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SOMOS AGRAFOS DE ACCIÓN Y MENTE

El aspecto generacional también incide en la forma de hablar. Mientras Matos se ha ido convirtiendo en un orador extraordinario, yo me estoy volviendo cada día más tartamudo y no sabiendo, además, de lo que se iba a tratar esta mesa redonda, escribí unas palabras para tener un respaldo este día y dice así: Si algo le agradezco a la vida es haber sido arqueólogo, pues le di ventanas a mis propios escapes rascándole un poquito al pasado. De no haberlo hecho hubiera sido un fracaso. La otra opción era hacerme gitano o ferrocarrilero o volantinero de algún circo, cola de chucho o marimbista callejero. Entré a la ENAH en 1952, y con la formación arqueológica se me dieron otros espacios y posibilidades de entendimiento. Podíamos ser lingüistas, arqueólogos o etnólogos, pero a partir de una formación básica antropológica. Al salir de la escuela hice lo que todos: trabajé quince años en el campo, di clases, hice tipologías, estudié inacabables materiales, busqué ir a la moda, cronologías y relaciones, ausencias y presencias, y por influencia Childiana vi a Armillas, cavé fondos habitacionales buscando respuestas sociales. En mi vida personal me hice militante del Partido Guatemalteco del Trabajo y, como ciudadano, pegué carteles, tiré piedras y químicos en los cines y paré el transito en la capital gritando mueras contra el imperialismo norteamericano. Conocí la tigrera del primer cuerpo de la policía y me corrieron del país. Ese ha sido siempre mi mayor dolor, mi más profundo dolor. Aprendí a odiar porque como arqueólogo empecé a tener vergüenza de no saber combatir o protestar con la ciencia aprendida, dejando el título colgado en la pared. Volví a la ENAH. Como maestro, sobreviví a “los magníficos”, a Palermo, al 68, a la corriente antropológica que vino después. Sobreviví al grupo del libre aprendizaje, y soy sobreviviente de por lo menos media docena de planes de estudio… pues en la ENAH la carrera de arqueología se ha manejado como plaza de pueblo que se remodela al gusto de la esposa del alcalde en turno. Si es gabacha el kiosco es como en las Vegas, si es nacionalista pone mosaicos de baño color colonial y si es indigenista lucirá medallones de la Coyolxauhqui. Hoy amanecí nuevo arqueólogo, mañana me salgo de la nueva arqueología, ayer me pegó el síndrome de la etnoarqueología, anteayer fui materialista histórico y mañana me desgañitaré en gorgoritos estructurales. Me imagino que habrá una pila de solicitudes para entrar pronto en el futuro panteón de la arqueología marxista en México. En 1974 el medio arqueológico me estaba pudriendo bajo una sola sombra de amargura, desaliento y falta de credibilidad en los programas y en los personajes. Volando sobre el río Jatatebi vislumbré la red de caminos mayas y decidí hacer mi propia arqueología olvidándome de las demás. Con el auxilio de la vieja formación antropológica logré reconciliarme con el oficio y con la profesión. La ENAH me dio herramientas para entender la maravilla de las lenguas, los desplazamientos de las ideas, la significación de los santuarios. Las pasiones que circulan en las peregrinaciones, los afanes del marchante con su mercancía a cuestas, la dignidad de la pobreza, la insolencia de los caciques, las formas tradicionales del transporte y el milagro de las artesanías. De 1976 a 1980 trabajé en el reconocimiento de los Altos Cuchumatanes en Guatemala. Ahí se cruzó el estudio de un antiguo sistema de comunicaciones, con la represión y las matanzas que los gobiernos militares han perpetrado contra la población indígena y campesina. Comprendí que si el marco actual de referencia cambiaba, también el enfoque arqueológico tendría que variar. Decidí que todo lo que hiciera en el futuro sería en razón de esas comunidades golpeadas. Que lo que diera o escribiera sería para establecer los eslabones de la historia; recobrar fragmentos de documentos para cimentar el orgullo futuro de quienes luchan por vivir en un mundo diferente. Fue la reconciliación definitiva. Conjuntar impulsos ciudadanos, la militancia política de

izquierda con la ardua tarea de intentar diariamente ser un antropólogo. Ignoro si lo lograré y mejor no llegar. Me perdería la aventura de buscar buscándome y eso solo yo lo entiendo, y es lo que a mí me importa. Ahora estoy aquí, cuando la escuela llega a sus 50 años sin nada novedoso que decir, como si el tiempo no pasara y todo fuera como ayer. En estas páginas expreso lo que hace cerca de dos sexenios traté de comunicar. Mi dolor ante la fachada de una ruina maquillada de luz y sonido, textos fáciles ante el despojo de nuestro patrimonio y su tacita entrega a la iniciativa privada, el regalo de su entorno a las compañías hoteleras internacionales, a eso rotundamente me opongo: a que la calle de los muertos de Teotihuacan remate en un hotel, a que en el corazón de la infeliz comunidad monolingüe maya de Cobale planten otro, a que sobre un sistema de antiguos chultunes de Uxmal claven otro y que a la mártir encomendada de Cholula le impongan el yugo de otro más. Mi preocupación por falta de una política que norme la investigación arqueológica nacional, modelada por los problemas reales y sociales del país, y con la meta principal de romper con nuestra dependencia de la arqueología norteamericana. En todo aquello que no sea más que otra fachada de la acción cotidiana de colonizar, mi protesta por el desgaste inútil de la energía profesional causada por la incapacidad administrativa que ha impedido que exista una continuidad investigatoria en nuestro medio. Bodegas enteras se encuentran repletas de materiales sin estudio; ahí duerme el rescate de seis grandes presas y lo recobrado en las excavaciones del metro. Sitios enteros están parcialmente reconstruidos y cuentan con vigilancia y mantenimiento, pero a costa de que no exista ni una ínfima nota escrita en todos los archivos oficiales, sitios trabajados y abiertos al público de los que no se hizo ningún croquis, pero que aparecen en todas las guías turísticas. El desastre del salvamento urbano del D.F. y la falta de series bibliográficas estables que difundan y divulguen los escasos resultados de esa forma de trabajar. Todo esto es parte del gran silencio. Él es el que actúa por nosotros, nos condiciona y determina; por él no hablamos ni leemos, ni escribimos. Somos ágrafos de acción y mente, pues así se nos quiere y así se nos solicita. Aquí se expresa otra de las normas básicas del juego arqueológico oficial, el desconocer el nuevo libro del colega, inadvertir el artículo recién aparecido, son variantes del verbo callar, sinónimos de prejuzgar y envidiar, maldecir por ignorancia. Si al silencio agregamos notas purísimas de soberbia y engreimiento y un ligero tinte de vanidad y presunción, la pasión embriagante de los arqueólogos está lista. Somos en muy pobrecito, una versión sin chiste de los pecados capitales. Sabemos resguardarnos en túneles doctorales y escaleras escalafonarias, entre puntos académicos como bolsas de arena y se vuelven vanas así. En esas fatigas nos estamos volviendo cada día más arqueólogos y menos antropólogos, y cada día más doctores y menos arqueólogos; toda una larga historia de atropellos y dignidad nos hemos olvidado. Los arqueólogos de ahora ya no arribamos más a tierras de indios. Aquí empiezo a hablar como en mi tierra, porque sería mi sueño. Buscar la carroña donde los niños y los chuchos arrancaban carne mojada, buscar la sarna de toda la comunidad, buscar entre cobijas y el olor a chivo mojado, buscar el sudor pegado al sombrero y éste, al mecapal y éste, al cacashil y éste, a la espalda y ésta casi al suelo durante siglos, ya no excaves tanto, excavar un poquito entre la mugre y la caca, sentí los piesotes, cométe un sangüichito frente a la visintería y seguí tan tranquilo estudiando el origen del Estado, puesto que tu sociedad no la entenderás nunca. Buscá en los cafetales de la costa donde a los pescadores mixtecos les escamotean el salario, buscá en la garganta sellada de aquel Rigobertito que pidió comer pescado antes de morirse allá entre la niebla sin peces de los Cuchumatanes, donde los indios reventaban con las

tripas en el agua, Dejá de excavar un tiempo, no te hagas pendejo, y anda a ver a los chicotazos y el cepo y el despojo, y fijate en Simojobel donde el ejercito y los finqueros quemaron rancherías. Recordá tantito a los torturados de Guatemala y los cráneos reventados de los 30 000 salvadoreños. En eso fíjate. No tenés que ir tan lejos a excavar tridimensionalmente para encontrar indios muertos. Ya no cargues más con tus informes pasteurizados, y largáte a poner siquiera inyecciones, para que al caminar se te cuezan las patas y se te entuman las manos y se te sangre el alma, y dejáte por un momento siquiera de alternativas y de esos malabares inacabables de horizontal y vertical, del marco y el modelo, y de esquivar los vientos al modo de producción y a tu invento del carry capacity. Deja de jugar por unos momentos con tus aparatitos. Renuncia un tanto a tus alardes de albañil intelectual grafiquero, y a la anastilosis que te llena de páginas de letra muerta y todos esos nombres de fases y periodos del in situ, y a la sabionda localización del punto cero y tus casi filosóficas taxonomic unit y el “creo” y el “supongo”, “me parece”, y tanta y tanta mentira y práctica hueca y tanta falsedad. Ya es hora de que sirvas de algo, de que no se te olvide que entre tanta miseria los arqueólogos tenemos el privilegio de escribir por los muertos vivos, que podemos ser cronistas y testigos de todos los indios que hicieron una historia sin saber escribir, que los que se levantaron hoy, y fueron aplastados vejados, no queden mudos, que tan siquiera esté un arqueólogo cerca y lo escriba. Muchas gracias.

CARLOS NAVARRETE CACEREZ