¿Igualdad política?

Por Irma Alma Ochoa Treviño Octubre 2011 A finales del siglo dieciséis la escritora francesa Marie de Gournay demandó la igualdad entre mujeres y hombres. En el dieciocho las francesas advirtieran otro mundo posible y abanderadas por Olympe de Gouges, reclamaron iguales derechos ciudadanos. Respecto del voto femenino, México está a la zaga en relación a otras naciones en América. Basta recordar que al redactar la Constitución de 1917 no fue explicita la ciudadanía de las mexicanas y fue hasta el 17 de octubre de 1953 que se reparó tal omisión. A la vanguardia estuvo Ecuador, donde tienen derechos políticos desde 1924. En este país, Rosalía Arteaga asumió el cargo de Presidenta tras el derrocamiento de Abdalá Bucaram. Brasil conquistó el sufragio femenino en 1933, hoy es presidido por Dilma Rousseff, quien ganó en elecciones abiertas. Argentina lo logró en 1947, ya ha sido presidido por dos mujeres Isabel Perón y Cristina Fernández. En Chile consiguieron el voto en 1949, recientemente lo presidió Michelle Bachelett. En cambio, ninguna mujer ha presidido México. Las mexicanas celebramos un año más de la conquista de los derechos políticos, pero la igualdad establecida en las leyes no se concreta en la arena política formal. Los avances son escasos a casi seis décadas de la consecución del voto. Seguimos subrepresentadas en los espacios donde se toman las decisiones y se administran los bienes públicos. Sólo seis mujeres han asumido el cargo de gobernadoras. En la actualidad una de las 32 entidades del país es gobernada por una mujer, equivale al 3.1%. De 2 mil 438 municipios existentes en el país, el 3.4% de las alcaldías son ocupadas por mujeres, así como el 9.8% de las sindicaturas y el 26.1% de las regidurías. Cuando somos la mitad de la población estas cifras son inadmisibles. En las Secretarías de Estado y la Procuraduría General de la República son mujeres el 15.8%; sube un poco en las Sub-secretarías, alcanzando el 20.3%. A nivel federal, en el Gabinete Ampliado, 16.7% de mujeres desempeñan una función contra el 83.3% de hombres. El 18.1% de

quienes ocupan un puesto en la Suprema Corte de Justicia de la Nación son mujeres; sólo 16.8% son Magistradas y 26.7% son Juezas. La reforma electoral obliga a los partidos políticos a promover la participación política en igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres. En el año 2008 estableció el sistema de cuotas 60/40 y sanciones por su incumplimiento. Dispuso que las solicitudes de registro de candidaturas a diputados y a senadores, se integren, al menos, con el 40% de candidatos propietarios de un mismo género, procurando llegar a la paridad. La paridad suena a utopía, pues además de los altibajos en las cifras anotadas y del fraude a la ley de cuotas –escándalo nacional de triste memoria- conocido como las Juanitas. Es evidente que ni siquiera alcanzamos la proporción de género establecida por las leyes electorales. Pese a las cuotas, la sub representación se mantiene: en la LXI Legislatura de 128 escaños en la Cámara de Senadores, solo hay 29 mujeres, lo que equivale al 22.7% del total. De 500 curules en la Cámara de Diputados, el 28.3%, es decir, 141 mujeres son diputadas federales. Por lo que toca al padrón electoral a nivel nacional, casi el 52% son mujeres y 48% hombres. Asimismo, el INEGI informa que el 57.4% de los funcionarios de casillas para la elección federal de julio de 2006 fueron mujeres. Esto muestra la importancia de las mujeres en actos eleccionarios, pero su participación como vemos, no las lleva a desempeñar cargos de representación popular, pues éstos -en su mayoría- son ocupados por hombres. Los porcentajes anotados evidencian que a la fecha no se han conseguido de hecho, iguales derechos ciudadanos para mujeres y hombres. La puerta de la política formal está aún cerrada para las mujeres, quienes siguen confinadas a los puestos de menor jerarquía, muchos de éstos, sin acceso a la tribuna. Adenda: Hace once años, el 15 de octubre de 2000, se realizó en Nueva York, la Marcha Mundial de Mujeres contra la violencia y la pobreza, ni una cosa ni otra hemos conseguido paliar, menos erradicar. Al contrario, se ha agravado la pobreza, cada vez son mayores las cifras de desempleo y violencia. En esa marcha miles de mujeres coreamos el estribillo Somos la mitad del mundo, somos la mitad del cielo, queremos la mitad del poder y la mitad del dinero. Una quimera.

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