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ARQUEOLOGÍA Y VIDA Nº 1 2007 DUCCIO BONAVIA MUSEO DE ARQUEOLOGÍA, ANTROPOLOGÍA E HISTORIA FACULTAD DE CIENCIAS SOCIALES UNIVERSIDAD NACIONAL DE TRUJILLO IFEA: INSTITUTO FRANCES DE ESTUDIOS ANDINOS SERIE: ARQUEOLOGIA Y VIDA Nº 1 – 2007 DIRECTORES Enrique Vergara Montero Humberto Vega Llerena EDITORES Enrique Vergara Montero IFEA: INSTITUTO FRANCES DE ESTUDIOS ANDINOS PRODUCCION EDITORIAL Yolanda Sanchez Pagador Proyecto Arqueológico Huaca de La Luna MUSEO DE ARQUEOLOGIA, ANTROPOLOGIA E HISTORIA Jr. Junin 682 – Trujillo Telèf: (51 44) 474850 INSTITUTO FRANCES DE ESTUDIOS ANDINOS Av. Arequipa 4595 , Lima 18 – Perú Teléf: (51 1) 4476070 Fax: (51 1) 4457650 Pág: web: http//:www ifeanet.org.pe Este volumen corresponde al tomo ISBN Nº Deposito Legal Carátula: Santiago Vergara Montero CONTENIDO Editorial Arqueología y Vida Víctor Carlos Sabana Gamarra Rector de la Universidad Nacional de Trujillo Presentación Santiago Uceda Castillo Decano de la Facultad de Ciencias Sociales Duccio Bonavia y la Arqueología Peruana Ramiro Matos Mendieta Duccio Bonavia Fernando Silva Santisteban El amigo Duccio Bonavia Cristóbal Campana Delgado Semblanza y Bibliografía vitae de Duccio Bonavia Origen de los artículos reproducidos 5 7 9 11 39 45 49 83 TEORIA Tello y la Arqueología de la ceja de selva. 1981 De la caza-recolección a la agricultura: una perspectiva local. 1996 87 97 ¿Bases Marítimas o Desarrollo Agrícola? 50 Años de Estudios Americanistas en la Universidad de Bonn. Nuevas contribuciones a la arqueología, etnohistoria, etnolingüística y etnografía de las Américas.1998 119 Los orígenes de la Civilización Andina. 2003 139 ARTE Una pintura mural de Pañamarca, valle de Nepeña. 1960 165 ECOLOGIA Factores ecológicos que han intervenido en la transformación urbana a través de los últimos siglos de la época precolombina. 1972 199 PALEOPATOLOGIA Exostosis del conducto auditivo externo: notas adicionales. 1991 El soroche visto a través de las crónicas de los siglos XVI y XVII. 1999 219 231 ETNOBOTANICA La papa: apuntes sobre sus orígenes y su domesticación. 1993 Revisión de las pruebas de la existencia de maíz precerámico de los Andes Centrales. Con Alexander Grobman. 1999 245 261 BIOGRAFIAS Alfred Kroeber y su obra peruanista. 1961 Hans Horkheimer. 1966 Don Oscar Lostaunau. 1986 293 299 307 EDITORIAL El objetivo que mueve este proyecto editorial, denominado ARQUEOLOGIA Y VIDA del Museo de Arqueología, Antropología e Historia de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Trujillo y el IFEA - Instituto Francés de Estudios Andinos - es dar a conocer y homenajear en vida la trayectoria y la fructífera producción de arqueólogos peruanos y extranjeros talentosos, que han dedicado y siguen dedicando su vida a la investigación y esclarecimiento del complejo mundo andino peruano. Los autores, que estarán en los próximos números, son de un claro y diáfano perfil científico, académico y humano. Nos es sumamente grato y un honor dedicar este primer número al Dr. Duccio Bonavia, quien tiene buenas cifras de semillas germinadas a la investigación del Perú profundo y su pasado; su producción intelectual es de mucho valor y calidad científica que brilla con luz propia. Esta pequeña selección de trece artículos divididos en seis secciones, constituyen parte del inventario de una inmensa bibliografía de su autoría. Cada una de ellas representa un análisis preciso y precioso que muestra su profundo interés académico por dar a conocer la metodología e inferencias aplicadas dándoles la significación y el valor que realmente tienen, para lograr definir en forma magistral y científica los eventos sociales y culturales de los grupos humanos y el problema científico investigado. Para dar el marco de prestancia a la obra del Dr. Bonavia, ha sido necesario comprometer a tres personalidades para que asuman la semblanza del autor homenajeado. Y así fue, tanto el Dr. Ramiro Matos Mendieta, el Dr. Fernando Silva Santisteban y el Dr. Cristóbal Campana Delgado, desde que tuvieron conocimiento de este proyecto editorial, nos dieron su amable respuesta positiva y su amplia emoción de asumirlas. No obstante, no podemos callar, de un penoso acontecimiento que luego de pocas semanas de entrega de la semblanza del Dr. Fernando Silva Santisteban, se desencadenó su sensible fallecimiento, pero nos dejó sus últimas líneas, hoy convertidas en una gran reseña histórica al autor y a esta obra. Nuestra gratitud póstuma al Dr. Fernando Silva Santisteban, por haber respondido a esta convocatoria. Para concretizar la edición de este primer libro de la serie , no ha sido necesario golpear nuestra cabeza contra el muro de indiferencia de los hombres que llegan a la administración del gobierno y de instituciones del estado. Por fortuna, el IFEA con su Director Dr. Henri GODARD, conciente de esta necesidad editorial que le plantié, entendió en forma inmediata la indispensable necesidad de dar impulso a la edición de este primer documento, en homenaje al Dr. Duccio Bonavia, y hoy lo concretizamos con admiración y respeto. Con el mismo sentimiento lo seguiremos haciendo con los autores que sigan a este primer libro. Duccio Bonavia, forma parte de una riquísima cantera de arqueólogos de prestigio muy sólido y de mente heterogénea muy abierta, cuyos esfuerzos han contribuido a iluminar el panorama de la Arqueología Andina Peruana, y los jóvenes que se encuentran estudiando esta noble carrera tienen la obligación de acercarse a las obras de estos grandes hombres para afinar y desarrollar sus espíritus de futuros investigadores responsables que prestigiarán al Perú. Finalmente, por indicaciones del autor se ha respetado el formato original de la bibliografía de cada texto, también la corrección de algunos errores que habían en los originales. Nuestro profundo agradecimiento a todas aquellas instituciones y autoridades que autorizaron la reproducción de los artículos seleccionados. Enrique Vergara Montero ARQUEOLOGÍA Y VIDA Para la Universidad Nacional de Trujillo resulta insoslayable dejar de resaltar la impecable edición en su primer número de la Serie intitulada: ARQUEOLOGÍA Y VIDA, dedicada al Dr. Duccio Bonavia, asumido como una gran propuesta editorial del Museo de Arqueología, Antropología e Historia de la Facultad de Ciencias Sociales . Sin investigación y sin publicaciones no hay desarrollo científico; tampoco desarrollo global de la sociedad. Universidad que descuida estos caminos de su quehacer se aleja de su elevada misión creadora y difusión de conocimiento e ingresa en estado de languidez académica. No obstante la encrucijada y acoso que enervan los escalones cimeros de la educación, la Universidad Nacional de Trujillo mantiene su esperanza de mejoramiento. Por ello, aportes como los realizados por el Museo de Arqueología, Antropología e Historia, con devoción científica, patriotismo, entusiasmo y sin alarde merecen estímulo y reconocimiento de la comunidad universitaria y ciudadanía entera. No sería posible esta publicación sin el apoyo siempre loable y oportuno del IFEA – Instituto Francés de Estudios Andinos y del Proyecto Huaca de La Luna, que merecen nuestro más sincero reconocimiento. Dr. Victor Carlos Sabana Gamarra Rector Universidad Nacional de Trujillo PRESENTACIÓN Esta serie de documentos que resumen la obra más significativa de investigadores en el campo de la arqueología y la antropología que se inicia, tiene un doble significado, de una parte, permitirá a muchos jóvenes investigadores o estudiosos del mundo andino encontrarse con trabajos que se publicaron hace algunas décadas atrás y que no son de fácil acceso, de otra parte, se trata de un reconocimiento público al esfuerzo y dedicación a la ciencia que cultiva cada uno de los investigadores que han sido seleccionados para formar parte de esta serie. Tiene un particular significado, además, que esta serie la inicie uno de los más destacados investigadores de la arqueología peruana. Su dedicación y estrictez en sus investigaciones le han permitido abarcar diversos temas con la capacidad del especialista. En los párrafos que siguen trataré de hacer un apretado resumen de su trabajo. Duccio Bonavia, italiano de nacimiento, luego nacionalizado peruano, culminó sus estudios universitarios en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos presentando la tesis: «Sobre el estilo Teatino», trabajo de investigación que fue calificado como sobresaliente y por unanimidad por el jurado calificador. Al siguiente año obtuvo el Grado de Doctor en Letras con la tesis: «Seis sitios de la parte inferior del Valle de Lurín». Posteriormente ha realizado estudios de Post-Graduados en la ciudad de Roma con el apoyo de la Fundación Lerici (1965) para seguir un curso sobre «Nuevas Técnicas en la exploración arqueológica». Entre los años 1967 y 1968, obtuvo una beca del gobierno francés para seguir estudios de perfeccionamiento e investigaciones en el Laboratorio de Geología del Cuaternario de la Universidad de Burdeos bajo el asesoramiento del profesor François Bordes. Su vida profesional la inicia dirigiendo el Catastro de Monumentos Prehispánicos del Valle de Lima (1962-63), documento primero en su género en el país. Organizó y dirigió la Primera Expedición Científica de la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga a la ceja de selva de Ayacucho (1964) área a la que retornó en visitas de investigación en 1970. Asimismo, realizó las primeras excavaciones arqueológicas en Yaro (Pajatén) en 1966. Producto de estos estudios publicará un libro en 1968: «Las ruinas del Abiseo», documento que ha quedado como una de las primeras referencias científicas sobre la cultura Chachapoya y del sitio en particular. En el norte peruano ha realizado exploraciones en la cuenca del río Chancay, Lambayeque (1971) y en la parte inferior del Valle de Jequetepeque (1972). Pero por sobre todo, ha dedicado varios años a investigaciones en el valle de Huarmey (1974, 1975, 1976, 1977, 1979, 1988), especialmente el sitio de Los Gavilanes. Fueron los estudios en este sitio los que le han permitido a Bonavia hacer sus mejores aportes a la historia antigua del Perú, información sobre la forma de vida, uso de los recursos marinos, y sobre todo aportar pruebas fehacientes sobre la domesticación local del maíz. Como reconocimiento a su labor ha recibido la ayuda de prestigiosas instituciones como la John Simon Guggenheim Memorial Foundation; de la Fundación Ford; del Royal Ontario Museum; del Instituto Francés de Estudios Andinos y del Consejo Nacional de Ciencias y Tecnología. Forma parte de las más distinguidas instituciones académicas del Perú y el extranjero; sólo mencionaré las más importantes: miembro fundador de Fomciencias, miembro de la Comisión Técnica Calificadora de Proyectos Arqueológicos (en diversas ocasiones), Asesor de la Fundación Ford para la Conservación del Patrimonio Cultural, miembro de número de la Academia Nacional de Historia, miembro del Consejo de la Société des Americanistas de Paris, miembro de la Sección Nacional –Perú del Instituto Panamericano de Geografía e Historia, Comité de Arqueología. Difícilmente habrá arqueólogos que superen su vasta producción científica; entre libros, monografías, artículos y reseñas bibliográficas llegan a 360 sus publicaciones. Se destacan sus libros Richata Quellcani; Pinturas Murales Prehispánicas; el Precerámico Peruano. Los Gavilanes: mar, desierto y oasis en la historia del hombre; Perú: hombre e historia. De los orígenes al siglo XV; Los camélidos sudamericanos (una introducción a su estudio); obras que son fundamentales para el conocimiento sobre el antiguo Perú. A ello hay que agregar su participación en muchísimos eventos científicos nacionales y extranjeros, como ponente y coordinador, fruto de ello es la publicación de más de un centenar de artículos en revistas especializadas, libros colectivos. Esta selección de su obra, no dudo que será bien recibida por la colectividad académica, como por el público culto general, que busca fuentes de información confiables para ampliar sus conocimientos. Santiago Uceda Castillo Decano de la Facultad de Ciencias Sociales Universidad Nacional de Trujillo Duccio Bonavia Berber y la Arqueología Peruana / Arqueología y Vida R. Matos Mendieta 2007, Nº 1, págs. 11-38 DUCCIO BONAVIA BERBER Y LA ARQUEOLOGÍA PERUANA Ramiro Matos Mendieta Smithsonian National Museum of the American Indian En los comienzos del siglo XX, la Arqueología se definía como una disciplina humanista, ubicada dentro de la Antropología y las Ciencias Sociales. A la Arqueología le correspondía el estudio de la cultura material de los pueblos antiguos, un poco para parafrasear el título del libro de Melville Herskovits (1974) “El Hombre y sus Obras”, uno de los primeros alumnos de Franz Boas. En la Arqueología Andina, además de esta ya tradicional perspectiva, se observa la influencia de la corriente histórico cultural y el relativismo cultural lideradas por Franz Boas, en las primeras décadas del siglo, y aplicada en el Perú por Alfred Kroeber (1921-51) y John Rowe (1938-2005), junto con el neo-evolucionismo de la Antropología Cultural encabezado, entre otros, por Leslie White. Estos arqueólogos norteamericanos dominaron el pensamiento de la arqueología peruana y andina en general. Otras corrientes no menos importantes que se dejaron sentir y que provienen de la Antropología Cultural, fueron el funcionalismo de Bronislaw Malinowski, el estructuralismo liderado por Lévi-Strauss e introducido en el Perú por el holandésnorteamericano Tom Zuidema (1964- 1995), el materialismo histórico promovido por Julian Steward (1955) (civilizaciones de riego) y Gordon Childe (1951), catalizado por Emilio Choy en el Perú entre los años 1960-70, hasta el difusionismo alentado por el boliviano Dick Edgar Ibarra Grasso. La presencia del alemán Max Uhle en el Perú (1896-1940) marcó otro capítulo temprano en la historia de las investigaciones andinas. Él estaba influido por la corriente histórico cultural que se origina en Alemania a fines del siglo XIX e ingresa a los Estados Unidos de América y cobra auge con Franz Boas a comienzo del siglo XX. Además de los aportes de Uhle a la arqueología andina, lo que destaca son sus debates con el peruano Julio C. Tello. A este panorama se debe agregar una corriente peruana surgida a mediados del siglo XX: la etnohistoria andina, delineada por Luis Valcárcel y desarrollada años después por María Rostworowski y Franklin Pease (19601990) y la otra procesualista liderada por Binford, que ingresa muy tenuemente en la arqueología andina de los años 1970 a los 1980. Al bosquejar la historia de la arqueología andina, no se puede ignorar la importancia que tuvieron dos proyectos: uno, el del Valle de Virú de 1946, y dos, el programa de arqueología de emergencia en los valles de la costa Peruana, patrocinado por la Comisión Fulbright entre los años 1957- 1960, dentro del cual llegaron David Kelly, Paul Tolstoy, Donald Thompson, Louis Stumer y con el grupo de Berkeley: John Rowe, Lawrence Dawson, Dorothy Menzel y Dwight Walace. Las metodologías ensayadas por los integrantes del proyecto Virú y las nuevas 11 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 conceptualizaciones acerca del proceso cultural andino marcaron una etapa en el desarrollo de las investigaciones arqueológicas en el Perú. La Universidad Nacional Mayor de San Marcos que fue la parte peruana del proyecto Fulbright, organizó en 1958 la Primera Mesa Redonda de Ciencias Antropológicas, en la que incluía en su agenda un simposio dedicado a la nomenclatura en la arqueología peruana. Fue aquí donde Rowe presentó su ya famosa propuesta de cronología, que dividía el pasado arqueológico del Perú en horizontes y períodos, distinta a la de Schaedel que tenía una orientación histórico social. Es por estos tiempos que Bonavia entra a desempeñar un papel en la Arqueología Peruana. Siendo aún estudiante, él participa activamente en la mencionada Mesa Redonda y acompaña a David Kelley en sus exploraciones de Piura. El ambiente académico de la década de 1950-60 fue muy activo. En ese ambiente se forma profesionalmente Duccio Bonavia Berber, bajo la tutoría de profesores como Jorge C. Muelle, — historiador de arte y alineado con los postulados de Uhle —, Luis E. Valcárcel, — historiador y forjador de la etnohistoria andina—, Raúl Porras Barrenecha, —lúcido historiador con tendencia hispanista—, Mons. Pedro Villar Córdova, arqueólogo, discípulo de Tello, Edward P. Lanning, arqueólogo, alumno de Rowe, Jean Vellard, etnólogo francés con experiencia con grupos étnicos en extinción, como los Uru Chipaya y los Alakaluf. Fuera de las aulas, Bonavia, cultivó una selecta amistad con personalidades de la elite intelectual peruana, como José María Arguedas, con quien hablaba sobre temas indígenas, Bruno Roselli, eminente historiador de arte, Enrique Barboza, filósofo y Ernesto Tabío, un cubano radicado en Lima, con quien exploraba la costa norcentral, para citar sólo a algunos destacados intelectuales. En 1967-1968 ganó una beca post doctoral en Francia, para entrenarse al lado del distinguido profesor François Bordes, con quien aprendió la tecnología lítica y el universo de la cultura de cazadores y, con ello, amplió su experiencia profesional. En Europa, la Arqueología y la Prehistoria son campos de estudio definidos y separados, Bonavia aprovechó de ambos para aplicar lo aprendido en los Andes. La investigación arqueológica de Bonavia en Huarmey es sin duda una de las más importantes contribuciones a la arqueología andina, primero, por la calidad científica de sus estudios y, segundo, por el hallazgo de maíz pre-cerámico en los Andes. Con un registro arqueológico meticulosamente ordenado, Bonavia en colaboración con Alexander Grobman, postula la tesis de un centro andino de domesticación del maíz, una polémica tesis, que se contrapone a otras que postulan que Mesoamérica es el único centro domesticador de la planta, de donde se habría difundido a los Andes. En el sitio Los Gavilanes, Huarmey, Bonavia (1982) excavó extensamente un asentamiento pre-alfarero, donde encontró depósitos de maíz. Para comprobar los resultados de sus análisis, comparó éstos con los resultados de aquellos provenientes de otros métodos de trabajo y acudió al auxilio de otras disciplinas. Así, las investigaciones en Huarmey, son pioneras como trabajo interdisciplinario en el Perú, por ser conducidas por un peruano, por sus metas y objetivos concretos, con una metodología de excavación por estratos naturales y un registro arqueológico llevados con rigor científico. Su trabajo es un modelo de estudio, que los franceses llamarían “etnografía del pasado”. A diferencia de otros, él no se contentó con los datos sueltos extraídos de pequeños pozos, como lo era y todavía es una práctica entre muchos 12 Duccio Bonavia Berber y la Arqueología Peruana / R. Matos Mendieta colegas, sólo para conseguir muestras para fechamiento y para la identificación de especies, sin preocuparse de las asociaciones y los contextos culturales. La excavación de Los Gavilanes se realizó en área y para un mejor control de sus fechados empleó dos técnicas conocidas: el radiocarbono y la termoluminiscencia, y para darle mayor confiabilidad a las fechas, acudió al servicio de diferentes laboratorios. Una lectura de la monografía sobre Los Gavilanes revela cómo el autor va dando sentido y dinamismo al pasado que de otra forma sería presentado de forma estática. Él va reconstruyendo el comportamiento humano durante del período arcaico, su cultura, e incluso aquellos aspectos relacionados con la salud y la patología. Sin ser necesariamente un militante de la arqueología procesual, Bonavia es uno de los pocos que ha sabido reconstruir el proceso social y cultural de un valle, desde la llegada del hombre con una economía de caza y recolección hasta los períodos tardíos, aunque su atención estuvo centrada en los períodos Arcaico y Formativo. Haciendo una diferencia con otros proyectos, trató de documentar las huellas del hombre de Huarmey, durante todos los períodos prehispánicos, tomando en consideración hasta los más pequeños detalles y restos culturales, así como las del medio ambiente del pasado y del presente. No creo ser exagerado al señalar que la contribución de Bonavia en Huarmey (1960-1979) constituye otro hito arqueológico después del proyecto del valle de Virú (1946-1947). La sentencia de Mortimer Wheeler (1961) de que hay muchas maneras de excavar mal y sólo una es buena, es una advertencia vigente para la arqueología andina. Son pocas las buenas excavaciones, una de ellas es indudablemente la realizada por Bonavia en Huarmey. Al leer su informe recordaba el discurso de Kent Flannery pronunciado en la reunión anual de la American Anthropological Association en 1982, en el cual, parafraseando a Wheeler, se quejaba de las excavaciones arqueológicas. Él propuso entonces establecer un premio al mejor excavador de los años 80, consistente en un “badilejo de oro”. Después de tres décadas, yo quisiera reclamar ese premio para Bonavia. Lamentablemente, la tesis de Grobman y Bonavia que propone un centro andino de domesticación del maíz ha sido sistemáticamente ignorada por los especialistas, quienes han soslayado los informes y ensayos que se escribieron sobre Huarmey. Es de destacarse que se trata de uno de los pocos proyectos arqueológicos que ha publicado todos sus resultados. Sobre Los Gavilanes existe una amplia monografía (1982) y más de una veintena de ensayos científicos. Se puede entender la posición de los colegas norteamericanos que defienden a México como único centro de domesticación del maíz, pero es preocupante el silencio de los colegas peruanos. Me parece oportuno al respecto, recordar las palabras de uno de los expertos peruanos en maíz, Ricardo Sevilla (1994:225,232), el cual precisamente en el libro Corn & Culture editado por Johannessen y Hastorf (1994), afirma categóricamente referiéndose a los trabajos de Bonavia en los siguientes términos: “Sus excelentes críticas sobre la validez de los datos arqueológicos, son de enorme valor en cualquier debate sobre la evolución del maíz”, y más adelante, en otro párrafo asevera: “El maíz precerámico mejor descrito en el Perú es el de Huarmey”. Binford (1972) señalaba que lo crucial de una hipótesis no es la historia de su formación, sino, la de su contrastación con otras para comprobar su validez. La constante preocupación de Bonavia fue precisamente eso, la honesta presentación y demostración de datos y fechas, sin 13 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 magnificar ni la antigüedad ni el contenido del hallazgo, confrontando con otras investigaciones sobre el tema, presentando el contexto de datos en vez de historia de descubrimientos. Parafraseando a Manuel Gándara (1990) cuando discute la analogía etnográfica como heurística, podemos afirmar que Bonavia es uno de los pocos colegas que ha sabido establecer la relación entre la conducta de los grupos del pasado y la cultura material que los sobrevivió como contexto arqueológico. La consistente preocupación de Bonavia fue hacer la Arqueología como Antropología, estudiar el universo cultural, sin descuidar ninguno de los elementos encontrados en la excavación o la exploración, haciendo de la Arqueología una disciplina científica. Desde el punto de vista del historiador de arte y de un arqueólogo, el análisis formal y estructural de un objeto conduce necesariamente al concepto de estilo. La contraposición de la forma y la función, la visualización de los elementos originarios, la filogenia, la mutación, tradicionalidad y continuidades, etc., trata de buscar influencias, relaciones, préstamos, formas arcaicas, etc., así como acercarse al proceso de emergencia mismo, para luego ordenar los objetos en fases, series y períodos. Para Bonavia, como alumno y amigo de Muelle, nada de este modelo de análisis le era ajeno. Los utilizó cuando era necesario a beneficio de la Arqueología, tal como lo atestiguan sus estudios sobre pintura mural. El primero lo realizó sobre Pañamarca (Bonavia 1960, 1961), el que fue ampliado luego y publicado como libro sobre las pinturas murales de los Andes, en castellano e inglés (Bonavia 1974, 1985). Existen asimismo numerosos artículos dedicados al análisis de la cerámica precolombina. Con la misma erudición mostrada en la Arqueología y las Ciencias Sociales, Bonavia se abocó a las Ciencias Naturales. Empezó estudiando la ecología de la costa, luego los altiplanos y la vertiente oriental de los Andes de Ayacucho. Su bibliografía es abundante al respecto. El comentario a uno de ellos se incluye en este ensayo. Dentro de esta área, su mayor contribución está dedicada a los camélidos sudamericanos. Al decir de los especialistas, ésta es la más completa que se ha escrito sobre esos animales (Bonavia 1996). He mencionado unos pocos ejemplos de la amplia producción bibliográfica de Bonavia, con el propósito de señalar, a manera de ejemplo, dos aspectos de su polifacética producción: primero, él ha sabido vincular correctamente la Arqueología con otras disciplinas auxiliares, tanto de las Ciencias Sociales como de las Naturales, e inclusive con la Medicina y las FísicoQuímica, y segundo, Bonavia ha sabido darle un alto nivel científico a sus trabajos, debido al correcto manejo de los datos, su afán por confirmar o innovar los existentes y por su constante esfuerzo por confrontar todas la evidencias. En sus comentarios y críticas a otras publicaciones, destacan el rigor que él impone en sus propios análisis de los datos empíricos y en las citas bibliográficas, en las que suele poner al descubierto crasos errores, magnificación de datos, especulaciones sin sustento empírico y, a veces, hasta datos inventados. Teniendo en cuenta la trayectoria profesional y científica de Bonavia, y mirando con pragmatismo la diversidad de teorías y corrientes filosóficas que influyeron en la arqueología andina, nos cuesta incluir a Bonavia en alguna de estas corrientes sin caer en un grave error. No encontramos una propuesta por ahora. Juzgar la obra de Duccio Bonavia no es 14 Duccio Bonavia Berber y la Arqueología Peruana / R. Matos Mendieta una tarea fácil y tomará algún tiempo para hacerlo. Al margen de un discurso retórico, que podría decir mucho acerca de sus contribuciones, creo que todavía no estamos en condiciones de caracterizar su trayectoria académica, ni menos de ubicarlo dentro de una escuela o corriente filosófica. Es una hermosa y honrosa tarea para quien la asuma, ya que tendría que estudiar su producción bibliográfica y familiarizarse al mismo tiempo con las diversas corrientes teóricas. Quisiera, sin embargo, adelantar algunos comentarios sobre la obra de Duccio Bonavia, como un preámbulo a esa futura investigación. Somos varios los que pertenecemos a su generación, la generación de los 60, egresados de la Universidad de San Marcos. Pero ninguno de nosotros hemos caminado por la misma vereda. Cada uno de nosotros ha hecho su propio derrotero y Bonavia lo comenzó desde su etapa estudiantil. Al revisar objetivamente su obra podemos enfatizar que nadie, con experiencia en la arqueología andina, puede regatear su valiosa contribución, ni menos la calidad científica de las mismas. Dentro de este contexto, es importante señalar la forma cómo Bonavia ve a la Arqueología. Para él la Arqueología es una profesión académica y una disciplina científica. Queremos puntualizar lo científico, porque la Arqueología, en la búsqueda de su paradigma, pretende ser una ciencia, con método y terminología propias, con perfil claro y objetivos concretos, tal como lo son otras disciplinas científicas. Sin embargo, la manera de hacer Arqueología en el Perú no ha avanzado y ha sido calificada de positivista por unos y tradicional por otros, principalmente porque no se cuestiona los datos empíricos y porque estos no son explicados dentro de visiones de conjunto o desarrollo local y global y la falta de marcos teóricos. El Positivismo en el Perú se mantuvo a la par con la Historia Cultural. Nos permitimos indicar que Bonavia, sin ser un “militante activo” de ninguna de las corrientes y, de acuerdo a nuestra modesta observación, ha seguido más los postulados de la Historia Cultural, manteniendo cierta distancia con la línea de Rowe y Lanning, a pesar de apreciar la labor de ellos. El compendio publicado por Bonavia (1991) creo que puede ubicarse dentro de esa corriente, en la cual, la historicidad de las leyes sociales y las particularidades del proceso andino están coherentemente ordenados y han sido analizados desde diversos ángulos disciplinarios. Creemos, asimismo, que la influencia del humanismo italiano, que concibe al hombre no sólo como una explicación filosófica, sino como una realidad social, están permanentemente presentes en sus trabajos. Además, como diremos más adelante, Bonavia es uno los pocos consistentes con el dictum de que “la arqueología es antropología o no es nada” (Philips 1955) o, como dijera Binford (1962): “la arqueología como antropología”, tratando de demostrar con sus trabajos, que la Arqueología como tal, no es una rama de la Antropología, sino más bien, un intento por estudiar el universo cultural. La práctica de la Arqueología en el Perú casi siempre estuvo en manos de investigadores extranjeros, con honrosas excepciones. Tello en su época y Bonavia en años recientes, han bregado solitariamente, tanto para llevar adelante sus investigaciones como para defender el patrimonio arqueológico. A ninguno de los dos se les ha visto co-dirigiendo grandes proyectos, con dispendio de suculentos fondos. Además, a pesar de las adversidades, ambos se han mantenido firmes en el quehacer arqueológico, como investigación y como defensa de la herencia cultural indígena. Por eso, como parte inherente a su labor profesional, me permito mencionar en el caso de Bonavia, su honestidad. Sin honestidad no hay ciencia. La fiel adhesión al dato 15 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 empírico, al argumento sustentado en datos, al debate académico basado en el registro arqueológico, son los atributos humanos que caracterizan su trabajo. Es cierto que los modelos teóricos son importantes para el avance de la ciencia, pero es más importante que esos modelos tengan su sustento en datos confiables. Bonavia es uno de los pocos que ha sabido escudriñar en las fuentes primarias y los resultados los escribe con fidelidad a la verdad, una tarea hermenéutica recomendada por la Historia Cultural. De allí que sus críticas suenen acuciosas y muy severas. El lector tendrá la impresión, debido a los comentarios precedentes, que la Arqueología Andina se ha detenido en los 1960-70 y, por consiguiente, Bonavia también se habría quedado estancado bajo la sombra de esos años. En parte la suposición puede ser correcta porque, en efecto, fuera de las novedades que la Arqueología Monumental nos trae en años recientes, la producción bibliográfica, cada vez más abundante, es principalmente complementaria a la ya clásica, y otras prefieren el discurso teórico en vez de la presentación y evaluación de datos de campo o gabinete. Sin embargo, reconozco que existen excelentes y novedosas contribuciones publicadas en las cuatro últimas décadas, los cuales sin duda, serán también motivo de otras evaluaciones futuras. No es el propósito de este ensayo hacer una historia de la Arqueología Andina, ni mucho menos analizar la influencia de las diversas corrientes en Bonavia, sino intentar una semblanza académica de su producción científica. Por eso no nos detenemos en analizar las nuevas corrientes que tienen incidencia en la Arqueología Americana, algunas de las cuales llegaron y pasaron por la Arqueología Andina, y dejaron poco o ningún impacto en la investigación peruana. Se escucharon, por ejemplo, ecos de la arqueología postprocesual, del neo-positivismo, de la simbólica, entre algunos, pero en la práctica, su presencia es relativamente débil comparada con la fuerza que ha tomado en otras partes del hemisferio. Tampoco nos detenemos en la Arqueología Social, sobre la cual recomendamos al lector a leer los comentarios de Oyuela Caycedo, Anaya, Elera y Valdez (1997) y Aguirre-Morales (2005). La Arqueología Andina de los años 1940 a 1970, ha sentado sólidas bases empíricas para reconstruir la historia de los pueblos prehispánicos. Muchos trabajos de esa época, como los de Kroeber, Bennett, los miembros del proyecto Virú, Rowe, Larco Hoyle, Lanning, entre otros, mantienen aún vigencia en la actualidad. Los trabajos de Bonavia representan la continuación de los mencionados, y sin duda tendrán la misma vigencia. Para terminar, cabe destacar que Bonavia ha sido polifacético a lo largo de su vida profesional. Probablemente es el único arqueólogo peruano que, aparte de los aspectos tradicionales de la arqueología, ha incursionado en el arte, en el fenómeno urbano, en la botánica, en la zoología, en la paleopatología, en la parasitología, en la paleoescatología, en la fisiología de altura y en la historia de la medicina. Como una muestra de esta polifacética producción de Bonavia, se acompaña a este breve comentario, resúmenes de una docena de sus ensayos que se han escogido al azar; tres están dedicados al debate teórico, uno al arte, otro a la ecología, dos a la paleo-patología, uno a la etnobotánica y tres son obituarios académicos. 16 Duccio Bonavia Berber y la Arqueología Peruana / R. Matos Mendieta 1) ¿Bases marítimas o desarrollo agrícola? En varias de sus publicaciones, Bonavia cuestionó la tesis de Moseley (1975, 1992) sobre “maritime foundation”, principalmente por la inconsistencia de los datos, por la ausencia de otros y el poco uso de la literatura existente. Señala Bonavia que Moseley no presenta argumentos confiables sobre el valor de los productos del mar en la formación de sociedades complejas, ni menos intenta comparar los recursos de los pescadores con los que disponían los habitantes de los valles. Cuestiona incluso la originalidad de la tesis, y aclara que el autor de la idea fue Lanning (1966:190; 1967: 59), quien sugirió la hipótesis de la existencia de sociedades de pescadores que se desarrollaron sin uso de la agricultura, sin tener ninguna evidencia que apoyara tal audaz afirmación. El mejor argumento usado para sustentar la tesis de “fundaciones marítimas”, fue el recurso de la anchoveta, debido a su abundancia y su fácil aprovechamiento, al cual Bonavia replica, señalando que no existen evidencias arqueológicas acerca de la captura de la anchoveta durante el Arcaico. Tampoco existen testimonios claros de las herramientas de pesca que podrían sugerir la existencia de una tecnología marítima, cuestiones previamente discutidas por la arqueóloga peruana Rosa Fung (1972), pero que Moseley no tomó en cuenta. Proveyendo argumentos sólidos, Bonavia señala que los pocos fragmentos de redes de pesca arqueológicos que se han encontrado, plantean más problemas que soluciones si se las analiza con detalle. Además, en condiciones normales los cardúmenes se encuentran entre 10-25 m de profundidad, con mayor dispersión y baja disponibilidad en el invierno, por las cuales se requiere de redes y embarcaciones apropiadas (Bonavia 1998). Un buen argumento que podría apoyar la tesis de Moseley, sería la notable concentración de asentamientos pre-cerámicos en la costa, aunque lamentablemente los sitios conocidos como La Paloma, El Paraíso, entre otros, no presentan las evidencias que Moseley arguye, sino hasta el período siguiente, el Formativo Inicial, durante el cual se advierte un notable desarrollo de centros ceremoniales en el litoral central, como los ha descrito Fung (1972), El hombre temprano, dice Bonavia, ha bajado de la sierra a la costa con amplio conocimiento de plantas y animales, cuyo proceso de domesticación se habría llevado a cabo en la región alto andina y no en la costa. Asimismo practicaban la recolección de plantas que fue y es una práctica constante hasta la actualidad. Agrega que no es cierto que los primeros colonizadores de la costa conocieran tejidos, y por lo tanto, estuvieran preparados para pescar con redes, como se afirma. Al comienzo tuvieron que alancear peces grandes. Se sabe que los cazadores paijanenses no tuvieron tejidos y el uso de las redes sólo comienza durante la Fase V de Lanning (1967) y un poco más temprano en la sierra, Fase III y IV, en la cueva Guitarrero. Los tejidos y redes que llegaron a la costa presentaban características desarrolladas, de modo que de ninguna manera podían ser considerados iniciales. El concepto de Bennett (1948) sobre “área co-tradicional”, las relaciones tranversales costa-sierra-selva y la unidad del área cultural andina son importantes factores que no deben ser ignorados en este debate. Asimismo, es importante distinguir que la ecología del litoral no es una unidad, sino una diversidad y variedad. Por eso, no es lo mismo pescar o mariscar en playas de arena que en acantilados de roca. 17 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 La Arqueología no cuenta con métodos adecuados para medir la dieta; los intentos por analizar estadísticamente restos de comida colectada en excavaciones son escasos y los pocos ejemplos que existen no deben ser ignorados (Pozorski 1976; Bonavia 1982). No existe tampoco una estimación sobre la relación de los grandes concheros con la posible cantidad de carne utilizada. Se miden o contabilizan restos de plantas y animales que no se come, como huesos y cáscaras, que dan testimonio sobre el consumo pero nada sobre el volumen y la cantidad de proteína, carbohidratos, almidón, etc., ingeridos por el hombre antiguo. Pickersgill y Smith (1981) citados por Bonavia (1998: 52) señalan que “es difícil evaluar la importancia dietética de la alimentación de plantas comparada con los productos marinos”. Finalmente, Bonavia es muy claro al afirmar que nadie puede poner en duda la importancia del mar en las sociedades pre-hispánicas andinas, pero aclara, que sólo los recursos del mar, por más ricos que fueran, no podrían dar seguridad a un desarrollo sostenido, sin el soporte de la agricultura, y concluye señalando: “la agricultura fue la madre de la civilización” (Bonavia 1998: 58). 2. De la caza-recolección a la agricultura: una perspectiva local. En la costa central y norte del Perú se pensó inicialmente en la existencia de dos tradiciones de cazadores, a las cuales se les ha llamado Chivateros y Paijanense. Claude Chauchat y Duccio Bonavia, por separado, llegaron a la conclusión que ambas representan la misma tradición que Bonavia llama Complejo Chivateros. Posteriormente los mismos autores, demostraron que la tradición se expandió hasta la costa sur. La zona de Huarmey es crucial no sólo para la solución de este problema, pero también, para definir el siguiente período de ocupación, el Arcaico. Para explicar el complicado problema de transición entre los cazadores paijanenses (8,000 a.C.) y los horticultores con cerámica inicial (1,800 a.C.), Bonavia acude a los datos de sus propios trabajos de Huarmey. Advierte que la ausencia de asentamientos del período transicional puede ser atribuido a dos factores, o porque hayan sido enterrados por las dunas, o porque los cambios climáticos les hayan obligado a una rápida adaptación a los recursos marinos, alternando con la recolección de plantas del valle, con lo cual la caza se convertía en una actividad secundaria. Bonavia menciona haber encontrado dos sitios con ocupaciones posteriores a los cazadores, uno, el numerado como 106, está ubicado sobre la margen derecha del río Huarmey y cerca de su desembocadura y, el otro, numerado como 6, muy cerca de Los Gavilanes. Al reconstruir la geomorfología del valle, refiere que por entonces había grandes áreas pantanosas, con abundante agua salobre, capa freática muy alta, y por lo tanto, con suficientes recursos naturales, plantas y animales para el uso humano. Gracias a esos factores naturales, el hombre desde muy temprano (5,640 – 4950 a.C.) habría asumido un comportamiento sedentario. Con la experiencia de un experto, Bonavia analiza la industria lítica encontrada en ese asentamiento transicional que él llama 106, la ordena tipológicamente y describe su función, para concluir que la mayoría son guijarros que presentan golpes bipolares y que fueron utilizados para mariscar. Las evidencias del sitio 106 de Huarmey y de Mongoncillo en Casma, estudiado 18 Duccio Bonavia Berber y la Arqueología Peruana / R. Matos Mendieta por Malpass (1986), de acuerdo a las evaluaciones hechas por Bonavia, podrían corresponder a la fase que continúa a la Paijanense, aunque dice Bonavia que Chauchat las pone en duda. Frente a la duda del arqueólogo francés, replica Bonavia señalando que la única manera de despejar cualquier incógnita, sería encontrando en la Pampa de los Fósiles asentamientos con ocupación que sean la continuación de los de Paiján y en Huarmey sitios con implementos del complejo Chivateros, lo cual no ha ocurrido hasta ahora. Al describir Bonavia los recursos utilizados por la gente del 106 y los del sitio del número 6, destaca en ambos la abundancia de cucúrbitas que pueden haber sido utilizadas como alimento, como recipiente y aun como combustible. Entre los dos sitios estudiados existen similitudes y diferencias, las cuales, cuidadosamente analizadas por Bonavia, permiten fijar la secuencia de ocupaciones, primero el 106 seguido por el 6. En el 6 aparecen tejidos que no existen en el 106. Del mismo modo, en el sitio 6 aparecen las plantas industriales como mate y algodón y especies comestibles como calabazas, frijoles y paltas, que dan claro testimonio sobre la presencia de una sociedad más evolucionada que la del 106. En el 106 habría habitado un grupo de gentes con economía más pescadora y recolectora, mientras que las del 6 fueron agricultores iniciales. Bonavia también indica haber encontrado hojas de coca (Eriythoxylum truxillense) en el sitio 6. Como se sabe, el fríjol en la sierra de Ancash es más antiguo que en la costa y el maíz serrano de acuerdo a los datos de Bonavia habría llegado primero a Casma y luego a Huarmey. La lista de plantas y animales aprovechados por la población de Huarmey durante la Época 2 de Gavilanes, que corresponde a la fase inicial del sitio 6, es numerosa, tanto los procedentes del mar como los de la tierra. Al respecto cabe señalar la experiencia de Bonavia para analizar el conjunto de recursos y su ecología. No se detiene en un listado y la mención del uso, sino que las amplía hasta precisar el hábitat y las técnicas para cazarlas, pescarlas y recolectarlas. Las evidencias sugieren que la agricultura viene de la sierra hacia los finales del período arcaico, Epoca 1 y 2 de Los Gavilanes, con una rápida expansión de la horticultura. En la época 2 aparecen nuevas plantas cultivadas, entre ellas el maíz, la yuca, ají y guayabo, ampliándose la lista con chirimoya, jíquima, pallar y, probablemente camote, en la época 3. En Huarmey, antes de la introducción de la cerámica, los grupos pre-cerámicos eran ya sedentarios, con agricultura y producción de tejidos, era una sociedad que sabía perfectamente aprovechar los recursos tanto del mar como de la tierra, aunque no hayan construido viviendas convencionales, quizás porque ellas no fueran necesarias, en tanto que la gente vivía cómodamente en campamentos abiertos. Pero en cambio se preocuparon, por habilitar depósitos para el almacenaje de alimentos, especialmente durante tiempos difíciles, cuando la presencia de El Niño era evidente. Los depósitos de maíz de Los Gavilanes son un ejemplo de aquello. Bonavia concluye señalando que no hay evidencias que permitan pensar en una posible domesticación de plantas en la costa, y más bien ésta habría ocurrido en la sierra, de donde se desplazaron a la costa totalmente domesticadas, como el maíz, por ejemplo. Los datos de Paiján, de los sitios 106 y 6 de Huarmey y Mongoncillo de Casma fueron cuidadosamente analizados y comparados, los cuales sugieren la siguiente secuencia cultural: de cazadores (Paiján) a los agricultores (sitio 6), con una fase transicional en el sitio 106. Los 19 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 recursos del mar, debido a su ecología cambiante, a pesar de su riqueza “no le ofrecía al poblador la seguridad que les daban los productos agrícolas”. 3. Orígenes de la Civilización Andina. Muchos arqueólogos se han preocupado por caracterizar los orígenes de la Civilización Andina, a los cuales se ha sumado Bonavia, con un ensayo que aquí se comenta. Este es didáctico, escrito en un estilo sencillo al alcance de cualquier lector. El autor explica a base de los datos que se conocen, los cambios climáticos y culturales durante el milenario proceso Andino, desde la llegada del hombre hasta el nacimiento de la Civilización Andina. Al igual que otros académicos, Bonavia llama la atención sobre la importancia del concepto y el correcto uso de la terminología. Los términos usados en la literatura, como “civilización”, “ciudad”, “urbanismo”, entre otros, deben ser adecuadamente utilizados cuando se trata de definir la categoría de un asentamiento o una cultura. La diferencia entre un amateur y el profesional es eso, el manejo idóneo de los conceptos teóricos y su relación con los hechos empíricos. Lamentablemente en la Arqueología Peruana estos términos han sido muy manoseados, sin tomar en cuenta la connotación académica que ellos tienen en la Ciencias Sociales. Para entender los orígenes de la Civilización Andina, Bonavia hace un resumen sobre los antecedentes geoclimáticos en los Andes, desde el Pleistoceno al Holoceno Medio, explica los períodos glaciares, postglaciares, las grandes lluvias, las condiciones ambientales y los potenciales recursos naturales de cada región ecológica: costa, sierra y la selva tropical, tratando de visualizar el medio ambiente al cual habrían llegado los primeros hombres, en estado de cazadores y recolectores. Cada una de esos fenómenos naturales y las diversas etapas de desarrollo y evolución cultural del hombre, es didácticamente explicada por Bonavia, situándolos en el tiempo y el espacio. Los primeros cazadores paleo-indígenas se desplazaron de norte a sur, siguiendo posiblemente a la megafauna del Pleistoceno. Las primeras huellas se han encontrado en la Cueva del Guitarrero, Callejón de Huaylas, con una antigüedad de 8000 a.C. Estos cazadores complementaban su economía con la recolección de una gran cantidad de plantas. En el siguiente milenio, ya estaban domesticando hasta dos especies de frijoles y hacia 4000 a. C. ya están sembrando maíz. Mientras que en Guitarrero y en los valles de Ayacucho se estaba desarrollando la agricultura, los que se asentaron en las punas abiertas como Lauricocha y Junín, perfeccionaban la caza y domesticaban a los camélidos. Estos animales como se sabe, tienen conducta territorial y vida social gregaria, por lo cual, era fácil para el hombre convivir con ellos. Las cuevas en el altiplano son muy húmedas, por ello quizás no ha sido posible encontrar restos de flora, aunque en Pachamachay se logró colectar semillas de maca y quenopodiaceas en estratos del pre-cerámico final. En la costa, posiblemente los mismos cazadores- recolectores altoandinos, al encontrarse con nuevos ambientes, el desierto y el mar, desarrollaron otro modelo de economía, alternando 20 Duccio Bonavia Berber y la Arqueología Peruana / R. Matos Mendieta la recolecta de plantas con la pesca. A estos grupos, que se extendieron de Lambayeque hasta Ica, se les ha llamado Complejo Chivateros. En términos globales, Bonavia comparte la opinión de especialistas como Richard B. Lee, que ha estudiado a grupos de cazadores-recolectores, en señalar que porcentualmente el uso de plantas por ellos, es muy superior a la de animales terrestres y del mar. A través de los milenios, se desarrolló una relación totalmente natural, del hombre con las plantas, la cual dice Bonavia, fue “sin duda uno de los más grandes sucesos de la historia de la humanidad”. La tremenda abundancia y variedad de plantas en los valles, facilitó la temprana sedentarización del hombre, ensayando la reproducción de alguna de ellas. La domesticación de plantas no fue un acontecimiento sino un proceso, en muchos casos de cientos y miles de años. Posiblemente algunas plantas fueron domesticadas varias veces hasta ser incorporadas a la economía social. Hacia los 3,000 a.C. el proceso de cambio cultural es mucho más rápido y marcado, dice Bonavia. Surgen los villorrios con viviendas nucleadas, todavía durante el precerámico se producen serias transformaciones en los patrones urbanos, con claras evidencias de la existencia de una sofisticada organización social. Esta compleja expresión en la sociedad, significaría para Silva Santisteban (1997), la presencia de un ordenamiento estatal, interpretación que no es compartida por Bonavia. En un estudio que llevó a cabo con Richard Schaedel en 1968, sobre “Patrones de urbanización incipiente en los Andes Centrales”, Bonavia menciona que ellos encontraron dos tendencias básicas en los agrupamientos humanos: una de concentración y otra de dispersión, ambas ligadas a la ecología, aunque debido a la gran variedad de nichos ecológicos y en distancias relativamente cercanas, estas tendencias tienen diferentes preferencias, como la “concentración cíclica” de los cazadores recolectores nómadas. En la costa, de acuerdo a las observaciones de Bonavia, habría al menos dos tradiciones: 1) el área nor-central con edificios públicos nucleados y con villorrios instalados alrededor y, 2) las áreas septentrional y meridional con villorrios dispersos y sin edificios públicos. La evolución de la arquitectura dentro de la primera área ha sido impresionante. Carlos Williams al analizar las tempranas edificaciones (2500-1500 a.C.) las ha agrupado en dos grupos: uno, viviendas nucleadas sin asociación a plataformas o montículos piramidales, como el sitio de Bandurria, y otro, recintos construidos sobre terrazas artificiales como Salinas de Chao y Culebras. Áspero y Chupacigarro (hoy renombrado Caral) son otros asentamientos que corresponden al segundo grupo, pero con mayor complejidad en su planeamiento, integrando los monumentos públicos con los barrios o núcleos residenciales. La distribución de estos sitios monumentales se extiende desde el valle de Moche hasta Mala, gran parte de la costa central y norte. Esta fase innovadora hacia finales del precerámico, Lanning la llamó Complejo Culebras. Una de las novedades fue la habilitación de depósitos de alimentos, como Los Gavilanes en Huarmey, como consecuencia del desarrollo de la agricultura. Los datos empíricos vienen demostrando una original continuidad desde la llegada del hombre a los Andes hasta su sedentarización y el desarrollo de la agricultura, con revolucionarios cambios internos, que sirvieron de base para la emergencia de la Civilización Andina, y una de las principales bases económicas fue la agricultura. La temprana domesticación de plantas y el 21 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 desarrollo rápido de la agricultura en los Andes, posiblemente fue estimulado por la diversidad de ecologías que tiene el Perú que, como se sabe, de los 103 pisos de vida natural que aparece en el planeta, 84 están presentes en el Perú (Tosi 1960). Los arqueólogos han utilizado la aparición de la cerámica como marcador temporal y cultural para separar el Período Precerámico del Período Inicial, acontecimiento que ha ocurrido entre los años 1800-1500 a.C. Al respecto señala Bonavia que, mucho antes de la introducción de la cerámica, la sociedad andina ya era sedentaria, agricultora, tejedora, constructora de villorrios e incluso de edificios públicos, con creencias y templos, y tendencias hacia al regionalismo. Este panorama bien conocido para la costa, es todavía menos para la sierra, donde obviamente faltan investigaciones de campo. El concepto de civilización se refiere a una comunidad organizada, dice Bonavia, y tiene su vida controlada por normas establecidas, con un nivel cultural ya desarrollado. Llega a su estadio máximo cuando se comienza a vivir en ciudades. Aunque existen muchas maneras de definir civilización, así como la cultura, los antropólogos coinciden en señalar que la diferencia entre civilización y cultura no es cualitativa, sino sólo de grado, de tal manera se podría decir que la civilización es un ejemplo especial de una cultura avanzada. Al comentar las diversas tendencias de interpretación del proceso social andino, Bonavia hace alusión al punto de vista del marxismo, el cual tuvo predicamento en diversos países de América Latina, entre los años 1960-70. Bonavia después de reconocer la contribución de muchos que trabajaron dentro de esta tendencia, como Gordon Childe, por ejemplo, señala que en el Perú no ha funcionado principalmente por carecer de una metodología apropiada y porque sus mentores no le dieron el mismo impulso de aquél, quedándose como un discurso teórico del materialismo histórico introducido a la arqueología tradicional. Menciona Bonavia que fue Emilio Choy (1959) el que introdujo las ideas marxistas a la Arqueología Peruana con su artículo “La revolución neolítica y los orígenes de la civilización peruana”. Igualmente, los esfuerzos de Elman Service (1975) para explicar los orígenes de la civilización andina haciendo uso de los criterios de Childe no funcionaron, debido principalmente a la falta de estudios y de evidencias para los finales del precerámico. Dos décadas después Bonavia (1996) retoma los puntos de vista de Service y señala que ciudad en su verdadera acepción, sólo aparecen durante el Período Intermedio Temprano (200-500 d. C.). Algunos colegas mal emplean el término y el concepto, como en el caso de Caral (su nombre original es Chupacigarro), alejándose de los preceptos y la terminología reconocida por las Ciencias Sociales. Nos recuerda Bonavia que Jorge Hardoy (1973) ha establecido 10 criterios para definir una ciudad, a la cual agrega el de “especialización” propuesto por Childe. Bonavia reconoce que algunas de los criterios establecidos por Hardoy y por Childe se encuentran en el pre-cerámico tardío, pero la mayoría no estan presentes. Entre las evidencias que existen, estan los centros de almacenamiento para depositar los excedentes en la producción, la monumentalidad en las construcciones como El Paraíso y El Áspero, el arte, ciertas formas de creencias, producción de ciertos bienes como los tejidos y mates pirograbados de Huaca Prieta, pero en cambio nada se sabe de la organización socio-política, los centros administrativos, la astronomía, entre otros aspecto del universo cultural. 22 Duccio Bonavia Berber y la Arqueología Peruana / R. Matos Mendieta Al concurrir todos los elementos de una ciudad en un centro, se produce de acuerdo a Childe la “revolución urbana”, es decir, surge la civilización. Bonavia sostiene que en los Andes el proceso fue distinto, gradual y continuo. Aquí no hubo estado ni diferenciación de clases sociales durante el precerámico, posiblemente éstas surgieron junto con las ciudades durante el Período Intermedio Temprano, con Moche, Nasca, entre otros. En los Andes no ha habido una revolución en el sentido childiano, sino una evolución con mutaciones. Bonavia también cuestiona la hipótesis planteada por Jonathan Haas, el cual postula la aparición del estado entre fines del Período Inicial y el Horizonte Temprano, basado en la monumentalidad de la arquitectura, manejado por un poder coercitivo. Bonavia coincidiendo con Malcom Webb (1987) afirma que no se trataba de estado, sino de una organizada comunidad regional. En concordancia con Elman Service, Bonavia afirma que en el Área Andina Central, fue el poder político el que organizó la economía y no al revés. La agricultura fue la base para el surgimiento de la sociedad compleja y de la civilización andina. La ciudad entendida dentro del concepto histórico de la cultura andina, fue sin duda diferente a la occidental, de tal modo que, para definirla, es necesario acudir a los datos andinos. Así se entenderá mejor que la historia cultural en los Andes Centrales tuvo su propio curso, con originalidad y autonomía. Creo que la conclusión final de Bonavia es coincidente con la de Tello, cuando este pionero de la arqueología peruana afirmaba que Chavín es la matriz de la civilización andina. 4. Una Pintura Mural de Pañamarca, valle de Nepeña. Duccio Bonavia, siendo todavía un estudiante, se abocó a estudiar las pinturas murales de Pañamarca. Podemos imaginar el reto que habría sido para él asumir tal misión, cuando por entonces en Lima no había un solo experto en pinturas murales, ni tampoco un manual escrito sobre el tema, excepto el ensayo publicado por Schaedel (1951). Su único mentor fue posiblemente Muelle, además del aliento de ciertos amigos como Jiménez Borja, Reparáz, Horkheimer y su compañero de trabajo y gran colaborador suyo hasta su muerte, Félix Caycho. Después de revisar la literatura que habla sobre las ruinas de Pañamarca, se trasladó al sitio para estudiar in situ las nuevas pinturas murales que aparecieron en ese momento, las cuales, como todos los sitios arqueológicos notables en el Perú, estaban en riesgo de ser destruidas pronto. Se les llamó “nuevas”, porque fueron puestas al descubierto por unos turistas en esos días y eran diferentes a las estudiadas por Schaedel en el mismo sitio. Utilizando el plano levantado por Víctor Antonio Rodríguez Suy Suy, él ubica y describe con mucho detalle las nuevas pinturas, trata de encontrar su asociación a los pisos y a la posible función del edificio. De acuerdo con otros que trabajaron en edificios mochicas, él destaca que fue un patrón cultural entre ellos proteger sus murales, con arena e incluso con paredes. Haciendo uso de papel transparente, Caycho calcó en su totalidad la nueva pintura, cuidando reproducir los mínimos detalles y la fidelidad cromática. Entre las conclusiones nos enteramos que la pintura de Pañamarca fue aplicada al temple. Bonavia describe con realismo los posibles pasos seguidos por los artistas mochicas, desde el enlucido de la pared hasta la 23 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 aplicación de la primera capa de pintura sobre un muro casi húmedo, la delimitación de las figuras mediante líneas incisas, el rellenado de colores, el matiz de cada uno de ellos y, obviamente, el acabado. Bonavia destaca la destreza de los artistas en el manejo del pincel y la firmeza de la pintura, que a pesar del tiempo transcurrido, conservaba su originalidad. Los principales colores usados fueron el blanco, rojo, negro y celeste y ciertos tonos intermedios. Él supone que el mural fue pintado al mismo tiempo por dos artistas. Los personajes del mural aparecen de perfil, mirando hacia la izquierda, con excepción de uno que mira a la derecha. Parece que el dibujo de personas de perfil fue un patrón común entre los mochica, quizás debido a la facilidad de representar a los combatientes frente a frente, o en grupos de personas desfilando en una dirección. De acuerdo a las observaciones de Bonavia, pintaban primero las figuras grandes, rellenando los espacios vacíos con personajes y motivos menores, sin dejar espacios en blanco. En el análisis de los motivos, encuentra algunos personajes con cinco dedos mientras que otros tienen sólo cuatro, lo cual puede ser una respuesta a la forma como se dividían los espacios. A este respecto Bonavia cita las palabras de Muelle (1936) cuando se refiere a los mochica, que “desconocen la perspectiva, pero tienen un marcado sentimiento de volumen”. La escena del mural de Pañamarca presenta un cortejo que camina de derecha a izquierda. El personaje principal es el de mayor tamaño y muy bien vestido, con penacho de doble apéndice, seguido por otros menores en doble fila, posiblemente de menor rango, a cuyo costado aparece un motivo serpentiforme y hacia atrás otro motivo cónico y muy alargado. La escena está enmarcada con diseños escalonados en la parte superior y por postas en la inferior. Bonavia describe con lujo de detalle cada individuo, los vestidos y los adornos que lleva puesto cada uno de ellos, sus actitudes, gestos y hasta sus expresiones psicológicas, como la de aquél desnudo, que parece tener una cara de terror. Luego hace comentarios sobre la escena en conjunto, adelantando algunas inferencias que nunca fueron criticadas o corregidas por los especialistas. El dibujo del mural de Pañamarca es posiblemente uno de los más reproducidos en publicaciones y exhibiciones. Finalmente Bonavia presenta un interesante cuadro comparativo de su trabajo en Pañamarca, con la llamada “pintura nueva” para diferenciarla de las estudiadas por Schaedel (1951) y las de la Huaca de la Luna estudiada por Kroeber (1930). Luego de una larga explicación de datos y hechos, concluye que los murales de Pañamarca deben pertenecer a la fase IV en la secuencia mochica establecida por Larco Hoyle (1948), a la cual deben pertenecer también los murales estudiados por Schaedel y Kroeber. Es interesante señalar que muchos años después, Hocquenghem y Lyon (1981) demostraron que el personaje principal fue en realidad una sacerdotisa y que llevaba el mismo atuendo de la que posteriormente se encontró en la tumba en San José de Moro. En la literatura especializada se menciona muy a menudo lo que Donnan llamó “escena de presentación”, pero no se cita el trabajo original de Bonavia, ni se admite que sin su estudio de Pañamarca, Donnan no hubiera podido hacer la reconstrucción que hizo ni se hubiera podido saber, a raíz del descubrimiento de Moro, que las representaciones mochicas mostraban ceremonias y personajes reales. 24 Duccio Bonavia Berber y la Arqueología Peruana / R. Matos Mendieta 5) Factores Ecológicos que han intervenido en la transformación urbana a través de los últimos siglos de la época prehispánica. Otro de los problemas que ocupó la atención de Bonavia fue el urbanismo en los Andes. Junto con estudiosos sobre el tema, como Jorge Hardoy, Richard Schaedel, George Kubler, entre otros, alentó la investigación y el debate teórico sobre el controvertido problema de caracterización y definición de las diversas categorías que presentan los asentamientos precoloniales. Acogiendo los criterios sugeridos por Hardoy (1964) para definir el urbanismo y un centro urbano, Bonavia discute sobre la base de los datos que disponía por entonces (1972) los patrones de asentamientos, planeamiento, arquitectura y la influencia de los factores ambientales, como la topografía y la ecología. Él señala que la arquitectura y la planimetría incaicas son resultados de un largo proceso ocurrido antes de ellos. El concepto de urbanismo habría empezado durante el Período Intermedio Temprano y desarrollado en el Horizonte Medio, en lugares como Pikillaqta, Viracochapampa, Huari, Cajamarquilla, para citar algunos ejemplos de esa época. Chan Chan es un buen ejemplo de la transición hacia el urbanismo inca. Las fotos áreas de los establecimientos de Pikillaqata, Chan Chan y Cuzco, muestran claramente esa continuidad, con ciertas semejanzas en el patrón general, con recintos cuadrangulares, calles y pasadizos rectos, que obviamente dan sentido urbano al planeamiento, aunque uno de los expertos en los asentamientos incaicos, John Hyslop (1990: xii), ha preferido evitar el uso de las palabras “ciudad” y “urbano” en su libro “Inka Settlement Planning”, para evitar caer en errores o confrontaciones, así como Bonavia ha preferido evitar el término de aldea y emplear el de “villa”, para referirse a los núcleos poblados que se encuentran en la vertiente oriental de los Andes. Aunque Cuzco sería ideal para definir un patrón incaico y Ollantaytambo un poblado inca rigurosamente planificado, ninguno de los dos se reproducen en otros lugares, ambos son casos únicos dentro del imperio, por tanto no son prototipos ni modelos de otros, a pesar de que inclusive algunos cronistas de la colonia hablaban de Inkawasi en Cañete, como un Uchuc Cuzco, una réplica del Cuzco imperial en la costa central, sabemos ahora que no lo es. Adelantándose a posteriores constataciones, Bonavia en aquel entonces describía algunas conocidas instalaciones incaicas, las comparaba con otras y llegaba a algunas conclusiones que ahora, a la luz de las recientes investigaciones son válidas, tales como, no había dos Cuzcos en el Tahuantinsuyu, ni tampoco existen dos instalaciones incaicas iguales, a pesar de que la administración del estado Inka era vertical. Debido a ello, infiere que no hubo un plan maestro elaborado en Cuzco y ordenado para que fuera aplicado en otras partes, aunque sí hubo un orden para reproducir los símbolos del estado en todos los centros administrativos, como el acclla-wasi, la kallanka, una plaza central, unas veces trapezoidal y en otras cuadrangular, acceso controlado, etc. Las instalaciones incaicas fueron planificadas de acuerdo a la topografía del suelo, la ecología y los recursos que controlaban. En muchos casos, como afirma Bonavia, estas fueron anexadas a las ya existentes, agregando ciertos símbolos del estado. Centros provinciales como Huánuco Pampa, Vilcashuaman, Pumpu, etc. tuvieron un plano y patrón de desarrollo individual. Cajamarca habría sido una “ciudad cuartel”, diferente 25 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 a las demás, remodelada sobre una existente, a la que fue agregado un adoratorio dedicada a la Serpiente, el Oshono (Usnu), el templo del Sol y una plaza triangular. Hay que señalar que Bonavia ha sido el primero en darse cuenta de esta característica de la organización incaica que fue aceptada por los especialistas, aunque sin mencionar su nombre como es el caso de Gasparini y Margolies (1977:146) en su libro Arquitectura Inka. Son igualmente interesantes las observaciones de Bonavia sobre los villorrios. Advierte que los incas, o no tuvieron interés en ellos, aprovechando los pre-existentes, o sencillamente se acoplaron a la vida campesina local, sin preocuparse de nuevos agregados. En la mayoría de esos asentamientos no quedan huellas de la influencia incaica, excepto cuando se trata de alguna imposición estatal, como la construcción de un símbolo oficial o la presencia de fragmentos de cerámica. Él señala que los asentamientos estudiados en la sierra central, muestran casi siempre una arquitectura doméstica, con caracteres locales y ninguna influencia ajena, por lo cual infiere que los incas no se esforzaron por transformarlos, quizás en parte debido al carácter particular de la conquista y dominación. Bonavia se ocupa luego de lo que él llama “colonización” de la Ceja de Selva por parte de los incas y aclara, por supuesto, que es conocido que la gente se desplazaba en ambas direcciones: Este-Oeste y viceversa, desde el Horizonte Temprano (Chavín). El cinturón conocido como Ceja de Selva, ocupa longitudinalmente el piso ecológico transicional entre la puna y la selva tropical. Este territorio se caracteriza por la humedad en el ambiente, la topografía abrupta y pronunciada y poco terreno accesible para la agricultura. Los andinos de antes, como los actuales, han dominado ese ambiente, alternando el cultivo con el pastoreo. El cultivo del maíz, junto con el fríjol y la papa, han sido los productos preferidos. Debido a la poca fertilidad de la tierra practican el sistema de rotación de cultivo, dejando el suelo descansar por cinco o más años. Bonavia reproduce el estupor de los viajeros que pasaron por el lugar, los cuales no dejaron de expresar su asombro sobre la agresividad del ambiente y la habilidad del hombre andino para habitarlo. Sobre ese territorio existen muchos asentamientos arqueológicos, la mayoría de ellos son pequeñas agrupaciones de viviendas, sin alcanzar la categoría de ciudadelas, ni aldeas desarrolladas, por no tener un trazado urbano ni espacios urbanos reconocibles. En casi todos los casos descritos por los arqueólogos, las construcciones fueron adaptaciones a la topografía del suelo y a las condiciones de estabilidad frente a la erosión. El patrón de asentamiento y de edificaciones, es impuesto por el medio ambiente. Otro acierto de Bonavia fue haber visualizado que muchos de los establecimientos incaicos fueron obligados, por lo cual, después de la llegada de los españoles, la mayoría de ellos se desintegraron o desaparecieron. En una visión panorámica del territorio dominado por los incas, Bonavia establece las diferencias que hubieron en las tres regiones de las vertientes orientales: el sur, centro y norte. Mientras en el sur se acercan al patrón inca, con recintos cuadrangulares, en la región central predomina las viviendas circulares, núcleos poblados en forma de panal de abeja, algunas de ellas con muros defensivos, y en la región norteña, las edificaciones, aunque circulares, conservan su propia tradición, con edificios de varios pisos y recintos de mayor volumen. 26 Duccio Bonavia Berber y la Arqueología Peruana / R. Matos Mendieta Entre los asentamientos conocidos por entonces, Bonavia dice que las huellas del patrón urbanístico inca entre los colonizadores de la Ceja de Selva, son muy escasos, poco perceptibles. Igualmente en el noroeste de Argentina, donde, como en la mayoría de los casos, las evidencias revelan una limitada influencia incaica. Lo que más resalta es la coexistencia de ambos grupos, los locales con los incaicos. Bonavia concluye señalando que el fenómeno “ciudad” habría empezado durante el Período Intermedio Temprano, desarrollándose y difundiéndose más intensamente durante el Horizonte Medio, desde la cual, es notable la fuerza del desarrollo regional que luego tiene impacto durante el período incaico 6. Exostosis del conducto auditivo externo: notas adicionales Creemos importante incluir este artículo, para mostrar cuánta información se puede recuperar de las muestras colectadas en un trabajo arqueológico. Además de los análisis físicos de los pocos restos óseos de Huarmey, Bonavia acudió a los especialistas para estudiar las patologías, encontrando al menos un caso de exostosis entre los mariscadores del período arcaico. Este mal, que Standen (1985) llamó patologías laborales y otros lo confundieron con osteomas, fue aclarado por Bonavia como casos de exostosis, una enfermedad asociada a la actividad en el agua, por lo cual Pedro Weiss lo llamó “estigma de zambullidores”. La exostosis fue identificada por Pedro Weiss en el Perú en 1970 y mucho antes por Morrison en 1948. Mientras que los osteomas son lesiones discretas que aparecen a lo largo de la sutura timpanoescamosa, las exostosis son elevaciones óseas en la base ancha, que se desarrollan bilateralmente y envuelven el hueso timpánico. Las exostosis son producidas por inflamaciones crónicas y los osteomas son tumores, de acuerdo a las averiguaciones de Bonavia con sus colegas de la Facultad de Medicina de la Universidad Cayetano Heredia. Existen criterios establecidos por Graham (1979) para identificarlos clínicamente, y ambas deben ser considerados como patologías distintas. Revisando los datos publicados, Bonavia comenta que existe una alta frecuencia de cráneos prehispánicos con evidencias de exostosis del conducto auditivo. Él cita a Weiss como el antropólogo físico que ha detectado este mal en 11 cráneos del período pre-cerámico, también identificada por Junius Bird entre los cráneos de Huaca Prieta. Se advierte que, en este período, la exostosis es más frecuente entre los adultos de edad avanzada, varones y menos entre los jóvenes. En Huarmey se ha encontrado un caso. Los datos indican que la exostosis parece estar asociada a la población que habitaba el litoral del mar y los lagos, y es raro entre los habitantes que no tienen contacto frecuente con el agua, tal como lo ha observado Alex Hrdlicka (1935) y Weiss (1970). Las causas de la exostosis aún no han sido definidas con seguridad, posiblemente sean originadas por una disfunción de la articulación temporomandibular, la masticación y los efectos de agua fría, ligada principalmente a la actividad del buceo, que deja depósitos de agua en el 27 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 conducto auditivo, lo que genera infecciones crónicas que conducen a la proliferación del tejido óseo. Los atletas que pasan mucho tiempo en el mar sufren de este mal, testimonio que puede reforzar la idea de que los pescadores y marisqueadores que pasan mucho tiempo en el mar, pueden ser afectados por la referida enfermedad. Sin embargo Bonavia sugiere algo que no se había considerado, que una causa de esta patología podría ser la presión hidrostática. Estas observaciones de Bonavia han sido enriquecidas con las de Strong y Evans (1952) en Huaca Negra de Guañape y de Bird en Huaca Prieta, respectivamente. Abundando en comentarios, los autores mencionados y Bonavia llamaron la atención sobre la búsqueda de especies que habitan aguas profundas por parte de pescadores prehispánicos, a los cuales los pescadores modernos suelen alcanzar. 7) El Soroche visto a través de las crónicas de los siglos XVI y XVII Con la paciencia y la erudición de un historiador, Bonavia revisa cuidadosamente, en este ensayo, las fuentes escritas por los cronistas sobre el fenómeno fisiológico conocido como soroche o mal de altura. El trastorno fisiológico afecta física y emocionalmente a los viajeros que ascienden a la sierra alto andina, especialmente a aquellos que los hacen por primera vez. El soroche o surumpi en quechua, dicen los especialistas que es falta o disminución de oxígeno en el ambiente y, como consecuencia, la fisiología orgánica del hombre y de los animales sufre ciertas alteraciones en su normal funcionamiento. No es una enfermedad, como bien puntualiza Bonavia, sino un malestar temporal, que puede durar entre unas horas hasta un par de días, hasta que el organismo se adapta al nuevo medio ambiente de altura. Bonavia hace una oportuna y puntual atingencia al señalar que “el hombre sufre de perturbaciones fisiológicas no sólo cuando sube a la altura, sino también cuando desciende de ella a nivel del mar”, observación previamente publicada por Monge Medrano (1988). Como se sabe, hubieron muchos proyectos dedicados a estudiar la fisiología y biología de altura y uno de ellos fue precisamente auspiciado por la Universidad Peruana Cayetano Heredia. Los reportes de estas investigaciones están publicadas en gran parte. Igualmente se ha publicado libros dedicados a la historia de la medicina peruana, con atención a las fuentes históricas y arqueológicas. En ambos casos, la información que los cronistas ofrecen sobre un caso concreto, el soroche, no ha sido debidamente revisada. El ensayo de Bonavia sin duda repara este descuido. Bonavia toma en cuenta los datos, en las fuentes coloniales, no solamente la noticia como tal, sino sobre todo, la impresión y la descripción de los primeros españoles que subieron a la cordillera, interpretando lo que por entonces el cronista quería expresar sobre el referido malestar y su relación con el medio ambiente. Es interesante por ejemplo, precisar que el término de “temple” por entonces equivalía a la puna, o cuando decían “falta de aliento”, se referían a la dificultad que tenían para respirar, una situación de la que perfectamente eran conscientes. Como quiera que los comentarios de los cronistas no eran repetitivos sino más bien variados, en cuanto a sus percepciones y sus propias experiencias, Bonavia para facilitar el entendimiento de estas fuentes, los agrupó en tres grupos: 1) cronistas y viajeros que se dieron cuenta del problema al subir a la altura, pero no tomaron conciencia clara de lo que estaba pasando, como Fernando de Santillán, el muy poco conocido Nicolás de Benino, Diego de Ocaña, otro poco 28 Duccio Bonavia Berber y la Arqueología Peruana / R. Matos Mendieta conocido Pedro de León Portocarrero (llamado Anónimo Portugués), Antonio de la Calancha, el visitador Garci Diez de San Miguel, 2) un grupo minoritario de cronistas que trataron de entender el fenómeno y buscaron alguna explicación, como José de Acosta que se dedicó a investigar el problema, y en una de sus explicaciones dice “... la causa de esta destemplanza y alteración tan extraña sea el viento o el aire que allí reina”, lo que obviamente hace referencia “al enrarecimiento del aire”. Describe también sus impresiones cuando pasó por Pariacaca, Lucanas, Collaguas entre algunos lugares, y explica su observación sobre la diferencia del frío de los Andes comparado con el de Europa. Estas informaciones de Acosta no fueron percibidas por los estudiosos de la historia de la medicina peruana, ni por los de fisiología de altura. Bonavia encontró los datos y los pone al alcance de quienes se interesen por estos temas. Otro cronista que de acuerdo a Bonavia se preocupó por entender el problema del soroche, fue Bernabé Cobo. Aquí un fragmento de su explicación: “el aire desta tan encumbrada tierra es tan seco y sutil y delgado, que a los que de nuevo pasan por aquí, especialmente si suben de la tierra caliente...les falta el aliento...”. Cobo inclusive se ocupa de asuntos vinculados con la fertilidad y la mortalidad infantil, tanto de indios como de españoles, especialmente en lugares como las minas de Potosí, en Bolivia. El tercer grupo (3) está conformado por aquellos que percibieron el problema pero que no tuvieron la sutileza de Acosta y Cobo, y se conformaron con atribuir las causas del soroche al frío. Entre ellos están el príncipe de los cronistas, Cieza de León y Gutiérrez de Santa Clara, Dávila Brizeño, entre otros. El ensayo de Bonavia sobre el soroche es una excelente contribución a la historiografía andina, a la historia de la medicina peruana, a los estudios de fisiología de altura y a la antropología andina en general. 8) La “papa” apuntes sobre su origen y su domesticación. La etnobotánica, la etnozoología y la paleo-biología andinas son disciplinas que apasionaron a Bonavia en su carrera profesional. Él ha dedicado bastante atención al estudio de ciertas plantas y animales indígenas, incluyendo a microorganismos encontrados en muestras arqueológicas, como en los coprolitos. En su bibliografía se encuentra ensayos dedicados a la papa, maíz, fríjol, chirimoya, camélidos, etc. En el ensayo que comentamos, el autor empieza a distinguir los dos aspectos del problema, el origen y la domesticación. Con la erudición de un experimentado profesional, tanto en el manejo de datos como el buen uso de la bibliografía, Bonavia explica la ecología de la papa, la existencia de unas 200 especies de papa silvestre, y llega a la conclusión que sólo algunas de ellas están relacionadas a las cultivadas y que pueden cruzarse sin dificultad. Sin duda es la mejor sinopsis científica escrita sobre la papa. Mientras la papa silvestre se puede encontrar en casi toda América Latina, la domesticada se cultivaba sólo intensamente en la región andina, desde Venezuela hasta Chile y el noroeste de Argentina. A la llegada de los españoles ésta fue distribuida al resto de América y llevada a 29 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Europa. La papa domesticada, o sea la papa cultural, como bien puntualiza Bonavia, se agrupa en unas siete especies dentro de la serie poliploide y es capaz de crecer desde el nivel del mar hasta los 4,800 m.s.n.m. Bonavia considera que la domesticación de la papa debe haber ocurrido en la parte occidental de América del sur (los Andes), entre 10º Lat. Norte y 25º Lat Sur, entre los 2,500 y 4,800 m.s.n.m., con una segunda hipotética área de domesticación en Chile, entre los 35º y 45º Lat. Sur. Él señala que las primeras especies domesticadas fueron las diploides (Solanum stenotomum), posiblemente logradas en la cuenca del Titicaca y los Andes de Bolivia, las que se extendieron luego hacia los Andes del Perú en su forma triploide (Solanum tuberosum). La hipótesis que postula que la costa es un área de domesticación, es puesta en duda por él, por no existir las condiciones ni ecológicas ni botánicas en esa región. Asimismo, Bonavia recomienda, para futuros trabajos de investigación, tener cuidado en equiparar bajo los mismos criterios, el proceso la domesticación de plantas de raíces y tubérculos con las plantas de semilla. Las plantas de raíz tienen mucho almidón y casi nada de aceites y proteínas y son muy frágiles para ser guardadas por tiempo largo. Los andinos aprendieron a conservarlas por un año agrícola en buenas condiciones y, para tiempos más largos, acudieron a la estrategia de la deshidratación al frío. Por el momento es difícil encontrar papa en contextos arqueológicos, primero por su fragilidad para conservarse y, segundo, porque las técnicas de excavación o la recuperación de elementos perecibles no han sido suficientemente perfeccionadas. La mejor información al respecto se encuentra en la iconografía cerámica. Por estas razones, Bonavia evalúa y cuestiona la validez de los supuestos hallazgos de papa, empezando por las pioneras noticias ofrecidas por Lanning (1965), el cual menciona haber encontrado papa en Punta Grande, fechada en 2,500 a.C. El análisis de ellas fue hecha por Martín Farías (1976) y anunciada como una posibilidad sin confirmación. Otros reportes fueron dados a conocer por Moseley (1975) del sitio de Ventanilla y por Quilter et al. (1991) del sitio El Paraíso, ambos pre-cerámicos y ubicados en la costa central. También estos hallazgos fueron descartados por Bonavia, debido a la poca consistencia del contexto cultural en los cuales fueron encontrados. Consultando con expertos como Hawkes (1989), la misma Martín Farías y el peruano Carlos Ochoa, Bonavia señala como datos más confiables los de Ugent et al. (1982), sobre la base de una muestra de 20 tubérculos hallados en Casma, las que fueron identificadas como papa cultivada. Unos provienen de Huaynuma y tienen un fechado de 2,000 a.C . Bonavia coincide con Ugent et al. (1987) al diagnosticar que las papas arqueológicas encontradas en el Perú pertenecen a la especie Solanum tuberosum, aunque Hawkes (1989) recomienda tener todavía cautela en tal aseveración. Ochoa por su parte sostiene que debe tratarse de un Solanum tuberosum, porque el Solanum stenotomum no crece en la costa. Bonavia concluye que la única muestra válida de papa pre-cerámica es la encontrada en Casma. Para la sierra, menciona el reporte de Mac Neish (1973) sobre el hallazgo de ojos de papa, posiblemente domesticada, en coprolitos recuperados en estratos de la fase Chihua, con 3,5003,300 a.C., y el hallazgo de Engel (1970) en la cueva de Tres Ventanas, sierra de Lima, fechada en 10,000 a.P. Las muestras enviadas por Engel, fueron analizadas por Douglas Yen, el cual se limitó a señalar que corresponde al género Solanum. Bonavia demuestra fehacientemente en otro escrito (1984) que los hallazgos de Tres Ventanas no tienen ningún valor científico. Las especies encontradas en Chile fueron clasificadas de acuerdo a las averiguaciones de Bonavia como Solanum tuberosum y el Solanum maglia. Ésta última especie es silvestre pero 30 Duccio Bonavia Berber y la Arqueología Peruana / R. Matos Mendieta comestible, y fue encontrada también en Monte Verde por Tom Dillehay (Ramírez 1989) cuya antigüedad es de 11,000 a.C. Desde entonces la planta se ha convertido en una especie tradicionalmente comestible hasta la actualidad, especialmente por la sociedad mapuche. De las 150 especies cultivadas y silvestres de Solanum conocidas en los Andes Centrales, de acuerdo a la taxonomía de Ugent et al. (1987), 9 son endémicas de Chile, entre las cuales, al menos 7 estarían relacionadas con la papa comestible. A luz de los datos arqueológicos y la ecología de la papa, Bonavia se une a los expertos Hawkes y Ochoa para buscar las huellas de la papa en las cuencas áridas de la Amazonía, especialmente entre Venezuela y la Guayana, en el flanco oriental de los Andes Centrales, y quizás también en las vertientes occidentales que bajan a la costa y no precisamente en la franja costera. 9. Revisión de las pruebas de la existencia de maíz pre-cerámico de los Andes Centrales. Los Andes Centrales fueron escenario de domesticación de una cantidad de plantas y algunos animales. No existe una razón valedera para negar que también el maíz haya sido domesticado en esta región. Los Andes como potencial área de domesticación del maíz ha sido sistemáticamente negada por quienes defienden a Mesoamérica como único centro. Todavía me resisto a creer que poner en duda o simplemente ignorar la presencia del maíz en estratos pre-cerámicos en el Perú sea también una estrategia para negar el temprano uso de esta planta en la dieta andina. Bonavia supone que el responsable de esta actitud poco científica, de negar la antigüedad del maíz en los Andes Centrales, sea Robert Bird. Claro está, Bird es etnobotánico con amplia experiencia en los Andes, por cuya razón sus reportes son tomados en cuenta unilateralmente, sin confrontarlos con otras investigaciones, a pesar de que la evidencia de maíz en estratos pre-cerámicos, fueron dados a conocer por arqueólogos norteamericanos y peruanos. La defensa de la antigüedad del maíz en los Andes ha sido asumida casi solitariamente, desde hace tres décadas por Duccio Bonavia y Alexander Grobman. La posición de ellos, explicadas en muchas publicaciones, no obedece sin duda, a un capricho personal, sino a la defensa de los datos adecuadamente documentados, con pruebas empíricas y científicas, con registro arqueológico y fechados, es decir, se trata de una defensa de la verdad y de las evidencias objetivas. El maíz precerámico ha sido registrado en varios sitios de la costa y la sierra peruanas. En el ensayo se halla un somero pero detallado resumen de los hallazgos, los fechados y el informe de sus descubridores. Para la costa, se menciona a Las Aldas excavado por Lanning (1967) y Culebras igualmente excavado por Lanning en 1958, el sitio de Tuquillo excavado por Bonavia (1982), Los Gavilanes en el valle de Huarmey, este último sistemáticamente documentado y publicado por Bonavia (1981), donde no solamente se ha encontrado la planta en sus diversos componentes, sino también muestras de maíz en coprolitos humanos y de llamas, confirmando plenamente el consumo diario por el hombre y los animales. Hastorf (1985) en una revisión y crítica al libro de Bonavia sobre Los Gavilanes dice claramente: “Este libro proporciona un informe detallado de cada pozo y estrato excavados...” 31 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 A los arriba mencionados hallazgos se suman los dos sitios excavados por Santiago Uceda (1986) en el valle de Casma; Cerro El Calvario con fechado de 6,070 a. P. y el Cerro Julia con fechado de 6,050 a.P, ambos definidos como Precerámico Reciente. Se trata, como afirma Uceda, del “maíz precerámico más antiguo encontrado en la costa peruana”, y de acuerdo a los análisis hechos por Grobman y Bonavia, son racialmente emparentados al maíz de Huarmey y del Callejón de Huaylas. Bonavia menciona otros sitios como Áspero, excavados por Willey y Corbett (1954) y más tarde por Feldman (1980). Para la sierra están los estudios de Burger y van der Merwe (1990) en Huaricoto y los conocidos hallazgos en la Cueva del Guitarrero y Ayacucho. 10- 11) Hans Horkheimer y Don Oscar Lostaunau. Entre los varios obituarios escritos por Bonavia se han tomado dos: uno dedicado a Hans Horkheimer y otro a Oscar Lostaunau. En ambos Bonavia se esfuerza por destacar tanto la parte humana como la profesional, al hombre y a sus obras, al actor en la arqueología y en su medio social. Él destaca las cualidades humanas, pero es exigente al juzgar sus obras. La semblanza de ambos es presentada de manera objetiva y con la sinceridad del amigo y colega. La trayectoria académica del arqueólogo alemán Horkheimer es descrita desde su graduación con una tesis doctoral en filosofía, su labor como director de una revista de crítica de arte hasta su interés por las culturas del pasado. Desde su llegada al Perú en 1939, se halla vinculado a la Arqueología. Durante su paso como docente de la Universidad Nacional de Trujillo, participa en la fundación del Instituto de Antropología. Al evaluar la bibliografía de Horkheimer, Bonavia reconoce que los dos primeros artículos, publicados en Trujillo y Lima, son meramente descriptivos, sin mayor trascendencia; mientras que el libro “Vistas arqueológicas del noroeste del Perú” es una guía que aún tiene vigencia. El primer artículo se publicó en la revista Fénix e iba a ser el capítulo II de un manual que estaba en preparación y nunca fue terminado y, el otro artículo, estaba dedicado a las líneas de Nasca. Sus conclusiones sobre las líneas son tan hipotéticas como las de otros autores, sin que nadie haya demostrado la función exacta de ellas. En 1950 se publicaron sus obras más importantes: “Perú Prehispánico” y “Guía bibliográfica de los principales sitios arqueológicos”. Bonavia asume la defensa del manual frente a la “injusta” crítica, acotando su valor para los estudiantes. La guía sigue siendo útil, así como el ensayo sobre Utcubamba. La obra completa sobre la Arqueología Andina planeada en varios tomos por Horkheimer, se quedó inconclusa y se halla sólo en fichas. Sobre el artículo de divulgación aparecido en la revista Fanal dice Bonavia que le falta originalidad y el cuadro cronológico tiene lagunas. El libro dedicado a la alimentación prehispánica (1958), traducido al alemán en 1960 y luego publicado nuevamente en 1973, se ocupa de los recursos para la dieta, desde los orígenes de la agricultura hasta los usos y costumbres de los andinos contemporáneos, seguido de otro ensayo de divulgación sobre la cultura Moche. 32 Duccio Bonavia Berber y la Arqueología Peruana / R. Matos Mendieta El proyecto Chancay fue el más importante en la carrera de Horkheimer, del cual sólo se ha publicado un corto ensayo en la revista Cultura Peruana (1963) y se hizo una exhibición en el Museo de Arte, a pesar de contar con el mejor registro arqueológico del cementerio Chancay de Lauri. El último trabajo fue sobre Vicús. Una contribución póstuma en co-autoría con Federico Kauffmann está dedicada a la cultura inca. Ha dejado varios manuscritos inconclusos, como la historia marítima del Perú, el vocabulario Muchik-castellano, el informe sobre el proyecto Chancay, entre otros. Desafortunadamente el archivo de Horkheimer depositado en el Colegio León Pinelo ha sido desarticulado y en parte está perdido. Bonavia señala que la gran obra de Horkheimer no está precisamente en su bibliografía, sino en su fichero que reúne casi todo lo publicado sobre la Arqueología Peruana en su tiempo. Posiblemente, Horkheimer no fue un arqueólogo en el verdadero sentido de la palabra, sino que, como señala Muelle, “la verdadera labor que lo absorbió estuvo en los dominios de bibliófilo y erudito en Arqueología Peruana”. Sobre Oscar Lostaunau, Bonavia menciona que lo conoció en 1958 durante su viaje a Piura con Kelley. Lo describe como un hombre pequeño de agradable sonrisa, amante de la arqueología y entregado por completo a la defensa de los monumentos del valle de Jequetepeque. Éste les invitó a visitar algunos sitios, especialmente Pacatnamú, el yacimiento central del valle. Bonavia recuerda su primera visita en 1953, la cual comparada con la siguiente en 1958, le dio la impresión de que los huaqueros no se asomaban más por el lugar. Le impresionó la conservación y defensa que don Oscar condujo en el valle, donde después de él, la huaquería se impuso, a veces secundada o acompañada por algunos arqueólogos sin escrúpulo. Bonavia fue testigo de excepción de la paciente labor educativa que llevaba a cabo Lostaunau con las autoridades locales y las comunidades del valle. Gracias a eso, logró defender los monumentos arqueológicos, obra que el Estado Peruano no ha logrado hacer en ninguna parte del país. Como señala Bonavia, Lostaunau, desde la sombra y en silencio desarrolló una gran labor; gracias a él se preservaron grandes monumentos como Pacatnamú, Nanchoc, entre otros. Don Oscar, con la amplitud de los grandes hombres, compartió su conocimiento con cuantos lo visitaban a su casa. Muchos disfrutaron de su generosidad, como Kosok, Schaedel, UbbelohdeDoering, Disselhoff, Bonavia y Donnan. Con la modestia que distingue a Bonavia, él dice que fue un honor para él haberlo conocido y señala que en la preparación de su libro sobre pinturas murales en el antiguo Perú, la ayuda de Lostaunau fue importante. Horkheimer y Lostaunau, en palabras de Bonavia, fueron parecidos en su caballerosidad, sencillez y generosidad, cada cual entregado a la pasión de su vida, la investigación y la defensa del patrimonio arqueológico peruano. 12. Alfred Kroeber y su obra peruanista Con la humildad de un destacado alumno que admira a su maestro, Bonavia hace una excelente semblanza sobre la obra peruanista de Kroeber, desde los primeros contactos que el ilustre antropólogo americano tuvo con materiales peruanos en 1901, la colección Uhle, que se guarda en el museo de la Universidad de California, Berkeley, hasta la última publicación sobre 33 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 el Perú en 1951. Medio siglo de vida dedicada a la arqueología andina. Kroeber formó una escuela de andinistas en Berkeley, estimuló a estudiar la colección que Uhle envió a esa institución, apoyó la publicación de sus informes en una serie especial y alentó la vocación por los estudios andinos. A pesar de los años transcurridos, Bonavia puntualiza que esas publicaciones de Berkeley mantienen su actualidad, cuya tipología, adecuadamente utilizada, es un método válido para la inferencia arqueológica. Dentro de esa serie se publicó el informe de Kroeber sobre la cerámica Nasca, ordenada en cuatro fase, A, B, X e Y, cuya secuencia es aún consistente con los nuevos descubrimientos y seriación. En 1925 Kroeber visita por primera vez el Perú. Su atención se dirige hacia la arqueología de la costa norte, cuyos informes se publican en dos volúmenes. En el primero se ocupa principalmente de la cerámica y, en el segundo, explica sus estrategias durante sus trabajos de campo. En un tercer volumen se publica el reporte de O’Neale sobre tejidos y, en el cuarto y último, los trabajos de Kroeber sobre Cañete. Kroeber describe los monumentos arqueológicos, sus asociaciones culturales y reflexiona sobre la historia cultural de esos pueblos. De 1926 a 1930 él publica al menos cuatro ensayos. En 1939 aparece una versión castellana de sus descripciones e inferencias sobre la calidad artística de la cerámica y tejidos de las culturas precolombinas y, por supuesto, su mejor ensayo sobre el proceso cultural andino, que fue incluido en el Handbook of South American Indians. A Kroeber se le debe la definición de la Arqueología como “la transformación de relaciones de espacio en relaciones de tiempo” y, también, sus consejos sobre la importancia de la terminología en esta disciplina, así como su juicio sobre las relaciones de la arqueología con la historia, en la que afirma que los propósitos de ambas son idénticos, y la diferencia está únicamente en el material de estudio, la arqueología trabaja con monumentos y la historia con documentos. Luego de otro viaje por el Perú, publica su libro Peruvian Archaeology in 1942 (1944), que es una de las mejores síntesis que se ha escrito sobre la Arqueología Andina, junto a otro ensayo que apareciera en 1948 con el título de “Summary and Interpretations”. Más tarde dedica su atención al problema de Paracas Cavernas y Chavín, y concluye que Paracas es una expresión meridional de Chavín, con algunos ingredientes locales. Los dos últimos trabajos de Kroeber estuvieron dedicados a la definición de las culturas llamadas Proto-Lima y Nasca. Aunque Kroeber no dictó clases en las aulas universitarias del Perú, ha dejado, sin embargo, una gran enseñanza, acaso una escuela en la arqueología peruana, especialmente por la forma como llevó a cabo sus investigaciones arqueológicas, sus métodos y sus aproximaciones antropológicas. Siguieron sus pasos John Rowe, Edward Lanning y otros arqueólogos norteamericanos, y algunos años después Duccio Bonavia. 34 Duccio Bonavia Berber y la Arqueología Peruana / R. Matos Mendieta Bibliografía NOTA: Aqui se incluye sólo las publicaciones citadas por el autor de este ensayo. Para las obras de Bonavia, nos remitimos a la bibliografía que está publicada en este libro. Las demás que están señaladas en el texto, son citas de Bonavia en sus escritos y remitimos al lector a ellos. Aguirre- Morales Prouvé, Manuel 2005 La Arqueología Social en el Perú. BAR International Series 1396. Bennett, Wendel C. 1948 The Peruvian Co-tradition. En: A Reappraisal of Peruvian Archaeology. Society for American Archaeology Memoirs, no. 4: 1-7. Binford, Lewis 1962 “Archaeology as Anthropology”, En: American Antiquity, no. 28: 217-225. 1972 Archaeological Reasoning and Smudge Pits- Revisited”. En: Archaeological Perspective, Binford, L. Editor, Academic Press, New York, pp. 52-58. 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(La tesis doctoral en Inglés fue presentada en 1964). 38 Duccio Bonavia / F. Silva Santisteban Arqueología y Vida 2007, Nº 1, págs. 39-44 DUCCIO BONAVIA Fernando Silva Santisteban Riguroso en sus juicios sobre los temas y problemas de su especialidad y exigente como ninguno en la importancia de los testimonios, Duccio Bonavia es uno de los más destacados arqueólogos del Mundo Andino. Autor de una docena de libros, así como de innumerables artículos en revistas especializadas peruanas y extranjeras, profesor admirado y conferencista de prestigio, sus aportes al conocimiento del Antiguo Perú son muy importantes como los que nos ha entregado en sus libros, sin los cuales la arqueología peruana adolecería de notables vacíos. Es el único investigador multidisciplinario que ha tocado temas con trabajos señeros sobre teoría arqueológica, etnobotánica, zooarqueología, ecología, paleopatología, parasitología, fisiología del mal de altura, paleoescatología, historia de la medicina y otros trabajos que ha efectuado con notables especialistas peruanos y extranjeros. Conocí a Duccio en la Facultad de Letras de de la Universidad de San Marcos, allá por el año sesenta, cuando asistíamos a las conferencias y reuniones que se realizaban en el Museo de Arqueología en la calle Zamudio. Pero fue en 1963 cuando fue a trabajar a la Universidad de Huamanga que entablamos estrecha y franca amistad. Llegó con Anita, su gentil y amada esposa, con un montón de libros y su trajinado jeep. Duccio Bonavia nació el 27 de marzo de 1935 en Spalato, cerca de la antigua ciudad de Salona, en Dalmacia (hoy Croacia) en el seno de una familia italiana por tradición. Fueron sus padres Aurelio Bonavia y Neda Berber. Cuando era niño jugaba en las ruinas de Salona y entre los muros del palacio de Diocleciano, construido durante el mandato del emperador romano en su natal Spalato. Su familia no sólo consideró siempre que Dalmacia era italiana, sino que su padre fue abanderado del irredentismo dálmata, que les trajo sucesivas persecuciones. Cuando se produjo la Segunda Guerra Mundial perseguidos por los comunistas la familia tuvo que refugiarse en Italia, en la Venecia Giulia. Duccio terminó la media e hizo el primer año de liceo científico en Treviso. Llegó al Perú el 28 de julio de 1949 y para que se ambientara en el nuevo medio su padre lo matriculó en el Colegio Antonio Raimondi, donde aprendió el castellano escuchando a los profesores y hablando con los muchachos. El primer problema que tuvo fue revalidar los cursos que no había llevado en Italia, incluyendo historia y geografía del Perú. Ingresó después a la Universidad de Ingeniería con la intención de estudiar arquitectura, pero sufrió un problema de salud y para recuperarse estuvo una corta temporada en la hacienda Congón, en Huarmey, donde pasaba las horas ayudando en los trabajos del campo. 39 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Una noche fue invitado por un viejo huaquero a excavar una tumba en un cementerio cercano. Aquí nació primero su interés y después su amor por la arqueología peruana, sobre todo cuando observó los destrozos que hacían los huaqueros para salvar unas cuantas piezas más o menos valiosas. Al siguiente día pidió prestado un caballo para recorrer los cementerios del valle y cuando regresó a su casa produjo problemas al aparecer cargado con los restos que había recogido en los cementerios prehispánicos de Huarmey. Vivamente interesado en la arqueología empezó a informarse y a escribir en la revista “Realidad” que dirigía Enrique Barboza quien, cuando se enteró que iba a presentarse a la Universidad de San Marcos, lo llevó para que conociera al maestro Raúl Porras Barrenechea. “...Estaba nervioso —refiere Duccio— pues sabía que iba a estar en presencia de una persona muy importante... Pero recuerdo que nos recibió sonriente en su casa de Miraflores, me hizo unas preguntas tratando de averiguar el por qué quería ingresar a San Marcos y poniéndome la mano sobre el hombro me dijo: ‘Hay una sola forma de ingresar a la Universidad y es estudiando” y le obsequió su libro Mito, tradición e historia del Perú, imperecedero testimonio de esta visita. Este encuentro con Porras fue muy significativo en la orientación y en la inquietud peruanista de Bonavia. Antes de ingresar a San Marcos como alumno regular, asistía a los cursos especiales que se dictaban en la Universidad. Fue así que comenzó a escuchar las lecciones de Etnohistoria del Perú antiguo que dictaban Luís E. Valcárcel —de quien más tarde sería asistente— y los cursos de Jorge C. Muelle, Jehan Vellard y otros destacados maestros. En 1956 ingresó oficialmente a la Facultad de Letras que funcionaba en La Casona, donde conoció a Ella Dunbar Temple, Alberto Tauro y a otros distinguidos profesores. En el primer año fue alumno de Porras en el curso de Fuentes Históricas Peruanas en el cual debía presentar una monografía. Generalmente los estudiantes hacían trabajos sobre la época virreinal, pero el propio Porras le pidió que hiciera uno sobre la arqueología del valle de Lima. Bonavia no se limitó a la bibliografía ni a las fuentes tradicionales sino que salió al campo y recorrió los sitios arqueológicos para presentarle un trabajo en dos tomos, uno de texto y otro de fotografías. Fue su primera investigación arqueológica e impresionó favorablemente al maestro quien pensó publicarlo. “Porras había comprendido mi vocación —refiere— y definitivamente quiso que no se perdiera”. Bonavia iba con frecuencia a la casa de Porras donde compartía las preocupaciones históricas, los planteamientos, la conversación y la mesa con Mario Vargas Llosa, Carlos Araníbar, Félix Álvarez Brun y otros jóvenes intelectuales destacados. “Yo le debo mucho a Porras —expresa Duccio— Con él aprendí la forma crítica en la que se tienen que tratar las fuentes. La rigurosidad llevada casi al fanatismo con la que tienen que emplearse los datos… La importancia del buen manejo de las citas y la necesidad de adquirir la costumbre de preparar minuciosas bibliografías, aunque ello signifique largas y tediosas horas de trabajo. Pero sobre todo aprendí la importancia que tiene la historia y la riqueza de la nuestra.” En los pasillos de San Marcos, Duccio conoció a José María Arguedas con quien hizo amistad poco más tarde, entre 1957 y 1958, cuando fue a buscarlo para que le diera 40 Duccio Bonavia / F. Silva Santisteban información bibliográfica sobre temas específicos de la cultura andina tradicional, a la cual comenzaba a acercarse. Esta amistad y el aprecio que le cobró Arguedas quien fue otro de sus más apreciados consejeros, se trasuntan en las cartas de Arguedas, recogidas por Carmen María Pinilla, que se guardan en el Archivo José María Arguedas de la Universidad Católica. En 1963 y parte de 1964 fue profesor en la Universidad San Cristóbal de Huamanga. Fue propuesto por Lumbreras y animado por el suscrito. La Universidad de Huamanga era entonces una universidad ideal para investigar, estudiar y dictar clases. Desde su reapertura en 1959 era rector don Fernando Romero Pintado, indudablemente la persona más autorizada para dirigir en el Perú la innovación académica a nivel de la enseñanza superior. Eran sus autoridades: Bernardo Moravsky Vicerrector, Efraín Morote Best Director del Departamento de Letras y Guillermo Málaga Sotomayor Director del Departamento de Ciencia e Ingeniería. Entre los profesores se hallaban Alfonso Elejalde, Julio Ramón Ribeyro, Luis Lumbreras, Carlos Calderón, Enrique Camino Brent, Gabriel Escobar, Hernando Cortés, César Guardia Mayorga, René Casanova, Isaac Tupayachi. La Universidad de Ayacucho se proyectaba entonces como un modelo de universidad y una esperanza para la educación superior peruana. Habíamos llegado un grupo de doce o quince profesores jóvenes que queríamos dedicarnos exclusivamente a la docencia universitaria, entre otros Luís Alberto Rato, Enrique Moya, Luís González Carré, Álvaro Villavicencio, Duccio Bonavia, Alfredo Martínez Gamarra, Josafát Roel Pineda. Entramos a laborar a dedicación exclusiva y con buena remuneración. Era la universidad ideal, limpia, ordenada, tranquila, con ambientes coloniales restaurados que invitaban a la reflexión y al estudio, teníamos autoridades exigentes y vida social y académica en común. Los pocos años que estuvimos en la Universidad constituyeron para nosotros una estadía muy provechosa; estar en Ayacucho nos sirvió mucho, pues en el contacto directo con algunas comunidades indígenas de la región nos adentramos más en el mundo andino. De esos tiempos recordaba un exalumno: “Con el curso de Prehistoria Bonavia nos hizo la vida imposible a los ociosos”. En una oportunidad que Duccio llegó a Lima para asistir a una reunión académica, se encontró con José María Arguedas, entonces Director de la Casa de la Cultura, quien le dijo que creía era él la persona que podía ayudarlo en su proyecto de revivir el Museo Nacional de Antropología y Arqueología, colaborando cercanamente con su director Dr. Jorge C. Muelle. “Gracias a José María —nos cuenta Duccio— llegué a tener una especie de simbiosis con mi maestro Muelle, tan es así que siempre me consideró su discípulo”. Y nadie como este discípulo ha juzgado con tal discernimiento, franqueza y admiración la obra de Jorge C. Muelle como lo ha hecho en el discurso que pronunció en el homenaje tributado por la Academia Nacional de la Historia a tan destacado maestro. En 1964 Bonavia fue nombrado Jefe del Departamento de exploraciones del Museo Nacional de Antropología y Arqueología y ese mismo año catedrático contratado para dictar el curso de Prehistoria General en el Departamento de Antropología de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. 41 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 “Al plantearme José María la posibilidad de entrar a ser funcionario del Museo Nacional de Antropología y Arqueología –refiere Duccio- me explicó el impedimento que significaba mi condición de extranjero. La única solución posible era que me nacionalizara. En condiciones normales esta opción puede ser una decisión relativamente fácil de tomar, pero mi situación era muy particular. Yo no nací en la península italiana, sino en Dalmacia, que hoy es Croacia y vengo de una familia italiana por tradición. Mi familia no sólo consideró siempre que la Dalmacia es italiana (y la historia lo demuestra) sino que luchó por el irredentismo dálmata. Mi padre fue un abanderado de ese movimiento y yo me crié, pues, en un ambiente de profundo patriotismo... De modo que tomar la decisión de renunciar a mi nacionalidad fue un paso muy duro y difícil. Fue una lucha interna decidir entre mis largos lazos con la tierra que me vio nacer y la nueva patria que se estaba gestando en mí... Quiero dejar en claro que lo que me empujaba hacia el lado del Perú no era sólo lo práctico, es decir la necesidad de trabajo, .sino que había algo más y ese más se lo debo en gran parte a Arguedas. A él le debo el compromiso que yo ya había adquirido con el Perú, fundamentalmente con el Perú indígena, por el que más me sentía y me siento atraído. Veía y sentía también que Arguedas de alguna manera me pedía ese sacrificio y esa prueba, quizá para convencerse de que la confianza que había depositado en mí era merecida. Él quería que nacionalizándome yo sellara ese compromiso con el Perú... Luego, en mi Patria de origen se dio una nueva ley gracias a la cual pude recuperar mi nacionalidad italiana y hoy mantengo las dos nacionalidades con el mismo cariño.”. Así Duccio mantiene el amor a sus dos patrias y con la peruana ha defendido al indígena y al patrimonio cultural peruano más que muchos peruanos. En 1967 fue becado por el gobierno de Francia para pasar una temporada en el Laboratorio de Geología del Cuaternario y Prehistoria en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Bordeaux, bajo el asesoramiento del profesor François Bordes, uno de los más grande prehistoriadores europeos. En 1968 fue encargado de la Subdirección del Museo Nacional de Antropología y Arqueología y nombrado en el cargo en 1969. Pero, como hombre de principios, renunció pocos años después cuando fue nombrado un nuevo director cuyo nombramiento consideró arbitrario y con quien no se avenía en sus ideas. En 1970 fue nombrado Catedrático Asociado de la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y en 1972 Director Técnico de Conservación del Patrimonio Monumental del Instituto Nacional de Cultura. En 1971 fue nombrado Profesor Asociado al Departamento de Biología de la Universidad Peruana Cayetano Heredia y en 1976 Profesor Principal a Dedicación Exclusiva de la que se ha jubilado en 2005 como Profesor Extraordinario Investigador. Cuando entró a Cayetano Heredia pidió ser asignado al departamento de Biología para adentrarse en la metodología de la ciencia –que a los arqueólogos no se les enseña— y así poder iniciar sus investigaciones en los campos de la botánica, la zoología y algunos aspectos de la medicina que no podía desestimar en sus preocupaciones arqueológicas. Por muchos años ha formado parte del cuerpo de profesores del Doctorado de la Facultad de Medicina de la Universidad Peruana Cayetano Heredia, participando activamente en la asesoría de tesis y de trabajos de investigación sobre historia de la medicina, ética y antropología fundamentalmente. 42 Duccio Bonavia / F. Silva Santisteban Es Profesor Visitante de la Reinische Friedrich Wilhelm Universidad de Bonn; Profesor Honorario de las Universidades Nacional de Trujillo y Ricardo Palma; Miembro de la Sociedad de Americanistas de París; de la Societé Prehistoric Fançaise, de la Society of American Archaeology y Miembro Honorario del Institute of Andean Studies; Miembro de Número de la Academia Nacional de la Historia y Correspondiente de las academias Dominicana de Historia, Real Academia de la Historia de España, de la Academia de Historia Argentina y miembro de la Academia de Ciencias de América Latina. Bonavia es un hombre de ciencia pura. Severo en sus juicios, ha criticado duramente y con toda razón la enseñanza de la arqueología en algunas de nuestras universidades, así como diversas tesis y trabajos de investigación, como también la mala administración de las instituciones encargadas de la protección del patrimonio cultural, críticas que le han valido como es de suponer no pocas animosidades. Obstinado en sus convicciones y de carácter difícil capaz de lastimar con su franqueza, no lo suavizan las alabanzas y ni le llegan las malquerencias. Esquivo a la publicidad, es afectuoso con sus amigos y tiene un gran sentido del humor. Me siento halagado por haber sido designado para escribir esta breve y fragmentada reseña de la trayectoria vital de Duccio Bonavia y aunque no alcance a dar razón cabal de su obra ni de sus cualidades intelectuales y morales, me honra sumarme al homenaje que le ofrece el Museo de Arqueología, Antropología e Historia de la Universidad Nacional de Trujillo como reconocimiento por su infatigable labor de arqueólogo, de maestro universitario y científico preocupado por desentrañar y dar a conocer los valores esenciales de la cultura peruana. 43 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 44 El amigo Duccio Bonavia / C. Campana Arqueología y Vida 2007, Nº 1, págs. 45-48 EL AMIGO DUCCIO BONAVIA Cristóbal Campana En el viejo libro “Antiguo Perú: Espacio Tiempo” había un artículo juicioso e interesante entre otros de igual valor. No era un libro científico sino más bien un conjunto de artículos hechos por estudiosos que trataban sobre el “descubrimiento” -para nosotros- de cómo el “mundo andino” tenia un origen mucho más antiguo y la visión del Perú pre colombino había cambiado en tan poco tiempo, pues se refería a un evento científico en el cual el Perú hacia cada vez más respetable la antigüedad de nuestro pasado, con los hallazgos de Huaca Prieta y Pacaicasa. Había un artículo de Duccio Banavia. A través del tiempo he tenido en mis manos para su lectura muchos artículos, y uno de ellos “Una Pintura Mural de Pañamarca, Valle de Nepeña” (1959) mostrado por el arqueólogo Francisco Iriarte Brener quien conocía de nuestro interés y opinión sobre los frisos en colores de Huaca de la Luna (Trujillo), frisos conocidos y publicados por otros estudiosos como Tardíos o del Horizonte Medio. A estos yo les atribuía -en aquel entonces- por su diseño geométrico el haber sido elaborados en el Moche II y III. Cuando lo conocí personalmente, él era un estudioso joven aún y, yo, un estudiante del Ciclo Doctoral en la Facultad de Educación, de la Universidad Nacional de Trujillo que había asistido ha dicho evento. De esto hace cerca de medio siglo. Poco tiempo después tuve la suerte de ser becado a un curso de Arqueología en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde Duccio era mi profesor, a quien aprendí a respetar, dentro de la amistad cordial que me ofrecía, pese a su rigidez en el aula. Eran casi dos personas distintas y una personalidad verdadera. Me quedé con su apreciable amistad. El aprecio al estudioso de la arqueología peruana, Duccio Bonavia, me viene desde mediados del siglo anterior. Para precisar: desde 1957, al leer un artículo firmado conjuntamente con otro gran amigo Luis Lumbreras, sobre sitios arqueológicos de Aya Orjo, en Ayacucho. La amistad con el profesor, riguroso y parco en sus gestos, comienza poco tiempo después, cuando tuve la suerte de ser su alumno en San Marcos, en una asignatura y que discutía los aspectos diferenciadores entre los referentes teóricos de “Horizonte medio”, Tesis de J.H.Rowe y la naciente propuesta que intentaba ponderar la presencia de un “Periodo intermedio” muy ligado a la difusión Huari. A primera vista tuve la impresión de estar ante un joven profesor, con rostro de adolescente que acentuaba con sus lentes de montura gruesa su adición al estudio. Por sus rasgos, color, estatura, gestos y vestimenta más parecía un estudiante de la Católica que uno de San 45 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Marcos. Al hablar y expresar sus opiniones movía los labios con energía, encendía su voz de barítono y se empinaba para acentuar sus incisivas argumentaciones: Definitivamente no me parecía un “limeño”, pues, pese a sus gestos, no era pretencioso, vanidoso ni tampoco desdeñoso. Mas parecía un provinciano, “ex rico“norteño, en constante deslinde. Me equivoque: supe luego que era italiano de nacimiento y educado en Lima. Desde que lo conocí personalmente pude observar que, si era de origen italiano, carecía de los gestos abundantes de alegría y jocundia, caracteres que uno asigna tradicionalmente a esa vertiente étnica. Él, en cambio, sí encuadraba en la imagen del profesor europeo, riguroso, sutil, incisivo y sustancioso. Crecía mi admiración, busqué su amistad y la obtuve fácilmente, pese a su fama de arisco. En ese mismo tiempo tuve -paralelamente- excelentes profesores como L.E. Valcárcel, J. Espejo, F. Kauffmann, C.D. Valcárcel, J.C. Muelle, cuyas enseñanzas aún recuerdo con aprecio y respeto. Duccio era entre ellos uno de los más jóvenes, más críticos y austeros. Muchas de sus publicaciones las he considerado interesantes, valiosas y originales en cuya franqueza de su exposición no le preocupaba el enojo de instituciones o investigadores. Así vimos, “La crisis actual de la arqueología” (1966), los libros “Las ruinas de Abiseo” (1968), “Arqueología peruana: Precursores” (1970), “Urbanización y proceso social en América” (1972), otro muy conocido: Ricchata Quellccani: pinturas murales prehispánicas” (1974). Los artículos el Origen del maíz andino (1978), o Sistema de depósitos de almacenamiento durante el periodo Precerámico en la Costa del Perú, firmado con Grobman (1979). Al libro de los Gavilanes… ya nos hemos referido (1982), o el otro artículo firmado conjuntamente con Carlos Monje “Notas para la medicina peruana: Una interpretación errónea del mal de altura” (1989). En la década del 90 publica el libro: La enseñanza de la arqueología en el Perú (1992), luego es el editor de Estudios de arqueología peruana (1992); en el 93 “La papa: Apunte de sus orígenes y su domesticación”, en ese mismo año publica “Domesticación de plantas y animales en los Andes Centrales”. Muchos artículos también importantes sigue publicando y uno de ellos es notable: “¿Bases marítimas o desarrollo agrícola?” (1998) luego en el mismo año “Arte e historia del Perú antiguo”. Colección en Enrico Poli Bianchi. En el año que sigue le hace el prefacio al libro de Guffroy: “El arte rupestre en el antiguo Perú”. Si se quisiese detallar la cantidad de artículos o de libros que tiene publicado, el listado sería muy largo y aquí, solo hemos querido dar cuenta de aquellos que nos han gustado en forma especial. No sé porqué razón, el nunca fue duro conmigo talvez mereciéndolo, pese a no compartir las mismas ideas o propuestas, pues cuando ello sucedía, él prefería someterme a preguntas sucesivas y ordenadas, sin ningún asomo de enojo. Talvez pudo ser por la poca importancia de las mías. ¿Cuántas veces habremos conversado -por ejemplo- sobre los mochicas de Piura, tan cercanos a los rasgos Cupisnique o Ñañanique? o ¿Cuántos sobres los orígenes de la Iconografía más dominante y orgánica del mundo andino?... realmente no lo sé. 46 El amigo Duccio Bonavia / C. Campana Tempranamente me impactó mucho con sus publicaciones, al introducir la Teoría ecológica en las investigaciones arqueológicas (1962-1972). La cuantificación estadística del producto obtenido por los hortelanos tan antiguos como los que muestra en su trabajo de “Los Gavilanes…” o la rigurosidad de los datos, al tratar de sobre los camélidos andinos (1977). Muy valiosas lecturas fueron también las que trabajó con Grobman (1999). Una de las mejores síntesis de la vida de nuestros antepasados, está en su libro sobre el hombre peruano. Últimamente, en la casa de Fernando Silva Santisteban, ya enfermo, alrededor de la cordialidad de su esposa, aparecía Duccio con su ausencia. Hablábamos de él y de sus ideas, de la necesidad de nuevas reuniones en el Haití para hurgar en la intencionalidad agresiva intelectualmente hablando- de varios de sus estudios críticos. Claro, todavía nos falta hacerlo. Cuando Duccio era mi jefe en el INC, varias veces compartimos muy largas conversaciones en la casa de Oscar Lostaunau en Guadalupe, analizando ese complejo fenómeno cultural de tan basta difusión, como es lo que llamamos Cupisnique, talvez el verdadero “horizonte”; Temprano, aún no definido. Amigos comunes nuestros, como Elías Mujica, Santiago Uceda y Ricardo Morales nos encomendaron hacer la presentación del segundo Coloquio sobre Moche (2003). Sentí el desbalance -en contra mía-, pero fue su cordialidad o su sentido de equidad docente que propuso trabajar “por mitades”, de los estudios presentados a ese evento. En ningún momento vi un hombre molesto, enojado y mucho menos irascible: siempre mostró ser el riguroso investigador. Siempre tuvo un rostro más joven que su edad y talvez por ello trataba de ponerlo tras una barba espesa. Hasta hoy es más joven que su vida por la pasión que le pone a sus argumentos, pero él es mucho mayor, por la rigurosidad y acopio argumental que muestra en sus últimas publicaciones. Así, y todo, Duccio, es el arqueólogo investigador con matices de biólogo y acentos de ecólogo, con más de un centenar de publicaciones especializadas y de varios libros capitales. Es el buen amigo que se sienta a tomar un café, tratando que la ciencia de sus amigos avance y se desarrolle…aún, haciendo el papel de crítico duro e incisivo. Debo terminar estas breves líneas, y, si de algo tengo que quejarme de él, como de Fernando o de Pablo, es no haber tenido discípulos numerosos, teniendo tantas condiciones y razones para ello. 47 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 48 Semblanza y Bibliografía VitaeArqueología y Vida de Duccio Bonavia 2007, Nº 1, págs. 49-82 SEMBLANZA Y BIBLIOGRAFÍA VITAE DE DUCCIO BONAVIA DUCCIO BONAVIA BERBER Nació en Spalato (Dalmazia), 27 de marzo de 1935. Italiano de nacimiento; nacionalizado peruano en 1965. Títulos honorarios - Profesor Honorario de la Universidad Nacional de Trujillo (1994). - Profesor Extraordinario Investigador, Universidad Peruana Cayetano Heredia (2002). - Profesor Honorario de la Universidad Ricardo Palma de Lima (2005). - Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional de Trujillo (2006). Estudios Educación primaria: Spalato (Dalmazia) 1940-1944. Educación secundaria: Bassano del Grappa, Possagno y Treviso (Italia) 1945-1947. Liceo científico (sólo el primer año): Treviso (Italia) 1948. Revalidación de los estudios realizados en Europa y nuevos cursos exigidos por la educación peruana: Lima 1950-1951. Escuela Nacional de Ingenieros: Lima 1952-1954. Universidad Nacional Mayor de San Marcos: Lima 1956-1960. Estudios de Post-Grado 1965 Comisionado por la Comisión Nacional de Cultura del Perú, para participar en un curso para post-graduados sobre «Nuevas técnicas en la exploración arqueológica» en la ciudad de Roma (Italia), bajo los auspicios de la Fundación Lerici (29 de marzo-10 de abril). 1967-1968 Becado por el Gobierno Francés para seguir estudios de perfeccionamiento y realizar investigaciones en el Laboratorio de Geología del Cuaternario y Prehistoria de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Bordeaux (Francia) bajo el asesoramiento del Profesor François Bordes (19 de mayo de 1967-3 de julio de 1968). Grados Bachiller en Letras (especialidad: Etnología-Arqueología). Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Lima), 17 de agosto de 1960. Aprobado con: Sobresaliente por unanimidad. Tesis presentada: Sobre el estilo Teatino (Pp. 209). 49 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Doctor en Letras (especialidad: Etnología-Arqueología). Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Lima), 15 de junio de 1961. Aprobado con: Sobresaliente por unanimidad. Tesis presentada: Seis sitios de ocupación de la parte inferior del valle del río Lurín (Pp. 157) Lugares de trabajo y cargos ocupados 1956-1961 Trabajos de investigación arqueológica en el Museo de Arqueología de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. 1960 Asistente de cátedra de Historia del Perú (Incas). Profesor titular: Dr. Luis E. Valcárcel (Facultad de Letras, Universidad Nacional Mayor de San Marcos). 1962 Jefe de Investigaciones Arqueológicas de la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Resolución N°19958 de fecha 29 de setiembre de 1962). Jefe del Equipo Técnico de la Junta Deliberante Metropolitana de Monumentos Históricos y Artísticos y Lugares Arqueológicos. Comisión de Arqueología. 1963-1964 Catedrático de la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga,Ayacucho. (Resolución Rectoral N° 277-63 de fecha 22 de febrero de 1963) en la que desempeñó los siguientes cargos: Profesor de Arqueología, Coordinador del Instituto de Antropología. 1964 Jefe del Departamento de Exploraciones del Museo Nacional de Antropología y Arqueología de Lima (Resolución Suprema N° 491, de fecha 25 de marzo de 1964). Catedrático contratado en la categoría de Auxiliar para el dictado del curso de Prehistoria General, en el Departamento de Antropología de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Resolución Rectoral N° 22557 de fecha 7 de noviembre de 1964). 1965 Catedrático contratado en la categoría de Auxiliar para el dictado del curso de Prehistoria y Arqueología II (Universal), en el Departamento de Antropología de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Resolución Rectoral N° 23292 de fecha 7 de setiembre de 1965). 1966 Catedrático Auxiliar de la cátedra de Arqueología II (Universal), en el Departamento de Antropología de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Por concurso (Resolución N° 24656 de fecha 12 de diciembre de 1966). Profesor de Arqueología en la Universidad Peruana de Ciencia y Tecnología. 50 Semblanza y Bibliografía Vitae de Duccio Bonavia 1968 Catedrático Auxiliar de Prehistoria General, del Departamento de Antropología de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Por concurso (Resolución N° 412-68 de fecha 6 de julio de 1968). Encargado de la Sub-Dirección del Museo Nacional de Antropología y Arqueología de Lima. (Resolución Suprema de fecha 30 de setiembre de 1968, N° 0979). 1969 Nombrado Sub-Director del Museo Nacional de Antropología y Arqueología de Lima (Resolución Suprema N° 0412 de fecha 16 de abril de 1969). Encargado de la Jefatura de Investigaciones de la Casa de la Cultura del Perú (Resolución Suprema N° 0412 de fecha 16 de abril de 1969). Coordinador de la Sección de Arqueología del Departamento de Ciencias Histórico-Sociales de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. 1970 Catedrático Asociado de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Resolución Rectoral N° 31261 del 14 de agosto de 1970). 1971 Profesor Asociado del Departamento de Biología de la Universidad Peruana Cayetano Heredia de Lima (CAR-III-583-71 del 15 de noviembre de 1971). 1972 Director Técnico de Conservación del Patrimonio Monumental y Cultural del Instituto Nacional de Cultura. Lima (Resolución Directoral N° 000618A del 4 de agosto de 1972). 1973 Profesor Asociado a Dedicación Exclusiva de la Universidad Peruana Cayetano Heredia de Lima (Resolución Rectoral N° 2010) y Director Universitario de Biblioteca, Publicaciones y Museos (Resolución Rectoral IV-12-73 de fecha 28 de noviembre de 1973). 1976 Director Universitario de Biblioteca, Publicaciones y Museos de la Universidad Peruana Cayetano Heredia de Lima (Resolución Rectoral 05-76 de fecha 19 de marzo de 1976). Profesor Principal de la Universidad Peruana Cayetano Heredia de Lima (Resolución Rectoral N° 53-76, de fecha 1 de setiembre de 1976). 1977 Jefe del Departamento Académico de Biología de la Universidad Peruana Cayetano Heredia de Lima (Resolución Rectoral N° 036-77 de fecha 16 de marzo de 1977). 51 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 1981 Profesor Visitante de Reinische Friedrich Wilhelms Universität de Bonn (Alemania), Seminario de Antropología. Especialmente invitado para inaugurar la Cátedra Max Uhle (1er Semestre Académico). 1983-1984 Profesor Visitante de Reinische Friedrich Wilhelms Universität de Bonn (Alemania), Seminario de Antropología (2° Semestre Académico). 1984 Presidente de la Comisión Pedagógica de la Universidad Peruana Cayetano Heredia. Representante de la Facultad de Ciencias y Humanidades ante la Oficina de Personal Docente de la Universidad Peruana Cayetano Heredia. Representante de la Facultad de Ciencias y Humanidades para integrar la Comisión de Doctorado y Maestría de la «Escuela de Post-grado Víctor Alzamora Castro». 1985 Miembro del Comité de Etica de la Oficina de Investigaciones Científicas de la Universidad Peruana Cayetano Heredia de Lima. 1986-1993 Representante de la Facultad de Ciencias y Filosofía ante la Oficina de Personal Docente. 1977-1982; 1986-2001 Miembro del Comité Directivo del Departamento de Biología. 1994 Nombrado representante de los Profesores Principales en la Asamblea Universitaria de la Universidad Peruana Cayetano Heredia. 1995- 2005 Profesor de la Escuela de Post-grado Victor Alzamora Castro de la Universidad Peruana Cayetano Heredia.Doctorado en el Area de Salud. 2001-2005 Paso del Departamento de Biología al Departamento de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Peruana Cayetano Heredia. Proyectos y trabajos de campo 1957 Miembro de la Expedición del Museo Arqueológico de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos a la zona de Ayacucho (Mayo). Jefe Auxiliar del Dr. David H. Kelley en trabajos arqueológicos realizados en la Costa Norte del Perú:Programa de la Comisión Fulbright (de enero a marzo). 52 Semblanza y Bibliografía Vitae de Duccio Bonavia Encargado por la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, para asistir al Dr. Erick Reed, en una misión de la UNESCO relacionada con la protección de los monumentos de barro de la costa peruana. Estudio de pinturas murales mochicas en el valle de Nepeña; trabajo conjunto del Museo de Arqueología de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos con la UNESCO (noviembre) 1959 Exploraciones en varios valles de la Costa Norte peruana,especialmente Huarmey, conjuntamente con Ernesto Tabío y Donald Thompson de la Comisión Fulbright. Trabajos de práctica en la zona de Ancón,dirigidos por el Dr. Jorge C. Muelle (agosto-octubre). Excavaciones estratigráficas en Ancón (noviembre-diciembre). 1960 Excavaciones estratigráficas en Huarmey, realizadas para el Museo Botánico de la Universidad de Harvard (USA) (enero-febrero). 1960-1961 Estudios de patrones de ocupación en el valle de Lurín (marzo-diciembre 1960; enero-abril 1961). 1961 Miembro organizador de la Expedición Arqueológica Italo-Peruana al Norte del Perú (julio-agosto). Trabajos en Casma realizados para Donald Collier del Museo de Historia Natural de Chicago (USA) (noviembre). 1962-1963 Catastro de los monumentos prehispánicos del valle de Lima, para la Junta Deliberante Metropolitana (agosto-diciembre 1962; enero 1963). 1963 Organizador y Jefe de la Primera Expedición Científica de la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga a la ceja de selva de Ayacucho (noviembre-diciembre). 1964 Miembro del «Proyecto Viracochán» al área del Mantaro con los auspicios de San Fernando Valley State College, California (USA) (mayo-junio). 1966 Investigaciones y excavaciones en las ruinas de Yaro (Pajatén) (junio). 1967-1968 Participación en diferentes proyectos de excavaciones en Dordogne (Francia), con el grupo del Laboratorio de Prehistoria y Geología del Cuaternario de la Facultad de Ciencias de la 53 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Universidad de Bordeaux. Especialmente excavaciones en Pech-de-l’Azé II (Carsac) (mayodiciembre 1967; enero-junio 1968) 1970 Expedición a la ceja de selva de Ayacucho (área del río Viscatán), en colaboración con la Corporación de Energía Eléctrica del Mantaro (noviembre). 1971 Exploración de la cuenca del río Chancay (Lambayeque) con los auspicios del Royal Ontario Museum (octubre). 1972 Exploración de la sección inferior del valle de Jequetepeque (mayo y noviembre). Estudios en el área de Machu Pichu. Presidente de la Comisión para la delimitación del área intangible de las ruinas (agosto). 1974 Excavaciones en Huarmey (febrero). Estudios de pinturas murales en varios monumentos de la Costa Norte. 1975 Exploración de la parte baja y media del valle de Huarmey con la finalidad de ubicar sitios precerámicos. 1976-1977 Proyecto Arqueológico Huarmey. Trabajos de campo (excavaciones sistemáticas en Los Gavilanes y exploración de todo el valle de Huarmey) de setiembre de 1976 a marzo de 1977. Trabajos de gabinete de abril a diciembre de 1977. 1979 Terminación de los trabajos de campo del Proyecto Arqueológico Huarmey (febrero). 1983 Exploración del área Otuma-Pozo Santo con el equipo de la Universidad de Bordeaux (marzo). Estudios en el área del monte Pariacaca con el equipo del Laboratorio de Biofisica de la Universidad Peruana Cayetano Heredia (agosto). 1985 Visita de estudio a lugares arqueológicos del Callejón de Huaylas (julio). 1988 Exploración en el valle de Huarmey (febrero). Invitado por la misión francesa que dirige Claude Chauchat, para visitar yacimientros paijanenses y colaborar en la excavación de algunas tumbas de la misma época en la Quebrada de Cupisnique (Departamento de La Libertad) (agosto). 54 Semblanza y Bibliografía Vitae de Duccio Bonavia 1991 Visita de estudio a la Huaca de la Luna en Moche y El Brujo en Chicama (agosto). 1992 Visita de estudio a la Huaca de la Luna en Moche (marzo). Invitado por la misión francesa que dirige Claude Chauchat,para visitar yacimientos paijanenses especialmente en la Quebrada Santa María (Departamento de La Libertad) (marzo). 1998 Viaje al Norte con el profesor Cristobal Makowski con la finalidad de analizar algunos sitios de los valles del Santa, Nepeña,Culebras y Huarmey. 1999 y 2001 Visita de estudio al valle de Jequetepeque conjuntamente con el profesor Tom Dillehay. 2002 Visita a Kuntur Wasi, invitado por la Misión Japonesa. Otras actividades 1963 Arqueólogo adscrito al Patronato Nacional de Arqueología. Lima. 1967 Miembro del Comité de Monumentos,Comisión peruana de UNESCO. 1975 Consultor local de la Fundación Ford. Lima. 1977 Trabajos de Investigación en el Museo Botánico de la Universidad de Harvard (Cambridge, Massachusetts). Visita de estudio al Royal Ontario Museum (Toronto, Canada). 1978 Creación del Laboratorio de Prehistoria en el Departamento de Biología de la Universidad Peruana Cayetano Heredia de Lima, con autorización oficial del Instituto Nacional de Cultura. 1979 Miembro de la Comisión Técnica Calificadora de Proyectos Arqueológicos del Instituto Nacional de Cultura. 1980 Miembro fundador y componente del primer Consejo Directivo de la Asociación Peruana para el Fomento de las Ciencias Sociales (FOMCIENCIAS). 1981 Visita de estudio a museos de Colonia,München,Berlín y Hamburgo (Alemania Federal). 55 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 1983-1985; 1988- 1992 Asesor de la Fundación Ford para la Conservación del Patrimonio Cultural. 1985 Miembro de la Comisión Técnica Calificadora de Proyectos Arqueológicos del Instituto Nacional de Cultura. Incorporado al Instituto de Investigaciones de la Altura de la Universidad Peruana Cayetano Heredia. Vice-Presidente de la Asociación Peruana para el Fomento de las Ciencias Sociales (FOMCIENCIAS). 1988 Vice-Presidente y Presidente Interino de la Asociación Peruana para el Fomento de las Ciencias Sociales (FOMCIENCIAS). Invitado por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia a Paris, para desarrollar diferentes actividades relacionadas con la profesión. 1989 Miembro de la Comisión Consultiva de Ciencias Sociales y Humanidades del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología. Invitado para dictar una clase en la Universitá degli Studi de Bologna. 1990 Ratificado como miembro del Instituto de Investigacione de la Altura, Seccíon de Transporte de Oxígeno y Biología Adaptativa. Nombrado Investigador del Instituto Francés de Estudios Andino. Lima. Viaje a los Estados Unidos de Norteamérica por encargo de la Fundación Ford para visitar las principales fundaciones de ese País. Nombrado representante del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología ante la Comisión Nacional Técnica de Paleontología. 1991 Miembro del jurado para el «Premio de la Latinidad Pierre Cabanes» organizado por Unión Latina. 1992 Miembro fundador de la Academia Nacional de Ciencia y Tecnología. Miembro del Consejo de la Société des Américanistes de Paris. 56 Semblanza y Bibliografía Vitae de Duccio Bonavia 1995 Nombrado Miembro de Número de la Academia Nacional de Historia del Perú. 1996 Nombrado miembro de la Directiva de la Sociedad de Historia (Secretaría de Biblioteca y Archivos). 1996-1998/1999-2001/2002-2004/ 2005-2006 Miembro de la Junta Directiva de la Academia Nacional de la Historia en calidad de Vocal. 1997 Representante de la Academia Nacional de la Historia ante la Comisión Nacional encargada de organizar los actos conmemorativos del Primer Centenario del nacimiento de Raúl Porras Barrenechea. Miembro del Comité de Etica del Centro de Información y Educación para la Prevención del Abuso de Drogas. CEDRO. 1999 Miembro Nacional Principal de la Comisión de Historia del Instituto Panamericano de Geografía e Historia. Comité de Arqueología. 2003 Miembro del Comitato Scientifico del Volume (3) de la Enciclopedia Archeologica del Istituto della Enciclopedia Italiana. Becas y fondos para investigación 1960 Fondos del Museo Botánico de Harvard para realizar excavaciones en Huarmey. 1967 (mayo)-1968 (julio) Beca del Servicio de Cooperación Técnica del Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia para Estudios de post-grado en el Laboratorio de Geología del Cuaternario y Prehistoria de la Universidad de Bordeaux bajo la dirección de François Bordes. 1974 Fondos otorgados por el Royal Ontario Museum (Canada) para efectuar excavaciones en un sitio precerámico de Huarmey. Proyecto de investigación sobre pinturas murales prehispánicas financiado por la Fundación Ford (marzo 1974) y ampliado en el mismo año (setiembre) con un fondo adicional. 1976 Beca John Simon Guggenheim Memorial Foundation (New York, USA) para llevar a cabo un proyecto de investigación sobre el maíz precerámico peruano sobre el terreno en Huarmey y con trabajos de laboratorio e investigación bibliografíca en el Museo Botánico de la Universidad de Harvard. 57 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 1978-1979 Subsidio de la Fundación Ford para concluir la elaboración del informe del Proyecto Arqueológico Huarmey. 1983 Subsidio del Consejo Nacional de Ciencias y Tecnología del Perú, para la elaboración de un mapa con la ubicación de los yacimientos con pinturas murales en el Perú. 1984 Subsidio del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología para un estudio de tipología lítica de un yacimiento temprano del valle de Huarmey. 1989-1990 Subsidio de la Fundación Ford (conjuntamente con Ramiro Matos) para hacer un estudio evaluativo sobre la situación de la enseñanza universitaria de la Arqueología en el Perú. 1990 Subsidio del Instituto Francés de Estudios Andinos para llevar a cabo una investigación sobre los Camélidos andinos. 1993 Subsidio del Instituto Francés de Estudios Andinos para escribir un libro sobre los Camélidos Andinos. 1999 Apoyo para la Traduccion del libro Los Camelidos Sudamericanos por World Wildlife Fund Inc. 2001 Apoyo para terminar la traducción del libro Los Camélidos Sudamericanos por Fish and Wildlife Service. Miembro de Sociedades Científicas - Society for American Archaeology (USA) - Société des Américanistes de Paris (Francia) - Société Préhistorique Française (Francia) - Institute of Andean Studies. Miembro honorario (USA) - Consejo Permanente de la Unión Internacional de Ciencias Prehistóricas y Protohistóricas. Representante del Perú - Sociedad Peruana de Historia (Perú). - Academia Nacional de la Historia. Miembro de número (Perú). - Miembro correspondiente de la Academia Dominicana de la Historia - Miembro correspondiente de la Real Academia de Historia de España. - Miembro correspondiente de la Academia Nacional de Historia de Argentina - Miembro de la Academia de Ciencias de América Latina 58 Semblanza y Bibliografía Vitae de Duccio Bonavia PUBLICACIONES 1. Libros 1968 LAS RUINAS DEL ABISEO Universidad Peruana de Ciencias y Tecnología. Lima. Pp. 102 (1 mapa, 3 planos, 16 fotografías, 17 láminas). con Rogger Ravines ARQUEOLOGIA PERUANA: PRECURSORES (Selección, introducción, comentarios y notas de) Casa de la Cultura del Perú. Lima. Pp. 240 (9 láminas fuera de texto) con Rogger Ravines (Editores) PUEBLOS Y CULTURAS DE LA SIERRA CENTRAL DEL PERU. Lima. Pp. 148 (46 figuras; 1 mapa; 1 cuadro cronológico). RICCHATA QUELLCCANI.PINTURAS MURALES PREHISPÁNICAS. Fondo del Libro del Banco Industrial del Perú. Lima. Pp. XVI + 187 (74 ilustraciones en blanco y negro; 15 láminas en color). Con la colaboración de Ramiro Castro de la Mata, Félix Caycho Q., Alexander Grobman, Lawrence Kaplan, César A. Morán Val, Raúl Patrucco, Mario Peña, Virginia Popper, Elizabeth J. Reitz, Stanley George Stephens, Raúl Tello y Elizabeth S.Wing. PRECERAMICO PERUANO. LOS GAVILANES. MAR, DESIERTO Y OASIS EN LA HISTORIA DEL HOMBRE. Corporación Financiera de Desarrollo S.A. Instituto Arqueológico Alemán. Lima. Pp. XXIV + 512 (7 mapas; 99 fotografías; 1 fotografía fuera de texto; 16 planos; 64 dibujos; 4 gráficos; 26 cuadros). MURAL PAINTING IN ANCIENT PERU. Traducción de Patricia J. Lyon. Presentación de John H. Rowe. Indiana University Press. Bloomington. Pp. 208 (16 láminas a color fuera de texto; 92 fotografías en blanco y negro; 35 ilustraciones). co-autor DICTIONNAIRE DE LA PRÉHISTOIRE. Dirigido por André Leroi-Gourhan. Presses Universitaires de France. Pp. X + 1222 (numerosas ilustraciones) (Traducido al italiano.DIZIONARIO DI PREISTORIA.1991 Vol.1, Culture,vita quotidiana, metodologie. 1992. Vol. 2. Giacimenti, abitanti e necropoli, Monumenti. Giulio Einaudi Editore. Torino, 1994. Segunda edición francesa aumentada y puesta al día 1994; 3a edición francesa 1997). PERU:HOMBRE E HISTORIA.DE LOS ORIGENES AL SIGLO XV Edubanco. Lima. Pp. 586 (77 fotografías a color y blanco y negro; 51 figuras; 1 fotografía en blanco y negro fuera de texto). 59 1970 1972 1974 1982 1985 1988 1991 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 1992 Editor ESTUDIOS DE ARQUEOLOGIA PERUANA Fomciencias. Lima Pp. 418 (Numerosas ilustraciones). ARTE E HISTORIA DEL PERU ANTIGUO Colección Enrico Poli Bianchi. Banco del Sur. Arequipa. Pp. 337 (1 fotografía fuera de texto; 1 cuadro cronológico; 3 fotografías en láminas plegables no numeradas; 249 fotografías. Todas las ilustraciones son a color). LOS CAMELIDOS SUDAMERICANOS (UNA INTRODUCCION A SU ESTUDIO) Tomo 93 Serie Travaux de l’Institut Français d’Etudes Andines. IFEA,UPCH, Conservation International. Lima. Pp. X + 843 (35 figuras; 2 ilustraciones sin numerar; 1fotografía fuera de texto; 58 fotografías [4 a color, el resto en blanco y negro]; 8 cuadros). con Claudia Grimaldo y la colaboración de Jimi Espinoza BIBLIOGRAFIA DEL PERÍODO PRECERÁMICO PERUANO. Academia Nacional de la Historia. Fuentes y Bibliografía. I. Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo Editorial. Academia Nacional de la Historia. Lima. Pp. 254. 1994 1996 2001 2. Monografias 1960 Una pintura mural de Pañamarca, valle de Nepeña. Arqueológicas, Publicaciones del Instituto de Investigaciones Antropológicas, Museo Nacional de Antropología y Arqueología. Lima. N° 5. Pp. 21-53 (5 láminas). con Ramiro Matos y Félix Caycho Informe sobre los monumentos arqueológicos de Lima Junta Deliberante Metropolitana de Monumentos Históricos y Lugares Arqueológicos de Lima (Equipos Técnicos), N° 2. Pp. 172 (Numerosos croquis). Investigaciones en la ceja de selva de Ayacucho (Informe de la Primera Expedición Científica Huamanga) Arqueológicas, Publicación del Instituto de Investigaciones Antropológicas, Museo Nacional de Antropología y Arqueología. N° 6. Lima Pp. 65 (6 láminas). Arqueología de Lurín (Seis sitios de ocupación en la parte inferior del valle) Editores: Instituto de Estudios Etnológicos del Museo Nacional de la Cultura Peruana y Departamento de Antropología de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Lima. Pp. 120 (16 fotografías; 23 láminas). Recopilación y arreglo de D. Bonavia Sitios arqueológicos del Perú (Primera parte) Arqueológicas, Publicaciones del Instituto de Investigaciones Antropológicas, Museo Nacional de Antropología y Arqueología. N° 9. Lima. Pp. 71. 1963 1964 1965 1966 60 Semblanza y Bibliografía Vitae de Duccio Bonavia 1992 con Ramiro Matos M. Enseñanza de la Arqueología en el Perú. Informe evaluativo Fomciencias. Lima. Pp. 289 (12 cuadros; 6 organigramas). editor conjuntamente con Víctor Pimentel Inventario del Patrimonio Monumental Inmueble de Lima. Valles de Chillón, Rímac y Lurín, Lima. Universidad Nacional de Ingeniería y Fundación Ford. (NOTA: Tuvo una distribución muy restringida). 1994 3. Capítulos en libros 1968 «Núcleos de población en la ceja de selva de Ayacucho, Perú», El proceso de urbanización en América desde sus orígenes hasta nuestros días, J. E. Hardoy y R. P. Schaedel, editores. Buenos Aires. pp. 75-83. con Rogger Ravines «Villas del Horizonte Tardio en la ceja de selva del Perú: algunas consideraciones» El proceso de urbanización en América desde sus orígenes hasta nuestros días, J. E. Hardoy y R. P. Schaedel, editores, Buenos Aires. pp. 153-158. 1972 «Factores ecológicos que han intervenido en la transformación urbana a través de los últimos siglos de la época precolombina» Urbanización y proceso social en América, Instituto de Estudios Peruanos. Lima. pp. 79-97. «La ceja de selva:colonizadores y avanzadas» Pueblos y Culturas de la Sierra Central del Perú, D. Bonavia y R. Ravines Editores. Lima. pp. 91-99 (4 figuras). «Agricultura» Pueblos y Culturas de la Sierra Central del Perú, D. Bonavia y R. Ravines Editores. Lima. pp. 115-121 (2 figuras). con Rogger Ravines «Arte rupestre» Pueblos y Culturas de la Sierra Central del Perú, D. Bonavia y R. Ravines Editores. Lima. p. 129-139 (8 figuras). «Bibliografía selectiva» Pueblos y Culturas de la Sierra Central del Perú, D. Bonavia y R. Ravines Editores. Lima. pp. 140-145. 1977 con Richard P. Schaedel «Patrones de urbanización incipiente en los Andes centrales y su continuidad» Asentamientos urbanos y organización socioproductiva en la historia de America Latina. Comp. J. E. Hardoy y R. P. Schaedel. Ediciones SIAP. Buenos Aires. pp. 15-38. 61 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 1978 «Ecological factors affecting the urban transformation in the last Centuries of precolumbian era» Urbanization in the Americas from its beginnings to the present, R. P. Schaedel, J. E. Hardoy, N. S. Kinzer Editors. Mouton Publishers, The Hague. Paris. pp. 185-202. (Republicado en Advances in Andean Archaeology, D. L. Browman Editor. Mouton Publishers, The Hague. Paris. pp. 393-410). con Alexander Grobman «El origen del maíz andino» Amerikanistische Studien,R. H. Hartmann y Udo Oberem Editores. Festschrift für Hermann Trimborn. I. Collectanea Instituti Anthropos, Vol. 20. Anthropos Institut. St. Agustin. pp. 82-91. 1979 «Consideraciones sobre el Complejo Chivateros» Arqueología peruana, Investigaciones Arqueológicas en el Perú en 1976. Universidad Nacional Mayor de San Marcos y Comisión para Intercambio Educativo Entre los Estados Unidos y el Perú. R. Matos compilador. Lima. pp. 65-74 (4 ilustraciones). «Conclusiones de la Reunión-Seminario» Patrimonio Cultural del Perú. Balance y Perspectivas. Fomciencias. Lima. pp. 305-308. «Don Oscar Lostaunau» The Pacatnamú Papers, Vol. 1 Edited by C. Donnan and G. A. Cock. Museum of Cultural History. University of California. Los Angeles. pp. 11-12. 1986 1989 con Alexander Grobman «Andean maize: its origins and domestication» Foraging and Farming. The evolution of Plant Exploitation. Edited by D. R. Harris & G.C. Hillman. Unwin Hyman. London. pp. 456-470. con Carlos Monge, Fabiola León-Velarde y Alberto Arregui «High altitude populations in Nepal and the Andes» Hypoxia: The Adaptations. John R. Sutton, Geoffrey Coates and John E. Remmers editors. B. C. Decker Inc. Toronto, Philadelphia. pp. 53-58 (5 figuras; 1 tabla). «Le origini degli Inca e il problema dei Chanca» I Regni Preincaici e il Mondo Inca. C. Bákula, D. Bonavia, L. Laurencich Minelli, R.Matos M. , J. P. Protzen, C. Radicati, M. Rostworowski, I. Shimada. Corpus Precolombiano. Jaka Book. Milano. pp. 133-140 (6 ilustraciones). (Nota: hay una edición española de 1992, una alemana de 1992, una francesa de 1995 y una inglesa de 1999). «Il ruolo della Ceja de Selva nel processo culturale del Perù Precolombiano» I Regni Preincaici e il Mondo Inca. C. Bákula, D. Bonavia, L. Laurencich Minelli, R.Matos M., J. P. Protzen, C. Radicati, M. Rostworowski, I. Shimada. Corpus Precolombiano. Jaka Book. Milano. pp. 121-132 (20 ilustraciones). (Nota: hay una edición española de 1992, una alemana de 1992, una francesa de 1995 y una inglesa de 1999). 1990 1992 62 Semblanza y Bibliografía Vitae de Duccio Bonavia «Introducción» Estudios de Arqueología Peruana, Duccio Bonavia, editor. Fomciencias. Lima. pp. 916. «Tipología lítica tentativa para el Precerámico final de la Costa Central y Septentrional del Perú» Estudios de Arqueología Peruana, Duccio Bonavia, editor. Fomciencias. Lima. pp. 83-97 (8 figuras). «Domesticación de las plantas y animales de los Andes Centrales» Perú:Presencia e Identidad. Quinto Centenario del Descubrimiento. Encuentro de dos Mundos. Ariel. Comunicaciones para la Cultura. Lima. Pp. 157-187. 1993 «Poblamiento de los Andes e inicio de la agricultura» Historia y Cultura del Perú. Marco Curatola, Fernando Silva Santisteban (eds). Universidad de Lima, museo de la Nación, Banco de Crédito del Perú, Organización Internacional para las Migraciones. Lima. pp. 41-50 (2 figuras). (Nota: hay una segunda edición de 1993) “Cerámica” Arte e Historia del Perú Antiguo. Colección Enrico Poli Bianchi. Duccio Bonavia. Apéndice I. Dirección y organización Luis Enrique Tord. Banco del Sur. Arequipa. Pp. 337; pp. 273-301 (22 fotografías a color). “Metalurgia y Metalistería” Arte e Historia del Perú Antiguo. Colección Enrico Poli Bianchi.Duccio Bonavia. Apéndice II. Dirección y organización Luis Enrique Tord. Banco del Sur. Arequipa. Pp. 337; pp. 302-331 (25 fotografías a color). 1996 “Wall painting”, “Tiahuanaco”, “Titicaca Bassin”. The Dictionary of Art, Jane Turner, editor. Macmillan Publishers Limited.London. “Wall painting”:Tomo 29. pp. 172-175 (2 ilustraciones); “Tiahuanaco”: Tomo 30. pp. 795-797 (1 ilustración); “Titicaca Bassin”. Tomo 31. pp. 45-48 (2 ilustraciones). con Carlos Monge C. “La altura: un reto incomprendido” Arqueología, antropología e historia en los Andes. Homenaje a María Rostworowski. R.Varón Gabai y J. Flores Espinoza, editores. Instituto de Estudios Peruanos, Banco Central de Reserva del Perú. Lima. pp. 259-274. con Claude Chauchat «Dèbut de l’exploitation de la mer sur la côte du Pérou» L’Homme préhistorique et la mer, (sous la direction de Gabriel Camps). Editions du Comité des Travaux historiques et Scientifiques. Actes du 120e Congrès National des Sociétés Historiques et Scientifiques (Aix-en-Provence, 1995). Editions du CTHS. Paris. Pp. 446; pp. 427-436 (1 figura). 1994 1997 1998 63 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 «¿Bases Marítimas o Desarrollo Agrícola?» 50 Años de Estudios Americanistas en la Universidad de Bonn.Nuevas contribuciones a la arqueología, etnohistoria, etnolinguistica y etnografía de las Américas. S. Dedenbach-Salazar, C. Arellano Hoffmann, E. König, H. Pruemers, editores. BAS, Vol. 30. Verlag Anton Sanrwein. Markt Schwaben. pp. 45-62. 1999 “The domestication of Andean Camelids” Archaeology in Latin America, edited by G.G. Politis and B. Alberti. Routdledge Taylors & Francis Group. London. pp. 130-147 (6 figuras). con Franklin Pease G.Y. “Sociedades serranas centro-andinas”. Las Sociedades Originarias. Historia General de América Latina, Vol. I. Directora del Volumen, T. Rojas Rabiela. Co-director John Murra. Editorial Trotta. Ediciones Unesco. Simancas Ediciones, S.A. España. pp. 429-443 (3 ilustraciones). con Carlos Monge C. “El hombre andino” Las Sociedades Originarias. Historia General de América Latina, Vol. I. Directora del Volumen, T. Rojas Rabiela. Co-director John Murra. Editorial Trotta. Ediciones Unesco. Simancas Ediciones, S.A. España. pp. 343-357 (3 ilustraciones). 2001 “Agricutura prehispánica” (Entrevista) Agricultura Peruana, Hernando Guerra García Cueva. Lima. pp. 23-33. Il mondo dell’Archeologia.Treccani 2000.Istituto della Encilopedia Italiana. Fondata da Giovanni Treccani. Roma (Vol. I: Pp. XLVIII + 932; Vol. II: Pp. XXIII + 974). Vol. I: «Il popolamento delle Americhe e le culture del Periodo Paleoindio», pp. 585-588. «Il Periodo Arcaico: America Meridionale», pp. 592-593. «La caccia: Americhe», pp. 627-628. «Lo sfruttamento degli ambienti acquatici:il caso delle Ande Centrali», pp. 630. «La domesticazione degli animali e l’allevamento: America Meridionale», pp. 710-711. «Il consumo e i regimi alimentari: America Meridionale», pp. 736-737. «Dalle prime comunità di villaggio alle soglie dell’urbanizzazione: America Meridionale», pp. 891-892. «La distribuzione degli spazi e delle funzioni nelle Ande Centrali», pp. 896-898 Vol. II: «I contenitori da trasporto nell’America Meridionale», pp. 707-708. «I sistemi di misura lineari ponderali e di capacità: America Meridionale», pp. 738. «Le cave e le tecniche di estrazione dei materiali lapidei: America Meridionale», pp. 829. «I materiali di origine vegetale: America Meridionale», pp. 891-892. «I materiali di origine animale: America Meridionale», pp. 919-920. “Del Precerámico a hoy:un raro caso de continuidad cultural.” El hombre y los Andes. Homenaje a Fraklin Pease G. Y. J. Flores Espinoza y R. Varón Gabai,editores. Tomo I. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Ifea, bcp, Fundación Telefónica. Lima. pp. 421-435 (4 figuras). 2002 64 Semblanza y Bibliografía Vitae de Duccio Bonavia “Orígenes de la agricultura en el Área Central Andina” Enciclopedia Temática del Perú.Ecología Prehistórica Andina y Ciencia en el Perú. Dirección, coordinación, revisión ilustraciones, epígrafes, diagramación y edición Carlos Milla Batres. Tomo V, pp. 139-173. Editorial Milla Batres. Lima (30 ilustraciones). 2003 Con Cristóbal Campana “Nuevas contribuciones sobre los Moche: síntesis crítica de las presentaciones” Moche. Hacia el final del milenio. Santiago Uceda/Elías Mujica, Editores. Actas del Segundo Coloquio sobre la Cultura Moche. Trujillo, 1 al 7 de Agosto de 1999. Tomo II. Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo Editorial, Universidad Nacional de Trujillo. Lima. 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(NOTA: Es una republicación del artículo que apareció en El Correo en 1972). 2002 “Pañamarca, símbolo de nuestra vergüenza” Arkinka, Año 7, N° 81. Agosto. Lima. pp. 78-86 (4 dibujos; 13 fotografías). “Testimonio de Duccio Bonavia” En: Carmen María Pinilla Cisneros”. Cartas del Archivo de José María Arguedas de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Donaciones recientes de Fernando de Szyszlo, Blanca Varela, Mario Vargas Llosa, Duccio Bonavia, Haydée Castañola y Germán Garrido Klinge”, anthropologica, Año XX, N° 20. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima. pp. 143-161. Además notas 56, 57, 59, 63, 65, 67, 68, 73, 78, 79, 82 y 84. 2003 Con Ynes R. Ortega “Cryptosporidium, Giardia, and Cyclospora in Ancient Peruvians” Journal of Parasitology, Vol. 89, N° 3. pp. 635-636. Lawrence. “L’Antico Perù” Perù. Tremila Anni di Capolavori. Electa. Milano. Pp. 319; pp. 29-39 (10 fotografías a color) Textos breves: “3 Falsa testa”, p. 73 “79 Bottiglia fischiante...”, p. 122 “L’ariballo”, p. 128 “Panello dipinto”, p. 248 2004 “On Oswald Menghin and Peruvian Archaeology” Current Anthropology, Vol. 45, N° 2. April...pp. 267-268. Chicago con Carlos M. Ochoa, Óscar Tovar S. y Rodolfo Cerrón Palomino “Archaeological Evidence of Cherimoya (Annona cherimolia Mill.) and Guanabana (Annona muricata) in Ancient Perú. Economic Botany, Vol. 58, N°4. New York. pp. 509-522 (2 tablas; 4 figuras). 77 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 2005 “Discurso de recibimiento por Don...” (Incorporación de Carlos Williams Léon a la Academia Nacional de la Historia) Revista Histórica (2002-2004), Tomo XLI, Lima. pp. 142-153. “Jorge C. 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Montevideo. pp. 12-13 «I Mochica, artisti precolombiani del Perú» Giornale del Popolo, Bergamo. «Rumbo al norte con la expedición arqueológica Italo-Peruana» El Comercio, N° 66297 y 66303, 26 y 29 de setiembre. Lima. pp. 8 y 3. 1962 «Arqueología de Ancón. Balance de una semana de conferencias y de una mesa redonda» El Comercio, N° 66504. 19 de enero. Lima. pp. 3. «Decoraciones murales de la Vieja Lima» El Comercio, Suplemento Dominical. 2 de diciembre. Lima. pp. 6-7. 1963 «A la luz del Carbono 14 se van descubriendo los miles de años ue tiene el Perú» El Comercio, Suplemento Dominical. 20 de enero. pp. 6-7. «A la búsqueda de una ciudad desconocida» Suplemento Dominical de El Comercio. 12 de enero. Lima. pp. 4. «Pinturas murales precolombinas» Dominical, Semanario de El Comercio. 15 de agosto. Lima. pp. 6. con Rogger Ravines «El arte parietal de Cuchimachay» Dominical, Semanario de El Comercio. 13 de octubre. Lima. pp. 32-33. «Cajamarquilla, ciudad precolombina» Fame 70. Lima. pp. 7-12. «Terrazas de cultivo» Epsa, año 1, N° 3. Lima. pp. 30-36. con R. Matos y R. Ravines «El INC en debate» El Comercio, 28 de agosto. Lima. pp. 27. con Rogger Ravines «Pandemonium cultural o desdén por la ley» Domingo, La República. 24 de abril. Lima. pp. 12. 79 1964 1965 1968 1970 1974 1980 1983 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 1984 «Los primeros pobladores del Perú y América» Boletín de Lima, Año 6, N° 34. pp. 9. «Dieta prehistórica a base de estudio de coprolitos» Boletín de Lima. Año 7, N° 38. Lima. pp. 4-6. 1986 «El hombre primordial (El ser humano visto por un arqueólogo)» Kuntur, Perú en la Cultura, N° 2. Lima. pp. 2-9. «Huacas y resoluciones» El Comercio, Año 147, N° 645. 17 de febrero. pp. A7. «Cultura y civilización» Dominical, Suplemento de El Comercio. N° 42. Lima. pp. 9 y 17 «Los camélidos andinos son de la costa» (NOTA BENE: El título original fue: «Los Camélidos andinos» y fue cambiado en el periodico) Dominical (El Comercio), N° 15, Año XL. Lima 11. 4. 93. pp. 12 (1 fotografías). «¿Qué fue Machu Picchu?» Dominical (El Comercio), Nº84, Año XLII. Lima. pp. 10 (2 fotografías). Carta a «El Comercio» con respecto al «Candelabro de Paracas». El Comercio, Lima 26 de agosto. Año 157, Nº 82, 124. pp. A3 «El Candelabro no debe ser restaurado» (Entrevista de Paola Cairo Roldán) El Comercio, Lima 31 de agosto. Año 157, Nº 82, 129. pp. A6 «Las pinturas murales del Antiguo Perú» La Reforma, Año 1, N° 39. Lima 18 de diciembre. pp. 12 (1 fotografía). «La larga historia de las pinturas murales del Antiguo Perú» Alma Matinal, Año 6, N° 28-29-30. Marzo-agosto. pp. 1, 3-5 (5 ilustraciones). 1998 «El Horizonte Medio» Gran Historia del Perú. El Comercio, Grupo Carsa. Lima. pp. 30-34 (2 mapas; 1 cuadro cronológico; 7 ilustraciones). «Huarmey en la historia». Revista Huarmey, Año 1, N° 1. Septiembre. pp. 5-7 (1 ilustración). 2000 “Precerámico: los primeros pobladores del Perú” (pp. 10-11). “Líneas de Nasca” (pp. 106) “La cultura Huaru” (pp. 122) Las Culturas Prehispánicas, de El Comercio, Universidad Ricardo Palma, Empresa Editora El Comercio, S.A. Lima. 1987 1988 1993 1996 80 Semblanza y Bibliografía Vitae de Duccio Bonavia 2001 Entrevista de Antonio Aimi «La nostra malattia è la » Il Giornale dell’Arte, Nº 201, luglioagosto. Torino. Entrevista (Entrevista al Doctor Duccio Bonavia Berber por Ronald San Miguel Fernández, Jorge Carlos Alvino Loli, José Luis Fuentes Sadowski) Revista de Investigaciones del C.E.A.R., Edición especial. Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Facultad de Ciencias Sociales. E.A.P. Arqueología. Lima. pp. 193-204. (NOTA: Esta misma entrevista con pequenísimas variaciones ha sido reproducida por el Centro de Estudiantes de Arqueología de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en: Boletin, N° 1- Año 2004 del C.E.A.R.; sin numeración de páginas [pp. 1526]). “Ramiro Matos y el Museo Nacional del Indio Americano.Arqueólogo Peruano triunfa en los EE.UU.” Expreso, Año XLIV, N° 16234, Lima jueves 6 de abril. pp. 23. 2004 2005 81 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 82 Origen de los artículos reproducidos Arqueología y Vida 2007, Nº 1, págs. 83-84 ORIGEN DE LOS ARTICULOS REPRODUCIDOS 1996. De la caza-recolección a la agricultura: una perspectiva local. Bulletin de I’Institut Francais d’ Etudes Andines, Tome 25, Nº 2 Lima. pp. 160 – 186. 1998. ¿Bases Marítimas o Desarrollo Agrícola? 50 Años de Estudios Americanistas en la Universidad de Bonn. Nuevas contribuciones a la arqueología, etnohistoria, etnolingüística y etnografía de las Américas. S. Dedenbach. C, Arellano Hoffmann, E. Konig, H. Pruemers, editores. BAS, Vol. 30. Verlag Anton Sanrwein. Markt Schwaben. pp. 45-62. 2003. Los orígenes de la Civilización Andina. Biblioteca Hombres del Perú, dirigida por Hernán Alva Orlandini. Vol. 1. Pontificia Universidad Católica del Perú (Fondo Editorial), Editorial Universitaria. Lima. pp. 39-71. 1960. Una pintura mural de Pañamarca, valle de Nepeña. Arqueológicas, Publicaciones del Instituto de Investigaciones Antropológicas, Museo Nacional de Antropología y Arqueología. Lima. Nº 5. pp. 21-53. 1972. Factores ecológicos que han intervenido en la transformación urbana a través de los últimos siglos de la época precolombina. Actas y Memorias, XXXIX Congreso Internacional de Americanistas, Vol. 2. Lima. pp. 79-97. 1991. Exostosis del conducto auditivo externo: notas adicionales. Chungará, Nº 20, Universidad de Tarapacá (1988). Arica. pp. 63-68. 1999. El soroche visto a través de las crónicas de los siglos XVI y XVII. Filosofía de la Medicina II, R. Ishiyama C. y E. 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Departamento de Humanidades. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima. Pp. 149-158. - 84 TEORÍA Arqueología y Vida 2007, Nº 1, págs. 87-96 TELLO Y LA ARQUEOLOGÍA DE LA CEJA DE SELVA Duccio Bonavia La arqueología de la ceja de selva y de la selva baja han sido, y siguen siendo, terrenos vírgenes y fértiles para esta ciencia. La selva como región natural es una área muy extensa, sobre la que nuestros conocimientos se reducen a trabajos aislados y a intentos pioneros. Sin embargo, se trata de un área con un potencial tal, que no sólo nos deparará grandes sorpresas en el futuro, sino que encierra las soluciones a muchas preguntas que se han planteado los estudiosos de la Cultura Andina, y sin las cuales será imposible el cabal entendimiento de nuestro desarrollo cultural. Son tan escasos los trabajos realizados en esta región, que intentar un recuento no es cosa difícil. No cabe duda que la arqueología científica en el Oriente peruano comienza solamente en 1900. Sin embargo hay algunos trabajos precursores, de viajeros ilustrados del siglo XIX que no podemos dejar de mencionar y cuyos aportes, a pesar de todo, son imprescindibles si se quiere abordar el problema con conocimiento de causa. Poco divulgadas son las descripciones que hacen de Choquequirao, en la cuenca del Apurímac. el Vizconde Eugène de Sartiges (1850) y Léonce Angrand (1858). Sin embargo pese a que José Toribio Polo (1905) y Manuel González de la Rosa (1908) se ocupan de él y Bingham publicó un artículo corto en 1911, dicho conjunto espera aún ser estudiado científicamente. No es el caso mencionar detalladamente la contribución de Antonio Raimondi (1942) en cuyas Notas de Viaje hay valiosa información para el arqueólogo. El recorre más de una vez entre 1855 y 1864 la ceja de selva, la selva. y señala buena cantidad de restos arqueológicos. Recordaremos sólo las del área del Marañón (Castillo de Chupan), la descripción de Ollantaitambo en el Urubamba y los conjuntos del valle del Utcubamba. Charles Wiener (1880), viajero duramente criticado por algunos de sus dibujos fantasiosos y la inexactitud de algunas de sus descripciones, merece ser leído con mayor cuidado. Es quien menciona por primera vez la existencia de Machu Picchu y Huayna Picchu, y aun cuando no logra visitarlos, los ubica en forma exacta en su mapa del Valle de Santa Ana. Uno de los pocos que reivindica al estudioso francés en este sentido, es Raúl Porras Barrenechea en sus Fuentes Históricas Peruanas (1955). Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 A principios de 1900, visita el Perú Adolph Alphonse Bandelier (1907) y deja buenas notas sobre el área de Chachapoyas, especialmente sobre las ruinas de Cuelap, descubiertas por el prefecto Nieto en 1850. Investigaciones sobre el mismo sitio hicieron antes y después Raimondi (1859), Werthemann (1892), Kieffer (1910), Langlois (1935-1936) y Hans Horkheimer (1959), a quien debemos un trabajo de síntesis sobre la arqueología del valle del Utcubamba. Sin embargo, pese al tiempo transcurrido, el trabajo de Langlois sigue siendo uno de los más completos realizados sobre dicho monumento y el área en general. La segunda década del siglo XX está estrechamente vinculada a uno de los descubrimientos mas sensacionales de la arqueología y cuyos ecos, a pesar del tiempo transcurrido, se mantienen. Nos referimos a las investigaciones de Hiram Bingham y al descubrimiento científico de Vilcabamba y Machu Picchu (1930). Este último, nombre mágico convertido ya en mito, magnificado por historiadores, poetas y artistas y cuyos restos están hoy condenados a un triste destino por la incuria del Estado, la ineficiencia de algunos arqueólogos y la lacra del turismo masivo. La investigación de Hiram Bingham es la primera de cierta envergadura que tiene como finalidad el estudio de grupos arqueológicos en la ceja de selva. Si en muchos aspectos la parte científica deja mucho que desear, ésta nos reveló no sólo el conjunto de Machu Picchu, sino una serie de otras estaciones arqueológicas, y sobre todo abrió la posibilidad e incentivó otras investigaciones que se llevaron a cabo en e! área años más tarde. Hacia 1940 inicia sus investigaciones en el valle del Urubamba, Paúl Fejos. Lo hace en forma menos espectacular que Bingham y, hasta cierto punto, sus trabajos pasan desapercibidos, como la mayoría de trabajos científicos. Pero el aporte de Fejos, con su libro Archaeological explorations in the Cordillera Vilcabamba, Southeastern. Perú (1944), marca uno de los hitos mas importantes de la arqueología de la ceja de selva. Recorre el área, estudia algunos de los yacimientos señalados por Bingham, descubre otros y deja una información mucho más valiosa que la de aquél. Uno de los arqueólogos que excava entonces con el equipo de Fejos es John Howland Rowe (1944). Su nombre es indesligable de la arqueología cuzqueña, pero sus excavaciones en Sayac Marca y Choqueysusuy son poco conocidas. A partir de 1946 se ocupan de la arqueología de la ceja de selva Henri Reichien (1950), quien recorre el área Chacha; Donald Thompson (1969) que estudia en el área de Huánuco y con Roger Ravines (1973) baja al Marañón; William Isbell (1968) en la cuenca del Inambari, mientras el autor de estas notas explora el área del Mantaro (1968a, 1970, 1972) y excava en Yaro (mal conocido como Pajatén, 1968b). Pero sin duda alguna el mayor logro en la arqueología del área oriental se debe a Donald Lathrap. Sus esfuerzos están dirigidos a estudiar la selva baja. Con él se inicia toda una escuela que tuviera sus antecedentes en los trabajos de Harry Tschopik y son muchos los alumnos de Lathrap que han dejado ya aportes sustantivos. La síntesis de las investigaciones de Lathrap están condensadas en The Upper Amazon (1970), uno de los textos más importantes que se han publicado en los últimos; años sobre !a arqueología andina. Además, es quien ha aportado una serie de ideas y datos concretos que avalan hasta cierto punto algunos planteamientos de Tello y sin los cuales las ideas del arqueólogo peruano hoy no tendrían mucho sentido. 88 Tello y la arqueología de la Ceja de Selva / D. Bonavia No puede dejarse de mencionar las investigaciones de Erland Nordenskiöld y Stig Rydén en el área oriental boliviana, cuyos aportes son fundamentales para la comprensión del área selvática peruana. Podría parecer ocioso haber tratado de sintetizar la historia de las investigaciones arqueológicas en la ceja de selva y la selva del Perú, para referirse concretamente a la obra de Tello y sus planteamientos sobre el oriente peruano: creemos, sin embargo, que si no se sitúan estos hechos dentro del contexto histórico en el que se dieron, sería un tanto difícil darles su justo valor; y todo aporte que se señale o crítica que se haga, no podrían ser juzgados a cabalidad. En realidad Tello, quien trabajó a lo largo y ancho del territorio nacional, investigó poco en la zona selvática. Y esto es evidentemente una profunda contradicción de su vida, si se considera el planteamiento teórico medular de su hipótesis sobre el origen oriental de la Civilización Andina. Pero no hay que olvidar que Tello, como muchos grandes precursores, fue un hombre intuitivo y muchas de sus afirmaciones, si se analizan cuidadosamente, son en última instancia fruto de estas intuiciones. En el caso de la selva, éstas se basan en su conocimiento de la mitología amazónica, el estudio de los idiomas y de la etnografía de las tribus de la selva. La base de la inferencia de Tello, para afirmar que el origen de la cultura peruana estaba en la selva y no en la costa, se sustentan casualmente en estos estudios lingüísticos, considerando la presencia de su substrato básico, Caribe- Arawak -Tupi, en toda el área andina. Su análisis de los mitos selváticos, como el de la mujer devorada por el tigre, del muchacho que construye una liana para subir al cielo, más las referencias históricas proporcionadas por los misioneros, como los padres Pío Aza o Sobreviela, tuvieron más influencia en él, que las referencias materiales. Pues, evidentemente, las únicas ilustraciones que Tello tuvo a la vista sobre cerámica antigua de la selva, fueron las de Tessmann (1930). En efecto, y pese a que hoy muchos hechos le están dando la razón, cuando Tello irrumpe en la escena de la arqueología peruana para defender los orígenes andinos, lo hace fundamentalmente para oponerse a las ideas de Uhle y Larco Hoyle que querían explicar el fenómeno como consecuencia de otras culturas extrañas a !as nuestras, dándole mayor originalidad al área costeña. Surge así, en contraposición, su teoría del origen selvático. Tello hizo bandera de estos planteamientos, pero como escribiera alguna vez Kroeber que lo conoció y admiró, fueron resultado de una «apasionada convicción, mas que como el fruto de una evidencia científica» (Porras, 1955: 85). En efecto, Tello realiza trabajos en la ceja de selva sólo en dos oportunidades: en 1937 cuando organiza la expedición al Marañón, y en 1941 cuando investiga en el área del Urubamba. Respecto a la primera ha quedado alguna información (1937), especialmente sobre la zona de Balsas y Chachapoyas. Sin embargo, de sus actividades en el Urubamba lo mejor de sus investigaciones ha quedado inédito. Lo poco que conocemos, es información de segunda mano, consignada en la tesis de Bachiller de Manuel Chávez-Ballón y en el libro de Porras (op. cit.). Este último erróneamente le atribuye el descubrimiento de Huiñay Huayna (1955, p, 83); lo evidente es que la ciudadela se descubrió durante los trabajos de la Expedición Científica Wenner-Gren a la América Hispánica y Tello lo único que hizo fue darle nombre. 89 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 En su libro Origen y Desarrollo de las Civilizaciones Prehistóricas Andinas (1942), Tello dedica un capítulo, el V a la «Arqueología del Anti Suyo». Es en estas páginas donde se encuentra condensada la información que sobre esta parte del territorio tenía el arqueólogo peruano y cuáles eran sus ideas al respecto. En dos oportunidades (Op. Cit. pp. 45 y 46) señala acertadamente no sólo el hecho que se trata de una de las áreas menos conocidas, sino que remarca la necesidad de que ésta sea estudiada. Sus aseveraciones siguen vigentes. Hay algo, sin embargo, en estas páginas que llama la atención. Me refiero a las «áreas de importancia» arqueológica que señala y que se refieren concretamente al sur y al centro, olvidando e! área del norte, que hoy sabemos reviste tanta importancia como las otras. Esto no tiene una explicación, desde que ya en la época de Tello los monumentos del área de Chachapoyas eran perfectamente conocidos, e inclusive él los había visitado. En este sentido uno de los aportes teóricos mas importantes de Tello es el haber comprendido la magnitud del papel que ha jugado el Oriente peruano en la domesticación y difusión de plantas, lo que se ha convertido en uno de los fenómenos más saltantes de la cultura americana indígena. Esto es más relevante, si se tiene en cuenta que consideraciones de esta naturaleza, eran un tanto ajenas al quehacer arqueológico de la época y fueron preocupación sólo por parte de un pequeño grupo de visionarios. Tello es uno de ellos y señala en su libro una lista de plantas que tuvieron origen amazónico. Dicha nómina, en términos generales, está bien formulada si excluimos el algodón y el maíz, que evidentemente provienen de otra ecología. La referencia a los caminos incaicos de penetración a la ceja de selva y selva baja, es otro de los aportes importantes de Tello que no han sido tomados en cuenta (Op. Cit. p. 42). Tello se refiere fundamentalmente a caminos de tres áreas geográficas: de Chachapoyas, del Huallaga y de la zona del Cuzco. Evidentemente sobre este aspecto es poco lo que se ha adelantado y los autores que, después de Tello, han investigado sobre la materia, poco o nada han aportado. Sé señalan siempre los grandes caminos incaicos longitudinales con sus ramales transversales en costa y sierra, pero nada se dice sobre la gran red de caminos de penetración que existía, y que fueron la base que permitió la colonización de la ceja de selva por los incas. En este sentido los caminos incaicos cumplieron la misma función que los caminos romanos y se extendieron hasta los mismos limes del Imperio. Quienes hemos trabajado en la ceja de selva, no sólo hemos podido comprobar este fenómeno, sino que nos ha llenado de asombro encontrar largos tramos empedrados y con escalinatas que facilitaban el tránsito en áreas de topografía muy difícil, entre la vegetación exuberante, y en aquellos lugares en que los senderos actuales utilizados por los arrieros, dan largos rodeos para evitar justamente esos puntos difíciles. 90 Tello y la arqueología de la Ceja de Selva / D. Bonavia Una de las preocupaciones fundamentales de Tello, fue establecer los rasgos culturales que tipifican cada una de las tres regiones naturales del territorio andino. Este tema es tratado con cierta amplitud (Op. Cit. pp. 43-46), aunque los argumentos -si excluimos el de la botánica- no tienen la solidez necesaria, y posiblemente Tello no meditó suficientemente sobre ellos, pues hubiera podido fácilmente encontrar elementos de juicio más apropiados, No cabe ninguna duda sobre el origen selvático de los queros incaicos, sobre lo que insiste enfáticamente Tello. Lo que no se llega a entender es el planteamiento del autor para tratar de establecer el mismo tipo de vinculaciones, pero en este caso entre la selva y la costa del Perú, para lo que él denomina «Cultura Chanka» y que no es otra cosa que una fase terminal del estilo Nasca. Las evidencias que se presentan son vagas y se nota perfectamente que se fuerza el argumento, diríase, casi sin convicción. : Otro argumento que utiliza es el de las cabezas-trofeo, que aparecen con cierta frecuencia en la zona costeña. Pero si bien nadie puede negar que efectivamente es un fenómeno vinculado a la selva, no podemos considerarlo directo. Hoy sabemos que las relaciones con la selva son muy antiguas, se remontan a la Época Precerámica. Se trata, pues, de rasgos que se han difundido lentamente a lo largo de miles de años y que, cuando los encontramos en épocas tardías, forman parte de patrones culturales muy bien establecidos y que han asimilado valores que originalmente no les pertenecían. Mucha importancia le atribuye Tello a las hachas de piedra y no sólo considera que es un fenómeno típicamente amazónico, sino que afirma (Op. Cit. pp. 44-46) que la difusión se ha dado en un solo sentido, de este a oeste. En primer lugar se hace muy difícil la generalización, en cuanto no hay un solo tipo de hachas en la selva y no todos éstos pertenecen al mismo fenómeno cultural ni a la misma época. Hay una larga tradición de hachas pulidas de piedra en el Área Andina, que se remonta al Precerámico en la costa extremo Norte, en la selva aparece en las fases tempranas del estilo Tutischainyo, y es muy común en las épocas tardías en los antiguos campos de cultivo de la ceja de selva. De modo que su difusión, en concordancia con los datos hasta ahora disponibles, resulta contraria a la señalada por Tello. Muy acertado es Tello cuando trata de describir los patrones de establecimiento de la ceja de selva, así como su situación ecológica. En efecto, las construcciones “…ubicadas en hileras casi continuas sobre las colinas y faldas elevadas de los cerros que encierran aquellas quebradas y valles de la montaña” (Op. Cit. p. 44) corresponden perfectamente a los patrones de ocupación de la ceja de selva. Es exactamente idéntico al que estudiamos en el área del Mantaro y que se puede extender a toda el área central. Lo que le faltó a Tello fue comparar dicho patrón con los del norte y el sur. Sólo así hubiera notado el cambio y se hubiera dado cuenta de que no se puede hacer generalizaciones. En la página 45 de su citado libro (Op. Cit.) hay unas líneas que, a nuestro juicio, revisten gran importancia, si es que se quiere conocer bien las razones por las que estas poblaciones existieron en una zona tan inhóspita, como es la ceja de selva. Al referirse a las poblaciones, acota; «...éstas son tanto más numerosas y grandes cuanto más cercanas se hallan de las 91 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 grandes fuentes agrícolas o de los productos naturales valiosos». En efecto así es, y lo hemos venido sosteniendo con Ravines desde hace muchos años (1967); eL proceso que se dio durante el incario no fue casual, ocasional, ni individual. Fue un fenómeno dirigido, de colonización de la ceja de selva por parte del Estado Inca, con la finalidad fundamental de tener acceso a una serie de productos naturales que no podían obtenerse en el área serrana, al mismo tiempo que se cultivaban aquellos productos llevados del Ande por el hombre y que podían adaptarse a esa nueva ecología, como es el caso del maíz. No se trató, pues, como se sostuvo durante mucho tiempo, de núcleos enclavados en zonas difíciles de la ceja de selva a manera de avanzadas militares de defensa, sino de colonos que iban a cultivar y cuya existencia dependía directamente de la metrópoli. Por otra parte, el viejo conocimiento de la etnociencia indígena llevó a Tello a entrever, aunque no a explicar, la existencia de un patrón andino de complementariedad y aprovechamiento de los diversos pisos naturales. En efecto, cuando se refiere a los poblados esparcidos en la ceja de selva, escribió: «...tuvieron a la mano tanto los productos de la montaña como los de las regiones altas...» (Op. Cit. p. 45). Es demasiado conocido ya, y no merece la pena insistir, sobre el hallazgo que hizo Tello en 1935 de las ruinas de Kotosh, cerca de Huánuco, y que adquirieron importancia por los trabajos de la Expedición Científica a los Andes de la Universidad de Tokyo. Intenta Tello hacer una lista de las ruinas de la ceja de selva (Op. Cit. p. 45) pero se limita al área del Cuzco y a la limítrofe boliviana. Por razones que desconocemos, no incluye ninguno de los núcleos importantes del Urubamba que ya se conocían entonces, ni otras estaciones de la zona norte, que luego menciona en forma incidental (Op. Cit. p. 46) en otro lugar. Por otro lado, Tello no tuvo la oportunidad de visitar la mayoría de estos sitios. Conoció algunos, recibió noticias de los otros. Este fue uno de los defectos más graves de Tello; hacía suyas las informaciones que recibía, y sólo en contadas ocasiones citaba la fuente. De allí que se haya atribuido descubrimientos que nunca hizo. A lo largo de toda su exposición menciona más de una vez los movimientos migratorios de este a oeste y viceversa, pero se nota claramente que no hay una conciencia clara de la forma en que se dieron estos movimientos y en qué momento fueron más acentuados. Deja entrever que está pensando no sólo en movimientos de elementos culturales, sino también en movimientos de poblaciones, lo que -hasta donde sepamos- de este a oeste no se dio. Además, pese a muchas incógnitas, sabemos que desde épocas muy tempranas hubo contactos pero que al principio fueron movimientos de grupos muy pequeños y que se efectuaban en forma totalmente independiente. Este proceso se fue organizando, hasta que al producirse el fenómeno incaico, se convierte en una colonización dirigida, con normas bien establecidas y estrictamente controladas por el estado, Fue un proceso tan dependiente de la metrópoli, que cuando se produce el colapso del Imperio Incaico, las colonias fueron abandonadas y pronto cubiertas por la maraña de la selva. Tello evidentemente, no pudo darse cuenta de todo este largo proceso; no tenía a su alcance los conocimientos necesarios para ello. Nota sin embargo, que este movimiento, en su fase final, está estrechamente ligado a la organización incaica. En efecto, si bien él no lo señala en el texto, lo está indicando en su cuadro de Edades de la Civilización Andina. 92 Tello y la arqueología de la Ceja de Selva / D. Bonavia Es más, hay algo que no se puede entender claramente en el texto de Tello pero que deja abierta una interesante posibilidad. Nos referimos concretamente al mapa de la lámina VI, donde se ilustran Las Culturas de la Cuarta Edad, que corresponden a lo que Tello llamaba «La Civilización del Tawantinsuyo». En dicho mapa, las naciones del Anti Suyo, o sea las correspondientes a la ceja de selva, están divididas en dos sub-áreas. ¿Quiso con esto señalar que hubo dos tradiciones diferentes en dicha área? Al decir de Toribio Mejia Xesspe, uno de los colaboradores de Tello, así es, Desafortunadamente nada ha quedado escrito. A nosotros nos parece importante, en cuanto hemos planteado (Bonavia, 1972) que en el área de ceja de selva hubo no dos, sino tres tradiciones diferentes, que se reflejan en sus patrones de establecimiento y en su arquitectura. Sería interesante conocer las notas de Tello al respecto, para saber cuáles fueron los fundamentos que lo llevaron a efectuar esta división, en una época en la que había aún muy pocas evidencias. Tello en este sentido es evidentemente un precursor. Si se juzgan sus escritos a la luz de los conocimientos de su época, ello se hace mucho más patente. El le otorga importancia a la ceja de selva, cuando casi nadie lo hacía. Es más, esta enseñanza no fue utilizada ni comprendida; al extremo que hasta hace muy poco tiempo se siguió escribiendo, que la ceja de selva fue un obstáculo no superado por la Civilización Andina, Y esto no es cierto. Ignorarlo es desconocer uno de los logros más importantes del hombre andino, pues se trató de conquistar y de domesticar uno de los medios más difíciles y hostiles del territorio, y que aún hoy permanece como un reto. Sin esta gran conquista, la historia de la Cultura Andina no tendría ningún sentido, pues sólo con el dominio de la ceja de selva, y a través de ella de sectores de la selva baja, los límites del Tawantinsuyo alcanzaron verdaderamente las «cuatro partes del mundo». 93 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 BIBLIOGRAFÍA ANGRAND, Leonce (Véase Desjardins) BANDELlER, Adoph Alphonse 1907 The Indians and Aborigmal Ruins near Chachapoyas, Northem Perú, New York. BINGHAM, Hiram 1911 The Ruins of Choquequirao». American Anthropologist, T. XII (505-525), Lancaster, Pa. 1930 Machu Picchu, a Citadel of the Incas, Memoirs of the National Geographic Society. New Haven. BONAVIA, Duccio 1968a «Núcleos de población en la ceja de selva de Ayacucho (Perú), Actas y Memorias, XXXVII Congreso Internacional de Americanistas, vol. 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Nota: El original ha sido publicado en el año 1981 en Histórica, Vol. V, Nº 2, diciembre. Departamento de Humanidades, Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima. pp. 149-158. 96 De la caza-recolección a la agricultura: una perspectiva local / Duccio Bonavia Arqueología y Vida 2007, Nº 1, págs. 97-118 DE LA CAZA-RECOLECCIÓN A LA AGRICULTURA: UNA PERSPECTIVA LOCAL Duccio Bonavia1 «Let me close with Edgar Anderson’s admonition: the agricultural revolution was a process, not an event. To search for ‘the first domestic plant’ is to search for an event; it is poor strategy, it encourages bitter rivalry rather than cooperation, and it is probably fruitless. We should search instead for the processes by which agriculture began. To do that we need settlement pattern data; well-excavated living floors with the plants in situ; and samples of 100 specimens with a mean, standard deviation, and range variation. We need to maintain our enthusiasm, but to temper it with skepticism, not only for our own efforts but for those of the scientists in other disciplines with whom we collaborate» Kent V. Flannery (1973: 308) Después de casi cuatro décadas de trabajos en el valle de Huarmey (en la costa meridional del departamento de Ancash, provincia de Huarmey, Perú), hoy podemos tener una idea más o menos clara del proceso del cambio cultural que se ha ido produciendo desde la llegada del hombre, hasta los tiempos de la introducción de la cerámica, es decir ca. en el lapso que se extiende desde los 8,000 años a. C. hasta los 1,800 años a. C. Aunque, sin duda, hay aún grandes vacíos que llenar y muchas incógnitas que despejar. La llegada del hombre al valle de Huarmey está certificada por la presencia de dos canteras (El Volcán [PV35-2] y Tres Piedras [PV35-3]) de pórfido cuarcífero donde, aparte de una notable cantidad de restos de talla, se ha encontrado un importante número de pre-formas típicas del Complejo Chivateros (Bonavia, 1979; 1982a; 1982b: 417). Sin embargo, hasta el momento no hemos podido ubicar los talleres y los campamentos de esta gente, portadora sin duda de una modalidad de la cultura Paijanense. Aún no están claras las razones de este vacío, pero suponemos que hay dos posibilidades. Una, que estos sitios han sido cubiertos por las dunas. El movimiento eólico en Huarmey es muy fuerte y hemos podido comprobar personalmente como el transporte eólico va modificando la topografía y como la acumulación en los médanos aumenta y cambia de lugar. Y la segunda posibilidad, es que en Huarmey los paijanenses hayan utilizado para asentarse las partes que están más al interior, en las quebradas laterales al valle, y donde inclusive existen formaciones de lomas. No se puede descartar tampoco la posibilidad que algunos sitios hayan podido estar cerca de la playa, y en ese caso dada la variación del nivel del mar, ellos pueden haber desaparecido (vide Chauchat, 1982:687 et passim; Chauchat, 1987; Bonavia, 1982b: 255- 257, 258-259). Aunque por los conocimientos generales que tenemos hoy sobre los campamentos de la gente del Complejo Chivateros, parece que no era su costumbre vivir cerca de la playa (Chauchat et al., 1992: 347-348; Chauchat & Pelegrin, 1994: 276). 1 Laboratorio de Prehistoria, Departamento de Biología, Universidad Peruana Cayetano Heredia. Apartado 4314. Lima 100. Perú. 97 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Se ha demostrado con las investigaciones de Malpass (1983a; 1983b; 1986) y de Uceda (1986; 1992a; 1992b) en el vecino valle de Casma, que si bien el fenómeno paijanense sensu lato se mantiene, hay sin embargo marcadas diferencias de carácter local que no permiten generalizaciones a partir de los trabajos más completos que se han hecho sobre esta cultura en los yacimientos del departamento de La Libertad (Chauchat, 1982; 1990; Chauchat et al., 1992). Sin embargo, los indicios que tenemos para los diferentes sitios del Complejo Chivateros desde la Costa Norte hasta la Sur (vide Bonavia, 1991:104; Bonavia & Chauchat, 1990), permiten afirmar que, con pequeñas variaciones, el lapso de desarrollo de esta cultura en los varios valles costeñas, es sincrónico y debe oscilar entre los 8,800 y los 6,000 años a. C. (Chauchat, 1982: 659; Chauchat et al., 1992: 340). Es importante indicar que las pre-formas de Huarmey no dejan ver ninguna diferencia significativa, desde el punto de vista tecnológico, con las otras que se han estudiado del Complejo Chivateros en los diferentes yacimientos costeños (Bonavia, 1982a; Claude Chauchat & Jacques Pelegrin, Comunicaciones personales, abril 1992). Uno de los problemas que no se ha podido analizar, es el relativo a la transición de la cultura Paijanense a las culturas posteriores. Chauchat piensa que es posible que el proceso rápido de aridecimiento del litoral a principios del Holoceno, haya podido forzar a los últimos cazadoresrecolectores a una mayor dependencia del mar (Chauchat & Pelegrin, 1994: 277). Por la información que nosotros hemos podido reunir en Huarmey hasta la fecha, esta hipótesis nos parece correcta. Tenemos la impresión que se produce una transición relativamente rápida al sedentarismo o cuasi-sedentarismo, con una modificación sustancial en los sistemas de vida. De la caza y la recolección, a la que estaban sujetos los grupos paijanenses, creemos que se pasa a una economía basada en la pesca-recolección con vida sedentaria cerca de la playa. La caza se convierte en una actividad secundaria. En estos grupos sedentarios se hace evidente el uso de plantas, que evolucionará en un tiempo relativamente corto a la agricultura. Esto demuestra que el uso de vegetales debió ser norma entre los grupos nómades de cazadores andinos (como además sucedió en otras partes del mundo, vide Harlan, 1992:4-11), y cuyo uso desconocemos por problemas de conservación (vide Bonavia, 1991: 121-130; Chauchat, 1982: 677-678; Chauchat, 1990: 45; Chauchat & Pelegrin, 1994: 276; Chauchat et al., 1992: 355; Uceda, 1992b: 64). Como es sabido, las relaciones con el mar de los grupos cazadores-recolectores que bajaron de los Andes, utilizando las vías naturales de los valles transversales costeros, se establecieron muy rápidamente. Hoy sabemos que las clásicas puntas de Paiján han servido para alancear peces y, además, hay evidencia de restos marinos en la basura de los paijanenses estudiados por Chauchat (vide Chauchat, 1982: 654-656, 683-684; Chauchat et al., 1992: 336-337; Pelegrin & Chauchat, 1993:380-381; Chauchat & Pelegrin, 1994:278-279; DAH, 1995a) y Uceda (1992a: 48). Nosotros hemos investigado un sitio, denominado PV35-106 (Fig. 1) y que de ahora en adelante llamaremos 106, que a nuestro juicio representa esta transición que hemos mencionado. Este yacimiento está situado cerca del Pueblo Joven La Victoria, en el desierto que se extiende a partir de la margen derecha del río Huarmey, en su parte baja. Se encontraba cuando lo estudiamos, pues estaba en proceso de ser destruido, en una zona árida, situada inmediatamente detrás de la pequeña cadena de cerros que separan, en dicho sector de costa, la línea de playa 98 De la caza-recolección a la agricultura: una perspectiva local / Duccio Bonavia de tierra adentro. Su actual altura sobre el nivel del mar, es de 25 m. Su área es de aproximadamente 57,000 m2. La topografía del sitio mismo no debió ser diferente hace 6,000 años, pues si bien sabemos que en dicho sector de la costa peruana en el año 4,000 a. C. el nivel del mar estaba 4 m por encima del actual (Bonavia, 1982b: 256), este cambio influía en la playa misma, pero no en los terrenos que se encuentran tierra adentro, al pie Nororiental de la cadena de cerros que separan estos ambientes. Evidentemente el ecosistema sí era diferente, pues el entorno de los bordes del valle, fundamentalmente en la parte baja, tenía características diversas de las actuales. Y estos son justamente los terrenos que están al frente del sitio que estamos tratando. Dado que la capa freática, que aún hoy es alta en el valle de Huarmey, hace 6,000 años debió ser mucho más alta y abundante. Ya que en la parte baja, al ser el nivel del mar más alto, por diferencia de densidad, la capa de agua dulce debía estar por encima de la salada. Eso nos permite saber que en ese entonces las zonas de pantanos debieron proliferar, sobre todo en las márgenes izquierda y derecha de la parte baja del valle de Huarmey. Los restos fósiles existentes nos han permitido reconstruir el ambiente de hace 6,000 años. Sobre los bordes del río Huarmey debió existir una densa faja de vegetación e inmediatamente detrás, en lo que es hoy la zona desértica, grandes extensiones de pantanos con lagunas de agua salobre. Muchas de estas lagunas, al estado fósil, son visibles hoy en día. Pero dada la diferencia de altura, al pie de los cerros se debió mantener una faja desértica. En este ambiente, a los pobladores de la época no les debió faltar ni agua ni recursos vegetales y animales, tanto terrestres como marinos. No cabe la menor duda de que la gente de 106 fue sedentaria. Pues las excavaciones realizadas nos han permitido comprobar la existencia de un depósito de basura, cuyo espesor varía entre 48 y 80 cm y que muestra una ocupación continua. Es más, podemos afirmar que ésta ha sido la primera población que llegó al sitio, ya que la basura se comenzó a depositar sobre la roca madre. Una ocupación de la misma época se ha podido detectar en otro yacimiento un poco más al Norte, en Los Gavilanes (PV35-1; Figura 1) en su Época 1, y allí también la basura se asienta sobre la roca madre y, además, para enterrar a uno de sus muertos, han tenido que cavar un hoyo en ella (vide Bonavia, 1982b: 43-45 y Planos 6 y 7). Por la extensión de 106 y por la densidad de sus utensilios, consideramos que no pudo vivir allí mucha gente, pero sí que ella se asentó por un tiempo largo. Fue sin duda un sitio de habitación, ya que, como se dijo, hay una acumulación considerable de basura (su espesor promedio, insistimos, es de 60 cm) y en ella predominan los restos quemados de alimentos. No se ha podido detectar, sin embargo, dado que no se pudo realizar una excavación de área, ninguna evidencia que permitiera saber qué tipo de vivienda tuvieron. Es posible que hayan morado al aire libre, sólo con alguna protección precaria. La datación que se ha obtenido por el método del C14 es de 6,430 ± 175 años, que con la corrección del programa de la Universidad de Washington (1987) nos da una posibilidad de variación entre 5,640 años a. C. y 4,947 años a. C. Este lapso concuerda con la información obtenida en Los Gavilanes, para la Época 1 (vide Bonavia, 1982b; 280). La industria lítica de 106 es muy interesante y novedosa. Si bien en algunos de sus aspectos ha sido identificada en unos yacimientos más norteños, como veremos en seguida, en ningún 99 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 lugar ha sido encontrada de una manera tan completa y con suficiente material para permitir la elaboración de una tipología. Aquí haremos un simple listado de los principales tipos, para mayores detalles remitimos al lector a nuestro trabajo original (Bonavia et al., s/f). Hay piezas astilladas de diferentes tipos, una gran variedad de guijarros con golpe bipolar, machacadores, hendidores unifaciales y bifaciales (para evitar errores es importante señalar que en la terminología de Merino [1969] corresponden a los chopper y chopping-tool de la terminología inglesa), perforadores, cuchillos, raederas, raspadores y piezas escotadas. Pero, además, hay muchas lascas usadas, lo que Bordes (1967; 1970) denominó «útiles a posteriori». Aquí no podemos entrar en detalles, pero en conjunto las funciones que pudo cumplir esta industria lítica fue en primer lugar para el mariscado (por ejemplo las piezas astilladas), para buscar raíces y tubérculos o tareas parecidas (los hendidores), para raspado sobre diferentes materiales o eventualmente corte (raspadores y raederas), corte y deshuesamiento (cuchillos) y para usos múltiples (caso de las lascas). Malpass (1983a; 1983b; 1986) encontró una industria parecida en el valle de Casma, al Norte de Huarmey, y la denominó Mongoncillo. Pero él la señala con asociación de puntas, artefactos de molienda y procesamiento de alimentos vegetales y animales. Uceda (1986; 1992a), sin embargo, que hizo un trabajo mucho más minucioso, ha podido demostrar que la industria de Mongoncillo no va asociada con puntas y que se compone básicamente de artefactos elaborados por talla bipolar, piezas astilladas, perforadores y denticulados. Según Uceda (1986: 279; 1992a: 48), Mongoncillo debe tener aproximadamente la misma fecha que la industria de 106. Todas las evidencias con las que se cuenta en la actualidad, hacen pensar que la industria de Mongoncillo y la de 106 es la que sigue al Paijanense, ya que Chauchat (1982: 521-537; Chauchat et al., 1992: 279-287) en su Sitio 27 de la Pampa de los Fósiles (departamento de La Libertad) que debería corresponder al Paijanense terminal, ha observado un fuerte aumento de talla bipolar (Chauchat, 1982: 525; Chauchat et al., 1992: 284) sobre pequeños guijarros en la misma industria. De ser cierta esta hipótesis, 106 estaría en la tradición de la gente que nos ha dejado las canteras paijanenses de El Volcán (PV35-2) y Tres Piedras (PV35-3) en Huarmey (Bonavia, 1982a; 1982b: 417). Hay que decir, sin embargo, que este planteamiento no es definitivo. Él ha sido propuesto por Uceda (1986: 279; 1992b: 3) y nosotros lo hemos aceptado (Bonavia et al., s/f). Es cierto, sin embargo, que Chauchat no es categórico cuando se refiere al sitio 27 y deja ciertas dudas. Originalmente él escribió: «Es posible que el sitio de Pampa de los Fósiles 27 representa un momento posterior con respecto a las otras unidades. La forma de las puntas no parece diferente, sin embargo la tendencia a la reducción de las dimensiones, el desarrollo de la talla bipolar en relación con la abundancia de poliedros podrían ser el resultado de una evolución del utillaje. La fecha de 8620 ± 160 (GIF 4162) es efectivamente menor de todo el conjunto. Sin embargo, las diferencias del utillaje de Pampa de los Fósiles 27 son difíciles de describir con precisión y es prácticamente imposible descubrir en los otros campamentos las tendencias que han conducido a este último estadio.» (Chauchat, 1982:659-660; Chauchat et al., 1992:340-341). Posteriormente él nos ha manifestado que tiene algunas dudas sobre situación cronológica del sitio 27, pues encuentra contradicciones entre el aspecto tipológico de la industria y el 100 De la caza-recolección a la agricultura: una perspectiva local / Duccio Bonavia fechado radiocarbónico (Claude Chauchat, in litteris, 10 de octubre de 1995). En efecto, las puntas asociadas al sitio 27 son cortas y anchas tal como aparecen en el sitio en el que están asociadas con la punta cola de pescado, lo que corresponde más bien a una fase inicial del Paijanense y no terminal. Allí estaría justamente la contradicción con el fechado radiocarbónico obtenido para el sitio 27. Además, siempre según Chauchat, hay problemas de interpretación de la talla bipolar. Concluye diciendo: «En todo caso no estoy tan seguro de como se debe interpretar esto...» (Claude Chauchat, in litteris, 24 de octubre de 1995). Comprendemos las dudas de Chauchat y estamos conscientes que la transición de la cultura Paijanense a la de Mongoncillo en el caso de Casma y a la de 106 en el de Huarmey, es sólo tentativa. Pero en este momento y con las evidencias que se tienen, es la única respuesta plausible que podemos dar. Hay, además, una lógica interna que -aparentemente- no plantea contradicciones ni graves interrogantes. La solución definitiva se tendrá, sin embargo, sólo cuando se encuentre en Pampa de los Fósiles o zonas aledañas, las pruebas de la transición entre el Paijanense y la cultura que le sucede y en Huarmey los sitios de ocupación del Complejo Chivateros que permitan establecer las relaciones con la cultura de 106. Los análisis que se han hecho de los materiales excavados en 106, nos han permitido tener una visión bastante amplia y completa de los recursos utilizados por sus habitantes. El material botánico es escaso. Sólo se ha podido recuperar restos de Cucurbitáceas (Cucurbita sp. [calabaza] y Lagenaria siceraria [mate]), restos de Poáceas y algunos tubérculos, que son tan pequeños, que parece improbable que representen a una especie que pueda haber servido para alimentarse. Johnson que ha estudiado el material botánico (Bonavia et al., s/f), es de la opinión que las Cucurbitáceas, sobre todo los mates (Lagenaria siceraria), han servido más como recipientes que como alimento. Nosotros no descartamos esta posibilidad, pero al mismo tiempo creemos que no se puede eliminar el potencial alimenticio de estos frutos, sobre todo de las semillas de la Lagenaria. Hay, además, un hecho que nos parece importante, y es que la Lagenaria puede haber vivido como maleza alrededor de los campamentos humanos y allí puede haberse producido un proceso de pre-adaptación (Heiser, 1989: 477), que sería la base de los cultivos que aparecerán más adelante en el valle (sin que ello implique necesariamente una domesticación local). La presencia de Cucúrbita en un sitio tan temprana es lógica, ya que ella tiene una antigüedad de 7,000 años a. C. en el Callejón de Huaylas, en las sierras del departamento de Ancash, y 4,000 años a. C. en la costa (vide Bonavia, 1982b: 326-330). En lo que se refiere a la fauna, entre los restos de 106 predominan los Moluscos y entre ellos Enoplochiton niger (barquillo). Los Equinodermos han jugado un rol importante en la alimentación, pues el porcentaje de Arbacia spatuligera (erizo rojo) es muy alto. Mientras que entre los Cordados las ascidias, más conocidas como ciruelo de mar (Pyura chilensis), más bien han sido poco comidas. Entre los peces, predominan los óseos (Osteichtys) y las aves fueron también relativamente importantes. Pero después de los peces, los pinnípedos (lobos marinos orejones de la familia Otariidae) han sido los más aprovechados. 101 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Fig. 1. Mapa que muestra la ubicación de los sitios arqueológicos mencionados en el artículo. 102 De la caza-recolección a la agricultura: una perspectiva local / Duccio Bonavia En términos generales el análisis demuestra que la mayoría de los animales marinos que ha utilizado la gente de 106, provienen del medio litoral rocoso y que sin duda hubo una selección. Luego siguen los peces. Es difícil inferir sobre la cantidad de lobo marino que fue matado, pero no nos cabe duda que es mayor de lo representado en las muestras, dado que estos animales seguramente eran descuartizados en la playa y la mayor parte de sus restos quedaron allí. Las aves, si bien utilizadas, aparentemente no jugaron un rol importante. Como decíamos (vide supra y Bonavia, 1982b), creemos que la Época 1 de Los Gavilanes (PV35-1) debe corresponder al tiempo de ocupación de 106. Los datos en términos generales concuerdan. La única diferencia es que en la Época 1 de Los Gavilanes, aparte de la Lagenaria siceraria, hay Canna sp. (achira), Arachis hypogaea (maní) e Inga Feuillei (pacae). Es por eso que consideramos que allí posiblemente estamos en presencia de una fase terminal de la cultura de 106, pues todo indica que las plantas cultivadas aparecen relativamente temprano en el valle de Huarmey y en cantidad importante. En ello puede haber jugado un rol fundamental el vecino Callejón de Huaylas, al que este valle tiene vía directa de acceso. También habría que señalar que en el entierro hallado en el estrato correspondiente a la ocupación de la Época 1 de Los Gavilanes, se comprobó el uso de tapa (Bonavia et al., 1982: 208; Bonavia, 1982b: 304-305), de la que no hemos encontrado evidencia en 106. Es posible que ésta, dada la dificultad de obtener la materia prima para su elaboración, haya tenido un uso restringido. A 200 m al Sureste de Los Gavilanes, hay un pequeño sitio que nosotros hemos denominado PV35-6 (Fig. 1) y que de ahora en adelante llamaremos 6. Se encuentra muy cerca de la base de la falda de las colinas que separan la línea de playa del interior, al igual que 106. Consideramos que éste es un sitio importante, ya que culturalmente corresponde a la transición entre lo que nosotros hemos denominado las Épocas 1 y 2 de Los Gavilanes (Bonavia et al., 1993). Tiene un área de solamente ca. 4,900 m2, y por las excavaciones efectuadas corresponde a una sola época de ocupación ininterrumpida. La basura se asienta sobre la roca madre y tiene un espesor que varía entre 70 y 93 cm. Si bien es imposible hacer un estimado demográfico, si juzgamos el espesor de la basura y su densidad, es evidente que allí habitó un grupo humano relativamente grande durante un tiempo prolongado. En este caso tampoco hemos podido localizar nada que nos permita saber algo sobre el tipo de vivienda (Bonavia et al., 1993: 425). Para este yacimiento contamos también con una sola fecha de C14 de 4,005 ± 170 años, Si a ésta le aplicamos la misma escala de corrección que para el sitio 106 (University of Washington, 1987),nos da una variación entre 3,011 y 2,038 años a. C. (Bonavia et al., 1993: 412-413). El componente cultural de este yacimiento es muy interesante, sobre todo si se le compara con el sitio 106. La industria lítica prácticamente ha desaparecido. Ahora se utilizan solamente algunas lascas. Sin embargo los tejidos, totalmente ausentes en 106, aquí se hacen presentes. Estos pertenecen a dos categorías tecnológicas. Los tejidos entrelazados y las redes. Los entrelazados son de una urdimbre y de pares continuos, mientras que las redes son de malla 103 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 uniforme asegurada con nudo simple, lo que Emery (1980: 35, Fig. 21-22) llama «simple knot: half hitch» (Bonavia et al., 1993: 413-415). Los restos botánicos, si bien abundantes, no representan a muchas plantas, pero las existentes resultan ser sumamente interesantes/ y se puede ver la diferencia fundamental con respecto al sitio 106. De las plantas alimenticias cultivadas, se ha encontrado palta (Persea americana), fréjol (Phaseolus sp.) y calabaza (Cucurbita sp.). Ninguna de ellas plantea problemas, ya que su historia en el Área Andina Central es conocida. Cucúrbita, además, ya está presente en 106. Es interesante señalar solamente que hay indicios que permiten suponer que el fréjol encontrado en este yacimiento había sido domesticado poco tiempo antes. Además, se ha encontrado dos plantas industriales cultivadas, el algodón (Gossypium barbadense) y el mate (Lagenaria siceraria), este último ya presente en 106. En cuanto al algodón, su presencia es normal, ya que en la costa peruana él aparece ca. 2,500 años a. C. y ha sido utilizado como marcador entre lo que Lanning llamaba el Precerámico V y el VI (Lanning, 1967; Bonavia, 1982b: 332-334) y éste está presente en las dos últimas épocas de Los Gavilanes (Popper, 1982). La historia de la Lagenaria en el Precerámico es larga (vide Bonavia, 1982b: 334338) y tampoco suscita problemas. Mención especial merecen algunos fragmentos de hoja que han sido identificados como Erythroxylum sp. Si bien esta identificación es bastante segura, dados los graves problemas que hay con todos los restos arqueológicos tempranos de coca que se ha pretendido encontrar y de los cuales ninguno presenta evidencias absolutamente seguras, preferimos tratar el asunto con prudencia. Pero todos los indicios hacen pensar que estos restos de Erythroxylum sp. son probablemente de la especie novogranatense y deberían de corresponder a la variedad truxillense, más conocida como Coca Trujillo (vide Plowman, 1984: 145). Ésta sería, tentativamente, la coca más antigua que se ha encontrado hasta el momento (Bonavia et al., 1993: 420, 429-431). Entre los restos animales hallados en este sitio, hay muchos Moluscos y entre ellos predomina el Enoplochiton niger (barquillo), que además es característico de la zona. Los Equinodermos han jugado un rol importante en esta población, pues se ha comido en proporciones importantes Arbacia spatuligera (erizo rojo). Se ha encontrado las testas completas con huellas de quemado, lo que indica que los erizos eran comidos asados. Entre los peces predominan los óseos (Osteichtys) y se hizo poco uso de aves. La presencia de algunos restos de pinnípedos (Otariidae), para nosotros -debemos repetirlo- no es indicativa. Por las razones ya expuestas, suponemos que su carne debió comerse en cierta abundancia. Las ascidias (Pyura chilensis) también están representadas en porcentaje importante. (Bonavia et al., 1993: 422-423). Como se sabe, Los Gavilanes no ha sido un sitio de habitación, sino un lugar especializado para almacenar maíz (Bonavia & Grobman, 1979). Sin embargo allí, entre la basura, se ha podido 104 De la caza-recolección a la agricultura: una perspectiva local / Duccio Bonavia recuperar una notable cantidad de restos que ha permitido tener una idea global de los recursos utilizados por los que manejaron los silos. Como ya se ha señalado, en Los Gavilanes la Época 1 no está muy bien representada, mientras que para las Épocas 2 y 3 se tiene una información muy completa (lege Bonavia, 1982b). Las fechas que se han obtenido, son las siguientes: para la Época 2 hay una datación radiocarbónica de 4,140 ±160 años y otra obtenida por termoluminiscencia de 4,800 ± 500 años. Para la Época 3 hay dos fechas de radiocarbono de 3,750 ± 110 y 3,755 ± 155 años (Bonavia, 1982b: 73-74, 276). Si a las fechas radiocarbónicas les aplicamos la misma escala de corrección de la Universidad de Washington (1987), obtenemos para la Época 2 una variación entre 3,254 y 2,290 años a. C. y para la Época 3, en un caso 2,470-1,959 años a. C, y en el otro entre 2,393 y 1,980 años a. C. (Se debe señalar que se ha efectuado el cálculo con dos Sigmas, y sólo para las dos últimas fechas se ha aplicado un solo Sigma ya que con 2 Sigmas está fuera del rango calculable). Por otro lado si a la fecha de termoluminiscencia le aplicamos el doble del valor de la desviación estándar en más o en menos, obtenemos una variación entre 3,350 y 2,350 años a. C., que es coherente con los fechados radiocarbónicos. Si analizamos la lista de plantas que corresponden a la Época 2 de Los Gavilanes, entre las alimenticias cultivadas vemos que además de las que hemos registrado para el sitio 6, es decir Persea americana, Cucurbita sp. y Phaseolus sp., ahora tenemos Canna sp. (achira), Arachis hypogaea (maní), que ya estaban presentes en Los Gavilanes Época 1, Manihot esculenta (yuca), Psidium guajaba (guajabo) y Capsicum sp. (ají). Pero sin duda la planta más importante que hace su aparición en este momento es el maíz (Zea mays). Y, naturalmente, las plantas industriales cultivadas como la Lagenaria y el Gossypium que se siguen utilizando. En la Época 3, a esta lista hay que añadir algunas plantas alimenticias más, como son la Annona cherimolia (chirimoya), Pachirrhizus sp. (jíquima), Phaseolus lunatus (pallar) y probablemente Ipomoea sp. (camote) (Popper, 1982: Cuadro 10, 149; Grobman, 1982). El maíz y otras plantas están presentes también en el estrato precerámico de Tuquillo (PV35-7; Figura 1), en la misma zona de Huarmey (Bonavia, 1982b: 233-236). En lo que se refiere a la dieta animal de las personas que habitaron en Los Gavilanes durante las Épocas 2 y 3, podemos decir que en términos generales se hizo gran uso de los Moluscos con preferencia por el Aequipecten purpuratus (concha de abanico). De los Artrópodos prefirieron los crustáceos y se consumió una cantidad importante de Equinodermos, con preferencia por el Tetrapygus niger (erizo gallinazo). Hay una disminución en el uso de pinnípedos y un aumento de aves y ciertos peces (entre estos predominan los óseos [Osteichtys] sobre los cartilaginosos [Chondrichthys]) (Wing & Reitz, 1982). También se aprovechó de la fauna terrestre, pero a una escala menor. Los animales que se ha podido identificar son la vizcacha (Lagidium peruanum), el zorro de la costa (Dusicyon sechurae), el venado de cola blanca (Odocoileus virginianus) y el cuy (Cavia porcelus) que, probablemente, ya estaba al estado doméstico. Escasos restos de Camélidos (Lama glama, llama) permiten saber que los comieron muy esporádicamente. Sin embargo, la gran cantidad de coprolitos de estos animales, muestra su uso en el sitio a lo largo de las tres Épocas. En la Época 3 tenemos la evidencia que las llamas eran utilizadas en hatos para el transporte del maíz, desde 105 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 el valle hasta los depósitos (Wing & Reitz, 1982; Bonavia 1982b: 376; Bonavia, 1982c; Bonavia & Jones, 1992). Desde el punto de vista tecnológico, sobre todo con algunos materiales, si comparamos el sitio 6 con Los Gavilanes en sus Épocas 2 y 3, hay sin duda diferencias importantes. La industria lítica se compone fundamentalmente de instrumentos hechos sobre guijarros y sobre piedras normales, pero no hay en realidad una industria especializada (Bonavia, 1982b: 77-96; Bonavia, 1992; Bonavia et al., 1993: 413). Consideramos que el hecho de haber podido hallar mayor variedad de esta industria en Los Gavilanes, a diferencia que en el sitio 6, es sólo por haberse excavado más en el primero. Uno de los cambios importantes que se nota, al comparar la industria de 106 con Los Gavilanes, es que en el Precerámico final aparece un artefacto especializado para mariscar, el disco tipo Culebras (Bonavia, 1982b; 84-87, 291-294; 1992: 84-85) que reemplaza a las piezas astilladas. Los demás utensilios podrían cumplir tareas de cortar y raspar de diferentes formas y ello se presta para una gama muy amplia de funciones. Se mantiene muchos artefactos, como los hendidores unifaciales y bifaciales, los cuchillos, las raederas y los raspadores. Se abandona la talla bipolar, que parece ser una especialidad de los pobladores de 106. El cambio es, sin duda, una adaptación a la nueva vida. En la industria textil se produce una variación significativa. Aunque podemos decir que ésta se inicia en la Época 2 y luego continúa en la 3. Las técnicas que se ha podido identificar son el entrelazado, el tejido llano, los tejidos de lazada y las redes. De los tejidos entrelazados hay tres variedades, de 1 urdimbre, de pares continuos y de pares separados. Los tejidos llanos también son de varios tipos, de 1x1, 1x2, 2x1, 2x2 y Rep. Los tejidos de lazada son variaciones de un solo tipo, el de lazada simple. Mientras que las redes han sido de lazo simple, de nudo simple, de nudo de «red china» y nudo cabeza de alondra. Las diferencias en las Épocas 2 y 3 se revelan fundamentalmente en las proporciones de cada una de las variantes de las diferentes técnicas. Quizá el único cambio significativo, es el aumento de Rep en proporciones importantes en la Época 3 (Bonavia, 1982b: 101-127). De las otras tecnologías, como la de la madera, del hueso, de los mates, de la concha marina, etc. no se puede decir mucho, pues hay poca información (Bonavia, 1992b: 138-144). Consideramos que es importante la presencia de esteras y sobre todo de las bolsas de contención, elaboradas con diferentes técnicas, y utilizadas con fines arquitectónicos (Bonavia, 1982b: 132144; para mayores detalles de todo lo expuesto, lege Bonavia, 1982b). Si se hace una síntesis de lo expuesto, se puede ver que con la información de los sitios mencionados se obtiene prácticamente un corte vertical en el tiempo, desde los primeros momentos de la llegada del hombre al valle de Huarmey, hasta la introducción de la cerámica, hecho que sucede al terminar la Época 3 de Los Gavilanes (vide Figura 2). La tecnología y la economía de los portadores del Complejo Chivateros que vivieron en Huarmey, evidentemente es uno de los vacíos, pero podemos suponer que no debe de haber grandes variaciones con respecto a lo que sucedió más al Norte, sobre todo en el vecino valle de Casma. La vida de estos hombres que estaban bajando desde las serranías, representa sin duda la fase de adaptación a 106 De la caza-recolección a la agricultura: una perspectiva local / Duccio Bonavia Fig. 2. Gráfico que muestra la secuencia de aparición de las plantas cultivadas en el valle de Huarmey. Se ha señalado, para cada sitio/Época, sólo las plantas nuevas, sin repetir las que se conocieron anteriormente. A la izquierda, en primer lugar, se muestra como referencia la secuencia que estableciera Lanning (1967) para las últimas tres Fases del Precerámico. Luego se ha señalado nuestra cronología relativa establecida para Huarmey (Bonavia, 1982b) y, finalmente, los segmentos negros indican el lapso correspondiente a las fechas radiocarbónicas (C14) y la de termoluminiscencia (TL). Se debe señalar que para poder establecer una misma escala de todas las fechas de C14, para fines gráneos se ha empleado la corrección con un Sigma, mientras que en el texto del artículo hemos utilizado, cuando ha sido posible, las fechas con el ajuste a dos Sigmas. L Años a. C. B FS/C14/TL* 106 LG1 6 LG2 LG3 Cronología propuesta por Lanning (1967). Fechas propuestas por Lanning (1967) para definir las fases precerámicas. Cronología relativa establecida por Bonavia (1982b) para Los Gavilanes. Fechados radiocarbónicos y de termoluminiscencia. PV35-106. Época Los Gavilanes 1 (PV35-1). PV35-6. Época Los Gavilanes 2 (PV35-U Época Los Gavilanes 3 (PV35-1). 107 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 un nuevo medio, donde los recursos ya eran diferentes a los que ellos estaban acostumbrados, El reemplazo de la punta cola de pescado por la punta de Paiján, refleja este cambio (que en la zona de La Libertad es evidente [Chauchat, 1990: 46-47; Chauchat & Pelegrin, 1994:276; Gálvez Mora, 1992:24; Briceño, 1994; DAH, 1995b: 9]). En otras palabras, de una punta hecha para caza mayor, se pasa a otra para alancear peces (Chauchat, 1990:47; Pelegrin & Chauchat, 1993:380381; Chauchat & Pelegrin, 1994:278-279; DAH, 1995a; DAH, 1995b). Esto demuestra la gran versatilidad del hombre temprano en la solución de sus problemas. En la costa la subsistencia se basa principalmente en animales pequeños, pero el mar entra a formar parte de ella, al principio con la captura de los peces mediante lanzas. Los recursos vegetales, estamos seguros, debieron jugar un rol importante, aunque este aspecto nos es poco conocido (vide Chauchat, 1990:45; Chauchat & Pelegrin, 1994:276; Uceda, 1992b: 64). En las serranías muchos de estos grupos cazadores-recolectores vivían en una forma semisedentaria (e.g. Bonavia, 1991: 79). En la costa, el sedentarismo se convierte muy rápidamente en una norma de vida, dado que el mar puede ofrecer los recursos con cierta estabilidad. El sitio 106 refleja esta etapa de cambio, de adaptación. Es la fase inmediata posterior al Paijanense, los artefactos líticos muestran esta innovación. Las puntas, poco funcionales para alancear peces, sobre todo en un mar con oleaje como el peruano, son abandonadas por lo menos a nivel generalizado, y se comienza a utilizar más bien una serie de instrumentos que permiten el mariscado en su amplia gama, más algunas otras tareas relacionadas con actividades terrestres. Evidentemente estos recursos son más asequibles que los peces, sobre todo en las costas rocosas. A estos hombres, aún les faltaban las redes y los anzuelos. Es por eso que el mariscar se convierte probablemente en la actividad mayor. Quiero llamar la atención sobre una frase de Wing (1992: 356) que, comentando los restos de peces en los yacimientos paijanenses de Pampa de los Fósiles, escribió: «La técnica de pesca empleada, así como las dimensiones de los anzuelos, las mallas de las redes, las características de las trampas, pueden también influenciar el tamaño de los peces pescados en los diferentes sitios». Con esto, indirectamente, la autora deja entrever que acepta la existencia de anzuelos, redes y trampas en los tiempos del Paijanense. Al respecto es necesario hacer algunas aclaraciones. En lo que se refiere a la posibilidad del uso de anzuelos en tiempos tempranos, es evidente que no se puede negarla. En el Viejo Mundo hay evidencia de su utilización desde el Paleolítico Superior (Biasutti, 1959: 521), concretamente en la cultura Aurignaciense (LeroiGourhan, 1994: 496). Sin embargo, en Sudamérica los anzuelos se encuentran por primera vez en la Fase Temprana de lo que Willey (1971: 91,202 et passim) llama la Tradición del Litoral Pacífico (ca. 4,200 años a, C). Ello corresponde para la costa de los Andes Centrales, a lo que Lanning (1967) definió como Precerámico V (ca. 4,200-2,500 años a. C.), que es cuando se comienzan a utilizar los anzuelos de concha marina, de espina de cactus y de hueso (Lanning, 1967: 50-54; Fung, 1969b: 112-113). Hasta hoy no se ha encontrado ninguna evidencia de anzuelos en épocas más tempranas. Por su parte el uso de redes en el Precerámico peruano costeño, está certificado en la Fase V de Lanning (vide Willey, 1971: 93). Sin embargo, no se debe olvidar que en la Cueva del Guitarrero, en el Callejón de Huaylas, una técnica empleada para hacer redes hace su aparición en el Precerámico temprano (Adovasio & Maslowski, 1980: 266-267), es decir en los tiempos de transición entre las Fases III y IV de Lanning (1967). 108 De la caza-recolección a la agricultura: una perspectiva local / Duccio Bonavia A este respecto es necesario hacer algunos comentarios. En primer lugar, que tanto las redes como los tejidos que aparecen en el Precerámico peruano no muestran una tecnología «primitiva», es decir permiten suponer que hay un estadio anterior que desconocemos (lege Bonavia, 1982b: 294 et passim). En segundo lugar, que junto al algodón hay un amplio uso de otras fibras vegetales no sólo para la fabricación de redes y tejidos, sino también para cuerdas, cordeles, etc. (vide Lanning, 1967:53). De modo que la tradición en este sentido puede ser muy antigua y la desconocemos por razones de conservación. Y, finalmente, es necesario recordar que las redes no sólo han servido para la pesca, sino también para la carga y posiblemente esa fue la primera función que le dieron los cazadores-recolectores. Pero hay otro aspecto que no hay que olvidar, y es que es posible pescar también con encañizadas, garlitos de mimbres o cestería y con nasas. Cualquiera de estos medios podría haber sido empleado sobre todo para la pesca de peces pequeños, como la anchoveta por ejemplo. Todo esto nos lleva a una conclusión. Que si bien es cierto que desde el punto de vista teórico no se puede negar la posibilidad que los paijanenses, además de las lanzas, hubiesen podido utilizar alguno de estos artefactos para pescar y que las huellas hayan desaparecido por problemas de conservación, tenemos que aceptar sin embargo, que no podemos afirmar que efectivamente ellos se usaron. Primero porque no hay ninguna evidencia, y luego porque hay una constante, por lo menos hasta ahora, sobre un momento en el que se comenzaron a utilizar para la pesca las redes y los anzuelos a lo largo de nuestra costa y ello definitivamente es posterior al desarrollo de la cultura Paijanense sensu lato. Sin olvidar tampoco que el uso de los anzuelos no fue generalizado. Sobre el particular y comentando sus hallazgos en Las Aldas, Fung (1969a: 40; 1969b: 113) escribió: «La distribución temporal y geográfica de los anzuelos sugiere que en Las Aldas, representa un elemento cultural que vino del Sur y no del Norte. Son ausentes en Huaca Prieta, Chicama; no se les ha identificado durante el período cerámico en Guañape, en Virú; en cambio en la costa central son frecuentes en una secuencia continua desde el precerámico sin algodón hasta la aparición de la cerámica». Cabe sólo señalar que mucho después de la publicación del trabajo de Fung (1969a) salió el informe de Huaca Prieta y allí se ve que los anzuelos sí fueron usados, aunque pareciera que en muy pequeña cantidad (Bird et al., 1985: 220; Fig. 168, 224). (Para una mayor discusión sobre el tema lege Fung, 1969a: 29-43; 1969b: 105-113). Además es significativo que en la basura de 106 en Huarmey, donde la conservación es excepcionalmente buena, no se haya encontrado ni anzuelos, ni redes las que aparecen por primera vez en 6, que corresponde temporalmente a un lapso del Precerámico V de Lanning (1967). Un factor importante debió ser también la caza del lobo marino, pero es muy probable que para ello no era necesario contar con utensilios especializados. La matanza debió hacerse golpeando a los animales en el hocico a garrotazos o con grandes piedras, a juzgar por la información arqueológica e histórica que nos ha quedado. 109 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Algunos de estos hombres deben haber tenido experiencias hortícolas en los valles serranos, del tipo que los africanistas llaman «agricultura de décrue» (lege Harlan, 1992: 189), o pudieron ver a otros que las practicaban. Hay evidencia que ello sucedía, por ejemplo en el Callejón de Huaylas, desde por lo menos el séptimo milenio antes de nuestra Era (Lynch, 1980). Muy rápidamente se dieron cuenta de que en las fértiles tierras aluviales de los bordes del río vecino o en las zonas pantanosas aledañas, esa actividad era practicable. Probablemente las primeras experiencias con los mates y las calabazas deben de haberlos ayudado en la experimentación. En las fases finales de estos tiempos, al límite entre las Épocas 1 y 2 de Los Gavilanes, la agricultura, probablemente en su etapa hortícola, comienza a tener mayor significado. Se cultivaba ya por lo menos la achira, el maní y el pacay. Y luego, a juzgar por el sitio 6, el fréjol y el palto, además de las Cucurbitáceas. Pero también una planta industrial fundamental, el algodón. Ello permitirá la aparición de los tejidos, primero los entrelazados (sin telar) en el sitio 6 y luego el tejido llano (con telar) en la Época 2 de Los Gavilanes. Es durante la Época 2 que se produce un hecho muy importante. Se trata de la aparición de un conjunto de nuevas plantas que tienen gran valor, y entre ellas el maíz. El sitió 6, a nuestra manera de ver las cosas, es la última ocupación de la gente de esta época que aún no había conocido el maíz. Éste es introducido en nuestra Época 2 en Los Gavilanes y va acompañado con algunas plantas más como la yuca, el ají y el guayabo. Ya en la Época 3, a esta lista hay que añadir la chirimoya, la jíquima, el pallar y probablemente el camote. Es de notar que en el estrato precerámico de Tuquillo (PV35-7), al Noroeste de Los Gavilanes, junto con el maíz hay achira, pacae y mate (Bonavia, 1982b: 236). Los recursos marinos siguen cumpliendo un rol importante, pero a nuestro juicio, ya no prioritario. Dentro de este cuadro no hay ninguna evidencia que nos permita pensar que la domesticación de las plantas sea un fenómeno local. Más bien hay algunos indicadores que nos sugieren que ésta se ha producido en las serranías. En primer lugar, porque para algunas de ellas tenemos la prueba de una domesticación mucho más temprana en las tierras altas que en la costa. Es el caso, para citar un par de ejemplos, de Phaseolus en el Callejón de Huaylas (Kaplan, 1980) y el maíz allí y en la zona de Ayacucho (Smith, 1980; MacNeish et al. 1981: 123-124, 213; MacNeish et al., 1983: 179). En segundo lugar, que es prácticamente imposible que en las condiciones ambientales costeñas se haya podido efectuar la domesticación de la mayoría de plantas, que encuentra probablemente sus condiciones óptimas en los valles interandinos de altura media. Quizá una de las excepciones sean las Cucurbitáceas, que han sido domesticadas en medios muy variados (Heiser, 1989). En tercer lugar, porque en la lista de plantas de Huarmey hay algunas que son originarias de la selva, como es el caso de la yuca y el maní, para señalar los dos ejemplos más saltantes, y que antes de llegar a la costa debe haber trascurrido un tiempo muy largo de ambientación en diferentes hábitats. Otro argumento, es que tenemos la evidencia que los maíces de Huarmey, por su coloración púrpura debida a la antocianina, son indudablemente 110 De la caza-recolección a la agricultura: una perspectiva local / Duccio Bonavia provenientes de las tierras más altas (Greenblat, 1968; Grobman, 1982: 174). Y, finalmente, una prueba más es que la mayoría de estas plantas son ya domesticadas cuando llegan a la costa, como en el caso concreto del maíz que ha sido estudiado cuidadosamente, y traen consigo ya todo un largo proceso de experimentación humana (Grobman 1982; Bonavia & Grobman, 1989). La única planta que, hasta ahora, en Huarmey parecería tener un tiempo corto de domesticación, es el Phaseolus (Bonavia et al., 1993: 417, 420, 428). De ser así, y dado que en el Callejón de Huaylas el fréjol tiene una historia muy larga como ya se ha dicho, se podría pensar que hubo otra zona, aún desconocida, con la que los antiguos huarmeyanos estuvieron en contacto. Hoy la posibilidad o la existencia de focos independientes de domesticación ya no debe asustar. Es una realidad comprobada para muchas plantas (lege Harlan, 1992, especialmente el Capítulo 7 [137-155]). Además, no se debe pensar que estas plantas domésticas necesariamente deben haber llegado a Huarmey directamente desde las serranías. El maíz, por ejemplo, tiene una mayor antigüedad en el valle de Casma (ca. 4,000 años a. C; Bonavia & Grobman, 1989: 459; Uceda, 1986: 225, 261, 279; Uceda, 1987: 23; Uceda, 1992a: 49) y se relaciona, al igual que el huarmeyano, con los maíces de la Cueva del Guitarrero. Cabe la posibilidad que desde el Callejón de Huaylas éste haya llegado primero a Casma y de allí haya pasado a Huarmey. Estos procesos de intercambio de productos en estas fases tempranas de la historia del hombre, son difíciles de rastrear y posiblemente nunca conoceremos con exactitud la vía que han seguido las plantas desde sus lugares de origen, hasta las áreas de cultivo. Hace tiempo venimos sosteniendo que el mar, con toda su riqueza, no le ofrecía al poblador costeño la seguridad que le daban los productos agrícolas. Por eso las plantas, una vez conocidas, se imponen en un tiempo relativamente corto y de una manera muy firme. Unas con mayor rapidez que otras, ya que en ello el factor cultural ha jugado un rol importante, en algunos casos de freno y en otros de acelerador. De esto está llena de ejemplos la historia de la difusión de las plantas en el mundo (e. g. Crosby, 1972: 169-171). Y cuando el hombre andino descubre la posibilidad de almacenar sus productos agrícolas, como en el caso del maíz y otras plantas, entonces la seguridad frente a la imprevisible naturaleza fue lograda. Y el ingenio de este hombre, insistimos, se refleja en su inventiva. Escoge para la conservación la arena, el material que sobra en la costa peruana y que le permite resultados óptimos (Bonavia & Grobman, 1979). Hemos sido entre los primeros (Bonavia, 1982b: 407-412) en cuestionar la hipótesis de la «maritime foundations» cuya semilla lanzara Lanning (1966) y cuyo fruto hiciera madurar artificialmente y cosechara Moseley (1975; 1992). Cuando mostramos nuestra discordancia con dicho planteamiento en la década de los años 80, teníamos razones que aún consideramos válidas, pero no contábamos con las pruebas que estamos esgrimiendo ahora. Creemos que a la vista de la información resumida que aquí se presenta, la hipótesis de Moseley (1975) -basada en generalidades y sin ejemplos y pruebas concretos- ya no tiene ningún asidero sólido. Pues si bien es cierto que en la adaptación de los grupos cazadores-recolectores en la costa, en un principio el mar jugó un rol importante, fueron las plantas que -desde muy temprano- le ofrecieron un sustento seguro. Y no cabe la menor duda de que fueron ellas el sostén fundamental que permitió echar las bases de la Civilización Andina. Consideramos que cuando se pueda trazar una historia, como la que nosotros hemos delineado para Huarmey, en muchos valles costeños sobre los que no sabemos aún 111 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 nada desde este punto de vista, lo que permitiría un examen de conjunto y de síntesis, el cuadro de la Arqueología Andina deberá cambiar. Pero para que ello suceda, es absolutamente necesario que algunos arqueólogos abandonen la mala costumbre de hacer pequeñas excavaciones de sitios, cambiando constantemente de área de investigación. Se necesita centrar el interés en una zona y lograr en ella un estudio de profundidad, que permita una visión de conjunto, a través del tiempo. Es un trabajo largo y difícil. Nosotros venimos trabajando en Huarmey desde hace más de treinta años y recién estamos logrando levantar un poco el velo que cubre la historia más antigua de este valle. 112 De la caza-recolección a la agricultura: una perspectiva local / Duccio Bonavia Referencias citadas ADOVASIO, J. 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A pesar de esto y sobre todo sin que se hayan hecho aportes de nuevas investigaciones sobre el tema en los últimos años, se sigue ha blando de «maritime foundations» sin preguntarse si los argumentos que esgrime Moseley son todos correctos. El único que nos propone una «reevaluación» es el mismo autor (Moseley 1992), lógicamente para tratar de convencer que las cosas son como él las plantea. Es importante hacer un poco de historia, para ver que las ideas originales que le sirvieron de inspiración a Moseley, no son tampoco como se presentan. O no se ha leído bien los textos o no se ha querido leerlos bien. Las bases de la inspiración de esta hipótesis están en los escritos de Lanning (1966: 190; 1967: 59). Pero como observamos en nuestro libro de 1982 (Bonavia 1982a), si se lee cuidadosamente los trabajos de este arqueólogo, se podrá ver algunos hechos que nos parecen de fundamental importancia (lege Bonavia 1982a: 407-408). En primer lugar que Lanning se basó exclusivamente en datos costeros y él lo dice claramente: «Notablemente, estos desarrollos tuvieron lugar en una población que no fue primariamente agrícola, sino más bien de pescadores, habitantes costeros.» (Lanning 1967: 58; el subrayado es nuestro). Y esto por la simple razón que en ese entonces el Precerámico final de la sierra era casi desconocido, tal como lo sigue siendo aún hoy. Y sobre este punto hay que hacer dos reflexiones. El Área Andina es una unidad cultural que no se puede entender por sectores; además, y esto es muy importante, no es en la costa sino en los valles de altura media que tenemos que buscar los antecedentes de las plantas cultivadas. Sin embargo Lanning, que era un hombre de grandes intuiciones, cuando estudió los materiales del sitio Los Cerrillos, hizo un comentario sobre el Precerámico que es de fundamental importancia. Dice así: «Razonablemente podemos esperar, entonces, que los sitios del interior del valle, correspondientes al Horizonte Temprano, al Período Inicial, e inclusive a la Época Precerámica, tengan una mayor dependencia del maíz que los sitios de la costa» (Lanning 1960: 587-588). 119 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Pero si se lee cuidadosamente a Lanning, se podrá ver que a través de todos sus escritos, él no trató en ningún momento de quitarle importancia al fenómeno agrícola y si bien es cierto que por falta de evidencias él postuló «maritime foundations”, también es cierto que cada vez que pudo le atribuyó el valor real a las plantas. Y si no véanse sus referencias a Huaca Prieta (Lanning 1960: 39) o sus comentarios con respecto a Los Cerrillos (Lanning 1960: 587-588), a El Paraíso (o Chuquitanta) (Lanning 1967: 70) o cuando comentó lo que él denominó Complejo Culebras: «Es tentador pensar que, no obstante la cantidad de productos marinos que fueron comidos, el surgimiento fue principalmente el resultado de la cosecha de una planta tan productiva, almacenable» (y aquí se estaba refiriendo al maíz; Lanning 1967: 67). Es cierto que Lanning se equivocó al darle excesiva importancia sólo al maíz, y sobre esto volveremos más adelante, pero lo que aquí nos interesa es que él se refiere a un producto agrícola. Como escribimos en 1982, «...Lanning lanzó la idea de los fundamentos marítimos en función de los datos de la época y como hipótesis de trabajo, de la que en el fondo él no estaba completamente convencido» (Bonavia 1982a: 407-408). La que siguió a Lanning, fue Fung, a la que sin embargo también hay que leer cuidadosamente. Es así que ella plantea la hipótesis de que «...el mar literalmente era una chacra inagotable» (Fung 1972b: 26) y por eso supone que la hipótesis marítima funciona (lege Fung 1972a: 7; 1972b: 25-26, 28). Pero sus ideas son diferentes a las de Lanning, en cuanto ella no disminuye la importancia de la agricultura en el Precerámico, sino sencillamente considera que la «...riqueza productiva [del mar] retrasaría el cultivo en la región ...e incluso suponemos el regadío» (Fung 1972b: 26). Obsérvese que Fung es muy cauta pues está escribiendo en condicional, de modo que la suya no es una afirmación categórica. Y ello por la simple razón que Fung, con la rigurosidad que la caracteriza, era consciente cuando escribía que estaba sólo planteando una hipótesis y señalaba muy claramente que para sustentarla hay que encontrar las evidencias. Recordemos lo que ella escribió: «El modelo propuesto exige la comprobación por medio de índices de consumo y cálculos valorativos de los alimentos ganados al litoral y su proporción en relación con los productos terrestres, animales y vegetales; los cuales si fueron cultivados habría que preguntarse dónde y qué tipo de cultivo se practicó...» y añade «...podemos estudiar a través de muestras limitadas las variaciones estratigráficas de los residuos alimenticios y sacar porcentajes. Estas diferencias pueden indicar cambios significativos en los medios de explotación.» (Fung 1972a: 8; el subrayado es nuestro). Es decir, Fung señala el camino correcto a seguir para poder saber a ciencia cierta si la influencia del mar ha sido tan fuerte como ella suponía. Es una gran lástima que Fung no siguiera con esta línea de investigaciones para poder comprobar o rechazar su hipótesis, pero es peor aún que sus seguidores no la hayan leído cuidadosamente y, sobre todo, que en vez de llenar papeles con ideas no se hayan dedicado a buscar las evidencias. Veremos que los análisis que reclamaba Fung en 1972 han sido realizados sólo por muy pocos arqueólogos y no exactamente por los defensores de «maritime foundations». Moseley (1992: 9-10) señala que también los soviéticos se inclinaron por «maritime foundations». (En el caso de Vladimir Bashilov se trata de una comunicación personal a Moseley y en lo que se refiere a V.M.Masson es su libro de 1971). Pero lo que no dice y no toma en cuenta Moseley, es que ni Bashilov ni Masson han trabajado nunca en territorio peruano y que sus interpretaciones son puramente teóricas y basadas en una bibliografía muy restringida, y esto último sí lo dice Moseley pero sólo en el caso de Masson. Hacer hipótesis así es fácil, lo difícil es sustentarlas. 120 ¿Bases marítimas o desarrollo agrícola? / D. Bonavia Consideramos que en el planteamiento de esta hipótesis se ha olvidado de ciertos hechos fundamentales y se ha valorado demasiado a otros. En primer lugar se ha olvidado que el Área Andina Central, que en cierta forma corresponde al Área Co-tradicional de Bennett (1948), debe ser entendida como una unidad. Que las relaciones entre zonas tan alejadas como la selva y la costa pacífica han sido constantes y continuas a lo largo de toda la historia andina y que no se puede analizar un fenómeno tan importante, como es el origen de la Civilización, en función de una sola ecología. No olvidemos que productos típicamente selvícolas (v.g. la yuca [Manihot esculenta] y el maní [Arachis hipogaea]) están presentes desde muy temprano en la costa peruana. Y si bien es cierto que en teoría Moseley (1992: 5) acepta este planteamiento, sin embargo a lo largo de su trabajo prácticamente no emplea datos de las serranías y menos de la vertiente oriental andina. En segundo lugar se le da mucha importancia a ciertos detalles, sin tratar de ver si ellos son correctos o no. Veamos un ejemplo. Moseley (1992: 7) escribió: «…los camélidos y animales domésticos más pequeños han satisfecho las necesidades dietéticas de los agro-pastores de altura». En primer lugar ¿cuales fueron los animales domésticos del antiguo Perú, si excluirnos a los camélidos? Sólo tres: el perro (Canis familiaris), el cuy (Cavia sp.), y el pato almizcleño (Cairina moschata). Si no tomamos en cuenta al perro, pues no hay indicios salvo en algunas poblaciones serranas y en tiempos tardíos que éste haya servido de alimento, tanto el cuy como el pato son animales que viven muy bien en la costa. Del primero hay evidencias en tiempos precerámicos y del segundo sencillamente no conocemos su pasado. En cuanto a los camélidos, hay que destruir el mito que ellos son animales de altura (lege Bonavia 1996) y si bien es cierto que los datos arqueológicos para los tiempos precerámicos en la costa son escasos (Bonavia 1996: 130-136), ello es debido a que se ha trabajado poco en la línea de la etnozoología, pero no cabe ninguna duda que cuando se realicen investigaciones más sistemáticas, las evidencias cambiarán. Nosotros hemos encontrado en Los Gavilanes una importante cantidad de excrementos de llama (Bonavia 1982a: 225-226; Jones/Bonavia 1992). Y si bien es cierto, insistimos, que la información es escasa, hay indicios en varios sitios precerámicos costeños de la presencia de estos animales (Bonavia 1996b: 130-136). De modo que no es tan cierto que sólo los agro-pastores de altura podían útilizar a estos animales para su alimentación. Otra generalización que puede y de hecho ha distorsionado la realidad, es afirmar simplísticamente que el mar se puede explotar fácilmente, con una tecnología muy simple y en forma continua. Varios autores han caído en esta generalización (e.g. Fung 1972b: 27; Moseley 1975: 106; Yesner 1980: 730). En primer lugar hay que recordar que la faja costera peruana no puede ser considerada como una unidad. Mientras en el extremo Norte tenemos costas fangosas formando los esteros, en otros sectores más al Sur se alternan en forma irregular grandes playas de arena con otros que son formaciones pétreas que emergen junto al mar y que forman acantilados que sobrepasan a menudo los 50 metros de altura. Por otro lado esta costa, que presenta su mayor ancho en la parte septentrional, se puede dividir en tres sectores en función morfológica y climática: uno, el Norte, que se extiende desde la frontera con el Ecuador hasta la altura de Trujillo. Otro, en el centro, que va desde Trujillo hasta Cañete y el último, el sureño, desde Cañete hasta la frontera con Chile (lege Peñaherrera del Águila 1969: 20-21). Cada uno de estos sectores tiene características particulares. Y no es lo mismo pescar o mariscar en una playa de arena que en un acantilado rocoso. Tampoco se debe olvidar que el mar peruano, por más que engañosamente se le llame Océano Pacífico, de pacífico no tiene nada y es, por lo contrario, un 121 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 mar muy peligroso, sobre todo si se le quiere enfrentar con una tecnología como la que manejaban los pescadores y marisqueros precerámicos. Para entender esto hay que vivir con la gente de mar. Y nosotros, por experiencia propia, podemos decir que no es tarea fácil (lege Bonavia 1982a: 248, 289-291). En lo que se refiere a la constante productividad del mar (v.g. Fung 1972b: 28) también hay que decir algo. Ello es verdad hasta cierto punto, pues hay algunos fenómenos que la atenúan, tales como las bravezas y el aguaje (vide Schweigger 1964: 105-108, 186-193 [se podrá ver que el aguaje es un fenómeno mucho más complejo de lo que lo describe Moseley 1975: 44-45]) que si bien es cierto que no se dan continuamente, cuando se producen causan gran perjuicio a los pescadores. Y por supuesto El Niño cuando se presenta. Pero la pregunta clave que hay que hacerse sobre la productividad del mar en los tiempos precerámicos es: ¿a base de qué datos cuantitativos han medido Moseley y sus seguidores este fenómeno, para poder estar seguros de su aserto? Hasta donde nosotros sabemos ni Lanning, ni Engel (1958, 1963, 1964, 1966, 1970 inter alia), ni la gran mayoría de arqueólogos que se han dedicado a investigar el Precerámico, se han preocupado de obtener datos estadísticos que permitan cuantificar la ingesta del hombre precerámico para que nos permita tener una idea del valor real de los productos marinos comparados con los terrestres. Shelia Pozorski (1976) hizo un intento en esta dirección para una serie de yacimientos de la Costa Norte, Wing y Reitz (1982) y nosotros (Bonavia 1982a: 384-388 y especialmente Cuadros 24, 25 y 26) para Los Gavilanes. Pero no sólo faltan datos comparativos, sino que estos para ser válidos deben provenir de excavaciones de cierta envergadura. Además hay otro problema adicional que hemos señalado (Bonavia 1982a: 409) y sobre el que queremos insistir. Arqueológicamente no se ha podido encontrar aún una forma de medir el consumo vegetal y animal en términos que tengan cierto margen de exactitud y con parámetros que admitan comparaciones. Sin negar la importancia del mar, no se puede olvidar que desde sus tiempos de cazador-recolector el hombre hizo un amplio uso de las plantas y que durante el precerámico final se conocían prácticamente casi todas las plantas domésticas que se emplearon hasta el Horizonte Tardío (Bonavia 1991: 130). Osborn (1980: 740) nos ha hecho ver, además, algo que es muy significativo. Que la carne de una sola llama que equivale aproximadamente a 90 kg1, contiene 12.58 kg de proteína que es equivalente al contenido de proteína de 135, 269 mejillones o 17,000 almejas. Es cierto, y esto tampoco se ha hecho, que habría que efectuar las conversiones en términos de las especies de nuestro mar, pero de todos modos la recolección diaria de un marisquero moderno con instrumentos de metal, es muy baja. Por ejemplo, la jornada de un marisquero huarmeyano experimentado que sale a buscar chitones (Chitonidae), le permite recolectar entre 10 y 15 docenas. Y en 15 docenas hay sólo 15,364 grs de carne (Bonavia 1982a: 384; vide también Cuadro 25, 386). De modo que no debemos dejarnos cegar por el espejismo de la gran cantidad de conchas que vemos en los depósitos precerámicos, sino tratar de entender qué significado tiene ello en kilogramos de carne comestible. En el caso de los restos vegetales, la conversión en términos de materia comestible es más difícil, si no imposible. Muchos restos, como las vainas de los fréjoles por ejemplo, si se queman desaparecen por completo, otros prácticamente no dejan huellas, es el 1 Este peso señalado por Osborn en verdad no es correcto. Este varía entre 110 kg y 155 kg (Bonavia 1996: 65). 122 ¿Bases marítimas o desarrollo agrícola? / D. Bonavia caso del tomate cuyo pasado desconocemos. Las pepas de muchos frutos probablemente han sido botadas en los alrededores de los campamentos o en los peregrinajes por los alrededores durante las recolecciones y las cacerías. Muchas veces se puede señalar la presencia de tal o cual planta, pero cuantificarla en términos de uso es prácticamente imposible. Moseley (1975: 106-107) insiste mucho sobre la necesidad de una tecnología avanzada y labor organizada para lograr una producción agrícola importante. Y en su última revisión escribió: «Si las poblaciones precerámicas del litoral dependieron principalmente de una agricultura de avenidas [es decir lo que los africanistas han denominado agricultura de décrue], entonces ellos han mantenido en producción poca tierra. Los terrenos sujetos a la salida de madre de los ríos y otros terrenos que se riegan por sí mismos, comprenden menos del 1% de lo que se cultiva hoy en día en la costa» (Moseley 1992: 23). En primer lugar nosotros insistimos que no es necesario pensar en una agricultura desarrollada, con canales de regadío, para poder sostener una población como la precerámica. Con una horticultura simple de décrue bastaba. Segundo, no se debe pensar que las poblaciones que vivían cerca del litoral no tenían relaciones con las que lo hacían en el valle vecino o no se puede excluir que las mismas poblaciones que habitaban en el desierto iban al valle vecino para sus tareas hortícolas. Y tratándose de una horticultura basada en la salida de madre del río, se lleva a cabo sólo en una época del año, lo que permite realizar otras tareas a lo largo del resto del tiempo. En el caso concreto de Huarmey, nosotros consideramos haber demostrado fehacientemente por medio del análisis de los excrementos de llama recogidos en Los Gavilanes, que los viajes de las caravanas desde el valle vecino hasta el sitio se hacían (Jones/Bonavia 1992). En lo que se refiere a la aseveración de Moseley, que señala que sólo 1% de los terrenos costeros cultivados actuales está sujeto a la salida de madre de los ríos o se riegan pos sí solos, hay que señalar dos hechos concretos. En primer lugar es siempre peligroso utilizar datos actuales para juzgar una realidad tan diferente como la de los tiempos Precerámicos. Aunque admitimos que no siempre es fácil o es posible reconstruir estos tipos de datos, en vista de lo poco que se ha hecho sobre geología del Cuaternario en los valles costeros. En segundo lugar, no sabemos de donde proviene esta información de Moseley, ya que él no señala fuente. A nosotros nos gustaría ver cálculos concretos y cifras por lo menos aproximadas. Nosotros hemos hecho cálculos para tratar de saber cuantas tierras podrían estar sujetas a la salida de madre del río en forma periódica en el valle de Huarmey. Es así que las tierras aptas para el cultivo que tienen entre 0% y 2% de pendiente, en todo el valle representan el 12% de las tierras cultivables. Si hacemos un examen de éstas resulta que el 7.5% tienen aptitud para el riego sin mayores limitaciones y 4.3% con moderadas limitaciones. En total ello significa 546 hectáreas (ONERN 1972). Conociendo el valle e imaginando el cauce del río sin las defensas que hoy protegen los campos de cultivo, consideramos que una buena parte de estas tierras podría estar sujeta a inundaciones periódicas por la salida de madre de las aguas. Si se parte de la hipótesis que sólo la mitad podría ser inundada, estaríamos hablando de 273 hectáreas, o sea del 6% que es un poco más del 1% que plantea Moseley. Y nos estamos refiriendo a uno de los pequeños valles de la costa. Sería interesante hacer cálculos similares para los valles más 123 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 grandes y ver quién tiene la razón. Una vez más no se puede generalizar en una forma tan simplista y sin fundamento de causa. Estamos de acuerdo que el problema más grave en toda la costa es la irregularidad de los ríos. La respuesta del hombre a esta inseguridad ha sido la creación de sistemas para almacenar los productos agrícolas. Como bien lo ha señalado Pokotylo (1980; 741), aunque él se refería a poblaciones canadienses, la tecnología del almacenamiento es un fenómeno que adquiere mucha más importancia analítica de la que normalmente se le ha dado. En el caso del Precerámico peruano, creemos haber sido los únicos de haber llamado la atención sobre esto con el estudio detallado de los depósitos de Los Gavilanes y haber señalado su existencia además en Gallinazo y La Laguna en Huarmey (Bonavia 1982a: 236-242, 443, 447). Todo parece indicar que ellos existieron también en Áspero (Bonavia/Grobman 1979: 38-40). Otro punto importante que se debe discutir es el de la anchoveta (Engraulis ringens), que es uno de los argumentos claves de la proposición de Moseley. El señala que si hubiera leído antes el trabajo de Fung (1972b), el planteamiento de la hipótesis marítima hubiera sido más fácil. En su segundo trabajo escribió ad literas: «... ella ha sido la primera en notar la alta rentabilidad y la simple tecnología asociada con la explotación temprana de la anchoveta.» (Moseley 1992: 12). Más adelante Moseley (1992: 17) sostiene que las sociedades precerámicas que vivieron entre el 8° y el 15° de Latitud Sur (es decir aproximadamente entre Trujillo y Nasca) se especializaron en la pesca de la anchoveta, pero al mismo tiempo señala que «él sospecha» que frente a los fenómenos de El Niño tuvieron que diversificar su tecnología pesquera. Al final Moseley (1992: 21) escribió: «Al norte del río Chao la faja de la anchoveta se desvía fuera de la zona litoral poco profunda y es arrastrada lejos mar afuera. A partir del valle de Virú hacia el Norte, la pesquería no ha sido fácilmente accesible a las poblaciones precerámicas ... la anchoveta no está presente en sitios del litoral como en Huaca Prieta». Sobre estas afirmaciones de Moseley hay que hacer varios comentarios. En primer lugar Moseley le atribuye a Fung (1972b: 26) lo que ella no ha dicho. Ella no escribió nada sobre la «simple tecnología» ni «la explotación temprana» de la anchoveta. Ella lo único que observa es que, debido a la Corriente Peruana, el mar peruano es muy rico en peces y que según cifras de 1969 los pájaros guaneros consumían unos 4 millones de toneladas de anchovetas. Y luego Fung escribió verbatim: «La distribución espacial de los centros ceremoniales tempranos podría estar, pues, relacionada a los factores ecológicos de la zona litoral central» (Fung 1972b: 26; Nótese la prudencia de Fung, que escribe en condicional). Y ella indica claramente cual es la «zona ecológica mayor, central», es decir la que se extiende entre Punta Aguja y San Gallán. Resulta pues, que no sólo Fung no dice lo que le atribuye Moseley, sino que además ella se refiere a una zona que se extiende aproximadamente entre un poco más al Norte del 6° y un poco más al Norte del 14° de Latitud Sur, que no es la zona que señala Moseley, pues hemos visto que él la define entre los 8º y 15º de Latitud Sur. En segundo lugar, Moseley se contradice, pues en una página afirma que la zona de especialización en la pesca de la anchoveta en tiempos precerámicos ha sido entre los 8° y 15°, es decir entre Trujillo y Nasca, pero luego en otra página escribe que al Norte de Chao, es decir al Norte del 9° de Latitud Sur, la anchoveta «no está presente» (Moseley 1992: 17, 21). 124 ¿Bases marítimas o desarrollo agrícola? / D. Bonavia Pero sobre este punto hay otro asunto que nos parece más grave. Nosotros no negamos la posibilidad que el hombre precerámico haya aprovechado al máximo de la anchoveta. En los tiempos actuales «La abundancia de cardúmenes de anchoveta muy cerca de la costa durante el verano, permite que la pesca se realice entre las 10 y 20 millas y a profundidades que fluctúan entre 10 y 25 m.; en el otoño e invierno la dispersión de los cardúmenes en un área mucho más grande hace que la disponibilidad baje ...» (Sánchez Romero 1975: 166). Pero sabemos por información de Schweiger (1964: 236) que «En 1930 pudimos comprobar lo que contaban los antiguos empleados de la Compañía Administradora del Guano, que la anchoveta puede ser sacada del agua en canastas de un cardumen en la superficie si la embarcación está en medio de éste». Pero el mismo Schweiger (1964: 236) indica que desde 1938 no se han observado más masas tan densas. No cabe la menor duda que desde el punto de vista técnico los pescadores precerámicos no tuvieron grandes dificultades de pescar la anchoveta en condiciones normales, si bien muchos de los aspectos de esta pesca sólo los podemos deducir y suponer. Pues, y sólo para citar dos ejemplos, por un lado es cierto que hay amplia evidencia de la existencia de redes que pudieron ser empleadas para ese fin, sin embargo nada sabemos sobre su tamaño, pues sólo se han hallado fragmentos. Nos referimos a su ancho y largo. El tamaño de las mallas sí se conoce. En el caso de Los Gavilanes (Bonavia 1982a: 124-126) éstas medían en promedio 1.8 cm siendo las más grandes de 4 X 4 cm y una anchoveta a los seis meses tiene un largo de 7-8 cm y a los tres años puede alcanzar entre 15-18 cm (Sánchez Romero 1975: 163). Pero lo que ni Moseley ni nadie ha discutido, es el problema de la profundidad en la que se encuentra la anchoveta en condiciones normales no, insistimos, cuando está en cardúmenes superficiales, lo que no es común. Pues bien, como lo hemos señalado, en condiciones normales, en los meses de verano, los cardúmenes se encuentran entre 10 y 25 m de profundidad y en otoño e invierno la dispersión es más grande y la disponibilidad baja. Y estos cardúmenes están a distancias de la costa que varían entre 10 y 20 millas, es decir ca. entre 16 y 32 km. Lo cual significa dos cosas. En primer lugar que se necesita de redes grandes y, en segundo lugar, que es indispensable contar con embarcaciones. Es decir, que sin duda este tipo de pesca no se podía practicar desde la playa. Ahora bien, es de suponer que las redes de mallas más grandes debieron ser arrastreras y éstas pudieron ser utilizadas, por ejemplo, para pescar la anchoveta. Las más pequeñas pudieron ser utilizadas para actividades menores como la recolección de muy muy (Emerita analoga) o en el caso de la anchoveta sólo cuando se presentaría la presencia de cardúmenes muy cerca de la playa. Pero para pescar mar afuera -insistimos- se necesitó de embarcaciones y, hasta ahora, no hay ni una sola prueba que demuestre su existencia en tiempos precerámicos. Justamente Moseley y Feldman (1977: 273) discutieron el asunto y llegaron a la conclusión que el mar abierto no fue explotado en los tiempos precerámicos. Entonces, les quisiéramos preguntar a estos colegas ¿cómo se pescó la anchoveta? Nosotros creemos, sin embargo, que se trata sólo de un problema de conservación, pues las embarcaciones fueron probablemente caballitos de totora (Thypaceae o Cyperaceae) y hay una serie de evidencias indirectas que permiten suponer el uso de éstas en los tiempos precerámicos. No podemos entrar en detalles, pero nos remitimos a un trabajo nuestro donde hemos discutido el asunto in extenso (Bonavia 1982a: 290-291). De modo que si en teoría no hay problema para aceptar la posibilidad de que se haya explotado la anchoveta en tiempos precerámicos, el asunto serio que se plantea, y esto es lo que no ha tomado en cuenta Moseley, es que no hay pruebas arqueológicas que lo sustenten y demuestren. 125 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Moseley (1992: 21-22) insiste que los patrones de subsistencia marina varían tanto hacia el Norte como hacia el Sur a partir del 8° de Latitud Sur y al referirse a Huaca Prieta escribió: «... la anchoveta no figura en sitios litorales como Huaca Prieta». Pero inmediatamente añade: «Al sur de los 8° el upwelling varía en intensidad. La productividad máxima de la pesquería se da en la región costera donde se construyeron los más grandes monumentos precerámicos». Pero, curiosamente, ya Moseley no nos da ningún dato más. La pregunta es: ¿porqué no se señalan puntualmente las evidencias arqueológicas que avalan este planteamiento? Por una simple razón, porque en términos generales no hay datos cuantitativos de los restos alimenticios de los sitios precerámicos que han sido investigados y, cuando los hay, contradicen la afirmación de Moseley. Veamos las evidencias. En Padre Abán no se encontró anchovetas (Pozorski 1976: Table 5, 313), en Alto Salaverry tampoco (Pozorski 1976: Table 7, 318; Table 9, 324). En Los Gavilanes la anchoveta representa el 2% en la Época 2 y el 13.6% en la Época 3 (Wing y Reitz 1982: Cuadro 20a, 195). El caso de Áspero lo consideramos muy importante, en cuanto la información proviene de los trabajos de Feldman que, junto con Moseley, es uno de los más extremos sostenedores de la tesis marítima. Feldman (1980: 168) escribió que la anchoveta y la sardina constituyen «... la mayor parte de la dieta ...», pero resulta que ésta es una afirmación sin sustento pues inmediatamente añade «A pesar que los datos no han sido cuantificados» (el subrayado es nuestro). En el caso de El Paraíso la anchoveta es el pez más común (Quilter et al. 1991: 279) pero tampoco hay datos cuantitativos y en Paloma las anchovetas representan el 18% (Reitz 1988: Table 1, 314). En el Sitio Ring o Anillo, en Ilo, no hay anchovetas (Richardson et al.1990: 149). Es decir, con los datos que tenemos, es imposible afirmar que el uso de la anchoveta en los tiempos precerámicos ha sido importante. Como muy acertadamente escribieran Pickersgill y Smith (1981: 102) al referirse al Precerámico final, «En ausencia de datos cuantitativos o informes completos de sitios es difícil evaluar la importancia dietética de la alimentación de plantas comparada con los productos marinos». Moseley (1992: 14) escribió: «Si la costa desértica fue primero colonizada por poblaciones que utilizaron tejidos, tales como bolsas, elaborados con un solo elemento anillado o anudado, así como propulsores o lanzas, entonces ellos en un sentido estuvieron pre-adaptados para pescar alanceando y con redes». Pero si Moseley hubiera leído los informes relativos al hombre temprano en la costa, se habría dado cuenta que la situación no ha sido tan simple como él la plantea. En primer lugar, hay que decir que la única cultura temprana que ha sido bien estudiada hasta ahora y sólo en su manifestación más norteña, es decir entre Pacasmayo y Casma sensu lato, es la Paijanense (lege Chauchat et al 1992; Uceda 1986). Pues si bien su presencia está demostrada hasta la zona de Paracas, en el departamento de Ica, los datos que disponemos son pocos (lege Bonavia 1982b; Bonavia/Chauchat 1990). El cuadro que allí se nos presenta no es exactamente el que nos pinta Moseley. «Los cazadores-recolectores que bajaron a la costa no tenían ningún tipo de tejido o por lo menos no se ha encontrado las evidencias. El uso de redes en el Precerámico costeño comienza en lo que Lanning llamaba la Fase V (Lanning 1967: 5 1). Es cierto, sin embargo, que en la sierra, más concretamente en la Cueva del Guitarrero en el Callejón de Huaylas, una técnica que puede servir para hacer redes hace su aparición en el Precerámico temprano (Adovasio/Maslowski 1980: 266-267), es decir entre las Fases III y IV de Lanning (1967). Por otro lado tanto las redes como los tejidos que corresponden al Precerámico peruano, no muestran una tecnología «primitiva», lo que permite suponer que hay un estadio anterior que desconocemos (lege Bonavia 1982a: 294 et passim). Pero hasta que no lo encontremos no podemos afirmar que existió. Tampoco se debe olvidar que también es posible pescar con nasas, encañizadas, garlitos de mimbres o cestería. 126 ¿Bases marítimas o desarrollo agrícola? / D. Bonavia Ahora bien, no hay evidencia alguna de propulsores. Todo indica que las puntas líticas que utilizaban en los primeros tiempos fueron del tipo cola de pescado y evidentemente con ella no pudieron coger peces. Es entonces cuando se elabora la punta de Paiján y con ella se comienza a lancear los peces más grandes (Chauchat 1990: 47; Pelegrin/Chauchat 1993: 380-381; Chauchat/Pelegrin 1994: 278-279; DAH 1995a; DAH 1995b). Los anzuelos en la costa de los Andes Centrales aparecen en el Precerámico V (ca. 4200-2500 años a.C.) (Lanning 1967: 50-54; Fung 1969: 112-113), Como decíamos en un trabajo anterior, si bien es cierto que desde el punto de vista teórico no se puede negar la posibilidad que los paijanenses, además de lanzas, hubieses podido utilizar alguno de estos artefactos para pescar y que sus huellas han desaparecido por problemas de conservación, tenemos que aceptar que no podemos afirmar que efectivamente ello se hizo, pues no hay ninguna prueba. En el extremo Sur aparentemente se conocieron anzuelos, pero las evidencias no son muy claras (Richardson et al. 1990: 149, 161). De modo que no se puede afirmar que los cazadores que bajaron a la costa estaban preadaptados para pescar. Ellos modificaron completamente su tecnología para poder sobrevivir en esta nueva ecología, lo cual es muy diferente. Moseley (1992: 15 et passim) discute ampliamente las influencias que pudo tener el fenómeno El Niño en la población precerámica. En primer lugar hay que admitir las dificultades que se plantean para detectar el fenómeno a nivel arqueológico (lege Fontugne / Juillet-Leclerc 1990; Grodzicki 1990). Y en el caso de la Época Precerámica, ello se hace evidente al leer los trabajos de Sandweiss (1986) y Wells (1987). Sobre este punto han surgido grandes polémicas y no es éste el momento para discutir el asunto (lege Sandweiss et al. 1996; De Vries et al. 1997; Wells/Noller 1997). Lo concreto es que el fenómeno definitivamente se dio a lo largo de todo el Cuaternario (Wells/Noller 1997: 966) y en el momento que se produjo, debió ocasionar grandes daños a la horticultura. En esto estamos de acuerdo con Moseley. Pero lo que él no toma en cuenta, es que desde los tiempos precerámicos y a lo largo de toda su historia hasta la llegada de los europeos, los pueblos andinos aprendieron a almacenar productos para enfrentar este tipo de catástrofes naturales. Así se construyeron los primeros depósitos en la Época Precerámica, a los que ya nos hemos referido. Otro argumento que utiliza Moseley (1992: 17) es el «Estress tectónico». Esto en verdad no tiene sentido. Se basa en dos fenómenos: los tsunami y el levantamiento continental. Para los tsunami su evidencia es el artículo de Bird (1987), que además se refiere al Horizonte Temprano. En dicho trabajo no se ofrece ningún fundamento serio y, de haberse producido, se debería encontrar sus huellas en un amplio sector de la costa y ello no sucede. Hasta donde sabemos, los únicos que han buscado las evidencias de los tsunami son Wells et al. y han encontrado las pruebas a lo largo de la costa Norte y Nor-central, pero corresponden al año 1618 de nuestra Era (Wells et al. 1987: 885). En lo que se refiere a un posible levantamiento continental, este argumento fue utilizado en la década de los años 80 por Feldman (1980: 18) para explicar ingenuamente una serie de cambios en la geomorfología de la zona de Supe. Con Michel Sébrier estudiamos el caso y llegamos a la conclusión que se trataba de un fenómeno eustático y no de un levantamiento continental (Bonavia 1982a: 255-256). Una vez más se afirma sin aducir pruebas. 127 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Más adelante Moseley (1992: 18) dice que mientras se aceptó las diferencias de los componentes de la dieta marítima (lo cual como hemos señalado anteriormente no es cierto) en función si los asentamientos se encontraban cerca de una playa rocosa o arenosa, lo mismo no se ha hecho con las plantas cultivadas. Y respecto a este punto escribió ad litteras: «... se tendió a pasar por alto [las diferencias en las frecuencias y tipos de plantas domésticas en cada sitio] a favor de la tácita presunción que los habitantes tempranos de la costa compartieron básicamente conjuntos similares de cultígenos.». Evidentemente Moseley no ha leído cuidadosamente la literatura que cita en su bibliografía. De haberlo hecho, hubiera visto que desde la década de los años 80 nosotros venimos sosteniendo que «Tampoco se puede considerar la difusión de plantas como un fenómeno que sigue reglas fijas; ello está sujeto a modelos particulares que varían de área a área, sin que ello signifique necesariamente el desconocimiento del producto no aceptado» (Bonavia 1982a: 412; el subrayado es nuestro). Y esto lo hemos reafirmado en varios de nuestros trabajos (e.g. Weir y Bonavia 1985: 120). Lo que dice Moseley, es justamente el argumento que han esgrimido los que se oponen a la existencia de maíz precerámico (e.g. Bird 1990) y que por falta de conocimientos antropológicos, no entienden que uno de los elementos culturales más conservadores es justamente la comida y que la difusión de las plantas domésticas está sujeta a este y a muchos otros factores (lege Wing/Brown 1979: 11-16). Además, hay que tomar en cuenta que prácticamente todas las plantas (las excepciones son pocas) provienen de las serranías o del área oriental selvícola. Pero en las serranías hay zonas que presentan condiciones mejores que otras. Así, las de alturas medias, que favorecieron el proceso de domesticación. Es el caso del Callejón de Huaylas. Y es lógico pensar que las zonas costeras mas cercanas a estos lugares recibieron los productos de este fenómeno antes de las más alejadas. Esto explica, por ejemplo, a nuestra manera de entender, la presencia del maíz en la zona Casma-Supe antes que en otros sectores de la costa y hay evidencias claras que los maíces huarmeyanos tienen origen serrano (lege Grobman 1982: 174). Pero debemos admitir que dada la falta de investigaciones etnobotánicas sistemáticas en los yacimientos peruanos, es difícil dar datos exactos sobre estos fenómenos. Además, como hemos escrito recientemente, «estos procesos de intercambio de productos en estas fases tempranas de la historia del hombre, son difíciles de rastrear y posiblemente nunca conoceremos con exactitud la vía que han seguido las plantas desde sus lugares de origen, hasta las áreas de cultivo» (Bonavia 1996c: 183). Por otro lado Moseley (1992: 19) le da demasiada importancia al hecho que algunos autores, como Wilson (1981), le han atribuido al maíz tal valor de considerarlo como la base del desarrollo de las culturas indígenas. En este caso Moseley está generalizando y no distingue quienes nunca han creído en ello de los que sí lo hicieron. Lo que hay que aclarar, es que Moseley no es el primero en tomar esta posición. No sabemos si alguien lo ha dicho antes, pero Fung lo escribió en 1972 (Fung 1972b: 13-14). Y nosotros justamente comentando esta posición de Moseley en su primer trabajo (Moseley 1975: 10) escribimos que «... estamos de acuerdo que ... hay un error de base: y es el haber considerado exclusivamente al maíz factor fundamental de cambio. Es nuestra opinión que no se debe pensar en una sola planta, sino en un complejo de plantas que aparecen tempranamente y que, en conjunto, le ofrecen al hombre esa seguridad que los productos marinos por sí solos no le podían dar» (Bonavia 1982a: 410). Consideramos que hay que darle al César lo que es del César, como decían los romanos. Moseley insiste mucho sobre la especialización que puedan haber tenido los pobladores precerámicos costeros en función de la ecología cambiante. Si bien esto de alguna manera 128 ¿Bases marítimas o desarrollo agrícola? / D. Bonavia puede ser cierto, las pruebas que se esgrimen son endebles y en muchos casos sin fundamento. Por ejemplo, Moseley (1992: 19) señala el caso del sitio Camino en Ancón que él excavara y lo indica como lugar especializado en recolectar algas para fines alimenticios y se remite a su trabajo de 1975. Sin embargo, si se lee dicho escrito, se ve en primer lugar que no se ha hecho una identificación de las algas, y en segundo lugar que se dice que «... las hojas de las algas, que son la parte comestible fueron relativamente raras» (Moseley 1975: 24; el subrayado es nuestro). A juzgar por la descripción, se está refiriendo casi seguramente a Macrocystis pyrifera. A parte de la evidente contradicción que plantea el mismo Moseley, nosotros hemos discutido este asunto con lujo de detalles en otro trabajo (Bonavia 1982a: 345-346) y hemos demostrado que Macrocystis es efectivamente el alga que predomina en los yacimientos precerámicos, pero que casi seguramente no ha sido utilizada para fines alimenticios sino como combustible. En realidad sobre las algas, a nivel arqueológico, se ha hecho muy poco, pero es evidente que los géneros que se pueden utilizar para la alimentación humana (lege Acleto 1971: 13-17) no son exactamente los que predominan en los yacimientos precerámicos. Otro argumento que esgrime Moseley es la coincidencia entre el área altamente productiva del mar y la presencia en la misma de grandes yacimientos precerámicos; Pero ¿es esto real? Veamos. Moseley (1992: 21) escribió: «... alrededor de los 8°, 11° y 15° de Latitud Sur hay una productividad máxima con rendimientos del orden de 1,000 toneladas/km²/año (Walsh 1981) No es fortuito que la distribución precerámica de grandes monumentos arquitectónicos marítimos está restringida a la extensión de la costa que es aproximadamente coincidente con la máxima productividad». Ahora bien, el 8° corresponde ca. a Trujillo, el 11° a Supe y el 15° a Nasca. La pregunta que le hacemos nosotros a Moseley es: ¿cuáles son los grandes sitios precerámicos que se encuentran al Sur del río Chillón (ca. al Sur del 12° de Latitud Sur)? Ninguno. En esto Fung (1972b: 12) ha sido muy clara en señalar que los sitios monumentales precerámicos más sureños son los de la Costa Central. Y si la causa de estos desarrollos ha sido la riqueza del mar, como arguye Moseley, y si ella se extiende más al Sur de la Costa Central, ¿por qué estos grandes centros monumentales no se construyeron en la Costa Sur? Para poder explicar de alguna manera la aparición de la agricultura (nosotros preferimos el término horticultura) en la costa, Moseley (1992: 22) sugiere un modelo en el que el escenario marítimo está contra el de oasis. Esta es una pequeña variación con respecto a su primer planteamiento. En él la agricultura y la pesca son actividades separadas pero complementarias. Según esto, los dos tipos de actividades de subsistencia se separan, y ello lleva a ver a la agricultura como una adaptación que se yuxtapone con la adaptación marítima que es previa. Sin embargo, si se analiza nuevamente un poco la situación a base de datos concretos, vemos que en realidad el cuadro es otro. El hombre llega a la costa peruana ca. hacia los 8800 años a.C. y vive con la tecnología de cazador-recolector hasta ca. los 6000 años a.C. (Chauchat et al. 1992: 340), es decir en el lapso que se desarrolla la cultura Paijanense entre Lambayeque y la zona de Paracas (Chauchat et al. 1992: 365-367). Y si bien pesca, lo hace alanceando, y esa definitivamente no es una técnica de pescadores. Pero no olvidemos que en las tierras altas, en el Callejón de Huaylas por ejemplo, entre los 8000 y los 6000 años a.C. ya se utilizaba la Cucurbita y el fréjol (Phaseolus vulgaris) ya había sido domesticado (Kaplan 1980: 145; Smith 1980a: 81-82; Smith 1980b: 110-115). Y que en la costa extremo Norte entre los años 4000 y 6000 a.C. se usaba la Lagenaria (Richardson 1973: 199) y que 129 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 en la zona de Huarmey alrededor de los 5000 años a.C. ya encontramos Lagenaria siceraria y Cucurbita sp. y hacia los 4200 años a.C. Canna sp., Arachis hypogaea e Inga Feuillei (Bonavia 1996c, especialmente Fig. 2, 178). Lo que queremos decir con esto es que los hombres que bajaron a la costa ya traían consigo los conocimientos relativos a las plantas. El error que se ha cometido y se sigue cometiendo es tratar de entender la domesticación de las plantas como un evento y un fenómeno separado de la etapa de la caza-recolección. Cuando en realidad se trata de un proceso gradual y, sin ninguna duda, fueron los recolectores los primeros que, inconscientemente, comenzaron no sólo a conocer las plantas, su ciclo de vida, etc. sino inclusive los que iniciaron una selección inconsciente. Se ignora demasiado a menudo que los recolectores conocieron muchas más plantas con sus usos que los agricultores (lege Harlan 1992: 11-27). En este sentido queremos recordar las sabias palabras del profesor Harlan. El escribió: «Cuanto más se estudia la riqueza del saber sobre las plantas de los recolectores, más nos quedamos impresionados por el alcance y la cobertura de su conocimiento botánico. El hombre conoce lo que necesita conocer o aprende lo que debe, de otra manera muere. La seguridad y la estabilidad de las economías recolectoras están enraizadas, por necesidad, en una gran cantidad de información sobre las plantas» (Harían 1992: 22). Sin esa experiencia previa, sería imposible que de un momento a otro, en fechas muy tempranas como las que estamos señalando, hicieran su aparición las plantas domésticas. El proceso de domesticación ha sido muy largo. Para nosotros este cuadro muestra que fueron los mismos cazadores-recolectores que se fueron volviendo recolectores de mariscos y pescadores, los que también comenzaron a practicar en la costa una horticultura de décrue que antes habían puesto en práctica en las tierras altas. Y es interesante que el mismo Moseley (1992: 23), contradiciendo sus planteamientos, en el fondo acepta esta idea al escribir: «A pesar que la pesquería andina puede alimentar a la gente, ella no provee la fibra para las redes y los cordeles, juncos o madera para las embarcaciones, o combustible para el fuego. Entonces, la explotación del mar requiere de una infraestructura basada en los recursos terrestres, añadiéndole un componente de oasis a las adaptaciones marítimas indígenas». El cuadro nos parece muy claro. Y los datos de Zechenter (1988) que el mismo Moseley (1992: 24) señala, demuestran no sólo que tenemos la razón, sino que ponen en duda la interpretación de los resultados de los trabajos de Feldman (1980) en Aspero. A Moseley (1992: 24-25) así como a muchos otros arqueólogos, le preocupa el hecho que aparentemente haya un «overlap» entre las fechas radiocarbónicas del Precerámico final y de la Época Inicial. No se quiere entender, lo que se viene diciendo desde hace muchos años (v.g. Chauchat 1982: 659; Bonavia 1982a: 279; 1996a: 3, 30), que no se puede darle a los fechados radiocarbónicos un criterio cronológico determinante. Hay que emplearlos con la elasticidad del caso, pues ellos representan sólo un punto de un continuum que tenemos que interpretar en función de una serie de variables. Además, nos olvidamos con demasiada frecuencia que la dinámica cultural de las diversas poblaciones no es constante, y que mientras unos grupos son más conservadores otros lo son menos. Y ello hace que unos pueden emplear determinado producto mientras otros lo rechazan, sin que ello en muchos casos signifique que lo ignoren. Simplemente no lo usan. La historia humana está llena de ejemplos. Esto parecería distorsionar los hechos, pero en realidad no es así. 130 ¿Bases marítimas o desarrollo agrícola? / D. Bonavia Hay muchos otros puntos del planteamiento de Moseley que deberían ser discutidos. Por razones de espacio ello es imposible. Hemos escogido los que hemos considerado los más importantes. No cabe la menor duda, que a pesar de todo al intentar de afianzar la hipótesis de «maritime foundations» en su trabajo más reciente, en el fondo el mismo Moseley se dio cuenta que algo en el engranaje de su mecanismo no funciona. De otra manera no usaría en forma tan recurrente la palabra «especulación» (Moseley 1992: 14, 15, 17, 31, 32). Es que en verdad gran parte de su planteamiento es altamente especulativo. Nadie, insistimos, puede dudar del rol que ha jugado el mar en las sociedades prehispánicas andinas. Pero este mar, con toda su riqueza, no podía de ninguna manera ofrecerles la seguridad que les podían dar los productos agrícolas. Esta es la razón por la que una vez que las plantas domésticas se conocen, comienzan a ser usadas y se imponen rápidamente. Es cierto que según los datos actuales hay vacíos en algunos sectores costeros, en los que aparentemente los cultivos no se desarrollaron o que algunas plantas que se encuentran en unos valles no se hallan en otros. Pero, a nuestra manera de ver las cosas, ello se debe a dos hechos concretos. Y es, primero que contamos con muy pocos estudios sistemáticos sobre dieta y que además permitan de disponer de información que sea estadísticamente significativa y por ende válida. Y en segundo lugar, insistimos, la difusión de las plantas está sujeta a factores culturales que en algunos casos sirven de freno y en otros de acelerador. Y no todas las plantas han tenido la misma aceptación por parte del hombre. Recordemos dos ejemplos famosos, el del maíz y la papa. El maíz, una vez introducido en el Viejo Mundo, en una generación se había difundido a toda Europa Meridional y en dos generaciones había dado la vuelta al mundo (Mangelsdorf 1974: 1-2). Mientras que la papa que llega al Sur de Europa en la primera mitad del siglo XVI recién se difunde a Europa continental en el siglo XVIII (Kahn 1987: 99-104). No se puede negar que la agricultura en el Área Andina está sujeta a muchos fenómenos que la dificultan, tales como las sequías, las inundaciones, etc. Pero es justamente por eso que el hombre de los Andes -volvemos a decirlo- inventa muy temprano la forma de poder guardar sus cosechas y nacen los depósitos. Con ello puede enfrentarse a la naturaleza hostil. Cuando el hombre baja a la costa, encuentra un sustento importante en el mar; pero hemos visto que junto a los productos marinos por lo menos desde el sexto milenio antes de nuestra Era, comienzan a aparecer las plantas. Y en el Precerámico final, no lo olvidemos, se conocían ya prácticamente todas las plantas domésticas que encontrarán los europeos al llegar a esta parte del mundo (lege Bonavia 1991: 130). Y es en esos tiempos que se echan las bases de la Civilización Andina. En este caso la historia se repite, y en los Andes al igual que en todo el resto del mundo, en última instancia, es la agricultura la madre de la civilización. 131 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Referencias bibliográficas ACLETO OSORIO, César 1971 Algas marinas del Perú de importancia económica. Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Museo de Historia Natural “Javier Prado”, Departamento de Botánica. Serie Divulgación, no. 5. Lima. ADOVASIO, James M. & MASLOWSKI, Robert F. 1980 Cordage, basketry, and textiles. En: Guitarrero Cave. Early man in the Andes, Lynch, Thomas F. (ed.), pp. 253-290. Academic Press, New York. BENNETT, Wendell C. 1948 The Peruvian Co-Tradition. En: A Reappraisal of Peruvian Archaeology, Bennett, W. C. (ed.), pp. 1-7 (American Antiquity, vol. XIII, no. 4, part 2). Memoirs of the Society for American Archaeology. Menasha. BIRD, Robert McKelvy 1987 A Postulated Tsunami and Its Effects on Cultural Development in the Peruvian Early Horizon. 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Rowe delimitó los fines de los tiempos Precerámicos y el inicio del Horizonte Temprano, introduciendo entre ellos el nuevo estadio del Período Inicial. Es sólo a partir de entonces que se comenzó a descubrir los grandes conjuntos monumentales a los que nos referiremos más adelante y que cambiaron en forma dramática la visión que se tenía de los antecedentes de la Civilización Andina. Para poder entender bien los orígenes de la Civilización Andina, es necesario retroceder en el tiempo hasta la llegada de los primeros hombres al territorio andino, hace aproximadamente doce mil años o más. Eran las épocas finales del Pleistoceno, cuando los glaciares que alcanzaron límites inferiores más bajos que hoy se estaban retirando. El continente, además, tenía otra figura pues el nivel del mar estaba más bajo y recién comenzaba a subir. De modo que las costas eran más anchas. Alcanzaría el nivel actual recién hacia principios de nuestra Era. El clima era aún seco y frío. En las tierras altoandinas la deglaciación comenzó en el octavo milenio antes de Cristo y terminó hacia la mitad del sexto, lo que significó un aumento de la temperatura y de la humedad y una mayor pluviosidad. Pero las grandes lluvias terminaron aproximadamente a fines del segundo milenio antes de nuestra Era. En la costa el cuadro fue diferente. Pues desde fines del Pleistoceno parece que la Corriente Peruana adquirió el curso que tiene hoy con las consecuencias que son conocidas. En otras palabras, desde principios del Holoceno nuestra costa ha sido árida. El único sector que fue diferente en los tiempos de transición del Pleistoceno al Holoceno fue el noroeste que por cambios que hubo en la forma de la costa y el efecto diferente que produjo la Corriente Peruana, permitió una mayor vegetación. Pero esto terminó entre el segundo y el tercer milenio antes de la Era Cristiana. Las solas diferencias entre el cuadro actual de nuestra costa y la de aquello tiempos transicionales entre la época glacial y la postglacial fueron que los territorios costeros eran más extendidos pues el nivel del mar recién comenzaba a subir, los ríos traían más agua como consecuencia de los deshielos y la napa freática fue sin duda más alta, por eso la vegetación a 139 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 los, bordes de los valles debió ser más exuberante que hoy. Pero por el resto el cuadro no debió ser muy diferente. Dado que el hombre llegó durante esta transición climática, encontró en nuestro territorio los restos de la fauna pleistocénica, la que sin embargo se estaba extinguiendo por el cambio ambiental y hay muy pocos indicios que señalan que aquí él la haya matado. Ella desapareció por factores naturales. Si bien es cierto que por falta de investigaciones aún no se puede escribir la historia definitiva de la llegada del hombre a nuestro territorio, todo está señalando hasta hora que éste fue bajando desde el Norte por los valles longitudinales de altura media de la cordillera andina y que fue conociendo la costa a través de los valles transversales costeros, que le sirvieron como vías naturales de descenso. Estos primeros pobladores han dejado sus huellas en el Callejón de Huaylas, en la Cueva del Guitarrero y ellas corresponden justamente al momento en que el cambio climático se estaba produciendo. En la época de lluvias recogían las plantas que crecían alrededor de la cueva, sobre la margen izquierda del río Santa. Pero cuando la zona se volvía desolada y seca, los cazadores subían a las quebradas glaciares de las tierras más altas y allí cazaban. Uno de los hechos importantes que se ha podido comprobar por medio de la basura que estos hombres nos han dejado, es que desde el inicio se hizo uso de una gran cantidad de productos vegetales, pues en los estratos correspondientes al octavo milenio antes de Cristo se ha encontrado restos de rizomas, tubérculos, calabazas, frutos como la lúcuma, el pacay, ají y varias cactáceas. Pero lo que es más importante aún, es que a lo largo del séptimo milenio ya este hombre había domesticado dos especies de fréjol e inmediatamente después, entre los 6000 y los 4000 años a.C. ya estaba comiendo maíz doméstico. Obviamente no se conocían aún los canales de regadío y la siembra se hacía al borde del río, aprovechando el limo aluvial que éste dejaba al salirse de madre. Por esos tiempos otro grupo humano estaba viviendo en la cueva de Lauricocha y si bien es cierto que allí no se ha encontrado evidencias de domesticación de plantas, no cabe duda que ya se practicaba el sedentarismo y en ello pudieron haber influido de alguna manera los camélidos que tienen sentido de territorialidad. Algo semejante sucedió en el abrigo de Telarmachay, siempre en la Sierra Central, donde los arqueólogos han podido establecer que los cazadores – recolectores a partir del sexto milenio antes de Cristo comenzaron a especializarse en la cacería prefiriendo a los camélidos sobre los otros animales hasta que, en el quinto milenio, se logró la domesticación de la alpaca y probablemente de la llama. Más al Sur la ecología fue sin duda diferente, con una diversidad climática más marcada entre sequedad y humedad, entre frío y calor. Es el caso del área de Ayacucho donde hay una diferencia muy notable entre las zonas altas de las cadenas montañosas y el fondo de los valles. Allí a partir del sexto milenio antes de nuestra Era, los cazadores - recolectores se organizaron para poder explotar los recursos del desierto y del 140 Los orígenes de la civilización andina / D. Bonavia área húmeda. Fue en ésta que se hicieron los primeros intentos hortícolas con la domesticación de plantas. Mientras esto sucedía en las serranías, en la costa el cuadro era diferente. Y si bien es cierto que tenemos grandes vacíos, pues no se han hecho estudios de esta naturaleza en muchas zonas costeras, a lo largo de buena parte de la faja litoral, por lo menos entre los departamentos de Lambayeque e Ica, se desarrolló una cultura conocida por los especialistas como Complejo Chivateros. Fueron básicamente cazadores-recolectores que al bajar a la costa por primera vez, tuvieron que enfrentarse con un fenómeno para ellos nuevo: el mar. Poco a poco se adaptaron a este medio y comenzaron a utilizar los recursos terrestres y marinos. Y si bien hasta ahora no se ha podido encontrar restos vegetales entre la basura que dejaron, se puede suponer que molían algún tipo de grano, pues allí han quedado sus morteros de piedra. Uno de los errores que se comete muy a menudo es el no entender que las épocas que establecen los estudiosos de la historia, no son más que instrumentos de trabajo pero que en realidad la segmentación que se ha creado es artificial, dado que la acción humana desde que se comenzó a distinguir de la de los otros animales, es decir se convirtió en historia, es una continuidad hasta los tiempos de hoy. Y si en los textos de historia se establecen fechas y acontecimientos para definir una etapa de esta historia y separarla de otra, esto en el fondo es ficticio y desde el punto de vista arqueológico es imposible encontrar los indicios que lo señalen. Lo que es evidente es que desde que el hombre pisó nuestro territorio, si bien es cierto que tenía como actividad económica más importante a la cacería, hizo uso de productos vegetales. Lo que será muy difícil de establecer con certeza es cuándo se pasó de la recolección a la siembra. Pues bien, este encasillamiento artificial de la historia, que desafortunadamente se repite sin explicación en los colegios y hasta en los centros superiores de estudios, ha contribuido a que se perdiera la verdadera perspectiva de la realidad y algunos lectores se habrán preguntado como es posible que los cazadores-recolectores hayan tenido la capacidad de dedicarse al mismo tiempo a la horticultura, es decir a un estadio primitivo de la agricultura. Es que se ha olvidado que los hechos que llevan al hombre a descubrir la posibilidad de domesticar a las plantas, no fue un evento sino un proceso. Y un proceso muy largo. Y en esto son justamente las sociedades cazadoras-recolectoras las que jugaron un rol determinante. Sin ese sistema de vida, probablemente la historia humana no hubiera alcanzado el desarrollo que tiene. Fue a fines de 1965 que Sol Tax, uno de los antropólogos más notables del siglo pasado, convocó a una gran cantidad de expertos en un Simposio para analizar las sociedades cazadoras. Como resultado de esta reunión Richard B. Lee e Irven de Vore en 1968 publicaron un libro muy importante: Man the Hunter, El hombre como cazador1. Allí se demostró que en realidad los 1 Aldine Publishing Company, Chicago. 141 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 cazadores-recolectores hacen mucho más uso de plantas silvestres de lo que se creía. Quizá uno de los mejores ejemplos es de los Bosquimanos Kung de Bostwana, en África que fueron estudiados por Lee y que demostró que el 60% de la dieta de este grupo humano es a base de plantas. Otro caso es el de los indígenas Australianos que sabemos que han recolectado más de 400 especies de plantas que corresponden a 250 o más géneros. Jack R. Harlan, que fue otro de los grandes estudiosos de estos fenómenos, en su libro seminal Crops & Man2, cuyo primer termino es muy difícil de traducir, pues puede significar desde la recolección hasta la siembra y el cultivo y que justamente por eso es muy significativo y no tiene una contraparte exacta en castellano, ha escrito que no es exagerado afirmar que los grupos humanos cazadoresrecolectores tuvieron todos los conocimientos necesarios para practicar la agricultura y sencillamente no lo hicieron. En este sentido hay una serie de evidencias etnográficas que demuestran que algunos grupos aborígenes no solo recolectaban las plantas para utilizarlas, sino que sembraban las semillas de las plantas silvestres, como fue el caso de los indígenas de Nevada que fueron estudiados por J. Downs o los Paiute de California que según los ha descrito J. H. Steward, primero dispersaban las semillas y luego irrigaban el terreno. Pero ninguno de ellos domesticó las plantas. Es por eso que Harlan ha sido categórico en afirmar que los recolectores no sólo han sido, sino que siguen siendo «botánicos profesionales». Es que los cazadores-recolectores durante su largo deambular por más de dos millones de años por todas partes del mundo en la búsqueda de su presa, tuvieron la oportunidad no sólo de probar los frutos de muchas plantas o sus hojas y maderas para múltiples fines, sino que en forma inconsciente fueron llevando a cabo una selección de aquellos que les eran útiles, y aprendiendo a no emplear los dañinos o los que no los podían ayudar en sus necesidades. Se instruyeron también por medio de la observación - y no olvidemos que el hombre mal llamado «primitivo» es mucho más observador que el hombre de la ciudad - del ritmo estacional del crecimiento de las plantas. Y a lo largo de este proceso, se generó en forma totalmente natural una relación hombre - planta que es sin duda uno de los más grandes sucesos de la historia de la humanidad. Pues al llevar al campamento los frutos o partes de las plantas que fueron recolectando durante su faena de caza para el uso de sus familiares, las semillas encontraron en los alrededores del campamento por primera vez un terreno mucho más fértil que el natural, debido a la basura que estos hombres eliminaban. Los ancianos y las mujeres que pasaban una buena parle del tiempo en el campamento, pues las cacerías obligaban a los varones a quedarse lejos por largos períodos de tiempo, les permitieron observar el brote y el crecimiento de las plantas y asociarlos a las estaciones del año en que estos fenómenos se daban. De modo que cuando el hombre por diferentes causas, que no es el momento de discutir ahora, tuvo que dedicarse al cultivo de las plantas y a su domesticación, tenia los conocimientos rudimentarios para iniciar este proceso. Este se produjo de diferentes maneras en diversas áreas geográficas del mundo: hoy se cree que fueron por lo menos siete. Una de ellas, y sin duda entre las más importantes, el Área Andina Central. Ahora bien sólo conociendo a fondo el territorio andino se podrá entender este fenómeno, pues la movilidad de las primeras bandas debió ser muy grande y sin darse cuenta el hombre fue llevando las plantas que necesitaba de una ecología a otra. No debemos olvidar que el Perú es 2 1992, American Society of Agronomy, Inc., Crop Science Society of America, Inc.,Madison 142 Los orígenes de la civilización andina / D. Bonavia uno de los países del mundo que tiene la mayor diversidad ecológica. Leslie Holdridge que hizo uno de los estudios más importantes sobre este tema, estableció que en el mundo hay 103 zonas de vida y cuando su discípulo Joseph Tosi hizo el estudio del territorio andino, logro establecer que de éstas en el Perú había 84 y 17 de carácter transicional. De modo que en sus movimientos el hombre, en forma inconsciente, fue llevando las plantas de un medio a otro, propiciando de esta manera adaptaciones en el proceso de la domesticación. Es uno de nuestros estudios escribimos que fueron sin duda las montañas las que probablemente incentivaron este proceso. En efecto, ellas ofrecen las condiciones óptimas para la diferenciación de especies y variedades porque conservan ecotipos diversos y promueven al mismo tiempo las diversificaciones de las variedades. Las montañas, además, son excelentes aisladores, pues ofrecen diferentes rangos de condiciones variables, valles aislados, en fin todos los requisitos previos esenciales para una evolución rápida de las plantas, tantos silvestres como cultivadas. Algo de esto ya lo había intuido Nicolai Vavilov, en 1926. Pero al mismo tiempo hay que recordar que este fenómeno se estaba dando dentro de un marco geográfico en el que, al desaparecer la fauna pleistocénica, quedaron en realidad muy pocos animales grandes para cazar; básicamente cérvidos y camélidos. De modo que estos hombres que tenían una experiencia en la técnica de la caza transmitida de padres a hijos de por lo menos tres millones de años, debieron diezmar muy rápidamente la fauna que encontraron en este continente y se vieron obligados a poner en práctica esos conocimientos sobre el mundo vegetal que habían acumulado durante todo este tiempo, pero que nunca habían utilizado. Además la convivencia con los camélidos, lo hemos dicho, favoreció sin duda el sedentarismo precoz y la domesticación animal. Desde nuestro punto de vista, todo esto apoyó y facilitó el proceso agrícola que se produjo inmediatamente después. Cuando el hombre bajó a la costa debió modificar sus costumbres, pues sólo en las lomas costeras estacionales y en los bordes de los valles podía encontrar animales para cazar. Pero en los fondos de los valles, en los depósitos de limo aluvial que anualmente iban depositando los ríos durante sus crecidas, pudo comenzar a poner en práctica sus conocimientos sobre las plantas que había podido observar durante su largo vagar por el mundo. No cabe duda que al comienzo fueron pocas las plantas que empezó a usar y que los frutos que obtuvo fueron pequeños y con cosechas reducidas. Este inicio no debió ser fácil, pues las plantas que él traía consigo debían también adaptarse al nuevo medio. Esto se puede deducir a partir del análisis que se ha hecho en los yacimientos tempranos y donde se ha podido constatar que prácticamente no hay plantas costeras que hayan sido sometidas al proceso de domesticación. La mayoría provienen de los valles interandinos de altura media, algunas de las tierras altas y otras incluso de las tierras bajas de la selva. El gran geógrafo alemán Carl Troll que conoció profundamente nuestros Andes, decía que una de las más grandes conquistas de los agricultores andinos es haber sabido capitalizar estas marcadas diferencias geográficas, aprovechando al máximo las cualidades adaptativas de las diferentes plantas a los diferentes pisos altitudinales por medio de la selección y de la hibridación. Una época que no está aún clara, es justamente la que se refiere a los tiempos en los que el hombre deja definitivamente la economía de la cacería y la recolección para dedicarse a la 143 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 agricultura. En la Costa Nor-central tenemos pruebas que nos muestran cómo los grupos humanos se establecen cerca de la costa y como no tienen aún suficientes conocimientos sobre el mar ni los instrumentos para explotarlo, se dedican a recolectar mariscos, pero al mismo tiempo es evidente un inicio de la horticultura. Se comienza a ver claramente la relación que se establece entre el hombre y las plantas. Además no cabe duda que la movilidad siguió siendo muy grande y las relaciones con los grupos serranos fue continua. Este proceso sin duda fue facilitado por la geografía costera, es decir los valles transversales. Pero ellos al mismo tiempo crearon desarrollos locales, pues si bien los contactos longitudinales no fueron una barrera infranqueable, los desiertos entre los valles dificultaron las comunicaciones. Estas bandas semisedentarias que vivieron en la costa, fueron sin duda más grandes que las anteriores y por los estudios que hizo Carlos Williams sabemos que formaban varias unidades de viviendas. Los villorrios que nos han dejado presentan formas diferentes, algunos fueron dispuestos en hileras, otros en círculo o en semicírculo. Lo que es evidente es que a partir del año 3000 a.C. el proceso de cambio cultural es mucho más rápido y marcado. Para este tipo de estudios, los arqueólogos se tropiezan con ciertos problemas que son insolubles. Y para entender esto hay que recordar lo que dijimos al principio con respecto al marco geográfico y a los cambios que éste sufrió a lo largo del tiempo. Señalamos que a fines del Pleistoceno el mar comenzó a subir de nivel y hacia los años 4000/5000 a. C. estaba aproximadamente 4 m por encima del actual y alcanzó el de hoy sólo a principios de nuestra Era. De modo que este proceso ha destruido los campamentos que el hombre dejó cerca de la playa en este lapso de tiempo. Uno de los aspectos que le permiten a los arqueólogos deducir información sobre una cantidad variada de actividades, es sin duda la arquitectura, pero no tanto como elemento per se, sino la forma en la que ésta está organizada, es decir lo que los especialistas llamamos los patrones de asentamiento, cuyo estudio fuera introducido en el Perú en la década de los años 40 del siglo pasado por Gordón Willey. La transformación de los patrones urbanos en los tiempos precerámicos ha sido impresionante y dramática. Pues es en estos tiempos que apareció en los Andes una arquitectura a gran escala, que en algunos aspectos tendrá influencias incluso en tiempos posteriores y ello nos plantea un problema. Es que en realidad hasta ahora nadie ha encontrado o ha podido demostrar cuales son los antecedentes que permitieron el desarrollo de este fenómeno. No cabe la menor duda que para que tales obras pudieran surgir, se necesitó de una organización social. Para algunos estudiosos, como Fernando Silva-Santisteban (Desarrollo Político en Sociedades de la Civilización Andina, 1997)3, ello significaría la presencia de un ordenamiento estatal. No se puede negar que existió algún tipo de mecanismo social, pero bajo nuestro punto de vista no cabe aún hablar de estado, que es un fenómeno mucho más complejo y que a nosotros nos parece que las evidencias arqueológicas no indican. Conociendo el ethos de la Cultura Andina, como lo definió Luis Valcárcel, una de sus características más saltantes ha 3 Fondo de Desarrollo Editorial, Universidad de Lima. Lima. 144 Los orígenes de la civilización andina / D. Bonavia sido la sociabilidad en la manera de manejar las cosas y en su proceder. De modo que nos parece que lo que permitió el desarrollo de esta arquitectura monumental fue algún tipo de trabajo comunitario, cuyos detalles desconocemos, pero para el que no se necesitó de ninguna manera una gran organización. Que se diga que ello sirvió para echar las bases de la organización estatal que vendrá después, ello es otra cosa y es un hecho que fue así. Uno de los defectos más grandes que ha tenido y mantiene la arqueología peruana, es la de clasificar como «ceremonial» cualquier tipo de estructura de cierta envergadura y que no tiene una función muy clara, en contraposición con el carácter «utilitario» de otras. Sobre esto A. M. Hocart ha llamado la atención desde 1936 (Kings and Concillors)4 y en el caso del fenómeno andino, la arqueología le ha dado la razón, pues se ha demostrado que la gran mayoría de las grandes estructuras que vemos a lo largo de la costa, en realidad combinaban de alguna manera la función secular y la religiosa, que además debió ser manejada por personajes que investían ambos cargos. Si bien no hay prueba de ello, es de suponer que en los tiempos precerámicos sucedía lo mismo. Cuando en 1968 conjuntamente con Richard Schaedel hicimos un análisis de los patrones de urbanización incipiente en el Área Andina («Patrones de urbanización incipiente en los Andes Centrales y su continuidad)5 escribimos que hay dos tendencias básicas en los grupos humanos: la concentración o la dispersión. Generalmente estos fenómenos van ligados a la ecología. En el caso de los Andes Centrales las manifestaciones más tempranas de urbanización muestran diferentes preferencias, pero ellas están relacionadas con la transformación de un fenómeno que aparece muy temprano en nuestro territorio, es decir la concentración cíclica de los cazadores-recolectores nómades. Y la resultante es la concentración residencial. Ello fue condicionado por la subsistencia existente en un territorio que les permitía a estos grupos humanos de quedarse en un solo nicho ecológico la mayor parte del tiempo de un año. En la costa se pueden ver por lo menos dos tradiciones. Una en la parte Nor - central que tiene sus núcleos públicos que son autónomos y que tienen sus villorrios establecidos alrededor y la otra en los sectores Meridional y Septentrional donde vemos villorrios aislados, pero carentes de edificios públicos. Sin embargo entre éstos hay una diferencia muy importante. Y es que mientras el sector Norte recibe las influencias innovadoras de la Costa: Nor-central, el sureño se mantiene aislado y muestra atraso con respecto al resto. A pesar que los estudios de la arqueología precerámica han sido relegados y hay pocos arqueólogos que se dedican a este tema, en la actualidad se conocen por lo menos cincuenta yacimientos correspondientes a la época Precerámica final, que es justamente cuando se desarrolla el fenómeno que estamos tratando- Es decir, nos referimos a un término de tiempo que se extiende aproximadamente entre los 2500 y los 1800-1500 años a.C. Carlos Williams ha hecho un análisis de la arquitectura de estos tiempos («Arquitectura y urbanismo en el antiguo 4 5 Edición de 1970. University of Chicago Press. Chicago. En: Asentamientos urbanos y organización socioproductiva en la historia de América Latina. Ediciones Siap. Buenos Aires. pp. 15-38 145 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Perú»)6 y ha podido formar dos grandes grupos. Uno con viviendas que están agrupadas pero que no tienen vinculación con el montículo o la plataforma monumental que incluso puede estar separada y lejos. Sería el caso, por ejemplo, del conocido sitio de Bandurria en la Costa Central. Y otro donde las construcciones se encuentran sobre terrazas artificiales, construidas con piedras, sobre las laderas de los cerros, como por ejemplo en Salinas de Chao en la Costa Norte o en Culebras en la Nor-central. En este segundo grupo hay algunos sitios que son muy elaborados y nos muestran una gran complejidad formal. Áspero, en las cercanías de Supe, es uno de estos yacimientos y Williams piensa incluso que pudo existir alguna forma de planificación que permitió integrar los grandes centros monumentales de carácter público con las zonas de viviendas. Un sitio parecido fue el de Chupa Cigarro, siempre en la misma zona. La dispersión de estas construcciones monumentales es muy amplia, pues va prácticamente desde el valle de Moche por el Norte hasta el de Mala por el Sur, es decir a lo largo de por lo menos 600 km. Si se hace un análisis de conjunto, se ve que hay una gran diversidad formal, lo que se puede interpretar como reflejo de diversas tradiciones culturales que se mezclaron en los tiempos finales del Precerámico. Todas estas variantes no han sido bien estudiadas, por eso nos referiremos a dos de ellas, que han sido analizadas por Williams. Una es la que se compone de una pirámide escalonada con un pozo circular dentro del conjunto. Estas edificaciones estuvieron en función desde los 3000 años antes de nuestra Era y se siguieron construyendo hasta el primer milenio d.C. a lo largo de la costa, entre los valles de Moche y Mala pero también en lugares de la sierra. Quizá entre los ejemplos más significativos están los de Piedra Parada y Chupa Cigarro en el valle de Supe. La otra es la de los grandes complejos en forma de U, es decir con un cuerpo central y dos brazos laterales. Es probable que estuvieron vinculados con ritos agrícolas, aunque no es seguro. Hasta ahora todo parecería indicar que se originaron en el valle del Chillón y luego se fueron difundiendo hacia el Norte hasta el valle del Moche y hacía las serranías. Se inician alrededor del año 2000 a.C. pero se prolongan hasta los tiempos del Horizonte Temprano. Uno de los sitios más importantes con esta influencia es el de Chavín de Huántar que a lo largo de sus varias refacciones mantiene la clásica forma de U. Pero el sitio precerámico más impresionante de esta categoría es sin duda El Paraíso, en el valle del Chillón. Se ha calculado que para su construcción se ha utilizado aproximadamente 100.000 toneladas de piedras. Desafortunadamente de estos tiempos no sabemos casi nada desde el punto de vista de la organización social y de la religión. Esta es una de las grandes limitaciones de la arqueología. Y de los territorios altoandinos conocemos menos aún, pero en este caso por falta de investigaciones. Hacia finales de los tiempos precerámicos en la Costa Norcentral surge una tendencia innovadora, que Edward Lanning denominó Complejo Culebras. Sus manifestaciones se conocen hasta ahora desde los valles de Culebras por el Norte y el de Supe por el Sur. Se trata de una serie 6 En: Historia del Perú, Vol. VII. Editorial Juan Mejía Baca. Lima. pp. 367-585. 146 Los orígenes de la civilización andina / D. Bonavia de yacimientos situados cerca de la línea costera o en las faldas de los cerros vecinos. En algunos casos están a los bordes de los valles, pero en otros en las zonas desérticas que los separan. Es en estos yacimientos que hemos encontrado los primeros depósitos para alimentos, los más antiguos que se conocen en América. Fueron hechos fundamentalmente para almacenar maíz, con un método muy particular, es decir cubriéndolo con arena en hoyos especialmente preparados. El mejor ejemplo es el de Los Gavilanes cerca del valle de Huarmey. Varios de estos sitios, como el de Culebras en el valle homónimo, o el de Los Gavilanes que ha sido mencionado, o el de Áspero en Supe, han sido bien estudiados y el análisis de sus restos nos revelan que si bien una parte de la dieta de sus habitantes se basaba en productos marinos (desde moluscos hasta mamíferos) sus pobladores ya hacían uso de una cantidad importante de plantas cultivadas, entre las que cabe mencionar la achira, el palto, el maní, el fréjol, la yuca, el camote, la papa y el maíz. Además utilizaban dos animales domésticos: el cuy y la llama. Esta última no sólo para fines alimenticios, sino también para el transporte. Este fenómeno se dio entre el tercer y el segundo milenio antes de nuestra Era. En las zonas serranas hubo grandes variaciones regionales, sin embargo hay un fenómeno cultural común y es que se siguió con el proceso de domesticación de las plantas. En algunos casos se continuó viviendo en las cuevas, en otros en campamentos al abierto. Pero en todos ellos es notorio el cambio de una economía cazadora-recolectora a otra agrícola-pastoril. Pues bien, si analizamos en conjunto todo este proceso que hemos trazado en forma muy superficial desde la llegada del hombre al Área Andina hasta el principio de la Era Cristiana, se nota claramente un desarrollo continuo de cambios con la aparición de una serie de elementos innovadores. Son todos ellos los que forman la base sobre la que nacerá lo que venimos llamando la Civilización Andina. En este punto es importante definir, para evitar confusiones, que es lo que entendemos por civilización. Pues éste es un término que se confunde muy a menudo o se interpreta en forma equivocada. Es interesante señalar al respecto que Fernando Silva-Santisteban («Inconsistencia y confusión en el ‘Estudio de la Historia’ de Arnold Toynbee», 1964)7 ha observado que hasta Arnold Toynbee uno de los más grandes historiadores de nuestros tiempos (Estudio de la Historia, 1959)8 es impreciso y contradictorio cuando emplea los términos cultura y civilización. La cultura es el conjunto de conocimientos, en el sentido más amplio de la palabra, que el hombre recibe por transmisión de generación en generación y se la traspasa a sus descendientes. Es en el fondo el mecanismo artificial que se ha creado y que nos permite vivir dentro de un medio natural. Antes se creía que sólo el hombre es creador de cultura, hoy sabemos que no es así y que hay ciertos animales que también desarrollan este fenómeno que, y sobre esto hay que insistir, no se trasmite por herencia biológica, sino por transmisión de padres a hijos. La diferencia entre el hombre y los animales es que aquel ha podido desarrollar el fenómeno de una forma más compleja que ningún otro animal, hasta donde sabemos, ha logrado. 7 8 Suplemento Dominical, El Comercio, Lima 19 de enero. pp. 4 (Compendio; 2 Volúmenes). Emecé Editores, S.A. Buenos Aires. 147 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Pues bien, la civilización, que se origina en la palabra del latín tardío civilitas, se refiere a una comunidad organizada y que tiene su vida controlada por normas establecidas y con un nivel cultural ya desarrollado. Llega a su estadio máximo cuando se comienza a vivir en ciudades. En otras palabras, desde el punto de vista antropológico, no es más que un grado superior de cultura, que puede tener sus inicios antes que aparezcan las ciudades, como bien lo dijo SilvaSantisteban, pero éstas necesariamente tienen que aparecer en sus últimos estadios. No es pues un fenómeno que una sociedad puede producir en un momento, sino un proceso largo. Por eso Toynbee en su libro Civilization on Trial publicado en 19489, dijo que la civilización es un movimiento y no una condición, un viaje y no un puerto. En función de esto, y en el caso concreto de nuestra historia ¿qué es lo que produjo el cambio que permitió que la sociedad pasará al estadio de la civilización? La idea tradicional, aceptada en nuestro medio por mucho tiempo, ha sido que al producirse el cambio de la vida nómade a la sedentaria, se comenzó a practicar la agricultura y eso condujo al nacimiento del fenómeno estatal y con él a las sociedades complejas con todas sus consecuencias. Pero por el año 1960, Edward Lanning que estaba llevando a cabo investigaciones en nuestro territorio, fundamentalmente en la costa y con énfasis en los tiempos Precerámicos, lanzó la idea que el factor que pudo iniciar la producción del gran cambio fue la riqueza del mar peruano. Él lo planteó en forma hipotética y sin dejar de reconocer la importancia del fenómeno agrícola. Posteriormente Rosa Fung retomó la idea hasta que ella fue reelaborada en 1975 por Michael Moseley, quien ha pretendido convertirla en un axioma, a pesar de no haber llevado el análisis de la problemática a fondo. Lo que Moseley propuso es que al llegar los grupos humanos a la costa encontraron en el mar tal riqueza para su sustento económico, que no necesitaron desarrollar mayormente sus conocimientos agrícolas y ello los llevó al sedentarismo. La abundancia de proteína, que habría sido dada fundamentalmente por la anchoveta, habría sido la causante de un aumento demográfico y como consecuencia de ello a la concentración de población en grandes centros, como una organización compleja que al final habría originado el nacimiento de la civilización. Admitió Moseley, sin embargo, que en un determinado momento estas sociedades necesitaron de la producción agrícola y para explicarlo propuso dos modelos. Uno de ellos habría sido que al producirse el aumento demográfico como consecuencia de la explotación exitosa del mar, éste habría sido tan violento que rompió el equilibrio sostenible y que los productos marinos ya no podían abastecer a la sociedad, la que se vio obligada a recurrir a la agricultura. En el segundo caso los causantes de este cambio habrían sido una serie de cambios culturales, que sin embargo no pudieron ser explicados en función de subsistencia y demografía. Para Moseley y sus seguidores, la pesca habría sido el amortiguar del estado emergente y cuando la sociedad se volcó a la producción agrícola con el consecuente regadío de los campos de cultivo, entonces se habría pasado al control totalitario de un grupo que controlaba este proceso. 9 Edición en español de 1960, La Civilización puesta a prueba, Emecé Editores. Buenos Aires. pp. 47 148 Los orígenes de la civilización andina / D. Bonavia Es interesante que cuando Moseley escribió su libro en 1975, no tomó en cuenta para nada a los ambientes serranos, trató el tema como si el territorio peruano hubiera sido exclusivamente costeño. Cuando diez años después, en 1985, reexaminó sus planteamientos, allí ya consideró las serranías, señalando como se producían intercambios de productos. Y entonces propuso que una vez que se originó el primer empuje cultural inicial de las sociedades costeras, básicamente comunidades pescadoras como hemos dicho, ellas se vieron obligadas a cultivar las plantas y para ello fueron ocupando las partes altas de los valles, mientras mantuvieron sus grandes centros ceremoniales y administrativos en las parte bajas. Con este intercambio, la costa habría proveído a estas sociedades abundante cantidad de proteínas, pero les habrían faltado los carbohidratos. Son éstos que habrían sido obtenidos por medio del canje con los productos agrícolas serranos, en cambio del los costeros, ya que en las tierras altas habría faltado básicamente yodo y sal. A raíz de estas relaciones es que los conocimientos sobre las construcciones monumentales se habrían difundido a lo largo de las serranías. No cabe la menor duda que la hipótesis era atractiva y de haber sido comprobable hubiera sido original, pues hasta ahora en la historia de la humanidad no se conoce ni una sola sociedad que haya logrado el estadio de la civilización de esta manera. En todos los lugares del mundo donde se logró este estadio, pues no todas las sociedades lo han alcanzado, lo que lo permitió ha sido la agricultura. El planteamiento de Moseley gustó y la gran mayoría de arqueólogos lo aceptaron sin hacer un análisis crítico, pero sobre todo sin hacer un control de las ideas de éste con los datos que nos daba la arqueología. Sin embargo algunos fueron escépticos y se dieron cuenta que gran parte de los planteamientos de la Marítime Fundation of Andean Civilizatión10, como se le conoce entre los especialistas y que es el título del primer libro de Moseley, eran aseveraciones sin ningún sustento en datos reales y que incluso tenía graves contradicciones. Los que demostraron que esta teoría no tenía sustento fueron Alan Osborn, David Wilson, Raymond Scott y el que escribe. Sería muy largo tratar el asunto en detalle, pero sólo para que el lector se de cuenta expondremos algunas ideas que bastan para demostrar que Moseley estuvo equivocado. En primer lugar las relaciones costa-sierra existieron siempre, desde que el hombre llegó al territorio andino hasta la llegada de los españoles y siguió después. Este intercambio se hizo mucho más efectivo en los tiempos del Precerámico final, pero contra las ideas de Moseley fue la costa la que recibió más productos de la sierra que al revés. Bastará mencionar que plantas originarias de la Ceja de Selva, como la yuca, ya se encuentran en la basura de los yacimientos costeños de los últimos tiempos precerámicos. Por otro lado, el cultivo y el sedentarismo en el Perú no van juntos (como además en muchas otras partes del mundo). No olvidemos que los cazadores - recolectores que acababan de llegar al Callejón de Huaylas y que recién estaban practicando un sedentarismo muy incipiente, ya estaban practicando la horticultura (término que usamos —insistimos— para definir una agricultura inicial, sin mayores conocimientos tecnológicos). 10 1975. Cummings Publishing Company, Menlo Park 149 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Por otro lado la pesca no es un factor válido para justificar el sedentarismo. Ya los hombres del Complejo Chivateros, los primeros que bajaron a la costa, estaban explotando el mar en forma rudimentaria y no fueron sedentarios. La información arqueológica, por lo menos la que tenemos hasta ahora, nos está demostrando que cuando este fenómeno se da, junto con los productos marinos ya tenemos una serie de plantas que juegan un rol importante en la economía de entonces. Quizá el factor demográfico podría ser el único en el que podría tener cierta razón Moseley, pero esta información a nivel arqueológico es la más endeble. No porque ella no se pueda obtener, sino porque para lograrlo se necesita de investigaciones completas de yacimientos con sus respectivos cementerios y esto prácticamente no se ha hecho en el Perú. Tan es así que, cuando varios autores trataron de hacer un estimado de habitantes para los tiempos precerámicos, la cifras que se obtuvieron fueron sumamente alejadas las unas de las otras. Los estudios que hemos hecho de los restos alimenticios de los yacimientos precerámicos y que han sido analizados por especialistas en nutrición, han demostrado que la dieta ha sido completa y que el desbalance planteado por Moseley no tiene sustento. Y esto ha sido corroborado con los análisis de los coprolitos humanos que se han encontrado en los mismos yacimientos. Lo que tampoco ha explicado Moseley, es por qué el gran desarrollo de los tiempos precerámicos se dio en la Costa Norte y la Central más no en la Sur. ¿Es que el mar no ha tenido la misma riqueza a lo largo de todo el litoral? Y tampoco hay que olvidar que nuestro mar de pacífico tiene sólo el nombre. Y esto lo saben los pescadores y los marisqueros y todo el que tenga un poco de experiencia en estas tareas. Y definitivamente con la tecnología de los tiempos precerámicos, si bien es cierto que el mar podía explotarse, no le daba al hombre la tranquilidad que le pudieron proporcionar los productos agrícolas, sobre todo cuando aprendió a almacenarlos. Y finalmente, hay que señalar el que ha sido el factor más importante de error de Moseley y sus seguidores. Ellos se engañaron con la gran cantidad de restos de moluscos que se encuentran en la basura de los yacimientos precerámicos, pero no se tomaron el trabajo de convertir el peso de la concha en el de carne. Y cuando eso se hace se llega a la conclusión que las cantidades disminuyen en forma impresionante. Mientras que los restos de los productos vegetales llevan fácilmente a engaño, pues se destruyen con facilidad, son llevados por el viento o fueron quemados. Todo indica, pues, que en el caso peruano al igual que en el resto del mundo la base fundamental de la civilización ha sido la agricultura. Y para entender mejor esto, bastará con hacer una revisión rápida de la lista de plantas que ha utilizado el hombre en nuestro territorio, mirándola con una perspectiva temporal. Aproximadamente hacia los 8000 años a.C. en las serranías aparecen la oca, el ají, probablemente el olluco, el pacay, la lúcuma y el fréjol. Entre esa fecha y los 6000 años antes de nuestra Era ya se usa el pallar, el zapallo y el maíz. Y más tarde, entre los 2500 y 1500 años a.C. aparece la achira. En la costa la primera planta probablemente cultivada es el mate, entre los 6000 y 4200 años a.C. Pero a partir de esta fecha y hasta los 2500 años a.C. ya se emplea el maíz, la 150 Los orígenes de la civilización andina / D. Bonavia palta, el pacay, la yuca, la guayaba, el ají, dos especies de zapallos, la lúcuma, la achira y una planta que si bien no es alimenticia es de gran importancia, el algodón. Posteriormente ya se ha domesticado la chirimoya, la canavalia que es una leguminosa parecida al fréjol, la jíquima, el pallar, el fréjol, dos especies de ají, el camote, el olluco, la oca y la papa. Es decir, que hacia fines de los tiempos precerámicos el hombre andino había domesticado prácticamente todas las plantas que utilizará a lo largo de su historia y que encontrarán los conquistadores europeos. No hay que olvidar —lo hemos dicho— que en el mundo hoy se considera la existencia de siete lugares en los que en forma independiente se ha producido el proceso de domesticación de plantas y animales y los primeros intentos hortícolas, y que los Andes Centrales es uno de ellos. Insistimos que esta lista de plantas se basa en evidencias muy concretas, es decir las halladas en la basura, pero ello se confirma también con lo que se ha podido detectar en lo coprolitos, es decir en los restos fecales de aquellos tiempos. Si a este inventario de plantas añadimos los animales a los que nos hemos referido anteriormente, no cabe la menor duda que los pobladores de aquellos tiempos tenían una dieta balanceada y que no hay la deficiencia de carbohidratos, tal como pretende Moseley. Hay que señalar también, que con los estudios que hemos hecho a lo largo de muchos años en la zona de Huarmey más la información que se tiene de otras investigaciones, se ha demostrado que para poder llevar a cabo estos primeros cultivos, no fue necesario el uso de canales de regadío como se ha pretendido. Bastaba utilizar el limo aluvial que dejaba la estacional salida de madre de los ríos costeños y serranos. Los arqueólogos han utilizado la aparición de la cerámica como un marcador cultural para separar, con fines metodológicos, el Período Precerámico y el Período Inicial, fenómeno que sucede entre el año 1800 y el 1500 antes de nuestra Era, ya que la cerámica no se encuentra en el mismo momento en todo el territorio andino central. Pero lo que es importante señalar, es que en realidad este nuevo instrumento, probablemente venido del Norte no se sabe bien si de Colombia o de Ecuador, en verdad no significa un cambio cultural importante en las poblaciones de nuestro territorio. En realidad sigue la vida de los tiempos precerámicos, sólo que los diferentes desarrollos culturales se enriquecen, apareciendo algunos nuevos. Por ejemplo se comienzan a utilizar los primeros canales de regadío, se inicia una tendencia más marcada hacia el regionalismo (eso se nota sobre todo en la arquitectura), se empieza a concretar un sistema de creencias más desarrollado que alcanzará mayor fuerza durante el Horizonte Temprano (entre los 900 y los 200 años a.C.) y que principiará a difundirse a lo largo del territorio en una forma pacífica. Pero sobre todo se comenzará a desarrollar nuevas soluciones tecnológicas con la finalidad de independizarse siempre más de la naturaleza para no depender de ella. Si bien tenemos que admitir que este panorama es bastante bien conocido para la costa, lo es mucho menos en las tierras altas, donde faltan mayores investigaciones. Por lo que sabemos en términos generales, tanto en la Sierra Norte como en la Central se ha dado un proceso parecido al costeño, mientras que en los otros lugares siguió el mismo sistema de vida de los tiempos precerámicos. El proceso en la Sierra Sur no es claro, pero parece que en la zona del Altiplano hubo una mayor organización. 151 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Hemos señalado en términos generales lo que para los antropólogos significa el término civilización, pero es claro que ello tiene una fuerte influencia teórica y como la diferencia entre cultura y civilización no es cualitativa sino solo de grado, se podrá deducir que las civilizaciones son ejemplos especiales de cultura. De modo que hay muchas maneras de definir la civilización y ello depende no sólo de los criterios que utilicemos, sino también del área del mundo a la que nos queramos referir. Durante mucho tiempo hubo una tendencia en la arqueología, de tratar de llevar las investigaciones al análisis socio-cultural, sobre todo por las tendencias marxistas que estaban en boga. Así se trató de aplicar la teoría marxista a la arqueología, siguiendo el criterio de que para que haya progreso tecnológico debe existir un superávit en la producción para que se pueda producir el intercambio de productos. Este aumento llevaría a ciertos tipos de facilidades para la sociedad que lo lograra y éstas, en vez de ser utilizadas para usos prácticos, lo serían para lograr comodidades. Naturalmente éstas sería aprovechadas por el grupo que manejaba el poder, es decir por una clase que se valdría de estos beneficios a costa de los trabajadores que los generaron. De allí nacería el estado como ente coercitivo para proteger a los pudientes de la gran mayoría de los pobres. Como bien lo señaló Elman Service, no hay ninguna evidencia en las civilizaciones tempranas, ni en las así definidas jefaturas arqueológicas o históricas conocidas y en los estados primitivos, de la existencia del capitalismo. Hay intercambio, reciprocidad primitiva y redistribución compleja de la riqueza, pero no existen lo que hoy definiríamos como empresarios. Es una burocracia que mantiene un status, pero para sostenerse a si misma. El arqueólogo que mayormente trabajó en esta línea y que tuvo mucha influencia sobre los colegas a nivel mundial, fue sin duda Gordon Childe. Hay que aclarar que él utilizó fundamentalmente las evidencias que en ese entonces se tenían para el Oriente Medio. A nuestro juicio él tuvo dos categorías de seguidores. Aquellos que trataron de ver, analizando los datos de su realidad, si el modelo era aplicable. Y otros que simplemente por ser marxistas y siendo el modelo de esa tendencia, lo aplicaron a ciegas y en forma dogmática, y sin ningún asidero científico. Quizá uno de los casos más típicos ha sido el del Perú. Pues bien en su trabajo seminal de 1950, «The Urban Revolution»11 Childe estableció diez criterios para lo que él definió «la revolución urbana». Pero antes de tratar este asunto debemos definir qué entendemos por urbano. Se han dado muchas definiciones, para los efectos del caso nos basaremos en uno de los últimos estudios que se han hecho sobre la materia. No referimos al de Charles Keith Maisels en su libro The Emergence of Civilization, publicado en 199012. Él dice que urbana es una población suficientemente numerosa y nucleada de modo que las relaciones sociales de producción cambiaron para expresar los principios de la interdependencia que surge de una apretada proximidad (en realidad él emplea el término synoecism, difícil de traducir literalmente) por sí misma, la expresión emergente de lo que es la cristalización del gobierno. A su vez, el gobierno se manifiesta él mismo como estado por medio de la administración basada en la escritura, más los edificios monumentales que representan la profesionalización de 11 12 Town planning Review, Vol. 21, Nº 1. pp. 3-17. Routledge. London. Ver pp. 155. 152 Los orígenes de la civilización andina / D. Bonavia la fuerza ideológica, económica y armada. Concluye el autor diciendo que no es coincidencia que las primeras formas de ciudad o de lo que estamos definiendo como estado, hayan tomado la forma de ciudades-estado. Hay que añadir que él también trabajó con las sociedades del Cercano Oriente, pero en términos generales la definición es válida, si no se toman en cuenta algunos detalles al momento que se trata de aplicar el modelo a otra realidad, como por ejemplo el de la escritura en el caso andino. Volviendo a la propuesta de Childe. Él escribió que la denominación de centros urbanos se refiere a aglomeraciones muy grandes de gente, que él calculó entonces entre siete y veinte mil personas. Los residentes en las ciudades eran especialistas a tiempos completo y el superávit que ellos producían era controlado por el gobierno. En estos centros se construyeron grandes edificaciones monumentales que fueron los símbolos de la concentración del superávit. Para que este sistema pueda desarrollarse y mantenerse, se necesita una clase dirigente con líderes civiles y militares y para el control de la producción y todo lo que ella conlleva, debe existir un sistema de escritura y de numeración. Todo esto genera el inicio de una serie de conocimientos y adelantos científicos como la aritmética, la geometría y la astronomía. Al mismo tiempo nace un arte sofisticado. Con esto ya se puede iniciar un intercambio de productos a grandes distancias. Pero lo fundamental es que para que toda esta secuencia de hechos se cumpla, debo existir una forma institucionalizada de organización política basada en la fuerza, y ese es el estado. Este planteamiento ha tenido acérrimos defensores pero también duros críticos. Nos referiremos solamente a algunos que han analizado el asunto en función de nuestra realidad. En 1960 se realizó una reunión en la que se juntaron los más connotados especialistas en la materia para discutir el proceso seguido por las diferentes sociedades humanas hacia la vida urbana. Los resultados fueron publicados en 1962 en un libro titulado Courses Toward Urban Life13. Uno de los participantes fue Donald Collier, quien examinó los diez criterios childianos tratando de aplicarlos a la cultura peruana, por supuesto con los datos que se tenían en la época, y llegó a la conclusión que sólo la mitad de ellos podían ser identificados en los tiempos que hoy llamamos del Horizonte Temprano y el resto a lo largo del lapso que va desde el Horizonte Medio hasta el Horizonte Tardío. En la misma reunión participaron Robert Braidwood y Gordon Willey. Ellos hicieron un balance comparativo entre las culturas que se desarrollaron en el área de Mesoamérica y en la Andina y concluyeron que en los tiempos que discurren entre la agricultura practicada por la gente que vivía en villorrios y el umbral de la civilización, las configuraciones ecológico-culturales de estas áreas fueron similares. Cada una de ellas tuvo variaciones regionales naturales dentro de un cuadro de un área mayor y las regiones estuvieron yuxtapuestas. Las culturas regionales se formaron en varios ambientes. En cada área hubo intercomunicación regional y un estímulo que fueron los que promovieron el crecimiento cultural. Bajo estas condiciones de regionalismo cultural, tanto Mesoamérica como el Perú alcanzaron el comienzo de la civilización y el urbanismo. 13 Aldine Publishing Company. Chicago. El capitulo de Donald Collier lleva por titulo: “The Central Andes”. pp. 165-176. El de Robert Braidwood y Gordon Willey, “Conclusions and Afterhoughts”, pp. 330-359. 153 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Los autores son enfáticos en afirmar que no fue antes que esto sucediera que el regionalismo de cada área fue roto por un fenómeno nuevo, el inicio de intentos imperiales sobre grandes áreas. Varios arqueólogos estuvieron de acuerdo con estos planteamientos, como Duncan Strong, Donald Lathrap y John Ford. Sin embargo años después Elman Service, discrepó con esta posición, que a nosotros tampoco nos parece ceñirse a las evidencias. Pero lo que creemos que es importante, es que después de haber hecho este análisis de la situación, Braydwood y Willey se plantearon una pregunta que es muy significativa y que habla por si sola: ¿Habría Gordón Childe encontrado correcta la definición de «revolución urbana» si hubiera entendido más completamente las evidencias del Nuevo Mundo? Definitivamente no, pues como acertadamente lo dicen estos dos especialistas, los procesos andino y mesoamericano son muy diferentes de los del suroeste de Asia, de la India y de China. Y uno de los investigadores que ha tratado el asunto con más profundidad han sido Elman R. Service, en su obra de 1975 Origins of State and Civilization14. Después de haber analizado también las culturas mesoamericana y la andina, pone en duda la mayoría de las importantes implicancias de la formulación childiana de la civilización. Además, ha demostrado fehacientemente que en términos generales el nacimiento de las civilizaciones no ha tenido como fundamento el origen del estado. Los seguidores de la escuela marxista han tratado de implantar las ideas de Childe en el análisis de la Cultura Andina y fueron unos cuantos los que, como el que escribe, no la aceptaron. Y como remaban contra la corriente de los tiempos tuvieron muy poco eco. Hoy con los cambios que se han producido y con el fracaso de la ideología marxista, las cosas han cambiado y los problemas se están analizando desde un punto de vista científico, sin el dogmatismo al que estuvieron sujetos los que seguían esas creencias y que les obligaba a rezar el rosario en forma unitaria: agricultura- sedentarismo- cerámica-arquitectura monumental con todo el contenido social y político que el esquema pre-establecido les imponía. En el Perú el que introdujo estas ideas fue Emilio Choy, allá por el año 1959 con su trabajo «La revolución neolítica en los orígenes de la civilización americana»15. Pero es importante señalar que él fue consciente del problema y fue cauto y crítico sobre este punto y aceptó sólo parte de la tesis de Childe. El que siguió y difundió posteriormente estas ideas fue Luis Guillermo Lumbreras, pero él sí en forma dogmática. Las encontramos en muchos de sus trabajos que fueron fundamentalmente teóricos y sin sustento en investigaciones de campo (v.g. La Arqueología como ciencia social, 1974)16. Aquí hay que hacer una aclaración en honor a la verdad y en memoria de Gordón Childe, que fue sin duda uno de los más grandes arqueólogos del siglo pasado. Él planteó sus ideas investigando a base de la evidencia histórica de Mesopotamia, Egipto y las civilizaciones del río Indo y luego trató de entender cómo este proceso influyó sobre el nacimiento de la civilización 14 15 W.W. Norton & company, Inc. New York Ver su Opera Omnia en dos volúmenes publicada por la Universidad Nacional de San Marcos 1979 (Vol.1) y 1985 (Vol.2). El articulo en cuestión esta en el Vol. 1, pp. 122-188. Ver especialmente la pág. 151, Nota 17. Ediciones Histar. Lima. 16 154 Los orígenes de la civilización andina / D. Bonavia en Europa. Pero Childe jamás pretendió y no consta en ninguno de sus numerosos escritos, que sus ideas fueran aplicadas a otras partes del mundo. Es más, sólo en una oportunidad, concretamente en su artículo de 1950 «The Urban Revolution», menciona tímidamente y en forma muy breve a los Maya de Mesoamérica. El término Sudamérica no existe en sus escritos, de modo que los que trataron de imponer sus ideas para el Área Andina Central no sólo lo hicieron sin conocimiento de causa, sino incluso dañando la memoria del que pretendieron que fuera su maestro. En 1975 Service ha tratado de ver si las ideas childianas podían ser aplicadas para explicar concretamente los orígenes de la Civilización Andina. Cuando él lo hizo faltaban aún muchas evidencias sobre los tiempos precerámicos que tenemos hoy. Posteriormente, en 1994 nosotros hemos analizado el asunto en una conferencia que justamente lleva por título «Apuntes sobre los orígenes de la civilización andina» y que fue publicada en 199617. Al final hemos llegado a la conclusión que cuando Service dijo que los principios childianos no se daban en el Perú, definitivamente tuvo la razón. Resumiremos brevemente nuestras conclusiones que nos llevan a creer que si se trata de aplicar los principios childianos, saltan a la vista una serie de contradicciones que son evidentes. En primer lugar en nuestro caso los centros urbanos, es decir el concepto de ciudad, aparece recién en el Período Intermedio Temprano, es decir entre los 200 años a.C. y los 500 años d.C. Esto lo dejó entender John Rowe desde 1963 en su artículo «Urban Settlement in Ancient Perú»18. Recientemente Ruth Shady, Jonathan Haas y Winifred Creamer han publicado el artículo ‘’Dating Caral, a Preceramic Site in Supe Valley in the Central Coast of Perú»19, en el cual sostienen que Caral (nombre nuevo atribuido al sitio que desde que Paúl Kosok lo descubrió en 1948 conocemos como Chupa Cigarro) es una ciudad que tiene una antigüedad de 2360 años a.C. Se ha olvidado que el concepto de ciudad, que ha sido muy bien definido en términos generales por Bruce Trigger en 197220, es un complejo centro ceremonial, administrativo, económico y en muchos casos defensivo. Y que para que ello exista debe darse esa característica muy compleja que definimos planificación. De manera que es un sistema político desarrollado el que hace posible la existencia de una ciudad y no viceversa. Además hay que ser conscientes que el concepto de ciudad, entendido en términos occidentales, no puede ser aplicado a la realidad prehispánica americana. Cuando en 1953 un grupo de especialistas se reunió para discutir estos problemas, uno de ellos Ralph Beals («Discusión: El Symposio sobre las Civilizaciones del Regadío»)21, hizo una 17 18 19 20 21 Revista del Museo de Arqueología, Antropología e Historia, 6, Universidad Nacional de Trujillo, Facultad de Ciencias Sociales. Trujillo. pp. 7-30. Ñawpa Pacha, 1. Berkeley. pp. 1-27. 2001. Science, Vol. 292, Nº 5517. Washington. pp. 723-726. “Determinants of Urban Growth in Pre Industrial Societies”. En: Meter J. Ucko, Ruth Tringham y G.W. Dimbleby, editores. Man, Settlement and Urbanism. Duckworth. London. pp. 575-599. 1955. En: Las Civilizaciones Antiguas del Viejo Mundo y de America. Union Panamericana. Washington, D.C. pp. 55-59. 155 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 serie de preguntas que es importante recordar. ¿Cuando una aldea se transforma en villa, una villa en un pueblo, y cuándo aparece el poblado urbano? Para poder hacer estas diferencias ¿bastará utilizar un entero simple, como el del tamaño por ejemplo, hay que pensar en una mezcla de tamaño con y densidad poblacional, o hay que emplear otros criterios? Pues Beals, y con razón, decía que un poblado grande y denso, pero con características indiferenciadas podría ser simplemente un pueblo grande, mientras que un poblado más pequeño pero con funciones diferenciadas, podría ser un lugar urbano. Es por eso que Jorge Hardoy en 1964 en su importante libro Las Ciudades Precolombinas (publicado posteriormente [1973] en edición ampliada y revisada, The Procolumbían Cities)22 en función de la realidad americana ha establecido diez criterios para poder determinar si un centro urbano es o no una ciudad. A pesar que pueda parecer fatigante para el lector consideramos que es importante recordar estos criterios que han sido olvidados o no son conocidos por muchos arqueólogos. En primer lugar debe tratarse de un agrupamiento humano extenso y poblado para su época y región. Luego, debe ser un establecimiento permanente y con una densidad mínima para su época y región. Debe tener construcciones urbanas y un trazado indicado por calles y espacios urbanos reconocibles. Debe ser un lugar donde la gente residía y trabajaba. Pero, además, debe tener un mínimo de funciones urbanas, como por ejemplo un mercado y/o un centro administrativo y/o un centro militar y/o un centro religioso y/o un centro de actividad intelectual con las instituciones correspondientes. Además, debe presentar heterogeneidad y diferenciación jerárquica de la sociedad con la residencia de los grupos dirigentes. Debe ser un centro de economía urbana para su época y región y su población debía depender hasta cierto grado de la producción agrícola, la cual era realizada por gente que en forma total o parcial no vivía en la ciudad. Debe representar un centro de servicios para las localidades vecinas, convirtiéndose en lugar de irradiación de un esquema de urbanización progresivo y de difusión de adelantos tecnológicos. Finalmente, debe tener una forma urbana de vida distinta de la rural o semirural en función de su época y de su región. Si éstos criterios son aplicados a los centros precerámicos peruanos, se ve perfectamente que en esos tiempos la ciudad no existió. Ella, repetimos, se hace presente sólo después, en los tiempos del Período Intermedio Temprano. El otro argumento de Childe es la especialización. No cabe la menor duda que ella no existió en el Período Precerámico. Recién se hace evidente en el Horizonte Temprano más concretamente con lo que sensu lato llamamos Cultura Chavín. Sin embargo, varias de las características childianas de la «revolución urbana» sí están presentes a lo largo del Precerámico tardío. Por ejemplo el excedente de productos. Es un hecho que si bien no ha sido un fenómeno generalizado, se dio. Y los depósitos de maíz, a los que hemos hecho alusión antes, son una clara demostración. Cuando realizamos nuestras 22 1964. Ediciones Infinito. Buenos Aires; 1973. Walter and Company New York. (Los diez criterios aparecen en la edición española en la pág. 23 y en la inglesa en las págs. XXI- XXII). 156 Los orígenes de la civilización andina / D. Bonavia investigaciones en Los Gavilanes23, descubrimos 47 hoyos en los que se almacenaba el maíz en arena. El volumen que ellos representaban corresponde a 1,590 metros cúbicos. Por los hallazgos de restos de maíz que hicimos al excavar los mencionados hoyos, vimos que las mazorcas de estas plantas eran mucho más pequeños que las actuales. Y la técnica para guardarlas era cubrirlas con arena completas, es decir sin desgranarlas. Con la ayuda de especialistas hicimos el calculo de la capacidad de los mencionados depósitos, pero en función de las medidas de los maíces precerámicos. Se hicieron dos estimados, uno bajo y otro alto. Según el primero se podían almacenar 461,128 kgs. de maíz y según el segundo 712,364 kgs. Como se verá se trata de cifras altas. Si se parte de la hipótesis de un consumo diario per capita entre 100 y 200 grs. de maíz reventador o pop como se le conoce también en nuestro medio (ese fue el tipo que se cultivó en aquellos tiempos). Pues bien, a razón de 350 calorías por 100 grs. de maíz aproximadamente y estimando que éste proporcionaba entre 1/6 y 1/3 de los requisitos promedios diarios, y suponiendo en 2,100 las calorías para el poblador adulto de Huarmey, se podría estimar un equivalente que oscilaría entre 36.5 y 73 kgs. de maíz per capita. Esto nos lleva a estimar entre 5,670 y 11,350 o entre 8,760 y 17,500 «equivalente hombre adulto» los rangos de la población que pudo haber sido abastecida por el contenido de los hoyos, en función de los dos cálculos que hemos hecho de kilogramos almacenables en Los Gavilanes. Es lógico que el grado de porcentaje de ocupación de los depósitos habría condicionado en última instancia el número de personas servidas. No cabe duda por las investigaciones que se han hecho, que en la zona del valle de Huarmey no habla poblaciones tan grandes que pudieran utilizar esa cantidad de maíz. Es cierto también que no tenemos la forma de saber si todos los hoyos estaban llenos continuamente. Pero eso está demostrando que se mantenía un excedente, que probablemente era canjeado en parte con las poblaciones de valles vecinos a base de un sistema que desconocemos, pero otra seguramente era guardada para disponer de alimentos en los años de sequía, que en el caso de nuestros ríos costeños, es una realidad muy frecuente. Y éste fue el inicio de una tradición que se generalizó y fortaleció en los tiempos prehispánicos posteriores y que no sólo hallaron los españoles, sino que les provocó tanto estupor que está reflejado en sus escritos de los tiempos de la Conquista. Otra de las características que menciona Childe es la monumentalidad. Es un hecho que ella comienza a desarrollarse en estas épocas, y si no recordemos los grandes sitios que hemos mencionados en la parte inicial de este escrito, como es el caso de El Paraíso o Áspero. No cabe la menor duda que es muy difícil concebir la construcción de edificaciones monumentales o un sistema de depósitos para almacenar productos alimenticios, sin la existencia de algún tipo de organización. Este es un tema muy difícil de discutir, pues la arqueología no nos permite adentrarnos más en el asunto y lograr saber de qué forma fue. Cualquier cosa que se diga es mera especulación y ello no es ciencia. De modo que nosotros preferimos no ahondar en el asunto. Pero no se puede negar que algo de esto existió. Lo que sí podemos suponer, e insistimos es solamente una conjetura, es que bien pudo ser algún tipo de trabajo comunitario 23 Ver: 1979. Bonavia D. y Grobman Alexander,”Sistema de depósitos y almacenamiento durante el periodo precerámico en la costa del Perú” Journal de la Société des Americanistes, Tomo LXVI, Paris. pp. 21-43; 1982. Bonavia, D. Los gavilanes. Mar, desierto y oasis en la historia del hombre. Corporación Financiera de Desarrollo S.A., Instituto Arqueológico Alemán. Lima. 157 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 que está dentro de las características de la Cultura Andina. En este sentido quisiéramos recordar que en la década de los años 50 del siglo pasado, Ralph Beals ya había dicho que las posibilidades de que las funciones directivas se lleven a cabo por medio de «patrones de cooperación comunal» no han sido suficientemente estudiadas. Su advertencia sigue vigente. Childe propone la necesidad de la existencia de algún tipo de observaciones astronómicas. Es verdad que ciertos arqueólogos, como Rosa Fung, han señalado su posible existencia en los tiempos precerámicos. Este es otro aspecto sobre el que la arqueología no nos ha podido dar hasta ahora una prueba fehaciente. Pero es conocido por los datos que tenemos de la historia de otros pueblos del mundo, que las prácticas agrícolas y las observaciones astronómicas son fenómenos que van juntos. Es muy posible que los pobladores precerámicos peruanos tuvieran alguna noción empírica de esta naturaleza, aunque no olvidemos que ellos estuvieron más sujetos a fenómenos imprevisibles, como fue por ejemplo la escasez de agua en los ríos o El Niño del que tenemos una serie de pruebas de sus eventos en aquellos tiempos. Pero en el antiguo Perú nunca hubo un sistema de escritura, de ningún tipo. En América los únicos que alcanzaron este adelanto fueron los Mayas. Los quipu, que aparecieron mucho más tarde, probablemente en los tiempos del Horizonte Medio (500 a 900 años d.C.) a juzgar por los datos que se tienen hasta ahora, fueron fundamentalmente un sistema de contabilidad y sólo un sistema mnemónico con grandes limitaciones. En los tiempos prehispánicos la historia se perpetuó fundamentalmente a base de la tradición oral, y ese fue uno de los obstáculos culturales que los europeos no lograron entender y superar y el causante de tantos malentendidos o errores que quedaron en los relatos de los cronistas hispanos. El arte complejo evidentemente existió, pero no en los tiempos precerámicos. En verdad, de las manifestaciones artísticas de esos tiempos no conocemos casi nada, pues pocas evidencias nos han quedado y ellas fundamentalmente sobre dos materiales muy deleznables, los mates y los tejidos. En el caso de los mates se han hecho famosos los dos que hallara Junius Bird en Huaca Prieta y que muestran en su superficie motivos complejos, ejecutados con la técnica de la excisión. En el caso de los tejidos hay una serie de motivos, entre ellos algunos muy interesantes pues nos muestran los antecedentes de los que serán más tarde los temas del estilo Chavín. A pesar, y esto no hay que olvidarlo, que en aquellos tiempos aún no se había descubierto el telar y que la técnica más importante fue la entrelazada, más conocida como twine. Pero un arte verdaderamente complejo y muy elaborado lo encontramos recién en la cultura Chavín del Horizonte Temprano. Un arte representativo pero oscurecido por sus convenciones que no representan directamente el motivo deseado, sino en forma figurada o metafórica. Es decir, es una comparación por sustitución que la entendían bien los que estaban imbuidos de su cultura, pero que queda en gran parte incomprensible para nuestra mentalidad. Pues bien, para Childe todos estos fenómenos, como lo hemos visto cuando nos hemos referido a sus planteamientos, son contemporáneos y -como conjunto- son los que llevan a un grupo humano a la revolución urbana, es decir a la civilización. Sobre esto debemos hacer un digresión, para decir que la gran mayoría de seguidores de Childe han interpretado mal el término revolución que él usa. Para él éste no es el proceso que lleva a que el fenómeno se produzca, sino la culminación de éste. Pues bien, en el caso de la Cultura Andina, hemos visto 158 Los orígenes de la civilización andina / D. Bonavia con detalle que ellos se dan en diferentes momentos de la historia y que, además, no hay una concatenación entre ellos. Cada uno tiene características particulares. Además la noción marxista del estado, tal como lo hemos explicado al principio de este escrito, definitivamente no se produjo en el Área Andina Central; la dialéctica ha sido diferente. Si bien es cierto, y sobre esto insistimos para evitar malentendidos, que no contamos con la necesaria información para las tierras altas, por lo menos en la zona costera no ha sido el progreso tecnológico el que ha producido el sobrante en la producción de alimentos sino la inestabilidad alimenticia provocada por fenómenos naturales. Y además el superávit se logró con una tecnología muy simple, basada en una horticultura que dependía de la salida de madre de los ríos. Lo que se conoce en África como agriculture de décrue. El gran desarrollo tecnológico vino mucho después. Nos referimos a los campos experimentales y los grandes canales de regadío que desarrollaron los mochicas. O el complejo sistema de canales subterráneos para aprovechar el agua del subsuelo filtrante de los ríos y sacarla en superficie que construyeron los nasquenses, sólo para mencionar dos ejemplos. El comercio, entendido en términos occidentales, no existió nunca en América hasta la llegada de los europeos; lo que se manejó fue una serie de sistemas de intercambio de productos, algunos de los cuales aún están vigentes en nuestras serranías. Si hubo desigualdades en los tiempos precerámicos, es muy difícil decirlo. Nuevamente la arqueología en este sentido tiene limitaciones. Admitiendo que las hubo, no debieron ser muy marcadas como tampoco parece que lo fueron en los tiempos del Periodo Inicial y del Horizonte Temprano. Las grandes desigualdades comenzaron en el Período Intermedio Temprano. Pero en este caso también es difícil comparar al Viejo con el Nuevo Mundo, ya que las motivaciones fueron diferentes. Hubo sin duda, lo hemos dicho, desde el Precerámico algún tipo de controles sociales y una forma de organización social, pero de ninguna manera la concepción de estado tal como la planteó Childe. En este sentido hay que decir que para algunos autores, como para Richard Schaedel, incluso en los tiempos mochicas hubo más un sistema de jefaturas que un verdadero estado, si es que se observa el fenómeno con criterios funcionales y operacionales desde el punto de vista de la evidencia arqueológica. Jonathan Haas en 1982 en su libro The evolution of Prehistoric State24 planteó la hipótesis que el estado hizo su aparición entre fines del Período Inicial y el principio del Horizonte Temprano. Pero su argumentación fue muy endeble pues se basó en la premisa que la arquitectura de gran tamaño requiere de un orden manejado por un poder coercitivo. Dichas ideas fueron presentadas posteriormente en el libro The Origins and Development of the Andean State en 198725 y discutidas por Malcom Webb («Broader perspectives on Andean state origins» 1987)26 quien llega a la conclusión que no fue una organización estatal y sugiere más bien algo así como una «comunidad regional». 24 25 26 Columbia University press. New Cork. Cambridge University Press. Cambrigde. El capítulo en cuestión es: «The exercise of power in early Andean state development», pp. 31-35. Idem. pp. 161-167 159 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 En realidad los estados de conquista aparecen recién en el Período Intermedio Temprano, conjuntamente con la aparición de la ciudad. De ello no hay ninguna evidencia en la época precerámica, como tampoco en los tiempos del Período Inicial y del Horizonte Temprano. Todo nos está indicando que la religión de Chavín, que parece que se origina en las serranías en la zona donde está el templo de Chavín de Huántar, se difunde a lo largo de gran parte de los Andes Centrales en una forma pacífica, a base de un proselitismo religioso muy eficiente y persuasivo, pero al amparo de una Pax Chavinensis. Mientras que la agricultura sensu lato, con todas sus implicancias, es mucho más temprana. Insistimos, aunque pueda parecer ocioso, que ello es un fenómeno precerámico. El planteamiento de Elman Service en este sentido nos parece muy correcto, cuando nos dice que en el Área Andina Central fue el poder político el que organizó la economía y no al revés. En un trabajo anterior escribimos que esta posición es evidente y demuestra que puede llegarse a producir superávit agrícola sin una tecnología avanzada, que puede existir una vida organizada en aldeas, es decir en una forma incipiente de estado o jefatura, sin los requisitos childianos e incluso sin la existencia de la ciudad. Y que el estado por conquista nace mas tarde y va asociado a una tecnología ya avanzada, pero que su población no vive necesariamente en ciudades. Pues la ciudad, entendida en términos de la cultura andina, fue muy diferente a la occidental. Mientras ésta última fue el símbolo de la concentración de la población y del poder, en los Andes fue sólo el símbolo del poder, pero la población siguió viviendo dispersa, cerca de los campos de cultivo. Hay otro punto importante que hay que aclarar. Los arqueólogos que han seguido las proposiciones de Childe, han aceptado las ideas de Karl Wittfogel expuestas en su conocida obra Oriental Despotism: A Comparative Study of Total Power27 publicada en la segunda mitad de la década de los años cincuenta del siglo pasado. En ella él propone que los sistemas sociales y el control despótico sobre ellos pudo darse sólo con un alto desarrollo de un poder burocrático sobre el sistema hidráulico. En otras palabras, el control del agua fue la base de todo este proceso. La burocracia al planificar los usos de los medios hidráulicos y empleando la mano de obra para mantenerlos, tiene que tener un gran control sobre los medios de subsistencia de la sociedad. Otros piensan que la irrigación va ligada con el desarrollo de sociedades estratificadas, en las que el estado tiene el control del agua. Y que son las necesidades de la irrigación las que llevan al desarrollo del estado y de las sociedades urbanas. No cabe la menor duda que en los Andes Centrales el proceso no fue así y se dio de una manera completamente diferente, pues la irrigación y el estado (o la jefatura si se prefiere) han sido dos fenómenos interactuantes, que se fueron desarrollando en forma paralela y, como muy bien lo señaló Richard Adams, la irrigación intensiva fue más bien una consecuencia que una causa de la organización estatal. En el Área Andina no ha habido, pues, una revolución en el sentido childiano, sino más bien una evolución, pero al mismo tiempo y esto lo planteamos en uno de nuestros ensayos, hubo mutación por contacto, por lo que se podría definir como ósmosis cultural. 27 1957. Yale University Press. New Haven. 160 Los orígenes de la civilización andina / D. Bonavia Todo lo que hemos expuesto nos lleva a la conclusión que si bien la civilización, tal como la hemos definido no se desarrolla en tos tiempos precerámicos, es entonces sin duda que se echan las bases de este complejo fenómeno y tal como ha sucedido en el resto del mundo, sin excepciones, la agricultura es el motor fundamental del proceso. Pero una producción de alimentos que tuvo que ir pari passu de sistemas de conservación, sin los cuales en la inestabilidad de los fenómenos naturales que caracterizan al territorio andino, ella por si sola no hubiera podido haber dado los frutos que dio. Vemos pues que el de la civilización es un camino largo y lleno de dificultades, que tiene sus antecedentes en los tiempos precerámicos más tempranos con las primeras utilizaciones de las plantas, pero que comienza a cristalizarse hacia fines de esos tiempos, que los arqueólogos llaman el Precerámico VI. Este fenómeno sigue a lo largo del Período Inicial y del Horizonte Temprano. Sería muy largo y no es este el momento para seguir y describir el proceso paso a paso. Pero la gran mayoría de estudiosos están de acuerdo que es recién en el Período Intermedio Temprano cuando tenemos un progreso tal en el Área Andina Central, que podemos hablar de la existencia de la civilización. Es la época que alguna vez fue definida como «clásica» y que reúne los grandes desarrollos locales y regionales. Con ello no hay que pensar en aislamientos culturales, de ninguna manera, sino más bien en integraciones regionales, en algunos casos basadas en la conquista violenta y en otras en expansiones pacíficas. Es en estos tiempos que la arqueología nos permite ver una serie de características que nos dejan pensar en la existencia de alguna forma de organización social y política que podemos definir como estado o como lo prefiere llamar Service «jefatura extendida». Para demostrarlo vemos en la costa el desarrollo de sistemas de irrigación complejos y bien organizados que incluso sobrepasan los límites de un valle. La utilización de tecnologías básicas pero a pesar de todo más complejas que antes. A juzgar por los patrones de establecimiento se produjo también un aumento demográfico notable y al mismo tiempo varias formas de organización guerrera o de tipo militar que no cumplieron solamente la tarea expansionista de las sociedades de esos tiempos y el mantenimiento de sus territorios, sino que de alguna manera realizaron también otras funciones, como la de ayudar en ciertas normas religiosas como fueron los sacrificios humanos. No cabe la menor duda que hubiera sido imposible mantener juntas una serie de estas acciones sin un poder centralizado y organizado, que posiblemente mezcló los aspectos y las practicas religiosas y profanas. Lanning estaba convencido que en la base de todo esto fenómeno estuvo la necesidad de contar con mayor cantidad de tierras cultivables, para poder mantener una población que estaba aumentando. En efecto, muchos autores creen que fue en estos tiempos que se alcanzó un gran desarrollo demográfico en la costa, mientras que las serranías habrían sufrido menos este fenómeno por su propia naturaleza. Es muy difícil, lo repetimos, hablar de cifras y se trata sólo de estimaciones. Lanning, cuando escribió su libro Peru before the Incas en 196728, estimó un total de más de cuatro millones de habitantes en el territorio de los Andes Centrales antes de 28 Prentice –Hall, Inc. Englewood Cliffs. 161 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 la imposición del Imperio Huari. Es posible que haya estado cerca de la realidad, pues David Cook, sin duda el que mejor conoce este tema y que trabajó con una metodología muy seria, en su escrito «Estimación sobre la población del Perú en el momento de la Conquista» publicado en 197729, calculó que a la llegada de los españoles en este territorio debió existir una población de aproximadamente seis millones de personas. La otra innovación que aparece en estos tiempos, y lo hemos mencionado en varias oportunidades a lo largo de este escrito, es la aparición de la ciudad. Es decir de una concentración de gente que vive de tal manera que se juzga no sólo por su tamaño, sino por una serie de otros factores. En efecto si a los conjuntos urbanos de estos tiempos le aplicamos los criterios establecidos por Hardoy, vemos que encontramos que se pueden comprobar la mayoría de ellos (por lo menos seis). Uno de los clásicos autores que ha estudiado el fenómeno urbano ha sido sin duda Lewis Mumford, en su dos libros The Culture of cities (1938) y La ciudad en la Historia (1966)30, y él ha escrito justamente que la ciudad es la peculiar combinación de la creatividad y el control, de la expresión y la represión, de la tensión y de la descarga. Por eso explicó que la ciudad debe ser una estructura especialmente equipada para almacenar y transmitir los bienes de la civilización, pero suficientemente condensada para poder proporcionar la máxima cantidad de facilidades en un espacio mínimo, pero teniendo la capacidad de un ensanche estructural que le permita hallar el lugar para nuevas necesidades y formas más complejas de una sociedad que está en crecimiento y que pueda mantener su legado social acumulativo. Es así que en este Periodo vemos la aparición del centro urbano de Tiahuanaco en Bolivia, el inicio del nacimiento de esa gran ciudad que será Huari en la zona ayacuchana y se convertirá más tarde en la capital del primer imperio andino, de Cahuachi en el valle de Nasca, de Maranga en el valle de Lima y del gran conjunto urbano que existió entre tas Huacas del Sol y la Luna en Moche (en las cercanías de Trujillo) y que recién se está descubriendo. La lista podría ser mucho más larga, pero este no es el caso. Lo que sí hay que recalcar es que todas estas grandes urbes estuvieron rodeadas de y conectadas con centros rurales y villorrios que actuaban en conjunto, cumpliendo diferentes funciones. Es claro que cada cultura tuvo sus modelos de centros urbanos que debían sujetarse a normas establecidas, pues no hay que olvidar lo que siempre decía Hardoy, y es que el concepto de ciudad es esencialmente dinámico y evoluciona con el tiempo y el lugar, además de estar condicionado a muchos factores. La gran complejidad de esta época la vemos reflejada también en los conflictos que se desarrollaron y que han dejado su expresión arqueológica en fortalezas y sitios fortificados, además de las representaciones escenográficas de la cerámica y los restos humanos de las tumbas que muestran muerte por violencia. 29 30 Historica, Vol. I, Nº 1. Lima. pp. 37-60. 1938. New Cork; 1966. Ediciones Infinito. Buenos Aires. 162 Los orígenes de la civilización andina / D. Bonavia Pero después de la ciudad, uno de los aspectos más saltantes ha sido sin duda la agricultura. Hemos visto que a fines de los tiempos precerámicos ya se contaba con una impresionante cantidad de plantas domésticas. Ahora bien si hacemos un análisis de la lista de éstas que encontraron los europeos a la llegada a nuestro territorio y la comparamos con la del Periodo Intermedio Temprano, constatamos que faltan sólo dos que aparentemente fueron domesticadas más tarde (probablemente durante el Período Intermedio Tardío) y que no se usaron en estos tiempos. Ellas fueron la caígua y la guanábana. Además tenemos la prueba arqueológica de la existencia de campos experimentales para estudiar la mejor forma de riego, el uso de fertilizantes, pero sobre todo de acueductos que son verdaderas obras de ingeniería. Las artes en estos tiempos alcanzaron un desarrollo increíble y algunos de los estilos como el de Moche y el de Nasca no encontrarán igual en tiempos posteriores de la Cultura Andina y que se han hecho famosos en el mundo entero. Pero hay que recordar que fue un arte que estuvo al servicio de la religión. En el Antiguo Perú no existió el arte por el arte tal como se practica hoy en día. Pero junto al arte las artesanías se desarrollaron en una forma impresionante, quizá las más elaboradas fueron las de los textiles y la alfarera. La cerámica andina es considerada como una de las mejores del mundo tanto por la finura y la selección de sus arcillas, cuanto por la tecnología del control de la cochura por oxidación en hornos abiertos, por la finura de su modelado y la exquisitez de su pintura. Los adelantos técnicos se ven además en la monumentalidad de su arquitectura y en los descubrimientos y el manejo de la metalurgia, como el uso del bronce arsenical por parte de los mochicas. En las serranías parece que el poder estuvo más centralizado y hubo más intercambio a distancia e incluso en el caso de Huari una organización militar más efectiva, siempre al servicio de la religión. No cabe duda pues, que la Civilización Andina había alcanzado su primer estadio en estos tiempos, pero es sobre esta base que seguirá desarrollándose hasta los tiempos incaicos que representan algo así como la síntesis de todo el proceso anterior. Esta civilización ha tenido su desarrollo propio y no se puede tratar de entenderla bajo esquemas o modelos elaborados para otras realidades. Se trata de una cultura original, que ha tenido que enfrentarse además con una naturaleza que no tiene similares por sus dificultades y que fue probablemente la causa del nacimiento del trabajo comunitario, que en el fondo ha sido uno de los principales motores de su adelanto. Si bien es cierto, como escribió algunas vez Fernando Silva Santisteban («Nuevos aspectos del conocimiento histórico», 1963)31, que no se puede hablar de leyes históricas en el sentido riguroso, pues la sociedades y las culturas no permanecen estáticas, son entidades que van 31 Suplemento Dominical, El Comercio. Lima 29 de marzo. pp. 7 163 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 mutando, la evolución social y el progreso representan cambios y sustituciones que después de un tiempo determinado modifican sustancialmente el estado de una cultura. Lo que es interesante es que a pesar de todos estos cambios a lo largo del tiempo y a pesar de la diferenciaciones locales, a lo largo y a lo ancho de su territorio la Cultura Andina ha mantenido una característica que Wendell Bennett definió con el término de cotradición («The Peruvian Cotradition», 1948)32. Es decir una unidad de su historia cultural dentro de la cual las culturas que la componen han estado interrelacionadas a lo largo de su proceso de desarrollo. Significa además, que vista en conjunto, se puede observar que todas las culturas del área geográfica en cuestión propugnan o producen o son inducidas al cambio aproximadamente en el mismo momento. Si bien, pues la historia en los Andes Centrales ha seguido su propio curso, en forma independiente del resto del mundo y con una notable originalidad, sin embargo tiene un punto en común con las otras civilizaciones del orbe. Es decir, hunde sus raíces en las bases agrícolas sin las cuales ella no hubiera podido nacer. Nota: El original ha sido publicado en el año 2003 en Biblioteca Hombres del Perú, dirigida por Hernán Alva Orlandini. Vol.1. Pontificia Universidad Católica del Perú (Fondo Editorial), Editorial Universitaria. Lima. pp. 39-71. 32 A Reappraisal of Peruvian Archaeology, Assembled by Wendell C. Bennett. American Antiquity, Vol. XIII, Nº 4, Parte 2. Menasha. pp. 1-15. 164 ARTE Arqueología y Vida 2007, Nº 1, págs. 167-198 UNA PINTURA MURAL DE PAÑAMARCA, VALLE DE NEPEÑA Duccio Bonavia INTRODUCCIÓN En agosto de 1958 el doctor Hans Horkheimer tuvo noticias de que en el grupo de ruinas de Pañamarca, ubicadas en la hacienda Capellanía, valle de Empeña, habían aparecido unas pinturas murales; por las fotografías mostradas, era evidente que no se trataba de las ya estudiadas por Richard Schaedel en 1951. El doctor Horkheimer organizó una visita a Pañamarca el día 30 de ese mes en la que participamos el doctor Arturo Jiménez Borja, el señor Ernesto Tabío y el autor de este artículo. Pudimos ver que estaban bien conservadas, y se tomó fotografías de ese importante documento arqueológico expuesto a desaparecer. Al regreso de esta visita se dio aviso a las autoridades competentes del país. Semanas más tarde, el 16 de octubre, tuvimos oportunidad de visitar nuevamente las ruinas de Pañamarca y de examinar con más cuidado las dichas pinturas. Nos brindó la oportunidad una inspección que en diversos sitios arqueológicos de la costa y por cuenta de la UNESCO venía realizando el doctor Eric Reed, experto en reconstrucción de ruinas de adobe, quien iba acompañado por el doctor de Reparaz, por el doctor Horkheimer, el señor Tabío; el que esto escribe representaba al Instituto de Etnología y Arqueología de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Fue muy grande nuestra sorpresa al notar que en el corto tiempo que había transcurrido desde nuestra primera visita, la pintura había sufrido daños considerables debidos a la mano del hombre. En vista de esto el doctor de Reparaz ofreció gentilmente la cooperación de la UNESCO al Museo de Etnología y Arqueología de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos para que se hiciese cuanto antes un calco detallado y un estudio del mural. Esto se llevó a cabo entre los días 4 y 7 de noviembre por el señor Félix Caycho y el autor, quienes fueron designados por la Universidad de San Marcos para el efecto. ————— Creemos conveniente señalar brevemente los diversos autores que se han ocupado, en mayor o menor extensión de las ruinas de Pañamarca. Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Encontramos algunos datos sobre este sitio ya en Squier aunque no con el nombre de Pañamarca sino el de «Tierra Firme»1 y es muy interesante remarcar la alta fidelidad del dibujo que allí se inserta2. Otro gran viajero de la época, Middendorf3, ofrece algunos detalles sobre este conjunto en la obra que comenzó a publicar en 1893. En época más reciente, en 1933, es Antúnez de Mayolo el que al hacer una revisión de los estudios arqueológicos del valle de Nepeña4 se refiere ocasionalmente a Pañamarca; los mismo Noriega Pazos5 quien publica cinco años después una serie de artículos relacionados con ese valle. Durante su primera estada en el Perú, Bennett, que tanto hiciera por la arqueología peruana, visita Pañamarca6; también Soriano Infante la cita en su monografía del departamento de Ancash7. En la obra, muy general, de García Rosell8 también hay una descripción sobre este grupo de ruinas, pero muy abreviada y con referencia exclusiva a la parte arquitectónica del conjunto. El estudio de Schaedel9 realizado en el año 1950 es, evidentemente, el más completo que se ha llevado a cabo hasta la fecha y tendremos oportunidad de referirnos a él en diversas partes de este trabajo. En los últimos años ya casi nadie se ocupa de Pañamarca, y encontramos sólo datos bibliográficos en el artículo de Hans Horkheimer publicado en 195010 y una cita en un trabajo anónimo publicado en la revista Chimor11. Finalmente, puedo citar mis dos informes inéditos presentados a la oficina de Lima de la UNESCO en 1958 y 1959 12 y un artículo de carácter divulgativo publicado en «El Comercio»13. 1 2 Squier, 1877. Op. Cit., pág. 243 de la edición alemana publicada en 1883. 3 Middendorf, 1894, t. II, p. 334. 4 Antúnez de Mayolo, 1933, p. 16-17 5 Noriega Pazos, 1938. 6 Bennett, 1939, p. 17-18. 7 Soriano infante, 1941. 8 García Rosell, 1942, p. 134-135. 9 Schaedel, 1951. 10 Horkheimer, 1950, p. 189. 11 Año 4, Nº 1, Trujillo, noviembre, 1956, p. 5. 12 Bonavia, 1958 y 1959, ms. 13 Bonavia, 1959, p. 6-7. 168 Una pintura mural de Pañamarca, valle de Nepeña / D. Bonavia Lámina I. Plano de las ruinas de Pañamarca publicado por Schaedel y con algunas adiciones nuestras. 169 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 UBICACIÓN DE LAS NUEVAS PINTURAS Para situar estas nuevas pinturas murales dentro del conjunto de Pañamarca, nos servimos del plano de Antonio Rodríguez Suy Suy que publica Schaedel en su trabajo. Debido a que no hemos podido levantar otro más detallado de las ruinas, nos permitimos calcarlo para así marcar con exactitud el nuevo hallazo junto a las pinturas ya descubiertas por Schaedel. Hay que hacer la salvedad, sin embardo, de que hemos añadido algunos datos al calco. El mural recientemente descubierto se encuentra en la misma sección en que Schaedel encontró la pintura de los dos personajes peleando, reproducidos en la carátula de la separata de su trabajo, pintura marcada con la letra «A» en el plano que publicamos. En ese sitio, pero sobre el lado opuesto («B» en la lámina I) es donde está la pintura del «Caracol felínico». En la esquina norte de esa sección marcada con un círculo en el plano, está ubicada la pintura que estudiamos aquí. En esa esquina han quedado pocos metros de un antiguo piso del edificio, contemporáneo con el mural. Probablemente este piso perteneció a una de las últimas ocupaciones, pues está muy alto, en la parte superior de las ruinas. Entre el piso de la pintura «A» y la que describimos hay una diferencia de 4.50 metros. En los croquis que ofrecemos se puede apreciar todos estos detalles. Pudimos notar, después de la limpieza del sitio, que el piso presentaba varias capas que podrían indicar otras tantas etapas de habitación, aunque es seguro que las pinturas son de la época del piso que nosotros hemos estudiado, ya que el enlucido del muro y la capa de aquel forman unidad bien visible. También pudimos apreciar que (ver lámina II) a partir de la esquina formada por la cara que nosotros hemos marcado como c y el desmonte, hay probablemente una sección con pinturas aún no descubierta: sería paralela a b. Las medidas de este piso se pueden apreciar en el croquis (lámina II), que está dibujado a la escala de 7:1000. Notamos que el fuerte viento del sur daba de lleno en el mural. Este viento es causa principal del deterioro de las pinturas, pues parece soplar constantemente en cierta época del año, azotando la zona de las pinturas en referencia más que las otras, descritas por Schaedel ya que éstas se encuentran en partes más bajas y protegidas. Para hacer el calco utilizamos una gran hoja de papel transparente, cubriendo con una sola el mural, que tiene un área aproximada de 2.80 x 1.50 metros. Fijamos el papel al muro por medio de alfileres, pero para evitar daño a las pinturas, tuvimos que mantener con las maños el papel, contra la pared mientras se calcaba. La labor se vio muy dificultada por el viento y optamos por efectuar el calco tomándolo por zonas verticales y comenzando de izquierda a derecha. Se puso 170 Una pintura mural de Pañamarca, valle de Nepeña / D. Bonavia empeño en copiar fielmente todos los detalles; por ejemplo para lograr el efecto de calidad en los colores, el pintor los copió a la témpera, buscando los sitios donde el tono de cada uno de ellos estaba más natural y había sufrido menos los efectos del tiempo. Esperó a que secara bien la reproducción para compararla con el original bajo diversas luces. Como se podrá apreciar en la lámina II, la pared sobre la que está la pintura es escalonada, formando realmente tres paños, que para facilitar la descripción los hemos llamado a, b y c (ver el mismo croquis). Las medidas generales de este mural son las siguientes: Para a 1.50 m de ancho por 1.54 m de alto; para b, 54.5 cm de ancho por 1.50 m de alto, para c, 0.70 cm de ancho por 1.50 m de alto (las medidas de los personajes se pueden apreciar en la lámina III con la ayuda de la escala). Se limpió el piso que queda bajo el mural y que corresponde al que en el croquis (lámina II) llamamos «piso original»: gracias a la cantidad de escombros que lo cubría, había quedado intacto. Es de un barro muy bien preparado que hasta hoy día se conserva muy duro. Se puede notar claramente el desgaste por el uso pues en el ángulo de unión con la pared el nivel es más alto que en la parte céntrica. Al principio da la impresión de tratarse de un desnivel original, pero en realidad es desgaste. Parece que el mismo piso estuvo recubierto con pintura blanca: hemos recogido muestras para el análisis químico. El espesor del piso en su parte menos desgastada es aproximadamente de 1.3 cm. ESTUDIO TECNOLÓGICO Y ARTÍSTICO DE LAS PINTURAS Las pinturas que estamos describiendo son al temple. Después de haberlas examinado con detenimiento, creemos que la técnica empleada ha sido la siguiente: encima del enlucido bien preparado y todavía húmedo, se pasaba una mano de color blanco pastoso que servía como base. La razón por la que creemos que se pintaba cuando estaba aún húmedo el enlucido es el haber notado que el color blanco forma una capa compacta con el enlucido, cosa que no sucede con los demás colores. Conseguido el fondo, que en este caso es de un tono crema, el artista, por medio de incisiones, delimitaba las siluetas de las figuras que quería y después las rellenaba con pintura. Se puede ver nítidamente que las incisiones son contínuas, seguras y no muy profundas. Las pinceladas también muestran destreza y son pocos los puntos donde el pincel desborda el área demarcada por la incisión. Hay un buen efecto, bien combinado y cuyos tonos, a pesar del tiempo siguen siendo firmes y vigorosos. Predomina el rojo naranja y le siguen en segundo término el negro y el celeste. El blanco, olvidando el fondo, es usado solo para cubrir pequeños espacios tales como ojos, uñas de las manos, brazaletes y terminales de artefactos no identificados. 171 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Lámina II. Croquis de la sección estudiada. 172 Una pintura mural de Pañamarca, valle de Nepeña / D. Bonavia El color negro cubre generalmente las manos y los pies; en algunos casos, el cabello, zonas de la vestimenta y el iris de los ojos. El rojo oscuro se ha usado en pequeñas áreas, sirviendo muy especialmente para indicar el adorno de la indumentaria del personaje principal. Se notará que hemos usado una terminología corriente al referirnos a los colores. Sin embargo, presentamos en la tabla de la lámina V una relación comparada de los términos que hemos empleado y los equivalentes del Diccionario de Color 14. Todas las figuras están de perfil, algunas sentadas y otras caminando hacia la izquierda, con la única excepción de un personaje que está volteado a la derecha. Esta es una regla en arte mochica que Muelle notó: «las figuras que pinta el Muchik siempre están de perfil, e indistintamente mirando a la izquierda o a la derecha. La necesidad de colocar combatientes frente a frente debe haberles habituado a este tratamiento porque siendo más fácil dibujar un perfil hacia la izquierda, el principiante –sucede en las pinturas cerámicas de Nasca- prefiere esta colocación. Por supuesto, desconocen la perspectiva, pero tienen un marcado sentimiento del volumen»15. Hay que remarcar que –como ya se dijo- no todos los personajes son del mismo tamaño. Se ve claramente al observar la escena que no sólo el artista mochica evade todos los espacios vacíos, sino que además, con el tamaño les da jerarquía. «Las figuras se mueven todavía todas en primer término –dice Muelle-; las que no tienen capital importancia en la escena, por consiguiente, llevan menos tamaño y se disponen como relleno en los espacios vacíos restantes después de colocar las figuras principales arriba o a los lados. Una distribución así, revela la finalidad de salvar los grandes claros y ofrecer una mancha uniformemente repartida»16. Esto se ve perfectamente en el caso que describimos, en que el personaje Nº 1 está en primer plano: dibujado más grande, es indudablemente de mayor jerarquía. Le siguen en tamaño los personajes 3 y 4; un poco más pequeño, el Nº 10. De notable importancia es también el personaje 7: podría ser casi considerado en la misma jerarquía que 3 y 4. En una condición netamente inferior están los personajes 5, 6 y 8. Con respecto al detalle de las manos de algunos personajes, que tienen sólo cuatro dedos mientras que otros tienen cinco, repetiremos la explicación verbal de Muelle quien señaló que muy a menudo espacios que deberían ser divididos en números impares, son pintados en número par por el artista precolombino: él cree que esto se debe a que es más fácil dividir –sin instrumentos de precisión- un espacio en partes pares que impares, si se quiere conseguir 14 15 Maerz, A.; Paul, Rea M., 1950. Muelle, 1936, p. 68. 16 Op. Cit., p. 68. 173 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 partes iguales. El artista, quizá alentado por esta facilidad, se olvidó de los detalles anatómicos y se forjó esa costumbre. No parece probable que se trate de mutilaciones. Observando el mural en su conjunto, se tiene la impresión de que en él han trabajado dos artistas. Evidentemente, las áreas que hemos denominado a y b presentan características, en cuanto a color y a técnica, algo distintas que las que se pueden apreciar en el área c. Quizá esta idea nuestra pueda reforzarse si consideramos las siguientes observaciones: 1. a y b tienen el trazo más inseguro y un tanto desordenado. En c el trazo es más seguro y simétrico. 2. a y b tienen las incisiones menos profundas y desiguales mientras que en c son más profundas y regulares. 3. La gama de colores de a y b es totalmente diferente de la c, como se puede ver en la lámina V. La única característica común de a, b y c es el fondo crema. Tenemos la impresión de que el mural fue tapado exprofesamente por los mismos habitantes que lo pintaron. El enredo de las estructuras de Pañamarca, que tuvimos la oportunidad de discutir con Tabío y Horkheimer, es verdaderamente asombroso. Parece que inclusive muros pintados en una misma época, se superponen tapándose uno con el otro. La superposición de estructuras es complicadísima y por eso no nos atrevemos a decir qué parte de las ruinas va asociada al piso estudiado por nosotros, sobre el que se levanta el mural descrito. Se necesitaría mucho tiempo para hacer un examen, muro por muro y poder comprender así algo de ese laberinto. Pero es interesantísimo notar que Horkheimer hace muchos años17 observó en las ruinas mochicas y chimú del norte el mismo fenómeno: muros decorados que tapan a otros, también decorados y de la misma época. Igual fenómeno fue observado por José Eulogio Garrido, que al referirse a la Huaca de la Luna en Moche dice, textualmente: «el muro había sido puesto a la luz por los huaqueros, por mera casualidad al perforar el suelo en busca de tumbas, derrumbándose el muro de adobe sin pintar que tapaba integralmente el decorado. Hay que notar que esta circunstancia no es insólita pues se ha comprobado que todos los muros decorados -pintados o en relieve- que se han descubierto en otros monumentos prehispánicos de la misma cultura de la Huaca de la Luna, en distintos parajes del litoral de Trujillo y Ancash estuvieron tapados exprofesa y matemáticamente por otros construidos quizá sólo para eso; habiéndose observado lo mismo en edificios de etapas posteriores, en Chan Chan»18. Nuestro mural no es el ejemplo típico de este fenómeno para Pañamarca, pero sí el mural del caracol felínico llamado por Schaedel mural «B»19. Allí se ve muy claramente cómo el muro en el que está el mural con el caracol felínico corta a otro muro, también pintado y que –según nuestras observaciones- parece ser de la misma época. 17 18 Horkheimer, comunicación personal. José Eulogio Garrido, 1956, p. 28-30. 19 Schaedel, 1951. 174 Una pintura mural de Pañamarca, valle de Nepeña / D. Bonavia DESCRIPCIÓN DEL CONJUNTO ESCÉNICO Y DE SUS PERSONAJES Se trata de una escena en la que se ve un cortejo que se dirige de derecha a izquierda. El primer personaje es de mayor tamaño respecto a los demás que lo siguen en doble fila y que el artista ha pintado más pequeños posiblemente para indicar su jerarquía, como ya se insinuó, o por razones de espacio en la doble fila. La escena está limitada en la parte superior por un motivo escalonado, y en la parte inferior por un motivo de postas. No sabemos cómo era por la parte izquierda; a la derecha hay un escudo y una porra unidos, aunque, como se puede ver en la fig. II subsiste la duda de que aquí no termina la pintura. Siguiendo en la lámina III la descripción de las figuras tenemos lo siguiente: 1. El personaje mayor de la escena es 1. Tiene una feroz expresión; se le ve muy vestido. Sólo la cara, los brazos y las piernas por debajo de la rodilla están descubiertos. La cara es color rojo ladrillo oscuro y tiene una nariz aguileña muy pronunciada. El ojo es de forma almendrada, casi en forma de coma. El iris es negro azulado y la esclerótica, blanco gris. La boca es amplia y muestra tan sólo dos dientes, muy pronunciados, de color celeste. La mandíbula inferior es muy grande. En la oreja lleva un disco rodeado de pequeños círculos: es una «orejera»; además tiene como un collar de cuentas. Los colores empleados son celeste oscuro y anaranjado oscuro. En la cabeza ostenta una especie de corona de color naranja oscuro que termina en dos apéndices, uno delante y otro atrás con tres bolas colgantes cada uno; en el de atrás se puede apreciar dos franjas rojas en sentido transversal. Con esta corona se sujeta un paño que le cubre toda la cabeza y que le cae por la espalda hasta el borde inferior del vestido. Este paño termina también en tres bolas. El paño es de color rojo ladrillo oscuro, decorado con motivos circulares de color celeste oscuro. Las dos manos son de color negro azulino y se ven claramente los cinco dedos. En la mano derecha el artista pintó las uñas de color blanco gris mientras que en la izquierda están marcadas tan sólo con incisiones. La mano derecha la tiene libre mientras que en la izquierda lleva algo de color anaranjado oscuro. En las dos manos luce este personaje brazaletes muy anchos divididos en cuatro campos triangulares cada uno, en los que se alternan los colores rojo-marrón y el celeste. La parte que se ve del brazo y que llega hasta el codo es del mismo color de la cara. Todo el cuerpo del personaje está cubierto por un manto que lo cubre hasta debajo la rodilla. Este manto está totalmente dividido por un motivo en forma de «lengüeta» de color 175 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 anaranjado oscuro; estas «lengüetas», que pueden ser plumas, están delimitadas por incisiones rellenadas con pintura rojo ladrillo oscuro. Es el único sitio del mural, donde se nota este tratamiento. Al final queda un pequeño borde pintado también de rojo ladrillo oscuro que podría indicar que las «lengüetas» estaban sujetas sobre una tela de ese color. En la cintura, este personaje lleva una ancha faja cuyos bordes son de color celeste oscuro. El centro es del tono rojo ladrillo oscuro y en él se repiten los motivos circulares en celeste oscuro, los mismos que aparecen en el paño que le baja por la espalda. De este cinturón se prolonga un apéndice relativamente largo hacia delante y que termina en la cabeza de una serpiente con lengua bífida. Toda el área de este apéndice es decorada con cheurrones en rojo ladrillo oscuro y negro azulino alterados. Este sería el único motivo que nos recuerde a los estilos tiahuanacoides. La serpiente tiene un ojo circular cuya área se subdivide en tres otras áreas concéntricas. La externa es de color rojo ladrillo oscuro, la intermedia (iris) de color blanco gris y la interna (pupila) de negro azulino. El resto de la cabeza y la lengua, excluyendo la oreja, son de color rojo ladrillo oscuro. El color de la orejera del personaje es celeste oscuro. Desde la cabeza y sujeto por la corona le cuelga una torzada o cordón que le llega hasta los pies. Esta torzada termina en una cabeza de serpiente, gran parte de la cual no se ve por estar destruida, pero cuyos fragmentos pudimos encontrar en el suelo durante nuestro trabajo. Esta cabeza de serpiente tiene algo así como dos «cuernos» que le salen de la parte superior de la nariz, mientras de la boca le cuelga una gran borla. Estos que impropiamente hemos llamado «cuernos», bien podrían ser la lengua bipartida que el artista se ha visto obligado a pintar así porque la borla le ha quitado el sitio donde debería ir naturalmente la lengua. El cordón está pintado con zonas alternadas de dos colores: el negro azulado y el rojo ladrillo oscuro. Lo poco que se ve de la cabeza de la serpiente es también de color rojo ladrillo oscuro, mientras que la borla es negro azulino. Otra torzada igual cuelga de la orejera del personaje y tiene las mismas características de la anterior, sólo se ve completa la cabeza de la serpiente. El ojo en este caso no es redondeado sino ovalado y de dos tonos: una zona exterior de color blanco gris y una zona interna de negro azulino. La oreja es, como en el primer caso, celeste oscuro. También esta cabeza tiene dos apéndices pero más divergentes que en el caso anterior. La borla que le cuelga de la boca es también del tono negro azulino. Los pies aparecen descalzos y pintados de un tono anaranjado oscuro. Las uñas están bien marcadas con color negro azulino. Los tobillos están representados solo, por incisiones ovoides pequeñas. 2. Uno de los motivos de segundo plano está marcado como 2: es pequeño en comparación de los demás. Al parecer se trata de un animal fantástico que tiene un gran caparazón y una cabeza con lengua bífida de serpiente. Su color es ce-leste oscuro, mientras que la lengua y la oreja son rojo la-drillo oscuro. Tiene un gran ojo redondo dividido en dos 176 Una pintura mural de Pañamarca, valle de Nepeña / D. Bonavia áreas concéntricas: la interna es negra azulina, la externa, blanca gris. Entre la cabeza y la caparazón, hay un área de separación de color rojo ladrillo oscuro; la caparazón es ro-jo marrón. En medio de ésta hay un pequeño círculo anaranjado oscuro, y la parte inferior derecha no se puede juzgar bien por estar parcialmente destruida. 3. El personaje que por jerarquía seguramente sigue de in-mediato al personaje grande es el único de toda la escena que no tiene expresión cruel o implorante. Se trata de una representación humana con rasgos animales. La cara en este caso es sin duda de animal. No muestra dientes, ya que la boca está cerrada. Está pintada de rojo ladrillo oscuro. El ojo es ovoide con dos tonos concéntricos. Un área externa, de color blanco gris, y una interna, de negro azulado. Lleva algo circular en la oreja, de dos colores: blanco gris y ana-ranjado oscuro. En la cabeza tiene un casco; en la parte superior de éste se ve la representación de un artefacto de color anaranjado oscuro; debajo de él se puede ver un adorno dentado de dos colores: rojo ladrillo oscuro y blanco gris. El casco es de tres colores: anaranjado oscuro, rojo ladrillo oscuro y rojo marrón, y está adornado con postas muy nítidas que pare-cen que van alrededor del casco. Este personaje está muy bien vestido. Lleva puesta una especie de «camisa» de cuello cerrado y manga larga y adornada con un motivo sencillo, escalonado; la variedad de colores es muy rica: blanco gris, rojo marrón, negro azulado, rojo ladrillo oscuro, anaranjado oscuro y celeste. Estos colores están repartidos así: el cuello y la parte de los puños en blanco gris, mientras que los demás colores adornan la parte que cubre el cuerpo, excluyendo el anaranjado oscuro de las mangas. Este personaje lleva puesta una «faldita» que da la im-presión de formar una sola pieza con la «camisa». Está ésta también adornada con un sencillo motivo escalonado, aunque en la falda no hay más que dos colores: el anaranjado oscuro y el negro azulado. Las manos del personaje están pintadas de negro azulado y en la izquierda está marcada la uña del pulgar con color blanco gris. En la derecha lleva un artefacto extraño. Se trata de un objeto en forma de media luna que tiene encima una forma de hoja. La parte inferior es de color rojo marrón, y la superior, de anaranjado oscuro. De la cintura le cuelga en la parte trasera- una cola muy bonita cuyo extremo y la parte pegada al cuerpo son de color rojo marrón. El área inter-media es de color rojo ladrillo oscuro dividida en cuatro es-pacios por tres líneas de color anaranjado oscuro. En las tres primeras áreas hay círculos rojo marrón. Las piernas están desnudas y son del mismo color de la cara (rojo ladrillo oscuro) mientras que las rodillas y los pies están pintados de color negro azulado. Finalmente este personaje tiene un objeto que le cuelga del cuello hacia atrás por medio de una cinta. Tanto la cinta como el objeto son del tono anaranjado oscuro. 4. Otro personaje, algo más pequeño que el anterior, es tam-bién de caracteres antropozoomorficos. La cara tiene aspecto feroz, con una gran boca abierta en la que se ven cuatro grandes dientes puntiagudos. La cara es como en todos los personajes, de color rojo ladrillo oscuro, y la punta de la nariz en este caso es negro azulino. El ojo es ovoide y siempre con la misma característica; la esclerótica, de blanco gris, y el iris, negro azulino. 177 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Lámina III. Dibujo a escala del mural estudiado. 178 Una pintura mural de Pañamarca, valle de Nepeña / D. Bonavia El objeto que lleva en la oreja es idéntico al del personaje anterior en forma, tamaño y color. El gorro o casco es sencillo y no decorado, de un color celeste oscuro; sólo los terminales son de un blanco grisáceo, lleva también un «cami-són» que le llega hasta un poco más de la rodilla. La parte superior de este «camisón» es de color anaranjado oscuro, te-niendo una franja de color rojo marrón a la altura de la cintura todo el resto es rojo ladrillo oscuro. Las manos las tiene pintadas de negro azulado y con dos anchas pulseras de tono blanco grisáceo. En la mano derecha sustenta un artefacto de color rojo ladrillo oscuro en su parte superior e incisa en la inferior; mientras que con la otra mano parece que estu-viera poniendo o sacando algo del artefacto. Las piernas de este personaje están totalmente pintadas de anaranjado oscuro y los pies son negro azulado. De la es-palda le sale como una gran ala decorada con cuatro colores: anaranjado oscuro, rojo marrón, negro azulino y rojo ladrillo. Debajo del ala emerge un apéndice de forma romboidal dividido en dos partes, siendo la parte superior celeste oscuro y la inferior anaranjado oscuro. La zona celeste está subdividida en dos por una incisión, y la anaranjada lo está en tres par-tes por dos incisiones. En general, la pintura de este personaje está en buen es-tado, pero tiene escoriaciones en algunas partes. 5. Marcamos como 5 un personaje más pequeño que los demás hasta ahora descritos. Se trata de un hombre desnudo, sentado y con una expresión que parece denotar al mismo tiempo terror y súplica. Su cuerpo está pintado en rojo ladrillo oscuro como en todos los demás casos. Mientras que todos los personajes descritos, están cami-nando hacia la izquierda, éste está sentado pero como diri-giendo la vista en el mismo sentido. La boca, pequeña y abierta, así como algo no identificable que está alrededor de la oreja, están pintados de anaran-jado oscuro. Parece que el artista hizo redonda la nariz por medio de incisiones, pero al pintarlo la cambió en aguileña. El ojo, por forma y color, es igual a los de los demás perso-najes. Una mano va pintada del mismo color negro azulino que los genitales. El pelo, que es muy largo, llega hasta el suelo y es también de color negro azulino; el peinado está indicado claramente por incisiones. Alrededor del cuello tiene una t orzada representada por dos color es anaranjado oscuro y rojo marrón. Esta torzada termina, en una cabeza de serpiente color anaranjado oscuro, volteada hacia abajo y cuyo rostro no se puede distinguir por estar destruido. En la parte superior, más o menos saliendo del pecho del personaje, se ve un artefacto de forma tronco-cónica que ter-mina en una semiesfera de color anaranjado oscuro. Da la im-presión de que este personaje estuviera sentado sobre un objeto cuadrangular que aparece inciso pero sin pintura, aunque por la situación y la forma, no debe excluirse la, posibilidad de que se trate de los pies del personaje. La pintura de esta figura está deteriorada. 179 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 6. Personaje muy parecido al anterior, quizá un poco más delgado. La expresión del rostro, salvo pequeños detalles, es similar al 5, y la única diferencia notable es que el tórax y todo el brazo izquierdo, incluyendo la mano, están pintados de anaranjado oscuro. Además, el artefacto tronco-cónico no tiene la semiesfera, y en vez de estar pintado de rojo marrón y rojo ladrillo oscuro lo está de anaranjado oscuro y blanco gris. La cabeza de serpiente en que termina la torzada está más acabada, y en vez de estar detrás del personaje, como en la fig. 5 lo está delante. Es de lengua partida y con una oreja bien puntiaguda; el ojo es de esclerótica negro azulina y de iris blanco, igual que en el personaje anterior. Además, los genitales son de color rojo marrón. 7. Figura de un animal serpentiforme, cuyo tamaño es despro-porcionado con respecto a la escena. Está muy destruido. Parte de la cabeza y parte del cuerpo, incluyendo la oreja triangular y puntiaguda, son de color rojo ladrillo oscuro. La nariz y el iris del ojo son negro azulino, mientras que la esclerótica es blanco gris. La boca, grande y profunda, al igual que una gran lengua bífida es de color anaranjado oscu-ro. Tanto la lengua de esta serpiente, como la de la pequeña con la que termina la torzada del personaje anterior están so-lamente pintadas y no las delimita incisión alguna. El resto del cuerpo de la serpiente es de color anaranjado oscuro y es-tá dividido en zonas con incisiones delgadas rellenadas con pintura rojo ladrillo oscuro. En estas zonas, en forma alter-nada, aparecen pequeños círculos del mismo color de las líneas. 8. Personaje muy similar a los identificados con los números 5 y 6 sólo que en vez de mirar a la izquierda como todos los demás, está mirando hacia el lado derecho. Todos los coló res son iguales a los del personaje número 6, con la excepción que los genitales que están tan solo incisos siendo pintado únicamente el glande en un tono rojo marrón. Hay además una línea de color blanco gris que atraviesa al personaje horizontalmente, sin ninguna explicación aparente. Todavía la única diferencia notable sería qua la torzada es de un color y no termina en cabeza de serpiente y que las dos manos están pin-tadas del mismo color del pelo o sea negro azulado. Estos tres personajes (el 5, el 6 y el 8) por no tener artefactos en las orejas las muestran claramente. Toda la figura está muy mal conservada y no se pueden apreciar sus detalles. 9. Lo marcado con este número es un objeto raro en forma de casquete esférico de color rojo marrón con una franja superior de color rojo ladrillo oscuro. Encima de este extraño objeto, se ve colocados tres artefactos de color anaranjado oscuro. A pesar de que está en parte destruido se ven bien sus detalles. 10. El personaje que cierra la escena es de tamaño aproximadamente igual a los de los motivos de 3 y 4. Da la im-presión de tener una expresión de maldad en la boca y parece que estuviera increpando a alguien. Su nariz es recta y la boca, grande y sin dientes. Toda la cara está pintada con un tono rojo ladrillo oscuro. El ojo es igual a los de todos los personajes; oval con la esclerótica blanco gris y el iris ne-gro azulino. 180 Una pintura mural de Pañamarca, valle de Nepeña / D. Bonavia En la boca se puede notar un detalles que el artista primero dio una forma a la boca por medio de una incisión y pos-teriormente corrigió su forma por medio de otra incisión. Además, los labios están pintados de color negro azulino, trata-miento éste que es único en toda la escena. Lleva en la oreja un artefacto circular de dos colores: el centro es negro azulino mientras que la circunferencia es anaranjado oscuro. Al mismo tiempo lleva un casco igual que el del personaje número 4; es de color rojo ladrillo oscuro. En la parte delantera tiene una decoración escalonada de co-lor anaranjado oscuro. Además, en la parte inferior, hay a la altura de la frente un triángulo de color rojo marrón; se pue-de apreciar una franja del mismo color, que atraviesa oblicua-mente el casco. En la parte superior tiene dos apéndices tri-angulares cuyas bases están pegadas al casco o gorro. De la parte de atrás de éste, se desprende una franja de color negro azulino que le pasa alrededor de la gargantas es indudablemen-te un barboquejo. Alrededor del cuello tiene una especie de collar muy an-cho de color blanco gris. El «camisón» es del mismo tipo que los anteriores, de color anaranjado oscuro con decoraciones lineales en la falda, que está representada por una banda horizontal rojo ladrillo oscuro con tres líneas anchas verticales rojo marrón. La parte superior de los brazos está desnuda, en los puños lleva unos brazaletes blancos grisáceos muy anchos. Las manos están pintadas de negro azulino. En la mano izquierda ostenta un artefacto largo de color rojo ladrillo oscuro. Las piernas las tiene pintadas de anaranjado oscuro, mientras que los pies y las rodillas son de color negro azulado. Debido al avanzado estado de destrucción, no se puede apreciar la pierna derecha (que en nuestra primera visita estaba completa y que hemos podido reconstruir a base de fotografías tomadas en esa oportunidad por Tabío y por el autor de estas líneas). Pero el pie izquierdo está pintado de negro azulino, lo mismo que la rodilla. El tobillo -como ya se dijo- está indicado con una incisión ovoide que se distingue muy claramente. 12. En la parte superior, el mural está delimitado por una línea gruesa de color amarillo oscuro encima de la cual se puede apreciar un motivo escalonado triangular en la base, que termina en forma de voluta. El remate de esta voluta es una cabeza de ave. El triángulo inferior es de color rojo marrón mientras el resto del motivo es anaranjado oscuro, excluyendo los ojos, que son circulares con el iris negro azulino y la esclerótica de blanco grisáceo, la punta del pico del ave también aparece ligeramente pintada de negro azulado. 13. En la parte inferior hay una línea muy ancha de color anaranjado oscuro debajo de la cual se repite un motivo grande de postas, rojo ladrillo oscuro. 11. En el extremo derecho aparece un conocido motivo. Es la representación de un objeto grande de forma cónica, muy alargado (abarca casi toda la altura del mural), que re-mata 181 182 Lámina IV. Calco extendido del mismo mural. Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Una pintura mural de Pañamarca, valle de Nepeña / D. Bonavia en la parte superior con una figura rectangular encima de la cual hay un semicírculo. El artefacto es de color rojo ocre y sólo la extremidad inferior y el rectángulo varían de color, siendo respectivamente celeste oscuro y anaranjado claro. En el centro, y superponiéndose al objeto descrito, existe otro artefacto circular cuyo centro (bastante destruido) es rojo ocre y la parte extrema, muy ancha, de celeste oscuro. Encima hay una especie de faja anaranjado clara que remata en un pequeño rectángulo de color rojo ocre. Entre esta franja, que pasa atrás del objeto principal y el rectángulo grande de la parte superior se ven dos objetos en forma de coma que -uno a cada lado - se superponen parcialmente al artefacto principal: están pintados de sepia oscuro. En la parte inferior de esta parte del mural no hay decoración alguna, mientras que en la parte alta hay una franja muy gruesa de color beige, que no corresponde a las de las partes a y b del mural ya que es más alta. Como detalles generales para a, b y c, se puede afirmar: 1. El fondo de todo el mural es del mismo color blanco crema. 2. Los personajes 1, 3, y 4 tienen todos cinco dedos en las manos, mientras que 5, 6, 8 y 10 tienen tan sólo cuatro. INTERPRETACIÓN DE LOS MOTIVOS A pesar de las innumerables limitaciones de toda índole con que se tropieza al tratar de interpretar las representaciones prehistóricas peruanas, haremos un esfuerzo para explicar las figuras que aparecen en este nuevo mural de Pañamarca: Comenzaremos este análisis por el personaje de mayor im-portancia en toda la pintura, que es evidentemente el marcado con el numero 1. Por los adornos y atributos, etc. parece tratarse de un personaje de gran jerarquía, quizás sacerdote, que lleva un cubrenuca, y de la corona le salen dos apéndices, de-lante y atrás respectivamente; de cada uno de éstos cuelgan tres bolitas. El ojo de este personaje también recuerda al tratamiento de los ojos de aquellos personajes chimú que la Dra. Carrión Cachot, siguiendo a Tello, llama «divinidades ornitomorfas»20. También se puede ver tratamiento idéntico en los tejidos de Pachacamac que aparecen en el trabajo de Schmidt21 dos de los cuales son citados por la Dra. Cachot. Sería interesante historiar este motivo para poder saber con exactitud de dónde viene y adonde va. 20 21 Carrión Cachot, 1942. Schmidt, 1929, lámina XIV y pags. 493 y 494. 183 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 El gran manto que tiene este personaje presenta - dijimos -unas como «lengüetas», que pudieran ser plumas porque hemos po-dido notar que en las escenas de los cerámicos mochica donde aparecen aves hay ejemplares cuyas alas están decoradas o representadas con las mismas «lengüetas». Este tipo de vestimenta no es común, se pueden ver, muy de vez en cuando en las repre-sentaciones22, y aparecen además en forma parcial en el mu-ral de Pañamarca estudiado por Schaedel23. Lo que lleva en la mano este personaje es una copa, elemento del que ya se ha-bló y que -como repetimos- es común en la escenografía mochica. El personaje número 2 es sin duda alguna un caracol con una cabeza serpentiforme. El número 3 parece ser un felino antropomorfizado y que es evidentemente uno de los ayudantes del gran sacerdote; el simbolismo de esta figura, aparte del valor reli-gioso que pudiera representar, es realmente oscuro para nosotros. En la mano derecha lleva un recipiente en forma de media luna con algo encima que podría representar un corazón humano. En la cabeza porta un tocado que en su parte superior tiene un adorno, muy común en las representaciones mochica, y que es precisamente lo que Muelle llama «casco con carrillera»24: el adorno es la representación clásica de un cuchillo. Muy probable parece que en una época tuvo esa función, pero que después -como bien estima Muelle- quedó la forma tan sólo como vestigio. Rafael Larco Hoyle lo menciona al hablar de «un gorro bien exornado con remates superiores en forma de cuchillo conocido en la terminología quechua con el nombre de tumi»25. Este mismo personaje lleva un objeto que le cuelga del cuello por medio de una cinta. Por la forma y el tamaño creemos quo se trate de un cuchillo, objeto que además tendría una función muy evidente dentro de la escena que estamos describiendo. En este caso no se trata de lo que Muelle definió como «apéndice caudal» o «chalchalcha»26, porque además; entre otras cosas, como el mismo autor lo demuestra, este apéndice; caudal está siempre relacionado con escenas guerreras. Hemos buscado un objeto igual o por lo menos parecido -ya sea en forma o en función- en las numerosas representaciones de esta cultura, pero no pudimos encontrar nada. Sólo hemos ubicado un personaje que tiene un artefacto que le cuelga del cuello en la parte de atrás27; pero es evidente la di-ferencia no sólo en forma sino en función. Además, se podrá ver que en muchísimos casos28 el cuchillo lleva un cordel muy largo (o por lo menos algo parecido) atado a su parte más delgada. Otro detalle importante (razonamiento que se aplica no sólo al personaje N° 3 sino también al 4, al 5, al 6 y al 10), es que tiene las manos, las rodillas y los pies pintados de color negro azulado. Rafael Larco Hoyle al ocuparse de esto 22 23 Por ejemplo en Kutscher, 1950; p. 22, fig. 24 Schaedel, 1951; p. 152-153, fig. 13 24 Muelle, 1936 25 Larco Hoyle R., 1939; p. 89 26 Muelle, 1936 27 Disselhoff, 1956; p, 26, fig, 1 p. 27, fig. 2 y 4 28 Por ejemplo; Kutscher, 1950; p. 67, fig. 59; p. 71, fig. 61; p. 77, fig. 64 184 Una pintura mural de Pañamarca, valle de Nepeña / D. Bonavia dice textualmente; «Las rodillas también tienen una especie de defensas, a manera de rodelas y las ma-nos parecen cubiertas con guantes de la misma naturaleza. Sin embargo esto no se presenta, en todos los casos» y en la misma página añade que «los miembros inferiores ofrecen en parte su epidermis desnuda, porque desde el pie hasta media canilla hay una especie de bota que, a juzgar por su adapta-ción a las formas que encierra, nos parece que era de tejido, acaso de un producto muy fuerte o simple tatuado»29. Nosotros en el caso específico del personaje bajo estu-dio no creemos se trate de «defensas» ni de «guantes» ni de «bota». Pensamos que se trata sencillamente de pintura; y decimos esto por las siguientes razones basadas en nuestras figuras: 1. En el personaje No 1 y en el N° 3, en las manos se ve claramente las uñas; si se tratara de guantes no se verían. 2. El personaje N° 1 tiene las manos pintadas de color negro azulillo y sólo las uñas de los pies pintadas del mismo color. 3. En el personaje N° 10, a pesar de tener el pie pintado de negro azulado, queriendo el artista hacer resaltar el to-billo lo marcó con incisiones, las mismas que muestran los tobillos del personaje N° 1 que tiene los pies pinta-dos de otro color. Si se tratara de botas o algo parecido, el tobillo no se vería. Las razones expuestas, nos inclinan a creer que se trata -ya refiriéndonos al personaje- de un ayudante del gran sacer-dote que lleva consigo un cuchillo para sacrificios y en la mano derecha un corazón en un recipiente. El personaje N° 4 probablemente tiene la misma categoría que el anterior. Por los dientes puntiagudos y por la manera como ha sido representada el ala, parece muy posible que se trate de un vampiro antropomorfizado. En la mano derecha lleva una copa en la que parece estuviera echando algo. Los personajes desnudos, Nº 5, 6 y 8 son sin duda tres prisioneros de guerra. Está demás decir que la escena del guerrero desnudo es característica en la escultura y en la escenografía mochica. Pero hay sin embargo algunos detalles en estos prisione-ros que no son comunes. Primeramente, todas las representaciones -ya sea escultóricas o pictóricas mochicas- tienen las manos atadas en la espalda con una soga que les cae del cuello que también va amarrado. Aquí existe la soga del cuello, pero las manos están libres y en una posición muy rara. Otra cosa que se puede observar y que llama mucho la atención es la forma de dibujar los genitales. Como es sabido, en todas las re-presentaciones mochicas, este detalle jamás es descuidado y siempre 29 Larco Hoyle, Rafael, 1939; p. 89 185 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 está perfectamente representado. Aquí, sin embargo, se nota algo extraño y en desacuerdo con la técnica mochica. El Dr. Schaedel opina que se trata tan sólo de un problema de perspectiva30. Otro detalle es que parece que estos prisioneros estuvie-ron sentados, pero no se ven las piernas más que hasta las ro-dillas y debajo de ellas hay una representación cuadrangular muy rara (que aparece sólo en los motivos N° 5 y 6). Este motivo cuadrangular bien podría representar los pies del personaje sentado sobre ellos; creemos menos en la posibilidad de que se trate de individuos mutilados de las partes inferiores de las piernas y que estuvieran sentados sobre algún objeto. Llevan estos personajes algo raro -ya descrito- a la altura del hombro derecho. Nunca habíamos visto nada parecido, pero pudiera ser un recipiente. En otras representaciones mochicas, se ve que en un recipiente parecido se recoge la sangre del sacrificado. El motivo N° 7 es una serpiente que a pesar de tener la lengua bífida tiene una cabeza poco ofídica. Lo que nos llamó la atención desde el primer momento es el motivo N° 9. Sería difícil decir qué es: sólo se nos ocurre pensar en una especie de bandeja con tres copas. El N° 10 parece un guardián que estuviese cuidando a los prisioneros y en actitud de azotarlos con una especie de látigo. Este artefacto parece que no era desconocido entre los Mochicas. Se puede apreciar otro objeto igual al nuestro en el trabajo de Kutscher31 solo que allí el personaje está en segundo plano. La escena del primer plano de esta representación que publica el estudioso alemán, es mitológica. Rafael Larco Hoyle también distingue esto y nos habla de un «jefe con un látigo -signo de autoridad- en la mano»32. Sobre el particular Schaedel opina que el tratar de interpretar a ese artefacto como «látigo» es dejarse llevar por un prejuicio occidental33. La representación N° 11 es bastante común, especialmente en el período Mochica IV. Se trata evidentemente de una panoplia, con armas ofensivas y defensivas: una porra de clásico corte mochica, con un escudo y una faja de tela probable mente. La única cosa cuyo significado desconocemos son los apéndices en forma de coma, si se les puede llamar así, que aparecen en la parte superior de la porra. El motivo N° 12 aparece también bastante en las representaciones mochicas. Wallace cree que es un motivo tardío y de posible influencia extraña34. Ha sido estudiado por Allan Sawyer que dice que este es un motivo plumario que se pegaba a la nariz de los felinos siendo común en 30 31 Schaedel, comunicación personal Kutscher, 1950, p. 53, fig. 50; p. 81, fig. 66 32 Larco Hoyle Rafael, 1939; p. 135, fig. 190 33 Schaedel, comunicación personal 34 Wallace, comunicación personal 186 Una pintura mural de Pañamarca, valle de Nepeña / D. Bonavia el arte Recuay. El le llama «The plumed puma motif». Cree el autor que esta estilización es extraña en el arte mochica y sugiere una primitiva relación entre Recuay y Mochica. Según Sawyer es un motivo que se encuentra en todos los períodos mochicas, casi siempre repitiéndose en los bordes de las vasijas o en los cuellos de los huacos-retrato. Sugiere también el autor que un nombre más apropiado y más familiar para este motivo sería «step and wave» cuya traducción castellana sería «escalón y ola»35. El motivo N° 13 tampoco es característico de un solo período. Se trata de postas. Aparecen en todos los períodos del arte mochica, sólo que en las últimas fases se acentúa mucho más la persistencia, no únicamente como elemento decorativo, sino también como representación de olas, etc. En conclusión, tenemos la impresión que la escena general representa un cortejo de carácter religioso, en que se realiza probablemente un sacrificio con los prisioneros. Se ve a un gran sacerdote ayudado por dos personajes, uno de los cuales parece llevar un corazón en la mano, mientras un guardián cuida a los prisioneros. Participan en este cortejo algunos animales que seguramente tenían importancia mágico-religiosa. La porra -elemento guerrero- quizá indique las armas de los tres prisio-neros despojados en combate. COMPARACIONES Sólo un esfuerzo comparativo puede diferenciar las varias fases de una cultura con el único auxilio de sus representaciones materiales, de las cuales indudablemente las artísticas son más ricas en enseñanzas y matices. Convencidos de esto hemos pensado presentar un cuadro comparativo de lo que hasta hoy conocemos de pinturas murales mochicas. Estas comparaciones han surgido, -es verdad- de un incompleto examen estilístico, acentuado por la falta de estudios de este tipo. Al realizar nuestro trabajo en Pañamarca, tuvimos la intención de examinar detenidamente no sólo nuestro mural, sino todos los ya estudiados, la falta de tiempo y de medios no nos permitió ser más minuciosos. Por esto, al hacer las comparaciones hemos usado como fuente principal el trabajo de Schaedel36, habiéndonos permitido añadir algunas observaciones, entresacadas de las notas de nuestra libreta de campo. Debemos señalar también que entre los murales estudiados por el arqueólogo norteamericano, el que está mejor reproducido, el que trae mayor número de datos y sobre todo el que mejor hemos observado es el que en la lámina I está identificado con la letra C y que aparece en la pág. 152-153 del trabajo de Schaedel37. 35 36 Sawyer, 1954, p. 25-26 Schaedel, 1951 37 Op. cit. 1951 187 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Al comparar nuestro mural con éste se podrá notar una pequeña diferencia, en el sentido de que el primero es más complicado y acabado que el segundo. Schaedel opina sin embargo que esto se debe sólo a la función que desempeñaban estas pinturas. Las primeras serían más acabadas por tratarse de la decoración del interior de un sitio sagrado, mientras que la segunda, que se encuentra en una gran plaza, estaría hecha con menos cuidado38. A pesar de que existen muchos datos y una cantidad fantástica de objetos mochica, es muy poco lo que sabemos sobre sus pinturas murales. El único trabajo que nos proporciona datos con sólido fundamento para efectuar una comparación válida, es el de Alfred L. Kroeber39, que describe el friso de la Huaca de la Luna. CUADROCOMPARATIVODELASPINTURASMURALESDELAHUACADE LALUNA(MOCHE)YLASPINTURASMURALESDEPAÑAMARCA(NEPEÑA) Huaca de la Luna (Moche) Pañamarca (Nepeña) Alfred L. Kroeber (1930) Mural “C” de R. Schaedel Mural estudiado por D. Bonavia 1 2 3 Colores usados: negro, blanco, rojo, amarillo, Colores usados: blanco, rojo, Colores usados: anaranjado oscuro, rojo, azul claro, marrón. amarillo, marrón oscuro, negro, marrón, blanco crema, blanco gris, celeste gris. oscuro A, negro azulino, rojo ladrillo oscuro, rojo ocre, sepia oscuro, celeste oscuro B. Base blanca. Base blanca. Base blanca-crema. Incisiones no muy profundas. Incisiones no muy profundas. Incisiones no muy profundas. Las incisiones y las pinceladas denotan Las incisiones y las pinceladas Las incisiones y las pinceladas denotan destreza. denotan destreza. destreza. Se pintó a pulso, sin plantilla. Se pintó a pulso, sin plantilla. Se pintó a pulso, sin plantilla. En algunos puntos se trató de delimitar los No se usa el negro para delimitar No se usa el negro para delimitar motivos. motivos con pintura negra. motivos. Colores usados con más frecuencia: rojo, Colores usados con más frecuencia: rojo y amarillo, colores azules, a veces rosado. anaranjado; en segundo término negro y posteriormente el celeste. Los colores se usaban en la siguiente forma: el Los colores se usaban en la siguiente forma: color negro especialmente para los pies y las el negro especialmente para los pies, las rodillas. El blanco casi siempre para el fondo y rodillas, manos y el cabello en algunos casos. de vez en cuando en el diseño. El marrón claro También zonas de la vestimenta y el iris de sólo en pequeñas áreas que representan los ojos. El blanco para el fondo y en artefactos. Sólo en rarísimas oportunidades se pequeñísimos espacios en los diseños. El rojo utilizaba el tono del adobe en vez de pintura. ladrillo en pequeñas áreas. Kroeber, a pesar de no haber efectuado el Todos los colores han sido preparados a base análisis químicos de los pigmentos cree que el de calcita (carbonato de calcio) y los distintos rojo y el amarillo son ocres, el rosado una colores fueron conseguidos con las mixtura del rojo ocre con el blanco del enlucido variedades de óxidos de hierro (limonita, preparado y el azul es una fuerte dilución del magnetita, hematina) según los análisis negro (probablemente carbón) con blanco. realizados por el Ministerio de Fomento. Las figuras están bastante convencionalizadas. Tratamiento naturalista de las Tratamiento naturalista de las figuras. figuras. El diseño es sencillo y poco recargado. El diseño es bastante recargado. El diseño es bastante recargado. Aparece la cabeza de serpiente con lengua Aparece la cabeza de serpiente y Aparece la cabeza de serpiente y la serpiente bífida pero con un tratamiento diferente que en la serpiente con cabeza de con cabeza de “zorro”. Pañamarca. “zorro”. Escenas de combate entre objetos Parece se un cortejo religioso, quizá como antropomorfizados, en su mayor parte armas. preámbulo a un sacrificio. Hay también seres humanos. 38 39 Schaedel, comunicación personal Kroeber, 1930 188 Una pintura mural de Pañamarca, valle de Nepeña / D. Bonavia CUADRO COMPARATIVO DE LAS PINTURAS DE PAÑAMARCA CUADRO COMPARATIVO DE LAS PINTURAS DE PAÑAMARCA Mural “C” de Schaedel Mural estudiado por el autor 1 2 SITUACIÓN DEL NUEVO MURAL EN LA CRONOLOGÍA DEL El diseño es más convencional; hay El diseño es más realista y el tratamiento de NORTE PERUANO desproporción en el tratamiento general de las figuras tiene más proporción. las figuras. El mural denominado “C” por R. Schaedel No aparece ningún personaje con Entre los diversos trabajos que se han una escena religiosa. es indudablemente de guerreros pues casi “chalchalcha”. Espublicado sobre la cronología del Norte del Perú, creemos que, todos llevan la “chalchalcha” para los fines de este estudio, usaremos como base de comparación el que sobre Hay poco efecto este tema y basándose principalmente en estilística ha escrito Rafael Larco Hoyle40, ya que en de segundos planos. Hay efectos muy bien logrados de segundos planos. él se trata con amplitud y claridad de los distintos períodos de la cultura mochica. Pertenece al periodo IV de la cultura Pertenece al periodo IV de la cultura mochica, según John Rowe (Schaedel: mochica. Asimismo, para fijar cronológicamente el mural que estamos estudiando, tuvimos la comunicación personal). oportunidad de consultar al dos murales: Wallace que tiene trabajos inéditos sobre los mochicas Motivos comunes a los Dr. Dwight y quien se- ha voluta dedicado en forma especial a la parte estilística de esta cultura. - vestidos plumarios - pies y rodillas pintadas El nos manifestó, con cabeza de cosas, que en el Departamento de Antropología de la - serpiente entre otras “zorro” Universidad de California existía un manuscrito del Sr. Carltón Caulkin que había llegado a - pequeños elementos decorativos. clasificar cronológicamente a base del estilo los motivos mochicas independientemente del estudio de Larco Hoyle arriba mencionado, pero coincidiendo notablemente con éste. 40 Larco Hoyle, 1948 189 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 A grandes rasgos, Wallace nos explicó en qué consistía esta clasificación. Por tratarse de un trabajo inédito y conocido por referencias puede quizás haber mezclado el autor las ideas de Caulkin y de Wallace. No hay duda sin embargo que la ayuda de Wallace nos ha sido indispensable para ubicar en el tiempo la pintura mural estudiada. Según parece, Caulkin llegó a la conclusión de que las representaciones de figuras son casi siempre del periodo IV o a lo más del V. En el período IV se puede ver más actividad; las líneas son más finas y hay menos áreas sólidas. Al mismo tiempo, los motivos son más recargados y los espacios más llenos, pues las escenas aparecen con más personajes. Las representaciones son episódicas y se puede ver claramente mayor variedad. Cuando aparecen muchas personas en un desfile, en una o dos líneas, y cuando entre ellas hay un personaje grande, se trata con seguridad del período IV o quizá del V. Una característica de este período (nos referimos al IV) es la serpiente con cabeza de «zorro»; además, aparece con insistencia la representación de lo que se ha interpretado como una copa. Aclara Wallace que la aparición real de este recipiente es rara, pero que es muy común su diseño en la cerámica. Otro motivo que aparece en este período es el escudo con la porra y las figuras humanas con caras de animales, así como la mezcla de los hombres con serpientes y caracoles. Tomando en consideración los razonamientos anteriores llegamos a concluir que el mural que estamos estudiando pertenece al período IV. Hay menos posibilidades de que pertenezca al período V, pues en esta fase aparecen los dibujos recargados y complicados y además se llenan hasta el exceso los espacios vacíos. Excluimos los períodos I, II y III, ya que en los dos primeros casi no aparecen representaciones humanas, y en el período III las figuras casi no tienen movimiento y la representación os más monumental. Además, el tratamiento de las figuras en esta época no utiliza las curvas sino los ángulos; casi no se usan motivos pequeños para rellenar espacios vacíos. No hay que olvidar, sin embargo, que los períodos mochicas son bastante dilatados y por eso se puede perfectamente hablar de fases tempranas y tardías. Según esto, se puede establecer, por ejemplo, que las rodillas pintadas en los personajes aparecen posiblemente en el período IV temprano. El único elemento que abunda en todos los períodos, predominando en el III, son las postas. Debemos recalcar que la representación de los animales tiene sus características en cada pe-ríodo; o mejor dicho, no todos los animales aparecen en todos los períodos. Por ejemplo, el pez, en el período IV, tiene dos apéndices cerca de la parte inferior de la cabeza; las serpientes son casi todas de los períodos IV y V; los pájaros con cuello largo son casi siempre del IV período, así como las aves de rapiña; el zorro y la lechuza aparecen en todos los períodos, sólo con diferencias en tratamiento. Como características especiales, se puede decir que cuando aparecen los animales mezclados con seres humanos, se trata del período IV casi siempre. Además, en los períodos más tempranos hay marcada tendencia hacia la naturaleza, pero en el período III tardío y en el IV temprano hay más escenas mitológicas y ya aparecen con más frecuencia las escenas marinas. 190 Una pintura mural de Pañamarca, valle de Nepeña / D. Bonavia Lo expuesto nos hace reforzar la creencia de que la pintura estudiada es del período IV. Por su parte, Rafael Larco Hoyle41 al hablar de este período dice que en él aparece la escenografía, muy especialmente la religiosa. Son comunes los motivos decorativos, entre ellos las armas y la indumentaria. Entre los principales motivos decorativos de este período aparecen: líneas paralelas, signos escalonados, volutas, volutas dobles, postas, cheurrones y motivos geométricos con remates de cabezas de pájaros. Antes de terminar; reconocemos que se podrá observar que nos hemos valido de una clasificación ceramográfica, en principio, para sacar nuestras conclusiones. Sin embargo, creemos que esas bases son válidas, pues la clasificación de Larco Hoyle no sólo encierra características derivadas de tipos cerámicos, sino que abarca etapas culturales bien definidas. Por eso, si hay alguna diferencia entre las representaciones de los «huacos» y las representaciones murales, creemos que es mínima. Respetando esta posible objeción, admitimos la posibilidad de un error que podría indicar que el mural en discusión es del período V, pero en ningún caso del III o de los anteriores. CONCLUSIONES En conclusión, nos inclinamos a creer: 1. Que el mural estudiado es una manifestación de la cultura mochica. 2. Evidentemente, la escena representada trata de un cortejo religioso, quizás de un sacrificio. 3. En cuanto al aspecto cronológico, la pintura corresponde al período IV mochica, o a la primera fase del período V. 4. Los murales estudiados por Schaedel pertenecen al mismo período que el mural por nosotros analizado. 5. El hecho de tapar con muros o rellenos las pinturas, probablemente en una misma época, no se debe a la casualidad, sino que obedece a un patrón cultural hasta hoy no examinado. La explicación, bastante atrevida, es que eso puede obedecer a patrones mágico-religiosos bien arraigados en todas las culturas peruanas pre-colombinas y especial-mente entre los mochicas. 6. Es una expresión de la cultura mochica en el período IV, fuera de Moche (El caso de Nepeña es parecido a los de Virú, Santa, etc.). 41 Larco Hoyle Rafael, 1948, p. 34-35 191 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 CLASIFICACIÓN DE LOS COLORES La columna de la izquierda corresponde a la terminología usada en este trabajo; la columna del centro de la terminología del diccionario de color; la columna de la derecha a la gama de colores del mural estudiado. Los colores del 2 al 8 corresponden a las secciones A y B y del 9 al 13 a C. Lámina V. Clasificación de los colores. 192 Una pintura mural de Pañamarca, valle de Nepeña / D. Bonavia APÉNDICE (+) República del Perú MINISTERIO DE FOMENTO Y OBRAS PUBLICAS Of. N° LQ-021-959 Lima, 23 de Agosto de 1959. Sr. Director del Instituto Nacional de Investigación y Fomento Minero. S.D. Me es grato poner en su conocimiento los pigmentos identificados en pinturas murales halladas en las ruinas pre-incaicas de Pañamarca en el Valle de Nepeña; y que fueran solicitadas por el Director del Instituto de Etnología y Arqueología de la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Muestra N° 2. Blanco crema. Carbonato de calcio (calcita) con oxido de hierro (limonita). Muestra N° 3. Blanco gris. Carbonato de calcio (calcita) con óxido de hierro (magnetita). Muestra N° 4. Anaranjado oscuro. Carbonato de calcio (calcita) con óxido de hierro (hematita). Muestra N° 5. Rojo, ladrillo oscuro. Carbonato de calcio (calcita) con óxido de hierro (hematita). Muestra N° 6. Rojo marrón. Carbonato de calcio (calcita) con óxido de hierro (hematita). Muestra N° 7. Celeste oscuro «A». Carbonato de calcio con óxido de hierro (magnetita). Nota.- El dibujo central de la muestra no ofrece color celeste sino gris claro. Muestra N° 8. Negro oscuro. Carbonato de calcio (calcita) con óxido de hierro (magnetita) en proporción mayor. Muestra Nº 9. Anaranjado claro. Carbonato de calcio (calcita) con óxidos de hierro (limonita y hematita). Muestra Nº 11. Rojo ocre. Carbonado de calcio (calcita) con óxido de hierro (hematita). Muestra Nº 12. Celeste oscuro «B». Carbonado de calcio (calcita) con óxido de hierro (magnetita). Nota.- El color que se aprecia es el gris y no celeste. Muestra Nº 13. Sepia oscuro. Carbonado de calcio (calcita) con óxido de hierro (limonita). 193 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Se puede concluir de los compuestos identificados en las pinturas observadas que todas ellas han sido preparadas a base de calcita y que los distintos colores fueron conseguidos con las variedades de óxidos de hierro de fácil adquisición en la costa peruana. Es cuanto tengo que informar a Ud. S.D. Atentamente, Un sello Firmado: Dr. Agustín Iza Arata Jefe del Laboratorio de Química (+) Agradecemos los análisis que gentilmente, y a pedido del Instituto de Etnología y Arqueología de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos efectuara el Laboratorio de Química del Instituto Nacional de Investigación y Fomento Minero del Ministerio de Fomento y Obras Publicas. 194 Una pintura mural de Pañamarca, valle de Nepeña / D. Bonavia BIBLIOGRAFÍA Anónimo 1956 «El problema de la conservación de las decora-ciones murales prehistóricas» Chimor. Año IV, N° 1, Trujillo, noviembre. Pp. 38; p. 1-8. Antúnez de Mayolo, Santiago 1933 «Los trabajos arqueológicos en el Valle de Nepeña» El Comercio, Lima 15 de octubre. Bennett, Wendell C. 1939 «Archaeology of the North Coast of Perú. An account of explorations and excavations in Viru and Lambayeque Valleys» Anthropological Papers of the Amer. Mus, of Natural Hist. t. XXXVII, prt. I, pp. 1-153, 22 pls. 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En los últimos años, sin embargo, un buen numero de arqueólogos se ha dedicado a trabajos de detalle, a la solución de pequeños problemas, y a base de estas investigaciones vemos hoy en día con mayor claridad nuestros errores iniciales, pero sobre todo nos podemos dar cuenta cabalmente que hay aún áreas muy grandes en nuestros conocimientos que permanecen casi o totalmente vacías. Este es el caso, si se quiere, del aspecto urbano. El fenómeno ha sido estudiado en profundidad y estrictamente desde un punto de vista arqueológico solamente por Willey en Virú, aunque es gran lástima que en dicho valle las expresiones arquitectónicas de las últimas épocas no sean de las más significativas. Se hace patente, pues, la necesidad de otro estudio similar en algún valle costeño (con preferencia en la costa central) y alguna área serrana, para poder disponer de una mayor cantidad de elementos comparativos. Contra la opinión generalmente aceptada, sabemos que los incas no fueron constructores de ciudades y que el tipo de concentración urbana que practicaron está muy lejos del concepto occidental que generalmente atribuimos al fenómeno. Entre otros, Rowe (1946, pp. 229; 1963) lo ha demostrado fehacientemente, y Bennett (1949) lo dejó entrever, sólo que hoy sabemos que los antecedentes del fenómeno son más tempranos de los que el arqueólogo norteamericano pensó. Esto no quiere decir, sin embargo, que durante el Tahuantinsuyo no se construyeran núcleos urbanos como lo afirma en forma demasiado simplista Lanning (1967) llegando a decir que «es dudoso que los incas hayan construido cualquier asentamiento más grande que una pequeña villa» (pp. 163) o poniendo en duda el carácter urbano del Cusco y diciendo que si se acepta a éste como ciudad «ella fue la única que los incas construyeron» (pp. 67). Las evidencias niegan esto, y si es verdad -como se verá más adelante- que una gran cantidad de núcleos urbanos del Horizonte Tardío hunden sus raíces en épocas anteriores, también es cierto que muchos de ellos son típicamente incaicos y construidos bajo la organización cusqueña (Hardoy, 1968; pp. 46). Una de las dificultades más graves para este tipo de estudios es sin duda la falta de planos de los centros urbanos precolombinos, que salvo poquísimas excepciones son simples croquis, Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 muy a menudo con errores muy graves. Así no disponemos de un plano de Cajamarquilla, de Marca Huamachuco, de Pacatnamú, para mencionar solamente algunos ejemplos. Es más, tampoco existe un plano total, al detalle, de Chanchán y para el estudio de patrones de ocupación de Virú es el croquis el utilizado más que el plano. Es verdad que en muchos casos la fotografía aérea ha sido de invalorable ayuda, pero me atrevería a afirmar que ella también es responsable de muchos errores. En la fotografía aérea falta el detalle que puede ser conocido exclusivamente con una limpieza directa de la estructura y con una excavación metódica de la misma; las únicas que permitirán deducir la funcionalidad del elemento estudiado por medio del cual se puede llegar a inferencias de tipo interpretativo. Si se hace un análisis de la planimetría de los conjuntos urbanos del Horizonte Tardío a base del escaso material existente, se llega a la conclusión que en la urbanística incaica no hay un plano base que se haya usado repetidamente. Esto lo he podido comprobar personalmente y lo ha dicho ya Hardoy (1954); lo que sí parece evidente es que hay algunos elementos, como la plaza, el palacio principal, el Templo del Sol, la casa de las escogidas, los depósitos, etc., los cuales se encuentran casi siempre en los núcleos típicamente incaicos, juntos o separados, pero en cada caso con una disposición diferente. En otras palabras, parece que existían elementos que representaban caracteres básicos de la organización social y política del incario, los cuales eran empleados por los arquitectos indígenas, pero no existía un plan director ni una ubicación específica para dichos elementos dentro de él. Es posible que una de las causas fundamentales de ello fuera la corta duración de la expansión inca, que no les permitió en este campo una verdadera planificación y que los obligó más bien a la improvisación. Posiblemente los otros múltiples problemas que tuvieron que resolver durante su conquista del área andina necesitaron una atención preferente. Pero también debieron jugar un rol importantísimo en ello, las limitaciones técnicas, que sin duda las tuvieron, y la topografía en la que actuaron. Una característica común que se nota en todos los centros de ocupación inca y preinca es la adaptación total a la topografía y la utilización al máximo de los accidentes naturales para la construcción de dichos núcleos. Esto como resultante de las tremendas condiciones geomorfológicas sobre las que tuvieron que asentarse, y que fue sin duda un factor determinante que impidió en muchos casos el mantener la regularidad del trazado urbano, como Rowe (1946; pp. 228) lo había observado. El hombre andino realizó en verdad relativamente pocos cambios en la naturaleza para establecer sus viviendas; los grandes cambios fueron dirigidos hacia problemas de mucha mayor trascendencia, como el logro de tierras cultivables y obras de ingeniería indispensables para mantenerlas permanentemente. Los incas prefirieron ocupar los sitios de habitación de los grupos anexados y construyeron ciudades u otros tipos de asentamientos, solamente cuando se vieron obligados a ello, para obtener alguna forma de control en lugares estratégicos. Estos nuevos centros eran edificados por el gobierno y bajo la guía de arquitectos imperiales (Rowe, 1946; pp. 228). Es el caso de los grupos que formaban el «limes» del imperio en el área oriental, o el de Huánuco y Pumpu en la sierra central (vide Thompson, 1969), o Cajamarca en el norte, o Cochabamba en el área Chachapoya. Para la costa tendríamos el caso de Tambo Colorado construido para controlar el 202 Factores ecológicos que han intervenido en la transformación urbana a través de los últimos siglos de la época precolombina / D. Bonavia valle de Pisco y áreas limítrofes, Incahuasi mandado edificar en la campaña contra Chucuimanco. Paramonga, aunque se ha dicho que es Chimú (Hardoy, 1968, pp. 43), es en realidad fundamentalmente incaica y no sabemos a ciencia cierta si fue templo o fortaleza o ambas cosas como sostenía Tello. De todos modos fue un lugar de control del incario, aunque en las últimas épocas debió ser abandonada, pues al decir de los cronistas al producirse la conquista ya el sitio estaba despoblado. En Virú los patrones incaicos no muestran ningún cambio ni construcción de nuevas edificaciones con respecto a las épocas anteriores. En el período Estero la gente siguió viviendo en los mismos lugares en los que habitaron en la época Tomaval o La Plata (Willey, 1953). Un fenómeno similar ha sido comprobado por Thompson (1964) en el valle de Casma. Esto es la materialización de una sabia política impuesta por los incas que cuando podían ejercían su control a través de centros de prestigio tradicionales, camuflando de esta forma la imposición cusqueña (ver por ejemplo Menzel, 1959); es además la explicación de la falta de sitios típicamente incaicos que nota el arqueólogo que trabaja en la costa. Es de interés observar cómo el especialista del fenómeno urbano (vide Hardoy, 1964; pp. 471) considera como ejemplos típicos del planeamiento urbano entre los incas, los sitios de Piquillacta, Viracochapampa, Incahuasi, Tambo Colorado y Ollantaytambo. Con las evidencias que tenemos hoy sabemos que algunos de estos centros son mucho más tempranos que el Horizonte Tardío, de modo que este mismo razonamiento nos sirve para comprender los antecedentes del fenómeno urbano en el área andina y situarlos con mayor exactitud en el tiempo. Los hechos en realidad demuestran que el fenómeno planificación es anterior al Intermedio Tardío (Chimú) y se remonta con toda seguridad al Horizonte Medio (vide Schaedel 1966a; 1966 b). Por las investigaciones de Rowe (1963) sabemos que una de las características fundamentales de esta época son complejos de edificios muy grandes, con plazas, corredores, cuartos rectangulares trazados con un plan formal con paredes muy altas con puertas y ventanas. Esto se ve muy claramente sobre todo en valles de la costa norte y centro, y Willey (1953) ha demostrado que en Virú las ciudades planeadas son mucho más antiguas que el Horizonte Tardío; ellas aparecen en el período Tomaval y luego son rehabitadas en los períodos La Plata y Estero. Aparte del sitio clásico de Huari (concretamente en su sector de Capilla Pata) en la sierra de Ayacucho, Marca Huamachuco en la sierra norte, Cajamarquilla en la costa central y un sitio en la Pampa de Llamas en el valle de Casma, hoy se considera como sitios del Horizonte Medio sea a Piquillacta que a Viracocha-pampa; núcleos éstos clasificados tradicionalmente como incaicos (ver los trabajos de Hardoy 1964; Harth-Terré, 1959). De modo que la estrecha semejanza que anotara Hardoy desde un punto de vista de planeamiento urbano entre estos dos lugares y los demás que sí son efectivamente incaicos, nos demuestra que hubo una copia formal de esta planimetría por parte de los incas, con ligerísimas variantes, una de las cuales podría ser la introducción de la forma trapezoidal o triangular sobre todo en el trazado de las plazas (a pesar de que ésta tampoco parece ser una idea origina! de los cusqueños) en contraposición de la exacta composición cuadrangular de los trazados de Piquillacta y Viracochapampa. Es más, el mismo Mc Cown (1945) llamó la atención sobre la gran semejanza entre los trazados de Piquillacta y Viracochapampa y sugirió inclusive que se trataba de una copia si no total por lo menos parcial. Por su parte Harth-Terré (1959) había observado que en el «colcahuasi» de Lunahuaná se encuentra toda la composición de los depósitos y bastimentos de Piquillacta, sólo que este autor también estaba convencido que Piquillacta era incaica. 203 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Sobre Viracochapampa, que Belaunde (1961) definiera como un ejemplo de «arquitectura racionalista de ciudad planeada», tenemos en verdad pocos datos, pero Rowe (1963), Menzel (1968) y Lanning (1967) afirman que no hay duda de su situación temporal en el Horizonte Medio. Para Piquillacta tenemos las evidencias publicadas por Valcárcel (1933), Rowe (1963), Lanning (1967) y Menzel (1968) y últimamente las investigaciones de Sanders que no han sido aún publicadas. Aunque es justo decir que ya en su trabajo de 1946 Rowe había dejado entender que no se trataba de un sitio incaico (pp. 225) y que Hardoy en su segundo libro (1968; pp. 48) ya lo acepta. Si hay una ciudad que debemos de considerar como «ideal» para el patrón incaico, ésta es sin duda el Cusco (vide Hardoy, 1968). (Si bien Rowe (1948; pp. 228-229) sugirió que «el mejor ejemplo de un poblado inca planificado es el pueblo en el valle de Ollantaytambo donde los bloques de casas fueron acomodados en un espacio trapezoidal con dos grandes plazas al borde del área de casas»). Mucho se ha escrito sobre el particular (el último trabajo es el de Rowe, 1967) y no merece la pena volver sobre ello. Se puede apuntar aquí solamente que el plano del Cusco no se repite en ninguna de las otras ciudades incaicas y que la forma de puma que allí se da es exclusiva. Hay sin embargo un pequeño detalle sobre el que quisiera llamar la atención. Recientemente he tenido la oportunidad de visitar Trujillo y ver las investigaciones que está llevando a cabo el equipo de la Universidad de Harvard. Kent Day, que está estudiando una de las ciudadelas de Chanchán, tuvo la gentileza de adelantarme algunos de los resultados, uno de los cuales me permito citar aquí. Me refiero a la evidencia de que la ciudadela estaba diseñada de tal forma que el acceso a ella estaba rigurosamente controlado y que éste debía ser en la mayoría de los casos unipersonal por la estrechez de los pasadizos. Especiales garitas, probablemente ocupadas por personal especializado de confianza, ejercía este control. Si a esto añadimos lo que hasta ahora sabíamos sobre Chanchán y leemos las descripciones que se han hecho del Cusco precolombino, en verdad nos parece estar frente al mismo fenómeno, a la misma concepción. Valcárcel (1924, pp. 21) nos dice que en la capital incaica «cada prosapia o linaje ocupaba un recinto aparte. Estos grandes recintos aparte tenían una disposición original: una sola puerta daba acceso al interior; éste era un dédalo de callejuelas (killas) y habitaciones abiertas hacia grandes o pequeños espacios semejantes a los patios españoles. En cada recinto .de la realeza existían huertas, jardines, baños, grandes estancias, retretes, pasadizos, atrios, etc». ¿Y la misma idea no sería aplicable también al área «del templo» de Potrero de Santa Lucía (Cieneguilla) en el valle de Lurín (Bonavia, 1965) y que corresponde a la época incaica? Un buen ejemplo para demostrar que el plano «ideal» del Cusco no se aplicó al construir otros centros incaicos es el de Incahuasi. Sabemos por indicaciones de los cronistas que cuando los incas quisieron conquistar las tierras de Guarco, encontraron tal resistencia que el Inca decidió edificar «otra nueva ciudad, a la cual nombró Cuzco, como a su principal asiento. Y cuentan asimismo que mandó que los barrios y collados tuviesen los nombres propios» que tenían los del Cuzco» (Cieza de León, P., 1941; pp. 226-227). Ahora bien, si se comparan los planos de ambas ciudades se nota inmediatamente que no hay semejanza alguna entre ellos (ver el plano de Incahuasi en Harth-Terré, 1933). Pero si se comienza analizar por separado los elementos componentes de la ciudad, uno por uno, olvidándonos de su situación dentro del trazado general, entonces si encontramos que ellos coinciden. El mismo fenómeno se nota en Huánuco Viejo (Harth-Terré, 1964) donde la composición urbana es sui géneris ya que todos los elementos se encuentran agrupados alrededor de una gran plaza central. Desde un punto de 204 Factores ecológicos que han intervenido en la transformación urbana a través de los últimos siglos de la época precolombina / D. Bonavia vista formal encontraríamos un paralelismo lejano en Tambo Colorado aunque yo me resisto a catalogar como ciudad a este pequeño conjunto que tuvo sin duda funciones muy específicas de control dentro del valle, pero que no reúne todos los elementos necesarios para ser considerado como ciudad (utilizando por ejemplo los conceptos que Hardoy anotó en sus «Ciudades Precolombinas», 1964, pp. 23). Cajamarca es una ciudad cuartel planeada, o más bien remodelada sobre la base del viejo pueblo norteño. Al lado de los edificios Caxamarca del Adoratorio de la Serpiente, los incas construyeron el Oshno, el Acllahuasi y el Templo del Sol, rodeándolos mediante una muralla y originando una plaza triangular «mayor que ninguna de España» (Jerez, 1938), «toda cercada con dos puertas que salían a las calles del pueblo» (Ruíz de Arce, 1953). Es interesante notar también, que la regularidad de los trazados urbanos del Horizonte Medio se pierden y se modifican notablemente en el transcurso del tiempo hasta el auge inca. Aunque un análisis detallado nunca se ha hecho, parece que las ciudades del Intermedio Tardío mantienen en mayor proporción este trazado regular el cual más bien se pierde en el Horizonte Tardío. Inclusive la forma trapezoidal de la urbanística inca que aparentemente no existe en el Horizonte Medio y que predomina sobre la cuadrada o rectangular en el Horizonte Tardío, tiene sin duda sus antecedentes en los reductos amurallados de la costa norte correspondientes al Intermedio Tardío, y fue copiada probablemente por los incas. Otro cariz adquiere el problema de los villorrios campesinos sobre los que la organización incaica, desde un punto de vista arquitectónico, parece no haber dejado huellas. Las investigaciones realizadas en el área de Huánuco demuestran que todas las comunidades estudiadas tienen un estilo arquitectónico campesino local, y que en términos generales no se observan manifestaciones en estilo inca imperial (Thompson, 1968; pp. 117). Últimamente varios arqueólogos que vienen tratando el problema del Horizonte Medio, sobre todo en sus aspectos provinciales, campesinos, en áreas que hasta ahora no habían sido estudiadas (todas ellas en la Sierra Central) están llegando cada día más a la conclusión que una gran cantidad de elementos culturales que habíamos considerado tradicionalmente como incaicos, en verdad no lo son y tienen sus antecedentes en esta primera época de conquista pan-peruana (Rogger Ravines y William Isbell, comunicaciones personales). En la cerámica sobre todo, esto parece ser muy claro. Ahora el fenómeno urbano parece presentarnos la misma evidencia. El estudio de detalle de núcleos de población podrá solucionarnos esta interrogante. En diferentes trabajos (vide Bonavia y Ravines, 1967, 1968; Bonavia 1968 b, 1969, 1970) he tratado la problemática de la colonización de la ceja de selva por parte de los incas, con incursiones en la selva baja. Sobre este planteamiento ya no cabe duda (vide Lathrap 1970 a, pp. 176) y no voy a volver sobre ello. Pero es evidente que este proceso que tiene sus antecedentes en el Horizonte Temprano, naturalmente no como fenómeno dirigido y planeado sino como fenómeno espontáneo en el que los movimientos se hicieron en ambos sentidos o sea de este a oeste y viceversa (Lathrap, 1970 b), ya antes del año 600 de nuestra era se transforma en un movimiento de población hacia el oriente, que estaría relacionado con grupos de habla quechua (Lathrap 1970 a, pp. 173-175). En el Horizonte Tardío este movimiento adquiere los caracteres de 205 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 colonización planificada, aunque no conocemos aún bien su verdadera mecánica. Lanning (1967) ha sugerido que una de las razones fundamentales que originó el colapso de la primera organización imperial andina del Horizonte Medio, fue la falta de experiencia en organizar un área de diferencias ecológicas tan grandes y fraccionada por barreras naturales de dimensiones formidables (pp. 140). No hay duda que los incas capitalizaron esta experiencia de muchos siglos durante la conquista de nuevos territorios. Lo cierto es que las dificultades con las que se enfrentaron durante este proceso y que vencieron en gran parte los grupos serranos, fueron de una magnitud verdaderamente enorme ya que se trató de domesticar un área que aún hoy en día queda en un 70% al estado virgen. Se ha calculado que ella cubre 28,146 kilómetros cuadrados del territorio peruano. Esta formación que conocemos como «ceja de selva», corresponde al Bosque muy húmedo Montano de Tosí (1960) y se distingue fácilmente de las punas y praderas, por su exuberante vegetación, siempre verde. Se caracteriza por temperaturas relativamente bajas, alta incidencia de neblinas, pero sobre todo por exceso de humedad, de modo que todo el año, atmósfera, vegetación y suelo están saturados o super saturados de agua. La precipitación anual oscila entre 1000 y 2000 mm y la mayor parte es de origen estrictamente orográfico. La formación está ubicada en las vertientes orientales de los Andes y en muchas serranías orientales de éstas, desde Bolivia al Ecuador. Sus límites altimétricos inferiores varían desde 2500 m donde la formación es más húmeda, hasta 2800 m donde es más seca y las superiores entre 3500 y 3800 m. En términos generales la adversidad del medio ambiente en esta formación, es la resultante de dos factores; el exceso de humedad y la topografía abrupta y relieve pronunciado. Debido a una serie de causas muy particulares, sólo un porcentaje que oscila entre el 25 y el 50% de la precipitación total anual se elimina directamente a la atmósfera como evapotranspiración, el resto lo hace como escurrimiento o como agua de percolación. Esto ha influido en la formación de laderas muy abruptas con cuchillas angostas de terreno en sus cimas. Hay relativamente poco terreno plano o de declive moderado. En vista de que la estación seca dura solamente un mes al año, las corrientes de agua tienen gran volumen y fuerza, por eso el terreno es físicamente inestable, de pésima calidad y muy erosionable, de modo que el cultivo se hace sumamente difícil (Tosi, 1960; pp. 148-155). Estas dificultades han frenado el entusiasmo del hombre moderno, con toda su tecnología, y han llenado de asombro al arqueólogo al descubrir los núcleos de población de la época precolombina en dichos terrenos. Fejos (1944, pp. 17), escribió que se le hacía difícil creer que hubo una ocupación humana en dicha zona. Hoy sabemos que ella se efectuó a lo largo de toda la ceja de selva, desde el departamento de Puno hasta el Amazonas. Pero, a lo contrario de lo que sostiene Fejos, en la ceja de selva no hubo ciudades. Todos los grupos, hasta hoy conocidos, con la sola y discutible excepción de Machu Picchu y quizá algún otro centro que se me escapa, no reúnen ni siquiera ocho de los diez criterios que acertadamente establece Hardoy para que podamos hablar de «ciudad» en el verdadero sentido de la palabra. Para el grupo del área del Cusco ya Hardoy lo había manifestado (1964, pp. 473); ahora lo podemos extender a las áreas de la ceja de selva central y norte. En primer lugar, ninguno de los núcleos tienen extensión y poblamiento considerable para su época. No disponemos de cálculos demográficos exactos, ni podemos tenerlos en las condiciones actuales; pero sí podemos considerar algunos estimados muy tentativos. Estoy de acuerdo con Hardoy (1964, pp. 473) que cada uno de los grupos descubiertos por la expedición de la Wenner Gren debió alojar aproximadamente una docena de familias y adoptando para cada 206 Factores ecológicos que han intervenido en la transformación urbana a través de los últimos siglos de la época precolombina / D. Bonavia familia un número de cinco miembros (vide Bonavia, 1970, pp. 255) tendríamos aproximadamente sesenta personas. En la ceja de selva central sólo Caballoyuq sobrepasaría las 1500 personas, lo cual significa una cantidad considerable de gente, pero sin reunir los demás requisitos de ciudad; mientras que Matukalli y Raqaraqay tendrían poco más de 250 y Condoruchco y Uchuihuamanga entre 500 y 600 personas (Bonavia, 1968 b, pp. 81). Para Yaro (o sea lo que tentativamente llamé «ruinas del Abiseo», Bonavia 1968 a; ver también el estudio de Waldemar Espinoza, 1967) es muy aventurado el estimado pero supongo que no sobrepasaría de 250 a 500 personas como máximo. Como vemos se trata en términos generales de cifras muy bajas, si las comparamos con los núcleos del Horizonte Tardío de la sierra y costa. A pesar de que Machu Picchu ha sido considerado como ciudad, yo creo que desde todo punto de vista no escapa a las consideraciones que acabo de mencionar. Su población, como bien dice Hardoy (1964, pp. 477) no debió de sobrepasar las 1000 a 1200 personas. Fueron sí establecimientos permanentes, pero todos ellos con una densidad mínima por debajo de lo normal para su época. No tuvieron en ningún caso un trazado urbano propiamente dicho, ni espacios urbanos reconocibles. En cada caso se resolvió el problema en función de la topografía existente, con un adaptamiento máximo a la misma y hay construcciones con función definible sólo en el «grupo Wenner Gren». En el resto esto es muy hipotético y discutible. No hay posibilidades tampoco de establecer, por medio de los patrones de asentamiento, diferencias de tipo social. Sobre todo en el centro y norte hay una homogeneidad absoluta. Por otro lado es casi seguro que todos los habitantes se dedicaron a las faenas agrícolas y probablemente pastoriles en algunos casos, pero ellos al mismo tiempo dependían para su supervivencia del poder central incaico. Sin embargo le abastecían a éste de determinados productos que se daban en su área ecológica y no en el resto del territorio. Ofrecieron muy posiblemente algunos servicios a las localidades vecinas y fueron centros de irradiación de su cultura en áreas en las que ésta no había aún penetrado, pero las enseñanzas de tipo tecnológico que ellos pudieron llevar a dichas áreas fueron empleadas más para su supervivencia que como enseñanza, pues muy pocas poblaciones pudieron encontrar y todas éstas con patrones culturales tan distintos que muy difícilmente pudieron asimilar esta nueva cultura. Todos estos grupos fueron fundamentalmente campesinos. Tan es así que al desintegrarse e1 Imperio Incaico, se produjo un colapso de la agricultura organizada y un cambio en sus patrones, al pasar de un sistema planificado y con control estatal, a un tipo de subsistencia individualista (vide Grobman, Salhuana y Sevilla, 1961). Este colapso se hizo más patente en estas poblaciones, donde solamente una agricultura muy organizada y planificada podía sobrevivir, de modo que cuando desapareció el control central, estas poblaciones fueron abandonadas y no dejaron rastro tradicional alguno en las zonas en las que se habían establecido. Según Lathrap (1970 a, pp. 175) el patrón de asociación de la tradición de «cerámica tosca» con sitios excesivamente fortificados (aunque este punto será discutido más adelante) y situados a grandes alturas, dominando extensiones de campos agrícolas aterrazados o semi-aterrazados, sugiere que fue el desarrollo de un sistema agrícola para explotar eficientemente las empinadas pendientes orientales de los Andes que permitió y causó la expansión quechua. En lo que respecta al cultivo, ha sido probablemente el maíz (Zea mays), la planta más importante en el desarrollo, colonización y extensión de otras regiones ecológicas. Algunas 207 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 características de su cultivo nos pueden permitir ver algunas necesidades del proceso ecológico de la Civilización Andina en su avance y domesticación de otras zonas. Es bien sabido que el maíz tiene una gran adaptabilidad a las condiciones más diversas, tiene además un rendimiento alto por hectárea. Por estas razones encaja bien en la agricultura migratoria primitiva de las tierras bajas tropicales así como en la agricultura sedentaria de las mesetas y tierras altas de los trópicos (Jones y Darkenwald, 1944, pp. 362). En la actualidad se cultiva tanto en climas templados como en los tropicales y aun en regiones frías. Además la precipitación media anual en las regiones donde se cultiva varía desde sólo 234 mm en las zonas áridas bajo irrigación hasta más de 5000 mm en las regiones tropicales. En el Perú el maíz se cultiva no solamente en todos los departamentos, sino también en todas las regiones, a pesar de que los climas del país pertenezcan en forma aproximada en un 60% al bosque tropical húmedo, bosque tropical muy húmedo, bosque sub-tropical seco; un 30% al piso montano y alpino y un 10% al costeño árido (Holdridge, 1967; Grobman Alexander: comunicación personal). Se considera que el maíz puede cultivarse en los lugares donde la temperatura media en verano no sea inferior a 19°C o donde la temperatura media en la noche durante los tres meses de verano no sea inferior a los 13CC. La región andina de máxima producción tiene una temperatura media mensual en verano que oscila entre 21°C y 27°C y una temperatura media en la noche que no es inferior a 14°C y una estación sin heladas de más de 140 días (Jenkins, 1941, pp. 357-358). Para obtener un desarrollo óptimo de la producción del grano, el maíz necesita abundante agua y que ésta esté bien distribuida durante el período de crecimiento de la planta. Al mismo tiempo el maíz necesita de abundante radiación solar, para poder alcanzar un rendimiento máximo y crece lentamente a la sombra y durante los períodos de tiempo nublado. El agua se necesita fundamentalmente durante el período de mayor crecimiento de la planta, en ese momento las necesidades del líquido elemento son mayores en proporción que para cualquier otra planta de cultivo. Así mismo la planta es sensible a las condiciones creadas por las deficiencias de aereación del suelo; esto es más sensible en suelos con excesiva cantidad de agua, escasa tierra vegetal o con subsuelos impermeables. En términos generales el maíz se cultiva con mejores resultados en aquellos suelos en los que la aluviación es escasa y por consecuencia la vegetación natural es fundamentalmente la del pastizal o sea donde predominan asociaciones herbáceas. Esta característica del cultivo parece representar aspectos básicos, que es necesario tener en consideración, al tratar de entender el procesó ecológico que debe haber representado la colonización de la selva alta y la estructuración de algunos de los grandes complejos urbanos. Para ello es de fundamental importancia el estudio de las terrazas agrícolas que representan probablemente la única posibilidad de domesticar un área tan adversa al hombre. Según Tosí (1960; pp. 155) después de la primera explotación del bosque virgen en la ceja de selva pasan muchos años, probablemente cien o más, antes que se restablezca la vegetación naturalmente. Si en este lapso no se controla la erosión, los estragos que ella crearía serían irreparables. En efecto, casi todos los núcleos urbanos localizados en el Bosque muy húmedo Montano cuentan con algún tipo de bancal; sin embargo prácticamente nada se ha estudiado al respecto. 208 Factores ecológicos que han intervenido en la transformación urbana a través de los últimos siglos de la época precolombina / D. Bonavia En el sur, en el departamento de Puno, Isbell (1968) ha informado sumariamente sobre la existencia de gran cantidad de bancales. Ellos abundan también en el departamento del Cusco, donde son muy elaborados e irrigados por un complejo sistema de canales (Fejos, 1944). En el área del Mantaro las terrazas agrícolas son sencillas, adaptadas a áreas muy escarpadas, al secano y con un ingenioso sistema de contra-erosión en las partes altas (Bonavia, 1970). En las cercanías de La Merced (departamento de Junín) Lathrap (1970 a, pp. 177) ha informado, sin mayores detalles, de terrazas agrícolas en la localidad conocida como Chacra de Giacometti. Para la zona norte nada sabemos. Se ha constatado la existencia de bancales y nada más (Bonavia, 1968 a). En síntesis todos estos centros responden a un esquema sui géneris que no ha sido aún bien definido. Hardoy (1964, pp. 473) ha utilizado el término de aldea para ellos; yo prefiero seguir utilizando el de villa (vide Bonavia-Ravines, 1968, pp. 54) aunque originalmente él sea hispánico. Los patrones de ocupación de las tres áreas mencionadas son totalmente diferentes. En la ceja de selva sur responden ellos a caracteres que se acercan al patrón inca. O sea construcciones sobre «terrazas escalonadas en las laderas de las montañas aparentemente buscando la cercanía de alguna quebrada por la que corriese agua, ya que en la mayoría de los sitios se encontró un adecuado sistema de aprovisionamiento de agua utilizado con fines domésticos y también para irrigar los cultivos, y adecuados desagües mediante canales. Las viviendas eran por lo general rectangulares y se agrupaban formando conjuntos alrededor de un espacio abierto o adoptando una disposición en hileras que era lo que mejor se adaptaba a las angostas terrazas» (Hardoy, 1964, pp. 478). El área limítrofe con Bolivia ha sido estudiada recientemente aunque no disponemos de un informe detallado. La villa de Colo-Colo (en la zona del Alto Inambari) corresponde en tiempo a fines del Horizonte Tardío y a juzgar por una fotografía (vide Isbell, 1968, pp. 112) se acercaría tipológicamente a las construcciones del área del Cusco, pero es imposible inferir más. En el centro tenemos construcciones de forma circular, en las crestas de los cerros, con pasadizos. Están muy a menudo sobre terraplenes para lograr horizontalidad y evitar la erosión. En las cercanías hay terrazas agrícolas. No hay plazas en el verdadero sentido de la palabra y se nota una total adaptación al medio (vide Bonavia, 1968 b). En el norte tenemos así mismo construcciones circulares, pero diferentes de las del centro desde el punto de vista estructural (vide Bonavia, 1968 a) y decoradas con un sistema de mosaico único hasta el momento. Dichas construcciones están situadas sobre planos artificiales sustentados por terrazas, con sistemas de escaleras, pasadizos y callejuelas y un tipo especial de plazas aterrazadas, si cabe el término. Además ni en el centro ni en el norte hay sistemas de aprovisionamiento de agua como en el sur. Fejos (1944) observa, no sin razón, que todos los lugares que él estudió en el sur no tenían ningún tipo de defensa y si excluimos el caso de Matukalli en el centro, todos los demás núcleos 209 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 responden al mismo fenómeno (no está demás recordar aquí que en términos generales las ciudades incaicas no fueron fortificadas. Ver por ejemplo Hardoy, 1968, pp. 48). Pero no se puede dejar de observar sin embargo, que todos y cada uno de estos sitios estuvieron situados en lugares estratégicos, fácilmente defendibles y donde casi siempre uno o más sectores del conjunto daban sobre precipicios prácticamente inaccesibles, siendo las laderas de los cerros en los demás lados muy inclinadas. O sea que a pesar de todo, hubo siempre un factor defensivo, creado por la naturaleza sí es cierto, pero aprovechado por el hombre. Será interesante señalar que Isbell (1968) y Lathrap (1970 a) han indicado la existencia de un patrón de poblamiento un tanto diferente a lo descrito y con sistemas de muros defensivos, respectivamente en el área del alto Inambari (departamento de Puno) y cerca de Tarma (departamento de Junín); ellos son preincaicos. Se trata de grandes apiñamientos de construcciones en las cumbres de los cerros, circundadas por una doble muralla. Lathrap incluye en este patrón también a los sitios Chupachu de Huánuco, pero a juzgar por los informes de Thompson, ellos no reúnen estas características y son además más tardíos. Indica el autor que «la posición de todas estas comunidades compactas y defendibles y su ingenioso sistema de defensa arguyen que los hechos bélicos fueron extremadamente comunes en las épocas tardías y se puede suponer que estas luchas fueron una expresión de la competencia para las tierras agrícolas» (Lathrap, 1970 a, pp. 179). Habría que investigar más sobre el asunto, pues cabe preguntarse sobre las causas del abandono del uso de defensas en la época incaica en estos núcleos urbanos orientales. Como ya se indicó, en la misma área del alto Inambari donde en época preincaica se ha dado el sistema fortificado, en los sitios de época incaica éste desaparece. Parece que este patrón perdura más bien en lo que es hoy día el área boliviana donde, como se verá más adelante, hay varios núcleos incaicos fortificados. Lo mismo sucede en el Ecuador: sin duda dos fronteras del Imperio Incaico donde la dominación no fue fácil. Como ya indiqué, en estos grupos de colonización no encontramos los elementos típicos de los centros urbanos incaicos y si bien es cierto que en el área sur hay un recuerdo de ellos, en el centro y norte no hay rastro ninguno. Cabría preguntarse en consecuencia si esto no es una clara evidencia de que los constructores sureños fueron las mismas poblaciones serranas del área del Cusco, mientras que para las construcciones del centro y norte se utilizó no solamente mano de obra local o quizá mitimaes (para el caso de Huánuco, ver Thompson 1988, pp. 111-112) sino que al mismo tiempo se les dejó aplicar sus propios conceptos urbanísticos y arquitectónicos siendo lo incaico solamente la imposición de lo político y económico. Esto estaba dentro de la idiosincrasia inca. Hay sin embargo muchos otros núcleos del Tahuantinsuyo, fuera de las fronteras del actual Perú, que deberían ser tomados en cuenta pero sobre ellos en la mayoría de los casos nos falta documentación o simplemente no han sido estudiados. Ellos no se han incluido en este estudio, fundamentalmente por falta de información. Añadiré solamente algunas ideas muy generales. Entre todos estos núcleos marginales, es probablemente para el noroeste argentino que se tiene la mayor cantidad de estudios y éstos parecen corroborar lo hasta aquí expuesto. En efecto en dicha región los sitios de ocupación incaica pura son escasos (Madrazo y Ottonello 210 Factores ecológicos que han intervenido en la transformación urbana a través de los últimos siglos de la época precolombina / D. Bonavia de García Reinoso, 1966, pp. 61) y como lo demuestra Rex Gonzalos (1967) es «la ecología en su más amplio sentido -medio ambiente y cultura- guió la adaptación a una más útil y provechosa medida que ayudó a consolidar el imperio rápidamente». «La continuidad del desplazamiento cultural incaico se mantuvo adaptándolo a las diversas regiones» (pp. 24). Es más, parece que la copia de antiguos patrones del Horizonte Medio se hace evidente en esta área tan alejada del centro del incario, pues el rasgo más importante de la ocupación incaica del nor-oeste argentino parece ser la aparición del «rectángulo perimetral compuesto» que no sería sino una manifestación simplificada del «rectangular enclosure compound» señalado por Willey en Virú (vide Willey, 1953) para el periódo Tomaval. «El rótulo de Rectangular Enclosure Compound comprende una serie de subtipos tanto desde el punto de vista formal como funcional pero por sobre las variaciones siempre persistió la idea fundamental del planeamiento en función del recinto perimetral. Esta concepción adquirió mayor simplicidad y difusión al ser retomada por los incas quienes fueron sus introductores en el Nor-oeste argentino en el momento final del Tardío». Los lugares estudiados (una decena) no son de factura incaica sino que presentan elementos aislados incaicos empobrecidos por el alejamiento de su lugar de origen, mezclados con rasgos locales. En varios de estos centros se nota claramente la coexistencia de grupos locales e incaicos (Madrazo y Ottonello de García Reinoso, 1966, pp. 61-62). A conclusiones similares llega Rex Gonzales (1967) en su trabajo sobre la provincia de San Juan, donde, desde el punto de vista arquitectónico, la ocupación incaica es poco clara y parece que esto es debido fundamentalmente porque sus características variaron «de acuerdo con las diferentes regiones que ocupaban, con los materiales existentes, con la habilidad y el conocimiento de la mano de obra disponible» (pp. 24). En Bolivia hay también algunos núcleos incaicos interesantes, aunque de ellos tengo pocos datos. Los más importantes parecen ser Incallajta e Incarajay (Nordenskiold, 1956-1957; Lara, 1967; de Mesa y Gisbert, 1969) aunque la información es demasiado incompleta para el propósito de este estudio. Los planos son muy esquemáticos y las descripciones sumarias. Ambos sitios están ubicados en el departamento de Cochabamba. Según Nordenskiold (Op. Cit.) Incallajta, ciudad fortificada, es típicamente incaica aunque a juzgar por las ilustraciones de Lara (Op. Cit.) parece tratarse más bien de una manifestación arquitectónica regional; inclusive la poca cerámica ilustrada por el autor parece ser Inca Regional. Al decir de Mesa y Gisbert (1969) «las ruinas son, tanto por su ubicación como por su planeamiento, semejantes a Machupicchu, aunque considerablemente más reducidas». Indican sin embargo más adelante que «a diferencia de los ejemplos cuzqueños, los edificios de Incallajta, no tienen muros pulimentados, pues todas las estructuras son de piedra bruta unida con argamasa» (p. 88). La ciudad está ubicada en un lugar estratégico y «al norte, por la única parte accesible, hay una gran muralla trazada en forma de sierra como la de Sacsahuamán, pero construida con piedra bruta» (de Mesa y Gisbert, op cit. pp. 88). Incarajay (Lara, Op. Cit.) reúne caracteres típicamente incanos. Ponce Sanginés (en nota complementaria al artículo de Nordenskiold, 1956-1957) cita a Bennett, mencionando dos «fortalezas» más en la región de Mizque: Batanes y Pulquina, ambas de la época incaica. De Mesa y Gisbert (Op. Cit.) mencionan las ciudadelas de Incahuasi (en la provincia de Azero), Iscanhuaya (situada en la zona limítrofe de las provincias de Muñecas y Larecaja del departamento de La Paz) que «es del mismo tipo de Machupicchu» (pp. 89) y la fortaleza de Samaipata. 211 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Parece que en Bolivia los núcleos incas no se encuentran en el altiplano sino en les valles formando un arco que deja libre las áreas Collas y Aymaras. Casi todos estos centros serían militares y con una arquitectura de tipo regional (José de Mesa: comunicación personal). Cabe añadir que la red de caminos incaicos en Bolivia es muy vasta y que éstos generalmente «estaban trazados en los valles calientes que marcan las últimas estribaciones de la cordillera; sólo en casos excepcionales tomaban la ruta plana y fría de la puna. Esto ocurrió para alcanzar las regiones pobladas de collas, charcas y otros pueblos a quienes tenían que dominar» (de Mesa y Gisbert, 1969, pp. 90). Por el otro lado, al producirse la conquista incaica del extremo norte, o sea los territorios de la actual república del Ecuador, parece que se alentó la construcción de núcleos urbanos, tales como Tomebamba, Liribamba y Quito, que se convirtieron en centros importantes del Imperio. Al mismo tiempo se construyeron muchas fortalezas en las tierras altas en algunos casos cerca de centros urbanos y en otros ocupando lugares estratégicos (Murra, 1946; pp. 811; Bedoya Maruri, 1969; Oberem, Wurster, Hartmann, Wentscher, 1969). Por lo que sabemos pues, parece desprenderse que si bien el fenómeno ciudad podría tener sus brotes iniciales en el Intermedio Temprano, su difusión corresponde al Horizonte Medio. Esto ha sido intuido por varios autores, sobre todo por Rowe, Schaedel y últimamente por Hardoy (1968) en forma muy acertada. Parece que a partir de este momento hay una continuidad en lo que a áreas de ocupación urbana se refiere y que el urbanismo del Intermedio Tardío y Horizonte Tardío respectivamente, son o influencias o copias de estos patrones primarios originarios del Horizonte Medio, en los que hay sólo cambios formales como consecuencia de la evolución socio-política que caracteriza a estas épocas. Aparentemente el urbanismo incaico, mientras se mantuvo en su geografía o en geografías fácilmente accesibles como la costeña, a pesar de no tener normas fijas en el trazado de sus ciudades, mantuvo ciertas normas fácilmente reconocibles que he mencionado anteriormente. Pero cuando se vio obligado a buscar en forma sistemática la explotación de recursos naturales en áreas ecológicas tan disímiles y adversas como las de la selva alta no sólo no pudo mantener sus características básicas, sino se vio obligado a cambios formales sustanciales hasta el punto de originar planteamientos urbanos nuevos, completamente disímiles a los del resto de su organización. Tan disímiles, que en un principio fueron considerados como un fenómeno aparte, que nada tenía que ver con el incario y que sólo recientemente hemos podido individuar y comprender en parte. Es necesario señalar que lo expuesto es en buena parte teórico y queda en el campo de la hipótesis de trabajo, sujeto a estudios y comprobaciones a base de investigaciones sistemáticas que hasta ahora no se han realizado. 212 Factores ecológicos que han intervenido en la transformación urbana a través de los últimos siglos de la época precolombina / D. Bonavia BIBLIOGRAFÍA BEDOYA MARURI, Ángel N. 1969 Bicentenario del nacimiento de Federico Enrique Alejandro Barón de Humboldt. Edit. Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito. Pp. 87 (9 figuras, 22 láminas). BELAUNDE TERRY, Fernando 1961 «Huamachuco. Doble mensaje de pasada grandeza». El Arquitecto Peruano, Lima; enero-febrero. Nº 282-283-284. Pp. 68; pp. 30-39. (11 fotografías; 3 planos). BENNET, Wendell C.; BIRD, Junius B. 1949-1960 Andean Culture History. American Museum of Natural Hístory, New York. Pp. 331. (Numerosas ilustraciones). BONAVIA, Duccio 1965 Arqueología de Lurín. Seis sitios de ocupación en la parte inferior del valle. 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Este texto traducido al inglés ha sido publicado en el año 1978 con el título “Ecological Factors Affecting the Urban Transformation in the Last Centuries of the Pre-Columbian Era”,Urbanization in the Americas from its Beginnings to te Present, R. P. Schaedel, Jorge E. Hardoy y Nora Scott Kinzer, editores. Mouton Publishers, The Hague, Paris. pp.185-202. Con el mismo título ha sido publicdo en el mismo año en Advances in Andean Archaeology, David L. Browman, editor. Mouton Publishers. The Hague,Paris. pp. 393-410. 217 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 218 PALEOTOLOGÍA Arqueología y Vida 2007, Nº 1, págs. 221-230 EXOSTOSIS DEL CONDUCTO AUDITIVO EXTERNO: NOTAS ADICIONALES Duccio Bonaviaa El trabajo de Standen et al. (1985) sobre «Osteoma del conducto auditivo externo: hipótesis en torno a una posible patología laboral prehispánica» es interesante, pero creemos que hubiera podido plantearse mejor el problema si se hubiera extendido un poco el análisis de la casuística, pues parece que el fenómeno es muy difundido a nivel arqueológico y ha sido detectado en Canadá, Estados Unidos de Norteamérica, México y Perú (Weiss 1970: pp. 21; Stewart 1979: pp. 267-268) y ahora, con este trabajo, en Chile. En primer lugar hay que señalar que, según los especialistas, no se trata de osteomas sino de exostosis. Y si bien es cierto que en el Perú Weiss utilizó la palabra osteoma en sus primeros trabajos (1961, 1962), luego corrigió este error y llamó la atención sobre ello (1970: pp.21). Parece sin embargo que el primero que hizo una distinción clínica clara entre osteomas y exostosis, fue Morrison (1948). Los mecanismos fisiopatológicos que originan el inicio y la proliferación de los osteomas y las exostosis del canal auditivo externo, no son aún claros, sin embargo Graham (1979) ha establecido criterios para el diagnóstico clínico e histopatológico. Los osteomas del canal auditivo externo son considerados clínicamente como lesiones discretas y pedunculadas del hueso, que aparecen a lo largo de la sutura tímpanoescamosa. Son lesiones benignas, pero frecuentemente aumentan, en forma lenta y progresiva. Las exostosis del canal auditivo externo son elevaciones óseas de base ancha, usualmente múltiples y simétricas que se desarrollan bilateralmente y que envuelven el hueso timpánico (Graham op. cit pp. 571). Hemos discutido este asunto con Ramón Vidurrizaga, otorrinolaringólogo, docente de la Universidad Peruana Cayetano Heredia de Lima, el cual está totalmente de acuerdo con la posición de Graham (op. cit) y nos señaló, además, que las exostosis son producidas por inflamaciones crónicas, mientras que los osteomas son tumores (Comunicación personal, junio de 1990). Hay, pues, evidencias clínicas e histopatológicas que demuestran que estas dos lesiones deben ser consideradas como entidades separadas (Graham, op. cit. pp. 571). Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Se debe aclarar que en la literatura en español se ha utilizado el término osteoma con gran frecuencia, para señalar los casos en cuestión, cuando se debió emplear la palabra exostosis, lo que no ocurre en la literatura en Inglés, en la que el término ha sido usado correctamente. Entre los cráneos de los antiguos peruanos hay una extraordinaria frecuencia de exostosis del conducto auditivo, a tal punto que Rodolfo Virchow (1892) los incluyó en su Crania Étnica Americana. Y cuando revisó una colección de cráneos procedentes de Ancón (Costa Central del Perú) anotó que el 13.4% mostraba exostosis (1885). Posteriormente Hrdlicka (1935), al estudiar colecciones de cráneos peruanos prehispánicos, señaló que había una alta frecuencia de exostosis del conducto auditivo. Es así, que en una serie de 3.651 cráneos detecta 522 con esta patología, lo que representa el 14.3%. Si bien no dice claramente la procedencia de la colección, se puede deducir que se trata de cráneos costeños. Existe un estudio inédito de Mary Frances Erickson (1949) que tuvimos la oportunidad de leer en la biblioteca de Pedro Weiss. Este se realizó a base de material osteológico de Ancón, Chancay y Huaura (Costa Central peruana), depositado en el Museo Nacional de Antropología y Arqueología de Lima, donde se demuestra que la patología más importante de los cráneos masculinos es la exostosis del conducto auditivo. Weiss ha podido identificar 11 cráneos de la Época Precerámica, que fueron excavados por Fréderic Engel en el área de Paracas (Costa Sur del Perú), que presentan exostosis del conducto auditivo (1961: pp. 128, 130-131; 1962: pp. 14). Un fenómeno similar ha sido señalado por Junius Bird en el caso de los cráneos de Huaca Prieta (1948). Se trata de una muestra que comprende 30 cráneos de la Época Precerámica y una docena a tiempos posteriores (Época Inicial o Horizonte Temprano). La colección fue primeramente analizada por Charles Lester en la década del 60 (1967, 1975) y él llamó la atención sobre la alta frecuencia de exostosis del canal auditivo externo. Cuando posteriormente Tattersall rehizo el estudio (1985) confirmó los datos de Lester y calificó a esta alta frecuencia de exostosis como un «hallazgo patológico notable». Para los detalles de este informe remitimos al lector al escrito original, aquí sólo haremos una síntesis apretada. De 27 cráneos adultos, se pudo comprobar un 33% con exostosis de algún tipo, pero cuando ella es bilateral en todos los casos es pronunciada. Tattersall ha elaborado un cuadro (op. Cit., Tabla 3, pp.16) donde se señala muy claramente la diferencia de severidad de las lesiones de cada caso. Entre los cráneos precerámicos se nota claramente que la exostosis va asociada con la mayor edad de los individuos. Entre los jóvenes prácticamente no hay exostosis. De 9 adultos (5 que representan el 56%) son de edad avanzada, 3 (o sea el 33%) son de mediana edad y sólo 1 cráneo a un individuo adulto joven (que representa el 11%). Visto el problema desde otro ángulo resulta que 5 de 9 individuos de edad avanzada (o sea el 56%) tienen alguna exostosis por lo menos en un lado. De los 12 de edad media sólo 3 (25%) y de los 6 adultos jóvenes sólo 1 es afectado (17%). Además de los 3 individuos que sufrieron esta afección más seriamente, sólo 1 es adulto joven. 222 Exostosis del conjunto auditivo externo: notas adicionales / D. Bonavia En el caso de Huaca Prieta se ha podido comprobar también que entre la población precerámica, hay una asociación consistente entre la exostosis y el sexo de los individuos, pues sólo el 16% de los cráneos correspondientes a mujeres tienen lesión del canal auditivo. Mientras que entre los hombres el porcentaje sube a 86%. Entre la población del Horizonte Temprano hay 11 adultos, de los cuales 4 (36%) tienen exostosis; de éstos 4 individuos, 3 son de edad avanzada y de sexo masculino. Castro de la Mata (1982: pp. 121) ha encontrado la evidencia de exostosis en el conducto auditivo externo, por lo menos en un individuo entre los restos del yacimiento precerámico Los Gavilanes (Huarmey, Costa Nor-Central del Perú) (Ver también Bonavia 1982: pp.397). Aparentemente uno de los problemas más graves que se plantean con respecto a este punto, como ya se ha señalado, es su etiología, que no ha podido aún ser definida con un margen de seguridad, necesario en estos casos. Es así que desde que ella fue descubierta, hace dos siglos, las causas sugeridas han sido múltiples. Ya Hrdlicka hizo una revisión del asunto en 1935, analizando con una notable minuciosidad y precisión los aspectos clínicos, anatómicos, patológicos y geográficos (Jarcho 1966: pp. 16-17) y recientemente Di Bartolomeo (1979). Standen et al (op. cit.) revisan muy sucintamente este problema. Señalan en primer lugar la aparente contradicción que se plantea en los trabajos de Munizaga (1979 y 1985) al sugerirse primero que se trata de una lesión adquirida por efecto ambiental y luego a una lesión transmitida genéticamente. Basándose en el trabajo de Gregg y Bass (1970) indican otras posibles causas, tales como una disfunción de la articulación temporomandibular, la masticación y la acción del agua fría. Standen et al. (op. cit.), sin embargo, concluyen que la causa es patológica y que ella estaría fundamentalmente ligada a la actividad del buceo que al producir un continuo depósito de agua en el conduelo auditivo, generaría un proceso infeccioso crónico del oído, que a su vez causaría la proliferación del tejido óseo. Erickson, en el informe que hemos señalado, no es muy claro pero se inclina «por una causa ocupacional». Weiss admitía que no se puede circunscribir la etiología a una sola causa, pero estaba convencido que una de las más importantes es la inflamación infecciosa crónica del conducto auditivo, debida con mayor frecuencia a residuos de agua y al hábito de rascarse con instrumentos infectados o con las uñas (1970: pp.21). Sin embargo, refiriéndose a la exostosis detectada en los cráneos de los antiguos peruanos, él fue categórico en afirmar que ellos «...tienen mayormente el carácter de estigmas de zambullidores, de gente recolectora de productos marinos...» (1979:pp. 22). Tattersall (1985: pp.63) toma una posición diferente, al aceptar los resultados de una serie de estudios hechos por otólogos, que señalan como causa principal de la exostosis el contacto prolongado con agua fría. Esta conclusión se basa en experimentos y evidencias clínicas. Pero indica Tattersall (op. cit.) que Filipo et al. (1982) han llamado la atención sobre el hecho 223 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 que estudios realizados a base de poblaciones de atletas acuáticos y de marinos, ambas muestran una importante incidencia de exostosis. Eso estaría demostrando que la patología no se presenta sólo en grupos que tienen la cabeza sumergida en el agua, sino también en aquellos individuos que reciben continuos chorros de agua que son sometidos a una constante refrigeración debido a la rápida evaporación por efecto del viento. Tattersall (op. cit.) concluye que ambos casos se podrían haber dado entre los pobladores de Huaca Prieta, que en sus actividades diarias tenían que sumergirse en el mar y al mismo tiempo pescaban con redes arrastreras o con cordel. Si bien no hay pruebas del uso de embarcaciones, consideramos que hay evidencias indirectas de su existencia en tiempos precerámicos (ver Bonavia, 1982, pp. 289-291, 397). En este caso el pescador de Huaca Prieta habría estado expuesto al embate de las olas. Este dato de la influencia del agua fría coincidiría con el citado por Standen et al. (op. cit.: pp. 198), tomado de Fowler y Osmun (1942). Es oportuno señalar que Fabiani et al. (1984) ha seguido investigando sobre la materia e insisten que, además del tiempo de contacto total con agua, hay otros factores que facilitan e! proceso de la exostosis. Sin embargo Kennedy (1986) es categórico en afirmar que los datos clínicos y experimentales indican claramente una relación entre la formación de exostosis de! conducto auditivo externo y la explotación de recursos en aguas frías, particularmente por medio del buceo. Hay un detalle interesante, sin embargo, que no ha sido señalado claramente. Tanto Bird (1948), como Weiss (1961, 1962, 1970), Standen et al. (1985) y Tattersall (1985) mencionan de alguna manera el efecto de «zambullidas en aguas profundas», pero nadie ha indicado qué importancia puede tener en este caso la profundidad. Nosotros creemos que, en el caso concreto de las poblaciones que se dedicaron por una razón u otra al buceo, habría que investigar la presión hidrostática, ya que ésta aumenta en el individuo que está expuesto al agua en inmersión, y este aumento es progresivo mientras mayor sea la profundidad que se alcanza. No sabemos, ni hemos podido hacer las averiguaciones del caso, si en otras partes del mundo, donde hay grandes poblaciones de zambullidores y buzos, se han hecho estudios de esta naturaleza. Simplemente hemos llegado a considerar a este factor importante, pues en el caso de Los Gavilanes hemos hecho un estudio cuidadoso de los restos malacológicos excavados, analizando su ecología, y con ello hemos podido establecer las profundidades que tenían que alcanzar los marisqueros en sus zambullidas. Se ha comprobado la presencia de Choromitilus chorus (conocido vulgarmente en el Perú como choro) que tiene un hábitat entre los 4 y los 30 m de profundidad y lo mismo sucede con Aulacomya ater (conocido en el Perú como choro común o mejillón y en Chile como cholga o cholgüa) y Aequipecten purpuratus (cuyo nombre común en el Perú es concha de abanico o señorita). Polinices sp. vive a profundidades que varían entre los 15 y los 20 m, Bursa ventricosa a 4 m, Solenosteira fusiformis entre 5 y 8 m de profundidad. Oliva peruviana también entre 5 y 8 m y Prunum curtum entre 16 y 20 m. Hay por lo menos tres crustáceos que son de aguas relativamente profundas, Hepatus chiliensis (cuyo nombre vulgar en el Perú es cangrejo de arena y en Chile jaiva puñete) que habita entre los 10 y los 15 m de profundidad. Platyxanthus orbignyi (llamado cangrejo colorado, 224 Exostosis del conjunto auditivo externo: notas adicionales / D. Bonavia criollo, violado o violáceo en el Perú) entre 10 y 15 m y finalmente Acantonyx petiverii (vulgarmente llamado en el Perú cangrejo araña o simplemente cangrejo) que se encuentra normalmente a más de 8 m. Hay también un equinodermo, Arbacia spatuligera (cuyo nombre vulgar en el Perú es erizo rojo o erizo colorado), que si bien es cierto que no ha sido encontrado en Los Gavilanes, está presente en otros yacimientos precerámicos de la zona y es una especie que vive a más de 8 m de profundidad (ver Bonavia 1982; Peña 1982; Lyman Clark 1958). Este hecho llamó la atención de Strong y Evans (1952; pp. 23) cuando trabajaron en Huaca Negra de Virú (Costa Norte peruana), y al analizar las conchas existentes en la basura precerámica, escribieron que son especies de aguas profundas y anotaron que, según especialistas, procedían de zonas en las que los pescadores modernos no pueden operar. Algo semejante indicó Bird (1948: pp.302) cuando escribió que «...sólo un hombre equipado con avíos modernos de buceo...» puede recolectar las mismas especies que fueron consumidas en tiempos precerámicos. De estos datos se deduce que la presión hidrostática a la que estaban sometidos los hombres que se dedicaban a la extracción de mariscos en la Época Precerámica, era sin duda importante. Sería interesante hacer un estudio entre las poblaciones actuales que practican aún esta actividad -y en las mismas condiciones- en muchas caletas de la costa peruana y probablemente en otras partes del mundo. Hemos planteado nuestra hipótesis a Ramón Vidurrizaga, y él concuerda con nuestra opinión (Comunicación personal, diciembre de 1987). Si bien es cierto que se presentan exostosis en individuos que nada tienen que ver con actividades relacionadas con el agua, por lo menos en el caso peruano la distribución geográfica nos parece muy significativa. En este sentido el primero que llamó la atención -hasta donde nosotros sabemos- sobre la geografía de la exostosis en el Perú prehispánico, ha sido Ales Hrdlicka (1935), seguido por Pedro Weiss, quien escribió que ella se circunscribe «...a las playas marinas y lacustres...» (1962: pp. 14). Y en un estudio posterior manifestó: «Los mismos altos porcentajes [de la exostosis] se suelen encontrar en otros entierros de playas marinas y lacustres del Perú, como las del Lago Titicaca por ejemplo, en tanto que en otros lugares de la cordillera andina y pobladores distantes del mar, no se les encuentra o aparecen como cosa rara» (1970: pp. 22). Es interesante señalar que entre los casos de exostosis que ha podido detectar Ramón Vidurrizaga a nivel clínico en poblaciones actuales, el mayor porcentaje se relaciona con individuos que practican el buceo, ya sea por razones profesionales o deportivas (Comunicación personal, diciembre de 1987). Esto es avalado por las investigaciones de Kennedy (1986). Un hecho que ha llamado la atención a Standen et al. (Op. Cit..: pp. 203, 207), es la predominancia de la exostosis en individuos de sexo masculino, y por eso llegan a la conclusión que “…eran casi exclusivamente los hombres quienes extraían los recursos a través de la técnica del buceo” (Op. cit: pp. 207). Se ha visto que en los estudios hechos en el Perú a base de restos arqueológicos, se ha señalado también muy claramente la alta incidencia de esta patología en individuos de sexo masculino. 225 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Esta distribución por sexo de la exostosis ha sido analizada por Tattersall (1985: pp.63), y la información que aporta es sumamente interesante. No cabe duda que siempre la incidencia de esta patología es mayor en el sexo masculino. Es difícil saber que sucedía en la antigüedad, pero los estudios hechos en poblaciones iguales de nadadores de ambos sexos (y se cita el trabajo de Filipo et al 1982) sometidos a las mismas actividades y en condiciones exactamente iguales, prevalece la exostosis en el hombre. Parece que una experiencia similar ha sido informada, siempre según Tattersal (op. cit.), por Dettman y Reuter (1964), donde la exostosis en los individuos de sexo masculino llegan a 33% y en las de sexo opuesto sólo a 12.4%, Todos los autores admiten que la causa de este fenómeno es desconocida, pero estamos totalmente de acuerdo con Tattersall (op. cit. pp.64) que es prematuro concluir que en la época prehispánica pescaban sólo los hombres. Este tipo de generalizaciones, que luego se repiten, le han hecho mucho daño a la arqueología americana, y hay que evitarlas. A base de lo expuesto se puede concluir que hasta ahora todo parece señalar que efectivamente, como lo señaló Weiss, la exostosis es «un estigma de zambullidores», sin excluir la existencia de esta patología -aunque probablemente en porcentajes mucho menores- entre los individuos que nada tienen que ver con esta actividad y causada por otros factores. La etiología nos es aún desconocida. Parece evidente también, que los adultos presentan la exostosis más pronunciada, aunque esto es obvio. Finalmente las estadísticas están señalando una marcada prevalencia de esta patología en individuos de sexo masculino, sin que hasta ahora se sepan las causas de este fenómeno. Es una predisposición que debería estudiarse más a fondo. Además, parece ser definitivamente una lesión adquirida por efecto ambiental y no una lesión transmitida genéticamente. Sobre este último punto concuerda también Kennedy (1986). Para terminar no está demás indicar que Kennedy (1986) ha hecho un análisis de la frecuencia de la exostosis del conducto auditivo externo en función de la latitud y que sus conclusiones son interesantes. En efecto ha podido establecer que, con muy pocas excepciones, estas lesiones no se dan o se encuentran con muy poca frecuencia (menos del 3%) entre los 0° y 30° de Latitud Norte y Sur y por encima de los 45° de Latitud Norte. Mientras que la frecuencia más alta de exostosis del conducto auditivo externo ha sido detectada en las latitudes medias, es decir entre los 30° y 45° de Latitud Norte y Sur y entre poblaciones que explotan los recursos marinos o de agua fría. Aparentemente hay mucha información dispersa en la literatura especializada, que se refiere no sólo a la arqueología sino a estudios de poblaciones vivientes. Estamos seguros que cuando ésta sea analizada en conjunto, tendremos una visión mucho más clara del problema. Esta es la tarea que les espera a los antropólogos físicos. (Agradecemos a Ramiro Castro de la Mata, Carlos Monge C. y Enrique Fernández, con los que hemos discutido el contenido de esta nota). 226 Exostosis del conjunto auditivo externo: notas adicionales / D. Bonavia BIBLIOGRAFÍA BIRD, Junius 1948 America’s oldest farmers. Natural History. Vol. LVII, N° 7: 296-303, 334-335. BONAVIA, Duccio 1982 Los Gavilanes. Mar, desierto y oasis en la historia del hombre. Corporación Financiera de Desarrollo S.A., COFIDE - Instituto Arqueológico Alemán. Lima. CASTRO DE LA MATA, Ramiro 1982 Hominidae: Homo sapiens sapiens. En: Los Gavilanes. Mar, desierto y oasis en la historia del hombre. Duccio Bonavia. pp. 201-203. Corporación Financiera de Desarrollo S.A-, COFIDE -Instituto Arqueológico Alemán. Lima. DETTMAN, J. y G. REUTER 1964 Exostoses of external auditory canals, caused by water contact and x-ray diagnosis. Hals-Nasen-Ohrenheilk. Vol. 12: 81-90. 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Lo que nos hemos propuesto es analizar la forma en la que vieron o sintieron los europeos, recién llegados a esta parte del mundo, los efectos del soroche, sus causas y sus consecuencias, a través de los escritos que nos han dejado. Consideramos que esto es importante, en cuanto se trataba de un fenómeno nuevo para ellos y, además, porque estas descripciones son las primeras versiones escritas que tenemos de él. Creemos que la información que hemos logrado reunir, y que de hecho no es completa, se puede agrupar en tres grupos que inmediatamente vamos a discutir. En primer lugar el de los cronistas o viajeros que se dieron cuenta que algo anormal estaba pasando en el organismo humano y animal en el momento que se estaba subiendo a la altura. Pero, aparentemente, se supuso que se trataba de algo pasajero, de cuya causa evidentemente no había conciencia clara y simplemente lo describieron sin ni siquiera intentar explicarlo. Un segundo grupo, sin duda minoritario, percibió el mismo fenómeno pero trató de entenderlo y de darle alguna explicación. Claro está que ésta hay que mirarla en función de los conocimientos de su tiempo pero, a pesar de todo, lo veremos, ella estuvo muy bien planteada. El tercer grupo comprende a aquellos que no lograron ni siquiera acercarse a la explicación real del fenómeno y lo atribuyeron al gran frío que hay un las alturas andinas. En el primer grupo tenemos escritos de los siglos XVI y XVII. De la primera mitad del XVI cabe mencionar a Hernando de Santillán, que fuera Oidor de la Audiencia de Lima y que al redactar un informe sobre las minas de gran altura del sur del Perú, anota que en los lugares donde éstas se encuentran «...los temples...son muy perjudiciales...», pues se trata, de «...una tierra que no se cría 231 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 en ella cosa viva ni el temple lo sufre, sino que mueren los que de otras partes allí viven ,y así lo hacen los indios que allí suben, que pocos salen vivos...» (Santillán, 1986:450). Aunque en este caso pareciera que se están mezclando por un lado los males de la altura y por el otro el duro trabajo de las minas que se imponía a los indígenas durante el Virreinato. Nicolás del Benino, hacia fines del siglo XVI, se refiere a las famosas minas de Potosí y él es mucho más especifico, pues apuntó’. «Tiene el cerro de alto media legua y es muy empinado y áspero de subir, y en el subir dél falta el aliento, no sólo a los humanos cuanto a las bestias y cabalgaduras, y así se han visto reventar muchas.» (Benino, 1965: 363). No está demás recordar que Potosí está a 4,060 m.s.n.m. y que la cima del monte donde estaban las minas tiene 4,730 m.s.n.m. Algo más significativo refiere también un cronista anónimo en 1603, al relatar sobre Potosí, y al mencionar a los animales que debieron ser sin duda los importados. Es muy claro cuando apunta que «Al principio de la fundación de esta villa era tan crudo el temple, que ninguna cosa de las dichas se podía criar...» (Anónimo, 1965a: 374). Un viajero posterior, Diego de Ocaña que escribió probablemente en 1605, menciona también a Potosí y dice que «Ha menester la mula que hubiere de subir hasta arriba, donde está una cruz, ser muy buena; y gástase medio día en subir arriba y con el calor de los metales, falta el aliento, ansí a las cabalgaduras como a las personas y muchas se quedan muertas entre las piernas, como yo vi un caballo, que subía su dueño con alguna prisa y se le quedó muerto allí,» (Ocaña, 1987: 164). Es interesante, en este caso, observar que se le atribuye al «calor de los metales» la falta de aliento, cuando la causa principal fue sin duda la altura con todas sus consecuencias. Por esos tiempos, un grupo de españoles saliendo de Andamarca se dirigían a la ceja de selva. Para ello debían cruzar, lo que ellos llaman los «Andes de Xauxa». Corría el año de 1596, Font (1965: 102) describe así una parte del viaje.»Las primeras dos leguas saliendo de Andamarca subimos por una cuesta arriba, tan agria, que apenas podíamos subir por la falta de aliento». Es una descripción escueta pero significativa. El que nos ha dejado una buena reseña del soroche es Pedro de León Portocarrero, más conocido como el Anónimo Portugués (lege, Lohmann Villena, 1967). Fue un comerciante judío que relata de sus viajes por el Perú a principios de 1600.El cuenta lo que sentía cuando se subía por el camino colonial que llevaba de Lima a Jauja por el valle de Lurín, siguiendo el trazado del camino incaico. En dicho viaje las alturas más temidas eran las de la zona del famoso monte Pariacaca. Debemos recordar que el punto más alto de dicho trayecto, si se sigue el camino incaico, está a 4,575 msnm, pero hay otro paso por el Cerro Portachuelo que está a 4,950 msnm (lege Bonavia et al, 1984). El escribió: «...se va siempre subiendo, aquí se almodean los hombres y sienten revoluciones que sienten en la mar los que de nuevo entran en él y los pone como borrachos, y a otros de mejor cabeza no le hace mal» (Anónimo Portugués, 1958:78). En primer lugar es interesante señalar aquí que el autor dice claramente que el extraño mal que sufren los viandantes, no los aqueja a todos. Esto es muy cierto. Y luego, que se compara los efectos de éste con el mareo que sienten algunos cuando viajan por mar. Comparación que parece que fue muy generalizada en aquellos tiempos, pues veremos que la emplea también el Padre Cobo. 232 El soroche visto a través de las crónicas de los siglos XVI y XVII / D. Bonavia Una de las observaciones directamente relacionadas con el fenómeno de la altura y que se desprende de la lectura de los cronistas, es que ellos se dieron cuenta que los animales que se habían importado después de la Conquista tenían dificultades de procrear cuando eran llevados a las tierras altas. Esto está muy claro en los escritos de ese hombre genial que fué Bernabé Cobo, y que fueron redactados entre 1613 y 1653. Por ejemplo, cuando él se refiere a los valle interandinos expresa muy claramente que allí «...nacen yeguas, asnos y mulas, que fuera deste tercer temple para arriba no se crían….” (Cobo, 1964a, Libro Segundo, Cap. XI: 78). Y esta diferencia entre la altura y los valles interandinos más bajos, la vemos descrita en forma muy escueta pero clara por Fray Antonio de la Calancha (1976. Vol. III, Libro II Cap. XXXII: 1060) que recorrió el Perú también en la primera mitad del siglo XVII. El escribió que «Lo alto aflige, y lo inferior recrea.,.». Es difícil expresar lo mismo en menos palabras. Finalmente hay una declaración de 1567 que es ambigua, pero que de todos modos nos parece interesante. Durante la conocida Visita que hizo Garci Dez de San Miguel en la provincia de Chuquito, se le preguntó al testigo Melchior de Alarcón sobre los indígenas que desde el Altiplano eran llevados a la costa. Y entre otras cosas, el refirió que «...el perjuicio les es grande no tan solamente por disiparse de su ganado cuanto ‘ por las enfermedades que allá cobran y el morirse en los dichos valles por ser serranos...» (Diez de San Miguel, 1964: 139). Si bien evidentemente en estos casos pudieron intervenir toda una serie de factores, está demostrado desde hace mucho tiempo que el hombre sufre de perturbaciones fisiológicas no sólo cuando sube a la altura, sino también cuando desciende de ella a nivel del mar. Eso lo señaló Monge Medrano desde 1935 cuando escribió: ‘’Es entendido que el problema es reversible. Y que lo que pasa con el individuo que vá a la Sierra, ocurre también con el individuo que baja a los Llanos» (Monge Medrano, 1988: 1224). Como decíamos, en este caso hay que diferenciar el mal pasajero que en algunos casos se siente al bajar de la altura de otras enfermedades que afectaron a los indígenas que se establecían por primera vez en los cálidos valles costeños. Es casi seguro que en las declaraciones de Melchior de Alarcón había un conocimiento de estos fenómenos, probablemente basado en experiencias vividas, a pesar que - insistimos - él no le podía dar una explicación real. En el segundo grupo, es decir de los que intentan explicar el fenómeno, tenemos sólo a dos autores – ambos jesuitas – que representan, que duda cabe, lo más avanzado en el conocimiento de la ciencia de su época. Me refiero a José de Acosta y a Bernabé Cobo. El Padre Acosta escribió hacia fines del siglo XVI y ha sido llamado «El Plinio del Nuevo Mundo». Y como dijo el maestro Porras, a él se debe “El primer inventario de la naturaleza americana y ensayo de coordinación de las leyes físicas del nuevo continente con las teorías y ejemplos del antiguo» (Porras, 1986: 376). Pues bien, en muchas partes de su relato al describir su paso por las alturas, él menciona «la mudanza» o la «destemplanza» que se siente y la describe en forma magistral. Pues él atribuye el mal de altura al enrarecimiento del aire, y lo explica así: «...la causa de esta destemplanza y alteración tan extraña sea el viento o el aire que allí reina...Porque el aire es tan sutil y penetrativo, que pasa las entrañas, y no sólo los hombres sienten aquella congoja, pero también las bestias, 233 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 que a veces se encalman, de suerte que no hay espuelas que basten a movellas». Y después de haber comparado nuestra realidad con «...los puertos nevados de España y los Pirineos y Alpes de Italia..», dice que son «... como cosas ordinarias respecto de torres altas...» si se les compara por ejemplo con la zona del monte Pariacaca que es “… para mi - dice Acosta - ...uno de los lugares de la tierra que hay en el mundo más alto; porque es cosa inmensa lo que se sube...». Y concluye diciendo:»... así me persuado que el elemento del aire está allí tan sutil y delicado, que no se proporciona a la respiración humana, que le requiere más grueso y más templado, y esa creo es la causa de alterar tan fuertemente el estómago y descomponer todo el sujeto,» (Acosta, 1954, Libro III, Cap. IX: 65-66). Y esto, como lo comentamos en otro de nuestros trabajos, “… está de acuerdo con la verdad científica» (Bonavia, et al., 1984: 15). Además este excepcional jesuita se dio cuenta que no se trataba de un fenómeno que se producía tan solo en un lugar, sino que era generalizado en los parajes de altura. Pues anotó muy claramente: «Y no es solamente aquel paso de la sierra Pariacaca el que hace este efecto, sino toda aquella cordillera, que corre a la larga más de quinientos leguas, y por donde quiera que se pase se siente aquella extraña destemplanza, aunque en unas partes más que en otras, y mucho más a los que suben de la costa de la mar a la sierra que no en los que vuelven de la sierra a los llanos. Yo la pasé, fuera de Pariacaca, también por los Lucanas y Soras, y en otra parte por los Collaguas, y en otra por los Cabanas; finalmente por cuatro partes diferentes en diversas idas y venidas, y siempre aquel paraje, sentí la alteración y mareamiento, que he dicho, aunque en ninguna tanto como en la primera vez de Pariacaca. Las mismas experiencias tienen los demás que la han probado” (Acosta, 1954, Libro III, Cap. I: 65). Y al describir las minas de Potosí, él vuelve a decidir que “… así sucede marearse los que allá entran de nuevo, como a mi me acaeció, sintiendo bascas y congoja de estómago (Acosta, Op. Cit., Libro IV. Cap. VIII: 99). Hay que señalar también que Acosta se dio cuenta que el soroche es un mal pasajero, pues escribió claramente: “Pero lo ordinario es no hacer daño de importancia, sino aquel fastidio y disgusto penoso que da mientras dura.» (Acosta. Op. Cit., Libro III, Cap. IX: 65). Pero hay un aspecto más en los escritos de Acosta que pasó desapercibido a los estudiosos de la historia de la medicina y que le llamó la atención a Monge Cassinelli. Y en esto podemos comprobar la sutileza de las observaciones de este jesuita. El se dio cuenta que el frío de «Los puertos nevados o sierra de Europa...» es muy diferente al frío que en ciertas ocasiones se siente en la altura andina. Pues en el primer caso se trata de «,..un aire frío, que da pena, y obliga a abrigarse muy bien, pero ese frío no quita la gana de comer, antes la provoca; ni causa vómito, ni arcadas en el estómago, sino dolor en los pies o manos; finalmente, es exterior su operación…». Pero al referirse al frío de «las Indias» agudamente señala: «...sin dar pena a manos, ni pies, ni parte exterior, revuelve las entrañas. Y, lo que es más de admirar, acaece haber muy gentiles soles, y calor en el mismo paraje, pero donde me persuado que el daño se recibe de la cualidad del aire que se aspira y respira, por ser sutilísimo y delicadísimo, y su frío no tanto sensible, como penetrativo» (Acosta, 1954, Libro III, Cap. IX: 66). Es así que Monge Cassinelli comentó que «Encontramos que esta aguda observación coincide con nuestra experiencia médica en la altura. En efecto, el individuo no aclimatado suele sentir un frío interior o aún escalofrío que no pasa con el abrigo o la calefacción. En ocasiones esta molestia es tan intensa, que la persona afectada cree padecer un proceso. Estos síntomas curiosamente 234 El soroche visto a través de las crónicas de los siglos XVI y XVII / D. Bonavia no están señalados con precisión en la literatura medica moderna y ello indica cuan acuciosa fue la capacidad de observación de Acosta” (Bonavia et. al., Op. Cit.: 16-17). A este punto queremos solamente recordar que la famosa descripción de Acosta de su paso por las mentadas escaleras del Pariacaca en compañía de 14 o 15 compañeros en 1573 (vide Acosta, 1954,Libro III, Cap. IX: 65) y que fue considerada por Monge Medrano (1945: 312-313; 1948: 1-4) como la primera descripción del mal de altura y que luego fuera citada y repetida innúmeras veces en la literatura medica, en realidad ha sido un error sobre el que llamamos la atención en un escrito anterior, indicando que dicha descripción no puede considerarse como típica de soroche (Bonavia. et. al., Op. cit: 13-17). El Padre Cobo escribió en el siglo XVII y, como expresara Porras (1986:511), «Sus intuiciones científicas son admirables...Todos los fenómenos naturales de nuestro clima hallan..,[en él]...el arranque de la explicación científica desde los temblores y la falta de lluvias hasta el soroche.». En efecto al describir las alturas anotó ad verbum: “ El aire desta tan encumbrada tierra es tan seco y sutil y delgado, que a los que de nuevo pasan por aquí, especialmente si suben de la tierra, caliente de los Llanos y costa de la mar...les falta el aliento; y no sólo a los hombres, sino también a las cabalgaduras, las cuales, subiendo por estas frías cordilleras, se paran a cada paso a tomar resuello; y hombres y bestias se entorpecen y almadean, como lo hacen en la mar los que de nuevo embarcan, sin que la persona pueda comer bocado mientras le duran las bascas y revolución de estómago, con que viene a trocar cuanto en él tiene. Con estar yo por tantos años hecho a esta tierra, tres veces que he subido de los Llanos a las provincias de arriba, al atravesar estos páramos he sentido esta destemplanza de estómago; y la segunda vez me almadeé muchísimo con grandes bascas y vómitos, no habiéndome almadeado por la mar en muchas navegaciones que he hecho; sucedióme esto el año 1615,por el mes de diciembre, atravesando la cordillera por las minas del Nuevo Potosí; en las cuales me hallé tan fatigado, que desconfiado de recobrar la salud, pedí a los compañeros que me dejasen allí morir y pasasen adelante, porque yo no me hallaba sino para dar allí el alma, porque en dos días no había podido pasar bocado. Animáronme que subiese a mula, porque ya desde allí comenzábamos a ir bajando y apenas habíamos andado dos leguas, cuando saliendo de aquella destemplanza de aire y comenzando a gozar de otro más benigno, me hallé de repente bueno y con ganas de comer. Y es que, así, como esta indisposición es súbita, causada de los aire sutiles y destemplados de la puna, así, en saliendo de aquel rigor de temple, se quita instantáneamente» (Cobo, 1964 a, Libro Segundo, Cap. X: 75-76).Consideramos que esta descripción habla de por sí y cualquiera que haya sufrido de soroche, se dará cuenta que ella es perfecta. Y Cobo también se percató que ese mal se debe al aire «sutil y delgado», es decir a la menor presión parcial de oxígeno que hay en las alturas como causa principal del soroche. Hay un tercer grupo de autores, que se dieron cuenta del mal de altura, pero no tuvieron la sutileza de Acosta y de Cobo para tratar de entender su causa, y simplemente se la atribuyeron al frío. Pero entendámoslo bien, al frío ambiental no al frío interior que sienten los que sufren de soroche y que fuera tan bien detectado y descrito por Acosta. Así por ejemplo, cuando Cieza de León (1984, Cap. XXXIX: 215) en la primera mitad del XVI describe el paso de los españoles por las alturas ecuatorianas de 4,000 msnm que separan «...los 235 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 aposentos de Otábalo... de los de Cochesqui...» dice que «...es la tierra tan fría, que se vive con algún trabajo.». Por los mismos tiempos escribía Gutiérrez de Santa Clara, aunque no está claro si él estuvo en el Perú. Pero es significativo que al describir la cordillera andina dice que allí»...hace muy grandísimos fríos, que se admarean los hombres que pasan por aquí o se mueren de frío si no hay quien los socorra.» (Gutiérrez de Santa Clara, 1963, Libro Tercero, Cap. LVII: 235).Como se podrá ver en este caso se separa el «admareo» del frió, pero sin darle una mayor explicación. Dávila Brizeño estuvo en las serranías de Lima entre 1571 y 1572, pues fue corregidor de Huarochiri. El dice algo muy interesante: «...porque a la parte de Oriente desta dicha cordillera...es muy fría, por venir los aires muy fríos por ella; y así no sirve sino de pasto de ganado de la tierra, que lo de España, por su mucho frío y aspereza, no se cría en ella» (Dávila Briceño, 1965: 156). Es decir, él se dio cuenta que los Camélidos viven perfectamente en la altura, mientras los animales europeos, que aún no se habían adaptado, no podían hacerlo. Pero le atribuye la causa al frío. Y volvemos a encontrar datos sobre los efectos de la altura en los animales en un escrito de 1586, que se refiere a la provincia de los Collaguas, en las alturas de Arequipa. Allí se dice: «Tienen ganado doméstico de la tierra, de que abunda esta provincia; hay ovejas de Castilla y cabras, aunque pocas; no se dan vacas; gallinas hay pocas, porque no se crían por ser tierra fría» (Ulloa Mogollón et al., 1965: 331). La distinción entre Camélidos y animales introducidos frente al fenómeno altura es nuevamente evidente, a pesar que se crea que la causa es el frío. Pero hay otro fenómeno relacionado con la altura que hemos registrado leyendo los cronistas, es decir la aclimatación o adaptación, tal como las diferenció Monge Medrano cuando escribió que «...debe hablarse mejor de adaptación para los recién llegados y aclimatación para los naturales del lugar» (Monge Medrano, 1988: 1224). Es así que cuando a fines del siglo XVI Reginaldo de Lizárraga al describir el Cuzco, anotó:»El temple es frío y desabrido, y luego que los españoles poblaron, no se criaba ningún niño mero español; ya se crían, y en cantidad.» (Lizárraga, 1968, Libro I: 62). Aquí el fenómeno de adaptación es claro. Y lo es también cuando Acosta escribió que el soroche es más frecuente en quienes «...suben de la costa de la mar a la sierra que no en los que vuelven de la sierra a los llanos” (Acosta, 1954, Libro III, Cap. IX: 65). Y sobre este punto debemos volver a los escritos del Padre Cobo, pues hay un largo párrafo en el que se refiere, desde diferentes ángulos, a las consecuencias de la altura sobre el organismo humano, El escribió: «Otro indicio hallo no menor del gran calor desta gente, y es que los que nacen en páramos y Punas frigidísimas del primero y segundo grado de Sierra, se crían y logran mejor que los nacidos en tierras templadas y calientes; antes vemos que donde más enteros están hoy los indios y donde más en este reino multiplican, es en los dichos temples; sucediendo al contrario en los niños hijos de españoles, que los más que nacen en tales tierras no se logran; y que mueren del rigor del frío se halla por experiencia en que, los que escapan, es por el gran 236 El soroche visto a través de las crónicas de los siglos XVI y XVII / D. Bonavia cuidado que en su abrigo pone. Ni vale alegar en contra desto que los indios están en su natural y que, por criarse desnudos y sin regalo que los españoles, salen más duros y curtidos de las inclemencias del tiempo; porque a lo primero responde que supuesto que los hijos de españoles son engendrados y nacen en el mismo suelo y constelación que los indios, ya para ellos es natural la tierra y clima como para estos; y a lo segundo, que también los hijos de caciques e indios ricos se crían con tanto y más regalo que muchos hijos de españoles pobres, y con todo ello se halla entre ellos esta diferencia. Pero donde más se descubre es en los mestizos y cuarterones y en cuantos tienen alguna mezcla de indio; porque, criándose aquéstos muchas veces con el mismo regalo que los puros españoles, se logran tanto más que ellos cuanto más participan de sangre de indios; de suerte que ya es dicho común tomado de la experiencia cuotidiana que las criaturas que tienen algo de indio corren menos riesgos en las tierras frías que las que carecen de esta mezcla. De lo cual no sé yo que otra razón se pueda dar más congruente que la que tengo dicha, esto es, que la complexión cálida de los indios resiste al rigor del frío extrínseco; y como cuanto una criatura participa desta complexión heredada con la sangre de sus padres, tenga tanto más calor, de ahí viene que los que se allegan más a la naturaleza de los indios, corren menos riesgos en su niñez de que los acabe el frío, como acaba y quita la vida a los más de los niños españoles de todos cuatro costados.» (Cobo, 1964b, Libro Undécimo, Cap. IV: 16). Pues bien, consideramos que en estas observaciones del Padre Cobo hay tres aspectos que se pueden separar. El primero es el que refiere a que los indígenas vivían y se desarrollaban mejor en las tierras altas que en las «templadas y calientes». En este caso consideramos que el jesuita no se está refiriendo necesariamente a los problemas de altura, sino también a otras enfermedades endémicas que afectaban a los indígenas que bajaban a la costa, como por ejemplo el paludismo y diferentes parasitosis. El segundo punto nos parece importante, en cuanto Cobo consideraba que los niños indígenas vivían mejor en las tierras altas que los niños españoles que eran llevados allí. Es decir, lo que Cobo creía es que hay en la población indígena una adaptación genética a la altura. Pues él es muy claro en decir que se trata de una «complexión heredada». Y esto se ve perfectamente cuando al final del párrafo él explica que los «mestizos y cuarterones», como él llama a los hijos nacidos de la mezcla de padres españoles e indígenas ya no sufrían los efectos de la altura. E inclusive señala que «...los que se allegan más a la naturaleza de los indios, corren menos riesgos en su niñez de que los acabe el frío...». Es decir, en términos modernos diríamos que mientras más sangre indígena tuviera el niño estaría mejor adaptado al medio de altura. Este es un tema que aún hoy está en debate entre los especialistas. Finalmente hay un tercer punto, y es cuando Cobo explica que los niños españoles que nacen en la altura ya están adaptados, pues «...para ellos es tan natural la tierra y clima como para estos...» y aquí se está refiriendo a los indígenas. Punto sobre el cual evidentemente Cobo parece haber tenido la razón. Otro ejemplo es el que nos ha dejado un cronista anónimo que debió escribir entre 1571 y 1572, es decir casi a los 40 años de la llegada de los españoles al suelo peruano, de modo que la referencia que señalaremos se está basando en personas que recién habían llegado al territorio 237 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 andino. El cronista escribe sobre el valle de Yucay y dice; «En este valle era la recámara del inga y su recreación, porque es el temple mas apacible y no tan frío como el del Cuzco. Diéronse en el solares a todos los vecinos del Cuzco, porque al principio que se descubrió la tierra, no se criaban niños en el Cuzco y llévanlos a criar allí» (Anónimo, 1965b: 51). Es sabido que los especialistas aconsejan que cuando se debe subir a gran altura es mejor hacerlo gradualmente, quedándose cierto tiempo en zonas de alturas intermedias. Es además una práctica normal en los montañistas, para que el organismo se vaya adaptando al cambio ambiental. Pues bien, pareciera que los españoles que de Lima se dirigían a Jauja o a las serranías sureñas y que seguían el camino de Lurín que ya hemos mencionado, se habían dado cuenta que una práctica de esa naturaleza les ayudaba en su viaje. Y hay una descripción de Dávila Brizeño que nos parece muy interesante y que fue vivida entre 1571 y 1572 en el pueblo de Huarochirí. Este está aproximadamente a mitad camino entre la costa y las grandes alturas de la zona de Pariacaca, por donde los viajeros debían transitar. Dice así: «Es el tambo deste pueblo de Guardocherí el de más gente caminante de todo este reino y a donde mejor recaudo se da, y así, hay de ordinario mucha gente y cabalgaduras en él, que con haber cuatro casas muy grandes y muy largas, no cabe la gente caminante en ellas, y es la causa, que como desde dicho pueblo de Guardocherí hasta el valle de Xauxa hay diez y ocho legua de despoblado y tierra tan fría con la cordillera de nieve, que por ella atraviesa el camino real, ansí los que van como los que vienen, descansan un día o dos en este dicho tambo y pueblo, ansí los dichos pasajeros como sus caballos, ansí los unos aparejándose para pasar este dicho despoblado, como los que vienen, descansando del trabajo que han pasado» (Dávila Briceño, 1965: 161). Finalmente queremos mencionar una cita de Diez de San Miguel, que se dio cuenta del daño que sufrían los indígenas que eran enviados por los españoles desde la costa a las serranías meridionales llevando carga, y por eso hizo una advertencia significativa. Escuchemos sus palabras:»...que éstos son...indios...de tierra muy caliente en metiéndoles en tierra fría que lo es y mucho cuatro leguas de su pueblo se mueren y se van acabando todos deberíase mandar que estos indios no sean compelidos a ir con carga fuera de su temple y natural para ninguna parte...» (Diez de San Miguel, 1964: 246). Para terminar queremos señalar algo que ha sido mencionado por Monge Medrano (1988: 1238-1239) y luego por otros y que a nosotros nos parece un error. Nos referimos a una cita del Padre Calancha a base de la cual se deduce que recién a los 53 años de presencia española en Potosí, se logró el nacimiento de un niño. La cita de Calancha, que es de 1638, es esta: «...en Potosí cuantos niños nacían de padres Españoles morían, o al nacer, o antes de los quinze días de nacidos, porque el frío grande i los ayres elados los matavan, salíanse a parir las madres a los valles convezinos, i asta que el niño tenía más de un año se desterravan las madres de la villa.».Y luego narra que un tal Francisco Flores «...no logró ijo de algunos que tuvo, o muertos luego que nacidos, o elados luego que traídos de los valles calientes.,.». Hasta que flores se encomendó a San Nicolás y se produjo el milagro del nacimiento de «...el primer criollo de Potosí, que en cinquenta i tres años se logró de los que allí nacieron,» (Calancha 1978, Vol. V, Libro Tercero, Cap, XLI: 1692). 238 El soroche visto a través de las crónicas de los siglos XVI y XVII / D. Bonavia Antes del comentario, hay que decir que esta no es la primera cita sobre el tema. Hay por lo menos otra que es anterior, pues ha sido escrita 1603 y dice así:»...las mugeres que estaban de parto, por no peligrar en él, se iban a los valles que hay alrededor de esta villa [ es decir Potosí] a ocho y a diez leguas, porque así ellas como las criaturas por maravilla escapaban; y todo este rigor se halla templado de suerte, que no es menester que las mugeres salgan de la villa, y criánse tan bien los muchachos ,que hay cuatro o seis escuelas de ellos y todas muy llenas de muchachos nacidos en esta villa.» (Anónimo, 1965b: 374).Como se podrá ver, ambos autores coinciden en la descripción. Lo que nosotros queremos señalar es que en estos escritos no se dice que las mujeres eran infértiles, sino que los niños morían después del parto y a diferentes edades. De modo que más que el problema de la altura, lo que debió afectar a estos niños fueron las difíciles condiciones climáticas, el excesivo frío probablemente en viviendas improvisadas y con condiciones higiénicas mínimas si las hubo. Las causas de muerte de los recién nacidos pudieron ser muchas, pero consideramos que es difícil atribuirlas directamente y sólo al mal de altura. 239 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Obras citadas ACOSTA. Padre José de. 1954 (1590). Historia Natural y Moral de las Indias. Biblioteca de Autores Españoles desde la formación del lenguaje hasta nuestros días. Ediciones Atlas. Tomo LXXIII. Madrid. pp. 1-247. Anónimo. 1965a (1881-1897). Descripción de la villa y minas de Potosí. Año de 1603. Relaciones Geográficas de Indias. Perú. II .Marcos Jiménez de la Espada. Biblioteca de Autores Españoles desde la formación del lenguaje hasta nuestros días .Vol.I. Ediciones Atlas. Tomo CLXXXIIIMadrid. pp. 372-385. Anónimo. 1965b (1881-1897). 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Nota: El original ha sido publicado en el año 1999 en Filosofía de la Medicina II, R. Ishiyama C. y E. Machicado Z., editores. Escuela de Post-Grado, UPCH. Lima. pp. 111-124. 242 ETNOBOTÁNICA Arqueología y Vida 2007, Nº 1, págs. 245-260 LA PAPA: APUNTES SOBRE SUS ORÍGENES Y SU DOMESTICACIÓN1 Duccio Bonavia2 Uno de los aportes americanos más importantes al mundo, aún no suficientemente aquilatado, ha sido sin duda el de un conjunto de plantas cultivadas. Entre ellas, que duda cabe, la papa ha jugado un rol fundamental. Pero no hay que olvidar que cuando llegaron los europeos habían pasado ya miles de años desde que se iniciaron los procesos de selección y cambios que condujeron a la papa domesticada a partir de la silvestre. Hawkes, al describir los cultivos en función climática y fitogeográfica, creó una serie de grupos y en el tercero, incluye a la papa dentro de las especies resistentes a los climas temperados, fríos temperados y fríos altoandinos. Este grupo es ecológicamente único y sin paralelo en otras partes del mundo. Contiene cinco especies o grupos de especies. Sus formas silvestres ancestrales, en su mayor parte, pueden aún encontrarse, aunque mantienen una existencia bastante pobre, en ecotonos entre la floresta del alto páramo y la estepa de puna o colonizan las áreas rocosas, con suelos delgados, donde no pueden sobrevivir las yerbas perennes. Este grupo comprende las plantas de zonas frías temperadas, o sea la papa (Solanum tuberosum), la oca (Oxalis tuberosa), el ulluco (Ullucus tuberosus), el añu (Tropaeolum tuberosum) y la maca (Lepidium meyenii) (Hawkes, 1989: 482-484). Hoy se conocen alrededor de 200 especies de papas silvestres, de alguna manera relacionadas a las cultivadas, en un área que se extiende desde el Suroeste de los Estados Unidos de Norteamérica, a México, Centro América, a lo largo de los Andes, hasta Argentina, Chile, los llanos de Paraguay, Uruguay y el Sur de Brasil. Es importante señalar que todas estas especies silvestres poseen tubérculos, excepto la serie Etuberosa de Chile (Carlos Ochoa, Comunicación personal, 1992) y pueden generar híbridos por lo menos con una de las variedades cultivadas (Hawkes, 1989: 495). Estas especies crecieron inicialmente en las regiones occidentales andinas, en alturas que oscilan entre los 500 y los 4,500 m.s.n.m. (Hjerting, 1987: 1 Este trabajo fue leído en ocasión de la Reunión de la Asociación Latinoamericana de la Papa, que tuvo lugar en Lima en diciembre de 1991. El autor agradece al profesor Carlos Ochoa que ha tenido la gentileza de leer el manuscrito y ha hecho valiosas sugerencias. Todos los yacimientos mencionados en este artículo se encuentran sobre el litoral central y nor-central del Perú a excepción de los sitios andinos de Pikimachay, Tres Ventanas y Guitarrero. Monte Verde está situado en e! centro-sur de Chile. 2 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 5), aunque Murra (1975: 46) señala que Juzepczuk encontró papas silvestres a más de 5,000 m.s.n.m. La afirmación de Dodds (1965: 124) que la papa silvestre no puede darse por debajo de los 1,800 m.s.n.m., es definitivamente equivocada, pues es sabido que las hay en las lomas costeras peruanas. La mayor cantidad de especies diferentes se dan en México, Perú, Bolivia y Argentina y la gran mayoría tienen tubérculos pequeños, amargos, situados al final del estolón. La mayoría de las papas silvestres pueden cruzarse sin mucha dificultad. Así se crearon nuevas variedades y algunas con tubérculos más grandes que sus plantas emparentadas. Este proceso de selección ha continuado por milenios (Hjerting, 1987: 5). Las papas cultivadas forman series poliploides de alrededor de 7 especies, con un rango que va entre las diploides, las triploides, las tetraploides y las pentaploides (Hawkes, 1989: 495) y según Zhukovsky (1971) pueden crecer hasta los 4800 m.s.n.m. Como bien escribiera Hjerting (1987: 5), las papas que cultivamos y comemos son el resultado de miles de años de selección y cruces de especies de papas silvestres. Sin embargo, es prácticamente imposible saber donde comenzó este proceso, aunque se puede sugerir que fue en el área altiplánica, ya que allí se da la mayor cantidad de variedades de especies primitivas cultivadas y sus variedades. Un hecho que refuerza esta hipótesis, es que las variedades más resistentes al hielo, o sea las amargas luki o ruki, son triploides estériles que no se reproducen por sí solas y necesitan la acción humana (Murra, 1975: 47). La sugerencia de Pozorski y Pozorski (1987: 113) que estos tubérculos pudieran haber sido domesticados en la costa, carece de sustento y va, además, contra todas las evidencias existentes. Al mismo tiempo sabemos muy poco sobre el proceso de domesticación de raíces y tubérculos, aunque se puede suponer, como dice Hawkes, que éstos siguieron probablemente el patrón generalizado de las plantas de semillas. Para una mayor discusión sobre el tema, recomendamos los trabajos de Hawkes de 1969 y 1989. En este sentido Jensen y Kautz (1974: 46-47), siguiendo a Lynch (1971), piensan que todas aquellas plantas que el hombre domesticó, son las que han jugado un rol muy importante durante los tiempos precerámicos tempranos y, junto con las plantas de semilla, el grupo más importante son las plantas de rizoma y tubérculo. Creen estos autores, además, que las plantas de raíz en general y las papas en particular, pueden ser manejadas por pueblos no sedentarios. En efecto Sauer en 1958 (pp. 2) escribió que “Los tubérculos que tienen que ser extraídos de la tierra, producen una cosecha incompleta; lo que se pierde, se convierte en una nueva planta en el terreno disturbado que podrá ser cosechado el próximo año. Estos terrenos removidos tienden a convertirse en permanentes y productivos”. Por otro lado Hjerting (1987: 5) ha sugerido que la posibilidad de una larga falta de frutos silvestres, pudo forzar a los habitantes del Altiplano andino a arrancar de raíz los tubérculos. Aquellas especies con tubérculos más grandes y quizá menos amargos, comenzaron a crecer en la vecindad de las casas, sin ser aún cultivadas. Así, a lo largo de centurias, se fueron seleccionando las especies con tubérculos más grandes. Las actividades humanas permitieron a las diferentes especies de difundirse lentamente y entrar en contacto entre ellas. 246 La papa: apuntes sobre sus orígenes y su domesticación / D. Bonavia No hay que olvidar, además, que los tubérculos pueden ser almacenados de diferentes maneras, sin la elaboración cultural que necesitan los granos y las semillas (Jensen y Kautz, 1974: 47). Hay una serie de otros factores importantes, que sin duda han jugado un rol en el proceso de domesticación de estas plantas. Pues las plantas de raíz se distinguen por tener un apreciable contenido de almidones, aunque son deficientes en aceites y proteínas, pero éstas pueden ser complementadas con proteínas y aceites animales y unas proteínas vegetales incompletas que se encuentran en algunas semillas (Lynch, 1967: 64). Además, en el caso de las papas, éstas pueden comerse, aunque no estén completamente maduras, a los 60 días de haber sido plantadas y proporcionan, por unidad de tiempo y de espacio, más calorías y más proteínas que cualquier otra planta. Su rendimiento es prodigioso, pues producen cinco veces más por unidad de tierra, que el maíz, el trigo o la soja (Kahn, 1987: 83). Sabemos también que la papa ha sido cultivada con gran suceso en pequeñas parcelas de tierra pobre, en una gran variedad de zonas climáticas, a alturas que van desde el nivel del mar hasta casi los 5,000 m.s.n.m. en los Andes y muy a menudo, por agricultores que han usado, los medios más primitivos (Crosby, 1972: 171). El problema de los orígenes de la papa domesticada ha preocupado a muchos especialistas, entre los que cabe recordar a Salaman (1949), Juzepczuk y Bukasov (1929), y Hawkes (1967, 1978). Como escribiera este último recientemente, el origen de la papa domesticada debe haberse producido en la parte occidental de Sudamérica. La controversia que tenemos, es si existe una sola área de origen en los Andes Centrales o hay un segundo centro independiente en Chile (Hawkes, 1989: 494-495). Evidentemente el centro de las especies y la mayor diversidad de variedades de la papa cultivada se encuentran en un área que se extiende desde el Perú Central hasta Bolivia. Es por eso que Vavilov (1951) planteó que allí estaba el centro de origen. Ahora bien, el estudio de las especies silvestres más cercanamente similares a las cultivadas, señala que las series Tuberosa pueden ser las candidatas para este proceso. Particularmente Solanum leptophyes de Bolivia. Tay (1979) ha hecho un estudio de las diferencias entre los diploides cultivados, que lo llevó a la conclusión que la especie más primitiva es Solanum stenotomum, que tiene un área de extensión meridional en el Norte de Bolivia. Esta área coincide con la distribución de Solanum leptophyes. Se puede pensar, tentativamente, que la papa cultivada fue primeramente domesticada como una especie diploide (Solanum stenotomum) en las tierras altas del Norte de Bolivia, a partir de la especie silvestre Solanum leptophyes. Así se difundiría hacia el Norte, llegando al Perú y después de la formación tetraploide Solanum tuberoswn ssp. andigenum, es muy probable que absorbió diversidades genéticas de otras especies silvestres, por medio de hibridación e introgresión (para una mayor información sobre este punto vide Hawkes, 1989: 495). Hay que indicar que Ochoa (1990: 338-339) no está de acuerdo con esta posición. Él cree que Solanum stenotomum es altamente polimorfa y ello sugiere que su origen pudo haber sido polifilético de modo que, posiblemente, la planta -incluyendo el cultígeno- pudo haberse originado en más de un lugar y más de una vez a partir de especies de papas silvestres, como Solanum bukasovii, Solanum soukupii y Solanum brevicaule. 247 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Sin embargo, recientemente Grun (1990) ha indicado como origen de la papa cultivada lo que él llama el Complejo Solanum brevicaule, que después de una selección, daría origen al Solanum stenotomun que al mezclarse con especies desconocidas, llevaría al Solanum tuberosum ssp. andigenum. Este a su vez, por medio de múltiples introgresiones, produciría el Complejo ssp. andigenum que al mezclarse con especies desconocidas, daría como resultado final Solanum tuberosum ssp. tuberosum. Hawkes (1989: 496) en este sentido toma una posición muy clara y categórica. El escribió: “Sin embargo los resultados arqueológicos le añaden peso a la evidencia botánica, en el sentido que parece probable que el origen de la domesticación de la papa se dio en los altos Andes del Norte de Bolivia en algún momento antes de los 10,000 años antes del presente”. Sin embargo varios autores se inclinan por la domesticación doble. Así Zhukovsky (1962) señaló claramente dos centros independientes, uno en el cinturón tropical andino, entre los 10° de Lat. Norte y los 25° de Lat. Sur, entre los 2,500 y los 4,800 m.s.n.m. y el otro en la latitud templada del Centro de Chile, entre los 35° y los 45° de Lat. Sur y entre una altura que oscila desde el nivel del mar hasta los 250 m.s.n.m. Ugent et al. (1987) han retomado recientemente esta posición y plantean que en cada caso se ha logrado la papa cultivada a partir de especies silvestres (Op. Cit.: 26). Es muy posible, como lo indicó Dodds (1969: 15), que la forma silvestre ancestral haya desaparecido ya hace mucho tiempo, justamente por haber sido adaptada al cultivo. Al momento de la Conquista, sabemos que la papa domesticada se extendía desde Venezuela, a lo largo de la cadena andina, hasta el Noroeste argentino y por la faja costera de Chile Central y Meridional. No cabe duda que la introducción de la papa en Centro América y México, se efectuó en tiempos posteriores a la Conquista (Hawkes, 1989: 495). En lo que se refiere al análisis del problema de la papa desde el punto de vista arqueológico, es muy importante indicar que hay una grave dificultad: la de su conservación. Mientras otras plantas tienen frutos que por su estructura o por sus semillas son muy resistentes y ello permite su conservación en los yacimientos arqueológicos, este no es el caso de los tubérculos. Ellos generalmente se destruyen hasta en las condiciones de la costa peruana, que se distingue por sus excepcionales cualidades de conservación de los restos botánicos depositados en los contextos arqueológicos. En las serranías el problema se acentúa, salvo en el caso de la cuevas secas, en las que se ha excavado muy poco. Es así, que si se revisan los informes arqueológicos o los trabajos de etnobotánica, se podrá comprobar que prácticamente no hay referencias a la papa. Lo que sí hay es una abundante información de esta solanácea en las representaciones, que nos han dejado en la cerámica los artesanos prehispánicos. Pero en este caso se trata de culturas tardías que poco o nada nos pueden servir para los problemas que nos interesan, o sea orígenes y domesticación de esta planta. Los frutos que se han representado en la alfarería, corresponden a copias directas o han sido inspirados en especimenes que habían sufrido ya un largo proceso de selección humana. Probablemente la cultura en la que hay más representaciones de papa es Moche y, curiosamente, ésta es ausente en Nasca. No viene al caso detenernos aquí sobre este aspecto, y si alguien tiene interés puede recurrir a los trabajos de Salaman (1949) o Vargas (1962). 248 La papa: apuntes sobre sus orígenes y su domesticación / D. Bonavia Veamos ahora cuales son los datos con los que contamos para la Época Precerámica. Como se verá, es muy importante hacer un análisis crítico de esta información, pues no siempre estamos en presencia de evidencias aceptables. Esto es, a nuestro juicio, de fundamental importancia, pues en muchas publicaciones se ha citado información que no tiene validez científica. Sobre esto hemos escrito un artículo, en el que las personas interesadas podrán encontrar mayores detalles (Bonavia, 1984). Aquí nos limitaremos a hacer un resumen actualizado2. Ramos de Cox (1971: 94) sostiene que en la Fase Conchitas del sitio PV48-II de Tablada de Lurín (fechada en 4,500 años a.C.) se encontraron “...productos similares a...papas”. Luego Patterson y Lanning (1964: 114) al referirse a Ventanilla, al Norte de Lima, en una época cuya edad oscila entre los 2,000 y los 1,200 años a.C., mencionan la existencia de “papas”, aunque posteriormente se demostró que se trataba de una planta silvestre que no es papa (Ñawpa Pacha, 4, 1966: 115). Lanning ([1965] 1970: 138) trata concretamente sobre el yacimiento Punta Grande (fechado en 2,500 años a.C.) y dice que allí hubo “...papa (que podría haberse recogido silvestre en lo que aún quedaba de las lomas)...”, aunque líneas atrás había afirmado que se trataba de “...raíces...probablemente cultivadas”. En un trabajo posterior, el mismo Lanning (1966: 190) se refiere a este hallazgo y es más cauto cuando escribe: “Las raíces todavía no han sido examinadas por un botánico, pero pude reconocer abundantes papas...”. Efectivamente, cuando el mismo autor escribe su manual ya clásico (Lanning, 1967: 60), y trata el Precerámico final de la Costa Central, dice “...posiblemente papas...”. Hay un dato más, relativo a la Costa Central, y que debe ser discutido. Hawkes (1989: 495496) se refiere a la identificación de unos restos que hiciera Martin-Farias (1976), ensayando nuevas técnicas para el estudio de plantas de raíz. La muestra corresponde a los trabajos que realizara Michael Moseley en el área Ancón-Chillón. En el trabajo de Hawkes no se da mayor información, sólo se dice que entre otras plantas había “papas” que tienen una antigüedad de 4,500 años antes del presente. No hemos tenido la posibilidad de revisar el trabajo completo de Martin-Farias, que es una tesis de doctorado, pero sí sus conclusiones, y en ellas se señala el yacimiento del que provienen las muestras. Este sería La Pampa. Pensamos que es un error y que se trata de Pampa, situado en la Bahía de Ventanilla, al Norte de la desembocadura del río Chillón. En efecto, este sitio ha sido estudiado por Moseley, el cual ha informado sobre sus hallazgos (Moseley, 1975: 22-23) y si bien hay una lista de plantas, entre ellas no figura la papa. La datación del sitio coincide aproximadamente con la que señala Hawkes (Op. Cit.) Sin embargo, hay que tener mucho cuidado, pues en las conclusiones de Martin-Farias, las que sí hemos podido leer, se dice textualmente: “Solanum tuberosum pudo también estar presente en el sitio La Pampa (ca. 4,450 antes del presente), a pesar que esto no ha sido probado sin que haya lugar a duda”. (N.B. El subrayado es nuestro). Crecemos que no es necesaria ninguna aclaración. Hasta donde nosotros sabemos, Moseley no ha publicado más información sobre el asunto y sería importante que lo hiciera, en cuanto Martin-Farias (Op. Cit.) cree, con seguridad, que se trata de plantas cultivadas. 249 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Hay un dato reciente que se refiere también a la Costa Central, concretamente al sitio El Paraíso en el valle del Chillón y correspondiente al Precerámico final, es decir entre 2,500 y 1,800 años a.C. Se dice que hay evidencia de utilización de plantas silvestres, entre las cuales hay “...miembros no identificados de Solanum spp. ...” y luego se añade que entre las plantas que han podido ser identificadas a base de análisis de coprolitos hay Solanum (Quilter et al., 1991: 280). Esta información es aún muy vaga y tenemos que esperar que se publiquen mayores detalles. Para terminar con la parte costera, Ugent et al. (1982, 1983) han informado sobre el hallazgo de 20 tubérculos de papa procedentes de tres yacimientos del valle de Casma, en el departamento de Ancash. Ellos son enfáticos en afirmar que estos restos han sido “...positivamente identificados como papa cultivada (Solanum tuberosum L. sensu lato)...” en función del análisis de la superficie de los restos y de los granos de almidón (Ugent et al., 1982: 183). Los tres yacimientos en cuestión corresponden a diversas épocas, que cubren un lapso que oscila entre los 1,200 y los 2,000 años a.C. Los restos que a nosotros nos interesan mayormente, son los que corresponden al sitio de Huaynuma (situado en la bahía homónima 12 km al Norte de la bahía de Casma), que es precerámico y que tiene una antigüedad de 2,000 años a.C. (Ugent et al., 1982: 184-187). Allí se encontró 6 especimenes que, al decir de los autores, corresponden a “...papa blanca...” (Op. Cit.: 187) y que estaban en excelente estado de conservación. Los autores han comparado sus restos con otros de tubérculos arqueológicos de diferentes yacimientos tardíos de la costa peruana y, en términos generales, llegan a la conclusión que los especimenes de Casma son más pequeños y ofrecen detalles sobre sus granos de almidón (Op. Cit.: 191; vide también Pozorski y Pozorski, 1987: 16). Este es el único informe que, aunque preliminar, ofrece información arqueológica y botánica con cierto detalle y credibilidad. Refiriéndose a la sierra ayacuchana, MacNeish et al. (1975: 30) escriben que “...hay evidencia de cultivo de papa...” en lo que ellos definen Período 6 (correspondiente, en términos de tiempo, entre 4,200 y 2,500 años a.C), lo que involucraría la Fase Chihua y Cachi de MacNeish et al. (1970). Aunque un colaborador de MacNeish, García Cook (1974: 21), menciona la posible existencia de papa concretamente en la Fase Chihua (entre los 4,500 y los 3,100 años a.C.). Esta aseveración es confirmada posteriormente por MacNeish et al. (1983). Es así que se menciona “...a possible potato eye...” identificado en un coprolito que estuvo en la Zona X de la Cueva de Pikimachay, correspondiente a una ocupación Chihua temprana (5,000-4,000 años a.C.) (MacNeish et al., Op. Cit.. 158) y luego en la Zona VII de la misma cueva que es asignada a una ocupación Chihua tardía (3,5000-3,300 años a.C.) se menciona la existencia de “...solanum fruits. Whether any of the latter were domesticated potatoes could not be determined, but possible potato eyes were in two of the feces...” (MacNeish et al., Op. Cit.: 160). Para el área de la parte alta del valle de Chilca, Engel (1970a: 431) informó que en “las cuevas” de Tres Ventanas se encontró “Solanum sp.” en el nivel fechado en 10,000 años, aunque especificó que se trata de plantas”probablemente” silvestres (Op. Cit.: 432). Luego en otro 250 La papa: apuntes sobre sus orígenes y su domesticación / D. Bonavia escrito del mismo año, señala que en la Cueva I y II de Tres Ventanas, en todos los niveles, hubo restos de tubérculos y uno fue identificado por Douglas Yen como Solanum sp., aunque no se puede probar que se trate de plantas cultivadas. No se dice de qué nivel viene este tubérculo identificado. Se especifica que los tubérculos estaban “fosilizados” (Engel, 1970b: 56). Cuando Engel vuelve sobre el asunto (1970c: 129) dice textualmente: “...hemos encontrado papas...en capas arqueológicas de 10,000 años...” en “...las cuevas de Tres Ventanas” y en el Cuadro A que acompaña el artículo, indica la papa en lo que él denomina “Horizonte preagrícola”, que tendría une antigüedad que oscila entre los 10,000 y los 5,600 años antes del presente. Posteriormente el autor vuelve sobre el asunto (Engel, 1973: 274) y señala que papas “...están presentes en algunos yacimientos muy tempranos del Holoceno (e.g. en los niveles de 10,000 años antes del presente de las cuevas de Chilca)...” e indica nuevamente que, según Yen, se trata de una papa silvestre. Douglas Yen, en estos escritos, no sólo no aclara la situación, sino que aumenta la duda, aunque no trata in extenso el tema. Es así que (basándose siempre en Engel, 1970b) en el texto dice: “Restos...de Solanum fueron encontrados en los niveles arqueológicos fechados por carbono en 10,000 y 8,000 años antes del presente. Algunos de estos tubérculos se ven en la Figura 5” (Yen 1974: 25). Sin embargo, en la mencionada Figura (Op. Cit.: 26) se muestra un solo ejemplar y en la leyenda se afirma que se trata de un tubérculo que ha sido “...identificado como probablemente correspondiente al género ...Solanum...” (N.B.: el subrayado es nuestro). Además en ningún lugar se pronuncia sobre el posible estado doméstico o silvestre de la muestra. Es evidente que Yen no tuvo responsabilidad directa en el asunto, y confió en la información que le envió Engel y que él supuso era correcta (in litteris, 28 de noviembre de 1985). Del análisis de los datos expuestos se puede concluir que sólo los hallazgos de Casma y los del valle del Chillón tienen validez científica, aunque los segundos son aún muy vagos y necesitan ser confirmados con mayor detalle. La información de Ayacucho es muy imprecisa, pues en los informes preliminares del Proyecto Ayacucho (MacNeish, 1969; MacNeish et al., 1970) la papa no se menciona para nada, luego uno de los encargados del proyecto (García Cook, 1974) afirma que “posiblemente” haya habido papa en los estratos correspondientes a la Fase Chihua y MacNeish et al. (1975) hablan de “evidencia de cultivo de papa”, sin señalar concretamente cual es esta evidencia. Y, finalmente, en el informe final del proyecto (MacNeish et al, 1983) sólo se presentan vaguedades. Es nuestra opinión que hasta que no se publique el informe botánico completo de este proyecto, la pretendida “evidencia” no puede ser tomada en cuenta. En el caso del valle de Chilca el problema es grave. Primero Engel habla de una cueva, Tres Ventanas, y exclusivamente señala el hallazgo en el estrato fechado en 10,000 años. Luego se menciona dos cuevas de Tres Ventanas, la I y la II, y se especifica que los restos de tubérculos estaban presentes en “todos los niveles”. Cuando se trata nuevamente el asunto, se menciona sólo Tres Ventanas, sin especificar el número de la cueva, pero señalando que los restos de papas estaban presentes sólo en el nivel correspondiente a 10,000 años, para -finalmente en un último escrito- mencionar otra vez “algunos yacimientos”, en plural. Se ha visto, además, que se ha identificado sólo un espécimen como probable Solanum sp. 251 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Pero, además de todas estas inconsistencias que son evidentes, hay también graves problemas de tipo técnico arqueológico que invalidan los trabajos de Tres Ventanas, y cuyos detalles no viene al caso mencionar aquí. El análisis completo de ello se hizo en un trabajo anterior (Bonavia, 1984). Y nuestra posición ha sido corroborada por Claude Chauchat (1972 y Comunicación personal, 1983) que tuvo la oportunidad de revisar personalmente los materiales y ver los métodos de trabajo del equipo de Frédéric Engel. Cohen (1978: 226 y 241) al referirse a Tres Ventanas es también categórico en afirmar, después de haber revisado los datos de Engel, que allí “...los estratos son casi seguramente mezclados...”. En el artículo de Ugent et al. (1983) hay una información que es muy importante, ya que avala lo que venimos sosteniendo. Allí los autores explican que les fueron entregados cinco tubérculos, provenientes de la Quebrada de Chilca, para que fueran analizados por Ugent. Aquí surge nuevamente un problema y una evidente contradicción, de los que Ugent parece no haberse dado cuenta, a pesar de nuestra advertencia (Bonavia, 1984), pues inclusive en un trabajo muy posterior (Ugent et al, 1987: 25) sigue aceptando esta evidencia como válida. Veamos los hechos. En primer lugar no se sabe de cual de los yacimientos de Chilca provienen las muestras; por todo lo expuesto anteriormente, podemos suponer que de alguna de las cuevas de Tres Ventanas. Ugent et al. (Op. Cit.: 42) dicen textualmente: “Estos tubérculos, algunos de ellos de los más antiguos...” (N.B.: el subrayado es nuestro). Esto significa tres cosas; que no todos son antiguos, que no se sabe cual es el antiguo pues suponemos que en caso contrario los autores lo hubieran señalado y, finalmente, si hay otros que no son antiguos significaría que efectivamente fueron hallados en varios niveles de la cueva, lo que iría en contra de aquellas aseveraciones de Engel (que son la mayoría), que señalan que éstos provienen sólo del estrato fechado en 10,000 años. Hay además otra grave incoherencia. Engel es muy claro cuando dice que sólo un tubérculo ha sido identificado como papa y Yen ilustra uno solo en su libro, como hemos visto. Resulta, sin embargo, que a Ugent le han entregado cinco especimenes de papas (Op. Cit.: 42 y figura 4G). Y aquí podemos añadir un dato más, que no conocíamos cuando escribimos nuestro trabajo de 1984. Ahora sabemos que una muestra procedente de “la puna del valle de Chilca”, que suponemos se trata de Tres Ventanas, ha sido entregada también a Martin-Farias (1976), en Inglaterra, para un análisis. Como ya hemos indicado, nosotros no hemos logrado obtener este trabajo, pero si sus conclusiones. De éstas se puede colegir varias cosas. En primer lugar que se trató de una sola muestra, pues figura su número: es el 411. Luego, que es casi seguro que se trata de Tres Ventanas, en cuanto se señala como fecha “8,000 antes del presente”, lo que puede ser un lapsus en cuanto la fecha sería “antes de Cristo”. Pero, y esto es lo más importante, la autora considera como seguro el hecho que se trata de Solanum tuberosum y que corresponde a una planta cultivada. Hawkes (1989: 496) confirma esta posición. Esto, evidentemente, está en contradicción con la otra información que nos diera Engel. Cualquier comentario está demás. A base de lo publicado, es prácticamente imposible aclarar la situación caótica que se ha creado con estos hallazgos. Resulta que estos tubérculos estudiados por Ugent (Op. Cit.: 42) “...varían de 12 a 25 mm de ancho. E! más grande, es un fragmento de tubérculo entero, y se considera más grande que cualquier otro que se haya visto hasta ahora y procedente de la región de Casma. Además, los granos de almidón de estos tubérculos que varían de ampliamente elípticos a ovalados (figura 31), en realidad no bien conservados, son sin embargo más similares a los granos de papa 252 La papa: apuntes sobre sus orígenes y su domesticación / D. Bonavia cultivada de ahora, que los del almidón de las especies silvestres, teniendo las últimas (vea figuras 3G y 3H) granos de puntas largas y siendo frecuentemente mucho más pequeños. Esto nos induce a suponer, que la especie Solanum tuberosum está bajo cultivo por lo menos desde hace 10,000 años”. En primer lugar tenemos los datos referentes al tamaño del tubérculo entero, que es más grande siendo más antiguo que los tubérculos encontrados en Casma, que son mucho más recientes. Si bien la excepción puede darse, tratándose en el caso de Chilca de especimenes silvestres, como sostiene Engel, y de especimenes cultivados en el caso de Casma, como lo dicen Pozorski y Pozorski, y mediando entre las dos muestras (si la fecha de Chilca fuera correcta) aproximadamente 7,000 años de diferencia, en verdad el fenómeno debería darse al revés. En el caso del almidón también llama la atención la mayor similitud con los almidones procedentes de especimenes actuales que con los de las especies silvestres, cuando –repetimosEngel ha sostenido que se trata de especímenes silvestres y no hay ninguna evidencia de cultivo en Tres Ventanas, en los niveles que éste ha calificado de “más antiguos”. No podemos compartir la opinión de Ugent et al. (Op. Cit.) en el sentido que ello indicaría que en Chilca la papa estuvo bajo cultivo desde hace 10,000 años. No vemos cual sería la prueba para sustentar este aserto. Nosotros nos inclinamos a pensar que ello más bien nos está señalando, que los estratos estuvieron mezclados y que los tubérculos excavados provenían de los niveles superiores, de modo que son mucho más recientes de lo que Engel ha creído. Todo esto nos lleva a una simple conclusión: que las únicas muestras de papa procedentes de estratos precerámicos, que se conocen hasta la fecha y a las que se les puede dar validez científica, son las de Casma. Hay un punto importante que no podemos dejar de mencionar y sobre él tienen que pronunciarse los especialistas. Nos referimos a la determinación de la especie a la que pertenecen los hallazgos de Casma. Ugent et al. (1987: 17) sostienen que todos los restos arqueológicos peruanos de papa, se parecen a los especímenes moderaos de Solanum tuberosum. Sin embargo Hawkes (1989: 496) no condivide esta opinión y es mucho más cauto. En este sentido escribió: “Los tubérculos son bastante más pequeños, pero no hay suficiente evidencia para indicar si ellos proceden de Solanum stenotomun o Solanum tuberosum”. Pero Carlos Ochoa (Comunicación personal, 1992) excluye categóricamente que pueda tratarse de Solanum stenotomum, pues ésta no crece en la costa. Para las épocas posteriores al Precerámico hay mayor cantidad de restos, aunque e insistimos sobre ello, éstos no son abundantes. Su revisión escapa del objeto de este análisis, pero una buena información de conjunto se puede encontrar en el libro de Towle (1961), al que habría que añadir alguna información de trabajos más recientes, aunque ésta no es mucha. Si bien es cierto que el tema central de este artículo son los Andes Centrales, consideramos indispensable traer a colación una investigación que se ha llevado a cabo en Chile, a partir de 253 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 fines de la década del 70 y que recién se ha publicado en la década del 80. Ella tiene importantes datos sobre la papa, que apoyan la posibilidad de la existencia de dos focos independientes de domesticación de esta planta. Como lo explican Ugent et al. (1987: 17 y 19) los tipos tardíos de papas de Chile han sido clasificados todos cornos variedades de Solanum tuberosum, y se ha creído que era indígena de Chile (desde los tiempos de Bukasov [1930] hasta los trabajos de Vavilov [1951]). Sin embargo, a principios del siglo XIX, Humboldt y otros señalaron que estas variedades tenían características de Solanum maglia. El problema se plantea en cuanto Hawkes y Hjerting (1969) sostienen que estas papas pueden haber evolucionado de tubérculos traídos de Perú o Bolivia, por medio de la migración de poblaciones. No hay, sin embargo, datos arqueológicos ni históricos y los datos biológicos parecen entrar en conflicto con esta interpretación. Hay que señalar que Ugent et al. (1987) siguen la taxonomía propuesta por Correll (1962), y según este autor, de más de 150 especies cultivadas y silvestres de Solanum, sección Tuberarium, (hoy sección Petota; Ochoa, 1990: 26) que se conocen en el área de los Andes sudamericanos, hay 9 especies que son indígenas de Chile. Sin embargo 7 de ellas están relacionadas muy lejanamente con la verdadera papa, en cuanto no producen tubérculos. Las únicas especies de esta sección que producen tubérculos son Solanum maglia y Solanum tuberosum. No entraremos en detalles sobre distribución geográfica y altura sobre el nivel del mar de cada una de estas especies, pero ellas están especificadas en el trabajo de Ugent et al. (1987: 19). En este caso los autores se refieren a nueve fragmentos de cáscara y a un tubérculo pequeño deshidratado, hallados en el sitio de Monte Verde, en el departamento de Llanquihue, a 25 km del Océano Pacífico y a 55 m.s.n.m., en Chile Sur-central (Ugent et al., 1987: 17 y 21; Ramírez, 1989: 100). La importancia de estos restos radica en dos hechos. En primer lugar, porque se trata de papa silvestre Saloman maglia y, en segundo lugar, porque su antigüedad es de 11,000 años a.C. y se convierten en los restos de papa más antiguos que se conocen en el mundo (Ugent et al., Op. Cit.: 17; Ramírez, Op. cit.: 100; Tom Dillehay, in litteris, 26 de junio de 1992). Desde un principio Carlos Ramírez se dio cuenta que se trataba de un Solanum silvestre, posteriormente se pudo comprobar que se estaba en presencia de la especie Solanum maglia, al comparar los granos de almidón de los restos de Monte Verde con los del moderno diploide Solanum maglia, que resultaron ser muy similares (Ugent et al, 1987: 23 y 25). Solanum maglia (Solanaceae), cuyo nombre común es papa silvestre, crece aún hoy en Chile, y tiene tubérculos que son insípidos pero comestibles. La especie crece en la actualidad en lugares muy húmedos, comportándose casi como una halófila. Esto concuerda con la hipótesis de abundancia de pantanos en el paisaje temprano de Monte Verde, tal como ha podido ser reconstruido por Dillehay (Ramírez, 1989: 100 y Tabla 7.2, pp. 164; Dillehay, 1989). Sabemos que Solanum maglia fue usada por los araucanos y fue descrita en 1841 (Ugent et al. 1987: 19). Ramírez (1989: Tabla 7.4, pp. 167) cree que los restos que han sido encontrados en Monte Verde, fueron utilizados con el mismo fin por los primeros habitantes de este lugar. 254 La papa: apuntes sobre sus orígenes y su domesticación / D. Bonavia Dillehay (1989: 21) considera que “...la temprana explotación de tubérculos (especialmente incluyendo papa silvestre; Ugent et al. 1987), plantas de semillas y varios recursos de zonas distantes costeras y de altura, representan una antigua tradición que se integró con la explotación de múltiples zonas ecológicas”. Este hallazgo resulta sumamente importante, no sólo por su antigüedad, sino porque plantea evidentemente la posibilidad de la existencia de dos áreas independientes de domesticación de la papa. Hecho que no nos llama la atención, ya que este fenómeno ha sido comprobado para muchas otras plantas. De todos modos son los botánicos los que tienen la última palabra. La fecha tan temprana, tampoco debe llamarnos la atención, pues la arqueología ha podido demostrar que hay muchas plantas en nuestro continente y en Asia que han sido domesticadas dentro de rangos de antigüedad muy parecidos. No olvidemos que el Phaseolus vulgaris hallado en la Cueva del Guitarrero, en el Callejón de Huaylas, tiene una fecha de 8,500 años a.C. (Smith, 1980a: 81-82; 1980b: 110-115). Y considerando que en el caso de la domesticación de las plantas nos encontramos frente a un proceso y no a un evento, y un proceso muy lento además, podemos suponer que con el avance de las investigaciones muchas de estas fechas podrán ser llevadas mucho más atrás. Por lo menos ello está en la lógica de los conocimientos actuales. Para terminar, queremos insistir sobre un hecho de fundamental importancia, que sin duda se está convirtiendo poco a poco en una regla de procedimiento para el análisis de los yacimientos arqueológicos, pero no con la velocidad necesaria, sobre todo en el Perú. Nos referimos al trabajo interdisciplinario. Sólo con la colaboración continua y muy estrecha de los especialistas, de las más diversas disciplinas, se podrá lograr resultados importantes y se podrá resolver problemas como los que hemos tratado aquí. Y la etnobotánica es, sin duda alguna, una de las especialidades más importantes en un medio como el peruano, no sólo porque ofrece condiciones muy particulares de conservación a lo largo de la costa y en las cuevas secas de las serranías, sino porque el Área Andina Central ha sido una de las pocas áreas de domesticación de plantas que hay en el mundo, y entre éstas una de las más importantes. Para resolver, o por lo menos acercarnos a la solución del problema de la papa siguiendo el consejo de Ochoa y Hawkes, hombres que han dedicado una vida a su estudio y que conocen como pocos las interrogantes que giran alrededor de esta planta, una de las más importantes en la historia de la humanidad, los arqueólogos deberán dirigir sus investigaciones y sus búsquedas a los bordes estacionalmente áridos de la cuenca amazónica, particularmente en Venezuela y Guayana, al Noroeste de Brasil y los bordes meridionales más secos de la cuenca amazónica. Finalmente, los valles estacionalmente áridos de media a baja altura de los Andes orientales, los valles aislados de la cadena árida costera y las vertientes húmedas occidentales de la Cordillera Central (Hawkes, 1989: 499; Ochoa, 1990: XXVII). 255 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 OBRAS CITADAS BONAVIA, D. 1984 “La importancia de los restos de papas y camotes de Época Precerámica hallados en el valle de Casma”. 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Si se hace un análisis cuidadoso de la literatura existente, se podrá constatar que a pesar de que han pasado 57 años desde que se descubrió el primer maíz en contexto precerámico y a pesar de que en la actualidad contamos con una serie de sitios con datos seguros, las opiniones de los especialistas han ido fluctuando desde un rechazo de estas evidencias a la aceptación de las mismas y luego de nuevo a la negación. Pero en el fondo la mentalidad de muchos arqueólogos no se ha podido despojar, hasta ahora, del prejuicio que no puede haber maíz precerámico. Tal como escribíamos en 1982, «En la arqueología peruana se ha considerado durante mucho tiempo que la aparición del maíz y su difusión estaban asociados al fenómeno Chavin, tan es así que para referirse al Precerámico hasta !a década del 60 e inclusive después, el maíz fue utilizado como «fósil director» para señalar el cambio entre los tiempos sin cerámica y los en que ésta fue empleada. En el libro ya clásico de Towle (1961: 22, 138), por ejemplo, para referirse a la Época Precerámica se dice «cultura pre-maíz» (Bonavia 1982: 347). Por supuesto que toda generalización es peligrosa y que hay quienes han aceptado la realidad de los hechos, pues hay que decir claramente que ellos son la minoría frente a los que se resisten a admitir las evidencias. Pero es muy curioso que este fenómeno está circunscrito sólo a una planta, el maíz, mientras que la presencia de las otras plantas cultivadas de los tiempos precerámicos no es mayormente discutida. Nosotros hemos creído siempre, y ningún hombre de ciencia puede no hacerlo, que la discusión es imprescindible cuando hay dudas. Pero ella debe ser alturada y debe utilizar para su argumentación sólo datos científicamente válidos y además, debe ser imparcial. Y definitivamente, como lo demostraremos más adelante, ello no ha sido siempre así. Mientras algunos arqueólogos que no pueden o no quieren establecer un criterio propio sobre denominado fenómeno y que utilizan datos de otros colegas, no sepan aplicar una rigurosa heurística, seguiremos creando confusión y distorsionando la verdad. Pero hay algo más que nos parece sumamente grave. Es el hecho que muchos colegas norteamericanos ignoran la bibliografía existente en idioma español o escrita por sudamericanos 261 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 aunque está en inglés y elaboran sus conclusiones a base exclusivamente de los textos escritos por colegas norteamericanos. Podríamos citar muchos ejemplos, pero el más significativo nos parece el trabajo de Smith (1994-1995). Se trata de una investigación de síntesis que pretende poner al día la problemática de los orígenes de la agricultura en América. Pero si se revisa la bibliografía, se podrá ver que de 42 títulos, no hay uno solo en español y ni siquiera figuran aquellos autores sudamericanos que han publicado en inglés. Desconocemos las causas de ello y no queremos juzgarlas. Pero lo cierto es que se trata de una tendencia negativa que debe ser corregida y es saludable notar que entre los colegas sudamericanos la actitud contraria es casi inexistente. No cabe la menor duda, y si no se nos cree nos remitimos a los hechos, que la persona que más ha frenado las investigaciones sobre la evolución del maíz en América del Sur, ha sido Robert Mck Bird. Su posición no ha sido nunca clara, ha sido carente de argumentos sólidos y no ha dudado a recurrir a artificios de dudosa calidad con tal de lograr sus objetivos. Las contradicciones aparecen en casi lodos sus trabajos. Es así que en 1984 escribió que «[p]or más de 4000 anos el maíz ha evolucionado en América del Sur...» (Bird 1984:40) y que “[q]uizá el maíz se extendió a Sudamérica hace cinco milenios...» (Bird 1984:43) y que «[p]or lo tanto se estima una fecha de c. 3000 años a.C. para la llegada del maíz en Sudamérica...» (Bird 1984: 47).Pero después de haber explicado que las «[s]ubmuestras de esta colocación temprana aislada en los valles norandinos y en sitios desparramados del área Sub-Andina se desarrollaron a lo largo de varios vectores mayores» (Bird 1984: 43), sin ningún argumento declara que «[p]odemos estar bastante seguros que este tipo de maíz llegó a las tierras altas del Perú en algún momento antes de los 1000 años a-C» (Bird 1984: 46) y luego viene negando sistemáticamente y siempre sin argumentación válida, todos los hallazgos tempranos de maíces andinos. Es importante aclarar que nosotros no estamos seguros que Bird haya examinado todas las colecciones de maíces que discute. Podemos dar fe, por lo menos, que a pesar que él afirma haber estudiado las muestras de Los Gavilanes (Bird 1987: 298), ello no es verdad. El revisó exclusivamente la colección reducida de nuestras primeras excavaciones de 1960 y sin solicitar autorización, pero nunca vio las colecciones de 1974 y de 1976-1977 que son las más importantes. El utiliza la bibliografía en forma selectiva, como se podrá comprobar en el análisis que presentamos en las siguientes páginas, de modo que emplea unos datos cuando éstos convienen a sus intereses, pero ignora otros que están en el mismo texto porque van contra lo que él quiere demostrar. Esta es una característica recurrente en los escritos de Bird. Por otro lado invoca «… cuidadosas... comparaciones... estratigráficas...” (Bird 1987:286; lege también Bird 1990:834), norma que no sólo él nunca practica, sino que parece no entender cuando juzga los trabajos de los arqueólogos. Sin embargo, y a pesar de todo esto, Bird tiene a no dudarlo, un ascendente muy fuerte sobre un grupo de colegas andinistas que no sólo aceptan en forma preconcebida sus ideas, sin someterlas a un análisis crítico, sino que ha llevado a algunos de ellos -como se verá más adelante-a desdecirse y a considerar equivocados trabajos hechos con anterioridad y que 262 Revisión de las pruebas de la existencia de maíz precerámico de los andes centrales / D. Bonavia están publicados. Nosotros queremos llamar la atención a nuestros colegas sobre estos hechos en la forma más objetiva y honesta que es posible. Lo único que nos preocupa y nos ha preocupado siempre, es la verdad y que prevalezca en la Arqueología el espíritu científico. Ha llegado el momento, creemos nosotros, que se tienen que aclarar para siempre los hechos, de modo que queden datos claros y no se pierda más tiempo en polémicas estériles que no benefician a nadie y nos podamos dedicar a resolver o por lo menos tratar de resolver el problema del maíz que a todos nos interesa. A nuestro juicio los yacimientos en los cuales se han encontrado restos de maíz o pruebas de su uso que deben ser tomados en cuenta son en la costa dos sitios del valle de Casma, Las Aldas, Culebras, dos sitios en las cercanías del valle de Huarmey y Aspero. En las serranías, la Cueva del Guitarrero y Huaricoto, ambos en el Callejón de Huaylas y algunos sitios de la zona de Ayacucho. Se ha mencionado en la literatura hallazgos hechos en otros yacimientos, pero ellos no tienen fundamento o son dudosos. Hemos hecho la revisión de todos ellos en un trabajo anterior, de modo que no volveremos sobre el asunto (lege Bonavia 1982: 356-367). Es necesario explicar que nosotros nos limitamos a discutir aquí ia presencia de maíz en contextos precerámicos y no vamos a entrar a analizar el rol cultural que esta planta o el grupo de plantas que la acompañan han jugado en el desarrollo de la civilización andina. Y para los fines de este análisis, tomaremos en cuenta datos arqueológicos, etnobotánicos, polínicos de diferentes tipos e isotópicos. Las evidencias arqueológicas Sitios costeños Los primeros sitios a discutir son los del valle de Casma. Se trata de Cerro El Calvario (PV321) y Cerro Julia (PV32-2) que han sido escavados por Uceda. En el caso de Cerro El Calvario se llevó a cabo un cateo de prueba por estratigrafía natural, donde la secuencia ha sido muy clara (Uceda 1986: 229-261: la Fig. 91 muestra claramente el perfil estratigráfico). En el Nivel 5 se encontró una tusa de maíz (Uceda 1986: 259). De este nivel se obtuvo una fecha radiocarbónica de 6070 anos y se dice claramente que ella estuvo «...en asociación con el maíz precerámico» (Uceda in litteris a Bonavia. 2.9, 1985; 1986: 261). En el caso de Cerro Julia también se hizo un cateo de prueba con la misma metodología y allí también en el Estrato 3, fechado en 6050 años radiocarbónicos, se encontró hojas de maíz y fragmentos de tallo de esta planta (in litteris a Bonavia. 2.9.1985; Uceda 1986: 91). Uceda dice claramente que el maíz se encuentra en los dos sitios mencionados y dentro de un contexto que él define «Precerámico reciente» (Uceda 1986: 225) e insiste que «...de las tres fechas radiocarbónicas obtenidas, dos provienen de sitios asociados al Precerámico final con maíz...» (Uceda 1986: 279), En las conclusiones Uceda es muy claro: «La ocupación del Precerámico final tiene un interés particular a causa de la presencia del maíz fechado en el sexto milenio, Ello significa en primer lugar que se trata de! maíz precerámico más antiguo encontrado en la costa peruana hasta ahora...Es entonces una prueba suplementaria de !a existencia de maíz precerámico y de su antigüedad en los Andes Centrales» (Uceda 1986:288; el subrayado es nuestro). Uceda ha mencionado estos hallazgos posteriormente en 263 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 varias publicaciones y nosotros también hemos hecho alusión a ellos (Uceda 1987; 23 y 1992:49; Bonavia y Grobman 1989a: 839 y 1989b: 459). Uno de los autores (Grobman) ha analizado estas muestras y racialmente están emparentadas con los maíces de Huarmey y del Callejón de Huaylas. Bird (1990: 831) ha objetado que en el valle de Casma se haya encontrado maíz que corresponda a los tiempos precerámicos. Sus argumentos son: 1) «...alegato para una pequeña cantidad de maíz precerámico, sólo discutido brevemente en la literatura y que aquí se omite, implica... PV321 y PV32-2...» (Bird 1990: 829; el subrayado es nuestro) y 2) porque Pozorski y Pozorski (1987) no han encontrado maíz en sus excavaciones de Huaynuná (o Huaynuma) (Bird 1990: 831). El primer argumento presentado por Bird cae por su propio peso. En todo caso hubiera sido interesante que él dijera concretamente porqué los datos de Uceda no le parecen válidos y los omite. En el segundo caso, es cierto que las excavaciones de Uceda han sido pequeñas y de prueba. Pero los trabajos de Pozorski y Pozorski reúnen las mismas características, pues ellos se limitaron a efectuar 16 «cáteos de prueba» y un pozo controlado de sólo 1 m² (Pozorski y Pozorski 1987: 12-13). Es cierto que se necesitaría ampliar las excavaciones de Uceda, pero lo mismo vale para las de Pozorski y Pozorski. Ahora bien, Pozorski y Pozorski en sus excavaciones han encontrado restos de papa (Ugent et al. 1982) que Uceda no ha encontrado y que son los únicos hallazgos en contexto precerámico en el área andina (lege Bonavia 1984). ¿Es que ello significa que los restos de papa no deben ser tomados en cuenta? En otra palabras, el argumento que Pozorski y Pozorski no han encontrado maíz no invalida el hecho que Uceda lo haya encontrado. Lo que pasa es que en ambos casos se trató de excavaciones pequeñas, que no son válidas para conocer el conjunto de plantas que se utilizó en los tiempos precerámicos, pero lo que estas excavaciones demuestran es que sí se utilizo la papa y el maíz. Negarlo es no querer ver la evidencia. En el caso de Las Aldas, las pruebas que tenemos para aseverar la existencia de maíz en los estratos precerámicos es la siguiente. Lanning (1960: 587) fue el primero en estudiar el sitio, certifica el hallazgo de maíz y es categórico en afirmar que éste aparece en los niveles precerámicos superiores (Lanning 1967: 67). Esta información Lanning se la proporcionó también a Rowe (1963: 5) quien la aceptó. David H. Kelley en carta dirigida a Paúl Mangelsdorf en fecha 20 de marzo de 1970, que nosotros hemos visto, se refiere al maíz precerámico hallado por Lanning en Culebras y añade: «El hace la misma aseveración respecto a Las Haldas. Yo le creo...». Nosotros (Bonavia) hemos tratado el asunto personalmente con Lanning el día 7 de junio de 1980 poco antes de su muerte. Discutimos sus trabajos en Las Aldas y nos certificó que no había ninguna duda de la existencia de maíz en los niveles precerámicos superiores. Hasta donde sabemos estos hallazgos no han sido discutidos y más bien han sido aceptados por la mayoría de especialistas (v.g. Cohén 1978: 259; Bruhns 1994; 106; Willey [1971: Nota 61. 186] al principio tiene ciertas dudas, pero luego al igual que Moseley los aceptan plenamente [Moseley y Willey 1973: 458]). Sin embargo este es uno de los sitios que Bird (1990: 829) ignora. El único argumento serio en contra que se podría esgrimir, y que Bird no ha utilizado, es que en las excavaciones posteriores de Fung no se encontró maíz en los estratos precerámicos, Pero es de notar que tampoco se encontró maíz en los estratos relativos a la Época Inicial. Tan es así que la autora es cauta y como ella misma escribió: «...nuestras excavaciones en Las Aldas, tal vez por accidente, no han registrado maíz en los estratos precerámicos y cerámicos pre-Chavín.» (Fung 1969: 188). Nosotros hemos sido testigos de excepción de la seriedad de Lanning, por eso no podemos dudar de sus aseveraciones. 264 Revisión de las pruebas de la existencia de maíz precerámico de los andes centrales / D. Bonavia El siguiente yacimiento muy importante de la costa norcentral donde se encontró maíz precerámico es Culebras, pero sobre él se ha publicado muy poco. Y sobre lodo llama la atención que Lanning, que lo excavó en 1958, no lo haya hecho. Consideramos un deber de conciencia con respecto a la memoria de uno de los mejores arqueólogos peruanistas, explicar las razones por las que esto no se hizo. Lanning, poco tiempo antes de su muerte, nos informó que el contrato que el tenia con Frédéric Engel, que subvencionó las investigaciones de Culebras, no le permitía publicar los datos de los trabajo que él estaba haciendo para él. Pero que habiendo transcurrido ya suficiente tiempo, se sentía libre de este compromiso y que estaba dispuesto a publicar la información de las excavaciones de Culebras (Edward Lanning, comunicación personal a Bonavia. 7.6.1980). Desafortunadamente la muerte lo sorprendió antes. No hemos logrado saber donde están las notas de campo de Lanning. Pues bien. Existe un trabajo que circuló en forma mimeografiada y restringida en una reunión que se llevó a cabo en la Universidad de California en Berkeley y que recién hemos podido ubicar por gentileza de John H. Rowe. En dicho trabajo Lanning (1959: 48) dice muy claramente que el maíz y los tejidos llanos aparecen en los niveles precerámicos más altos. Este trabajo, que se refiere fundamentalmente a la cerámica del Período Inicial y del Horizonte Temprano, ha sido consultado por algunos arqueólogos de la época, v.g. por Collier (1961: 103), que lo han mencionado varias veces. Pero la importancia de Culebras se refleja en las observaciones que han quedado en la tesis de Lanning (1960: 476-482, 589). Y en lo que se refiere al maíz, él escribió. «El maíz es usualmente ausente en la basura precerámica, pero se encuentra en los niveles más altos de la cultura Culebras en varios sitios» (Lanning 1960: 40. El subrayado es nuestro). Aquí se podría objetar que no es muy claro si él se está refiriendo al sitio de Culebras o a lo que él denominó Complejo Culebras (vide Lanning 1967: 66-68). Pero de cualquier manera el sitio de Culebras está involucrado. Sin embargo, cuando se refiere a la ocupación de la Época Inicial es categórico. E! escribió:»...pequeñas tusas de maíz se encuentran con ligeramente mayor frecuencia que en los niveles superiores precerámicos...» (Lanning 1960: 484). Y él lo ratifica posteriormente en una forma muy clara al escribir que «...ese grano vital aparece también en los niveles precerámicos más altos en Culebras 1...» (Lanning 1967: 67). Para certificar este dato tenemos el testimonio de varias personas. En primer lugar uno de los autores (Bonavia) visitó el sitio en compañía de Jorge Muelle y Ernesto Tabío cuando Lanning estaba excavando. En esa oportunidad Lanning nos mostró tres o cuatro tusas y nos explicó muy claramente que ellas provenían de la parte superior del nivel precerámico (para mayores detalles, lege Bonavia 1982: 361). Luego existe constancia que esta misma información le fue dada a Collier por Lanning en el año 1959 (Collier 1961: 103). Además uno de los autores discutió la importancia de estos hallazgos con David Kelley, quien también estuvo con Lanning durante las excavaciones en Culebras, y en dicha oportunidad nos manifestó haber constatado de visu la presencia de maíz en los estratos precerámicos (David Kelley, comunicación personal a Bonavia. 18.1.1960). Kelley le comunicó lo mismo muchos años después a Paúl Mangelsdorf (in litteris, 20-3-1970) en carta cuya copia consta en nuestros archivos. Finalmente, uno de los autores conversó largamente sobre el asunto con Lanning poco antes de su muerte y él ratificó toda esta información (Edward Lanning, comunicación personal a Bonavia, 7.6,1980). 265 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 El maíz precerámico de Culebras ha sido aceptado por !a mayor parte de los arqueólogos (v.g. lege Willey 1971; 96; Moseley y Willey 1973: 458; Cohén 1978: 227, 259; Pearsall 1992: 191). Bird (1990: 829) simplemente lo omite y lo califica «CP superficial», es decir «Precerámico con algodón superficial». Esto es falso, en cuanto sabemos que en Culebras hubo «...profundos depósitos precerámicos...»(Lanning 1960: 476,477), Esto es corroborado por Tabío (1977: 90) y Engel (1958: 10). Un yacimiento que ha sido totalmente ignorado, a pesar de haber sido publicado, es Tuquillo (Bonavia 1982: 233-236). Allí en un estrato definitivamente precerámico se encontró seis tusas de maíz, tres casi completas, 19 fragmentos y varios tallos (Bonavia 1982: 236). El estrato precerámico corresponde a la fase final de Los Gavilanes. Para el yacimiento de Los Gavilanes se cuenta con uno de los dos informes completos y detallados que se han publicado en lo que se refiere a yacimientos con maíz precerámico en el Perú y, además, uno de los pocos informes completos sobre un sitio precerámico estudiado en su totalidad (Bonavia 1981,1982). Sobre el sitio, además, se ha publicado una serie de trabajos (Bannerjie 1973: 63-71; Bonavia y Grobman 1979, 1989a, b; Grobman y Bonavia 1978,1979-1980; Grobman et al. 1961: 74, 1977; Jones y Bonavia 1992; Kelley y Bonavia 1963; Mangelsdorf y Cámara-Hernández 1967; Weir y Bonavia 1985). En el informe final (Bonavia 1982) se ha presentado con lujo de detalles la situación estratigráfica del yacimiento, las asociaciones de los materiales y los contextos dentro de los que estos estuvieron. Además, diferentes especialistas han aportado con la descripción y el análisis de los diversos materiales que fueron recuperados en las excavaciones. Han transcurrido 16 años desde que se publicó dicho informe, que ha tenido además una difusión muy amplia, y hasta ahora -hasta donde nosotros sabemos- no ha habido ninguna crítica en lo que al trabajo arqueológico se refiere. Es más, cuando se publicó una recensión del libro en cuestión, se escribió; «Este libro proporciona un informe detallado de cada pozo y estrato excavados...» (Hastorf 1985: 928). Ha sido citado innúmeras veces en los trabajos que se refieren al Precerámico tardío de la costa peruana y sería muy larga la lista de autores que han aceptado este trabajo y ocioso el mencionarla. Consideramos significativo, sin embargo, señalar que en la recensión que hemos mencionado, se dice: «...la presencia de maíz precerámico está claramente sustentada por los datos de Los Gavilanes...» (Hastorf 1985: 928). Nos parece significativo, además, que Vescelius (1981 b: 10) en la crítica que hizo a los trabajos de la Cueva del Guitarrero, al maíz de Los Gavilanes lo califica «...maíz ostensiblemente temprano…». El único que ha puesto en duda nuestro trabajo es Roben Mck. Bird. En primer lugar, queremos señalar que sus críticas aparecidas en toda una serie de artículos (v.g. Bird 1987: 298; Bird y Bird 1980: 330) se refieren al maíz de Los Gavilanes calificándolo «supuestamente precerámico» o «que no es precerámico», esgrimiendo exclusivamente argumentos de tipo morfológico de las mazorcas, que como se verá no tienen fundamento de causa. Es sólo en el artículo publicado en 1990 que Bird, por primera vez, hace referencia al trabajo arqueológico per se y no se limita al aspecto botánico. Por razones de espacio no podemos entrar en detalles para rebatir todas las aseveraciones de Bird. Creemos, además, que ellas caen por su propio peso, si es que se lee cuidadosamente el informe final de Los Gavilanes (Bonavia 1982) y se cotejan los datos. Aquí nos limitaremos a los aspectos generales. Y la primera cosa que debemos decir, es 266 Revisión de las pruebas de la existencia de maíz precerámico de los andes centrales / D. Bonavia que si se hace un análisis del escrito de Bird, se podrá constatar su completo desconocimiento de las técnicas, de la metodología y de los principios de la Arqueología. Pero, y esto es lo más grave, utiliza las fuentes en forma interesadamente selectiva, lo que evidentemente no es una buena práctica académica. Consideramos que sus errores fundamentales en la crítica que se nos hace son los siguientes. Le preocupa a Bird (1990:829) la existencia en Los Gavilanes de «10 especimenes cerámicos», pero lo único que dice de ellos es que fueron encontrados «En el nivel(es) más alto…». Invitamos a los colegas a revisar nuestro trabajo (Bonavia 1982: 27, 40-41, 43, Plano 6, 144-145, Fotografía 30, 308, 310) y se verá que ninguno de los fragmentos de cerámica estaba asociado al contexto precerámico. Bird (1990: 829) menciona las primeras fechas radiocarbónicas que se hicieron en 1960 (vide Grobman et al. 1977: 224), pero del grupo de siete fechas obtenidas posteriormente (vide Bonavia 1982: 73-75, 276) ignora seis y menciona sólo una, la de 2080 años radiocarbónicos que nosotros consideramos anómala y cuyas posibles causas de error han sido claramente señaladas (Bonavia 1982: 277). Y no se puede argüir olvido o desconocimiento de estas fechas, pues las hemos vuelto a publicar en el artículo que generó la reacción de Bird (Bonavia y Grobman 1989a: Tabla 1). Las causas del error de las primeras fechas han sido claramente explicadas; en ningún momento se ha tratado de ocultar información (vide Mangelsdorf y Cámara Hernández 1967: 47; Grobman el al. 1977: 224; Bonavia 1982: 275-277). Fue Gary Vescelius (comunicación personal a Bonavia, 29-31970) que nos convenció que hubo contaminación de fuentes orgánicas en las primeras muestras y que nos hizo ver, además, que en ese entonces aún no se sabía bien como manejar los restos de maíz para los fechados (lege Grobman et al. 1977: 224). Posteriormente Bonavia tuvo la oportunidad de mostrar los resultados de los trabajos de Los Gavilanes a Junius Bird y Gary Vescelius (New York, 20-10, 1977) y este último insistió en la invalidez de los primeros fechados radiocarbónicos y la necesidad de obtener nuevos. Ni Bird como Vescelius tuvieron objeciones sobre la estratigrafía de Los Gavilanes. Y Vescelius insistió (1981b: 11) en que las muestras demasiado manipuladas pueden contaminarse. Tampoco nos da crédito Bird (1990: 829) por el hecho que nosotros hemos utilizado para los fechados no sólo el método del Carbono 14 sino además el de la termoluminiscencia y que en los resultados de ambos hay concordancia. De modo que las fechas válidas para Los Gavilanes 3 son las de 3750 y 3755 años radiocarbónicos y para Los Gavilanes 2 tenemos la de 4140 años radiocarbónicos y la de 4800 años obtenida por la termoluminiscencia. Las otras fechas asociadas al yacimiento, aparte de la que consideramos errónea y mencionada por Bird, son de 3595 y 3250 años radiocarbónicos. (Para las asociaciones lege Bonavia 1982). Nosotros hemos hechos un estudio comparativo de nuestras fechas con las obtenidas en otros yacimientos precerámicos costeños contemporáneos (Bonavia 1982: 277-280) y definitivamente hay coincidencia. Posteriormente se ha fechado el sitio de Huaynuná en Casma, que corresponde al Precerámico Final, y se ha obtenido tres fechas de 2250, 2090 y 1775 anos radiocarbónicos (Pozorski y Pozorski 1987: 13). El contexto es definitivamente precerámico y contiene, entre otras cosas, restos de papa (Ugent et al. 1982; 184, 187). La segunda de estas fechas es parecida a la nuestra de 2080 años que Bird cuestiona y la última es más reciente. ¿Pondrá en duda Bird también estos hallazgos? 267 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Bird (1990: 836) sostiene con argumentos espurios que el maíz es intrusivo en Los Gavilanes. Invitamos a nuestros colegas a revisar el material lítico, los textiles, la esterería, los restos animales, etc. (Bonavia 1982) para ver si hay algo que no corresponda al Precerámico Final de la costa peruana. Para poder aceptar el argumento de Bird, habría que creer que dentro de un contexto claro y con asociaciones seguras, en un yacimiento que tiene una extensión de aproximadamente 30.000 m2 y que ha sido investigado íntegramente a lo largo de muchos años, sólo el maíz es intrusivo. La respuesta la tienen los colegas. Cabe recordar algo más que Bird no ha tomado en cuenta. Es la presencia de maíz en los coprolitos humanos hallados en Los Gavilanes (Weir y Bonavia 1985). Es más, en los coprolitos de llama (Lama glama) que se han analizado, se ha comprobado que estos animales que venían a Los Gavilanes desde el valle vecino, entre otras plantas comían maíz (Jones y Bonavia 1992). Se podrían esgrimir muchos otros argumentos contra la posición de Bird, pero consideramos que no es necesario. Lo que se nos hace difícil es comprender que la misma persona que definió el maíz de Huarmey como «muy temprano» (Bird 1970: 124), ahora sostenga todo lo contrario. Es sumamente interesante ver como Bird ha sabido influenciar a ciertos arqueólogos. Es así que Moseley hasta los años 90 (v.g. Moseley y Wiiley 1973: 458; Moseley 1975: 89) aceptó sin reparos el maíz de Los Gavilanes. Pero recientemente dice que «algunos botánicos» y curiosamente cita sólo a Grobman, lo aceptan, mientras que «otros» lo consideran posterior y hasta intrusivo. Pero los «otros» se reducen a una sola persona: Bird (vide Moseley 1992: 19). También Feldman (1992: 72) ha asumido una posición muy parecida. Pues al discutir sobre Los Gavilanes menciona nuestros trabajos y dice ad litteras que «...otros han cuestionado esta situación…» y en este caso también los «otros» se reducen a Bird (1990). Preferimos no calificar estas posiciones. En el caso de Aspero se olvida que éste ha sido el primer sitio precerámico excavado en el Perú, en un momento en el que esta época era desconocida, y por eso no se le dio importancia. Willey y Corbett (1954) son muy claros en el informe, a pesar que parecería haber ciertas inconsistencias que nadie ha señalado y que aclararemos en honor a la verdad. Allí se especifica que en la «Pieza 2» debajo del piso se encontraron cuatro tusas de maíz (Willey y Corbett 1954: 27). Luego al excavarse la «Pieza 4», en el relleno del piso se encontró una tusa de maíz (Willey y Corbett 1954: 28). En el texto no se menciona otros hallazgos de maíz. Es importante resaltar que en el estudio anexo de Towle hay un detalle que ha pasado desapercibido. Allí se registran 49 tusas de maíz (Towle 1954: Tabla 14) y se dice que ellas provienen de «un sitio» (Towle 1954: 131). Ella aclara: «Fue debajo del piso que se descubrió un escondrijo con maíz qué contenía 49 tusas completas y partidas.» (Towle 1961: 119), y se está refiriendo al piso de la Plataforma 1. Towle no menciona en estos informes las cinco tusas halladas en la Piezas 2 y 4, mientras que Willey y Corbett no señalan el hallazgo de las 49 tusas. Gordon Willey (in litteris a Bonavia. 29-2.1996) nos ha aclarado la situación: «El hecho que Corbett y yo dejamos de mencionar el escondrijo de muchas tusas de maíz que provenían de debajo de la Plataforma 1 en la Pieza 4, es un descuido que lamento y por el que asumo la responsabilidad. Las cuatro tusas de maíz de la Pieza 2 y una tusa de maíz de la Pieza 4 -halladas en la basura debajo de los respectivos pisos de dichas piezas- estuvieron completamente 268 Revisión de las pruebas de la existencia de maíz precerámico de los andes centrales / D. Bonavia separadas del escondrijo con tusas debajo de la Plataforma 1. Yo no estoy seguro si Towle incluyó las cuatro tusas de maíz de la Pieza 2 y una tusa de maíz de la Pieza 4 en su cuenta de las 49 del escondrijo. Yo dudo que ella lo hizo. Nosotros aparentemente no hicimos un recuento de las tusas del escondrijo de la Plataforma 1 en el campo, por lo que yo nuevamente, debo aceptar la responsabilidad. Todo lo que yo recuerdo de la circunstancia (del hallazgo) del escondrijo debajo de la Plataforma 1 en la Pieza 4 es que hubo muchas tusas, o fragmentos de tusas en él y que ellos estuvieron en un pequeño montón en la basura suelta subyacente la arcilla endurecida por el fuego de la plataforma.» De modo que definitivamente en Aspero en la campaña de 1941 se encontraron 54 tusas de maíz. En cuanto al contexto se dice claramente que «[n]o hay evidencia que pueda indicar que las estructuras representen más de una época de construcción.» y se especifica que éstas «...fueron construidas después que el sitio fuera ocupado por la gente que estuvo familiarizada con la horticultura del maíz» (Willey y Corbett 1954: 29). Además se repite con insistencia que «...no se ha recuperado cerámica...» y se aclara que «Aspero difiere de los otros basurales por no tener cerámica» (Willey y Corbett 1954: 25). Y los autores terminan afirmando ad litteram». «La cerámica…no se encontró ni encima ni debajo del piso.»_y_»no se encontró cerámica en ninguno de las piezas o en las excavaciones fuera del edificio» (Willey y Corbett 1954: 25. 28; el subrayado es nuestro). Finalmente, los autores comentan: «El Templo de Aspero corresponde a un período agrícola…dado que las tusas de maíz fueron encontradas en los desechos debajo del templo, selladas allí, por el piso de arcilla preparado. No hay posibilidad que estos hallazgos sean intrusivos... Al mismo tiempo el basural, que es extenso y bastante profundo, es sin cerámica» (Willey y Corbett 1954; 152; el subrayado es nuestro. Lege también p. 151, 165). Towle (1954: 131-134) estudió 49 tusas y algunos fragmentos y posteriormente, después de haber comentado el hallazgo, reafirmó que «no se encontró cerámica ni en los basurales ni en la estructura del Templo...» (Towle 1961: 119; el subrayado es nuestro). Muchos años después, Moseley y Willey (1973; 455) certificaron que la situación de las tusas de maíz de Aspero «...definitivamente no era intrusiva…». (Lege también Moseley y Willey 1973; 458; Moseley 1975: 80). Pero es más, ellos informaron que «[e]n el reestudio del sitio se halló una tusa en un perfil de un canal... en la margen este del sitio» e inmediatamente comentan los hallazgos de maíz precerámico en la costa peruana y concluyen diciendo que «Aspero es el sitio más sureño de este patrón…»(Moseley y Willey 1973:458). Y Moseley (1975: 81) volvió a insistir que «en 1971... Willey y yo revisitamos el sitio, confirmamos su datación...». Feldman excavó posteriormente en Aspero. Antes de la presentación de su tesis nos informó que encontró maíz precerámico en tres componentes: As 1V-1=2, As 1 V-3=3 y As 1 V-4=5 y que todos ellos correspondían al Precerámico VI (en la terminología de Lanning [1967]), es decir al Precerámico Final (in litteris a Bonavia, 21.11.1978). En la tesis se confirma el hallazgo de dos de los componentes;»...3 tusas de maíz del basural que no tiene objeción en cuánto a su asociación precerámica: As 1V-4=5 y As 1V-l=2.» (Feldman 1980: 183; el subrayado es nuestro). Se arguye que «La sexta tusa, As 1 V-3=3... fue superficial y tardía» (Feldman 1980: 184). Hay un hecho que nos parece muy importante. Cuando en 1959 Junius Bird prologó la segunda edición del famoso manual que escribiera con Bennett, escribió ad litteras: «...los cultivadores precerámicos de Aspero...» y luego comentó muy claramente y con gran visión, adelantándose a los tiempos, que la cerámica y el maíz «...no son contemporáneos en el Área 269 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Andina» (Junius Bird 1960: 5; el subrayado es nuestro). A partir de entonces, prácticamente todos los arqueólogos han aceptado el maíz de Aspero (v.g. Lanning 1967: 68; Cohen 1978: 259; Quilter 1992; 114). Queremos subrayar que Moseley con insistencia señaló el maíz precerámico de Aspero (Moseley 1975: 80, 82, 89; 1978: 10). La posición de Bird es incomprensible. Primero (Bird 1970: 148) acepta el maíz precerámico hallado por Willey y Corbett, luego señala que tanto este maíz como el de Feldman provienen «de superficie y/o estratos disturbados» (Bird 1984: 43). Debemos señalar que él cita a Towle (1954) y Feldman (1980: 182-185). Hemos visto (vide supra) que ninguno de los dos afirma tal cosa. Sin embargo posteriormente acepta que las 49 mazorcas encontradas por Willey y Corbett proceden del «basural precerámico de Aspero» pero que todas las tusas encontradas por Feldman «...proceden de unidades asociadas con disturbios más tardíos» (Bird 1987: 298), En el último artículo de Bird se ve la doblez. Comienza aceptando que Aspero es un «basural CP», es decir Precerámico con algodón. Luego citando las páginas 182-185 de Feldman (1980) dice que estas «...ocasionales tusas de maíz halladas a poca profundidad (0-25 centímetros) o con demarcadores intrusivos (cerámica y periódicos), o con evidencia de excavaciones recientes (de humanos y roedores).» Y al comentar los trabajos de Willey y Corbett, escribió que ellos «...excavaron un «templo» cercano a la superficie y encontraron 49 tusas de maíz debajo de un piso intacto, intrusivo antes o durante la construcción. El edificio no contenía muchos artefactos u otros restos pero se encontró una punta de piedra astillada, piedras pulidas, una espátula o cuchara de hueso, y una pieza de tela tejida... que son posibles indicaciones de una ocupación post-CP [Precerámico con algodón] que necesita un estudio futuro» (Bird 1990: 831). (Debemos aclarar que no fue una punta de piedra la que se encontró- sino un cuchillo de piedra astillada [Willey y Corbett 1954: 27]). En el caso de la tesis de Feldman no caben más que dos interpretaciones: o Bird no la ha leído o su omisión de la frase que nosotros hemos citado textualmente sobre el maíz precerámico ha sido excluida intencionalmente. En relación a los trabajos de Willey y Corbett se nota la segunda intención, si se compara las frases textuales que nosotros hemos citado con lo que dice Bird. Pero lo más grave es que no se presenta ningún argumento válido para demostrar que se trata de una intrusión. Pues se acepta que el piso ha sido «indisturbed» (intacto, no alterado), pero se afirma que el maíz ha sido «intrusivo antes o durante la construcción». Es decir, que si el maíz hubiera sido colocado antes de la construcción, podría ser o contemporáneo o anterior a ella, y si fue colocado durante es definitivamente contemporáneo. Y no cabe duda que la edificación es precerámica. Luego Bird menciona una serie de artefactos y ninguno de ellos presenta características que se pueda decir que no son precerámicos. De modo que la conclusión de Bird es totalmente gratuita. Pero nuevamente la influencia de Bird sobre otros estudiosos es la que llama la atención. Así Moseley (1992: 21) a[ referirse a los maíces del área Supe-Culebras dice: «...si los restos no son intrusivos de ocupaciones más tardías...». Es decir, se desdice de todo lo que dijo antes (vide supra) y además pone en duda el trabajo de Willey y Corbett. Pero lo que es asombroso, es la posición de Feldman. Refiriéndose al maíz excavado por Willey y Corbett dice que éste “…morfológicamente parece ser mucho más reciente que otras muestras tempranas (R. Bird. comunicación personal)…». En esto él acepta la posición de Bird sobre un aspecto botánico que no es de su especialidad. Pero a continuación escribió ad litteras: «Las tusas excavadas 270 Revisión de las pruebas de la existencia de maíz precerámico de los andes centrales / D. Bonavia más recientemente (Feldman 1980) fueron identificadas como Proto-Confite Morocho y ProtoConfite Chavinense (A. Grobman, comunicación personal) pero ellas provienen de contextos mezclados o superficiales y no pueden ser asociadas definitivamente a la ocupación precerámica» (Feldman 1992:72; el subrayado es nuestro). Recordemos ahora las palabras de Feldman en su tesis: «...3 tusas de maíz... (del basural) que no tiene objeción en cuanto a su asociación precerámica» (Feldman 1980: 183; el subrayado es nuestro). Con esto Feldman quiere demostrarnos una de las dos cosas: o que su trabajo en Aspero ha sido mal hecho y que él se equivocó en la interpretación de los datos (lo cual de ser cierto sería muy grave, pues pondría en tela de juicio una tesis de la Universidad de Harvard) o que ahora, por razones que desconocemos, se le tiene que dar la razón a Bird, cueste lo que cueste. Pearsall (1992: Tabla 9.6, 190), también comete un grave desliz, pues afirma que «Feldman (1980), sin embargo, cree que todo el maíz que se encuentra en los niveles precerámicos del sitio de Aspero...es intrusivo...». Pues evidentemente muestra no haber consultado la tesis de Feldman y haberse dejado llevar, ella también, por la opinión de Bird (1990). Sitios serranos En el artículo que publicamos en 1989 citamos los resultados de los análisis isotópicos a base de huesos que mandaron hacer los esposos Burger provenientes del sitio de Huaricoto en el Callejón de Huaylas, que entonces estaban en prensa (Bonavia y Grobman 1989a: 839). En su artículo Bird los ignora. Burger y van der Merwe dicen que en el caso de las muestras «...del Precerámico Tardío (fase Chaukayan)...»el valor del 13C obtenido ha sido del 18.9%, lo que «...sugiere que la dieta de los ocupantes del Precerámico tardío de Huaricoto...» incluyó aproximadamente la misma cantidad de maíz de los que vivieron en Chavin de Huántar 1500 anos más tarde. Y señalan que «ello también nos da una evidencia independiente que la gente responsable de los primeros santuarios de Huaricolo fueron probablemente agricultores, y que el maíz estuvo entre las plantas consumidas» (Burger y van der Merwe 1990: 91; el subrayado es nuestro). Sus conclusiones son claras: «Esta conclusión es consistente con las aseveraciones anteriores de la existencia de maíz precerámico en las tierras altas». Señalan los trabajos de Ayacucho y la Cueva del Guitarrero y dicen: «Algunos estudiosos (Vescelius 1981 a, b; Bird 1957) han cuestionado la seguridad de las asociaciones y los fechados de los fragmentos de Rosamachay y Cueva del Guitarrero... e inclusive los descubrimientos de maíz en los sitios precerámicos tales como Los Gavilanes, Aspero, Culebras y Haldas.,, El análisis isotópico de Ia muestra de la fase Chaukayan de Huaricoto confirma que el maíz fue ya cultivado en las tierras altas del Perú durante el Precerámico tardío» (Burger y van der Merwe 1990: 91; el subrayado es nuestro). Creemos que no es necesario ningún comentario. Hemos vuelto a analizar el informe sobre la Cueva del Guitarrero, y lo que nos interesa fundamentalmente es todo lo relativo al Complejo III de donde proviene el maíz que ha sido cuestionado. Lynch (1980a: 40) acepta que «es enigmático», pero dice que «[e]s esencialmente 271 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 precerámico en contenido y estratigráficamente superpuesto al Complejo II.., [s]in embargo hay insinuación de alteración y posible contaminación y redeposición». Lynch plantea dos posibilidades de interpretación: o el Complejo III es esencialmente un Complejo II que ha sido excavado antiguamente y que está «mínimamente contaminado» con materiales más recientes o el Complejo III es un componente íntegramente precerámico que sigue al Complejo II con signos menores de contaminación (Lynch 1980a: 41). Más adelante concluye que «[s]ea cual fuera la fecha de inicio del Complejo III, el maíz recuperado de ese estrato tiene que pertenecer a los materiales precerámicos» (Lynch 1980b: 305). El razonamiento de Lynch es que aparte de las características morfológicas señaladas por Smith «...puede ser más significativo que las tusas de las unidades 35, 36 y 37 de la cuadrícula B2 muestran sugerencias de una progresión morfológica que corresponde a la estratigrafía interna del Complejo III. Si las tusas fueran intrusivas del Complejo IV, esto sería un resultado improbable. Es también significativo que las tusas delgadas del Complejo III no muestran claras relaciones con las razas más modernas de maíces peruanos, como sería de esperarse en el caso de una mezcla moderna o intrusión. En forma similar, Kautz [49-51] nota que las evidencias del polen del Complejo III se integran muy bien con el registro del polen del Complejo II inferior. Ello sería difícil si hubiera habido una mezcla substancial e intrusión de restos de plantas» (Lynch 1980b: 305). A base de los datos botánicos, Lynch es de la opinión que el Complejo III debe ser considerado como una unidad y que cronológicamente deber ser situado en el fin del Complejo II y el principio del material temprano del Complejo IV. Concluye diciendo que «...podemos asumir que el Complejo III es básicamente un depósito primario, del que provienen todos o la mayoría de maíces, pero que está mínimamente contaminado...» por dos fragmentos de tejidos que corresponden a los entierros de época cerámica (Lynch 1980b: 306). Smith, que estudió el material botánico, admitió que fechar el Complejo III es difícil y discute la propuesta de Lynch en el sentido que el Complejo III sea parte de! Complejo II mezclado con materiales más tardíos. Pero comenta: «Sin embargo, en el relleno del Complejo III no se ha encontrado fragmentos de cerámica» y añade que el lugar del hallazgo del maíz «...no parece ser disturbado...” (Smith 1980: 122, 138). Pero su argumento botánico es importante: «Considerando que las tusas forman una serie morfológica más temprana que las tusas del Complejo IV, ellas pueden representar una ocupación precerámica tardía... En vista de la dificultad para fechar el material del Complejo III, la morfología de la tusa debe soportar una indicación firme de !a antigüedad del maíz del Complejo III sobre el maíz del Complejo IV.» (Smith 1980:122; y lo repite en la pág. 138), Grobman está de acuerdo con esta aseveración. Kautz hizo los análisis polínicos y cuando se refiere a los resultados obtenidos de la muestra correspondiente a lo que él llama «Zona de polen 3» que incluye a los Complejos II y III, dice muy claramente que «...con la sola excepción de una categoría (Alstroemeriaceae), la evidencia del polen de este estrato [Complejo III] se integra sumamente bien con la evidencia del polen que proviene inmediatamente debajo de él [Complejo II]...»(Kautz 1980: 49). Ahora bien, el único que ha criticado con conocimiento de causa los trabajos de Lynch, ha sido Vescelius (1981a, b); sin embargo consideramos que los que han utilizado su argumentación para poner en duda la evidencia de la Cueva del Guitarrero no han leído cuidadosamente sus artículos y no se han dado cuenta que él también comete un desliz. El escribió: «Bajo cualquier circunstancia es verosímil que el Complejo III es un agregado de un precerámico temprano y 272 Revisión de las pruebas de la existencia de maíz precerámico de los andes centrales / D. Bonavia Horizonte Temprano o materiales post-Horizonte Temprano, de modo que hay sólo dos opciones: o las tusas de esta unidad corresponden al séptimo milenio a.C. o su fecha es del primer milenio a.C. o después» (Vescelius 1981b: 11). Es decir, lo único que hace es repetir lo que ya ha señalado Lynch con una gran honestidad, pero al tomar posición, simplemente no acepta la primera posibilidad, sin dar ningún argumento y esto no nos parece científico. Es simplemente una opinión. Pero admite, al referirse a los maíces del Complejo III que «quizá ellos son un poco más primitivos en su carácter que las tusas del Complejo IV» (Vescelius 1981b: 11). Es interesante que el Complejo que menos discute Vescelius es el III sobre el que afirma que «...no hay buenas razones para suponer que no es mas que una mezcla de los suelos y basura de los Complejo II y Complejo IV...» (Vescelius I981b: 9). Pero, insistimos, a pesar de que hemos leído cuidadosamente los artículos de Vescelius, no hemos podido encontrar argumentos sólidos para refutar a Lynch en lo que se refiere a su posición con respecto al Complejo III. Su afirmación que «...yo me inclino a dudar que él [el maíz del Complejo III] pueda ser fechado en cualquier momento antes de la mitad del primer milenio a.C.»(Vescelius 1981b: 13) es una opinión honesta y basada en un razonamiento lógico, pero a nuestro juicio no tiene una argumentación suficiente. Lynch et al. (1985) frente a las críticas de Vescelius, han reanalizado la cronología de la Cueva del Guitarrero con el método del AMS y los resultados son que «[l]as fechas obtenidas por el acelerador sostienen la antigüedad de los artefactos de Guitarrero.» (Lynch et al. 1985: 864). Con esto se quedan sin sustento las críticas de Vescelius (op. cit.) con respecto a los Complejos I y II. En lo que se refiere al Complejo III, los autores han concluido que «...consiste de material reestratificado del Complejo II que ha sido mínimamente contaminado por los restos modernos del malamente mezclado Complejo IV». Y al discutir la parte superior del Complejo IIe dicen nuevamente que «...puede ser reasignado al mínimamente mezclado Complejo III» (Lynch et al. 1985: 865; el subrayado es nuestro). Es decir, se reafirma lo que escribiera Lynch en su informe final (vide supra). Lo que nos llama la atención es que Lynch et al. (1985: 866) al final concluyan que «[l]os maíces, que fueron encontrados solamente en los Complejos III y IV, pueden ser menos antiguos que 2000 o 3000 años...». Esto nos parece una aseveración apresurada bajo la presión de las críticas de Vescelius, de Bird y de cuantos los han seguido. Creemos que nadie puede dudar que haya problemas con respecto al Complejo III y nosotros lo hemos aceptado desde un principio (Bonavia 1982: 366-367). Pero queremos llamar la atención de los colegas sobre un hecho concreto. Lynch, que ha excavado el sitio y que admite la existencia de una mezcla en este Complejo con intrusiones de materiales más recientes provenientes del Complejo IV, sin embargo ha repetido insistentemente que esta mezcla ha sido «mínima» (Lynch 1980a: 41; 1980b: 306; Lynch et al. 1985: 865). Al mismo tiempo es claro que en el Complejo III no se ha encontrado cerámica (Lynch 1980a; 40-42; Smith 1980; 122; Lynch et al. 1985: 866). Pues bien, si se pretende que en este contexto «mínimamente» contaminado por restos más tardíos provenientes del estrato superior, todos los maíces son intrusivos (es decir las 26 o 27 tusas. [En la Tabla 6.1 Smith 1980 señaló 26 especímenes y lo repite en la pág. 125. Pero en la pág. 138 escribió 27. Suponemos que se trata de un lapsus calami). Sobre esto hay que señalar algo que ha pasado desapercibido a los críticos. Los restos de maíz del Complejo III fueron hallados en tres unidades de excavación, denominadas «Muestras 35, 36, 37». La mayor parte de las tusas provienen de la muestra 35 que estratigráficamente es la más alta, dos de la 36 y una de la 37 que son inferiores. 273 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Es importante recordar que según Smith la tusa de la muestra 37 es la más primitiva (Smith 1980: 125). Ahora bien, si estas muestras hubieran estado todas juntas se podría pensar que por alguna razón han llegado del estrato superior. Pero es difícil aceptar una intrusión de muestras aisladas de maíz en forma selectiva, más aún si se analiza el aspecto botánico que está en abierta contradicción con esta posibilidad (Smith 1980: 112). Nos preguntamos ¿porqué con las tusas no se han mezclado también fragmentos de cerámica? Hemos discutido esto con Lynch, y sobre el particular él nos ha escrito: «Es tan solo una hipótesis razonable, pero no probada, que los cultígenos en III provienen del Complejo IV. Con todas las pruebas radiocarbónicas de las que ahora disponemos, es difícil argüir que el Complejo III tenga mucha integridad, pero podría ser una combinación de restos de varias edades. Los datos de Kaplan sobre los fréjoles... muestran que ellos no son todos de la misma edad. En forma similar, las tusas de maíz pueden provenir [de contextos] de dos o más edades. Earle Smith ha argüido que, morfológicamente, las tusas del Complejo III han sido significativamente diferentes, como grupo, de las muestras más grandes recogidas en el Complejo IV. Y me_ha preocupado siempre que no se haya encontrado fragmentos de cerámica en el Complejo III; se podría esperar que 26 o 27 tusas hayan llevado consigo también una bastante buena muestra de cerámica. Se puede fácilmente argüir que 26 tusas no es «Contaminación mínima»- o por lo menos no tan mínima que una buena muestra de fragmentos de cerámica no estuviera también presente si la fuente fuera de edad cerámica». Y luego añade: «El argumento de Gary Vescelius que hubo sólo una ocupación, relativamente corta durante Guitarrero II tiene sentido con los nuevos dalos, pero el Complejo III puede aún ser algo por sí mismo, más que una simple mezcla mecánica de II y IV.» (Lynch, in litteris a Bonavia, 7.3.1996; el subrayado es nuestro. Y se reitera lo mismo in litteris a Bonavia, 11.12.1996). Nosotros nos inclinamos a creer que en el Complejo III puede haber mezcla, que incluye maíces precerámicos de este Complejo y otros que pueden provenir del Complejo IV. Con esto reiteramos nuestra posición que siempre hemos sostenido y que hemos sintetizado recientemente (Bonavia y Grobman 1989a: 839). En este sentido compartimos la posición de Aikens (1981: 225) quien afirmó que «...parece haber poca duda que los especimenes más tempranos [del maíz] son precerámicos». Bird ha insistido que todo el maíz de la Cueva del Guitarrero procede de contexto disturbado y muy tardío (1987: 298; 1990: 831). En este caso tampoco ha podido dar argumentos propios para demostrar cuanto sostiene y pone en un mismo saco los informes de Lynch, la crítica de Vescelius y el trabajo de reevaluación de Lynch et al., que hemos citado ampliamente (vide supra) pero él, insistimos, no aporta absolutamente nada. El caso de Ayacucho sí es problemático, en cuanto se han publicado sólo tres tomos de los informes finales, pero uno de los que faltan es justamente el relativo a la botánica (MacNeish et al. 1981; MacNeish et al. 1980; MacNeish et al. 1983). Algo se adelantó en los informes preliminares (MacNeish 1969; MacNeish el al. 1970; García Cook 1974: 21. 24) pero -salvo el último- no los tomaremos en cuenta dado que en los finales hay información más amplia. En todo caso, ellos han sido discutidos ampliamente en uno de nuestros trabajos anteriores (Bonavia 1982: 363-366). Hay que decir, sin embargo, que la información que se ofrece en los tres tomos de los informes finales es caótica, contradictoria y presentada en forma muy enrevesada. Lo que nos ha ayudado un poco en la tarea de entender los hallazgos de Ayacucho son unas notas manuscritas de Wallon Galinat, que él hiciera al examinar los maíces de 274 Revisión de las pruebas de la existencia de maíz precerámico de los andes centrales / D. Bonavia Ayacucho y utilizando los datos de procedencia, asociaciones y estratigrafía que le fueran proporcionados por el equipo de MacNeish. Y justamente llama la atención, como se verá inmediatamente, la discordancia existente entre este información y la que consta en los informes finales. El entregó copia de este documento a uno de los autores (Grobman) en 1973 cuando éste revisó los maíces excavados por el personal del Proyecto Arqueológico-Botánico Ayacucho-Huanta. Durante muchos años no pudimos utilizar esta información, pues no conocíamos las siglas empleadas para definir los sitios y su estratigrafía. Ahora, con la ayuda de los informes finales, hemos logrado reconstruir los datos y nos referimos a ellos con autorización de Galinat (in litteris a Grobman. 6.2.1996). Allí se señala la procedencia de las muestras por sitio y por niveles; se las agrupa en contexto «bueno», «medio» y «malo»’. En algunos casos se indica la fase y los restos, calificados por razas según la clasificación de Galinat. En este caso concreto, en vista que nos interesa establecer fundamentalmente si hubo o no maíz precerámico seguro en Ayacucho, no tomaremos en cuenta los aspectos raciales a los que sin embargo nos referiremos más adelante. Se debe decir también que en dicho documento se separa las tusas en un cuadro y se agrupa los tallos, las pancas y las panojas en otro. El primer sitio en cuestión es Pikimachay (Ac 100). Aquí» en la Zona F (Fase Cachi; MacNeish 1981a:53) según MacNeish (1981b: 203) se ha encontrado una tusa en «...ocupación precerámica final…” (Ocupación 27) (MacNeish 1981a: 55). La información coincide con la de Galinat que, además, señala la existencia de un tallo en contexto que califica de «bueno». La Zona G también corresponde «.a la fase Cachi, Ocupación 26 (MacNeish y Vierra 1983; 163; MacNeish 1981a: 55). Allí se indica la presencia de una panca y una tusa, pero se admiten intrusiones causadas por roedores (MacNeish y Vierra 1983: 163). Aquí hay un problema. En las notas de Galinat se menciona una «Zona G». Resulta que ésta corresponde a la zona Sur de la cueva y tiene una fecha de 9000-7000 años a.C. (MacNeish 1981a: Fig. 2-32; Fig. 2-33) y se trata de un contexto disturbado por rocas. Suponemos que debe ser un error de Galinat y que probablemente se trató de la Zona G. que también es una zona disturbada, pero que corresponde a la Fase Cachi (MacNeish 1981a: Figs. 2-10; además 30). En este último contexto Galinat señala la existencia de un tallo en «buen contexto» y 119 lusas en «mal contexto». Es imposible por ahora saber !a verdad. La Zona VI corresponde también a la Fase Cachi, Ocupación 25 (MacNeish y Vierra 1983: 160: MacNeish 1981a: 55,56) y allí en forma vaga MacNeish y Vierra (1983: 160) al hablar de plantas y heces dicen «maíz» y MacNeish (1981a: 38) señala «material vegetal». Para Galinat, sin embargo, en esta zona hay dos tusas, dos pancas y una panoja en «buen contexto» y dos tallos y una panoja en «mal contexto». Pero en este caso hay un problema adicional. En el informe MacNeish (1981c; Tabla 6 - 9) menciona la existencia de «maíz» correspondiente a la Fase Cachi en una zona que denomina «V1». En los informes no hay información sobre está supuesta zona y consideramos que se trata de un error de imprenta y que podría tratarse de VI, en cuyo caso se confirmaría la información de Galinat. La Zona H también corresponde a la Fase Cachi, Ocupación 24 (MacNeish y Vierra 1983:160; MacNeish 1981a; 53, 55, 56; MacNeish 1981c: Fig- 6-9). Allí según MacNeish y Vierra (1983: 160) se encontró «...una panoja de maíz, hojas de maíz, dos tusas...». Y MacNeish (1981c: Tabla 6-9) vuelve a decir «maíz». Sin embargo hay contradicción con la información de Galinat, pues en su cuadro figura la presencia de una tusa y dos pancas de maíz en «buen contexto». 275 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 La Zona VII corresponde a la Fase Chihua, Ocupación 23 (MacNeish y Vierra 1983: 160; MacNeish 1981a: 53, 55, 56) y se dice claramente que se trata básicamente de caída de rocas donde había «gran cantidad de grietas y huecos entre las rocas y obvias intrusiones de roedores…» (MacNeish 1981a: 38). Aquí en dos heces hubo «...posibles fragmentos de maíz...» (MacNeish y Vierra 1983:160), «maíz» (MacNeish 1981c: Tabla 6-8), «fragmentos de maíz» (MacNeish 1981c: 163), La información de Galinat es discordante, pues señala la presencia de dos tusas y una panca en «buen contexto», tres tusas en contexto «medio» y una tusa, cuatro tallos y dos panojas en contexto «malo». Finalmente la Zona VIII también corresponde a la Fase Chihua, Ocupación 22 (MacNeish 1981a: 55,56). Al leer el informe se desprende que se trata de una zona que tiene intrusiones de zonas mas tardías (MacNeish 1981a: 38, 39, 40). Se dice que allí había maíz (MacNeish 1981c: Tabla 6-8). Hay nuevamente contradicción con la información de Galinat, quien informa la existencia de tres tusas y una panca en «buen» contexto, una panca en contexto «medio» y tres tallos, dos pancas y dos panojas en contexto «malo». Otro sitio con grave contradicción es Big Tambillo (Ac 244). Allí se menciona la existencia de cuatro Zonas. En las primeras 3, es decir A, C y D hubo maíz (aunque hay discordancia entre la información de Vierra [1981; 134-136,138)] y la de Galinat) pero no lo discutiremos pues corresponde a contextos con cerámica. La única zona precerámica es la E y Vierra (1981: 136) es muy claro en no señalar restos botánicos y sólo escasos restos culturales. La asigna a la Fase Cachi. Sin embargo, Galinat indica la existencia de dos tallos y dos pancas en «buen» contexto. El caso de la Cueva Tambillo Boulder (Ac 240) es patético. Se iniciaron las excavaciones, pero para no cargar los materiales se dejó las bolsas con todos los restos botánicos recuperados escondidos y los campesinos que llegaron después no sólo se las llevaron, sino que destrozaron el yacimiento (MacNeish y Wiersum 1981: 128). Huelga cualquier comentario. Sobre el particular se escribió: «...la Zona H, que contenía una considerable cantidad de tusas de maíz y otros restos de plantas asociadas con posibles restos del precerámico tardío Cachi. Más, había la posibilidad de restos de plantas conservadas más tempranas debajo de la Zona H.» (MacNeish y Wiersum 1981: 128). Luego se añade que cuando regresaron, en el desmonte de la excavación de los campesinos había muchos restos de plantas, incluyendo algodón, tusas de maíz y calabazas (MacNeish y Wiersum 1981: 129). En efecto, al resumir las «ocupaciones» dicen «tusas de maíz» (MacNeish y Wiersum 1981: 128). Y esto se confirma, al reiterar la presencia de un «tipo muy tardío de tusas» (MacNeish 1981b: 203). Sin embargo MacNeish y Vierra (1983: 182) al referirse al sitio, asignan la Zona H a la Fase Cachi, pero mencionan sólo «‘...una posible tusa de maíz...» o MacNeish (198Ic: Tabla 6-9) simplemente pone «maíz», Galinat ha podido ver sólo los materiales del estrato superior G con cerámica y no menciona el estrato H. Otro problema grave es el que se plantea con el sitio Puente (Ac 158). MacNeish (1981b: 203) menciona la presencia de «un tipo muy tardío de tusas» en el contexto IIc que García Cook y MacNeish (1981: 107) fechan en 4610 años a.C. o entre 4725 y 4325 años a.C. (García Cook y MacNeish 1981: Figs. 4-10). Sobre el particular hay otra frase ambigua de MacNeish (198 Ib: 203) que dice: «Solamente la zona H de Ac 240, con un tipo muy tardío de tusas como la F de Ac 100 y la zona IIc de Ac 158...». Se sabe que la Zona IIc es un estrato delgado de 10 centímetros de espesor y sólo 4 m2 donde se encontraron algunos artefactos y que ha sido considerada como 276 Revisión de las pruebas de la existencia de maíz precerámico de los andes centrales / D. Bonavia ocupación de quizá una persona (que corresponde a la Ocupación 20) (García Cook y MacNeish 1981: 99, 109). Por otro lado García Cook y MacNeish (1981) en ningún momento mencionan hallazgos de maíz. En las notas de Galinat este sitio no está registrado. Finalmente hay un yacimiento que consideramos importante, se trata de Rosa machay (Ac 117). Nos referiremos concretamente a la Zona D que corresponde a la Fase Chihua y para cuyo contexto se menciona dos veces «[I]a tusa de maíz...» (MacNeish y Vierra 1983:179). Sobre el particular MacNeish y García Cook (1981: 123-124) han escrito: «Dada [la existencia] de una tusa de maíz y artefactos del precerámico tardío, se envió una muestra de carbón de la zona D para la determinación. La fecha fue de 3300±105 años radiocarbónicos a.C. (I5688), Dado que esto nos pareció demasiado temprano para el maíz en el Perú, fue enviada otra muestra que incluía un fragmento de hoja de maíz. Esta muestra fue datada 3520± 110 años radiocarbónicos a.C. (I5685). Por eso, cambiamos nuestras opiniones con respecto a la antigüedad del maíz en el Perú, y cambiamos la fecha para la aparición del maíz hacia atrás al fin de la fase Chihua aproximadamente 3100 a.C.» (el subrayado es nuestro). Luego se repite el hallazgo de una tusa (MacNeish y García Cook 1981: 123-124). Aunque en una oportunidad MacNeish (1981c: Tabla 6-8) dice en plural «tusas de maíz». Y el mismo MacNeish (1981b: 213) se ratifica y escribe; «Dado que los artefactos de la zona D de Ac 117 no fueron numerosos, fue difícil poner la zona en su correcta posición cronológica. En vista que ella contenía algunos de los más antiguos maíces del Perú, mandamos un fragmento de carbón de la cuadrícula NIE4 de la parte superior de la zona. La fecha que se obtuvo tuvo un rango entre 3405 a 3190 a.C. (I 5688). Dado que no creímos en ella porque fue demasiado antigua, mandamos la muestra I5685 de carbón de la cuadrícula N2E4 del mismo nivel, que fue fechado entre 3630 y 3410 a.C. confirmando la fecha previa y poniendo la zona D en su situación correcta». Galinat confirma que en la Zona D había una sola tusa y provenía de contexto «bueno». En las referencias generales a la Fase Cachi, se insiste sobre la presencia de maíz. Así, por ejemplo, al mencionar análisis fecales se dice que «...muy al final de la fase, maíz primitivo del tipo Ayacucho» (MacNeish et al. 1980: 10), y luego se menciona «...una cantidad de tusas y hojas de maíz…»para los tiempos tardíos de esta fase» (MacNeish y Vierra 1983:158). Y finalmente MacNeish y NeIken-Terner (1983: 10) concluyen: «...nuestros restos de plantas son pocos, y solamente una docena o algo así de heces han sido analizadas [aunque sobre ello nada se ha publicado], pero parecen haber algunas evidencias que además de la calabaza, el mate y la quinua utilizadas en la fase previa, los ocupantes ahora han adquirido el fréjol, el achiote, «tree gourd» (Sic!), lúcuma, coca, quizá papa y muy al final de la fase primitivo maíz tipo Ayacucho.» Ahora bien, a la Fase Chihua se le asigna una fecha entre 4400 y 3100 años a. C. En el caso de Pikimachay la Zona VII tiene un fechado de 3350 años a.C. y la VIII de 3600 años a.C. (MacNeish 1981b: Tabla 8-10). En el caso de Rosamachay, hemos visto que la Zona D tiene una fecha de 3100 años a.C. (MacNeish y García Cook 1981:123). En las referencias generales sobre la Fase Cachi se dice claramente en el caso de Pikimachay que “productos alimenticios y heces…incluyen maíz...» (MacNeish et al. 1980:11). Se insiste sobre la subsistencia hortícola usando maíz.,.»(MacNeish 1981b: 222) y que «[productos alimenticios y heces…incluyen maíz...»(MacNeish y NeIken-Terner 1983: 11). La fecha asignada a la Fase Cachi varía entre 3100 y 1750 años a.C. y en el caso de Pikimachay, a la Zona F se le 277 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 asigna un fechado de 1900 años a.C., a la G 2200 años a.C., a la VI 2250 años a.C. y a la H 2300 años a.C. En el caso de la cueva Big Tambillo, la Zona E tiene una fecha de 2300 años a.C. y para la Zona H de la Cueva Tambillo Boulder. 2800 años a.C. (MacNeish 1981b: Tabla 8-11). Hay que señalar que MacNeish y Vierra (1983:185) al tratar la Fase Chihua, señalan hallazgos de maíz en las Zonas K y X lo cual sin duda es un error, pues ello no figura en el informe (MacNeish 1981a: 34, 43, 48, 55). Evidencia botánica Durante mucho tiempo hemos mantenido con pruebas sólidas y tangibles derivadas del estudio de gran cantidad de tusas, mazorcas, granos y partes de plantas de maíz recuperados de contextos seguros en yacimientos arqueológicos, la gran antigüedad del maíz en el Perú (Bonavia y Grobman 1989a). Robert MacK. Bird no comparte nuestra posición. Sus argumentos son mayormente de orden botánico por lo que pasaremos a analizarlos en esta sección. Su cerrada oposición a nuestra hipótesis puede haber llegado a persuadir a otras personas -no necesariamente especializadas en Botánica o Genética- a poner en duda nuestros planteamientos. Desgraciadamente, debemos decirlo aunque parezca redundante, discrepamos con él ya no sólo en la tesis, sino también en que los argumentos usados contra la nuestra utilicen en algunos casos información incompleta o superada por datos más recientes que no toma en cuenta, o irrelevante al caso, o escogida selectivamente para ser parcializada a un lado del argumento y que desfiguran la realidad de la situación. Uno de los alegatos principales de Bird (1990) en contra de la antigüedad del maíz en el Perú y por ende la negación de su presencia en el Precerámico (Bird 1990: 833), es el ser las mazorcas y granos de maíz considerados como del Período Precerámico -según él- de tamaño más grande que lo que correspondería a maíces más antiguos. Deberían ser asignados más bien a tiempos más tardíos (d.C.). Bird alega que muchos especímenes habrían dado más peso de grano o serían más grandes que el maíz documentado como del primer milenio a.C. o anterior a él. Añade también la falta de uniformidad de las muestras de maíz. Examinemos la evidencia. Comencemos con el tamaño de los granos. Las tres razas de maíz presentes en Los Gavilanes (Confite Chavinense, Proto Confite Morocho y Proto-Kculli) son todas maíces reventadores primitivos, son características de los Andes Centrales y se repiten en la Cueva del Guitarrero y otros yacimientos como veremos más adelante. No tienen similares en el área mesoamericana en cuanto a morfología y aspecto fenotípico externo y color de tusa (vide discusiones Grobman 1982; Bonavia y Grobman 1989b; Mangelsdorf 1974: 194). Si dividimos la longitud promedio de tusa de las 85 mazorcas de las Épocas 2 y 3 de Los Gavilanes, entre el número promedio y granos por hilera, sólo caben 2,8 milímetros de espesor para las mazorcas de Confite Chavinense y 3.0 milímetros para las mazorcas de Proto-Confite Morocho. Como comparación el espesor de los granos de maíz de Los Cerrillos (Wallace 1962) cuya antigüedad es menor en unos 1600 años por lo menos, es en promedio 4,5 milímetros. Es 278 Revisión de las pruebas de la existencia de maíz precerámico de los andes centrales / D. Bonavia importante relacionar estas medidas con las del maíz de la Cueva de San Marcos, una de las dos donde se encontró el maíz más antiguo de México y donde realmente sólo hay una raza primitiva, un reventador al que podríamos llamar el «Complejo Precursor del Chapalote/Nal Tel «, conclusión a la que llegó Mangelsdorf (1974: 174). De dicha información y haciendo un análisis de los datos presentados para el maíz de cada zona de la Cueva de San Marcos (Tc 254), que suman 171 tusas intactas, el espesor que calculamos para los granos es como sigue por zona: B 3,7 milímetros; C1 3,7 milímetros; C 3,8 milímetros; D 3,16 milímetros; E-F 2,9 milímetros. Al comparar estas cifras con las del maíz de Los Gavilanes, dan granos que en espesor son más grandes para el maíz primitivo de México que los valores que encontramos para las 85 mazorcas intactas clasificadas como tipos raciales puros (no-híbridos intermedios) de Confite Chavinense y Proto-Confite Morocho. Es más, para el Confite Chavinense ninguna de las medidas para el maíz de la Cueva de San Marcos llega a alcanzar el promedio menor de espesor de grano que deberían haber tenido los granos de Confite Chavinense de Los Gavilanes. Los granos de esta raza son más bien isodiamétricos, es decir casi igual en sus tres dimensiones. Como referencia, la edad anteriormente citada para el maíz de la Cueva de San Marcos, ubicada en el valle de Tehuacán en México, era de 7000 años a.C. Con fechados AMS es ahora de 4700 años a. p. (Long et al. 1989). Bird (1990) hace cuestión especial del tamaño mayor de algunos granos de maíz encontrados en Los Gavilanes. En nuestra discusión (Grobman 1982: 164-166) indicamos que de los pocos granos completos encontrados y medidos, habían algunos reventadores (n=6) cuyas dimensiones son típicas de este grupo (longitud media 5,16 milímetros y ancho 4,42 milímetros). Del número total de 35 granos, sólo algunos (n=7) tienen longitud media 9.66 milímetros y uno solo llega a 10.0 milímetros (de, longitud y ancho medio de 8,36 milímetros. Estos pocos granos más grandes los asignamos a tipos emergentes de raza Huayleño, un maíz usado para tostado (no reventador) con más contenido de endospermo harinoso, típico de efectos heteróticos resultantes de cruzamientos interraciales. Es muy probable que la introducción del maíz del Callejón de Huaylas, de donde indudablemente procede el maíz de Los Gavilanes, ya haya incluido híbridos con ligeramente mayor tamaño de grano, pero evidentemente en muy baja frecuencia comparativamente a periodos posteriores. A pesar de la escasa evidencia de Los Gavilanes sobre efectos heteróticos, ella apunta en la dirección esperada para mayor longitud de mazorca en las tusas caracterizadas como intermedias entre Confite Chavinense y Proto-Confite Morocho (vide Grobman 1982: Cuadro 11, 160). No esperamos, por consiguiente, que sea substancialmente diferente la situación en cuanto a heterosis para dimensiones de grano. La evidencia de Los Gavilanes es, a base de lo anterior, que un muy alto porcentaje de los granos de las mazorcas son de pequeñas dimensiones, pero que varían en tamaño y que esta variación no es diferente a la existente en México en las etapas más tempranas de evolución del maíz. En efecto, en el maíz encontrado en. Bat Cave también hay variación de tamaño de grano de casi exactamente el mismo orden de magnitud que el que se encuentra en Los Gavilanes (5 a 9 milímetros de longitud y 4 a 8 milímetros de grosor) (vide Mangelsdorf 1974: Figs. 14.1 y 14.3). Hemos señalado en nuestras discusiones anteriores (Bonavia 1982: 366-367; Bonavia y Grobman 1989ª, 1989b; Grobman 1982) que el maíz de la Cueva del Guitarrero, estudiado por Smith (1980), tiene coincidencias muy profundas y no diferencias con el maíz de Los Gavilanes, en cuanto a características raciales, incluyendo dimensiones de tusas del Complejo III. Este maíz muestra más cercanía al Confite Chavinense, teniendo también presencia de Proto-Confite 279 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Morocho, que podría provenir de otra área geográfica, probablemente Ayacucho, donde se centra la distribución actual de su raza derivada Confite Morocho (Grobman 1982: 176). No parece haber duda que el Complejo III contiene maíz precerámico. Los datos aportados por Towle (1954) relativos a las excavaciones de Willey y Corbett (1954) en Aspero, desafortunadamente no han podido ser comparados con las clasificaciones raciales, ya que se tomaron antes de que se completaran los estudios sobre la clasificación de razas de maíz en el Perú. Feldman (1980) obtuvo en Aspero tusas de maíz en contexto precerámico. Estas fueron identificadas por Grobman como Proto-Confite Morocho. En cuanto a otros hallazgos de maíces precerámicos tenemos los encontrados por Uceda en el cerro El Calvario en Casma. Grobman clasificó una tusa encontrada en el Estrato 5 como un espécimen híbrido entre Confite Chavinense y Proto-Confite Morocho, Galinat (1972; 107-108) al revisar los maíces de Ac 100, Ac 117 y Ac 244 de Ayacucho, los clasifico en las razas Puneño, Confite Morocho y Morocho. Pero concluyó que la mayoría eran híbridos y llegó a la conclusión que las corontas más antiguas representan un ancestro de razas primitivas y la definió como Ayacucho «...la más primitiva y ancestral de varias razas indígenas en el Perú”. Grobman (1974; 3; 1982: 176-177; Bonavia y Grobman 1989b: 459) examinó las mazorcas de Ayacucho conjuntamente con Galinat en 1973 en la Universidad de Massachusetts y reclasificó las mazorcas en las razas Proto-Confite Morocho y Confite Chavinense y sus respectivos híbridos. El sitio Los Cerrillos en Ica fue excavado por Dwight Wallace (1962) en 1961. Corresponde a los primeros tiempos del Horizonte Temprano (ca. 700-500 años a-C.). El primer informe del maíz allí encontrado fue hecho por Grobman et al. (1961: 75-79). En este yacimiento, que tiene poca diferencia entre la sub-fase más temprana y la más tardía, se encuentran nuevamente las razas Proto-Confite Morocho, Proto-Kculli. Confite Iqueño y sus híbridos interraciales. El Confite Iqueño que fue como se le llamó en ese entonces, debemos ubicarlo hoy en día como una variante local de la raza Confite Chavinense. Sólo las dimensiones de las mazorcas de los estratos más antiguos de Los Cerrillos coinciden con las del Proto-Confile Morocho de Los Gavilanes. Las dimensiones de tusas de los más estratos son mayores. Esto podría tomarse como evidencia de un pequeño incremento por selección de mazorcas, pero que no es significativo. El incremento claro de dimensiones de mazorcas y granos se produce mucho después por hibridación con maíces exóticos, que sin duda llegaron posteriormente en nuestra Era (vide Grobman et al.1961: 61-63), El incremento explosivo de dimensiones en maíz aparece posiblemente en los tiempos de 200-500 años d.C. en adelante. Otro de los puntos al que debemos referirnos, es la variabilidad del maíz encontrada en los yacimientos arqueológicos tempranos. En todos los sitios reseñados anteriormente que, excepto Los Cerrillos, corresponden al Precerámico costeño y serrano, hay consistencia en la presencia del mismo Complejo de tres razas primitivas. Ellas presentan características muy definidas en especimenes típicos perfectamente identificables. En el mismo contexto se encuentran también, y con abundancia, productos de hibridación, segregantes, entre las tres razas. Solo unos pocos ejemplares en Los Gavilanes y en la Cueva del Guitarrero exceden las dimensiones de grano. 280 Revisión de las pruebas de la existencia de maíz precerámico de los andes centrales / D. Bonavia Ellas se explican por la aparición de granos ligeramente mayores que van en la dirección del tostado, emergentes del uso del reventado, que es la dirección que ha seguido la evolución del uso del maíz en el Perú. Sin embargo, las dimensiones de estos granos están dentro de los limites de variación aproximados que para una edad de más de 4000 años también se encuentra en Bat Cave, México (vide Mangelsdorf 1974: Fig. 14,3). La variación de la dimensión de grano está condicionada por otros factores adicionales, tales como la posición del grano en la mazorca, estado nutricional de la planta, sequía, etc. Otros errores de interpretación en los que incurre Bird (1990; 832) son los siguientes. Cita como evidencia que las más de 200 tusas de Los Gavilanes tienen 8-10 hileras. La realidad es diferente. Casi igual número de tusas muestran características diferenciales de cada una de las razas (8 hileras de granos en la raza Proto-Confite Morocho y mayor número de hileras acompañadas por fasciación en la raza Confite Chavinense). Sus datos de la Tabla 2 (Bird 1990: 835) consignan sólo información de las primeras excavaciones de Los Gavilanes (Kelley y Bonavia 1963; Grobman et al. 1977) mas no la del informe completo (Bonavia 1982; Grobman 1982). Para Aspero incluye tusas incompletas que forman la mayoría de sus datos para longitud, medidas inútiles y que no utilizamos en nuestros trabajos. Repetimos nuevamente que no se ha encontrado en yacimientos arqueológicos tempranos, ni en los complejos raciales más antiguo de México, nada ni remotamente similar a la raza Confite Chavinense, en cuanto a su morfología y fasciación de mazorca, características heredadas por muchas razas andinas. Tampoco se ha encontrado nada parecido a Proto-Kculli. Los maíces primitivos peruanos no son tripsacoides, mientras sí lo son los más antiguos de México. En Los Gavilanes hemos demostrado, la altísima frecuencia de coloración antocianínica en los residuos vegetales de maíz. lo que no ha sido encontrado en México (Grobman 1982: 161). Esto evidencia su origen alto-andino antes de llegar a la costa. Las adaptaciones indicadas nos llevan a postular un período de tiempo muy largo de formación y desarrollo de estas razas de maíz en los Andes Centrales, en forma totalmente independiente de Mesoamérica (Grobman et al. 1961: 337-343; Bonavia y Grobman 1989 b: 459-464). Sería imposible haber logrado la diversidad racial y adaptaciones ambientales de las razas de maíz arriba mencionadas en el Perú, en el corto lapso posterior al Precerámico. Por otra parte, el proceso de formación de 72 razas de maíz nativas de la región Perú-Boliviana cuyo número excede de las 57 razas de maíz nativas de México (Taba 1995), debe haber requerido un mayor tiempo y base genética formativa, de la que ha contado en etapas posteriores con influjo de maíces de Mesoamérica, al igual que el proceso de formación racial en México ha contado con introducciones de la región andina, pero en etapas que podrían establecerse para el Perú entre 200-500 años d.C. (Grobman et al. 1961: 60-64; Bonavia y Grobman I989b: 463) y para México en 600-900 años d.C. (Mangelsdforf 1974:192). Conclusiones A base de lo expuesto, nosotros creemos que no cabe la menor duda sobre la existencia de maíz precerámico en los sitios Cerro Julia, Cerro El Calvario, Las Aldas, Culebras. Tuquillo, Los Gavilanes, Aspero, Huaricoto y Rosamachay. Tambillo Boulder es una incógnita que no se podrá resolver, la única evidencia es la palabra de los que excavaron. El caso de la Cueva del 281 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Guitarrero es controverso, no cabe duda. Pero creemos que a la luz de los hechos, es muy probable que una parte de los maíces del Complejo III sean precerámicos. De Pikimachay sólo se podría aceptar los hallazgos de la Zona F, y con grandes dudas lo relativo a las Zonas VI y H, descartando definitivamente la Zona G, VII y VIII. También hay que descartar definitivamente los hallazgos de la Cueva Big Tambillo y Puente. Lo concreto de todo esto es que el maíz precerámico existe. Se ha objetado que las muestras son pocas y se ha discutido el rol que el maíz ha jugado en el contexto cultural del Precerámico. Nosotros quisiéramos sólo recordar a los colegas que los únicos yacimientos que han sido excavados a gran escala son Culebras, Los Gavilanes, la Cueva del Guitarrero y, mal que bien, las cuevas de Ayacucho. Inclusive en Aspero se ha excavado poco, si se toma en cuenta la extensión del sitio. En el resto de casos sólo se trata de excavaciones pequeñas. De modo que nuestra muestra no es significativa por dos razones: primero porque en el futuro se deberá excavar extensivamente los sitios para poder contar con colecciones que sean estadísticamente válidas y, en segundo lugar, porque prácticamente todo el territorio peruano queda por investigar desde el punto de vista del Precerámico, sobre todo las cuevas serranas de altura media que son la clave en la solución de este problema. Queremos terminar con una frase de Moseley y Willey (1973: 466-467) que se refiere a Aspero, pero que es válida para el Precerámico final en general, y que debería hacernos meditar: «Las hipótesis bien formuladas y la orientación de los problemas son básicas para la investigación arqueológica. En efecto, ellas están siempre con nosotros, pero deben ser explicadas abiertamente en detalle, para que limiten más que orienten la investigación. En 1941 los investigadores de Aspero operaron con ciertos problemas en la mente, y con ciertos conceptos con respecto al curso de la prehistoria peruana. Esos conceptos no fueron nunca expresados claramente, ni determinados concienzudamente. Aún cuando los datos de Aspero apuntaban a nuevas hipótesis y reclamaban conceptos diferentes, el armazón intelectual preexistente no dobló las rodillas. Un sitio precerámico mayor -el primero excavado sistemáticamente en el Perú- fue acomodado en un armazón de edad cerámica. Este acomodo no fue bueno, y en varios grados ciertos datos fueron mirados desde lo alto o explicados vagamente. Sorprendentemente, por 30 años la situación de Aspero no fue nunca puesta en tela de juicio seriamente, solamente aceptada como algo anómalo. Quizá investigadores más capaces y más eruditos se hubieran puesto encima de los constreñimientos de sus ideas preconcebidas; no obstante una percepción tardía de lo que se debió hacer o decir es siempre mejor que una presciencia, y es difícil estar seguros. La única moraleja que se puede inferir de Aspero, es aún cuando las hipótesis son estímulos necesarios para la investigación, los arqueólogos no deberían permitir a sí mismos ser encadenados por ellas.» 282 Revisión de las pruebas de la existencia de maíz precerámico de los andes centrales / D. Bonavia REFERENCIAS Aikens, C. M. 1981 Reseña de T. F. Lynch (ed.), Guitarrero Cave: Early man in the Andes, American Anthropologist 83, 224-226. Banerjee, U. C. 1973 Morphology and fine structure of the pollen grains of maize and its relatives, tesis de doctorado inédita, Department of Biology, Harvard University. Bird, J.B. 1960 Prefacio a la segunda edición de W. C, Bennett y J. B. Bird. 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Tratar de ella, aunque superficialmente, a la luz de nuestros actuales conocimientos es lo que me he propuesto, sintiéndome sin embargo deslumbrado y empequeñecido frente a la multifacética expresión de su espíritu, como debe haberse sentido el hombre primitivo frente a un rayo. Al presentar a Kroeber, no se juzga sólo a un científico, a un antropólogo, a un maestro en el más amplio sentido de la palabra. Se está analizando la obra de un hombre, de una época, y esto dificulta enormemente la tarea. Su obra peruanista puede decirse que comienza en 1901, cuando al llegar a la Universidad de California tiene que recibir y catalogar las colecciones peruanas que enviaba Uhle para formar el museo de dicha institución. De esa época es su artículo «Dr. Uhle’s Researches in Perú» (Lancaster, 1904). Son notas preliminares de las excavaciones de Uhle en Ancón y vienen a ser como una especie de preludio a esa serie de trabajos que con el título de «The Uhle Pottery Collections» comenzara a publicar la Universidad de California y que, como veremos, forman uno de los pilares! básicos de la investigación del pasado peruano. Allá por 1920 Kroeber ya estaba formando en California la escuela de arqueología peruana, tradición que aún hoy se mantiene firme y a la que debemos los aportes más concretos desde hace varios años. Es con esos alumnos que Kroeber inicia el estudio de las colecciones de Uhle que se encontraban en Berkeley. Son muchos años de investigación paciente y minuciosa en la que Kroeber dirige y alterna con sus alumnos en el estudio y publicación de los materiales de los diversos lugares del Perú. 1 Conferencia sustentada en la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, por el Dr. Duccio Bonavia. Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Así salen a luz progresivamente: en 1924, «The Uhle Collections Pottery from Chincha» (Berkeley) y ‘’The Uhle Pottery Collecctions from Ica» (Berkeley) en los que Kroeber es coautor con William Duncan Strong. En 1925 Kroeber, publica «The Uhle Pottery Collections from Moche» (Berkeley) y «The Uhle Pottery Collections from Supe» (Berkeley) y en 1926 «The Uhle Pottery Collections from Chancay» (Berkeley). Con un pequeño atraso, sale en 1927 «The Uhle Pottery Collections from Nazca» (Berkeley), con la ayuda de Gayton. Contemporáneamente sus alumnos publican otros dos trabajos con la misma metodología y en la misma serie. No será nunca bastante e! remarcar la importancia de estos trabajos cuyas conclusiones se mantienen firmes a pesar del tiempo transcurrido y del adelanto indiscutible de la metodología. Recordemos que dichas series de la Universidad de California se publican en un momento en que las teorías del estilo estaban atacadas «por los excesos de algunas fantasías» como bien dice Muelle. Sin embargo, Kroeber supo sacar tal provecho a la tipología y de la interpretación del estilo que sencillamente la serie «The Uhle Pottery Collections» es un monumento perdurable a este tratamiento. Las cronologías que se fueron estructurando poco a poco son las mismas que, con algunas variantes, vamos encontrando en los estudios estratigráficos actuales. La asombrosa, y diríase casi matemática exactitud con que coinciden los datos que encontramos en los últimos trabajos estratigráficos en Ancón con los que publicara uno de los discípulos de Kroeber, el doctor Strong, sobre materiales del mismo sitio, son una clara demostración de la utilidad que puede tener la tipología al servicio de la arqueología cuando es usada medida y concienzudamente; es, además, un mentís categórico para los muchos detractores del método. No puedo terminar esta reseña de la serie de California sin referirme a la tan discutida clasificación de Nazca. Aunque no es este el momento, ni yo el indicado para dilucidar este difícil problema, sí puedo afirmar que la subdivisión del estilo Nazca en A, B, X, e Y es hasta hoy la más justificada, la más práctica, la más concreta y también la más didáctica. En ella hay un margen de «elasticidad» que la hace más aplicable a cualquier colección y es la que más influencia ha tenido. Y mientras nuevas clasificaciones están continuamente en proceso de cambio y reestructuración, la de Kroeber resiste a toda crítica. En 1925 llega Kroeber por primera vez al Perú, que ya conocía tan bien, lo estudia y recorre de norte a sur y vemos resumidas sus observaciones en el trabajo que comienza a publicar en 1926 el Field Museum of Natural History de Chicago, bajo el rubro de «Archaeological Explorations in Perú» y cuyo último tomo apareció tardíamente en 1937. Los volúmenes 1 y 2 son dedicados a la costa norte. En el I, referente a la cerámica, Kroeber discute los varios tipos y estilos norteños, no sólo tratando de definirlos, sino también de asociarlos con determinados tipos de estructuras discutiendo los esquemas de Uhle y de Hrdlicka, este último basado en los resultados de la antropología física. Se puede decir que después de los trabajos que realizara Uhle en Moche y que junto con los de Pachacamac son el primer jalón de la arqueología científica en América, nadie había sistematizado y analizado los problemas cronológicos del norte como Kroeber. 294 Alfred Kroeber y su obra peruanista / D. Bonavia El tomo 2 es ejemplo de un auténtico «reconocimiento» o «survey» arqueológico. Afirmaríamos, sin miedo a equivocarnos, que hasta la fecha no se ha publicado un trabajo sobre el norte peruano que comprenda parte tan ancha del territorio. Y hay que remarcar que no es sólo un trabajo descriptivo; es una obra de detalle, de razonamiento y conclusiones; un trabajo en el que se puede aprender cómo se estudia un área arqueológica, cuales son los detalles arquitectónicos que hay que observar, cómo hay que describir las pinturas murales, cómo hay que preparar y redactar un trabajo. Es para nosotros mortificante, y hay que admitirlo, que muchos sitios allí señalados por Kroeber hace tantos años esperen todavía -si es que existen aún- un nuevo y más completo examen. Inclusive las colecciones que hiciera Uhle y que están perdidas en los depósitos de nuestros museos no han sido estudiadas hasta la fecha. El ejemplo de Kroeber en este aspecto es no sólo una enseñanza para las nuevas generaciones sino una censura para la nuestra y las pasadas. El número 3 de la misma colección presenta el esfuerzo de una de las alumnas predilectas del maestro norteamericano, de Lila O’Neale, quien sistematizó los conocimientos sobre técnica textil que también descuidamos hoy. El 4 y último tomo sobre Cañete revela la misma sistemática de los anteriores y la gran visión del autor cuando esboza la descripción de los estilos Cañete Medio y Tardío, cuyos fundamentos más exactos los encontramos en trabajos recientes llevados a cabo por los mismos investigadores de California pero ya con los conocimientos avanzados de nuestros días. Al tiempo que se publica la serie del Field Museum of Natural History, Kroeber daba a conocer «Culture stratifications in Perú» (1926), «Coast and Highland in Prehistoric Perú» (Menasha, 1927) donde se hace una revisión de los trabajos de Uhle, «Cultural relations between North and South America” (Nueva York, 1930) y «Textile Periods in Ancient Perú» (Berkeley, 1930) este último en colaboración con Lila O’Neale. En 1939 la Revista del Museo Nacional de Lima publica la traducción de su «Sud América, Perú» (Lima) trabajo que si bien no contiene nada esencialmente novedoso tiene una síntesis de lo que es el real contenido y desarrollo del arte y la cultura peruana y es interesante su juicio cuando expresa que «la sucesión del arte antiguo peruano es una historia de decadencia» y justifica su pensamiento cuando explica que «sus puntos más culminantes fueron alcanzados en el período primitivo. Las esculturas de Chavín, los tejidos insuperables de Paracas, el modelado del Chimú primitivo, la cerámica delicada de Nazca jamás fueron superados en lo sucesivo y raras veces igualados en calidad, aún en los períodos de auge de Tiahuanaco e Inca. A medida que pasaba el tiempo los estados locales eran suprimidos por los imperios, se acumulaban nuevos inventos, la civilización adquiría un contenido más imponente; pero la calidad de su arte no mantuvo e! ritmo: jamás volvió a tener en sus manos la floración de su juventud» (pág. 324). 295 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Y es por eso quizá que Kroeber más tarde, en el «Handbook of South American Indians», se detiene con minuciosidad a describir los estilos tempranos, sobrevolando los estilos tardíos. En 1942, en otra de sus visitas al Perú, Kroeber dicta una trascendental conferencia en San Marcos, que más tarde se publicó en la revista «Letras» (Lima, 1942). En ella encara la problemática de la arqueología como método y sus relaciones con la historia, aclarando que «sus propósitos son idénticos» y que «la diferencia está únicamente en el material». Define a la arqueología como la «transformación de relaciones de espacio en relaciones de tiempo» y muestra cómo la arqueología peruana tiene su propia problemática. Plantea finalmente con una claridad y severidad sin par eso que ha sido y sigue siendo una de las grandes tareas de nuestra arqueología: la terminología, demostrando lo mucho y lo poco a la vez que esta puede importar. Con Muelle publica ese mismo año el artículo «Cerámica paleteada de Lambayeque» (Lima, 1942) en el que se recalca una vez más el empleo de la tipología y la teoría de la «función» con diafanidad. Baste decir aquí que este trabajo es el único que se ha hecho sobre el tema. Pero el verdadero fruto de ese viaje de 1942 es la publicación «Peruvian Archeology in 1942» (Nueva York, 1944). Este esfuerzo del gran maestro representa uno de sus mejores logros. En 150 páginas Kroeber reúne la mejor síntesis que se ha hecho en la arqueología peruana. Necesitaríamos todo un artículo para comentar este trabajo en el que se encuentran los datos más preciosos sobre la arqueología de todo el territorio peruano. No hay problemas pendiente que Kroeber no haya tratado de dilucidar. Desde Arequipa hasta Piura, la costa y la sierra son rastreados por la clarividencia del ilustre norteamericano. Se reafirman sus ideas sobre Nazca se replantean los problemas de Paracas, el de Paramonga, las relaciones existentes entre Cupisnique y Salinar y Mochica, la discrepancia que había surgido con Tello sobre el hasta muy recientemente problema Teatino, los períodos Chavín, los primeros e inciertos bosquejos sobre «horizontes estilísticos». En 1947, cuando en Nueva York se reúnen los mejores antropólogos del momento para discutir sobre arqueología peruana, Kroeber orienta la discusión y nos ha dejado esa magnifica síntesis que con el título de «Summary and Interpretations», publicara ese otro gran peruanista que fue Wendell C, Bennet en su «A Reappraisal of Peruvian Archaeology» (Menasha, 1948). Allí, entre otras cosas, se comparan en forma muy clara las semejanzas y diferencias de métodos y terminología empleados respectivamente por Benett, Strong, Willey y Steward. En 1949, al publicarse el «Handbook of South American Indians», Kroeber está nuevamente presente con su guía y consejo. Su nombre no podía faltar en esa obra gigantesca ya que su esfuerzo de síntesis será muy difícil de ser igualado. Su contribución sobre el arte americano, y peruano en particular, es una obra fundamental para la historia del arte americano, que se deberá escribir más tarde o más temprano. Como con justicia dijera Horkheimer, es un esfuerzo único en este sentido. En «Paracas, Cavernas and Chavin» (Berkeley) publicado en 1953, y reproducido en «Letras» (Lima), el mismo año, Kroeber entra a discutir el candente problema de las relaciones entre estos 296 Alfred Kroeber y su obra peruanista / D. Bonavia dos «estilos. Después de plantear sus discrepancias con Willey, examina el nacimiento del arte de Paracas que él cree que está en el norte; hace una revisión de los caracteres básicos de este estilo en relación con los del estilo norteño llegando a la conclusión de que Paracas no es más que una manifestación meridional del estilo Chavín, con algunos ingredientes locales. En 1954 se publica «Proto-Lima.- A Middle Period Culture of Perú» (Chicago), esfuerzo concluyente en un problema todavía sin solución. Con «Toward Definition of the Nazca Style» en 1956 (Berkeley) se cierra la obra peruanista de Kroeber. En ella no hace más que reafirmar sus ideas sobre su clasificación de Nazca, haciendo pequeños reajustes que no infieren en la estructura de la misma. Es gran lástima que la muerte le haya impedido concluir su informe sobre sus excavaciones en Nazca. Kroeber muere, pero como pocos maestros, deja escuela; deja una pléyade de continuadores. Y es precisamente uno de sus alumnos predilectos, el doctor Jorge Muelle, quien nos ha hecho conocer a Kroeber, apreciar a Kroeber, querer a Kroeber. No al Kroeber físico que no vimos, sino al Kroeber en espíritu tan humano como él mismo nos enseñó a ver a los hombres en su «Antropología general». Al Kroeber que cierra una época y que deja enseñanza clásica e imperecedera. Porque Kroeber fue un completo humanista; como ya nuestra época no podrá superar. De él se puede decir que fue antropólogo, etnólogo, arqueólogo, historiador, psicoanalista, pero sobre todo que fue hombre. Es por eso que Kroeber no ha muerto sino que está presente en la lección dejada a cada uno de nosotros. Nota: El original ha sido publicado en el año 1961 en la Revista del Museo Nacional, Tomo XXIX. Lima. pp. 292-296. 297 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 298 Hans Horkheimer / D. Bonavia Arqueología y Vida 2007, Nº 1, págs. 299-306 HANS HORKHEIMER Es tan lejano aquel día de 1957, cuando en el viejo patio de la Facultad de Letras de la Universidad de San Marcos conocí a Hans Horkheimer. Comenzaba yo la vida universitaria, lleno de esperanzas, Horkheimer, para todos los jóvenes que nos interesábamos en aquel entonces en los problemas del pasado peruano, formaba parte del pequeño grupo de personas a las que considerábamos al mismo tiempo, con admiración y con envidia y de las que sabíamos que teníamos mucho que aprender. Lo abordé con profundo respeto y timidez para pedirle algunos datos: quedé impresionado por su bondad y sencillez. Han pasado casi diez años desde entonces y Horkheimer ya no está entre nosotros: me encuentro con el triste encargo de escribir su necrología. Tarea penosa y difícil al mismo tiempo. Penosa porque he tenido la suerte de conocer bastante de cerca a Don Hans, como le decíamos afectuosamente, y todo recuerdo de un amigo desaparecido deja profunda congoja y un sentimiento de impotencia sin límites. Difícil, porque es prácticamente imposible despojarse del recuerdo amistoso, para poder juzgar su obra con imparcialidad, cual la ciencia exige. Habrá de pasar mucho tiempo para que alguien, liberado de estos sentimientos, pueda hacerlo con más justeza. Nacido en 1901 en la ciudad alemana de Stuttgart, realizó sus estudios universitarios en Heidelberg, Berlín, Munich y Erlangen, logrando en 1923 el título de Doctor en Filosofía con una tesis sobre «El Relativismo en la Filosofía Alemana». Antes de iniciarse en el campo de la arqueología desempeñó el cargo de director de una revista de crítica de arte. Vinculándose con círculos americanistas de su patria, comenzó a interesarse en los problemas del pasado de esta parte del mundo, hasta que en 1939 llegó al Perú en uno de los momentos más difíciles y angustiosos de su vida. Contratado por la Universidad de Trujillo, asumió la cátedra de Arqueología y la Dirección del Instituto de Antropología en cuya fundación participó. Esta experiencia, que duró hasta 1947, fue su primera toma de contacto con el ambiente arqueológico peruano, cargado de problemas y al esclarecimiento de los cuales dedicaría el resto de su vida. En ese año dejó la capital norteña para establecerse en Lima, asumiendo al año siguiente el cargo de Asesor Aerocultural del Ministerio de Aeronáutica. En 1961 la Mancomunidad Alemana para el Desarrollo de la Ciencia le encargó el Proyecto Chancay; los resultados materiales de estos trabajos fueron admirados en la Exposición que el mismo Horkheimer montara en el Museo de Arte en 1962. Durante este lapso de su vida en el Perú, viajó repetidas veces al extranjero dictando cursillos y conferencias sobre temas de su especialidad. La parca lo llevó un 24 de octubre de 1965, cuando tenía listo un viaje a Alemania donde tenía proyectado un curso universitario sobre arqueología peruana en Bonn y una serie de conferencias en los principales centros europeos. Acababa de ser condecorado por el Gobierno de Alemania con el más alto grado y por el del Perú con las Palmas Magisteriales en señal de aprecio y reconocimiento por la labor realizada. 299 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 La recopilación de su obra va a llevar tiempo ya que se encuentra esparcida en periódicos y revistas, en muchos casos de difícil acceso. Me referiré por eso concretamente sólo a sus trabajos más importantes. En 1940, en la Revista de la Universidad de La Libertad publica algunos datos sobre las ruinas de Tantarica, fruto de una visita realizada con alumnos a modo de práctica1. En 1941 aparece un artículo en Chaski2 en el cual el autor describe las ruinas al nor-oeste del Distrito de Trinidad en el Departamento de Cajamarca haciendo referencias a Tantarica, la quebrada de Chucuimango y a un monolito de Catán. Son artículos descriptivos sin mayor trascendencia. A pedido del alumnado y de personas amigas decide Horkheimer publicar en 1943 un resumen de su curso dictado en la Universidad3. La misma finalidad del texto obligó al autor tratar los temas en forma sencilla, partiendo de definiciones básicas hasta una interpretación muy sumaria de la historia de la época prehispánica, a base de la bibliografía de la época. Este texto tiene, sin embargo, una gran importancia para Horkheimer, ya que en él se encuentran los planteamientos básicos del manual que publicará años más tarde. Su misma inquietud y las obligadas prácticas en el campo llevadas a cabo con los alumnos le hicieron acumular datos y fotografías sobre la costa norte. Todo esto se vio sintetizado en sus «Vistas Arqueológicas del Noroeste del Perú»4, prácticamente una guía que puede cumplir aún hoy a pesar del tiempo transcurrido, su función. Una reimpresión del mismo texto, pero con notable reducción de las láminas, fue publicado en Lima en el mismo año5. 1946 ve aparecer dos versiones de un mismo trabajo: una en Chile6, y la otra en el Perú7, mientras que un año después aparece en Fénix su «Breve bibliografía sobre el Perú Prehispánico”8. Para ese entonces ya Horkheimer estaba reelaborando su curso universitario para convertirlo en un manual de arqueología peruana, cuya falta se hacía sentir. El trabajo en 1 2 3 4 5 6 «La excursión arqueológica a Tantarica organizada por la Universidad de La Libertad». En: Revista de la Universidad de La Libertad, Año XVI, Nº XIII, Trujillo 1940; pp. 145-165 (fotografías y dibujos). «El Distrito de Trinidad, nueva región arqueológica». En: Chaski, Lima, 1941, Vol. I, Nº 3; Pp. 84; pp. 55-59. «Historia del Perú. Época prehispánica». (Resumen del curso desarrollado por el catedrático, Dr.....) Trujillo, Imp. Gamarra, 1943; Pp, 193. (Ilus. incl, mapas). «Vistas Arqueológicas del Noroeste del Perú». Instituto Arqueológico de la Universidad Nacional de Trujillo; Librería e Imprenta Moreno, Trujillo, 1944; Pp. 83. (84 Figs., 1 mapa plegable). «Del pasado Prehispánico del Noroeste Peruano». En: Historia, Año II, Vol. II, Nº 7, Lima, Perú junio 1944; Pp. 149-320; pp. 186-212. (7 fotografías, 1 dibujo). «De la arqueología pre-colombina, Parte I. Rasgos comunes de las altas culturas pre-colombinas». En: Conferencia (Revista de extensión cultural de la Universidad de Chile), Año I, Nº 2; pp. 2-25. Santiago de Chile 1946. «Rasgos comunes de las altas culturas precolombinas». En: Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Departamento de Extensión Cultural. La Universidad y el pueblo. Lima, 1946. Tomo III; pp. 99-115. «Breve bibliografía sobre el Perú Prehispánico». En: Fénix, Nº 5, 1er Semestre 1947, Lima Pp. 372; pp. 200-282. 7 8 300 Hans Horkheimer / D. Bonavia Fénix no es sino el Capítulo II de este manual en preparación, el cual con ligeras modificaciones verá la luz en 1950. Con la ayuda económica de la Universidad de La Libertad, ese mismo año Horkheimer tiene la oportunidad de viajar al sur, para estudiar las enigmáticas «marcas» de Nasca. Resultado de esta investigación son sus notas aparecidas en la Revista de la misma Universidad9, y en las que trata el problema con la ayuda de abundantes ilustraciones. Describe las plazoletas y trata de explicar la forma en que fueron construidas. Se refiere a los dibujos que allí aparecen y a las tumbas y cementerios que se encuentran dentro del área. Discute la posición de Mejía Xesspe que había escrito que las líneas cumplieron la función de caminos y no acepta tampoco la posición de Kosok en el sentido que todo el conjunto hubiera tenido una finalidad de tipo astronómico. Concluye afirmando que las plazoletas fueron dedicadas a reuniones sagradas, las rayas para indicar líneas genealógicas y relaciones de parentesco mientras que las figuras tuvieron objetivo puramente coreográfico. La verdad es que hasta la fecha nadie ha podido demostrar la función exacta de las «marcas», y los planteamientos de Horkheimer son tan hipotéticos como los de los demás autores. Sus descripciones son, sin embargo, importantes para ese conjunto arqueológico en espera de un estudio serio. El año 1950 ve la aparición de dos de los más importantes trabajos del autor: me refiero a «El Perú Prehispánico»10 y la «Guía bibliográfica de los principales sitios arqueológicos del Perú»11. En el primer caso, como en la misma contracarátula dice, se trata de un «Intento de Manual» y representa la publicación más voluminosa de Horkheimer. Aparecía en un momento en que se acababa de editar Andean Culture History de Bennet y Bird (en su primera edición) y cuando se sentía fuertemente la falta, sobre todo en los ambientes universitarios, de un texto general de consulta en español sobre la especialidad. Desgraciadamente por falta de fondos, la obra planeada en varios tomos quedó trunca y, fuera del primero, los demás no aparecieron nunca. El manual ha sido criticado muy duramente, pero en forma injusta. Tiene indudablemente lagunas, pero ningún intento está exento de ellas. No carece por esto de virtudes. No es el momento de entrar en detalles. Cabe sólo poner una atenuante muy fuerte: el material que hubiera significado la parte más importante de la obra se ha quedado en fichas, en vana espera de un editor, y un manual integral, tal como lo concibió Horkheimer, hasta la fecha no se ha escrito. La guía bibliográfica sigue siendo de gran ayuda al profano y al estudioso, por su practicidad. El autor no pretendió en ningún momento buscar con ella originalidad, sino ayudar a sus colegas y al gran público y lo ha logrado. Allí están catalogados los principales sitios 9 “Las plazoletas, rayas y figuras prehispánicas en las pampas y crestas de la Hoya del Río Grande”. En: Revista de la Universidad de La Libertad, 2ª Época, Nº 1, Trujillo abril 1947; Pp. 148; pp. 45-63 (30 ilustraciones). 10 «El Perú Prehispánico» (Intento de un manual. Tomo I). Editorial Cultura Antartica S.A., Lima-Perú, 1950; pp. 291 (7 cuadros, 75 ilustraciones). 11 «Guía bibliográfica de los principales sitios arqueológicos del Perú». En: Boletín Bibliográfico de la Biblioteca Central de la Universidad Nacional de San Marcos, Vol. XX, Año XXIII, Nº 3-4, Lima 1950; pp. 181-234. 301 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 arqueológicos del Perú con sus publicaciones al lado. No se puede negar su valor, sobre todo por la minuciosidad y sistema con que ha sido estructurada. El pequeño trabajo sobre la región de los Huancas12, que publicara el Boletín de la Sociedad Geográfica de Lima, no tiene mayor importancia. Es solamente la descripción de algunas ruinas y notas de viaje. Es una lástima que la visita a la colección Gálvez Durand no se haya hecho con mayor criterio científico. Fanal acoge en sus páginas, en 1955, un artículo de Horkheimer sobre los cinco estilos fundamentales del arte precolombino peruano13. Después de haber tratado en forma general el problema elogiando la cultura antigua y remarcando lo antitético e individual de su arte, se refiere concretamente a cada uno de estos estilos. El autor se explaya demasiado en problemas no relacionados directamente con el tema, dejando de lado aspectos estilísticos importantes. El artículo es falto de originalidad y en el cuadro cronológico que se presenta hay lagunas que ya habían sido superadas en la época. El estudio que editó la UNESCO en Lima en 195814, es sin duda uno de los más importantes, si no el más importante del autor, pero a él me refiero concretamente más adelante al tratar de la edición alemana de la obra que apareciera años después con mejor presentación y con ligeros cambios que no variaron, sin embargo, su estructura. En 1959 se publicaron las Actas del II Congreso Nacional de Historia del Perú en el que tomara parte Horkheimer. Su ponencia trató sobre la arqueología en el valle de Utcubamba15. Como él mismo lo remarcara en la introducción, la idea fundamental del trabajo fue la de dar a conocer los datos ya publicados en otros idiomas sobre el área, completar algunas descripciones a base de experiencias personales y discutir unos puntos. Esto resulta de utilidad para todo aquel que tiene interés en el área y puede servir para futuros trabajos. El Primer Simposio sobre libros de Historia del Perú vio así mismo la participación de Horkheimer16, quien en esta oportunidad se refirió a las publicaciones arqueológicas de Larrabure y Unanue. En el fondo es una rehabilitación de la labor de este ilustre peruano y «un acto de justicia», como textualmente escribiera el autor. La revisión bibliográfica que presenta es una 12 «En la región de los Huancas». En: Boletín de la Sociedad Geográfica de Lima, Tomo LXVIII, Tercero y Cuarto Semestre 1951; Pp. 76; pp. 3-29. (2 fotografías, 1 croquis). 13 “5 estilos fundamentales’ En: Fanal, Vol. X, Nº 42, Lima, 1955; Pp. 36; pp. 7-13. (9 fotografías, 1 dibujo, 1 cuadro cronológico). 14 «La alimentación en el Perú Prehispánico y su interdependencia con la agricultura». Unesco. Programa de estudios de la zona árida peruana. Pp. 106. (Edición mimeografiada). 15 «Algunas consideraciones de la Arqueología en el Valle del Utcubamba». En: Actas del II Congreso Nacional de Historia del Perú, Lima Perú, 1959; Época Prehispánica, Vol. I; Pp. 380; pp. 71-90 (11 láminas). 16 «Las publicaciones arqueológicas de Eugenio Larrabure y Unanue». En: Primer Simposio sobre Libros de Historia del Perú, Organizado por el Centro de Estudios Históricos Militares del Perú, Lima, Perú 1960; Pp. 153; pp. 13-25. 302 Hans Horkheimer / D. Bonavia crítica y, al mismo tiempo, una defensa; se recalcan las ideas precursoras y los datos importantes que Larrabure y Unanue publicó sobre el valle de Cañete. En el mismo año (1960) apareció en Alemania la versión alemana del trabajo sobre alimentación prehispánica a la que hice referencia antes17. No es un libro muy voluminoso pero sí importante, en el que se tratan casi todos los aspectos del problema: características generales de la alimentación indígena precolombina, orígenes de la agricultura en la región andina, importancia de la agricultura y de la alimentación para la ideología y el arte aborigen, fauna alimenticia, factores ambientales relacionados con la agricultura, plantas alimenticias domesticadas y no domesticadas, alimentos minerales, conservación de los mismos, comidas, obras hidráulicas y de cultivo y, finalmente, además de una amplia bibliografía, contribución indígena al mundo. Este trabajo ha sido comentado en más de una oportunidad en forma favorable y estaría demás insistir sobre el tema. Es la mejor recopilación de datos que se ha hecho sobre la materia, con la ventaja de que Horkheimer la ha enriquecido con observaciones de tipo arqueológico. Hay sin duda, como ya lo escribiera anteriormente, algunos puntos discutibles, como el problema de las llamas con el cuello corto, que queda por investigar, pero esto no le quita en absoluto valor a la obra que representa -lo repito- uno de los mejores logros del erudito alemán. Como lo escribiera Rowe en American Antiquity (Vol. 27, Nº 1, 1961; pp. 121) lo más importante es lo referente a Guadalupito; y el punto vulnerable es que le faltó consultar algunos trabajos básicos. Existe una traducción castellana de esta segunda edición y ojalá se publique ya que la primera está agotada. «La Cultura Mochica»18 que publicara la Peruano-Suiza S.A., es una buena obra de divulgación, aunque sin aportes novedosos. Sintetiza todo lo que se había escrito hasta 1961 sobre la cultura norteña, expuesto en forma sencilla y al alcance de todos. Sin duda, la finalidad misma de la serie, en la que se publicó, limitó al autor, impidiéndole dar un aspecto más técnico ya que no hay duda que él conocía muy de cerca el problema que fue de su preferencia. No merece la pena referirme más ampliamente a la serie de artículos que figura en El Serrano19, 20, , y en Caretas23, y que tenían únicamente fines de divulgación; así como las notas aparecidas, a modo de introducción, en el pequeño catálogo24 de la exposición sobre Chancay realizada en 1962. 21 22 17 «Nahrung una Nahrungsgewinnung im vorspanischen Perú». Bibliotheca Ibero-Americana. Colloquium Verlag. Berlín, 1960; Pp. 155 (1 plano, 4 tablas, 16 fotografías, 6 dibujos). 18 «La Cultura Máchica». Las Grandes Civilizaciones del Antiguo Perú, Tomo I; Lima, 1961 (Peruano Suiza, S.A.) (15 fotografías en color y blanco y negro; 1 dibujo, 1 mapa, 1 cuadro cronológico). 19 «An Outline of Peruvian Archaeology». En: El Serrano, Cerro de Pasco Corporation, August 1916; Pp. 18; pp. 12.14 (6 fotografías). 20 «Un bosquejo de Arqueología Peruana», (I Parte). En: El Serrano, Cerro de Pasco Corporation, Agosto, 1961; Pp. 18; pp. 12-14 (6 fotografías). 21 «An Outline of Peruvian Archaeology» (II Parte). En: El Serrano, Cerro de Pasco Corporation, Sptember, 1961; Pp. 22; pp. 10-11, 14-15 (1 mapa, 7 fotografías). 22 «Un bosquejo de Arqueología Peruana» (II Parte). En: El Serrano, Cerro de Pasco Corporation, Setiembre, 1961; Pp. 22; pp. 10-11, 14.15 (1 mapa, 7 fotografías). 23 “La Fortaleza de Huaura”. En: Caretas, Lima, 5 de noviembre de 1962; pp. 30 y 38 (1 fotografía). 24 «Arqueología del Valle de Chancay» (9 fotografías, 1 cuadro cronológico). 303 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 Como ya indiqué al principio, en el año 1961 Horkheimer había organizado y dirigido un proyecto bastante amplio en el valle de Chancay y precisamente al momento de su muerte estaba en plena labor con los materiales, preparando un voluminoso informe. Todo lo que nos queda de estas investigaciones, hasta el momento, es el artículo que en 1963 apareciera en Cultura Peruana25. Este, a pesar de su brevedad, ofrece algunas ideas de la labor realizada ya que explica sumariamente el desarrollo cultural del valle haciendo mención inclusive a algunos estilos cerámicos nuevos. Desgraciadamente no se sabe con exactitud a qué quiso referirse Horkheimer y sin la publicación de sus notas no se podrá conocer su pensar. La hipótesis que plantea sobre el estilo Teatino no es novedosa y ya había sido publicada anteriormente. Se refiere: también a un estilo «Chancay-Propio» (que él subdivide en tres fases), que según tengo entendido no es exactamente el Chacay Negro/Blanco tradicional. En este caso tampoco sabemos a qué quiso referirse concretamente y ojalá se aclare el problema a base de sus escritos inéditos. El resto del artículo se refiere a la textilería, al problema demográfico del valle y a los aspectos arquitectónicos. El cuadro tentativo que presenta es discutible en algunos aspectos, pero sin una explicación tampoco es interpretable en su totalidad. En 1963 publica en Saeculum un artículo en alemán26 y un año después la Dirección de Fanal le pide una síntesis de los últimos adelantos de la arqueología peruana27. La materia es presentada con cierta superficialidad y hay afirmaciones un tanto apresuradas. El cuadro genético de la cultura está estructurado con lógica y es lo más útil del artículo que está lujosamente ilustrado. El último trabajo propio que vio aparecer Horkheimer fue «Vicus. Manifestaciones de una cultura nebulosa»28 que escribiera para el catálogo de una exposición que él mismo dirigiera. Es bien, sabida toda la problemática qué gira alrededor de este aún misterioso estilo norteño que no ha sido estudiado científicamente hasta la fecha, si excluimos el trabajo de Ramiro Matos que no ha sido publicado. Resulta, pues, que ésta viene a ser la primera publicación aparecida sobré el tema. No disponía Horkheimer de muchos datos, de modo que no se puede criticarlo sino se debe más bien encomiarlo por haber dado a publicidad lo poco que se sabía. En escasas páginas hace una historia de los hallazgos, se refiere al área geográfica donde el estilo al parecer se viene encontrando, y hace al mismo tiempo una descripción sumaria del mismo. Sugiere la posibilidad de la existencia de diferentes fases dentro del mismo estilo, lo cual a juzgar por los materiales tiene fundamento. Plantea sus relaciones con Moche y discute el problema de la metalurgia. No se podía en realidad hacer más en ese entonces. 25 «Chancay prehispánico: diversidad y belleza». En: Cultura Peruana, Año XXIII, Lima, enero-abril de 1963; Vol. XXIII, Nº 175-178; sin numeración de Pp (pp. 62-69). (12 fotografías, 1 cuadro simplificado del desarrollo cronológico-estilístico en el Valle de Chancay). 26 “Zum heutigen Forschungsstand im mittleren Andenraum”. En: Saeculum, XIV, 3-4; pp. 286-307. Freiburg y Muenchen, 1963 (2 dibujos). 27 «La arqueología peruana en marcha». En: Fanal (Suplemento Especial), Vol. XIX, Nº 69, Lima, 1964; Pp. 16 (20 fotografías en color y blanco y negro, 1 cuadro evolutivo del Perú Prehispánico, 1 mapa). 28 “Vicús, Manifestaciones de una cultura nebulosa». En: Vicús. Serie Orígenes del Arte Peruano. Ediciones del Instituto de Arte Contemporáneo de Lima; Pp. 28; pp. 7-28 (12 fotografías, 1 mapa, 2 croquis). 304 Hans Horkheimer / D. Bonavia Desde hacía mucho tiempo, Horkheimer había prometido al Museo Nacional de Antropología y Arqueología una síntesis bibliográfica a base de sus anteriores trabajos, re-elaborados y puestos al día. Sus múltiples ocupaciones no le permitieron terminarlo y antes de entrar en el hospital, del cual no saldría con vida, quiso entregar la parte que tenía lista y se refiere concretamente a la costa norte. Se ha cumplido con publicar este material, a pesar de ser incompleto29, como homenaje al maestro desaparecido. Para ello vale lo mismo que dije líneas arriba para la bibliografía de sitios arqueológicos publicada en San Marcos. Es una obra de consulta útil a pesar de que, debido al apuro probablemente, presenta una serie de lagunas. También como obra póstuma, acaba de publicarse «La Cultura Inca»30, que el autor dejó inconclusa. Ha sido terminada por Federico Kauffmann de modo que aparece con los nombres de ambos autores. A Horkheimer le pertenecen tan sólo las primeras 78 páginas y así está indicado. Sería muy largo sintetizar el contenido, que comienza con la discusión del origen del nombre Perú. Los cronistas y viajeros son tratados en forma sumaria, así como los antecedentes del incario. Menciona tan sólo la mitología referente a los orígenes y plantea una posible interpretación. Se ha estructurado un cuadro para tratar de demostrar que la confusión en lo que respecta a la lista de los soberanos incaicos no es tan grande como se cree y que el problema es mayor en lo que se refiere al relato de los acontecimientos. Se muestra partidario de la expansión lenta contra la tesis violenta aceptada casi unánimemente en la actualidad. Dedica un acápite especial al Imperio, aceptando el paternalismo incaico y remarca especialmente la personalidad de Pachacutec. Al referirse al Cuzco acepta su importancia pero insiste en que se ha exagerado su valor urbanístico, arquitectónico y estético pre-español. En la parte en que debió tratar la obra de Tupac Yupanqui, ha quedado trunco el manuscrito. Da la impresión que Horkheimer para escribir esta obra, siguió el plan trazado para «El Perú Prehispánico». En términos generales no sale de los conceptos clásicos y es difícil atribuirle originalidad, tomando en cuenta además que se trata de un opúsculo de divulgación científica. Pero es difícil dar una juicio definitivo, si se toma en cuenta que la parte medular del mismo estaba involucrada en aquellos capítulos que Horkheimer no logró escribir. Esta no es la única obra dejada trunca. Quedan, en forma de manuscrito, parte de la «Historia marítima del Perú: El mar prehispánico» que estaba preparando; en forma de fichero, su «Vocabulario muchik-castellano y viceversa» que iba a publicar el Museo Nacional de Antropología y Arqueología; además, seguramente debe de existir una serie de notas sobre la Misión Arqueológica Chancay, etc. Pero la gran obra de Horkheimer no está en lo que he mencionado hasta este momento: sino más bien en ese fichero que reúne casi todo lo publicado sobre arqueología peruana. Su labor 29 «Identificación y bibliografía de importantes sitios prehispánicos del Perú». Arqueológicas, 8, Publicaciones del Instituto de Investigaciones Antropológicas. Museo Nacional de Antropología y Arqueología, Pueblo Libre, Lima 1965; Pp. 51 + B14. 30 Con Federico Kauffmann Doig. «La Cultura Inca». Las Grandes Civilizaciones del Antiguo Perú, Tomo V, Lima 1965, Peruano Suiza S.A.; Pp. 154 (5 dibujos, 1 croquis, 2 cuadros, 12 láminas en color, 23 fotografías en blanco y negro, 1 lámina anexa con 3 croquis). 305 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 paciente de años, con el método típicamente tudesco, que sólo una mentalidad ordenada como la del maestro podía haber realizado. Este fichero es probablemente único en su género y es necesario publicarlo. Los que hemos recurrido a él innumerables veces, sabemos mejor que nadie su valor. No me atrevería a mencionar siquiera la cantidad de estas fichas reunidas en 26 ficheros, si mal no recuerdo. Y qué decir de su archivo fotográfico donde en un escrupuloso orden se podían conseguir las imágenes de cuantas ruinas hay en el Perú o de otras que ya no existen. O de su biblioteca, pequeña pero selecta en la que tantas veces hemos leído e investigado bajo el consejo del viejo amigo. No se puede decir, en honor a la verdad, que Horkheimer fue un arqueólogo en el verdadero sentido de la palabra. Le faltó ser arqueólogo de campo y sus investigaciones en Chancay así lo han demostrado. Como con acierto escribiera Muelle «la verdadera labor que lo absorbió estuvo en los dominios del bibliófilo y erudito en arqueología peruana”. Pero el espíritu que lo dominaba era único. Trabajador infatigable no ponía límites a sus tareas; no se cansaba jamás de escribir y reclamar en cuantas ocasiones podía en pro de la defensa del patrimonio arqueológico; amigo de todos nunca se le ha oído hablar mal de nadie, ni siquiera de sus enemigos, y los tuvo. Paternal con los alumnos, estaba listo a ofrecer consejos y a brindar ayuda en lo que estaba a su alcance. Hasta en la cama del hospital, de la que nunca se levantaría, imploraba a los médicos y amigos que lo ayudaran a reponerse porque “le quedaba aún mucho por hacer». Cuando salía a visitar los sitios arqueológicos era incansable también, a pesar de que el asma y probablemente ya el cáncer, lo estaban continuamente acosando. Corría aquí y acullá con su boina en la cabeza, su bastón y la vieja Rolleiflex, fiel compañera de tantas alegrías y de tantos sufrimientos. Cuantas veces los amigos compartimos con él el pan a la sombra de algún muro precolombino discutiendo y conversando, y pensando en un futuro mejor para nuestra arqueología -con cuya esperanza seguramente murió Horkheimer- pero que aún no se vislumbra. Los que tuvimos la suerte de conocer de cerca al «viejo Hans» no podremos olvidarlo jamás por su ingenuidad que no logró nunca comprender la viveza criolla, su erudición al servicio de todos, su amor al pasado que no tenía límites ni barreras. Pero esencialmente lo recordaremos siempre por su bondad, porque Hans Horkheimer fue un hombre bueno; y ésta, en el mundo de hoy, es una virtud que difícilmente se alcanza y aún más difícilmente se conserva. Nota: El original ha sido publicado en el año 1966 en la Revista Peruana de Cultura, 7-8. Lima. pp. 161-175. 306 Don Oscar Lostaunau / D. Bonavia Arqueología y Vida 2007, Nº 1, págs. 307-310 DON OSCAR LOSTAUNAU Duccio Bonavia Conocí hace muchos años a Oscar Lostaunau. Corría el año 1958. Yo era aún estudiante y esa era mi primera práctica de campo. Viajaba con David Kelley rumbo a Piura. Oscar nos esperaba en el Hospital Lafora de Guadalupe, donde trabajaba, y nos acogió afablemente. Recuerdo claramente su figura baja y regordeta, sus ojos vivos, el pelo blanco ensortijado y una sonrisa alegre en su boca. Nos quedamos en Guadalupe varios días recorriendo las ruinas de la región. Me impresionó Pacatnamú. Era la segunda vez que llegaba a ese conjunto monumental, había estado allí en 1953. Me quedé asombrado cuando pude comprobar que en los cinco años que habían transcurrido, no se veían huellas de excavaciones clandestinas. Y lo mismo pude comprobar en los otros sitios arqueológicos de la comarca. Para nosotros, que veníamos viajando por tierra desde Lima, visitando los principales sitios arqueológicos, esta realidad tan diversa parecía increíble. El abandono y la depredación de los huaqueros no habían afectado sólo a los sitios alejados o los cementerios perdidos, sino también a los yacimientos importantes y famosos. Habíamos estado en Paramonga, en Chan Chan, donde comprobamos que ni siquiera esos conjuntos se habían librado de la acción vandálica. Eso no se veía en el área de Pacasmayo. En las noches, bajo los árboles de la Plaza de Armas de Guadalupe, o en la casa de Oscar, conversamos largamente sobre este asunto y allí conocí la verdad. Oscar Lostaunau había ideado un sistema, basado en la educación de las autoridades y de las comunidades indígenas, por medio del cual era posible mantener protegido el patrimonio arqueológico. Asombrado y lleno de admiración, publiqué ese mismo año un artículo en El Comercio de Lima, dedicado a Lostaunau y a su obra (1958). Fue mi primer artículo periodístico. Ha pasado más de un cuarto de siglo, desde entonces, y la gran admiración de 1958 se ha convertido en una inquebrantable amistad. Hoy se me pide escribir unas líneas en honor de este viejo y querido amigo. La tarea es difícil. Cuando hay de por medio una amistad de esta naturaleza, existe siempre el temor que el elogio sea mal interpretado y que la pluma se deje llevar por los sentimientos. Además, renacen los recuerdos y no se sabe por dónde empezar. Regresan a mi memoria miles de imágenes y cada cual tiene su historia que contar. Están allí Mórrope con sus conchales, Nanchoc, que hoy se está volviendo famoso y que Oscar nos enseñó palmo a palmo en aquel entonces. La Calera de Talambo donde, sin quererlo y en forma totalmente inesperada, nos vimos envueltos en una asonada campesina y solo el prestigio de Oscar nos salvó de una 307 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 situación difícil, y Moro y los tantos sitios del valle de Jequetepeque y el de Zaña con sus ruinas coloniales. En fin, son tantos los recuerdos… Pero pienso que, a pesar de todo, cualquier cosa que se diga de Oscar será siempre poco en comparación con lo que ha hecho. Oscar Lostaunau no es un arqueólogo profesional. Su origen francés se pierde en los albores de la colonia, y gran parte de su vida la dedicó a la práctica hospitalaria. Pero sus horas libres las empleaba en otras actividades, fundamentalmente a la arqueología, de la que ha sido siempre un enamorado. En efecto, durante mucho tiempo ha sido inspector ad-honorem de los diferentes organismos burocráticos que con el pasar del tiempo han tenido a su cargo la defensa del patrimonio monumental. Esto lo llevó no solo a reconocer cuidadosamente todos los conjuntos arqueológicos, sino a ubicarlos en el mapa y delimitarlos. De modo que él se ha convertido en la persona que más conoce esa región, desde el punto de vista arqueológico, y si bien ha publicado poco, él ha entregado su conocimiento sin reticencias ni egoísmo a cuantos lo han necesitado. No hay arqueólogo que haya trabajado en la Costa Norte que no conozca a Oscar y no tenga alguna deuda de gratitud con él. Él puede estar orgulloso de haber guiado y haber trabajado con los más renombrados arqueólogos que han tenido interés en la arqueología peruana. Desde Kosok, Schaedel, Ubbelohde-Doering, Disselholf, Izumi y Muelle, hasta las jóvenes generaciones de los Hecker, Keatinge, Conrad, Donnan y tantos otros. Y su ayuda ha sido siempre múltiple. Desde conseguir facilidades de alojamiento, hasta la mano de obra, la organización, el equipo, la ubicación de los sitios, e inclusive, la ayuda física. Su carácter jovial estaba siempre presente, siempre presto a levantar el ánimo frente a cualquier dificultad. Nunca lo he conocido pesimista. Su espíritu altruista es de un desprendimiento admirable. Nunca ha escatimado sus notas y sus fotografías cuando alguien las ha necesitado, y las ofrece con la misma naturalidad y alegría con las que brinda su buen clarito guadalupano en las largas noches de charlas y discusiones sobre temas de interés común. Soy uno de los que han tenido la suerte de conocer muy de cerca a Oscar. Juntos hemos caminado mucho bajo el sol abrasador norteño, en el desierto, entre los algodonales, o en las tierras húmedas de los arrozales. Sobre la dura piedra o en la arena blanda. Puedo decir que mucho he aprendido de él. Sobre la arqueología y sobre la vida. Mi libro sobre pinturas murales (1974 y 1985) le debe mucho, pues él llegó a salvar evidencias que de otra manera se hubieran perdido. Puedo afirmar que Oscar Lostaunau forma parte de esa categoría de hombres que desafortunadamente se está perdiendo. De aquellos que sienten que la vida es una tarea, pero que el resultado es de todos. De aquellos hombres que hacen Patria a la sombra y en el silencio, sin pedir nada, y que se sienten satisfechos con haber entregado todo. De aquellos autodidactas que sin haber pisado nunca una universidad, hacen ciencia en forma seria y honesta. Sin alborotos, sin pretensiones, sin buscar publicidad, con cariño y con gran humildad. 308 Don Oscar Lostaunau / D. Bonavia Hoy, retirado de la vida pública, con el constante peligro de un infarto, Don Oscar, como se le llama cariñosamente en el Norte, sigue ayudando y cooperando. Es el supervisor, asesor y el amigo del proyecto que dirigen Donnan y Cock en Pacatnamú. Y es que su filosofía es el trabajo, y es éste, probablemente, el que le ha permitido seguir viviendo. Pero también porque Oscar debe sentir una gran tranquilidad espiritual, al saber que la tarea que le encargó la vida ha sido cumplida satisfactoriamente y en la mejor de las maneras. Es, para mí, un honor poder dejar expresados estos sentimientos en forma pública, porque amistades como la de Oscar sólo pueden enorgullecer. Ellas le dan un sentido a la vida y, en los momentos de crisis, nos hacen seguir el camino trazado, incluso cuando surgen grandes dudas en el camino. Después de más de treinta años dedicados plenamente a la arqueología peruana, pienso que tengo el derecho de tomar su palabra y, en su nombre, decir: muchas gracias Oscar. Y en ello va incluido todo nuestro agradecimiento, nuestro afecto, nuestra admiración y nuestro deseo que los dioses prehispánicos te conserven por mucho tiempo, para que sigas brindando consejos llenos de sabiduría. Nota: El original ha sido publicado en el año 1986 en The Pacatnamú Papers, Vol. 1. C.Donnan y G.A. Cock,editores. Museum of Cultural History, University of California. Los Angeles. pp. 1112. 309 Arqueología y Vida, Nº 1, 2007 310