existencia de directores asalariados y el desarrollo de las categor´ de ıas t´cnicos, de ((organizadores)), la constituci´n, en Francia, de la categor´ de e o ıa los cuadros (Boltanski, 1982), la multiplicaci´n de propietarios constituidos o por personas morales m´s que por personas f´ a ısicas o las limitaciones a la propiedad privada de la empresa a causa del desarrollo de los derechos de los asalariados y de la existencia de reglas burocr´ticas que restringen las a prerrogativas patronales en materia de gesti´n de personal, son interpreo tadas como muestras de un cambio en profundidad del capitalismo que se caracterizar´ por una atenuaci´n de la lucha de clases, por una disociaci´n ıa o o de la propiedad del capital y del control sobre la empresa (que es transferido a la ((tecnoestructura))) (Galbraith, 1952, 1968) y por la aparici´n de o un nuevo capitalismo animado por un esp´ ıritu de justicia social. Tendremos ocasi´n de volver una y otra vez sobre las especificidades de este ((segundo)) o esp´ ıritu del capitalismo. Las transformaciones del esp´ ıritu del capitalismo acompa˜an por conn siguiente a las profundas modificaciones de las condiciones de vida y de trabajo, as´ como a los cambios en los anhelos –para ellos o para sus hijos– ı de los trabajadores, que dentro de las empresas pasan a desempe˜ar un pan pel significativo en los procesos de acumulaci´n capitalista, sin llegar a ser o los beneficiarios m´s privilegiados de estos. Hoy, la seguridad proporcionada a por los diplomas ha disminuido, las jubilaciones se encuentran amenazadas y posibilidades de promoci´n no est´n aseguradas. La potencia de movilio a zaci´n del ((segundo esp´ o ıritu)) est´ en cuesti´n, mientras que las formas de a o acumulaci´n se han visto de nuevo profundamente transformadas. o Una de las evoluciones ideol´gicas de la situaci´n actual que puede cono o siderarse como m´s probable, en la medida en que parte de las capacidades a de supervivencia del sistema y se limita a plantear simples reorganizaciones dentro del marco del r´gimen del capital –del que, por el momento, tras el e fin de la ilusi´n comunista, no se ven v´ de salida practicables–, consistir´ o ıas ıa, siguiendo nuestro an´lisis, en la formaci´n en los pa´ desarrollados de un a o ıses esp´ ıritu del capitalismo m´s movilizador (y, por lo tanto, tambi´n m´s oriena e a tado hacia la justicia y el bienestar social) que intentase volver a movilizar a los trabajadores y, como m´ ınimo, a la clase media. El ((primer)) esp´ ıritu del capitalismo, asociado como hemos visto a la figura del burgu´s, estaba vinculado a las modalidades del capitalismo, b´sie a camente de tipo familiar, de una ´poca en la que no se buscaba el gigantismo, e salvo casos excepcionales. Los propietarios o patrones eran conocidos per25

sonalmente por sus empleados, el destino y la vida de la empresa estaban fuertemente relacionados con los de una familia. El ((segundo)) esp´ ıritu del capitalismo, que se organiza en torno a la figura central del director (o dirigente asalariado) y de los cuadros, est´ ligado a un capitalismo de grandes a empresas, lo suficientemente importantes ya como para que la burocratizaci´n y la amplia utilizaci´n de cuadros cada vez m´s diplomados sean o o a elementos centrales. No obstante, s´lo algunas de entre ellas (una minor´ o ıa) podr´n ser calificadas como multinacionales. El accionariado se ha vuelto a m´s an´nimo, y numerosas empresas se han deshecho del nombre y del desa o tino de una familia en particular. El ((tercer)) esp´ ıritu deber´ ser isomorfo a a un capitalismo ((mundializado)) que se sirve de nuevas tecnolog´ por no ıas, citar m´s que los dos aspectos m´s frecuentemente mencionados para definir a a al capitalismo contempor´neo. a Las diferentes modalidades de salida de la crisis ideol´gica que comenzao ron a ponerse en marcha en la segunda mitad de la d´cada de 1930 –momento e en el que comienza a perder fuerza el primer esp´ ıritu– no pod´ haber sido ıan previstas. Algo similar ocurre en la actualidad. La necesidad de volver a dar un sentido al proceso de acumulaci´n y de vincularlo a las exigencias de o justicia social choca, en particular, con la tensi´n existente entre el inter´s o e colectivo de los capitalistas en tanto que clase y sus intereses particulares en tanto que operadores atomizados en competencia en el mercado (Wallerstein, 1985, p. 17). Ning´n operador del mercado quiere ser el primero u en ofrecer una ((buena vida)) a quienes contrata, porque sus costes de producci´n se ver´ incrementados, lo cual supondr´ una desventaja para la o ıan ıa competencia que le enfrenta a sus iguales. Sin embargo, a la clase capitalista en su conjunto le interesa que las pr´cticas generales, sobre todo en lo que a respecta a los cuadros, permitan conservar la adhesi´n de aquellos de los que o depende la realizaci´n del beneficio. Podemos pensar que la formaci´n de o o un tercer esp´ ıritu del capitalismo y su encarnaci´n en diferentes dispositivos o depender´, en gran medida, del inter´s que tenga para las multinacionales, a e hoy dominantes, el mantenimiento de una zona pacificada en el centro del sistema-mundo dentro de la cual los cuadros encuentren un espacio donde poder formarse, criar a sus hijos y vivir con seguridad. El origen de las justificaciones incorporadas al esp´ ıritu del capitalismo Hemos llamado la atenci´n sobre la importancia que reviste para el cao pitalismo la posibilidad de apoyarse en un aparato justificativo ajustado a las formas concretas adoptadas por la acumulaci´n del capital en una ´poo e ca determinada, lo que significa que el esp´ ıritu del capitalismo incorpora otros esquemas diferentes de los heredados de la teor´ econ´mica. Aunque ıa o ´stos ultimos permiten –ajenos a toda especificidad hist´rica33 – defender el e ´ o
Cabe destacar como la microeconom´ en su corriente dominante, no se preocupa en ıa, absoluto de la historia y de las transformaciones sociales. Por otro lado, precisamente en contraposici´n a Carl Menger y a la Escuela austr´ o ıaca se constituy´, animada por Gustav o Schmoller, la Escuela hist´rica alemana, a la cual pertenec´ Werner Sombart y Max o ıan
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principio mismo de la acumulaci´n, no poseen suficiente poder movilizador. o El capitalismo, sin embargo, no puede encontrar en s´ mismo ning´n ı u recurso que le permita proporcionar razones para el compromiso y, m´s a en concreto, para formular argumentos orientados hacia una exigencia de justicia. El capitalismo es, sin lugar a dudas, la principal forma hist´rica o organizadora de las pr´cticas colectivas que se encuentra absolutamente alea jada de la esfera moral, en la medida que encuentra su finalidad en s´ misma ı (la acumulaci´n de capital como un fin en s´ sin apelar, no ya a un bien o ı) com´n, sino incluso a los intereses de un ser colectivo como pudiera ser el u pueblo, el Estado o la clase social. La justificaci´n del capitalismo implica o referencias a construcciones de otro orden del que se desprenden exigencias completamente diferentes de las que impone la b´squeda de beneficios. u As´ pues, para mantener su poder de movilizaci´n, el capitalismo deı o be incorporar recursos que no se encuentran en su interior, acercarse a las creencias que disfrutan, en una ´poca determinada, de un importante poe der de persuasi´n, y tomar en consideraci´n las ideolog´ m´s importantes o o ıas a –incluidas aquellas que le son hostiles– que se encuentran inscritas en el contexto cultural en el cual se desarrolla. De este modo, el esp´ ıritu que, en un momento determinado de la historia, posibilita el proceso de acumulaci´n, se encuentra impregnado por producciones culturales contempor´neas o a a ´l, pero que han sido desarrolladas en la mayor´ de los casos, con fines e ıa totalmente ajenos a la justificaci´n del capitalismo34 . o El capitalismo, enfrentado a una exigencia de justificaci´n, moviliza algo o ((que ya est´ ah´ algo cuya legitimidad se encuentra ya garantizada y a a ı)), lo cual dar´ un nuevo sentido asoci´ndolo a la exigencia de acumulaci´n de a a o capital. Ser´ in´til tratar de separar las construcciones ideol´gicas impuras, ıa u o destinadas a servir para la acumulaci´n capitalista, de las ideas puras y o libres de todo compromiso que permitir´ criticarla, pues a menudo son los ıan mismos paradigmas los que se ven implicados a la par en la denuncia y en la justificaci´n de lo denunciado. o Podemos comparar el proceso a trav´s del cual se incorporan al capitalise mo ideas que, en principio, le eran ajenas, cuando no hostiles, con el proceso
Weber. Lo que preocupaba a estos economistas-soci´logos era articular una posici´n ino o terpretativa que se ubicase entre el empirismo hist´rico puro y la abstracci´n marginalista o o para ((poder tratar los hechos econ´micos desde el ´ngulo de una teor´ es decir, tratando o a ıa, de descubrir, con la ayuda de conceptos y de tipos ideales construidos a partir de material hist´rico, los principios mismos de los sistemas y de los procesos econ´micos)) (H. Bruhns, o o 1997, pp. 95-120). Podemos rastrear las huellas de este proyecto intelectual que trata de conciliar la perspectiva te´rica y la hist´rica, en la econom´ de la regulaci´n y en la ecoo o ıa o nom´ de las convenciones, lo que explica, por otro lado, el hecho de que estas corrientes ıa se vean marginadas por las modalidades predominantes de la microeconom´ ıa. 34 Seguimos aqu´ la actitud adoptada por Weber: ((debemos contar con que los efectos ı de la Reforma sobre la cultura, en gran medida –por no decir preponderantemente– hayan constituido consecuencias no previstas, no queridas, de la obra de los reformadores, consecuencias a menudo muy alejadas de todo aquello que se hab´ propuesto alcanzar, ıan a veces incluso en contradicci´n con estos fines)) (Weber, 1964, pp. 101-102). o

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de aculturaci´n descrito por Dumont (1991), que se˜ala c´mo la ideolog´ o n o ıa moderna dominante del individualismo se difundi´ forjando compromisos o con las culturas preexistentes. Del encuentro entre dos conjuntos de ideasvalores y de su conflicto, nacen nuevas representaciones que son ((una especie de s´ ıntesis, [. . . ] m´s o menos radical, algo as´ como una alianza de dos tipos a ı de ideas y de valores: unos, de inspiraci´n holista y aut´ctonos, otros too o mados prestados a la configuraci´n individualista predominante)) (Dumont, o 1991, p. 29). Un efecto notable de este proceso de aculturaci´n consiste en o que ((las representaciones individualistas no s´lo no se diluyen ni se edulcoo ran a trav´s de las combinaciones que las recorren, sino que, al contrario, e extraen de estas asociaciones con sus contrarios, por un lado, una adaptabilidad superior, y, por otro, una mayor fuerza)) (Dumont, 1991, p. 30). Si trasladamos este an´lisis al estudio del capitalismo (cuyo principio de a acumulaci´n est´ de hecho ligado a la modernidad individualista), veremos o a c´mo el esp´ o ıritu que le anima posee dos caras, una ((vuelta hacia dentro)), como dice Dumont, es decir, hacia el proceso de acumulaci´n que se ve leo gitimado, y otra orientada a las ideolog´ de las que se ha impregnado y ıas que le aportan, precisamente, aquello que el capitalismo no puede ofrecer: razones para participar en el proceso de acumulaci´n ancladas en la realio dad cotidiana y en contacto con los valores y preocupaciones de aquellos a quienes le conviene movilizar 35 . En el an´lisis de Louis Dumont, los miembros de una cultura holista cona frontados a la cultura individualista son cuestionados y sienten la necesidad de defenderse y justificarse, frente a lo que les parece una cr´ ıtica y un cuestionamiento de su identidad. En otros aspectos, sin embargo, pueden sentirse atra´ ıdos por los nuevos valores y por las perspectivas de liberaci´n individual o y de igualdad que ofrecen. De este proceso de seducci´n-resistencia-b´squeo u da de autojustificaci´n nacen las nuevas representaciones capaces de generar o compromiso. Pueden hacerse las mismas observaciones a prop´sito del esp´ o ıritu del ´ capitalismo. Este se transforma para responder a la necesidad de justificaci´n de las personas comprometidas, en un momento determinado, en el o proceso de acumulaci´n capitalista. Sin embargo, sus valores y representao ciones, recibidos como herencia cultural, est´n todav´ asociados a formas a ıa de acumulaci´n anteriores, vinculados a la sociedad tradicional en el caso o del nacimiento del ((primer esp´ ıritu)) o a un esp´ ıritu precedente en el caso del paso a los esp´ ıritus del capitalismo posteriores. Lo fundamental ser´ lograr a que resulten seductoras las nuevas formas de acumulaci´n (la dimensi´n exo o citante que requiere todo esp´ ıritu), pero teniendo en cuenta su necesidad de autojustificaci´n (apoy´ndose en la referencia a un bien com´n) y leo a u
((Estas nuevas representaciones tienen dos caras: una girada hacia adentro, principalmente de tipo autojustificador, y la otra vuelta hacia la cultura dominante, universalista)) (Dumont, 1991, p. 29).
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vantando defensas contra aquellos que perciben en los nuevos dispositivos capitalistas amenazas para la supervivencia de su identidad social (la dimensi´n securitaria). o En muchos aspectos, el ((segundo esp´ ıritu)) del capitalismo, edificado al mismo tiempo que el establecimiento de la supremac´ de la gran empreıa sa industrial, trae consigo caracter´ ısticas a las que no se habr´ opuesto ıan ni el comunismo ni el fascismo, quienes, sin embargo, eran los movimientos cr´ ıticos con el capitalismo m´s poderosos de la ´poca en la que este a e ((segundo esp´ ıritu)) inici´ su marcha (Polanyi, 1983). El dirigismo econ´mio o co, aspiraci´n com´n a todos ellos, va a encontrar su materializaci´n en el o u o Estado del bienestar y sus ´rganos de planificaci´n. Diferentes dispositivos o o de control regular del reparto del valor a˜adido entre el capital y el trabajo n ser´n puestos en funcionamiento a trav´s de la contabilidad nacional (Desa e rosi`res, 1993, p. 383), lo cual es coherente con los an´lisis marxistas. En e a cuanto al funcionamiento jer´rquico en las grandes empresas planificadas, a ´stas mantendr´n durante mucho tiempo el distintivo de un compromiso con e a los valores dom´sticos tradicionales, lo que resultar´ tranquilizador para la e a reacci´n tradicionalista: respeto y deferencia a cambio de protecci´n y ayuda o o forman parte del contrato jer´rquico en sus formas tradicionales, m´s que a a el intercambio de un salario a cambio de trabajo que expresa la forma anglosajona liberal de pensar la relaci´n laboral. De este modo, el principio de o acumulaci´n ilimitada encontr´ puntos de convergencia con sus enemigos y o o el compromiso resultante asegur´ al capitalismo su supervivencia, ofrecieno do a las poblaciones reticentes la oportunidad de adherirse a ´l con mayor e entusiasmo.

Las ciudades36 como puntos de apoyo normativos en la construcci´n de justificaciones o
Las concatenaciones societales, en la medida en que est´n sometidas a a un imperativo de justificaci´n, tienden a incorporar la referencia a un tipo o de convenciones extremadamente generales orientadas hacia una noci´n de o bien com´n y que pretenden tener una validez universal, modelizadas con u el concepto de ciudad (Boltanski, Th´venot, 1991). El capitalismo no es e
Hemos decidido traducir el t´rmino franc´s de cit´ por el de ciudad. No obstante, e e e conviene matizar que dicho concepto no es equiparable al de ciudad actual (que en franc´s e suele expresarse con el t´rmino de ville). El t´rmino cit´ es un t´rmino acu˜ado a finales e e e e n del siglo XI (citet) proveniente del lat´ (civitas, civitatis) que hac´ referencia a toda ın ıa ciudad importante pero considerada fundamentalmente como persona moral. De ´l se e deriva, de hecho, el concepto de droit de cit´ [derecho de ciudadan´ El concepto de e ıa]. cit´ ha sido empleado asimismo para referirse al Estado desde un punto de vista jur´ e ıdico, a una comunidad pol´ ıtica o a una rep´blica (1630), as´ como para toda construcci´n ideal u ı o como la Ciudad de Dios de San Agust´ La Cit´ des dammes de Christine de Pisan o ın, e las seis ciudades enumeradas en esta obra: la ciudad inspirada, la ciudad de renombre, la ciudad c´ ıvica, la ciudad comercial, la ciudad industrial y la ciudad por proyectos [N. del T.].
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una excepci´n a esta regla. Lo que hemos denominado esp´ o ıritu del capitalismo contiene, necesariamente, al menos en sus aspectos orientados hacia la justicia, la referencia a semejante tipo de convenciones. El esp´ ıritu del capitalismo, considerado desde un punto de vista pragm´tico, implica una a referencia a dos niveles l´gicos diferentes. El primero contiene un actante o capaz de llevar a cabo acciones que conducen a la realizaci´n del beneficio, o mientras que el segundo contiene un actante que, dotado de un grado de reflexividad superior, juzga, en nombre de principios universales, los actos del primero. Estos dos actantes remiten, evidentemente, a un mismo actor al que se le presupone susceptible de comprometerse en operaciones de elevada generalidad. Sin esta competencia, le ser´ imposible comprender las cr´ ıa ıticas dirigidas al capitalismo como dispositivo orientado hacia la b´squeda de u beneficios, ni podr´ forjar tampoco las justificaciones necesarias para hacer ıa frente a estas cr´ ıticas. Teniendo en cuenta el car´cter central del concepto de ciudad en esta a obra, vamos a detenernos con m´s detalle sobre el trabajo en el que se a present´ dicho modelo. El concepto de ciudad est´ imbricado con la cuesti´n o a o de la justicia. Trata de modelizar el tipo de operaciones a las que se entregan los actores, a lo largo de las disputas que les oponen, cuando se encuentran confrontados a un imperativo de justificaci´n. Esta exigencia de justificaci´n o o est´ indisociablemente ligada a la posibilidad de la cr´ a ıtica. La justificaci´n o es necesaria tanto para apoyar a la cr´ ıtica, como para contestarla cuando denuncia el car´cter injusto de una situaci´n. a o Para definir lo que debemos entender aqu´ por justicia y para reunir en ı una misma noci´n disputas en apariencia muy diferentes, diremos que las o disputas que versan sobre la cuesti´n de la justicia tienen siempre como o objeto el orden de la escala de ((grandezas)) vigente en cada situaci´n. o Tomemos, para que pueda comprenderse qu´ es lo que entendemos por e orden de la escala de grandeza, un ejemplo trivial: es el caso, durante una comida, del problema consistente en distribuir los alimentos entre las personas presentes. La cuesti´n del orden temporal en el que el plato es presentado a o los convidados no puede ser ignorada y debe estar regulada p´blicamente. u A menos que neutralicemos la significaci´n de este orden mediante la introo ducci´n de una regla que ajuste el orden temporal sobre el orden espacial o (cada cual se sirve por turnos o ((a la buena de Dios))), el orden temporal del servicio se presta a ser interpretado como un orden de precedencia en funci´n de la grandeza relativa de las personas, como cuando se sirve prio mero a las personas mayores y en ultimo lugar a los ni˜os. Sin embargo, la ´ n realizaci´n de este orden puede presentar problemas espinosos y dar lugar o a agrias pol´micas cuando concurren varios principios de orden diferentes. e Para que la escena se desarrolle armoniosamente conviene, por lo tanto, que los comensales se pongan de acuerdo sobre la grandeza relativa de las per-

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sonas afectadas por el orden del servicio37 . Ahora bien, este acuerdo sobre el orden de las grandezas presupone otro acuerdo a´n m´s fundamental sou a bre un principio de equivalencia en relaci´n al cual pueda ser establecida la o grandeza relativa de los seres presentes. A´n cuando el principio de equivau lencia no sea mencionado expl´ ıcitamente, debe estar lo suficientemente claro y presente en el esp´ ıritu de todos para que el episodio pueda desarrollarse con naturalidad. Estos principios de equivalencia son designados mediante el t´rmino, tomado de Rousseau, de principios superiores comunes. e Estos principios de grandeza no pueden surgir de un acuerdo local y contingente. Su car´cter leg´ a ıtimo depende de su robustez, es decir, de su validez en un n´mero a priori ilimitado de situaciones particulares, en las u que est´n presentes seres con propiedades muy diversas. Es ´sta la raz´n por e e o la cual los principios de equivalencia que, en una sociedad y en un momento determinados, pretenden ser leg´ ıtimos, est´n encaminados hacia una validez a de tipo universal. Aunque en una sociedad exista, en un momento determinado, una pluralidad de grandezas leg´ ıtimas, su n´mero no es, sin embargo, ilimitado. Hemos u identificado seis l´gicas de justificaci´n, seis ((ciudades)), en la sociedad cono o tempor´nea. Para definir estas grandezas, se ha procedido, en el trabajo que a aqu´ nos sirve de referencia, a efectuar una serie de vaivenes entre dos tipos ı de fuentes. Por un lado, datos emp´ ıricos recogidos mediante un trabajo de campo en torno a los conflictos y disputas que, a la vez que proporcionaban un corpus de argumentos y dispositivos de situaciones, guiaban la intuici´n o hacia el tipo de justificaciones empleadas a menudo en la vida cotidiana; por otro lado, hemos recurrido a construcciones que, habiendo sido objeto de una elaboraci´n sistem´tica en la filosof´ pol´ o a ıa ıtica, poseen un elevado nivel de coherencia l´gica que las hace susceptibles de ser aprovechadas en la o tarea de modelizaci´n de la competencia com´n38 . o u
La exigencia de justicia puede ser puesta en relaci´n con una exigencia de igualdad. o Sin embargo, sabemos desde Arist´teles que la igualdad en la ciudad no significa necesao riamente una distribuci´n absolutamente id´ntica, entre todos los miembros de la misma o e de aquello que posee valor –ya se trate de bienes materiales o inmateriales– sino, como bien dice Michel Villey (1983, p. 51), de una ((justa proporci´n entre la cantidad de cosas o distribuidas y las diferentes cualidades de las personas)) (v´ase tambi´n Walzer [1997]). e e Definir una relaci´n como equitativa o no equitativa –que es lo que hacen la cr´ o ıtica y la justificaci´n– supone, por lo tanto, una definici´n de aquello que da el valor a las cosas y o o a las personas, una escala de valores que exige ser clarificada en caso de litigio. 38 El acercamiento de los datos recogidos sobre el terreno a trav´s de personas normales e y de los textos cultos pertenecientes a la tradici´n cultural (un trabajo que no asusta a o los antrop´logos de las sociedades ex´ticas), suele acompa˜arse de una reflexi´n sobre el o o n o lugar que ocupa la tradici´n en nuestra sociedad y, m´s en particular, en nuestro universo o a pol´ ıtico. En efecto, podemos demostrar c´mo las construcciones de la filosof´ pol´ o ıa ıtica est´n, hoy por hoy, inscritas en instituciones y dispositivos (como, por ejemplo, colegios a electorales, talleres, medios de comunicaci´n de masas o incluso conciertos, reuniones de o familia, etc.) que informan continuamente a los actores sobre aquello que tienen que hacer para comportarse con normalidad. La ciudad inspirada se ha constru´ apoy´ndose en La ıdo a
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En la ciudad inspirada, la grandeza es la del santo que accede a un estado de gracia o la del artista que recibe la inspiraci´n. Esta grandeza se revela o en el propio cuerpo preparado mediante la ascesis y tiene en las manifestaciones inspiradas (santidad, creatividad, sentido art´ ıstico, autenticidad. . . ) la forma de expresi´n privilegiada. En la ciudad dom´stica, la grandeza de la o e gente depende de su posici´n jer´rquica en una cadena de dependencias pero a sonales. En una f´rmula de subordinaci´n establecida a partir de un modelo o o dom´stico, el lazo pol´ e ıtico entre los seres es concebido como una generalizaci´n del lazo generacional que conjuga tradici´n y proximidad: el ((grande)) o o es el primog´nito, el ancestro, el padre, a quien se debe respeto y fidelidad e a cambio de protecci´n y apoyo. El la ciudad del renombre, la grandeza no o depende m´s que de la opini´n de los otros, es decir, del n´mero de pera o u sonas que otorguen su cr´dito y estima. El ((grande)) en la ciudad c´ e ıvica es el representante de un colectivo del que expresa la voluntad general. En la ciudad comercial, el ((grande)) es aquel que se enriquece proponiendo sobre un mercado competitivo mercanc´ muy codiciadas, superando con ´xito la ıas e prueba comercial. En la ciudad industrial, la grandeza se funda en la eficacia y determina la configuraci´n de una escala de capacidades profesionales. o Cuando hace referencia al bien com´n, el segundo esp´ u ıritu del capitalismo invoca justificaciones que descansan en un compromiso entre la ciudad industrial y la ciudad c´ ıvica (y de forma secundaria la ciudad dom´stica), e mientras que el primer esp´ ıritu del capitalismo se apoyaba m´s bien en un a compromiso entre justificaciones dom´sticas y justificaciones comerciales. e Debemos ser capaces de identificar las convenciones con vocaci´n unio versal y los modos de referencia al bien com´n de las que se sirve el tercer u esp´ ıritu de capitalismo actualmente en formaci´n. Como tendremos ocasi´n o o de ver, los nuevos discursos justificativos del capitalismo se expresan de forma imperfecta a trav´s de las seis ciudades ya identificadas. Para describir e los ((residuos)), ininterpretables en el lenguaje de las ciudades ya existentes, hemos tenido que dar forma a una s´ptima ciudad que permitiese crear equie valencias y justificar posiciones de grandeza relativas en un mundo en red. Sin embargo, a diferencia del trabajo mencionado m´s arriba, no nos hemos a apoyado en un texto capital de filosof´ pol´ ıa ıtica para realizar la sistematizaci´n de los argumentos empleados39 , sino que hemos recurrido a un corpus o
Ciudad de Dios de San Agust´ y los tratados consagrados por ´l al problema de la gracia. ın e La ciudad dom´stica ha sido establecida a partir de un comentario de La Politique tir´e des e e propres paroles de l’´criture sainte de Bossuet. La ciudad del renombre se ha constituido e a partir del Leviathan de Hobbes, en particular a partir del cap´ ıtulo consagrado al honor. La ciudad c´ ıvica –o colectiva– es analizada en El contrato social de Rousseau. La ciudad comercial ha sido formulada a partir de La riqueza de las naciones de Adam Smith. Por ultimo, la ciudad industrial ha sido establecida a trav´s de la obra de Saint-Simon. ´ e 39 Quiz´ existan uno o varios textos que hubieran podido sernos de utilidad, pero hay a que confesar que el car´cter tan contempor´neo de la construcci´n que hemos tratado de a a o acotar, as´ como el papel desempe˜ado por las mismas ciencias sociales en la elaboraci´n ı n o de esta nueva esfera de legitimidad hacen que la elecci´n de un autor y de un texto o

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de textos de gesti´n empresarial de la d´cada de 1990, que al estar destinao e dos a los cuadros se convierten en un recept´culo particularmente evidente a del nuevo esp´ ıritu del capitalismo, as´ como al an´lisis de las diferentes proı a puestas concretas presentadas hoy para mejorar la justicia social en Francia. No podemos obviar que somos contempor´neos de un intenso trabajo –en a el que participan activamente las ciencias sociales– de reconstrucci´n de un o modelo de sociedad que, a´n pretendi´ndo ser realista –es decir, ajustada u e a la experiencia que las personas tienen del mundo social en el cual se encuentran inmersas y compatible con un cierto n´mero de lugares comunes u considerados, con raz´n o sin ella, como incuestionables (que las empresas o tienen necesidad de flexibilidad, que el sistema de pensiones redistributivas no podr´ durar tal cual mucho tiempo, que el paro de los trabajadores noa cualificados es de larga duraci´n,. . . )–, posee un car´cter normativo en la o a medida en que se orienta hacia una mejora de la justicia. As´ pues, habr´ que demostrar c´mo el nuevo esp´ ı, a o ıritu del capitalismo se˜ala principios de equivalencia hasta ahora inusitados, pero tambi´n a n e trav´s de qu´ proceso de aculturaci´n de temas y de construcciones ya pree e o sentes en el entorno ideol´gico –provenientes, en particular, de los discursos o cr´ ıticos que le son dirigidos– se estructura y endurece progresivamente este nuevo esp´ ıritu, mediante una serie de procesos de prueba y error, hasta dar luz a una nueva configuraci´n ideol´gica. o o

El esp´ ıritu del capitalismo legitima y limita el proceso de acumulaci´n o
Hemos visto c´mo, para lograr la adhesi´n de las personas indispensables o o para la continuaci´n de la acumulaci´n, el capitalismo tuvo que incorporar o o un esp´ ıritu susceptible de proporcionar perspectivas de vida seductoras y excitantes, y que ofreciese a la vez garant´ de seguridad y argumentos ıas morales para poder continuar haciendo aquello que se hace. Esta amalgama de motivos y razones var´ en el tiempo de acuerdo con las expectativas de ıa las personas a las que hay que movilizar, las esperanzas con las cuales han crecido, as´ como en funci´n de las formas adoptadas por la acumulaci´n ı o o en las diferentes ´pocas. El esp´ e ıritu del capitalismo debe responder a una exigencia de autojustificaci´n, sobre todo para poder resistir a la cr´ o ıtica anticapitalista, lo que implica un recurso a convenciones de validez universal en cuanto a lo que es justo e injusto. Es necesario que precisemos, a estas alturas del an´lisis, que el esp´ a ıritu
considerados como paradigm´ticos sea algo delicado. Era, por otro lado, imposible en este a caso, a diferencia de lo que ocurr´ con los textos cl´sicos, apoyarse en una tradici´n ıa a o exeg´tica y justificar su elecci´n por un efecto de consagraci´n y por las consecuencias que e o o pudiera ejercer en la inscripci´n de temas de la filosof´ pol´ o ıa ıtica en la realidad del mundo social.

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del capitalismo, lejos de ocupar simplemente el lugar de un ((suplemento del alma)), de un ((pundonor espiritualista)) o de una ((superestructura)) –como lo definir´ ıan, en efecto, determinados enfoques marxistas de las ideolog´ ıas–, desempe˜a un papel central en el proceso capitalista a cuyo servicio est´, que n a consiste en limitarlo: en efecto, las justificaciones planteadas que permiten movilizar a las partes implicadas obstaculizan la acumulaci´n. Si considerao mos seriamente las justificaciones planteadas por el esp´ ıritu del capitalismo, no todo beneficio es leg´ ıtimo, no todo enriquecimiento es justo, no toda acumulaci´n, por m´s que sea importante y r´pida, es l´ o a a ıcita. Ya Max Weber se dedic´ a mostrar c´mo el capitalismo, obstaculizado de esta suerte, se o o distingu´ claramente de la pasi´n por el oro cuando uno se entrega a ella de ıa o forma desenfrenada. El capitalismo tendr´ desde su punto de vista, como ıa, rasgo espec´ ıfico la moderaci´n racional de este impulso40 . o As´ pues, la interiorizaci´n por parte de los actores de un esp´ ı o ıritu del capitalismo determinado implica la incorporaci´n a los procesos de acumuo laci´n de constricciones no meramente formales, que los dota de este modo o de un marco espec´ ıfico. El esp´ ıritu del capitalismo proporciona, al mismo tiempo, una justificaci´n al capitalismo (que se opone a los cuestionamieno tos que pretenden ser radicales) y un punto de apoyo cr´ ıtico, que permite denunciar la separaci´n entre las formas concretas de acumulaci´n y las o o concepciones normativas del orden social. Asimismo, para ser tomada en serio, la justificaci´n de las formas de o realizaci´n hist´rica del capitalismo debe, frente a las numerosas cr´ o o ıticas de las que es objeto este ultimo, someterse a pruebas de realidad. Para resistir a ´ estas pruebas, la justificaci´n del capitalismo recurre a dispositivos, es decir, o a ensamblajes de objetos, de reglas o de convenciones –de los que el derecho puede ser una expresi´n a escala nacional– que no se limitan a la b´squeda o u de beneficios, sino que est´n tambi´n encaminadas a la obtenci´n de justicia. a e o Por este motivo, el segundo esp´ ıritu del capitalismo es indisociable de los dispositivos de gesti´n de las posibilidades promocionales en las grandes o empresas, de la puesta en marcha de la jubilaci´n redistributiva y de la o extensi´n, a un n´mero cada vez mayor de situaciones, de la forma jur´ o u ıdica del contrato de trabajo asalariado, de tal forma que los trabajadores puedan beneficiarse de las ventajas asociadas a esta condici´n (Gaudu, 1997). Sin o estos dispositivos, nadie habr´ podido creer realmente las promesas del ıa segundo esp´ ıritu. Las limitaciones que el esp´ ıritu del capitalismo impone al capitalismo se ejercen de dos formas distintas. Por un lado, la interiorizaci´n de las justifio caciones por parte de los actores del capitalismo introduce la posibilidad de una autocr´ ıtica y favorece la autocensura y la autoeliminaci´n, en el propio o interior del proceso de acumulaci´n, de las pr´cticas no conformes con dichas o a justificaciones. Por otro lado, la puesta en marcha de dispositivos constric40

Cf. Weber (1964, p. 58-59; 1991, p. 373; 1996, p. 160).

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tivos, los unicos que son capaces de proporcionar credibilidad al esp´ ´ ıritu del capitalismo, permite incorporar pruebas de realidad que ofrecen elementos tangibles con los que responder a las denuncias. Daremos dos ejemplos particularmente apropiados para comprobar c´mo o la referencia a las exigencias expresadas en t´rminos de bien com´n (en e u t´rminos de una ciudad, si seguimos el modelo que estamos utilizando) llega e a poner trabas al proceso de acumulaci´n. En la ciudad comercial el beneficio o es v´lido y el orden resultante de la confrontaci´n entre personas diferentes a o en b´squeda de beneficios s´lo es justo si la prueba comercial responde a u o las estrictas limitaciones impuestas por la exigencia de la igualdad de oportunidades, de tal forma que el ´xito de una persona pueda ser atribuido e al m´rito –es decir, en este caso, a la capacidad de aprovechar las oportue nidades ofrecidas por el mercado y al poder de atracci´n de los bienes y o servicios propuestos– y no a una simple relaci´n de fuerzas. Entre las limitao ciones impuestas podemos citar, en primer lugar, todas aquellas destinadas a garantizar la competencia: la ausencia de una posici´n predominante, de o acuerdos previos y de c´rteles o, incluso, la transparencia de la informaci´n y a o de las disponibilidades de capital en el momento previo a la prueba para que no sean demasiado desiguales, lo que justificar´ por ejemplo, la tributaci´n ıa, o de las herencias. Por lo tanto, solo bajo ciertas condiciones muy restrictivas la prueba comercial puede ser considerada como leg´ ıtima. Sin embargo, el cumplimiento de estas condiciones no s´lo no contribuye de forma espec´ o ıfica a la formaci´n de beneficios, sino que puede llegar a frenarla. Podemos o realizar observaciones similares a prop´sito del modo en que la referencia a o la ciudad industrial permite justificar las formas de producci´n capitalistas, o imponi´ndoles al mismo tiempo limitaciones que no se derivan directamene te de las exigencias inmediatas de la acumulaci´n. Tales son, por ejemplo, o la planificaci´n a largo plazo, el aprovisionamiento de recursos de cara al o futuro, las medidas encaminadas a reducir riesgos o a evitar el despilfarro, etc. Cuando tomamos en serio los efectos de la justificaci´n del capitalismo o en t´rminos de bien com´n, nos alejamos tanto de los enfoques cr´ e u ıticos que s´lo estiman real la tendencia del capitalismo a la acumulaci´n ilimitada a o o cualquier precio y por cualquier medio (para los cuales las ideolog´ tienen ıas como unica funci´n ocultar la realidad de las relaciones de fuerza econ´micas ´ o o que siempre se imponen en toda la l´ ınea), como de los enfoques apolog´ticos e que, confundiendo elementos de apoyo normativos y realidad, ignoran los imperativos de obtenci´n de beneficios y de acumulaci´n que pesan sobre el o o capitalismo y sit´an en el centro de ´ste las exigencias de justicia a las que u e se ve confrontado. Estos dos planteamientos no son ajenos a la ambig¨edad del calificativo u de ((leg´ ıtimo)), al que le acompa˜an sus dos derivados: legitimaci´n y legitin o midad. En el primer caso, se hace de la legitimaci´n una simple operaci´n de o o ocultamiento que conviene desvelar para ir a lo real. En el segundo, se hace 35

´nfasis en la pertinencia comunicativa de los argumentos y el rigor jur´ e ıdico de los procedimientos, sin interrogarse sobre las condiciones de realizaci´n o de las pruebas de realidad gracias a las cuales los grandes –es decir, en un mundo capitalista, los ricos– han adquirido su grandeza cuando ´sta es cone siderada como leg´ ıtima. La noci´n de esp´ o ıritu de capitalismo, tal y como nosotros la definimos, nos permite superar la oposici´n que ha dominado o buena parte de la sociolog´ y la filosof´ de los ultimos treinta a˜os –al meıa ıa ´ n nos en lo que respecta a los trabajos que se ubican en la intersecci´n entre o lo social y lo pol´ ıtico–, entre teor´ a menudo de inspiraci´n nietzscheanoıas, o marxistas, que no ven en la sociedad sino violencia, relaciones de fuerza, explotaci´n, dominaci´n y lucha de intereses41 y, por otro lado, teor´ que, o o ıas inspir´ndose m´s bien en filosof´ pol´ a a ıas ıticas contractualistas, han hecho hincapi´ en las formas del debate democr´tico y las condiciones de la justicia e a 42 . En las obras provenientes de la primera corriente la descripci´n del social o mundo resulta demasiado negra para ser verdad: un mundo semejante no ser´ soportable durante mucho tiempo. Pero en las obras que se inscriben ıa dentro de la segunda corriente, el mundo social es, hay que confesarlo, demasiado de color de rosa para ser cre´ ıble. La primera orientaci´n te´rica a o o menudo aborda el capitalismo, pero sin concederle una dimensi´n normatio va. La segunda tiene en cuenta las exigencias morales que se derivan de un orden leg´ ıtimo pero, al subestimar la importancia de los intereses y de las relaciones de fuerza, tiende a ignorar la especificidad del capitalismo, cuyos contornos se difuminan fundi´ndose con los rasgos de las convenciones sobre e las cuales reposa siempre el orden social.
41 Esta primera corriente, constituida, tal y como hoy la conocemos, en la d´cada de 1950 e y que recoge la herencia del marxismo en la interpretaci´n de la Escuela de Frankfurt y o del posnietzscheismo apocal´ ıptico del primer tercio del siglo XX, tiende a reducir todas las exigencias normativas al plano de los conflictos de intereses (entre grupos, clases, pueblos, individuos, etc.). En este sentido esta corriente se autointerpreta como un radicalismo cr´ ıtico. Desde esta ´ptica, que es en gran medida la adoptada hoy por Pierre Bourdieu, las o exigencias normativas, desprovistas de autonom´ no son m´s que la expresi´n disfrazada ıa, a o de las relaciones de fuerza e incorporan ((su fuerza a las relaciones de fuerza)), lo cual supone partir de unos actores en una perpetua situaci´n de mentira, de desdoblamiento o de mala o fe (el primer axioma de ((Fundamentos para una teor´ de la violencia simb´lica)) es: ((Todo ıa o poder de violencia simb´lica, es decir, todo poder que logra imponer significaciones como o leg´ ıtimas disimulando las relaciones de fuerza que fundamentan su fuerza, a˜ade su propia n fuerza a estas relaciones de fuerza)) (Bourdieu, Passeron, 1970, p. 18). 42 Esta segunda corriente, desarrollada durante estos ultimos 15 a˜os en gran medida ´ n como reacci´n a la primera y partiendo de las apor´ a las que conducen las hermeneuticas o ıas de la sospecha (Ricoeur, 1969, p. 148) ha profundizado considerablemente en el an´lisis a de los principios de justicia y de las bases normativas del juicio, pero con frecuencia, hay que reconocerlo, a costa de un d´ficit en el examen de las relaciones sociales efectivas y de e las condiciones de realizaci´n de las exigencias de justicia (con respecto a las cuales son o poco consistentes) y de una subestimaci´n de las relaciones de fuerza. o

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2.

El capitalismo y sus cr´ ıticas

La noci´n de esp´ o ıritu del capitalismo nos permite asimismo asociar en una misma din´mica la evoluci´n del capitalismo y las cr´ a o ıticas que se enfrentan a ´l. En efecto, en nuestra construcci´n haremos jugar a la cr´ e o ıtica un papel central en los cambios del esp´ ıritu del capitalismo. El capitalismo no puede prescindir de una orientaci´n hacia el bien o com´n de la que extraer razones por las cuales merece la pena adherirse u a ´l; sin embargo, su indiferencia normativa impide que el esp´ e ıritu del capitalismo sea generado a partir de sus propios recursos. De este modo, el capitalismo necesita la ayuda de sus enemigos, de aquellos a quienes indigna y se oponen a ´l, para encontrar los puntos de apoyo morales que le fale tan e incorporar dispositivos de justicia, elementos ´stos sin los cuales no e dispondr´ de la menor pertinencia. El sistema capitalista se ha mostrado ıa infinitamente m´s robusto de lo que hab´ pensado sus detractores –Marx a ıan en primer lugar–, pero esta robustez se debe tambi´n al hecho de que el e capitalismo ha encontrado en sus cr´ ıticas la manera de garantizar su supervivencia. ¿Acaso el nuevo orden capitalista resultante de la Segunda Guerra Mundial no tiene en com´n con el fascismo y el comunismo, por ejemplo, u el ´nfasis en el Estado y en un cierto dirigismo econ´mico? Probablemente e o esta sorprendente capacidad de supervivencia gracias a la asimilaci´n de una o parte de la cr´ ıtica ha contribu´ a desarmar a las fuerzas anticapitalistas, ıdo con el resultado parad´jico de que durante los periodos en los que el capio talismo parece mostrarse triunfante –como ocurre actualmente–, manifiesta una mayor fragilidad, fragilidad que surge, precisamente, en un momento en el que los competidores reales han desaparecido. El concepto de cr´ ıtica, por otro lado, escapa a la polarizaci´n te´rica o o entre las interpretaciones concebidas en t´rminos de relaciones de fuerza o e de relaciones leg´ ıtimas. La idea de cr´ ıtica s´lo cobra sentido dentro del difeo rencial existente entre un estado de cosas deseable y un estado de cosas real. Para dar a la cr´ ıtica el lugar que se merece en el mundo social, debemos renunciar a reducir la justicia a la fuerza o a dejarnos cegar por la exigencia de justicia hasta el punto de ignorar las relaciones de fuerza existentes. Para que la cr´ ıtica sea v´lida debe estar en condiciones de poder justificarse, es a decir, de aclarar los puntos de apoyo normativos que la fundamentan, sobre todo cuando se enfrenta a las justificaciones que hacen de sus acciones quienes son objeto de la misma. La cr´ ıtica no deja de hacer referencias a la justicia, ya que si la justicia no fuese m´s que un se˜uelo ¿qu´ sentido a n e 43 ; por otro lado, sin embargo, la cr´ tendr´ la cr´ ıa ıtica? ıtica escenifica un mun43 En lo relativo a esta cuesti´n podemos retomar la posici´n de J. Bouveresse: ((En la o o medida en que existe una dial´ctica de la “Aufkl¨rung” [Ilustraci´n], podr´ hablarse iguale a o ıa mente de una dial´ctica del discurso democr´tico, en virtud de la cual ´l mismo termina e a e denunciando como ilusorios y falsos sus propios ideales. Cuando los intelectuales que se definen como dem´cratas convencidos proclaman abiertamente que la unica realidad que o ´

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do en el que la exigencia de justicia es transgredida sin descanso. Muestra la hipocres´ de las pretensiones morales que disimulan la realidad de las ıa relaciones de fuerza, de la explotaci´n y de la dominaci´n. o o

Los efectos de la cr´ ıtica sobre el esp´ ıritu del capitalismo
El impacto de la cr´ ıtica sobre el esp´ ıritu del capitalismo parece ser potencialmente al menos de tres tipos. En primer lugar, la cr´ ıtica es capaz de deslegitimar los esp´ ıritus anteriores y privarles de su eficacia. Daniel Bell (1979) sostiene que el capitalismo estadounidense se encontr´ con grandes dificultades a finales de la d´cada o e de 1960 derivadas de la existencia de una tensi´n creciente entre las formas o de ubicarse en el trabajo provenientes del ascetismo protestante sobre las cuales continuaba apoy´ndose el capitalismo y, por otro lado, el desarrollo a de un modo de vida basado en el goce inmediato a trav´s del consumo, e estimulado por el cr´dito y la producci´n en masa, que los asalariados de e o las empresas capitalistas se ve´ incitados a abrazar en su vida privada. El ıan hedonismo materialista de la sociedad de consumo vendr´ seg´n este an´liıa, u a sis, a chocar de lleno –es decir, a criticar– con los valores de laboriosidad y ahorro que supuestamente sosten´ ıan, al menos impl´ ıcitamente, la vida de trabajo, minando de este modo las modalidades de adhesi´n asociadas a la o forma del esp´ ıritu del capitalismo por aquel entonces dominante, que se vio parcialmente deslegitimada. La consecuencia de todo ello es una desmovilizaci´n importante de los asalariados, resultado de una transformaci´n de o o sus expectativas y aspiraciones. Como segundo efecto, podemos observar que la cr´ ıtica, al oponerse al proceso capitalista, obliga a quienes act´an como sus portavoces a justifiu carlo en t´rminos de bien com´n. Cuanto m´s virulenta y convincente se e u a muestre la cr´ ıtica para un gran n´mero de personas, m´s obligadas se ver´n u a a las justificaciones planteadas como respuesta a insertarse en dispositivos fiables que garanticen una mejora efectiva en t´rminos de justicia.. En efecto, si e los portavoces de los movimientos sociales se contentasen con declaraciones superficiales no acompa˜adas de acciones concretas –con palabras huecas, n como suele decirse– como respuesta a sus reivindicaciones, si la expresi´n de o buenos sentimientos bastase para calmar la indignaci´n, no habr´ ninguna o ıa raz´n para que los dispositivos que se supone hacen de la acumulaci´n cao o
puede constatarse y con la cual se puede contar es la del poder y la dominaci´n ¿qu´ pueo e de objetarse a aquellos que deciden quitarse la m´scara definitivamente? [. . . ] Cuando los a principios de libertad, de igualdad y de justicia no logran obtener m´s que una aprobaa ci´n y un compromiso meramente formal, repletos de todo tipo de reservas esc´pticas, de o e sobreentendidos ir´nicos, de autocr´ o ıticas, de autosospechas y de autodesmitificaciones, los potenciales dictadores no tienen m´s que recurrir ante la opini´n p´blica al juego, anta˜o a o u n mucho m´s eficaz, de la franqueza y del valor, afirmando con claridad aquello que saben a y que la mala conciencia de sus adversarios ya ha admitido y confesado sobradamente de forma impl´ ıcita)) (Bouveresse, 1983, p. 384).

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pitalista un fen´meno conforme al bien com´n debieran ser perfeccionados. o u Cuando el capitalismo se ve obligado a responder a los puntos destacados por la cr´ ıtica para tratar de apaciguarla y para conservar la adhesi´n de o sus tropas –que corren el peligro de prestar atenci´n a las denuncias de la o cr´ ıtica–, procede en esa misma operaci´n a incorporar en su seno una parte o de los valores en nombre de los cuales era criticado. El efecto din´mico de a la cr´ ıtica sobre el esp´ ıritu del capitalismo pasa por el reforzamiento de las justificaciones y de los dispositivos asociados que, sin poner en cuesti´n el o principio mismo de acumulaci´n ni la exigencia de obtener beneficios, dan o satisfacci´n parcial a la cr´ o ıtica e integran constricciones en el capitalismo que se corresponden con los puntos que preocupaban a la mayor parte de sus detractores. El coste que la cr´ ıtica ha de pagar por ser escuchada, al menos parcialmente, es ver c´mo una parte de los valores que hab´ movilizado o ıa para oponerse a la forma adoptada por el proceso de acumulaci´n es puesta o al servicio de esta misma acumulaci´n mediante el proceso de aculturaci´n o o que hemos evocado anteriormente. Un ultimo tipo de impacto posible de la cr´ ´ ıtica se fundamenta en un an´lisis mucho menos optimista en lo que a las reacciones del capitalismo a se refiere. Podemos suponer que el capitalismo puede, bajo determinadas circunstancias, escapar a la exigencia del reforzamiento de los dispositivos de justicia social haci´ndose cada vez m´s dif´ de descifrar, ((sembrando e a ıcil la confusi´n)). Seg´n esta posibilidad, la respuesta aportada a la cr´ o u ıtica no conduce a la configuraci´n de dispositivos m´s justos, sino a una transforo a maci´n de los modos de obtenci´n de los beneficios tal que deja al mundo o o momentaneamente desorganizado con respecto a los referentes anteriores y en un estado de enorme ilegibilidad. Frente a las nuevas concatenaciones cuya aparici´n no ha sido anticipada –y de las que es dif´ decir si son o ıcil m´s o menos favorables para los asalariados que los dispositivos sociales a precedentes–, la cr´ ıtica se encuentra desarmada durante un tiempo. El viejo mundo que denunciaba ha desaparecido, pero a´n no sabemos qu´ decir del u e nuevo. La cr´ ıtica act´a aqu´ como un acicate para acelerar la transformaci´n u ı o de los modos de producci´n, los cuales entrar´n en tensi´n con las expeco a o tativas de los asalariados formados sobre la base de los procesos anteriores, lo que llamar´ a una recomposici´n ideol´gica destinada a mostrar que el a o o mundo del trabajo tiene todav´ un ((sentido)). ıa Deberemos invocar estos tres tipos de efectos para dar cuenta de las transformaciones del esp´ ıritu del capitalismo a lo largo de los ultimos treinta ´ a˜os. n El modelo de cambio que utilizaremos es un modelo a tres bandas. La primera representa la cr´ ıtica y puede ser definida en funci´n de lo que deo nuncia (siendo, como veremos, los objetos de denuncia bastante variados en el caso del capitalismo) y de su virulencia. La segunda corresponde al capitalismo, caracterizado por los dispositivos de organizaci´n del trabajo y o las formas de obtenci´n de beneficios espec´ o ıficas de una ´poca determinada. e 39

La tercera remite asimismo al capitalismo, pero esta vez desde el punto de vista de la integraci´n de dispositivos destinados a mantener una separaci´n o o que resulte tolerable entre los medios empleados para generar beneficios (el segundo de los elementos que hemos se˜alado) y las exigencias de justicia n que se apoyan en convenciones reconocidas como leg´ ıtimas. Cada uno de los polos de esta oposici´n a tres bandas puede evolucionar: la cr´ o ıtica puede cambiar de objeto, as´ como perder o ganar virulencia; el capitalismo ı puede conservar o cambiar sus dispositivos de acumulaci´n; tambi´n pueo e de mejorarlos dot´ndolos de una mayor justicia o desmontar las garant´ a ıas mantenidas hasta entonces. Una cr´ ıtica que se agota, es vencida o pierde su virulencia permite al capitalismo relajar sus dispositivos de justicia y modificar con toda impunidad sus procesos de producci´n. Una cr´ o ıtica que gana en virulencia y en credibilidad obliga al capitalismo a reforzar sus dispositivos de justicia, a no ser que, por el contrario, constituya –si el entorno pol´ ıtico y tecnol´gico se lo o permite– una incitaci´n a transformarse, confundiendo las reglas de juego. o El cambio de los dispositivos de acumulaci´n capitalista tiene como cono secuencia el desarme temporal de la cr´ ıtica, pero tiene tambi´n bastantes poe sibilidades de conducir, a medio plazo, a la formulaci´n de un nuevo esp´ o ıritu del capitalismo con el fin de restaurar la implicaci´n de los asalariados que o han perdido, en tal proceso, los puntos de referencia a los que se aferraban para tener alg´n asidero sobre su trabajo. Asimismo no es imposible que una u transformaci´n de las reglas de juego capitalistas modifique las expectativas o de los asalariados sin socavar los dispositivos de acumulaci´n, como en el o caso analizado por D. Bell (1979). Por otro lado, la introducci´n de dispositivos que garanticen una mayor o justicia apacigua a la cr´ ıtica en lo que respecta a los objetos de las reivindicaciones planteados hasta ese momento, pero a la par puede tambi´n e conducirla a desplazarse hacia otros problemas. Este movimiento suele ir acompa˜ado, en la mayor´ de los casos, por un descenso de la vigilancia en n ıa torno a los antiguos puntos de contestaci´n. Se abren as´ para el capitalismo o ı nuevas posibilidades de transformar las reglas de juego, lo que entra˜a una n degradaci´n de las ventajas obtenidas previamente y provoca a medio plazo o un relanzamiento de la cr´ ıtica. En el centro de este juego a tres bandas, funcionando como un dispositivo de registro, caja de resonancia y crisol donde se forman nuevos compromisos, encontramos al esp´ ıritu del capitalismo, un esp´ ıritu del capitalismo renegociado –puesto en cuesti´n o incluso aniquilado antes de un o nuevo surgimiento– por la transformaci´n tanto de los dispositivos dirigidos o a la obtenci´n de beneficios, como de aquellos orientados a la consecuci´n de o o la justicia, a la par que por la continua metamorfosis de las necesidades de justificaci´n bajo el fuego de la cr´ o ıtica. El estudio del esp´ ıritu del capitalismo y de su evoluci´n es una v´ de entrada pertinente para analizar la din´mica o ıa a conjunta del capitalismo y de sus cr´ ıticas, que hemos situado en el centro 40

de este trabajo. Una noci´n que nos ayudar´ a articular estos tres t´rminos de capitao a e lismo, esp´ ıritu del capitalismo y cr´ ıtica, ser´ la de prueba, que constituye, a por otro lado, un excelente dispositivo para integrar en un mismo marco, sin caer en reduccionismos, las exigencias de justicia y las relaciones de fuerza.

Pruebas de fuerza y pruebas leg´ ıtimas
La noci´n de prueba rompe con una concepci´n excesivamente determio o nista de lo social, ya se funde en la omnipotencia de las estructuras, ya lo haga, dentro de una ´ptica culturalista, en la dominaci´n de normas interioo o rizadas. El concepto de prueba hace hincapi´ en la incertidumbre que, desde e la perspectiva de la acci´n, habita, en distintos grados, las situaciones de la o 44 . vida social Para nuestro proyecto, la noci´n de prueba presenta la ventaja de pero mitirnos circular, con las mismas herramientas te´ricas, de las relaciones de o fuerza a los ´rdenes leg´ o ıtimos. La prueba es siempre una prueba de fuerza, es decir, el acontecimiento en el transcurso del cual los seres, midi´ndose e (imagin´monos un pulso entre dos personas o el enfrentamiento entre un e pescador y la trucha que trata de escapar de ´l) muestran de lo que son e capaces e incluso, a un nivel m´s profundo, de qu´ est´n hechos. Cuando a e a la situaci´n se encuentre sometida a las constricciones de la justificaci´n y o o los protagonistas juzguen que estas constricciones son realmente respetadas, esta prueba de fuerza ser´ considerada como leg´ a ıtima. Diremos, en el primer caso (prueba de fuerza), que al final de la prueba, la revelaci´n de las potencias se traduce en la determinaci´n de un cierto grado o o de fuerza y, en el segundo (prueba leg´ ıtima), en un juicio sobre la grandeza respectiva de las personas. Mientras que la atribuci´n de una fuerza define un o estado de cosas sin ninguna coloraci´n moral, la atribuci´n de una grandeza o o presupone un juicio que no s´lo ata˜e a la fuerza respectiva de los seres o n presentes, sino tambi´n al car´cter justo del orden revelado por la prueba. e a El paso de la prueba de fuerza a la prueba de grandeza leg´ ıtima presupone un trabajo social de identificaci´n y cualificaci´n de los diferentes tipos de o o fuerzas que deben ser distinguidas y separadas unas de otras. Para que pueda ser apreciada desde el punto de vista de la justicia, una prueba debe,
Esta incertidumbre apunta al estado de los seres, objetos o personas y, en particular, a sus respectivas potencias de las que depende su ubicaci´n en los dispositivos que enmarcan o la acci´n. En un mundo en el que toda potencia fuese fijada de una vez para siempre, donde o los objetos fuesen inmutables (donde, por ejemplo, no estuviesen sometidos al desgaste) y donde las personas actuasen seg´n un programa estable y conocido por todos, la prueba u ser´ siempre esquivada, pues la certitudumbre que existir´ sobre sus resultados la har´ ıa ıa ıa innecesaria. En la medida en que las posibilidades de los objetos (como cuando se habla de probar las posibilidades de un veh´ ıculo) y las capacidades de las personas son, por naturaleza, inciertas (nunca sabemos con exactitud de lo que la gente es capaz), los seres entran en relaciones de enfrentamiento y de confrontaci´n en las que se revela su potencia. o
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para empezar, estar especificada, ser prueba de algo, de esto o de aquello, de una carrera a pie o de lat´ y no permanecer indeterminada y abierta a ın un enfrentamiento entre seres considerados desde cualquier tipo de relaci´n o e implicando cualquier tipo de fuerza (lo que podr´ constituir una de las ıa caracterizaciones posibles de la violencia). Si lo que es puesto a prueba no es predefinido, la prueba ser´ juzgada como poco s´lida, poco fiable y sus a o resultados ser´n cuestionables. De este modo, mientras que en la l´gica de la a o prueba de fuerza, las fuerzas se encuentran, se componen y se desplazan sin m´s l´ a ımite que la propia resistencia de otras fuerzas, la prueba de grandeza s´lo es v´lida (justa) si pone en juego fuerzas de la misma naturaleza. Ya no o a podemos reconocer por el arte la fuerza del dinero, reconocer por el dinero la fuerza de la reputaci´n o de la inteligencia, etc. Es necesario, para no o ser simplemente fuerte, sino tambi´n grande, hacerse con la fuerza de la e naturaleza adecuada a la prueba a la cual uno se somete. De este modo, asegurar la justicia de una prueba es formalizarla y controlar su ejecuci´n o con objeto de impedir que sea parasitada por fuerzas exteriores. En una sociedad en la que un gran n´mero de pruebas est´n sometidas a u a constricciones que definen en qu´ consiste una prueba leg´ e ıtima, la fuerza de los fuertes se ve bastante disminuida toda vez que la tensi´n de las pruebas o tiende a obstaculizar las posibilidades de aquellos que, disponiendo de fuerzas diferenciadas pero poco espec´ ıficas, pueden desplazarlas, confundirlas o extenderlas en funci´n de las necesidades estrat´gicas de la situaci´n. No se o e o puede, por ejemplo, comprar a los cr´ ıticos literarios y ser reconocido como un escritor dotado de gran inspiraci´n, o convertirse en director de gabinete o por el simple hecho de ser el primo del ministro. Hay que renunciar a salirse con la suya a cualquier precio. Adem´s, la prueba de fuerza y la prueba leg´ a ıtima no deben ser concebidas como oposiciones discretas. Existe de una a otra un continuum, de tal forma que las pruebas pueden ser juzgadas m´s o menos justas, y que siempre sea a posible descubrir la acci´n de fuerzas subyacentes que vienen a contaminar o una prueba que, sin embargo, pretende ser leg´ ıtima (como ocurre, por ejemplo, con la manifestaci´n de las ventajas y desventajas sociales que inciden o sobre los resultados de la prueba escolar, sin que los examinadores lo tengan en cuenta expl´ ıcitamente). La noci´n de prueba nos sit´a en el centro de la perspectiva sociol´gica, o u o uno de cuyos interrogantes m´s constantes –que ninguna teor´ ha eludido– a ıa ata˜e a los procesos de selecci´n por los cuales se efect´a la distribuci´n n o u o diferencial de las personas entre lugares dotados de un valor desigual, y al car´cter m´s o menos justo de esta distribuci´n (y aqu´ la sociolog´ cona a o ı ıa verge con los interrogantes planteados por la filosof´ pol´ ıa ıtica). La noci´n o de prueba posee tambi´n la ventaja de hacer posibles los cambios de escala e seg´n se tome como objeto de an´lisis situaciones de prueba consideradas u a en su singularidad en el transcurso de interacciones tratadas como acontecimientos unicos (como el intercambio entre un candidato a ser contratado y ´ 42

el contratante) –cuyo tratamiento recuerda a los procedimientos de la microsociolog´ o bien nos limitemos a describir clases de pruebas relativamente ıa–, estabilizadas que, desde una perspectiva de la sociolog´ de la acci´n, conecıa o tan con los interrogantes cl´sicos de la macrosociolog´ La noci´n de prueba a ıa. o permite, por lo tanto, desplazarse entre lo micro y lo macro, en la medida en que se orienta tanto hacia dispositivos sectoriales o situaciones singulares, como hacia concatenaciones societales, ya que las grandes tendencias de selecci´n social descansan, en ultima instancia, en la naturaleza de las o ´ pruebas que una sociedad reconoce en un momento dado. De este modo, no ser´ exagerado considerar que se puede definir una sociedad (o un estado ıa social) por la naturaleza de las pruebas que se da a s´ misma y a cuyo trav´s ı e se efect´a la selecci´n social de las personas, y por los conflictos que apuntan u o al car´cter m´s o menos justo de estas pruebas. a a Cr´ ıtica y prueba est´n estrechamente ligadas una con otra. La cr´ a ıtica conduce a la prueba en la medida en que ´sta pone en cuesti´n el orden e o existente y coloca bajo sospecha el estado de grandeza de los seres presentes. A su vez, la prueba –sobre todo cuando pretende la legitimidad– se expone a la cr´ ıtica, que descubre las injusticias suscitadas por la acci´n de fuerzas o ocultas. El impacto de la cr´ ıtica sobre el capitalismo se realiza a trav´s de los e efectos que ´sta produce sobre las pruebas centrales del capitalismo. Es e el caso, por ejemplo, de las pruebas de las que depende el reparto entre salarios y beneficios dentro de un determinado estado del derecho laboral y del derecho de sociedades que se supone que respetan, o, por ejemplo, las pruebas de selecci´n que dan acceso a posiciones consideradas m´s o menos o a favorables.

El papel de la cr´ ıtica en la din´mica de las pruebas a
Podemos considerar que existen dos maneras de criticar las pruebas. La primera tiene una intenci´n correctiva: la cr´ o ıtica desvela lo que, en las pruebas cuestionadas, transgrede la justicia y, en particular, las fuerzas que algunos de los protagonistas movilizan a espaldas de los otros, lo que les procura una ventaja inmerecida. El objetivo de la cr´ ıtica es, en este caso, mejorar la justicia de la prueba –tensarla, podr´ ıamos decir–, aumentar su nivel de convencionalismo, desarrollar su marco reglamentario o jur´ ıdico. Las pruebas instituidas como, por ejemplo, las elecciones pol´ ıticas, los ex´menes a escolares, las pruebas deportivas y las negociaciones paritarias entre agentes sociales, son el resultado de semejante trabajo de depuraci´n de la justio cia, de tal forma que no se permita pasar m´s que a las fuerzas que sean a consideradas coherentes con la calificaci´n de la prueba. No obstante, estas o pruebas permanecen perpetuamente susceptibles de mejora y, por lo tanto, de cr´ ıtica. El trabajo de depuraci´n es un trabajo sin fin porque las relaciones o bajo las cuales pueden ser aprehendidas las personas son ontol´gicamente o 43

ilimitadas45 . Una segunda forma de criticar las pruebas podr´ denominarse radical. ıa Lo fundamental ya no consistir´ en corregir las condiciones de la prueba ıa con el fin de hacerla m´s justa, sino en suprimirla y, eventualmente, reema plazarla por otra. En el primer caso, la cr´ ıtica toma en serio los criterios que se supone que satisface la prueba, para demostrar que su realizaci´n se aleja, o en determinado n´mero de aspectos, de su definici´n o, s´ se quiere, de su u o ı concepto, tratando de contribuir a hacerla m´s conforme a las pretensiones a que supuestamente deber´ satisfacer. En el segundo caso, es la validez misıa ma de la prueba, que es precisamente lo que da sentido a su existencia, lo que es puesto en cuesti´n. Desde el punto de vista de esta segunda posici´n o o cr´ ıtica, la cr´ ıtica que pretende corregir la prueba es, frecuentemente, criticada como reformista, en oposici´n a una cr´ o ıtica radical que hist´ricamente o se ha afirmado como revolucionaria.. Con respecto al modelo de las econom´ de grandeza (Boltanski, Th´veıas e not, 1991) en el que nos basamos aqu´ la cr´ ı, ıtica correctiva es una cr´ ıtica que toma en serio la ciudad en referencia a la cual ha sido construida la prueba. Inversamente, la cr´ ıtica radical es una cr´ ıtica que se ejerce en nombre de otros principios, principios provenientes de otra ciudad diferente de aquella sobre la que la prueba, en su definici´n admitida habitualmente, pretende o basar sus juicios. Vamos a evocar, en un primer momento, el destino posible de una cr´ ıtica correctiva con pretensiones reformistas. En la medida en que las pruebas criticadas pretenden ser consideradas como leg´ ıtimas (lo que provoca que recurran para justificarse a las mismas posiciones normativas que son invocadas por la cr´ ıtica), es imposible que quienes tienen como tarea controlar su realizaci´n pr´ctica ignoren eternamente las observaciones de las que son o a objeto estas pruebas, ya que para continuar siendo leg´ ıtimas deben ser capaces de plantear una respuesta a la cr´ ıtica. Esta respuesta puede consistir, bien en mostrar que la cr´ ıtica se equivoca (y para ello debe entonces aportar
Toda vez que no se opera en un universo abstracto, sino en el mundo real, en un mundo atravesado por fuerzas m´ltiples, la prueba m´s cuidadosamente dispuesta no u a puede impedir por completo el paso de fuerzas que no entran en su definici´n. Por otro o lado, una prueba absolutamente impecable es imposible desde un punto de vista l´gico, o ya que supondr´ el establecimiento de un procedimiento espec´ ıa ıfico para cada situaci´n o singular (y para cada persona), lo cual impedir´ el juicio bajo el principio de equivalencia ıa y la constituci´n de un orden justificable. Un mundo perfectamente justo supondr´ una o ıa especie de codificaci´n previa de cada situaci´n y un procedimiento de negociaci´n para o o o que los actores pudieran converger hacia un acuerdo sobre la definici´n de la situaci´n, o o lo cual es imposible material (el tiempo consagrado a la negociaci´n ser´ mayor que o ıa el tiempo consagrado a la acci´n) y l´gicamente (habr´ tambi´n que definir, mediante o o ıa e negociaciones, la situaci´n de negociaci´n mediante un ejercicio especular infinito). Nada o o garantizar´ adem´s que la codificaci´n ad hoc as´ obtenida fuese realmente adecuada a la ıa a o ı situaci´n, porque a las personas, en ausencia de precedentes y de aprendizaje por prueba o y error, les ser´ imposible detectar las fuerzas parasitarias y corregir la graduaci´n de la ıa o prueba.
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pruebas convincentes), bien en estrechar el control sobre la prueba y depurarla para hacerla m´s conforme con el modelo de justicia que sostiene los a juicios que aspiran a la legitimidad. Es lo que ocurre, por ejemplo, cuando, tras las denuncias, se hace an´nimo un examen que anteriormente no o lo era o cuando se prohibe la divulgaci´n de informaciones procedentes de o 46 ). operaciones de bolsa (d´lits d’initi´s e e Pero puede producirse otra reacci´n ante la cr´ o ıtica correctiva de una prueba que no consistir´ en satisfacerla, sino en tratar de esquivarla. Cabe ıa esperar este movimiento, por un lado, entre aquellos que resultan beneficiados por la prueba, pero que la cr´ ıtica ha demostrado hasta qu´ punto e ´stos la superaban de manera ileg´ e ıtima, ya que ven, por consiguiente, como merman las ventajas de las que dispon´ y, por otro lado, entre los ıan organizadores de la prueba o entre aquellos sobre quienes descansan mayoritariamente los costes de su organizaci´n47 , que consideran que el aumento o esperado de la justicia de la prueba –y, por lo tanto, en su legitimidad– no compensa el mayor coste de la misma (reforzamiento de los controles, precauciones, perfeccionamiento de los criterios de enjuiciamiento), o incluso que, con independencia de las ventajas obtenidas desde el punto de vista de la justicia, el coste se ha vuelto prohibitivo. De este modo, un cierto n´mero de actores puede tener inter´s en reducir u e la importancia concedida a una prueba, en su marginalizaci´n, sobre todo o si parece dif´ poner fin al trabajo de la cr´ ıcil ıtica, cuyo relanzamiento obliga de continuo a tensar aquella y a aumentar sus costes. En lugar de poner frontalmente en tela de juicio las pruebas instituidas –lo que ser´ demasiaıa do costoso, en primer lugar en t´rminos de legitimidad–, tratan de buscar e nuevos caminos para la obtenci´n de beneficios realizando desplazamientos o locales, de escasa amplitud, poco visibles y m´ltiples. Estos desplazamienu tos pueden ser geogr´ficos (deslocalizaci´n hacia regiones donde la mano de a o obra es barata y donde el derecho laboral se encuentra poco desarrollado o respetado) si, por ejemplo, las empresas no quieren introducir las mejoras propuestas por la cr´ ıtica en el reparto de salarios/beneficios (podr´ ıan hacerse exactamente las mismas observaciones con respecto a las nuevas
46 As´ se denominan a las infracciones cometidas en la bolsa por todas aquellas personas ı que disponiendo, en el ejercicio de su profesi´n o de sus funciones, de una informaci´n o o privilegiada sobre las perspectivas o la situaci´n de un emisor de t´ o ıtulos, sobre las perspectivas de evoluci´n de un valor inmobiliario, etc., las comunicara a un tercero fuera o del marco habitual de su profesi´n o de sus funciones. Son considerados ((iniciados)) el o dirigente de una sociedad, su secretario general o su administrador [N. del T.]. 47 En el caso de la prueba de seleci´n, es la empresa la que soporta el coste directo, o mientras que los principales beneficiarios son, por ejemplo, los diplomados de determinadas escuelas. En el caso de la prueba del reparto del valor a˜adido, los beneficiarios son los n asalariados y los capitalistas, en funci´n de proporciones que son precisamente el objeto o de la disputa. El coste recaer´ sobre las empresas, pero tambi´n sobre el Estado en la ıa e medida en que ´ste es el encargado de hacer respetar las reglamentaciones y de interponer e los controles necesarios para proteger los respectivos derechos de las partes implicadas.

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exigencias en materia de medio ambiente). Tambi´n puede tratarse de una e modificaci´n de los criterios de medici´n del ´xito en la empresa para eso o e capar a los procedimientos vinculados a la gesti´n de las promociones o de o la supresi´n de pruebas formales en los procesos de selecci´n (resoluci´n de o o o los casos por escrito, tests psicot´cnicos) considerados como demasiado cose tosos. Estos desplazamientos, que modifican el recorrido de las pruebas48 , tienen por efecto la reducci´n de los costes asociados al mantenimiento de o las pruebas puestas en tensi´n y la mejora de los beneficios de aquellos que o pueden disponer de recursos diversificados y que se encuentran liberados de las trabas que limitaban hasta entonces los usos que pod´ hacer de sus ıan fuerzas. En una sociedad capitalista, donde los fuertes son los poseedores de capital, y en la que la historia ha demostrado con regularidad que, sin trabas legislativas y reglamentarias, ´stos tienden a usar su poder econ´mico para e o conquistar una posici´n dominante en todos los ´mbitos y para no dejar o a a los asalariados m´s que lo indispensable para su supervivencia del valor a a˜adido extraido, evidentemente es el partido del beneficio el que suele salir n ganando de estos microdesplazamientos. Este modo de reaccionar ante la cr´ ıtica mediante desplazamientos, tiene tambi´n por efecto el desarme temporal de esta ultima, que se ve frente a un e ´ mundo que ya no es capaz de interpretar. La cr´ ıtica y los aparatos cr´ ıticos propios de una etapa anterior del esp´ ıritu del capitalismo son incapaces de aferrar las nuevas pruebas que no han sido a´n sometidas a un trabajo de u reconocimiento, de institucionalizaci´n y de codificaci´n, porque una de las o o primeras tareas de la cr´ ıtica es, precisamente, identificar las pruebas m´s a rese˜ables vigentes en una sociedad dada, clarificar o empujar a los protagon nistas a aclarar los principios subyacentes a las mismas para, posteriormente, hallarse en condiciones de proceder a una cr´ ıtica correctiva o radical, reformista o revolucionaria, seg´n las opciones y estrategias de aquellos que la u llevan a cabo. A resultas de la multitud de microdesplazamientos desplegados con objeto de evitar localmente las pruebas m´s costosas o las m´s sometidas a la a a cr´ ıtica, la acumulaci´n capitalista se ve en parte liberada de los obst´culos o a que hac´ pesar sobre ella la noci´n limitadora de bien com´n. Pero, al misıa o u mo tiempo, se ve despose´ de las justificaciones que hac´ de ella algo ıda ıan deseable para la mayor´ de los actores, excepto si esta reorganizaci´n de las ıa o pruebas resulta estar en armon´ con tem´ticas planteadas por una cr´ ıa a ıtica radical encaminada (tambi´n en nombre del bien com´n aunque invocane u do valores diferentes) a suprimir las antiguas pruebas. Un desplazamiento de este tipo pierde en legitimidad desde el punto de vista de los antiguos
Podemos hablar de recorrido de pruebas cuando, como suele ocurrir con las pruebas m´s institucionalizadas, el acceso a una prueba est´ cerrado, es decir, condicionado a la a a superaci´n de una prueba anterior, al objeto de unificar las propiedades de los competio dores presentes, lo que es una condici´n para que la equivalencia sobre la cual descansa la o prueba sea juzgada como v´lida. a
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principios, pero puede apoyarse en principios de legitimidad aportados por otros sectores de la cr´ ıtica. A nos ser que logre una salida completa del r´gie men del capital, el unico destino posible de la cr´ ´ ıtica radical (cuya cerraz´n o en el mantenimiento de una postura de oposici´n testaruda e interminable o suele ser f´cilmente calificada de ((irreal)) por sus detractores) parece ser su a utilizaci´n como fuente de ideas y de legitimidad para salir de un marco o demasiado normativizado y, para determinados actores demasiado costoso, heredado de una etapa anterior del capitalismo. De este modo, podemos considerar posibles situaciones en las que el conjunto de la cr´ ıtica se ve desarmada como resultado de un mismo movimiento: una, que aqu´ hemos calificado de correctiva (lo que no quiere decir que se ı conciba necesariamente como reformista), porque las pruebas a las cuales se ajustaba desaparecen o caen en desuso; la otra, que hemos denominado radical (lo que no significa tampoco que s´lo sea cosa de aquellos que se o denominan a s´ mismos ((revolucionarios))), porque la evoluci´n de las ideas ı o dominantes va en un sentido que ella reclamaba y que en parte satisface. Como veremos a continuaci´n, una situaci´n de este tipo ha caracterizado, o o desde nuestro punto de vista, a Francia en la d´cada de 1980. e Sin embargo, tal situaci´n no parece destinada a durar mucho tiempo: la o reorganizaci´n del capitalismo crea nuevos problemas, nuevas desigualdades o y nuevas injusticias, no porque sea intr´ ınseco a su naturaleza ser injusto, sino porque la cuesti´n de la justicia no es pertinente dentro del marco en o que se despliega –la norma de acumulaci´n de capital es amoral– a no ser o que la cr´ ıtica le obligue a justificarse y autocontrolarse. Progresivamente van reconstituy´ndose diferentes esquemas de interpree taci´n, permitiendo dar sentido a estas transformaciones y favoreciendo un o relanzamiento de la cr´ ıtica al facilitar la identificaci´n de las nuevas modao lidades problem´ticas de la acumulaci´n. La recuperaci´n de la cr´ a o o ıtica trae consigo la formaci´n de nuevos puntos de apoyo normativos que el capitaliso mo ha de ser capaz de integrar. Este compromiso se afirma en la expresi´n o de una nueva forma de esp´ ıritu del capitalismo que contiene, al igual que aquellos que le precedieron, exigencias de justicia. As´ pues, el nacimiento de un nuevo esp´ ı, ıritu del capitalismo se realiza en dos tiempos, aunque sea ´sta una distinci´n fundamentalmente de tipo e o anal´ ıtico, pues en realidad ambas fases se encuentran profundamente imbricadas. Asistimos, en un primer momento, al esbozo de un esquema de interpretaci´n general de los nuevos dispositivos, a la puesta en marcha de o una nueva cosmolog´ que permite ubicarse y deducir algunas reglas eleıa mentales de comportamiento. En un segundo momento, este esquema va a depur´rse en direcci´n a una mayor justicia. Una vez que sus principios a o de organizaci´n se han establecido, la cr´ o ıtica reformista va a esforzarse por tensar las nuevas pruebas identificadas.

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Las formas hist´ricas de la cr´ o ıtica del capitalismo
Para interpretar la coyuntura hist´rica que aborda nuestro trabajo, deo bemos ahora definir con mayor exactitud el contenido de las cr´ ıticas dirigidas al capitalismo, porque la orientaci´n de un movimiento particular de ´ste y o e el sentido de las transformaciones que afectan a su esp´ ıritu no pueden comprenderse en profundidad si no tomamos en consideraci´n el tipo de cr´ o ıticas a las que se ha visto y se ve expuesto. La necesidad de aportar justificaciones al capitalismo y de mostrarle bajo una luz atractiva, no se impondr´ con ıa tanta urgencia si el capitalismo no estuviera enfrentado, desde sus or´ ıgenes, a fuerzas cr´ ıticas de gran potencia. El anticapitalismo es tan antiguo como el propio capitalismo, ((le acompa˜a como su propia sombra a lo largo de n todo su desarrollo. Podemos sostener, sin buscar con ello en ning´n caso la u paradoja, que el anticapitalismo es, desde un punto de vista hist´rico, la o expresi´n m´s importante del capitalismo)) (Baechler, 1995, vol. 2, p. 268). o a Sin entrar con detalle en la historia de las cr´ ıticas de las que ha sido objeto el capitalismo –tarea que superar´ con mucho el marco de esta obra– ıa debemos, no obstante, para comprender la formaci´n del nuevo esp´ o ıritu del capitalismo, recordar los principales vectores sobre los que se han construido las principales formas de anticapitalismo y que han permanecido bastante perennes desde la primera mitad del siglo XIX. La formulaci´n de una cr´ o ıtica supone previamente la vivencia de una experiencia desagradable que suscita la queja, ya sea ´sta padecida persoe nalmente por el cr´ ıtico o el resultado de una conmoci´n por la suerte de o otro (Chiapello, 1998). Es lo que aqu´ denominaremos la fuente de la inı dignaci´n. Sin este primer movimiento emotivo, casi sentimental, ninguna o cr´ ıtica puede emprender vuelo. Por otro lado, el espect´culo del sufrimiento a no conduce autom´ticamente a una cr´ a ıtica articulada, ya que necesita de un apoyo te´rico y de una ret´rica argumentativa para dar voz y traducir el o o sufrimiento individual en t´rminos que hagan referencia al bien com´n (Bole u tanski, 1990; 1993). As´ pues, existen realmente dos niveles en la expresi´n ı, o de una cr´ ıtica: un nivel primario, situado en el ´mbito de las emociones, que a es imposible hacer callar y que siempre est´ dispuesto a inflamarse ante la a presencia de la menor situaci´n novedosa que fuerce la indignaci´n, y un o o nivel secundario, reflexivo, te´rico y argumentativo, que permite mantener o la lucha ideol´gica y que constituye la fuente de conceptos y esquemas que o permitir´n ligar las situaciones hist´ricas que pretenden someterse a cr´ a o ıtica a valores susceptibles de universalizaci´n. Cuando hablamos de desarme de o la cr´ ıtica hacemos referencia a este segundo nivel. Dado que sabemos que el trabajo de la cr´ ıtica consiste en traducir la indignaci´n al marco de teor´ o ıas cr´ ıticas para proporcionarle voz posteriormente (lo que implica, por su parte, otras condiciones que no examinaremos aqu´ comprendemos que a´n ı), u cuando las fuerzas cr´ ıticas parecen estar en total descomposici´n, la capao ´ cidad de indignarse permanezca intacta. Esta se encuentra especialmente 48

presente entre los j´venes, quienes no han experimentado a´n el cierre del o u campo de posibilidades constitutivo del envejecimiento, pudiendo conformar el sustrato a partir del cual se hace posible un relanzamiento de la cr´ ıtica. Aqu´ es donde reside la garant´ de un trabajo cr´ ı ıa ıtico renovado de forma continua. Desde su formaci´n –y a pesar de las transformaciones del capitalismo– o la ((naturaleza)) de la cr´ ıtica (Heilbroner, 1986) no se ha transformado radicalmente, hasta el punto de que las fuentes de indignaci´n que la han o alimentado de forma continua han permanecido bastante similares a lo largo de los dos ultimos siglos. Son b´sicamente de cuatro tipos: ´ a a) el capitalismo como fuente de desencanto y de inautenticidad de los objetos, de las personas, de los sentimientos y, en general, del tipo de vida que se encuentra a ´l asociado; e b) el capitalismo como fuente de opresi´n, en la medida en que se opone o a la libertad, a la autonom´ y a la creatividad de los seres humanos ıa sometidos bajo su imperio, por un lado, a la dominaci´n del mercado o como fuerza impersonal que fija los precios, designa los hombres y los productos-servicios deseables y rechaza al resto, y, por otro, a las formas de subordinaci´n de la condici´n salarial (disciplina de empresa, o o estrecha vigilancia por parte de los jefes y encuadramiento mediante reglamentos y procedimientos); c) el capitalismo como fuente de miseria de los trabajadores y de desigualdades de alcance desconocido en el pasado; d) el capitalismo como fuente de oportunismo y de ego´ ısmo que, favoreciendo solamente intereses particulares, act´a como destructor de los u lazos sociales y de las solidaridades comunitarias, en particular de una solidaridad m´ ınima entre ricos y pobres. Una de las mayores dificultades del trabajo cr´ ıtico consiste en la cuasi imposibilidad de mantener unidas estas diferentes causas de indignaci´n e o integrarlas en un marco coherente, de tal forma que la mayor parte de las teor´ cr´ ıas ıticas privilegian uno de los ejes, en funci´n del cual desplegar´n o a su argumentaci´n, en detrimento de los otros. De este modo, unas veces se o hace hincapi´ en las dimensiones industriales del capitalismo (cr´ e ıtica de la estandarizaci´n de los bienes, de la t´cnica, de la destrucci´n de la naturao e o leza y de los modos de vida aut´nticos, de la disciplina de f´brica y de la e a burocracia), de tal forma que las mismas cr´ ıticas podr´ tambi´n ser apliıan e cadas a una denuncia del socialismo real, mientras otras veces se privilegia la cr´ ıtica de sus dimensiones mercantiles (cr´ ıtica de la dominaci´n impersonal o del mercado; del dinero todopoderoso que hace que todo sea equivalente, convirtiendo a los seres m´s sagrados, a las obras de arte y, sobre todo, a los a 49

seres humanos, en mercanc´ que somete a procesos de mercantilizaci´n a ıas; o la pol´ ıtica, objeto de marketing y de publicidad como cualquier otro producto). Por otro lado, las referencias normativas movilizadas para dar cuenta de la indignaci´n son diferentes, cuando no dif´ o ıcilmente compatibles. Mientras que la cr´ ıtica del ego´ ısmo y del desencanto suele ir acompa˜ada de una nosn talgia por las sociedades tradicionales o sociedades de orden –sobre todo por sus dimensiones comunitarias–, la indignaci´n frente a la opresi´n y la miseo o ria en una sociedad rica se apoya en los valores de libertad e igualdad que, pese a ser ajenos al principio de acumulaci´n ilimitada que caracteriza al o capitalismo, han estado hist´ricamente asociados al ascenso de la burgues´ o ıa 49 . y al desarrollo del mismo Por tales razones, los portadores de estos diversos motivos de indignaci´n o y puntos de apoyo normativos han sido grupos de actores diferentes, pese a que podamos, frecuentemente, verles asociados en una coyuntura hist´rica o determinada. De este modo, podemos distinguir entre una cr´ ıtica artista y una cr´ ıtica social 50 . La primera de ellas, que hunde sus ra´ en la invenci´n de un modo de ıces o vida bohemio (Siegel, 1986), recurre sobre todo a las dos primeras fuentes de indignaci´n que hemos se˜alado brevemente hace un instante: por un lado, o n el desencanto y la inautenticidad y, por otro, la opresi´n, que caracterizan al o mundo burgu´s asociado con el ascenso del capitalismo. Esta cr´ e ıtica pone en primer plano la p´rdida de sentido y, m´s en concreto, la p´rdida del sentido e a e de lo bello y de lo grandioso que se desprende de la estandarizaci´n y de la o mercantilizaci´n generalizada y que no s´lo afecta a los objetos cotidianos, o o sino tambi´n a las obras de arte (el mercantilismo cultural de la burgues´ e ıa) y a los seres humanos. Esta cr´ ıtica insiste en la voluntad objetiva del capitalismo y de la sociedad burguesa de incorporar, dominar y someter a los seres humanos a un trabajo prescrito con el objetivo de obtener beneficios, pero invocando hip´critamente la moral, a la que se opondr´ la libertad del o ıa artista, su rechazo a una contaminaci´n de la est´tica por la ´tica, su despreo e e cio por toda forma de sometimiento en el tiempo y en el espacio, as´ como, ı en sus expresiones m´s extremas, por todo tipo de trabajo. a La cr´ ıtica artista descansa en una oposici´n, cuya expresi´n ejemplar o o podemos encontrar en Baudelaire, entre el apego y el desapego, la estabilidad y la movilidad. Por un lado estar´ los burgueses, poseedores de tierras, de ıan f´bricas, de mujeres y esclavos del tener, obnubilados por la conservaci´n de a o sus bienes, perpetuamente preocupados por su reproducci´n, su explotaci´n o o y su crecimiento, condenados de este modo a una previsi´n meticulosa, a o una gesti´n racional del espacio y del tiempo y a una b´squeda casi obsesiva o u de la producci´n por la producci´n. Por otro lado, estar´ los intelectuales o o ıan
Como demuestra Fran¸ois Furet (1995, pp. 20-31), los valores burgueses han servido c para proporcionar un fuerte impulso a la cr´ ıtica de la burgues´ ıa. 50 V´ase Grana (1964), Bourdieu (1992) y Chiapello (1998). e
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y los artistas libres de toda atadura, cuyo modelo –el del dandy, construido a mediados del siglo XIX–, hizo de la ausencia radical de toda producci´n o que no fuese la producci´n de s´ mismo, y de la cultura de la incertidumbre o ı ideales insuperables (Coblence, 1986)51 . El segundo tipo de cr´ ıtica, inspirada en los socialistas y, posteriormente, en los marxistas, hace referencia preferentemente a las dos ultimas fuentes de ´ indignaci´n que hemos identificado: el ego´ o ısmo de los intereses particulares en la sociedad burguesa y la miseria creciente de las clases populares en una sociedad con una riqueza sin precedentes, misterio que encontrar´ su a explicaci´n en las teor´ de la explotaci´n52 . Apoy´ndose en la moral y, a o ıas o a menudo, en una tem´tica de inspiraci´n cristiana, la cr´ a o ıtica social rechaza, a veces con violencia, el inmoralismo o el neutralismo moral, el individualismo, inclusive el ego´ ısmo o egotismo, de los artistas53 . Recurriendo a fuentes ideol´gicas y emocionales diferentes, las cuatro o tem´ticas de la indignaci´n, cuyos rasgos principales acabamos de recora o dar, no son compatibles autom´ticamente y pueden, seg´n las coyunturas a u hist´ricas, verse asociadas, a menudo al precio de un malentendido f´cilmeno a te denunciable como incoherencia, o, por el contrario, entrar en tensi´n. o Un ejemplo de amalgama nos lo ofrece la cr´ ıtica intelectual en la Francia posterior a la Segunda Guerra Mundial, tal y como se expresa en una revista como Les Temps Modernes, que se preocupaba de mantenerse en la primera l´ ınea de todas las luchas y lograr as´ conciliar el obrerismo y el ı
De la ausencia de ataduras se desprende la idealizaci´n de un uso particular del espacio o y el tiempo. Como han repetido las m´ltiples glosas del tema del transe´nte (de los pasajes u u de Par´ etc.) en Baudelaire, el artista es, en primer lugar, aquel que no hace sino pasar. ıs, Aquel cuya libertad se manifiesta pasando de un lugar a otro, de una situaci´n a otra, un o d´ en un burdel, al d´ siguiente en casa de una marquesa, sin entretenerse ni atarse, sin ıa ıa privilegiar un lugar con respecto a otro y, sobre todo, alej´ndose de todo juicio de valor a del que pudiera brotar una intenci´n moral, en favor de un juicio puramente est´tico que o e tenga como unico principio la visi´n del artista (Fridevaux, 1989). ´ o 52 Podemos encontrar en Marx, as´ como entre la mayor´ de los pensadores de la moı ıa dernidad, ambas cr´ ıticas: la artista y la social. La primera est´ muy presente en el joven a Marx y en franco retroceso –aunque no completamente ausente– con respecto a la cr´ ıtica social en El Capital. Los conceptos de alienaci´n y de explotaci´n hacen referencia a estas o o dos sensibilidades diferentes. En la alienaci´n, lo primero en ser denunciado es la opresi´n, o o as´ como la forma en que la sociedad capitalista impide a los seres humanos vivir una ı ((verdadera)) vida, una vida aut´nticamente humana, volvi´ndoles extra˜os a s´ mismos, es e e n ı decir, a su humanidad m´s profunda; la cr´ a ıtica de la alienaci´n es, por lo tanto, tambi´n o e una cr´ ıtica de la ausencia de autenticidad del mundo nuevo. La explotaci´n, por su parte, o establece un v´ ınculo entre la pobreza de los pobres y la riqueza de los ricos, ya que los ricos son ricos unicamente porque han empobrecido a los pobres. La explotaci´n pone en ´ o relaci´n la cuesti´n de la miseria y de la desigualdad con la del ego´ o o ısmo de los ricos y su falta de solidaridad. 53 V´ase, por ejemplo, la manera en que Proudhon, fundamentalmente, estigmatiza las e costumbres de los artistas y condena ((los cantos a la fealdad y a la inmundicia)) que re´nen u ((las ignominias morales)), ((las corrupciones f´ ısicas)) y el ((esc´ndalo de la complacencia a perversa y de la indiferencia c´ ınica frente a la infamia y a lo escandaloso)) (Bourdieu, 1992, p. 160).
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moralismo del partido comunista, con el libertinaje aristocr´tico de la vana guardia art´ ıstica. En este caso, la cr´ ıtica esencialmente de tipo econ´mico o que denuncia la explotaci´n burguesa de la clase obrera va acompa˜ada de o n una cr´ ıtica de las costumbres, denunciando el car´cter opresivo e hip´crita a o de la moral burguesa –particularmente en lo que respecta a la sexualidad– y de una cr´ ıtica est´tica que desacredita el sibaritismo de una burgues´ de e ıa gustos academicistas. La insistencia en la transgresi´n (de la que la figura o de Sade constituye, desde comienzos de la d´cada de 1940 hasta mediados e de la d´cada de 1960, el s´ e ımbolo obligado movilizado por un gran n´mero u de escritores de la izquierda no comunista)54 sirvi´ de puente entre estos o diferentes temas no exentos, por otro lado, de malentendidos y conflictos cuando la transgresi´n sexual o est´tica, a la que los intelectuales y artistas o e eran particularmente aficionados, chocaba con el moralismo y el clasicismo est´tico de las elites obreras. Obreros que secuestraban a su patr´n, homoe o sexuales que se besaban en p´blico o artistas que expon´ objetos triviales u ıan desplazados de su contexto habitual en galer´ de arte o en un museo, ¿no ıas eran todos ellos, en el fondo, ejemplos de la metamorfosis de una misma transgresi´n del orden burgu´s? o e Sin embargo, en otras coyunturas pol´ ıticas, las diferentes tradiciones cr´ ıticas del capitalismo pueden diverger f´cilmente, entrar en tensi´n o ina o cluso oponerse violentamente entre s´ De este modo, mientras que la cr´ ı. ıtica del individualismo y su corolario comunitarista pueden dejarse arrastrar f´cilmente hacia derivas fascistas (como ocurri´ entre los intelectuales de a o la d´cada de 1930), la cr´ e ıtica de la opresi´n puede conducir lentamente a o quienes la atacan hacia la aceptaci´n, cuanto menos t´cita, del liberalismo, o a como ocurri´ en la d´cada de 1980 con numerosos intelectuales provenientes o e de la extremaizquierda, que habiendo reconocido justamente en el r´gimen e sovi´tico otra forma de alienaci´n y habiendo hecho de la lucha contra el toe o talitarismo su principal combate, no pudieron prever o no supieron reconocer el nuevo predominio liberal en el mundo occidental. Cada una de estas dos cr´ ıticas puede ser considerada como m´s radical a que la otra en cuanto a su posici´n con respecto a la modernidad ilustrada o de la que el capitalismo se reclama, lo mismo que ocurre con la democracia, aunque desde puntos de vista diferentes. La cr´ ıtica artista, aunque comparta con la modernidad su individualismo, se presenta como una contestaci´n radical de los valores y opciones o b´sicos del capitalismo (Chiapello, 1998): la cr´ a ıtica artista rechaza el desencanto resultante de los procesos de racionalizaci´n y de mercantilizaci´n del o o mundo inherentes al capitalismo, procesos que trata de interrumpir o suprimir, buscando de esa forma una salida al r´gimen del capital. La cr´ e ıtica
Sobre la figura, rigurosamente m´ ıtica, de Sade en la Bastilla, como v´ ıctima de la opresi´n, que reconoce abiertamente los cr´ o ımenes de los que se le acusa, convirti´ndose e as´ en s´ ı ımbolo de la transgresi´n, en la literatura de izquierdas de las d´cadas de 1940-1960 o e (en particular en Bataille o en torno a ´l), v´ase Boltanski (1993). e e
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social, por su parte, trata de resolver ante todo el problema de las desigualdades y de la miseria, acabando con el juego de los intereses individuales. Aunque algunas de estas soluciones pueden parecer radicales no suponen, sin embargo, una paralizaci´n de la producci´n industrial, de la invenci´n de o o o nuevos artefactos, del enriquecimiento de la naci´n y del progreso material, o constituyendo, por lo tanto, un rechazo menos total de los marcos y opciones del capitalismo. Sin embargo, a pesar de la inclinaci´n predominante de cada una de eso tas dos cr´ ıticas bien hacia la reforma, bien hacia la salida del r´gimen del e capital, ambas poseen una vertiente moderna y una vertiente antimoderna. La tensi´n entre una cr´ o ıtica radical de la modernidad que conduce a ((contestar su tiempo sin participar en ´l)) y una cr´ e ıtica moderna que corre el riesgo de ((participar en su tiempo sin contestarlo)), constituye, de este modo, una constante de los movimientos cr´ ıticos55 . La cr´ ıtica artista es antimoderna cuando insiste en el desencanto y moderna cuando se preocupa por la liberaci´n. Hundiendo sus ra´ o ıces en los valores liberales provenientes del esp´ ıritu de la Ilustraci´n, denuncia la falsedad de un orden que, lejos o de llevar a cabo el proyecto de liberaci´n de la modernidad, no hace sino o traicionarlo: en lugar de liberar las potencialidades humanas de autonom´ ıa, de autoorganizaci´n y de creatividad, impide a la gente la direcci´n de sus o o propios asuntos, somete a los seres humanos a la dominaci´n de las racionalio dades instrumentales y les mantiene encerrados en una ((jaula de hierro))56 .. La exigencia de la participaci´n activa de los productores en el capitaliso mo no es sino la negaci´n y destrucci´n de ´sta57 . La cr´ o o e ıtica social tiende a ser moderna cuando insiste en las desigualdades y antimoderna cuando, insistiendo en la ausencia de solidaridad, se construye como una cr´ ıtica del
Por tomar un ejemplo reciente, el del situacionismo –estudiado por J. Coupat, de quien tomamos prestada esta oposici´n–, semejante tensi´n condujo a una autodisoluci´n o o o del movimiento tras la ruptura entre Debord (cr´ ıtica antimodernista) y Vaneigem (cr´ ıtica modernista) (Coupat, 1997). 56 Sobre la utilizaci´n, sobre todo en la filosof´ moral, de la met´fora de la ((jaula de o ıa a hierro)), v´ase Wagner (1996), p. 110. e 57 ((El capitalismo, a diferencia [de las formas sociales que le han precedido], se yergue sobre una contradicci´n intr´ o ınseca, una verdadera contradicci´n, en el sentido literal del o t´rmino. La organizaci´n capitalista de la sociedad es contradictoria, en los mismos t´rmie o e nos que un individuo neur´tico lo es: la organizaci´n capitalista es incapaz de realizar sus o o intenciones si no es a trav´s de actos que la contradicen constantemente. Podemos obsere varlo situ´ndonos en el nivel de la producci´n: el sistema capitalista s´lo puede sobrevivir a o o tratando de reducir continuamente a los asalariados a simples ejecutantes y s´lo puede funo cionar en la medida en que esta reducci´n no se lleve a cabo. El capitalismo est´ obligado o a a solicitar constantemente la participaci´n de los asalariados en el proceso de producci´n, o o participaci´n que ´l mismo trata, por otro lado, de hacer imposible)) (Castoriadis, 1979, o e p. 106; v´ase tambi´n Castoriadis, 1974, pp. 15 s.). El concepto mismo de esp´ e e ıritu del capitalismo est´ basado en esta contradicci´n, en la medida en que consiste en movilizar a o las iniciativas para un proceso que no puede movilizar por s´ mismo. El capitalismo se ı encuentra tentado sin descanso a destruir el esp´ ıritu que utiliza, ya que no puede serle util ´ m´s que obstaculiz´ndolo. a a
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individualismo.

El car´cter incompleto de la cr´ a ıtica
Estas caracter´ ısticas de las tradiciones cr´ ıticas del capitalismo y la imposibilidad de construir una cr´ ıtica total, perfectamente articulada, que se apoye equitativamente sobre las cuatro fuentes de indignaci´n que hemos o identificado, explican la ambig¨edad intr´ u ınseca de la cr´ ıtica, la cual –a´n u en los movimientos m´s radicales– comparte siempre ((algo)) con aquello que a trata de criticar. Esto se debe, simplemente, al hecho de que las referencias normativas en las que se apoya la cr´ ıtica se encuentran a su vez parcialmente inscritas en el mundo58 . Estas mismas razones son las que dan cuenta de la falibilidad de la cr´ ıtica, que puede, por ejemplo, observar sin intervenir c´mo el mundo avanza hacia una situaci´n que acabar´ siendo desastrosa, o o a o incluso ver con buenos ojos los cambios en curso porque implican una mejora de un aspecto importante que era fuente de indignaci´n, sin darse o cuenta de que al mismo tiempo la situaci´n se degrada en otros aspectos. En o el periodo que a nosotros nos interesa, podemos verlo en el hecho de que el capitalismo ha evolucionado en direcci´n a una reducci´n de las formas m´s o o a antiguas de opresi´n, al precio de un reforzamiento de las desigualdades. o La dial´ctica del capitalismo y de sus cr´ e ıticas se muestra por estas razones necesariamente sin fin, al menos mientras permanezcamos dentro del r´gimen del capital, lo cual parece la eventualidad m´s probable a medio e a plazo. La cr´ ıtica, escuchada hasta cierto punto e integrada en determinados aspectos, parcialmente ignorada o contrariada en otros, debe desplazarse sin descanso y forjar nuevas armas, retomar sin cesar sus an´lisis, de tal forma a que se mantenga lo m´s cerca posible de las propiedades que caracterizan a al capitalismo de su tiempo. Se trata, en muchos aspectos, de una forma sofisticada del suplicio de S´ ısifo, un suplicio al que se encuentran condenados todos aquellos que no se contentan con un estado social dado y que piensan que los seres humanos deben tratar de mejorar la sociedad en la que viven, idea que constituye en s´ misma una concepci´n bastante reciente ı o (Hirschman, 1984). No obstante, los efectos de la cr´ ıtica son reales: la piedra logra subir hasta lo alto de la pendiente, aunque corra siempre el riesgo de volver a caer por otro camino cuya orientaci´n depende en la mayor´ de las o ıa ocasiones de la forma en que se ha subido la misma59 . Por otro lado, a´n u
Los trabajos de M. Walzer (1996, sobre todo) ponen precisamente en cuesti´n la o representaci´n de una cr´ o ıtica construida en torno a una exterioridad absoluta, haciendo por el contrario del arraigo de la cr´ ıtica en la sociedad la condici´n de posibilidad de la o actividad cr´ ıtica y de su eficacia. 59 Karl Polanyi, en las p´ginas que consagra a la ley de Speenhamland de 1795, se˜ala a n ya, a prop´sito de acontecimientos muy anteriores a los que nos interesan en este libro, o la grandeza, las trampas y la imposibilidad de la realizaci´n del trabajo cr´ o ıtico y de las medidas reformistas. Esta ley, que trataba de asegurar una renta de subsistencia m´ ınima para todos, combinada con un determinado estado de la sociedad y de la legislaci´n (las o
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admitiendo una interpretaci´n pesimista de la din´mica del capitalismo y de o a sus cr´ ıticas, seg´n la cual, a fin de cuentas, ((el capitalismo –como fuente de u indignaci´n– siempre sale adelante)), podemos encontrar un consuelo en la o observaci´n siguiente extra´ de la obra de K. Polanyi: ((¿Por qu´ la victoo ıda e ria final de una tendencia tendr´ necesariamente que confirmar la ineficacia ıa de los esfuerzos destinados a ralentizar su progreso? ¿Por qu´ no ver que e estos esfuerzos han alcanzado su objetivo precisamente por haber logrado ralentizar el ritmo del cambio? Desde este punto de vista lo que es ineficaz para detener una evoluci´n no es del todo ineficaz. A menudo, el ritmo del o cambio no es menos importante que la direcci´n del mismo. Y si bien ´sta o e ultima tiende a escapar por lo general a nuestra voluntad, esto no impide que ´ dependa de nosotros el ritmo impreso a aquel.)) (Polanyi, 1983, pp. 63-64). Por m´s que reconozcamos a la cr´ a ıtica una eficacia innegable, no abordaremos directamente en este libro la cuesti´n –desarrollada por la ciencia o pol´ ıtica y la historia social– de las condiciones que intervienen en el grado de eficacia de la cr´ ıtica en una situaci´n hist´rica determinada60 . Aunque no o o ignoremos el conjunto de factores de los que dependen la virulencia y la eficacia de la cr´ ıtica, pretendemos centrarnos principalmente en su dimensi´n o propiamente ideol´gica, es decir, en la manera mediante la cual se produce o la formulaci´n de la indignaci´n y la denuncia de la transgresi´n del bien o o o com´n. Esta elecci´n nos hace correr el riesgo de ser acusados de no inteu o resarnos m´s que por los ((discursos)), en oposici´n a lo que constituir´ lo a o ıa ((real)), pero, sin embargo, hace hincapi´ en una parte esencial del trabajo de e la cr´ ıtica que es la codificaci´n de lo que ((no va bien)) y la b´squeda de las o u causas de esta situaci´n al objeto de encontrar soluciones. Se trata adem´s o a del nivel de an´lisis pertinente para un estudio consagrado al esp´ a ıritu del capitalismo. De este modo, cuando evocamos un desarme de la cr´ ıtica, nos referimos a un desarme ideol´gico (la cr´ o ıtica ya no sabe qu´ decir) y no a e un desarme f´ ısico (la cr´ ıtica sabr´ qu´ decir pero no puede hacerlo, no logra ıa e hacerse o´ ır).
leyes contra las coaliciones, sobre todo), ((condujo al ir´nico resultado de que la traducci´n o o financiera del “derecho a vivir” acab´ por arruinar a la gente a la que dicho “derecho” o trataba supuestamente de socorrer)) (Polanyi, 1983, p.118). La derogaci´n de esta ley en o 1834 trajo consigo importantes sufrimientos, con el abandono de la ayuda a domicilio y permiti´ la creaci´n, inexorable, del mercado de trabajo. La situaci´n de las clases populao o o res, medida por la renta en dinero conoci´, parad´jicamente, una mejora. Los desastrosos o o efectos resultantes del funcionamiento del mercado de trabajo aparecer´ con posterioıan ridad y conducir´ al establecimiento de nuevas medidas de protecci´n, en particular la ıan o legalizaci´n de los sindicatos en 1870, destinadas a poner un l´ o ımite a la violencia, sin pretender, sin embargo, eliminarla por completo (Polanyi, 1983, pp. 113 s.). 60 Se˜alemos, no obstante, que evidentemente son las sociedades democr´ticas que gan a rantizan la libertad de expresi´n, el acceso a los medios de comunicaci´n de masas y la o o posibilidad de que existan los movimientos sociales cr´ ıticos las que evolucionar´n m´s proa a bablemente seg´n la din´mica que hemos dibujado. u a

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Las modificaciones del esp´ ıritu del capitalismo independientes de la cr´ ıtica
Nos queda a´n por tratar una ultima ambig¨edad con respecto a la u ´ u din´mica del esp´ a ıritu del capitalismo. Hemos hecho de la cr´ ıtica uno de sus motores m´s potentes: al obligar al capitalismo a justificarse, la cr´ a ıtica obliga tambi´n a reforzar los dispositivos de justicia que le acompa˜an y a hacer e n referencia a determinados tipos de bienes comunes al servicio de los cuales dice estar. Pero hemos visto asimismo que el impacto de la cr´ ıtica pod´ ıa ser indirecto, incitando al capitalismo a ((moverse)) m´s r´pido, es decir, a a a cambiar la naturaleza de las pruebas centrales en su orden para escapar, de este modo, a la cr´ ıtica a la que es sometido. El esp´ ıritu del capitalismo, en este caso, no se ver´ alcanzado m´s que por la repercusi´n de los cambios ıa a o que se hubiesen producido en primer lugar sobre el capitalismo. Pero si las modificaciones del capitalismo son asimismo una de las fuentes m´s importantes de transformaci´n de su esp´ a o ıritu, tenemos que reconocer que no todos sus desplazamientos est´n relacionados con la cr´ a ıtica. La din´mica misma del capitalismo est´ ligada s´lo parcialmente a la cr´ a a o ıtica, al menos tal y como nosotros la hemos entendido hasta ahora: la cr´ ıtica como aquello que da voz (voice en la conceptualizaci´n de A. Hirschmann, o 1972). Para dar cuenta de la din´mica del capitalismo convendr´ tambi´n a ıa e agregar el impacto de la cr´ ıtica de tipo exit, siguiendo a Hirschman, es decir, de la competencia. La cr´ ıtica exit consiste en el rechazo de comprar por parte del consumidor o del cliente en un sentido amplio, el rechazo por parte del trabajador asalariado potencial de ser contratado, o el rechazo de continuar sirviendo por parte del prestatario independiente, etc. Se trata de un tipo de cr´ ıtica a la que el capitalismo acepta someterse m´s f´cilmente, a a pese a que busque tambi´n en este caso escapar a los obst´culos que suscita, e a constituyendo monopolios o c´rteles, por ejemplo, con el fin de ignorar los a movimientos de defecci´n que no podr´ ya encontrar forma de expresarse. o ıan La rivalidad que mantiene viva la competencia entre los capitalistas les obliga a buscar sin descanso una posici´n de ventaja frente a sus competidores o –ya sea a trav´s de la innovaci´n tecnol´gica, la b´squeda de nuevos proe o o u ductos o servicios, la mejora de aquellos que ya existen o la modificaci´n de o los modos de organizaci´n del trabajo–, pudiendo ver en ella una causa de o cambio perpetuo del capitalismo seg´n el proceso de ((destrucci´n creadora)) u o descrito por Schumpeter. La eficacia de la cr´ ıtica voice, que se traduce en un endurecimiento y un mayor coste de las pruebas, as´ como en un descenso de los beneficios, no es, ı por lo tanto, la unica raz´n de los desplazamientos del capitalismo, pese a ´ o que en determinadas ´pocas pueda desempe˜ar un papel crucial. El impacto e n de la cr´ ıtica voice sobre los beneficios es real, pero los desplazamientos del capitalismo est´n ligados tambi´n a todas las oportunidades que surgen de a e incrementar las ganancias, de tal forma que la soluci´n m´s ventajosa en un o a 56

momento determinado no siempre consiste en recuperar el espacio perdido con las ventajas concedidas tiempo atr´s. Al contrario, la presi´n constana o te de la competencia, la visi´n angustiada de los movimientos estrat´gicos o e que se operan en los mercados, son un poderoso impulso para la b´squeda u incesante, por parte de los responsables de las empresas, de nuevas formas de hacer, hasta el punto de que la competencia ser´ presentada como justifia caci´n m´ o ınima de las transformaciones del capitalismo, por razones v´lidas a pero poco aceptables para aquellos que se han adherido al proceso capitalista, pues hace de ellos simples juguetes. Una vez definidas las principales herramientas de nuestra investigaci´n, o podemos emprender ahora la descripci´n de los cambios experimentados por o el esp´ ıritu del capitalismo en el transcurso de los ultimos treinta a˜os en sus ´ n relaciones con las cr´ ıticas dirigidas contra el proceso de acumulaci´n durante o este periodo.

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