■ MAR DEL PLATA ■ DOMINGO 16 DE OCTUBRE DE 2011

IDA Y VUELTA: cultura@lacapitalmdq.com.ar

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Umberto Eco desmonta los secretos de la creación literaria
sa labor de documentación que incluye mapas, fichas, esquemas y visitas a los sitios en que ambienta sus ficciones, la previsión de las consecuencias que sus obras pueden provocar y la búsqueda apasionada de la verosimilitud. “Cuando preparaba la redacción de ‘La isla del día de antes’ fui a los mares del Sur, a la localización geográfica exacta donde transcurre la acción del libro, para ver los colores del agua y del cielo a diferentes horas del día, y los matices de los peces y de los corales. Pero también me pasé dos o tres años estudiando dibujos y modelos de barcos de la época, para averiguar cómo era de grande una cabina o un cuchitril, y cómo podía una persona moverse del uno al otro”, relata. Eco se interroga también sobre la relación entre realidad y ficción, sobre los componentes reales que sobreviven en toda construcción literaria: “Y por qué cuando Goethe publicó en el siglo XIX ‘Las tribulaciones del joven Werther’, donde su héroe homónimo se suicida por amor, muchos jóvenes románticos de la época hicieron lo mismo?”, se pregunta. Nacido en Alessandria (Italia) en 1932, Eco se destaca como crítico, ensayista y semiólogo además de como novelista y, actualmente, es catedrático de Semiótica y director de la Escuela Superior de Estudios Humanísticos en la Universidad de Bolonia. Entre su obra ensayística, figura “Apocalípticos e integrados” (1964) y “Lector in fabula” (1979) y, entre su obra narrativa, destacan “`El péndulo de Focault” (1988), “La isla del día de antes” (1994) y “La misteriosa llama de la reina Loana” (2003)■

róximo a cumplir 80 años, el escritor italiano Umberto Eco reúne en su flamante obra “Confesiones de un novelista” un conjunto de apuntes sobre la trastienda de la creación literaria formulados a partir de un cuestionario que el ensayista responde con la ironía que lo distingue. El autor de “El nombre de la rosa” narra en su nuevo libro distintos aspectos relacionados con su formación literaria y su acercamiento a la ficción después de destacarse como ensayista: así, desgrana detalles acerca de cómo prepara cada una de sus novelas, cómo delinea a sus personajes y el entorno que los rodea. También aborda la cuestión de la ambigüedad -una dimensión que Eco se ocupa de propiciar para que los lectores se sientan libres de seguir su propio camino en la interpretación de un texto- y se detiene en las facultades de un escritor para manipular las emociones del receptor. “Publiqué mi primera novela, ‘El nombre de la rosa’, en 1980, de modo que empecé mi carrera como novelista hace cosa de 30 años. Me considero, por lo tanto, un novelista muy joven y ciertamente prometedor, que hasta el momento ha publicado unas cuantas novelas y publicará muchas más en los próximos 50 años”, deja sentado el autor en el prólogo de su obra. En “Confesiones de un joven novelista”, editado por el sello Lumen, el ensayista retoma algunos tópicos sobradamente explorados, como las tensiones entre inspiración y trabajo o talento y esfuerzo, a la vez que no olvida testimoniar cómo pasó de ensayista a novelista. Eco sostiene que cuando cumplió 50 años no se sintió, “como les pasa a muchos alumnos”, frustrado por el hecho de

Umberto Eco, un impar de la literatura universal.

que su escritura no fuera “creativa” y asegura que con el ensayo teórico “se pretende demostrar una tesis determinada o dar una respuesta a un problema concreto, mientras que, con un poema o una novela, lo que se pretende es representar la vida con todas sus contradicciones”. “Los escritores creativos piden a sus lectores que traten de encontrar una solución”, asegura antes de explicar que en las charlas que ofreció tras la publicación de “El nombre de la

rosa” se preocupó por argumentar por qué un novelista puede decir cosas que no puede decir un filósofo. El resultado del conjunto de artículos que aparecen ensamblados en esta pieza es un conjunto de reflexiones y evocaciones escritas con la ironía y el desparpajo que distinguen al autor de “Apocalípticos e integrados”, puestas en este caso al servicio de una indagación sobre las condiciones de producción de la obra. Fiel a su tarea educadora, el

texto también exhibe un tono pedagógico que demuestra su empeño educador sin incurrir nunca en el aburrimiento: el resultado final es un libro entretenido y erudito, que no pretende sorprender por su originalidad pero que a su vez no desentona en la trayectoria ensayística del autor.
RIGUROSA DOCUMENTACIÓN

Eco pone al descubierto el complejo andamiaje que sostienen sus novelas: la riguro-

Las 8 preguntas para Mercedes Giuffré(*)
¿Qué error le molesta más advertir en un texto literario y cuál es el último que halló en el libro que está leyendo o que acaba de leer? Me molestan los errores de traducción. Digamos, que no se respete el sentido de lo que dice el original. Tengo claro que una traducción es una reescritura y que no se trata de una copia literal palabra por palabra. Pero creo que para traducir literatura

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hace falta algo más que el conocimiento de las lenguas. Hay que tomarse mucho tiempo y corregir, pulir, buscar opciones, tal como lo hizo el autor. La última mala traducción que leí fue de una novela de Clarice Lispector. No diré cuál para no ser descortés con quien la tradujo, pero intentaré conseguir el original en portugués y hacer el esfuerzo de leerlo con un buen diccionario a mi lado. Lispector se lo merece.

Mercedes Giuffré nació en Buenos Aires el 27 de mayo de 1972. Es escritora y docente investigadora. En 2003, apareció su primer libro de cuentos, Lo único irremediable, al que le siguieron, en 2004, Un colono escocés, y el ensayo académico En busca de una identidad, la novela histórica en Argentina, que incluye una serie de entrevistas con los escritores Jorge Castelli, Miguel Angel De Marco, María Esther De Miguel, Lucía Gálvez, Tomás Eloy Martínez, Martha Mercader, María Rosa Lojo, Seymour Menton y Pedro Orgambide. En 2008, el sello Suma de Letras de Argentina editó su primera novela: Deuda de Sangre, que inicia la serie histórico detectivesca protagonizada por el médico Samuel Redhead (publicada por Edebé, España, en octubre de 2010). El peso de la verdad, segunda entrega de la serie, vio la luz en Argentina en febrero de 2010 (Suma de Letras) y en febrero de 2011 en España (Edebé). El carro de la muerte es su tercera novela y una nueva entrega de la serie de Redhead.

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Qué difícil es volar
Por Eduardo Balestena http://www.d944musicasinfonica.blogspot.com

Alegorías, o todo lo contrario
Por Sebastián Chilano sebastianchilano.blogspot.com

o primero que quise escribir cuando era chico fue una historia de la aviación. Había caído en mis manos un libro (El hombre alado) que me fascinaba y siempre supe que volar sería cuestión de tiempo. Me llevaron por primera vez cuando tenía 10 años, en el Aero Club, en un Piper Colt. Nunca olvidaré la primera vez que lo hice solo. Pero la verdadera aventura no es volar en sí sino renovar, año a año, el psicofísico, (el certificado anual de aptitud). Al cabo del tiempo, todas las idas se me superponen en una suerte de experiencia única. Antes íbamos alumnos y pilotos, civiles y militares pero hoy, va todo el mundo, azafatas, personal de rampa. Cada vez hay más gente, por suerte, algo menos de la mitad es del sexo opuesto. El Instituto de Medicina Aeronáutica queda en Palermo, cerca del Planetario y abre a las 7 y media de la mañana. Pese a tantos anuncios de que iba a suceder lo contrario, sigue dependiendo de la Fuerza Aérea -es decir que estamos como antes de Piñeyro- y las revisiones suelen recordar, y mucho, a las del servicio militar. El paso por unos gabinetes es más rápido y sencillo, pero otros no. En unos se junta mucha gente, en otros no se junta nadie. Este año, por ejemplo, no me hicieron la radiografía de tórax. Como, invariablemente, el que hace otorrinolaringología al mirarme los oídos decía: tapón de cera, tapón de cera y me sellaba la hoja, unos días antes fui al otorrino a hacerme un lavaje de oídos. Cuando me llegó el turno, sin mirarme, me selló la hoja y me dijo: “andá flaco”. Este año esa prueba fue subsumida en la de clínica médica, que siempre fue lo más cercano a la colimba y tampoco me miraron los oídos. El año pasado, en clínica médica me atendió una doctora, joven y frondosa, que tras ceñirme fuertemente el tensiómetro me rechazó mandándome a hacer una prueba por la cual tuve ir al cardiólogo para que me pusiera por 24 horas un aparato que me tomaba la presión, día y noche, y andar con él en clase, en el trabajo, en la calle. Lo peor era el ruido que, de golpe, hacia cada pocos minutos y que me obligaba a dar largas explicaciones. Cursaba Sociedades en esa época y cuando, estando en clase, comenzó a inflarse ruidosamente mi brazo la profesora interrumpió, extrañadísima, su exposición. Al rato, la clase ya se había acostumbrado. Fue difícil dormir esa noche. Por supuesto que estaba todo normal, pero pasé sin volar un tiempo gracias a eso. En la audiometría es todo más fácil. Este año la encargada me dijo, como si me conociera ¿está mejor de su salud auditiva? Como si alguna vez hubiese sido sordo. Por las dudas, opté por oprimir el botón no cuando escuchaba sino cuando presentía. El oculista, uno de los primeros en desocuparse es un hombre mayor muy amable (casi el

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MEDUSA En mitología: Una de las tres Gorgonas, a quien la diosa Atenea transformó sus cabellos en serpientes y le permitió a sus ojos convertir en piedra lo que deseara. Perseo le cortó la cabeza. Hasta aquí la historia oficial. La otra historia cuenta que Medusa petrificaba muy seguido con su mirada y que algunos escultores aprovecharon esa virtud para conseguir material gratis. Cuando Medusa petrificaba a alguien, ellos iban, le daban unos pocos retoques con el cincel y se proclamaban autores de tales maravillas. Esta es la verdadera historia de Medusa, que cuenta, además, que murió en la pobreza, olvidada, sola, y sin el reconocimiento del público ni de los museos. MELANCOLÍA: Lugar de donde vuelvo al despertar único amable). Va por los pasillos diciendo como si fuera un vendedor: “ojos”, “ojos”, “ojos” “a alguien le falta hacer ojos” “venga, veenga- pero estoy esperando acá- “no importa, enseguida se desocupa y vuelve”. En una época había un dentista con los dedos con olor a cigarrillo: miraba las piezas y decía una letra y un número, hasta terminar anunciando “hundido.” Otro exclamaba, “Mar del Plata, ahhh, cómo me gusta ir a la Reforma” (El, como muchos, no imagina que la Mar del Plata que conoció ya no existe, que sobre sus escombros surgió otra, frenética y desconocida, con edificios anónimos y que la guerra entre la identidad y la lógica del mercado fue ganada por esta última). Con la hoja hay un cuestionario para el psiquiatra con preguntas como: “¿ha oído voces”; “si está en un cine y se incendia qué hace”; “cuántas tazas de café toma por día”; ”se ha sentido eufórico o deprimido últimamente”; “qué opina de usted su familia”; “Si intentan robarle el auto, qué hace? Antes de la entrevista con el psiquiatra militar hay que hacer lo que decididamente es lo peor: el gabinete psicológico. Los que están allí no llevan uniformes sino guardapolvos y nos miran como a chicos: el que vuela un jumbo, o un Piper, o helicópteros o cazas, son todos iguales para ellos, que están más alto que todos nosotros, aunque no hayan despegado los pies del piso. Hay que hacer el test de Bender (reproducir figuras geométricas) y en otra hoja dibujar una casa, un árbol y una figura humana. Si la figura es muy completa uno es un obsesivo; si es muy básica uno es un inmaduro. Si le ponemos anteojos porque nosotros los usamos es que no vemos la realidad. Si es muy grande uno es egocéntrico, si es muy chica, es complejo de inferioridad. Lo mismo el árbol: si tiene mucha copa, si tiene poca, si tiene raíces, si no las tiene. Suelo dibujar el chalet donde estaba Speakeasy, porque me gusta y me trae lindos recuerdos, y la figura que hago invariablemente es con traje, corbata y portafolios. No sé qué de malo habrá en ello. Me encantan los trajes y las corbatas, los uso todos los días para trabajar y me gusta salir, elegirlos y comprarlos, pero algo muy extraño debe haber en eso porque este año me hicieron completar el dibujo con el de una figura humana bajo la lluvia (“porque el otro no salió muy bien”). El problema entonces es si uno la dibuja con paraguas o no, o si el paraguas es muy chico o muy grande o cubre la figura o no. También las gotas o las nubes. Si hay nubes parece que uno es depresivo, si no las hay, omnipotente, si son muchas y pequeñas, uno piensa que todo está en su contra, si hay pocas, es que uno minimiza el riesgo. Realmente los del gabinete me superan y no sé como predecirlos. Cómo decirles que los dibujos sólo muestran lo que ellos, que seguramente nunca manejaron un avión, quieren imaginar allí. Uno que está al lado, un paracaidista me dice “yo no le tengo miedo al paracaídas ni a los saltos…pero a la hoja…” Luego de todos los gabinetes la visita termina en los psiquiatras militares, que parecen sacados de la película Birdy, o de Atrapado sin salida. Miran y como si se dirigieran a un criminal dicen “cuénteme”. Nunca les confesé que en realidad soy escritor. Siempre me preguntan en qué año de Derecho estoy. Intento decirles que más que años, son correlatividades, pero desisto. No acaban de entender lo que es la Cámara de Apelaciones donde trabajo. Tanta salud mental no responde a mi pregunta invariable: para qué es necesario esto si sólo quiero volar un Cessna 150 una vez por semana o cada quince días. Después de todos estos años, si uno les tiene el respeto que se merecen, que es mucho, no es difícil volar un avión; aunque haya viento cruzado, cortantes, rachas (es peor manejar un auto en las calles salvajes), no les temo a los aviones, les temo a los dibujos, a los certificados, a las personas, eso sí que hace que sea difícil volar ■ MIEDO: Sensación aprensiva que experimenta algunos seres humanos ante la cercanía de agujas o médicos. En medicina: sensación de algunos médicos ante la cercanía de algunos pacientes o familiares. MOSCA Animal de ocho patas, como las de su verdugo, la araña y como el equivalente de patas que salieron del ascensor cuando bajaron el portero y sus tres hijas. Tiene cuatro alas, según el dibujo que trajo el hijo de la separada del sexto del jardín de infantes y que me enseñó mientras subíamos, quizás para agradar, o quizás para continuar la azarosa búsqueda de un padre sustituto. Vive dos días, o un poco más, como el amor primerizo que se le acaba de morir a la vecina del octavo piso que no me saludó mientras fumaba y discutía hablando por teléfono celular en el mismo lugar donde alguna vez la encontré abrazada a ese amor que ahora parece haber perdido. De mirada múltiple, como dice tener el político que habla ahora, mientras beso a mi mujer, desde el televisor e inunda todo el departamento, silenciando nuestro beso rutinario y las palabras repetidas. Se pasa todo el día entre la basura, zumba y molesta, y de la mugre logra subsistir, característica que comparte con un personaje mencionado en esta historia, y que no es ni la mosca, ni la araña, ni el portero ni sus hijas, ni la separada ni su hijo, ni la soltera ni el amor perdido, ni el político, ni, por supuesto, quien escribe. MUSAS Esperaba que las musas de la inspiración llegaran, pero en cambio me quedé dormido y un grupo de madres asesinas me atacó. Querían libros de cocina, zapatitos, hojas repuesto Rivadavia, reglas, compases y cartucheras con no sé qué cuadernito de moda. Además reclamaban ediciones agotadas hace siglos de El Principito para colorear. Quise despertar para evitar el sufrimiento. Pero no pude. Al menos conseguí que una musa se metiera en el sueño, pero como en una broma de mal gusto, era una musa con panza. Una musa embarazada. Las madres asesinas la rodearon. La abrazaron, le acariciaron la panza y le hablaron al oído. La musa las escuchó sin hablar. Las despidió y se acercó a darme sus ideas. Ideas horribles. De jardines de infantes, de bolsas con paquetes de galletitas para intercambiar. Sin duda las madres asesinas le lavaron el cerebro a mi pobre musa. La acompañé a su casa y la acosté a dormir. Antes de irme le dejé un chocolate en la mesa de luz, por si le da un antojo a medianoche. Salí de su casa y me desperté perdido ■

Las 8 preguntas para Mercedes Giuffré

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¿Qué situación de su vida cotidiana encontró reflejada con sorpresiva exactitud en un libro, una pelí-

cula, una canción o cualquier otra obra de arte? Conversaciones telefónicas con alguien muy cercano. Esa

suerte de diálogo de sordos que refleja muy bien Alejandra Zina en su novela “Barajas”. Me causó mucha gracia.

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‘LAS ANTIGUAS’, UN LIBRO QUE REUNE LAS OBRAS DE AUTORAS DEL SIGLO XIX

Escritoras al rescate
La pieza, que fue presentada en la Feria del Libro de Córdoba, retoma los textos de Juana Manuela Gorriti, Juana Manso y Lola Larrosa. Cada uno de los relatos cuenta con un prólogo realizado por una colega contemporánea.

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a primera parte de la colección de libros ‘Las antiguas’, que incluye títulos de Juana Manuela Gorriti, Juana Manso y Lola Larrosa prologadas por escritoras contemporáneas, fue presentada en la vigésima quinta Feria del Libro de Córdoba como obras que por el género de quienes las produjeron fueron invisibilizadas en la memoria genealógica literaria. ‘Cocina ecléctica’ y ‘La tierra natal’, de Gorriti; ‘Los misterios del Plata’, de Manso, y ‘El Lujo’, de Larrosa, son las obras de esas primeras escritoras que llegan hoy a las manos de lectores para completar ‘‘esa genealogía de la literatura argentina que no trascendió por una cuestión de género’’, dice Mariana Docampo, directora de la colección. ‘Las antiguas’, publicada por el sello cordobés independiente Buena Vista, se dedica al rescate de títulos de escritoras argentinas nacidas en los siglos XIX y anteriores, y publicadas hasta mediados del siglo XX.

‘Cocina ecléctica’, de Juana Manuela Gorriti.

‘El lujo’, de Lola Larrosa.

QUIENES ERAN Con una paleta variada de géneros literarios novelas, memorias, recetarios, cuentos y episodios históricos- este proyecto propone correr el velo de ese encasillamiento surgido del prejuicio y que permite que varias de estas autoras no caigan en el olvido. La tarea no fue fácil, Docampo pasó largas horas retipeando textos incunables como los escritos de Josefina Pelliza, una autora casi ‘‘inhallable’’, cuenta la directora. ‘‘Salvo Gorriti, no circulan en las bibliotecas, en general se encuentran en las salas reservadas que no se pueden sacar ni fotocopiar’’. El objetivo de esta colección ‘‘tiene que ver con que nuestra literatura no está solamente conformada por nombres de escritores decimonónicos, sino que había mujeres y queremos saber quiénes eran’’, aclara Docampo, no sólo ante una inquietud personal que la llevó a dirigir este proyecto, sino ante un mundo que se abre en el universo olvidado de las letras. Aunque muchas no trascendieron en el tiempo, otras tantas como Gorriti, Manso y Eduarda Mansilla quedaron en la retina histórica. Sin embargo, esta colección no hace juicio de valor sobre ‘‘mejores o peores’’ escritoras porque intenta mostrar ‘‘en forma desjerarquizada’’ que todas ellas ‘‘escribieron y publicaron’’. Para Docampo, ‘‘todas estaban dentro del ambiente literario, aunque posteriormente no fueron tomadas por la Academia y una de las razones que consideramos tiene que ver con el género de las autoras’’. La salteña Gorriti -una de las más prolíficasfue una mujer pública que logró conquistar gran prestigio y su salón literario fue centro de reunio-

‘La tierra natal’, de Juana Manuela Gorriti.

nes intelectuales. Con una voz astuta e inteligente, Juana Manuela plantea en ‘La Tierra natal’ (1884) un relato de viaje y, cual cronista, revela el regreso a su paisaje de la niñez, luego del exilio. PROLOGO PARTICULAR Cada escritora ‘‘antigua’’ tuvo una contrapartida ‘‘contemporánea’’ que funcionó como prologuista para ‘‘establecer un diálogo de épocas, ya que todas provienen de una misma cultura y de una misma lengua. Somos colegas en distintos

tiempos’’, señala Docampo. Carolina Esses fue quien tuvo la tarea de anteceder el relato de Gorriti. Para ella, ‘‘es un texto construido en la tensión de varios hilos narrativos que a veces pareciera sucumbir a las convenciones de lo que una mujer debe escribir’’, aún así en su libro Juana Manuela ‘‘nos habla por lo bajo, imposible no escucharla, sobresale su habilidad para decir su parte’’. ‘Los misterios del Plata’(1852), de Juana Manso, una de las precursoras del feminismo, es ‘‘una novela que hoy leemos atravesada por su propia

experiencia con personajes centrales contrariados por odios y luchas que giran en torno a la idea de país’’, según su prologuista Mercedes Araujo. Manso -que creció en los albores de un país sin construir- escribe instando a la mujeres a luchar por sus derechos, redacta con la obligación de la denuncia y ‘‘el enfrentamiento a los valores conservadores que imperan y ponen a la mujer en lugares de marginalidad’’, expresa su contraparte actual. ‘El lujo’ de Larrosa, otra de las perlas ‘‘inhallables’’ de este compendio de féminas rescatadas, es una ‘‘novela de costumbres’’ que se anticipó a los textos de su época referidos ‘‘al ansia del dinero, la especulación y la banalidad que entonces habían invadido cierto sector de la sociedad porteña’’. ‘‘Era una trabajadora de las letras. Periodista, mantenía al marido y se quedó a cargo del diario de Gorriti ‘La alborada del Plata’. Cuando publicó su primer libro le dijeron que se dedicara a otra cosa. Seguir escribiendo la hace heroica’’, opina Docampo. Vanesa Guerra, su dupla ‘‘contemporánea’’, dice: ‘‘Larrosa compone esta obra con una libertad fuera de serie, apela a la diversidad de formatos narrativos. Y la voz que narra, es inversamente proporcional a los placeres que gana nuestra heroína, Rosalía’’. Completa esta primera parte de la colección ‘Cocina ecléctica’ (1890), de Gorriti, un recetario donde la autora ‘‘invita a escritoras y amigas a que le manden recetas, con el espíritu de armar un libro colectivo’’, explica Docampo. La segunda parte incluye ‘Recuerdos de viaje’ de Eduarda Mansilla, prologado por María Rosa Lojo; ‘Stella’ de Emma de La Barra, considerado el primer best-seller argentino y que irá con prólogo de Cristina Piña; ‘Recuerdos de antaño’ de Elvira Aldao de Díaz, que será reeditado por primera vez desde 1931 con palabras de María Teresa Andruetto, y la primera reedición de ‘Lucía Miranda’ de Rosa Guerra, prologado por Paula Jiménez ■

Las 8 preguntas para Mercedes Giuffré

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¿De qué lugar, personaje común o circunstancia en general que ofrece Mar del Plata se apropiaría para

incorporarlo como pasaje central de alguna de sus obras?

El restaurante del Club de Pescadores, que está en un muelle.

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ntrábamos por primera vez al edificio y no me gustó como le miró el culo a Marta.

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ral que me costaron las mínimas prendas de cuero que tuve que ponerme para ser un striper. Esta escalada de audacias, nos llegó a convencer que éramos capaces de hacer cuanto se nos ocurriera y que todo se justificaba al creer, que seguíamos burlándonos de esos ingenuos espías. La noche que Farofa huyó de nuestro balcón, dejó olvidada la llave en la puerta de entrada de ese departamento. -¡Andá a sacar una copia! -me ordenó mi mujer, cuando superamos nuestro asombro. Fui a la cerrajería de la estación de subte más cercana y en pocos minutos me hicieron un duplicado. Volví y coloqué el original en la cerradura. Al entrar en el dormitorio la vi tendida en la cama, su rostro tenía una expresión pícara. Comenzó a explicarme su última idea: repetir nuestros encuentros, esperando que el curioso, se tentara y fuera otra vez al balcón. Marta llegaría vestida de colegiala y se quitaría la ropa de la forma más sensual posible. Cuando terminó la explicación su cara era decididamente diabólica. Era pleno invierno cuando decidimos llevar a la práctica nuestro número, el frío era intenso. Esperamos hasta que pudimos comprobar que el mirón estaba otra vez en el lugar, yo lo podía ver desde la ventana de la cocina. Marta comenzó a desnudarse con movimientos que contenían tanto erotismo que casi me olvidé de Farofa. Creo que, al saberse observada por alguien que no era yo, hizo que se excitara mucho más. Su cuerpo por alguna razón había cambiado... ¡se había convertido en una diosa! Se suponía que, a continuación, yo entraría al departamento vecino y cerraría la puerta del balcón dejando al curioso a la intemperie toda la noche. Cuando llegué comprobé que nuestra treta había dado resultado. Allí estaba espiando entre las ranuras de la persiana y con una mano entre las piernas ¡se estaba masturbando! Al cerrar el ventanal, la cerradura hizo un ruido que me delató. Farofa volvió su rostro hacia mí y rápidamente saltó el espacio entre los dos balcones. Al llegar comenzó a golpear el vidrio mientras me miraba con sus ojos desorbitados. El placer de verlo allí me generó nuevas ideas por lo que me volví a buscar a Marta. -¡Vení, que lo vamos a matar de calentura! -le dije y volvimos desnudos y tomados de la mano. Llegamos hasta tocar el vidrio empañado en el que se adivinaba el contorno adiposo de nuestra víctima. Marta comenzó a apoyar su cuerpo en él. Se movía voluptuosa. El contacto de su pelvis con el cristal formaban figuras extrañas mientras que, simultáneamente, con sus pezones dejaba líneas en el dibujo que ejecutaba bailando. La música que llegaba desde nuestro living nos transportaba. Con mis manos en su cintura y una erección inigualable, la guiaba a todo lo ancho del ventanal, íbamos y veníamos, parecía que una danza ritual nos poseía. Estábamos desenfrenados y más lo estuvimos cuando el gordo comenzó a emitir unos rugidos grotescos, casi bestiales, mientras golpeaba el vidrio desesperado. Temimos que lo rompiera. Un aullido agudo, inhumano. nos trajo a la realidad. El miedo me impulsó a tirar de la correa de la persiana y esta se desplomó violentamente aislándonos de nuestro espectador. Oí el estruendo de su cuerpo cayendo mientras se trataba de apoyar en la persiana. Para sentirnos seguros salimos precipitadamente de allí y nos encerramos en nuestro departamento. Permanecimos expectantes. No oímos más ruidos. La excitación dejó paso a la incertidumbre. Nuestra respiración fue volviendo al ritmo normal. Pasaron unos minutos y luego, con cautela, levanté la persiana. No alcancé a ver nada. Muy despacio, abrí el ventanal. Farofa yacía en el suelo. Era sólo una mancha oscura en posición fetal. Las manos, sobre su corazón, delataban, tal vez, algún problema cardíaco. Volvimos y yo, muy confundido, me limité a hacer lo que Marta me ordenaba. -Levantálo, vamos... ¡hacé fuerza, boludo! -me decía como gritando pero en voz baja, mientras ella lo levantaba por los pies. Con gran esfuerzo lo fuimos pasando por encima de la baranda hasta que quedó casi en equilibrio sobre el borde. Desde allí, con una alegría salvaje, lo empujamos al vacío. Cuando sentimos el golpe sordo contra la vereda nos enfrentamos. Permanecimos un rato mirándonos el uno al otro . No nos reconocimos ■

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(fotografía de autor)

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Era panzón, desprolijo. Sucio. Siempre apoyado en el mugroso palo de escoba. Ahora pienso que nunca lo vi barrer. Después de algunos días comenzó a tratarme con un cierto afecto que se manifestaba con unas obsecuentes palmaditas en el hombro. Yo, para evitarlas, trataba de pasar a su lado a toda velocidad. Pasaron un tiempo mientras nos acomodábamos a las rutinas de la nueva vivienda. Marta y yo trabajábamos las habituales nueve horas diarias a las cuales, a veces, se agregaban algunas horas extras que nos obligaban a llegar más tarde. Sin embargo, jamás pudimos escapar al control del encargado del edificio, que desde su departamento, al final del pasillo de entrada, controlaba todo el movimiento de y hacia los dos pequeños ascensores. La puerta, siempre entornada, denunciaba al espía en guardia permanente. Se llamaba Crisólogo Farofa y en poco tiempo llegó a hartarnos. Si la que llegaba más tarde era mi esposa, a la mañana siguiente, el tipo no se privaba de hacerme algún comentario malintencionado mientras me daba los consabidos golpecitos en la espalda. Esto hacía que me pasara el día odiándolo. Animarme a frenarlo me costó mucho y cuándo lo conseguí, me devolvió una sonrisa socarrona y otra vez esa aborrecida mano en mi hombro, seguidas de confianzudas expresiones de amabilidad. -¡No se caliente, don Juan Carlos! ¡Ja!, ¡Ja!, ¡Ja! ¡Es una broma! -¡Y la puta que te parió…!- balbuceaba impotente mientras me alejaba. Después de mucho tiempo de lamentarnos de su insolencia, descubrimos que su mujer no se quedaba atrás. Mi mujer estuvo muy acertada al bautizarla “Corchito”, por su semejanza con los corchos de las botellas de sidra. El colmo fue cuando en una reunión de consorcio, deslizó el siguiente comentario: -Pero señora: ustedes sí que comen naranjas! ¡Qué cantidad de cáscaras! ¡Por Dios! -¡Estos dos nos revisan la basura! - murmuró Marta mientras me miraba con asombro. El descubrimiento nos agobió. -¡La basura es nuestra! - reaccioné furioso. Nos sentimos vulnerables, agraviados. Habíamos perdido algo, que descubrimos valioso, cuando alguien

BASURA
POR HUGO PORTILLO

Mientras volvíamos en nuestro auto, ella se vistió con una peluca rubia de cabellos largos, zapatos con tacos altísimos y una falda muy corta. De reojo miré sus piernas. ¿Cómo me había olvidado de lo hermosas que eran? Entramos furtivamente y por supuesto, no escapamos a la mirada del guardián. Subimos en el ascensor conteniendo la risa…
metió sus manos en el interior de “nuestras” bolsas de residuos. Meterse con ellas era invadir agresivamente nuestra intimidad que, aunque descartada, no dejaba de ser nuestra. Cuando lo hablábamos con el resto de los propietarios y hacíamos algún comentario no respondían o bajaban la mirada. Comprendimos que les temían. Algunos se animaron a confesar que sacaban oculta una parte de su basura, para evitar la requisa. -¡Por culpa de ellos, esta gente lleva una vida miserable!- observé indignado. -¡Esos dos son unos hijos de puta!- agregó Marta. Esta expresión, viniendo de ella, me sorprendió. Pero luego, con su sentido del humor tan especial, logró cambiar mi inquina por algo que nos pareció mucho más divertido. En adelante administraríamos nuestros desechos de manera tal de provocar en los dos todo tipo de expectativas o frustraciones. Entonces, si debíamos desechar un par de zapatos, en la bolsa sólo depositábamos uno; el otro lo sacábamos

del edificio en la cartera de Marta o en mi portafolios. O al revés: importábamos basura cuando nos parecía interesante para nuestros fines. -¡Mirá lo que traje!- exclamó Marta, al llegar agitando una bolsa llena de cajas de aspirinas vacías y arrojó el contenido a la basura (debo aclarar que es farmacéutica). Al día siguiente “Corchito” me preguntó si alguno de nosotros estaba enfermo, a lo que yo respondí, con mucha naturalidad, que en realidad éramos adictos. Se me ocurrió que si, después de que la revisaran, les robaba nuestra propia basura y se la devolvía al día siguiente, eso los confundiría aún más. Marcamos las bolsas para identificarlas con facilidad y, de vez en cuando, poníamos en práctica esta nueva estrategia. A la noche, yo las tomaba del canasto en la vereda y mediante una cuerda la subíamos hasta nuestro balcón. Más adelante lo hicimos también con algunas bolsas de otros propietarios. Nuestras víctimas comenzaron a verse confundidos y de una forma casi imperceptible sus conductas también parecieron cambiar. Se volvieron menos estrictos en su vigilancia y esto se comentó en los ascensores. Cuando Marta llegó más tarde de lo habitual, Farofa me insinuó una supuesta aventura de mi mujer. Al comentarlo con mi esposa surgió la idea que nos cambió la vida. Fingiríamos una infidelidad real. Mientras volvíamos en nuestro auto, ella se vistió con una peluca rubia de cabellos largos, zapatos con tacos altísimos y una falda muy corta. De reojo miré sus piernas. ¿Cómo me había olvidado de lo hermosas que eran? Entramos furtivamente y por supuesto, no escapamos a la mirada del guardián. Subimos en el ascensor conteniendo la risa… Llegamos a nuestro departamento, al cerrar la puerta quedamos muy juntos, nos miramos y fuimos uno contra el otro. Nuestros cuerpos se encendieron, su respiración entrecortada, junto a mi oído, me transformó en un volcán a punto de estallar — ¡Cogeme, guacho!— me dijo casi gritando, mientras nos arrancábamos la ropa. Mis manos buscaban su piel. Le arranqué la ropa que fue quedando en el piso sin que le prestáramos la menor atención. Apenas pudimos llegar al sofá del living, y en él, tuvimos el sexo más apasionado de nuestros diez años de casados. Un par de horas después, la rubia, salió con cierto sigilo y se perdió en la calle. Marta volvió al rato, el color de sus mejillas la traicionaban pero pasó desapercibido. (Esa noche descubrió que podía ser una mujer muy seductora y quizás esto fue lo que abrió la caja de Pandora). Una bombachita rota y unas medias muy finas totalmente despedazadas aparecieron, al día siguiente, en la bolsa de residuos. Farofa, vino a mi encuentro con esa ridícula cara de: “¡No se preocupe! ¡Yo no vi nada!” Y, obviamente, me sobó la espalda. Seguí mi camino hacia la cochera como si no pasara nada. A su vez Marta recibió del Corchito una larga mirada de conmiseración, como dudando si informarle o no acerca de la aventura de su marido la

noche anterior. La vez siguiente fue mi mujer la que llegó con un acompañante vestido con pantalones y campera de cuero negro. La cabeza ostentaba una melena, tipo afro, que combinaba muy bien con sus anteojos de sol y una gran cadena dorada al cuello. Mi aspecto era muy convincente. Si el encuentro anterior fue excitante, ¿qué puedo decir de los que siguieron? Nuestra sexualidad se derramó en un aluvión de lujuria. Estábamos asombrados porque los orgasmos se sucedían descontrolados. Sin articular palabra, nuestras miradas, veían en el otro, a la persona que estuvo oculta durante tantos años. Revelaban que en nuestro interior existía un promiscuo que sólo necesitó la oportunidad para emerger. A partir de esta segunda vez nuestros porteros dejaron de tener el protagonismo del principio. Los seguimos utilizando como una excusa, tal vez innecesaria. Era el disparador que desencadenaba nuestra pasión. Gozábamos, pero no teníamos noción de cómo incluir todo esto en nuestra vida cotidiana. Fueron muchas las personalidades que adoptamos: colegiala, jugador de básquet con pelota y todo, mujer policía, delivery de pizzas, monja, rabino con rulos , enfermera, service de heladeras son sólo algunas de las que recuerdo. Al poco tiempo de comenzar con esta farsa, observamos que la curiosidad de Farofa y su mujer, se fueron a niveles sólo comparables con el de nuestra lascivia. Cuando llegábamos al cuarto piso, el cartel indicador del ascensor nos decía que la cabina volvía a la planta baja, para subir inmediatamente. Corríamos a encerrarnos en el departamento, donde la música, ya preparada de antemano, indicaba, a quien quisiera oírlo, que allí existía un encuentro amoroso particularmente intenso. Al apagar la luz, veíamos claramente la sombra de unos zapatos por debajo de la puerta. Las mejores ideas siempre fueron de Marta. Esta vez, con una mecha muy fina, perforé la madera de la puerta a la altura de la pelvis del espía y por el orificio, con una jeringa jugábamos s arrojar pequeños chorritos de lavandina. A la mañana siguiente nos divertíamos viendo cómo el pantalón del encargado iba destiñendo en la zona próxima a la entrepierna. Esto trajo su problema porque comenzó a interpretar mal las miradas de Marta en esa dirección y, en su momento, ella tuvo que frenar sus avances. Farofa resentido, comenzó a mirarla con odio, y una mañana no dudó en contarme con todo detalle qué clase de mujer tenía yo por esposa. — ¡Yo se lo digo porque lo aprecio, don Juan Carlos! Y no por otra cosa, ¡no vaya a creer!— decía mi ahora “protector”, mientras que de los ojos de “Corchito” y desde la oscuridad de su apostadero, salían filosos destellos. No demostré el menor asombro, por lo que debieron haber interpretado que tenía asumida mi correspondiente cornamenta. Lejos de amilanarnos por las posibles consecuencias

de este juego inofensivo, nos estimuló todavía más. Una noche, mientras permanecíamos en silencio, exhaustos, un ruido hizo evidente que había alguien en el departamento de al lado. Sabíamos que estaba desocupado. Sin embargo, volvimos a oír algunos ruidos, casi imperceptibles. -¡Es él! -dije mientras corría descalzo hacia el ventanal. Tratando de sorprenderlo, intenté salir sigilosamente y casi me muero del susto. En ese momento el gordo saltaba al otro balcón en una huida precipitada. Fue evidente que, al aumentar nuestra audacia, simultáneamente crecía su curiosidad. -¡Entrá, vení que estás desnudo! -dijo Marta, también desnuda desde la cama.

Para Luciana Leiras la fotografía es como, parafraseando a Barthes, ese intento de nunca ser más que un canto alternado de “vea”, “ve”, “vea esto”. En estas imágenes en particular, tomando la fotografía callejera como canalizador de humor y motor de búsqueda del color de la Ciudad de Buenos Aires. Belleza que nos cruza en cualquier parte, nos espía por la ventana, espera el semáforo o bondi en una esquina, es una remera, un sticker, una cara, una sombra de autopista.

Un aullido agudo, inhumano. nos trajo a la realidad. El miedo me impulsó a tirar de la correa de la persiana y esta se desplomó violentamente aislándonos de nuestro espectador. Oí el estruendo de su cuerpo cayendo mientras se trataba de apoyar en la persiana. Para sentirnos seguros salimos precipitadamente de allí y nos encerramos en nuestro departamento.

Nuestra guerra de desechos continuaba sin pausa. En la bolsa de cada día iban, fragmentos de cartas muy apasionadas. Restos de accesorios eróticos que yo, venciendo mi timidez, adquiría en un negocio de pornografía al que nunca, tiempo atrás, me hubiera atrevido a entrar. (Aprendimos a usarlos, ¡todos!). Luego los destruíamos, con mucha pena, pero con la promesa de volverlos a comprar. Esto dejaba bastante contrariada a la encargada. La descarga de su frustración, naturalmente, vino por el lado de confesarle a mi mujer qué clase de sinvergüenza era yo. Nuestra complicidad era deliciosa y sin darnos cuenta, durante el tiempo que asumíamos otra personalidad, nos fuimos metiendo en la piel de los personajes que interpretábamos. Recuerdo la ocasión en que Marta era una mujer policía. Digo que “era” porque fue notable la violencia y el lenguaje que ella empleó, terminé bastante maltrecho y no podía creer, que hubiera sido la causante de tantos hematomas. Mientras que yo, debo confesar que aquel castigo me produjo un placer considerable. Gastamos bastante, pero fue el mejor dinero invertido en nuestra vida. Recuerdo, por ejemplo, la cifra side-

Las 8 preguntas para Mercedes Giuffré Las 8 preguntas para Mercedes Giuffré

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¿Cuál es el mejor diálogo que recuerda entre dos personajes de ficción? Uno que, de hecho, está copiado de la realidad. Un parla-

mentario inglés, anti-darwiniano le pregunta sarcásticamente a su oponente: Dígame, señor, ¿usted desciende del mono por parte de padre o de madre?

El otro, colérico, le responde: Prefiero descender de un mono antes que de usted.

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Si le permitieran ingresar en una ficción y ayudar a un personaje, ¿cuál sería y qué haría?

Me embarcaría con el capitán Audrey y el doctor Maturain (de las novelas de Patrick O’ Brien). Haría lo que tuviera que

hacer para sobrevivir a esa loca aventura.

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Grandes libros, pequeños lectores
Ramos, M.C. (2011):
Edelvives. Peque Letra. Ilustraciones de Carolina Farías.
Por Soledad Vitali

C U LT U R A SECCIÓN DOS POEMAS

Domingo 16•10•2011

Jorge Chiesa y el tono confesional
POR JUAN PÉREZ

El baile. Buenos Aires.

L

oberto, el protagonista de esta historia, es un cangrejo y tiene un secreto. Un secreto que debe guardar muy bien, tan bien que no puede compartirlo… y -como dice el narrador de este cuento- ¡eso es lo mejor de los secretos! Compartirlos, cuchichear, sonrojarnos al susurrarlo al oído de nuestro amigo o confidente,… en fin, contarlo. Pero él no sólo tiene esa prohibición, sino que además se queda fuera del baile. Sí, del baile del que participan sus amigos, otros cangrejos, “cuando la tarde se acaba y el sol se acuesta”. Este baile tiene una condición de admisión: “que los que salgan a bailar, hayan contado un secreto”. Este maravilloso y singular texto de María Cristina Ramos plantea un juego con la información que se le ofrece al lector. Ese secreto se va deshojando, muy despacio, hasta llegar al final de la historia. Una mañana el hermano de Roberto, conoce accidentalmente su tesoro guardado y se “queda mirándolo “. Juntos les cuentan a los cangrejos mayores y los lectores, mágicamente, también nos convertimos en cangrejos en ese momento. Vemos una esfera redonda, maravillosa, que Roberto encontró entre las piedras oscuras y…. Seguimos esperando para saber más cosas sobre ella; porque se dan algunos datos del secreto mencionadoya sabemos que es una esfera redondapero nada más. Y aunque nos deslicemos velozmente hasta el final, la incógnita continuará. Deberemos esperar hasta la publicación de la próxima aventura de Roberto. Las maravillosas ilustraciones de Carolina Farías contribuyen al trabajo con el punto de vista logrado por el autor. Roberto tiene una mirada que sorprende y transmite los sentimientos “que se leen en el texto”. La ilustración -a doble página- de Elisa, la que hace barcos de papel, sorprende con la presencia de las texturas de diarios en diferentes idiomas. En fin, un texto que merece ser leído…pero ¡no en secreto! ■

R

a historieta típica, casi de género, de los poetas llamados “confesionales” suele escribirse con la siguiente fórmula: “X me dijo que hiciera un poema con eso, y lo hice”, o “Z me dijo que en eso que decía tenía una novela, y ahí estaba”. En este sentido, Anne Sexton -una de las mejores poetas norteamericanas del siglo pasado- empezó a escribir a pedido de su psicólogo. En los poemas de Jorge Chiesa encontramos este mismo tipo de tesoro, es decir, palabras que parecen decir lo que pasó, especies de recuerdos -heridas de guerra- extraídos de la experiencia. Sin embargo, una anécdota no es una novela o un poema; para que lo sea es necesario que el artista encuentre un tono, un modo de encauzar, puntualizar y comunicar lo vivido. Este proceso de elaboración por el cual una anécdota se vuelve literatura -en dos poemas de Jorge Chiesa- es el tema de esta breve nota. Un buen punto de partida para seguir con el análisis, consiste en tratar de entender qué es lo que mueve la confesión ¿el poeta se lo dice a alguien mostrando los dientes?, ¿el poema es una especie de tabla en la cual un personaje al estilo Hamlet habla solo para que alguien lo escuche?, o simplemente, ¿es alguien hablándole a la pared? En el caso de Chiesa estos tonos parecen intercambiables: a veces lo vemos hablando solo, como si estuviera diciéndolo para entender lo sucedido; otras parece estar dirigiéndose a alguien, ofreciendo una explicación o justificación; y otra -tal vez las mejores de las veces- lo vemos como el personaje de Shakespeare, hablando al aire en la ambigua ceremonia del monólogo. En este sentido, el poema “el beso” parece un relato velado por la culpa, un diálogo entre lo que esperamos y lo que es, palabras que cargan con el pesado baúl de lo que creemos lo real, con sus espacios en blanco y casilleros por llenar; entonces, el poeta dice para entender, para poder cifrar la experiencia, pero también para quitarse ese peso, para que las paredes se abran y dejen de apretar, para que ese beso diga algo más amable que todos esos sentidos cargados sobre la espalda. En el poema “palomas”, en cambio, vemos como el poeta cifra su experiencia en diversos planos. Un viejo método de profesores para estrujar un texto consiste en pensarlo como una figura de tres caras que en su geometría desarrolla tres planos de sentido. El primero no requiere grandes explicaciones, es el sentido literal y se alinea como la superficie del texto: es lo que dice llanamente. El segundo, supone una profundidad alegórica e intenta descubrir un sentido oculto, es decir, lo que en realidad quiere decir el texto. Finalmente, el plano simbólico intenta captar el mundo evocado a partir de señales, cosmovisión que excede tanto al primero como al segundo de los sentidos señalados. En esta dirección, el poema, sería un perfecto ejemplo de una escritura cifrada en varios planos; en el primero, vería-

Jorge Chiesa .

mos simplemente la historia entre un padre enfermo y un hijo pasando por ese trance; en el segundo, el dilema entre la vida y la muerte; y en el tercero, una visión metafísica, en el poema representa-

do por las formas cristianas, pero que -en mi opinión- la exceden, transformando la experiencia en relato, lo privado en hecho público, y -en definitiva- una simple anécdota, en literatura.

Palomas
Después de haber visto a mi padre ahogarse en la sala de terapia intensiva miré a través de una ventana de hospital. Había árboles raquíticos, cables de alta tensión y palomas. Elegí tres: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Unicamente la desesperación te puede hacer creer semejante cosa. Así que yo era un hombre desesperado que ahora le pedía a Dios por la vida de mi padre. Pero a los ojos de cualquiera eran tres palomas y nada más. Superado ese trance volvimos a la normalidad. Los médicos rescataron a mi padre de las aguas de la muerte y las palomas han vuelto a ser los mismos bichos de siempre.

El beso
Le doy a mi mujer el beso de las buenas noches después de haber preparado la mamadera del bebé. Si de algo se alimenta el insomnio aunque parezca mentira es de los corazones más nobles. Por eso antes de quedarme en la cama contando corderos negros

preferí levantarme y leer a los grandes poetas. Sin embargo no aprendí nada verdaderamente grande; excepto que hubiera deseado ser el buen centinela de la familia mientras duerme. Escapar del animal que se masturba en el baño. Y tampoco sirve porque no importa lo que uno haga ni lo mucho que uno se esfuerce: cuando la memoria toma impulso todo es inútil. Recuerdos en general, aquello que matamos de noche con los ojos abiertos. No sé qué tan común es quedarse acostado junto a tu esposa en un cuarto que se va inundando con podredumbres de la infancia. La suavidad de la liebre que destripaste bajo los árboles: un montón de vísceras al aire libre que huelen como el aliento. Supongo que es humano pero no es normal, ni es manera de decir Buenos días: la mamadera tibia en la mano y el beso que le das a tu mujer con ese gusto en la boca.

Las 8 preguntas para Mercedes Giuffré

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¿Recuerda haber robado un libro alguna vez? ¿Cuál o cuáles?

No. Pero sí recuerdo haber prestado varios que jamás me fueron devueltos…

Domingo 16•10•2011

C U LT U R A

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EL ESCRITOR ORLANDO BARONE PRESENTA EL LIBRO ‘K LETRA BARBARA’

Una introspección crítica
E
n el libro ‘K Letra Bárbara’, el periodista Orlando Barone realiza una autocrítica sobre su oficio en una época de grandes cambios y en el contexto ‘‘de un gobierno popular’’ que con la nueva ley de Medios apunta a la descentralización mediática. -¿Cuándo el periodismo, y no los hechos, comenzaron a ser protagonistas? -Con la preeminencia de los medios audiovisuales, los periodistas empiezan a ser conocidos como conductores o columnistas. Tomaron protagonismo en los años ochenta y en los noventa cualquiera firmaba. La firma en sí misma no es hoy una garantía de responsabilidad o notoriedad. Para el escritor y periodista, el rol secundario de relator de los hechos que acontecían ha dejado lugar a otra figura: ‘‘El mensajero fue colocado en el lugar del vedetismo. Y en realidad el dueño del vedetismo no es el periodista sino quien le paga, lo contrata. Y no hay tensión en eso. Los periodistas cumplen con el rol asignado y esto marca la vulnerabilidad del oficio’’. ‘‘Creo que la irrupción de una nueva ley de Medios en esta época del gobierno popular, tiene que ver con un presidente (Néstor Kirchner) que se enfrentó al dueño de una corporación mediática’’, dice, y cita la película ‘El ciudadano’, de Orson Welles, donde el personaje principal, el ciudadano Kane, está inspirado en William Randolph Hearst, un magnate de los medios estadounidenses. MAS DIVERSIDAD La diferencia, marca el periodista de ‘6,7,8’, ‘‘es que Hearst pertenecía al pasado, ya no tenía poder. No es el caso de Mike Amigorena, que aceptó el papel de villano en una miniserie y después de grabar renunció porque recibió presiones’’. La ley de Medios, afirma Barone, ‘‘conduce a la diversidad de voces, surge como una propuesta frente a la prepotencia e intereses de los monopolios’’. -¿Piensa que va a ser rápida esa descentralización mediática? -No sé, yo soy casi un ex periodista por razones etarias, aun así mi deseo es transformador, tiene que haber un convencimiento general de poder romper con un esquema dominante para que la ley de Medios avance con rapidez, todavía no es el momento. ‘‘El actor corre riesgos de ser desplazado de la notoriedad que le dan los medios -opina-. Habrá que esperar, yo creo que sí, se va a dar esa diversidad de voces en la continuidad de este proceso político.’’ Orlando Barone nació en la Boca, a media cuadra del Riachuelo. Participa del programa televisivo ‘6,7,8’ por Canal 7. Ha escrito ‘Diálogos Borges-Sabato’ (único encuentro entre ambos escritores), traducido a varios idiomas; el volumen de cuentos ‘Debajo del ombligo’, que fue Premio Fondo Nacional de las Artes 1972, y su novela ‘La locomotora del fuego’ fue finalista del Premio Plaza y Janes de España en 1991. Sus crónicas ‘Puerto Libre’ integran el libro ‘Argentina, Primer Mundo’ e ‘Imperdonables’, una compilación de sus mejores crónicas periodísticas. -¿Qué efectos tienen las redes sociales en el periodismo? -De ahí el subtítulo del libro recién publicado por Sudamericana- ‘Periodismo sucio y público sublevado’. Nosotros éramos el puente entre el hecho y la distribución de la noticia, el público lo que hacía era confiar en su selección. Esto no pasa más, el público interactúa con los medios a través de Internet. ALGUNOS RECUERDOS El autor de ‘Sólo ficciones’ recuerda sus últimos años como profesor de la carrera de periodismo en la Universidad de Belgrano. ‘‘Me daba cuenta que algo pasaba, tenía debates con mis alumnos, advertía que lo que quería enseñar no era lo políticamente correcto, me preguntaba si les iba a ser útil’’. Sobre este libro, que recorre el itineduras de las que debo expurgarme. Cuando uno nace en tiempos diferentes no tiene la necesidad de expurgarse. Y entonces yo confío que nuevas generaciones van a cambiar el modelo de relator periodístico’’. rario de varios periodistas, Barone es contundente: ‘‘No me gustaría quedar como un amonestador, apostrofando a colegas como si fuera el que decide quiénes son buenos o malos’’. ‘‘Pero si creo -subraya- que quienes nacen o se educan en situación de democracia, en amplitud de conquistas sociales, de conquistas éticas, una civilización que va cambiando de generación y va produciendo cambios en esa situación de democracia no tiene el peso que tenemos lo que vivimos la dictadura, esos tiempos de censura y miedos, sin democracia.’’ Con varias referencias autobiográficas, Barone analiza: ‘‘Por más que yo haya querido resistir cosas, debo tener influencias de esas dictaLA PLURALIDAD ‘‘Si la ley de Medios logra esa pluralidad de voces, explícita en sus reglamentos, si se logra que el villano ya no esté vigente, me parece que va a haber un cambio natural -confía-, porque el receptor está sublevado y no cree como antes a pie juntillas en la palabra santa de un periodista.’’ ‘‘Me parece bien que pase eso, y me parece que los periodistas van a estar obligados a sincerarse. En ese sinceramiento el receptor va a encontrar los distintos puntos donde aferrarse o mantener un diálogo y no esa volubilidad que existía donde el periodismo se iba corriendo de a ratos de posición. Y el receptor también’’, remata ■

Escritora cubana ganó premio de poesía García Lorca
GRANADA.- La cubana Fina García Marruz fue galardonada con el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Granada Federico García Lorca, el galardón de poesía con la mayor dotación económica del mundo de habla hispana (50.000 euros). García Marruz (La Habana, 28 de abril de 1923) es merecedora del reconocimiento por el “tono reflexivo, intenso, apasionado en ocasiones” que expresa en su poesía, así como por la “contención formal” y el “dominio de la expresión lingüística”, señaló el jurado en Granada. Su candidatura se impuso a otras 40, la mayoría procedentes de América Latina. Este galardón le llega a la poeta cubana unos meses después de que se le concediera también en España el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. García Marruz fue la única mujer del grupo de la revista “Orígenes”, que supuso una modernización de la literatura cubana y de la que ella es el último miembro vivo. El grupo de intelectuales y artistas cubanos estuvo vertebrado por José Lezama Lima y a él pertenecieron entre otros Gastón Baquero, Eliseo Diego, Julián Orbón, Agustín Pi, Octavio Smith y Cintio Vitier, que fue marido de la poetisa. La poeta es “uno de los grandes nombres de la literatura cubana del siglo XX” y una de las voces “más representativas” de la poesía hispanoamericana, destacó el jurado. García Marruz publicó sus primeros textos en la década de los 40, si bien su primera gran obra, “Las miradas perdidas”, data de 1951. Es autora también de “Visitaciones” (1970), “Viaje a Nicaragua” (1987) junto a Vitier y “Créditos de Charlot” (1990), entre otros. Su poesía ha sido traducida a varios idiomas. El Premio Internacional de Poesía Ciudad de Granada Federico García Lorca cumplió este año su octava edición. El año pasado lo ganó la española María Victoria Atencia (2010). Entre otros han sido galardonados con él Francisco Brines (2007), José Emilio Pacheco (2005) y Angel González (2004) ■

■ Lecturas
FICCION
1 CABALLO DE FUEGO. 2 Y PORÁ 3 PASIÓN Y TRAICIÓN.

Fuente: Cámara de Libreros del Sudeste de la provincia de Buenos Aires.

Los libros más vendidos de la semana
Congo Florencia Bonelli. Suma. Gloria Casañas. Plaza y Janés. Los amores secretos de Remedios de Escalada Florencia Canale. Planeta. $109. $99. $79.

NO FICCION
1 1982 2 SÉ TU PROPIO HÉROE 3 QUÉ DECIMOS CUANDO HABLAMOS Juan B. Yofre. Sudamericana. Claudio María Domínguez. Atlántida. Inés Oliveros. De los cuatro vientos. $99. $45. $70.

RECOMENDADOS
1 FENÓMENOS DE CIRCO 2 CÓMO CAMBIAR EL MUNDO 3 DESPUÉS DE TODO Ana María Shua. Emecé. Eric Hobsbaum. Crítica. Gabriela Arias Uriburu. Tetraedro. $69. $135. $105.

Finales felices, de Reynando Sietecase,
(fragmento extraído de No hay tiempo que perder, publicado por Aguilar)
Si tan solo se pudiera volver atrás y probar la otra alternativa. Milan Kundera desarrolla esta idea en su novela La insoportable levedad del ser. Si en una bifurcación de la vida fuera posible elegir el vértice... O mejor aún, emprender un camino y, luego de agotado, regresar y caminar por el otro, ése que antes habíamos desechado. Así sería posible saber qué habría pasado si en lugar de este amor hubiéramos elegido el otro. Lo sabía Jorge Luis Borges, una sola existencia es demasiado poco. Borges llega al hotel Las Delicias en Adrogué, y cuando pretende registrarse, le dicen que ya lo ha hecho. Sorprendido, ve su firma estampada en el libro de ingresos, y que la tinta está fresca. Borges sube hasta la habitación 19 y se encuentra con el Otro. Si se pudiera desandar el camino, recomenzar, rehacer la historia. Si fuera posible elegir finales felices. Pero eso sólo sucede en las películas y en los relatos de Borges. El mundo real es más simple y obsceno que la ficción ■

Las 8 preguntas para Mercedes Giuffré
Un extraño hongo se esparce por su biblioteca y consume de manera irrefrenable los libros. Sólo dispone de unos segundos para actuar y salvar a tres de el-

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los. Lo que usted hace para ganar tiempo es arrojar a la voracidad del hongo a otros tres libros. ¿Cuáles serían los sacrificados y cuáles los salvados?

Salvados, los de Albert Camus. Todos. Sacrificados, los que están mal traducidos… Y uno de John Buchan que leí hace poco. Nada personal.

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FICCIÓN

Domingo 16•10•2011

Quién lo iba a decir
“A un traidor se lo puede encontrar a la vuelta de la esquina. Pero no teman, es fácil de ser reconocido. El traidor nunca tendrá paz en su corazón”.
POR DANIEL BALINOTTI

Q

uién lo iba a decir que todo terminaría así. Nadie, y especialmente yo nunca se me hubiese cruzado por la cabeza un final así. Pero qué se le va a hacer... Aquí estoy tirado como durmiendo una prolongada siesta. Esas siestas eternas que a lo largo de mi vida hice de ellas un ritual pagano de cada fin de semana. Puchos, fútbol y siesta, una simbiótica mezcla que enloquecía a mi vieja. Pobre madre, ella me recriminaba por tanto tiempo perdido por esas tardes. Dicen que dormir es como morir un poco cada vez... Esas tardes podían ser soleadas, muy cálidas, lluviosas o grises, pero el ritual era el ritual. Lo rituales son para cumplirlos, no para cuestionarlos; se quieren o se dejan y nada más. A la fulanita de la que voy a hablar la conocí por casualidad el año pasado. Sólo la conozco, nunca hemos avanzado a la categoría de amigos. Creo que la vi por primera vez en la Semana Santa, quizás fue en alguna ceremonia de la iglesia Catedral. Para más datos un abril de 1982, que hoy veo tan lejano en los hechos y tan cercano en la cronología del tiempo. No se sabía mucho de ella. Sólo se la podía identificar como una “nena bien”, más que nada por el uniforme del colegio que portaba, de hecho el más caro de la ciudad. ¿El nombre? Ah sí, Carolina. Por esos tiempos habíamos logrado con mucho esfuerzo juntar el “agua” y el “aceite” dentro del ámbito de la Iglesia. Por un lado los jóvenes, siem-

pre tan llenos de vida, pujantes, insolentes; y las señoras de la institucional tradicional de la caridad, muy tradicionales, muy paquetas, ortodoxas y muy señoronas. Para ser más claro, las señoras gordas, con guita y tiempo que se juntaban a tomar té, importado y caro, y masas finas, más caras aún, para juntar fideos y arroz barato para los pobres. Pero vio, los milagros existen, y esta unión entre jóvenes y señoras, era uno de ellos. ¡Ah! Me olvidada, Carolina también estaba metida en esto. Habíamos organizado una gran campaña para recolectar alimentos en pos de colaborar con las ollas populares que existían mas allá de la locura fanática y visceral que había despertado la Guerra de Malvinas. ¡Cómo laburamos! Nos pateamos casi toda la ciudad, por supuesto en los barrios bien, y golpeamos miles de puertas con diferentes resultados para lograr dicho fin... pero esta no es la cuestión.

Un buen día un operativo militar irrumpió las oficinas del Obispado local. Pero ¿Qué querían estos tipos? ¿Quiénes eran? Eran los muchachos de Prefectura Naval. Según los servicios de inteligencia (si es que existía tal virtud entre ellos) habían descubierto que dicha campaña solidaria, tenía objetivos subversivos y terroristas. Que los jóvenes eran agentes extremistas encubiertos de los movimientos de extrema izquierda. Y que el material de difusión e información que se había preparado para esta acción solidaria era propaganda de adoctrinamiento, y que se usaba para cautivar a jóvenes con buenas intenciones. Que la folletería había sido utilizada como material de estudio en la Escuela de Suboficiales, para conocer dónde y cómo se movían los grupos extremistas. Ante tantos elementos solicitaban a la curia el listado de los voluntarios jóvenes en carácter de necesario y ur-

gente. Por suerte los miliquitos de Prefectura se toparon con un cura con cojones, que sin perder la calma, se negó a suministrar dicha información, y se ofreció a estos “señores” como chivo expiatorio. Nadie creyó un gramo de estas tremendas acusaciones... pero los pujantes e insolentes jóvenes más las ortodoxas y tradicionales señoras decidieron terminar con la obra solidaria. Pero nació una pregunta ¿Por qué había ocurrido esto? Y la repuesta llegó rápido. La candorosa y bien dispuesta Carolina había desaparecido de los lugares que solía frecuentar. Al principio nos asustamos, pensamos que los guachos de uniforme se la habían “chupado”. Pero... Quién lo iba a decir. La jovencita Carolina estaba vivita y coleando. Que se había ido de la ciudad. Y que la nena era nada menos que la hija del jefe de la Base de Submarinos. Quién lo iba a decir que la muy guacha funcionaba de buchona del padre

y sus secuaces. Qué vilmente nos entregó, y se cagó en todos y en todo. Quién lo iba a decir, que iba a estar aquí cerca del aeropuerto local y más cerca de la base aérea viendo pasar los aviones, ¡bah! eso creo. Como también creo que estoy en un arroyo que pasa detrás de la pista. Quién lo iba a decir que gracias a esta muchachita, y algunas amiguitas, de esta siesta no me levanto más. Porque las piernas no me responden. Porque tengo frío. Y porque los perfectos agujeros de las balas en mi joven cuerpo me han debilitado. La pucha, yo siempre fui un parlanchín; y ahora no puedo hablar. Cómo lo voy a hacer si tengo sangre en la boca y se me cierra la garganta. ¡Uh! Quién lo iba a decir... estoy viendo salir al vuelo del Correo; seguro que va para Bahía Blanca ... aunque ¡qué carajo me importa! Bueno, chau amigos... Y saludos a Carolina ■

El caramelo y el llanto
POR FABIO HERRERA PARA LUCÍA

¿A

qué hora sale el colectivo? Pregunta él, que siempre llamó así a cualquier vehículo de transporte de pasajeros. Micro papá. Micro; a las 2 como siempre, contesta ella con el timbre que sólo tienen las hijas mujeres y agrega: pacho hermoso, estirando las “o” con gracia. Socarronamente. Durante cuatro años han ido juntos a la terminal y ella ha viajado siempre a Juárez en el micro de las 14 horas, que por los altoparlantes se anuncia a Daireaux: “Piú. Piú (acople) Señores pasajero (sin s) de plataforma nueve se anuncia

partida coche ciento cuarenta y cinco empresa El rápido con destino ciudad de “deró” y parada sintermedia servicio catorce hora (también sin s). Piú.Piú”. No hay cosa que invite más al suicidio que los acoples del micrófono de la cabina de información de una terminal. “Piú.Piú. Señores pasajero”. Sin embargo, acaso jugando a la desmemoria él pregunta el horario de salida cada vez y entonces ríen un poco. Hoy ella ha decidido ir sola hasta la estación. –Y cuarto hija! Alerta. Ya casi estoy pacho. Lo calma mientras junta un par de zapatillas, un libro, el estuche de los maquillajes y los pone en uno de los bolsillos

laterales de la valija. Entre los ir y venir de los preparativos hay besos en los hombros de ella, caricias a la pasada, piropos paternos y cruce de miradas. Retinas que hablan cargadas de palabras que ninguno de los dos dice. Sólo se miran y eso es suficiente. No te olvides nada hermosa. No pa, responde ella que ahora va a mirarse por última vez al espejo que está en la habitación. –Sí por favor, ¿podés mandarme un coche? España 4324. ¿Cuánto? Ahá. Sí. Sí. Bueno lo espero. ¿Cómo? No. Dos cuatro. Cuatro tres dos cuatro. Gracias. Ella sale de la habitación. ¿Vamos bajando? Pregunta. El la mira. Sí, dale, dice. Cargan

un bolso, la valija y van hacia la puerta. Llueve. Los verdes de las hojas fulguran revividos y parece que no va a parar de llover por un buen rato. Los domingos, este barrio y en particular esta calle gozan de la ausencia del tránsito. Sólo un perro en la quietud de la tarde. Llega el taxi. Las luces de las balizas encendidas. El chofer los mira y hace sonar la bocina dos veces. -Estos boludos que tocan la bocina al pedo me ponen nervioso. Papá por favor, dice ella por lo bajo al mismo tiempo que abre la puerta trasera del auto y saluda. Hola. Buenas tardes contesta el hombre. El padre abre la otra puerta y pone primero el bolso,

después la valija sobre el asiento. Cierra con un portazo y va hacia el cordón de la vereda donde se abrazan. Y el abrazo es impenetrable. Duradero. Y al oído susurrando los te quiero mucho mucho y los te voy a extrañar y los llamame y los cuidate. Ella sube al auto, te aviso cuando llegue a casa le dice, cierra la puerta y le tira un beso a través del vidrio empañado. El la saluda con la mano y se queda parado ahí. El auto arranca, diez segundos después llega a la esquina y dobla. Ella le quita el celofán a un caramelo de miel y lo lleva a su boca. El se da vuelta, frente a la puerta y se larga a llorar ■

Las 8 preguntas para Mercedes Giuffré

8

Se le concede la extraordinaria excepción de hacerle una única pregunta a uno de sus tantos escritores

predilectos. ¿Qué le preguntaría? Ya se la he hecho. Pero es una larga historia...

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