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¿Quién es nuestro Rey y Señor?

1 Aconteció después de la muerte de


Moisés siervo de Jehová, que Jehová habló
a Josué hijo de Nun, servidor de Moisés,
diciendo:2 Mi siervo Moisés ha muerto;
ahora, pues, levántate y pasa este Jordán, tú
y todo este pueblo, a la tierra que yo les doy
a los hijos de Israel.3 Yo os he entregado,
como lo había dicho a Moisés, todo lugar
que pisare la planta de vuestro pie.4 Desde
el desierto y el Líbano hasta el gran río
Eufrates, toda la tierra de los heteos hasta
el gran mar donde se pone el sol, será
vuestro territorio.5 Nadie te podrá hacer
frente en todos los días de tu vida; como
estuve con Moisés, estaré contigo; no te
dejaré, ni te desampararé.6 Esfuérzate y sé
valiente; porque tú repartirás a este pueblo
por heredad la tierra de la cual juré a sus
padres que la daría a ellos.7 Solamente
esfuérzate y sé muy valiente, para cuidar de
hacer conforme a toda la ley que mi siervo
Moisés te mandó; no te apartes de ella ni a
diestra ni a siniestra, para que seas
prosperado en todas las cosas que
emprendas.8 Nunca se apartará de tu boca
este libro de la ley, sino que de día y de
noche meditarás en él, para que guardes y
hagas conforme a todo lo que en él está
escrito; porque entonces harás prosperar tu
camino, y todo te saldrá bien.9 Mira que te
mando que te esfuerces y seas valiente; no
temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios
estará contigo en dondequiera que vayas.
(Josué 1:1-9)

Introducción

En esta vida todo cuesta un esfuerzo. Quien quiere


comprarse un coche o una casa sabe bien de lo que hablo:
hacer números, hipotecas, horas extras, falta de sueño,
desintegración familiar, poca sociabilidad, etc...

Cuando pensamos en el evangelio nos fijamos sólo en el


costo del seguimiento (¡nadie ha dicho que sea fácil!) y sin
embargo no nos fijamos tanto en la recompensa y quién da
la recompensa.

I. La recompensa

1. Dios estará con nosotros. 2. No nos dejará. 3. No nos


desamparará. 4. Hará prosperar nuestro camino. 5. Todo
nos saldrá bien (v. 5)

Quien más quien menos, todos tenemos nuestros


problemillas. Estamos más o menos cansados de estar
trabajando toda la semana, así que esperamos ansiosamente
el fin de semana para descansar. Lo que menos deseamos es
que nos carguen con más trabajo aunque sea en la iglesia.
Y en nuestras luchas todos deseamos salir vencedores,
todos deseamos salirnos con la nuestra, hacer nuestra
voluntad, vivir nuestra vida. Por eso nos suena tan bien estas
promesas de parte del Señor. Quizá éste sea uno de los
textos más apreciados del AT.

Podemos leer las promesas encadenadamente: Dios


estará con nosotros. ¿Cómo podemos saberlo? Porque Dios
no nos dejará ni nos desamparará. Como consecuencia, hará
prosperar nuestro camino y todo el mundo verá que todo nos
sale bien. ¡Qué tremendo éxito! Eso es lo que busca todo el
mundo, ¿no?

Para un cristiano, lo más importante debe ser tener la


conciencia de la presencia de Dios. Eso es lo que necesitaba
el pueblo de Israel en este momento histórico: saber que el
Dios que los había librado de la esclavitud de Egipto
continuaría haciendo hechos portentosos en su favor. ¡El
Señor nos los iba a dejar desamparados (sin padre), no los
iba a dejar de su mano!

Los israelitas serían unos ilusos (ilusión vana, pasajera,


ficticia. Ilusionistas) si pensaran que todo iba a ser fácil;
¿cuándo ha sido fácil conquistar un territorio? ¿No exige eso
lucha, y la lucha significa bajas? Yugoslavia. Pero querían
tener la seguridad de la victoria en el combate. Por eso se
aferran a esta promesa. El Señor no les propuso una vida sin
conflictos, pero sí que serían vencedores ante esos
conflictos. Esta es la vida que nos ha prometido también a
nosotros.
En ocasiones nosotros, los cristianos, deseamos más una
vida sin problemas, que la victoria sobre esos problemas.
¡Qué falacia! A veces hasta nos creemos que eso puede
existir, y nos evadimos a nuestro propio mundo, tan irreal
como el de un ilusionista. Así es que esta promesa pierde su
encanto porque responde a una pregunta que no nos
hacemos; la pregunta ya no es “¿cómo puedo superar estos
problemas?”, sino “¿puedo vivir sin problemas?”. La
primera pregunta la responde esta promesa; la segunda se
contesta con un rotundo ¡no!

La “Teología de la prosperidad” está tomando cada vez


más auge en las iglesias: ¿no somos Hijos del Rey? ¡Pues
vivamos como Hijos del Rey! Y todo hijo de un rey, es decir,
un príncipe, vive rodeado de lujos, de comodidades, tiene
sirvientes que atienden hasta los más pequeños de sus
deseos... ¡Pero el Hijo del Rey vivió de una forma muy
distinta! Teológicamente hablando nos sentimos muy
lejanos de esta clase de “teología” pero en la práctica, ¿no la
estaremos llevando a cabo? No podemos olvidar que la
teología la hace realmente la iglesia y no los teólogos y
nosotros cada vez nos estamos acomodando más a este
mundo... ¡Cuántas veces olvidamos el precio que Él tuvo
que pagar! Y después de pagar ese precio, ¿no tiene derecho
a pedirnos todo lo que desee? Si Él entregó toda su vida por
nosotros, ¿no podrá pedirnos la nuestra a cambio?

II. Los requisitos


Estos son los requisitos que se exige al pueblo de Israel
para poder conseguir que esta promesa sea una realidad y,
por tanto, que tengan éxito en la conquista de la Tierra
Prometida:

• Esforzarse. Esto es algo lógico en un soldado


preparado para entrar en combate. La situación exige
un sobreesfuerzo; hasta la última gota de sudor de
nuestra frente es necesaria, cualquier esfuerzo es poco
para conseguir el objetivo.

• Ser valiente. Eso se le supone al soldado. ¿Es posible


imaginar un soldado que sale huyendo cobardemente
frente al enemigo? Nadie quiere ser defendido por un
ejército compuesto por soldados así. El problema es
que esta supuesta valentía se ha de demostrar en
situaciones muy difíciles; ser valiente de “boquilla” es
muy fácil.

• No temer. Esto es poco menos que imposible; un


soldado no puede evitar sentir temor ante lo
desconocido. Antes que un soldado es una persona, y
como tal, siente temor. Pero el soldado ha sido
entrenado para no dejarse llevar por sus miedos y
poder superar esa situación. Eso es lo que se espera de
él.

• No desmayar. Es algo así como no desfallecer; hay


que aguantar mientras quede algo de respiración. Una
vez conquistado un territorio, no podemos quedarnos
sin “fuelle” y permitir que el enemigo recupere el
territorio perdido.

Creo que, con sus más y sus menos, hasta aquí todos
estamos de acuerdo porque no hay ningún militar entre
nosotros y los civiles lo entendemos así. Pero, ¿por qué
pensamos que en la lucha sin cuartel que estamos
manteniendo con las fuerzas del mal esto es diferente? Si un
soldado ha de esforzarse en conseguir los objetivo marcados
por sus superiores, ¿no habremos nosotros de hacer lo
mismo? ¿No es necesario que sudemos, que usemos todas
nuestras energías para conseguir nuestro empeño? Si
hacemos tantos esfuerzos para conseguir cosas terrenales,
que por otra parte son necesarias, ¿no habremos de
esforzarnos al menos en la misma medida para conseguir las
espirituales?

La valentía en las filas cristianas no sé si es muy


abundante. Doy gracias a Dios por no tener que juzgarlo yo.
Pero sí es cierto que la cobardía se puede disfrazar muy
fácilmente: sólo hay que decir que yo no poseo tal o cual
don, y eso me exime de mi responsabilidad. Pero eso es
falso. Un médico no puede excusarse por la muerte de un
paciente diciendo que él nunca estudió un caso parecido
en la Facultad. Parece como si los cristianos sí tuviésemos
“Licencia para disculparnos”. El texto de hoy nos exhorta y
nos exige que nos esforcemos en ser valientes. No es fácil,
pero es conseguible.

En muchas ocasiones yo mismo tengo miedo. Creo que


esta es una experiencia común en todos los humanos. Tengo
miedo a equivocarme, a hacer las cosas mal, a no cumplir
las expectativas de todo el mundo, a no hacer lo que se
espera de mí, a defraudar la gente, a tomar el camino
equivocado... y un largo etcétera. Cada uno puede añadir
aquí sus miedos personales. Algunas de estas cosas están
fuera de mi alcance, no las puede evitar. Pero el remedio
para dejar de sentir terror por esto es saber que hay perdón,
que cuando me equivoco de camino puedo volver al punto
donde me equivoqué y tomar el camino correcto. Y hablo de
perdón en Cristo y perdón en la iglesia; el perdón de Cristo
es automático y el de la iglesia puede tardar más. Pero si es
una iglesia cristocéntrica, este perdón sin duda llegará.

¡Qué difícil es no desmayar! Pero, ¿no afirmamos que


todo lo puedo en Cristo que me fortalece? ¡Esta es una
experiencia para cualquier cristiano! ¿Es Cristo parcial
haciendo diferencia entre unos y otros? ¡¡No!! Pues si Cristo
da fuerzas a hermanos que están pasando por duras pruebas,
diferentes de las mías pero duras pruebas al fin y al cabo,
¡también me las dará a mí!

Entiendo que a veces nos faltan las fuerzas, que


flaqueamos No somos perfectos. Pero sabemos dónde se
encuentra nuestro avituallamiento. Y no estoy pensando sólo
en la Palabra de Dios así a lo seco; estoy pensando en la
Palabra de Dios encarnada. Encarnada en Cristo, sí; pero
encarnada en su iglesia, que es su cuerpo, también. Es en la
comunión, en las acciones conjuntas de la iglesia donde
podemos encontrar ese refrigerio que todos necesitamos:
ayudándonos los unos a los otros, sobrellevando los unos las
cargas de los otros, teniendo compañerismos los unos con
los otros... y otras muchas expresiones que finalizan que la
expresión los unos con los otros. Y esto es así porque, lo
reconozcamos o no, nos necesitamos. No podemos
desarrollarnos espiritualmente los unos sin los otros.
Repasad los textos del NT que hablan de la mutua
edificación, del crecimiento conjunto, por ejemplo.

Conclusión

¡Cuántas energías gastamos los cristianos para sobrevivir


en esta tierra y qué pocas energías dedicamos a la extensión
del Reino! Por eso es lícito que nos hagamos estas
preguntas. ¿Quién es nuestro Rey y Señor? Esta es la
pregunta que hemos de contestar. Y sólo hay dos
alternativas: o Dios o la comodidad.

• Nuestra vida no es nuestra: es de Dios.


• Nuestra meta no es conseguir éxitos, sino glorificar a
Dios. Cuando nosotros nos comprometemos con Dios
en eso, Él se compromete con nosotros
bendiciéndonos.

Si nuestro Rey y Señor es Jesús, luchemos,


esforcémonos en agradarle para que su nombre sea
glorificado; es difícil, pero vale la pena. Si es la comodidad
sólo hemos de dejarnos arrastrar; es mucho más fácil, pero
cuando queramos cambiar de rumbo no podremos hacerlo.
Dios nos permita aprender y aprehender que nosotros somos
Su Fuerza porque Dios actúa a través de su iglesia. Por
tanto, esfuérzate y sé valiente.