Propuesta para un Manifiesto de las Indignadas

Por Lucía Melgar Considerando que: Nosotras las mujeres compartimos el enojo contra Wall Street y el mundo financiero. Estamos hartas del lucro y la mala educación. No queremos que corporaciones como Coca Cola acaparen nuestra agua ni que los gobiernos del continente le den toda clase de concesiones a mineras y gaseras a costa de nuestra salud y del presente y futuro de nuestra comunidad. Estamos cansadas de vivir en ciudades donde se da prioridad al automóvil y los medios de transporte colectivo son indignos. Estamos cansadas de trabajar horas y horas en condiciones denigrantes o agotadoras. Sí, compartimos la rabia y el hartazgo de muchos grupos y personas; junto a todos ellos caminamos y denunciamos. Pero tenemos también nuestros propios motivos para marchar y gritar y cantar y soñar y denunciar y por eso decimos: ¡Estamos indignadas! Porque en muchas ciudades no podemos andar por las calles de noche sin miedo a que nos violen, nos secuestren o nos maten. Porque de día las calles también son peligrosas; porque muchos se arrogan el derecho de tasarnos como animales cuando nos ven; porque otros incluso nos manosean y otros, en fin, nos agreden. Y nadie hace nada. Porque en muchas ciudades y campos, mujeres y niñas somos las últimas en acostarnos y las primeras en levantarnos, como si fuera nuestra obligación atender a maridos, padres y hermanos; porque somos las últimas en servirnos, las que nos quedamos con hambre. Y no sólo de comida, de saber, de diversión, de tiempo libre y de descanso. Y nadie se enoja por esto. Porque en muchas pantallas de cine y televisión, en revistas y diarios, aparecemos desnudas, o semi desnudas, abiertas de piernas y brazos, expuestas como vacas en el matadero, vivas para ser frotadas, usadas, cogidas, tiradas; muertas (sí, también aparecemos muertas) para ser vistas ¿y así deseadas? Y nadie dice nada. Porque en América Latina, nos violan y secuestran y matan, o nos engañan o nos venden y nos obligan a prostituirnos; y nos asesinan y nos tiran a la calle o a un baldío o nos entierran en cal para desaparecernos o en el patio de la casa si fue nuestro marido; conocidos y desconocidos. Y todavía se

atreven a decir que teníamos doble vida o que algo hicimos. Y casi nadie dice nada. Porque en México y Centroamérica, el feminicidio es una realidad de miles de asesinatos crueles, degradantes, semejantes en saña a la tortura, semejantes en horror a la desaparición; porque feminicidio es impunidad, misoginia, odio, barbarie, y no una palabra hueca que mastican políticos y medios. Y esto no es noticia de primera plana. Porque en Ciudad Juárez y Chimalhuacán y Ecatepec y Ciudad de Guatemala las asesinadas tenemos nombre y apellidos, somos Sagrario y Lilia Alejandra y Paloma, y Esmeralda y María Marisol, y tenemos 17, 20, 5, 33 años, y familias, hijos, hijas, mamá y papá y hermanos y a ellos también les afecta nuestra muerte; y tenemos vecinos y vecinas que se espantan con nuestro final y no quieren dejar que sus hijas salgan a la calle, por un tiempo, hasta que tienen que ir a trabajar. Y la vida sigue. Porque en Tapachula y en Ecatepec, y antes en Tlaxcala y Veracruz, hondureñas y guatemaltecas y salvadoreñas cruzamos el río en busca de un futuro mejor para nuestros hijos y del otro lado encontramos odio y desconfianza; nos asaltan y nos violan, o nos empujan del tren y perdemos los pies, o un brazo; y si llegamos a la casa del migrante descansamos un día o dos, pero no nos salvamos porque afuera tampoco nos quieren ni nos respetan; porque en Ecatepec a María Marisol Ortiz Hernández la mataron y la tiraron a la calle y desaparecieron a su bebé. Y el gobernador y el procurador no han hecho nada. Porque en Querétaro y en el Distrito Federal, Margarita y Alí y muchas otras que no quieren –o ya no pueden- decir su nombre, fueron amenazadas por sus parejas, maltratadas, humilladas, bocabajeadas. Y nadie, ni los vecinos que lo sabían todo, nadie dijo nada. Porque en México y en América Latina, la palabra feminicidio ha servido para hacer leyes, y estudios, y discursos, y no para acabar con la impunidad y hacer justicia. Porque en México y América Latina, las mujeres tenemos que soportar y contradecir una y otra vez los dichos del alto clero, y del mediano y pequeño también, que en nombre de una “vida” abstracta o la “vida” del cigoto nos niegan el derecho a decidir si queremos y podemos ser madres o no; porque se arrogan la autoridad de reducir nuestro cuerpo a la función de incubadora y de limitar nuestra vida a la maternidad forzada, como si su dios en efecto fuera omnipresente y les hablara en vivo y directo a toda hora, y fuera justo. Y los políticos les hacen caso o eso fingen. Porque en México, en 18 estados, las mujeres que tomamos la decisión de abortar y no tenemos medios para escondernos, o tenemos un aborto espontáneo y acabamos en un hospital público, nos exponemos a la vejación de la enfermera, el médico, el policía, el MP, el juez y el carcelero, y de paso

de la sociedad decente, de las almas buenas que se van a ir al cielo y de los obispos que nos excomulgan y de la ministra de la suprema corte de injusticia que dice que esas leyes que prohíben o penalizan el aborto no atentan contra nuestros derechos. Y nadie castiga a los curas pederastas ni a los jueces corruptos, ni a los médicos objetores de conciencia que hacen abortos en clínicas privadas. Porque en México, las mujeres ganamos 20% menos que los hombres por el mismo trabajo; porque el techo de cristal se mantiene bajo aunque en las universidades ocupemos la mitad de las aulas; porque los puestos de dirección son para los hombres, porque en el congreso sólo 27% son mujeres y de ellas pocas, muy pocas, se preocupan y actúan por nuestros derechos; porque ser funcionaria no equivale a ser responsable ni defensora de los derechos de las mujeres, porque se invierten millones y más millones de pesos en instancias para prevenir la violencia contra las mujeres y mejorar sus condiciones de vida. Y las funcionarias (en general) hacen poco o nada, o discursos que son ídem que nada. Porque en México y en América y en Europa y en todas partes hablar en femenino parece referirse a otro planeta, hablar de la guerra contra las mujeres es menos importante que la guerra de las galaxias, hablar de misoginia se tacha de jerga feminista, hablar de feminismo se asemeja a histeria, hablar de niñas y mujeres maltratadas o vendidas o violadas incita a la pornografía, el desprecio o la indiferencia. Y parece que no importa. Porque las mujeres y las niñas somos parte del mundo, de la comunidad, de la familia, de la escuela, de la política, de la fábrica, del pueblo y de las masas Y al mundo, a la comunidad, a la familia, a la escuela, a la fábrica, a la política, al pueblo y a las masas, apáticas o indignadas, les va a faltar la mitad si no estamos nosotras. Por eso decimos también: ¡Estamos hartas! De la indiferencia de los políticos, de los medios, de las almas buenas, de nuestros vecinos, de las funcionarias y de las dirigentes, de los bien pensantes y las bien portadas, de los hacedores de noticias y de las hacedoras de chismes. ¡Estamos cansadas! De dobles y triples jornadas, de salarios de miseria y de salarios inferiores a los de los mediocres que trabajan lo mismo o menos que nosotras, de puestos inferiores a nuestras capacidades, de jefes abusivos y jefas insolentes, de funcionarios acosadores y de funcionarias hostigadoras. ¡Estamos hartas!

De maestros que nos ignoran y de maestras que nos acallan; de padres incestuosos y madres omisas, de curas ignorantes y obispos pederastas, de monjas reprimidas y monjas opresivas, de médicos insensibles y enfermeras agresivas, de hospitales de la mujer sin presupuesto ni medicinas ni píldora del día siguiente; de medicinas caras y caducas, de investigación científica que no se ocupa de nosotras. Y decimos ¡BASTA! Queremos Justicia, igualdad, paz y dignidad, en los hechos, día a día. Queremos ciudades habitables, calles transitables y seguras; vivienda digna, parques y jardines, aire limpio, agua potable para todas y todos. Queremos educación gratuita y de calidad, laica, no sexista, que enseñe a niños y niñas a respetarse y respetar a los demás, con educación sexual científica y educación por los derechos humanos, y cultura. Queremos trabajo digno y salario digno, condiciones humanas, con transporte seguro y respeto a nuestro tiempo. Queremos compañeros y familias con sentido de solidaridad, que nos consideren como iguales, en derecho, voz, tiempo libre, que no nos dejen toda la labor de mantener la casa limpia y el mundo en buen estado, que no nos atribuyan la obligación de cuidar a todos, chicos y grandes, aunque estemos enfermas o cansadas. Queremos gobiernos dignos de sus ciudadanas y ciudadanos. No los achichincles de empresas y corporaciones que ahora nos (des)gobiernan. Queremos funcionarios y funcionarias con ética, que cumplan con su trabajo y nada más ni nada menos. Queremos que nuestros recursos, los que producimos con nuestro trabajo y repartimos con nuestros impuestos o con nuestro esfuerzo diario, se usen en beneficio nuestro, no de una burocracia inepta ni de fuerzas del (des) orden destructivas. Queremos un presente digno para todas nosotras, chicas y grandes y viejas. No queremos más impunidad, misoginia, censura, violencia y ninguneo. Queremos un futuro viable y digno, más justo, más limpio, más sustentable. Queremos respeto, igualdad, justicia, paz. Reivindicamos el derecho a escoger, el derecho a crear, el derecho a disfrutar la vida y el derecho a soñar despiertas. 15 de octubre de 2011

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