Joseph Conrad

EL COPARTICIPE SECRETO

Título original: THE SECRET SHARER Traducción: Nuria Claver

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1 A mi derecha había una serie de cañas de pesca similares a un enrevesado sistema de alambradas de bambúes, semisumergidas, que no sabemos cómo dividían el reino de los peces tropicales y que, por su aspecto, parecían abandonadas para siempre por una tribu de pescadores nómadas que hubiera huido al otro lado del océano; ya que ahí no era visible el más mínimo rastro de vida humana. A la izquierda, un conjunto de islotes despoblados —que hacía pensar en muros de piedra, torres, fuertes en ruinas— fijaba sus cimientos en un mar azul que se extendía ante mis ojos firme y quieto, como si fuera de plomo; hasta el surco de luz que irradiaba el sol poniente resplandecía brillante y liso, sin ese centellear que pone al descubierto el más leve movimiento. Y cuando me volví para despedir con la mirada al remolcador que ya nos había dejado fuera de la barra, me fijé en la línea recta de la costa, cuyo perfil se fundía con el reposado mar en perfecta y misteriosa unión, inimitable trazo, entre parduzco y azulado, bajo la bóveda del cielo. Tan inapreciables como los islotes marinos, dos reducidos matorrales —bordeando la única mancha de esa extensión inmaculada— preludiaban la desembocadura del río Meinam, que acabábamos de dejar en esa primera y preventiva etapa de nuestro viaje de regreso; algo más lejos, tierra adentro, una espesura densa y muy alta, la arboleda que rodea la gran pagoda de Paknam, permitía un descanso a la mirada en su vano afán por explorar el monótono horizonte. Algunos destellos de plata, diseminados, señalaban las zonas escabrosas del gran río: en la más próxima, aún sobre la barra, de pronto, el remolcador que navegaba hacia la costa se perdió de vista —casco, chimenea y mástiles— como si la tierra imperturbable lo hubiera tragado sin agitaciones ni esfuerzos. Atentamente, seguí con la mirada cómo la desvaída nube de humo daba vueltas sobre la llanura según los designios de la corriente y, cada vez más frágil y lejana, se perdió tras la colina de la gran pagoda. Entonces me encontré, solo en el barco, en la cabecera del Golfo de Siam. Comenzaba un largo viaje; la nave, mientras el sol de la última tarde proyectaba hacia el este las sombras de sus mástiles, flotaba en la extensa quietud. Yo estaba en el puente. A bordo, todo permanecía en silencio y nada se movía, nada se agitaba en los alrededores: ni un bote en el agua, ni un pájaro en el aire, ni una nube en el cielo. Durante esta pausa exánime, a la espera de una larga travesía, parecíamos tantear nuestra capacidad ante tan ardua empresa, de cuyo cumplimiento dependían ambas existencias —la mía y la de la nave— y que, ausente todo testigo humano, sólo tendría al cielo y al mar como jueces y espectadores. La atmósfera resplandeciente dificultaba la visión, y sólo una vez que se había puesto el sol mis ojos errantes pudieron detenerse en el risco más alto del islote principal para advertir algo

que flotaba, solemne, en la perfecta soledad. La marea de las sombras crecía lentamente; y de pronto, como sucede en el trópico, un enjambre de estrellas investigó la tierra tenebrosa, mientras yo, que seguía contemplando, apoyaba la mano en la batayola como si del hombro de un amigo se tratara. Pero, al sentirme observado por esa multitud de astros, mi entrañable y serena unión con la nave se disipó. Al mismo tiempo empezaron a sonar rumores molestos, voces y pasos; el mayordomo, hombre de espíritu afanoso y muy solícito, apareció en el puente principal; una campañilla tintineó a popa, apremiante. En la cocina, muy bien alumbrada, mis dos oficiales me esperaban junto a la mesa para cenar. Inmediatamente nos sentamos y, mientras le servía a mi primer oficial, le comenté: —¿Se ha fijado que hay un buque anclado entre las islas? Descubrí los mástiles sobre el risco, al ponerse el sol. Bruscamente, irguió su sencillo rostro, poblado por hirsutas patillas, y profirió sus habituales exclamaciones: —¡Bendito sea Dios, señor! ¡No me diga! Mi segundo oficial era un joven rubio muy callado y, a mi juicio, demasiado serio para su edad; pero en cuanto nuestros ojos se encontraron percibí un leve temblor en sus labios. Desvié la mirada. Desde luego que no era mi intención provocar bromas a bordo. De todas formas, debo aclarar, que apenas conocía a mis oficiales. Hacía escasamente quince días que, como consecuencia de ciertos hechos que sólo son de mi incumbencia, me habían asignado el mando. Así que tampoco conocía muy bien a la tripulación. Ellos habían convivido a bordo durante unos dieciocho meses, por lo tanto yo era el único extraño. Señalo esta circunstancia porque es de particular importancia en mi relato. Mi condición de intruso era lo que más me preocupaba; porque si he de ser sincero, la verdad es que también ante mí mismo me sentía como un intruso. Yo era —a excepción del segundo oficial— el más joven de a bordo, y nunca había sometido mi responsabilidad a semejante prueba; trataba, pues, de dar por descontada la aptitud de los otros. Bastaba con que estuvieran a la altura de su tarea; pero me intrigaba saber si, en realidad, yo sería fiel a esa personalidad ideal que todo hombre respeta en secreto. Entretanto, el primer oficial, haciendo uso manifiesto de sus ojos redondos y de sus tremendas patillas, intentaba elaborar una teoría acerca del barco anclado. Era su peculiar característica someter todo a un minucioso examen. Estaba dotado de una mente laboriosa y tenaz. Le gustaba, como solía decir, “dar cuenta ante sí mismo” de casi todo lo que se le cruzara por el camino, sin excluir a un pobre escorpión que había encontrado, hacía una semana, en su camarote. La procedencia y las intenciones de dicho escorpión —cómo se había subido a bordo, por qué había elegido su camarote en lugar de la despensa (un sitio oscuro y mucho más apropiado para un escorpión) y cómo se las había arreglado para ahogarse en el tintero del escritorio— habían suscitado su ilimitado

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asombro. Dar cuenta de esa nave entre las islas era menos problemático, y justo en el momento en que nos levantábamos él dio su opinión. A su parecer, era un buque recién llegado. Seguramente desalojaba demasiada agua como para atravesar la barra, sino era cuando las mareas primaverales alcanzaban su máximo nivel. Por ese motivo, había elegido un puerto natural para esperar unos días en lugar de permanecer en un fondeadero abierto. —En efecto —confirmó el segundo oficial, con su voz ligeramente áspera—. Desaloja más de veinte pies. Se trata de un buque de Liverpool, el “Sephora”, y trae cargamento de carbón. Hace ciento veintitrés días zarpó de Cardiff. Lo miramos asombrados. —Me lo explicó el capitán del remolcador, cuando subió a bordo para llevarse la correspondencia, señor —añadió el joven—. Quiere conducirlo río arriba pasado mañana. Una vez que nos hubo dejado consternados con su copiosa información, se retiró. El oficial, muy melancólico, observó que “no podía dar cuenta de las intervenciones de ese jovencito”. No podía entender por qué no nos lo había comunicado antes. Cuando estaba a punto de impartir las órdenes, lo retuve. La tripulación había padecido duros trabajos los dos últimos días, y la noche anterior apenas había descansado. Me lamenté al ver que yo —un intruso— acababa de incurrir en una extravagancia al sugerirle que permitiera a los tripulantes irse a dormir sin establecer turnos de guardia. Propuse que yo mismo me quedaría en cubierta hasta cerca de la una. A esa hora sería relevado por el segundo. —Él despertará al cocinero y al mayordomo, a las cuatro — concluí—, y ellos lo llamarán a usted. Por supuesto, en cuanto haya algo de viento levantamos a la tripulación y zarpamos de inmediato. Ocultó su desconcierto. —De acuerdo, señor. Cuando salió de la cocina, se asomó al cuarto del segundo para informarle acerca de mi chocante ocurrencia de hacerme cargo de una guardia de cinco horas. La voz del otro resonó fuerte y llena de asombro: —¿El mismo capitán? Se oyeron murmullos, un portazo y después otro. Al poco rato salí a cubierta. Condenado al insomnio por la sensación de ser un intruso, había lanzado esa propuesta poco habitual con la esperanza de lograr, en la soledad de la noche, cierta intimidad con esa nave que desconocía, tripulada por hombres de los que tampoco sabía nada. Cuando la había visto en el muelle, asfixiada —como cualquier buque en el puerto— por una maraña de diferentes objetos y entre toda aquella muchedumbre, apenas la había podido observar con detalle. Ahora, una vez lista para navegar, contemplé admirado la

extensa cubierta iluminada por las estrellas. La admiraba porque, aun dentro de su tamaño, resultaba agradable y espaciosa. Bajé por la popa, me fijé bien en el combés e imaginé la próxima travesía: el Archipiélago Malayo, el Océano Índico, el Atlántico. Todas esas etapas me eran familiares. Conocía cada particularidad, cada vicisitud que pudiera presentarse en alta mar: todo excepto la nueva responsabilidad del mando. Pero me respaldé en una razonable reflexión: esa nave no era diferente de las otras, esos hombres no eran diferentes de los otros, y sería extraño que el mar me reservara sorpresas especiales urdidas expresamente para des concertarme. Así que una vez que hube llegado a conclusión tan reconfortante, juzgué oportuno encender un cigarrillo y bajé a buscarlo. Allí, todo estaba en silencio. A popa, todos dormían profundamente. Luego, salí al alcázar, en pijama, relajado y satisfecho en esa noche cálida y serena, descalzo y con un cigarro entre los labios. Me dirigí a proa, donde también reinaba un profundo silencio, que sólo interrumpió, cuando pasaba ante la puerta del castillo de proa, el suave, profundo y sosegado suspiro de alguien que dormía en su interior. De pronto me regocijé en la confianza que brindaba el mar, comparada con las adversidades de tierra firme, así como en mi decisión de haber elegido esa vida sin tentaciones, no perturbada por la excitación, investida de una nítida belleza moral gracias a la absoluta rectitud de su llamamiento y a la certeza de su propósito. La luz de los aparejos de proa ardía con una llama clara e inmutable, casi simbólica, cuyo seguro resplandor dañaba las enigmáticas sombras. Al pasar al otro lado de la nave, en popa, observé que la escala de cuerdas (echada, indudablemente, para el capitán del remolcador cuando vino en busca de la correspondencia) no había sido izada como era conveniente. Esto me molestó, ya que es en la detallada exactitud donde reside el alma de la disciplina. Más tarde recordé que yo mismo había instado a los oficiales para que dejaran el servicio, y que había sido yo el que había impedido que la guardia se cumpliera formalmente y que todo fuera vigilado con atención. Pensé si era oportuno interferir en la rutina establecida, aun por el motivo más justificable. Posiblemente mi acto me diera fama de excéntrico. Sólo la Providencia sabía cómo ese oficial, con sus absurdas patillas, “daría cuenta” de mi conducta, y cómo juzgaría toda la nave las costumbres de su nuevo capitán. Estaba exasperado conmigo mismo. De todas formas, no fue el arrepentimiento, sino el hábito, lo que me impulsó a recoger la escala. En general, esas escalas son muy ligeras y suben sin dificultad; sin embargo, mi vigoroso tirón, que debía haberla hecho subir a bordo, no logró sino agitar mi cuerpo bruscamente. ¡Diab1os! Me quedé perplejo ante la

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inmovilidad de la escala y traté —igual que ese estúpido oficial— de dar cuenta de ello. Por fin acabé asomándome por la batayola. La nave proyectaba su sombra sobre el oscuro resplandor del mar, pero en seguida advertí, flotando junto a la escala de cuerdas, una forma alargada y blanquecina. Sin darme tiempo a sacar ninguna conclusión, una luz fosforescente, que parecía provenir del cuerpo de un hombre desnudo, iluminó las adormecidas aguas como el relámpago rápido y silencioso que quiebra un nocturno cielo de verano. Mis ojos me revelaron con sorpresa, un par de pies y de largas piernas, una espalda ancha y muy pálida sumergida hasta el cuello en una aureola verdusca y cadavérica. Una mano a ras de agua agarraba el peldaño inferior de la escala. Sólo faltaba la cabeza. ¡Un cadáver decapitado! De mi boca abierta se deslizó el cigarro, cayó, un leve siseo y un breve chasquido resonaron en la inmensa quietud. Seguramente fue por ello que el hombre alzó el rostro, un óvalo desdibujado a la sombra de la nave. Sin embargo, aun que sólo pude vislumbrar sus enmarañados cabellos negros, fue suficiente para que la aterradora sensación que me sofocaba pudiera disiparse. Desde luego, no era momento para vanas exclamaciones. Entonces me asomé sobre la batayola para ver más claro ese flotante misterio. Todavía sin soltarse de la escala, como si fuera un nadador que estuviera descansando, recibía en los miembros la caricia de las olas, y su resplandor le confería un aire entre siniestro y plateado; parecía un pez. Y como un pez, permaneció absolutamente mudo. No hizo el más mínimo movimiento para salir del agua. Resultaba incomprensible que no intentara subir a bordo, y resultaba muy enigmático sospechar que acaso no le interesara. Debido a esa curiosidad, a esa incertidumbre brotaron mis primeras palabras: —¿Qué ocurre? —pregunté sin levantar mucho la voz, dirigiéndome a ese rostro que se encontraba justo debajo de mí. —Un calambre —respondió en voz también baja, y dejando notar cierta ansiedad—. Pero no es preciso que avise a nadie. —No iba a hacerlo —respondí. —¿Está solo? —Sí. Por un momento tuve la impresión de que iba a soltar la escala para seguir nadando —tan misterioso era su aspecto—. Pero, esta criatura surgida de las aguas, al parecer, del fondo del mar (que era la tierra más próxima al buque) se limitó a preguntar la hora. Yo se la di. Luego insistió, tanteando la situación: —El capitán estará durmiendo, ¿no? —Eso sí que no. Parecía luchar consigo mismo, pues le escuché un murmullo lleno de duda. —¿De qué me sirve? Después sus palabras brotaron con vacilación y esfuerzo.

—Óigame, amigo. ¿Le importaría llamarlo sin que nadie se entere? Creí que había llegado el momento de presentarme. —El capitán soy yo. Se oyó una exclamación musitada a ras del agua, cuya brillante superficie resplandecía alrededor de su cuerpo, mientras su mano se agarraba a la escala. —Mi nombre es Leggatt. Su voz era serena y decidida. De algún modo su suficiencia me indujo a compartirla y observé resueltamente: —Sin duda es usted un buen nadador. —Sí. Prácticamente llevo en el agua desde las nueve. Ahora tengo que decidir si dejo esta escala para seguir nadando hasta ahogarme de cansancio, o... si voy a subir a bordo. Entonces me di cuenta de que no estaba hablando con desesperación, sino acerca de las posibilidades reales que podía prever un espíritu vigoroso. De ello concluí que él era joven; pues, sólo los jóvenes afrontan una decisión con tanta lucidez. Pero en ese instante me dejé guiar por la intuición. Entre nosotros se había establecido ya un misterioso contacto frente al oscuro mar, silencioso y tropical. Yo también era joven: lo bastante como para que sobraran comentarios. De pronto, el hombre se encaramó a la escala, y yo me apresuré a buscar ropa seca. Antes de entrar en la cabina me detuve en el vestíbulo, escuchando atentamente al pie de la escalera. Del cuarto de mi primer oficial provenía un débil ronquido. La puerta del segundo estaba entreabierta, pero allí todo estaba oscuro y silencioso. También él era joven y podía dormir como una piedra. Quedaba el mayordomo pero era bastante improbable que se despertara antes de que lo llamasen. Cogí un pijama de mi cuarto, y al volver a cubierta, vi al hombre que venía del mar, desnudo, sentado sobre la escotilla principal, blanco y resplandeciente en las tinieblas, con los codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos. Rápidamente enfundó su cuerpo húmedo en un pijama a rayas grises, igual al que usaba yo, y me siguió como si fuera mi doble, hasta la popa. La recorrimos callados y descalzos. —¿Qué sucede? —pregunté en voz muy baja, tomando la lámpara de la bitácora e iluminándole el rostro. —Algo muy desagradable. Sus rasgos eran bastante bien proporcionados: Una boca perfectamente conformada; ojos claros bajo cejas pobladas y oscuras; una frente lisa y rectangular; mejillas imberbes; un pequeño bigote de color castaño; una barbilla redonda, bien configurada. A la luz inquisitiva de la lámpara, mostraba una expresión concentrada y tenaz, como la de un hombre en solitario dedicado a sus reflexiones. Mi ropa era justo de su de su talla. Era un joven de buena presencia, de a lo sumo veinticinco años. Se mordió el labio inferior con los dientes rasos y blancos.

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—Sí —dije, volviendo a dejar la lámpara en su lugar. La densa y cálida noche tropical se cernió de nuevo sobre su cabeza. —Allá hay un barco —murmuró. —Ya sé. El “Sephora”. ¿Sabía usted que estábamos nosotros? —No tenía la menor idea. Yo soy el oficial... —interrumpió la frase y corrigió—. Mejor dicho, “Era”. —¿Ha habido algún problema grave? —Sí, muy grave. Asesiné a un hombre. —¿Qué está diciendo? ¿Cuándo, hace poco? —No. Hace varias semanas, durante el viaje. Latitud 39, sur. Bueno, pero, cuando digo un hombre... —Sin duda fue un ataque de furia —sugerí, en tono confidencial. El rostro, ensombrecido y grave, parecía asentir imperceptiblemente sobre el gris espectral de mi pijama. Parecía como si, en la noche, yo hubiese enfrentado mi propia imagen en las profundidades de un espejo inmenso y sombrío. —Bonito negocio, hacerse cargo de un tipo de Conway —dijo mi doble, con toda claridad. —¿Es usted de Conway? —Sí —asintió, un poco sobresaltado; y luego, muy lentamente—: No me diga que también usted... Así era; pero como yo tenía dos años más, había vuelto antes de que él se incorporara. Repasamos las fechas un poco por encima, y después guardamos silencio; de pronto, pensé en mi absurdo oficial, con sus terribles patillas y sus razonamientos del tipo de: “Bendito sea Dios, no me diga.” Mi doble me desveló sus propios pensamientos. —Mi padre era presbítero en Norfolk —dijo—. ¿Me imagina usted ante un juez y un jurado afrontando este cargo? En mi opinión no lo creo necesario. Hay sujetos a los que un ángel del cielo... Pero yo no lo soy. Él era una de esas criaturas que se ceban continuamente con su absurda perversidad. Son unos pobres diablos que no tienen derecho a vivir. No hacía ni dejaba hacer. ¿Pero para qué decirle? Ya sabe usted cómo son esos canallas, mal paridos... Recurría a mí como si nuestras experiencias fueran tan idénticas como nuestras vestimentas. Y yo sabía muy bien el grave peligro que entrañan tales temperamentos cuando no hay medios de represión legal. Y también sabía muy bien, que mi doble no era un despreciable homicida. Decidí no pedirle detalles, y él me refirió la historia, con frases secas e inconexas. No hacía falta más. Comprendí con absoluta claridad, como si fuera yo el que estaba embutido en el Otro pijama. —Ocurrió mientras desplegábamos un trinquete. ¡Un trinquete recogido! Ya puede imaginarse con qué tiempo. Era la única vela que teníamos para que la nave siguiera adelante. Dese cuenta, llevábamos así días. No es un trabajo nada fácil, ése. El

tipo se mostró insolente conmigo. Le insisto, yo estaba harto, con ese tiempo imposible que parecía cosa de nunca acabar. De verdad, era aterrador, y era un barco muy hondo. Él estaba también enloquecido por el terror. No era momento para más delicadezas, así que me volví y lo golpeé sin más preámbulos. Se incorporó y se me vino encima. Nos enganchamos justo en el momento en el que una marejada brutal avanzaba hacia el buque. Los tripulantes, alarmados, se abalanzaron hacia los aparejos, pero yo lo tenía agarrado por la garganta y seguí sacudiéndolo como a una rata, mientras los hombres chillaban: “¡Sepárense! ¡Sepárense!” Entonces se oyó un ruido espantoso como si se hubiese desplomado el cielo. Dicen que el barco quedó oculto durante casi unos diez minutos... sólo se veían los tres mástiles, una parte del castillo de proa y la popa, que salían a flor de agua vomitando espuma. Fue un milagro que nos encontraran agarrados, entre los destrozos. No cabía la menor duda de que algo malo había pasado, porque yo no le había soltado la garganta. El tenía la cara negra. Fue muy duro para todos. Creo que se lanzaron sobre nosotros, cogiéndonos y gritando como un coro de lunáticos, y nos arrastraron a popa. La nave, mientras tanto, luchaba por su vida, bamboleándose sin cesar, agónicamente, y a uno le daba horror sólo de verla. Comprendo que el capitán también se enfureciera. Hacía más de una semana que el pobre hombre no dormía, y encontrarse con esa sorpresa en medio de semejante tormenta lo sacó de sus casillas. Todavía me extraña que no me haya tirado por la borda después de quitarme de las manos el cadáver de su precioso oficial. Según me contaron, parece que les costó separarnos. Una historia así sería motivo de entretenimiento para un juez venerable y su respetable jurado. Cuando recobré el sentido, lo primero que oí fue el desgarrado aullido de esa interminable tempestad, y después la voz del viejo. Estaba inclinado sobre mi litera, llevaba el sombrero de lona calado hasta los ojos y me miraba fijamente. —“Míster Leggatt, usted ha asesinado a un hombre. No puede continuar como primer oficial del buque.” La premeditada mesura de su voz, hacía que resultara monótona. Apoyó una mano, para afirmarse, en el extremo de la claraboya, sin esbozar, tal como advertí, el más mínimo gesto. —Bonita historia para contar en una reunión —concluyó en idéntico tono. Yo apoyé también una mano en el extremo de la claraboya, y tampoco esbocé, tal como advertí, el más mínimo gesto. Estábamos muy cerca. Me imaginé que si “Bendito sea Dios, no me diga” se asomaba por la escotilla, creería ver doble o pensaría que era cosa de magia: el excéntrico capitán conspirando con su propio fantasma junto al gobernalle. Traté de impedir que ocurriera algo parecido. El otro me habló con voz serena y suave: —Mi padre es un presbítero de Norfolk.

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Evidentemente, no recordó que ya me había referido ese importante dato. Bonita historia, desde luego. —Será mejor que venga a mi camarote —sugerí, moviéndome cautelosamente. Mi doble me siguió; nuestros pies descalzos no hicieron nada de ruido; lo hice pasar, cerré la puerta con cuidado, y después de avisar al segundo oficial, regresé a cubierta mucho más tranquilo. —Parece que todavía no hay viento —insistí en cuanto se hubo acercado. —No señor. No mucho —asintió, medio dormido, con su grave voz, sin más cortesía que la estrictamente necesaria, a la vez que disimulaba un bostezo. —Bueno, eso es todo. Siga las instrucciones. —Sí, señor. Paseé un poco por la popa y vi como se hacía cargo de su puesto, el rostro erguido, el codo apoyado en el frenillo de los aparejos de mesana. Luego bajé. Todavía se oían los débiles ronquidos del oficial, tranquilos y acompasados. La lámpara de la cocina ardía sobre una mesa adornada con un florero (una delicadeza del proveedor del buque) las últimas flores que veríamos por lo menos en tres meses. Dos pedazos de bananas colgaban del bao, uno a cada lado del timón. Aparentemente, nada había cambiado a bordo —salvo que los dos pijamas del capitán estaban siendo usados a la vez, uno en el fogón, otro quieto en su camarote. Debo explicar que mi cabina tenía forma de “L” mayúscula: la puerta estaba en el ángulo dando a la línea horizontal; a la izquierda había un catre, a la derecha una litera; mi escritorio y la mesa de los cronómetros enfrente de la puerta. De forma que, aunque alguien la abriera, no vería, sino es que entraba, el lado vertical de la “L”. Allí había algunos armarios, y sobre ellos un anaquel lleno de libros, algo de ropa —dos chaquetas, gorras, un impermeable— colgaba de los percheros. Al fondo había una puerta que daba al baño, que tenía acceso directo —aunque no se utilizaba— desde el salón. Mi enigmático visitante ya había comprobado las ventajas de esta original distribución. Cuando entré en mi camarote, cuidadosamente iluminado por una lámpara colgada de dos balancines, no pude dar con él hasta que salió, muy ligero, de entre los abrigos que estaban colgados en la parte trasera. —Oí entrar a alguien y me oculté inmediatamente — murmuró. También yo hablé en voz muy baja: —Es casi imposible que entre alguien aquí sin llamar y pedir permiso. Asintió. Su rostro, curtido y flaco, estaba pálido como el de un enfermo. No era para menos. Por lo que me contó, había estado arrestado en su camarote durante casi siete semanas. Sin embargo, sus ojos y su expresión no delataban un excesivo

malestar. La verdad es que no se parecía a mí en lo más mínimo; pero, mientras nos sentábamos en la litera y nos hacíamos confidencias, uno junto a otro, nuestras cabezas arrimadas y de espaldas a la puerta, cualquiera que la hubiera abierto, inadvertidamente, habría padecido el alarmante espectáculo de un doble capitán hablando con su otro yo. —Bueno, pero no ha acabado de explicarme cómo llegó usted hasta nuestra escala —sugerí en un susurro apenas audible, una vez que ya me había contado algo más sobre lo sucedido a bordo del “Sephora” cuando cesó el mal tiempo. —Al llegar frente al promontorio de Java, yo ya había meditado sobre mi situación. Hacía seis semanas que no me dedicaba a otra cosa, y sólo tenía una hora, todas las noches, para dar un paseo por el alcázar. Reclinado en el borde de mi cama, continuaba con su incesante susurro, los brazos cruzados y los ojos fijos en la tronera. Comprendí su proyecto a la perfección: un acto guiado por la obstinación, no por la razón, un acto del que yo hubiera sido totalmente incapaz. —La noche caería antes de que nos acercáramos a tierra —él seguía hablando, mientras yo, hombro a hombro, le escuchaba esforzado—. Entonces pedí hablar con el viejo. Parecía molesto cuando venía a verme... como si le costase mirarme a los ojos. Porque claro, ese trinquete salvó al buque, que era muy hondo para navegar con los mástiles desnudos. Y eso me lo debían a mí. El caso es que vino, y cuando estaba en mi camarote (mirándome como si tuviera ya la soga al cuello) le rogué, directamente, que esa noche, mientras la nave cruzaba el Estrecho de Sunda, dejara la puerta abierta. La costa de Java estaría a dos o tres millas, cerca del Cabo Angier. No le pedía más. El segundo año en Conway yo gané un premio de natación. —No me extraña —murmuré. —Sabe Dios por qué me encerraban todas las noches. Por lo que veía en sus rostros, parecían temer que yo saliera por ahí a estrangular gente. ¿Es que tengo pinta de ser una bestia asesina? Porque si fuera así, él no se habría arriesgado a entrar en mi cuarto. Verá usted, yo podría haberlo echado a un lado y escapar en el acto, pues ya era de noche. Pero no. Tampoco intenté derribar la puerta, por la misma razón. Se habrían abalanzado todos sobre mí ante el alboroto, y no me interesaba pelear de nuevo. Quién sabe si no hubiera habido otro muerto (no me iba a fugar para que me encerraran otra vez), y además no quería problemas. El viejo puso muy mala cara y se negó. Tenía miedo de sus hombres, y sobre todo de ese segundo oficial... que navegaba con él hacía mucho; un viejo canoso, un farsante; además estaba su mayordomo, que también hacía un montón de años (diecisiete, creo) que lo acompañaba, un desgraciado que no me podía ni ver, y todo porque yo era el primer oficial. Fíjese, ningún primer oficial había hecho más de un viaje en el “Sephora”. Esos tipos

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gobernaban el barco. El diablo sabría qué no temía al capitán (esa tormenta infernal le había quitado todo el coraje): la ley, su mujer, qué sé yo. Sí, porque ella está a bordo. Aunque no creo que haya intervenido. Creo que le habría bastado con verme fuera del buque. La historia de la “marca de Caín”, ¿se da cuenta? Bueno. Yo estaba dispuesto a vagar por la faz de la tierra; por un Abel como ése era más que suficiente. De todas formas, el viejo ni se dignó a escucharme. “—Las cosas deben seguir su orden natural. Aquí yo represento la ley. Estaba temblando. “—¿Así que no acepta? “—¡No! “—¡Ojalá que después de todo esto pueda conciliar el sueño! —le dije, volviéndole la espalda. “—¡Ojalá pueda «usted»! —gritó cerrando la puerta con cerrojo. “La verdad es que no pude conciliarlo muy bien. Eso ocurrió hace tres semanas. Cruzamos el mar de Java lentamente; anduvimos a la deriva por Carimata, unos diez días. Cuando anclamos aquí, debieron pensar que todo iba bien. La tierra más cercana (a unas cinco millas) es el destino del buque; el cónsul se encargaría de apresarme; además no tenía objeto que yo me lanzara hacia esos islotes. Seguramente no hay ahí ni una gota de agua. Esta noche, no sé qué pasó, el mayordomo, después de traerme la cena, salió para que yo comiera a solas y dejó la puerta sin cerrojo. Comí hasta que no dejé ni una miga. Después salí a pasear por el alcázar. En principio, no tenía intenciones de hacer nada, simplemente de tomar un poco el aire. Pero de pronto, una súbita tentación se adueñó de mí. Arrojé las zapatillas y sin pensármelo dos veces ya estaba en el agua. Alguien oyó la zambullida y organizó un alboroto terrible. “—Se ha escapado! ¡Que arríen los botes! ¡Se ha suicidado! ¡No, está nadando! “Claro que estaba nadando. Un nadador como yo no se suicida ahogándose. Llegué al islote más próximo antes que bajaran el bote. Los escuché remar en la oscuridad, gritando, pero no tardaron en abandonar la batida. Ceso el ruido y sobrevino una calma mortal. Me senté en una roca y pensé qué hacer. No me cabía la menor duda de que al amanecer me seguirían buscando. No tenía refugio posible... aunque tampoco me hubiera servido de nada. Pero, bueno, de momento ya estaba fuera del barco, y no iba a regresar. Al fin decidí quitarme la ropa, hacer un bulto con ella, meter dentro una piedra y arrojarla al agua desde un extremo del islote. Como suicidio me era suficiente. Que pensaran lo que les diese la gana. Desde luego yo no tenía ninguna intención de ahogarme. Nadaría hasta que no pudiera más... que no es lo mismo. Llegué hasta otra

isla, y desde allí vi la luz de su nave. Por lo menos, ya contaba con una meta. Nadé tranquilamente y, a medio camino, me encontré con una roca, que sobresalía uno o dos pies del agua. Seguramente durante el día, desde popa, usted puede verla con el catalejo. Me tumbé ahí y descansé un rato. Después me zambullí otra vez. El último tramo habrá sido de una milla. Su voz era cada vez más débil, y sus ojos no dejaban de vigilar la tronera, por donde no se veía ni una estrella. No lo interrumpí en todo el tiempo que estuvo hablando. Su relato. O tal vez él mismo, imponían un silencio total, pues ambos poseían una incalificable cualidad, inspiraban una sensación inexpresable. En cuanto concluyó, sólo pude susurrar, muy levemente: —¿Y entonces nadó hacia nuestra luz? —Sí, recto hacia ella. Era mi meta. No podía guiarme por las estrellas, porque se interponía la costa, y tampoco había tierra firme a la que pudiera acceder. El agua parecía un espejo. Era como nadar en una cisterna de mil pies de profundidad, sin un lugar donde encaramarse; pero lo que me horrorizaba era la idea de dar vueltas y vueltas como un animal enloquecido, antes de rendirme; y no tenía ninguna intención de regresar... No. ¿Me imagina usted, arrastrándome desnudo, agarrado del pescuezo, desde una de esas islas, peleando como un fiera? Posiblemente hubiera matado a alguno, y no quería saber nada de eso. Así que continué. Entonces la escala... —¿Por qué no avisó? —pregunté en voz más alta. Me rozó en el hombro. Lentos pasos resonaron sobre nuestras cabezas y se detuvieron. El segundo había cruzado desde el otro lado de la popa y debía de estar asomándose por la batayola. —¿Nos habrá escuchado? —preguntó mi doble con avidez. Su ansiedad era una respuesta, cabal, a la pregunta que yo antes le había formulado. Una respuesta que mostraba lo embarazoso de la situación. Ante la duda, cerré la tronera, silenciosamente, pues podían oírnos si levantábamos la voz. —¿Quién es? —preguntó entonces. —Mi segundo. Pero no lo conozco mucho más que usted. Le hablé un poco de mí mismo. Hacía unos quince días que me habían asignado el mando, cuando menos lo esperaba. No sabía nada del buque ni de la gente. En puerto, ni siquiera había tenido tiempo de situarme un poco. En cuanto a la tripulación, lo único que sabían es que yo debía conducir la nave a casa. Así que, le comenté, yo era a bordo tan intruso como él. En aquel instante esa sensación se agudizó, pues comprendí que dentro de poco comenzaría a ser un sospechoso a los ojos de mis tripulantes. Él se había girado hacia mí; entonces los dos extraños de a bordo se enfrentaron en idéntica actitud. —¡Esa escala! —murmuró él, después de una pausa—. ¿Quién iba a imaginar que había una escala colgando de un barco

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anclado en mitad de la noche? Estaba muy fatigado. La vida que llevé durante nueve semanas era para acabar con cualquiera. Me sentía incapaz de llegar hasta las cadenas del timón. Entonces ¿qué es lo que veo? Una escala donde agarrarme. En cuanto la agarré me dije que quizás no serviría de nada. Entonces vi que se asomaba una cabeza, y pensé que me alejaría inmediatamente y lo dejaría gritando... en el idioma que fuese. Pero, no me importó que me vieran, casi... me agradó. Y usted, hablándome con esa voz tan sosegada, como si me estuviera esperando... Bueno, me decidió a aguardar un poco más. Estaba cansado de estar solo... y no me refiero únicamente al tiempo que estuve nadando. Creo que me alegró poder hablar con alguien que no fuera del “Sephora”. Y, en cuanto a lo de preguntar por el capitán, fue absolutamente instintivo. No me hubiera valido de nada si se llega a enterar toda la tripulación y al día siguiente aparecen los otros a buscarme. No sé... me apetecía dejarme ver, hablar con alguien, antes de continuar. Seguramente hubiera dicho. “Hace una noche muy agradable, ¿no?”, o algo así... —¿Cree que no tardarán en venir? —pregunté incrédulo. —Es casi seguro —balbuceó. De pronto, pareció exhausto. Dio algunas cabezadas. —Ah... Veamos. Mientras, métase en la cama —murmuré—. ¿Lo ayudo? Así. Era una litera más bien alta, con cajones debajo. Aquel asombroso nadador (al que tuve que empujar, sosteniéndole la pierna) se desplomó en su interior, se tumbó boca arriba y se tapó el rostro con el brazo. De esa forma, con el rostro semioculto, su aspecto era bien parecido al mío cuando yo estaba durmiendo. Observé un rato a mi otro yo antes de cerrar las cortinas de estambre en color verde, sujetas a una barra de bronce. Para mayor seguridad, pensé en agarrarlas con un imperdible, pero me senté en el catre, y una vez allí me dio pereza ir a buscarlo. Luego lo haría. Estaba agotado, íntimamente agotado, por las maniobras a las que me obligaba nuestra clandestinidad, por ese nerviosismo de tener que guardar aquel secreto. Ya eran las tres y yo estaba levantado desde las nueve, pero no tenía sueño; tampoco hubiera podido dormirme. Me senté, agotado, y contemplé las cortinas, tratando de conjurar la sensación de estar en dos sitios a la vez, profundamente inquieto por un golpe que sentí en la cabeza. Pero pronto descubrí, con alivio, que no había sido en mi cabeza, sino en la puerta. “¡Adelante! “, dije sin pensarlo, y el mayordomo entró con una bandeja, trayéndome el café de la mañana. Por fin había dormido pero a tal punto se intensificó mi temor que grité: "¡Aquí! Aquí estoy, mayordomo;" como si estuviera a mil millas de distancia. Dejó la bandeja en la mesa, al lado del catre, y dijo: —Ya lo veo, señor. Sentí su mirada penetrante, pero no tuve valor de mirarlo frente a frente. Seguramente se preguntó por qué había corrido las

cortinas de la litera antes de acostarme en el catre. Salió y dejó la puerta abierta, con el gancho puesto, como era habitual. Arriba, la tripulación limpiaba la cubierta. Yo sabía que, si hubiera algo de brisa; ya me lo habrían comunicado. Calma chicha, pensé, todavía más inquieto. Me sentía, en verdad, más doble que nunca. De pronto volvió el mayordomo. Salté del catre tan rápidamente que conseguí sobresaltarlo. —¿Qué quiere? —Cerrar su tronera, señor... Están limpiando la cubierta. —Está cerrada —dije, enrojeciendo. —Muy bien, señor. Pero no se movió del vano de la puerta, y desde allí me dedicó una mirada equívoca y algo violenta. Después sus ojos vacilaron y su expresión varió completamente; con un deje extrañamente cordial en la voz, casi cálido, preguntó: —¿Puedo entrar a recoger su taza, señor? —¡Claro! —y le volví la espalda mientras él entraba y volvía a salir. Luego quité el gancho de la puerta, la cerré y hasta pasé el cerrojo. Ya no podía mantener por más tiempo esa situación. Además la cabina parecía un horno. Observé a mi doble y advertí que no se había movido, que todavía tenía el brazo sobre los ojos; sólo su pecho se agitaba. Tenía el pelo húmedo y la barbilla perlada de sudor. Inclinándome sobre él, abrí la tronera. —Tendré que hacer acto de presencia—reflexioné. En teoría, yo podía hacer lo que quisiera sin hallar oposición alguna en mil millas a la redonda, pero no me decidí a cerrar la cabina y llevarme la llave. Me asomé por la escotilla y vi a mis dos oficiales; el segundo iba descalzo, el primer oficial llevaba unas enormes botas de goma. Los dos estaban en popa, y el mayordomo, subido a una escala, no paraba de hablarles. 1 En que me vio, desapareció; el segundo se dirigió a la cubierta principal, gritando órdenes; el primer oficial acudió a mi encuentro, llevándose la mano a la gorra. Había cierta curiosidad en sus ojos que me disgustó. Quizás el mayordomo sólo les había comentado que yo era “un tanto extraño”, o, lisa y llanamente, que estaba borracho, pero desde luego, aquel hombre estaba dispuesto a examinarme. A medida que se acercaba, su sonrisa se extendió hasta las patillas. No le di tiempo ni de abrir la boca. —Que cuadren las vergas, antes de que desayune la tripulación. Aquélla era la primera orden concreta que yo impartía a bordo de esa nave; permanecí en cubierta porque quería verla cumplir. Tenía una imperiosa necesidad de afirmarme. En esa ocasión, el mozalbete socarrón dejó caer un par de cabillas, y además tuve oportunidad de observar a cada uno de los hombres

1Incongruencia en el texto 8

del trinquete, cuando pasaban delante de mí para dirigirse a las brazas de popa. Durante el desayuno, que no probé bocado, presidí la mesa con tal frialdad que ambos oficiales no dudaron en abandonarme apenas se los permitió el de coro; entretanto, la doble tarea de mi espíritu me apremiaba hasta la locura. Ni por un momento dejaba de observarme a mí mismo: mi yo secreto (yo mismo) dependía de mis actuaciones tanto como mi propia personalidad (que dormía en esa cama que yo enfrentaba al sentarme en la cabecera de la mesa). Era algo parecido a la locura, aunque peor, ya que uno se daba cuenta de todo. Tuve que sacudirlo un buen rato, pero cuando por fin se despertó, demostró pleno dominio de sí mismo; me interrogó con la mirada. —Todo va bien por ahora —susurré—. Escóndase en el baño. Así lo hizo, tan sigilosamente que parecía un fantasma; luego llamé al mayordomo y, encarándolo audazmente, le ordené que hiciera la limpieza del camarote mientras yo me daba una ducha. —Y dese prisa —añadí. —Sí, señor —respondió, pues estaba claro que mi tono de voz no admitía excusas, y se apresuró a buscar su escoba y sus cepillos. Me di un baño y me vestí, silbando dulcemente para que el mayordomo no sospechara nada; mientras el confidente secreto de mi vida permanecía firme y erguido en aquel reducido espacio. La luz de la mañana reveló su rostro macilento, los párpados cerrados bajo el trazo negro y severo de sus cejas fruncidas. Lo abandoné para regresar a mi cuarto justo cuando el mayordomo concluía la limpieza. Hice llamar al primer oficial y lo distraje con una charla sin importancia. Era una forma, por así decirlo, de tomar a la ligera sus terribles patillas; pero, en realidad, mi intención era darle la oportunidad de que examinara atentamente mi camarote. Por fin, cerré aliviado la puerta de la cabina y llevé a mi doble a la parte de atrás. Era lo único que se podía hacer. Tuvo que sentarse, rígido, en un pequeño banco plegable, rodeado de los gruesos abrigos. El mayordomo salió del salón, se dirigió al baño, llenó las botellas de agua, limpió, puso las cosas en orden, regresó al salón, cerró con llave, mientras nosotros escuchábamos todos sus movimientos. Ese era mi plan para que mi otro yo permaneciera invisible. Nada más adecuado podía tramarse en esas circunstancias. Nos sentamos, yo frente a mi escritorio, aparentando estar muy ocupado con ciertos papeles; él, detrás de mí, sin que se le pudiera ver desde la puerta. Hubiera sido una imprudencia conversar durante el día, y yo tampoco hubiera tolerado esa inquietante sensación de estar susurrándome a mí mismo. De vez en cuando, al mirar por encima del hombro, lo veía allí, erguido sobre el banco, los pies juntos, los brazos cruzados, la cabeza apoyada sobre el pecho y perfectamente inmóvil. Cualquiera lo habría tomado por mí.

El hecho me tenía fascinado. Continuamente miraba por encima de mi hombro. Estaba observándolo cuando me interrumpió una voz: —Discúlpeme, señor. —Sí. Seguí observándolo, y cuando la voz informó que una chalupa se acercaba a la nave, vi como se sobresaltaba: por fin, después de tantas horas, se había movido, aunque ni siquiera había levantado la cabeza. —Bueno, que bajen la escala. Dudé un instante. ¿Debía de avisarle? ¿Pero cómo? ¿ Qué iba a decirle yo que él ya no supiera? Parecía que su quietud no había sido perturbada. Por fin, salí a cubierta. 2 Finas patillas pelirrojas enmarcaban el rostro del capitán del “Sephora”, el tono de su tez era el que suele ser común a ese tipo de cabellos; y también estaba de acuerdo el azul pálido de sus ojos. Su constitución no impresionaba demasiado: Era de estatura media, tenía hombros muy altos y piernas, sobre todo una, un poco torcidas. Mientras miraba distraídamente a su alrededor, me tendió la mano. Tuve la impresión de que su principal característica era una agobiante obstinación. Mostré tal educación que pareció aturdido. Tal vez era algo tímido. Hablaba quedamente, como si se avergonzara de sus palabras; se presentó (su nombre era algo así como Archbold, aunque después de tantos años apenas lo recuerdo), me dijo también el nombre de su barco, y otros detalles, como si se tratara de un criminal haciendo su angustiosa y dolorosa confesión. Explicó que, durante el viaje, había tenido un tiempo horrible —¡horrible!— y, para empeorar las cosas, con su mujer a bordo. Estábamos sentados en la cabina. El mayordomo había traído una bandeja con una botella y unos vasos. —No, se lo agradezco. No bebía alcohol. Pero aceptaría un poco de agua. Se bebió dos vasos. Ese trabajo le daba mucha sed. Desde el amanecer estaba explorando las islas de los alrededores. —¿Para qué? ¿Para distraerse? —pregunté, aparentando interés y simpatía. —No —suspiró muy hondo—. Un doloroso deber. Como continuaba hablando en voz muy baja y yo quería que mi doble oyera todo, decidí explicarle que, desgraciadamente, yo no estaba muy bien del oído. —¡Y tan joven! —se compadeció, fijándome sus ojos azules e inexpresivos. Entonces me preguntó (aunque sin la menor afabilidad, como si creyera que, al fin y al cabo, era mi merecido) si era a causa de alguna enfermedad.

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—Sí, una enfermedad —asentí, en un tono muy alegre que pareció desconcertarlo. Pero ya había logrado mi propósito, pues tuvo que alzar la voz para contarme lo ocurrido. No es necesario relatar su versión. La historia había ocurrido hacía dos meses, y él había reflexionado tanto sobre el asunto que, aunque todavía le tenía impresionado, sus consecuencias lo aturdían por completo. —¿Cómo reaccionaría usted si algo semejante ocurriera a bordo de su nave? Hace quince años soy capitán del “Sephora”. Me conoce todo el mundo. Estaba angustiado. Posiblemente yo habría simpatizado con él de haber podido evitar ver, en el imprevisto confidente, una especie de segundo yo que a unos diez pasos de distancia se escondía tras el mamparo. Aunque por educación miraba fijamente al capitán Archbold (si es que se llamaba así) era al otro a quien veía, con su pijama gris, sentado en el banco, los pies juntos, los brazos cruzados, la cabeza sobre él pecho, atento a todas nuestras palabras. —Hace treinta y siete años que navego, y jamás he oído que una cosa así ocurriera a bordo de un buque inglés. Y que haya tenido que pasar justo en mi barco. Para complicarlo más, con mi mujer a bordo. Yo ya no le prestaba atención. —¿No cree usted —sugerí— que tal vez la marejada que, según me ha dicho, arrasó el barco, pudo ser la causa? Lo he visto en algunas ocasiones: la brutalidad del mar es tal que puede matar a un hombre, partirle el cuello. —¡Por Dios! —Exclamó indignado, clavándome sus vagos ojos azules—. ¡El mar! Nunca he visto a un hombre muerto por el mar, con esa cara. Mis palabras debieron escandalizarlo. Mientras yo lo miraba —sin esperar que hiciera nada raro—, acercó su cabeza a la mía, sacó la lengua de forma tan sorprendente que no pude por menos que asustarme y echarme para atrás. Una vez que ya había puesto a prueba mi calma con un gesto tan gráfico, tomó una actitud muy reflexiva. Aseguró que si yo lo hubiera visto, no lo olvidaría jamás. El tiempo era tan malo que no era posible darle al cadáver una sepultura adecuada. Así que al día siguiente, al amanecer, cubriéndole el rostro con un trozo de tela, lo llevaron a popa. Él leyó una breve plegaria, y, tal como estaba, con botas e impermeable, lo arrojaron a esas montañas de agua que parecían dispuestas a devorar al buque en cualquier momento, junto con las atemorizadas vidas que llevaba dentro. —Lo salvó ese trinquete —intervine. —Fue gracia de Dios —exclamó vehementemente—. Creo firmemente que fue gracias a Su misericordia que resistió al huracán. —Y fue cuando desplegaban la vela que... —comencé.

—La mano de Dios —me interrumpió—. Nada más. No tengo reparo en confesarle que ni siquiera me atreví a dar la orden. Parecía imposible que pudiéramos desplegarla sin echarla a perder, y entonces sí que se habría ido nuestra última esperanza. El terror a esa borrasca lo abrumaba. Esperé mientras seguía un rato y luego, distraídamente, pregunté: —Supongo que usted estaría ansioso por entregar a su oficial en manos de la justicia, ¿verdad? Efectivamente. A las autoridades. La ciega obstinación con que aludía a ello tenía algo de desconcertante y cruel; algo, por decirlo así, de místico, además de su ansiedad porque nadie sospechara que él “había afrontado una situación semejante”. Treinta y siete años de irreprochable navegación, de los que se contaban veinte de ejercicio del mando (los últimos quince en el “Sephora”), parecían haberlo destinado a un deber inapelable. —Y ya sabe —prosiguió, mientras sonrojado revolvía en sus propios sentimientos—, yo no fui quien contrató a ese joven. Su familia tenía cierta relación con mis dueños. De alguna manera me vi obligado a tomarlo. No tenía mal aspecto, parecía un caballero, pero ¿qué quiere que le diga? A mí nunca acabó de gustarme. Soy un tipo sencillo. ¿Entiende? Él no era hombre apropiado para primer oficial de un buque como el “Shephora”. Mis impresiones y pensamientos se confundían hasta tal punto con los de mi confidente secreto, que me dio la sensación de que el capitán me quería dar a entender que yo tampoco era hombre apropiado para primer oficial de un buque como el “Sephora”. En ese momento, yo no tenía la menor duda. —Ya me comprende. No era su estilo —añadió con ligereza, mirándome violentamente. Sonreí con educación. Pareció muy con fundido. —Así que tendré que informar que fue un suicidio. —¿Cómo? —¡Sui-ci-dio! Eso es lo que tendré que notificar a los propietarios, nada más llegar. —Si no es que puede capturarlo antes de mañana —asentí despreocupado—. Vivo... quiero decir. Dijo algo que no escuché, y me acerqué con un gesto de intriga. —La tierra... —gritó—, o sea, la costa más próxima está a unas siete millas de mi fondeadero. —Aproximadamente. Mi falta de apasionamiento, de interés, de asombro, de cualquier tipo de curiosidad, excitaron su desconfianza. Sin embargo, salvo la feliz idea de la sordera, yo no había simulado nada. Me resultaba difícil aparentar ignorancia, y ni siquiera la había intentado. Hay que tener en cuenta que él traía ya alguna sospecha, y que mi cortesía le resultaba asombrosa y poco natural.

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Pero ¿cómo iba a recibirlo? ¿Con entusiasmo? Eso era imposible por razones psicológicas que no hace falta explicar aquí. Lo único que me importaba era evitar un interrogatorio. ¿Con insolencia? Hubiera suscitado alguna pregunta a bocajarro. Una templada cortesía —cuya naturaleza representaba para él una novedad— era el mejor obstáculo con el que podía defenderme, aun arriesgando que fuera tan audaz como para dejarme sin recursos. Creo que no habría podido mentirle directamente, también por razones psicológicas, no morales. Si él hubiera sabido cómo temía yo que pusiera a prueba mi sentimiento de identidad con el otro! Sin embargo (sólo después me paré a pensarlo), creo que no dejaba de turbarle la contrapartida de esa molesta situación, pues tal vez, había algo en mí que le evocaba al hombre que perseguía, recordándole misteriosamente al joven que, desde un primer momento, le despertara disgusto y desconfianza. Fuera lo que fuera, su silencio no se prolongó. Una vez más atacó indirectamente: —Calculo que hice un trayecto de unas dos millas hasta su nave. Ni una pulgada más. —Es mucho, con este bochorno —comenté. Después hubo otra pausa llena de suspicacia. Dicen que la necesidad es madre del ingenio, pero no es menos cierto que el miedo también sabe dar buenos consejos. Me apremiaba el temor de que me hiciera alguna pregunta a bocajarro sobre mi otro yo. —Está bien este saloncito, ¿no? —observé, como si fuera la primera vez que advertía cómo sus ojos lo examinaban de puerta a puerta—. Está muy bien puesto —continué, inclinándome sobre el asiento para abrir una puerta, como al azar—. Aquí, por ejemplo, está el baño. Aunque casi no miró su interior, no pudo contener un gesto lleno de curiosidad. Me levanté, cerré la puerta del baño y lo invité a que lo viera, como si me enorgulleciera de tantas comodidades. Se vio obligado a seguirme, pero lo soportó sin dejar entrever el menor disgusto. En voz tan alta como la discreción lo permitía, dije: —Y ahora vamos a ver mi camarote. —Crucé hacia estribor con pasos decididos. Echó una mirada en torno y me siguió. Mi doble, que no era tonto, había desaparecido. —Es muy cómodo, ¿no? —Muy agradable. Muy cóm... —no ter minó la frase. Se retiró bruscamente como si se oliera una treta maléfica por mi parte. Pero no había nada de eso. Mi temor había sido demasiado persistente como para no inspirarme deseos de venganza; entonces advertí que ya lo tenía en mis manos, y no quise dejarlo escapar. Mi afectuosa insistencia pudo sonarle amenazadora, porque cedió en el acto. No le perdoné un solo detalle: el cuarto del oficial, la despensa, los depósitos, y hasta el pañol de las velas que había a popa; tuvo que verlo todo. Cuando finalmente lo llevé

al alcázar emitió un suspiro hondo y prolongado y murmuró, perplejo, que debía regresar a su barco. Le ordené a mi oficial, que nos acompañaba, que se encargara de la chalupa del capitán. El hombre de las terribles patillas hizo sonar el silencio que llevaba normalmente alrededor del cuello, y gritó: —¡Atención los del “Sephora”! Sin lugar a dudas mi doble (no menos aliviado que yo) pudo oírlo desde la cabina. Cuatro hombres irrumpieron junto a la borda, y hasta mis tripulantes, que también hicieron acto de presencia en cubierta, se alinearon ante la batayola. Ceremoniosamente, escolté a mi visitante hasta el pasamano. Quizás fuera excesivo, pero él era un hombre testarudo. Ya estaba en la escala cuando se paró para decirme, con ese modo tan particular, ridículamente culpable, de aferrarse a su obsesión: —Escúcheme... No cree usted que... Le interrumpí enfáticamente: —Seguro que no... Tanto gusto. Adiós. Me imaginé lo que iba a decir, y la ventaja de oír mal me salvó. El capitán no tenía coraje suficiente como para insistir, pero mi oficial, testigo presencial de la despedida, se mostró desconcertado y se quedó muy pensativo. Mi actitud, que era de aparentar que no quería eludir la conversación con mis oficiales, le dio la oportunidad para dirigirse a mí. —Parece un buen hombre. Su tripulación le contó a la nuestra una historia extraordinaria, si el mayordomo no miente. Supongo, señor, que el capitán le habrá comentado algo. —Efectivamente. El capitán me la refirió. —Un asunto muy desagradable ¿no le parece, señor? —Sí, así es. —Peor que esas historias que se oyén sobre homicidios en los barcos yanquis. —No creo que sea peor. No creo que tenga nada que ver. —¡Bendito sea Dios..., no me diga! Yo no tengo ningún conocido en esos barcos; de forma que no le puedo discutir. Pero para mí es bastante horrible... Lo extraño es que parecían sospechar que ese hombre se había ocultado aquí, a bordo. ¿Verdad? ¿Qué opina usted? —Absurdo, ¿no? Paseábamos por el alcázar, de babor a estribor, era domingo y no había ningún tripulante a la vista, el oficial prosiguió: —Hubo algún comentario al respecto. Nuestros hombres se ofendieron. “Como si fuéramos a proteger a alguien así”, decían. “mirar en el depósito del carbón?”. La cosa fue grave, pero al final se arregló. Me imagino que el fugitivo se habrá ahogado. ¿No le parece, señor? —No, no me parece nada. —¿Pero no le intriga la historia, señor? —En absoluto.

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De pronto lo dejé. Advertí que no era muy adecuado; pero estar en el puente, teniendo a mi doble ahí abajo, me ponía los nervios de punta; estar abajo también me los ponía. No había quien pudiera soportar fácilmente esa situación. Sin embargo, mientras estaba con él, me sentía menos dividido. En toda la nave, no había nadie que pudiese, como él, ser mi confidente. Ahora que los tripulantes ya conocían la historia, era imposible hacerlo pasar por otro y un descubrimiento accidental era más peligroso que nunca. Nada más bajar, el mayordomo estaba preparando la mesa y, apenas pudimos intercambiar un par de miradas. Por la tarde, volvimos a hablar cautelosamente. Nos perjudicaba mucho la tranquilidad dominical del buque, la calma de la atmósfera, de las aguas; los elementos naturales y los hombres: todo conspiraba contra nosotros y nuestra secreta alianza; hasta el tiempo..., pero esto no podía durar. Supongo que a él, debido a que era culpable, le era negada hasta la confianza en la Providencia. ¿Confesaré cuánto me abatió esa reflexión? Y en cuanto al capítulo de las circunstancias, que tanto influyen el libro del triunfo, yo ya lo creía cerrado. ¿Pues qué circunstancia favorable podíamos esperar? —¿Ha podido escuchar algo? —fue lo primero que le pregunté en cuanto nos sentamos en la litera, acurrucados. —Sí. Lo atestiguó con un enfático susurro: —Le comentó que tan siquiera se había atrevido a dar la orden. Comprendí que se refería a ese trinquete providencial. —Sí. Temía que al desplegarlo lo echaran a perder. —Le aseguro que jamás dio esa orden, a lo mejor él cree que sí, pero nunca la dio. Cuando perdimos la gavia, se quedó conmigo a popa, se lamentaba por nuestra última esperanza... se lamentaba, se lo aseguro, no hizo otra cosa. ¡Y la noche se nos venía encima! Ver al propio capitán en ese estado, en semejante situación, era suficiente para sacar de quicio a cualquiera. Desesperado, decidí hacerme cargo de todo. Me hervía la sangre..., ¿pero para qué decirle? ¡Ya sabe usted! ¿Cree que si no hubiese sido un poco duro los hombres me hubieran respondido? ¡Nada de eso! ¿El contramaestre, quizás? ¡Quizás! No es que fuera un mar difícil... ¡era un mar enloquecido! Supongo que el fin del mundo debe ser algo parecido; basta que un hombre lo vea una vez para que ya no quiera saber nada..., pero tener que aguantarlo un día y otro... no culpo a nadie. Mi ánimo no era mucho mejor que el de los demás. Pero, en esa vieja carbonera, yo era el oficial, a fin de cuentas. —Lo comprendo perfectamente —afirmé con sinceridad. Los susurros le dejaban sin aliento; escuché sus leves jadeos. Todo era muy sencillo. La misma fuerza encabritada que a veinticinco hombres les había concedido, por lo menos, la oportunidad de sobrevivir, había derrumbado en una especie de exasperación, a

una existencia tumultuosa e indigna. Pero no tuve tiempo de reflexionar más sobre el asunto. Se oyeron unos pasos, un golpe en la puerta. —Ya tenemos viento para partir, señor. Eso suponía una nueva exigencia de la que hacerme cargo. —Que suba la tripulación —grité—. En seguida voy a cubierta. Por fin iba a conocer mi barco, pero antes de irme, nuestros ojos se encontraron: los ojos de los dos intrusos de a bordo. Le indiqué el banco que le estaba esperando y puse un dedo en mis labios. El hizo un gesto vago y enigmático, y esbozó una sonrisa, con tristeza. No voy a extenderme relatando aquí las sensaciones de un hombre que advierte, por primera vez, que el buque que tiene bajo los pies se mueve al conjuro de sus palabras. En mi caso, éstas, fueron interferidas por esa presencia ajena que, desde la cabina, me impedía disfrutar de la soledad del mando. Es decir que, mi entrega a la nave no era completa. Una parte de mí estaba ausente. La sensación de estar en dos sitios a la vez me afectó terriblemente, era como si la clandestinidad me hubiera penetrado el alma. En menos de una hora la nave estuvo en movimiento, y cuando le pedí a mi oficial (que estaba a mi lado) que tomara la Pagoda como punto de referencia, me sorprendí susurrándole al oído. Me sorprendí, digo, porque ya era tarde para evitar su asombro. Y él dio un salto, no hay otra manera de expresarlo. A partir de entonces, adoptó una actitud grave y confundida, como si contara con una información que lo sumía en la perplejidad. Luego, me aparté de la batayola para dirigirme al compás, tan sigiloso que el timonel lo advirtió, y yo tampoco pude dejar de fijarme en sus ojos extremadamente abiertos. Aunque estos detalles son nimios, para ningún capitán supone una ventaja resultar irrisorio y excéntrico. Pero mi afectación era más seria. Hay gestos y palabras que para un marino, en ciertas condiciones, deben sobrevenir con naturalidad, como el guiño instintivo del ojo amenazado. Hay órdenes que deben salir de los labios sin pensar. Hay ademanes que deben hacerse sin reflexionar. Pero ese inconsciente estado de alerta me había abandonado. Tuve que hacer un esfuerzo para resituarme, para volver —desde la cabina— a mi actual situación. Comprendí que, para los que me estaban observando críticamente, yo no era un modelo de resolución en el mando. No faltaron, además, desafortunadas sorpresas. Por ejemplo, en el segundo día de viaje, al volver de cubierta, por la tarde, me detuve (yo calzaba zapatillas de paja) ante la puerta de la despensa, que estaba abierta, y me dirigí al mayordomo. Este estaba atareado, de espaldas a mí. Al oírme casi se cae del susto, como quien dice, y rompió una copa. —¿Pero qué diablos le pasa? —grité asombrado. Estaba muy confundido.

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—Discúlpeme, señor. Creía que estaba usted en su camarote. —Pues ya ve que no. —No, señor. Pero habría jurado que hace unos segundos oí ruido ahí adentro. Es realmente asombroso. Lo siento, señor. Oculté mi nerviosismo. Estaba tan identificado con mi doble secreto que ni siquiera le hablé de la escena en nuestros tímidos y fugaces susurros. Supongo que él habría hecho algún ruido, hubiera sido raro que no ocurriera nunca. Y sin embargo, fatigado como estaba, todavía conservaba un gran dominio de sí: parecía invulnerable. Le recomendé que se quedara en el baño, ya que, dentro de todo, era el sitio más seguro. No había ninguna excusa para que alguien entrara allí una vez que el mayordomo había concluido su faena. Era un lugar muy pequeño. Él se recostaba en el suelo, con las piernas encogidas y la cabeza apoyada sobre los brazos, o se sentaba en el banco, con un pijama gris y su cabello despeinado, inmóvil y resignado como un convicto. Por la noche, venía a mi litera e iniciábamos nuestras confidencias, mientras los pasos del oficial de guardia retumbaban sobre nuestras cabezas. No fueron momentos muy dichosos. Por fortuna, en un armario de mi camarote había algunas latas, y a mí no me costaba mucho conseguirle pan duro; así se alimentó de pollo estofado, paté de foie gras, espárragos, ostras, sardinas —toda esa clase de abominables simulacros de exquisitez que traen las latas. Solía beberse mi café de la mañana; pero ya no me atrevía a hacer nada más por él, en ese aspecto. Por la mañana, la limpieza de mi cuarto y el baño, nos exigía toda clase de maniobras. Llegué a odiar la imagen del mayordomo, a aborrecer su voz, aunque era inofensivo, sospeché que al final desencadenaría una catástrofe poniéndonos al descubierto. Lo sentíamos pender sobre nuestras cabezas como una espada. El cuarto día, aproximadamente —atravesábamos el Golfo de Siam, con continuos virajes, con viento escaso y mar en calma —, el cuarto día, sí, de ese constante filtreo con la fatalidad, mientras nos disponíamos para comer, ese hombre, cuyos movimientos más íntimos me resultaban peligrosos, subió a cubierta después de poner los platos. Allí no había riesgo; pero de pronto se acordó de un abrigo que yo había puesto a secar sobre la batayola, pues por la tarde lo había mojado un chubasco. Absurdamente sentado en la cabecera de la mesa, me aterré al verlo bajar con el abrigo en la mano. Naturalmente, se dirigía a mi camarote. No había tiempo que perder. —¡Mayordomo...! —grité. Mis nervios crispados me impidieron dominar la voz y desvelaron mi turbación. Escenas como ésta eran las que incitaban a mi oficial, con sus insoportables patillas, a llevarse el índice a la frente. Le había sorprendido el gesto en cubierta, mientras conversaba con el carpintero

confidencialmente. Aunque no pude escucharlo, me imaginé que tal gesto sólo podía aludir al extraño nuevo capitán. —Sí, señor —el mayordomo, resignado, se volvió hacia mí. Le gritaban por sorpresa, le llamaban sin razón, tan pronto lo echaban de mi camarote como lo requerían para que entrase, lo echaban de la despensa para cumplir órdenes absurdas: la creciente perplejidad que se reflejaba en su rostro era perfectamente explicable. —¿Dónde lleva ese abrigo? —A su cuarto, señor. —¿Va a llover más? —Pues, no lo sé, señor. ¿Quiere que vaya a ver? —Déjelo. Da igual. Seguramente mi otro yo habría escuchado todo. Mientras, mis dos oficiales no apartaron los ojos de sus respectivos platos; pero el labio de ese mozalbete, mi segundo —Dios lo confunda—, tembló visiblemente. Supuse que el mayordomo colgaría el abrigo y saldría de inmediato, pero tardó más de lo previsto; logré dominar mis nervios para no llamarle a gritos. De pronto advertí (pues pude oírlo perfectamente) que, por lo que fuera, abría la puerta del baño. Era el fin. Ahí no había espacio, literalmente, ni para acostarse un gato. Mi voz expiró en mi garganta y me quedé de piedra. Esperaba un grito de asombro y pánico; quise levantarme, pero me fallaron las fuerzas. No ocurría nada. ¿Sería que mi otro yo habría agarrado al pobre hombre por el cuello? Yo no sé que hubiera hecho de no aparecer en ese instante el mayordomo plantándose, tranquilamente, junto al aparador. “Salvado —pensé.— No... ¡Se escapó! ¡Se fue! ¡Se fue!” Aparté mis cubiertos y me recosté en la silla. Mi cabeza flotaba. En cuanto pude recobrar el dominio de la voz, le ordené al oficial que a las ocho en punto se hiciera cargo de la dirección del buque. —No saldré a cubierta —proseguí—. Creo que me voy a acostar un rato, y sino es que cambia el viento no quiero que me molesten hasta medianoche. No me encuentro muy bien. —Hace un momento se le veía francamente mal —asintió el primer oficial, sin demostrar más interés. Los oficiales se retiraron y el mayordomo empezó a limpiar la mesa. El rostro de ese pobre hombre no delataba nada. Pero ¿por qué eludía mi mirada? Tenía que oír su voz, me dije. —¡Mayordomo! —¡Señor! —dijo, con su habitual sobresalto. —¿Dónde colgó el abrigo? —En el baño, señor —balbuceó, como de costumbre—. Aún no está del todo seco, señor. Permanecí un rato más en la cocina. ¿Habría desaparecido mi doble, tal como había llegado? Pero su llegada era explicable, mientras que su desaparición... Volví a mi cuarto lentamente, cerré

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la puerta, encendí la lámpara, lo vi de pie, firme, en su estrecho refugio. Mentiría si dijera que me asustó, pero la verdad es que empecé a tener alguna duda con respecto a su existencia corporal. ¿Será —me pregunté— que nadie sino yo puede verlo? Era como estar embrujado. Rígida y gravemente alzó los brazos en un gesto que quería decir: “Dios mío! De buena me he librado.” Desde luego. Creo que yo me había acercado a la locura todo lo que es posible antes de franquear el límite. Ese gesto, por decirlo así, fue el que me contuvo, librándome de ella. El oficial de las terribles patillas ahora hacía virar el buque. En ese momento de profundo silencio que sobreviene una vez que la tripulación ocupa sus puestos, escuché su voz, que venía desde popa, cuyo eco resonó en el alcázar. —¡A sotavento! El velamen, ante tan leve brisa, no emitió más que una leve vibración. En seguida cesó. El buque viraba lentamente; contuve el aliento, en medio de esa calma recuperada y expectante; cualquiera hubiera dicho que no había nadie en cubierta. De repente un grito "¡Izar la vela mayor!", quebró el silencio y, mientras sonaban en cubierta los gritos laboriosos de los hombres, nosotros, en mi cabina, recobramos nuestro puesto habitual junto a la litera. Él no esperó mis preguntas. —Lo oí rondar por aquí y me metí en el baño como pude — susurró—. Sólo abrió la puerta y asomó el brazo para colgar el abrigo. Pero... —No lo había pensado —susurré a mi vez, más apabullado que antes por lo delicado de la situación, y maravillado por esa indolente vena de su carácter que le había permitido afrontarla con tal entereza. Era mi voz, no la suya, la que estaba alterada. El conservaba la cordura, y me lo demostró en el siguiente susurro. —De nada me serviría volver a la vida. Eran palabras dignas de un fantasma. Estaba aludiendo a la reticente actitud con que su viejo capitán había aceptado la teoría del suicidio. Ésta, evidentemente, podía servirle, si es que yo había comprendido el propósito que parecía gobernar la serena obstinación de sus actos. —Apenas pueda, abandóneme entre estás islas de la costa Camboyana. —¡Abandonarlo! Esto no es una historia de aventuras para niños —protesté. Me interrumpió su despectivo susurro. —¡Por supuesto! No es ningún cuento para niños, pero tampoco es otra cosa. Estoy harto. ¿Cree que no temo lo que pueden hacer conmigo: la prisión, la horca o lo que sea? ¿Pero me imagina usted de regreso, dando explicaciones a un viejo con peluca y a doce respetables comerciantes, se lo imagina? ¿Qué saben ellos de si soy culpable o no... o en todo caso, de qué soy culpable? Eso es asunto mío. ¿Cómo dice la Biblia? “Borrado de la faz de la tierra. Tal como vine, me iré.”

—¡Imposible! —murmuré—. No puede hacer eso. —¿Que no puedo?... Me iré, y no desnudo como un alma en el día del Juicio. Todavía no ha sonado la trompeta... y usted ya me ha entendido, ¿no? De pronto me avergoncé de mí mismo. Había comprendido, puedo confesarlo con toda franqueza, y mis dudas en cuanto a permitir que ese hombre huyera a nado y se alejara de mi buque, no eran sino un sordo simulacro, una especie de cobardía. —No podemos hacerlo hasta mañana por la noche — susurré. Ahora vamos mar adentro y el viento puede fallarnos. —Mientras sepa que usted comprende —murmuró—. Pero, seguro que comprende. Es una suerte contar con alguien que le entienda a uno. Parece que estaba usted aquí a propósito. Y también en un susurro, tal como si estuviéramos hablando de cosas vedadas para el resto de los hombres, añadió: —iDe verdad, es maravilloso! Continuamos nuestras secretas confidencias, que a veces derivaban en un mero susurro, interrumpido por largos intervalos de silencio. Él, como de costumbre, contemplaba la tronera. De vez en cuando, una ráfaga de viento nos acariciaba el rostro. La nave parecía estar amarrada junto a un muelle, porque la quilla se balanceaba con tal suavidad sobre las aguas —oscuras y calladas como un mar espectral— que no emitían el más mínimo murmullo. A medianoche subí al puente y, para sorpresa de mi oficial, cambié el rumbo de la nave. Sus terribles patillas aleteaban a mi alrededor, juzgándome en silencio. Desde luego, mi decisión hubiera sido muy otra de haber querido abandonar cuanto antes aquel golfo. Creo que algo le comentó al segundo, cuando vino a relevarle, sobre mi falta de juicio. El otro se limitó a bostezar. Ese insoportable mozalbete iba de un lado para otro, apoyándose en la borda con tal desgana y negligencia que lo apremié con acritud: —¿Está usted dormido? —No, señor, no lo estoy. —¡Pues lo parece! Así que no disimule y manténgase alerta. Si hay corriente suficiente nos aproximaremos a alguna isla antes del alba. Algunas islas, unas solas, otras en grupo, tachonaban el este del golfo. Sobre el fondo azulado de la costa, parecían flotar sobre las plateadas aguas, áridas y grisáceas, o verdes y redondeadas como espesos matorrales; las más grandes, de unas dos millas de largo, mostraban los perfiles de sus arrecifes, grisáceos costillares de roca bajo el húmedo manto del follaje. Ignoradas por el comercio, la navegación y casi por la geografía, el modo de vida que albergaban resulta un auténtico secreto. En las más grandes, debe haber aldeas, y tal vez las embarcaciones nativas mantengan contacto con el mundo. Pero durante aquella mañana, mientras empujados por una leve brisa, nos acercábamos a ellas, ni

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hombres ni canoas, irrumpieron en el foco del telescopio con el que las estaba indagando ávidamente. A mediodía no di ninguna orden de cambiar el rumbo, y las patillas del oficial indicaron alarma atrayendo mi atención más de lo debido, Por fin dije: —Mantendré esta dirección... todo lo que me sea posible. Su mirada de incalculable sorpresa dio a sus ojos cierta ferocidad, y por un instante tuvo un aspecto temible. —En mitad del golfo no avanzamos —dije ligeramente—. Esta noche nos aproximaremos a buscar las brisas de tierra. —¡Bendito sea Dios! ¿Dice usted, se ñor, que en plena oscuridad nos meteremos entre islas y arrecifes y bancos de arena...? —Bueno, si en tierra soplan brisas regulares, no queda más remedio que acercarse a la costa para encontrarlas, ¿no? —¡Bendito sea Dios! —repitió, con la respiración entrecortada. Aquella tarde, su confusión le confería una expresión entre ausente y soñadora. Luego, después de cenar, me dirigí a mi camarote, como si necesitara un poco de descanso. Allí, ambos nos inclinamos sobre una carta que extendí en mi litera. —Aquí está —dije—. Debe ser Kho-ring. La he estado observando desde el amanecer. Hay dos colinas y una llanura. Seguramente está habitada. En la costa opuesta parece que hubiera la boca de un río... Es fácil que río arriba haya algún villorrio. Creo que es la mejor oportunidad que se le ofrece. —Lo que sea. Kho-ring, entonces. Observó la carta muy pensativo, como si desde un lugar peligroso calculara las distancias y posibilidades, como si siguiera con los ojos su propia imagen errante por las desiertas comarcas de Cochinchina, atravesando ese trozo de papel, para luego irrumpir en regiones ignoradas por la cartografía. Era como si la nave contara con dos capitanes para determinar su rumbo. Mis obligaciones, inquietudes y preocupaciones me habían dejado, ese día, sin tiempo ni ganas para vestirme. Todavía iba en pijama, con las zapatillas de paja y una gorra ligera. El tórrido clima del golfo era asfixiante, y la tripulación se había acostumbrado a verme con ese atuendo. —Con este rumbo, la nave se aproximará al cabo sur —le susurré al oído—. Sólo Dios sabe cuándo, pero estoy casi seguro de que será poco después del anochecer. Me acercaré a una media milla de la costa, mientras pueda calcularlo en la oscuridad... —Sea prudente —me advirtió en un susurro. De pronto comprendí que mi futuro, todo mi futuro, el único que tenía en mis manos, podía naufragar irremisiblemente si, en mi primer mando, incurría en el mínimo error. No pude quedarme en mi cuarto mucho tiempo. Le aconsejé ocultarse y salí a popa. Ese jovenzuelo insoportable estaba de guardia. Caminé, muy pensativo, de un lado para otro. Después lo llamé:

—Que un par de marineros abran las troneras del alcázar — dije con voz serena. Tuvo el atrevimiento (tal vez le pudo la sorpresa) de repetir: —¿Que abra las troneras del alcázar? ¿Para qué, señor? —Le basta con que se lo haya ordenado. Las quiero bien abiertas, y sujetas como es debido. Se alejó, enrojeciendo, aunque creo que aún le hizo un comentario jocoso al carpintero sobre la práctica de ventilar el alcázar de un buque. Sé que se precipitó a la cabina del oficial para contárselo, porque las patillas aparecieron en cubierta, como quien no sabe nada del asunto, y me observaron de arriba abajo, buscando en mí, me imagino, algún síntoma de locura o de ebriedad. Poco antes de la cena, más nervioso que nunca, volví unos momentos junto a mi otro yo. Su sosiego era asombroso, antinatural, inhumano. Le relaté mi plan en apresurados susurros. —Me aproximaré todo lo que sea posible y luego cambiaré de rumbo. Más tarde me las arreglaré para introducirlo a usted en el pañol, que comunica con el vestíbulo. Allí hay un agujero, una especie de abertura cuadrangular para sacar las velas, que da sobre el alcázar y que jamás se cierra cuando hace buen tiempo para que las velas se oreen. Cuando esté el buque preparado para virar y los marineros estén en popa, braceando las vergas, tendrá el camino libre para llegar hasta el alcázar y arrojarse por la borda a través de una tronera. Ya están abiertas y sujetas. Utilice un trozo de cuerda para bajar al agua, así evitará los ruidos. Ya sabe, si lo oyen se pueden complicar las cosas.. Guardó silencio unos momentos. —Comprendo —murmuró por fin. —Yo no estaré ahí para verlo —comencé torpemente—. En cuanto a lo demás... espero que yo también haya entendido. —Seguro que sí. Completamente. Y por primera vez me sorprendió escuchar un titubeo en su voz. Me agarró del brazo, y en ese instante sonó la campanilla de la cena. Me sobresalté. El no perdió su calma y se limitó a soltarme. No volví a bajar hasta después de las ocho. La brisa débil y constante estaba bañada de rocío, y las oscuras y húmedas velas la aprovechaban al máximo. La noche, diáfana y estrellada, arrojaba su ensombrecido resplandor; las islas parecían manchas sombrías y opacas a la deriva. Desde la tronera, se podía ver una, enorme y lejana, que eclipsaba una parte del cielo con su lóbrega figura. Cuándo abrí la puerta me vi a mí mismo, de espaldas, mirando una carta. Había dejado su escondite y estaba de pie, junto a la mesa. —Hay mucha oscuridad —susurré. Dio un paso atrás y se apoyó sobre mi litera, con una mirada fija y penetrante.

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Yo me senté en el catre. No teníamos nada que decirnos. El oficial de guardia iba y venía sobre nuestras cabezas. Luego percibí que aligeraba sus pasos y me imaginé a qué era debido. Se dirigía hacia la escotilla; su voz me anunció de inmediato: —Vamos muy rápido, señor. Estamos muy cerca de la costa. —De acuerdo —respondí—. Ahora subo a cubierta. Esperé a que fuera el oficial, luego me levanté. Mi doble copió todos mis movimientos. Había llegado la hora de nuestro susurro de despedida, pues ninguno iba a es cuchar jamás, la voz natural del Otro. —¡Un momento! —le dije, abriendo un cajón y sacando tres soberanos de oro—. Tome esto. Le daría los seis que tengo, pero tendré que comprar fruta y verdura a los nativos, para la tripulación, cuando crucemos el Estrecho de Sunda. Negó con la cabeza. —Tómelo —insistí—. Quién sabe lo que... Sonrió y se tocó indicativamente el único bolsillo de su pijama. No era un lugar seguro, desde luego. Entonces, saqué un gran pañuelo de seda, envolví las tres monedas en un extremo y lo obligué a guardarlo. Aquel acto debió de conmoverle, porque al fin las aceptó, y rápidamente las ató a su cintura, debajo del pijama, rozándole la piel. Nuestros ojos se encontraron; pasaron algunos segundos hasta que, por fin, sin que nuestras miradas se apartaran, apagué la lámpara. Después fui a la cocina y dejé abierta la puerta de mi camarote. —¡Mayordomo! Todavía estaba en la despensa, todo afanado, refregando una vinajera plateada, su última tarea antes de irse a dormir. Le hablé despacio para no despertar al oficial, que tenía su cuarto enfrente. Miró a su alrededor con ansiedad. —¡Señor! —¿Puede traerme un poco de agua caliente del fogón? —Me temo, señor, que hace rato que se ha apagado. —Vaya a ver. Corrió escaleras arriba. —¡Ahora! —susurré lo más alto que pude, tal vez demasiado alto, acaso por el temor a no poder emitir sonido alguno. Inmediatamente se acercó a mí, y el doble capitán subió las escaleras, atravesó un oscuro pasadizo y una puerta. Llegamos al pañol, donde nos arrodillamos sobre las velas. Me agobió una repentina reflexión. Me vi, con la cabeza y los pies desnudos, errante bajo el sol que castigaba mi nuca. Me quité la gorra y apresuradamente se la puse a mi otro yo. Él me eludió y se apartó silenciosamente. Quién sabe qué sospechó de mí, en el último momento, antes de comprender y desistir de sus esfuerzos. Nuestras manos se encontraron con fervor y permanecieron

inmóviles durante un segundo... Cuando dejaron de apretarse, no dijimos ni una sola palabra. Regresó el mayordomo y me encontró al lado de la puerta de la despensa. —Lo siento, señor. Las brasas apenas están tibias. ¿Quiere que encienda la lámpara de alcohol? —Déjelo. Da igual. Salí lentamente a cubierta. Ahora, mi conciencia me imponía acercarme a tierra todo lo que fuera posible, pues él debería saltar por la borda en cuanto el buque se dispusiera a girar. Saltar, sin oportunidad de volver. Al cabo de un instante caminé hacia sotavento, y al ver la proximidad de la costa me dio un vuelco el corazón. En otras circunstancias, no habría esperado ni un minuto más para cambiar de rumbo. El segundo oficial me observaba muy inquieto. Esperé hasta que pude dominar la voz. —Ganaremos el barlovento —dije con serenidad. —¿Va usted a intentarlo, señor? —balbuceó incrédulo. Sin responderle, alcé la voz para que me oyera el timonel: —Mantenga el rumbo. —Mantengo el rumbo, señor. El viento acariciaba mis mejillas, el velamen dormitaba, el silencio parecía abatirse sobre el mundo. La proximidad de esa franja tenebrosa me condenaba a una tensión insoportable. Tuve que cerrar los ojos, pues la nave se acercaría todavía más. ¡Pero tenía que hacerlo! Aquella quietud era asfixiante... ¿Nos sorprendería una calma chicha? Cuando abrí los ojos, mi corazón se estremeció. La negra colina que se yergue al sur de Kho-ring se abatía sobre el buque como un titánico fragmento de esa noche eterna. Ni un sonido quebraba el silencio, ni un destello hería ese muro de tinieblas que se deslizaba, incontenible, hacia nosotros; ya parecía al alcance de la mano. Las borrosas figuras que componían la guardia, se congregaron en el combés, mudos por el terror. —¿Sigue adelante, señor? —preguntó una voz atemorizada. Hice como que no la oía. Tenía que seguir adelante. —Mantengan el rumbo. Ahora no serviría de nada alterarlo —advertí. —No puedo ver las velas —me contestó el timonel, con voz trémula y cortada. ¿Estaríamos a suficiente distancia? La nave ya no estaba a la sombra de la costa, sino que había penetrado en ella y ésta la devoraba, arrebatándomela del mando e imposibilitando el regreso. —Llamen al oficial —le dije al joven que estaba a mi lado, tieso como un cadáver—. Y que suba toda la tripulación. Mi voz resonó con la firmeza de su propio eco que devolvían las alturas de la costa. Prorrumpieron varias voces: —Todos en cubierta, señor.

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Luego volvió el silencio, al amparo de esa sombra gigantesca. Ni una luz, ni un sonido. La calma que se había desplomado sobre el buque lo asemejaba a la barca de los muertos bogando ante la puerta del Erebo. —¡Dios mío! ¿Dónde estamos? Fue la exclamación del oficial. El terror y la confusión parecían haberlo privado del apoyo moral de sus patillas. Dio una palmada y un grito concluyentes: —¡Estamos perdidos! —Cálmese —ordené con severidad. Bajó la voz, pero advertí el gesto agarrotado de su desesperación. —¿Qué hacemos aquí? —Estamos buscando el viento de la costa. Parecía a punto de estirarse de los pelos. Se dirigió a mí directamente: —No saldremos nunca, y se lo deberemos a usted, señor. Ya sabía yo que iba a ocurrir algo así. Nunca ganaremos el barlovento, y estamos demasiado cerca para girar. Nos estrellaremos contra la costa antes de poder dar la vuelta. ¡Dios mío! Le agarré del brazo en el momento que intentaba asestárselo contra su cabeza, y lo sacudí con violencia. —Ya estamos sobre la costa —gimió, tratando de soltarse. —¿Ah sí? ¡Manténgase en rumbo! —En rumbo, señor gritó el timonel con voz suave, pueril, amedrentada. Yo seguía sin soltar el brazo del capitán y todavía la sacudía. —Prepárese, ¿oye? Vaya a proa y quédese ahí —y le sacudí — sin hacer más alboroto, y preocúpese por izar las jarcias como corresponde. No tuve valor para mirar la costa por miedo a desfallecer. Al fin lo dejé en libertad y se marchó apresuradamente, como si corriera por su vida. ¿Qué pensaría mi doble en el pañol, de todo este alboroto? Él podía escucharlo todo y tal vez pudiera comprender por qué mi conciencia me imponía llegar a esa distancia, y no a menos. Mi primera orden: ¡A sotavento! reverberó bajo la sombra titánica de Kho-ring, como si hubiese resonado en la garganta de una montaña. Fijé los ojos en tierra. Las pacíficas aguas y las brisas me impedían sentir el movimiento de la nave. ¡No, no podía percibirla! Y, entretanto, mi segundo yo, se disponía a correr para arrojarse por la borda. Quizá ya se había ido. La oscura masa negra que cavilaba sobre nosotros comenzó a alejarse del buque, silenciosamente. Entonces olvidé a ese extraño, listo para partir y sólo recordé a ese extraño al mando de una nave que desconocía. Ignoraba cómo guiarla, cómo iba a responder. Desplegué la vela mayor y esperé. ¿Estaríamos varados? Nuestro destino dependía de ese instante, con la negra masa de

Kho-ring erguida —como la puerta del Erebo— sobre el coronamiento de la nave. ¿Qué haría ésta? ¿Seguiría su rumbo? Rápidamente me dirigí a la borda: no vi más que un resplandor tenue y brillante, que delataba la cristalina tersura de esa reposada superficie. Imposible definirlo. ¡Y yo sin saber el movimiento de la nave! Sólo necesitaría algo visible, un trozo de papel, algo visible que pudiera arrojar al agua para guiarme. Pero no llevaba nada encima y no tenía valor de bajar a buscarlo. No había tiempo. Y entonces, mis ojos ávidos y tensos advirtieron un objeto blanco flotando a una yarda del buque. Resplandeciente sobre las oscuras aguas. ¿Qué era? De pronto, reconocí mi gorra. Seguramente se le había caído y no se había molestado en recogerla. Ya tenía lo que necesitaba: una señal visible y salvadora. Pero ya no pensé demasiado en mi otro yo, ahora lejos de la nave, oculto para siempre de los rostros familiares, un fugitivo, un vagabundo, sin que ninguna señal en su admirable frente pudiera contener una mano homicida —y excesivamente vanidoso como para dar explicaciones. Contemplé esa gorra (testigo de mi repentina piedad hacia el destino de su carne), cuya misión a sido protegerlo del sol; he aquí que ahora protegía a mi nave, clara señal que me rescataba de mi ignorancia y de mi confusión. Avanzaba a la deriva para indicarme —en el instante preciso— que el buque se volvía de popa. —Cambiar el timón —ordené en voz baja a ese marino que parecía una estatua. Sus ojos emitieron un fiero destello a la luz de la bitácora, mientras pasaba al otro lado para hacer girar la rueda del timón. Fui al alcázar de popa. Toda la tripulación, en la cubierta envuelta en sombras, esperaba mis órdenes para bracear. Las estrellas parecían balancearse de izquierda a derecha. En medio de ese silencio brutal, oí que un marinero le murmuraba a otro, con gran alivio: —Está virando. —Ahora, arriba. Las vergas del trinquete giraron estrepitosamente entre un estallido de gritos de júbilo. Las terribles patillas procedieron a impartir órdenes. La nave avanzaba. Y yo estaba solo con ella. ¡Nada!, nadie en el mundo podía interponerse entre nosotros; tender ninguna sombra en nuestro silencioso entendimiento, en nuestro mudo afecto, en esa perfecta unión que tiene lugar entre un marino con su primer mando. Mientras iba hacia la parte delantera, me dio tiempo de ver, en el borde mismo de la penumbra que proyectaba aquella masa negra y titánica —como la puerta del Erebo— mi gorra blanca, que poco a poco se esfumaba indicándome el lugar donde mi confidente secreto, compañero de mi cabina y partícipe de todos mis pensamientos, se había arrojado al agua para arrastrar su castigo:

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Un hombre libre un orgulloso nadador en busca de su desconocido destino.

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