Dentro de la oficina de Francesca

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Francesca estaba molesta, pero no estaba segura del porqué. Era obvio que lo estaba por sus respiraciones cortas y el espacio tenso detrás de sus rodillas y el dolor de cabeza incipiente detrás de sus ojos. Ella odiaba cuando se molestaba. Odiaba estar por debajo de lo que solía ser: “perfectamente controlada”. Pero no estaba controlada, y no sabía porque. Ciertamente no era por causa de este nuevo alumno inexperto.

Cuando Roland Sparks había llegado a La Escuela de la Costa, Francesca no se había sorprendido. Casi todos los Ángeles Caídos estaban en movimiento durante los días de tregua, por lo que solo era cuestión de tiempo para que uno de ellos buscara a Steven por ayuda.

Se sentó ante su escritorio, ahora, con su ostentosa camisa blanca almidonada, habiendo convencido a Steven de permitirle asistir a las clases Nefilim. Ridículo. Si Roland quería espiar a Lucinda, existían formas mucho menos molestas.

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Tendrás que cambiar tu atuendo, - le dijo ella al Ángel Caído, o como la costumbre dicta llamarlos, Demonio. Genial – Los verdaderos estudiantes de La Escuela de la Costa jamás han escuchado nada sobre una tabla de

planchar, y mucho menos sobre… ¿Qué es eso? – bajo la mirada hacia las botas de Roland.

Su sonrisa casi parecía mofarse de ella – Ferragamo. ¿Ferragamo? Recoge una camisa y un par de zapatillas abajo en El Ejercito de Salvación. – La mirada de Francesca estaba ausente, mientras revisaba unos papeles de su escritorio sin sentido alguno. No importa cuánto tiempo haya vivido con Steven, los demonios siempre se las arreglaban para ponerla nerviosa. Francesca –Steven giro su silla para acercarse a la de ella - ¿No quieres hablar de lo que sucedió hoy? No hay nada de qué hablar – dijo ella cerrando sus ojos para bloquear la imagen que se le venía a la cabeza de las caras pálidas y atemorizadas de sus mejores estudiantes cuando ella y Steven les ofrecieron una visión dentro de una oscura Anunciadora. – Fue un error tan solo intentarlo. Nos arriesgamos. Solo tuvimos mala suerte.

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Steven entrelazo su mano cálida con la de ella. Él siempre estaba caliente y ella siempre estaba fría. Normalmente, eso la hacía querer estar cerca de el cada vez que podía. Pero hoy, su calor la oprimía, y su demostración abierta de afecto hacia Roland la avergonzaba. Ella retiro su mano de la de él.

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¿Mala suerte? – se burló. Ella podía sentirse a punto de lanzar una diatriba sobre las estadísticas de seguridad en clase y sobre esos chicos Nefilim que aún no estaban listos para las Anunciadoras. Y mientras cada palabra que diría sería absolutamente cierta, los tres en esa habitación sabían que era solo un estúpido encubrimiento de su verdadera preocupación ese mismo día. La verdadera razón que la tenía tan molesta y preocupada.

Lucinda Price estaba lista Y eso aterrorizaba a Francesca

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