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Actitud de humildad

¡Oh hombre, Él te ha declarado lo que


es bueno! ¿Qué requiere de ti Jehovah? So-
lamente hacer justicia, amar misericordia y
caminar humildemente con tu Dios. (Mi.
6:8)

En este versículo se resume la verdadera piedad que bus-


ca el Señor de su pueblo. No es nada nuevo, sino algo que
ha sido revelado en multitud de ocasiones por el propio Se-
ñor.

Me impresiona especialmente las palabras caminar hu-


mildemente con tu Dios. Y esto por dos motivos:

• Porque reconoce el hecho de que estamos caminan-


do juntamente con Dios, o mejor dicho, que Dios
mismo está caminando a nuestro lado; que Él está
tremendamente comprometido con nosotros; que Él
no nos ha dejado solos en ninguna tarea; que tene-
mos la asistencia de su Espíritu, por medio del cual,
Cristo mismo vive su vida en nosotros. ¡Estamos ha-
ciendo camino con Dios!
• Este camino lo estamos haciendo con nuestro Dios.
Esto es muy importante. No lo estamos haciendo
con un desconocido, no lo estamos haciendo con el
dios de otra persona, sino que es algo nuestro; es
una relación personal la que tenemos con este Dios.
¡Y eso es algo que no tiene todo el mundo! Nos po-
demos sentir privilegiados por este hecho.

I. Caminando humildemente

Pero este versículo nos muestra también cómo hemos de


caminar: humildemente. ¿Es que acaso podemos hacerlo de
otro modo? en teoría no, pero en la práctica, ¿lo hacemos?
Caminar humildemente con el Señor tiene algunas implica-
ciones:

A. La humildad exige que el hombre esté contento


con lo que la voluntad divina dispone.

• No es bueno que el hombre acepte la voluntad de


Dios a regañadientes, en contra de su propia volun-
tad.
• Debemos buscar que la voluntad de Dios se cumpla
así en el cielo como en la tierra, y esa es sinónimo
de una búsqueda activa, no pasiva. Eso es lo que nos
recuerda el Padrenuestro.
• Esta aceptación de su voluntad se consigue renovan-
do nuestro entendimiento y adquiriendo la mente de
Cristo. ¡Nosotros somos los únicos que podemos ha-
cerlo porque somos los únicos que tenemos la mente
de Cristo porque Él habita en nosotros!

No os conforméis a este mundo; más


bien, transformaos por la renovación de
vuestro entendimiento, de modo que com-
probéis cuál sea la voluntad de Dios, buena,
agradable y perfecta. (Ro. 12:2)

Porque, ¿quién conoció la mente del Se-


ñor? ¿Quién le instruirá? Pero nosotros te-
nemos la mente de Cristo. (1ª Co. 2:16)

B. La humildad exige que el hombre esté listo para


aprender de Dios.

• Los hombres hemos de reconocer que no lo sabemos


todo y que no siempre actuamos como deberíamos
hacerlo. Por eso necesitamos al Maestro.
• Hemos de reconocer que seguimos haciendo muchas
cosas a nuestra manera y no dejando que sea Dios en
Cristo (que vive en nuestro interior) el que haga Su
obra.
• El ejemplo perfecto lo tenemos en Cristo cuando
dijo

Llevad mi yugo sobre vosotros, y apren-


ded de mí, que soy manso y humilde de co-
razón; y hallaréis descanso para vuestras
almas. (Mt. 11:29)
C. La humildad exige que el hombre esté listo para
someterse a la guía de Dios.

• Esto significa que hemos decidido que Cristo sea el


Señor de nuestras vidas, que sea Él quien tiene todo
el control, sobre lo grande y lo pequeño, sobre lo
más importante y lo menos importante.
• Significa que Su voluntad ahora es la nuestra por el
cambio de mente que se ha producido en nosotros
porque hemos aprendido a caminar por este camino
de mansedumbre y humildad.
• Esto significa que no sólo reconocemos esto de una
forma intelectual o emocional, sino que actuamos en
consecuencia.

II. Mostrando esto en una reunión de iglesia

A. La humildad exige que el hombre esté contento


con lo que la voluntad divina dispone.

• Antes de tomar cualquier decisión o votar cualquier


tema, hemos puesto esto en oración para conocer
cuál es la voluntad de Dios al respecto.
• Estamos dejando a un lado nuestros prejuicios y
nuestras preferencias y estamos buscando el juicio y
la preferencia del Señor.
• No pensamos tanto en las personas que pueden desa-
rrollar los diferentes ministerios en la iglesia, sino
en los dones con los que Dios los ha capacitado para
desarrollar esa misión.
• Debemos aceptar que no es tan importante quién tie-
ne tal o cual cargo porque la obra la hace Dios mis-
mo a través de su Cuerpo, que es la iglesia.
• Debemos renovar nuestra mente, abriéndola al Espí-
ritu para que sea éste quién nos muestre qué persona
debe asumir tal responsabilidad, reconociendo de
esta forma a Dios como Soberano de modo que
comprobéis cuál sea la voluntad de Dios, buena,
agradable y perfecta. (Ro. 12:2).
• La iglesia no es una democracia, sino una teocracia
que se manifiesta a través de la revelación del Espí-
ritu en los corazones de los cristianos de cuál es la
voluntad de Dios.

B. La humildad exige que el hombre esté listo para


aprender de Dios.

• Hemos de reconocer que ante Dios todos tenemos la


misma importancia. Quizá Dios quiera usar a un
hermano/a en un ministerio que nosotros, a priori,
no le concederíamos, pero en el que Dios ha deposi-
tado su confianza para que responda a su llamado. Y
todos tenemos un llamado en especial porque todos
somos sus hijos.

Digo, pues, a cada uno de vosotros, por


la gracia que me ha sido dada, que nadie
tenga más alto concepto de sí que el que
deba tener; más bien, que piense con sensa-
tez, conforme a la medida de la fe que Dios
repartió a cada uno. (Ro. 12:3)

• Debemos exhortarnos los unos a los otros a buscar


nuestros dones y a ejercitarlos para la honra y la glo-
ria de Dios. Todos hemos sido dotados de dones y
que nuestra responsabilidad es ejercerlos.

Por eso yo, prisionero en el Señor, os


exhorto a que andéis como es digno del lla-
mamiento con que fuisteis llamados: (Ef.
4:1)

• Debemos reconocernos mutuamente los dones que


Dios nos ha otorgado, así como los ministerios que
estamos desarrollando en la iglesia

Os rogamos, hermanos, que reconozcáis


a los que entre vosotros trabajan, que os
presiden en el Señor y que os dan instruc-
ción. (1ª Tes. 5:12)

• Que nuestra primera responsabilidad es ante Dios


quien nos ha otorgado ciertos dones para que los
pongamos en práctica y que éstos no dependen de
los "cargos" que ostentemos en la iglesia local. Ac-
tuando así hallaréis descanso para vuestras almas.
(Mt. 11:29)
C. La humildad exige que el hombre esté listo para
someterse a la guía de Dios.

• Una vez hecho todo esto, debemos aceptar la volun-


tad de Dios puesto que éste la ha expresado no sólo
en nuestro corazón, sino en el corazón de nuestros
hermanos.
• Si el Espíritu es un Espíritu de unidad y comunión,
desconfiemos de todas aquellas opiniones que man-
tenemos que no sean confirmadas por el resto de
nuestros hermanos que, como nosotros, han busca-
do la voluntad de Dios.
• Cuando expresemos nuestras opiniones, dejemos
que sea el espíritu de Dios el que hable por nuestra
boca, ya sea para animar, exhortar, o reprender, pero
siempre buscando la edificación de la iglesia que es
el cuerpo de Cristo. No nos dejemos arrastrar por
nuestro dolor, nuestra ira, nuestras ideas, nuestra im-
potencia, etc...
• Como muestra de nuestra aceptación práctica de la
voluntad de Dios y no sólo de una aceptación inte-
lectual o a regañadientes y a pesar de nuestra opi-
nión, apoyemos a los hermanos designados por el
Señor y ratificados por su iglesia dándoles todo
nuestro apoyo sabiendo que Dios se ha manifestado
en su cuerpo para su honra y gloria.