Nuestra vida en familia

Durante nuestros primeros años de vida descubrimos que la felicidad está en las cosas más simples, por eso quizás a pesar de no tenerlo todo, éramos felices. Por ejemplo, en invierno disfrutábamos junto al fuego de la cocina a leña del simple acto de conversar, hermoso acto cuando se comparte plenamente En verano, nos quedábamos en el patio o en el corredor, mirando las estrellas. Papá siempre tenía algo para enseñarnos de las constelaciones, de allí es que no hay un Abatilli que no ame las estrellas, que siempre las busque por más triste que se encuentre, porque es una manera de hablar con nuestro viejo. Cada cena o almuerzo era esperado por nosotros, esencialmente en días lluviosos que no podíamos salir a pescar o andar de travesuras por el campo. Recordemos que en aquella época no había luz eléctrica ni televisión y muchas veces la radio no funcionaba. Mi padre era quien oficiaba del mejor entretenimiento con sus anécdotas, cuentos, leyendas, reflexiones y enseñanzas. Son otros tiempos ¡Bienvenidos sean éstos! Tiempos de internet, televisión, celulares y demás medios de comunicación. No podemos imaginar qué hubiera hecho nuestro padre si hubiera tenido ante sí la posibilidad de tener la biblioteca del mundo a la distancia de un enter. Hoy podemos leer casi cualquier libro que deseemos leer, todo esto por la gran posibilidad de la democratización del saber que ha originado una herramienta tan valiosa como es internet. Lamentablemente, y pese a tener todo al alcance de sus manos, los niños y los jóvenes no leen, en las escuelas los docentes deben obligarlos a leer, muchas veces los alumnos lo ven como un castigo, como una tarea muy pesada abrir un libro y prestarle atención por un instante a lo que el escritor

1

les quiere transmitir. Recordamos que nosotros nos escondíamos a leer, porque en realidad nos habían mandado a hacer tal o cual tarea, pero el libro nos era más interesante, como no había electricidad, muchas veces éramos llamados a apagar la lamparita a querosén, que dejásemos de leer porque ya era muy, muy tarde. En casa existía la distribución de tareas, (dar de comer a los animales, la huerta, picar leña, etc.) en la cual todos debíamos ayudar. No siempre estábamos conformes con esta distribución, la pelea era por quién hacía los mandados, no nos gustaba mucho, preferíamos ir a recorrer el campo, fundamentalmente pescar o cazar perdices. Nuestros padres pregonaron la cultura del trabajo, el valor del esfuerzo, la satisfacción de la tarea cumplida. Los varones aprendieron a manejar el tractor, vendían verduras en el pueblo y huevos, repartían revistas, eran ayudantes de albañiles. Las mujeres colaboraban con las labores de la casa, la ropa, la comida, la limpieza. En esa época también se tejía a máquina, la cual tenía tarjetas con diseños, nuestra hermana mayor; Silvia, aprendió esta técnica y vendía prendas tejidas las cuales eran muy buscadas en el pueblo. Una noche muy, muy especial era cuando había cine en el pueblo y papá tenía dinero para pagar tantas entradas. Las películas terminaban, el proyector eventualmente debía apagarse, pero los debates sobre el argumento, los actores, los lugares, se extendían por semanas. Nos fascinaba el cine, aún hoy nos fascina, pero cuando vamos a uno de esos cines modernos con decenas de salas donde exhiben películas, donde el lujo salta por cada rincón, siempre, siempre recordamos esas noches. No cambiaríamos nuestro Club Deportivo Arroyo Barú por ninguna de estas exclusivas salas de la actualidad. Otras noches de gran expectativa eran las noches de bailes: íbamos todos y disfrutábamos de lo lindo. La hora de dormir tenía sus picardía, a la siesta, esperábamos que nuestros padres durmieran, para escaparnos por la ventana e irnos a recorrer los árboles, tal o cual nido, alguna laguna donde habíamos visto saltar el pez más grande que se podía imaginar. A la noche, la aventura continuaba, porque el sueño no venía, porque era necesario comentar lo vivido durante el día, siempre la risa era constante. Tanto, que solíamos despertar a los más pequeños. En esas ocasiones, papá amenazaba que se iba levantar, que la terminen. Hoy, que no resulta tan fácil reír a toda hora, es lindo recordar esa época en la cual la única melodía era la risa, ¿Nos pusimos serios al madurar?

Entre el pueblo y el campo
El no vivir en el pueblo mismo, pero sí muy cerquita a él hizo de nuestra niñez la diferencia con los demás niños, en los quehaceres y en los juegos, en la cantidad de animales que teníamos, en las responsabilidades que los mismos exigían, su crianza, su cuidado, como así también de la huerta o

2

de las cosechas, la de trigo, la de lino, la de arroz, en todas andábamos, siempre vestidos de fiesta por dentro, aunque por fuera parecíamos unos traviesos descalzos. Que hay que llevarle la merienda a los que nos ayudaban en la trilla, que a buscar los animales para encerrar los terneros, darles de comer a los chanchos y a las gallinas, juntar los huevos, hacer que la gallina con los pollitos entre al galpón para que las comadrejas no se los coman. Que a buscar leña para tener a la mañana tempranísimo, como a las cinco, cuando mamá madrugaba a ordeñar, para calentarnos la leche antes de ir a la escuela, tantas cosas por hacer, tantas ganas de jugar…

Vacaciones
Las vacaciones de verano eran muy esperadas, porque significaban la visita de nuestros abuelos y tíos maternos, que vivían en Buenos Aires. No veíamos la hora de que llegasen nuestros primos, pero a la que más esperábamos con ansias era a la abuela Hortelia. Su llegada era una fiesta: todos gritábamos y corríamos a su alrededor, y ella jugaba con nosotros como una niña más. A veces, uno de nosotros era el elegido para acompañarla en su viaje de regreso a Buenos Aires. ¡Qué contento estaba el elegido! Los demás nos quedábamos un poco tristes, pero la abuela prometía que iba a mandar con él muchos caramelos rellenos y bombones. ¡Cómo esperábamos el regreso de nuestro hermano o hermana! No por los caramelos, sino por lo que tenía para contarnos acerca de lo vivido “allá”. Revivíamos su viaje gracias a su relato, y probablemente lo que más nos gustaba de todo el viaje, era esa posibilidad de compartir al regreso entre todos lo nunca vivido hasta ese instante. Y era el momento en que cada uno podía hacer su acotación e imaginar qué hubiera hecho o sentido ante cada anécdota o experiencia.

3

Las carneadas
Algo que ponía en movimiento a toda la familia eran las carneadas, no sólo a la familia, también a los vecinos a quienes se invitaba, porque si bien se trabajaba mucho, se lo hacía en un clima de tanta fraternidad y alegría que luego, a pesar del cansancio, a pesar del cansancio, algo de tristeza quedaba porque ya se habían terminado. Tradición ésta, la de las carneadas, que hoy en día se está perdiendo. En aquellas épocas, todos colaborábamos, los chicos “a pelar ajos” decía papá. Los más grandes a colaborar con los adultos, las mujeres a preparar los utensilios imprescindibles para la carneada. Siempre se realizaba en julio, el mes de mayor frío, el primer día era matar el chancho (el cual previamente había sido engordado, hasta que casi no podía caminar). A las nenas nos mandaban a la pieza cuando llegaba el momento de matarlo. “No vean”, decía mamá. Alicia siempre lloraba, y se tapaba los oídos para no escuchar los chillidos del chancho, recién al otro día se animaba salir al patio. Esa noche nadie dormía, los chicos simulábamos dormir y nos quedábamos escuchando a los grandes contar historias. ¡Ay, si uno de nosotros hubiésemos sabido que hoy el tiempo es el gran enemigo en el recuerdo! Hubiera tomado lápiz y papel y quizás hubiéramos anotado cuentos, leyendas, dichos que corrían como el mate en esas horas nocturnas. ¡Qué anecdotario importante tendríamos para compartir de haber previsto que sólo nos queda una parte de cada cuento! Nos parece que es hoy, cuando papá parecía un gran químico midiendo exactamente los condimentos para los chorizos, ni un gramo de más ni uno de menos. “El momento de la condimentada es muy importante”, decía. Y tenía razón: nunca más volvimos a probar unos chorizos como los que hacía él. La fórmula infalible estaba anotada en un libreta color marrón, tipo libreta de almacén, con su inmaculada caligrafía. Ese secreto se perdió hace unos años: fue probablemente lo más importante del botín de quienes robaron, además, los utensilios veteranos de tantas carneadas (la olla de tres patas, la amasadora, todo, todo...) Quien sustrajo todo esto no prestó ninguna atención a los libros de la biblioteca, sino que se preocupó por encontrar la pequeña libreta, con la esperanza de que su contenido le revelara los secretos de los célebres productos del “gringo” Eloy. Ignoraba, seguramente, que fórmulas y herramientas son inútiles sin el espíritu, la experiencia y la generosidad que animaron aquellas carneadas. Recordamos también que cuando la carneada estaba terminando, se debía “probarla” ahí se preparaba una mesa muy larga y se exponía todo lo realizado, siendo criticado cada producto, en general todos eran muy, muy aprobados y probados… Cada vecino regresaba para su hogar con una bolsa en la que cargaba una muestra de “la carneada del Gringo”: chicharrón, grasa, queso de chancho, morcilla (Salada y dulce) paté, por supuesto los chorizos, etc. Se compartía todo.
4

El Palmar
De todos los lugares conocidos uno que jamás olvidaremos es el Palmar, que por aquel entonces aún no había sido declarado Parque Nacional. Ya los preparativos para ese viaje era una gran emoción, luego el viaje mismo en el acoplado, los juegos, las canciones, las risas, el ir preparando los anzuelos... Esa alegría que, de haber sospechado que jamás volveríamos a vivirla, quizás hubiéramos intentado hacer durar eternamente. Un paisaje increíble, la búsqueda de yatay, comer su sabrosa pulpa para luego dejarlos secar al sol hasta que pudiésemos romper el carozo para lograr la riquísima pepa, todo eso que tenía el sabor inconfundible e inocente de la felicidad. Si alguien nos preguntara qué viaje quisiéramos hacer otra vez, seguramente todos elegiríamos ése. Y aún hoy, entre nuestros recuerdos más temibles contamos el de aquel granizo incomparable que nos encontró en pleno viaje. Las más pequeñas lloraban mientras los varones se entretenían combatiendo con las “piedras” caídas del cielo. Otros, guarecidos debajo del acoplado, esquivaban las gotas heladas que se infiltraban por entre sus tablas. Al llegar al pueblo nuestros, ojos no daban crédito de lo que veían, Arroyo Barú blanco, parecía que había nevado en pleno enero, una capa muy alta de piedra por doquier, muchos techos destruidos, todos los árboles pelados, nuestra huerta pasó a conjugarse en tiempo pasado. Mario había pescado un doradito y tenía el berretín de largarlo en la pileta de las vacas y comerlo “cuando tenga 100 kilos”, decía. Nadie le dijo que un pez tan grande no entraría en la pileta, lo dejaban con la ilusión. Entusiasmado, se tomó el trabajo de colocarlo con esmero dentro de un balde y de cuidar que el agua no se volcase ante cada sacudida del tractor... Lástima que se le olvidó protegerlo cuando papá nos dijo que nos resguardásemos debajo del acoplado… Cuando fue a mirarlo encontró al otrora hermoso pez flotando panza arriba entre el

5

hielo. Tanta desilusión tuvo nuestro hermano que al llegar a casa, lo enterró debajo del naranjo y hasta le hizo una cruz para que nadie lo olvide.

Las Chonitas
De todos los vecinos, a quienes más recordamos, porque su forma de vida nos resultaba misteriosa pero también entrañable es la vida de dos ancianas que vivían cerca de casa, más alejadas que nosotros del pueblo, debían pasar por nuestro camino cada vez que iban a hacer algún mandado, sabíamos la hora de regreso y las esperábamos, siempre, siempre nos traían un caramelo. Isabel y Hermeregilda: una muy encorvada, la otra no tanto, pero las dos muy sabias. Pasaban con sus maletas, muy despacio, canturreando algo, nunca supimos bien qué. A veces la ayudábamos cargando por ellas aquello que llevaban. No tenían agua de pozo, el único agua que tomaban era el de las lagunas, no tenían cocina, sólo fogón. Ni hablemos de luz: la vela fue siempre su única iluminación, vivían en un rancho de adobe, que siempre estaban remendando. Como no era muy seguro, nuestro padre junto a otros vecinos del pueblo ayudaron a levantarles una casa de paredes de ladrillo y techo de chapa. No hubo caso, no querían irse a vivir allí, preferían su rancho de adobe y paja, “en verano es más fresco” y en invierno “más calientito”. Era regresar de la escuela para irnos corriendo hasta su rancho, muchas veces la acompañábamos a pescar anguilas de la laguna que les gustaba mucho comer, aunque nosotros no las comíamos, nos daban impresión. Jamás dejaron de contarnos historias, nos gustaba escucharlas contando cuentos de aparecidos y luces malas, del viejo de la bolsa, del mal de ojos y de bichos raros, de porqué cada animal se llamaba como se llamaba y qué quiere decir cuando la lechuza chista cerca de la puerta de una casa, por ejemplo. Nos decían que el lobizón no era cuento, que ellas lo habían visto, que a la gente buena no les hacía nada, que tengamos cuidado cuando la luna estaba grandota, que ellas sabían de una familia que habían tenido doce hijos varones y que el séptimo les resultó así, que se decía que lo habían muerto, pero algunos aseguraban que todavía andaba cerca. Ni hablar de los payé, que tal es para tal cosa, que el otro para lo otro, que la tijereta es mejor no contradecirla porque si no se convierte en una nube negra y te sigue por todas partes. Que si te haces pis durante la noche es porque anduviste caminando para atrás mucho rato. Antes de acostarnos conversábamos todo lo que ellas nos contaban y para podernos dormir arreglábamos sus historias según nuestra conveniencia, al ratito dormíamos plácidamente. Creo que ellas inventaban leyendas porque les gustaba ver nuestras caritas llenas de expectativas. Cada tarde era una historia nueva, pero las contaban de tal manera que no nos atemorizaban. Todo lo contrario, volvíamos por más. Y ellas sabían que no podían hacernos mal sus historias, nos ayudaban a crear las propias. Quizás a veces no tenían ganas de contar nada, pero igual al poco tiempo una

6

de ellas se sentaba y nosotros en círculo la escuchábamos, subyugados por esa voz que nos prometía un mundo de emociones inigualables. De existir un premio Nobel a los narradores, ellas seguramente lo habrían merecido, eran excelentes, creaban los tiempos necesarios para nuestras preguntas, buscaban el silencio para los silencios nuestros. Dos mujeres solitarias, únicas. Bien entrerrianas: sólo nosotros podíamos hacerlas hablar de esa manera, cuando llegaba algún extraño quedaban calladas y observaban. Cuando una de ellas falleció seguimos visitando a la otra, que ya no volvió a contar historias, se fue apagando de a poco hasta que un día ya no habló. Cada vez que regresamos a nuestra casa natal, no podemos evitar mirar en dirección a su rancho. Es como si aún quisiéramos ver el humito indicándonos que ellas están listas, preparadas para dar inicio a ese momento mágico cuando la leyenda se corporizaba en sus voces de bondadosas mensajeras.

El Molino
Otra aventura era la de subirnos al molino y quedarnos allí, a ver qué pasaba. Por ejemplo, cuando las nubes eran movidas por el viento, queríamos comprobar cuánto aguantábamos allá en lo alto sin marearnos, el que más aguantaba ganaba. También hacíamos “experiencias” con paracaídas, tirábamos cuántos objetos encontrábamos y jugábamos quién lo hacía llegar más lejos. Una vez, a nuestra hermana Norma se le ocurrió subirse a lo más alto, mientras los demás jugaban a las escondidas. Cuando ya estaba cerca de la rueda del molino, con el peligro que ello implicaba, se dio cuenta que las astas del molino le pasaban cerca de su cabeza y comenzó a llorar. Entre el susto, y el vértigo de las nubes que pasaban tan rápido y tan cerca, ya no se animaba a bajar. Hugo, nuestro hermano mayor, tuvo que subir rápidamente para ayudarla a descender. Cuando llegó a tierra se fue rápido a los brazos de papá, a buscar protección, en ese molino más cercano a su desconsuelo. Y cuando le preguntamos si recordaba aquella vez, prefirió contarlo como anécdota, que ahora compartimos:

El molino y mi primer temor
En la casa donde nací hay un molino. Creía que ese molino era mi límite para alcanzar el cielo. Veía a mi padre subir cada tanto para hacerlo callar, porque sus quejas no dejaban dormir a nadie. Una vez mi padre cayó enfermo y la rueda del molino empezó con sus protestas de siempre, nadie le hacía caso, excepto yo. Apenas había cumplido los cinco años y decidí subir para darle un buen reto, así papá podía descansar un poco. No había llegado a la mitad que el mareo fue tremendo, el molino se movía, las nubes giraban, el ceibo que tanto me gustaba se movía de lugar…

7

Al principio lloré despacito para no enojar a mamá, pero cuando sentí que mis manos no aguantaban más el temblor rompí en un llanto desesperado. Creo que ahí descubrí por primera vez lo que significaba tener miedo… Mi hermano mayor subió a rescatarme. Mucho tiempo me llevó recobrarme del susto, desde entonces, por más que el molino grite y chille me quedo quietecita en la tierra, no vaya a ser que se vuelva a enojar y ahora me quiera arrojar del planeta…

Un cumpleaños muy especial: Navidad
No había noche más esperada por nosotros, que la noche de Navidad. Descubrimos la existencia de la magia en esas horas del 24 de diciembre. Quizás durante el año, no había dinero para celebrar los cumpleaños de cada uno, ni tortas ni regalos, pero la noche de Navidad era el gran cumpleaños, la gran celebración, todos nacíamos otra vez, al hacerlo, el amor crecía cada año, como la felicidad. La noche anterior casi no dormíamos, queríamos ser parte de los preparativos, escuchábamos cuando papá llegaba en su viejo tractor y veíamos si traía las botellas de Coca Cola para enfriar con tiempo en un tacho que llenaba con el agua fresca que sacaba el molino. Era el único día en el año que tomábamos gaseosa, aunque parezca un dato menor, hoy que se tiene al instante lo que se desea en este aspecto, en aquel tiempo era algo único, como el ananá en la ensalada de frutas, algo muy exótico en nuestra mesa. Luego de la Misa de Gallo, la cena, el cantar y el jugar como nunca, con una alegría infinita, los cuentos de papá, sus palabras refiriéndose a la importancia de esa noche y de la vida misma. Ninguno de nosotros teníamos que ir a dormir temprano, lo hacíamos cuando el sueño podía con nosotros, nos quedábamos toda la noche despiertos. Al recordarlo creemos que esas horas eran muy cortas, que alguien jugaba con nosotros adelantando el reloj y hacía que el sol mostrase su cara antes de que nos

8

diésemos cuenta. Hoy, cada Navidad es un pobre reflejo de aquellas vividas en nuestra casa natal, quizás sea porque lo que se vive en nuestra niñez no se vuelve a vivir en la adultez con la misma intensidad o quizás sea porque ya no está nuestro padre para hacernos reír y festejar este cumpleaños tan especial. Sí, quizás sea por eso, que en Navidad muchos de nosotros no podemos alejar ese dejo de tristeza que nos cierne y nos aprieta como pidiéndonos que regresemos a ser niños, que es bueno, que es necesario y que otra vez es verdadero aquello que como adultos olvidamos…

Los Juegos
Al vivir a cien metros del pueblo, éramos a quienes visitaban nuestros amigos, compañeros de escuela. Todas las tardes había alguien, no sólo uno, varios niños se unían al grupo de por sí, numeroso de los Abatillis. A todos, nuestra madre les daba matecocido y galleta, pan con dulce de leche o tortas, todo casero, sus manos laboriosas no dejaban nunca de sorprendernos gratamente a la hora de la merienda. Después a jugar, nos dejaban ser, nos dejaban crecer libremente. Los juegos eran por épocas, de la bolilla a jugar con espadas y ser grandes aventureros. Otra etapa era el de la pesca, el preparado de los anzuelos, la búsqueda de las provisiones, porque lo bueno allí era poder quedarse el tiempo suficiente como para cocinar el pez que sacarían, así que se llevaban harina, aceite, sartén y demás artefactos. Cuando llegaban al arroyo ya estaban tan cansados de haber caminado tan lejos con tanto peso que no tenían muchas fuerzas para pescar, aunque el placer de lo vivido previamente era inigualable. Cuando querían acordar ya estaba anocheciendo y debían regresar, para no asustar a mamá que los estaba esperando, por suerte, con la comida riquísima que sólo ella podía prepararles. Luego venía la época de la caza, iban todos los chicos del pueblo y se organizaban para salir de “safari” generalmente venían sin haber logrado atrapar nada, eso sí se le escapaban “muchísimos animales” que ya ni se acordaban de cuántos, embarrados de los pies a la cabeza, algunas veces llenos de piojillos por haber metido las manos en los nidos de pirinchos, pero felices. Y llegó el tiempo de jugar a la guerra con semillas de paraísos, se escondían dentro de los árboles y formando bandos se tiraban unos a otros y a no llorar que “si te pegan, te pegan”, ahí lo que importaba era la estrategia. Cuando papá escuchaba que alguno gritaba porque había sido “herido de muerte” paraba inmediatamente el juego y los mandaba a cada cual a su casa. Aunque el que había gritado decía que no le dolía nada, que era de “jugandito nomás”, nuestro viejo no hacía caso: “Nunca me gustó la guerra, que bastante ya hay afuera”. Como no fue bien visto este juego llegó el tiempo del “tenis” con todo lo que ello acarreaba. Lo más difícil era preparar la cancha, el alisado del suelo era lo que más tiempo nos llevaba. Pasábamos horas pasando un disco con la parte filosa para la tierra, uno de nosotros lo tiraba atándolo a su cintura con una soga, a veces el menos pesado subía sobre el disco y los otros tirábamos. Quedaba lisito el piso, como también quedaban lisitas nuestras fuerzas, cuando al fin teníamos la cancha lista y venían los invitados a jugar. Como era un juego en el que no podían jugar todos los allegados, poníamos el pretexto que “la cancha no está buena, hagamos una más grande”, lo que nos hacía felices era hacer algo en conjunto.

9

Luego de este juego vino la competencia con los trompos, luego el hacer barriletes, el que los hacía mejor y volaba más alto, horas para lograrlo, a veces destrozadas en pocos segundos por el viento, ese cruel compañero de baile en la pista del cielo. Uno de los juegos que más nos emocionó fue la carrera de karting con rulemanes. La construcción del vehículo exigía una maestría que no todos teníamos, pero también coraje de sacarle los bolilleros nuevos que papá tenía para el arado y usárselos para nuestro “auto”, como así tomarle “prestadas” las herramientas, tenazas, tuercas, maderas que hubiera a mano. Todo venía bien, debía ser el mejor, el más vistoso, por supuesto el más rápido. Uno lo manejaba (generalmente el que lo había construido, en nuestro caso Daniel) y el otro lo empujaba, hasta que se cansaba y reclamaba su turno de “manejarlo”. Lo bueno era cuando venían los chicos del pueblo con sus respectivos “autos”, era el rugir de motores que se escuchaba desde lejos y las discusiones por si el otro había cortado camino o se había aprovechado de que el que lo manejaba era más livianito…

Las Travesuras
En éstas se destacan los varones, cientos de ellas contaron a la hora de redactar este libro, no podemos agregarlas a todas, quedan aquellas que eligieron sus protagonistas.

El novio inventado
Nuestra hermana mayor tendría unos quince años, hermosa, alta, femenina. No escaseaban galanes que admiraban ese florecer de niña a mujer. Uno de ellos, un muchacho que vivía en el pueblo, hacía tiempo que abrigaba la intención de declararle su amor (aunque aún le faltara el coraje para llevar adelante su proyecto). Al ver a sus hermanitos, que todos los días pasaban a comprar el pan, pensó en que quizás era más fácil para su timidez usarlos de intermediarios. Una tarde los chistó, eran tres los que andaban siempre juntos, el mayor de ellos no tendría más de ocho años. El mozo les pidió que cada día le dijesen a la bella quinceañera aquello que él le mandaba a decir: su tarea sería recompensada con caramelos. Los chicos aceptaron pero, ni lerdos ni perezosos, quisieron saber “¿Cuándo comienza lo de los caramelos?”. ¡Ahora mismo!, fue la respuesta. El mozo abrió un paquete de esos caramelos grandotes y duros, y les hizo entrega de un puñadito a los chicos, los cuales los recibieron contentos. Al rato volvieron a pasar: “dice mi hermana que gracias”, y otra vez obtuvieron caramelos... Muchas veces no tenían que hacer mandados, pero de todos modos enfilaban los tres para el pueblo, a cumplir con la obligatoria visita a la casa del enamorado, seguida por el ya intercambio de costumbre: esperanzadores mensajes se transformaban en puñados de caramelos. Éstos eran comidos en la esquina, antes de llegar a casa, los conspiradores se escondían dentro de unas biznagas para disfrutarlos. Llegó el momento en que
10

uno de ellos se cansó de tanto caramelo y consideró su deber informarle al enamorado: “dice mi hermana que prefiere las galletitas”. A partir de allí, fueron galletitas las que empezaron a cargar en sus manos en cada visita. Más embalado que nunca, y viendo que se acercaba el día de un baile importante que se realizaba en el club, al cual era seguro que nuestra hermana iba ir, el joven les preguntó a los chicos que si ella iba a bailar con él y si estaba interesada en que él le hable. “¡Interesandísima está!”, dijo el que llevaba la voz cantante en todo esto, porque el más grande a los cien metros de la casa comenzaba a reír y no podía parar mientras duraba todo este encuentro con el enamorado. Ante tamaña noticia, el enamorado se jugó y se las arregló para adquirir una caja costosa de bombones, a la que adjuntó una carta toda perfumada para que se la entregaran a ella. No bien llegaron a la esquina, hubo repartija de bombones y en un santiamén los papeles dorados, la caja y las palabras de amor se transformaron en un confuso revoltijo dentro de una cueva de nutria que había en la alcantarilla. Esa noche fue el gran acontecimiento social. El muchacho, de punta en blanco. Mi hermana, inocente a todo, charlando alegremente con sus amigas, más hermosa que nunca pero ignorante de lo ocurrido hasta el momento. Al comenzar el baile, fue acercarse el muchacho y agradecerle a mi hermana por aceptarlo, y por todas las cosas lindas que le había mandado a decir con sus hermanos, y asegurarle que él también quería ser su novio… Nuestra hermana, roja por la vergüenza y la impotencia, rompió en llanto. Su sincera reacción hizo innecesaria cualquier explicación de su parte; pero los que sí tuvieron que explicar fueron los tres varones al momento de regresar a casa. Por suerte para ellos, el entrenamiento de tantas aventuras al aire libre había dado sus frutos, y nuestra hermana fue incapaz de alcanzarlos. Se salvaron de una paliza que todavía les dolería de sólo contarla.

El auto caído en el Barú:

11

Si algo había que destacar en nosotros como niños, era la imaginación, quizás al no tener tantos estímulos externos como hoy, como la televisión, la computadora, los video juegos, “los mp100” etc., los estímulos eran internos, de allí a exteriorizarlos había un paso. Uno de nosotros se merecía un premio en cuanto a lo imaginativo, era el que contaba cuentos a los demás niños cuando iban a pescar, muchas veces para meterles miedo o para reír un rato nomás. De todos los niños que formaban el grupo de amigos de mis hermanos varones, había uno que no comprendía esto de hablar en serio o hablar en broma, nunca pudo distinguir cuándo mi hermano bromeaba y cuándo no, todo lo que mi hermano decía era la más pura verdad. Esa ingenuidad fue lo que causó quizás todo este gran alboroto en el pueblo. Una tarde de verano, decidieron ir al Barú a pescar, como lo hacían siempre. Antes de regresar cada uno a sus casas, los chicos prendían un fueguito y si tenían yerba, la bombilla y dónde calentar el agua tomaban mate, jugaban a ser grandes. Así, como los grandes, contaban historias. Cuando los demás se aburrían de escuchar las mismas anécdotas, mi hermano comenzaba a inventar, lo hacía tan bien que jamás movía un músculo de su cara que desmintiera su decir. Esa tarde se le ocurrió contarles lo siguiente: “Una vez vinimos con papá a visitar a Delaloye (ese era el apellido de un amigo de nuestro padre que vivía cerca del Barú). Era un invierno que apenitas tenía agua el arroyo y justo debajo del puente vimos el techo de un auto rojo, con papá nos sorprendimos muchísimo de que se haya caído un auto en el arroyo, pero no contamos nada a nadie porque los demás no nos iban a creer lo que vimos” y terminó la anécdota diciéndoles “¡Cuando el arroyo no esté crecido como ahora, vamos a venir a verlo!”, así cada cual se fue contento, con la historia, sabiendo que era un cuento, nada más que eso, porque jugaban a contar cuentos. Menos uno, el crédulo, fue y se lo contó a la familia, el padre dijo “Y si el Eloy lo vió ha de ser cierto”, al sábado siguiente, subió a todos a su viejo camioncito y marcharon a ver si veían al auto que se había caído en el arroyo. Miraron y miraron tanto, que uno de los tíos dijo que era cierto, que si miraban así y así, se veía una parte del costado del auto. Pueblo chico, chusmerío urgente, la noticia creció sin ningún esfuerzo, cada uno que lo transmitía la arreglaba a su criterio. En dos horas decidieron ir en grupos a ver si veían el auto caído en el arroyo, algunos no vieron nada, que fueron los menos, la mayoría decía realmente verlo. Comenzaron las preguntas ¿de quién sería? Será robado, porque a un granjero de San Salvador1 hacía muchos años que le habían robado uno, será alguno que se accidentó? Ninguno se preguntaba cómo habría hecho para llegar ahí, en el caso de que realmente estuviese en el medio del arroyo, eso no importaba, lo que importaba que ahí estaba y que… ¡Había que sacarlo! Grande fue la sorpresa de nuestro padre cuando uno de los niños le grita desde lejos “Don Eloy, don Eloy ¡Venga urgente, que papá quiere preguntarle que cómo era el techo del auto que ustedes vieron en el arroyo!”. “¡Yo jamás vi nada!” respondió, “Pero es que necesitamos saber qué grande es para ver qué herramientas necesitamos para sacarlo” dijo el abuelo del niño que lo llamó a los gritos, “¡yo nunca ví nada, le reitero!” mi padre ya se estaba poniendo nervioso “Pero ¿Cómo si su hijo nos contó que ustedes dos le vivieron clarito el techo del auto el otro invierno?” no necesitó más nuestro padre para saber cuál era el hijo que había originado todo este remolino en el pueblo, le costó explicar que todo había sido producto de la imaginación de un niño, que no era cierto. Algunos nunca lo creyeron del todo, durante mucho tiempo siguieron diciendo que lo del auto no era un invento, que estaba enterrado y por eso no se lo podía ver tan fácilmente, pero que si uno se quedaba quieto un rato, era fácil descubrirlo sin mucho esfuerzo. El hermano de los cuentos y mi padre tuvieron una charla larga, los dos solos debajo del gualeguay. Desde entonces, cuando
1

Ciudad cercana a Arroyo Barú, nuestro pueblo.

12

iba a comenzar una historia el niño se preocupaba en aclarar “¡Ojo que éste es nada más que un cuento!”

Los zapatos p’al baile
En una época, los partidos de fútbol se hacían donde ahora es la plaza, allí se juntaban los muchachos y pasaban un buen rato. Una tarde de sábado uno de nosotros, se le había puesto que él quería jugar con los grandes, que jugaba bien, que “no iba a ser más patadura que éste o que aquél.” No llegaba a los nueve años, y los que estaban jugando en ese momento tenían más de dieciséis. Por supuesto, los demás lo hicieron a un lado y le dijeron que no molestara. Uno de los jugadores había venido preparado para ir al baile, “bien vestido el mozo” para la ocasión. Pero le habían insistido tanto que no pudo resistir la invitación y ahí nomás se sacó los zapatos para no estropearlos -eran su orgullo, se pasaba horas lustrándolos, brillaban con ese brillo de zapatos nuevos-. En comparación, jugar descalzo era un mínimo “sacrificio” de su parte. Lamentablemente, el muchacho del calzado impecable había sido de los que más se habían opuesto a la participación de nuestro hermano pequeño. Este último, al no tener que preocuparse por estrategias, goles y gambetas, tuvo tiempo de sobra para analizar la situación y organizar su propio plan de ataque. Ahí estaban los zapatos brillando solitos, indefensos, y allí nomás el mástil de la bandera, los zapatos, el mástil… Cuando otro de los niños que estaba observando el partido vio que nuestro hermano agarraba los zapatos, fue corriendo a tratar de enterarse por qué lo hacía. A lo que el travieso respondió que quería izarlos porque necesitaba comprobar si allá arriba seguirían brillando. Ahí nomás los ató a la piola y fueron por un instante bandera los dos zapatos. El otro niño también se entusiasmó con la ceremonia y comenzó a “izar la bandera”, pero tan rápido y con tal fuerza que consiguió que los zapatos quedaran más allá del tope de la roldana, firmes y quietos, atascados, y ya imposibles de rescatar. Cuando nuestro hermano descubrió lo ocurrido le dijo al niño que mejor corriese porque no le iba a gustar al dueño de los zapatos. El niño se quedó al lado del mástil, para acusar a quién había sido el que quiso subir los zapatos, pero antes de emitir palabra se encontró en las garras del enfurecido dueño del calzado que, entre la perspectiva de ir descalzo al baile y la danza burlona de las suelas inalcanzables, no iba a detenerse a escuchar razones. Mi hermano regresó corriendo, mirando a sus espaldas, temía que el muchacho lo viniera persiguiendo y que lo atrapara antes de llegar a la seguridad de su casa. El niño es hoy un hombre grande, con hijos que ya le han dado nietos. Todavía se pregunta cómo habrán hecho para bajar los zapatos o si se cayeron solos por la lluvia o el viento, aunque por las dudas no pasó más cerca del mástil de la plaza.

Las luces de los fantasmas
13

Para el 2 de noviembre, en ocasión de la Conmemoración de los Fieles Difuntos, popularmente llamada Día de Muertos, un bolichero del pueblo acostumbraba poner su puestito de comidas y bebidas a la entrada del cementerio, porque ese día se reunían todos los pobladores para visitar a sus muertos, mientras aprovechaban para “hacer sociales” con los que coincidían en la visita. Como en general lo hacían a la misma hora, la concurrencia incluía a todo el pueblo. Los que vivían en el campo los que se congregaban en ese lugar, allí hablaban de lo que no habían podido hablar durante el resto del año, o luego de la misa, o de alguna reunión de la escuela. Como la venta era importante en esta fecha, el dueño del boliche quiso ser previsor y dejar organizado su puesto desde la noche anterior, cosa que los madrugadores tuvieran a su disposición sus delicias y algo que les quite el sueño si era necesario. Ni bien comenzó a atardecer, ya había designado a dos “cuidadores”, encargados de vigilar su lugar durante la noche, cosa que ningún bandido se le ocurra ir a “tomar o comer de arriba”. Los cuidadores eran dos muchachos, uno de ellos reconocido por su capacidad de inventar historias tan fantásticas que hasta él mismo terminaba por creerlas y atemorizarse por ellas. Aunque esta vez no fue necesario inventar nada, lo vivido superó su valentía: Estaban a punto de quedarse dormidos, no sólo por la hora, como las dos de la mañana, si no también, porque, para ir alimentando el coraje, le fueron abriendo alguna que otra botella de ginebra al patrón y hasta un vino que parecía mirar como prepoteándolos, aunque terminó por dejarse tomar dócilmente. Al principio no hicieron caso, pensaron que aquella luz pequeñita que creyeron ver era el reflejo de alguna placa. También simularon no escuchar ese silbido leve que se perdía entre las sombras, y lo achacaron al efecto del viento entre los cipreses. Pero luego fue no una la luz, sino varias, en distintos lugares del cementerio, que giraban y hacían distintos dibujos para confluir todas juntas en una de las tumbas más grandes del cementerio. Junto a ellas los sollozos y los gritos y un coro de agudos silbidos que llegaba hasta el alma, mientras parecía salir desde arriba del techo del puestito una voz de ultratumba que los llamaba por sus apodos. Los muchachos eran corajudos, pero no como para animarse a enfrentar a un ejército de fantasmas “que si hubieran sido uno o dos habría sido otra cosa, pero eran como cien y seguían viniendo” contaron después tratando de explicar al dueño del boliche la razón por la que habían dejado abandonado su puesto de trabajo… Después de cuarenta años de acaecido este suceso los que hicieron de fantasmas en esta historia sueltan su risa abiertamente recordando la cara de susto de los dos muchachos, que jamás volvieron ofrecerse como voluntarios a cuidadores. A partir de esa noche, el bolichero decidió

14

continuar organizando su puesto el mismo 2 de noviembre, bien temprano por la mañana…

Como éstas hay mil anécdotas, seguramente nuestros ángeles guardianes debieron tener tanto trabajo que más de una vez desearían tener vacaciones…

De boliches y aperos

Hace cuarenta y tantos años atrás, la salida de los hombres era el boliche, algo
cultural diríamos, porque allí se socializaba y se compartía de verdad. Estaba el que siempre pagaba la vuelta y el que jamás lo hacía, que por tal motivo no se lo tenía en buen criterio pero igual nunca se lo dejaba con la boca seca, estaba el que tomaba una copita y así pasaba toda la noche y estaba el que se tomaba todo y no le era fácil regresar a su casa, suerte que el caballo sabía andar en la oscuridad y conocía el camino a su querencia que de lo contrario muchos jamás habrían llegado a destino más de una vez. Era el lugar en donde las bromas corrían con libertad, los comentarios y también los negocios. Si se era buen vecino era costumbre frecuentar los boliches, aunque no tomase, lo importante era ir, para no pasar por “amargau o
15

poyerudo”, así que los sábados a la tarde fundamentalmente ya comenzaban a congregarse los hombres del pueblo y también los que vivían en el campo. Muchos de ellos llegaban a caballo, carros, jardineras o sulkis, porque aprovechaban de paso a llevar alguna que otra mercadería para la patrona, la cual se había quedado “en las casas” con los chicos. Así que las compras las hacían temprano, cosa de no olvidarse después por si acaso que los concurrentes al boliche fuesen muchos y por tanto las invitaciones a tomarse otra copita irían acorde a ello. Los chicos, habían visto alguna que otra vez cómo salían los hombres después de esas largas tertulias: les era difícil subir a su medio de transporte, si lograban hacerlo era por puro hábito nomás o porque el animal hasta ayudaba poniéndose de costado… Las picardías nacían de la observación, de allí a ejecutarlas sólo había un paso, en este caso, esperaban que cubra con su manto la noche el lugar donde los adultos ataban los caballos y dejaban los carros. En silencio iban uno a uno desatando los caballos y les daban vuelta el apero y los animales que transportaban un carro eran dados vuelta con la cabeza mirando al conductor y la grupa para donde tenía que estar el freno. Cuando los dueños de estos carros decidían marchar, se encontraban que después de su trabajosa subida e intentar hacer restallar el látigo ordenando que el animal marchase como acostumbraba, éste sólo relinchaba y se movía de manera extraña, grande era la sorpresa cuando el hombre lograba enfocar sus ojos y comprobar que otros ojos los estaban observando, ¡los de su propio caballo! Ahí se bajaban, atónitos algunos, otros enojados, esto quizás hacía que se les pasara un poco la borrachera, logrando ensillar el caballo adecuadamente, muchos se arrepentían de haberse decidido marchar del boliche y como escuchaban risas dentro, decidían regresar… Detrás de unos árboles los pícaros sofocaban sus risas esperando a su próxima víctima.

Del sulky que nunca fue:
Esta picardía lo tuvo como protagonista a nuestro padre. Hacía mucho tiempo que mamá quería un sulky. Era necesario, con tantos chicos para llevarlos al doctor cuando él no estaba, o simplemente para hacer los mandados o escaparse alguna tarde al arroyo con los niños. O simplemente para salir, porque sí, sin necesidad de que exista una causa. Nuestra madre ya tenía todo, el manso caballo, el querido Chungo, los arneses y las ganas. Se enteró que había un remate en donde se vendía un hermoso sulky, y le pidió a papá que fuese a comprarlo. Él estuvo de acuerdo, porque realmente coincidía

16

con la necesidad presentada por su esposa. Reunió el dinero y marchó temprano para el remate. El sulky estaba ahí, hermoso, casi nuevo, liviano, un carruaje como mamá había soñado. Pero al entrar al galpón en donde se realizaba el remate, encontró una belleza de un esplendor tal que fue capaz de enceguecer incluso un juicio tan brillante como el suyo. Una cautivante beldad que, a pesar de sus años (había nacido en 1914) resplandecía enigmática y oscura entre tantos objetos de utilidad más evidente. Como en un sueño parecía susurrarle, o incluso gritarle: “¡Llévame!”. Tanta fue su pena al verla ahí solita y sabedor que sólo él podría llegar a acariciarla como ella necesitaba, la compró casi sin pensarlo. El precio era casi tanto como el del sulky. Cuando regresó a casa no supo cómo decirle a mamá que el carruaje por el camino se había transformado en una máquina de escribir, doña Vintage Royal Nº 10 (1914) De doble cristal, para amainar el enojo de nuestra madre contó que “Las Royal 10 son conocidas como las máquinas de escribir más fuertes del mundo. ¿Sabías Negra, que la compañía Royal organizó pruebas de resistencia dónde tiró a las máquinas de escribir incluso de los aviones, para mostrar que ellos sobrevivirían una caída incluso”. “¡Ah, bueno, dejá que la pruebe en tu cabeza, aunque no creo que sea tan fuerte como para que no se rompa contra esa piedra!” , le espetó “la Negra” como papá la llamaba. La verdad es que la Royal Nº 10 fue una maravilla para nosotros, porque todos queríamos tocarla y todos aprendimos dactilografía gracias a ella, lo que nos sirvió mucho en nuestra vida personal y laboral, aunque nuestra madre jamás obtuvo su anhelado sulky. Y como toda madre, fue uno de los tantos sacrificios que tuvo que hacer por su familia

Las Reprimendas
Creemos que estas historias fueron elegidas precisamente porque cada una de ellas fue causa de una reprimenda de nuestro padre. Ninguno de nuestros padres levantó jamás la mano para pegarnos, aunque siempre estuvo presente la alpargata amenazadora o el cinto colgado del perchero cuando no dormíamos la siesta. Pero el respeto y el temor a que uno de los dos se enoje siempre estaba presente. La mirada de nuestro padre era la más temida, a mamá enseguida se le pasaba el enojo, pero a él no, y guay con que no respetásemos el castigo. “Háganse responsables de sus actos.” “¡Tienen que aprender que cada cosa que hacemos mal de alguna manera repercute en los demás, éstos no deben pagar culpas ajenas!”, “Tuvieron valor para cometer esa picardía, ahora se las aguantan y cumplen con el mismo valor la pena.” El castigo, que se nos aparecía tan terrible, consistía en que aquel que se había portado mal debía irse a la pieza y quedarse solo, el tiempo que fuera necesario. La duración del castigo estaba señalada por la gravedad de nuestros actos, no había peor cosa para el castigado que estar solo en su habitación mientras escuchaba que en el patio los demás se reían como nunca, con esa risa que él no podía compartir. Ahh, y a la hora del almuerzo o cena él no tenía postre, ese riquísimo flan, o arroz con leche, cremas,

17

tortas, etc, que mamá hacía con tanto afecto. Aunque después alguno se animaba y se lo llevaba, dependiendo de la gula del castigado entre lágrimas se lo comía; otros, más orgullosos, se permitían rechazarlo, porque el postre ya no era tan dulce cuando llegaba de manera solitaria y medio a escondidas. ¡Cuántas cárceles vacías habría en estos momentos si todos los niños hubieran tenido la oportunidad de tener unos padres como los nuestros! Esa educación desde pequeño señalando la honradez, la obligación de responder por nuestros actos, el valor de la verdad. El hacernos saber que la felicidad compartida es más grande que la solitaria, que la solidaridad es la mejor herramienta con la que contamos los humanos y que la traición es lo más deleznable del hombre. Por eso a veces nuestros padres no llegaban a enterarse quién realmente había sido el culpable de tal o cual travesura, porque ninguno quería acusar al otro. Sabíamos que mandarnos a todos a la habitación habría sido lo contrario de un castigo, porque ésta era compartida por los demás. En esos casos, la estrategia de nuestros padres era se dividir las tareas en solitario, hasta que el culpable, mal por la soledad de los demás iba y decía “fui yo, papá”. Algunas veces se levantaba el castigo a todos, incluso al culpable, pero otras éste debía cumplir su “condena” sin remedio, ninguno pedía que se le levante el castigo, ninguno decía “quiero salir a jugar”, sólo esperaba la llegada del pueblo de nuestro padre que le diga “bueno, ¡Salí!”. Ante estas palabras, el niño que hasta el momento parecía tan triste salía corriendo a abrazar a los demás y continuar con el juego como si en todo momento él hubiera estado entre ellos. Los que no eran castigados, en solidaridad con el de la penitencia, confinaban sus juegos al patio o al terreno detrás de la casa, que era donde daba la ventana de la habitación de los varones. Jamás se iban al campo a pescar o cazar: no querían hacerlo, lo esperaban que salieran, por más tiempo que durara el castigo. Porque sabían que algo imposible de soportar era saber que los otros se fueron sin él a disfrutar de esas aventuras inigualables, al menos mientras los escuchaba detrás de la ventana, de alguna forma estaba compartiendo con ellos, aunque fuese la sombra débil del juego…

18

19

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful