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Revista de Psicoanálisis Publicación semestral de la Asociación Psicoanalítica de Córdoba Sociedad componente de la Federación

Revista de Psicoanálisis

Publicación semestral de la Asociación Psicoanalítica de Córdoba

Sociedad componente de la Federación Psicoanalítica de América Latina y de la Asociación Psicoanalítica Internacional

Comité editor

Mariano Horenstein

Director

Victoria Cané Elizabeth Chapuy de Rodríguez Eduardo Kopelman Silvia Tulián

Secretaría administrativa:

Norma Arroyo

María Fontanetti

Arte & diseño:

Di Pascuale estudio

Cuidado de la edición:

Gastón Sironi

Traducción:

Gastón Sironi

Impresión:

Ediciones del Boulevard

Comisión Directiva APC

Emilio Roca

presidente

Juan Chiappero

secretario general

Cristina Hernando

prosecretaria

Susana Ciceri

tesorera

Carola Kuschnir

directora de Instituto

Juan Baena

secretario científico

Año 1 Número 0

Primavera 2003

Redacción y administración APC:

Independencia 1091 Córdoba – República Argentina Telefax: (++54) (351) 4697186 E- mail: apcba@arnet.com.ar

Correspondencia a:

revistadocta@yahoo.com.ar

Las opiniones de los autores de los artículos

son de su exclusiva responsabilidad y no reflejan necesariamente las de los editores de la publicación. Se autoriza la reproducción citando la fuente.

Comité de lectura

Ricardo Bernardi (APU) Marta Baistrocchi (APC) Mario Bugacov (APR) Alberto Cabral (APA) Cláudio Eizirik (SPPA) Ricardo H. Etchegoyen (APdeBA) Beatriz Gallo (APC) Javier García (APU) Carola Kuschnir (APC) Miguel Leivi (Apdeba) Mario López Vinuesa (APC) Jorge Maldonado (APdeBA) Norberto Marucco (APA) Clara Nemas de Urman (APdeBA) Jorge Olagaray (APA) Oscar Paulucci (APA) Leonardo Peskin (APA) Diego J. Rapela (APC) Abraham Reznichenco (APC) Emilio Roca (APC) Daniel Rodríguez (APdeBA) Elizabeth Tabak de Bianchedi (APdeBA) Enrique Torres (APA) José Luis Valls (APA) Marcelo Viñar (APU) Felipe Votadoro (APF) Jorge Winocur (APA) Bruno Winograd (SAP)

Índice

Editoriales

Texturas freudianas

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Transformaciones en las teorías psicoanalíticas / Ricardo Avenburg

17

Acerca de las ideas del joven Freud / José Luis Valls

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Texturas inglesas

El poder de las teorías / Ricardo Bernardi

45

El “o”mbligo del sueño y el infinito “o”bjeto del conocimiento analítico

(“y toda la vida es sueño

”)

/

E. T. de Bianchedi, E. Chapuy, A.

Hefesse, B. K. de Kakov, D. Nuesch

67

Algunas notas acerca del coraje para analizar/se / Clara Nemas

73

El rol de la “impensabilidad” en los individuos y en los grupos implicados en situaciones extremas / Riccardo Romano

81

Texturas francesas

De identidades y fronteras / A. Finola, M. López Vinuesa, A. Reznichenco

91

La interpretación en psicoanálisis / Daniel Rodríguez

96

Sostener la apuesta / Oscar Paulucci

105

El sujeto para el psicoanálisis / Leonardo Peskin

110

Pluralidad y psicoanálisis / Emilio Roca

126

Dossier: literatura y psicoanálisis

 

Pluralidad incontrolable de discursos y balbuceo teórico / Hugo Achugar

131

Dos amores: Psicoanálisis y literatura / Marcos Aguinis

142

Lacan y la literatura / Jorge Castillo

157

Lo fantástico. Conversaciones entre Freud y Cortázar / Miriam di Gerónimo

161

El lugar de la novela en el universo freudiano / Gloria Gitaroff

170

Los sujetos trágicos. Literatura y psicoanálisis / Ricardo Piglia

179

Índice Editoriales Texturas freudianas 7 Transformaciones en las teorías psicoanalíticas / Ricardo Avenburg 17 Acerca de

Índice

Duelo y melancolía en la traducción (la travesía imposible hacia la equivalencia) / Susana Romano-Sued

Palabras cruzadas

Jean Allouch: “Las trifulcas teóricas exhiben salvajismo”

Silvia Bleichmar: “Prefiero la diversidad con riqueza a la unificación aplanada”

Elizabeth Tabak de Bianchedi: “Los límites del intercambio son los grupos o las instituciones fanáticas”

Contextos

Tiempos difíciles / B. Gallo, N. Chena, G. Gianello, N. Peralta, L. Tavip Argentina, cambalache y omertà / Grupo Sygma Algunas observaciones sobre la guerra, el pacifismo y el fundamentalismo contemporáneos / Alberto C. Cabral

Con memoria y con deseo

El psicoanálisis y las instituciones psicoanalíticas ayer, hoy y mañana, aquí en Córdoba (parte I) / José Rapela

Psicoanálisis de provincia / Enrique Torres

Lecturas

El psicoanálisis frente al pensamiento único. Historia de una crisis singular / Soler, Colette; Soler, Louis; Adam, Jacques y Silvestre, Daniele

Clinica psicoanalitica y neogénesis / Silvia Bleichmar

Psicoanálisis como literatura y terapia / Antonino Ferro

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Índice

Duelo y melancolía en la traducción (la travesía imposible hacia la equivalencia) / Susana Romano-Sued Palabras

Docta

Ochenta y cinco años atrás, desde este mediterráneo rincón del sur del plane- ta, un grupo de universitarios lanzaba su proclama reformista, aseverando en- tonces: “Córdoba se redime. Desde hoy contamos para el país con una vergüen- za menos y una libertad más.”

En esta primavera del año dos mil tres, en este rincón del planeta cada vez más alejado del mar y cada vez más cercano al sur, queremos recuperar los es- tandartes de aquel pensamiento libre y crítico, queremos también rebelarnos contra los vestigios “monárquicos y monásticos” que, como en aquel entonces en la universidad, hoy han querido concebir el psicoanálisis en términos de igle- sia o realeza, de secta o corporación.

Pretendemos que Docta sea un espacio abierto al pensamiento plural, libre en la medida de lo posible de artículos de fe y fidelidades ciegas que oscurez- can nuestra posibilidad de pensar.

Tanto como nos nutrimos en las corrientes fundamentales del pensamiento analítico, propiciaremos que esta publicación colabore en el desarrollo y la di- fusión de ideas novedosas y críticas arraigadas en lo local, ajenas a la repetición de lo generado en las metrópolis habitualmente productoras de conocimiento.

Trabajaremos para que este espacio sea fértil para la puesta en juego de las diferencias, en un debate en que los autores den cuenta de las razones que sos- tienen su práctica. Ello exigirá tanto respeto entre las personas como fervor en la discusión de las ideas.

Docta Ochenta y cinco años atrás, desde este mediterráneo rincón del sur del plane- ta, un

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Respetaremos más la autoridad de los principios que los principios de autori- dad, incompatibles con las consecuencias del descubrimiento del inconsciente.

Siendo un vehículo y un incentivo a la expresión de las ideas de los integran- tes de la APC, Docta estará abierta a pensadores originales o contribuciones crí- ticas más allá de las fronteras institucionales, siempre y cuando aporten a la dis- cusión y a la política editorial desde el respeto y la creatividad.

Rescataremos el pionero espíritu freudiano de considerar el psicoanálisis co- mo una disciplina del campo de la cultura, en constante intercambio con artes o ciencias que no hacen más que enriquecer la práctica clínica en la que nos em- peñamos cotidianamente.

Pensamos que, en un momento histórico en que los agoreros vaticinan la muerte del psicoanálisis en cada oportunidad que se les presenta, embarcarnos en una nueva empresa editorial representa una apuesta por el futuro de nues- tra disciplina, confiando en que compartiremos con el lector -desde esta Cór- doba que hoy nuevamente se r edime- la máxima que Fr eud recogiera de los marinos de la liga hanseática: navegar es necesario, vivir no lo es.

El Comité Editor.

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Respetaremos más la autoridad de los principios que los principios de autori- dad, incompatibles con las

Docta, el librepensador y el psicoanálisis en plural

Atrapados. En las democracias actuales, cada vez son más los ciudadanos que se sienten atrapados, empapados en una especie de doctrina viscosa que, insensiblemente, envuelve cualquier razonamiento rebelde, lo inhibe, lo perturba, lo paraliza y acaba por ahogarlo. Esta doctrina es el pensamiento único, el único autorizado por una invisible y omnipresente policía de la opinión.

I. Ramonet.

El librepensador es un sujeto que sustenta ante todo el pensamiento crítico, guiado por una verdadera declaración de principios: el pensamiento no delin- que 1 . Dados a imaginar al lector destinatario de este número, lo vislumbramos como un librepensador. Deseamos colaborar en la formación de librepensado- res dentro del psicoanálisis.

Docta es el nombre que hemos elegido para la revista de la APC, que extiende así el espacio plural que existe en su seno y en el de la formación que imparte. Docta por Córdoba. Docta por ser de doctrina buena parte de su contenido. Doc- ta, pero en el sentido de la “docta ignorancia” de Nicolás de Cusa, donde el saber se cuestiona a sí mismo y se posterga en la escucha desprejuiciada.

Si hay una práctica eminentemente singular -lo sabemos- es la del psicoa- nálisis. Tanto por el infrecuente encuentro que éste implica, entre alguien que habla ante alguien que escucha, como por el particular empeño que nuestra disciplina pone en rescatar la particularidad de cada sujeto en medio de la vo-

rágine cotidiana que tiende a normalizar, a generalizar. Para un psicoanalista, cada caso, cada intervención, cada momento de cada cura son únicos, y es esta originalidad la que dificulta las formulaciones generales en psicoanálisis. Aho- ra bien, si el apelativo general -como opuesto al de particular- no es propicio a nuestra praxis, no sucede lo mismo con otra de las contrapartidas de la pala- bra singular. Psicoanálisis se escribe igual en singular y en plural, pero elegimos -y apostamos aquí nuestro deseo- conjugarlo en plural.

Pluralidad en psicoanálisis no significa eclecticismo en psicoanálisis, donde se apela a la indefinición como resguardo frente a las diferencias, donde la mo- dorra intelectual se disfraza de amplitud de criterio. Pluralidad no significa ecu- menismo, pues no apuntamos a ninguna ilusoria unificación ni mucho menos consideramos como religiosa nuestra causa. Pluralidad en psicoanálisis implica reconocer la existencia del otro, implica hacer palanca en la diferencia inexpug- nable para obligarnos a dar cuenta de nuestra práctica y pedir cuentas a la del otro. Implica reconocer que, epistemológicamente, estamos lejos -y quizás no sea tan indeseable esa distancia- del grado de avances y unificación doctrinaria que han alcanzado otras disciplinas, y que coexisten diferentes maneras de aprehender y pilotear la clínica psicoanalítica, diferentes formas de concebir la agrupación y la formación de los analistas, diferentes estilos de ser analista dentro de cada grupo.

Pluralidad en psicoanálisis no significa renunciar a tomar posiciones teórico- clínicas y a ser consecuentes con las mismas. Pero sí implica asumir la posibili- dad de un encuentro con otros, aun sabiendo que éste cabalgará sobre un fun- damental desencuentro.

Los artículos doctrinarios que se encolumnan -siempre hay alguna arbitra- riedad en la búsqueda de un orden interno- bajo las rúbricas de Freud, Lacan o Klein y los post-kleinianos han sido denominados texturas, textos hilados con hebras de diferente origen teórico, para que cada lector ingrese por la puerta que quiera al espacio de lectura de Docta.

Del lado de Freud, reeditamos en este número una ponencia de Ricardo Avenburg acerca de las transformaciones en las teorías analíticas. Publicamos además, como un adelanto que se hace en exclusiva a través de nuestras pági- nas, la introducción del próximo libro de José Luis Valls sobre psicoanálisis y modernidad. En el preámbulo devenido artículo aquí, Valls reflexiona sobre el

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rágine cotidiana que tiende a normalizar, a generalizar. Para un psicoanalista, cada caso, cada intervención, cada

joven Freud y su “Proyecto”, arrojando un guante que pensamos dará lugar a respuestas entusiastas por parte de quienes estén dispuestos a recogerlo.

Desde la tradición de la escuela inglesa de psicoanálisis, Clara Nemas nos acerca, en un trabajo inédito, sus ideas acerca del coraje que ha de asistir a los participantes de la aventura analítica para que ésta sea digna de tal nombre. Elizabeth Tabak de Bianchedi, junto a Elizabeth Chapuy et al., trabajan, tam- bién de manera inédita, sobre “O”, concepto de raigambre bioniana, a través de la clínica y la literatura. Allí aventuramos una invitación a profundizar los caminos paralelos o cruces de teorías, entre “O”, el ombligo del sueño freudia- no, aquí aludido, y lo Real lacaniano, maneras diferentes y coherentes dentro de sistemas de pensamiento específicos, de aludir a algo que puede encontrar al menos algún punto de contacto. Publicamos también por primera vez en es- pañol un trabajo de Riccardo Romano, analista italiano que ha tomado de su práctica en tierras de la Mafia, en Sicilia, los elementos para formular un nue- vo supuesto básico, el de omertà, para comprender nuevos aspectos de la vida mental de los grupos humanos. Finalmente, decidimos reeditar un clásico tra- bajo de Ricardo Bernardi, “El poder de las teorías”, que excede el marco de es- ta sección al proponerse investigar el papel de los determinantes paradigmáti- cos de las diferentes teorías en la aprehensión analítica.

Hay una serie de trabajos construidos bajo la orientación del pensamiento de Lacan, todos inéditos. Desde Córdoba, Emilio Roca nos habla tanto de la ne- cesidad como de los riesgos del pluralismo en psicoanálisis; Mario López Vinue- sa, Abraham Reznichenco y Alfredo Finola discuten -desde una institución y una publicación pertenecientes a la IPA- sobre los límites y preconceptos exis- tentes acerca de las prácticas lacanianas en la misma IPA, en un verdadero ejer- cicio de librepensamiento. Desde Buenos Aires, Oscar Paulucci invita a sostener la apuesta analítica a partir de darle lugar al deseo, de cuyo sujeto nos habla Leonardo Peskin en otro trabajo. Por su parte, Daniel Rodríguez presenta un fresco artículo acerca de la interpretación en psicoanálisis, instrumento desti- nado a “producir olas” más que a inducir comprensión en el analizante. Segu- ramente estos trabajos funcionarán también en ese sentido, cuestionando las maneras tradicionales de pensar la clínica y la teoría analíticas, revisitando las verdades supuestamente atemporales para revelar su prosaica historicidad.

Presentamos también un dossier: Literatura y psicoanálisis, y en ese or-

joven Freud y su “Proyecto”, arrojando un guante que pensamos dará lugar a respuestas entusiastas por

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den. Más que el intento de aplicar el psicoanálisis a la literatura, quisimos aprender de ésta, siguiendo la tradición de pensadores que, como Freud, Lacan y Winnicott, reconocieron la ventaja con que siempre corren los escritores fren- te a los analistas, a la hora de descubrir los meandros del alma humana. De es- to tratan -entre otras cosas- una formidable conferencia de Ricardo Piglia cuyo texto publicamos, “Los sujetos trágicos”, artículos como el de Marcos Aguinis sobre las influencias literarias en Freud, y otros de destacados escritores y ana- listas (Hugo Achugar, Susana Romano-Sued, Miriam di Gerónimo, Jorge Casti- llo, Gloria Gitaroff) que pasan revista a Borges y a Cortázar, a Joyce y a Duras -entre otros escritores-, en ese difícil nudo que conforman en su intersección el psicoanálisis y la literatura. La literatura funciona también como un espejo fres- co donde mirarnos cuando la repetición de consignas y contraseñas de perte- nencia muchas veces nos adormece. No nos despegamos aquí ni un ápice de la artesanía clínica, sino que retomamos el espíritu freudiano y humanista, que muchas veces la “profesionalización” del psicoanálisis nos hace perder de vista.

Contradecimos a Bion para, desde la sección Con memoria y con deseo, acercar nuestro aporte para escribir la historia del psicoanálisis en nuestro me- dio, de manera subjetiva y acaso arbitraria, tal como se construye la historia de forma retroactiva en un análisis. No son historiadores los autores, sino analis- tas que, desde la memoria y el deseo, nos acercan sus apuntes personales. Ree- ditamos una versión actualizada del trabajo de Enrique Torres titulado “Psicoa- nálisis de provincia”, donde analiza los antecedentes doctos y clericales del psi- coanálisis en Córdoba. Publicamos también la primera parte de un trabajo de José Rapela, acerca de la construcción de las instituciones analíticas en Córdo- ba. Nombres conocidos por muchos pueblan las páginas de esta sección, invi- tan a reconocernos, y abren el juego a aportes de lectores devenidos quizás en futuros cronistas.

En una jugosa encrucijada de discursos, la sección Palabras cruzadas orde- na las opiniones, densas, estimulantes, fundadas, que acerca del eje de este nú- mero, la pluralidad, esbozan autores de la talla de Jean Allouch, Silvia Bleich- mar y Elizabeth Tabak. Las largas y meditadas respuestas que nos enviaran a un mismo cuestionario serán con seguridad, más allá de la adhesión o el disenso que generen en los lectores, un poderoso acicate para el trabajo reflexivo so- bre nuestra práctica.

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den. Más que el intento de aplicar el psicoanálisis a la literatura, quisimos aprender de ésta,

En la sección denominada Contextos, abrimos un espacio a la reflexión de los analistas sobre las circunstancias sociales donde se desenvuelve nuestra práctica, deber insoslayable, al menos en los tiempos y en el lugar del mundo en que nos ha tocado vivir. El grupo Syg- ma trabaja, atravesando fronteras geográficas, sobre el tango Cambalache y la ley de la “omertà” en relación a la Argentina. Por su parte, un grupo de analistas conformado por Beatriz Gallo, Noemí Chena, Liliana Tavip, Niris Peralta y Griselda Gianello, estudia la crisis desatada en nuestro país a la luz de conceptos de Freud y Bion. Luego, Alberto Cabral tra- baja sobre la guerra, el pacifismo y el fundamentalismo.

Finalmente, Lecturas, una sección que reseña publicaciones psicoanalíticas preservando la debida subjetividad en el comentario, que en esta oportunidad recae sobre textos de Sil- via Bleichmar, Antonino Ferro y Colette Soler et al.

El número de Docta que el eventual lector tiene entre manos no es homogéneo, está te- jido en telares diferentes, con hilos de diferente espesor y textura, y en esta urdimbre re- vela a la vez su virtud y defecto. Invitamos al lector, a quien imaginamos -lo decíamos- un librepensador, a sumarse a la travesía editorial que hoy emprendemos.

Mariano Horenstein.

En la sección denominada Contextos , abrimos un espacio a la reflexión de los analistas sobre

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Texturas Freudianas

Texturas

Freudianas

Transformaciones en las teorías psicoanalíticas

Ricardo Avenburg *

¿La teoría o las teorías psicoanalíticas? En sus comienzos se postuló al psicoanálisis co- mo una teoría, en principio unitaria; apar- tamientos de esta teoría dejaban de ser pa- ra Freud, psicoanálisis. Pero la misma teoría psicoanalítica fue sufriendo transformacio- nes dentro de la misma obra de Freud, cosa que no puede dejar de darse en cualquier teoría que se mantenga viva. Esta vitalidad hace que la teoría se vaya complejizando progresivamente, desarrollando nuevas di- ferencias dentro del mismo cuerpo teórico, y es natural que estas diferencias se vayan desplegando en nuevas teorías derivadas de este cuerpo teórico original. El problema aparece cuando estas nuevas teorías entran en contradicción con el cuerpo original, pu- diendo o no interactuar con este último (que fue el primero).

El cuadro del psicoanálisis es, hoy, poli- morfo; el título de este artículo es correcto:

las teorías. ¿Qué relación tienen las diversas teorías que hoy se despliegan con el psicoa-

nálisis original? Los puntos de vista tópico y estructural dentro de la misma obra de Freud, ¿son dos teorías diferentes? ¿Hay una teoría tópica y otra estructural? Ésta es, desde mi modo de ver, una distinción artifi- cial: los sistemas correspondientes a la así llamada teoría tópica son también estructu- ras, así como las así llamadas estructuras (yo, superyó y ello) de la llamada teoría es- tructural son también lugares dentro de lo que Freud conceptualizó como espacio psí- quico. Por otra parte, no son concepciones excluyentes, ya que la “teoría estructural” comprende dentro de sí a los sistemas Prec. e Inc. (desde mi punto de vista, lo que Freud llamó sistema Cc. deja de ser sistema para pasar a ser una función del yo). En otras pa- labras, son diferentes niveles de conceptua- lización que se integran dentro de una mis- ma teoría. Lo mismo sucede con los instin- tos; se habla de una primera y una segunda teoría de los instintos. Ambas son dualistas:

el instinto de autoconservación en interac- ción con el instinto sexual en la supuesta

Ricardo Avenburg Texturas freudianas

primera teoría, y de vida y muerte en la se- gunda. Pero entiendo yo, la segunda no ex- cluye a la primera; y si bien en este tema Freud es menos explícito que en el de es- tructura o tópica, en ningún momento que- da dicho (si mi memoria no me engaña) que la primera teoría no es válida: los instintos de autoconservación y sexuales dejan de ser primarios, pero su interacción, que puede ser entendida como la dialéctica entre la parte (la autoconservación del individuo) y el todo (la presencia de la especie en la se- xualidad) queda subsumida y derivando de otra dialéctica que aquí aparece como pri- maria, la de la vida y la muerte, la del ser y el no ser biológico.

Pero aquí entra la posibilidad de otras interpretaciones: que lo que yo veo como una teoría (la de Freud) que desde sus con- tradicciones se supera a sí misma constitu- yéndose en una nueva síntesis más abarca- tiva, sea vista por otro psicoanalista como una teoría contradictoria que se resuelve en diferentes teorías. Y este otro psicoanalista tendrá, de la obra de Freud, y posiblemen- te también del psicoanálisis, una teoría di- ferente a la mía (me imagino también la cantidad de objeciones que ya se me esta- rán planteando por mi traducir el término “Trieb” por instinto); de este modo se pue- den multiplicar las teorías psicoanalíticas y si bien es discutible si la obra de Freud cons- tituye o no un todo, creo que es indiscutible que el psicoanálisis hoy no constituye un to- do coherente (me parece que esto pasa en todas las ciencias humanas).

Pero volvamos a la obra de Freud: cada término que Freud usa en su teoría tiene, por lo común, más de un sentido, está im- pregnado de una polisemia que deriva de su uso, o sea del lugar que muchas veces ocupa

en contextos diferentes de sus obras. Por eso sugiero a mis alumnos, en la lectura de un texto, que traten primero de entender el sentido de cada término (por ejemplo repre- sión, libido, etc., y en particular todo lo que se acompañe del adjetivo “primario”) en función del contexto específico en el que es- tá incluido y que no traten, de entrada, de explicarlo en función de una supuesta defini- ción general; es a partir de los diferentes (o no diferentes) sentidos que se extrae de los diferentes contextos que cada cual armará su propia concepción de ese término. En otras palabras, cada analista se arma su pro- pio Freud. Pero por supuesto, si bien Freud creó el psicoanálisis, no es el único analista, y, como dije antes, cada analista se crea su pro- pio Freud y cada discípulo de ese analista ex- trae de su maestro una síntesis que le es par- ticular. De este modo los diferentes psicoa- nálisis se multiplican al infinito y cada analis- ta tiene, en última instancia, su propia teoría armada en función de sus propias series com- plementarias? De estas infinitas teorías, ¿hay un universal que se llama psicoanálisis? No sé, pero entre las transformaciones que su- frió el psicoanálisis, una de ellas es la de ha- berse transformado de un valor de uso en un valor de cambio que hoy se cotiza en la bol- sa junto a otros valores de cambio: psiquia- tría biológica, cognitivismo, teoría sistémica, neurociencias, etc. De ahí que se hace nece- sario, en función del mercado, poner todas las teorías que se dicen psicoanalíticas en el mismo paquete. Pero dudo mucho que todo lo que se llama psicoanálisis sea algo en últi- ma instancia unitario.

Por lo pronto cada término usado por un autor, al igual que cada término usado por Freud, no puede ser referido a un significa- do general sino que, en principio, ha de ser entendido en función del pensamiento de

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Ricardo Avenburg Texturas freudianas primera teoría, y de vida y muerte en la se- gunda. Pero

ese autor; no creo que haya una metapsico- logía psicoanalítica en general, tampoco una psicopatología. Pero ¿no es común a to- dos los psicoanalistas la concepción de un psiquismo inconsciente? Es común y creo que casi universal en los psicoanalistas el uso del término “inconsciente”. Pero, cuando hablamos de inconsciente, ¿todos decimos lo mismo? ¿Es el mismo inconsciente el de Lacan, el de Klein, el de Hartmann? Por otra parte, el concepto de inconsciente no es es- pecífico del psicoanálisis, su utilización es muy anterior a Freud. En “Psicología de las masas”, Freud, refiriéndose a la utilización del término de inconsciente por Le Bon, di- ce que el de Le Bon es un concepto diferen- te del usado por el psicoanálisis, puesto que cuando los psicoanalistas hablamos de in- consciente (o por lo menos cuando Freud hablaba de inconsciente) se refería a lo in- consciente reprimido, o sea al inconsciente dinámico además del meramente descripti- vo. Creo que todos los psicoanalistas estaría- mos de acuerdo con esto, aunque habitual- mente no se usa la palabra “dinámico” (a partir de aquí me muevo con lo que es mi contacto personal con las teorías psicoanalí- ticas, de lo que oigo o no oigo hablar, y no he hecho un estudio sistemático de las diver- sas corrientes teóricas por lo que, en estas apreciaciones, seguramente peco de subjeti- vidad, pero espero que dichas apreciaciones tengan el mérito de llamar la atención acer- ca de las cuestiones tratadas). Si bien el tér- mino “conflicto” (en el que se afirma la perspectiva dinámica) sigue en pie, creo que es usado más en un sentido descriptivo que conceptual, y la palabra represión jamás la escucho usar para definir la cualidad especi- fica del inconsciente sobre el que, según Freud, trabaja esencialmente el psicoanálisis (y, según yo, más específicamente en las psi- coneurosis de transferencia).

Texturas freudianas Ricardo Avenburg

Más aun, creo que hace mucho que no la escucho en las reuniones psicoanalíticas: en vez de represión se escucha hablar mucho de escisión o splitting, proyección, identificación proyectiva, etc. Puede ser que estos términos expresen, para los autores que los usan, con mayor precisión o con mayor profundidad que el término de represión, aquellos meca- nismos de defensa (creo que este término se usa un poco más) que quieren describir, pero no son lo mismo que la represión. Cuando Freud describió en el fetichismo una escisión en el yo, dijo no estar seguro de si estaba des- cribiendo el mismo proceso de represión o es- taba diciendo algo nuevo, pero de todos mo- dos el concepto de represión no quedó pues- to de lado en el resto de la obra de Freud. Es- ta casi desaparición de un concepto que Freud consideró como esencial al psicoanáli- sis, ¿es compatible con que se siga usando el término psicoanálisis en este caso?

Ante la dificultad de definir al psicoaná- lisis a nivel conceptual se tendió progresiva- mente a definirlo en función de considera- ciones formales: número de sesiones sema- nales, uso del diván, duración del trata- miento. A partir de aquí se establecen nor- mas que, alejándose cada vez más de los contenidos específicos, van dividiendo en dogmas, y el psicoanálisis se va convirtiendo poco a poco en una religión: es más impor- tante cumplir con los preceptos analíticos que el bienestar del analizando, y las nor- mas que devinieron dogmas confluyen en un sistema de mandatos y tabúes que hacen que el analista se vea cada vez más constre- ñido en su libertad de acción, ya que todo aquello que se desvíe de dichas normas es considerado un “acting-out”. Desaparece el concepto de represión y aparece el de “ac- ting-out”: todo ha de ser desplegado en la transferencia (dicho en su sentido más ge-

ese autor; no creo que haya una metapsico- logía psicoanalítica en general, tampoco una psicopatología. Pero

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Ricardo Avenburg Texturas freudianas

neral e inespecífico) y en forma verbal, de lo contrario es un “acting-in”. No sólo el analista es constreñido en su acción, también lo es el analizando. Junto a “acting-out” aparece otro término: “insight”. Ninguno de estos dos términos fue acuñado por Freud y realmente no sé dónde se originaron; segu- ramente es ignorancia mía de la que no me vanaglorio, pero estoy seguro de que esta ig- norancia es compartida por muchos. Y me llevó años darme cuenta de esta ignorancia:

el “insight” es lo esencial del proceso psi- coanalítico. Así me lo enseñaron y yo no lo puse en duda. No me pasa lo mismo con otros términos que vienen con su sello de fábrica, y tengo la impresión de que “in- sight” y “acting-out” entraron de contra- bando en el psicoanálisis y entraron así, di- rectamente sin traducción. ¿Por qué no se los traduce? En todo caso debería justificar- se (me refiero en ciencia, no en el uso colo- quial de un idioma) su uso sin traducción, o bien castellanizarlo, en el caso de que no existiere un término equivalente en espa- ñol; pero para “Verdrängung” o para “Be- setzung”, aunque no haya términos en es- pañol que expresen los diferentes sentidos de cada uno de estos términos en alemán, se ha usado “represión” e “investidura” (o “carga” o “catexis”) respectivamente. Tal vez “visión interior” o “intelección” no ex- presen el sentido que fue adquiriendo “in- sight” (en el Diccionario Appleton dice bajo “insight”: “discernimiento, perspicacia; pe- netración; comprensión; conocimiento, idea; percepción de la naturaleza interior de una cosa”), descriptivo del momento en que el analizando cae en la cuenta del sen- tido del síntoma, acto, etc. “Acting-out” es la traducción inglesa del término “agie- ren”, que usó Freud para referirse a la repe- tición en la transferencia. “To act out”: “re- presentar dramática o teatralmente” (Dic-

cionario Appleton). El uso del término “ac- ting-out” en psicoanálisis implica, creo yo, un acto impulsivo realizado fuera de la se- sión analítica. No veo por qué “insight” no podría traducirse por “toma de conciencia”, consecuencia del proceso de hacer precons- ciente lo inconsciente, o sea, consecuencia del levantamiento de la represión: este pro- ceso que aquí describo y que restituye al término represión es bloqueado y oscureci- do por la intromisión contrabandeada del término inglés (por otra parte, usar un tér- mino extranjero siempre queda bien) “in- sight”. “Acting-out” ni siquiera en inglés expresa lo que se quiere expresar en el cam- po psicoanalítico, lo que tampoco es muy claro conceptualmente: es algo que pasa fuera de la sesión, tiene carácter impulsivo y no queda especificado si es una repetición transferencial, expresión del retorno de lo reprimido que se despliega en el afuera o es otro tipo de impulso. Es, en principio, ac- tuar algo que debería ser verbalizado, pero no es clara la referencia psicopatológica a este actuar, es algo que en general se lo re- laciona con la psicopatía, cuadro para mí no claramente definido (no es una categoría psicopatológica que yo use): por todo esto me resulta difícil encontrar la traducción adecuada (por otra parte no la necesito porque tampoco me es útil el concepto de “acting-out”). En todo caso, a aquéllos que consideran la utilidad de la inclusión de es- te término, creo que el buscar la palabra es- pañola adecuada ayudaría a comprenderlo con más precisión y, si no existe esta pala- bra, que se justifique conceptualmente la inclusión del anglicismo.

La represión tiene como objetivo que una determinada representación se haga pre- consciente, de modo que no pueda hacerse consciente; pero el objetivo final de la repre-

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Ricardo Avenburg Texturas freudianas neral e inespecífico) y en forma verbal, de lo contrario es un

Texturas freudianas Ricardo Avenburg

sión es que una representación, más específi- camente, un deseo, no se haga consciente para que no pueda hacerse efectivo en la ac- ción. La represión atenta contra la acción es- pecífica productora de aquella modificación del mundo exterior adecuada a la realiza- ción de ese deseo especifico. El psicoanálisis en su esencia tiene como meta posibilitar la concienciación de los propios deseos para que, en vez de ser reprimidos, puedan ser ju- dicados por el yo con miras a su satisfacción efectiva en la medida en que la realidad y la propia ética del yo lo permitan. El de la ac- ción específica es otro concepto que ha de- saparecido de las teorías analíticas en gene- ral, aunque, a decir verdad, Freud lo usó más al comienzo de su obra, en sus trabajos pre- psicoanalíticos, que ulteriormente, cuando priorizó el hacer Prec. lo Inc.

Desaparece “represión” y aparece “in- sight”, desaparece “acción especifica modifi- cadora de la realidad” y se cuela el concepto de “acting-out”: quede estigmatizada la ac- ción y jerarquizada la mirada interior en la inmovilidad del diván. Analista y analizando encontrados en un sistema de dogmas que vienen de algún lado, no se sabe de dónde (lo mismo que los “standards” -otra vez en inglés- del análisis didáctico), y al que todos debemos someternos. Reprimimos el con- cepto de represión y la represión se yergue omnipotente en la práctica del psicoanálisis.

El uso del concepto de “Self”: dice Freud en “Introducción al narcisismo” (Zur Einfüh- rung des Nerzissmus. Freud. Gesammelte Werke. S. Fischer Verlag - Tomo X, pág. 165. Traducción mía): “Ante todo el sentimiento del sí mismo (Selbst=Self) se nos aparece co- mo expresión de la magnitud del yo, cuya complejidad no entra ulteriormente en con- sideración.”

Supongo que la referencia a la magnitud del yo, que depende del sentimiento que se tiene de sí mismo y ese sí mismo (Self), al no considerar el carácter complejo del yo, deja de lado el hecho de que una parte del yo, aquélla que está incluida en el conflicto neu- rótico, queda excluida de este sentimiento, aunque este sentimiento tenga que ver con el conflicto neurótico y la presencia de un in- consciente reprimido. Cuando se habla del sí mismo (Self) no se tiene, por lo tanto, en cuenta ni la dinámica psíquica ni la estructu- ra que resulta de dicha dinámica. No estoy diciendo que necesariamente aquellos auto- res que hablan predominantemente del Self (¿y por qué no del “sí mismo”?) dejen de la- do la complejidad de la estructura psíquica; por otra parte hablan del “Self” autores de orientaciones diferentes y no quisiera meter a todos en un paquete, pero la utilización de este concepto marca una tendencia a excluir este enfrentamiento en el sí mismo que se produce a partir del sí mismo, cuando lo que es placer para un sí mismo deviene displacer para otro sí mismo, de modo que este segun- do sí mismo deja de considerar al primer sí mismo como perteneciendo a sí mismo y lo trata como a otro impersonal: no soy yo, es ello. Dicho sea de paso: me parece que el tér- mino “ello” casi no se escucha en los traba- jos psicoanalíticos contemporáneos: si esto fuera así, ¿es porque es un concepto supera- do o un concepto reprimido?

Por supuesto, los problemas que veo se presentan a lo largo del desarrollo de las teorías psicoanalíticas deberían ser estudia- dos en cada uno de los desarrollos teóricos específicos.

No me cabe duda de que a lo largo del tiempo el psicoanálisis se enriqueció con aperturas en la clínica: análisis de niños, de

Texturas freudianas Ricardo Avenburg sión es que una representación, más específi- camente, un deseo, no se

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Ricardo Avenburg Texturas freudianas

problemáticas narcisistas, psicosomáticas, análisis de familia, institucional, grupos te- rapéuticos, etc.; el tema es cómo estas expe- riencias fueron procesadas teóricamente.

¿Qué pasa con el otro pilar de la teoría psicoanalítica? Me refiero al contenido de lo reprimido, o sea a la sexualidad infantil; creo que si hubo una revolución con la apa- rición del psicoanálisis, ésta se debió a que, al descubrir el inconsciente reprimido, se pu- do poner de manifiesto la sexualidad infan- til, la que nos abre la puerta para empezar a escuchar a los niños con sus necesidades es- pecíficas, a prestar atención a lo que nos di- cen, pero no para ponerles límites en fun- ción de las necesidades, o más bien de los ideales de los adultos, sino para crear las condiciones de modo que sus necesidades representadas por sus deseos, puedan, en la medida de lo posible, ser satisfechas por me- dio de las acciones específicas correspon- dientes. Me refiero tanto a las necesidades vinculadas a los instintos de autoconserva- ción (que, al igual que los sexuales, tienen su expresión psíquica como deseos) como las necesidades sexuales (que no son meramen- te deseos) que, al no satisfacerse, traen fe- nómenos que pueden llegar a tener la mag- nitud de los que Spitz describió en el hospi- talismo. Y acá toco un tema que me parece está bastante puesto de lado en los desarro- llos teóricos; el cuerpo. Éste aparece por el lado de la patología: las afecciones llamadas psicosomáticas, aquéllas que nos presentan el tema aún lleno de incógnitas de la rela- ción cuerpo-mente, pero hay en general una tendencia a manejarse con una sexualidad abstracta, habiéndose alejado de aquello que a Freud tanto le interesaba: la relación entre la expresión psíquica de la sexualidad y su fundamento material; por ej., no conoz- co, y esto es ignorancia mía, pero también

seguramente compartida por muchos, que haya habido desarrollos en lo que respecta a la esencia de la producción de placer; cómo un estímulo “centralmente condicionado” puede ser satisfecho por otro estímulo exte- rior, qué pasa con el componente rítmico en la producción del placer sexual. Aparecieron las endorfinas y posiblemente algunas cosas más: creo que es importante abrirse al tema del cuerpo. Al alejarnos del cuerpo nos ale- jamos también de un sector importante de la realidad, dejamos de lado las necesidades relacionadas tanto con la autoconservación como con la libido, las cuales se expresan también a nivel social a partir de sectores marginados (¿por qué no reprimidos?) de la comunidad. Como consecuencia de este des- conocimiento tendemos a abroquelarnos en elucubraciones teóricas cada vez más abs- tractas que nos llevan a un estancamiento li- bidinal típico del malestar específico de nuestra cultura psi.

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Ricardo Avenburg Texturas freudianas problemáticas narcisistas, psicosomáticas, análisis de familia, institucional, grupos te- rapéuticos, etc.; el

Acerca de las ideas del joven Freud

Adelanto del libro “Metapsicología y modernidad (El ‘Proyecto’ freudiano)”

José Luis Valls *

La psicología -metapsicología en verdad- me ocupa sin cesar, el libro de Taine, ’L’intelligence’, me viene extraordinariamente bien. Las ideas más antiguas son jus- tamente las más aprovechables según lo descubro con retardo. Espero estar absor- bido hasta el final de mi vida por ‘intereses científicos’. Es cierto que fuera de ello apenas si soy ya un hombre. A las 10 y _ de la noche, después del consultorio, estoy muerto de cansancio.

Sigmund Freud

Carta a Wilhelm Fliess, fechada en Viena el 13/2/1896. Dos meses después de haber termina- do el manuscrito del Proyecto de psicología (1895-1950).

¿Por qué Freud, la modernidad, el Proyecto, hoy, a principios del siglo XXI?

Primero porque para el autor de este li- bro el pensamiento freudiano en sí sigue siendo actual pese a haber sido escrito con el despertar del siglo XX, Freud no tiene la culpa de haber sido un adelantado para su época, en doble sentido: en su forma de pensar y en el contenido de su pensamiento. Por otro lado por la profundidad con la que son tratados los temas en este texto que después no tocó más en el resto de su obra (o se extravió lo por él escrito), como el de la atención y el pensamiento, por nombrar al- gunos. También porque si bien el texto de Freud sobre el que fundamentalmente tra- baja este libro lleva el nombre de Proyecto, pienso que se puede considerar a toda la obra freudiana un proyecto que se va des- plegando a medida que aquélla es escrita; se esboza ahí una idea de un hombre mejor, in- dividual y socialmente. Por eso hoy, en épo- cas en las que esta posibilidad se ve cada vez

más lejana. Después porque el discurso freu- diano, si bien no contó con algunos de los desarrollos del pensamiento y la ciencia des- de mediados de siglo para aquí, también es cierto que no fueron tomadas en cuenta, de manera suficiente al menos y a la luz de aquellos desarrollos, elucubraciones y descu- brimientos freudianos por ese mismo pensa- miento y esa misma ciencia, que bien pue- den hoy servir para dar cuenta de problemá- ticas actuales no demasiado resueltas aún. Además, porque si bien Freud fue un repre- sentante de esa modernidad, de esa ideali- zación del concepto de ciencia, de ese some- timiento a la razón como al más complejo de los logros humanos, nunca consideró que esta razón se lograba por el solo hecho de nacer perteneciendo a esa especie, más bien diría que dedicó su vida a demostrar que no, que no es así. Freud fue un crítico de la ra- zón cartesiana y kantiana, de la razón como la concebía la modernidad, pero no de la ra- zón. Criticó duramente a la “razón oficial”

José Luis Valls Texturas freudianas

en todo caso, a la razón de una conciencia desconocedora de los propios deseos incons- cientes, de las propias pulsiones. Enjuició a es- ta cultura basada en la represión-desalojo in- consciente y su producto: el desconocimiento de la base pulsional humana inserta en su psiquismo y la ignorancia de la relación ínti- ma de éste con lo biológico y lo social.

Voy a hacer una salvedad, a lo largo del libro decidí traducir así: como represión- desalojo al concepto clásico de represión, mi intención es la de que de esta manera quede más manifiesto el sentido que le qui- so dar Freud al concepto de Verdrängung, que es el de desalojar una representación de la conciencia, en otras palabras, desco- nocerla. No lo es en cambio el de prohibir, que puede estar subrepticiamente implícito dentro del de represión cuando éste está solo, pues lo prohibido puede ser pensado, lo reprimido-desalojado no. Pienso que las dos palabras unidas recién expresan en nuestro idioma lo que Freud pretendió de- cir en el suyo. Con ellas estoy en claro que sacrifico en parte la estética en aras de la claridad, pero tenga en cuenta el lector que lo hago a sabiendas, elijo. El problema es que a los fines de la posibilidad de pensar, entonces, no es lo mismo desalojar-reprimir que prohibir, y de eso se trata: del pensa- miento, de la posibilidad de pensar.

Sigamos: Freud pretendió fortalecer esa razón debilitada en su propia base por esa represión-desalojo sobre la que se apoyó la cultura. Propuso conocer al hombre en su totalidad, no únicamente en su apariencia, en su historia de formación y no sólo en su resultado final, quiso conocer su funciona- miento psíquico desde sus bases más pro- fundas. Lo de “profundidad” no es en él un

criterio anatómico-fisiológico por cierto, si- no significacional-histórico, por así decir. En otras palabras: inventó el psicoanálisis. Diría que con ello lo hizo con una de las discipli- nas científicas que nacieron con el siglo XX y que fueron más importantes en él. Por eso y por mucho más, desde luego, principalmen- te por su manera de hacerlo, por la rigurosi- dad metódica, la seriedad de su obra, es que creo que vale la pena, entonces, volver a es- tas bases de la teoría con dos miradas: una, la inocente y si se quiere ingenua que sim- plemente busca aprender de ella, y otra, con todo el caudal de conocimientos adquiridos a posteriori en el resto de su misma obra es- crita, para poder reentender esas ideas en bruto del joven Freud y con ello volver a ela- borar los desarrollos posteriores inclusive.

La metapsicología es el aspecto teórico del psicoanálisis. Es una “psicología” que nos “conduce tras la conciencia”. Es una psi- cología que nos traslada hacia y luego toma como centro de su estudio al inconsciente, de éste parte luego para estudiar su mane- ra de influenciar sobre los fenómenos de la conducta y la conciencia del ser humano. En otras palabras, es la razón (en el sentido más general de reflexión, de pensamiento, que es como va a ser tomada a lo largo del texto), el logos humano, intentando dar cuenta de su propio origen “irracional” (vis- to así desde una conciencia desconocedora de sus bases, en realidad pertenece a una lógica diferente y desconocida por aquélla), en primer lugar reconociendo esta raíz no racional, afectiva, sexual infantil (que fun- ciona por fuera de la lógica formal pertene- ciente a esa razón) como existente aun en el presente de cada persona, aunque nacida en su pasado infantil, en segundo lugar pretendiendo volver razón a lo hasta ahora inconsciente, engrosando así las filas yoicas

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José Luis Valls Texturas freudianas en todo caso, a la razón de una conciencia desconocedora de

Texturas freudianas José Luis Valls

racionales y el conocimiento del hombre de sí mismo. Es la prehistoria de la constitución del sujeto, el cómo ese sujeto, su res cogi- tans (a veces utilizaré términos propios de la filosofía, en este caso cartesiana, con la esperanza de que me escuchen también mis amigos los filósofos), se fue constituyendo desde su res extensa predominante inaugu- ral a través del vínculo con el otro. “Sinra- zón” que por lo tanto no está superada y es más, participa de cada acto y cada pensa- miento en apariencia racional. En tercer lu- gar, extendiendo esta base no racional y afectiva universalmente a todo aparato psí- quico humano y por último mostrando el hecho de que lo psíquico inconsciente po- see a su vez, además de lo afectivo, un nivel sumamente complejo de or ganización, complejidad diferente a la del yo precons- ciente, la que es vista desde este último “yo oficial”, sede del lenguaje y con él de la po- sibilidad de la ratio, como una falta, una fa- lla de su misma organización, como errores propios, hasta como “caos”. Lo de caos es visto así desde una psicología que sólo reco- noce a lo consciente racional como lo psí- quico, además lo de caótico es un adjetivo relativo que el propio Freud le pone al ello observándolo desde la óptica yoica (El yo y el ello, 1923). El ello, sin embargo, es una estructura psíquica con sus propias leyes, di- ferentes de las del yo preconsciente, no una falta de organización, entonces pensamos que tiene una lógica, una lógica distinta a lo que entendemos por lógica desde Aristó- teles primero y Frege después, pero una ló- gica al fin, pues una lógica es un nivel de or- ganización y quizá lo que más descubrió Freud son las leyes de esa organización.

Al describir Freud las leyes de funciona- miento del inconsciente lo hace también con su cota de organización, entonces. A es-

te nivel de organización inconsciente de la psique, el que tiene sus propias característi- cas, leyes de funcionamiento, formas como influye en el funcionamiento consciente y demás, lo va a describir con meticulosidad rigurosa y detallista. Precisando más: a la ri- gurosidad con que se estudia en forma har- to detallada los fenómenos relacionados con lo inconsciente como núcleo de lo psí- quico, podemos decir que es a lo que preci- samente más apunta la explicación metapsi- cológica. La metapsicología en parte resulta por tanto una psicología de denuncia, de- nuncia de la base no racional y afectiva de la conducta humana. Pero no se queda en eso, decía que describe en detalle el cómo, el porqué y el dónde psicológico de ese fun- damento lejano a la razón que no desapa- rece ni cuando aparece esta razón en el psi- quismo. Muy por el contrario, sigue influ- yendo algunas veces más, otras menos, so- bre la racionalidad, y más lo hace aun si la racionalidad desconoce la existencia de esta raíz irracional que tanto influye sobre sus “razones”, creyendo éstas, de manera ilusa, haber superado aquella base. La metapsico- logía es a su vez el cuerpo teórico que sirve de fundamento para el quehacer psicoana- lítico, para el camino de la cura. En esa mis- ma ruta investigativa realizada en el pa- ciente sobre el significado de sus síntomas, actos fallidos y demás, está el conocimiento de la historia de cómo se modelaron sus pulsiones y las defensas inconscientes que estableció la parte inconsciente defensiva del yo contra ellas. Al poder conocerlas, a través de sus historias olvidadas por el pre- consciente y recordadas merced a las carac- terísticas de sus fallas (a las pulsiones, las defensas contra ellas y el porqué y origen de ambas), se encuentra la posibilidad de li- garlas, domeñarlas y, dentro de ciertos lími- tes de posibilidades, recuperarlas para y con

Texturas freudianas José Luis Valls racionales y el conocimiento del hombre de sí mismo. Es la

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José Luis Valls Texturas freudianas

ello poder manejarlas con la ratio, por así decir, o por lo menos con una mayor posibi- lidad de elección yoica del camino a seguir al incluir a lo reprimido-desalojado y a lo re- presor-desalojador dentro de las variables posibles, con mayor conocimiento y con más libertad por lo tanto, del yo precons- ciente para elegir sus destinos.

Freud piensa que en la base de nuestra cultura se encuentra la sofocación pulsional, o mejor dicho, que la cultura se edifica sobre esa sofocación. Se produce así, la paradoja de que para poder dar forma a la razón, queda fuera de la conciencia, dejado de la- do como no conocido, lo llamado irracional o gran parte de ello al menos (aquello rela- cionado con lo pulsional que en el momen- to edípico toma características incestuosas y por eso parricidas y que no alcanza a ser su- blimado), por lo que podríamos llamar a és- ta la “razón oficial”. Eso reprimido-desaloja- do no es más que el camino por el que se lle- gó a la actual razón, camino olvidado en gran parte como resultado de los propios su- cesos con los semejantes en esa historia acaecidos, por lo que quedaron ocultos en ese camino los significados más íntimos e in- dividuales (caminos por donde nació el indi- viduo singular por lo tanto) de lo actual, lle- gándose de esta forma a esta razón tapado- ra de su propia historia, por lo que en reali- dad es manejada por esa historia. Lo que se busca es recuperar esa historia, esa verdad histórica, reencontrar así el significado his- tórico y por ello individual de la razón ac- tual, para que así ésta pueda volver a ser dueña de su propio discurso. Lo de aquella forma reprimido-desalojado pugna sin em- bargo por retornar, cosa que a veces consi- gue merced a las fallas de la represión-desa- lojo. Estos retornos que escapan al entendi- miento racional común son vistos por esa ra-

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José Luis Valls Texturas freudianas ello poder manejarlas con la ratio , por así decir, o

zón oficial como fallas de la conducta huma- na a las que esa razón no les encuentra mo- tivo. Así resultan los casos de los síntomas neuróticos, las psicosis, los sueños y demás, los que entonces son vistos como errores, fa- llas y hasta algunas “enfermedades menta- les” (en realidad, en eso parcialmente el yo oficial preconsciente acierta, lo que no sabe es que son cosas propias no reconocidas por él como propias, están condenadas a un des- tierro muy particular del que pueden retor- nar merced a los errores de la represión-de- salojo. Sobre la posibilidad de éxito de esa represión-desalojo, sobr e ese desconoci- miento de uno mismo, entonces, estaría apoyado esto que conocemos como razón en un aparato psíquico así escindido y de tal manera constituido). El creador del psicoa- nálisis propone atacar directamente esta ba- se y modificar las cosas, no acepta lo “fun- dante” de la represión-desalojo en el apara- to psíquico así como así; en realidad el he- cho de la represión-desalojo es lo que él des- cubre, pero no por eso debe aceptarla, está muy lejos de eso. Sí reconoce que en parte existe esa “fundación” (es nada menos que su descubridor, decíamos), pero no por ello la da como dada, como natural, es para él un hecho histórico-social en la vida de cada individuo. Lo lamenta entonces y pretende rectificar, pues esta represión-desalojo “pri- maria”, fundadora del cambio de afecto res- pecto de lo que originariamente es placen- tero tornándolo asqueroso, vergonzante, inmoral o angustiante, es también por ello desconocedora como propio de aquello que ahora siente como asqueroso, vergonzante, inmoral o angustiante, eso fundador de pa- tología y con ello de sufrimiento para el ser de la cultura. Esto, el psicoanálisis lo preten- de “curar” volviendo al camino de la ver- dad, buscando incluir aquello irracional del

Texturas freudianas José Luis Valls

lado de la razón, profundizando su conoci- miento y con ello su tramitación lógica, su ligadura, su posibilidad de elaboración, de pensamiento racional. No se quiere que la defensa frente a lo ahora “temido” consis- ta en el desconocimiento, sino todo lo con- trario, se pretende ampliar el campo del pensamiento, de la razón, el campo del yo de la persona en cuestión, para que el do- minio de la acción esté más en poder de ese yo más libre para pensar, ligar, conducido por esa razón.

La metapsicología nos muestra así un modelo del funcionamiento del alma hu- mana. Podríamos decir, usando figuras mé- dicas, que la radiografía (nos da una “to- mografía computada”, para poner como prototipo a una figura más a tono con los avances de la “prosperity” tecnológica, ha- ciendo uso ahora y fuera de su contexto ori- ginal, de aquella alusión irónica hecha por Freud respecto del avance estadounidense sobre la cultura europea, en “El malestar en la cultura” [1929]) nos muestra sus mecanis- mos, a la manera de una fisiología o una fi- siopatología del alma. A su vez especula y profundiza en algunos temas caros para y a la manera de la filosofía pero con un senti- do a su vez muy relacionado con la praxis, teniendo como última meta la cura. La me- tapsicología freudiana surge de una síntesis entre dos posiciones antitéticas, el positivis- mo científico como expresión máxima del pensamiento de la modernidad por un lado (la medicina, fisiología y fisiopatología jun- to a la física y sus leyes), en las antípodas de una lectura metafísica de la realidad, y jus- tamente esta misma metafísica y su método y forma de estudio, por el otro. Si bien par- te del hecho observable y no se aparta de él, su nivel de especulación alcanza por mo- mentos altísimo vuelo. Es que un trabajo teórico psíquico profundo requiere eso, ne-

cesita especular sobre lo observable, necesi- ta una construcción teórica coherente que dé cuenta del fenómeno. No le alcanza con describirlo, debe explicarlo.

La teoría psicoanalítica no surge a su vez de la simple ocurrencia o como fruto del ra- zonamiento lógico únicamente, su verdade- ro origen proviene de la interpretación del hecho clínico experiencial al que compren- de, organiza, universaliza en sus formas ge- nerales a la par que resguarda su individua- lidad particular, otorgándole sentido de una manera coherente y sólida, consiguien- do así incluir la explicación de fenómenos que pertenecen a lo psíquico y que no ha- bían alcanzado antes de ella otra explica- ción más coherente y articulada, además con toda una teoría amplia de la psique (co- mo sucede con los sueños, los síntomas, los actos fallidos, los chistes, las compulsiones repetitivas y demás). El quehacer clínico es- tá entonces firmemente entrelazado con la teoría metapsicológica, es el que la origina. La teoría psicoanalítica sobre el funciona- miento psíquico surge de la observación, el interjuego es constante, asimismo pienso que la teoría no puede perder su propia co- herencia interna frente a la aparición de un fenómeno nuevo, debe servir para explicar- lo manteniendo las explicaciones anterio- res, cosa que probablemente genere cam- bios en algunas de sus ramas, pero no pue- de hacerlo con el tronco principal (tomando a la metáfora del árbol con su tronco y sus ramas como más valiosa que la del rizoma, que se usó para discutir al psicoanálisis).

Si esto no es así, no sirve. No se puede ve- nir el edificio abajo ante la primera dificul- tad. No caben contradicciones flagrantes en un pensamiento que pretenda ser coheren- te, el yo preconsciente no las puede ni las de- be tolerar. Eso no quiere decir que las contra-

Texturas freudianas José Luis Valls lado de la razón, profundizando su conoci- miento y con ello

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José Luis Valls Texturas freudianas

dicciones no existan, quiere decir que se de- be intentar resolverlas, deben funcionar co- mo acicate para el pensamiento, en ese ca- mino se inscribe este libro. Durante el deve- nir dinámico del pensar surgen constante- mente dudas, antinomias a resolver, tesis y antítesis buscando una síntesis, es muy de desear que eso ocurra, indica movimiento, creatividad, proceso. No obstante, no se pue- de mantener opiniones opuestas en forma paralela como si hubiera diferentes carriles para el pensar. El psicoanálisis no es materia opinable alegremente, cada opinión debe ser coherente con toda una teoría basada en hechos clínicos. Probablemente digo esto porque muchas de las discusiones psicoanalí- ticas que he presenciado me han parecido eso: opiniones no muy fundamentadas que en muchos casos se daban de patadas con postulados básicos de la teoría, mas no reba- tiéndolos por fundamentos más completos, sino porque sí nomás. A eso yo lo llamo dog- matismo (en el sentido de un saber autorita- rio, no de un racionalismo puro), no en cam- bio a la lectura sistemática y rigurosa de la obra freudiana, como corresponde a cual- quier rama del saber, lo que sí nos servirá, entre otras cosas, para adquirir las armas que nos sirvan para pensar más allá de Freud, pa- ra no volver atrás, al pensamiento anterior a él, creyéndonos que vamos hacia adelante.

Mi tarea será así: partiré del trabajo teó- rico freudiano sobre el que me apoyaré, profundizándolo, entendiendo por profun- dizar al encontrar más y más vinculaciones con otros textos del mismo Freud y en algu- nos casos de otros autores, a lo que agrega- ré ocurrencias obtenidas de mi propia expe- riencia clínica. Los textos de Freud también me dan un ordenamiento para pensar, de manera que espero este trabajo no sea un simple intento de resumir sus ideas sino un

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José Luis Valls Texturas freudianas dicciones no existan, quiere decir que se de- be intentar resolverlas,

intento de entenderlas de una manera de- terminada, mostrar sus contradicciones apa- rentes buscando su resolución e intentando crear a partir de ellas. Existen ocasiones en que determinados autores psicoanalíticos se manifiestan respecto de tal tema pensando según un lineamiento teórico y respecto de tal otro tema siguiendo una línea de pensa- miento diferente. El tema del psicoanálisis es muy intrincado, y por eso lo incompleto de la teoría para explicarlo invita y hasta obliga en ocasiones a ello. Pero la libertad para pensar no debe ser tomada como para- digma para entonces volverse contradicto- rio, es libertad para pensar, pero este pensar debe ser coherente. Al descubrimiento freu- diano del funcionamiento del proceso pri- mario no lo debemos utilizar como permiso para funcionar según sus leyes, sino conocer el funcionamiento de éstas para poder tras- ladar sus contenidos al proceso secundario en la búsqueda permanente de la verdad, dentro de lo que queda incluida la no con- tradicción. Obvio. En el punto en que apare- cen contradicciones no hay que cejar hasta conseguir resolverlas, insisto, pienso que así debe ser en todos los hechos de la vida, ha- ce a una ética, mucho más en una teoría que pretende ser científica. Si ocurre lo contrario nos encontramos ante lo que Freud llamó escisiones en el yo. No estoy en una cruzada contra éstas tampoco, pero espero que que- de clara mi opinión de que no las creo pre- cisamente el paradigma de la búsqueda de la verdad. Cuando la coherencia metapsico- lógica es sólida, en cambio, debe tolerar los embates del avance de la complejidad y no perder ante ella ninguna pata de su mesa. Pese a todo entonces, a lo difícil, casi diría imposible, de encontrarla de manera defini- tiva, quiero dejar bien en claro que todavía creo en la verdad, su búsqueda es la luz que ilumina mi camino esperanzado.

Por otro lado no me parece que se de- ban tomar como punto de partida del pen- samiento las teorías filosóficas dominantes en un determinado momento de la historia (aunque de alguna manera esto esté implí- cito en cualquier aventura del pensamien- to, lo reconozco, pero uno se puede mover más o menos libremente, especialmente si tiene cierto conocimiento de ellas, tenemos el principal ejemplo de esto en el mismo Freud) y adaptar la teoría psicoanalítica a ellas como si fueran la verdad en cuestión, el punto de partida y el de llegada, tenien- do en algunos casos que estirar la teoría, como si fuera de goma, sometida a los pos- tulados de una determinada ideología filo- sófica, por más actual que ella sea. No es ésa la postura freudiana, al menos. El psi- coanálisis freudiano trató de ser una nueva ciencia, y si bien como toda ciencia tuvo sus basamentos filosóficos, creo que se inde- pendizó lo suficiente de ellos para ser una teoría autónoma del psiquismo, una nueva manera de estudiarlo, a la que se puede agregar otras ideas siempre que no le ha- gan perder coherencia o la desarmen dema- siado hasta desvirtuarla. Menos todavía se puede hacer alegremente cambios en sus conceptos básicos utilizando nombres per- tenecientes a conceptos anteriores. Eso me suena a algo así como vaciamiento signifi- cacional. Tampoco el hecho contrario. No se puede así nomás llamar a lo que ya tenía nombre con un cambio de carátula, sobre todo si en este “nuevo nombramiento” no queda lo suficientemente claro cuál es el paso adelante que se da al adoptarlo. Todo este tipo de cosas han pasado, continúan pasando y a veces han producido y produ- cen el raro hecho de que los psicoanalistas no se entiendan entre sí, como si la dificul- tad no estuviera sólo en la lengua que se

Texturas freudianas José Luis Valls

habla en sus diferentes países sino en el sig- nificado de los conceptos vertidos, no en el cómo hablamos sino en el qué hablamos. En parte esto quizá no nos debería preocu- par pues hace a la riqueza del pensamiento, pero en parte sí, pues éste puede perder va- lidez y ser fragmento de una crisis de dis- persión, teórica por lo menos. Quizá una so- lución se las podamos sí copiar a la filosofía o a los filósofos, mas manteniendo nuestra autonomía como disciplina diferente, me refiero a citar al autor de cualquier manera de entender cierto concepto, que por lo que vemos suele ser bastante diferente se- gún las diversas líneas de pensamiento (las que tienen sus distintos autores, por lo que propongo citarlos cada vez que se lo hace con un concepto, por ejemplo: disociación, según Melanie Klein, o escisión del yo, se- gún Freud) dentro mismo del psicoanálisis. Las diferencias conceptuales me resultan absolutamente válidas, desde el momento que considero al psicoanálisis una nueva disciplina científica, con objeto de estudio y método de investigación diferentes, habría que explicitarlas nomás, en eso los filósofos nos pueden enseñar mucho.

Propongo entonces volver a los orígenes freudianos para recordar de dónde veni- mos, y retrabajar sobre ellos, elaborarlos. No me preocupa la época, el momento en que las cosas fueron dichas, sino si éstas me convencen. Considero que lo convincente está en el camino de la verdad aunque, co- mo señalara Nietzsche, no sea ella.

Mi posición es por lo tanto una for ma, como cualquier otra, de ubicarme en este atolladero teórico. Las crisis en general me enriquecieron, y si ésta es una crisis de la teoría, también espero sacar provecho de

Por otro lado no me parece que se de- ban tomar como punto de partida del

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José Luis Valls Texturas freudianas

ella. Quizá suene extraño, incluso hasta re- trógrado, este tipo de afirmaciones en nuestra época aparentemente dominada por lo que tampoco ni todos los científicos ni todos los filósofos aceptan como existen- te siquiera, me refiero a lo llamado por al- gunos post-modernidad (me refiero a ella como escuela filosófica, no como nombre de un momento social), pero como sí coin- cido con algunos aspectos del pensamiento hegeliano (dicho sea de paso pertenecien- te a fines del siglo XVIII y principios del XIX y en gran parte todavía vigente, me refiero en especial a la dialéctica, en eso me mani- fiesto moderno), pienso que toda síntesis debe incluir dentro de sí a las tesis y antíte- sis que la precedieron. Por lo tanto el pen- samiento post-moderno debe incluir al mo- derno dentro de sí, si es que es una nueva síntesis, aunque según yo lo veo me parece en todo caso una nueva antítesis o una ne- gación, pese a que no esté muy claro en qué consiste (no veo negación de negación, síntesis), más allá de mostrar de manera cruda las contradicciones de la razón mo - derna. Por eso vuelvo a traer el pensamien- to freudiano elaborado por mi persona pa - ra que quizá éste sir va como aporte para un nivel de negación de la negación en el devenir del pensamiento en general y por supuesto, psicoanalítico, del que sus prime- ros pasos, qué duda cabe, son la base funda- mental. Después de todo, el descubrimiento y estudio sistemático del inconsciente hecho por Freud todavía no sabemos si ubicarlo dentro de la modernidad o como verdadero superador de ella, desde luego es una pro- testa (diferente de la crítica kantiana) ante el poder de la “razón” cartesiana, pero, des- de luego, no es solamente una protesta, co- mo sí me suena la posición post-moderna.

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José Luis Valls Texturas freudianas ella. Quizá suene extraño, incluso hasta re- trógrado, este tipo de

La metapsicología freudiana nació así en el epistolario de Freud a Fliess, principalmen- te en ese escrito de “megalomanía teórica” al decir de André Green (supongo que mara- villado por la capacidad de síntesis y concep- tualización que hace el joven Freud en ese texto no destinado a la publicación), que se dio en llamarlo el Proyecto, pero también en algunos “manuscritos” y cartas, incluso en las primeras publicaciones. Voy a intentar re- visarla siguiendo la rigurosidad científica aprendida de Freud, adquirida por él en su formación y en las clases con Brücke y con Charcot y con algo de su profundidad filosó- fica estudiada con Brentano. Intentaré ob- viamente poner algo de su creatividad y li- bertad de pensamiento, partiendo de sus textos, por lo menos en la manera de enten- derlos y articularlos entre sí, éstos me servi- rán algunas veces de pretexto para acercar mis propias reflexiones, de las que no puedo echarle la culpa a Freud, obviamente, y las que asumo absolutamente intentando sus- tentarlas en las bases más sólidas que estén a mi alcance. Luego de la lectura del Proyecto comprendí mucho más la complejidad del pensamiento freudiano, asimismo me llené de nuevas preguntas que antes no me había hecho, espero que este libro sirva asimismo como invitación al lector a navegar en el “mar freudiano”. Sin el edificio teórico, el psicoanálisis es nada, un método psicotera- péutico más, una de las “terapias alternati- vas”, una técnica que no se diferencia dema- siado de la “sugestión” contra la que lucha- ba Freud. Pero esto no es así. El psicoanálisis tiene su propia teoría, hasta podríamos decir que es una teoría, su acción se sustenta en ella, de esa teoría abrevaron la mayoría de las otras “teorías” psicológicas a hurtadillas en la noche, para luego llegar en algunos ca- sos a desestimarla. Pienso que de ninguna

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manera se puede proceder así, menos en ma- teria científica. No se puede ignorar una teo- ría de la coherencia, amplitud y solidez de la freudiana o decir alegremente que fue supe- rada por el paso del tiempo o porque haya mermado últimamente en algo la clientela de los psicoanalistas (esto más producto de hechos político-económicos, incluso dentro del movimiento psicoanalítico mismo, que por hechos científicos, para mi gusto). A esos esfuerzos del pensamiento humano se los debe cuanto menos intentar rebatir, por es- to, aquello o por lo otro; a su vez este reba- tir tendría que ser demostrado, bien que dentro del terreno de demostración posible en estos temas, o por lo menos expuesto en una lógica más abarcativa, que pueda incluir con la coherencia debida nuevas problemáti- cas dentro de su desarrollo teórico, superan- do e incluyendo en él a la “doctrina” freu- diana. A esos esfuerzos habría que rebatirlos con argumentos psicológicos que los supe- ren, que expliquen con fundamentos mejo- res y más coherentes los fenómenos psíqui- cos, normales y anormales. Esto no lo he vis- to, o lo que he visto ha sido pobre, pequeño, teorías edificadas en un edificio con planta baja y una ventanita sola o dos, en otras pa- labras: reduccionistas. Los desarrollos teóri- cos más complejos suelen tomar su compleji- dad prestada de otros lados, pero ninguna se acerca en algo a lo múltiple y variado, intrin- cado y coherente, sólido y a su vez abierto, de la construcción teórica freudiana.

Asimismo, en algunos casos pareciera que algunas corrientes psicoanalíticas usan el pensamiento psicoanalítico como enri- quecedor de otros saberes, más que como hacía Freud, para “arrimar agua para su mo- lino”. El aporte lacaniano muestra una ima- gen de ser uno de los más interesantes, pa-

reciera que es el que ha predominado en Ar- gentina en los últimos años, aunque de esos exagerados predominios intelectuales (co- mo el kleiniano en su tiempo) tenemos ma- los recuerdos los argentinos. También quizá por eso mismo sea el que más confusiones conceptuales generó, tal vez por su famosa “vuelta a Freud” desde el estructuralismo y post-estructuralismo francés y la lingüística, los que pienso podrían resultar interesantes aportes. Sin embargo el resultado más direc- to es la confusión que se generó en el signi- ficado de los conceptos, a los que gracias a aquélla les fueron subvertidos sus valores en aras de una presunta “actualización”, o me- jor dicho de una “otra lectura”, que a veces transforma al psicoanálisis en algo así como un estudio de las neurosis actuales y no de las psiconeurosis históricas. Esta metáfora sea dicha en términos freudianos estrictos y basada por ejemplo en el hecho de que a partir del estructuralismo se pueda pensar cosas como que el significado del síntoma está en la estructura socio-psíquica actual, por así decir, y no en la historia del sujeto ¿La estructura psíquica no se genera en la historia acaso? ¿No es producto de un pro- ceso, histórico-social-individual? ¿O es natu- ral? A su vez, ¿la biología no interviene pa- ra nada en ella? ¿Por qué está fuera del tiempo? ¿Es esto último una petición de principios? Si lo es, pareciera proveniente de un dogmatismo autoritario y fundamental- mente erróneo (¿hay algo fuera del tiempo? ¿Tenemos acaso un nuevo Dios?), en espe- cial si lo que se pretende es explicar todo con la estructura. A lo sumo ésta puede ser un agregado interesante, pero ¿por qué ti- rar la historia a la basura? ¿Qué hacemos con ella? ¿Decimos que es un mito y deja- mos de investigar? La reconstrucción de la historia del sujeto (tomando como centro la

Texturas freudianas José Luis Valls manera se puede proceder así, menos en ma- teria científica. No

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José Luis Valls Texturas freudianas

historia de la sexualidad infantil, la que otorga luego, desde el olvido, el significado básico al resto) es algo demasiado central en Freud como para dejarlo de lado así como así, aunque sólo sea como un cambio sobre la concepción de esa historia, algo que de- bería ser discutido más, por otro lado, y no llegar a conclusiones demasiado rápidas con el pretexto, por ejemplo, de que la “evolu- ción” no llegó al “progreso” que había pro- metido. Está por verse si la concepción de la historia que tiene Freud es lineal (como la de la modernidad, aunque la historia indivi- dual empieza y termina irremisible y lamen- tablemente), o en círculo (¿y la compulsión a la repetición?) o un nivel de síntesis de las dos concepciones. Esto no habilita a dejar de lado la importancia del hecho histórico, sino por el contrario, amerita para la profundiza- ción de su estudio, creyendo en él (como verdad histórica, no como mito, nadie habla de verdad material, que es otra cosa, pero eso no habilita a confundir la verdad histó- rica con el mito) y en especial como origen de la estructura psíquica.

Dentro de esa misma estructura psíquica (y sus dificultades) habría que ubicar la ten- dencia a la reducción del pensamiento, a querer explicar todo con una sola cosa, esto no es necesariamente la función sintética del yo, o a lo mejor sí, pero entonces ésta pasa a ser una resistencia, una resistencia al avance del conocimiento. Que de eso se tra- ta. Si pretendemos explicar todo con una sola cosa, sepamos que no vamos a explicar nada. Existía conocimiento antes del aporte estructuralista y ya era complejo. No lo po- demos perder. Se debe agregar lo nuevo (cuando es interesante, puede aportar nue- vas perspectivas, complejiza), para mi gusto a lo anterior, pero incluyendo esto último.

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José Luis Valls Texturas freudianas historia de la sexualidad infantil, la que otorga luego, desde el

Aufgabe (superación con inclusión de lo su- perado), a la manera hegeliana y freudiana. La realidad es dinámica, está en cambio permanente, no es estática, por más que a su vez existan estructuras estáticas, o casi estáticas (Freud habla aquí de la facilita- ción, del principio de inercia, como tenden- cias básicas que tienden a repetir, a mante- ner las estructuras). Pasa que a veces la fun- ción sintética yoica es una virtud y otras simplifica demasiado las cosas, que en cam- bio, son más y más complejas. El creador del psicoanálisis piensa que los mitos son defor- maciones de la historia realizados por esa forma de pensamiento que llama proceso primario, pero para él la historia existió (en todo caso podremos discutir o deberemos reconstruir cómo), por lo menos como ver- dad histórica; esta verdad histórica no es lo mismo que un mito por supuesto, está ocul- ta por él, sólo que hay que redescubrirla es- tudiando el mito y volverla así nuevamente historia. Por ello, quizá entiendo mal, pero me parece por lo menos que el psicoanálisis en manos lacanianas resulta más un aporte a la lingüística y a la filosofía estructuralista y existencialista francesa y alemana, que és- tas un aporte al psicoanálisis, el que pienso que en este desarrollo queda bastante dilui- do. Más que una lectura “no ingenua” de Freud me resulta una nueva contrainvesti- dura y envío al fundamento de lo esencial freudiano entonces, pretendiendo funcio- nar a la manera en que explica el creador del psicoanálisis el mecanismo de la repre- sión-desalojo, o sea como “esfuerzo de de- salojo”, buscando desalojar la teoría freu- diana desplazándola, regalándosela “ag- giornada” al existencialismo, estructuralis- mo y postestructuralismo francés. Pues no, no me parece que el lacanismo haya logra- do una nueva síntesis pues nunca hubo te-

Texturas freudianas José Luis Valls

sis y antítesis, me parece que está buscando regalar los descubrimientos freudianos y desplazar lo verdadero, los fundamentos (nada menos que el inconsciente sexual in- fantil queda para mi gusto mezclado con demasiada soda en la “lectura estructuralis- ta de Freud”). ¿En aras de qué? No necesita- mos ser tan dadivosos, a la manera del ena- morado que vacía su yo por la idealización del objeto. Quizá exagero o me equivoco. Lo que sí no me parece para nada correcto, es que esto se haga en nombre de Freud, al que me parece ver con expresión de asom- bro, no sé si en la vereda de enfrente, pero por lo menos no en la misma vereda.

Complica mucho las cosas, venía dicien- do, la confusión conceptual que muchas ve- ces genera el léxico lacaniano, producto de un interesante desarrollo teórico, repito (en realidad lo que me parece interesante es la idea estructuralista, no demasiado en cam- bio el uso que hacen Lacan y muchos estruc- turalistas de ella), pero que quizá demasia- das veces me resulta otra teoría, dirigida a otra cosa, proveniente de otro lugar de par- tida y en la que el psicoanálisis me parece un simple lugar de paso. Bienvenido fuera el nuevo desarrollo teórico si éste me parecie- ra mejor, más abarcativo, produjera mejores efectos clínicos y nos diera un mejor conoci- miento de la psique, vuelvo a repetir. En parte así lo hace. No obstante, hasta ahora en las lecturas de Lacan que he hecho y en las discusiones que he tenido (algunas públi- cas, otras como charlas de café entre ami- gos) nunca he sentido que esto me haya si- do demostrado ni mucho menos, salvo en pequeñas cosas superficiales y más discuti- bles que otras. Más bien todo lo contrario, pareciera que al marcar los puntos en que su “discurso” se aparta del camino freudiano (y

no me refiero únicamente al “positivismo” o “empirismo” de Freud, de lo que suelo ser acusado confundiéndome con los teóricos de la psicología del yo, por lo que siento por momentos que, en vez de ser una discusión conmigo, es algo aprendido en la lectura de las discusiones de Lacan con la psicología del yo estadounidense [la que por otro lado, sí me resulta una discusión vieja], y que no se me escucha a mí, o a “mi lectura” freudiana) uno tuviera una posición obcecada y re- nuente a los avances del pensamiento. Qui- zá sea así, pero tengo mis dudas, las que in- tentaré exponer a lo largo de este texto. Por ejemplo: ¿por qué dice Lacan en el Semina- rio sobre la ética, de manera reiterada, que Freud dice que el principio de realidad se opone al de placer? ¿Oposición en qué sen- tido? Si lo es en el filosófico, ¿por qué no lo aclara? Pues ahí no pareciera estar hablando de Hegel, ni de Kant, sino de Freud. Tampo- co dice en todo caso oposición a la alucina- ción, como podría o debería, lo que hace es oponer un principio a otro y eso es un error. Un error importante. Dicho como él lo hace (por lo menos como figura en la traducción castellana) parece una interpretación anto- jadiza del hecho de que el principio de pla- cer, que es alucinatorio de por sí, necesita del de realidad para realizarse en la acción. La acción humana ocurre en la realidad, es lo que la “cambia”, dice Freud. No se opone entonces (por lo menos en el sentido que da la Real Academia sobre el término), sino según creo entender todo lo contrario. La que, en cambio, sí se va a oponer luego, es la represión-desalojo, guiada por ese mismo principio de placer y no por el de realidad; pero ésa es otra cuestión, aunque nada me- nos que la cuestión psicoanalítica por exce- lencia. Como ese “error”, muchos más.

Texturas freudianas José Luis Valls sis y antítesis, me parece que está buscando regalar los descubrimientos

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José Luis Valls Texturas freudianas

El objetivo es avanzar en el pensamiento psicoanalítico, pienso que el más profundo de los autores psicoanalíticos es Freud y que se merece el respeto de ser escuchado. No hay que “volver” a él. Hay que leerlo pro- fundamente y con respeto por su letra, co- mo a cualquier autor (algo que paradójica- mente no se hace como debiera en psicoa- nálisis, donde la lectura rigurosa de Freud parece que fuera algo del pasado, dejado atrás por la presente moda, como si las mo- das tuvieran algo que ver con la verdad científica), para saber por lo menos cuándo es un aporte algo referido a su coherencia teórica, sino lo nuevo que generemos corre el peligro de no ser más que confusión, o in- cluso nos puede ocurrir que lo que creíamos superador de Freud, en realidad termine ubicándose pasos detrás de él. Sin ir más le- jos, en la descripción, por ejemplo, del prin- cipal descubrimiento freudiano, para mi gusto, nada más y nada menos que el in- consciente, la diferente forma de lógica y de pensamiento “inventada” por Freud.

En cambio, sí percibí un gran desconoci- miento del pensamiento freudiano, y en es- to incluyo a la mayoría de los psicoanalistas, como si el pensamiento del creador del psi- coanálisis fuera cosa acabada para ellos (lo que paradójicamente lo tornaría “indiscuti- ble”, de lo que se desprende que no se lo podría discutir. Lo que en verdad entonces ocurre, es que no se lo deja entrar en la dis- cusión, o se lo usa solamente como autori- dad de un supuesto tribunal, que es otra manera de anularlo, no a él, sino a lo princi- pal de él para nosotros, que es su pensa- miento). Esto me parece un error funda- mental para poder conseguir avances en el psicoanálisis. También vi y escuché hasta el cansancio el no porque no, o peor, el ser ig-

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José Luis Valls Texturas freudianas El objetivo es avanzar en el pensamiento psicoanalítico, pienso que el

norado o no mencionado como opinión ac- tual valedera, o el argumento del paso del tiempo como superación, como si esto últi- mo tuviera demasiada o alguna validez en el conocimiento profundo del alma huma- na. El argumento de que alguna teoría sea vieja por el hecho de haber sido escrita an- tes en el tiempo parece extraído de la medi- cina, que es una ciencia que depende actual- mente del desarrollo tecnológico, y por ello es razonable que lo último sea de alguna manera superior a lo anterior en general, pero no en nuestra materia, en la que la tec- nología no tiene vinculación alguna. Tam- bién podría ser un germen de aquello con lo que aparentemente se pelea, me refiero a un elemento evolucionista, como si las ideas evolucionaran per se, en fin, nada de esto tiene que ver seriamente con una discusión de ideas. Las épocas y con ellas las circuns- tancias cambian, podríamos pensar que las características del yo preconsciente también lo hacen con ellas, pero lo esencial del hom- bre (¿podría decir lo estructural?), lugar en el que sin duda ubicaría al inconsciente, que es el tema freudiano, no creo que tanto, los cambios que uno podría esperar en él no creo que dependan de la época, justamente. La tragedia de Edipo la escribió Sófocles, si mal no recuerdo, y ya hace unos cuantos si- glos de ello. Freud la eligió como paradigma de los sucesos de la culminación de la sexua- lidad infantil, y nada me hace sospechar que esa elección sea desechable así nomás, no fue escogida por él al azar, eligiendo alguno de los mitos griegos por elegancia intelec- tual, o porque quisiera rescatar a Sófocles del olvido, sino porque su historia mítica da cuenta de la forma de estructuración del psi- quismo humano, por lo menos el de Occi- dente. Aunque ya a esta altura del partido es evidente el avance del psicoanálisis en

Texturas freudianas José Luis Valls

Oriente, así que no creo que haya diferen- cias esenciales en la constitución del incons- ciente por el hecho de las culturas diferen- tes. Lévi-Strauss), podríamos decir uno de los creadores del estructuralismo francés, entre otras cosas, además de desplazar a Sartre en las preferencias filosóficas francesas de la se- gunda parte del siglo pasado, se encargó de demostrar a la prohibición del incesto como condición esencial para el establecimiento de una cultura, cualquiera que fuera. Así, in- directamente, demostró los quilates del pensamiento freudiano, que había llegado a la misma conclusión a partir de su expe- riencia clínica, observando la resolución de los síntomas neuróticos de sus pacientes en su consultorio. Mas hay una diferencia:

Freud habla de la represión-desalojo del in- cesto, no de la prohibición. No es lo mismo. La prohibición es consciente, la represión- desalojo no. Su razón (la de Freud) se com- prueba sola, si estuviera prohibida no habría necesidad de descubrirla, se conocería, sólo que estaría prohibida. Se pudo desconocer durante tanto tiempo y fue y es desconoci- da como ley social, y en cambio fue y es sen- tida como natural por la mayoría de los in- dividuos, porque es reprimida (o sea desalo- jada de la posibilidad de ser pensada), y la represión-desalojo no es lo mismo que la prohibición, tiene un paso más que esta úl- tima, la represión-desalojo implica descono- cimiento, inconcienciación. La forma de im- pedir la acción (incestuosa y parricida) no es prohibirla (por lo menos no solamente), es más que eso, es desconocerla, olvidarla.

A la represión-desalojo del complejo de Edipo, Freud la pensó como universal, un paso previo requerido para la instalación de toda cultura, más que como característica de una cultura determinada. El cómo de ese

complejo de Edipo universal es lo propio e irrepetible de la historia de cada individuo infantil con sus padres. Ya no hace falta más demostración para esto. Hoy ya se debería demostrar, para poder poner a esta hipóte- sis freudiana en tela de juicio, el hecho de que exista alguna cultura en que esto no sea así, más que demostrar que en todas lo sea.

Tampoco se puede aceptar, por otro la- do, la separación del psicoanálisis como mé- todo, de la metapsicología, pues los dos provienen del mismo lado y apuntan a lo mismo, uno en la práctica clínica y la otra en la organización y fundamentación teórica de esa práctica clínica. El psicoanalista prác- tico, alejado de los fundamentos teóricos de su tarea diaria, corre riesgo de eso, de quedarse en un psicoanálisis empobrecido, cerrado en sí mismo, transformado en una práctica con poco conocimiento de lo que hace y por qué lo hace. Tocando música de oído, por así decir, sin la partitura. Por el otro lado, al teórico alejado de la experien- cia clínica, el mismo Freud lo comparó con la esquizofrenia, en la que las representa- ciones-palabra están investidas pero las re- presentaciones-cosa no. Dicho de otra ma- nera, las palabras pueden empezar a girar en el aire cuando no se apoyan en las cosas, en las representaciones de ellas, de los he- chos vividos con ellas, significándolas, o con más precisión: en las representaciones-cosa. Con las dos unidas, la praxis y la teoría, en cambio, el psicoanálisis cobra sentido y jus- tifica su existencia. Pasa a ser palabras que hacen cosas. Claro que debemos saber el qué hacer (la teoría) para desarrollar el có- mo (la práctica). Lo que yo entiendo que en nuestros tiempos está más en crisis, en este mundo convulsionado, es la práctica, por eso y pese a la aparente paradoja, me meto

Texturas freudianas José Luis Valls Oriente, así que no creo que haya diferen- cias esenciales en

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José Luis Valls Texturas freudianas

con las bases teóricas, para saber bien el qué, desde ahí pienso que surgirá la posibi- lidad de las diferentes prácticas posibles se- gún las circunstancias reales.

Asimismo, también el edificio teórico metapsicológico es dinámico. Esto quiere decir que acepta modificaciones siempre que se mantengan dentro de su coherencia básica, no es una estructura rígida, se le puede agregar nuevas observaciones y es- peculaciones que abarquen en su explica- ción otros fenómenos además de los que aquél ya explica (cada psicoanalista, me in- cluyo, pareciera creerse en la obligación de hacerlo, lo que a veces enriquece la teoría y otras agrega confusión). Eso sí, esos agrega- dos enriquecedores deben mantener cohe- rencia con la teoría toda, si no más que en- riquecimiento corremos el peligro del em- pobrecimiento teórico.

Ésta es mi manera de pensar. Por eso es- toy saliendo al ruedo para recordar que el edificio metapsicológico freudiano existe, que tiene un alto grado de complejidad, que es discutible, es verdad, pero hay que discutirlo y ganarle la discusión. Lo que no es tan fácil si se hace en buena ley. Que el discurso freudiano es lógico, que no intenta ser una verdad sino una teoría apoyada en los hechos y en la especulación científica y que no se puede descreer así como así de él pues no es una simple creencia, o si lo es, es una creencia científica con todo un basa- mento lógico-experiencial que la sostiene y que es muy complejo. Justamente en eso se diferencia de una creencia religiosa, como toda ciencia. La diferencia es el basamento en que se apoya esa creencia, no es una creencia basada en la fe, por lo menos úni- ca ni de manera preponderante. No es sólo una ilusión, diría Freud. Es a su vez una re-

flexión sobre el funcionamiento del alma humana lo suficientemente profunda y con la indispensable dosis de verdad que nos hace sospechar que, pese a quien pese, in- cluyo en este pesar al pensamiento de algu- nos psicoanalistas, a los ataques a que ha si- do sometido en las últimas épocas, en algu- nos casos por intereses que no tienen nada que ver con la búsqueda de la verdad, por ahora goza de buena salud, permanece con su tónica subversiva inicial, está, y probable- mente seguirá estando por mucho tiempo, hasta que sea realmente superado. El psi- coanálisis es el legado científico que dejó Freud a la humanidad y va mucho más allá del accionar práctico y político de los mis- mos psicoanalistas y de los diferentes tipos de instituciones que éstos organicen, su fu- turo estará dado fundamentalmente por las batallas del pensamiento venideras, de las que hasta ahora y pese a todo, ha salido bastante bien parado.

La metapsicología es la estructura de un edificio tan completo y coherente que hace del psicoanálisis una psicología diferente. Es- ta teoría es una estructura lógica de pensa- miento que nace de la observación, que ex- plica en gran parte los fenómenos psíquicos y que además produce efectos sobre ellos y sus derivados (la conducta entre otros), algu- nos más comprobables, otros menos, pues el material con el que trabaja no es materia concreta, es el alma humana, son seres hu- manos. Como una manera de acercarla a los hechos, de la misma manera en que lo hace Freud constantemente en su obra, intercala- ré algún ejemplo clínico para aclarar mejor problemas puntuales. Aparte, a esta altura de los avances del conocimiento, ¿a qué se puede llamar materia concreta?

Freud dio una existencia suficientemen-

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José Luis Valls Texturas freudianas con las bases teóricas, para saber bien el qué, desde ahí

Texturas freudianas José Luis Valls

te clara al inconsciente: pertenecen a él, bá- sicamente, las huellas mnémicas que devi- nieron representaciones-cosa de los sucesos de la sexualidad infantil, sexualidad que de- be irse al fundamento, reprimirse-desalojar- se, olvidarse, sublimarse, al acceder el suje- to a la cultura. Me estoy refiriendo al in- consciente reprimido-desalojado, obvio, el que es fundamental en el descubrimiento freudiano. Pero las huellas del pasado quie- ren despertar, sacudirse y retornar “como los titanes de la saga cuando se les da de beber sangre”, por lo tanto influyen, pro- ducen efectos en el hombre de la cultura, se transfieren a las circunstancias de su presen- te, quien así se cree libre pero en verdad es- tá preso de ellas. Existen otros elementos en el inconsciente, los mecanismos defensi- vos del yo y gran parte del superyó entre ellos (nos podríamos asimismo plantear, co- mo en parte lo hace Freud, si no es que el superyó es de manera principal inconscien- te, en especial en el varón, entendiendo que la ética y la moral le pertenecen en rea- lidad al yo preconsciente y no a la inmensa formación reactiva antipulsional que es aquél, disfrazado de moral, o por lo menos que existe una ética yoica conduciendo al deseo a su satisfacción de acuerdo a la rea- lidad, con su contrato social, que la ética no es patrimonio superyoico).

El psicoanálisis propone por tanto una for- ma de liberación del sujeto que será produci- da por la aptitud que otorga el acceso a la palabra de aquellos contenidos reprimidos- desalojados y represores-desalojadores, los que contarán con la posibilidad, con ello, de participar del pensamiento lógico, de la ela- boración, ampliando de esta manera los me- dios del ser cultural, enriqueciéndolo con las representaciones de su propio pasado en el

que algunos se produjeron y aunque de algu- na forma se sigan produciendo, pese a que la conciencia ya no los posea, los desconozca, los haya olvidado y crea que por eso dejaron de existir. Incluso con la idea peregrina de que es mejor que sea así. El que algo no po- sea palabra no quiere decir que no tenga existencia, por lo menos en lo que a represen- taciones psíquicas se refiere. Existen otro tipo de representaciones que no son las de pala- bra, y precisamente son las pertenecientes al inconsciente. Freud mostró los efectos con- cretos que ellas pueden producir sobre el ser humano y su conducta. Entonces sí lo puedo entender respecto de la reflexión metafísica sobre las cosas del mundo y en el sentido que se le da y tiene para el ser humano, lo entien- do. Entiendo, por ejemplo, que la existencia de la Cordillera de los Andes “exista” cuando el lenguaje del hombre la nombra, pero tam- bién pienso que así directamente no se pue- de trasladar ese razonamiento a la represen- tación intrapsíquica, me parecen cosas dife- rentes. A lo reprimido-desalojado también se lo nombró en todo caso, pero la represión- desalojo se encargó de hacer desaparecer la palabra, que no es lo mismo que el hecho de no tener nombre en todo caso. Además, si en la experiencia individual aún no tenía nom- bre (era traumático, no correspondía al “fue- ro”), por lo que fue reprimido-desalojado pri- mariamente por la contrainvestidura, lo que bloqueó la posibilidad de otorgarle el nom- bre cuando correspondía o ya se lo dio como contrainvestidura (se le cambió así el afecto), no quiere decir que no haya existido como representación, sino todo lo contrario, se le impidió en todo caso la posibilidad de acce- der a la palabra. Los psicoanalistas que a par- tir de aquel tipo de razonamiento, correcto para la metafísica, sostienen ese tipo de argu- mento dentro del psicoanálisis (que por no

Texturas freudianas José Luis Valls te clara al inconsciente: pertenecen a él, bá- sicamente, las huellas

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José Luis Valls Texturas freudianas

tener palabra no se tiene existencia, permi- tiendo así la confusión entre reprimido-desa- lojado e inexistente. Será inexistente para la conciencia, y en ese caso, ¿cuál es la novedad con respecto a Freud entonces?), están dán- dole sustento al mecanismo con el que lucha a brazo partido el psicoanálisis: la represión- desalojo. Ésa es, precisamente, la materia de la que está hecha la represión-desalojo, que consiste en desinvestir a la representación- palabra para que esa representación no pue- da ser pensada conscientemente. Si el yo pre- consciente desconoce su historia, ésta se re- petirá de alguna manera, es decir, se transfor- mará nuevamente en hechos. Los hechos psí- quicos existen más allá de las palabras, acá me parece que no caben las explicaciones de la “lingüistería” filosófica, los síntomas exis- ten, el sufrimiento como forma de vida exis- te, los actos compulsivos existen, los sueños, los recuerdos encubridores, los actos fallidos y demás, existen, de hecho son nombrados, se llaman así. Lo que sucede es que el sujeto desconoce sus porqués. Pues señores: el psi- coanálisis creado por Freud ha averiguado que sus porqués están en ese pasado, en la memoria, o, mejor dicho, en la falta de me- moria (en el significado común del término, como memoria del yo preconsciente, del pen- samiento, de la palabra) de ese pasado infan- til está el sentido de lo actual. Sin embargo el sujeto de la cultura puede quedarse con aquéllos aceptándolos como manera de vida o designio del destino (nombre ya tienen), sin saber que existiría la posibilidad de corregir eso que se le aparecía como incambiable.

¿Cómo puede la “ciencia” aceptar que es- to sea simplemente así, darlo como “dado”, habiendo teorías como la psicoanalítica, que puede dar una explicación tan abarcativa del psiquismo y que es coherente consigo misma

en tantas otras explicaciones de otros dife- rentes fenómenos, todos referidos al alma humana? Por lo menos debería considerarla. El ser humano, entre otras cosas, es un cuer- po con historia, y la “historia oficial” se com- pone de mitos heroicos. Sabemos desde Freud que éstos además de ser mitos o justa- mente por el hecho de serlo, tienen un nú- cleo de verdad histórica, y a ese núcleo apun- ta el psicoanálisis. El psicoanálisis es desmitifi- cador, por eso es subversivo, pues la historia oficial, que sí es mítica, está escrita por los vencedores, o sea las fuerzas que mantienen el poder antipulsional y desconocedor de la verdad en el aparato psíquico ¿Esta misma forma de negación acaso no muestra que hay otra historia tapada que puede explicar mu- chas más cosas de lo que hace aquélla? ¿Aca- so no queremos transformar la prehistoria en historia? ¿No investigamos cómo comenzó la vida? ¿Por qué no hacerlo con nosotros mis- mos, con nuestro psiquismo? Algunas de es- tas preguntas pretendió contestar Freud tam- bién. Él habló de verdad histórica diferen- ciándola de verdad material. En especial cuando habla de la percepción y sus vericue- tos, muestra con claridad cómo se deslinda desde un principio, la verdad material de la histórica para él. A la verdad histórica me re- fiero cuando hablo de historia, pero de una historia que además de ser historia debe ser verdad, cuanto menos debe acercarse lo más posible a ella, debe “encajar” lógicamente cada trozo de esa historia en el “puzzle” del historial del analizando.

Al grado de verdad obtenido con nues- tro trabajo psicoanalítico lo comprobare- mos principalmente en la desaparición de los síntomas de nuestro paciente, en la dis- minución de sus rasgos de carácter patoló- gicos, lo veremos en la libertad que adquie-

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José Luis Valls Texturas freudianas tener palabra no se tiene existencia, permi- tiendo así la confusión

Texturas freudianas José Luis Valls

re el sujeto al poder pensar y comprender su propia historia “a posteriori”, vinculán- dola con su presente y pudiendo así llegar a diversas formas de acción específica. Lo pal- pamos en el sentirse mejor consigo mismo, autoestima que se puede sostener en el tiempo firmemente y de frente a los dife- rentes contratiempos que le presenta la vi- da, sobreentendiendo que sin la rigidez de una megalomanía delirante, o de una ca- racteropatía rígida, por lo tanto mante- niéndose profunda y firmemente, al mismo tiempo que fiel a sus propios estilos caracte- rológicos originados en su historia y pese a los distintos avatares que se le presenten, eso sí, con mayores armas yoicas para supe- rar las circunstancias difíciles.

En el transcurso del texto trataremos de entender mejor qué quiero decir con “armas yoicas”, entre tantas otras cosas, pues no me refiero a los mecanismos de defensa incons- cientes (las diferentes formas de represión- desalojo), de los que pienso con Freud que si bien en algún período de la historia infantil individual pudieron haber servido para de- fender al sujeto de los embates pulsionales, al mantenerse “eternamente” como defen- sa inconsciente terminan convirtiéndose en todo lo contrario de un componente cons- tructivo del yo, más bien resultan alterado- res de él, como lo dice taxativamente en Análisis terminable e interminable [1937] y el “Esquema” [1938] al explicar el sentido del concepto de “alteración del yo”. Cuando digo armas yoicas, entonces, me refiero en especial a la capacidad del yo de hallar rela- ciones lógicas entre las representaciones, en otras palabras: a la capacidad de pensa- miento (incluyendo en ésta la fantasía, el “pensar común”, como la llama en este tex- to), propia y casi definitoria, de lo que ge-

nuinamente debemos llamar yo.

Estaba hablando, un párrafo arriba, de los tratamientos exitosos, obviamente. Ha- blo de aquellos tratamientos psicoanalíticos en los que se logró hacer una construcción casi completa de las situaciones traumáticas de la sexualidad infantil, habiendo sido és- ta comprendida, entendida y elaborada por el paciente predominantemente en el aná- lisis de la transferencia, mejoría que se pro- duce al adquirir de esa manera su yo más li- gaduras lógicas, por lo tanto cambiables, variables, adaptables a las circunstancias en que aparecen nuevos elementos que com- plejizan la lógica ya lograda, ligaduras no rígidas por lo tanto. Un yo con menor des- gaste en los mecanismos de defensa, más li- bre para tomar sus decisiones, con más aperturas libidinales para llegar a las accio- nes adecuadas. Pero bueno, no voy a contar ya el final de esta historia, intentaré desa- rrollarla palmo a palmo como lo hizo Freud, siguiendo atentamente, en la medida de mis posibilidades, el desarrollo de la gran complejidad de su pensamiento.

Empezaré por el Proyecto de psicología, el que vendrá acompañado por algunas car- tas y manuscritos dirigidos a Fliess y algún otro texto que pueda complejizar la teoría actual desde esa época “a posteriori” (Nachträglich), pensando, quizá en contra de la opinión de Freud, que ese texto no destinado a la publicación, escrito teórico con el objetivo de ensayo que forma parte de su epistolario con un amigo y colega, es un momento de inspiración genial freudia- no y que en él, como en un diamante en bruto, está en germen y, lo que me parece más interesante, se percibe con mayor clari- dad, el nacimiento lógico de la mayoría de las ideas desarrolladas luego con el desplie-

Texturas freudianas José Luis Valls re el sujeto al poder pensar y comprender su propia historia

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José Luis Valls Texturas freudianas

gue de la teoría. Nos da así mejor la oportu- nidad de explicarnos de dónde provienen algunos conceptos fundantes, por qué los trae, otorgándonos la libertad de no tener que aceptarlos como postulados básicos así como así. Este “empezaré” implica un cier- to compromiso a seguir con otros temas de la metapsicología más adelante.

Espero poder hacerlo, por supuesto.

El problema principal con que nos en- contramos en el Proyecto desde un princi- pio, es el lenguaje en el que está escrito; és- te intenta ser neurológico, lo que no consi- gue, pues como él mismo dice en la carta a Fliess citada en el epígrafe, ya está pensan- do en términos metapsicológicos y el Pro- yecto no es un libro de divulgación de la psicología para que tengan en cuenta los neurólogos, ni el escrito de un neurólogo que quiere delirar sobre la psicología o que quiere reducir la psicología a procesos his- tológico-fisiológicos, o como una adelanta- da de la cibernética, por lo menos no es és- ta la principal manera de entenderlo del autor de este libro. Es un escrito metapsico- lógico plagado de ideas originales que van a ser los cimientos del pensamiento freudia- no y al que todavía no se le ha otorgado el valor que merece en la historia de los avan- ces científicos ni en los escritos psicoanalíti- cos mismos, entre otras cosas porque fue re- cién publicado en 1950 (once años después de la muerte de Freud), con lo que ya se co- noció como si únicamente tuviera valor de reliquia histórica póstuma. Probablemente hayan ayudado también a ello la negativa de Freud mismo a publicarlo dados sus pa- sos posteriores, hechos en forma mucho más orgánica y explícita del lado de la “nueva psicología”, y al hecho de que su publicación llevaba incluida las cartas a un

amigo que correspondían a su vida privada, que no tenía por qué querer publicar, pues ha demostrado (incluso en esa parte publi- cada de su autoanálisis que pertenece a la Interpretación de los sueños) no poseer afa- nes exhibicionistas que no estuvieran liga- dos por el proceso secundario de su yo, por su capacidad de pensamiento.

Para romper con todos esos esquemas y dada la extrema complejidad teórica que se despliega en el Proyecto, en el que, como es costumbre en toda la obra freudiana pero en particular en este texto, dice muchas co- sas y muy complejas con muy pocas pala- bras (la de él no es precisamente una pala- bra vacía), tanto que si se lo lee un poco rá- pido muchas pasan desapercibidas y se ge- neran confusiones teóricas.

Este texto, dada la época de su publica- ción (1950, en alemán), probablemente no haya sido leído por Melanie Klein ni por sus seguidores, entre los que cuento a los fun- dadores del psicoanálisis argentino en gene- ral, incluido lamentablemente para noso- tros Ángel Garma, el más freudiano de to- dos ellos, ni por discípulos suyos que en la actualidad continúan profundizando su lec- tura de Freud, como Jorge Winocur y José Treszezamsky, con quienes mantengo un fluido y permanente intercambio de ideas (amén de una estrecha amistad). Camadas posteriores a Garma, de psicoanalistas ar- gentinos a principios de la década del sesen- ta, entre los que podemos incluir a Ricardo Avenburg y Jorge Carpinacci (éste último ya lamentablemente fallecido), sí lo hicieron, también Ernesto S. Fainblum, Jorge Aven- burg, Claudio Jonás, Leonardo Goijman, El- vira Nicolini, Enrique Torres, Oscar e Inés Zentner, Ariel Schere, Abraham Apter y Jor- ge E. Canteros (todos con destinos ulteriores

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José Luis Valls Texturas freudianas gue de la teoría. Nos da así mejor la oportu- nidad

Texturas freudianas José Luis Valls

muy diferentes), entre otros. Me incluyo en- tre ellos, como creo haberlo probado con la publicación de mi Diccionario freudiano (1995), en el que mi lectura freudiana se ma- nifiesta como “a posteriori” de la lectura del Proyecto, así como muchos otros colegas más, que de manera injusta aunque no de- seada olvido, también lo hicieron. Si bien no podemos decir que hayamos logrado pasar de la característica de grupos de estudio pri- vados, o de grupos de gente que piensa de modo parecido en muchos temas, pues per- manecemos dispersos, sin enriquecernos mutuamente demasiado. Vaya esto como autocrítica, ya que de ningún modo se con- siguió armar un verdadero movimiento freudiano como deberíamos, lo que de to- das formas aún estamos a tiempo de hacer. Quizá una causa de esta dispersión resida en el hecho de que pareciera que se debe- ría descontar que si uno es psicoanalista de alguna manera siempre es freudiano. No veo por qué. Si así fuera no estaría conci- biendo el psicoanálisis como ciencia o disci- plina científica, más bien lo sentiría como una experiencia religiosa. Es una cuestión de mantener una coherencia y poder soste- nerla después de oponerle todos los obstá- culos que se le crucen en el camino, para ver su solidez, plasticidad y amplitud. No es una cuestión de mera creencia o de líderes caris- máticos.

El Proyecto también fue leído por autores estadounidenses como Karl Pribram y Mer- ton Gill, tomándolo en términos generales, como si fuera una avanzada de las neuro- ciencias y la cibernética, no de la metapsico- logía o lo que el autor de este libro entiende por ella precisamente (ya expresé mi opinión al respecto). Aquellos autores, de todas ma- neras, muestran el genio freudiano al darse

cuenta de que ciertas líneas de pensamiento por él esbozadas en este texto tienen fuertes coincidencias con criterios neurológicos avanzados (por ejemplo me parecen intere- santes las correspondencias por ellos resalta- das entre el concepto freudiano de facilita- ción y el de feedback o retroalimentación), en ese sentido me parece otra apertura enri- quecedora en la búsqueda de la verdad y a la que el psicoanálisis puede aportar mucho, pero no estoy muy seguro de que le pueda aportar algo al psicoanálisis. También fue leí- do por Jacques Lacan, quien se dio cuenta de su importancia según consta en sus “Semina- rios” (como en el 2 y el 7).

El texto freudiano en cuestión lleva in- cluida una “primera” descripción del funcio- namiento psíquico inconsciente y de la re- presión-desalojo, aunque todavía no quede aclarada la función que le cabe a esta última en la inconcienciación y a pesar de que no incluya tampoco en su desarrollo teórico la conceptualización definitiva de la sexuali- dad infantil. Sí aparece en él la sexualidad en el sentido social del término y lo repre- sor-desalojador de representaciones de la sexualidad en ese sentido y generador de síntomas que resultan con posterioridad los hechos traumáticos sexuales. Lo traumático de los mismos conducirá en el avance de la teoría irremediablemente hacia lo infantil, esto habrá que demostrarlo analizando ni- ños o estudiando su evolución sexual (como corolario de ello publicará en 1905 el caso Juanito o Hans). De cualquier modo, por to- do lo expuesto en este borrador y mucho más que espero poder fundamentar aquí, lo considero el primer texto metapsicológico.

Este Proyecto de psicología para neuró- logos está escrito en un lenguaje neurológi- co (lo único importante neurológico que

Texturas freudianas José Luis Valls muy diferentes), entre otros. Me incluyo en- tre ellos, como creo

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José Luis Valls Texturas freudianas

tiene es el lenguaje y el hecho de que todo transcurre en el sistema nervioso central y periférico y específicamente en las neuro- nas, por lo demás casi todo el razonamien- to hace a problemas y soluciones psicológi- cas, que por partir de Freud y por los temas y la manera de encararlos, podemos ya lla- mar psicoanalíticos), lo debemos entonces retornar “a posteriori” al lenguaje metapsi- cológico, para que pueda ser mejor com- prendido por los psicoanalistas, y transfor- marlo en un “Proyecto de psicología para psicoanalistas”. Intentaré entonces en parte “retraducir” su lenguaje a la psicología o al psicoanálisis, pensando que en su “dialec- to” original resulta casi una formación sus- titutiva, sustituto del psicoanálisis, al que en realidad pertenece. Mi objetivo no es obvia- mente ése, recobrarlo para el psicoanálisis, reincluirlo en él. Únicamente, al menos. Pre- tendo repensarlo utilizando categorías freudianas posteriores, “a posteriori”. Por ejemplo, si de entrada hacemos lo que Freud comienza a hacer durante el texto y hace en forma definitiva en La interpreta- ción de los sueños, y entendemos lo que él llama en el Proyecto neuronas (por lo me- nos las que llama neuronas psi), pasando a considerarlas en términos generales como representaciones, lo que hicimos ya a fi- nales de la década del setenta y principios de los ochenta en varios trabajos conjuntos con mi colega y amigo Ernesto S. Fainblum, creo que se nos allana el camino conducen- te a la comprensión psicológica del texto.

Respecto de las citas de Freud quiero aclarar el hecho de que aquéllas de las que no se menciona su procedencia, pertenecen al “Proyecto”, las del resto de su obra, las ubico dentro del mismo texto (esto nomás por un criterio propio de lo que me parece más cómodo para el que lee).

Mi lectura no será pasiva, intentaré tra- bajar con la letra freudiana además de acla- rarla y traducirla, intentaré pelear con ella cuando sienta que es preciso, exponer sus problemáticas y repensarlas en la medida de mis posibilidades. Espero tomarla enton- ces como lo que pretendió su autor, como un escrito científico, por lo tanto como un discurso pasible de discutir, no como una verdad religiosa indiscutible. Mi esperanza es reabrir un surco complejizándolo, acer- carme un poco más a la verdad.

La palabra complejidad me temo se va a repetir a lo largo de todo el texto, pues los niveles de explicación en el escrito freudia- no van de menor a mayor y alcanzan preci- samente niveles altamente complejos, y uno a veces, con cierto afán de hacerlos en- tendibles, corre el peligro de simplificarlos demasiado (uno también tiene función sin- tética, pese a que ésta no le guste al estruc- turalismo, y ella misma, a veces, le juega una mala pasada), lo que ha sucedido con muchas lecturas freudianas y quizá suceda, pese a mis esfuerzos, con ésta también (es- peremos los resultados que, como siempre, decidirá el lector). Lo siento como una deu- da que nos debemos los psicoanalistas y yo en especial. Esa deuda espero, en parte, pa- gar con este libro.

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José Luis Valls Texturas freudianas tiene es el lenguaje y el hecho de que todo transcurre
Texturas
Texturas

Inglesas

El poder de las teorías

El papel de los determinantes paradigmáticos en la comprensión psicoanalítica *

Ricardo E. Bernardi **

Introducción

Cuando se reflexiona desde la perspectiva de un país del Tercer Mundo, periférico en relación a los grandes centros de producción teórica, como lo es el Uruguay, llaman la atención no sólo la multiplicidad de orienta- ciones en las que se desarrolla el psicoanáli- sis actual y lo radical de sus diferencias, sino también el aislamiento que mantienen unas respecto de otras. ¿Qué ocurre cuando las distancias entre ellas se acortan? A este res- pecto la experiencia del grupo uruguayo, abierto a textos y visitantes de distinta pro- cedencia, puede ser ilustrativa.

Luego de un período fundacional, mar- cado por la convicción de que el pensamien- to de Melanie Klein prolongaba y desarro- llaba el de Freud, se dio, junto con el interés por otros autores (como Lacan, Bion, Kohut, Winnicott, etc.), un momento de revisión y cuestionamiento que desembocó en un plu- ralismo en cuanto a lo teórico y, menos visi-

blemente, en cuanto a la práctica.

Por tratarse de un grupo pequeño y con un fuerte sentimiento de unidad, estas pos- turas entraron inevitablemente en contacto entre sí. Este contacto fue a la vez conflicto:

¿rivalidad entre las teorías y sus defenso- res?, ¿complementariedad?, ¿aislamiento?, ¿embanderamiento?, ¿eclecticismo?, ¿es- cepticismo?

Estas preguntas hicieron necesaria una reflexión acerca de qué representan las teo- rías para los psicoanalistas, para las institu- ciones psicoanalíticas, para el psicoanálisis como práctica y como empresa de conoci- miento y de investigación.

Este tercer punto, que interesa tanto al psicoanálisis como a la epistemología, será el abordado aquí. Partiré del cotejo entre las teorías, dejando de lado los juicios de valor, para atender a la descripción compa- rativa de sus diferencias. Estas diferencias se

*

**

Reeditado, con autorización del autor, del International Journal of Psychoanalysis (70: 341-347) y de la Revista de Psicoanálisis, 1989 (XLVI, 6:904-922).

Psicoanalista (APU).

El poder de las teorías El papel de los determinantes paradigmáticos en la comprensión psicoanalítica Ricardo

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Ricardo E. Bernardi Texturas inglesas

utilizarán como una vía de acceso para comprender mejor la naturaleza y la fun- ción de las teorías, o, dicho de otra forma, su poder y sus límites.

Para este fin conviene considerar las teo- rías no sólo como formulaciones abstractas sino también y esencialmente como modos concretos de ver y de pensar lo que se ofre- ce en la práctica analítica, aproximándonos de este modo a la noción de paradigma pro- puesta por T. S. Kuhn 1 . Existen al menos tres teorías que, en mi opinión, cumplen con es- tas características: son las que se inician con la obra de S. Freud, J. Lacan y M. Klein.

Si presentamos la evolución de las teo- rías psicoanalíticas por una línea (que re- presentaría la corriente freudiana) en la que a determinada altura nacen otras dos pr ogresivamente divergentes (Lacan, Klein), podemos estudiar -diacrónicamen- te- cómo se va produciendo en estas dos úl- timas la derivación de muchos de sus con- ceptos a partir de los de Freud. Pero si estu- diamos estas tres teorías sincrónicamente; en un corte en el momento actual, descu- brimos que cada una de ellas pasó a consti- tuir un sistema independiente de hipótesis interconectadas entre sí, con sus propias le- yes de organización interna y de articula- ción con la práctica, y por lo tanto no nece- sita apoyar o derivar lógicamente sus con- ceptos a partir de otras de estas teorías, por más que Lacan o Klein hagan muchas veces decir a Freud lo que en realidad dicen Lacan o Klein. Podríamos agregar a este esquema una infinidad de líneas quebradas, repre- sentando otras tantas propuestas teóricas

con mayor o menor grado de generalidad, pero que no llegan a reformular la totali- dad del campo (por ejemplo: la obra de Winnicott, o de Kohut).

Esta situación puede compararse con lo que ocurre con las lenguas. Con Freud y con su relación con los freudianos actuales acon- tece como con el griego antiguo, que sigue vigente en el griego actual y por más que los eruditos inventen, como lo hizo Erasmo, nuevas formas de pronunciarlo, la misma es- critura permanece reconocible. Pero con los lenguajes lacaniano y kleiniano la situación es diferente. Su relación con Freud se pare- ce más bien a la que existe entre las lenguas romances y el latín: ha surgido una nueva manera de hablar que se puede estudiar a partir de sus determinaciones internas, con relativa prescindencia de su origen.

¿Cuáles son las relaciones de estas distin- tas lenguas entre sí? Me ha parecido que la noción de inconmensurabilidad (en el senti- do de carecer de medida común) propuesta por Kuhn y Feyerabend para caracterizar las relaciones entre teorías separadas entre sí por una revolución científica, es la que más se aproxima a la situación que he descrito más arriba. Tanto uno como otro autor sostienen que en el paso de una teoría a la otra las pa- labras cambian por vías sutiles su significado o sus condiciones de aplicabilidad. Se modifi- ca el modo en que las palabras se asocian en- tre sí y con aquello a lo que se refieren.

El problema es filosóficamente complejo porque dos teorías pueden resultar incon- mensurables desde cierta perspectiva o en

1 A. Bourguignon y J. Allouch también utilizan la noción de paradigma de Kuhn, pero con un enfoque diferente. Bourguignon parece referirse exclusivamente a las diferencias a nivel metapsicológico, lo que restringe el sentido de paradigma. Allouch, por su parte, considera que existe un solo paradigma, el de Lacan, que ha desplazado al de Freud, pero no da ninguna explicación de por qué con- sidera que no existen otros. Sin embargo, la noción de paradigma exige que se tome a las teorías tal como se dan como hecho his- tórico y social, y en este sentido la situación del psicoanálisis se aproxima a la de las disciplinas con múltiples paradigmas de acuer- do a la descripción de Masterman (1970).

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Ricardo E. Bernardi Texturas inglesas utilizarán como una vía de acceso para comprender mejor la naturaleza

Texturas inglesas Ricardo E. Bernardi

relación a determinadas conclusiones y no en relación a otras. Estas ideas de Kuhn y Fe- yerabend no dejan de estar emparentadas con toda una tradición epistemológica que ha puesto el énfasis en las discontinuidades en el discurso científico: A. Koyré, G. Bache- lard, M. Foucault. También se vinculan con los problemas de la indeterminación de la traducción, que ha desarrollado W. Quine.

En un grupo de investigación junto con Marta Nieto y otros analistas uruguayos (Bernardi: 1982, 1983, 1984; Nieto y Bernar- di: 1984), estudiamos la importancia de es- tos problemas para el futuro de la investiga- ción en psicoanálisis, y en especial las dificul- tades semánticas y sintácticas que se crean cuando se quiere explorar un mismo fenó- meno, por ejemplo: el de la angustia, desde la teoría de Freud, Klein o Lacan. Intercam- biamos ideas con O. Mannoni, quien soste- nía que las distintas teorías podían conside- rarse como otras tantas perspectivas sobre un mismo objeto abstracto (que podía ser visto como el geometral de esas perspecti- vas) 2 . Por nuestra parte nos pareció que no está demostrado que se trate de perspecti- vas acerca del mismo objeto. Existe un tipo de diferencia muy peculiar entre las teorías que hace que ellas no se puedan reducir unas a otras, que no sean acumulables, ni constituyan unas el desarrollo de otras, ni que se excluyan por contradicción lógica.

Más bien, lo que ocurre es que no existe entre ellas compatibilidad lógica ni con- gruencia semántica.

Prosiguiendo el análisis, parece difícil poder encontrar un solo término que sea

usado con el mismo sentido por las tres teo- rías, aunque sus autores utilicen la misma palabra. Por ejemplo: pulsión, inconsciente, represión, yo, ello, Edipo, etc. Al pasar de una teoría a la otra se produce una modifi- cación de su sentido, el cual se vuelve no conmensurable con el que tenía en el con- texto anterior. Más claros aun son los casos de intraducibilidad. Por ejemplo: significan- te, Otro, Nombre del Padre, etc. en Lacan, o posición, continente, contenido, elemento alfa, elemento beta, etc., en Klein o en Bion. Pudimos también comprobar lo diso- nante que resultan los esfuerzos de un ana- lista por expresarse en el lenguaje de otra teoría con la cual no está familiarizado. Co- mo ocurre con las traducciones, se puede hablar en términos de Klein o Lacan en for- ma gramaticalmente correcta, pero no co- mo lo haría un kleiniano o un lacaniano.

Estas teorías-lenguajes son, vistas desde otro ángulo, poderosos instrumentos colo- nizadores no solamente de las voluntades, como bien lo sabemos en el Tercer Mundo, sino también de esa zona desde donde ob- servamos y pensamos sobre lo que ocurre en nuestra práctica.

El núcleo del poder de los paradigmas radica en que son necesarios porque repre- sentan un modo de resolver los problemas de un campo que antes de su aparición per- manecía opaco e inabordable. Ellos son -co- mo dice Freud- concepciones {Auffassun- gen} que hacen nacer orden y transparencia en la materia bruta de la observación. En el principio muchas veces son un modo feliz de solucionar un enigma, procedimiento que se vuelve ejemplar para una comuni-

Ricardo E. Bernardi Texturas inglesas

dad científica, la cual pasa a generalizarlo y formular otros problemas en términos simi- lares, para intentar aplicarles la solución en- contrada o variantes de la misma. Así ocu- rrió con la forma en la que Freud relacionó cumplimiento de deseo y censura en la Traumdeutung y que se generalizó luego para el síntoma, el lapsus, el chiste, etc. Al- go similar volvió a ocurrir con el modo klei- niano de ligar ansiedades y defensas en la fantasía inconsciente; y también, en el caso de Lacan, con el análisis de los hechos a par- tir de los tres órdenes: de lo imaginario (a partir de la experiencia especular), de lo simbólico (siguiendo el modelo del lengua- je) y de lo real (como lo imposible).

Sería mejor si, en vez de designar a estas teorías-paradigmas por el nombre de su au- tor, pudiéramos denominarlas por su conte- nido, por ejemplo: teoría del conflicto psí- quico, teoría de las relaciones objetales y teoría del significante o de los tres regis- tros. Pero esto exigiría una sistematización de los enunciados teóricos.

Estos paradigmas tienden inevitablemen- te a convertirse en dispositivos para resolver enigmas que ellos mismos permiten recono- cer y formular, o para producir interpretacio- nes en situaciones que ellos mismos hacen interpretables. Sin embargo no son tautoló- gicos, o al menos la circularidad no es total, mientras puedan devolver en sus mallas algo más de lo que se había puesto en ellas, o sea, mientras sirvan para extraer algo de la expe- riencia aunque sea digerido y metabolizado, descompuesto y vuelto a recomponer.

Mientras el termino “teoría” hace refe- rencia a aspectos esencialmente cognitivos, en el paradigma confluyen elementos no-

cionales, preaceptaciones, actitudes, valo- res y fantasías. Este anudamiento explica su resistencia al cambio. J. Schlanger ha subra- yado el carácter útil y fecundo de los mo- mentos de crisis, en los que se hace sentir dramáticamente el agotamiento de un pa- radigma, impulsando la búsqueda de uno nuevo. Es posible que esta sucesión de para- digma-crisis-nuevo paradigma se dé en for- ma más compleja en la disciplina con múlti- ples paradigmas; pero además es casi segu- ro que en el caso del psicoanálisis, tanto el aislamiento como la mezcla de los distintos paradigmas, sumados a la común invoca- ción nominal a Freud, tiendan a actuar co- mo una barrera de protección contra la po- sibilidad de crisis 3 . Y sin embargo seria con- veniente que las teorías psicoanalíticas pu- dieran periódicamente exponerse al menos a pequeñas crisis metodológicas que evitaran su estereotipia y pusieran a prueba su capa- cidad de respuesta ante lo nuevo. Pienso que dos situaciones -que por lo general nuestras costumbres evitan cuidadosamente- pueden ser útiles a este respecto:

a. Del mismo modo que en las experien- cias de la Gestalt, cotejar la forma en que un material es visto desde distin-

tos paradigmas, llevando entonces al analista ubicado en una teoría, a te- ner que dar cuenta de los aspectos del material que otra teoría saca a luz y que no eran visibles desde la pers- pectiva anterior.

b. Desarrollar un lenguaje descriptivo, en una franja un poco mas acá de las teorías, que nos permita hablar de lo que no comprendemos en el material.

La primera de estas propuestas va en la

Texturas inglesas Ricardo E. Bernardi

misma dirección del camino que estamos siguiendo.

Para cotejar la forma en la que estos dis- tintos paradigmas dan cuenta de una situa- ción analítica me pareció útil comparar lo ex- puesto por Freud en el historial del “Hombre de los lobos” (1918), con las relecturas del mismo realizadas por J. Lacan y por M. Klein. Podrían diseñarse otros modelos de investi- gación pero éste tiene la ventaja de ser senci- llo a la vez que representativo de los autores.

A partir del estudio comparativo de cier- tos fragmentos del historial y de sus reinter- pretaciones, intentaré mostrar:

  • I. El modo en que los paradigmas con- dicionan la percepción del material, atrayendo la atención sólo sobre cier- tos aspectos del mismo, que son los que servirán de punto de apoyo para

la interpretación. O sea, los paradig- mas como modos de ver (o escuchar) y de seleccionar el material.

II. El tipo de preguntas y de respuestas propio de cada paradigma y el ideal que anima estas distintas formas de plantear y de solucionar los proble- mas, o sea, los paradigmas como mo- dos de pensar psicoanalíticamente.

III.Las diferentes formas de desarrollar el nivel de las formulaciones metapsi- cológicas.

I. Los paradigmas como modo de ver el material

La situación en la que se encuentran Klein o Lacan frente el material del “Hombre de los

lobos” no es muy diferente de la que se pre- senta en cualquier discusión sobre un mate- rial clínico. Ciertamente siempre se puede discutir si el registro ha sido más o menos completo o más o menos fiel (de hecho, Rank y Ferenczi polemizaron acerca de la exactitud de la fecha del sueño y el hombre de los lobos debió dar nuevamente testimo- nio). Pero nada de esto es relevante en rela- ción a la relectura de Lacan o de Klein. Am- bos parten aparentemente del mismo ma- terial registrado. ¿Pero es realmente el mis- mo material? Pues no exactamente, porque la interpretación no se apoya en el material registrado en su totalidad sino sólo en cier-

tos aspectos de él y estos aspectos no son los mismos para los tres. Esto es lo que in- tentaré mostrar a continuación.

Esta selección se realiza a nivel de la per- cepción como un efecto de la formación previa y sin que el analista se lo proponga; por esta razón puede creer y asegurar que todo lo que él subraya está también desta- cado en el material.

Para detectar estos determinantes que provienen de la teoría, compararemos en cada autor el material registrado con aque- llo que ha sido retenido por la interpreta- ción y que llamaremos indistintamente as- pectos destilados o filtrados.

1- Los lobos que ve Freud

Recordemos primeramente el sueño que

Serguei, el hombre de los lobos, tuvo a los cuatro años: “Es de noche y estoy en mi ca-

ma [

...

].

De repente la ventana se abre sola

y veo con gran temor que sobre el nogal

grande frente a la ventana están sentados unos cuantos lobos blancos. Eran seis o sie-

Texturas inglesas Ricardo E. Bernardi misma dirección del camino que estamos siguiendo. Para cotejar la forma

49

Ricardo E. Bernardi Texturas inglesas

te. Los lobos eran totalmente blancos y pa- recían más bien unos zorros o perros oveje- ros, pues tenían grandes rabos como zorros y sus orejas tiesas como de perros al acecho. Presa de gran angustia, evidentemente de ser devorado por los lobos, rompo a gritar y despierto” (1918, p. 29). Junto a este sueño aparece la fobia a la imagen de un lobo, re- presentado en un libro de cuentos.

Freud trabaja este sueño “en détail”, re- cogiendo aquellas asociaciones que tienen el carácter de ocurrencias casuales o inmoti-

vadas: “

...

sobre

esto

se

le

ocurre [fallt]

(1918,

p.

30);

...

una ocurrencia [Einfall]

que afloró de repente

...

(íbid, p. 35).

Surgen así recuerdos de cuentos infantiles:

Caperucita Roja, los siete cabritos y el cuento del lobo al que el sastre le cortó la cola, y que quería que los demás se montaran sobre él para trepar al árbol donde el sastre se había refugiado. Aparecen también recuerdos de las majadas de ovejas, de cómo morían, y de los perros que las cuidaban. El árbol le recuer- da el árbol de Navidad y la furia cuando que- daba insatisfecho por los regalos.

Todo esto, más las manifestaciones transferenciales (querer esconderse en la caja de un reloj, como el cabrito), más lo que Freud nos dice de sí mismo (sus sorpre- sas, sus vacilaciones, sus convicciones), cons- tituye el material registrado.

¿Cómo ve Freud este material, es decir, cuáles son los aspectos del mismo que atraen su atención y que él retiene como significativos? Para responder a esta pre- gunta es preciso tomar un cuenta cuáles son los elementos efectivos tomados en cuenta en la interpretación (en el sentido amplio que le dan Laplanche y Pontalis).

Escuchemos a Freud:

  • - Los lobos: “Padre y madre -ambos- devinieron lobos. En efecto, la madre representaba el papel del lobo castra- do que hacía que los otros se le mon- taran encima y el padre el del lobo que se montaba” (1918, p. 47).

  • - El ser devorado: es “la expresión, de- gradada en sentido regresivo, de una moción tierna pasiva” (1926, p. 105).

  • - La angustia es angustia de castración, “renuncia por angustia de castración al deseo de ser amado por el padre como objeto sexual, pues ha com- prendido que una relación así tendría como premisa que él sacrificara sus genitales” (1926, p. 108).

Lobos erguidos, lobos que son monta-

dos, lobos que pierden la cola, cabritos

que son devorados

Éstos son los aspectos

... entresacados del material que reencontra- mos en las conclusiones. En todos ellos la postura del lobo juega un papel especial:

esa conexión entre la escena primor-

... dial y la historia del lobo es dada por la

postura y sólo por ella

(1918, p. 42). Si

... nos fijamos bien, Freud siempre destaca los verbos: la postura es sólo un indicador de la acción de montar.

Estos aspectos retenidos del material se articulan con la teoría. Lo primero y más fá- cilmente visible es que estos aspectos desti- lados son los que reaparecen, reformulados en forma abstracta como los términos ele- mentales del sistema metapsicológico.

Veámoslo. La postura erguida o agacha- da es considerada como la “huella mnémi- ca” de una escena a la que “la intensidad

50

Ricardo E. Bernardi Texturas inglesas te. Los lobos eran totalmente blancos y pa- recían más bien

Texturas inglesas Ricardo E. Bernardi

del deseo consiguió refrescar” (1918, pp. 35-36) para mostrarle el aspecto que tenía la satisfacción sexual por el padre. “Lo que

esa noche se activó del caos de las huellas de impresiones inconscientes fue la imagen ”

de un coito entre los padres

(íbid, p. 36).

... La imagen de los lobos sustituye luego a la

de los padres.

Compararemos ahora estas referencias con la definición que da Freud de la repre- sentación-cosa en “Lo inconsciente”: ella

consiste en la investidura, si no de la

... imagen mnémica directa de la cosa, al me- nos de huellas mnémicas más distanciadas, derivadas de ella” (1914, p. 201). La relación entre el modo de aprehender el material y las hipótesis metapsicológicas es evidente.

También en el historial encontramos la forma aproximada que podrían tomar en el pr econsciente las representaciones-pala- bras que se corresponden con estas repre- sentaciones-cosa. “Si quieres ser satisfecho por el padre tienes que consentir en la cas- tración como la madre, pero yo no quiero” (1918, p. 47).

Podríamos encontrar el tema de la re- presión a partir de este “yo no quiero”, lo mismo que el del cumplimiento alucinato-

rio del deseo a partir de la alucinación del dedo cortado, etc. Pero esta corresponden- cia entre los aspectos del material y los tér- minos teóricos está determinada por una articulación previa, menos visible, sobre la que volveré más adelante, y que puede ser descrita como un modo de solución para- digmático que es el que en realidad esta- blece la forma del recorte y ensamblado del material. Los requerimientos de esta solu- ción paradigmática son el filtro que deter- mina la selección del material percibido.

Intentaré mostrar dónde es posible de- tectar esta influencia.

Freud plantea dos etapas de reconstruc- ción. En la primera llega a ciertos “jirones de reconstrucción” y los resume así: “Un episodio real - de una época muy temprana - mirar - inmovilidad - problemas sexuales - castración - el padre - algo terrorífico” (1918, p. 34).

De estos “jirones de reconstrucción” só- lo dos (la castración y los problemas sexua- les) provienen realmente de las asociacio- nes del sueño. En efecto: al padre se lo da por dilucidado sin que se indique cómo (en realidad Freud lo introduce no a partir del sueño sino de la biografía), y los restantes elementos son tomados del sueño manifies- to e interpretados según las reglas de la Traumdeutung. Sobre los doce elementos centrales en los cuales se apoyará el avance de la interpretación (el mirar y la inmovili- dad) no se nos ofrece ninguna asociación. Esto resulta sorprendente, tanto más cuan- to que se trata del paciente que, hablando literalmente, ha pintado el sueño más mira- do de la historia del psicoanálisis, y en el cual la inmovilidad de su posición junto a Freud no pudo ser modificada ni siquiera con las medidas más coercitivas. A primera vista no queda nada claro por qué en estos casos se acepta que la cadena asociativa se detenga en un determinado punto (en el cual se apoyará la interpretación), mientras que en otros casos (por ejemplo: en lo refe- rente al número de lobos) se juzga necesa- rio proseguir la investigación.

Pero si observamos bien, esta primera se- lección está en realidad al servicio de la construcción de la escena primaria hacia la cual el paciente y el analista son llevados por

Texturas inglesas Ricardo E. Bernardi del deseo consiguió refrescar” (1918, pp. 35-36) para mostrarle el aspecto

51

Ricardo E. Bernardi Texturas inglesas

una fuerza irresistible. El análisis final del sueño, en el cual los elementos de la “Ursze- ne” se entremezclan con recuerdos poste- riores en una reestructuración de lo tiempos vividos, deja una impresión particular.

Si la primera reconstrucción tenía cierto aire arbitrario, esta impresión queda ahora suprimida (en el sentido dialéctico de nega- da y a la vez reinstalada en un nivel supe- rior) frente a un producto que tiene todas las características de lo inédito y de lo origi- nal propias de todo momento de descubri- miento. Ciertamente podemos preguntar- nos cuánto debe esta construcción a Ser- guei y cuánto a Freud.

Pero, para retomar una expresión de Freud (1919, p. 168), ¿es posible hallar el oro puro de lo que se subraya en el material con un trazo que proviene sólo del pacien- te, libre del cobre de lo que el analista in- troduce como un modo de ensamble que le otorga inteligibilidad? Ésta es la pregunta a la que una vez y otra volveremos en esta trabajo. Agregaremos aquí tan sólo que en esta amalgama han también entrado las propias fantasías del analista. Cuando se re- flexiona sobre el efecto que este sueño tu- vo en Freud, ¿cómo dejar de relacionar, co- mo se ha señalado, esta ventana abierta del sueño en cuyo fondo oscuro aparecen las imágenes blancas de los lobos, con aquella boca abierta de Irma en el interior de cuya garganta Freud descubre, él también, unas manchas blancas en el sueño inaugural del psicoanálisis?

Pasemos ahora a examinar lo que Mela- ni Klein percibe en los lobos.

2- Los lobos que ve M. Klein

Mientras que Freud, como dijimos, atendía al significado sexual de la postura del lobo, a M. Klein, en cambio, se le destaca funda- mentalmente la angustia ante la devoración.

En una de sus primeras obras, comparan- do sus ideas con las de Freud, dice: “Nosotros consideramos el miedo del niño a ser devo- rado por el lobo no sólo como un sustituido por desfiguración de la idea de ser castrado por su padre, sino, según yo sugeriría, como una ansiedad primaria que ha persistido en forma inalterable junto con sus versiones posteriores y modificadas” (1932, p. 172).

Prestemos atención a las modificaciones operadas. El aspecto que Klein retiene tiene

que ver antes que nada con la cualidad de la

angustia: “ ...

a nosotros nos interesa no sólo

el contenido de una idea sino y sobre todo la

ansiedad ligada a ella”, aclara en una nota al pie. Mientras Freud se dejaba conducir por las representaciones, Klein, en cambio, se guía por el hilo rojo de la angustia.

En segundo lugar, el miedo a la devora- ción constituye en sí mismo el recuerdo a recuperar; “a la luz de nuestra discusión

previa, la idea de ser devorado es vista

... mo una reliquia de un estadio de desarrollo muy temprano”. En Envidia y gratitud, obra que culmina su pensamiento, dirá que se trata de capacitar al paciente para “revivir situaciones fundamentales”, revivencias que a menudo ha descrito como “memories in feeling” (1957, p. 124). Si trabajáramos sobre un historial de Klein veríamos que es- tas revivencias son buscadas no en una his- toria a reconstruir sino en la relación trans- ferencial, cuyas modificaciones serían segui- das minuciosamente.

co-

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Ricardo E. Bernardi Texturas inglesas una fuerza irresistible. El análisis final del sueño, en el cual

Texturas inglesas Ricardo E. Bernardi

Por último señalemos que angustia y obje- to, o mejor dicho, relación de objeto, forman una unidad y se desarrollan en un escenario corporal concreto. Distintos mecanismos, y en especial la identificación proyectiva, jugarían un papel preponderante. Klein habla del lo- bo como animal-ansiedad, y ve en él la pro- yección de un objeto parcial, el pene del pa- dre, cargado de impulsos oral-sádicos. Si Klein continuara el análisis, veríamos segura- mente que la escena primaria postulada por ella tendría que ver con la fantasía del pene del padre contenido en el cuerpo de la ma- dre, con la envidia a esta situación gratifican- te y con el ataque a los contenidos (pene, be- bés) de este interior materno.

Cabe agregar que el análisis habría se- guido otro rumbo, dado que Klein hubiera dirigido su atención hacia esos otros lobos cuyo vientre es abierto para sacar a los ob- jetos devorados y hacia el esconderse en la caja del reloj en la relación transferencial. La transferencia y la contratransferencia, y no la historia, serían el campo privilegiado de la observación.

3- Los lobos que ven Lacan y Leclaire

Cuando Lacan se refiere al historial de Lobos en “Función y campo de la palabra”, propo- ne una anamnesis psicoanalítica que hable de “verdad” y no de “realidad”: lo que la es- cena primaria muestra son las sucesivas re- subjetivizaciones del acontecimiento en los distintos momentos en que el sujeto se re - estructura. Ésta es, pues, una de las perspec- tivas que guían su visualización del material.

Para estudiar con más detalles el modo de percepción, tomaremos dos trabajos de S. Leclaire (1958, 1966) al respecto, pasando

por alto lo que podríamos llamar las varia- ciones intrateóricas entre ambos autores.

Del lobo erguido que amenazaba con de- vorar, Leclaire sólo retiene la boca abierta. Pero esta boca abierta, al ser ahora conside- rada no en su significado sino como elemen- to significante, puede articularse con el abrir- se de los ojos, de los oídos, con el grafismo V que se repite en el material (V, W, M, etc.). “La atención flotante designa esta especie de escucha más aguda cuando se trata de captar los fenómenos marginales, los obstáculos im- previstos o las sombras” (1966, p. 109).

Esto responde a una definición progra- mática: “Escuchar psicoanáliticamente con- siste en diferenciar los significantes y en pri- vilegiar necesariamente algunos que po- seen mayor significancia” (íbid, p. 106). “Psicoanalizar es ante todo dejar aparecer ”

los significantes en su serie

...

(íbid, p. 133).

Del mismo modo que si hubiéramos cambiado los efectos de iluminación o los filtros de un lente, los contenidos sexuales o agresivos que se destacaban en Freud o Klein ahora se desdibujan y cobran relieve otros elementos y otras articulaciones. ¿Qué es lo que determina este cambio en la Gestalt? Es interesante que Leclaire afirme que proviene del material: “Este camino (el que va del significante de apertura al de desgarramiento) nos lo indican también las asociaciones del sueño ” ...

Pero desde nuestra perspectiva es evi- dente que aquí también encontramos una amalgama entre lo que proviene del mate- rial y lo que proviene del paradigma, o sea, entre lo que está en los dichos del paciente en forma no perceptible y lo que adquiere visibilidad por medio de una reorganiza- ción gestáltica de la percepción. Esto mismo

Texturas inglesas Ricardo E. Bernardi Por último señalemos que angustia y obje- to, o mejor dicho,

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Ricardo E. Bernardi Texturas inglesas

lo encontramos en el trabajo de Nicolás Abraham y María Torok (1976): por medio de un procedimiento metodológico especí- fico sobre las palabras tomadas en distintas traducciones, los lobos blancos [white wol- ves] mostrarán su referencia a la bragueta abierta del padre [wide goulfik], en una es- cena de seducción a la hermana.

Conclusión: los modos de ver son diferentes.

Resumamos lo dicho:

  • 1. El lobo que ve Freud es un lobo de pos- tura erguida, pronto para realizar un acto sexual. Este lobo está frente a un adulto que recuerda o reconstruye su deseo infantil de ser penetrado por el lobo padre, y el temor ante este deseo.

  • 2. Para Klein se trata de un lobo que amenaza con devorar a un niño que, en medio de su temor actualizado en la transferencia, busca defenderse de sus propios impulsos destructivos.

  • 3. Leclaire no ve del lobo sino el ele- mento significante capaz de determi- nar en su encadenamiento, la posi- ción del sujeto y de su deseo.

Un gesto sexual, un gesto amenazador, un determinante formal (aun en su corpora- lidad); tales son los aspectos que cada autor

percibe en el lobo. De este análisis surgen va- rias reflexiones:

a. Podemos confirmar que, en sentido estricto, no se trata de teorías acerca de lo mismo, dado que no manejan el material registrado como tal sino que se ocupan de un objeto formal más abstracto, constituido por ciertos as- pectos de ese material. A este respec-

to cabe hablar de “inconmensurabili- dad empírica”, como dice Stegmüller, noción “llena de escondrijos y de re- covecos” (1979), pero que se ajusta a los problemas lógicos y semánticos hallados. La conclusión es que para poder seguir la recomendación de Freud de discutir las concepciones di- vergentes a partir de casos y proble- mas singulares, sería necesario que los psicoanalistas lográramos primero clarificar algo más nuestros diferen- tes modos de percibir el material.

  • b. Estos aspectos del material no están ahí visibles, sino que sólo pueden ser extraídos por medio del dispositivo teórico que los recorta y que les ofre- ce un engarce (como modos de ver- pensar). Queda por ver, y es un problema a in- vestigar empíricamente, hasta dónde podemos ajustar nuestra escucha a elementos del material que surjan con fuerza propia sin que tengamos lista la malla teórica en la cual atra- parlos. Esto es, si podemos crear un instrumental teórico de investigación que nos permita trabajar con esquir- las del material en estado preteórico.

  • c. La formación analítica, al igual que to- do proceso de formación, tiende a ha- cer que estas formas de “gestaliza- ción” se vuelvan automáticas, con lo cual, por un lado se agudiza y por otro se limita la atención flotante. Nueva- mente como en el punto anterior, el problema es cómo dejar la atención flotante abierta a lo inesperado y a lo no comprensible del material.

54

Ricardo E. Bernardi Texturas inglesas lo encontramos en el trabajo de Nicolás Abraham y María Torok

Texturas inglesas Ricardo E. Bernardi

II. Los paradigmas como modos de pensar el material

Hemos señalado de qué manera los deter- minantes paradigmáticos realizaban una selección de los aspectos del material a ser interpretados. Examinaremos ahora el pa- pel de estos determinantes en la produc- ción de la interpretación.

Laplanche y Pontalis definen la interpre- tación, en sentido amplio, como el descu- brimiento de un sentido en los dichos y las conductas de un paciente. Generalmente la interpretación parece estar sugerida en forma directa por el material: a tales dichos del paciente, tal interpretación. Pero cuan- do comparamos diferentes interpretacio- nes de un mismo material se pone de mani- fiesto que existe una estructura más com- pleja. Vemos así que la interpretación res- ponde, en primer lugar, a un tipo de inte- rrogantes sobre el material que es específi- co de cada paradigma. A su vez estas pre- guntas condicionan el tipo de respuestas que se busca.

Existe en tercer lugar otro elemento, más difícil de explicitar, que se puede describir co- mo la conjunción de ciertos requerimientos metodológicos con un ideal de comprensión. Tal vez una forma de visualizar estos reque- rimientos sea a través de los “shibolet” que hacen que una interpretación sea aceptable para los analistas de un grupo determinado.

A continuación señalaré las interrogantes, las soluciones y los requisitos valorados por los tres autores que estamos considerado.

1. El modo de pensar freudiano

Volviendo al sueño de los lobos vemos que

Freud reúne pacientemente todos los ele- mentos del material hasta llegar a un punto en el que se propone dar sentido a todo lo reunido merced a la hipótesis de la escena primaria. Al llegar a este punto Freud da un salto: “Me veo obligado -dice- a dejar de apuntalarme en la trayectoria del análisis” (1918, p. 36). Pero volvamos al párrafo ante- rior para ver cuáles son los interrogantes que Freud se formula antes de que la interpreta- ción cobre vuelo: “Ahora bien, ¿qué imagen pudo ser convocada por esa añoranza sexual eficaz durante la noche, qué imagen capaz de provocar un terror tan intenso ante el cumplimiento deseado?”

Esta pregunta tiene una estructura com- pleja y encierra una triple condición para su constelación:

  • a. Tiene que aportar la imagen -recuer- do o construcción- que constituya el fragmento olvidado de la historia, y sin el cual ésta se vuelve lacunar.

  • b. Tiene que mostrar en ese fragmento cuál es el deseo que corresponde a ese estado de añoranza sexual, y

  • c. debe establecer por qué su cumpli- miento resulta displacentero desde otro lugar psíquico.

La respuesta que se ajusta a la pregunta es bien conocida:

  • a. El fragmento olvidado de la historia: la imagen real o fantaseada del coito de los padres.

  • b. El deseo sexual: el deseo homosexual hacia su padre, y

  • c. el conflicto: el yo rechaza ese deseo a causa de la angustia de castración.

Texturas inglesas Ricardo E. Bernardi II. Los paradigmas como modos de pensar el material Hemos señalado

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Ricardo E. Bernardi Texturas inglesas

La noción de conflicto (con sus aspectos tópicos, dinámicos y económicos) podría re- sumir lo esencial de este paradigma. Sin embargo, es necesario agregar algo que co- rrespondería a esa exigencia metodológica, a la vez que el ideal de comprensión que en Freud corresponda al completo ajuste entre los elementos encontrados, que hace inteli- gible la historia del sujeto.

Por eso Freud puede pedir una creencia provisional en la escena primaria hasta que pueda exponer sus vínculos con el sueño, con los síntomas y con la biografía del pa- ciente (1918, p. 39), pues en este tipo de en- samble radica la fuerza probatoria de un análisis (íbid, pp. 44-51).

Cuando Freud está preocupado por el papel que puede jugar la sugestión en la producción de sueños confir matorios, recu- rre a este criterio de ajuste para obtener la confirmación. “Lo que en definitiva le pro- porciona [al analista] certeza es justamente la complicación de la tar ea que le presenta, comparable a la solución de uno de esos juegos infantiles llamados ‘rompecabezas’

[

...

].

Si se consigue or denarlo de tal modo

que el dibujo adquiera cierto sentido, que no quede laguna entre las junturas y que el todo llene el marco, si todas esas condicio- nes se cumplen, uno sabe que ha hallado la solución del rompecabezas y no existe otra” (19, p. 116).

Podemos resumir diciendo que esta me- ta consiste en poder volver “congruente, compresible y sin lagunas” (1905, p. 18) el historial, intercalando aquellos elementos de la sexualidad infantil aportados por la investigación del inconsciente.

2. El modo de pensar de M. Klein

La pregunta inicial de un analista segura- mente sería: ¿qué es lo que ha sido escindi- do y proyectado en el lobo? Y a continua- ción: ¿cuáles son las ansiedades primitivas que se definen por medio de esa identifica- ción proyectiva?

A nivel de la pregunta, el lugar central le corresponde a la identificación proyectiva. A partir de 1946 la historia del movimiento kleiniano es en buena medida la investiga- ción de las posibilidades explicativas de los procesos de clivaje y de identificación pro- yectiva (Meltzer, 1975).

La respuesta está en los impulsos des- tructivos que ponen en marcha estos meca- nismos. En este caso lo proyectado en el lo- bo sería el pene del padre cargado de im- pulsos oral-sádicos que lo vuelven hostil.

M. Klein relacionaría este pene peligroso con el sufrimiento abdominal de la madre (“así no se puede vivir”), a través de la fan- tasía de la pareja combinada (la madre con- teniendo en su interior el pene del padre), fantasía que se vuelve terrorífica a conse- cuencia de los ataques envidiosos orales, anales y uretrales del niño a esa relación de la que se siente excluido.

Podemos ver que, a continuación, todo el esquema explicativo cambia: la homose- xualidad de Serguei es consecuencia de su problemática paranoica y no a la inversa co- mo en Freud. También la neurosis obsesiva es reformulada: es una tentativa de mane- jar las ansiedades psicóticas subyacentes. El conflicto, en definitiva, no es más con la se- xualidad sino con la pulsión de muerte en- tendida como destructividad (el sadismo en Klein no tiene carácter sexual), pero tampo-

56

Ricardo E. Bernardi Texturas inglesas La noción de conflicto (con sus aspectos tópicos, dinámicos y económicos)

Texturas inglesas Ricardo E. Bernardi

co el término “conflicto” es el más adecua- do, puesto que no se trata de una incompa- tibilidad entre instancias.

D. Meltzer (1978), al comentar el historial de lobos, nos permite comprender algo más el

espíritu de la relectura kleiniana. Meltzer sos- tiene que Freud llegó muy cerca de la situa- ción dramática básica: los padres teniendo un coito, el niño percibiéndolo, con emociones muy intensas o temibles en ambos lugares. Pero Freud tomó un camino reconstructivo y arqueológico que lo alejó de la inmediatez de la escena que estaba transcurriendo bajo sus

ojos. Dice Meltzer: “

Me parece que como

... Freud no puede ubicar la escena primaria co- mo una situación interna y admitir que el im- pacto sigue y sigue continuamente, y como no puede ver al sueño de los lobos (que ocu- rre a la edad de cuatro años) y al otro sueño (a los veintitrés, cuando él comenzó el análi- sis) como siendo la misma escena primaria que sigue y sigue en el interior, produciendo todavía el mismo impacto en el paciente, no logra desarrollar un sentido de la inmediatez de la vida infantil” (p. 98).

Meltzer cree que si Freud no pudo descu- brir el mundo interno como lugar concreto, actual y vivo, fue porque le faltaba la eviden- cia que le aportaron a M. Klein los datos que obtuvo a partir de 1920 del análisis del juego de los niños de dos y tres años de edad. Hu- biera podido así descubrir en Schreber su mundo interno destruido o el significado de la cesta en la que Hans decía que había via- jado con su hermana antes de nacer, etc.

Hemos aquí con una sorpresiva ilustra- ción de nuestra tesis: una solución a un campo nuevo de problemas (el considerar el juego de los niños como expresión de su mundo interno) es juzgada exitosa por un

grupo de investigadores que pasan a consi- derarla evidente y a generalizarla y a apli- carla. ¡Y bien, nos hallamos ante una nueva forma de ver y de pensar problemas!

Volviendo a lo que está en el corazón del paradigma kleiniano, creo que lo que allí encontramos es el intento de lograr la ma- yor proximidad posible con el mundo inter- no del paciente, especialmente en esa zona donde las fuentes mismas del amor del co- nocimiento son atacadas.

Esta exigencia (requerimiento e ideal) se desarrolla en el pensamiento poskleiniano especialmente a través de las nociones del continente-contenido y de “rêverie” en Bion y de “holding” en Winnicott.

3. El modo de pensar de Lacan

Subyacente a la interpretación de Lacan o de Leclaire encontramos una pregunta acerca de la relación del hombre de los lo- bos con la castración.

La respuesta que da Leclaire a esta pre- gunta es que Serguei, demasiado precoz- mente catectizado por la madre como falo separado y reinstalado en el santuario del goce materno, se encuentra inmóvil en un paraíso obsesivo del que debe ser expulsa- do. Para ello necesita encontrar un padre que lo marque con la castración, permitién- dole asegurarse un punto de amarre en el orden significante, es decir, en el orden de la identidad imposible y por lo tanto del de- seo. Si esta referencia a la castración queda forcluida se abre la vía de la psicosis.

Toda esta explicación gira en torno a es-

tos dos problemas: ¿qué es un padre? y ¿cuál es la relación entre el deseo y la cas-

Texturas inglesas Ricardo E. Bernardi co el término “conflicto” es el más adecua- do, puesto que

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Ricardo E. Bernardi Texturas inglesas

tración? Pero la respuesta sólo es posible a partir de la distinción entre los registros de lo imaginario, de lo simbólico y de lo real. Este parece ser el núcleo paradigmático desde el cual se organiza la comprensión del material.

Este paradigma permite, a la vez que exi- ge, una perspectiva transindividual a la vez abierta a una dimensión hasta entonces iné- dita de radical incompletud, de ausencia, de imposibilidad, como un fondo desde el cual se puede plantear la cuestión del sujeto (di- vidido), del objeto (imposible) y del deseo.

¿Cuál sería la proposición central del pa- radigma freudiano, kleiniano y lacaniano?

1 . Reconstruir una historia tomando como hilo conductor las impasses de la sexualidad infantil fijadas en la r epr esión.

  • 2. Aproximarse a las experiencias emo- cionales más básicas en las que la men- te se encuentra enfrentada tanto a sus fuerzas destructivas como vitales.

  • 3. Dejar sin llenar un lugar vacío para que pueda decirse una verdad.

Enseguida se ve que, mientras el primer paradigma pone el énfasis en la sexualidad, el segundo lo coloca en la destructividad y el tercero en el narcisismo, o mejor dicho, en su negativo, es decir, en lo que puede advenir en su ligar. A su vez, mientras en el primero se trata de reintegrar una historia y en el segundo una experiencia emocional básica, en el tercero, la cuestión es precisa- mente la de lo no reintegrable.

Sin duda, para los tres autores la relación con el padre es esencial, pero ¿puede des-

cribirse con otro término que no sea el de inconmensurabilidad la situación de proxi- midad a la vez que de distancia que relacio- na al padre freudiano con el pene del padre que aparece en el vientre de la madre y con el Nombre del Padre y la metáfora paterna? Se trata de la misma zona sin coincidencia posible que existe entre la preocupación kleiniana por lograr una modificación del mundo objetal del paciente y el replanteo lacaniano de la cuestión del sujeto.

Si pensamos en relación al trabajo clíni- co, no es para nada indiferente el hecho de que el acento sea puesto en la angustia o en el deseo; que el origen de este último se remita a un límite con lo orgánico (la pul- sión) o a un campo transindividual; que al- go sea considerado como una fantasía ar- caica con valor estructurante o que sea vis- to como una fantasía encubridora expresa- da en lenguaje regresivo; que el objeto sea

pensado como representación reprimida, como alguien viviente en el mundo interno o como mítico e inalcanzable.

Todo esto replantea el problema de có-

mo puede nuestra práctica tener un verda- dero carácter de investigación y no sólo de aplicación de teorías. Para ello parece nece- sario prestar atención no sólo a lo que los paradigmas aportan como potencialidad de comprensión sino también lo que implican de condicionamiento de nuestra capacidad de observar y pensar.

III. Las invariantes paradigmáticas

Si miramos juntos distintos casos clínicos

58

Ricardo E. Bernardi Texturas inglesas tración? Pero la respuesta sólo es posible a partir de la

Texturas inglesas Ricardo E. Bernardi

analizados a la luz de un mismo paradigma, impresiona la capacidad de estos últimos de mantenerse fieles a sí mismos y de imprimir una fisonomía similar a la conflictiva y a los mecanismos en juego en las distintas situa- ciones clínicas.

Comparemos, por ejemplo, los historia- les de lobos, Hans y Dora (un análisis más detenido de un fragmento del caso de ho- mosexualidad femenina, siguiendo estos mismos lineamientos, lleva a iguales resul- tados [Bernardi, 1984]).

En Hans o en Dora, al igual que en los lobos, Freud busca el fragmento de histo- ria no disponible al inicio (por ej.: en Dora, el recuerdo de la institutriz en la escena del lago; en Hans, el episodio de la caída del caballo y del amigo) que le permita re- construir el conflicto entre los deseos se- xuales (la rivalidad edípica en Hans, los de- seos hetero y homosexuales en Dora) y el yo amenazado por la angustia relacionada con la castración.

Resulta interesante observar las poten- cialidades de crecimiento colectivo del pa- radigma: mientras en Dora, Freud sólo ha- bla de deseos de venganza, esto podrá ser ligado más tarde, como rasgo de carácter, con la envidia del pene (Abraham).

Desde una perspectiva kleiniana vemos en cambio cómo en los tres casos se reite- ra una concepción del mundo interno que es reflejo de las relaciones objetales en un espacio corporal concreto: cuerpo mater- no, cuyos contenidos son envidiados y ata- cados; cuerpo-mundo interno propio, cu- ya organización en una posición esquizo- paranoide o depresiva dependerá del pre - dominio de esos ataques o de los intentos

de reparación. El primer sueño de Dora expresa, de acuerdo a Garbarino, sus ata- ques a la casa-cuerpo de su madre a la que quema con orina, a causa de la envidia que le despiertan los penes y los bebés que ésta contiene en sus genitales-alhaje- ro. La ansiedad y la culpa persecutoria que esto provoca es lo que aparece proyectado en las acusaciones al padre. Para M. Klein (1932) Hans, al igual que Serguei, proyec- ta en el animal fobígeno el miedo a su propio instinto destructivo (aunque ha- bría logrado modificar mucho más sus an- siedades tempranas). En su relectura del caso D. Meltzer (1975, 1978) señala que la preocupación de Hans se dirigía el interior del vientre materno y hacia los sucesos pe- ligr osos y dolorosos que podrían ocurrir allí, expresados en el juego de la muñeca, o en las reiteradas alusiones a la cesta en la cual Hanna y él habrían estado antes de nacer, y a las que Freud sistemáticamente no da valor.

Si pasamos por último a Lacan, vemos que en su perspectiva Hans, al igual que Serguei para Leclaire, está sujetado a su madre para la cual encarna el falo. Lo que sujeta a Hans a su madre es la falta de valor ante ella de la palabra de su padre. Hans necesita un padre que castre, es decir, que niegue momentáneamente su pene para que pueda simbolizarlo. A falta de un pa- dre por el cual sentir miedo, llenará su au- sencia con la fobia.

Toda la observación de Dora también está atravesada por una carencia fálica. No sólo el padre es incapaz de aportar el falo faltante, sino que Freud, demasiado poco libre en la contratransferencia, no logra penetrar en el secreto que une a Dora con el cuerpo fasci- nante de la Sra. K. Cerrado el acceso al reco-

Texturas inglesas Ricardo E. Bernardi analizados a la luz de un mismo paradigma, impresiona la capacidad

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Ricardo E. Bernardi Texturas inglesas

nocimiento del objeto viril, Dora no puede preguntarse de otra forma qué significa para ella ser objeto de deseo del hombre.

En todos los casos se trata de tomar en cuenta no sólo a la madre y el padre sino fundamentalmente a la distinción entre el padre real y el simbólico, y al lugar del otro, de la identificación imaginaria y del deseo.

Un estudio que tomara en cuenta otros materiales mostraría tal vez en forma me- nos simplificada el juego de variaciones y de modelos alternativos de los que dispone cada paradigma para hacer frente a las pe- culiaridades de cada caso. Mostraría tam- bién que los paradigmas, tal como los esta- mos considerando ahora, existen más bien en nuestros hábitos mentales que en la obra de autores que muchas veces van mu- cho más allá de sus propias sistematizacio- nes. Pero estas restricciones a lo que expusi- mos no vuelven inexistente el problema. ¿Hasta dónde llega el poder homogeneiza- dor de los paradigmas?

La respuesta me parece que radica en el peso, no tanto de lo que cada paradigma puede aportar -porque se trata de ideas ge- niales que abren campos nuevos- sino en lo que pueden restringir.

La zona de mayor claridad de los para- digmas es también su punto ciego: lo que ayudan a pensar es también lo que no pue- den dejar pensar:

  • - que las formaciones de transacción (no) permitan reconstruir los aconte- cimientos cruciales de la historia se- xual infantil;

  • - que la fantasía inconsciente (no) ten- ga un papel estructurante, ni nos per-

mita postular los estadios iniciales de la mente humana;

  • - que el inconsciente (no) esté estructu- rado como un lenguaje.

Éste es el tipo de cuestiones que cada paradigma no puede entrar a discutir, por- que sólo a partir de su aceptación adquiere capacidad de respuesta. El término “inva- riantes” busca reflejar ese carácter de lími- tes dentro de los cuales el paradigma pue- de modificarse para hacer frente a proble- mas nuevos pero que no puede sobrepasar sin poner en juego su identidad. Podría de- cirse, con cierto humor, que son las catego- rías del pensamiento analítico y las for mas de su sensibilidad y que, aunque histórica y culturalmente condicionadas, tienen un cierto carácter de “a priori” en cuanto a la experiencia individual.

No deja de ser llamativo que estas inva- riantes o determinantes paradigmáticos, pese a tener el carácter más marcadamente hipotético, son, sin embargo, las que des- piertan mayor convicción y las que se de- fienden con mayor apasionamiento.

Lo expuesto aboga a favor de devolver- les a estos supuestos su papel hipotético y heurístico: es algo muy diferente encontrar- se en el curso de un análisis coincidiendo con lo que describe una teoría, que partir de ella para intentar encontrar desde allí al analizando.

IV. Las diferencias a nivel

metapsicológico

Resta por último considerar el nivel más

60

Ricardo E. Bernardi Texturas inglesas nocimiento del objeto viril, Dora no puede preguntarse de otra forma

Texturas inglesas Ricardo E. Bernardi

general y abstracto: el de las concepciones acerca del Edipo y del inconsciente, el de la metapsicología y el del estatuto del psi- coanálisis en relación al conocimiento científico.

Partiré pues del hombre de los lobos pa- ra mostrar cómo las diferencias que hemos encontrado se prolongan a nivel de la con- cepción de Edipo y de la metapsicología 4 . Por fuerza me he de limitar a unas breves indicaciones, como quien traza algunas marcas sobre un mapa para calibrar el án- gulo en el que divergen los caminos y los puntos a que conduce cada uno.

1. El nivel metapsicológico en Freud

En el capítulo IV de Inhibición, síntoma y an- gustia, Freud retoma la fobia del hombre de los lobos, comparándola con la de Hans. Pa- ra avanzar en la comprensión de ambas, di- ce, es necesario tomar en cuenta el comple- jo de Edipo. ¿Cómo procede a analizarlo? El examen del texto muestra que Freud va pa- so a paso considerado el destino de las mo- ciones tiernas y hostiles hacia cada uno de los padres, las circunstancias que inciden so- bre ellas, la modalidad según la cual son re- primidas, las causas de esta represión.

Analizar el complejo de Edipo consiste pues; para Freud, en analizar el destino de las mociones pulsionales que lo componen. Esta concepción del Edipo se sostiene en una serie de hipótesis presupuestas: acerca de las pulsiones, de la sexualidad infantil, de las fantasías originarias, de la represión, de la castración y de la identificación.

Estas hipótesis van a constituir el conte-

nido teórico de la noción de inconsciente en la primera tópica, y del modelo estructu- ral en la segunda.

Podemos ver que en ambos casos se tra- ta de un conflicto de fuerzas que tienen dis- tinta localización psíquica. Hace falta, pues, que esto se organice en un sistema de pos- tulados generales que intenten definir de qué orden son los fenómenos de los que se ocupan las hipótesis psicoanalíticas. Tal es la tarea de los puntos de vista tópico, dinámi- co y económico.

2. El nivel metapsicológico en M. Klein

Pasemos ahora a Klein. Vimos que ella, co- mo Freud, jerarquizaría el complejo de Edi- po y la escena primaria. Pero aquí el coito de los padres es visto en relación a la fanta- sía terrorífica de la pareja combinada, que corresponde con los estadios tempranos del complejo de Edipo. Veamos a continuación cómo las mismas palabras (Edipo, escena primaria) nos conducen a concepciones cla- ramente diferentes.

Para Klein la relación con el padre se ini- cia en el seno de la experiencia con la ma- dre: el pene es postulado por el bebé a par- tir de la insuficiencia del pecho para brin- darle la gratificación esperada. Este pene del padre es, en realidad, un contenido del interior del cuerpo de la madre y la relación con él es moldeada a partir de la relación con el pecho (para Meltzer la relación trian- gular comenzaría incluso en la experiencia misma con el pecho (como “objeto combi- nado”, pecho-pezón, existiendo así una si- tuación edípica previa al pasaje del pecho al

Ricardo E. Bernardi Texturas inglesas

pene). En la perspectiva kleiniana, el Edipo descrito por Freud, llamado ahora Edipo tar- dío, es secundario, tanto lógica como crono- lógicamente, a la relación con el pecho.

Esta concepción del Edipo es correlativa de una serie de hipótesis fundamentales pro- pias del pensamiento kleiniano: la hipótesis del yo temprano y del funcionamiento men- tal primitivo, la del papel estructurante de las proyecciones e introyecciones, la de las rela- ciones objetales, de la fantasía inconsciente y del mundo interno, la de los fenómenos es- quizo-paranoides y depresivos, y la de la en- vidia primaria y la del instinto de muerte.

Pero estas hipótesis no se corresponden más con los puntos de vista freudianos. Es necesario postular, como lo ha señalado Bianchedi (1983), una metapsicología con puntos de vista diferentes:

  • a. un punto de vista posicional, referido a las posiciones esquizo-paranoide, y depresiva;

  • b. un punto de vista más bien de “polí- tica económica” que económica;

  • c. un punto de vista espacial, relaciona- do con el mundo interno como espa- cio corporal;

  • d. un punto de vista dramático, relativo despliegue de las relaciones objetales en la fantasía.

El nivel metapsicológico en Lacan

Como hemos dicho, la posición de Lacan, reflejada con el texto de Leclaire, coincidiría con la de Freud en jerarquizar la relación con el padre y la castración. Pero el modo de análisis es totalmente distinto: Serguei

necesita una referencia al padre (al Nombre del Padre) que lo arranque de la domina- ción materna para poder constituirse como sujeto de deseo.

La conocida exposición de los tres tiem- pos del Edipo se relaciona con una serie de afirmaciones más estrictas referentes al in- consciente estructurado como un lenguaje, a la relación con el deseo del Otro, a la re- lación entre el deseo y la ley, al sujeto, al objeto a, a los cuatro discursos, etc. Proba- blemente los desarrollos en torno a la rela- ción entre el deseo y la cadena significante, la derivación de los tres órdenes (o “dimen- sions”) de lo imaginario, lo simbólico y lo real, y la concepción del nudo borromeo ex- presan el nivel más general y abstracto de este paradigma. Más que un punto de vista tópico, dinámico o económico, encontra- mos una perspectiva topológica, estructural

y en cierto sentido existencial.

Ignoro si existen trabajos que comparen los puntos de vista metapsicológicos freudia-

nos o kleinianos con el nivel equivalente a la teoría lacaniana. Es necesario también tener

en cuenta que esta teoría, en forma cohe- rente con sus propios postulados, más que la positividad de los enunciados procura efec- tos de metáfora, lo que hace muy difícil esta-

blecer puntos de comparación adecuados.

Todo lo expuesto sugiere que si bien pa- ra las tres teorías hay un inconsciente, si analizáramos las ontologías implicadas en cada una de ellas (en el sentido del “onto- logical commitment” de Quine), encontra- ríamos que no son similares. Es probables que también halláramos que la diferencia entre Freud y Klein a este respecto se sitúa en un nivel diferente de la que existe entre Freud y Lacan.

62

Ricardo E. Bernardi Texturas inglesas pene). En la perspectiva kleiniana, el Edipo descrito por Freud, llamado

Texturas inglesas Ricardo E. Bernardi

Por último podemos ver que está en cuestión lo que se pretende del psicoanáli- sis como disciplina. ¿El psicoanálisis es una empresa científica? Para Freud era incues- tionable que sí, y su ideal sería que sus des- cubrimientos pudieran expresarse en len- guaje fisicalista. Según Meltzer, en la postu- ra kleiniana se está más cerca de un nivel fe- nomenológico e idealista que de uno realis- ta y explicativo, mientras que Bion no des- carta la posibilidad de que el conocimiento analítico pueda expresarse en términos de un sistema deductivo científico o incluso al- gebraico. Lacan, por su parte, cree posible una formalización que no excluya al sujeto.

En una palabra, no hay acuerdo sobre cuál es el estatuto que el psicoanálisis pre- tende para sí.

V. Algunas reflexiones a modo de conclusión

Resumamos. Entre la multiplicidad de desa- rrollos surgidos a partir de la obra de Freud, algunos de ellos se han constituido como sistemas teóricos alternativos.

Tanto la teoría freudiana como las otras tienen un carácter a la vez parcial y total:

parcial, en tanto cada teoría parte de una perspectiva determinada; total, porque ca- da una reformula el conjunto del campo psicoanalítico y tiene un poder creciente de expansión. Esta situación, que hemos anali- zado en torno a un material clínico, sugiere algunas reflexiones e interrogantes.

1. En relación a la unidad y a la diversi- dad de nuestro campo. Hemos inten- tado demostrar que estos distintos pa-

radigmas permanecen irreductibles entre sí, dado que no es posible poner- los de acuerdo ni a partir de sus premi- sas generales (que no son comparti- das) ni a partir de la experiencia (que no es vista de igual manera). Tampoco es fácil decir si tienden en el tiempo a una mayor convergencia o a una dife- renciación creciente entre ellos.

Esta situación de inconmensurabilidad plantea interesantes aunque inquietantes cuestiones. ¿Debemos considerar todo avan- ce como un desarrollo de las ideas de Freud? ¿La profundización en la perspectiva freu- diana ayuda realmente al analista kleiniano o lacaniano a desarrollar su propio punto de vista? ¿Cuál es el lugar y el papel de los orí- genes? Éstas y otras preguntas posibles con- citan algo de lo “unheimlich”, que no reside por cierto en el fantasma de la escena pri- maria sino en el del parricidio. La existencia de paradigmas diferentes implica reconocer diversas generaciones en el psicoanálisis y una filiación indirecta respecto de Freud. Tal vez el hecho de que formemos una horda a veces tan poco fraternal se debe a que que- remos colocar un tótem único allí donde hay que ir construyendo un panteón.

¿Significa esto dar por perdida la unidad del psicoanálisis? Me parece que no, porque la unidad reside más en el campo común de problemas que en las respuestas que les de- mos. Resta el problema de la verdad. Tal vez una manera feliz de plantearlo sea la de Kuhn, cuando dice que sólo se puede ha- blar de verdadero o falso en el marco de una teoría cuyos presupuestos se dan por aceptados. En el marco de la discusión in- terteórica sólo cabe hablar de preferencias o criterios de mayor fecundidad, profundi- dad, etc. Lakatos propone hablar del carác-

Texturas inglesas Ricardo E. Bernardi Por último podemos ver que está en cuestión lo que se

63

Ricardo E. Bernardi Texturas inglesas

ter progresivo o degenerativo de los pro- gramas de investigación.

2. Planteado así el problema, sólo es po- sible evaluar los paradigmas como maneras globales de qué interpretar. La forma más útil es, como dijimos, imaginar de qué forma se escucharía y cómo se explicaría desde otra perspec- tiva teórica un material que estamos acostumbrados a escuchar y pensar de una determinada manera. Esto es en realidad una tarea colectiva, puesto que no parece fácil pensar desde un paradigma distinto de aquél con el que estamos familiarizados.

¿Podemos decir que elegimos la teoría que preferimos? Parece más bien que adop- tamos un modo de pensar sin que sepamos bien cómo, llevados tal vez por nuestras fan- tasías inconscientes amasadas en los análisis didácticos, en las supervisiones y en los semi- narios con el saber analítico ya constituido.

Esta determinación oscura de la elección de teoría podría parecer fruto de nuestros tratos con Aqueronte; sin embargo, se ha señalado que también en las regiones de los dioses superiores -en realidad en todas las disciplinas- se darían pasos similares a una “conversión” cuando se trata de prefe- rir un paradigma a otro.

Todo sugiere que no es fácil tomar fren- te a los paradigmas una distancia crítica adecuada. Los he descrito como formas de ver-pensar el material. Podría referirme a ellos como pequeños monstruos de ciencia ficción que anidan en la mente del analista y que pueden crecer ilimitadamente si en- cuentran las condiciones adecuadas. Poseen una cara ventral vuelta hacia la realidad, a la que desmenuzan y absorben; un interior

donde se recombinan problemas y solucio- nes, y un dorso reluciente en el que se ins- criben las formulaciones más abstractas. Es- tos parásitos nos son indispensables para que podamos metabolizar lo dado en la ex- periencia, pero pueden también ocupar de- masiado espacio en nuestra mente y pensar por nosotros, lo que nos lleva a que tome- mos sus productos (significantes, represen- tantes pulsionales, relaciones de objeto) co- mo si fueran la realidad última.

Más aun, estos pequeños monstruos pueden ocupar no sólo nuestro aparato de pensar sino también entrar en una combi- nación estable con nuestra fantasía, coloni- zando la zona de contacto con nuestro in- consciente, pudiendo entonces hacerse pa- sar por nosotros mismos, tanto en los análi- sis que hacemos como analistas, como en los que nos hacemos como pacientes.

Pueden, por último, mezclarse en las lu- chas de poder y de prestigio de las institu- ciones, aparecer en sus banderas y ocupar un lugar en el trono y en el altar que toda institución cobija en su interior, reclamando desde allí obediencia y veneración.

¿Cómo lograr que crezcan como instru- mentos de conocimiento en vez de como me- dio de identificación y de poder? Podemos in- tentarlo en nuestros análisis, y en especial en el análisis de por qué detestamos ciertas teo- rías. Pero esto no alcanza. Es necesario, antes que nada, evitar que suplanten la experiencia (por experiencia me refiero simplemente a esa falta de docilidad de los hechos para aco- modarse a nuestras convicciones). Ésta es la primera restricción al poder de las teorías y de ella dependen las demás.

  • 3. Esto nos conduce al último punto. He- mos dicho que los paradigmas ejer-

64

Ricardo E. Bernardi Texturas inglesas ter progresivo o degenerativo de los pro- gramas de investigación. 2

Texturas inglesas Ricardo E. Bernardi

cían un efecto determinante sobre los aspectos del material que iban a ser tomados en cuenta. Pues bien, para que sean útiles como instrumento de conocimiento es preciso que algo que provenga del material pueda a su vez tener efecto sobre ellos.

El fracaso de la pretensión empirista de un acontecimiento sin presupuestos llevó a muchos a no reconocer un lugar para la ex- periencia. Y sin embargo, entre un en sí o un real demasiado inaccesible y una reali- dad demasiado conocida existe una franja ambigua, oscura, apenas vislumbrable, pe - ro que forcejea con nuestras creencias y puede rechazar el engarce que le ofrecen nuestras teorías, o r eclamar otras nuevas formas de aprehensión. ¿Debemos, pode- mos, queremos trabajar en esa zona siem - pre difícil de constituir y de mantener, fren- te a la solidez avasallante de las teorías? ¿Tenemos un lenguaje para referirnos a ella? ¿Qué andamios metodológicos nece- sitamos para recoger eso que reconocemos

como de “buena clínica”, aunque no tenga traducción teórica?

Lo expuesto en este trabajo permite abordar estos problemas desde otro ángu- lo. En la búsqueda difícil y problemática de lo que proviene de la experiencia, podemos al menos avanzar en el condicionamiento de las condicionantes que provienen de nuestras teorías, del mismo modo en que buscamos como analistas hacer explícitas nuestras propias fantasías para poder apro- ximarnos mejor a las del paciente. Pero este conocimiento de nuestros conocimientos no resulta tranquilizador. En cierto modo acrecienta el carácter de “unheimlich” de nuestra tarea: intentando escalar el monte desde el cual queremos alcanzar la tierra prometida del conocimiento, no sólo no en- contramos allí la tumba de Moisés, porque hace tiempo que le hemos dado muerte en el camino, sino que, para habitar, sólo dis- ponemos, en definitiva, de los andamios que hemos construido.

Texturas inglesas Ricardo E. Bernardi cían un efecto determinante sobre los aspectos del material que iban

65

Ricardo E. Bernardi Texturas inglesas

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66

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El “o”mbligo del sueño y el infinito “o”bjeto del conocimiento analítico

(“y toda la vida es sueño

” )

...

Elizabeth T. de Bianchedi Elizabeth Chapuy Alicia Hefesse Betty K. de Kakov Dora Nuesch *

Introducción

En este trabajo queremos explicitar las ex- tensiones del concepto del “soñar” para in - cluir una amplia serie de fenómenos de nuestra vida, así como también reformular la idea de la realidad psíquica y su devela- miento. Para ello, haremos algunas formu- laciones acerca del “origen” ( “O”, en los términos introducidos por Bion en Trans- formaciones) de los sueños, así como de los síntomas y de todo aquello aún no conoci- do, que es el objeto de conocimiento de nuestra práctica psicoanalítica (Bion, 1962 y Grotstein).

El “o”mbligo del sueño

Freud inauguró un amplio campo, tanto clí- nico como teórico, en su Interpretación de los sueños (1900), y éste se ha ido desarro-

llando formidablemente en ya casi cien años de evolución psicoanalítica. Por ejem- plo, desde entender el sueño en su función de proteger el dormir a través de la realiza- ción alucinatoria de deseos (Freud) a enten- der el soñar, como lo han hecho entre otros, como Garma (1970), que considera al sueño como una dramatización enmascaradora de conflictos inconscientes, traumáticos y de sus soluciones ficticias, hasta Meltzer (1983), que dice que el soñar es una moda- lidad de pensar inconsciente que elabora si- tuaciones emocionales durante el dormir, hay mucho camino recorrido. El suponer que ejercitamos esta función de elaboración mental no solamente duran- te la noche sino también durante el día es una extensión propuesta por Bion, con hi- pótesis definitoria del “trabajo del sueño alfa”, recién conocida en 1992 1 . En esta nueva manera de conjeturar el funciona- miento mental, el soñar deja de ser una

Bianchedi, Chapuy, Hefesse, Kakov, Nuesch Texturas inglesas

función que nuestra mente sólo ejerce du-

rante el dormir, para ser entendida como

una función mental implícita en muchas

otras actividades de la vida de vigilia, como

el ensoñar, el imaginar, el jugar, el recordar,

el pensar, el metaforizar, el poetizar, el

componer, el crear, etc.

Queremos recordar aquí que ya en su li-

bro Aprendiendo de la experiencia (1962)

Bion, formulando su particular modelo de

aparato psíquico -que implicaba la co-exis-

tencia de una personalidad psicótica con

una personalidad no psicótica- llama “sue-

ño” (entre comillas) a la parte del aparato

psíquico capaz de pensar, soñar, reprimir,

recordar, etc., es decir, a la parte de la es-

tructura mental que tiene función alfa, ba -

rrera de contacto y por lo tanto aspectos

conscientes, preconscientes e inconscien-

tes. Este “sueño” nos par ece que remite a

la formulación freudiana de 1923 en ade-

lante acerca del yo. La formulación de Bion

también implica que hay zonas del aparato

o aspectos que no pueden ser reprimidos,

ni soñados, ni recordados, ni pensados: lo

que en esta primera teoría 2 él llama los as-

pectos psicóticos de la personalidad. Una

de nosotras (E. T. L. de Bianchedi), con un

grupo de colegas, analiza este cambio en

“Pre-natales/post-natales: La personalidad

total” (1977).

En 1965, en su libro Transformaciones,

Bion plantea diferentes tipos de transfor-

maciones mentales, que tienen como ori-

gen a “O”. Al final de ese libro (capítulo 10

en adelante) dice que “O representa la in-

cognoscible realidad ”,

...

esencial y en Aten-

ción e interpretación (1970, cap. 3), dice:

“Utilizaré el signo “O” para denotar aque-

llo que es la realidad esencial representada

por términos tales como realidad esencial,

verdad absoluta, la divinidad, el infinito, la

cosa en sí misma”; se refiere con este signo

a un universo infinito en evolución, inescru-

table e incognoscible, que puede ser “deve-

nido” pero no conocido.

En 1966 Bion escribe un artículo llamado

“Cambio catastrófico” 3 , en el que habla por

primera vez de “pensamientos sin pensa-

dor”, a los que plantea como contraparte

de la verdad absoluta, “O”. Los “pensa-

mientos sin pensador” existen en forma in-

dependiente del pensador. Se puede fácil-

mente inferir que “O”, los pensamientos sin

pensador, no tienen ubicación en la Tabla

(1963,1971), que solamente se utiliza para

clasificar pensamientos menos o más abs-

tractos (desde los elementos beta hasta el

cálculo algebraico), y/o proto-emociones y

emociones.

En este punto queremos introducir las

hipótesis acerca de que las transformacio-

nes mentales, en elementos beta y/o en

elementos alfa más o menos conjugados 4 y

abstractos son transformaciones de “O”,

ese universo infinito y desconocido, y que

la parte de la mente que realiza esto es lo

que denominamos, junto con Grotstein,

“pareja soñante”. Muy resumidamente, lo

que este autor formula, en su trabajo

“Who is the Dreamer who Dreams the

Dream and who Is the Dreamer who Un-

derstands it?” (1979), es que en todo sue-

  • 2 Más adelante en su obra, considera que estos aspectos son sumamente primitivos, probablemente pre-natales, y ya no se refiere a ellos como pertenecientes a la “parte psicótica de la personalidad”.

  • 3 Este artículo, nunca publicado como tal, aparece luego, con muy pocos agregados, como capítulo 12 de “Atención e interpretación”, con el nombre de “Continente y contenidos transformados”.

  • 4 En un trabajo llamado “Los fósiles vivientes” (1995), E. T. de Bianchedi et al. discriminan la capacidad de conjugación narrativa de elementos alfa o su falta, que es modelizada con el cuento “La bella durmiente del bosque”.

68

Bianchedi, Chapuy, Hefesse, Kakov, Nuesch Texturas inglesas función que nuestra mente sólo ejerce du- rante el

Texturas inglesas Bianchedi, Chapuy, Hefesse, Kakov, Nuesch

ño soñado hay un bebé que proyecta ele-

mentos beta y una madre con rêverie y con

capacidad para transformar esas proyec-

ciones al lenguaje de la poesía, de la narra-

tiva y del drama. El fracaso de su armoni-

zación es la psicosis.

Retomando el planteo ontológico de la

incognoscibilidad esencial de un aspecto

de la realidad, creemos que Freud, muy

tempranamente, también intuyó algo de

esto. En 1900, en algunos de sus comenta-

rios sobre el olvido de los sueños, hace re-

ferencia al ombligo del mismo como aque-

lla parte que se asienta en lo no conocido.

Dice Freud: “Aun en los sueños mejor in-

terpretados, es preciso dejar un lugar en

sombras, porque en la interpretación se

observa que de ahí arranca una madeja de

pensamientos oníricos que no se dejan de-

senredar, pero que tampoco han hecho

otras contribuciones al contenido del sue-

ño. Entonces ése es el ombligo del sueño,

el lugar en que él se asienta en lo no cono-

cido” 5 . Sin embargo, en esta cita parece

considerar el ombligo como parte de los

pensamientos oníricos a los cuales no se

puede acceder. Pero en sus comentarios al

sueño de Irma 6 dice: “Sospecho que la in-

terpretación de ese fragmento no avanzó

lo suficiente ...

todo sueño tiene por lo me-

nos, un lugar en el cual es insondable 7 ,

un ombligo por el cual se conecta a lo no

conocido.” Creemos que en esta nota

Freud hace referencia a aspectos insonda-

bles (¿incognoscibles?) de la realidad, el

“O” de Bion, origen de las transformacio-

nes mentales. Sin embargo, más que ori-

gen, nosotras preferimos pensarlo como

aquello en lo que se asienta nuestra vida

mental, para quitarle la posible interpreta-

ción determinista de que “O” es la “causa”

primera de todas las transformaciones.

Queremos agregar otra ampliación del

soñar. Siguiendo a Freud, los sueños son

básicamente representaciones en imágenes

visuales aunque algunas veces también au-

ditivas. Bion extiende esta idea al suponer

que sensaciones corporales, gustativas, ol-

fativas, etc., podrían considerarse “sueños”

en el sentido de una definición amplia de

la transformación de “O”. La base teórica

de esta formulación toma en cuenta las

contrapartes mentales de los órganos sen-

soriales, hasta llegar a preguntarse si cier-

tos dolores corporales al despertar no po-

drían ser el contenido manifiesto de un

sueño, es decir, transformaciones oníricas

equivalentes a sueños.

Otra extensión que pensamos posible es

la del modelo del socio capitalista y socio in-

dustrial colaborando en la formación de los

sueños. En Freud, el capitalista es el o los

deseos inconscientes infantiles reprimidos,

y el socio industrial es, en gran medida, el

preconsciente. Desde la hipótesis de Bion y

las nuestras, pensamos que lo que Freud

plantea como el socio capitalista (desde un

punto de vista económico) es “O”, la reali-

dad esencial infinita y no sensorial, y el so-

cio industrial, que hace el trabajo del sue-

ño, como la función alfa (función original-

mente materna, e introyectada por el bebé

niño en algún momento de su evolución).

Pensamos que hay también un tercer socio

afiliado, creativo y poiético.

  • 5 La interpretación de los sueños, (A.E., T.V, p. 519).

  • 6 A.E., T. IV, nota al pie, p. 132.

  • 7 Las negritas son nuestras.

Texturas inglesas Bianchedi, Chapuy, Hefesse, Kakov, Nuesch ño soñado hay un bebé que proyecta ele- mentos

69

Bianchedi, Chapuy, Hefesse, Kakov, Nuesch Texturas inglesas

El “o” objeto de conocimiento psicoanalítico

Para Bion, el “objeto psicoanalítico”

(Aprendiendo de la experiencia, 1962) es el

objeto de conocimiento de nuestra discipli-

na, sea ésta un complejo, una fantasía in-

consciente, un sueño, un síntoma, un aspec-

to del vínculo trasferencial, etc. Pensamos

que el objeto de conocimiento de nuestra

disciplina es “O” 8 , que aunque incognosci-

ble y solamente devenible (transformacio-

nes en “O”, sin memoria ni deseo ni com-

prensión

...

)

es sin embargo cognoscible a

través de sus múltiples transformaciones en

K 9 . Las transformaciones en K en la sesión

analítica, al hacer finito lo infinito, sin em-

bargo implican una opinión más que un co-

nocimiento, un des-cubrimiento en el senti-

do de pasar del no ser al ser, una creación,

un pasaje a la plena luz de la obra. Son

transformaciones más artísticas que científi-

cas, intuición mediante, pero no del arte co-

mo praxis sino como poiesis. El sueño soña-

do y recordado (y tal vez relatado en una

sesión), el juego (tal vez realizado en una

sesión analítica infantil), una poesía recita-

da o escrita, o cualquier creación humana,

es una transformación de “O” parcialmente

sensorial, apta para la publicación, en len-

guaje de logro o en lenguaje de sustitución

o en una alucinación (puramente sensorial)

o en una acción en lugar de pensamiento.

Las interpretaciones o construcciones

pueden ser pensadas desde Freud como un

llegar a conocer/hacer consciente un deseo

inconsciente o un recuerdo reprimido, des-

de M. Klein, como un conocer/poner en pa-

labras una fantasía inconsciente; desde una

postura bioniana, como un develar de una

realidad que está “siendo” en forma “rap-

sódica” 10 y poiética.

Como dice muy bien G. Agamben, en El

hombre sin contenido: “Los griegos, a los

que les debemos casi todas las categorías a

través de las cuales juzgamos la realidad

que nos rodea y a nosotros mismos, distin-

guían claramente entre poiesis (poiein, pro-

ducir en el sentido de llevar a ser) y praxis

(prattein, hacer en el sentido de realizar).

Mientras que en el centro de la praxis esta-

ba la idea de la voluntad que se expresa in-

mediatamente en la acción, la experiencia

que estaba en el centro de la poiesis era la

producción hacia la presencia, es decir, el

hecho de que, en ella, algo pasase del no

ser al ser, de la ocultación a la plena luz de

la obra. El carácter esencial de la poiesis no

estaba en su aspecto de proceso práctico,

voluntario, sino en su ser una forma de la

verdad entendida como develamiento.”

Viñeta clínica

Queremos relatar un fragmento clínico de

una niña de unos diez años puesta en tra -

tamiento por sus dificultades escolares (ha-

bía repetido quinto grado) y que tenía, se-

gún relatan los padres, dificultades en su

capacidad de pensar desde el inicio de la

escolaridad. Su cociente intelectual era ba -

jo. La paciente relata los siguientes sínto-

mas (no contados a sus padres): juega con

  • 8 Dejamos abierta la cuestión de si “O” es la realidad o solamente la realidad psíquica, a la cual Bion define como amorfa, intangible, invisible, inodora e insípida. Dice: “ Estos elementos, psíquicamente reales (en el sentido en que pertenecen a la realidad psíquica) son aquéllos con los que tiene que trabajar el analista” (Atención e interpretación).

  • 9 Y también en -K si el analista logra reconocer las transformaciones en alucinosis (Bion, 1965).

10 Rapsodia: forma musical formada por fragmentos de otras obras, que no tiene, como la sonata, una forma ordenada lógica. Rap- sódico: frases desconectadas, dichas apresuradamente, extravagantes. El origen de la palabra viene de raposa, “zorra”, y está rela- cionada con rapiña y los instintos rapaces.

70

Bianchedi, Chapuy, Hefesse, Kakov, Nuesch Texturas inglesas El “o” objeto de conocimiento psicoanalítico Para Bion, el

Texturas Inglesas Bianchedi, Chapuy, Hefesse, Kakov, Nuesch

sus muñecas con la puerta cerrada de su

pieza y de noche las guarda en el placard

porque tiene miedo que la ahorquen, duer-

me quietita sin moverse, tapando sus ma-

nos, porque tiene miedo que sus propias

manos la ahorquen, etc.

En los tres primeros meses de tratamien-

to su propuesta predominante durante las

sesiones era un juego denominado “tutti

fruti”. En el mismo respondía adecuada-

mente a muchas de sus consignas, pero en

algunas oportunidades, en el rubro comes-

tibles, escribió feto y brazo. Si bien la ana-

lista le pidió asociaciones, su respuesta fue

en un tono con el cual se deducía que la te-

rapeuta no comprendía algo tan obvio co-

mo “Feto es ...

feto”. La vivencia emocional

de la analista fue de algo siniestro, pero

consideró que aún era prematuro incluirlo

en una interpretación.

En dos oportunidades, la paciente reali-

zó un recitado memorioso de un poema,

del cual la analista sólo alcanzaba a enten -

der que era de W. Shakespeare y de un li-

bro que era de su padr e. Su relato era tan

rápido que la analista no podía tener el r e-

gistro de qué poema se trataba ni de su

contenido.

A los tres meses de tratamiento, relata

por primera vez un largo sueño en la prime-

ra sesión de la semana. En el sueño (que no

relataremos aquí

...

)

hay un asesinato del

padre, robos, una madre que desaparece,

una casa derruida con telas de arañas. El

mismo fue soñado en un largo fin de sema-

na. Por una huelga de transportes no había

podido concurrir a la tercera sesión de la se-

mana anterior. El relato del sueño tuvo mo-

mentos poco claros, pero ante la pregunta

de la analista, la paciente dio algunas res-

puestas y muchas asociaciones al mismo,

asociaciones claras y coherentes. El sueño y

sobre todo las asociaciones fueron evocati-

vas en la analista de muchos elementos del

consultorio, del juego del “tutti fruti”, y de

aspectos de la historia de la paciente que

conocía por las entrevistas con los padres.

Bastante tiempo después (varios años, ya

que los padres interrumpieron el tratamien-

to y la analista sólo veía a su paciente espo-

rádicamente en entrevistas de evaluación ) ...

la analista le pregunta por la poesía, y ella

le dice el nombre. La analista la encuentra

entre los sonetos de Shakespeare (el lector

puede leerla en el apéndice) y, entre sus ri-

quísimos significados, está lo sensorial, dán-

dole importancia al vértice visual y a la mi-

rada. También hay en él imágenes de espe-

jos, alusiones a la relación con la figura ma-

terna, y la necesidad de una figura materna

reparada para a su vez devenir mujer. Sha-

kespeare en el soneto pone lo visual como

un factor importante en la transformación,

por ejemplo en el espejo, que implica ver a

la madre y la posibilidad de identificarse in-

troyectivamente con ella, o sino una eva-

cuación donde el espejo queda chato y no

hay conexión con las imágenes internas y

externas de los objetos primarios. La analis-

ta le comenta a la paciente haber encontra-

do y leído la poesía.

Síntesis y conclusiones

En términos de lo que hemos planteado,

tanto jugar, como decir y hacer una poesía,

como soñar, o tener un síntoma, son trans-

formaciones de “O”. En la mente, pueden

aparecer como: a) elementos beta (senso-

riales, solamente aptos para la evacuación o

la acción), b) como una combinación de ele-

Texturas Inglesas Bianchedi, Chapuy, Hefesse, Kakov, Nuesch sus muñecas con la puerta cerrada de su pieza

71

Bianchedi, Chapuy, Hefesse, Kakov, Nuesch Texturas inglesas

mentos beta y alfa, o c) transformados en

Pues ¿cuál tan bella habrá que su vientre en

elementos alfa (simbólicos, con significados

barbecho

diversos). En el juego “tutti fruti” de la pa-

desdeñe la aradura de tu maridaje?

ciente, donde la palabra “feto” aparece co-

¿O quién tan engreído que haga de su

mo comida, parecía ser más un elemento

pecho

beta o un elemento alfa degenerado que

tumba de su amor propio y fin de su linaje?

un símbolo auténtico. El relato memorioso

Tú de tu madre eres cristal, y en ti los días

de la poesía parece también ser una eva-

gentiles ella evoca de su flor granada

cuación de elementos beta, sin correlato

tal tú por las ventanas de tu edad verías,

emocional para ella, aunque en la analista

pese a canas y arrugas, esta edad dorada.

despierta la curiosidad y perplejidad por de-

Pero si vives para no dejar testigo,

cir la niña que el autor era Shakespeare. En

muere sola, y tu imagen morirá contigo.”

el sueño relatado, donde hay también aso-

ciaciones, hay elementos alfa y beta mezcla-

dos, y permite una comprensión y un deve-

nir de algún aspecto de “O”.

El “O”mbligo del sueño, del juego, del

relato memorioso de la poesía también rela-

cionados con sus síntomas (dificultades para

pensar, temores severos con ansiedades psi-

cóticas, etc.), es el objeto psicoanalítico del

conocimiento. En un proceso analítico, el/la

analista, con su capacidad de contención y

transformación (función psicoanalítica de la

personalidad) podrá tener y formular opi-

niones sobre el aspecto de “O” del material,

con la expectativa de que el/la paciente pue-

da devenir un aspecto de su “O” (transfor-

maciones en “O”) y además lograr alguna

comprensión (transformaciones en K) del

objeto psicoanalítico en cuestión.

Apéndice: soneto

“Mira tu espejo, y di a la faz que en él

reflejas

‘Ya es tiempo de que esa faz se copie en

otra plana’;

que si hoy su fresco apresto no reparas, dejas

burlado al mundo, a alguna madre seca y

vana.

Bibliografía

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72

Bianchedi, Chapuy, Hefesse, Kakov, Nuesch Texturas inglesas mentos beta y alfa, o c) transformados en Pues

Algunas notas acerca del coraje para analizar/se

Clara Nemas *

Presentación

El trabajo analítico con algunos pacientes,

inquietudes personales en este momento

de mi vida y un encuentro casual con una ci-

ta de Freud, fueron el punto de partida de

una serie de reflexiones sobre el coraje pa-

ra analizar y analizarse.

La cita a la que me refiero se encuentra

en el Cap. VIII de la Parte 3 de “An Outline

of Psychoanalysis”; allí Freud se refiere al

splitting del yo como un proceso defensivo.

Plantea que en el fetichismo el paciente no

reconoce que las mujeres no tienen pene,

ya que esa falta podría ser una prueba de la

posibilidad de su propia castración. El pa-

ciente desmiente (disavows) su propia per-

cepción sensorial, que le ha mostrado que

el genital femenino carece de pene y sostie-

ne la convicción contraria. Y aquí propone

esta llamativa afirmación: La percepción

desmentida no deja, sin embargo, de ejer-

cer su influencia, ya que, a pesar de todo, él

no tiene el coraje de afirmar que efectiva-

mente vio un pene 1 (The disavowed percep-

tion does not, however, remain entirely wit-

hout influence for, despite of everything,

he has not the courage to assert that he ac-

tually saw a penis). Y continúa diciendo más

adelante: La creación del fetiche se debió a

la intención de destruir la evidencia de la

posibilidad de castración, de modo que el

miedo a la castración pudiera ser evitado 2 .

(The creation of the fetish was due to an

intention to destroy the evidence for the

possibility of castration, so that fear of

castration could be avoided). Me sorpren-

dió que Freud hiciera referencia al coraje;

¿a qué equivaldría este reconocimiento pa-

ra el que se necesita coraje? Parecería que

este fetiche -solución de compromiso entre

la locura y la cordura- evidencia la falta de

coraje para reconocer y enfrentar el temor

a la castración.

En una entrevista inicial, una paciente

habló del coraje necesario para analizarse;

Clara Nemas Texturas inglesas

tiempo después esta misma paciente se re-

firió a sus dificultades para profundizar sus

inclinaciones artísticas, ya que temía aban-

donar a su familia y a su trabajo, como una

amiga de ella lo había hecho. Trataba de no

comprometerse con su arte, ya que no tenía

el coraje de sostener una relación apasiona-

da con el mismo.

Otra paciente se quejaba amargamen-

te de no tener el coraje para abortar un

embarazo que no había sido planeado.

Rechazaba enfáticamente la idea de que

al no abortar estaba tomando la decisión

de tener un hijo, para lo cual también se

requiere ¡coraje!

Así fue surgiendo el interés por pensar al-

gunas cuestiones del psicoanálisis como ana-

lista y paciente, tomando como eje la idea

del coraje para analizar/nos. El resultado son

estas notas, no muy articuladas aún, que sin

habérmelo propuesto al comienzo, encon-

traron algún espacio en la frontera entre la

práctica analítica y problemas de ética.

Propuesta

En nuestro trabajo como psicoanalistas, vol-

vemos al análisis, a las supervisiones, al in-

tercambio con colegas y a algunos textos

como a las vías del ferrocarril; aunque el

destino del viaje sea abierto, necesitamos

de esas vías para evitar -o para recuperar-