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Las tortugas pueden volar

Carlos Bonfil

Tomado de: La Jornada, 16 de abril de 2005

EN UNA DE las secuencias más impresionantes y emotivas de la película


Kandahar, del iraní Mohsen Makhmalbaf, un grupo de mutilados de guerra
corren a campo traviesa ansiosos de recuperar las prótesis que desde
un helicóptero les lanzan los organismos de ayuda. Esta imagen cruda
de la vida en Afganistán bajo el régimen talibán, filmada en la
frontera afgano-iraní, es referencia visual inevitable para el relato
del cineasta kurdo Bahman Ghobadi, Las tortugas pueden volar, filmado
en otra frontera nómada, el territorio de Kurdistán, enclavado entre
Irak y Turquía. En este campo de refugiados deambulan decenas de niños
huérfanos, muchos de ellos lisiados por explosiones de esas minas de
guerra (llamadas, por su forma, "tortugas"), que ahora deben
desactivar para venderlas al comerciante kurdo, quien luego las
venderá más caras. Oficio peligroso, despiadadamente irónico, ejercido
por las propias víctimas infantiles, una de las cuales, privada de
brazos, se ha vuelto experta en desactivarlas con la boca.

EN ESTE IRAK kurdo, vasto campo de refugiados, destaca la figura del


adolescente Soran, líder en el oficio de desactivar minas, cuyo
sobrenombre, Satélite, proviene de su habilidad para procurarse y
colocar las antenas parabólicas que permiten el acceso a la
información occidental sobre el inminente conflicto bélico con Estados
Unidos. Parecido a un comandante en jefe, Soran organiza su propio
ejercito infantil, distribuye órdenes y encargos, es negociador nato y
autoridad incontestable en el campo. La llegada de Hengov, un joven
lisiado, dueño de un misterioso don de videncia, altera este orden e
instala una rivalidad. Capaz de predecir un accidente o una
catástrofe, él es la persona indicada para anunciar, antes que la
televisión, la caída de Hussein o el inicio de una guerra.

HENGOV TIENE UNA hermana, Agrin, y ésta un hijo ciego de tres años,
Rega. A través de esta pequeña familia, el director esboza una
historia paralela, la del rencor implacable de Agrin, quien fuera
violada por mercenarios cercanos a Hussein en los tiempos en que Irak
buscaba aniquilar a la población kurda mediante la devastación
territorial y el uso de armas químicas. Agrin rechaza así al producto
de la violación, impresentable ya, según la rígida moral de su
comunidad, y del cual trata infructuosamente de deshacerse.

MUY PRONTO, LAS tortugas pueden volar abandona su naturaleza de relato


realista, en ocasiones descarnado, para volverse una fábula moral. La
guerra inminente se vuelve un espectáculo, presenciado con perplejidad
en esa televisión en la que nadie entiende nada, pues el habilidoso
Satélite se encarga de traducir a su antojo el inglés que pretende
conocer muy bien. Los soldados estadunidenses no aparecen como
enemigos, sino como extraños seres de ciencia ficción o de historieta,
que llegarán para resolver los problemas, eliminar la miseria, e
instalar un nuevo orden. Este mundo de fantasía, diametralmente
opuesto a la destrucción física y moral que anuncia el conflicto
bélico, se concentra en imágenes líricas como la de un lago donde
viven peces dorados, y que en realidad es territorio de muerte, o en
la intensa fraternidad entre Satélite y su lloriqueante asistente
Shirko.

BAHMAN GHOBADI CONSIGUE un estupendo equilibrio entre tragedia y


comedia al mostrar en múltiples facetas las existencias errantes de
estos "niños del fin del mundo", tan cercanos a los protagonistas
huérfanos de Stray dogs, de la iraní Marziyeh Meshkini, y a los
adolescentes de El tiempo de los caballos ebrios, otra cinta suya
donde los ritos de iniciación a la madurez son también reflejo de la
realidad en Kurdistán, una región dividida, continuamente amenazada,
sin esperanza de ser patria o de vivir en paz, y con un ánimo similar
de sobrevivencia.

PREMIADA COMO MEJOR película en el reciente Festival Internacional de


Cine Contemporáneo de la Ciudad de México, Las tortugas pueden volar
ha sido también la mejor selección de esta Muestra.