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Libros con Arte

Un pasajero que comparte tu asiento en el tren, un confesor de fábulas, un comensal más en la mesa, un maestro que resuelve incertidumbres, un entretenimiento en la espera, el último en darte las buenas noches,… probablemente existan tantas descripciones de libro como lectores que se animen a abrir sus páginas para bucear en sus historias.

Si nos ceñimos a una definición puramente formal diríamos que es un “conjunto de

muchas hojas de papel u otro material semejante que, encuadernadas, forman un

volumen” (así lo expresa la RAE). Pero de entre la gran familia de los libros hay unos miembros muy destacados tanto por su aspecto como por su contenido: los

Libros con Arte.

Los libros con arte son aquellos libros que se distinguen por su especial y clara concepción estética, ya sea desde el punto de vista formal o desde el conceptual. Es decir, por una parte estarían aquellos libros con arteque lo son por contener entre sus páginas doctrinas, postulados o ensayos sobre la Historia y Teoría del Arte en sus diferentes vertientes (es decir, lo libros con arte desde el punto de vista conceptual) y, por otro lado, estarían aquellos otros que son libros con arteporque en ellos se ha invertido una especial dedicación estética y plástica hacia el objeto en sí y que no tienen porque informar sobre arte (lo serían desde una óptica puramente formal). Estos segundos son esa clase de libros, que atesoran coleccionistas y bibliófilos, y que son objetos únicos o se reducen a exclusivas versiones limitadas.

Sin duda es un placer tener entre las manos un libro que pertenezca a cualquiera de ambas categorías precitadas, pero la magia emerge cuando confluyen ambos conceptos en un mismo libro, o lo que es igual, cuando un libro versa sobre arte y además el libro es un objeto artístico en sí. A esos los llamo yo “Libros con Arte” (el matiz está en las mayúsculas).

No son muchos los afortunados que tienen la oportunidad de compartir casa con un Libro con Arte y es por eso que generalmente nos tenemos que conformar con verlos en vitrinas de museos o en bibliotecas relevantes.

Son libros con toda suerte de tamaños y formatos, pueden ser manuscritos o de imprenta, en pergamino o en papel, pueden ser códices, tratados, libros de artistas, libros de viajes, pero todos tienen dos atributos en común: son de arte y son un arte en sí mismos. El valor generalmente les viene por la exclusividad y ésta es aportada por el material o el proceso de realización, además de las expertas y sabias palabras de quienes los escriben.

Aunque los Libros con Arte existen desde el origen de la escritura, si consideramos en esta categoría a algunas de las muy escasas tablillas mesopotámicas y pergaminos egipcios, continuando en épocas posteriores con los manuscritos de arte medievales, tratados renacentistas, etc., sin embargo el culto a este tipo de libros renace en el siglo XIX, con la búsqueda de nuevos alicientes al lector, para lo cual se empezaron a añadir litografías a los textos y se comenzaron a cuidar las encuadernaciones, haciéndolas a mano o artesanales, que no sólo garantizaban su subsistencia sino que proporcionaban uniformidad y una cierta belleza exterior. A partir de aquí se recuperan antiguas técnicas y se crean nuevos estilos, utilizando pieles y telas ricas - como ante, tafilete, terciopelo, brocados, moaré, seda o raso- sin olvidar las encuadernaciones excepcionales de nácar, marfil o aplicaciones de metales preciosos como la plata.

Incluso al formato del libro llegan las corrientes estilísticas de la época, siguiendo lenguajes artísticos imperantes, como el estilo imperio, el romántico, la rocalla (de decoraciones abarrocadas), el catedral (con portadas de rosetones, vidrieras, etc.), los estilos históricos o el isabelino en España.

Del mismo modo hay un refinamiento en las propias letras, pues surge también desde el XVIII un especial cuidado por la tipografía y la caligrafía empleada en las nuevas ediciones.

Como sus portadas son la parte más visible éstas suelen ya anunciar que estamos ante una obra de arte. Es el caso del libro Michelangelo. La dotta mano”. La

portada es una reproducción de “La Virgen de la escaleraque el propio genio de Caprese talló con 16 años, realizada en el mismo mármol que la original. Y su interior es todo detalles: papel puro de algodón elaborado a mano fibra por fibra, fotografías de gran calidad, 45 bocetos originales y cartas inéditas de su obra, etc. Un homenaje al artista cuando se cumplían (en 2008) cinco siglos de sus primeras pinceladas en las bóvedas de la Capilla Sixtina. El resultado tardó tres años en ver la luz. Mide 42 x 68 centímetros y pesa 24 kilos. Por todo esto es la edición comercial más cara del mundo y uno de los libros más deseados, rondando su precio en algo más de 100.000 euros.

deseados, rondando su precio en algo más de 100.000 euros. Como muestra sirva el botón expuesto

Como muestra sirva el botón expuesto antes, pero claro, no es un caso aislado. Famosos son el “Manuscrito de las sinfonías de Mozart”, con partituras originales, escritas de puño y letra del genio austríaco, de nueve de sus más grandes obras, y que en 1990 alcanzó el precio de 4.1 millones de dólares; o el llamado “Código Leicester, un compendio de documentos, textos, dibujos y bocetos de la autoría de Leonardo Da Vinci compilados entre 1508 y 1510, valorado en 1994 en 30.8 millones de dólares; por poner algunos ejemplo más.

30.8 millones de dólares; por poner algunos ejemplo más. Sabíamos que los libros se escriben, pero

Sabíamos que los libros se escriben, pero también podemos comprobar que hay libros que se bordan, se pintan o se esculpen. Son sin duda libros que emocionan, que despiertan la curiosidad y el asombro, dignos de ser expuestos en un museo o de ocupar las más selectas estanterías. Sin embargo, su exclusividad los hace inalcanzables para la mayoría de los mortales, por eso cómo mucho nos queda conformarnos con deleitarnos viéndolos y, si acaso, co mo consuelo siempre podemos

refugiarnos en la frase que en su día dijera el poeta sevillano Gustavo Adolfo Bécquer: “El recuerdo que deja un libro es más importante que el libro mismo”.

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Fernando Talaván Morín