Desde que el 17 de diciembre de 2005 el ex presidente George W.

Bush presentase en su discurso radial la conocida como “Ley Patriota”, se abrió la veda para acusar de terrorista a cualquiera que entendiese la libertad de una forma que no cuajase con los intereses de ciertas élites. Aquel día se pudo escuchar que “la Ley Patriota derrumbó las barreras jurídicas y burocráticas que evitaban que oficiales policiales, judiciales y de inteligencia intercambiasen información vital acerca de las amenazas terroristas”; sin embargo, algunas de esas “barreras jurídicas” eran precisamente las leyes de protección de datos, auténticos muros de contención contra los abusos de los gobiernos y las corporaciones hacia los ciudadanos. Esta tendencia se inscribe en la dinámica global donde la "lucha antiterrorista" se ha convertido en pretexto de militarización y represión, adoptando medidas contra los activistas que proponen alternativas más sociales a las “ortodoxas”. Un claro ejemplo lo pudimos ver materializado el año pasado, cuando el Consejo Europeo de Asuntos Generales decidió incluir en sus ficheros cualquier actividad y/o persona sospechosa de haberse radicalizado (bajo sus criterios “democráticos”, faltaría más), llegando a hacer uso -si fuera necesario- del espionaje y otra serie de métodos más o menos ilícitos, como podría ser la aplicación de las técnicas de minería de datos y monitorización de las redes sociales informáticas. Resulta evidente que cuando una legislación tan delicada no surge de organismos genuinamente democráticos, la voluntad de una minoría puede colapsar todo intento de avanzar en la justicia social que toda la población, con independencia de su opinión e ideología, necesita para la supervivencia de un marco de convivencia no excluyente. Europa no podía ser menos: bajo el nombre de documento “8570/10” se esconde esta triste realidad que fue aprobada con el beneplácito del Partido Popular y el Partido Socialista, en una mesa presidida por el ex ministro de asuntos exteriores Miguel Ángel Moratinos. Desde entonces, empiezan a relucir el número de procesos judiciales en que tanto la opinión pública como la del propio juez son viciadas haciendo uso de estos “informes secretos”, causando prejuicios –y nunca mejor dicho– con vistas a una condena favorable a la fiscalía. En esta noticia se resalta el caso de las protestas contra la LOU de febrero de 2002, pero no podemos ni llegar a imaginar cuántas veces se hará uso de estos informes ante supuestos altercados a la hora de ejercer la libertad de expresión contra leyes impuestas e impopulares. Una vez más Islandia vuelve a ser un referente para nosotros. La diputada Brigitta Jonsdottir impulsó la ley de libertad de expresión y prensa más fuerte de cuantas existen en la sociedad occidental. Mientras tanto, otros siguen el camino inverso, demostrando que nuestra débil “democracia” no es precisamente el ejemplo de sistema más adecuado para una sociedad en constante evolución y que sus dirigentes no están a la altura de este momento crítico para el destino de la libertad de expresión que depende por completo del uso de la información. Un motivo más para la indignación. Noticia: ‘La policía admite tener “archivos secretos” de activistas sociales’
(http://www.diagonalperiodico.net/La-policia-admite-tener-archivos.html)

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