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J AN VAN MORLEGAN

SÍNT OMAS DEL MALESTAR

C ONTEMPORÁNEO

IN

TRODUCCIÓN A UNA

CLÍN ICA DEL ESTADO LÍMITE

IN TRODUCCIÓN A UNA CLÍN ICA DEL ESTADO LÍMITE CLASES IMPARTI DAS EN LA ASOCIACIÓN ADOS

CLASES IMPARTI DAS EN LA ASOCIACIÓN ADOS MÁLAGA CURSO 2007 - 2008

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Imágenes Obra gráfica original de Erik Kirksaether

Van Morlegan, Jan Síntomas del malestar contemporáneo Introducción a una clínica del estado límite 1º Edición – Madrid 2010 340 páginas; 210x150 mm

Editor: Bubok Publishing Depósito Legal: M-23892-2010 ISBN: 978-84-9916-786-2

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2010 340 páginas; 210x150 mm Editor: Bubok Publishing Depósito Legal: M-23892-2010 ISBN: 978-84-9916-786-2 . 4

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ÍNDICE GENERAL

Introducción …………………………………………………………………………. 9

Prólogo ………………………………………………………………………………. 11

PRIMERA PARTE LA HOLOFRASE ANORÉXICO- BULÍMICA

1. La pasión por el signo de amor….……………………………………………….17

2. Dejar lugar para ser deseada………………………………………………….… 27

3. La aporía goce- deseo …………………………………………………………

33

4. El drama escópico en la anorexia……………………………………………

41

5. Anorexia-bulimia: ¿neurosis o psicosis?

51

6. Tratamiento preliminar en anorexia………………………………….………… 59

SEGUNDA PARTE EL FENÓMENO PSICOSOMÁTICO

7 . Cuando el primer par de significantes solidifica

…………………

……

69

8. Un caso de asma nervioso ¿FPS o síntoma? ………………………….….…… 81

9. El retorno del goce al cuerpo

………………………………

…………91

10. El cuerpo trino RSI, efecto del significante……………………….……………99

11. Estructuras clínicas, intervalo y holofrase …………………………………

107

12. Causación del sujeto y holofrase

……………………………………………115

13. Llamado holofrásico y retorno lesionante… …………………………………125

14. Los tics de Emy ¿síntoma o FPS?

5

133

TERCERA PARTE EL SUJETO EN ESTADO LÍMITE

15. Estado límite, tiempo lógico del sujeto… …………………

……

………147

16. ¿Se puede hablar de forclusión parcial?

155

17. Rasgos clínicos del sujeto en estado límite……………………………….…

165

18. Estado de suspensión de la estructura…………………………… …………175

19. Formalización topológica del estado límite………………………………….181

20. Un nuevo ordenamiento psicopatológico……………………………………189

CUARTA PARTE LOS ESTADOS DEPRESIVOS

21. ¿Nuevas declinaciones del goce?

199

22. A deseo que decae goce que brota…………………………………………….205

23. El fondo depresivo de “la gran neurosis contemporánea”………………….213

24. Malestar contemporáneo y mutación del gran Otro………………………

223

25. La disfunción del padre real ¿una patología social?

231

26. La condición depresiógena del mundo actual……………………………….239

QUINTA PARTE EL MONTAJE TOXICOMANÍACO

27. ¿Psicoanálisis del toxicómano?

249

28. Creencias e interrogantes en toxicomanía……………………………………257

29. Huir del dolor……………………………………………………………………267

30. Operación pharmakon: prótesis contra la falta………………………………273

31. Dolor narcisista, tiempo cero de la operación pharmakon…………………287

32. Dispositivo paradójico de autoconservación…………………………………297

6

33.

Los desafíos de la clínica con toxicómanos…………………………………

307

.

34.

La transferencia en el montaje toxicómano………………………………… 313

35.

Tiempo preliminar de ahuecamiento de la demanda……………………….321

Epílogo………………………………………………………………………………333

Bibliografía………………………………………………………………………….337

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INTRODUCCIÓN

“Como les decía, toda la ideología, la publicidad, la promoción, el mundo que nos rodea, etc., todo empuja en el sentido de: no hay goce sino en posi- ción de amo (…) no hay goce salvo que al menos en algún lugarcito sea amo. No tiene ningún interés de satisfacción libidinal el teléfono móvil que he adquirido. Si estoy en disposición de amo nunca una conversación me llevará al goce suficiente de la conversación, ni que el clic venga en el mo- mento justo y la conversación termine en el momento justo, no se va a pro- ducir eso. Se va a producir solamente “Soy” (…) donde las conversaciones son de un sostén de Ser, de puro prestigio. (…) O tener un automóvil, por lo menos un instante al salir al volante, lo que importa es el emblema y la suposición de que el goce está en Ser.

Pero el fantasma está roto, nuestro pobre sujeto ha adquirido el auto, aun- que sea un esclavo, con gran sacrificio. Cuando se compra el auto cree que ahí tiene, al menos, una posición de amo; y así hacemos con todos nuestros pequeños bienes. Tenemos esa posibilidad de creernos que somos, por eso, amos, pero este vínculo está roto. No habrá en la satisfacción del automóvil una conexión fantasmática que introduzca la división subjetiva, y una sa- tisfacción suficiente. De manera que, como dice Lacan, el que está en posi- ción de amo, ¿cómo va a gozar si está ciego y sólo busca plus de goce que sólo lo deja cada vez en mayor insatisfacción? (…) Pero la posición del amo es la posición de la pulsión de muerte. Debe ir a 240, a 260, a 300 Km/ hora, hasta encontrar en algún punto de desesperación – como el cadáver que es, manejando ese emblema - encontrar realmente una satisfacción.

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Freud alertó acerca de algo que veía, que era un ejercicio desesperado de la búsqueda de satisfacción que conduce rápidamente al umbral más bajo de lo que es el equilibrio de la vida. Pero no hay para nosotros ningún equilibrio de la vida como no sea el fantasma. En la creación de fantasmas, que son construcciones, ficciones importantísimas, se juega nuestro equilibrio de la vida. Y la posición del amo encarna inevitablemente, a raíz de la identifica- ción al significante del poder, encarna la ruptura de ese fantasma, y la apa- rición de las posiciones de los fantasmas más extremos y efectivamente mortíferos en lo real, de muerte.

Eso parece ser el núcleo para Lacan de lo que ahora se desencadena de ma- nera devastadora en razón de la cuantificación, es decir, del efecto tecnoló- gico. Un efecto de contabilidad del goce que encarna la producción capita- lista, globalizada, y lo que quieran. Pero, el verdadero tema es la posición subjetiva del amo.” 1

1 Indart, J.C., Acerca del goce de los que mandan .Pág.23-25, Biblioteca del Taller,Madrid

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PRÓLOGO

dónde se han ido las histéricas de antaño, esas ma-

¿Qué es lo que reemplaza a esos

síntomas histéricos de otros tiempos? ¿No se ha desplazado la histeria en el campo so-

cial? ¿No la habrá reemplazado la chifladura psicoanalítica? 2

ravillosas mujeres, las Anna O., las Emmy von N

A ¿

?

En su momento Freud fue testigo de cómo la histeria dominaba el horizonte de la clínica, y se topó así con un terreno maduro para producir su teoría. La histeria fue la gran partera, la gran hacedora del psicoanálisis. El campo clínico estaba necesitando del oído de Freud que llegó en el momento adecuado.

Pero ahora, en los albores del siglo XXI, el discurso que predomina es el del malestar difuso. Además de algunos que siguen consultan- do con la inmensa necesidad de ser escuchados, están aquellos otros que, siendo incapaces de asociar nada, esperan que les preguntes lo que necesitas para rotular su padecer y que después les digas lo que tienen que hacer. O, por fin, aquellos que vienen escayolados por el discurso médico “Yo es que soy fibromiálgica”, es decir, un sujeto con- gelado bajo su síntoma.

Con el concepto de “síntomas del malestar contemporáneo”, lo que intentaremos resaltar, son aquellas formaciones clínicas especial- mente complicadas de adscribir a una estructura. Estamos viendo cómo distintos autores están formalizando propuestas al respecto, y así nos detendremos en la aplicación de conceptos como holofrase, sinthome, sujeto en estado límite, hombre sin gravedad, perver- sión generalizada, adolescencia prolongada, clínica de la metáfora débil, clínica del vacío…

2 Lacan, El Seminario, Libro 24, Clase 8, inédito

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Intentaremos resaltar cómo Lacan denuncia la presencia de estos fenómenos sintomáticos ya desde la clínica freudiana misma. Así, el caso del hombre de los lobos, si bien Freud lo considera un caso de neurosis, también va a hacer intervenir un mecanismo muy específi- co que es el de la “verwerfung” o forclusión, que Lacan sistematizará como específico de la psicosis.

Trabajaremos el concepto que nos propone Rassial de “sujeto en es- tado límite” en oposición al concepto de “borderline”. Mientras este último, en contradicción con la psicopatología psicoanalítica, intenta definir un espacio o zona fronteriza entre la neurosis y la psicosis, el estado límite remite a un tiempo lógico diferencial dentro de la misma estructura. Y Rassial recurrirá al sinthome para sostener su propuesta.

Lacan elabora el concepto de sinthome a partir de una topología muy especial, que es la de los nudos, aplicada a las estructuras clíni- cas. El nudo tiene la característica que se ata o desata, siendo el sint- home una atadura especial, que obra de suplencia ante la forclusión del nombre del padre. Este sinthome o nudo supletorio permite es- tabilizar aquello que estaba desanudado.

Y en otros momentos utilizaremos también el concepto de holofrase. Son dos conceptos, el de sinthome y holofrase, que remiten a ese mismo déficit, y que nos pueden servir para hacer inteligible los fenómenos que nos ocupan, diferenciándolos del síntoma como formación discursiva. Así, cuando afirmamos que en la anorexia, en el fenómeno psicosomático, y en la toxicomanía no estamos en pre- sencia de formaciones sintomáticas, podríamos concluir que nos en- frentamos a formaciones supletorias del orden del sinthome.

Son distintos abordajes a los mismos problemas, el problema del diagnóstico cuando el caso no responde a los lineamientos espera- bles según el cuadro de las estructuras clínicas. Recalcati va a utili- zar el término “clínica del vacío” para reflexionar sobre todos estos casos de llamadas al goce: anorexia-bulimia, toxicomanías, fenóme-

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nos psicosomáticos, depresión, como parte del bloque de fenómenos y síntomas que de por sí no definen una estructura.

El psicoanálisis es un fenómeno que emerge a partir de un discurso social, que es el discurso de la represión del deseo. La reinvención lacaniana pasa, justamente, por hacer una torsión del tema del padre en relación a la ley del deseo, a la ley de la interdicción del incesto, el tema del padre en el Edipo, como tema central freudiano, y hacer- lo propio, pero con la torsión de la metáfora paterna, del Nombre- del-Padre, de la discriminación padre real, padre simbólico, padre imaginario.

La torsión lo que nos indica es que el determinante del espacio de configuración de lo psíquico deja de ser la represión del deseo, para ser reemplazado por la ineficacia de la prohibición. Del padre prohibicionista al padre carente. Esta sería una manera de ponerle título a lo que este año trabajaremos de la clínica.

De lo que se trata, en definitiva, es que del malestar en la cultura no nos salvamos. Y que si a comienzos del siglo pasado el psicoanálisis subrayó el papel de la represión en dicho malestar, a comienzos de este milenio no debemos caer en la trampa de atribuirlo a otro ava- tar, como es el caso del descrédito del padre real, del padre “humi- llado”. Ya Lacan se ha encargado de subrayar la condición estructu- ral e insalvable de dicho malestar. La función del padre está conde- nada a ser falible, a no dar la talla del ideal.

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PRIMERA PARTE

PRIMERA PARTE LA HOLOFR ASE ANORÉXICO-BUL ÍMICA 15

LA HOLOFR ASE ANORÉXICO-BUL ÍMICA

15

1

LA PASIÓN POR EL SIGNO DE AMOR

La cara de amor y la cara de odio Anorexia: “ningún objeto vale el amor” Bulimia: “aún más, aún más, aún más” Del vacío del estómago a la falta-en-ser De la pasión por la comida a la pasión por el vacío ¿Qué significa comer para el hablante ser? La mesa del Otro

Hoy vamos a empezar una línea diferente de trabajo, intentando prestar más atención a la clínica de esos casos que son de difícil dia- gnóstico, esos casos que nos desafían a leer la estructura con un po- co de elasticidad, que en la jerga psicopatológica suelen referirse como casos límite, que más atrás en el tiempo se los denominaba casos “boderline”, y que hoy, a partir de nuevas elaboraciones po- demos asimilar bajo la propuesta de “sujetos en estado límite”.

El concepto de caso límite es incompatible desde la ortodoxia laca- niana que aborda la psicopatología a partir de diferenciar neurosis, psicosis y perversiones. Veremos cómo algunos autores utilizan el concepto de “estado límite” para referirlo, no al límite de la estruc- tura, sino al límite del sujeto; serían aquellos casos en los que la pre- gunta que nos convocaría sería: ¿podemos en este caso concreto hablar de constitución de sujeto? Así, cuando trabajamos la psicosis en oposición a la neurosis, allí definimos la debacle de sujeto, por efecto de la forclusión del “Nombre- del- Padre”.

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Hay todo otro amplio abanico de casos en donde la pregunta por el sujeto es puesta en cuestión. Y de entre esos casos que podemos agrupar como estados límite, hoy vamos a empezar con la anorexia- bulimia.

1

“Tener hambre es terrible, pero no tener la posibilidad de padecerla es aún peor”. Este es el título de un artículo periodístico sobre Ame- lie Nothomb, novelista belga que ha escrito un libro que se llama “Biografía del hambre”. En este artículo, la autora comenta su nove-

la autobiográfica:

“En los alimentos hay algo que va mucho más allá de la estricta alimenta-

ción”

de santa Amelia, lo hice conjuntamente con mi hermana Juliette, tomar la

”y a

chicas viven esto

como una violación, supone la pérdida de un cuerpo coherente, un cuerpo en continuidad con el espíritu. Para un niño la separación del cuerpo y el alma es algo que carece de sentido, la unidad es perfecta. La adolescencia convierte nuestro cuerpo en un extraño, en un enemigo, de pronto habita- mos en un cuerpo en el que no nos reconocemos. Es una fase de una gran violencia, y yo viví y reaccioné a esa violencia a través de la anorexia, a

través del hambre absoluta” 3

eso hay que agregarle la llegada de la adolescencia

decisión las dos a la vez fue un acto de unión muy fuerte, de amor”

dejar de comer el 5 de Enero de 1981 a los trece años, el día

”Decidí

las

En las palabras de esta escritora se manifiestan los significantes de su deseo en conflicto con su cuerpo adolescente. Este es uno de los lugares comunes, el despertar del cuerpo adolescente a la sexuali- dad, en ciertas manifestaciones anoréxicas. El cuerpo se ve reducido

a su mínima expresión, se trata de quitarle formas y redondeces, hacerlo lo menos apetecible para el otro.

2

3 Diario “El País”, 28/01/2006

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Para el desarrollo de este tema nos va a servir de texto de cabecera el libro de Recalcati sobre anorexia y bulimia 4 . Este texto lo podemos leer como una introducción a la clínica lacaniana. Es un libro que toma partido en contra de la reducción sociológica que pretende ver en la anorexia un trastorno derivado de la industria de la moda. Eso lo escuchamos constantemente en los absurdos y prosaicos debates de televisión donde se trata el tema de la anorexia. Y también toma partido este libro en contra de lo que es la medicalización y psiquia- trización del paciente sin tener en cuenta lo que tiene de particular el sujeto. En contra del afán universalista y clasificatorio que pretende ver en estos fenómenos un trastorno de la alimentación al que lla- man “anorexia mental”, la clínica lacaniana lo que intenta es reivin- dicar la particularidad del sujeto en este fenómeno y cuáles son sus criterios diferenciales.

La anorexia-bulimia la podemos entender, siguiendo a Recalcati, como la pasión por el signo de amor. Que más que comer quiere que la amen; que más que darle comida quiere que le den signos de amor, que más que sustancia comestible quiere pruebas de amor. Esa es la versión romántica de la anorexia. Pero también subraya la otra cara de la anorexia, que es la que tiene que ver con el deseo del sujeto degradado a residuo. Es la cara cruel, la que transmite el enorme caudal de odio de esos pacientes, que los lleva al borde de la muerte para de esa manera proyectar su venganza sobre el Otro que no le dio el amor. Ella le devuelve en forma de extrema delgadez el odio que la embarga, es como reprocharle al Otro el amor que no le dio.

El objeto de deseo degradado a objeto residuo. Es un mecanismo similar al que veíamos el año pasado en el obsesivo, cuando decía- mos que la estrategia de la obsesión degrada el objeto de deseo en

4 Recalcati, M.: “La última cena: anorexia y bulimia”, Del Cifrado, Buenos Aires, 2004

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objeto de demanda 5 . El objeto de la demanda del Otro a nivel anal es referido al escíbalo y el obsesivo degrada el objeto de deseo a objeto de la demanda anal, degrada el objeto de deseo en residuo. Es decir, lo que a nivel anal desemboca en obsesión, a nivel oral desemboca en anorexia: el ejercicio de degradar el objeto de deseo en objeto de demanda del Otro. Se trata entonces de no reducir la problemática anoréxica a su aspecto romántico de pedir por el signo de amor, sino también incluir la otra cara trágica, agresiva, violenta.

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Refiriéndose a la bulímica este autor recoge la fórmula “aun más, aun más, aun más”; y describe a la anoréxica bajo el lema “ningún objeto vale el amor”. Veamos como lo sustenta.

“Aun más, aun más, aun más….Es la demanda que insiste sin palabras y en una forma desesperada en el ataque bulímico. El mal infinito de la demanda bulímica (no existe nunca Otro que pueda colmarla) muestra, en su punto extremo, la intersección con la demanda de amor en cuanto tal. Porque la “intransitividad” de esta demanda, usando una expresión de Lacan, consiste justamente en el exceso que la anima, respecto a la satisfacción posible ofrecida por el consumo del objeto. El amor no es una mercade- ría como otras, no se puede consumir. Y eso que sabe bien la anoréxica es que eligiendo comer la nada rechaza el mundo del tener y reclama su derecho a ser, su derecho al amor.” 6

El ataque bulímico podemos describirlo como una voracidad des- controlada donde ninguna sustancia alcanza, hasta que lo que se consigue es un lleno de un vacío, pero que es el lleno del vacío del estómago, pero no se llena el otro vacío que está en juego en todo esto, que es el vacío de la “falta en ser”. De allí el vómito y a empe- zar de nuevo

5 Van Morlegan,J.: Seminario 2005-06,”La pulsión, efecto virulento del significante”, inédito 6 Recalcati, M. Idem, pág.29

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Detrás de la pasión por el objeto comida, en su rechazo absoluto o en su voracidad ilimitada, está la pasión por el vacío. Se trata de de- jar un vacío destinado a ser llenado por amor y no por sustancia. Y este vacío la anoréxica-bulímica lo ubica ingenuamente en el estó- mago. Ese vacío es lo que da la categoría de “ser”. Si no hay ese va- cío no hay “ser”, no hay sujeto. Si no hay ese vacío quiere decir que el sujeto no ha podido constituirse, porque el sujeto se constituye al separarse del Otro, perdiendo eso que llamamos el objeto “a”. Lo Otro es un todo que no admite vacío, que no admite sujeto.

La bulímica, después de su ataque de voracidad extrema se ve com- pelida al vómito, como si al llenar el estómago se le hiciera presente la inconsistencia de ese llenado, porque no es ese vacío el que ella quiere llenar. Vuelve entonces a vaciar el estómago para volver a empezar con el proceso, repitiendo nuevamente el llenado. Pero no acierta con el objeto porque su hambre es de otra cosa: una pasión por el signo de amor que no pasa por la sustancia comestible. Por ello tenemos que quitar este trastorno de la categoría de la alimenta- ción, porque no es la sustancia alimenticia la que está en juego aquí. No es un trastorno del apetito.

¿Qué significa comer para el ser humano? Es saciar el hambre. ¿Pero sólo es saciar el hambre? Porque ese sería el registro animal. Para el ser humano es algo más. Es un elemento simbólico por excelencia que lo relaciona con el Otro. Esa construcción, esa estrategia relacio- nal del bebé con su madre en torno a la comida, es algo más que la relación con la alimentación. Hay algo que simboliza toda esa rela- ción con el Otro que tiene que ver con el objeto, pero no el objeto comida, sino con ese otro objeto del cual hablamos en psicoanálisis, que tiene que ver con el deseo. Y eso es lo característico de la comida humana.

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Levi Strauss 7 tiene un ensayo antropológico escrito hace ya muchos años en donde sondea profundamente las relaciones entre lo crudo y lo cocido, como ilustración de la oposición entre naturaleza y cul- tura, lo cocido como la entrada en la cultura, uno de los grandes in- dicadores simbólicos de la cultura. Lo Cocido, La Cocina, el Arte Culinario, la Gastronomía de nuestros días siguen siendo herra- mientas simbólicas en torno a ese acto que dejó de ser natural.

Entonces el no comer de la anoréxica es mucho más que un trastor- no de la alimentación, es en otro nivel distinto al de la necesidad que tenemos que encuadrarlo, en el nivel del deseo, en el nivel de lo que son los desencuentros en relación al objeto del deseo, los avatares del deseo.

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Dice una bulímica “Cuando como trato de comer una cosa riquísima, pero por más que la busco no la encuentro nunca”. Y el psicoanálisis afirma que la Cosa está perdida para siempre. ¿Cuál es esa Cosa de la que hay un hambre que nunca se satisface?

En torno a esa Cosa se ha construido toda la teoría psicoanalítica. En torno a esa Cosa Freud habló del objeto mítico de la satisfacción primera, supuesto como perdido. Y lo denominamos mítico porque no existe un acto histórico fechado:”primer minuto de vida el bebé

No, no es así, no existe como hecho

computable. Pero sí existe en la estructura a partir de la cual el niño confronta su búsqueda. Es una imperiosa necesidad de poner un punto de mira ideal hacia el cual tiende, un objeto que colma absolu- tamente. Nosotros podemos, desde lo imaginario, pensar que ese momento mítico se correspondería con su estar en el vientre mater-

toma la teta, primer objeto

”.

7 Lévi-Strauss, Claude. Mitológicas. Volumen I: Lo crudo y lo cocido. Fondo de Cultura Económica

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no, que ésta sería en la completitud, donde no existe hambre, en tan- to la satisfacción está en relación a un equilibrio homeostático tal que no necesita dar lugar al hambre. Es más bien por una exigencia estructural que definimos un primer momento en el cual hay un ob- jeto que colma. Un momento mítico previo al deseo. Y desde la lec- tura del Edipo freudiano, entonces, la Cosa se corresponde con la madre. El hambre de otra cosa es entonces el hambre de la madre prohibida.

Desde la perspectiva de la pulsión, lo que colma ese otro apetito, que está más allá del hambre de comida, a nivel de la pulsión oral ese objeto mítico es el seno ¿Pero de qué seno hablamos? No existe. Es un objeto mítico. Es un seno que como tal es un objeto fantasmá- tico. Es el seno del destete. Es un objeto que falta. Lacan utiliza para hablar de este objeto que falta el matema petit a. Real, dice Lacan, es decir un hueco. El hueco del seno fantasmático, del cual sólo pode- mos dar constancia como fantasma. Lo que hay es un vacío en el cual colocaremos distintos objetos a partir de los cuales la pulsión hace repetidos contorneos intentando satisfacer ese apetito.

El pezón, la comida, el chupete, el cigarrillo, todos objetos subroga- dos de una comida primordial que es un seno vacío, o el vacío del seno, o el objeto a. Y como tal, vacío que no se puede llenar, porque si se llena ese vacío sobreviene la muerte del deseo. Es absolutamente paradójico que se intente llenar un vacío cuya completitud provocaría la muerte del deseo. Eso es lo paradójico de la anorexia-bulimia, que no responde a la lógica del placer, no hay placer que explique el rechazar la comida hasta la muerte; no hay placer que explique el comer vorazmente hasta reventar. No se pue- de explicar por la lógica del principio del placer. Ni tampoco por la lógica del principio de realidad, que son los dos principios del acon- tecer psíquico que acuñó Freud. No se puede explicar por la acomo- dación a la realidad, que la anoréxica no coma porque gustan más las flacas, como pretenden los adeptos de la teoría sociológica. Para poder entender esto recurrimos a la lógica del goce pulsional.

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5

Recalcati se refiere a la anorexia-bulimia como los dos polos de un mismo discurso. Incluso llega a considerar la bulimia como un dia- lecto de la anorexia, homologando así a Freud que dice que la neu- rosis obsesiva es un dialecto de la histeria, que el discurso básico de la neurosis es el discurso de la histeria. La bulimia es como el desca- rrilamiento de la anorexia. La anorexia es la búsqueda del sueño de alcanzar narcisistamente el yo ideal representado por el cuerpo del- gado, el cuerpo flaco. La bulimia es la constatación del fracaso de esa búsqueda.

El otro concepto que aparece en título de la obra “La última cena” remite a la cena bíblica que está impregnada por la traición de Judas. La última cena es una comida muy especial. La comida de la anoréxica-bulímica es una comida en donde hay que tener en cuenta la mesa del Otro. En la última cena está la mesa del Otro, el Hijo con sus apóstoles. El Otro dispone en la mesa el lugar y la ubicación de los comensales. El Otro rige la mesa. Y la anoréxica-bulímica lo que haces es, como Judas, atentar contra las leyes de la comensalidad del Otro. Yo no como, o yo como sin límites y después vomito. En ese sentido toma el concepto de la última cena, la anoréxica-bulímica en el lugar de Judas, rompiendo las reglas de la comensalidad, como Judas, que traiciona al Otro. La anoréxica, y aquí está la cara anti- romántica, lo que hace es atentar contra el Otro proyectando como odio lo que fue vivido como falta de amor. Es decir, el origen de to- do esto sería la falta de amor. El Otro, cada vez que esta niña pedía, le daba, según expresión de Lacan, “la papilla asfixiante”.

“Pero el niño no se duerme siempre así en el seno del ser, sobre todo si el Otro, que a su vez tiene sus ideas sobre sus necesidades, se entromete, y en lugar de lo que no tiene, le atiborra con la papilla asfixiante de lo que tiene, es decir confunde sus cuidados con el don de su amor. Es el niño al que alimentan con más amor el que rechaza el ali- mento y juega con su rechazo como un deseo (anorexia mental). Confines donde se capta como en ninguna otra parte que el odio paga al amor, pero donde es la ignorancia la que no se perdona. A fin de cuentas, el niño, al negarse a satisfacer la demanda de la madre,

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¿no exige acaso que la madre tenga un deseo fuera de él, porque es éste el camino que le falta hacia el deseo? 8

Las madres que colman a su bebé con la papilla asfixiante de lo que tienen, incapaces de hablar con su bebé, su falta es falta de signifi- cantes. La papilla lo que obtura es la posibilidad de que haya pala- bras, es decir, signos de amor. No quiere decir que la madre no quiera al niño, pero en su vinculación ansiógena, solo puede vincu- larse a través de la comida, agotando la demanda con el objeto de la necesidad. De esa falta de amor llega a la última cena donde no co- me nada, o come y vomita.

6

El tema de la lógica del discurso anoréxico-bulímico nos remite a algo importante para toda la clínica, es el tema del diagnóstico psi- coanalítico. Cuando tenemos alguien que viene con el diagnóstico de anorexia mental, nosotros como psicoanalistas tenemos que hacer una relectura de eso, porque anorexia mental como tal remite a un trastorno de la alimentación. El diagnóstico en psicoanálisis lo que tiene que intentar despejar es que ese síntoma, o esa estrategia o ese fenómeno anoréxico remite no a una cuestión en relación al apetito de comida sino a una cuestión en relación al hambre de otra cosa, es decir, remite a una perturbación del deseo. Y esto es importante porque es lo que va a dar la dirección de la cura: intentar escuchar los significantes del deseo, para ver de qué manera ese deseo está descarrilado, atascado, obturado. Y entonces, el tema del diagnósti- co nos tiene que llevar por dos vías. Una es la vía de definir a que estructura remite el síntoma, porque no es lo mismo una anorexia histérica que una anorexia sobre una estructura psicótica. Esta es la vía general. Pero además está la vía particular del diagnóstico que remite a buscar la lógica del discurso, de qué manera se posiciona el sujeto en este fenómeno.

8 Lacan, Escritos 2, La dirección de la cura y los principios de su poder, Siglo XXI, Pág.608

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Una de las características de la lógica del discurso anoréxico- bulímico es la pasión por el objeto comida. La pasión entendida co- mo rechazo absoluto al borde de la muerte o la pasión por la voraci- dad. Pero, esta pasión por el objeto comida es la fachada, lo que subyace y lo que tenemos que descubrir es que debajo del objeto comida lo que se busca es esa otra cosa faltante, es la pasión por el vacío. La anoréxica come nada, la pasión de la anoréxica por comer nada. Y la bulímica, la pasión por el objeto comida, en realidad es un subrogado de esa otra cosa que llena ese otro hambre, que es el obje- to vacío, el objeto causa del deseo.

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DEJAR LUGAR PARA SER DESEADA

Objeto del deseo y objeto de la pulsión “Cómeme- déjame comerte” El hombre sin gravedad El cuerpo asexuado

Estamos trabajando el tema de la anorexia-bulimia desde el texto de Recalcati “La última cena” y vamos a profundizar en torno a la pul- sión oral, en torno al goce, al objeto perdido, al vacío.

1

El objeto de la pulsión es en tanto ha caído. La pulsión como tal es entonces un empuje, bordeando un orificio en torno a un objeto que falta. Y esta pulsión se pone en marcha contorneando de manera re- petitiva en torno a ese vacío, de tal manera que la pulsión no se sa- tisface nunca.

Hay que matizar la diferencia entre el vacío del objeto del deseo y el vacío del objeto de la pulsión. La pulsión se constituye en torno a determinados objetos privilegiados, oral, anal, fálico, escópico e in- vocante. Cuando decimos que el pezón es el objeto de la pulsión oral, nos referimos al pezón faltante, es el pezón del destete, el pezón que ya no está. Ese es el objeto que busca la pulsión.

Ahora bien, si remitimos el objeto como perdido es en realidad un objeto que nunca ha estado, porque de lo que se trata es de un objeto de satisfacción total. Y el pezón nunca significó la satisfacción total.

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El pezón siempre nos dejó con hambre, no de alimento, sino de esa

Otra Cosa. El objeto causa del deseo es del orden del ser. La falta no

es una falta de tener, sino una falta en ser. Es la falta que nos cae fa- talmente por pertenecer al orden simbólico.

Hay una película sobre Virginia Woolf en la que se evoca ese objeto perdido que nunca ha sido. Es una escena en la que una niña con- templa un pájaro moribundo mientras pregunta:

“¿y qué pasa cuando se muere?” y la tía le responde: “vuelve de donde ha venido antes de nacer”, a lo que la niña concluye: “yo no recuerdo de donde he venido”.

Podemos identificar el objeto perdido con ese lugar de completitud de antes de nacer, lo real, completo como la nada. Referido al cuer- po, el “objeto falta en ser” es ese resto del cuerpo que no ha sido ins- cripto como cuerpo significante, como agujero al que la pulsión en su intento de alcanzar sólo puede bordear.

A través de las re-significaciones oral, anal, fálica, el cuerpo adquie-

re marcas significantes que lo constituyen como cuerpo pulsional. La imposibilidad estructural de que lo significante, lo simbólico, re-

cubra totalmente lo real de nuestro cuerpo, deja un resto o lugar vacío que llamamos “objeto a”. La pulsión es el intento de colocar un fragmento separable del cuerpo en ese lugar vacío, como objeto de goce. Será el fantasma el que permitirá definir esa búsqueda en un objeto imaginario al que asignará el valor de objeto meta del deseo. Pero el camino de realización del deseo sólo puede ser simbólico, esto es, sublimado.

2

Tenemos dos opciones: o el goce o el deseo. Y esa es por excelencia

la gran disyuntiva histérica: dejar el deseo insatisfecho para salva-

guardarse de ser reducida a objeto de goce del otro.

La paradoja es que en el caso de la anorexia-bulimia lo que se busca es restaurar aquello que no se satisface, esto es, el signo de amor:

“¡No insistáis en darme comida, lo que yo necesito es un signo de amor!”.

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Es pedirle al Otro que muestre su deseo, que se muestre faltante. El signo de amor por excelencia es ser deseado por el Otro:

“¡Quiéreme! No me llenes con cosas que tú tienes, dame lo que tú eres!”

La dialéctica “cómeme- déjame comerte” es la cara pulsional, la cara del goce, no la cara del deseo. Es la papilla asfixiante de la madre que demanda “¡cómeme!” a la que la anorexica dice “¡basta, deja lu- gar para mi deseo, deja lugar para ser deseada por ti, para que yo reciba tu deseo!”

Lo que la madre no puede poner en circulación es el más allá de la demanda. No es que la madre de las anoréxica no quiera a su hijas

lo que pasa es que es un querer objetal: quiere de la misma manera

que demanda, que educa, que transmite las pautas de la necesidad.

Y el querer es de otro nivel. Estar en el nivel del deseo es mostrar

que algo le falta. Si no, es estar en el nivel de la omnipotencia.

Entonces, es imprescindible que el bebé ocupe el lugar del deseo de la madre. Pero no para quedarse allí, sino para transitar y salir, tránsito edípico cuya salida depende de la vigencia del Nombre del Padre para efectuar la metáfora paterna e instaurar la castración. Poder separarse y buscar su deseo fuera de la madre.

Pero si no existe ese deseo primero que conjuga el “deseo de ser de- seado”, no se pone en marcha el deseo propio.

El mal entendido de la anoréxica es que su falta de completitud ella

la pone en el estómago. Porque claro que se trata de un vacío y de la

defensa de un vacio. Pero se trata del vacío de ser que nos constitu- ye como sujetos de deseo, faltantes, incompletos.

En relación a esto Melman postula que estamos viviendo una muta- ción de la economía psíquica, en pos de un sujeto sin división, de un sujeto entero, completo, que ya no se interroga sobre su propia exis- tencia, un sujeto cuya conducta estaría, como en el animal, prede- terminada, y sólo bastaría dejarse llevar. Esta nueva economía psíquica funcionaría tras la búsqueda del objeto, pero no del objeto

representación, sino del objeto parte en la realidad. Este es justamen-

te el principio en que se basa la teoría cognitivista. Se trataría de go-

zar a cualquier precio. Dice Melman:

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uno puede saciar públicamente todas sus pasiones y, más aún, pedir que sean

socialmente reconocidas, aceptadas, incluso legalizadas. Una formidable libertad pero al precio de no pensar.” 9

Es como si se aboliera la metáfora y se pudiera vivir fuera del len- guaje. En vez de apoyarse en la falta de objeto, la nueva economía psíquica funcionaría sobre el objeto necesario y presente. Del sujeto dividido, esto es, neurótico, se estaría virando al sujeto supuesto completo, esto es, perverso.

3

Volviendo al objeto oral y a la comida, sólo la pasión por no querer saber puede justificar el no ver que la comida es algo más que un objeto de necesidad. La comida es por excelencia un objeto de inter- cambio simbólico entre el niño y su madre. Pretender que la ano- rexia es sólo una perturbación de la conducta alimenticia es intentar negar al sujeto, al sujeto dividido, deseante.

Recalcati asimila la figura de Judas, el que traiciona al Otro, con la actitud de la anoréxica con la comida, porque la comida siempre es en la mesa del Otro, en tanto lugar de lo simbólico. Judas se sienta a la mesa para traicionar al Otro. La anoréxica-bulímica patea la mesa del Otro: o rechaza la comida, o come vorazmente y vomita. Eso es romper las reglas de la comensalidad. La comida dejó de ser objeto de necesidad desde que pasamos de lo crudo a lo cocido, como lo especifica la antropología.

El arte culinario refleja las leyes de la cultura. Actualmente hemos pasado de la fabada de la abuela, contundente y sustanciosa, a esa otra comida de “la nueva cocina”, que en un plato enorme te sirven minúsculos manjares, como si fuera un dibujo sobre un lienzo blan- co; lo que nos comemos es el ornamento en torno al vacío. Se trata de reconocer las reglas que ordenan simbólicamente nuestra rela- ción con la comida.

cada “

La esencia del deseo no tiene que ver con el tener. El paso primero es imperioso, ser deseado por el Otro. El deseo del sujeto se pondrá en marcha a partir de que el niño confirma que el Otro lo desea. El

9 Melman, Ch. El hombre sin gravedad, UNR, pág.31

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peligro es: “aquí me quedo”. Afortunadamente, si funciona la metá- fora paterna, el sujeto puede separarse del Otro. La púber se enfren- ta con la emergencia de su sexualidad y eso le replantea su huida hacia atrás. Y su estrategia anoréxica consiste en inhibir el desarrollo de su cuerpo, aplanar las redondeces: el ideal del cuerpo flaco. No poder asumir su ser sexuado la lleva a convertir su cuerpo en lo más asexuado que hay. Es la negación de su sexualidad. La anorexia, como estrategia histérica, es un atentado al ideal masculino del cuerpo femenino.

El cuerpo está de entrada marcado por los significantes, inscripto desde antes de nacer en el mundo simbólico, de la cultura, de la fa- milia que ha prefijado ya para ese niño una constelación que lo aguarda. Lo simbólico nos recibe al nacer y nos marca fatalmente porque nos deja incompletos para siempre. Ganamos la representa- ción al precio de la Cosa. El cuerpo biológico pasa a ser un cuerpo pulsional, y la pulsión insiste en obturar ese vacío.

Hemos llegado a la Luna, a las Meninas, a los conciertos de Mozart, gracias a esa falta de completitud. Pero hemos perdido el paraíso, hemos dejado de ser animalitos, hemos dejado de ser seres comple- tos. La cultura nos inviste, el lenguaje nos engancha, el significante marca nuestro destino sin que nos demos cuenta. Pero queda un agujero, algo que no termina de ser llenado por toda esta estructura simbólica. Ese agujero es lo que la pulsión intenta llenar vía el goce, y el deseo custodia llevando siempre más allá su realización.

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3

LA APORÍA GOCE-DESEO

¿Separarse o fusionarse al Otro? El deseo de larva La madre cocodrilo

Vamos a ver la dialéctica deseo-goce en la anorexia-bulimia com- parándola con la histeria.

La primera reflexión que nos tenemos que hacer es que esto del de- seo y del goce, a la hora de la verdad tiene que encontrar su articu- lación. El neurótico tiene que intentar hacer compatible el deseo y el goce. La palabra goce remite a lo pulsional. Y la palabra deseo remi- te al campo simbólico, al campo de la sublimación, al campo del amor.

1

¿Cómo es la estrategia de la histeria en relación a esto de la dialécti- ca goce-deseo? El objetivo de la histérica es mantener el deseo insa- tisfecho, porque el ser gozada por el Otro, ser convertida en objeto de goce es traumatizante. “¡Tú sólo me quieres para follar!” Ella pre- fiere hacerse desear. Si desea mantener el deseo insatisfecho es por- que convertirse en objeto de goce es vivido como objetalizante, co- mo si la convirtieran en una cosa. Lo que la histérica reclama es que se considere su ser.

Hoy en día nos encontramos que prevalece otra estrategia, no la de la represión sino la del goce. Se está promocionando la cultura del

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goce, el consumismo rápido puesto en los objetos. El sujeto deseante no cuenta.

Como veíamos, Melman propone que hay un cambio de estructu- ración psíquica, una mutación en la economía de la búsqueda del placer. El funcionamiento de la economía psíquica fue planteado por Freud en el siglo pasado como regido por el principio del placer en choque con el principio de realidad, y con la represión consiguiente que desemboca en la neurosis. En este momento hemos pasado a una economía psíquica donde la instancia dominante es la del goce, esto es, la falta de represión, lo que desembocaría en una perversión generalizada. Es la dinámica de la satisfacción basada en el no reco- nocimiento de la castración, de la falta, ni de la diferencia, el todo vale. Se trata de conseguir ya el objeto del goce, la imposibilidad de mediatizar la demanda para dar lugar al deseo.

“La perversión se convierte en una norma social. No hablo aquí de la perversión con su connotación moral…sino de la perversión con una connotación clínica, basada en la economía libidinal…Hoy está en el principio de las relaciones sociales, a través de la manera de utilizar al compañero como un objeto que uno arroja cuando no lo estima suficientemente. La sociedad es llevada inevitablemente a tratar a sus miembros de esa manera…de arrojar lo que, después de haber servido, se convirtió en usado…” 10

Perversión generalizada en tanto no hay reconocimiento de la falta, falta fundante que permitiría impulsar una economía distinta a la del goce, la economía del deseo.

2

La anorexia como fenómeno emergente en nuestra época viene a ser como una denuncia del triunfo del todo vale del consumismo. Esta satisfacción compulsiva de la demanda lo que va a provocar es un brote contrario de rechazo de la demanda en defensa del deseo. Esto es lo que intentamos explicar en la anorexia como una aporía

10 Melman, Ch. Idem, pág. 58-59

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goce-deseo. La hipótesis es que la ley de prohibición del goce está debilitada, estamos ante la debilidad de la metáfora paterna.

“Papá cómprame las Nike”. “Papá, cómprame la iPod”. El niño es el gran consumista que siempre demanda las marcas más caras. Y el padre cae en la trampa del mercado, de la imagen del puro prestigio, del discurso del amo, que le cuelga el rótulo de “fracasado” si no sos- tiene dicho consumo.

El goce por definición es el triunfo parcial de la pulsión, y en su re- petición mortífera se muestra el dominio de la pulsión de muerte. La anorexia restrictiva que desemboca en la muerte real.

Decimos que en la anorexia se juega una aporía en relación al goce y al deseo, una contradicción. Hay dos objetivos que se oponen. Una de las maneras de entender la estrategia anoréxica es la de verla co- mo un intento para que la madre deje de dar papilla asfixiante y dé signos de amor. En este caso la estrategia anoréxica privilegia el de- seo, que es el signo de amor, en contra de lo que es el cuidado ma- terno de la alimentación. Es un intentar separarse del Otro.

Pero el punto importante es que paralelamente a este intento de se- pararse del Otro convive la estrategia opuesta. Por un lado la anoréxica intenta por todos los medios con su rechazo decirle ¡no! al intento de llenar la necesidad; para así decirle: “deja abierta la posibi- lidad del deseo, muéstrame tu falta y así yo puedo desear, es decir, ser de- seada”. Y al mismo tiempo es el movimiento contrario, es decir, in- tentar re-fusionarse con el Otro, intentar ser un todo completo con el Otro mortífero, es despeñarse hacia la muerte.

3

Hay un concepto que acuña Lacan al referirse a la relación nutricia de la primera infancia, el “deseo de larva” o “canibalismo fusional”, que encierra en sí mismo esta aporía de la que hablábamos.

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Satisfacción propioceptiva: la fusión oral. Las sensaciones propioceptivas de la succión y de la prensión constituyen, evidentemente, la base de esta ambivalencia de la vivencia que surge de la situación misma: el ser que absorbe es plenamente absorbido y el complejo arcaico le responde en el abrazo materno. No hablaremos aquí, como lo hace Freud, de autoerotismo, ya que el yo no se ha constituido aún, ni de narcisismo, ya que no existe ninguna imagen del yo; ni menos aún de erotismo oral, ya que la nostalgia del seno nutricio, en relación con lo cual la escuela psicoanalítica se ha equivocado, se rela- ciona con el complejo del destete sólo a través de su reestructuración por parte del com- plejo de Edipo. «Canibalismo», pero canibalismo fusional, inefable, al mismo tiempo activo y pasivo, siempre presente en los juegos y palabras simbólicas que, aún en el amor más evolucionado, recuerdan el deseo de la larva (estos términos nos permitirán recono- cer la relación con la realidad en la que reposa la imago materna).” 11

El “deseo de larva” es la simbiosis, es chupar al otro, es en definiti- vo, la ausencia del deseo, el deseo aporético, paradójico.

La anoréxica con su no comer, con su ir adelgazando hasta borrarse, es la manera que tiene para ser vista. Su rechazo es la manera que tiene de reclamar ser aceptada . Son estrategias extremistas. Su re- chazo a la comida es su defensa para no ser devorada por el Otro asfixiante. Pero esto es una parte de la verdad. La otra parte es que su intento de fusionarse se traiciona y con la bulimia cae nuevamen- te en la fusión.

Así leíamos la vez pasada el decir de esa paciente: “la comida cae en un recipiente, al final del aparato digestivo”. La confusión de la anoréxi- ca es que el vacío del estómago está puesto en lugar de lo que Lacan llama el “vacío-en-ser”. El vacío en relación al deseo no es el vacío del estómago, no es el vacío de un objeto mensurable, de un objeto de tener, es un vacío de ser. El mecanismo de distorsión hace que la defensa de su vacío de ser lo ubique en su estómago, en su vacío de tener. Entonces todo el cuerpo interior está “imaginarizado”. Mien- tras ella siga colocando en el estómago el vacío de objeto, estará in- tentando una construcción condenada al fracaso. Su denuncia es

11 Lacan, La Familia, Cap.1, Argonauta

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pertinente y se enunciaría más o menos así: “quiero que me den un lu- gar como ser, no solamente un lugar de depósito de comida”.

Su lucha para liberarse de la madre devoradora, le juega en contra en tanto ella sigue pegada a la madre. Si por definición la madre de la anoréxica es la madre del cuidado alimenticio, la madre nutricia, la madre completa, en contra de esta madre ella tiene que encontrar la madre del signo de amor, la madre incompleta, la madre a la que le falta algo, la madre que desea. La madre tiene que poder mostrar- se faltante con ella.

4

El otro concepto que tenemos que trabajar es lo que Lacan , refi- riéndose al niño absolutamente sometido al goce de la madre, llama la madre cocodrilo:

Cada vez más los psicoanalistas se embarcan en algo que efectivamente es muy importante, a saber, el rol de la madre es el deseo de la madre. Es absolutamente capital porque el deseo de la madre no es algo que uno pueda soportar así nomás, en definitiva, y que eso les sea indiferente: entraña siempre estragos ¿no es cierto? Un gran cocodrilo en cuya boca ustedes están, es eso la madre, ¿no? No se sabe si de repente se le puede ocurrir cerrar el pico: eso es el deseo de la madre. Lo que traté de explicar es que lo que tenía de tranquilizante es que tenía un hueso así -les digo cosas simples- había pues algo que era tranquilizante, improviso, había un rodillo, así, bien duro, de piedra, que está en potencia a nivel del pico: eso retiene, eso atranca, es lo que se llama el Falo, el rodillo que los protege si de golpe se cierra! Estas son cosas que yo expuse en su momento porque era una época en la que yo hablaba a gente a la que había que amenazar: eran psicoana- listas. Había que decirles cosas así de gordas para que comprendieran. Por otra parte todos no comprendían. Entonces yo hablé a ese nivel de la metáfora paterna.” 12

La madre cocodrilo es aquella que tiene entre sus fauces al hijo, y la única posibilidad que tiene de no ser devorado es que el padre pon- ga el palo. La anorexia con su identificación momificante hace de su cuerpo flaco el palo que detiene las fauces de la madre. El rechazo, el comer nada, es una manera de suplir la carencia del nombre del

12 Lacan, El Seminario, Libro 17, Clase 9

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padre, así como en la psicosis decimos que el delirio es un intento de compensar la forclusión del nombre del padre.

Estamos ante la idea de que, o el deseo de madre pasa a ser metafo- rizado por el nombre del padre con lo cual adviene la separación del hijo, o ante la forclusión del nombre del padre el deseo de madre se cierra sobre el hijo con lo cual se transforma en madre gozadora.

5

En el caso de la bulimia tenemos que entender el vómito como una forma de poner límite al llenado. Es un intento de recuperar el vacio. En ese sentido cumple una función similar a la del nombre del pa- dre. Lo que pasa es que como la bulímica ya está en la cadena de re- peticiones, el vomitar, en un primer momento le sirve para seguir comiendo, es decir, le sirve para vaciar el estómago y volver a co- mer. Pero este ciclo, en un determinado momento es tan automati- zado, que ya pasa a ser independiente por sí mismo. Y entonces el vómito pasa a ser la razón de ser por sí misma, el vómito, la sustrac- ción, el vacío como razón de goce máximo. Es como si dijéramos:

come para vomitar. Si en un primer momento vomita para seguir comiendo, en un segundo tiempo, come para vomitar.

También vomita para rechazar el alimento, en contra de la madre. Es uno de los términos de la dialéctica, el del deseo, el que tiene que ver con intentar separarse del Otro. Pero cuando queda apresado en el propio mecanismo de vaciamiento, por el cual el vaciamiento en sí es el goce, hay una especie de obscenidad en este mecanismo.

RESUMEN:

1) Postulados de la lógica histérica presente en la anorexia:

- la esencia del deseo tiene que ver con el tener.

- cerrarse a la dialéctica de la demanda para abrir la del deseo

- mantener el deseo insatisfecho para poder ser en el deseo

- no ser el objeto de goce masculino para indicarle el más allá de la trascendencia insatisfecha del deseo.

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- adquirir el valor fálico de un objeto que vale porque no se puede poseer del todo.

2) La paradoja anoréxica más allá de la lógica histérica:

- sustracción del sujeto a la demanda del Otro que asfixia, sus- traerlo del goce a favor del deseo

- abandono del sujeto al goce por la nostalgia del todo

- un deseo aporético: separarse del Otro<->fusionarse al Otro

- comer nada: objeto separador del Otro

- la anoréxica goza con el ideal de su cuerpo fetiche

3) La lógica del goce bulímico:

- no vomita para continuar comiendo sino que come para conti- nuar vomitando.

- el vómito instaura el vaciamiento, la nada, el límite como prótesis de la función paterna

- la comilona como triunfo de la pulsión, sumisión del deseo an- te el goce

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4

EL DRAMA ESCÓPICO EN LA ANOREXIA

El postulado ético-estético Frustración de amor El fantasma escópico: la mueca del Otro El cuerpo flaco: fetiche o plus de ver El estrago madre-hija

En relación al caso de bulimia que se trabajó un par de clases atrás su analista nos relata que la paciente ha venido a la sesión entusias- mada por un libro que leyó sobre el tema. Un libro que la paciente se bebió, según sus palabras.

Surge la pregunta sobre la pertinencia de aconsejar lecturas. El tema hay que considerarlo desde varios ángulos. Dar consejos nos coloca fuera de posición, pues la dinámica del análisis justamente tiene que promover el trabajo activo del analizante y no el de un analista que le dice lo que tiene que hacer.

Por otro lado aconsejar lecturas fomentaría la intelectualización del análisis, que no ayuda en tanto no te compromete como sujeto, es más bien una especie de escayola.

Aquí el elemento en juego en relación a esta demanda tenemos que escucharlo desde la transferencia. El libro que la paciente se bebió señala una instalación transferencial que coloca a la analista en el punto de mira de su voracidad. Darle libros sería entonces respon- der a su demanda desde el lugar de madre dadora de papilla. La abstinencia de la analista, en cambio, habilita la interpretación mos-

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trando cómo juega como metáfora el alimento-libro que ella deman- da de su analista-madre.

1

En ciertos casos, en la llamada clínica de borde, nos encontramos con dificultad para establecer la transferencia. Lo que tenemos que pensar es en esa primera etapa imprescindible que es lo que se llama tratamiento preliminar, las entrevistas preliminares, para algunos pacientes la entrada al análisis no se produce sino después de mu- cho tiempo. Alguien es maduro para psicoanalizarse cuando se pro- duce la rectificación subjetiva, cuando ese paciente puede asumir, no intelectualmente, sino desde un lugar de posicionamiento como sujeto, que lo que le está pasando es algo que tiene que ver con su subjetividad.

En el caso de la anoréxica hay una recomendación muy explícita que hace Recalcati de una especie de preliminar del preliminar. Antes aún de la rectificación subjetiva la anoréxica tiene que poder hacer un trabajo preliminar, tanto sobre la demanda como sobre el goce.

“¿Cómo operar con una demanda que no existe (a menudo es de los padres, del

novio, de la amiga, de los familiares, pero raramente del sujeto), para construir un suje-

sobre la demanda

es transformar la certeza a-problemática del inicio (“Sufro de perturbaciones alimenta-

rias”) en una contradicción dialéctica…en un enigma. ¿Qué es lo que sufre de otra cosa,

una dependencia ciega de la sustancia que hace difícil

la articulación de una demanda de Cura. Lo que ocupa al sujeto es el pensamiento obse- sionante del alimento…Se trata- preliminarmente- de hacer posible una reducción, una atenuación del goce, de introducir en lo pleno del goce un elemento de vacío.” 13

si no sólo el apetito sufre?

to capaz de articular efectivamente una demanda de cura?

Trabajar

Existe

13 Recalcati, M., Idem, pág. 201-3

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2

Ahora nos vamos a detener en la mirada del Otro, para trabajar el drama escópico en la anorexia, la mirada persecutoria del Otro. Po- demos pensarlo a partir de lo que sería el postulado ético- estético de la anorexia, el postulado que tiene que ver con el dominio super- yoico del cuerpo. El postulado moral es controlar la pulsión, lo que tiene que ver con su sexualidad.

La anoréxica se postula como virgen-esqueleto. Su ideal ético es el no entregarse al goce. Y está entrelazado con el ideal estético. Por- que ese no entregarse al goce está regido por el ideal de la imagen del cuerpo delgado. No puede conciliar la ley de la castración, la que regula el goce y el deseo.

Esta ley tiene una vigencia estrictamente superyoica: no permite ninguna opción. La trampa está en que en esa posición tan rígida está cayendo en el goce: el goce de la abstinencia que se convierte en el ideal estricto por el cual rige un postulado ético-estético que la lleva hasta el borde de la muerte. Esta aliada con la pulsión de muerte.

Otra forma de considerar este postulado ético- estético de la tiranía de la imagen del cuerpo delgado, sería pensándolo como una opera- ción delirante sobre el cuerpo: la sistematización obsesivamente con- troladora de las cantidades y el peso. Ahora bien, cuando es el Otro el que se coloca en el lugar de la medición y el control eso puede servir para que el sujeto se coloque en el Otro lugar, en el de de- mandar el signo de amor. Siempre están las dos caras contrapuestas del drama anoréxico: el empuje a la fusión con el Otro y la estrategia de separación del Otro.

Desde Lacan podemos pensar la bulimia como una compensación a la frustración del amor, en tanto el Otro no le da lo que ella quiere:

“Ya que no me das amor me como todo”. O en el caso de la anorexia “como nada”. Grito silencioso “¡hazme ver si te hago falta!”.

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Observamos, por ejemplo, en la cura de un fetichista impulsos bulímicos mani-

fiestos, correlativos de un momento decisivo en la reducción simbólica del objeto a la que algunas veces nos dedicamos, con mayor o menor éxito, en los perversos. ¿Cómo conce-

Yo digo que cada

vez que la pulsión aparece en el análisis o fuera de él debemos concebirla, en cuanto a su función económica, en relación con el desarrollo de una relación simbólicamente defini- da. El esquema primitivo que les di de la estructura simbólica del amor, ¿no nos permite acaso aclararlo?

bir esta correlación, la evocación en este momento de la pulsión oral?

Partamos del soporte de la primera relación amorosa, de la madre como objeto de

la llamada y, por lo tanto, objeto tan ausente como presente. Una parte de sus dones son

Por otra parte, están los objetos de la necesidad, que la madre presenta

al niño bajo la forma de su pecho. ¿No ven ustedes que entre ambos lo que hay es un equilibrio y una compensación? Cada vez que hay frustración de amor, se compensa mediante la satisfacción de la necesidad. Si el niño llama, si se aferra al pecho y éste se convierte en lo más significativo de todo, es porque la madre le falta. Mientras tiene el pecho en la boca y se satisface con él, por una parte el niño no puede ser separado de la madre, y por otra parte esto le deja alimentado, descansado y satisfecho. La satisfacción de la necesidad es aquí la compensación de la frustración de amor y, al mismo tiempo, casi diría que empieza a convertirse en su coartada.” 14

signos de amor

Veamos en qué consiste la estrategia anoréxica-bulímica ante la mi- rada del Otro. Es aquí donde se va a situar el drama escópico de la anoréxica. La anoréxica cuando no come, cuando se convierte en cuerpo delgado, podemos pensar que busca hacerse invisible, para en ese hacerse invisible conseguir ser vista: “¿antes no me veían? pues me borro y ahora sí que me van a ver desapareciendo, esqueléticamente”. Esta sería la perspectiva histérica. La perspectiva paranoica sería la que utiliza la invisibilidad para evitar ser fagocitada por el Otro.

Ver-ser visto y comer-ser comido, aspectos pulsionales presentes en el fantasma como estructura inconsciente, forman parte de la litera- tura clásica infantil: no comer como defensa para no ser comido. Los cuentos sobre el Otro devorador están justamente para que los niños puedan poner palabras a sus fantasmas, a sus pesadillas. En el caso

14 Lacan, El Seminario, Libro IV, clase 10

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de la bulímica la vergüenza a ser vista en su acto obsceno del vómi- to.

Hay otro concepto en relación a la mirada del Otro, que es el de la vergüenza, tema que trabajó Sartre.

Sartre hace girar toda su demostración alrededor del fenómeno fundamental que él llama la mirada. El objeto humano se distingue originariamente ab initio, en el campo de mi experiencia; no es asimilable a ningún otro objeto perceptible, en tanto es un objeto que me mira. Sartre recurre en este punto a matices extremadamente refinados. La mirada en cuestión no se confunde en absoluto con el hecho, por ejemplo, de que yo veo sus ojos. Puedo sentirme mirado por alguien cuyos ojos, incluso cuya apariencia ni siquiera veo. Basta con que algo me signifique que algún otro puede estar allí. Esta ventana, si está ya un poco oscuro, y si tengo razones para pensar que hay alguien detrás, es a partir de entonces una mirada. A partir del momento en que existe esta mirada, ya soy algo dis- tinto en tanto yo mismo me siento devenir objeto para la mirada del otro. Pero, en esta posición, que es recíproca, el otro también sabe que soy un objeto que se sabe visto.

Toda la fenomenología de la vergüenza, del pudor, del prestigio, del temor particular engendrado por la mirada, está allí admirablemente bien descrita; les aconsejo remitirse a ella en la obra de Sartre. Para un analista se trata de una lectura esencial; sobre todo cuando en análisis se llegó al punto de olvidar- incluso en la experiencia perversa tra- mada, sin embargo, en el interior de un registro donde han de reconocer el plano de lo imaginario- la intersubjetividad. 15

La cuestión estructural de la mirada del Otro Lacan la trabaja en el estadio del espejo. Es esa situación en la que la mirada del Otro vie- ne desde el espejo y le confirma al niño la aceptación del Otro. Spitz, famoso por sus trabajos sobre niños, establece momentos evolutivos, y habla de la gestalt de la sonrisa: el niño a los tres meses requiere la sonrisa del Otro, busca esta gestalt. Lacan va un paso más allá y dice que en el estadio del espejo el niño ve reflejado en el espejo la ima- gen completa de aquello que él vive como incompleto, como cuerpo fragmentado en tanto cuerpo que no está con su mielinización com- pleta, por tanto es un cuerpo inmaduro neurológicamente. Entonces, en el espejo el niño ve un cuerpo unitario que se anticipa a su uni-

15 Lacan, El Seminario, Libro I, Clase 17

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dad propioceptiva, pero además, en el espejo el niño ve la mirada del Otro materno, que le confirma:”¡Ese eres tú!” . Esto fallaría en la anoréxica, podemos suponer un fantasma anoréxico en el que la mi- rada del Otro es una mirada de desaprobación, la mueca del Otro que no la acepta.

Entonces, lo que deviene a partir de allí en la estrategia anoréxica es que si el Otro no la acepta ella intentará subsanar eso que es del or- den de lo imaginario, de la imagen de su cuerpo, poniendo el ideal ético estético de alcanzar ese cuerpo perfecto.

Estamos haciendo todos aquellos abordajes que de alguna manera nos sirven para agregar datos de lectura para entender ese delirio anoréxico construido sobre el cuerpo.

3

Y también tenemos que leerlo desde la estructura histérica, que piensa que hay algo del orden de una falla en ella por la cual el Otro no la quiere. Lo que no puede reconocer es que es algo del orden de una falla estructural. ¿Cuál es esta falla estructural? Es la castración. No es que a ella le falte un pedazo. Es que nadie tiene ese pedazo.

Desde la histeria lo esperable es que esa falla estructural sea simbo- lizada desde un síntoma de conversión, un dolor escrito en el cuer- po. El fenómeno anoréxico excede el carácter de síntoma histérico porque no es traducible como una metáfora, como un significante que sustituye a otro significante. Más que escrito sobre el cuerpo está tallado, recortado. El fenómeno anoréxico compromete de una manera difusa no sólo al cuerpo imaginario, sino, lo que es más gra- ve, al cuerpo real.

La entrada en análisis de una anoréxica tiene una doble dificultad, en comparación a la entrada en análisis de un neurótico que hace síntomas metafóricos. Y es que, además de la rectificación subjetiva - reconocer que algo de lo que le pasa tiene que ver con su subjetivi- dad - la anoréxica tiene que dar un paso preliminar, el de la rectifi-

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cación de la mirada del Otro. Tiene que poder ver en la mirada del analista un sostén, el sostén del reconocimiento, del entendimiento, de la escucha.

¿Cómo se entiende el fenómeno anoréxico desde lo cognitivo- conductual? Como trastorno de la alimentación. Lo pone a nivel de síntoma de la función alimenticia. Como si el comer se redujera a una necesidad. Niegan - o desconocen, que es lo mismo- que, por estructura, en un ser de lenguaje la necesidad alimenticia se ha transformado en demanda, que transporta a su vez un más allá de la demanda que tiene que ver con el deseo. Lo que están dejando afue- ra es el sujeto, el sujeto del deseo inconsciente.

Lo mismo pasa con lo escópico en la anorexia. Para explicar su verse gorda estando flaca recurren a cuestiones médicas para fundamen- tarlo como una disfunción perceptiva. Dejan fuera la mirada del Otro. Creen que la cuestión de la mirada es algo del orden del órga- no de la visión. Y la cuestión de la mirada es del orden del fantasma en el que está implicado el Otro.

Es en torno a lo pulsional como se tiene que evaluar la cuestión de la mirada, por eso hablamos de lo escópico.

El sujeto sólo se constituye a partir de la mirada del Otro. En la me- dida en que no hay mirada de sostén del Otro, el niño no se siente reconocido. Imaginen un bebé al que se lo alimenta sin mirarlo nun- ca. Ya lo dijo Spitz : marasmo y muerte. Pero, tranquilos, que los fo- lletos que los médicos reparten prescriben a las madres que miren a sus hijos cuando les dan el pecho. En términos conductuales sería “mantener el contacto ocular”. ¡Como si la cuestión del deseo del Otro dependiera de un aprendizaje protocolario de estímulo- respuesta! Nuevamente el sujeto del deseo es desconocido poniendo en su lugar un yo de las funciones completo, sin división.

Tal es el caso de la psicóloga escolar que observa el comportamiento de un alumno en clase anotando la cantidad de contactos oculares

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que tiene con sus compañeritos. Y los evalúa como signos, esto es, todos los contactos oculares de este niño remiten a un significado ya protocolizado que le permitirá clasificarlo en una escala diagnóstica. La categoría del significante es despreciada por imprecisa a favor del signo.

A diferencia del psicoanalista que privilegia el escuchar lo que dice,

de seguir la vertiente del significante que reenvía continuamente a

otro significante, siguiendo las leyes de la metáfora y la metonimia,

el psicólogo se aferra a la vertiente del signo. El signo se caracteriza

por ser una estructura de significación cerrada sobre sí misma. Para

él no hay sujeto sino sólo Yo consciente, esto es, no hay división,

verdad inconsciente, solo certeza.

4

Otra manera de entender el drama escópico de la anoréxica, es el de considerar que construye con su cuerpo un fetiche. ¿Qué es el feti- che? Un plus-de-ver que sirve para evitar ver algo terrorífico, la cas- tración, el vacío del Otro. Entonces, cuando hablamos de fetiche es- tamos hablando del objeto que obtura el vacío. La anoréxica cons- truye con su cuerpo un fetiche, un objeto que, como un plus-de-ver disimula la castración. Su cuerpo flaco transparenta los huesos que engañan al ojo aparentando tener el falo. Con la desnudez del es- queleto hace emerger el falo. Pero lo que en verdad asoma todo el tiempo es la muerte.

Otro aspecto para abundar sobre la cuestión de la imagen del cuerpo

es entenderlo dentro de lo que es el fenómeno de la crisis adolescen-

te. Freud hablaba de dos tiempos en la constitución de la sexualidad humana, la llamaba bifásica, uno es el tiempo de la sexualidad in- fantil, después vendría el período de latencia, y la segunda fase ad- viene con la pubertad, la crisis adolescente con la emergencia de lo real pulsional sexual, la emergencia repentina del Otro como Otro sexuado. En este período específico, la crisis adolescente coincidiría con la crisis ético-estética de la anoréxica, dominar lo pulsional jus-

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tamente en el momento en que la pulsión empuja con más energía. La emergencia pulsional adolescente encuentra en ciertas estructu- ras histéricas la respuesta anoréxica, esto es, que se rigidice el postu- lado ético-estético y lleve a una exigencia mayor del control de su cuerpo pulsional imponiéndole severas medidas y la exacerbación del ideal del cuerpo flaco. Ante el aumento de lo real pulsional se responde con el aumento de lo imaginario, del yo ideal.

Otro concepto que nos ayuda a esclarecer el drama anoréxico, es el

de la concepción lacaniana del estrago, término que signa la relación madre-hija. Define la cara ambivalente de esta relación, el te amo y

te odio al mismo tiempo. La anoréxica no sólo busca con su posicio-

namiento privilegiar la demanda de amor del Otro materno, sino también destruir al Otro del amor. Aquí se resume la imposibilidad anoréxica de la separación de la madre, y consecuentemente, la im-

posibilidad de la unión.

Y para concluir por hoy, el preguntarnos brevemente ¿porqué la

anorexia privilegia a las mujeres? Tendríamos que referirlo al punto principal del desarrollo sexual en la niña según Freud, que se define como fijación precoz a la madre. Desde Lacan decimos que la fun- ción de la metáfora paterna en el caso de la niña deja un resto sin

resolver en su relación con el Otro materno.

El

punto neurálgico lo ubicamos en el tránsito edípico, en el momen-

to

en que la niña tiene que abandonar a la madre como objeto de

amor, lo que la expone al riesgo de poner en peligro su identifica- ción, su constitución narcisista. Y este momento crucial se reactuali- za con la adolescencia, cuando se enfrenta con que el Otro es un Otro sexuado.

Queda pendiente de interrogación el concepto lacaniano de sexua- ción, el hecho de que no se “es” hombre o mujer sino que se puede llegar a serlo; y la dificultad estructural de subjetivar el cuerpo en cuanto femenino, el salto al vacío del goce femenino más allá del fa- lo.

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ANOREXIA-BULIMIA ¿NEUROSIS O PSICOSIS?

Interrogación sobre el deseo del Otro Freno contra el Otro devorador Clínica del síntoma como metáfora Clínica de la metáfora débil La holofrase

La pregunta de hoy: anorexia- bulimia ¿neurosis o psicosis? Tene- mos un fenómeno que llamamos anorexia que se caracteriza por la búsqueda del ideal del cuerpo delgado, búsqueda que se mantiene hasta que de pronto se derrumba en una crisis bulímica de atracón- vómito-atracón.

Este cuadro o fenómeno no responde por sí mismo a una estructura, lo que tenemos que entender es el mecanismo del deseo en relación al Otro y a partir de allí definir si es una neurosis o una psicosis. Y así, vamos sumando pasos para ir definiendo de lo general a lo par- ticular, para volver de lo particular a lo general.

1

El fenómeno, lo visible, lo clínico no define la enfermedad; ésta la define la estructura. Entonces, se trata de des-intrincar lo que está enredado, anudado, esto es, la relación del sujeto con el Otro. Si lo que encontramos es una interrogación sobre el deseo del Otro, esta- mos ante una anorexia de estructura neurótica. Si lo que pesquisa- mos es que esa anorexia le sirve de barrera, de freno contra el Otro devorador, estamos en territorio de la psicosis.

Es decir, en el caso del neurótico la relación del sujeto con el Otro es una relación de interrogación. En el caso del psicótico la relación del

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sujeto con el Otro es una desesperada defensa para evitar ser devo- rado. Aquí hay un punto muy interesante en relación al fenómeno anoréxico como posición defensiva, es como si el sujeto construyera una anorexia para defenderse de la psicosis, de caer en esa pérdida de límites donde no tiene ninguna referencia.

“Milena…tenía que mantener a toda costa su cuerpo adecuado a una imagen estética pura, desprovista de excedencias; piel y huesos, descarnada, reducida a la esen- cia; de lo contrario nacía en ella una angustia “pánica” que no sabía cómo controlar: la ingestión del mínimo alimento sólido animaba las fantasías más terribles de deformación y la sensación de una catástrofe inminente.” 16

En ese sentido decimos de la anorexia lo que dijimos en su momento del delirio en la paranoia, son formas de suplantar la función for- cluida, la del Nombre-del Padre. Entendemos entonces a la anorexia como una suplencia de la función paterna. El sujeto enferma de ano- rexia para defenderse de la forclusión, es decir, para defenderse de la falta de aquello que le pone límite al Otro. Esa es la anorexia que está escondiendo una psicosis.

Por eso cuando el analista tiene ante sí un fenómeno anoréxico de- bería por precaución presuponer que ese fenómeno podría estar es- condiendo una psicosis, y cuidarse de sus intentos de rectificación subjetiva. Porque, si fuera una psicosis compensada, ese intento de rectificación subjetiva la enfrentaría a la nada, y se correría el riesgo de descompensarla. La imagen del cuerpo flaco sostiene una identi- dad que la sujeta, la mantiene unida, y la rescata de la dispersión psicótica.

Volviendo a la estructura neurótica, la interrogación sobre el deseo del Otro, en tanto defensa neurótica, la podemos leer de una manera en la versión histérica y de otra manera en la versión obsesiva.

La versión histérica: ¿cómo poder hacer desear al Otro? Es decir, la anorexia como maniobra histérica lo que busca es hacer un hueco en

16 Recalcati, M. La última cena, anorexia y bulimia, Cifrado, pág.170

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el deseo del Otro para que el sujeto anoréxico se convierta en deseo

del Otro. Hacer un hueco en ese Otro que sólo tiene comida para

llenar y presentificar una falta; que el Otro tenga que recurrir a Otra cosa para dar, que no sea lo que tiene, que le de lo que no tiene. De- cimos que la anoréxica demanda amor, y es así como Lacan define el amor: “dar lo que no se tiene”. Pero la otra cara de esta demanda de amor nos muestra desnuda la pulsión de muerte, pues en ese hacer-

le falta al Otro es tal el impulso que pondrá la anoréxica que puede

llegar a rozar su autodestrucción.

La versión obsesiva en la anoréxica la apreciamos en la ritualización de las comidas y en la necesidad de poner un control en las calorías y en el peso. Pero esa fenomenología obsesiva es común a todas las anorexias, cualquiera sea la estructura en que se apoya. Lo que te- nemos que encontrar es la mecánica obsesiva en relación al deseo, de cómo se coloca en relación al Otro. Así como en la histeria se tra-

taba de hacerle falta al Otro, en la obsesiva se trata de no dar la me- nor señal de que el Otro crea que nos hace falta. Evitar dar señales de deseo al Otro. De lo que se trata es de evitar todo lo que tenga que ver con lo sexual, con el goce del cuerpo, y poner todo en el go-

ce de los controles alimenticios y en ese nivel de supremo goce que tiene la obsesividad, que es el ascetismo.

A pesar de que su estructura de defensa le lleva a evitar lo sexual,

no puede evitar caer en el goce. A la pulsión no hay manera de es-

caparle.

2

Vamos a diferenciar por un lado lo que es la clínica clásica, la del síntoma considerado como una metáfora, la clínica que Freud ins- taura a partir del estudio de la histeria, que nos muestra cómo, a

través del síntoma en el cuerpo, habla la verdad de lo reprimido. Es

el síntoma entendido en su valor metafórico, la clínica de la metáfo-

ra, aquella que nos hace escuchar en nuestros neuróticos - en todo aquello que son las formaciones del inconsciente: síntomas sueños,

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lapsus, chistes - lo que tiene que ver con la verdad inconsciente ex- presada metafóricamente.

A esta clínica le tenemos que oponer la clínica de la metáfora débil. Al comienzo de la clase decíamos que la clínica actual nos ofrece un desafío suplementario en la medida en que no es fácil definir ante el fenómeno que trae el paciente, si estamos en una neurosis o una psi- cosis. Esa es una de las características de la clínica de la metáfora débil.

Nos estamos refiriendo a la metáfora paterna, un concepto que La- can utiliza para allanar el camino que el Edipo freudiano había lle- vado, por su vulgarización, a una interpretación popular, fácil, que había hecho perder el valor estricto del concepto “padre”. Por eso Lacan hablará de “metáfora paterna” y de significante-nombre-del- padre para referirse a ese principio que tiene que regir la constitu- ción de la subjetividad, para que el complejo edípico desemboque en castración. En el tránsito de lo pre-subjetivo a lo subjetivo, de ese niño con ese Otro sin posibilidad de separación, a un sujeto separa- do del Otro con un resto que cae, la petit a, el precipitador de esa operación es el significante nombre-del-padre que propicia que el deseo de la madre sea sustituido metafóricamente.

Cuando esta metáfora es débil nos encontramos con una clínica am- bigua en donde no es fácil diferenciar neurosis de psicosis. Para Recalcati, la clínica de la metáfora débil apunta a aquellos casos comprendidos por la clínica de los estados límites, entendiendo el estado límite no como un tercer espacio entre neurosis y psicosis, sino en la dimensión del tiempo, un estado del sujeto, tal como lo trabaja Rassial. 17

El concepto que vamos a subrayar entonces es el concepto de metá- fora, que en la clínica clásica funciona en su valor de sustituir un

17 Rassial,J.J. El sujeto en estado límite, Nueva Visión

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término por otro término, en su función de mostrar en el cuerpo el significante reprimido, síntoma entendido como retorno de lo re- primido, en el típico mecanismo de la conversión histérica que es lo que sienta las bases de la clínica clásica freudiana.

3

¿Qué pasa en la anorexia? ¿Funciona la metáfora? Aquí vamos a hacer intervenir algo que Lacan menciona de manera muy escueta en el Seminario 11, que es el concepto de “holofrasear” 18 para refe- rirlo a una especie de construcción propia de ciertos estados límites

y de la psicosis. Este tema lo retomaremos más adelante cuando

abordemos el fenómeno psicosomático.

Lacan menciona tres estados: el fenómeno psicosomático, la debili-

dad mental y la psicosis, que tienen en común la holofrase. ¿Y qué es

la holofrase? Lacan se apoya en el concepto de discurso, y la va a

definir como una figura retórica. La metáfora también es una figura retórica, modelo del triunfo de la significación, porque la metáfora sustituye un significante por otro significante que tiene en común con el anterior una parcela de significación. Por ejemplo, en el caso de Isabel de R, su síntoma de astasia-abasia, de dolores en la pierna y dificultades en la marcha, Freud lo asociará con su temor a lo que considera sería “dar el mal paso”. La metáfora es exitosa en la me-

dida que la significación se precipita.

En la holofrase, en cambio, tenemos el fracaso de la significación, el fracaso de la metáfora. La palabra-frase queda congelada, petrifica- da, no hay posibilidad de sustitución metafórica ni de sustitución metonímica. Es la solidificación de la cadena significante, el discurso

se inmoviliza.

Esto es lo que ocurre en la anoréxica, su delgadez no es una metáfo- ra, es más bien una holofrase, un discurso congelado imposibilitado

18 Lacan, El Seminario, Libro 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, pág.245, Paidós

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de sustitución. En este sentido entonces, no podemos hablar de la anorexia como un síntoma. El discurso anoréxico es un discurso holofrásico, porque es mono-idéico, como lo es el discurso de cual- quier delirante. Allí no hay metáfora, está todo referido “al pié de la letra”.

En el discurso holofrásico la dialéctica significante S1—S2 está cerra- da, congelada. Para entender la conceptualización de la holofrase tenemos que incorporar estos dos matemas: S1, que es un significante que tiene la peculiaridad de representar al sujeto ante los otros signi- ficantes que se escriben S2.

S1 es el significante maître, significante maestro, en español ha pre- valecido la traducción por significante amo, el significante que do- mina, el que representa al sujeto ante los otros significantes S2. De esta operación queda un resto, que es la petit a. Entre el sujeto S y la petit a no hay relación posible.

El discurso neurótico es el intento desesperado de alcanzar el signi- ficante que representa a la petit a, y que va significante tras signifi- cante, metonímia tras metonímia en un desplazamiento imparable que llamamos deseo.

En la holofrase lo que hay es un monolito, S1 se agota en el cuerpo delgado, no hay dialéctica de representación de un significante ante los otros significantes. Porque la representación del sujeto no se ago- ta en un significante sino que se desplaza constantemente.

Se supone que un sujeto identificado simbólicamente permite la dialéctica de representación del S1 con todos los S2 que a lo largo de su historia va recibiendo. La neurosis nos permite ser más o menos lábil en esas identificaciones, pero en el caso de los holofrásicos no hay labilidad ninguna.

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4

Este concepto es entonces el que tomará Recalcati para intentar hacer inteligible la peculiaridad del fenómeno anoréxico.

Lacan usa este concepto de holofrase para referirse, no sólo al dis- curso psicótico, sino también al fenómeno psicosomático. Y digo fenómeno y no síntoma. El órgano está tomado por la enfermedad, y no precisamente como metáfora. El concepto de síntoma psicoanáli- tico sólo es aplicable a las neurosis, al retorno metafórico de lo re- primido. Lo psicosomático no podemos tomarlo como síntoma, y más adelante veremos la posibilidad de encuadrarlo como sinthome. El síntoma neurótico es del orden de lo imaginario-simbólico, mien- tras que el fenómeno psicosomático es del orden de lo real.

El término psicosomático está muy desgastado por el uso abusivo que se hace de él desde la ciencia médica. Desde el psicoanálisis un paciente viene con un problema de una enfermedad localizada en un órgano. Nosotros pensamos en primer lugar en lo psicosomático, eso no implica ni neurosis ni psicosis. Es un estado borde. Los recur- sos simbólicos de este paciente no le han alcanzado para hacer una metáfora, ha tenido que recurrir al cuerpo real dañado para mostrar su conflicto.

La holofrase anoréxica remite entonces a que, en vez de la construc- ción de una identificación simbólica, la anoréxica remite a un mono- lito S1—S2 donde los significantes están fijos, congelados. De ello re- sulta que la única representación que la identifica es la representa- ción ideal de su imagen de cuerpo flaco. Y esa fijeza responde a la construcción de una barrera contra el Otro devorador. Esa fijeza es la que suplanta a la debilidad de la metáfora que justamente es la que la ha dejado a merced del Otro, impidiéndole la separación. Uti- liza entonces la anorexia como una defensa para no caer en la psico- sis. Allí está la holofrase.

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Desde lo que es la estructura inconsciente leemos la holofrase en esa identificación fija. Y desde la fenomenología, la evidencia clínica, la holofrase está en ese delirio monoidéico en donde el único tema es el discurso del adelgazamiento.

Cuando estamos en la holofrase, no hay metáfora, la única represen- tación posible es con la enfermedad. Es la famosa frase de los grupos de autoayuda en donde se presentan diciendo “Me llamo Tal y soy alcohólico” “Me llamo Cuál y soy fibromiálgica”. El ser y el fenó- meno patológico son una y misma cosa, con lo cual el sujeto no está representado simbólicamente. Los mono-síntomas como representa- ción del des-sujeto. Y de lo que se trata es de posibilitar la dialéctica opuesta. Es decir dialectizar que ese pseudo-síntoma se desplace a otros significantes y no que se rigidice. Los grupos de autoayuda fijan al pseudo-síntoma, consolidan la holofrase. Y esto los tranquili- za porque los convierte en una barrera contra el Otro devorador.

En vez de provocar la dialéctica que subjetivice, fija en lo des- subjetivizante, quita de la responsabilidad de lo que le pasa.

En el caso de los niños asmáticos, por ejemplo, les cuelgan el cartel que los define, no les dan tiempo de que puedan poner en circula- ción los significantes que lo representan, además del significante “asmático”. La tarea del psicoanalista es justamente poner en mar- cha su aparato simbólico, descolgar el cartelito, hacer que su simbo- lización le permita identificarse con otros significantes. Ese es el tra- bajo del psicoanalista, no curarle el asma. Moverle de ese lugar en el que está encerrado para que pueda empezar a hablar de las otras cosas que le asfixian y que están tapadas por el cartel.

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EL TRATAMIENTO PRELIMINAR EN ANOREXIA

Distintas lógicas de la cura El síntoma significante y el sujeto dividido El fenómeno signo y el sujeto de la certeza Tratamiento preliminar de la demanda Tratamiento preliminar del goce Operación de rectificación subjetiva

Hoy vamos a abordar el aspecto del tratamiento, del abordaje clínico del sujeto anoréxico-bulímico. ¿Es analizable el sujeto anoréxico- bulímico? veremos que para que esto sea posible es necesario un tra- tamiento preliminar.

1

Hay distintas lógicas de la cura que intervienen en este abordaje. El más corriente es el de “la intervención integrada”: médicos, nutri- cionistas, terapias cognitivas de comportamiento y de aprendizaje. Lo que buscan es curar a partir de readaptar. Es una intervención que intenta una corrección progresiva, una reeducación de hábitos. Pero, desde nuestra perspectiva, lo que llamamos el sujeto lo dejan en la oscuridad.

Hay que tener en cuenta que lo que mueve a este modelo es la búsqueda de la eficacia. Tiene una urgencia médica y a partir de allí hay que ser eficaz, es decir, evitar que el paciente muera. Es por ello que tampoco tenemos que caer en la posición de desconocer la nece-

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saria intervención del equipo interdisciplinario en las situaciones de emergencia vital.

Desde la perspectiva psicoanalítica hay una cierta tradición que tie- ne que ver con la línea post-kleiniana que define la dirección de la cura bajo lo que llaman “la intervención desde la contra- transferencia”. Se trata de ofrecer una especie de maternaje en el sentido de Winnicott, una especie de sostén, “holding”, de conten- ción afectiva, cognitiva, comportamental, de alguna manera es dar respuestas desde un maternaje positivo, proteccionista, en oposición a lo que sería un maternaje devorador.

El abordaje del psicoanálisis clásico en base a interpretación- regresión es insuficiente para abordar estos casos. Intentemos rede- finir el problema: ¿por qué decimos que el sujeto anoréxico-bulímico no es analizable desde los supuestos del análisis clásico dirigido a neuróticos?

Un sujeto neurótico es aquel que trae un síntoma. Caracterizamos al sujeto neurótico como “sujeto dividido”, sujeto que, por una cues- tión estructural que es la de estar inserto en el lenguaje, no es dueño de lo que dice, se ve sorprendido por la irrupción del inconsciente, se ve desorientado por la aparición de algo que no controla. Sujeto dividido es sujeto interrogante, en duda, fuera de certeza.

En cambio en la anorexia nos encontramos con un sujeto de certeza. La clase anterior trabajamos el concepto de holofrase para intentar mostrar esa especie de rigidez, de congelación que hay en la “iden- tidad” anoréxica, por la cual su cuerpo flaco pasa a ser, no una metáfora, como es el dolor en la pierna en la neurosis clásica, como es el síntoma de conversión en la histeria. En la neurosis el síntoma es metáfora del sujeto en tanto dividido por un deseo del que no sa- be.

En el caso de la anoréxica lo que tenemos es un sujeto sin división, en el sentido de que la anorexia no es un síntoma sino que es aquello

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que la representa, la identifica como un signo, como un emblema. En ese sentido decimos que la anorexia no hace síntoma, la histeria hace síntoma, la neurosis hace síntoma. Mientras que en la anorexia no hay una metáfora, lo que hay es un signo. Ahora veremos la dife- rencia entre metáfora y signo, a partir de lo que sería el análisis lógi- co-lingüístico que Lacan trabaja.

2

La anorexia no la podemos leer como un síntoma. La anorexia es un cuerpo lesionado y la anoréxica es ese cuerpo, así como decimos que el drogadicto en su adicción es esa adicción. Hay una identidad ce- rrada sobre sí misma: “yo soy el que soy”. No hay ninguna posibili- dad de metáfora ni deslizamiento, ni representación.

Cuando decimos que en el síntoma hay metáfora decimos que hay posibilidad de que un significante represente por sustitución a otro significante. El dolor en la pierna, dirá Freud, sustituye al dolor mo- ral. En cambio el signo sólo remite sobre sí mismo, no hay desliza- miento de sentido posible, como ocurre con el significante. En la misma línea decimos del lenguaje de las abejas que no es un lengua- je sino un código, pues se compone de signos que remiten sólo a sí mismos. Mientras que el lenguaje del ser-hablante es mucho más que un código, porque cada término remite a otro término.

Esta aclaración nos sirve entonces para discriminar el carácter de “signo” que tiene la anorexia, en oposición al carácter de “significan- te” que tiene el síntoma neurótico. El primer caso compromete al cuerpo real, lo lleva al grado de la momificación; mientras el sínto- ma sólo compromete al cuerpo en tanto imaginario-simbólico.

Entonces, cuando nos encontramos ante una clínica, no del síntoma, sino del signo, el abordaje clásico del psicoanálisis tiene que ser re- considerado. Y aquí es donde tenemos que intervenir desde un abordaje previo a la cura psicoanalítica propiamente dicha.

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Es interesante la diferenciación, desde la lógica lingüística, del con- cepto de signo respecto del concepto de significante. El significante no representa una cosa sino que representa al sujeto para otro signi- ficante. El significado no es la cosa, sino el efecto de encadenamiento de significantes. El significado se precipita a partir de la sustitución significante, metafórica o metonímica. Es el punto en la frase el que abrocha el significado.

El signo es signo de la cosa, está adherido a la cosa. No tenemos po- sibilidad del juego de sustitución. “Yo soy anoréxica ¿no lo ve, doctor? no hace falta decir más nada”. Esa certeza es la que nos plantea la difi- cultad de trabajar propiamente en la cura psicoanalítica, de abrir la posibilidad de que se deslice el significado.

La anoréxica lo que trae es una fijación, un congelamiento tan gran- de en el goce que sólo a partir de que esa fijación se pueda resque- brajar, que se pueda cuestionar la evidencia, entrará la vacilación, la duda, la interrogación. Y a partir de allí habrá posibilidad de empe- zar a trabajar con la interpretación.

Estamos trabajando con la idea de que la anorexia no toda neurosis es, no se explica solamente desde la neurosis. Si bien podemos ver la respuesta anoréxica como una maniobra histérica, esto no alcanza para definirla, y trabajar el fenómeno anoréxico como un síntoma. En la histeria tenemos posibilidad de traducción, de decir que un significante sustituye a otro significante, que un dolor está represen- tando otro dolor. Esta posibilidad de intervención semántica la te- nemos inmovilizada de entrada en la anorexia. Antes habrá que his- terificarla progresivamente.

La anorexia es para la anoréxica su carta de presentación, su insig- nia, su ser. Uno puede decir “yo soy del Athletic” y poner el ser allí. Hay mucha gente con una pobreza simbólica tal que se tiene que sostener de una bandera. Otros dicen “yo soy psicoanalista”, bueno, ahí hay un poco más de elaboración simbólica; “yo soy padre”, etc. Cada uno se aferra a un significante, pero es que la anoréxica se afe-

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rra a un signo, a un escudo, su cuerpo flaco, su ser “momificado”, que la libera de la nada, la libera de la psicosis. Por eso hay que te- ner precaución con la anoréxica, porque si le rompes el escudo la puedes precipitar en la psicosis.

Ante el fenómeno anoréxico no es tan fácil definir sobre qué estruc- tura se apoya. Se trata de admitir la posibilidad de un espacio que, sin adscribirlo a la estructura neurótica ni a la estructura psicótica, responda sin embargo a ese otro criterio que vimos la clase pasada, que es el de la inclinación holofrásica, del discurso construido como signo.

3

Volviendo a la dirección de la cura, vamos a ver la estrategia de rec- tificación del sujeto previa a la cura.

Además de reconocer los poderes de la palabra el psicoanalista está también obligado a reconocer sus límites. Toda esta estrategia de rectificación que veremos a continuación sólo es posible si el sujeto no está en peligro de muerte, pues en este caso el tratamiento por la palabra queda supeditado a la intervención médica.

Vamos a resumir tres momentos en este tratamiento preliminar y explicitar algunas líneas en la dirección de la cura, siguiendo las líneas trazadas por Recalcati 19

1) Tratamiento Preliminar De La Demanda

Rectificación De La Oferta: Rectificar la ilusión del especialista en patologías alimenticias y ofrecer un experto en el incons- ciente (rectificación del saber)

Emergencia Del Sujeto Analizante: Propiciar la emergencia de un sujeto comprometido activamente en el trabajo de análisis,

19 Idem, pág.199-205

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en vez de esperar que le digan lo que tiene que hacer (rectifi- cación de la verdad).

Dejar la demanda insatisfecha, no dar respuestas, poner a tra- bajar al sujeto

Propiciar que la demanda se articule dialécticamente en la transferencia

2) Tratamiento Preliminar Del Goce

Hacer visible el riesgo mortal del cuerpo

Hacer posible una atenuación del goce, introduciendo un ele- mento de vacío

Agujerear un poco la identificación idealizada.

3) Operación De Rectificación Subjetiva

Desplazar al sujeto respecto de la causa de su sufrimiento que ha colocado en el otro, que empiece a interrogarse por la parte que le toca en dichos sufrimientos.

Traducir el sufrimiento del que se queja en los términos de un goce del cual es promotor

Introducir un hiato entre el yo y el síntoma con el que tiende a confundirse, una des-identidad

Reemplazar la certeza de su verdad por el enigma, la vacila- ción, el desconcierto

El tratamiento preliminar de la demanda y el del goce van simultá- neamente, y en un segundo momento la operación de rectificación subjetiva le permitirá al paciente atravesar la puerta de entrada al análisis propiamente dicho. Todo lo anterior son entrevistas preli- minares sobre cuya duración no hay medición previa.

Este modelo de tratamiento preliminar nos sirve también para otras intervenciones en las cuales lo que tenemos enfrente no es un sínto- ma en donde ya viene la dialéctica de la demanda y el deseo, sino que lo que tenemos enfrente es un fenómeno que ha congelado esa dialéctica, y sólo presenta una certeza sin preguntas. El primer paso

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es abrir la pregunta. La certeza es una defensa. Si le quitamos la cer- teza la enfrentamos a su división. Esto es lo que buscamos con el proceso de rectificación subjetiva

Hay dos niveles para la rectificación, por un lado reconocer su parte en lo que le pasa y por otro lado reconocer el goce que está en juego.

Lacan va a hablar de la rectificación subjetiva muy influenciado por la Fenomenología del Espíritu de Hegel, quien trabaja el recorrido de la conciencia en torno a la búsqueda de su verdad. Este filósofo propone que la conciencia en su recorrido tiene que pasar por la po- sición del “alma bella”, que podemos asimilar al concepto de discur- so holofrásico, del que tiene la certeza absoluta. Y a través de la in- versión dialéctica se produce el acercamiento de la conciencia a su verdad. Tiene que haber una inversión dialéctica en el sentido de pasar de la absoluta certeza a la falta de certeza.

Y eso es lo que propone Lacan con el concepto de rectificación subje- tiva.

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SEGUNDA PARTE

SEGUNDA PARTE EL FENÓ MENO PSICOSOMÁTI CO 67

EL FENÓ MENO PSICOSOMÁTI CO

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CUANDO EL PRIMER PAR DE SIGNIFICANTES SOLIDIFICA

Cuerpo real: organismo viviente La holofrase: no perder nada Cuerpo trinario RSI Sustancialización bastarda del sinthome Fenómeno psicosomático: ni síntoma ni estructura Evidencias clínicas del FPS Causación y afánisis del sujeto

Hoy vamos a empezar a profundizar los llamados “fenómenos psi- cosomáticos” dentro de lo que consideramos una clínica de los esta- dos límite. Y voy a servirme para ello, de unas referencias puntuales en la obra de Lacan. Hoy veremos lo que dice en el Seminario 11, para que pensemos esto de lo psicosomático.

1

Vamos a empezar diferenciando que es lo psicosomático para la medicina y para el psicoanálisis. En la medicina remite a lo residual; para la ciencia médica toda enfermedad del soma tiene una etiología también en el soma; la enfermedad es entendida como una entidad soma-somática. Cuando algo que le pasa al cuerpo no pueden expli- carlo con las leyes del soma, lo meten en esa bolsa de residuos que es lo “psico”. ¿Y por qué a lo “psico”? Porque se trata de manifesta- ciones del “soma” en donde está claramente comprometido el psi-

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quismo. Pero desechemos este uso baladí que la medicina hace del término psicosomático

“Sólo en la medida que una necesidad está implicada en la función del deseo podría concebirse la psicosomática como otra cosa que esa simple palabrería consistente en decir que todo lo que sucede en lo somático tiene una réplica psíquica. Lo sabemos desde hace tiempo. Si hablamos de lo psi- cosomático, lo hacemos en la medida que en ello ha de intervenir el deseo.” 20

Y aquí nosotros tenemos que diferenciar el concepto de “soma”, de

cuerpo. Pero antes sigamos dilucidando cómo entiende el psicoaná- lisis lo psicosomático. Lo primero que podemos decir es que no es un síntoma. Hay que diferenciar su especificidad de “fenómeno” en oposición a esas manifestaciones de conversión somática que encon-

tramos en la histeria. ¿Por qué en la histeria el compromiso somático

lo llamamos síntoma, y en estos otros casos el compromiso somático

lo llamamos “fenómeno psicosomático”? Porque en la disfunción localizada en el cuerpo de una histeria, de lo que se trata es de un significante, el síntoma como metáfora del sujeto, en ese sentido se lee como un significante. Mientras que la primera consideración im- portante que tenemos que decir de lo psicosomático es que no po- demos leerlo como un significante ni como una metáfora del sujeto.

No tiene, entonces, carácter de síntoma.

Ese fenómeno no está representando nada, a diferencia del síntoma de la histérica que representa al sujeto, al deseo inconsciente. En el fenómeno psicosomático – de ahora en más FPS- no podemos hacer una lectura simbólica. En ese compromiso del órgano no hay repre- sentación. Es como si el compromiso del órgano llenara el vacío, la falta del significante representante del sujeto. Tenemos que poner entre signos de interrogación la estructuración del sujeto del FPS.

20 Lacan, Seminario 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis,

70

Una primera definición que podemos dar del FPS lo encontramos en el Diccionario de Psicoanálisis de R. Chemama 21 “…es la respuesta del cuerpo viviente a una situación simbólica crítica pero que no ha sido tratada como tal por el inconsciente…”

Cuerpo viviente remite a la primera conceptualización que tenemos que hacer en relación al cuerpo, y es que nos estamos refiriendo al cuerpo real. Cuando decimos cuerpo viviente nos referimos al cuer- po real.

¿Qué es lo real del cuerpo? Una de las maneras de definirlo es como lo imposible de conocer. Pero no solamente imposible de conocer por ahora, como si más adelante el conocimiento científico nos per- mitiría abordarlo. No. La biología en su intento de definir la vida llega hasta la física y la química, pero lo viviente se le escapa. La bio- logía puede definir todos los mecanismos, todos los soportes, puede construir todo un entramado simbólico como son las leyes de la bio- logía, pero lo real de ese cuerpo, lo viviente, se le escapa. Porque el secreto de lo viviente está más allá de la física y de la química, aun- que siempre hay un Dr. Frankestein que crea posible alcanzarlo.

En ese avance constante de lo simbólico en el afán de intentar expli- car, medir, catalogar lo real del cuerpo, el agujero de lo no sabido cada vez se hace más grande y adquiere la dimensión de un pozo sin fondo. Lo que la biología puede decir sobre la vida se hace pro- gresivamente más insignificante. En cambio, la biología lo puede decir todo sobre el cuerpo muerto. Lo real del cuerpo es aquello que la biología no puede apresar.

2

Entonces, definimos al FPS como respuesta del cuerpo viviente a una situación crítica en tanto no alcanza a ser traducida al orden simbólico. Se podría considerar sin embargo que hay un significante

21 Chemama, Diccionario de psicoanálisis, Amorrortu

71

operando pero que no ha sido tratado como tal por el inconsciente, es decir, no ha generado una “formación del inconsciente”. Lacan

para poder definir esa situación por la cual el significante no ha sido tratado como tal por el inconsciente lo va a remitir a una operación que denomina “holofrase”. Este mecanismo de la holofrase lo va a referir a una serie de casos en donde lo que se pone de manifiesto es

la

situación de límite, de borde, de fuera de la estructura significan-

te.

“toda holofrase está en relación con situaciones límites, en las que el sujeto está suspendido en una relación especular con el otro.” 22

Más adelante pondrá en serie holofrásica a lo psicosomático, la psi- cosis y la debilidad mental infantil.

“Cuando no hay intervalo entre S 1 y S 2 , cuando el primer par de sig- nificantes se solidifica, se holofrasea, obtenemos el modelo de toda una serie de casos, si bien hay que advertir que el sujeto no ocupa el mismo lugar en cada caso.” 23

En esta serie de casos lo que se cuestiona es si tenemos verdadera- mente un sujeto.

Y

aquí entramos de lleno en el tema de la relación del sujeto (S) con

el

Otro (A), la causación del sujeto y la caída del objeto (a). La holo-

frase debemos entenderla como el intento de no perder nada duran-

te la operación de separación entre el sujeto y el Otro. El barrado del

sujeto marca su aparición como sujeto de deseo y consecuentemente

la castración del Otro y la pérdida del objeto.

Pensar lo psicosomático desde la holofrase es plantear un déficit en lo simbólico, más específicamente una falla en la articulación signifi- cante: no tenemos articulación sino solidificación. Lo que está en cuestión es el funcionamiento del significante como representante

22 Lacan, Seminario 1, Los escritos técnicos de Freud 23 Lacan, Seminario 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, pág. 245

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del sujeto ante otro significante. En la neurosis hay sujeto, es decir, hay un significante que lo representa ante otro significante. Pero de pronto algo pasa para que el sujeto pierda su representatividad sig- nificante y el cuerpo adviene en su real como marca. Hubo una vaci- lación simbólica ante la cual lo que se impone como marca, no como representación, es un pedazo de su cuerpo real.

Para poder ser más específicos y sistematizar este fenómeno, tene- mos que apoyarnos en el concepto de cuerpo trinario lacaniano: real, simbólico, imaginario. Ya Freud había marcado la diferencia entre el cuerpo de la medicina y el cuerpo para el psicoanálisis.

Desde nuestra concepción el cuerpo de la medicina no es cuerpo si- no organismo, para ser cuerpo tiene que ser cuerpo humanizado, cuerpo en donde el significante está entrelazado. Freud nos habla de cuerpo pulsional, el cuerpo del ser hablante. En el animal no hay cuerpo, sólo hay organismo. El único cuerpo que hay es el cuerpo humano. Y no es una distinción baladí. Porque justamente en donde estamos haciendo hincapié es en que el cuerpo como tal implica el entrelazamiento del organismo, en tanto lo real, con lo imaginario- simbólico.

El antiguo y falso dualismo mente-cuerpo Freud lo transforma con el concepto de cuerpo pulsional: allí están la mente y el cuerpo in- trincados. Ya desde la Comunicación Preliminar de los “Estudios sobre la histeria” nos está hablando del mecanismo de conversión. Y allí está en juego una topología corporal que no coincide con el ma- pa anatómico. Y Lacan viene a agregar a esta deconstrucción del dualismo mente-cuerpo su lectura trinitaria R.S.I.

Decíamos entonces que lo real del cuerpo es lo viviente del orga- nismo, el cuerpo viviente, ¿y en qué consiste el cuerpo imaginario y el cuerpo simbólico? La primera aproximación del cuerpo imagina- rio la tenemos que apoyar en la imagen especular que Lacan descri- be en su famoso escrito sobre el “Estadio del espejo”. De lo que se trata es que tiene que advenir un cuerpo entero, una imagen unifi-

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cada del cuerpo, en oposición a la vivencia de cuerpo fragmentado del infans. El cuerpo tiene que organizarse a partir de la imagen es- pecular, una imagen que el otro semejante le devuelve desde el es- pejo. Aquí está el origen o matriz de las sucesivas identificaciones imaginarias, la base del yo y del narcisismo. Y el cuerpo imaginario es también el cuerpo sostén de todas las pasiones, de las relaciones especulares: amor, odio, celos.

Allí mismo, en el estadio del espejo, Lacan hace intervenir el Otro organizador: ese cuerpo unificado desde la imagen, además, va a ser organizado por la palabra y la mirada del Otro materno, que es la que legisla sobre esa nueva constitución. La mirada del Otro que desde el espejo le refiere al niño la aprobación del estilo:”ese eres tú”. Allí, en esa mirada del Otro materno ya podemos vislumbrar el ras- go unario, es decir, el rasgo que hace uno, el antecedente del organi- zador simbólico por excelencia, es decir, el significante.

El concepto de cuerpo pulsional abarca al cuerpo real-imaginario que está ya imbricado por los significantes, esto es, por lo simbólico. El cuerpo pulsional lo entendemos en tanto sede de una demanda muda; y también en tanto cuerpo agujereado, el cuerpo pulsional como una “bolsa agujereada”, referido a esos lugares privilegiados que son los orificios de los objetos “a” caducos donde la pulsión hace circuito. El estatuto del cuerpo es el de ser un cuerpo hablante, un cuerpo humanizado por su determinación significante. El cuerpo habla por su síntoma, síntoma como satisfacción de la pulsión; síntoma como acontecimiento del cuerpo y síntoma como adveni- miento de significación, como metáfora. Distintos ángulos del cuer- po ordenado en lo simbólico.

La lectura trinitaria R.S.I. será representada progresivamente por Lacan a través de la función del nudo borromeo, donde se anudan – por efecto del Nombre-del Padre - consistencia imaginaria, agujero simbólico y ex-sistencia real. O, por defecto de la función paterna, el anudamiento es protagonizado por un cuarto círculo: el sinthome.

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Este instrumento que Lacan acuña para referirse al arte de Joyce, de cómo su escritura sustancializa el sinthome, nos da pie a plantearnos

si la prótesis psicosomática puede también considerarse como sus-

tancialización bastarda del sinthome.

3

Vamos a ver algunas de las evidencias clínicas del fenómeno psico- somático. En general los autores que han desarrollado un trabajo de investigación sobre estos fenómenos inciden en una circunstancia de desencadenamiento que tiene que ver con situaciones castratorias:

separaciones, duelos, exámenes, exilios.

Antes tenemos que aclarar que no existe una estructura psicosomá- tica; como fenómeno puede manifestarse en cualquiera de las estruc- turas freudianas. De hecho lo encontramos muchas veces en aque- llos otros casos de los que no podemos definir su estructura.

Continuando con las manifestaciones clínicas del F.P.S. también se subraya la ausencia de angustia; otra característica es lo que algunos autores llaman “pensamiento operatorio”, que tiene que ver con el predominio de la identificación imaginaria, una identificación muy primordial, casi del orden de la que se da en los niños como “transi- tivismo”, donde hay una especie de confusión con el otro. Otro as- pecto es que hay una notoria resistencia hacia la transferencia que se manifiesta bajo la cualidad imaginaria de la relación, intentando to- do el tiempo colocar al analista en el lugar del otro semejante, el amigo, como si estuvieran ávidos de una relación de amor.

Y hay otra peculiaridad clínica: se trata de no perder nada; es la im-

posibilidad de asumir que el lenguaje remite a algo inconcluso, el intento de cerrar la lengua, de obtener la lengua materna total. Len- gua total en la que no habría posibilidad de malentendidos, de am- bigüedad, de abertura, de pérdida.

Este mecanismo está comprometiendo la raíz de su causación como sujeto, ya que si algo define al sujeto es la pérdida. En la raíz de su

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causación está el remplazar la pérdida por un monolito, es decir, la holofrase, en oposición a lo que es la articulación significante. Cuando decimos que un significante representa al sujeto para otro significante, S 1 representa al sujeto ante S 2 , decimos que allí se causa el sujeto, aparece el sujeto, pero al mismo tiempo allí hace afánisis el sujeto, es decir, allí desaparece la posibilidad de cerrarlo, de atrapar- lo, porque remite a otro significante, que a su vez remite a otro. Es decir, ese sujeto siempre cae entre dos significantes, nunca cae pleno de significación unívoca bajo un único significante, siempre está im- posibilitado de ser todo dicho por un significante. Es allí donde de- cimos que la holofrase hace efecto, pues justamente la holofrase es el intento de que el ser sea definido cerradamente por un significante. Es como si los dos significantes necesarios para la representación del sujeto estuvieran en uno sólo.

Lacan va a escribir una equis, el losange y el significante unario:

X <> S 1 El sujeto no está, esa X remite a lo imposible de decir. Y La- can esta fórmula la aplica al FPS, a la psicosis y al débil mental. Es como si la posibilidad del equívoco tuviera que ser solidificada en un sentido unívoco, esa es la holofrase. Entonces parecería que uno tiene que concluir que donde hay holofrase no adviene sujeto. Don- de hay holofrase no hay representación; la lesión orgánica del FPS no hace metáfora. Lo psicosomático no se puede leer.

¿Cómo hacemos para trabajar esto en un análisis? Esta misma pre- gunta es la que nos hacíamos hace algunas semanas cuando estuvi- mos viendo esas situaciones tan severas de las anoréxicas al borde de la muerte. Allí también hay autores que plantean el fenómeno anoréxico como un fenómeno holofrásico.

Lacan nos dirá que en el FPS está la necesidad implicada en el deseo. Nosotros sabemos que la necesidad es del orden de lo que se ha perdido a partir de que adviene el ser hablante, la necesidad cae irremediablemente en el desfiladero de la demanda, de los signifi- cantes. A partir de allí lo que tenemos es la dialéctica demanda-

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deseo. La necesidad quedaría replegada al orden de lo natural. En- tonces, la necesidad, que es decir algo del orden de lo real, estaría implicada en el deseo, que es del orden de lo simbólico.

Entonces ¿cómo hacemos para trabajar esto en análisis? Lo que ve- íamos con las anoréxicas era la importancia de un largo trabajo pre- liminar. La posibilidad de que comience el análisis requiere de un largo recorrido hasta que se posicione algo del orden de una de- manda, de una falta, no digamos de una rectificación subjetiva. Has- ta llegar ahí mucha paciencia, estar, escuchar, acompañar. Hasta que no advenga la demanda no se puede interpretar.

Alguien de ustedes comentaba un caso de anorexia, una mujer es- quelética, huesos y piel, ante la cual utilizó la estrategia de poner una manzana encima de la mesa. Y ella la miraba, sabía que no se la podía comer. Y esa manzana roja y lustrosa allí en el medio. En la cualidad roja y brillante de la manzana hay algo que tiene que ver con la mirada. Lo que introduce la anorexia esquelética es mucha pregnancia de lo escópico, la calavera, lo real apenas velado. Y ese objeto rojo y brillante puesto en el medio parece haber funcionado como ahuyentador, como los talismanes contra el “mal de ojo”. Ante el fenómeno psicosomático se trata de escapar a la pregnancia ima- ginaria de esa lesión que atrapa nuestra mirada, que nos invita a la relación dual; y poder posicionarnos en la escucha, es decir, en la terceridad.

Veamos otra frase que Lacan trabaja en el Seminario 11:

“lo psicosomático, aunque no es un significante, sólo es concebible en la medida en que la inducción significante a nivel del sujeto ocurrió de una manera que no pone en juego la afánisis del sujeto.” 24

Esta referencia corresponde al capítulo donde desarrolla el tema del sujeto y del Otro, de la constitución y afánisis del sujeto. Recuerda

24 Lacan, Seminario 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, pág.235

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que el carácter fundamental del significante no es pegarle una eti- queta a la cosa sino representar al sujeto ante otro significante. Esa es la articulación entre dos significantes en donde está la inducción para que el sujeto advenga. Es en el intervalo “entre dos” donde el sujeto aparece, ¿pero a qué precio? al precio de su desaparición, de su afánisis, de su desvanecimiento como significación unívoca. Es allí donde tenemos la causación, la partición del sujeto, que Lacan denomina “operación de alienación” como operación que funda al sujeto y que lo condena a aparecer dividido. Por un lado el sujeto es representado por el significante unario S 1 ante otro significante S 2 que se opone o le sigue y que viene a decepcionar la ilusión de una significación completa, de una representación unívoca, condenando así al sujeto a desaparecer en su relación con los significantes. Entonces, en el FPS lo que tenemos es el intento holofrásico de hacer que el sujeto se constituya en una significación única, pero se apoya en lo real del cuerpo, en el organismo, no en lo simbólico; y si es en lo real no hay sujeto. Es en lo formal del significante, del entre dos significantes, donde podemos localizar al sujeto, no en el organismo viviente.

La indeterminación del sujeto, la indeterminación de su ser es lo que es insoportable, podríamos decir si le diéramos intencionalidad, lo cual es falso, no lo tenemos que plantear de esta manera. Pero ima- ginarizando un poco, es como si dijéramos que el sujeto en prótesis psicosomática no soporta su afánisis, no soporta que para ser repre- sentado, su representación deba ser equívoca, y entonces construye un intento desesperado de significación unívoca, holofrásica, con su fenómeno psicosomático, con un pedazo de su cuerpo, un pedazo real. A diferencia de lo pulsional, en donde la búsqueda y la obtura- ción del agujero es con un objeto imaginario.

Resumen de lo visto hoy:

- El FPS compromete al organismo, lo viviente, el goce, lo real del cuerpo.

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- El síntoma compromete al cuerpo pulsional, el cuerpo como trama significante y al cuerpo de la imagen.

Algunos observables en la clínica del FPS:

- circunstancias desencadenantes: acontecimientos castrato-

rios, instauración de una pérdida, imposición de un límite.

- ausencia de angustia

- pensamiento obsesivo sin límite

- identificación cuasi-transitivista

- reticencia a la transferencia

- exigencia imperativa a “no perder nada”

Lacan concibe lo psicosomático :

- “…sólo en la medida en que una necesidad llegue a estar involucrada en la función del deseo”.

- “…cuando no hay intervalo entre S1 y S2, cuando el primer par de significantes se solidifica”

- “…en la medida en que la inducción significante a nivel del sujeto ocurrió de una manera que no pone en juego la afánisis del sujeto”.

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8

UN CASO DE ASMA NERVIOSO: ¿FPS O SÍNTOMA?

Síntoma y FPS. Narcisismo y autoerotismo Investidura del cuerpo y erotización de órgano Metáfora y holofrase Weiss y Freud: un caso de asma nervioso

Vamos a seguir con el tema del fenómeno psicosomático, FPS, les voy a comentar el capítulo 8 del Seminario II de Lacan donde hace algunas consideraciones sobre lo psicosomático, y después trabaja- remos un caso clínico de asma nervioso.

1

Lacan está trabajando en este seminario algunas consideraciones so- bre un concepto freudiano que estaba muy en boga en la segunda y tercera generación después de Freud, que es la noción de “relación de objeto”. Respondiendo a unos comentarios Lacan va a decir que en el FPS no hay relación de objeto, que la relación de ob- jeto remite a lo que sería el plano de lo imaginario, el plano de la re- lación narcisista, el objeto visto como parte del otro en nosotros, o de nosotros en el otro, como imagen del cuerpo. En ese sentido la rela- ción de objeto es lo que tenemos que entender desde el punto de vis- ta imaginario, mientras que en el FPS la relación no es con el objeto imaginario sino con lo que más adelante llamará el objeto real, la Cosa.

“Si algo sugieren las reacciones psicosomáticas como tales, es que están fuera del registro de las construcciones neuróticas. No se trata de una relación con el objeto. Se

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trata de una relación con algo que se encuentra siempre en el límite de nuestras elabora- ciones conceptuales….Las relaciones psicosomáticas se sitúan a nivel de lo real”. 25

Caemos entonces siempre en intentar diferenciar un malentendido y es que entonces, cuando el psicoanálisis hablaba de relación de obje- to, se caía en la trampa de lo interior y lo exterior, y las categorías que Lacan utiliza no son las de objeto interno u objeto externo, sino

la de registro imaginario, simbólico y real.

“…tal distinción (entre exterioridad e interioridad) no tiene ningún sentido a nivel de lo real. Lo real carece de fisura.” 26

Y

en ese sentido así como al síntoma como manifestación neurótica

lo

va a leer como manifestación del cuerpo imaginario en su juntura

con lo simbólico, al FPS lo va a entender como la manifestación en otro cuerpo, que es lo que llamamos el organismo, lo viviente, esto es, lo real. El FPS se articularía en la juntura entre lo imaginario y lo real. Esta disquisición teórica nos sirve de fundamento para hacer,

entonces, la distinción entre síntoma y fenómeno psicosomático.

La otra variable que va a utilizar Lacan en este Seminario II es el di- ferenciar lo que sería la relación narcisista en tanto investidura del cuerpo como imagen unificada, como imagen total, de lo que sería la investidura autoerótica, que no recae sobre la imagen del cuerpo como totalidad, sino que cae en un pedazo del cuerpo. Lo narcisísti- co recubre el cuerpo imaginario mientras que lo auto-erótico com- promete al cuerpo real.

En ese sentido tenemos que hablar del FPS como la erotización del órgano, que no es el caso del síntoma. En el síntoma también tene- mos erotización pero siempre a nivel de lo imaginario, el cuerpo en

su juntura entre lo significante y lo imaginario. En el caso de la ero-

estamos hablando del cuerpo real. Allí no hay

tización del órgano

25 Lacan, Seminario 2, El Yo en la Teoría de Freud y en la Técnica Psicoanalítica, pág. 150 26 Idem, pág. 151

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cobertura simbólica, no hay posibilidad de que este fenómeno sea entendido como una metáfora, no hay representación sino holofrase.

Cuando estudiamos la pulsión vimos que tenía un circuito, un reco- rrido desde la fuente al objeto intentando atrapar ese objeto inatra- pable, y a lo sumo conseguía contornear fragmentos del cuerpo que sirven para recubrir ese vacío de objeto que es la “petit a”. Ahora bien, en el FPS lo que tenemos es un cortocircuito, es decir que el circuito pulsional se corta impidiendo ir de la fuente al objeto, como si estuvieran en la misma sede, que es el órgano como real.

De la misma manera que decimos que el síntoma tiene que ver con un circuito significante que toma cuerpo, que hace metáfora en el cuerpo y decimos que la repetición es un circuito en el que se repite algo del orden del significante, en el FPS en cambio este circuito fa- lla, no hay posibilidad de circuito significante porque, como holofra- se, remite no a un significante sino a una congelación, en donde su- puestamente es el órgano real la sede. Ya no podemos decir que éste es sede de un sujeto, ya que el sujeto sólo puede tener una sede de orden significante, de orden simbólico.

Todos estos planteos están en la fundamentación teórica que opone el FPS al síntoma, porque esta oposición tan compleja en la teoría no lo es menos en la clínica. Se trata de poder determinar cuándo una manifestación, que está comprometiendo el cuerpo, es del orden de una metáfora o de una holofrase, es un síntoma o un FPS.

Lacan nos alerta en relación a ciertos casos que llegan a análisis con síntomas muy definidos de los que al poco tiempo se produce un levantamiento súbito, rápido. Y hay que tener cuidado porque esto puede estar denunciando que este síntoma no era sino una defensa pre-psicótica, y su levantamiento dejaría a la psicosis en libertad de florecer. En la clase anterior recurrimos a la noción de sinthome para

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hacer inteligible esta sustancialización específica, concepto que La- can desarrolla a partir de su trabajo sobre la escritura en Joyce. 27

2

Hoy vamos a ver un caso escrito por Edoardo Weiss, 28 fundador de la Asociación Psicoanalítica de Italia. Se trata de un paciente que consulta por una depresión. Y durante el análisis se le declara un asma, que se verá tenía antecedentes en su infancia. Weiss, discípulo de Freud, supervisó este caso con él.

Es un señor de unos 40 años, de situación económica acomodada que consulta; la descripción fenomenológica sería la de un señor que no puede fijar su interés en nada, intenta leer y no consigue concen- trarse, lo vuelve a intentar pero sin conseguirlo. Ha renunciado a leer, a escribir, no abre ni responde a su correspondencia, no consi- gue encontrar ningún trabajo, vive de las rentas que le ha dejado su madre al morir. Su madre murió siendo ya mayor, dos años antes de que empezara su análisis; su padre murió cuando él tenía 5 años, no sabemos mucho del padre; la madre de niño le decía: “vas a ser un cerdo como tu padre”. Lo castigaba severamente por sus masturba- ciones infantiles, con sólo mirarlo ella lo sabía.

Se presenta con la vestimenta muy desordenada, sucio; sus necesi- dades elementales, comer y dormir, las hace de manera automática. La primera cuestión que el analista se va a plantear es el diagnóstico. Detrás de esta depresión que tenemos ¿una psicosis? ¿una neurosis grave? Weiss nos dirá que él no ve signos de esa severa apatía típica de la esquizofrenia. Este caso está presentado alrededor de 1925. En esa época un indicio clave para la determinación diagnóstica era el establecimiento de la transferencia. Weiss escribe este caso después de dos años de análisis, en los que ha constatado la presencia de la transferencia, que él utiliza entonces como indicador de neurosis.

27 Lacan, Seminario 23, El Sinthome 28 Weiss, Psicoanálisis de un caso de asma nervioso (en Estudios de Psicosomática, vol.4, V.V.A.A., Atuel)

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Nos dice que tampoco había un auténtico mecanismo melancólico, como serían los auto-reproches o el delirio de inferioridad. Con res- pecto a la depresión nos dice que no tenía picos agudos, lo que pre- sentaba eran fluctuaciones muy moderadas. Digamos que el tera- peuta trabaja con sumo cuidado la dirección de la cura, intentando no precipitar el diagnóstico, aunque se inclina por la neurosis.

Veamos algunos rasgos de este paciente. Lo primero que va a sub- rayar Weiss es su marcado carácter reactivo erótico anal. El carácter reactivo es el que se establece como defensa, diríamos que marca de base un carácter anal pero bajo una fachada reactiva, en contra de lo anal. Su exagerado afán por la limpieza y el orden es algo que no podía en ningún momento satisfacer. Con lo cual estaba todo el tiempo lamentándose de su estado de desorden y suciedad. Otro rasgo que subraya es lo que llama la angustia de empobrecimiento. Su herencia se iba consumiendo y el temor a quedar en la pobreza y

la indigencia lo atormenta, lo cual no le sirve de impulso para bus-

car trabajo. La situación que fantasea que lo liberaría de este final

temido es la de su suicidio. Es a partir de estar atormentado con es-

te pesimismo suicida que un amigo psiquiatra le aconseja analizarse.

Respecto a su sexualidad, manifiesta su deseo homosexual. A los 15 años tuvo una primera relación con otro joven que lo buscó. Sólo ha tenido tres relaciones satisfactorias, y siempre fue el otro quien lo buscó. Se masturbó diariamente desde su pubertad, hasta los 25 años, cuando se sometió a una serie de ejercicios, ayunos, duchas frías y largas caminatas diarias.

Y Weiss subraya en su paciente lo que llama rasgos anales carac-

terísticos: terquedad, obstinación, limpieza, reacción ante las injusti-

cias, y un fuerte olfato; el olor era un factor de atracción importante en su sexualidad. Esto lo podemos relacionar con el mandato ma- terno “serás un cerdo como tu padre”: él no se bañaba y le atraían los cuerpos que despedían olor.

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La madre en su infancia era el personaje amado y temido, sin el cual no podía estar. Necesitaba tenerla aunque fuera una madre severa e injusta; era una madre omnipotente, quien con sólo mirarlo sabía de su deseo. Pero progresivamente cuando entra en su juventud pasa a ser una madre odiada. Las primeras imágenes que trae a análisis son las de una madre odiada. Más tarde podrá traer recuerdos de su madre amada.

Ya de mayor, la madre se enferma, y así como ella había cuidado durante años al padre paralítico, será él el que estará a su lado cuidándola. Sin embargo, cuando se acerca el momento de su muer- te, la abandona. En esta última etapa descubre que la madre es hipó- crita, mentirosa y falsa, contradictoria entre lo que exige a los demás y lo que ella hace. Es como si no hubiera querido verla en su último momento para quedarse con la imagen de su madre amada.

Una de las cuestiones a considerar es que aparece el asma durante el análisis. Ya se ha muerto la madre, hay una mujer que hace las ta- reas de la casa, y un día esta mujer corta una planta del jardín que él quería mucho, y esto coincide con un acceso de asma. Dijimos la vez pasada que las situaciones asmógenas tienen que ver con situaciones castratorias. Veamos en que otras situaciones de su pasado recuer- da otras crisis de asma. Así relata que cada vez que se sentía injus- tamente tratado por su madre le advenía un acceso de asma. En otra oportunidad, estando internado en una institución de monjas donde se sentía muy bien atendido, en el momento del alta volvió el asma.

3

Tal como el analista va relatando e interpretando ¿Qué estamos viendo? Que está interpretando las crisis de asma como metáforas:

ante una separación, crisis de asma; ante una situación de injusticia, crisis de asma. Lo que el analista nos dice es que poco a poco el pa- ciente va sabiendo reconocer en cada una de sus constantes y agota- doras crisis de asma, las situaciones asmógenas.

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¿Cómo lo tenemos que entender? El analista está encuadrando el asma como un síntoma neurótico, en tanto subraya desplazado me- tafóricamente algo del orden de un afecto retenido. Entonces ¿en es- te caso el asma lo tenemos que entender como un síntoma de con- versión histérico dentro de una estructura obsesiva? Hasta ahora la lectura del fenómeno asma parece remitir más a un desplazamiento metafórico que a aquello que en el FPS llamamos holofrase.

Aparece un recuerdo que tiene que ver con el componente anal y masoquista por el cual este niño tuvo severos episodios de reten- ción, de constipación. Y consecuentemente ¿cuál fue la terapéutica?:

la

enema, con lo cual se acentúa la satisfacción del erotismo anal.

Y

aquí el analista hace una elaboración que está en los manuales de

la

casuística, de la interpretación del asma y se apoya en lo siguien-

te: según cuenta su familia cuando nació tuvo un episodio disnéico. Hay entonces en este futuro asmático un primer ejercicio respirato- rio perturbado. En segundo lugar, en el momento de la eclosión anal, ésta se caracteriza por la contracción, el estreñimiento. Y el ter- cer momento, que es el momento del asma el analista nos dirá:

”¿Tenemos que pensar entonces el asma como un desplazamiento del tracto anal al tracto respiratorio?”

No olvidemos que el bebé para la medicina no es ni más ni menos

que un tubo con dos extremos: el del tracto respiratorio/alimenticio

y el del tracto anal. Y para Weiss se podría considerar el asma como

un desplazamiento de abajo-arriba. Este es el aporte que hace a la psicogénesis del asma. El concepto de tracto remite a la musculatu-

ra. El órgano anal es por excelencia musculatura.

En una ocasión el analista llega tarde y lo encuentra esperándolo en medio de una crisis de asma. Es su protesta. Estamos entonces ante un asma que funciona como síntoma. Y esta es la cuestión que que- ría resaltar: diferenciar cuándo el asma funciona como síntoma y cuándo como fenómeno psicosomático.

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Así como decimos que en la psicosis la forclusión del Nombre del Padre imposibilita el funcionamiento del orden simbólico, en el caso del FPS la holofrase marcaría esa imposibilidad. Lo cual no quiere decir que no se pueda levantar el efecto. Nosotros sabemos que la interpretación levanta el síntoma. ¿Podemos decir lo mismo acerca del FPS? Son temas sobre los cuales hay que reflexionar. No se pue- de interpretar como lo hacemos con un síntoma. Pero algo se puede hacer. Por eso decimos que estamos en un lugar en donde Lacan es bastante específico. El dice que el FPS, la psicosis y la debilidad mental podemos considerar a los tres dentro de la misma serie, que tienen en común que la representación del sujeto por el significante está congelado, está holofraseado. La pregunta por el sujeto, la pre- gunta por el síntoma, la pregunta por la operatividad de la interpre- tación, todas están en el paquete del FPS.

Otro factor interesante en este caso es que Weiss dice una cosa y Freud después dirá otra. Este paciente al año de análisis sigue con sus crisis asmáticas pero ha ido levantando su posicionamiento de- presivo, y ha ido resolviendo la represión en torno al amor por su madre, lo que le permite empezar a interesarse en otras mujeres. Y empieza a interesarse por el otro sexo de una manera progresiva y transicional, a partir de interesarse por un matrimonio. Y se pregun- ta por qué no ha podido manifestar su amor hacia las mujeres. Y a partir de que empieza a interesarse por una mujer y por su marido, su interés libidinal es bisexual y aparece el asma cuando vislumbra que el amor de un hombre y una mujer es factible de crisis, de des- avenencia, de ruptura. Ante la posibilidad de que esa pareja que él ha idealizado se rompa, vuelve a sufrir sus accesos asmáticos.

En relación a los impulsos hostiles hacia la madre, el analista va a interpretar las crisis asmáticas como manifestación de venganza:

¡Ahora para castigarte me voy a morir ahogado!”.

Vemos como el analista va trabajando lo que son los sentimientos ambivalentes en relación a la madre, con lo cual tenemos ya una se-

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rie de situaciones asmógenas en relación a la madre: cuando lo acu- sa injustamente, cuando se separa de él y lo abandona, cuando lo maltrata. Y después es cuando aparecen las mociones amorosas hacia la madre en forma de recuerdos infantiles. Uno de ellos es que está recostado en un sofá con la madre y tiene su pierna apoyada sobre el regazo de la madre la que le dice: “¡No, no…quita que me mo- lesta!”. El analista dirá que es un recuerdo encubridor porque el re- cuerdo que viene a continuación es de una situación en la que está espiando a la madre, intentando descubrir si ella tiene lo que el fan- tasea como un enorme pene.

Otra de las situaciones que aparecen como recuerdo de esa moción pulsional lo narra en forma de sueño. Es un sueño en donde está acostado y viene su madre, se acerca y lo besa. Y él se despierta en medio de una polución. Estas escenas muestran al paciente como complemento de goce del Otro materno.

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Una de las cuestiones complejas que nos ofrece este caso es si tene- mos que considerar el asma como síntoma neurótico, es decir, como retorno de lo reprimido del deseo materno; o el asma como FPS, es decir como retorno de lo no simbolizado del deseo materno.

Este paciente conoce una chica, intima con ella, parece que le van las cosas muy bien, disfruta, hay voluptuosidad en la relación, no apa- rece ningún episodio bisexual u homosexual. A los pocos meses de conocerla le comunica a su analista que después de 2 años de inten- so trabajo se merece un descanso y va a dejar de analizarse. El ana- lista dice que está de acuerdo, y a nosotros nos cuenta que él tam- bién estaba agotado. Y además nos cuenta que cuando empiezan las entrevistas preliminares este paciente consulta por depresión, y una de las cosas que aparece rápidamente es su homosexualidad. Y a la pregunta: “¿cree Ud. que podrá curarme de la homosexualidad?” el ana- lista le había respondido que “en una persona de su edad ese tipo de mo-

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ciones no son fáciles de remover”. Y no se habló más del asunto. A par- tir de allí el asma hipotecó todas las sesiones.

Este caso tiene una revisión a posteriori. Es un caso que cierra en fal- so. El paciente decide dejar su análisis, le anuncia al analista que tie- ne intenciones de casarse pronto. Efectivamente, a los pocos meses se casa y decide irse de luna de miel a Viena. ¿Y a quién creen que va a visitar? Al Dr. Freud. Este conocía el caso porque supervisaba a Weiss. Lo recibe y lo invita nada menos que a participar en la reu- nión de los miércoles, que era la reunión de los miembros de la Aso- ciación Psicoanalítica. El paciente se siente halagado ante semejante honor. Lo que sabemos es que a la primera sesión que tuvo con Freud el paciente tuvo una crisis de asma. Y que en esa primera se- sión Freud le dijo: “…si lo que Ud. viene es a hablarme de su esposa en vez de hablar de Ud. no tiene sentido que sigamos.”

Este paciente reapareció a los pocos meses, y le pidió a Weiss reto- mar su análisis: su mujer estaba embarazada y sus crisis asmáticas habían recrudecido. Todo parece apuntar a una importante deses- tructuración, aunque Weiss no habla de psicosis.

¿Tuvo algo que ver el encuentro con Freud en esa desestructura- ción? ¿Puede entenderse como lo que Lacan afirma que es el llama- do a un padre desde un lugar donde no hay respuesta? ¿Estamos ante el retorno en lo real de lo forcluido, de lo que no ha advenido a lo simbólico?

Freud en una carta que le manda a Weiss le dice: “He recibido anoche una carta del Sr.G. y por su contenido no me queda ninguna duda de que está en un delirio paranoico”

Queda planteado así un contra-diagnóstico: frente a lo que Weiss consideraba una neurosis grave tenemos que pensar el caso dentro de un estado defensivo pre-psicótico, y que a partir del encuentro con Freud y el advenimiento de su paternidad este estado defensivo se descompensara. ¿Esto autorizaría a leer su asma como FPS?

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EL RETORNO DEL GOCE AL CUERPO

Holofrase. Falla en la causación del sujeto La expulsión del goce y su retorno El goce mítico y el goce fálico La operación de alienación-separación

Seguimos con el fenómeno psicosomático. Tenemos que especificar el mecanismo original del FPS. Y el esfuerzo que está haciendo el psicoanálisis al hablar de la causalidad es hacer entendible desde el concepto de estructura significante todas las manifestaciones que tienen que ver con nuestro cuerpo, un desafío para la búsqueda de conceptualización en su coherencia con el resto de los cuadros clíni- cos.

Entonces, si decimos que las manifestaciones de la neurosis en el cuerpo tienen que ver con cómo se articula la estructura significante en el cuerpo – en el cuerpo imaginario simbólico- a partir de la re- presión, en el FPS tenemos que ver como se articula en el cuerpo- en el cuerpo real u organismo viviente – y a través de qué mecanismo, que no es la represión.

1

¿Cuál es el mecanismo base que origina el FPS como manifestación en el organismo? Dijimos que no es la represión, tampoco sería la forclusión como mecanismo específico de la psicosis. ¿Qué falla en relación a la estructura significante conduce al FPS? En la clase ante-

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rior dijimos que la falla era en la articulación significante, falla en la causación del sujeto, que Lacan remite a la holofrase.

En la primera parte, cuando estuvimos viendo la anorexia-bulimia, una de las figuras claves del malestar en la modernidad, recogimos la propuesta de un autor, Recalcati 29 , que apoyaba la inteligibilidad de los casos más graves en esta figura, la holofrase. A partir de la holofrase, dice Lacan, podemos agrupar en la misma serie los si- guientes cuadros clínicos: el FPS, la psicosis y la debilidad mental.

“…cuando no hay intervalo entre S1 y S2, cuando el primer par de significantes se solidifica, se holofrasea, obtenemos el modelo de toda una serie de casos – si bien hay que advertir que el sujeto no ocupa el mismo lugar en cada caso.” 30

La holofrase como figura de congelación o solidificación de la articu- lación significante, de S1 y S2. La holofrase como intento de apresar la significación total del sujeto. En vano pues la representación del sujeto, de carácter significante, queda por definir. Para que haya su- jeto son necesarios al menos dos significantes, es necesario una arti- culación significante. En la holofrase, al congelarse esta articulación en un solo significante, no podemos hablar de sujeto. En todo caso el sujeto está ilocalizable A lo sumo podríamos hablar de un signifi- cante primordial. Si hiciéramos un espectro del registro simbólico, este sería como el punto inicial del registro significante, en el nivel de rasgo unario.

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Vamos a hacer un recorrido sobre esta cuestión tomándolo desde la vertiente del goce, entendiendo el fenómeno psicosomático como el retorno del goce al cuerpo. Si digo retorno del goce al cuerpo estoy suponiendo que en un primer momento el goce habitaba el cuerpo, que en un segundo tiempo fue desalojado del cuerpo. El FPS sería entonces un tercer tiempo, el del retorno del goce.

29 Recalcatti, La última cena: anorexia y bulimia, Ed. del Cifrado, Buenos Aires 30 Lacan, Seminario 11, Los Cuatro Conceptos Fundamentales del Psicoanálisis, pág.245

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¿Qué pasó con el goce? El primer tiempo sería mítico, es decir, sin fecha. Para ser entendible la articulación de los conceptos no quiero caer en el error didáctico de que lo entiendan como tiempos cro- nológicos. Hablamos más bien de tiempos lógicos, estas son opera- ciones lógicas, son del orden de operaciones del pensamiento. En- tonces, en un tiempo mítico en el que el sujeto no había advenido, reinaba el goce pleno. En un segundo tiempo lógico, con la instaura- ción del lenguaje se produce como efecto que el goce queda desalo- jado del cuerpo. Estamos hablando de la castración simbólica y el paso siguiente que es la significación fálica. Es el tiempo de la repre- sión originaria o primaria, es el momento de la instauración del in- consciente. Es la represión del goce. Lo que pasa a ser reprimido es el significante del goce.

El representante reprimido en la urverdrängung es un significante muy especial que Freud llamará vorstellungsrepräsentant, represen- tante de la representación de la pulsión. ¿De qué estamos hablando? del falo. A partir de allí, todas las otras representaciones que serán objeto de represión estarán en asociación última con la significación fálica. A partir de allí todas las represiones que son motivo de síntomas, de sueños, de lapsus, de todas las formaciones del incons- ciente, están enlazadas con esto que va a constituir el núcleo, el om- bligo del inconsciente.

Instauración de la castración, represión originaria, advenimiento de lo simbólico, son todos conceptos que se enlazan en este tiempo lógico en el cual el significante se aloja en el ser, se aloja en el cuer- po, y cuya consecuencia es que el goce queda expulsado, en benefi- cio o en virtud o a cambio del significante.

Dejamos de ser el organismo de la autosatisfacción mítica, del auto- erotismo completo, renunciamos no por proposición voluntaria, sino en tanto y en cuanto somos atrapados en la red simbólica, en las le- yes del lenguaje. Entonces, renunciamos o perdemos o sacrificamos el goce, reprimimos el falo y damos origen y quedamos bajo la de-

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terminación del inconsciente. A partir de allí las leyes del significan- te regulan, no ya la satisfacción de la necesidad, sino la búsqueda del objeto del deseo.

3

Volviendo a la articulación significante. S1 o significante maestro o amo, es el significante que en un determinado momento representa

al

sujeto pero siempre para otro significante S2 o significante binario.

S2

en última instancia remite al falo inconsciente, ese ombligo al que

nunca llegaremos. Lo real del inconsciente.

¿Aquí la mecánica cuál es? El S1 nos representa como sujeto para

otro significante que no agota nuestra representatividad, la respues-

ta

última a la pregunta ¿qué soy para el Otro? sería la respuesta por

el

falo. ¿Qué quiero, cuál es mi deseo? ¿Qué quiere el Otro de mí?

En la búsqueda de esas respuestas es en donde un significante S1 de pronto nos responde pero siempre en articulación con S2. Nunca nos

representa del todo.

Es la misma mecánica que la del deseo. En la búsqueda es donde en- contraremos la posibilidad de realización, pero siempre parcial.

Y aquí volvemos al goce, porque lo que encontramos en la intrica-

ción del lenguaje y del deseo es el goce. Aquí es donde reaparecen los restos del goce expulsado del cuerpo. Porque ese goce mítico pre-subjetivo, a partir de que adviene el significante es expulsado y

queda el significante como lugar de goce.

Imaginemos un organismo puro goce, es decir, en inmediatez con el objeto que satisface su necesidad. Llega el orden significante, llegan las reglas, llega la represión, se pierde esa inmediatez, se pierde el goce y nos queda la posibilidad del goce fálico, del goce del síntoma neurótico. El goce fálico limita ese goce total, ese goce incestuoso. Podemos pensar, entonces, que bajo la figura de la holofrase, se abre

la compuerta de retorno de este goce fuera del significante, de este

goce de órgano del FPS.

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Miller 31 utiliza varias expresiones para referirse a este significante holofraseado que marca el cuerpo en este intento de consolidar una representación unívoca: lo comparará con el orden del trazo unario, esto es rasgo significante elemental que sirve de soporte identifica- torio; o con un sello, o con un nombre propio. Mientras un nombre común, el sustantivo “mesa”, por ejemplo, remite a cualquier mesa que se la quiera aplicar, en cambio el nombre propio, si yo digo Jor- ge Hernández, remite nada más que a sí mismo. También compara

el FPS al jeroglífico, un escrito figurativo que al mismo tiempo que

tiene valor de escritura pertenece al orden imaginario.

Con la neurosis estamos acostumbrados a considerar la marca en el cuerpo como un síntoma traducible en mensaje, es decir, el lugar donde se ha encarnado un significante reprimido. Pero en el fenó-

meno psicosomático la marca no es en el cuerpo significante, sino en

el órgano. Y lo que se ha encarnado, incorporado, es una falla en la

estructura límite del lenguaje que llamamos holofrase.

Esta falla tiene que ver con la operación de causación del sujeto. Te- nemos que suponer un tiempo mítico en donde A, el gran Otro, y la S del sujeto están sin tachar, son un solo conjunto. La causación del sujeto es a partir de la represión original, y advienen simultánea- mente el gran Otro barrado y el sujeto dividido. El sujeto en tanto queda marcado irremediablemente con la pérdida de su objeto, “a”, que cae. El objeto inmediato, el de la necesidad, a partir de allí está mediatizado por lo simbólico, por la demanda.

Lacan va a hablar de dos tiempos lógicos en la operación de causa-

ción del sujeto, un tiempo de apertura o alienación y un tiempo de cierre o separación. La apertura coincide con la represión originaria.

A

partir de que adviene la represión originaria, el goce es excluido,

el

sujeto queda dividido por la pérdida de su objeto, y pasa a ser re-

presentado por un significante S1 para otro significante S2. Pero co-

31 Miller, Jacques-Alain, Extimidad del Goce (en Estudios de Psicosomática,vol.4, V.V.A.A., Atuel)

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mo S2 está bajo la represión originaria, que es ilevantable, por un efecto de cierrre o torsión revierte en un nuevo S1.

En cada emergencia del deseo inconciente en un decir no sabido se reactiva la operación de división subjetiva. El destino alienante del sujeto del inconciente, es decir del deseo inconciente, es el de estar entre-dos-significantes, es decir, sólo puede ser dicho a medias, ningún representante lo representa plenamente.

Con el congelamiento S1-S2, con el intento de solidificación en un significante único, es decir, con la holofrase, se trata de cerrar un sentido unívoco, de evitar la división del sujeto. Pero el FPS, la mar- ca o sello en el organismo a que da lugar este cortocircuito, es sin sujeto, es a-simbólica, no hay representación, porque es una marca en la juntura del cuerpo imaginario y el cuerpo real. En tanto real está desnudo de significación, es el organismo en tanto viviente, es un cuerpo sin semblante, en tanto el semblante es lo que tiene la función de velar lo real desde un anudamiento imaginario- simbólico.

Si fuera un cortocircuito histérico, la parte afectada del cuerpo, al estar en el registro del significante, tendría posibilidad de despla- zamiento. El destino del significante es ser remplazado por otro sig- nificante. Mientras que el cortocircuito del FPS afecta una holofrase, algo del orden de un significante congelado, no habría posibilidad de desplazamiento. Y entonces ¿qué puede hacer el dispositivo analítico ante esa situación? Porque con la histeria podemos aplicar la asociación libre, y a partir de la asociación podrá desplazar signi- ficantes y mover el síntoma.

Hay un comentario de Eric Laurent sobre el pintor Francis Bacon, que arrastra un asma a lo largo de su vida y que Laurent interpreta como un “rasgo único”, a modo de firma del sujeto, y analizando su obra pictórica, los críticos constatan que sus múltiples retratos son variaciones, sucesivas deformaciones de un mismo modelo. Pero con la peculiaridad que en todas las deformaciones reconocemos el

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rasgo originario de ese modelo, por ejemplo la nariz o la oreja. El analista nos dirá que pintando no se curó de su asma, pero esa acti- vidad artística le dio la fuerza moral que le permitió, a modo de su- blimación, construir las mil variaciones de ese rasgo único, de su asma torturante. Y a partir de allí construirse lo que es un camino de búsqueda, de realización.

Tomando esto como paradigma, podemos pensar, y Lacan nos lo dice reiteradamente, más que la desaparición del FPS, lo que la cura psicoanalítica persigue, es que el analizante encuentre, instale, a pe- sar o a favor de su asma, una causa para su deseo.

Si retomamos el caso que vimos la clase anterior, nos planteaba un cuestionamiento, y es que el analista trabajaba la interpretación del asma como un síntoma dentro de una estructura neurótica. El inten- taba traducirlo a partir del efecto de la represión, como un discurso desplazado. En todo caso, la juntura imaginaria comprometida en el FPS a veces pude autorizar un intento de desciframiento.

Es allí donde tenemos que intentar precisar: el asma en algunos ca- sos puede ser un síntoma derivado de la represión, en otros casos es un PFS derivado de una falla holofrásica en la articulación signifi- cante.

No es solamente ver el asma en una u otra estructura neurótica o psicótica, sino el asma como síntoma o como FPS.

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EL CUERPO TRINO RSI, EFECTO DEL SIGNIFICANTE

El destino del sujeto: estar entre dos significantes La presentificación del organismo El anudamiento trinitario y el Nombre de Padre Develamiento de lo imaginario y de la erogeneidad orificial Indicadores clínicos del FPS

Seguimos con el fenómeno psicosomático y su relación con lo real, imaginario y simbólico; de cómo el cuerpo, que es un cuerpo único, se puede abordar desde esos tres registros. El ser hablante, por efec- to del lenguaje, tiene su cuerpo afectado por esa trinidad.

Este es un tema que nos interesa en el fenómeno psicosomático por- que se produce algo muy especial, que es del orden de una manifes- tación en el cuerpo en donde lo que se pone en juego es el cuerpo real y el cuerpo imaginario; y lo que de alguna manera queda en suspenso es el cuerpo simbólico.

1

Cuando uno intenta pensar en el cuerpo, por ejemplo, desde el nivel de la biología, se está apuntando al organismo. Pero el organismo es previo al cuerpo, sería el cuerpo real; a partir de que está afectado por el significante este organismo o cuerpo real se complejiza en cuerpo imaginario-simbólico. El único cuerpo es el del ser parlante, el que está afectado por el significante. En los animales no hablamos de cuerpo, hablamos de organismo.

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Antes del significante el hombre primitivo estaba supuestamente en el registro mítico del cuerpo puro organismo de goce completo míti- co previo a lo simbólico. Esto nos interesa subrayarlo para hacer in- teligible el fenómeno psicosomático como un retorno de este goce. Como si lo que se presentifica en el fenómeno psicosomático es el organismo, como si el órgano afectado suspendiera su condición de cuerpo ordenado por lo simbólico y retornara a su condición mítica de sede de goce otro.

Entonces, un nivel del cuerpo es el cuerpo biológico, el nivel orga- nismo, el cuerpo viviente, que llamamos lo real. Después están los otros dos registros, lo imaginario que remite a la imagen del cuerpo, el cuerpo del espejo, el que vestimos siguiendo los dictados de la moda, el cuerpo del engreimiento narcisista; y, por último el estatu- to del cuerpo hablante, regido por los significantes, organizado por lo simbólico. Decimos que el cuerpo es hablado, allí se inscriben los significantes de la demanda y del deseo del Otro. El cuerpo atrave- sado por los significantes es lo que llamamos el cuerpo pulsional. El cuerpo de la erogeneidad, el cuerpo de los síntomas, allí están los significantes. En cambio, en el pedazo de cuerpo tomado por el fenómeno psicosomático no están los significantes.

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El otro concepto que está de la mano de esto y que nos sirve para entender que pasa con el fenómeno psicosomático, es el que define al sujeto entre dos significantes. El destino del sujeto del inconciente es estar entre dos significantes, es no poder ser dicho todo por el significante, ninguno lo nombra en su ser. Y es que su ser sólo pue- de definirse como falta-en ser. Decimos que es un sujeto barrado en- tre un significante S1 que lo representa y el resto de los significantes S2 que lo condena a la afánisis, a la desaparición, ya que nunca en- cuentra el significante unívoco que le da sentido pleno.

Para su representación necesita del vacío de significación. Y ante es- te destino de afánisis se opone la holofrase. Entendemos la holofrase

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como ese mecanismo que Lacan rescata para hacer inteligible el FPS, la holofrase como el intento de congelar el binarismo significante indefinido, en la búsqueda imposible de la significación unívoca.

La paradoja es que, al ser unívoca, pierde su condición de significan- te, y por lo tanto, no hay sujeto. Lo que tenemos es otra cosa, es un estado límite de la significancia.

Entendemos entonces la holofrase como una figura retórica por la cual el binarismo, es decir, la necesidad de dos significantes para que haya el entre dos donde cae el sujeto, se congela, se cierra. La holofrase no es un significante, o en todo caso hay que pensarlo co- mo un significante fuera de la cadena. El FPS no se da a leer, como el síntoma; la holofrase va a mostrar algo que en vez del orden de la letra es del orden del número, del orden del registro de lo real del lenguaje.

El destino del sujeto, su destino neurótico, es estar entre dos signifi- cantes. Cuando lo que tenemos es la holofrase ese destino se ve en- torpecido. El precio a pagar por ese intento de congelar el sentido, es convertirse en otra cosa, en un engendro, un goce impuesto, un adoquín que no deja intervalo, una orden que reduce al sujeto a un estigma.

¿Qué sujeto tenemos en el neurótico? El sujeto dividido en tanto su deseo permanece como verdad inconciente. Y como tal su ser no puede ser dicho más que en entredicho.

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En todos los casos de FPS hay una problemática que tenemos que subrayar, y es que en la clínica, como analistas nos vamos a encon- trar con la fascinación. Porque el FPS se da a ver de una manera que atrapa, porque está mostrando algo de un goce Otro sobre el cual no hay palabras. Se trata entonces de no entrar a saco en el FPS, no de- jarse atrapar por el discurso médico de la lesión, y evitar una clínica con predominio de lo imaginario.

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Ahora bien, el proceso de la cura apuntará a que el paciente pueda empezar a asociar sobre otras escenas en donde se habrá visto bene- ficiado con síntomas. No sabemos si podrá poner palabras a “eso”, al engendro, al FPS. Al comienzo dejemos en paz lo que se muestra descarnado. Eso vendrá, diríamos, como un añadido, a partir de que en el trabajo de descongelación pueda emerger que tipo de barrera ha tenido que erigir frente al Otro. En la medida que se movilice el tema de la separación con el Otro, se podrá poner en movimiento algo de lo congelado por la holofrase que ha desencadenado el FPS. No se trata de centrarnos en la traducción del fenómeno, sino de que poco a poco pueda poner al descubierto el escenario de su relación con el Otro.

¿Es posible que un FPS pueda descongelarse y empezar a traducirse sintomáticamente? Sólo como efecto de rebote.

Uno de los puntos que nos vemos convocados a despejar todo el tiempo, como una especie de análisis comparativo, es el tema del cuerpo en el síntoma y el cuerpo en el FPS. Es allí donde está el hin- capié, no perder de vista que no estamos hablando del mismo cuer- po. Como lugar de conversión histérica, el síntoma es un lugar de atravesamiento significante, de inscripción simbólica, y se puede traducir.

En general, el que trae un síntoma, trae una versión, una explicación para su síntoma, una novela construida que necesita ser dicha. Por- que el síntoma está pidiendo a gritos ser leído.

Otro punto a trabajar es el anudamiento. Decimos que el efecto so- bre el cuerpo de que el ser hable, es que su cuerpo pase a estar cons- tituido en un ordenamiento en el que se anudan tres registros: I.R.S Ese anudamiento es el que permite que el organismo viviente tras- cienda en cuerpo. Sin anudamiento lo que hay es un cuerpo despe- dazado, sin anudamiento lo que hay es psicosis. El anudamiento es posible desde la función Nombre del Padre.

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En oposición a la represión en la neurosis, la interrogación sobre la psicosis subrayó el mecanismo de forclusión del significante Nom- bre del Padre, el no acontecer del anudamiento. En el FPS hay tam- bién operación de anudamiento, interviene el Nombre del Padre. Lo que pasa es que, a diferencia del anudamiento sintomático, del síntoma como forma de nominación simbólica, que Lacan llama flor de lo simbólico 32 , el anudamiento psicosomático es del orden de la falla, del defecto en la nominación simbólica. En vez de nominación simbólica tenemos otra cosa, tenemos holofrase. En vez de un signi- ficante que represente al sujeto tenemos el tapón del estigma que impide la falta y por tanto, la aparición del sujeto en el intervalo. Y aquí es donde se plantea, a la luz del anudamiento del sinthome, si es factible hablar del fenómeno psicosomático en el orden de una sustancialización bastarda del sinthome.

Este anudamiento defectuoso, esta nominación fallida está en el límite de lo imaginario y lo real. Es por esto que estamos trabajando el FPS en el marco de lo que llamamos estados límite en la constitu- ción del sujeto; el sujeto al límite de su constitución.

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Consideraremos algunos indicadores clínicos que es importante te- ner en cuenta a la hora de pesquisar un cuadro que es sospechoso de pertenecer a un fenómeno psicosomático. Vamos a partir del trabajo clínico de algunos psicoanalistas, como Jean Guir 33 sobre psicosomá- tica y cáncer, quien propone la siguiente serie de indicadores:

Imperativos al goce transexual, sintagmas cristalizados, mimesis, llamados a la filiación, sobre-adaptación a la demanda del Otro, duelo detenido, degradación del nombre propio, forclusión local, objetos inanimados, injunciones, significantes fechables.

32 Lacan, El Seminario, Libro 22 R.S.I., clase 11 33 Jean Guir, Psicosomática y cáncer, Catálogos-Paradiso

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Muchos de estos indicadores se auto-refieren unos a otros. Así, un sintagma cristalizado remite a la holofrase. Desde el punto de vista clínico hay una tendencia a intentar escuchar holofrases. En su carácter de operador lógico lo referimos a ese momento de deten- ción en la aparición del sujeto, ese momento de congelamiento por el cual S 1 no remite a S 2 sino que se cierra en una significación uní- voca. Por otro parte, referida a ejemplos clínicos concretos, la holo- frase se representa en frases cerradas, en significantes que tienen una especial resonancia, que Jean Guir llama sintagmas cristaliza- dos. Y da el ejemplo de un sueño en el que aparece el significante “Westminster” y el analista, desde la lengua francesa, escucha “ou est-ce mystere”. Otro ejemplo sería el sintagma “en lo que sería…” cristalizado como “enloquecería”. Estos significantes tienen su reso- nancia dentro del discurso del paciente en análisis, pero que éste no puede escuchar y por lo tanto no puede asociar, montar historias con ellos.

Estos pacientes vienen con su legajo médico bajo el brazo y llenan la consulta con historiales clínicos y radiografías, diciendo “aquí tie- ne”. Y allí se trata de invitarlo a que hable, a privilegiar su historia, su teoría personal, más allá de la médica. En la construcción de esa teoría personal, se trata de facilitar que empiecen a tramar asocia- ciones. Que eso que es un pedazo real del cuerpo comprometido empiece a destramarse en historias.

Otro de los indicadores es el objeto inanimado. Por ejemplo, alguien sufre un atentado vandálico, le rayan la pintura de su flamante co- che deportivo, y esto se traduce en una colitis ulcerosa. Es un tipo de objeto inanimado en el cual el sujeto ha colocado su ser.

Respecto a la injunción, son significantes fechables que han sido di- chos en momentos muy precisos de su historia, significantes con carácter de orden terminante, de mandamiento feroz, como por ejemplo: “¡No pareces hijo mío!”. A partir de esta injunción pode-

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mos entender la irrupción del FPS como un llamado a la filiación, una demanda inarticulada de ser reconocido como hijo.

Como ejemplo de sobre-adaptación a la demanda del Otro, un hijo que a sus 50 años está absolutamente pendiente de la enfermedad de la madre, toda su vida gira en torno a esto. La demanda mortífera del Otro llena todo su goce.

El imperativo al goce transexual lo refiere a ciertos casos de hijos de sexo no deseado: esperaban una niña y tuvieron un niño. Ese niño se vería impelido por órdenes a ser del otro sexo, lo visten y lo tratan como a una nena.

El duelo detenido lo podemos ver, por ejemplo, en un paciente que presenta úlcera de colon, que sigue torturado por la muerte de un hermano acaecida hace más de 10 años, y que él no pudo evitar.

Otro recurso técnico que nos ofrece Jean Guir es la construcción de un genograma, que es un esquema del árbol genealógico. Lo que permite es localizar en generaciones anteriores situaciones de secre- tos familiares que si no difícilmente aparecerían. Y también otras si- tuaciones significativas como las edades en que murieron los abue- los, o la edad en que murió el padre, que coloca al sujeto, por ejem- plo, ante el fantasma de que “yo no viviré más allá de esa edad”. O localizar indicadores de lo que Guir llama “mimesis”, como sería el caso de familiares que tengan su mismo nombre y/o hayan tenido alguna historia de dolencia idéntica a la suya. A diferencia del pro- ceso de identificación que actúa en el registro imaginario simbólico, la mimesis se precipita más bien en el límite de lo imaginario-real, como una copia punto por punto del cuerpo del otro.

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ESTRUCTURAS CLÍNICAS, INTERVALO Y HOLOFRASE

El concepto de estructura clínica La clínica freudiana y el padre del Edipo La clínica lacaniana y el Nombre-del-Padre Los operadores lógicos “a” y S(A/) Clínica del intervalo vs. Clínica de la holofrase

Hoy vamos a intentar despejar la siguiente cuestión: dentro de las estructuras clínicas ¿dónde localizamos el FPS? Antes vamos a hacer una pequeña introducción sobre el concepto de estructura clínica.

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Para definir que es una estructura recurrimos a las matemáticas, a la teoría de los conjuntos, y así diremos que la estructura es un conjun- to covariante 34 de elementos significantes. Lo más valioso por lo que Lacan recurre al concepto de conjunto es que remite a la paradoja de la totalidad: el conjunto como tal es un conjunto de no-todo.

Lo que les he enunciado, que en el universo de discurso no hay nada que con- tenga todo, he aquí lo que nos incita a ser especialmente prudentes en cuanto a mínimo de lo que se llama todo y parte. Y exigir en el origen que distingamos el Uno de la totali- dad, que justamente acabo de refutar diciendo que a nivel del discurso no hay universo, lo que queda aún en suspenso, distinguir este Uno del uno contable, que por naturaleza

34 Lacan, El Seminario, Libro 3, Clase 14

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se escapa y se desliza a ser uno, a repetirse a volver a cerrarse sobre sí mismo, instau- rando la falta de la que se trata, cuando se trata de instituir el sujeto.” 35

Cuando en las matemáticas se plantea el conjunto de la totalidad se desemboca en las paradojas. Una de las paradojas con la que los lógicos se rompen la cabeza es la “paradoja de Russell” 36 . Tenemos un ejemplo de esta paradoja si intentamos construir el catálogo de todos los catálogos que no se incluyen a sí mismos.

¿Por qué entra en paradoja este planteo de conjunto total? ¿Por qué este conjunto total es imposible? Porque, para que el conjunto sea total, es decir, cerrado, en el “catálogo de todos los catálogos que no se incluyen a sí mismo” tendría que estar el propio catálogo. Y si in- cluimos el propio catálogo, sería un conjunto mentiroso porque sólo es de los que no se incluyen a sí mismo.

El conjunto se define por tener excluido un elemento como mínimo. El conjunto del no-todo le sirve a Lacan para definir la cuestión que atañe a la clínica psicoanalítica, a diferencia de la clínica médica que persigue el conjunto cerrado. Hay casos que no van a entrar en la estructura, que no podemos definirlos ni en una ni en otra estructu- ra. La validez de la estructura clínica la podemos sólo considerar como un conjunto no todo, incompleto.

Covariante remite a que los elementos significantes no tienen un lu- gar definido en tanto lugar positivo, sino un lugar en tanto vale por oposición a lo que no es. Así, a partir de Saussure se define el len- guaje como un conjunto de elementos que valen por oposición a lo demás elementos. No se trata de un conjunto de elementos en los que cada uno vale por su identidad propia sino que cada uno vale por lo que se opone a los otros.

35 Lacan, El Seminario, Libro 14, Clase 1 36 Lacan, El Seminario, Libro 9, Case 9

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Y el elemento significante no vale por su función nominal, por po-

nerle nombre a las cosas como si fuera una etiqueta: “esto es una

mesa”. Es por la relación de un significante a otro significante que se engendra la relación del significante al significado. Y eso sin olvidar

la función significante que nos interesa especialmente, la de repre-

sentar al sujeto para otro significante. En el funcionamiento signifi- cante se juega algo mucho más trascendente que la nominación de las cosas, se juega lo que define el lenguaje como lo característico del ser hablante Y es que en ese decir se nos cuela constantemente el malentendido, la imposibilidad de representarnos, de decir la ver-

dad.

La lengua basta para comunicarnos, pero su función está más allá del comunicarnos. Su función es humanizarnos, estructurarnos co- mo seres humanos, o mejor dicho, como seres hablantes. Dejemos de caer en el reduccionismo fácil de los utilitaristas que constriñen la lengua a un mero nomenclador. Claro que sirve para nombrar las cosas, pero es que eso está de añadido, la clave de su poder radica en sujetarnos en un entramado simbólico, en organizarnos. Y como tal esa estructura simbólica no es completa. Por supuesto que la len- gua así como está funciona: tenemos “El Quijote”, pero también te- nemos “El malestar en la cultura”.

Con la clínica de la lógica del significante, lo inherente a la estructu- ra simbólica es la pérdida de goce, la constitución de un no todo, de una falta, y para poder operar lógicamente con esta falta en una u otra estructura clínica, Lacan ha construido el operador lógico que llama “objeto a”, la petit a, que remite a un vacío, a aquello que que- da como resto del “registro de lo real”. Esa es la falta más allá de las imágenes del “registro imaginario”, y más allá de la presencia- ausencia del “registro simbólico”.

2

Hecha esta introducción vamos a hablar de las estructuras clínicas desde la clínica lacaniana. Para ello nos apoyaremos en la propuesta

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de A. Eidelsztein 37 que intenta sistematizar el cambio de la clínica freudiana a la clínica lacaniana. ¿Ese cambio lo tenemos que leer en el sentido de una evolución? No, pues la clínica freudiana no sólo sigue siendo válida, sino que Lacan, para poder dar el aporte que hace es retornando a Freud. Pero, con la siguiente salvedad, vuelve a Freud precisándolo, complejizándolo.

En Freud la clínica se apoya en el padre, la clínica del padre edipico. ¿Qué quiere decir que Freud se apoya en el padre? Quiere decir que Freud a partir del complejo de Edipo construye un tránsito obligado por el cual todo sujeto tiene que transitar para encontrarse, para de- finirse, para elegir, para ser, sobre todo, ser sexuado: el padre como objeto de identificación en el caso del niño; el padre como objeto de amor en el caso de la niña.

Y la otra manera de entender que la clínica freudiana se apoya en el padre es que remite la causa última de la in-completitud a lo que el padre hizo o dejó de hacer. Así hablamos de las consecuencias que acontecen cuando el padre deja de hacer algo, o cuando lo hace en exceso. Quedarnos es esto es quedarnos en la historia individual del neurótico.

Los psicoanalistas se apoyaron durante mucho tiempo en una teoría que pretendiendo ser una teoría explicativa de la clínica, en realidad copiaba los argumentos de nuestros neuróticos, que son los que se quejan que el padre hizo o dejó de hacer. Era una teoría que justifi- caba el discurso del neurótico, con lo cual se convirtió en cómplice de un fantasma.

El Edipo a partir de Lacan no podemos seguir entendiéndolo sola- mente desde la lectura imaginaria, eso sería quedarse con el padre del “guiñol de la rivalidad sexual38 . El padre del Edipo hay que pen- sarlo como función desde un nivel simbólico, no la del padre en

37 Eidelsztein, A., Las estructuras clínicas a partir de Lacan (Vol. I)-Letra Viva 38 Lacan, Escritos 2, Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano

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pantuflas, la del padre amado o el padre odiado, el padre que hizo o dejó de hacer, sino desde el significante Nombre-del Padre, a partir de una operación lógica, que sigue la lógica del lenguaje, que lla- mará metáfora paterna, por el cual el deseo de la madre pasa a ser soterrado por el Nombre-del Padre.

Aquí Lacan se apoya entonces, en el padre como significante, dando el salto de lo imaginario a lo simbólico. Y más aún, nos dice que so- bre todo la causa última de la in-completitud no hay que buscarla en lo fáctico, en lo histórico, en lo acontecido en la vida de un sujeto si- no que hay que buscarlo como un efecto intrínseco de la estructura significante por el hecho de estar sometidos al lenguaje. El sujeto sólo puede ser dividido, no puede él ser todo dicho, no puede ser dueño de toda su verdad, dividido por un saber del que no tiene idea: sujeto del inconsciente. Y no sólo el sujeto está dividido sino que el gran Otro también está incompleto. Cuando Freud trabaja el concepto de castración, ésta remite sobre todo y fundamentalmente a la castración de la madre. La castración del niño es tal porque lo que es evidente para él es la castración de su madre. Aquí estamos en el plano imaginario. Y ya en el plano simbólico, la falta en el suje- to será promovida o habilitada a partir de que se inscriba la falta en el Otro.

Entonces, para entender las estructuras clínicas desde Lacan, tene- mos que considerar tres niveles en esa in-completitud:

- la causa de la in-completitud por el efecto intrínseco de la es- tructura significante

- la in-completitud operada a partir de la intervención del nom- bre-del-padre

- y el otro nivel de la falta es la que se inscribe en el Otro, como significante de la falta en el Otro, que operará en el sujeto la caída o extracción de la petit “a”, habilitando la aparición de la causa del deseo.

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Estos son los operadores lógicos: el significante Nombre-del –Padre,

el significante de la falta en el Otro: S(A barrado), y la petit a.

3

Ahora sí podemos elaborar una nueva tabla de estructuras clínicas en la que, si bien se mantienen las estructuras primordiales, neuro- sis, psicosis y perversiones, tenemos la posibilidad de leer estas es- tructuras, siguiendo la propuesta de Eidelsztein, dentro de una es- tructura general en función de la siguiente oposición:

- según que opere, que sea efectiva la inscripción del significante de

la falta en el Otro, S(A/), operando la caída o extracción del “objeto

a”, con lo cual tendremos la “clínica del intervalo” que abarca las

neurosis y la perversiones.

- o según que no sea operatoria la inscripción de S(A/), sin extrac-

ción del “objeto a”, lo que da lugar a la “clínica de la holofrase”, que

abarca la siguiente serie: psicosis, debilidad mental, fenómeno psi- cosomático.

Cuando empezamos a trabajar el fenómeno psicosomático dijimos que el intervalo designa el lugar Otro, lugar vacío entre el S1 y S2 susceptible de hacer oír al sujeto del inconsciente en su falta. Y que justamente la holofrase es la solidificación de ese intervalo, es la ne- gación máxima que forcluye la división del sujeto y la in- completitud del Otro.

Y en lugar de la emergencia del sujeto dividido y la caída de la “pe-

tit a”, se instala, en el caso del fenómeno psicosomático, una lesión de órgano. Lo que se aloja allí como holofrase, esto es, la ausencia de funcionamiento del intervalo significante, da como resultado el fenómeno psicosomático, la psicosis, la debilidad mental. Esta es la

clínica que responde a la lógica de la holofrase.

Y por otro lado tenemos la clínica del intervalo, la neurosis y la per-

versión, en donde sí interviene el significante de la falta en el Otro,

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en donde sí interviene la castración, esto es, se asume la falta, en tan- to el Otro está incompleto, se asume la propia falta, la caída del obje- to a, lo que habilita el deseo.

La neurosis y la perversión son estrategias últimas por las cuales el sujeto hace de tapón a la falta en el Otro. Falta reconocida, sí, pero negada, en el primer caso por la Verdrängung o represión y en el se- gundo caso por la Verleugnung o desmentida.

En cambio en la clínica de la holofrase no ha habido reconocimiento de la castración. En palabras de Freud en su texto sobre la Vernei- nung o denegación, el primer tiempo de afirmación del juicio de atribución no ha acontecido. Aquí es donde Lacan ubica la génesis de la Verwerfung, el mecanismo de forclusión que opera en la génesis de la holofrase. Donde opera la forclusión no podemos hablar de tapón, porque intentar tapar la falta implicaría haberla reconocido. Y la forclusión justamente designa el “no ha lugar” de esa operación lógica. Y lo que ha sido forcluido del campo de lo simbólico se carac- teriza porque retorna en el campo de lo real: lesión de órgano en el caso de lo psicosomático, alucinación en el caso de la psicosis.

4

Volviendo a la cuestión del comienzo sobre el pasaje de la clínica freudiana a la clínica lacaniana, hemos puntuado los conceptos de padre edípico, de significante nombre-del-padre, de significante de la falta en el Otro y de “objeto a”. Más allá de lo que llama “el guiñol imaginario de la rivalidad edípica”, Lacan propone los operadores de la lógica significante.

Tenemos que privilegiar, entonces, la estructura significante. La causa de ser en falta responde a la lógica significante, a eso que nos caracteriza como seres hablantes, que es estar sometidos al Otro que un primer momento colocamos como sin tacha, el Otro completo al que suponemos todo el saber, el Otro de la garantía de nuestro de- seo, que nos puede decir que es lo que deseamos, que es lo que nos

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hace falta. Y que eso responde a la lógica de la estructura del lengua- je y que en la medida que asumimos que el significante no está hecho solamente para comunicarnos sino para que emerja el sujeto del inconsciente, es decir, para que “eso” o “ello” diga más allá de Yo, a partir de que podamos escucharlo podremos aceptar que el sujeto está dividido, que el Otro está dividido, que hay una causa para nuestro ser en falta, que no tiene que ver con lo que papá hizo

o dejó de hacer. Este fantasma neurótico gobernó durante mucho

tiempo la clínica psicoanalítica. A Lacan le toca reinterpretar la fun- ción del padre edípico desde su registro trinario imaginario, simbó-

lico, real. Freud se vió precisado a construir un mito sobre el padre de la horda primitiva, y hay que leerlo como una exigencia lógica, no como un dato histórico, antropológico.

Y si Lacan privilegia la estructura significante ésta no es sin el cuer-

po, sin el goce. No estamos en la abstracta teoría del significante, si-

no de cómo el decir goza, el no-todo y la castración. Estamos traba- jando con la pulsión y de cómo se construye la humanización, de cómo emerge el sujeto representado por un significante, pero al mismo tiempo de cómo se estructura el cuerpo pulsional. De cómo se localiza la falta-en-ser, estamos hablando de los agujeros del cuerpo pero también del intervalo entre los significantes.

Insisto, es necesario despejar cualquier duda o malentendido acerca de la plena vigencia de la teoría freudiana. Todo esto de lo que es- tamos hablando acerca de la estructura significante sólo es entendi- ble si no perdemos de vista el cuerpo pulsional: el malestar, el pade- cimiento, la mortificación, la demanda; estamos hablando de aquello que tiene que ver con no poder alcanzar la satisfacción. Y esto es Freud.

Y el esfuerzo de Lacan apunta a construir una lógica con la que po-

der operar y hacer congruente y consistente la teoría con la clínica.

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CAUSACIÓN DEL SUJETO Y HOLOFRASE

Falta-en-ser, el ser-para-la-muerte La disyuntiva letal: el ser o el sentido Alienación-separación El Otro completo o el Otro en falta El sin sentido, la contingencia Ni S1 ni S2: el intervalo significante El congelamiento del intervalo u holofrase

Vamos a intentar profundizar el tema de la causación del sujeto, que es donde Lacan localiza esa operación llamada holofrase, que es el concepto que estamos manejando para entender la etiología del fenómeno psicosomático. La holofrase actúa a nivel de la estructura significante, en el momento lógico de causación del sujeto, del sujeto del inconciente, no el yo, causados a partir del lenguaje, a partir de

la articulación de dos significantes, S1 y S2.

La clase anterior hicimos una puntuación fundamental sobre la rela-

ción entre el padre del Edipo, la castración y las estructuras clínicas.

Y decíamos que desde Lacan se hace un esfuerzo considerable para

intentar des-imaginarizar el tema de la falta, para lo cual elabora el concepto de significante Nombre-del Padre para elevar esa falta a nivel de lo simbólico. Y lo que queda planteada, entonces, es la cues-

tión de las estructuras clínicas en función de cómo se posiciona el sujeto ante esa falta.

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1

Se trata de pensar la falta del ser hablante como una falta-en-ser, re- curriendo a la tríada real, simbólico, imaginario.

Así, desde el registro de lo real, vamos a abordar la falta primera, la falta primordial, desde el momento mítico del surgimiento del ser- hablante, localizando esta falta en su condición de ser mortal. La muerte como objeto real imposible de conceptualizar, eso que falta. Para poder operar con esa falta como si fuera un objeto, Lacan lo conceptualiza con un matema lógico que llama “petit a” que no es un objeto, sino una falta de objeto.

Desde el registro simbólico se conceptualiza esta falta en el nivel del lenguaje; al ser atrapado por la estructura significante, al ser acogido por la red del lenguaje, queda definida la esencia de ese ser como la de un ser-para-el-lenguaje, un ser-hablante. Y lo que define la falta en ser en el lenguaje es que no todo puede ser dicho acerca de la verdad del deseo, lo que Lacan conceptualiza con el significante de la falta en el Otro, concepto que permite inscribir la falta sin tapo- narla. Decir el significante de la falta en el Otro es ponerle nombre a lo que falta en el tesoro de los significantes, el gran Otro queda ta- chado. Y la otra cara de esa falta es la del sujeto dividido.

Y el tercer nivel desde el que Lacan definirá la falta es el del registro imaginario, y se refiere a la falta en ser de goce, representado por el matema del falo imaginario que se escribe siempre en menos (- φ).

2

¿Por qué decimos causación del sujeto? Está hablando de su auto- engendramiento, no es que el sujeto es producido por algo externo, su emergencia, su advenimiento, es causa de sí mismo. Si lo ubica- mos en su proceso ontológico, llega al mundo el bebé y es un mun- do de palabras. A partir de allí tiene que ir conquistando su lugar en

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ese mundo; y la única manera es inscribiéndose como ser hablante. Si no habla no se inscribe, como es el caso del autista.

Lacan plantea esta operación de causación del sujeto en dos tiem- pos, que no son tiempos cronológicos sino tiempos lógicos, y que los podemos entender como si fueran pulsaciones, una que abre y otra que cierra. Que es la manera que también alguna vez vimos que uti- liza para hablar de la emergencia de lo inconsciente.

En estos dos tiempos de apertura y de cierre se trata de un mismo círculo que se cierra sobre sí mismo y remite al inicio. Pasamos del primer tiempo de alienación a un segundo tiempo de separación, que remiten a una nueva pulsación. Pasamos del S1 que remite al S2

y que en el momento de la torsión vuelve a remitir a un nuevo S1. Se

está causando, está emergiendo el sujeto en la articulación entre dos

significantes.

Y el sujeto se ve en el primer tiempo de su emergencia en la disyun-

tiva alienante de elegir el ser o elegir el sentido. Es una disyuntiva letal, “factor letal” 39 dice Lacan. Letal porque lo condena a ni uno ni

otro; porque si elige el ser, pierde el sentido y si elige el sentido pierde el ser. Y en el centro está el sin sentido.

Podemos pensar la dirección de la cura como apuntando al sin sen- tido; que lo que nos enferma es: o petrificarnos en el ser, o desvane- cer nuestro ser por aferrarnos al sentido. Así lo expone D. Rabino- vich en su libro sobre libertad y determinismo en psicoanálisis: “el fin del análisis es solidario del sin-sentido” 40 . La dirección de la cura no propone dejar el sentido para caer en la petrificación del ser; ni lo opuesto: lo que propone es la contingencia del sentido. Propone desmontar el sentido que nos aprisiona aceptando su contingencia, aceptando que nuestro sentido juega dentro del sin sentido y no

39 Lacan, El Seminario, Libro 11, Clase 16 40 Rabinovich D., El deseo del psicoanalista, pág.116, Manantial,

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dentro del sentido único absoluto y verdadero, que nos tiene que definir unívocamente.

Hay que haber circunvalado lo suficiente el agujero de la angustia como para poder asumir el sin sentido. En general el neurótico loca- liza en un significante o en otro su sentido, pero no bloquea la emergencia del sentido inconsciente. En el caso del fenómeno psico- somático lo que emerge es una lesión de órgano inarticulable con el deseo inconsciente.

3

Estamos intentando construir la lógica de la causación del sujeto, el concepto positivo de sujeto, que tenemos que buscarlo en la articu- lación entre el S1 y el S2. Porque si no caemos en una especie de es- peculación metafísica. Nosotros estamos hablando de la articulación del significante en el cuerpo. Siempre. Y la articulación del signifi- cante en el cuerpo se va a dar a partir de un agujero, que es la petit a. La articulación del significante en el cuerpo en Dora lo ubicamos en una afonía, o en el caso de Isabel, en una parálisis.

Lo que nos estamos preguntando a esta altura del curso es: en el fenómeno psicosomático, que pasa con la articulación del significan- te en el cuerpo. Pues que no hay tal articulación, y en su lugar se ha montado la holofrase. Para llegar a eso estoy pasando por ese mo- mento primordial que es el de la causación del sujeto. Decimos que el primer momento de dicha causación pasa por la operación de alienación en donde nos vemos constreñidos a elegir entre el ser o el sentido: si elijo el ser me quedo sin sentido, si elijo el sentido, me quedo sin el ser, ahí está la alienación. La resolución de esa aliena- ción es una torsión; a partir de esa torsión las proporciones se invier- ten. Cuando uno eligió el ser en lugar del sentido, en la segunda pulsación del movimiento circular, a partir de la torsión se invierte la proporción. Y la proporción de ser pasa a ser la de sentido y vice- versa.

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En esa torsión lo que se está jugando es la cuestión de la falta en ser, la cuestión de qué es lo que define nuestro ser. El sujeto se constitu- ye a partir de que acepta e inscribe la falta en ser en el Otro, que- dando entonces el gran Otro tachado, y el sujeto renuncia a ser el objeto del deseo del Otro. Se precipita así el segundo tiempo lógico de la causación del sujeto, que es el de la separación.

Estamos hablando de cómo nos posicionamos ante el deseo del Otro, lo que en definitiva definirá nada menos que nuestra condi- ción neurótica, perversa o psicótica.

Entonces en el primer tiempo de la torsión tiene que elegir entre el ser o el sentido: el ser en tanto sujeto de un deseo en falta; o el sentido en tanto objeto del deseo del Otro. Y declina del lado del sentido.

La segunda torsión es la que le permite jugar con que su falta se ar- ticula con la falta del Otro: el Otro en tanto desea es colocado como

Otro en falta. Y escapa de la elección alienante que le había colocado como objeto, cae como objeto. Esa es la falta primera, caigo como objeto y me constituyo como sujeto. Cuando decimos que el objeto cae, ¿Cuál es el objeto que cae? Es ni más ni menos que el sujeto puesto en el lugar de objeto. Esto se repite cada vez que se produce

la irrupción del sujeto del inconsciente, como por ejemplo en un lap-

sus donde irrumpe el deseo. Allí se está reactualizando la causación

del sujeto. Y en ese lugar de , en la medida que el instante de objeto se ha fijado, el instante en el que somos el objeto del deseo del Otro

y perdemos nuestra condición de sujetos, en la medida que eso se

fija, se empieza a producir un goce del orden de un síntoma, por

ejemplo.

Entonces, estamos en un movimiento circular entre el S1 y el S2, que es lo mismo que decir, entre el significante que representa al sujeto y todos los otros significantes que representan al Otro, entre el S1 que representa al ser del sujeto y el S2 que representa el sentido, el signi- ficado, todos los significados posibles. Cada vez que fijamos una torsión de un S1 que representa al sujeto ante un S2 estamos precipi-

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tando un sentido. Pero como ese sentido no completa el sentido del sujeto, reenvía a otro S1 que va a intentar representar nuevamente a ese sujeto ante todos los significados, rescatando a uno que nunca terminará de completar ese sentido. Y así se inscriben las sucesivas operaciones de alienación-separación en la búsqueda del corte. En un momento dado hay que poner un punto, porque si no estaríamos hablando de la angustia. En este devenir hay que poner puntos, para producir cortes, para precipitar un sentido. Claro que tenemos un sentido, somos seres de sentido: padre de, hijo de, trabajador de, es decir, vamos definiendo, vamos precipitando, vamos produciendo cortes, que es lo que nos permite articularnos en el orden simbólico. Asumiendo la falta. Que de lo que se trata es que podamos aceptar vivir con la falta y no seguir insistiendo en encontrar el significante que me represente por entero ante otro significante que me dé el sentido absoluto de mi ser. Por eso decimos que en la cura se trata de cambiar esa búsqueda y aceptar que nuestro sentido es contin- gente y que nuestro ser es una falta en ser; que es lo que nos hace seres de deseo. Cada vez que nos empecinamos con la inmediatez del objeto que supuestamente colmaría la necesidad, renegamos del deseo, de nuestra condición de seres simbólicos.

A partir de que el sujeto asume su falta, a partir de asumir que no

puede ser el puro sentido del objeto que completa al Otro, asume que la caída de ese ser sujeto lo deja con una falta, asume la posibi- lidad de que esa falta, de que ese objeto que ha caído, se convierta en el objeto causa de su deseo. Decimos que la petit a marca el lugar

vacío del objeto causa del deseo. En esa articulación significante por

la cual el sujeto enfrenta “la disyunción del ser o el sentido”, la posi-

bilidad de advenimiento del sujeto se precipita cuando asume que

ni en uno ni en otro, ni en S1 ni en S2, sino en el intervalo.

El sujeto adviene cuando su mismidad, su reconocimiento identifi- catorio, su unaridad, se articula en el intervalo significante, en el en- tredicho. Su deseo, su ser sujeto, sólo puede ser dicho a medias.

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4

Este concepto de intervalo lo introdujimos hace dos clases cuando, para entender la holofrase, planteamos una nueva forma de ver las estructuras clínicas. Cuando planteamos dónde colocamos la holo- frase y recurrimos a las referencias de Lacan, vimos que nos decía en el Seminario 11 que hay una serie de casos que los podemos ordenar en función de esta operación, de esta figura que es la holofrase. Y, nos decía, el fenómeno psicosomático, la psicosis y la debilidad mental tienen en común la holofrase. Y vimos la holofrase como esa especie de engendro resultado de congelar el intervalo para intentar de esa manera precipitar el ser del sujeto. ¿Pero dónde lo precipita? No en una articulación significante, sino en una lesión de órgano, en un delirio, en un déficit “mental”.

El concepto de intervalo nos es útil para entender que, mientras en la neurosis y en la perversión Lacan explicita que ambos dos res- ponden a la articulación significante, que allí hay sujeto que surge en la articulación S1-S2 – en términos freudianos, allí hay tránsito Edípico– hay otra serie de manifestaciones psicopatológicas, en cambio, donde no hay articulación significante, no hay intervalo significante, y lo que hay es holofrase. Fenómeno psicosomático, psicosis y debilidad mental tienen en común que los tres se sirven de un engendro, la holofrase, para saltarse la falta, congelando el intervalo entre S1 y S2.

5

Hay tres cuestiones que no tenemos que perder de vista a la hora de diagnosticar un fenómeno psicosomático. Es muy importante para el analista tener en cuenta aquellos casos que en transferencia, es decir, en pacientes que ya están en tratamiento, se produce la aparición de un fenómeno que tenemos que precisar si es psicosomático. Las tres condiciones básicas a tener en cuenta son: la primera y fundamental que el diagnóstico médico previo descarte la causa orgánica; la se- gunda es rastrear un hecho de la biografía que tenga que ver con su

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desencadenamiento; y la tercera es la característica de la lesión cor- poral, que tiene que ver con un corte anómalo en la superficie del cuerpo. Una úlcera es un corte anómalo, un eccema es un corte anómalo, pero un asma también es un corte anómalo a nivel respira- torio.

En la clase pasada surgió un ejemplo, el de los tics, que nos hicieron interrogar sobre si podíamos entenderlos como fenómeno psico- somático, que no tenían la característica de una herida en un órgano, pero sí la de un corte motor. Tendremos que pensar en ello.

Y otra cuestión de la clínica del fenómeno psicosomático sobre la

que nos cuestionaremos la próxima vez, dado que no hay articula- ción con el deseo, cómo hacemos para que se empiece a abrir eso que cerró, a derretir ese congelamiento y permitir que articule su

lesión con algo de su deseo.

Resumen de la clase: LA FALTA-EN-SER

Falta real:

Ser-para-la-muerte

“petit a”

Falta simbólica:

Ser-para-el-lenguaje

S(A/)

Falta imaginaria:

Ser-para-el-goce

OPERATORIA LÓGICA CAUSACIÓN SUJETO INCONSCIENTE

1º Tiempo lógico o pulsación de abertura: operación de alienación

Nace dividido entre dos significantes:

- ó como sujeto petrificado en S1 del ser

- ó como sujeto desvanecido en S2 del sentido.

El efecto letal del sentido: El efecto de la alienación: Pérdida del ser,

sujeto como pura falta

2º Tiempo lógico o pulsación de cierre:

operación de separación

La superposición de dos faltas: momento de la pérdida del sujeto como “a”, como objeto causa del deseo del Otro y su velamiento por

el fantasma

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El efecto de la separación : Inscripción de la falta que habilita al su- jeto deseante

Relación de circularidad: - de S1 a S2, del Sujeto al Otro

.

- de $ al “a”, del Sujeto al objeto

El sujeto define su ser como la falta-en-ser

el sin-sentido contingente. Lo que encuentra nunca será idéntico a lo que perdió

y define su sentido como

El sujeto del inconsciente se escabulle en el intervalo S1…S2 Allí está la guarida metonímica del deseo

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LLAMADO HOLOFRÁSICO Y RETORNO LESIONANTE

Formaciones del objeto a Intervalo versus holofrase El llamado y el retorno ¿Che vuoi? Holofrase: forclusión localizada Cortar la holofrase.

Sigamos con el fenómeno psicosomático. Hoy vamos a seguir traba- jando algunos conceptos de la teoría lacaniana , y que D. Nasio re- toma en su libro sobre psicosomática 41 , con una terminología muy clara, dueño de una dialéctica muy trabajada en la divulgación del psicoanálisis. Y es criticado por los lacanianos más ortodoxos por- que lamentablemente cuando se hace una divulgación se tiende a cerrar conceptos que deben permanecer abiertos. Y se corre el ries- go de simplificar. Este escrito de Nasio nos servirá para retomar el tema de una nueva clínica. Hemos estado viendo como Lacan se va posicionando más allá de lo que se llama “clínica del Edipo”, de la clínica apoyada en el padre; y los conceptos que estuvimos mane- jando para entender este más allá de la clínica edípica tenían que ver con el significante de la falta en el Otro - S (A/) - y con el objeto petit a, el objeto que se precipita a partir del momento en que el sujeto deviene, cae un resto que de alguna manera representa eso que falta, la esencia del sujeto. Y la manera que tenemos para operar lógica- mente con esa falta es el matema a.

41 Nasio,D., Los gritos del cuerpo, Paidós, 1996

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1

Hoy vamos a centrarnos en un concepto que aporta Nasio, un con- cepto que surge desde la clínica lacaniana, y que Nasio resume con el nombre de “formaciones del objeto a”, para oponerlas a las “for- maciones del inconsciente”.

Estamos trabajando el tema de los fenómenos psicosomáticos, el te- ma de las lesiones de órgano, y lo que estamos todo el tiempo em- peñados es en ver cómo hacer inteligible el mecanismo por el cual se produce este fenómeno. Entonces, nos vamos a apoyar en el objeto petit a; y diremos que así como tenemos el grupo de neurosis y per- versión que se corresponden con aquellas formaciones que tienen como común denominador lo que llamamos el intervalo, habíamos definido otro grupo en el cual está el fenómeno psicosomático, que tiene como denominador común la holofrase. Intervalo versus holo- frase, fueron los conceptos que usamos hace dos o tres clases, para empezar a definir una nueva manera de ver las estructuras clínicas. Hoy vamos a intentar definir las estructuras clínicas en función de que haya o no haya caída o extracción del objeto petit a.

Las formaciones del inconsciente son las típicas manifestaciones que tenemos en la clínica bajo forma de sueños, de síntomas, de lapsus, de olvidos, agudezas o chistes, etc. Son las que están gobernadas por el decir, están en el ámbito de lo simbólico. El síntoma es el retorno de lo reprimido y como tal es un material significante que proviene de un llamado que ha sido reprimido. Un llamado simbólico repri- mido que retorna en el mismo nivel simbólico como formación del inconsciente.

En el fenómeno psicosomático tenemos, en cambio, un llamado holofrásico y un retorno lesionante. El llamado holofrásico no es un significante reprimido, no lo podemos colocar en el nivel significan-

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te, pues como holofrase, ese macizo, ese congelamiento del intervalo entre S1 y S2, lo que hace es sustituir al significante.

El llamado… ¿quién llama, a quién llama, cuál es el llamado origi- nal, meollo de la construcción de la subjetividad? Lacan recoge una versión de este llamado de una novela de Cazzotte, “El diablo ena- morado” resumido con la frase ¿Che vuoi? Es la demanda al gran Otro: ¿qué quiere, que me quiere? Es el llamado al deseo: ¿qué desea el Otro de mi? para poder así saber qué es lo que yo deseo. Enton- ces, ese llamado es el llamado del Otro, desde el Otro y hacia el Otro. El Otro en tanto transindividual, en tanto sede del lenguaje, del inconsciente, del deseo.

Nasio tiene una expresión que me parece muy feliz para hablar de este lugar Otro, en este caso referido al cuerpo del paciente: el cuer- po del paciente no es el que está sobre el diván, sino que está entre el diván y el sillón. No estamos hablando de una transmutación parap- sicológica, no. Estamos hablando del cuerpo desde dos abordajes:

desde el cuerpo real, el organismo viviente, aquello que escapa a la captura; y desde el cuerpo de la realidad, esto es, el formado por el cuerpo imagen y por el cuerpo simbólico. Este cuerpo de la realidad tenemos que localizarlo en la Otra escena de la relación transferen- cial, en tanto lugar de captura imaginaria y de ordenamiento simbó- lico.

Estamos hablando del lugar Otro, que como tal se define por la falta, estamos hablando del sujeto, cuyo ser le falta. Toda la historia de la ciencia se puede pensar como un intento de taponar esa falta. Cada vez que creemos definir su esencia nos cargamos al sujeto. El intento límite de poner sustancia al sujeto es el de la estrategia holofrásica, y su resultado es congelar al sujeto bajo la forma de un fenómeno psi- cosomático.

En el sujeto neurótico, sus maniobras son más articulables en tanto parten de un llamado simbólico, y el retorno, la respuesta que le dan a ese “¿qué me quiere?” es un síntoma, es decir es un significante, es

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decir, es un representante simbólico. No es una cosa, un engendro psicosomático.

Entonces, en el nivel del llamado y del retorno por la pregunta acer- ca del deseo, el neurótico responde con las formaciones del incons- ciente, responde con el decirse sujeto dividido. Un lapsus no es ni más ni menos que la emergencia del sujeto dividido, en tanto no sa- be que es portador de un decir en el que se dice el deseo.

¿Qué se encuentra un analista en la clínica diaria?: decires y actos, sueños, síntomas y actos fallidos; y fenómenos psicosomáticos, alu- cinaciones, pasajes al acto. Así, se puede encontrar con sujetos en posición de objeto del fantasma, “soy una mierda”, y que va arrastrándose por los distintos escenarios colocándose en el lugar de desecho, haciéndose objeto a imaginario de su fantasma. Muy dife- rente es el caso del pasaje al acto, ahí no es que representa a la mierda, sino que “se hace mierda” con el coche, en un intento último de precipitarse como petit a real. Estamos usando la petit a como herramienta conceptual para hacer inteligible una manera de enten- der la clínica.

2

Así, el cuerpo en la histeria sirve como escenario de una puesta en escena imaginario-simbólica que llamamos síntoma. En cambio, en el fenómeno psicosomático, la lesión de órgano, es casi lo real des- nudo, el intento límite de colmar la falta con un pedazo real del cuerpo. Todas las estrategias desde diferentes estructuras clínicas apuntan a este intento.

La palabra estrategia es una palabra tramposa porque pone la elec- ción, como si fuera algo voluntarista del lado del sujeto. En la pri- mera parte del curso , cuando trabajamos la anorexia extrema, la que lleva al borde de la muerte, vimos justamente cómo Recalcati recu- rría a la holofrase para intentar definir desde que mecanismo se produce este fenómeno. Porque no es neurótico, no es una repre-

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sión; no podemos tampoco hablar claramente de perversión; y la psicosis no nos alcanza, porque la forclusión siempre la hemos visto en relación al nombre del padre, con una consecuencia de desestruc- turación general, con el aniquilamiento significante y la desestructu- ración imaginario-simbólica. Mientras que en la anorexia hay una desestructuración muy localizada que es la que está puesta en rela- ción a la alimentación. Con el fenómeno psicosomático, Nasio se plantea la misma disyuntiva y localiza el fenómeno de la forclusión en la base de la holofrase, pero entendiéndola como una “forclusión localizada”.

En psicoanálisis el tema de la forclusión tiene una adscripción muy definida en relación a las psicosis. Y para este otro tipo de perturba- ciones localizables, tal vez tengamos que seguir tirando del concepto de holofrase. Nasio va a apostar por hablar de forclusión también en el fenómeno psicosomático, con un retorno localizado en la superfi- cie del cuerpo, pero que no es una superficie delimitada desde el concepto de objeto. Y toma como referencia el uso que Lacan hace de la forclusión o verwerfung en el caso de la alucinación del dedo cortado en el caso del Hombre de los Lobos.

En los síntomas estamos acostumbrados a hablar de las localizacio- nes en relación a la fuente pulsional, y la fuente pulsional típica es la de los orificios. Así trabajamos como desarrollo de la libido oral, anal, fálica, escópica, invocante, las distintas fuentes pulsionales. Mientras que en el caso de la localización de la superficie del fenó- meno psicosomático, éste se caracteriza por no tener ese recorte. El objeto lesión de órgano se caracteriza por no tener un borde delimi- tado como el borde de los orificios. Eso en cuanto al destino privile- giado del síntoma en relación a la fuente de la pulsión. Freud tam- bién va a hablar de las zonas atípicas, las zonas histerógenas atípi- cas. Recuerden el caso de Isabel von R, con la “astasia abasia”, con la dificultad en caminar y el dolor en los muslos. Otra zona histeróge- na típica es, por ejemplo, la de la visión.

129

3

Estamos intentando caracterizar el tema de la elección de objeto, pe- ro antes nos detendremos en la “clínica del objeto a”. Decimos, en- tonces, “clínica del objeto a” en tanto podemos pensar desde esta herramienta la totalidad de la clínica; seguimos con las neurosis, las psicosis, las perversiones, seguimos con la histeria, con la obsesión. En el caso específico de la clínica del objeto a en el fenómeno psico- somático, la dirección de la cura apunta, como definición de inten- ciones, a cortar la holofrase. ¿Para qué? Para extraer la petit a. El ob- jetivo es que la petit a pueda ser extraída de ese congelamiento que la ha hecho encarnar en el cuerpo. Y posibilitar así que progresiva- mente se pueda ir montando el fantasma. Es decir, que la petit a deje de ser un pedazo real y se convierta en el montaje fantasmático, en el montaje del deseo, en un objeto imaginario-simbólico.

La dirección de la cura es que podamos llegar a operar con el fan- tasma, es decir, que se pueda definir en qué posición se encuentra ese sujeto en relación al objeto de su deseo. ¿Se encuentra en posi- ción de ser una mierda? Bueno, por lo menos hay un montaje, una representación sobre la que es posible operar, que es factible de atravesar.

En el caso de la anoréxica, se trata de hacerse nada, en el orden del objeto de la pulsión oral. Desde el nivel imaginario, su búsqueda es- quelética, su hacerse “hueso”, la enfrenta con el límite del objeto imaginario con lo real. Ahí está el límite de la anorexia, esta es la holofrase, la que la enfrenta con el límite de lo real, es decir, de la muerte. La que para poder hacerse objeto se encarna, se atrapa en el límite de lo imaginario con lo real. Ya no es solamente el vacío de lo simbólico, la falta que el neurótico maneja más o menos infructuo- samente en función, por ejemplo, de sus inhibiciones, hasta alcanzar la aceptación de que hay cosas que puede y cosas que no puede.

El acento que pone Nasio en este trabajo sobre la lesión de órgano, es que le interesa recalcar que no está hablando del fenómeno psico-

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somático como entidad abstracta psicopatológica, sino como una de las manifestaciones posibles que se encuentran en el análisis, como una manifestación en transferencia. Un paciente un día trae un sue- ño, otro día trae un síntoma, y otro día, trae una lesión de órgano. Intenta entender el fenómeno psicosomático en el ámbito de la transferencia. En estos casos es más accesible la posibilidad de ope- rar sobre el llamado holofrásico y el retorno lesionante: cortar la holofrase, extraer la petit a y posibilitar el montaje del fantasma. La transferencia ya instituida permite cierta articulación para que el pa- ciente pueda recuperar cierto margen imaginario simbólico y aban- donar el límite con lo real, y pueda asociar, fantasear, imaginarizar.

Resumen: fenómeno psicosomático ó los gritos del cuerpo

El nombre no sólo designa la cosa El significante es capaz de modificar lo real del cuerpo

Lo real del cuerpo: el organismo La realidad del cuerpo: imagen + representación simbólica

(1.Decirse en formación simbólica Manifestaciones clínicas ( 2.Hacerse objeto imaginario del fantasma

. durante la cura

( 3.Holofrasearse en engendro cuasi-real

1.Formaciones del inconsciente: síntoma, sueño, lapsus, chiste:

-

-decirse $

2.Formaciones del objeto a - bajo Nombre-del-Padre: fantasma:

-

-hacerse a imaginaria

 

3.

“ - sin N-d-P: alucinación, FPS, pasaje al acto:

.

–encarnar a real

-

Clinica del objeto a en el fenómeno psicosomático

-

Clínica de la holofrase, de la falta de intervalo

-

Clínica de la falta de emergencia del objeto a

131

“El objeto se habría inscrito como una letra en el cuerpo” (Lacan)

La lesión de órgano como suplencia del Nombre-del-Padre

El significante indecible S (A/) es encarnado solidificando el interva- lo S1…S2

No hay afánisis del sujeto

No hay intervalo posible para que llegue un S1 y represente al suje- to para otro S2

No hay intervalo para que emerja el deseo

- Dirección de la cura - cortar la holofrase ( montaje fantasma

- extraer a

Distintos estados del sujeto:

(

$ <> a

- El sujeto representado por un significante : Formaciones del inconsciente

- El sujeto identificado al objeto imaginario: Fantasma

- El sujeto mimetizado al objeto cuasi-real : FPS

LA LESIÓN DE ÓRGANO COMO CERTEZA DE SER

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14

LOS TICS DE EMMY: ¿SÍNTOMA O FPS?

Emma von N y los fenómenos vocales ¡Estese quieto, no me hable, no me toque! Los detractores de Freud Éxito, transferencia negativa, recaída en la enfermedad Fórmula protectora y representación contrastante Fobia a animales mefistofélicos La vigencia de la pregunta por el deseo insatisfecho

Vamos a trabajar hoy un caso de Freud, el caso de Emma von N, el primer caso clínico de Freud publicado en los “Estudios sobre la his- teria” 42 . Ustedes se preguntarán qué tiene que ver un caso de hace 130 años con los síntomas del malestar contemporáneo. Justamente de lo que se trata es de mostrar que la clínica freudiana supo mos- trar desde sus comienzos la presencia de casos cuyos síntomas no se ajustaban exactamente al carácter de retorno metafórico, simbólico, de lo reprimido, como en las neurosis histéricas clásicas. Y que la clínica de la metáfora débil, que sistematizamos con Recalcati como la clínica contemporánea, no era extraña en la clínica psicoanalítica clásica.

Entonces, este historial nos servirá para ejemplificar el trabajo que estamos haciendo en relación a cómo hacer inteligible ciertos fenó-

42 Freud, S. Estudios sobre la histeria, pág.55, Tomo I, Obras Completas, Biblioteca Nueva

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menos o síntomas cuya estructura es dudosa. En este caso vamos a ver una manifestación, la de los fenómenos vocales, que Freud en- cuadra como síntoma histérico. Vamos intentar seguir el procedi- miento que Freud lleva a cabo en la búsqueda de la curación de Emmy. Y he rescatado este caso porque en una referencia bibliográ- fica leo que los historiadores del psicoanálisis han ido rescatando los viejos casos de Freud, y hay un interrogante puesto sobre este dia- gnóstico de histeria.

Dos trabajos recientes cuestionan los diferentes diagnósticos de histeria o melan- colía formulados por Freud y sus sucesores; se sostiene que Fanny Moser (Emmy von N) padecía en realidad la enfermedad de tics convulsivos descrita por Georges Gilles de La Tourette (1857-1904). Con este debate se ha reactivado la antigua disputa que opuso siempre a los partidarios de la psicogénesis y los defensores de la organogénesis. 43

Entonces, dejaremos abierta la cuestión de si estos fenómenos voca- les que Freud considera falsos tics, se confirman como síntomas histéricos, o es necesario hacerlos inteligibles a la luz del llamado holofrásico.

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Es un caso extenso pero sustancioso. Llama la atención como un ca- so muy florido, donde hay un estado confusional muy llamativo, en donde Freud no se corta un pelo en referirlo todo el tiempo bajo el nombre de delirios. Y recalca que entra y sale sin solución de conti- nuidad de un estado de alteración de la conciencia a un estado de absoluta normalidad de la conciencia, donde ella es una mujer que dirige una empresa, en donde ninguna de sus relaciones sabe de su enfermedad. Esta es la doble cara que no tenemos que perder; por momentos es una loca de atar, generalmente en situaciones de trans- ferencia; y por momentos es una mujer triunfadora de fuerte carác- ter. Podríamos decir que la locura la hace para su médico.

43 Roudinesco, E. y Plon, M. : Diccionario de Psicoanálisis,(entrada Moser Fanny), Paidós

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Esta mujer viene con 40 años a empezar su análisis con Freud. Sa- bemos de ella que pertenece a una acaudalada familia de origen alemán pero que vive en Rusia. Que a los 23 años se casó con un más acaudalado hombre de finanzas, 40 años mayor que ella que al morir le deja toda su fortuna. Tiene dos hijas y a los 5 años de casar- se un buen día el marido se desploma muerto. Este es para Freud el acontecimiento traumático, a partir del cual aparecen sus síntomas. No nos olvidemos que estamos en 1889, Freud hace poco que ha vuelto de Paris, y de su importante experiencia con Charcot. Está en los orígenes. Este es el primer caso en donde el devela con absoluta claridad cómo es la aplicación del método catártico. Freud trabaja con el método hipnótico, pero con la variación original de Breuer. No usan la hipnosis solamente para hacer sugestiones y órdenes, sino que la usan para que la paciente descargue, haga catarsis, esto es, hable. Estamos en los albores de un método que todavía no es propiamente psicoanalítico.

La paciente viene a Viena y se interna en una clínica y Freud va dos veces por día a la clínica a hacer el tratamiento. Este consistía en los siguientes pasos: primero hablaba con ella, después la hipnotizaba y la hacía hablar bajo trance, por último venían las sesiones de baños aplicados por la enfermera y a continuación masajes de los que se encargaba el propio Freud. La paciente se dormía, Freud se sentaba un rato a su lado leyendo el periódico y después, mientras ella per- manecía durmiendo, se marchaba. Emmy estuvo siete semanas en tratamiento.

La primera descripción que Freud hace de ella en su primera visita a la clínica es la siguiente: “Tendida en un diván con un almohadón bajo la nuca. El rostro presenta una expresión contraída y doliente. Tiene los ojos entornados, la mirada baja, fruncido el entrecejo, habla trabajosamente y en voz muy baja, a veces tartamudea. Sus dedos entrelazados muestran una constante agitación, frecuentes contracciones, a manera de tics, recorren los músculos de su cara y cuello… Con frecuencia se interrumpe al hablar para producir un particular sonido inarticulado, una especie de chasquido de la

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lengua de un sonido similar al canto del gallo silvestre (!)….Su conversa- ción es perfectamente coherente y testimonia una inteligencia y cultura na- da común. De este modo me resulta más extraño aún ver que cada dos mi- nutos se interrumpe de repente, contrae su rostro en una expresión de horror y repugnancia, extiende una mano crispada hacia mí y exclama con voz llena de espanto: ¡Estese quieto, no me hable, no me toque!”. 44

Así, nos preguntamos con Lacan ¿A dónde se han ido las histéricas de antaño? 45 Freud dice que comparando este caso con los otros de his- teria que él veía cotidianamente, no le queda ninguna duda acerca del diagnóstico, y enumera por qué va a decir que es una histeria:

- “La frecuencia de los delirios y las alucinaciones en medio de una ab- soluta normalidad de la función anímica.

- La transformación de su personalidad y de su memoria durante el sonambulismo artificial

- La anestesia de la extremidad dolorosa

- Ciertos datos de la anamnesis” 46

Apoyándose en estos datos Freud diagnostica histeria. Ahora bien, nos dice que esta histeria tiene una peculiaridad; y es que a diferen- cia del síntoma de conversión que vemos normalmente, en Emmy la característica es que la mayoría de sus síntomas son psíquicos. Así vemos como matiza el caso más adelante:

“Ahora, cuando reviso mis notas de entonces sobre esta enferma, me veo obligado a reconocer que se trataba de un grave caso de neurosis de an- gustia con expectación angustiosa y fobia, originado por la abstinencia sexual, y combinado con una histeria.” 47

Una aclaración, el concepto de neurosis de angustia es un concepto que ya no se utiliza, que Freud rescató en ese momento para oponer a las neurosis que son referidas a un trauma pasado. Va a hablar de

44 Freud, Idem, pág.55

45 Lacan, El Seminario, Libro 24, Clase 8, inédito

46 Freud, Idem, pág. 78

47 Freud, Idem, pág.141

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las neurosis de angustia, como de las neurosis actuales, intentando especificar aquellos cuadros donde el síntoma más evidente es la angustia, y cuya referencia está puesta en el tema de abstinencia sexual.

Vemos entonces que lo que primero cataloga como un caso de histe- ria después lo va a matizar diciendo que es un caso combinado de neurosis de angustia con histeria. Sin embargo, a partir de que se construye con más precisión lo que son las estructuras clínicas freu- dianas se impone la estructura histérica sobre todas las otra neurosis solapadas en este cuadro. Hoy, si hablamos de Emmy desde la pers- pectiva freudiana, hablamos de histeria, aunque algunos post- freudianos hablan de melancolía: “Fanny Moser(Emmy von N) era más una víctima de la melancolía que de la histeria” 48

Entonces, a esta mujer, con 28 años, se le muere el marido. Ella está parturienta, hace un par de semanas que acaba de tener a su hija pe- queña que también se llama Emmy. Y con la muerte del marido lle- gan los reclamos de los hijastros del primer matrimonio de aquél, que la acusan de haberlo envenenado. Todo esto acompañado de una campaña de desprestigio social, con notas en los periódicos, que

le cierran a Emmy las tan anheladas puertas de la aristocracia euro-

pea. Y ella queda, desde ese día, sospechosa del asesinato de su ma- rido. Evidentemente si ella se había casado con un rico anciano cua- renta años mayor que ella era con la idea de escalar posición social.

Y

de pronto lo pierde todo.

Y

en este marco empiezan a aparecer todos los síntomas que se irán

agravando progresivamente. Ese es el trauma central sobre el que

Freud va a trabajar.

Emmy tiene entonces 7 semanas de tratamiento con Freud y vuelve a su residencia. Al año tiene una recaída. Primero se niega a retomar

48 Roudinesco, E. y Plon, M.: Idem

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el tratamiento con Freud, pero, tiene una relación de amistad perso- nal con Breuer quien la convence. Ella retoma entonces otras 8 se- manas, para volver a interrumpir. Un año más tarde Freud recibe una carta de Emmy, quien, preocupada por su hija mayor de 17 años, le pide que la vea. Entonces Freud viaja a la residencia de ve- rano de la familia Von Moser, verdadero apellido de la paciente.

2

Algunos críticos dicen que Freud no curó a Fanny Von Moser, por- que no era una histérica sino un Síndrome de la Tourette. Es un nuevo intento de los organicistas de intentar poner en duda la cons- trucción freudiana. Siendo honestos con Freud, éste nunca dijo que hubiera curado a Emmy

“El resultado terapéutico fue, en general, muy considerable, pero poco du- radero, pues dejó intacta la capacidad de la paciente para volver a enfermar bajo la acción de nuevos traumas” 49 .

También dice que hubo algunos fenómenos en los que no tuvo tiempo de penetrar. Si leemos todo el caso nos encontramos que Emmy no trajo ninguna referencia sexual, salvo que ella, si bien no habla de su sexualidad, habla de su fobia. Pero no es una paciente como las otras histéricas que le siguieron, en las que Freud sí apuntó a las representaciones sexuales. No se habla en ningún momento de la sexualidad de Emmy. La única referencia que ella hace es, cuando al año de haber terminado, le escribe pidiéndole que venga a ver a su hija, y se encuentra allí que hay un señor revoloteando alrededor de Emmy, y ésta le dice a Freud: ¿Puede Ud. creer, doctor, que tengo un pretendiente para volver a casarme? Es la primera vez que ella hace una referencia a lo sexual, a su deseo por otro hombre.

Freud en este momento, alrededor de 1890, todavía no ha desarro- llado la etiología sexual de la histeria, si bien tiene algunos indicios,

49 Freud, Idem, pág.87

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por lo que vio en la Salpetrier, no por lo que se decía oficialmente, sino por lo que se murmuraba soto voce: “…esta lo que necesita es un buen polvo”. En sus desarrollos teóricos, ninguno de estos grandes psiquiatras decían que la histeria tuviera una etiología sexual. ¡Vade retro! Oficialmente era una etiología orgánica. Cuando en la psi- quiatría se acuñó el término neurosis, no se estaba hablando de una enfermedad de etiología psíquica; se referían a una enfermedad de los nervios, del sistema nervioso, aposentada en lo neurológico,

La neurosis histérica, como su nombre “hysterum” indica, tenía su

sede etiológica en una disfunción de los nervios de la zona uterina.

Y se hablaba así también de neurosis cardiaca, neurosis estomacal o

digestiva, etc.

Y cuando va a ver a la hija, manifiesta su preocupación porque la ve

siguiendo los pasos de la madre. Nosotros ahora podemos pensar aquellas cosas que Freud no dice, o no ve, o no escucha, pero que Freud escribe, lo deja para que nosotros lo rescatemos. Y es que se encuentra a Emmy, con un candidato a volver a casarse, y la hija que entra en crisis.

Freud no vuelve a saber más nada de esta familia, hasta 4 o 5 años después, en que se encuentra con un colega que vive en esa ciudad,

y se entera que Emmy había estado también bajo su tratamiento.

Me entero- dice Freud- que con muchos otros médicos había llegado a la misma situación que conmigo: éxito, transferencia negativa, recaída en la enfermedad.”

Porque Emmy culpa a Freud y a otro psiquiatra por el agravamiento

de su hija. Y lo que Freud dice es algo que nos hace pensar el punto

por donde este análisis no podía avanzar, porque Freud en aquel momento inicial no sabía operar con ese emergente: nos referimos al

fenómeno de la transferencia.

La dos referencia finales que tenemos de Emmy son que, treinta años después, en 1920, Freud recibe una carta de la hija mayor en la

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que le solicita un informe con el diagnóstico de su madre, porque ella en este momento quiere hacerle un juicio a la madre porque ésta no suelta el dinero. Lo que también sabemos por algunos historiado- res que se dedicaron a descifrar sus casos clínicos, es que después de ser acusada de haber envenenado a su marido, llevó una vida erráti- ca, tomó amantes entre sus médicos y terminó por enamorarse de un joven que le robó una parte de su dinero.

Los affaires amorosos con los distintos médicos que la trataron pue- den hacernos sospechar que con Freud algo también habrá intenta- do. Pero Freud no la dejó entrar, no se percató, lo negó, seguramente no quería caer en el mismo enredo de Breuer con Anna O.

Freud en esa época se centraba en los síntomas y la búsqueda de los traumas infantiles, sin percatarse de la transferencia.

3

Volviendo a ese tic, ese fenómeno vocal que los médicos traducirían a posteriori como un síndrome de la Tourette, tenemos que escu- charlo al pié de la letra: “¡No me toque!”. Es que él le daba masajes. “¡No me hable!” Es que él le preguntaba y hablaba demasiado. “¡Déjeme hablar!” Es que él la interrumpía. Y a los pocos años se con- firma cómo su método se asienta en la medida en que deja de tocar, de interrumpir, de hablar.

¡Estese quieto, no me hable, no me toque! parece como mandado a hacer para mostrarle a Freud la dirección por la que tiene que avanzar su método.

Pero desde la perspectiva de lo que es el análisis del síntoma Freud va a señalar algo muy interesante, lo que llamará las fórmulas pro- tectoras, aquellas frases que se le imponen al paciente como manera de proteger otra representación que es la que intenta surgir y pasa a ser desviada. Fórmulas protectoras ¿ante qué? ante su deseo. Freud está hablando del deseo inconsciente, y en este caso, la fórmula pro-

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tectora enunciaría el deseo inconsciente en forma denegada “¡No me toque!”.

En relación a otro síntoma de Emmy, es muy interesante cómo Freud rastrea el chasquido de la lengua, lo va a llamar representa- ción contrastante. Veamos cómo es la construcción que hace:

“…le pregunto si ha hablado siempre con ese tartamudeo, y desde que tiempo padece ese singular chasquido de la lengua. El tartamudeo lo ha padecido a partir de la aparición de su enfermedad después de la muerte de su marido; y en relación al chasquido recuerda que apareció hace cinco años, en ocasión de hallarse velando a su hija enferma, y cuando se propuso guardar el más absoluto silencio.” 50

Ante una situación de especial carga emocional, como es la enfer- medad de la hija, la idea de que tiene que evitar a toda costa hacer un ruido que perturbe su sueño se convierte en una especie de or- den obsesiva, que, a lo que la conduce es a hacer exactamente lo opuesto de lo que se proponía hacer. El guardar silencio se ve roto por la emergencia de una representación contrastante, en este caso, el chasquido de la lengua; en otros casos será el tartamudeo.

Freud le pide que le explique la significación de la frase “estese quie- to”, y Emmy le cuenta que cuando tiene ideas angustiosas, teme ver interrumpido su curso, entonces se embrolla aún más su pensamien- to y crece su malestar. Y explica el “estese quieto” por las figuras de animales que se le aparecen arrojándose sobre ella. Tenía constantes escenas de zoofobia con animales que la aterrorizaban: sapos, cule- bras, murciélagos - todos animales mefistofélicos- en donde, ya des- de la teoría de la fobia que Freud va a desarrollar después, dará co- mo explicación que todos esos animales tienen carácter de bestialis- mo en el sentido de animales que representan lo bestial de la sexua- lidad. Es decir, Emmy no habla de su sexualidad, pero habla de sus

50 Freud, Idem, pág. 58

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miedos. Y Freud dirá después que en estas zoofobias tenemos la manifestación de una sexualidad imaginarizada como bestial.

Otra asociación acerca del ¡No me toque! lo refiere a sus hermanos, ella era la número trece de catorce hermanos. Y de catorce hermanos diez habían muerto, sólo habían sobrevivido cuatro. Uno de ellos, un morfinómano que padecía terribles ataques teniendo la paciente 19 años, el hermano, en medio de un ataque la había abrazado fuer- temente. Aquí tenemos otra pista de las emociones sexuales repri- midas de Emmy.

Otras imágenes son de la locura de la madre, cuando la internan en un psiquiátrico. Primas, tíos, hermanos, está rodeada de locos. La fórmula protectora tiene diversas connotaciones. Ella la va usando en función de todos estos miedos, el miedo a sus emociones sexua- les, o a ser agredida por un loco. Trae también escenas de su pasado donde ella es objeto de juegos sádicos.

Otra manera de leer el origen del tartamudeo es una escena en la que está en un coche, cae un rayo delante de los caballos, los caba- llos se espantan. En ese instante ella pensó que no tenía que gritar porque los caballos se asustarían más, pero contra su voluntad se puso a gritar. Freud ve que cada vez que ella se reprime en decir al- go, en contraposición aparece un tic de estos: el tartamudeo, el chas- quido o el grito.

4

En todos estos ejemplos de tics, Freud va a hablar de falsos tics. Por- que el concepto tic, médicamente es considerado producto de una convulsión involuntaria sin sentido. Mientras que para Freud en ca- da una de estas manifestaciones es posible desentrañar un sentido. Estamos entonces en presencia de un síntoma tal como Freud elabo- rará progresivamente el concepto, como formación de compromiso ante el retorno de un deseo reprimido. Los fenómenos vocales de Emy están más allá de un simple fenómeno motor, y deben ser en-

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tonces considerados como síntomas histéricos, y diferenciados de otros tics, como los llamados Síndrome de la Tourette, que tendrían que ser pensados desde el psicoanálisis como respuesta a otro tipo de llamado, no en relación al sujeto del inconsciente, sino dentro de lo que venimos estudiando este año, bajo el concepto de formación holofrásica. Tendríamos entonces que diferenciar cuándo un tic es un problema neurológico, de cuándo un tic es inteligible como síntoma histérico, y de cuándo un tic puede ser entendido desde el llamado holofrásico como un fenómeno psicosomático. El indicador clínico por excelencia de que estaríamos en presencia de una holo- frase - esto es, la solidificación significante que impide que un signi- ficante remita a otro significante – se manifestaría como la incapaci- dad del analizante de asociar nada en relación con sus manifestacio- nes somáticas. No es el caso de Emma von N.

En este caso el método freudiano está todavía pegado a lo orgánico, por influencia de Breuer que insiste en su teoría del estado hipnoide, de la sumatoria de excitaciones. Pero ya se está empezando a plan- tear el divorcio que llevará a Freud a priorizar la teoría dinámica del conflicto en la base de la histeria. No se trata de una acumulación de la excitación nerviosa sino de la teoría del conflicto y la represión.

Para Breuer las histéricas tienen una predisposición a esta acumula- ción que llama estado hipnoide. Sigue estando presente allí la teoría de la degeneración nerviosa.

Freud habla muy bien todo el tiempo de Emmy. Está muy loca pero sale de sus crisis y es una mujer excepcional. ¿Por qué subraya Freud esto? Porque quiere manifestar que ya basta de hablar de de- generación nerviosa en la histeria. ¿Quién puede decir que esta aris- tocrática dama, tan inteligente, tan segura de sí misma, es una dege- nerada? El defiende la teoría de la psicogénesis, el está construyendo la teoría del trauma aún apoyado en el hecho históricamente aconte- cido. Aún está lejos del momento en que descubra que sus histéricas

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le mienten, que se apoyan en fantasías, y pueda acuñar el concepto de realidad psíquica y fantasma.

El cuestionamiento de ciertos comentaristas criticando el diagnósti- co de histeria de Emmy von N y apuntando que padecía en realidad la enfermedad de tics convulsivos descrita por Georges Gilles de La Tourette, nos parece interesado, un nuevo intento de rescatar la or- ganicidad. Ya Freud en 1896 nos decía, citando explícitamente al tal Guilles de la Tourette:

Me dirijo especialmente a los discípulos de J.-M. Charcot para proponerles algu- nas objeciones a la teoría etiológica de las neurosis que nuestro maestro nos ha trasmiti- do. Conocemos el papel atribuido a la herencia nerviosa en esta teoría. Para las afeccio- nes neuróticas, es la única causa verdadera e indispensable; los otros influjos etiológicos sólo pueden aspirar al nombre de «agentes provocadores».

Es lo que han enunciado el propio maestro y sus alumnos, los señores Guinon, Gilles de la Tourette, Janet y otros, respecto de la gran neurosis, la histeria, y creo que la misma opinión es sostenida en Francia, y un poco por doquier, respecto de las otras neurosis, aunque no se la haya formulado de una manera tan solemne y definida para esos estados análogos a la histeria.

Desde hace mucho tiempo abrigo sospechas en esta materia, pero me fue preciso esperar para hallar hechos que las corroboraran en la experiencia cotidiana del médico. Ahora mis objeciones son de un orden doble: argumentos de hecho y argumentos derivados de la especulación. Empezaré por los primeros, ordenándolos con arreglo a la importancia que les concedo. 51

Para terminar, agregar que para la inteligibilidad de este caso de his- teria no se pueden obviar los avances que Freud fue dando a partir de este primer historial a lo largo de su carrera, hasta desembocar en su famoso “Caso de la bella carnicera”, en la que nos mostraría aquella interpretación que sirvió después a Lacan como punto de apoyo a su lectura de la histeria: «Ella está obligada a crearse en su vida un deseo insatisfecho».

51 Freud, La herencia y la etiología de las neurosis, Pág. 277, Obras Completas, Biblioteca Nueva

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TERCERA PARTE

TERCERA PARTE EL SUJ ETO EN ESTADO LÍMIT E 145

EL SUJ ETO EN ESTADO LÍMIT E

145

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ESTADO LÍMITE, TIEMPO LÓGICO DEL SUJETO

Crítica al concepto de caso límite o “bordeline” Inscripción o forclusión nombre-del-padre Adolescencia: estado de suspensión de su validación Obstáculos en la cura: reacción terapéutica negativa Symptôme o sinthome

Bueno, vamos a destapar la caja de los truenos acerca de las estruc- turas clínicas. Estamos en este curso trabajando esos casos en donde el diagnóstico a partir de las estructuras clínicas esenciales, neurosis, psicosis y perversión, no es fácil .Y hay voces disidentes que pro- pugnan rescatar un diagnóstico, que surge después de la segunda guerra, que es el de los casos boderline, que en castellano traduci- mos como casos borde o límite. En el psicoanálisis inglés fue muy usado en la década de los cincuenta, pero es un concepto que no se sustenta con la teoría de las estructuras freudianas.

Es un diagnóstico del que se echa mano, por ejemplo, cuando ante un caso que tiene todos los signos de una psicosis, no presenta deli- rios, o le falta la alucinación. Pero, al mismo tiempo, para ser una neurosis, manifiesta imposibilidad transferencial. Y para ser una perversión hay algo en el libreto de su objeto que no está definido. Estamos ante un caso que limita la capacidad de diagnóstico. O a la inversa, en un caso que parecía encuadrado como neurosis, de pron- to irrumpe un pasaje al acto o un delirio

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Desde otra perspectiva se abusó del concepto de “psicosis histérica”

Este diagnóstico es rechazado por la ortodoxia lacaniana. La co- herencia teórica es muy clara al respecto, las estructuras no se su- perponen ni se solapan en localizaciones limítrofes, ni mutan de una estructura a otra; o estamos ante una neurosis, o una psicosis, o una perversión. Lo que Lacan dice es que todo intento de diagnóstico “boderline” responde a una imposibilidad del analista ante un caso de difícil diagnóstico.

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Hace unos diez años, el psicoanalista Jean Jacques Rassial propone una revisión de este tema de los casos de difícil diagnóstico a partir de su experiencia, sobre todo con la clínica de adolescentes. Vamos a seguir los pasos del razonamiento que va a hacer en su libro “El su- jeto en estado límite” 52 , intentando ver como concilia el concepto de sujeto en estado límite con las estructuras clínicas freudianas. Se tra- ta de hacer inteligibles esos estados límite que irrumpen en la clíni- ca, manteniendo la fidelidad a la teoría psicoanalítica. Veremos cómo se apoya en conceptos lacanianos, como el de forclusión del nombre del padre, para intentar hacer congruente el diagnóstico de sujeto en estado límite.

En las últimas clases, a raíz del trabajo que hicimos sobre el fenóme- no psicosomático, vimos el intento de David Nasio de sistematizar lo que sería el mecanismo de este fenómeno. Nasio propone que pa- ra el caso del fenómeno psicosomático tenemos que tener en cuenta una forclusión local, diferente a la forclusión de la psicosis, que él considera una forclusión generalizada.

Rassial apoya su propuesta de sujeto en estado límite en la clínica de pacientes jóvenes y adolescentes. Y considera a la adolescencia como un estado del sujeto en donde se dificulta el diagnóstico de neuro-

52 Rassial, J. J., El sujeto en estado límite, Nueva Visión, 2001

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sis, psicosis o perversión. Porque el estado adolescente se caracteri- zaría por una suspensión de la validación de esa operación primor- dial consistente en la inscripción del nombre del padre. Lo que Ras- sial propone, y empiezo por el final, es que la operación primaria, fundamental de inscripción del nombre del padre que se realiza en la infancia es convalidada en la adolescencia. Y que en la adolescen- cia actual se estaría viviendo un proceso que llamamos de suspen- sión de la validación, y a eso lo podemos homologar como un estado límite.

Esta propuesta nos enfrenta a un replanteo muy profundo a nivel epistemológico y a nivel de la teoría. Despejemos de entrada cual- quier malentendido. Rassial, con su propuesta de sujeto en estado límite no agrega una nueva estructura a la serie freudiana. El estado límite sería un estado del sujeto, como decimos del estado adoles- cente que es un estado del sujeto.

¿Caso límite o estado límite? Ante un obstáculo en la cura tenemos que intentar diferenciar si lo que tenemos enfrente es, o un sujeto en estado límite, o un caso que limita nuestra particular capacidad co- mo analistas, o una imposibilidad real de intervenir psicoanalítica- mente.

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La emergencia de obstáculos durante el análisis forma parte de la cura, que sólo será posible si estos obstáculos emergen. Es gracias a los obstáculos que un análisis avanza; Freud pudo habilitar el méto- do psicoanalítico a partir de que descubrió las resistencias que el trabajo hipnótico mantenía encubierto. El obstáculo más frecuente que hace límite a la cura es en relación a la emergencia de un signifi- cante clave, de un significante maître, de un significante amo S1.

Vamos a ejemplificarlo con un fragmento de análisis. Un paciente pasa largo tiempo hablando de un dolor que lo tortura a punto de invalidarlo, sin poder nunca construir asociaciones que permitan

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abrir la significación. Largas descripciones de su dolor y de su irra- diación, y de los más variados tratamientos médicos más o menos infructuosos. Hasta que en una sesión, hablando nuevamente de su dolor, dice: “es como una puñalada”. Ahí emerge un significante que lo representa en su dolor: “puñalada”. El analista subraya ese signi- ficante, y surge una asociación con la muerte de su abuelo, que se llamaba igual que él, y que murió durante la guerra civil española, de una puñalada. A partir de allí rescatará otro significante de iden- tificación con su abuelo, pero ya en un plano simbólico: “dibujante”. La identificación imaginaria invalidante cede protagonismo posibili- tando la identificación simbólica vivificante, rescatando el signifi- cante “dibujante” para que lo represente. A partir de este rescate “el dolor como una puñalada” desaparece. Y esto lo enfrentará a otro síntoma, el “gatillazo”, que mantenía en segundo plano por el pro- tagonismo del dolor. Y tras él seguirá escudándose largo tiempo sin poder interrogarse verdaderamente sobre su deseo.

Aquí lo que tenemos es que la interpretación sobre la aparición del significante amo produce una emergencia de lo reprimido que per- mite descongelar el síntoma. Pero el obstáculo es que a veces la in- terpretación ante la emergencia de un significante clave, lo que pro- duce es el efecto totalmente opuesto, y es que el paciente deja de asociar, y recrudece el síntoma. La interpretación no necesariamente lleva al levantamiento de lo reprimido, sino que puede conducir a lo que Freud llama “reacción terapéutica negativa”.

Lo que nos dice Lacan es que el síntoma en determinados casos, no en todos, tiene el valor del nombre del padre. Que no puedes atacar- le ese lugar, porque justamente ese lugar es el que lo ordena. El “symptôme”- síntoma - cumple a veces la función de “sinthome”- neologismo traducible como “santo-hombre”. Estos casos nos en- frentan a una reconsideración de la dirección de la cura. Una cosa es el síntoma de un neurótico que como tal remite al deseo reprimido inscripto y sobre el cual no sabe que sabe; y otra cosa son aquellos otros fenómenos en donde no es la inscripción de lo reprimido, sino

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de esa operación primera que es la inscripción del nombre del pa- dre. En términos freudianos, la represión originaria o primordial.

Lacan escribe un seminario sobre el sinthome, y pone como ejemplo de sinthome la escritura de Joyce, que es lo que lo habría mantenido ordenado sujetándolo de la fragmentación psicótica. Es un planteo muy interesante para entender la psicosis de otra manera.

Entonces, ante determinado caso cuyo diagnóstico diferencial neu- rosis-psicosis no es nada claro, tenemos que manejar con prudencia la interpretación de lo que parecería ser un síntoma. Si una interpre- tación es vivida tan intrusiva que lo lleva a agravar su síntoma te- nemos que hablar como mínimo de una cierta inconsistencia narci- sista, que sus identificaciones simbólicas no están bien cerradas. Y tenemos que andar con mucho cuidado con nuestras interpretacio- nes, y ese cuidado puede desembocar transferencialmente, por el lado del analizante, que empobrece sus asociaciones y agrava su síntoma, y del lado del analista, su cuidado interpretante le lleva a cerrar la boca para no decir mal, para no mal-decir, y entonces nos encontramos con esos casos en donde nuestras intervenciones se apoyan casi exclusivamente en construcciones.

El otro efecto que produce en el analista es colocarlo en una posición de apoyo, cosa que tenemos que tener muy claro para no caer en la trampa. No convertirnos en Otro protector.

Otra situación problemática en la cura que nos lleva a plantearnos si estamos ante un estado límite, es la manifestación reactiva en la transferencia, que Rassial llama “psicosis de transferencia” para oponerla a lo que Freud llama “neurosis de transferencia”. Neurosis de transferencia, histeria y obsesión, en oposición a las otras neuro- sis que él llama narcisistas. El otro sentido que Freud le da al con- cepto neurosis de transferencia, es el referido a la neurosis que se impulsa desde la transferencia, en tanto la posibilidad de histerifica- ción, como un factor de desbloqueo.

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Rassial llama psicosis de transferencia a esas situaciones que se pro- ducen ante determinada evolución de la transferencia, y que hacen que el paciente entre, por ejemplo, en erotomanía.

Ante la emergencia de un delirio erotomaníaco en una paciente que entendemos histérica, estos casos Rassial propone pensarlos desde el sujeto en estado límite.

Otra situación paradigmática de lo que son los obstáculos en la cura, sería lo que llamamos detención en el análisis: o bien abruptamente o bien progresivamente se detiene exclusivamente en sus conductas presentes, contando lo que hizo en el día, un discurso vacío, un dis- curso que aburre. O también aquellos pacientes que toman la inter- pretación del analista como una orden.

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Después de la segunda guerra mundial, coincide el auge de los ca- sos bordeline con una perspectiva sociológica que ubica el declive de la función paterna en el horizonte de lo que es el malestar en la cultura. Rassial va a llamar la atención sobre el fenómeno del Holo- causto, “a la supresión radical de los judíos siguió la orden de olvi- dar el exterminio”. Y en la misma línea tenemos lo que pasó aquí en España con los perdedores de la Guerra Civil. El movimiento de la memoria histórica intentando reivindicar a sus muertos, renegados por la apisonadora franquista, sigue encontrando hoy en día la resis- tencia de la otra mitad que se sigue proclamando dueña de la ver- dad. Y algo parecido pasó en Argentina con los desaparecidos en la represión militar.

Con el Holocausto judío se hace por primera vez denuncia de ese doble exterminio. Porque no es sólo la muerte física, sino que des- pués son víctimas de una segunda muerte, la de la memoria, rene- gando que haya ocurrido. Dice Rassial “a los psicoanalistas se nos tendría que plantear el reflexionar un nuevo pensamiento en torno al con-

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cepto de la culpa” 53 tomando como disparador de esa reflexión el do- ble exterminio del holocausto.

¿Y qué tiene que ver esto con el sujeto en estado límite? El dirá que el sujeto en estado límite también nos plantea esta cuestión: una nueva forma de posicionarse ante la culpa declarando que él no es responsable de nada. La no culpa, el hombre sin gravedad de Mel- man 54 que trabajábamos hace unos meses. Allí Melman nos hablaba de una perversión generalizada, y Rassial nos va a hablar de una adolescencia generalizada. El sujeto posmoderno en la acepción so- ciológica que todos conocéis es otra forma de hablar de lo mismo.

Y tenemos que centrarnos en el tema de la forclusión del nombre del padre, no necesariamente en el registro de la psicosis. Rassial plan- teará diferentes órdenes de forclusión para diferentes estados, uno de ellos la psicosis, otro, el estado límite. Y veremos las diferentes opciones de la negación: denegación (verneinung), represión (verdrängung), desmentida (verleugnung), forclusión ( verwer- fung).

El tema del sujeto en estado límite nos plantea repercusiones epis- temológicas como son que la metapsicología y psicopatología freu- diana se estremecen, porque, y esto es lo que Lacan fija con contun- dencia: neurosis, psicosis y perversión, las estructuras clínicas esen- ciales, se relacionan con solución de continuidad. Esto quiere decir que hay un límite preciso entre cada una de ellas.

53 Idem, pág. 27 54 Melman, Ch., El hombre sin gravedad, UNR Editora

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RESUMEN: ESTRUCTURAS CLÍNICAS Y SUJETO EN ESTADO LÍMITE

-Los Obstáculos En La Cura: ¿Casos Límite?

- Manifestación reactiva a la interpretación

- Manifestación reactiva a la transferencia

- La detención en el análisis --- discurso vacío --- puesta en acto

-El Estado Límite Y Sus Consecuencias Epistemológicas

-La Negación En Las Estructuras Clínicas

- Represión y denegación : neurosis

- Forclusión : psicosis

- Renegación o desmentida: perversión

-La Negación En Las Operaciones Lógicas Del Juicio:

- Juicio de atribución: o acepto --

o expulso --

simbólico--------Inscripción

real--------------- Forclusión

- Juicio de existencia: Prueba realidad imaginario-- Represión

-- Denegación

-Estado Limite: Articulación Con Forclusión Nombre-Del-Padre

Suspenso revalidación adolescente de la inscripción N.- del-Padre

Estado adolescente indefinido

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¿SE PUEDE HABLAR DE FORCLUSIONES PARCIALES?

La negación en las estructuras clínicas Forclusión de efecto óntico Forclusión de efecto ético Forclusión de efecto epistémico La revalidación del nombre del padre La adolescencia indefinida

Siguiendo con lo que podemos llamar los síntomas del malestar con- temporáneo, y en particular, el concepto de Rassial del sujeto en es- tado límite, nos detendremos en el proceso de forclusión o Verwer- fung. Pero antes vamos a introducir el concepto de negación. Este concepto se encuentra en un artículo de Freud de 1925, Die Vernei- nung 55 , que Lacan prefiere traducir como “La denegación” 56 , tema que trabajará ampliamente a partir de un comentario del filósofo Jean Hyppolite 57 .

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En una primera aproximación al concepto diremos que la negación es un proceso lógico implícito previo al proceso del pensamiento, a

55 Freud, La negación, Tomo VIII, Obras Completas, Biblioteca Nueva

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