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GARMENDÍA

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BUENOS

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LIBRERÍA L A F A C U L T A D , DE JUAN ROLDAN
436—FLORIDA—436

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DEL BRASIL, CHILE Y P A R A G U A Y

JOSE I G N A C I O

GARMENDIA

'53300

DEL BRASIL; CHILE Y PARAGUAY
GRATAS REMINISCENCIAS
PRIMERA PARTE

BUENOS

AIRES

LIBRERÍA L A F A C U L T A D , DE JUAN ROLDAN
436—FLORIDA—436

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Ífi D I C E
Págs. Carta abierta a manera de prólogo Advertencia.—Rasgos biográficos del señor general de división don José Ignacio Garmendia Ecos de las fiestas en Chile Impresiones de un viaje a Chile . Delegaciones de alumnos en el «San Martín» En la fiesta del Circulo Militar Argentino En el número especial del Circulo Militar En la colocación de la placa argentina en el monumento del general O'Higgins el 22 de marzo de 1904 En el banquete de la Escuela Militar Discurso del general Garmendia pronunciado el dia 17 de septiembre de 1906 en el banquete de la Municipalidad de Santiago de Chile Discurso del general Garmendia el dia del banquete del ministro de la Guerra de Chile en el Club de Santiago el 24 de diciembre de 1910 Ecos de las fiestas de Rio Janeiro Notas fugaces El ejército brasilero en la guerra del Paraguay 7 11 27 34 49 53 55 56 60

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68 74 78 84

MISCELÁNEA LITERARIA
Viajes y exploraciones de la comisión argentina de límites . . . Principio de lareacción libertadora contra el despotismo de Rozas. llMontevideoü , Héroes hermanos La gloria . La Hermana de la Caridad La esperanza 101 110 133 134 135 138 145

VI

ÍNDICE PágS.

He sufrido Los conquistadores del desierto «El fuego sagrado» El Viernes Santo

,

.

.

148 151 156 160 163 166 173 177 185 196 201 210 225 !30 234 237 255 258 268 272 277 283 292

El dolor Los que fueron Los servicios a la patria El «Ángelus» de la tarde Cara defensa Oración fúnebre dicha por el general José Ignacio Garmendia, sobre el féretro del general Mansilla El Paraguay durante la guerra contra la Triple Alianza . . . . El ramillete de mayo La mujer del soldado Jorge Newbery Sobre un libro Aclaración sobre la batalla de San Ignacio Iniciativa en la guerra Las ruinas del templo de San Miguel La defensa de la mujer La guerra del Paraguay Lo inexacto en la historia El caballo de guerra argentino Los nipones

JOSÉ IGNACIO GARMENDIA

Carta abietta a manera de prólogo
Mar del Plata, Enero 16 de 1915 Señor general José Ignacio de Garmendia Mi respetado general: Usted me dispensa una honra al pedirme un prólogo; se la agradezco profundamente y me permito observarle que un libro suyo no necesita ser prologado. TJn prólogo es una. presentación del autor o un juicio de la obra. El general José Ignacio de Garmendia es una personalidad notoria y sus escritos han sido ya juzgados por literatos como el general Mitre, Ricardo Gutiérrez, Joaquín V . González, Vicente Fidel López, Miguel Cañé. Quedo muy obligado y reconocido a la singular distinción que usted me confiere, y, en vez de prólogo le dirijo esta carta en la que, invocando mi carácter de profesor universitario de historia argentina, formulo a usted, públicamente, _ un pedido : escriba, señor General, sus memorias. Es usted uno de los sobrevivientes de la generación nacida bajo la tiranía, que luchó reciamente por la organización de la República. Reúne usted en su persona al valeroso soldado del Paraguay y del desierto con el hidalgo de alta cepa, exponente de la vieja y señoril cultura porteña.

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Ha pasado usted por los campos de batalla con la misma gallardía aristocrática que trasciende de su persona en los salones y en el club. Muchas veces al verle, en el Círculo de Armas, hacer esgrima con arrogante agilidad, he imaginado que así fueron los caballeros de espada y capa, de aventuras heroicas y galantes. Es usted, señor General, un romántico sincero—permítame esta expansión que no podría ser tachada, en manera alguna, de irrespetuosa—y he aquí uno de los bellos rasgos de su bello espíritu. El soplo de genuino romanticismo que exalta el alma inflamándola intensamente, perdura, ardiente aún, bajo sus canas. Ello explica, señor General, muchas líneas de su noble vida, rebosante de juventud, y da relieve a su obra literaria límpida, vibrante de optimismo y de pasión por todo lo generoso y lo bello. Remueva usted su pasado fecundo, henchido de recuerdos y de escenas históricas en las que usted fué testigo o protagonista y reconstruyalo con su pluma cálida y espontánea. Hace pocos días ¿ l o recuerda, señor? en el «hall» del Círculo estuvimos pendientes largo rato de su palabra evocadora, que nos pintaba con vivacidad y color a Rozas, a tipos de la tiranía, que usted conoció, y nos narraba episodios del viejo ejército argentino, en cuyas glorias usted ha cooperado. Sus memorias serán las de un guerrero amable y artista que cruza la vida como un gentilhombre, y que no reposa después de haber labrado en días lejanos, con ilustres compañeros, los cimientos de la Argentina constituida. Las páginas que usted publica ahora, en un volumen, reflejan, como todo lo suyo, señor, su amor a la belleza y al generoso calor de su pluma. Ofrece usted un hermoso ejemplo a la juventud argentina.

PLANO DE LA BATALLA DE SAN IGNACIO

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rt Me juzgaría usted como un impertinente si insistiera en mi pedido? Saque, señor General, de las panoplias de su armería la espada flexible y bruñida, busque entre las hojas íntimas la flor, fresca todavía, de sus recuerdos, y remonte con ellas, para mostrarnos el curso de su vida, que se confunde con el de nuestra historia durante medio siglo. Soy de usted su respetuoso amigo
CARLOS IBARGÜREN

ADVERTENCIA
Como la obra de que es autor el señor general de división don .José Ignacio Garmendia, la ha donado a nuestra casa editora sin remuneración ninguna, nos permitimos dar algunos ligeros rasgos biográficos sobre su figura política, militar y literaria. Ellos sintetizan su fecunda acción en las múltiples actividades a que consagró su vida militante, de proficuos resultados para la organización de las instituciones argentinas.

R a s g o s biográficos del señor general de división

don José Ignacio Garmendia
Estamos en presencia de un notable militar y ciudadano, en cuya doble función ha desplegado siempre una actividad que es un ejemplo digno de consignarse en las páginas de un libro. Es un soldado de la espada y de la pluma, pues en estos dos puntos del escenario de la lucha humana ha dejado' una lumbre que no se extinguirá nunca, aunque el tiempo con su avance destructor y continuo, pretenda influir en ello por un principio natural y regulador de las cosas... Constituye el general Garmendia una perso-

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nalidad simpática y distinguida del país; hombre de temple superior, de carácter noble y recto al propio tiempo, que ha servido a la patria con toda abnegación y patriotismo, siempre resuelto, siempre altivo, sin vacilaciones ni mezquindades. El señor general de división don José Ignacio Garmendia nació en Buenos Aires, siendo sus padres don José Ignacio de Garmendia y doña Manuela Suárez de Lastra, miembros de una antigua y noble familia de la sociedad. Desde muy joven tuvo vocación por la carrera de la jurisprudencia, iniciando con éxitos halagüeños sus primeros estudios en la Universidad de Buenos Aires. La época era borrascosa. Las disidencias políticas se habían impuesto, trastornando el funcionamiento perfecto de las instituciones y la prosecución de la gran obra que se viene cimentando desde 1859 al presente. El deber del patriotismo lo llevó a tomar las armas en defensa de los principios de la libertad y de la civilización, y con el esfuerzo constante de su generosa voluntad, se le ha visto bizarro y enérgico en la hora de las supremas decisiones, dispuesto a contribuir a la consumación del magno ideal institucional. Guiado por estos sentimientos de su corazón, abandonó sus brillantes estudios y, en compañía de otros jóvenes patriotas de la época aquella, corrió presuroso a alistarse en las filas gallardas del Ejército nacional. Empezó su carrera militar en 1859 en el Batallón 1.° del Regimiento 1.° de la ciudad, en calidad de soldado distinguido. En Junio del mismo año marchó a Martín García, en la compañía del capitán Héctor Várela,

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permaneciendo en este punto dos meses, bajando luego a Buenos Aires. En el mismo año se le otorgan los despachos de subteniente de bandera del batallón que comandaba el comandante don Emilio Castro. Por este entonces, marchó el referido cuerpo a la campaña de Cepeda; encontróse en San Nicolás, hasta que se libró la batalla, y tomó parte en el último acto de la retirada por haber salido este batallón a proteger esta operación. Después de estos episodios guerreros, se halló en el combate naval frente a San Nicolás, bajando en seguida a Buenos Aires para asistir al corto sitio que puso a esta plaza el general don Justo José de TJrquiza.
CAMPAÑA DE PAVÓN

El 28 de Julio de 1861 ascendió al grado de teniente 2.°, y transcurrido algún tiempo después, se le destaca de guarnición en un buque de la escuadra, que lo mandaba el comandante Mazzini. Este barco se encaminó en dirección a San Nicolás, con la misión delicada de observar los movimientos de los buques que componían la escuadra del general TJrquiza. Desarrolladas estas escenas, se le ordena bajar a Buenos Aires, incorporándose el teniente Garmendia a su batallón, que se encontraba acampado en su destacamento en Villa de Mercedes. Las divisiones del Ejército de Buenos Aires desde este campamento marcharon a los campos de Pavón, donde se dio la batalla en que tomó parte activa el actual general don José Ignacio Garmendia. Formaba en las filas del batallón del comandante don Emilio Castro, con el grado de teniente. El arrojo de este oficial llamó reiteradamente la.

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atención de todos, elogiándose el entusiasmo de que dio brillante prueba con ese porte marcial del soldado valeroso, digno émulo de sus antecesores. En la noche se le destaca con seis hombres de avanzada sobre el flanco de la estancia de Palacios ; aquí tuvo lugar un tiroteo con un grupo enemigo, al que tomó varios prisioneros. Más tarde toma parte en la retirada del ejército hacia San Nicolás y en la operación que desde este punto se inició al Pergamino, marcha que fué hostilizada por las fuerzas del general tTrquiza. Desde este punto marchó con el general Flores a incorporarse al grueso del ejército, el que luego de haberse todo unido siguió al R o sario. Concluida la campaña regresó el teniente Garmendia con su cuerpo a Buenos Aires.
CAMPAÑAS DEL PARAGUAY

En 1864 había sido nombrado oficial de la Legación Argentina en Montevideo y Río Janeiro, con el ministro Mármol. En 1865, al declararse la guerra del Paraguay, renunció su puesto, que le aseguraba una hermosa carrera que se adaptaba a su temperamento social, para marchar de capitán de Guardias Nacionales a esa campaña, donde estuvo los cinco años que ella duró. El 14 de Mayo de 1865 fué ascendido a capitán de la 1. compañía del primer batallón de la división de Buenos Aires y en ese carácter marchó a la campaña del Paraguay, donde permaneció hasta su terminación, cuando su brigada regresó a Buenos Aires. En esta campaña fué actor en las siguientes operaciones, combates y batallas: Pasaje del río Paraná el 17 de Abril de 1866. En un reconocimiento con su compañía a las
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órdenes del coronel don Miguel Martínez de Hoz, sobre el frente de nuestro campamento en Itapirú, el 20 de Abril de 1866. Sorpresa del 2 de Mayo de 1866. Avance del 20 de Mavo de 1866. Batalla del Tuyutí el" 24 de Mayo de 1866. Demostración a la derecha en el Palmar, Julio 18 de 1866. Asalto de Curupaytí, 22 de Septiembre de 1866. Movimiento envolvente sobre Tuyucué, Julio de 1867. Además se encontró en un combate de avanzada en Tuyucué, frente al ángulo, a las órdenes del coronel Azcona, en Julio de 1867. En una sorpresa, en la avanzada de Tuyucué, que tuvo lugar en el momento de la descubierta que hacía el comandante Acosta. En un combate de avanzada de Tuyucué, a las órdenes del comandante Gaspar Campos, que se encontraba de jefe de día. En el sitio, bombardeo y reconocimiento de Humaytá. En un combate de avanzada, a las órdenes del entonces coronel don Donato Alvarez, en 14 de Julio de 1868. En la batalla de Lomas Valentinas, el 27 de Diciembre de 1868, siendo mencionado en el parte oficial por el coronel Olmedo. En esta batalla se distinguió cargando valientemente a la bayoneta con su batallón, el del coronel Morales y el del comandante Pinero, y poniendo en precipitada fuga al enemigo, que había rodeado y tenía en situación crítica las fuerzas del coronel Olmedo. En el sitio y rendición de la Angostura, donde fué nombrado comisario argentino para el reparto de los trofeos. Fué entonces atacado de cólera y bajó grave-

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mente enfermo a Buenos Aires por órdenes terminantes que se impartieron al efecto. Después, mejorado un tanto, volvió, a pesar de su salud quebrantada, a continuar la campaña y asistió a ésta basta su conclusión.
* * #

Omitimos algunos reconocimientos y otras operaciones, por no recordar la fecha en que tuvieron lugar y por su poca importancia; pero es notorio que el teniente coronel Garmendia asistió, desde el principio de la campaña hasta su terminación, a todas las batallas y combates en que tomó parte el batallón de su mando.
P E I M E E A CAMPAÑA DE E N T R E R Í O S

En la provincia de Entre Ríos se había levantado en armas el general Ricardo López Jordán, iniciando una campaña en favor de sus ambiciones políticas. Como era natural, el Gobierno de la Nación, desempeñado por el gran Sarmiento, no debía de mirar con indiferencia el proceder inconsulto de López Jordán, a la sazón jefe alzado contra los poderes nacionales y únioo arbitro al parecer de los destinos de la provincia de Entre Ríos. La lucha fué encarnizada y persistente poi parte del caudillo; pero el Gobierno nacional debía, irremisiblemente, proceder de acuerdo con los dictados de la Constitución y no admitir la subversión de los derechos ciudadanos del pueblo dí un Estado argentino. Con tal suceso, Garmendia volvió a Buenoí Aires el año 1870 y tomó el mando del batallÓE Guardia Provincial, que sirvió constantemente s la Nación. Al frente de este cuerpo demostró sus

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ideas progresistas, haciendo construir un gran gimnasio en el centro del cuartel, en el que, dirigidos por un maestro competente, se ejercitaban los soldados, como también en la esgrima de la bayoneta y el tiro al blanco. Demostrando ese empeño que hasta ahora le es peculiar, él personalmente dictaba una clase de táctica aplicada y otras materias militares; escribía artículos militares que fueron transcriptos en diarios y revistas y leídos con interés. En los primeros días del mes de Abril de 1870 fué enviado por el Presidente Sarmiento a las islas del Uruguay, donde apresó cien ciudadanos orientales, quienes a las órdenes del coronel Ferrer intentaban invadir el Estado Oriental. En Abril del mismo año marchó con el batallón Provincial a la primera campaña de Entre Ríos, y desembarcó en Gualeguaychú, donde el general Emilio Mitre formaba el ejército que debía iniciar las operaciones desde ese punto. Hizo toda la campaña, siendo actor en casi todas las operaciones llevadas a cabo por ese ejército. Desde la estancia de Comas fué enviado a la ciudad del Paraná, que estaba comandada por el coronel Borges y sitiada por fuerzas enemigas. Después de algunas marchas forzadas, penetró en esta ciudad, donde asistió a varias salidas; una hasta los Corrales de Abasto, donde tuvo lugar una escaramuza contra fuerzas enemigas. En todas fué rechazado el enemigo. Mas tarde fué enviado a reforzar la guarnición de Gualeguaychií.
# * *

En el año 1870 y 1873 fué elegido diputado por la provincia de Buenos Aires, abogando en el Parlamento por ideas de civilización y progreso moral y material del pueblo. 2

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E N LA FRONTERA DEL OESTE

En Mayo de 1 8 7 2 marchó a la frontera del Oeste y permaneció hasta el mes de Junio de 1 8 7 3 . Durante este tiempo hizo una expedición con el coronel Lagos a las Tunas. Como prueba de la estimación que se le tenía en el partido de S de Julio, los vecinos le facilitaron los caballos con que hizo la operación. Cuando tuvo lugar, en Octubre de 1 8 7 2 , la gran invasión a la Tapera de Díaz, marchó desde el partido de 9 de Julio con 40 hombres de su batallón, y después de veinticuatro horas de marcha sin descanso, logró incorporarse en el campo de batalla a las fuerzas del coronel Borges, quien batió a los indios en el lugar denominado Bayauca, siendo recomendado en el parte de este jefe por su llegada oportuna al campo de batalla. En seguida, en el mes de Enero de 1 8 7 3 , cuando la expedición del comandante Lagos a los toldos de Pincen, quedó encargado de la frontera del Oeste. Mas tarde fué enviado a los toldos de Coliqueo, donde permaneció hasta Junio del mismo año, construyendo allí un campo atrincherado para la defensa de los indios. En el mes de Junio bajó a Buenos Aires, habiendo dejado en la frontera la mitad del batallón. Remontó de nuevo este cuerpo y marchó a la segunda guerra de Entre Ríos.
SEGUNDA CAMPAÑA DE E N T R E R Í O S ( 1 8 7 3 )

En Junio de este año marchó al pueblo Concepción del Uruguay, mandado por el coronel don Lucas González y fué nombrado segundo jefe de esta plaza y organizó la defensa, pues el avan-

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ce de las tropas enemigas, se esperaban seguras. En esta emergencia, su acción militar estuvo acertada, según todas las opiniones manifestadas al respecto.
CAMPAÑAS DE 1 8 7 4 A 1 8 7 5

En el año 1 8 7 4 fué nombrado Jefe del Estado Mayor del Ejército del Sud, a las órdenes del bravo coronel don Julio Campos, e hizo toda la campaña en ese carácter basta su finalidad. En esta campaña organizó, con la base del glorioso batallón provincial, el Ejército del Sud, e hizo en tal empleo toda la campaña, demostrando en ella celo, pundonor y patriotismo.
FRONTERA DEL OESTE (1875)

En el mes de Julio de 1 8 7 5 , durante el amago de una invasión a la frontera del Oeste, fué nombrado por el Ministro de la Guerra, doctor Alsina, comandante en jefe de las fuerzas de reserva que se encontraron en 9' de Julio, compuestas del batallón Guardia Provincial y milicias de este punto, Bragado y otros partidos, y recibió del expresado ministro instrucciones al respecto. El nombramiento lo recibió por telegrama del doctor Alsina. En Diciembre del mismo año, cuando la sublevación de Catriel, marchó desde la Verde con su cuerpo hasta San Carlos y estableció más tarde su campamento en la Verde.
FRONTERA OESTE

En Marzo de 1 8 7 6 fué nombrado jefe de la frontera Oeste. En Octubre del mismo año marchó desde Chivilcoy a 9 de Julio, a consecuencia del anuncio

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de una invasión, y por telegrama del señor Ministro Alsina era nombrado comandante en jefe de las fuerzas de operaciones del Oeste. (Este despacho lleva fecha 6 de Octubre.) En esta campaña su actividad se desplegó enérgicamente y con rapidez. Llegó a 9 de Julio el 8 de Octubre en momentos en que tenía lugar la invasión. Como no tuviera sino unos pocos caballos, apenas pudo montar una compañía con la que batió a los indios que habían entrado en 9 de Julio, haciendo igual cosa el comandante Díaz, que con el resto del batallón salió un poco más tarde. Al anochecer, después de haber marchado más de 15 leguas persiguiendo a los indios y quitándoles los arreos, se incorporaron las dos fuerzas del Provincial y penetraron al Fuerte Paz, que estaba sitiado por los salvajes. No resistiendo a las fatigas ya los caballos, se ordenó descanso, marchando al día siguiente con 150 hombres del Provincial y 50 vecinos y soldados del Fuerte, sobre los indios, que fueron alcanzados en la Laguna del Cardón, donde rodearon la columna y la hostilizaron con sus tiradores fuertemente, quemando el campo y atacándola ocultos por el humo, pero fueron rechazados, batidos y perseguidos durante todo el día hasta dos leguas más allá de Quemúquemú, donde a las 8 de la noche fueron de nuevo alcanzados y dispersados completamente. A l regresar la columna, el 11, a la altura de Laguna del Cardón, batió nuevamente la otra invasión que al mando de Pincen había penetrado a la Tapera de Díaz y que salía cargada del botín. Durante estos tres días de penosas marchas, le fué quitado a los indios todo el arreo que llevaban., salvando a 9 de Julio de una ruina completa. Esta invasión era mandada por Alvarito Rumay y Pinoen: Rumay penetró a 9 de Julio y Pincen a la Tapera de Díaz.

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Por este episodio le fué regalada una espada de honor por el Poder Ejecutivo de la Provincia de Buenos Aires, y recibió honrosas felicitaciones del Presidente Avellaneda, doctor Alsina y general Luis María Campos, inspector de armas a la sazón,—por el arrojo de Garmendia y su pericia para contrarrestar una formidable invasión.
FRONTERA N O R T E (1877)

Durante este año estuvo algún tiempo en las fronteras del Oeste y Norte. Se omite por olvido unas, y otras por su poca importancia, algunas comisiones y servicios en que ha sido actor, como por ejemplo: miembro examinador del Colegio Militar, Comisario extraordinario, etc., etc.
# * *

En los sucesos del año 1 8 8 0 su participación tiene una importante mira de opinión que después de venida la calma supieron los hombres dirigentes de la situación apreciar toda su conducta. En los sangrientos combates que se libraron en aquellos días aciagos, Garmendia asistió a todos ellos, siendo citado, después del ataque del Puente de Barracas, por el coronel Morales. Después del 8 0 , viéndose de baja, tomó la pluma de nuevo, abandonada hacía tanto tiempo, y escribió «La Escuela Práctica de la Infantería en Campaña» y los «Recuerdos de la Guerra del Paraguay», que es uno de los libros más populares de la Repiíblica Argentina. En 1 8 8 2 fué dado de alta. En 1 8 8 4 hizo la expedición al Chaco con el Ministro, Doctor General don Benjamín Victorica, y fué encargado de redactar el diario de campaña.

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JOSÉ IGNACIO GAKMENDIA AÑO

1887

En Marzo de 1887 fué nombrado jefe del regimiento 8 de infantería de línea. En el mismo mes y año marchó a campaña para el reconocimiento de los ríos del territorio en litigio con el Brasil, y regresó en Abril de 1888. Como jefe de la Comisión Argentina de límites con el Brasil, organizó la dicha comisión con tal competencia, que fué un modelo en su carácter administrativo, pues demostró ser la más económica de cuantas han existido hasta ahora; siendo digna de notarse la regularidad y competencia con que sus miembros hará sabido llevar a cabo los trabajos, no obstante los grandes peligros y contrariedades. Para conocer esto sería necesario ver el voluminoso libro que sobre esos trabajos se ha escrito y que está archivado en el Ministerio de Relaciones Exteriores. En esta comisión se ha distinguido notablemente litigando el verdadero límite del territorio en litigio, que un error del tratado lo posponía a los intereses argentinos. En el tiempo que no ha estado en campaña se ha ocupado de los siguientes trabajos y comisiones: Abril 30 de 1875: Miembro de la Comisión de premios por la guerra del Paraguay. Abril de 1876: Miembro de la Comisión que debía inventariar el parque. — Marzo de 1876: Miembro de la Comisión redactora del Código Militar.—Año de 1882: Miembro de la Comisión Inspectora del Colegio Militar.—1886: Presidente de la comisión reformadora del manejo del arma.—1886: Miembro de la Comisión inspectora de la construcción del cuartel de caballería.—En 1889 fué nombrado jefe interino del Parque de Artillería y Presidente de la comisión para hacer los estudios comparativos del fusil Nagant y Manlincher.

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En Febrero de 1890, fué nombrado Director del Colegio Militar. En Agosto del mismo año, Director del Arsenal de Guerra, y en Noviembre se le designó Inspector General de Infantería. Después de los sangrientos sucesos de Julio del año 90, fué ascendido a general en pleno campo de batalla. Al poco tiempo después, al general Garmendia se le confía numerosas comisiones delicadas, como ser la reglamentación de un plan de estudios e instrucción del arma de infantería, el servicio de campaña razonado y el tiro al blanco. Después se le nombra miembro de la Comisión distribuidora de las medallas brasileñas de la campaña del Paraguay. Por encargo de la Comisión redactora del Código Militar, escribió la ordenanza sobre el servicio de campaña, servicio de guarnición y plazas de guerra, delitos y penas y ley de organización de la Guardia Nacional.
ASCENSOS Y CONDECORACIONES QTJE RECIBIÓ

Después de Curupaytí, siendo capitán, quedó al mando de su cuerpo y fué ascendido a Mayor el 9 de Julio de 1867. Á Teniente Coronel el 28 de Enero de 1868. A Jefe de Brigada en Abril de 1869. En Abril del año 1870 recibió los despachos de Teniente Coronel de Línea. Ostenta, los cordones de plata de la batalla del 24 de Mayo, el escudo de Curupaytí y dos medallas de oro que corresponden a la campaña; una- de las que pertenece a la provincia de Buenos Aires y la del Brasil y la Uruguaya. La medalla del Chaco. El vecindario de 9 de Julio le obsequió con una espada de gran valor, una medalla y una hermosa quinta, por los servicios prestados en esa frontera el año 1872 y 1876. También ha ejercido los si-

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guientes empleos civiles: Oficial de la legación argentina en Montevideo y Río de Janeiro en 1864; dos veces diputado por la provincia de Buenos Aires y Jefe de Policía de la Capital. Fué ascendido a Coronel de infantería de línea, en Agosto 21 de 1886. Después, se le nombró Director del Colegio Militar; en Febrero de 1892 jefe_ de la División Zarate, que con su impulso técnico dio el triunfo en las célebres maniobras del Talar de Pacheco. En 1893 fué nombrado interventor con el señor Marco Avellaneda y Jefe d« las fuerzas nacionales y milicianas de Corrientes; de regreso, se hizo cargo del Arsenal: labor ardua es la que tuvo que emprender, vista la era revolucionaria que pasaba el país. Después se le nombra jefe de la Circunscripción Sud, haciendo levantar los planos de las posiciones que rodeaban el Arsenal, distribuyendo las fuerzas á sus órdenes, de modo que pudiesen defender este establecimiento sobre una línea establecida en un plan fijo. Este plaao se encuentra en el Archivo del Estado Mayor. El año 1894 se le nombra jefe de la 2. brigada de Guardias Nacionales de la Capital, organizándola admirablemente, sobre preceptos científicos y sólidos. En este mismo año se le ofrece el Ministerio de la Guerra por el doctor Sáenz Peña, cargo que no aceptó por razones especiales; en Febrero de 1895 es designado vocal del Consejo Supremo de Guerra y Marina, puesto que renunció por ser incompatible con el mando que tenía en la Guardia Nacional. En la movilización de Currumalán, se le ofreció una brigada, pero no pudo desempeñarla por enfermedad. Ha tenido otras comisiones más: traslación de los restos de Rodríguez Peña; los del heroico general Lamadrid a Tucumán, que al entregarlos, pronunció un discurso; presidencias de Consejos de Guerra, etc., etc.
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Entre los puestos más importantes últimamente desempeñados por el general Garmendia, anótanse: Vocal del Consejo Supremo_ de Guerra y Marina; Vicepresidente de la Comisión Nacional del Centenario, habiendo presidido las sesiones muchas veces. Tuvo la honra de haber sido condecorado con la Gran Cruz del Mérito Militar, y nombrado Caballero de la Legión de Honor. También el general Garmendia ostenta diversas otras condecoraciones, medallas, diplomas, etc., de las E x posiciones del Centenario, entre las que por su valioso mérito se cuenta la de la Exposición Internacional de los Estados Unidos de Norte América, cuyo diploma constituye un premio como su artística medalla. Resumiendo, diremos que nuestro biografiado posee más de cincuenta condecoraciones de asociaciones diversas, centros militares, intelectuales, literarios, científicos, sociales e industriales, tanto del país como del extranjero. Entre sus numerosas obras literarias, además es autor de una novela titulada «Lastenia», que tuvo éxito sorprendente. # # * Como escritor, la personalidad intelectual del general Garmendia ocupa un lugar selecto en el concierto de nuestros hombres de letras. La pluma de este soldado, príncipe de la elocuencia en sus evocaciones y recuerdos patrios, siempre ha estado al servicio de las nobles causas. Es de un temperamento sano; forjado en el yunque de la labor cotidiana, pensando, produciendo, estudiando, formulando proyectos útiles para la juventud que se inicia, buscando el camino del porvenir feliz, su acción se despliega con la misma frescura que en sus años juveniles. En su ancianidad, encontramos en él siempre al talento robusto, mentalidad aún lozana y vigorosa. Ha servido toda

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JOSÉ IGNACIO

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su vida a su país, en los campos de batalla como en los campos del pensamiento: por eso al presentarlo a nuestros lectores, no hacemos nada más que rendirle un homenaje debido a los que luchan gladiando en el bien humanitario. Su pluma elegante, gallarda, fina y suave, nunca hiere ni emponzoña. Su biblioteca es rica en obras de su ingenio. Ha escrito muchos volúmenes, como ser: «Correspondencias sobre la guerra del Paraguay», que fueron popularizadas por todo nuestro país, Banda Oriental y Brasil y Paraguay; «Proyecto de ordenanza sobre el servicio de campaña para los Ejércitos de la República Argentina», «Ordenanza sobre las plazas de guerra y guarnición», «Escuela Práctica para la infantería en campaña», «Preceptos tácticos», «Delitos y Penas», «Asalto de Plewna», «Recuerdos de la guerra del Paraguay», «Campaña de Piquisirí», «Campaña de Humaytá», «Estudios históricos y militares de las campañas de Aníbal», «Juicio crítico sobre la guerra del Transvaal», «Campañas de Corrientes y Río Grande», «Cartera de un soldado», «Cuentos de tropa», «Reflejos de antaño», «Escritos militares», dos tomos gruesos. La actividad literaria de Garmendia es nutrida; y omitimos consignar numerosas otras obras, por su gran extensión. A nuestro concepto, es un segundo Mitre, en su doble faz y función de militar y escritor de tanto renombre. Con esta nueva obra del general Garmendia, que nosotros editamos, se enriquece, pues, otra vez, la literatura patria, y el caudal intelectual del escritor encuentra nuevo cauce a sus bellas concepciones de pensador y paladín de la lucha noble.
Los B u e n o s A i r e s , Enero 24 de 1915. EDITORES

Eeos de las fiestas en Chile
Discurso del general Garmendia en el Hípico» de Santiago (1) tClub

Agradezco vuestros generosos aplausos, veo con alegría intensa que el distinguido auditorio que va a oirme está generosamente bien predispuesto en mi favor, pues sin sentir mi palabra, tal vez vacilante de emoción, mi presencia es benévolamente acogida: ruidosa galantería que me sobrec o g e , que me es tan grata y que no olvidaré n u n c a . Como miembro de la comisión de los delegados argentinos que en nombre de su patria han venido a traeros el afecto inmenso de su pueblo que es vuestro hermano, vinculado por el mismo origen y por inmarcesibles glorias, os agradezco las muestras v i v a s de afecto a la Argentina, que a cada momento recibimos de vosotros y me felicito de poderlo h a c e r en esta gentil fiesta, d o n d e veo con grande satisfacción la representación de lo más distinguido de Santiago. Esta demostración es una de las más simpáticas, y he de levantar mi c o p a en homenaje a un sentimiento coimm a chilenos y a r g e n t i n o S j sentimiento que quisiera cristalizar en un solo juram e n t o , por la u n i ó n eterna de nuestros dos países hermanos. No me ha sorprendido vuestras grandes y sin(1; De el Chile ilustrado.

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ceras demostraciones, un sentimiento atávico las impulsa, aquella época legendaria revive su enaltecido colorido, la inmortal contienda que se desarrolla en Chile en esa época, renace en estos momentos, y los brazos de los dos pueblos se estrechan cariñosos y se oprimen los pechos como para formar uno solo fuerte y robusto. Chacabuco, nombre inmortal, donde O'Higgins, anticipándose a los fulgores del genio, a la victoria estratégica, no puede contener su impulso de guerrero intrépido al oir el rumor de las cadenas de sus hermanos, y se lanza como un torrente de furor a la pelea, para demostrar que donde hubo héroes argentinos nunca faltaron héroes chilenos. Aquella época inolvidable es el lazo indisoluble que unirá siempre a las dos naciones, que han tenido la felicidad de nunca cruzar sus aceros en lucha fratricida, y sí, sólo, cultivar las relaciones amistosas, que aunque alguna vez alejadas de la estimación que las unió al principio, nunca alcanzaron a un rompimiento. Y ya que desde tiempo atrás recordamos el afecto que ha ligado a las dos naciones, en aquella época de oro, no podremos dejar de estampar aquí, como epílogo a esas heroicas efemérides, algo que un argentino agradecido no podrá olvidar. Es mi intención referirme a aquella hospitalidad que solícitos prestaron los chilenos a nuestros emigrados. Vínculo fué éste de unión con los argentinos más espectables del pasado que ligara para siempre con el presente, aquella época triste. Esa nación valerosa que está al oriente de los Ancles, que es mi patria, vuestra hermana, y que nunca había sido vencida, ni su tierra hollada por ningún conquistador, llegó un día en que caída y sin fuerzas arrastró la cadena del esclavo, viendo en su mayor infortunio a sus preclaros ciuda-

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danos, después dé luchar desesperadamente en la contienda magna libertadora, sucumbir a los golpes de los seides del tirano y cubrir los campos de batalla con los cadáveres de los más ilustres guerreros de la América, reinando entonces en aquella comarca desolada el silencio de la esclavitud, tétrico como el pánico que oprime la llanura y la montaña; fué en esa época de infortunio que trasponiendo la nevada y enriscada cumbre de los Andes aquellos egregios argentinos, descendieron desfallecidos y casi helados a buscar otra patria que enjugara sus lágrimas de proscriptos. Allí sintieron la hospitalidad qtie dio calor a sus yertos miembros y allí aprendieron esos infortunados adalides de mi patria, la virtud de gobernar a los pueblos libres, ellos, nobles apóstoles del derecho, que habían luchado desesperadamente por las libertades de la comarca en que nacieron, y visto entre amarguras toda aquella pléyade de proceres de la revolución perecer en hecatombes horribles luchando por las instituciones. Aquella época es inolvidable, y esos expatriados, que aquí recuerdo con veneración, consecuentes con la noble gratitud que debían a Chile, fueron sus amigos constantes y agradecidos. En los grandes acontecimientos existe siempre una fuerza misteriosa que los normaliza, e impulsa a lo» actores a continuar en línea recta el desarrollo de los sucesos que de tiempo atrás vienen encadenándose. Buscad la razón de los hechos en esta confraternidad. No es improvisada, no puede ser improvisada; porque en ese caso sería sin consistencia; es la resultante de una evolución clásica de fecha antigua, consolidada por la mutua conveniencia y por la verdadera fraternidad que existe entre Chile y la Argentina, pues además de sus glorias comunes, la sangre de familias de ambos pueblos vincula esta unión tan simpática.

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Si mi país debiera, levantar tina estatua que recordara en la dureza inmortal del bronce un acontecimiento grandioso, sería al reconocimiento, a la gratitud que debe el pueblo argentino al chileno, por las manifestaciones de que en estos días somos objeto, porque ese sentimiento grande y generoso será imperecedero: es la vibración nacional de ese pueblo chileno que no tiene que envidiar a nadie, ni el patriotismo de sus hijos, ni la belleza de sus mujeres, ni la notable organización de su ejército. Tal sentimiento es viejo en mi alma. Desde niño llevo en mi corazón cariñosamente grabados nombres chilenos a quienes profeso no sólo afectos de familia, sino el respeto y la admiración que se tiene a los grandes estadistas de la América. Símbolo heroico de este país ha sido la magnífica estrella que deslumhra en su bandera: ella no es como se la llama, la estrella solitaria del Pacíficü. Protesto; porque en la constelación de la patria, en el poema de las victorias magnas, el sol de Mayo nunca abandonó al fulgurante astro que para gloria de Chile nació en Chacabuco. Ese sol de Mayo fué su compañero inseparable, y glorias comunes los ligaron en días de sacrificio. Ahora que enlazados, que unidos, en su marcha eterna por el espacio de la grandeza humana estos dos brillantes focos de gloria, hago votos porque llegue un día en que argentinos y chilenos formen una sola familia, y entonces, dándose espalda con espalda los dos países, siendo la cabeza de la confraternidad americana, lucharán victoriosos; aunque sea contra el mundo entero. Perdonad, los militares hablamos siempre al vivo toque de la marcha redoblada. T o quisiera continuar esta arenga que me sale a golpes del corazón como el rudo respirar de una máquina a vapor, pero se engolfa un sentimiento a mi pecho,

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una frase que condensa todo, que vale más todo lo que os pudiera decir en un discurso, os será muy grata y os asaltará de emoción triótica. Concluyo, pues, diciéndoos con toda alma: «Viva Chile». En el banquete del Torneo Militar

que que pami

Como Jefe del Estado Mayor del Ejército y como delegado del pueblo argentino, voy a contestar al ditinguido General que acaba de ofrecer esta amable fiesta, agradeciendo efusivamente los benévolos conceptos de que tan galantemente hemos sido objeto. Ante la elocuente exposición de historia épica del discurso del general Körner, tendré que limitar mi palabra en esta parte, y sólo consagraré mi idea en honor del Ejército chileno; porque estando entre soldados, es justo que alguna vez hablemos de nosotros mismos como solemne homenaje a nuestros servicios; porque debemos considerar a este conjunto bélico de nuestros dos países como una misma familia, tan vinculado por hechos heroicos que no sería bastante la tela estrecha, pero bizarra, de sus banderas para inscribir sus proezas inmortales. T o me siento conmovido en estos momentos y la palabra vacila en mis labios al contemplar con veneración los mudos y solemnes testigos que desde lo alto de esos muros nos contemplan, y nos dicen que sus nombres imperecederos deben estar en todo momento en nuestro pensamiento como el latido del honor en el corazón del soldado. Este es un banquete de soldados festejando la fraternidad que surgió en el campo del sacrificio de la guerra magna, y en su pequeño conjunto representa la gloria inmarcesible que lo supera a

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todo; y encerrado en la corta frase del verso de un poeta argentino podrá identificarse la importancia, la influencia redentora, la grandeza de alma de los ejércitos chilenos y argentinos en aquella edad de hierro en que nos unimos a vosotros para defender los más sagrados,principios del derecho. El verso dice así:
Si la grandeza militar se estima Por lo que de ella al porvenir le toca Bien cabe Austerlitz dentro la boca De algún cañón de Chacabuco o Lima.

Sí, señores, la gloria militar, como lo comprendemos los americanos, no está en el ganar grandes batallas para ahogar las libertades de los pueblos, sino en la lucha tenaz y vencedora para cimentar esas mismas libertades. ¡ Sí, señores! la grandeza militar supera a todo en este sentido; porque tiene por base la abnegación y el sacrificio, y es por eso que inspirado Alfredo de Vigni por esas virtudes, cuando hiere sensiblemente con los más conmovedores rasgos de la vida del hombre de guerra ha dicho: «Yo no conozco nada más grande que el corazón del soldado». Tenía razón cuando se refería a ese héroe ignorado casi siempre, que con nada tiene parangón en la vida humana. Paladín de la eterna lucha, sólo aspira a la tínica recompensa que endulza su vida infeliz, que es la estimación pública y la gloria. ¡ No tiene más! y alguna vez ni una humilde cruz de ramas en su tumba de bravo, ese conquistador de imperios y libertador de pueblos. Si lo veis enardecido en la lucha, luchando brazo a brazo con el enemigo de la patria, inspirará las más brillantes páginas de la historia de su país; y cuando se desploma manchando con su

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sangre la arena del combate, prorrumpiendo lastimero en un ¡viva la Patria!, será vislumbrando entre sueños de gloria la grandiosa visión del porvenir de su país, esa grandeza de la tierra querida que la deseamos inmensa, inconmensurable. Sí, señores; nada es más grande que el corazón del soldado, de ese ser abnegado que muere altivo, incrustado a sus sagradas creencias, y nada más noble que su labor constante por la paz: ya explorando crudas regiones donde más tarde fundará pueblos que alcanzarán a ser florecientes centros de progreso, defendiendo su conquista civilizadora paso a paso hasta perder la vida: ya en el páramo helado de la montaña donde queda inválido al menor descuido: ya en el ardiente suelo tropical, en que, envenenado por la fiebre, sucumbe desolado: ya afianzando las instituciones que más enaltecen a los países republicanos. En ambos casos, en la guerra y en la paz, estamos condenados a una muerte segura, pero una muerte gloriosa. Esta frase lacónica, pero sincera, al hacer vuestro retrato de cuerpo entero, que es el de vuestro pueblo, será la expresión más lata de nuestro agradecimiento a los rasgos de cultura del Ejército chileno, sostén robusto de vuestras instituciones. Así, brindo, señores, por el Ejército chileno y por su digno Jefe el Excelentísimo señor Presidente de la República.

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Impresiones de un viaje a Chile
(Ligeros apuntes)
LLEGADA A VALPARAÍSO.—RECIBIMIENTO EN SANTIAGO. — E L PUEBLO CHILENO. — E L PRESIDENTE RIESCO Y sus M I N I S T R O S . — L A SOCIEDAD SELECTA. KÓRNER Y EL EJÉRCITO: SU ORGANIZACIÓN Y D I S C I P L I N A . — L A LEGACIÓN ARGENTINA EN CHILE : EL DOCTOR T E R R Y . U N DEBER IMPRESCINDIBLE.

El recibimiento de los delegados argentinos por el pueblo, las autoridades, el ejército y la muy distinguida sociedad de Chile, sobrepasa todo lo que se pueda imaginar en entusiastas demostraciones fraternales, en exquisita cultura y en ovaciones delirantes: cualquiera que hubiera presenciado aquel magno acontecimiento, habría comprendido que sólo a los conquistadores del afecto de un gran pueblo podían, entre gloriosas emociones, adjudicarles esa pompa triunfal que sólo estalla en momentos extraordinarios. Desde nuestro desembarco en Valparaíso, las manifestaciones de aprecio se han sucedido sin interrupción, y la galantería y el entusiasmo del recibimiento, desde el principio, asumió proporciones colosales, y durante toda nuestra prolongadísima permanencia no decayó un solo instante. T el observador atónito, presenciaba el tumulto afectuoso, a toda hora, en todo lugar; pudiera parecer esto exageración, pero es la verdad y tal

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vez verdad pálida, sin el colorido local que merecen esos inolvidables acontecimientos. Aquel hervidero de alegría se admiraba con el corazón fuertemente latiendo, desde el rudo campesino que en su humilde choza solitaria entrelazaba en fraternal vínculo las modestas banderas argentinas y chilenas, hasta la morada señorial del potentado, ¿onde con el lujo de la ostentación, se demostraba de mil maneras el aprecio grande, inmenso, hacia la Argentina. Allí, en todos los parajes del tránsito desde Valparaíso a Santiago, nos sentíamos conmovidos; las ovaciones se sucedían unas a las otras, los vítores no se interrumpían y los ánimos de los viajeros argentinos, tan aturdidos en su emoción intensa, estaban oprimidos. En las estaciones las niñas y las damas representaban el más brillante papel: los niños, encantados de inocencia, acudían presurosos, sofocados, tropezando unos con otros, con sus ramitqs de flores y enarbolando las banderas en miniatura que sus abuelos hicieron lucir con brillo de héroes en Chacabuco y en Maipo, nos arrojaban sus flores, fijando la vista asombrados, como dominados por un instinto atávico, resurrección de palpitaciones lejanas; en otros momentos, solemnes, dragoneando de serios, cantaban nuestro himno nacional, levantando con mímica infantil sus bracitos al cielo, a ese cielo de Chile tan diáfano y tan puro; las damas, con las lágrimas en los ojos, movían nerviosamente sus pañuelos en cariñosos saludos, dándonos la bienvenida y al mismo tiempo nos decían adiós mirándonos con ojos de hermanos; los hombres acompañaban este coro de dulces impresiones con vivas atronadores, y alguna vez, formados en viriles escuadrones, empuñando improvisadas y torcidas lanzas con banderolas argentinas y chilenas, hacían_ caracolear en ágiles corcovetas sus caballos de la tierra, esos lindos corcelitos para la montaña

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y para la guerra, caballos pequeños, pero de jarretes de acero y encuentros robustos; todo este espectáculo se desarrollaba entre dulce y estentórea algazara y alegría patriótica: hermoso tumulto heterogéneo de luz y de colores que hería la vista en revuelto torbellino. Así hacíamos el trayecto de Yalparaíso a Santiago, a cada momento golpeándonos el corazón con latidos sublimes, muchas veces enternecidos ante la sinceridad de un pueblo donde estaban representadas todas las edades y todos los gremios y clases sociales; y hasta cierto punto nos explicábamos aquel acto sublime y recordábamos que el juramento de Chacabuco y de Maipo es indeleatávico lo renueva y hay que convenir que el pueblo, esa masa heroica de todas las naciones, no dice sino lo que siente y lo nue piensa: cuando ama arroja el corazón por la boca, y cuando odia reconcentra la ira de la venganza hasta vomitarla en espuma de improperios sin que nada generosamente lo emocione. Aquel trayecto será inolvidable, renacía entre hermosos esplendores una escena de lejanos tiempos, revivía como movida por un resorte mágico, aquel cuadro de grandeza americana que al través de las edades, surgía con una opulencia indescriptible. Nuestra llegada a Santiago fué un acontecimiento sensacional y tal vez excepcional en este hermoso pueblo: sesenta mil chilenos, prorrumpiendo en estruendosos vítores, agitando sombreros y pañuelos con verdadero frenesí: los balcones parecían deslumbrantes jardines aéreos, especie de miraje babilónico, elevados hacia las nubes entre gasas y flores, ostentando hermosos modelos esculturales: allí la belleza coronaba la escena y daba más poético realce a este cuadro encantador; ¿ acaso no son las flores más apreciadas en este her-

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moso país? Allí, estaban las demostraciones de verdadera ternura, esos pañuelos que nos saludaban, se llevaban a los ojos en dulce homenaje al acto grandioso y fraternal que para siempre ha de ligar a dos pueblos. Para describir escenas tan delicadas sería necesario alejarse de la emoción de ese día que embarga la palabra y el pensamiento, y de todo ese ruido atronador, de esa multitud que con notables hechos ha esculpido la epopeya gloriosa de Chile, y con su sangre ha consolidado su grandeza, era la que con más grande entusiasmo popular saludaba en cada uno de nosotros a la R e pública Argentina; y esos arranques sinceros, puede muy bien decirse, son la prueba más acabada de que el sentimiento por la paz estaba arraigado en la masa del pueblo; porque no se transforma en un soplo, el odio inveterado de una nación a un amor delirante: sería una hipocresía gigantesca que no se comprende; es necesario que hayan influido poderosamente antecedentes fraternales de abnegación y sacrificio, y causas de conveniencia propia que hace que las naciones se amen y se amparen recíprocamente. Es, sin duda, esta la causa que desde el primer día de nuestra llegada hasta el último no cesaron por un instante las demostraciones de simpatía, tanto, que creo nos será un poco difícil que podamos retribuir tanta gentileza. Un mes hemos estado en Chile y durante ese largo tiempo de esa visita internacional, no ha pasado un solo día sin que haya habido afectuosas demostraciones en las cuales nos probaban los chilenos que son caballeros hasta el extremo, e infatigables en la galantería : cualquiera diría que Santiago es una ciudad donde no se conoce en la sociedad un «rastacuera». Las demostraciones privadas sobresalían en primer término. Se manifestaban tan numerosas que apenas daban tiempo para atenderlas: todas las

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familas querían contribuir al agasajo abriendo ostentosamente sus salones a los representantes de la república hermana. ¡ Oh! Es necesario convenir que aquel país en cultura es e x i m i o ; parece que uno se encuentra aún entre los antiguos caballeros españoles, que con tanta majestad ejercían la virtud de la hospitalidad.
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El pueblo chileno es un pueblo patriota y homogéneo, es una masa viril donde se distingue el hombre de guerra por excelencia; y si no, quiero que se me diga ¿ dónde no ha hecho buen papel el soldado chileno? Es oportuno no olvidar que la gloria siempre estuvo aherrojada a su bandera. Ese pendón está erguido en los hechos culminantes de su historia. Mientras hemos estado en Chile nos ha llamado la atención la cultura de la masa popular, y en aquella grande aglomeración de gente que produjo nuestro arribo no se sintió un solo desorden, atrayendo nuestra atención el excesivo respeto a la autoridad: la policía se encontraba bastante desahogada, bien poco tuvo que hacer. Esa actitud del pueblo, reprimido cortésmente en los días patrios, tan luego en esos momentos en que locamente se entrega al desenfreno, haciendo este sacrificio en obsequio a nuestra llegada, es galantería popular que los argentinos no deben olvidar. Entonces es que hubiéramos querido trasladar de un golpe a nuestros compatriotas, para que se diesen cuenta del engaño en que hemos estado, y sintiesen las caricias de un hermano que ha vivido bajo el grato recuerdo de inolvidables hechos. Anteriormente hemos dicho que es homogénea la población chilena; es así, por la ausencia casi

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total de extranjeros, y al estudiar su tipo se distingue a primera vista el de los conquistadores de Arauco; y en la sociedad selecta el mismo hermoso de los antiguos castellanos. La masa popular es sumisa y fuerte, está endurecida en el yunque de las privaciones y del trabajo, es humilde en la paz, como tenaz y brava en la guerra, se parece mucho a nuestro tipo. El roto chileno y el campesino argentino se dan la mano; los dos son sobrios y valientes, buenos jinetes, aman con exceso los caballos y las mujeres, el baile, el canto y la borrachera; en esto último nos son un punto superiores; sin embargo, en algunos lugares de nuestro país no se hace tan mal y tienen verdaderos rivales nuestros hermanos de ultra cordillera. La confraternidad con los marinos argentinos fué notable: se les veía siempre juntos en la más agradable armonía, en plena y tumultuosa francachela, y a pesar del «tomo y obligo», jamás ocurrió el menor incidente desagradable; vivían como viejos amigos que se abrazan después de una larga ausencia. Cumplieron religiosamente la consigna de sus nobles sentimientos. Odios, acerados muchas veces por ardientes pasiones, que no tienen responsabilidades, dividen a los pueblos; pero basta una chispa de buen sentido, de amistad sincera, de cariñoso anhelo para que se abracen llorando. Chile y la Argentina, por su conveniencia propia, deben siempre vivir unidas, dando espalda contra espalda en su salvaguardia personal, como ya lo hemos dicho alguna vez, y ser la base de la confraternidad americana, en la que el Brasil jugaría un papel importante como buen amigo. ¡ Oh! estamos seguros que. Chile, convencido de la sincera amistad del pueblo argentino, ha de ser generoso en sus arreglos del Pacífico, recordando,

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a no dudarlo, que la grandeza de alma del vencedor está en ser magnánimo, en levantar al vencido que, al fin y al cabo, es un hermano desgraciado, v podríamos entonces decir, como Plutarco, que César, al erigir la estatua de Pompeyo, afianzaba la suya. El gobierno de Chile está a la altura de su antigua y seria reputación, sus representantes muy distinguidos y apreciados. Desde el momento que se trata al presidente Biesco se siente uno dominado por su natural hidalguía y su penetración constante: es una persona muy sencilla, sin afectación de ninguna clase; su frase siempre es lacónica y oportuna, y a este respecto nos decía el doctor Terry que, en ocasión de la discusión de los pactos, cuando no se encontraba la solución oportuna en alguna discusión ministerial, él tomaba la palabra y encuadraba perfectamente la frase que se buscaba. Su figura es arrogantemente aristocrática, de elevada estatura; nos recordaba un duque de Guisa, aquel que se llamó «le Balafré»; su hermosa cabeza rubia domina el conjunto y en su presencia se siente uno lleno de respeto • es afable y sumamente atento y cortés. Nunca podré olvidar las finas atenciones que tuvo con mi persona, sobre todo cuando me vi postrado en cama: lo tuve a mi lado, recibí su retrato con una gentil dedicatoria y una carta que guardaré como un precioso recuerdo. La serenidad de este distinguido gobernante es remarcable; también se observa a primera vista que es un gran patriota y que ama a Chile sobre todas las cosas: eso se adivina en la frase furtiva que se le escapa a veces y en el goce casi infantil que lo domina al ver desfilar los briosos soldados

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chilenos o al admirar los hermosos ejercicios ecuestres en el Torneo Militar. Hablando de nuestra delegación, decía: Que el general Roca había tenido una verdadera inspiración patriótica al enviarnos a Chile, porque nuestra presencia había hecho prácticamente mucho más que los pactos, y estaba seguro que llevaríamos el verdadero testimonio de la estimación que, pueblo, ejército y gobierno, tenían por la República Argentina. Estamos convencidos que es un hombre de estado notable: su buen sentido, su admirable calma, hace que las expresiones de su talento lleguen siempre a una solución racional. El doctor Terry, que cultiva su amistad y le conoce íntimamente, tiene una gran idea de este honorable gobernante, y si nos referimos al distinguido ministro argentino es porque no desearíamos que se creyera que, dominados por las demostraciones de aprecio que hemos recibido del señor presidente de Chile, exageramos sus merecidos méritos. De su ministerio tenemos excelente impresión; con el presidente se completa y puede muy bien decirse que Chile es un país bien gobernado.

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La sociedad selecta chilena es distinguidísima; el tipo de su hermoso sexo es el clásico español, muy parecido al argentino en sus atrayentes contornos: sobresale en él la fascinadora belleza de sus ojos y la modestia con que reviste sus encantos. El trato de las jóvenes es muy agradable, ellas ni sospechan la mímica natural que las adorna: en sus lindas caritas hay un tinte de inocencia que las hace atrayentes; su donaire y su elegancia

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completan ese cuadro de primavera tan simpático para los argentinos. Lo que más nos llamó la atención es la afición decidida que tienen las jóvenes por las bellas artes, pues generalmente pintan, cantan, hacen música y labores primorosas, demostrando todo eso la preocupación constante que domina en la familia para hacer completa su educación, y prepararlas así para que sean dignas matronas de un hogar feliz. Su conversación es amena y discreta; un joven está siempre entretenido por lo general con una señorita chilena; encuentra siempre tema para todo lo bello que seduce el espíritu: literatura, música, bellas artes, todas estas materias las tratan siempre agradablemente. Las damas chilenas son religiosas por excelencia; de mañana van con su sencillo tocado de monja a la iglesia, con el propósito de demostrar la humildad reverente ante Dios, desterrando el lujo del cuerpo en el lugar sagrado donde sólo se ha de llevar el del alma. Ante este amable cuadro ya se pueden figurar los deliciosos momentos que habrá pasado la delegación argentina en Chile; pero no deseamos concluir este punto, sin recordar en homenaje a las distinguidas matronas de Chile, a tres señoras que serían el orgullo de su sexo en cualquier pueblo del mundo. La primera que nos es tan cara y que amamos tanto, es la venerable anciana doña Enriqueta Pintos de Bulnes, hija, esposa y hermana de distinguidos presidentes que han gobernado a Chile con probidad y acierto. Esta distinguida matrona fué en su tiempo la que presidía en la distinguida sociedad chilena la corte del buen tono y señorío: sus virtudes, su discreción y su talento revistieron el realce primoroso de aquella época; su hogar hospitalario era el palacio de la gentileza, frecuen-

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tado por los que más tarde, algunos, fueron grandes argentinos y llevaron a su patria la enseñanza clásica de gobernar a los pueblos libres. Aquellos ilustres argentinos proscriptos se llamaban Mitre, Sarmiento, López, Alberdi, Rodríguez Peña, Gutiérrez, Tejedor, Lamarca, Las Heras, Necochea, Lamadrid y otros que en este momento no recordamos. Al talento de aquella ilustre dama habría siempre que agregar el reflejo de su alma tan pura y tan llena de cariño. Sacudida por la desgracia, aun así ha podido sobrevivir a todos, testigo elocuente de las gloriosas décadas de Chile. Parece la filosofía de la historia, sentada en la puerta de su palacio, viendo desfilar en confuso cortejo de miseria y de grandeza los personajes más culminantes y los sucesos más remarcables que durante setenta años están encerrados en los anales patrios. Hoy esta santa señora, herida por desgracias irreparables, es venerada y querida en Santiago como una reliquia gloriosa de lo pasado, y entre sus pesares inmensos tiene la satisfacción de ver a su ilustre prosapia figurando en la más distinguida sociedad de Chile, en primer término. La otra,es la distinguidísima señora Emilia Herrera de Toro, robusta intelig-encia, conservada al través del tiempo. Lo que la distingue con simpáticos tintes es el cariño que por excelencia ha tenido siempre a nuestros compatriotas, y pudiera muy bien decirse que en el tiempo en que proscriptos pisaron esta tierra de bendición, ella abrió las puertas de su feliz hogar a los ilustres desterrados que más arriba se mencionan, y que más tarde, en aquellos momentos en que argentinos y chilenos se miraban prevenidos, el palacio de la señora de Toro era el oasis donde los viajeros que venían del Oriente y pasaban rápidos por aquel

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desierto de afecciones, encontraban la hospitalidad hidalga en su amable albergue, quebrándose en sus muros encantadores los improperios dignos de las ardientes pasiones. H o y vive rodeada de su distinguida familia, y tal vez pudiéramos decir que su alegría ha sido inmensa al ver realizados sus propósitos, ella que más que nadie en Chile ha cultivado el árbol de la paz. No deseamos concluir este punto sin recordar a otra distinguida matrona chilena: la señora Delfina Cruz de Pinto, hija del general Cruz, que fué presidente de la Eepública de Chile,_ y viuda de don Aníbal Pinto, que ejerció el mismo elevado cargo; esta señora es remarcable por su distinción y bondad, como su hermana política Enriqueta Pinto es noble tronco de una distinguida familia y sus virtudes son proverbiales.
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No se puede hablar del ejército sin tributar un merecido elogio a ese conjunto armónico de combate, cuyos diversos resortes obedecen a una voluntad superior, única que los mueve a su antojo, con una estricta regularidad y una idea fija. En el ejército chileno existe un orden perfecto y todo está exactamente reglamentado, observándose los reglamentos con precisa puntualidad; el que ve maniobrar o ejecutar la instrucción detallada, progresiva, eni un cuerpo, puede decir que ha visto a todos; igual observancia en los métodos, estímulo remarcable, rigiendo el todo una disciplina absoluta. Alguna vez cuando el coronel Day y los oficiales argentinos que han estado en Chile encargados de estudiar el ejército chileno se referían a esta institución, llegamos a creer que pudiera haber en

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esto alguna exageración; pero hoy estamos convencidos de lo contrario. El general Körner es el verdadero motor de esta hermosa máquina que da real respetabilidad a su patria adoptiva. Körner es un infatigable trabajador, inteligente, activo, instruido y sumamente bueno y bondadoso, y sólo con la estimación que inspira ha podido imponer, puede muy bien decirse, el sistema alemán en el ejército chileno. Yo siempre he oído elogios a su persona y me hago un honor en repetirlos y declararme su sincero amigo. Ese hombre es un soldado de Federico el Grande, con un corazón de oro, alegre y decidor, que no hace sospechar su valor intrínseco. Desdé que se le trata a Körner, uno siente su franqueza y su sinceridad. Su obra será su mejor elogio, más ahora, que esa labor constante servirá en adelante para el afianzamiento de la paz. Tuve el agrado de presenciar la revista, o mejor dicho, la inspección del 19 de septiembre. Las tropas desfilaron en diferentes formaciones y distintos pasos: todo estaba irreprochable en el conjunto; es claro que en el detalle siempre hay algo que se presta a la crítica. Las tres armas rivalizaban en corrección, y todos los actos de la formación eran perfectamente calculados: distancias, momento oportuno de la colocación de las tropas y de las bandas de música, sin un accidente, sin un error de colocación; se veía que la lección, perfectamente estudiada, se llevaba a la práctica con una precisión admirable; esa constante práctica del terreno que es la base de la educación militar. Del mismo modo se notaba que los caballos y las muías estaban perfectamente adiestrados y montados por jinetes de esos que, como los argentinos, nacen, puede decirse, ya a caballo. Este es el conjunto de esas tropas, que en su mayor parte se componían de conscriptos; pero

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que los hacen trabajar demasiado, pues ocho horas diarias es fuerte tarea. Cuando me encontraba enfermo en el San Martín, me entretenía, por la mañana, en observar asiduamente, con un anteojo, la instrucción individual que se daba a un batallón de conscriptos que se adiestraba en tierra. Iniciaba este aprendizaje a las seis de la mañana y a las once aun estaba en la faena al rayo del sol. Encontraba esto excesivo; se me observó que en. primer lugar los reclutas no sufrían, y en segundo, qiie era necesario hacerlo así por el poco tiempo que debían estar en las filas; si no contaran con la robustez de sus soldados, acostumbrados en la vida urbana a los más rudos trabajos, no los expondrían a que pudieran enfermarse. Asistimos también a una fiesta muy simpática, donde presenciamos variados ejercicios ecuestres; esto me sorprendería si los ejecutantes no fueran excelentes e ingénitos jinetes, y ya dueños de la posesión del caballo pueden aprender fácilmente toda clase de ejercicios, menos algunas suertes que sólo he visto hacer a eximios domadores. En cuanto a los cuadros son de primer orden: los jefes y oficiales, prácticamente instruidos, cumplen admirablemente sus deberes: muy distinguidos caballeros, su cultura es proverbial, observando un respeto ostensible por su superior. El que atentamente observa, distingue desde el primer momento la homogeneidad del espíritu militar, de ese dogma moral, que es un convencimiento, y que da vigor a la institución. Del mismo modo que poseen un excelente cuadro de jefes y oficiales, la escala mayor jerárquica ostenta distinguidos^ generales que por su ilustración y servicios pudieran, si llegase el caso, reemplazar a Körner, como Parra. Ortuzar, Barceló, Vergara, Larrain, Martínez, Lopetegui, García,

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Palacios, Bari, Altamirano, Cantos, Bo'orman Ribera y otros, que en este momento no recuerdo, y que si acaso leen estos muy ligeros apuntes, les pido disculpa si no los nombro, diciendo lo mismo a los señores coroneles y jefes de cuerpo. Aunque no tuvimos tan frecuente trato con los marinos, he oído hacer los mismos elogios a ese respecto: posee la armada _ nacional chilena un grupo de almirantes y oficiales distinguidísimos y muy prácticos, entre los que figuran el distinguido almirante Mont, Hurtado Mendoza, Miguel Aguirre, Luis Artigas, Gómez, Carreño, García Huidro. Mi enfermedad tan inoportuna, me prohibió estudiar en detalle el minucioso mecanismo de la instrucción, y asistir al hermoso viaje al sur, visitando varias zonas militares, pero a pesar de eso puedo muy bien repetir que Chile no tiene que envidiar a ninguna nación americana su ejército: posee el que necesita y con el que le bastará para defender valientemente su territorio.

La legación argentina es muy estimada en Chile, sobre todo el doctor Terry, que se ha sabido captar la estimación pública y la del gobierno. En Chile, por el doctor Terry, existe verdadero afecto, él lo merece, porque ha sabido conquistárselo. Es un héroe de la paz, muy simpático, y la delegación argentina, recordando sus finas atenciones, tendrá siempre por él un cariñoso recuerdo. En cuanto a la delegación argentina, ha cumplido dignamente su misión, y estoy seguro que en Chile dejará una excelente impresión. Ahora, yo juzgo que es tan importante este acontecimiento de los pactos, que el pensamiento del doctor Terry debe llevarse a cabo; aquel su-

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ceso histórico, tan simpático, aquel abrazo de hermanos, iracundos un instante antes, debe ser conmemorado por un monumento, que obligue al cumplimiento del juramento de fraternidad pactado.
A bordo del San Martin, o c t u b r e 22 de 1902.

Delegaciones de alumnos en el «San CQaptín»
UN ACTO EMOCIONANTE

Las escuelas p\íblicas de ambos sexos que tomaron parte en el torneo del domingo, pasaron en la mañana de hoy a saludar a bordo del San Martín al general Garmendia y a entregarle una medalla conmemorativa de aquella fiesta, a la cual no pudo concurrir aquel jefe. En numerosos botes y con una banda de música se dirigieron al San Martín. Llegados allí, una delegación compuesta de alumnos y alumnas de las escuelas superior y elementales, pasaron a la cámara de la nave argentina, donde los recibió el general Garmendia, acompañado del comandante Martín y del segundo señor Villoldo. La alumna de la escuela superior núm. 1, Juana María Barrios, hizo uso de la palabra en los siguientes términos: «Hermanos e ilustres delegados argentinos: Nosotras, las hijas de Chile, hemos venido a presentar nuestros respetos y la expresión de nuestro sincero amor hacia ustedes, delegados de la nación hermana. Os rogamos decir allá a las vírgenes, a las madres y a los maestros argentinos, que aquí en Chile, nuestra amada patria, nos enseñan el amor a la gran república de allende los Andes: la Argentina. 4

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Este sentimiento será más ardiente en adelante, porque el representante del padre de la patria, este gigante de^ acero, ha venido ligero como el viento del espíritu que animó a aquel gran héroe de libertades, a recordarnos que al nacer la estrella de Chile al calor del sol de Mayo, fueron fraternales los lazos que unieron a nuestros pueblos. Decid allá, ilustres delegados y marinos, que nosotras, las hijas de Chile, pedimos a las hijas del Plata, a las madres y maestros argentinos, que enseñen allí también en los templos del saber y en los hogares, el amor fraternal a nuestra patria; que destruyan en el alma inocente de la juventud todos los gérmenes que las pasiones exaltadas sembraron como plantas malditas. Decid que corten de raíz los malos consejos, decid que destruyan los libros si fueron escritos para fomeniar el odio a nuestra querida patria, como el gran Belgrano quiso arrancar del campo al gran consejero de la política fraternal de nuestras hermanas repiíblicas hacia el porvenir. Dignaos, ilustre general, aceptar este pequeño recuerdo de nuestra fiesta, a la que por vuestra momentánea dolencia no pudisteis asistir. La liga contra el alcoholismo nos ampara en nuestra evolución hacia el culto de lo grande y a lo bello; ellas nos encarga expresaros que hacemos votos por vuestra felicidad personal y por la de vuestra familia. ¡ Salud, ilustre delegado! Llevad nuestro afecto y nuestro sincero cariño a las hijas del Plata, a las que amamos ya como amó O'Higgins a San Martí u.» Terminado este discurso, el general Garmendia, profundamente emocionado, quiso contestar, pero las lágrimas se lo impidieron, y abrazó a la alumna que le daba la medalla de oro. Repuesto de

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esta emoción, de la que todos los presentes participaron, dijo más o menos: «Que no extrañaran que el viejo roble se debatiera inquieto al contacto de esa tempestad de ternura que agitaba los sentimientos más sagrados de su vida, y que veía el símbolo del bogar chileno en el tierno corazón de esas criaturas, que Dios las arrojó a esta tierra, privilegiada para ser seres intermediarios entre Dios y el hombre. Le dijo que madres chilenas y argentinas dieron vida al sol de Mayo y a la estrella de Chacabuco: que toda la gloria, que todo lo sublime las pertenece porque ellas han creado las virtudes más sagradas del hombre y han enseñado los más santos deberes de la patria, y agregó: Esta escena no va a quedar solitaria en la cubierta de un buque de guerra; va a transmontar en el ala del cóndor la enriscada y nevada cumbre de los Andes para decirle a la Argentina que Chile le envía la expresión más lata de su ternura en el suspiro de sus vírgenes inocentes, que vibrará como la revelación del sentimiento más noble que pueda acariciar un argentino. Y o he visto encanecer mi cabeza al contacto de la expresión más dolorosa que puede sentir un padre, y ese recuerdo, al verme rodeado de estos seres inocentes, acrecienta la emoción de este momento. Así, el vínculo es sagrado y el recuerdo inolvidable y el agradecimiento toma proporciones colosales.» En seguida formuló una despedida que conmovió a todos, porque todas las niñas se lanzaron a él y lo abrazaron. El espectáculo era dramático: ver al viejo soldado rodeado de aquellos ángeles, que le presentaban su ramito de flores y sus lágrimas deslizarse silenciosas de sus ojos, como si se quisiera abrillantar aquella escena con los diamantes de la ternura.

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El general Garmendia obsequió a la comisión con champaña y con bombones a los niños. A l desprenderse del San Martín los botes, los alumnos, acompañados de la banda de música, cantaron el himno argentino.

En la íiesta del Circolo militai» Argentino
Esta es vuestra casa. El fulgor siniestro de los aceros ha sido reemplazado, como veis, por raudales de luz de gloria para recibiros. Bienvenidos seáis, retoños pujantes de aquellos adalides de la epopeya magna. Los moradores de esta modesta tienda de campaña, plantada en medio del fórum argentino, como para demostrar que al lado del santuario de la libertad y de las leyes debe estar el santuario de la defensa nacional, os reciben con los brazos abiertos y ante el ara olímpica de Chacabuco y Maipú se renueva el juramento de aquellos antecesores abnegados; sí, lo renovamos ante ellos, que desde lo alto de ese muro presiden esta modesta fiesta, esos soldados de la causa de los derechos del hombre libre, personalidades extraordinarias, patriotas de convicciones que libertaron un continente y murieron en el ostracismo porque era necesario que completaran sus amargas _ vicisitudes heroicas con el martirio de la nostalgia. Sí, señores; la vida de esos hombres fué de prueba y de abnegación, de gloria. Rompiendo duras cadenas proclamaron el dogma de la independencia americana, y entonces el sol de la igualdad al derramar por las venas de los pueblos esclavos el ardiente sentimiento de la libertad, hizo surgir de improviso los personajes más conspicuos de la

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revolución, nombres de grandes aptitudes para el gobierno, para el mando de los ejércitos, para la magistratura, esos hombres legendarios que fueron la gloria de aquella época histórica, génesis de la grandeza americana. En este momento, la satisfacción que nos embarga es inmensa: la obra de nuestros padres la con solidamos hoy con el abrazo fraternal de dos fuertes naciones de un mismo origen, porque vuestra sangre es la misma sangre que corre em nuestras venas, la que impaciente golpea el corazón: la inspiración surge a mis labios, brota sacudida por la emoción para deciros: Hermanos de armas: bien venidos seáis. Ilustres representantes de un pueblo glorioso, deseamos que el calor de nuestras manifestaciones os conmueva, y que en recuerdo de este abrazo, cuando vuestras gallardas naves surquen el Pacífico, no olvidéis que en tierra argentina dejáis amigos, amigos nobles y abnegados, que en la hora del sacrificio estarán a vuestro lado en fila, unidos como falange de héroes. En todo esto surge instinto, atavismo, grandeza de alma. Hoy la Sibila del porvenir nos dice que el nudo de nuestra amistad no habrá Alejandro que lo corte, porque el amor a la libertad y a la gloria, hace a los hombres invencibles. T a sabéis, pues: nuestras banderas están entrelazadas de amor; sus astros, que ciegan a los tiranos, brillarán siempre en la misma constelación del porvenir grandioso del cielo americano. Nobles hermanos de Chile: en vosotros saludo a vuestra noble patria, a vuestro ejército y a vuestro digno presidente.

En el oámefo espeeial del Círculo militar
«El amor a la libertad hace a los hombres indomables y a. los pueblos invencibles.» Esta saludable advertencia debería ser inscripta en las fronteras de las naciones impulsivas de la Europa. Cuando se defiende la tierra en que se nace, el amor a la patria nos conduce a las exageraciones más grandiosas del heroísmo. O se vence o se muere. La guerra del Paraguay no finalizó hasta que no hubo sucumbido el iiltimo pequeño grupo de la resistencia. Estos héroes de la constancia y de la intrepidez, serán siempre el ejemplo, el modelo más perfecto del sistema que emplean los rudos americanos para defender su casa. Em este orden de ideas siempre imaginé que la guerra entre Chile y la Argentina era imposible. Políticamente no existía una razón honrada en su favor. Militarmente, un problema de solución muy difícil. Humanamente, un crimen. Hoy que retoña fructífero aquel árbol hermoso que colosal extendió sus ramas por todo un continente, aquel árbol que plantaron los legendarios de Chacabuco y Maipú, hago votos porque su sombra amiga cobije a nuestros hermanos de la América.

B n la eoloeaeión de la plaea argentina en el monumento del general O'jiiggins el 2 2 de marzo de 1 9 0 4 . Señor Ministro: El Gobierno de mi patria me ha confiado la honrosa comisión de poner en vuestras manos esta placa de bronce, dedicada por el Ejército argentino al ilustre general chileno don Bernardo O'Higgins, y cuyo duro metal que rememora inmarcesibles glorias, tiene el raro mérito de haber pertenecido a un cañón de la guerra de la independencia. Este_ monumento representa para nosotros los argentinos, aquella sólida e histórica alianza de nuestros dos pueblos valerosos y hermanos, alianza que a impulso de un soplo sagrado libertador, realizó los hechos más memorables de la emancipación sudamericana y elevó al más alto grado el heroísmo patrio. El homenaje que por medio de este sencillo bronce tributan mis compañeros de armas en este momento a la esclarecida memoria de aquel procer que esta estatua representa, constituye el símbolo de aquella firme confraternidad de las armas libertadoras que se selló en Mendoza y que recorrió triunfante y vengadora como una ráfaga de poder sobrehumano, las tierras y los mares, desde Chacabuco hasta Pichincha, desde Maipú hasta Lima. Todo esto, señor Ministro, parece inverosímil, y sin embargo, fué una realidad tanta grandeza,

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no sólo en la idea que encarnaba la empresa, sino también en el constante empeño de la acción. Al parecer, la duda asalta a aquel que no concibe la idea, si la verdad de la historia no iluminara páginas tan gloriosas. Parece inverosímil que el pensamiento tenaz y persistente que surgió de la mente del libertador del Sur se hubiera podido ejecutar cuando el desastre conmovía los ánimos, arrasando todo, menos la esperanza; arrasando todo, menos la visión esplendente del porvenir de la Patria. Bien sabéis, señor Ministro, cuál fué ese pensamiento, cuál fué esa revelación del heroísmo. No se puede menos que recordar que el caudillo de una pequeña división, ese jefe de un grupo de soldados abnegados que hoy denominaríamos una reducida vanguardia, se propuso escalar las abruptas y nevadas montañas de los Andes y alcanzando el empíreo de los cóndores, descendió como el torrente de la victoria a esta tierra clásica de hombres esforzados, y seguro del éxito por el santo dogma que lo guiaba, dominó las comarcas avasalladas con triunfos esplendentes, el mar donde no navegaba un esquife siquiera que disputara el dominio español, y en seguida como la última jornada de esta obra de gigantes, sacudió el trono colonial de Lima, allí donde aun vibraba con un orgullo regio la altivez de la monarquía, allí dónde estaba el foco de sus tesoros y la fuerza real de sus valientes ejércitos. Para realizar esta monumental empresa, no existía un peso en las arcas de la revolución; era aquél un Gobierno de miseria que intentaba, constante por su esfuerzo propio, conquistar la libertad de un continente. El tesoro estaba exhausto, esta guerra excepcional se hacía sin dinero; no había otro resorte para mover los ejércitos que el fuego sagrado que

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inflamaba los corazones; no había otro móvil que el patriotismo de dos pueblos que ante la historia se personifican en O'Higgins y San Martín. Pues bien, este plan atrevido, bien calculado, que a primera vista parece el ensueño de una fantasía acalorada, se realizó metódicamente en todos sus detalles, en medio de grandes contratiempos, mas al fin las banderas unidas de los argentinos y de los chilenos cubrieron con sus colores nacientes la tribuna en que el libertador proclamó en la plaza de Lima la independencia del Perú. El eco prolongado de las canciones patrias de dos pueblos redentores y las dianas atronadoras de la libertad, resonaron de risco en risco por las montañas del Imperio de los Incas, repitiendo solemnes sus vibrantes notas en los hondos valles, cual si un canto extraño, grandioso, himno de hombres libres, entonase el resúrgite, como tocado por el Arcángel de la Biblia. ¡San Martín y O'Higgins realizaron esta obra sorprendente! _ Ño hubo imposibles para ellos, porque su misión era providencial. Pues bien, deseamos todos que aquella alianza que sembró de glorias el_ continente americano, sea el preludio de una amistad eterna entre nuestros dos pueblos hermanos. Si acaso dimos juntos los primeros pasos en nuestra infancia enardecida por el sentimiento patrio y subyugada por la gloria, marchemos unidos, compactos, como una columna de combate, también en el futuro, y a no dudarlo seremos grandes y respetados. Esta aspiración es lo que expresa esta placa en este inmortal monumento chileno. No hay allí escrita más que una frase, pero es el relieve del alma del soldado.

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Es el símbolo de las glorias de la edad de oro nacional y de deberes presentes. Recuerda las obligaciones que imperiosamente el pasado nos impone, y lo que debemos esperar del porvenir, si somos fieles a la noble tradición que nos legaron los fundadores de la independencia. Señor Ministro, al pie de este pedestal que evoca un siglo de glorias, saludo en nombre del Ejército argentino a los valientes soldados de la patria de O'Higgins.

En el banquete de la Escuela CDilitat*
Señor Ministro, señores: Agradezco profundamente los conceptos que habéis vertido. Me honran personalmente y tienen la entonación metálica del hermoso himno chileno, cuyas notas vibraban en este ambiente de entusiasmo, cuando me dirigíais la palabra. Permitidme que me dirija a mis camaradas y les diga que he vuelto a su seno para demostrarles que en un alma agradecida de soldado, el olvido vaga en vano, sin poder implantar su indiferencia... Allá en la lejana comarca de mi patria, el recuerdo de vuestro afecto acariciaba siempre mi esperanza, y fué necesario que esa ilusión, tan grata para mí. fuera una realidad. T a me veis, estoy a vuestro lado. Mas, antes, en la cumbre helada y majestuosa del Ande abrupto, allí en el reino de los cóndores, donde lo sublime de aquel bárbaro paisaje contorneaba una escena solemne, vi, conmovido, la gigante y broncínea efigie del Redentor, levantarse plácida, como imponiendo el amor de hermanos a los pueblos que han hecho frontera de su sagrado pedestal: allí precisamente, en ese sitio donde la blanca nieve de la montaña inmensa parece un espejo que hoy refleja la visión de la fraternidad; allí precisamente, donde en otro aciago tiempo fué una línea maldita que separaba odios insensatos y lágrimas de hermanos. Allí he visto, subyugado

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or la veneración de creencias, al Slártir ladelcruz de su las santas donde las con gran mundo cristiano, sosteniendo una mano martirio, guerras

injustas e inhumanas han crucificado a los pueblos, mientras que con la otra bendice y renace el nudo fraternal que hizo grandes y gloriosas a las naciones de oriente y de occidente: grandes y gloriosas fueron para defender sus libertades y libertar un continente. Señores: En nombre de esta idea, que la comprendéis, aunque la haya yo mal explicado, saludo en nombre del Ejército argentino al Ejército chileno y a su digno jefe el señor Presidente de la República,_ a quien los argentinos que hemos pisado esta tierra hospitalaria, debemos tantas atenciones. Al beber la última copa, debo brindar por la juventud militar chilena, que en el campo de batalla es el himno de la victoria, y que van cantando, alegres, a la muerte, como si aquel acto grandioso en que se derrama, abnegados, la sangre de los pueblos, fuera una noche de festín. Recibid de este viejo soldado, el entusiasmo que me inspiráis por vuestras ovaciones. Los años pueden petrificar la materia, pero siempre en ella, escondida entre las fibras del corazón, encontraréis la llama que vivifica las grandes acciones del hombre de guerra.

Dlaaarso del general Qarmendia pronunciado el día 17 de septiembre de 1 8 0 6 en el banquete de la municipalidad de Santiago de Chile. Cómo agradezco el eco simpático de vuestra benevolencia, espléndida manifestación que enajena mi espíritu con un noble estímulo para expresaros con frases sinceras la emoción que me domina. Ante todo, en nombre del Excmo. señor Presidente y pueblo argentino y de la delegación de que formo parte, debo agradecer al ilustre ciudadano que acaba de ser electo presidente de esta república, el honor que nos ha dispensado, invitándonos a presenciar la transmisión del mando, donde su alta personalidad augura al pueblo' chileno un período de paz, de progreso y de libertad. Como también debo expresar nuestra gratitud por los benévolos conceptos con que el señor alcalde nos ha dado la bienvenida, en cuya hermosa oratoria palpita el estilo de Horacio y la elocuencia de Cicerón. Ahora siento tocar vuestra herida; mas tengo que deciros que vuestra desgracia es inmensa, con proyecciones de cataclismo caótico, y aunque vuestro dolor haya corrido como torrente desbordado que cruel arrasa los corazones, en cambio la América se ha levantado para acudir a vuestro consuelo, reclamando para mi patria el primer puesto en este torneo de la lealtad a Chile, para esa tierra

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argentina que no ha olvidado que la hermosa República del Pacífico es su hermana gemela; nacidas las dos entre nubes de gloria en una epopeya legendaria, donde la sangre de los libertadores, ante el ara de la Independencia de la América, selló un juramento que nada ni nadie podrá quebrantar. Sí, chilenos, amigos míos, hago votos porque seamos los hermanos siameses que sólo la cuchilla nos podrá separar: la muerte. Es por eso que el pueblo argentino, avasallado por ese sentimiento leal y noble, se ha levantado unánime; porque allí ha hecho explosión de su dolor, para demostraros que la sinceridad es él timbre con que honra su espíritu de nación. No he olvidado aquellos momentos tan agradables que hace algún tiempo pasé entre vosotros. Una de las numerosas manifestaciones de aprecio con que se rendía homenaje a la delegación de que formaba parte, tuvo lugar en la Sociedad Hípica; allí por primera vez tomé la palabra y sentí que brotaba de lo más sensible de mi alma, una inspiración íntima, profunda: palabra de bronce que cual un vaticinio sagrado se ha cumplido: os dije que era inexacto que el símbolo de vuestra bandera fuera la solitaria estrella del Pacífico, porque nunca fué solitaria aquella que nunca el sol de Mayo había abandonado; ya veis, cuan pronto, la verdad de un afecto se ha consagrado: la adversidad nos ha unido con vínculos de acero, como la gloria en otro tiempo. Os decía que el pueblo argentino se levantó como un solo hombre, y si es verdad que se derrumbaba Valparaíso entre los horrores de bárbaros aplastamientos, los gemidos agónicos de las víctimas que aterran y los rugidos del incendio, ocultado todo por la bruma de la muerte, también por contagio de Ja sangre, allí en mi patria, repercutían esas escenas indescriptibles,

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también temblaron los pechos argentinos. Terremoto era ese que oprimía con intensa pena el alma nacional; allí también se sentían los horrores de la catástrofe que apagaba en un instante de angustia extrema los esplendentes fulgores de la perla del Pacífico. Temblaron los pechos argentinos, y el alma se sintió contristada, y era de lamentar que tan luego fuese ese siniestro injusto el que diera ocasión para demostrar la lealtad y amor de hermanos a Chile. La conmoción fué inmensa: era colosal ebullición de nobles sentimientos. Desde el primer magistrado hasta el ciudadano más desvalido, todos quisieron demostrar que la fraternidad con Chile no era palabra vana, y si alguna vez se prueban los buenos amigos, es en la dura adversidad. Llegó un momento en que nada resistió a esa sugestión divina de la piedad. Era el turno cristiano que les tocaba a las damas argentinas, hijas y nietas de aqiiellas mujeres sublimes que amamantaron leones en épocas memorables, esas mujeres de mi patria, que son hermanas de las vuestras, perdonad que lo diga, que a su belleza legendaria reúnen su exquisita sensibilidad: todas acudieron a la cita de la piedad, prontas a derramar el tesoro del consuelo en vuestros afligidos corazones. La noble y esclarecida dama Teodelina Fernández de Alvear, cuyas virtudes elevadas son un timbre de honor del estrado argentino, se puso a la cabeza de un grupo de distinguidas señoras, y predicando la cruzada contra el infortunio, conmovió las fibras del corazón nacional, y se vio con verdadero, orgullo que el alma popular sentía por Chile todo el amor de hermanos, que puede dar esplendor a los sentimientos de un pueblo. Todos los gremios y clases sociales acudieron

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presurosos, en noble competencia de generosos impulsos ; pero hubo uno que dominó la escena, aquel que representa la inocencia, la ternura infantil, ese sentimiento divino que nace de las entrañas de la madre para dulcificar las amargas horas de la vida; los niños argentinos quisieron ligarse por una acción imperecedera a los niños chilenos: se amaron sin conocerse, se besaron en la sombra del infortunio, mezclaron sus lágrimas, sus suspiros desolados, sus gemidos, sus gritos estridentes, entrecortados, su llanto torturante, como si todo eso simbolizara la Elegía del dolor indescriptible, e impelidos por un soplo misterioso, por el instinto de la sangre y por la sublime grandeza de la patria, recordando que sus abuelos formaron un solo pueblo que fué grandioso en la escena, que aquellos adalides de la independencia pelearon por hermosos ideales, y que en su esplendor eximio no se limitaron al horizonte egoísta de la patria; había algo más grande para ellos, la libertad de un continente, la libertad de la América; y al descender de la montaña abrupta y helada, cual un torrente desbordado, encrespado de odios seculares, con el trozo de sus rotas cadenas desbarataron a sus adversarios. Recordaron, decía, esos niños, en medio de su aflicción infinita, que esos pueblos congregados en una santa causa fueron invencibles cuando estuvieron unidos por el vínculo de la fraternidad, y formaron, puede decirse, una sola legión compacta de combate. A esta cita de sagradas vinculaciones en que un pueblo se apresura a concurrir con fraternal ardor, no podía faltar aquel que en cualquier momento y por cualquier orden, impasible, abnegado, está dispuesto a morir por la patria: me refiero al soldado, de quien por justa razón ha dicho A l fredo de Vigni, que no conoce nada más grande que su corazón. 5

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Los representantes argentinos de esta clase que tripula la nave 25 de Mayo, veteranos y conscriptos, fueron invitados por sus jefes a tomar participación en esta fiesta de la piedad. La fila humana se formó en silencio como movida por el engranaje táctico de una máquina impulsiva, clareada por un hermoso sol de otoño. A su cabeza marchaba un contramaestre, alto y seco de carnes como el héroe manchego, ojo de lobo marino, nariz aguileña, bigote punzante, la frente surcada de arrugas, parecían tajos de la experiencia, este viejo soldado, decía, marchaba a la cabeza del grupo como alto mástil que señalaba a lo lejos la gallarda y robusta nave que ha resistido bárbaras tempestades; se aproxima con arrogancia como quien blasona de un noble corazón, al lugar donde se recibía el óbolo, y extendiendo su callosa mano exclamó con altivez: ¡ Ahí está todo mi sueldo enterito! ¡ Qué solemne estaba ese hombre de la patria en ese momento!. Ese hombre del pueblo. Ese hombre de Alfredo de V i g n i : para él había algo más grande que el hambre de sus hijos, el hambre de una nación, el sentimiento incólume del pueblo argentino, identificado en ese hermoso rasgo de su alma, el espíritu de lo magno, del sacrificio. ¡ Grandeza militar sublime! Después siguió la fila de jóvenes conscriptos y veteranos obedeciendo su abnegado ejemplo, a la sugestión potente, mecánica de una brillante acción. Si es verdad que es magna la desgracia que hoy pesa sobre la nación chilena, más brillante, más monumental es su potente energía, su grandeza; nada la ha conmovido, su serenidad admira; firme como un obelisco de montaña, como un coloso de acero ha encarado con altivez tan terrible acontecimiento, demostrando al mundo asombrado todo

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lo que se puede esperar de un pueblo viril, y estoy seguro que aunque se hubiesen derrumbado cien Valparaísos, no se abatiría por un momento el ánimo vigoroso de Chile, porque su fuerza está en el fanatismo de la patria. Siento en este momento la visión luciente del porvenir. Valparaíso surgirá de nuevo, desafiando los furores impotentes del infierno de la tierra, surgirá más hermosa, esplendente, como verdadera hija del progreso, de la fuerza, de la energía, de un pueblo intrépido; se levantará asombrando al mundo, para la gloria de Chile, y no olvidará que al otro lado de los peñascos legendarios existe un pueblo noble y sincero, que ha llorado sus penas, que ha sentido su infortunio, como si fuera el propio sufrimiento de su cuerpo lacerado.

Discurso del general Garmendia el día del banquete del ministro de la Guerra de Chile en el Club de Santiago el 2 4 de diciembre de 1 9 1 0 . El gran amigo de Chile, general don José Ignacio Garmendia, que nos visita hoy por segunda vez, se puso de pie y contestó al ministro de la Guerra, señor Larrain Claro, en los siguientes términos: «Honrosamente encumbrado presidiendo la comisión que en representación del Ejército argentino viene hoy como feliz auspicio en un día histórico a traeros un nuevo saludo de viejos amigos; cortesía sincera y amplia que revive inmune las antiguas relaciones y fortifica los afamados vínculos de dos naciones que en el pasado, en el presente, y aun pudiera asegurar, con la convicción firme que estalla del constante contacto atávico, que en el futuro, guardarán siempre inalterable el patriótico anhelo de paz y de concordia que los une, interpretando en todo tiempo el vínculo sagrado que los enaltece; porque nacieron mellizas en la gloria y el sacrificio, para ser más tarde poderosas y unidas en las peripecias de la vida de las naciones, y para labrar su porvenir esplendente de progreso alimentado siempre por el dogma libertario que vibra reverente en el santuario de su alma augusta, donde sólo se adora divinidades pa-

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tricias bajo el amparo de la sanción de los derechos del hombre. Soy, pues, permitidme este título legendario que me apropio, el legendario heraldo que hace un siglo que en diversas formas y diversas oportunidades, viene siempre a vuestra tierra privilegiada a daros el abrazo de hermanos, viene a consagrar de nuevo alianza íntima, leal y fuerte que eleva los corazones y solemniza el acercamiento; y aunque pudiera ser que otro emisario revistiera más apuesto donaire en su porte y juventud, y más elocuente brillantez en la frase galana que adorna el discurso, estoy seguro, os lo afirmo, que no ostentará mayor sinceridad en el sentimiento de estima que me une a Chile; porque esa simpática atracción tiene por vínculo indisoluble la lealtad que cimentan su poder y su grandeza en el homérico parentesco de las armas, que a fuerza de ser viejo, es magno y solemne. Así, pues, considerad que somos los representantes del Ejército argentino que no tiene edad. ¿Acaso la tiene la gloria? Es como el vuestro, cuyo refulgente renombre inspira himnos de poema e improvisa enaltecidos guerreros, a causa de que en su sangre histórica y generosa, surgen acciones que sólo tiene por actores a ilustres capitanes, cuando a sus órdenes marchan en son de guerra pueblos como el chileno. Extended vuestra vista hacia la epopeya de otros tiempos y os sentiréis conmovidos por la emoción patriótica que os asalta; sentiréis que chilenos y argentinos escribieron sus afamadas páginas con la sangre de sus venas y la punta de sus bayonetas. Allí veréis la historia de dos pueblos timbrada de resaltantes acontecimientos, ya con el fusil negro del humo de la prolongada lucha, custodiando leal la libertad de la comarca, ya con la

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azada bruñida por el trabajo, que da opulencia a la tierra y dignifica al hombre. Esa fué y es la gloria más pura de la América. En la paz y en la guerra todo por la patria. Renombre inmortal en los anales legendarios, de su alta dignidad histórica, altivez bravia de raza indomable; constancia en el sufrimiento; dura sobriedad en la ciclópea faena; sublime en sus propósitos liberales; en la majestad de la abnegación y de sacrificios regios y constantes, factores preeminentes por sus hechos: he aquí los principales rasgos característicos de dos patrias hermanas que fueron y serán indispensables para sostener el equilibrio sudamericano y para impulsar todos los progresos de la civilización moderna, en cuyo dominio magistral se encierra su grandioso porvenir. Deseo que se me diga cuál es la comarca en la tierra que ha podido levantarse aureolada por reflejos inmortales, sin que haya tenido el sólido sustento del poder austero de esos seres excepcionales, que allá en la poética leyenda de mi patria, el poeta de las lágrimas, los denominó a cartujos de la gloria», esos parias del_renombre, que un transporte de sublime sentimiento hizo decir a Alfredo de V i g n i : « Y o no conozco nada más grande que el corazón del soldado». ¡ S í ! porque son los que más aferrados están a la tierra en la que han nacido, teniendo presente en todo momento el juramento hecho a la bandera : voto de verdadero asceta, de fanatismo heroico, inquebrantable; que a todas horas les recuerda que deben estar prontos al sacrificio; que deben estar dispuestos a morir por ella; abandonando en el desamparo todo lo que más se ama; porque el único amor que le permite esa bárbara ordenanza es el amor a la patria; y es tan exacto lo que aquí expongo, que resalta con fúlgidos caracteres en vuestra historia todo lo que la nación

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chilena debe a su ejército, que es su pueblo hercúleo, su potente fibra, su generosa sangre, su corazón magnánimo. ¿ Qué adelanto culminante o iniciativa patriótica no ha sido apoyada por el Ejército? T a fundando pueblos entre hordas crueles bravias, regando sus cimientos con su sangre; ya resguardando fronteras a toda hora, alguna vez sin sueño y sin alimento, ya horadando túneles en la sombra y la aspereza de la montaña, construyendo ferrocarriles que pudiéramos denominar las rápidas y ciclópeas alas del comercio y de la civilización, fortalezas inexpugnables, extensos campos atrincherados, arrasando bosques, perforando minas debajo del mar, todo esto en su mayor trabajo es la obra constante de esos hombres tan modestos y tan pobres en su vida de ciudadanos libres, como tan altivos y valerosos cuando en compacta fila y abnegado empuje, arrostran los peligros del campo dú batalla. Ta han pasado algunos años desde aquel agradable momento en que os hice mi primera visita, formando parte de aquella comisión que presidía el malogrado general don Luis María Campos, y qua os demostró con alarde amistoso y sincero el sentimiento entusiasta de mi patria hacia Chile; han pasado algunos años, días y días de luces y brumas, noches claras iluminadas por la argentada íuna, noches claras tachonadas de fulgores estelares que titilan en armónico concierto en la solemnidad del infinito, noches negras como el antro de la nada, donde sólo distinguimos con pena infinita el negro crespón de los muertos queridos, de los muertos ilustres, que tal vez en este instante evocáis y les dais vida, en este instante, en la penumbra de vuestro melancólico recuerdo, en este instante en que fugaz la mente se envuelve en el silencio tétrico del espíritu.

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¿ Son acaso las sombras venerandas del preclaro presidente Montt, del ilustre ministro Terry, del intrépido general Campos, del noble almirante Solier, que fueron cuando consagraban su vida a la patria, incansables factores del consorcio de nuestras dos naciones? ¡ Reflejos del pasado son éstos que oprimen el corazón, mas es deber rememorarlos para honrar a los ausentes; han pasado algunos años, decía, y aunque la nube espesa de la distancia y el olvido que alimenta el tiempo, amortigua alguna, vez el fuego del cariño, yo hoy identificado en el anciano heraldo del Ejército argentino, he quedado intacto con la envergadura del soldado de otros tiempos que guarda austero en su corazón, como depósito sagrado, el compromiso de honor que simboliza la lealtad a la palabra empeñada! ; Sí, soy el viejo caballero que en otra hora, como en este momento, siente que el mismo fuego da vigor a su acento para expresaros la intensa estima que os profesa vuestro hermano el Ejército de mi patria! Evocar los fulgurantes acontecimientos que iorman la historia de estas dos naciones y los heclos memorables en que fueron preeminentes actores, sería repetir los himnos de victoria que de eco

en eco van rodando por los abruptos riscos de la

montaña, sería repetir lo que está en la conciencia de las multitudes patricias, esa historia fulminosa por los rayos de la gloria que hasta los niños invocan en las grandes solemnidades de la patria, ya en la llanura ardiente, ya en la cumbre helada que alcanza su majestad olímpica hasta el ambiente que ostenta los colores de la bandera argentina, ese ambiente soberano donde vibra en titilación constante la estrella solitaria del Pacífico para demostrar que del otro lado de la escabrosa e imponente altura, donde Cristo impone al orbe el víncu-

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lo fraternal de las naciones, está una fuerza colosal de altivo abolengo que sólo así se basta; porque mora allí un pueblo, cuya bandera, como la Argentina, nunca el conquistador extranjero ató a su carro triunfal; porque allí vive un pueblo de fibras de acero en cuya enseña nacional escintilan esplendores de una estrella que siempre los ha guiado a la victoria: vive allí un gran pueblo cuyo mágico poder está en su ardoroso patriotismo, en su valor indomable. Voy a concluir; mi acento sincero es la mejor credencial con que la comisión que presido se presenta ante vosotros. Sé que sois indulgentes: eso me basta. i Señores! ahora una última palabra de consideración y respeto. Brindo por el pueblo chileno y su admirable Ejército, por el Excmo. señor vicepresidente de la Repiíbiica y por su digno ministro de la Guerra.»

Eeos de las fiestas de Rio Janeiro
Discurso pronunciado por el general don José Ignacio Garmendia en el banquete militar que tuvo lugar en el Ministerio de la Guerra en Río Janeiro, en honor de nuestro ministro y demás comitiva militar que le acompañaba. Señor ministro, señores: Siento que la emoción de una gratitud inmensa, ata la lengua, como si ésta, esclava, obedeciera a las palpitaciones generosas de un corazón de soldado. En este momento, señores, se levanta majestuosa, solemne, la visión patriótica del pasado y del porvenir. En el pasado está la gloria de los héroes, la enseña de los pueblos libres sacudida por el soplo de un huracán de plomo cayendo en la arena redentora los bravos brasileros al lado de los bravos orientales y argentinos: en el porvenir el abrazo de hermanos, borrando las fronteras y confundiendo el idioma; un fundamento de fuerza certifica esta halagadora esperanza, la energía con que nuestros países han resistido al asalto constante y artero de las vetustas preocupaciones españolas y portuguesas hasta que al fin el destino propicio de las regiones del Plata les marcó el derrotero fijo de su fulgurante cruzada, y pudieron entonces grabar en el blasón que brillante

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ostentan: La lucha por el progreso y por la libertad. El grito angustioso de los oprimidos nos lanzó a la fatal contienda; entonces fué que vimos esa majestuosa bandera auriverde, espejo mágico de la gloria de sus hijos, entre la espesa bruma de la pólvora del campo de batalla, allí donde los bizarros esfuerzos humanos sólo viven de los grandes hechos: fué allí donde contemplé con todo el entusiasmo de la juventud, las huestes legendarias inscribir en sus hermosas enseñas las hazañas del pueblo brasilero, que como un canto de guerra vivirá en el corazón de los soldados de todos los países y de todos los tiempos, como las palpitaciones de una nación intrépida y abnegada. En este momento, deslumhrado por los brillantes uniformes tan bien ganados y tan dignamente llevados, siento en el alma una emoción inmensa. Esas cabezas blancas, cuyas canas atestiguan las faenas insuperables de Marte, han sido compradas con las medallas que ostentan en sus pe chos, en esos resaltantes pechos que bizarros siempre dieron frente al enemigo, por más terrible que fuese la lid, por más sangre que corriese, me infunden profunda veneración; siento en este momento que el recuerdo, como un hecho reciente, misterioso, evoca entre el torbellino de las más sublimes emociones, a los héroes brasileros, como si de un golpe surgiera ese panorama tan enormemente grandioso que no hay pincel que lo retrate ni pluma que lo describa. El instinto de la fraternidad de hombres libres que abolía la tiranía en Caseros, también nos lanzó a esa gloria en acción que se denomina la guerra del Paraguay. Hermosa coincidencia que hace actuar bizarramente a brasileros y argentinos y orientales en el derrocamiento de los dos más bárbaros déspotas de la América contemporánea. Es allí,

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en esa guerra del Paraguay, que el bizarro Barroso, en esa batalla naval y tradicional que la fama nombró «Riachuelo», combate como en Munda, más que por la victoria, por la vida; es allí donde el Bayardo Brasilero, el intrépido Osorio, grita a sus soldados como Enrique I V : ¡ Seguidme! los relámpagos de mi espada brillan en el peligro: ese es el punto de reunión, y Sampayo, el paladín de hierro de la primera línea de la batalla del 24 de mayo, muere al pie de su bandera; Mallet, cuyo noble hijo escucha estas palabras; Mallet, digo, el volcán del rechazo, a quien sus oamaradas, buscando un nombre heroico llaman después de la jornada del 24 de mayo «Artillería revólver», título que no cambiarán sus descendientes por todos los blasones de la monarquía; Casias, el arrogaaite general, pensador y audaz y valiente como un soldado que encuentra en Itororó su inmortal Areola; Argollo, estratégico y sereno, aquel que ejecuta una de las más heroicas y difíciles operaciones de la guerra del Paraguay que da por resultado el brillante éxito final de la campaña del Piquisirí; Porto Alegre, el bizarro vencedor de Curuzú y Tuyuty, donde sostiene nuestra base de operaciones con férrea tenacidad, P o lidoro organizador y bravo. El barón del triunfo, ráfaga de la guerra, enardecido en el fuego de la batalla; centauro del impulso, que vive en las cargas de leyenda: su compañero Nederauer, el bizarro caballero, cuya lanza parece forjada por el rudo Vulcano. Fernando Machado, que en el puente de Itororó, a la sombra de la bandera, que enarbola heroico, sucumbe como un bravo entre bravos. Sousa Guimaraens, Pedra, los Mena Barrete, Cámara y tantos otros intrépidos que inmortalizan ese extenso y remoto campo de batalla, que sólo concluye cuando se concluye el último de los paraguayos. Esta es la mayor gloria para las

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armas aliadas, porque demuestra el exceso de tenacidad y coraje del adversario; y sobre todo para el bravo ejército brasilero, que soportó muchas veces con rara intrepidez el mayor esfuerzo. Señores, los pueblos que en sublime confraternidad derramaron su sangre por la libertad de hermanos oprimidos, a quienes ni remotamente han pedido la recompensa de tanto sacrificio, de tanto beneficio, más que el cumplimiento del sagrado deber de guardar ese santuario: ese santo dogma, que surgió, como el Cristianismo, del Calvario, de la sangre preciosa de los bravos caídos a la sombra de las banderas aliadas, arrulladas em su tumba por el canto de la Patria, deben mantener esa noble aspiración del pasado, del presente y del porvenir; ese grito solemne lo siento aquí como un golpe de cariño y de gratitud por mis camaradas, y toda la g'randeza militar se destaca ante este gran cuadro: valor, abnegación y constancia, y para que sea completa esta idea patriótica, agreguemos el amor de hermanos, que ha de fundir progreso y glorias en un mismo sentimiento. Señores, brindo por los camaradas de eterna ausencia, que pagaron con su sangre su inmortal renombre. Brindo por el ejército y armada brasileros de ayer y de hoy, porque los lazos que nos unen a ellos sean eternos. Brindo por el Excmo. señor Presidente Campo Salles, que en los vigorosos rasgos de su franca fisonomía se revela el tipo de un soldado.

flotas fugaces
A bordo del San Martin.

_ Hago lo posible por dominar las fuertes impresiones que ha recibido mi espíritu, para que no parezca exagerado el fugaz relato de la generosa recepción del pueblo y gobierno brasilero al señor Presidente y a su comitiva: mejor dicho, a la República Argentina. Nuestra entrada en la Bahía fué un cuadro de un colorido tan vibrante, de un movimiento tan imponente, que aun emocionado veo pasar ante mis ojos la deslumbrante escena, entre los estentóreos vítores de la majestuosa fraternidad de dos pueblos, que se produce por primera vez teniendo por testigos esas seculares y hermosas moles de granito que parecen los eternos centinelas de la gloria del Brasil. En ese momento no alcanzo a comprender qué fatalidad ha impedido que antes de ahora estas dos nobles naciones no se hayan confundido en un eterno abrazo. Aquellos tres soberbios buques argentinos entrando bizarros con sus cascadas de gallardetes y banderines, escoltados por otras tres arrogantes naves de la escuadra brasilera, medio velados entre las bocanadas de humo de los múltiples cañones de los navios y de los fuertes, que formaban nubes espesas, como si la escena, a fuer de ser grandiosa, se quisiera arrancar de la tierra hacia un mundo ideal desconocido; era un espectáculo

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para mí extraño: estaba conmovido ante la majestad del cuadro, y hoy me lo explico cuando considero el sentimiento nacional que me agita: el pacto de la confraternidad argentina y brasilera no podía tener otro escenario; si grande era la idea, grandioso debía ser el teatro de esta noble ratificación de la sangre vertida en el campo de batalla: no le fuera mejor apropiado otro lugar, cuya bóveda era el cielo azul de las dos banderas, como ya en la sangrienta lid lo había sido, y por pavimento el mar tranquilo, besando cariñoso los flancos de nuestros buques y sonriendo espuma a los pies de los formidables fuertes que defienden la entrada de la Bahía, allí donde el monolito Pan de Azúcar, ese cíclope pétreo de inmensas formas, nos saluda a gran distancia con la gravedad de lo insondable. La Bahía se presentaba imponente: multitud de vapores y embarcaciones cubrían sus tranquilas aguas y apiñados de una multitud grandiosa que saludaba a la República Argentina y a su digno Presidente, de quien puedo decir, sin que se crea que es un banal elogio, que durante su estadía no ha producido un acto, ni ha pronunciado un concepto que no sea arreglado a su alta representación; decía que una multitud saludaba entusiasmada nuestra llegada, rodeando nuestros buques con empeño, se oía el himno nacional de los argentinos en todas partes, parecía que en ese ambiente perfumado se respiraba la patria, como diciéndonos: aquí también está vuestro sagrado hogar, porque es la patria de un pueblo noble y generoso que siempre ha sido vuestro amigo y cumplió los sagrados deberes de la alianza, que fué más hecha por instinto que por conveniencia.

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Así hemos llegado a Rio Janeiro, y la recepción hecha por el Excmo. señor Presidente y el pueblo brasilero fué inmensa: es la palabra; la multitud simpática ordenada, representación verdadera de un pueblo culto, apiñada en las calles vivando a nuestro país con retumbos de trueno: los balcones poblados por el bello sexo, que entusiasta tomaba participación en las fiestas derramando flores sobre el convoy que marcha lentamente: parecía que volvíamos juntos de una campaña lejana por las libertades de otros hermanos. Las tropas, formadas en ondulante línea de batalla, brillantemente uniformadas, llevando un traje vistoso y elegante, donde se veía los hermosos colores de los antiguos uniformes de parada argentinos, cuyos colores han debido conservarse en los nuevos trajes, porque eran más apropiados al brillante escenario de una revista o parada militar, estableciendo diferencia con el traje de campaña, que es traje sin brillo y cómodo, como para disimularse en lo posible al peligro y para soportarlo con la mayor comodidad. Las tropas de las tres armas, después que llegó la comitiva argentina con los dos presidentes al soberbio palacio de gobierno, desfiló ante ellos con el paso arrogante y desenvuelto que usamos nosotros, tanto que al oir ciertas marchas que tocan las bandas argentinas, creía ver a nuestros soldados que como buenos amigos escoltaban la gloriosa bandera brasilera. Mi opinión es completamente favorable al ejército brasilero de h o y : su organización es completa, y su ministro de la Guerra, el señor general Mallet, hijo del glorioso mariscal Mallet, de la guerra del Paraguay, es un hombre distinguido que une a la experiencia la competencia, y tiene en

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vista vastos proyectos importantes sobre la materia.
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El señor Presidente del Brasil, Campos Salles, es un hombre de talento: su tipo simpático atrae; su faz enérgica se parece a la de un soldado : ha escrito libros llenos de saber y erudición, donde se trasluce el estadista, el hombre de gobierno y el escritor eximio. Aunque le estoy profundamente agradecido por las atenciones que de él he recibido, y pudiera creerse que este es un juicio apasionado, debo declarar que es verdadero: la impresión que al tratar a esta alta personalidad lino recibe, es siempre favorable: su conversación seria y amena domina, y uno se siente atraído al momento por su franqueza mesurada y agradable asunto; aun sus enemigos políticos le reconocen sus buenas intenciones y distinguidas condiciones. Su Ministerio se compone de hombres jóvenes de talento reconocido, y puede muy bien augurarse que su gobierno será un gobierno de <?randes progresos. Uno de los casos que más me ha llamado la atención en R í o Janeiro es el pueblo: su cultura es remarcable, allí no se ve la policía, y uno no concibe, em medio de esos grandes amontonamientos de gente, que no haya desórdenes ni se incomode a nadie. La manifestación de los obreros hecha al general Roca asumió proporciones colosales: el orden de la marcha, los trajes uniformados y vistosos de los obreros, los car-ros alegóricos de las fábricas, las ricas enseñas bordadas en oro y plata, todo era un conjunto agradable, en cuya numerosa columna no se veían extranjeros: todo era brasilero. 6

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Bello espectáculo aquél: la industria nacional luciendo los regios estandartes del trabajo empapados en el sudor de su frente.
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He podido apreciar personalmente la alta sociedad brasilera, en el teatro y en los bailes, y puedo decir que su distinción es remarcable; la educación especial de la mujer llama la atención: sobre todo lo que las distingue es su modestia, cultura e ilustración, y que no se pintan; uno las ve tales cuales son: en la calle van con los trajes más sencillos, sin l u j o y sólo dejan éste para los bailes, teatros o comida?,.
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Estas fugaces notas son apenas una ligera expresión de lo que aun se siente, como la repercusión de uno de esos grandes sentimientos que conmueven el corazón. ¿ Cómo agradecer al gobierno, ejército, pueblo y prensa brasilera, a esa prensa a cuya cabeza están dos grandes notabilidades: Rui Barbosa y Bocayuba, que no ha habido fraternidad y homenaje que no nos hayan dispensado las demostraciones de que fuimos objeto? No hay nada que se iguale a aquella regia cortesía, que tan brillante nunca nos imaginamos, y yo, que siempre en mis conversaciones como en mis escritos he sido amigo del Brasil, estoy de parabienes, y es por eso que rudamente he criticado aquellos sueltos irreflexivos escritos por algún joven inexperto, que suelen aparecer de cuando en cuando en algunos de nuestros periódicos ridiculizándolos, olvidando que la gloriosa bandera brasilera ha flameado siempre con gloria en los campos

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de batalla y que el valor de sus soldados no le va en zaga a ningún otro soldado. Hago votos porque Buenos Aires se levante en masa para recibir al Excmo. señor Presidente Campos Salles; en ese imponente acto no sería sino retribuir una hermosa y formidable galantería.

El ejército brasilero en la guerra del Paraguay
Conferencia leída el 31 de octubre en el teatro de la Opera por el señor general don José Ignacio Garmendia. Señores representantes del ejército brasilero; señores: A mucha honra he tenido el que fuera designado por el señor ministro de la Guerra y el Círculo Militar Argentino para daros la bienvenida en nombre del ejército, en este recinto que tiene por consigna la abnegación del soldado, que a toda hora y a todo momento está dispuesto a sacrificarse por la patria; pues bien, es aquí en presencia de los representantes del ejército de mi país que debo deciros que sus brazos están abiertos para estrechar contra su robusto pecho a sus nobles camaradas, haciendo votos porque siempre unidos por el vínculo sincero que los unió en las luchas libertadoras, que hoy renace con sublime impulso, vayan como hermanos al campo de batalla, no para subyugar y envilecer a los pueblos vencidos, ni desolar naciones; sino para romper las huestes de los tiranos, levantando en su lugar, como ya lo han hecho, el alcázar majestuoso de la libertad y del progreso. Interpretando el sentimiento nacional de mi pa-

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tria, agradecida a la política generosa del Brasil en el Río de la Plata, he buscado el medio de congraciarme vuestro afecto, que en este momento es mi mayor anhelo; he querido que este saludo fraternal toque vuestra alma con emociones gratas, con emociones que sacudan vuestro bélico corazón al recuerdo de una vida de gloria y de sufrimiento que encierra el poema más brillante del Brasil, y no he encontrado otro que sea más propicio a vuestro entusiasmo, que rememorar las hazañas del ejército brasilero en la campaña del Paraguay, tema que por sí solo inspira un noble sentimiento, y aunque en él no impere la elocuencia digna de este acto, en cambio han de vibrar las palpitaciones sinceras de un corazón de soldado. Señores representantes de] ejército brasilero, os pido benevolencia, y si al hacer el panegírico de aquellos tercios valerosos, la palabra inculta no releva la expresión intensa que domina mi espíritu, disculpad en mi ánimo ese egoísmo del alma, que me niega la expansión grandiosa que, en vuestro honor, quisiera dar a mi pensamiento. El ejército brasilero en la guerra del Paraguay

Cuando una nación pacífica que siempre ha respetado los derechos de sus vecinos, injustamente es provocada a la guerra, y durante cinco años deja cincuenta mil cadáveres de sus hijos más queridos en el campo adverso, y ve exhausto su tesoro, el luto y el dolor por fúnebre enseña, y en compensación a tanta desventura no reclama la inmediata y justa indemnización que ninguna nación perdona, merece toda la consideración y simpatía de los pueblos civilizados y el honor de que se escriba en paginas de oro su cruzada libertadora. Esa fué la misión de los ejércitos aliados en la

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campaña del Paraguay^ entre los que figurará siempre con bizarría el brasilero, que surge repentino e imponente del seno tranquilo de la paz como el ángel exterminador de los tiranos, como el adalid de una causa justa, como el soberbio vengador de la patria. La gloria militar, esa frivola luciérnaga para los pusilánimes que no tienen el coraje de buscar el peligro en la arena del combate, fué la aureola de esas hermosas legiones que en pos de una misión redentora conmovieron a la América con sus grandes hechos. La gloria, digo, improvisó aquellos gallardos regimientos de ciudadanos que desde el primer día hicieron flamear la bandera auriverde en el ambiente luminoso de la victoria, y mostraron al mundo que cuando el ciudadano la persigue para honor de su patria, temerario rompe todo obstáculo, desafía todo peligro, y no hay sacrificio por más grande que se presente que no sea salvado por el honor de la bandera, y es por eso, señores, que en aquel monumental campo cerrado de incesante lidia, orlaron sus sienes aquellos altivos soldados brasileros, con los laureles que, puede muy bien decirse, en la prolongada contienda del Paraguay es la punzante corona de espinas que sólo oprime la frente del indómito homAqueíía aprupación de hombres venidos de las más lejanas comarcas del Brasil, tostados por el sol del trabajo diario, que abandonaban el arado y sus rudas faenas para empuñar las armas en defensa de los principios proclamados por el dogma de los hombres libres, que nunca habían oído silbar una bala, que desconocían los furores de la guerra, aprendiendo en el fuego enemigo la primera instrucción del recluta, y que cantando alegremente marchaban a vengar el honor nacional ultrajado, un momento más tarde los vamos a ver

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transformados en rudos guerreros cuya valentía queda como proverbio en el lenguaje de los bravos. Reconcentrado el ejército aliado en Concordia después de las victorias estratégicas de Yatay y TJruguayana y el bizarro éxito transcendental de la escuadra brasilera en el Riachuelo, triunfo en el que el almirante Barroso eterniza su nombre, marcha al Paso de la Patria, donde empieza la preparación de la invasión al Paraguay. Como preliminar de su brillante futuro, da comienzo en la isla de la Redención a las hazañas brasileras que más tarde han de formar su epopeya. El comandante Cabrita, al frente de un puñado de valientes, solo, aislado, en medio d é ! ancho río Paraná, rechaza un ataoue formidable que le llevan los paraguayos, y desde ese momento, la comportación de sus soldados en aquel conflicto sangriento nos hace admirar la flema inalterable y la bravura de nuestros aliados. Al fin llega el momento grave del pasaje del río Paraná, operación estratégica de gran mérito, que en la buena historia militar ha de figurar como eximio ejemplo al lado de las de igual índole que fueron ejecutadas por grandes capitanes; llega ese momento, y ante la perspectiva insegura, como son casi todas las cosas de la guerra, y la magnitud de la empresa, se siente una pequeña vacilación de duda entre los generales aliados, pues algunos creían que una operación grave debía ser un poco más meditada en todos sus detalles. Osorio, que aunque no participa de esas ideas, se aproxima a Mitre y le transmite las impresiones de sus colegas. El Generalísimo argentino, clavando su mirada de águila sobre la noble y serena faz del intrépido caudillo, le dice: «General, yo he elegido a V. E. para que sea el héroe clásico de esta operación, y estoy seguro que la victoria no ha de

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abandonar ni un instante a las gloriosas banderas brasileras». Fulgurante de arrogancia, Osorio, golpeándose el pecho, exclama: a General, iré con mis brasileros: Le respondo que el éxito coronará mis esfuerzos » Sí, señores; aquel hombre cumplió su palabra y la palabra del general Mitre: es que tenía la intución de los grandes hechos: brioso como César, fué, vio y venció en presencia de 25,000 enemigos atrincherados y 66 cañones que defendían, los accesos del Paso de la Patria; y puede muy bien decirse que ese férreo grupo de la alianza fué el primero que pisó el territorio enemigo y abrió el primer surco del áspero camino, que durante cinco años, aunque con grandes padecimientos, ha sido trillado por la victoria. Esta operación sostenida por el embate formidable de la escuadra brasilera, da por resultado la tercera victoria estratégica de la campaña: la retirada del general López de la posición casi inexpugnable del Paso de la Patria. No podría nunca historiar estos hechos sin consignar este hermoso triunfo de la flota de nuestros aliados. Más tarde, en un día sereno y de primavera, y sin sobresalto, en que todo el ejército aliado está entregado al reposo, me refiero al 2 de mayo, de improviso, como una mar embravecida, un ejército de impávidos paraguayos irrumpe violentamemte de los bosques que orlan al norte el Estero Bellaco, y atravesando los pasos que enfrentan el campo aliado, caen sobre él con vandálico empuje. En el primer momento rompen sus líneas avanzadas, y alcanzan hasta el campo Oriental, donde los valerosos de Flores, oprimidos por el número y por el ímpetu de la enardecida masa, pelean desesperadamente por la vida; porque la visión de la vic-

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toria ha desaparecido entre el humo del tumulto. Aquella lidia en estruendoso retroceso, en que los batallones orientales y brasileros luchan palmo a palmo, tiene toda la majestad de un famoso acontecimiento: Flores, Pallejas, Petra, Neris, Castro y otros que TÍO recuerdo hacen prodigios de valor; pero todo se hubiera perdido si Osorio no acudiera a la cabeza de los cuerpos de la segunda línea y restableciera el combate. Es entonces que empieza la sangrienta destrucción de las huestes paraguayas que sorprendidas a su vez en medio del merodeo y de sus vítores estentóreos, pagan bien cara su inexperiencia; y animando el furor a los que un momento antes retrocedían, gigantesca venganza inspira la reacción ofensiva en aquellos hombres heridos por el conflictOj quedando aquel campo sembrado con los despojos de una victoria comprada con la oportunidad táctica de un buen general. El estampido del cañón del 24 de mayo retumba: anuncia pavoroso una gran batalla. Parece que la tierra tiembla como en aquel terremoto célebre de Trasimeno, en que tambaleaban los combatientes sin sentir que el suelo se abría bajo sus pies: aquí también la avalancha paraguaya se desploma con un furor inaudito. El astuto plan del general López, en el primer momento pone en situación crítica al ejército aliado; pero todo estaba previsto para contrarrestar su embate. El magno esfuerzo es contra el ejército brasileño que en su mayor conjunto se componía de voluntarios de la patria, soldados improvisados a botes de lanza, entre el silbido de las balas y el rugir de los cañones. Ante este furioso embate la primera línea se cimbra, se quiebra y los eslabones de la cadena heroica caen uno por uno. La epopeya empieza con el frenesí en acción. Sampayo al verse agobiado por el número inflama a sus soldados con la frase

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enérgica, les grita que mueran, pero no retrocedan; mas una bala enemiga ahoga su voz y cae mortalmente herido. Argollo, Victorino, Mena, Barreto, Pinto, Neto, Sousa y otros oficiales lo reemplazan en la faena intrépida de aquella refriega tumultuaria donde la muerte desoía a cada instante. Mallet con sus piezas arroja metralla como una corriente de fierro sin interrupción que va derecho al blanco, agujereando la masa roja imperturbable. Es entonces que Osorio se revela oon todas las grandes calidades militares que le adornan, que dan majestad al que impera; porque un general debe, si tiene la bélica inspiración del dominio militar, conocer el corazón de sus soldados, para que de ese consorcio íntimo nazca la armonía en el conjunto. Osorio, digo, sacando provecho táctico de la formación de sus cuatro líneas, restablece el combate: acude impávido con sus reservas, y entrando el caballo en aquel grandioso desorden, grita a sus brasileños: ¡Adelante! ¡viva el Brasil! ¡Adelante! La majestuosa serenidad de su espíritu en medio de aquella mosquetería infernal está revelada con sublime estoicismo en la patriótica frase. Su voz estentórea se oye rodar en ese ambiente de poema, como la electricidad del coraje que sacude corazones de soldados. ¡Adelante! ¡Adelante! y todo sucumbe al embate de esa pujante infantería, de esa cuña formidable que taladra con estrépito el centro y la derecha del valeroso ejército paraguayo. En aquella sangrienta victoria del siglo, según la Orden del Día dada por el Generalísimo argentino, el ilustre general Mitre, se consigna con altura y con justicia, «que el ejército brasilero soportó gallarda y triunfalíñente el mayor esfuerzo». Es por eso, señores, que esa etapa libertadora que se denomina la batalla 24 de mayo estará siem-

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pre vinculada a la firmeza, a la intrepidez y a la constancia brasilera, estará vinculada al Bayardo riograndés, en cuyo pecho generoso siempre se anidó la lealtad de la alianza y el ánimo de los héroes. En los combates del 16, 17 y 18 de julio demuestran ya nuestros aliados la solidez del soldado aguerrido. Sousa, Argollo, Victorino darán nombre a estos sucesos al lado de Domínguez, Pallejas, Argüero, para quienes se han cerrado desde esos días las puertas del olvido. El brioso Porto Alegre da comienzo en Curuzxí a una operación estratégica de gran importancia, que hubiera tenido espléndido éxito a no haber intervenido circunstancias extraordinarias: esta victoria es obtenida por el soberano empuje de sus bizarras tropas; y si acaso fuimos desgraciados en Curupaití, debimos agradecer esa dura prueba en que se demostró de un modo indiscutible la firmeza inalterable de sus asaltantes, pues aunque los argentinos y los brasileros fueron repelidos después de inauditos esfuerzos para tomar la posición, triunfaron moralmente. Era aquel un mar embravecido que se estrellaba contra la inexpugnable roca. El que se retira organizado ante un obstáculo insuperable, materialmente, no es un vencido: su moral conserva su firmeza, está inquebrantable : y fué tal el predominio de esa bizarra abnegación, que el enemigo, intacto y triunfante en ese día, no se atrevió a dar un paso fuera de su fuerte baluarte.

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En esta guerra se observa con frecuencia la gala que tiene la nación brasilera de exhibir a menudo nuevos e ilustres generales; ahora es Caxías que aparece en la escena: Puede muy bien presentarse el arrogante caudillo como el tipo eximio organi-

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zador, y tiene el honor de llevar a cabo el movimiento envolvente sobre Tuyucué, plan hábilmente combinado con el general Mitre, movimiento superior que se mostrará siempre en el arte de la guerra como un modelo de operación estratégica. La escuadra brasileña aquí también demuestra su decisivo y brillante rol, pasando con temerario arrojo la fortaleza de Humaytá. Cercada esta plaza, López intenta atacar nuestra base de operaciones, y el 3 de noviembre avanza sobre Tuyutí con el mismo sistema y el mismo arranque, pero es rechazado por el general Porto Alegre y el general Hornos. Aquella brillante operación mencionada más arriba, que pertenece a la buena estrategia, determina después de varios combates que tienen lugar durante el cerco, la caída de este famoso campo atrincherado, como la rendición de la Península en el Chaco, donde el coronel paraguayo Martínez y los restos de la guarnición de Humaytá, reducidos al último extremo por el hambre y el insomnio, entregan las armas que con tanto denuedo habían empuñado, provocando la admiración de sus adversarios, que tratan a ese grupo de vencidos con toda la consideración que merecen los bravos. Llegamos, señores, a la campaña del Piquiciri, en la que el ejército brasilero va a demostrar una constancia inquebrantable y una moral a toda prueba. Los sangrientos reveses que soporta el ejército adversario con admirable valor, no desalientan a su general, que persiste en la resistencia hasta el riltimo trance. El inconmovible dictador nos va disputando el terreno paso a paso, y sus gloriosos tercios, aunque triturados muchas veces, renacen temibles, como Anteo, al contacto de la tierra en

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que nacieron, y prueban al mundo asombrado lo que puede la energía de un pueblo fanatizado por la pasión desbordada del amor a la patria y dominado por una férrea disciplina. Ahora espera a los aliados detrás de inmensos pantanos, levanta allí a las orillas del Piquiciri dos fuertes líneas fortificadas, y reuniendo los últimos elementos y todo lo que puede combatir, se planta en esa posición como una barrera inexpugnable. Resuelven entonces los generales aliados una operación estratégica que hará escuela. El ejército argentino, el oriental y una división brasilera que acampa en Palmas debe llamar la atención por el frente de la posición del Piquiciri, mientras que un movimiento envolvente sobre la retaguardia de López, que tiene su segunda línea en Itaivaté, lo atacará en ese campo atrincherado y facilitando la reunión de las fuerzas de Palmas concluirán con todo éxito la campaña. Para llevar a cabo esta difícil empresa es necesario construir una picada en el Chaco, mejor dicho un puente gigantesco de 10 k. 714 m. al través de grandes pantanos y profundas lagunas; es necesario abrir un ancho desfiladero entre bosques vírgenes de madera dura en que sólo el hacha se abre paso. Argollo es designado para esa operación, y recién después de un trabajo ímprobo, dirigido por el ingeniero Alvaro Oliveira y otros distinguidos oficiales, puede transitar el ejército brasilero por un cómodo camino que alcanza a 15 kilómetros y desembocar sin riesgo alguno en San Antonio. No se puede recordar esta campaña sin admirar las grandes aptitudes militares de nuestros nobles aliados; ese precioso movimiento envolvente por el Chaco es digno de todo elogio, y coronando la obra del ingeniero, ha de vibrar siempre en la tradición el osado ataque de Itororo, que fulgura en

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la leyenda patria como la afamada Areola del duque de Caxías. Allí, en esa encarnizada pelea de cuatro horas, donde sucumbe Machado al intentar pasar el puente con la.inmortal bandera; allí donde Gurgao y Argollo caen heridos al frente de sus tropas, uino después del otro, en la sucesión gradual de esfuerzos en el ataque; y Caxías, al sentir repelidos a sus soldados en cruento desorden, empuñada la espada y poniéndose a su cabeza se lanza al puente gritando con imperio: ¡ Yiva el Brasil! ¡Adelante! Su caballo cae muerto por dos balas; pero el viejo adalid de la alianza, rejuveneciendo sus canas al calor del fuego, avanza intrépido, toma el puente y rechaza al adversario que ha peleado como un león embravecido que defiende su guarida. Y a está descubierta la retaguardia del adversario. Avai viene en seguida con tintes sombríos de tempestad • y nuevamente la victoria se echa en brazos del ejército brasilero, que maniobrando con destreza, rápido, violento, avanza sobre Lomas Valentinas y la línea del Piquiciri. Interceptado López en su posición, llega el 21 de diciembre en que se ve obligado a dar dos sangrientas batallas. Caxías^ con una parte del ejército brasilero, ataca a Itaivaté; desde ese instante la lucha es encarnizada y cruel, y después de largas horas de combate es rechazado con grandes pérdidas a pesar de su repetido impulso, pero en cambio queda casi aniquilado el ejército de López. Mientras tanto Mena Barreto, que se ha interpuesto entre las dos líneas adversas, ataca la del Piquiciri y destroza toda la fuerza que la guarnece, quedando así contrabalanceada esta gloriosa jornada. Entonces se vio algo muy raro en las más encarnizadas luchas que marca la historia: un combate de siete días en el que no cesa el fuego ni un

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instante, mas al fin concluye con la ultima batalla de Lomas Valentinas eui que tan gloriosa parte le toca a los argentinos y a los orientales. Esta rápida campaña de quince días bajo un sol ardiente y la continua lluvia, donde el ejército brasilero pierde 8,000 hombres y avasalla los más difíciles obstáculos y soporta las más duras penurias para vencer con inauditos esfuerzos a un enemigo temerario, será siempre una de sus grandes glorias. Ahora quiero que se diga si un soldado en esas condiciones, con esa fortaleza de ánimo y de físico, ¿no puede por ventura figurar al lado de las tropas más aguerridas y más afamadas del mundo?

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Mas aun le faltaba que superar el último obstáculo, el de mayor importancia; porque era la lucha contra un clima mortífero, contra el cansancio y la miseria, por el continuo y cruel padecimiento de sus tropas: me refiero a la campaña de Azcurra, que si es verdad que no es sino la caza sin descanso a las últimas y débiles adversas huestes, en cambio, las molestias sobrevienen, llegan al colmo; sin embargo, en esa época tienen lugar varios combates, entre los que sobresalen algunos de brillante escenario, como el de Peribebuy, dirigido por el conde d'Eu, donde los aliados, como siempre, demuestran su proverbial empuje y su constancia a toda prueba. El general Cámara en Aquidaban da el golpe de gracia al último grupo enemigo. En aquella selva sombría se apaga al fin la llama vivificadora de esa resistencia histórica. López la encarnaba como el cuerpo al alma, y puede muy bien decirse que allí finaliza aquella soberana persistencia, sin ejemplo, con el último de los paraguayos.

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Señores, y rara coincidencia, son los brasileros los primeros que al pisar el territorio enemigo obtienen el primer triunfo, como también son ellos los únicos actores de la victoria final.
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A l concluir este ligero e incompleto resumen histórico de las proezas de los brasileros en la inmortal contienda, es oportuno no ver allí solamente el brillo homérico de la Iliada, n o ; existe otra enseñanza de mayor valor técnico que todo eso, es necesario observar que aquella campaña presenta militarmente algo más que el temerario arrojo: presenta la escuela clásica de la guerra dictada por la experiencia a abnegados discípulos. Escuela fué aquélla provechosa y esencial bajo los puntos más importantes. La estrategia y la táctica tuvieron su brillante escenario de cinco años, y durante ese largo período de batallas y combates se resolvieron hábilmente los problemas bélicos más difíciles. En ese tablero práctico se enseñó cómo se pasan caudalosos ríos al frente de un sólido ejército enemigo, cómo se hace la guerra de posiciones, cómo se cercan plazas; se demostró con la evidencia del éxito, movimientos envolventes basados en justos cálculos sobre extensas posiciones, la astuta guerra de bosques y en terreno accidentado, con sus sorpresas y emboscadas, batallas defensivas y ofensivas, en las que la exacta sucesión de esfuerzos determinan la victoria, y todo lo que pueda dar una idea de la guerra de esos tiempos, donde, como en el día, se combatía y se moría al son del entusiasmo patrio. Pero, además de todo eso, hay algo más grandioso que ha recogido el porvenir brillantemente hermoso del Paraguay, como la consecuencia saludable que compensa toda la sangre derramada.

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Todo es pequeño ante el dogma de la libertad que surgió en aquella tierra despedazada por el despotismo y la guerra. Las hazañas y los increíbles sacrificios de los aliados en la inmortal campaña no sería sino gloria efímera si no tuvieran por base el amiquilamiento para siempre de una secular tiranía. Por esta causa, los abnegados soldados de la alianza todo lo soportaron, todo lo sufrieron, alegres, contentos, sin quejarse, con constancia extrema. T ante los efectos benéficos que presenta el futuro, podríamos muy bien decir que ino existe grandeza militar si no tiene por fundamento la prosperidad, la libertad y el bienestar de los pueblos. Sí, señores; la grandeza militar de los ejércitos aliados puede presentarse en parangón con los sorprendentes acontecimientos que dignifica la historia. Esa grandeza está en no haber cejado ni desfallecido ante ningún obstáculo ni padecimiento, por más pavoroso que se presentara, para derrocar al tirano de un pueblo hermano, haciendo surgir de las rotas cadenas del esclavo las instituciones de la libertad que serán siempre nuestra fuerza, nuestra guía, y nuestra gloria. Señores, al evocar la sombra de los bravos de la alianza, aquellos de eterna ausencia, os pido un ¡ hurrah! al ejército brasilero y a su digna arma_ da; os pido un ¡hurrah! a su distinguido Presidente; os pido un ¡hurrah! para los heroicos vencidos de esta guerra legendaria que hoy son nuestros hermanos libres.

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MISCELÁNEA LITERARIA
ARTÍCULOS INÉDITOS T « T R O S PUBLICADOS EN DISTINTAS ÉPOCAS

SEGUNDA

PARTE

Viajes y exploraciones de la eomisión argentina de limites
RECUERDOS D E UN PROSCRIPTO (Fragmento)

Proseguimos nuestra marcha y llegamos el día 24 a la pequeña villa de Palmeira, donde acampamos a alguna distancia de la población. Su situación geográfica está determinada en los 27° 33' 5 4 " lat. austral y 10° 17' 0 2 " long, occidental del meridiano de R í o Janeiro, y se eleva sobre una altura que forma una meseta en la cuchilla general a 578 metros sobre el nivel del mar. Este territorio formaba parte de la región misionera que en otro tiempo estuvo bajo la dominación de los jesuítas, y dependía de la jurisdicción de San Juan Bautista, y por lo tanto fué territorio del virreinato de Buenos Aires hasta 1801, en. que violentamente se apoderaron los portugueses de los siete pueblos de misiones orientales, es decir, de la mitad de la provincia de R í o Grande que nos pertenecía; más tarde formó parte del municipio de Cruz Alta, hasta que en 1870 se independizó, formando jurisdicción aparte. La población del municipio de Palmeira aproximadamente es de trece mil almas. La villa tendrá 600. La esclavitud ha desaparecido de esta

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región. Posee nueve escuelas de instrucción primaria, una sociedad musical y una teatral. La fuerza pública del municipio está representada por la guardia nacional y policía. La sección policial se compone de once plazas mandadas por un alférez. Posee también dos cuerpos de caballería de guardia nacional, un escuadrón y un batallón de reserva, que representan un total de dos mil plazas. La población de este villorrio está dividida en dos caseríos separados por una hondonada de terreno. La política imperante del Brasil levanta allí su bandera; y como dos plazas fuertes fronterizas, están frente a frente los conservadores y los liberales separados por el valle que se extiende entre las dos alturas del terreno; pero viven en santa paz y no altera nunca el silencio de esas soledades el estruendo de nuestras elecciones. La villa no tiene nada de notable, y la diferencia que existe entre las poblaciones que anteriormente hemos visto, es que ya aquí se emplea el hierro como el principal material para la construcción de las casas, siendo éstas allí, en su mayor parte, de madera de bastante buena calidad y abundancia suma. Esta villeta está formada por nueve calles: la mayor parte poco pobladas, y dos plazas; tiene una pequeña iglesia que se levanta solitaria en la principal, nueve casas comerciales, dos ferreterías y una talabartería. En obras municipales, posee un cementerio y un puente sobre el río Palmeira. La autoridad es un juez de paz. El terreno que hemos recorrido desde San Ángel hasta este punto, a medida que se avanza más al norte, es más selvático y accidentado. Varios bosques circundan los campestres, pre-

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sentando mayores alturas los accidentes del terreno a medida que se avanza, y puede muy bien decirse que es una marcha que se hace por una serranía suave. La tierra es colorada con el fondo pedregoso, y en los rápidos declives donde corren las aguas se ve siempre el granito mostrando diversos matices. Los caminos son bastante buenos y tienen la ventaja que por sus declives continuados y la calidad de la tierra no conservan pantanos; sólo se encuentran en el valle que forman dos colinas, donde se detienen las aguas, y se estancan formando tremedales. La región de los pinos comienza ya a pronunciarse, y vemos elevarse elegantemente en todas direcciones algunos grupos formando pequeños bosquecillos, presentando una perspectiva artística admirable, y sin embargo^ estos hermosos paisajes con sus pintorescas arboledas y sus verdes campiñas, murmuradas por innumerables arroyos de cristalinas aguas, que aunque a primera vista presentan los encantos de una naturaleza que provee generosa a las necesidades de la vida, derramando benéfica sus bienes sobre esa tierra de promisión, encierran en sí la miseria de una existencia difícil, en que la bestia y el hombre se extenúan del mismo modo y cuyo porvenir está lejano a pesar de las narraciones encomiásticas de los viajeros optimistas. Aquí estamos próximos a la inmensa selva del Uruguay Pitá, atravesada por el río histórico de ese nombre, que los brasileros llaman río das Varzeas. Más tarde nos ocuparemos de este inmenso desierto de árboles.

* * *

En Palmeira tuvimos um feliz encuentro; una de esas aproximaciones que se desean con el alma

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en la tierra extraña. Fué un pedazo de patria errante, que encontramos perdido entre la selva; y a pesar de los largos años de proscripción, aun ardiente vibraba el entusiasmo nacional con hermoso impulso, en dos corazones argentinos lanzados al acaso. Aquel pedazo de patria estaba representado en dos viejos proscriptos. Cuando en la negra noche de la tiranía, estremeció el suelo argentino la tempestad de sus furores, algunos de sus hijos desvalidos buscaron amparo en las comarcas extranjeras; otros batallando perecieron en las lides de la heroica cruzada. ¡ Qué días amargos debieron ser aquellos que tenían el luto y el dolor por pendón sagrado y por pedestal la tumba de los mártires! ¡ Qué amarguras no debieron sentir aquellos proscriptos míseros, que con el alma desgarrada iban a mendigar avergonzados la hospitalidad generosa del extranjero; iban a sentir emocionados la libertad de otro suelo más feliz que el de su patria, negada con martirios y con horrores a los que rompieron las cadenas del coloniaje, mil veces más suaves que las del tirano, y muchos de ellos, muerta en su amargo corazón la dulce esperanza, y desencantados, no soñaron ni un instante en el porvenir grandioso de esta patria querida!; hasta el mismo Rivadavia, en una carta escrita a mi padre algún tiempo antes de morir, llevaba ese desencanto a la tumba. Dos de esos proscriptos, que después del año 40 se refugiaron en la provincia de Río Grande, hemos encontrado en Palmeira. El uno es un anciano venerable; el otro, un viejo león de garras hercúleas: un antiguo soldado de Lavalle, de esos que abrían claros gloriosos en las espesas filas del despotismo y que con la pluma empapada en la tinta de los recuerdos nos va a hacer ver algunos cuadros de aquella época sangrienta.

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El primero es el señor don Marcos Ochoa: un viejo de 70 años, alto, blanco, de un aspecto débil y enfermizo; ilumina su fisonomía una excesiva bondad y recuerda con amor la patria querida. Está emigrado desde el año 40, y errante recorrió una parte del Brasil, hasta que vino a situarse en Palmeira. Ha formado un hogar brasilero, y su digna esposa es natural de la provincia de Río Grande. El señor Ochoa es hermano del coronel Ochoa, natural de Buenos Aires, que en otro tiempo residió en el pueblo de Morón: de este hermano nos habló con mucho cariño, del mismo modo que de su familia de Buenos Aires. Ha olvidado el español, de manera que el idioma que emplea en su pesada conversación es un dialecto portugués y español; vive feliz y respetado y tiene una numerosa familia. El segundo es el sargento mayor Dumoncel: fué un bravo soldado de Lavalle; fornido como Hércules, y altivo como un aristócrata, tiene casi la misma edad que Ochoa; es algo grueso, blanco y rubio; su mirada penetrante y su porte militar nos hacen ver desde el primer momento la noble profesión que ha ejercido, y cuando narra los episodios de su vida militar y recuerda al Bayardo argentino, corren las lágrimas por esos ojos pequeños y penetrantes, como homenaje a la memoria de los bravos. En el hotel del pueblo tuvimos una magnífica velada en que él fué el protagonista. Con una palabra desenvuelta y un talento natural y observador, describió las batallas en que se había encontrado con el general Lavalle. Nos presentó un nuevo escenario animado por el impulso de la verdad histórica. Ese precioso testigo ocular daba fe de la crónica heroica de ese tiempo. El auditorio estaba suspenso al eco ardiente do aquel acento tumultuoso que irrumpía de su alma

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como un torrente detenido ha largo tiempo; la expansión de su alma era inmensa, y alguna vez se inyectaban sus ojos de sangre, y humedecidos titilaban al vibrar sus sagrados recuerdos. Con el vigor francés que le es característico, trazaba pinceladas de mano maestra en el espíritu de los argentinos que silenciosos le escuchaban, y después de largo tiempo de una narración que salpicaba a cada momento con hechos íntimos y desconocidos hoy, de la vida militar de esa época, se detuvo un momento, y sacando un manuscrito se dirigió a mí y me dijo: —Estas son mis memorias: yo no tengo el hábito de la pluma, pero he observado un poco, y he sentido la necesidad de escribir algo de lo que he visto. Deseo que usted las conserve hasta que vaya a Buenos Aires, y las haga publicar; no están completas, pero más tarde le enviaré lo que haya escrito. Es un grano de arena más a la historia de mi patria, y estoy seguro que em esas líneas encontrará algo que no ha leído en ninguna parte. Como estas memorias no pueden ir solas, le entrego a usted esa divisa, que al desembarcar en Martín García me la dio de su propia mano el general Lavalle, para que la lleve a la patria feliz como una reliquia sagrada ( 1 ) . Todo esto me lo dijo con acento conmovedor, a lo que le contesté que sus memorias serían leídas con sumo interés, y que desde ese momento_ su nombre saldría de la oscura selva de Palmeira. Emocionado, tomé presuroso el precioso manuscrito y la descolorida divisa caracterizada con un lema heroico: el noble juramento que supo cumplir el caudillo de la cruzada libertadora. ¡ A h ! muchos de los que llevaron ese patriótico distin(1) Tanto las memorias originales como la divisa se encuentran en poder del Dr. D. Estanislao Zeballos.

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tivo no vieron lucir ese hernioso sol de la libertad que brilla en ella, ni sospecharon asombrados la presente grandeza de la nación argentina que hoy llama la atención del mundo por su delirante progreso. * * * Dumoncel ha formado también un hogar brasilero, y a buen seguro que la prole le ha salido idéntica: tiene dos hijos aquí reputados como muy bravos, y uno de ellos está procesado por un duelo feliz a que fué provocado. Dumoncel no volverá a la República Argentina, porque los lazos que lo unen a la tierra riograndense son indisolubles, pero, en cambio, en este país no hay un hombre que tenga más amor a nuestra querida patria. He ahí sus memorias, y es sensible que estén interrumpidas, pero esperamos más tarde poder dar la continuación que me fué ofrecida por su autor. Los presentes originales contienen errores de un idioma que no ha sido cultivado ha muchos años, y sólo ma he permitido traducir algunas palabras portuguesas que encontraba alguna vez en esta importante relación histórica.
RECUERDOS DEL MAYOR DUMONCEL, CON EL GENERAL QUE MILITÓ

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El tiempo vuela, las generaciones pasan, quedando solamente el recuerdo de ciertos hechos que han sido más o memos notables, y que han contribuido a mudar el escenario en la marcha acelerada de la civilización moderna; la memoria de ciertas individualidades poco o mucho notables, se olvida, algunas veces justa y otras injustamente. Los mayores acontecimientos, cuyos resultados

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hoy se ven coronados, después de obtenidos por los esfuerzos grandiosos de una pléyade de gigantes, y de quienes los huesos desparramados blanquean por el territorio de la república y en el extranjero. ¿Adonde están los nobles despojos de Aniceto Vega? En la cañada del Molino, provincia de Tucumán. ¿Adonde los de Olavarría? En el cementerio de Montevideo. ¿ Y los del Quebracho, Sanéala y de mil otros combates? ¿Dónde estarán vagando las sombras de tantos bravos, que sacrificaron su juventud, su porvenir y hasta su vida para libertar su hermosa patria de las garras de un hombre a quien la ambición perdió? ¡ Han perecido víctimas de su patriotismo, lejos del hogar materno; y muchos, lejos del afecto que más ennoblece al hombre: el amor!... Y o no he querido clasificar a Rozas por no herir susceptibilidades y despertar el pasado. El que escribe estas líneas puede probar la autenticidad de la anécdota siguiente: En diciembre de 1828, después del fusilamiento de Dorrego, Rozas huyó y fué al Rosario. Allí fué hospedado en la casa de doña Clara Garay: un día en la mesa esta señora, como ángel de paz estaba haciendo algunas observaciones a Rozas sobre la moderación que debía usar. Este le respondió: Señora doña Clara, si la suerte me ayuda, le juro que he de dejar a los porteños con la mancera en la mano. Esto me fué relatado por la misma santa mujer en 1837, a vista de sus dos hijos don Valentín Ricardo y don Antonio R i cardo. Esto fué precisamente cuando Rozas estaba mostramdo que tenía uñas: quien tenía tan buenas intenciones en ese tiempo, ha mostrado posteriormente que no se olvidaba de lo prometido. Y o no puedo tener pretensiones de historiador, pero como testigo ocular de lo que relato, pido al pueblo argentino que crea lo que uno de los que han tenido el honor de acompañar a tantos bravos

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le relata. Esto es, parodiando a Tácito, usine ira et estudio», y solamente para avivar un recuerdo de los nombres de tantos valientes que con tan pocos recursos principaron la obra de regeneración cuyos beneficios los de la actualidad disfrutan.— Palmeira, mayo de 1 8 8 4 . — V Í C T O R D U M O N C E L .

Piüneipio de la peaeeión libertadora eootpa el despotismo de trozas
La guerra civil que duró en el Estado Oriental del 35 al 38, hizo ir a ese país los emigrados argentinos que salieron de Buenos Aires a consecuencia de las persecuciones y hostilidades sugeridas y animadas por Rozas y sus adeptos; por esto, halláronse presentes en los principales episodios de esta lucha homérica, hombres como Lavalle y otros, y contribuyeron eficazmente al triunfo de los colorados o de los de Rivera, como los llamaban. La batalla decisiva del Palmar o de Santa Ana, en 15 de junio de 1838, gainóse por la intervención de Lavalle, que bien que sufriendo de su lastimadura del brazo, dirigió todos los movimientos tácticos en ese día memorable, por el número de combatientes, pues que las dos fuerzas juntas, poco pasarían de 3,000 hombres, sin artillería, sólo un piquete de infantería, y quedaron en el campo de batalla muertos 647 hombres: esto me fué asegurado por el capitán Mofis (español que cayó prisionero), y fué encargado de enterrar los cadáveres; de allí disemináronse las fuerzas vencedoras a sitiar las principales ciudades de la república; Ángel Núñez fué a sitiar a Paysandú, Medina a la Colonia, y Rivera fué en derechura a Montevideo. Estas plazas luego entregáronse, quedando el E. O. dominado por los colorados. El jefe de éstos en ese tiempo, don Fruc-

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tuoso Rivera, no fué leal ni coherente con sus aliados argentinos que tanto le ayudaron a derribar a los blancos: todas las promesas de ayudarlos a emprender la cruzada libertadora en la República Argentina fueron puestas a un lado con diferentes pretextos. Por eso fué que la provincia de Corrientes, contando demasiado consigo misma y sus escasos recursos, fué sacrificada en Pago Largo el 31 de marzo de 1839. En aquel mismo tiempo estaba formándose en el Salto una reunión de argentinos al mando del general don Félix 01azábal y su hermano don Manuel, que en consecuencia de la desavenencia de don Frutos con el general Lavalle habían tomado la dirección de la reacción contra Rozas, pero nunca pudieron reunir más de 150 a 200 hombres, teniendo todavía a sus órdenes hombres de valor y mérito, entre éstos Zacarías Alvarez y otros. A éstos vinieron a reunirse los jefes y algunos oficiales y tropas de los derrotados en Pago Largo: entre éstos los generales López, Chico, Ramírez, Avalos, Ocampo, los Virasoros y otros muchos; mientras tanto formóse en Montevideo una comisión argentina que disponía de más amor a la patria que dinero, y entregó la formación de los pocos recursos de que podía disponer al invicto general Lavalle. Este, ayudado por la escuadra francesa, asentó su base de operaciones en la isla de Martín García. Allí, con el ascendiente que siempre sigue al verdadero valor, consiguió reunir un puñado de hombres; pero puede decirse sin titubear que en aquel tiempo eran la flor y nata de la patria argentina; allí encontrábanse los héroes de Chile, del Perú, de Colombia y del Brasil; allí veíanse a más de Lavalle, Olavarría, Vega, Videla, Montero, Gelabert, Saavedra y otros muchos; en fin, los hombres de Chacabuco y Juinín, de Ituzaingó y de otros mil combates gloriosos. Los soldados eran pocos, pero
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disciplinados y dirigidos por esos ilustres héroes ¿qué no harían? Lo mostraron en Teruá, Yillaguay, San Cristóbal y Sauce Grande; si posteriormente tuvieron sus días aciagos, fué más bien por la falta de recursos para poder luchar con el poder gigante de Rozas, que ñor falta de valor y constancia. ¡ S í ! el hombre que al desembarcar el día 3 de septiembre en la boca del arroyo Ñancay, abrazó la tierra, sí, la tierra de su patria, y la besó todo conmovido, jurando libertarla de la tiranía o sucumbir en la demanda, ha cumplido ese sagrado juramento en J u j u y ; no fué por felonía de sus compañeros: fué porque el poder de Rozas eran grande y la causa de la libertad disponía de pocos elementos. En la estadía en Martín García, que fué poco menos de tres meses, reuniéronse 430 hombres, incluso jefes y oficiales, organizándose dos escuadrones incompletos: el uno, mandado por el coronel Montero y teniente coronel Saavedra, tenía dos compañías: la 1 . , capitán Reinoso, y la 2. , capitán Albarracín y teniente Alcaraz y cadete Federico (alemán), Quiñones, García, Funes, V i llalva. ayudantes mayores Silva y Cayetano Balsaldica y algunos otros que no recuerdo en este momento: dieron a ese escuadrón la denominación de «Libertad» hasta la batalla de Teruá el 22 de septiembre, en que recibió ese mismo nombre, en consecuencia que fué el primero que chocó y tuvo más pérdida. Al otro escuadrón le dieron el nombre de escuadrón a Maza», en memoria de haber sido muerto en aquella época en el recinto de la representación nacional el desdichado doctor Maza. Sus jefes eran el coronel Manuel Pueyrredón, teniente coronel Baldomero Sotelo, capitán de la 1. compañía Joaquín Muzlera, y de la 2 . Miguel Baldovino, ayudantes mayores Timoteo González y Dumoncel, tenientes Federico Martía a a a

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11 ez Nietto, Juan de Dios Videla, Silverio Auroteguí, Fermín Rodríguez, alféreces Martín Ardiles, (Jaupolicán Gallardo, Rolín Sosa: había además un plantel o principio de escuadrón mandado por el coronel Videla, que fué de los colorados de las Conchas; temía por oficiales al capitán Mariano Rodríguez y otros más que sería largo enumerar ; un escuadrón de oficiales distinguidos mandado por el coronel Aniceto V e g a ; éste era el caballero Bayardo de la reunión, sin miedo y sin remordimiento. El mayor Manuel Hornos formó también su piquete de 30 hombres entrerrianos con un solo oficial, el ayudante Pedro Hornos. El general tenía por corneta de órdenes al teniente Palomino, antiguo soldado de los granaderos a caballo. El capitán San Juan organizó unos 30 hombres infantes: este total formaba el conjunto de la expedición que salió de Martín García el 2 de septiembre de 1839 a bordo del bergantín de Gulas (italiano) y algunas balandras escoltadas por la escuadra francesa: L'Espeditive, comandante M. Hellet; la cañonera Bordeloise, capitán Galad, y a más algunos barquichuelos, como el lanchen de Calixto y otros. Todo esto mal armado, porque a más del pésimo armamento de aquella época, el pauperismo de la comisión argentina, que no contaba sino con sus pocos recursos particulares, que en comparación al gran poder de Rozas era un grano de arena lanzado en el mar; tenía, pues, ese puñado de hombres sus esperanzas fundadas en la pericia y valor de sus jefes y de su propio entusiasmo patriótico, este frente al poder de Rozas, que podía disponer de todos los recursos materiales y personales de la repiíblica, sin contar su inmenso prestigio en las masas brutas y en el extranjero, principalmente con los ingleses; eran, pues, bien diminutos los medios con que se contaba para luchar con ese po8

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der, pero a esta deficiencia debía suplir la fe ardiente de esta pléj-ade de jóvenes oriundos de la sangre más pura de los fundadores de la independencia. Allí veíanse los hijos de Rivadavia, de Martín Rodríguez, de Alvarez, de García y tantos otros que no es posible enumerar: todos o casi todos han muerto. ¡ Oh. manes queridos de la libertad de mi patria, si de la etérea mansión donde están ahora pueden ver o sentir alguna percepción de lo que aquí pasa, reciban este pequeño recuerdo de este fiel compañero! El genera], al desembarcar Olavarría, con 125 hombres, en la boca del arroyo Ñancay, vino con una lancha con el capitán Calvano, bajó a la izquierda del riacho, abrazó el suelo y dijo con lágrimas en los ojos: oh, mi patria, juro que te he de^libertar o he de morir en la demanda. ¡ Y cumplió ! El día 2 de septiembre procedióse al embarque de esa pequeña legión, el escuadrón Maza y el piquete Olmos, 130 hombres; embarcáronse en dos balandras a las órdenes del bravo Olavarría, que llevaba como ayudantes al capitán Pedro Aquino y a Carlos Tenada, a quien habíamos puesto el sobrenombre de Lord Ponsombi, tanto por su porte majestuoso, como por el esmero que siempre ponía en su traje; hijo del coronel Tenada, del regimiento de granaderos, no desmentía un solo instante su estirpe. Esta pequeña vanguardia, si así se le puede llamar, llegó el día 3 a la boca del arroyo JJancay; allí tocó tierra el general Lavalle en una lancha con el comandante francés Mr. Galand, desembarcó en la margen izquierda de la embocadura de dicho riacho y arrojándose al suelo besó la tierra querida con toda la efusión del patriotismo que alimentaba su noble corazón, y profirió las palabras y el juramento que lo hizo mártir, ya referido. Aun resuenan en mis oídos,

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aunque hacen 38 años; me encontraba a cinco o seis pasos del héroe cuya memoria no morirá jamás en mi espíritu. Entraron las balandras en el riacho Ñancay, remolcadas por lanchas francesas, y a las diez de la noche desembarcó Hornos con su piquete sobre la margen izquierda: cada hombre llevaba sus armas, el freno y una jerga; se internaron, y a eso de la media noche, como no había noticias de ellos, el coronel Olavarría hizo llamar al ayudante Dumoncel, le dio doce carabineros y al alférez Sosa, ordenando que fuese en una lancha adelante hasta ponerse en contacto con Hornos y traer sus noticias. Dumoncel siguió por el río aguas arriba, y no pudiendo continuar por estar el arroyo cerrado con camalotes, al amanecer desembarcó sobre la margen derecha, en un punto donde estaba establecida una guardia de milicias entrerrianas, la que fué sorprendida, tomándole un prisionero y algunos caballos; se supo entonces por aquél que allí se hallaba cerca con 40Ü hombres un comandante Borajen. Fué a dar parte del incidente a su jefe, quien volvió a mandarlo con algunos hombres más en procura de Hornos. Cuando el día clareó,.avistóse el precitado oficial con la fuerza enemiga que venía para recuperar los caballos que habían sido tomados en la noche, lo que no pudieron efectuar porque el referido oficiaL. con estratagemas, presentaba más fuerzas que las que efectivamente tenía. A eso de las nueve o diez, oyó éste una voz que llamaba: fué a ver quién era y se encontró con Hornos y su piquete; habiéndose perdido en los pajonales estaban extenuados de fatiga. Hornos dirigióse a Dumoncel, diciéndole que le mandase la lancha para pasar a la margen derecha, lo que efpctuó: entonces abrazó a éste diciéndole:

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«Qué vergüenza, mi amigo, que estando en mi propia tierra me he perdido, y usted ya está con caballos tomados y guerrillando con esos diablos». El oficial le dijo que era una casualidad, pero que llegaba a tiempo, porque había en el frente un individuo muy bien montado que se aproximaba y decía quería hablar a Hornos; el individuo le dijo que él no lo conocía bien a Hornos, que éste era un trigueño y él era rubio; en fin, pusiéronse al habla y resultó ser el tal sujeto, el capataz de la madre de Hornos; éste pidió a Dumoncel los caballos tomados esa noche, que eran catorce, e hizo montar 28 hombres enancados con las armas, frenos y con un caballo ensillado que le prestó don Guillermo (inglés). Allá se fueron atravesando por un flanco de la fuerza de Borajen: llegó lo restante de la fuerza al mando de Olavarría, desembarcaron y fortificaron un poco esperando la vuelta de Hornos, que efectivamente volvió el día 5 a la tarde con más de 200 caballos, y éstos muy buenos; montaron a caballo estos 130 hombres, y marcharon en columnas por el frente de Borajen, que halló más prudente retirarse con sus 400 hombres. Esa noche marchóse, y al otro día, agarrando caballos, llegamos a la noche a Gualeguaychú, donde ya el general había desembarcado y apoderádose del pueblo sin resistencia. Tal fué el resultado de ese primer episodio de la cruzada libertadora; acontecimiento sus consecuencias, por ser el prólogo de esa serie de combates y sacrificios hechos por obtener la redención de la patria ultrajada por la mayor de las tiranías" con que ha sido ultrajada la humanidad. De Gualeguaychú marchóse a la estancia de Mateo García, reunióse una porción de caballos y siguióse por Gená, remontando el Uruguay por su margen derecha; en las puntas del Gená, y en el

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arroyo Grande, vimos que se aproximaba el momento de una batalla; el 21, el teniente Federico Martínez Ifietto fué hostilizado seriamente, pudiendo con todo replegarse sin mayores pérdidas a la columna; pasamos la noche del 21 al 22 con la vigilancia precisa: el general Lavalle no durmió esa noche. Fué él y su pequeña escolta la guardia que veló por nosotros; al amanecer, montamos a caballo y por un simple movimiento de cambio de dirección estuvimos en orden de batalla enfrente al enemigo : éste era numeroso, como 1,600 a 1,700 hombres, cuatro veces más que nosotros; formamos en línea sencilla; el general pasó por el frente, dirigiendo a todos esas palabras que saben electrizar, y comenzó el movimiento que fué diagonal, por escalones; la izquierda a la cabeza era el escuadrón Libertad (O. Montero); Olavarría iba a su frente, con sus ayudantes Aquino y Terrada; ese puñado de hombres en esa carga fué absolutamente sumido, como una piedra que se echa en el mar; yo iba llevando la dirección del 2.° escuadrón (Maza) a 30 pasos de distancia, conforme la orden recibida, y al tiempo del choque, como un solo hombre, el Libertad se había enterrado todo, hablando materialmente, en la línea enemiga. Cuando clareó un poco el entrevero, vi al valiente Olavarría pierna con pierna con los enemigos, despejando su frente a lanzazos, la cara risueña; me parece hasta hoy que es la figura más propia para pintar al dios de la guerra; sus ayudantes habían sido lastimados, principalmente Pedro Aquino. El enemigo, a pesar de ser numeroso, mal disciplinado, no pudo resistir las imperiosas cargas decisivas y disparó en desbandada; tómesele gran cantidad de caballos, y seguimos para Corrientes, que nos esperaba para tomar su desquite de Pago Largo.

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Nada diré de pormenores de la batalla del T e ma; más o menos todos cumplieron con su deber, y si no fuese así, ya la batalla se hubiera perdido en razón de nuestro pequeño número. Me acuerdo todavía de la orden del día del general, con aquel laconismo con que hablan los grandes hombres; era poco más o menos ésta: «Soldados, os habéis excedido a vosotros mismos en la jornada de hoy; sois los bravos de la patria, los firmes apoyos de la libertad y el terror de los viles tiranos que la degradan». ¡ O h ! jóvenes de esta nueva generación, si el arte de la guerra ha hecho inmensos progresos, si la República Argentina hase enriquecido material y moralmente, nunca miren con desprecio los recursos menguados de que pudieron disponer los hombres que con su valor y constancia han conseguido patria y gloria. Miren que el mundo camina, y que lo que ustedes hoy miran con desprecio, los exiguos recursos de ahora cincuenta años, de aquí a otros cincuenta, las generaciones futuras La diminuta legión entró en la provincia de Corrientes por Moooretá, y fué a acampar en el arroyo Timbó, esperando que se pronunciase el partido caído o de Ferrer contra Cabral; mientras tanto marchó el Maza, que entonces era mandado por Zacarías Alvarez, a la costa del Uruguay, al Paso de Santa Ana, a disolver una reunión de indios tacuaré al mando del mayor Pablo, lo que se efectuó con facilidad en una madrugada del mes de octubre. Volviendo Zacarías, la fuerza toda marchó para Curuzú Cuatiá, donde se reunieron los cuerpos de húsares y granaderos, con los jefes López Chico, Ramírez, Noguera, Avalos y otros. Pronuncióse unánimemente la provincia de Corrientes, deseosa de vengar su derrota de Pago Largo; reuniéronse fuerzas bastante numerosas, dos o tres mil hombres, y formóse un campamento

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en el rincón del Ombú; allí entonces se principió a organizar esas fuerzas por escuadrones, y éstos en divisiones. Cuando se estaba en lo mejor invadió la provincia don Juan Pablo López junto con Oribe, en el mes de noviembre. Lavalle retiróse basta el río Corrientes, pasando por el Paso Nuevo, y continuando en marcha la organización lo mejor posible de este conjunto de hombres. López tuvo recelo y retiróse para Entre Ríos, volviendo de nuevo al rincón del Ombú; continuóse con empeño la organización y disciplina del que ya se podía llamar ejército. ¡ A h , recuerdos! cuando pasaron dos o tres mil hombres el arroyo de Taguaí, y allí en aquellos campos hermosos de la estancia del paraguayo López, se oía la voz sonora de Vega, dando la voz preventiva, y luego, guardia, cambios de frente, órdenes de batalla en línea perpendicular o diagonal, cargas por escalones o consecutivas: voces de mando dadas con aquel acento varonil y breve que tanto distinguía a aquel jefe. ¡ O h ! hasta hoy resuena en mis oídos, mejor que la música, la más hermosa que yo pueda desde entonces haber oído, y cuando nuestros caballos volvían del ejército con las orejas caídas por el estampido del cañón y la descarga de los carabineros, entonces todos alegres veníamos riendo de nuestros bucéfalos, y ningún corazón dudaba del buen éxito de nuestros esfuerzos. Ceguedad de la mocedad, de estos mismos que contaba», con la victoria, ni la décima, tal vez la centésima parte, ha visto el desenlace de un prólogo tan brillante; estas son las vicisitudes siempre adaptadas a la humanidad. A fines de enero y principios de febrero de 1840 preparóse el ejército, compuesto entonces de 3,500 a 4,000 hombres, para pasar a Entre R í o s ; ya había sido malograda la revolución del Sud inten-

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tada por Castelli; el coronel Rico vino a incorporarse en el Miriñay con 2 5 0 a 3 0 0 hombres, que escaparon por el Tuyú y vinieron por el Uruguay; en ese mismo tiempo Échagüe fué derrotado por Frutos Rivera en Cagancha; la ocasión parecía propicia a la causa libertadora. Marchamos en marzo_18; la división Yega, que formaba la vanguardia, encontróse con la del enemigo en Villag u a y : casi fué una sorpresa; acampóse a las diez en la margen derecha del arroyo Villaguay; ya se había desensillado, cuando un sargento del cuerpo del_ teniente coronel Hornos, que era vecino de allí mismo, quiso sin duda ir a su casa, y encontró la división de Servando Gómez campada del otro lado del paso: Servando estaba en la estancia de Maltirania, inmediata al paso; ambas fuerzas se prepararon con la prontitud de fuerzas aguerridas, y la pelea fué sin demora. Los carabineros de Hornos, al mando del capitán Pedro Hornos, forzaron el paso defendido por el escuadrón de coraceros, al mando del capitán Balan, que murió en ese día, y el restante de la división de Servando Gómez retiróse al trote para el paso de... en Gualeguay Grande, pasando inmediatamente este río y siguiendo en retirada por Nogoyá hasta el Obispo ( 1 ) .
(i) En las Puntas del Obispo llegamos a las once del dls; estábase campando para sestear, yo estaba distribuyendo las órdenes relativas a la marcha de la noche, cuando el coronel Montero, que venía al galope con su ayudante, y el comandante Saavedra, me dijo: ¿adonde está V e ga? Yo habla concluido mi servicio y volví junto con el'os; al llegar dijo Montero a Vega:—|Mira, Aniceto, la imprudencia que está cometiendo el general! ¿Querrá darnos una segunda edición de la boleadura de Paz? Miramos derecho al monte, que estaba a nuestro frente, y vimos efectivamente al general en jefe y sus ayudantes que iban internándose en el monte sin un soldado. Vega sacudió la cabeza y miró alrededor; toda la división había ya desensillado, pero Montero, que estaba campando en una cañada a la izquierda y por consecuencia no se veía desde allí, dijo a Vega:—Lostiradons de mi escuadrón están con los caballos ensillados todavía; entonces contestó Vega:—«Dé una mitad a F » In-

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l í o tuvimos más noticias del enemigo; pero el 9 de abril, de tarde, las partidas exploradoras de éstos comenzaron a hacer más resistencia; lo que nos hizo calcular que el ejército de ellos estaba cerca; y en efecto, nuestras grandes guardias de la noche del 9 al 10, cuando hicieron sus descubiertas en esa madrugada, encontráronse con fuertes guerrillas perfectamente colocadas y sostenidas por reservas numerosas. Cuando el día clareó, descubrióse muy bien la fuerza del enemigo, que mostraron ser de 6 a 7,000 hombres de las tres armas; su derecha apoyada sobre el tajamar de Don Cristóbal, su centro a caballo sobre el camino de Nogoyá, y su izquierda se extendía en la dirección del monte de Montiel; toda la mañana pasóse en escaramuzas, pero siendo muy pocas nuestras municiones, dióse la orden de economizar los tiros; con la disminución del fuego nuestro, el enemigo creó bríos y se llenó de audacia; dobló sus guerrillas, que ya eran numerosas, y vino_ a 200 pasos a cubrir nuestra línea de fuego, principalmente
mediatamente me dio orden de que me pusiese a la cabeza de esos veinticuatro hombres y siguiese al general; fui a tomar el mando; el oficial era el teniente García; fuimos siguiendo al general a una distancia respetuosa, casi como una legua del campamento: de repente el general paró; apeóse y sentóse en las raíces de un algarrobo muy grande. C o mo nos viese (los caballos de la escolta eran blancos) mandó al coronel Artayeta uno de sus ayudantes a ver quiénes éramos y qué andábamos haciendo; yo dije al ayudante cuál era nuestra misión, lo que él fué a decir al general; inmediatamente vino otro oficial que nos dio orden de aproximarnos; el hombre me hizo repetir la orden que yo tenía, y dando un suspiro dijo en voz casi baja: ipobre Anicetol ¡pobre Montero! mandóme que hiciese llegar más cerca y que hiciese apear la escolta, cuya orden di al teniente García; entonces sacó su cigarrera y dio él mismo un cigarro a cada soldado; él, sentado, y ellos llegando uno a uno a recibir un cigarro, comenzó a chancear y a decir: ¿Cómo he de tener miedo con estos hombres? Estuvimos con él así como una hora; de repente levantóse diciendo: ¿Y estos muchachos no han comido?Nos mandó montar, lo que él también hizo, y fuimos al campamento. Los oficiales que acompañaron al general eran: don Indalecio Ferrari, don Cayetano Artayeta, don Juan Elias, don N. Danell, don EduardoLur^a, y el teniente Palomino; son de los que yo me acuerdo hoy.

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nuestra derecha, que se componía de las divisiones López Chico y Méndez, todas fuerzas oorrentinas. Nuestro centro lo componían 400 infantes, al mando del coronel don Ángel Salvador, dos piecitas de calibre 4, la división Rico y el cuartel general; la izquierda era de la división Vega, cuatro cuerpos o escuadrones fuertes, el de Hornos, los Entrerrianos, el de Maza, comandante Zacarías Alvarez, el de Baltar y el de Yeruá, comandante Montero: en todo como 900 hombres; éstos, bastante disciplinados y bien comandados, infundían respeto al enemigo, que desde la aurora de ese día había sentido o conocido su alto mérito. Se formó un consejo de oficiales superiores, y resolvióse atacar el día siguiente; pero como dice el refrán, «el hombre propone y Dios dispone»; la batalla fué en ese mismo día, debido a un acaso que pocos supieron, pero que el que escribe estas líneas presenció. Desde el clarear del día todos los esfuerzos fueron sobre nuestra izquierda para descubrirnos mejor, pero encontró allí fuerzas superiores, oficiales inteligentes y bravos que le hicieron sufrir pérdidas de consideración; moderóse por ese lado, quedando solamente en la expectativa, e hizo amenazas serias sobre nuestra derecha; ésta, todavía más mal municionada que la izquierda, tuvo orden solamente de sostener al enemigo; éste, sintiendo poca resistencia, creó mayor audacia. Nosotros de la izquierda no veíamos lo que sucedía, y todos estábamos con ansiedad; nadie podía dejar su puesto: yo era primer ayudante del coronel Vega, que me quería mucho, y había estado transmitiendo órdenes en todos los acontecimientos desde por la mañana; por consiguiente, había presenciado todo. Estando hablando con nosotros algunos oficiales de nuestra división, no me acuerdo bien cuál de ellos, me d i j o : vé tú a pedir licencia al coronel y anda a ver lo que hay a la derecha; así lo hice,

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y me la concedió luego, recomendámdome sólo prudencia. Salí al galope, y cuando pasé frente al centro no me paré ni me importó nada: vi un panorama magnífico ; nuestra derecha estaba en línea, solamente con la distancia precisa entre escuadrones y divisiones, todos pie a tierra; solamente en esa división estaban a caballo pequeñas guerrillas a distancia de 70 a 80 pasos de la línea de batalla, y la planicie cubierta de tiradores enemigos era un enjambre que ya flanqueaba a nuestra extrema derecha y su atrevimiento llegaba al cúmulo. En frente de la línea, esto es, entre la línea y las guerrillas, estaba un grupo de jefes a pie; me llamaron, para saber de los combates sustentados por la izquierda por la mañana. Esos jefes eran el general López Chico, Méndez y el coronel Prudencio Torres, los comandantes Lucio Casas, Manuel Pacheco y algún otro, que ahora no recuerdo: hice una sucinta relación y tomé unos mates con ellos; en esto vino una bala de las giterrillas, que cruzaban por encima de nosotros, y cortó una rienda del caballo del general López: el asistente, que estaba asegurando el caballo, le dice entonces a López con acento correritino: Cheruviehá cortaron la rienda, a lo que López contestó con el mismo laconismo: Emiende con un tiento (la rienda era de plata). En ese mismo tiempo, como las numerosas guerrillas del enemigo estaban en el último punto de atrevimiento, llegando a 150 pasos de nuestra derecha, el coronel Torres, que estaba con su caballo de la rienda y en pelo, saltó en su hermoso tordillo negro y se fué a media rienda derecho al extremo de nuestra línea sin decir nada, sin recibir órdenes del general, que estaba allí con nosotros; cuando le vimos fué cuando él hizo montar a caballo los fres escuadrones de su mando; los

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comandantes que estaban con nosotros, montaron y salieron a escape; el general López montó a caballo e hizo montar las otras divisiones de su mando : yo salí al galope a colocarme en mi puesto, y al pasar por frente al centro, que formaba una eminencia, miré para atrás, y vi el espectáculo más sublime que el pintor puede imaginar. Prudencio Torres estaba principiando su movimiento de carga por escalones, la derecha a la cabeza, con la distancia o intervalo preciso: Méndez marchó en línea con su división al paso, como para sostener el movimiento de Torres, y consecutivamente vino ejecutándose lo mismo de la derecha al centro; en consecuencia de esta maniobra brusca e inesperada, las guerrillas del enemigo, desparramadas en gran extensión, no tuvieron tiempo de replegarse en orden. Torres, aprovechando, cargó a fondo, esperando ser protegido, como lo fué. Entonces pronuncióse tal desorden en las guerrillas, que me hizo el efecto de una majada de ovejas extendida en el pasto y atropellada por un perro bravo; hice señas al coronel Salvador, que mandaba el centro, para que mirase la trifulca, y salí al galope ligero para avisar a mi jefe Vega lo que estaba sucediendo. Visto que, como ya he dicho, de la izquierda que se hallaba colocada en una cañada no se veía ni el centro, cuanto más la derecha, informé al coronel brevemente de lo que estaba sucediendo; el cual entonces mandó a su corneta de órdenes tocar atención (un punto agudo), para estar prontos para montar a caballo. En ese tiempo llegó el general en jefe con su estado mayor al galope, y le dijo al jefe de la izquierda: Vega, la batalla se va a dar impensadamente; mande marchar de frente; «obre como las circunstancias lo requieran». «Bien, general», respondió Vega, y luego con aquel acento varonil que le era peculiar, dio la

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orden de «Línea de frente, marchen guía a la derecha». A poco andar mandó tocar al trote. Etn pocos momentos ganamos las alturas donde el enemigo había colocado su infantería, como a 1,200 hombres sostenidos por 14 piezas de artillería. La carga de Vega fué magnífica, pero el escuadrón Maza, que fué a estrellarse contra esa masa de infantería y artillería, sufrió pérdidas crueles; el comandante tuvo el caballo muerto; la 1. compañía, capitán Timoteo González, perdió su primer teniente, herido; el alférez, muerto; 4 sargentos, 3 cabos y 18 soldados; conocí al sargento 1.° Baigorri por las insignias; la metralla le había sacado la cabeza. Rechazada esa carga con el vivísimo fueg'o de artillería y fusilería, hicieron por cuatro a la izquierda al galope hasta abrigarnos en una cañada que nos resguardaba contra el cañón hasta la cintura. En un momento reorganizáronse los escuadrones, numerosos de nuevo, y apenas habíamos concluido esta tarea, cuando el ala derecha del enemigo, que se había movido para sostener su centro, se presentó a distancia de 200 pasos y nos traía una carga furibunda. Vega, que acababa de organizar su división para cargar la infantería con cargas sucesivas, desdobló al galope por la derecha, y puesto en línea haciendo frente a la izquierda habló en voz clara: ¡Soldados, ahora es caballería, ella por ella heiaf y mandó cargar. Estábamos a 60 pasos. Y o creo que en los anales de la historia de las guerras modernas sería muy costoso hallar un empuje de más valor: el Yeruá chocóse con el cuerpo al mando del coronel Serrano: fué lo mismo que un trueno: Serrano quedó caído en la retaguardia del Yeruá, y escapóse en el ca*ballo de algún muerto; la caballería de la derecha del enemigo fué llevada hasta el cuadro y más allá; pasamos llevando el parque y ambulancia del enemigo por delante; de manera que
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cuando formamos para continuar la pelea, el enemigo se hallaba entre nosotros y su parque, hospital, caballos, etc. Nuestra derecha había cumplido también su deber, sacando casi toda la caballería de la izquierda de los enemigos fuera de la línea de combate: éste se había replegado sobre su centro, formando cuadro con su infantería; la artillería en los ángulos; nuestras dos piecitas se habían desmontado, una al tercer tiro, la otra al octavo. Habíamos perdido bastantes infantes de los 300 que teníamos; el general López, muerto de un tiro de cañón; el teniente coronel Carlos Anzotegui y muchos otros oficiales habían muerto también: la noche se aproximaba; la batalla estaba ganada, pero no teníamos artillería para desalojar al enemigo de su posición. El general en jefe se aproximó al coronel Vega diciéndole: Vega, la batalla se ha ganado debido a esto, y apuntaba con la mano al firmamento, y en él las estrellas comenzaban a aparecer: ha sido fuera de toda combinación posible. Vega le respondió que así era, acompañado del valor de la tropa. El general manifestó recelos por el convoy, heridos, caballos, etc. Un oficial de la división Vega dijo entonces al general que al obscurecer había podido ver todavía al convoy, y que el enemigo despedazado no parecía haber hecho movimiento por ese lado. Entonces el general le dijo a ese oficial: «Tome usted 50 hombres y vaya a buscar el convoy: está usted viendo, vea la posición del enemigo y tenga cuidado». El oficial salió, y sin esperar fué a dar en una guardia de correntinos, capitán Pampin, que felizmente conoció por el habla, que sin eso iba a haber otra cuestión. Pampin contó entonces al dicho oficial que había muerto el general López, el comandante Anzoategui y otros; que habían llevado los cuerpos de éstos

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para las carretas: llegado a éstas encontró al coronel J. M. Bena vente, muy incomodado por el desorden hecho por individuos de tropa, de aquellos que infelizmente siempre hay, que con el pretexto del caballo cansado u otro, siempre salen de las hileras para merodear o disparar. Dio al precitado coronel la orden del general en jefe, y Benavente le dijo entonces que guiase el convoy y más de 400 dispersos allí refugiados. El oficial organizó con ellos dos escuadrones, improvisó unos zapadores, con palas y azadas. Aprovechando la luz opaca de una luna de abril y noche nublada hizo marchar oblicuando un poco sobre la derecha, para evitar dar en la fuerza enemiga; fué feliz, llegando a las tres y media donde estaba el general en jefe. Este estaba durmiendo sobre sus cojinillos. Los ayudantes no querían despertarlo; pero el oficial comisionado quería dar cuenta del buen éxito obtenido, y en el altercado se despertó el general y preguntó lo que había. Entonces el general, satisfecho, le mandó que parase la fuerza y las carretas donde estaban, pero que no desunciese los bueyes de las carretas para estar pronto al clarear el día, con el objeto de estar listo a cualquier movimiento que el enemigo hiciera. Amaneció, y una neblina muy cerrada se dejaba divisar a 50 pasos; procedióse a dar sepultura con los honores debidos al general López y demás jefes y oficiales muertos en el combate: cuando se abrió el tiempo, ya había concluido ese fúnebre deber, y promulgádose la orden del día con la fecha de la víspera (10). En ella el general manifestaba el pesar de no poder premiar a todos por su reconocido valor, pero que lo hacía con aquellos que más se habían distinguido. Pasaron a tenientes coroneles los sargentos mayores Manuel Pacheco Roldan, no me acuerdo cuál otro; a sargento mayor el capitán Joaquín Rivadavia; a capitán el ayudante

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mayor Dumoncel y el teniente Tomás Ximenes, y algunos alféreces a tenientes. El enemigo, a las dos de la tarde del 11, emprendió la retirada por el camino de Nogoyá. marchando en columna cerrada; su artillería en el centro; cada vez que nuestras fuerzas hacían alguna amenaza, formaba en cuadro y empezaba a cañonearnos; nuestras fuerzas, como dije arriba, se habían inutilizado al principio de la batalla del día 10, de manera que fué preciso contentarnos con flanquear y guerrillearlo hasta el Sauce Grande. Nuestras maniobras tendían a aproximarnos al Diamante, donde esperábamos tener noticias de la escuadra francesa, y por consiguiente de Montevideo. Con las maniobras del enemigo, que no quería quedar cortado de su centro de recursos, que era la ciudad del Paraná, por donde le venían de Santa Fe todos los auxilios de Buenos Aires, sea en armamento o en hombres, sucediendo lo contrario del ejército libertador, que sita, hombres por las pérdidas habidas, ni armamento, ni dinero, que nunca, había tenido, era preciso un concurso inmenso de circunstancias extraordinarias para mantener en' las hileras hombres desnudos y extenuados por las privaciones de todo género. Era una lucha muy desigual y que solamente el ardiente patriotismo que abrasaba a todos podía sustentar. El enemigo se había metido por unos zanjones; obstáculos naturales, de donde era casi imposible desalojarlos sin artillería, al menos tan fuerte como la que él tenía; y eso no lo haría. El general, queriendo hacer urna operación al norte de la ciudad del Paraná hacia Alcaraz_, pasando por las Conchas, y queriendo dejar su ambulancia, parque y los pocos infantes que tenía, mandó a un oficial de confianza al Diamante, donde estaba el coman-

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clante Perrad con algunos buques de guerra framceses, a ver si podían obtener alguna artillería; éste recibió muy bien a ese oficial, pero le dijo que no tenía a bordo de los buques de su mando ninguna pieza de campaña de calibre grande ni chico; pero sí debía haber en el fondo o bodega del buque que él montaba, algunas carroñadas de una pieza, cortas y sin cureñas, que sólo sirven a bordo, que podrían servir al menos remediando en un reducto. El oficial, que era de caballería, y en consecuencia poco científico en la guerra de sitio, aceptó y mandó cargar ocho piezas de esas en unas carretas con algunas municiones, pólvora y bala, y algunos tarros de metralla, y se fué con sus racimos de uva, como llamaban los soldados. El general, al ver ese sistema nuevo, rióse mucho, pero hizo hacer un reducto. Este consistía en lo que hay de más simple tratándose de fortificaciones; en primer lugar escogió donde había agua cerca y después hizo una trinchera con las zanjas o fosos correspondientes, pero no hondos ni anchos, de más de 3 metros más o menos, de forma cuadrangular; colocó las carroñadas, dos en cada frente, y dejó allí entre infantería, artillería, comisarios, médicos y enfermos, como 700 hombres, los cuales fueron muy poco incomodados por los enemigos en los diez o doce días que duró la operación de la caballería; ésta consistió en ir la división de Vega hasta Alcaraz, quedando las otras divisiones escalonadas por las Conchas y Antonio Tomás; el objeto era deshacer una fuerza que allí había y recoger algunos caballos, lo que todo se hizo con felicidad. En ese intervalo el enemigo se había reforzado con fuerzas de Buenos Aires y Santa Fe hasta el regimiento de los Andes, coronel Pantaleón, y A l gañaraz, que vino de Mendoza; éste tenía muy buena y merecida fama: había hecho parte del 9

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ejército del finado Quiroga; estaba bien armado y disciplinado; por allí se ve que Rozas comenzaba a tener recelos; estaba el 2 de Buenos Aires, coronel Ramírez (Lujan y L o b o s ) ; este regimiento ya se había encontrado en la batalla de San Cristóbal. Estaba prolongándose la situación y se volvía indecisa; los escasos recursos que podía obtener el ejército libertador no correspondían a los del enemigo, pero hasta principios de julio no se había enfriado ni un átomo el entusiasmo de esos hombres beneméritos. Continuaban las escaramuzas, guerrillas sin resultado que solamente servían a mostrar la superioridad moral de los de Lavalle. En una de éstas tuvimos el dolor de perder el capitán de la 3. del Maza, al siempre llorado Juan Fernández. ¿ Quién de los de ese tiempo no conoció a Juan Fernández, el socio de don Marcelino Rodríguez en Buenos Aires, compradores de ganado para revender a los abastecedores? Juan, en su lindo caballo bayo overo iba todos los días a los corrales de abasto a recibir tropas de ganado y distribuirlas a los carniceros. Don Marcelino vivía a la media cuadra de don Juan, para la de la Victoria, casi enfrente de lo de AlfarO'. Se había reunido al ejército libertador cuando se reunió don Manuel Rico, el coronel jefe de los del Sur, como lo llamaban; la muerte de ese valiente compañero impresionó a todos; el combate en que murió fué muy reñido. Al obscurecer, el cuerpo quedó en una cañada a nuestra izquierda, en consecuencia de un movimiento de flanco que habíamos hecho sobre la derecha, para evitar ser envueltos por el enemigo que venía a la fuerza; pasamos la noche pico a pico, como dicen en los reñideros. Al amanecer del siguiente día, con la mudanza de posición y como no había probabilidad de combate inmediato, reunimos unos cuana

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tos oficiales y acordamos ir a dar sepultura al cadáver de Juan Fernández; fuimos los siguientes: el mayor Joaquín Muzlera, el de igual clase R u fino Tanson, el capitán Rafael Cabanillas, y el de igual clase Víctor Dumoncel; desde el principio estos oficiales cometieron una grave imprudencia: no llevaron consigo ni un hombre armado; solamente ellos con sus espadas y creo que uno o dos llevaban pistolas; al llegar cerca de las avanzadas del enemigo, reconocieron que eran fuerzas de los auxiliares de los Andes; Muzlera había servido en ese regimiento, en las campañas con Quiroga, y por consiguiente era muy conocido de los oficiales que habían servido con dicho Muzlera en Entre Ríos; luego que estuvimos próximos a la línea de sus guerrillas, Muzlera hizo llamar a un comandante Romero, y Cabanillas hizo también llamar al mayor José Isea, los cuales vinieron luego con otros dos oficiales; uno era un alférez Carpintero, el otro no me acuerdo del nombre; en efecto, eran amigos de esos señores; hablóse mucho de cosas indiferentes a la situación, simplemente recuerdos de juventud, y lamentando ambos encontrarse en campo diverso; pero todo íbase prolongando tal vez de más para los jefes del ejército de Rozas, cuando sobre la tarde pasó como a cien pasos de nosotros un oficial con dos ayudantes y tres ordenanzas, nos saludó, le retribuímos su saludo de lejos y retiróse; los oficiales que estaban con nosotros nos dijeron que era el coronel don Pantaleón Algañaraz, que estaba ese día de jefe de vanguardia; continuamos la conversación, cuando vinieron derecho a nosotros cuatro oficiales entrerrianos; uno de ellos habló en particular con los jefes Romero e Iseas, y quedáronse al lado nuestro. No queríamos levantarnos por no dar muestra de temor; notamos también un movimiento extraño en las líneas de las guerrillas; en fin, para

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abreviar la historia, antes de movernos por orgullo, estábamos rodeados, y las carabinas de los oficiales entrerrianos apuntadas a la cabeza; éstos venían tres de carabina y uno de lanza. Algañaraz se había quedado ahí cerca; vino al galope, y como cobarde nos trató indignamente. Esto fué un hecho que si bien de poca importancia por su valor numérico, no dejó de tener influencia moral en la tropa, y tal vez en el ánimo del mismo general, que quería mucho a esos oficiales, y sobre todo a Muzlera y Dumoncel: vea lo que puede muchas veces traer una imprudencia. Esto aconteció el 2 de julio. La batalla del Sauce Grande fué el 16 del mismo mes; nada puedo relatar de lo sucedido después del 2, porque yo fui uno de los cuatro imprudentes de ese para mí tan triste día. Y o salí por eventualidad de la prisión del Paraná; el 27 de noviembre también pudieron salir dos compañeros de infortunios y de prisión, el capitán Mariano Rodríguez y José Manuel Santa Coloma; ya se había escapado hacía días Eunes, subiendo a la azotea de la cárcel por una escalera de un albañil. Hasta aquí sólo llega la primera parte de los recuerdos de Dumoncel; más tarde continuaremos esta interesante historia. Dumoncel nos ha prometido remitirnos otros capítulos.

II OQonte video! I
¡ Orientales! La patria o la tumba. Ese dogma sagrado, inmortal, que germinó latente, como el volcán que se oculta en la tierra, en el alma convulsionada de un pueblo aherrojado en la sumisión colonial, lo cumplió, labrando con letras de bronce su historia enaltecida e ilustre, donde culmina con resplandores de gloria la intrépida « Nueva Troya». Esa Montevideo invencible, tenaz y enardecida en sus propósitos patrióticos, perseverante e infatigable en la sangrienta y ruda acción diaria, en cuyo recinto augusto se salvaron las libertades del Río de la Plata; en esa plaza desmantelada, sin sólidos baluartes, sin altas ni fuertes murallas; en esa débil empalizada, defendida a todo trance por bizarros caudillos; arena fué aquélla de inmarcesible fama, donde se adiestraron) en recia lid diaria, con empeño homérico', en confraternidad guerrera y generosa, los valerosos soldados uruguayos y argentinos, para después venir al estadio polvoroso de «Caseros» a consolidar las libertades argentinas.

fléroes

hermanos

Primero se siente, allá, en la lejanía brumosa del Atlántico, guerrera vibración que sacude el ambiente, como el eco lejaaio de la victoria, ronca, solemne, de cañones que saludan al sol naciente de la libertad de Mayoj y en los intervalos del retumbo heroico, el seco estrépito de bayonetas y picas que se entrechocan al son del himno patrio. Ese rumor misterioso y grave es el canto unísono de un pueblo, que al son de rotas cadenas reivindica sus derechos libertarios; en seguida, impulsado por la abnegación de la gloria, conmovido rudamente por la bélica fiebre del heroísmo, vese remontar las pendientes casi abruptas del peñasco histórico a un grupo de sectarios de la patria, guiados por el cóndor olímpico de la altura, caldeados por el pritáneo del corazón argentino, y trasmontando entre los afanes de una atmósfera ingrata el inmenso y blanquecino macizo, desplomarse como la avalancha, rugiente, ensordecedora, a la planicie del renombre donde argentinos y chilenos, unidos por fraternales lazos, con su sangre y con su gloria juraron la independencia de América.

Lta gloria
¡ Meteoro luminoso! Intangible como una misteriosa visión, que te deslizas entre cantos olímpicos con la majestad de un Dios, aureolando con luces de sol acontecimientos enaltecidos e > la vida m de los pueblos celosos de su honor y de su independencia. Esa es la gloria estampada con sangre ilustre, con sangre de mártir, en el libro de oro de la frágil existencia humana, que desaparece como deleznable escoria, para dar lugar a la fama incorrupta. ¡ Oh, gloria! Asombrado te contempla el hombre cuando surges grandiosa de su exaltada fantasía, de su mente patricia, impulsada por sagradas reminiscencias que fueron sucesos reales de nuestros estoicos antepasados, que después de haber labrado el trono prepotente de la República, la constituyeron en nación grande y soberana, lanzándola como torrente desbordado en la ruta del progreso, y venciendo con bizarro ardor las más difíciles pruebas que pueden presentar los cruentos anales de una historia convulsionada por hechos afamados, y enrojecida con la sangre de los bravos, la entregaron entre el ruido ensordecedor, entusiasta, de las dianas triunfales y el repique de las campanas construidas con el bronce de los cañones noblemente vencidos en otros tiempos, al año de 1813. ¡Oh, patria de los argentinos! El esfuerzo titánico de los viejos y jóvenes soldados, afianzó el

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material con que se erigió tu inmortal monument o ; y sin embargo, amargo desencanto arrulla la frente de los ancianos veteranos, de esos frágiles despojos de una gloria pasada, que van dejando sendos claros en las filas ya raleadas por la muerte, que acude presurosa, mucbas veces, a su llamado; y que hoy en el silencio de su mísero hogar viven modestamente, sin la ostentación brillante y justa que debieran tener por sus señalados servicios, viven en el retiro que conquistaron por su achacosa vida militar, tan llena de conflictos y privaciones, tan llena de amargos desencantos, que como un cáncer devora sus entrañas, sin ser incómodos por su espectable pasado, sin producir los celos en el mando, sin proclamar su fama notoria; y a pesar de toda esta ilustre epopeya, llega el desconocimiento de sus méritos, que a los pocos ancianos sobrevivientes de aquella memorable contienda americana se les discute el honorario e insignificante privilegio que tienen por haber sido actores en una guerra extranjera, la más gloriosa de los tiempos modernos, esa guerra del Paraguay, cuyos abnegados sacrificios fueron indemnizados por el destronamiento de la más torpe tiranía de los tiempos modernos. Magno acontecimiento que no tuvo otro galardón que la estimación pxíblica y la gloria. ¡ Sombras de bravos! No protestéis ante tan monumental injusticia; torpe y desdeñosa, no conseguirá nunca apagar la antorcha del renombre, que vierte lágrimas de fuego sobre el sepulcro de los héroes. Ese justo privilegio de los viejos adalides fué conquistado en medio siglo de sacrificios y con la sangre de su pecho, derramada a torrentes en su inclemente vida militar, donde escribieron con ademán contrito el sacrosanto dogma de la patria ; fanatismo, el más sublime de los fanatismos, que

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simboliza una noble raza, y no es razonable quitar la bonra de la hazaña al soldado constante y valeroso para satisfacer una emulación efímera, despojar de ese galardón adquirido a tan rudo precio a ese ciudadano enaltecido e ilustre, a quien el único lábaro que lo guió fué la enseña del deber. En la historia de las naciones gobernadas y enaltecidas por la justicia y el honor patricio, los ciudadanos que se han sacrificado por la patria, tienen siempre un lugar prominente en la gloriosa posteridad, en la leyenda homérica de los pueblos viriles, que les asegura la veneración de la patria agradecida. Dejad a las llamas del pasado que iluminen el camino del porvenir.

Lia Hermana de la Caridad
¿Por qué volvéis a la memoria mía, Tristes recuerdos del placer perdido, A aumentar la ansiedad y la agonía De este desierto corazón herido?
ESPRONCEDA

Si es cierto que la lastimosa Humanidad gime en continuo generalmente, al embate de la ola embravecida de la implacable adversidad, en cambio, la augusta Providencia en su clemencia divina, en su misericordia infinita deparó el angelical consuelo personificado en la mujer que con su inconmensurable amor y sus delicados afanes, sostiene y ayuda al hombre a soportar con entereza y valentía los rigores de la suerte, las variadas vicisitudes de la existencia, y con su tierno y reposado consejo a encaminar sus pasos con acierto y firmeza en esta terrenal mansión, donde prospera por lo general la desdicha encubierta falazmente con risueñas flores, que en silencio y sin sentirlo, en un dulce embeleso, lo extravía. Así en este sombrío laberinto de afligidos males, vibra con luces de estrella el sagrado pritáneo que anima a su espíritu con un poder evangélico, misterioso, inconmensurable: entonces el desdichado se yergue, porque se encuentra altivo al ver que no está solo en el brumoso naufragio de sus mas halagüeñas ilusiones, ni en la dura penuria

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que continuamente lo acomete, humedecida casi siempre con el doloroso llanto de los suyos. S n tal difícil percance de alma torturada, sigue siempre el transido caminante, ese judío errante de aflictiva historia, acompañado por la mujer dispuesta siempre a derramar los tesoros de su bondad, y que generosa y abnegada no le abandona nunca en el desgarrador infortunio, sigue siempre prodigando el alivio al dolor, entre efluvios de amor, por esa alma tan noble, que alivia sus pesares con ternura extrema y derrama en su negra pesadumbre el bálsamo del consuelo, haciéndole vislumbrar en su mísera vida un paraíso de dicha y armonía, en nuestra existencia tan amarga que es un derrotero árido y sombrío obstruido por los espinosos zarzales de crules contratiempos, en esa ruta indestructible, que lentamente se recorre desde el alborar de la cuna en que se reciben los mimos maternales, hasta el sepulcro en que la mortaja le oprime con los atributos de la muerte.

* * *
¡ Terrible vibración del alma es la aflicción intensa y ruda en su persistencia indómita! esa nostalgia infinita que pesa incómoda sobre el espíritu, taladrando la mente con un pensamiento perenne, que oprime el corazón del desdichado, en esa soledad de mísero proscripto que lo rodea, allá, en la inhospitalaria tierra extraña.
* * *

Víctima inocente y cruel es de ese dolor latente, implacable y sombrío, que palpita incesante al impulso del amor inconmensurable de la madre infeliz, cuya congoja suprema aguijoneada

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por el sobresalto del dolor, siente en el desvarío de su rudo infortunio, que el hijo adorado que palpitó en sus entrañas, ausente, se extingue solitario y sin consuelo en el lecho del torcedor tormento. * * * Existen pesadumbres tan agudas y crueles, que transforman en viviente espectro al ser que se siente herido por tan grande angustia. En ese caso estará el que sienta el suspiro ahogado de la amante esposa, esa alma en pena, que vaga errante, con planta incierta, en la soledad de fantasmas que la aterra, clamando en vano con lastimero acento por aquel que está muy lejos, hundido en la sombra ignota de lo eterno, por aquel que no volverá jamás, y con sensación extraña sólo ve atónita como terrible visión su alba sombra funeraria, envuelta en el helado sudario de la inolvidable desventura.
# * *

¡ Cuan terrible es la vibración de un corazón herido por el lamento ahogado de la hermana que en la brumosa penumbra de la tarde vierte la lágrima triste de su insaciable afán en el árido desierto de su alma, por la ausencia que dejó en el hogar paterno el lazo roto que ligaba su vida al hermano querido y respetado, su único sostén y su alegría, y que hoy, clausurado en la fría cripta, tan sólo le sobrevive la infausta evocación de ese pedazo de su corazón que llenó en otro tiempo con su constante cariño tan felices días, y aun más recrudece su infortunio al sentir que esos tristes despojos es lo único que subsiste de una hermosa y robusta vida, hoy para siempre sumergida en el polvo delezfnable de la nada; es

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todo lo que existe de una existencia excelsa, adornada con todo el lujo de un fraternal afecto insaciable de un amor puro y santo!

Cuando mezcláis los dolores propios a los de aquellos seres que amáis con entrañable cariño, el sufrimiento es mayor. ¡ Cuan conmovedor es entonces, ver y sentir sufrir en el lecbo angustioso de un hospital de sangre, al herido, cuya faz cadavérica anuncia el extremo instante, oyendo el ruido seco del estertor agónico que resuena en el lóbrego recinto, como fatídico eco de la otra vida, cuyas puertas se abren con estrépito de tumba, que penetra y retuerce las fibras del corazón, lejos de la visión adorada, sin el alivio cariñoso de la madre, rodeado entre las sombras de la mortal estancia, por caras patibularias, cuyo repugnante aspecto rechaza a la compasión, a quienes ní> perturba el sueño los quejidos de la agonía!
# * #

¡ A h ! ¡ Cuan extenso y cruel es ese teatro de las eternas angustias; mas, en medio de tantos pesares, por virtud divina, Dios, en su eterna bondad, hizo bajar a la tierra el ángel del consuelo, que con sus lágrimas de ternura y sus santos afanes, alivia en lo posible los tormentos de la existencia, y derrama con profusión infinita sus dones de misericordia en los torpes sacudimientos del calvario de la vida; Dios creó sobre el humus de la tierra triste, a la Hermana de la Caridad! ¡Bendita sea!
# * *

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Por más debilitada que esté la memoria por los años, dominan en ella con su brillante colorido, escenas vivas y de dolor latente, que impresionaron en otro tiempo la mente doliente, y conmovieron el corazón con sus afanes; lejanas escenas que se agitan con excelsas figuras, y allí mismo, en un ambiente perfumado por el amor, se destaca con magnífico esplendor esa noble estampa enaltecida por sus acrisoladas virtudes y su santa bondad misericordiosa. No olvidaré jamás aquellos instantes; porque el olvido no cabe cuando se trata de escenas que tan profundamente han herido la deleznable escoria de nuestra existencia, en aquellos momentos crueles^ que al contacto del recuerdo, se sienten como reciente herida, allá en la pálida reminiscencia del pasado. ¡ Oh, santa recordación! Arraigada profundamente en la melancolía de mi espíritu, no se borrará nunca de mi mente. Herido mortalinente por el cólera, siento en este momento como entonces, cuando casi moribundo, el ánimo desfalleciente, inerte, como maniatado en el potro angustioso de la agonía, flagelado por los terribles calambres, extendido en el lecho nauseabundo de un hospital de sangre, sufría con extrema conformidad estoica, sin prorrumpir una queja empujada por los terribles dolores que me martirizaban; pero en cambio, como supremo alivio de mis males, veía la mirada angelical de la santa Hermana clavarse con ternura en mis vidriosos ojos, y darme ese valor sereno de mártir resignado para soportar con entereza inaudita los tormentos físicos que en mortal pesadumbre, de improviso, como una avalancha enorme, se desplomaban sobre mi mísero ser.

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Aun siento conmovido, con el ánimo doliente, su voz de ángel inspirándome valentía para dominar con sublime imperio y sobrellevar con espíritu fuerte y resignado, los dolores que me encadenaban como un frágil Prometeo al lecho del sufrimiento.
* # *

¡ Oh, hermosa virgen, revelada en un día de primavera, por inspiración del cielo! Cómo te recuerdo, cual una santa ilusión de mi juvenil edad, con tu adusto traje monacal, que personificaba como emblema santo la austeridad del claustro. Bella como un ángel, que sólo una tierna ilusión concibe. i A h ! Y o bendigo tu memoria excelsa, beatitud divina, que me hiciste, contrito, adorar a Dios y sentir toda la veneración y amor que se puede sentir por un ser humano, idealizado por la dulce visión de otra hora. Y o te amé con todo el grandioso sentimiento que me inspirabas... y cuando lejos del sufrimiento te busqué para acercarte a mí, para decirte con todo el fuego de mi pasión que mi alma desterrada de las dulces emociones de la vida, necesitaba el perfumado aliento de tus labios y el volcánico latido de tu pecho para vivir feliz en el mundo de la dicha, habías ya entregado entre cantos de ángeles tu existencia al creador. Abnegada hasta lo sublime, desafiaste la muerte sin que ningún peligro te arredrara, hasta que al fin, contagiada por una fiebre infecciosa, la muerte te robó a la existencia, que pudo deslizarse entre los suaves encantos del amor, entre flores y dichas inefables, en el albergue celestial de mi pasión profunda. ¡ Ah, Dios m í o ! Ni tu sepulcro encontró donde derramar una lágrima agradecida. Tu tumba bo-

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rrada por la ausencia del cariño y la indiferencia del olvido, entregó tus sagrados despojos a la nada. La tierra mísera insaciable todo lo devoró, y sólo en mi mente torturada quedó viva con sus pálidos colores la estampa idolatrada, como un eterno y fúnebre adiós que vibra doliente en un suspiro, que se escucha siempre en melancólico tono, cual armoniosa arpa eólica de la tumba, cuyos dulces y amantes ecos lejanos se sienten a toda hora... y cuando miro con ansiedad infinita y siento con opresión sublime ese alejado cuadro de dulce congoja, que resalta siempre con su triste colorido en la reminiscencia de un infausto amor, exclamo con el corazón palpitante, el sentimiento del poeta que refleja una sentencia inmortalizada por el amor sublime: Los seres No tienen No tienen No tienen que se aman olvido, ausencia, adiós.

Lia esperanza
Mensajera de auroras -primaverales

Eres olímpica vislumbre de sueño lisonjero, escintilando en vaporoso éxtasis, donde vibran murmullos de amor, rozando el radiante miraje de una dicha inefable que oculta la negra melancolía tras un velo de oro; que ocultas ese dolor, lento y cruel, que sin piedad surge como evaporización satánica entre las breñas de la mísera y tambaleante vida. La penuria, con su séquito de lágrimas y aflicciones, que desgarra la existencia triste con sus garras de acero, ocultando el hombre fuerte con antifaz sereno la punzante desventura que latente, en silencio lo devora... Ese cuadro tan sombrío, que afecta en lo más vivo nuestros órganos sentimentales, toda esa podredumbre de amarguras, veloz se desvanece, entre el perfumado incienso de tu altar radioso, ante esa visión de supremo alivio que Dios en su bondadosa omnipotencia dio al ser humano como consuelo vespertino, allá, en la calma sagrada del ángelus de la tarde, como para que las pavorosas sombras de la noche no atemoricen el espíritu predispuesto al duelo, surgiendo en esa visión divina todo un mundo de placeres, murmullos de amor inefable al compás del latido agitado del corazón amante, el ruido delirante del primer beso de amor, coronando de rosas las copas del regio festín, plácente-

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ros deleites con que arrobas al infeliz que te invoca. ¡ Oh, Diosa misteriosa del consuelo! ¡ O h ! tierna esperanza que te veo con los ojos de mi amante delirio, y te acerco con las ansias de mi agitado pecho, allá en la penumbra del sol muriente de la tarde. Tú surges benigna con la luz de la escintilante y pálida estrella que guía al fatigado caminante; tú surges esplendente del páramo desierto de una existencia dolorida, como el arco iris de bonanza, que después que la tormenta bravia asoló implacable el suelo con sus horrores de devastación, en seguida allá a lo lejos señala un oasis de esmeraldas. ¡ Divina persistencia irreductible es la esperanza ! que brota en el alma desolada cual arcano misterioso de bonanza; que atrae como un poder inexplicable, como un imán grandioso y benéfico, y perfuma la existencia como el aliento de los ángeles y nos hace olvidar con visiones halagüeñas esa cruel incertidumbre de la aflicción que lentamente, implacable, perenne, nos asedia como una persecución atroz del fantasma de la desdicha. La esperanza vive mientras vive el hombre: es su fuerza colosal, incolumne le sostiene como poderoso puntal en todos sus momentos difíciles, y se anida ideal en todos nuestros sueños de oro como un brillante porvenir de gloria. La gloria de las armas dirigiendo con los rayos de la guerra el carro del omnipotente triunfador. La gloria de la sabiduría dominando el mundo can la razón y con la fuerza de la dialéctica. La gloria de la religión que se encarna en el asceta irreductible. La gloria del sacrificio por la patria que encierra en sí todo lo sublime y lo grande que ostenta la abnegación. La gloria del foro lanzando rayos en defensa del oprimido y anatematizando el crimen y la traición. La gloria del

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amor que hace de la existencia de dos seres un paraíso de delicias, y todos los sentimientos nobles y generosos y febricitantes pasiones tienen en la esperanza la vislumbre de su real existencia. Cuando el hombre se encuentra sumergido en lo más hondo del abismo de la peina, sentirá, conmovido, un grito íntimo lanzándolo a la esperanza... y esta santa visión del pensamiento atribulado acudirá allí veloz para derramar generosamente el consuelo. ¡ Oh, tierna esperanza! en tu misericordia sublime no abandonas jamás al infeliz que te invoca. Sin ti la vida sería un grito ahogado de tortura.

He sufrido
En el fondo de mi alma Hay tristezas y muy grandes, Unas las saben los hombres Y otras Dios sólo las sabe.

¡ Qué horas tan amargas son las de la vida en algunos momentos excepcionales! En el silencio de mis penas he sufrido torturas físicas y morales que debieran haber aterrado mi ánimo; alguna vea he sentido la hoja traidora helada del estilete que penetraba, en mis entrañas; otras veces sentía mi espíritu agobiado con sus bárbaras opresiones, inauditas y crueles, cuando extendido en el lecho de un hospital de sangre soportaba con fingida entereza que la mano del operador tocase sin piedad, diariamente, los tejidos superficiales que llegaban hasta descubrir el hueso en mis pobres heridas piernas, sientiéndome entonces verdaderamente acobardado por mi sufrimiento. La vida me era un tormento; o cuando mi corazón sangraba herido en lo más profundo de mi intachable reputación militar o civil, taladrada con alevosía por la envidia o la vil calumnia, que insaciables no reposaban un momento en su obra tan premeditada por la infamia y la inclemencia malévola de la vil canalla que vive de la inmundicia de su esencia; y puedo muy bien decir que hoy, cuando el hielo de los años cubre mi cabeza, en otro tiempo tan lozana y tan llena de lúcidos pensamientos que he derramado en diez y siete

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volúmenes: la labor de un espíritu consagrado a la patria y al estudio, aun sangra mi pobre corazón: las viejas heridas aun no se han cerrado, porque de cuando en cuando en la nostalgia de mi alma entristecida, vibra una chispa eléctrica doliente con espasmo de penas lejanas; siento entonces que el rubor sube a la mejilla y quema como una ascua. Es la ardiente reminiscencia que arde implacable en mi pobre corazón. Qué destino el mío espinándome siempre en los zarzales de la áspera ruta de mi existencia, sin alivio, sin descanso: la alborada pálida y siniestra, velada entre nubes sombrías, como un allá lejano que no volverá; el ocaso negro como la noche de la muerte, el mane thecel phares aniquila la esperanza, esa sombra vaporosa del consuelo. En mi perenne zozobra invoco a Dios, y le pido su clemencia inconmensurable para los tristes momentos de mi vida; no es que el infortunio me agobie y me haga su mártir: yo puedo serlo y me resigno, como me he resignado siempre; pero lo que yo imploro es que la piedad divina rodee a los seres que amo, a esos que quedarán después de mí en el valle del llanto para que puedan con orgullo recordar mi apellido. ¿Qué vale la mísera existencia con tantos crueles sinsabores? es una serie de infortunadas etapas en que el errante viajero va como el sublime Cristo agobiado por la pesada cruz cayendo y levantando entre afrentas y amarguras sin nombre, sin despertar un instante la compasión de ese vulgo imperial y autoritario, revestido con el arte más hipócrita de virtxides nobles y respetadas que no ha poseído nunca ni poseerá su corazón de piedra, que le rechaza toda virtud como a un artero ladrón. Cuántas veces herido en mis más nobles inten-

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ciones, fingiendo que no notaba las sonrisas irónicas de la vil especie, me presentaba erguido y sonriente, ocultando con un vigor extraordinario mis aflicciones bajo una máscara de bullicioso contento, y admiraba a mis amigos con mi loca alegría, y mientras tanto una nostalgia del alma triturada bacía dolorosamente zamarrear mi ánimo herido y recordaba al infeliz Bigoleto... ¡ A h ! yo he sufrido mucho y nadie me ha extendido su mano, salvo alguna vieja amistad de aquellas que viven como un pritáneo sagrado en los nobles corazones... eso era lo bastante para considerarme feliz en medio de mi infortunio... ¡ A h ! . . . pero estas santas amistades son tan escasas que sólo existen para honor de la humanidad en las páginas de alguna historia sentimental, de esas que reduce la mente noble y abnegada de un ser que a sentido tan nobles visiones. ¿Pero qué importa el calvario de la triste existencia? Es un honor incalculable subir impasible a la cresta del martirio. El hombre que dice yo he sufrido, es digno del respeto de los demás y de la compasión del creador.

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Líos conquistadores del desierto
Caria al general Garmendia

L a P l a t a , mayo 25 de 1913.

Señor general don José Ignacio Garmendia.— Presente.—Señor general: Leo una página de usted, y el hondo entusiasmo que en ella ha reflejado me arranca mi silencio para dirigirle estas líneas, que van como expresión de aplauso, ante las ideas por usted expuestas vigorosamente en la revista Fray Mocho, en su homenaje de Mayo. Conserva usted una mentalidad que le permite, sin decadencias ni desviaciones, inculcar en los hombres nuevos la esencia virtual de todas las integridades. Habla usted con elocuencia sana, enérgica y firme, como los filósofos de la Roma antigua, que enseñaban la estoicidad dentro de la Moral, de la Verdad y el Sacrificio. Es una dicha vivir en la aurora de todos los ensueños, porque ellos son los astros de luz perenne, que prestan al alma de los pueblos, fe y fuerza, ciencia y arte, gloria y libertad. «Euego sagrado», dice usted, escribiendo como Tácito, animó a San Martín, impulsó a Belgrano, inmortalizó a Alvear. inspiró a TJrquiza, guió a Roca e inflamó a Arias. Como un ateniense, ha oficiado en el altar simbólico de la Patria, y_ desde él mantiene viva la llama de la tradición inextinguible del valor argentino.

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Me ha conmovido su recuerdo gentil acerca del general Arias, a quien usted hace justicia alta y exacta. La cercanía en que me he hallado del nobilísimo guerrero, que murió, como dijo Julio Costa, «en un gran resplandor», me permite apreciar la intensidad de su juicio. Se ha mostrado usted caballeresco como siempre, sin reatos y sin sombras, al fijar en medio del egoísmo contemporáneo, este párrafo que podría grabarse sobre la tumba de Arias, con buril milenario y en tronce inmutable: «Fuego sagrado es la impasible resistencia del coronel Arias, en La Verde, donde demuestra este intrépido guerrero las dos más grandes virtudes militares que ha llenado de héroes el mundo: carácter y decisión.» Esta es sanción y enseñanza, voz que el porvenir recogerá para trasmitirla a la conciencia de la Nación, para mayor prestigio de su numen secular. No tuve jamás duda de que Arias, después de su muerte, obtendría la palabra definitiva sobre sus singulares dotes y servicios, y a pesar de los zarpazos de la emulación, de la torva lanceta de la envidia, cae ya el telón de un ambiente de pasiones, para crearse, en cambio, el pedestal, donde asentará su romancesca figura, forjada al «fuego sagrado» de batallas homéricas y luchas que hoy apenas se comprenden. Pronto tendré el placer de enviarle un trabajo mío sobre el vencedor de Peribehuy y la Verde, en el que aporto todo el material que pude reunir acerca del mismo, y que servirá a los investigadores del futuro, para cuando estudien la organización nacional y las épocas tumultuosas y de agitadas gestas en que le cupo actuar. Y a , general, que le hablo de estas epopeyas marciales, contradiciendo, quizás, tendencias disolventes, determinadas en aluviones que hallarán su

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cedazo y su crisol, le llamaré su atención acerca de ciertos párrafos de la lectura pública que t a dado Leopoldo Lugones, a quien usted, que asculta y analiza el país día a día, debe conocer ampliamente. Lugones, al examinar doctamente a Martín Fierro, se ocupa de las tropas del ejército que conquistaron el desierto, y coincidiendo con el cuadro magistral de Saint Víctor, cuacado éste describe a Atila y a los bárbaros, traza una página similar de poca diferencia y con idéntica sugestión dramática que aquélla. No bay mucha distancia del campamento fronterizo que Lugones imagina con sombríos colores, al otro en que Atila cobija a sus bárbaros, dominados por la embriaguez, la matanza y por salvajes ejercicios en campos abiertos, desolados e infinitos. Pero en la realidad de la escena, y en las gentes que han servido de modelo a Lugones, existieron otros factores y mediaron distintas moda-lides, que el conferencista no ha anotado, y las que no ha de ignorar, dadas su notoria ilustración y fina agudeza. Degolladores, jugadores, curtidos a la intemperie de todos los crímenes, no lo fueron los soldados que abrieron a la civilización una tierra nueva, y en cuya tarea culminó el jefe de la clásica expedición al R í o Negro, el ^general Roca, objeto de panegíricos del autor de « L a guerra gaucha». A trueque de tanta mácula, no les concede sino «coraje y tristeza» en su «trabajo heroico», pero estos epítetos tardíos palidecen al influjo de pinceladas riquísimas de prosa castiza, pero inexactas en su exégesis histórica. _ El jefe ladrón, que roba al veterano, y la oficialidad corrompida y amoral, sería indigna de la obra efectuada. Este juicio de la posteridad, lanzado desdé un elegante y tibio teatro, donde se estremece el alma nativa al conjuro poético de Martín Fierro, es lamentablemente cruel. Pa-

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recería que un malón pampa revuelve un cementerio de cristianos. Bien está que Lugones teja metáforas y retóricas innegablemente hermosas y que pulse las cuerdas sonoras con maestría, a manera de los grandes eruditos y críticos, pero que no llegue al anatema que extravía, que obscurece prestigios muy legítimos. Usted, general, está habilitado para responder que el guerrear de tales soldados en la inseguridad del Desierto grabó un surco ciclópeo, y que la corrupción y el pillaje no fué bandera de ningún ejército argentino. Las épocas corrían embrionarias, de frugalidad y de resistencia; anacrónica la democracia, la campaña hostil y huraña, se la dominaba bajo la lanza y la boleadora del indio, en las soledades llenas de misterio. Escuela de abnegaciones, los que sobreviven no tornaron a sus hogares con el estigma de la barbarie, sino como la demostración del esfuerzo de una raza. Esto es lo que deben saber los jóvenes, aunque se sacrifiquen las formas. Necesitan vidas rectas en sus ejemplos y sugestiones morales. Hay que marchar no por callejuelas, a la vislumbre de contradicciones, sino por la ancha vía de la lógica y de la veracidad sin ambages. Defienda a esos veteranos, general, ya que usted los ha recordado animados del «fuego sagrado», que encendió en Moreno el estro sublime de sus concepciones republicanas. Eíjelos indeleblemente, como usted los conociera y los mandara, y habrá aventado el prejuicio magnífico, pero injusto, con que Lugones ha destellado en sus_ aristas de literato armonioso y de artista exquisito, en su evocación emocionante del gaucho legendario, de aquel que vagó con esos

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mismos sold ad os, como el fantasma d e tod as las angustias. Salúdalo con el respeto d e siempre,
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(1) Este joven escr itor es de un r ar o talento: posee un her moso timbre en sus obr as: tiene br illante estilo, y una noble lealtad a los muertos.

«El fuego sagrado»
En el alma humana existe latente por esencia divina, una sugestión poderosa que domina el espíritu con un imperio absoluto: sugestión íntima, intensa, que desarrolla todas las virtudes en el hombre, a la que bien propiamente pudiéramos denominar a El Fuego Sagrado de la Patria». Este sentimiento sublime, por su propia naturaleza, es engendrador de todo lo grande, de todo lo que se levanta sobre la mísera humanidad, de todo lo inmortal que en la existencia forma la posteridad ilustre que se guarda con veneración en el santuario de la tierra en que se nace. Esa inspiración omnipotente que ha creado e impulsado magnos acontecimientos en la accidentada vida de los pueblos, que es la causa relevante de todos los efectos que hacen del ser humano un coloso, que da vigor a su carácter en los más crueles contratiempos, que forma con accidentes variados la interminable epopeya de la vida, de cuya creación da fe el poderoso cerebro del hombre, se anida únicamente en la viril inteligencia de los seres privilegiados que han obsesionado el orbe con sus proezas legendarias, con su refulgente sabiduría, con sus abnegadas virtudes, formando ese poema que conmueve el corazón con ejemplos incomprensibles para los pusilánimes, y regula con honra sus latidos, que enaltece al hombre y lo presenta como la más perfecta creación de Dios. T cuando consideráis asombrados desde la cum-

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bre del pensamiento los grandes hechos de nuestros antepasados, no podréis menos que inclinar la frente ante esa grandeza de patria augusta, ante esa grandeza nacional que sólo pudo inspirarla el fuego sagrado que produce, entre cantos de gloria, la tierra en que se nace; ese instante de imperial majestad que, como en alas de un g-enio, nos transporta a la excelsa cumbre de la montaña que refulge el orbe como el faro de la idea. Aquella explosión de patria nueva que irrumpe del corazón de Moreno, enardeciendo un pueblo y lanzándolo a conquistar sus libertades entre fulgores homéricos, es el fuego sagrado de la patria que se enciende al son de himnos triunfales y retumbos de metralla. Enaltece y asombra cuando recordamos el fuego sagrado que inspiró a nuestro ínclito guerrero un pensamiento persistente y único: esa gigantesca operación que la historia con admirable elogio denomina « E l Paso de los Andes», teniendo por consecuencia inmediata las batallas de Chacabuco y Maipii, batallas que en el tablero estratégico y táctico de la guerra hecha por los grandes maestros, serán siempre un modelo inimitable de las honrosas hazañas de Marte. «Fuego sagrado» es la idea patriótica que domina a Belgrano a entablar resueltamente la batalla de Tucumán y Salta, a pesar de la solidez y la lealtad hacia el rey, de las tropas españolas. Fuego sagrado es el que enardece el corazón de Alvear al intimar al enemigo en la gloriosa contienda de Ituzaingó. Fuego sagrado es el que inflama en la mente de Rivadavia todos los progresos que cimentan la obra, por desgracia interrumpida, del preclaro estadista argentino. Fuego sagrado es el arranque del general Urquiza, al iniciar la batalla de Caseros, atacando la

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división del ejército de Rozas, que días anteriores había sido derrotado en los campos de Alvarez. Fuego sagrado es aquel que se enciende, como inspiración prepotente del volcán de la idea, en el cerebro augusto del general Mitre y le impulsa con resolución heroica a ejecutar el arriesgado pasaje del río Paraná, teniendo al frente un valiente ejército de treinta mil paraguayos que estaban resueltos a combatirle, aun contrariando el caudillo argentino las opiniones de algunos de sus generales. Fuego sagrado es la conciencia plena que tiene el mismo general que va a vencer en la batalla de Tuyuctí. Fuego sagrado es el cálculo exacto del general Roca en la batalla de Santa Rosa, basado en el carácter desdeñoso hacia su persona de su ínclito adversario, de quien en otro tiempo había sido aprovechado discípulo. Fuego sagrado es la impasible resistencia del coronel Arias en La Verde, donde demuestra este intrépido guerrero las dos más grandes virtudes militares: carácter y decisión. Preguntad al conscripto que alegre soporta las penurias y la férrea disciplina de la vida militar y olvida la nostalgia del hogar paterno, llevando con orgullo y noble fortaleza el arma con que ha de defender la patria, y os dirá con la altivez del soldado que en su corazón valeroso se anida « E l fuego sagrado» que lo lanzará entre vítores estruendosos a la gloria de las batallas y cantando las glorias de sus padres, con entusiasmo heroico marchará a la muerte. Preguntad al fraile adusto, al misionero santo, revestido de fanatismo sagrado; atado al árboi del suplicio, para morir asaetado por los salvajes, qué siente en ese momento de suprema angustia, en que recuerda las delicias puras del solar ma-

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temo, y os dirá arrobado en el aliento de los ángeles: « E l fuego sagrado». Preguntad al valeroso soldado que, barrido por las metrallas, cae para no levantarse más, y os dirá, agonizante, que siente « E l fuego sagrado de la Patria». ¡Oh, Euego Sagrado! entre las opresiones de mi corazón, yo te invoco como el más omnipotente sentimiento que el cielo envió a la tierra para dar doble vida a la existencia humana como una electrización divina.

El Viernes Santo
El infeliz navegante de la vida en desesperada lucha arrastra su existencia sacudido por las tempestades del corazón; terribles convulsiones de las pasiones son esas, que no dan tregua ni descanso en el continuo y rudo oleaje de una existencia afligida. Inmenso es ese poema en acción de amargos contrastes, que se mueven lentamente y sin descanso en el vía crucis triste de la existencia; vamos descendiendo los peldaños de esa escala fatal que, entre negras sombras y conflictos dolorosos, nos conduce al sepulcro, especie de jardín de aclimatación de nuestras penas. Alguna vez miramos atónitos el pasado y nos restregamos los ojos creyendo que un hermoso sueño nos asalta de improviso con alegrías infantiles, o nos presenta un miraje de celestial esplendor de otrora, en que suaves suspiros de amor entretejidos con músicas sonoras se aumenta por el afán loco de dicha: contemplamos con melancolía infinita ese edén divino de las regiones celestes, que irradia rayos felices sobre nuestro corazón marchito y dolorido, y le da nueva vida; aparece entonces la dulce reminiscencia entre doradas nubes, como vaporosa visión que vibra por un momento en nuestro cerebro, pero que no volverá porque existe un mar de lágrimas de por medio. Infausto y proceloso océano que impedirá siempre con la amenazante zozobra, navegar a un débil

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corazón afligido, como barquichuelo al azar de las olas embravecidas, y sentimos entonces con espanto íntimo esa opresión inmensa, al sentir palpitar la dicha que ha huido fugaz con irónico vuelo a las regiones del infinito, para en seguida distinguir atónito la imagen sombría del presente como una estatua de pulido metal que refleja con profusión indómita siniestros resplandores. Primero vemos extasiados la luz primaveral de un hermoso día iluminado suavemente por un sol benigno, en seguida deslizándose la claridad mortecina dulcemente al ocaso, el crepúsculo que nos anuncia con la melancolía del infinito el ángelus de la tarde, broncíneo son de la campana de la capilla de la aldea, esa oración doliente de los que sufren, que vibra triste en las fibras del corazón como espasmos de dolor contenido; después las sombras de la noche como negro crespón que cubre al mundo de fantasmas que se agitan en un ambiente de pavor inaudito, trayendo a la fantasía dolorida amargas recordaciones, tácitos sinsabores de almas dolientes que sólo se encarnan al triste que camina llevando en el alma como una cruz que abruma cruelmente con su enorme volumen, el peso de sus congojas.
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¡ A h ! bienaventurados los que sufren sus penas y las ajenas, porque de ellos será el reino de los cielos; porque los amargos sufrimientos imploran la compasión y el cariño de aquellos a quienes Dios dio buen corazón. ¡ A h ! el dolor es la triste compensación ingrata de la insensata alegría que derrochamos con la felicidad del momento, sin meditar en los que tienen el pecho oprimido por la angustia. Esa alegría que malgastamos indiferentes sin compa11

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decer la aflicción ajena que llena el munido con su doliente acento. Hoy es el día más grande de la cristiandad: es viernes santo; conmemoramos la obra más grandiosa de la abnegación y del sufrimiento; el martirio del héroe de los mártires, que predicó con la elocuencia del amor la conmiseración de la humana existencia; que proclamó la igualdad de clases, la piedad, y arrojó del templo a los mercaderes sin conciencia ni honor; que clavado en una cruz como un criminal, como un vil esclavo, fué, sin embargo, el genuino símbolo de la inmortal grandeza; noble representante del oprimido que litigó esa el foro de los tiranos de la tierra, la libertad y los derechos del hombre, y brindó abnegado, entre los horrores del tormento, su heroico sacrificio. Estoico del dolor, todo lo sufrió con una mudez resignada, confortado con la convicción de su sacrificio, sin una queja, sin derramar una lágrima arrancada al implacable dolor, sin un reproche para sus bárbaros verdugos, y como contraste a tan salvaje escena, en su moral divina todo lo perdonó, y encaró la muerte con una insensibilidad inaudita, porque en su misión sobrehumana no debía caber ninguna debilidad; sabía que su sangre derramada entre tormentos sin. nombre fuera redimitiva de las grandes culpas de sus victimarios, y esta es la causa de que su estampa divina domina el mundo; porque en lo grandioso es única, sin igual, y cada vez que el tiempo nos aleja de aquella tragedia de sangre, más se agiganta el coloso cristiano. El imitador más exacto del mártir del Gólgota es el abnegado y valeroso soldado que todo lo sufre en silencio, ocultando los zarpazos del dolor, devorando las congojas de su nostalgia infinita en su solemne sacrificio por la patria.

El dolor
Bienaventurados los que sufren, porque de ellos será el reino de los cielos.

¿Si acaso no conociéramos el dolor, en ciertas ocasiones en que el cambio rápido nos impresiona, sería tan benéfica la alegría? Creo que n o ; porque el traslado repentino de un sentimiento al otro nos hace apreciar claramente la diferencia que existe entre una pena punzante y una dicha inefable. Las amarguras de la vida son tan intensas en su latente corrosión, que alcanzan hasta devorar como un cáncer las fibras vitales, llegando insaciables al extremo de la extinción de la vida; o la locura en que la mente se extravía para siempre en el misterioso caos de la inconciencia, y llega en su fatal destino a igualarse a la condición del bruto. Es verdad que existen espíritus que resisten el embate vertiginoso de las pasiones, el espasmo del dolor; pero en los más de los casos, esos esforzados del sufrimiento son apenas una ostentación fingida que demuestra que no sienten, pero que el vano orgullo les hace hacer el papel de un carácter de hierro, estoico y heroico ante los lentos mordiscos de la pesadumbre, cuando en el fondo de su pecho se agita un débil corazón, y tínicamente se presentan con la máscara serena de la impasibilidad; pero implacable con su acción de-

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vastadora y oculta, sienten en sus fibras doloridas heridas que desgarran lentamente la felicidad serena que en un tiempo más propicio se anidó en un hogar feliz, y ahora oprimido por el peso sofocante de sensaciones mortíferas, vaga errante el espíritu doliente por el helado páramo de su inconsolable tormento. Para aquellos que han sufrido esa opresión horrible, esa acción incesante del dolor, demostrando al parecer un espíritu imperturbable, y que conocen sus crueles efectos, el perdón alcanza al desgraciado que perturbada su mente por eterno sufrir encuentra el alivio supremo en la mortífera bala de una pistola. Para condenar el suicidio sería necesario estar en el caso de aquel que siente esa nostalgia terrible del alma que lo arrastra al último extremo, y sentir vertiginoso el espasmo fatal del infeliz que atenta contra su existencia buscando una salida rápida a 3U prolongada desesperación. ¿Acaso el mártir en el torturante suplicio no llama con desgarrante voz a la muerte, le pide con el gemibundo grito del moribundo, que concluya de una vez su obra clemente, porque siente que ha muerto la esperanza que lo mantuvo incolumne un momento antes? Cuando nos presenta la historia trágica a las víctimas inocentes del fanatismo religioso que sucumbían en la tortura o en las llamas de la hoguera, pidiendo con lastimeros gemidos, con súplicas delirantes de dolor, el final de esa horrible escena que insaciable torturaba sus nervios; porque conmovidos, suponemos lo que debieron sufrir esos vivos espectros del dolor, condenados por largas horas a vivir agonizando en el tormento. Y o he visto heridos horriblemente mutilados por la metralla en el campo de batalla, que no eran otra cosa que un despojo sangriento de un héroe,

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que pedían con voz doliente que los ultimaran por compasión: es que el dolor había muerto en ellos la esperanza de la vida y sólo encontraban alivio en la clemencia de la muerte cuando acudía rápida y compasiva. Las escenas del campo de batalla son innumerables y emocionantes en sus dolientes ejemplos, donde resaltan la potencia vigorosa del hombre de guerra, y es por eso que Alfredo de Vigni, conmovido por el valor moral del héroe, ha dicho: « Y o no conozco nada más grande que el corazón del soldado.» Amarga fuente de dolor sombrío es la existencia. En silencio he devorado mis pesares, que como una irrisión de la fortuna, en los días que parecían más prósperos de mi vida se reconcentraban en mi corazón, en este pobre corazón, que casi siempre palpita agitado a impulsos de una pena profunda, todo su doliente afán. Azarosa existencia con máscara de carnaval, la risa en los labios, la sombra en la frente, alma abroquelada con planchas de acero para resistir impasible los embates de la ola embravecida del infortunio; mísero saltimbanqui de la vida, mientras haces tus pruebas ante un público que no te comprende, tú gimes en latente afán ante el pesar de un insomnio funesto que abre tus ojos en la noche al mundo de fantasmas que te rodea; sientes el zumbido estremecente de una queja lejana que choca contra tu corazón como el badajo en una campana que toca el tono sombrío de la muerte, de lamuerte de la esperanza, que en otro tiempo sonreía lisonjera allá en la aurora primaveral de la vida. ¡Oh, dolor! ¿por qué me dañas con tu cruel constancia sin dar alivio a mis tristes pesares?

LÍOS

que fueron
A la memoria de mi inolvidable amigo Augusto Marcó del Pont (1).

¡ O h , sombra augusta!... que incesante palpitas en mi mente entristecida: tu fosforescente sudario, como la luz pálida de la luna vibra imperecedero allá en la lejanía del recuerdo: como la túnica del Neso quema con el hielo del sepulcro. El broncíneo acento que en este día conmemora la entrada al eterno albergue de los que han vivido, levanta la lápida del sarcófago, y tú dejando la cripta fétida, por mágica transformación, apareces en el lejano cuadro de la florida adolescencia, entre encantos indescriptibles y suspiros de amor, que en otra hora embriagaron tu espíritu al vaivén del rumor de cantos de ángeles. ¡ Dios m í o ! Un espasmo de opresión me asalta persistente y rudo, con la lentitud implacable del dolor latente que se sufre en esas crueles ausencias que tienen la magnitud del infinito; porque sentís real en vuestra triste ilusión la imagen del ser querido que muerto vive y late en nuestro mismo ser; es que la visión opresora del corazón herido nunca se evapora entre las brumas del olvido. Es efluvio inmortal de amor inmenso.
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(1) Pereció trágicamente en el incendio del La América.

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Misterioso toque de agonía es ese quejumbroso de la campana de la vieja iglesia desmantelada y lúgubre, que se eleva allá próximo a un castillo en ruinas. Es el eco torturante de las pasadas glorias que nunca saciaron la ambición de un ídolo de las masas populares, de los días felices que no volverán, porque volaron con ligeras alas a la eternidad de los tiempos, de las delicias d e u n instante que sin sentirlas deslizándose entre áticos jardines desaparecieron veloces, en raudo vuelo, para siempre, en el torbellino de la ruda y traqueada vida del hombre triste. Si alguna vez se embarga nuestro ánimo con los ecos del infortunio, es con la de ese metálico acento que llora los pesares del pasado y los del presente, llora por nuestros padres y por nuestros hijos que encarnan santas reminiscencias del alma, por aquellos que han vivido felices en la rueda de la fortuna de los goces terrenales, o desgraciados en la aflictiva penuria de la miseria, allá en el errante andar en este destierro tan melancólico y profundo, como el eco cavernoso del abismo. Advierte en su solemne queja metálica, cuya alma, por aquellos seres que han vivido felices en onda sonora resuena en el muro del convento, a los que coronados de guirnaldas de rosas, entre cantos báquicos van delirantes al banquete efímero de la vida, a los que sin preocuparse de los azares del futuro, respiran ansiosos la fruición del presente, que nada existe duradero en la frácril existencia que cual montaña deleznable de arena es pulverizada al embravecido embate del mar de las pasiones, de esas vorágines del espíritu que vibran en toda hora, golpeando siempre las fibras de un pecho triste.

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En ese momento es que el alma místicamente recogida en un pensamiento sagrado se identifica con las sombras funerarias de aquellos idolatrados seres que ya no existen, de aquellos que hicieron doble nuestra vida, que irrumpen sin descanso a la existencia real, rozándonos uno después de otro, y se deslizan con dulce afán en el silencio santo del pensamiento, cual la murmurante y mansa corriente del arroyuelo que resbala besando sus verdes y risueñas orillas inmutables, en el duelo doliente del espíritu, así van pasando en misterioso vuelo como las sombras fatídicas de Osián, rápidas, fugaces, vagas, vaporosas, oprimentes, con un poderío avasallador y triste, perturbador, inmenso, como un misterio que no nos explicamos, porque es misterio de almas que vagan en el espacio.
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¡ Sombras queridas! i Oh, no golpeáis en vano las puertas del santuario de mi pecho! Allí está rindiendo homenaje al pritáneo santo de ese sentimiento eterno que ata el mundo a sensaciones indescriptibles. En la ilusión benéfica da nueva vida entre rumores lejanos a otros tiempos de intensa ventura, en los que el infortunio implacable estaba desterrado de su recinto augusto, y todos los momentos transcurrían idealizando la dicha avasalladora de la vida, entre dulces embelesos y tiernas endechas, y sugestionado el espíritu por plácidos ensueños creía morar en el Paraíso de sus más poéticas y más anheladas aspiraciones, y por consiguiente, en su esplendor divino, siempre se coronaba la escena con la adorada silueta de la mujer amada, de esa vaporosa y perfumada virgen revelada entre luces y armonías, en que la sutil fantasía de un sueño juvenil, crea

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vagando al beso de la brisa del ángelus de la tarde; sintiendo entonces los efluvios de ese primer amor que uno siente por instinto sagrado, loco de tiernas ansias: delirio mágico inconmensurable que nos transforma en un ser esclavo de un sentimiento infinito, imperioso y grave, extraordinario, que no admite consejo, porque nació de alcurnia olímpica, que nos conduce en alas del deseo inquieto y primoroso con un fervor inusitado a lo grande, a lo excelso, cual si se escalara el mundo sideral entre un coro de hermosos querubines y mtísicas sonoras, que arroban, arrebatan y subyugan con mágica omnipotencia el espíritu vacilante entre tanta delicia, y puede decirse muy bien que en este cuadro que boy describo tan imperfecto, estaba condensada en amables rasgos la feliz existencia de ese tiempo, hasta que un día, de esos días fatales que figuran entre tétricas sombras en el calendario del infortunio, rompió para siempre tanta inmensa felicidad, tanta alegría.

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Navegabas tranquilo y contento en pleno goce de tu ventura, al lado de tu amante compañera, cuando repentinamente, como una instantánea del infierno, la voraz llama de un incendio inaudito asaltó traidora a la incauta nave que propicia te albergaba con su majestuoso andar de cisne, y a la luz maldita de cárdenos relámpagos y rugidos de hecatombe, sucumbiste entre los más atroces sufrimientos. ¡ Oh, infausta suerte! Al verte separado de la mujer que más adorabas en la tierra, tu agonía debió, mientras la vida te dio aliento, tener los dolores del tormento. El manso río impasible guardó como un secreto sagrado tu último pensamiento, tu último suspiro,

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ahogado por el inclemente elemento que reducía a la nada un poema de amor; y tu alma tan honesta al volar a la morada celeste, dejó oprimente luto en el corazón de los que te amaban, los que aun viven encerrados en el marco sombrío de tu recuerdo, y reconstruyen hoy en la mente soñadora y triste ese pasado, donde te destacas con tu gallardo talante, con esa estampa magistral que te adornaba, con ese porte de caballero antiguo, donde se sospecha sobre el ropaje, latir un corazón noble y generoso, digno de resaltantes hechos. Para mí vives aún, vives siempre; porque no pueden morir en la región inmutable del pensamiento los efluvios melancólicos de un pasado venturoso... S í ; tú no puedes morir, porque el arcano santo de la amistad te da de nuevo el calor de la vida y aleja con horror la visión cadavérica de tu último instante. * * * ¡ A h ! cuan pequeño es mi pecho para guardar la pena intensa y la angustia que lo devora, mas cuánto es más horrendo ese sufrimiento de tu noble compañera que entre el pánico y la algazara bárbara del incendio, vio en una noche de espanto deshecho para siempre su nido de amor. Las lágrimas han taladrado el corazón de esa infeliz mujer, como si el día de difuntos se hubiese arraigado en su pecho dolorido, con. todo su lujo salvaje de féretro abierto, con todas las pompas fúnebres del sepulcro, hasta con el hedor cadavérico de la soberbia cripta. Recuerdos santos escondidos en lo más hondo de mi espíritu, como si el secreto temiera la luz perturbadora de ese silencio santo, turbad un instante el eterno sueño de aquel que en dichosos tiem-

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pos llamé mi noble amigo, dadle vida con la inmortalidad de la amistad y dejad que un momento descienda a esa mansión de deleznable escoria, donde el egoísmo indiferente Ka erigido su trono escéptico, donde todo pasa, todo cansa, todo se quiebra y todo muere al cruel murmullo de la insensibilidad.. Mas siento que se agita mi mente al calor de la juventud. El pasado se reconstruye. Es la maga misteriosa de los últimos amores, que entre placenteros cantos de alborada, que saludan al naciente sol, nos presentan aquel inmortal panorama de la dicha que pasó; que se siente ahora como entonces vagar tenue como una visión de amor, velada por una cortina de tul transparente, que en melancólica sugestión nos atrae, nos domina, esclaviza, oprime, agita el corazón con rudos golpes, hasta el delirio, hasta la incoherencia, de un alma doliente, en cuyos pliegues se anidó el pesar para siempre.

* * *
¡ Infeliz lacerado corazón! lates tus tristezas al unísono compás del toque de los muertos. ¡ Oh, predilecto amigo! El alma recogida en la solemnidad del sepulcro, invoca con contrito acento tu sombra querida, para decirte que el olvido es una palabra vana en un leal corazón. Tu memoria indeleble parece que agitara el badajo de la fúnebre campana. ¡ Qué solos vamos quedando! «Cuando el cabello de la sien blanquea», tu generación, Augusto amigo, aquella generación que en el altar de la patria rinde culto a la abnegación y al sacrificio, que se inmoló en los campos de batalla, en holocausto a las libertades argentinas, toda ha desaparecido, y únicamente, como

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representantes de esa edad de oro, uno que otro viejo inválido, en este día tan tétrico, inclina la cerviz agobiada por el tumulto de los recuerdos, al son de la campana de tas muertos.
2 de n o v i e m b r e de 1913.

Líos servicios a la patria
A mi querido primo Marco Suárez.

La nación que no tiene tradiciones gloriosas de inmarcesibles hechos, es nación sin historia, aunque esté activamente incorporada al movimiento vertiginoso del progreso moderno, a pesar de sus reconocidas aptitudes para crear y fomentar grandes industrias materiales, u ostentar el estro intelectual que se desarrolla con ardoroso impulso en las naciones pensadoras y clarovidentes; a pesar de todo eso, será siempre una advenediza que insolentemente se introduce bajo un falaz disfraz en la corte de la antigua nobleza, y pretende con una sangre fría que pasma, usurpar sus viejos y bien saneados pergaminos, por la gloria y el sacrificio, y revestirse, aunque se sienta sin fuerza para ello, con las pesadas y majestuosas armaduras de los héroes caballerescos del pasado. Razón por demás de sobra existe para considerar a los veteranos de las antiguas guerras de la patria como la epopeya viva, legendaria, de aquellos aflamados actores a quienes perfectamente cuadran los himnos homéricos de la nación guerrera, escritos en la edad de oro de las armas argentinas con la sangre de sus venas y el esfuerzo gigante de su corazón intrépido, constancia magna y decisión sublime que nunca fué desmentida

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un solo instante en la larga ruta de la hazaña. ¡ Ellos! Esos leones envejecidos en el rodar del trueno de las lides argentinas, hoy inválidos, agobiados por el sufrir de sus heridas y el achacoso peso de los años, endebles y marchitos como la hoja que va a caer del árbol, no teniendo más que la suficiente fuerza para levantar altiva la blanca cabeza, luciente del nimbo de su gloria, caminan apoyados en el báculo de la vejez, bamboleando su cuerpo heroico, que en otro tiempo arrogante y recto, marchando con el arma al brazo al enemigo, desafiaban la metralla con denuedo heroico, camina así el viejo soldado que en lejana época, con estentórea virilidad y pertinacia insuperable, que cada día es eco mayor de admiración, que nada quebrantó en su triste y azarosa vida, continuamente asaltada por aflictivos embates, en esa penuria augusta, y constante, llena de majestuoso orgullo propio, y con el valor que da la voluntad omnímoda, impasible, inquebrantable, labraron con la punta de sus bayonetas el trono olímpico de la independencia argentina, y con las coronas triunfales conquistadas con empeño inaudito, con empeño terco y sublime, en reñidos combates y batallas monumentales, adornaron con profusión magnífica y ostentosa el monumento de Mayo, tan sencillo y pequeño en su estructura piramidal, y tan inmensamente grande en su símbolo de alma omnipotente, de grandeza nacional. ¿ Qué somos ante el esplendor histórico de nuestro ilustre pasado? Ese pasado cincelado gloriosamente en el monolito histórico y grabado en la memoria por la tradición oral en el libro inmortal de la patria, escrito con caracteres sanrientos, indestructibles, en la geografía inmensa e la América. ¿Qué somos cuando nos comparamos con. núes-

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tros antecesores, que desnudos y hambrientos, helados de frío, desfallecidos por la penuria, remontaron los riscos helados del famoso peñasco histórico, guiados por el gigante cóndor de la altura, y se despeñaron como estentórea avalancha de bravos enardecidos, a la cruenta arena de Chacabuco, para inclinar entre vítores entusiastas los valiosos pendones vencidos, que en otro tiempo fueron las banderas de nuestros padres, a cuya sombra augusta triunfaron ellos por el esfuerzo de su brazo hercúleo, triunfaron de las naciones extranjeras que atacaron con empuje artero y con vigor extremo al R í o de la Plata? Sí, esos pendones' abatidos hoy ante el altar de la Patria, para después concluir entre el retumbo de roncos rumores de batalla, la gigantesca obra empezada en tiempo no muy lejano, en el glorioso llano de Maipú. ¡ Sombras de bravos, yo os saludo e inclino reverente la cerviz ante el renombre de vuestros culminantes hechos que, como herencia sacrosanta de nobles patricios, nos dejasteis para encadenar nuestro destino al porvenir de la hazaña y seguir el ejemplo patriótico de aquellas valerosas huestes insuperables en el rudo empuje, que todo lo arrasó, hasta llegar con persistente empeño al objetivo glorioso que hoy con remarcable anhelo sentimos renacer en nuestra mente cual fuego sagrado oculto en el alma nacional, como luminoso pritáneo que nunca se apagará en la mente de los bravos! ; Sombras de soldados ilustres! En vuestras fosas ignoradas, donde ha crecido la hierba estéril, ocultas en el polvo deleznable de tierras extranjeras, no tenéis ni la humilde recordación de los que os amaron, cuando en el funerario día de los muertos inolvidables se adorna con el humilde ramo de siemprevivas los sepulcros queridos, para consagrar con sentimiento excelso la doliente me-

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moria que nunca se extingue en las almas bien nacidas, ni se borra con nuevas alegrías, en el doloroso afán de una madre inconsolable, de una amante desolada por el eterno amor, ni el saludo del infeliz caminante que sudoroso y abatido por el cansancio se detiene conmovido ante la cruz que se levanta en el desierto donde vagan vuestras almas en los pliegues de sus vientos, ante esa cruz solitaria y triste, donde vienen los animales salvajes a frotarse el lomo, o el hábil hornero construye su rotunda casa, allí donde se señala el túmulo de un bravo. Vuestra existencia tínicamente se siente en la vida, ideal del espíritu de la Patria. ¡ A h ! sólo vivís como un himno patriótico de combate para señalar al joven soldado la altiva y dolorosa ruta del sacrificio, que en todo tiempo engrandece con noble estímulo a la tradición afamada que forma el espíritu del ciudadano.

El «Angelas» de la tarde
Allá, en otro tiempo, perdido hoy en la nebulosa de viejos recuerdos, retornaba a la cabeza del batallón Guardia Provincial, y de un grupo de vecinos, después de una tenaz persecución infligida a la horda del cacique Alvarito Rumay, que había tenido la osadía de llegar, en su incursión vandálica, hasta las cercanías del pueblo 9 de Julio, asolando con su barbarie, como un huracán de hunos, esa rica y floreciente comarca. El cansancio abrumaba, el físico desfallecido y la sed devoradora anudaba la lengua al paladar en hombres y cabalgaduras. La jornada había sido dura como para abatir un roble. Tres días de ruda e inclemente lucha sin dar ni pedir cuartel, sin casi cerrar los ojos, nos habían producido una fiebre ardiente, que cual llama vivificadora nos sustentaba artificialmente con una energía galvánica insuperable. Se lidiaba en diversos lugares en pequeñas y animadas refriegas, en que el odio y la ira de ambos combatientes rivalizaban en su tenaz encarnizamiento, sobre todo de los indios, que en su titánico empeño y en su avaricia indómita, trataban a todo trance de salvar, aún con el mayor sacrificio, los opulentos despojos violentamente arrancados a los establecimientos rurales de la infeliz campiña por ellos tan cruelmente asaltada. El más completo éxito coronaba nuestra empresa. El salvaje, completamente desbaratado, ha12

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bía huido en el mayor desorden, sin llevar una sola vaca y dejando el campo, en algunos puntos, enrojecido con su sangre. Según la costumbre del derecho de gentes de entonces, considerábamos a aquellos malones como incursiones vandálicas, y con arreglo a la extensión del crimen se infligía el castigo. Aquellos bárbaros dejaban detrás de sí el incendio, la ruina y el desierto y un reguero inhumano de sangre que siempre salpicaba a las infelices cautivas, muchas de las cuales, criadas en la riqueza y la abundancia, habían recibido desde la cuna las caricias maternales, y en su terrible desamparo se veían arreadas como bestias de carga a punta de lanza, hacia el aduar tártaro, donde esas infortunadas, expuestas casi desnudas a la helada intemperie, y embrutecidas hasta la inconsciencia por los tormentos indescriptibles que resignadas sufrían, se encontraban sin protección alguna en su martirio. Las crueldades de las celosas chinas, esas harpías desgreñadas, de aspecto horrible, esas harpías implacables, protagonistas repulsivas de esa torpe escena, cual inclementes parcas, en todo momento, presagiaban la humillación, el sufrimiento y la muerte. Por la más insignificante falta solían quemar las plantas de los pies de las desvalidas prisioneras, no demostrando nunca, ni por un instante, un átomo de conmiseración para tanto infortunio, que haría brotar lágrimas en otro corazón y en otros ojos que no fueran los de una india de la Pampa. ¡ Infelices! Muchas de ellas vieron correr la sangre de sus hijos, esposos, padres y hermanos, con saña inaudita, y sintieron en medio de una escena de bárbara concupiscencia, marchitar con el estupro más salvaje sus flores virginales por ese kalmuco hediondo y feroz borracho, que ávido de lujuria, tambaleándose, se aproximaba al toldo

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vomitando inmundicias con ©1 olor fétido del alcohol, a satisfacer sus instintos salvajes en la temblorosa víctima que iba a ser inmolada al imperio brutal de su grosera lascivia que de su alma de hiena brotaba salvaje, a saciar sus apetitos carnales en esa infeliz mártir que en un rincón de la nauseabunda estancia, anegada en llanto se mantenía acurrucada, palpitante por el temor, cual tímida cervatilla que desfallecida por el espanto, cree resguardarse detrás de una pequeña mata de yerba y poder pasar desapercibida al certero instinto del hambriento tigre que enardecido y feroz por los delirios del hambre se aproxima enarcando sus zarpas; se aproxima arrastrándose sin ser sentido al olfatear la indefensa víctima. Marchaba con mis inolvidables soldados del Guardia Provincial, porque jamás se olvidan los compañeros de tan temibles aventuras, aquellos veteranos de faz curtida y nervios de acero, que nunca trepidaron ante los percances del peligro, ni desfallecieron por el exceso de labor, ya marchando por la nieve y sintiendo el helado viento de la cordillera azotar su faz, en los abruptos riscos de la montaña, ya en los rigores de un sol canicular, soportando con entereza criolla los rayos que caían a plomo sobre sus espaldas de atletas. El cansancio era excesivo y pudiera muy bien decir que nuestros cuerpos, cual masas inertes, iban inconscientemente montados sobre las fatigadas cabagalduras, que con las cabezas gachas, los ojos tristes y hundidos, y anegados en un torrente de sudor apenas adelantaban, con tardío paso y tan pesado como el mismo cansancio que en su triste aspecto reflejaban, ese paso lento y cadencioso que convida al profundo silencio; ese paso que parece inspirarlo un alma triste reconL

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centrada en la honda meditación del arcano de su pensamiento, que sólo anhela el reposo donde reparar sus agotadas fuerzas, proporcionándole entonces energía la esperanza de llegar cuanto antes al alto tan deseado, a ese alto aliviador final, de la prolongada faena. De repente, ya en las cercanías del pueblo 9 de Julio, sentí la campana de la iglesia que tocaba el «Ángelus» de la tarde. Me detuve rápido, sobrecogido por una idea religiosa, predominante y grave como si hubiera sentido la voz de Dios que humillaba mi soberbia y abatía mi altivez militar; y con voz rápida, como si obedeciera a un mandato soberano, indiqué al trompa de órdenes que tocase «Atención, alto y pie a tierra». El batallón se detuvo como tocado por un resorte mágico. Se desmontó al instante, y sin tocar lista, ni parte, la banda de música hizo oir la oración. ¡ Oh! ¡ Cuan claramente recuerdo en este instante aquella armonía de solemnes tonos, tan melancólica, tan sublime en su grandeza íntima, en su grandeza de corazones que se elevan a Dios, suplicando consuelos en la aflicción! Hoy, después de transcurrido tanto tiempo, cubriendo con la nieve de los años mi cabeza, nuevamente vienen a herir mis oídos aquellas notas conmovedoras: celestial melodía de almas que en contrita plegaria ruegan por los que soportan resignados y pacientes la cruz doliente de la vida, y por aquellos que no volverán más del eterno viaje a lo ignoto. Y aun en este momento, en que vuelven a mi cansada memoria estos recuerdos, siento titilar en sus melodiosas y metálicas notas un sentimiento indescriptible de exquisita sensibilidad: dulce canto de viejas congojas; caras reminiscencias que agitan el ánimo con efluvios de amantes pe-

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sadumbres: lágrimas concentradas en tun corazón doliente donde palpita el misterio de lo eterno, que con afán persistente quisiéramos penetrar.
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En el silencio profundo del ambiente que cubre la tierra donde vaga el secreto de lo eterno, ese silencio grave de la llanura sin límites, semejante a lo infinito de la extensión, os encontráis solo y solitario en vuestra misma existencia, y adusto anacoreta, sentís amarga zozobra cuando vuestros ojos ávidos de luz van al ocaso, como queriendo detener ese sol color de grana, ese sol agonizante de la tarde, que con su luz débil y roja ilumina el lejano horizonte cual faro del universo que va a extinguirse para el fatigado viajero que se entrega al sueño. Vuestros ávidos ojos, en ese instante^ no se desprenden de su disco ardiendo que parece fraguado en el yunque de la omnipotencia divina, esa obra del supremo hacedor que en su majestad creadora, a todo le dio el fuego de la vida y la esbelta forma de lo hermoso, de lo raro, de lo inconcebible, de todo lo misterioso y selecto que acusa la inmortal inspiración del cielo, donde se admira una armonía estupenda y grandiosa. La débil criatura humana, en su limitado cerebro y flacos sentidos, no alcanza a comprender esa armonía y menos a descifrar sus arcanos. Ese sol, repito, como la agonía de nuestras más caras ilusiones, de esas tiernas ilusiones que halagaron nuestro espíritu con dulces encantos, que vemos morir en silencio en la cripta de nuestro angustiado corazón, va a sepultarse entre las sombras de la negra noche. En esa mudez de reverente melancolía se siente vibrar en nuestra alma pre-

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dispuesta a uu afán extraño la onda somera del bronce triste de los muertos, ese sonido humillante, imperioso y grave, que nos detiene, nos atrae, nos hipnotiza y domina por completo con sugestión inmensa y arbitraria, y en férrea intensidad nos ata con los lazos indisolubles de la fe, por más duro que sea nuestro corazón de incrédulo. Ese «Ángelus» de la tarde que os habla con la elocuencia del cielo y arroba vuestro espíritu en sublime éxtasis, repitiendo el eco tierno de un sentimiento íntimo, nunca lo podría explicar un corazón endurecido en el egoísmo y atormentado por la avaricia. * * * Al avivar los hermosos colores que refulgen de los santos recuerdos de venturosos días, que en otros tiempos más serenos recrearon nuestra existencia, hirviendo en febricientes anhelos la loca fantasía, y estimularon el ánimo, en un mundo de lisonjeros ensueños al amor proceloso de nuestra alma, sentimos al chocar contra el infortunio que nos devora, que saltan como chispas eléctricas reminiscencias gratas que pasaron rápidas. S í ; pasaron rápidas, como el pájaro que se aleja en raudo vuelo y gradualmente disminuyendo en tamaño, va perdiéndose allá, en la lejanía inmensa del horizonte. * * * El «Ángelus» es el espasmo santo de la miseria humana que se contrae ante sus graves responsabilidades, y entonces os sentís humillados ante el remordimiento de una acción vituperable, si acaso la cometisteis. En ese momento el hombre triste

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eleva su plegaria al cielo pidiendo misericordia para sus faltas y alivio a sus torturantes males; pidiendo tranquilidad para su conciencia, felicidad para el infeliz proscripto que errante y sin descanso vaga sobre la tierra ingrata, y henchido el ánimo de generosos dones olvida y perdona a la torva envidia que le ha mordido con rabiosa saña, derramando en su herida su ponzoñosa baba; olvida y perdona que ha sido víctima de rastreros ataques y ha sufrido el dolor más intenso que ha podido mortificar su honor de hombre probo, su honor de hombre leal que sacrificara su brillante porvenir a una palabra empeñada. Aparta con abnegada energía el tentador espectro del odio para evitar que le ponga en la mano la terrible tea de las furias infernales, y no le inspire con ardor satánico impulsos cobardes que lo encaminen por la senda oculta al acecho artero, que lo lleva a satisfacer la pasión de la venganza. Llora sin lágrimas; porque los ojos están ya enjutos. El dolor persistente y bárbaro secó ya las fuentes del consuelo. Llora sin lágrimas a aquellos seres tan queridos, tan idolatrados que se albergaron en su piadoso corazón, como en una gruta de amor inmenso. Llora a los seres que han emprendido el largo viaje y que no volverán; por sus almas que van vagando como sombras errantes por el espacio inconmensurable, allá, en la región sideral donde cantan los ángeles la gloria de Dios y le piden por aquellos que gimiendo pesadumbres, van sin paz y sin alivio por este valle de locos devaneos, en esta tierra sembrada de cruces y tumbas v de obeliscos funerarios donde veis esculpidos nombres idolatrados que no han muerto, ni morirán en el fondo de vuestro pecho, y que allá en las altas horas de la noche, vemos con rara inquietud que se mueven en nuestro alrededor, cual hermo-

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sos fantasmas coronados de perfumadas flores; sombras adoradas que dan vida a un paraíso imborrable, a un pasado venturoso. ¡ Es el toque de animas! Ese «Ángelus» de la tarde, con su tono quejumbroso y grave os dice mucho más y con más mística elocuencia que todo lo que aquí está escrito. Reverente he inclinado la cerviz al sentir en el fondo de mi conciencia esa campana triste de los muertos que liace brotar los retoños de mi angustia; y he sentido un alivio muy grande a mis crónicos pesares. ¡ Qué gran consuelo es elevar el alma al cielo cuando se sufre!...
Buenos Aires, noviembre 8 de 1913.

Capa defensa
El doctor don Marcelo Gamboa, argentino ilustre de original naturaleza, ha de vivir siempre en los anales de la patria como uno de sus predilectos hijos. De noble origen vizcaíno, su hermosa escultural estampa está fotografiada en mi mente como uno de los más venerables recuerdos que allí se fijan con pertinacia extrema, para los cuales el tiempo es impotente en su labor paciente de destrucción constante. La impresión que dejara en mi temprana edad fué tan poderosa, y quedó tan arraigada, que podría bien decir que es la primera imagen de un ser altamente respetado y estimado, petrificada en mi cerebro. El doctor Gamboa, en su juventud, se destacó siempre en nuestra sociedad como un hombre hermoso. Robusto de complexión, de estatura elevada y majestuoso andar, constituía el conjunto de su porte exterior: su figura expresiva y venerable al mismo tiempo, como el emblema de la verdad, e infundía una atracción dominante y severa. Aquella arrogante calma estoica que en simpáticos reflejos iluminaba su faz, donde sobresalía su nariz borbónica y su dilatada frente surcada por algunas arrugas, anunciaban constantes y melancólicas preocupaciones y el dolor latente de ver a su patria esclavizada.

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Un día se vio proscripto encerrado en las cuatro paredes de su casa de la calle de la Victoria. Emparedado allí entre sus libros, condenado por su propia voluntad a la soledad que le inspiraba el abatimiento de la patria, y las amenazas encubiertas de los satélites del tirano, durante muchos años se deslizó sil vida entre soledades y tristezas, nutriendo su inteligencia, como dulce consuelo a sus hondos pesares, con el saber escrito por los grandes filósofos de la humanidad.
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Cuando alguna vez fui a verle por especial encargo de mi padre, de quien era íntimo amigo y de sus mismas ideas políticas, lo encontré siempre en su hermosa biblioteca, echado de bruces en el pavimento, sobre una estera, sólidamente amurallado en todos rumbos por monumentales volúmenes de la justicia española: el Euero Juzgo, Las siete partidas, El Código y las pandectas de Justiniano, etc., amenizaban sus profundos pesares, privándole, al mismo tiempo, de la ociosidad del pensamiento, que fuera de ese benéfico concurso, habría sentido embotarse su cerebro en las dolientes congojas de un patriota esclavizado. Traigo con gratitud a mi mente nebulosa por los años, el recuerdo de su porte inolvidable, de aquella altivez de su palabra, cuando en la conversación que benévolamente tenía con mi modesta persona (que en ese tiempo era un niño que no había alcanzado la adolescencia), no dejaba nunca de hablarme del tirano que había esclavizado este país durante veinte años, a esta preclara nación de eminentes intelectualidades y famosas hazañas. Muy rara vez asomaba una sonrisa a sus descoloridos labios, y cuando esto sucedía, era amarga como un antiguo resabio de sus pesares, y

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puede muy bien decirse que hasta en ese desahogo se sentía la excentricidad de su carácter. Su voluntario encierro llevaba en sí aparejado su mal de patria, que alcanzaba hasta la pérdida de la esperanza de mejores tiempos. Fué, puede decirse, un hebreo en la proscripción, llorando las cadenas de Jerusalén. Para aquel espíritu liberal y fanático patriota, veinte años de dictadura, de opresión constante, en que la pluma y la lengua estaban aherrojadas, constituían un período entre cadenas, de toda una vida para un selecto espíritu liberal, condenado al silencio de la tiranía. Sus ideas liberales y sus severos juicios sobre la dictadura y una frase atrevida en la defensa que a él le fué encomendada de uno de los complicados ©n el asesinato del general Quiroga, don José Vicente Reynafé, le habían traído su desgracia. Cuando en los últimos tiempos de la tiranía visitaba a mi padre, se encerraban los dos viejos unitarios en la sala, lejos de los sirvientes, y allí estallaban sus desahogos. Era aquello una vorágine de improperios contra Rosas; por sus labios sinceros lamentaban a la patria herida y vilipendiada en lo más íntimo de sus fibras vitales, irrumpía en aquella pira infernal, éxtasis de odio. Venganza atronadora, como para que la sangre del tirano salpicase a todos los verdugos de esa patria que ellos tanto amaban. La evocación de los crímenes del año 40 y del 42, de los tormentos inauditos de los prisioneros del Quebracho, de los fusilamientos de los clérigos Frías, de la muerte trágica de Camila O'Gorman, surgían a cada momento, como las matanzas en masa de prisioneros, como los horrores de Catamarca y Tucumán. Se movían en las picas que las enarbolaban las cabezas de Acha, Casteili.

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Cubas, Avellaneda y otros infelices patricios. Surgía a cada momento la imprecación como un anatema. En aquel tribunal de jueces enardecidos por la herida propia, Rosas era condenado de antemano; sin apelación, sin circunstancias atenuantes; porque, al fin y al cabo, Rosas no fué tan malvado como Solano López, del Paraguay, en quien jamás se reconoció un acto de piedad. En aquellos obsesionados unitarios la saña fermentaba con proyecciones satánicas; en vez de un sereno dictamen, la voz del apocalipsis de partido dictaba el improperio, dominaba el corazón y la mente en su terquedad inaudita, no perdonaba la afrenta a la patria, sólo tenían grabada con caracteres indelebles la aciaga época del despotismo, sus horrores de bárbaro, y, sin más trámite, le imponían la pena del Talión, olvidando por completo que Rosas tuvo algunos rasgos de piedad y procederes generosos en favor de sus implacables enemigos, que, en ocasiones, olvidó rencores, levantando embargos de las propiedades de la ciudad, y de aquellas rurales de sus adversarios que militaban, con Lavalle y Paz, que, muchos de ellos, al retornar de la emigración, encontraron en sus estancias tanta "hacienda como la que habían dejado; que, a su original manera, el dictador argentino fué un patriota—es verdad que bárbaro e inclemente, —sobre todo cuando vio en nuestros ríos las _ naves de guerra extranjeras desafiando su poder inquebrantable ; y si bien es verdad que esto no disculpa su prolongado despotismo, habrá siempre que reconocer que en el corazón del dictador argentino alguna vez latió la patria. La historia ha de escribirse como dice Tácito: «Sin odio ni amor».
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Por un instante me lie apartado del doctor Gamboa. Potente mentalidad, en el foro y en la legislatura: tribuno sereno, con su aspecto físico de convencional francés, del 93, en su dialéctica formidable, más de una vez admiró a sus adversarios y confundió a sus irónicos enemigos que trataban de ridiculizarlo. Cuando yo conocí al doctor Gamboa, ya era un anciano respetable; había nacido en 1787 y alcanzó, luchando en los últimos tiempos con su físico quebrantado, hasta el año de 1861, que fué el de su muerte. El gobierno, atento a los méritos del extinto, le decretó honras fúnebres dignas de aquel preclaro argentino.
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Y o tuve el honor de tratarle personalmente, en la mayor intimidad. Por algún tiempo, benévolamente se constituyó en mi maestro de geografía y se deleitaba en enseñarme. La excesiva bondad para mi persona, vibraba en su carácter complaciente y probo; generoso y recto. Mi veneración para el noble anciano era intensa y apasionada, y cuando le oía perorar, con su acento magistral, rivadaviano, sentía al mismo tiempo que admiración, un gran consuelo que dilataba mi pecho en una dulce expansión. Es que el elocuente tono de su palabra reflejaba la verdad y la sinceridad, su principal mérito intrínseco.
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Nombrado defensor de oficio, el doctor Gamboa, de don José Vicente Reynafé, acusado como

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uno do los asesinos del general Quiroga, redacte) una defensa digna de la elocuencia y de la dialéctica de Cicerón, una monumental defensa, en la que la frase altiva hirió indirectamente a todos los instigadores de tan trágica muerte, entre los cuales se mencionaba al mismo Rosas; pues a nadie se le escapará la satisfacción que experimentó al verse libre del único caudillo que podría amenazar eu poder, del mismo modo que a todos los caudillos feudales de ese tiempo, encastillados en sus provincias, a quienes alguna vez el general Quiroga les hizo ver la necesidad de constituir el país y no perpetuar la sumisión incondicional a la dictadura Como nada se le había objetado por la defensa, el doctor Gamboa solicitó permiso para publicarla. Rosas, sin esperar un momento, publicó el siguiente decreto, escrito por su propia letra, donde, como se verá en seguida, demostraba el disgusto que le había causado la palabra altiva y sincera del egregio defensor: « — E l coronel edecán de gobierno, don Manuel Corvalán, procederá mañana por la mañana a dar cumplimiento a la orden siguiente: »1.° Pedirá al ministro de Relaciones Exteriores una solicitud oficial que el doctor don Marcelo Gamboa ha dirigido al gobierno, pidiendo permiso para publicar la defensa que ha hecho en favor de los reos de Barranca Taco y la copia de dicha defensa. D2.° Hará comparecer al dicho Gamboa a la escribanía mayor de gobierno y a presencia del escribano de ella, le ¿irá y hará cumplir lo siguiente: de todo lo que dará fe éste, escribiendo la correspondiente diligencia. »Que sólo un unitario tan desagradecido como bribón ha podido concebir la idea de que en la publicación aislada de la defensa de los feroces

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ejecutores de una mortandad sin ejemplo en la historia del mundo civilizado; que sólo un hombre que haya renunciado a toda idea de religión, de honor y respeto al gobierno y a la opinión pública, y en consecuencia de su perversidad, no alimenta sentimiento alguno de amor y respeto al honor nacional, ha podido dirigirse oficialmente al gobierno pidiéndole permiso para publicar una defensa semejante, con la idea, sin duda, de preparar y despertar sentimientos que sólo pueden abrigar las almas dañadas y los corazones corrompidos de los unitarios, a cuya inmunda logia él siempre ha pertenecido. «Que sólo un hombre a quien los decretos de la divina providencia haya colocado en la senda de su fin funesto, para que así pague ya sus delitos sin cuento, ha podido pedir a la Suprema Autoridad el permiso de una publicación separada de la causa, como si la justicia, como si la opinión pública tuviera una sola oreja para oir y juzgar los delitos de los unitarios por las obras de defensa en su favor, como si en el país existiera la ley del embudo, dándole lo ancho para ellos y lo angosto para los federales. »En su virtud y en pena de su descarada insolencia, en el acto, sobrerraye por su propia mano uno por uno todos los renglones de la atrevida representación. »En seguida le entregará la copia de la defensa y le dirá lo siguiente: »Que ésta se le devuelve, porque respecto a ella nada le dice el gobierno; porque en haberla trabajado, nada más ha hecho que llenar y cumplir con uno de los cargos y deberes del hombre de su clase, constituido en sociedad; tanto más que el gobierno declaró que una vez nombrados por los reos, defensores, no le admitirían renun-

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cias, siempre que ellos fuesen de la lista aprobada por la Autoridad Suprema. «Que por todo y siendo su delito, no sólo por el avance anteriormente expresado, sino también por la conducta inicua que ha observado en sus conversaciones públicas y privadas, conducta alarmante y en todos sentidos ofensiva a los altos respetos debidos al gobierno, se le ordena lo siguiente : »1.° Que hasta mueva resolución superior no debe salir a mayor distancia que veinte cuadras de la plaza de la Victoria. »2.° Que no debe ejercer oficio de abogado, ni hacer escrito alguno de ninguna laya por más simple e inocente que sea. » 3 . ° Que no debe cargar la divisa federal, ni ponerse, ni usar en público los colores federales. »4.° Que por cualquier infracción de los tres primeros artículos será paseado por las calles en un burro celeste, y castigado, además, según el tamaño de la falta. »5.° Si tratara de fugar del país, luego que sea aprehendido será inmediatamente fusilado. »Lo que se previene al edecán enunciado don Manuel Corvalán, para su exacto cumplimiento. njuan Manuel de Rosas.» La verdadera causa de este singular decreto que retrata la época, fueron los siguientes párrafos que se leen en Ja defensa de don José Vicente Reynafé por el doctor Gamboa. La ironía oculta en las frases del defensor, no se le escapó a Rosas, y por consiguiente esperó en acecho el momento oportuno para el consabido anatema federal. El párrafo que hirió profundamente al dictador argentino es el siguiente: a...Cuanto; porque además, razones de alta din-

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nidad persuaden que debe dar de mano a una resolución definitiva desde que plumas mercenarias y mojadas en hiél han manchado la prensa con mano alevosa en las repúblicas hermanas, atribuyendo calumniosamente al Restaurador de las leyes una parte principal en el inaudito atentado, materia de esta causa» ( 1 ) .

Desde ese momento el doctor Gamboa se vio proscripto en la tierra que él tanto amaba. TJn hombre en ese tiempo sindicado de salvaje unitario, constituía una especie de excomulgado, a quien por temor de atraer la ira del tirano, se le abandonaba en la soledad más cruel, pues llegaba en ese extremado pavor hasta desligar los lazos de los más caros afectos. En aquella época excepcional, tan abyecta en el círculo dominante de la tiranía, sólo la delación y la adulonería que enlodó con su baba inmunda a los cesares romanos, pudo ser comparada con las manifestaciones que en el lenguaje humillante de esa época se denominaban «manifestaciones de fino amor y respeto». El doctor Gamboa en su proscripción íntima tenía por lo menos un amigo verdadero que en ninguna circunstancia defeccionó de la alta estima que le profesaba. Ese hombre fué mi padre. Así pasaron los años, hasta que el sol de Caseros, más hermoso que el de Austerlitz, iluminó una nueva época que inauguraba un porvenir grandioso de progreso y libertad.
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(1) Causa criminal seguida contra los autores y cómplices de los asesinatos perpetrados en Barranca Yaco.—Edición 1841, pág. 38.

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A los pocos d/as después de la batalla de Caseros, el doctor Gamboa se presentó en mi casa. Aquella escena desbordante de espíritu patriótico en que los dos viejos se destacaban, no la olvidaré nunca: sobresale de ella un sentimiento patriótico, tan hermoso, que mi pluma nunca lo podrá con exactitud trasladar al papel. Los dos ancianos unitarios se arrojaron llorando en los brazos el uno del otro, lagrimeaban como niños a quienes una ausencia cruel los ha separado. La expansión de sus corazones era magna, sentían la resurrección de la patria de Rivadavia, de la patria de la libertad y del progreso: entonces la apoteosis del general ÍFrquiza no tuvo límites, porque después de San Martín era el argentino más ilustre, pues con mano férrea había roto las cadenas de veinte años de oprobioso yugo. Aquella expansión de patria es indescriptible, y cuando más dominados se encontraban por tan nobles sentimientos, golpearon la puerta de la calle, y sin esperar que fuera el sirviente a ver quién era, se introdujeron al patio cinco soldados de las fuerzas del ejército de Rosas, vestidos con chaqueta y chiripá rojos en andrajos, gorra de manga del mismo color y blancos calzoncillos. Unas botas de potro, peludas, era el único calzado que resguardaba sus pies. Mi padre al verlos los interrogó así: — ¿ Q u é quieren ustedes? El más viejo, un moreno de tipo abisinio, barba blanca puntiaguda y expresión feroz, africana, en su rostro de veterano, ostentando las jinetas de sargento en su raído uniforme, dirigiéndose a mi padre le d i j o : —Señor, nosotros hemos sido esclavos de la amita Mariquita Lastra, su suegra, y venimos a ver si nos puede dar algún socorro. Hemos sufrido muc h o ; salimos mozos y volvemos viejos. Hemos es-

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tado quince años en las guerras de las provincias y en el sitio de Montevideo, en donde quedaron más de la mitad de los compañeros; ya ve el amo en qué estado de pobreza estamos. Mi padre, creyendo consolarlos, exclamó con énfasis, dirigiéndose al sargento: — A l fin van ustedes a descansar de sus prolongados trabajos y penurias y serán libres en la patria, que en adelante será regida por la libertad y no por los mandones que la fian esclavizado. T a no habrá tiranos que los arranque de sus hogares para ser instrumentos de la asolación de los pueblos. Ahora ustedes son libres y muy libres, y podrán en adelante vivir tranquilos en el hogar, trabajando para sus mujeres y sus hijos. —Señor—interrumpió el viejo sargento,—nadie como el amito E-osas; por él hubiéramos dado la vida: nunca olvidaremos que nos dio libertad y que su hija ©ra buena con los pobres morenos; daba limosna y consolaba nuestras familias que estaban en la pobreza, mientras que nosotros andábamos peleando en todas partes. Nadie como el amito Rosas, y si no nos dan piedras d© palo para los fusiles en Caseros, les hubiéramos hecho fuego por la espalda. Entonces mi padre, asombrado de tal fanática lealtad, los despachó, dándoles algún, dinero, y después, dirigiéndose al. doctor Gamboa, exclamó con tristeza: —Querido amigo, tiene razón cuando dice el eminente B y r o n : _ «Alguna vez se obtiene mayor esfuerzo de la tiranía que de la libertad.»
E n e r o de 1914.

Oración fúnebre dieha por el general José Ignaeio Garmendia, sobre el íéretro del gen neral GQansilla. _ He aquí el texto del discurso que fué pronunciado por este general en nombre del Círculo Militar Argentino: «Ante la triste majestad de este glorioso féretro podemos muy bien saludar, con la expresión de la verdad, la grandeza de la patria que el ínclito general don Inicio V . Mansilla encarnaba en todos los actos de su vida; que fueron acciones de noble patricio y de ciudadano ilustre. Firme en sus convicciones y siempre resuelto en sus procederes, siguió impertérrito toda una vida de labor paciente, jamás interrumpida por más arduos que se presentaran los problemas que tendría que resolver y las contingencias que hubiera de afrontar; su potente intelecto y su voluntad de hierro, dominando imperiosamente todos los conflictos que lo asaltan, le dan el enérgico realce de triunfador de sí mismo en las intrincadas contrariedades de su agitada existencia. Esta clase de hombres invictos viven por su propia obra, sin deber a reflejos de poder extraño, la grandeza de su alma y su fortaleza de león que los ensalza. Siento renovar en este triste instante el sentimiento que produce en nuestro ánimo la desaparición repentina de un ser tan estimado y adornado de mri] tiples y relevantes dotes, produción-

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dose en mi triste espíritu un sentimiento intenso, profundo, reflejo fiel de un vínculo jamás interrumpido que encarnaba con pertinacia indisoluble una antigua amistad, desbordada en afectos y consolidada por la sinceridad de un alma honesta, que en> más de una ocasión la torva envidia se ensañó con rabia inaudita en su ínclita reputación de hombre descollante, e intentó herirle; pero, como la serpiente de la fábula, rompió sus dientes en la l i m a : fué invulnerable; y triunfador olímpico, entró al recinto augusto ciñendo la corona triunfal y guiando con sus robustas manos el carro de la victoria. En plena juventud asistió a las guerras sociales de nuestro país con un alma sin odios y generosa en extremo, porque anematizaba la guerra y la consideraba con justa razón una calamidad social inevitable, que sólo endurece el corazón ante el infortunio del pueblo. En la pugna del Paraguay, en esa ruda contienda, a la que tan alevosamente fuimos provocados, fué siempre actor distinguido. Mantenedor del honor de nuestras armas en aquella arena interminable, se le ve impasible como el estoico del coraje, con su tercio reducido, defendiendo uu reducto avanzado, expuesto casi diariamente a las arteras sorpresas de un enemigo intrépido y audaz. _ Bizarro, como en todos sus actos, resiste el cotidiano empuje de sus valientes adversarios, demostrando el carácter y decisión que siempre fueron norma de su conducta. Una personalidad de su alta investidura de hombre excepcional, desdeñó siempre los traidores golpes de puñal que le herían; mas, generoso y leal, no pudo soportar los injustos cargos que hacían pesar sobre la reputación militar de su gran amigo, el general Mitre, cuando el desbarato de

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Curupaytí cubrió con las sombras de la muerte al pueblo, argentino. La prensa, que casi siempre es inexorable para los contrastes militares, tuvo que guardar silencio ante la argumentación técnica de su ilustre defensor, cuyo talento ilustrado y lógica de hierro, desvió las grandes responsabilidades que sólo querían hacer pesar sobre el ilustre generalísimo de la triple alianza. Aquellos profundos y contundentes estudios sobre el memorable desastre, demostraron toda su potencia intelectual y un vigor de estilo insuperable que en aquellos momentos avasalló a la opinión pública, demostrando que en ese terrible contraste existían otras responsabilidades más graves que la del general argentino, presentando en un hermoso cuadro a este general como un verdadero conductor de hombres en una guerra tan difícil y tan colosal como era la del Paraguay. La actividad intelectual como física, presentaba relieves admirables. El fuego de su alma era motor de héroe Con la audacia de un bravo soldado, solo, sin escolta y sin reposo, recorre con la rapidez de un corcel desbocado trescientas leguas: llega a la toldería del más poderoso caudillo de la Pampa, el cacique Mariano Rosas, y lo convence y le inspira confianza en su ánimo de indio pérfido, de la necesidad de una paz duradera con sus eternos enemigos los cristianos. Y a le vemos en la política, sosteniendo la candidatura presidencial del ilustre Sarmiento, cuyo triunfo en parte se debió a sus esfuerzos, pues él fué el propagandista en el ejército, cuya proclamación se hizo a la luz del día, sin preocuparse por un momento de la falta de disciplina que implicaba ese acto político. Sería tarea superior a todo mi esfuerzo, si en

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este momento intentara narrar las gloriosas vicisitudes y percances de esta agitada vida de labor constante. Ta resistiendo con el valor de Cambronne en un cuadro de intrépidos soldados a la famosa caballería paraguaya, que arremetía como un huracán de lanzas vitoreando a la barbarie. Ta en las elecciones de Buenos Aires, batiéndose como un valeroso autonomista, rodeado de la juventud viril de esa época. T a en las redacciones de los diarios, escribiendo diariamente artúmlos sensatos, amenas causeries, cuyos folletines recordarán siempre su nombre. Ta entablando polémicas, como quien entabla una batalla con coraje excepcional, contra sus temerarios adversarios políticos. Ta en su gabinete de trabajo, donde redacta una obra imperecedera, que ha sido traducida en varios idiomas: «Excursión a los indios ranqueles». T a en el parlamento argentino, haciendo oir su estentóreo y convincente acento para abroquelar con argumentos incontrastables sus ideas políticas, y defender con notable vehemencia a sus amigos que se veían acosados e intimidados por la violencia de los cargos de que eran víctimas. Aquel ánimo de estructura cesárea, audaz y valeroso al mismo tiempo, con una asombrosa actividad y una energía a toda prueba, sentía latir en su pecho un corazón de niño y una bondad de hombre cariñoso. Nunca le vi desfallecer ante sus sagrados deberes y solícito fué siempre el vasallo de sus inalterables afecciones. En sus últimos tiempos, lejos de la patria, la nostalgia cruda y corrosiva iba devorando sus entrañas ; lamentaba en silencio su tristeza magna. La amargura del olvido que engendra la indife-

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rencia agitaba su corazón como un pesar misterioso, e invocaba con frecuencia los sagrados recuerdos que halagaron su alma en felices tiempos. Su único consuelo en tan amargo trance, que se le presentaba como una visión del cielo, fué ese ángel que en su avanzada edad, clemente la providencia, le deparó. Santa y modesta compañera que por inspiración divina solícita le inculcó la fe que hace soportar los martirios de la vida con resignación sublime; así confortado, por un sentimiento tan grandioso, reconcentró por el amor su espíritu en Dios; no le abandonó al concederle, para alivio de sus males, tan angelical esposa, que en medio de sus prolongados y crueles sufrimientos dulcificaba su triste existencia con amoroso anhelo.; con su dulce y piadosa abnegación. El general don Lucio V . Mansilla, aquel que fué mi inalterable amigo, ha de vivir inmortal en el corazón de los bravos, como un ejemplo de bizarro soldado y escritor excelso, cuyas páginas, escritas con caracteres indelebles, vivirán siempre para gloria de su patria.»

El Paraguay durante la guerra eontra la Triple Alianza
Al ¡lustre escritor argentino y noble amigo, el doctor don Pastor S. Obligado. Viator estab heroem calcas (1).

Existen hondas amarguras nacionales que los pueblos felices ni remotamente las suponen; grandes infortunios que anonadan el ánimo con terribles espectáculos que encierran en sí algo del cataclismo. Figuraos un sacudimiento violento y sucesivo, en que hieren vuestros ojos atónitos de horror, un cuadro de inaudita desolación, donde sentís la emoción augusta del dolor que impregna todo vuestro ser al ver perecer lentamente todo lo que más amáis en el mundo, y sufrís terribles espasmos que repercuten en la dolorida imaginación, no borrándose nunca, porque la impresión aterradora domina, avasalla con crueldades íntimas, bárbaras, incomprensibles. La grandeza del infortunio que se desploma en desmedro sobre un pueblo viril, cuando jamás sospechó tan monumental desgracia, porque su existencia tranquila y feliz resbalaba en la suave pendiente de las antiguas y patriarcales costumbres, sin sobresaltos de invasiones extranjeras,
(1) Pasajero, deten tu paso, que pisas a un héroe.

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que perturbaran con rudas inquietudes el reposo continuado del venturoso hogar de esos pueblos rudimentarios; decía, que la grandeza del infortunio que se desploma exabrupto sobre un pueble feliz, debió presentar angustiosas proyecciones de profundas penas, a causa del cambio rápido y violento de la felicidad, nunca interrumpida, de su sencilla existencia, casi colonial, a los golpes destructores de una guerra en que, herida por su saña insaciable y los delirios del hambre, sucumbió casi ^íntegra, postrada al fin por tan implacable desventura. Antes de la fatal contienda deslizaba su vida feliz esta hermosa comarca, bañada por un sol benéfico que le proporcionaba un clima templado y todos los abundantes frutos y el bienestar de esa zona privilegiada. En su aislamiento, el Paraguay, expresamente calculado por sus opresores, vivía lejos de las revoluciones de los países vecinos, y alcanzó hasta tal punto el temor de este contacto con las comarcas ribereñas, que levantóse una barrera formidable, que aquel que incautamente salvaba sus límites, no salía más de ese país de encierro perpetuo, hasta el extremo que notables y prestigiosos caudillos de las guerras civiles del Río de la Plata y sabios de renombre mundial, que buscaron un asilo en ese país del silencio de la tiranía, confinados a lejanas provincias, nunca traspasaron la frontera de aquel país de siervos, y sometidos a una paz forzada olvidaron completamente que habían sido el rayo de la guerra, agitando y dirigiendo con ardores bárbaros, como supremos señores ele las multitudes, las intrépidas montoneras de la tierra. Por este sistema tiránico de clausura, pudo el Paraguay salvarse del espíritu revolucionario de las comarcas vecinas y de la misma tendencia

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guerreadora de raza que enaltecía a la nación guaraní, brava, astuta, y tenaz en sus propósitos: raza que proclamaba la viril sangre que circulaba en sus venas, esa de los pueblos aborígenes de la América, raza autóctona que siempre admiró por su constante empeño en la defensa de su independencia, ya luchando contra la saña española o contra las poderosas huestes del ejército de la triple alianza. * * * Sin degenerar un momento, los estoicos paraguayos sostuvieron con una constante pertinacia el campo de su inmarcesible fama, y si algiín monumento debiera levantarse en el vasto y sangriento escenario de la guerra contra la triple alianza, sería con justicia al amor de la independencia, a la constancia, al valor y a la gloria indiscutible desplegada en esa inmortal arena, donde con la sangre de un intrépido pueblo, estamparon con caracteres indelebles esa lápida imperecedera que corona la entrada al templo inmortal del renombre. Cuando la nación, exhausta, desangrada, en su mayor núcleo de resistencia no presentaba casi más que inválidos y niños, última generación que en esa prolongada pugna sacrificaba el abominable tirano en holocausto de sus instintos feroces, en esta torpe contienda que le era completamente personal, en razón que la desventurada nación se esfumaba ante su omnímoda y férrea voluntad, ante su tenacidad calculada, resistiendo a toda patriótica conmiseración. Iracundo y cruel en sus designios, encontró propicio el medio ambiente que habían preparado sus antecesores para poner en práctica su ambición desmedida, su delirio inmoderado de grandeza, y es por eso* que no se

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detuvo ante la advertencia del poder reflexivo de la razón de estado, y se hundió, arrastrando también a su patria al abismo de sus errores. El dictador conocía muy bien el vigor dinástico de la raza, y sabía de lo que es capaz un pueblo educado por el despotismo y celoso de su independencia, aguijoneado al mismo tiempo por el desprecio y el odio al extranjero invasor, y este error fué causa de muchos desbaratos en la guerra que él provocó. Considerando a los brasileros como inferiores soldados, por ellos fué rechazado en más de un combate con grandes pérdidas, y al fin los soldados del imperio lo hicieron su víctima expiatoria en el último peldaño de aquella vía crucis de la resistencia. El Paraguay identificado estaba con su abominable tirano, que para él no lo era, sino el gran patriota abezaba con abnegación y gloriosos impulsos la defensa nacional, que la llevaría hasta el i'ütimo extremo. Fanáticos por ese dogma ficticio tan astutamente calculado, y llevado al terreno de la acción con prolijo afán, se reverenciaba a López como a un ser sobrenatural, especie de semidiós de las selvas paraguayas. Así creo injusta la inculpación que se hace al pueblo paraguayo del sostenimiento de la más opresora tiranía que surge en un pueblo civilizado, a quien ni le hiere la sospecha de tan inmensa abyección, puesto que no habían ensayado a causa de su gobierno autócrata, los preceptos que surgen de un gobierno libre. ¡ Infelices! en su educación estrecha, en su ignorancia de los altos principios que rigen los países libremente constituidos, sólo habían aprendido como se aprende tina plegaria en una iglesia, a reverenciar al Carai-Guazú, el supremo jefe del estado, de ese pxieblo mártir de su deber, sí, de su deber, porque no conocía otra obligación
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nacional que el acatamiento incondicional al poder dictatorial, absoluto, tiránico, que imperaba en sus destinos. Este infortunado pueblo creía de buena fe que el tirano constituía por excelencia su héroe patricio, y que esa superior entidad tenía derecho a vidas y haciendas, y por consecuencia, fanatizadas las multitudes pqr tan absorbentes sentimientos, creían que los obligaba el compromiso ineludible y sagrado de sacrificarse por aquel a quien consideraban la sublime encarnación de la patria. Dominados así por tan rígida y absoluta moral, presentaron a las páginas de la historia un ejemplo muy difícil de imitar, ejemplo sublime de abnegación, de indómito carácter, tenaz decisión y temerario arrojo, que admiró al mundo. Además, creo oportuno también exponer que hubo un factor bárbaro de gran potencia, sobre todo en los últimos tiempos de la guerra: el terror. La tiramía era atroz: la más simple falta se castigaba con la muerte, con el azote, con el desdoro de la familia, que inicuamente era arrastrada a los campamentos para ser entregada a la lascivia insaciable de la soldadesca. Nada respetó la crueldad del dictador, ni aun sus deudos más cercanos; muchos de éstos fueron fusilados, su madre y hermanas azotadas: aquel «hombre inquisición» todo lo sacrificó a los instintos de su perverso corazón, parecía que se recreaba en resucitar los monstruosos castigos que nos legaron las antiguas y bárbaras edades; y en los últimos años de la guerra alcanzó este inicuo sistema de represión hasta dar muerte ignominiosa al infeliz e inocente centinela por la deserción del que estaba a su lado. Una palabra^ dicha en broma em el fogón, sin intención de criticar al superior, una frase insignificante, repitiendo los dicharachos hirientes y obscenos que se cambiaban con

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el enemigo en las avanzadas, al momento era castigado con la última pena. La muerte con su mortal escalofrío constituía el pavoroso espectro al que todo se sacrificaba, y asombra considerar que más son los. paraguayos que murieron fusilados y a causa de las epidemias, que los que fueron víctimas de las balas de los soldados de la triple alianza
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No desmayó un instante esta prolongada resistencia de cinco largos años, en su ardor y constancia insuperable; sin nunca desmoralizarse defendieron los paraguayos la tierra en que habían nacido, la defendieron como los gladiadores en la arena romana, que heridos van retrocediendo, dejando un ancho reguero de sangre. Comenzó la lucha invadiendo como una irrupción de hunos, que no respeta ni el honor de la mujer, a Corrientes, Río Grande y Matto Grosso; en seguida viendo malogrado el éxito de esas poco meditadas empresas, se reconcentran cargados de botín en el territorio paraguayo; vil botín que había dejado en la miseria y en la orfandad a centenares de pudientes familias; y allí, en la tierra clásica de la tiranía, empieza la pertinaz resistencia, palmo a palmo, con un carácter de indomable fiereza, haciendo flamear al soplo de la victoria o la derrota sus gloriosos pendones despedazados, mas mostrando siempre airado las sanguinolentas fauces del león simbólico que enaltece ese emblema del patrio amor; y así señalan con estrépito el surco en llamas de sus rudas huestes, que entre los espinosos zarzales del infortunio llegan, dejando como fúnebres jalones sus muertos en el largo itinerario hasta las orillas del Aquidaban, donde sucumbe el más

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tenaz de los tiranos de Sud América y el último grupo taciturno de sus heroicos soldados.
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Dio principio, preparando la guerra, con un hermoso ejército, pudiéramos decir improvisado, de sesenta mil hombres, y antes de declararla, en los diversos campamentos en que se adiestraban y organizaban las unidades de combate, ya habían fallecido, víctimas de diversas enfermedades, particularmente de disentería, veinte mil jóvenes y robustos soldados. El esfuerzo fué monumental y grandioso, hermoso ejemplo que no se ha repetido; de una población de ochocientas mil almas, durante el tiempo de la guerra puso sobre las armas cien mil soldados. Este núcleo de entusiastas patriotas fué sacrificado lentamente, del mismo modo que la mayor parte de los habitantes del territorio, hasta el extremo que al finalizar esta pugna memorable presentaba el país un páramo habitado en su mayor número por escuálidas mujeres, condenadas a ejecutar las rudas faenas encomendadas a los hombres. Sin embargo, a pesar de haberse apagado el lucero de la esperanza, en tan múltiples y sangrientos reveses y desventuras sin número, la guerra continuó con su séquito de crueldades y devastaciones, por etapas sucesivas, hasta los combates que tuvieron lugar sobre la posición de Ascurra, última seria resistencia del tirano; y más tarde sucumbía en Aquidaban este fatal mandatario, que había demostrado estar acorazado con una moral inquebrantable, y con él, el último defensor de la patria, tocando llamada a los bravos en medio de la muerte y la desolación.
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En mi álbum de la guerra del Paraguay, un conjunto de acuarelas mal pintadas por el que esto escribe, pero verídicas en su esencia, la mayor parte ejecutadas en el mismo teatro de la monumental contienda, sujetándome estrictamente a los modelos allí existentes, tanto en la figura como en el panorama, se ve un centinela paraguayo, extenuado, sin carnes, casi desnudo, con un rostro bronceado, cadavérico y un gesto de fiereza indómita en medio de cadáveres en distintas posiciones y granadas que estallan con descomunal estrépito, mientras que el rudo veterano permanece firme, con el arma al brazo, desafiando impasible^ sin inmutarse, todo ese supremo peligro que le rodea entre los escalofríos de la muerte ( 1 ) . Esa es la imagen más verdadera del Paraguay durante esa época terrible. La historia ha de escribirse sin amor ni odio, como dice Tácito; lia de ser justiciera, dominando con la verdad el episodio que describe, y su fallo inapelable. La abominación, el anatema bíblico caerá sobre la cabeza del cruel tirano, abyecto hasta el último extremo, enceguecido por un insensato orgullo, pues prefirió la casi total destrucción del aís en que había nacido, de la nación que le abía confiado sus destinos, a su estabilidad en el poder, y como reverso de la medalla, se elevará a la cumbre del renombre el pueblo mártir que obrando según los dictados de su conciencia, creía de buena fe que cumplía con su deber al sacrificarse en los múltiples campos de batalla, donde

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(1) Este dibujo se encuentra impreso en la obra de Hutchinson titulada The Paraná.

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admiraron al mundo por su constancia y por su intrepidez. ¡ Oh, renombrados guerreros paraguayos! ¡ Y o os saludo! Entre gritos de guerra y retumbos de cañón subisteis paso a paso, lidiando con inmortal empeño y valentía el calvario sangriento de vuestra inmarcesible gloria, y al fin de la jornada, caísteis como buenos, altivos, indomables en vuestra fiereza legendaria, sin pedir tregua al enjambre de vuestros férreos enemigos. ¡ Oh, intrépidos paraguayos! la epopeya de vuestra ruda tenacidad pasará de g-eneración en generación como una tradición oral que el bardo nacional, ese de los sublimes cantares de la patria amada, hará oir a las multitudes emocionadas por ese sublime rumor lejano, que revive el ardor de la hazaña, y enseña entre irrupciones de volcán cómo se defiende y cómo se muere por la tierra en que se ha nacido.
* * *

Algunos años después de la guerra, remontaba el río Paraguay, y al pasar por la derruida fortaleza de Humaytá, veía los viejos sauces de su margen izquierda, cuyo ramaje doliente parecía que se inclinaba vertiendo llanto sobre ese inmenso osario, que guarda los tristes despojos de un pueblo que sucumbió con la sangre fría y la decisión de las férreas legiones romanas, con el fuego omnipotente de los fanáticos defensores de un dogma. En homenaje al pueblo paraguayo, a esos bravos entre bravos, os pido un saludo.

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(EPISODIO DE ÓTEOS TIEMPOS)

Gloriosos son los antecedentes históricos de la ciudad de Tucumán, propiamente denominada, en loor de lo hermoso de su suelo, «El jardín de la repxíblica», y por su pujanza y heroísmo en la guerra de la independencia, « E l sepulcro de la tiranía», a cuyos honrosos títulos habrá que agregar uno bien sugerente, aquel que obsesiona con orgullo la sangre: «Inquisición de los mártires del terror», timbre honrosamente justificado por hechos indelebles en la historia sangrienta de esa época. E¡n primer término, surge con horror, con aspecto de trágico suceso, el suplicio del joven libertario Marco de Avellaneda, delito bárbaro que siempre ha de vibrar en el eterno ambiente de la historia patria, como la airada protesta de Nemesis lanzada a la faz de los encumbrados sicarios del tirano, que se abatían oomo las bestias feroces del circo romano sobre las inocentes e indefensas víctimas, esas terribles fieras armadas de garfios de acero, que, instigadas de antemano por el hambre, devoraban con desgarramientos crueles a los sectarios de Cristo. Los «salvajes unitarios», fieles adeptos del partido constitucional de la república, cuyo jefe fué el esclarecido Bivadavia, siempre fieles a su ban-

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dera regeneradora, no enlodaron nunca su credo político con viles apostasías, ni renegaron de los santos principios que proclamaron en aquellas memorables asambleas de la libertad. Estoicos del deber, impasibles, sin defeccionar de su fe política, a pesar de las crueles contrariedades que los asaltaba, todo lo sacrificaron en el altar de la patria. Inquebrantables en sus convicciones, fanatizados por el acento solemne y austero de sus patriarcas, vigorizados por el grito entusiasta de sus caudillos, cuando después de la batalla, en aquellas lides interminables, rotas las armas, cayeron vencidos, indefensos, sin amparo, y se vieron a merced del triunfador, serenos, sin inmutarse, como los apóstoles de la idea, recibieron la muerte en holocausto de sus hermosos ideales patricios. Repugnantes sicarios de la tiranía eran eses, que muchos de ellos degradaban la alta investidura del marcial uniforme en su alta posición oficial, olvidando que habían remontado con honor y valentía la escala de los ascensos en memorables guerras y heroicos combates. Extraños algunos de ellos a los odios políticos de la República Argentina, se habían transformado en instrumentos airados de sangrientas venganzas. Por complacencia criminal fueron viles autómatas del delito, levantaron como Pilatos, por cuenta ajena, el inmortal cadalso donde corría sin cesar la sangre de los gloriosos militares y de los ilustres patricios de la república, alcanzando el cinismo del crimen hasta declarar en un documento público que en la plaza de la ciudad de Catamarca se había elevado una pirámide de quinientas cabezas de «salvajes unitarios». En tan terrible situación habrá siempre que considerar, para dar más cruel colorido al cuadro, la desolación en que quedaban las familias de las víctimas, que en continuo sobresalto sentían latir

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sus angustiados corazones. ¡Infelices! parecían dolientes sombras de su propio decoro. Esas familias que habían nacido en la opulencia, halagadas en todo momento por las caricias de la fortuna, hoy azotadas por la humillación y el desamparo, se encontraban sumergidas repentinamente en la miseria, al sentir confiscados sus bienes, que pasaban sin más trámites a manos de sus verdugos, pues no hay sino echar una mirada sobre los decretos de recompensas militares de ese tiempo, y se verá con qué flema se repartía la propiedad privada de los «salvajes unitarios», entregando en un repartimiento arbitrario, que alcanzaba desde el soldado hasta el general, los bienes que legítimamente les pertenecían. Aunque en el primer momento parezca que quedan impunes estos atentados contra la moral y el derecho, no es así; más tarde el rencor popular les inflige el condigno castigo. Es, por esta razón, que a pesar de los gloriosos servicios prestados a la patria de estos extraviados guerreros, en el día sus nombres no enaltecen ninguna avenida, calle o plaza. Es que los pueblos son justicieros, inexorables en el moral castigo, y 'hacen pesar en la balanza de Némesis con rigor extremo la conciencia de aquellos que han derramado o contribuido a derramar su sangre sosteniendo el impuro trono del despotismo. Esas familias perseguidas por su ilustre estirpe, pertenecían a lo más calificado de los descendientes de la nobleza colonial española, cuyos antecesores obtuvieron por sus resaltantes servicios militares o civiles altos títulos de Castilla, lo que fácilmente se puede comprobar en la obra de Alonso López de Haro, titulada «Nobiliario genealógico de los Reyes y Títulos de España», y esto es tanto más vituperable cuando sumidas en la miseria en esta época trágica, sufrieron todos los

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rigores del hambre, todas las humillaciones del desprecio, todos los desmanes de la falta de cultura a que eran condenadas por la villanía encumbrada e inexorable.

En ese tiempo de negras tristezas, sobresalían en el estrado de Tucumán las familias de Alurralde, Vera y Aragón, Garmendia, Zeballos, López, Roca, Velarde, Molina, Avellaneda, Terán, Aráuz, Padilla, Paz, Domínguez, Dávila, Silva, Colombres, Helguera, Ponda!, Cainzo, Villafañe, Huidobro, Aguirre, Gramajo, Pizarro, Laguna, Villagrán, Medina, Montalvo, Ardiles, Costilla y Rojas, Villaquirán y otras muchas que escapan a mi ingrata memoria. Constituían entonces una sociedad tan esmerada y culta, que en vigor de esta afirmación, voy a citar la autorizada opinión de un ilustre escritor chileno: el señor Barros Arana. Elogiando la belleza y la exquisita educación de las damas tucumanas, en cierta ocasión le oí decir, que allá en la época en que el general chileno don Francisco Antonio Pinto había sido avudante del ínclito general Belgrano, y jefe de un batallón en la campaña del Norte, asistiendo a las batallas de Tucumán y Salta, condujo a su esposa la señora Luisa de Garmendia y Alurralde a Santiago de Chile, y que allí, en aquella distinguida y orgullosa sociedad, que conservaba por tradición constante la majestad aristocrática de la antigua nobleza española, esta hermosa argentina llamó la atención, no tanto por su extremada y olímpica belleza, como por las brillantes dotes sociales que la enaltecían, dominando sobre todo, por su ilustración y superior inteligencia, hasta el punto que parecía ya preparada para ocupar el

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alto puesto, en el que con el brillo de su hermosura y el dominio de su altivez, desempeñaría con esplendor de reina el difícil papel de esposa de presidente. Llamó siempre la atención por su delicada cortesía y su exquisita cultura unida siempre a un carácter bondadoso que cautivaba después de tratarla con alguna detención, aunque en el primer momento su aspecto grave reflejaba otra impresión. Cuando yo contemplé su retrato en Chile, obra maestra del eximio pintor Monvoisin, quedé desde ese momento bajo la influencia dominadora de ese arte que me presentaba, viva, real, tan espléndida mujer, quedé subyugado por la expresión de alteza que destellaba su blanca faz: cualquiera hubiese creído que era el trasunto de la reina de la hermosura cerniendo en su cabeza la corona de frescas rosas que tantas bellezas envidiaban ( 1 ) . Entre todos los pretendientes que ante ella inclinaban la cerviz, allá en la casa solariega de sus padres en la ciudad de Tucumán, como ya lo he expuesto anteriormente, prefirió al coronel chileno de los ejércitos de la patria, don Francisco Antonio Pinto, quien más tarde había de regir los destinos de la República de Chile y dejar la gloriosa fama de un presidente altamente progresista que reverenció la constitución como el Dios de la patria. * * * La señora María Elena de Alurralde, nieta del general don Antonio de Alurralde y de María de Vera y Aragón, biznieta del Adelantado del Río
(1) Para justificar esta impresión, puede verse su retrato en la revista chilena titulada Pacífico Maga%ine, septiembre de 1913.

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de la Plata, don Juan de Torres de Vera y Aragón ( 2 ) , antes de contraer matrimonio con el coronel don José Ignacio de Garmendia y Aguirre, había sido esposa de don Juan Manuel de las Muñecas, de manera que mi padre era hermano por parte de madre del presbítero y glorioso revolucionario Ildefonso de las Muñecas, que alevosamente ejecutaron los españoles, y de la señora Angela, virmosa dama argentina cuyo santo corazón latía sólo para la caridad. Esta señora moraba en una casa de su propiedad, en la calle de Maipú, casi al llegar a la de Corrientes, a una cuadra de la nuestra; y yo siendo muy niño la acompañaba por temporadas. La bondadosa matrona siempre tenía una confitería de variadas golosinas para mi hartazgo infantil. Posas le demostraba grande estimación, hasta el punto que por invitación de Mamuelita estuvo hospedada quince días en Palermo, agasajo que sus hermanas de Tucura án y mi padre no encontraron bien; porque actos aislados de benevolencia o generosidad jamás disculparían la prolongada dictadura y sus desmanes, sobre todo en aquellos momentos en que se levantaba como una justiciera protesta el bárbaro castigo infligido a su hermana, la señora Cruz de Garmendia, esposa del coronel don Emidio di Salvigni, veterano ilustre de las guerras napoleónicas y guerrero de nuestra independencia a las órdenes de los generales Belgrano y Martín Rodríguez; por otra parte, persona notable por sus técnicos conocimientos y vasta ilustración. La sangre de los mártires en la historia ha de ser siempre fuente de inagotable curso; del mismo modo no han de olvidarse las humillaciones y
(2) Nobiliario genealógico de los Reyes y títulos de España, Alonso López de Haro. poi

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desmanes del despotismo; porque siempre es un ejemplo que nos mantendrá en horror a ios déspotas. Los espartanos, para que sus hijos abominasen con repugnancia de la embriague!, alguna vez les presentaban un ilota borracho, y concebían entonces hasta qué punto puede llegar la degradación en el hombre. Estas son razones que me obligan a narrar un suceso pintado con sombríos colores, digno de los tiempos del terror del 89. ¡ Nefanda época, en que ningún ciudadano de esa Francia de la libertad tenía segura su cabeza sobre los hombros!
* # *

Antes de la batalla de Famaillá, el general Lavalle remitió un oficio al gobernador delegado de Tucumán, don Pedro de Garmendia, que lo era entonces, por haber salido a campaña el titular, el joven Marco de Avellaneda. La nota fué conducida por el renombrado «chasque» Alico, que por astuta precaución la ocultó en el «tongorí» del rebenque ( 3 ) . Alico, atisbador insigne del campo enemigo, constituía una personalidad tal vez única en su género, famoso rastreador, confidente extraordinario, oon una perspicacia admirable y un disimulo que sólo en la suprema hipocresía podía tener competencia: en ese papel era un maestro consumado; así, bien podíasele confiar todos los secretos del espionaje, que sabría, si el caso llegare, arrastrándose como una culebra, investigar, escudriñar todos los movimientos o escuchar las silenciosas conversaciones del adversario, sin que
(3) El tongorí es el cabo de cuero del rebenque. Alguna vez era hueco y allí se ocultaban secretos de importancia.

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éste sospechase por un momento que tenía tan próximo a él, tan temible y antagónico personaje. Este, que no conocía el domicilio del gobernador delegado, se dirigió a la casa de la señora Cruz de Garmendia de Salvigni. Al conocer esta distinguida matrona la misión de que era conductor el famoso chasque, alborozada de contento le hizo un simpático agasajo, y con repetidas preguntas quiso satisfacer su impaciente y patriótica curiosidad, al mismo tiempo que le hacía dar una taza de chocolate, sin jamás sospechar que una acción caritativa le traería el infortunio. * * * Después de la batalla de Eamaillá, en la que fué vencido el general Lavalle a causa de no seguir los prudentes consejos que le dictaban las circunstancias, por haber entablado la batalla con fuerzas milicianas y muy inferiores, contra las veteranas y aguerridas del adversario, aunque aquéllas fueran mandadas por intrépidos cuadros de jefes y oficiales que, en parte, habían militado en las guerras de la independencia y del Brasil, la victoria, desleal e impúdica, abandonó a esos tercios de la libertad para pasarse al campo enemigo. En este acontecimiento también tuvo mucha parte el carácter caballeresco e impetuoso del general Lavalle, cuyo valor vibra legendario en la epopeya patria. Gran general de caballería, creía que sólo su nombre era suficiente para violar la victoria. Le faltó a este glorioso general la serenidad de Seidlitz y la perspicacia de Sieten. Los vencidos, después de pasar afrentosamente bajo el yugo, subieron los peldaños del cadalso, y sus cabezas rodaron al pie de sus verdugos, sien-

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do preferida la de Marco Avellaneda, para ser enarbolada en una pica en la plaza principal de la ciudad de Tucumán ( 4 ) . No tardó, por vil denuncia, el cruel vencedor en conocer cómo había sido tratado el chasque Alico en la casa de la señora del coronel Salvigni, y tomando una resolución digna de un alma vil, buscaron un moreno parecido al famoso confidente y lo condujeron a la morada de esta distinguida dama. El grupo de mazorqueros iba encabezado por el coronel X , valeroso jefe uruguayo y favorito de Oribe por haberle salvado la vida en un combate, en el que recibió una cuchillada en el rostro, que iba dirigida a su general, brillante acción que nunca fué olvidada. Una vez en la casa y viendo abierta la puerta de la sala, que daba al zaguán de la calle, se introdujeron sin miramiento alguno, y le mandaron, entre risas y groseros sarcasmos, al homónimo de Alico, que se sentase cómodamente en el sofá, y cuando salió la señora, sorprendida de una tan grande falta de respeto, trató de indagar lo que deseaba esa gente sin educación y bullanguera, cuya indumentaria roja tanto le chocaba, como su aspecto selvático de desgreñadas melenas; imperiosamente, con ademanes incultos, le ordenaron que sirviera una taza de chocolate al negro que habían hecho sentar en el sofá. A pesar del temor que inspiraba ese grupo vandálico, la señora de Salvigni resistió con noble actitud una tan inaudita humillación. Como ya de antemano iban preparados para la inicua afrenta, aquellos instrumentos inconscientes del terror,
(4) Avellaneda tué degollado por el ramoso diestro del batallón Libertad, llamado El paraguayo Martines^. Era verdugo oficial y dicen que era tan hábil en su oficio, que de un solo tajo separaba una cabeza.

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menospreciando la debilidad del sexo y la respetabilidad por su alcurnia y posición social de tan distinguida dama, la azotaron a golpes de rebenque, y sólo cesaron en su bárbaro castigo cuando la vieron desfallecida sobre el sofá. Esta villana hazaña de los subordinados del cruel favorito de Rosas ha de vivir en la historia sombría de esos tiempos, como vive la sangre de los mártires, que cada día surge con mayor vehemencia de las heridas incurables abiertas por la tiranía. * * * Existía en aquel tiempo tal degradación y barbarie en los hábitos y costumbres de los sostenedores del poder arbitrario, que estos actos pasaban como la cosa más natural del mundo. T más crece el asombro cuando se observa que aquel que ordenaba estos delitos de kalmuoo inculto, representaba la estructura moral de un general de ilustre prosapia y de notorios méritos, adquiridos en las prolongadas luchas por la libertad; y llegó hasta tal punto el exceso de estos atropellos, que los oficiales argentinos que servían en los cuerpos a sus órdenes, en cierta ocasión, estando en un baile, protestaron con enérgico tono, de tal manera, que rayaba en un reto insolente contra la conducta desmedida de los oficiales uruguayos hacia las damas argentinas, que, embanderados sus deudos en el partido federal, contribuían con su belleza a dar mayor esplendor a la fiesta, y hubo un momento en que encabezando el grupo el comandante Hilario Lagos, invitó a los oficiales de Oribe a que salieran a la calle a dirimir la cuestión por medio de las armas. Los oficiales uruguayos, con un capitán Gómez a la cabeza, aceptaron el lance, y cuando ya se iban a cruzar las espadas, un ayudante del general Oribe intimó, por su orden, a

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los oficiales uruguayos que inmediatamente se retirasen al campamento. Como se ve, existía en aquel ejército animosidad latente que sólo salía a luz en casos como éste, pues habrá que considerar que únicamente era la sangre argentina la que corría a raudales, y por consecuencia, i as sombras de la desdicha en doliente ambiente cubría como una aureola trágica que anunciaba de antemano el infortunio a los deudos que calificados de salvajes unitarios esperaban intranquilos su turno fatal. Es por esta razón que la familia de Garmendia en Tucumán, y mi padre, encontraban a mal las distinciones y regalos que su hermana la señora Angela, o mi tía Angelita, como cariñosamente la denominábamos sus sobrinos, recibiese del dictador argentino en los días de la patria. * * » El día 25 de mayo, ese día que en otro tiempo considerábamos como un día de gratas expansiones patrióticas, de ardorosas y heroicas reminiscencias, era una fecha en que el entusiasmo patricio no tenía límites; y entre las manifestaciones del gobierno y del pueblo con que se saludaba la salida del sol, además de las salvas de artillería y de las estruendosas fanfarrias militares, primaban las numerosas corporaciones de los alumnos de los colegios, vestidos, imitando el traje de Adán, como los indios del Amazonas o del Orinoco, con taparrabo de plumas y corona de lo mismo en la cabeza y el carcax lleno de flechas a la espalda. Así eran conducidos, tiritando de frío, hasta el pie de la pirámide, a cantar en coro el himno nacional. Era éste el día que la señora doña Angela de las Muñecas elegía para sus patricias manifes-

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taciones, que con un orgullo colonial trascendían al público. Adornaba las ventanas de su casa con colgaduras de damasco punzó, y en la noche con una multitud de faroles de colores, pues bien sabía ella que en ese día se presentaría don Eusebio de la Santa Federación a traerle el piramidal y monumental ramillete, galante obsequio del dictador argentino general don Juan Manuel Ortiz de Rosas.
* * #

Don Eusebio de la Santa Federación constituía, con su estructura original, el bufón predilecto del señor feudal de Palermo, y en más de una ocasión con alguna chocarrería intervino atrevidamente en las recepciones diplomáticas y en otros asuntos análogos, donde su cuerpo curtido, como corrección, recibió una tunda de puntapiés. Antes de ejecutar su retrato enlazando las reminiscencias de la edad temprana con el trasunto del pintor Carrandi; haremos una prolija relación de sus múltiples y disparatados títulos. o General de la provincia, Conde de la estancia del Yino, Albacea y tutor de los bienes de don Juan Manuel de Rosas por derecho juramento a la verdad, Comprometido con la señorita Manuelita Rosas, Majestad de la tierra, Conde de Martín García, Señor de las islas Malvinas, General de las Californias, Duque de la quinta de Palermo de San Benito, Gran mariscal de la América de Buenos Aires.» Alguna vez llevaba un casco dorado con las armas de la patria, capa de paño pardo con cuello y_ vueltas de terciopelo punzó, uniforme azul con vivos punzóes, adornado com nueve medallas rosa. Como se ve, no le faltaban fantásticos y disparatados oropeles al favorito loco, cuyo traje iba

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en armonía con el delirio de las grandezas que lo obsesionaban. Don Eusebio era un zambo de regular estatura y de facciones obscuras y grotescas. Nariz algo achatada, frente estrecha y deprimida, labios lascivos, gruesos, morados, como tinta violeta, ojos chicos, pardos, lánguidos y sin brillo, y pelo y barba entrecanos, duros como cerda. Sobre su cabeza de asno domado¿ llevaba un sombrero elástico de obscurecidos galones en el borde superior, y plumachos viejos de todos colores, y en la extremidad de atrás colgaba una llave de hierro con que cerraba las puertas del castillo de Palermo. Una casaca de vetusto uso y remendada, que en otra época fué de paño azul obscuro, hoy descolorido, con el cuello> y botamangas punzó, presentaba las incurias devastadoras del tiempo; los faldones le acariciaban los ladeados talones. Asimismo, pendían de sus robustos hombros unas deshechas charreteras, obscuro el oro por la vejez sin fecha, que hacían pendant con una gran placa y grandes medallas de latón que se entrechocaban al caminar en su resaltante pecho, tan fuerte como el de un toro. La casaca nunca la llevaba prendida, con el coqueto intento de hacer resaltar su rojo chaleco prendido con una botonadura variada de todos colores. Un pantalón blanco, abierto abajo, con botones de metal, y adornado con una vetusta franja de oro, concluía la estrafalaria indumentaria de este imbécil bufón del tirano.
* * *

Rodeado de pilletes de la calle, se presentaba clon Eusebio en la casa de la señora doña Angela de las Muñecas, llevando con marcado esfuerzo

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en sus robustas manos el famoso piramidal ramillete, fino obsequio del dictador argentino. La señora, llena de alborozo, salía a recibirle; entonces el enviado extraordinario, tomando un desplante original y una apostura de arrogancia extrema, con un énfasis bárbaro de diabólicas contorsiones, le endilgaba el siguiente discurso, donde no escaseaba, de cuando en cuando, revoloteadas de ojos, de esos ojos que parecían que acababan de dormir una mona, que tanto se parecían a los de un cannerò ahogado. «Señora de la mayor respetabilidad americana y «urupea». El ilustre restaurador de las leyes y general de los ejércitos argentinos y de las Américas, mi excelentísimo padre y guardián, me manda que te venga a ver porque sos una patriota como no hay muchas, pues tu hermano y padre santo no reculó ni la pisada de un chimango a los godos, y por eso lo capugiaron y está ya muy «sosegaos en el sanjótn debajo de tierra, y por eso el general de las Américas, mi padre el rey de Palermo de San Benito, le manda este ramillete tan «pesao» que vengo pujando como un animal y apenas lo puedo aguantar, para que a su «salú» lo coman a su gusto.» La señora, muy conmovida, a pesar de la grosera estructura del discurso y de la figura de pasiva locura del interlocutor, le daba efusivas gracias, deseándole mucha prosperidad en el gobierno y mucha salud a la real persona de don Juan Manuel, y por último, le enviaba cariñosos recuerdos a Manuelita. Don Eusebio daba media vuelta como si fuera un soldado, y se retiraba marcando fuertemente el paso y haciendo sonar los tacos de sus zapatones. Entonces, ¡oh dulce dicha! nos llegaba el turno a nosotros los infantiles sobrinos, y mi santa tía, a pesar de la emergía del primer momento,

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apenas podía defender el ramillete, que al fin caía -en nuestras genízaras manos, y cada uno de los pequeños vándalos salía con las manos embadurnadas de almíbar, cabello de ángel, deshechos merengues, bombones y otras golosinas. Desprendida y bondadosa como era mi tía Angelita, repartía el ramillete entre todos sus sobrinos y allegados. T es por esta galantería del dictador argentino que aprendimos de ella a denominarlo «Ilustre restaurador de las leyes». ¡ A h ! Con qué ansiedad e impaciente alegría, días antes, esperábamos el día de la Patria. Ese 25 de mayo de ramillete.

lia mujer del soldado
A li distinguida Sra. J. V . de L . F e b r e r o 22 de 1914.

La ruda abnegación de la mujer del soldado no tiene límites en su inmortal grandeza, porque no> es fingida ni ampulosa: es real, verdadera; no le pide al clarín de la fama que cante sus proezas de inmarcesible mérito: es sobrehumana, porque su excelsitud alcanza al ideal bárbaro de la sangre que surge de ancha herida; es sublime, silenciosa y grave, como son todas las virtudes del pueblo, de ese pueblo soldado, reconcentrado en su propia y brillante epopeya, de ese pueblo soldado que inflamado por el entusiasmo cívico, cantando marcha a la frontera de su patria invadida por un enemigo valiente y audaz, y muere retemplado por el heroico sacrificio y el honor de las armas, sin que muchas veces se comprenda el extremo de esa grandiosa virtud que únicamente en el colmo del sufrimiento y del desprendimiento de sí mismo se concibe. A la única recompensa a que aspira es a la estimación pública y a la gloria. I'ara poder formar un juicio exacto de esta protagonista de la hazaña, es necesario estudiarla en la vida práctica del rudo campamento, en la incesante fatiga de las forzadas marchas, en los azares de la batalla, en la mortificante penuria originada 15

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por la falta de las cosas más esenciales para la existencia, brutalmente asaltada por dolientes congojas, por nostalgias oprimentes, por el flagelo epidémico que invade un ejército, por las ansias estertóricas del moribundo. Cuando el soldado está solo, absorbido por sus íntimos recuerdos, y siente el mal de patria que corroe sus entrañas mostrándole entre melancólicas visiones la lejana ventura de otro tiempo que fermentó entre el aire tibio del hogar materno, y se encuentra hoy desvalido, sin amparo, entonces en su alma doliente siente en el latente desierto de su espíritu un ser que consuela su desesperación extrema: ese ser es la mujer grave, enérgica y potente, que a su lado, en silencio, sin murmurar una queja, arrostra los peligros y las penurias con su abnegación infinita; esa es la mujer del soldado, para la que no existe el reposo que dé nuevo vigor a las fuerzas fatigadas por el trabajo. Noble y leal consorte, le inspira aliento en sus desdichas, lo repone del cansancio de la jornada, mitiga el insomnio de las abrumadoras veladas de la vigilancia, y después de los bárbaros rigores de la batalla se constituye en el rudo ángel que a toda hora vela solícito por su inquieto reposo, satisface con empeño sus necesidades, preparando con prolija labor la comida, reparando y lavando la ropa: en su estoico proceder curando las úlceras de su angustia, y en esta situación de difícil prueba, la mujer demuestra en todo momento que es más fuerte que el hombre en su moral inquebrantable; más sublime, porque es ideal; más heroica, porque el sacrificio no la arredra, para soportar sin prorrumpir en un lamento, las duras pesadumbres de la vida. Todo se avasalla y se humilla ante su majestad olímpica. ¡ Cuan pequeño aparece el hombre cuando ella despliega sus alas de ángel, de ese ángel omnipotente del

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consuelo, y el ser cruel invadido por un temor desconocido se inclina reverente ante ese poder divino de la debilidad ! Ese ser intermediario entre Dios y el hombre le es superior en todo sentido, domina con el imperio del amor el universo, y todo lo grande, por más grande que sea, inclina la cerviz ante ella. Así la hizo Dios en su omnipotencia excelsa y en su sabiduría infinita, cuando le dio la dolorosa misión de propagar la especie y guiar con prolijo cuidado los primeros pasos del hombre sobre el humus de la tierra triste en esa áspera ruta de indio errante.
# * #

Es necesario sentir la sed, estar atormentado por los escalofríos del hambre, estar arrojado herido y sangriento sobre un montón de paja, devorado por la fiebre, atormentado por los calambres del cólera, gemir prisionero de un bárbaro enemigo, para sentir entonces el angelical consuelo de esa infeliz mujer despreciada que se denomina la mujer del soldado, tínica que entre las bárbaras guerras de destrucción no tiene rencores, y generosa da su conmiseración sin saber a quién la da, y luego veis sorprendido cómo estalla su corazón en una explosión de amor inconmensurable, todo por compasión al afligido, por amor a ese desgraciado proscripto del ambiente de su patria, que allá en lejana comarca vislumbra entre ahogados suspiros la triste lumbre del hogar querido, el sitio hermoso del primer amor. En medio de los más negros odios y rencores, en medio de la implacable y vil venganza, premeditada y fría, que absorbe con inclemente idea el cerebro, para idear bárbaras torturas, ante ese cuadro desolado y salvaje, se presenta con proyecciones celestes ese ser débil en apariencia y

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de una fuerza colosal, inmensa en su misión augusta. Ángel bondadoso y juez justiciero y recto, se levanta ante el hombre desfallecido e incierto y Je guía sin vacilar en su largo camino entre los zarzales del infortunio hasta que llega a las puertas del sepulcro, y lo deja allí envuelto en el sudario de sus lágrimas. Entre sus excelsas virtudes sobresale la modestia. Jamás hace alarde de su grandeza; cualquiera diría que ella no comprende la gloria y la importancia de su benéfica misión sobre la tierra; allí, irradiada por la luz olímpica del renombre, eleva majestuosa la piedad, esa divina misericordia del buen cristiano que alivia los pesares y sufrimientos del desvalido, que destrozado y sangriento palpita apenas entre despojos de muerte y de infelices heridos gemebundos. * * * Es necesario tener algo de soldado para que estas mujeres incultas de campamento tengan el fuego sagrado del alma del héroe, del paladín de la hazaña; y si Alfredo de Yigni, en una explosión de patriotismo, exclamó: « y o no conozco nada más grande que el corazón del soldado», ¿ qué no hubiera dicho si conociera lo que he presenciado en los rasgos preeminentes de la mujer argentina que acompaña al soldado en sus penurias, dolores y privaciones, era sus crueles enfermedades, en los momentos terribles de las batallas? * * * Cuando en vuestro tránsito de guerra, en ese derrotero fatigante de las marchas, paséis próximo a la fosa recién cavada, donde entre la tierra removida encontraréis una cruz hecha con ramas

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de un árbol cercano, sabed que esa cruz de los pobres marca la etapa augusta y final de un héroe ignorado, y a esa mujer que veis allí inclinada sobre esa miserable tumba, a esa mujer cobriza por los rigores del sol y marchita por las faenas que han destruido su belleza, y desaliñada por la miseria de su vida, abridle las puertas de vuestro corazón y dedicadle toda la piedad que encierra ese noble santuario de las almas puras; recordad que esa viuda fué la compañera del soldado, y que para esta hija de] infortunio no existe la herencia de la gloria de su infeliz consorte... ¡Desdichada! Llora amargas lágrimas, clamando por aquel que no volverá más, que ya no le ayudará a sobrellevar con enérgica resignación la pesada cruz de la amarga existencia. j A h ! Sólo en las sombras del sepulcro encontrará el alivio a sus males; en ese río Leteo que borra las crueles penas de la vida.

Jorge flecabery
El heroísmo sólo nace en la casta de los bravos.

Hermosa estampa de argentino intrépido era Jorge Newbery. Si se hubiese aplicado su audacia y su coraje al campo de batalla habría sobresalido en grado heroico; los reflejos de su inmarcesible gloria iluminaran el teatro de su titánica acción. Esa valentía serena, imperturbable, que arrostra impávida los variados percances de una existencia inquieta, en perenne tensión muscular, que sólo se detiene ante la inercia de la tumba, pertenece a los corazones temerarios, esos estoicos de coraje frío, respetados y admirados por el orbe, que siempre tienen por majestuoso escenario el teatro de las grandes acciones, excepcionales, por ser únicos en ]a abnegación y el sacrificio de su misma existencia, y es por eso que un hombre intrépido, domina con su audacia homérica cualquier situación en que el riesgo inminente hace vacilar tímido al espíritu de conservación, y produce el pánico desolador y el abatimiento, en la que- el hombre se transforma en un ente pusilánime que inspira alguna vez, segiín el caso, el desprecio o la compasión de los magnos corazones. En el juicio que inspira este valeroso joven, habrá que considerar que su empresa no fué inspirada por el vértigo de la aventura, sino por el

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fuego sagrado del patriotismo. Quiso, como el cóndor de los Ancles, ser señor feudal de la altura, y envuelto en los pliegues de la bandera de viejo renombre, como para que en el mundo se pregonara la fama de que un ciudadano argentino, un ciudadano de esa patria que él tanto amaba, babía sentado su garra de altiva, y majestuosa águila, sobre los niveos riscos más elevados del mundo, sobre aquellas aterradoras montañas que han sido inmortalizadas por un gran capitán, esas moles inmensas de granito, que hunden su negra planta en profundos e insondables abismos, cuyo eco lastimero y solemne, repercutiendo de cumbre en cumbre, anuncian al hombre la imposibilidad de penetrar los arcanos de la negra sima.
# * *

El infortunado y terrible desenlace de una empresa aventurada que al mundo habría asombrado, ha cubierto de luto a los conciudadanos del valiente aviador que tanto lo admiraban. La aviación, esa quinta arma del ejército, a pesar de su luctuoso renombre, escrita con la sangre de preclaros fanáticos del progreso, a pesar de los dolores que esparce en su rata de peligros y de angustias, no detendrá nunca su fatal curso hacia adelante. Numerosas son sus abnegadas víctimas; mas la sangre de los mártires del perfeccionamiento humano es sangre que fructifica la proeza; es como las fuerzas de Anteo, en su lucha con el coloso de la fuerza, que al contacto de la tierra renacían nuevamente; así, los héroes del infinito, en el roce con el ambiente enrarecido que limita la pertinaz investigación del hombre, harán renacer otros héroes, pues nunca la muerte aterró

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al argentino, estoico en el cumplimiento de su sagrada misión sobre la tierra. Y mientras existan corazones valerosos y desprendidos del egoísmo humano, se ha de reproducir la hazaña, confortada por la abnegación, que estima con imperio absoluto el sacrificio, a pesar de los mortíferos desplomes, de la horrible perspectiva de caer sobre un picacho que se pierde en las nubes, cubierto de nieve, y allí sucumbir atado a su destino, como un nuevo Prometeo que ha querido robar al cielo su misterioso secreto. Pero cambiarán los tiempos, y podrá muy bien suceder que lo que hoy consideramos una arriesgada aventura, se transforme en un viaje aéreo, el más rápido y desprovisto de peligro. Los adelantos de la civilización moderna romperán el misterio del futuro: tiene por grandioso lema ¡ Adelante! ¡ Adelante! * * * No en vanó el pueblo ha querido demostrar su íntimo sentimiento, su profunda e inalterable pena en las grandiosas manifestaciones a él dedicadas; Jorge Newbery no era el muerto vulgar que, con más o menos sentimiento se acompaña al sepulcro: este intrépido joven constituía el lazo internacional, el noble representante de una idea magna: iba a cruzar con esforzado aliento el majestuoso Ande, cual mensajero del intenso afecto argentino al pueblo hermano; y ese hermoso Chile lo hubiera recibido con los brazos abiertos, cuando el viajero aéreo le hubiera descubierto el profundo secreto del genio de los Andes; ese genio infernal que sintió suprema alegría al sentir el retumbo del cavernoso desplome, al sentir en fruición ini-

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cua que el temerario había sucumbido antes de realizar tan osada empresa. ¡ Alma excelsa! tu sombra vagará siempre entre los altos ricos del nevado Ande como un fantasma de leyenda que nos señala el ejemplo de una hazaña sellada por la abnegación y el sacrificio de sí mismo por la gloria de su patria.

Sobre a o libro

(1)

B u e n o s A i r e s , d i c i e m b r e 10 d e 1909.

Señor general don Ignacio H . Fotheringham. Presente Mi distinguido y viejo a m i g o : T o he titulado su libro « Comentarios de un bravo», sin que por eso pretenda hacer un parangón entre usted y el vencedor de la Galia, aunque esté convencido que en sublime coraje se igualaron. Cinematógrafo heroico son esas páginas en llama, donde cuarenta y cuatro años una raza de intrépidos se revuelve sin cesar, enardecida y temeraria, llevando siempre con honra la invicta enseña y resolviendo con más o menos maestría todos los principales problemas de la guerra. Sucesivamente, en el desfile continuado de la temeraria, lid, vemos impasibles a los nuevos combatientes tomar su lugar; vemos allí con melancólico orgullo que se cierran los grandes claros de la metralla y de la lanza: los viejos con los viejos, los jóvenes con los viejos o los jóvenes con los jóvenes, y así va la danza macabra al son de entusiastas fanfarrias descalabradas y gritos de audacia ; esa danza macabra turbulenta, que en el largo
(1) La vida de un soldado. (Reminiscencias de la frontera.)

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transcurso del tiempo ha señalado un punto culminante en su historia que ha de ser siempre reflejo deslumbrador de la existencia agitada de una época que espera a su Homero y que será siempre gloria indiscutible del actual ejército, cuyos distinguidos jefes y generales allí se formaron y tomaron por lema las virtudes militares de sus predecesores, aquella abnegación tan grande de la que se hacía lujo a cada instante, aquella paciencia sublime de la constancia que alegre acortaba la eternidad del tiempo en aquellas campañas interminables, y del ardoroso arranque no hablo, porque usted sabe muy bien, mi querido general, que es vanidad nacional. No habrá quien no lea su libro sin sentir el corazón caliente ante tan conmovedoras páginas. Allí vibra el alma arrojada y temeraria del pueblo, el alma del soldado sólo igualada por un ideal grandioso: es la elaboración lenta y pertinaz del monumento imperecedero del ejército construido con la masa fulgurante que vibra con eterna vida en el ambiente de la patria. Es cierto que allí no se nombran, ni figuran todos y algunos muy someramente en hechos resaltantes, como un suceso de éxito indiscutible ejecutado por quien esto escribe; pero eso sería casi imposible; el cuadro panorámico destacándose en la montaña y en el llano abrasaría con reflejos de sol el infinito de la extensión, y si acaso los héroes ignorados no tienen historia, en cambio están una buena parte de los eximios representantes de ese pasado que usted con tanto orgullo invoca; son lo bastante para demostrar como en ese duro yunque se forjaban las virtudes guerreras de una época. ¡ Qué tiempos aquéllos, mi querido amigo! en que la situación normal de la comarca argentina era la guerra constante, y bárbara alguna

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vez, y en ciertas circunstancias sin cuartel, como en la contienda sin sueño contra el indio; escandalizada la paz no sabía dónde meterse: temía que fuera afrentada de cobardía; mas en aquel escenario de continua lucha se formaron como jóvenes oficiales, lo repito con verdadera satisfacción, los dirigentes del actual ejército. T o admiro su pluma magnánima y leal; ya nos lo dijo el antiguo sabio, el horror que le inspiraba un ingrato; la grandeza de su alma es notable; sus compañeros de armas merecen por lo menos que se los rememore, pero usted hace más: los engrandece recordándolos con afecto; muy diferente a otros altivos egoístas que guardaron silencio sobre hechos a cuyos actores debieran estar ligados por el reconocimiento. En muy raros acontecimientos habrá en su libro divergencia de opiniones; pero mi modo de -encarar los sucesos no quitará nunca el mérito positivo de tan brillantes páginas. Admiro su vigor intelectual; veo que está intacto, aunque la ley de retiro lo haya envejecido, pero por lo menos nos deja el honor del uniforme y la gloria si llegase el caso de morir en el campo de batalla gritando: ¡ Adelante, muchachos! ¡ Viva la patria! Su camarada y amigo
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flelaraeión sobre la batalla de San Ignacio
M o n t e v i d e o , octubre 6 de 1908.

Señor general José I . Garmendia. Buenos Aires. Distinguido señor General y amigo: Mi hermano, el doctor Mariano J. Paunero, me escribe que me ha disculpado con usted en no haber contestado por mi enfermedad a su atenciosa carta de agosto 26 del corriente año. Mi objeto ha sido, únicamente, llevar a su conocimiento el error consigmado en la biografía que se dignó usted hacer del general Paunero. En mi anterior de agosto 18, creo haberle explicado el movimiento emprendido desde San José del Morro por el Ejército del Interior, excusándome de entrar en otras explicaciones por los vínculos que me ligan al Comandante en Jefe de aquél y que los historiadores juzgarán en su faz militar. Comparto con usted la opinión de la brillante, como brava y decisiva actuación del Batallón 6 de Línea en aquella batalla, no siéndolo menos la del valiente Yvanouski con su brigada de infantería, compuesta de los batallones San Luis y Men-

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doza, que atacaron y tomaron toda la artillería enemiga, apoyada y defendida por dos batallones de infantería, la del Mayor Liendo al mando del batallón San Juan que, formado en cuadro a la izquierda de la línea, contuvo las cargas de la caballería enemiga, como el 1.° de caballería de línea con el coronel Segovia, que sostuvo la reputación adquirida en los sangrientos combates del Paraguay. He acompañado a los generales Paunero y Arredondo, formando entre los ayudantes en la recorrida que hicieron al campo de la acción en las primeras horas del día siguiente, cuando se recogía a los heridos y sepultaba los muertos, dibujándose por los cadáveres en línea, bien marcada, la famosa carga a la bayoneta del batallón 6 de línea, como en los demás puntos donde el combate fué rudo para los otros batallones, oyéndole decir al general Paunero, dirigiéndose al general Arredondo, que, dada la posición de nuestras fuerzas, el desarrollo de la lucha tenía muchos puntos comparables con la batalla de la «Tablada», ganada por el general Paz a Quiroga y sus montoneras, y si mal no recuerdo, se lo consignó así en carta escrita al general Mitre, entonces Presidente de la República. El ejército atacante, surgido de la revolución estallada en Mendoza en noviembre de 1866, de la cual fué el alma y nervio Carlos Juan Rodríguez, hombre inteligente y de vasta actuación política en la época del Gobierno del Paraná en su Congreso, como en la provincia de San Luis y campaña sobre San Juan, que terminó en la batalla del «Pocito», se batió con arrojo y decisión, siendo en su mayor parte compuesto de voluntarios, el que se formó en sus comienzos en Mendoza al mando del coronel Videla, quien atacó y venció al de San Juan en la batalla de «La Rin-

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conada», al que le agregaron los prisioneros de ella y sublevados de los piquetes de las fuerzas de línea en la frontera sud, con más las fuerzas puntanas con que contribuyó San Luis a aumentarlo. A su frente se puso como Comandante en Jefe al general Juan Saá, quien llegó el día anterior a la batalla—31 de marzo,—desde Chile, donde se hallaba expatriado. La infantería era mandada por el coronel Vi déla, y la caballería por el coronel Felipe Saá. Esa revolución y campaña fué simpática en las* masas populares de las provincias de Cuyo, que creían, triunfando, verse libres de la guerra del Paraguay, la cual les era completamente antipática, a la que contribuían con contingentes forzados, enviados por los Gobiernos a aumentar el Ejército Nacional, y si a ello se le agrega los elementos que existían latentes de los caídos de la Confederación que las explotaban, le confirmará cuanto consigno en ésta, y cuyo punto debo, asimismo, dejarlo comprobado, y pueda formar usted un juicio exacto sobre esa campaña. Aun más, en nuestra retirada desde el río Desaguadero al río Cuarto, con la pequeña columna con que se inició la intervención, no éramos más dueños en la mayor parte de las veces, que del terreno que pisábamos, por la hostilización de los montoneros, y llegó momento, como sucedió una noche, que los desertores que teníamos se separaban, haciendo fuego sobre sus oficiales, como lo efectuaron en una guardia avanzada del 4.° de caballería de línea, ciiyo regimiento quedó reducido a sesenta hombres, por ser él compuesto de púntanos. Muy agradecido a la inmerecida gentileza de aprecio personal que se digna hacerme en su carta, la que estimaré siempre en todo su valor, es-

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pero en ésta sus órdenes con toda mi mejor voluntad, atento compatriota aíf. S. S.,
W. PAUNERO.

M o n t e v i d e o , agosto 18 de 1908.

Señor general don José I. Garmendia. Buenos Aires. Estimado señor General : Recién hoy me es dado, por diversos motivos, a pesar de mi buena voluntad, cumplir con la promesa que le hice a usted de dirigirle algunos apuntes históricos, cuando aun era jefe del Estado Mayor General del Ejército, el día que con nuestro común amigo, el doctor José M. Bustillos, tuvimos el gusto de verlo en su oficina y hablar incidentalmente sobre la campaña al interior de la República, en 1867, siendo ella llevada y ejecutada por mi padre el señor general Wenceslao Paunero como Comisionado Nacional y Comandante en Jefe del Ejército del interior, a consecuencia de la revolución estallada en Mendoza, en los críticos momentos en que nuestro país se hallaba empeñado en una guerra extranjera. En su obra « L a Cartera de un Soldado», en la biografía que usted hace del general Paunero, en la página 289, consigna usted lo siguiente: «Se le ha hecho el cargo de haber vacilado alguna vez en sus disposiciones y no concurrido oportunamente al campo de batalla de San Ignacio con el grueso de sus fuerzas, como pudo hacerlo al tener conocimiento de la crítica situación de las fuerzas del

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general Arredondo, que contrariando instrucciones recibidas (según se ha dicho), libraba una batalla desesperada contra las fuerzas insurrectas.» Nada más erróneo. Alguna vez se me dijo que algunos malquerientes de ambos Generales habían propalado tal aserción; pero nunca la había visto consignada en la publicidad. Más adelante le probaré, General, que el general Arredondo, (no contrarió las instrucciones recibidas, y que la batalla de San Ignacio fué obra sujeta al desarrollo de esa campaña. La batalla de San Ignacio tuvo lugar sobre las barrancas del mismo nombre, en el río Quinto, próximo al camino carretero de Mercedes a San Luis el día 1:° de abril de 1867, a las seis y media de la tarde, donde se hallaba campado el general Arredondo, quien fué atacado por las fuerzas enemigas. _ El general Arredondo, segundo jefe del Ejército, cuando emprendió su marcha de San José del Morro hacia la Villa de Mercedes, tenía a sus órdenes una fuerte columna que componía más de la mitad del Ejército del interior, formada por los batallones 6 de línea, San Juan, Mendoza, San Luis; los regimientos de caballería de línea 1, 4, 5, 7 y 8; cuatro piezas de artillería de campaña": no estando de más consignarle, señor general, que esos cuatro batallones estaban montados, lo que les daba una gran movilidad, y cuya tropa en toda su totalidad había hecho la guerra del Paraguay, de donde se le trajo en esos días, para reforzar las escasas fuerzas leales que se hallaban campadas en Río Cuarto, después de la retirada emprendida del río Desaguadero, a consecuencia del desastre de la «Rinconada» en San Juan y avance del enemigo sobre San Luis y Frontera de Córdoba, contenida en parte por los combates de «Los Loros» y « E l Portezuelo». 16

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Esos batallones y regimientos de línea que componían la columna del general Arredondo, t e n í a n por jefes a soldados de talla y valor probado y que lo eran Ivanowski, Segovia, Tseas, Benavídez, Campos, Liendo y otros inferiores, cuyos nombres no recuerdo por el momento. Lo demás del ejército, a cuyo frente estaba el general Paunero, lo formaban los batallones 2 y 5 de G. G. N. N. de Buenos Aires, de la división Conesa, 5 y 7 de línea, regimientos de caballería 2 de línea y G. G. N. N. de Junín, ocho piezas de artillería de campaña y un gran convoy compuesto de doce carretas tiradas por bueyes, que conducían armamento, equipo, municiones, botiquín, etc. Esos cuatro batallones estaban a pie y así hicieron su marcha en toda la campaña desde Fraile Muerto ( h o y Belle Ville) hasta Mendoza, y sobre lo que me permito llamar la ilustrada atención de usted. El Ejército del interior, compuesto de las fuerzas que anteriormente consigno, y cuyo total era aproximadamente de 4,000 hombres, inició su avance desde R í o Cuarto hacia San Luis, quedando su retaguardia cubierta en ese punto por la división Buenos Aires al mando del general Conesa, como jefe de la reserva del mismo ejército, por los sucesos políticos que acababan de desarrollarse en Córdoba y que tenía sus ramificaciones revolucionarias en la mayor parte de la República, elaboradas después de Curupaytí. El 28 de marzo, campado todo el ejército en San José del Morro, provincia de San Luis, y en una conferencia que tuvieron los generales Paunero y Arredondo, a las S p. m., en la carpa del primero, la que f u é presenciada y oída por el secretario mayor López Torres, el que esto escribe y creo que t a m b i é D por el entonces teniente primero Benigno Eerreira, actual general del Pa-

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raguay, que estábamos en la Secretaría y éramos ayudantes de campo del Cuartel General, convinieron fraccionar el Ejército en dos cuerpos, operar rápidamente sobre Villa Mercedes de San, Luis, abandonada al robo y al cautiverio de 500 indios ranqueles, que formaban parte de las fuerzas rebeldes de la columna allí estacionada, persiguiendo a la vez el propósito de comprometerlas a un combate o arrollarlas baeia el grueso del ejército enemigo, situado en San Luis, en la aguada de «Los Pujíos», dos leguas de dicha ciudad, al que se quería atraer sobre cualquiera de estos dos cuerpos de ejército. El general Arredondo, con las fuerzas del ejército a sus órdenes, compuesto de los cuerpos que he consignado más arriba, salió en la madrugada del día siguiente, 29, en dirección a la Villa de Mercedes. El mismo día (29 de marzo) continuó el general Paunero la marcha desde el Morro, al frente de las fuerzas restantes del Ejército, hasta campar frente al Paso de las Carretas, a orillas del río Quinto. El día 1." de abril, a las 2 p. m. más o menos, los vaquéanos del ejército, que se hallaban destacados a su vanguardia, dieron el parte de que se levantaban grandes polvaredas en dirección, primero, de «Los Pujíos» por el Alto Grande, hacia el paso donde campábamos- después, a las 2 y 50 p. m. repetían que aquéllas seguían la dirección del camino hacia Villa de Mercedes; al primer aviso, el general Paunero hizo formar inmediatamente la infantería, montar la artillería y caballería, como movilizar el convoy de carretas para pasar el río Quinto, como se hizo. Se estaba en esa operación, cuando llegó el capitán Feliciano Fernández, ayudante de campo del general Arredondo, a transmitirle verbal-

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mente, de parte del mismo, que habiendo el enemigo reconcentrádose hacia San Luis y queriendo hacer descansar ese día (1.° de abril) a la tropa, campaba en San Ignacio, debiendo incorporarse al día siguiente (2 de abril) al resto del ejército en el Paso de las Carretas. El general Paunero ordenó en el acto el regreso del capitán Fernández, llevándole al general Arredondo la noticia de que se ponía en marcha, como lo hacía en ese momento, con el resto del Ejército, porque él enemigo parecía, por la última dirección, que llevaba y transmitían los vaquéanos, iría a atacarlo. Este oficial llenó su cometido y los subsiguientes partes de los vaquéanos confirmaron la operación. Es de tenerse presente que desde el «Alto Grande» hasta el Paso de las Carretas en el río Quinto hay la distancia de 5 leguas, gran descenso de terreno y cerrilladas con montes de caldén, en la orilla del río, que no permite divisar bien los objetos sino a pequeñas distancias, cubierto todo el campo de arbustos espinosos en todo el curso del río, y que al cruzarlo en la línea más directa posible el ejército, cuando se marchó en auxilio del general Arredondo, quedó nuestra infantería, que marchaba a pie, con la ropa completamente deshecha. Los caminos en esos parajes son pocos y precisos. El general Paunero pasó el río Quinto a las 2 y 50 p. m. con su infantería a pie, con el agua a la cintura, dejando el convoy de carretas y toda la artillería al otro lado, protegida por el batallón 5 de línea, marchando, como se ve, con sólo tres batallones y los dos regimientos de caballería, con toda la celeridad que el caso requería. Eecuerdo perfectamente que al cruzar el río íbamos inmediatos al General, con el inteligente cuanto malogrado secretario López Torres, y al

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acercársele el teniente coronel Miguel Martínez de Hoz, jefe de los batallones 2 v 5 de Buenos Aires, a pedirle órdenes, le dijo el general: « V o y , comandante Martínez de Hoz, en auxilio de Arredondo, como el general Bousquet con las tropas francesas en la batalla de Tnkerman, en Crimea, en socorro de los ingleses atacados en sus campamentos por los rusosJ. ¿ H a y parecido, general Garmendia, en el recuerdo histórico militar, que en aquel momento solemne evocaba el general Paunero? Espero que si se digna contestarme lo apreciará en todo su valor. El general Paunero siguió su marcha, costeando la orilla sud del río, acortando toda la distancia posible, y durante esa tarde se distinguieron perfectamente los disparos de la artillería e infantería del combate que se libraba; se habría caminado legua y media más o menos, cuando se vio la dispersión lejana de la caballería del enemigo hacia San LuiSj como se les hizo prisioneros de infantería que confirmaban su derrota. En ese momento despachó por la orilla opuesta del río al mayor Salvador Maldonado, su ayudante de campo, a confirmarle al general Arredondo nuestra aproximación y a felicitarle por el triunfo. La prueba la tiene usted en la carta número 4, escrita a media noche del 1.° de abril, día de la batalla, en que el general Arredondo le dice: «Le agradezco sus sinceras felicitaciones y me despido de usted con un fuerte apretón de manos». ¿ Tenía o no conocimiento el general Arredondo de la aproximación del general Paunero y su columna? Así se marchó esa tarde y parte de la noche hasta recibir del general Arredondo el parte y carta del mismo, dando cuenta del resultado de la batalla de ese día, que bajo los números 3 y 4 acompaño a la presente. Hay que tener en cuenta que el mes de abril es otoño y los días son ya cortos.

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Después de recibir ese parte y carta del general Arredondo, dio un descanso a la tropa, que como ya lo he dicho, iba con toda su infantería a pie y bastante fatigada por la rápida marcha, incorporándose al primero en la madrugada del día 2 y en la cual la caballería de nuestra columna, al mando del coronel López, atacó y dispersó a los indios ranqueles, que huyeron en dirección al Desierto y se hallaban a distancia de una legua más o menos del campo de batalla, siendo la única fuerza que quedó hecha al Ejército enemigo. El ejército atacante había efectuado una marcha rápida y forzada en la noche del 31 de marzo para poder combatir el 1 de abril, lo que debe tenerse em, cuenta por la distancia a que se hallaba de los dos cuerpos del ejército del interior. El general Arredondo fué, puede decirse, casi sorprendido y atacado por el enemigo que, sin embargo, le dio el tiempo necesario para formar y tender su línea, apoyado en las grandes barrancas del río Quinto, quedando así completamente cubierta su retaguardia, gran ventaja que le permitió rechazarlo y batirlo con el valor probado de él, los jefes de la talla que tenía a sus órdenes al frente de nuestros valientes batallones y regimientos de caballería, traídos del Paraguay, que formaban más de la mitad del Ejército del interior, ese día a sus órdenes. Al campar en San Ignacio el general Arredondo, tenía tal seguridad de que no había fuerzas enemigas cerca, que sólo había desprendido a su frente, a distancia de 15 cuadras, una pequeña partida del 4 de caballería de línea al mando del capitán Peñiñore, la que fué arrollada, batida y casi exterminada, en dirección a su campamento, y en la marcha de nuestra columna encontramos e] cadáver de este digno oficial y el de alguno de sus soldados, en nuestra in0

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corporación al general Arredondo, en la madrugada del 2 de abril. Como se ve, el resto del ejército que operaba bajo las órdenes de] general Paunero acudió presuroso con él, horas antes de oir el cañoneo del combate, avisando anticipadamente al general Arredondo que el enemigo lo atacaría, y que en la página 291 de su obra citada hace usted críticas a la conducta del primero, en esa campaña, lo cual no deja de ser una injusticia. He permanecido algún tiempo residiendo en la provincia de _ San Luis, y allí tuve ocasión de estrechar amistad con el coronel donde Felipe Saa, uno de los principales actores en esa batalla, que tenía a su mando toda la caballería enemiga, caudillo de valor prestigioso entre los púntanos y hombre superior, justo es decirlo, para su época, quien me aseguró que atacaron al general Arredondo en San Ignacio porque creían que tenía una pequeña columna a sus órdenes, agregándome que derrotándolo, el plan de los jefes de la insurrección era seguir inmediatamente sobre la provincia de Córdoba, acercándose al litoral, no comprometiendo combate con la columna del general Paunero, que la creían muy fuerte, dejando en ese caso ligeras fuerzas que la hostilizaran, y confirmándome que el día de la batalla fué de un efecto desastroso en las fuerzas atacantes la noticia de que este General marchaba en auxilio del general Arredondo, por lo que al ser rechazadas se pronunció la total dispersión de ellas. Las adjuntas copias, cuyos originales existen en el archivo del general Paunero. en poder de mi hermano el doctor Mariano J. Paunero, arrojan plena luz sobre cuanto consigno en ésta. Ellas son: 1. Carta del general Arredondo, datada en Villa Mercedes; marzo 29 de 1867.
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2. Carta del general Paunero, en marcha, R í o Quinto; marzo 30 de 1867. 3. Primer parte del general Arredondo; 1.° de abril, a las seis y cuarto de la tarde. 4. Carta del general Arredondo al general Paunero; 1." de abril, a media noche. El parte anterior núm. 3 y carta núm. 4, se recibieron bajo el mismo sobre, a la madrugada del día 2 y son escritas de letra del entonces teniente coronel Luis María Campos y firmadas por el general Arredondo. El plano también adjunto le demostrará más claramente las operaciones del Ejército del interior, al iniciar desde San José del Morro su avance sobre el enemigo, lugar donde se libraron los combates de «Los Loros» y a El Portezuelo», como la batalla de San Ignacio, y que el general Arredondo marchaba buscando la incorporación del resto del Ejército en el Paso de las Carretas. Otro punto que quiero dejar bien constatado es el siguiente: Que durante esa campaña hasta su terminación, las relaciones entre los generales Paunero y Arredondo fueron siempre cordiales, como consta de las notas oficiales y correspondencia particular de ambos, existentes en el archivo del primero; que posteriormente el desarrollo de la elección presidencial de entonces algo las enfriara, es asunto completamente independiente de aquélla. En las Memorias de Guerra de esa época, 1< ('° y 69, encontrará usted publicados todos los documentos oficiales referentes. Concluyo esta exposición, pidiéndole a su ilustración se digne subsanar e interpretar las deficiencias de esta verídica narración, saludándolo su atento compatriota, affo. S. S.,
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COPIA N.° 1 Señor general don Wenceslao Paunero. = Villa Mercedes, marzo 29 de 1867. = Estimado general. = Hoy he llegado a este punto a las cinco de la tarde, y esta demora ha sido debida al malísimo estado en que están las caballadas, pues antes de haber andado cinco leguas venían quedándose cansadas en un número considerable, y esto es debido más que a su flacura, al poco y mal alimento que ha podido dárseles. = He dejado un piquete para que recoja todos los caballos que he dejado cansados, los que con un día de descanso y buen, alimento me volverán a servir en la marcha que emprenderé infaliblemente pasado mañana. = Siento que no haya venido todo el Ejército por este punto, pues con los excelentes pastos que tienen los potreros de este pueblo se habrían refrescado un tanto, como tendrá lugar con los que llevo. Los enemigos indios han abandonado este pueblo antes de ayer y se han incorporado a Saa, que hoy se encuentra en el río Quinto • el número de éstos se calcula en ochocientos hombres, y los indios en seiscientos, y la dirección que llevan es a San Luis. = Según todos, van los montoneros muy des= moralizados, y tan es así que el «Pontífice» de los revolucionarios ha creído necesario hacerse custodiar por los indios, importándosele muy poco que en su retirada vayan arrasando por donde pasan, halagándoles con decirles que lleva usted un convoy lleno de dinero, con el que serán pagados en San Luis, donde segiín éste nos ya a pelear. = Me felicito tanto más en haber venido a este desgraciado pueblo, pues hoy los indios se tienen que retirar por Várela, cuya circunstancia les privará acabar de saquear y cautivar a este pueblo, como

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han hecho hasta ayer grupos de indios que se han vuelto con sólo ese objeto. = El conductor de la presente es hijo del juez de paz que nombraron los federales en este pueblo, quien por más seguridad lo dejo preso hasta el regreso del chasque. = Su affmo. amigo. = Firmado. = / . Arredondo. COPIA N.° 2 Cuartel general en marcha, Río Quinto, marzo 30 de 1867. = Señor coronel don José Arredondo. = Estimado amigo. = Son las dos de la tarde, hora en que acabo de campar frente al paso de este r í o ; una legua antes de llegar recibí su apreciable carta fecha de ayer, cuyo conductor ahora lleva esta mía. = Algunas fuertes partidas del enemigo se avistaron dos horas antes de campar y supuse que intentaría Saa ofrecerme un combate, disputándome el río. = l í o me brindó una oportunidad tan brillante para hacerle apretar el gorro una vez más, y en este momento me informan que el caudillito dejó hoy San Ignacio y se ha dirigido hacia los Cerrillos. = La partida que avistamos componían las fuerzas de Torres, quien ha tomado la misma dirección. = En cuanto a caballos me encuentro en situación muy semejante a la de usted, tal vez peor, de modo que le aguardo pasado mañaina para conferenciar. = Tengo la caballada del coronel López y las muías de la artillería en unas chacras de maíz y apenas dan pasto para mañana. = Creo como usted que las fuerzas enemigas están muy desmoralizadas y que sufren deserción, y sobre todo opino que los indios no los acompañan sino hasta San Luis y podremos nosotros empujar hasta allí. = Lo dudo mucho. = En fin, esta es cuestión! que la resolveremos pasado mañana, porque no debo contar con usted mañana.

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= He dado veinte pesos al portador. = Le acompaño una comunicación para el coronel Conesa, volando y con toda seguridad despáchela usted a su título. = Sin más por ahora, me repito de usted affmo. amigo. = Firmado. = W. Paunero. COPIA N.° 3 El segundo jefe del Ejército del interior. = 1.° abril, seis y cuarto de la tarde. = A l Excmo. señor Comisionado Nacional Comandante en Jefe del Ejército, general don Wenceslao Paunero. = Tengo el honor de comunicar a V . E. que acabo de derrotar el fuerte ejército de los montoneros, cuyo número ascendía a 3,500 hombres, compuesto de cinco batallones de infantería, diez piezas de artillería y dos quinientos (1) de caballería. = Habiendo huido en todas direcciones después de un reñido combate de más de tres horas han dejado en mi poder siete piezas de cañón, un considerable número de fusiles y sesenta prisioneros. = Las pérdidas de ambas partes han sido considerables, y por la hora avanzada no ha sido posible capturar los infantes que dispersos tomaban la dirección de San Luis. = Según los datos de los prisioneros, los jefes que han venido mandando son Juan y Felipe Saa, Rodríguez, Viñas, Videla, Flores y Ayala. = Con conocimiento de los partes que pasen los jefes de cuerpo, tendré el 'honor de pasar a V. E. el parte detallado de esta jornada, en que las fuerzas a mis órdenes han cumplido debidamente con su deber. = Dios guarde a V. E. = Firm a d o ^ / . Arredondo.
(1) ¿Habrá querido consignar mil quinientos? Este parte lo amplió después muy detallado y se halla publicado en la Memoria de Guerra de 1868.

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COPIA N.° 4 Abril l.°, a media noche. = Señor sreneral don Wenceslao Paunero. = Mi querido General: Recibí la suya, y por el mismo individuo le contesto, haciéndole presente que es de gran urgencia la presencia de los médicos, pues tengo muchos heridos. = Mañana en su marcha creo que sería conveniente que destacara partidas de caballería en dirección a San Luis para apoderarse del mayor número de la infantería que huye por ese lado buscando la agua.-= Por aquí no hay más fuerza que una poca caballería que la manda un Lucero y que está en la dirección de la Villa de Mercedes. = Si así debuta el padre de los «Pontífices, Juan Saa», no le auguro una buena carrera. = Le agradezco sus sinceras felicitaciones y me despido de usted con un fuerte apretón de : suyo. = Firmado. = J . Arredondo.

COPIA
Buenos Aires, agosto 26 de 1908.

Sr. Wenceslao Paunero. Mi distinguido compatriota y amigo: Está en mi poder su hermoso trabajo que mucho le honra, y que salvando la responsabilidad de su ilustre padre, hace una descripción clara y precisa de los acontecimientos que precedieron a la batalla de San Ignacio. Ahora necesito, estudiando el plano que usted

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me remite, que me explique ciertos movimientos estratégicos que en mi opinión entrañan un error. 1." El Ejército, partiendo de San José del Morro, forma dos líneas de operaciones: San José del Morro y Mercedes (Arredondo) ; San José del Morro y Paso Carretas (Paunero), y va separándose hasta una distancia mayor de doce leguas, de modo que el enemigo que se ha encontrado en Los P U J Í O S puede batir en detall a una de las dos columnas,, como sucedió con el general Arredondo, que estuvo a un paso de su pérdida, como usted bien lo sabe. Mientras usted no me explique la causa de esta separación, le diré que considero un error estratégico que casi pudo traer un contraste. 2.° Por su exposición se ve que el general Arredondo estaba mal anoticiado cuando su ayudante el capitán Fernández le trae el parte erróneo al general Paunero, exponiéndole que el enemigo se ha reconcentrado hacia San Luis. El que estaba en lo cierto era el general Paunero, que suponía que Saá iría a atacar a Arredondo. 3.° El enemigo de Los P U J Í O S toma por línea de operaciones Chorrillos y Alto Grande, marchando paralelo de San Luis a Mercedes y pasando a cinco leguas del flanco derecho de Paso Carretas; en seguida se inclina al Noroeste y cae sobre San Ignacio; esta marcha es de quince leguas más o menos y la considero de gran mérito estratégico. 4.° Si en la batalla de San Ignacio el general Arredondo fué sorprendido, y hubiera perdido la batalla, su responsabilidad hubiera sido muy grande, porque un General jamás debe ser sorprendido ni en el día ni en la noche, porque la exploración lejana debe abarcar un radio tan extenso que le dé algunas horas para prepararse al combate. Si el general Arredondo no fué sorprendido

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y dio el combate porque le pareció bien el partido, su responsabilidad aun era mayor, porque teniendo todas sus fuerzas montadas, en dos horas pudo haberse reunido al general Paunero, tiempo que una exploración llevada como lo aconseja cualquier reglamento pudo haberse anunciado al enemigo con mucha anticipación, mas, que una vez conocida por el general Paunero la situación del general Arredondo, iniciaba su movimiento hacia San Ignacio. Usted sabe perfectamente que la victoria de San Ignacio fué el resultado de una paradoja bélica. La carga en batalla del batallón 6 de línea en un campo dominado por la caballería enemiga; lo que quiere decir, apoyado por los acontecimientos que precedieron a la batalla, que nunca el ejército del general Paunero debió dividirse, porque para juzgar un resultado favorable a un plan militar no hay que tener en cuenta los favores de la audacia o de la casualidad. Así en mi modo de ver, mientras usted no me explique con más claridad estos acontecimientos, le diré que a primera vista la crítica converge a dos puntos: 1.°, la separación del ejército del general Paunero en dos líneas de operaciones, que trae por consecuencia que una de estas columnas sea batida en detall; 2.°. la batalla de San Ignacio en que, estudiada bajo el punto de vista militar, fué ganada por la audacia encarnada en la casualidad. Deseo que estos ligeros apuntes al correr de la luma los tome como una manifestación de aprecio acia su persona, de su seguro y afectísimo servidor, (firmado) José Ignacio Garmendia.

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Iniciativa en la guerra
Alguna vez el temor de las exageraciones, a que somos tan propensos, nos hace hasta cierto punto ser medidos en proclamar principios militares que son reconocidos como esenciales en la guerra moderna. Si acaso la iniciativa mal interpretada es un peligro, en cambio la inacción sin criterio y absoluta es otro de la peor índole. «Los franceses, expone el general Leer, durante toda la campaña de 1870 y 71, han desempeñado el pape] del yunque, en vez de el del martillo.» Los alemanes, herederos de los sistemas militares de Napoleón I , son los primeros que con una persistencia clara y saludable han cimentado prácticamente este principio en su última guerra y sus procederes han sido justificados. En determinados casos, aun en el en que se encuentra un oficial subalterno, la libertad de acción debe ser completa; pero llevando a cuesta toda la responsabilidad y el peligro de sus actos; pero esto no quiere decir que al impulso de un amor propio exagerado se contravengan órdenes superiores que se han impartido con un propósito deliberado, ni que un extraviado criterio se proponga corregir disposiciones en una esfera de acción donde todo está previsto por una hábil combinación. En la batalla de Tuyuty, en un momento crítico, el general Gelly y Obes, sin esperar órdenes, bajo su propia responsabilidad, ordenó al coronel

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Conesa que con la división de su mando marchase a la derecha a rechazar el movimiento envolvente, que victorioso hasta ese momento, traía por aquel flameo la caballería paraguaya, y un éxito feliz coronó esta sabia disposición; demostrando que el capitán del sitio de Montevideo tenía alma de general. En la misma acción el comandante don Lucio V. Mansilla (hoy general de división) por su propia iniciativa repelió la caballería paraguaya, que audaz se lanzaba sobre las piezas del teniente coronel Maldones, y nadie se permitió criticar su proceder, que era el efecto de un espíritu sereno y observador, que medía con su talento militar el espacio y el momento en un instante crítico. Como se ve en ambos casos, era lógico y apropiado a la grave situación este proceder, porque estaba encerrado entre los límites del plan general del comandante en jefe. La iniciativa no sólo consiste en salir muchas veces forzosamente de la inacción, sino en esta misma situación: es el golpe de vista rápido de un militar instruido y experimentado «que sabe y puede», que toma una decisión que hace desaparecer la incertidumbre creada por una situación excepcional. Clausewitz nos dice: « E l comandante de una columna en marcha deberá dirigirse hacia el punto donde un violento cañoneo le indique la crisis de una acción decisiva; pero esta regla no se ha de aplicar sino en el caso, en que el comandante de una columna vacile en la incertidumbre a consecuencia de haber intervenido una modificación en la situación, incertidumbre que le haga concebir dudas sobre la oportunidad de su misión primitiva.» Así queda perfectamente explicado el papel que debe jugar la iniciativa en ese momento apre-

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miante o en cualquier otra situación creada por la intromisión de circunstancias extraordinarias. Voide nos dice: «La iniciativa militar es la cualidad, o, mejor dicho, el conjunto de cualidades que nos induce a abarcar con precisión cualquier situación que se presente en la guerra y a obrar conforme a ésta, asumiendo toda responsabilidad». En otro lugar agrega: «Las resoluciones tomadas por un subalterno, como su ejecución, deben estar circunscriptas dentro del límite de las órdenes recibidas o del plan que le ha trazado el superior». Es así que debe comprenderse la iniciativa en la guerra; de otro modo tal vez encontrarían serios tropiezos las disposiciones superiores encuadradas en un plan general de operaciones. El general Voide, en su importante obra «La iniciativa de los subalternos en la guerra», demuestra con una multitud de ejemplos, cómo este principio dominante en el ejército alemán en 1870 y 71. obtuvo grandes ventajas y lo proclama con ciertas restricciones como un importante factor moral. Ahora que el ejército argentino sigue rápidamente los grandes adelantos de la Europa militar, debemos meditar maduramente sobre el título que encabeza este artículo, para enseñar; y encerrar en su verdadero límite la iniciativa militar; porque es necesario que esa voluntad, esa decisión, esa inteligencia y esa libertad de acción del subalterno, sea dirigida convenientemente por la sensatez y la serenidad y no caiga en exageraciones que nos puedan inducir a errores, que sancionados por la costumbre en tiempo de paz, si en la guerra fatalmente se repiten por hábito adquirido, pueden ser causa de un contraste. 17

Lias fainas del templo de San CQigael

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Lo único que queda aún en pie como un enorme cíclope, d.e la prosperidad pasada, y de una grandeza efímera, tambaleante y vetusto coloso de piedra que está por caer, arruinado por el tiempo yermador, que por una irrisión de la fortuna da fin a todas las arrogancias de la tierra, escarnecido por la prolongada vejez, como una protesta contra los bárbaros de la del perfeccionamiento humano, es el magnífico frontispicio de este templo secular y los muros laterales del interior del edificio, en cuyo centro lleno de sol y de profundidad cristiana, se levantan en desorden estético algunas viejas y carcomidas cruces, que allá en otro tiempo su conjunto formó un pequeño cementerio, improvisado por la muerte en tan lejana y silenciosa comarca. La ubicación que ha dado la eternidad de los muertos a los verdosos túmulos de este interior, tan triste, se revela en un desaliento conmovedor, por el esparcimiento y variados fragmentos de aquella sombría devastación, y los floridos árboles y los arbustos que allí han crecido en vasto desarrollo, con falta de simetría y completa libertad, como para dar propicia sombra a los que allí yacen, que en otro tiempo fué banquete opíparo de animales salvajes y más lujuriante belleza al paisaje me(1) En las misiones brasileras.

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lancólico de ese tan real y sombrío campo de la nada. Aquel cuadro, según se contemple, conmueve con el espíritu impresionado por la historia de sangre que de allí surge, o recrea por la hermosa vista de la selva florida que lo circunda. A primera vista,, ante los despojos de la tumba, creeríase que aquel desorden macabro es la horrorosa huella dejada por un combate desesperado en el que, la sangre vertida a raudales no ha podido apagar el voraz incendio, y que ha concluido por último al caer las ruinas calcinadas, por el aplastamiento de los defensores de la posición, encontrando aquéllos, en el mismo sitio de la resistencia bárbara y pertinaz, el descanso eterno. En cierto arreglo de la naturaleza, artística por su propia obra, pudiéramos muy bien decir, en que no entra la voluntad preconcebida del hombre, que armoniza de un modo casual la material destrucción de las cosas humanas, de tal manera que todo se asemeja y hermana; aunque muchas veces, lo que suponemos a la vista de un despojo de esta especie esté lejos de la triste realidad que verdaderamente representa. La huella aparente del incendio, las cruces ennegrecidas por el tiempo, el mismo desorden de las ruinas, todo nos ha dado una idea exacta del bosquejo anterior que nos trajo a la memoria la época en que esos lugares fueron desolados por la guerra, que sólo finalizó con la devastación y el completo descalabro de esos pueblos pacíficos y florecientes en tiempos de la dominación jesuítica; lo que alcanzó con perseverancia increíble la cruz y la sotana fué destruido por la espada, volviendo a la barbarie de la selva secular esas poblaciones que habían entrado de lleno, por la prédica y la persuasión benevolente, a un estado de semicivilización que
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ha dejado como testimonio ruinas de monumentos, que aun hoy causan admiración. Ése frontispicio que en el día se conserva casi intacto, que por ventura nos hace conocer la arquitectura de esos tiempos, constituía una obra de relativo mérito, aunque eximio, cuando consideramos quienes le dieron forma y con qué elementos se construyó. Fabricados esos monumentos, grandiosos en la apariencia, con piedras esculpidas, salpicados con multitud de agrestes dibujos de toda especie; arte español ejecutado por manos guaraníes, aún se levanta majestuosamente bárbaro, como los despojos tumulares de lili el ^rEin SGCt&j en esa soledad de tumbas que claman doliente su historia con la tácita elocuencia de la vida de labor de un momento que pasó, empujada por la volubilidad del tiempo, para no volver más, dejando en su lugar el desierto y la maraña, donde sólo se escucha el rugido de las hambrientas fieras y el graznido de las aves de presa; y cada vez que circunscribís vuestro pensamiento a esta reminiscencia tan interesante, dais más vigor al monumento que corona el paisaje al contemplar los variados tintes de ese esplendor derrumbado; admiráis ese panorama conmovedor donde se destaca, admirablemente hermoso, de un fondo verde obscuro que lo forma la negra selva que lo rodea, derramando en ese silencio santo un sentimiento de tristeza inexplicable, que titila en ese ambiente oprimente de vetusto sarcófago que allí sofocante se respira, como diciendo al viandante asombrado: «Aquí estamos ocultos por la yerba agreste que sobre nuestros túmulos se dora caprichosa, aquí estamos sin recuerdos cariñosos, como la carroña fétida, los obreros de una obra magna, los que hemos construido esos edificios gigantescos y_ enseñado a esos crueles civilizadores que conquista-

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ron a fuego y sangre el continente americano, los rápidos progresos del perfeccionamiento humano, llevado a cima por la mansedumbre y los medios pacíficos de santos varones». Ellos, esos indios salvajes dominados por el espíritu religioso, fueron los pujantes obreros que en corto período transformaron la selva salvaje en florecientes pueblos, donde en homenaje al Dios de los cristianos le consagraron suntuosas catedrales, talladas en el duro granito por aquellas torpes manos adueñadas del arte europeo, granito menos duro que el corazón de los bárbaros conquistadores, de esos ávidos usurpadores de esta tierra privilegiada que les pertenecía. Ha concluido esta primitiva raza laboriosa, que se adueñó del arte para reverenciar a Dios; han sido derruidos sus monumentos, pero la huella de aquel trabajo casi inconcebible queda en pie como un ejemplo insuperable, al cual no se ha alcanzado hoy en esos lugares; sus ruinas, acusando la barbarie de esos tiempos, quedan aún en pie, como una protesta de indignación de los siglos...
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El sol nutriente de la tarde en lánguido desmayo bañaba con sus mortecinos rayos aquella espléndida ruina y esas moles de piedra ligeramente sonrosadas por la penumbra crepuscular tomaban un bello tinte matizado en vistoso desorden, por las diversas plantas parásitas que crecían entre las negras grietas de los muros, que servían al mismo tiempo de holgadas guaridas a enormes vampiros, chupadores insaciables de sangre de las pobres bestias que cabalgábamos. Aquellos despojos de colosos caídos, vaivén de la grandeza humana, dominado por ese silencio tétrico de cementerio, interrumpido alguna vez

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por el graznido de alguna hambrienta ave de rapiña, por ese silencio de camposanto, o de claustro oprimido por la espesa selva secular que lentamente avanza siempre, llegaba hasta el alma con profundo recogimiento, especie de efluvios de un temor extraño que no se comprendía. Nos hemos detenido un momento, porque es imposible no sentir impresiones tan repentinas: cuando antes de llegar a este lugar, no nos encontrábamos preparados a tal sorpresa, no sospechábamos, ni jamás nos figuramos que hubiera pasado por estos sitios una racha civilizadora tan preponderante y de tal magnitud, que produjera tanto asombro en nuestra mente aturdida por esa grandeza salvaje; era la realidad que fotografiaba en nuestro espíritu un mundo que se había deslizado entre el fuego y la sangre de una guerra sin cuartel.
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El frontispicio de este templo tiene algo de semejanza con el de San Juan de Letrán en R o ma, con la diferencia que el monumento jesuítico es de colosales formas, y posee a sus dos costados dos medias rotondas sostenidas por primorosas columnas de piedra tallada de una sola pieza, cuyos capiteles artísticamente esculpidos, si mal no recuerdo, pertenecían al orden corintio. Una balaustrada de hermosa piedra rosada corona esta parte del edificio y sigue hasta la parte superior del frontispicio. En su centro está la puerta principal de la entrada; se asemeja su estilo al gótico en la forma de la parte de arriba, aunque a sus costados se ven dos columnas de orden dórico. Todo esto demuestra el arte adelantado y el buen gusto del arquitecto jesuíta que quiso en el monu-

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mentó demostrar variados estilos; debe entenderse este concepto que aquí se consigna, con relación a los medios y a la época en que se ejecutaban estos trabajos; y segiín mi opinión es el templo más notable de estas misiones; muy bien podríamos decir que allí se concentró el mayor caudal de arte, llevando a cabo esa soberbia construcción con una voluntad de fierro y una constancia a toda prueba, durante una época que en sus obras ha dejado las huellas de un esplendor pasado, con un más rico material que no hubieran hecho esos hombres de sotana. Para dar la verdadera importancia a los enérgicos trabajadores que ellos emplearon, se ha de recordar, la agresión y tenaz defensa del Paraguay en el tiempo del último de los López, por ese pueblo que tenía la viril sangre de la nación guaraní, y no diremos más, porque es casi imposible, tal valor, tal tenacidad, tal empeño, tal constancia, y esa abnegación sublime, que es el desprecio heroico del espíritu de conservación.
* * #

Sin embargo, volviendo al templo de San Miguel, aun suponiendo que el incendio no hubiera pasado su lengua rabiosa de fuego por allí, prolongada duración no habría tenido un edificio donde se había trabajado tanto, para asegurar tan poco. La asimilación de los materiales era impropia: el barro, la madera y la piedra puestos en consonancia arquitectónica como punto de apoyo, daría por resultado el desequilibrio completo en la construcción; así quedó sólo en pie sin forma simétrica, las grandes piedras y columnas de una sola pieza de granito, mientras que todo lo demás, mordido por el tiempo, ha desaparecido.

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Mas siempre, para dar fe, existen esas columnas de una sola pieza, hermosos obeliscos que en cualquier plaza, de la capital de la república, no sólo por su belleza y magnitud, sino por la historia que representa, sería magnífico adorno. A pesar de todo, pudiéramos muy bien decir que las construcciones jesuíticas, con sus remarcables defectos, aun son dignas de admirarlas.
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Esos grandes monumentos fueron la obra del fanatismo religioso bien encaminado: perseverancia increíble que no desmayó un solo momento y se ha necesitado el trabajo pasivo de muchas generaciones para dar este óptimo resultado. Aquellos innumerables monolitos de rosada piedra, con hermosos capiteles primorosamente labrados; esos muros ciclópeos, enormes, macizos, con los cuales se han construido posteriormente pueblos enteros como San Borja, Santo Tomé, esa profusión de arcos triunfales, enormes pórticos, ojivas, balaustradas, todo de piedra tallada, esculpida, con multitud de bajo relieves y adornos bizantinos, mezclando lo sublime a lo grotesco'; pero siempre ostentando la grandeza de una faena enorme secular, que nos ha dejado bien claro al hombre transformado en bestia sumisa, por su propia voluntad, ya sea en Méjico, Perú o estos lugares. Allí todo esto nos hace pensar tal vez cuan exacto es aquel aforismo escéptico que dice: «Que alguna vez, más esfuerzo puede esperarse del yugo del esclavo que del sagrado entusiasmo de la libertad». Indudablemente aquellos enérgicos arquitectos de sotana, debieron tener un alma sobrehumana puesta al servicio de una idea civilizadora: la abnegación de la gloria, una ambición y tenacidad

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calculada, cuya perseverancia llegaba al último extremo. Tal vez no fuera únicamente la idea religiosa el móvil de sus obras: encerrado en ese mismo plan, renacía del mismo, en ellos, el pensamiento de crear una gran nación que obedeciera sus leyes, alejada de la sumisión despótica de los conquistadores y de su insaciable avaricia.
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Desde el primer momento que los jesuítas pisaban cualquier territorio desierto, con ese empeño calculado que ya les hemos reconocido, congregaban tribus, hacían construir pueblos y levantaban templos de enorme fábrica, cuyas ruinas aun causan la admiración del viandante; allí están en pie como el centinela perdido'de una civilización que ya no existe. Esos monolitos rodeados por el silencio de la selva umbría, parecen el genio civilizador petrificado de otros tiempos, que arrojan al viajero admirado, una protesta por la bárbara devastación de aquellos lugares.
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Todos esos trabajos se llevaron a cabo animados por la música sagrada: se arrastraban con rodillos, al son de cánticos religiosos acompañados de flautas, violines y arpas. La solemne armonía alejaba el cansancio de esos inocentes seres. Se horadaban profundas canteras y allí mismo se le daba elegante forma a inmensos bloques de granito, y esos hombres educados en la mansedumbre cristiana soportaban con sobria resignación, y algunas veces con entusiasmo, excesivas faenas. La turba fanatizada vivía en la más suave

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esclavitud sin sentirla; no tenía una idea, no tenía una voluntad propia, no pensaba sino por el imperio de sus dominadores espirituales, y esperando, toda recompensa en la otra vida, era este el industrioso instrumento impulsivo, pudiera decirse sobrehumano, de tan arrogantes construcciones. Una procesión con sus innumerables efigies allí construidas, un canto religioso, una fiesta conmemorativa daba fuerte aliento para tan constantes faenas. La agricultura, la ganadería, la labor de las manos, las bellas artes, todo floreció con orden y método, y todo se animaba, se vivificaba por el fuego sagrado del Dios de los cristianos, y así fué, sólo con este impulso pudo ejecutarse lo que ningún salarió o castigo hubiera conseguido de un salvaje que por instinto propio odiaba al europeo, a quien siempre le creía un usurpador de la tierra en que había nacido, y que vivía, en su perezosa indolencia, en las sombrías espesuras de sus bosques seculares. Las pirámides de Egipto, los monumentos asirios y babilónicos fueron la obra de los esclavos de una ruda tiranía, faena bárbara de la vanidad de sátrapas y faraones. Los templos jesuíticos y demás grandes construcciones se elevaron por el esfuerzo de la tenacidad religiosa puesta al servicio de la civilización que allí nacía; una prédica tranquila, producida con el hechizo de la palabra de un solo hombre débil y desarmado, abnegado, volcán latente de una idea grande, con un valor físico y moral tan enérgico, que dificulto que haya soldado, por más valiente que sea, que lo avasalle. Esos preclaros jesuítas también tuvieron sus mártires, estoicos, sublimes, que morían impasibles en cumplimiento de un deber sacrosanto, mártires que con abnegación eran reemplazados

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al momento como los heroicos soldados que caen en las filas: nada pudo detenerlos en el derrotero que seguían con la frente erguida y el corazón sereno: su perseverancia era divina; cuanto más grandes eran los sacrificios mayor constancia y coraje recargaban en la empresa; pero al fin fueron víctimas de su prosperidad y grandeza que engendró la envidia de los grandes dignatarios de la península. Tal vez su ambición desmedida que artificiosamente no supieron ocultar, fué la que engendró la desconfianza en la monarquía, y entonces el oleaje de las vicisitudes humanas los arrojó lejos del reino que pensaban fundar. El incendio destruyó su obra, y sus industriosos adeptos esparcidos en las selvas volvieron al estado salvaje. tFinis coronat opusv fué una divisa allí sin valor alguno. No pudo triunfar de la perspicacia monárquica.
Santo T o m é , 1887.

üa defensa de la mujer
La mujer es un camello que nos sirve para salvar el desierto de la vida. C Verso árabe.}

En los tiempos semibárbaros de la edad media, la moral ultrajada por el despotismo feroz de las multitudes, inspirada por el dogma cristiano hizo surgir de la piedad la orden de la caballería, grupo de erradizos y nobles misioneros, de esforzados y abnegados guerreros que se sometían voluntarios a la práctica dura de una vida de sobresaltos y penurias, de constante y vigilante vigilia, ostentando por único blasón el heroísmo sin límites y el sacrificio hasta el último extremo por sus semejantes. Todo el impulso de su esfuerzo se concentraba en la defensa del débil ultrajado y oprimido, y para hacer resaltar con más brillo ese empeño santo, fué elegida en primer término la mujer, que era la que más necesitaba de la ayuda del fuerte. Así cada uno de estos monjes austeros y armados, no tanto por el esfuerzo físico, como por el corazón magnánimo, ostentaba en su blasón el nombre de su dama, que se agitaba sin cesar en su dulce ilusión, en su mente calenturienta de heroicidad; vislumbrábala febriciente en el forzamiento de la hazaña como mágica sugestión impulsiva.

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Ese brazo que se levantaba airado blandiendo la lanza vengadora de ultrajes a la moral, que se levantaba brutal con una fuerza desconocida creada por el fanatismo de una santa causa, por el pundonor de la piedad, para vengar al ultrajado, al oprimido, cuyas lágrimas caen al compás del rumor de su cadena, representaba el más noble sentimiento cristiano, el más grande que ha surgido de la humanidad: defender a la mujer, siempre esclava, atada siempre como Andrómeda a la roca de la murmuración y de la calumnia, despreciada después que ha sido ajada por ese grupo de insensatos que, como Panurgo, parecen nacidos de los amores de un jamón con una botella. ¡ Quién sabe el fin que se propondría Cervantes al presentarnos aquel héroe loco de piedad y abnegado! Este sentimiento cristiano se agita en rasgos de insania sublime. El adalid manchego tiene alma de héroe a no dudarlo. Fibras de grandeza donde vibran rayos olímpicos. Esa visión hermosa que mi alma bondadosa la comprende, es el remedo de otro tiempo puesta en escena con alegre colorido: alegre colorido donde se trasluce una misión noble que se arrastra con abnegado esfuerzo entre las miserias de la tierra. Aquel caballeresco insano que en su delirio olímpico le absorbe la brillante imagen de la mujer que adora, que no la conoce, pero la ve en su ensueño de .oro^ la siente errumpir en el volcán de su pensamiento, la siente agitarse unísona con el latido de su corazón; ese caballero que febriciente medita y lleva a cabo proezas gigantes que surgen de su insania entre esplendores raros, sueña sin cesar atando constante su idea a ese ser ideal, belleza dantesca que vislumbra en forma de hada en un palacio encantado, a esa mujer amada por la cual supera toda clase de hazañas y rudos

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sacrificios... y ese desprendido loco que hace reir a los hombres sin entrañas, trasluce el sentimiento sublime de la abnegación cristiana tan olvidada en esa época. En el fondo es el Cristo armado de la edad media resucitado, y ¿ por qué no decirlo? de todos tiempos en que el hombre se extravía entre el egoísmo y el despotismo. ¡Eximio tipo es don Quijote! la fiebre del honor le asalta sin cesar, el amparo del débil y el castigo del crimen es su esplendorosa manía, especie de dogma sagrado entretejido con las fibras de su corazón esforzado, que se agita en su deleznable materia. ¿ Qué lección severa nos da este romanticismo caballeresco cuando comparamos nuestras costumbres depravadas? Defender la mujer de la guaranguería callejera, de los avances de ese bandolerismo moderno que asoma en la paz como una guerra cobarde que se entabla contra el débil, es una santa propaganda digna de la consideración de todas las madres argentinas. ¡ Cuánto lamento mi debilidad de mujer! Apenas soy la frág-il barquilla que se debate incierta entre el furor encontrado de los vientos y. el rugido de las olas. Quisiera poseer la gravedad de Minerva, el genio de las musas y el arrojo de Marte para tejer la corona de laurel que fuese la recompensa para la noble propaganda de la prensa argentina. Quisiera con las bendiciones de los débiles forjar la armadura con que el caballero ha de defender a la mujer; porque ese campeón de una causa justa necesitará plastrón fuerte de acero moral para contrarrestar la rechifla de los corazones cristalizados en el egoísmo o del estoico guarango levantado, que no ha podido desprenderse de su esencia de cocina.

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Sabemos desde ya que a toda esta prédica, apoyada por la sociedad argentina han de responder cantos báquicos y risotadas de orgía, mas esa demostración insensata al fin se sumirá en el abismo. Indudablemente aquellos tiempos en que el progreso material era nimio, el progreso moral estaba fundado bajo bases sólidas. T o recuerdo aquellos antiguos porteños que cuando entraban a un salón parecían príncipes de una casa reinante. Eran buenos esos tiempos en que se casaban las jóvenes pobres y que jamás un caballero preguntaba por el dote de la que iba a ser su esposa: entonces el hogar iluminado por la luz del amor y un bienestar sin ambición era dulce y santo a la vez. Hay que seguir cultivando el dogma, levantar a nobles propósitos el espíritu trivial de nuestra sociedad que vive y sólo adora el lujo, olvidando que existen otros preceptos fundamentales para la felicidad de la familia.
LUCRECIA

Lia guerra del Paraguay

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EL SUS C U A L I D A D E S

GENERALÍSIMO DE TÁCTICO Y DE ESTADISTA

Resaerdos del general Garmendia Días pasados no logramos encontrar al general Garmendia, cuando deseábamos obtener su opinión y sus recuerdos con motivo del «renouveau» alcanzado por la guerra del Paraguay, después de las sensacionales publicaciones del general Mitre, pero boy felizmente podemos ofrecerlos, después de la conversación que uno de nuestros redactores tuvo con el general Garmendia. Entramos en materia. —Señor general, ¿qué piensa usted de la guerra del Paraguay? — L a guerra del Paraguay ba sido una guerra excepcional y de gran enseñanza para los que cultivan el arte; presenta escollos a cada momento, y grandes dificultades en sus detalles más pequeños ; ba sido llevada a cabo contra el mariscal Ló(1) Este reportaje fué hecho contestando algunos artículos de un diario de Rio Janeiro, en que se atacaba sin ninguna consideración al general Mitre.

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pez por elementos hasta cierto punto antagónicos entre sí, y en ese caso era necesario que el generalísimo se presentara como un militar de una calma estoica y de una autoridad y decisión suprema para contrarrestar todas las oposiciones y pequeñas pasiones que enervaban tal empresa como el orgullo herido del amor propio exagerado de los brasileros a mérito de ser un extranjero el que los mandaba. Estas emulaciones siempre se sintieron antes, en la. contienda y después de ella. Si en algún suceso demostró el general Mitre sus grandes cualidades de estadista y general sereno fué en la guerra del Paraguay. Cualquier otro espíritu menos fuerte se habría fatigado ante tan inmensa responsabilidad, ante el huracán repentino que en plena paz y de reconstrucción asaltaba a la república. En esa época hay que admirar al general Mitre dominando con su serenidad aquella situación tan grave. La república, aun sangrando por las heridas de la guerra civil, se siente débil, pero él la levanta. Sus planes de guerra y de campaña, todas sus disposiciones dan por resultado la victoria, acallando pasiones, afianza la alianza por el éxito y la rectitud de su carácter. La murmuración lo hiere: él guarda silencio; no se defiende. Se abroquela en su conciencia pura y en la victoria. Era necesario haber conocido íntimamente aquella sociabilidad militar, sobre todo en el segundo período de la guerra; los brasileños, presentando mayores caudales, elementos materiales, y más numerosas tropas para esa contienda, y dominados por un amor propio excesivo, pretendían la inferioridad en todo para sus aliados, siendo la más elocuente encarnación de este espíritu el duque de Caxias, ilustre brasileño, hecho de la pasta de los antiguos portugueses. No era 18

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así el intrépido Osorio, ni el valeroso Porto Alegre. Si se corriera la cortina que cubre el archivo del general Mitre como un tesoro de la guerra del Paraguay, se vería todo lo que puede honrar al director de una guerra tan larga y tan difícil, guerra metódica, hecha paso a paso con una decisión admirable y en un terreno desconocido. Todo está ahí documentado y explicado. T o sé perfectamente que «el mejor general es el que comete menos errores», pero si alguno en la guerra del Paraguay los cometió menos, fué el ilustre argentino. decirme del movimiento envolvente sobre Tuyucué? —Primero que todo, debo decirle que antes del pasaje del río Paraná ya el general Mitre había pensado tomar de flanco a Humaytá y con esa idea fueron los reconocimientos sobre Itatí, pero se vio que era imposible el tránsito del ejército desde el alto Paraná sin empantanarse en el estero de Nembucó, que en distintos estanques de agua tomó diversos nombres. Así que cuando se resolvió la operación de contornear el cuadrilátero fué con el plan del general Mitre, que felizmente en estos días ha visto la luz pública, mas al ponerse en planta el ejército argentino y el oriental, que marchaban de vanguardia, tomaron el camino estipulado en el plan, pero el duque de Caxias, por un error de guía sin duda, inexplicable en tan seria operación, equivocó la ruta y al anochecer del primer día de marcha nos encontramos separados de nuestros aliados por un estero invadeable; felizmente los paraguayos no conocían nuestra situación, de otro modo nos hubiesen atacado. Sobre este asunto el general Gelly debe tener una carta del general Osorio, donde hace una crítica a Caxias; esa

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carta creo, si mal no recuerdo, el referido general la recibió la primera noche de la jornada. — ¿ E n qué situación recibió el duque de Caxias el ejército brasilero? —Debo decirle, ante todo, que lo más duro y glorioso de la guerra del Paraguay, es la época en que se desarrollan los sucesos de Tuyutí. Allí perdió López su grande y valeroso ejército. Cuando el general Caxias se hizo cargo de las huestes brasileñas, poco había ya que hacer, porque López no tenía donde reclutar más soldados, así es que sus victorias son muy diferentes a las de Osorio y Porto Alegre. — T , dígame general, ¿cometió algunos errores militares Caxias? —Vea, el general Caxias era intrépido a no dudarlo, lo probó en Itororó; pero a pesar de sus canas, era impaciente e irreflexivo alguna vez. Sacrificó a Osorio, haciéndolo rechazar en el ataque de Humaytá. En Itororó, con 16,000 hombres atacó a 5,000 paraguayos que defendían el puente y fué rechazado varias veces, sólo por no haber esperado que se anunciase el movimiento envolvente que sobre la derecha enemiga hacía Osorio, y después que se retiraron los paraguayos no los persiguió, que pudo muy bien destruirlos. En ese combate perdió cerca de 3,000 hombres. El 21 de diciembre fué rechazado en. Lomas Valentinas, perdiendo 4,000 hombres, también por un error inexplicable. Este error consistió en no haber^ atacado primero la débil línea del P i siquirí e incorporado la fuerte división de Palmas, y asaltar en seguida con tan fuerte núcleo de tropas las posesiones de López. El 27 lo dejó escapar a López, por haber retirado a la división de Vasco Alves del potrero Mármol, único lugar por donde se podía escapar López y así duró la guerra un año más.

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Con los elementos que él tenía en ese tiempo, la resistencia era efímera; así no había que madurar la reflexión para poder conseguir la victoria; él mismo, en cartas dice, hablando de Lomas Valentinas, que vio muerto a un niño paraguayo de 12 anos, que hacía pocos días que le habían amputado una pierna, y da a entender, si mal no recuerdo, que el grupo paraguayo de la resistencia, en parte, se componía de niños y de viejos. Algo de lo que aquí le expongo lo han dicho ya los brasileros en el Parlamento y en otros lugares; así, no es cosa nueva, y en cuanto a la duración de la guerra, curioso sería ver la misma opinión del duque en el Senado brasilero, donde tuvo que defenderse de ataques, que en alguno de mis libros los rechazo. Sería muy largo hacer historia sin consultar libros y documentos, cosa que no se puede hacer en un reportaje; sobre todo, la verdad está hecha, no es necesario más. Sin embargo, a mayor detalle, trato estos asuntos en la Campaña del Piquisirí.

üo i n e x a c t o en la h i s t o r i a
Cexias y CQitre

BREVES

APUNTES

PARA

UN

ARTÍCULO

Acaba de publicar el «Jornal do Comercio» un artículo pérfido y sensacional con motivo del centenario del marqués de Casias, donde para poner de relieve al referido general brasileño, estampa maquiavélicas y malévolas apreciaciones sobre el general Mitre en su actuación en la guerra del Paraguay. Pues bien, creemos que ante la deslealtad postuma de Caxias (que cuesta creerlo) que un diario fluminense, interpretando la antipatía nacional que lo consume hacia la Reptíblica Argentina, publica sin preocuparse siquiera de los deberes de cortesía que debe al ilustre general argentino que siempre fué el leal amigo del Brasil, podremos decir: 1." Que la época de la guerra del Paraguay más difícil, más importante es aquella que se desarrolla bajo la hábil dirección del general Mitre, que alcanza desde el año 1865 hasta fines del 67, que lo que viene después es la agonía prolongada de las diversas fracciones de las huestes de López; es la lucha contra los restos anémicos

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del grande y valeroso ejército paraguayo que sucumbió en Tuyutí. 2.° Que el plan de la campaña estratégica de Corrientes y Río Grande, es obra exclusiva del general Mitre, cuyos resultados fueron el completo aniquilamiento del ejército de Estigarribia y la pérdida de la quinta parte del de Resquín. 3.° Que el pasaje del río Paraná fué obra del general Mitre, a pesar de la oposición dei algunos generales aliados. 4.° Que la batalla del 24 de mayo fué obra del general Mitre y se ganó porque Osorio siguió su consejo de acampar en cuatro líneas, de otra manera hubiera sido perdida por haber sido rotas su primera y segunda línea. 5.° Que el movimiento contorneante sobre Tuyucué fué plan antiguo del general Mitre, llevado mal al terreno práctico por Caxias, pues no cumplió lo acordado con el general Gelly para la marcha envolvente, tomó otro camino y casi sacrificó al ejército argentino que permaneció una noche en las garras del enemigo, expuesto a ser batido en detalle, porque Caxias había interpuesto entre los dos ejércitos un estero invadeable, y después no supo guardar su línea de comunicaciones, hasta el punto que le indicó al general Mitre la necesidad de retirarse. 6.° Que cuando llegó Caxias al campo aliado ya no existía el ejército paraguayo y sólo sus gloriosos restos combatían, y puede muy bien decirse que fué otro Pompeyo para otro Lúculo, encontró todo hecho y casi concluido, y así él es el único responsable de los 18,000 brasileños que sacrificó inútilmente en diversos combates. 7.° El 16 de julio comete la temeridad de mandar al intrépido Osorio que ataque a Humaytá, y como es natural sacrifica 1,031 soldados de primer orden. A semejante hecho de armas,

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este general que nunca fué vencido, denomina reconocimiento. En el Parlamento brasilero llegaroa hasta decirle que era tan brutal este combate, que no se podía creer otra cosa que había sido inspirado por negros celos hacia el inmortal Osorio. 8.° Que en Itororó inmoló 3,000 soldados brasileños por su ignorancia de general, pues antes de sentir el movimiento envolvente de Osorio sobre la retaguardia del enemigo, atacó inoportunamente si puente y fué varias veces rechazado, habiendo antes cometido el error de no tomarlo, pues estala abandonado, porque Caballero aún no lo había ocupado. 9.° Que el 21 de diciembre de 1868 sacrificó también por su ignorancia, 4,000 brasileños, pues en vez de 'hacer pasar al ejército argentino que había quedado en Palmas, y atacar unidos al enemigo, ejecutó un ataque frontal sin demostraciones ni movimientos combinados con la mitad de sus tropas por no tener noción de los ataques por retaguardia, y como consecuencia, fué brutalmente rechazado, hasta el punto que en la retirada algún jefe riograndense le enrostró su error. 10. Que el 27 de diciembre en Lomas Valentinas, habiendo acordado el plan de la batalla con el general Gelly, en el cual era objetivo principal el Potrero Mármol, único punto de retirada de López, para lo cual se envió allí a la división de caballería del coronel Alves, el señor Marqués, al iniciarse la batalla, la hizo retirar por su sola inspiración y dejó libre y sin resguardo esa llave de la conclusión de la guerra, y habiéndole increpado este proceder el general Gelly, contestó: la he retirado porque la he creído necesitar. Pues bien, la fuga de López nos trajo un año más de guerra, y ante este hecho conocidísimo y enrostrado por los mismos militares brasileros, tiene la

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audacia de cargarle la responsabilidad de su misma falta al general Mitre, y decir que la continuación de la guerra, a la vez que empobrecía al Brasil, enriquecía a los que la prolongaban, cuando él era la causa de esa situación, tanto por el retardo del pasaje de la escuadra por Humaytá como en los demás tardíos hechos de la llega el caso, sería bueno recordar que en el senado brasilero llegaron basta echarle en cira cosas no muy agradables, pero injustas; porque a un general de sus méritos debiósele tener la más alta consideración y respeto. Después de la batalla de Lomas Valentinas, declara con su soberbia genial que la guerra está concluida. Que él no estopara perseguir montaraces, y sin embargo, dura todavía un año de grandes sacrificios y penurias, teniendo que venir el conde d'Eu para concluirla. Ese año se debe al señor Marqués que comete la reolutada de no apoderarse de López, sin duda porque no estaba él para perseguir a montaraces. La mejor justificación de la duración de la guerra del Paraguay está en la resistencia de los boers; y si esto hizo un puñado de campesinos indisciplinados e ignorantes ( 1 ) , qué no harían 150,000 paraguayos bajo la férrea disciplina de López, cuyo número fué el que alcanzaron los ejércitos paraguayos en los cinco años de reclutamiento desde 12 a 65 años. Si vamos a producir el análisis de los hechos militares del marqués, tendremos que no son
(1) Según la comisión de investigación, Inglaterra ha empleado tn la guerra de Sud África 448,435 hombres, repartidos asi: 256,340 del ejército de línea, 109,048 provenientes del Reino Unido y suministrado por las milicias, los voluntarios y la Imperial Ycomanry, 30,633 enviados por las colonias y 52,414 reclutados en Sud África. Como se ve, la desproporción es grande con respecto a la guerra del Paraguay.

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siempre para un apoteosis. Veámoslo: en Itororó ataca con 17,000 hombres a 5,000 paraguayos y es rechazado varias veces, perdiendo 3,000 brasileros. En Avahy ataca con 16,000 soldados a 4,000 paraguayos desmoralizados, y pierde 800 brasileros. El 21 de diciembre, en Lomas Valentinas, ataca con 12,000 brasileros a 4,000 paraguayos atrincherados, y es rechazado con bajas de 4,000 soldados ; como se ve, su faena fué gloriosa, y a pesar de sus contrastes, demostró dos grandes condiciones militares: carácter y decisión. Ahora si hacemos el parangón entre Caxias, Osorio, Polidoro, Argollo y Porto Alegre, expondremos que Caxias es inferior a ellos. Osorio le es superior en gloria y ser actor de grandes hechos, como el pasaje del río Paraná, el combate del 2 de mayo y I batalla de Tuyutí, en que demostró grandes condiciones de general, y no comete los errores que Caxias, en la marcha sobre Tuyucué, el ataque a Humaytá, en Itororó y Lomas Valentinas. Polidoro lo es como organizador. Caxias no tuvo que organizar ningún ejército, recibió el aguerrido que le dio Polidoro y con él aprendió a hacer la guerra. Argollo como estratégico, presenta en su favor la hermosa operación del Chaco, que Caxias solícito reconoce. Porto Alegre, ilustre general brasileño, ex émulo del señor Marqués, y pudiéramos decir sin equivocarnos, que cualquiera de los cuatro generales brasileños que hemos puesto frente al Marqués, fueron tan acreedores a un igual caudal de servicios y glorias en la guerra del Paraguay, que el general Caxias. Ahora, antes de concluir diremos que es necesario que por la dignidad nacional hable el archivo del general Mitre y que con los mismos documentos brasileños confunda la diatriba desleal
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del «Journal do Comercio», pues es preciso que se contesten los inexactos relatos que a cada momento publican los escritores brasileños sobre la guerra del Paraguay, demostrando la petulancia de su enorme vanidad y la antipatía que nos tienen. Una alianza a este precio es demasiado cara.

El eaballo d« guerra argentino
APUNTES PARA UN ARTÍCULO El puede la sed, él puede el hambre, y hacer en un día la marcha de cinco días. (Verso árabe.)

Estas líneas, tal Tez mal hilvanadas, pero ricas de buena intención, nos han sido sugeridas a propósito de la buena idea del general Godoy, de reconstruir, permítasenos la frase, el verdadero caballo de guerra argentino que allá en sus tiempos fué tipo de sobriedad y resistencia y que hoy pueda responder con vigorosa existencia a las urgentes y duras necesidades de la faena militar. Hace algún tiempo leíamos en una revista militar francesa una espléndida crítica fundada en razones irrefutables contra el gobierno, calificando acerbamente su desidia y su ignorancia por haber dejado destruir la raza típica caballar francesa, denominada Pompadour, que por su energía y resistencia, brillantemente demostrada en la vida de las faenas rurales, presentaba excelentes cualidades para el verdadero caballo de guerra, cualidades que lo asemejaban al robusto caballo pampeano. Han transcurrido ya algunos años cuando el señor Demot condujo a Francia, a guisa de ensayo seis caballos de Buenos Aires (raza seleccionada de crías de f a m a ) , y los presentó al Ministerio de

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la Guerra como specimen de una industria argentina que podría interesar a aquel ejército. A consecuencia de esta solicitud, se ordenó entonces una prueba de resistencia comparativa, para cuya ejecución se eligieron seis de los mejores caballos de varios regimientos; y se dio comienzo a la carrera, que debía durar seis horas continuadas sin interrupción, de trote y galope por diversas clases de terreno. A l principio del ensayo los caballos franceses relampagueando arrogancia y despilfarrando en. exceso su energía demostraban el ardor de la sangre y la impaciencia de la victoria; mas este fuego de volcán a medida que pasaban las horas fué disminuyendo, mientras que los corceles argentinos impasibles seguían en el mismo tren, hasta el punto que antes de finalizar la carrera se vio lo inútil que había sido el hermoso esfuerzo de los caballos franceses, y fué necesario, con la admiración de todos, adjudicar la victoria a los modestos garañones porteños. Este ensayo produjo sorpresa en las personas que se preocupaban de adoptar un caballo barato, que pudiera sufrir las necesidades del ejército, y se creyó por un momento, que mejorando ciertas condiciones de estética y de alzada, podríase adoptar esta clase de ganado para caballería ligera. En vista de los buenos resultados del ensayo se ordenó que se tuviera con estos animales el más esmerado cuidado para evitar las consecuencias de la rigurosa temperatura que reinaba en este tiempo en Francia; mas a pesar de todo, a los seis meses murieron tísicos; y después ya no hemos oído hablar más del asunto. Las líneas expuestas anteriormente nos servirán de introducción para este artículo: en él se ha demostrado el error lamentable del gobierno francés al permitir que desaparezca la raza Pom-

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padour, que era una cría especial francesa, con relevantes cualidades para la guerra; lo mismo que podíamos vituperar en nuestro país, lo que ha acontecido con nuestro tipo criollo seleccionado, que tan buen resultado dio en el ensayo que tuvo lugar en Francia. Ahora dedicaremos algunas líneas veloces a la muy remota genealogía del caballo argentino. Entendemos que su progenitor ilustre fué el caballo ibero, el equus iberus, aquel robusto corcel desde inmemorial tiempo conocido por los romanos y justamente apreciado en sus duras y bárbaras campañas; ese caballo potente y hermoso que surtió las caballerizas del rey Salomón, que fué tipo regenerador de todos países; ese dócil corcel que montó Aníbal y sus númidas en las famosas batallas contra los romanos; que Guillermo el Conquistador en la refriega de Hasting y Ricardo Corazón de León en Chipre, lo honraron con su confianza y sus espuelas; que en 1285 Eduardo I I de Inglaterra, sintiéndose atraído por sus buenas cualidades, compró para formar un harás, 30' soberbios padrillos españoles pagándolos a muy subido precio ( 1 ) . En fin, podríamos aumentar en grado heroico el número de datos, pero creemos que lo expuesto es bastante, tanto más que es remotamente notorio las cualidades guerreras del antiguo caballo de España. Como se ve, era el caballo propiamente ibero de remarcables cualidades para la guerra, y por lo tanto muy solicitado por las naciones beligerantes. Mas ahora debemos investigar si este caballo en el día es propiamente español o tiene mestización con berebere (barbe).
(1) Estos datos han sido tomados de un opúsculo publicado en Madrid en 1861, firmado por un jefe de caballería.

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El caballo árabe, según los datos que en una información muy minuciosa presenta el emir Abd-el-Kader al general Daumas, tiene origem en una raza que poseía el rey Salomón denominada Zad-el-Raked (El viático del jinete), y siguiendo ese mismo relato parece que sus generadores alcanzaron basta la Mauritania (más tarde el país de los bereberes). Su fama se esparció en el mundo entero y se distinguieron por su hermosa conformación y por lo ancho del conducto respiratorio que le permite ejecutar fabulosas carreras. A l esparcirse esta raza en diferentes regiones de distintos climas y alimentos, al modificarse por esta causa su conformación, también se dividió en varias ramas, cambiando por las mismas circunstancias el color del pelo, y al comprobar esta observación el ilustre emir Abd-el-Kader, nos dice: «que la experiencia le ha demostrado que los caballos que se crían en los lugares en que el terreno es pedregoso, en general nacen con pelo gris, y aquellos donde el terreno es blando resultan de pelo blanco». Los caballos árabes de buen origen se distinguen por lo fino de los labios y del cartílago inferior de la nariz, por lo delgado de las carnes que rodean las venas de la cabeza, por la elegante forma del cuello, por la suavidad de la crin, el pelo y la piel, por la amplitud del pecho y lo musculoso de las articulaciones de las extremidades. Además de tan bella conformación, el árabe le discierne una epopeya de condiciones morales que le da una superioridad muy señalada sobre sus demás congéneres. El caballo berebere, según el mismo emir, es tan bueno o superior al árabe propiamente dicho. Antiguamente las tribus de los bereberes poblaron la Siria, más tarde pasaron al África, y recorriendo la costa del mar Mediterráneo, se ubi-

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carón en la Mauritania (Marruecos) y trajeron como es natural la raza del caballo árabe, y es por eso que hoy tenemos a este caballo transformado en berberisco o beréber o barbe, que vive en toda la parte septentrional del África, habita los oasis del desierto de Sahara y las comarcas que se extienden a lo largo del Mediterráneo. La l a m a del caballo árabe es mundial, sobrepasa en resistencia a cualquier otro caballo. Estando bien alimentado puede andar diariamente durante tres o cuatro meses, diez y seis aparasanges» (1) y como jornada excepcional, en un día puede alcanzar próximamente a cincuenta «parasanges». El ilustre emir de quien tomamos estos datos, nos dice que él ha visto caballos que hacían en un día el camino de Tlemcen a Mascara, o de Oran a Mascara, pudiendo en seguida en dos o tres días hacer el mismo camino: bien entendido que esta faena sólo podría llevarse a cabo estando los caballos perfectamente alimentados y en buenas condiciones de gordura. Esta prescripción sin réplica la tiene el árabe en el proverbio que dice: «Da bien de comer a tu caballo y abusa». Sobre este tema podríamos escribir algunas páginas, pues tenemos a mano nombrados escritores árabes que son los que mejor han tratado el asunto, y la opinión autorizada del general Daumas expuesta con tanta galanura y riqueza de hermosos datos en su bella obra titulada a Los caballos del Sahara», donde recoge con buen sentido lo más hermoso que se ha escrito sobre este asunto; mas lo dicho nos parece ya demasiado para un artículo rápido.
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(1)

El parasange equivale a 5,000 metros, una legua.

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Volvamos al caballo español. Indudablemente por su esencia era de fábrica superior y debió más tarde mezclar su sangre con la berebere, pues en la conquista mahometana de la España, Tarik con su brillante caballería, importaría la ardiente sangre africana árabe y durante los setecientos años que duró esta dominación, a n o dudarlo, se mestizó el caballo español, adquiriendo muchas de las hermosas cualidades del árabe sin abandonar las suyas propias. De este modo se transformó en animal de más caja y lomo, conservando las generativas del suelo español, la fuerte musculatura de las extremidades. Más tarde viene con su séquito de horrores la conquista de América, en la que el caballo y el arcabuz dominan con la superstición y el pánico a las masas desarmadas de indios ignorantes, y desde ese momento el caballo es el factor principal de la invasión; pero como es natural, los conquistadores no traían sus mejores caballos ni su mejor artillería, pues no la necesitaban para batirse con las innumerables y bárbaras mesnadas de desnudos salvajes.
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En la Pampa aparece el caballo español traído en la expedición de Mendoza (1) ; abandonado a su libre albedrío, vuelve a la_ vida salvaje y fructifica él sólo su hermosa semilla en plena existencia a la intemperie.
(1) Según una carta de Hernando de Montalvo dirigida a Felipe II en 1585, expone que los caballos alzados que existían en Buenos Aires eran originarios de los que trajo Mendoza, de la Casta de Cordova y Santiago de Jerex. (Textual.)

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Todo ese ganado alzado al fin, es traído al redil y desde ese momento forma la raza del caballo argentino medio salvaje y fortificado por la inclemencia de las estaciones.
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La raza del caballo español (andaluz) que denominaremos criolla, alcanzó en algunos buenos harás de inteligentes estancieros un hermoso desarrollo y fueron muy nombrados en su tiempo, por la belleza de la configuración de las formas en general y su notable resistencia y ardor, los caballos de las crías de los Montes Grandes, de los Campos de los Lastras, de los Ramón Mexía, de los Castex, de los Zubiaurre. Era muy general entonces, que un caballo en un día se galopara 250 kilómetros. Estas crías seleccionadas por la mestización hubieran dado resultados espléndidos, pero todo desapareció por diferentes causas. Por una parte las continuas guerras que arrasaban con estos elementos de montonera, y la incuria de los gobiernos que no protegían ni estimulaban la industria, y por otra parte la falta de mercado. En las provincias andinas, de suelo pedregoso, también existe una raza fuerte de caballos que cada día, por anemia y falta de selección, va desapareciendo. Más tarde, con la intención patriótica de formar nuestro caballo de guerra, nuestro corcel especial argentino, algunos estancieros, con grandes sacrificios de dinero se propusieron fundar un hermoso harás, teniendo por base fundamental caballos puros de carrera y yeguas Cleveland mestizas, o criollos seleccionados en las mejores crías de los Montes Grandes ú otros harás renombrados. Se proponían como producto magnífico un caba19

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lio único, de calidades sobresalientes de vigor y resistencia tan relevantes como el árabe o el antiguo criollo seleccionado. En esta empresa alcanzó hasta emplearse más o menos un capital de trescientos mil pesos moneda nacional, en la esperanza de conseguir el fin patriótico que se proponían; mas en el mayor desarrollo de la empresa, se vio que los sacrificios no compensaban las utilidades.
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Ahora creemos que el caballo de guerra argentino, debe ser el producto del caballo puro de carrera y yegua mestiza Cleveland, o criollos seleccionados de regular alzada; debe vivir a la intemperie y no someterlo a ningún ejercicio violento antes de los cinco años y así se evita los desperfectos que por estas causas sufren los caballos antes de esa edad; nada estropea más a los caballos que el salto. Es necesario con excesos de cuidado normalizar la vida del caballo, robusteciéndole gradualmente sin violencia, hasta conseguir en varias generaciones el caballo vigoroso y de resistencia que tanta gloria dio a esta tierra. «Las cualidades típicas que debe poseer el caballo de guerra argentino, han de ser las siguientes: 1. , buena salud, la que se revela por el vigor y la alegría del animal, el brillo del pelo según las estaciones y el fácil juego de todas sus funciones ; 2. , cinco años al menos, porque antes el cuerpo no está bien desarrollado, ni los huesos perfectamente soldados, de manera que en esta situación el caballo no puede resistir a las fatigas de la vida militar; 3. , un temperamento moderado o sanguíneo, que es el más adecuado para la duración de los servicios. Este temperamento está caracterizado por el gran desarrollo del aparato cira a a

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culatorio y de los órganos de la respiración; 4. , conformación armónica, sin la cual las fuerzas repartidas desigualmente se contraerían mutuamente y traen un pronto desgaste; 5. , miembros fuertes sin taras, particularmente en las articulaciones; 6. , pies buenos: sin pie no hay caballo; 7. , vista buena, boca dócil, carácter paciente, manso; 8. , debe tener más fondo que ardor, más solidez que brillo. Los caballos demasiado ardientes gastan su vigor antes de tiempo. Se necesita un animal resistente, capaz de ejecutar largas jornadas sin fatigarse y que guarde su ardor para el campo de batalla; 9. , tener buen apetito y que se contente con cualquier pasto; 10. , poseer un cierto grado de gordura para que, si llegase el caso, pueda vivir de su propia substancia; 11. , estar acostumbrado a la ruda vida del trabajo ( 1 ) . Cuando tengamos este caballo fuerte, sobrio, de buena salud y de buena envasadura, que viva sin enfermarse,; soportando la inclemencia de la temperatura como el indio, su congénere humano, que se alimente con cualquier cosa y que pueda resistir sin contratiempo las rudas y repetidas fatigas de la vida militar, tendremos el caballo que necesitamos para los diversos servicios, es decir, de silla y de tiro, pues son tan diferentes en el ejército, que es imposible para uno determinado emplear caballos de la misma conformación, aunque de las mismas cualidades.
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(1.)

Estos datos han sido tomados de la obra del señor Kreyembildk.

Líos nipones
¡ Acaso sucederá un día, dice von der Goltz, en que algún nuevo Alejandro surgiendo repentino de lo desconocido, y a la cabeza de un puñado de hombres probados, echará por tierra la turba incoherente de legiones experimentadas! ¡Acaso nadie sabe l o que el porvenir reserva a las naciones que se han agostado en el sacrificio, que degeneradas ya no disponen de sangre bastante rica para hartar la gula de ese dios Molok (la guerra) siempre voraz y hambriento! Al considerar, en el principio de la guerra rusojaponesa, el desarrollo de los acontecimientos, se pudo muy bien pensar en la filosofía que encerrara el axioma de von der Goltz. TJn ejército impulsivo recientemente convertido al arte de la guerra moderna, asimilándose ventajosamente todos los más estupendos adelantos de la técnica y de la mecánica militar, con un espíritu de obediencia ciega hacia su soberano, con un coraje bárbaro, grandioso, alimentado vertiginosamente por los dos más sugestivos fanatismos: el de patria y el de religión, y una unidad de doctrina admirable, con un cálculo justo, un juicio y una reflexión remarcable y una osadía dirigida con inteligencia encerrada en la perspicacia y sus límites racionales, ese ejército, decíamos, acaba de asombrarnos con sus inesperadas victorias sobre las férreas legiones moscovitas, sobre esos rusos por quienes Napoleón tenía tan grande opinión

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cuando pensaba «que era necesario darles muerte primero, y empujarlos después para que cayeran». Esa nación japonesa, prima hermana de la China, tenida en el mayor desprecio por el coloso del Norte; ese grupo escuálido de pequeñas formas de la raza amarilla que nos recuerda a los raquíticos y gloriosos soldados de López, viene hoy con abnegación sublime y bárbaros sacrificios a implantar una teoría que, si es verdadera, no es nueva, por lo menos había sido olvidada, aunque alguna vez resucitada por uno que otro clarovidente no creído; y ante ese espectáculo que nos sorprende, hoy asistimos al desarrollo de un sistema que lleva a demostrarnos con caracteres sangrientos que la guerra, en su esencia primordial y absoluta, no ha cambiado de f a z ; se trata ahora muy sencillamente de matanza de hombres temerarios en mayor 0' menor escala y en oportunidad según lo exija el imperio de las circunstancias llevadas con inteligencia a un objetivo solucionante, que marcará, cueste lo que cueste, el sacrificio brutal de sangre generosa, que haya que impetrar de las naciones en lucha. Aquel principio de Napoleón, vulgarizado por Clausewitz, «de que el producto de la masa por la impulsión constituye una fuerza invencible, la cual en una batalla general buscada desde el principio de la guerra, debe quebrar la cohesión material y moral del enemigo», ha tenido lugar ahora, presentando esta guerra célebre un estudio que va a ser provechoso en adelante, porque ha de señalar definitivamente la verdadera teoría de la guerra, fundada en el esfuerzo temerario del corazón humano. Y sin embargo, los japoneses que señalaron tan brillantemente este principio que con un sistema admirable de movimientos impulsivos, donde la actividad y la osadía reflexionada les daba un

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tinte, tal vez único, de guerra magistral, después de este primer momento tan bien aprovechado, con sorpresa de los profesionales, se les ve detenerse en las proximidades de Mukden, sin concluir la operación estratégica que anunciaba su poderosa iniciativa. Ese error tal vez le cueste caro si acaso el nipón no hace todos los sacrificios que son de esperar de un pueblo patriota, para finalizar ventajosamente esta guerra. Clausewitz dice: Toda detención y todo rodeo inútil, son despiltarros de fuerzas y herejías estratégicas ; la teoría nos indica que para marchar al objetivo es necesario tomar la línea más corta, lo que pone término- a las interminables discusiones referentes a las maniobras sobre la derecha o sobre la izquierda. Observamos esta sobriedad militar en las operaciones de los japoneses al principio de la guerra. Rápidos y fulmíneos, han caído sobre los rusos y los han desconcertado, pero no han aprovechado del estupendo éxito moral de sus victorias repetidas, sobre un ejército desmoralizado que retrograda. Mientras no se nos demuestre que han sido insuperables los obstáculos con que han chocado los ejércitos japoneses que operaban sobre Mukden, creeremos que la alta dirección del ejército japonés ha vacilado sin comprender su alta misión. La guerra, con su séquito de truenos espantosos asfixiantes, ha quedado más bárbara aún que antes, aunque el tecnicismo es igual en la parte teórica, pero no' sucede así en cuanto a su infernal mecánica. Stoessel, impresionado por ocho meses de horrores, nos dice una verdad que crispa los pelos; nos dice que no existen obras de defensa que resistan a los cañones de once pulgadas, y ningiín ser humano que soporte sereno y fuerte, sin caer anonadado, colosales proyectiles asfi-

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xiantes. ¿Cómo se hará entonces la guerra cuando algunas de estas haterías bombardeen los campamentos y los ejércitos? por más esparcidos que se encuentren, estarán a merced de estas máquinas terribles; será necesario ser trogloditas y vivir debajo de la tierra hasta el momento en que, masa tras masa, formando montones de cadáveres, conquisten la posición o sea rechazada. Era curioso sentir hace algunos años las diversas teorías de la guerra, que surgieron como filosofía práctica, a raíz de la contienda de 1870 entre Francia y Alemania; entre éstas alcanzó a tener prosélitos la muy aventurada de que el valor constituía un factor secundario en la guerra moderna. Paradoja era esta, que tenía por base la dirección científica de la guerra, olvidando que el choque trae la solución del problema; y que mientras subsiste el choque, hay que soportar con un valor estoico a tres o cuatro mil metros el efecto horroroso de la artillería pesada o de posición, en seguida a igual distancia la metralla de las piezas de campaña o el fuego rápido de los fusiles, que os matan con la velocidad del segundo, a lo que habría que agregar las minas, los torpedos, la aerostación, la electricidad fulminante, y cuanto horror pueda inventar la malvada mecánica de la guerra. Mientras que los ejércitos entablen el combate con esas máquinas de muerte que anonadan la más perfecta resistencia, el valor en ese caso tendrá que ser el primer factor para iniciar, continuar, restablecer y concluir la batalla.

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