Liborio Vendrell y Eduard

DE

Parahyba á Valparaiso

UNA

EXCURSIÓN
HACE

POR AMÉRICA
AÑOS

DEL SUR

CINCUENTA

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VITORIA T i p o g r a f í a de F u e r t e s y M a r q u f n e z
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Pafahyba á Valparaiso

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Liborio Vendrell y Eduard

DE

Parahyba á Valpa

UNA

EXCURSION

POR

MÍÉRICA/DEL

SUR

VITORIA T i p o g f á f í a de p u e n t e s y
Teléfono n ú m e í o 183

flflarquínez

1915

Es p r o p i e d a d del a u t o r . Q u e da h e c h o el d e p ó s i t o que p r e viene la Ley.

I La villa de Palamós
Hallábame en Parahyba, Brasil, empleado, en calidad de secretario del director-gerente de una empresa mercantil, cuya razón social, muy conocida en ambos mundos, representaba cuatro millones de pesos. Una mañana, el señor don Manoel da Cunha Belho, mi principal, entró en mi despacho y después de saludarme cariñosamente, sin otro preámbulo, dijo; señor Vilavella, es usted inteligente, discreto y emprendedor y puede usted ayudarme á realizar un buen negocio. El señor don Manoel tenía confianza absoluta en mi práctica comercial y especialmente en la cualidad extraordinaria de polemista sofístico que me atribuía, sin fundamento en que apoyar su parecer, para argüir con silogismos y demostrar una proposición. Agradecíle la cortesanía y esperé á que explicase su pensamiento. Continuó hablando; pero nada dijo de lo cual pudiera inferir la clase de negocio que pensaba confiar á mi cuidado; secreto que, sin duda, guardaba para comunicármelo más adelante, en mejor ocasión, y despidióse diciendo que me preparase para emprender un largo viaje. Transcurrieron algunas semanas; y, todos los días, cuando presentaba las minutas al acuerdo y rúbrica de mi principal, don Manoel mirándome sonreíase y yo correspondía á su sonrisa con otra casi angelical. Una tarde, después de larga digresión para disponer el ánimo y ganarme la voluntad, hizo relación circunstanciada del estado de los negocios de la sociedad, interesándome en las utilidades del que trataba de efectuar. Habló acerca del asunto sin omitir particularidad ninguna, apoyando su opinión en precedentes y documentos, y con tan buenos auspicios, una Importante cantidad en oro

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para costear los gastos que ocasionara el viaje y una carta de crédito sobre la casa de banca de los señores Schaffino y Compañía de Valparaíso; en el acto y previas algunas explicaciones para la buena marcha de la dependencia, entregué á mi sucesor accidental los papeles que tenía á mi cargo, que estaban al día, como se dice en el argot oficinesco, y despidiéndome del personal de la casa dirigíme á mi alojamiento. Arreglados mis asuntos particulares, procuré conocer la derrota más conveniente para ir á Valparaíso, en la República de Chile, donde radicaba la Sociedad propietaria del negocio que iba á ser objeto de mi gestión y desde luego emprender el viaje. Descartada la vía del Cabo de Hornos por los desastres que en sus tempestuosas latitudes originan los temporales del Sur y Sudoeste; lugar del mundo al que da fatídico renombre el sombrío peñasco de seiscientos metros de altitud, extremidad austral de la América del Sur, y acaso último cabezo aparente de la Cordillera de los Andes. No agradándome tampoco la idea de recorrer en un velero los ochocientos kilómetros del Estrecho de Magallanes, (1) paso angosto y sinuoso por el que se comunican el Atlántico y el Pacífico, comprendido entre montañas cubiertas de nieve de cuyas cumbres heladas se desprenden fuertes rachas y furiosos chubascos, soplando el viento en la fugada con la violencia del huracán y tan variable en su dirección que algunas veces no permite gobernar á rumbo. A las fugadas, cuando vienen del Sur ó del Sudoeste, preceden como indicios de tempestad ciertas masas de nubes negras de imponente y amenazador aspecto. Entonces la descarga eléctrica produce el trueno, y el eco por la repercusión del aire, en los montes que bordean el brazo de mar que forma la infinidad de abras, surgideros, canales, golfos, bahías, ensenadas, puertos y calas del M a gallánico Estrecho. Profunda hendedura que separa la Tierra del Fuego de la Patagonia, donde termina la cordillera de los Andes, á la que llamo espinazo de la América meridional,
(1) Magallanes, denominó Estrecho de todos los Santos al que hoy lleva su nombre.—(Nota del Autor).

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aunque no con mucha propiedad, según algunos geógrafos, por acabar en punta las partes más elevadas de ella, sin caer en la cuenta que no por tener las vértebras, que en los mamíferos van desde el tronco á la rabadilla, protuberancias que en ciertos casos forman corcoba, dejamos de llamar espinazo al conjunto de las mismas. En el Estrecho, el tiempo oscuro, las nieblas, las mareas muy vivas, las rápidas corrientes y las variantes de la luz solar constituyen una serie de peligros que, en muchos casos, no es posible preveer. (1) Conocida, muy por encima, la hidrografía de semejantes parajes, algunas observaciones meteorológicas y ciertos datos interesantes, indispensables para poner por obra mi proyecto, que varios amigos, pilotos particulares, se apresuraron á facilitarme, decidí hacer por tierra gran parte del viaje, es decir; (1) «En ninguna estación del año es prudente que un buque de cruces, que cuente sólo con sus velas, intente pasar el Estrecho. Los buques de vapor pocas dificultades encontrarán en la navegación por cualquier parte del Estrecho que no las hayan esperimentado en los angostos canales y puertos que en todas partes hay por la misma latitud. Al navegante puede preocupar la derrota que más le coavenga emprender, si la del Estrecho de Magallanes ó la más larga de doblar el Cabo de Hornos. Si el buque es de vapor y lleva buenas amarras, si va sobrecargado y especialmente si es de los blindados, que tiene que soportar el peso de la coraza, no debe dudarse en preferir el paso por el Estrecho. El mejor período para pasar el Estrecho es el de la luna llena, porque entonces ayudan las mareas a pasar las angosturas y ia luz de la luna, puede librar de noche de algunas horas de ansiedad». (Navarro y Morgado, capitán de fragata de la Armada Nacional. Derrotero del Estrecho de Magallanes.) Hasta principios del último tercio del siglo xix,el viaje desde Europa y otras partes del mundo á los puertos de América en el Pacífico, se verificaba en fragatas de madera de mucho tonelaje, aproposito para resistir los furiosos embates del borrascoso mar del Cabo de Hornos, pues la vía del Estrecho de Magallanes casi no se utilizaba. Hoy, los grandes transatlánticos de hierro, de mucho radio de acción, emprenden largos viajes sin necesidsd de tomar puerto para carbonear y bien provistos de cuanto han menester para maniobrar en el Magallánico Estrecho, atraviesan ese paso sin dificultad, sustituyendo á las fragatas que hacían la derrota por el Cabo.

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llegar embarcado á Rosario de Santa F 3 , ciudad de la Argentina, situada sobre un barranco en la orilla occidental del río Paraná, afluente del Plata, y desde allí, por el Norte de las Pampas, ir a Mendoza y arribar á Valparaíso. Pudiendo verificar estas últimas jornadas sin dificultad ninguna porque habiendo terminado el invierno austral estaban abiertos los pasos de los Andes. Resuelto el problema, coloqué las puntas del compás sobre la carta, para conocer algunas distancias, cuando llamaron á la puerta de la habitación. ¡Adelante! dije. Entreabrieron la puerta, dejóse ver una cabeza y luego, enteramente, el buen talle de un caballero cuyos datos biográf'cos, lo que sabía respecto de su vida hasta aquella hora, van á continuación. Corto espacio de tiempo después de llegar á Parahyba tropecé con un antiguo conocido, personaje de primera fila, hombre de condición, émulo en poesía y amigo, con motivo de una larga residencia en Madrid, de Bullón, Cepeda, Moreno Godino, Pelayo del Castillo y Pedro Marquina, tipos clásicos de nuestra bohemia literaria, poetas
En las construcciones navales de mucho tonelaje, el hierro sustituye con ventaja á la madera porque á las piezas de figura que necesitan los buques se las puede dar las dimensiones que convenga. Por lo demás, bien dijo el que dijo, que «á la mar madera». De una estadística publicada, hace años, en un diario de Plymouth, Inglaterra, tomo los datos siguientes: *EI coste de los barcos de hierro que pasaba de dieciocho libras esterlinas par tonelada en 1872 á 1874, sólo fué de trece en 1877; de doce en 1880 y de menos de ocho en 1885 á 1886. Un vapor mercante de hierro de 2.000 toneladas de capacidad, que en 1883 se compraba en Inglaterra por 24.000 libras, solamente cuesta hoy 14.000. De los vapores que se construyeron en Inglaterra en 1870, únicamente el 6 ° | pasaba de 2.000 tone'adas; pero de los construidos en 1884 un 17 ° | pasa de dicha cabida. Y claro está, continuó la construcción de vapores de gran porte hasta desterrar los grandes veleros, sustituí yéndoles con transatlánticos de mucha marcha, que son los que en la actualidad verifican la navegación por el Estrecho. Sería temeridad aventurar barcos de poco porte en el borrascoso mar del Cabo.—(Nota del Autor).
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dramáticos de singular ingenio, extravagantes personajes que por ley inexorable de la naturaleza dejaron ya de contarse entre nosotros. Alguno de ellos murió de miseria como Camoens, el Cervantes lusitano, insigne autor de Os Luisíadas, gran poema de la literatura portuguesa, de quien dice uno de sus biógrafos «Ser mendigo y más que rey*. ¿Mi amigo era noctámbulo, escéptico, desaseado, mal oliente y tabernario? No: nada menos que eso. Soñador muy original, repentista de muchísimo talento y ocasiona! gracejo. De simpática presencia, moreno de color y facciones correctas y finas, de negra, sedosa y rizada cabellera, los ojos negros y la barba cuidada con esmero. El aire del semblante, el manejo del cuerpo y la apostura le daban el aspecto de trovador lírico medioeval, de una de esas figuras que parecen haberse escapado de las estrofas del Cancionero de Baena, con las que ciertos dibujantes, una que otra vez, cuando el asunto lo requiere, ilustran las páginas de algunos libros de agradable entretenimiento. Aventureros, idealistas, de porte distinguido, lujosamente ataviados que, al pie de los muros de los torreados castillos roqueros, honorificados por el feudo, acompañándose con el laud cantaban endechas, galanteos para granjearse las simpatías de las damas castellanas, y en las cámaras señoriales referían historias caballerescas y cuentos de amores. Tipos primorosos de poetas y músicos errantes, que si existieron como se les describe, su linaje desapareció ya hundiéndose en la eternidad de lo pasado. Apellidábase Macías y era paisano de su homónimo el enamorado trovador gallego, (1) muerto alevosamente, según cuentan,

(1) Macías, el Enamorado, gentil, sensible y dulcís mo poeta del siglo x v cuyo trágico fin despertó durante mucho tiempo el interés de sus contemporáneos; era natural de la villa del Padrón, en Galicia, y doncel del marqués de Viilena. Su decir encanta y su historia merece ser conocida. Benito Viceto, literato gallego, muy distinguido, autor de «Los hidalgos de Monforte» publicó en un periódico, hace muchos años, la bioarafía del poeta. - (Nota del Autor)
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por el marido de su amada en el castillo de Arjonilla, y como el desventurado vate, poeta y enamorado también. El amigo Macias, hombre de gran corazón, poco sufrido ^le carácter y sereno en el peligro, era como la planta del cafeto que no aguanta otra sombra que la suya. . Cuando tuvo noticia de mi viaje alegróse sobre manera ' y , de buenas á primeras, prometió agregarse á la expedición si nó había inconveniente y razones que oponer á su incondicional y desinteresado ofrecimiento. Acepté el concurso de mi amigo porque realmente su compañía, en semejantes circunstancias, era una adquisición de valor inapreciable. Accediendo al deseo de Macias jugaban cantidades iguales la amistad y la conveniencia. Acto continuo bajamos al puerto para buscar barco que nos llevase á la Argentina y, por casualidad, encontramos uno que en el día siguiente daría la vela con rumbo al Plata. Era una goleta catalana «La Villa de Palamós». Preguntamos por el capitán, que no estaba a bordo, y después de visitar para encontrarle cuantas veardas, tiendas de vinos y comestibles, había en ias inmediaciones del muelle, que no eran pocas, establecimientos muy concurridos á prima noche, dimos con el señor Pinell, capitán del barco de referencia. Alto de cuerpo, flaco, de cabeza chica, pelo de cofre, bermejo, cuellierguido y derribado de hombros, es decir, los extremos más bajos de lo regular. La cara, pecosa y bien rasurada, tenía la apariencia de un garbanzo. Vestía una levita ¡Dios nos ampare! ceñida al talle, abotonada sobre el pecho y larga y estrecha como la funda de un paraguas. Una de aquellas levitas, que el buen gusto, por razón de estética, había mandado retirar hacía muchos años y que por su rara factura solo figuraban ya en la vitrina de algún museo arqueológico para que los anticuarios pudieran estudiar la indumentaria con la que se honraron los dómines preceptores de gramática latina de nuestros abuelos. Prenda

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que los gomosos de ahora, estiman como de última moda, corte inglés, y según ellos dicen, constituye el colmo de la elegancia. Mirabite visu. Le saludamos descubriéndonos y el hombre, sin c o r r e s ^ ponder á nuestra cortesía, encasquetada la gorra, mirándonos! receloso, enteróse de lo que pretendíamos. 1 Después de mucho discutir quedamos definitivamente en ' lo que había de ser. Ya se sabe, dijo Pinell; pago del pasaje por adelantado, cómodos y espaciosos camarotes con dos literas y buena mesa. Corriente, estamos de acuerdo. El barco levaría de madrugada para dar la vela con el repunte de la marea, y sin tiempo de que disponer por la urgencia del caso, apenas habrían transcurrido dos horas cuando ya estábamos a bordo. Una escopeta, una guitarra, un peine, un espejo de bolsillo y un saco de tela de alfombra, que entre otras prendas de vestir contenía una docena de corbatas de diferentes colores, constituían el equipaje de Macías, y el mío tampoco era gran cosa, reducido por conveniencia á la capacidad de una pequeñísima maleta. El barco estaba abarrotado de cueros y pulpa de coco. Tenía las escotillas abiertas, y la carnaza de las pieles y la pulpa rancia del coco despedían hedor insoportable. La tripulación, de capitán a paje, s e componía de nueve hombres, catalanes cerrados, á tres ó cuatro de los cuales acompañaban sus mujeres é hijos. El contramaestre era cuñado del capitán, el grumete sobrino del contramaestre, el carpintero-calafate, yerno del bodeguero y hermano de un timonel y de esta suerte los demás. De modo que la dotación de la goleta la formaba una familia, especie de tribu en la que Pinell, como patriarca, ejercía los actos propios de su autoridad a bordo. A la una embarcó el capitán y al romper el día dieron la vela.

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Con viento de proa y sin espacio para barloventear es difícil salir del puerto de Parahyba. En una virada faltó poco para que el barco se estrellase contra unas rocas; pero gracias á la pericia del capitán salió zafo del escollo. Navegamos alejándonos de la tierra para salir de la influencia de las corrientes de intensidad variable que ocasionan los vientos periódicos reinantes entre la costa y la corriente del Brasil, brazo de la corrien ecuatorial (1) que corre paralelo a la costa de la América meridional y termina por paralelos del río de la Plata. La costa del Brasil es muy pegajosa. En alta mar encontramos Noroeste duro, tiempo obscuro y lluvioso. Pocos momentos antes de las cuatro de la tarde desfogó un chubasco y llamaron para comer. Cocina catalana, muy pobre; escudella, costillas de puerco fritas espolvoreadas de canela, un trozo de queso Rocheffort, vivero de gusanos, en tal grado que para servirnos había que cazarle y un vinillo clarete y avinagrado del Priorato de Tarragona, que bebiéndolo obligaba a gesticular. Y pare usted de contar. A esto llamaban buena mesa a bordo de la «Villa de Palamós». Cuando el grumete servía un plato; el capitán que paseándose por la cámara y dando órdenes presenciaba la modestísima comida, se aproximaba á la mesa y como si tratase de atrapar una mosca al vuelo, pasaba la mano rápidamente por encima de la humeante cacerola para recojer el vapor
(1) La corriente ecuatorial tiene origen en la costa occidental de África, y sigue su curso hacia el Oeste, paralelo al Ecuador, hasta los meridianos de 14° á 15° Oeste en que empieza á dividirse, dirigiéndose una parte hacia el Noroeste hasta los 20° de latitud Norte en que va desvaneciéndose, y la otra hacia el Sudoeste convirtiéndose en la corriente llamada del Brasil. La influencia de la corriente ecuatorial llega casi hasta el cabo de San Roque, estimándose su velocidad media diaria en cuarenta y cinco millas.—(Nota del Autor)

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sutil que despedía la vianda. Llevándose luego la mano á la nariz olfateaba con delicia y poniendo los ojos en blanco miraba al techo y decia con cierta gravedad y aire de suficiencia culinaria ¡Cosa rica¡ Macías, una de las veces que á Pinell se le ocurrió ponderar del modo que dejo dicho la suculencia de los manjares I y la habilidad poco recomendable del cocinero, sin poder contener la risa soltó una carcajada estrepitosa, y el capitán algún tanto corrido; pero disimulando la impresión desagradable que había causado en su ánimo la risotada de mi amigo; sacó un acordeón que tenía en una caja y sentándose sobre uno de los almohadones que guarnecían la encajonadura de la cámara, empezó a estirar el fuelle y pulsar las llaves del instrumento, recreándonos el oido con una tocata de estilo puramente regional y más vieja que el andar a pié. Cuando presentaron el segundo plato, creímos que se trataba de una broma de mal género ó sencillamente de un descuido. Si lo primero, el autor de la idea no hubiera podido librar el cuerpo al lance de un tropiezo; pero luego viendo la ingenuidad, la solicitud y el buen deseo de aquella pobre gente que sin titubear atendía cariñosa á la menor de nuestras indicaciones, comprendimos que no había nada ficticio ni convencional. Pinell era buen hombre, hijo del trabajo y educado en la miseria, quizá lo que para nosotros resultaba escaso y deficiente, demasiado económico, para él fuese banquete digno de Lúculo. ¡Reclamar! ¿para qué? si á bordo carecían de los víveres necesarios para saciar el apetito y aquietar la queja, ya que la tripulación, en su modesto vivir, pasaba con tan poco que excedía de los límites de lo razonable. Con todo eso la cosa no era para disgustarse ni mucho menos. Hay un aforismo que dice: «a la fuerza ahorcan» y conformes con la suerte que el destino nos había deparado pusimos al mal tiempo buena cara. Después de comer subimos a la cubierta y allá fumando, hablamos por hablar, para satisfacer esa imperiosa necesidad fisiológica, y unas cosas tras otras, no recuerdo como, fuimos a dar en los disturbios que había ocasionado en Cataluña.y Valencia el período san-

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griento de la guerra de Sucesión. El capitán, tergiversando á su modo, con exagerado catalanismo, las relaciones y circunstancias de ciertos acontecimientos históricos, desatóse en improperios contra Felipe V. Para inducirle a mudar de opinión recordamos algunos hechos de armas realizados en tiempos del vali inte guerrero, que modificaban lo injustificado de su parecer. La célebre batalla de Aim ansa, ganada por Berwich, después duque de Liria, la gloriosa acción y asalto de Brihuega, el triunfo en Villaviciosa (1) y las infinitas contiendas y revueltas a las que puso término la paz de Utrech, y como insistiera en su diatriva y apreciaciones respectivas al primer Borbón de España, hubo que llamarle al orden. Pinell, no padecía de opacidades en la visión y viendo con claridad meridiana la tormenta que se le venía encima mandó tocar, en sentido figurado, atención general, generala y ligero y cedió el campo retirándose inmediatamente á cuarteles de invierno. Entonces Macías dijo que le trajeran la guitarra, y con buena voz de tenor é inspiración, de modo admirable, entonó unas coplas, letra y música de su cosecha, que ni las célebres de Jorge Manrique; canción ingeniosa, melancólica y apasionada, sorprendente, por la fantasía y el vigor en la expresión de la marcha general del pensamiento; cuyas estrofas, de originalidad absoluta, escuché con gusto por la belleza de la frase y lo grato de los conceptos. A medida que declinaba el sol crecía á bordo el aburrimiento que origina un largo viaje á la ve'a. Llegó la coche; el viento, los chubascos y la mucha mar molestaban en cubierta y como empezáramos á experimentar ía debilidad nerviosa que produce el sueño, no teniendo nada qué hacer, fuímonos á dormir.
(1) Villaviciosa es una aldea en las inmediaciones de Brihuega, Guadalajara. La batalla de Villaviciosa, mandada por el rey en persona, costo á los aliados, ingleses, austríacos, holandeses, portugueses y catalanes á las órdenes de Stahremberg, treinta y seis banderas y estandartes, sobre los cuales durmió Felipe V en el mismo campo de batalla; toda la artillería, tres mil muertos, doble número de heridos y seis mil prisioneros. El ejército enemigo se componía de veinte mil hombres. Súmense las pérdidas y se comprenderá lo escarnizado del combate y la importancia de la victoria.—(Nota del autor).

il El socio de Pinell
Al rayar el día ya estábamos sobre cubierta paseando con el señor Pinell, el cual, antes de terminar el viaje llegó á encariñarse con nosotros, mostrándose atento y obsequioso. El capitán, conocía mi apellido y creyéndome paisano suyo, recreábase expresando sus pensamientos en el dialecto regional. Yo, que no soy catalán ni había visitado á Cataluña hasta algún tiempo después de acaecidos los sucesos que refiero, sin entender palabra de lo que decía, me limitaba á indicar mi asentimiento á sus juicios con ligeras inclinaciones de cabeza, dando por buenos sus argumentos en los altercados que suscitaba discutiendo con Macías, que dominaba el lenguaje de Juan Fivaller. No sé por qué, en el curso de la navegación, permití que aquel hombre continuase afirmándose en una idea sin fundamento ni apariencia de realidad, cuando tan fácil hubiera sido disuadirle del concepto equivocado en que me tenía. Aún ahora, que van transcurridos muchos años, no acierto á explicarme cuál pudiera ser la causa de mi silencio. Ya veremos luego como semejante omisión y la insistencia caprichosa de Pinell pudieron ocasionar un compromiso que ni el de C a s p e . Después de algunos días de navegación, sin que á bordo ocurriese nada de particular; una mañana, al salir el sol, advertimos en el mar la influencia de las aguas del río de la Plata. Las aguas del Plata cruzan las de la corriente del Brasil y. se reconocen á más de doscientas millas de la desembocadura del mencionado río. El horizonte cargado de vapores, el cielo de celajes de

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matices obscuros, de formas indefinidas, de especial configuración, y el color terroso de las aguas revelaban el estuario del rio, mar de agua dulce, cuya desembocadura de cincuenta y cinco leguas está entre los 35° y los 36° de latitud Sur y determinan los cabos de Santa María y de San Antonio. El río de la F'lata, es el Misisipí de la América del Sur; los indios le llamaban Amaraya y obtuvo el honor de llevar el nombre de su descubridor, el piloto español Juan Díaz de Solis, que dio con él buscando un paso para trasladarse al Pacífico. La mar, en aquellos parajes, revuelta y fatigosa á causa de' poco fondo. La luna tenía su declinación Sur. El aire anubarrado y el enfriamiento repentino de la temperatura, indicaban una próxima perturbación atmosférica y como los temporales, en aquellas latitudes, se forman y desfogan con mucha rapidez; el capitán, piloto práctico en el río, navegaba con grandes precauciones, esperando que el viento saltase al Sudoeste. De igual manera que en África; el Simún en el Shara, los Tornados en la costa occidental del golfo de Biaffra, Loango y mares de Guinea; los Harmatanes, alisios del Nordeste, en la costa de Benin, Norte de Biaffra, y las mares Sordas, indican su llegada con perturbaciones atmosféricas; en la Argentina, el Pampero, viento del Sudoeste, anuncia también su aparición con señales inequívocas que revelan la proximidad del meteoro. No conozco la razón por la que al Pampero se le designa con semejante nombre, porque ese viento tiene su origen en los Andes de Chile, no en la región d é l a s Pampas de la República Argentina, como escriben algunos tratadistas, y es sabido que las corrientes atmosféricas toman el nombre del punto de donde vienen y no el de por donde pasan ó á donde van. Por cierta propiedad óptica de las olas que permite puedan conocerse á lo lejos, por los diferentes tonos del color del mar, los cambios de viento, advertimos que la tempestad no tardaría en desfogar. Brilló un relámpago de contornos bien

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determinados, de color rojo muy vivo, deslumbrador, dejóse oir el redoble prolong ido del trueno con desigual intensidad á causa de los diferentes estados higrométricos del aire en el espacio recorrido por la chispa eléctrica, y á breve término saltó el Pampero con impetuosidad irresistible, La suestada levantaba mucha mar, y una ola que se encapilló á bordo, puso á la goleta en peiigro inminente de zozobrar. Pinell, inteligente, sereno y valeroso, acudía a la maniobra con precisión y oportunidad verdaderamente admirables. La tempestad fué de corta duración. Luego que el mercurio empezó a subir en la columna termométrica, despejóse el cielo y llamándose el viento al Oeste cambió la apariencia del tiempo. Perdimos la aguja de bitácora y un bote. La cocina, que estaba situada en la cubierta, también se la llevó el mar ¡Y la vajilla! de la modestísima vajilla, hecha añicos, no pudimos utilizar ni siquiera una pieza. La guitarra de Macías sufrió un desperfecto que, por suerte, no perjudicaba a la sonoridad. Entramos en el río, y hallándonos frente a una playa, al Oeste da Maldonado, Pinell señaló con la mano un punto sobre la costa y dijo «Allí murió d o n j u á n Díaz de Solis». Conocíamos el acontecimiento y las circunstancias que concurrieron á la muerte del desventurado marino; pero nó el lugar del suceso. El capitán quitóse la gorra, que no se la quitaba ni para acostarse, y mentalmente rezó una oración pidiendo á Dios gracia para el muerto ilustre. El caso aconteció de esta manera: Engañado Solis por las demostraciones de amistad que le hacían los indios desde tierra, desembarcó con algunos compañeros, muy pocos, con objeto de explorar el terreno y fué víctima de su temeridad, cayendo en una emboscada que le tenían dispuesta los caníbales charrúas, que le devoraron á la vista de sus soldados, los cuales, atemorizados renunciaron á proseguir, por entoces, la exploración del país que acababan de descubrir.
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Transcurrieron algunas horas y después, en la obscuridad de la noche, el serviola cantó. Una luz por la proa. Era la farola del Cerro de Montevideo (1). Cuando el serviola cantó la luz; Pinell, dirigióse á nosotros y dijo: En el año mil setecientos noventa y ocho se colocó, por primera vez, una luz sobre el Cerro de Montevideo con el farol de popa de la fragata de guerra española Loreto. Al amanecer avistamos el puerto, y sin entrar en él, por no pagar derechos de anclaje y otras gabelas, pues según dice Posada Herrera en uno de sus libros: «La economía es la base fundamental de buena administración» principio rudimentario de la ciencia económica que Pinell tenía muy presente. El barco, voltejeando se mantuvo fuera y el capitán mandó arriar un bote para comunicar con tierra. Poco tiempo después regresó el bote, que los marineros se apresuraron á colgar, y una hora más tarde atracó una falúa al costado de la goleta. Un hombre que venía a popa, sentado cerca del timonel, subió a bordo y encarándose con el capitán comenzó á disculparse de algo que se le imputaba, procurando justificar la razón de su empeño, sin que por lo visto, sus razonamientos respondiesen á las preguntas y acusaciones de Pinell, Agrióse la cuestión atropeliándose los ademanes violentos y las frases enérgicas y disonantes. El capitán, miróme como solicitando mi intervención, y yo, muy diligente, no encontré modo más adecuado de acudir en su auxilio que amenazar con los puños las narices de su contrario. El recien llegado, que temía ser agredido, lívido, jadeante, anudada la voz en la gargarta por la vehemente pasión de la ira que le dominaba, 'sin responder a nada, después de maldecir y jurar que había de matarse con Pinell, queriendo tomar el cielo con las manos y llamando a Dios de tu, saltó á su falúa alejándose á fuerza de remo. El individuo en cuestión, según pudimos inferir de las pa'abras de Pinell, que muy indignado no cesaba de rascarse la cabeza, era uno de sus socios, encargado de la
(1) Montevideo, último reducto de la- dominación de España en la región del Plata.-(Nota del Autor).

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agencia de un negocio, a quien el capitán atribuía el mal resultado de la empresa por consecuencia de lo desacertado de la gestión. Viramos de bordo para subir por el río°y recorrer las ciento sesenta millas que dista de Montevideo la ciudad de Buenos Aires, cuando vimos que una lancha de la policía del puerto forzaba de vela para alcanzarnos. Pinell, algo debía recelar del enojo de su socio por que sin atender á las señales que le hacían los de la lancha mandando pairar, en vez de largar las escotas para obedecer, aprovechando el viento fresco del S. E. cazó el aparejo y dando al barco más andar pronto la perdimos de vista. Espesa niebla empezó á cubrir el área del río, desde su embocadura hasta el banco de Ortiz. A partir del meridiano de Montevideo el fondo del Plata va en disminución hasta la confluencia de los dos grandes ríos Uruguay y Paraná, que son navegables en casi todo su curso, y su calidad, entre los bancos, se compone de fango y algunas veces de toba. A cada instante revoleaban el escandallo para reconocer el fondo, y detenidos por las corrientes, las calmas y cambios de viento, fondeando para no ser arrastrados por las mareas, cinco días después de haber salido de Montevideo enfilamos el puerto de Buenos Aires, (1) y en una virada dimos fondo en la rada. Fajas nubosas horizontales, estacionarias, de color de humo, ocupaban las regiones bajas de la atmósfera, y en el
(1) La etimología de Buenos Aires, al parecer, es la siguiente: Un soldado ó marinero de los que acompañaban á Solis (que fué quien descubrió la extensa abra del río, al que dio su nombre) aspirando con delicia el ambiente que le rodeaba, dicen que dijo: «Qué buenos aires son los de e-ta tierra», de cuya frase, según algunos, se deriva su origen. Hay otra versión, pero esta es la generalmente admitida. Sebastián Cabot, que exploró el Río de Solis en 1527, le mudó el nombre en el de Río de la Plata, por la gran cantidad, que de este metal, había recogido de los indios. El Plata, frente a Buenos Aires, entre esta capital y Colonia, tien;: 10 leguas de anchura.—(Nota del Autor).

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horizonte el cielo parecía enrojecido por los últimos reflejos del sol. El aire cargado de vapores, alta temperatura y el calor sofocante. (1) En la rada las aguas turbias, de color terroso, agitadas por rachas del Norte, levantaban oleaje como en el mar, y la goleta, meciéndose al ancla, sin la sujec ón relativa que el velamen da al barco en marcha, ocasionaba las molestias que producen el cabeceo y los balances. Ue pronto oimos vocerío ensordecedor, por aclamación, é ignorando lo que semejante alboroto pudiera significar, para enterarnos, subimos á la cubierta apresuradamente. > Cosa de risa. '. La tripulación de una fragata de guerra portuguesa, que ^teníamos á estribor, subida en las vergas esforzábase á gritar para adiestrarse en el saludo a la voz, (2) entonándolas voces con arreglo á un mismo diapasón, para ejecutarlo acorde, formando un conjunto armónico, cuando llegase la oportun'dad, es decir; q le ensayaba su papel como pidiera hacelo el cuerpo de coros de una compañía de ópera, cantardo simultáneamente una pieza concertada. Ensayo que, hasta entonces, yo no había presenciado en parte alguna del mundo. Pinell, resistíase á creer lo que veía, por la originalidad del suceso, examinando los buques que tenía a la vista por si alguno de ellos enarbolaba insignia opuesta al tope, que indicase la categoría del comandante ó la importancia de personaje a b o r d o á quien rendir honores. Y como no h a b ü ninguna y era tan manifiesta y perceptible la evidencia del caso, que nadie podía racionalmente dudar de ella, celebrando con risa la ocurrencia, dirigióse hacia el porta'.ón de la banda de estribor para recibir al médico de naves, que en aquel momento transbordaba de su lancha para examinar y recojer la patente de sanidad, enterarse del estado de salubridad de
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(1) En Buenos Aires, y aún en su paralelo, cuando soplan vientos del Norte, el calor es excesivo. —(Nota del Autor). (2) Honor que se tributa a bordo de los buques de guerra- Se saluda á la voz y ee saluda al cañón.—(Nota del Autor).

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la goleta y de la salud de sus tripulantes y pasajeros y si no había novedad poner el barco á libre plática, para que pudiéramos comunicar con tierra. De lo contrario ordenar que enarbolase bandera amarilla al tope del trinquete, señal de incomunicación por eoidemia ó enfermedad contagiosa á bordo y marchar á un lazareto para hacer cuarentena.

Ili El caballero Ricci

Al otro día, muy temprano, desembarcamos en el muelle de la Boca de Barracas para visitar la ciudad fundada por el ínclito vizcaíno Juan de Garay en mil quinientos ochenta y tomar el aire de la tierra, según decía Macías, espíritu cosmopolita para él que todo el mundo era su patria. Barracas, es un arrabal de Buenos Aires distante de la capital una legua de buen camino que recorrimos en un mal carruaje. Tres caballos flacos, más estrechos que un peine, vientre de galgo y cortos de resuello, enganchados á la potencia, tiraban del pesado armatoste á costa de grandes esfuerzos, á son de fusta y arreo de boca. En contacto forzoso, por falta de capacidad del interior del coche; apretados, estrechándonos hasta más no poder para encontrar postura relativamente cómoda, sin molestar á nadie, cosa difícil en verdad, los compañeros de viaje, gente campechana, sostenían animada conversación. Uno de ellos, el caballero Ricci, italiano, persona muy agradable, distinguido maestro de armas establecido en la capital; popular y temible por su extraordinaria destreza en la esgrima de la espada. De muy buenos modales, afectuoso y facilidad en el decir, dirigióse á Macías, acaso por simpatía ó debido á la casualidad, hablando de Europa, poniéndose al corriente de cierta clase de asuntos que deseaba conocer. Después, para entretenernos, sin duda, con el laudable propósito de que fuese menos molesto y soportable el fatigoso ajetreo que ocasionaba el movimiento del desvencijado vehículo, refirió

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una de sus campañas peleando como capitán á las órdenes del insigne Garíbaldi en Marsala y en Aspromonte á favor de la unidad italiana. Orgulloso, hacía gala de un chirlo que le cruzaba la cara, comprobante irrecusable de sus proezas, y como testigo mayor de toda excepción, ostentaba en el ojal de la solapa, como señal ó divisa, una cinta de color rojo, premio al mérito de algún hecho heroico. El caballero Ricci, acompañado de su mujer y de dos criadas indígenas, gordinflonas y patojas; después de pasar * una temporada en el campo en una hacienda de su propiedad, como no era español, regresaba á la ciudad á tiempo para presenciar las fiestas del aniversario de la independencia Llegamos á la población y al doblar una esquina, en una plazuela, paró el coche. Muchos viajeros, sin despedirse, desaparecieron como por encanto corriendo en diferentes direcciones. Ricci y Macías, e n g o l a d o s en la conversación, sin cuidarse de nosotros, echaron á andar á buen paso. Ofrecí el brazo á la señora y seguidos de cerca por las criadas, recorrimos un largo trayecto atravesando calles y plazas sin saber adonde iríamos á parar, hasta que, por último, dimos en la plaza de la Victoria en la que se levanta el palacio del gobierno, edificio que se distingue por la variedad de estilos, verdadero error arquitectónico. Detuvímonos á la puerta de una casa de ostentosa apariencia y Ricci, agarrando un historiado aldabón de bronce, dio tres ó cuatro golpes, que resonaron como un eco en el interior de la vivienda. Allí no había nadie, y corto espacio de tiempo después de nuestra llegada, apresuradamente, se presentó un joven, provisto de una llave, expresando sus excusas en la lengua de! Dante, con marcado acento siciliano. Abrió la puerta y entramos, avanzando muy despacio, a medida que el criado que nos precedía descorriendo cortinas y abriendo las hojas de las ventanas daba paso a la luz. Descansamos en una sala bien adornada con muebles de valor y lujo, en cuyo frente principal se destacaba de un hermoso lienzo la enérgica e intensamente simpática figura del general Garibaldi; guerrero legendario de la revolución italiania, egregio caudillo, famoso ca-

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pitan, poeta, filósofo y político, apóstol de una idea, reflejo fiel de su fisonomía moral. Ricci, manteniéndose firme en el deseo de ser nuestro cicerone, después de mucha conversación, despidióse cariñosamente de su mujer diciéndola que mandase preparar la comida para buena hora contando con dos convidados. Bebimos una botella de Jerez, para reforzar el temple de nuestras energías, y decididos á recorrer la ciudad, salimos de casa, de bracero, llevando en medio al anfitrión y tarac e a n d o «A Margelina» canción napolitana.

IV Laura y Leonora
Cielo azul purísimo y ambiente abrasador. En el río densa calina obscurecía el aire. Las calles céntricas de la ciudad, largas, anchas, rectas, verdaderos barrizales orlados de árboles enanos; casas en construcción y cuadrillas de obreros abriendo cunetas para el desagüe de la vía pública. Grandes muestras colocadas sobre el dintel de las puertas de las tiendas, anunciando mercancías, y carteles colgados de los hierros de los balcones, escritos en mal castellano con pésima ortografía, exponían á la vista pintarrajos alusivos á facultades y oficios, obras de mal gusto artístico, producciones extravagantes del desmañado ingenio de algún mamarrachista, ofreciendo sus servicios, especialistas yankees, dentistas, barberos, planchadoras, callistas, ministrantes topiqueros, modistas, madama é infinidad de industrias á cual más original, muy á propósito para llamar la atención; de tal modo, que habría mucho que decir. Los edificios engalanados con banderas, colgaduras, escudos, banderolas y gallardetes, y recorriendo las calles y plazas, precedida de bandas de música, una muchedumbre harapienta, pringosa, procaz; abigarrado conjunto de gente de toda broza, mestizos, indios, mulatos y negros, que forzando la nota de la patriotería y en son de fiesta, dando vivas y mueras, atronaban el espacio cantando a voz en cuello coplas del himno nacional argentino, composición poco inspirada, música de un señor López, relativas á la insurrección de los rebeldes y desagradecidos americanos, denigrantes para los españoles. Multitud inconsciente, la plebe soez que se manifestaba tal como era sin consideración ni respeto a la nación amiga.

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La noble España, de vinculado señorío, á la que no se debe nombrar sin que preceda el homenaje de un saludo, soberana de grandes estados, (1) temida y respetada, emporio del renacimiento y por entonces admiración de los pueblos curios. La vencedora en las Navas y en Lepanto y que andando el tiempo, mil cien años después de la rota del Quadalete, que decidió su suerte, preparara un sepulcro en Santa Elena, conmoviendo al mundo con el impulso de titánico sacudimiento. (2) En la interminable serie de sangrientas contiendas; desde las irrupciones de Tarif, Muza y El Manzur, el famoso Almanzor, (3) ilustre caudillo, que herido de un bote de lanza en Calatañazor, campos de Soria, murió en Medinaceli. Yusuf, los fieros almorávides y los almohades, no había resistido acometida tan formidable como la incursión Napoleónica á principios del siglo XIX. En semejante trance, los argentinos poniendo en acción el rencor heredado y otras cosas que no se transmiten por herencia, confiados en la torpeza de las autoridades españolas, gente de poco entendimiento y ese
(1) Poseía España y vivían al a.nparo de su bandera: Ñapóles, Sicilia y Países Bajos, el Rosellón y Portugal y por la anexión de este último país Las Azores, Madera, Cabo Verde, Las Guineas, Angola, Benguela y Mozambique, Goa y Malabar, Ceilán, Las Molucas, Macao y El Brasil. La Goleta, Bujía, Bona y Oran. Méjico, Venezuela, ecuador, Buenos Aires, El Perú, Chile, Bolivia, Guatemala, Columbia, Uruguay, San Salvador, Costa-Rica, Honduras, Nicaragua, Santo.Domingo, Haití, Paraguay, Guayana, Puerto Rico, Cuba y La Florida. Filipinas, Marianas, Palaos, Ponape y Carolinas. Hace trecientos años no se ponía el sol en dominios españoles. Si transitgloria mundi.—(Nota del Autor). (2) Dice Morayta, en su Historia General de España refiriéndose al triunfo de Reding en'Bailen; «Todos los pueblos oprimidos de Europa pusieron los ojos en España, donde brillaba de repente una luz tan imprevista, que al cabo debía alumbrar al mundo».—(Nota del Autor). (3) Hay muchos españoles que no tienen noticia de Mohamed ben Abdallahben Adí Ahmer; pero no hay un sólo español que no conozca á Almanzor. Almanzor, nació en Torach, aldea cercana á Algeciras.—(Nota del Autor).

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poco, ofuscado por la vanidad, sirviéndoles de ejemplo el proceder de los yankees en el Canadá, á los que ayudamos contra Inglaterra, enemiga de España en aquél tiempo y ahora también aunque no lo parezca, proclamaron la independencia de esa parte del imperio colonial, descubierto y conquistaos por el afortunado heroísmo de nuestros abuelos. M, Buenos Aires, (1) la Meka americana, y según el vulgo," nueva Babilonia que sólo carece de los pensiles atribuidos á Semiramis, la célebre reina legendaria de Asiría; Jauja á donde algunos que así mismos se llaman intelectuales por antonomasia, mote con el que pretenden distinguirse, dirigen la mirada proclamando sus grandezas para obtener buena acogida y luego postular una limosna. Sin referirme á nadie en particular por que la fantasía, más ó menos interesada no tiene límites y cada uno puede expresar su opinión como le plazca, ni comentar la certeza de un viejo adagio castellano que en este caso se acomoda al propósito de que se trata, obscurecen su talento con una sombra poco envidiable. De los yankees, (2) modelo de los argentinos en la ocasión á que me refiero, no hay para que hablar de ellos. De hidalguía está por probar su ejecutoria. No considero impertinente emplear en este razonamiento vocablos cuyc¡ definición es incompleta, bosquejo que excusa el trabajo de explicar con detención conceptos que están en el ánimo de quien les conoce. En pocas palabras, dándole un máximo de generalidad á la frase, diré que no encuentro en el léxico castellano un adjetivo que en este caso exprese bien mi pensamiento. Los yankees disfrutan de la ausencia de preocupaciones que les distingue y por consiguiente su ética es metafísicamente necesaria y no se les comprende de otro modo.
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(1) Julio Ruiz, notable actor dramático español, después de realizar una excursión artística por la República Argentina, regresó a España diciendo que: «Buenos Aires era bajo de techo». - (Nota del Autor). (2) Yankee; Apodo conque designan los ingleses, familiarmente y como por desprecio, a los habitantes de los Estados Unidos del Norte. Dicen que es una imitación del modo que tienen los negros de Virginia y algunos pueblos indios de articular la voz englísh, inglés. Opinión que carece de fundamento.—(Nota del Autor).

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En América, (1) diga lo que quiera cierta garrulería periodística, aborrecen de muerte á los españoles sin que el tiempo haya hecho olvidar injustificados rencores. Si no existieran otras pruebas bastaría recordar los calificativos con que los americanos pretenden molestarnos. Aquí par i nosotros ¿por qué no lo he de decir? pero sin expresar en el tono que merecen la aversión instintiva, el odio que tienen a los españoles, <no dándonos por agraviadas por que entre gente bien educada á las ofensas no se responde con insultos. Llaman bandidos á Cortés, los Pizarros, los Pinzones, Ojeda, Nuñez dé Balvoa, Mendoza, Solís, Qaray, nombres tomados al azar en la pléyade de insignes adalides, procurando desvanecer la . aureola de gloria que les circuye sin advertir lo que sus he/ chos significan ni recordar cuanto deben á los que inútilmente pretenden escarnecer con despreciables dicterios. Dicen que hablan la lengua española y no es cierto; aún las personas más distinguidas tienen para su uso parti rular un vocabulario especial. Habrá excepciones, sin duda; pero las excepciones no destruyen la regla general. Algunos de sus poetas, que pudiera citar, desconocen la dulce y majestuosa eufonía castellana. Sin dificultad podría exhibir un muestrario para dar a conocer la calidad del género y que se viera la marca de fábrica Continuamos recorriendo la ciudad, y varios discípulos de Ricci, que hallamos al paso, jóvenes de la buena sociedad bonaerense, detuviéronse para saludarle y comentar un suce(1) Respecto de la palabra «América» hasta la fecha, y cuidado que van transcurridos siglos desde que Colón descubrió esa parte iel mundo, los que en los tiempos pasados se ocuparon en explicar la etimología de su nombre; Marcon, Guido de Cora, Basio y el geógrafo Schener, ni los que les sucedieron trabajando en semejante labor, han logrado ponerse de acuerdo. En los mapas de Pedro Appiano, levantados en 1520, es en los que por primera vez se inscribe sobre las tierras descubiertas por Colón, el nombre de América, manteniendo sin embargo este contradictorio lema: Esta tierra, con las islas adyacentes, ha sido descubierta por Colón bajo los auspicios del Rey de Castilla.—{Nota del Autor).

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so que en aquellos días alcanzó notable publicidad. Un lance de honor concertado en condiciones graves de. combate, resultando muerto sobre el terreno, uno d é l o s contendientes. Sin prejuzgar el caso por no conocer la causa origen del accidente, bastaron algunas palabras de Macías para\llamar la atención de aquellos señores sobre cierto punto y canformes con el parecer de mi compañero, se ofrecierorÁaomo amigos estrechándonos las manos. \\ Cinco o seis horas más tarde, después de examinar loVpue en tan poco tiempo pudimos ver y apreciar y de tomar\Vl fresco en Palermo, frondoso jardín público, digno de una gran población, regresamos á casa de Ricci poco satisfechos de la visita. El aspecto general de la extensa urbe dejaba mucho que desear; pero se advertía el comienzo de algo que trabajaba para conseguir el término de un ideal y claro está que desde entonces acá ha variado el colorido local de la ciudad. En aquel tiempo, la emigración española, una de las causas principales de la rápida decadencia de esta noble y caballeresca nación, no se había desbordado todavía hacia esa parte de América. En Buenos Aires todo era italiano, las artes, las ciencias, la industria, el comercio y los negocios. Alguno d e s ú s historiadores es italiano también. A este propósito recuerdo que pocos años después de visitar la Argentina, viajando por el bajo Ejipto para contemplar el canal marítimo de Suez, obra de Lesseps, llegué á Port Sait, donde trabajaban para convertir un aduar en ciudad importante, cabeza de la línea que por el mencionado canal, abre el paso a las Indias, sin doblar el cabo de Buena Esperanza, punta austral de África. Advertíase allá igual movimiento, semejantes energías é idénticas iniciativas que en la ciudad de Buenos Aires para edificar una hermosa población. Port Sait, estación cosmopolita, donde se funden y descomponen todas las razas de la tierra y se encuentra gente que habla todas las lenguas conocidas, antiguas y modernas, vivas y muertas, sin saber ninguna; bien examinado nadie diría que

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forma parte o> un eyaleto del Imperio Turco, al contrario, aseguraría que es una colonia italiana. Cuando vi Port Said me pareció que era Buenos Aires, en tamaño reducido. En casa de nuestro amigo Ricci, todo estaba dispuesto parfe recibirnos como á personas que disfrutan de buen apetito. Sentémonos á la mesa los consabidos y Laura, señorita porteña, amiga de Leonora, la mujer del señor Ricci. „ Era para meditar sobre el contraste que ofrecía el carácter y el-aspecto de las dos mujeres. ^.La señorita Laura, buena figura, pálida, con ojeras bien .sombreadas, elegantemente puesta, con sencillo prendido y * perfumada con exceso, sin considerar, según ha d r h o Plauto_, <que la mujer que mejor huele es la que no huele a nada», (fT) Pensativa, triste, como fatigado el ánimo por profunda pena, sin levantar la cabeza, mirando al suelo, cuando por decirla algo nos dirigíamos á ella, contestaba con monosílabos y como por compromiso. Entregada á la consideración de lo que tenía en el pensamiento, indiferente á todo lo que la rodeaba, á punto de que el tedio degenerase en enfado, nada la distraía de la especie de éxtasis en que parecía abismarse su espíritu. Sin gracia, viveza de ingenio ni actractivo en la fisonomía, no obstante su hermosura, desagradable, fría, su sólo aspecto era causa bastante para constipar á cualquiera. Sin encubrir la impresión que ciertas cosas producen en el ánimo con lo que hemos dado en llamar convencionalismo social, francamente, la presencia de semejante mujer era muy poco grata. Aquella Laura, según Ricci dijo después, suspiraba por un Petrarca argentino, el cual con sus versos, cantando amores, había entontecido á la joven porteña. Leonora, de blonda, abundosa y ondulada cabellera, con ese matiz del rubio que se llama veneciano, de color semejante al del oro obrizo, el limón y la flor de la retama; matiz
(1) En esto también hay diversidad de opiniones. Mahoma solía decir: «Las cosas del mundo que más amo son las mujeres y los perfumes» —(Nota del Autor).

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particular, magnífico que rara vez se da naturalmente. (1) De hermosos ojos azules en los que se reflejaban los sentimientos del alma; de mediana estatura y muy simpática. Esbelta y airosa, tenía cierto ascendiente inesplicable; gracia, hechizo ó atractivo, especie de virtud talismánica de que disponen algunas mujeres, que atrae la voluntad, cauViva y enamora y vale mucho más que la belleza, sin embargóme ser esta, según los tratadistas, el origen del placer estétirV Lo extraño del caso es que yo no hubiera reparado has'M entonces en la interesante figura de aquella mujer ni en suV despejo, amabilidad, donaire é ingenuidad que hacen agrada-\ ble la persona á quien la naturaleza adorna con dotes tan singulares, á los que nada tiene que añadir el arte y que, por rara casualidad, pasaron inadvertidos cuando la vi por primera vez en la mañana de aquel mismo día. Profusión de exquisitos manjares á cual más sabroso, Burdeos de muy buena marca, Jerez de cuya autenticidad no podía dudarse, aromático café de Puerto Rico, rom y excelentes cigarros de la Habana. Leonora, de exterior dulce y espiritual, hacía los honores de la mesa con su gracia peculiar y maneras distinguidas, como mujer de alta sociedad. Conversación amena, festiva, variada y superficial. Macías, muy complacido, de cuando en cuando me miraba como diciendo ¿Que tal, echa usted de menos la buena mesa de Pinell? y alguna que otra vez cortaba el diálogo con una frase, locución correcta, pero metafórica, de muchísima gracia, y sin resistir á la tentación celebrábamos la ocurrencia. Después de largo rato de sobremesa, para pasar agradablemente las últimas horas de la tarde, fuimos á la habitación en que Leonora tenía el piano y mientras la señora elegía las composiciones musicales que había de ejecutar; Ricci, para divertirse y entretenernos, dijo en italiano, con mímica original, un monólogo picaresco, tan movido y dentro de la realidad, que dificulto pueda nadie expresarlo mejor.
(1) Dicen, y no se si los que lo dicen están en lo cierto, que Eva era rubia de ese matiz.—(Nota del Autor). .

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Leonora, acercóse al piano, pulsando el teclado del instrumento con cestreza sin igual. Oímos la rápida sucesión de los arpegios de un acorde y luego No, non é ver de Linda de Chamounix. Después cantó también, con voz de timbre dulce, modulada con delicadeza, de matices verdaderamente admirables, y claridad sonora ajustada al valor de la frase, Den proteggimi ó Dio, de Norma, y la cavatina de Sonámbula, Come per me sereno. i. Cerró 11 noche y como Pinell había dicho que daría la vela al amanecer para c o n t i n u a r a viaje; agradablemente impresionados, despedímonos de los señores de Ricci, de los amigos expléndidos y cariñosos que ya no volveríamos á ver. Salimos de aquella casa cautivado el ánimo por la amabilidad seductiva de sus dueños, pensando en corresponder de alguna manera á la expontánea, noble y generosa acogida y á los agasajos recibidos. Macías, cantando á media voz una furtiva lágrima, de Lélisir d'amore, y yo discurriendo acerca de ciertas creaciones de la imaginación, llegamos á la orilla del río, á la escollera de sillería que defiende el muelle contra el oleaje.

V Lo que sabía Pinell
Noche obscura y lluviosa. En la rampa del muelle, en el tramo de una escalinata, vimos una claridad circunscripta á un pequeño espacio, producida por las luces de las bombillas de los marineros que, unos de pies y otros sentados en los peldaños de la escalera, esperaban á que llegasen los capitanes y pilotos respectivos para conducirles á bordo de sus barcos, fondeados en la rada del puerto. Di una voz diciendo ¡Palamós! y al punto respondieron ¡Ya vá! Atracó un bote (que hasta entonces se había aguantado sobre los remos, porque las aguas del río muy agitadas rompían en la escollera) y saltamos á bordo. A fuerza de remo alejémonos de las rompientes y luego como la corriente era muy viva y el bote derivase izaron la vela enderezando la proa hacia una luz de ancla que suponíamos fuese la de la goleta. Infinidad de luces brillaban en la obscuridad, y muchos barcos, de todas partes del mundo, se mecían en las aguas turbias del río, cargadas de sedimentos arcillosos. Semejante concurrencia no tiene nada de particular. Considerado Buenos Aires como nuevo centro de atracción comercial, se explica la numerosa representación cosmopolita. En la extensa rada, abierta á todos vientos, soplaba el Oeste fresco. Los prácticos dicen, que los vientos en el río de la Plata siguen el curso de las estaciones; sin embargo, sea por la configuración de las costas que forman sus márgenes, Influyendo en su fuerza y dirección, ó por otras causas, pocas
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veces puede apreciarse esta circunstancia en el interior del río. En Buenos Aires, es preferible la estación de invierno á la de verano, porque con el viento general de Sudoeste al Nordeste la mar está llana y es más fácil barquear para co,,1nunicarse con tierra. Sobrevino un chubasco, y el agua de las nubes, cayendo sobre nosotros, y las del río que embarcaba el bote pusieronnos como nuevos. Hubo un momento en que estuvimos á riesgo de naufragar. En una virada para cambiar de rumbo, entre los centenares de barcos allá fondeados, pusimos el bote, sin advertirlo, sobre la cadena de un ancla. Quiso la suerte que, en aquel mismo instante, la cadena que estaba casi tensa se sumergiera formando seno por efecto del cabeceo del buque de guerra á que pertenecía y pasamos sin otra avería que desarmar la pala del timón. Sin la casualidad á que me refiero, el bote seguramente hubiera dado vuelta poniendo la quilla al sol y arrastrado por la corriente ¡quién sabe lo que hubiera sido de nosotros! Logramos atracar al costado de nuestro barco y subir á bordo, mojados hasta los huesos. Pinell esperaba intranquilo el regreso del bote y tan pronto como pisamos en la cubierta corrió hacia la proa de la goleta para filar algunos grilletes de la cadena del ancla que empezaba á garrear. Bajamos á la cámara para cambiar de ropa y, satisfechos de la jornada, hacer el resumen de los acontecimientos del día. Cómodamente acostados en las literas continuamos hablando por mero pasatiempo, hasta hora avanzada de la noche, durmiendo después á pierna suelta, sin preocupación ninguna, y cuando antes de venir el día subimos á la cubierta para contemplar el hermoso espectáculo del amanecer, ya no estaban á la vista las torres de Buenos Aires. Pinell, afable y comunicativo como nunca, lo que indicaba, según nuestro parecer, la buena marcha de sus negocios, para contestar á unas preguntas de Macías, explicó con claridad y precisión, determinado orden de alteraciones atmosfé-

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ricas, una serie de teorías, algunas de las cuales eran fruto de su notable estudio de la región del Plata, diciendo mucho de algo desconocido para nosotros. Y como en ningún caso está demás ilustrar el entendimiento, le oimos con la atención y el interés que merece quien de buena fé, sin presunción ni egoismo, divulga su ciencia con autoridad y aplomo conformes al dominio del asunto de que. trata; conocimientos adquiridos prácticamente en muchos años de trabajo y á costa de aplicación. Habló d é l a influencia que las fases de la luna ejercen sobre los vientos y lo variable de é s tos en el río y su paralelo,siendo cosa cierta que los Sudestes soplan cuando la luna tiene su declinación Sur y los Nortes cuando este mismo astro tiene su declinación Norte. De los repentinos-cambios atmosféricos, de las nieblas, de la rapidez con que se forman y desfogan los temporales, de la influencia del viento sobre la hora de la marea y de su altura. Bajadas extraordinarias, corrientes, velocidad de la corriente, corrientes superior é inferior, corrientes procedentes del Uruguay y del Paraná, corrientes en la embocadura, los bancos de que está sembrado el río, los canalizos, los pies de agua en los puertos, de la navegación sóbrela costa septentrional, que es la más frecuentada, y por último, de cuanto conviene saber para navegar por el Plata, río que toma este nombre en la confluencia del Uruguay y el Paraná y cuya corriente caudalosa es navegable en todo su curso. En resumen, dio á conocer ordenada y sucesivamente, sin omitir particularidad ni detalle alguno, como pudiera hacerlo el catedrático de una escuela de náutica, enseñando la facultad á que pertenece, unas lecciones de Geografía astronómica ó matemática aplicada á la navegación; la hidrografía del Plata y la del mar del Brasil; que refiero en estilo casi telegráfico sin detenerme nada más que el tiempo preciso para escribir los epígrafes de los que bien pudiera llamar capítulos de su disertación. Subiendo por el Plata y rebasada la isla de Martín García, (1) nombre del segundo piloto de Solis; Pinell, barajó la costa
(í) La isla de Martín García es de regular altura, de figura casi cir-

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á babor, á corta distancia de la misma, para conservar la profundidad y dar resguardo á un banco que corre á lo largo de la orilla de estribor, y entrar en el Paraná por la boca del Guasú, que es por la que entran los barcos de mayor calado. El Paraná fué explorado en tiempo de la dominación española y conserva el nombré que le daban sus ribereños cuando llegaron á él los españoles en mil quinientos veintisiete. En indio significa, Río pariente del mar y el aditivo de Guasú, que se le dá á su boca" más practicable, equivale á grande^ en el mismo lenguaje. En este río y á unas doscientas leguas de su origen se forma el famoso salto de Guaira, veintidós metros de altura, una de las cataratas más importantes delmundo, cuyo estruendo se oye á treinta kilómetros de distancia. En los recodos que forma el cauce del río vimos uno que otro barco sumergidos, de los cuales sólo permanecía fuera deH agua lo más alto de las arboladuras, los masteleros de sobre y juanete A cuatro millas de Rosario de Santa Fé, encontramos una flotilla de lanchas pesqueras y poco tiempo después de ponerse el sol dimos fondo en el puerto. Una espesa niebla que se extendía sobre la ciudad por no
culary de una milla de diámetro, contorneada de piedras, á excepción de una corta playa que tiene por su parte del N. en donde está el desembarcadero. Estaba fortificada y servía de presidio en tiempo de la dominación española. Hoy se considera punto militar de suma importancia por dominar los canales que dan acceso al río Uruguay. Se halla situada en el Plata y no en el Uruguay, como escriben algunos tratadistas. Punta Gorda, es la boca del río Uruguay, situada á los 33° 54' 00' latitud Sur y 52° 13' 00' longitud Oeste. Las posiciones geográficas de Martín García, según la carta española, son: 34° 11' 10' latitud Sur y 52° 04' 30" longitud Oeste. El Uruguay, en Punta Gorda, se incorpora con el Paraná y constituyen unidos el gran caudal del río de la Plata. El Uruguay desemboca en el Plata entre la isla de Martín García y las casi siempre anegadas del Paraná. Uruguay, en indio, significa; Rio de tos caracoles.—{Nota del Autor).

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poder, por su pesadez, subir á la media región del aire, apenas permitía percibir confusamente una claridad tenue, el resplandor rojizo producido por los millares de luces de la población. Al otro día, despachados los asuntos de sanidad y aduana, saltamos á tierra acompañados de Pinell, el cual prometió llevarnos á una fonda, en la que él acostumbraba á hospedarse. Encaminámonos, pues,á la barriada del muelle y hacia una casa de buena apariencia que encima del dintel de la puerta principal, ostentaba una tabla á modo de muestra ó reclamo con un rótulo que decía: P O S A D A PARA P E R S O N A S DISTINGUIDAS Extraño letrero que, por lo original, llamaba la atención. Entramos en el piso bajo de la casa, á la que pertenecía la muestra, especie de cafetín y tienda de mercería; y al fondo, detrás del mostrador, vimos una mujer de buen ver, que correspondía cariñosa á nuestro saludo. Pinell, dijo el objeto de la visita y la patrona en el acto dejó su puesto para guiarnos por el interior de la casa mostrándonos el camino y por indicación suya elegimos un hermoso aposento bien amueblado. La huéspeda, moviendo las sillas y golpeándolas para quitarlas el polvo; tratándonos como si fuésemos antiguos conocidos, procuraba con amabilidad captarse la estimación de sus nuevos pupilos. Estando en esto vino á saludarnos el señor Oreiro, marido de la patrona y dueño del establecimiento. Era ifn brasileño corto de vista y, según fama, largo de uñas y capa de ladrones. El tal Oreiro vivía en legalidad aparente sin que la justicia pudiera meterse con él; pero en el fondo osbcuro de su conducta había algo que merecía especial cuidado. El decir de las gentes, siquiera fuese expuesto con la discreción necesaria, no daba lugar á duda. La índole de su carácter, mal encubierto con disimulación dolosa, el aire de contrición, como si se arrepintiera de haber cometido un gravísimo pecado digno de la pena eterna y su suavidad y mansedumbre, le daban aspecto tan particular que, sin querer, había que fijar la atención en él para mirarle. Hábil y cauteloso, no podía lograr con su astucia, el fin que s e había pro-

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puesto. Moreno atezado, casi negro y lampiño, el semblante triste como si pasase el viático por la puerta de su casa, era un tigre al que llegado el caso sería preciso quitar de en medio sin detenerse á reflexionar. Cuando dijimos cual era el objeto del viaje, atravesar los Andes y llegar á Valparaíso; Oreiro arrugó la frente dejando caer el entrecejo, y prometió ponernos al habla con quien pudiéramos tratar para realizar semejante propósito, manifestando de paso las dificultades que tendríamos que vencer, que indudablemente salvarían, el valor, el esfuerzo y la energía de nuestro ánimo. Invitamos á Pinell á que nos acompañara á comer, invitación que aceptó sin hacerse de rogar, y salimos de casa para saludar á una familia que algunos amigos en Parahyba nos habían recomendado, encargo que no pudimos cumplir por no hallarse en la localidad, y adquirir provisiones de boca para continuar el viaje.

VI Tand i I
En corto espacio de tiempo y mientras llegaba la hora de comer, visitamos algunos Abarrotes, tiendas de ultramarinos peninsulares. Después de mucho hablar con gente de todas menas, (1) charlatana y amiga de curiosear; enterados de ciertos sucesos de carácter privado, sin importancia, que no hacían al caso y nada nos interesaban, viramos por avante, como dicen los marinos, con rumbo á la P O S A D A PARA P E R S O N A S D I S TINGUIDAS. Pinell, impaciente por nuestra tardanza, se paseaba por el salón del cafetín estregándose las manos y de vez en cuando, como si estubiera corriendo un temporalsóbre la cubierta de su barco, tiraba con fuerza de la visera de la gorra, encasquetándosela, para que no se la llevase el viento. Esperaban también, para recojer, lavar y planchar la ropa, tres ó cuatro mujeres de coquetería provocativa que no carecía de seducción; unas cholas, (2) bien parecidas y con el cabello en trenzas, á las que Macías admiraba como á diosas figurativas del Olimpo; no se sí por lo bien formadas, gentil y airosa estatura y material exuberante, ó como resultado de la simpatía é hispanismo de que hacían alarde. Mi amigo, como Napoleón
(1) Mena, es el grueso de un cabo y cabo es el nombre que se dá á bordo á una cuerda cualquiera. Los marineros, en conversación familiar, para dar á conocer la calidad de la persona á quien se refieren, dicen: de buena ó mala mena, de poca ó mucha mena y por consiguiente de todas menas, significa de todas clases.—(Nota del Autor) (2) Chola, mestiza de europeo é india chilena, buen producto de la despreocupación genésica de las razas.—(Nota del Autor).

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Buenaparte.que así se llamaba el perturbador del orden y tranquilidad de las naciones, á quien se atribuye la originalidad de la frase, no concedía categoría á la mujer, cualquiera que fuese la clase social á que perteneciera y en buen romance castellano solía decir, que no tiene otro destino que cumplir en la tierra, que satisfacer las exigencias del espíritu de la especie y que sus derivaciones son consecuencias naturales de su utilidad. f Extraña teoría, juicio singular cuya modalidad pretendía demostrar. Mucho entrar y salir las criadas en el comedor y ruido de platos. El olor que despiden los manjares es buen aperitivo. Advertíase en el semblante de los comensales, animados de las mejores disposiciones, ciertos indicios, un si es no es de impaciencia. Sentémonos á la mesa y en honor de la verdad diré, que comimos casi tan bien como en Lardy, en Madrid, en casa de Ledoyen ó en el café Riche, en París. De pronto, en la calle, debajo de nuestros balcones, dos golpes de bombo anunciaron que una banda de música se preparaba para festejarnos con una serenata y luego rompió á tocar un aire brasileño. Di cuatro pesos argentinos para corresponder á la cortesía de los músicos instrumentistas y poco tiempo después se presentó en el comedor una joven, de la que ya teníamos noticia, hijastra del amo de la casa, trayendo entre manos una bandeja colmada de biscotelas y debajo del brazo tres botellas de Burdeos, que nos regalaba para que celebráramos el día de su cumpleaños y fiesta onomástica. Macías, muy serio, atusándose el bigote con los dedos índice y pulgar de la mano derecha, me miró de manera maliciosa y significativa y de acuerdo respecto al objeto que se había propuesto la banda, que era felicitar á la muchacha; como discretos, pasamos por alto la primada, echándonoslas de generosos. Agradecimos el regalo de la joven diciéndola muchas cosas, lisonjeando con galantería su vanidad. Ruborizada,

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mirándonos de soslayo, jugueteando con el delantal, contoneándose con graciosa timidez, despidióse la chica, caminando á paso ligero, muy corto y arrastrando las chinelas. Tolita, que así se llamaba la muchacha, tenía buen palmito y era rubia y descolorida, pero abultada de vientre como¡da panza de una jarra. Las comadres del barrio, poco benévolas, murmuraban algo perjudicial para la honra de la joven y ia gente de la casa decía que el aumento de volumen era efecto\ de malas digestiones y no por obra de varón. Pinell, filósofa estoico, catonianoi ingenuo; pero severo en sus juicios é inflexible en su dictamen, protestaba indignado de semejante calumnia, de la mala voluntad de las vecinas, y nosotros, en la duda de lo que ser pudiera, aleccionados por la experiencia, reservamos la opinión. Desde la puerta, un hombre, con voz de bajo profundo y desenfado en la entonación, dijo; «Buenas tardes», correspondí al saludo y luego, variando de postura en la silla, volví la cabeza para mirar al recién llegado. Su aspecto general era el de un arriero mejicano. Con el sombrero gacho calado hasta las cejas, sin cortesía ni respeto, acercóse el hombre haciendo sonar las espuelas; unas vaqueras que en la Argentina llaman lloronas, roncadoras y nazarenas, sin que á mi ver haya razón que justifique los nombres tan poco apropiados con que se las designa en el país. Con ademán desenvuelto y los hombros desiguales, como los ponen los valentones cuando están en actitud de echar bravatas, arrastrando una silla tomó asiento. Dio una fumada al cigarro que tenía entre los dientes, hundiendo los carrillos en la cavidad de la boca; tragó el humo y con gesto especial, originalísimo y algún tanto despreciativo, escupió por el colmillo. El sugeto que teníamos delante era Tandil, el amigo del señor Oreiro, el cosario que había de conducirnos á Mendoza. Haciendo gala de conocimientos topográficos del país púsose incondicionalmente á nuestra disposición, ya que Oreiro, según dijo, nos había recomendado con paiticular in-

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teres. Nada teníamos que argumentar y satisfechos de la buena suerte que hasta entonces nos había acompañado y fiando también á la casualidad eí éxito del viaje, continuamos hablando por espacio de muy largo tiempo. Engolfados en la conversación; Tandil, con ruda franqueza, en un momento de expansión, afable y comunicativo, hizo la apología del señor Oreiro, señalando los perfiles de la figura del sombrío personaje, dándonos á conocer algunas de sus hazañas criminosas, escenas de un acto del drama de su vida, para enaltecer á su manera los méritos de su amigo y ponerse á tono con él; cosa muy natural que entre los valientes de oficio y la gente de su laya equivale á título noviliario. Acontecimientos que, si bien extraordinarios, no pusimos en duda por la índole especial del protagonista y la naturalidad con que el narrador expresaba su pensamiento, creyéndole sobre su palabra. Pínell, rascábase una mejilla y Macías, moviendo los dedos, simulaba tocar el piano sobre la mesa, Tandil, no tenía noticia respectiva a los primeros años de la vida su amigo Oreiro. Dio con él navegando en calidad de grumete en un barco mercante y llegaron á amistarse. Así transcurrieron muchos meses hasta que en cierta ocasión, hallándose el barco fondeado en Puerto Limón, Costa-Rica, América Central; Oreiro, que había terminado el tiempo de su compromiso á bordo, solicitó del capitán que le entregase los papeles y los alcances de la soldada, desembarcando sin despedirse d é l a tripulación. Después contrató la plaza de mayordomo á bordo de un paquete (1) sin que pudiera decirse como había conseguido dinero suficiente para adquirir, por compra directa, los comestibles y bebidas necesarios par a servir las mesas del pasaje de cámara y de la dotación, en viaje largo; carne en pié y abundancia de menestras, que representan cantidad no despreciable; además de la repostería y refrescar víveres en los puertos de escala. Allá permaneció también muy poco tiempo, porque la mala índole y energía de su carácter eran incompatibles con la subordina(1) Paquete, barco correo, Packet- boal, dicen los ingleses, de los que hemos tomado ese nombre sin que nos hiciera falta. - (Nota del Autor)

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ción de á bordo. Una noche, sublevó la tripulación y en contienda desigua!, luchando á brazo partido, murieron el capitán, los pilotos y el contramaestre, todos los oficiales; y apoderado del barco [se dedicó á piratear en el mar del Brasil. Advertida la autoridad de marina destacó un buque de guerra para apresarle y perseguido de cerca, considerándose perdido, abandonó la nave, dejándola irse al garete y ganó la costa, acompañado de la dotación. Oreiro, en un sucdso fortuito, en el que estuvo á punto de perder la vida, pudo sA' pararse de sus cómplices, asociándose á una banda de ma\j\ hechores, y en cierta ocasión, en un altercado con e! jefe de la partida; Oreiro, que como hombre no era un cualquiera y te\ nía personalidad muy distinguida entre la gente de su calaña,^ acostumbrado a imponer su voluntad, ni tardo ni perezoso, arremetió por derecho matando á su capitán y después de hacerse proclamar jefe de la banda se casó con la viuda de su víctima, a la sazón nuestra patrona, la madre de Tolita. Como se vé, el caballero, por lo menos tenía tratamiento de señoría en el hampa de la América del Sur. Andando el tiempo puso en juego el oro producto de sus fechorías y perdióse el recuerdo de lo pasado, por aquello de; «Quien dá parte de sus cohechos de sus tuertos hace derechos». La manifestación espontanea de Tandil, el dibujo que hizo de la figura moral de Oreiro y el conocimiento, aunque elemental, de algo que permanecía en la sombra, concordaban con el aspecto particular del rostro y el conjunto de las facultades del espíritu de nuestro husped, circunstancias que no pasaron inadvertidas, sin ofrecerse á la imaginación. Datos que coincidían con el concepto que á primera vista habíamos formado de la condición del sagaz y obscuro personaje, sospecha fundada en tales conjeturas que no necesitaba demostración. En la baraja, por la pinta se conoce el palo antes de descubrir el naipe.

VII La caja de ginebra
Trascurrió una semana; y una noche, víspera del día en / ' q u e debíamos emprender el viaje, un fuerte apretón de magnos puso término á la conversación y nos despedimos; Pinell, ' para bajar con su barco por el río y nosotros para caminar hacia el Oeste. ¡Qué lejos estábamos entonces de presumir que no volveríamos á ver á nuestro amigo! Antes de amanecer llegó Tandil, poniendo en movimiento á la gente de la casa, y salimos para incorporarnos á la expedición que, en orden de marcha, esperaba en las afueras de la capital. Los suburbios de Rosario no se diferencian de los de otra población cualquiera; barrios extensos, casas aisladas, huertas y más adelante, por espacio de muchos kilómetros, hermosa campiña, después campos agrestes é imponente soledad. Marchábamos de á uno, por senderos de barro endurecido, ásperos y desiguales y solo interrumpía el silencio en el camino el sonido de los alambres de la recua. Tandil, de mal gesto y traza de caballista, iba á la cabeza de la expedición, jinete en un jaco tordo, rocín de mediano cuerpo, almacén de huesos y pellejo con más faltas que el caballo de Gonela. Nosotros, en sendas muías, á mujeriegas sobre el albardón para variar de postura, le seguíamos renegando de las monturas por no poder galopar en la llanura. Las muías alquilonas, en la Argentina, están amaestradas para el servicio que prestan al uso del país. El caballo, con

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proporcionada ayuda ó castigo, según requiera el caso, sale á galope ó trotando largo á capricho de quien le monta; pero las híbridas á que me refiero, cuando se las obliga bajan la cabeza, forman un sonido hin onomatopeya que representa su voz, dan una grupada, tiran un par de coces, marcan tres ó cuatro trancos de trotecillo cochinero y vuelven á su paso sin que haya poder humano que pueda hacerlas c a m b i a r l e aire. \ \. El aspecto de las Pampas argentinas, llanuras semejantes á las praderas de Norte América y á los llanos dei Orinoco\.\ que se extienden desde la orilla del mar hasta las faldas den la sierra ó principio de la cordillera de Chiloe, que viene á \ ser una distancia de ciento cuarenta leguas en la dirección de su paralelo, es triste por la monotonía del paisaje. Los ríos que las riegan apenas tienen curso y las aguas estancadas en las hondonadas de las planicies forman á modo de extensos lagos de muy poco fondo. Campos ondulados, que los brasileños llaman chapadas en los que dominan las eflorescencias salinas y los cardos; gramíneas de diferentes especies, arbustos aparrados, casi á flor de tierra, de ramas espinosas, flexibles y resistentes y ni un solo árbol. Andurriales desprovistos de los encantos de la campiña, s'n casería, ganados, nada que señale la presencia del hombre. Leguas y leguas, (1) sin ver cosa alguna que distraiga el ánimo. Al ponerse el sol llegamos á un Jambo (2) en un oasis, para comer y pasar la noche, albergue con techado de paja, especie de tenada, escondido en un bosquecillo de laureles negros. Un hombre canoso y de muy mal aspecto, el amo del parador, que estaba recostado en una de las jambas de la puerta, saludó á Tandil respetuosamente, como si saludase á un superior jerárquico. Tandil, sin fijar la atención en semejante personaje ni darse por entendido del acto de cortesía, echó pie á tierra y acariciando á Pifo, que así se llamaba su caballo, con igual cuidado que si se tratase de un pura
(1) La legua argentina tiene seis mil varas. (2) Tambo, parador y cantina.—(Notas del Autor).

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sangre, entregó las riendas al patrón y encarándose con él, con cierta afectación de gravedad en la \ o z , preguntó si había llegado Tiupullo y como respondiera negativamente hizo un gesto de desagrado, como si probase vinagre. Apeámonos casi dejándonos caer, doloridas las articulaciones de las rodillas por lo violento de la posición y para que desapareciera la molestia fué preciso estregar las piernas. De allí á poco vimos una polvareda que agitada del viento, se levantaba en la llanura y después percibimos los sonidos de cencerros y cascabeles. Eran Tiupullo y su gente que llegaban al lugar de etapa para hacer noche. Tiupullo, era retrato fotográfico de Tandil. Físicamente, como no fuesen copiados de un .nismo original, sería imposible encontrar dos ejemplares tan parecidos. El patrón corrió al encuentro del recien llegado y Tiupullo, menos altivo y más cariñoso y sociable que Tandil, le saludó por su nombre llamándole Maspero. "Entramos en la vivienda y Tandil habló con Maspero en un rincón de la estancia. Sentámonos á una mesa, sin mantel ni cosa que lo valga, y mientras preparaban la cena, Maspero trajo una botijuela, mugrienta y desportillada, cuyo contenido, por lo visto, guardaba para determinadas ocasiones y con fingida demostración de afecto, que hacía asomar la sonrisa á la cara, obsequió á la concurrencia con un aguardiente de honor. La fisonomía especial, la acción característica, el conjunto abigarrado y la singularidad del traje, las palabras, el porte y los modales de aquellos hombres traían á mi memoria la per. sonalidad de ciertos sujetos de igual figura que la de núestros comensales. Creía estar viendo una de esas cuadrillas de gitanos, ni pobres ni ricos, que tanto abundan y bullen por todas partes en las ferias de los pueblos de Andalucía, gestionando compras, ventas y cambalaches y que en sus tratos, con maña y zalamería empalagosa, engañan a los incautos. Al cabo de más de una hora de espera; una vieja coja, enjuta, arrugada, de color de aceituna en adobo, puso una cazuela humeante sobre la mesa; platos, vasos y unos cu-

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biertos de peltre. El contenido de la cazuela, digno de que se le mirase con respeto, parecía condimentado con pólvora ó alguna otra composición inflamable. La hora era apropósito para cenar, el apetito bueno y no arredrándonos el peligro de ingerir aquel guisote; cuchara en mano, le acometimos con valor verdaderamente heroico, sin que por suerte la digestión de semejante explosivo alterase las funciones natura'es d d estómago. • A De sobremesa discurrimos acerca del estado general del país, de recientes acontecimientos, de la seguridad en los caminos, del bandolerismo imperante en los campos, y á este propósito, Tiupullo, que hablaba como si le hubieran dado cuerda, refirió varios sucesos y entre ellos uno, que por lo extraño del caso, merece que me aparte un momento del curso de mi relato. Sin exordio alguno, del modo más natural, como el que sabe bien y tiene en la memoria lo que dice, cruzó una mirada con Tandil y dando una chupada á la yegua, así llaman en la Argentina á la colilla del cigarro puro, comenzó la narración de esta manera. Una tarde, hallábame en Mendoza disponiendo mi viaje de regreso á Rosario, cuando llegaron a l a puerta de la posada dos hombres á caballo, á los que no recordaba haber visto nunca, y uno de ellos, sobre el borrén delantero de la si'la, traía una caja de madera, pintada de color rojo, sin clavar la tapa, atada con una lia, que por la forma, tamaño y marca muy conocida contenía, al parecer, canecas de ginebra. Dieron las señas del destinatario, pagaron el porte y alejáronse al trote de sus caballos. Hice la anotación correspondiente en el diario de ruta, los mulateros encargáronse de la caja y como es consiguiente no volví á cuidarme de ella. Partió la expedición á jornadas ordinarias sin que en el camino aconteciera nada anormal hasta llegar aquí. Aquella noche, después de cenar y cuando ya nos habíamos retirado á descansar, empezó á molestarme un fuerte dolor de estómago, intenso y persistente; creí que iba á volverme loco. Recordé entonces que entre las cargas que porteaba había una caja de ginebra y suponiendo que un trago de este licor pudiera aliviarme,

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corrí hacia el lugar en que estaba aparcado el fardaje. Detúveme un momento resistiendo á la tentación; pero el dolor pudo más que la voluntad. Deshice los nudos de la lía, levanté la tapa de la caja, metí la mano y excuso decir á ustedes cual no sería mi asombro cuando creyendo cojer una caneca de ginebra así una cabeza humana; la sensación producida en mi ánimo al pa'par el cabello sedoso, ligeramente humedecido con una substancia oleosa perfumada can la esencia de la flor del aromo y la frialdad cadavérica. Di un salto y sin que me molestase el dolor de estómago, que como por ensalmo había desaparecido en aquel mismo instante, corrí hacia el departamento en que dormía el patrón. Le desperté y agarrándole por el brazo le conduje al lugar de la ocurrencia. Maspero, encendió la mecha de un farol y fijamos la mirada en el interior de la caja. Sobre lecho de yerba seca yacía la cabeza de una mujer muy joven, casi una niña, que no habiendo entrado todavía en estado de descomposición y por consiguiente desfigurado la forma de las facciones, pudimos contemplar su belleza. Muy pálida, con la palidez lívida de la muerte, hermosa cabellera orlaba el rostro, tenía los ojos cerrados, los párpados guarnecidos de largas y negras pestañas, grandes ojeras amoratadas y la boca ligeramente entreabierta. Aretes con colgantes adornaban los lóbulos de las orejas; alhajas de que los asesinos no despojaron á su víctima, sin duda, para que la persona á quien iba consignada la caja, en caso de putrefacción del contenido pudiera comprobar la identidad de la remesa. La cabeza había sido separada del tronco á cercén, con bestial fiereza, de un solo tajo, limpio y á una mano, es decir, con movimiento circular. Lo extraordinario del caso dióme en qué pensar y con objeto de conocer la procedencia y destino de la caja eché mano de la cartera para examinar la hoja de ruta y vi que después de escrita la nota donde constaban las señas, al doblar el papel, la tinta se había extendido, de modo que los nom-

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bres del lugar y del destinatario aparecían confusos, casi borrados, enteramente ilegibles. Para adquirir noticias de la persona á quien enviaban aquel presente, ya que de los asesinos sería poco menos que imposible, y aclarar el misterioso asunto, tuve intención de verificar algunas gestiones y dar cuenta de la ocurrencia. ¿Pero quién creería en la veracidad de rrft, aserción tratándose de un hecho que por circunstancias espe\ cíales tiene la apariencia de un capítulo de novela? Desistí,' pues, por no correr el riesgo de verme sujeto á la instrucción de un. proceso civil ó criminal, acusado de un delito que no había cometido y en el cual no tenía arte ni parte. D e otra suerte, descifrado el enigma y conocido el nombre del destinatario, sin preocuparme de la impresión que en su ánimo pudieran causar mis palabras y la presentación del encargo-, hubiera conseguido persuadirle de la evidencia de la desgracia, que en algunos casos mortifica menos que la duda. Tiupullo, decía bien y tenía razón porque para curar las aflicciones del espíritu así como también las enfermedades del cuerpo no es preciso conocer el modo de obrar de los medicamentos. Y continuó diciendo: como no había ni un Indicio para satisfacer la curiosidad que ocasiona la sugestión de lo desconocido, enterramos la caja como estaba, en sitio elegido próximo a la vivienda y por si transcurrido algún tiempo se considerase necesario exhumar los restos, sobre la tierra que cubría á la caja, como testigo, pusimos una piedra colocada de cierta manera, de suerte que fuese fácil de encontrar la calavera de la joven degollada Dios sabrá por qué. Era más de media noche cuando fuimos á descansar acostándonos sobre unas mantas extendidas en el suelo, y antes de salir el sol se presentó Maspero con la botijuela consabida y unas rosquillas de cartón piedra, que si no eran de esa pasta lo parecían, que trituramos a fuerza de masticar con menoscabo de la dentadura. Momentos antes de partir, un mulatero trajo dos caballos poniéndolos á nuestra disposición. Montamos y diciendo á Tandil que le esperaríamos en la estación inmediata; prece-

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didos del guía, salimos á galope, después de despedirnos de Tandil, Tiupullo, Maspero and company. Vadeamos algunos rios y otros pasándolos a nado, pues allá no había puentes, á las dos de la tarde entramos en la estación á donde llegó Tandil con su recua al anochecer. Con muy corta diferencia repitiéronse las escenas de la noche anterior y así sucesivamente por espacio de muchas jornadas. Al aproximarnos á los contrafuertes de los Andes advertimos una brusca alteración atmosférica, pero sin que llegase á;' molestarnos por que los cambios de temperatura se sienten j h e n o s en las zonas templadas que en las tropicales, de donde procedíamos. Situada la Argentina, pais que mide dos millones setecientos ochenta y nueve mil cuatrocientos kilómetros cuadrados de extensión superficial, entre el trópico de Capricornio al Norte, las regiones antarticas al Sur y cruzada la parte occidental por la cordillera de los Andes y sus ramificaciones, disfruta de temperaturas muy diferentes, según la posición geográfica de las comarcas que la constituyen, razón por la cual el clima es cálido ó húmedo y frío. En las laderas andinas la atmósfera es más azul y transparente y cesa la monotonía del paisaje, hay más vida en la naturaleza. Después d e vadear el rio Salado, desde un altozano, contemplamos al fondo de un valle la ciudad de Mendoza y en el horizonte la cordillera de los Andes„ sobre cuyos enormes macizos vimos, sin nubes que las encubrieran, las dos cúspides agudas del Aconcagua, las mayores alturas de América, seis mil novecientos ochenta metros sobre el nivel del mar; rocas porfídicas que sobresalen más de dos mil metros de los picachos que las rodean y destacan del azul del cielo por la fuerza y vigor del claroscuro; espectadoras mudas y eternas de aquel maravilloso panorama. Algunos creen que el Aconcagua es un volcán y no hay razón que lo justifique, cráter, cenizas, piedras ni lava. D'sta ciento cincuenta kilómetros de la costa del Pacífico y á veces se le vé desde el mar.

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Al Norte teníamos el Aconcagua, al Sur el Pico del Juncal y al Oeste, como cerrando el paso, las cumbres de la cordillera del Mercedario, que demarca por esa parte los límites de la Argentina.

VIII Un duelo singular
Al ponerse el sol, caballeros en sendos trotones, entramos en el patio de una posada de la ciudad de Mendoza. Después de sacudir los vestidos para quitarles el polvo del camino, salimos de casa con ánimo de dar un paseo por la población. Mendoza, más bien que ciudad americana, parecía un poblachón andaluz; Ecija, Jaén ó Marchena. La hipérbole, expresada de modo tan categórico, es algo fuerte. Cierto que el parecido material no era exacto, pero se encontraba alguna afinidad. No tenía, claro está, el cielo, el ambiente, las mujeres, las flores, los caballos ni el vino de Montilla. Era ya á boca de noche cuando regresábamos á la fonda, y en la esquina de una calle, detrás de la reja de una ventana del piso bajo de una casa de modesta apariencia, vimos una mujer adornada con vistoso tocado. Recibió de Macías, que siempre estaba de tanda, la primera vara y transcurrido un momento, retiróse la hermosa, sin descortesía, despidiendo suavísima fragancia. Macías, tomó buena nota del lugar del suceso, y, corto espacio de tiempo después de haber llegado á casa, mi amigo, con la guitarra debajo del brazo, despidióse hasta más tarde. A las once regresó Macías, acostándose sin decir palabra, y en la mañana del día siguiente, en la cama, y mientras fumábamos unos cigarrillos, refirióme la aventura de la noche anterior. Como se infiere de lo que dejo dicho, mi amigo, que se había propuesto obsequiar con una serenata á la bella desconocida y llevaba ya cantando, acompañándose con la

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guitarra, cosa de veinte minutos y esperaba el efecto de la composición lírica sin que la señora se diera por entendida, cuando apesar de la obscuridad de la noche vislumbró dos bultos que, uno tras otro y á sombra de tejado, avanzaban cautelosamente. Quiso despejar la incógnita y el rasgueo de la mano por las cuerdas de la guitarra advirtió á los rondadores que la calle no estaba sola, que había moros en la costa\y al punto tocaron á rebato. Macías, arremetió contra ellos haciendo astillas la guitarra puso en precipitada huida á los\ importunos. \ A la una bajamos al comedor para sentarnos a ' la mesa redonda (1). Cuatro o cinco señores, bien trajaedos, sin elegancia ni distinción, con relucientes pecheras y muchos brillantes, discutían en alta voz y enardecidos, respecto de cierto a c o n t e , cimiento. Por la traza, los ademanes y alguna que otra palabra de doble sentido, parecía que aquellos caballeros constituían el gobierno de la nación y se preparaban para asistir á consejo de ministros. Uno de ellos, de cabeza amelonada, ojos saltones, muy chato y barbilampiño. Petulante, personaje grotesco de farsas y pantomimas, cara de bobo de circo,
(1) Mesa redonda, la que no tiene preferencia ó deferencia en los asientos y la que en fondas, posadas y paradores está dispuesta para todos los huéspedes de los mismos. Diccionario de la lengua Española. Hago la cita antecedente porque es usual y corriente tropezar en establecimientos, de la clase á que me refiero, con presidencias, concedidas al huespede más antiguo ó persona de distinción, asientos de cabecera y otras deferencias. La mesa redonda, antigua y sucia costumbre, que si en otro tiempo tubiera razón de ser, hoy no hay nada que la justifique; e3 una especie de pesebrera corrida en la que toda porquería tiene su asiento y campo de acción de algunos mentecatos, que con su charla insubstancial é impertinente molestan á los que tienen la desgracia de ocupar una silla á su lado. Y otra cosa peor, si fuera posible, codearse con gente ineducada que escupe en el plato, se suena con el mantel y arroja los huesos debajo de la mesa y esto que digo no es privilegio exclusivo de lugar determinado, lo he visto ejecutar en fondas de primer orden en todas partes del mundo civilizado, porque en semejantes establecimientos nada significa la educación de los pupilos, lo que mporta, y es natural, es el contenido del bolsillo.—(Nota del Autor.) i

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daba á conocer su opinión con voz de tono desagradable y afectación exagerada de autoridad y concluía los períodos de su charla con un ordeno y mando que no admitía réplica. Aquel primavera, con sus insoportables desplantes, pedía á voz en grito, con mucha necesidad, que le dieran un puntapié en el sitio en que la espina dorsal pierde su nombre. El individuo en cuestión que, por lo visto, tenía noticia del incidente provocado por Macías en la noche del día anterior y no sabía quiénes eramos, despachábase á su gusto alborotando el cotarro sin preveer lo que pudiera sobrevenir y hablaba del trovador callejero, tratando de darle una paliza como si esto fuese cosa la más fácil del mundo, flatus uocis. Los amigos, celebraban las gallardías del caballero jaleándole y nosotros, pacientísimos, oíamos con calma sus insolencias. Hasta aquí todo iba bien; pero como existe afinidad muy sensible entre el cerebro y el estómago, cuando empezaron á esfumarse los vapores del vino, á nuestro hombre le faltó el seguro del juego de la llave y excitado lo agresivo de su carácter, se le amontonó el sentido, chillando como la comadreja. Molestado por las impertinencias de semejante majadero, para templarle el tono, estuve á punto de caer en la tentación de pasarle la mano por la espalda y desollarle como á un conejo; pero contuve el impulso porque Macías había tomado ya cartas en el asunto, designándome como padrino para que actuase de fiel contraste en el lance que prevenía, y el señor La Fisca de Beloso, que así s e apellidaba el caballero, entregó su tarjeta en la cual ostentaba, haciendo gala de su linaje, un escudo con más empresas y blasones que las armas de España. El señor La Fisca, desasosegado, convulso, revolvíase en la silla como si padeciera el baile de San Vito y profería algunas palabras ininteligibles, acreditándose de persona de muy mal gusto. Macías, indignado por las manifestaciones de impaciencia ó de lo que fuere, impropias de las circunstancias, con que aquella caricatura de hombre manifestaba la intranquilidad de su ánimo, dio un tremendo puñetazo sobre la

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mesa. Momentos antes habían servido un plato, pollos en salsa con guisantes, y gran parte de aquello fué á parar en la cara y en la reluciente pechera del señor La Fisca. Sus amigos, que también disfrutaron de la rociada, acudieron á las servilletas para limpiarse y se armó una trapatiesta de treinta mil de á caballo. Nada, una friolera. Repartimos unas cuantas bofetadas^ que hacían humo, y no hubo necesidad de levantar los man-\ teles; en el comedor no quedó títere con cabeza. Mi compañero, tomó nota de los nombres de aquellos señores para concederles por turno y orden de prelación el derecho de procurar enviarle al otro mundo, y esperamos largo rato por s\ alguno se consideraba ofendido; pero todos, a excepción de Beloso. fueron desfilando disimuladamente. Beloso, echando espumarajos y á gritos, que es la mejor manera de no entenderse, muy disgustado porque le participamos que los caballeros, sus amigos, allí presentes en el momento de la ocurrencia eran recusables para servir de padrinos por estar comprendidos en la ofensa colectiva, después de prometer noticias suyas, salió de estampía para encontrar, según dijo; padrinos, testigos, médicos y quizá un notario que hiciera constar, por instrumento público, el acto de valor, el paso de armas, que pretendía realizar. ¿Sería el señor La Fisca de Beloso uno de los apaleados por Macías en la noche anterior, que dolorido manifestaba su indignación de modo tan ostensible? Probablemente. Riendo la gracia del suceso aguardamos la llegada de los representantes del caballero que había pedido el cartel para acordar las condiciones en que había de verificarse el encuentro. Los padrinos no tardaron en presentarse y llevándoles como de la mano, porque estaban poco fuertes en achaques de desafíos, y á toda prisa para despachar pronto y no perder tiempo; pero con la cortesanía que el caso requiere, reconocida la necesidad del lance, concertamos el duelo. Sable á todo juego, punta aguda, filo y contra filo vaciados y un solo asalto, dando por terminado el acto cuando uno de los adversarios quedase en indiscutibles condiciones de inferioridad.

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Después de fijar el día, la hora y el sitio para la cita, extendimos el acta y se retiraron. Para el duelo al sable, los padrinos, los franceses dicen testigos, deben ser dos para cada uno de los combatientes; pero como estábamos en tierra extraña sin amigos ni persona conocida á quien recurrir solicitando el favor de acompañarnos pasamos por alto requisito de que no se debe prescindir. Los tiradores saben; como nó, que la vista, la agilidad y presteza en los movimientos, fineza de mano, vigor del puño, esto último-para evitar los extravíos de la espada al acentuar las paradas, y la serenidad de ánimo son condiciones necesarias, indispensables, entre otras, que debe reunir quien al ejercicio de las armas se dedique, y nuestro contrario, hombre de poca estatura, rechoncho, miope, nervioso é irascible ¿qué facultades y dominio de sí mismo podría tener? Ninguno. Macías, esbelto, ambidextro, tirador de prirru ra fuerza, educado en la Palestra Gimnástica de Milán y discípulo de Conté en Roma. En consecuencia, pensando lógicamente, hubiera sido un crimen matar á Beloso en combate tan desigual. Decidimos, pues, darle un golpe, causarle una lijera herida, dolorosa; pero necesaria (como se ejecuta una operación quirúrgica con un fin terapéutico) que sirviéndole de s dudable escarmiento le corrigiera de sus desplantes en lo sucesivo. Al otro día, muy de mañana, por no perder la costumbre, práctica corriente que ha adquirido fuerza de ley; pero incómoda por las molestias que ocasiona; en un campo próximo á la ciudad y entre unos árboles, esperábamos al señor La Fisca y sus padrinos cuando vimos venir por el camino adelante más gente que sobre Roma con Borbón por Carlos V, y al frente de un grupo al retador con aire de taco, contoneándose y á buen paso. Aproximáronse los padrinos, vestidos de luto riguroso, como si asistieran al sepelio de persona muy querida, fuesen parientes cercanos del difunto encargados de presidir el duelo ó de recibir el pésame en la casa mortuoria, y uno de ellos, cariacontecido y tan ridículo por la traza que daba ganas de

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reir, pronunciando las palabras de manera entrecortada y repitiendo las sílabas, efecto de la agitación del ánimo, dijo en voz baja: «Señores; la fogosidad y el valor temerario del señor La Fisca, nuestro exclarecido amigo, intransigente en casos de honor, nos colocan en situación comprometida y desearíamos no tener que lamentar una desgracia». v Oyendo á semejante pacato recordé la célebre frase d«\ Alfonso Kar, que dice lo siguiente: «No son las balas ni los\ aceros los que matan en el duelo sino los malos padrinos». El duelo es una ciencia, es preciso conocer sus leyes y no basta ser valiente para salir bien en un desafío, ya sea como provocado ó provocador. La cosa tiene muchos efugios, cuya práctica es un verdadero código que no se infringe impunemente. ¿Cómo entenderían, aquel par de extravagantes personajes, su función importantísima y el compromiso contraído? Puestos en gran aprieto, parecía que se hallaban en grave peligro de muerte, entre la cruz y el agua bendita, según reza un dicho vulgar. Aquellos señores, indudablemente, naturales de Coria, Gilena ó Tontobia, eran los que bailaron en Belén. Sin responder á la inverosímil invitación; sorteados los sables, partido el terreno, colocados los adversarios fuera de distancia y yo actuando de juez de campo, cargo que nadie me había conferido, dije: ¡Adelante, señores! La Fisca, tomó la ofensiva ganando impetuosamente el terreno y cayó en guardia adelantando el pié derecho, torpeza inexplicable ante tirador del que no se conoce el juego, dando principio al combate con precipitación im:ulsiva, y bien por efecto de su temperamento, por influjo del ardor de la lucha ó sencillamente para impresionar á su contrario, daba gritos como algunos tiradores italianos. Macías, que poseía cualidades excepcionales, el don y el instinto de la espada, que estaba bien entrenado y tenía una preparación especial de los ojos y de la mano, jugando con su adversario, en el instante en que este hizo una ligera presión para mantener contacto y cerrar la linea, pronto á la

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parada y á la réplica, pasó rápidamente la hoja de su sable por encima de la punta del de Beloso tocándole con el filo en la rodilla por la linea de dentro. El señor La Fisca, al sentirse herido, arrojó el sable á larga distanch y apretando la pierna con las manos, sin decir palabra, alejóse saltando sobre un pié, como la grulla, seguido de la cáfila de papanatas, sus acompañantes y admiradores. Echado el cuerpo hacia atrás, con los puños en las caderas, estuvimos á punto de reventar de risa.

IX Un nuevo compañero de viaje
Fuimos al parador donde nos esperaban el guía con los caballos y un joven alemán, comisionista mercantil, que se dirigía á Valparaíso con objeto de embarcarse con rumbo al Callao de Lima, puerto de El Perú, en el Pacífico. El estado de la hacienda del joven caballero no parecía ser muy próspero; pero el hombre, sin preocuparse de que dineros son calidad, pretendía ir al cielo, mansión de la gloria eterna, sin expiar sus culpas en el purgatorio. De gran trastienda mental, alegre como el sonido que produce el repiqueteo de unas castañuelas, y aunque no tenía una peseta, el bigote al ojo y arda Bayona. Excelente compañero de viaje. Como buen alemán, su característica era el odio que profesaba á los franceses, de los cuales decía, como su compatriota el filósofo pesimista Schopenhaner, algo que no quiero escribir. Hablaba de Francia y de España con aplomo circunstancial, con conocimiento absoluto de la historia de ambos países hermat os, tan diferentes por las condiciones de carácter, la diversidad de opiniones é intereses, mal avenidos y en pertinaz contienda. Hizo mención del impulso moral y afectivo que causaban en su ánimo las cosas de España, sin que nosotros tratáramos de interrumpir su discurso, saboreando las frases que denotaban su entusiasmo. Para abatir la vanidad de los franceses y acaso para ganarnos la voluntad, (1) trajo
(1) Que hay y siempre hubo españoles que no pueden ver, ni en pintura, á los franceses, es indiscutible. Cuenta Feljóo que hallándose el célebre don Luis de Zúñiga de embajador de España en Roma, comunicó á Felipe II la muerte de Car-

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á la memoria las campanas de Gonzalo de Córdoba en Italia, de quien dice Hernán Pérez del Pulgar «En la breve parte de las hazañas del excelente nombrado Gran Capitán»: '•'•Adornaban el túmulo del insigne guerrero doscientas banderas y estandartes y dos pendones reales que había ganado en batallas á los franceses y sus secuaces?. César, algunos siglos antes, con solo dos legiones venció á la Nación Francesa. Sin respetar el orden cronológico de los acontecimientos y salvando distancias, sin reparo alguno, le vi con ánimo de comentar los sucesos más notables que refiere la historia. Veamos como ejecutaba la Batuda. Con familiaridad y lenguaje natural, sencillo y corriente llamaba Carlos de Gante al emperador Carlos V. y la derrota y prisión de Francisco I en Pavía, fueron el tema esencial de la disertación, interpretando á su manera, con singular donaire, el famoso mensaje « l o u t es perdu, fors fhonneur et la vie quiest sauoe> que el rey de Francia, desde el castillo de Pizzighetone, en Lombardia, en que se hallaba prisionero, dirigió á su madre, Luisa de Saboya, dándola noticia del resultado de la batalla. Expresamente, con la galanura propia de su estilo, puso cual no digan dueñas al poco honroso, para los franceses, tratado de Madrid, y llegado que hubo á este punto que coincidió con el casamiento de Carlos V con Isabel de Portugal, cuyo acto se realizó en el Alcázar de Sevilla el diez de Marzo de mil quinientos ventiseis, el monarca español, aprovechando la oportunidad de semejante acontecimiento, para empezar á cumplir lo convenido en la concordia y celebrar las b o : a s , como presente, envió á los franceses su rey Francisco I.
los IX, rey de Francia, con el siguiente gracioso comentario: «Para francés no era mal hombre». El conde de Ganges, partidario entusiasta de Felipe V. por el que había combatido heroicamente en la guerra de Sucesión, incomodado por que trataban de abrir una carretera entre Francia y España ¡Que carretera! dijo muy sulfurado; una muralla inexpugnable es la que hay que levantar en los Pirineos.—(Nota del Autor).

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Texel, expresaba sus opiniones como le venía en gana y nosotros, sin entrar en disquisiciones históricas, reíamos á satisfacción sus ocurrencias y las imágenes que adaptaba á los pensamientos que le sugería la imaginación, embelleciendo las ideas que cruzaban por su mente soñadora, haciéndolas más sensibles. \ Dedicó un canto épico á la toma de Granada y] al descubrimiento del Nuevo mundo para enaltecer el espíritu guerrero, las iniciativas y el valor indomable y lejendario de los españoles, y queriendo rendir un tributo de admiración á la Reina Católica, refirió lo que ha escrito, no recuerdo quien: «Tres hombres, las tres más grandes figuras de su tiempo, lloraron la muerte de Isabel I, Cisneros, Colón y el Gran Capitán». Está hecha la apología de la excelsa señora. Luego, con determinado tono y de memoria, dijo, desde el principio hasta el fin, sin detenerse, recitándolos como lo piden su puntuación y sentido, unos hermosos párrafos escritos por Don Diego Hurtado de Mendoza, en los cuales cuenta de como en tiempo de Felipe H, los tercios españoles pasearon sus banderas desde Italia á Flandes, viaje tenido por imposible. Enrique Texel, nuestro nuevo compañero, que hablaba hasta por los codos y valga la vulgaridad de la frase, para recrearse con el sabor del tabaco y refrescar la cavidad de la boca, pidió un cigarro y un trago de masagrán. No menciono mucho de lo que dijo, por no entretenerme; pero sí refiero lo más esencial para dar á conocer la nota distintiva de su carácter, con la viveza de afectos propios del caso, y el modo de expresar el pensamiento. Con impulso de atleta dio un salto mortal enorme, yendo á caer en Bailen, página inmarcesible, lauro imperecedero de la historia patria, y allá, sobre el campo mismo de la batalla, entonó un himno en honor de Reding, del heroico coronel suizo, del insigne caudillo vencedor de Dupont, al que debe España tan señalada victoria. —Figura de tanto relieve se ha borrado de la memo*

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ria de los españoles, sin que haya nada que la recuerde. Las colecciones biográficas, publicadas hasta ahora, no han dedicado, que yo sepa, ni una página, sino sólo por incidencia, á la ilustre memoria de Reding; olvido ó desdén injusto que los paladines de muchas malas causas no se han atrevido á subsanar. A Reding, verdadero héroe en aquella gloriosa jornada, sea por lo que fuere, acaso por su calidad de extranjero, lo cual no tendría disculpa, no se le recompensó como merecía. A Castaños, que no asistió a la batalla ni estuvo en Bailen hasta dos días después para recibir los honores del triunfo que correspondían a su subordinado, se le concedió el título de duque y fué nombrado capitán general del ejército é individuo del primer Consejo de Regencia en 1810. Por algo pintan ciega a la Fortuna. Aquí no cabe decir aquello de «Así se escribe la historia» porque la historia bien escrita está. Lo que sí podemos decir, es que muchas veces no se premia, como es debido, los especiales méritos y servicios. Cuentan que Dupont, al entregar su espada a Castaños en Bailen, dijo; que era la primera batalla que perdía y Castaños respondió que, la de Bailen, era la primera batalla que él ganaba, y es lo bueno del caso, que Castaños no ganó la batalla de Bailen; el que sí la perdió fué el general francés. (1) Reding, al que tan principalmente se debe el triunfo de Bailen, continuó combatiendo á los franceses hasta que herido en Valls falleció en Tarragona. Texel, conocía al señor La Fisca de Beloso, y en pocas palabras y estilo galano, hizo una admirable semblanza de semejante majadero, moral y físicamente considerado, po(1) Sala, dice en su libro «Personajes célebres» refiriéndose á este hecho de armas i-Cuya gloria recayó sobre Castaños, como general en jefe del ejército de Andalucía,» y recaer en este caso, según el Diccionario de la lengua Española, autoridad irrecusable, es venir á caer ó á parar en uno ó sobre uno ¡ventajas ó gravámenes que antes tenía otro. Asi se dice: Recayó en él el mayorazgo. Recayó sobre él la responsabilidad. —(Nota del Autor)

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niéndole de manifiesto. La atinada convinación de los conceptos y el retoque, como si dijéramos la última mano que dio al graciosísimo bosquejo biográfico, movía á risa, acreditando a nuestro amigo de hombre experto y observador. Beloso, rico y envanecido mestizo brasileño, fanfarrón; palangana como dicen en la Argentina, disfrutaba de cierta re-^ putación de valiente, entre sus amigos, en familia, para andar por casa, é intransigente y agresivo, guapetón y espadachín, desfacedor de entuertos, como el Hidalgo Manchego, acostumbrado á imponer miedo ó respeto, al encontrarse con Macías tuvo la desgracia de tropezar y dio consigo en el suelo. Orgulloso de su caudal, sin considerar que la verdadera grandeza y dignidad del hombre consiste en su inteligencia, marcaba tajos y reveses sin saber á donde iría á parar. Había estudiado en el teatro español del siglo XVII las costumbres caballerescas de aquél tiempo pretendiendo adaptarlas, sin buscar la realidad de las cosas, á la comedia de la vida en América del Sur y como careciera de ciertas circunstancias conditio sine qua non para representar con lucimiento el papel de reformador, de ahí la ridiculez de su proceder.

X La cumbre de Uspallata
Atravesamos el valle del río de Mendoza, y como la casualidad, que es la providencia de algunos, viniera en nuestro auxilio, en forma de comisionista alemán, gracias á su donaire, pasamos alegremente las horas de mal camino, discurriendo por los peñascales del estribo de la montaña que se destaca de la Cordillera de los Andes. Los caballos, al paso, jadeantes, pulseando, trasijados y sudosos avanzaban por los ásperos senderos abiertos en los bordes de acantilados precipicios, abismos atrayentes que mirándolos producen el vértigo idiopático. De trecho en trecho, y a lo largo del camino, veíamos alguna que otra caseta de piedra sillería, construidas de cierta manera para resistir la presión de las nieves que, de Mayo a Octubre, período del invierno austral, cubren la montaña. Cuando dominamos la altura y hubo desaparecido la calina que obscurecía el aire; desde la cumbre de.Uspallata, meseta de grande extensión, á t r e s mil quinientos cuarenta metros sobre el nivel del mar, pudimos contemplar á placer el aspecto incomparable, el abrupto y grandioso panorama de los Andes. Laderas escarpadas, escalinatas gigantescas desnudas de vejetación, peñascales de formación granítica, grietas eruptivas, estrechas gargantas y erguidos picachos de majestuosa y singular apariencia; agrestes lugares en que reinan el silencio y el apacible encanto de la soledad. Alguna vez un águila cruzaba en el espacio ó aleteando manteníase en el aire, sin romper á volar, proyectando su sombra en las rocas de la montaña. El ave rapiega, fija en la tierra la hipnótica mirada, acechaba una presa. Más tarde atravesamos la divisoria, línea convencional que señala los límites de la Argentina.

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Estávamos, pues, en Chile, (1) en la región cantada por Ercilla. En aquel entonces, Chile había declarado la guerra a la coalición de Perú y Bolivia, y, con la paz últimamente concertada, logró Chile el ambicionado dominio de la faj¿ de^ terreno que comunica a Bolivia con el mar y de la provincia peruana de Tarapacá, ampliando su frente marítimo, y adquiriendo así los puertos de Antofagasta, Yquique y Arica. Tropas irregulares de las tres naciones beligerantes, asolaban las comarcas fronterizas, ejerciendo el derecho de la fuerza con lo que antiguamente se decía cabalgada, los ingleses llaman raid, los levantinos y los españoles razzia y los modernistas punta. La gente de los campos, abandonando sus estancias, habíase refugiado en los centros de población, huyendo de las exacciones de los partidarios, que al amparo de la bandera cometían toda l a s e de tropelías, sin atender a la condición de compatriota, y los salteadores herían al través al caminante como hace el montero desde su puesto, detrás de una jara, para cazar las fieras. Detuvímonos, para pasar la noche, en un rancho de indios situado en la vertiente Oeste de los Andes, casucha miserable, con el suelo de tierra apisonada, sin más luz que la que recibía por la puerta. En aquella ocasión los moradores de la vivienda celebraban un velorio, con bebidas y baile, según costumbre del país. En el centro de la única habitación, en la superficie natural del terreno y sobre una estera de palma yacía en camisa, en posición decúbito dorsal, el cadáver de umi india, muy anciana, de color de hojí de tabaco maduro y arrugada como una pasa da Málaga, sirviéndola d e almohada, para descansar la cabeza, su larga y canosa cabellera. Los parientes y amigos de la difunta, espaldas á la pared y en cuclillas, no cesaban de canturrear, con desentono horrible, coplas alusivas á las virtudes de la abuelita. Sin tomar parte en la pena que afligía á aquella buena gente ni
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(1) Chile se deriva de la palabra tchili, que en el primitivo idioma de los peruanos significa, nieve.—(Nota del Autor).
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en el velorio, por no gustar de semejantes fiestas, echamos mano del avío, como dicen los pastores, y pusímonos á cenar. Estábamos en esto, cuando sin previo aviso entraron, como en terreno conquistado, siete individuos de mala catadura, en mi opinión gente maleante, muy abonados para cometer cualquier fechoría. No soy fisónomo ni mucho menos, sin embargo, por la combinación de las facciones y aspecto particular del rostro, pude conjeturar sus inclinaciones. Uno de ellos, el más caracterizado; bisojo, flacucho y '^desgarbado, cogió un charango, guitarrillo de cinco cuerdas ' tiples, que andaba de mano en mano, y el hombre, que lo sabía tañer, empezó á puntear y rasguear y acorde con la voz entonó una canción. Enrique Texel, el alemán, nuestro nuevo amigo y compañero de viaje, que por las condiciones propias de su carácter simpatizaba con toda clase de gente, no tardó en darse á conocer como cantante y después, con extraordinaria vis cómica, bailó la cueca, danza del país. De pronto vino á interrumpir la continuación de la fiesta un silbido lejano, vivo y penetrante, de entonación muy alta, peculiar de pastores y bandidos, que se produce metiendo en la boca, de cierta manera, los dedos índice y cordial Silvido que se repitió varias veces reflejado por las rocas y cavidades de la montaña, perdiendo intensidad gradualmente hasta dejarse de oír. Entonces, el que á mi juicio parecía ser el jefe de la banda, tiró el charango, dirigiéndose hacia la puerta. Me interpuse para cortarle el paso y fijando en mí la mirada, dijo: No va nada con usted y de un brinco salvó el umbral. Los hombres de la cuadrilla siguieron á su jefe y ocultándose en las escabrosidades de la montaña, favorecidos de la obscuridad de la noche, pronto les perdimos de vista. Me aproximé al dueño de la vivienda, al cabeza de familia, y echándole una mano al cuello le pregunté ¿Qué hombres son esos? y el indio, balbuciente, anhélito, temblando por su vida, á punto de morir ahogado por extrangulación, respondió: «Ladrones, señor». Bien; ya sabíamos con que clase de gente tendríamos que contender si llegase el caso.

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A poco, en el monte sonó un tiro, luego fuego g r a n e a d o , después cesaron los disparos, y media hora más tarde, empujando la puerta de la casucha que estaba entornada, entraron cinco bandidos, nuestros contertulios en aquella noche, trayendo en brazos a su capitán mortalmente herido. Acercámonos para prestarle auxilio. u Tenía en el pecho dos heridas de bila sin orificio de salida y hallábase en situación tan desesperada que no había que pen ar en conservarle la vida. \\ Mojé la mano en agua fría y pasándosela por la cara abrió, los ojos y mirándome de manera extraña expiró sin hablar palabra. ¿Qué había acontecido? Los bandidos habían convenido asaltar á unos comerciantes que procedentes de Méjico se dirigían á Mendoza; pero estos, enterados de la falta de seguridad en los caminos, temerosos y precabidos, hiciéronse acompañar de buen golpe de escopeteros. Los espías que los bandidos tenían apostados en los senderos; cuando la expedición llegó á un sitio determinado de antemano, dieron el avteo que ya conocemos y los foragidos que creían apoderarse á mansalva de los viajeros, aligerarles el bolsillo y poner á precio su libertad, fueron recibidos á balazos. En la refriega murió uno de los salteadores y, herido el capitán, los demás abandonaron el campo para refugiarse en su guarida accidenta!, precisamente la casucha donde nos habíamos detenido para pasar la noche. Los salteadores, contaron la ocurrencia del modo que dejo dicho, ofreciéndose para escoltarnos en la jornada del día siguiente, compañía que no aceptamos, y uno de ellos, ex" presando su pensamiento en lenguaje sumamente pintoresco y á modo de oración .fúnebre, elogió ciertos hechos de su capitán, á la sazón de cuerpo presente, refiriendo con entusiasmo digno de mejor causa, una serie de épicas hazañas, en tal grado exageradas que no tenían apariencia de verdad. Después, sombrero en mano, hizo una colectación pidiendo á los allí presentes una limosna por amor de Dios para cele-

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brar el oficio de difuntos y misa de réquiem, sacrumpro defunctis, por el alma del finado y minorar las penas que por su culpa mereciera, porque según dijo el bandolero, solo asi llegan las preces al cielo. Doliéndose de lo azaroso de la vida, había que oir sus argumentos Los hechos punibles y criminosos, en su opinión, eran asuntos legales como prescriptos por la ley. Hablaba de tas santos y santas de su devoción, que reverenciaba como protectores, con familiaridad asombrosa, como si fueran cómplices en sus delitos, y refiriéndose á las ofrendas á que se creía obligado para corresponder á ciertos beneficios, á los que atribuía su buena fortuna, quejábase de la importancia de los donativos, tratando de reducir su cuantía en lo sucesivo, porque de continuar asi no le quedaba del producto de los robos ni lo indispensablemente preciso para malcomer. Cubierto el pecho de medallas, cordones y escapularios, objetos á que embrutecido por la superstición atribuía virtud para alejar al diablo, se consideraba invulnerable. Los salteadores trataban de dar un nuevo golpe y, sin ocultar su proyecto, manifestaban las tretas de que habían de valerse para realizarlo sin pérdida de momento, pues, según ellos, el asunto no admitía demora. Cayéndonos de sueño, sin poder abrir los ojos y bostezando, oíamos a los bandidos como quien oye llover, deseando que transcurriesen las horas de aquella noche verdaderamente toledana. En el suelo, sobre la estera y al lado del cadáver de la abuelita, yacía el cuerpo del capitán. En la casucha habíamos encontrado un muerto y dejábamos dos. Iba aclarando el día y dispusímonos a marchar. Un ligero refrigerio y á caballo, para pernoctar en Santa Rosa de los Andes, pueblo situado en la montaña á corta distancia de Valparaíso.

XI Cada uno por su lado
Valparaiso, el Aliampo de los indios, al que Juan de Saávedra, capitán español, dio el nombre de su pueblo natal en la provincia de Zamora, es hermosa población de América meridional. ¿Qué he de decir de Valparaiso que no hayan dicho ya? Mi descripción resultaría impertinente y monótona. Solo pretenderlo sería insensatez. Pasemos, pues, por alto el sinnúmero de bellezas que contiene, conocidas de muchos por brillantes referencias y admirada de todos los que la visitan. Ciudad originalísima, acaso la más simpática de América, desde el punto de vista que yo la considero; verdad sabida que justifican muy bien, sin rebozo ni lisonja, las siete últimas letras de las diez con las que escribimos su'nombre. Desde el primer momento, después de mi llegada, empecé á ti abajar para explotar con eficacia, no así como se quiera, el filón aurífero del negocio que me habían recomendado. Perseverante observador, meditando para unir algunos cabos que estaban por ligar, que consideraba indispensables para la formalización de los contratos, atento a las dificultades, sin preocupación proseguía en mi tarea practicando las gestiones conducentes al logro de mi deseo. Escribí á la casa dándola cuenta, en resumen, de mis operaciones, de mis esperanzas, de la buena fe de algunos contratistas y de las exigencias de otros; elementos integrantes de proceder doble y solapado, de los cuales consideraba necesario prescindir. Texel, sin separarse de mí ni un solo instante, amenizaba con su lenguaje culto y rico de color, los ratos que dedicaba-

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mos al descanso, y cada hora, con la cafetera sobre la mesa, atiborrábase de café, según él decía, para provocar viva excitación intelectual, haciendo desaparecer la torpeza del entendimiento. Estimulante, en mi concepto, innecesario para que fuese agradable su conversación, por la delicadeza y elegancia en el decir, aticismo de que hacía gala. Mi amigo, cofi frecuencia se lamentaba del abandono en que le tenían sus representados de El Perú, no contestando á las misivas que casi diariamente les dirigía reclamando fondos para subvenir á las necesidades más apremiantes de la vida y continuar el viaje; de modo que pudiera decir con referencia á sus mandatarios que estaba á media correspondencia con ellos. Diferentes veces, con mucha insistencia, pretendí que aceptase alguna cantidad, sin que mi habilidad dialéctica pudiera vencer su obstinación; hasta que viendo ya la penuria en que se hallaba, inventé un procedimiento para socorretle, procurando que no se diera cuenta de mi intervención en el asunto. Conseguí que Schaffino, uno de los banqueros de la razón social que yo representaba, simulase una orden para facilitarle con cargo, claro está, á mi fondo particular el dinero que necesitara y soplando los vientos de otro cuadrante (1) corrióse el nublado y Texel, alegre y decidor se marchó á Lima. Sería cosa de ver la cara que pusiera mi amigo cuando enterado de la jugada urdida para vencer su tenacidad, hallándose á larga distancia, sin poder colocarse frente á frente para liquidar y manifestarme su agradecimiento, censurase el proceder de los señores á los que no debía ni la atención de contestar á lo que en sus cartas les dijera. Macías, proclamado independiente, pocas veces parecía por mi casa. ¿Cuál era la causa de semejante alejamiento? ¿Qué razón pudiera alegar que justificase su proceder? Sin duda un agente poderoso interponía su influencia. ¿Que es el amor?
(1) Cuadrante es el espacio comprendido entre dos puntos cardinales de la Rosa Náutica, siendo el primer cuadrante el comprendido entre el N. y E; el segundo es el que lo está entre el E y S, el tercero entre el S. y O. y el cuarto entre el N. y O.—(Nota del Autor).

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Una de las definiciones que recuerdo, quizá la mejor de las publicadas hasta ahora, es la siguiente: El amor está en la naturaleza, es una pasión qué de improviso asalta al corazón, le sorprende y domina sin poderse adivinar la causa (1). Ecco il problema. Pero, según tuve ocasión de observar, Macías no eka -enamorado, ni mucho menos, sino galanteador que es cosa\ muy diferente; porque siempre se ha dicho que el amor e s \ un tirano y la galantería traidora, porque atiende más á la ^ realidad que á la ilusión. El amante puede no amar; no ama, finge. El galanteador no ama nunca. El verdadero amor reside en el corazón, por eso Calderón, poeta dramático, uno de los primeros ingenios de la edad moderna, capitán de coraceros en Italia, Flandes y Cataluña, enamorado y pendenciero, caballero del hábito de Santiago y después capellán del Rey Felipe IV, dice en su comedia «Ni amor se libra de amor», que el amor para ser perfecto debe tener cuatro eses, que son: sabio, solo, solícito y secreto. Michelet dice: <EI amor verdadero, profundo, mata todas las demás pasiones; orgullo, ambición, afectación, todo queda eclipsado por él, todo ante él desaparece». El amor, agente que explica y disculpa muchos errores de la vida, no es extratégico sino sencillamente tímido. El verdadero amor da al traste con el juicio y el exceso de amor produce la pasión de los celos. Algunos altercados y tres ó cuatro lances en los que Macías saliera vencedor, elevaron el nivel de su fama de conquistador, y sus travesuras traían á mi memoria ciertos hechos de Manara, el burlador sevillano y !as gallardías y genialidades del protagonista de un drama, hijo de la fantasía, de la mente creadora del inmortal Zorrilla, del legendario don Juan.
(1) Para el amor y la muerte no hay cosa fuerte. Refrán con que se pondera el poder del amor y de la muerte.—(Nota del Autor).

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Mi amigo y compañero de viaje no tenía ni un solo instante de que disponer libremente, así lo aseguraba como cosa cierta. Ricci, le había puesto en relaciones de amistad con algunas familias italianas de la población y Macías, transformado en elegante caballero, haciendo alarde de su figura nada vulgar, de la habilidad notoria en el ejercicio de las armas, dá'los tres ó cuatro idiomas que poseía, además del suyo natural, y de las admirables condiciones de carácter que le adornaban, á propósito para, de modo extraordinario, cap' tarse la voluntad de cualquiera; cualidades y requisitos muy del caso pera salir airoso de sus empeños. Y como encontrase ancho campo en que lucir su ingenio y material apropiado para adueñarse de ciertos corazones, contento con su suerte hallábase en la gloria, como dicen que están los bienaventurados en la mansión de los escogidos, realizando en pro de sus caprichos el célebre veni, vidi,vici, que tanta nombradía dio á César en las campañas de la antigüedad.

XII Las islas Malvinas ó Falklands
Transcurrió algún tiempo y terminado satisfactoriamente el asunto objeto de mi viaje, dispúseme para regresar al puerto de mi residencia habitual. Una fragata daba la vela con rumbo á Para con escalas en Río de Janeiro, Bahía, Pernambuco y Parahyba, y contra mi voluntad, obligado por la fuerza de las circunstancias, aprovechando la oportunidad, dime prisa para tomar pasaje. La tarde designada para la partida, antes de posesionarme de un camarote á bordo de la fragata, saludé en tierra al capitán, portugués chapado á la antigua, digno descendiente de Vasco de Gama y de Alvarez Cabrai. Dijo que haría la derrota para montar el Cabo de Hornos, agregando que pensaba repostarse en puerto Stanley, capital del grupo de las Falklands, ó sean las Malvinas (1) de los españoles ó Malouines de los franceses, islas situadas sobre la costa de América á trescientas cincuenta millas, casi al Este del mundo, de la boca Sudeste del Estrecho de Magallanes. Llegó el momento de la partida y Macías me abrazó diciendo: «Adieu, jusqti au revoin y le respondí: Addio, si non ti vedo pia, buona suorte. Más galán que Gerineldo, conquistador impenitente, de
(1) Las Malvinas ó Falklands forman un grupo de más de doscientas islas en el Atlántico meridional. Las reconoció Davis en la segunda expedición de Cavendish. Separan las islas, canales, sondas y bahías que proporcionan excelentes puestos. El irregular contorno de las montañas es la característica de su aspecto general.—(Nota del Autor).

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vivo, gracioso y oportuno ingenio, allá le dejé siendo el ídolo fascinador de las hermosas chilenas, sin que desde entonces haya tenido noticia suya; pero si vive, quizá algún día le encuentre en mi camino. .Dieron la vela, y el capitán, en vista del tiempo atemporaíádo, procuró ponerse fuera de la influencia de la costa y de la cordillera de los Andes, que corre desde Sierra Nevad a , en Nueva Granada, hasta el Cabo de Hornos, para na.'" vegar al Sur porque en el mes de Junio en que estábamos ; entonces, en aquella latitud, los vientos eran contrarios á la derrota y las corrientes tiraban hacia el Norte. Apoyado en la regala me despedí de aquella tierra que ya no volvería á pisar y por una ilusión óptica, sugerida por la imaginación, veía desfilar por los eriales de la costa, como visiones de fantástica leyenda, las sombras de los conquistadores; Diego de Almagro, Valdivia, Juan de Saavedra, Villagrán, Hurtado de Mendoza y de tantos otros como perdieron la vida para llegar á los llanos de Maipo, donde terminó nuestro dominio para siempre (1). El pasaje de cámara, sin contar con el que estas líneas escribe, se componía de tres viajeros. Un teólogo, dignidad perteneciente al cabildo capitular de la catedral de Santiago de Chile, religioso carmelita exclaustrado. No tenía el tipo de fraile cartujo que pintó Zurbarán, no de propia invención, sino sacado exactamente de la imagen de San Bruno, venerable fundador de la orden; flaco, descolorido y triste, los ojos hundidos, la vista como apagada, las mejillas descarnadas, espiritualizado por el ayuno y la penitencia. Rechoncho, homo pasillo crassiorique corpore, y muy regalón, decía entre burlas ó veras con el gozoso anhelar de la gula, refiriéndose á la gastronómica vida conventual en el monasterio de su orden, con la que estaba bien avenido. «Nada de brécol, acelgas ni achicorias; sopa de menudillos, olla con algún embuchado, róbalo frito, apio crudo en ensalada, que es estimulante y diurético, hojaldres y todo ello rociado con vino
(1) Cinco de Abril de mil ochocientos quince.- (Nota del Autor).

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aloque de Yepes, sin bautizar. Y por último, para mostrar con más evidencia la verdad que intentaba persuadir, como complemento amplificativo de su discurso concluía diciendo placentero»: «Que la regla de la santa ,casa, que por lo visto no era demasiado extricta, no imponía á la comunidad otra penitencia que sufrir con paciencia la pesadez adormecedora que origina la buena digestión». y Muy cursado en teología, ciencia que trata de Dios y de\ sus atributos, dominaba la lengua latina de igual manera que los idiomas hebreo y griego y conocía la Sagrada Escritura, según e¡ sentir de los concilios y santos padres. Aquél fraile, que como buen teólogo discurría lógicamente, cuando declaraba su parecer sobre ciertos casos, sin defender la tesis, aún teniendo la razón de su parte, prudente y amable, transigía con las opiniones de los demás, acreditándose de hombre de muy buen juicio. Con pureza y propiedad en el lenguaje, movida la voluntad por la inspiración que Dios comunica á la criatura, daba á conocer su pensamiento, en algunas materias, con gran copia de erudición. Le oíamos con gusto porque de su oratoria se deducían lecciones de evidencia moral. Don Aurelio, caballero chiquitín, redicho, nimiamente grave, muy pagado de sí, abogado de secano, alcalde mayor cesante, que según decía iba á Europa en viaje de recreo; puso á bordo cátedra de derecho ci vil y penal, y discutiendo por la cosa más insignificante, aunque no viniesen al caso, traía á colación el Fuero Real, el Fuero Juzgo, el de Salamanca, Sepúlveda, Toledo y las Partidas, leyes compiladas por el rey sabio, con igual entonación é idénticos ademanes que si se hallase en estrados informando ante el tribunal que ha de fallar un proceso. Adrede, por exigirlo así la hilación de los sucesos; aunque en apariencia sin respeto al sexo, he dejado en blanco el bosquejo biográfico de una señora, ya entrada en años y exageradamente fea. Tenía la cara casi cubierta de manchas pastosas, como la paleta en que los pintores colocan los colores,

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y usaba un vestido tan recargado, valga la metáfora, de cintas, lazos, puntillas, corpinos, chambras y sayas que dificultaban sus movimientos. De suerte, que considerada aquella mujer como una cantidad variable, restando la tara, es decir; el rimero de trapos que la envolvían, el minuendo que, en este caso, representaba el peso positivo, como si dijéramos la susbtancia material orgánica, quedaba reducido por lo insignificante, casi inapreciable, á la más mínima expresión. Emperifollada como si la hubiesen ataviado sus más encarnizadas enemigas, gesticulaba sin cesar, y de vez en cuando, llevándose el pañuelo á los ojos para enjugar algunas lágrimas, suspiraba de amor. Doña Ana de Alcubilla, acaudalada patrimonial, que había escuchado cuatro veces al pie de los altares la exhortación que por el ritual romano se les lee á los que van á casarse con los requisitos que previene el concilio de Trento. Prendada, por su desdicha, en los últimos años de la vida, del garbo de un mentecato, arrojó las tocas de la viudez y contrajo nuevo matrimonio, entrando en un ca npo, que ciertamente no era ya el suyo. No tardó en sufrir las consecuencias de su insensatez. El veleidoso adonis, hecho cargo de lo que aquello era, apoderóse de gran parte del caudal de la incauta y tomó las de Villadiego con rumbo á Para.."". La afligida señora decidió perseguir al prófugo, objeto de su amor, y esta era la causa de encontrarse á bordo. Doña Ana, de escaso juicio y flaco entendimiento, inconsolable, apasionada é inquieta como una colegiala, tomó por su cuenta al letrado don Aurelio, y cada hora, sentados ambos á dos en un rincón de la cámara, en secreto, le hablaba de sus cuitas solicitando consejo. Tales eran mis compañeros de viaje. Después de muchos días de navegación nos hallábamos, aunque á larga distancia, á la altura de cabo Pilares, límite occidental del Estrecho de Magallanes. Las desigualdades de viento, las calrr as y los contrastes de ráfagas violentas se sucedían de improviso. Corríamos al Sur para doblar el famoso cabo de Hornos, término del mundo habitado, y pasar del Pacífico al Atlántico.

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El cabo de Hornos, es de todas las vías marítimas del globo, el paraje más temido de los navegantes. En una clara, entre chubasco y chubasco, á la luz moribunda del crepúsculo, divisamos la isla de Diego Ramírez, desprovista de vegetación, peñascal cubierto de hielo. Los chubascos cerraban los horizontes y traían nieve j» granizo de grandes dimensiones. En el hemisferio Sur, en la latitud del Cabo y en aquella estación, las noches eran las más largas del año y por consiguiente casi no disfrutamos de la luz del día durante algunas singladuras. La luna, extraño mundo, grandioso luminar de la noche, entraba en su segunda fase, es decir, cuarto creciente y de cuando en cuando, aparecía en el cielo, por el Occidente, entre nubes tempestuosas, un segmento luminoso, velado por la densidad atmosférica, ocultándose á la vista breve espacio de tiempo para dejarse ver después. Las aguas, bruscamente empujadas por el viento huracanado del Oeste, los bramidos del mar embravecido, las olas que se embestían con poderoso esfuerzo y el frío muy intenso indicaban la proximidad del Cabo. El viento levanta más oleaje cuanto más tiempo sopla y la altura de las olas es tanto mayor cuanto más grande es el área que recorren. La turbonada venía del Pacífico. El Pacífico, el Océano mayor del mundo, puesto que tiene ciento setenta y tres millones de kilómetros cuadrados ó sea más del tercio de nuestro planeta, es también muy profundo. Dicen ciertos autores de geografía física que las mayores profundidades del mar guardan proporción con las mayores alturas de la tierra, aserción que podrá ser verdad en algún caso, pero no axioma. La cumbre del Guarisan-Kar, pico de Everets, en la cordillera Himalaya, punto el más elevado del globo, adonde muy rara vez alcanzan las nubes, mide ocho mil ochocientos cuarenta metros de altitud y una de las mayores profundidades conocidas se halla en el Atlántico Norte, en el extenso

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valle que separa las islas de Cabo Verde de las costas de Puerto Rico, (1) donde han retirado la sonda de Brooke, la más perfecta y útil que conozco, con ocho mil seiscientos metros de alambre de acero. En diferentes puntos se ha hecho funcionar la sondaleza para comparar las profundidades con las alturas y nadie, hasta ahora, ha demostrado lo contrario de lo que digo. '• Las mayores profundidades en el Pacífico se hallan, según Mr. Supan y otros autores, sobre los 45° de latitud Norte y á orillas de la corriente del Kuro Siva, f r e n t e al Archipiélago del Japón, ocho mil quinientos metros. Medida que puede no ser exacta por la derivación que las corrientes hacen sufrir á la sondaleza; por eso las curvas de profundidad que se trazan en las cartas del Océano casi nunca tienen más que un valor hipotético y también porque la sondaleza, más ligera que el agua, al llegar á cierta profundidad, sostiene el escandallo y le impide llegar al fondo, quedándose á flote. . La profundidad media del Pacífico, es de cuatro mil trescientos ochenta metros. La profundidad del mar puede apreciarse aproximadamente por la velocidad de las olas. Antes de doblar el Cabo, permítame el lector decir algo, muy poco, no á cosa inconexa con el asunto en que me ocupo, sino pertinente á la narración de la historia de mi viaje. Cuando el intrépido y desventurado Núñez de Balboa, desde una de las cumbres del Darien, al Este del istmo de Panamá y á dos días de la costa; paseó la triunfante mirada por el extenso mar, enorme masa de agua que se movía á sus pies ¿qué idea le sugeriría la mente para calificar de pacífico á un mar inquieto y temible por los temporales que allá se forman y reinan casi sin intermisión? ¡Quién S3be! Acaso las penalidades, las amarguras y las tempestades de su alma se borraron en aquel instante de la memoria del insigne caudillo, que satisfecho su deseo se consideró feliz pareciéndole hermoso
(1) Puerto Rico, dista de las islas de Cabo Verde dos mil seiscientas cuarenta millas.—(Nota del Autor).

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y agradable, fl) De otra suerte que diferente nombre le hubiera dado. Hay aquí un punto importante que dilucidar. ¿Fué Vasco Núñez quien le dio ese nombre? ¿Fué el hijo del jefe de Comagre, como algunos suponen? No se sabe. Es lo cierto del caso, que siete años después del acontecimiento á que me refiero, cuando Magallanes atravesando* el Estrecho que hoy lleva su nombre, vio el mar que se e x y tiende desde las costas occidentales de América hasta las\ islas que partiendo de Kamtschaka sirven de ante mural á China, incurrió en el mismo error que su ilustre antecesor. Núñez de Balboa perteneció á aquella pléyade de a t r e \ i dos aventureros, que ávidos de renombre, honores y riquezas llevaron á cabo valerosamente la ardua y temeraria empresa, la inconcebible epopeya del descubrimiento y la conquista de América. Inteligente, bravísimo y animoso caudillo murió en el cadalso adonde fué arrastrado por la envidia de Pedrarías, (2) amasada con el olvido ó la indiferencia del rey, sin que por eso hayan podido borrarse de la historia las páginas de gloria que legó á su patria. La fragata tenía la cubierta llena de nieve y los cabos de maniobra tan rígidos que apenas podían laborear. El cabo de Hornos es la punta más meridional de las islas de la Ermita, roca de superficie plana, pulimentada por la acción continua del furioso embate del oleaje, acantilada, co(1) Vasco Núñez vio por primera vez e! Océano Pacífico ó Mar del Sur, desde las cumbres del Queragua, en la mañana del día 25 de Septiembre del año 1513 y pisó su orilla el 29 del mismo mes y ano, un jueves día de San Miguel.—(Nota del Autor). (2) Pedro Arias Dávila, conocido por Pedrarías, el galante y justador caballero segoviano, según dice un historiador, fué gobernador del Darién y fundó la ciudad de Panamá en el año 1518. Con motivo de la muerte de Balboa dejó muy mal paradas su nobleza y caballerosidad. Pedrarías, era hombre sin educación, de carácter violento, díscolo y presumido, pero no se sabe porque causa, muy estimado en la corte, contaba con el favor del r e y . - ( N o t a del Autor).

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mo cortada á plomo, que se destaca de la espuma que la circuye y donde rompe y se levanta la mar con estruendo formidable. Conocido el Estrecho de Magallanes, Schonten y Le Maire, marinos holandeses, buscando un nuevo paso que pusiera en comunicación el Atlántico con el Pacífico, descubrieron la extremidad Sur del continente Americano, dándole el nombre de Cabo de Hornos. Derrota larga y penosa para los grandes peleros que se dirigen á los puertos del Pacífico. Los barcos ¿de vapor utilizan, sin incoveniente alguno, la vía más corta /.del Estrecho de Magallanes, librándose de los embravecidos / mares del cabo. Doblamos el Cabo y después de contemplar las elevadas montañas de la Tierra del Fuego divisamos las de la Isla de los Estados. Yo deseaba atravesar el canal que separa la Isla de los Estados de la Tierra del Fuego, el Estrecho de Le Maire, con lo cual hubiera adelantado, por lo menos, dos semanas para llegar al punto de mi destino; pero el capitán tenía trazada la derrota con otro rumbo y, como es consiguiente, había que someterse á su voluntad. Doblado el Cabo, el resto de la navegación no ofreció interés alguno hasta llegar á las Falklands. En el trayecto no encontramos barreras de h'elo en la costa oriental de las Malvinas, y en los canales las manchas de Kelp, el fucus giganteas antarticus, algas marinas, de color amarillo obscuro, de veinticinco á treinta metros de longitud (hay quien dice que algunas tienen de ciento á ciento veinte) que echan sus raices en las piedras, y el tallo, que se levanta hasta la superficie del agua, abaliza los escollos señalando el peligro. (1)
(1) Dice Morgado en su Derrotero: Cuando se pasa á barloverto de las manchas de Kelps ha de dárselas mucho resguardo, porque es probable que sus tallos y hojas, el largo de Ia9 cuales no es conocido, obedezcan al impulso que les comunica el viento ó las aguas de la corriente ó marea y no marquen el sitio verdadero del peligro. Cuando la marea lleva mucha fuerza se oculta enteramente este Kelp, por lo cual no debe irse confiado en que marcará el peligro. Cuando en el centro de una espesa mancha de Kelp se vé un espacio despejado, debe suponerse que

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Las algas marinas fueron los primeros vegetales que apa* recieron en la superficie del globo. El mar es el elemento en que más se desarrolla la vida. El color de las algas, muy variable, depende de la clorofila, (1) y el de esta del grado de oxidación de las sales de hierro que contiene. Las sales de hierro, son rojas al máximo de oxidación y verdes al mínimum. En las costas de las islas Malvinas á Falklands el aguá^, presenta un color negro; blanco en el Golfo de Guinea; ama^ V\ rulo entre China y el Japón, rojo en el mar de este nombre, \ verde en el Golfo Pérsico y estos colores son siempre producidos por la presencia de las algas. A mucha distancia de la F a k l a n d del Este empezamos á ver el pájaro llamado Niño ó sea el Pingüino, que revoloteando alrededor del aparejo de la fragata molestaba con sus graznidos. La presencia de esas aves no anuncia la proximidad de la tierra; se las encuentra á trescientas millas d é l a costa. Recalamos á puerto Sstanley, puerto de escala franca de los barcos que pasan del Pacífico al Atlántico y salté á tierra para visitar la colonia y variar el método de vida por algunos días. El aspecto general de la Falkland del Este nada ofrece de particular. Cordilleras de colinas roqueñas, de unos trescientos metros de altitud, atraviesan extensos eriales y terminan en costa baja y pedregosa. La formación de las cumbres es de roca cuarzosa y la pizarra arcillosa abunda también. Hay descampados de piedra arenisca en los que se ven impresiones de conchas muy bien marcadas. Con dificultad pudiera encontrarse en parte alguna del mundo lugar más combatido del viento que la Falkland del
en él se encuentra el menor fondo. El Kelp flotante ó sean las manchas que flotan y se llevan las olas á merced de los vientos, es claro que no hay necesidad de darles resguardo, se conocen fácilmente por lo enredado de sus hojas é irregularidad de la mancha.—(Nota del Autor). (1) Clorofila, substancia colorante que se encuentra en el protoplasma.—(Nota del Autor).
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Este, sería en vano buscarle. Mientras el sol está sobre el horizonte los vientos son violentos y variables. Un día de calma es un acontecimiento extraordinario y de día ni de noche se halla exenta de chubascos ahuracanados. Dicen los naturales que durante el verano los vientos refrescan generalmente á medida que el sol va aumentando de altura y calman á su puesta y que las noches son claras y estrelladas. Algunos navegantes españoles confirman esa opinión. Así será, pero en el tiempo á que me refiero las noches eran obscuras y tempestuosas. Recorrí las inmediaciones del poblado, que tenían poco que ver, y de noche, en casa de un colono, cónsul español, pasaba la velada oyendo referir á los capitanes y pilotos de los barcos balleneros que, surtos en el puerto, descansaban de sus campañas, las peripecias sin cuento que ofrece el ejercicio de su peligrosa industria en los mares australes. Un día, mi barco, levó para dar la vela y después de tocar en los principales puertos del Brasil, desembarqué en Parahyba para poner en conocimiento del gerente de la empresa mercantil el resultado obtenido por mi gestión en el negocio que la sociedad me había confiado.

XIII Muerte del señor don Manoel
En mi ausencia habían ocurrido en Parahyba ciertos acontecimientos que no carecían de importancia, relativos á personas de mi amistad. El señor don Manoel da Cunha Belho, mi principal, creyéndose fuerte, engañado por lo que tan solo era la última y fugaz manifestación, el postrer esfuerzo de su debilidad senil, cometió el grave error de contraer matrimonio con una muchacha, que por sus pocos años bien pudiera ser su nieta; joven criolla (1) hondurena, mal engendro de una casta que se perpetúa en América reproducida por la generación, en la que están vinculados el rencor y la aversión instintiva á la madre patria ¡y el que odia á su madre cómo será! Frase proverbial en la que está todo el ser de la proposición. El amor á la patria, es una virtud en la que entra no poco amor propio y en su causa es un efecto natural. Y el amor á la madre, mater, qenitrix, es tan simpático que dignifica y la Impresión y el movimiento que produce en el alma, ejerce influencia tan poderosa que excusa de una falta y en algún caso levanta la censura en que hayamos podido incurrir. A este propósito conviene recordar lo que el padre Juan de Mariana dice en su Historia General de España refiriéndose al fraticida don Enrique II de Trastamara «...y que el mundo le puede llamar bienaventurado por la venganza que tomó de la muerte de su madre con la sangre del matador». Y el
(1) Criollo, dícese generalmente de los hijos de padres españoles nacidos en América. Nombre inventado y transmitido por los conquistadores de la9 Indias occidentales, según la Academia.—(Nota del Autor).

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famoso jesuíta, historiador y teólogo, con la palabra subrayada en el párrafo que transcribo, le absuelve de la culpa de tan horrendo delito. Fui á ver á don Manoel. Me aproximé al lecho en que se hallaba postrado de la enfermedad y con lentitud valetudinaria y excitación nerviosa dijo estrechándome ta mano: «Adiós señor Vilabeíla, llega usted con oportunidad para verme morir. > El amor tardío y la joven criolla, desenvuelta, caprichosa y neurótica; marrullera y devota de los cuatro santos patronos que, según n>i calendario, veneran las mujeres: san nos Vean y san Veame's, san nos Digan y san Digamos, bien pronto dieron al traste con el señor don Manoel, mi protector y amigo, abriéndole la sepultura en breve espacio de tiempo. Entristecido, despedíme de don Manoel para atender á mis quehaceres y luego pasar á su lado las horas de que pudiera disponer. dolencia que padecía don Manoel, agotamiento de todas sus facultades, no permitía dilación para salir del mundo en.que vivimos y falleció pocos días después, confortado con los auxilios de la religión y la cariñosa solicitud de los Verdaderos amigos. Persuadido, aunque tarde, de que á su edad, los esfuerzos, los abusos y las gallardías extemporáneas tienen consecuencias deplorables que necesariamente se derivan de una causa, cuya razón es indiscutible. Una tarde, hablando con mis amigos, se me ocurrió preguntar por Pinell, deseoso de obtener noticias suyas. Nadie conocía su paradero, solo sabían que por el tiempo en que debiera regresar á Parahyba, los temporales reinantes en la costa, habían ocasionado numerosos naufragios. ¡Pobre Pinell! ¡tan sincero, honrado y trabajador! Acaso en el viaje de retorno encontrara la muerte en el camino y descanse en el fondo del mar del Brasil, sirviéndole de ataúd y de túmulo los tablones de aparadura y el aparejo de «La Villa de Palamós». Algunos meses después del fallecimiento de don Manoel, empecé á experimentar una indisposición extraordinaria, sin-

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guiar; el deseo violento y persistente de volver á la patria, y sin ánimo ni fuerzas para contrarrestar los efectos de la nostalgia que de manera inusitada se había apoderado de mí, pedí á la nueva gerencia de la casa el ajuste final de mi cuenta y realizada la liquidación, desligado del compromiso contraído y libre de cuidados, regresé á Europa.

FIN

ÍNDICE
Capítulos & Páginas

I II III IV V VI VII VIII IX X XI XII XIII

La Villa de Palamós El socio de Pinell El caballero Ricci Laura y Leonora Tandil La caja de ginebra Un duelo singular . Lo que sabía Pinell.

. . . . . . . .

\

5 \í5 \¡2 25

.

33\ 39% 44 52 59 64 69 73 83 I

Un nuevo compañero de viaje La cumbre de Uspallata Cada uno por su lado Las islas Malvinas Muerte del señor don Manoel

EN

PREPARACIÓN OBRA^DEL M I S M O AUTOR

"El camino de Alhaurin"

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