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La fuerza ciega del progreso Jorge Komadina El progreso es una creencia –una ideología- antes que una realidad

material o una forma de organizar la economía y la sociedad. He llegado a esta conclusión después de leer las declaraciones del presidente y el vicepresidente del flamante Estado Plurinacional sobre el conflicto del Tipnis; ellas revelan una piadosa pero compulsiva fe en el progreso, la religión secular del mundo moderno. A ratos, en la clave analítica del primer pensamiento estructuralista, tengo la impresión de que el mito del progreso “habla” por nosotros. Sea como fuere, decía que el progreso es el imaginario central de la época moderna, compartido por el liberalismo como por el socialismo marxista, criaturas nacidas del vientre de la sociedad industrial, pero cuyo código genético se remonta a la concepción judeo cristiana del tiempo. En verdad, la idea de progreso amalgama tres imaginarios poderosos. Primero, ella enfatiza el dominio-instrumental de los hombres sobre la naturaleza, que ha sido percibida como un medio de producción, pero también como una esfera separada de la cultura y opuesta a ella; en suma, algo que debía ser domado y aprovechado. En segundo lugar, la idea de progreso se confundió con la representación moderna de la historia, narración del proceso evolutivo de formas simples de organización social (comunitarias) hacia formas superiores y complejas encarnada en las instituciones y valores la sociedad industrial. A propósito, la idea de revolución no sólo es tributaria del paradigma evolucionista, implica la radicalización del progreso y la aceleración de la historia. El progesista y el revolucionario son almas gemelas. Tercer imaginario: en el siglo XIX, la ideología del progreso ha consagrado la idea del crecimiento económico o desarrollo como medio para resolver las carencias económicas, políticas y culturales de las poblaciones, sobre todo de aquellas que fueron estigmatizadas como sub-desarrolladas. Pero las magníficas promesas del progreso no tardaron en mostrar sus límites, su fuerza ciega. La extraordinaria expansión de las “fuerzas productivas” en la época del capitalismo global, basada en la tecno-ciencia, ha provocado una crisis ecológica que amenaza con destruir toda forma de vida en el planeta Tierra. La razón es muy simple: los países ocupan y trabajan más superficie de la que disponen y consumen más energía de la pueden disponer por medio de la sobreexplotación –catastrófica- de los recursos fósiles y minerales. Citando a Paul Valery podríamos decir que ha comenzado el tiempo del mundo finito La promesa de una sociedad más justa y mejor organizada –Metrópolis- ha derivado en la construcción de sistemas políticos totalitarios, genocidas, racistas e intolerantes. Finalmente, lejos de haber superado la pobreza y la desigualdad, el extraordinario crecimiento material de la sociedad capitalista ha conducido a la apropiación privada de la riqueza y ha acentuado como nunca antes la brecha entre pobres y ricos. Progreso, desarrollo y crecimiento son las palabras “tóxicas” que deben ser des-construidas para hablar en serio del futuro.

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